Por: Andrea Greco de Alvarez
Cuatro veces habló don Julio Irazusta específicamente de
Ernesto Palacio. En esas cuatro ocasiones su pluma sobria o su expresión
vibrante trazaron la escueta pero categórica descripción del entrañable amigo,
de su obra, de sus condiciones y capacidades, de sus triunfos y fracasos.
La primera vez, lo hizo por medio de un artículo aparecido en
el año 1936 con motivo de la publicación de Catilina contra la oligarquía
(1). En 1976, publica otro artículo al que Irazusta define como su
“testimonio de Ernesto Palacio (2). Finalmente, en 1979, el 4 de enero,
pronuncia las palabras de despedida de los restos mortales de Ernesto Palacio (3);
y en noviembre, ofrece una conferencia en una sesión pública de la Fundación
Nuestra Historia, en conmemoración del 25° aniversario de la aparición de la Historia
de la Argentina (4).
En el primero Irazusta se explaya acerca del Catilina y
el estado de la historiografía romana en general. En el último hace referencia
específicamente a la Historia de la Argentina con algunas alusiones entorno a Catilina.
En los dos restantes Irazusta hace el cuadro de Palacio con dos pinceladas:
la primera, la de sus condiciones y logros intelectuales; la segunda, la de su
amistad. En las dos piezas lo hace en ese preciso orden. Es como si don Julio
quisiera dejar en claro su objetividad en la ponderación de los méritos
intelectuales de Ernesto Palacio. Valoración ganada en buena ley por éste, y en
modo alguno, debida a los fuertes lazos de amistad que a ambos unían. Aspecto
este que Irazusta no desecha. También lo considera algo necesario en su
evocación. Pero poniendo cada cosa en su sitio de modo que una no empañe a la
otra.
Ernesto Palacio, el intelectual
La primera línea con que nos dibuja el boceto de Palacio es
la de sus condiciones literarias. Era poeta, prosista, acometió el ensayo, la
obra de aliento sobre un tema de cultura universal, la narración histórica
argentina, y todo ello lo hizo en forma descollante, asevera en el artículo de Crisis.
Lo que repetiría años más tarde cuando en la sesión de Nuestra Historia comentaba
que a su acendrada formación cultural Palacio unía el don del estilo, hablado o
escrito. Verso, prosa, epigrama en ambos, ensayo, todo lo hacía con suprema
elegancia. “Descolló en todos los géneros literarios”, sentencia en el discurso
fúnebre.
Como poeta, considera Irazusta que “alcanzó niveles muy
elevados”, tanto en composiciones originales como en traducciones. Y como
exponentes de ello, evoca la Oda elegíaco-burlesca al Aue’s Keller, sitio
en el que compartía, con otros poetas, tertulias literarias; la Balada a Las
Tres Gracias, redondilla en loor de sus tres hijas mujeres; y la Elegía
a la muerte de Pedro Miguel Obligado, "composición espléndida, que en
nada se debía a la íntima amistad (que entre ambos escritores no había
existido), sino a la admiración sincera de uno a otro hermano en las
letras"(5). Cualquiera de ellas son dignas, dice Irazusta, de integrar
antologías.
Como ensayista, “figuró desde su juventud entre los más
grandes. A los treinta años era ya hombre de pensamiento y sus artículos de La
Nación llamaban la atención de los mejores"(6). Recuerda que en 1929,
en el suplemento literario dominical, publicó uno de esos trabajos, titulado La
inteligencia como servicio público que, afirma, impresionó al español
Ramiro de Maeztu, recién llegado a la Argentina, como embajador de su país. El
hombre del ‘98 quiso, a partir de la lectura de ese artículo, conocer a
Palacio, haciéndose así amigo de éste y de su grupo.
Amistad que influyó tanto en el español como en el grupo de
argentinos. En éstos, porque Ramiro de Maeztu ya había comenzado esa “revisión
de los conceptos políticos” en que los jóvenes argentinos le siguieron, hasta
llegar a la justipreciar todos los conceptos temporales que el régimen
imperante en el país aceptaba como dogmas cuando en realidad eran materias
opinables, mientras que, por el contrario, en las de los universales rechazaba
todo dogmatismo de carácter religioso (7). En aquél, porque, según el propio
Ramiro de Maeztu confesara en carta a Palacio, consideraba que debía algo de la
evolución de su pensamiento a su residencia en la Argentina y las relaciones
con ese grupo de argentinos. Proceso que culminaría en Defensa de la
hispanidad (1935). Esta vinculación entre el desarrollo del concepto de
Hispanidad en Maeztu y su intercambio de ideas con el grupo de nacionalistas
argentinos ha sido también señalada por Vicente Marrero y por Enrique Zuleta
Álvarez. (8).
