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jueves, 30 de julio de 2026

Lecciones de Historia Rioplatense. Conclusion*

 


Por: Federico Ibarguren

La historia argentina ha sido escrita en nuestro país sobre la base de un preconcepto –el antihispanismo– esgrimido como bandera de guerra para justificar actitudes políticas. Hoy, logrado el objetivo de la Independencia nacional, resulta una deleznable y anacrónica falsedad, pueril en escritores medianamente inteligentes ¿Prejuicio de resentidos acaso?

Este preconcepto nos viene de lejos y es, puede decirse, el sostenido por los próceres constitucionales: Alberdi (el de Las Bases), Sarmiento y Mitre. Trilogía infalible, a quien la historia regulada otorga los dones del Espíritu Santo para juzgar nuestro pasado. Aquellos hombres, mentores del antiespañolismo como dogma, menospreciaron las tradiciones virreinales en bloque, como una rémora; no obstante haber ellas plasmado –a través de dos siglos de unión a España– las épicas virtudes de nuestra raza, cuyo legado hemos de transmitir intacto a la posteridad. Agreguemos a lo antedicho la devoción que sus epígonos liberales –corifeos de la masonería internacional–, profesaron a la civilización puritana y plutocrática de los Estados Unidos del Norte: verdadera meca del progreso materialista alabado por Alberdi en Las Bases.

Para políticos de su laya –abrumados, además, por problemas internos que no podían resolver–, la constitución de los Estados Unidos, deslumbrante en teoría, adquirió un predicamento extraordinario. Fue, puede decirse, el arma esgrimida por tres generaciones de fanáticos (mirandistas –primero–; morenistas, lautarinos, directoriales y unitarios –después) en guerra contra la «barbarie» vernácula encarnada en la mayoría del país que no comulgaba con sus soluciones, adoptadas con un fetichismo sin otro paralelo que el desprecio de lo propio.

Autodenigración suicida, impuesta en las catorce provincias argentinas por la facción victoriosa después de 1865. El mejicano Carlos Pereyra[1] refiérese a ella con palabras condenatorias, que siguen siendo, por lo demás, de rigurosa actualidad continental: «Los pueblos hispanoamericanos se entregaron a una furiosa autodenigración –escribe–. Desconocieron su experiencia secular, muy valiosa, pues durante el régimen colonial habían tenido una actividad autónoma suficiente para capacitarlos y desdeñando la riqueza institucional de que eran herederos, se dedicaron a la imitación de la obra norteamericana... Decir Federación y Estados, o sin llevar hasta ese grado la imitación, decir Ejecutivo y Legislativo, era expresa el beneficio de la Independencia traducido en semejanzas con la nación tomada por modelo. “América estaba institucionalmente bajo la égida de los Estados Unidos”. Esta frase satisfacía a los políticos de los Estados Unidos y a los de las Repúblicas de lengua española».

 Tal verdad fue recogida en libros y ensayos prohijados por el Estado Argentino; y lo que es peor, traducida a los textos de enseñanza recomendados en nuestras escuelas y colegios. La falsedad de semejante punto de vista (denigrar nuestra idiosincrasia propia y exaltar la ajena) resulta hoy patente, debido a los progresos a que ha llegado el estudio del pasado hispano-americano. Vicente Fidel López ya lo hacía notar en el prefacio de su Historia de la República Argentina, con esta frase: «La República Argentina nació como una evolución espontánea de la nacionalidad española». Y el investigador anglo-argentino Carlos Roberts[2], dice también que: «Una de las cosas que se nota muy especialmente al estudiar la historia del Río de la Plata, es la íntima conexión entre el espíritu colonial y el independiente, que no permite tratarlo separadamente con un criterio simplista».

Es necesario, pues, desentrañar con sentido lógico y a la luz de documentos imparciales, la gestación y desarrollo del proceso de nuestra Independencia y de las luchas civiles a que dio motivo, hasta la definitiva organización nacional. Ya que quien investiga la historia de aquellos tiempos con el acostumbrado prejuicio antihispánico, no podrá explicar la perfecta coherencia entre hechos correlativos de la madre patria y de la nuestra, en un período político dado. A saber: la derrota de la escuadra franco-española en Trafalgar y las invasiones inglesas al Río de la Plata; la lucha entablada en España contra Napoleón y los proyectos de coronar en el Plata a la reina Carlota; el reconocimiento de José Bonaparte por los diputados de Bayona y la jura en Buenos Aires del monarca Fernando VII; la caída en Cádiz de la Junta Central después de la derrota de Despeñaderos y la destitución de Cisneros el 25 de mayo de 1810.

El verdadero significado de nuestra emancipación, no es ni puede ser, por tanto, el que nos enseñan los textos de colegio y los superficiales tratados aprendidos sin descernimiento para el apremiante examen universitario.

El descubrimiento del nuevo mundo y su conquista, en los primeros siglos XV al XVII fueron –como lo han probado historiadores de diversas tendencias– empresas católicas, que tuvieron como primordial objetivo la evangelización de los infieles. La generosa concepción inicial desvirtuóse luego, hasta transformarse, con lo reyes Borbones, en explotación regenteada desde Madrid. Ello despertó sentimientos de protesta en los indianos, cuyo único vínculo de unión que justificaba su lealtad a una autoridad desconocida y distante, era la religión católica, fielmente observada por los primeros monarcas fundadores del Imperio.

El descontento robustecióse con el tiempo; en mi opinión, por dos motivos de distinta índole. Espiritual el primero: el catolicismo enseñado en América por los jesuitas, y conservado, como bandera –al ser disuelta la Orden–, contra el regalismo y codicia de los últimos monarcas que entregaron la madre patria al extranjero. Y terrenal el segundo: la poderosa influencia del ambiente y los medios de vida, que hicieron del criollo una raza fuerte, más primitiva en las costumbres y, en consecuencia, menos propensa que la española europea a contagios ideológicos perturbadores.

Sintetizando, llegamos nosotros –en este orden de ideas– a las siguientes conclusiones finales:

1) Hasta el 25 de mayo de 1810, no prevalecieron –en el hecho– el cálculo mercantil, el odio de clases ni las maniobras extranjeras (sin negarle importancia a la sagaz infiltración británica), que recién tendrán eco cuando comienza la lucha de tendencias a minar la primera Junta porteña.

2) La semana de mayo es fundamentalmente –como queda dicho–, una pura reacción defensiva de orden religioso y patriótico, contra los franceses, cuya invasión a nuestras playas se esperaba, y que habían dejado a España humillada e inerme.

3) Por eso no se planteó –en aquella ocasión– ninguna cuestión concerniente a «formas» de gobierno, no se buscó de manera abierta la ruptura del vínculo con Fernando VII y sus sucesores.

4) El exótico e impopular jacobinismo de Mariano Moreno, hubo de revelarse sólo más tarde –y por sorpresa– a través del tan discutido Plan de Operaciones presentado a consideración de la Junta con el resultado que se conoce (30 de agosto de 1810).

Con lo dicho, cabe definir al movimiento de Mayo –sin alardes–, como una espontánea defensa criolla de la Hispanidad en peligro de ser nuevamente avasallada desde afuera. Ramiro de Maeztu, en su obra epónima, refiriéndose a la guerra emancipadora del nuevo mundo, ha estampado esta frase que honra a nuestros próceres de aquel tiempo: «...la aristocracia americana reclamaba el poder –dice[3]–, como descendiente de los conquistadores, y por sentirse más leal al espíritu de los Reyes Católicos que los funcionarios del siglo XVIII y principios del XIX».

¿Puede negarse, acaso, la justicia de quienes, sin traicionar los valores de la cultura heredada, persiguieron la reivindicación de su tierra, con propósitos de salvaguardarla de un vasallaje extranjero que se tenía como seguro?


Notas:

[1] Breve historia de América.
[2] Las invasiones inglesas del Río de la Plata – 1806-1807.
[3] Defensa de la Hispanidad.


En «Lecciones de Historia Rioplatense». El presente es el último capítulo de la edición de un curso dictado en 1946 en la Universidad Libre Argentina, a pedido del Dr. Héctor Bernardo. Ed. Huemul – 2ª edición, Buenos Aires, 1966 – pp. 149-153.

martes, 7 de mayo de 2024

MAYO EN LA CAPITAL*

 

Por: Federico Ibarguren

La gente, al oír pronunciar el término revolución, asocia la palabra a escenas necesariamente terroríficas y termina, desde luego, espantada. La modificación del “statu-quo” personal —aunque sea sin riesgo de vida— es algo cuya sola posibilidad hace temblar de miedo al burgués. Vivir al día, en la incertidumbre, jamás hará feliz a un buen padre de familia. ¡Está tan lejos él de quienes, por su situación social o económica, nada tienen que perder con un cambio de régimen! Porque el burgués en general es anti-heroico por definición.

Otros, con menor proporción de bienestar doméstico, más inquietudes idealistas o resentimientos, buscan la revolución a marchas forzadas para encaramarse en su cresta —a costa de los hasta ayer satisfechos— ejecutando, desde arriba, su terrible venganza o ensayando, intransigentes, toda clase de hipótesis redentoras sin tener en cuenta la realidad ambiente.

La incomprensión, el odio o el fanatismo de entrambos grupos, antagónicos, al romperse los diques de la cotidiana rutina por la convulsión revolucionaria, hacen imposible —en razón de su unilateralidad— la convivencia social requerida para restablecer, poco a poco, el equilibrio alterado por el sacudimiento.

Para evitar que la sociedad sucumba entre la ceguera aferrada a un pasado muerto y la demagogia de los ideólogos —forjadores de utopías, abortadores de sueños— se hace preciso que una tercera fuerza surja armonizando la tradición viva, la costumbre actual, con la necesaria doctrina reformadora de lo caduco y petrificado que ha perdido vigencia.

Pero esa tercera fuerza, sólo podrá tener estado político una vez eliminadas —en forma violenta o por desgastes incruentos— las dos tendencias extremas a que me vengo refiriendo. La batalla empeñada por los energúmenos de la novedad contra los defensores del viejo régimen, debe ser previa y pública. Y es necesario, además, que sus efectos conmuevan la fibra del pueblo todo, amenazado en su integridad por el separatismo, la guerra civil o la intervención extranjera.

La ley de las revoluciones históricas aparece, así, como la resultante de una lucha sin cuartel entre dos términos negativos de vida. Las reformas verdaderas, la reconciliación de los espíritus, el orden estable —constructivo e institucional de la comunidad—, vienen recién más tarde. En el arca frágil de todo auténtico engendramiento, las eternas semillas cuidadosamente guardadas, duermen, como por milagro —y durante bastante tiempo—, su lenta fecundidad de destino.

Los factores en juego

En 1810, aquellos dos factores que cruentamente encendieron en Buenos Aires la chispa de la Revolución de Mayo —vale decir: la lucha del viejo régimen y el nuevo sistema—, llevan, en nuestra historia, nombres propios en su comienzo: Cisnerismo y Morenismo. La tercera fuerza de equilibrio aparece enseguida, a poco de caer exhaustas y en desprestigio las tendencias nombradas; se llama Saavedrismo. Ella continúa con tal denominación, hasta las postrimerías del año 1811.

Pero vayamos por partes. Si resultó anacrónica la doctrina sentada por el Obispo Lúe en el Cabildo Abierto del día 22, quien —según nos refiere López 1— “con modales y palabras agresivos dijo que estaba asombrado de que hombres nacidos en una colonia se creyesen con derecho de tratar asuntos que eran privativos de los que habían nacido en España, por razón de la conquista y de las bulas con que los papas habían declarado que Las Indias eran propiedad exclusiva de los españoles”; no lo fue tanto la sostenida por el fiscal Villota: “hombre de altas prendas morales y jurisconsulto sumamente respetado de los jóvenes legistas que encabezaban a los patriotas”. Al pronunciarse por el mantenimiento de las autoridades constituidas, hasta tanto “los pueblos todos del Virreinato concurran con sus representantes a la capital”; para, en un Congreso, “resolver lo que corresponda a la mejor conservación de los derechos del soberano de la metrópoli”, el fiscal preparaba, con apariencias legales, un golpe de muerte a la Primera Junta electa el día 25.

