jueves, 28 de agosto de 2025

¿Fue un agente inglés el general San Martin?

 


Por: Edgardo Atilio Moreno

En estas últimas décadas, ha surgido en la Argentina cierta corriente historiográfica auto denigratoria, que se identifica como hispanista pero que en realidad le cabe mejor el mote de españolista.[1]

No se trata del hispanismo clásico de los historiadores revisionistas que reivindicaban el legado cultural de la hispanidad, sino de un españolismo que tiene por miras un proyecto político utópico que postula la resurrección del antiguo imperio español a partir de una eventual renuncia de los países hispanoamericanos a sus atributos soberanos y su sometimiento a la metrópoli española. En los hechos una ilusión que solo siembra división y parálisis política.[2]

Estos autores, por razones obvias, se han ensañado con la figura del general José de San Martin; acusándolo entre otras cosas de haber sido un agente ingles enviado a América para destruir al imperio hispano católico.

Llevando a las últimas consecuencias la interpretación liberal elaborada por Bartolomé Mitre (la cual nos legó un San Martin enemigo de la cultura hispano católica, enamorado de las ideas de la ilustración francesa y funcional a los intereses ingleses), los actuales calumniadores sostienen que todos nuestros héroes que lucharon primero por la autonomía y luego por la independencia fueron traidores a España, y por ende nuestra independencia fue un acto completamente ilegitimo.

En efecto, fueron los historiadores liberales los que dieron pie a la leyenda injuriosa de un San Martin al servicio de Inglaterra. El primero de ello fue Juan Bautista Alberdi, en su libro “El crimen de la guerra”, quien afirmó sin dar prueba alguna que: “En 1812, dos años después que estalló la revolución de mayo de 1810, en el Río de la Plata, San Martín siguió la idea que le inspiró, no su amor al suelo de su origen, sino el consejo de un general inglés, de los que deseaban la emancipación de Sud-américa para las necesidades del comercio británico”. Luego Mitre, en su notable “Historia de San Martin y la emancipación sud americana” será quien consagre canónicamente la versión de una salida furtiva de San Martin de España ayudado por los ingleses.

Sin embargo, Enrique Diaz Araujo, basándose en los datos que reveló el historiador José Torre Revello, refuta prolijamente esos dichos en su obra “Don José y los chatarreros”, explicando que San Martin no salió clandestinamente de España, sino que “En agosto de 1811 presentó ante el Consejo de Regencia su solicitud de retiro, para pasar a América (y) el 5 de septiembre, dada su intachable foja de servicios, el Consejo de Regencia le acordó lo peticionando, con fuero militar y derecho al uso del uniforme. Entonces Don José sale de España el 14 de setiembre de 1811, por la puerta amplia y sin ardides[3].

Y la causa de su venida a América no es otra que la situación en la que se encontraba la península. En efecto, San Martin decidió ponerse al servicio del gobierno de Buenos Aires porque consideró perdida la guerra en España e irrecuperable a la monarquía borbónica adherida al despotismo ilustrado. Amén de que estaba siendo mal visto y perseguido por su condición de americano. Por eso volvió a su patria natal.

No obstante, los pseudo-historiadores y divulgadores españolistas insisten con la injuria, señalado que nuestro Libertador fue sacado de España por los ingleses, y trasladado a Buenos Aires en buques de ese país con el objeto de consumar la secesión del imperio hispano.

No tienen en cuenta los detractores que sí San Martin quería salir de España no tenía otra forma de hacerlo que como lo hizo; pues en ese entonces toda España, excepto el puerto de Cádiz, estaba ocupada por Napoleón; cosa que Díaz Araujo explica también con toda lógica.  Dice así: “Cádiz era un istmo cercado en su salida terrestre por el Ejército napoleónico del Mariscal Victor, y defendido y bloqueado en su faz marítima por la escuadra británica del Almirante Colingwood; quien quisiera salir del enclave gaditano tenía una opción: o pedía permiso a los franceses o se lo pedía a los ingleses. No había otra forma. Ahora bien, si el pasajero se disponía ir hacia América, la alternativa se reducía, puesto que únicamente los británicos controlaban las aguas oceánicas. En tal situación, el viajero debía obtener pasaporte o visa del Consulado ingles en Cádiz, conseguir alguna recomendación para embarcarse en algún buque de la Royal Navy, y vía Lisboa dirigirse a Inglaterra. En los puertos ingleses podía embarcarse en algún mercante (ingles por supuesto) que fuera al Rio de la Plata. Ese era el exclusivo camino de salida[4].

Así mismo, respecto a la “ayuda” que supuestamente le prestaron los ingleses, los detractores no reparan en que esta consistió simplemente en una recomendación, que era indispensable tener para poder embarcarse en un buque de guerra inglés, y que San Martin consiguió sin compromiso alguno de un amigo de esa nacionalidad; además por supuesto del correspondiente y burocrático visado del pasaporte por parte del cónsul de ese país, estampado por Sir Charles Stuart. Nada extraño o inusual dada las circunstancias.

Díaz Araujo lo dice claramente: “James Duff fue quien le consiguió el embarque. Pero San Martin no le aceptó el dinero que le ofrecía para no quedar obligado más allá de lo absolutamente imprescindible. Más adelante, el pasaje de la Canning lo solventó el rico Alvear; pero Zapiola y San Martin, en cuanto cobraron sus primeros sueldos castrenses en Buenos Aires, le reintegraron la suma desembolsada; también para no quedar atrapados por gratitudes excesivas”.[5]

Hace notar también Díaz Araujo que los detractores para dar más fuerza a su endeble argumento le suman el infundio de la supuesta masonería de San Martin; afirmando que este, cuando pasó por Inglaterra y residió en la mal llamada “Casa de Miranda”, recibió instrucciones de la masonería inglesa. En realidad –explica nuestro historiador- “San Martín no conoció a Miranda, por una sencilla razón cronológica: mientras el primero llegó a Londres a comienzo de octubre de 1811, el segundo se había marchado de esa ciudad en octubre de 1810. Ni la casa era llamada de Miranda, sino de los diputados de Caracas, Andrés Bello y Luis López Mendez. Por su amplitud y la generosidad de sus ocupantes, varios americanos paraban en ella, como fue el caso de Manuel Moreno y Tomas Guido, sin que por esa estadía nadie piense que se iniciaron en la masonería inglesa…  el principal encargado de la residencia a donde fue a parar San Martín y con quien entabló buena amistad, delegado de la Junta de Caracas, don Luis López Mendez, era un político de doctrina católica ortodoxa…[6]

Y con respecto a la supuesta pertenencia de la Logia Lautaro a la masonería, numerosas pruebas existen de que ello es absolutamente falso, basta mencionar aquí la respuesta que obtuvo el historiador Patricio Maguire de la Gran Logia de Inglaterra que le respondió que: “La logia Lautaro era una sociedad secreta política y no tenía relación alguna con la francmasonería regular… las seis personas mencionadas en su carta –entre ellos José de San Martin-, de acuerdo a nuestros archivos, nunca fueron miembros de logias bajo jurisdicción de la Gran Logia Unida de Inglaterra.” Y lo mismo le contestaron  la Gran Logia de Irlanda y la Gran Logia de Escocia.[7]

Es decir, mal podría haber recibido San Martin instrucciones de Miranda y de la Masonería, si no tuvo contacto con aquel, la casa en donde se albergó provisoriamente no era una casa de la masonería, y la Lautaro tampoco era una logia masónica. Una cuestión concluida.

