jueves, 19 de marzo de 2026

Capacidad para el gobierno propio

 

Por: Julio Irazusta

La instalación del primer gobierno propio reveló en nuestra comunidad una aptitud para manejarse por sí mismo, tal vez la causa decisiva que provocó más tarde la declaración de independencia. El acierto casi infalible del caudillo y del pueblo despierta la admiración sin reserva, y fue el origen de los éxitos posteriores. La previsión de Cornelio Saavedra adivina la llegada del momento dorado, y le permite prepararse a aprovecharlo. Sus dichos antes de la ocasión: «no es el tiempo, dejen Vds. que la brevas maduren y entonces las comeremos»; y cuando ella se ha producido: «ahora digo no sólo que es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora», encierran la mejor lección para el aprovechamiento de las oportunidades estelares, oportunidades que son los pivotes del engrandecimiento para las naciones. Cuando el jefe de Patricios dijo al virrey: «no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses. Hemos resuelto reasumir nuestros derechos, y conservarlos por nosotros mismos», expresaba la voluntad de un pueblo consciente de su capacidad y de su fortuna. Igual acierto colectivo reveló el Cabildo Abierto del 22 de mayo, que Manuel Belgrano calificó de congreso modelo, completando su elogio de este modo: «No puedo pasar en silencio las lisonjeras esperanzas que me había hecho concebir el pulso con que se manejó nuestra revolución en que es preciso, hablando verdad, hacer justicia a don Cornelio Saavedra». Juicio tanto más valioso respecto de su compañero de causa, cuanto que varias divergencias los habían separado, antes que Belgrano escribiera su Autobiografía.

No interesa averiguar en qué medida se debe atribuir a unos, a otros o a todos la responsabilidad de los desaciertos inmediatamente posteriores, que no respondieron al éxito inicial y desembocaron en la división del colegiado instituido el 25 de Mayo, la eliminación de Mariano Moreno, la instalación de la Junta Grande y las vicisitudes consiguientes. Martínez Zuviría ha escrito un panfleto contra el famoso secretario del cuerpo (exagerado como tal, pero ameno y necesario, piedra tirada a la ideología que obstruye la corriente de los estudios históricos y la convierte en agua muerta). Ahí se le niega a Moreno toda capacidad. Pero si es verdad que no había previsto la ocasión, ni en consecuencia querido el cambio, y fue el único tal vez que puso en cuestión su legitimidad, no es menos cierto que a poco de entrar con la Junta acaudillaba un partido tan importante que debilitó la posición de Saavedra, hasta hacérsela perder poco después de quedar eliminado él mismo. Fue desdicha de nuestra revolución que dos cabecillas del primer gobierno patrio, en vez de complementarse y sostenerse recíprocamente, se destrozaran entre sí, al revés de lo ocurrido en Norte América, donde los iniciadores de la revolución tuvieron la fortuna de llevarla hasta su lógica conclusión en un trabajo de equipo que les permitió vencer dificultades mayores en principio que las halladas por nuestros hombres del 25 de Mayo.

Algo igualmente desafortunado sucedió respecto de la epopeya militar que consumó la independencia. Ella no tiene paralelo entre los pueblos que lucharon por su libertad. Pero ninguno de los héroes que la cumplieron logró prolongado ascendiente sobre sus conciudadanos, como para poner al servicio del Estado naciente el influjo carismático de un vencedor en la guerra, indispensable al afianzamiento de las instituciones. Washington, discutido y envidiado no menos que San Martín, tuvo, sin embargo, la colaboración y el apoyo sin reserva de los mejores. Por ejemplo, el genial Hamilton fue su secretario militar durante casi toda la lucha emancipadora. Y aunque le pesaba estar de segundón, y ambicionaba elevarse al primer plano, jamás se le ocurrió disputar el principado al Libertador, mientas que nuestro San Martín experimentaba el desvío del gobierno metropolitano (que le rehusó su concurso para las batallas finales de la independencia) y era vilipendiado y calumniado por los ideólogos porteños en su itinerario de la abdicación al exilio. Desde la ruptura entre Saavedra y Moreno, los cambios de gobierno habían sido una especie de ronda enloquecedora, en la que los dirigentes, cualesquiera fuesen los nombres que recibían como jefes del Estado –triunviros, directores, gobernadores encargados de las relaciones exteriores o presidentes de la república– perdían pie en una trampa abierta en medio del escenario. En veinticinco años, desde 1810 a 1853, hubo veinte titulares del poder ejecutivo nacional (sin contar cada uno de los dos triunviratos sino como una unidad), con un promedio de quince meses de duración.

Semejante inestabilidad no era propicia al desarrollo de una fuerza nueva. Desde los primeros pasos, el espíritu imitativo y la influencia extranjera perturbaron a los dirigentes, apartándolos de la propia tradición y disponiéndolos a escuchar los peores consejos de las potencias interesadas en destruir el imperio español, pero también en estorbar la consolidación de nuevas naciones vigorosas. El liberalismo, aceptado por la metrópoli en su decadencia, convirtióse en el dogma económico del poder naciente. Y como resultado, al monopolio comercial de la madre patria se sustituyó el de Inglaterra, que a la vez nos disuadía de declarar la independencia y nos sometía a su influencia. Una vigorosa reacción del Consulado, órgano de los intereses locales, quedó frustrada por la debilidad de las efímeras autoridades que en Buenos Aires sucedíanse unas a otras en ronda interminable. El mismo gobierno que había convocado al Congreso de Tucumán, y que había de proclamar la independencia política, encarpetó un expediente abierto por el Consulado, renunciando a toda ambición de independencia económica.

Por suerte, los congresales de Tucumán exhibieron en sus procedimientos mayor entereza que los funcionarios porteños, y declararon la emancipación del país en el peor momento, desde el estallido del 25 de mayo de 1810 hasta el 9 de julio de 1816. En parte cedían a las incitaciones del general San Martín, cuya capacidad política era apenas inferior a su genio estratégico. El Gran Capitán, uno de los emancipadores que tuvo más porvenir en la cabeza, y que anunciaba con años de anticipación lo hacedero para realizarlo al pie de la letra, aguijoneaba al diputado mendocino en el Congreso, con expresiones de extraordinario relieve, de las que fue pródigo: «¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo, y los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos? Esté V. seguro que nadie nos auxiliará en tal situación. Por otra parte el sistema ganaría un 50 por ciento con tal paso. ¡Ánimo! que para los hombres de coraje se han hecho las empresas” (Mitre, Historia de San Martín, Ed. Lajouane, 1890, t. IV, p. 287, carta del 12 de abril de 1816). «Yo no he visto en todo el curso de nuestra revolución, más que esfuerzos parciales, excepto los emprendidos contra Montevideo, cuyos resultados demostraron lo que puede la resolución... Háganse simultáneos y somos libres»... «Y ¿quién hace los zapatos?, me dirá V. Andemos con ojotas; más vale esto que el que nos cuelguen, y peor que esto, el perder el honor nacional. Y el pan ¿quién lo hace en Buenos aires? Las mujeres, y si no comeremos carne solamente. Amigo mío, si queremos salvarnos es preciso hacer grandes sacrificios»...; «yo respondo a la nación del buen éxito de la empresa» (Ibid., t. IV, ps. 291-292, carta del 12 de mayo de 1816). Como Godoy Cruz le contestara que la independencia no era soplar y hacer botellas, San Martín le retrucó: «Yo respondo a V. que mil veces me parece más fácil hacer la independencia que el que haya un solo americano que haga una botella» (Ibid., t. IV, p.293, carta del 24 de mayo de 1816).

Cuanto al problema de Inglaterra, por cuya amistad se hacían enormes sacrificios políticos y económicos, San Martín decía en la misma carta a Godoy Cruz citada en último término: «Nada hay que esperar de ella». Si pese a la falta de ayuda exterior su ánimo no desmayaba, es porque conocía los recursos de su patria natal y porque, de ser bien manejados, los sabía suficientes para la empresa que aconsejaba. A las objeciones de los timoratos, basados en la escasez, respondía con el leguaje espartano traducido al criollo: «Si no tenemos que ponernos, andaremos en pelota, como nuestros antepasados los indios»«si no tenemos sillas, nos sentaremos en cabezas de vaca». Nunca la voluntad esclarecida brilló mejor en la Argentina que en el caso de San Martín, justamente llamado padre de la patria. Su formación militar (hecha en los libros de la mejor escuela estratégica de todos los tiempos, según Liddell Hart, la francesa del siglo XVIII), su carácter moral templado en el ambiente de la España eterna, su previsión a largo plazo, le permitieron llevar a cabo una epopeya sin paralelo en los anales de la humanidad: la de una colonia que se emancipó sin la ayuda de nadie.