Porque el interior, rancio y proteccionista, tenia viejos agravios pendientes contra Buenos Aires, que había empobrecido las industrias vernáculas por obra del régimen de franquicias fiscales iniciado con el Bando de Libre Internación dado por el Virrey Ceballos el año 1777. Antes de constituido el Virreinato —razones de orden político y militar privaron sobre las económicas—, existían al Sur de Lima dos conglomerados territoriales de características propias y régimen legal diferente: el de los pueblos rioplatenses del litoral, y el de las ciudades más antiguas y mediterráneas del Tucumán.

Ambas zonas gozaban de un régimen económico sui-generis, de acuerdo a su configuración geográfica y a la proximidad o alejamiento que los separaba de los centros poblados y más ricos del Perú. La barrera demarcatoria, la línea fronteriza que dividió aquellos mundos, rivales en potencia, cuyo origen reconocía corrientes colonizadoras distintas (llegada del Este la primera; salida del Norte la segunda), era la Aduana Seca de Córdoba, establecida en 1622 “para impedir que los productos introducidos por ingleses y holandeses en Buenos Aires —señala José María Rosa (h) en «Defensa y Pérdida de nuestra Independencia Económica»— compitieran con los industrializados en el Norte. Y que el oro y los metales preciosos no emigraran hacia el extranjero por la boca falsa del Río de la Plata”. “Hubo así dos zonas aduaneras en la América Hispana —agrega el mismo autor—: la monopolizada y la franca. Aquella con prohibición de comerciar, y ésta con libertad— no por virtual menos real — de cambiar sus productos con los extranjeros. Y aquella zona, —la monopolizada— fue rica; no diré riquísima, pero sí que llegó a gozar de un alto bienestar. En cambio la región del Río de la Plata vivió casi en la indigencia. Aquí, donde hubo libertad comercial, hubo pobreza; allí, donde se la restringió, prosperidad”.

La supremacía bonaerense durante la época colonial — escribe en este sentido Ricardo Zorraquín Becu 2— fue sin embargo demasiado breve para que el centralismo implantado con el virreinato y las intendencias echara raíces en las costumbres y se convirtiera en tradicional e indiscutido. Su elevación al rango de Capital no consiguió sofocar un antagonismo latente exacerbado con esta misma hegemonía; y la enemistad incubada durante la colonia estalló violentamente cuando Buenos Aires pretendió ejercitar fuera de las normas establecidas la superioridad que había conquistado a través de los siglos”.

La hábil maniobra Cisnerista de Villota —enfrentando a Buenos Aires con los pueblos del interior (que, como se ha visto, desde antiguo le eran hostiles), para destruir la revolución porteña en ciernes —fue lo que en definitiva azuzó al Morenismo a la lucha cruel. Ello provocó la estrepitosa caída del viejo régimen representado por Cisneros, e hizo imposible — con el apoyo de Inglaterra— toda reconciliación ulterior entre ambos bandos políticos.

Mr. Mackinnon y Moreno

Constituida la Primera Junta, las circunstancias la obligaron a aceptar, a más no poder, el principio de la convocatoria de un Congreso General del Virreinato integrado por representantes de tierra adentro, como lo propuso Villota tres días atrás.

El Cisnerismo, desalojado del Fuerte, preparaba solapadamente la insurrección general de las Intendencias contra la capital, cuya Aduana —desde su creación en 1778—, enriquecíase con la introducción de mercaderías de ultramar a costa de la miseria de sus hermanas, que debían soportar una ruinosa competencia.

Mariano Moreno, “excelente abogado del comercio inglés y patriota de última hora” —son palabras de Carlos Roberts 3—, acababa de ser nombrado Secretario del Gobierno Provisorio, cargo que aceptó sorprendido después de hondas vacilaciones, según nos cuenta su hermano Manuel. ¿Qué antecedentes ostentaba este joven de 31 años, graduado hacía poco en la Universidad de Chuquisaca donde fue a estudiar para sacerdote; relator de la Audiencia, más tarde, y defensor eficaz ante el Tribunal de minúsculos intereses de su clientela particular?

Hasta ayer nomás, había colaborado con el Virrey Cisneros en carácter de consultor privado; pues era menester dar cumplimiento —entre otras cosas— al tratado anglo-español del 14 de enero de 1809 que otorgaba a Inglaterra “facilidades” comerciales en América. Se le sabía, por otra parte, enemigo personal del caudillo Liniers —acaso por razones de política internacional—, y así lo demostró el primero de enero del año anterior al acompañar a Alzaga en el famoso motín de esa fecha, conjurado por Cornelio Saavedra. Y se le sabía también autor encubierto de la Representación de los Hacendados: alegato vehemente contra el sistema de comercio protegido, de España con sus colonias, que impedía la introducción a Buenos Aires de mercaderías extranjeras; en este caso, de procedencia británica.

A la sazón, actuaba de presidente de la Comisión de Comerciantes de Londres en Buenos Aires, el influyente Mr. Alex Mackinnon, quien, en tal carácter, tuvo oportunidad de relacionarse con el joven Moreno, contratando sus servicios profesionales. Acaso este acercamiento entre el  mercader anglosajón, agente del ministro Wellesley, y el talentoso criollo consultor del Virrey: “el primero de una larga lista de grandes abogados argentinos —señala Roberts4— que han representado profesionalmente, hasta el día de hoy, los importantes capitales e intereses comerciales ingleses”, tenga relación con la inesperada designación de este último para el importante cargo de Secretario del gobierno que reemplazaba a Cisneros. Levene, biógrafo y apologista del prócer, es quien en su obra «Ensayo sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno», parece insinuamos semejante posibilidad. Así en la página 87 —tomo II del referido libro— consigna la siguiente nota: “En cuanto al nombre de Moreno —aparte de su reputación como letrado y autor de la Representación de los hacendados —existen documentos que permiten afirmar que los ingleses tuvieron intervención en los sucesos del 25 de mayo5, circunstancia que acaso haya incidido favorablemente con respecto a la personalidad de Moreno”.

En este orden de ideas, pueden exhibirse, a no dudarlo, pruebas muy sugestivas. En efecto, el 15 de marzo del año 1810, Mr. Mackinnon escribía reservadamente al honorable Secretario de Estado del Departamento de Relaciones Exteriores de Su Majestad: “Aún los más confiados, en sus esperanzas y deseos para la seguridad de España, ahora desesperan, pero ninguna medida se ha tomado para prepararse para lo peor, la voz corriente es, independencia, bajo una estrecha alianza con Gran Bretaña. Bajo cual sistema será propuesta, todavía no ha sido contemplada”. Don Alejandro no sospechaba que el “sistema” de alianza se hallaba ya documentado en un memorandum de fecha 15 de noviembre de 1809, dirigido a Wellesley por Charles Stuart, importante funcionario de su ministerio. Ese documento (Expediente 72/90 del Departamento de Relaciones Exteriores), trata de los beneficios de todo orden que obtendría Gran Bretaña apoyando las tendencias emancipadoras del rico mundo hispanoamericano. Las condiciones de la ayuda quedan bien patentizadas en esta breve e inequívoca frase, con resonancias de ultimátum: “Acceso a sus puertos, la navegación de mares hasta ahora cerrados a los europeos y la libertad de comercio en sus ríos, son las ventajas reales a conseguir...

Mariano Moreno era, sin duda, en esos momentos, el hombre fuerte que imponía orientaciones políticas al primer gobierno patrio. Y bien, el 12 de agosto, Mr. Mackinnon informaba a la Superioridad sobre las últimas ocurrencias revolucionarias, con estas palabras reveladoras: “No bien la Junta fue instalada, ella declaró, que los súbditos británicos no solamente quedaban libres de permanecer todo el tiempo que desearan (al margen —señalo yo— de las Leyes de Indias); sino también se nos anunció que gozábamos de toda la protección de nuestras personas y propiedades y una libre participación en las leyes y privilegios cívicos que ahora poseían los nativos”.

La guerra preparada por el Cisnerismo iba a estallar en seguida entre el interior del Virreinato y su Capital, con motivo del reconocimiento al Consejo de Regencia exigido por la Audiencia. Y Moreno, mientras pedía armas y prometía ventajas, privilegios y cesiones territoriales a Inglaterra —por intermedio de Matías Irigoyen, José Agustín de Aguirre y Tomás Crompton; o directamente del embajador Strangford—, mostraba a la faz de un mundo claudicante y desorientado su terrible garra de piloto de tormentas.

El Secretario de la Junta

La personalidad de Moreno no reside en el repertorio de temas revolucionarios que manejaba —en este punto adoptó las ideas del “mirandismo”—, sino más en su recio temperamento de luchador extremista. Ideológicamente, carecía de originalidad creadora. Sus doctrinas de segunda mano, nada nuevo agregaban a las ya muy divulgadas en España por la escuela liberal, con Campomanes y Jovellanos a la cabeza, el P. Feijóo y Montenegro y otros de menor categoría intelectual. Fundadas en principios generales: “nunca bien asimilados y difundidos, repugnantes en el fondo a las masas, hacían las veces de un cuerpo extraño y sin cesar provocan la resistencia de las fuerzas nacionales —ha escrito Alejandro Korn6—; no atinaron a otra cosa que traducir al español las frases jacobinas y se perdieron en la claudicación extraviada de los afrancesados o en las anticipaciones retóricas de las cortes de Cádiz”.

En América, las nuevas ideas hubieron de penetrar por imperio de “viles ministros de la impiedad francesa” —como los define Menéndez y Pelayo—; o filtradas por herejes y contrabandistas, mas que en virtud de la teoría o la enseñanza doctrinaria de la cátedra. Y lo mismo sucedió en el terreno de las concepciones económicas.

Lo que ocurría en Cádiz en 1808 (por ejemplo) era exactamente lo mismo que sucedía en Buenos Aires en 1809... En España se defendía el comercio libre con los ingleses hasta en forma irónica y faltando en cierto modo el respeto a las autoridades —anota De Gandía en un trabajo sobre el prócer de Mayo 7—; Moreno, en su célebre «Representación de los hacendados» —añade—, defendió la libertad de comercio para el puerto de Buenos Aires con los mismos argumentos y a menudo las mismas palabras de economistas liberales españoles, que defendían idéntica libertad para los puertos de la Península”.

Moreno, discípulo del canónigo Terrazas —en cuya biblioteca había leído a los enciclopedistas  y filósofos de la Ilustración—, admiraba sinceramente el «Contrato Social» de Rousseau, que se encargó de difundir en la gran aldea con prólogo suyo, no sin antes haber expurgado de la obra toda referencia anticlerical o irreligiosa. Pero aparte de sus influencias librescas que, a mi juicio no lo definen, el joven Secretario demostró poseer —y lo acreditará desde el gobierno— un indomable temperamento (aunque sin descuido de las oportunidades) y un extraordinario temple para afrontar situaciones de responsabilidad o de riesgo. Desprejuiciado y audaz, nunca faltóle valor moral en los momentos difíciles de prueba. Fue, en esto, muy superior a Miranda, aventurero impenitente, a quien, más veleidoso que el pichón platense, los aires tropicales de la tierra natal llenáronle acaso el alma de románticas utopías incurables.

Moreno era, ante todo, un espíritu nervioso pero ejecutivo, no obstante su extraordinaria sensibilidad, que, al decir de su hermano Manuel 8: “fue el más sobresaliente de todos los elementos de su carácter, y que particularmente lo distinguió en todos los pasos de su vida”. En ocasiones violento y cruel; jamás fue impulsivo sin embargo. Faltóle la virtud de ingenuidad, característica en Belgrano, que hace buenos a los hombres. Por eso, quizás, obró implacablemente cada vez que se lo permitió el enemigo que tenía por delante. Maquiavelo criollo después del 25 de Mayo, representó ese papel más por obligación moral, por deber impuesto a sí mismo, que por espontáneas inclinaciones del espíritu.

