miércoles, 6 de mayo de 2026

Una respuesta al profesor Claudio Mayeregger

 

Por: Antonio Caponnetto


El Nacionalismo Católico y la realidad histórica

El pasado 17 de abril del corriente año, en el marco del Curso Anual: Resistencia Católica a la Revolución Anticristiana, impartido por el benemérito y querido Centro Pieper,el profesor Claudio Mayeregger dictó una conferencia titulada: “¿Qué es la Revolución?” (Versión disponible en https://www.youtube.com/live/8XdkskFy4ik?si=sUw2izGMDp6Q1iBa). Se trata de una enjundiosa y meritoria exposición, tanto por el extenso tiempo dedicado al análisis como por la hondura de los contenidos abordados y la versación desplegada en distintos ámbitos del saber. Quienes nos hemos beneficiado en ocasiones anteriores de otras lecciones suyas, sabemos cuán provechosas suelen ser y estamos prontos a manifestar nuestra gratitud.

         Sin embargo, hay algo, sobre todo en los momentos finales del discurso mentado, ante lo cual nos vemos obligados a disentir, con dolor cuanto con energía. En general se trata de su visión del proceso independentista hispanoamericano; en particular se trata de su opinión injustísimamente despectiva y tergiversadora respecto del Nacionalismo Católico Argentino. Sobre ambos tópicos repite –como si jamás hubiesen sido respondidos- los argumentos de los que se viene valiendo el Carlismo para agredir sin mesura ni genuino conocimiento a esta escuela nuestra identificada con el nombre de Nacionalismo Católico. Escuela que ha dado (sin mengua de los humanos defectos de toda obra terrena) desde pensadores insignes hasta mártires, desde varones de alta vara académica hasta modelos de vida testimonial; desde humanistas de nota y relieve hasta celosos defensores de nuestra identidad hispano-criolla.

Del párrafo precedente subrayamos la expresión: “como si jamás hubiesen sido respondidos”, porque hiere a la inteligencia por un lado, pero desmerece el rigor científico por otro, constatar que en un tema naturalmente polémico no se respeta el status quaestionis, encarándoselo incluso con calculada displicencia. Es como si abordáramos la controversia De Auxiliis desconociendo las recientes discusiones planteadas en espacios como Catholic Answers o Catholic Philosophy, o las posiciones de Stephen Brock ; o como si quisiéramos discutir sobre Pearl Harbor ignorando los estudios más recientes de Steve Twomey o Eri Hotta. Cuando un tema es de naturaleza controversial, se tome la postura que se tomase, el rigor intelectual exige no desconocer ninguna de las posiciones actuales en litigio, sopesándolas según recto saber y entender.

Incumpliendo esta norma necesaria, Mayeregger desacredita al Nacionalismo Católico por “la necesidad de rescatar como próceres cristianos a los próceres de la Revolución en Argentina. Y en la medida en que eso implica una operación de distorsión de la historia es algo completamente insano y ajeno a la verdad. Negar que hombres como Belgrano o José de San Martín tienen una ideología liberal profundamente arraigada en su mente, es negar una evidencia...”.

Curioso criterio éste y extrañísimo desconocimiento de los vaivenes de la historiografía nacional. El Nacionalismo Católico –principalmente a través de una de sus capitales aportaciones que fue el Revisionismo Histórico- tuvo el honor y el mérito de probar, contra viento y marea y a pesar de abrumadores pesares, que nuestro pasado había sido falsificado intencionalmente, con “errores a designio” y por una  banda de orates cuanto de mentirosos seriales, encabezados entre otros por la tríada maldita de Mitre, Sarmiento y Vicente Fidel López. Fueron ellos y sus secuaces los que durante larguísimo tiempo hilvanaron un relato ficto e ideológico “completamente insano y ajeno a la verdad”. Fueron ellos, liberales y masones, los que escamotearon “las evidencias” que probaban exactamente lo contrario de la imagen que querían transmitirle a la posteridad de hombres como Belgrano o San Martín. Un verdadero desquiciado mental cual lo fue Sarmiento (lo demostró entre otros el afamado psiquiatra Nerio Rojas), unos inescrupulosos como Mitre y López que se jactaron de haber fabricado nuestro pretérito con la crueldad de “un despotismo turco”, más una recua de personajes secundarios, como Agrelo, Albarellos o Félix Frías, que se gloriaron de proponer la falsificación histórica como política de Estado, quedan libres de culpa y cargo. Inventaron, entre otras cosas, que Belgrano y San Martín eran liberales y masones; y lo impusieron como dogma a multitud de generaciones.

 Irrumpe el Nacionalimo Católico y emprende la titánica tarea, en soledad y en aislamiento, de gritar la verdad desde los tejados. Pero para Mayeregger –funcional en esto al liberalismo historiográfico- los insanos y distorsionadores no son aquellos mentados artífices de la historia oficial, sino los nacionalistas católicos. No son los que saquearon intencionalmente los archivos, arrinconaron los repositorios documentales y torcieron la memoria colectiva para que las camadas venideras no supieran que habían sido traidores a la patria, sino los que posen “una actitud de Nacionalismo Católico” (sic). Algunos de los cuales a quienes llama insanos y distorsionadores ofrecieron literalmente su sangre, combatiendo también en el terreno de la verdad histórica. Y otros perdieron su fama, su hacienda y su honra, en los duros combates por una historiografía veraz. Negarlo, como hace el crítico, y ofender sus personalidades con los dicterios que les ha endilgado, es dejar documentada una liviandad e inequidad que no se condice con el señorío que le reconocemos.

Invitamos al profesor Mayeregger a retirar caballerescamente estos agraviantes cargos y a disculparse con la magnanimidad cristiana de la que lo sabemos capaz. Pero no a disculparse con nosotros (individualmente hablando), sino con esos preclaros maestros –sus nombres y libros suman centenas-  cuyo gran mérito fue paradójicamente el que aquí se les señala como defecto: haber rescatado la fisonomía cristiana de los auténticos próceres. Lo invitamos también a que recapacite sobre esta contradicción en la que incurre: ¿por qué los nacionalistas católicos deberíamos dejar de probar que determinados próceres fueron cristianos, mientras muchos de sus impugnadores insisten en querer probar que la monarquía borbónica era legítima, y no una canallesca tiranía esclava de Napoleón, ante la cual cabía necesariamente el derecho de resistencia? ¿Por qué el Nacionalismo Católico debería abandonar “la mala costumbre” de construir revolucionarios en próceres cristianos, mientras la historiografía carlista sigue convirtiendo  a sus caudillos “realistas” en paladines de la tradición y de la restauración contrarrevolucionaria, sin tener en cuenta que abundaron entre ellos masonetes, logiados, agentes napoleónicos, cooperadores de los planes británicos, segregacionistas, déspotas ilustrados o crueles sayones de una monarquía ilícita y servil. Los nombres abundan y los tristes ejemplos también.

 Llevamos algunos años investigando el punto. Precisamente esta respuesta al profesor Mayeregger nos toma leyendo un valioso y erudito trabajo reciente del Dr. Sergio Castaño, “La forma de la monarquía indiana y el fundamento de legitimidad de las Juntas Americanas de 1808-1810”. Lo recomendamos vivamente, tras la experiencia personal de sacar un fecundo provecho de cada una de sus páginas. Y ha sido editado por la Complutense de Madrid, señal de que en la Madre Patria no todos se han dado al irrecomendable oficio de desconocer y de desmerecer las aportaciones del mejor revisionismo católico y argentino.

En segundo lugar, tampoco es cierto que el Nacionalismo Católico se propuso “rescatar como próceres cristianos a los próceres de la Revolución Argentina”; como quien dice que se propuso inventar que los demonios no se habían rebelado contra Dios o que todos los porteños son desinteresados. Se propuso separar el trigo de la cizaña, defender lo defendible y no tener miedo de decir la verdad, según la conocida fórmula ciceroniana. Por eso, reivindicó como cristianos a quienes las evidencias lo probaban con creces. Y apuntó severamente el índice acusador contra aquellos “patriotas” que habían sido probadamente jacobinos, iluministas, francmasones, hispanófobos, agentes extranjeros y felones capaces de repugantes arterías. Sirvan de ejemplo San Martín y Sarmiento.

No en vano el primero –que ya había tenido que castigar en Cuyo las indecencias furibundas del padre del segundo- cuando fue visitado por el sanjuanino, en mayo de 1846, en Grand Bourg, discrepó ásperamente con él. Y se le atribuye una carta enviada a posteriori en la que habría sostenido que “Sarmiento es simplemente un mal argentino, un hombre que todo lo sacrifica a su vanidad y a su odio”, autor de “escritos más propios para excitar pasiones que para servir a la patria”. Sarmiento, por su parte, es bien conocido que tras la entrevista dejó estampado su hiriente juicio adverso hacia el General, como puede leerse en su Galería de hombres célebres, editado en Chile en 1854. Lo llamó, entre otras cosas, ariete desmontado y anciano reblandecido y ajado. Por eso desconcierta que Mayereggen sostenga que “San Martín es un claro antecedente de Sarmiento, y que su común denominador es la consideración de “los pueblos de la América Hispana” como “pueblos retrasados, sumergidos en la ignorancia, pauperizados por un régimen colonial injustísimo”, así como por “la admiración que tributan a los Estados Unidos de Norteamérica”.