Mucho más afortunada que la obra civil fue la hazaña militar de los emancipadores, no sólo por la elevación de su objetivo, que era de libertar y no de oprimir a hermanos, sino porque la perfección teórica del plan estuvo de acuerdo con la maestría de la ejecución. El oficio gubernativo que decidió la campaña de los Andes en el ánimo del Director supremo, es un papel de Estado digno de la cancillería de una gran potencia. Tal habría llegado a ser la Argentina, de haber los estadistas mostrado un acierto parecido al de los capitanes que consumaron la independencia.

Para ponderar el mérito de la colectividad compararemos las condiciones en que nos independizamos los hispanoamericanos, con las de los criollos anglosajones. En mi libro sobre Tomás de Anchorena (que es una interpretación de la independencia) expuse lo que ahora no puedo sino sintetizar en breves líneas. A grandes rasgos, digamos que ellos fueron ayudados y nosotros no. Francia reconoció la independencia de los Estados Unidos en cuanto fue declarada, mientras la Argentina esperó más de un lustro para que reconociera la suya Portugal, país ya entonces decadente. Desde aquel primer momento Luis XVI empezó a prestar a los yanquis grandes sumas de dinero, con generosidad sin ejemplo, mientras nosotros recibíamos a los quince años del 25 de Mayo, en condiciones usurarias, un supuesto préstamo (Baring Brothers), contratado so pretexto de la escasez del metálico, que los prestamistas no enviaron sino en ínfimo tanto por ciento, dándonos la mayor parte en papeles que representaban las ganancias de los comerciantes británicos establecidos en el país. Empréstito funesto, firmado por ideólogos que propagaban la utilidad de endeudarse (como sus epígonos de hoy) y que no sirvió sino para confundir al espíritu argentino sobre el resultado de la experiencia hecha por el país en la guerra de la emancipación: a saber, que se había emancipado sin ayuda ajena. Las flotas francesas, pronto secundadas por las de Holanda y España, en imponente coalición marítima, equilibraron el inmenso poderío naval inglés en la costa occidental del Atlántico; mientras la flota de Inglaterra, aliada de nuestra metrópoli cuando nosotros llevábamos adelante nuestra empresa, dejaba pasar después de 1815 todas las escuadras españolas que Fernando VII logró cargar con los miles de veteranos que habían cooperado al derrocamiento de Bonaparte. Por último, en Yorktown, la batalla decisiva de la emancipación norteamericana, equivalente en el norte a la de Ayacucho, Washington mandaba «un ejército de 7.000 soldados, de los que 5.000 eran franceses y sólo 2.000 norteamericanos. Llegó de pronto la noticia de que el almirante francés De Grasse se hallaría a la entrada de Chesapeake... con una escuadra y 3.000 franceses más». (Truslow Adams, Historia de los Estados Unidos, I, p. 153) Poco después el generalísimo británico Lord Cornwallis, se rendía a Washington y Rochambeau. Los hispanoamericanos, en cambio no recibirían ayuda sino de algunos voluntarios ingleses y franceses; jamás lo auxilios estatales de una gran potencia mundial.


Capitulo 1 de "Balance de siglo y medio"

viernes, 6 de marzo de 2026

¿Fue Juan Manuel de Rosas un tirano?

 


           Por: Edgardo Atilio  Moreno


Poco antes de asumir como presidente de la Argentina, el anarco libertario Javier Milei, en un acto político llevado a cabo el 4 de noviembre de 2023 en la ciudad de El Palomar, se refirió a Juan Manuel de Rosas calificándolo con el gastado y remanido mote de “tirano”[1].

Esta injuria contra Rosas es de larga data, la inventaron sus enemigos unitarios y luego la recogieron y difundieron los liberales que escribieron la historia oficial de nuestra patria.

Así generaciones enteras de niños en edad escolar se educaron escuchando a sus maestros sarmientinos hablar sobre los horrores de la “tiranía” de Rosas.

La utilización del termino no sorprende para nada habida cuenta que, al calor de los “nobles odios” mitristas, que en esos tiempos se cultivaban contra el Restaurador, sus enemigos no hayan buscado ser justos ni precisos con los calificativos que utilizaban para referirse a este.

Sin embargo, a esta altura del tiempo y con los avances que en el ámbito historiográfico aportó el revisionismo histórico, es poco serio seguir aplicando ese mote a Rosas.

En efecto, según nos enseña el diccionario de la lengua castellana, tirano es aquel que “consigue de modo ilegal el gobierno de un Estado y lo rige sin justicia y arbitrariamente”[2]. De modo pues que para saber si a Rosas le corresponde o no el calificativo de tirano lo primero que tenemos que hacer es ver en qué condiciones accedió este al poder, en las dos oportunidades en que le tocó ejercerlo. Vayamos entonces a los hechos históricos:

La primera vez que Rosas gobernó Buenos Aires lo hizo luego de la llamada tragedia de Navarro. Este hecho tuvo lugar -como es sabido-  cuando el general unitario Juan Galo Lavalle luego de derrocar, el 1 de diciembre de 1828, al gobernador legítimo de Buenos Aires, Manuel Dorrego, lo hizo fusilar sin juicio previo en la posta de Navarro. Este crimen causó una indignación generalizada en la provincia y la consecuente reacción de los federales. En esas circunstancias, el asesino de Dorrego, se avino a firmar con los federales un tratado de paz (el tratado de Barrancas), en el cual convino en que se nombrase gobernador interino de Buenos Aires al general Viamonte.

El gobernador interino, una vez en el cargo, convocó a la legislatura (que Lavalle había disuelto) para que procediese a la elección de un gobernador. Lo primero que hizo este cuerpo –antes de elegir al nuevo gobernador- fue establecer que el elegido debería contar con “facultades extraordinarias” para poder afrontar los efectos subsistentes de la crisis que había desatado el fusilamiento de Dorrego[3]. Una vez resuelto esto, la legislatura procedió a elegir y a designar como gobernador de la provincia al coronel Juan Manuel de Rosas; quien así -en forma absolutamente legal- asumió su primer mandato el 8 de diciembre de 1829.

En la segunda oportunidad que le tocó gobernar, el Restaurador también tuvo que hacerlo luego de un magnicidio que conmovió al país, el del caudillo riojano Facundo Quiroga.

En efecto, a raíz de un conflicto entre los gobernadores federales de Tucumán y de Salta, Alejandro Heredia y Pablo Latorre, quienes se acusaban mutuamente de favorecer las conspiraciones unitarias existentes en las provincias de cada uno de ellos; el gobernador interino de Buenos Aires, el doctor Manuel Maza, decidió enviar como mediador al general Juan Facundo Quiroga.

El caudillo riojano –en total sintonía con el pensamiento de Rosas- partió al norte con la determinación de hacer entender a los gobernadores enfrentados que en vano era pensar en la reunión de un congreso que dicte una constitución federal si antes las provincias no eran capaces de asegurar el orden en sus territorios y establecer entre ellas relaciones acordes con un sistema federal.

La reunión entre ambos gobernadores estaba prevista que se realizaría en Santiago del Estero. Hasta allí llegaron Quiroga y Heredia. Latorre no pudo hacerlo pues falleció antes de partir. A pesar de ello, se logró la firma de un tratado de paz entre las provincias en conflicto. Facundo satisfecho se dispuso entonces a emprender su regreso. Cuando se disponía a hacerlo se le advirtió de la existencia de un plan para acabar con su vida en el trayecto. A pesar de que la información era verosímil, este le restó importancia y rechazó la escolta que le ofreció el gobernador santiagueño Juan Felipe Ibarra, partiendo hacia su destino, confiado en su suerte, coraje y prestigio.

