domingo, 24 de mayo de 2026

La Revolución de Mayo. Cuestiones claves para su comprensión


 Por: Edgardo Atilio Moreno

Explicar el significado de la Revolución de Mayo de 1810, no es sencillo. Se trata de un hecho histórico complejo. Más aún porque la historiografía liberal lo deformó a designio con el objeto de convertirlo en el mito fundacional de la republica liberal.

Esa versión canónica, elaborada por Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre, se mantuvo incuestionada hasta que vino el revisionismo histórico y desmontó la mitología. Luego, lamentablemente, llegaron los revisionistas populistas y remozaron el mito con su mirada clasista y democratista. Pero la cosa no acaba ahí. En estos últimos tiempos apareció una modesta, aunque ruidosa corriente historiográfica, cuyos autores sostienen que nuestros patriotas fueron unos sediciosos al servicio de Inglaterra y unos endiablados liberales que traicionaron a España.  En consecuencia –según estos- nuestra independencia fue un acto completamente ilegítimo[1].

Estos insólitos cuestionamientos obligan al auténtico revisionismo a salir nuevamente a la palestra, pues esta nueva versión historiográfica no solo es tributaria de la liberal, sino que incluso viene a ser tanto o más nociva que esta; ya que no solo considera que nuestra independencia se la debemos a Inglaterra, sino que sostiene que nuestra nación es un engendro moderno, liberal, contractualista, nacido de una traición.

Urge entonces aclarar lo siguiente: Primero, que la nación argentina no nació en 1810, como afirman liberales y carlistas; sino que sus orígenes se remontan al siglo XVI, momento en que esta patria, este territorio, esta comunidad política, que poéticamente se denominaba “el Argentino Reyno”, ya existía;  insertada en el entonces glorioso imperio español pero con fisonomía propia[2]. Y segundo, que lo que hicieron nuestros patriotas en Mayo de 1810 fue algo perfectamente legal y absolutamente legítimo.

En este artículo nos avocaremos a esto último, y trataremos una serie de falacias sobre Mayo que son el resultado de un abordaje ideológico de la cuestión y de un relato que ignora o no tiene en cuenta ciertas cuestiones previas fundamentales.

La situación jurídica de los Reinos de Indias

La primera cuestión que se debe analizar, para comprender cabalmente lo que fue la revolución de Mayo, es cuál era el status jurídico de América en relación a la Corona de Castilla y a los demás reinos que la integraban.

Para ello tenemos que comenzar recordando que al iniciarse la conquista de América los propios españoles se dieron cuenta que había una cuestión moral de por medio, a saber: ¿con que título se podía hacer esa conquista? En efecto, estas tierras no eran res nullius, estaban pobladas en gran parte, les pertenecían a sus habitantes, por ende, esa posesión debía respetarse. Así se lo hizo saber Fray Francisco de Vittoria, al emperador Carlos V, cuando consultado por este, le respondió que los indígenas eran dueños de sus cosas, de sus tierras, y que sus republicas eran legítimas. ¿Entonces con qué derecho se podía llevar adelante la conquista de América? Había aquí un problema moral que resolver. Esto se debatió arduamente y se conoce como en la cuestión de los Justos Títulos.

Los teólogos y juristas abocados en el tema encontraron varios títulos que podían legitimar la conquista española: el derecho la guerra justa contra los aborígenes que desconocían ciertos derechos naturales (por ejemplo, el de transitar, explorar, comerciar); el derecho a ayudar a los pueblos aborígenes aliados (como los tlaxcaltecas); la defensa de la evangelización y de los indios conversos; la erradicación de los asesinatos rituales, a los que Vittoria llamaba sacrilegios; etc. Ahora bien, de todos estos argumentos, Castilla esgrimió el de la misión evangelizadora que el Papa Alejandro VI les dio a los reyes católicos Isabel y Fernando. Por eso la reina Isabel la católica, dijo en su testamento que el fin principal de la conquista fue el de la evangelización, y esto fue convertido en norma legal por las Leyes de Indias.

Fue así –con ese objeto- que América fue incorporada a la Corona de Castilla como un reino más, el Reino de Indias. Este dato es fundamental retener, porque América no pertenecía a España; es más, política y jurídicamente España no existía por entonces. Lo que existía en la península ibérica eran diversos reinos que se habían unido a la Corona de Castilla. Es decir, había varios reinos con un solo Rey. No era un solo reino, sin varios reinos unidos a la persona del Rey. Esto es lo que se conoce como una monarquía múltiple, es decir, un ordenamiento político en el que varios reinos, sin perder su identidad y  manteniendo sus propias instituciones, son gobernados por un monarca común[3].

Por eso, Carlos II, en el prólogo a la recopilación de las Leyes de Indias, en 1680, se presentaba como: rey de  Castilla, de León, de Aragón,  de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Gibraltar, de las indias occidentales y orientales… y en ningún momento dice rey de España.

Ello llevó –como hace notar el Dr. Sergio Castaño- a que uno de los grandes juristas de la escuela de Salamanca, Juan de Solorzano, dijera que el título del rey abreviado era el de rey de las Españas (o sea de los reinos peninsulares) y de las indias.

Entonces esto debe quedar bien en claro: las indias no formaron parte de Castilla, no fueron sus provincias y mucho menos sus colonias. Fueron un reino distinto, que tenía un órgano político supremo propio, el Consejo de Indias; y una legislación propia, las Leyes de Indias. Además, eran absolutamente inalienables e inajenables, pues así lo estableció el rey Carlos I en la Pragmática Sanción de 1520, y así mismo consta en la Recopilación de las Leyes de Indias, que establecían la obligación del Rey y de sus sucesores de conservar para siempre integro este territorio.

Se entiende pues que, dada esta situación jurídica, el único que tenía derecho a mandar en las Indias era el monarca de Castilla, nadie más. No podía hacerlo ningún otro reino, ciudad, u organismo peninsular. Además, debía hacerlo manteniéndolas integras y  respetando el pacto de vasallaje formalizado por Carlos I con sus súbditos americanos.

El contexto internacional y los objetivos de Inglaterra

El otro tema fundamental que hay que tener en claro es cuál era la situación política en Europa al momento de producirse la Revolución de Mayo; y cuál era el objetivo principal que buscaba Inglaterra en ese contexto. Para ello tenemos que hacer un breve repaso histórico:

En el año 1700 murió el ultimo monarca de la dinastía de los Austrias, Carlos II “el hechizado”. Luego de su muerte se inició una guerra por la sucesión, ya que este había dejado por heredero en su testamento a un borbón, Felipe de Anjou, nieto del rey de Francia Luis XIV. La guerra terminó con la victoria borbónica frente a los partidarios de la Casa de Austria[4]

En realidad, los que mas se beneficiaron con esta guerra no fueron ni los españoles ni los franceses, sino los ingleses. Como dice Julio Irazusta “el siglo XVIII vio salir de la Guerra de la Sucesion española una Inglaterra pujante que aspiraba al primer rango en el mundo[5]

En España el advenimiento de los borbones significó el abandono del ideal evangelizador de la hispanidad (que legitimó la conquista), y la instauración del absolutismo, el regalismo, y el centralismo administrativo al modo francés. A partir de entonces, las cortes españolas se llenaron de iluministas y masones,  como el marqués de Esquilache, Floridablanca, Cabarrus, Campomanes y el conde de Aranda; que difundieron las ideas de la Ilustración francesa[6].