En el artículo que Irazusta dedica a Palacio en la Revista Crisis
afirma que siempre lo creyó el mejor prosista de habla castellana de su
tiempo. Al propio tiempo que se lamenta de que tanto la crítica de habla
hispánica como los historiadores de la literaiura no lo haya sabido apreciar de
esta forma. Y expresa: “[...] al punto que la [obra] de Anderson Imbert no lo
nombra para nada, a la vez que cita a un sinnúmero de plumíferos insignificantes”.
Seguramente esta valoración que tenía Irazusta por las
habilidades literarias de Palacio es lo que lo lleva a confesar en sus Memorias:
“A nadie me sentí más inclinado a envidiar, en el sentido de admirar en él
las dotes intelectuales que, a ser posible, habría ambicionado para mí" (9).
Admiración que era mutua. Cuenta don Julio que a fines de
1932, La Nación publicó tres artículos suyos sobre la economía
argentina. Estos tuvieron gran éxito entre el público calificado y hasta fueron
para él mismo una revelación. Recibió, entonces, una carta de Ernesto Palacio,
desde Buenos Aires, en que le manifestaba el gran interés que estos le habían
despertado tanto por su claridad expositiva como de argumentación. Agregaba,
también, que a través de la lectura de aquéllos había descubierto que la culpa
de su aversión por la economía la tenían “los economistas que escriben mal”.
Pero explicaba que como es necesario saber economía había resuelto estudiarla.
“Y esto es consecuencia de sus artículos" (10), le confiaba al amigo.
Como periodista desplegó gran actividad, la que es casi
desconocida, lamenta Irazusta. “Durante muchos años siguió desde el
observatorio de varios periódicos la evolución política, sobre la que arrojó
luces deslumbrantes” -dice don Julio en el discurso fúnebre. Y vaticina que: -
"cuando su obra periodística sea reunida en volúmenes, asombrará al país,
si éste llega a disfrutar de condiciones más favorables al debate libre, de las
que ha tenido hasta ahora”.
“Aquel espléndido florecimiento de un gran espíritu se
concretó en fruto sazonado en Catilina contra la oligarquía, una de las
obras cumbres del pensamiento político nacional”(11). No se considera Irazusta,
a sí mismo, el Indicado para regatear elogios a esta obra. Las razones son
múltiples: asistió a su gestación, vaticinó su importancia al conocer el plan y
los primeros borradores, es de los más viejos y decididos admiradores del
autor, a quien, además, se encuentra unido por lazos de amistad fundados en
experiencias e ideas comunes. “El libro concluido -afírmame pareció perfecto,
de estilo, de composición, de pensamiento, y destinado a tener una repercusión
más que nacional, europea, hasta mundial” (12). Años más tarde, en el discurso
fúnebre lamenta que este pronóstico no se cumpliera y anota la razón por la
cual cree que esa difusión no se logró, al decir: “eso se debió a que los
disidentes argentinos no tienen derecho a la nombradla universal”. También en
la conferencia ofrecida en Nuestra Historia se refiere a este vaticinio
incumplido cuando afirma: “entonces yo no sabía aún lo que ya había dicho
Groussac: que el país no puede dar la gloria, y que ser célebre aquí es apenas
salir de la oscuridad”.
No obstante, siguió creyendo que esta obra entrañaba un gran
valor. Cuarenta y tres años más tarde de aquel artículo de Sur, volvía a
decir con idéntico aprecio hacia el Catilina: “Versión enteramente
nueva, respecto de los historiadores latinos más famosos, fruto de la reflexión
original sobre los datos aportados por aquellos mismos escritores antiguos”. Y
resalta, entonces, que la armonía de la composición, la belleza del estilo, el
pensamiento retomado de la tradición greco-latina-cristiana, “después de siglo
y medio de liberalismo ideológico y ateo, eran refrescantes”(13).
