Si nadie discute el genio militar
de San Martín, no ocurre lo mismo con su genio político. Paul Groussac,
historiador cuyos méritos no impiden que sus juicios sean a veces apasionados e
inexactos, ha escrito lo siguiente: «Nadie conoce íntimamente a San
Martín; sólo nos es familiar su actitud ecuestre: la marcial figura del
guerrero eternamente montado y en su arreo de batalla. Faltaría apearle para inducir
o conjeturar lo que la inteligencia y el carácter del gobernante hubieran dado
de sí, una vez trasladado el libertador de Chile y protector del Perú a la
Fortaleza de Buenos Aires que apenas había visto. Pero podemos inferir con
certidumbre casi absoluta que las exigencias del mando político habrían sido
superiores a sus aptitudes de político. Su renuncia fue una confesión de
impotencia, y el que se mostró incapaz de mantener el orden en Lima no había de
restablecerlo en el Plata alborotado. Es una puerilidad ir a buscar hoy, en las
simpatías epistolares del protector por el Restaurador, los elementos de un
juicio histórico respecto de éste, a quien nosotros estudiamos y aquél no
estudió. No es dudoso que el famoso legado de la espada de Maipo al “héroe del
desierto” importa un juicio, pero quien de él sale juzgado es San Martín.
Después de su admiración por el genio sombrío de Monteagudo, su adhesión al
americanismo de Rosas completa su fisonomía política. La estrategia de San
Martín, decididamente, no se aplica a estas campañas».
A nuestro modo de ver, Groussac
hace aquí una confusión lamentable. Una cosa es la aptitud de San Martín para
el ejercicio del gobierno y otra su conocimiento de las necesidades nacionales,
de las soluciones que convenía adoptar y de los hombres que se disputaban el
poder. Su aptitud para el gobierno él mismo fue el primero en negarla, al
principio de palabra cuando escribía: «de muy poco entiendo, pero de política
menos que de nada»; y luego en los hechos al renunciar al mando siempre que las
circunstancias lo pusieron en sus manos. En cuanto a la comprensión de la
realidad nacional, demostró poseerla clara y constante desde su desembarco en
el Plata hasta el día de su muerte. El patriotismo, virtud hondamente arraigada
en su alma, lo mantuvo alejado de banderías políticas y le permitió juzgar
recta y desapasionadamente los hombres y los acontecimientos. Juicio certero,
que al tener por criterio fundamental el bien de la patria y no el de una
facción, se identifica en definitiva con el juicio histórico.
Una sola vez participó
activamente San Martín en nuestra política interna. Fue el 8 de octubre de
1812. Gobernaba entonces el Triunvirato, bajo la influencia omnipotente de
Rivadavia. La junta grande había sido disuelta y se había creado una Asamblea
en la cual las tres cuartas partes de la representación nacional correspondían
a Buenos Aires. Habiendo esta Asamblea frustrado una combinación de Rivadavia
para ocupar el cargo de vocal en reemplazo de Pueyrredón, fue a su vez disuelta
y se convocó una nueva, que se inició con una serie de injusticias en la
verificación de los poderes de ciertos diputados. Este régimen centralista y
dictatorial no impedía a Rivadavia dictar decretos sobre seguridad individual y
sobre libertad de imprenta, a pesar de que sólo existía un diario y éste era
gubernista. Pero en cambio se abandonaba el ejército del Norte y al mismo
tiempo se pensaba en retirar el que combatía en la Banda Oriental. La mala
dirección de la guerra era evidente. Belgrano, intimado a retirarse a todo
trance, «aun cuando en el ataque que esperaba del enemigo se declarase la
fortuna por sus armas», contestó que «no le era dado hacer imposibles» y
presentó batalla. La victoria de Tucumán demostró el error de Rivadavia. Las
primeras noticias llegaron a Buenos Aires el 5 de octubre y precipitaron la
caída del Triunvirato. El 8, San Martín y Alvear se presentan en la plaza de la
Victoria al frente del ejército y exigen la renuncia del gobierno, la elección
de nuevos triunviros y la convocación de un congreso general.