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, España y Francia firmaron los tratados de San Ildelfonso, una alianza para enfrentar a Inglaterra. Como consecuencia de ellos España entró en guerra al lado de Napoleón en contra de Inglaterra[7]. Esta guerra fue nefasta para España. De esta época son los planes ingleses para apoderarse de América. En 1805 la flota española fue destruida en Trafalgar y entonces Inglaterra con el mar a su disposición pudo realizar sus fracasadas invasiones de 1806 y 1807 en Buenos Aires.

Pero esta situación –de guerra entre España e Inglaterra- cambio drásticamente en 1808, cuando Napoleón se aprovechó que Carlos IV le había permitido pasar por España para atacar a Portugal, para apoderarse también de España[8]. El pueblo indignado ante esto se amotinó en Aranjuez y Carlos IV tuvo que destituir al primer ministro (el favorito de la reina) Manuel Godoy y abdicar a favor de su hijo Fernando.

Napoleón entonces citó a los dos a una conferencia en Bayona y allí ambos abdicaron a favor del corso, quien a su vez le pasó la corona a su hermano José Bonaparte.

Al enterarse de esto, la mayoría de los españoles se resistieron a Bonaparte, sobretodo en el sur y formaron juntas de gobierno a nombre del rey cautivo. Estas juntas enviaron representantes a Inglaterra y se firmó la paz.

A partir de entonces las relaciones entre ambos países cambiaron completamente. En enero de 1809 se firmó el tratado Apodaca- Canning e Inglaterra pasó a ser no solo la aliada de España sino también su protectora[9].

En consecuencia, para no afectar la lucha contra Napoleón que se libraba en la península, los ingleses dejaron de lado todos sus planes para apoderarse de las posesiones españolas en América o para promover la independencia de estas, y buscaron a toda costa que en estas tierras se mantuviera la paz.

Fue por eso que al otro día de producida la Revolución de Mayo en Buenos Aires, se presentó ante la Junta una comitiva al mando del capitán inglés Charles Montagu Fabian, para averiguar cuáles eran las intenciones de los patriotas; y luego de ello informó al Almirantazgo británico que Saavedra le había manifestado en esa reunión que “las intenciones y deseos de la Junta eran de continuar la más firme alianza con el rey  de Gran Bretaña para la defensa de los dominios de nuestro rey Fernando VII”. Así mismo informó que Juan José Castelli había dicho que estaban “determinados a hacer todo lo posible para conservar estos dominios para su amado Soberano el rey Fernando…”; a lo que el oficial inglés, satisfecho, les había contestado que: “estaba muy reconocido hacia la Junta por la declaración de sus sentimientos de adhesión a Inglaterra y de continuar constantes en su lealtad al rey Fernando”.

Esta postura de la Junta fue ratificada poco después, en junio, cuando el enviado de ella, Matías Irigoyen, le comunicó a Lord Strangford que “no tenían en el momento ninguna mira ulterior de independencia”[10].

Tal es así esto que, en efecto, no existe ningún documento de 1810, ni público ni privado, en que los patriotas mencionen la palabra independencia.

De modo pues que ni Inglaterra, ni los patriotas buscaban por entonces una declaración de independencia. En realidad, como dice Enrique Diaz Araujo, “Bonaparte era el único que si pensaba en la independencia americana, con vistas a perjudicar a Inglaterra y a España…[11]

Sin embargo, el Corso estaba muy lejos de lograr ese deseo, pues la alianza entre Inglaterra y España era tan estrecha y real que su Majestad Británica declaró públicamente -el 13 de julio de 1810- que consideraba a “la vigorosa prosecución de la contienda en la península ibérica como esencialmente relacionada con la seguridad de sus propios dominios… (y que) la independencia e integridad de las monarquías españolas y portuguesas, y los verdaderos intereses de ambas, están mezclados íntimamente con la seguridad del imperio británico.”

En efecto, para Inglaterra la guerra contra Napoleón era de vital importancia, por lo que no sorprende que cambiara su política exterior y ya no tuviera como prioridad en América obtener el libre comercio, sino evitar que los americanos ocasionaran problemas al gobierno peninsular. Por ello, no solo se abstuvieron de incitar a los americanos a independizarse, sino que, por el contrario, les dejaron bien en claro a estos que no debían dar ese paso.

Así se lo hizo saber Lord Strangford a la Junta, por medio de las instrucciones que le dio a su agente Manuel Aniceto Padilla, en las que le ordenaba: “hacer presente al nuevo gobierno lo impolítico que sería por su parte ejecutar actos susceptibles de crear dificultades a la Gran Bretaña, mientras continúen sus relaciones con España… También hacerles presente, y  esto de una manera más urgente, lo loco y peligroso de toda declaración de independencia prematura, y de la necesidad, desde todo punto de vista, de que sigan preservado el nombre a la autoridad de su legítimo soberano.”[12]

Este cambio en los objetivos ingleses y la primacía que estos le dieron a sus intereses políticos (derrotar a Napoleón) por sobre la legalización del libre comercio también está bien documentado en una carta que lord Strangford le envía al Marqués de Wellesley el 1 de mayo de 1811, en la que informa que le hizo saber a la Junta “que la única pretensión que poseen los buenos oficios y  amistad de Gran Bretaña consiste en su total separación de Francia y en sus repetidas manifestaciones de lealtad a su legítimo soberano y no en las facilidades que habían concedido al comercio británico, que ellos parecían considerar como imponiendo a Gran Bretaña una obligación de aprobar o allanarse a todos sus procedimientos contra la madre patria.”

En definitiva: más allá que la historiografía liberal y anglófila haya querido imponer la idea de que la Revolución de Mayo es consecuencia de la política británica que buscó la independencia americana de España, lo real es que esta no tuvo tales objetivos ni ayudó en nada a los patriotas americanos.

La situación de la península y las disposiciones de la legislación española.

Finalmente debemos examinar cual era la situación de España antes de la revolución de Mayo y que preveía la legislación española para esa situación.

Sin lugar a dudas, la situación de España era de una notoria decadencia espiritual y material, a los ojos de muchos irreversible[13].

En el aspecto espiritual -como dijimos más arriba- la monarquía borbónica había abandonado el fin principal de su presencia en América, es decir, la evangelización. La expulsión de los jesuitas es el ejemplo más ilustrativo de ello. Pero, además, el clima moral en la corte borbónica era escandaloso. El rey Carlos IV, que había heredado de los Reyes Católicos el título de Su Majestad Católica, y  que por ende debía mostrar en público una vida coherente que  ese título; no solo se había rodeado de funcionarios masones e ilustrados, sino que toleraba los múltiples adulterios públicos y notorios de su esposa, la reina María Luisa de Borbón Parma; incluso había designado ministro a uno de sus amantes, el favorito, Manuel Godoy, un liberal partidario de la Ilustración y un corrupto[14].

Este ambiente de libertinaje desvergonzado, no solo era un insulto a la religión y a las buenas costumbres, sino que –a los ojos del pueblo- había desprestigiado enormemente a la monarquía.

Ahora bien, en el orden político, las cosas no estaban mejor.

Cuando Napoleón se apoderó del territorio español en 1808, y obligó a abdicar a Fernando VII; en la zona todavía no ocupada por los franceses se crearon Juntas de gobierno que luego se asociaron y dieron lugar a la Junta Central de Sevilla

Esta Junta, que gobernaba en nombre del monarca ausente, fue aceptada en América, a pesar de que no tenía ningún derecho a mandar en las Indias, era centralista y pretendía desconocer la autonomía de los americanos[15]. En efecto, en un manifiesto de fecha 26 de octubre de 1808, decía lo siguiente: “Las relaciones con nuestras colonias serán estrechadas más fraternalmente”. Es decir, la Junta Central desconocía el status político de los reinos de Indias y pretendía no solo gobernarlos, sino tratarlos como una colonia.