En el artículo de Sur, sobre esta obra, se explaya en
dar respuesta al interrogante acerca de corno es posible que la erudición
europea haya dejado pasar las centurias sin ver lo que muestra este americano,
y por lo mismo “hombre alejado de los únicos sitios donde ciertos problemas
culturales pueden aclararse, profundizarse, llevarse más cerca de su solución
definitiva”, ironiza. Obra maestra de “crítica de la crítica”, si Catilina ha
dado una nueva versión a un antiguo problema se debe fundamentalmente al estado
de la “historia de la historiografía romana”. Era necesaria, cree Irazusta, una
reforma de la concepción del mundo inspirada por los historiadores romanos para
llegar a una exacta visión de la Roma antigua.
Por eso cree que no es extraño que los americanos puedan
hallarse entre los primeros en hacer una revisión de la historia romana; “pues
para ellos -dice- ha llegado como para los demás, la oportunidad que ofrece la
restauración de la verdadera filosofía política”. Por todo lo cual considera
que Ernesto Palacio estaba en las condiciones requeridas para dar de un tema
romano “una versión que, sobre ser original, fuese también verdadera. -Y
agrega- Su Catilina es un libro sólido además de hermoso”(14).
Pero don Julio, que conocía a Palacio, podía afirmar también
que Catilina era un “libro con clave”. Era un desquite contra un
temprano desengaño político, “de esos que templan a los grandes espíritus para
toda la vida. El gran público no se enteró, debido a la perfección de la obra,
no sospechada de la menor aleación con la ganga humana”(15). Es que cree que se
halla tan bien entretejida la experiencia personal con la historia de un caso
similar en la antigüedad, que fue justamente esta coincidencia la que permitió
al autor alcanzar “su mayor acierto”, en el capítulo “Sobre la ambición
política”. En éste encuentra “el mejor planteo hasta hoy existente de las
relaciones entre la política y la moral”(16).
Esta utilización de la analogía por Palacio, que bien resalta
Irazusta, como método para la crítica histórico- política, ha sido analizada,
en nuestro medio, por Inés Sanjurjo de Driollet. Irazusta, como ya dijimos,
alude a este procedimiento utilizado por Palacio definiendo al libro como obra
“con Clave”. Sanjurjo, ahondando en este tema, explica que si bien la obra es una
biografía novelada y un ensayo de reflexión sobre un personaje y sus
circunstancias, de la historia antigua; ofrece al mismo tiempo “otros niveles
de lectura”. Algunos de éstos son revelados, dice, por el autor en el Prólogo a
!a segunda edición y la Introducción. Cuáles son: en primer lugar, el discurso
sobre la revolución del ‘30, en la que Palacio participara pero cuyos
resultados lo defraudaron, tema sobre el cual “hay sutiles trasposiciones que
proceden por analogía, [...] aunque no esté expresamente tratado en los
dieciocho capítulos en los que avanza el drama de Catilina” (17). En segundo
lugar, en otro nivel de lectura, señala la autora, Catilina es una
reflexión de teoría política que contiene una justificación doctrinal de la
revolución. Por medio de la analogía Palacio reconstruye este segmento de la
historia antigua, reflexionando acerca de la crítica situación sociopolítica
del ocaso de la república romana al mismo tiempo que analiza, de modo
implícito, la de nuestro país en 1931, momento en que escribe su libro.
Encontró en el episodio romano las características sociopolíticas de su propia
época y “en el drama de Catilina su propio drama”(18).
Pero volvamos a la descripción de la obra intelectual de
Ernesto Palacio hecha por Julio irazusta. Trazando con maestría el periplo de
la vida del amigo recuerda que “de “La Nueva República” -a través del
enorme desengaño de la revolución de 1930- al Instituto Juan Manuel de Rosas,
siguió la línea que lo había de llevar a escribir su Historia de la Argentina”. Y agrega don Julio en ia sesión
de la Fundación Nuestra Historia, que “el liberalismo le perdonaría
menos aún que su banca de diputado en el parlamento de Perón”. Luego señala que
la forma en que Palacio explica la génesis de su libro en el Prólogo es de una
perfecta racionalidad. “Así es como nacen los grandes libros” -dice. Desde su
juventud, nos cuenta, Palacio había sido profesor de historia argentina. Fue en
el ejercicio de esta labor docente donde experimentó una verdad “hace siglos
descubierta por San Francisco de Sales, en su Introducción a la Vida Devota:
a saber, que la mejor manera de aprender es enseñar”(19).