Al llegar a la localidad de Ojo de Agua recibió un nuevo aviso. Se le confirmó que el capitán Santos Perez, hombre que respondía al gobernador de Córdoba, José Reinafe, lo esperaba en Barranca Yaco para perpetrar el ataque. Nuevamente Quiroga desoyó las advertencias y continuo su marcha. Y así, el fatídico 16 de febrero de 1835, en el lugar indicado, el Tigre de los llanos cayó asesinado junto con toda su pequeña comitiva.

Ante el estado de convulsión que desató el crimen, el gobernador Maza presentó su renuncia. Inmediatamente la legislatura la aceptó y eligió casi por unanimidad a Rosas para gobernar Buenos Aires por segunda vez, y esta vez con la suma del poder público.

Si bien esta designación era suficiente para legitimar la asunción del Restaurador, quiso este hacer plebiscitar la misma, dada la extensión de las facultades que se le otorgaba. El resultado del plebiscito fue contundente, casi la totalidad de los votantes apoyó la elección y el otorgamiento de la suma del poder. Y así, en medio de una algarabía generalizada el 13 de abril de 1835, Rosas llegaba nuevamente al gobierno.

Aclarado esto, conviene destacar también que Rosas, en el ejercicio del poder, no solo actuó conforme a las atribuciones conferidas, sino que lo hizo siempre teniendo por miras el bien común de los argentinos; y no por capricho o en función a sus intereses personales como lo haría un tirano. Basta decir que cuando este ingresó a la política era un rico estanciero y empresario, y durante todo el tiempo que gobernó nunca utilizó su poder para enriquecerse. Es más, cuando se retiró de la vida pública y marcho al exilio, lo perdió todo y no le quedó ni para sobrevivir, teniendo que dedicarse a trabajar en su pequeña granja. La honestidad de Rosas fue tan notoria, que ni siquiera sus enemigos y detractores jamás la pusieron en duda.

Por todo lo hasta aquí dicho, en esta breve síntesis de circunstancias históricas bien conocidas, podemos concluir que no hay dudas que Rosas llegó al gobierno por medios legales y ejerció el poder conforme a las facultades que en cada caso se le otorgó legalmente. No como sus adversarios. Como por ejemplo el citado general Lavalle que se apoderó por la fuerza del gobierno de Buenos Aires y se comportó como un verdadero tirano, asesinando al gobernador legítimo y sembrando el terror, como decíamos arriba.

Esa conformidad con las leyes y el consenso generalizado que tuvo el Restaurador fue tal, que incluso uno de sus principales enemigos, Domingo Faustino Sarmiento, supo reconocer que: “Rosas era un republicano. Era la expresión de la voluntad del pueblo y en verdad que las actas de elección así lo muestran. El gobernante se inclina ante la soberanía popular representada por la legislatura. Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron, grandes y notables capitalistas lo apoyaron y sostuvieron. Abogados de nota tuvo en los profesores patentados de derecho. Verdadero entusiasmo era el de millares que lo proclamaban el Héroe del Desierto y el Gran Americano. Rosas era popular... Rosas era una manifestación social, una fórmula de una manera de ser de un pueblo. La suma del poder público le fue otorgada por aclamación y plebiscito, sometiendo al pueblo la cuestión"[4].

Finalmente, cabe mencionar un dato más, que echa por tierra la idea de que el gobierno de Rosas fue una tiranía. Y es que –tal como lo atestiguo el periodista español Benito Hortelano en sus Memorias- a su caída no hubo actos de algarabía en el pueblo de Buenos Aires[5]. Si de verdad hubiera sido un tirano el júbilo y la felicidad del pueblo hubiera sido notorio y generalizado; pero nada de ello sucedió. Por el contrario, el pueblo bonaerense añoró a Rosas por años, como lo dejó asentado José Hernandez en su Martin Fierro.

Es por eso que la máxima figura de la argentinidad, el general José de San Martin, elogio y apoyó la política del Restaurador. Tal es así, que en 1838 el Libertador le ofreció sus servicios para enfrentar el bloqueo francés a la Confederación Argentina; y aunque ello no se pudo concretar, desde Europa defendió la causa de la Confederación.

La amistad y admiración que San Martin tenia por Rosas está reflejada en la nutrida correspondencia que mantuvo con este, y con otras figuras históricas como Tomas Guido y Bernardo O´Higgins. Y la prueba más acabada del alto concepto que San Martin tenia por don Juan Manuel es que en la cláusula tercera de su testamento le legó su sable corvo, el mayor homenaje que pudo haber recibido un argentino.

Algunos quieren creer que este obsequio del Libertador a Rosas, se debió solo y exclusivamente por la defensa que este hizo de nuestra soberanía, sin que ello implique un aval a su política en general.  Sin embargo, está probado que San Martin también apoyó la política interna del Restaurador, ya que veía en él la “espada vigorosa” que el país necesitaba en aquellos tiempos de anarquía, de agresiones extrajeras y traiciones. Esto se ve claramente en la última carta que le envió, el 6 de mayo de 1850, en la que dice lo siguiente: "…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado… Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina… Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota".

Ningún argentino recibió nunca mayor elogio. Sin embargo, y a pesar de que el revisionismo histórico, sin lugar a dudas, le ganó la batalla historiográfica a la historia oficial, aun hoy lamentablemente existen quienes -como el presidente Milei- se niegan a dar a Rosas ese “justo reconocimiento” que San Martin le brindaba y le deseaba; y por el contrario continúan repitiendo las mismas injurias que contra Rosas decían sus antepasados ideológicos.

Está claro entonces que, mientras el liberalismo tenga poder en nuestra patria, sus partidarios seguirán empeñados en imponer la versión falsificada de nuestro pasado, que pergeñaron tras la caída del Restaurador. Es por ello que la lucha por la verdad histórica no debe cesar, la tarea de difusión debe continuar, hasta que la Argentina salga de la situación semi-colonial en que se encuentra, y vuelva a ser una nación soberana, como en los tiempos de Don Juan Manuel.

 



[2] Sapiens. Enciclopedia ilustrada de la lengua castellana. Edit. Sopena, Argentina, 1959.

[3] No era la primera vez que en el país se otorgaba facultades extraordinarias a un gobierno. Todos los primeros gobiernos revolucionarios y los directoriales las habían tenido.

[4] Obras Completas, Tomo XXVII, pág. 323

[5] Sierra, Vicente. Historia de la Argentina, T. IX, pag. 621.

lunes, 23 de febrero de 2026

Manuel Belgrano: modelo de general católico

 


Prof.  Jorge Martin Flores

El 3 de junio es el día del Soldado del Ejército Argentino, en homenaje al natalicio de Don Manuel Belgrano. Pero… ¿no suele imponerse en estos tiempos la imagen del ‘Doctor Belgrano’… "el exitoso abogado"… por sobre su rol de militar?… ¡Si Belgrano dijo de sí mismo en su autobiografía: "No es lo mismo vestir el uniforme militar que serlo". Sin embargo, el filósofo griego Sócrates dijo de sí "sólo sé que no se nada" y por ello era considerado el más sabio. Entonces, ¿en qué quedamos?... Dejemos la opinología. Mejor hagamos historia y conozcamos al General Belgrano a través de sus palabras, obras y testimonios de sus contemporáneos.

