martes, 9 de junio de 2026

ERNESTO PALACIO VISTO POR JULIO IRAZUSTA*

 


Por: Andrea Greco de Alvarez

Cuatro veces habló don Julio Irazusta específicamente de Ernesto Palacio. En esas cuatro ocasiones su pluma sobria o su expresión vibrante trazaron la escueta pero categórica descripción del entrañable amigo, de su obra, de sus condiciones y capacidades, de sus triunfos y fracasos.

La primera vez, lo hizo por medio de un artículo aparecido en el año 1936 con motivo de la publicación de Catilina contra la oligarquía (1). En 1976, publica otro artículo al que Irazusta define como su “testimonio de Ernesto Palacio (2). Finalmente, en 1979, el 4 de enero, pronuncia las palabras de despedida de los restos mortales de Ernesto Palacio (3); y en noviembre, ofrece una conferencia en una sesión pública de la Fundación Nuestra Historia, en conmemoración del 25° aniversario de la aparición de la Historia de la Argentina (4).

En el primero Irazusta se explaya acerca del Catilina y el estado de la historiografía romana en general. En el último hace referencia específicamente a la Historia de la Argentina con algunas alusiones entorno a Catilina. En los dos restantes Irazusta hace el cuadro de Palacio con dos pinceladas: la primera, la de sus condiciones y logros intelectuales; la segunda, la de su amistad. En las dos piezas lo hace en ese preciso orden. Es como si don Julio quisiera dejar en claro su objetividad en la ponderación de los méritos intelectuales de Ernesto Palacio. Valoración ganada en buena ley por éste, y en modo alguno, debida a los fuertes lazos de amistad que a ambos unían. Aspecto este que Irazusta no desecha. También lo considera algo necesario en su evocación. Pero poniendo cada cosa en su sitio de modo que una no empañe a la otra.

 

Ernesto Palacio, el intelectual

La primera línea con que nos dibuja el boceto de Palacio es la de sus condiciones literarias. Era poeta, prosista, acometió el ensayo, la obra de aliento sobre un tema de cultura universal, la narración histórica argentina, y todo ello lo hizo en forma descollante, asevera en el artículo de Crisis. Lo que repetiría años más tarde cuando en la sesión de Nuestra Historia comentaba que a su acendrada formación cultural Palacio unía el don del estilo, hablado o escrito. Verso, prosa, epigrama en ambos, ensayo, todo lo hacía con suprema elegancia. “Descolló en todos los géneros literarios”, sentencia en el discurso fúnebre.

Como poeta, considera Irazusta que “alcanzó niveles muy elevados”, tanto en composiciones originales como en traducciones. Y como exponentes de ello, evoca la Oda elegíaco-burlesca al Aue’s Keller, sitio en el que compartía, con otros poetas, tertulias literarias; la Balada a Las Tres Gracias, redondilla en loor de sus tres hijas mujeres; y la Elegía a la muerte de Pedro Miguel Obligado, "composición espléndida, que en nada se debía a la íntima amistad (que entre ambos escritores no había existido), sino a la admiración sincera de uno a otro hermano en las letras"(5). Cualquiera de ellas son dignas, dice Irazusta, de integrar antologías.

Como ensayista, “figuró desde su juventud entre los más grandes. A los treinta años era ya hombre de pensamiento y sus artículos de La Nación llamaban la atención de los mejores"(6). Recuerda que en 1929, en el suplemento literario dominical, publicó uno de esos trabajos, titulado La inteligencia como servicio público que, afirma, impresionó al español Ramiro de Maeztu, recién llegado a la Argentina, como embajador de su país. El hombre del ‘98 quiso, a partir de la lectura de ese artículo, conocer a Palacio, haciéndose así amigo de éste y de su grupo.

Amistad que influyó tanto en el español como en el grupo de argentinos. En éstos, porque Ramiro de Maeztu ya había comenzado esa “revisión de los conceptos políticos” en que los jóvenes argentinos le siguieron, hasta llegar a la justipreciar todos los conceptos temporales que el régimen imperante en el país aceptaba como dogmas cuando en realidad eran materias opinables, mientras que, por el contrario, en las de los universales rechazaba todo dogmatismo de carácter religioso (7). En aquél, porque, según el propio Ramiro de Maeztu confesara en carta a Palacio, consideraba que debía algo de la evolución de su pensamiento a su residencia en la Argentina y las relaciones con ese grupo de argentinos. Proceso que culminaría en Defensa de la hispanidad (1935). Esta vinculación entre el desarrollo del concepto de Hispanidad en Maeztu y su intercambio de ideas con el grupo de nacionalistas argentinos ha sido también señalada por Vicente Marrero y por Enrique Zuleta Álvarez. (8).

En el artículo que Irazusta dedica a Palacio en la Revista Crisis afirma que siempre lo creyó el mejor prosista de habla castellana de su tiempo. Al propio tiempo que se lamenta de que tanto la crítica de habla hispánica como los historiadores de la literaiura no lo haya sabido apreciar de esta forma. Y expresa: “[...] al punto que la [obra] de Anderson Imbert no lo nombra para nada, a la vez que cita a un sinnúmero de plumíferos insignificantes”.

Seguramente esta valoración que tenía Irazusta por las habilidades literarias de Palacio es lo que lo lleva a confesar en sus Memorias: “A nadie me sentí más inclinado a envidiar, en el sentido de admirar en él las dotes intelectuales que, a ser posible, habría ambicionado para mí" (9).

Admiración que era mutua. Cuenta don Julio que a fines de 1932, La Nación publicó tres artículos suyos sobre la economía argentina. Estos tuvieron gran éxito entre el público calificado y hasta fueron para él mismo una revelación. Recibió, entonces, una carta de Ernesto Palacio, desde Buenos Aires, en que le manifestaba el gran interés que estos le habían despertado tanto por su claridad expositiva como de argumentación. Agregaba, también, que a través de la lectura de aquéllos había descubierto que la culpa de su aversión por la economía la tenían “los economistas que escriben mal”. Pero explicaba que como es necesario saber economía había resuelto estudiarla. “Y esto es consecuencia de sus artículos" (10), le confiaba al amigo.

Como periodista desplegó gran actividad, la que es casi desconocida, lamenta Irazusta. “Durante muchos años siguió desde el observatorio de varios periódicos la evolución política, sobre la que arrojó luces deslumbrantes” -dice don Julio en el discurso fúnebre. Y vaticina que: - "cuando su obra periodística sea reunida en volúmenes, asombrará al país, si éste llega a disfrutar de condiciones más favorables al debate libre, de las que ha tenido hasta ahora”.

