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miércoles, 20 de febrero de 2013

BICENTENARIO LIBERAL

Por Enrique Díaz Araujo

La afamada “Asamblea del Año Trece”, es la diadema de la corona histórica del liberalismo argentino.
Comencemos por recordar el antecedente obligado de la Asamblea local: las Cortes de Cádiz. Ellas sancionaron la Constitución de 1812, apodada “La Pepa”, declarada “sagrada” por el liberalismo hispano, y copiada de la Constitución revolucionaria francesa de 1793. Dicha carta fue tildada de “monstruosa” por Simón Bolívar, y suprimida por San Martín en el Perú. Tras un examen prolijo, sostiene Federico Suárez Verdeguer que fue:

“La Constitución de 1812, copia servil y no pocas veces literal de la francesa” -[1]-.
Pues, diversos decretos de esas fementidas Cortes gaditanas fueron copiados a la letra por los asambleístas liberales de 1813. El escritor socialista Julio V. González ha cotejado en detalle la copia -[2]-. Por lo cual, también asevera que esta Asamblea General fue:
“El fruto ópimo del cultivo que en el terreno de las ideas habían realizado el jansenismo, el episcopalismo, el regalismo, el filosofismo, el economismo y el liberalismo. Estudiar todas esas escuelas filosóficas o económicas y tendencias, es ahondar en las causas de la revolución española y, con ella, de la revolución argentina” -[3]-.

Coincidentemente, sobre este magno Congreso escribió el socorrido marxista José Ingenieros:
“Una cosa es segura: el pensamiento revolucionario fue totalmente conducido a término por la Asamblea del Año XIII. Ningún otro cuerpo de representantes, en toda América, tuvo de él una noción más clara. Los jacobinos de Buenos Aires la dirigieron sin reservas… No declaró la independencia por creerlo superfluo…
La obra legislativa de nuestra Asamblea -lo mismo que las Cortes de Cádiz-, en cuanto a los principios fundamentales, se ajusta fielmente a lo legislado en París… Desde la libertad de vientres hasta la constitución civil del clero, todo tiene allí su fuente inspiradora. No es necesario agregar más, fue ésta la Asamblea magna de la Revolución, tal como la anhelaba Moreno… Resultó una digna evocación del modelo francés” -[4]-.

En la muy liberal Historia de la Nación Argentina, de la Academia Nacional de la Historia, que dirigiera don Ricardo Levene, el serio investigador Juan Canter definió el carácter y el estilo de esa Asamblea, con estas palabras:
“La nueva política, preconizando liberalismo y reforma, a pesar de su presuntuosidad, careció de fórmulas originales. Calcó disposiciones y en toda su tarea civilista adoptó un aire de suficiencia, pareja con su postura prepotente…
Era una ideología extraña y una rara política que proclamaba los modelos ingleses y franceses, remedando al propio tiempo, a los españoles sin aludirlos…
La Asamblea… castigaba todo desaire y desestimación… presumía de un liberalismo aparentemente nivelatorio; pero, en realidad se hallaba formada por un conjunto egregio y calificado que no toleraba discrepancias, dispuesto a estrangular cualquier rebeldía” -[5]-.

O sea, aquello de Gaspar Núñez de Arce: “El libre pensamiento proclamo en alta voz, / y muera quien no piense como yo”…
Asamblea que se declaró “Constituyente”, pero que no constituyó nada (los proyectos constitucionales fueron archivados), por la muy buena razón de que antes no declaró la Independencia (pese al reclamo de los artiguistas y sanmartinianos).

Bien; trazado el cuadro general, pasaremos a analizar las medidas en detalle. A tal efecto, enumeraremos algunas de las célebres “reformas”. Advirtamos desde ya que esas normas las introdujo la mayoría liberal alvearista, contra la opinión de los diputados que respondían a San Martín -[6]-. Asimismo, fijaremos la distancia entre los dichos y los hechos. Decimos esto último porque hay historiadores que se limitan a citar las leyes promulgadas por la Asamblea, como un catálogo jurídico, sin mención de su fuente y sin estudiar su concreción.

Ante todo, convengamos con José María Rosa que:
“La obra de la Asamblea fue para la propaganda interior. Dio, como si fueran de su inspiración, leyes sancionadas por los constituyentes de Cádiz…Habló mucho de libertad y dictó leyes liberales que nunca se aplicaron” -[7]-.
Pues, las tales reformas fueron:

1).- Eclesiásticas:
En el orden religioso, conforme lo asentara Pedro Agrelo, uno de los miembros liberales más radicalizados, “se puso la primera base de una iglesia independiente y nacional” -[8]-.
O sea: cismática.
a.- Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición:
Se suprimió, siguiendo las decisiones tomadas por las Cortes de Cádiz, del 22 de abril de 1811 y el 22 de febrero de 1813 -[9]-; anulando los “instrumentos de tortura” que aplicaría ese Tribunal. Sin entrar en la consideración de cuanta difamación han esparcido los liberales contra la Inquisición -[10]-, como mínimo cabe apuntar que en Buenos Aires no funcionaba ese Tribunal, estando su sede en Lima (en donde, como queda dicho, lo habían abolido las Cortes gaditanas) - [11] -.
En cuanto a sus “instrumentos de tortura”, supuestamente empleados por la Inquisición y otros tribunales civiles, se pasó de la estupidez a la payasada. Existía una mitología liberal sobre esos tormentos. Pero lo cierto es que, antes que otros tribunales, la Inquisición hacía un siglo que los había suprimido -[12]-. En Buenos Aires, el asunto tuvo ribetes sainetescos, pues para quemar dichos instrumentos, hubo que empezar por fabricarlos -[13]- . El único consuelo fue que en España, años después, durante el “Trienio Constitucional”, se repitió la barrabasada -[14]-.

b.- Normas eclesiales:
Se procedió a establecer:
- el número de monjas por convento,
- fijar en treinta años la edad para ingresar a las órdenes regulares (19 de mayo),
- el comisario general de regulares (28 de junio),
- la secularización de los hospitales de las comunidades religiosas (13 de julio),
- y sobre todo, el 4 de agosto, se dispuso que el bautismo no se administrara antes de los nueve días desde el nacimiento y se efectuara con agua templada “para evitar los espasmos” -[15]- . Ley tan importante que el Director Supremo Gervasio Antonio Posadas, se encargó de aclarar que:
“Se reencarga muy particularmente al Supremo Poder Ejecutivo la vigilancia” de esa norma -[16]-.
No se sabe si se llegó a disponer la colocación de un policía junto a cada pila bautismal, para controlar el cumplimiento de esa regla principal.
Si, en cambio, se conoce que el autor de esas iniciativas fue Carlos de Alvear, quien impulsó a la Asamblea a sancionar “reformas tan trascendentales”, como señala el historiador oficioso de la Masonería Argentina -[17]-.
Es importante recordar que las Cortes de Cádiz, modelo de nuestra Asamblea, habían resuelto la supresión de las colegiatas, la reforma del canto eclesiástico y la mudanza de la hora de los maitines -[18]-.
Para mejor valuar estas medidas, debe tenerse presente que estábamos en plena guerra con el Consejo de Regencia. Era algo así como si durante la “bliztkrieg” de la Lutwaffe sobre Londres de 1941, la Cámara de los Lores hubiera resuelto pasarse al sistema métrico decimal o revalorizar la poesía de P.B. Shelley.

2).- Leyes igualitarias:
a) Se suprimieron los títulos de nobleza (21 de mayo de 1813).
Medida calcada de la Constitución Doceañista de Cádiz y de la francesa de 1793. Acto que provoca en el Dr. Francisco José Quagliani el siguiente comentario:
“Imagino el odio despertado en aquellos que dejan de ser condes o marqueses, que deben bajar su escudo de la puerta de su casa”-[19]-.
Portentosa imaginación democrático-novelesca, realmente. Porque el único noble nativo que había en el antiguo virreinato del Río de la Plata era el marqués de Yavi, Juan José Fernández Campero, en Jujuy (marqués del Valle de Tojo). Lamentablemente para la fantasía de Quagliani, no se le pudo aplicar la medida anti-aristocrática, porque dirigía tropas autonomistas en Tarija, en la lucha del Alto Perú, y amenazó con desertar si se insistía en desconocerle su título de nobleza. (Títulos de otro origen eran el germano del teniente de la Guardia Valona Eduard Kailitz, barón de Holmberg, que había viajado con los americanos en la “George Canning” en 1812, y el irlandés del cordobés Miguel del Mármol, conde de Lúcar y Quilmaró).

Anota Héctor B. Petrocelli:
“Parece que los únicos perjudicados por la abolición de los títulos de nobleza fueron el marqués de Yavi y el barón de Holmberg, que curiosamente militaban en las filas patriotas” -[20]-.

b).- Se abolieron los mayorazgos y vinculados.
Las Cortes de Cádiz suprimieron los “privilegios señoriales”, el 6 de agosto de 1811. Por eso, acá el 13 de agosto de 1813, a petición de Alvear, se derogaron los “mayorazgos” y “vinculados” (bienes de familia, que restituyó el Código Civil).
En realidad, en América no había mayorazgos (derecho del primogénito sobre el patrimonio familiar heredado). En el Río de la Plata, había uno, el de San Sebastián de Sañogasta, de la familia Brizuela y Doria, de La Rioja, que no fue afectado, pues duró hasta el siglo XX -[21]-.

c).- Beneficios:
Se suprimieron. Pero:
“Tampoco abundaban los beneficios de órdenes nobiliarias. En Buenos Aires sólo dos personas poseían la Orden de Carlos III”-[22]-.

d).- Tributos sobre los indios:
Referente a la mita, el yanaconazgo y el servicio personal de los aborígenes, debe recordarse que ya habían sido abolidos en 1612.
No obstante, pensando, tal vez, que lo que abunda no daña, el Consejo de Regencia, ordenó el fin de las prestaciones personales de los indígenas, el 26 de mayo de 1810. Las Cortes de Cádiz lo convirtieron en ley, el 13 de marzo de 1811. La Junta Grande, en Buenos Aires, copió esas normas, el 1 de setiembre de 1811.
Con alguna demora, y para no ser menos, la Asamblea dispuso volver a abolir la mita, encomienda y yanaconazgo, que habían tributado los indígenas en otra época. Claro que “en el dominio de la Asamblea no existían indios en estas condiciones; algo, muy poco, quedaba en el Alto Perú, región que estaba ocupada por el enemigo”-[23]-.

e).- Libertad de Vientres:
El 2 de febrero se copió una ley de las Cortes de Cádiz, del 10 de enero de 1812, declarando libres a los esclavos que se introdujeran en el territorio o que nacieran en él.
Pero, dada la masiva emigración de negros y negras brasileñas embarazadas, y a instancias de Lord Strangford, se derogó -[24]-.
Recién por el art. 15 de la Constitución Nacional de 1853 se liberó a los esclavos-[25]-.
Otra norma trascendental fue la creación de una Junta para inspeccionar los abusos de las boticas -[26]-.
Su broche de oro consistió en “extrañar” -esto es mandar castigado a San Juan- al antiguo Jefe de los Patricios y Presidente de la Primera Junta, Brigadier Cornelio Saavedra -[27]-.
Tal el majestuoso inicio de nuestro liberalismo, que con análoga dignidad, ha “ampliado esos derechos”, en las últimas décadas. Menos mal que la “Gaceta” y el “El Redactor” de la Asamblea, dejaron constancia “de la resistencia y de la oposición de los partidarios de San Martín, al nuevo orden político” -[28]-.

Con referencia a los símbolos patrios, que la Asamblea encomendó sin sancionarlos -[29]-, le escribió San Martín a Tomás Godoy Cruz, el 12 de abril de 1816:
“¿No le parece a Ud. una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener pabellón y cocarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en día se cree dependemos? ¡Hasta cuando esperamos para declarar nuestra independencia!” -[30]-.
Pero, claro, para el alvearismo, masón, liberal y pro-británico, la cuestión de la Independencia era, como diría José Ingenieros, un asunto “superfluo”.

Más todavía. El tío de Alvear, y militante destacado de su logia, Gervasio Antonio Posadas, nombrado Director Supremo, con poderes extraordinarios, envió dos mensajeros a España. En su mensaje, le tributaba al rey Fernando VII:
“Las más sinceras protestas de su vasallaje, felicitándolo por su ventura y deseada restitución al trono, y suplicándole humildemente el que se digne, como padre de sus pueblos, darles a entender los términos que han de reglar su gobierno y administración” -[31]-.
¡Y todavía hay ingenuos que creen que porque se sacó la imagen del Rey en los sellos de las monedas de Potosí, se había dado un paso adelante en la independencia! -[32]-.
De lo expuesto surge que la Asamblea del Año Trece fue mucho más “emancipadora” que el Congreso de Tucumán, quien se limitó a declarar la Independencia, decisión soberana que la Asamblea se había negado a tomar -[33]-.