A falta de auténtica popularidad, debió recurrir necesariamente a la maniobra, a la intriga política y a la pena capital como único recurso para imponerse.

En el fondo, eran bien fríos y prácticos sus amores al margen de la ley, con Gran Bretaña, a la que favorecía “pro domo sua” desde el gobierno. ¡Contradictorio carácter!

Los artículos de «La Gaceta» que dirigió, son retóricos cuando hablan de Inglaterra y evidentemente propagandísticos. Léase en cambio la espléndida página en que, sincerándose por un momento, nos relata Moreno el estado de su ánimo ante la caída de Buenos Aires —la “gloriosa” y “conquistadora” ciudad, como él la llamó— en manos del invasor inglés: “Yo he visto en la plaza llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba, y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando, a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806, vi entrar 1560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de esa ciudad”.

Y este otro brulote amenazador, donde repudia la conducta del capitán Elliot, quien había bloqueado nuestro puerto a poco de instalada la Primera Junta: “...el extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas puede proporcionarse...miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelecamiento que le habían producido los chiches y abalorios”.

Pero ya era tarde. Moreno tenía en el gobierno sus días contados. Su política demasiado anglófila y terrorista, no podía ser, en efecto, popular. Como nunca, el pueblo de Buenos Aires, militarizado en las gloriosas jornadas de la Reconquista y la Defensa, por Saavedra y los suyos, respondía ahora al jefe con impresionante unanimidad. El Secretario, por contraste, estuvo ausente de la epopeya; fue mero espectador pasivo de los sucesos.

Esto lo inhabilitaba para ser caudillo. Además, el hombre no demostró fe en sus propias fuerzas ni en las de nuestro pueblo —para quien era un extraño—, creyendo que la salvación estaba en requerir ayuda de una gran potencia, en buscar apoyos garantizándolos comercialmente a cambio de influencias internacionales favorables a nuestra seguridad. Los fracasados planes de Francisco Miranda reverdecían, así, en las templadas tierras del Río de la Plata.

A lo antedicho venía a sumarse la inevitable pérdida de prestigio que acarreó a Moreno la sorda lucha de desgaste librada —en el Paraguay, Córdoba y el Alto Perú— contra el Cisnerismo, encarnado por figuras virreinales de la talla de Velazco, Liniers y Goyeneche. Pero tales acontecimientos merecen por su importancia en la marcha de la Revolución de Mayo, un capítulo aparte.


*Tomado del libro Así fue Mayo.

jueves, 18 de mayo de 2023

¿Qué cosa es la historia?

 


[1]Por Federico Ibarguren

 

La historia no es una mera exposición del pasado. Más que su desarrollo importa la comprensión del mismo. Nexo de unión entre diversas épocas, las hace inteligibles al destacar en perspectiva la continuidad formal, el fin al que tiende el decurso de las generaciones. Es ajena, por eso, a la mera literatura, a la fábula, al tópico. Sus pesquisas buscan la verdad y no el mito, utilizando para ello -en la afanosa y nunca interrumpida investigación- métodos análogos a los empleados en la morfología.

            “Historia -como la define el gran pensador católico[2] europeo, Johan Huizinga- es la forma espiritual en la que un pueblo rinde cuentas de su pasado”.

 

Los historiadores modernos, en general, pierden tiempo tomando datos intrascendentes. Ayudados por la memoria, llenan cuartillas recordando tal o cual suceso trivial, de mayor o menor interés según sea la fidelidad con que es traducido en el papel. Para ellos todo es cuestión de archivos. Se pasan el día en bibliotecas desentrañando documentos, acumulando datos de acontecimientos pasados. Tal será -afirma dogmáticamente la cátedra- un historiador cabal.

Semejante criterio -a nuestro modo de ver, equivocado- padece de un error de punto de vista. No se trata de detalles: es una cuestión de enfoque.

Para nosotros, la historia no consiste en documentar y presentar al público acontecimientos perfectamente relacionados en todos sus pormenores. Reviste un sentido más entrañable. Es un proceso -una forma espiritual- y reconoce, por ello, un principio de arranque y una finalidad a alcanzar.

El concepto de historia tiene una función no de cosa exhumada, de recuerdo, de memoria, sino de hálito vital -si puede referirse esta palabra al mundo del espíritu-. De vida que no se interrumpe sino con la muerte.

En las personas, el pasado enseña más que recuerda. En los pueblos ocurre lo mismo. Nadie puede desconocerlo.

El que sabe quienes son sus ascendientes estará mejor preparado para afrontar el destino o, por lo menos, con más posibilidades de defensa que el que los ignora. Ocurre algo parecido en las sociedades. Cuando los acontecimientos estallan y urge tomar contacto con la realidad, la nación ignorante de su pasado se verá en inferioridad de condiciones para reaccionar. Caerá vencida por los acontecimientos desatados. No sabrá encarar la solución, sucumbiendo, arrollada por la propaganda, los programas de moda y las doctrinas del momento, como pasa con mucha gente que ha alcanzado una posición sin merecerla de verdad.

 

Ahora comenzamos a percibir la importancia que para la conducta tiene el pasado. Porque, al fin, la historia no es sino experiencia de los pueblos; un imponderable que no se vive en vano. Sostenían los antiguos que aquella se hacía transmisible con la madurez, y tenían razón. La madurez fue siempre depositaria de la experiencia vital que es sabiduría. En cambio, para quienes han olvidado su pretérito, toda edad resulta lamentable. Pueblos semejantes están destinados a permanecer eternamente infantiles, desmemoriados y bárbaros. Y quedan siempre sometidos a perpetuas tutelas foráneas.

Ahora bien, no hay efecto sin alguna causa que lo produzca. Así, la historia no está hecha de ideologías. El proceso de adaptación que es en realidad la Historia -fruta madurada en el árbol- resulta negado, repudiado por la tesis, el programa, la utopía pura. Un ser no se desarrolla en virtud de una teoría previa sino que nace de padres dados, ve la luz en un lugar que no ha elegido y tiene amigos y reacciones imprevisibles. De la misma manera, lo histórico no puede someterse estrictamente al razonamiento lógico, por noble, elevado y generoso que parezca en el orden espiritual y moral.

La historia, en definitiva, es un proceso: el desarrollo de un pueblo condicionado por factores atávicos y ambivalentes que, Dios mediante, van jalonando su libertad esencial de ser y de moverse, en el espacio y el tiempo.

 

Así como la semilla precede la planta en el ciclo de la generación, la esencia es anterior a la existencia. Por tanto, es fundamental para nosotros comprender la esencia de lo histórico antes de adentrarnos en el estudio extensivo de sus distintas etapas evolutivas, de su existir como tal.

La historia es, en efecto, interpretación jerárquica de los hechos. No basta la mera información exhaustiva. Aquella debe superar lo anecdótico, buscando contacto con las categorías que ordenan el acontecimiento particular. Se trata de una síntesis, de una forma, para hablar en lenguaje escolástico.

Todos sabemos que, en el fondo, el problema de la inteligencia es ontológico y no está regido por leyes necesarias de la física material, sino que depende de las de la metafísica. La subordinación de la historia a este orden jerárquico del pensamiento -ínsitamente contenido en la filosofía- va sin decirlo, aún cuando el historiador no lo confiese explícitamente o lo ignore las más de las veces. Esto quiere decir que el criterio filosófico condiciona el criterio histórico, toda vez que la historia no tiene valor independiente de ciencia, al menos como entiende a esta el positivismo moderno.

¿Qué es lo histórico, entonces, en el orden de las ideas? ¿Cuál es su raíz? Acostumbrados a pensar con instrumental positivista, lo primero que se nos ocurre es que la historia es una ciencia: colección de hechos históricos minuciosamente explicados por documentos o testimonios escritos de la época. Ciencia experimental que el historiador -siempre un especialista- estudia en archivos: única fuente de donde puede extraer el material para recomponer, enhebrando los hechos, el drama del pasado. El concepto general que se tiene de la historia es éste: ciencia cronológica de los hechos. Cuanto menor sea la interpretación personal de los mismos que dé el historiador -se piensa- más real y verdadero resultará el relato. Hasta aquí el criterio general difundido en nuestra materia.

Pero, afortunadamente, la esencia de los históricos no es el dato aislado. Porque si descansara únicamente en documentos y testimonios escritos bastaría que una generación perdiera sus papeles para que el pasado desapareciera y la continuidad en el tiempo quedara quebrada. Y ello es un absurdo.

 

La Historia no reposa en último término -como lo pretende el positivismo científico- en la prueba material de los hechos pretéritos; aún cuando ésta sirva siempre para respaldar las afirmaciones del escritor. Por encima de lo visible, trascendiendo los restos que podamos hallar de una época dada -sobre las olas del naufragio temporal- quedará grabada por siglos, como una estela sutil, la huella de lo que una vez surcó su superficie. Es el inteligible de lo que existió, la parábola móvil denunciadora de la vida que marcha y no se detiene, a instancias del impulso motor de la historia.

Para los sabios de nuestro tiempo siempre habrá, sin embargo, dos maneras de estudiar la naturaleza humana: pulsando las reacciones y estímulos del hombre vivo, o desmenuzando en partículas su cadáver. Así ocurre también por analogía, con relación a los pueblos. Los historiadores del siglo pasado han elegido casi todos, el segundo procedimiento: aguardaban la muerte de una generación para hacerle la autopsia y exhibirnos en seguida sus vísceras.

Pero lo histórico no debe especular con la muerte para existir. Es otra cosa que la mera anatomía social. Está informado por leyes creadoras de vida, continuidad y sucesión. Reconoce un alma que alienta a la cultura a la que ese pueblo pertenece. Tiende al logro de una finalidad de tipo universalista: trascender en lugar de quedarse egoístamente, cada pueblo, satisfecho con su caudal propio en la soltería y esterilidad permanentes[3].

La historia, más que la ciencia experimental, se os aparece así -a despecho de las escuelas positivistas modernas- como una especie de rama particular de esa disciplina que los antiguos llamaban con verdad “la madre de todas las ciencias”: la filosofía. Aunque ella sea en rigor una filosofía no especulativa, sino aplicada a los hechos concretos. Una filosofía, por decirlo  así, de lo encarnado.

“Toda auténtica reflexión histórica es auténtica filosofía, o es sólo labor de hormigas”, ha escrito egregiamente el olvidado tudesco Oswald Spengler.

 

La materia histórica es, como hemos visto, fluida por naturaleza; razón por la cual no corresponde clasificarla entre las disciplinas científicas propiamente dichas -“la esencia misma de la historia es el cambio”, anota J. Burkhardt-. Sin embargo ella descansa en ciertas constantes que, en último término, le dan fijeza y continuidad.

Una de esas constantes -acaso la de mayor importancia- es la tradición. Ella actúa de regulador, decantando la vida de los pueblos en el molde de hábitos, costumbres, maneras y modos de ser que se van transmitiendo de padres a hijos; no obstante el aporte original -inédito- de cada generación que la enriquece de continuo en el decurso de su existencia.

Así, las evoluciones y revoluciones propias del tiempo encuentran su reposo -su equilibrio armónico y viable- cuando son asimiladas por la tradición del pueblo que las sufre. Sólo ésta es capaz de dar sentido y estabilidad a la incesante mutación de los siglos. Lazo de unión, puente -por así decir- que junta el pasado con el futuro, actúa de catalizador en el proceso temporal del desarrollo de las comunidades humanas. Sin ella la vida carecería de contrapeso, volveríase puro presente: jugueta del vendaval de los acontecimientos como las hojas en otoño, desprendidas de la planta.

 

La tradición marca, así, la ruta de nuestro destino al hacer imposible la cotidiana victoria de las tendencias anárquicas de la naturaleza sobre el orden sedimentado en que descansa una forma social, impidiendo que el capricho social triunfe sobre el futuro factible y la muerte sobre la vida. Ella -la tradición- otorga verdadera personalidad a los hombres y a los pueblos. Porque traduce, en el último término, el ser de la historia.