Refutado este argumento, conviene aclarar cuáles eran los intereses de Inglaterra frente a España en este periodo, ya que erróneamente se sostiene que aquella tenía por objetivo hacer que los americanos se independizaran de España, y para eso envió a San Martín. Nada más falso.

En realidad, “después de 1808, los estadistas británicos vieron con malos ojos los movimientos de rebelión en América hispana. Estaban empeñados en una lucha terrible contra Napoleón y les molestaba todo disturbio que tendiera a debilitar a su aliado español… recomendaron lealtad hacia la Madre Patria a los enviados rebeldes que fueron a Londres… Conservar la integridad hispánica fue la norma básica de la diplomacia británica por esas décadas. De ahí el sentido del Tratado Apodaca-Canninng, del 14 de enero de 1809, de alianza ofensiva y defensiva con España. Convenio que fue el tiro de gracia a las esperanzas que tenía Miranda de que los ingleses lo auxiliaran en América.[8]

Por eso cuando los enviados de la Suprema Junta de Caracas les ofrecieron a los ingleses el libre comercio a cambio del reconocimiento de su independencia, estos se negaron. ¿Por qué hicieron esto si el interés comercial era su principal interés?

Lo hicieron por que los intereses económicos no eran la principal motivación de Inglaterra en ese momento. Quienes creen lo contrario se equivocan pues no contemplan que por encima del beneficio económico a Inglaterra lo que le preocupaba por entonces era su seguridad amenazada por Napoleón Bonaparte. Amén de que los comerciantes ingleses siempre se las habían ingeniado para introducir sus mercancías mediante el contrabando, a pesar de las medidas proteccionistas vigentes en América.

En ese sentido afirma Díaz Araujo que la política exterior inglesa fue oficialmente definida por Su Majestad Británica el rey Jorge III, el 13 de julio de 1810, cuando declaró que se consideraba: “la vigorosa prosecución de la contienda en la península como esencialmente relacionada con la seguridad de sus propios dominios durante la continuación de la guerra entre Su Majestad y la potencia francesa. La independencia, integridad y prosperidad de las monarquías española y portuguesa están mezclados íntimamente con la seguridad del imperio británico”.[9]

Esta declaración de la Corona británica ratifica lo que ya antes, el 20 de junio de 1808, había establecido el Primer Ministro Henry Castlereagh, al decir que: “Como, debido a la insurrección en las Asturias, se renueva la posibilidad de restaurar la monarquía española… se desea suspender cualquier medida tendiente a dividirla, y por ende a debilitarla.”[10]

En consonancia con todas estas manifestaciones, el Ministro de Guerra inglés, conde de Liverpool le informó el 16 de agosto de 1810 al Brigadier General Layard que S.M.B. se oponía a “todo procedimiento que pueda producir la menor separación de las provincias españolas de América[11].

Es decir que para Inglaterra en ese entonces era más importante terminar con el peligro napoleónico que desmembrar al Imperio español o poder introducir sus manufacturas en América mediante el libre comercio. Como dice Vicente Sierra: “La invasión de España por Bonaparte abrió a la Gran Bretaña la posibilidad de hacer pie en el continente para llevar la guerra al hombre que parecía destinado a someter a Europa, el cual había logrado limitar el comercio británico a casi los términos estrechos de sus islas. Enemiga tenaz del Imperio español, cuya fortaleza había procurado minar, Gran Bretaña se vio compelida a ser su aliado… no solo postergó su apoyo a todo intento emancipador , sino que pasó a constituirse en un celoso custodio de la integridad del imperio español.”[12]

Por eso afirma Díaz Araujo que: “tan poco deseaba Inglaterra la independencia americana que prohibió a los súbditos británicos servir en Sudamérica; impidiendo también la exportación de armas con ese destino.”[13] Sobre este último punto hace notar Héctor Piccinali que “en el puerto de Buenos Aires sólo podía comprarse alguna arma a los comerciantes ingleses en cantidades mínimas, en forma subrepticia, con altos precios usurarios en oro constante y sonante.”[14]

Otra prueba de que Inglaterra ya no deseaba fomentar la independencia de los territorios americanos pertenecientes a la Corona de Castilla, y que no estaba dispuesta a apoyar un eventual movimiento en ese sentido, son las instrucciones que se les envió a los agentes ingleses en el Rio de la Plata. Vicente Sierra menciona las que Lord Strangford remitió a Manuel Aniceto Padilla cuando fue comisionado ante la Primera Junta, que decían lo siguiente: “Le he confiado hacer presente al nuevo gobierno lo impolítico que sería por su parte ejecutar actos susceptibles de crear dificultades a la Gran Bretaña, mientras continúen sus relaciones con España, así como la necesidad de abstenerse de toda medida que indique la confianza de que su causa será sostenida después por el gobierno británico. También tiene encargo de hacerles presente, y esto de la manera más urgente, lo loco y peligroso de toda declaración de independencia prematura y de la necesidad, desde todo punto de vista de que sigan preservando el nombre de la autoridad de su legítimo soberano…[15]. En pocas palabras los ingleses les decían a los americanos que no debían declararse independientes y que si lo hacían no debían esperar nada de Inglaterra.

Esta política de no promover y por el contrario, desalentar la independencia americana adquirió nueva forma legal cuando el 5 de Julio de 1814 Inglaterra y España firmaron un nuevo tratado de amistad y alianza (similar al tratado Apodacca –Canning) por el cual Inglaterra “obtenía las ventajas comerciales que perseguía, tornando inútiles las ofertas americanas” y a cambio se obligaba  a tomar las providencias necesarias más eficaces para que sus súbditos no proporcionen armas, municiones ni otro artículo de guerra a los disidentes de América.”[16]

Eso explica y es absolutamente coherente con el consejo que Lord Strangford le dio en 1814 al Director Supremo Gervasio Posadas de “retirarse de la contienda con honra y seguridad, como ahora bien se puede[17].