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[1] .- Suárez, Federico. La crisis política del antiguo régimen en España (1800-1840), 2ª ed., Madrid, Rialp, 1958, p. 31.
[2] .- González, Julio V., Filiación histórica del gobierno representativo, Bs. As., 1938, t. II, pp. 413-417.
[3] .- González, Julio V., Op. cit., t. II, p. 444.
[4] .- Ingenieros, José, La evolución de las ideas argentinas, Bs. As., El Ateneo, 1951, t. I, pp. 211, 216, 219.
[5] .- Canter, Juan, “La Asamblea General Constituyente”, en HNA, vol. VI, Primera Sección, cap. I, pp. 36-37, 72 y nota 102.
[6] .- Lafont, Julio, Historia de la Constitución Argentina, Bs. As., F.D.V., 1950, t. I, p. 369. Según Lafont, el grupo de diputados sanmartinianos estaba integrado por: Vicente López y Planes, Manuel de Luzuriaga, Eduardo Ramón Anchoris, José Ugarteche, y Agustín Donado. Agrega Juan Canter: “Las tendencias polarizadas en torno de San Martín y de Alvear, derivadas luego en facciones, se enfrentan con sus programas y finalidades en el seno de la Asamblea. Más tarde al promediar 1814 sus rivalidades desembocan en una lucha que confluye en la coalición revolucionaria de 1815… Cuando la facción alvearista, logró la regulación de la Asamblea y avasalló todo el organismo del poder, tergiversó los principios de la Logia… La declaración de la independencia quedó así postergada definitivamente por el régimen asambleísta”, op. cit., pp. 102-103 y nota 187.
[7] .- Rosa, José María, Historia Argentina, tomo III, La independencia (1812-1826), Bs. As., Juan C. Granda, 1964, p. 20.
[8] .- Canter, Juan, Op. cit., p. 177.
[9] .- Antes, y como primera medida de su reinado, José I Bonaparte, en 1808, a requerimiento masónico, había abolido la Inquisición, entregado su edificio a las logias: Lappas, Alcibíades, La Masonería Argentina a través de sus hombres, Bs. As., 1958, p. 50.
[10] .- Ver al respecto, cuanto menos, las siguientes obras: Walsh, William Thomas, Personajes de la Inquisición, Madrid, Espasa-Calpe, 1948; Llorca, Bernardino, S.J., La Inquisición en España, Barcelona, Labor, 2ª ed., 1946; De la Pinta Llorente, Miguel, O.S.A., La Inquisición Española y los problemas de la cultura y de la intolerancia, Madrid, Cultura Hispánica, 1958; Dumont, Jean, Proceso contradictorio a la Inquisición Española, Madrid, Encuentro, 2000; Abascal, Salvador, La Inquisición en Hispanoamérica, México DF, Tradición, 1998; Nickerson, Hoffman, La Inquisición, Bs. As., La Espiga de Oro, 1946; Palacio Atard, Vicente, Razón de la Inquisición, Madrid, Publicaciones Españolas, 1954; Iturralde, Cristian Rodrigo, La Inquisición, un tribunal de misericordia, Bs. As., Vórtice, 2011.
[11] .- Medina, José Toribio, La Inquisición en el Río de la Plata. El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las Provincias del Plata, Bs. As., Huarpes, 1945, p. 277.
[12] .- Menéndez Pelayo, Marcelino, Historia de los Heterodoxos Españoles, ed. Bs. As., Perlado, 1945, t. IV, p. 135.
[13] .- “Para imitar a los españoles se ordenó la destrucción “por mano del verdugo”; pero ocurrió que en la cárcel no había esposas ni perrillos, y debió quemarse simbólicamente una silla… Como se circuló la orden a las ciudades del interior éstas contestaron que no podían destruir instrumentos de tortura porque no los había. Los “cepos” no se destruyeron, tal vez por ser modalidades americanas que pasaron inadvertidas a los constituyentes de Cádiz”. También se suprimieron los azotes a menores; pero se dejaron para los mayores: Rosa, José María, Historia Argentina, cit., t. III, p. 28. El plagio de Cádiz llegó hasta la comicidad. Como no había Inquisición, “hubo que fabricar unos bancos y maderos para quemarlos ‘públicamente’ ”: Rosa, José María, El Revisionismo Responde, Bs. As., Ed. Pampa y Cielo, 1964, p. 43. Todo fue simbólico, porque aún en 1817, el Alguacil Mayor de Buenos Aires se quejaba, pidiendo “el arreglo del potro en la cárcel por estar inutilizado el existente”: Bustos Argañaraz, Prudencio, Los verdaderos alcances de la Asamblea del Año XIII, 31-01-2013, http: // www. lavoz. com. ar /.
[14] .- El 9 de marzo de 1820, tras abolirse de nuevo el Santo Oficio, “una turba invadió el Tribunal, en demanda de potros y aparatos de tortura, parodiando la toma de la Bastilla, pero con el triste desengaño de no hallar nada de lo que buscaban”: Menéndez Pelayo, Marcelino, Historia de España, seleccionada en la obra del maestro por Jorge Vigón, 6ª ed., Madrid, Cultura Española, 1950, p. 250.
[15] .- Registro Oficial de la República Argentina, Bs. As., 1879, t. I, p. 220.
[16] .- Canter, Juan, Op. cit., p.181.
[17] .- Lappas, Alcibíades, Op. cit., p. 102.
[18] .- Menéndez Pelayo, Marcelino, Historia de los Heterodoxos españoles, t. IV, p. 150.
[19] .- Quagliani, Francisco José, Op. cit., p. 88.
[20] .- Petrocelli, Héctor B., Historia Constitucional Argentina, Rosario, UNR Editora Universidad Nacional de Rosario, 2009, t. I, p. 78. Quien había propuesto la medida era el propio Carlos de Alvear, el 21 de mayo de 1813, para “condes, marqueses y barones”, porque “un pueblo libre no puede ver delante de la virtud, brillar el vicio”. Se omitieron los duques y vizcondes, tal vez, porque no eran viciosos. Cf. Rosa, José María, Historia Argentina, cit., t. III, p. 22.
[21] .- Rosa, José María, Historia Argentina, cit., t. III, p. 22. Cf. Bustos Argañaraz, Prudencio, Op. cit.
[22] .- Floria, Carlos Alberto y García Belsunce, César A., Op. cit., t. 1, p. 371, nota 1.
[23] .- Petrocelli, Héctor B., Op. cit., t. I, p. 78.
[24] .- “Strangford, a nombre de Brasil, protestó el 27 de noviembre por esta declaración que favorecía la fuga de esclavos brasileños… El 27 de diciembre el Directorio, investido de facultades extraordinarias, “suspendió” el decreto… Inmediatamente citó a la Asamblea y ésta lo derogó”: Rosa, José María, Historia Argentina, cit., t. III, p. 21.
[25] .- Canter, Juan, Op. cit., pp. 133-137.
[26] .- Canter, Juan, Op. cit., p. 202, nota 405.
[27] .- Canter, Juan, Op. cit., p. 221. Allí fue socorrido por San Martín.
[28] .- Canter, Juan, Op. cit., p. 211.
[29] .- Rosa, José María, Historia Argentina, t. III, pp. 23-27. “El Himno no fue hecho en 1813, ni por encargo de la Asamblea”. Mientras que la bandera española continuó izada en el Fuerte hasta el 23 de enero de 1815.
[30] .- Ibarguren, Carlos, Op. cit., p. 21.
[31] .- Bustos Argañaraz, Prudencio, op. cit.
[32] .- Cuando menos, deberían tener presente que a los cinco diputados de la Banda Oriental no se los dejó ingresar a la Asamblea porque en sus poderes figuraba que debían reclamar la Independencia.
[33] .- “Cuando la facción alvearista, logró la regulación de la Asamblea y avasalló a todo el organismo del poder, tergiversó los principios de la Logia. Restaurado Fernando VII en el trono, se ciernen peligros y amenazas. Lord Strangford recomienda negociaciones y surge la misión Rivadavia y Belgrano. La declaración de la independencia quedo así postergada definitivamente por el régimen asambleísta”: Canter, Juan, op. cit., p. 197.


Tomado de: http://foroazulyblanco.blogspot.com.ar/2013/02/bicentenario-liberal.html

miércoles, 6 de febrero de 2013

MISMA FECHA, DISTINTO SIGNIFICADO

3 DE FEBRERO DE 1813
                 Vs.
3 DE FEBRERO DE 1852


Un 3 de febrero de 1813 el Regimiento de Granaderos a Caballo (Fundado el 16 de marzo de 1812), creado y organizado por el General San Martín, tuvo su bautismo de fuego derrotando en forma aplastante a una escuadra realista en San Lorenzo, provincia de Santa Fe. El objetivo de la flota española era remontar el río Paraná hasta el Paraguay. Las orillas del Paraná serían testigo 32 años después de otros actos heroicos con el mismo objetivo: LA DEFENSA DE LA PATRIA, así con el mismo espíritu se combatiría en 1845 a la flota Anglo-francesa en Vuelta de Obligado, Tonelero, Quebracho, Acevedo y también San Lorenzo. En ambas ocasiones triunfó la PATRIA VERDADERA, la que no se somete, la que responde con orgullo, coraje y vigor a la prepotencia imperialista.

Pero hay un 3 de febrero que es funesto y pertenece al año 1852. En la batalla de Caseros se enfrentaron el “Ejército Grande” del General Justo José de Urquiza, integrado por veinticuatro mil hombres, de los cuales 3500 eran brasileros, 1500 uruguayos, 3000 mercenarios europeos y el resto argentinos. Por su lado, el Restaurador General Juan Manuel de Rosas contaba con veintitrés mil valientes, todos argentinos.

Compleja era la situación política en esa época. El poder y prestigio de Rosas había alcanzado su cenit, vencidas Inglaterra y Francia, sólo quedaba el Imperio del Brasil. Este estaba en una severa crisis, rebeliones en los estados del Sur de negros esclavos (farrapos), que veían en la próspera Confederación Argentina una tierra de libertad e igualdad, amenazaba con crear otro “uruguay” pero en Rio Grande do Sul y haciendo tambalear el régimen despótico de los Braganza. La tensión entre Argentina y Brasil se venía incrementando por las sucesivas incursiones del Barón de Yacuhy en territorio uruguayo para saquear y robar ganado. Verdaderos piratas denominados “Californias” (por su similitud con el “rush” del oro de la costa pacífica norteamericana) sucesores de los Bandeirantes, que hacían lo mismo pero en el siglo XVII. En Montevideo la libras francesas que “mantenían” a los emigrados argentinos a cambio de su traición, comenzaban a escasear, por ende, el Imperio del Brasil veía como un hecho la caída de la capital uruguaya en manos del General Oribe (aliado de Rosas), quien sitiaba dicha ciudad en poder de Fructuoso Rivera, ocupada principalmente por franceses, ingleses, los piratas de Garibaldi y los unitarios argentinos; los orientales estaban con Oribe.

El General Urquiza se manifiesta en contra del Restaurador mediante el Pronunciamiento del 1 de mayo de 1851. En noviembre de ese año celebra un Tratado entre las provincias de Entre Ríos, Corrientes, Brasil y Uruguay. En su artículo 6, se hace referencia al financiamiento de la campaña militar contra Rosas, por la cual el Emperador Pedro II concedía a título de empréstito 400.000 patacones en total; el art. 7 prescribe que dicha deuda sea asumida por el gobierno que inmediatamente suceda al del General Rosas.

La razón que esgrime Urquiza es la debilitada salud de Rosas y la organización constitucional del País; pero el verdadero propósito, era que el entrerriano estaba impedido de seguir con el contrabando a través de los puertos de Entre Ríos. Don Justo José es condecorado por el Emperador Pedro II con la Orden de Cristo y una renta de 100.000 patacones (500.000 francos), tal el “premio” por traicionar a la Patria. Años mas tarde recibiría otro “premio”: la Orden del Cruzeiro y la venta a Brasil de 30.000 caballos (unos 390.000 patacones) dejando neutralizados a los brillantes jinetes entrerrianos. Con esta “retribución” se aseguraban que Urquiza no encabezaría un levantamiento federal en contra de la guerra de la Triple Alianza y del gobierno de Mitre, desairando a caudillos como el Chacho Peñaloza y López Jordán entre otros. Traición que le valió ser asesinado en 1870.

