domingo, 6 de septiembre de 2026

¿Por qué San Martin vino a América?

 


Por: Edgardo Atilio Moreno

La cuestión de porqué el General José de San Martin dejó España y vino a América ha dado lugar a una controversia que ya fue zanjada, pero que lamentablemente se mantiene hasta el presente.

La misma –como todos los problemas que suscita la historia de nuestro prócer- se origina la mistificación que de él hizo Bartolomé Mitre al estudiarlo, ya que no solo tergiversó su figura y ocultó su pensamiento político, sino que, además, y para asegurarse que su versión no fuera contradicha, quemó los documentos que no encajaban con ella.

En efecto, Mitre fue el primero en afirmar que San Martin logró salir de España gracias a la ayuda del escoses James Duff, y del cónsul inglés Charles Stuart; para pasar subrepticiamente a Inglaterra. A partir de allí, sus detractores tejieron la versión de que este era en realidad un agente ingles enviado a América para destruir al imperio español.

Sin embargo, esta versión de la salida clandestina de Cádiz fue refutada cuando José Pacifico Otero descubrió en el Archivo Militar de Segovia la autorización que se le dio, el 6 de septiembre de 1811, para salir de España rumbo a América, junto con un excelente informe sobre su vida y su conducta. Es decir que el futuro Libertador recibió del gobierno español un aval y todos sus papeles en orden para embarcarse en Cádiz rumbo a Londres. O sea que no hubo ninguna salida clandestina ni subrepticia.

Respecto a la supuesta “ayuda” británica que habría recibido para marcharse, la misma también fue refutada y tiene una explicación lógica.

Dice Enrique Díaz Araujo lo siguiente: “Cádiz era un istmo, cercado en su salida terrestre por el ejército napoleónico, y defendido y bloqueado en su faz marítima por la escuadra británica. Quien quisiera salir del enclave gaditano tenía una opción: o pedía permiso a los franceses o se lo pedía a los ingleses. No había otra forma. Ahora bien, si el pasajero se disponía a ir hacia América, la alternativa se reducía, puesto que únicamente los británicos controlaban las aguas oceánicas. En tal situación el viajero debía obtener pasaporte o visa del consulado ingles en Cádiz, conseguir alguna recomendación para embarcarse en un buque de la Royal Navy y dirigirse a Inglaterra. En los puertos ingleses podía tomar o embarcarse en un buque mercante (ingles por supuesto) que fuera al Rio de La Plata. Ese era el exclusivo camino de salida[1].

De modo que San Martin, para salir de España, tuvo que presentarse ante el cónsul inglés (Stuart) para que este le firmara la visa; y sucedió que al hacerlo se hizo acompañar por un compañero de armas en el ejército anglo-español, que se había destacado luchando en defensa de España y que era primo del cónsul,  el  citado James Duff,[2] con la idea de que le podía facilitar el trámite. Un detalle que no tiene nada de extraño; y de la cual no se puede inferir que por ello San Martin estuviera trabajando para el gobierno inglés, salvo que se tenga un animus injuriandi. Por otra parte, San Martin no pretendió ocultar esa circunstancia, ya que, en mayo de 1827, le escribió a otro militar inglés que fue su subordinado (William Miller) y le contó que Duff, lo había ayudado con el trámite del visado, y que además le había ofrecido ayudarlo con dinero, cosa que este no aceptó. Un rechazo que sería insólito e impensable si hubiera estado al servicio de Inglaterra.

Así mismo, como San Martin no tenía dinero, el pasaje de regreso a América en la fragata George Canning se lo pagó Alvear; deuda que saldó en cuanto cobró sus primeros sueldos en Buenos Aires. Es obvio que, si nuestro prócer hubiera sido un agente inglés, no hubiera necesitado endeudarse con Alvear; los ingleses le habrían solventado todos los gastos.

En definitiva, está claro que San Martin salió de España haciendo los trámites correspondientes, como los haría cualquiera; y que llegó a América por sus propios medios, y de la única forma en la que era posible llegar.

Habida cuenta esto, y de lo endeble de la acusación formulada, se inventó, para darle mayor sustento, lo de la supuesta condición de masón. Una cuestión que en un principio se había de descartado pues Mitre y Sarmiento, fundándose en el testimonio de José María Zapiola, habían establecido que la Lautaro no era una logia masónica sino una sociedad secreta con fines estrictamente políticos; más allá de que por su organización se asemejaba mucho a las logias masónicas. Lo cual se condice también con los objetivos políticos que perseguía San Martin (la independencia y la unidad sudamericana bajo una monarquía católica); y con su religiosidad pública y privada, absolutamente contraria a los fines anticristianos de la masonería[3].

Claro está que la conducta de algunos de sus compañeros de viaje, espacialmente Carlos María de Alvear, suscita confusiones[4]. Por eso, Julio Irazusta, refiriéndose a los viajeros, dice lo siguiente: “la tesis corriente es la de que las logias internacionales los habrían inducido a pasar de la Metrópoli al Plata, con el único propósito de minar el Imperio español. Las actitudes posteriores de algunos de ellos, como Alvear, parecieran confirmarlo. Pero la de San Martin, permite enfocar el asunto de otra manera[5].

En efecto, Alvear era un miembro destacado de la Lautaro, y es bien sabido que era anglófilo y masón. Un testimonio fundamental al respecto lo dio Fray Servando de Mier cuando contó que al ingresar a la Lautaro le informaron que no se trataba de una logia masónica pero que Carlos de Alvear si era masón[6].

Ahora bien, la conducta de San Martin y la de Alvear en América serán completamente distintas; tal es así que este –apenas llegados a Buenos Aires- se convertirá en uno de los principales enemigos del Libertador. San Martin bregará por la independencia y el anglófilo Alvear se opondrá a ella[7].

La razón de esto está en que el principal interés de Inglaterra en ese momento era combatir a Napoleón Bonaparte, y evitar que España tuviera que distraerse de esa lucha para combatir movimientos independentistas en América. Para eso Inglaterra se había aliado con España[8]. Como dice José María Rosa: “en 1810, hallándose Inglaterra aliada de España y favorecida en sus relaciones comerciales por el tratado Apodaca-Canning, no tenía interés en la independencia política de las colonias españolas[9].

