En estas últimas décadas, ha surgido en la Argentina cierta corriente
historiográfica auto denigratoria, que se identifica como hispanista pero que
en realidad le cabe mejor el mote de españolista.[1]
No se trata del hispanismo clásico de los historiadores revisionistas
que reivindicaban el legado cultural de la hispanidad, sino de un españolismo
que tiene por miras un proyecto político utópico que postula la resurrección
del antiguo imperio español a partir de una eventual renuncia de los países
hispanoamericanos a sus atributos soberanos y su sometimiento a la metrópoli
española. En los hechos una ilusión que solo siembra división y parálisis
política.[2]
Estos autores, por razones obvias, se han ensañado con la figura del
general José de San Martin; acusándolo entre otras cosas de haber sido un
agente ingles enviado a América para destruir al imperio hispano católico.
Llevando a las últimas consecuencias la interpretación liberal elaborada
por Bartolomé Mitre (la cual nos legó un San Martin enemigo de la cultura
hispano católica, enamorado de las ideas de la ilustración francesa y funcional
a los intereses ingleses), los actuales calumniadores sostienen que todos nuestros
héroes que lucharon primero por la autonomía y luego por la independencia
fueron traidores a España, y por ende nuestra independencia fue un acto
completamente ilegitimo.
En efecto, fueron los historiadores liberales los que dieron pie a la
leyenda injuriosa de un San Martin al servicio de Inglaterra. El primero de
ello fue Juan Bautista Alberdi, en su libro “El crimen de la guerra”, quien afirmó
sin dar prueba alguna que: “En 1812, dos años después que estalló la revolución
de mayo de 1810, en el Río de la Plata, San Martín siguió la idea que le
inspiró, no su amor al suelo de su origen, sino el consejo de un general
inglés, de los que deseaban la emancipación de Sud-américa para las necesidades
del comercio británico”. Luego Mitre,
en su notable “Historia de San Martin y la emancipación sud americana” será
quien consagre canónicamente la versión de una salida furtiva de San Martin de
España ayudado por los ingleses.
Sin embargo, Enrique
Diaz Araujo, basándose en los datos que reveló el historiador José Torre
Revello, refuta prolijamente esos dichos en su obra “Don José y los
chatarreros”, explicando que San Martin no salió clandestinamente de España,
sino que “En agosto de 1811 presentó ante
el Consejo de Regencia su solicitud de retiro, para pasar a América (y) el 5 de
septiembre, dada su intachable foja de servicios, el Consejo de Regencia le
acordó lo peticionando, con fuero militar y derecho al uso del uniforme.
Entonces Don José sale de España el 14 de setiembre de 1811, por la puerta
amplia y sin ardides”[3].
Y la causa de su
venida a América no es otra que la situación en la que se encontraba la
península. En efecto, San Martin decidió ponerse al servicio del gobierno de
Buenos Aires porque consideró perdida la guerra en España e irrecuperable a la
monarquía borbónica adherida al despotismo ilustrado. Amén de que estaba siendo
mal visto y perseguido por su condición de americano. Por eso volvió a su
patria natal.
No obstante, los
pseudo-historiadores y divulgadores españolistas insisten con la injuria,
señalado que nuestro Libertador fue sacado de España por los ingleses, y
trasladado a Buenos Aires en buques de ese país con el objeto de consumar la
secesión del imperio hispano.
No tienen en cuenta
los detractores que sí San Martin quería salir de España no tenía otra forma de
hacerlo que como lo hizo; pues en ese entonces toda España, excepto el puerto
de Cádiz, estaba ocupada por Napoleón; cosa que Díaz Araujo explica también con
toda lógica. Dice así: “Cádiz era un istmo cercado en su salida
terrestre por el Ejército napoleónico del Mariscal Victor, y defendido y
bloqueado en su faz marítima por la escuadra británica del Almirante Colingwood;
quien quisiera salir del enclave gaditano tenía una opción: o pedía permiso a
los franceses o se lo pedía a los ingleses. No había otra forma. Ahora bien, si
el pasajero se disponía ir hacia América, la alternativa se reducía, puesto que
únicamente los británicos controlaban las aguas oceánicas. En tal situación, el
viajero debía obtener pasaporte o visa del Consulado ingles en Cádiz, conseguir
alguna recomendación para embarcarse en algún buque de la Royal Navy, y vía
Lisboa dirigirse a Inglaterra. En los puertos ingleses podía embarcarse en
algún mercante (ingles por supuesto) que fuera al Rio de la Plata. Ese era el
exclusivo camino de salida”[4].
