lunes, 26 de septiembre de 2022

LA LEYENDA DE LA TIRANIA *

 


Por: Jordan Bruno Genta

Caseros es el primer triunfo decisivo de la política liberal en la Historia Argentina; no sólo extiende su influencia a todas las manifestaciones de la vida nacional, sino que logra imponer una gran falsificación de nuestra conciencia histórica para encubrir con la leyenda del tirano Rosas, la conducta desleal y oportunista de los emigrados, convictos y confesos de haber alentado la intervención extranjera y de haber negociado la desmembración del territorio; lo cual unido al oro que han recibido de los agentes imperialistas en pago de su inapreciable colaboración, configura la imagen siniestra de los "reos de lesa Patria", con la que ellos pretenden confundir a Rosas ante la posteridad. Y esta falsificación de nuestra Historia nos engaña acerca de lo que somos y tenemos que ser; nos extravía irremediablemente el juicio sobre las cosas que debemos respetar y las que debemos temer. La Patria es la Historia de la Patria.

¿Qué sentido del patriotismo y de sus deberes pueden tener los jóvenes argentinos que frecuentan el magisterio de los doctrinarios de la traición?

Leed y volved a leer esta respuesta de Alberdi a la pregunta sobre el deber argentino, con motivo del Bloqueo francés del Río de la Plata, publicada en "El Nacional" de Montevideo, el 28 de noviembre de 1838:

"¿Estará el deshonor, entonces, en ligarse al extranjero para batir al hermano? Sofisma miserable. Todo extranjero es hombre y todo hombre es nuestro hermano".

O esta apología de la traición de la Patria que Sarmiento hace en "Facundo", el más celebrado y difundido de sus libros; lectura obligatoria en nuestras escuelas públicas:

"… los que cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes: en una palabra, fuimos nosotros". (III Parte, cap. 2).

Y la verdad es que estos doctrinarios de la traición, los jóvenes esclarecidos de la brillante generación de Mayo, son mentores oficiales de la juventud argentina que los reverencia como a personalidades próceres y maestros de conducta civil, mientras Rosas continúa siendo "un reo de lesa Patria" y un monstruo moral.

Es necesario que el defensor de la soberanía nacional, sea execrado por los siglos de los siglos, a fin de que Urquiza, López, Mitre, Sarmiento y Alberdi, aparezcan revestidos con las acrisoladas virtudes del patriotismo y de 1a. fidelidad. Se trata de un fallo inapelable, de una sentencia definitiva, de un dogma secular que debe ser acatado en nuestras interpretaciones y valoraciones históricas. Nadie puede intentar la más leve modificación de este prejuicio, consagrado por los más celosos partidiarios de la variabilidad de todas las cosas. No hay como los declamadores democráticos de la Evolución Universal, para decretar inmutabilidades en el seno mismo de. lo que cambia indefectiblemente.

Dudar de la divinidad de Cristo es signo inequívoco de una mentalidad evolucionada y progresista; pero poner en duda la monstruosidad de Rosas es una aberración mental y un crimen inexcusable. Tal es el criterio de liberales y masones.

Los medios que se emplean para asegurar y mantener esta gran falsificación de nuestra Historia, superan en viieza y en cobardía a los que se usaron para combatir a Rosas en el poder. El ensañamiento contra Rosas muerto es todavía mayor que el mostrado hacia Rosas vivo. No se retrocede ante ninguna valla; si es necesario so oculta o se tergiversa la misma evidencia. No se respeta ni se considera en absoluto el juicio más autorizado, si ese juicio reconoce el patriotismo, la prudencia y la honestidad de Rosas; ni siquiera si es. San Martín quien lo dice.

Los mismos que estiman insuficiente la medida humana para exaltar a nuestro Gran Capitán y levantan altares laicos (grotesco intento de entronizar la idolatría del héroe por odio a Dios), no le escatiman agravios toda vez que declara su adhesión o le testimonia su gratitud argentina a Rosas. El penegírico se cambia en vituperio: San Martín es un viejo obcecado y reblandecido, un necio que habla con suficiencia de lo que no sabe o un padre agradecido por los favores dispensados a sus hijos.

Sarmiento en su biografía del General San Martín que figura en la galería de hombres célebres de Chile - Santiago, 1854, no vacila en mentir con su impavidez habitual, además de atribuir a la debilidad senil de San Martín su adhesión a la causa de Rosas:

"Nada de particular presentan los últimos años de San Martín, sino es el ofrecimiento hecho al dictador de Buenos Aires de sus servicios en defensa de la independencia americana que creía amenazada por las potencias europeas en el Río de la Plata. El poder absoluto del General Rosas sobre los pueblos argentinos no era parte a distraerle de la antigua y gloriosa preocupación de la independencia, idea única, absoluta y constante de toda su vida. A ella había consagrado sus días felices, a ella sacrificaba toda otra consideración. la libertad misma. Pocos meses antes de morir, escribió a un amigo algunas palabras exagerando las dificultades de, una invasión francesa en el Río de la Plata, con el conocido intento de apartar de la Asamblea Nacional de Francia, el pensamiento de hacer justicia a sus reclamaciones por medio de la guerra. A la hora de su muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo o deseando legársela a su patria, se la dedicó al general llosas, como defensor de la independencia americana... No murmuremos de esto error de rótulo en la misiva, que en su abono tiene su disculpa en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años del teatro de los acontecimientos, y las debilidades del juicio en el período septuagenario" (tomo III, página 296).

En otra página de su vastísima obra, comentando su visita a Grand Bourg, en el verano de 1845, emplea el mismo argumento para excusar a San Martín:

"…San Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza, anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas al defensor de la independencia amenazada, y su ánimo noble se exalta y ofusca...

"…San Martín era un hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la veje z… " (tomo V, pág. 114).

El subrayado nos pertenece, y abarca casi todo el texto porque queremos destacar los recursos innobles de que se vale Sarmiento para desautorizar la actitud de San Martín hacia Rosas y, al mismo tiempo, para reducir la. agresión imperialista a un fantasma, engendrado por el delirio obsesivo de un pobre viejo. Y también porque es un testimonio de la falta de escrúpulos de que hace gala Sarmiento, toda vez que estima oportuno mentir para lograr un determinado efecto. Si escribe una biografía de San Martín para hacer el elogio del héroe de la independencia, no conviene en absoluto que el legado de su sable aparezca como una decisión lúcida y serena; nada más fácil para el llamado Maestro de América, que es un consumado maestro en estas habilidades: "A la hora de la muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo y deseando legársela a su patria, se la dedicó al general Rosas… No murmuremos de este error de rótulo en la misiva que en su abono tiene su disculpa, en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años (suponemos que esta cifra es un error tipográfico) del teatro de los acontecimientos y de las debilidades de juicio en el período septuagenario".

Hemos repetido esta parte del texto para mostrar que solamente un impostor de oficio puede incurrir en esta burda falsificación y en esta inexcusable irreverencia. Si Sarmiento ignora en 1854 que San Martín había redactado su testamento seis años antes de morir, en estado de plena lucidez y dominio de sí, no puede ignorar,, que está inventando las circunstancias de la muerte del héroe para que, el legado a Rosas, aparezca como el acto irresponsable de un anciano moribundo que no sabe lo que hace.

El presidente de la Comisión Argentina de Montevideo, Dr. Valentín Alsina, le escribe a su amigo D. Félix Frías con motivo de la muerte de San Martín que acaba de conocerse en el Río de la Plata. El rencor que ha tenido que disimular en la obligada nota necrológica, lo desahoga en la discreta intimidad de la carta que está fechada en Montevideo, el 9 de noviembre de 1850:

" …Como militar fué intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado por los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles contra el extranjero.... Nos ha "dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna  y. . . pero mejor es no hablar de esto... "

La verdad es que todavía "aturde, humilla e indigna" a los abogados de la Democracia. Dicen venerar al héroe nacional, pero descalifican sus juicios en cuanto se oponen a sus intereses creados. Prefieren las mentiras de Sarmiento a las verdades ele San Martín, porque son discípulos aprovechados de la escuela histórica que D. Salvador María del Carril inaugura en nuestra Patria, con sus recomendaciones a Lavalle después de la ejecución de Dorrego, en diciembre de, 1828:

"…si para llegar siendo digno de un alma noble, es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad. se embrolla: y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos.. . "

Los empresarios de la falsificación metódica y sistemática de nuestra Historia, con aparato documental y crítica científica o sin estas formalidades aparentes, se sienten plenamente justificados por esta doctrina de la mentira patriótica, gemela de la que auspicia la mentira piadosa a fin de que el hombre muera como una vaca y no como un hombre.

Claro está que esta doctrina suele revestirse con las denominaciones propias de las filosofías a la moda: y por esto es que en los días que corren, se llaman lo mismo existencialismo que pragmatismo.