Ninguno de los aborrecibles vituperios a la Hispanidad esparcidos a lo largo de la viscosa obra del sanjuanino, aparecen en el pensamiento de San Martín, estampado, por ejemplo, en su nutrida correspondencia. Así como niguno de los desacertados elogios atribuidos por Sarmiento a Norteamérica, sobre todo en su libro “Viajes por los Estados Unidos”, se hallará en los textos o en los actos sanmartinianos. En las antípodas estuvo, por ejemplo, de aprobar el régimen esclavista yanky, la Doctrina Monroe o la atrocidad del Destino Manifiesto. En las antípodas de considerar que lo hispano-criollo fuera sinónimo de barbarie, y que la civilización ingresa en la historia por las puertas del universo anglo francés. En las antípodas de venerar a Franklin por sobre Jesucristo, como lo estampó Domingo Faustino para su oprobio; o de acarrear al por mayor maestras protestantes, prontas para lavarnos el cerebro al amparo de la ominosa Ley 1420.

Cuando San Martín critica la acción de España en América –y efectivamente lo hizo- se refiere principalmente a los efectos causados por la tiranía borbónica y a lo que daba en llamar con frecuencia “el estúpido Partido Fernandino”. Lo criticado era el régimen de sumisión, esclavismo, mercantilización de estas tierras, abuso de poder y despreocupación por los derechos soberanos de nuestros espacios americanos, a los cuales se los trataba de hecho como factorías o colonias. Lo criticado no era la España Eterna, cuyos paradigmas mencionó en ocasiones, por caso el Quijote, Alfonso el Sabio o Santa Teresa de Jesús, sino el españolismo decadente y entreguista, de cuyos males había sido testigo presencial y doliente.  Pero en su ideario, en sus recuerdos, en su forma mentis y en su ethos, están siempre presentes los valores y los maestros hispánicos de los que se nutrió en los años capitales de su formación. Venimos de probarlo en nuestro libro “José de San Martín: Arquetipo de la Hispanidad”.

Recuérdese además las condenas tajantes de San Martín a los masones rivadavianos, acusándolos de ser “unos cuantos demagogos que, con sus locas teorías, lo han precipitado[al país] en los males que lo afligen y dándole el pernicioso ejemplo de perseguir a los hombres de bien, sin reparar en los medios. Se lo dice a Tomás Guido en conocida epístola de enero de 1829. Ahora bien:¿de dónde venían esas locas teorías, esos pensamientos demagógicos y esos perniciosos ejemplos? No de la barbarie española anatematizada por Sarmiento; sino, contrariamente, del pensamiento iluminista anglosajón que San Martín advertía claramente en aquellos círculos apátridas de su archi enemigo Bernardino Rivadavia. El pensamiento político de San Martín conduce al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Gobierno al que precisamente Sarmiento atacó hasta el  hartazgo, descalificando al caudillo por ser “el Felipe II de América”. Mayor oposición imposible. A la vista de estos renglones a vuelapluma que ofrecemos como cordial protesta, ¿puede el profesor Mayeregger seguir sosteniendo que nosotros “manejamos la realidad ideológicamente, y no según la realidad”(sic)? ¿Qué afirmación o qué hecho de los que venimos mencionando en sintético pantallazo, entran en colisión con la realidad? ¿Qué servicio se le presta a la Revolución, haciendo lo contrario de la Revolución en el vital terreno de los estudios históricos? Por eso, nuestro Nacionalismo, repugna de las ideologías y levanta una Doctrina de Guerra Contrarrevolucionaria. Lo enseñó Jordán Bruno Genta, y le quitaron la vida por hacerlo.

 

El caso del obispo Nicolás Videla del Pino

       El profesor Mayeregger,para probar su tesis de que los próceres independentistas eran peligrosamente revolucionarios, ha elegido un ejemplo que nunca debió haber elegido. Excepto, repetimos, que quiera dejar documentada su indolencia e ingravidez en la materia  que aborda.

Si hay un tema histórico argentino correspondiente a la segunda década del siglo XIX que ha sido y sigue siendo objeto de sesudas e interminables investigaciones y disputas, pues ese ha sido el caso del precitado obispo salteño. Hasta donde tenemos noticia fue escasos seis años atrás,en diciembre de 2019, precisamente en Salta, con ocasión del bicentenario de la muerte del prelado, la última vez que se llevaron a cabo unas Jornadas dedicadas a rendirle homenaje y a actualizar el problema historiográfico que ha suscitado durante dos siglos.

Historiadores de distintas corrientes, durante largo tiempo, se ocuparon de la cuestión. Desde clásicos de la escuela federalista como Bernardo Frías, Atilio Cornejo o Luis Güemes, hasta prestigiosísimos revisionistas como Vicente Sierra, pasando por destacados investigadores científicos como Cayetano Bruno, Abelardo Levaggi, Oscar Acevedo, Pedro Grenon, Gabriel Foncillas, Pedro Martínez, María Irene Romero y una nómina que sigue extensamente. Quien quiera acceder de modo rápido e integral a una valiosa y completa síntesis de la disputatio, puede hacerlo en Hispania Sacra, LXVI, 133, enero-junio 2014, 133-177, ISSN: 0018-215X, doi: 10.3989/hs.2013.049: Emiliano Sánchez Pérez, Institutum Historicum Agustinianum, “El obispo Nicolás Videla y el General Belgrano”. Por supuesto que puede buscarse y leerse cómodamente de manera digital.

Haciendo caso omiso de cualquier referencia a tan compleja discusión, el profesor Mayereggen despacha el caso en dos líneas: “Manuel Belgrano hace preso y manda preso desde Salta a Rosario al obispo Monseñor Videla del Pino, por actividades contrarias al Gobierno de Buenos Aires, por oponerse  a la Revolución. ¿Eso qué es? ¿Es un gesto profundamente católico; es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano de la sociedad del Reyno de Indias?”.

Empecemos por las preguntas retóricas y sarcásticas. No; el gesto de Belgrano al encarcelar al obispo no es ni profunda ni superficialmente católico. No está en juego la Fe, ni se lo apresa por odio a Cristo, a la Iglesia o al Credo. Es la acción punitiva contra la sospecha de un delito civil concreto, cual sería el de pasarle información al despiadado José Manuel de Goyeneche, general de un ejército contrincante en una guerra fratricida. La Religión no es la cuestionada; la Jerarquía, per se, no es puesta en la picota. Tampoco la Cátedra de Pedro y la sucesión apostólica. Mucho menos la conservación del orden tradicional. Se lo supone espía al servicio de la causa “realista”, a la que el mismo obispo había declarado pública y solemnemente no pertenecer, y se actúa según los protocolos vigentes –aquí y en España- basados en los principios regalistas y en las facultades otorgadas por el Patronato. Si las conductas contra el obispo hubiesen sido de carácter eclesiológico, su fuero debía haber sido el eclesiástico y juzgado por sus tribunales específicos. Pero no. La acusación que recibía era un delito incluido en los llamados “casos de corte”, que implicaba su desafuero y el sometimiento a la justicia ordinaria. Actuar de este modo era, paradójicamente, conservar el orden tradicional cristiano, pues los “casos de corte”, hasta donde sabemos, se remontan hacia fines del siglo XIII, principalmente en el territorio de Zamora.

No entendemos por qué el crítico omite los casos de los obispos apresados, exiliados, desterrados y maltratados por Fernando VII, como los de quienes no aceptaron la Constitución de 1812, o los llamados regalistas moderados, como Luis María de Borbón y Vallabriga, Arzobispo de Toledo; o los conocidos como “obispos constitucionales”, o los sometidos al acoso constante de las llamadas “Juntas de Fe”. Hacia 1825, el 80% de los obispos españoles habían sido nombrados a piacere, directamente por el monarca, y a los que no se le sometían a su yugo sólo les esperaba graves represalias. Nos preguntamos con Mayeregger: “¿Esto es un gesto profundamente católico?” “¿Esto es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano?”

Tampoco entendemos por qué se callan los asesinatos de los llamados “curas patriotas” o de las sangrientas acciones represivas contra ellos. Los nombres de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Ildefonso Escolástico de las Muñecas, José Vicente Camargo, no pueden ser ocultados. Las atrocidades cometidas contra el “clero revolucionario” por los jefes realistas, como José Manuel de Goyeneche, Joaquín de la Pezuela o José Tomás Millán de Boves, mucho menos. Nosotros dejamos asentados en muchísimos escritos nuestro rechazo visceral ante la chifladura homicida del “Plan de Operaciones” de Moreno o la llamada “Guerra a muerte” de Nicolás Briceño o de Simón Bolívar, pero no encontramos repulsas equivalentes cuando las represiones espantosas las cometen en nombre del Rey.  Volvemos a preguntarnos con Mayeregger: “¿Esto es un gesto profundamente católico?”.“¿Esto es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano?”. La sangre que el virrey Abascal ordenó derramar a raudales en Larecaja o Goyeneche tras su triunfo de Huaqui, no hizo acepción de personas, laicas o religiosas, mujeres, niños y soldados. Y no sabemos en qué pudo haber contribuido todo este desmán a restaurar una sociedad cristianamente ordenada.

Conste –y le dedicamos un párrafo aparte a asentar esta constancia- que no estamos defendiendo necesariamente las ideas o las acciones de los obispos y de los curas que padecieron los  castigos de Fernando VII o de los jefes realistas. Sólo decimos que tomar aisladamente el episodio de Belgrano con Monseñor Videla del Pino, no es un buen método para  encontrar la verdad histórica. Tanto menos cuando no se sabe contar lo que realmente aconteció.