Que diferencia con su comprovinciano, Antonio Rivero, quien con un grupo de gauchos e indios, recuperó por un breve lapso, en agosto de 1833, nuestras Malvinas de la garra pirata inglesa.

Una vez finalizada la batalla de Caseros, episodio mas político que militar, el Marqués de Caxias, Jefe de las tropas brasileras, recuerda a Urquiza: “la victoria de esta campaña es una victoria de Brasil, y la División Imperial entrará en Buenos Aires con todas las honras que le son debidas y que han sido convenidas con V.E.”. Los brasileros hicieron la entrada triunfal el 20 de febrero recién, para tomarse la revancha de Ituzaingó, donde las armas argentinas vencieron a las brasileras ese día pero en 1827.

Podemos apreciar como el mismo día (pero distintos años) son dos polos opuestos en cuanto a lo que significan. En el de 1813 triunfa el PENSAMIENTO NACIONAL y LA PATRIA GRANDE y en 1852, LA PATRIA CHICA, la anti-historia y los pérfidos traidores y vendepatrias. Actualmente tenemos otros “Caseros”; como los Tratados de Madrid y Londres firmados en 1990 (L.N. 24.184) y las continuas genuflexiones ante Roma de los fariseos que nos desgobiernan.

Nunca es tarde para un Pueblo, despertar del letargo del sometimiento y alumbrar su existencia con la luz de la Liberación.

LUIS ASIS DAMASCO
Red Patriotica La Rioja

Tomado de:  http://redpatrioticargentina.blogspot.com.ar/2013/02/misma-fecha-distinto-significado.html



domingo, 18 de noviembre de 2012

LA VUELTA DE OBLIGADO*


Por Alberto Ezcurra Medrano

En 1845, la Confederación Argentina se hallaba en conflicto con Francia e Inglaterra, debido a la pretensión de estas potencias de que no continuase la guerra que sostenía con el gobierno de Rivera en la Banda Oriental. Esta guerra había sido declarada por Rivera con el apoyo de Francia, y no preocupó a las mencionadas potencias mientras se desarrolló en territorio argentino. Comenzaron a juzgarla perjudicial para la “Humanidad” cuando, a raíz de la victoria de Arroyo Grande, Oribe puso sitio a Montevideo. Estaba en juego, por otra parte, el supuesto derecho de esas grandes potencias a la libre navegación de nuestros ríos. Y por sobre todo, la pretensión de Francia e Inglaterra de establecer su influencia y dictar su voluntad en el Río de la Plata.

El primer episodio de este conflicto tuvo lugar el 2 de agosto. Lo constituyó el incalificable atropello del secuestro de la escuadra argentina que al mando de Brown bloqueaba Montevideo. El hecho se produjo sin previa declaración de guerra, pendientes todavía las negociaciones con los ministros mediadores, Ouseley y Deffaudis, y pudo ser justamente calificado como acto de piratería. Al robo siguió el reparto de los buques, que fueron arbolados con la bandera oriental y puestos al mando del aventurero internacional José Garibaldi. De inmediato los aliados se dispusieron a imponer por la fuerza la libre navegación de los ríos argentinos, y entre el 7 y el 11 de agosto se vió a algunos de sus barcos haciendo trabajos de sondeo en la boca del Paraná Guazú.

Ante el giro que tomaban los acontecimientos, Rosas adoptó diversas medidas. El 13 de agosto dirige una nota al Comandante en Jefe del Departamento del Norte, General Lucio Mansilla. Este general tenía en su haber una brillante foja de servicios, pues había peleado en las invasiones inglesas, Chacabuco, Maipú, Camacuá e Ituzaingó, comandando además como jefe la división argentina que venció en Ombú al famoso general brasileño Bentos Manuel. En su nota, Rosas le hace ver la necesidad de “construir cuanto antes, en la costa firme del Paraná, una batería en el punto más aparente” y acoderar los buques todo combinado para una resistencia simultánea, de modo que la escuadra enemiga “no pueda pasar más adelante”; le indica la conveniencia de que el lugar destinado para la defensa fuera en la provincia de Buenos Aires o Santa Fé, las cuales reunían más abundancia de recursos que Entre Ríos; pone a su disposición los buques de guerra y demás elementos que están al mando del Coronel Francisco Erézcano con 4 oficiales y 100 marineros. Todo esto es interesante, porque revela hasta qué punto Rosas –que no participó directamente en la Vuelta de Obligado-, fue el inspirador y el alma de la resistencia contra el invasor extranjero.

Felizmente, el temor que tenía Rosas de una agresión por el Paraná, no se realizó con la prontitud que era de esperar. Los aliados temían lanzar su escuadra por un río que les era desconocido. Y Rosas contribuyó a fomentar este temor. Hizo difundir la falsa noticia de que en cuatro puntos del Paraná se habían echado a pique buques cargados con piedras para obstruir el canal. La noticia llegó a conocimiento de los jefes aliados, quienes el 23 de agosto hicieron detener a un ballenero argentino, exigiendo a su patrón que informara el lugar donde habían sido echados a pique los buques, lo que por supuesto ignoraba. La marcha lenta y llena de precauciones con que más tarde los invasores navegaban el Paraná, demuestra que el ardid de Rosas había producido su efecto.

Lo cierto es que las actividades bélicas de los aliados tomaron otro rumbo. El 31 de agosto los anglo-franceses y Garibaldi ocuparon, incendiaron y saquearon la Colonia. El 5 de septiembre se presentaron en Martín García. Rosas, aleccionado por la estéril aunque gloriosa defensa de 1838, la había hecho evacuar previamente, dejando sólo una guarnición simbólica compuesta de 10 soldados ancianos y un niño y el pabellón argentino izado al tope del mástil, como signo de soberanía. A Garibaldi cupo la heroica hazaña de semejante conquista, elogiada como tal por la prensa de Montevideo. El 20 de septiembre –recalco la fecha- el mismo Garibaldi saqueó Gualeguaychú, “escandalosamente”, según el propio secretario de Rivera. Conviene recordar más a menudo que para nosotros, los argentinos, el 20 de septiembre es el aniversario del saqueo a Gualeguaychú.

Mientras tales atropellos se perpetraban bajo la protección de las escuadras de Francia e Inglaterra, los llamados ministros mediadores de estas potencias, que en realidad fueron ministros interventores, declaraban, el día 17, el bloqueo de los puertos y costas de la Provincia de Buenos Aires. “La Gran Bretaña y la Francia –comenta acertadamente Saldías- a título de mediadores, tomaban contra la Confederación Argentina la misma medida que se habían negado a reconocer como emanada de esta última, a título de beligerante, ante la plaza de Montevideo”.

La verdadera guerra iba a comenzar. “El gobierno argentino –escribía “La Gaceta Mercantil”- se halla pues en el forzoso caso de repeler una guerra de abominable conquista anglo-francesa sobre las nacionalidades americanas”.

Demás está decir que salvo el pequeño grupo que, según frase de Lavalle antes de imitarlo, había “trastornado las leyes eternas de patriotismo, del honor y del buen sentido”, todos los argentinos, sin distinción de clases sociales, acompañaron a Rosas en esta cruzada por la soberanía. Como expresión máxima de ese sentimiento, Don Vicente López y Planes, que había cantado en “El Triunfo Argentino” la epopeya de las invasiones inglesas, y en el “Himno Nacional” la de la Independencia, compuso una “Oda Patriótica”, donde llamaba así a los argentinos a defender por tercera vez su libertad:


Se interpone ambicioso el extranjero,
Su ley pretende al argentino dar,
Y abusa de sus naves superiores
Para hollar nuestra patria y su bandera,
Y fuerzas sobre fuerzas aglomera
Que avisan la intención de conquistar

Morir antes, heroicos argentinos
Que de la libertad caiga este templo
Daremos a la América alto ejemplo
Que enseñe a defender la libertad!


Es interesante señalar que la opinión americana, manifestada a través de la prensa, comprendió ampliamente el sentido y la trascendencia de la lucha que se preparaba. Sería largo y pesado abundar en citas. Como ejemplo, bastará con dos. “El Grito del Amazonas”, del Brasil, decía: “Nos llamarán rosistas! somos americanos! Todo el Río de la Plata y sus tributarios, sólo por un milagro dejarán de ser surcados por los galo-británicos. Vosotros, argentinos, acabad con honor. No retrocedáis delante de los que amenazándoos hoy con bombardeos porque os suponen débiles, se olvidan de la humillación de Whitelocke y del tratado de Mackau”. Y “The New York Sun” expresaba: “Nos es grato ver al gobierno argentino firme en su determinación de defender la integridad de la Unión. La rebelión del Uruguay fue puesta en pie por Francia con la esperanza de obtener los dominios del Príncipe de Joinville, hermano político del emperador del Brasil. La sumisión a la vil alianza de Guizot, sería la señal de una repartición de la República Argentina entre las potencias aliadas; pero nuestra confianza en el General Rosas y en su administración no nos deja qué temer al respecto”.


Mientras estas reacciones se producían en la opinión nacional y extranjera, el General Mansilla se dedicaba activamente a dar cumplimiento a las órdenes de Rosas. Había elegido para ello el lugar conocido por Vuelta de Obligado, en el partido de San Pedro. Allí el río se enangosta y forma una curva muy pronunciada. Su anchura es de unos 600 metros y su profundidad, en el canal principal, de 15. La barranca es muy adecuada para la instalación de baterías.

Después de algunas vacilaciones, que le hicieron abandonar transitoriamente ese lugar para trasladarse al paraje denominado “Las Hermanas”, situado seis leguas más arriba, Mansilla resolvió definitivamente por la Vuelta de Obligado, donde lo encontramos instalado el 17 de septiembre.

Veamos como se organizó la defensa de esa posición, de acuerdo a los datos suministrados por el propio Mansilla en su informe del 20 de diciembre. Sobre la costa se instalaron cuatro baterías. La de la derecha, denominada “Restaurador Rosas”, estaba al mando del ayudante mayor de marina Alvaro de Alzogaray y constaba de seis cañones, dos de a 24 y cuatro de a 16. La Segunda, ciento diez varas más arriba, era la “General Brown”, a las órdenes del teniente de marina Eduardo Brown, hijo del almirante, y constaba de cinco cañones, uno de a 24, dos de a 18, uno de a 16 y uno de a 12. A cincuenta varas le seguía la tercera, “General Mansilla”, comandada por el teniente de artillería Felipe Palacios y compuesta de tres cañones, dos de a 12 y uno de a 8, en línea rasante con el río. La cuarta, “Manuelita”, a cuyo frente estaba el teniente coronel de artillería Juan Bautista Thorne, distaba 160 varas de la anterior y tenía siete cureñas de mar, de a 100 y de a 8, rudimentariamente empotradas en troncos de tala. Estas baterías estaban servidas por 160 artilleros y 60 de reemplazo.

La batería “Restaurador Rosas” estaba guarnecida en su flanco derecho por 500 milicianos de infantería, de los cuerpos de Patricios de Buenos Aires, al mando del Coronel Rodríguez, y por cuatro cañones de a 4 al mando del teniente José Serezo. El flanco izquierdo era defendido por 100 milicianos al mando del teniente Juan Gainza.

Las baterías “General Brown” y “General Mansilla” eran resguardadas por 200 milicianos del Norte, bajo las órdenes del teniente coronel Laureano Anzoátegui y por el capitán de marina Santiago Maurice.

Apostadas en un monte, a 100 pasos de distancia, servían de reserva 600 hombres de infantería y dos escuadrones de caballería al mando del ayudante Julián del Río y del teniente Facundo Quiroga, hijo del caudillo riojano, y ambas bajo las órdenes del teniente coronel José María Cortina.

A estas fuerzas hay que añadir los vecinos de San Pedro a las órdenes de Benito Urraca; de Baradero, a las de Juan Magallanes; y de San Antonio de Areco, a las de Tiburcio Lima, que en número total de 300 se unieron a último momento en patriótico y meritorio esfuerzo.

Y completa esta enumeración la escolta del General Mansilla, compuesta de 70 hombres al mando del teniente Cruz Cañete.