La mentira patriótica es la "verdad existencial" o la "verdad pragmática"; algo así como una ficción consoladora, confortable y estimulante para la vida de las naciones y que debe administrarse de acuerdo con las necesidades de cada momento y al hilo de la existencia histórica.

Los pueblos, se dice, tienen necesidad de "mitos" o de "mística" para vivir. La confrontación existencial de la última, guerra ha confirmado que el mito de la Democracia y de la Libertad continúa siendo la razón vital de la humanidad, frente, a los caducos nacionalismos autoritarios. Esto significa para los vigías de la dialéctica existencial que el mito saludable, la mística vivificante de las naciones, es todavía la Democracia made in U.S.A. o made in U. R. S. S.

Y el resurgimiento democrático de post-guerra, en nuestra Patria, exige mantener la leyenda de la Tiranía, más un obligado complemento que es.

 

*Tomado del libro San Martin, doctrinario de la política de Rosas. Ediciones del Restaurador. Bs As. 1950.


miércoles, 10 de agosto de 2022

Güemes Primer Gobernador Autónomo de Salta y su lucha por la Patria Grande

 

Prof. Jorge E. Camacho Ruiz

El Gral. Martín Miguel de Güemes, luego de derrotar al ejército realista en Puesto del Marqués en 1815, fue aclamado gobernador de la Intendencia de Salta un 6 de mayo de ese mismo año, convirtiéndose así  en el primer gobernador autónomo elegido por el pueblo de Salta, ya que  hasta entonces los gobernadores eran designados en Buenos Aires.

Un año antes el Director Supremo Gervasio Posadas, había dividido la Gobernación de Salta del Tucumán, en dos Intendencias: la de Salta, que abarcaba, Salta, Jujuy, Tarija y la parte occidental del Chaco y Formosa; y la del Tucumán que comprendía Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca.

Junto al cargo de Gobernador, Güemes, ejerció el comando de las fuerzas armadas de la Intendencia hasta su muerte ocurrida seis años más tarde; por lo que tuvo que lidiar con la realidad acuciante en tiempos de guerra y carestía, lo que lo obligo a tomar medidas poco simpáticas, puesto que afectaron a estancieros y comerciantes, resintiendo la economía de la antes esplendida Intendencia, alimentando así la a sus opositores y los enemigos de la causa patriótica.

Entre esas medidas odiosas estaban: la prohibición del comercio con el Alto Perú (que favorecía a los realistas que se abastecían de mulas en territorio salteño), medida impuesta anteriormente con el acuerdo del Gral. Manuel Belgrano; la eximición del pago del arriendo a los gauchos que no cobraban sueldo y estaban al servicio de la Patria (“estos pagan con su sangre decía” Güemes); y la implementación e incremento del tipo de monto de contribuciones obligatorias a favor de la causa Patriota.

Pero volviendo sobre las circunstancias en las cuales fue elegido Gobernador. El Directorio debió aceptarlo pues no tenía más alternativa, dadas las tempestades políticas del momento. Tengamos en cuenta que en ese momento se presentaba un cierto vacío de poder político a nivel nacional. El Director Supremo Alvear había sido depuesto un 10 de abril de 1815, asumiendo transitoriamente el gobierno, el Cabildo de Buenos Aires, hasta el nombramiento del nuevo Directorio como sucesor, designándoselo a Rondeau y a su remplazante Álvarez Thomas, por encontrarse el primero al frente del ejército del norte. Tampoco podemos obviar la influencia de San Martín en la actitud de Güemes y de un Álvarez Thomas, quién fuera éste el promotor de la sublevación de Fontezuela, contra Alvear opositor político de San Martín, en inteligencia con un “partido vecinal” en donde uno de sus participantes fue el señor Escalada, suegro de San Martín.

Además tengamos presente que bajo esas circunstancias los directoriales porteños, también se vieron forzados a aceptar a gobernadores autónomos como José Javier Díaz en Córdoba o Francisco Candioti en Santa Fe. Esa etapa de las autonomías versus centralismo fue anterior a lo que como resultado de esa confrontación haría su aparición seguidamente dos sectores políticos irreconciliables, el federalismo y el unitarismo, y por la cual tanta sangre se derramaría.

La elección de Güemes como gobernador, no sólo fue popular, esto es con el apoyo de todo el pueblo salteño en general, sino también con el respaldo de la gente más distinguida, entiéndase bien, no se trataba de un sufragio mediante las urnas como en la actualidad, no. Eran los representantes del Cabildo los electores, pero en esta ocasión con la algarabía de un consenso generalizado.

Güemes, una vez en el ejercicio del gobierno se dispuso a buscar el consenso de una ciudad hostil como Jujuy y finalmente lo logró. Posteriormente, durante los intensos debates en torno al congreso de Tucumán, Güemes en sintonía con San Martín, y en esos momentos, apoyó la monarquía constitucional; como también luego y desde su autonomía provincial apoyó la Constitución de 1819 y la unión nacional, a pesar de que muchos gobernadores de las provincias la rechazaran por centralista, Güemes lo hizo, por razones pragmáticas, ante la urgencia y la importancia de la unión, a los efectos de que no mermaran los recursos y los apoyos logísticos necesario para nutrir a las fuerzas del norte, tan necesario para la lucha contra los invasores realistas.

Al respecto entre los historiadores se desato un gran debate, entre los que sostuvieron que Güemes estableció así su adhesión al unitarismo y los que lo afiliaban con el federalismo.

No cabe duda que Guemes al aceptar su cargo como gobernador autónomo, tiene un ineludible vínculo con el federalismo y en absoluto con el unitarismo. Pero Güemes concibió un federalismo desde su propia coyuntura, es decir en el contexto de la lucha por la independencia. O sea que para entenderlo debemos ahondar en su percepción política, puesto que siempre combatió el anarquismo rioplatense, sea este de tendencia unitaria o federal que ponía en peligro la causa de la independencia. Ocurre que desde el lugar geopolítico en el cual se encontraba,  para Guemes era más urgente y fundamental terminar la guerra con España y conservar el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata en forma íntegra, que la definición por la forma federal o unitaria de gobierno; y esto lo pone a la altura de los sueños de un Belgrano y un San Martín, por consolidar la Patria Grande y evitar la disgregación pergeñada por la inteligencia del imperio británico de lo cual contaba con información reservada.

Pero ¿de dónde le procedía esa fuente de información? De su ministro de hacienda Pedro de Cevallos, éste era hijo del creador del Virreinato del Río de la Plata, nada menos; y por herencia familiar y una tenaz labor investigativa, se lo consideraba el más entendido sobre los proyectos y ambiciones lusitanas y británicas. De todo esto nos da cuenta un informe geopolítico del año 1816 del tratadista Miguel José Lastarria y Villanueva (1). Pero además Güemes quién había tenido su bautismo de fuego combatiendo durante las invasiones inglesas en 1806 y 1807 estaba totalmente compenetrado de quiénes eran nuestros históricos enemigos.

Si Güemes con su ejército hubiese logrado unirse con San Martín en el Perú, como estaba planificado, muy difícilmente se habría disgregado las Provincias Unidas del Río de la Plata, y la Patria Grande se hubiera preservado. Curiosamente, cuatro  días antes de que Güemes emprendiera la marcha hacia el Perú, fue herido de muerte, triste fue su destino, el de su familia, y así también se consumieron los sueños de una gran Nación Bioceánica.

Finalmente cabe señalar respecto al Federalismo de Güemes, lo que el historiador Atilio Cornejo en su Historia de Güemes, expresa: “El federalismo de Salta consistía en el respeto que exigía de sí misma como integrante de las Provincias Unidas. Aspiraba a colaborar en la dirección de los destinos de la Nación y en su grandeza, no como Salta en sí misma, sino como la Argentina. No era un espíritu local el que la animaba, sino nacional. Más se preocupó de la Patria grande que de la Patria chica; más de la Nación, que de sí misma. Por ello también, de ella se olvidaron y permaneció tanto tiempo pobre y abandonada; pero, siempre, guardando celosamente sus tradiciones y sus glorias en cerrado cofre, junto con el perfume típico de su personalidad que la distingue. Y así como Salta fue firme columna de la libertad, como reza la leyenda de su escudo, fue también columna de la unidad nacional” (2).

 

Notas:

1.       En Estrategia Nº 58, mayo – junio 1979, El Cid Editor: Un Informe Geopolítico del Dr. Miguel de Lastarria en 1816.

2.       2da. edición, Artes Gráfico S. A., Salta, 1971, p. 171.

 

 


martes, 21 de junio de 2022

Aspectos sobresalientes de la obra de Don Juan Manuel de Rosas


 Por: Edgardo Atilio Moreno

              Si se nos pidiera resumir los principales logros, o los aspectos sobresalientes de la obra de gobierno de don Juan Manuel de Rosas; en apretada síntesis podríamos decir que este hizo cuatro cosas fundamentales:

                En primer lugar, logró la unidad nacional, conformando así a la Confederación Argentina. En segundo lugar, protegió nuestra economía, obteniendo con ello la prosperidad económica. En tercer lugar, defendió la soberanía nacional frente a las agresiones extranjeras, con lo que ganó para el país el respeto y el reconocimiento internacional; y en cuarto lugar (pero no menos importante) procuró la evangelización del pueblo argentino, instaurando en estas tierras un orden social cristiano.

