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lunes, 13 de julio de 2026

ROSAS Y LOS INTELECTUALES*

 

Por: Julio Irazusta

Me veo en la dura necesidad de polemizar con el autor de la Defensa y pérdida de nuestra soberanía económica, cuyo talento aprecio demasiado para dejar pasar sin protesta lo que creo un traspié suyo. Debo hacerle pues una gran querella. Sobre lo que juzga «el más grave error de Rosas», en un juicio sobre su política con los intelectuales, que yo considero «el más grave error de José María Rosa (hijo)».

No lo hago porque considere impío hablar de los errores de don Juan Manuel.

Nosotros los revisionistas no procedemos con el fetichismo de la escuela académica, que tiene a sus héroes por santos, y de un santoral no susceptible de aumento; que da por terminadas las canonizaciones con las que ella ha realizado. No. La historia es para nosotros una materia en perpetua revisión, cuyos juicios se renuevan constantemente, a impulso de los descubrimientos documentales, la evolución política y la reflexión filosófica. Y quienes la hicieron no son para nosotros susceptibles de clasificarse en categorías de ángeles o demonios, sino hombres falibles, por grandes que se nos aparezcan en algunos aspectos de su acción.

 Lo hago porque creo una inexactitud de hecho la afirmación del Dr. Rosa. Veamos en qué consiste: «Hablemos claro», dice; «el más grande error de Rosas fue no haber atraído a los intelectuales. Era un hombre popular, era un hombre querido por casi todos. Pero no hizo nada, o muy poco, para llamar a quienes, juventud estudiosa de 1837, se presentó dispuesta hacia él. Rosas se burló de ellos... De Angelis en los diarios de Rosas se burló sin piedad de los balbuceos literarios y las contradicciones filosóficas de los pretendidos sansimonianos. Por eso la juventud intelectual, rechazada y zaherida por Rosas, se fue a Montevideo apenas estallado el conflicto con Francia». Y luego de condenar a esos jóvenes, pese a los motivos que según él Rosas les dio para emigrar, agrega: «Pero con todo, eran los intelectuales, los escritores, los dueños del porvenir, y Rosas debió atraérselos... Desgraciadamente Rosas no obró así. Desgraciadamente para él y para su política magnífica. Pudo haber detenido la leyenda roja, y debió hacerlo. En la hora de la prueba no tuvo hombres de palabra o de pluma que lo defendieran. Se quedó con los venales, los oportunistas, que por supuesto lo abandonaron apenas cayó. Y no solamente lo abandonaron, fueron quienes más y mejor lo enlodaron».

Examinemos por partes tales afirmaciones. La acusación de no haber atraído a los intelectuales, es la que primero da que pensar. El país no los tenía entonces a profusión, de los que hacen oficio de tales, con sendas bibliografías a sus espaldas. Pero de los que había, y en realidad eran hombres de acción con inteligencias regularmente disciplinadas en institutos educacionales de la colonia, atrajo a casi todos los que no fueron recalcitrantes para resistírsele: Tomás de Anchorena, Felipe Arana, Tomás Guido, Carlos de Alvear, Vicente López, Manuel Moreno, Manuel de Sarratea, Eduardo Lahitte, Adeodato de Gondra, etc., etc. Y los conservó a su lado los veinte años de la dictadura, pese a las incomprensiones de los unos y las divergencias que tuvo con los otros. No tenía esos celos de los hombres capaces que se le atribuyen. Y jamás hubo caudillo que estuviera mejor rodeado, y sostuviera con más lealtad a sus colaboradores, que Rosas. Aquellos hombres eran lo mejor que el país tenía en lo que respecta a inteligencia. Y algún otro que podía considerarse tal, como el general Paz, no participaba en el gobierno porque no había querido hacerlo. Después de quedar en libertad, se le ofreció una embajada cuando ya había fugado al Estado Oriental. Si Rosas no se lo atrajo, no fue porque no lo intentara, sino porque no lo consiguió.

El Dr. Rosa alegará haber hablado de los jóvenes de 1837. Pero aun el caso de éstos, es imposible aducirlo contra el caudillo. Que Rosas se burló de ellos, son consejas unitarias, que no se basan en ninguna fuente fidedigna. Lo cierto es que Alberdi escribió: «Emigrados espontáneamente, sin ofensas ni odios, sin motivos personales, nada más que por odio a la tiranía... nuestras palabras jamás tendrán por resorte motivo ninguno personal. Ni a la persona, ni a la administración del señor Rosas tenemos que dirigir quejas personales de injurias que jamás nos hicieron» (Escritos póstumos, ed. Cruz, t. XV, ps.435-437). Lo cierto es que Juan María Gutiérrez era empleado público y que si perdió el puesto fue por haberse complicado en la conspiración Maza; recobró la libertad, agradeciéndoselo a Rosas (Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas, N°12, art. de Marín Pincen, sobre Gutiérrez), pese a que durante todo ese tiempo mantenía con Alberdi una correspondencia que manifiesta su decidida voluntad contra el caudillo (Juan María Gutiérrez, Epistolario, ed. por E. Morales, Bs. As. 1942, ps.32-35). Lo cierto es que Sarmiento recibió un trato privilegiado de un gobernador federal de San Juan, cuando muy joven se negó a prestar el servicio militar que le imponía le ley, según lo han demostrado los Dres. Doll y Cano en un folleto famoso sobre el origen del unitarismo de aquél. Lo cierto es que Angelis se burló de Echeverría y su Dogma Socialista ocho años después que la joven generación emigró en masa; y que sus burlas no pueden figurar entre las causas de tal emigración.

Creo haber demostrado en varios de mis escritos que los jóvenes de la Asociación de Mayo no combatieron a Rosas porque éste descuidara atraerlos, sino porque emigraron cuando lo creyeron perdido en 1838, al complicarse la guerra con Bolivia con el bloqueo francés y las revueltas interiores que éste descargó. Más de lo que Rosas hizo por unos pollos apenas salidos del cascarón, rara vez lo hacen los caudillos que ejercen un poder omnímodo.

Alberdi se puede considerar niño mimado del régimen. Alejandro Heredia lo apadrinó, le enseñó latín, le permitió recuperar en el Colegio de Ciencias Morales una beca que había abandonado por capricho. Vicente López acogió sus primeros trabajos marcando la tarea de la nueva generación como si la viera en perspectiva histórica. Angelis le hizo leer a Vico. La sociedad toda le dio elementos para publicar un periódico, etc. Pedirle a un gobernante del tipo de Rosas que hiciera más por jóvenes principiantes es achacarle que careciera de un don adivinatorio. El Fragmento preliminar al estudio del derecho, pese a las discordancias de fondo que revelaba entre las posiciones respectivas del escritor y el caudillo, podía haber sido el origen de una trascendental colaboración. ¿Cómo puede sostenerse que ésta no se produjo por culpa del segundo y no del primero? Alberdi emigró voluntariamente antes que Rosas pudiera pensar en llamarlo a la redacción de la Gaceta, en lugar de Mariño.

Por otro lado, ¿no es ése el movimiento habitual de los intelectuales ante una dictadura? ¿No agotó en vano Napoleón sus seducciones con Chateaubriand? Las excepciones a esa regla se producen cuando los escritores preparan el camino a un hombre providencial, con tan firme convicción que lo personal no pesa para nada en las relaciones entre ambos. Por ejemplo Treitzcke, promotor de la unidad alemana antes que Bismarck la procurase, era liberal; pero al verlo realizar su objetivo, aunque por otros medios, se le plegó. Y cuando el canciller de hierro le ofreció una cátedra, la rehusó, para que no se sospechara el menor móvil mezquino en su campaña unificadora, que lo había enemistado hasta con su padre, que era ministro de uno de los pequeños Estados alemanes absorbidos por Prusia.

Además me parece una petición de principio afirmar que por no haber atraído a los intelectuales, Rosas se quedó con los oportunistas que lo abandonarían al verlo caído. ¿De dónde saca el Dr. Rosa que aquéllos le habrían sido más fieles que éstos? ¿Cree a sus colegas de todos los tiempos más capaces de lealtad que a los miembros de otros estamentos sociales? ¿No recuerda ningún caso, aquí y en el extranjero, en que grupos enteros de intelectuales exaltaran a un hombre cuando estaba en el poder, para abandonarlo después de su caída?