Relata entonces cómo sobre la base de los hechos estudiados
durante años y repasados de continuo al preparar sus clases, su “poderosa inteligencia”
reflexionaba sobre ellos. Así fue que examinándolos a la luz de categorías que
su cultura humanística le proporcionaba, fue inevitable que su interpretación
“difiriese de la recibida entre nosotros, aún por autores de los textos que él
utilizaba”. Y en esto radica el mérito que don Julio le adjudica a la obra de
Palacio: “su Historia de la Argentina no tiene investigación original, pero sí
muchas interpretaciones nuevas, que sólo a él se le podían ocurrir”, al mismo
tiempo que la considera “la más perfecta narración de la anécdota argentina”(20).
Supo responder a sus críticos cuando advierte que aunque no sea de un
investigador, “es obra similar a la que en los grandes países escriben los
literatos famosos, sin ser especialistas en la materia". Y, más aún,
considera que su éxito de librería, al que define como extraordinario, prueba
que “la buena literatura supera las barreras de la mala tradición recibida y de
los prejuicios triunfantes"(21).
Con el mismo criterio con el cual considera a Catilina un “libro con clave”,
afirma que la Misiona de la Argentina
“se inserta en esa misma categoría”. Sin embargo, existe una
diferencia entre uno y otro, en el primero la clave estaba oculta, y el lector
debía hallarla por sí mismo, en tanto que en el segundo “la influencia de la
pasión personal está confesada, desde el principio”, cuando el propio Palacio
dice que no puede negar que le animara “cierto espíritu de desquite”. Desquite
contra los que habían renegado de la tradición hispánica y católica, contra los
que emascularon al país y le quitaron toda ambición de grandeza. Sin embargo,
dice Palacio que no cree que dicha pasión haya logrado perturbar su juicio.
Irazusta asevera que se le puede admitir esto como verdadero. Como prueba de lo
cual hace notar que las apreciaciones de Palacio sobre los que procuraron el
establecimiento de la Pequeña Argentina, son singularmente equitativas, “no
atribuyendo a maldad deliberada lo que sin duda era fruto de los errores de
concepto en los profetas nacionales"(22).
Ernesto Palacio, el
amigo
La segunda línea, con la cual Julio Irazusta nos completa la
pintura de Ernesto Palacio, luego de haberlo definido por su labor intelectual,
es la de su peculiar forma de ser y brindarse en la amistad. Recuerda que se conocieron
en la Facultad de Derecho, en la vieja casa de la calle Moreno. Donde
alternaron con muchos de los “notables jóvenes, de quienes aprendimos tanto
como de los mejores maestros”-evoca- [...] Después de mi viaje a Europa, que
duró varios años, seguimos unidos, con más intimidad que antes”(23).
“Formó una admirable familia, cuyo hogar estuvo abierto para
mí, en los años que no tuvimos domicilio en Buenos Aires, como si fuera mi
casa”. Amistad que llegó al seno del hogar y los hijos, así fue Irazusta padrino
de la menor de las hijas de Ernesto Palacio. “Una belleza radiante como las
otras dos”, dice orgulloso de su ahijada.
Cuenta que nunca olvidará la hospitalidad que le brindó en
aquellos años de ruda lucha por una Argentina mejor. Virtud a la que cree haber
correspondido con su propia hospitalidad24. En el discurso fúnebre recuerda las
veces que Ernesto fue su huésped en Gualeguaychú, en la ciudad y en el campo,
donde pasó con los suyos en una ocasión, varios meses de vacaciones, “de la que
volvió más conocedor del gaucho argentino de lo que yo lo era hasta entonces”.
Y en el artículo de Crisis refiere que estuvo muchas veces en
Gualeguaychú, en la ciudad cuando aún eran los Irazusta propietarios de la casa
de sus abuelos; en “Las Casuarinas” estancia donde don Julio vivía la mayor
parte del tiempo; y en “San Marcelo”, cuando aún era propiedad de su tío Julián
Irazusta. Allí fue donde estuvo todo un verano. “Y se adaptó tanto a la vida
campesina, que todos los días salía a caballo, recorría todos los puestos de la
estancia y siempre después recordaba a todos los peones, puesteros, montaraces,
etc., como éstos lo recordaban a él”.