Tan temerosos estaban los ingleses de que los gobiernos patriotas declaren la independencia que no solo reiteraban sus advertencias al respecto sino que sus espías en el Rio de la Plata pensaron que San Martin era un agente francés[10]. ¿Cómo se entiende entonces que se diga que este había sido enviado por Inglaterra?

Está claro entonces que la decisión de volverse a América la tomó San Martin por su cuenta, motu proprio, y no siguiendo indicaciones de los ingleses o de la masonería. Queda solo por responder ¿Por qué tomó esa decisión?

La respuesta a esta pregunta la dio el mismo San Martin en una carta al Mariscal Ramón Castilla, del 11 de septiembre de 1848, en la que dice que “Una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarles nuestros servicios en la lucha, que calculábamos se había de empeñar”.

Pero… ¿porque no se quedó en Cádiz luchando bajo las órdenes del Consejo de Regencia y confiando en la ayuda de los ingleses?

Pues bien, algo dijo San Martin al respecto cuando en su Proclama del 22 de julio de 1820 manifestó que en la península los americanos eran mal vistos y hostigados[11]; pero mucho más podemos inferir sobre su decisión si nos detenemos a contemplar  el contexto político-militar de España, y todo lo que nuestro héroe había estado viendo y  protagonizando hasta entonces.

En efecto, la España en la que vivió San Martin no era ya la España católica y evangelizadora, que llevó los valores de la Hispanidad a América. A partir del siglo XVIII, la dinastía borbónica, afrancesada y absolutista, comenzó un proceso que des-hispanizó a España y la hizo perder su rumbo, con una retahíla de claudicaciones ante las nuevas potencias europeas: Francia e Inglaterra[12].

Varias defecciones borbónicas jalonan ese triste proceso. Empezando por el Tratado de Utrecht, por el cual Felipe V le concedió a Inglaterra el asiento de negros, para traficar esclavos por treinta años; y el navío de permiso, que facilitó el contrabando y significó el comienzo de la ruina económica de América.

Luego, el Tratado de Madrid de 1750, por el cual Fernando VI, violando el Pacto de Vasallaje con los Reinos de Indias, que obligaba a la Corona de Castilla a mantener íntegros esos territorios y a proteger a sus súbditos; les entregó a los portugueses las Misiones Orientales, ocasionando la tragedia de las guerras guaraníes[13].

Posteriormente, el Tratado de Paris, de 1763, por el cual Carlos III, entregó a Inglaterra la Florida; y al Portugal (aliado de esta) la Colonia de Sacramento. Y eso no fue todo.  Este rey, que se había rodeado de ministros ilustrados y masones, además expulsó a los jesuitas de todo el imperio; y dictó la Ordenanza de Intendentes que les cercenó poder y autonomía a los Cabildos americanos. Su reinado -como dice Federico Ibarguren- “rompió de golpe con las tradiciones del Reino y de las Indias, provocando tumultos, sublevaciones y protestas que, reprimidas con mano de hierro por sus ministros –camarilla de masones y liberales-, prepararon la disgregación final de aquel inmenso mundo con sede en Madrid[14].

Luego vino la Paz de Basilea de 1795, que Carlos IV firmó para poner fin a la guerra del Rosellón contra la Francia revolucionaria. Por este humillante tratado España entregó la Capitanía General de Santo Domingo a los franceses, a pesar de todas las victorias conseguidas en esa guerra[15]. Unos años después, en 1807, este rey estulto firmó el Tratado de Fontainebleu que le permitió a Napoleón ingresar a España para atacar a Portugal; lo que el corso aprovechó para instalarse en territorio español.  

Todos esos tratados –dice Antonio Caponnetto- desventajosos para España y benéficos para Inglaterra, Francia y Portugal, alternativa o simultáneamente; tenían lugar mientras las fuerzas armadas hispánicas se batían heroicamente en los campos de batalla contra aquellas naciones, a las cuales se les terminaba cediendo cuanto pedían en los sucesivos armisticios. Y el pequeño detalle es que San Martin era uno de esos jefes militares que se jugaban el pellejo en la lucha para verse befado diplomáticamente después…”[16]. Por eso no es de extrañar que San Martin, a la vista de estas traiciones, haya comenzado a reflexionar sobre la falta de convicciones hispánicas de esta dinastía, y sobre su legitimidad para gobernar.

Finalmente, tenemos la farsa de Bayona, que produjo la acefalia en la Corona de Castilla y fue la causa directa del pronunciamiento autonomista de mayo de 1810 en el Rio de la Plata.

Los hechos son bien sabidos. La ocupación francesa produjo, en marzo de 1808, el famoso motín de Aranjuez, a consecuencias del cual Carlos IV tuvo que abdicar a favor de Fernando VII; quien luego se arrepintió y recurrió a la mediación de Napoleón para que Fernando le devolviera la corona. El corso aprovechó la oportunidad y citó a ambos a Bayona. Allí obligó a Fernando a devolver la Corona a su padre, quien a su vez volvió a abdicar, pero esta vez a favor de Napoleón y a cambio de un castillo, 30 millones de reales y una renta anual de 8 millones. Acto seguido, Fernando renunció a sus derechos a favor de Napoleón a cambio de un palacio y una renta anual de un millón de francos[17].

Consumada la maniobra, Napoleón coronó rey de España a su hermano José Bonaparte, el cual recibió el apoyo de una minoría ilustrada de españoles conocidos como afrancesados.

A pesar de todos estos actos vergonzosos, el pueblo español se resistió al invasor, y las Juntas liberales, formadas para gobernar en ausencia del monarca, firmaron una alianza con Inglaterra, mediante el tratado Apodaca-Canning[18].