“El conocimiento histórico no es posible fuera de la tradición histórica -expresa al respecto Berdiaeff-. El reconocimiento de la tradición es una especie de apriorismo, es algo categóricamente absoluto en el conocimiento histórico. Sin ello nada hay completo y nos quedan tan sólo fragmentos”.

Como se ha visto, la tradición es el elemento estático de la historia. Lo dinámico son las ideas y los hombres que, por contraste, de continuo cambian renovando la vida. Explícase, por lo demás, esta trasmisión casi inalterable -a través del tiempo- de hábitos y costumbres teniendo en cuenta su origen religioso, diría yo, en el sentido amplio y lato de la palabra. Ya que la tradición tiene sus raíces -como en el teatro- en el drama trágico de la conducta y no en la comedia frívola de los caprichos circunstanciales y de las modas. En sus comienzos, nace de la actitud sacra -no profana- del hombre ante el gran misterio del mundo circundante. Los pueblos van conformando toda su liturgia social, que luego recoge la posteridad, como reacción frente a la naturaleza bruta o al medioambiente en el que viven. Sólo asi puede explicarse sin deformaciones la fuerza terriblemente conservadora que informa todo resabio de tradición verdadera.

“Religio praecipuum Humanae societatis vinculum” (“La religión es el vínculo capital de la sociedad humana”), enseñaba Bacon con verdad. En este orden de ideas, nos repite contemporaneamente Hilaire Belloc: “La Religión es el elemento determinante que actúa en la formación de toda civilización”.

 

En Europa tenemos reflejada, según todavía lo ve el estudioso, esa tradición histórica ineludible y fecunda, sin negaciones ni violentos saltos atrás. Por más que los bárbaros de la Edad Media se propusieron destruir el mundo ancestral de la cultura, con el tiempo sus jefes victoriosos, convertidos a la Iglesia Católica, serían los sucesores de los desacatados emperadores muertos.

Cosa parecida ha ocurrido con relación a España entre nosotros. Estudiando nuestro pasado con imparcialidad, vemos cómo se produce el proceso cultural en América, y sobre qué bases o puntos de partida se hace necesario proceder a la revisión integral de la historia del Río de la Plata.



[1] IBARGUREN, Federico. “Nuestra tradición histórica”, Dictio, Bs. As., 1978.

[2] Huizinga es un pensador de raigambre protestante (nota del compilador).

[3] “El conservatismo puro y abstracto se niega sencillamente a continuar el proceso histórico, alegando que todo cuanto debía acontecer ya ha acontecido, y que hoy día tan solo se trata de conservarlo. Es evidente que en estas condiciones no es posible llegar a ninguna percepción de lo histórico -dice Nicolás Berdiaeff en su libro EL SENTIDO DE LA HISTORIA-. El contacto íntimo con el pasado significa también un contacto íntimo con su dinamismo creador. Seguir fieles a las tradiciones y a los testamentos del pasado significa reconocer el dinamismo creador de nuestros antepasados. Por eso, el contacto espiritual del pasado, con los antepasados, con la idea de Patria y con otros conceptos de carácter sagrado es, en realidad, un contacto con el dinamismo de antaño, que admitimos como dirigido al futuro suyo, hacia nuestro presente, que proyectamos hacia el futuro nuestro, hacia la resolución histórica, en forma de una concepción de un nuevo mundo, de una nueva vida. Es algo así como una unión de este nuevo mundo con el mundo antiguo. Este proceso se verifica en el seno de un proceso histórico único, esencialmente dinámico. Es una conjunción perpetua a través de la existencia eterna”. (Nota y negritas del autor)


miércoles, 25 de abril de 2018

ROCA Y LA MASONERÍA EN LA DÉCADA DEL ‘80.*

Por: Federico  Ibarguren

La mentalidad liberal parece agarrarse de la generación del ’80, como único vínculo con la Historia Argentina –alabándola con retórica pueril-, porque rompió todo contacto con el pasado remoto, a través de una ideología (la ideología que repudia la historia como experiencia, por falsos prejuicios antitradicionalistas) y fue reemplazada con utopías sin raíces o por meras certidumbres positivistas. Evidentemente, al perder contacto y  desentenderse  de la antigua cultura heredada, los liberales se han quedado huérfanos, y ahora han descubierto a la generación del ’80 como único vínculo con nuestro pretérito. La elemental historia que saben y repiten es la prefabricada por los unitarios; o sea: la leyenda de los próceres oficiales  ‘buenos’, según ellos. Y nada más.
     
Pero vamos a ver hoy cual es la verdadera radiografía de la generación del ’80 en este terreno, así como los efectos producidos –a largo plazo- por la masónica revolución laicista.
    
Desgraciadamente no puedo tocar todos los temas que se deben tocar, cuando se habla de una generación; sobre todo cuando ella ha tenido gran predicamento político. Me voy a referir solamente a la lucha religiosa desatada por  Roca en 1880, en su primer gobierno, cosa insólita en nuestro país, puesto que –exceptuando el fracasado intento rivadaviano- ni en la época del virreinato y mucho menos en los siglos anteriores, existió un cisma religioso anticatólico o  un movimiento francamente de ese signo entre nosotros. Era algo que no tenía vigencia; al parecer imposible de prosperar en la Argentina de antaño.
    
 Roca, plagiando a Rivadavia, importa a través de la masonería aquel problema –esta vez en el ámbito nacional- y provoca una especie de ruptura con la Iglesia, una insólita agresión; desatándose la lucha religiosa en todo el país que concluye con el triunfo parcial del equipo gubernamental (en aquel tiempo estaba constituido por hombres de la masonería). En realidad, Roca no hizo otra cosa que cumplir sumisamente el plan masónico en el aspecto cultural de su política.

EL PLAN MASÓNICO.

Este plan para el Río de la Plata era bastante sencillo y consistía en cuatro logros escalonados, de los cuales el roquismo consiguió la mitad. A saber: Educación laica; Ley de Matrimonio Civil; ley de Divorcio y Separación de la Iglesia del estado.
    
El gobierno de Roca en 1884 sancionó la ley de Educación Laica (la escuela sin Dios), y Juárez Celman en 1888 hizo aprobar la ley de Matrimonio Civil (es decir, el matrimonio sin Iglesia). Era una manera de descristianizar paulatinamente al pueblo argentino en forma solapada; pero ya vamos a ver con qué argumentos y con qué agresividad los masones atacaron la tradición religiosa del catolicismo argentino de cepa española.

Citaré testimonios de historiadores veraces y documentos de la época, que eso es lo más importante para un historiador, pues la historia no puede inventarse como hacen los novelistas y literatos. No puede crearse ‘ex-nihilo’ una versión que no esté de acuerdo exactamente con los testimonios de los tiempos que se estudian; tiene que basarse en documentos, y eso es lo que quiero dejar bien establecido. No son cosas mías las que voy a decirles a ustedes en esta sumaria relación; no son inventos míos ni historias mías en absoluto. Por otra parte, no  pretendo aquí hacer el proceso definitivo contra la celebérrima generación del ’80, tan alabada por el liberalismo argentino en general; no soy Juez, y aunque lo fuera, en historia no existe la ‘cosa juzgada’. Los liberales, por supuesto, tienen abierto el derecho de apelación. Pero los documentos que voy a citar creo que hablan por sí mismos.

Desde mi lejana juventud he abrazado el catolicismo por convicción y me debo a mi fe tradicional; “soy amigo de mis amigos, pero más amigo soy de la Verdad”. He aquí mi planteo en pocas palabras. Descontando retóricos lugares comunes de circunstancias. Y rectificando arraigados ‘mitos’ oficialistas que se van repitiendo a través de los años sin análisis críticos serios.

UNA GENERACIÓN AGNÓSTICA.

Debo reconocer en cierto modo el señorío de algunas de las personalidades humanas de la generación de mis abuelos, que actuaron en una sociedad todavía jerarquizada (sociedad que aún no había entrado en los pródromos de la masificación democrática de este tiempo), más sus clases gobernantes, con honrosas excepciones –fueron desgraciadamente liberales a ultranza; vale decir: agnósticos en religión, positivistas- a veces ingenuas, ilusionadas con el ‘programa’ de gobierno o la ‘plataforma’ partidaria-, cuando no escéptica en su filosofía de la vida y déspotas ilustrados a la francesa, eso sí, en política (ingredientes del faccioso individualismo finisecular). El grupo de la ‘Unión Católica’ aparte, algunos se salvan de estos calificativos, como por ejemplo, un ilustre salteño: estadista, diplomático y gran parlamentario de aquella generación, el Dr. Indalecio Gómez. Y en el terreno de la investigación histórica: Adolfo Saldías y acaso, también, el iconoclasta Paul Groussac. Olvidaba nombrar a Wenceslao Escalante en la función pública (la excepción confirma la regla). De ‘Los  que pasaban’, el implacable tiempo olvidará a muchos.

Con supina ingenuidad, además, los promovidos hombres del ’80 en general, creyeron en el ‘Progreso Indefinido’ como motor del futuro, que nos conduciría fatalmente a la ‘Civilización’ mediante el libre pensamiento y la ciencia experimental, que eran importaciones europeas. Renegaron así de sus profundos ancestros culturales, convenciéndose (jóvenes inmaduros durante la primera presidencia de Roca) de que plagiando lo europeo no español, en sus ideas, creencias, usos y costumbres familiares, alcanzarían en poco tiempo el grado de adelanto material que anhelaban. Y la masonería anticatólica los enroló en sus filas y les dio poder político, instrumentándolos ideológicamente desde las logias a partir de 1860, a fin de que realizaran el gran ‘aggiornamento’ argentino a contrapelo  de nuestra tradición genuina. Digo a partir de 1860, porque en ese año se concreta la famosa tenida masónica del 21 de julio en el entonces Teatro Colón de Buenos Aires (actual emplazamiento del Banco de la Nación frente a Plaza de Mayo), en la cual tenida alcanzaron el grado 33 de la masonería los siguientes personajes (próceres oficiales, por otra parte,  de nuestra historia); Bartolomé Mitre, Sarmiento, Urquiza, Santiago Derqui y Gelly y Obes –ministro de Mitre-. Los jóvenes del  ‘80 recibieron esa herencia extranjerizante ‘sin beneficio de inventario’.

El aguerrido Padre Castañeda con su característico gracejo propagandístico, retrataba así satíricamente a los políticos europeístas de su época: “Echa usted una ojeada rápida sobre la conducta de nuestros políticos en la década anterior (anterior a 1820) y verá que en vez de fomentarlo todo lo han destruido: todo nomás que porque no están en Francia, en Londres, en Norte América o en Flandes. ¿Cómo hemos de tener espíritu nacional, si lo que menos pensamos  es en ser lo que somos? Nos hemos ido alejando de la  verdadera virtud castellana que era nuestra virtud nacional, y formaba nuestro verdadero, apreciable y celebrado carácter… Empezaron (los políticos) a revestir un carácter absolutamente antiespañol, ya vistiéndose de indios para  ser ni indios ni españoles, ya aprendiendo el  francés para ser parisienses de la noche a la mañana, o el inglés para ser ‘misteres’ recién desembarcaditos en Plymouth. Estas despreciables gentes –termina Castañeda- avanzaban al teatro, para desde las tablas propinar al pueblo, ya el espíritu británico, ya el espíritu gálico, ya el britano-gálico; pero nunca el espíritu castellano o el hispanoamericano, o el iberocolombiano, que es todo nuestro honor, y forma nuestro carácter, pues por Castilla somos gente”.
EN CONFLICTO CON LA IGLESIA.