Por otra parte al profesor Mayeregger le sucede lo que dice Gómez Dávila: no acierta a encontrar las soluciones a los problemas porque las buscan en ámbitos equivocados. Para solucionar un problema cardíaco no puedo asistir al podólogo. Si el crítico quiere encontrar “gestos profundamente católicos” o de “conservación del orden tradicional” en Manuel Belgrano, los hallará a raudales en sus Memorias, en su Autobiografía, en su Epistolario, en sus proclamas, en su correspondencia con Pío Tristán, en sus comportamientos castrenses, en su espiritualidad dominicana, en sus principios para adoctrinar a la niñez y a la juventud en los establecimientos educativos que fundara, en sus ennoblecedores gestos marianos, en su devoción acrisolada y sincera. Le recomendamos vivamente al respecto que se anoticie con alguna pormenorización de su proyecto monárquico carlotista. Es aquí donde se ve con nitidez el fidelismo de Belgrano al sistema monárquico, el rechazo por el republicanismo moderno (“república frenética” se la califica), el desprecio ante esa “vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata”, a quienes desean “prestar oídos a los silbidos que quieren inducirnos a la democracia”, el temor ante los levantamientos revolucionarios que consideraba peligrosos incendios sociales, la aversión por la injerencia británica, y la búsqueda de una autonomía para estos lares que no significara segregacionismo alguno. Mucho menos de los bienes espirituales recibidos. Otrosí sería recomendable conocer las proposiciones diplomáticas belgranianas, cuando entre 1814 y 1815, viajó a España con el proyecto de encontrar un consenso político con el mismísimo Fernando VII. Siempre será oportuno sobre el particular, el estudio provechoso del libro de Bernardo Lozier Almazán, titulado “Proyectos monárquicos en el Río de la Plata. 1808-1825”.Todo cuanto hemos aludido y entrecomillado al pasar en el párrafo precedente se podrá encontrar documentado con amplitud en esta obra, de la cual tomamos la información ut supra.

 

 

¿Qué sucedió entonces realmente entre Belgrano y el obispo?

Daremos una respuesta esquemática porque, como ya dijimos, el material documental es inmenso.

1)El obispo nunca fue enviado a Rosario. Conocida la orden de arresto estuvo largos meses prófugo, esperando que se aclarara su situación, hasta que –merced a los buenos consejos de quienes lo asistieron durante la huida- se entregó al Gobernador de Salta, el 17 de abril de 1812. El Gobernador, en carta a Belgrano del 4 de agosto de 1812, le comunica que, a pesar del agravante de haberse fugado, el obispo había sido restituido “con toda tranquilidad a su casa”, esperando que se cumpla la orden del destierro.

2)El destino final del susodicho destierro era Buenos Aires. Está en duda acerca de si pasó fugazmente por San Luis, pero lo seguro es que estuvo alojado en Río Cuarto, en casa de sus familiares directos, atendido por dos diligentes sobrinos, Ignacio Correa y Marcelino González. En esa casa ejerció su ministerio, administró los sacramentos y ordenó nuevos sacerdotes, algunos incluso venidos de Chile. Lo mismo haría en Buenos Aires, alojado dignamente en el Convento de los Mercedarios. Hasta que murió en 1819, recibiendo sepultura acorde con su rango. El mismo Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón se interesó personalmente por las exequias.

3)El obispo estuvo desde el principio con la causa de la Revolución y apoyó a las llamadas fuerzas “patriotas”. Consta de muchas maneras distintas cuanto decimos. Por ejemplo en el Acta del Cabildo Abierto del 19 de junio de 1810, en Salta. En la ocasión, hablando por el clero todo de la provincia, adhiere a la Primera Junta, y concluye diciendo: fiel, leal y amante del Rey y Señor, debe esta Capital unirse con la de Buenos Aires, contemporizando y siguiendo sus designios y cooperando por su parte a su ejecución”. Fruto de su beneplácito por la causa patriota es su Instrucción Pastoral de 1812, cuya súplica era: “pro pia sacta nostrae libertatis causa”: por la piadosa y santa causa de nuestra libertad. Mayor revelación de su obediencia a las nuevas instituciones de gobierno, imposible.

4) Monseñor Videla del Pino se pasó todos los años que duró su enjuiciamiento, ratificando que había sido acusado pérfidamente de “realista”, valiéndose de ardides y de trampas que se le tendieron. Incluso se probó la falsificación de cartas, cuyos originales nunca aparecieron, y de firmas o rúbricas que sometidas a pericias caligráficas fueron desestimadas por inauténticas. El prestigioso jurista e historiador Abelardo Levaggi, a quien ya hemos mencionado, en una solvente investigación intitulada “El proceso a Mons. Videla del Pino”( Épocas, Revista de la Escuela de Historia, Usal, 1: 37-65,2007), demostró los graves vicios que se sustanciaron en el juicio, la fragilidad de las pruebas y las firmas apócrifas.

5)El obispo reconoció y juró obediencia a la Soberana Asamblea del año XIII, como posteriormente haría lo propio con el Soberano Congreso reunido en la ciudad de Tucumán. Se conserva el epistolario de Videla del Pino al Congreso, y en una de esas misivas le aseguraba “reconocimiento y fidelidad a la soberanía, ofreciendo ponerle en marcha para esta ciudad a prestarle este homenaje personalmente”. El 7 de junio de 1817, Videla del Pino, arrodillado delante de un crucifijo, y con la mano en los Santos Evangelios, prestó juramento ante Pedro Ignacio Rivera, Presidente y abogado graduado en Chuquisaca. Así el discutido prelado se adhería y juraba fidelidad al nuevo régimen establecido en el Río de la Plata, y su independencia del rey de España Fernando VII, sus sucesores, metrópoli y de toda dominación extranjera.

6) Hay una carta de Manuel Belgrano, dirigida al Dr. Luis Bernardo Echenique (cfr. AGN, Sala X, 4-7-2, Cuartel General de Campo Santo, 26 de abril de 1812), que prueba con singular contundencia lo que venimos diciendo desde el principio; que Manuel Belgrano no guardaba hacia el Obispo ninguna querella vinculada a la Fe, a la Iglesia, al Dogma, ni a los valores perennes del Orden Cristiano. Ninguna categoría de La Revolución –en el sentido filosófico y teológico que el término contiene- fue aplicada para juzgar su conducta. Leamos sus principales párrafos: “Ud. es testigo de mis sentimientos, y cuanto me ha penetrado la fuga u ocultación del Ilustrísimo señor Obispo de esta diócesis. Veo con dolor las perjudiciales consecuencias que este procedimiento puede traer al honor de su Señoría Ilustrísima, y no menos al

gobierno de su santa Iglesia, y a la cura de las almas de sus feligreses. Deseo remediar estos males, y quisiera que Ud. se tomase a su cargo hacer las indagaciones precisas, para que su Ilustrísima, vuelva a mis brazos, y vuelva a consolarnos. Que siento yo mismo los trabajos que pasará con su avanzada edad, sea cualesquiera el medio que hubiese adoptado. Aseguro a Ud, con toda la sinceridad de mi corazón, que hallará en mí, cuanto pueda desear y sea compatible con el honor y decoro de mi cargo. Le manifesté toda la confianza

correspondiente a su carácter, dignidad y a los talentos y conocimientos que le adornan. Esa misma le dispensaré en todos los instantes, si Ud. llegase a tener, la suerte de encontrarlo. Clámele Ud., por Dios eterno, que no abandone su grey, que no me dé el sentimiento de verlo rodeado de soldados, y sí de sus familiares, y demás ministros que deben acompañarle. Suplico a Ud., que le exprese todo cuanto me ha oído, y de todas las demostraciones de sensibilidad, que ha presenciado en mí, por su dignidad, por su carácter y por sus años. Usted lleva todas mis facultades, y nadie será osado a perturbar cualesquiera de sus diligencias [...]. Usted tendrá el reconocimiento de todos, y en particular de su siempre afectísimo amigo. Manuel Belgrano.

         Volvemos a parafrasear al profesor Mayeregger: ¿no es este acaso un gesto profundamente católico y de conservación del orden tradicional cristiano de la sociedad? Le está suplicando al obispo como súbdito y feligrés, como parroquiano y creyente, que no abandone a su grey, que no los prive de sus enseñanzas, consuelo y guía. Si estos fueron los revolucionarios de nuestro movimiento independentista, no vemos quejas ni reproches hacia el Nacionalismo Católico que exaltó las virtudes cristianas de los genuinos próceres hispanoamericanos. Y que, por contraste, vituperó a sus contrapartidas, no pocas lamentablemente.

         7) Sorprende aún más de todo cuanto venimos diciendo, el constatar que existe una cálida correspondencia entre el obispo, ya desterrado, y su sancionador, esto es, el propio general Belgrano. Pongamos un ejemplo. Es la carta escrita desde Jujuy el 26 de mayo de 1813, en respuesta a una misiva de Monseñor Videla del Pino. (Cfr. AGN, Carta de Belgrano a Videla, Sala X, 4-7-2, Jujuy 26 de mayo de 1813). Dice así: : «me lisonjeo sobremanera de que V. S. I., se haya dignado honrarme con sus letras de 24 del pasado manifiestamente, lo que me es grato, que me tiene en su memoria delante del Santísimo al paso que siento en mi corazón la indisposición de salud que V. S. I. padece,y que si estuviera en mis manos, remediaría, pues jamás he dejado de tener a V. S. I., las consideraciones, respetos y miramientos con soy de V. S. I. y le pido su bendición”. ¿De veras se nos quiere hacer creer que hombres de esta talla son los villanos de La Revolución, decapitadores de la clerecía y propulsores de una sociedad anticristiana en Indias?