“Aquel espléndido florecimiento de un gran espíritu se concretó en fruto sazonado en Catilina contra la oligarquía, una de las obras cumbres del pensamiento político nacional”(11). No se considera Irazusta, a sí mismo, el Indicado para regatear elogios a esta obra. Las razones son múltiples: asistió a su gestación, vaticinó su importancia al conocer el plan y los primeros borradores, es de los más viejos y decididos admiradores del autor, a quien, además, se encuentra unido por lazos de amistad fundados en experiencias e ideas comunes. “El libro concluido -afírmame pareció perfecto, de estilo, de composición, de pensamiento, y destinado a tener una repercusión más que nacional, europea, hasta mundial” (12). Años más tarde, en el discurso fúnebre lamenta que este pronóstico no se cumpliera y anota la razón por la cual cree que esa difusión no se logró, al decir: “eso se debió a que los disidentes argentinos no tienen derecho a la nombradla universal”. También en la conferencia ofrecida en Nuestra Historia se refiere a este vaticinio incumplido cuando afirma: “entonces yo no sabía aún lo que ya había dicho Groussac: que el país no puede dar la gloria, y que ser célebre aquí es apenas salir de la oscuridad”.

No obstante, siguió creyendo que esta obra entrañaba un gran valor. Cuarenta y tres años más tarde de aquel artículo de Sur, volvía a decir con idéntico aprecio hacia el Catilina: “Versión enteramente nueva, respecto de los historiadores latinos más famosos, fruto de la reflexión original sobre los datos aportados por aquellos mismos escritores antiguos”. Y resalta, entonces, que la armonía de la composición, la belleza del estilo, el pensamiento retomado de la tradición greco-latina-cristiana, “después de siglo y medio de liberalismo ideológico y ateo, eran refrescantes”(13).

En el artículo de Sur, sobre esta obra, se explaya en dar respuesta al interrogante acerca de corno es posible que la erudición europea haya dejado pasar las centurias sin ver lo que muestra este americano, y por lo mismo “hombre alejado de los únicos sitios donde ciertos problemas culturales pueden aclararse, profundizarse, llevarse más cerca de su solución definitiva”, ironiza. Obra maestra de “crítica de la crítica”, si Catilina ha dado una nueva versión a un antiguo problema se debe fundamentalmente al estado de la “historia de la historiografía romana”. Era necesaria, cree Irazusta, una reforma de la concepción del mundo inspirada por los historiadores romanos para llegar a una exacta visión de la Roma antigua.

Por eso cree que no es extraño que los americanos puedan hallarse entre los primeros en hacer una revisión de la historia romana; “pues para ellos -dice- ha llegado como para los demás, la oportunidad que ofrece la restauración de la verdadera filosofía política”. Por todo lo cual considera que Ernesto Palacio estaba en las condiciones requeridas para dar de un tema romano “una versión que, sobre ser original, fuese también verdadera. -Y agrega- Su Catilina es un libro sólido además de hermoso”(14).

Pero don Julio, que conocía a Palacio, podía afirmar también que Catilina era un “libro con clave”. Era un desquite contra un temprano desengaño político, “de esos que templan a los grandes espíritus para toda la vida. El gran público no se enteró, debido a la perfección de la obra, no sospechada de la menor aleación con la ganga humana”(15). Es que cree que se halla tan bien entretejida la experiencia personal con la historia de un caso similar en la antigüedad, que fue justamente esta coincidencia la que permitió al autor alcanzar “su mayor acierto”, en el capítulo “Sobre la ambición política”. En éste encuentra “el mejor planteo hasta hoy existente de las relaciones entre la política y la moral”(16).

Esta utilización de la analogía por Palacio, que bien resalta Irazusta, como método para la crítica histórico- política, ha sido analizada, en nuestro medio, por Inés Sanjurjo de Driollet. Irazusta, como ya dijimos, alude a este procedimiento utilizado por Palacio definiendo al libro como obra “con Clave”. Sanjurjo, ahondando en este tema, explica que si bien la obra es una biografía novelada y un ensayo de reflexión sobre un personaje y sus circunstancias, de la historia antigua; ofrece al mismo tiempo “otros niveles de lectura”. Algunos de éstos son revelados, dice, por el autor en el Prólogo a !a segunda edición y la Introducción. Cuáles son: en primer lugar, el discurso sobre la revolución del ‘30, en la que Palacio participara pero cuyos resultados lo defraudaron, tema sobre el cual “hay sutiles trasposiciones que proceden por analogía, [...] aunque no esté expresamente tratado en los dieciocho capítulos en los que avanza el drama de Catilina” (17). En segundo lugar, en otro nivel de lectura, señala la autora, Catilina es una reflexión de teoría política que contiene una justificación doctrinal de la revolución. Por medio de la analogía Palacio reconstruye este segmento de la historia antigua, reflexionando acerca de la crítica situación sociopolítica del ocaso de la república romana al mismo tiempo que analiza, de modo implícito, la de nuestro país en 1931, momento en que escribe su libro. Encontró en el episodio romano las características sociopolíticas de su propia época y “en el drama de Catilina su propio drama”(18).

Pero volvamos a la descripción de la obra intelectual de Ernesto Palacio hecha por Julio irazusta. Trazando con maestría el periplo de la vida del amigo recuerda que “de “La Nueva República” -a través del enorme desengaño de la revolución de 1930- al Instituto Juan Manuel de Rosas, siguió la línea que lo había de llevar a escribir su Historia de la Argentina”. Y agrega don Julio en ia sesión de la Fundación Nuestra Historia, que “el liberalismo le perdonaría menos aún que su banca de diputado en el parlamento de Perón”. Luego señala que la forma en que Palacio explica la génesis de su libro en el Prólogo es de una perfecta racionalidad. “Así es como nacen los grandes libros” -dice. Desde su juventud, nos cuenta, Palacio había sido profesor de historia argentina. Fue en el ejercicio de esta labor docente donde experimentó una verdad “hace siglos descubierta por San Francisco de Sales, en su Introducción a la Vida Devota: a saber, que la mejor manera de aprender es enseñar”(19).

Relata entonces cómo sobre la base de los hechos estudiados durante años y repasados de continuo al preparar sus clases, su “poderosa inteligencia” reflexionaba sobre ellos. Así fue que examinándolos a la luz de categorías que su cultura humanística le proporcionaba, fue inevitable que su interpretación “difiriese de la recibida entre nosotros, aún por autores de los textos que él utilizaba”. Y en esto radica el mérito que don Julio le adjudica a la obra de Palacio: “su Historia de la Argentina no tiene investigación original, pero sí muchas interpretaciones nuevas, que sólo a él se le podían ocurrir”, al mismo tiempo que la considera “la más perfecta narración de la anécdota argentina”(20). Supo responder a sus críticos cuando advierte que aunque no sea de un investigador, “es obra similar a la que en los grandes países escriben los literatos famosos, sin ser especialistas en la materia". Y, más aún, considera que su éxito de librería, al que define como extraordinario, prueba que “la buena literatura supera las barreras de la mala tradición recibida y de los prejuicios triunfantes"(21).

Con el mismo criterio con el cual considera a Catilina un “libro con clave”, afirma que la Misiona de la Argentina “se inserta en esa misma categoría”. Sin embargo, existe una diferencia entre uno y otro, en el primero la clave estaba oculta, y el lector debía hallarla por sí mismo, en tanto que en el segundo “la influencia de la pasión personal está confesada, desde el principio”, cuando el propio Palacio dice que no puede negar que le animara “cierto espíritu de desquite”. Desquite contra los que habían renegado de la tradición hispánica y católica, contra los que emascularon al país y le quitaron toda ambición de grandeza. Sin embargo, dice Palacio que no cree que dicha pasión haya logrado perturbar su juicio. Irazusta asevera que se le puede admitir esto como verdadero. Como prueba de lo cual hace notar que las apreciaciones de Palacio sobre los que procuraron el establecimiento de la Pequeña Argentina, son singularmente equitativas, “no atribuyendo a maldad deliberada lo que sin duda era fruto de los errores de concepto en los profetas nacionales"(22).