En esa lucha contra el invasor francés, San Martin se batió heroicamente, sirviendo en el ejército anglo-español que mandaba Wellington. Aun así, la suerte de las armas no se presentaba favorable a los patriotas españoles. Julio Irazusta dice al respecto lo siguiente: “La situación en España, cuando el futuro Libertador y sus compañeros emprendieron viaje, era desesperada. Aunque todavía se peleaba contra los invasores después de la casi total ocupación de la península (que provocó en Buenos Aires los sucesos del 25 de mayo del año X), los ingleses estaban en retirada y Wellington había debido refugiarse en Portugal. Napoleón dominaba casi toda Europa. Poco quedaba por hacer en el viejo mundo contra el tirano hereje que pretendía sojuzgar el imperio y contra el cual la América Hispana estaba dispuesta a luchar hasta el fin, como lo prueban los cuantiosos auxilios enviados a la metrópoli. ¿Por qué no suponer que San Martin haya creído tener más posibilidades de hacer algo mejor por su patria natal (cuya fuerza debía conocer por su padre) que en la península, al parecer perdida?”[19]

En igual sentido se pronuncia Roque Raúl Aragón al decir que: “San Martin había hecho la guerra al invasor en esos ejércitos que apoyaron la insurrección popular que subrogó al gobierno sin honor de la dinastía claudicante y su corte de afrancesados. En esa guerra se había comportado con brillantez, hasta sobresalir entre una oficialidad de excelentes aptitudes… pero San Martin como muchos de sus camaradas, no se ilusionaban con la victoria. Cuando Napoleón, viendo que en España la vaca se le había vuelto toro, entró con 250.000 hombres en su territorio, arrolló todas las resistencias y repuso a José en Madrid. Quedaba todavía esa oposición popular fiera, empecinada, fanática, quijotesca… y quedaba sobretodo la fuerza militar que había puesto Inglaterra… el general Wellesley había dado muestras de genio militar y aún era sensato esperar en él. ¿Pero acaso su triunfo seria la victoria de España? En el mejor de los casos, aun cuando todo saliera bien, ¿Qué se ganaba? La reposición de una dinastía que nunca había atinado a otra cosa que a ser satélite de un poder extranjero; que era, al fin, culpable de todo lo que estaba ocurriendo… que se había mostrado capaz de negociar el territorio (la isla de Santo Domingo, la Colonia del Sacramento, la Florida, la isla de la Trinidad) … España no tenía nada que ganar en la guerra sin salida que se estaba librando. Fue en ese momento, cuando ya se había intentado todo lo posible… cuando los americanos que venían censurando al régimen desde antes de este descalabro producido por los errores de sus jerarcas resolvieron volverse a sus patrias criollas. San Martin también disponía de esa opción. Él era un americano más, estaba hacía tiempo relacionado con ellos y hasta comprometido en un propósito de sustraer la América española a la conducción de una metrópoli de la que poco tenían que esperar y mucho que temer ¿por qué había jugado su vida él en esos tres años últimos? Por la independencia de la patria (esa guerra se llamó, precisamente, de la independencia). Como americano que era, tenía a su alcance la única manera de prolongarla hasta un punto en que pudiera recobrarse la grandeza perdida: combatir por ella en América, salvar a España en América.”[20]

En efecto, San Martin tuvo que tomar una decisión difícil: o se quedaba en el último palmo de territorio español que aún no había sido ocupado (el puerto de Cádiz) bajo las órdenes del Consejo de Regencia y de las liberales Cortes de Cádiz (ambos órganos carentes de legitimidad) librando una guerra que a todas luces parecía perdida; o bien se marchaba a defender su tierra natal (que Napoleón ambicionaba conquistar) y a prestar su servicios a un gobierno legítimamente autónomo, al cual la Regencia injustamente le hacia la guerra. Y San Martin decidió entonces hacer lo que a su juicio era la mejor opción: intentar salvar en América, lo salvable. Antonio Caponnetto resume así su visión: “se va de España cuando empieza a admitir que en la Americanidad se puede aún salvar esa Hispanidad de la que habían abjurado los jerarcas de una monarquía trocada en deleznable tiranía”[21].

Y es que nuestro prócer –como dijimos antes- había experimentado en carne propia la traición a la Hispanidad de los nefastos reyes borbónicos. Había sido testigo de la perdida de Oran, de la claudicación en la guerra del Rosellón y de la entrega del territorio americano en la Paz de Basilea. Estas experiencias, sumadas a la corrupción moral de la familia real, de la cual San Martin seguramente tenía noticias[22], deben haber calado hondo en su ánimo y en su decisión de partir a América.

Todas esas traiciones fueron sin dudas “un argumento existencial de gran peso a la hora de reinsertarse en América. ¿Qué felonías no podían cometer monarcas de esa laya si España era invadida por el extranjero? Cuando al fin sucedió, la suerte estaba echada. La realeza española se vendió a Napoleón, traicionó y consintió el peor ultraje; y San Martin, el leal murciano, se vino a combatir al corso aquí, lejos de los tratados de paz y cerca de las trincheras. Era la hispanidad contra el españolismo degradado lo que movía su conducta. Salvar la Hispanidad en la Americanidad, cuando la península, a través de sus monarcas indignos, ni siquiera atinó a salvar otra cosa más que sus insignificantes pellejos…[23].

Estaba claro que esta nefasta dinastía borbona había traicionado a la Hispanidad, al trastocar el orden tradicional, infectando a España con las ideas de la Ilustración. Su abandono del ideal evangelizador deslegitimó la razón de ser del Imperio; y al conculcar el principio de intangibilidad de los Reinos de Indias, estos monarcas irresponsables rompieron para siempre el Pacto de Vasallaje que unía a la Corona con los americanos. Y como dice Caponnetto, a San Martin “no pudo pasarle inadvertido algo que era una constante bajo la gestión de los borbones: convertir a América, parcial o totalmente, en el pato de bodas, como diría Saavedra, para resolver los conflictos entre España y sus adversarios”[24].