Y una constatación palmaria y notoria de que Inglaterra cumplió con esos acuerdos y compromiso asumidos con España (claro que por conveniencia y no por lealtad) fue el rechazo de la propuesta que le formuló Carlos de Alvear de asumir el protectorado de estas tierras. En efecto, Alvear, como Director Supremo de las Provincias Unidas, fue el autor firmante de dos pliegos, fechados el 23 y 25 de enero de 1815, que José Manuel García debía entregar a Lord Strangford en Rio de Janeiro, y otro dirigido a Lord Castlereagh. En el primero le decía a Strangford que: “este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo, y necesita una mano exterior que lo dirija… En estas circunstancias solamente la generosa nación británica puede poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas Provincias que obedecerán a su Gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer”. En el segundo le manifestaba a Castlereagh que “Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo ingles… es necesario que se aprovechen los momentos, que vengan tropas que impongan a los genios díscolos y un Jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneficio del Rey  y de la Nación, a cuyo efecto espero que V.E. me dará avisos con la reserva y  prontitud que conviene preparar oportunamente la ejecución.”[18]

Alvear, claro está era un agente ingles y además era masón. Y aunque vino junto con San Martin a América, al poco tiempo de llegar llamativamente se distanció de este y se convirtió en uno de sus más feroces enemigos. Sin embargo, los españolistas no le dan relevancia a su actuación y se dedican a denostar principalmente y en forma injusta al Libertador. ¿Qué no dirían estos de San Martin si este hubiera hecho lo que hizo Alvear? Tal vez esa benevolencia con Alvear se deba a que este, posteriormente le escribió a Fernando VII un memorial en el cual “repudiaba por completo a la Revolución del Plata” y pedía “perdón y clemencia” al rey felón.[19]

En definitiva, no hay dudas que Inglaterra en este periódico histórico no tuvo por objetivo promover la independencia de los antiguos reinos de Indias[20]. Con lo cual se cae entonces la tesis de que San Martin fue un agente ingles enviado por estos con ese propósito.

Ahora bien, ¿Qué pensaba San Martin respecto a Inglaterra? Sus detractores por supuesto sostienen una anglofilia y un afán de favorecerlos totalmente inexistente. La verdad es que San Martin, como dice Roque Raúl Aragón, “… sabía perfectamente cuál era el interés británico y procuró entretenerlos el tiempo necesario para consolidar su posición militar. De ahí la distinción que mostraba a cuanto súbdito ingles tuviera a su alcance, despertando una gran simpatía en ellos. Pero nunca comprometió nada. Los conformó con palabras amables… Ya en carta a Godoy Cruz, del 24 de mayo de 1816 expresaba acerca de Inglaterra una opinión que no quería hacer pública: no hay nada que esperar de ella, decía (lo que no obstó, una vez declarada la independencia, para que hiciera gestiones ante Bowles y Staples). Años después, en 1830, en Montevideo, antes de regresar definitivamente a Europa, le dijo al general Iriarte, que lo había acompañado hasta la rada, que cuando cayera Lavalle, él y los otros emigrados (federales) no debían perder tiempo en regresar a Buenos Aires a fin de tomar parte activa en los negocios y perseguir con tesón al círculo británico hasta anularlo (Tomas Iriarte, Memoria, t°  IV, pag.157).” [21]

Es por esto que los ingleses más advertidos fueron sus enemigos, entre ellos Lord Strangford. Otros incluso lo creyeron un agente francés, como el espía al servicio de Inglaterra, Manuel Castilla, quien el 13 de agosto de 1812 le escribió al cónsul Robert Staples diciéndole que los pasajeros llegados a Buenos Aires en la George Canning “fueron enviados y provistos de dinero por el gobierno francés” y que el coronel San Martin “no tengo la menor duda está al servicio pago de Francia y es un enemigo de los intereses británico”.[22] Llama la atención que si el Libertador era un agente inglés no se le hubiera informado de ello a un espía acreditado en Buenos Aires. 

Pero hay un hecho que muestra a las claras que efectivamente el Libertador no dudó en afectar los intereses económicos de los ingleses, que gozaban del libre comercio con Lima, en pos de concluir su epopeya. Esta es la cuestión del empréstito de 1818, que Díaz Araujo explica sintéticamente del siguiente modo: “Para pasar la Expedición Libertadora para el Perú se requería de una escuadra. Ni Chile ni la Argentina la tenían…  Había que comprar buques de guerra en los países que los armaban y vendían. Se envió a Manuel Aguirre a Estados Unidos con ese fin. Este consiguió un barco. Se comisiono a José Alvarez Condarco y Antonio Alvarez Jonte al Reino Unido. Ellos tuvieron éxito en cuanto a que se compró un gran buque. El único problema (aparte de burlar las prohibiciones de las alianzas anglo – hispanas) es que había que pagarlos. Chile iba a poner 200.000 pesos fuertes. A las Provincias Unidas le correspondían 500.000 pesos fuertes. Por descontado que en el erario de estos países no había un peso disponible. San Martín le dicta a Juan Martín de Pueyrredón la solución: levantar un empréstito forzoso en el comercio inglés de Buenos Aires. El ingenuo Director Supremo cree en la palabra del cónsul Staples de que él iba a persuadir a los comerciantes de su nacionalidad. Le habían prometido 141.000 pesos fuertes, y contribuyeron con 6.700…. El general sabe cómo son los juegos del comercio británico de Buenos Aires. Su agente personal el comerciante John Thwaites, le ha escrito el 16 de marzo de 1819: hasta que se ponga en Lima en un estado de bloqueo formal no este usted seguro de que no reciban los españoles auxilio de los buques ingleses y americanos del norte. Yo veo que los comerciantes (ingleses en Buenos Aires) venderán con gusto armas a los limeños… San Martin presiona mucho a Pueyrredón. Si el empréstito no se ejecuta, renunciará… Al fin Pueyrredón le remite lo recaudado. Que no es lo prometido tampoco… como suma final colecta 216.600 pesos fuertes… Fue una jugada maestra del General… les hizo pagar a los comerciantes ingleses de Buenos Aires los buques comprados en Inglaterra que destruirían el comercio ingles con Lima.[23]

Y así como San Martin afectó los intereses económicos de los ingleses también intentó contrariar los planes políticos de estos, de destruir la unidad americana.

En efecto, en 1820, estando el Libertador en el Perú, le transmitió al Virrey Pezuela en la reunión de Miraflores, una propuesta para terminar con la guerra en base al reconocimiento de la independencia de lass Provincias Unidas de Sudamérica, y la coronación en estas tierras de un príncipe “de la Casa reinante en España”. El plan fracasó a causa de un motín de los militares masones del ejército español que depuso a Pezuela, que fue reemplazado por el general José de la Serna. No obstante, al año siguiente, San Martin volvió a insistir. Esta vez, según dice Díaz Araujo, contaba con el apoyo del apoyo del Comisionado Real llegado al Perú, don Manuel Abreu, quien en su diario cuenta la conversación que tuvo con San Martin antes de llegar a Lima. Dice Abreu que este le manifestó que “había convenido con los de su ejército en coronar a un príncipe español, medio único capaz de ahogar las opiniones de enemistad, reunirse de nuevo las familias y los intereses; y que por honor y obsequio de la Península se harían tratados de comercio con las ventajas que se estipulasen, y que, en cuanto a Buenos Aires, se emplearía las bayonetas para compelerlos a esta idea si no se prestasen[24].