 

Ernesto Palacio, el amigo

La segunda línea, con la cual Julio Irazusta nos completa la pintura de Ernesto Palacio, luego de haberlo definido por su labor intelectual, es la de su peculiar forma de ser y brindarse en la amistad. Recuerda que se conocieron en la Facultad de Derecho, en la vieja casa de la calle Moreno. Donde alternaron con muchos de los “notables jóvenes, de quienes aprendimos tanto como de los mejores maestros”-evoca- [...] Después de mi viaje a Europa, que duró varios años, seguimos unidos, con más intimidad que antes”(23).

“Formó una admirable familia, cuyo hogar estuvo abierto para mí, en los años que no tuvimos domicilio en Buenos Aires, como si fuera mi casa”. Amistad que llegó al seno del hogar y los hijos, así fue Irazusta padrino de la menor de las hijas de Ernesto Palacio. “Una belleza radiante como las otras dos”, dice orgulloso de su ahijada.

Cuenta que nunca olvidará la hospitalidad que le brindó en aquellos años de ruda lucha por una Argentina mejor. Virtud a la que cree haber correspondido con su propia hospitalidad24. En el discurso fúnebre recuerda las veces que Ernesto fue su huésped en Gualeguaychú, en la ciudad y en el campo, donde pasó con los suyos en una ocasión, varios meses de vacaciones, “de la que volvió más conocedor del gaucho argentino de lo que yo lo era hasta entonces”. Y en el artículo de Crisis refiere que estuvo muchas veces en Gualeguaychú, en la ciudad cuando aún eran los Irazusta propietarios de la casa de sus abuelos; en “Las Casuarinas” estancia donde don Julio vivía la mayor parte del tiempo; y en “San Marcelo”, cuando aún era propiedad de su tío Julián Irazusta. Allí fue donde estuvo todo un verano. “Y se adaptó tanto a la vida campesina, que todos los días salía a caballo, recorría todos los puestos de la estancia y siempre después recordaba a todos los peones, puesteros, montaraces, etc., como éstos lo recordaban a él”.

Cargado de sentimiento rememora el “espectáculo regocijante” que era ver el “ímpetu de sus años mozos” y cómo su “permanente ingenio” hacía disculpar sus “ocasionales salidas de tono”. Recuerda que “era capaz de sacrificar un amigo por un chiste. Pero, que yo sepa, el encanto de su compañía le permitía recuperados si su ingenio se los había hecho perder”(25).

De las relaciones de Palacio con otros literatos y escritores evoca, con añoranza, esa época de su primera juventud en la que había entre todos los jóvenes escritores una camaradería “hoy desaparecida en la bohemia de Corrientes y Esmeralda, en la polémica que enfrentaba a Florida y Boedo, en las tertulias de la Cosechera con Fernández Moreno o del Aue’s Keller con Pardo, Quiroga y Payró, en Oro del Rín con Charles de Sousens”(26). En todos estos sitios Ernesto Palacio brillaba con su "ingenio hablado”.

En las Memorias, relata cómo estrecharon relaciones con Leopoldo Lugones, el “insigne poeta y ciudadano, cuyo ingenio enaltecía al más humilde entre quienes teníamos el privilegio de su amistad”. Y cuenta que al comienzo de La Nueva República había polemizado con ellos, aunque sin nombrarlos, a causa del concepto de nacionalismo, al que Lugones definía como “un odio”, contrapuesto al patriotismo, al que consideraba “un amor”. Fue Ernesto Palacio quien asumió la tarea de responderle, “y lo hizo con su habitual eficacia dialéctica”. De la misma manera que respondió a la acusación de ser La Nueva República una “precipitada imitación de una cosa europea”. Lo hizo con estas palabras que cita Irazusta:

“¿No le parece que ello convendría mejor a sus tentativas fascistas? Nosotros, por el contrario, tratamos de entroncar en la tradición del país y mantenernos en el terreno de nuestras instituciones, por lo cual siempre hemos rechazado enérgicamente la confusión entre sus doctrinas y las de La N. R., argumento predilecto de nuestros adversarios. Le agradecemos, pues, que haya hecho Ud. también su parte para evitar que dicha confusión continúe”(27).

Advierte Irazusta que con su “habitual generosidad y bonhomía, don Leopoldo hizo caso omiso del tono ligeramente impertinente que Ernesto empleó al responderle, y siguió su amistad con él y con nosotros”.

Tanto en las Memorias como en el discurso fúnebre, hace referencia al ensayo de Ernesto Palacio sobre Lugones vivo en el cual éste trazó un cuadro inimitable de las relaciones entre el gran poeta, y “el impertinente jovencito” que él era cuando empezó a frecuentarlo. Y recuerda, que después de la polémica citada, Lugones colaboró en algunas publicaciones de La N.R., hasta convertirse en contertulio de todos los días, forjando una amistad personal que no impedían las diferencias que los separaban respecto de la realidad y el pasado nacionales (28).

Juntos iniciaron La Nueva República e intervinieron en su primera aventura política; al comienzo como desapasionados observadores de la evolución nacional, y enseguida como actores en las luchas del día. “El desengaño sufrido nos templó para toda la vida” -afirma. Más adelante nos brinda un dato más acerca de la personalidad de Ernesto Palacio cuando asegura que: “La falta de notoriedad, la escasa difusión de sus escritos, las dificultades cotidianas que debía enfrentar en medio de tales circunstancias, jamás lo amargaron”(29).

Sobre sus últimos años, con gran pesar, recuerda al despedir sus restos, que el accidente que Palacio sufrió en 1955, y que le privara en gran parte de su capacidad de trabajo, significó para el país una pérdida irreparable. En ese cuarto de siglo habría podido darle al país otras cuantas obras más “tan admirables como las que nos ha dejado”30. Afirma don Julio que para honra del país, la jubilación de diputado le permitió vivir dignamente sus últimos años y comenta que no se trataba de una de esas jubilaciones especiales que se daban a las “larvas” de la política, aún jóvenes, surgidas a jerarquías inmerecidas, sino "la culminación de una vida de trabajo docente, que apenas le alcanzó para mantener su familia con decoro, aunque ayudándose con su incesante trabajo intelectual”(31).

Aquél 4 de enero de 1979 Don Julio Irazusta comenzó el adiós del amigo y camarada expresando:

“Venimos aquí a despedir los restos mortales de un hombre cuyo talento fue de los más poderosos que ha producido esta raza argentina, de la que Aristóbulo del Valle dijo era “sobria, inteligente y fuerte”. Por la entrañable amistad que nos unió, me corresponderían las generales de la ley para no excederme en la alabanza de su personalidad. Pero estoy seguro de no equivocarme al decir que Ernesto Palacio fue el mejor dotado de todos los escritores de nuestra generación”(32).