         No conviene olvidarse asimismo –en este episodio controversial que estamos abordando- de otro “revolucionario” denostado por la ingrata y torcida historiografía carlista. Nos referimos a Martín Miguel de Güemes. Enterado el heroico gobernador de que el querido obispo había sido amnistiado, le remitió una carta fechada el 14 de agosto de 1815, en la cual ponía a su disposición todos los medios necesarios para su retorno y recepción, con los honores y dignidades propios de su investidura. Lamentablemente dicho retorno no fue posible –por causas absolutamente ajenas al Caudillo- pero si sabemos por otra carta de Güemes, remitida el 4 de noviembre de 1817 al Secretario de Estado del Departamento de Hacienda

(Cfr.AGN,Carta de Martín de Güemes al Secretario de Estado del Departamento de Hacienda sobre los bienes y adeudamientos a Videla, Sala IX, 31-9-2, Salta 4 de noviembre de 1817) que lo urgió al funcionario  a que auxiliase al obispo, y “se le abonasen por debérsele, por sus rentas, la cantidad de diez y seis mil doscientos de renta y tres pesos y un cuartillo”. Recomendamos al respecto la lectura de Luis Oscar Colmenares, “La formación católica de Martín Miguel de Güemes”(Mikael, 19, Paraná, 1979, p. 111-122).

Insistimos: más allá de todos los defectos, errores, culpas, extravíos, etc, que quieran endilgársele a ciertos protagonistas de nuestro independentismo; y dejando perfectamente a salvo que somos los primeros en levantar los índices acusadores contra quienes merecen ser descalificados por su liberalismo, masonismo y jacobinismo, ¿cómo es posible que se use para probar el anticatolicismo de Mayo un hecho histórico que demuestra exactamente lo contrario?; ¿cómo es posible que un episodio en el que refulgen con nitidez los vestigios del Orden Cristiano y los propósitos de edificar una sociedad que no reniegue de sus tradiciones hispano-criollas, se le presente a los desprevenidos como la flagrancia de un delito de lesa Revolución?

8)A todo esto, no queremos eludir una cuestión que se nos impone. En el desencuentro entre Belgrano y Monseñor Videla del Pino, el primero pecó contra la prudencia. Actuó de modo precipitado, impremeditado, dejándose llevar por destemplanzas, desinformaciones y malos consejeros. Podríamos buscarle algún atenuante; pero la verdad es que su conducta le causó un daño irreparable al obispo, quien vivio un largo lustro de peripecias, soportando maledicencias y burocracias interminables. Pero el obispo no fue un mártir de La Revolución ,ni en el sentido universal ni en el local del término. No fue una víctima del anticlericalismo, ni un perseguido a causa de su fe, ni un castigado por su fidelidad a la Iglesia. El Antiguo Orden ( ya dijimos decenas de veces que fue odiado por los que hicieron de la independencia una ideología segregacionista) no se puso en jaque en el caso de Videla del Pino. Al contrario, el caso prueba la existencia de sólidos vestigios y remanentes de un fidelismo monárquico, católico, jerárquico e hispano-criollo. Y  rescata en tal sentido que eran esos los bienes que caracterizaban la personalidad de Manuel Belgrano.

Dos colofones

       -El primero es que esta nota, escrita al galope, es una respuesta, como se la titula. Pero cabrían otras varias, porque la conferencia dentro de la cual se expresaron tan debatibles criterios, tiene una larga y jugosísima extensión, y para disentir o marcar ciertos matices diferenciadores, deberíamos abandonar nuestros actuales estudios. Y aunque se titula incluyendo expresamente el nombre del profesor Claudio Mayereggen, no es él propiamente su destinatario, sino aquellos oyentes o leyentes a quienes sus opiniones puedan afectar, distorsionar o sesgar determinados hechos, personajes y conceptos. Estamos acostumbrados al debate. Cuando es entre afines –ya nos ha pasado- nos causa un profundo y lacerante dolor que confesamos con redonda sinceridad. Por eso preferimos no proseguir la disputa; optando por difundir lo mayormente posible estas respetuosas rectificaciones entre quienes más las necesiten. Porque conocemos algo la naturaleza humana. Hombres como el profesor Mayereggen no van a abandonar esa “cierta tendencia a la infalibilidad”, a la que se refería el maestro Rubén Calderón Bouchet para retratar a determinados intelectuales. Parece además que en ellos –identificados como se dejan ver con las opciones carlistas- ha cundido el mal ejemplo de Miguel Ayuso, cuyo más reciente pasatiempo es insultar específicamente al Nacionalismo Católico Argentino, con los peores denuestos. En un libro próximo a salir (“Ejemplos de Hispanidad”) venimos de salirle al cruce de un bramido suyo reciente (Cfr. Hispanidad e <Hispanidades>; un problema contemporáneo. Cfr. Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 28, nº 61. Primer cuatrimestre de 2026. Pp. 381-401). Eso sí, a ninguno de ellos se les cae siquiera un tenue vituperio contra la judeomasonería, el genocidio sionista o los estragos del Imperialismo Internacional del Dinero. Los excecrables enemigos de Occidente -¡vaya con las cabriolas de la vida!- somos hoy los nacionalistas católicos argentinos. A quienes todo podrá decírseles, menos que no asumieron la defensa de la Hispanidad, cuando no se había convertido aún en la rentada industria del bestsellerismo.

         -El segundo y postrero colofón lo hemos hecho objeto de ciertas escrupulosas consideraciones. Porque nos obliga a internarnos en el desaconsejable ámbito del autorreferencialismo, con los riesgos que conlleva tamaña postura. Asumiendo pues el referido riesgo, y confiando en la buena voluntad de los lectores amigos, abandonamos el uso de la tercera persona, para decir algo que, en conciencia, no puedo callar. Soy autor de tres volúmenes sobre “Los críticos del revisionismo histórico”. De obras que completan a esta tríada como “Notas sobre Juan Manuel de Rosas”, “Independencia y Nacionalismo”, “Respuestas sobre la Independencia”, “Patria, Tradición y Nacionalismo”, “San Martín: arquetipo de la Hispanidad” y una en las vísperas: “Ejemplos de Hispanidad”. Miles de páginas –literaliter- sobre cuyo valor no cometeré la imprudencia de emitir un juicio. Pero que si las menciono es porque creo que, en justicia, me eximen, ante casos como el de esta “Respuesta”, de entrar en mayores detalles. Miles de páginas que, aunque más no fuera, me confieren la mínima autoridad para contarme entre los anoticiados del tema. Pero sobre todo, y a esto quiero llegar, miles de páginas que quienes ofenden al Nacionalismo Católico Argentino y al Revisionismo Histórico, no tienen la fortaleza de leer, comentar, considerar; de convertirlas, en suma, en objeto de reflexión y de análisis; de internarse en su criteriología, en sus meandros argumentativos, en sus fuentes consultadas o referidas. Son también ellos, o principalmente ellos, los victimarios de la conspiración de silencio. Por eso, al principiar esta “Respuesta” manifestábamos nuestra perplejidad ante los argumentos del profesor Mayeregger, lanzados con levedad y cuasi al modo de una primicia,como si jamás hubiesen sido respondidos”, según dije. ¿Se puede, repetimos, hablar de un tema debatible sin conocer el estado actual de la cuestión? Sí, claro. Se puede. Pero no se hará ciencia, investigación completa, argumentación exhaustiva o cosmovisión globalizante.

         Punto final ya. Que el buen entendedor entienda, que el ofensor siga su negro oficio, que el poseedor de la docilidad a la verdad ejercite este don y lo conserve. Porque quien es dócil a la verdad posee un genuino tesoro. 

 

         Ciudad de la Santísima Trinidad, 6 de Mayo de 2026.

lunes, 13 de abril de 2026

Clarividencia política de San Martín*

 


Por: Alberto Ezcurra Medrano

Si nadie discute el genio militar de San Martín, no ocurre lo mismo con su genio político. Paul Groussac, historiador cuyos méritos no impiden que sus juicios sean a veces apasionados e inexactos, ha escrito lo siguiente: «Nadie conoce íntimamente a San Martín; sólo nos es familiar su actitud ecuestre: la marcial figura del guerrero eternamente montado y en su arreo de batalla. Faltaría apearle para inducir o conjeturar lo que la inteligencia y el carácter del gobernante hubieran dado de sí, una vez trasladado el libertador de Chile y protector del Perú a la Fortaleza de Buenos Aires que apenas había visto. Pero podemos inferir con certidumbre casi absoluta que las exigencias del mando político habrían sido superiores a sus aptitudes de político. Su renuncia fue una confesión de impotencia, y el que se mostró incapaz de mantener el orden en Lima no había de restablecerlo en el Plata alborotado. Es una puerilidad ir a buscar hoy, en las simpatías epistolares del protector por el Restaurador, los elementos de un juicio histórico respecto de éste, a quien nosotros estudiamos y aquél no estudió. No es dudoso que el famoso legado de la espada de Maipo al “héroe del desierto” importa un juicio, pero quien de él sale juzgado es San Martín. Después de su admiración por el genio sombrío de Monteagudo, su adhesión al americanismo de Rosas completa su fisonomía política. La estrategia de San Martín, decididamente, no se aplica a estas campañas».