Análogamente, pienso yo, los próceres oficiales del ’80, dejando de lado sus condiciones humanas –recordemos la excepcional gracia periodística de Manuel Lainez-, quisieron independizarse de la milenaria Iglesia Católica, y entraron (durante el primer gobierno de Roca, sobre todo) en conflicto con la misma, llamando en auxilio de su rebelión ideológica nada menos que a la masonería internacional, condenada repetidas veces por la Santa Sede: desde el año 1738 en una encíclica de  Clemente XII. E impusieron contra viento y marea la Enseñanza Laica (la escuela sin Dios) a las nuevas generaciones argentinas mediante la funesta ley 1420, que aún está en vigencia; y la ley de Matrimonio Civil, que desacraliza por completo la uniones conyugales a espaldas de la Iglesia Católica. Olvidaron el célebre apotegma de Lord Acton que dice: “La religión es la clave de la historia”. Acotando Joseph de Maistre: “Todas las instituciones imaginables, sin no reposan sobre una idea religiosa, son efímeras”.

Tal es la verdad inconcusa brillantemente clarificada por Foustel de Coulanges en su clásica obra “La Cité Antique”, cuando se refiere a la religiosidad del mundo precristiano; religiosidad que todavía hoy mantiene una actualidad impresionante. En este orden de ideas, Hilaire Belloc y Cristopher Dawson han remozado el concepto en el siglo XX, afirmando el primero: “Nuestra cultura fue hecha por una religión, las modificaciones de esa religión o las desviaciones de las normas que impone, afectarán necesariamente nuestra civilización en su conjunto”. Y Dawson, a su vez, como anunciando la quiebra cultural provocada por  el laicismo finisecular que conduce a la democracia de masas, nos enseña que ninguna cultura puede sostenerse mucho tiempo si repudia sus raíces religiosas y morales, y la ratifica así con estas lucidas palabras: “Una sociedad que ha perdido su religión, se convierte más tarde o más temprano en una sociedad que ha perdido su cultura”.

“LO QUE NO ES TRADICIÓN ES PLAGIO.”

Esto fue lo que ignoraron nuestros estadistas librepensadores, a partir de 1880, con Roca a la cabeza, impactados por los, en su tiempo, ‘slogans’ propagandísticos de Sarmiento y Alberdi; los ideólogos máximos de la generación del ’37. “Civilización o Barbarie”, pregonaba el agresivo sanjuanino. La barbarie, por supuesto, estaba en nosotros, hombres de cepa española y cultura latino-católica, mientras que la “civilización” había que importarla de afuera; de Inglaterra o Norteamérica protestantes. En tanto que el tucumano Alberdi pretendía no tanto cambiar las leyes de la República, sino la misma raza criolla de su cosmopolitismo a ultranza: “gobernar es poblar” . Poblar con anglosajones necesariamente, según él.

Desde entonces Roca quedó atrapado por la masonería anticatólica y el internacionalismo alberdiano en política -”Paz y Administración” fue su lema de gobierno-; tanto  fronteras adentro como fronteras afuera. Rifándose así la suerte de la República Argentina afirmada años atrás frente a Chile a raíz de la Campaña del Desierto. Y las decisiones ajenas y siempre interesadas de árbitros extranjeros, redujeron en miles de kilómetros  cuadrados las fronteras del país, con el beneplácito de presidentes, ministros y parlamentos nacionales, dando satisfacción plena al negocio especulativo del capital británico en lo económico: o sea, la total apertura a las masivas importaciones “made in England”, a cambio de venderle nuestras carnes y cereales transportados siempre en barcos ingleses y comercializados, por supuesto, a través de intermediarios ingleses. Sin perjuicio de copiar las modas “que nos exportaba París: en arte, literatura y rastacuerismo. Quedando bien a salvo la elegancia en el estilo de Miguel Cané, de Lucio Vicente López y del no tan joven entonces Lucio V. Mansilla. Como así también los interesantes planteos sociológicos de un Eugenio Cambaceres o de un Carlos Damico.

Pero no por casualidad un talentoso pensador español que visitara Buenos Aires en plena década liberal de hace medio siglo, Eugenio D’Ors, refutando indirectamente las tesis desnacionalizadotas de Sarmiento y Alberdi, acunó para nuestro consumo interno la siguiente lapidaria frase: “En los pueblos, lo que no es Tradición es plagio”. Y precisamente de ese plagio yo les voy a hablar ahora; plagio en nuestra patria del siglo XX (instituciones traídas de afuera para descristianizar y  desmoralizar a las juventudes criollas, hijas o nietas de la generación que logró la Independencia de nuestro católico país, blandiendo la Cruz y la Espada). En suma; descastamiento implícito y vuelta a un coloniaje de hecho (subdesarrollo mental  en lo ideológico puro y ateísmo importado en lo religioso), sin contar el totalitario enfeudamiento económico cuya secuela histórica aún subsiste hoy.

MATERIALISMO  DE DERECHA.

La masonería, a través de sus personeros nativos, declaró aquí la guerra al catolicismo en 1880, a cara descubierta. Y Roca, pese a sus condiciones de gran político, a su intuición y a su oportunismo –aptitudes que debe tener todo estadista de raza para triunfar (que Roca las tenía)-; pese a eso, carecía de convicciones morales: pecado este de los políticos hispanoamericanos a partir de la Independencia. Y aunque Roca  personalmente no era ideólogo ni desarraigado, su filosofía de vida –agnóstica y escéptica- era contraria a las tradiciones nuestras. Su ideal fue el “progreso” a cualquier costo: un “progreso” de signo materialista, claro está. Materialismo de derecha. Influencias victorianas de la época…
 Y bien. Roca no tenía convicciones profundas, pero se manejaba políticamente con mucha eficacia, mediante maniobras maquiavélicas, con la idea de perpetuarse en el poder. No voy a hacer aquí el proceso de cómo Roca llegó a la presidencia, porque en cualquier libro de texto puede leerse eso. La revolución del ‘80, por otra parte, derrotando al porteñista Tejedor –apoyado por Mitre- representó el triunfo de las provincias. Sin embargo Roca, al querer congraciarse con los grupos dirigentes porteños que le hacían una enorme oposición desde que tomó la presidencia de la república, por razones estrictamente electorales cayó en la trampa que le tendió la masonería. Porque aquí todos los dirigentes mitristas eran miembros de las logias masónicas que se había establecido en Buenos Aires después de Caseros.

Voy a citar a continuación, algunas páginas del libro de Néstor Tomás Auzá –“Católicos y Liberales en la generación del ‘80”-; lo más completo que se ha escrito desde el punto de vista documental respecto de esta lucha de hace un siglo, entre católicos y liberales (es decir entre católicos y la masonería). Porque al hablar de liberales estoy nombrando a la masonería.

Dice del año ’80 el profesor Auzá, refiriéndose al progreso de las sectas anticatólicas en Buenos Aires, en cuyas logias Roca se apoyó políticamente: “En el  seno de la masonería en todas las épocas se libraron diversas luchas de predominio, de mando, de organización y de formas estatutarias; el hombre que se distinguía en la conducción masónica de Buenos Aires (se refiere Auzá a los prolegómenos del año ’80), sin tener una figuración política y visible fue Barlotomé Victory y Suarez. Este masón escribió en cierta oportunidad: “La masonería ha realizado en varios países revoluciones sociales en secreto, sin usar pertrechos de guerra; ¿porqué no ha de realizarla también aquí, donde la libertad brinda para hacer el bien sin recelos?”. Cierto, comento yo, esa es la democracia electoralista (la mitad más uno de los votos) que abre las puertas a todos los aventureros, incluso al peor elemento humano; y el enemigo entonces, bajo cuerda y sin necesidad de violar el domicilio, aprovecha la oportunidad para entrar por la puerta grande de nuestra casa, accediendo al gobierno de una Nación anarquizada e inerme.

LAS LOGIAS MASÓNICAS EN  1880.

En 1873 –escribe Auzá- la masonería rioplatense poseía en Uruguay un colegio donde se educaban 300 hijos de masones; en Buenos Aires (gobernando Sarmiento), el masón Antonio Castro dirigió un Colegio en la calle Venezuela esquina Solís, y Semra y Rial dirigió otro en la calle Chile. En el año 1880 se inició un período distinto para la historia de la masonería, a esta fecha tenían prácticamente organizados sus cuadros: el solo Supremo Consejo y Grande de Oriente, abarcando en su organización, las logias de Corrientes, Paso de los Libres, Santa Fe, Goya, Concordia, Rosario, San Fernando, San Nicolás, Buenos Aires, Mendoza, San Juan, San Luis, Ceres, Tandil y Azul. Vale decir, abarcaba los principales núcleos de población. En el mismo Buenos Aires existían entre otras las siguientes logias de actuación pública; logia de Progreso, logia Primera Argentina, logia Igualdad,  logia Hijos del Trabajo, logia Obediencia de la Ley, logia Cruz del Sur, logia Teutónica, logia Estrella de Oriente, logia Stella del Sur, logia Amitè des Naufragès, logia Comitato Masónico Directivo Italiano del Río de la Plata, logia Hijos de Italia, logia Egalité et Humanité. En el interior la masonería de Córdoba publica el periódico titulado “El Sol de Córdoba”. Esta somera enumeración nos da prueba de la expansión y el desarrollo obtenido. Según estadísticas masónicas también de la  organización para la América Central y Sud, alcanzaron la cifra de 10.000 afiliados activos. Es preciso tener en cuenta que en la mayoría de los casos  ese número de afiliados estaba  integrado por personas de múltiples vinculaciones y de actuación pública destacada.  Ello se puede apreciar en las listas masónicas, en donde junto al nombre se colocaba la profesión o actividad. Las logias argentinas contaron en sus filas con políticos, escritores, periodistas, maestros, marinos, militares, profesores universitarios, comerciantes, propietarios, hacendados (y no pocos sacerdotes). Entre los médicos fue muy importante el número de afiliados (el positivismo hizo tabla rasa, sobre todo en la carrera de médico, donde realmente la espiritualidad no contaba para nada)”.

 “Los conflictos en el seno de la masonería eran frecuentes –agrega Auzá-. (La logia italiana Proganda 2” lo prueba en 1981, comento yo). En el decenio que va desde el ’80 al ’90 esos conflictos afloraron de vez en cuando en las páginas de los periódicos. Pensando en ellos el propio Sarmiento, al prestar juramento de Gran Maestre de la masonería en 1882, pronunciaba estas conocidas palabras: “El secreto gana batallas, asegura la buena dirección de los negocios cuando tiene enemigos implacables, envidiosos o rivales, y yo os aseguro ‘Hermanos’, en virtud de los supremos poderes que me habéis conferido, que hagáis de manera que vuestra almohada ignore lo que pase esta noche en esta solemne tenida, y que vuestra mano izquierda no sepa nunca que la derecha ha jurado guardar el secreto masónico. Los diarios dirán mañana que hay malos masones en este Valle, o lobos rapaces que se han introducido en el templo bajo la piel de cordero”.

“Durante la presidencia del General Roca –sigo citando a Auzá- las logias porteñas tuvieron una actuación vasta y activa. Sus trabajos estaban dirigidos a sostener y apoyar el gobierno y a los elementos liberales del mismo. Era razonable que así sucediera  dado que el presidente necesitaba el apoyo de los núcleos porteños que hasta tiempo después de asumida por Roca la presidencia, se habían mostrado hostiles a su persona. Cuando se produjo el distanciamiento de católicos con la política del presidente, se inició inmediatamente una labor de acercamiento al gobierno de los hombres de la masonería. Una vez que el doctor Eduardo Wilde se instaló en el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública (en reemplazo del católico Manuel Pizarro), se desató la lucha que estudiaremos. El gobierno tuvo en las logias sus más firmes sostenedores y sus más diestros ejecutores. El programa masónico universal se llevó a cabo contando con el apoyo ejecutivo del liberalismo argentino. Las logias en tal eventualidad ofrecían al liberalismo una base rígida y organizada de sustentación. A su vez, y por medio del liberalismo, la masonería podía sancionar programas que de otra manera le hubieran resultado imposible convertir en realidad”. Hasta aquí el profesor Auzá.

CONDENAS PONTIFICIAS  Y  DESCRISTIANIZACIÓN.