                En lo que atañe a la unidad nacional, la Argentina, cuando asume Rosas su primer gobierno, estaba muy lejos de conseguirla, por el contrario, se encontraba completamente desunida y en guerra civil, por culpa de los unitarios.

                En efecto, el centralismo porteño y los unitarios habían llevado al país al borde de la disolución. Las provincias se levantaron contra el régimen directorial y produjeron la caída de este, lo que dio origen a la crisis del año XX; Rivadavia llevo adelante una reforma eclesiástica anticatólica y luego trató de imponer una constitución unitaria en el 26, todo esto ocasionó el levantamiento de los caudillos federales, entre ellos de Facundo Quiroga, quien enarboló el pabellón Religión o muerte, en prueba de que las diferencias entre unitarios y federales no solo eran políticas y económicas. Por entonces, y también por culpa de Rivadavia, se perdió la Banda Oriental, a pesar de haberse vencido a los brasileños en Ituzaingo. Y finalmente, en diciembre del 28 los unitarios desataron una revolución sangrienta fusilando al legitimo gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Ese era el panorama del país: un verdadero caos, con las provincias completamente desunidas y guerreando entre sí.

                En esa situación, que presagiaba la balcanización de la argentina, dividida en una docena de republiquetas independientes; Rosas salvo la unidad nacional mediante el Pacto Federal que se firmó en 1831.

Con ese acuerdo, que unió a las cuatro provincias que no habían sido tomadas por los unitarios (Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes) se pudo derrotar a la Liga Unitaria que había formado el general Paz, con las provincias bajo su poder. Una vez conseguida esa victoria, surgió entonces la Confederación Argentina, con la incorporación paulatina del resto de las provincias. 

El segundo aspecto que debemos destacar del gobierno de don Juan Manuel de Rosas es su protección de la economía argentina.  Las provincias del antiguo virreinato del Rio de la Plata, desde antes de mayo de 1810 (con el acuerdo Apodaca – Canning, entre España e Inglaterra) habían quedado subordinadas a los intereses económicos británicos mediante el sistema de libre comercio. Esta práctica había arruinado las economías provinciales ya que nuestras industrias artesanales no podían competir con los productos ingleses que se fabricaban en gran cantidad y a bajo costo, gracias a la revolución industrial.  Los únicos beneficiados con esto eran los comerciantes porteños y los ganaderos; lo cual provocaba una gran irritación en las provincias. Entonces Rosas, que justamente era bonaerense y ganadero, dictó, en 1835, en su segundo gobierno, la Ley de Aduana.

Con esta ley quedo prohibida la introducción al país de las mercaderías que se fabricaban aquí, y se gravó fuertemente aquellas que se podían fabricar si se daban las condiciones adecuadas.  De modo pues que con esta política proteccionista se pudo desarrollar nuestra industria, lo que trajo una gran prosperidad económica en todo el país.

Por otro lado, Rosas protegió también nuestra economía rescatando el banco de la nación que se encontraba en manos de los ingleses.

En efecto este banco, que se había creado con capitales nacionales (obtenidos con el préstamo a la Baring Brothers que solicitó Rivadavia) estaba manejado por capitalistas ingleses que tenían la mayor parte de las acciones y que podían crear moneda y manejar el crédito a su antojo. Y por supuesto lo hacían en contra de los intereses argentinos, así, por ejemplo, durante la guerra con el Brasil este banco le facilitó dinero a los brasileños para luchar contra los argentinos mientras al gobierno de Buenos Aires le negaba el crédito que necesitaba. Lo mismo hizo más adelante dándole dinero a los unitarios para derrocar a Rosas. Es decir, se trataba una entidad que era un instrumento del imperialismo, por lo que Rosas hizo lo que había que hacer, en 1836 se apoderó de él y lo puso al servicio de los intereses nacionales.

El tercer aspecto destacable del gobierno de Rosas fue su defensa de la soberanía nacional frente a las agresiones externas de las grandes potencias. En primer lugar, frente a Francia, de 1838 a 1840, y luego frente a Francia e Inglaterra, de 1845 a 1850.

Francia agredió a la Confederación Argentina con un pretexto pueril, exigiendo la derogación de una legislación de milicias, aunque sin declarar formalmente la guerra. Tomó Montevideo y sacó a Manuel Oribe, que era su gobernador legal, para poner en su lugar a Fructuoso Rivera, un hombre sinuoso, aliado a unitarios y franceses. Luego bloqueó el puerto de Buenos Aires y financió, con cuantioso dinero, ejércitos a los que denomino “Libertadores”, para derrocar a Rosas y poner un gobierno favorable a sus intereses.

Pero todas estas maniobras fracasaron. Primero porque, si bien el bloqueo impidió que ingresen recursos para poder pagar sueldos a los soldados, maestros, etc, sin embargo, las industrias que se desarrollaron gracias a la Ley de Aduana, permitieron abastecer al pueblo de lo necesario. Segundo porque la mayoría de los argentinos apoyaron al Restaurador y le dieron la espalda a los ejércitos unitarios títeres de los franceses.

Para la siguiente agresión, la anglofrancesa, Rosas se preparó mejor aún. Les prometió a los acreedores ingleses de la deuda que había contraído Rivadavia, que les pagaría, en la medida de lo posible y siempre y cuando el puerto de Buenos Aires no se encontrara bloqueado. De modo que cuando llego la escuadra invasora los “bonoleros”, (así les llama Rosas a los poseedores de los bonos de la deuda) presionaron al gobierno inglés por el cese del conflicto.

Por otro lado, la expedición le costó cara a los agresores, no solo en dinero sino también en vidas, ya que a lo largo del rio Paraná, en Vuelta de Obligado, en Tonelero, en San Lorenzo, etc, se les ofreció una feroz resistencia. De modo que los extranjeros solamente pudieron navegar el río sin poder pisar suelo argentino. Además, no pudieron levantar como la vez anterior ejércitos auxiliares  de cipayos, pues Rosas había creado una policía que controló todos los movimientos de los unitarios y les infundio el terror, un terror que -aunque la historia oficial diga lo contrario- fue mucho menos sangriento que el desatado por sus enemigos, y se basó mas que nada en una acción psicológica, llevada a cabo con medios extraordinarios como los cánticos de los serenos que prometían la muerte a los traidores.

De modo pues que Rosas salió triunfante de esta guerra y en el tratado de paz que se firmó pudo incluso exigir que los agresores imperialistas saludaran nuestra enseña patria con veintiún cañonazos, a modo de desagravio.

Todos estos pormenores fueron seguidos desde Francia por el máximo héroe de la patria, el Gral. San Martin, con mucha atención y satisfacción. Y raíz de ello le escribió a su amigo Guido diciéndole que ahora las naciones poderosas del mundo han aprendido que los argentinos no somos empanadas que se comen con solo abrir la boca.

Por último, respecto a su obra como gobernante cristiano, antes que nada, conviene aclarar que Rosas no fue un santo, aunque ciertamente el sacerdote que lo asistió en sus últimos años en Inglaterra dijo que era un hombre muy religioso, caritativo y generoso.

Dicho esto, no hay dudas que se comportó como un verdadero gobernante católico, defendió la religión, promovió la evangelización del pueblo, y veló permanentemente por la moral cristiana. Todo ello surge de sus declaraciones, de sus decretos y de muchos de sus actos concretos. La Confederación bajo su mando fue un estado católico. Cuando asumió al poder por segunda vez, en su proclama lo dijo claramente: “nuestra causa es la de la religión…” Sus decretos castigaban severamente la blasfemia y el sacrilegio, mandaban que los maestros y directores de las escuelas sean católicos y que enseñaran el catecismo; prohibía tener abierto los negocios los días domingos y fiestas de guardar, etc,. En una carta a Facundo Quiroga le dijo: “la consideración a los templos del Señor conviene acreditarla. Antes de ser federales éramos católicos”, consecuentemente, contribuyó, hasta con su propio bolsillo, para que se construyan y se reparen templos. Todo esto obviamente concitó el apoyo casi unánime del clero católico.

Por eso, ciertos historiadores lo acusaron de usar a la Iglesia a su favor, lo que no es cierto pues Rosas era sinceramente católico e hizo lo que estaba convencido que un gobernante católico tenía que hacer. No busco maquiavélicamente tener a la Iglesia de su lado, sino simplemente ser coherente con su fe en el ejercicio del cargo en el que la Divina Providencia lo puso. De modo que bien merecido tiene por ello el título de Príncipe Católico.    