Por último, me parece injusto englobar a todos los servidores de Rosas entre los viles que lo calumniaron después de Caseros. Estos fueron unos pocos, y no de los que habían sido principales entre aquellos. Cuanto a que lo abandonaron en su derrota, es un término de dudosa aplicación. Rosas no representaba una dinastía derrocada, ni ofició jamás de pretendiente, haciendo saber sus intenciones desde el primer momento. ¿Cómo exigir a hombres envejecidos en el servicio público que renunciaran a la vida política porque habían perdido a un jefe que no volvería más a ella, y que rehusaran a Urquiza su colaboración, cuando éste se las pidió sin que lo asediaran para que los emplease? En nuestros días hemos visto cosas peores que la conducta de los rosistas plegados al urquicismo.

Si estas precisiones hicieran que el autor de la Defensa y pérdida de nuestra independencia económica revisara su juicio acerca de las relaciones entre Rosas y los intelectuales, hallaría una compensación al desagrado de haber tenido que disentir con él en público.



* En Revista «Presencia», N°34, 11 de agosto de 1950, y reproducido bajo el título de «Rosas y sus relaciones con los intelectuales de la generación de 1837» en «Julio Irazusta - Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino» – T° II», Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1973, pp. 259-263.


viernes, 6 de marzo de 2026

¿Fue Juan Manuel de Rosas un tirano?

 


           Por: Edgardo Atilio  Moreno


Poco antes de asumir como presidente de la Argentina, el anarco libertario Javier Milei, en un acto político llevado a cabo el 4 de noviembre de 2023 en la ciudad de El Palomar, se refirió a Juan Manuel de Rosas calificándolo con el gastado y remanido mote de “tirano”[1].

Esta injuria contra Rosas es de larga data, la inventaron sus enemigos unitarios y luego la recogieron y difundieron los liberales que escribieron la historia oficial de nuestra patria.

Así generaciones enteras de niños en edad escolar se educaron escuchando a sus maestros sarmientinos hablar sobre los horrores de la “tiranía” de Rosas.

La utilización del termino no sorprende para nada habida cuenta que, al calor de los “nobles odios” mitristas, que en esos tiempos se cultivaban contra el Restaurador, sus enemigos no hayan buscado ser justos ni precisos con los calificativos que utilizaban para referirse a este.

Sin embargo, a esta altura del tiempo y con los avances que en el ámbito historiográfico aportó el revisionismo histórico, es poco serio seguir aplicando ese mote a Rosas.

En efecto, según nos enseña el diccionario de la lengua castellana, tirano es aquel que “consigue de modo ilegal el gobierno de un Estado y lo rige sin justicia y arbitrariamente”[2]. De modo pues que para saber si a Rosas le corresponde o no el calificativo de tirano lo primero que tenemos que hacer es ver en qué condiciones accedió este al poder, en las dos oportunidades en que le tocó ejercerlo. Vayamos entonces a los hechos históricos:

La primera vez que Rosas gobernó Buenos Aires lo hizo luego de la llamada tragedia de Navarro. Este hecho tuvo lugar -como es sabido-  cuando el general unitario Juan Galo Lavalle luego de derrocar, el 1 de diciembre de 1828, al gobernador legítimo de Buenos Aires, Manuel Dorrego, lo hizo fusilar sin juicio previo en la posta de Navarro. Este crimen causó una indignación generalizada en la provincia y la consecuente reacción de los federales. En esas circunstancias, el asesino de Dorrego, se avino a firmar con los federales un tratado de paz (el tratado de Barrancas), en el cual convino en que se nombrase gobernador interino de Buenos Aires al general Viamonte.

El gobernador interino, una vez en el cargo, convocó a la legislatura (que Lavalle había disuelto) para que procediese a la elección de un gobernador. Lo primero que hizo este cuerpo –antes de elegir al nuevo gobernador- fue establecer que el elegido debería contar con “facultades extraordinarias” para poder afrontar los efectos subsistentes de la crisis que había desatado el fusilamiento de Dorrego[3]. Una vez resuelto esto, la legislatura procedió a elegir y a designar como gobernador de la provincia al coronel Juan Manuel de Rosas; quien así -en forma absolutamente legal- asumió su primer mandato el 8 de diciembre de 1829.

En la segunda oportunidad que le tocó gobernar, el Restaurador también tuvo que hacerlo luego de un magnicidio que conmovió al país, el del caudillo riojano Facundo Quiroga.

En efecto, a raíz de un conflicto entre los gobernadores federales de Tucumán y de Salta, Alejandro Heredia y Pablo Latorre, quienes se acusaban mutuamente de favorecer las conspiraciones unitarias existentes en las provincias de cada uno de ellos; el gobernador interino de Buenos Aires, el doctor Manuel Maza, decidió enviar como mediador al general Juan Facundo Quiroga.

El caudillo riojano –en total sintonía con el pensamiento de Rosas- partió al norte con la determinación de hacer entender a los gobernadores enfrentados que en vano era pensar en la reunión de un congreso que dicte una constitución federal si antes las provincias no eran capaces de asegurar el orden en sus territorios y establecer entre ellas relaciones acordes con un sistema federal.

La reunión entre ambos gobernadores estaba prevista que se realizaría en Santiago del Estero. Hasta allí llegaron Quiroga y Heredia. Latorre no pudo hacerlo pues falleció antes de partir. A pesar de ello, se logró la firma de un tratado de paz entre las provincias en conflicto. Facundo satisfecho se dispuso entonces a emprender su regreso. Cuando se disponía a hacerlo se le advirtió de la existencia de un plan para acabar con su vida en el trayecto. A pesar de que la información era verosímil, este le restó importancia y rechazó la escolta que le ofreció el gobernador santiagueño Juan Felipe Ibarra, partiendo hacia su destino, confiado en su suerte, coraje y prestigio.

Al llegar a la localidad de Ojo de Agua recibió un nuevo aviso. Se le confirmó que el capitán Santos Perez, hombre que respondía al gobernador de Córdoba, José Reinafe, lo esperaba en Barranca Yaco para perpetrar el ataque. Nuevamente Quiroga desoyó las advertencias y continuo su marcha. Y así, el fatídico 16 de febrero de 1835, en el lugar indicado, el Tigre de los llanos cayó asesinado junto con toda su pequeña comitiva.

Ante el estado de convulsión que desató el crimen, el gobernador Maza presentó su renuncia. Inmediatamente la legislatura la aceptó y eligió casi por unanimidad a Rosas para gobernar Buenos Aires por segunda vez, y esta vez con la suma del poder público.

Si bien esta designación era suficiente para legitimar la asunción del Restaurador, quiso este hacer plebiscitar la misma, dada la extensión de las facultades que se le otorgaba. El resultado del plebiscito fue contundente, casi la totalidad de los votantes apoyó la elección y el otorgamiento de la suma del poder. Y así, en medio de una algarabía generalizada el 13 de abril de 1835, Rosas llegaba nuevamente al gobierno.

Aclarado esto, conviene destacar también que Rosas, en el ejercicio del poder, no solo actuó conforme a las atribuciones conferidas, sino que lo hizo siempre teniendo por miras el bien común de los argentinos; y no por capricho o en función a sus intereses personales como lo haría un tirano. Basta decir que cuando este ingresó a la política era un rico estanciero y empresario, y durante todo el tiempo que gobernó nunca utilizó su poder para enriquecerse. Es más, cuando se retiró de la vida pública y marcho al exilio, lo perdió todo y no le quedó ni para sobrevivir, teniendo que dedicarse a trabajar en su pequeña granja. La honestidad de Rosas fue tan notoria, que ni siquiera sus enemigos y detractores jamás la pusieron en duda.

Por todo lo hasta aquí dicho, en esta breve síntesis de circunstancias históricas bien conocidas, podemos concluir que no hay dudas que Rosas llegó al gobierno por medios legales y ejerció el poder conforme a las facultades que en cada caso se le otorgó legalmente. No como sus adversarios. Como por ejemplo el citado general Lavalle que se apoderó por la fuerza del gobierno de Buenos Aires y se comportó como un verdadero tirano, asesinando al gobernador legítimo y sembrando el terror, como decíamos arriba.

Esa conformidad con las leyes y el consenso generalizado que tuvo el Restaurador fue tal, que incluso uno de sus principales enemigos, Domingo Faustino Sarmiento, supo reconocer que: “Rosas era un republicano. Era la expresión de la voluntad del pueblo y en verdad que las actas de elección así lo muestran. El gobernante se inclina ante la soberanía popular representada por la legislatura. Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron, grandes y notables capitalistas lo apoyaron y sostuvieron. Abogados de nota tuvo en los profesores patentados de derecho. Verdadero entusiasmo era el de millares que lo proclamaban el Héroe del Desierto y el Gran Americano. Rosas era popular... Rosas era una manifestación social, una fórmula de una manera de ser de un pueblo. La suma del poder público le fue otorgada por aclamación y plebiscito, sometiendo al pueblo la cuestión"[4].

