jueves, 19 de marzo de 2026

Capacidad para el gobierno propio

 

Por: Julio Irazusta

La instalación del primer gobierno propio reveló en nuestra comunidad una aptitud para manejarse por sí mismo, tal vez la causa decisiva que provocó más tarde la declaración de independencia. El acierto casi infalible del caudillo y del pueblo despierta la admiración sin reserva, y fue el origen de los éxitos posteriores. La previsión de Cornelio Saavedra adivina la llegada del momento dorado, y le permite prepararse a aprovecharlo. Sus dichos antes de la ocasión: «no es el tiempo, dejen Vds. que la brevas maduren y entonces las comeremos»; y cuando ella se ha producido: «ahora digo no sólo que es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora», encierran la mejor lección para el aprovechamiento de las oportunidades estelares, oportunidades que son los pivotes del engrandecimiento para las naciones. Cuando el jefe de Patricios dijo al virrey: «no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses. Hemos resuelto reasumir nuestros derechos, y conservarlos por nosotros mismos», expresaba la voluntad de un pueblo consciente de su capacidad y de su fortuna. Igual acierto colectivo reveló el Cabildo Abierto del 22 de mayo, que Manuel Belgrano calificó de congreso modelo, completando su elogio de este modo: «No puedo pasar en silencio las lisonjeras esperanzas que me había hecho concebir el pulso con que se manejó nuestra revolución en que es preciso, hablando verdad, hacer justicia a don Cornelio Saavedra». Juicio tanto más valioso respecto de su compañero de causa, cuanto que varias divergencias los habían separado, antes que Belgrano escribiera su Autobiografía.

No interesa averiguar en qué medida se debe atribuir a unos, a otros o a todos la responsabilidad de los desaciertos inmediatamente posteriores, que no respondieron al éxito inicial y desembocaron en la división del colegiado instituido el 25 de Mayo, la eliminación de Mariano Moreno, la instalación de la Junta Grande y las vicisitudes consiguientes. Martínez Zuviría ha escrito un panfleto contra el famoso secretario del cuerpo (exagerado como tal, pero ameno y necesario, piedra tirada a la ideología que obstruye la corriente de los estudios históricos y la convierte en agua muerta). Ahí se le niega a Moreno toda capacidad. Pero si es verdad que no había previsto la ocasión, ni en consecuencia querido el cambio, y fue el único tal vez que puso en cuestión su legitimidad, no es menos cierto que a poco de entrar con la Junta acaudillaba un partido tan importante que debilitó la posición de Saavedra, hasta hacérsela perder poco después de quedar eliminado él mismo. Fue desdicha de nuestra revolución que dos cabecillas del primer gobierno patrio, en vez de complementarse y sostenerse recíprocamente, se destrozaran entre sí, al revés de lo ocurrido en Norte América, donde los iniciadores de la revolución tuvieron la fortuna de llevarla hasta su lógica conclusión en un trabajo de equipo que les permitió vencer dificultades mayores en principio que las halladas por nuestros hombres del 25 de Mayo.

Algo igualmente desafortunado sucedió respecto de la epopeya militar que consumó la independencia. Ella no tiene paralelo entre los pueblos que lucharon por su libertad. Pero ninguno de los héroes que la cumplieron logró prolongado ascendiente sobre sus conciudadanos, como para poner al servicio del Estado naciente el influjo carismático de un vencedor en la guerra, indispensable al afianzamiento de las instituciones. Washington, discutido y envidiado no menos que San Martín, tuvo, sin embargo, la colaboración y el apoyo sin reserva de los mejores. Por ejemplo, el genial Hamilton fue su secretario militar durante casi toda la lucha emancipadora. Y aunque le pesaba estar de segundón, y ambicionaba elevarse al primer plano, jamás se le ocurrió disputar el principado al Libertador, mientas que nuestro San Martín experimentaba el desvío del gobierno metropolitano (que le rehusó su concurso para las batallas finales de la independencia) y era vilipendiado y calumniado por los ideólogos porteños en su itinerario de la abdicación al exilio. Desde la ruptura entre Saavedra y Moreno, los cambios de gobierno habían sido una especie de ronda enloquecedora, en la que los dirigentes, cualesquiera fuesen los nombres que recibían como jefes del Estado –triunviros, directores, gobernadores encargados de las relaciones exteriores o presidentes de la república– perdían pie en una trampa abierta en medio del escenario. En veinticinco años, desde 1810 a 1853, hubo veinte titulares del poder ejecutivo nacional (sin contar cada uno de los dos triunviratos sino como una unidad), con un promedio de quince meses de duración.