 

BIBLIOGRAFIA

Altamirano, Alejandro. Rosas príncipe católico. Revista Verbo N° 297

Caponetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas

Garda Ortiz, Ignacio. Rosas, síntesis cronológica. Revista Verbo N° 297

Galvez, Manuel. Vida de don Juan Manuel de Rosas

Ibarguren, Carlos. Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo.

Rosa, José Maria. Historia Argentina.

 


domingo, 22 de mayo de 2022

ACERCA DE MAYO DE 1810

 

Por: Lic. Javier Ruffino

  

     Fueron los “hechos de Bayona” los que determinaron el futuro de  la América Hispana. Así lo afirma Vicente Massot: “El acontecimiento que marcó a fuego la relación entre la metrópoli y sus colonias – o reinos independientes de la corona de Castilla- y que hizo de disparador de toda la revuelta hispanoamericana, sucedió dos años antes del estallido (…). El episodio tiene nombre: la farsa de Bayona”.[1]   

 

     Sin embargo, para comprender en profundidad los acontecimientos rioplatenses que se desarrollaron a partir de 1810 no podemos dejar de referirnos a las consecuencias de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Nos dice al respecto el mismo autor: “Buenos Aires había producido así, sin que formara parte de un plan original con arreglo al cual desarrollar una estrategia política, tres hechos notables: 1) derrotar en dos oportunidades al Imperio Británico; 2) destituir, en un hecho sin precedentes en el Imperio español en América, al virrey Sobremonte, y 3) militarizar exitosamente una ciudad mal dotada para la guerra.”[2]

 

     Por lo tanto, los hechos desencadenados a partir del 10 son consecuencia de la crisis y caída de la Monarquía Borbónica, del vacío de poder generado por dicha situación, y por el estallido del Movimiento Juntista. Por otra parte, los cuerpos militares surgidos después de las Invasiones Inglesas tuvieron una participación fundamental en la búsqueda de una alternativa frente a la desaparición de la estructura imperial hispánica.

 

     Frente a la caída del Imperio se abrían tres posibilidades para el Río de la Plata:

 

1-   Aceptar el status quo local: el mantenimiento de la burocracia virreinal y el reconocimiento del último vestigio de poder independiente de los franceses que quedara en la Península (como por ejemplo el Consejo de Regencia de Cádiz). Esta posición tenía muchos adversarios, debido a los errores y abusos que los funcionarios virreinales habían venido cometiendo en los últimos tiempos. Por otra parte, las elites locales querían una mayor participación en las tomas de decisiones, y que la suerte del Continente no quedara atada a las desgracias de la Península y a las ambiciones de las otras potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, y los vecinos portugueses).

 

2- El establecimiento de una monarquía borbónica en el Río de la Plata coronando a la princesa Carlota Joaquina, única representante de la familia real que no había caído en poder del “amo” de Europa. Claro que debía ser una Monarquía temperada, “a la inglesa”

 

3- Establecer Juntas de Gobierno como en la Península.

 

     Lo señalado nos da la pauta del alto nivel de politización de las elites después de los acontecimientos locales de 1806, y sobre todo a partir de los hechos europeos posteriores a 1808. En este contexto se deben ubicar los hechos del 1 de enero de 1809 en Buenos Aires, y los de Chuquisaca y la Paz, a mediados de aquel año. A esta situación debemos agregar las rivalidades entre peninsulares y americanos, porteños y provincianos, Buenos Aires y Montevideo, etc.; para comprender los enfrentamientos que se van a desatar tras la caída del poder virreinal.

 

La Semana de Mayo

 

     La suerte de nuestras tierras fue decidida en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810: “El tema del Cabildo fue muy concreto. Si debía cesar el virrey  en caso afirmativo cuál sería el procedimiento para elegir quien lo sucediera en el mando civil y militar (…)

 

     Después de los discursos vinieron los votos (…). El primer voto fue el del obispo a favor del Virrey. El segundo fue el del militar de más alta graduación en el virreinato, el teniente general español Pascual Ruiz Huidobro (…)

 

     Cornelio Saavedra votó en el orden 29, con las siguientes consideraciones: “consultando la salud del pueblo y en atención a las actuales circunstancias, debe subrogarse el mando superior del Excelentísimo Virrey, en el Excelentísimo Cabildo de esta Capital, en el ínterin se forma la corporación o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el Excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando.”[3]

 

     El reemplazo de los funcionarios que representaban a una Monarquía inexistente, así como la disputa de poder entre los distintos sectores de la sociedad criolla, a lo que hay que sumar las ambiciones de ingleses, franceses y portugueses –con las redes de aliados locales que tenían-, nos explican la seriedad de los conflictos que se desencadenaron, produciendo una guerra civil que condujo –como lógica consecuencia de la evolución de los acontecimientos americanos y europeos-, a la independencia de nuestro continente y a la fragmentación de los antiguos virreinatos –en particular el nuestro- en nuevos estados nacionales.

 

Autonomía y Fidelidad

 

     En su obra Mayo Revisado el historiador revisionista Enrique Díaz Araujo desmitifica el carácter liberal de la Revolución de Mayo, explicando el proceso que se abre en el 10 en el contexto de la crisis del Imperio Español y del marco legal del mismo, indicando que las jornadas de Mayo se caracterizaron por la fidelidad a la Monarquía, pero buscando una Autonomía con respecto a las “autoridades” peninsulares que obraban en nombre del Monarca ausente. Finalmente, la evolución de los hechos condujo a una justificada Independencia.

 

     Anarquía y usurpación peninsulares, que no el declamado ‘despotismo’, fueron las causas reales del Autogobierno (…)

 

     La fidelidad rioplatense interpretada como una felonía, y el consiguiente ataque realista desde Montevideo y el Perú: motivos suficientes para que la Autonomía comenzara a devenir en Independencia (…)

 

     (…) los hombres de Mayo no se movieron por impulsos ideológicos. Ellos tenían muy en claro que el movimiento americano se encaminaba contra el Consejo de Regencia y las otras autoridades metropolitanas conexas, en procura de la autonomía comarcal (empezando por la provisional, de orden municipal); para escapar a la eventualidad de la dominación francesa o la inglesa.”[4]

 

   Por su parte, Vicente Massot nos explica el proceso que se abre en el Río de la Plata a partir de 1808 haciendo girar su argumentación en torno a tres conceptos claves: Revolución-Independencia-Anarquía.  El proceso que se inicia pocos años antes de 1810 y se prolonga (…) hasta mediados de la década del 30 (…) podría decirse que se compendia y resume en tres términos los cuales, a su vez, transparentan otras tantas realidades: revolución, independencia y anarquía  (…)

 

     La revolución merece su nombre menos por el impulso de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del virreinato, que por su descendencia (…): la independencia y la anarquía.”[5]

 

    Retomando la obra de Díaz Araujo, éste en el Tomo III nos plantea que la revolución cambió su curso por obra de la acción de Moreno, que fue quien en realidad orientó a la Revolución hacia una posición acorde con el liberalismo, más aun, con el jacobinismo.

 

     Sabido es que el Primer Gobierno Patrio se constituyó basándose en unos arreglos entre los grupos políticos existentes en Buenos Aires (…)

 

     Pues (…) uno se esos sectores, el llamado ‘morenista’, se apoderó hegemónicamente de la Revolución, desplazando a los demás y consiguientemente, reemplazando los objetivos institucionales comunes, por unos unilaterales, de corte ideológico sectario.”[6]

 

     Antonio Caponneto también nos presenta un morenismo jacobino: “Otros criollos, en cambio, no entendían, no valoraban ni amaban lo que España había traído a estas tierras, y querían deshacerse de todo ello (…) Por ejemplo, Moreno, Monteagudo, Castelli.   Querían asesinar a los españoles. Escribieron un Plan de Operaciones para fomentar el terrorismo, el rencor y el odio. Eran socios de los ingleses y defendían sus intereses económicos. Y lo peor: atacaban la Religión Católica (…)  Algo muy feo e imperdonable que cometieron fue matar a Don Santiago de Liniers. El gran Caudillo de la Reconquista.”[7]

 

     Massot, por su parte, nos muestra un Moreno más orientado hacia la “derecha”, o al menos no tan inclinado hacia la “izquierda”.

 

     Mariano Moreno, Juan José Paso, Juan José Castelli y Manuel Belgrano (…) no ganaron sus credenciales revolucionarias por su afán de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del Virreinato, sino merced al cambio político que urdieron y, más aun, a la consecuencia que tuvo en años venideros: la independencia (…)

 

     Al analizar, pues, el uso de algunos de los principales conceptos de la ciencia política utilizados por el secretario de la Junta hay que buscar menos en las posibles inspiraciones ideológicas (…) y hacer hincapié más en las necesidades políticas (…)

 

     (…) atendiendo (…) más a los pactistas peninsulares que a Rousseau, apuntaba Moreno al hecho de que la Junta debía tener el consentimiento de los pueblos, aunque, delegado el poder, se establecía entre ambos una ineludible relación de mando-obediencia (…).”[8]

 

     Recordemos, por otra parte, que si bien Moreno hizo editar el Contrato Social de Rousseau, lo expurgó de aquellos capítulos en los que el autor “delira en materia religiosa”.