UN NOMBRE, UN DESTINO
Dijo el poeta Leopoldo Marechal en su ‘Didáctica de la Patria’: Quien recibe un nombre, recibe un destino. Su nombre era Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Y convencido de su misión trascendente, fue a cumplir su llamado. Siguiendo una consigna clara, que dejó escrita en el Correo de Comercio: “El origen más serio y verdadero de la sabiduría es la ley evangélica”. Y abandonado en la Divina Providencia sostenía: “Que nos entristezcamos o nos alegremos, la mano que todo lo dirige, no por eso va a variar”.
En el marco de la guerra civil desatada en Hispanoamérica (que no otra cosa fue el proceso autonomista e independentista hispanoamericano) como consecuencia de la terrible crisis del imperio español en manos del tirano Napoleón Bonaparte desde 1808 y las represalias del Consejo de Regencia ante la autonomía proclamada desde Buenos Aires en 1810; este joven criollo asumió el rol que las circunstancias le había impuesto en esos tiempos turbulentos y confusos. Su protagonismo y su actitud no eran algo nuevo.
Así como defendió los intereses del bien común del Virreinato del Río de la Plata como abogado secretario del Real Consulado de Buenos Aires; así como había participado heroicamente en las jornadas de la Defensa de Buenos Aires en 1807 contra las tropas invasoras de Gran Bretaña; así como juró como vocal de la Junta Provisional y Gubernativa del 25 de mayo de 1810 proclamando su fidelidad al rey Fernando VII preso en Valencay y renunciando a su sueldo porque sus convicciones así lo exigían; así como marchó en militares campañas hacia el Paraguay y hacia la Banda Oriental para sumar a las provincias hermanas a la causa americana; así como fue juzgado e incomprendido; así como siempre hizo patente que la guerra fratricida le dolía hasta desgarrarlo afirmando: "jamás puedo ver cómo glorias la efusión de sangre de mis hermanos"; pero convencido de que "estoy muy acostumbrado a los contrastes y más espíritu tengo en ellos que en las prosperidades" siempre se mantuvo firme en sus convicciones y especialmente a su filial devoción a la Santísima Virgen María. A las pruebas me remito.

LA BANDERA NACIONAL
Tras los desastres de Huaqui (20-6-1811) y de Sipe Sipe (18-8-1811), Belgrano fue restablecido en el ejercicio de las armas y nombrado General en Jefe del Ejército Auxiliar del Perú, dirigiéndose hacia el norte a poner orden. Antes pasó por Luján y prometió a la Virgen María enarbolar una bandera con los colores de su manto. Tal hecho es atestiguado por José Lino Gamboa, antiguo cabildante de Luján, quien dejó escrito: “Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la bandera patria, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto por haberse amparado a su Santuario de Luján”. Y su hermano Carlos Belgrano, sargento mayor, comandante militar de Luján y presidente de su Cabildo, dijo: “Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján de quien era ferviente devoto.” Cosa que hizo a orillas del Paraná un 27 de febrero de 1812 entre las baterías Independencia y Libertad. Dando a la causa de la América del Sur un símbolo de unidad trascendente, de virtudes sobrenaturales de fe, esperanza y caridad, amparándose bajo el manto Inmaculado de la Virgen María. Así pudo exclamar sin vacilación: "Sirvo a la Patria sin otro objeto que el de verla constituida, y este es el premio al que aspiro" porque "No busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria".

DESTINO: EL NOROESTE ARGENTINO
¿Por qué Belgrano fue hacia al norte? Porque el panorama era más que desolador. Los fusilamientos sin tino y sin juicio de los contrarrevolucionarios de cabeza de Tigre -especialmente el de Don Santiago de Liniers, héroe de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, por temor a un levantamiento popular en Buenos Aires- lamentablemente debemos decirlo, sin faltar a la verdad, aprobados y firmados por todos los miembros de la Junta de Mayo a excepción del Padre Alberti, habían hecho lo suyo, manchando con sangre las manos de los ejecutores de la Revolución desatada en 1810.
Las campañas patriotas o autonomistas en el Alto Perú, especialmente las comandadas por el impío Juan José Castelli, cometieron todo tipo de abusos en el nombre de la Patria y de la Libertad. Sus hordas jacobinas llevaron adelante toda clase insultos a los preceptos del Evangelio, del clero y fe un pueblo fiel a manos de un ejército completamente desmoralizado y tildado de hereje. “Cristiano soy y líbreme Dios de ser porteño” decían en el norte por aquella época. La causa de América peligraba. Y Huaqui fue el fruto podrido de tan triste cosecha. Y Pueyrredón debió ceder el bando a otro porteño. Pero un porteño que rompía todos los esquemas: era un ferviente católico.

EL EJÉRCITO DEL NORTE
Fiel a sus palabras que decían que “el miedo solo sirve para perderlo todo” Belgrano plantó su siembra bajo una nueva dirección que las tropas debían obedecer bajo su mando. Así decía en su proclama desde la Posta del Pasaje (2-04-1812): “Deshaced las odiosidades; apartad de vosotros todo lo que no sea espíritu de patria, y estad ciertos que ella logrará cimentar su santa y sagrada causa bajo los principios más sólidos para nuestra felicidad. A estos nos llama la religión santa que profesamos, aquella digna y respetable madre, y las obligaciones en que estamos constituidos”.
Y tras la jura de la bandera nacional bendecida por el obispo Gorriti en Jujuy exclamaba el 25-05-1812: “Hijos dignos de la Patria, camaradas míos: dos años ha, que por primera vez, resonó en estas regiones el eco de la libertad, y él continúa propagándose hasta por las cavernas más recónditas de los Andes, pues que no es obra de los hombres, sino del Dios omnipotente, que permitió a los americanos que se nos presentase la ocasión de entrar al goce de nuestros derechos. Esta gloria debemos sostenerla de un modo digno, con la unión, la constancia y el exacto cumplimiento de nuestras obligaciones hacia Dios, hacia nuestros hermanos y hacia nosotros mismos. ¡Ea!, pues soldados de la Patria; no olvidéis jamás que nuestra obra de es Dios; que Él nos ha concedido esta Bandera, que nos manda que la sostengamos”.
Refiere el Coronel Blas Pico, oficial del Ejército del Norte que combatió bajo las órdenes de Belgrano, en su obra Juicio sobre la conducta militar del general don Manuel Belgrano que “durante todo su generalato tanto en el ejército del norte como en el del Perú”, su General “trató y consiguió con su ejemplo y doctrina en formar de todo su ejército un modelo de subordinación, disciplina militar, valor, honor y amor al orden que le eternizarán en la memoria, respeto y gratitud de los pueblos del Perú. Su conducta religiosa, piadosa y devota le abrieron tan franco camino y tan fácil y eficaz medio para uniformar así la de todos los individuos del ejército, que en muy breve le tuvo que mirar como el objeto de sus complacencias”.
Como buen líder, predicó con el ejemplo personal y sirvió al bien común“le vimos siempre incansable en el bufete expidiendo las órdenes concernientes las más de las veces de su puño para dar a los negocios el mayor impulso: corría como el relámpago a toda hora por los cuarteles, por el campo de instrucción, por los hospitales, por los laboratorios y por todas las demás oficinas del ejército, hasta mirar por sus ojos el rancho y comida de los soldados”.
Al respecto decía otro testigo, Manuel Antonio Castro en su escrito Cualidades del general Belgrano: “Yo observé en el general Belgrano tres cualidades que principalmente formaban su mérito: patriotismo absolutamente desinteresado, contracción al trabajo, y constancia en las adversidades. En prueba de lo primero, citaré los hechos siguientes: en todo el tiempo que permaneció el ejército estacionado en Tucumán, que fue el de cuatro años, destinó sus sueldos sobrantes al socorro de las necesidades del mismo ejército, desterrando de su persona y casa todo lujo, y aun las comodidades más naturales y necesarias. Su diario vestido era una levita de paño azul. Su casita construida en la ciudadela, a la manera del campo, era una choza blanqueada. Sus adornos consistían en unos escaños de madera hechos en Tucumán, una mesa de comer, su catre de campaña y sus libros militares. Comí con él varias veces. Tres platos cubrían su mesa, que era concurrida de sus ayudantes y capellán”.
Y concluye: “Se había consagrado tanto al servicio de la patria, que no era fácil saber cuáles eran las horas de su descanso. Yo lo observé en Tucumán (...) ocupar todo el día en la atención del ejército, y continuos ejercicios doctrinales, salir de noche a rondar hasta las doce de la noche, o más tarde, retirarse de mi posada a esas horas, e irse a escribir sus multiplicadas correspondencias que despachaba de su puño, y mantenía con todos los gobiernos, con todos los pueblos y con toda clase de gentes en favor de la causa de la patria”.
Al mismo tiempo, continúa el coronel Blas Pico desarrollando la religiosidad distintiva del General Belgrano: “Su asistencia frecuente a los templos, a los solemnes y privados sacrificios, el verles en ellos en oración exhalar su espíritu en tiernas lágrimas ante la majestad de Dios sacramentado; el proteger, promover y llevar a cabo todo establecimiento piadoso fueron tan edificante a los pueblos que tuvieron la felicidad de mirarse bajo la protección de sus armas, que llegaron a amar con la mayor ternura y fraternidad a todo individuo del ejército, franqueaban los recursos con prodigalidad no menos que con el mayor placer y honor en que cada uno del ejército aceptase la hospitalidad y obsequio que se le hacía en particular”.
Un católico cabal. Y como tal amigo del orden. Belgrano entendió que la disciplina era la clave. Y él la puso en práctica sin que le temblase el pulso. Continúa Pico: “fue celosísimo e infatigable en formar mantener todas las clases del ejército fieles y escrupulosas, observadoras de las ordenanzas castigando rigurosa e inflexiblemente toda contravención sin que entibiasen su celo jamás ni la amistad ni los respetos humanos, ni los demás resortes que debilitan la justicia menos recta e imparcial que la suya. (…) La limpieza en las palabras y en las obras fue virtud distinguida del ejército del norte. En la mente de nuestro General, el soldado argentino debía ser persona decente, de puras costumbres. Estableció (…) un tribunal de cinco jueces elegidos por los oficiales; y todo oficial tenía obligación de delatar al compañero que hubiese cometido una acción indecente o poco decorosa (…), estableciendo penas para todas estas. (...) Y si alguna vez por accidente oyó algún soldado una palabra obscena e indecente lo castigó con el mayor rigor y lo mismo encargaba a los jefes y oficiales".
Incluso en las peores circunstancias: "El general Belgrano tuvo la desgracia de mandar un ejército que su gobierno cuidaba muy poco de asistir y que siempre le faltó aún lo indispensable necesario; todo otro general habría aflojado algún tanto la disciplina con este motivo, pero él era más severo cuantas más necesidades tenía el ejército. Fue celosisimo de que ningún oficial ni tropa maltratase a los paisanos y vecinos, castigando el menor insulto que se les hacía, tanto en sus personas, como en perjuicio de sus propiedades: de tal suerte las respetaban los soldados que en la marcha de Tucumán a Córdoba acampé con mi regimiento en un lugar que había un sembrado de sandías en sazón y no hubo uno que tomase una sin comprarla a su dueño”.
Al respecto Lorenzo Lugones, otro de sus oficiales, dejó escrito que: "el ejército parecía que adivinaba los pensamientos de su general; bien se podía creer que entre ambos había un espíritu de emulación, a cual cumplía mejor con sus deberes, el uno mandando y el otro obedeciendo. Tal fue el estado de subordinación, amor al orden, disciplina y patriotismo".
Y el General Paz atestiguaba: "No tenía grandes conocimientos militares, pero poseía un juicio recto, un entusiasmo decidido por la disciplina y un valor moral que jamás se ha desmentido, agregando a estos antecedentes la probidad del General Belgrano, su pureza en el manejo de los caudales públicos, su desinterés, su rectitud, puede decirse que no solo dio nervio a la Revolución, no sólo la generalizó, sino que le dio crédito y la ennobleció".