La propuesta en un principio convenció al Virrey La Serna, quien según relata Abreu opinó que “el plan de San Martin era admirable, que lo creía de buena fe”. Sin embargo, según cuenta el General Tomas Guido, “apenas se impuso de lo sucedido el general Valdes, cuyo carácter impetuoso y osado se sobreponía a los demás, se resistió decisivamente a la realización del plan y amenazó a La Serna con la oposición del ejercito… y muy pronto reducidos los resortes del poder de La Serna, descendió a la humillación de suscribir a las ideas de Valdes.”[25]

Augusto Barcia Trelles, gran maestre de la masonería española dirá que: “Dándose el caso de que La Serna y Valdes, dos notorios y notables francmasones, que traían organizada su logia… se transformaban en los más decisivos opositores del movimiento de liberación en el Perú[26].

Y Díaz Araujo comenta que “se trataba de la Logia Central de la Paz Americana del Sud, dependiente de la Logia de Inglaterra, y cuyo Venerable era el general Jerónimo Valdes (tal como lo documentó el general Tomas de Iriarte). Lo de la <Paz> era un contrasentido, pues ellos lo que querían era <Guerra y Balcanización> para América según los intereses del Imperio Británico.[27]

En definitiva, la propuesta de San Martin en Punchauca también fracasó por la injerencia de la masonería española, dependiente de Inglaterra. 

Con lo dicho hasta aquí, queda claro que nuestro Libertador no solo luchó por la independencia americana ante la tiranía de Fernando VII, sino que hizo todo lo que estaba a su alcance para conservar la unidad de estas tierras, contrariando así los planes de Inglaterra. Que al final esta se impuso no fue culpa de San Martin, sino justamente de sus enemigos.

 



Notas

[1] A tenor de esta corriente, la Argentina no tendría ni un pasado glorioso ni un destino digno o de grandeza; sino todo lo contrario; un pasado ominoso, vergonzoso, y un destino miserable.

[2] En el caso de los españolistas neo carlistas ese retorno a la unidad imperial está unido a la -a todas luces imposible- instalación en el trono español de un eventual heredero del príncipe Carlos Maria de Borbón (hermano de Fernando VII), a quien consideraban el legítimo monarca de España.

[3] Díaz Araujo, Enrique. Don José y los chatarreros. Ediciones Dike. Mendoza, Argentina, año 2001. Pag 79.

[4] Díaz Araujo, Enrique, ob cit., pag 79 y 80.

[5] Ibidem, pag 81.

[6] Ibidem pag 83.

[7] Ibidem pag. 85

[8] Ibidem. Pag 88

[9] Ib. Pag 88, 89

[10] Lynch, Johnn. Gran Bretaña, San Martin y la independencia Latinoamericana; citado por Diaz Araujo, ob cit. Pag 91.

[11] Díaz Araujo, Enrique. Ob. cit. Pag 89.

[12] Sierra, Vicente. Historia de la Argentina 1810-1813. Ed. Científica Argentina. Pag 131

[13] Díaz Araujo, Enrique. Ob cit., pag 91

[14] Piccinalli, Hector Juan; San Martin y el Liberalismo, en Gladius N° II; citado por Diaz Araujo, ob cit. Pag 97.

[15] Sierra, Vicente. Historia de la Argentina 1810-1813, pgs 156, 157.

[16] Diaz Araujo, Enrique. Ob cit., pag 90.

[17] Ibidem. Pag 91.

[18] Rosa, José Maria. La misión Garcia ante Lord Strangford, citado por Diaz Araujo, ob cit., pag 105.

[19] Díaz Araujo, Enrique. Ob cit., pag 106.

[20] Inglaterra recién cambiaría su política después de la victoria patriota en Ayacucho, en 1824, cuando la independencia era ya un hecho consumado

[21] Aragón, Roque Raul. La política de San Martin. Cdba. Universidad Nacional de Entre Rios. 1982. Citado por Diaz Araujo en ob. cit., pag 95.

[22] Piccirilli, Ricardo. San Martin y el gobierno de los pueblos. Citado por Diaz Araujo en ob cit.,pag 97.

[23] Díaz Araujo, Enrique. Ob cit. Pags 98 a 101

[24] De la Puente Candamo, Agustín. San Martin y el Peru, citado por Diaz Araujo, ob cit., pag 177.

[25] Steffens Soler, Carlos. San Martin en su conflicto con los liberales, citado por Diaz Araujo, ob cit., pag 179 y 180.

[26] Barcia Trelles, Augusto. San Martin en América, citado por Diaz Araujo, ob cit., pag 180

[27] Díaz Araujo, Enrique. Ob cit. Pag 180.


lunes, 18 de agosto de 2025

LA CATOLICIDAD DE SAN MARTÍN EN SUS PALABRAS Y GESTOS

 

ANTE LA EXTENDIDA CREENCIA DE QUE ERA MASÓN

Por: Roberto Colimodio

Documentos históricos revelan que el Libertador de América era católico y practicaba su fe en sus misiones militares, en sus funciones políticas y en su hogar. Devoción por la Virgen.

La figura del General Don José de San Martín en el colectivo imaginario tiene numerosos “misterios” para desentrañar o aclarar. Su rica historia está teñida de versiones bien y mal intencionadas que no se condicen con los hechos veraces y documentados. Uno de esos “misterios” corresponde a su fe. ¿Era San Martín un católico practicante? ¿Era masón? Brevemente, y respecto a su supuesta pertenencia a la masonería diré que no hay documento o testimonio alguno que así lo demuestre. Ni siquiera, dos famosos masones como Mitre y Sarmiento lo reconocen como par, como tampoco reconocen a la Logia Lautaro, de la cual San Martín fue fundador en América, como masónica.

Pero respondamos sobre su fe, sus ideas y prácticas religiosas, apreciadas en su correspondencia privada, sus disposiciones gubernamentales y reglamentaciones internas de sus ejércitos.

Prácticas religiosas y militares

En el motín de Cádiz de 1808, siendo edecán del linchado general Solano, buscó asilo en una ermita de la Virgen. La turba, enfurecida, perdonó su vida, al ampararse en la Madre de Dios.

En el Regimiento de Granaderos a Caballo creado en 1812 por San Martín, dictó los reglamentos internos y estuvo en los detalles de su organización, incluyendo diaria y semanalmente las prácticas del buen cristiano: “Rezo de oraciones por la mañana luego de tocar diana y el Rosario todas las noches. Domingos y días festivos Santo Oficio de la misa por el capellán del Regimiento en la Parroquia del Socorro”

En Mendoza, en el Ejército de los Andes, se oficiaba la misa en el campamento con un altar portátil que el propio San Martín solicitó a Buenos Aires en 1815. Frente al altar, el General y su Estado Mayor asistían al oficio y a la plática del Capellán Güiraldes.