Semejante inestabilidad no era propicia al desarrollo de una fuerza nueva. Desde los primeros pasos, el espíritu imitativo y la influencia extranjera perturbaron a los dirigentes, apartándolos de la propia tradición y disponiéndolos a escuchar los peores consejos de las potencias interesadas en destruir el imperio español, pero también en estorbar la consolidación de nuevas naciones vigorosas. El liberalismo, aceptado por la metrópoli en su decadencia, convirtióse en el dogma económico del poder naciente. Y como resultado, al monopolio comercial de la madre patria se sustituyó el de Inglaterra, que a la vez nos disuadía de declarar la independencia y nos sometía a su influencia. Una vigorosa reacción del Consulado, órgano de los intereses locales, quedó frustrada por la debilidad de las efímeras autoridades que en Buenos Aires sucedíanse unas a otras en ronda interminable. El mismo gobierno que había convocado al Congreso de Tucumán, y que había de proclamar la independencia política, encarpetó un expediente abierto por el Consulado, renunciando a toda ambición de independencia económica.

Por suerte, los congresales de Tucumán exhibieron en sus procedimientos mayor entereza que los funcionarios porteños, y declararon la emancipación del país en el peor momento, desde el estallido del 25 de mayo de 1810 hasta el 9 de julio de 1816. En parte cedían a las incitaciones del general San Martín, cuya capacidad política era apenas inferior a su genio estratégico. El Gran Capitán, uno de los emancipadores que tuvo más porvenir en la cabeza, y que anunciaba con años de anticipación lo hacedero para realizarlo al pie de la letra, aguijoneaba al diputado mendocino en el Congreso, con expresiones de extraordinario relieve, de las que fue pródigo: «¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo, y los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos? Esté V. seguro que nadie nos auxiliará en tal situación. Por otra parte el sistema ganaría un 50 por ciento con tal paso. ¡Ánimo! que para los hombres de coraje se han hecho las empresas” (Mitre, Historia de San Martín, Ed. Lajouane, 1890, t. IV, p. 287, carta del 12 de abril de 1816). «Yo no he visto en todo el curso de nuestra revolución, más que esfuerzos parciales, excepto los emprendidos contra Montevideo, cuyos resultados demostraron lo que puede la resolución... Háganse simultáneos y somos libres»... «Y ¿quién hace los zapatos?, me dirá V. Andemos con ojotas; más vale esto que el que nos cuelguen, y peor que esto, el perder el honor nacional. Y el pan ¿quién lo hace en Buenos aires? Las mujeres, y si no comeremos carne solamente. Amigo mío, si queremos salvarnos es preciso hacer grandes sacrificios»...; «yo respondo a la nación del buen éxito de la empresa» (Ibid., t. IV, ps. 291-292, carta del 12 de mayo de 1816). Como Godoy Cruz le contestara que la independencia no era soplar y hacer botellas, San Martín le retrucó: «Yo respondo a V. que mil veces me parece más fácil hacer la independencia que el que haya un solo americano que haga una botella» (Ibid., t. IV, p.293, carta del 24 de mayo de 1816).

Cuanto al problema de Inglaterra, por cuya amistad se hacían enormes sacrificios políticos y económicos, San Martín decía en la misma carta a Godoy Cruz citada en último término: «Nada hay que esperar de ella». Si pese a la falta de ayuda exterior su ánimo no desmayaba, es porque conocía los recursos de su patria natal y porque, de ser bien manejados, los sabía suficientes para la empresa que aconsejaba. A las objeciones de los timoratos, basados en la escasez, respondía con el leguaje espartano traducido al criollo: «Si no tenemos que ponernos, andaremos en pelota, como nuestros antepasados los indios»«si no tenemos sillas, nos sentaremos en cabezas de vaca». Nunca la voluntad esclarecida brilló mejor en la Argentina que en el caso de San Martín, justamente llamado padre de la patria. Su formación militar (hecha en los libros de la mejor escuela estratégica de todos los tiempos, según Liddell Hart, la francesa del siglo XVIII), su carácter moral templado en el ambiente de la España eterna, su previsión a largo plazo, le permitieron llevar a cabo una epopeya sin paralelo en los anales de la humanidad: la de una colonia que se emancipó sin la ayuda de nadie.

Mucho más afortunada que la obra civil fue la hazaña militar de los emancipadores, no sólo por la elevación de su objetivo, que era de libertar y no de oprimir a hermanos, sino porque la perfección teórica del plan estuvo de acuerdo con la maestría de la ejecución. El oficio gubernativo que decidió la campaña de los Andes en el ánimo del Director supremo, es un papel de Estado digno de la cancillería de una gran potencia. Tal habría llegado a ser la Argentina, de haber los estadistas mostrado un acierto parecido al de los capitanes que consumaron la independencia.