Por otro lado, era un organismo totalmente controlado y dependiente de los ingleses. Así lo dice impecablemente José María Rosa: “Los españoles luchaban por su independencia contra Napoleón pagando el precio de abandonarse a la dependencia británica. El poder detrás del trono en Sevilla es el embajador inglés, marqués de Wellesley, hermano  mayor de Wellington, y nada podía hacerse sin su  apoyo o consentimiento[16].

Todas estas cosas sin duda se sabían en América, por eso algunos-como Juan José Castelli- ya por entonces decían que la Junta Central era ilegitima; y otros –como Cornelio  Saavedra- esperaban que “las brevas estén maduras”, es decir estaban atentos a la gota que colme el vaso. Y esa gota caería pronto…

En efecto, cuando cayó Sevilla a raíz de la debacle de las fuerzas anglo-españolas, los miembros de la Junta Central huyeron a Cádiz, que era el último reducto en manos españolas, pero al llegar allí, la junta de Cádiz los rechazó. Entonces estos se fueron al islote de León, cercano a Cádiz y bien protegido por los buques ingleses.

Allí buscaron escaparse en esos barcos, pero el vice cónsul ingles les exigió que antes de embarcarse nombrasen un consejo de regencia de 5 miembros, y les dio el nombre de 4 de ellos. Así fue que se armó el Consejo de Regencia, ese es el origen espurio del órgano político que se pretendía que los americanos acatasen. Una regencia que no la había nombrado nadie, que la armó Inglaterra, es decir que no tenía ninguna legitimidad, tal es así que Fernando VII cuando volvió los metió presos.

Esta situación de acefalia en el trono, de ocupación de toda la península española, y de ausencia de una autoridad legítima; es la causa del pronunciamiento de mayo. Y a este pronunciamiento se llega por aplicación lisa y llana de lo que preveía la misma legislación española.

En efecto, según mandaban las Partidas de Alfonso el Sabio[17], estando  vacante el trono, por enfermedad o incapacidad del rey, y si  este no había dejado regente, el poder  volvía a  los pueblos.

Y esta era la situación en España y esta es la normativa legal que se aplicó en mayo. Todo perfectamente legal, no hay ninguna sedición en lo hecho. El rey estaba preso en Valencai y no había dejado regente, entonces la ley establecía que el poder volvía al pueblo. Eso decía la ley, y eso mismo era lo que se enseñaba en la universidad de Charcas, el famoso el silogismo de Charcas que conocían todos los abogados como Moreno y Castelli que se habían recibido allá.

Esta teoría –como dice Diaz Araujo- no tiene nada que ver con la teoría del pueblo soberano de Rousseau o de Suarez, es una norma legal no es una cuestión ideológica.

Resumiendo entonces: la revolución de Mayo tiene una sola causa: la crisis de la monarquía española, puesta de manifiesto en la vacancia del trono, y la pretensión de una Regencia ilegitima de exigir la obediencia de los americanos que solo estaban obligados a obedecer al rey, puesto que los Reinos de indias estaban incorporados a la Corona de Castilla y eran autónomos.

Frente a esto, los patriotas hicieron lo que la ley les autorizaba:  formar Juntas como en España” y en ello no había aquí ninguna cuestión ideológica[18], ni estaba aquí la influencia de otras revoluciones como la francesa o de otras naciones. Era solo una cuestión de hecho –la acefalia de la Corona- para la cual la legislación española preveía un remedio. Nada más.

Por eso la Junta de Buenos Aires prestó su juramento con el fin de: “Sostener los derechos y prerrogativas de la ciudad, y los augustos de nuestro soberano el Sr Rey D. Fernando VII”.

Derechos y prerrogativas que legalmente existían, y que se ejercieron sin mengua alguna de los derechos del rey ausente, para preservar estas tierras de las acechanzas extranjeras. Por eso Saavedra, en su Memoria autógrafa dirá:A la ambición de Napoleón y a la de los ingleses de querer ser señores de esta América, se debe atribuir, la Revolución de Mayo de 1810[19].   

Lamentablemente, el regencismo, primero, y luego un rey estulto y felón, no lo quisieron ver así. Y hoy tampoco lo quieren ver –a pesar del tiempo transcurrido- quienes interpretan ideológicamente la historia, llevando agua al molino de los poderes extranjeros interesados en nuestra auto-denigración.

 



[1] Entre esos autores podemos citar a los carlistas José Antonio Ullate Fabo y Miguel Ayuso, o al publicista Patricio Lons.

[2] Este tema es tratado, con la solvencia que lo caracteriza, por el Dr Antonio Caponnnetto en su excelente e ineludible libro “Respuestas sobre la independencia”.

[3] Este tema fue estudiado minuciosamente por el Dr. Sergio Castaño en su formidable libro “La forma política de la monarquía indiana y el fundamento de legitimidad de las juntas americanas”, en donde demuestra con abundante documentación que los reinos de Indias gozaban de autonomía y no se confundían con los demás reinos que pertenecían a la Corona de Castilla.

[4] La guerra de la sucesión española terminó con la firma del Tratado de Utrecht, de consecuencias negativas para la economía americana ya que España le concedió a Inglaterra el derecho de establecer asientos de negros (para vender esclavos en las posesiones españolas) y el navío de permiso, para introducir mercaderías en América. Lo que muestra que Inglaterra, ya por entonces había puesto en la mira al comercio con la América hispana como fundamental para su desarrollo.

[5] Irazusta, Julio. La influencia económica británica en el Rio de la Plata. Ed. Eudeba. Bs As. Pag 7

[6] Una consecuencia de la llegada a España del absolutismo borbónico, será la expulsión de los jesuitas.

[7] Por la firma de estos tratados Carlos IV le entrego la Luisiana a Francia, violando el deber de conservar íntegros los territorios americanos. Ya anteriormente Carlos III había conculcado este principio de la intangibilidad de los reinos de Indias al ceder las misiones orientales al Portugal.

[8] El paso de las tropas francesas por España, para atacar al Portugal lo acordó Carlos IV con Napoleón en el tratado de Fontainebleu, firmado en 1807.

[9] Dice José María Rosa, en Defensa y perdida de nuestra independencia económica” que “Inglaterra no ha de arriesgar gratuitamente las tropas de Wellington y la escuadra… exige y obtiene Canning que se otorguen amplias facilidades al comercio ingles para volcarse en América… el 14 de enero de 1809, se firmó el tratado anglo-español (Apodaca –Canning) con la cláusula adicional de otorgar facilidades al comercio ingles en América”. Por su parte Julio Irazusta –en La influencia económica británica en el Rio de la Plata- señala que: “Con la perspectiva abierta por el tratado de 1809 los comerciantes ingleses despachan a la América del sur ingentes cargamentos de sus mercaderías industriales…Cisneros, nombrado virrey de Buenos Aires para reemplazar a Liniers, llega a destino poco menos que escoltado por una expedición comercial británica”.

[10] Diaz Araujo, Enrique. Mayo Revisado, Tomo 1, pag 318.. Editorial UCALP. La Plata, marzo 2010

[11] Diaz Araujo, Enrique. Ob. cit, pag 297.

[12] Ibidem, pag. 331.

[13] Entre quienes consideraban que España estaba sumida en una decadencia moral absoluta y perdida irremediablemente estaba José de San Martin, por eso volvió a su tierra natal, para salvar aquí los restos de la hispanidad.