Todo esto lo advirtió incluso un gran hispanista como Ramiro de Maeztu quien en su clásico “Defensa de la Hispanidad” estampó lo siguiente: “En general, los hispanoamericanos no se suelen hacer cargo de que lo mismo su afrancesamiento espiritual, que su sentido secularista del gobierno y de la vida, que su afición a las ideas de la Enciclopedia y de la Revolución son herencia española, hija de aquella extraordinaria revisión de valores y de principios que se operó en España en las primeras décadas del siglo XVIII y que inspiró a nuestro gobierno desde 1750… en aquel siglo XVIII, en que se nos perdió la Hispanidad… nos gobernaron masones aristócratas, y lo que se proponían los iniciados, lo que en buena medida consiguieron, era dejar sin religión a España… No vimos entonces que la pérdida de la tradición implicaba la disolución del Imperio, y por ello la separación de los pueblos hispanoamericanos. El Imperio español era una Monarquía misionera, que el mundo designaba propiamente con el título de Monarquía católica. Desde el momento en que el régimen nuestro, aun sin cambiar de nombre, se convirtió en ordenación territorial, militar, pragmática, económica, racionalista, los fundamentos mismos de la lealtad y de la obediencia quedaron quebrantados. La España que veían, a través de sus virreyes y altos funcionarios, los americanos de la segunda mitad del siglo XVIII, no era ya la que los predicadores habían exaltado…” [25]

Esta realidad y este contexto –tan claro para Maeztu-  es soslayado por los detractores de San Martin, que prefieren juzgar su conducta a partir de apriorismos ideológicos, con subjetividad maliciosa y valorando en forma diferente los hechos según quienes sean sus protagonistas.

Por eso dice  Caponnetto que para los españolistas, San Martin “tiene que ser forzosamente un traidor a España porque no les da la logicidad para dilucidar conceptualmente la diferencia en la España de los Reyes Católicos y la de María Luisa de Parma y Manuel Godoy; ni la España una y entera, que lo que restaba de ella en Cádiz; ni mucho menos, para entrever las desemejanzas inmensas entre determinada España y la perenne Hispanidad[26]. Y por eso “les basta ver merodear un par de ingleses cerca de San Martin para considerarlo un agente británico…”. Mientras que por otro lado “se niegan a ver aquellos ejemplos de verdaderos ruines y segregacionistas de la Corona y del espíritu de la Hispanidad y que eran españoles hasta el tuétano[27].

Por supuesto que esto no significa que no se puede encontrar en San Martin defectos o expresiones circunstanciales erróneas. Pero admitir todo ello dista muchísimo de afirmar que fuese un traidor a su patria, que partió a América porque estaba al servicio de Inglaterra.

Por el contrario, del contexto aquí descripto rápidamente, de la documentación existente, y de una interpretación lógica de la misma, surge a las claras que nuestro prócer regresó a su tierra natal porque había llegado a la conclusión de que la (anti) España de los borbones estaba perdida, pero que la Hispanidad aun podía ser salvada en América.

Echar luz sobre este asunto es una forma de honrar su memoria, y de cumplir con lo que exige, a todo argentino, la virtud de la piedad filial.



[1] Diaz Araujo, Enrique. San Martin y los chatarreros. Ediciones Dike. Mendoza 2001. Pags. 79 y 80.

[2] James Duff había sido herido en combate defendiendo el Fuerte de Matagorda en 1810. Cfr. Antonio Caponnetto. General San Martin. Arquetipo de la Hispanidad. Bella Vista ediciones, pag. 51.

[3] Entre las disposiciones que San Martin tomó en contra del laicismo masónico, se encuentran las instrucciones dadas a Tomas Godoy Cruz para que cualquiera sea la forma de gobierno que se adopte en el Congreso de Tucumán de 1816, esta “no manifieste tendencia a destruir Nuestra Religión”; y la Constitución que dicto para el Perú en 1821, en la que establece que la religión católica es la religión del Estado, y que “nadie puede ser funcionario público, si no profesa la religión del Estado”

[4] San Martin no fue el único que salió de España, junto con él, salieron 62 americanos mas, 18 de los cuales vinieron al Rio de la Plata.

[5] Irazusta, Julio. Breve historia de la Argentina. Ed Huemul. Bs As. 1999. Pag 72

[6] Cfr. Diaz Araujo, Enrique. Ob.cit. pag. 69

[7] Cuando Alvear se apoderó de la conducción de la logia Lautaro, esta abandonó sus objetivos independentistas originarios y por ello fracasó la Asamblea del año XIII. Posteriormente, en 1815, cuando fue designado Director Supremo, le ofreció el protectorado de estas tierras a Inglaterra, oferta que fue desestimada por los ingleses.

[8] Esto no quiere decir que, en otros momentos históricos, Inglaterra no haya buscado la independencia de América y su desmembramiento; pero este no era su objetivo en la etapa que analizamos.

[9] Rosa, José María. Historia Argentina, tomo 3. Ed. Juan Granda. Bs As. 1967. Pag. 9.

[10] Piccirilli, Ricardo. San Martin y el gobierno de los pueblos. Citado por Diaz Araujo en ob cit.,pag 97.

[11] En mayo de 1808, en Cádiz, una turba mató al jefe de San Martin, el general Francisco Solano, nacido en Caracas, por sospecharlo afrancesado. En el mismo hecho San Martin salvo su vida milagrosamente.

[12] El último de los Austria, Carlos II, un retardado apodado “El hechizado”, murió sin descendencia y dejó como heredero en su testamento al nieto del rey de Francia Luis XIV, que tomó el nombre de Felipe V. Los partidarios de la Casa de Austria no lo aceptaron (apoyados por Inglaterra, Alemania y Holanda) y se inició una guerra por la sucesión. Al terminar esta, con la Paz de Utrecht, el borbón pudo conservar su trono, pero España perdió Flandes, Gibraltar, y sus tierras en Italia.

[13] Los aborígenes que fueron entregados a los esclavistas portugueses quedaran profundamente resentidos con esta traición de la monarquía borbónica.

[14] Ibarguren, Federico. Nuestra tradición histórica. Ed. Dictio. Bs. As. 1978. Pag. 169.

[15] El rey borbón había ingresado en la contienda porque vio peligrar su trono, ya que los revolucionarios amenazaban a extenderse a los países vecinos.

[16] Caponnetto, Antonio. General San Martin. Arquetipo de la Hispanidad. Ed. Bella Vista. Bs As. 2025, pag. 69.

[17] En las discusiones en Bayona, la reina María Luisa de Borbon le gritaba en la cara a su hijo Fernando que era un bastardo, es decir hijo de un adulterio.