Prescindiendo de las
consecuencias internas de tal movimiento –consecuencias discutibles, como lo es
la obra realizada por la Asamblea del año XIII– es digno de señalarse el móvil
de la actitud de San Martín, que no fue de orden meramente político, sino que
tuvo en mira ante todo el interés nacional. Comprendiendo que el problema
capital era terminar la guerra y asegurar la independencia, quiso organizar la
nación en lo político en forma tal que quedase garantizada su organización
militar. La subordinación del problema interno al externo, del interés local o
partidario al interés nacional y, por sobre todo la independencia. Tal fue su
objetivo en la iniciación de su vida pública y tal siguió siéndolo durante toda
su vida.
En 1819 el genio político de San
Martín fue sometido a una dura prueba. Se hallaba en Mendoza, preparando la
campaña del Perú. En Buenos Aires el Congreso acababa de dictar la constitución
unitaria y en consecuencia se había encendido la guerra civil. Los caudillos
del litoral amenazaban a Buenos Aires y el Director Rondeau, en notas urgentes
y «reservadísimas», llamaba a San Martín para que con su ejército impusiera la
constitución. San Martín desobedece, cruza los Andes y realiza la campaña
victoriosa del Perú.
Esa famosa desobediencia ha sido
muy criticada. Miguel Cané le reprocha «el abandono frío que hizo de su patria
agonizante para ir a buscar en los campos de batalla, con un ejército que
consideraba suyo a la manera de un condottieri italiano, la
gloria militar que ambicionaba». Tal juicio es evidentemente injusto. La
salvación de la patria no consistía en imponer por la fuerza a las provincias,
como se intentaba, una monarquía de corte más o menos liberal y parlamentario,
montada sobre la constitución unitaria que las provincias rechazaban. Se acusa
a San Martín de haber provocado los «horrores» del año 20. Pero ¿saben los que
lanzan tal acusación a qué horrores nos había conducido la imposición violenta
del régimen unitario a las provincias? ¿Saben siquiera si hubiese sido posible
hacer el año 19 lo que no pudo hacer Lavalle diez años más tarde? ¿Saben si el
glorioso ejército de los Andes no se hubiese desorganizado y sublevado luego,
como lo hizo el del Norte? Así lo comprendió San Martín y al desobedecer a un
gobierno sin autoridad y decidir con su campaña la independencia, libró al país
de la guerra interior y exterior.
Terminada su campaña regresó a
Buenos Aires, donde fue hostilmente recibido por la oligarquía porteña, y luego
pasó a Europa. En 1829 quiso volver a su patria para terminar en ella sus días,
pero habiendo tenido noticias de la revolución de Lavalle y del fusilamiento de
Dorrego, se detuvo en Montevideo, no sin haberse llegado antes hasta Buenos
Aires, para contemplarla por última vez, desde el puerto. Y es en este momento
en que va a iniciarse la etapa final de su vida, la del ostracismo definitivo,
cuando se hace admirable y aún profética la clarividencia política del general
San Martín.
Lavalle, viéndose perdido, le
ofrece el gobierno de Buenos Aires. San Martín se niega terminantemente a
aceptarlo, manifestando que ya había rechazado igual pedido de parte de los
federales. Y funda su rechazo en las siguientes razones: Es conocida mi
opinión de que el país no hallará jamás quietud, libertad ni prosperidad sino
bajo la forma monárquica de gobierno. En toda mi vida pública he manifestado
francamente esta opinión de la mejor buena fe, como la única solución
conveniente y practicable en el país. Como las ideas contrarias a mi opinión
están en boga y forman la mayoría, yo nunca me resolvería a diezmar a mis
conciudadanos para obligarlos a adoptar un sistema en el que vendrán
necesariamente a parar aunque tarde y después de mil desgracias».
He aquí, claramente expresado, el
pensamiento de San Martín sobre la forma de gobierno. Es el mismo que manifestó
en ocasión de debatirse el asunto en el Congreso de Tucumán. Han transcurrido
más de cien años desde entonces y aún no nos vemos libres de las «mil
desgracias» que San Martín anunció a nuestra república. La guerra civil primero
y el demoliberalismo después, han sido las principales. Aun vamos en busca de
un equilibrio humanamente imposible de alcanzar. Y si algún día Dios quiere que
el orden sea restaurado en el mundo, tal vez se cumpla la profecía del gran
argentino.