A nuestro modo de ver, Groussac hace aquí una confusión lamentable. Una cosa es la aptitud de San Martín para el ejercicio del gobierno y otra su conocimiento de las necesidades nacionales, de las soluciones que convenía adoptar y de los hombres que se disputaban el poder. Su aptitud para el gobierno él mismo fue el primero en negarla, al principio de palabra cuando escribía: «de muy poco entiendo, pero de política menos que de nada»; y luego en los hechos al renunciar al mando siempre que las circunstancias lo pusieron en sus manos. En cuanto a la comprensión de la realidad nacional, demostró poseerla clara y constante desde su desembarco en el Plata hasta el día de su muerte. El patriotismo, virtud hondamente arraigada en su alma, lo mantuvo alejado de banderías políticas y le permitió juzgar recta y desapasionadamente los hombres y los acontecimientos. Juicio certero, que al tener por criterio fundamental el bien de la patria y no el de una facción, se identifica en definitiva con el juicio histórico.

Una sola vez participó activamente San Martín en nuestra política interna. Fue el 8 de octubre de 1812. Gobernaba entonces el Triunvirato, bajo la influencia omnipotente de Rivadavia. La junta grande había sido disuelta y se había creado una Asamblea en la cual las tres cuartas partes de la representación nacional correspondían a Buenos Aires. Habiendo esta Asamblea frustrado una combinación de Rivadavia para ocupar el cargo de vocal en reemplazo de Pueyrredón, fue a su vez disuelta y se convocó una nueva, que se inició con una serie de injusticias en la verificación de los poderes de ciertos diputados. Este régimen centralista y dictatorial no impedía a Rivadavia dictar decretos sobre seguridad individual y sobre libertad de imprenta, a pesar de que sólo existía un diario y éste era gubernista. Pero en cambio se abandonaba el ejército del Norte y al mismo tiempo se pensaba en retirar el que combatía en la Banda Oriental. La mala dirección de la guerra era evidente. Belgrano, intimado a retirarse a todo trance, «aun cuando en el ataque que esperaba del enemigo se declarase la fortuna por sus armas», contestó que «no le era dado hacer imposibles» y presentó batalla. La victoria de Tucumán demostró el error de Rivadavia. Las primeras noticias llegaron a Buenos Aires el 5 de octubre y precipitaron la caída del Triunvirato. El 8, San Martín y Alvear se presentan en la plaza de la Victoria al frente del ejército y exigen la renuncia del gobierno, la elección de nuevos triunviros y la convocación de un congreso general.

Prescindiendo de las consecuencias internas de tal movimiento –consecuencias discutibles, como lo es la obra realizada por la Asamblea del año XIII– es digno de señalarse el móvil de la actitud de San Martín, que no fue de orden meramente político, sino que tuvo en mira ante todo el interés nacional. Comprendiendo que el problema capital era terminar la guerra y asegurar la independencia, quiso organizar la nación en lo político en forma tal que quedase garantizada su organización militar. La subordinación del problema interno al externo, del interés local o partidario al interés nacional y, por sobre todo la independencia. Tal fue su objetivo en la iniciación de su vida pública y tal siguió siéndolo durante toda su vida.

En 1819 el genio político de San Martín fue sometido a una dura prueba. Se hallaba en Mendoza, preparando la campaña del Perú. En Buenos Aires el Congreso acababa de dictar la constitución unitaria y en consecuencia se había encendido la guerra civil. Los caudillos del litoral amenazaban a Buenos Aires y el Director Rondeau, en notas urgentes y «reservadísimas», llamaba a San Martín para que con su ejército impusiera la constitución. San Martín desobedece, cruza los Andes y realiza la campaña victoriosa del Perú.

Esa famosa desobediencia ha sido muy criticada. Miguel Cané le reprocha «el abandono frío que hizo de su patria agonizante para ir a buscar en los campos de batalla, con un ejército que consideraba suyo a la manera de un condottieri italiano, la gloria militar que ambicionaba». Tal juicio es evidentemente injusto. La salvación de la patria no consistía en imponer por la fuerza a las provincias, como se intentaba, una monarquía de corte más o menos liberal y parlamentario, montada sobre la constitución unitaria que las provincias rechazaban. Se acusa a San Martín de haber provocado los «horrores» del año 20. Pero ¿saben los que lanzan tal acusación a qué horrores nos había conducido la imposición violenta del régimen unitario a las provincias? ¿Saben siquiera si hubiese sido posible hacer el año 19 lo que no pudo hacer Lavalle diez años más tarde? ¿Saben si el glorioso ejército de los Andes no se hubiese desorganizado y sublevado luego, como lo hizo el del Norte? Así lo comprendió San Martín y al desobedecer a un gobierno sin autoridad y decidir con su campaña la independencia, libró al país de la guerra interior y exterior.

Terminada su campaña regresó a Buenos Aires, donde fue hostilmente recibido por la oligarquía porteña, y luego pasó a Europa. En 1829 quiso volver a su patria para terminar en ella sus días, pero habiendo tenido noticias de la revolución de Lavalle y del fusilamiento de Dorrego, se detuvo en Montevideo, no sin haberse llegado antes hasta Buenos Aires, para contemplarla por última vez, desde el puerto. Y es en este momento en que va a iniciarse la etapa final de su vida, la del ostracismo definitivo, cuando se hace admirable y aún profética la clarividencia política del general San Martín.

Lavalle, viéndose perdido, le ofrece el gobierno de Buenos Aires. San Martín se niega terminantemente a aceptarlo, manifestando que ya había rechazado igual pedido de parte de los federales. Y funda su rechazo en las siguientes razones: Es conocida mi opinión de que el país no hallará jamás quietud, libertad ni prosperidad sino bajo la forma monárquica de gobierno. En toda mi vida pública he manifestado francamente esta opinión de la mejor buena fe, como la única solución conveniente y practicable en el país. Como las ideas contrarias a mi opinión están en boga y forman la mayoría, yo nunca me resolvería a diezmar a mis conciudadanos para obligarlos a adoptar un sistema en el que vendrán necesariamente a parar aunque tarde y después de mil desgracias».

He aquí, claramente expresado, el pensamiento de San Martín sobre la forma de gobierno. Es el mismo que manifestó en ocasión de debatirse el asunto en el Congreso de Tucumán. Han transcurrido más de cien años desde entonces y aún no nos vemos libres de las «mil desgracias» que San Martín anunció a nuestra república. La guerra civil primero y el demoliberalismo después, han sido las principales. Aun vamos en busca de un equilibrio humanamente imposible de alcanzar. Y si algún día Dios quiere que el orden sea restaurado en el mundo, tal vez se cumpla la profecía del gran argentino.

Veamos ahora cómo San Martín juzgaba la situación del país y también el juicio que le merecía la oligarquía unitaria:

«El objeto de Lavalle –le escribe a O’Higgins– era el que yo me encargase del mando del ejército y provincia de Buenos Aires y transase con las demás provincias a fin de garantir, por mi parte y la de los demás gobernadores, a los autores del movimiento del 1º de diciembre; pero usted conocerá que en el estado de exaltación a que han llegado las pasiones, era absolutamente imposible reunir los partidos en cuestión, sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno de ellos. Por otra parte, los autores del movimiento del 1º son Rivadavia y sus satélites, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a este país, sino al resto de la América, con su infernal conducta».

El juicio era severo: pero justo. La «infernal conducta» fue el capricho rivadaviano de convertir a Buenos Aires en centro de la civilización y del progreso, aunque se viniese abajo el país entero. Ello le movió a descuidar la guerra de la independencia; a aislarse del resto de América firmando convenciones de paz con España cuando nuestros aliados naturales eran vencidos en Torata y Moquegua; a negociar la paz con el Brasil, mientras precipitaba al país en la guerra civil con una serie de medidas centralistas y absorbentes que demostraban su absoluto desconocimiento de la realidad nacional. Y los «inmensos males» resultantes de esa conducta fueron el exacerbamiento de la lucha interna y la mutilación de nuestro territorio.

Caídos bajo el peso de sus errores, desprestigiados ante la sana opinión del país, los satélites de Rivadavia no se resignan en su derrota y el año 28, cuando las provincias comenzaban a disfrutar la ansiada paz, derrocan al gobierno que las representaba, fusilan a su jefe e inician el régimen de persecución y violencia que luego llamaron «tiranía» cuando se volvió contra ellos.