“Todas estas prácticas religiosas se han observado siempre en el regimiento, aún mismo en campaña. Cuando no había una iglesia o casa adecuada, se improvisaba un altar en el campo, colocándolo en alto para que todos pudiesen ver al oficiante”. – Memorias del Cnel. Carlos A. Pueyrredón.

En carta que Belgrano le envió a Tucumán le aconsejaba: “La guerra no debe usted hacerla solo con las armas, sino afianzándose siempre, en las virtudes naturales cristianas y religiosas en la fe católica que profesamos, implorando a Nuestra Señora de la Merced nombrándola generala”.

Su devoción por la Virgen

Pocos días antes de iniciar el cruce de los Andes proclamó a la Virgen del Carmen patrona del ejército; ceremonia que describieron Gerónimo Espejo y Damián Hudson. A las 10 junto a la iglesia de San Francisco se formó la procesión. Marchaban “San Martín, de gran uniforme, con su brillante Estado Mayor y lo más granado de la sociedad mendocina. Hubo misa solemne, panegírico y tedeum. Al asomar la bandera junto con la Virgen, el general San Martín le puso su bastón de mando en la mano derecha”

Ratificó su devoción el 12 de agosto de 1818 “La decidida protección que ha presentado al ejército su patrona y generala, nuestra Madre y Señora del Carmen, son demasiado visibles. Un cristiano reconocimiento me estimula a presentar a dicha Señora el adjunto bastón como propiedad suya, y como distintivo del mando supremo que tiene sobre dicho ejército.

Acciones de Gobierno

En Perú también demostró su catolicismo con disposiciones acordes, por ejemplo el primer artículo del Estatuto del 8 de octubre de 1821 que regulaba los actos de su propio gobierno:

“La religión católica, apostólica, romana es la religión del Estado. El gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o en privado sus dogmas y principios, será castigado con severidad a proporción del escándalo que hubiere dado”.

Después de la entrevista de Guayaquil se despidió de Perú con actos que llevan el sello de sentida religiosidad. El 22 de agosto de 1822, ordenó grandes vísperas en honor de Santa Rosa y el 30 solemne misa y procesión. San Martín publicó un decreto para la instalación del Congreso y las funciones religiosas, sobre la protestación de la fe y juramento que debían prestar sus integrantes: “¿Juráis conservar la santa religión católica, apostólica, romana como propia del Estado y conservar en su integridad el Perú?”

Vida Personal

Las ideas católicas de los padres del Libertador ambos terciarios dominicos y cofrades de Nuestra Señora de la Blanca hablan de tradición familiar auténticamente cristiana.

Conoció a su futura esposa durante una misa de Gloria, en el templo San Miguel Arcángel. Contrajo matrimonio con Remedios de Escalada, con misa de esponsales, recibiendo la bendición y comunión como verdadero cristiano. “No era muy común entonces el comulgar en días de bodas”, dice el historiador Guillermo Furlong; pero San Martín, como buen católico, oye misa, confiesa y comulga al construir su cristiano hogar”.

Correspondencia privada

Conservó durante muchos años un rosario de madera del monte de los Olivos, obsequiado por una hermana de caridad que cuidó de él después de Bailén, en 1808. Dicho rosario, hoy en el Museo de Granaderos, fue donado por la familia de Manuel de Olazábal a quien San Martín se lo regaló en 1820 “para que le trajera suerte y se recuperara de sus heridas. Lo usó siempre y se lo vi suspendido del cuello debajo de la casaca a manera de escapulario”.

“¡Gran Dios! Echad una mirada de misericordia sobre las Provincias Unidas. Sí amigo mío, toda la protección del Ser Supremo se necesita para que ellas no se arrepientan de tal elección. Él lo dirá”. A Tomás Guido, Bruselas, 6 de enero de 182

A Dominga Buchardo de Balcarce, su futura consuegra: París, 15.de diciembre de1831. “Dios ha escuchado mis votos, no solo encontrando reunidas estas cualidades en su virtuoso hijo, don Mariano, sino también coincidir el serlo de un amigo y compañero de armas”

A Tomás Guido el 15 de abril de 1843: “Quiera Dios oír mis votos, en su favor, ellos serán siempre porque terminen nuestras disensiones y renazcan los días de Paz y unión de que tanto necesita nuestra patria para su felicidad”.

“En el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como hacedor del Universo”: testamento del 23 de enero de 1844.

Su muerte

San Martín falleció con un crucifijo en el pecho, no recibió los últimos sacramentos por su muerte repentina. Su responso se rezó en la iglesia de San Nicolás y sus restos embalsamados fueron depositados por 11 años en la cripta subterránea de la catedral de Boulogne, no en algún templo o cementerio masónico. Desde 1880 descansa en la catedral de Buenos Aires.


* Miembro de la Academia Argentina de la Historia y de la Academia Sanmartiniana


Tomado de: https://fundaciongladius.org/la-catolicidad-de-san-martin-en-sus-palabras-y-gestos/?fbclid=IwY2xjawMQTo1leHRuA2FlbQIxMQABHotZXnqPDyhUj8uLVrUR0_d6xH4eyWujV3tZr0YPfM7thpj546d3oz2IF8-U_aem_9VjyUlPB6gS-SCPzoQvWhw

 


viernes, 25 de julio de 2025

Breve semblanza personal de Don Julio Irazusta

 


Por: Jorge C. BOHDZIEWICZ

Hace más de una década emprendí la tarea de compilar la bibliografía de don Julio Irazusta. Tarea ciertamente dificultosa porque sus artículos, alrededor de 600, aparecieron dispersos en numerosas publicaciones periódicas, algunas de muy difícil ubicación. Dificultosa pero necesaria, según estimamos entonces, para cualquier emprendimiento que se propusiese el estudio responsable y profundo de su trayectoria intelectual, su obra historiográfica o su pensamiento político.  Fue aquél un sencillo reconocimiento al maestro que me prodigó su amistad en sus años postreros. Tiempo después, a pedido de unos amigos de su Gualeguaychú natal, escribí una breve semblanza. Era el texto de una conferencia que formaría parte de una jornada de charlas en su homenaje con motivo de haber transcurrido veinticinco años de su fallecimiento. Confieso que debí vencer mis propios reparos para emprender su redacción. ¿Qué podría decir yo, el más modesto de sus discípulos y acaso el último de sus jóvenes amigos sobre una figura de la talla de Irazusta, don Julio, como lo llamábamos coloquialmente quienes tuvimos la suerte de disfrutar de su magisterio en animadas tertulias y numerosos encuentros, ocasionales o provocados, en mi caso a lo largo de casi una década que jamás podré olvidar? Si depuse los escrúpulos, fue bajo el estímulo de la sensación penosa de que sería una ingratitud de mi parte, en tanto amigo y deudor intelectual, no prestarme al justísimo homenaje a su querida memoria que aquellos jóvenes se habían propuesto. Homenaje que hoy se reitera junto con el debido a otros grandes intelectuales que honraron nuestras letras.