 

     Los hombres de Mayo fueron en general exponentes de una cultura hispánica, católica y monárquica, más o menos conservadores, más o menos tocados por las ideas del siglo -con mayores o menores influjos iluministas y críticas a la cultura barroca de los sectores populares-, que pedían reformas en la educación (en una línea utilitarista), o que criticaban cierta escolástica decadente[11]; pero no fueron necesariamente radicales o impíos.

 

     Si el proceso revolucionario hispanoamericano triunfó (…) se debió entre otras razones a la capacidad que demostró la clase dirigente de las Provincias Unidas para gerenciar una empresa tan compleja y peligrosa. Ahora bien, sus hombres no venían de Inglaterra ni de Francia. Habían recibido la educación del reino que introdujo en América su idioma, religión, leyes y costumbres; que fundó ciudades por doquier y creó escuelas y universidades cuya calidad nada tenía que envidiarle a la del resto del mundo colonial y que legó a todos los habitantes de estas latitudes una legislación tan realista como generosa.”[12]

 

     Lo erróneo sería suponer que nuestra revolución significó una ruptura con el pasado y el triunfo del “jacobinismo”; en tanto que el bando realista habría representado una postura tradicionalista, ultramontana y “reaccionaria”.  En realidad, hubo conservadores y liberales en ambos bandos:

 

     Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz).”[13]

 

     Un representante del conservadorismo realista fue el ilustre Santiago de Liniers. Desencadenados los hechos de Mayo de 1810, no pudo ver que una “nueva fidelidad”, el servicio a la Patria naciente, venía a reemplazar a la vieja fidelidad a un Rey que ya no reinaba. Y se opuso a un Movimiento que consideró revolucionario en la entraña misma de su ser. Encabezó la resistencia contrarrevolucionaria en Córdoba, que fue fácilmente contenida, y los cabecillas capturados y condenados. En estas circunstancias, y ante la presión de su padre político que no entendía su conducta, Liniers escribe: “(…) mi amado padre (...) en cuanto a mi individuo; ¿cómo siendo yo un general, un oficial quien en sus treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al soberano, quisiera Usted que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignominia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey; que por esa infidencia dejase a mis hijos un nombre, hasta el presente intachable con la nota de traidor? ¡Ah mi padre! Yo que conozco también la honradez de sus principios, no puedo creer que Usted piense, ni me aconseje motu proprio, semejante proceder (...)

 

   (...) Por último Señor, el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fue capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad, y del patriotismo, y que si no les deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar (...)”[14]

 

     Por su parte, Juan Manuel de Rosas en su mensaje a la Legislatura del año 1836 nos brinda una interpretación “tradicionalista” de la Revolución que llevó a la instalación de la Primera Junta. La Revolución se hizo, decía, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España.”

 

Notas:

[1] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina. Auge y ocaso de una Nación.

[2] Ídem.

[3] Montejano, Bernardino. La filosofía política de Mayo.

[4] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado I.

[5] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina…

[6] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado III.

[7] Caponnetto, Antonio. El Bicentenario en el aula.

[8] Massot, Vicente. Las ideas de esos hombres. De Moreno a Perón.

[9] Ídem.

[10] Massot, Vicente. Matar y morir. La violencia política en la Argentina  (1806-2011). Agrega el autor las escalofriantes líneas que le escribía el general francés a su gobierno: “Ciudadanos, la Vendée ya no existe: ha perecido bajo nuestra espada, lo mismo que sus mujeres y sus niños (…) De acuerdo con vuestras órdenes, he aplastado a los niños bajo las patas de los caballos y he masacrado a sus mujeres, que por lo menos (…) ya no engendrarán más bandidos. No tengo prisioneros que puedan reprochárseme.”

[11] “(…) nos venden doctrinas falsas por verdaderas, y palabras por conocimientos (…) de ninguna manera tratamos de lo concerniente a nuestros dogmas, ni a las decisiones de la Iglesia, ni a nuestra legislación (…)

(a) la filosofía que se enseña en nuestros estudios es adonde  se dirigen nuestras miras (…)

¿Qué otra cosa es obligarnos a discurrir sobre ridículas cuestiones (…); si los grados metafísicos en el individuo se distinguen real o virtualmente o por razón y otras cosas de este tenor? ¿Cuál es la utilidad que este estudio trae al hombre? ¿De qué le habrá servido un estudio tan ímprobo al hallarse en estado de ser útil a su rey, a su patria, a su religión y a sí mismo?” (Manuel Belgrano, Correo de Comercio, junio de 1810).

 

Si bien puede observarse una crítica a cierto escolasticismo, y un influjo de posturas utilitaristas acordes con la filosofía dieciochesca; sin embargo la concepción de servicio –a Dios, a la Patria y al Rey- que se desprende del último párrafo citado es acorde con la mentalidad tradicional.

[12] Massot, V. La excepcionalidad…

[13] Romero Moreno, Fernando. Bicentenario y Tradicionalismo.

[14] El Padre Cayetano Bruno nos describe sus últimos momentos: “(luego de conocer la sentencia de muerte) Liniers ya no pensó sino en su alma. (…) (un documento anónimo atestigua que) ‘pidió al Sr. Obispo (Orellana) le sacase de su bolsillo el rosario y paseándose lo rezó y continuó preparándose para la confesión, todo  con tal nobleza y entereza que…, en aquel estado de ignominia y con los brazos atados, parecía más glorioso que en sus victorias de la Reconquista…Este Señor y el coronel Allende hicieron su confesión con el Sr. Obispo (…) Liniers rechazó la venda. Luego ‘en voz perceptible (…) imploró el auxilio de María Santísima –bajo el título del Rosario de quien fue siempre muy devoto-, e hincado de rodillas’ dio la señal a los soldados”. (Bruno, C. Creo en la vida eterna)

 

Tomado de la página amiga http://historiatradicion.blogspot.com/

 


lunes, 9 de mayo de 2022

Las campañas finales al desierto, el afianzamiento de la soberanía en la Patagonia

 


Por: Lic. Sebastián Miranda


Entre 1880 y 1885 se realizaron las últimas campañas al desierto en la Patagonia, asegurando la soberanía en la región, entonces en disputa con Chile y terminando para siempre con el flagelo del malón.

Las grandes campañas realizadas por el general Julio Argentino Roca en 1879 barrieron con las tribus de La Pampa, reduciéndolas y obligándolas a entregarse o retirarse hacia los confines del Neuquén y los contrafuertes andinos para evitar ser capturadas. Entre 1880 y 1885 se realizaron una serie de campañas en regiones de difícil acceso que permitieron terminar con las últimas resistencias.

 

1. La campaña del general Conrado Villegas al Nahuel Huapi (1881)

 

El 12 de octubre de 1880 asumió la presidencia el general J. A. Roca, nombró como ministro de Guerra y Marina al general Benjamín Victorica. A pesar del daño propinado a los indígenas, algunos núcleos importantes todavía persistían. Si bien las incursiones eran aisladas, seguían generando daños e intranquilidad. El 19 de enero de 1881 300 moluches armados con Winchester asaltaron el fortín Guanacos y mataron al alférez Elíseo Boerr, 12 soldados y 17 vecinos. Los asaltos se repitieron en Córdoba, Mendoza y Buenos Aires, llegando hasta Puán.  En agosto de ese mismo año murieron en combate contra los indios el teniente Abelardo Daza y 15 soldados del Regimiento 1 de Caballería. Otras incursiones, aunque menores, llegaron a las inmediaciones de Bahía Blanca. Desesperados por el hambre, los salvajes se arriesgaban a adentrarse en el territorio controlado por el Ejército Argentino para evitar perecer.

Ante esta situación, el presidente ordenó al ministro de Guerra y Marina el envío de una expedición para explorar la región en torno al lago Nahuel Huapi y reducir a los salvajes que incursionaban y aprovechaban la cercanía de la frontera con  Chile –como lo venían haciendo desde hace décadas- para refugiarse en el país trasandino con el apoyo del gobierno. La misma quedó bajo la dirección del veterano general Conrado El Toro Villegas, uno de los más experimentados y valientes comandantes, entonces jefe de la línea militar del Río Negro. Previamente se realizaron una serie de exploraciones a cargo del teniente coronel Manuel J. Olascoaga, el teniente 1º Jorge Rohde y el capitán Erasmo Obligado que comandó una escuadrilla naval que recorrió el río Negro y el Limay. El general C. Villegas organizó la expedición dividiendo a las fuerzas en tres brigadas.