EL CABALLERO CRISTIANO
Cómo podemos ver, Belgrano se convirtió en general modelo de un ejército modelo, moldeado bajo su sombra piadosa. Un caballero cristiano al mando de guerreros cristianos. Y para ello, dio al clero un rol fundamental: “Era de la obligación de los capellanes por mandato expreso asistiesen por la mañana y tarde a los hospitales que diariamente hiciesen a sus regimientos una plática doctrinal a la hora de la lista, sin perjuicio de la que había los días de festividad en la misa del regimiento, que celasen se rezase el rosario por todos los soldados diariamente y que cumpliesen con el precepto anual a cuyo fin ordenaba a los jefes para que concediesen a la tropa franco tiempo para disponerse debidamente".
Rezo del Santo Rosario. Asistencia frecuente a Misa. Catequesis y formación en Doctrina Católica. Utilización de Escapularios cómo divisas de guerra. Sumado a los ejercicios físicos militares. Armas para el combate espiritual y el combate corporal. Al respecto concluye Pico dando una extraordinaria definición: "Con todo lo que logró que su ejército fuese observado más como una congregación de hombres de estatuto piadoso que como a soldados”. Ésto también fue admitido por otros de sus oficiales. José María Paz en sus Memorias Póstumas dijo: “Exigía Belgrano que los oficiales una especie de disciplina monástica, y castigaba con severidad las menores transgresiones”.
Y para Gregorio Aráoz de La Madrid, Belgrano consiguió hacer “observar al ejército la más estricta subordinación y disciplina: y puedo decir, sin temor de ser desmentido, que no hemos tenido nunca un ejército tan moralizado como aquel que él mando”.
Todo ello, nos lleva a sostener con el P. Guillermo Furlong SJ que el primer milagro obrado por intercesión de la Santísima Virgen, que utilizó a Don Manuel Belgrano como dócil instrumento, fue lograr de la nada, de las ruinas, de la desmoralización propia de los vicios, y ante un panorama desolador, pobre materialmente y espiritualmente; un ejército templado como el acero, disciplinado, católico, mariano, monástico, sacrificado y de un verdadero misticismo patriota. Que siguió a su líder a capa y espada, contra viento y marea.
Su mayor acto de piedad se materializó al nombrar como Generala del Ejército a Nuestra Señora de la Merced, bajo cuya protección se puso y a quien entregó su bastón de mando, atribuyéndole con fe sincera y gratitud permanente, el triunfo de las armas patriotas en la batalla de Tucumán y Salta de 1812 y 1813 respectivamente. Rezó y dió santa sepultura a los muertos de ambos bandos. Tuvo compasión de sus prisioneros al perdonarles la vida y dándoles la libertad.
Y si esto fuera poco, fue el mismo Belgrano quien en carta fechada el 6 de abril de 1814, aconsejó a su relevo Don José de San Martín sobre cuál era el mejor modo de conducir el ejército del norte: "Conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando el ejército se forme; que no deje de implorar a N. Sra. de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa. Deje usted que se rían; los efectos le resarcirán a usted de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima. Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico y romano; cele usted de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales se falte el respeto de cuanto se diga a nuestra santa religión".
Esto explica que el mayor elogio que Belgrano recibiera en vida fuese por la pluma del Libertador quien en carta a su amigo Tomás Guido le decía: “En el caso de nombrar a quien deba reemplazar a Rondeau, yo me decido por Belgrano; éste es el más metódico de lo que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame V. que es lo mejor que tenemos en América del Sur”.
¿Qué duda nos queda?


Tomado de: https://www.laprensa.com.ar/Manuel-Belgrano-modelo-de-general-catolico-545404.note.aspx

 


jueves, 22 de enero de 2026

¿Unitario o federal?: cómo se ubicó José de San Martín frente a la grieta de su época

 


Por: Carlos Bukovar

En este nuevo aniversario de la muerte del general José de San Martín -ocurrida el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-mer, Francia-, una cuestión sobre la que vale la pena detenerse, en este país tan acostumbrado a las grietas, es la de con cuál de los dos sectores enfrentados en aquellos tiempos se identificaba el Libertador: unitarios o federales. Este es un tema que suele soslayarse, porque una de las consecuencias de la visión transmitida por Bartolomé Mitre ha sido la de hacernos ver a San Martín como un brillante militar pero absolutamente neutro en materia política. Ahora bien, ¿fue realmente así? ¿O más bien tenía ideas firmes y profundas?

Es verdad que fue el mismo Libertador quien dijo: “No pertenezco a ningún partido; soy del Partido Americano”. Sin embargo, esa frase obedecía a la aversión que sentía hacia las divisiones internas y su afán por lograr la unidad. Del mismo modo que se caracterizaba por resaltar el espíritu americanista. Ello no obsta a que sus ideas puedan ser analizadas y, a partir de eso, definir si era más afín a las ideas de unos u otros.

Tradicionalmente se afirma que los unitarios sostenían que el gobierno del Estado Nacional debía ser dirigido en forma centralizada desde Buenos Aires, en tanto que los federales pensaban que las provincias debían contar con autonomía, respetándose la voluntad de las mismas para elegir a sus autoridades, dictar sus normas y administrar los recursos económicos.