[14] Era vox populi, por entonces, que al menos dos de los hijos de la reina era producto de su relación con Godoy.

[15]Incluso la Junta Central se negaba a reconocer la autonomía de las Juntas provinciales de la Península, por eso la Junta de Sevilla se negó a reconocerla. Los autores que repudian nuestra revolución de mayo no reparan este dato y no consideraran traidores y sediciosos a los miembros de la Junta de Sevilla

 

[16] Rosa, José María. Historia Argentina, T. 2. La Revolución. Bs As. Juan C. Granda. 1964, pag 115

[17] Número 15 de la ley  3, de la Partida Segunda título 19.

[18] La casi totalidad de los protagonistas de Mayo desconocía la literatura de los ideólogos de la revolución francesa; y cuando en América se habla de despotismo en la mayoría de los casos se lo hace teniendo en mente el despotismo de los liberales de la Junta Central o del Consejo de Regencia. 

[19] Esta expresión se corrobora perfectamente con numerosos documentos y con los hechos. No pasa lo mismo con la famosa expresión de “la máscara de Fernando VII”, la cual no se respalda en ningún documento y es por lo tanto o una confusión época, es decir que se utilizó en una época posterior, o una reelaboración políticamente correcta en función del momento en que fue escrita; es decir 19 años después de los hechos de mayo y cuando su autor tenía 70 años.


miércoles, 6 de mayo de 2026

Una respuesta al profesor Claudio Mayeregger

 

Por: Antonio Caponnetto


El Nacionalismo Católico y la realidad histórica

El pasado 17 de abril del corriente año, en el marco del Curso Anual: Resistencia Católica a la Revolución Anticristiana, impartido por el benemérito y querido Centro Pieper,el profesor Claudio Mayeregger dictó una conferencia titulada: “¿Qué es la Revolución?” (Versión disponible en https://www.youtube.com/live/8XdkskFy4ik?si=sUw2izGMDp6Q1iBa). Se trata de una enjundiosa y meritoria exposición, tanto por el extenso tiempo dedicado al análisis como por la hondura de los contenidos abordados y la versación desplegada en distintos ámbitos del saber. Quienes nos hemos beneficiado en ocasiones anteriores de otras lecciones suyas, sabemos cuán provechosas suelen ser y estamos prontos a manifestar nuestra gratitud.

         Sin embargo, hay algo, sobre todo en los momentos finales del discurso mentado, ante lo cual nos vemos obligados a disentir, con dolor cuanto con energía. En general se trata de su visión del proceso independentista hispanoamericano; en particular se trata de su opinión injustísimamente despectiva y tergiversadora respecto del Nacionalismo Católico Argentino. Sobre ambos tópicos repite –como si jamás hubiesen sido respondidos- los argumentos de los que se viene valiendo el Carlismo para agredir sin mesura ni genuino conocimiento a esta escuela nuestra identificada con el nombre de Nacionalismo Católico. Escuela que ha dado (sin mengua de los humanos defectos de toda obra terrena) desde pensadores insignes hasta mártires, desde varones de alta vara académica hasta modelos de vida testimonial; desde humanistas de nota y relieve hasta celosos defensores de nuestra identidad hispano-criolla.

Del párrafo precedente subrayamos la expresión: “como si jamás hubiesen sido respondidos”, porque hiere a la inteligencia por un lado, pero desmerece el rigor científico por otro, constatar que en un tema naturalmente polémico no se respeta el status quaestionis, encarándoselo incluso con calculada displicencia. Es como si abordáramos la controversia De Auxiliis desconociendo las recientes discusiones planteadas en espacios como Catholic Answers o Catholic Philosophy, o las posiciones de Stephen Brock ; o como si quisiéramos discutir sobre Pearl Harbor ignorando los estudios más recientes de Steve Twomey o Eri Hotta. Cuando un tema es de naturaleza controversial, se tome la postura que se tomase, el rigor intelectual exige no desconocer ninguna de las posiciones actuales en litigio, sopesándolas según recto saber y entender.

Incumpliendo esta norma necesaria, Mayeregger desacredita al Nacionalismo Católico por “la necesidad de rescatar como próceres cristianos a los próceres de la Revolución en Argentina. Y en la medida en que eso implica una operación de distorsión de la historia es algo completamente insano y ajeno a la verdad. Negar que hombres como Belgrano o José de San Martín tienen una ideología liberal profundamente arraigada en su mente, es negar una evidencia...”.

Curioso criterio éste y extrañísimo desconocimiento de los vaivenes de la historiografía nacional. El Nacionalismo Católico –principalmente a través de una de sus capitales aportaciones que fue el Revisionismo Histórico- tuvo el honor y el mérito de probar, contra viento y marea y a pesar de abrumadores pesares, que nuestro pasado había sido falsificado intencionalmente, con “errores a designio” y por una  banda de orates cuanto de mentirosos seriales, encabezados entre otros por la tríada maldita de Mitre, Sarmiento y Vicente Fidel López. Fueron ellos y sus secuaces los que durante larguísimo tiempo hilvanaron un relato ficto e ideológico “completamente insano y ajeno a la verdad”. Fueron ellos, liberales y masones, los que escamotearon “las evidencias” que probaban exactamente lo contrario de la imagen que querían transmitirle a la posteridad de hombres como Belgrano o San Martín. Un verdadero desquiciado mental cual lo fue Sarmiento (lo demostró entre otros el afamado psiquiatra Nerio Rojas), unos inescrupulosos como Mitre y López que se jactaron de haber fabricado nuestro pretérito con la crueldad de “un despotismo turco”, más una recua de personajes secundarios, como Agrelo, Albarellos o Félix Frías, que se gloriaron de proponer la falsificación histórica como política de Estado, quedan libres de culpa y cargo. Inventaron, entre otras cosas, que Belgrano y San Martín eran liberales y masones; y lo impusieron como dogma a multitud de generaciones.

 Irrumpe el Nacionalimo Católico y emprende la titánica tarea, en soledad y en aislamiento, de gritar la verdad desde los tejados. Pero para Mayeregger –funcional en esto al liberalismo historiográfico- los insanos y distorsionadores no son aquellos mentados artífices de la historia oficial, sino los nacionalistas católicos. No son los que saquearon intencionalmente los archivos, arrinconaron los repositorios documentales y torcieron la memoria colectiva para que las camadas venideras no supieran que habían sido traidores a la patria, sino los que posen “una actitud de Nacionalismo Católico” (sic). Algunos de los cuales a quienes llama insanos y distorsionadores ofrecieron literalmente su sangre, combatiendo también en el terreno de la verdad histórica. Y otros perdieron su fama, su hacienda y su honra, en los duros combates por una historiografía veraz. Negarlo, como hace el crítico, y ofender sus personalidades con los dicterios que les ha endilgado, es dejar documentada una liviandad e inequidad que no se condice con el señorío que le reconocemos.

Invitamos al profesor Mayeregger a retirar caballerescamente estos agraviantes cargos y a disculparse con la magnanimidad cristiana de la que lo sabemos capaz. Pero no a disculparse con nosotros (individualmente hablando), sino con esos preclaros maestros –sus nombres y libros suman centenas-  cuyo gran mérito fue paradójicamente el que aquí se les señala como defecto: haber rescatado la fisonomía cristiana de los auténticos próceres. Lo invitamos también a que recapacite sobre esta contradicción en la que incurre: ¿por qué los nacionalistas católicos deberíamos dejar de probar que determinados próceres fueron cristianos, mientras muchos de sus impugnadores insisten en querer probar que la monarquía borbónica era legítima, y no una canallesca tiranía esclava de Napoleón, ante la cual cabía necesariamente el derecho de resistencia? ¿Por qué el Nacionalismo Católico debería abandonar “la mala costumbre” de construir revolucionarios en próceres cristianos, mientras la historiografía carlista sigue convirtiendo  a sus caudillos “realistas” en paladines de la tradición y de la restauración contrarrevolucionaria, sin tener en cuenta que abundaron entre ellos masonetes, logiados, agentes napoleónicos, cooperadores de los planes británicos, segregacionistas, déspotas ilustrados o crueles sayones de una monarquía ilícita y servil. Los nombres abundan y los tristes ejemplos también.