Para terminar tal discurso rindiendo un homenaje no sólo a Ernesto Palacio sino a todos aquellos que con idéntico tesón anhelaron y trabajaron por una Argentina soberana:

“La muerte de Ernesto Palacio se suma a la de tantos otros de los compañeros de la generación que nos acompañaron a bregar por una Argentina digna de sus antecedentes: Ramón Dolí, Scalabrini Ortiz, Julio Meinvielle, Luis Dellepiane, Rodolfo Irazusta, Mario Lassaga, Carmelo Pellegrini, Mario Jurado. Tantos sueños desvanecidos, tantas esperanzas defraudadas no conmovieron a esos justadores. Creo que sus obras y sus acciones se recordarán, si el país ha de sobrevivir a sus tremendas dificultades, cuyo comienzo fuimos los primeros en anticipar, hace ya más de cincuenta años.

Aquel de entre todos que por la magia del estilo tiene más probabilidades de supervivencia, es sin duda para mí, Ernesto Palacio. Ese punto luminosos entre dos eternidades que fue su prosa, brillará para su posterioridad mientras se siga hablando en castellano”(33).

 

Irazusta y Palacio, frente a frente

“No hay patria sin historia, que es la conciencia del propio ser. No hay nacionalidad sin una idea, siquiera aproximada y confusa, sobre su vocación y su destino” escribió Ernesto Palacio en La historia falsificada. Pero para que una nación pueda obrar válidamente -dice- debe hacerlo en el sentido que le determina su propia índole, prescrita en su historia. Por ello es que la interrogación que se hace un pueblo sobre su destino se vincula al interrogante sobre los orígenes. Más aún, afirma, que la respuesta de aquélla será tanto más acertada cuanto más nos preocupemos por responder a éste. De aquí la urgencia que siente Palacio por hacer una revisión de nuestra historia, ya que está convencido de que ésta nos pondría en condiciones de proclamar abiertamente ante el mundo nuestro ser y nuestro ideal. Es que la conciencia del ser nacional supone un “querer ser”, supone un ideal que inspire la conducta, supone una meta. Esto no lo tenernos, advierte Palacio, por falta de lo único que puede comunicarlo: la historia. No sabemos qué hacer porque no sabemos lo que somos; y no sabemos lo que somos “porque se nos ha confundido deliberadamente sobre nuestros orígenes y no sabemos ahora de donde venimos”. Esta revisión de la historia deberá tener por fin la búsqueda de la verdad histórica, de la verdad acerca del origen y tradición patria. “Los tiempos están maduros -dice Palacio- para la restauración de la verdad que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas”. La verdad histórica explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de los argentinos un legítimo orgullo patriótico”(34).

Este era su sentido de la historia, de la patria, de su origen y su destino. Veía en la historia patria el abrazo profundo y fecundo entre el pasado y el porvenir, entre el origen y el destino.

Enrique Zuleta Álvarez, analizando la vida de Julio Irazusta, comenta que a partir de 1930 comienza la segunda etapa en la vida de Irazusta. En esa década del ‘30 “tanto los Irazusta como Ernesto Palacio reflexionaron sobre las bases teóricas de sus ideas y de la experiencia realizada”. Fue entonces cuando Palacio escribió su “luminoso y original” Catilina, contra la oligarquía, (al cual define como un clásico de nuestra literatura política) y “Julio Irazusta emprendió un estudio analítico y concienzudo de toda la historiografía argentina”(35).

Ambos autores veían como se entrecruzaban la historia y la política. De la reflexión sobre este hecho, que palpaban tanto en la vida nacional como en la propia, verían la luz aportes de ambos al esclarecimiento sobre las relaciones entre la historia y la política. Así en la misma línea y complementando esos planteos, Ernesto Palacio escribe acerca de cómo la política y el presente orientan la búsqueda del historiador, mientras Irazusta habla de cómo la historia sirve a la política y al presente.

En 1935 Irazusta afirma en su Ensayo sobre Rosas que es difícil distinguir historia y política, ya que son actividades complementarias.

“La historia propiamente dicha no se concibe sin un criterio político y la buena política no se concibe sin el conocimiento de la historia. Para el político, la historia es el sucedáneo de la experiencia imposible; para el historiador la política es el eje del criterio interpretativo”(36).

Oportunamente, en 1939, Ernesto Palacio, en una línea de continuidad de ese mismo pensamiento publicaba la selección de ensayos reunidos con el título La Historia Falsificada donde como hemos visto se explaya en diversos conceptos acerca de la historia. En uno de esos ensayos titulado Necesidad de una historia nacional hace hincapié en la necesidad de una historia “perpetuamente renovada”. Las actuales generaciones se encuentran dotadas de nuevos anhelos, inquietas por problemas ayer insospechados y por lo mismo, dice, necesitan que el historiador las sitúe en el desarrollo de la vida colectiva. “La verdad del siglo pasado no les sirve. Les hace, nos hace falta la verdad de hoy”. Aclara, sí, para que su postura no se confunda con escepticismo histórico, que cree en la verdad, "posible y frecuente”, y en la obligación de perseguirla con absoluto desinterés de cualquier otra finalidad. Pero, explica, que la verdad histórica pertenece a una categoría completamente distinta de las verdades físicas o matemáticas. La historia como ciencia moral y política que es, obliga al historiador a operar sobre hechos humanos y no sobre hechos materiales, que por ello dependen de la psicología y la ética. Por consiguiente, los hechos históricos son susceptibles de un margen de interpretación; ya que actualizan la vida de quienes nos precedieron y nos comunican la conciencia de nuestra solidaridad con ellos; enriqueciendo así nuestra personalidad y aclarándonos la perspectiva de nuestro propio destino.

“Interpretación no quiere decir de ningún modo arbitrariedad sino, al contrario, racionalidad: transcripción de los hechos vivificados, relacionados, jerarquizados por la inteligencia. Y si las interpretaciones varían con las épocas y los autores, ello no implica generalmente un proceso de destrucción paulatina y fatal de viejas verdades, sino la exhibición de aspectos inéditos o mal apreciados y, en definitiva, un aumento de la experiencia común (37).

A su tiempo, Irazusta resalta a la historia como guía de la política y del presente. En su estudio sobre Adolfo Saldías señala que la “gran historia” surge como algo inevitable de un “espíritu trabajado por una gran preocupación o por una gran idea”. Por eso, dice que el historiador es un político y militar o un filósofo antes que un profesional en la materia. Y añade:

“La historia es maestra de la vida sólo para quienes no le piden recetas de fácil aplicación, sino que en su cultivo tratan de acendrar su conocimiento de la eterna operación del espíritu humano en el terreno de la práctica, y en los héroes verdaderos, cuyos aciertos tratan de descubrir y cuyos errores descartan; hallan una inspiración antes que modelos de acciones, que la historia no puede ofrecer”(38).

Dos vidas unidas por la historia, las ideas, experiencias comunes y fundamentalmente por el anhelo de una Argentina Soberana. Nos hemos ocupado aquí del retrato que uno hiciera del otro. Sencilla pero certera descripción de un hombre. Ese hombre era Ernesto Palacio.