En relación a este tema, claramente habría que decir que el Gran Capitán se encontraba del lado de los unitarios. En efecto, con sólo leer su correspondencia se lo puede comprobar: “Me muero cada vez que oigo hablar de federación. ¿No sería más conveniente trasplantar la capital a otro punto, cortando por este medio las justas quejas de las provincias? ¡Pero Federación!” Esta cita es contundente. San Martín consideraba que el nuevo Estado debía gobernarse de un modo centralizado, evitando las divisiones localistas. Ahora bien, es importante aclarar que esta visión probablemente obedecía a una razón coyuntural: el contar con un gobierno firme en tiempos de guerra para lograr la independencia.

Esta es la distinción clásica y la que se transmite en la gran mayoría de los libros. Ahora bien, si nos quedáramos tan sólo con este criterio de administración territorial, estaríamos pecando de una gran dosis de simplificación. En tal sentido, son muchos los autores que señalan que existían también discrepancias de orden socio-culturales, económicas e inclusive religiosas.

En relación a las primeras, corresponde marcar una distinción en cuanto al carácter doctrinario, “libresco” y alejado de la realidad de los unitarios, al mismo tiempo que presentaban un espíritu extranjerizante, inclusive al punto de perjudicar los intereses nacionales. Por el contrario, los federales tenían un espíritu mucho más realista, no de gabinete, sino de campo, apegado a las tradiciones criollas y firmemente defensor de la independencia.

En este aspecto, a diferencia del anterior, es bien clara la inclinación de San Martín hacia el federalismo. Esto se corrobora con palabras escritas a su amigo Bernardo O’Higgins en 1833: “Yo estoy firmemente convencido que los males que afligen a los nuevos Estados de América no dependen tanto de sus habitantes como de sus constituciones que los rigen. Si los que se llaman legisladores en América hubiesen tenido presente que no se les debe dar las mejores leyes, pero sí las que sean adecuadas a su carácter, la situación de nuestro país sería diferente”. Además, confirmando esa idea, podemos consultar una carta al chileno Pedro Palezuelos, en la que se refiere a los pésimos resultados que tuvo el gobierno de Bernardino Rivadavia y sus seguidores. “Tenga Ud. presente la suerte que se siguió en Buenos Aires por el célebre Rivadavia. Sería de no acabar si se enumeraran las locuras de aquel visionario, creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos que diariamente llenaba el Archivo Oficial.” Claras palabras que muestran el desprecio del Libertador hacia las medidas basadas exclusivamente en teorías y alejadas de la realidad.

Por otra parte, en relación al carácter extranjerizante de los unitarios que los llevó a unirse al extranjero combatiendo a su Patria, basta como ejemplo la postura sanmartiniana ante el Bloqueo Anglo Francés: “Lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española: tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.

Pasando a otro de los elementos distintivos, hay que destacar las diferentes ideas económicas, que derivaban en una disputa entre proteccionismo por parte de los federales y librecambismo por parte de los unitarios. ¿Y bien? ¿De qué lado se encontraba San Martín? En esto, también se inclinaba más hacia el sector federal. Vayan dos claros ejemplos. En primer lugar, las medidas económicas que impulsó como gobernador de Cuyo, siendo un gran defensor de la producción nacional y apoyando firmemente los reclamos de los cabildos cuyanos para que el Directorio bajase los altos impuestos que gravaban a la producción local de vinos y frutas secas. Por otra parte, como Protector del Perú, creó el Reglamento Provisional de Comercio de 1821, en el que se establecía un arancel proteccionista del veinte por ciento sobre las importaciones con el fin de ayudar a las industrias locales. Evidentemente, tales medidas se orientan en una dirección proteccionista y tranquilamente se las puede emparentar con lo que sería en 1835 la famosa “Ley de Aduanas” dictada por Rosas.

Además, también constituía una diferencia entre los dos sectores el aspecto religiosodestacándose una defensa de las tradiciones religiosas por parte de federales, en tanto una actitud contraria a la Iglesia y amistosa hacia las logias masónicas en los unitarios. En este tema hay distintas opiniones. Algunos muestran a un San Martín masón, en tanto que explican su religiosidad como un mero seguimiento de costumbres sociales.

Al respecto, vale hacer algunas aclaraciones: es verdad que San Martín no era un católico tan fervoroso como sí lo era su amigo Belgrano, y también que en su vida privada no parece haber sido un practicante completo de la religión. Pero en cuanto a su conducta como político y militar, cuesta entender a un San Martín tomando ciertas medidas claramente incompatibles con lo que haría un masón. En honor a la brevedad, mencionamos solamente dos: en el Estatuto que hizo sancionar en Perú, se establecía que “la Religión Católica, Apostólica y Romana es la religión del Estado; el gobierno reconoce como uno de sus deberes el mantenerla y conservarla, por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana”; en tanto que se “reservaba los puestos públicos a quienes profesen la Religión del Estado”. Asimismo, dentro de las reglas para el Ejército de los Andes se disponía que aquél que “blasfemare contra Dios o la Virgen, sería atravesada su lengua por un hierro candente y arrojado del cuerpo de Granaderos”. Ante estos ejemplos, cabe descartar la idea de un San Martín masón. Por lo demás, a pesar de lo instalada que está la versión, la filiación masónica del Libertador no ha podido ser demostrada hasta el día de hoy. Sorprende el arraigo de esta errónea creencia cuando hace más de cien años un masón del más alto grado como Mitre afirmaba: “Las sociedades secretas compuestas de americanos revestían todas las formas de las logias masónicas: pero sólo tenían de tales los signos, los grados, los juramentos”.

Finalmente, resta analizar los vínculos del Libertador con los principales referentes de uno y otro bando. Si observamos la relación que mantuvo con el líder del sector unitario, Bernardino Rivadavia, la respuesta no puede ser más contundente: Rivadavia fue el mayor enemigo interno de San Martín. A tal punto era su enemistad que en 1823 San Martín estuvo a punto de ser apresado y juzgado por orden de Rivadavia. Asimismo, en 1825, San Martín quiso retar a duelo a Rivadavia en Londres, siendo convencido de no hacerlo por sus compañeros Juan Agustín García y James Paroissien. Para más claridad, leamos lo que pensaba sobre Rivadavia en carta a O’Higgins de Abril de 1829: “Los autores del movimiento del 1° de diciembre son Rivadavia y sus satélites y a Ud. le consta los inmensos males que estos hombres han hecho no solo a este país sino al resto de América con su infernal conducta.”

¿Y en cuanto a su relación con los caudillos federales? ¿Cómo era ella? Es claro que se alarmaba ante el surgimiento de los caudillismos locales que amenazaban con dividir la Nación. No obstante, a pesar de esas diferencias, no se encuentra una sola palabra de San Martín hacia los caudillos del tenor de las que supo dedicarle a Rivadavia. En efecto, en plena crisis de las luchas civiles les escribió al caudillo oriental José Gervasio de Artigas y al santafesino Estanislao López en estos términos: “Divididos seremos esclavos: unidos estoy seguro que los batiremos: la sangre americana que se vierte es muy preciosa. Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas. Transemos nuestras diferenciasunámonos para batir a los maturrangos que nos amenazan y después nos queda tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos en los términos que hallemos convenientes”. Y así sería como, ante la negativa a desenvainar su sable para luchar entre hermanos, se produciría la famosa desobediencia sanmartiniana que jamás sería perdonada por los unitarios.

Restaría comentar la relación que tuvo con el líder del federalismo a partir de 1829Juan Manuel de Rosas. Tampoco en este tema caben dudas, a pesar de que la historiografía oficial posterior a Caseros intentó disimular o incluso atribuir a la vejez del Gran Capitán: San Martín fue un gran amigo de Rosas y le expresó su reconocimiento en varias ocasiones. En primera instancia, se suele citar el testamento en el cual San Martín lega su glorioso sable a Rosas. En relación a ese gesto, muchos son los que argumentan que obedeció a lo importante que era para San Martín la independencia, pero que ello no implicaba que coincidiera con la forma de gobierno de Rosas. No obstante, en clara contraposición a esa idea, aparece la última carta enviada por el Libertador al Restaurador, en la cual, además de transmitir una sincera amistad, realiza un marcado elogio de su obra de gobiernoComo argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor, restablecidos en nuestra querida patria: y todos esos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. como igualmente a toda la Confederación Argentina. Que goce Ud. de salud completa y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino. Son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. Éste, su apasionado amigo y compatriota Q.B.S.M.” Indudablemente, San Martín no sólo valoraba de Rosas su defensa de la soberanía sino varios otros aspectos de su gobierno.