Primera brigada

Comandada por el teniente coronel Rufino Ortega, integrada por el regimiento 11 de caballería, el batallón 12 de infantería con 6 jefes, 16 oficiales y 474 de tropa. Debía salir de Chos Malal y batir a los indios en los contrafuertes andinos hasta el lago Nahuel Huapi. Inició la marcha el 15 de marzo de 1881, batiendo las zonas en torno al río Agrio, el arroyo Codihué, el lago Aluminé y el arroyo Las Lajas. El 26 de marzo se produjo un combate con indios que provenían de Chile que produjo la muerte de 2 suboficiales y 2 soldados. Posteriormente también murió en un enfrentamiento el teniente Juan Cruz Solalique. El 30 de ese mes 100 indios mandados por uno de los hijos del cacique Sayhueque, Tacuman, se enfrentaron a la división resultando muertos 1 suboficial y 10 salvajes.[1]

Segunda brigada

Mandada por el coronel Lorenzo Vintter, partió del fuerte General Roca. Debía avanzar hacia Confluencia, proseguir por la margen norte del Limay  luego dividirse en dos columnas para atacar las antiguas tolderías de Reuque Curá y las de Sayhueque. Estaba integrada por 6 jefes, 22 oficiales, 5 cadetes y 557 de tropa de los regimientos 5 y 7 de caballería y una sección de artillería con 2 piezas de montaña. Comenzó el avance en forma simultánea con la primera división. El 24 de marzo una avanzada mandada por el sargento mayor Miguel Vidal atacó sorpresivamente las tolderías del cacique Molfinqueo tomando prisioneros a 28 indios y a 3 comerciantes chilenos. Otro destacamento dirigido por el coronel Luis Tejedor recuperó casi 6.000 animales abandonados por los indios que huían hacia Chile. El 31 de marzo la partida del alférez Andrés Gaviña capturó una valija con las insignias del ejército chileno, dejada por un grupo de salvajes que escapaba de las fuerzas nacionales. El 9 de abril la brigada alcanzó el lago Nahuel Huapi.

Tercera brigada

Dirigida por el coronel Liborio Bernal comenzó las operaciones partiendo de la isla de Choele Choel, siguiendo por el arroyo Valcheta, adentrándose en Río Negro y de allí hasta el Nahuel Huapi. Las zonas a recorrer eran completamente desconocidas. Para su misión disponía de 10 jefes, 36 oficiales, 9 cadetes y 525 hombres de tropa del batallón 6 de infantería y el regimiento 3 de caballería. El 29 de marzo se logró la captura del capitanejo Purayan con 37 indios y 1400 cabezas de ganado. Previamente se había rescatado un niño que llevaba 8 años de cautiverio entre los salvajes. Gracias a la información aportada por el niño, se detectó una toldería cercada que fue atacada por un destacamento al mando del mayor Julio Morosini, permitiendo la captura de 10 indios y casi 1500 animales. El 2 de abril la brigada llegó al lago Nahuel Huapi.

El 10 de abril se produjo la reunión completa de las tres brigadas en las nacientes del río Limay. Finalizadas las operaciones y dado que en la época las temperaturas comienzas a ser muy bajas, el general C. Villegas dispuso el retiro de las brigadas hacia sus bases dando por finalizada la campaña. Si bien se produjeron importantes bajas a los indios, 45 muertos y 140 prisioneros, no se alcanzó el objetivo principal que era terminar con las masas de indígenas que aún quedaban en la región, dejando de esta manera la puerta abierta para nuevas acciones.

Mientras tanto los principales caciques que aún quedaban – Sayhueque y Reuque Curá- solicitaron apoyo a sus hermanos araucanos del otro lado de la cordillera para retomar la iniciativa. Los recursos, producto de los malones, actuaban como un importante imán para generar nuevos malones. El 16 de enero de 1882 aproximadamente 1000 indios atacaron un fortín ubicado en la confluencia de los ríos Neuquén y Limay. A pesar de que lo defendían solamente 15 soldados y 15 paisanos mandados por el capitán Juan G. Gómez, rechazaron a los salvajes. La acción evidencia el valor que siempre ha caracterizado al soldado argentino y la eficacia de los Remington. El 20 de agosto de ese año una partida de 26 soldados al mando del teniente Tránsito Mora y el alférez indígena Simón Martínez fue emboscada por 400 indios en las lomadas de Cochicó, siendo muertos todos los efectivos argentinos. Quedaba en evidencia que los salvajes no habían sido reducidos. El ministro de Guerra y Marina dispuso la reorganización de la fuerzas que quedaron agrupadas en la división 2º que desde Choele Choel controlaría y operaría sobre los ríos Neuquén y Negro y la división 3º que con su comando en Río Cuarto controlaría la Pampa Central.

 

2. Campaña del general C. Villegas (1882-1883)   

 

Ante los ataques de los indígenas, el general C. Villegas dispuso de una nueva expedición organizada con tres brigadas. Posteriormente emitió un informe que nos permite tener una muy detallada relación de todo lo sucedido en esta expedición en la que las fuerzas nacionales fueron eficazmente apoyadas por los indios amigos.[2]

Primera brigada

Al mando del teniente coronel Rufino Ortega, compuesta por una plana mayor, los regimientos 3 y 11 de caballería y el batallón 12 de infantería, con un total de 4 jefes, 20 oficiales y 310 soldados. Las fuerzas partieron en noviembre avanzando hacia el sur dirigiéndose a la confluencia de los ríos Collón Curá y Quemquemtreu. La marcha se realizó de noche para ocultarse de la observación de los indios, recorriéndose 250 km en seis noches en medio de bajísimas temperaturas, lo que da una idea de los padecimientos de estos sacrificados hombres. Al llegar a las tolderías del capitanejo Millamán, este se entregó junto a 27 lanceros y 61 de chusma que pasaron a engrosar los efectivos de la brigada. Para evitar la detección, la brigada desprendió destacamentos menores para sorprender a los salvajes en sus tolderías.

Destacamento del coronel Ruibal: operó contra la indiada del cacique Queupo, batiéndolo y matando a 14 lanceros y capturando a 65 salvajes, perdiendo por su parte 5 efectivos que se ahogaron al cruzar el río Aluminé.

Destacamento del teniente coronel Saturnino Torres: logró la captura del cacique Cayul y 80 de sus hombres, perteneciente a la tribu de Reuque Curá.

Destacamento del mayor José Daza: realizó una intensa persecución sobre los caciques Namuncurá y Reuque Curá que se escondieron en las zonas boscosas al sur del lago Aluminé pudiendo escapar.

Destacamento del alférez Ignacio Albornoz: logró la captura de 2 capitanejos y 100 indios.

El 4 de diciembre la brigada se reunió en el lago Aluminé y desprendió nuevas partidas al mando de los mencionados Ruibal y Daza, sumándose el mayor O`Donell y el teniente coronel Torres que causaron nuevas bajas a los salvajes. En total la brigada logró abatir a 120 guerreros y capturar a 52 de lanza y 396 de chusma además de rescatar a 5 cautivos. Se construyeron un pueblo y 6 fortines para controlar los pasos cordilleranos e impedir el paso a Chile o su retorno desde el país trasandino.

Segunda brigada

Dirigida por el teniente coronel Enrique Godoy, formada por una plana mayor y los regimientos 2 y 5 de caballería junto al batallón 2 de infantería, con 6 jefes, 32 oficiales y 512 de tropa. Inició la marcha el 19 de noviembre de 1882 hacia su objetivo central, la confluencia de los ríos Collón Curá y Quemquemtreu desde donde desprenderían partidas para reducir a los salvajes de la zona. Operó en forma similar a la primera brigada, desprendiendo columnas menores para atacar a los salvajes.

Destacamento del mayor Roque Peitiado: operó contra las tolderías del capitanejo Platero, logrando tomar 23 prisioneros a costa de la pérdida de 2 soldados propios y 10 heridos.

Destacamento del coronel Juan G. Díaz: prosiguió el ataque contra las indiadas que habían escapado del mayor R. Peitiado. El 11 de diciembre en un desfiladero en las cercanías del lago Huechu Lafquen, fueron emboscados por los salvajes armados con Rémingtons que habían fortificado la posición cerrando el camino. Las fuerzas nacionales treparon por las laderas escabrosas y después de casi tres horas de combate desalojaron a los indios, perdiendo la vida un soldado y el teniente 1º Joaquín Nogueira.

Dada la gravedad de los acontecimientos, el teniente coronel M. Godoy inició nuevas operaciones para acabar con las tribus de Namuncurá y Reuque Curá que se habían establecido en las márgenes del río Aluminé. El 1º de diciembre reinició el avance, enviando notas a los caciques para pactar su rendición. Cuatro días después se presentó el cacique Manquiel con toda su tribu por el que se supo que la 1º brigada había logrado la captura del grueso de las tribus de Namuncurá y Reuque Curá, incluyendo a los hijos y mujer del primero. El 14 de diciembre el teniente coronel M. Godoy llegó a su objetivo central, la confluencia de los ríos Collón Curá y Quemquemtreu. Desde este lugar emprendió una segunda operación, esta vez contra el  cacique Ñancucheo que seguía evadiendo a las fuerzas nacionales atravesando terrenos dificilísimos de transitar. El cacique pudo escapar pero se logró la captura de numerosos salvajes. El incansable teniente coronel M. Godoy dispuso una nueva expedición para limpiar de indios la región. En enero de 1883 se realizaron nuevas acciones que permitieron la captura de 55 indios, abatiendo además a 1 capitanejo y 3 guerreros. Ñancucheo fugó a Chile. Durante estas acciones el sargento mayor Vidal se enteró de la presencia de una partida del ejército chileno en territorio argentino lo que motivó las protestas del gobierno nacional.