Finalmente, cabe mencionar un dato más, que echa por tierra la idea de que el gobierno de Rosas fue una tiranía. Y es que –tal como lo atestiguo el periodista español Benito Hortelano en sus Memorias- a su caída no hubo actos de algarabía en el pueblo de Buenos Aires[5]. Si de verdad hubiera sido un tirano el júbilo y la felicidad del pueblo hubiera sido notorio y generalizado; pero nada de ello sucedió. Por el contrario, el pueblo bonaerense añoró a Rosas por años, como lo dejó asentado José Hernandez en su Martin Fierro.

Es por eso que la máxima figura de la argentinidad, el general José de San Martin, elogio y apoyó la política del Restaurador. Tal es así, que en 1838 el Libertador le ofreció sus servicios para enfrentar el bloqueo francés a la Confederación Argentina; y aunque ello no se pudo concretar, desde Europa defendió la causa de la Confederación.

La amistad y admiración que San Martin tenia por Rosas está reflejada en la nutrida correspondencia que mantuvo con este, y con otras figuras históricas como Tomas Guido y Bernardo O´Higgins. Y la prueba más acabada del alto concepto que San Martin tenia por don Juan Manuel es que en la cláusula tercera de su testamento le legó su sable corvo, el mayor homenaje que pudo haber recibido un argentino.

Algunos quieren creer que este obsequio del Libertador a Rosas, se debió solo y exclusivamente por la defensa que este hizo de nuestra soberanía, sin que ello implique un aval a su política en general.  Sin embargo, está probado que San Martin también apoyó la política interna del Restaurador, ya que veía en él la “espada vigorosa” que el país necesitaba en aquellos tiempos de anarquía, de agresiones extrajeras y traiciones. Esto se ve claramente en la última carta que le envió, el 6 de mayo de 1850, en la que dice lo siguiente: "…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado… Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina… Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota".

Ningún argentino recibió nunca mayor elogio. Sin embargo, y a pesar de que el revisionismo histórico, sin lugar a dudas, le ganó la batalla historiográfica a la historia oficial, aun hoy lamentablemente existen quienes -como el presidente Milei- se niegan a dar a Rosas ese “justo reconocimiento” que San Martin le brindaba y le deseaba; y por el contrario continúan repitiendo las mismas injurias que contra Rosas decían sus antepasados ideológicos.

Está claro entonces que, mientras el liberalismo tenga poder en nuestra patria, sus partidarios seguirán empeñados en imponer la versión falsificada de nuestro pasado, que pergeñaron tras la caída del Restaurador. Es por ello que la lucha por la verdad histórica no debe cesar, la tarea de difusión debe continuar, hasta que la Argentina salga de la situación semi-colonial en que se encuentra, y vuelva a ser una nación soberana, como en los tiempos de Don Juan Manuel.

 



[2] Sapiens. Enciclopedia ilustrada de la lengua castellana. Edit. Sopena, Argentina, 1959.

[3] No era la primera vez que en el país se otorgaba facultades extraordinarias a un gobierno. Todos los primeros gobiernos revolucionarios y los directoriales las habían tenido.

[4] Obras Completas, Tomo XXVII, pág. 323

[5] Sierra, Vicente. Historia de la Argentina, T. IX, pag. 621.

martes, 25 de febrero de 2025

NOTAS SOBRE JUAN MANUEL DE ROSAS

 


Presentación

En el mes de julio del pasado 2012, dábamos a conocer el volumen tercero de nuestra obra: Los críticos del revisionismo histórico, publicación conjunta de la Universidad Católica de La Plata y del Instituto Bibliográfico Antonio Zinny, instituciones ambas por las que reiteramos nuestra gratitud.

Muchos años y muchas lecturas demandó aquel compendio, y un larguísimo recorrido por las escuelas historiográficas de sig-nos distintos, encontrados y rivales. Para estudiar al revisionismo y a sus críticos, lo dicho aquí y allá en torno de la figura del Restaurador, desfiló por nuestro escritorio del modo más exhaustivo que pudimos.

Si de tal afirmación no se sigue necesariamente elogio alguno para el fruto final de aquellos volúmenes, sí se ha de seguir en cambio una cierta habilitación para responder la pregunta que sigue: ¿hay algo nuevo que decir sobre Juan Manuel de Rosas?; o sin la connotación de la novedad, que no suele ser sinónimo de valía, ¿hay algo por decir que justifique dar a luz un nuevo libro, como el que aquí presentamos?

En principio parecería que no. No al menos desde el punto de vista informativo, documental, archivístico. Aunque repositorios hay que aguardan aún ser explorados con maestría, y aunque en pleno curso se encuentra un proyecto asombroso del Profesor Jorge Bodhziewicz, para que se conozcan ordenada y analítica-mente los impresos todos de la larga y gloriosa época de la Con-federación Argentina, en líneas generales podríamos decir, con un tecnicismo, que la heurística sustancial acerca de Juan Manuel de Rosas se halla cubierta.

Va de suyo que éste de la información no es un ámbito clauso, y que siempre habrá –como en el proverbial poema becqueriano– una mano inteligente que sepa arrancar notas afinadas a una arrumbada arpa. En tal sentido, insistimos, los papeles históricos de la patria pueden deparar más de un sorpresivo y útil hallazgo. Pero tambien es cierto que lo édito y publicado más se asemeja a una montaña de proporciones que a un modesto peñasco. Quien haya hecho el esfuerzo de escalarla, advertirá la dimensión de sus perfiles.

Algo distinta es la respuesta a la pregunta ya formulada, si nos apartamos del siempre legítimo y valioso territorio de la heurística, para instalarnos en las posesiones de la hermenéutica. Aquí, no solamente todo no está dicho sobre Rosas, sino que ur-ge volver a recordar verdades y razones, criterios rectos y perspectivas veraces; y si no sonara algo pretensioso, urge igualmente volver a refundar el revisionismo histórico argentino.

Porque la figura impar de Juan Manuel de Rosas no ha tenido toda la suerte historiográfica que su estatura merecía. Es verdad que liberales y marxistas –cada uno con sus subespecies entomológicas– han sido objeto de refutaciones, réplicas, desenmascaramientos y desmentidas por doquier. Y es verdad que a izquierdas y a derechas plumas siempre se le supo oponer algún pensador aquilatado que restituía el orden interpretativo. Queremos decir, para que no se nos confunda, un pensador con las bases intelectuales lo suficientemente sostenidas en la Filosofía Perenne.

Pero lo que hoy prevalece en la materia es el desorden y el caos, la amalgama turbia, la mezcolanza aviesa, el ideologismo tosco sumado a la militancia crapulosa. El rosismo, convertido en relato oficialista, y el relato oficialista devenido en conglomerado de náuseas, y éste a su vez propagando su hedor sin restricciones, por un poder que acumula malicias cuanto resta virtudes; el rosismo, decimos, es hoy una mueca indigna y falsa de lo que supo y quiso ser en sus orígenes. Se agrava el desbarajuste toda vez que por oponerse a este oficialismo asfixiante, pendolistas o políticos sin entrenamiento historiográfico alguno, y faltos de sólida cultura, dejan caer sus diatribas contra Rosas, sin advertir que están castigando, no al héroe en sí mismo, sino a la parodia en que lo han convertido los titulares del Régimen. Moralmente hablando, estamos obligados a formular condenaciones terminan-tes para los artífices de tanta falsedad acumulada.

No mejora el panorama la irrupción de ciertos intérpretes de la figura de Don Juan Manuel que, aunque en las antípodas intelectuales y morales de los bandos señalados, y por eso mismo dignos de ser considerados decentes, han decidido descalificar como traidores a todos aquellos personajes americanos que tomaron parte de la independencia de España. Casi siempre sin acepción de personas, ni de propósitos ni de circunstancias. Como si fuera lo mismo amar piadosamente a los padres y verse compelido a formar casa propia con idénticas raíces, que sacudir las sandalias en los umbrales del hogar solariego, movido por el odio y el desprecio. Como si idénticos fueran los casos de quienes llamaron independencia a abjurar de su matriz, y esos otros que 12defendieron con sangre limpia una autonomía que no les impedía cultivar el encepamiento hispano de tres siglos. Y como si después de doscientos años del doliente proceso de disolución del Imperio Hispano, cupiera mantener fresco un rencor, que acaso pudo alimentarse durante la contemporaneidad de los hechos, pero que a vistos y considerandos de lo acaecido en ambos continentes, más parece prudente mitigar que azuzar.