En el flanco izquierdo de la batería General Mansilla, en un mogote aislado, estaban apoyadas las anclas que sostenían una línea de 24 buques desmantelados, de los que hacían la navegación del Paraná y probablemente algunos de guerra, con tres cadenas corridas por la proa, centro y popa. El extremo opuesto de esas cadenas estaba sostenido por el bergantín “Republicano”, con seis piezas de a diez sobre estribor, y al mando del capitán de marina Tomás Craig. Por si el enemigo intentaba cortarlas, los místicos “Restaurador” y “Lagos”, con una pieza de a 6 cada uno, montaban guardia junto al “Republicano”. Tenían las mencionadas cadenas una doble finalidad: dificultar el paso del enemigo y demostrarle simbólicamente que la navegación del río no era libre y que sólo la lograría a la fuerza.

En una ensenada de la margen izquierda, 14 embarcaciones a remo con 200 infantes estaban listas para acudir a cualquier parte de la cadena o de la margen opuesta. Por último, se tenían preparadas dos líneas de a 5 chalanas unidas entre sí, con materias incendiarias a su bordo, para largarlas oportunamente a la deriva.

De todo lo dicho se deduce el acierto de Mansilla en disponer la defensa. Los principales jefes enemigos fueron los primeros en reconocerlo. Hubo fallas, sin duda. La artillería era escasa, las municiones más aún. Las había en Buenos Aires. Hubo demora en pedirlas y en enviarlas. El Teniente Coronel Ramírez Juárez, en el capítulo “Comprobaciones tardías” de su interesante libro “Conflictos diplomáticos y militares en el Río de la Plata”, ha señalado muy bien este aspecto negativo de la Vuelta de Obligado. Pero todo ello fué explicable dada la falta de experiencia en este género de guerra, y no aminora en nada la gloria del combate, sino que en cierto modo la aumenta, ya que en su transcurso el elemento humano supo sobreponerse a las deficiencias y dificultades materiales.

Dejemos a Mansilla instalado en sus baterías y volvamos al campo enemigo.

Rosas no se equivocó al esperar el principal ataque por el lado del Paraná. Existió en Montevideo una fuerte empresa comercial inglesa, cuyo jefe era Samuel Lafone. Esa empresa había adquirido el producto de la renta de aduana de Montevideo, dando una asignación usuraria a los orientales, y se beneficiaba, además, con el producto de los saqueos de Rivera. En ella tenían acciones algunos miembros del gobierno riverista, como el ministro Vázquez, y logró interesar también a los ministros mediadores –o interventores- de Inglaterra y Francia, Ouseley y Deffaudis. Había conseguido de la “generosidad” del gobierno de Rivera el privilegio de la navegación del Río Uruguay. Pero le interesaba obtener lo mismo en el Paraná, para comerciar con el Paraguay y con la Provincia de Corrientes, sublevada contra Rosas. Para ello preparaba un “convoy” de barcos mercantes, que sería protegido por la escuadra anglo-francesa.

El 1º de noviembre, el “British Packet” nos entera de que se habla formalmente de una expedición al Río Paraná. El 6 se concentran los barcos frente al Carmelo. Luego se internan en el Delta remontando en son de exploración el imponente Paraná Guazú. El 10 pasan por Baradero. Se detienen frente a la boca del Ibicuy, en sitio adecuado al entrenamiento de la infantería. El 17, la expedición sigue viaje en busca de la amenaza de la que se tienen noticias imprecisas. El 18 al atardecer fondea a una legua de la Vuelta de Obligado, a la vista de las posiciones de Mansilla. “Las márgenes –expresan en un mensaje- están cubiertas de gente vestidas de colorado, y frente a la obstrucción cruzan una goleta de guerra, cinco lanchas armadas y dos místicos”.

La escuadra invasora estaba compuesta de los siguientes buques:

Ingleses:

1) Vapor fragata “Gorgon”, buque insignia del Capitán Hotham, con seis cañones de 64 y 4 de 32.
2) Vapor fragata “Firebrand”, con igual armamento.
3) Corbeta “Camus”, con 18 cañones de 32.
4) Bergantín “Philomel”, con 10 cañones de 32.
5) Bergantín “Dolphin”, con 3 cañones de 32.
6) Bergantín “Fanny”, con un cañón de 24.


Franceses:


1) Cajor Fragata “Fulton”, con 2 cañones de 80.
2) Corbeta “Expeditive”, con 16 cañones de 8.
3) Bergantín “San Martín”, robado a la Argentina cuando el secuestro de la escuadra y constituído en buque insignia del Capitán Trehouart, con 2 cañones de 26 y 16 de 16.
4) Bergantín “Pandour”, con 10 Paixhans de 30 libras.
5) Bergantín goleta “Procede”, con 3 cañones de 24.


En total, 11 buques de guerra con 101 cañones, la mayoría de grueso calibre y los Paixhans con balas explosivas, que enfrentaban a las 35 pequeñas piezas de la defensa argentina.

Acompañaban a esta escuadra los buques carboneros que las abastecían. En el Paraná Guazú, poco antes del Ibicuy, un convoy de 20 barcos mercantes, cargados con mercaderías extranjeras y destinados a las ciudades ribereñas del interior aguardaba el resultado del combate.

La primera escaramuza se produce el 18, a las cinco de la tarde, cuando Mansilla envía en reconocimiento tres lanchones, que se ven obligados a retirarse ante los disparos del “Dolphin”. Por primera vez había tronado en el Paraná el cañón de los invasores. Mansilla se dispone al combate y proclama a sus soldados. “Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más títulos que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. Pero no lo conseguirán impunemente. Vamos a resistirles con el ardiente entusiasmo de la libertad. ¡Suena ya el cañón! ¡Tremola en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”.

El 19, estamos en vísperas del combate. Mansilla envía al General Corvalán el siguiente parte, cuyo original conservo en mi colección de documentos históricos:

“Sírvase V.E elevar al supremo conocimiento del Excmo. Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia, Brigadier Don Juan Manuel de Rosas, que hasta ahora que son las siete de la mañana, el enemigo no ha hecho el menor movimiento, permaneciendo fondeado a tiro de cañón, sin hacérsele fuego por éstas baterías porque con sólo al recoger el ancla se pondrán a mejor tiro, para aprovechar con acierto las balas que se les tiren. La relación adjunta le impondrá a su S.E de los buques anglofranceses que componen la fuerza invasora.

“Anoche ha desertado en un botecito un marinero del Bergantín de guerra nacional “Republicano”, e incorporándose al enemigo.

“Dios guarde a Vd. Muchos años –Lucio Mansilla”.


Curioso episodio el de este marinero, que en vísperas del combate se pasa al enemigo, dando espaldas a la gloria. ¿Sería acaso alguno de esos argentinos adictos a cierta línea histórica, que no pasa, precisamente, por la Vuelta de Obligado? Preferimos no creerlo. Según Mackinnon, había algunos extranjeros, y aún ingleses, en las fuerzas de Rosas. Y Ramírez Juárez atribuye el conocimiento que los aliados parecieron tener de las posiciones de Mansilla, sin haber efectuado ningún reconocimiento previo, a algunas deserciones producidas en esos elementos.


El 20 es el glorioso día. Amanece con niebla, pero ésta se disipa a las 8 y comienza a soplar una brisa del sur, favorable al ataque. A las 8 y 20 la vanguardia enemiga avanza lentamente sobre las baterías. A las 9 rompe el fuego. De inmediato, la banda de los Patricios de Buenos Aires hace oír los acordes del Himno Nacional, cuya última estrofa es saludada con un ¡Viva la Patria! y coronada con los primeros cañonazos de la defensa argentina.

Comienzan a avanzar, en primer término, el “Philomel”, la “Procede”, la “Fanny”. Pero no lo hace impunemente. Sufren serias averías mientras intentan tomar posiciones. Una vez anclados todos los buques, el combate se hace general y se mantiene vigoroso por espacio de dos horas.

Recio es el fuego de las baterías. El “San Martín” donde flamea la insignia del Capitán Trehouart, es el más castigado. Con 28 bajas, inclusive sus dos oficiales, y más de 120 impactos, se ve obligado a retirarse, y Trehouart debe arbolar su insignia en la “Expeditive”. El “Fulton”, que había acudido a socorrerlo, sufrió igualmente un serio castigo, recibiendo más de 100 impactos, y siendo desmontado uno de sus poderosos cañones de 80. También el “Dolphin” y el “Pandour” quedan momentáneamente fuera de combate, debiendo regresar aguas abajo para hacer urgentes reparaciones.

No obstante, el fuego mortífero de los aliados, y en especial las granadas paixhans, consiguen hacer mella en las baterías. Además, al cabo de dos horas de intensa lucha, comienzan a escasear las municiones. A mediodía se habían agotado las del bergantín “Republicano”. El comandante Craig ante la imposibilidad de defenderlo, resuelve volarlo para evitar que caiga en manos de enemigo, y pasa con su gente a engrosar la batería de Thorne.

Libres ya de este obstáculo y después de varias tentativas fracasadas, los aliados consiguen cortar las cadenas. Realiza esta operación el Capitán Hope, en una lancha protegida por el “Fulton”, que es el primero en cruzar el paso. Forzado éste, los potentes cañones de la escuadra consiguen arrojar su metralla sobre el flanco de las baterías, haciendo estragos en ellas. Las trincheras se llenan de muertos y heridos, imposibles de reemplazar por la escasez de personal. No por ello cesa el fuego de los valientes defensores, que se multiplican a fin de suplir a los que caen. Lo trágico es la falta de municiones. Callan la segunda y la tercera batería. Las otras dos sólo se dejan oír de vez en cuando, a largos intervalos. A las 4, Alsogaray dispara la última metralla de la suya. Sólo queda la de Thorne, sobre la que se concentra el fuego del enemigo. A las 4 y 50 cuenta sus municiones. Sólo le quedan 8 tiros. Personalmente dirige sus últimos disparos, sin errar ninguno, que no en vano es el mejor artillero de la Confederación. Al hacer el último, a las 5 de la tarde, una granada enemiga, que explota cerca de él, lo derriba en tierra, fracturándole un brazo y privándole del oído para siempre. Por eso pasó a la historia como el sordo de Obligado.

El combate puede considerarse decidido. Sólo resta a los aliados consolidar la destrucción mediante un desembarco. Lo hacen primero los ingleses bajo la protección de los cañones de la escuadra. Mansilla, en formidable carga a la bayoneta, desafiando a la metralla enemiga, consigue arrollarlos hasta las mismas embarcaciones. Pero cae herido por un rebote de granada. Lo reemplaza el Coronel Crespo, quien ordena al Jefe de Patricios de Buenos Aires, Coronel Rodríguez, continuar con la resistencia. Entretanto han desembarcado también los franceses, reforzando el ataque. Rodríguez intenta una nueva carga, pero es detenido por el terrible fuego de la “Expeditive”, la “Procide” y el “Philomel”, que han conseguido situarse a sólo 150 metros. Son tan grandes las bajas, que se ve obligado a replegarse a la altura de las barrancas, donde ofrece una tenaz resistencia, disputando palmo a palmo el terreno a los invasores hasta las 8 de la noche. Sólo entonces se retira, salvando la artillería volante y acampando a dos leguas de distancia, sobre el camino a San Nicolás.


Tal fué el combate de la Vuelta de Obligado. Once horas había durado la lucha. Según parte británico los aliados tuvieron 28 muertos y 85 heridos. De acuerdo al parte argentino, firmado por Crespo en reemplazo de Mansilla, los defensores muertos ascienden a 150 y los heridos a 101. Es probable que, en realidad, las bajas hayan sido mayores por ambas partes. La diferencia en contra de los argentinos es lógica, dadas las características del combate y la superior cantidad y calidad del armamento extranjero.

Cabe hacer notar que los propios aliados reconocieron el valor de la defensa argentina. El parte de Capitán Hotham, si bien tergiversa en varios puntos la verdad –haciendo figurar, por ejemplo, 10 buques de guerra argentinos que no existieron- lo que motivó un reto a duelo del General Mansilla, reconoce, por otra parte, que “el enemigo se defendió valerosamente” y que “los hombres que caían eran inmediatamente reemplazados”.

Resulta difícil hacer sin incurrir en injustas omisiones, el elogio individual de los héroes de Obligado, porque lo fueron todos los que allí combatieron. Hecha esta aclaración previa, no podemos dejar de mencionar algunos de entre ellos, que se distinguieron particularmente.