Para ponderar el mérito de la colectividad compararemos las condiciones en que nos independizamos los hispanoamericanos, con las de los criollos anglosajones. En mi libro sobre Tomás de Anchorena (que es una interpretación de la independencia) expuse lo que ahora no puedo sino sintetizar en breves líneas. A grandes rasgos, digamos que ellos fueron ayudados y nosotros no. Francia reconoció la independencia de los Estados Unidos en cuanto fue declarada, mientras la Argentina esperó más de un lustro para que reconociera la suya Portugal, país ya entonces decadente. Desde aquel primer momento Luis XVI empezó a prestar a los yanquis grandes sumas de dinero, con generosidad sin ejemplo, mientras nosotros recibíamos a los quince años del 25 de Mayo, en condiciones usurarias, un supuesto préstamo (Baring Brothers), contratado so pretexto de la escasez del metálico, que los prestamistas no enviaron sino en ínfimo tanto por ciento, dándonos la mayor parte en papeles que representaban las ganancias de los comerciantes británicos establecidos en el país. Empréstito funesto, firmado por ideólogos que propagaban la utilidad de endeudarse (como sus epígonos de hoy) y que no sirvió sino para confundir al espíritu argentino sobre el resultado de la experiencia hecha por el país en la guerra de la emancipación: a saber, que se había emancipado sin ayuda ajena. Las flotas francesas, pronto secundadas por las de Holanda y España, en imponente coalición marítima, equilibraron el inmenso poderío naval inglés en la costa occidental del Atlántico; mientras la flota de Inglaterra, aliada de nuestra metrópoli cuando nosotros llevábamos adelante nuestra empresa, dejaba pasar después de 1815 todas las escuadras españolas que Fernando VII logró cargar con los miles de veteranos que habían cooperado al derrocamiento de Bonaparte. Por último, en Yorktown, la batalla decisiva de la emancipación norteamericana, equivalente en el norte a la de Ayacucho, Washington mandaba «un ejército de 7.000 soldados, de los que 5.000 eran franceses y sólo 2.000 norteamericanos. Llegó de pronto la noticia de que el almirante francés De Grasse se hallaría a la entrada de Chesapeake... con una escuadra y 3.000 franceses más». (Truslow Adams, Historia de los Estados Unidos, I, p. 153) Poco después el generalísimo británico Lord Cornwallis, se rendía a Washington y Rochambeau. Los hispanoamericanos, en cambio no recibirían ayuda sino de algunos voluntarios ingleses y franceses; jamás lo auxilios estatales de una gran potencia mundial.


Capitulo 1 de "Balance de siglo y medio"

viernes, 6 de marzo de 2026

¿Fue Juan Manuel de Rosas un tirano?

 


           Por: Edgardo Atilio  Moreno


Poco antes de asumir como presidente de la Argentina, el anarco libertario Javier Milei, en un acto político llevado a cabo el 4 de noviembre de 2023 en la ciudad de El Palomar, se refirió a Juan Manuel de Rosas calificándolo con el gastado y remanido mote de “tirano”[1].

Esta injuria contra Rosas es de larga data, la inventaron sus enemigos unitarios y luego la recogieron y difundieron los liberales que escribieron la historia oficial de nuestra patria.

Así generaciones enteras de niños en edad escolar se educaron escuchando a sus maestros sarmientinos hablar sobre los horrores de la “tiranía” de Rosas.

La utilización del termino no sorprende para nada habida cuenta que, al calor de los “nobles odios” mitristas, que en esos tiempos se cultivaban contra el Restaurador, sus enemigos no hayan buscado ser justos ni precisos con los calificativos que utilizaban para referirse a este.

Sin embargo, a esta altura del tiempo y con los avances que en el ámbito historiográfico aportó el revisionismo histórico, es poco serio seguir aplicando ese mote a Rosas.

En efecto, según nos enseña el diccionario de la lengua castellana, tirano es aquel que “consigue de modo ilegal el gobierno de un Estado y lo rige sin justicia y arbitrariamente”[2]. De modo pues que para saber si a Rosas le corresponde o no el calificativo de tirano lo primero que tenemos que hacer es ver en qué condiciones accedió este al poder, en las dos oportunidades en que le tocó ejercerlo. Vayamos entonces a los hechos históricos:

La primera vez que Rosas gobernó Buenos Aires lo hizo luego de la llamada tragedia de Navarro. Este hecho tuvo lugar -como es sabido-  cuando el general unitario Juan Galo Lavalle luego de derrocar, el 1 de diciembre de 1828, al gobernador legítimo de Buenos Aires, Manuel Dorrego, lo hizo fusilar sin juicio previo en la posta de Navarro. Este crimen causó una indignación generalizada en la provincia y la consecuente reacción de los federales. En esas circunstancias, el asesino de Dorrego, se avino a firmar con los federales un tratado de paz (el tratado de Barrancas), en el cual convino en que se nombrase gobernador interino de Buenos Aires al general Viamonte.