Entre varios fuegos entrecruzados, algún rescate precisa la figura ilustre del Caudillo de la Santa Federación. Y he aquí el sentido de las páginas que siguen: cooperar como podamos a esta necesaria acometida. Convertirnos en auxiliares de una tarea regeneradora pendiente, como quien alcanza el bruñidor, acerca el dorador o arrima los pinceles para que un antiguo y noble lienzo recupere su brillo.

Hemos dado en llamar “notas” a los capítulos que se suceden, porque la lengua castellana lo permite con propiedad. Hacer no-tas es señalar algo para que se conozca o se advierta; reparar y observar; apuntar brevemente ciertos tópicos a efectos de que no se olviden; y es además poner reparos a los escritos de terceros, reprender o censurar. Es sencillamente, incluso, escribir con responsabilidad. Otra cosa que notas no creemos que sean las páginas que aguardan.

Algunas de las mismas vieron la luz hace años en algunas re-vistas especializadas de restricta aunque calificada difusión. Les llegó la hora del remozamiento y de la ampliación y eso hicimos. Otras circularon en su momento de manera digital y estaban dispersas. Nos pareció oportuno reunirlas y pulirlas, y también eso hicimos. Las dos primeras, en cambio, que dan una impronta peculiar a este breve libro, aparecen aquí por primera vez.

Nos damos por satisfechos si, en su conjunto, pueden prestar ese servicio al que aludíamos. El de llevar algunas claridades a un ambiente cada vez más ennegrecido y opaco. Nos placería aún más –y la esperanza nos dicta este párrafo conclusivo– si motivados por el mismo espíritu que suscitó estas notas, una nueva generación, juvenilmente madura, se decidiera a refundar la escuela historiográfica revisionista. Para lo cual, entre otros dones, se necesitaría la clarividencia de Bernardo de Chartres, que se valió de la metáfora de los enanos subidos a los hombros de gigantes. Se necesitaría, en suma, ver más alto y más lejos y más diáfano, pero sin dejar de agradecer los hombros que nos han sostenido cuando todo era invisibilidad y negrura.

 

Antonio Caponnetto

Buenos Aires, enero del 2013

 


lunes, 26 de septiembre de 2022

LA LEYENDA DE LA TIRANIA *

 


Por: Jordan Bruno Genta

Caseros es el primer triunfo decisivo de la política liberal en la Historia Argentina; no sólo extiende su influencia a todas las manifestaciones de la vida nacional, sino que logra imponer una gran falsificación de nuestra conciencia histórica para encubrir con la leyenda del tirano Rosas, la conducta desleal y oportunista de los emigrados, convictos y confesos de haber alentado la intervención extranjera y de haber negociado la desmembración del territorio; lo cual unido al oro que han recibido de los agentes imperialistas en pago de su inapreciable colaboración, configura la imagen siniestra de los "reos de lesa Patria", con la que ellos pretenden confundir a Rosas ante la posteridad. Y esta falsificación de nuestra Historia nos engaña acerca de lo que somos y tenemos que ser; nos extravía irremediablemente el juicio sobre las cosas que debemos respetar y las que debemos temer. La Patria es la Historia de la Patria.

¿Qué sentido del patriotismo y de sus deberes pueden tener los jóvenes argentinos que frecuentan el magisterio de los doctrinarios de la traición?

Leed y volved a leer esta respuesta de Alberdi a la pregunta sobre el deber argentino, con motivo del Bloqueo francés del Río de la Plata, publicada en "El Nacional" de Montevideo, el 28 de noviembre de 1838:

"¿Estará el deshonor, entonces, en ligarse al extranjero para batir al hermano? Sofisma miserable. Todo extranjero es hombre y todo hombre es nuestro hermano".

O esta apología de la traición de la Patria que Sarmiento hace en "Facundo", el más celebrado y difundido de sus libros; lectura obligatoria en nuestras escuelas públicas:

"… los que cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes: en una palabra, fuimos nosotros". (III Parte, cap. 2).

Y la verdad es que estos doctrinarios de la traición, los jóvenes esclarecidos de la brillante generación de Mayo, son mentores oficiales de la juventud argentina que los reverencia como a personalidades próceres y maestros de conducta civil, mientras Rosas continúa siendo "un reo de lesa Patria" y un monstruo moral.

Es necesario que el defensor de la soberanía nacional, sea execrado por los siglos de los siglos, a fin de que Urquiza, López, Mitre, Sarmiento y Alberdi, aparezcan revestidos con las acrisoladas virtudes del patriotismo y de 1a. fidelidad. Se trata de un fallo inapelable, de una sentencia definitiva, de un dogma secular que debe ser acatado en nuestras interpretaciones y valoraciones históricas. Nadie puede intentar la más leve modificación de este prejuicio, consagrado por los más celosos partidiarios de la variabilidad de todas las cosas. No hay como los declamadores democráticos de la Evolución Universal, para decretar inmutabilidades en el seno mismo de. lo que cambia indefectiblemente.

Dudar de la divinidad de Cristo es signo inequívoco de una mentalidad evolucionada y progresista; pero poner en duda la monstruosidad de Rosas es una aberración mental y un crimen inexcusable. Tal es el criterio de liberales y masones.

Los medios que se emplean para asegurar y mantener esta gran falsificación de nuestra Historia, superan en viieza y en cobardía a los que se usaron para combatir a Rosas en el poder. El ensañamiento contra Rosas muerto es todavía mayor que el mostrado hacia Rosas vivo. No se retrocede ante ninguna valla; si es necesario so oculta o se tergiversa la misma evidencia. No se respeta ni se considera en absoluto el juicio más autorizado, si ese juicio reconoce el patriotismo, la prudencia y la honestidad de Rosas; ni siquiera si es. San Martín quien lo dice.

Los mismos que estiman insuficiente la medida humana para exaltar a nuestro Gran Capitán y levantan altares laicos (grotesco intento de entronizar la idolatría del héroe por odio a Dios), no le escatiman agravios toda vez que declara su adhesión o le testimonia su gratitud argentina a Rosas. El penegírico se cambia en vituperio: San Martín es un viejo obcecado y reblandecido, un necio que habla con suficiencia de lo que no sabe o un padre agradecido por los favores dispensados a sus hijos.

Sarmiento en su biografía del General San Martín que figura en la galería de hombres célebres de Chile - Santiago, 1854, no vacila en mentir con su impavidez habitual, además de atribuir a la debilidad senil de San Martín su adhesión a la causa de Rosas:

"Nada de particular presentan los últimos años de San Martín, sino es el ofrecimiento hecho al dictador de Buenos Aires de sus servicios en defensa de la independencia americana que creía amenazada por las potencias europeas en el Río de la Plata. El poder absoluto del General Rosas sobre los pueblos argentinos no era parte a distraerle de la antigua y gloriosa preocupación de la independencia, idea única, absoluta y constante de toda su vida. A ella había consagrado sus días felices, a ella sacrificaba toda otra consideración. la libertad misma. Pocos meses antes de morir, escribió a un amigo algunas palabras exagerando las dificultades de, una invasión francesa en el Río de la Plata, con el conocido intento de apartar de la Asamblea Nacional de Francia, el pensamiento de hacer justicia a sus reclamaciones por medio de la guerra. A la hora de su muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo o deseando legársela a su patria, se la dedicó al general llosas, como defensor de la independencia americana... No murmuremos de esto error de rótulo en la misiva, que en su abono tiene su disculpa en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años del teatro de los acontecimientos, y las debilidades del juicio en el período septuagenario" (tomo III, página 296).

En otra página de su vastísima obra, comentando su visita a Grand Bourg, en el verano de 1845, emplea el mismo argumento para excusar a San Martín:

"…San Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza, anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas al defensor de la independencia amenazada, y su ánimo noble se exalta y ofusca...

"…San Martín era un hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la veje z… " (tomo V, pág. 114).

El subrayado nos pertenece, y abarca casi todo el texto porque queremos destacar los recursos innobles de que se vale Sarmiento para desautorizar la actitud de San Martín hacia Rosas y, al mismo tiempo, para reducir la. agresión imperialista a un fantasma, engendrado por el delirio obsesivo de un pobre viejo. Y también porque es un testimonio de la falta de escrúpulos de que hace gala Sarmiento, toda vez que estima oportuno mentir para lograr un determinado efecto. Si escribe una biografía de San Martín para hacer el elogio del héroe de la independencia, no conviene en absoluto que el legado de su sable aparezca como una decisión lúcida y serena; nada más fácil para el llamado Maestro de América, que es un consumado maestro en estas habilidades: "A la hora de la muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo y deseando legársela a su patria, se la dedicó al general Rosas… No murmuremos de este error de rótulo en la misiva que en su abono tiene su disculpa, en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años (suponemos que esta cifra es un error tipográfico) del teatro de los acontecimientos y de las debilidades de juicio en el período septuagenario".