Veamos ahora cómo San Martín
juzgaba la situación del país y también el juicio que le merecía la oligarquía
unitaria:
«El objeto de Lavalle –le
escribe a O’Higgins– era el que yo me encargase del mando del ejército
y provincia de Buenos Aires y transase con las demás provincias a fin de
garantir, por mi parte y la de los demás gobernadores, a los autores del
movimiento del 1º de diciembre; pero usted conocerá que en el estado de
exaltación a que han llegado las pasiones, era absolutamente imposible reunir
los partidos en cuestión, sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno
de ellos. Por otra parte, los autores del movimiento del 1º son Rivadavia y sus
satélites, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho,
no sólo a este país, sino al resto de la América, con su infernal conducta».
El juicio era severo: pero justo.
La «infernal conducta» fue el capricho rivadaviano de convertir a Buenos Aires
en centro de la civilización y del progreso, aunque se viniese abajo el país
entero. Ello le movió a descuidar la guerra de la independencia; a aislarse del
resto de América firmando convenciones de paz con España cuando nuestros
aliados naturales eran vencidos en Torata y Moquegua; a negociar la paz con el
Brasil, mientras precipitaba al país en la guerra civil con una serie de
medidas centralistas y absorbentes que demostraban su absoluto desconocimiento
de la realidad nacional. Y los «inmensos males» resultantes de esa conducta
fueron el exacerbamiento de la lucha interna y la mutilación de nuestro
territorio.
Caídos bajo el peso de sus
errores, desprestigiados ante la sana opinión del país, los satélites de
Rivadavia no se resignan en su derrota y el año 28, cuando las provincias
comenzaban a disfrutar la ansiada paz, derrocan al gobierno que las
representaba, fusilan a su jefe e inician el régimen de persecución y violencia
que luego llamaron «tiranía» cuando se volvió contra ellos.
No pasó inadvertido para San
Martín este nuevo carácter con que se iniciaba la lucha. Ya hemos visto su
opinión acerca de la imposibilidad de reunir los partidos en cuestión y de la
dura necesidad del exterminio de uno de ellos. Observemos ahora cómo la explaya
en su interesantísima carta al general Guido:
«Las agitaciones en 19 años de
ensayos en busca de una libertad que no ha existido, y más que todo las
difíciles circunstancias en que se halla en el día nuestro país, hacen clamar a
lo general de los hombres que ven sus fortunas al borde del precipicio, y su
futura suerte cubierta de una funesta incertidumbre, no por un cambio en los
principios que nos rigen y que en mi opinión es en donde está el mal, sino por
un gobierno vigoroso, en una palabra, militar; porque el que se ahoga no repara
en lo que se agarra. Igualmente convienen en que para que el país pueda
existir, es de necesidad absoluta que uno de los dos partidos desaparezca de
él. Al efecto se trata de encontrar un salvador que reuniendo al prestigio de
la victoria el concepto de las demás provincias y más que todo un brazo vigoroso,
salve a la patria de los males que la amenazan: la opinión presenta este
candidato, él es el general San Martín»... «Ahora bien; partiendo
del principio de que es absolutamente necesario que desaparezca uno de los
partidos contendientes por ser incompatible la presencia de ambos con la
tranquilidad pública. ¿Será posible sea yo el escogido para ser el verdugo de
mis conciudadanos, y cual otro Sila cubra mi patria de proscripciones? No,
–jamás, jamás–, mil veces preferiría correr y envolverme en los males que la
amenazan, que ser yo el instrumento de tamaños horrores; por otra parte después
del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos, no me sería
permitido por el que quedase victorioso usar de una clemencia necesaria y, me
vería obligado a ser el agente de furor de pasiones exaltadas, que no consultan
otro principio que el de la venganza. Mi amigo, veamos claro: La situación de
nuestro país es tal que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que
la de apoyarse sobre una facción, o renunciar al mando: esto último es lo que
hago».
Los rasgos esenciales de la
dictadura de Rosas, prevista por San Martín en esta carta, surgen de ella con
admirable exactitud: un brazo vigoroso, necesidad absoluta de la desaparición
de uno de los partidos, carácter sanguinario de la lucha, imposibilidad de la
clemencia y necesidad para el que manda de someterse a una facción.
San Martín no quiso gobernar.