Ahora vamos a hacer un resumen de las condenas pontificias a la masonería y al liberalismo. Es bueno repetirlas.

De Clemente XII, en 1738, fue la primera condena papal a los ideologismos u mentalidad racionalista de la llamada ‘Ilustración’. Luego Benedicto XIV en 1751; Pío VII en 1821. Y ya avanzado  el siglo XIX, el Papa Pío IX en su ‘Syllabus Errorum’ (1866); León XIII fundamentalmente en la ‘Inmortale Dei’ en 1886 y León XIII otra vez en ‘Humanum Genus’ en 1884 (el año en que se sancionó precisamente entre nosotros, la Ley de Educación Laica). En 1888 nuevamente León XIII en ‘Libertas’; y en 1891 –como es conocido- la famosa y tan discutida Encíclica ‘Rerum Novarum’.

Ahora bien, nuestra ley 1420 que instituye la Escuela sin Dios (1884), apuntaba y apunta todavía a descristianizar y desmoralizar a las juventudes, preparándolas a contrapelo de la católica tradición familiar, el vuelco hacia la izquierda o –en último término- apuntando al gobierno internacional que propicia la masonería, contra el atraso de los llamados ‘reaccionarios’ y a favor del ‘Progreso’; de un futuro sin injusticias y sin clases: una especie de cielo en la tierra. Esta utopía modernizante es característica de todas las izquierdas: el futuro feliz. “Ah no, el pasado no sirve para nada –exclaman- porque…  la historia no se repite; entonces, ¿Para qué continuar practicando las obsoletas costumbres de nuestros padres? ¡Pero el ‘Futuro’, hay, si; hay que avanzar! Hay que olvidar el pasado. Hay que progresar.

Y tanto se ha repetido: “Hay que olvidar el pasado’, que le país se ha quedado sin memoria, como esos viejos que pierden la cabeza y entonces necesitan un tutor o curador de bienes. Desgraciadamente eso es cierto; y no porque yo lo diga. Así estamos hoy.

ROCA  Y  LA  UNIDAD  NACIONAL.

Por otra parte, cuando fue capitalizada la ciudad de Buenos Aires, Roca tuvo que optar entre la política federal de Rosas concertando acuerdos multilaterales con las provincias menos favorecidas, sin mengua de su prestigio de caudillo, en atención al ‘Bien Común’ argentino de la época, o seguir la política unitaria de Mitre posterior a Pavón, centralizando sin asco el poder en Buenos Aires con el propósito de obtener la mayor ventaja la capital porteña, enriquecida con el comercio de ultramar, dando la espalda en definitiva a casi todo el interior del país (las provincias pobres). Así el ‘Bien Común’ en el caso de la política porteñista o unitaria de Mitre, brillaba por su ausencia. Don Bartolo empleó la fuerza militar  para imponerse,  con el apoyo eficaz de Sarmiento. Roca, en cambio, continuaría de algún modo dicha política, pero buscando la alianza con el capitalismo inglés –propiciada en ‘Las Bases’ de Alberdi-, además emplear su innata astucia de ‘zorro’ ya consagrado como tal, telúrica cualidad de la que carecía Mitre.

Así pues, entre la política de Rosas de unidad nacional y la política de Mitre de unidad nacional, Roca tuvo que decidirse en 1880. Al principio pareció que iba a retomar la línea federal, en cierto modo como heredero y sucesor del que fue del viejo partido Autonomista después de la muerte de Alsina. Sin embargo Roca, de hecho, optó en definitiva por la política de Mitre; por el unitarismo mitrista (aunque disimulado por meras razones electoralistas), el cual unicatismo de Roca se impondrá en toda la línea una vez sancionada la ley de Capitalización de Buenos Aires transformando su primitiva tendencia federalista en unitarismo crudo; en ‘roquismo’ a secas. Tal vuelco a cuento ochenta grados habría de favorecer en gran medida las miras hegemónicas de la masonería internacional, en su momento y, -¡cuándo nó!- a la política comercial de Inglaterra. Entonces Buenos Aires, rápidamente transformada en ‘sociedad de consumo’, irá creciendo hasta nuestros días como muy bien lo señaló Martínez Estrada en su conocido libro “La Cabeza de Goliat”. Proceso patológico, desarrollo canceroso de la Capital del país, que todavía lo estamos soportando. Para desgracia nuestra y de nuestros hijos.

LA  LUCHA  RELIGIOSA  DE  1881-82.

Casi de inmediato, el conflicto religioso propiamente dicho estalló en 1881 en la provincia de Córdoba. Lo relata con todo pormenor el Dr. Ramón Cárcano en sus memorias. Cárcano era un aventajado estudiante universitario cordobés y uno de los líderes  de la juventud izquierdista (digamos así), extremista, liberal, anticlerical, antitradicionalista. En fin, lo que hoy llamaríamos la extrema izquierda ideológica.  Bueno, en Córdoba estalló el conflicto cuando se discutían los estatutos de la Universidad, en el primer año de la presidencia de Roca.

La tendencia anticlerical se manifestó con la insólita designación de profesores ‘libre pensadores’ en las vacantes para ocupar las cátedras de teología –nada menos-; materia ésta que se dictaba en la vieja Universidad de Trejo y Sanabria fundada por los jesuitas. Y ello provocó un estampido de indignación en toda Córdoba, cuyo eco también recogió Buenos Aires; produjéronse manifestaciones en las calles porteñas, llegando a ocupar, un grupo católico enfervorizado, la Cátedra metropolitana como reacción contra el insolente desafío cordobés. El Arzobispo Mons. Aneiros se solidarizó con los manifestantes. El Nuncio Apostólico Mons. Matera también lo hizo, y así quedaron rotas las relaciones –en una primera instancia- entre la Iglesia y el Gobierno.

Pero el pleito religioso agravose a raíz de la convocatoria al ‘Congreso Pedagógico’ en el mes de agosto de 1882. Este Congreso, en un principio, no tenía ninguna filiación ideológica aparente. Convocado con propósitos de mejorar la enseñanza, el mismo fue integrado no sólo por liberales sino también por católicos, quienes al advertir la clara orientación anticlerical, abandonaron el recinto de sesiones y se retiraron del Congreso.

En cuanto al brillante grupo de jóvenes pertenecientes al grupo liderado por el Dr. José Manuel Estrada, en materia de ideas políticas era de tendencia moderadamente liberal, como lo fuera su generación toda en las postrimerías del siglo XIX. Influenciado por los ‘proscriptos’ antirrosistas y románticos europeos de la época siendo muchachos comenzaron admirando el planteo social-cristiano de Lamennais y Lacordaire, pero nunca, a pesar de ello, dejaron de obedecer fielmente las enseñanzas del Sumo Pontífice reunidas en las Encíclicas ‘antimodernistas’ que a la sazón difundían como doctrina de la Iglesia, los Papas desde Roma.

Al retirarse engañados de las sesiones del ‘Congreso Pedagógico’ a fines del invierno de 1882, recién entonces la ‘elite’ católica movilizada a fondo, jugóse valientemente contra el gobierno agnóstico de Roca quien declaró cesantes de sus cátedras universitarias –obra del Ministro Eduardo Wilde- por lo menos a los profesores Estrada y Emilio Lamarca: ambos docentes distinguidos que quedaron sin empleo de la noche a la mañana. Consumábase así, el primer acto arbitrario, odioso, del ‘unicato’ presidencial.

Al partido UNIÓN CATÓLICA creado enseguida para combatir la política educacional de Wilde y el tartufismo de Roca, lo presidió el Dr. José Manuel Estrada, a quienes secundaban :Pedro Goyena (que era Diputado Nacional a la sazón); el Dr. Tristán Achábal Rodriguez (también Diputado por la ‘docta’ en el Congreso); el Dr. Emilio Lamarca (fundador de los ‘Cursos de Cultura Católica’ de Buenos Aires); Santiago Estrada (hermano de José Manuel); Miguel Navarro Viola; el cordobés Manuel Pizarro (que había sido Ministro de Roca, sustituido ahora por Wilde); Emilio de Alvear (hijo del general ) y una pléyade de jóvenes porteños y provincianos batalladores y entusiastas. Comenzaba ya, una guerra que duraría más de diez años, incluyendo el corto período legal de Juárez Celman y la revolución del ’90 con su secuela de sangre y anarquía, hasta el segundo gobierno del general Roca, a quien la UNIÓN CATÓLICA nunca perdonó su apostasía.

EL ‘CONGRESO PEDAGÓGICO’ ANTICLERICAL.

Los masones del ‘Congreso Pedagógico’, promovidos y motorizados por un denominado ‘Club Liberal’ hacía propaganda atea en los periódicos, transformando ese club en una especie de comité político donde se cocinaban todas las candidaturas que triunfaban electoralmente, por supuesto, en los atrios de las Iglesias de Buenos Aires y el interior del país; muchas veces a balazos. La corriente librepensadora fue apoyada por el diario ‘El Nacional’ que dirigía Domingo F. Sarmiento.

Como si ello no fuera poco, en el ‘Congreso Pedagógico’ de 1882, copado por la masonería, se dijeron cosas tremendas contra la enseñanza religiosa, lo que determinó el retiro en masa de toda la representación católica. Como reacción subsiguiente, el Dr. Estrada fundó el 1º de agosto del mismo año, el diario ‘La Unión’. Mediante ese medio de comunicación masiva –como se diría hoy- empezaron los católicos a torpedear y refutar las intervenciones y debates del ‘Congreso’, con gran eficacia, comenzando de este modo la batalla por la Fe.

Ahora bien, la generación del ’80 fue una generación polarizada, es decir, contradictoria, porque había personalidades de un bando y grupos opuestos partidarios que chocaban entre sí. Como en las monedas la efigie (o la cara) correspondía a la falange liberal; y la seca (o la cruz: valga el símbolo) era asumida por los católicos  que escribían en el diario ‘La Unión’ y después fundaron la UNIÓN CATÓLICA como partido político argentino.

En efecto, era tan contradictoria la generación del ’80 que voy a nombrar algunos de sus personeros de primera línea para que se vea hasta que punto había disidencias hondas entre los propios contemporáneos. Veamos por ejemplo: ¿Qué afinidad en el enfoque ideológico podía haber entre Eduardo Wilde y José Manuel Estrada; entre Carlos Pellegrino y Leandro N. Alem; entre Torcuato de Alvear e Hipólito Irigoyen? ¿Entre Roque Sáenz Peña y Aristóbulo del Valle? Ninguna, en apariencia, al menos. Por lo que se intuye la división de bandos, cada uno atrincherado en su facción beligerante irreductible que anunciaba el inminente conflicto próximo, como se produjo en los años siguientes.

ROCA  CON  LOS  PROTESTANTES.

La campaña de oposición de los católicos en el ‘Congreso Pedagógico’ de 1882, afectó al Presidente de la República quien no tuvo inconveniente en demostrarlo en público, contrariando su natural reservado y paciente. El hecho ocurrió con motivo de la Semana Santa de 1883.