[18] Por este tratado España, le concedió a Inglaterra el libre comercio con América, a cambio de ayuda militar.

[19] Irazusta, Julio. Ob. cit., pag. 73

[20] Aragón, Roque Raúl. La política de San Martin. Ed Vortice, Bs As 2015. Pags 42 y 43

[21] Caponnetto, Antonio. General José de San Martin. Arquetipo de la Hispanidad. Bella Vista ediciones. Bs As. 2025. Pag. 13

[22] Era vox populi que la esposa del rey Carlos IV, María Luisa de Borbón, era una adultera serial. No solo tenía por favorito al ministro Godoy, sino que numerosos oficiales de la guardia real eran amantes suyos. Todo con el consentimiento de su marido.

[23] Caponnetto, Antonio. Ob. cit., pag. 44.

[24] Ibidem, pag. 50.

[25] De Maeztu, Ramiro. Defensa de la Hispanidad. Ed. Cruzamante. Bs As 1986. Pags 27, 28 y 29.

[26] Caponnetto, Antonio. Ob.cit., pag 10

[27] Ibiidem. Pag 77.


martes, 4 de agosto de 2026

El sueño frustrado de San Martín

 


Por: Santiago Rospide

Se han cumplido 200 años de la llegada de San Martín a Buenos Aires, acaecida esta un 4 de diciembre de 1823, luego de la inconclusa campaña militar y política al Perú.

Fue una llegada tortuosa, sabemos de los inconvenientes y las tensiones que desde antaño venía teniendo el gran capitán con la administración de Buenos Aires, y que en ese momento se habían agravado, principalmente por la presencia de su gran enemigo Bernardino Rivadavia. Sabemos del consejo amical del gobernador de Santa Fe Estanislao López referido a que lo querían apresar –para enjuiciarlo– los personajes del más encumbrado liberalismo masón que tejía en las sombras la política rioplatense. En fin, sabemos muchas más cosas, pero la gente común, el pueblo llano no lo sabe, porque de San Martín se habla mucho, pero de esto poco y nada, por no decir se lo oculta.

¿Pero, qué soñó San Martín cuando vino a América en 1812, concretó todo lo que tenía en su mente, en su plan estratégico? ¿Por qué se exilió a Europa en febrero de 1824, por qué lo empujaron a irse y nunca más pudo pisar el suelo argentino? Habría que recordar el infructuoso regreso en 1829 y las palabras de condena y admonitorias que le dirigió a Lavalle y sus adláteres después del magnicidio provocado contra el gobernador de Buenos Aires, el coronel Manuel Dorrego.

DESCONOCIMIENTO

Para que recordemos bien, San Martín vino a la América, su patria, con un bagaje de sueños por cumplir, pero de todos estos sueños hubo uno que hoy a doscientos años de su llegada a Buenos Aires –ocurrida como dijimos un 4 de diciembre de 1823– vióse frustrado y sigue ahí esperando a que se cumpliese y es tarea de cada uno conocer cuál es el sueño. Por eso vino San Martín a la América, su patria.

¿Cuál era el motor que impulsaba ese sueño? ¿Quiénes estuvieron detrás de ese sueño? ¿Quiénes le impidieron concretarlo? ¿Quiénes lo apoyaron en su empresa? ¿Por qué los argentinos no conocemos más profundamente a San Martín? ¿Es que acaso era mejor presentar un San Martín que encajase en la visión liberal de la historia y por eso ha quedado distorsionada su figura?

Es importante saber –estimado lector– desde el principio que, a contrapelo de lo que nos quisieron enseñar oficialmente, la historia de San Martín nada tiene que ver con la historia ni de Inglaterra, ni de Francia, ni de los Estados Unidos, ni hubo nada en su vida que haya pretendido emular a estas naciones. La historia de San Martín –para que se entienda mejor– tiene relación directa con la historia de su familia, con su patria, con su sangre, es decir con la historia de España, de América y de la Argentina. Pero parece que –para Mitre, su gran biógrafo– la historia de nuestro héroe debía estar condicionada con lo que él admiraba. El biógrafo hubiera querido que la América hispana hubiese sido conquistada por Inglaterra, y lo dice sin ambages a lo largo de su enjundiosa obra histórica-literaria. San Martín fue silenciado por la historia oficial, fue silenciada su cosmovisión política y religiosa como se puede comprobar en la historia mitrista, que estaba en las antípodas de la cosmovisión sanmartiniana.

Y si nos ponemos en la posición de defender públicamente al gran capitán aparte del sueño frustrado que quedó inconcluso, el San Martín que menos se conoce es el San Martín católico, hispanista, monárquico y encendidamente contrarrevolucionario, porque no vende, porque da vergüenza a los timoratos, pacifistas y cobardes. Ya se lo había aconsejado el general Belgrano en carta del 6 de abril de 1814:

“La guerra, allí, no sólo la ha de hacer usted con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre éstas en las virtudes morales, cristianas y religiosas, porque los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes […] no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala, y no olvide los escapularios a la tropa, deje que se rían, los efectos le resarcirán a usted de la risa de los mentecatos […] Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico y romano, cele usted de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales se falte el respeto de cuanto diga nuestra santa religión”. Sin comentarios.

LOS ENEMIGOS

Es imperioso entonces en este momento por el que atraviesa nuestra patria que las generaciones que nos siguen conozcan un poco más quién es San Martín y para qué vino a América, aunque parezca una obviedad, la mayoría de los argentinos no lo saben.

Este es un buen momento –el de los doscientos años de su exilio– para desenmascarar a los verdaderos enemigos del gran capitán, reordenar su historia y poner las cosas en su lugar. ¿Para qué? Para desagraviar su figura y porque la historia oficial ha ocultado la verdad de los hechos.

Doscientos años hemos dicho se han cumplido de su llegada a Buenos Aires y este hecho histórico, que es de una gran trascendencia para nuestra patria, pasa desapercibido para la mayoría de los historiadores y el pueblo argentino sigue ignorando la verdad en torno a la figura del gran capitán.