Tenía la convicción de que su carácter no era propio para ello y «una espantosa
aversión a todo mando político» según sus propias palabras. Menos aún deseaba
gobernar en aquellas circunstancias que sabía lo convertirían en «verdugo de
sus conciudadanos». Su misión, asegurar la independencia, había concluido.
Faltaba terminar la obra realizando la unidad política y geográfica del nuevo
estado. Y de ello se encargó Rosas.
La tarea fue dura. La tendencia
nacional en que se apoyó el Restaurador condenó a muerte a la facción
localista, liberal y extranjerizante y él debió ejecutar la sentencia,
sintetizada en el «mueran los salvajes unitarios». Tuvo que asumir el triste e
ingrato papel de verdugo, tanto más ingrato cuanto que las víctimas lo
asumieron a su vez, siempre que las circunstancias se lo permitieron.
San Martín, que previó a Rosas,
supo comprenderlo y admirarlo. Se ha pretendido buscar explicaciones a esa
admiración en su antipatía por Rivadavia y sus satélites, olvidando que esa
antipatía no tuvo por fundamento causas mezquinas, sino los «inmensos males» de
la oligarquía, males que él vio y juzgó con la misma claridad y comprensión que
los aciertos de Rosas. También se ha dicho que fue mal informado. Afirmación
falsa, porque es sabido que recibió la visita de varios emigrados unitarios,
entre ellos Sarmiento y Varela, que le describieron a su criterio la situación
del país. Solamente que San Martín tuvo el buen sentido de admitir tales
informes a beneficio de inventario. «A tan larga distancia –escribe– y
por tantos años alejado de la escena, no me es fácil saber la verdad; pero por
los ecos que hasta aquí llegan, si bien no he conocido al general Rosas, me
inclino a creer que los unitarios exageran y que sus enemigos lo pintan más
arbitrario de lo que sea. Sí, conocí en sus mocedades a los generales que han
encabezado la cruzada unitaria: Paz, Lavalle, el más turbulento; La Madrid,
sino más valiente que éste, sin duda con menos cabeza; y si todos ellos, y lo
mejor del país como se pretende, no logran desmoronar tan mal gobierno, sin
duda es porque la mayoría está convencida de la necesidad de un gobierno fuerte
y de mano firme, para que no vuelvan las bochornosas escenas del año 29, ni que
el comandante de cualquier batallón se levante a fusilar por su orden al
gobernador del Estado».
La simpatía de San Martín por
Rosas se acentúa al verlo defender con energía la integridad nacional amenazada
por Europa. Comprendió lo que otros aún no han querido comprender: las
intenciones conquistadoras de Francia. Iniciado el bloqueo se pone a las
órdenes de Rosas, añadiendo que tres días después de haberlas recibido se
pondrá en marcha para servir a la patria en cualquier clase que se le destine y
en una carta memorable sienta un juicio lapidario contra la actitud de la
oligarquía unitaria: «...lo que no puedo concebir es el que haya
americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para
humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en
tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer
desaparecer».
Todavía en 1850, tres meses antes
de morir, le manifiesta su orgullo como argentino «al ver la
prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra
querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias
tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado». Y luego, en su
testamento, le hace el famoso legado del sable.
El liberalismo hubiese preferido
que San Martín ocultara sus opiniones políticas, para así crear la leyenda de
un libertador demócrata y liberal. Siendo eso imposible, opta por negar valor a
esas opiniones. Ser monárquico, llamar infernal la conducta de Rivadavia y
mostrarse favorable a la dictadura de Rosas, son herejías que el liberalismo no
le perdonará jamás y que exacerban sus iras hasta el punto de exclamar, por
boca de Mitre, que «no es posible salir inmaculado en la lucha de la vida». No
es posible en efecto, pero la frase resulta absurda en boca de quienes no
consideraron mácula aliarse al extranjero por odio a Rosas. Si alguna mácula
hubo en San Martín, no proviene, por cierto, de sus opiniones políticas. Por el
contrario, el haber sabido discernir siempre el bien de la patria de lo que no
lo era, no solo fue fruto de su gran patriotismo, sino un timbre más de gloria
que se añade a los muchos que ya tiene. Y así comienza a reconocérselo la
historia.
* En «Revista Baluarte»,
Buenos Aires, Número 20 – Mayo-Junio 1934.