Así mismo, respecto a
la “ayuda” que supuestamente le prestaron los ingleses, los detractores no
reparan en que esta consistió simplemente en una recomendación, que era
indispensable tener para poder embarcarse en un buque de guerra inglés, y que
San Martin consiguió sin compromiso alguno de un amigo de esa nacionalidad; además
por supuesto del correspondiente y burocrático visado del pasaporte por parte
del cónsul de ese país, estampado por Sir Charles Stuart. Nada extraño o
inusual dada las circunstancias.
Díaz Araujo lo dice
claramente: “James Duff fue quien le
consiguió el embarque. Pero San Martin no le aceptó el dinero que le ofrecía
para no quedar obligado más allá de lo absolutamente imprescindible. Más
adelante, el pasaje de la Canning lo solventó el rico Alvear; pero Zapiola y
San Martin, en cuanto cobraron sus primeros sueldos castrenses en Buenos Aires,
le reintegraron la suma desembolsada; también para no quedar atrapados por
gratitudes excesivas”.[5]
Hace notar también Díaz
Araujo que los detractores para dar más fuerza a su endeble argumento le suman
el infundio de la supuesta masonería de San Martin; afirmando que este, cuando
pasó por Inglaterra y residió en la mal llamada “Casa de Miranda”, recibió
instrucciones de la masonería inglesa. En realidad –explica nuestro
historiador- “San Martín no conoció a
Miranda, por una sencilla razón cronológica: mientras el primero llegó a
Londres a comienzo de octubre de 1811, el segundo se había marchado de esa
ciudad en octubre de 1810. Ni la casa era llamada de Miranda, sino de los
diputados de Caracas, Andrés Bello y Luis López Mendez. Por su amplitud y la
generosidad de sus ocupantes, varios americanos paraban en ella, como fue el
caso de Manuel Moreno y Tomas Guido, sin que por esa estadía nadie piense que
se iniciaron en la masonería inglesa… el
principal encargado de la residencia a donde fue a parar San Martín y con quien
entabló buena amistad, delegado de la Junta de Caracas, don Luis López Mendez,
era un político de doctrina católica ortodoxa…”[6]
Y con respecto a la
supuesta pertenencia de la Logia Lautaro a la masonería, numerosas pruebas
existen de que ello es absolutamente falso, basta mencionar aquí la respuesta
que obtuvo el historiador Patricio Maguire de la Gran Logia de Inglaterra que
le respondió que: “La logia Lautaro era
una sociedad secreta política y no tenía relación alguna con la francmasonería
regular… las seis personas mencionadas en su carta –entre ellos José de San
Martin-, de acuerdo a nuestros archivos, nunca fueron miembros de logias bajo
jurisdicción de la Gran Logia Unida de Inglaterra.” Y lo mismo le
contestaron la Gran Logia de Irlanda y
la Gran Logia de Escocia.[7]
Es decir, mal podría
haber recibido San Martin instrucciones de Miranda y de la Masonería, si no
tuvo contacto con aquel, la casa en donde se albergó provisoriamente no era una
casa de la masonería, y la Lautaro tampoco era una logia masónica. Una cuestión
concluida.
Refutado este
argumento, conviene aclarar cuáles eran los intereses de Inglaterra frente a
España en este periodo, ya que erróneamente se sostiene que aquella tenía por
objetivo hacer que los americanos se independizaran de España, y para eso envió
a San Martín. Nada más falso.
En realidad, “después de 1808, los estadistas británicos
vieron con malos ojos los movimientos de rebelión en América hispana. Estaban
empeñados en una lucha terrible contra Napoleón y les molestaba todo disturbio
que tendiera a debilitar a su aliado español… recomendaron lealtad hacia la
Madre Patria a los enviados rebeldes que fueron a Londres… Conservar la
integridad hispánica fue la norma básica de la diplomacia británica por esas
décadas. De ahí el sentido del Tratado Apodaca-Canninng, del 14 de enero de 1809,
de alianza ofensiva y defensiva con España. Convenio que fue el tiro de gracia
a las esperanzas que tenía Miranda de que los ingleses lo auxiliaran en América.”[8]
Por eso cuando los
enviados de la Suprema Junta de Caracas les ofrecieron a los ingleses el libre
comercio a cambio del reconocimiento de su independencia, estos se negaron. ¿Por
qué hicieron esto si el interés comercial era su principal interés?