En primer término el general en jefe, Lucio Mansilla, cuyo elogio hace el propio Hotham, al reconocer que “una gran habilidad militar se había desplegado, tanto al escoger el terreno como en el plan de defensa adoptado”; que –según el “British Packet”- “durante todo el combate estuvo tomando mate con la mayor sangre fría”; y que concluyó la jornada herido por las metralla enemiga.

Mención especial merecen los coroneles Juan Bautista Thorne y Ramón Rodoríguez. Dejemos su elogio, en el que incurre en un error que luego aclararemos, al almirante Sullivan:

“En la batalla de Obligado –dice- un oficial que mandaba la batería principal causó la admiración de los oficiales ingleses que nos hallábamos cerca de él, por la manera que animaba a sus hombres y los mantenía en sus puestos, al pie de los cañones, durante un fuerte fuego cruzado, bajo el cual esta batería estaba más especialmente expuesta. Por más de 6 horas se paseó por el parapeto de la batería exponiendo su cuerpo entero, sin otra interrupción que cuando él mismo ponía de tiempo en tiempo la puntería de un cañón."

“Por prisioneros heridos de un regimiento supimos después que era el Coronel Rodríguez, del Regimiento de Patricios de Buenos Aires. Cuando los marineros y soldados ingleses desembarcaron a la tarde y tomaron esa batería, él, con los restos de su regimiento solamente, y sin otro concurso de las fuerzas defensoras, mantuvo su posición a retaguardia, a pesar del fuerte fuego cruzado de todos los buques que se hallaban detrás de la batería, y fue el último en retirarse."

“La bandera de esa batería, que había defendido tan noblemente, fué tomada por uno de los hombres de mi mando, y me fue dada por el oficial inglés de mayor rango, Capitán Aotham. Al ser arriada, la bandera cayó sobre algunos de los cuerpos de los caídos y fue manchada con su sangre”.

Sullivan incurre aquí en una confesión. El jefe de la batería, que se paseaba expuesto al fuego enemigo, no fue Rodríguez, sino Thorne. Sí, fue en cambio el Coronel Rodríguez quien resistió heroicamente a las fuerzas de desembarco. El elogio, por lo tanto, corresponde a ambos. La bandera a la que se refiere Sullivan, la devolvió caballerescamente al Consulado Argentino en Londres, en 1883. Hoy se encuentra, sin leyenda alguna, en el Museo Histórico Nacional. Fue la única bandera de combate capturada en Obligado, y como ya lo hacía notar el “British Packet” el 20 de diciembre de 1845, no es propiamente la bandera oficial argentina, sino una insignia de regimiento, con bonetes e inscripciones. Las banderas que se exhibieron en los Inválidos de París como trofeos de Obligado, no eran banderas de guerra, sino de los barcos mercantes que sostenían la cadena, o de las carpas de los soldados.

Continuando con la mención de los héroes de Obligado, recordemos a la heroína nicoleña Petrona Simonino, que con un grupo de abnegadas mujeres, algunas de las cuales murieron bajo fuego enemigo, prestó ayuda a los heridos e infundió ánimo a los defensores, consiguiendo salvar el parque sanitario en momentos de ser flanqueada la batería “Manuelita”.

Y no olvidemos a los que dieron su vida por la patria en tan memorable ocasión. En la imposibilidad de mencionarlos a todos –se calcula su número en 250- recordemos al menos el nombre de los oficiales: Teniente de Marina José Romero, subtenientes Marcos Rodríguez y Faustino Medrano, y alféceres Martínez y Sánchez.

El combate de Obligado, a pesar de constituir técnicamente, el episodio en sí, una victoria aliada, no lo fue en definitiva, ni por consecuencias prácticas, ni por su trascendencia moral.

El ejército argentino, aunque diezmado, no se había disuelto. Pronto se rehizo. Las fuerzas aliadas que desembarcaron en Obligado fueron arrolladas en los meses de diciembre y enero por las del Coronel Thorne, que comandaba la línea de observación sobre la costa. El 2 de febrero intentaron un nuevo desembarco, y otra vez Thorne los obligó a reembarcarse. De nada servía haber forzado el paso. El objetivo aliado era dominar el río para comerciar con Paraguay y Corrientes. Pero no se domina el río cuando la costa sigue en poder del enemigo. Desde sus barcos, los anglo-franceses se veían seguidos y observados por los jinetes criollos –poncho y gorro colorado- que “surcaban en todo sentido la llanura, atendiendo a tropas inmensas de caballos y vacas destinadas a su uso y consumo, mientras los marinos famélicos eran presa del escorbuto, a pesar de la huerta de legumbres que habían instalado en una islita”. Veían, por otra parte, levantarse de nuevo sobre la costa las baterías abatidas para siempre. “Rosas está levantando baterías a lo largo de las barrancas entre nosotros y Obligado”, escribía el teniente Robins, de la fragata “Firebrand”, y añadía: “Si no hay una poderosa división abajo con fuerzas de tierra para sacar los hombres de la barranca, ellos echarán a pique algunos de los buques del convoy y probablemente harán daño a los de guerra. Nos hemos internado muy pronto río arriba. Hemos tomado una posición que no podemos sostener sin muchas posiciones fortificadas”. Y el teniente Marelly, confesaba: “Nos preocupan mucho las baterías que Rosas levanta contra nosotros en San Lorenzo”.

Pronto se vió que tales temores no eran infundados. Los barcos que surcan el río comienzan a ser objeto de continuas agresiones. El 9 de enero el convoy es hostilizado en Acevedo. El 16 en San Lorenzo y el Quebracho, con grandes averías y 50 hombres fuera de combate. El 10 de febrero, el “Alecto” y el “Firebrand” son atacados en el Tonelero. El 2 de abril el “Philomel” es perseguido en el Quebracho. El 6, en el mismo lugar, el “Alecto” quedó bastante descalabrado. El 19 Mansilla se toma un pequeño desquite recapturando con la bandera inglesa el pailebot “Federal”, uno de los barcos que sostenían la cadena en la Vuelta de Obligado y que había sido tomado, armado y rebautizado por los ingleses con el nombre de ese combate. El 21, Thorne acribilla a balazos al “Lizzard”, causándole 4 muertos y otros tantos heridos. El 11 de mayo la escena se repite con el “Harpy”, quedando herido su comandante. Y como coronamiento, el 4 de junio, cuando el convoy regresa a Montevideo cargado de mercaderías de Paraguay y Corrientes, sufre un verdadero desastre en el Quebracho, viéndose obligado a incendiar varios barcos y a emprender una vergonzosa fuga. Desde entonces, el envío del convoy no se repitió y los buques aliados dejaron de surcar las aguas del Paraná. ¿Dónde había quedado el dominio del río, objetivo principal de la Vuelta de Obligado?

Si desde el punto de vista práctico este combate fué una victoria a lo Pirro, desde el punto de vista moral constituyó un triunfo argentino.

Lo fué por la desmoralización que produjo el enemigo. Comprendieron que se trataba de una guerra y no de un paseo. Lo dejan entrever en su correspondencia. “Nadie se declara en nuestro favor…Dejarlos que se degüellen unos a otros, limitándonos al bloqueo a menos que vengan otros a completar el trabajo…Nos hemos metido mucho…Hemos hecho demasiado, o demasiado poco”. En vista de ello, los interventores solicitan refuerzos. Piden 10.000 soldados franceses, igual cantidad de ingleses y el envío de una nueva escuadra. Pero los gobiernos de Inglaterra y Francia no contaban con semejante guerra. Habían creído empresa fácil dominar a los argentinos, a los “gauchos cobardes” que decía Thiers en el parlamento francés. La realidad les demostraba otra cosa. La Argentina no era Argelia o Túnez, ni Rosas un reyezuelo africano. Era un país que sabía hacer honor a su noble estirpe y defender la independencia que había conquistado. Hubo que abrir con él negociaciones de paz. El duelo a cañonazos iniciado en Obligado terminó pocos años después con las salvas con que Inglaterra y Francia desagraviaron al pabellón nacional.

A los argentinos, en cambio, la Vuelta de Obligado les retempló el espíritu. Les dió, como otrora la resistencia a las invasiones inglesas, la conciencia de su propio valer. Fue la réplica viril al infame atropello del robo de la escuadra y su recuerdo subsistió, y subsistirá, como saludable lección a las veleidades de la intromisión extraña. Fue, y sigue siendo para nosotros, aunque todavía no se lo haya declarado oficialmente, el Día de la Soberanía.

La energía de Rosas y el heroísmo de los combatientes despertó la admiración de todo el mundo. Especialmente la prensa de Estados Unidos, Chile y Brasil abundó en comentarios altamente elogiosos. Periódicos de Río de Janeiro se expresaban en los siguientes términos: “Triunfe la Confederación Argentina o acabe con honor. Rosas, a pesar del epíteto de déspota con que lo difaman, será en la posteridad respetado como el único americano del sur que ha resistido intrépido las violencias y agresiones de las dos naciones más poderosas del viejo mundo. Un día, los americanos del Norte y el Sur repetirán con entusiasmo a sus hijos estas palabras enérgicas y famosas dirigidas por el general argentino a los piratas de las Galias y de la Britania: No cederé mientras tuviese un soldado…Sean cuales fuesen las faltas de ese hombre extraordinario, nadie ve en él sino al ilustre defensor de la causa americana, al principal representante de los intereses americanos. Sea que triunfe o que sucumba en esa verdadera lucha de gigante en que se halla empeñado, Rosas será en le presente época el grande hombre de la América”.

A su vez, “The Journal of Commerce” de Nueva York, decía: “No somos panegiristas del gobernador Rosas, pero deseamos que nuestros compatriotas conozcan su verdadero carácter, como lo describen los comodoros Ridgley, Morris y Turner y todo los ciudadanos de los Estados Unidos que haya visitado Buenos Aires. Verdaderamente él es un gran hombre; y en sus manos ese país es la segunda república de América”.

Mientras así se hablaba en el exterior, la única nota disonante –triste es decirlo- la dio la prensa de los argentinos emigrados en Montevideo y Chile. La sangre noblemente derramada en Obligado fue innoblemente insultada por ella, mientras incitaba a los extranjeros a continuar la lucha, bajo el pretexto de que no había de combatir el pueblo a los hombres “a quienes consideraba como libertadores”. Con tal motivo, Pinto, ex presidente de Chile, escribía al plenipotenciario argentino: “Seguimos con el más profundo interés las aventuras de la guerra contra Buenos Aires, porque esperamos que tarde o temprano se aplicarán a todos los Estados de América los mismos principios que ha invocado la intervención para crearse gobiernos esclavos que pongan al país a merced de la Inglaterra y de la Francia. Así s que todos los chilenos nos avergonzamos de que haya en Chile dos periódicos que defiendan la legalidad de la traición a su país, y Ud. sabe quiénes son sus redactores”.

Afortunadamente, no todos los enemigos de Rosas cayeron tan hondo. Don Manuel Erguía protestaba contra esas actitudes en los siguientes términos: “Para la prensa de Montevideo, la Francia y la Inglaterra tienen todos los derechos, toda la justicia. Aun más, pueden dar una puñalada de atrás, arrebatar una escuadra, quemar buques mercantes, entrar en los ríos a cañonazos, destruir nuestro cabotaje…todo esto y mucho más que aún falta, es permitido a los civilizadores…el francés maquinista que cae atravesado por una bala es digno de compasión, y ve caer 400 cabezas argentinas y no muestra el menor sentimiento por su propia sangre. La prensa de Montevideo es completamente franco-inglesa”. El coronel Martiniano Chilavert reacciona aún con mayor energía. “Me impuse –dice- de las ultrajantes condiciones a que pretenden sujetar a mi país los poderosos interventores y del modo inicuo como se había tomado la escuadra. Ví también propagadas doctrinas a las que deben sacrificarse el honor y el porvenir de mi país. La disolución misma de su nacionalidad establece como principio. El cañón de Obligado contestó a tan insolentes provocaciones. Su estruendo resonó en mi corazón. Desde ese instante sólo un buen deseo me anima: el de servir a mi patria en esta lucha de justicia y gloria para ella”. Chilavert cumplió su palabra. No pudo luchar en esta guerra, porque después de Quebracho quedó virtualmente concluída. Pero en Caseros defendió a su patria contra otra intervención extranjera. Urquiza le hizo pagar con la vida el terrible delito de haber luchado hasta el fin contra el invasor brasileño.