Hemos repetido esta parte del texto para mostrar que solamente un impostor de oficio puede incurrir en esta burda falsificación y en esta inexcusable irreverencia. Si Sarmiento ignora en 1854 que San Martín había redactado su testamento seis años antes de morir, en estado de plena lucidez y dominio de sí, no puede ignorar,, que está inventando las circunstancias de la muerte del héroe para que, el legado a Rosas, aparezca como el acto irresponsable de un anciano moribundo que no sabe lo que hace.

El presidente de la Comisión Argentina de Montevideo, Dr. Valentín Alsina, le escribe a su amigo D. Félix Frías con motivo de la muerte de San Martín que acaba de conocerse en el Río de la Plata. El rencor que ha tenido que disimular en la obligada nota necrológica, lo desahoga en la discreta intimidad de la carta que está fechada en Montevideo, el 9 de noviembre de 1850:

" …Como militar fué intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado por los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles contra el extranjero.... Nos ha "dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna  y. . . pero mejor es no hablar de esto... "

La verdad es que todavía "aturde, humilla e indigna" a los abogados de la Democracia. Dicen venerar al héroe nacional, pero descalifican sus juicios en cuanto se oponen a sus intereses creados. Prefieren las mentiras de Sarmiento a las verdades ele San Martín, porque son discípulos aprovechados de la escuela histórica que D. Salvador María del Carril inaugura en nuestra Patria, con sus recomendaciones a Lavalle después de la ejecución de Dorrego, en diciembre de, 1828:

"…si para llegar siendo digno de un alma noble, es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad. se embrolla: y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos.. . "

Los empresarios de la falsificación metódica y sistemática de nuestra Historia, con aparato documental y crítica científica o sin estas formalidades aparentes, se sienten plenamente justificados por esta doctrina de la mentira patriótica, gemela de la que auspicia la mentira piadosa a fin de que el hombre muera como una vaca y no como un hombre.

Claro está que esta doctrina suele revestirse con las denominaciones propias de las filosofías a la moda: y por esto es que en los días que corren, se llaman lo mismo existencialismo que pragmatismo.

La mentira patriótica es la "verdad existencial" o la "verdad pragmática"; algo así como una ficción consoladora, confortable y estimulante para la vida de las naciones y que debe administrarse de acuerdo con las necesidades de cada momento y al hilo de la existencia histórica.

Los pueblos, se dice, tienen necesidad de "mitos" o de "mística" para vivir. La confrontación existencial de la última, guerra ha confirmado que el mito de la Democracia y de la Libertad continúa siendo la razón vital de la humanidad, frente, a los caducos nacionalismos autoritarios. Esto significa para los vigías de la dialéctica existencial que el mito saludable, la mística vivificante de las naciones, es todavía la Democracia made in U.S.A. o made in U. R. S. S.

Y el resurgimiento democrático de post-guerra, en nuestra Patria, exige mantener la leyenda de la Tiranía, más un obligado complemento que es.

 

*Tomado del libro San Martin, doctrinario de la política de Rosas. Ediciones del Restaurador. Bs As. 1950.


martes, 21 de junio de 2022

Aspectos sobresalientes de la obra de Don Juan Manuel de Rosas


 Por: Edgardo Atilio Moreno

              Si se nos pidiera resumir los principales logros, o los aspectos sobresalientes de la obra de gobierno de don Juan Manuel de Rosas; en apretada síntesis podríamos decir que este hizo cuatro cosas fundamentales:

                En primer lugar, logró la unidad nacional, conformando así a la Confederación Argentina. En segundo lugar, protegió nuestra economía, obteniendo con ello la prosperidad económica. En tercer lugar, defendió la soberanía nacional frente a las agresiones extranjeras, con lo que ganó para el país el respeto y el reconocimiento internacional; y en cuarto lugar (pero no menos importante) procuró la evangelización del pueblo argentino, instaurando en estas tierras un orden social cristiano.

                En lo que atañe a la unidad nacional, la Argentina, cuando asume Rosas su primer gobierno, estaba muy lejos de conseguirla, por el contrario, se encontraba completamente desunida y en guerra civil, por culpa de los unitarios.

                En efecto, el centralismo porteño y los unitarios habían llevado al país al borde de la disolución. Las provincias se levantaron contra el régimen directorial y produjeron la caída de este, lo que dio origen a la crisis del año XX; Rivadavia llevo adelante una reforma eclesiástica anticatólica y luego trató de imponer una constitución unitaria en el 26, todo esto ocasionó el levantamiento de los caudillos federales, entre ellos de Facundo Quiroga, quien enarboló el pabellón Religión o muerte, en prueba de que las diferencias entre unitarios y federales no solo eran políticas y económicas. Por entonces, y también por culpa de Rivadavia, se perdió la Banda Oriental, a pesar de haberse vencido a los brasileños en Ituzaingo. Y finalmente, en diciembre del 28 los unitarios desataron una revolución sangrienta fusilando al legitimo gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Ese era el panorama del país: un verdadero caos, con las provincias completamente desunidas y guerreando entre sí.

                En esa situación, que presagiaba la balcanización de la argentina, dividida en una docena de republiquetas independientes; Rosas salvo la unidad nacional mediante el Pacto Federal que se firmó en 1831.

Con ese acuerdo, que unió a las cuatro provincias que no habían sido tomadas por los unitarios (Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes) se pudo derrotar a la Liga Unitaria que había formado el general Paz, con las provincias bajo su poder. Una vez conseguida esa victoria, surgió entonces la Confederación Argentina, con la incorporación paulatina del resto de las provincias. 

El segundo aspecto que debemos destacar del gobierno de don Juan Manuel de Rosas es su protección de la economía argentina.  Las provincias del antiguo virreinato del Rio de la Plata, desde antes de mayo de 1810 (con el acuerdo Apodaca – Canning, entre España e Inglaterra) habían quedado subordinadas a los intereses económicos británicos mediante el sistema de libre comercio. Esta práctica había arruinado las economías provinciales ya que nuestras industrias artesanales no podían competir con los productos ingleses que se fabricaban en gran cantidad y a bajo costo, gracias a la revolución industrial.  Los únicos beneficiados con esto eran los comerciantes porteños y los ganaderos; lo cual provocaba una gran irritación en las provincias. Entonces Rosas, que justamente era bonaerense y ganadero, dictó, en 1835, en su segundo gobierno, la Ley de Aduana.

Con esta ley quedo prohibida la introducción al país de las mercaderías que se fabricaban aquí, y se gravó fuertemente aquellas que se podían fabricar si se daban las condiciones adecuadas.  De modo pues que con esta política proteccionista se pudo desarrollar nuestra industria, lo que trajo una gran prosperidad económica en todo el país.

Por otro lado, Rosas protegió también nuestra economía rescatando el banco de la nación que se encontraba en manos de los ingleses.

En efecto este banco, que se había creado con capitales nacionales (obtenidos con el préstamo a la Baring Brothers que solicitó Rivadavia) estaba manejado por capitalistas ingleses que tenían la mayor parte de las acciones y que podían crear moneda y manejar el crédito a su antojo. Y por supuesto lo hacían en contra de los intereses argentinos, así, por ejemplo, durante la guerra con el Brasil este banco le facilitó dinero a los brasileños para luchar contra los argentinos mientras al gobierno de Buenos Aires le negaba el crédito que necesitaba. Lo mismo hizo más adelante dándole dinero a los unitarios para derrocar a Rosas. Es decir, se trataba una entidad que era un instrumento del imperialismo, por lo que Rosas hizo lo que había que hacer, en 1836 se apoderó de él y lo puso al servicio de los intereses nacionales.

El tercer aspecto destacable del gobierno de Rosas fue su defensa de la soberanía nacional frente a las agresiones externas de las grandes potencias. En primer lugar, frente a Francia, de 1838 a 1840, y luego frente a Francia e Inglaterra, de 1845 a 1850.

Francia agredió a la Confederación Argentina con un pretexto pueril, exigiendo la derogación de una legislación de milicias, aunque sin declarar formalmente la guerra. Tomó Montevideo y sacó a Manuel Oribe, que era su gobernador legal, para poner en su lugar a Fructuoso Rivera, un hombre sinuoso, aliado a unitarios y franceses. Luego bloqueó el puerto de Buenos Aires y financió, con cuantioso dinero, ejércitos a los que denomino “Libertadores”, para derrocar a Rosas y poner un gobierno favorable a sus intereses.