En conclusión, ¿era San Martín unitario? Claramente no. Su opinión sobre su líder Rivadavia, sus seguidores y su obra de gobierno, indica que estaba en sus antípodas. ¿Era entonces federal? Tampoco podemos afirmarlo categóricamente. De todos modos, luego de haber analizado el resto de los elementos distintivos entre ambos, podríamos afirmar que se encontraba mucho más cerca de las ideas federales.

En otras palabras, si una vez concluidas las batallas militares, San Martín hubiera tenido la posibilidad de sentarse a debatir las características de la organización nacional (lo que no pudo precisamente debido a la persecución unitaria), con seguridad habría coincidido en muchas de las ideas federales. Esto es, habría defendido inobjetablemente la independencia, habría implementado las instituciones más idóneas para la realidad social, habría impulsado un proteccionismo económico y habría sostenido la Religión Católica (aunque consagrando la libertad religiosa). Finalmente, habiéndose superado las dificultades de la guerra, seguramente habría admitido los reclamos autonomistas de las provincias.

[El autor es profesor de Historia Constitucional en la Universidad Nacional de Rosario y miembro de la Asociación Cultural Sanmartiniana Cuna de la Bandera]

 


miércoles, 3 de diciembre de 2025

La “orientalización” de la pampa en Facundo como modo de desprestigiar a los caudillos

 


Prof. Gaston H. Guevara

    En Facundo, Sarmiento construye una representación que desborda lo puramente geográfico y se afinca en lo simbólico. La pampa adopta, en Sarmiento, los rasgos del “Oriente”, con la particular idea que de él tenía la Europa del siglo XIX: desierto, atraso y nomadismo, a lo que se agrega lo exótico, lo misterioso, lo irracional y lo despótico. Esto le permite sostener su tesis “civilización o barbarie”, atribuyendo la barbarie no a condiciones históricas sino al determinismo del espacio.

    Sarmiento compara reiteradamente la llanura rioplatense con escenarios exóticos y distantes: “Alguna analogía encuentra el espíritu entre la pampa y las llanuras que median entre el Tigris y el Éufrates”. Lo hace así a fin de mostrar que el territorio argentino, cuando no está organizado por la ciudad y las instituciones, se vuelve un ámbito salvaje y amenazante. La pampa aparece como “desierto”, en el doble sentido de vacío físico y vacío cultural. Allí, la libertad sin límites se transforma en anomia, y la falta de fronteras deviene metáfora de un país sin ley: “El desierto es, pues, el enemigo”.

    La orientalización también se expresa en el modo de vida gauchesco, equiparado al nomadismo árabe: “El árabe del desierto es el gaucho de nuestras pampas” y “El caballo es para él como su tienda”.

    La referencia al Oriente funciona como marca de un estadio premoderno, incompatible con la idea de progreso. Y así la re-presentación de las grandes llanuras argentinas con estos caracteres, según Sarmiento, “oprime el espíritu”.

    En esta representación simbólica de la pampa nos parece ver, al menos, una función o finalidad de tipo política: justifica la intervención civilizatoria del Estado. En la mirada de Sarmiento, allí donde no hay ciudad, solo puede florecer la barbarie: “Donde acaba la ciudad, empieza la barbarie”. Y como el espacio configura al sujeto, quien habita esa extensión ilimitada queda moldeado por un medio hostil que lo empuja hacia la violencia y la arbitrariedad: “El desierto produce tiranos”. En consecuencia, el caudillismo que surge en el interior aparece entonces como una deformación política inevitable de un territorio no sometido aún al orden urbano y moderno. De ahí que “Facundo es la personificación del desierto”.

    En definitiva, la orientalización de la pampa en Facundo es un dispositivo mediante el cual Sarmiento explica y legitima la disputa política de su tiempo. Al convertir el territorio en síntesis y causa de la barbarie, la pampa se vuelve el escenario donde nace el caudillismo y, con él, el atraso nacional. De este modo, la transformación de la geografía en metáfora política le permite a Sarmiento fundamentar la necesidad de implantar el orden urbano, europeo y moderno como única vía posible para superar “el desierto” y completar el proyecto de civilización para la Argentina.


lunes, 20 de octubre de 2025

Reflexiones en torno a la conquista de América*


 Por: Edgardo Atilio Moreno

En una conferencia titulada “Mitos y verdades sobre la conquista de América”, el historiador Marcelo Gullo planteo este polémico tema utilizando el método socrático denominado mayéutica, es decir a partiendo de una serie de preguntas que permiten al destinatario llegar a la verdad.

Vamos a reproducir aquí esas preguntas y reflexiones que formula Gullo, y les vamos a agregar algunas más, para entender lo que realmente fue la gesta de España en América. 

Para empezar, veamos lo que dicen los partidarios de la leyenda negra de la conquista. Según estos, España vino a América a robar y saquear, y que con ese afán esclavizó a los aborígenes y perpetró un genocidio.

Ahora bien, contrastemos esa tesis con las siguientes preguntas:

¿Si España a vino a robar y a matar, por qué sembró América de hospitales? Si alguien viene a robar y a matar, que necesidad tiene de crear hospitales. Sin embargo, España no bien llegó a América fundó numerosos hospitales. Así, por ejemplo, el hospital más antiguo de América está en Mexico y fue fundado por el propio Hernán Cortez. Otro tanto pasó en el Perú. Allí el hospital de Lima que fundaron los españoles tenía más camas disponibles por cantidad de habitantes que todos los hospitales actuales.

Así mismo, ¿Si España vino a robar y a matar, con qué necesidad se tomó el trabajo de fundar un rosario de colegios y universidades en América?, No es lógico hacer algo así.  Sin embargo, en 1551 Carlos V ordenó la fundación de universidades en México y Perú, para españoles y para los naturales de América.  La universidad de San Marcos en Guayaquil, por ejemplo, se fundó cien años antes que Harvard; y cuando el colegio San Pablo en Lima tenía 45 mil libros, en Harvard apenas tenían 4.500.

Tal vez los detractores de España puedan replicar diciendo que en esas universidades se adoctrinaba a la gente para mantenerla sojuzgadas.  Pues bien, lo asombroso es que en las universidades españolas en América no se estudiaban las teorías del absolutismo monárquico, en boga en Inglaterra y Francia, sino la teoría de Francisco de Vitoria, y de Suarez, de que el poder viene de Dios, pero que Dios lo deposita no directamente en el rey sino en el pueblo; y el pueblo lo delega en el rey para que este gobierne como un padre, y si no lo hace existe el derecho a la resistencia a la opresión, incluso al tiranicidio. Es decir, se estudiaba lo que luego será el fundamento filosófico y político de nuestros primeros gobiernos patrios.

Como dice Gullo, si Maquiavelo se hubiera enterado de esto diría que España estaba loca. ¡Cómo le va a enseñar a la gente a la que vino a explotar que tenía el derecho a rebelarse! La explicación para esto es que España no consideraba a América una colonia sino un reino más del imperio, y a sus habitantes vasallos libres, como todos los del imperio.

Sigamos con las preguntas... ¿Qué hace una potencia imperialista cuando va a un lugar a dominar a un pueblo? Bueno, lo primero que hace es borrarle su lengua. Eso es lo que hicieron los norteamericanos en Filipinas, allí fusilaban a todo mayor de 11 años que era encontrado hablando español. Así borraron el español de Filipinas.

Pues bien, ¿Porque entonces los españoles, que según la leyenda negra vinieron a destruir la cultura de los aborígenes, les enseñaron a estos a escribir en sus propias lenguas? Si España quería borrar todo vestigio de las culturas aborígenes ¿Por qué mucho antes de que existiera una gramática en inglés o en alemán, los españoles hicieron una gramática en nahual, en quichua y en guaraní, para que los aborígenes pudieran escribir en su lengua y conservar su memoria histórica, y su cultura, en todo aquello que no fuera en contra del orden natural, como los sacrificios humanos?