“Según la tradición –nos refiere el profesor  Auzá- el presidente solía visitar las Iglesia el Jueves Santo, acompañado de los empleados de las reparticiones nacionales, a quienes se invitaba a concurrir. El hecho sin dejar de ser criticado, era práctica que venía ejerciéndose normalmente. Cuerpos del Ejército solían hacerlo también por compañías y sin armas, en tanto que otras fuerzas hacían  guardia de honor en las procesiones. Las autoridades hacían, pues, pública profesión de fe y se asociaban a los actos del culto católico. El acercamiento del Sr. Roca al sector liberal que lo acompañaba, así como su distanciamiento de los grupos católicos que combatían su política, lo llevó naturalmente a dar prueba de su  resentimiento, impulso que no podía ser contenido por su innata y habitual  prudencia. En la Semana Santa de 1883 decidió no concurrir a la ceremonia, como era tradicional, en tanto ‘La Tribuna Nacional’ dirigida por Sarmiento, anunciaba que visitaría en esos días un establecimiento de campo situado en Pergamino. Se trataba de una medida premeditada y no casual, destinada a demostrar su encono hacia los católicos que, sin duda, como ocurrió, se sentirían desairados por el gesto del presidente. Los diarios católicos calificaron de escándalo la actitud presidencial, mientras que el diario oficialista ‘La Tribuna Nacional’, cosa rara esta vez, opinó en sentido contrario al presidente, entendiendo que éste debía concurrir a las ceremonias religiosas. ‘La Nación’, el diario de Mitre, se permitió aconsejar a los fieles que no se reunieran en lugares de aglomeración, para evitare ‘contagio de viruelas’. Poco después, el presidente mismo ratificaría su nueva posición asistiendo a la ceremonia del culto protestante, confundiéndose entre los fieles presentes. El pastor evangelista, según dicen las crónicas, advirtiendo la presencia del Gral. Roca, cambió el tema del discurso para alabar la misión del Poder Ejecutivo en el Congreso, ante la reacción católica. Ello, siempre según las crónicas, permitió al pastor Mr. Thompson, acreditar ‘sus reconocidas virtudes de propagandista’. Su sermón concluyó formulando abrumadoras acusaciones contra el catolicismo. Esta  fue la actitud de Roca frente a la fuerte oposición del diario católico ‘La Unión’. Pero en 1884, Roca da un paso más adelante en Córdoba, Entre Ríos, San Juan Mendoza y Catamarca. Eduardo Wilde designa como maestras de escuelas secundarias existentes en esas provincias –estaban vacantes los cargos, tradicionalmente ocupados por profesores católicos-, a un equipo de trece pedagogas protestantes importadas de los Estados Unidos. Esto provocó evidentemente una reacción, sobre todo del  Vicario Capitular cordobés Gerónimo Clara; actitud que le valió la destitución por parte del Gobierno Nacional. El que andaba en estos enjuagues era Juárez Celman, el concuñado de Roca, que era gobernador de la provincia de Córdoba (estamos en el año 1884). El Vicario Capitular Clara es destituido, y el Nuncio Apostólico Mons. Matera, solidarizándose con la posición de Clara, es expulsado del país”. Se le dan los pasaportes y se concreta así la ruptura total del gobierno argentino con el Vaticano, ruptura que duró hasta el segundo período presidencial de Roca.

EL DIARIO  “LA UNIÓN”  Y EL PARTIDO  “UNIÓN CATÓLICA”.

Pero esta ruptura realmente insólita, determinó la guerra a muerte entre los católicos y los liberales.

“Sólo a partir de la fundación del diario ‘La Unión’ funcionará la acción organizada de los católicos –escribe Auzá-. Con anterioridad, en 1881, los católicos que actuaban en el partido gobernante con Achával Rodríguez y Goyena, que eran diputados, venían efectuando una resistencia de tipo individual a la política del presidente. El partido propiamente católico nacerá en 1884 y se llamará ‘UNIÓN CATÓLICA’. Este intento de clasificar a las tendencias liberales y católicas en dos partidos, ese propósito de crear bandos, no fue obra de los católicos sino precisamente de la trenza de los cenáculos liberales. Estos se sentían ufanos con la denominación, pues equivalía como tenemos dicho, a un signo de cultura, a la vez que significaba pertenecer al partido del ‘Progreso’. Los católicos, en cambio,  resistían a la denominación que consideraban  no sólo arbitraria sino también contraria a la realidad sociológica del país. Se ve aquí un signo más de ese espíritu de imitación que guiaba a los hombres autodenominados liberales. Ellos querían asimilar el país a una realidad política que sólo se daba en Europa. No había en la República condiciones  para la existencia del partido clerical con el programa de reivindicaciones que podrían propiciar aquellos partidos europeos. En la historia del país no había existido nunca un partido clerical o liberal, y ni siquiera un intento de constitución de los mismos: así lo hacía notar el dr. Achával Rodríguez en el Congreso al debatirse la Ley de Enseñanza. Se solía llamar también a los católicos ‘ultramontanos’, como a los católicos europeos que se oponían a la reforma regalista. Esta denominación había sido ya usada contra Félix Frías, pero no alcanzó a popularizarse. Esa misma prensa que usaba el calificativo importado, en ciertas ocasiones un poco jocosamente, llamaba a los católicos con esta expresión: ‘católicos pur sang’, mezclando la picardía criolla y la sal francesa. Los católicos, a su vez devolvían el epíteto llamando a los liberales ‘clerófagos pur sang’.

LA  LEY  1420.

Ironías aparte, la lucha no fue simplemente de motes y adjetivos entre el partido UNIÓN CATÓLICA y los masones. El año ’84 fue fatal porque como  tenían evidente mayoría en el Congreso los liberales, no les costó demasiado trabajo, salvo la oposición del Senado, aprobar la ley de Educación Laica: la ley 1420 que aún subsiste a pesar de todo.

El debate de esta funesta ley masónica está resumido por el padre Furlong en el libro ‘La Tradición Religiosa en la Escuela Argentina’, cuando dice: “Es vergonzosa y hasta bochornosa la génesis de la ley 1420, al menos en lo que respecta al art. 8, que era a la postre lo único que interesaba, y no menos vergonzoso y hasta increíblemente hilarante el ‘Congreso Pedagógico’ que precedió a aquella ley y que se celebró en 1882 y del cual se vieron constreñidos a retirarse todos los hombres de bien… Tan patente era su falsía y su mistificación. Aquella ley, la 1420, fue una copia servil de una ley extranjera. Se copió a la letra lo que en 1880, había hecho en Francia el entonces ministro de Instrucción Pública de aquel país, Julio Ferry (socialista). Este, como documentalmente ha expuesto M. Weill, profesor de la Universidad de Caen en su ‘Historia de la idea laicista en Francia’ fue respaldado cuando no empujado a la laicización de la escuela francesa por la Masonería, la cual, tres años antes, en 1877, se había laicizado a sí misma, ya que en ese año el Gran Oriente francés había acordado suprimir al Gran Arquitecto en todos los documentos masónicos (eran más papistas que el Papa –digo yo-; eran más arquitectos que el Gran Arquitecto, por lo visto), Y así lo hizo a pesar de la oposición del Supremo Consejo Escocés. Las logias inglesas, indignadas, rompieron con sus ‘hermanos’ de Francia a raíz de este atentado a la verdad, a la dignidad humana y aún al sentido común… El 4 de julio de 1883, se dio comienzo al debate en las Cámaras. Se discutió la ley 1420 de Educación Común, que según el proyecto de la comisión de Culto e Instrucción Pública exigía en su art. 3º, un mínimo de tiempo para la ‘moral y la religión’ y por el inc. 9º se reconocía –hipocresía mediante- como ‘necesidad primordial la de formar el carácter de los hombres por la enseñanza de la religión’. Es decir, que se declaraba que los profesores de religión  que hasta ese entonces habían enseñado a las juventudes, no estaban preparados suficientemente según Sarmiento, y entonces se los retiró para que se instruyeran de acuerdo a las consignas masónicas del propio Sarmiento. Esta ley fue tremendamente atacada en las Cámaras por los diputados católicos Pedro Goyena, Tristán Achával Rodríguez, Emilio de Alvear (que también pertenecía al grupo católico), el Pbro. Rainiero Lugones y el Sr. Dámaso Centeno. Por parte de los liberales, Onésimo Leguizamón, Luis Lagos García, el católico nominal Delfín Gallo, Emilio Civit y el Dr. Eduardo Wilde, Ministro de Justicia e Instrucción Pública –añade el padre Furlong-. Fuera del Parlamento bregó en contra: José Manuel Estrada; y a favor de la proyectada ley, Domingo F. Sarmiento. Fue aprobada la ley en la Cámara de Diputados pero fue rechazada en la de Senadores. Al año volvió a la Cámara inferior, y el 23 de junio de 1884 fue aprobada sobre tablas en forma sorpresiva. Nicolás Avellaneda, quien con el sanjuanino Rafael Igarzábal, sostuvo en la Cámara alta y denodadamente los derechos de Cristo en la Escuela argentina, calificó a la nueva ley como ‘la ley de la desgracia nacional’; y hoy, al cabo de siete decenios –concluye Furlong- podemos asegurar que ha sido la ley de las desgracias nacionales”.

SARMIENTO:   EL  “GRAN MAESTRE”.

Vamos ahora a Sarmiento, que está absolutamente retratado en este discurso que voy a citar enseguida. En 1882, nuestro ‘prócer’ asume el más alto grado de la Masonería en la Argentina.

Para Sarmiento –“ídolo” escolar de mi infancia-, estimulado con semejante título directivo:  “… ya la ambigüedad no cabe y por más que él se aferre a sostener que no es contrario ni enemigo de la Iglesia Católica, sus actos lo van a demostrar claramente como un enemigo encarnizado de la fe de sus mayores” –escribe Pedro de Paoli en su libro:  “Sarmiento, se gravitación en el Desarrollo Nacional”- . ¿Es la masonería la que exige esta actitud? ¿La asume él, Sarmiento, por obediencia a esta Institución? Sarmiento, que jamás perteneció en verdad a ningún partido, porque él, como realmente lo ha sostenido siempre ha sido en todo momento DON YO. ¿Ahora es carne y alma de la masonería y obedece como fiel hijo de ella a sus mandatos? ¿O es que ese sentimiento en contra de la Iglesia Católica ha venido incubando desde su juventud y ahora hace eclosión, al mismo tiempo que se lo ordena la logia? Sea lo que fuere, el caso es que ahora, sin cortapisas y sin reticencias, Sarmiento, a la luz del día, es un encarnizado enemigo de la Iglesia Católica Y es a partir de ese año de 1882 en que él consagra los más de sus esfuerzos a esa lucha. Toda otra actividad suya hasta el día de su muerte carece de mayor relieve. Como ya lo hemos reseña, desde ‘El Nacional’, diario que él dirigía atiza el fuego contra los católicos del ‘Congreso Pedagógico’ presidido por el masón prominente Onésimo Leguizamón. Deslígase (Sarmiento) de toda actividad política y personal, y se dedica exclusivamente a la campaña anticatólica; ya no está en ‘maestro’ ni en político, ahora está en masón. Se da al cumplimiento de esa misión, su misión (yo diría que desde ese momento  no es Sarmiento el ‘gran maestro’ como se nos ha enseñado en el colegio, sino más bien el GRAN MAESTRE). La Masonería, institución internacional, tiene tentáculos en todos los países del mundo, así como los tiene en Uruguay, o los tenía; país que por ser fronterizo con el nuestro conviene unirlo en la campaña anticatólica. Por eso, la Masonería organiza en Montevideo un acto con la invitación especial de Sarmiento, quien tendrá a su cargo en discurso central. Y así ocurre. Lo invita la Escuela Normal de Mujeres. Este es el verdadero motivo de la invitación. Y Sarmiento aprovecha, pues, para cumplir con su misión; a saber: un bárbaro( porque bárbaro es) ataque a la enseñanza religiosa y a las Hermanas Religiosas Educacionistas como las de la  Santa Unión del Sagrado Corazón . Ahora bien, en 1883, año de esta conferencia de Sarmiento, es el año de la cúspide de la parábola que el liberalismo traza en su lucha contra todo lo que formó la educación tradicional de la sociedad cristiana, católica por antonomasia. Al decir liberalismo decimos masonería. Pero es también la época en que la Iglesia católica, acosada en todas partes por la masonería, retempla su vigor y sale a la palestra en defensa de sus principios evangélicos. Es época de misiones educacionales; de propagación de la fe por medio de las congregaciones de la Santa Unión, de las Hermanas del Huerto, de la Misericordia, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, de los Salesianos, etc. Hombres y mujeres, Hermanos y Hermanas cuya misión inmediata en la vida de evangelización es la educación de la niñez y la juventud según la sagrada doctrina moral y divina de Cristo. De Francia, de España y de Italia, sobre todo, salen continuamente estas misiones hacia todo el mundo, una de cuyas partes es nuestro país. La Masonería argentina nota enseguida esta expansión  de la educación religiosa y le sale al cruce. Tal, el verdadero motivo de Sarmiento en Montevideo. Da su conferencia en la Escuela Normal de Mujeres”.