Pero todas estas maniobras fracasaron. Primero porque, si bien el bloqueo impidió que ingresen recursos para poder pagar sueldos a los soldados, maestros, etc, sin embargo, las industrias que se desarrollaron gracias a la Ley de Aduana, permitieron abastecer al pueblo de lo necesario. Segundo porque la mayoría de los argentinos apoyaron al Restaurador y le dieron la espalda a los ejércitos unitarios títeres de los franceses.

Para la siguiente agresión, la anglofrancesa, Rosas se preparó mejor aún. Les prometió a los acreedores ingleses de la deuda que había contraído Rivadavia, que les pagaría, en la medida de lo posible y siempre y cuando el puerto de Buenos Aires no se encontrara bloqueado. De modo que cuando llego la escuadra invasora los “bonoleros”, (así les llama Rosas a los poseedores de los bonos de la deuda) presionaron al gobierno inglés por el cese del conflicto.

Por otro lado, la expedición le costó cara a los agresores, no solo en dinero sino también en vidas, ya que a lo largo del rio Paraná, en Vuelta de Obligado, en Tonelero, en San Lorenzo, etc, se les ofreció una feroz resistencia. De modo que los extranjeros solamente pudieron navegar el río sin poder pisar suelo argentino. Además, no pudieron levantar como la vez anterior ejércitos auxiliares  de cipayos, pues Rosas había creado una policía que controló todos los movimientos de los unitarios y les infundio el terror, un terror que -aunque la historia oficial diga lo contrario- fue mucho menos sangriento que el desatado por sus enemigos, y se basó mas que nada en una acción psicológica, llevada a cabo con medios extraordinarios como los cánticos de los serenos que prometían la muerte a los traidores.

De modo pues que Rosas salió triunfante de esta guerra y en el tratado de paz que se firmó pudo incluso exigir que los agresores imperialistas saludaran nuestra enseña patria con veintiún cañonazos, a modo de desagravio.

Todos estos pormenores fueron seguidos desde Francia por el máximo héroe de la patria, el Gral. San Martin, con mucha atención y satisfacción. Y raíz de ello le escribió a su amigo Guido diciéndole que ahora las naciones poderosas del mundo han aprendido que los argentinos no somos empanadas que se comen con solo abrir la boca.

Por último, respecto a su obra como gobernante cristiano, antes que nada, conviene aclarar que Rosas no fue un santo, aunque ciertamente el sacerdote que lo asistió en sus últimos años en Inglaterra dijo que era un hombre muy religioso, caritativo y generoso.

Dicho esto, no hay dudas que se comportó como un verdadero gobernante católico, defendió la religión, promovió la evangelización del pueblo, y veló permanentemente por la moral cristiana. Todo ello surge de sus declaraciones, de sus decretos y de muchos de sus actos concretos. La Confederación bajo su mando fue un estado católico. Cuando asumió al poder por segunda vez, en su proclama lo dijo claramente: “nuestra causa es la de la religión…” Sus decretos castigaban severamente la blasfemia y el sacrilegio, mandaban que los maestros y directores de las escuelas sean católicos y que enseñaran el catecismo; prohibía tener abierto los negocios los días domingos y fiestas de guardar, etc,. En una carta a Facundo Quiroga le dijo: “la consideración a los templos del Señor conviene acreditarla. Antes de ser federales éramos católicos”, consecuentemente, contribuyó, hasta con su propio bolsillo, para que se construyan y se reparen templos. Todo esto obviamente concitó el apoyo casi unánime del clero católico.

Por eso, ciertos historiadores lo acusaron de usar a la Iglesia a su favor, lo que no es cierto pues Rosas era sinceramente católico e hizo lo que estaba convencido que un gobernante católico tenía que hacer. No busco maquiavélicamente tener a la Iglesia de su lado, sino simplemente ser coherente con su fe en el ejercicio del cargo en el que la Divina Providencia lo puso. De modo que bien merecido tiene por ello el título de Príncipe Católico.    

 

BIBLIOGRAFIA

Altamirano, Alejandro. Rosas príncipe católico. Revista Verbo N° 297

Caponetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas

Garda Ortiz, Ignacio. Rosas, síntesis cronológica. Revista Verbo N° 297

Galvez, Manuel. Vida de don Juan Manuel de Rosas

Ibarguren, Carlos. Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo.

Rosa, José Maria. Historia Argentina.

 


miércoles, 10 de noviembre de 2021

ROSAS Y SUS ADVERSARIOS*

 


Por: Roberto de Laferrere

El vasto silencio de los historiadores unitarios ha sido roto por el doctor Lavalle Cobo, que no es historiador. El silencio, pues, se prolonga detrás de él, en las sombras de la historia oficial: y el doctor Lavalle Cobo se lanza solo, en una carga de caballería que, como alguna de su vehemente antepasado, es una carga en el vacío: fuera del campo de batalla. Esto será lo que procure demostrar aquí, reprimiendo, a mi vez, cualquier “virulencia patriótica” y con el respeto y la simpatía que por tantas razones, directas e indirectas, me merece el doctor Lavalle Cobo. 

 

Yo tampoco soy historiador, y esto bastaría a excluirme del debate, a no mediar aquel silencio, que también a mí me habilita para ensayar, aunque con “pluma vacilante”, la defensa del General Rosas. Tarea en cierto modo fácil, para quienes no han aprendido en los textos clásicos a ignorar la historia – y hasta la geografía – de su país, y escaparon al peligro de obscurecer en ellos para siempre su visión del pasado. Somos muchos, así, los que estamos aligerados de fantasmas y en actitud de comprender, dentro de las limitaciones naturales de cada uno, el sentido de hombres y acontecimientos desfigurados en las crónicas por los protagonistas de una lucha que ellos mismos nos contaron.

 

Curiosos de otros libros y documentos, el azar de las lecturas nos llevó a comprobar, con asombro, primero, y con irritación después, que en el relato de este episodio, en la explicación de aquél motín, en la semblanza de tal personaje o en la definición de tal partido, los cronistas no habían respetado la verdad: con lo que perdieron ellos nuestro respeto. Descubrimos que no era indispensable ser eruditos para averiguar que hasta la versión del movimiento de Mayo nos había sido falsificada; que la verdadera independencia nacional fue proclamada por los montoneros del año 20, “contra” el Congreso de Tucumán, y las veleidades monárquicas de los directoriales unitarios; que la Banda Oriental, escarnecida durante años por ciertos hombres de Buenos Aires, había sido “entregada” a los portugueses, en acuerdo secreto con Inglaterra, y que, después de Ituzaingó, nos separó definitivamente de ella la acción de Rivadavia y sus agentes diplomáticos, quienes respondían a las exigencias apremiantes de Cánning, contra la política argentina de Dorrego; que Lavalle, instrumento ciego en manos ocultas, fusiló a Dorrego sin justicia, sin autoridad, sin proceso y sin discernimiento, en un arrebato de granadero, y que las luchas sobrevinientes entre unitarios y federales, “europeístas” y “americanos”, “civilización” y “barbarie”, no representan sino las maquinaciones y arterías de los extraños para romper la unidad del antiguo Virreynato, crear cuatro países débiles en el lugar de uno fuerte, oponer la influencia del Brasil a la nuestra en Sud América, consolidar el dominio inglés en el Río de la Plata y sustituir con el tiempo la población nativa –los gauchos de Martín Fierro – con los inmigrantes desarrapados –“Juan Sin Ropa”– y analfabetos, que también representaban la “civilización” de Europa… 

 

Los unitarios

 

El nacionalismo de Rosas se define, ante todo, por su oposición a los unitarios, quienes desde 1812, con Rivadavia frente a Artigas, hasta después de Caseros, estuvieron siempre al servicio, más o menos deliberado, de aquel plan de dominación extraña. Al juzgar la conducta de sus jefes de las logias secretas, cabe pensar, en su excusa, que les faltaba el sentimiento de la nacionalidad. No lo traicionaron, porque no lo tuvieron. Para los más caracterizados entre ellos, ser argentino era ser porteño, y ser porteño era un fenómeno de cultura personal, rara vez logrado en sus filas, porque, la verdad sea dicha, todo el partido unitario no produjo una docena de espíritus verdaderamente cultos. Los más ilustres, los más famoso hoy, eran literatos o poetas, que, a título de tales, pretendían erigirse en los supremos legisladores de la nacionalidad. En cualquier caso, fueron extraños al país, cosa que tardaron en descubrir, pues por un fenómeno característico de su vanidad, al principio concibieron éste a imagen y semejanza suya, y luego, al comprobar la contradicción, dictaminaron que el país estaba equivocado. Vivieron mirando a Europa, de espaldas a la tierra en que habían nacido, de la que se avergonzaban sin ocultarlo, como se avergüenzan los guarangos modernos. En el fondo no se sintieron nunca compatriotas del hombre del interior o de las campañas de Buenos Aires o de los arrabales porteños. Lo despreciaron, porque se creían superiores a él, cuando sólo lo eran en algunos aspectos, los de su cultura social y libresca, es decir lo menos importante en la vida que les había tocado vivir.