 Llevamos algunos años investigando el punto. Precisamente esta respuesta al profesor Mayeregger nos toma leyendo un valioso y erudito trabajo reciente del Dr. Sergio Castaño, “La forma de la monarquía indiana y el fundamento de legitimidad de las Juntas Americanas de 1808-1810”. Lo recomendamos vivamente, tras la experiencia personal de sacar un fecundo provecho de cada una de sus páginas. Y ha sido editado por la Complutense de Madrid, señal de que en la Madre Patria no todos se han dado al irrecomendable oficio de desconocer y de desmerecer las aportaciones del mejor revisionismo católico y argentino.

En segundo lugar, tampoco es cierto que el Nacionalismo Católico se propuso “rescatar como próceres cristianos a los próceres de la Revolución Argentina”; como quien dice que se propuso inventar que los demonios no se habían rebelado contra Dios o que todos los porteños son desinteresados. Se propuso separar el trigo de la cizaña, defender lo defendible y no tener miedo de decir la verdad, según la conocida fórmula ciceroniana. Por eso, reivindicó como cristianos a quienes las evidencias lo probaban con creces. Y apuntó severamente el índice acusador contra aquellos “patriotas” que habían sido probadamente jacobinos, iluministas, francmasones, hispanófobos, agentes extranjeros y felones capaces de repugantes arterías. Sirvan de ejemplo San Martín y Sarmiento.

No en vano el primero –que ya había tenido que castigar en Cuyo las indecencias furibundas del padre del segundo- cuando fue visitado por el sanjuanino, en mayo de 1846, en Grand Bourg, discrepó ásperamente con él. Y se le atribuye una carta enviada a posteriori en la que habría sostenido que “Sarmiento es simplemente un mal argentino, un hombre que todo lo sacrifica a su vanidad y a su odio”, autor de “escritos más propios para excitar pasiones que para servir a la patria”. Sarmiento, por su parte, es bien conocido que tras la entrevista dejó estampado su hiriente juicio adverso hacia el General, como puede leerse en su Galería de hombres célebres, editado en Chile en 1854. Lo llamó, entre otras cosas, ariete desmontado y anciano reblandecido y ajado. Por eso desconcierta que Mayereggen sostenga que “San Martín es un claro antecedente de Sarmiento, y que su común denominador es la consideración de “los pueblos de la América Hispana” como “pueblos retrasados, sumergidos en la ignorancia, pauperizados por un régimen colonial injustísimo”, así como por “la admiración que tributan a los Estados Unidos de Norteamérica”.

Ninguno de los aborrecibles vituperios a la Hispanidad esparcidos a lo largo de la viscosa obra del sanjuanino, aparecen en el pensamiento de San Martín, estampado, por ejemplo, en su nutrida correspondencia. Así como niguno de los desacertados elogios atribuidos por Sarmiento a Norteamérica, sobre todo en su libro “Viajes por los Estados Unidos”, se hallará en los textos o en los actos sanmartinianos. En las antípodas estuvo, por ejemplo, de aprobar el régimen esclavista yanky, la Doctrina Monroe o la atrocidad del Destino Manifiesto. En las antípodas de considerar que lo hispano-criollo fuera sinónimo de barbarie, y que la civilización ingresa en la historia por las puertas del universo anglo francés. En las antípodas de venerar a Franklin por sobre Jesucristo, como lo estampó Domingo Faustino para su oprobio; o de acarrear al por mayor maestras protestantes, prontas para lavarnos el cerebro al amparo de la ominosa Ley 1420.

Cuando San Martín critica la acción de España en América –y efectivamente lo hizo- se refiere principalmente a los efectos causados por la tiranía borbónica y a lo que daba en llamar con frecuencia “el estúpido Partido Fernandino”. Lo criticado era el régimen de sumisión, esclavismo, mercantilización de estas tierras, abuso de poder y despreocupación por los derechos soberanos de nuestros espacios americanos, a los cuales se los trataba de hecho como factorías o colonias. Lo criticado no era la España Eterna, cuyos paradigmas mencionó en ocasiones, por caso el Quijote, Alfonso el Sabio o Santa Teresa de Jesús, sino el españolismo decadente y entreguista, de cuyos males había sido testigo presencial y doliente.  Pero en su ideario, en sus recuerdos, en su forma mentis y en su ethos, están siempre presentes los valores y los maestros hispánicos de los que se nutrió en los años capitales de su formación. Venimos de probarlo en nuestro libro “José de San Martín: Arquetipo de la Hispanidad”.

Recuérdese además las condenas tajantes de San Martín a los masones rivadavianos, acusándolos de ser “unos cuantos demagogos que, con sus locas teorías, lo han precipitado[al país] en los males que lo afligen y dándole el pernicioso ejemplo de perseguir a los hombres de bien, sin reparar en los medios. Se lo dice a Tomás Guido en conocida epístola de enero de 1829. Ahora bien:¿de dónde venían esas locas teorías, esos pensamientos demagógicos y esos perniciosos ejemplos? No de la barbarie española anatematizada por Sarmiento; sino, contrariamente, del pensamiento iluminista anglosajón que San Martín advertía claramente en aquellos círculos apátridas de su archi enemigo Bernardino Rivadavia. El pensamiento político de San Martín conduce al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Gobierno al que precisamente Sarmiento atacó hasta el  hartazgo, descalificando al caudillo por ser “el Felipe II de América”. Mayor oposición imposible. A la vista de estos renglones a vuelapluma que ofrecemos como cordial protesta, ¿puede el profesor Mayeregger seguir sosteniendo que nosotros “manejamos la realidad ideológicamente, y no según la realidad”(sic)? ¿Qué afirmación o qué hecho de los que venimos mencionando en sintético pantallazo, entran en colisión con la realidad? ¿Qué servicio se le presta a la Revolución, haciendo lo contrario de la Revolución en el vital terreno de los estudios históricos? Por eso, nuestro Nacionalismo, repugna de las ideologías y levanta una Doctrina de Guerra Contrarrevolucionaria. Lo enseñó Jordán Bruno Genta, y le quitaron la vida por hacerlo.

 

El caso del obispo Nicolás Videla del Pino

       El profesor Mayeregger,para probar su tesis de que los próceres independentistas eran peligrosamente revolucionarios, ha elegido un ejemplo que nunca debió haber elegido. Excepto, repetimos, que quiera dejar documentada su indolencia e ingravidez en la materia  que aborda.

Si hay un tema histórico argentino correspondiente a la segunda década del siglo XIX que ha sido y sigue siendo objeto de sesudas e interminables investigaciones y disputas, pues ese ha sido el caso del precitado obispo salteño. Hasta donde tenemos noticia fue escasos seis años atrás,en diciembre de 2019, precisamente en Salta, con ocasión del bicentenario de la muerte del prelado, la última vez que se llevaron a cabo unas Jornadas dedicadas a rendirle homenaje y a actualizar el problema historiográfico que ha suscitado durante dos siglos.