Poeta, historiador, político y patriota. Es necesario ser poeta para advertir el deber ser de la Nación. Y supo serlo. Es preciso ser historiador para analizar su devenir. Y también lo fue. Hay que tener el espíritu pronto para vislumbrar a la Argentina invisible, la tradicional, la auténtica. Y lo tuvo. Sobre todo, es menester atreverse a tener ojos mejores para ver la Patria, como pedía Lugones. Y Ernesto Palacio se atrevió. Pero es necesario, también, estar, como don Julio, a la altura intelectual de este hombre para poder delinear con trazo firme su horizonte espiritual.

 

Notas

* De gran importancia para la elaboración de presente artículo ha sido la minuciosa y exhaustiva bibliografía de Irazusta que a continuación citamos: BOHDZIEWICZ, Jorge Bibliografía del Académico de número Dr. Julio Irazusta, Boletín de la Academia Nacional de la Historia, vol. LXI, Buenos Aires, 1988.

1 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina de Ernesto Palacio y la historiografía romana". Sur, n° 20, Bs. As., 1936, ps. 77-83.

2 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo en forma descollante". Crisis, n° 38, Bs. As., 1976, p. 43, cols. 2-3.

3 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio". Cabildo, n° 22, 2a. época, Bs. As., 1979, ps. 11-12.

4 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina" de Ernesto Palacio. A los 25 años de su aparición". Nuestra Historia, n° 24, Bs. As., Fundación Nuestra Historia, 1979, ps. 328-330.

5 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio". Op. cit., p. 11, col. 3.

6 Ibid., p. 12, col. 1.

7 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., ps. 328-329.

8 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, col. 1. ZULETA ÁLVAREZ, Enrique. El nacionalismo Argentino. Bs. As., Ed. La Bastilla, 1975, p. 217, y Vicente Marrero. Maeztu. Madrid, Rialp, 1955, ps. 543-545.

9 IRAZUSTA, Julio. Memorias (Historia de un historiador a la fuerza). Bs. As., Ediciones Culturales, 1975, p. 222.

10 Ibid., p. 204.

11 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, col. 1. La primera edición de la obra, aparecida en 1935, se tituló Catilina contra la oligarquía. De este modo la nombra Irazusta en los artículos de Nuestra Historia y Cabildo. En los de Crisis y Sur se refiere a la obra sólo como Catilina. La segunda edición publicada en 1946, llevó por título Catilina, la Revolución contra la Plutocracia de Roma.

12 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina...". Op. cit., p. 77.

13 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., p. 329.

14 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina...". Op. cit., p. 82.

15 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., p. 329.

16 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, cois. 1-2. También se refiere de este modo al capítulo "Sobre la ambición política" en: Irazusta, Julio. "Todo lo hizo...", Op. cit., p. 43, col 2; y Julio Irazusta. Memorias... Op. cit.,p. 202.

17 SANJURJO DE DRIOLLET, Inés Elena. "Catilina de Ernesto Palacio. La analogía como método para la crítica Histórico-Política", il Encuentro de Historia Argentina y Regional, Conflictos y Revoluciones siglos XIX y XX, Tomo II, Mendoza, U.N.C., F. F. y L., 1996, p. [449].

18 Ibid., ps. 505, 507 y 514.

19 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., p. 329.

20 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op. cit., p. 43, col. 3.

21 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., p. 330.

22 Ibid., ps. 329-330.

23 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, col. 3.

24 IRAZUSTA, Julio. Memorias... Op. cit., p. 223.

25 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op. cit., p. 43, cois. 2-3.

26 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, col. 1.

27 IRAZUSTA, Julio. Memorias... Op. cit., p. 201.

28 Ibid., p. 202.

29 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio"., p. 12, col. 2.

30 Ibid.

31 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op. cit., p. 43, col. 3.

32 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 11, col. 2.

33 Ibid., p. 12, col. 3.

34 PALACIO, Ernesto. La Historia falsificada. Bs. As. , Peña Lillo, 1960, ps. 14, 21,26, 25, 22, 45.

35 ZULETA ÁLVAREZ, Enrique y otros. Homenaje a Julio Irazusta. Presencia de Irazusta en la Argentina Contemporánea. Mendoza, 1984, p. 13.

36 Cita de cita: ZULETA ÁLVAREZ, Enrique. El Nacionalismo Argentino. Op. cit., p. 349-350.

37 PALACIO, Ernesto. Op. cit., ps. 16-17.

38 Cita de cita: DÍAZ ARAUJO, Enrique y otros. Homenaje a Irazusta. Aspectos de la teoría política de Julio Irazusta. Op. cit., ps. 75-76.


domingo, 24 de mayo de 2026

La Revolución de Mayo. Cuestiones claves para su comprensión


 Por: Edgardo Atilio Moreno

Explicar el significado de la Revolución de Mayo de 1810, no es sencillo. Se trata de un hecho histórico complejo. Más aún porque la historiografía liberal lo deformó a designio con el objeto de convertirlo en el mito fundacional de la republica liberal.

Esa versión canónica, elaborada por Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre, se mantuvo incuestionada hasta que vino el revisionismo histórico y desmontó la mitología. Luego, lamentablemente, llegaron los revisionistas populistas y remozaron el mito con su mirada clasista y democratista. Pero la cosa no acaba ahí. En estos últimos tiempos apareció una modesta, aunque ruidosa corriente historiográfica, cuyos autores sostienen que nuestros patriotas fueron unos sediciosos al servicio de Inglaterra y unos endiablados liberales que traicionaron a España.  En consecuencia –según estos- nuestra independencia fue un acto completamente ilegítimo[1].

Estos insólitos cuestionamientos obligan al auténtico revisionismo a salir nuevamente a la palestra, pues esta nueva versión historiográfica no solo es tributaria de la liberal, sino que incluso viene a ser tanto o más nociva que esta; ya que no solo considera que nuestra independencia se la debemos a Inglaterra, sino que sostiene que nuestra nación es un engendro moderno, liberal, contractualista, nacido de una traición.

Urge entonces aclarar lo siguiente: Primero, que la nación argentina no nació en 1810, como afirman liberales y carlistas; sino que sus orígenes se remontan al siglo XVI, momento en que esta patria, este territorio, esta comunidad política, que poéticamente se denominaba “el Argentino Reyno”, ya existía;  insertada en el entonces glorioso imperio español pero con fisonomía propia[2]. Y segundo, que lo que hicieron nuestros patriotas en Mayo de 1810 fue algo perfectamente legal y absolutamente legítimo.

En este artículo nos avocaremos a esto último, y trataremos una serie de falacias sobre Mayo que son el resultado de un abordaje ideológico de la cuestión y de un relato que ignora o no tiene en cuenta ciertas cuestiones previas fundamentales.

La situación jurídica de los Reinos de Indias

La primera cuestión que se debe analizar, para comprender cabalmente lo que fue la revolución de Mayo, es cuál era el status jurídico de América en relación a la Corona de Castilla y a los demás reinos que la integraban.