El gobernador interino, una vez en el cargo, convocó a la legislatura (que Lavalle había disuelto) para que procediese a la elección de un gobernador. Lo primero que hizo este cuerpo –antes de elegir al nuevo gobernador- fue establecer que el elegido debería contar con “facultades extraordinarias” para poder afrontar los efectos subsistentes de la crisis que había desatado el fusilamiento de Dorrego[3]. Una vez resuelto esto, la legislatura procedió a elegir y a designar como gobernador de la provincia al coronel Juan Manuel de Rosas; quien así -en forma absolutamente legal- asumió su primer mandato el 8 de diciembre de 1829.

En la segunda oportunidad que le tocó gobernar, el Restaurador también tuvo que hacerlo luego de un magnicidio que conmovió al país, el del caudillo riojano Facundo Quiroga.

En efecto, a raíz de un conflicto entre los gobernadores federales de Tucumán y de Salta, Alejandro Heredia y Pablo Latorre, quienes se acusaban mutuamente de favorecer las conspiraciones unitarias existentes en las provincias de cada uno de ellos; el gobernador interino de Buenos Aires, el doctor Manuel Maza, decidió enviar como mediador al general Juan Facundo Quiroga.

El caudillo riojano –en total sintonía con el pensamiento de Rosas- partió al norte con la determinación de hacer entender a los gobernadores enfrentados que en vano era pensar en la reunión de un congreso que dicte una constitución federal si antes las provincias no eran capaces de asegurar el orden en sus territorios y establecer entre ellas relaciones acordes con un sistema federal.

La reunión entre ambos gobernadores estaba prevista que se realizaría en Santiago del Estero. Hasta allí llegaron Quiroga y Heredia. Latorre no pudo hacerlo pues falleció antes de partir. A pesar de ello, se logró la firma de un tratado de paz entre las provincias en conflicto. Facundo satisfecho se dispuso entonces a emprender su regreso. Cuando se disponía a hacerlo se le advirtió de la existencia de un plan para acabar con su vida en el trayecto. A pesar de que la información era verosímil, este le restó importancia y rechazó la escolta que le ofreció el gobernador santiagueño Juan Felipe Ibarra, partiendo hacia su destino, confiado en su suerte, coraje y prestigio.

Al llegar a la localidad de Ojo de Agua recibió un nuevo aviso. Se le confirmó que el capitán Santos Perez, hombre que respondía al gobernador de Córdoba, José Reinafe, lo esperaba en Barranca Yaco para perpetrar el ataque. Nuevamente Quiroga desoyó las advertencias y continuo su marcha. Y así, el fatídico 16 de febrero de 1835, en el lugar indicado, el Tigre de los llanos cayó asesinado junto con toda su pequeña comitiva.

Ante el estado de convulsión que desató el crimen, el gobernador Maza presentó su renuncia. Inmediatamente la legislatura la aceptó y eligió casi por unanimidad a Rosas para gobernar Buenos Aires por segunda vez, y esta vez con la suma del poder público.

Si bien esta designación era suficiente para legitimar la asunción del Restaurador, quiso este hacer plebiscitar la misma, dada la extensión de las facultades que se le otorgaba. El resultado del plebiscito fue contundente, casi la totalidad de los votantes apoyó la elección y el otorgamiento de la suma del poder. Y así, en medio de una algarabía generalizada el 13 de abril de 1835, Rosas llegaba nuevamente al gobierno.

Aclarado esto, conviene destacar también que Rosas, en el ejercicio del poder, no solo actuó conforme a las atribuciones conferidas, sino que lo hizo siempre teniendo por miras el bien común de los argentinos; y no por capricho o en función a sus intereses personales como lo haría un tirano. Basta decir que cuando este ingresó a la política era un rico estanciero y empresario, y durante todo el tiempo que gobernó nunca utilizó su poder para enriquecerse. Es más, cuando se retiró de la vida pública y marcho al exilio, lo perdió todo y no le quedó ni para sobrevivir, teniendo que dedicarse a trabajar en su pequeña granja. La honestidad de Rosas fue tan notoria, que ni siquiera sus enemigos y detractores jamás la pusieron en duda.