Historiadores de distintas corrientes, durante largo tiempo, se ocuparon de la cuestión. Desde clásicos de la escuela federalista como Bernardo Frías, Atilio Cornejo o Luis Güemes, hasta prestigiosísimos revisionistas como Vicente Sierra, pasando por destacados investigadores científicos como Cayetano Bruno, Abelardo Levaggi, Oscar Acevedo, Pedro Grenon, Gabriel Foncillas, Pedro Martínez, María Irene Romero y una nómina que sigue extensamente. Quien quiera acceder de modo rápido e integral a una valiosa y completa síntesis de la disputatio, puede hacerlo en Hispania Sacra, LXVI, 133, enero-junio 2014, 133-177, ISSN: 0018-215X, doi: 10.3989/hs.2013.049: Emiliano Sánchez Pérez, Institutum Historicum Agustinianum, “El obispo Nicolás Videla y el General Belgrano”. Por supuesto que puede buscarse y leerse cómodamente de manera digital.

Haciendo caso omiso de cualquier referencia a tan compleja discusión, el profesor Mayereggen despacha el caso en dos líneas: “Manuel Belgrano hace preso y manda preso desde Salta a Rosario al obispo Monseñor Videla del Pino, por actividades contrarias al Gobierno de Buenos Aires, por oponerse  a la Revolución. ¿Eso qué es? ¿Es un gesto profundamente católico; es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano de la sociedad del Reyno de Indias?”.

Empecemos por las preguntas retóricas y sarcásticas. No; el gesto de Belgrano al encarcelar al obispo no es ni profunda ni superficialmente católico. No está en juego la Fe, ni se lo apresa por odio a Cristo, a la Iglesia o al Credo. Es la acción punitiva contra la sospecha de un delito civil concreto, cual sería el de pasarle información al despiadado José Manuel de Goyeneche, general de un ejército contrincante en una guerra fratricida. La Religión no es la cuestionada; la Jerarquía, per se, no es puesta en la picota. Tampoco la Cátedra de Pedro y la sucesión apostólica. Mucho menos la conservación del orden tradicional. Se lo supone espía al servicio de la causa “realista”, a la que el mismo obispo había declarado pública y solemnemente no pertenecer, y se actúa según los protocolos vigentes –aquí y en España- basados en los principios regalistas y en las facultades otorgadas por el Patronato. Si las conductas contra el obispo hubiesen sido de carácter eclesiológico, su fuero debía haber sido el eclesiástico y juzgado por sus tribunales específicos. Pero no. La acusación que recibía era un delito incluido en los llamados “casos de corte”, que implicaba su desafuero y el sometimiento a la justicia ordinaria. Actuar de este modo era, paradójicamente, conservar el orden tradicional cristiano, pues los “casos de corte”, hasta donde sabemos, se remontan hacia fines del siglo XIII, principalmente en el territorio de Zamora.

No entendemos por qué el crítico omite los casos de los obispos apresados, exiliados, desterrados y maltratados por Fernando VII, como los de quienes no aceptaron la Constitución de 1812, o los llamados regalistas moderados, como Luis María de Borbón y Vallabriga, Arzobispo de Toledo; o los conocidos como “obispos constitucionales”, o los sometidos al acoso constante de las llamadas “Juntas de Fe”. Hacia 1825, el 80% de los obispos españoles habían sido nombrados a piacere, directamente por el monarca, y a los que no se le sometían a su yugo sólo les esperaba graves represalias. Nos preguntamos con Mayeregger: “¿Esto es un gesto profundamente católico?” “¿Esto es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano?”

Tampoco entendemos por qué se callan los asesinatos de los llamados “curas patriotas” o de las sangrientas acciones represivas contra ellos. Los nombres de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Ildefonso Escolástico de las Muñecas, José Vicente Camargo, no pueden ser ocultados. Las atrocidades cometidas contra el “clero revolucionario” por los jefes realistas, como José Manuel de Goyeneche, Joaquín de la Pezuela o José Tomás Millán de Boves, mucho menos. Nosotros dejamos asentados en muchísimos escritos nuestro rechazo visceral ante la chifladura homicida del “Plan de Operaciones” de Moreno o la llamada “Guerra a muerte” de Nicolás Briceño o de Simón Bolívar, pero no encontramos repulsas equivalentes cuando las represiones espantosas las cometen en nombre del Rey.  Volvemos a preguntarnos con Mayeregger: “¿Esto es un gesto profundamente católico?”.“¿Esto es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano?”. La sangre que el virrey Abascal ordenó derramar a raudales en Larecaja o Goyeneche tras su triunfo de Huaqui, no hizo acepción de personas, laicas o religiosas, mujeres, niños y soldados. Y no sabemos en qué pudo haber contribuido todo este desmán a restaurar una sociedad cristianamente ordenada.

Conste –y le dedicamos un párrafo aparte a asentar esta constancia- que no estamos defendiendo necesariamente las ideas o las acciones de los obispos y de los curas que padecieron los  castigos de Fernando VII o de los jefes realistas. Sólo decimos que tomar aisladamente el episodio de Belgrano con Monseñor Videla del Pino, no es un buen método para  encontrar la verdad histórica. Tanto menos cuando no se sabe contar lo que realmente aconteció.

Por otra parte al profesor Mayeregger le sucede lo que dice Gómez Dávila: no acierta a encontrar las soluciones a los problemas porque las buscan en ámbitos equivocados. Para solucionar un problema cardíaco no puedo asistir al podólogo. Si el crítico quiere encontrar “gestos profundamente católicos” o de “conservación del orden tradicional” en Manuel Belgrano, los hallará a raudales en sus Memorias, en su Autobiografía, en su Epistolario, en sus proclamas, en su correspondencia con Pío Tristán, en sus comportamientos castrenses, en su espiritualidad dominicana, en sus principios para adoctrinar a la niñez y a la juventud en los establecimientos educativos que fundara, en sus ennoblecedores gestos marianos, en su devoción acrisolada y sincera. Le recomendamos vivamente al respecto que se anoticie con alguna pormenorización de su proyecto monárquico carlotista. Es aquí donde se ve con nitidez el fidelismo de Belgrano al sistema monárquico, el rechazo por el republicanismo moderno (“república frenética” se la califica), el desprecio ante esa “vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata”, a quienes desean “prestar oídos a los silbidos que quieren inducirnos a la democracia”, el temor ante los levantamientos revolucionarios que consideraba peligrosos incendios sociales, la aversión por la injerencia británica, y la búsqueda de una autonomía para estos lares que no significara segregacionismo alguno. Mucho menos de los bienes espirituales recibidos. Otrosí sería recomendable conocer las proposiciones diplomáticas belgranianas, cuando entre 1814 y 1815, viajó a España con el proyecto de encontrar un consenso político con el mismísimo Fernando VII. Siempre será oportuno sobre el particular, el estudio provechoso del libro de Bernardo Lozier Almazán, titulado “Proyectos monárquicos en el Río de la Plata. 1808-1825”.Todo cuanto hemos aludido y entrecomillado al pasar en el párrafo precedente se podrá encontrar documentado con amplitud en esta obra, de la cual tomamos la información ut supra.

 

 

¿Qué sucedió entonces realmente entre Belgrano y el obispo?

Daremos una respuesta esquemática porque, como ya dijimos, el material documental es inmenso.