Para ello tenemos que comenzar recordando que al iniciarse la conquista de América los propios españoles se dieron cuenta que había una cuestión moral de por medio, a saber: ¿con que título se podía hacer esa conquista? En efecto, estas tierras no eran res nullius, estaban pobladas en gran parte, les pertenecían a sus habitantes, por ende, esa posesión debía respetarse. Así se lo hizo saber Fray Francisco de Vittoria, al emperador Carlos V, cuando consultado por este, le respondió que los indígenas eran dueños de sus cosas, de sus tierras, y que sus republicas eran legítimas. ¿Entonces con qué derecho se podía llevar adelante la conquista de América? Había aquí un problema moral que resolver. Esto se debatió arduamente y se conoce como en la cuestión de los Justos Títulos.

Los teólogos y juristas abocados en el tema encontraron varios títulos que podían legitimar la conquista española: el derecho la guerra justa contra los aborígenes que desconocían ciertos derechos naturales (por ejemplo, el de transitar, explorar, comerciar); el derecho a ayudar a los pueblos aborígenes aliados (como los tlaxcaltecas); la defensa de la evangelización y de los indios conversos; la erradicación de los asesinatos rituales, a los que Vittoria llamaba sacrilegios; etc. Ahora bien, de todos estos argumentos, Castilla esgrimió el de la misión evangelizadora que el Papa Alejandro VI les dio a los reyes católicos Isabel y Fernando. Por eso la reina Isabel la católica, dijo en su testamento que el fin principal de la conquista fue el de la evangelización, y esto fue convertido en norma legal por las Leyes de Indias.

Fue así –con ese objeto- que América fue incorporada a la Corona de Castilla como un reino más, el Reino de Indias. Este dato es fundamental retener, porque América no pertenecía a España; es más, política y jurídicamente España no existía por entonces. Lo que existía en la península ibérica eran diversos reinos que se habían unido a la Corona de Castilla. Es decir, había varios reinos con un solo Rey. No era un solo reino, sin varios reinos unidos a la persona del Rey. Esto es lo que se conoce como una monarquía múltiple, es decir, un ordenamiento político en el que varios reinos, sin perder su identidad y  manteniendo sus propias instituciones, son gobernados por un monarca común[3].

Por eso, Carlos II, en el prólogo a la recopilación de las Leyes de Indias, en 1680, se presentaba como: rey de  Castilla, de León, de Aragón,  de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Gibraltar, de las indias occidentales y orientales… y en ningún momento dice rey de España.

Ello llevó –como hace notar el Dr. Sergio Castaño- a que uno de los grandes juristas de la escuela de Salamanca, Juan de Solorzano, dijera que el título del rey abreviado era el de rey de las Españas (o sea de los reinos peninsulares) y de las indias.

Entonces esto debe quedar bien en claro: las indias no formaron parte de Castilla, no fueron sus provincias y mucho menos sus colonias. Fueron un reino distinto, que tenía un órgano político supremo propio, el Consejo de Indias; y una legislación propia, las Leyes de Indias. Además, eran absolutamente inalienables e inajenables, pues así lo estableció el rey Carlos I en la Pragmática Sanción de 1520, y así mismo consta en la Recopilación de las Leyes de Indias, que establecían la obligación del Rey y de sus sucesores de conservar para siempre integro este territorio.

Se entiende pues que, dada esta situación jurídica, el único que tenía derecho a mandar en las Indias era el monarca de Castilla, nadie más. No podía hacerlo ningún otro reino, ciudad, u organismo peninsular. Además, debía hacerlo manteniéndolas integras y  respetando el pacto de vasallaje formalizado por Carlos I con sus súbditos americanos.

El contexto internacional y los objetivos de Inglaterra

El otro tema fundamental que hay que tener en claro es cuál era la situación política en Europa al momento de producirse la Revolución de Mayo; y cuál era el objetivo principal que buscaba Inglaterra en ese contexto. Para ello tenemos que hacer un breve repaso histórico:

En el año 1700 murió el ultimo monarca de la dinastía de los Austrias, Carlos II “el hechizado”. Luego de su muerte se inició una guerra por la sucesión, ya que este había dejado por heredero en su testamento a un borbón, Felipe de Anjou, nieto del rey de Francia Luis XIV. La guerra terminó con la victoria borbónica frente a los partidarios de la Casa de Austria[4]

En realidad, los que mas se beneficiaron con esta guerra no fueron ni los españoles ni los franceses, sino los ingleses. Como dice Julio Irazusta “el siglo XVIII vio salir de la Guerra de la Sucesion española una Inglaterra pujante que aspiraba al primer rango en el mundo[5]

En España el advenimiento de los borbones significó el abandono del ideal evangelizador de la hispanidad (que legitimó la conquista), y la instauración del absolutismo, el regalismo, y el centralismo administrativo al modo francés. A partir de entonces, las cortes españolas se llenaron de iluministas y masones,  como el marqués de Esquilache, Floridablanca, Cabarrus, Campomanes y el conde de Aranda; que difundieron las ideas de la Ilustración francesa[6].

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, España y Francia firmaron los tratados de San Ildelfonso, una alianza para enfrentar a Inglaterra. Como consecuencia de ellos España entró en guerra al lado de Napoleón en contra de Inglaterra[7]. Esta guerra fue nefasta para España. De esta época son los planes ingleses para apoderarse de América. En 1805 la flota española fue destruida en Trafalgar y entonces Inglaterra con el mar a su disposición pudo realizar sus fracasadas invasiones de 1806 y 1807 en Buenos Aires.

Pero esta situación –de guerra entre España e Inglaterra- cambio drásticamente en 1808, cuando Napoleón se aprovechó que Carlos IV le había permitido pasar por España para atacar a Portugal, para apoderarse también de España[8]. El pueblo indignado ante esto se amotinó en Aranjuez y Carlos IV tuvo que destituir al primer ministro (el favorito de la reina) Manuel Godoy y abdicar a favor de su hijo Fernando.

Napoleón entonces citó a los dos a una conferencia en Bayona y allí ambos abdicaron a favor del corso, quien a su vez le pasó la corona a su hermano José Bonaparte.

Al enterarse de esto, la mayoría de los españoles se resistieron a Bonaparte, sobretodo en el sur y formaron juntas de gobierno a nombre del rey cautivo. Estas juntas enviaron representantes a Inglaterra y se firmó la paz.

A partir de entonces las relaciones entre ambos países cambiaron completamente. En enero de 1809 se firmó el tratado Apodaca- Canning e Inglaterra pasó a ser no solo la aliada de España sino también su protectora[9].

En consecuencia, para no afectar la lucha contra Napoleón que se libraba en la península, los ingleses dejaron de lado todos sus planes para apoderarse de las posesiones españolas en América o para promover la independencia de estas, y buscaron a toda costa que en estas tierras se mantuviera la paz.

Fue por eso que al otro día de producida la Revolución de Mayo en Buenos Aires, se presentó ante la Junta una comitiva al mando del capitán inglés Charles Montagu Fabian, para averiguar cuáles eran las intenciones de los patriotas; y luego de ello informó al Almirantazgo británico que Saavedra le había manifestado en esa reunión que “las intenciones y deseos de la Junta eran de continuar la más firme alianza con el rey  de Gran Bretaña para la defensa de los dominios de nuestro rey Fernando VII”. Así mismo informó que Juan José Castelli había dicho que estaban “determinados a hacer todo lo posible para conservar estos dominios para su amado Soberano el rey Fernando…”; a lo que el oficial inglés, satisfecho, les había contestado que: “estaba muy reconocido hacia la Junta por la declaración de sus sentimientos de adhesión a Inglaterra y de continuar constantes en su lealtad al rey Fernando”.