“¿Y de qué ha de hablar un maestro de maestros, el educador de América, en un acto de tal naturaleza? –sigo citando a De Paoli-. Pues ¿de métodos pedagógicos, de didáctica, de metodología? Pues no, Sarmiento no ha de hablar de nada de eso. Primero porque de eso no entiende nada. Y segundo, porque su misión verdadera no es esa, sino la de combatir la enseñanza religiosa católica. Y como no es capaz de hacerlo en forma elevada, con sabiduría, lo hará como es su estilo: chabacanamente, en forma gruesa y hasta soez, concretándose a un ataque inconcebible por lo insultante contra las Hermanas Religiosas educacionistas. Y así dice que- ahora vienen las comillas, que es lo interesante_ :”Se están introduciendo de Europa compañías de mujeres (‘compañías de mujeres’ ¿Qué les parece? Como si se tratase de un negocio ilícito de tratantes de blancas). Las Hermanas de las Congregaciones Religiosas –añade el sanjuanino blasfemo- para explotar comercialmente el ramo de la educación. Mi deber es indicar ese peligro que amenaza esterilizar las Escuelas Normales. Estas Congregaciones docentes son la filoxera de la educación y el cardo negro de la pampa que es necesario extirpar. ¿Qué vienen a enseñar a nuestras niñas, esas figuras desapacibles, Hermanas de caras feas, aldeanas y labriegas en su tierra? ¿Qué pueden enseñarle a nuestras niñas estas ignorantes? Así se mata la Civilización”

“Aquellas formas de mortaja no pueden servir para educar damas y señoritas –continúa Sarmiento-. Vienen de todos los rincones de Europa donde están barriendo y echando a la calle las basuras. Las Hermanes que van llegando han dejado de embrutecer chicuelas en las aldeas de Francia y vienen ahora a cumplir esta triste misión entre nosotros”. (Bueno, este es el prócer argentino de los liberales, ahora el ‘gran’ Sarmiento). Otra vez escribe: “¿Dónde está el criadero de estos enjambres de abejas machorras, las Hermanas educacionistas que vienen a comerse la miel de la enseñanza?” Y continúa: “…banda de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas nuestras mujeres. En Francia les han quitado la enseñanza porque no valían nada fuera de bordar escapularios. Recua de mujeres contratadas en Europa, hermandades de extranjeros, de machos y especuladores tonsurados y de hembras neutras. Todas estas comunidades deben ser desconocidas por el Congreso y alejadas de la educación, porque en diez años más estarán en su poder todas las escuelas del país. Hermanas y Hermanos emigrantes, lavanderas y mozas de labor, enganchadas en Irlanda para venir a enseñar a nuestras hijas lo que no saben, en lugar de ser mucamas, para lo que tampoco sirven gran cosa. Las Hermanas son intrusas, falsarias, mujeres colectadas en Europa a pretexto de religión, para ganar plata en América”.

“Estas arremetidas de Sarmiento –comenta De Paoli- en contra de todo lo que fuese culto católico, no eran acciones aisladas y de francotiradores. Al contrario, obedecían a un plan masónico buen organizado y buen meditado. Era la preparación del clima psicológico para el gran ataque que bien pronto se llevaría contra la enseñanza religiosa, y el medio de probar cuánta era la fuerza católica con la que se iba a tener que combatir. Cada ataque de Sarmiento era contestado por el diario ‘La Unión’ de los católicos. Escribían ese diario: Estrada, Goyena, Frías, Achával, Lamarca y otros de la misma altura intelectual. Frecuentemente se hacía reuniones católicas, las que eran tenidas en cuenta por los liberales masones para calcular el caudal cualitativo y cuantitativo del adversario”.

EL  ‘PROGRAMA SOCIAL’  DE  EMILIO LAMARCA  EN  1884.

Del primer ‘Congreso Católico Argentino’ contra la política masónica de Roca, convocado en Buenos Aires por el grupo católico en 15 de agosto, día de la Virgen (¡ojo!), del año 1884, sólo citaré su programa social muy interesante, redactado por el Dr. Emilio Lamarca –destacado economista y profesor de la Universidad-, que seguía al  pié de la letra (con justicia) la doctrina de las Encíclicas papales de la época; la Doctrina Social de la Iglesia.

Por primera vez en el país se debatía en un Congreso político este Programa Social, pero antisocialista, en la Argentina del ’80. Es importante señalarlo. Quedará, sin embargo –pese al intenso sabotaje del liberalismo individualista desde las esferas del gobierno y desde el extranjero –como un valioso antecedente a la Argentina católica de hoy. El programa dice:

“ 1) Organización nacional de las asociaciones Católicas, se difusión y desarrollo en las provincias. (En plena era liberal-masónica, digo yo, cuando las sociedades modernistas estaban absolutamente atomizadas por leyes y decretos, y no se permitía la formación legal de grupos organizados –lo que se ha dado en llamar los ‘grupos intermedios’-, nuestros católicos de hace un siglo volvían, no obstante, a esta doctrina de la Iglesia que es de gran actualidad).

“ 2) Convocatoria periódica de Asambleas Católicas nacionales.

“ 3) Fomento de la prensa católica, su sostenimiento; lucha contra la prensa irreligiosa. (¡Qué actualidad tiene esto en 1981! Porque el ateísmo periodístico no solo se da entre nosotros en la prensa diaria; se propaga ahora y desde hace tiempo por la radio y canales privados de televisión, según nos consta a todos).

“ 4) Propaganda por el cumplimiento de los preceptos divinos y particularmente la santificación de los días de fiesta. Difusión de las verdades religiosas. (Mal que le pese a Borges).

“ 5) Conveniencia y aún necesidad  de organizar en la República la Alianza de los católicos.

“6)  Inscripción de todos los católicos en los registros cívicos nacionales, provinciales y municipales.

“ 7) Participación directa concurriendo  a los comicios públicos.  (Las elecciones de entonces, comento yo, se ganaban no pocas veces  con el Remington).

“ 8) Creación de Escuelas Católicas, protección de las ya existentes, combatiendo las llamadas laicas y ateas. (Que tome nota de esto el ministro Burundarena).

“ 9) Establecimiento de Talleres para obreros, de Escuelas de Artes y Oficios, de Oficinas de colocación y Círculos de obreros. (Esta obra la llevaron a cabo, desde entonces, sólo los Padres Salesianos en nuestra patria)”

“Los católicos uruguayos –dice el profesor Auzá para finalizar- acompañaron a los católicos argentinos en sus deliberaciones en este Congreso. Integraban la delegación: Juan Zorrilla de San Martín (a quien, entre paréntesis, rindo yo aquí un homenaje, porque es un prócer uruguayo olvidado y era uno de los pocos representantes intelectuales de la generación del ’80 uruguaya, profundamente católico, apostólico y romano); el Dr. Joaquín Requena y el Dr. Francisco Bauzá. Fueron designados como autoridades del Congreso, por los delegados presentes, las siguientes personas: Presidente: José Manuel Estrada. Vicepresidentes: Dr. Manuel Pizarro; Dr. Juan M. Garro y el Sr. Félix Avellaneda.

 En la sesión de apertura hizo uso de la palabra el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Federico Aneiros” .

Este programa social-práctico del Dr. Lamarca cuyo texto completa acabo de transcribir, que hizo suyo el “Congreso Católico Argentino” del año 1884, de haber sido aplicado en su totalidad por los gobiernos argentinos que sucedieron al del presidente Roca, nos habría ahorrado sin lugar a dudas, tanto las luchas sangrientas de clase, cuanto las explosiones extremistas obreras de 1910 y 1919 en adelante, que afectaron profundamente la paz interna de la República (sin mencionar aquí el contemporáneo ‘Cordobazo’, estallado una década atrás, y su luctuosa secuela ‘guerrillera’ sofocada de momento, apenas, a partir de 1976). Por supuesto. Y el sindicalismo criollo de entonces, no habría necesitado valerse –habida cuenta de su lamentable orfandad político-cultural anterior a 1943- de las habilidades demagógicas de ningún Perón para redimirse de su condición de paria, al servicio del Socialismo Internacional y del Marxismo Ateo, como ocurrió históricamente entre nosotros hasta hace muy poco tiempo.

LA NUEVA  GENERACIÓN  DEL  ’80.

Ahora termino mi exposición con el siguiente mensaje, que dedico en especial, a la nueva GENERACIÓN DEL OCHENTA. A nuestros muchachos de hoy: gobernantes acaso en el próximo futuro tan incierto de la República. He aquí mi mensaje:

Vivimos tiempos trágicos en el mundo, y Uds. –muchachos nuestros de veinte y treinta años cumplidos o por cumplir- movilícense pronto (es urgente) en defensa de nuestra Fe, dando insobornable testimonio en todos los terrenos del quehacer nacional, en procura de una profunda restauración espiritual –y por añadidura política en orden al Bien Común católico- en la Argentina de los próximos lustros. Porque la Masonería no se duerme. Y la Izquierda marxista tampoco.

Triunfaréis, es cierto, muchachos tradicionalistas del ’80, si estáis unidos; pero sin acomodos equívocos ni complejos de inferioridad frente al inicuo mundo moderno, que niega la Verdad revelada e, incluso –a veces- la verdad a secas.

Nadando sí, contra la corriente turbia del escepticismo criollo; del ‘no te metás’ famoso; del materialismo ateo contemporáneo – no únicamente del comunista- y de la frivolidad que corrompe tantas conciencias jóvenes con promesas de una ganancia  crematística fácil.

¡Basta ya, en 1981 de complacencias narcisitas; de sexualismos freudianos fomentados artificialmente mediante la droga o el alcohol! ¡Basta ya de idolatrar ídolos de barro promovidos por una  propaganda masiva que adormece las almas! ¡Basta ya de mentiras demagógicas y de pacifismo liberal!  “Sursum Corda.

No se dejen robar ingenuamente, compatriotas de la novel generación del ’80, los frutos del trabajo nacional con el cuento viejo de la ‘eficiencia’ y la ‘competencia’ económicas. ¡Cuidado con los lobos rapaces ‘tecnocráticos’ disfrazados de inocentes corderitos! ¡A proteger, pues, el patrimonio comunitario nuestro, toda vez que la verdadera caridad empieza por casa!

Evitad  caer a toda costa en las redes de la ‘sociedad de consumo’ que nos animaliza a todos.  “La juventud ha sido hecha no para el placer sino para el heroísmo”. Hagamos de esta bella consigna de Claudel, nuestra invicta bandera de guerra. Preparemos desde ya el espíritu de nuestros nietos. Ahora mismo, con presteza. Pero atención: no se equivoquen otra vez el rumbo con utopías de cualquier tipo, los inmaduros púberes argentinos de la nueva generación. Sepan por anticipado, que en todos los tiempos: Milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre, al decir de Gracián.

¡Ya basta de cobardías disfrazadas! Bien está que sean tolerantes con el prójimo equivocado, pero férreamente intransigentes con el error. Nunca pierdan de vista la realidad que nos rodea, muchachos argentinos, pero sin bajar la guardia ni resignarse ante los embates del enemigo poderoso; aunque les cueste la vida a algunos en la demanda. Y aunque, en definitiva –Dios no lo quiera- acaso tengan que defender (solos y acorralados) el honor de Cristo Rey en nuestra patria: desde una catacumba o desde una trinchera. ¡Sin jamás renunciar a la lucha! 

(Esta publicación reproduce textualmente la conferencia que el autor pronunció en Buenos Aires, con el título indicado en la portada, en el salón de la calle Marcelo T. de Alvear 1149 (1º piso) la tarde del día 19 de junio del corriente año [1981], con el generoso auspicio del Círculo de amigos de Cabildo)