El propio Alberdi, que con todos sus errores vió más claro que otros, escribió por aquel tiempo: “Hoy más que nunca, el que ha nacido en el hermoso país situado frente a la Cordillera de los Andes y el Río de la Plata, tiene derecho a exclamar con orgullo: soy argentino. Rosas no es un simple tirano, a mis ojos. Si en su mano hay una vara sangrienta de fierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre, como el actual gobernador de Buenos Aires”. Y nada menos que Sarmiento, se vió obligado a reconocer que a Rosas “debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses el mundo civilizado, y puéstola más en contacto con Europa”.

Si aún algunos entre los enemigos de Rosas supieron comprender la trascendencia de la Vuelta de Obligado, cabe suponer la impresión que habrá producido en el espíritu del más grande los argentinos, el Gral. San Martín, que supo prever a Rosas y comprenderlo desde su advenimiento y que ya le había ofrecido sus servicios durante el bloqueo francés del año 38. En carta a Rosas de marzo de 1846, le dice: “Ya sabía la acción de Obligado, los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca…Esta contienda, en mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España”. Su confianza en el triunfo argentino es absoluta, como se lo manifiesta al General Guido: “Me asiste la confianza segura de que a pesar de la desproporción de fuerzas y recursos, el General Rosas triunfará de todos los obstáculos”. Y firmada la paz del 49, le vuelve a escribir a Rosas: “Ud. me hará la justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo de mi achacosa vejez”.

Lo que es menos conocido es que a causa de Obligado, San Martín estuvo a punto de mandar su sable a Rosas. Lo manifestó expresamente cuando dijo: “Sobre todo tiene para mí el General Rosas que ha sabido defender con toda energía y en toda ocasión el pabellón nacional. Por esto, después de Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a defender la independencia americana, por aquel acto de entereza en el cual, con cuatro cañones, hizo conocer a la escuadra anglo-francesa que, pocos o muchos, sin contar los elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia”.

Esta intención quedó concretada en la famosa cláusula 3º de su testamento, donde lega su sable a Rosas “como una prueba la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injusticias pretensiosas de los extranjeros que trataban de humillarla”.

Ningún argentino recibió nunca mejor premio.


*Publicado en el número XVIII de la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Año 1958.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

BICENTENARIO DEL COMBATE DE RÍO PIEDRAS


El Primer Éxodo Jujeño se inició el día 23 de agosto de 1812, y decimos primer éxodo, porque los historiadores han contabilizado hasta cinco (5) éxodos durante todo el tiempo que durará nuestra Guerra de la Independencia. Pero el Éxodo del 23 de agosto del año 1812, es el acontecimiento anterior que desembocaría en la batalla del Río de las Piedras, librada un 3 de septiembre de 1812. Luego que el Gral. Manuel Belgrano ordenara abandonar la ciudad de San Salvador de Jujuy, aplicando la estrategia de “tierra arrasada” para que los invasores "realistas"* no pudiesen abastecerse en su avance por el actual norte de la Patria.

La columna de civiles que avanzaba rumbo al Sur, debía ser custodiada con columnas de tropas del ejército de Belgrano. La tarea de custodiar el avance del Éxodo fue encomendado por el Gral. Belgrano, a la retaguardia a cargo del Mayor General Eustaquio Díaz Vélez, cuya formación estaba compuesta por los Dragones, Húsares y el cuerpo de caballería los Decididos de la Patria, reforzados por cuatro (4) piezas de artillería; éstos se encontraban avanzando sobre la margen sur del Río Piedras. Siendo las horas 14 son atacados por las fuerzas enemigas y obligados a retroceder, frente a esta sorprendente y adversa situación se consigue reagrupar y frenar una nueva carga del enemigo.

La vanguardia realista se nutre y reaviva el ataque y dobla por segunda vez a las tropas de Díaz Vélez. Belgrano que observaba estas acciones manda a ocupar todo el margen sur del Río piedras e impone pena de muerte para quien abandone su posición. Cuando el enemigo se acerca, la artillería patria abre fuego, de esta forma se logra detener la embestida y el ataque. El Jefe patriota ordena el contraataque inmediatamente, lo que toma desprevenida a la hueste realista. En esta operación se destaca el ala y flanco Oeste al mando de la fracción de Cazadores del Capitán Carlos Forest. Por el Este actúa el Comandante Miguel Aráoz con cien (100) tiradores del Batallón Pardos y Morenos, y en el centro del dispositivo, la caballería en dos escalones, el primero con los Dragones y Decididos a cuyo frente cabalga Eustaquio Díaz Vélez, y el segundo, al mando del porteño Tte. Cnel. Juan Ramón González Balcarce con el resto de la caballería.

El ataque es exitoso, el enemigo abandona el margen norte del Río Piedras siendo perseguido por espacio de tres (3) kilómetros, así concluyó, lo resumimos nosotros, el combate en forma victorioso para las armas de la Patria. La batalla de Río Piedras, si bien aparenta ser un combate pequeño, resulto ser absolutamente estratégico, porque levanto la moral del ejército en retirada y consolido la Revolución que se encontraba amenazada caóticamente; esto permitiría plantear al Gral. Belgrano la posibilidad de detener la retirada en la misma Tucumán.

En el parte enviado al Superior gobierno, Belgrano relato los hombres y cuerpos que heroicamente se destacaron. Cabe resaltar aquí a la Caballería de los Decididos de la Patria, es doblemente destacable no sólo por el coraje y disciplina, sino también por la tierna edad que los caracterizaba muchos de ellos no superaban los 17 años. La convocatoria del Gral. Belgrano, lanzada en Jujuy, que se repetía en diferentes lugares para “Servir Bajo Bandera” caló hondo en el corazón de los patriotas, la consigna de Belgrano proclamaba: “que la revolución era una empresa que existía en el corazón de todo americano…” Y si bien manifiesta oportuna definición de quienes tenían responsabilidades entre los criollos ilustrados, ahora debía proseguirse con sus hijos”. En esto consistía la convocatoria y los convocados no se hicieron esperar, y así fue la histórica respuesta.

Podemos leer como testimonio de ello lo expuesto en el Diccionario Histórico Argentino, por Piccirilli, Ricardo; Romay, Francisco L. y Gianello, Leoncio. Ed. Históricas Argentinas, Bs. As. Año 1953-1955 “que con el nombre simple de Decididos, Decididos de la Patria y después de Patriotas Decididos de Caballería, nombre éste último con el que se llenaron de gloria en las batallas de Río Piedras, Tucumán y Salta, actuaron en el actual norte argentino desde 1810. Tropas milicianas formadas sobre todo por jóvenes de pro y fortuna que se agrupaban en torno a las figuras sobresalientes del doctor y general José Ignacio Gorriti, quien fue uno de los primeros en levantar milicias organizando en ese año 1810 propiamente, la primera partida de decididos, aunque luego se incorporarasen al Ejército del norte antes de la Batalla de Suipacha – Tupiza – el 7 de noviembre de 1810, el Gran Bautismo de Fuego Suramericano”.

Entre otros testimonios encontramos que: “En vísperas del Éxodo se les incorporan los decididos de Salta”, además cita el Dr. Miguel Otero, en Memorias de Güemes a Rosas, Sociedad Impresora Americana, Bs. As. 1846, desde Salta, “aumentándose a los jóvenes principales de Jujuy no superando ninguno la edad de 18 y 17 años”. Entre ellos figuran Bartolomé de la Corte, de nutrida foja de servicio y llegó a ser del estado Mayor del Gral. Martín Miguel de Güemes en el posterior período de las guerras de milicias; José Mariano Iturbe, quien luego gobernara su tierra jujeña un período interrumpido de 17 años representando al Partido Federal. El después Capitán Estopiñán que según la tradición local rescató el estandarte patriota tras la derrota de Ayohuma - o Ayoma correctamente - en el Alto Perú (hoy existente en el Museo Lavalle) y otros de familias como los Iriarte, Martínez Iriarte, Del Portal, Molina, Goyena, Echeverría…” (Cf. Alejandro Pojasi Arraya: Batallón de Caballería Saltojujeña LOS DECIDIDOS DE LA PATRIA Salta, 3 de setiembre de 1812 en el COMBATE DE RÍO PIEDRAS, Salta 2011).

El Dr. Héctor M. Sánchez Iturbe, en: José Mariano, Gobernador de Jujuy, Editorial Minerva Año 1995. S.S. de Jujuy, escribe: “Así el batallón de Patriotas Decididos organizado por Belgrano agrupó a intrépidos jóvenes de Jujuy y Salta colaborando en esta etapa crucial del Ejército del Norte y la Patria en peligro; teniendo destacado papel en el logro del día 3 de Septiembre en el lugar del Río Las Piedras, tierra saltojujeña su bautismo de fuego”.

También el Dr. Teófilo Sánchez de Bustamante, en su Biografías Históricas de Jujuy, Universidad Nacional de Jujuy, 1995, coincidiendo con el salteño Dr. Bernardo Frías, quien es autor de otras memorias, nos informa: “que eran cerca de Doscientos jóvenes de las principales familias del medio. Flor y nata de los caballeros saltojujeños”. Entre ellos: los Álvarez Prado, Goyechea, Medina, Uriburu, Pastor, Lanfranco, Los Plaza, Gorriti, Puch, Zabala, Zaeda, Zegada, Morales, Velarde, Giménez, Saravia, Arias, Ontiveros, los Rodríguez, y tantos otros que ofrendaron su sangre por esta causa sagrada de la emancipación”.

Tampoco podemos dejar de mencionar a Don Dámaso Uriburu que en Memorias 1794-1857, Bs. As. República Argentina 1934, en su página 64 escribe: “Concebido el plan del Gral. Belgrano de replegarse hasta Tucumán, una proclama anunció al pueblo de Salta la retirada del ejército por la aproximación del enemigo, convidando a todos los patriotas a reunirse en defensa de la patria, un impulso eléctrico hizo poner en pié a toda la juventud salteña, que cuatro meses antes viera con impasividad esta misma retirada del ejército, que ahora se verificaba de nuevo. El autor de estas memorias presenció su reunión en la plaza pública y vio los transportes del noble entusiasmo con que toda ella quiso ir a las filas de los defensores de la patria, a participar de los riesgos y gloria que se les ofrecía. El coronel don José de Moldes, que desde que dejó su destino en el ejército hacía una vida privada en el seno de su familia, se puso a la cabeza de esta generosa juventud y la condujo a Jujuy a incorporarse con ella al ejército, que ya empezaba su movimiento retrógrado. Allí se organizó el Cuerpo de Patriotas Decididos, que fue la denominación con que hizo esta campaña célebre la juventud de Salta…”

(…) “Gente toda de haber; por clase y posición”, (…) “iban armados y montados a su costa con lujo y bizarría, llevando muchos para su servicio más de un criado, que venían a ser otros tantos soldados, como que su jefe”. Bernardo Frías, en su Historia del Gral. M.M. de Güemes y la Provincia de Salta, Bs. As. 1971, destaca que, el heroico Coronel Figueroa, “figuraba con catorce esclavos puestos a favor de la Patria, armados y sostenidos con su bolsillo”.

Finalmente, el historiador salteño Alejandro Pojasi Arraya, anteriormente ya mencionado, del cual hemos tomado las citas para la realización del presente trabajo, en su obra arriba mencionada nos dice:

(…) “que esta hazaña fue realizable debido a que los pueblos del actual Norte argentino y Sur boliviano dimos todo lo que teníamos; hasta nuestros jóvenes hijos en casos menos de 17 años y que consecutivamente engrosaron distintos batallones, escuadrones y regimientos, como presencia permanente de todos los desafíos que aún emprende esta América inconclusa”. Y más adelante a manera de conclusión expresa: “El presente Batallón de Caballería “Decididos de la Patria” lacera la presencia permanente de la juventud en la Historia, con 16 o 17 años, casi niños, o niños, como aquel de 12 años que batía el tambor en el año 1811 en la Batalla de Tacuarí.

En este Batallón de Caballería Saltojujeña está presente la gloria del Río Piedras y del Norte; y quedará allí para siempre junto al bautismo de fuego y su extremo coraje casi vehemencia. Esta Juventud está vigente, para ella no hay indiferencia ni tiempo, aún demanda esa justicia histórica con su reciente participación en la Guerra de Malvinas: Porque transcurridos Ciento Setenta años después (el ensayo fue publicado en el 2011), Ellos son los Mismos, que ofrendaron sangre y corazón en nombre de Eternidad”.