Cargado de sentimiento rememora el “espectáculo regocijante”
que era ver el “ímpetu de sus años mozos” y cómo su “permanente ingenio” hacía
disculpar sus “ocasionales salidas de tono”. Recuerda que “era capaz de
sacrificar un amigo por un chiste. Pero, que yo sepa, el encanto de su compañía
le permitía recuperados si su ingenio se los había hecho perder”(25).
De las relaciones de Palacio con otros literatos y escritores
evoca, con añoranza, esa época de su primera juventud en la que había entre
todos los jóvenes escritores una camaradería “hoy desaparecida en la bohemia de
Corrientes y Esmeralda, en la polémica que enfrentaba a Florida y Boedo, en las
tertulias de la Cosechera con Fernández Moreno o del Aue’s Keller con Pardo,
Quiroga y Payró, en Oro del Rín con Charles de Sousens”(26). En todos estos
sitios Ernesto Palacio brillaba con su "ingenio hablado”.
En las Memorias, relata cómo estrecharon relaciones
con Leopoldo Lugones, el “insigne poeta y ciudadano, cuyo ingenio enaltecía al más
humilde entre quienes teníamos el privilegio de su amistad”. Y cuenta que al
comienzo de La Nueva República había polemizado con ellos, aunque sin
nombrarlos, a causa del concepto de nacionalismo, al que Lugones definía como
“un odio”, contrapuesto al patriotismo, al que consideraba “un amor”. Fue
Ernesto Palacio quien asumió la tarea de responderle, “y lo hizo con su
habitual eficacia dialéctica”. De la misma manera que respondió a la acusación
de ser La Nueva República una “precipitada imitación de una cosa
europea”. Lo hizo con estas palabras que cita Irazusta:
“¿No le parece que ello convendría mejor a sus tentativas
fascistas? Nosotros, por el contrario, tratamos de entroncar en la tradición
del país y mantenernos en el terreno de nuestras instituciones, por lo cual
siempre hemos rechazado enérgicamente la confusión entre sus doctrinas y las de
La N. R., argumento predilecto de nuestros adversarios. Le agradecemos,
pues, que haya hecho Ud. también su parte para evitar que dicha confusión
continúe”(27).
Advierte Irazusta que con su “habitual generosidad y
bonhomía, don Leopoldo hizo caso omiso del tono ligeramente impertinente que
Ernesto empleó al responderle, y siguió su amistad con él y con nosotros”.
Tanto en las Memorias como en el discurso fúnebre,
hace referencia al ensayo de Ernesto Palacio sobre Lugones vivo en el cual éste
trazó un cuadro inimitable de las relaciones entre el gran poeta, y “el
impertinente jovencito” que él era cuando empezó a frecuentarlo. Y recuerda,
que después de la polémica citada, Lugones colaboró en algunas publicaciones de
La N.R., hasta convertirse en contertulio de todos los días, forjando
una amistad personal que no impedían las diferencias que los separaban respecto
de la realidad y el pasado nacionales (28).
Juntos iniciaron La Nueva República e intervinieron en
su primera aventura política; al comienzo como desapasionados observadores de
la evolución nacional, y enseguida como actores en las luchas del día. “El
desengaño sufrido nos templó para toda la vida” -afirma. Más adelante nos
brinda un dato más acerca de la personalidad de Ernesto Palacio cuando asegura
que: “La falta de notoriedad, la escasa difusión de sus escritos, las
dificultades cotidianas que debía enfrentar en medio de tales circunstancias,
jamás lo amargaron”(29).
Sobre sus últimos años, con gran pesar, recuerda al despedir
sus restos, que el accidente que Palacio sufrió en 1955, y que le privara en
gran parte de su capacidad de trabajo, significó para el país una pérdida
irreparable. En ese cuarto de siglo habría podido darle al país otras cuantas
obras más “tan admirables como las que nos ha dejado”30. Afirma don Julio que
para honra del país, la jubilación de diputado le permitió vivir dignamente sus
últimos años y comenta que no se trataba de una de esas jubilaciones especiales
que se daban a las “larvas” de la política, aún jóvenes, surgidas a jerarquías
inmerecidas, sino "la culminación de una vida de trabajo docente, que
apenas le alcanzó para mantener su familia con decoro, aunque ayudándose con su
incesante trabajo intelectual”(31).