Aunque nos duela y nos lastime, la voz del generalísimo sigue golpeando nuestros corazones patrios y llamándonos a la reflexión, como aquellas palabras que en carta a su amigo Bernardo O’Higgins –un 1° de marzo de 1832– le escribiera lo que sigue, palabras que aún mantienen plena vigencia:

“Cuando uno piensa que tanta sangre y sacrificios no han sido empleados más que para perpetuar el desorden y la anarquía, se llena el alma del más cruel desconsuelo”.


Tomado de; https://www.laprensa.com.ar/El-sueno-frustrado-de-San-Martin-538403.note.aspx




jueves, 30 de julio de 2026

Lecciones de Historia Rioplatense. Conclusion*

 


Por: Federico Ibarguren

La historia argentina ha sido escrita en nuestro país sobre la base de un preconcepto –el antihispanismo– esgrimido como bandera de guerra para justificar actitudes políticas. Hoy, logrado el objetivo de la Independencia nacional, resulta una deleznable y anacrónica falsedad, pueril en escritores medianamente inteligentes ¿Prejuicio de resentidos acaso?

Este preconcepto nos viene de lejos y es, puede decirse, el sostenido por los próceres constitucionales: Alberdi (el de Las Bases), Sarmiento y Mitre. Trilogía infalible, a quien la historia regulada otorga los dones del Espíritu Santo para juzgar nuestro pasado. Aquellos hombres, mentores del antiespañolismo como dogma, menospreciaron las tradiciones virreinales en bloque, como una rémora; no obstante haber ellas plasmado –a través de dos siglos de unión a España– las épicas virtudes de nuestra raza, cuyo legado hemos de transmitir intacto a la posteridad. Agreguemos a lo antedicho la devoción que sus epígonos liberales –corifeos de la masonería internacional–, profesaron a la civilización puritana y plutocrática de los Estados Unidos del Norte: verdadera meca del progreso materialista alabado por Alberdi en Las Bases.

Para políticos de su laya –abrumados, además, por problemas internos que no podían resolver–, la constitución de los Estados Unidos, deslumbrante en teoría, adquirió un predicamento extraordinario. Fue, puede decirse, el arma esgrimida por tres generaciones de fanáticos (mirandistas –primero–; morenistas, lautarinos, directoriales y unitarios –después) en guerra contra la «barbarie» vernácula encarnada en la mayoría del país que no comulgaba con sus soluciones, adoptadas con un fetichismo sin otro paralelo que el desprecio de lo propio.

Autodenigración suicida, impuesta en las catorce provincias argentinas por la facción victoriosa después de 1865. El mejicano Carlos Pereyra[1] refiérese a ella con palabras condenatorias, que siguen siendo, por lo demás, de rigurosa actualidad continental: «Los pueblos hispanoamericanos se entregaron a una furiosa autodenigración –escribe–. Desconocieron su experiencia secular, muy valiosa, pues durante el régimen colonial habían tenido una actividad autónoma suficiente para capacitarlos y desdeñando la riqueza institucional de que eran herederos, se dedicaron a la imitación de la obra norteamericana... Decir Federación y Estados, o sin llevar hasta ese grado la imitación, decir Ejecutivo y Legislativo, era expresa el beneficio de la Independencia traducido en semejanzas con la nación tomada por modelo. “América estaba institucionalmente bajo la égida de los Estados Unidos”. Esta frase satisfacía a los políticos de los Estados Unidos y a los de las Repúblicas de lengua española».

 Tal verdad fue recogida en libros y ensayos prohijados por el Estado Argentino; y lo que es peor, traducida a los textos de enseñanza recomendados en nuestras escuelas y colegios. La falsedad de semejante punto de vista (denigrar nuestra idiosincrasia propia y exaltar la ajena) resulta hoy patente, debido a los progresos a que ha llegado el estudio del pasado hispano-americano. Vicente Fidel López ya lo hacía notar en el prefacio de su Historia de la República Argentina, con esta frase: «La República Argentina nació como una evolución espontánea de la nacionalidad española». Y el investigador anglo-argentino Carlos Roberts[2], dice también que: «Una de las cosas que se nota muy especialmente al estudiar la historia del Río de la Plata, es la íntima conexión entre el espíritu colonial y el independiente, que no permite tratarlo separadamente con un criterio simplista».

Es necesario, pues, desentrañar con sentido lógico y a la luz de documentos imparciales, la gestación y desarrollo del proceso de nuestra Independencia y de las luchas civiles a que dio motivo, hasta la definitiva organización nacional. Ya que quien investiga la historia de aquellos tiempos con el acostumbrado prejuicio antihispánico, no podrá explicar la perfecta coherencia entre hechos correlativos de la madre patria y de la nuestra, en un período político dado. A saber: la derrota de la escuadra franco-española en Trafalgar y las invasiones inglesas al Río de la Plata; la lucha entablada en España contra Napoleón y los proyectos de coronar en el Plata a la reina Carlota; el reconocimiento de José Bonaparte por los diputados de Bayona y la jura en Buenos Aires del monarca Fernando VII; la caída en Cádiz de la Junta Central después de la derrota de Despeñaderos y la destitución de Cisneros el 25 de mayo de 1810.

El verdadero significado de nuestra emancipación, no es ni puede ser, por tanto, el que nos enseñan los textos de colegio y los superficiales tratados aprendidos sin descernimiento para el apremiante examen universitario.

El descubrimiento del nuevo mundo y su conquista, en los primeros siglos XV al XVII fueron –como lo han probado historiadores de diversas tendencias– empresas católicas, que tuvieron como primordial objetivo la evangelización de los infieles. La generosa concepción inicial desvirtuóse luego, hasta transformarse, con lo reyes Borbones, en explotación regenteada desde Madrid. Ello despertó sentimientos de protesta en los indianos, cuyo único vínculo de unión que justificaba su lealtad a una autoridad desconocida y distante, era la religión católica, fielmente observada por los primeros monarcas fundadores del Imperio.