No pasó inadvertido para San Martín este nuevo carácter con que se iniciaba la lucha. Ya hemos visto su opinión acerca de la imposibilidad de reunir los partidos en cuestión y de la dura necesidad del exterminio de uno de ellos. Observemos ahora cómo la explaya en su interesantísima carta al general Guido:

«Las agitaciones en 19 años de ensayos en busca de una libertad que no ha existido, y más que todo las difíciles circunstancias en que se halla en el día nuestro país, hacen clamar a lo general de los hombres que ven sus fortunas al borde del precipicio, y su futura suerte cubierta de una funesta incertidumbre, no por un cambio en los principios que nos rigen y que en mi opinión es en donde está el mal, sino por un gobierno vigoroso, en una palabra, militar; porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra. Igualmente convienen en que para que el país pueda existir, es de necesidad absoluta que uno de los dos partidos desaparezca de él. Al efecto se trata de encontrar un salvador que reuniendo al prestigio de la victoria el concepto de las demás provincias y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan: la opinión presenta este candidato, él es el general San Martín»... «Ahora bien; partiendo del principio de que es absolutamente necesario que desaparezca uno de los partidos contendientes por ser incompatible la presencia de ambos con la tranquilidad pública. ¿Será posible sea yo el escogido para ser el verdugo de mis conciudadanos, y cual otro Sila cubra mi patria de proscripciones? No, –jamás, jamás–, mil veces preferiría correr y envolverme en los males que la amenazan, que ser yo el instrumento de tamaños horrores; por otra parte después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos, no me sería permitido por el que quedase victorioso usar de una clemencia necesaria y, me vería obligado a ser el agente de furor de pasiones exaltadas, que no consultan otro principio que el de la venganza. Mi amigo, veamos claro: La situación de nuestro país es tal que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de apoyarse sobre una facción, o renunciar al mando: esto último es lo que hago».

Los rasgos esenciales de la dictadura de Rosas, prevista por San Martín en esta carta, surgen de ella con admirable exactitud: un brazo vigoroso, necesidad absoluta de la desaparición de uno de los partidos, carácter sanguinario de la lucha, imposibilidad de la clemencia y necesidad para el que manda de someterse a una facción.

San Martín no quiso gobernar. Tenía la convicción de que su carácter no era propio para ello y «una espantosa aversión a todo mando político» según sus propias palabras. Menos aún deseaba gobernar en aquellas circunstancias que sabía lo convertirían en «verdugo de sus conciudadanos». Su misión, asegurar la independencia, había concluido. Faltaba terminar la obra realizando la unidad política y geográfica del nuevo estado. Y de ello se encargó Rosas.

La tarea fue dura. La tendencia nacional en que se apoyó el Restaurador condenó a muerte a la facción localista, liberal y extranjerizante y él debió ejecutar la sentencia, sintetizada en el «mueran los salvajes unitarios». Tuvo que asumir el triste e ingrato papel de verdugo, tanto más ingrato cuanto que las víctimas lo asumieron a su vez, siempre que las circunstancias se lo permitieron.

San Martín, que previó a Rosas, supo comprenderlo y admirarlo. Se ha pretendido buscar explicaciones a esa admiración en su antipatía por Rivadavia y sus satélites, olvidando que esa antipatía no tuvo por fundamento causas mezquinas, sino los «inmensos males» de la oligarquía, males que él vio y juzgó con la misma claridad y comprensión que los aciertos de Rosas. También se ha dicho que fue mal informado. Afirmación falsa, porque es sabido que recibió la visita de varios emigrados unitarios, entre ellos Sarmiento y Varela, que le describieron a su criterio la situación del país. Solamente que San Martín tuvo el buen sentido de admitir tales informes a beneficio de inventario. «A tan larga distancia –escribe– y por tantos años alejado de la escena, no me es fácil saber la verdad; pero por los ecos que hasta aquí llegan, si bien no he conocido al general Rosas, me inclino a creer que los unitarios exageran y que sus enemigos lo pintan más arbitrario de lo que sea. Sí, conocí en sus mocedades a los generales que han encabezado la cruzada unitaria: Paz, Lavalle, el más turbulento; La Madrid, sino más valiente que éste, sin duda con menos cabeza; y si todos ellos, y lo mejor del país como se pretende, no logran desmoronar tan mal gobierno, sin duda es porque la mayoría está convencida de la necesidad de un gobierno fuerte y de mano firme, para que no vuelvan las bochornosas escenas del año 29, ni que el comandante de cualquier batallón se levante a fusilar por su orden al gobernador del Estado».

La simpatía de San Martín por Rosas se acentúa al verlo defender con energía la integridad nacional amenazada por Europa. Comprendió lo que otros aún no han querido comprender: las intenciones conquistadoras de Francia. Iniciado el bloqueo se pone a las órdenes de Rosas, añadiendo que tres días después de haberlas recibido se pondrá en marcha para servir a la patria en cualquier clase que se le destine y en una carta memorable sienta un juicio lapidario contra la actitud de la oligarquía unitaria: «...lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer».

Todavía en 1850, tres meses antes de morir, le manifiesta su orgullo como argentino «al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado». Y luego, en su testamento, le hace el famoso legado del sable.

El liberalismo hubiese preferido que San Martín ocultara sus opiniones políticas, para así crear la leyenda de un libertador demócrata y liberal. Siendo eso imposible, opta por negar valor a esas opiniones. Ser monárquico, llamar infernal la conducta de Rivadavia y mostrarse favorable a la dictadura de Rosas, son herejías que el liberalismo no le perdonará jamás y que exacerban sus iras hasta el punto de exclamar, por boca de Mitre, que «no es posible salir inmaculado en la lucha de la vida». No es posible en efecto, pero la frase resulta absurda en boca de quienes no consideraron mácula aliarse al extranjero por odio a Rosas. Si alguna mácula hubo en San Martín, no proviene, por cierto, de sus opiniones políticas. Por el contrario, el haber sabido discernir siempre el bien de la patria de lo que no lo era, no solo fue fruto de su gran patriotismo, sino un timbre más de gloria que se añade a los muchos que ya tiene. Y así comienza a reconocérselo la historia.


* En «Revista Baluarte», Buenos Aires, Número 20 – Mayo-Junio 1934.


jueves, 19 de marzo de 2026

Capacidad para el gobierno propio

 

Por: Julio Irazusta

La instalación del primer gobierno propio reveló en nuestra comunidad una aptitud para manejarse por sí mismo, tal vez la causa decisiva que provocó más tarde la declaración de independencia. El acierto casi infalible del caudillo y del pueblo despierta la admiración sin reserva, y fue el origen de los éxitos posteriores. La previsión de Cornelio Saavedra adivina la llegada del momento dorado, y le permite prepararse a aprovecharlo. Sus dichos antes de la ocasión: «no es el tiempo, dejen Vds. que la brevas maduren y entonces las comeremos»; y cuando ella se ha producido: «ahora digo no sólo que es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora», encierran la mejor lección para el aprovechamiento de las oportunidades estelares, oportunidades que son los pivotes del engrandecimiento para las naciones. Cuando el jefe de Patricios dijo al virrey: «no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses. Hemos resuelto reasumir nuestros derechos, y conservarlos por nosotros mismos», expresaba la voluntad de un pueblo consciente de su capacidad y de su fortuna. Igual acierto colectivo reveló el Cabildo Abierto del 22 de mayo, que Manuel Belgrano calificó de congreso modelo, completando su elogio de este modo: «No puedo pasar en silencio las lisonjeras esperanzas que me había hecho concebir el pulso con que se manejó nuestra revolución en que es preciso, hablando verdad, hacer justicia a don Cornelio Saavedra». Juicio tanto más valioso respecto de su compañero de causa, cuanto que varias divergencias los habían separado, antes que Belgrano escribiera su Autobiografía.

No interesa averiguar en qué medida se debe atribuir a unos, a otros o a todos la responsabilidad de los desaciertos inmediatamente posteriores, que no respondieron al éxito inicial y desembocaron en la división del colegiado instituido el 25 de Mayo, la eliminación de Mariano Moreno, la instalación de la Junta Grande y las vicisitudes consiguientes. Martínez Zuviría ha escrito un panfleto contra el famoso secretario del cuerpo (exagerado como tal, pero ameno y necesario, piedra tirada a la ideología que obstruye la corriente de los estudios históricos y la convierte en agua muerta). Ahí se le niega a Moreno toda capacidad. Pero si es verdad que no había previsto la ocasión, ni en consecuencia querido el cambio, y fue el único tal vez que puso en cuestión su legitimidad, no es menos cierto que a poco de entrar con la Junta acaudillaba un partido tan importante que debilitó la posición de Saavedra, hasta hacérsela perder poco después de quedar eliminado él mismo. Fue desdicha de nuestra revolución que dos cabecillas del primer gobierno patrio, en vez de complementarse y sostenerse recíprocamente, se destrozaran entre sí, al revés de lo ocurrido en Norte América, donde los iniciadores de la revolución tuvieron la fortuna de llevarla hasta su lógica conclusión en un trabajo de equipo que les permitió vencer dificultades mayores en principio que las halladas por nuestros hombres del 25 de Mayo.

Algo igualmente desafortunado sucedió respecto de la epopeya militar que consumó la independencia. Ella no tiene paralelo entre los pueblos que lucharon por su libertad. Pero ninguno de los héroes que la cumplieron logró prolongado ascendiente sobre sus conciudadanos, como para poner al servicio del Estado naciente el influjo carismático de un vencedor en la guerra, indispensable al afianzamiento de las instituciones. Washington, discutido y envidiado no menos que San Martín, tuvo, sin embargo, la colaboración y el apoyo sin reserva de los mejores. Por ejemplo, el genial Hamilton fue su secretario militar durante casi toda la lucha emancipadora. Y aunque le pesaba estar de segundón, y ambicionaba elevarse al primer plano, jamás se le ocurrió disputar el principado al Libertador, mientas que nuestro San Martín experimentaba el desvío del gobierno metropolitano (que le rehusó su concurso para las batallas finales de la independencia) y era vilipendiado y calumniado por los ideólogos porteños en su itinerario de la abdicación al exilio. Desde la ruptura entre Saavedra y Moreno, los cambios de gobierno habían sido una especie de ronda enloquecedora, en la que los dirigentes, cualesquiera fuesen los nombres que recibían como jefes del Estado –triunviros, directores, gobernadores encargados de las relaciones exteriores o presidentes de la república– perdían pie en una trampa abierta en medio del escenario. En veinticinco años, desde 1810 a 1853, hubo veinte titulares del poder ejecutivo nacional (sin contar cada uno de los dos triunviratos sino como una unidad), con un promedio de quince meses de duración.