En otro trabajo que entregáramos en el 2010, y que tituláramos “Bicentenario y 2 de Abril”, haciendo un repaso histórico y refiriéndonos a la estrategia geopolítica de acción psicológica, del Reino Unido de la Gran Bretaña, para desmalvinizar la Argentina, valiéndose muchas veces del cipayismo local, y de las herramientas mediáticas que como caballos de Troya, son fieles sirvientes de esos intereses apátridas, penetrando solapadamente en las mentes desprevenidas de muchos argentinos para desmovilizar el fervor patriótico, aniquilando los valores, las tradiciones, la identidad nacional, y los sentimientos de altruismo, o cualquier idea de defensa nacional, de coraje patriótico, hasta provocar un arrepentimiento de tener un pasado glorioso, ablandarnos y lograr avergonzarnos de ser argentinos, de tener raíces en nuestra hispanoindocriollicidad, de nuestra argentinidad. En esa perspectiva, escribíamos: “Pero desde luego otra cosa es la estrategia de la guerra psicológica que por otros caminos ha proseguido y que aún no ha concluido. En ese ámbito de dicha guerra se ha insistido también en la inconciencia de haber enviado conscriptos de 18 años y para denostarlos los han llamado “chicos”. ¿Pero a caso hay edad, género o condición para defender lo que uno ama? Nos olvidamos que en nuestra historia, sin ir a la historia universal, han existido testimonios que hoy los recordamos como los precursores de nuestra nacionalidad, dignos ejemplos a imitar. Para no ingresar en listas interminables solo traeremos a la memoria a Don Juan Manuel de Rosas que a la edad de 13 años combatió en Buenos Aires como ayudante de una cañonera durante las invasiones inglesas al Río de la Plata y nuestro héroe máximo Don José de San Martín tuvo su bautismo de fuego a los 14 años, el famoso tambor de Tacuary, Pedro Ríos quien murió heroicamente en batalla contaba tan solo con 12 años, y las niñas de Ayohuma que junto a su madre auxiliaban a los soldados entre el fragor del combate. Pero más sorprendente aún, las mismas tropas inglesas que nuevamente invadían nuestras Malvinas en 1982, contaban con soldados que iban entre los 17 a 19 años, sin embargo ellos no los han llamado “chicos”, por el contrario los llamaron los “señores de la guerra” y existe documentación y afiches publicitarios que lo prueban. Pero claro en la Argentina desmalvinizada debe cundir el agravio, el desánimo, la frustración, el descrédito, el desencanto, la venganza, pero por sobre todo debe provocarse entre los patriotas desprevenidos el arrepentimiento, el arrepentimiento de haber actuado con patriotismo, esto en definitiva es lo que persiguen los desmalvinizantes, eso el arrepentimiento para nunca más volver a intentar defender la Patria.

Por eso no es de extrañarse que cierto periodismo influenciado por el colonialismo mental que los seduce y reduce, que los anestesia y enceguece, que los domina y les imposibilita pensar con cerebro propio, lancen expresiones hirientes al sentimiento patriótico, cómo esos que insinúan que, fue una locura ir a la guerra por Malvinas, nosotros les respondemos efectivamente, sí. Es muy probable que desde la visión del cálculo ventajista, el Amor será siempre una locura, porque para los espíritu de cálculos mercantilista, materialista y vermicular, aquellos que no son capaces de desprenderse de la mera condición egoísta, material, corporal y burguesa, aquellos que no son capaces de inmolar sus vidas para una existencia superior, para una trascendencia metafísica, porque ya no creen en lo metafísico, para ellos será sin duda una locura y todos nuestros héroes y quienes entregaron sus vidas generosamente para que nuestra Patria sea Libre y Soberana, seguramente serán locos. Locura será la vida del héroe, del santo o del mártir. Locura será el amor de una madre o un hijo que ante la amenaza de criminales que les atacan sin medir peligros de ventajas y desventajas se arroja a defender la vida de aquella o aquel que ama. Locura será la muerte de Jesucristo que sin ninguna ventaja utilitaria vino a dar su vida por Amor. Locura será siempre para aquellos espíritus mezquinos y mediocres, que no son capaces de ofrendar sus bienes, prestigio y vidas para que la Patria, viva. Y si para ellos toda esa categoría de sentimientos es una locura, que sepan que todavía quedan patriotas en la Argentina, y que estamos locos de Amor a la Patria, y moriremos por ella en cualquier momento que fuera”.

De modo que la Juventud argentina, nacional y patriótica, debe sentirse plenamente orgullosa, de tener por Arquetipos aquella valerosa juventud, como lo fueron entre tantos otros el batallón de caballería los Decididos de la Patria o los jóvenes soldados de Malvinas, y de dejarles por herencia su ejemplo de vida, porque en la historia pasada y reciente, está el testimonio permanente de quienes ofrendaron todo por la Patria, pero también la enseñanza que en tiempos de amenazas, de peligros para la Nación, para la Patria, se hace presente la sentencia de Holderlin: “Allí donde crece el peligro, crece lo que salva”; es cuando el despertar del alma nacional llama fogosamente a las puertas de las Juventudes Nacionales Eternas, es cuando ha llegado el momento histórico de probar el Amor a la Patria, y nos convoca y moviliza dándonos la oportunidad de trascender en la historia construyendo los fundamentos de una Gloriosa Nación.-


*Hemos decidido colocar el término “realista” entre comillas por las razones que a continuación exponemos: La historiografía liberal oficialista, la marxista y la nacional revisionista, generalmente ha empleado el término de “realista” para designar a las tropas que combatieron en América, al servicio del rey Fernando VII, pero lo cierto es que dicho término puede llevar a interpretaciones erróneas, o a conclusiones confusas, si no acusamos aunque más no sea una breve aclaratoria. Téngase presente que la Revolución, iniciada en Buenos Aires un 25 de mayo de 1810 se hizo en nombre del rey Fernando VII, por lo que se descubre que todos los que conformaron la Junta de Gobierno revolucionaria, sin indagar en sus variantes, ni intentar una escapatoria de “época” y del espacio Iberoamericano, se definieron como “realistas”, tanto su presidente Saavedra, como incluso su secretario Moreno y el mismo Castelli, a pesar del jacobinismo que los embriagaba a estos dos últimos (ver: Vicente Massot: Revolución Mayo 1810, Edit. El Ateneo, Buenos Aires 2010). Al mismo tiempo los guerreros y fundadores de nuestro Estado moderno como lo fueron Belgrano y San Martín, sólo por nombrar a sus dos máximos representantes, se manifestaron siempre abiertamente “realistas” y concebían a ese régimen como única vía posible de organización política, obviamente lo que en esos momentos se debatía era la forma de monarquía y la de sus designatarios. Desde luego esto a la historiografía liberal o marxista, no le agrada mencionar y si lo hace rápidamente recurre a la muletilla de que se adscribían a la “monarquía parlamentaria”, sin detenerse a profundizar demasiado el tema, no vaya a ser cosa que la simpatía por los gobiernos de orden y mano dura de nuestros dos máximos héroes los complique.

Lo que cabe destacar entonces es que la Guerra por nuestra Independencia, se desarrolla en diferentes etapas, primero fue una firme resolución por mantenernos Independiente del gobierno napoleónico invasor que controlaba la península, hasta que Fernando VII recuperase el trono, y segundo fue una guerra civil dentro del gran Imperio Español, cuyas causas se retrotraen en la mismísima España, por lo tanto entre las fuerzas que se enfrentaron habían en ambos ejércitos, tanto de un lado como del otro: americanos y españoles, naturales y extranjeros, mestizos y negros, libres y esclavos, católicos y masones, republicanos y monárquicos, sin dejar de señalar que entre los enunciados, bajo ningún aspecto existía una rigurosa uniformidad, analizados si se nos permite en términos ideológicos, la evidencia histórica lo demuestra, más aún en el bando “criollo” por designarlo de alguna forma, para su distinción, la confirmación es palpable, no había concluido el peligro de “invasión” de los ejércitos de Fernando VII, y las luchas intestinas en América, ya habían estallado prolongandose en algunas regiones hasta alcanzar el próximo siglo.
Finalmente lo que queremos cotejar es que el término “realista”, no es unívoco, no puede emplearse en forma exclusiva y excluyente, pero para evitar caer en un reduccionismo abyecto, de americanos versus peninsulares, optamos por el clásico de “realista” pero con comillas, si alguien tiene una mejor propuesta, en buena hora.-


Prof. Jorge E. Camacho Ruiz

miércoles, 4 de julio de 2012

UNA INDEPENDENCIA ADULTERADA


9 de julio de 1816: Fundación de un Estado Continental independiente de toda dominación extranjera.

El 9 de julio de 1816 en San Miguel de Tucumán se reunió un Congreso integrado por tres diputados por Charcas o Chuquisaca, un diputado por Chichas o Potosí, un diputado por Mizque, dos diputados por Salta, un diputado por Jujuy, dos diputados por Tucumán, dos diputados por Santiago del Estero, tres diputados por Córdoba, dos diputados por Mendoza, dos diputados por San Juan, un diputado por La Rioja, dos diputados por Catamarca y siete diputados por Buenos Aires. Eran veintinueve en total. Invocando su carácter de “representantes de las Provincias Unidas en Sud América” declararon de manera solemne la voluntad de esas Provincias Unidas de “romper los vínculos que las ligaban a los reyes de España” “recuperar los derechos de que fueron despojadas” “e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda dominación extranjera”.

Estas últimas palabras “y de toda dominación extranjera” fueron propuestas por el Doctor Pedro Medrano representante por Buenos Aires, con una premonitoria concepción del futuro.

Este primer documento público de nuestro país proclamó por lo tanto la independencia de todas las Provincias Españolas del Continente de América del Sur. La fuerza de este pensamiento provenía de diputados formados intelectualmente, la mayoría de ellos, en las Universidades de Charcas o Chuquisaca (once), de Córdoba (cinco) y de San Felipe de Santiago de Chile (tres). La Universidad de Buenos Aires en esa época no existía.

El Congreso designó a Santa Rosa de Lima, figura sacra y vernácula, patrona de América del Sur.
La nueva nación se incorporaba de esa manera a la comunidad internacional con extensiones geográficas muy grandes y con deslindes jurídicos y religiosos muy precisos.

El Congreso permaneció sesionando en San Miguel de Tucumán hasta el 17 de enero de 1817. No pudo continuar su bien pensada obra de organizar y hacer funcionar como país independiente a las Provincias Unidas en Sud América. Presiones y circunstancias forzaron su traslado a Buenos Aires. Los diputados que previendo la fuerza disociadora de los intereses de la Ciudad puerto se opusieron a ese traslado fueron declarados cesantes. Tales los casos de Eduardo Pérez Balnes y de José Antonio Cabrera diputados por Córdoba.

Los libros de Actas del Congreso de Tucumán han de haber registrado actos muy significativos y esclarecedores de nuestra incomprensible historia porque a principios de este siglo fueron robados o perdidos.

El Congreso de Tucumán, que había declarado la independencia una vez instalado en Buenos Aires dictó una constitución de influencia francesa (22 de abril de 1819) y continuó sesionando como Poder Nacional hasta el 11 de febrero de 1820. En esta fecha debió disolverse ante las presiones incontenibles de una anarquía política y militar que, promovida en el interior e instigada desde el exterior abarcó todo el país.
Entonces, la Ciudad de Buenos Aires y su territorio provincial, adquirieron una autonomía casi independiente al igual que las demás provincias de la Unión. El Cabildo de la Ciudad de Buenos Aires expidió una Resolución que emitió a todas las provincias indicando que todas ellas quedaban en estado “de haber por sí mismas lo que más convenga a sus intereses y al régimen interior” (1). La unidad del país quedaba de esta manera rota, desvertebrada por decisión de la Ciudad Puerto de Buenos Aires.

De esta manera el territorio de nuestro país quedó sin identidad jurídica y sin fines económicos.
Esta trágica situación estuvo muy bien reflejada en los versos de nuestro gran poeta, Bartolomé Hidalgo, hoy condenado al olvido. Decía Bartolomé Hidalgo (2)

“En diez años que llevamos
De nuestra resolución
Por sacudir las cadenas
De Fernando el balandrón
¿qué ventajas hemos sacado?
Le diré con su perdón,
Robarnos unos a otros,
Aumentar la desunión,
Querer todos gobernar,
Y de facción en facción
Andar sin saber que andamos,
Resultado en conclusión
Que hasta el nombre de paisanos,
Parece de mal sabor,
Y en su lugar yo no veo
Sino un eterno rencor.
Y una tropilla de pobres
Que metida en un rincón
Canta al son de su miseria:
¡No es la miseria un mal son!
...
Desde principio, Contreras.
Esto ya se equivocó,
de todas nuestras provincias
se empezó a hacer distinción.
Como si todas no fuesen
alumbradas por un sol...
...
Y así, Hemos de ser libres
Cuando hable mi mancarrón...