1)El obispo nunca fue enviado a Rosario. Conocida la orden de arresto estuvo largos meses prófugo, esperando que se aclarara su situación, hasta que –merced a los buenos consejos de quienes lo asistieron durante la huida- se entregó al Gobernador de Salta, el 17 de abril de 1812. El Gobernador, en carta a Belgrano del 4 de agosto de 1812, le comunica que, a pesar del agravante de haberse fugado, el obispo había sido restituido “con toda tranquilidad a su casa”, esperando que se cumpla la orden del destierro.

2)El destino final del susodicho destierro era Buenos Aires. Está en duda acerca de si pasó fugazmente por San Luis, pero lo seguro es que estuvo alojado en Río Cuarto, en casa de sus familiares directos, atendido por dos diligentes sobrinos, Ignacio Correa y Marcelino González. En esa casa ejerció su ministerio, administró los sacramentos y ordenó nuevos sacerdotes, algunos incluso venidos de Chile. Lo mismo haría en Buenos Aires, alojado dignamente en el Convento de los Mercedarios. Hasta que murió en 1819, recibiendo sepultura acorde con su rango. El mismo Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón se interesó personalmente por las exequias.

3)El obispo estuvo desde el principio con la causa de la Revolución y apoyó a las llamadas fuerzas “patriotas”. Consta de muchas maneras distintas cuanto decimos. Por ejemplo en el Acta del Cabildo Abierto del 19 de junio de 1810, en Salta. En la ocasión, hablando por el clero todo de la provincia, adhiere a la Primera Junta, y concluye diciendo: fiel, leal y amante del Rey y Señor, debe esta Capital unirse con la de Buenos Aires, contemporizando y siguiendo sus designios y cooperando por su parte a su ejecución”. Fruto de su beneplácito por la causa patriota es su Instrucción Pastoral de 1812, cuya súplica era: “pro pia sacta nostrae libertatis causa”: por la piadosa y santa causa de nuestra libertad. Mayor revelación de su obediencia a las nuevas instituciones de gobierno, imposible.

4) Monseñor Videla del Pino se pasó todos los años que duró su enjuiciamiento, ratificando que había sido acusado pérfidamente de “realista”, valiéndose de ardides y de trampas que se le tendieron. Incluso se probó la falsificación de cartas, cuyos originales nunca aparecieron, y de firmas o rúbricas que sometidas a pericias caligráficas fueron desestimadas por inauténticas. El prestigioso jurista e historiador Abelardo Levaggi, a quien ya hemos mencionado, en una solvente investigación intitulada “El proceso a Mons. Videla del Pino”( Épocas, Revista de la Escuela de Historia, Usal, 1: 37-65,2007), demostró los graves vicios que se sustanciaron en el juicio, la fragilidad de las pruebas y las firmas apócrifas.

5)El obispo reconoció y juró obediencia a la Soberana Asamblea del año XIII, como posteriormente haría lo propio con el Soberano Congreso reunido en la ciudad de Tucumán. Se conserva el epistolario de Videla del Pino al Congreso, y en una de esas misivas le aseguraba “reconocimiento y fidelidad a la soberanía, ofreciendo ponerle en marcha para esta ciudad a prestarle este homenaje personalmente”. El 7 de junio de 1817, Videla del Pino, arrodillado delante de un crucifijo, y con la mano en los Santos Evangelios, prestó juramento ante Pedro Ignacio Rivera, Presidente y abogado graduado en Chuquisaca. Así el discutido prelado se adhería y juraba fidelidad al nuevo régimen establecido en el Río de la Plata, y su independencia del rey de España Fernando VII, sus sucesores, metrópoli y de toda dominación extranjera.

6) Hay una carta de Manuel Belgrano, dirigida al Dr. Luis Bernardo Echenique (cfr. AGN, Sala X, 4-7-2, Cuartel General de Campo Santo, 26 de abril de 1812), que prueba con singular contundencia lo que venimos diciendo desde el principio; que Manuel Belgrano no guardaba hacia el Obispo ninguna querella vinculada a la Fe, a la Iglesia, al Dogma, ni a los valores perennes del Orden Cristiano. Ninguna categoría de La Revolución –en el sentido filosófico y teológico que el término contiene- fue aplicada para juzgar su conducta. Leamos sus principales párrafos: “Ud. es testigo de mis sentimientos, y cuanto me ha penetrado la fuga u ocultación del Ilustrísimo señor Obispo de esta diócesis. Veo con dolor las perjudiciales consecuencias que este procedimiento puede traer al honor de su Señoría Ilustrísima, y no menos al

gobierno de su santa Iglesia, y a la cura de las almas de sus feligreses. Deseo remediar estos males, y quisiera que Ud. se tomase a su cargo hacer las indagaciones precisas, para que su Ilustrísima, vuelva a mis brazos, y vuelva a consolarnos. Que siento yo mismo los trabajos que pasará con su avanzada edad, sea cualesquiera el medio que hubiese adoptado. Aseguro a Ud, con toda la sinceridad de mi corazón, que hallará en mí, cuanto pueda desear y sea compatible con el honor y decoro de mi cargo. Le manifesté toda la confianza

correspondiente a su carácter, dignidad y a los talentos y conocimientos que le adornan. Esa misma le dispensaré en todos los instantes, si Ud. llegase a tener, la suerte de encontrarlo. Clámele Ud., por Dios eterno, que no abandone su grey, que no me dé el sentimiento de verlo rodeado de soldados, y sí de sus familiares, y demás ministros que deben acompañarle. Suplico a Ud., que le exprese todo cuanto me ha oído, y de todas las demostraciones de sensibilidad, que ha presenciado en mí, por su dignidad, por su carácter y por sus años. Usted lleva todas mis facultades, y nadie será osado a perturbar cualesquiera de sus diligencias [...]. Usted tendrá el reconocimiento de todos, y en particular de su siempre afectísimo amigo. Manuel Belgrano.

         Volvemos a parafrasear al profesor Mayeregger: ¿no es este acaso un gesto profundamente católico y de conservación del orden tradicional cristiano de la sociedad? Le está suplicando al obispo como súbdito y feligrés, como parroquiano y creyente, que no abandone a su grey, que no los prive de sus enseñanzas, consuelo y guía. Si estos fueron los revolucionarios de nuestro movimiento independentista, no vemos quejas ni reproches hacia el Nacionalismo Católico que exaltó las virtudes cristianas de los genuinos próceres hispanoamericanos. Y que, por contraste, vituperó a sus contrapartidas, no pocas lamentablemente.

         7) Sorprende aún más de todo cuanto venimos diciendo, el constatar que existe una cálida correspondencia entre el obispo, ya desterrado, y su sancionador, esto es, el propio general Belgrano. Pongamos un ejemplo. Es la carta escrita desde Jujuy el 26 de mayo de 1813, en respuesta a una misiva de Monseñor Videla del Pino. (Cfr. AGN, Carta de Belgrano a Videla, Sala X, 4-7-2, Jujuy 26 de mayo de 1813). Dice así: : «me lisonjeo sobremanera de que V. S. I., se haya dignado honrarme con sus letras de 24 del pasado manifiestamente, lo que me es grato, que me tiene en su memoria delante del Santísimo al paso que siento en mi corazón la indisposición de salud que V. S. I. padece,y que si estuviera en mis manos, remediaría, pues jamás he dejado de tener a V. S. I., las consideraciones, respetos y miramientos con soy de V. S. I. y le pido su bendición”. ¿De veras se nos quiere hacer creer que hombres de esta talla son los villanos de La Revolución, decapitadores de la clerecía y propulsores de una sociedad anticristiana en Indias?