Esta postura de la Junta fue ratificada poco después, en junio, cuando el enviado de ella, Matías Irigoyen, le comunicó a Lord Strangford que “no tenían en el momento ninguna mira ulterior de independencia”[10].

Tal es así esto que, en efecto, no existe ningún documento de 1810, ni público ni privado, en que los patriotas mencionen la palabra independencia.

De modo pues que ni Inglaterra, ni los patriotas buscaban por entonces una declaración de independencia. En realidad, como dice Enrique Diaz Araujo, “Bonaparte era el único que si pensaba en la independencia americana, con vistas a perjudicar a Inglaterra y a España…[11]

Sin embargo, el Corso estaba muy lejos de lograr ese deseo, pues la alianza entre Inglaterra y España era tan estrecha y real que su Majestad Británica declaró públicamente -el 13 de julio de 1810- que consideraba a “la vigorosa prosecución de la contienda en la península ibérica como esencialmente relacionada con la seguridad de sus propios dominios… (y que) la independencia e integridad de las monarquías españolas y portuguesas, y los verdaderos intereses de ambas, están mezclados íntimamente con la seguridad del imperio británico.”

En efecto, para Inglaterra la guerra contra Napoleón era de vital importancia, por lo que no sorprende que cambiara su política exterior y ya no tuviera como prioridad en América obtener el libre comercio, sino evitar que los americanos ocasionaran problemas al gobierno peninsular. Por ello, no solo se abstuvieron de incitar a los americanos a independizarse, sino que, por el contrario, les dejaron bien en claro a estos que no debían dar ese paso.

Así se lo hizo saber Lord Strangford a la Junta, por medio de las instrucciones que le dio a su agente Manuel Aniceto Padilla, en las que le ordenaba: “hacer presente al nuevo gobierno lo impolítico que sería por su parte ejecutar actos susceptibles de crear dificultades a la Gran Bretaña, mientras continúen sus relaciones con España… También hacerles presente, y  esto de una manera más urgente, lo loco y peligroso de toda declaración de independencia prematura, y de la necesidad, desde todo punto de vista, de que sigan preservado el nombre a la autoridad de su legítimo soberano.”[12]

Este cambio en los objetivos ingleses y la primacía que estos le dieron a sus intereses políticos (derrotar a Napoleón) por sobre la legalización del libre comercio también está bien documentado en una carta que lord Strangford le envía al Marqués de Wellesley el 1 de mayo de 1811, en la que informa que le hizo saber a la Junta “que la única pretensión que poseen los buenos oficios y  amistad de Gran Bretaña consiste en su total separación de Francia y en sus repetidas manifestaciones de lealtad a su legítimo soberano y no en las facilidades que habían concedido al comercio británico, que ellos parecían considerar como imponiendo a Gran Bretaña una obligación de aprobar o allanarse a todos sus procedimientos contra la madre patria.”

En definitiva: más allá que la historiografía liberal y anglófila haya querido imponer la idea de que la Revolución de Mayo es consecuencia de la política británica que buscó la independencia americana de España, lo real es que esta no tuvo tales objetivos ni ayudó en nada a los patriotas americanos.

La situación de la península y las disposiciones de la legislación española.

Finalmente debemos examinar cual era la situación de España antes de la revolución de Mayo y que preveía la legislación española para esa situación.

Sin lugar a dudas, la situación de España era de una notoria decadencia espiritual y material, a los ojos de muchos irreversible[13].

En el aspecto espiritual -como dijimos más arriba- la monarquía borbónica había abandonado el fin principal de su presencia en América, es decir, la evangelización. La expulsión de los jesuitas es el ejemplo más ilustrativo de ello. Pero, además, el clima moral en la corte borbónica era escandaloso. El rey Carlos IV, que había heredado de los Reyes Católicos el título de Su Majestad Católica, y  que por ende debía mostrar en público una vida coherente que  ese título; no solo se había rodeado de funcionarios masones e ilustrados, sino que toleraba los múltiples adulterios públicos y notorios de su esposa, la reina María Luisa de Borbón Parma; incluso había designado ministro a uno de sus amantes, el favorito, Manuel Godoy, un liberal partidario de la Ilustración y un corrupto[14].

Este ambiente de libertinaje desvergonzado, no solo era un insulto a la religión y a las buenas costumbres, sino que –a los ojos del pueblo- había desprestigiado enormemente a la monarquía.

Ahora bien, en el orden político, las cosas no estaban mejor.

Cuando Napoleón se apoderó del territorio español en 1808, y obligó a abdicar a Fernando VII; en la zona todavía no ocupada por los franceses se crearon Juntas de gobierno que luego se asociaron y dieron lugar a la Junta Central de Sevilla

Esta Junta, que gobernaba en nombre del monarca ausente, fue aceptada en América, a pesar de que no tenía ningún derecho a mandar en las Indias, era centralista y pretendía desconocer la autonomía de los americanos[15]. En efecto, en un manifiesto de fecha 26 de octubre de 1808, decía lo siguiente: “Las relaciones con nuestras colonias serán estrechadas más fraternalmente”. Es decir, la Junta Central desconocía el status político de los reinos de Indias y pretendía no solo gobernarlos, sino tratarlos como una colonia.

Por otro lado, era un organismo totalmente controlado y dependiente de los ingleses. Así lo dice impecablemente José María Rosa: “Los españoles luchaban por su independencia contra Napoleón pagando el precio de abandonarse a la dependencia británica. El poder detrás del trono en Sevilla es el embajador inglés, marqués de Wellesley, hermano  mayor de Wellington, y nada podía hacerse sin su  apoyo o consentimiento[16].

Todas estas cosas sin duda se sabían en América, por eso algunos-como Juan José Castelli- ya por entonces decían que la Junta Central era ilegitima; y otros –como Cornelio  Saavedra- esperaban que “las brevas estén maduras”, es decir estaban atentos a la gota que colme el vaso. Y esa gota caería pronto…

En efecto, cuando cayó Sevilla a raíz de la debacle de las fuerzas anglo-españolas, los miembros de la Junta Central huyeron a Cádiz, que era el último reducto en manos españolas, pero al llegar allí, la junta de Cádiz los rechazó. Entonces estos se fueron al islote de León, cercano a Cádiz y bien protegido por los buques ingleses.

Allí buscaron escaparse en esos barcos, pero el vice cónsul ingles les exigió que antes de embarcarse nombrasen un consejo de regencia de 5 miembros, y les dio el nombre de 4 de ellos. Así fue que se armó el Consejo de Regencia, ese es el origen espurio del órgano político que se pretendía que los americanos acatasen. Una regencia que no la había nombrado nadie, que la armó Inglaterra, es decir que no tenía ninguna legitimidad, tal es así que Fernando VII cuando volvió los metió presos.