Lo hicieron por que
los intereses económicos no eran la principal motivación de Inglaterra en ese
momento. Quienes creen lo contrario se equivocan pues no contemplan que por encima del
beneficio económico a Inglaterra lo que le preocupaba por entonces era su
seguridad amenazada por Napoleón Bonaparte. Amén de que los comerciantes
ingleses siempre se las habían ingeniado para introducir sus mercancías
mediante el contrabando, a pesar de las medidas proteccionistas vigentes en
América.
En ese sentido afirma
Díaz Araujo que la política exterior inglesa fue oficialmente definida por Su
Majestad Británica el rey Jorge III, el 13 de julio de 1810, cuando declaró que
se consideraba: “la vigorosa prosecución
de la contienda en la península como esencialmente relacionada con la seguridad
de sus propios dominios durante la continuación de la guerra entre Su Majestad
y la potencia francesa. La independencia, integridad y prosperidad de las monarquías
española y portuguesa están mezclados íntimamente con la seguridad del imperio
británico”.[9]
Esta declaración de
la Corona británica ratifica lo que ya antes, el 20 de junio de 1808, había
establecido el Primer Ministro Henry Castlereagh, al decir que: “Como, debido a la insurrección en las
Asturias, se renueva la posibilidad de restaurar la monarquía española… se
desea suspender cualquier medida tendiente a dividirla, y por ende a
debilitarla.”[10]
En consonancia con
todas estas manifestaciones, el Ministro de Guerra inglés, conde de Liverpool
le informó el 16 de agosto de 1810 al Brigadier General Layard que S.M.B. se oponía
a “todo procedimiento que pueda producir
la menor separación de las provincias españolas de América”[11].
Es decir que para
Inglaterra en ese entonces era más importante terminar con el peligro
napoleónico que desmembrar al Imperio español o poder introducir sus
manufacturas en América mediante el libre comercio. Como dice Vicente Sierra: “La invasión de España por Bonaparte abrió a
la Gran Bretaña la posibilidad de hacer pie en el continente para llevar la
guerra al hombre que parecía destinado a someter a Europa, el cual había
logrado limitar el comercio británico a casi los términos estrechos de sus
islas. Enemiga tenaz del Imperio español, cuya fortaleza había procurado minar,
Gran Bretaña se vio compelida a ser su aliado… no solo postergó su apoyo a todo
intento emancipador , sino que pasó a constituirse en un celoso custodio de la
integridad del imperio español.”[12]
Por eso afirma Díaz
Araujo que: “tan poco deseaba Inglaterra
la independencia americana que prohibió a los súbditos británicos servir en
Sudamérica; impidiendo también la exportación de armas con ese destino.”[13]
Sobre este último punto hace notar Héctor Piccinali que “en el puerto de Buenos Aires sólo podía comprarse alguna arma a los
comerciantes ingleses en cantidades mínimas, en forma subrepticia, con altos
precios usurarios en oro constante y sonante.”[14]
Otra prueba de que
Inglaterra ya no deseaba fomentar la independencia de los territorios
americanos pertenecientes a la Corona de Castilla, y que no estaba dispuesta a
apoyar un eventual movimiento en ese sentido, son las instrucciones que se les
envió a los agentes ingleses en el Rio de la Plata. Vicente Sierra menciona las
que Lord Strangford remitió a Manuel Aniceto Padilla cuando fue comisionado ante la Primera Junta, que decían lo siguiente: “Le he confiado hacer presente al nuevo gobierno
lo impolítico que sería por su parte ejecutar actos susceptibles de crear
dificultades a la Gran Bretaña, mientras continúen sus relaciones con España, así
como la necesidad de abstenerse de toda medida que indique la confianza de que
su causa será sostenida después por el gobierno británico. También tiene
encargo de hacerles presente, y esto de la manera más urgente, lo loco y
peligroso de toda declaración de independencia prematura y de la necesidad,
desde todo punto de vista de que sigan preservando el nombre de la autoridad de
su legítimo soberano…”[15].
En pocas palabras los ingleses les decían a los americanos que no debían
declararse independientes y que si lo hacían no debían esperar nada de
Inglaterra.