Aquél 4 de enero de 1979 Don Julio Irazusta comenzó el adiós
del amigo y camarada expresando:
“Venimos aquí a despedir los restos mortales de un hombre
cuyo talento fue de los más poderosos que ha producido esta raza argentina, de
la que Aristóbulo del Valle dijo era “sobria, inteligente y fuerte”. Por la
entrañable amistad que nos unió, me corresponderían las generales de la ley
para no excederme en la alabanza de su personalidad. Pero estoy seguro de no
equivocarme al decir que Ernesto Palacio fue el mejor dotado de todos los
escritores de nuestra generación”(32).
Para terminar tal discurso rindiendo un homenaje no sólo a
Ernesto Palacio sino a todos aquellos que con idéntico tesón anhelaron y
trabajaron por una Argentina soberana:
“La muerte de Ernesto Palacio se suma a la de tantos otros de
los compañeros de la generación que nos acompañaron a bregar por una Argentina
digna de sus antecedentes: Ramón Dolí, Scalabrini Ortiz, Julio Meinvielle, Luis
Dellepiane, Rodolfo Irazusta, Mario Lassaga, Carmelo Pellegrini, Mario Jurado.
Tantos sueños desvanecidos, tantas esperanzas defraudadas no conmovieron a esos
justadores. Creo que sus obras y sus acciones se recordarán, si el país ha de
sobrevivir a sus tremendas dificultades, cuyo comienzo fuimos los primeros en
anticipar, hace ya más de cincuenta años.
Aquel de entre todos que por la magia del estilo tiene más
probabilidades de supervivencia, es sin duda para mí, Ernesto Palacio. Ese
punto luminosos entre dos eternidades que fue su prosa, brillará para su
posterioridad mientras se siga hablando en castellano”(33).
Irazusta y Palacio,
frente a frente
“No hay patria sin historia, que es la conciencia del propio
ser. No hay nacionalidad sin una idea, siquiera aproximada y confusa, sobre su
vocación y su destino” escribió Ernesto Palacio en La historia falsificada.
Pero para que una nación pueda obrar válidamente -dice- debe hacerlo en el
sentido que le determina su propia índole, prescrita en su historia. Por ello
es que la interrogación que se hace un pueblo sobre su destino se vincula al
interrogante sobre los orígenes. Más aún, afirma, que la respuesta de aquélla
será tanto más acertada cuanto más nos preocupemos por responder a éste. De
aquí la urgencia que siente Palacio por hacer una revisión de nuestra historia,
ya que está convencido de que ésta nos pondría en condiciones de proclamar
abiertamente ante el mundo nuestro ser y nuestro ideal. Es que la conciencia
del ser nacional supone un “querer ser”, supone un ideal que inspire la
conducta, supone una meta. Esto no lo tenernos, advierte Palacio, por falta de
lo único que puede comunicarlo: la historia. No sabemos qué hacer porque no
sabemos lo que somos; y no sabemos lo que somos “porque se nos ha confundido
deliberadamente sobre nuestros orígenes y no sabemos ahora de donde venimos”.
Esta revisión de la historia deberá tener por fin la búsqueda de la verdad
histórica, de la verdad acerca del origen y tradición patria. “Los tiempos
están maduros -dice Palacio- para la restauración de la verdad que será fecunda
en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las
almas”. La verdad histórica explicará los nuevos problemas y comunicará al
corazón de los argentinos un legítimo orgullo patriótico”(34).
Este era su sentido de la historia, de la patria, de su
origen y su destino. Veía en la historia patria el abrazo profundo y fecundo
entre el pasado y el porvenir, entre el origen y el destino.
Enrique Zuleta Álvarez, analizando la vida de Julio Irazusta,
comenta que a partir de 1930 comienza la segunda etapa en la vida de Irazusta.
En esa década del ‘30 “tanto los Irazusta como Ernesto Palacio reflexionaron
sobre las bases teóricas de sus ideas y de la experiencia realizada”. Fue
entonces cuando Palacio escribió su “luminoso y original” Catilina, contra la
oligarquía, (al cual define como un clásico de nuestra literatura política) y
“Julio Irazusta emprendió un estudio analítico y concienzudo de toda la
historiografía argentina”(35).