 

En el origen de su política centralista no hay una doctrina –tan pronto eran republicanos como monárquicos– sino un interés de clase o de grupo que aspira a tener un país propio para gobernarlo e imponerle por decreto –o mejor dicho por ley, pues eran legalistas– la cultura “europea”: no española, ni inglesa, ni francesa, nada definido, sino “europea”, así en abstracto: lo único que no había existido ni podía existir en ninguna parte de Europa. Todo hace creer que confundieron la cultura con las modas de la época y no comprendieron nunca que en la formación de una cultura nacional –de acuerdo al modelo europeo, precisamente– no podía prescindirse de la realidad nacional, el sujeto de la cultura. Pero esta realidad era lo que ellos no aceptaban. Querían rehacerla conforme a sus “ideas”, que habían convertido en ídolos. Y sus “ideas” no nacían de la experiencia, en el mundo que vivían: les llegaban, como las levitas, confeccionadas en otra parte.

 

La desvinculación de las ideas con la realidad es el caos, la locura. Rivadavia, el “visionario”, era ante todo un loco: un loco de la política; su cordura renacía en la vida privada, donde no interesaba a nadie. Sus adláteres –algunos de ellos siniestros por su perversidad sanguinaria– eran también los hombres de las contradicciones y de las incoherencias. Se llamaron unitarios, pero no admitían que la nacionalidad es una unidad moral que se prolonga a través de las generaciones, y conspiraron contra la unidad de raza, de religión, de costumbres, de tradiciones, de cultura, en el pueblo argentino. Así confundieron progreso con sustitución, ignorando que sólo progresa lo que se perfecciona en el sentido de lo que ya es. Y nunca se propusieron el progreso del pueblo argentino, sino su trocamiento en otro pueblo distinto, que no sería hispánico, ni latino ni tendría pasado respetable porque lo habría repudiado. El ideal de los unitarios –que después extremó Alberdi hasta el absurdo de las Bases– consistía en hacer del argentino real un ente tan descaracterizado como las propias imágenes con que sustituían las ideas ausentes. Los hombres de la realidad se levantaron contra ellos y los expulsaron del país. En eso consistió su tragedia de desterrados.

 

Pero antes habían llevado a la política el desorden de sus “ideas”, convulsionando a las catorce provincias con sus tentativas de predominio ilegítimo. Al aproximarse el año 20, comprobado su fracaso en el gobierno y sintiendo que el suelo temblaba bajo sus pies, creyeron que el país se hundía con ellos, porque ellos eran el país, y pidieron el Protectorado de Inglaterra o mendigaron en España y en Francia –¡y hasta en Suecia!– un monarca extranjero. Repudiados, con la Constitución de Rivadavia, que era su obra maestra, utilizaron a Lavalle sublevado para iniciar la guerra civil. Cuando el orden se salvó con Rosas, conspiraron contra el orden, siempre a la zaga de los extranjeros, para establecer aquí “la influencia de Francia”, o para desmembrar la nación, después de declararla disuelta, o para entregar los ríos interiores al dominio internacional, o para garantizar en forma perdurable la independencia de las antiguas provincias segregadas.

 

¿Traidores? La palabra es terrible y desagradable de aplicar, si no es en un sentido metafórico. Preferible es creer que Florencio Varela, por ejemplo, llegó a ser un desarraigado sin patria, ciudadano de una República inexistente, que había perdido en el exilio cualquier resto de solidaridad con los hombres de su tierra. No olvidemos, por los demás, que con los unitarios militaron algunos guerreros de la independencia y que un patriota como Chilavert siguió también la política de Montevideo, hasta descubrir su entraña, antes escondida a sus ojos, que no eran de lince. ¿Cuántos habrán estado en la misma situación de engañados? Esto nunca lo sabremos. El General Paz rechazó el proyecto de separar a Entre Ríos y Corrientes de la Confederación Argentina que sometió Varela a su aprobación. Pero ese mismo rechazo de Paz, la sorpresa de Chilavert y los escrúpulos que más de una vez confesó Lavalle antes del 40, prueban que el fondo de la conspiración unitaria era sombrío y que convenía mantenerlo oculto. Esa gente no “procedía a la luz del día”…

 

En general, y aunque nos cueste reconocerlo a los que también somos sus compatriotas, podemos decir con verdad que esa política que consistió, desde sus comienzos, en negar el país, y concluyó conspirando contra su integridad territorial, era en sí misma una traición a los hombres de la Conquista y de la Revolución. Era una traición a la historia, a los antepasados: una traición de los hijos a los padres. 

 

La figura de Rosas

 

Frente a esa política, tan obcecadamente mantenida, la figura de Rosas se agiganta como la del principal defensor de la nacionalidad, en una lucha a muerte que dura, para él, más de treinta años. Es el representante de lo argentino, de lo nuestro, en conflicto con los extraños, cuyos propósitos hostiles nada tenían que hacer con la Civilización ni con la Cultura, brillantes chafalonías con que se buscaba deslumbrar a los incautos. Ese es el sentido que tiene Rosas para nosotros, los que procuramos rehabilitar su nombre, por eso ilustre, ante las nuevas generaciones. En vano se insistirá en renovar los viejos motivos de repudio, calificando lo nacional de “bárbaro” y de “salvaje” en un curioso empeño de exhibirnos ante los demás como un pueblo de inferiores. No lo creemos. Se podría probar sin esfuerzo que en ninguna otra parte del mundo el hombre de la tierra ha sido superior al gaucho, ni tan rico en calidades esenciales, ni tan susceptible de un rápido perfeccionamiento individual. En vano también se procurará restaurar las viejas diatribas personales contra Rosas. Están demasiado desacreditadas.

 

¿Era inclemente? No nos interesa. No fue clemente Moreno con Liniers, ni Castelli con Nieto, ni Rivadavia con Álzaga, ni Bolívar con Policarpa Salabarrieta, ni O’Higgins con los Carrera, ni Urquiza con Chilavert. ¿Lo era acaso Sarmiento cuando se regocijaba en público por el fusilamiento del héroe de Martín García, proclamaba la necesidad de asesinar a Urquiza o aconsejaba a Mitre que “no ahorrase sangre de gauchos”?

 

Rosas, que no gobernó un día, fusiló muchos unitarios. Se nos ha enseñado que las luchas entre éstos y los federales era una simple lucha de partidos en desacuerdo por doctrinas políticas, como podría serlo la de los radicales y conservadores de hoy, si tuvieran doctrinas. Pero esto es falso. A partir de 1838, esa lucha tuvo el carácter de internacional que los unitarios por propia voluntad le dieron al sumarse a los extranjeros que guerreaban contra el país. Acaso seguían creyendo que el país eran ellos, pero este error no valía para Rosas, ni puede valer hoy para nosotros al juzgar a Rosas y a sus adversarios. Sorprendidos en sus maquinaciones, eran fusilados como Ramón Maza, o muertos en la persecución que seguía a las batallas, como Berón de Astrada o en la exaltación que su propia conducta provocaba en la ciudad bloqueada y humillada por las dos escuadras más poderosas de la tierra. No necesitó iguales motivos Urquiza para matar a todos los soldados de la división Aquino, en las mismas calles de Buenos Aires. ¿Abusos? Mil se habrán cometido, como en todas las épocas de guerra civil, en Francia, en España, en Inglaterra, en Alemania, en Italia. Como se cometen actualmente aquí, en plena era de paz democrática, con motivo de cualquier acto electoral: en San Juan, hace poco tiempo. Con sólo los asesinados en el siglo XX, por razones políticas, podríamos construir otras tablas de sangre como las de Rivera Indarte.

 

Pero los fusilamientos de Rosas no son objetables en su época y en las circunstancias del país, que vivía bajo la ley marcial. Sólo en los pueblos bárbaros, formados por tribus o bandas, no se castiga con la máxima severidad a los que conspiran contra las autoridades para derrocarlas, en momentos de un peligro nacional. Las pasiones de entonces eran candentes; los juicios con que unos a otros se condenaban, lapidarios. Era “acción santa matar a Rosas”, según el lema de Rivera Indarte. Había que colocarse a la recíproca. Lavalle mismo fue despiadado al condenar la unión con los franceses antes de aceptarla en una de sus frecuentes desviaciones. Los rosistas de hoy no la hemos calificado con igual virulencia. “Los dos diarios de Montevideo – escribía el general– están de acuerdo sobre la unión con los franceses… Estos hombres, conducidos por un interés propio muy mal entendido, quieren trastornar las leyes eternas del patriotismo, el honor y el buen sentido; pero confío en que toda la emigración preferirá que la revista (una de las publicaciones unitarias) la llame estúpida a que su patria la maldiga mañana con el dictado de vil traidora”.