Comenzaré diciendo que muchos emocionados recuerdos se me agolparon cuando tracé las primeras líneas de esta breve semblanza. Se permitirá entonces que me aparte de las formas usuales en esta clase de rememoraciones. Haré, en cambio, una muy breve referencia a don Julio Irazusta únicamente a través de mis vivencias personales, que me involucran necesariamente como actor, descontando el conocimiento que seguramente tiene la audiencia sobre su obra y acaso también sobre su figura. El propósito es, pues, modesto. Dicho de otra manera: quiero deja aquí un breve, sencillo y entrañable testimonio, centrado más en la dimensión humana del personaje y la extraordinaria influencia que ejerció sobre mí, que en su fantástica obra como crítico literario, historiador, pensador y político. Sobre las profundidades de estas vertientes de su inagotable intelecto se han ocupado con pulso firme y encomiable versación Enrique Zuleta, Mario Guillermo Saraví, Jorge Comadrán Ruiz y Enrique Díaz Araujo. Más recientemente lo ha hecho Juan Fernando Segovia en un hermoso libro, riguroso y preciso. Ello me exime de la nada original tarea de repetir lo que esos amigos han divulgado con acierto.   Cuando conocí a don Julio, ya había leído parte importante de su vasta obra. Lo vi por primera vez en ocasión de su incorporación a la Academia Nacional de la Historia, cuando esta institución desarrollaba sus actividades en el Museo Mitre. Recuerdo la impresión que me produjo su figura corpulenta y su talante señorial, su rostro sereno y su voz de tono bajo y apacible. Jamás pensé que al poco tiempo quedaría ligado a su persona con lazos de amistad tan profundos; jamás pensé que ese hombre marcaría para siempre mis predilecciones literarias y confirmaría mi vocación por la historia patria y mi orientación política. Recuerdo también, a modo de confesión tardía, mi desconcierto ante su discurso de recepción: De la crítica literaria a la Historia a través de la política. Esperaba, como la mayoría de los jóvenes rosistas que acudimos a esa cita, un alegato reivindicativo de la figura a la que le había consagrado varias décadas de lecturas infatigables y meditaciones profundas en el seno mismo donde la falsificación de nuestro pasado había adquirido formulación canónica. No fue así. Mas no tardé mucho en advertir que lo que nos había obsequiado en esa ocasión, sin que yo lo advirtiera, era la síntesis más preciosa que jamás haya leído sobre el itinerario intelectual de un humanista de raza, auténtico y casi sin parangón en nuestro medio.   Permítaseme que evoque brevemente ese itinerario que comenzó, según él mismo nos lo cuenta, con el estudio crítico de poetas, novelistas y ensayistas franceses, ingleses y argentinos. Sin abandonar nunca su lectura, pero consciente de la necesidad de ensanchar las bases filosóficas de su formación, don Julio pronto orientó sus afanes hacia los clásicos de todos los tiempos, pero muy especialmente a los filósofos políticos denominados “reaccionarios”, como Burke, Rivarol, De Maistre, Maurras y tantos otros que dejaron un sedimento perceptible en su propia teoría política, sin mengua de su concepción, que fue original.    Y sin solución de continuidad, antes bien, de modo simultáneo y a uno con la praxis política, don Julio se consagró al estudio sistemático del pasado argentino para dar respuesta a los interrogantes que con insistencia le planteaban el presente y el porvenir de su Patria, que parecía resistirse en su clase dirigente a emprender el camino de la grandeza, perdida en la aciaga jornada de Caseros. Es así que se convirtió, según expresión con que subtituló sus Memorias, en un “historiador a la fuerza”. La clave del acierto con que emprendió sus trabajos encuentra su explicación tanto en su inteligencia privilegiada y en su cultura general incomparable, como en la aplicación de las categorías filosóficas del realismo político al examen del pasado. Recuerdo aquí un consejo suyo que utilizó para sí como guía para su formación autodidacta: compensar una cultura general, la mayor posible, con el estudio erudito de un tema hasta tocar sus profundidades. Así evitaba los riesgos de la falta de una perspectiva abarcadora tanto como la tendencia a la dispersión.

 Y permítaseme decir aquí algo, muy poco, en relación con su obra como historiador. Sabido es que el camino de la investigación histórica parte del análisis de las fuentes para recrear los hechos y dirigirse, en sus mejores cultores, a la síntesis interpretativa, que es la culminación de su quehacer. Sin embargo, creo advertir que don Julio recorrió, al ocuparse de Rosas, un camino curiosamente inverso, inusual y, por lo mismo, asombroso. En 1935, cuando contaba con apenas 36 años, edad en la que en la mayoría se presenta lejana aún la madurez intelectual, don Julio publicó su Ensayo sobre Rosas en el centenario de la suma del poder, obra que parece culminar la parábola de un historiador y no comenzarla. Pero fue exactamente al revés. El lector podrá encontrar en esa obra, en acto o en potencia, perfectamente definidas o apenas insinuadas, en admirable síntesis, todas las ideas sobre el significado de la dictadura de Rosas en la historia argentina a la luz de la historia universal, que es la que le da inteligibilidad y sentido profundo al fenómeno. Síntesis que tendrá años después su despliegue analítico y comprobación fáctica en su Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia. Obra erudita hasta lo inverosímil y modelo de historia política en su sentido más cabal, cuyo primer volumen apareció seis años más tarde, en 1941, y completa treinta años después, en 1970.

 Vuelvo a las evocaciones. Fue en aquel mismo recinto, la Academia Nacional de la Historia, trasladado al cabo de poco tiempo a la calle Balcarce, que entablé con don Julio mi primer diálogo, en oportunidad de habérseme adjudicado una distinción insignificante, creo que en 1973. Fue para mí la “ocasión dorada”, según expresión que le era muy propia y tomo prestada. Y claro que no la desaproveché: temeritas est florentis aetatis, dice Cicerón. Después le escribí algunas cartas -eran consultas puntuales sobre temas históricos- que nunca dejó de responder. Y enseguida vinieron los primeros encuentros.

Era yo muy joven entonces y, como tal, desbordaba de proyectos, entre ellos el de editar una revista de historia que concebía como expresión de un revisionismo de riguroso carácter científico, pero combativo a la vez. Nada que ver con la actual caricatura de ese movimiento intelectual, alentada desde el poder político. Dios quiso que pudiera concretar ese proyecto y en su número primero aparecieron dos trabajos de don Julio que le pedí especialmente: un ensayo crítico sobre Los “Apuntes” de Antonio Cuyás y Sam-pere y una extensa reseña sobre un autor de origen hebreo que tuvo la tentación de ocuparse del revisionismo histórico con escaso bagaje informativo y abundantes prejuicios ideológicos, propios de los historiadores autodenominados “progresistas” cada vez que abordan alguna expresión del Nacionalismo argentino, por supuesto que para descalificarlo. Tarea ardua le resultó -me consta- descifrar el estilo arrevesado del autor, quien finalmente quedó demolido por los razonamientos de nuestro maestro, cuya capacidad como polemista implacable pero de formas siempre amables y urbanas brilló en esas páginas no menos que en las que se ocupó de Ricardo Rojas o Ernesto Celesia.