Ambos autores veían como se entrecruzaban la historia y la
política. De la reflexión sobre este hecho, que palpaban tanto en la vida
nacional como en la propia, verían la luz aportes de ambos al esclarecimiento
sobre las relaciones entre la historia y la política. Así en la misma línea y
complementando esos planteos, Ernesto Palacio escribe acerca de cómo la
política y el presente orientan la búsqueda del historiador, mientras Irazusta
habla de cómo la historia sirve a la política y al presente.
En 1935 Irazusta afirma en su Ensayo sobre Rosas que
es difícil distinguir historia y política, ya que son actividades
complementarias.
“La historia propiamente dicha no se concibe sin un criterio
político y la buena política no se concibe sin el conocimiento de la historia.
Para el político, la historia es el sucedáneo de la experiencia imposible; para
el historiador la política es el eje del criterio interpretativo”(36).
Oportunamente, en 1939, Ernesto Palacio, en una línea de
continuidad de ese mismo pensamiento publicaba la selección de ensayos reunidos
con el título La Historia Falsificada
donde como hemos visto se explaya en diversos conceptos acerca de la
historia. En uno de esos ensayos titulado Necesidad de una historia nacional hace hincapié en la
necesidad de una historia “perpetuamente renovada”. Las actuales generaciones
se encuentran dotadas de nuevos anhelos, inquietas por problemas ayer
insospechados y por lo mismo, dice, necesitan que el historiador las sitúe en
el desarrollo de la vida colectiva. “La verdad del siglo pasado no les sirve.
Les hace, nos hace falta la verdad de hoy”. Aclara, sí, para que su postura no
se confunda con escepticismo histórico, que cree en la verdad, "posible y
frecuente”, y en la obligación de perseguirla con absoluto desinterés de
cualquier otra finalidad. Pero, explica, que la verdad histórica pertenece a
una categoría completamente distinta de las verdades físicas o matemáticas. La
historia como ciencia moral y política que es, obliga al historiador a operar
sobre hechos humanos y no sobre hechos materiales, que por ello dependen de la
psicología y la ética. Por consiguiente, los hechos históricos son susceptibles
de un margen de interpretación; ya que actualizan la vida de quienes nos
precedieron y nos comunican la conciencia de nuestra solidaridad con ellos;
enriqueciendo así nuestra personalidad y aclarándonos la perspectiva de nuestro
propio destino.
“Interpretación no quiere decir de ningún modo arbitrariedad
sino, al contrario, racionalidad: transcripción de los hechos vivificados,
relacionados, jerarquizados por la inteligencia. Y si las interpretaciones
varían con las épocas y los autores, ello no implica generalmente un proceso de
destrucción paulatina y fatal de viejas verdades, sino la exhibición de
aspectos inéditos o mal apreciados y, en definitiva, un aumento de la
experiencia común (37).
A su tiempo, Irazusta resalta a la historia como guía de la
política y del presente. En su estudio sobre Adolfo Saldías señala que la “gran
historia” surge como algo inevitable de un “espíritu trabajado por una gran
preocupación o por una gran idea”. Por eso, dice que el historiador es un
político y militar o un filósofo antes que un profesional en la materia. Y
añade:
“La historia es maestra de la vida sólo para quienes no le
piden recetas de fácil aplicación, sino que en su cultivo tratan de acendrar su
conocimiento de la eterna operación del espíritu humano en el terreno de la
práctica, y en los héroes verdaderos, cuyos aciertos tratan de descubrir y
cuyos errores descartan; hallan una inspiración antes que modelos de acciones,
que la historia no puede ofrecer”(38).
Dos vidas unidas por la historia, las ideas, experiencias
comunes y fundamentalmente por el anhelo de una Argentina Soberana. Nos hemos
ocupado aquí del retrato que uno hiciera del otro. Sencilla pero certera
descripción de un hombre. Ese hombre era Ernesto Palacio.
Poeta, historiador, político y patriota. Es necesario ser
poeta para advertir el deber ser de la Nación. Y supo serlo. Es preciso ser
historiador para analizar su devenir. Y también lo fue. Hay que tener el
espíritu pronto para vislumbrar a la Argentina invisible, la
tradicional, la auténtica. Y lo tuvo. Sobre todo, es menester atreverse a tener
ojos mejores para ver la Patria, como pedía Lugones. Y Ernesto Palacio
se atrevió. Pero es necesario, también, estar, como don Julio, a la altura
intelectual de este hombre para poder delinear con trazo firme su horizonte
espiritual.