El descontento robustecióse con el tiempo; en mi opinión, por dos motivos de distinta índole. Espiritual el primero: el catolicismo enseñado en América por los jesuitas, y conservado, como bandera –al ser disuelta la Orden–, contra el regalismo y codicia de los últimos monarcas que entregaron la madre patria al extranjero. Y terrenal el segundo: la poderosa influencia del ambiente y los medios de vida, que hicieron del criollo una raza fuerte, más primitiva en las costumbres y, en consecuencia, menos propensa que la española europea a contagios ideológicos perturbadores.

Sintetizando, llegamos nosotros –en este orden de ideas– a las siguientes conclusiones finales:

1) Hasta el 25 de mayo de 1810, no prevalecieron –en el hecho– el cálculo mercantil, el odio de clases ni las maniobras extranjeras (sin negarle importancia a la sagaz infiltración británica), que recién tendrán eco cuando comienza la lucha de tendencias a minar la primera Junta porteña.

2) La semana de mayo es fundamentalmente –como queda dicho–, una pura reacción defensiva de orden religioso y patriótico, contra los franceses, cuya invasión a nuestras playas se esperaba, y que habían dejado a España humillada e inerme.

3) Por eso no se planteó –en aquella ocasión– ninguna cuestión concerniente a «formas» de gobierno, no se buscó de manera abierta la ruptura del vínculo con Fernando VII y sus sucesores.

4) El exótico e impopular jacobinismo de Mariano Moreno, hubo de revelarse sólo más tarde –y por sorpresa– a través del tan discutido Plan de Operaciones presentado a consideración de la Junta con el resultado que se conoce (30 de agosto de 1810).

Con lo dicho, cabe definir al movimiento de Mayo –sin alardes–, como una espontánea defensa criolla de la Hispanidad en peligro de ser nuevamente avasallada desde afuera. Ramiro de Maeztu, en su obra epónima, refiriéndose a la guerra emancipadora del nuevo mundo, ha estampado esta frase que honra a nuestros próceres de aquel tiempo: «...la aristocracia americana reclamaba el poder –dice[3]–, como descendiente de los conquistadores, y por sentirse más leal al espíritu de los Reyes Católicos que los funcionarios del siglo XVIII y principios del XIX».

¿Puede negarse, acaso, la justicia de quienes, sin traicionar los valores de la cultura heredada, persiguieron la reivindicación de su tierra, con propósitos de salvaguardarla de un vasallaje extranjero que se tenía como seguro?


Notas:

[1] Breve historia de América.
[2] Las invasiones inglesas del Río de la Plata – 1806-1807.
[3] Defensa de la Hispanidad.


En «Lecciones de Historia Rioplatense». El presente es el último capítulo de la edición de un curso dictado en 1946 en la Universidad Libre Argentina, a pedido del Dr. Héctor Bernardo. Ed. Huemul – 2ª edición, Buenos Aires, 1966 – pp. 149-153.

lunes, 13 de julio de 2026

ROSAS Y LOS INTELECTUALES*

 

Por: Julio Irazusta

Me veo en la dura necesidad de polemizar con el autor de la Defensa y pérdida de nuestra soberanía económica, cuyo talento aprecio demasiado para dejar pasar sin protesta lo que creo un traspié suyo. Debo hacerle pues una gran querella. Sobre lo que juzga «el más grave error de Rosas», en un juicio sobre su política con los intelectuales, que yo considero «el más grave error de José María Rosa (hijo)».

No lo hago porque considere impío hablar de los errores de don Juan Manuel.

Nosotros los revisionistas no procedemos con el fetichismo de la escuela académica, que tiene a sus héroes por santos, y de un santoral no susceptible de aumento; que da por terminadas las canonizaciones con las que ella ha realizado. No. La historia es para nosotros una materia en perpetua revisión, cuyos juicios se renuevan constantemente, a impulso de los descubrimientos documentales, la evolución política y la reflexión filosófica. Y quienes la hicieron no son para nosotros susceptibles de clasificarse en categorías de ángeles o demonios, sino hombres falibles, por grandes que se nos aparezcan en algunos aspectos de su acción.

 Lo hago porque creo una inexactitud de hecho la afirmación del Dr. Rosa. Veamos en qué consiste: «Hablemos claro», dice; «el más grande error de Rosas fue no haber atraído a los intelectuales. Era un hombre popular, era un hombre querido por casi todos. Pero no hizo nada, o muy poco, para llamar a quienes, juventud estudiosa de 1837, se presentó dispuesta hacia él. Rosas se burló de ellos... De Angelis en los diarios de Rosas se burló sin piedad de los balbuceos literarios y las contradicciones filosóficas de los pretendidos sansimonianos. Por eso la juventud intelectual, rechazada y zaherida por Rosas, se fue a Montevideo apenas estallado el conflicto con Francia». Y luego de condenar a esos jóvenes, pese a los motivos que según él Rosas les dio para emigrar, agrega: «Pero con todo, eran los intelectuales, los escritores, los dueños del porvenir, y Rosas debió atraérselos... Desgraciadamente Rosas no obró así. Desgraciadamente para él y para su política magnífica. Pudo haber detenido la leyenda roja, y debió hacerlo. En la hora de la prueba no tuvo hombres de palabra o de pluma que lo defendieran. Se quedó con los venales, los oportunistas, que por supuesto lo abandonaron apenas cayó. Y no solamente lo abandonaron, fueron quienes más y mejor lo enlodaron».

Examinemos por partes tales afirmaciones. La acusación de no haber atraído a los intelectuales, es la que primero da que pensar. El país no los tenía entonces a profusión, de los que hacen oficio de tales, con sendas bibliografías a sus espaldas. Pero de los que había, y en realidad eran hombres de acción con inteligencias regularmente disciplinadas en institutos educacionales de la colonia, atrajo a casi todos los que no fueron recalcitrantes para resistírsele: Tomás de Anchorena, Felipe Arana, Tomás Guido, Carlos de Alvear, Vicente López, Manuel Moreno, Manuel de Sarratea, Eduardo Lahitte, Adeodato de Gondra, etc., etc. Y los conservó a su lado los veinte años de la dictadura, pese a las incomprensiones de los unos y las divergencias que tuvo con los otros. No tenía esos celos de los hombres capaces que se le atribuyen. Y jamás hubo caudillo que estuviera mejor rodeado, y sostuviera con más lealtad a sus colaboradores, que Rosas. Aquellos hombres eran lo mejor que el país tenía en lo que respecta a inteligencia. Y algún otro que podía considerarse tal, como el general Paz, no participaba en el gobierno porque no había querido hacerlo. Después de quedar en libertad, se le ofreció una embajada cuando ya había fugado al Estado Oriental. Si Rosas no se lo atrajo, no fue porque no lo intentara, sino porque no lo consiguió.