 

Más tarde, Lavalle cambió de opinión; Rosas, no. ¿Con qué violencia no hubiera obrado aquél, en la posición de éste, contra los que llamaba “viles traidores”? Aterra pensarlo, cuando recordamos el drama de Dorrego, fusilado sin causa… 

 

Rosas y la unidad nacional

 

(Se)…le censura a Rosas que no hiciera la organización nacional. ¿Quién lo hizo antes de él? ¿Quién pudo hacerla? ¿Y cómo podía Rosas darnos la organización nacional en medio de la guerra que durante los 17 años de su segundo gobierno le llevaron sus enemigos internos en alianza con los bolivianos o con los franceses o con los ingleses o con los paraguayos o con los brasileños o con los orientales de Rivera o con todos a la vez?

 

Hizo mucho más que eso, sin embargo. Nacido a la política como reacción espontánea contra la anarquía de los partidos, sofocó por la fuerza de una guerra victoriosa y las artes de la diplomacia más sutil, a todas las facciones adversas: lo mismo que los unitarios habían ensayado antes, pero sembrando la ruina y el desorden. Así impuso en los hechos, en la realidad inconmovible de las cosas, la unidad nacional y creó en el país el hábito de la obediencia y el respeto a la autoridad. Y ese hecho fundamental no le será nunca suficientemente agradecido por las generaciones del futuro que reflexionen con serenidad y con lucidez sobre el proceso de la formación argentina.

 

Su empresa era la de la fuerza en acción: la violencia, la guerra, únicos métodos capaces de restaurar el orden de un país convulsionado por los anarquistas y amenazado desde el exterior. Una Constitución escrita, de la que emanase el poder capaz de dominar el desorden, hubiese creado el despotismo permanente, para Rosas y los que le siguieran. Si, por temor al despotismo, se creaba un poder constitucional moderado, su debilidad en las circunstancias nos volvería a la anarquía o violaba el Gobierno la Constitución con el pretexto de sostenerla. Con estos mismos argumentos, Facundo Zuviría, presidente de la Convención del 53, sostuvo al iniciar ésta sus deliberaciones que no había llegado todavía el momento de dar una Constitución escrita al país. Era partidario de una autoridad de hecho o fundada en convenciones circunstanciales, que pudiera ejercer el poder con todo rigor, sin comprometer ningún principio permanente. Las razones que defienden a Rosas eran las de Zuviría, su enconado adversario político de 30 años.

 

Rosas sabía, por lo demás, que la Constitución no podía ser la obra suya, sino la consecuencia de su obra. Que ésta, la pacificación del país, no había concluido lo prueba el hecho de que, en definitiva, los rebeldes concluyeron con él. Pero nadie podrá negarle la gloria de haber constituído la nación en los hechos con sus empresas de treinta años, desde el 20, en que sofocó por primera vez la anarquía, hasta el 52, en que entregó las provincias unificadas a sus vencedores ocasionales. El acuerdo de SAN NICOLAS fue el acuerdo de los gobernadores de Rosas.

 

Lo que sucedió después de Caseros, lo justifica aún más ante la historia. Urquiza quiso hacer lo que Rosas no había hecho y atrajo consigo a los unitarios, en un prematuro ensayo de organización nacional. Con los unitarios en el partido gobernante, creó el cisma en el gobierno mismo. Rota la unidad de Rosas, no vino la unidad de Urquiza, sino la anarquía de los unitarios otra vez, pero con ellos dueños de Buenos Aires. Diez nuevos años de guerra civil, acaso los más sangrientos de todos, otros diez de revueltas y de tumultos, de persecuciones y de injusticias, y el asesinato de Urquiza, siguieron al derrocamiento de Rosas, mientras el extranjero, que había atisbado pacientemente la oportunidad propicia a sus intereses, sacaba los mejores frutos de una victoria de armas, que, lejos de ser una victoria de los argentinos, se convirtió con el tiempo, en la más grande derrota de su historia. Caseros.


Capítulo I de "El Nacionalismo de Rosas", de Roberto de Laferrère

lunes, 9 de agosto de 2021

Reflexiones sobre Rosas


 

Por: Alberto Ezcurra Medrano

 

Creo que Rosas fue el prócer más grande de la Argentina. Y digo esto sin desmedro de San Martín, que fue, junto con Bolívar uno de los grandes próceres de América. Pero creo que Rosas fue más netamente un prócer argentino. Es un error suponer que cuando Rosas asumió el gobierno existía una República Argentina, al menos tal como la conocemos ahora. Ya se había desmembrado bastante el  Antiguo Virreynato. Y en lo que quedaba no había unión. Las ‘Provincias Unidas de Sud América’ estaban en realidad profundamente desunidas. Tal es así que en el Congreso que declaró su independencia faltaron cuatro de ellas. 

 

Los Caudillos, con sentimientos más localistas que nacionales, lucharon entre sí. Y no faltaron más adelante quienes quisieron  que San Juan y Mendoza se incorporaran a Chile; Salta, Jujuy, Tucumán y Catamarca a Bolivia; y que Entre Ríos, y Corrientes, junto con el Uruguay, formaran una república independiente. Esa era la realidad. El Poder Ejecutivo de Rivadavia no fue más que una ficción. Rivadavia sólo gobernó en Buenos Aires, donde pretendió implantar la civilización europea, y desconoció en absoluto la realidad del interior, que naturalmente lo rechazó.

 

En tales condiciones Rosas recibió el gobierno. Sobre la base del Pacto Federal de 1831 y la delegación del manejo de las relaciones exteriores que le hicieron las provincias, organizó la Confederación Argentina. Rechazando la obsesión constitucionalista de los teorizadores se tuvo a la realidad y emprendió una larga lucha por la ‘restauración’ de la unidad y de la autoridad. “No se sabe bien –dice Julio Irazusta- hasta que punto esa maniobra es admirable en su mezcla  de inteligencia, fuerza y derecho”. La reconoce el propio Sarmiento cuando dice, en carta íntima al doctor García, que Rosas ‘reincorporó la Nación’. Cuando cayó el país estaba naturalmente constituido y por eso fue posible darle una constitución escrita, y quizás porque se la dio demasiado pronto y no del todo adecuada  a su constitución natural, hubo de soportar aun varios años de división y de guerra civil.

 

Pero no sólo logro Rosas la unión y la autoridad. Un país en plena disolución como era el que recibió al asumir el gobierno, no podía dejar de tentar a las grandes potencias imperialistas de Europa, entonces en pleno tren de expansión. A esto se debieron los conflictos con Francia primero y luego con Francia e Inglaterra. La forma admirable –extraordinaria combinación de diplomacia y de fuerza con que Rosas supo defender  y hacer triunfar la soberanía nacional, quizás aun no ha sido suficientemente valorada en todo su alcance, como no lo fue en su tiempo, aun para muchos de sus amigos y partidarios.

 

Naturalmente Rosas, para consumar tan titanica obra no pudo usar siempre guantes blancos, como no lo hizo ningún forjador de naciones. Hubo rebeldes, y muchos de ellos fueron además traidores a la patria naciente. No hay porqué hacer de Rosas el ‘chivo emisario’ de una época en que todos empleaban los mismos métodos, salvo la traición a la patria, que fue obra exclusiva de sus adversarios. San Martín, con profética  clarividencia preció y justificó a Rosas, aun antes de que este asumiera su segundo gobierno. En carta a Tomás Guido, de fecha 1º de febrero 1834, cuyos subrayados son del propio San Martín, expresa lo siguiente:

 

“Maldita sea la tal libertad, no será hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona. Hasta que no sea establecido un gobierno que los demagogo llaman tirano y que me proteja contra los bienes que brinda la actual libertad… el hombre que establezca el orden en nuestra patria, sean cuales sean los métodos que para ello emplea, es él sólo que merecerá el noble título de Libertador”.

 

He aquí como San Martín previó a Rosas, supo que le llamarían tirano, le cedió en cuanto a la Argentina respecta su título de Libertador, y lo confirmó más tarde con el legado de su sable. ¡Qué admirable lección para los antirrosistas de todos los tiempos!+

 

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