Notas
* De gran importancia para la elaboración de presente
artículo ha sido la minuciosa y exhaustiva bibliografía de Irazusta que a
continuación citamos: BOHDZIEWICZ, Jorge Bibliografía del Académico de
número Dr. Julio Irazusta, Boletín de la Academia Nacional de la Historia, vol.
LXI, Buenos Aires, 1988.
1 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina de Ernesto Palacio y
la historiografía romana". Sur, n° 20, Bs. As., 1936, ps. 77-83.
2 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo en forma
descollante". Crisis, n° 38, Bs. As., 1976, p. 43, cols. 2-3.
3 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio". Cabildo, n°
22, 2a. época, Bs. As., 1979, ps. 11-12.
4 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la
Argentina" de Ernesto Palacio. A los 25 años de su aparición".
Nuestra Historia, n° 24, Bs. As., Fundación Nuestra Historia, 1979, ps.
328-330.
5 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio". Op. cit.,
p. 11, col. 3.
6 Ibid., p. 12, col. 1.
7 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la
Argentina..." Op. cit., ps. 328-329.
8 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p.
12, col. 1. ZULETA ÁLVAREZ, Enrique. El nacionalismo Argentino. Bs. As.,
Ed. La Bastilla, 1975, p. 217, y Vicente Marrero. Maeztu. Madrid, Rialp,
1955, ps. 543-545.
9 IRAZUSTA, Julio. Memorias (Historia de un historiador a
la fuerza). Bs. As., Ediciones Culturales, 1975, p. 222.
10 Ibid., p. 204.
11 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p.
12, col. 1. La primera edición de la obra, aparecida en 1935, se tituló Catilina contra la oligarquía. De
este modo la nombra Irazusta en los artículos de Nuestra Historia y Cabildo.
En los de Crisis y Sur se refiere a la obra sólo como Catilina. La segunda edición
publicada en 1946, llevó por título Catilina,
la Revolución contra la Plutocracia de Roma.
12 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina...". Op. cit.,
p. 77.
13 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la
Argentina..." Op. cit., p. 329.
14 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina...". Op. cit.,
p. 82.
15 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la
Argentina..." Op. cit., p. 329.
16 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p.
12, cois. 1-2. También se refiere de este modo al capítulo "Sobre la ambición política" en:
Irazusta, Julio. "Todo lo hizo...", Op. cit., p. 43, col 2; y
Julio Irazusta. Memorias... Op. cit.,p. 202.
17 SANJURJO DE DRIOLLET, Inés Elena. "Catilina de
Ernesto Palacio. La analogía como método para la crítica
Histórico-Política", il Encuentro de Historia Argentina y Regional,
Conflictos y Revoluciones siglos XIX y XX, Tomo II, Mendoza, U.N.C., F. F.
y L., 1996, p. [449].
18 Ibid., ps. 505, 507 y 514.
19 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la
Argentina..." Op. cit., p. 329.
20 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op.
cit., p. 43, col. 3.
21 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la
Argentina..." Op. cit., p. 330.
22 Ibid., ps. 329-330.
23 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p.
12, col. 3.
24 IRAZUSTA, Julio. Memorias... Op. cit., p. 223.
25 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op.
cit., p. 43, cois. 2-3.
26 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p.
12, col. 1.
27 IRAZUSTA, Julio. Memorias... Op. cit., p. 201.
28 Ibid., p. 202.
29 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio"., p.
12, col. 2.
30 Ibid.
31 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op.
cit., p. 43, col. 3.
32 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p.
11, col. 2.
33 Ibid., p. 12, col. 3.
34 PALACIO, Ernesto. La Historia falsificada. Bs. As.
, Peña Lillo, 1960, ps. 14, 21,26, 25, 22, 45.
35 ZULETA ÁLVAREZ, Enrique y otros. Homenaje a Julio
Irazusta. Presencia de Irazusta en la Argentina Contemporánea. Mendoza,
1984, p. 13.
36 Cita de cita: ZULETA ÁLVAREZ, Enrique. El Nacionalismo
Argentino. Op. cit., p. 349-350.
37 PALACIO, Ernesto. Op. cit., ps. 16-17.
38 Cita de cita: DÍAZ ARAUJO, Enrique y otros. Homenaje a
Irazusta. Aspectos de la teoría política de Julio Irazusta. Op. cit., ps.
75-76.
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