 No pasó mucho tiempo desde aquel mi estreno como director de la revista, que se llamaba Historiografía entonces y luego Historiografía Rioplatense, cuando decidí darle personería jurídica al Instituto Bibliográfico “Antonio Zinny” luego del fallecimiento del Padre Guillermo Furlong, bajo cuya inspiración lo habíamos fundado de hecho en 1970. Instituto que aún sobrevive con el auxilio de la Divina Providencia y pese a los embates del izquierdismo, adueñado imperativamente de todos los resortes financieros en el ámbito de la ciencia y de la cultura. Don Julio fue su Presidente Honorario hasta su fallecimiento.

 Para entonces nuestra amistad se había estrechado más y más, sin que pesara sobre ella la diferencia de edades. Contaba don Julio entonces con 76 años pletóricos de amplísimos e insondables conocimientos, 76 años adornados con su bondad natural, carácter sereno e imperturbable jovialidad. Es cierto que nos separaban algo más que cuatro décadas. Sin embargo, jamás puso una mínima distancia en el trato, que yo sintiera, ni pronunció una expresión que insinuara el abismo que existía entre su sabiduría y mi insignificancia. Don Julio sabía conversar animadamente con adolescentes y viejos, con gentes de refinada cultura y con gentes del común, que no la tenían. Y a todos escuchaba. Y a todos tenía siempre algo que decir sobre los motivos o intereses que los convocaban al diálogo. Y con todos derramaba generosamente su amistad, sabiendo adecuar la elegancia de su lenguaje oral, que era sencillo y exquisito, a la calidad del interlocutor ocasional.

 Con el correr de los años, mis encuentros con don Julio se hicieron cada vez más frecuentes. En la sede del Instituto conversábamos casi todos los días, de lunes a viernes. Y en una agradabilísima e interminable tertulia, en un sitio al que llamábamos el “campito”, ubicado en el entrecruce de dos ramales ferroviarios, en Palermo, todos los días sábados, salvo muy mal tiempo, y a veces con tiempo muy malo también. El “campito”, un pequeño lote con varias parrillas, una cancha de fútbol, buena arboleda y un edificio de construcción precaria, se me presenta hoy inseparable de la figura de don Julio. Allí se reunían -nos reuníamos- convocados por mi compadre Félix Fares y por Augusto Giménez, la mayoría de las inteligencias que expresaban a mi entender, en sus diversos matices y en esos tiempos -hablo de la década del setenta-, el pensamiento nacionalista. Recuerdo a Ernesto Palacio, entrañable amigo de don Julio, a Juan Pablo Oliver, a Jaime María de Mahieu, al Padre Raúl Sánchez Abelenda, a Jaime Gálvez, a Emilio Samyn Ducó, a Ricardo Curutchet y a tantos otros nombres que la memoria me traerá cuando me proponga exprimirla. Allí conocí a poetas como Calvetti y a editores como Taladriz. También a muchos viejos militantes de la Unión Republicana, partido que don Julio había fundado con su hermano Rodolfo para darle batalla al régimen. Allí se generaban largas y animadas charlas y algunas polémicas. Jamás una disputa agria porque el clima de los encuentros era tolerante y jocoso. No había espacio para el malhumor ni para las solemnidades. ¡Qué señores eran aquellos! Cualquier tema en el que intervenía don Julio, así fuese el más doméstico o trivial imaginable, alcanzaba con sus razonamientos alturas insospechables. Era asombroso y un deleite para el espíritu escuchar con qué facilidad se elevaba de la anécdota a la categoría, o verlo emprender el camino inverso.

 Incontable era la cantidad y calidad de ideas, relatos y anécdotas que se sucedían a lo largo de las 8 horas, no menos que 8 y a veces bastante más, que duraban esos encuentros. Ideas, relatos y anécdotas que encendía y potenciaba el buen vino, presentado con generosidad y trasegado con abundancia.

 Como podrán imaginarse, mi papel en esa tertulia de “grandes” no excedía el de un simple pero atento oyente. A veces, una tímida pregunta era todo mi aporte al lucimiento de los comensales. Mi interés era oír y aprender. Las respuestas de don Julio sin proponérselo eran todas lecciones magistrales, expresadas con naturalidad, sin el menor asomo de afectación. Podían comenzar con una referencia a Jenofonte o con la cita de una pasaje de La Eneida en latín, para transitar luego siglos y naciones en admirables comparaciones -don Julio manejaba la historia comparativa como nadie, valido de su memoria deslumbrante y de su capacidad asociativa- y concluir con una jocosa anécdota pueblerina, como la de aquel accidente que le pasó al vasco Iturbide durante una travesía, que no contaré. ¡Qué maravilloso buen decir tenía don Julio cuando narraba las cosas más sencillas! A propósito de La Eneida, recuerdo su cita, tomada del libro quinto, en el que Virgilio describe la competencia en que los rezagados en una regata terminan ganando: possunt quia posse videntur. Cita cargada de un significado inequívoco sobre el valor de la fe y la voluntad puestas tras un objetivo; cita que, cambiando los tiempos verbales para acercamos más a la idea que quería transmitir, se traduciría así: “pudieron porque creyeron poder”.

 En el “campito”, ese ámbito materialmente rústico y precario pero humanamente jerárquico y señorial, estaba instalada, lo mismo que en nuestro Instituto, la cátedra informal donde pude dar forma, rectificar y completar algo de la deficiente educación recibida en una Universidad estragada ya por el sectarismo ideológico y el apego a las modas, que revela siempre debilidad de espíritu. La cátedra que la Providencia me ofreció durante los años que evoco fue muy superior a las que conocí porque, entre muchas otras cosas, estaba abierta al conocimiento y debate de autores desterrados o deliberadamente ignorados por la “inteligencia” universitaria reformista.

En el Instituto, en su pequeño departamento de la calle Chile y algunas veces en mi casa, la situación era distinta. Sin rivales, y depuestas las timideces iniciales, solía acosarlo con infinidad de demandas intelectuales y algún que otro atrevimiento. Tan generoso y benevolente era don Julio, que en una oportunidad me entregó los manuscritos de La política, cenicienta del espíritu para que se los comentara y le hiciera las acotaciones críticas que estimara convenientes. Comprenderán Ustedes que huí despavorido de semejante compromiso, completamente desproporcionado para mis modestos conocimientos de entonces. Claro que lo hice sin dejar de agradecer su nobilísima oferta, cuyo discreto sentido comprendí después. Pero así era él, no sólo conmigo, aclaro, porque no puedo decir que me distinguió especialmente, sino con todos los que tuvimos la fortuna de gozar de su proximidad y de su amistad.