El Dr. Rosa alegará haber hablado de los jóvenes de 1837. Pero aun el caso de éstos, es imposible aducirlo contra el caudillo. Que Rosas se burló de ellos, son consejas unitarias, que no se basan en ninguna fuente fidedigna. Lo cierto es que Alberdi escribió: «Emigrados espontáneamente, sin ofensas ni odios, sin motivos personales, nada más que por odio a la tiranía... nuestras palabras jamás tendrán por resorte motivo ninguno personal. Ni a la persona, ni a la administración del señor Rosas tenemos que dirigir quejas personales de injurias que jamás nos hicieron» (Escritos póstumos, ed. Cruz, t. XV, ps.435-437). Lo cierto es que Juan María Gutiérrez era empleado público y que si perdió el puesto fue por haberse complicado en la conspiración Maza; recobró la libertad, agradeciéndoselo a Rosas (Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas, N°12, art. de Marín Pincen, sobre Gutiérrez), pese a que durante todo ese tiempo mantenía con Alberdi una correspondencia que manifiesta su decidida voluntad contra el caudillo (Juan María Gutiérrez, Epistolario, ed. por E. Morales, Bs. As. 1942, ps.32-35). Lo cierto es que Sarmiento recibió un trato privilegiado de un gobernador federal de San Juan, cuando muy joven se negó a prestar el servicio militar que le imponía le ley, según lo han demostrado los Dres. Doll y Cano en un folleto famoso sobre el origen del unitarismo de aquél. Lo cierto es que Angelis se burló de Echeverría y su Dogma Socialista ocho años después que la joven generación emigró en masa; y que sus burlas no pueden figurar entre las causas de tal emigración.

Creo haber demostrado en varios de mis escritos que los jóvenes de la Asociación de Mayo no combatieron a Rosas porque éste descuidara atraerlos, sino porque emigraron cuando lo creyeron perdido en 1838, al complicarse la guerra con Bolivia con el bloqueo francés y las revueltas interiores que éste descargó. Más de lo que Rosas hizo por unos pollos apenas salidos del cascarón, rara vez lo hacen los caudillos que ejercen un poder omnímodo.

Alberdi se puede considerar niño mimado del régimen. Alejandro Heredia lo apadrinó, le enseñó latín, le permitió recuperar en el Colegio de Ciencias Morales una beca que había abandonado por capricho. Vicente López acogió sus primeros trabajos marcando la tarea de la nueva generación como si la viera en perspectiva histórica. Angelis le hizo leer a Vico. La sociedad toda le dio elementos para publicar un periódico, etc. Pedirle a un gobernante del tipo de Rosas que hiciera más por jóvenes principiantes es achacarle que careciera de un don adivinatorio. El Fragmento preliminar al estudio del derecho, pese a las discordancias de fondo que revelaba entre las posiciones respectivas del escritor y el caudillo, podía haber sido el origen de una trascendental colaboración. ¿Cómo puede sostenerse que ésta no se produjo por culpa del segundo y no del primero? Alberdi emigró voluntariamente antes que Rosas pudiera pensar en llamarlo a la redacción de la Gaceta, en lugar de Mariño.

Por otro lado, ¿no es ése el movimiento habitual de los intelectuales ante una dictadura? ¿No agotó en vano Napoleón sus seducciones con Chateaubriand? Las excepciones a esa regla se producen cuando los escritores preparan el camino a un hombre providencial, con tan firme convicción que lo personal no pesa para nada en las relaciones entre ambos. Por ejemplo Treitzcke, promotor de la unidad alemana antes que Bismarck la procurase, era liberal; pero al verlo realizar su objetivo, aunque por otros medios, se le plegó. Y cuando el canciller de hierro le ofreció una cátedra, la rehusó, para que no se sospechara el menor móvil mezquino en su campaña unificadora, que lo había enemistado hasta con su padre, que era ministro de uno de los pequeños Estados alemanes absorbidos por Prusia.

Además me parece una petición de principio afirmar que por no haber atraído a los intelectuales, Rosas se quedó con los oportunistas que lo abandonarían al verlo caído. ¿De dónde saca el Dr. Rosa que aquéllos le habrían sido más fieles que éstos? ¿Cree a sus colegas de todos los tiempos más capaces de lealtad que a los miembros de otros estamentos sociales? ¿No recuerda ningún caso, aquí y en el extranjero, en que grupos enteros de intelectuales exaltaran a un hombre cuando estaba en el poder, para abandonarlo después de su caída?

Por último, me parece injusto englobar a todos los servidores de Rosas entre los viles que lo calumniaron después de Caseros. Estos fueron unos pocos, y no de los que habían sido principales entre aquellos. Cuanto a que lo abandonaron en su derrota, es un término de dudosa aplicación. Rosas no representaba una dinastía derrocada, ni ofició jamás de pretendiente, haciendo saber sus intenciones desde el primer momento. ¿Cómo exigir a hombres envejecidos en el servicio público que renunciaran a la vida política porque habían perdido a un jefe que no volvería más a ella, y que rehusaran a Urquiza su colaboración, cuando éste se las pidió sin que lo asediaran para que los emplease? En nuestros días hemos visto cosas peores que la conducta de los rosistas plegados al urquicismo.

Si estas precisiones hicieran que el autor de la Defensa y pérdida de nuestra independencia económica revisara su juicio acerca de las relaciones entre Rosas y los intelectuales, hallaría una compensación al desagrado de haber tenido que disentir con él en público.



* En Revista «Presencia», N°34, 11 de agosto de 1950, y reproducido bajo el título de «Rosas y sus relaciones con los intelectuales de la generación de 1837» en «Julio Irazusta - Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino» – T° II», Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1973, pp. 259-263.