El 6 de enero de 1883 se produjo el combate de Pulmarí, en esa ocasión el capitán Emilio Crouzeilles y el teniente Nicanor Lezcano con 40 hombres se enfrentaron a un grupo de salvajes. Un oficial con uniforme del Ejército de Chile pidió parlamentar, los oficiales se acercaron y en ese momento fueron atacados y muertos a traición junto a un soldado:

“(…) Los indios en número se sesenta, tomando aislados a estos oficiales con un reducidísimo número de hombres, sorprendidos en un terrible desfiladero, dieron fin con ellos y cuatro soldados, acribillándolos a lanzazos e hiriéndolos de bala (…)”[3]

El 16 de febrero el teniente coronel Díaz chocó con alrededor de 150 indios en las cercanías del lago Aluminé en las cercanías de Pulmarí en el paraje de Lonquimay.[4] Nuevamente las fuerzas del Ejército Argentino se enfrentaron a efectivos chilenos, Díaz no cayó en la trampa y ante el ofrecimiento de parlamento abrió fuego contra también los chilenos capturándoseles armamento y pertrechos con la inscripción Guardia Nacional:

Rompió el fuego sobre aquella tropa que avanzaba y sostuvo un brillante combate, rechazando completamente a esa fuerza superior en número que avanzó hasta cuarenta pasos de sus posiciones. Quedaron tendidos en el campo parte de ellos: seis soldados uniformados y un indio (…)”.[5]

De esta manera los efectivos argentinos defendían la soberanía dejando de lado la diplomacia y expresándose con el lenguaje de los fuertes, necesario cuando se viola el solar patrio.

En total la brigada logró la captura de 700 indios, poniendo fuera de combate a un centenar de ellos y limpiando el territorio argentino de partidas chilenas. También se construyeron nuevos fortines, al igual que lo hizo la primera brigada, para impedir el paso de los salvajes entre Argentina y Chile.

Tercera brigada

Comandada por el teniente coronel Nicolás Palacios con 4 jefes, 22 oficiales y 437 de tropa, estaba integrada por el regimiento 7 de caballería, el batallón 6 de infantería y un grupo de indios auxiliares. El 15 de noviembre de 1882 partió de la isla de Choele Choel con rumbo hacia el lago Nahuel Huapi para establecer allí su campamento general desde donde destacaría partidas contra los salvajes. Se libraron una gran cantidad de memorables combates entre los que se destacaron las incursiones del teniente coronel Rosario Suárez, la dirigida por el propio teniente coronel N. Palacios. El 22 de enero de 1883 una partida mandada por el capitán Adolfo Druy y el teniente 1º Eduardo Oliveros Escola se enfrentó a 400 indios del cacique Sayhueque que huía de la persecución de las fuerzas nacionales.

Como resultado de las acciones de esta brigada 3 capitanejos y 140 guerreros resultaron muertos, 2 caciques, 4 capitanejos, 114 de lanza y 361 de chusma fueron capturados. También se construyeron nuevos fortines.

La expedición en su conjunto produjo el afianzamiento de la soberanía en las provincias de Neuquén y Río Negro, dejando fuera de combate a las principales tribus mapuches y bloqueando los pasos de la cordillera por donde penetraban estos y los araucanos desde Chile.

Uno de los libros indigenistas más difundidos sobre la cuestión de la guerra en el Neuquén es el de los autores Curapil Churruhuinca y Luis Roux Las matanzas del Neuquén. Curiosamente, los escritores ponen este título al libro pero no demuestran la existencia de ninguna matanza. Sin embargo, hay una serie de datos que resultan interesantes. Según las cifras aportadas por los propios autores, había en la región del Neuquén alrededor de 60.000 indígenas, la mayoría dependientes de los caciques Sayhueque y Purrán.[6] Sostienen:

De este modo concluye la Campaña de los Andes. Durante la misma mueren 354 indígenas y se capturan 1.721, con las bajas nacionales de 5 oficiales y 38 soldados. Para el resultado no fue mucho el costo, comparativamente”.[7]

Aunque el número de indígenas que habitaban la región, según los autores, nos parece excesivo, pero tomémoslo como cierto. Entonces si sobre 60.000 indios, fueron muertos 354, esto quiere decir que cayeron el 0,59% en operaciones militares, una cifra prácticamente irrisoria para una guerra, ¿a dónde están las masacres a las que se refieren los escritores? En su mensaje al Congreso de la Nación de 14 de agosto de 1878, el general J. A. Roca afirmó que en la zona había unos 20.000 salvajes. Si tomamos como el total este número, entonces el porcentaje de indios del tronco araucano caídos en la campaña al Neuquén sería entonces del 1,77%, cifra también muy baja para una guerra de exterminio como sostienen los indigenistas. De esta forma podemos observar como el tan mentado genocidio es una mentira. Uno podría sumar las bajas de las campañas de 1878-1879, pero esto no es aplicable a los indios del tronco mapuche o araucano del Neuquén y Río Negro ya que estos no fueron afectados por las mismas que estuvieron dirigidas contra las tribus de la región central de la Argentina. En otro orden, son los mismos autores los que admiten la gran incidencia de las luchas internas en las tribus y entre las mismas, en los índices de mortalidad de los indígenas.[8] Las cifras de las bajas indígenas también demuestran que la tan publicitada bravura indomable del indio se practicaba contra las poblaciones indefensas, pero de poco le valía contra los efectivos del Ejército Argentino.​

 

3. Expediciones finales  

 

A fines de 1883 y comienzos de 1884 comenzaron las operaciones finales contra los salvajes, enfermo y cargado de cicatrices, el célebre Toro Conrado Villegas se marchó a Europa para intentar curarse, pero falleció en París el 26 de agosto de ese año. Fue reemplazado en el mando de la 2º Brigada por el general Lorenzo Vintter que se convirtió en gobernador militar de la Patagonia y continuó las acciones en Neuquén y Río Negro. Acosado por el hambre y la implacable persecución de las fuerzas argentinas, el 24 de marzo de 1884 se rindió el cacique Namuncurá con 9 capitanejos, 137 de lanza y 185 indios de chusma.

Solamente quedaban en pie los restos de las tribus de Sayhueque e Inacayal. Para terminar con ellas, el general L. Vintter envió una nueva expedición, esta vez al mando del teniente coronel Lino Oris de Roa. Partiendo el 21 de noviembre de 1883 de fortín Valcheta con 100 hombres se dirigió hacia el río Chubut que se había unido a otros caciques pero apenas lograba reunir algo más de tres centenares de guerreros. Las patrullas del sargento mayor Miguel Linares y el capitán Manuel Peñoiry continuaron los rastrillajes y las acciones que permitieron nuevas capturas. El 1º de enero de 1884 las fuerzas del teniente coronel de Roa chocaron con 300 indios dirigidos por el cacique Inacayal, quedando 4 de ellos muertos en el campo de batalla, 16 fueron tomados prisioneros. El hostigamiento constante generó nuevas rendiciones, poco tiempo después de la de Namuncurá, se presentó el cacique Maripán con 184 guerreros. Otros centenares se fueron presentando en los días siguientes.

El general L. Vintter dispuso ese mismo año el envío de tres columnas al mando del sargento mayor Miguel Vidal para batir a los indios que quedaban aún escondidos, especialmente en los poco accesibles contrafuertes andinos, logrando la captura de 300 indios. La presión constante dio el resultado esperado, el 1º de enero de 1885 Sayhueque, el último de los grandes caciques se presentó en el fuerte Junín de los Andes junto con 700 lanceros y 2500 de chusma.

El 20 de febrero de 1885 el general L. Vintter escribió al jefe del Estado Mayor General del Ejército, general de división Joaquín Viejobueno:

En el Sud de la República no existen ya dentro de su territorio fronteras humillantes impuestas a la civilización por las chuzas del salvaje.

Ha concluido para siempre en esta parte, la guerra secular que contra el indio tuvo su principio en las inmediaciones de esa capital el año 1535”.[9]

Las campañas al desierto habían terminado poniendo fin para siempre al azote del malón, a las fronteras interiores, al cautiverio y asesinato de miles de pobladores habiendo asegurando la soberanía sobre la Patagonia pretendida por Chile.