         No conviene olvidarse asimismo –en este episodio controversial que estamos abordando- de otro “revolucionario” denostado por la ingrata y torcida historiografía carlista. Nos referimos a Martín Miguel de Güemes. Enterado el heroico gobernador de que el querido obispo había sido amnistiado, le remitió una carta fechada el 14 de agosto de 1815, en la cual ponía a su disposición todos los medios necesarios para su retorno y recepción, con los honores y dignidades propios de su investidura. Lamentablemente dicho retorno no fue posible –por causas absolutamente ajenas al Caudillo- pero si sabemos por otra carta de Güemes, remitida el 4 de noviembre de 1817 al Secretario de Estado del Departamento de Hacienda

(Cfr.AGN,Carta de Martín de Güemes al Secretario de Estado del Departamento de Hacienda sobre los bienes y adeudamientos a Videla, Sala IX, 31-9-2, Salta 4 de noviembre de 1817) que lo urgió al funcionario  a que auxiliase al obispo, y “se le abonasen por debérsele, por sus rentas, la cantidad de diez y seis mil doscientos de renta y tres pesos y un cuartillo”. Recomendamos al respecto la lectura de Luis Oscar Colmenares, “La formación católica de Martín Miguel de Güemes”(Mikael, 19, Paraná, 1979, p. 111-122).

Insistimos: más allá de todos los defectos, errores, culpas, extravíos, etc, que quieran endilgársele a ciertos protagonistas de nuestro independentismo; y dejando perfectamente a salvo que somos los primeros en levantar los índices acusadores contra quienes merecen ser descalificados por su liberalismo, masonismo y jacobinismo, ¿cómo es posible que se use para probar el anticatolicismo de Mayo un hecho histórico que demuestra exactamente lo contrario?; ¿cómo es posible que un episodio en el que refulgen con nitidez los vestigios del Orden Cristiano y los propósitos de edificar una sociedad que no reniegue de sus tradiciones hispano-criollas, se le presente a los desprevenidos como la flagrancia de un delito de lesa Revolución?

8)A todo esto, no queremos eludir una cuestión que se nos impone. En el desencuentro entre Belgrano y Monseñor Videla del Pino, el primero pecó contra la prudencia. Actuó de modo precipitado, impremeditado, dejándose llevar por destemplanzas, desinformaciones y malos consejeros. Podríamos buscarle algún atenuante; pero la verdad es que su conducta le causó un daño irreparable al obispo, quien vivio un largo lustro de peripecias, soportando maledicencias y burocracias interminables. Pero el obispo no fue un mártir de La Revolución ,ni en el sentido universal ni en el local del término. No fue una víctima del anticlericalismo, ni un perseguido a causa de su fe, ni un castigado por su fidelidad a la Iglesia. El Antiguo Orden ( ya dijimos decenas de veces que fue odiado por los que hicieron de la independencia una ideología segregacionista) no se puso en jaque en el caso de Videla del Pino. Al contrario, el caso prueba la existencia de sólidos vestigios y remanentes de un fidelismo monárquico, católico, jerárquico e hispano-criollo. Y  rescata en tal sentido que eran esos los bienes que caracterizaban la personalidad de Manuel Belgrano.

Dos colofones

       -El primero es que esta nota, escrita al galope, es una respuesta, como se la titula. Pero cabrían otras varias, porque la conferencia dentro de la cual se expresaron tan debatibles criterios, tiene una larga y jugosísima extensión, y para disentir o marcar ciertos matices diferenciadores, deberíamos abandonar nuestros actuales estudios. Y aunque se titula incluyendo expresamente el nombre del profesor Claudio Mayereggen, no es él propiamente su destinatario, sino aquellos oyentes o leyentes a quienes sus opiniones puedan afectar, distorsionar o sesgar determinados hechos, personajes y conceptos. Estamos acostumbrados al debate. Cuando es entre afines –ya nos ha pasado- nos causa un profundo y lacerante dolor que confesamos con redonda sinceridad. Por eso preferimos no proseguir la disputa; optando por difundir lo mayormente posible estas respetuosas rectificaciones entre quienes más las necesiten. Porque conocemos algo la naturaleza humana. Hombres como el profesor Mayereggen no van a abandonar esa “cierta tendencia a la infalibilidad”, a la que se refería el maestro Rubén Calderón Bouchet para retratar a determinados intelectuales. Parece además que en ellos –identificados como se dejan ver con las opciones carlistas- ha cundido el mal ejemplo de Miguel Ayuso, cuyo más reciente pasatiempo es insultar específicamente al Nacionalismo Católico Argentino, con los peores denuestos. En un libro próximo a salir (“Ejemplos de Hispanidad”) venimos de salirle al cruce de un bramido suyo reciente (Cfr. Hispanidad e <Hispanidades>; un problema contemporáneo. Cfr. Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 28, nº 61. Primer cuatrimestre de 2026. Pp. 381-401). Eso sí, a ninguno de ellos se les cae siquiera un tenue vituperio contra la judeomasonería, el genocidio sionista o los estragos del Imperialismo Internacional del Dinero. Los excecrables enemigos de Occidente -¡vaya con las cabriolas de la vida!- somos hoy los nacionalistas católicos argentinos. A quienes todo podrá decírseles, menos que no asumieron la defensa de la Hispanidad, cuando no se había convertido aún en la rentada industria del bestsellerismo.

         -El segundo y postrero colofón lo hemos hecho objeto de ciertas escrupulosas consideraciones. Porque nos obliga a internarnos en el desaconsejable ámbito del autorreferencialismo, con los riesgos que conlleva tamaña postura. Asumiendo pues el referido riesgo, y confiando en la buena voluntad de los lectores amigos, abandonamos el uso de la tercera persona, para decir algo que, en conciencia, no puedo callar. Soy autor de tres volúmenes sobre “Los críticos del revisionismo histórico”. De obras que completan a esta tríada como “Notas sobre Juan Manuel de Rosas”, “Independencia y Nacionalismo”, “Respuestas sobre la Independencia”, “Patria, Tradición y Nacionalismo”, “San Martín: arquetipo de la Hispanidad” y una en las vísperas: “Ejemplos de Hispanidad”. Miles de páginas –literaliter- sobre cuyo valor no cometeré la imprudencia de emitir un juicio. Pero que si las menciono es porque creo que, en justicia, me eximen, ante casos como el de esta “Respuesta”, de entrar en mayores detalles. Miles de páginas que, aunque más no fuera, me confieren la mínima autoridad para contarme entre los anoticiados del tema. Pero sobre todo, y a esto quiero llegar, miles de páginas que quienes ofenden al Nacionalismo Católico Argentino y al Revisionismo Histórico, no tienen la fortaleza de leer, comentar, considerar; de convertirlas, en suma, en objeto de reflexión y de análisis; de internarse en su criteriología, en sus meandros argumentativos, en sus fuentes consultadas o referidas. Son también ellos, o principalmente ellos, los victimarios de la conspiración de silencio. Por eso, al principiar esta “Respuesta” manifestábamos nuestra perplejidad ante los argumentos del profesor Mayeregger, lanzados con levedad y cuasi al modo de una primicia,como si jamás hubiesen sido respondidos”, según dije. ¿Se puede, repetimos, hablar de un tema debatible sin conocer el estado actual de la cuestión? Sí, claro. Se puede. Pero no se hará ciencia, investigación completa, argumentación exhaustiva o cosmovisión globalizante.

         Punto final ya. Que el buen entendedor entienda, que el ofensor siga su negro oficio, que el poseedor de la docilidad a la verdad ejercite este don y lo conserve. Porque quien es dócil a la verdad posee un genuino tesoro. 

 

         Ciudad de la Santísima Trinidad, 6 de Mayo de 2026.