Por todo lo hasta aquí dicho, en esta breve síntesis de circunstancias históricas bien conocidas, podemos concluir que no hay dudas que Rosas llegó al gobierno por medios legales y ejerció el poder conforme a las facultades que en cada caso se le otorgó legalmente. No como sus adversarios. Como por ejemplo el citado general Lavalle que se apoderó por la fuerza del gobierno de Buenos Aires y se comportó como un verdadero tirano, asesinando al gobernador legítimo y sembrando el terror, como decíamos arriba.

Esa conformidad con las leyes y el consenso generalizado que tuvo el Restaurador fue tal, que incluso uno de sus principales enemigos, Domingo Faustino Sarmiento, supo reconocer que: “Rosas era un republicano. Era la expresión de la voluntad del pueblo y en verdad que las actas de elección así lo muestran. El gobernante se inclina ante la soberanía popular representada por la legislatura. Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron, grandes y notables capitalistas lo apoyaron y sostuvieron. Abogados de nota tuvo en los profesores patentados de derecho. Verdadero entusiasmo era el de millares que lo proclamaban el Héroe del Desierto y el Gran Americano. Rosas era popular... Rosas era una manifestación social, una fórmula de una manera de ser de un pueblo. La suma del poder público le fue otorgada por aclamación y plebiscito, sometiendo al pueblo la cuestión"[4].

Finalmente, cabe mencionar un dato más, que echa por tierra la idea de que el gobierno de Rosas fue una tiranía. Y es que –tal como lo atestiguo el periodista español Benito Hortelano en sus Memorias- a su caída no hubo actos de algarabía en el pueblo de Buenos Aires[5]. Si de verdad hubiera sido un tirano el júbilo y la felicidad del pueblo hubiera sido notorio y generalizado; pero nada de ello sucedió. Por el contrario, el pueblo bonaerense añoró a Rosas por años, como lo dejó asentado José Hernandez en su Martin Fierro.

Es por eso que la máxima figura de la argentinidad, el general José de San Martin, elogio y apoyó la política del Restaurador. Tal es así, que en 1838 el Libertador le ofreció sus servicios para enfrentar el bloqueo francés a la Confederación Argentina; y aunque ello no se pudo concretar, desde Europa defendió la causa de la Confederación.

La amistad y admiración que San Martin tenia por Rosas está reflejada en la nutrida correspondencia que mantuvo con este, y con otras figuras históricas como Tomas Guido y Bernardo O´Higgins. Y la prueba más acabada del alto concepto que San Martin tenia por don Juan Manuel es que en la cláusula tercera de su testamento le legó su sable corvo, el mayor homenaje que pudo haber recibido un argentino.

Algunos quieren creer que este obsequio del Libertador a Rosas, se debió solo y exclusivamente por la defensa que este hizo de nuestra soberanía, sin que ello implique un aval a su política en general.  Sin embargo, está probado que San Martin también apoyó la política interna del Restaurador, ya que veía en él la “espada vigorosa” que el país necesitaba en aquellos tiempos de anarquía, de agresiones extrajeras y traiciones. Esto se ve claramente en la última carta que le envió, el 6 de mayo de 1850, en la que dice lo siguiente: "…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado… Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina… Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota".

Ningún argentino recibió nunca mayor elogio. Sin embargo, y a pesar de que el revisionismo histórico, sin lugar a dudas, le ganó la batalla historiográfica a la historia oficial, aun hoy lamentablemente existen quienes -como el presidente Milei- se niegan a dar a Rosas ese “justo reconocimiento” que San Martin le brindaba y le deseaba; y por el contrario continúan repitiendo las mismas injurias que contra Rosas decían sus antepasados ideológicos.

Está claro entonces que, mientras el liberalismo tenga poder en nuestra patria, sus partidarios seguirán empeñados en imponer la versión falsificada de nuestro pasado, que pergeñaron tras la caída del Restaurador. Es por ello que la lucha por la verdad histórica no debe cesar, la tarea de difusión debe continuar, hasta que la Argentina salga de la situación semi-colonial en que se encuentra, y vuelva a ser una nación soberana, como en los tiempos de Don Juan Manuel.

 



[2] Sapiens. Enciclopedia ilustrada de la lengua castellana. Edit. Sopena, Argentina, 1959.

[3] No era la primera vez que en el país se otorgaba facultades extraordinarias a un gobierno. Todos los primeros gobiernos revolucionarios y los directoriales las habían tenido.

[4] Obras Completas, Tomo XXVII, pág. 323

[5] Sierra, Vicente. Historia de la Argentina, T. IX, pag. 621.