Semejante inestabilidad no era propicia al desarrollo de una fuerza nueva. Desde los primeros pasos, el espíritu imitativo y la influencia extranjera perturbaron a los dirigentes, apartándolos de la propia tradición y disponiéndolos a escuchar los peores consejos de las potencias interesadas en destruir el imperio español, pero también en estorbar la consolidación de nuevas naciones vigorosas. El liberalismo, aceptado por la metrópoli en su decadencia, convirtióse en el dogma económico del poder naciente. Y como resultado, al monopolio comercial de la madre patria se sustituyó el de Inglaterra, que a la vez nos disuadía de declarar la independencia y nos sometía a su influencia. Una vigorosa reacción del Consulado, órgano de los intereses locales, quedó frustrada por la debilidad de las efímeras autoridades que en Buenos Aires sucedíanse unas a otras en ronda interminable. El mismo gobierno que había convocado al Congreso de Tucumán, y que había de proclamar la independencia política, encarpetó un expediente abierto por el Consulado, renunciando a toda ambición de independencia económica.

Por suerte, los congresales de Tucumán exhibieron en sus procedimientos mayor entereza que los funcionarios porteños, y declararon la emancipación del país en el peor momento, desde el estallido del 25 de mayo de 1810 hasta el 9 de julio de 1816. En parte cedían a las incitaciones del general San Martín, cuya capacidad política era apenas inferior a su genio estratégico. El Gran Capitán, uno de los emancipadores que tuvo más porvenir en la cabeza, y que anunciaba con años de anticipación lo hacedero para realizarlo al pie de la letra, aguijoneaba al diputado mendocino en el Congreso, con expresiones de extraordinario relieve, de las que fue pródigo: «¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo, y los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos? Esté V. seguro que nadie nos auxiliará en tal situación. Por otra parte el sistema ganaría un 50 por ciento con tal paso. ¡Ánimo! que para los hombres de coraje se han hecho las empresas” (Mitre, Historia de San Martín, Ed. Lajouane, 1890, t. IV, p. 287, carta del 12 de abril de 1816). «Yo no he visto en todo el curso de nuestra revolución, más que esfuerzos parciales, excepto los emprendidos contra Montevideo, cuyos resultados demostraron lo que puede la resolución... Háganse simultáneos y somos libres»... «Y ¿quién hace los zapatos?, me dirá V. Andemos con ojotas; más vale esto que el que nos cuelguen, y peor que esto, el perder el honor nacional. Y el pan ¿quién lo hace en Buenos aires? Las mujeres, y si no comeremos carne solamente. Amigo mío, si queremos salvarnos es preciso hacer grandes sacrificios»...; «yo respondo a la nación del buen éxito de la empresa» (Ibid., t. IV, ps. 291-292, carta del 12 de mayo de 1816). Como Godoy Cruz le contestara que la independencia no era soplar y hacer botellas, San Martín le retrucó: «Yo respondo a V. que mil veces me parece más fácil hacer la independencia que el que haya un solo americano que haga una botella» (Ibid., t. IV, p.293, carta del 24 de mayo de 1816).

Cuanto al problema de Inglaterra, por cuya amistad se hacían enormes sacrificios políticos y económicos, San Martín decía en la misma carta a Godoy Cruz citada en último término: «Nada hay que esperar de ella». Si pese a la falta de ayuda exterior su ánimo no desmayaba, es porque conocía los recursos de su patria natal y porque, de ser bien manejados, los sabía suficientes para la empresa que aconsejaba. A las objeciones de los timoratos, basados en la escasez, respondía con el leguaje espartano traducido al criollo: «Si no tenemos que ponernos, andaremos en pelota, como nuestros antepasados los indios»«si no tenemos sillas, nos sentaremos en cabezas de vaca». Nunca la voluntad esclarecida brilló mejor en la Argentina que en el caso de San Martín, justamente llamado padre de la patria. Su formación militar (hecha en los libros de la mejor escuela estratégica de todos los tiempos, según Liddell Hart, la francesa del siglo XVIII), su carácter moral templado en el ambiente de la España eterna, su previsión a largo plazo, le permitieron llevar a cabo una epopeya sin paralelo en los anales de la humanidad: la de una colonia que se emancipó sin la ayuda de nadie.

Mucho más afortunada que la obra civil fue la hazaña militar de los emancipadores, no sólo por la elevación de su objetivo, que era de libertar y no de oprimir a hermanos, sino porque la perfección teórica del plan estuvo de acuerdo con la maestría de la ejecución. El oficio gubernativo que decidió la campaña de los Andes en el ánimo del Director supremo, es un papel de Estado digno de la cancillería de una gran potencia. Tal habría llegado a ser la Argentina, de haber los estadistas mostrado un acierto parecido al de los capitanes que consumaron la independencia.

Para ponderar el mérito de la colectividad compararemos las condiciones en que nos independizamos los hispanoamericanos, con las de los criollos anglosajones. En mi libro sobre Tomás de Anchorena (que es una interpretación de la independencia) expuse lo que ahora no puedo sino sintetizar en breves líneas. A grandes rasgos, digamos que ellos fueron ayudados y nosotros no. Francia reconoció la independencia de los Estados Unidos en cuanto fue declarada, mientras la Argentina esperó más de un lustro para que reconociera la suya Portugal, país ya entonces decadente. Desde aquel primer momento Luis XVI empezó a prestar a los yanquis grandes sumas de dinero, con generosidad sin ejemplo, mientras nosotros recibíamos a los quince años del 25 de Mayo, en condiciones usurarias, un supuesto préstamo (Baring Brothers), contratado so pretexto de la escasez del metálico, que los prestamistas no enviaron sino en ínfimo tanto por ciento, dándonos la mayor parte en papeles que representaban las ganancias de los comerciantes británicos establecidos en el país. Empréstito funesto, firmado por ideólogos que propagaban la utilidad de endeudarse (como sus epígonos de hoy) y que no sirvió sino para confundir al espíritu argentino sobre el resultado de la experiencia hecha por el país en la guerra de la emancipación: a saber, que se había emancipado sin ayuda ajena. Las flotas francesas, pronto secundadas por las de Holanda y España, en imponente coalición marítima, equilibraron el inmenso poderío naval inglés en la costa occidental del Atlántico; mientras la flota de Inglaterra, aliada de nuestra metrópoli cuando nosotros llevábamos adelante nuestra empresa, dejaba pasar después de 1815 todas las escuadras españolas que Fernando VII logró cargar con los miles de veteranos que habían cooperado al derrocamiento de Bonaparte. Por último, en Yorktown, la batalla decisiva de la emancipación norteamericana, equivalente en el norte a la de Ayacucho, Washington mandaba «un ejército de 7.000 soldados, de los que 5.000 eran franceses y sólo 2.000 norteamericanos. Llegó de pronto la noticia de que el almirante francés De Grasse se hallaría a la entrada de Chesapeake... con una escuadra y 3.000 franceses más». (Truslow Adams, Historia de los Estados Unidos, I, p. 153) Poco después el generalísimo británico Lord Cornwallis, se rendía a Washington y Rochambeau. Los hispanoamericanos, en cambio no recibirían ayuda sino de algunos voluntarios ingleses y franceses; jamás lo auxilios estatales de una gran potencia mundial.


Capitulo 1 de "Balance de siglo y medio"

viernes, 6 de marzo de 2026

¿Fue Juan Manuel de Rosas un tirano?

 


           Por: Edgardo Atilio  Moreno


Poco antes de asumir como presidente de la Argentina, el anarco libertario Javier Milei, en un acto político llevado a cabo el 4 de noviembre de 2023 en la ciudad de El Palomar, se refirió a Juan Manuel de Rosas calificándolo con el gastado y remanido mote de “tirano”[1].

Esta injuria contra Rosas es de larga data, la inventaron sus enemigos unitarios y luego la recogieron y difundieron los liberales que escribieron la historia oficial de nuestra patria.

Así generaciones enteras de niños en edad escolar se educaron escuchando a sus maestros sarmientinos hablar sobre los horrores de la “tiranía” de Rosas.

La utilización del termino no sorprende para nada habida cuenta que, al calor de los “nobles odios” mitristas, que en esos tiempos se cultivaban contra el Restaurador, sus enemigos no hayan buscado ser justos ni precisos con los calificativos que utilizaban para referirse a este.

Sin embargo, a esta altura del tiempo y con los avances que en el ámbito historiográfico aportó el revisionismo histórico, es poco serio seguir aplicando ese mote a Rosas.