Y eso nos lleva a otra pregunta fundamental. ¿Cómo puede ser que Cortez con 400 hombres derrotara a un ejército azteca de 200 mil guerreros feroces? ¿Cómo lograron tal hazaña? Lo lograron porque tenían arcabuces, dicen algunos, otros dicen porque los indios les tenían miedo a los caballos. Pues bien, está comprobado que hasta que se recarga un arcabuz, al español lo podían matar 40 veces. Y respecto al caballo, es obvio que después de matar al primero, los indios ya no les tuvieron más miedo.

Lo que realmente explica la conquista, no es la superioridad técnica, sino que los españoles contaron con la masiva ayuda de los indios que se rebelaron contra el imperialismo antropófago de los aztecas.

En efecto, los aztecas no eran un pueblo originario de la zona, sino uno que había bajado del norte y había sometido a los pueblos que estaban allí de antes, como los tlascaltecas o los toltecas. Pero además de someter y explotar a los vencidos, los aztecas les exigían un tributo de sangre. Es decir, les pedían a estos pueblos que entregasen sus mujeres e hijos para ser llevados a un altar para que les arranquen el corazón y los tirasen desde la pirámide para que se lo comieran.

El historiador norteamericano pro azteca William Prescott admite que los aztecas sacrificaban 20 mil personas por año. Aunque también dice que no se atreve a afirmar que la cifra de 150 mil, dada por otros, sea falsa. O sea, los aztecas estaban cometiendo un verdadero genocidio cuando llegaron los españoles. Un genocidio que se negó durante años, pero cada vez que se excava se encuentran más pruebas de él; como paredes enteras hechas con calaveras, o murales pintados con sangre, y dibujos representativos.

Y en América del sur, con los incas, paso algo similar. Si bien estos aborígenes no eran antropófagos, ni hacían sacrificios humanos masivos y en forma habitual como los aztecas, sin embargo, ejercían un imperialismo feroz y totalitario que oprimían a otros pueblos, como a los Guancas o a los chachapollas; los cuales se unieron a Pizarro para terminar con sus opresores.

Pero de estas cosas no se habla. De lo que se habla hasta el hartazgo es del supuesto genocidio que cometieron los españoles.

Se acusa así a España de haber matado 40 millones de indígenas. Una cifra absolutamente irreal y fantasiosa, imposible de sostener teniendo en cuenta que el estudio más serio sobre cuantos habitantes tenia América Central lo hace Ángel Rosemblat (que no era católico ni le tenía simpatía a España) y dice que no había más de 4 millones; y que en todo el continente no había más de 12 o 14 millones.

Pero sigamos con las preguntas, ¿Porque si España vino a matar a los aborígenes, porque la corona promovió el casamiento de los españoles con estos?… “casensen españoles con indias”, ordenó la reina Isabel, y el resultado fue el mestizaje.

Se objetará que hubo violaciones de indias. Si, seguramente hubo violaciones, porque esas cosas terribles pasan en toda conquista; pero son incontables los casos de casamientos y de personas que nacieron fruto del amor, un caso famoso fue el inca Garcilazo, un gran escritor que estudio en España y pidió ser enterrado allá. Por otro lado, en la segunda guerra mundial los norteamericanos reconocen oficialmente haber violado 14 mil mujeres alemanas, mientras que los rusos violaron 400 mil al menos, siguiendo expresas directivas oficiales, y nadie por ello lamenta la caída del régimen nazi.

Otra pregunta que podemos formular es ¿porque si a España solo le interesaba el oro de América, porque siguió con la conquista cuando recién 50 años después del descubrimiento se encontraron las minas de oro más importantes? Y así mismo ¿porque se asentaron en regiones en donde no lo había? Como Santiago del Estero.

Y una pregunta más para ir terminando: ¿porque si España oprimió a los aborígenes estos no se rebelaron contra ella cuando el imperio se encontraba en crisis, absolutamente debilitado, en 1700, durante la guerra de la secesión, con los ejércitos extranjeros, franceses ingleses austriacos en España? Eran el momento ideal para hacerlo pues en América no había ejércitos españoles, solo milicias populares de indios y criollos. Entonces ¿no era que los americanos estaban oprimidos? ¿Porque no se rebelaron en esa oportunidad?

Bueno se dirá que cien años después, si lo hicieron. Está bien pero cuando eso sucedió: ¿de qué lado estuvieron la mayoría de los indios? Estuvieron del lado de España.  Porque la guerra no fue entre americanos y españoles, no, fue una guerra civil entre americanos, en la cual la mayoría de los indios se puso de lado de los que querían seguir unidos a España. Los ejércitos españoles llegaron después de 1814.

El general Belgrano, por ejemplo, combatió contra el general Pio Tristan que también era un americano, nacido en Arequipa, Perú. ¿y quiénes eran los soldados de Pio Tristan?  ¿eran españoles? No, eran peruanos y en su mayoría indios.

Es cierto que en el Rio de la Plata la independencia si fue una causa popular que apoyaron los aborígenes, pero lo hicieron porque estos estaban muy resentidos con los borbones que habían expulsado a los jesuitas, que los habían protegido de los portugueses que los cazaban para llevarlos como esclavos a las plantaciones y a las minas de oro de Minas Gerais, y cuando los jesuitas se van los aborígenes quedan a merced de los esclavistas portugueses.

Pero a los portugueses esclavistas nadie los critica, no hay leyenda negra de la conquista portuguesa, porque Portugal era aliando de Inglaterra, y ahí comenzamos a ver quién invento la leyenda negra.

En efecto, si bien la leyenda negra fue inventada en Alemania y Holanda, fue en Inglaterra en donde se convirtió en política de Estado, para dividir el imperio español y apoderarse de América.

Hoy la difunden los izquierdistas, pero la leyenda negra nace en la derecha, y la toman las oligarquías portuarias para justificar su alianza con Inglaterra, no nace en la izquierda. Recién en 1930 la izquierda toma la leyenda negra. En un congreso de partidos comunista reunido en Buenos Aires en ese año, se decide adherir a ella para desestabilizar a los EE.UU., creando republicas indígenas en su patio trasero, en América hispana. Y obviamente para ello antes tenían que difundir el odio a España, y enfrentar a los indígenas con los hombres blancos.

Sin embargo, lejos de desestabilizar a los norteamericanos, el indigenismo solo sirve para dividirnos, por eso Marcelo Gullo dice que el indigenismo es la etapa superior del imperialismo inglés. Y por eso hoy los izquierdistas indigenistas (quieran o no) son la mano de obra barata del imperialismo anglosajón y de la oligarquía financiera mundial, para dividirnos nuevamente.

Por eso es importante conocer la historia, para entender hacia a dónde vamos. Si el indigenismo, que tiene una concepción del Estado étnica, racial, al igual que los nazis, triunfa, vamos a la fragmentación territorial.

Y esto justo en el momento en que el mundo marcha hacia la formación de grandes unidades políticas territoriales. A los grandes bloques de poder político y económico, que se repartirán el mundo. Y nosotros los hispanoamericanos, que somos un solo pueblo, quedaremos al margen, mas divididos y sojuzgados que nunca.

En conclusión: a España no se la debe juzgar por los crímenes y abusos que cometieron algunos -o muchos- de sus hombres, sino por su política hacia América. Por su política que buscó en primer lugar transmitir valores espirituales (la Fe), y proteger a los aborígenes.

Que ello fue así lo prueba el hecho de que España, luego de conquistar un inmenso territorio se planteó la legitimidad de su conquista, llegando a suspender la empresa hasta resolver la cuestión. Solo España subordinó los legítimos fines económicos a los fines espirituales. Solo España les dio a los aborígenes americanos la condición de súbditos libres; solo España promovió el casamiento interracial en América; solo España legisló sobre los derechos de aborígenes y procuró la vigencia de los mismos. No se vio en la historia de la humanidad un imperio que haya hecho todo esto.


*Conferencia dada en el Profesorado de Historia del Instituto de formación  docente La Sagrada  Familia, de Santiago del Estero