 

4. El mapuchismo

 

Sometidas las tribus, la mayoría de los caciques fueron tomados prisioneros y liberados al poco tiempo, el propio Sayhueque, a pesar de la resistencia que había ejercido, en abril de 1885 ya estaba de retorno con su comitiva en Río Negro desde donde pasó con su tribu a las tierras asignadas por el gobierno argentino en Chubut. Es decir, fue detenido en enero, y en abril ya había vuelto a la libertad ¿dónde está la tan proclamada ferocidad genocida del Ejército y las autoridades argentinas? El otorgamiento de tierras a Namuncurá demoró más, pero el gobierno chileno intentó seguir usando a los mapuches contra la Argentina. En el Primer Congreso del Área Araucana Argentina en 1963, se afirmó que:

En 1908 el Gobierno de Chile puso a su disposición 1.800 hombres aguerridos para reconquistar sus antiguos territorios”.[10]

Todavía en 1908 los mapuches seguían pensando, con el apoyo de Chile, en invadir el Neuquén. Nunca los mapuches aceptaron al hombre blanco en la Patagonia:

Por cierto, tras las adjudicaciones y la llegada de los pioneros, funcionarios, comerciantes y, especialmente, colonos y hacendados, los mapuches constituyeron por un buen tiempo un peligro constante de represalias y daños, atosigados como estaban por el rencor y el deseo de venganza, con el oprobioso recuerdo de los desmanes del gran malón blanco”.[11]

Los citados autores indigenistas –Churruhinca y Roux- hacen amplias referencias al valor que dan a la pertenencia de la Patagonia a la Argentina y a la bandera nacional:

“(…) Moreno consideró que estas regiones debían incorporarse a la República Argentina. Y actuó en función de esa idea  (…) Si Moreno fue leal a su país no actuó lealmente con Sayhueque y sus muchos amigos indios, a quienes aseguró visitar solamente para conocerlos, mientras trabajaba su mente y su corazón al acuciamiento de trasladar esos dominios a la Argentina por la sumisión o por la fuerza”.[12]

Está claro que para los mapuchistas, el Neuquén y el Río Negro no eran parte de la Argentina sino que formaban un Estado aparte, el mapuche. Después de hacer una referencia a las campañas finales de 1884-1885, y refiriéndose al destino de las tribus rendidas afirman:

Para todas ellas principará una nueva etapa. Bajo nueva bandera. Bajo nuevos nombres”.[13]

A continuación dejan muy claro el concepto indigenista de pueblo originario:

“(…) Gringos eran todos los no mapuches, argentinos o europeos. Extranjeros para los nativos neuquinos. Y la sangre ardida de los hermanos muertos ponía una pared rocosa entre naturales y blancos. Difícil entenderse”.[14]

Parecen olvidar que fueron los indios araucanos o chilenos, hoy llamados mapuches, los que desde el occidente de la cordillera de los Andes invadieron la Patagonia expulsando o exterminando a las tribus locales.

Finalmente, el rechazo a la bandera argentina aparece nuevamente reflejado en las siguientes palabras:

“(…) Las huestes roquistas han destruido en Neuquén indígena para enarbolar una enseña y traer una gringada. Negocio de usurpación, proclama de soberanía tres veces ilegítima, edificada sobre la mentira, la ofensa gratuita y el crimen, comercio infamado de tierras”.[15]

No es de extrañar que los mapuches se opusieran al proceso de fundación de pueblos y parques nacionales en Neuquén y Río Negro. Pasado el tiempo el movimiento mapuche parecía apagado, pero algo ocurrió. En 1963 los mapuches lograron concretar la reunión del Primer Congreso del Área Araucana Argentina en San Martín de los Andes. Por iniciativa de un vecino del Neuquén, Willy Hassler, nombre no muy originario (se trataba de un alemán), comenzó a avivar la problemática de los mapuches en los parques nacionales.

Las usurpaciones de terrenos y atentados de los mapuches se están convirtiendo en moneda

corriente. Carlos Sapag, hermano del gobernador denunció:

Son activistas que cuentan con apoyo de las FARC y relaciones con Batasuna, el brazo político de ETA”.[16]

El entonces intendente de Villla Pehuenia, Silvio del Castillo, declaró:

En Villa Pehuenia los mapuches ya tienen 10.000 hectáreas en su poder. No voy a entregarles un metro más”.[17]

Sin embargo, no todos los mapuches comparten esta visión expansionista:

Arrastran a los jóvenes a una lucha sin sentido. Nosotros queremos la paz. Hoy los mapuches ocupan tierras que nunca fueron nuestras”.[18]

La Sociedad Rural de Neuquén ha denunciado que en la provincia hay al menos 57 campos usurpados. Todo esto es promovido por la Confederación Mapuche que agrupa a las principales comunidades, sin embargo sus detractores la acusan de:

“(…) Estar infiltrada por activistas de izquierda que pretenden escindir el territorio de la Argentina. También los acusan de malversación de fondos”.[19]

Este dato no es menor y es donde se encuentra el meollo de la cuestión. No solamente tienen nexos con organizaciones de izquierda sino que reciben el apoyo mediático de supuestas ONGs. Curiosamente la sede central del movimiento mapuche reside en Londres que de esta manera debilita a la Argentina y ejerce una nueva amenaza sobre la Patagonia y sus recursos, sumándola a la presencia de la base militar de la OTAN en Malvinas.

En total en la Argentina el reclamo es por 15 millones de hectáreas, en Neuquén se centra en las zonas de San Martín de los Andes, Junín de los Andes, Villa la Angostura, Villa Pehuenia, Zapala, Aluminé y Cutral Có. En Río Negro los más importantes están en El Bolsón, Bariloche, Comallo, Trapalcó, Ñirihau, Cuesta del Ternero y Chelforó. Estos intentos de obtener tierras que son patrimonio de los argentinos se extienden incluso a la provincia de Buenos Aires, a la que nunca llegaron los mapuches.

El avance del movimiento mapuche es notable, las 18 comunidades originales que reclamaban tierras se han convertido en 55 solamente en Neuquén. Martín Maliqueo, vocero de una de ellas, la Lonko Purrán, declaró:

“(…) No somos ni chilenos, ni argentinos, somos mapuches y no nos sentimos representados”.[20]

El proceso cesionista y antiargentino se extiende.

 

Notas:

[1] Todas las cifras utilizadas en este trabajo han sido tomadas del libro de WALTHER, Juan Carlos. La conquista del desierto, cuarta edición, Buenos Aires, EUDEBA, 1980. Se trata de una de las mejores obras generales sobre la cuestión de las campañas al desierto.

[2] MINISTERIO DE GUERRA Y MARINA. Campaña de los Andes al sur de la Patagonia. Partes detallados y diario de la expedición. Ministerio de Guerra y Marina, segunda edición, Buenos Aires, EUDEBA, 1978. Para las acciones de los indios amigos ver pp. 86, 88, 94, 102, 106, 108, 112

[3] MINISTERIO DE GUERRA Y MARINA. Op. cit., p. 85.

[4] Ver el excelente e imprescindible trabajo de PAZ, Ricardo Alberto. El conflicto pendiente. Fronteras con Chile, segunda edición, Buenos Aires, EUDEBA, 1981, pp. 58-59.

[5] MINISTERIO DE GUERRA Y MARINA. Op. cit., pp. 18-19.

[6] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Las matanzas del Neuquén. Crónicas mapuches, tercera edición, Buenos Aires, Plus Ultra, 1987, p. 195

[7] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 167.

[8] Ver CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., pp. 54, 55, 68, 71, 89, 108, 149.

[9] Carta del general L. Vintter al jefe del Estado Mayor General del Ejército, general de división Joaquín Viejobueno, 20 de febrero de 1885.

[10] VIGNATTI, M. A. Iconografía aborigen. En: Primer Congreso del Área Araucana Argentina, Buenos Aires, 1963, T II, p. 52.

[11] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 242.

[12] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 103.

[13] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 173.

[14] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 216.

[15] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 249.

[16] Declaraciones de Carlos Sapag. En: MOREIRO, Luis. El regreso de la araucanía, Buenos Aires, La Nación, domingo 18 de octubre de 2009, sección 6.

[17] Declaraciones del intendente de Villa Pehuenia, Silvio del Castillo. En: MOREIRO, Luis. El regreso de la araucanía, Buenos Aires, La Nación, domingo 18 de octubre de 2009, sección 6.

[18] Declaraciones de los caciques mapuches de las comunidades de Currumil y Aigo. En: MOREIRO, Luis. El regreso de la araucanía, Buenos Aires, La Nación, domingo 18 de octubre de 2009, sección 6.

[19] MOREIRO, Luis. El regreso de la araucanía, Buenos Aires, La Nación, domingo 18 de octubre de 2009, sección 6

[20] En: VARISE, Franco. Crecen conflictos con aborígenes por reclamos de tierras, Buenos Aires, La Nación, 16 de agosto de 2009, p. 19

 

Tomado de: https://deyseg.com/history/196