En efecto, según nos enseña el diccionario de la lengua castellana, tirano es aquel que “consigue de modo ilegal el gobierno de un Estado y lo rige sin justicia y arbitrariamente”[2]. De modo pues que para saber si a Rosas le corresponde o no el calificativo de tirano lo primero que tenemos que hacer es ver en qué condiciones accedió este al poder, en las dos oportunidades en que le tocó ejercerlo. Vayamos entonces a los hechos históricos:

La primera vez que Rosas gobernó Buenos Aires lo hizo luego de la llamada tragedia de Navarro. Este hecho tuvo lugar -como es sabido-  cuando el general unitario Juan Galo Lavalle luego de derrocar, el 1 de diciembre de 1828, al gobernador legítimo de Buenos Aires, Manuel Dorrego, lo hizo fusilar sin juicio previo en la posta de Navarro. Este crimen causó una indignación generalizada en la provincia y la consecuente reacción de los federales. En esas circunstancias, el asesino de Dorrego, se avino a firmar con los federales un tratado de paz (el tratado de Barrancas), en el cual convino en que se nombrase gobernador interino de Buenos Aires al general Viamonte.

El gobernador interino, una vez en el cargo, convocó a la legislatura (que Lavalle había disuelto) para que procediese a la elección de un gobernador. Lo primero que hizo este cuerpo –antes de elegir al nuevo gobernador- fue establecer que el elegido debería contar con “facultades extraordinarias” para poder afrontar los efectos subsistentes de la crisis que había desatado el fusilamiento de Dorrego[3]. Una vez resuelto esto, la legislatura procedió a elegir y a designar como gobernador de la provincia al coronel Juan Manuel de Rosas; quien así -en forma absolutamente legal- asumió su primer mandato el 8 de diciembre de 1829.

En la segunda oportunidad que le tocó gobernar, el Restaurador también tuvo que hacerlo luego de un magnicidio que conmovió al país, el del caudillo riojano Facundo Quiroga.

En efecto, a raíz de un conflicto entre los gobernadores federales de Tucumán y de Salta, Alejandro Heredia y Pablo Latorre, quienes se acusaban mutuamente de favorecer las conspiraciones unitarias existentes en las provincias de cada uno de ellos; el gobernador interino de Buenos Aires, el doctor Manuel Maza, decidió enviar como mediador al general Juan Facundo Quiroga.

El caudillo riojano –en total sintonía con el pensamiento de Rosas- partió al norte con la determinación de hacer entender a los gobernadores enfrentados que en vano era pensar en la reunión de un congreso que dicte una constitución federal si antes las provincias no eran capaces de asegurar el orden en sus territorios y establecer entre ellas relaciones acordes con un sistema federal.

La reunión entre ambos gobernadores estaba prevista que se realizaría en Santiago del Estero. Hasta allí llegaron Quiroga y Heredia. Latorre no pudo hacerlo pues falleció antes de partir. A pesar de ello, se logró la firma de un tratado de paz entre las provincias en conflicto. Facundo satisfecho se dispuso entonces a emprender su regreso. Cuando se disponía a hacerlo se le advirtió de la existencia de un plan para acabar con su vida en el trayecto. A pesar de que la información era verosímil, este le restó importancia y rechazó la escolta que le ofreció el gobernador santiagueño Juan Felipe Ibarra, partiendo hacia su destino, confiado en su suerte, coraje y prestigio.

Al llegar a la localidad de Ojo de Agua recibió un nuevo aviso. Se le confirmó que el capitán Santos Perez, hombre que respondía al gobernador de Córdoba, José Reinafe, lo esperaba en Barranca Yaco para perpetrar el ataque. Nuevamente Quiroga desoyó las advertencias y continuo su marcha. Y así, el fatídico 16 de febrero de 1835, en el lugar indicado, el Tigre de los llanos cayó asesinado junto con toda su pequeña comitiva.

Ante el estado de convulsión que desató el crimen, el gobernador Maza presentó su renuncia. Inmediatamente la legislatura la aceptó y eligió casi por unanimidad a Rosas para gobernar Buenos Aires por segunda vez, y esta vez con la suma del poder público.

Si bien esta designación era suficiente para legitimar la asunción del Restaurador, quiso este hacer plebiscitar la misma, dada la extensión de las facultades que se le otorgaba. El resultado del plebiscito fue contundente, casi la totalidad de los votantes apoyó la elección y el otorgamiento de la suma del poder. Y así, en medio de una algarabía generalizada el 13 de abril de 1835, Rosas llegaba nuevamente al gobierno.

Aclarado esto, conviene destacar también que Rosas, en el ejercicio del poder, no solo actuó conforme a las atribuciones conferidas, sino que lo hizo siempre teniendo por miras el bien común de los argentinos; y no por capricho o en función a sus intereses personales como lo haría un tirano. Basta decir que cuando este ingresó a la política era un rico estanciero y empresario, y durante todo el tiempo que gobernó nunca utilizó su poder para enriquecerse. Es más, cuando se retiró de la vida pública y marcho al exilio, lo perdió todo y no le quedó ni para sobrevivir, teniendo que dedicarse a trabajar en su pequeña granja. La honestidad de Rosas fue tan notoria, que ni siquiera sus enemigos y detractores jamás la pusieron en duda.

Por todo lo hasta aquí dicho, en esta breve síntesis de circunstancias históricas bien conocidas, podemos concluir que no hay dudas que Rosas llegó al gobierno por medios legales y ejerció el poder conforme a las facultades que en cada caso se le otorgó legalmente. No como sus adversarios. Como por ejemplo el citado general Lavalle que se apoderó por la fuerza del gobierno de Buenos Aires y se comportó como un verdadero tirano, asesinando al gobernador legítimo y sembrando el terror, como decíamos arriba.

Esa conformidad con las leyes y el consenso generalizado que tuvo el Restaurador fue tal, que incluso uno de sus principales enemigos, Domingo Faustino Sarmiento, supo reconocer que: “Rosas era un republicano. Era la expresión de la voluntad del pueblo y en verdad que las actas de elección así lo muestran. El gobernante se inclina ante la soberanía popular representada por la legislatura. Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron, grandes y notables capitalistas lo apoyaron y sostuvieron. Abogados de nota tuvo en los profesores patentados de derecho. Verdadero entusiasmo era el de millares que lo proclamaban el Héroe del Desierto y el Gran Americano. Rosas era popular... Rosas era una manifestación social, una fórmula de una manera de ser de un pueblo. La suma del poder público le fue otorgada por aclamación y plebiscito, sometiendo al pueblo la cuestión"[4].

Finalmente, cabe mencionar un dato más, que echa por tierra la idea de que el gobierno de Rosas fue una tiranía. Y es que –tal como lo atestiguo el periodista español Benito Hortelano en sus Memorias- a su caída no hubo actos de algarabía en el pueblo de Buenos Aires[5]. Si de verdad hubiera sido un tirano el júbilo y la felicidad del pueblo hubiera sido notorio y generalizado; pero nada de ello sucedió. Por el contrario, el pueblo bonaerense añoró a Rosas por años, como lo dejó asentado José Hernandez en su Martin Fierro.

Es por eso que la máxima figura de la argentinidad, el general José de San Martin, elogio y apoyó la política del Restaurador. Tal es así, que en 1838 el Libertador le ofreció sus servicios para enfrentar el bloqueo francés a la Confederación Argentina; y aunque ello no se pudo concretar, desde Europa defendió la causa de la Confederación.

La amistad y admiración que San Martin tenia por Rosas está reflejada en la nutrida correspondencia que mantuvo con este, y con otras figuras históricas como Tomas Guido y Bernardo O´Higgins. Y la prueba más acabada del alto concepto que San Martin tenia por don Juan Manuel es que en la cláusula tercera de su testamento le legó su sable corvo, el mayor homenaje que pudo haber recibido un argentino.

Algunos quieren creer que este obsequio del Libertador a Rosas, se debió solo y exclusivamente por la defensa que este hizo de nuestra soberanía, sin que ello implique un aval a su política en general.  Sin embargo, está probado que San Martin también apoyó la política interna del Restaurador, ya que veía en él la “espada vigorosa” que el país necesitaba en aquellos tiempos de anarquía, de agresiones extrajeras y traiciones. Esto se ve claramente en la última carta que le envió, el 6 de mayo de 1850, en la que dice lo siguiente: "…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado… Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina… Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota".

Ningún argentino recibió nunca mayor elogio. Sin embargo, y a pesar de que el revisionismo histórico, sin lugar a dudas, le ganó la batalla historiográfica a la historia oficial, aun hoy lamentablemente existen quienes -como el presidente Milei- se niegan a dar a Rosas ese “justo reconocimiento” que San Martin le brindaba y le deseaba; y por el contrario continúan repitiendo las mismas injurias que contra Rosas decían sus antepasados ideológicos.

Está claro entonces que, mientras el liberalismo tenga poder en nuestra patria, sus partidarios seguirán empeñados en imponer la versión falsificada de nuestro pasado, que pergeñaron tras la caída del Restaurador. Es por ello que la lucha por la verdad histórica no debe cesar, la tarea de difusión debe continuar, hasta que la Argentina salga de la situación semi-colonial en que se encuentra, y vuelva a ser una nación soberana, como en los tiempos de Don Juan Manuel.

 



[2] Sapiens. Enciclopedia ilustrada de la lengua castellana. Edit. Sopena, Argentina, 1959.

[3] No era la primera vez que en el país se otorgaba facultades extraordinarias a un gobierno. Todos los primeros gobiernos revolucionarios y los directoriales las habían tenido.

[4] Obras Completas, Tomo XXVII, pág. 323

[5] Sierra, Vicente. Historia de la Argentina, T. IX, pag. 621.