Esta situación de acefalia en el trono, de ocupación de toda la península española, y de ausencia de una autoridad legítima; es la causa del pronunciamiento de mayo. Y a este pronunciamiento se llega por aplicación lisa y llana de lo que preveía la misma legislación española.

En efecto, según mandaban las Partidas de Alfonso el Sabio[17], estando  vacante el trono, por enfermedad o incapacidad del rey, y si  este no había dejado regente, el poder  volvía a  los pueblos.

Y esta era la situación en España y esta es la normativa legal que se aplicó en mayo. Todo perfectamente legal, no hay ninguna sedición en lo hecho. El rey estaba preso en Valencai y no había dejado regente, entonces la ley establecía que el poder volvía al pueblo. Eso decía la ley, y eso mismo era lo que se enseñaba en la universidad de Charcas, el famoso el silogismo de Charcas que conocían todos los abogados como Moreno y Castelli que se habían recibido allá.

Esta teoría –como dice Diaz Araujo- no tiene nada que ver con la teoría del pueblo soberano de Rousseau o de Suarez, es una norma legal no es una cuestión ideológica.

Resumiendo entonces: la revolución de Mayo tiene una sola causa: la crisis de la monarquía española, puesta de manifiesto en la vacancia del trono, y la pretensión de una Regencia ilegitima de exigir la obediencia de los americanos que solo estaban obligados a obedecer al rey, puesto que los Reinos de indias estaban incorporados a la Corona de Castilla y eran autónomos.

Frente a esto, los patriotas hicieron lo que la ley les autorizaba:  formar Juntas como en España” y en ello no había aquí ninguna cuestión ideológica[18], ni estaba aquí la influencia de otras revoluciones como la francesa o de otras naciones. Era solo una cuestión de hecho –la acefalia de la Corona- para la cual la legislación española preveía un remedio. Nada más.

Por eso la Junta de Buenos Aires prestó su juramento con el fin de: “Sostener los derechos y prerrogativas de la ciudad, y los augustos de nuestro soberano el Sr Rey D. Fernando VII”.

Derechos y prerrogativas que legalmente existían, y que se ejercieron sin mengua alguna de los derechos del rey ausente, para preservar estas tierras de las acechanzas extranjeras. Por eso Saavedra, en su Memoria autógrafa dirá:A la ambición de Napoleón y a la de los ingleses de querer ser señores de esta América, se debe atribuir, la Revolución de Mayo de 1810[19].   

Lamentablemente, el regencismo, primero, y luego un rey estulto y felón, no lo quisieron ver así. Y hoy tampoco lo quieren ver –a pesar del tiempo transcurrido- quienes interpretan ideológicamente la historia, llevando agua al molino de los poderes extranjeros interesados en nuestra auto-denigración.

 



[1] Entre esos autores podemos citar a los carlistas José Antonio Ullate Fabo y Miguel Ayuso, o al publicista Patricio Lons.

[2] Este tema es tratado, con la solvencia que lo caracteriza, por el Dr Antonio Caponnnetto en su excelente e ineludible libro “Respuestas sobre la independencia”.

[3] Este tema fue estudiado minuciosamente por el Dr. Sergio Castaño en su formidable libro “La forma política de la monarquía indiana y el fundamento de legitimidad de las juntas americanas”, en donde demuestra con abundante documentación que los reinos de Indias gozaban de autonomía y no se confundían con los demás reinos que pertenecían a la Corona de Castilla.

[4] La guerra de la sucesión española terminó con la firma del Tratado de Utrecht, de consecuencias negativas para la economía americana ya que España le concedió a Inglaterra el derecho de establecer asientos de negros (para vender esclavos en las posesiones españolas) y el navío de permiso, para introducir mercaderías en América. Lo que muestra que Inglaterra, ya por entonces había puesto en la mira al comercio con la América hispana como fundamental para su desarrollo.

[5] Irazusta, Julio. La influencia económica británica en el Rio de la Plata. Ed. Eudeba. Bs As. Pag 7

[6] Una consecuencia de la llegada a España del absolutismo borbónico, será la expulsión de los jesuitas.

[7] Por la firma de estos tratados Carlos IV le entrego la Luisiana a Francia, violando el deber de conservar íntegros los territorios americanos. Ya anteriormente Carlos III había conculcado este principio de la intangibilidad de los reinos de Indias al ceder las misiones orientales al Portugal.

[8] El paso de las tropas francesas por España, para atacar al Portugal lo acordó Carlos IV con Napoleón en el tratado de Fontainebleu, firmado en 1807.

[9] Dice José María Rosa, en Defensa y perdida de nuestra independencia económica” que “Inglaterra no ha de arriesgar gratuitamente las tropas de Wellington y la escuadra… exige y obtiene Canning que se otorguen amplias facilidades al comercio ingles para volcarse en América… el 14 de enero de 1809, se firmó el tratado anglo-español (Apodaca –Canning) con la cláusula adicional de otorgar facilidades al comercio ingles en América”. Por su parte Julio Irazusta –en La influencia económica británica en el Rio de la Plata- señala que: “Con la perspectiva abierta por el tratado de 1809 los comerciantes ingleses despachan a la América del sur ingentes cargamentos de sus mercaderías industriales…Cisneros, nombrado virrey de Buenos Aires para reemplazar a Liniers, llega a destino poco menos que escoltado por una expedición comercial británica”.

[10] Diaz Araujo, Enrique. Mayo Revisado, Tomo 1, pag 318.. Editorial UCALP. La Plata, marzo 2010

[11] Diaz Araujo, Enrique. Ob. cit, pag 297.

[12] Ibidem, pag. 331.

[13] Entre quienes consideraban que España estaba sumida en una decadencia moral absoluta y perdida irremediablemente estaba José de San Martin, por eso volvió a su tierra natal, para salvar aquí los restos de la hispanidad.

[14] Era vox populi, por entonces, que al menos dos de los hijos de la reina era producto de su relación con Godoy.

[15]Incluso la Junta Central se negaba a reconocer la autonomía de las Juntas provinciales de la Península, por eso la Junta de Sevilla se negó a reconocerla. Los autores que repudian nuestra revolución de mayo no reparan este dato y no consideraran traidores y sediciosos a los miembros de la Junta de Sevilla

 

[16] Rosa, José María. Historia Argentina, T. 2. La Revolución. Bs As. Juan C. Granda. 1964, pag 115

[17] Número 15 de la ley  3, de la Partida Segunda título 19.

[18] La casi totalidad de los protagonistas de Mayo desconocía la literatura de los ideólogos de la revolución francesa; y cuando en América se habla de despotismo en la mayoría de los casos se lo hace teniendo en mente el despotismo de los liberales de la Junta Central o del Consejo de Regencia. 

[19] Esta expresión se corrobora perfectamente con numerosos documentos y con los hechos. No pasa lo mismo con la famosa expresión de “la máscara de Fernando VII”, la cual no se respalda en ningún documento y es por lo tanto o una confusión época, es decir que se utilizó en una época posterior, o una reelaboración políticamente correcta en función del momento en que fue escrita; es decir 19 años después de los hechos de mayo y cuando su autor tenía 70 años.