Esta política de no
promover y por el contrario, desalentar la independencia americana adquirió
nueva forma legal cuando el 5 de Julio de 1814 Inglaterra y España firmaron un
nuevo tratado de amistad y alianza (similar al tratado Apodacca –Canning) por
el cual Inglaterra “obtenía las ventajas
comerciales que perseguía, tornando inútiles las ofertas americanas” y a
cambio se obligaba “a tomar las providencias necesarias más eficaces para que sus súbditos no
proporcionen armas, municiones ni otro artículo de guerra a los disidentes de América.”[16]
Eso explica y es
absolutamente coherente con el consejo que Lord Strangford le dio en 1814 al
Director Supremo Gervasio Posadas de “retirarse
de la contienda con honra y seguridad, como ahora bien se puede”[17].
Y una constatación
palmaria y notoria de que Inglaterra cumplió con esos acuerdos y compromiso
asumidos con España (claro que por conveniencia y no por lealtad) fue el
rechazo de la propuesta que le formuló Carlos de Alvear de asumir el
protectorado de estas tierras. En efecto, Alvear, como Director Supremo de las
Provincias Unidas, fue el autor firmante de dos pliegos, fechados el 23 y 25 de
enero de 1815, que José Manuel García debía entregar a Lord Strangford en Rio
de Janeiro, y otro dirigido a Lord Castlereagh. En el primero le decía a
Strangford que: “este país no está en
edad ni en estado de gobernarse por sí mismo, y necesita una mano exterior que
lo dirija… En estas circunstancias solamente la generosa nación británica puede
poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas
Provincias que obedecerán a su Gobierno y recibirán sus leyes con el mayor
placer”. En el segundo le manifestaba a Castlereagh que “Estas provincias desean pertenecer a la Gran
Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo
poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe
del pueblo ingles… es necesario que se aprovechen los momentos, que vengan
tropas que impongan a los genios díscolos y un Jefe autorizado que empiece a
dar al país las formas que sean del beneficio del Rey y de la Nación, a cuyo efecto espero que V.E.
me dará avisos con la reserva y
prontitud que conviene preparar oportunamente la ejecución.”[18]
Alvear, claro está
era un agente ingles y además era masón. Y aunque vino junto con San Martin a
América, al poco tiempo de llegar llamativamente se distanció de este y se
convirtió en uno de sus más feroces enemigos. Sin embargo, los españolistas no
le dan relevancia a su actuación y se dedican a denostar principalmente y en
forma injusta al Libertador. ¿Qué no dirían estos de San Martin si este hubiera
hecho lo que hizo Alvear? Tal vez esa benevolencia con Alvear se deba a que este,
posteriormente le escribió a Fernando VII un memorial en el cual “repudiaba por completo a la Revolución del
Plata” y pedía “perdón y clemencia”
al rey felón.[19]
En definitiva, no hay
dudas que Inglaterra en este periódico histórico no tuvo por objetivo promover la
independencia de los antiguos reinos de Indias[20].
Con lo cual se cae entonces la tesis de que San Martin fue un agente ingles enviado
por estos con ese propósito.
Ahora bien, ¿Qué
pensaba San Martin respecto a Inglaterra? Sus detractores por supuesto
sostienen una anglofilia y un afán de favorecerlos totalmente inexistente. La verdad
es que San Martin, como dice Roque Raúl Aragón, “… sabía perfectamente cuál era el interés británico y procuró
entretenerlos el tiempo necesario para consolidar su posición militar. De ahí
la distinción que mostraba a cuanto súbdito ingles tuviera a su alcance,
despertando una gran simpatía en ellos. Pero nunca comprometió nada. Los
conformó con palabras amables… Ya en carta a Godoy Cruz, del 24 de mayo de 1816
expresaba acerca de Inglaterra una opinión que no quería hacer pública: no hay
nada que esperar de ella, decía (lo que no obstó, una vez declarada la
independencia, para que hiciera gestiones ante Bowles y Staples). Años después,
en 1830, en Montevideo, antes de regresar definitivamente a Europa, le dijo al
general Iriarte, que lo había acompañado hasta la rada, que cuando cayera
Lavalle, él y los otros emigrados (federales) no debían perder tiempo en
regresar a Buenos Aires a fin de tomar parte activa en los negocios y perseguir
con tesón al círculo británico hasta anularlo (Tomas Iriarte, Memoria, t° IV, pag.157).” [21]
Es por esto que los
ingleses más advertidos fueron sus enemigos, entre ellos Lord Strangford. Otros
incluso lo creyeron un agente francés, como el espía al servicio de Inglaterra,
Manuel Castilla, quien el 13 de agosto de 1812 le escribió al cónsul Robert
Staples diciéndole que los pasajeros llegados a Buenos Aires en la George
Canning “fueron enviados y provistos de dinero
por el gobierno francés” y que el coronel San Martin “no tengo la menor duda está al servicio pago de Francia y es un enemigo
de los intereses británico”.[22]
Llama la atención que si el Libertador era un agente inglés no se le hubiera
informado de ello a un espía acreditado en Buenos Aires.