Y con estos versos, los criollos de aquel entonces expresaban muy bien los resultados de una independencia adulterada.

El 9 de diciembre de 1824, el último ejército español que combatía en América del Sur, fue derrotado en el Perú en la batalla de Ayacucho por el Mayor General Don Antonio José de Sucre al mando de las fuerzas de Bolívar. Con esto terminó la guerra con España por la independencia.

Varios meses antes del 5 de marzo de 1824 por iniciativa del gobierno la Provincia de Buenos Aires había dictado una ley (3) invitando “a los pueblos de la Unión” a reunir “lo más pronto posible” la “Representación Nacional”.

En virtud de esta convocatoria, el 16 de diciembre de 1824 (pocos días después de la batalla de Ayacucho) se instaló en Buenos Aires un Congreso General Constituyente que se fue integrando por diputados representantes de las siguientes provincias: Buenos Aires Capital (diez), Buenos Aires Territorio Desmembrado de la Capital (ocho), Córdoba (seis), Corrientes (cinco), Catamarca (cuatro), Entre Ríos (cuatro), Mendoza (cuatro), Misiones (dos), Montevideo (cuatro), La Rioja (dos), Salta y Jujuy (seis), Santiago del Estero (seis), Santa Fe (dos), San Juan (uno), San Luis (tres), Tucumán (cuatro), Tarija (uno).

Era voluntad de todas estas provincias constituir el país y terminar con el aislamiento en que vivían.
El Congreso de las Provincias comenzó inmediatamente su cometido reiterando de manera expresa y solemne la existencia de la “Unidad Nacional” y de la “Independencia de la Nación” conforme lo establecía el Acta de la Independencia del 9 de julio de 1816. Estos conceptos macizos quedaron vertidos en la Ley Fundamental del 23 de enero de 1825 cuyo artículo 1ro. establecía lo siguiente: “Las Provincias del Río de la Plata reunidas en Congreso reproducen por medio de sus diputados y del modo más solemne el pacto con que se ligaron desde el momento en que sacudiendo el yugo de la antigua dominación española se constituyeron en nación independiente, y protestan de nuevo emplear todas sus fuerzas y todos sus recursos para afianzar su independencia nacional y cuanto pueda contribuir a su felicidad” (4).

Empero, en su artículo 7mo. la Ley Fundamental desvirtuó estos criterios de integridad e independencia para todo un país constituido, adjudicando al gobierno de Buenos Aires una supremacía de política exterior frente a los demás gobiernos provinciales. Este artículo 7mo. dispuso esto: “Por ahora y hasta la elección del Poder Ejecutivo Nacional, queda éste provisoriamente encomendado al Gobierno de Buenos Aires con las facultades siguientes: 1) Desempeñar todo lo concerniente a negocios extranjeros, nombramientos y recepción de ministros y autorización de los nombrados. 2) Celebrar tratados, los que no podrá ratificar sin obtener previamente especial autorización del Congreso” (5).

Notificado el Gobierno de Buenos Aires del texto de la Ley Fundamental, respondió al Congreso el 27 de enero de 1825 aceptando el ejercicio provisorio del Poder Ejecutivo Nacional con las facultades expresas del artículo 7mo. “por lo urgente que es expedirse en los negocios de Relaciones Exteriores”. Firma el Gobernador General Don Juan Gregorio de Las Heras y su Ministro Interino de Hacienda y Relaciones Exteriores y Gobierno Don Manuel José García (García en su triple ministerio había sido designado por Las Heras el 14 de mayo de 1824) (6).

Quedando de esta manera, quienes gobernaban Buenos Aires, con el mango de toda la política exterior de la Nación, el 29 de enero de 1825, es decir dos días después de haber asumido esas funciones, recibieron la propuesta de firmar “con el representante de Gran Bretaña el primer Tratado internacional”. Es el primer tratado era en los términos de la propuesta inglesa de “Amistad y Comercio”, pero su contenido posterior fue bien distinto. Reiterando otra vez “lo urgente que es expedirse en los negocios de las relaciones exteriores” el General Las Heras y su Ministro García dictaron este decreto: “Buenos Aires, Enero 29 de 1825. Habiendo informado oficialmente el Señor Woodbine Parish, Cónsul General de J.M.B., Residente en esta Ciudad, de hallarse dispuesto a tratar, ajustar y concluir un tratado de amistad y comercio ente el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata y J.S. el Rey del Reino Unido de la Gran Bretaña, en virtud de instrucciones y plenos poderes que le habían sido conferidos al efecto, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, como encargado del Poder Ejecutivo Nacional por el Congreso General de dichas Provincias, ha acordado y decreta: Art. 1): Queda nombrado el Señor Don Manuel José García, Ministro Secretario de Relaciones Exteriores y Gobierno en la clase Plenipotenciario, para ajustar con el Plenipotenciario de J.M.B., un tratado de Amistad y Comercio. Art. 2): Expídanse los poderes según corresponda e insértese en el Registro Nacional. Heras-Manuel José García” (7).

Así el Congreso de 1824-1827 y el Gobernador de Buenos Aires, encargado del Ejecutivo Nacional en forma provisoria, General Juan Gregorio de Las Heras, antes de establecer los derechos que los criollos tendrían sobre su tierra emancipada de España, determinaron los privilegios que Gran Bretaña y los súbditos británicos recibían y habrían de mantener dentro de la estructura económica argentina.

Tal fue el objeto del Tratado del 2 de febrero de 1825 que en nuestros días del año 2002, continúa en total e ininterrumpida vigencia porque no tiene fecha de vencimiento. Este es el resultado de una independencia improvisada.

                                                                  Dr. Julio C. Gonzalez

Tomado de: http://www.argentinaoculta.com/

viernes, 27 de abril de 2012

MISMA FECHA, MISMA HISTORIA



1 DE MAYO DE 1851, 1865 Y 1933

Afrenta y Sometimiento


Un 1 de mayo de 1851, 1865 y 1933, se firmaron unos de los mas humillantes y escandalosos Tratados: El Pronunciamiento de Urquiza (1 de mayo de 1851); el Tratado de la Triple Alianza (1 de mayo de 1865); y el Tratado Roca-Runciman (1 de mayo de 1933).

Pudo haber sido mera casualidad la elección de esa misma fecha, pero que los identifica, en medios y en fines, con un solo objetivo: establecer y consolidar la influencia financiera y política de los intereses anglo-brasileños en los dos primeros casos y asegurar los privilegios británicos en el último.

Una íntima vinculación existe entre el Pronunciamiento de Urquiza y el Tratado de la Triple Alianza, pues, como se ha señalado, persiguieron el mismo objetivo y sus actores son los mismos, además de mediar cercanía cronológica. 

Detrás de la expansión del Imperio del Brasil encontramos a Ireneo Evangelista de Souza, Barón de Mauá, titular de la casa “Carruthers y Cía.”, que era propiedad del comerciante inglés Richard Carruthers, la misma que a su vez estaba ligada a Rothschild (la misma banca que financió la Revolución Rusa de 1917), posteriormente se fundaría el Banco Mauá con agencias en todo el Imperio y filiales en Nueva York, Londres, Manchester, Montevideo, Rosario y Buenos Aires. 

No es posible entender la raíz de esta cuestión si se desconoce la actuación y la decisiva gravitación de este personaje, ya que en sus bolsillos se halla la causa de la hegemonía del Imperio del Brasil en la cuenca del Plata (Argentina, Uruguay y Paraguay), desde Caseros a Cerro Corá, desde 1852 hasta 1870; de más está decir que dicha hegemonía implicó simétricamente la ruina de Argentina, Uruguay y Paraguay, y cuyas consecuencias se pueden apreciar hasta el día de hoy. 

Fue Ireneo de Souza el que contribuyó con el dinero que Pedro II (emperador del Brasil) pagó al General Justo José de Urquiza para que surja en él la “preocupación” y desvelo por una constitución escrita. Su “pronunciamiento” del 1 de mayo de 1851 incluyó la firma de un Tratado entre las provincias de Entre Ríos, Corrientes, Uruguay y Brasil, con el solo objetivo de derrocar al Restaurador General Don Juan Manuel de Rosas y estatizando la deuda que por dicho tratado de asumía, lo que desembocaría en la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) combatiendo el “Ejército Grande” de Urquiza (con tropas brasileras, uruguayas y 3.000 mercenarios europeos) contra el Ejército Argentino integrado por valientes y patriotas.
Brasil veía en la Confederación Argentina gobernada por el Restaurador Gral. Don Juan Manuel de Rosas su mas peligroso rival en la política sudamericana; en realidad los verdaderos actores que querían destruir a esa Digna y Próspera Argentina era Gran Bretaña ( ENEMIGO eterno de la Nación Argentina), que como no pudo prevalecer por la armas en el Combate de Vuelta de Obligado (20 de noviembre de 1845, cuando invadió nuestros ríos interiores junto con Francia aplicándonos simultáneamente un feroz bloqueo), lo hizo luego, a través de sus esbirros financieros (Rothschild), y utilizando al Imperio del Brasil como vehículo de sus intereses.

Una vez reducida la Confederación Argentina a un reducto de anarquía, el Imperio y su banquero ocupan de nuevo a sus mas fieles servidores, Justo José de Urquiza y a Bartolomé Mitre, asno inglés consagrado. Esta vez el enemigo era el Paraguay del Mariscal Francisco Solano López, que gobernaba a la única Patria independiente y pujante de estas latitudes. En efecto intervienen nuevamente el oro inglés, pero acuñado en portugués, para que Urquiza haga sus negocios y Mitre aliste a su Ejército con “voluntarios” traídos con cadenas desde el interior; en ese contexto se producen los levantamientos de las montoneras, conducidas por el Chacho Peñaloza y Felipe Varela, éste último protagonizaría la última batalla (Pozo de Vargas, 10 de abril de 1867) de su cruzada americanista y federal.

El Tratado Roca-Runciman, encierra exactamente la misma lógica: menoscabo de la Soberanía Nacional; gobernantes totalmente entregados y vendidos al dinero inglés; concesiones fabulosas al extranjero y pésimos negocios para la Argentina; todo eso a cambio de vanas y vacuas palabritas.

Este Tratado fue suscripto el 1 de mayo de 1933, por el entonces vice-presidente de la República, Julio A. Roca (h) y Walter Runciman; en virtud del mismo, la República Argentina se aseguró la compra por parte de gran Bretaña de una cuota de carne, a cambio de: el desbloqueo de las libras esterlinas pertenecientes a empresas inglesas en la Argentina; importación libre de derechos del carbón; someter cualquier divergencia sobre el tratado a la Corte Permanente de Justicia Internacional; y, a través del Convenio Suplementario de la convención firmada el mismo año, la disminución de los derechos aduaneros sobre 235 artículos ingleses (una suerte de libre comercio encubierto). 

El diario de Mitre, La Nación, halagaba el Tratado Roca-Runciman, vaticinando que “en él podrían inspirarse los tratado venideros”, de hecho, así fue, pues es la misma estructura jurídica que poseen los “Tratados de Promoción y Protección de Inversiones”: libre remesa de divisas; monopolio inglés en la economía argentina (Barrick, British Petroleum, etc); sometimiento jurisdiccional a un tribunal extranjero (CIADI).

Ilustra el particular, algunas opiniones de la época sobre el Tratado: el “Dialy Express” de Londres sostuvo que el tratado "entrega el status de dominio a una república de Sudamérica"; el senador Lisandro de la Torre por su parte afirmó: “La misión abocada a un imposible, por pura imprudencia de la Cancillería, después de haber aceptado todo lo que pedía Inglaterra, aceptó que nada se diera a la Argentina. He aquí por qué el convenio constituye un fracaso total: fracaso diplomático y fracaso comercial”; y el senador demócrata nacional por Tucumán José Nicolás Matienzo, advirtió: "tratar con una nación poderosa es siempre salir vencido".

Hemos podido apreciar en los casos analizados (enumeración ejemplificativa) como actuó el Imperialismo Internacional del Dinero mediatizando a los Estados, utilizando uno contra el otro en nombre de consignas varias, desangrándolos en encarnecidas guerras, que muchas veces nunca finalizan, para luego apoderarse de sus escombros y ruinas.

Luis Francisco Asis

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