Cuento que una vez sí me atreví a corregirle los manuscritos de un ensayo sobre Ramos Mejía que le había pedido para otro número de la revista. Claro que esas correcciones, que recuerdo avergonzado por llamarlas así, eran sólo sobre letras mal tipeadas u omisiones de palabras pensadas pero no escritas. Es que don Julio había redactado ese ensayo poco menos que de memoria, prácticamente ciego por las cataratas. Un hecho verdaderamente prodigioso. Guardo con celo ese tesoro entre mis papeles.

 Por supuesto, conocí Las Casuarinas, que visité en cuatro oportunidades por lo menos. Conservo intacta la imagen de la vieja casona rodeada de una frondosa arboleda y el infernal ruido de las cotorras. También de las noches apacibles en que solíamos conversar iluminados por el sol de noche, pero más por el destello inagotable y amistoso de su sabiduría. Poco importaba la comida, a veces incomible, que preparaba Rasputín, nombre que le dio la querida negra Barel a un pintoresco criado, medio “falto”, según decía con acierto y gracia.

 Tengo presente asimismo el escritorio y la gran mesa que lo acompañaba en la habitación en que tenía instalada su biblioteca. Había allí un caos fenomenal de papeles del cual emergían sus famosas carpetas, que fueron más de quinientas: un verdadero cosmos hecho de recortes y anotaciones manuscritas hilvanados y ordenados por su inteligencia. Supongo que quienes lo han conocido sabrán, porque él mismo lo contó muchas veces, que compraba tres ejemplares de cada uno de los libros que le interesaban: dos para recortar y pegar, y uno para conservar anotado. Alguna vez tuve esas capetas en mis manos, en el Instituto, donde las había depositado en tránsito porque allí había fijado su lugar de trabajo en sus años postreros, cuando el CONICET, conducido entonces por gente patriota, proba y abierta a la inteligencia, reconoció sus méritos, lo contrató y le permitió completar sus últimos trabajos. Uno de ellos, La curva ascendente de la economía argentina, permanece inédito y a la espera de su oportunidad editorial.

 En Las Casuarinas tuve también ocasión de recorrer asombrado sus Cuadernos de Notas, como había titulado a una serie de volúmenes manuscritos, bien encuadernados, donde había volcado los comentarios suscitados por los clásicos que había estudiado entre 1923 y 1927 (repárese que don Julio nació en 1899). Sus hojas atesoraban, en agraz y a la espera de su madurado desarrollo, numerosos artículos y libros. Uno de ellos, se recordará, fue su Tito Livio, editado en 1951, que nació de las anotaciones de esos Cuadernos. Pienso que de no haber acudido a otros intereses y reclamos superiores, habrían surgido de sus páginas muchos ensayos deliciosos, similares a los que dedicó al historiador romano, a Burke y a Rivarol.

A principios de 1982 la salud de don Julio había declinado sensiblemente. Dejó entonces su residencia porteña y se instaló en una casa de la calle Palma, en la ciudad de Gualeguaychú. A principios de abril supe de su empeoramiento. No vacilé. Emprendí viaje ante el presentimiento de un pronto desenlace. Quería darle la despedida a mi maestro. Recuerdo que entré en la habitación en la que se hallaba postrado y le hice algún chiste gracioso que respondió con otro. Apenas si pude disimular las lágrimas que brotaban del fondo de mi alma. Llevaba un encargo de sus amigos: las páginas manuscritas del prólogo para una segunda edición de Perón y la crisis argentina que aquellos deseaban reeditar. Se las alcancé. No las leyó. No las podía leer, ni era necesario. Me contestó que no deseaba que el libro se publicara porque podía, en esos momentos, contribuir a dividir la opinión de los argentinos. Valga la anécdota postrera para demostrar su extraordinaria grandeza de espíritu, porque en esos precisos momentos -no haría falta que lo recuerde- nuestros fuerzas armadas estaban dando batalla en tierras malvinenses. Argentina había desafiado a un imperio, recuperado lo que le pertenecía en derecho y se le negaba hasta la humillación y le había hundido al enemigo la mitad de su flota, dando sus solados un ejemplo que la posteridad -me refiero a la Nación entera y no a un puñado de patriotas memoriosos- sabrá recoger y valorar debidamente cuando otros vientos soplen, lo suficientemente fuertes para arrasar con una dirigencia política como la que padecemos hoy, profundamente corrupta y antipatriótica

          Don Julio cerró los ojos antes de aquel fatídico 14 de junio, soñando con el triunfo sobre el usurpador británico. Con ese bello sueño entregó su alma al Creador un argentino de excepción, un 5 de mayo, en Gualeguaychú, la tierra natal que tanto amó.

 Un accidente en mi salud impidió que pudiera leer la conferencia preparada para la ocasión. De todos modos, a instancias de un colega, su texto se publicó de modo fragmentario en la revista Cabildo 2, y completo en Gladius 3. Ahora lo publico nuevamente, en este volumen, con algunas pocas quitas y agregados que no alteran en nada sustancial el texto original.

 Recuerdo que en 1975 le propuse a Julio Irazusta la reedición de su Urquiza y el pronunciamiento, libro por entonces difícil de hallarTambién recuerdo que me propuso incluirle un prólogo motivado por el hecho de que muchos colegas amigos, según me dijo, le habían señalado que se había mostrado demasiado benevolente con la figura de quien, al fin y al cabo, era responsable de la mayor apostasía que había sufrido la Patria. Ningún inconveniente significaba incluir unas pocas páginas más. Antes bien, fueron oportunas toda vez que contribuyeron a disipar alguna perplejidad en el lector poco atento.

Hoy esa edición, que apareció con una pequeña variante en el título, ha desaparecido de las librerías, lo mismo que la que editó años después Dictio, que incluyó el prólogo. Por eso estimo muy oportuna esta nueva edición encarada por el director de la Biblioteca Testimonial del Bicentenario. Y un verdadero acierto incluir en el volumen otros cuatro trabajos de Julio Irazusta -dos ensayos y dos críticas bibliográficas- prácticamente desconocidos, escritos todos a instancias del firmante de esta noticia.

 Tal vez interese conocer las circunstancias en que fueron concebidos. En 1974, a poco de graduarme en la Universidad de Buenos Aires, pude realizar un proyecto soñado en mi época de estudiante: editar una revista de historia de orientación revisionista y de riguroso carácter científico. Así nació Historiografía, como órgano de un inexistente Instituto de Estudios Historiográficos. Puesto a la tarea de reunir material para el primer número, era lógico que apelara a quien era, sin dudas, al historiador de mayor enjundia dentro de la corriente revisionista.   

 

Notas:

1  Bibliografía del académico de número Dr. Julio Irazusta, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, v. LXI, Buenos Aires, 1988, p. 477-529. 

2  Homenaje a Julio Irazusta en Gualeguaychú, en Cabildo, n. 65 (tercera época), Buenos Aires, 2007, p. 19-21. 

3  Semblanza personal de Don Julio Irazusta a los 25 años de su fallecimiento, en Gladius, n. 69, Buenos Aires, 2007, p. 193-200.