Pero hay un hecho que
muestra a las claras que efectivamente el Libertador no dudó en afectar los
intereses económicos de los ingleses, que gozaban del libre comercio con Lima, en
pos de concluir su epopeya. Esta es la cuestión del empréstito de 1818, que Díaz
Araujo explica sintéticamente del siguiente modo: “Para pasar la Expedición Libertadora para el Perú se requería de una
escuadra. Ni Chile ni la Argentina la tenían…
Había que comprar buques de guerra en los países que los armaban y
vendían. Se envió a Manuel Aguirre a Estados Unidos con ese fin. Este consiguió
un barco. Se comisiono a José Alvarez Condarco y Antonio Alvarez Jonte al Reino
Unido. Ellos tuvieron éxito en cuanto a que se compró un gran buque. El único
problema (aparte de burlar las prohibiciones de las alianzas anglo – hispanas)
es que había que pagarlos. Chile iba a poner 200.000 pesos fuertes. A las
Provincias Unidas le correspondían 500.000 pesos fuertes. Por descontado que en
el erario de estos países no había un peso disponible. San Martín le dicta a
Juan Martín de Pueyrredón la solución: levantar un empréstito forzoso en el
comercio inglés de Buenos Aires. El ingenuo Director Supremo cree en la palabra
del cónsul Staples de que él iba a persuadir a los comerciantes de su
nacionalidad. Le habían prometido 141.000 pesos fuertes, y contribuyeron con
6.700…. El general sabe cómo son los juegos del comercio británico de Buenos
Aires. Su agente personal el comerciante John Thwaites, le ha escrito el 16 de
marzo de 1819: hasta que se ponga en Lima en un estado de bloqueo formal no
este usted seguro de que no reciban los españoles auxilio de los buques ingleses
y americanos del norte. Yo veo que los comerciantes (ingleses en Buenos Aires) venderán
con gusto armas a los limeños… San Martin presiona mucho a Pueyrredón. Si el
empréstito no se ejecuta, renunciará… Al fin Pueyrredón le remite lo recaudado.
Que no es lo prometido tampoco… como suma final colecta 216.600 pesos fuertes…
Fue una jugada maestra del General… les hizo pagar a los comerciantes ingleses
de Buenos Aires los buques comprados en Inglaterra que destruirían el comercio
ingles con Lima.”[23]
Y así como San Martin
afectó los intereses económicos de los ingleses también intentó contrariar los
planes políticos de estos, de destruir la unidad americana.
En efecto, en 1820, estando el Libertador en el Perú, le transmitió al Virrey Pezuela en la reunión de
Miraflores, una propuesta para terminar con la guerra en base al reconocimiento
de la independencia de lass Provincias Unidas de Sudamérica, y la coronación en
estas tierras de un príncipe “de la Casa
reinante en España”. El plan fracasó a causa de un motín de los militares
masones del ejército español que depuso a Pezuela, que fue reemplazado por el
general José de la Serna. No obstante, al año siguiente, San Martin volvió a
insistir. Esta vez, según dice Díaz Araujo, contaba con el apoyo del apoyo del
Comisionado Real llegado al Perú, don Manuel Abreu, quien en su diario cuenta
la conversación que tuvo con San Martin antes de llegar a Lima. Dice Abreu que
este le manifestó que “había convenido
con los de su ejército en coronar a un príncipe español, medio único capaz de
ahogar las opiniones de enemistad, reunirse de nuevo las familias y los
intereses; y que por honor y obsequio de la Península se harían tratados de
comercio con las ventajas que se estipulasen, y que, en cuanto a Buenos Aires,
se emplearía las bayonetas para compelerlos a esta idea si no se prestasen”[24].
La propuesta en un
principio convenció al Virrey La Serna, quien según relata Abreu opinó que “el plan de San Martin era admirable, que lo
creía de buena fe”. Sin embargo, según cuenta el General Tomas Guido, “apenas se impuso de lo sucedido el general
Valdes, cuyo carácter impetuoso y osado se sobreponía a los demás, se resistió
decisivamente a la realización del plan y amenazó a La Serna con la oposición
del ejercito… y muy pronto reducidos los resortes del poder de La Serna,
descendió a la humillación de suscribir a las ideas de Valdes.”[25]
Augusto Barcia
Trelles, gran maestre de la masonería española dirá que: “Dándose el caso de que La Serna y Valdes, dos notorios y notables
francmasones, que traían organizada su logia… se transformaban en los más decisivos
opositores del movimiento de liberación en el Perú”[26].
Y Díaz Araujo comenta
que “se trataba de la Logia Central de la
Paz Americana del Sud, dependiente de la Logia de Inglaterra, y cuyo Venerable
era el general Jerónimo Valdes (tal como lo documentó el general Tomas de
Iriarte). Lo de la <Paz> era un contrasentido, pues ellos lo que querían
era <Guerra y Balcanización> para América según los intereses del Imperio
Británico.”[27]
En definitiva, la propuesta de San Martin en Punchauca también fracasó por la injerencia de la masonería española, dependiente de Inglaterra.
Con lo dicho hasta aquí, queda claro que
nuestro Libertador no solo luchó por la independencia americana ante la tiranía
de Fernando VII, sino que hizo todo lo que estaba a su alcance para conservar
la unidad de estas tierras, contrariando así los planes de Inglaterra. Que al
final esta se impuso no fue culpa de San Martin, sino justamente de sus
enemigos.
Notas
[1]
A tenor de esta corriente, la Argentina no tendría ni un pasado glorioso ni un
destino digno o de grandeza; sino todo lo contrario; un pasado ominoso,
vergonzoso, y un destino miserable.
[2]
En el caso de los españolistas neo carlistas ese retorno a la unidad imperial está
unido a la -a todas luces imposible- instalación en el trono español de un eventual
heredero del príncipe Carlos Maria de Borbón (hermano de Fernando VII), a quien
consideraban el legítimo monarca de España.
[3]
Díaz Araujo, Enrique. Don José y los chatarreros. Ediciones Dike. Mendoza,
Argentina, año 2001. Pag 79.
[4] Díaz
Araujo, Enrique, ob cit., pag 79 y 80.
[5]
Ibidem, pag 81.
[6]
Ibidem pag 83.
[7]
Ibidem pag. 85
[8]
Ibidem. Pag 88
[9]
Ib. Pag 88, 89
[10]
Lynch, Johnn. Gran Bretaña, San Martin y la independencia Latinoamericana;
citado por Diaz Araujo, ob cit. Pag 91.
[11] Díaz
Araujo, Enrique. Ob. cit. Pag 89.
[12]
Sierra, Vicente. Historia de la Argentina 1810-1813. Ed. Científica Argentina.
Pag 131
[13] Díaz
Araujo, Enrique. Ob cit., pag 91
[14]
Piccinalli, Hector Juan; San Martin y el Liberalismo, en Gladius N° II; citado
por Diaz Araujo, ob cit. Pag 97.
[15]
Sierra, Vicente. Historia de la Argentina 1810-1813, pgs 156, 157.
[16]
Diaz Araujo, Enrique. Ob cit., pag 90.
[17] Ibidem.
Pag 91.
[18]
Rosa, José Maria. La misión Garcia ante Lord Strangford, citado por Diaz
Araujo, ob cit., pag 105.
[19] Díaz
Araujo, Enrique. Ob cit., pag 106.
[20]
Inglaterra recién cambiaría su política después de la victoria patriota en
Ayacucho, en 1824, cuando la independencia era ya un hecho consumado
[21] Aragón,
Roque Raul. La política de San Martin. Cdba. Universidad Nacional de Entre Rios.
1982. Citado por Diaz Araujo en ob. cit., pag 95.
[22]
Piccirilli, Ricardo. San Martin y el gobierno de los pueblos. Citado por Diaz
Araujo en ob cit.,pag 97.
[23] Díaz
Araujo, Enrique. Ob cit. Pags 98 a 101
[24]
De la Puente Candamo, Agustín. San Martin y el Peru, citado por Diaz Araujo, ob
cit., pag 177.
[25]
Steffens Soler, Carlos. San Martin en su conflicto con los liberales, citado
por Diaz Araujo, ob cit., pag 179 y 180.
[26]
Barcia Trelles, Augusto. San Martin en América, citado por Diaz Araujo, ob
cit., pag 180
[27]
Díaz Araujo, Enrique. Ob cit. Pag 180.