martes, 15 de noviembre de 2022

LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY ( 1°parte)*



Por: Alberto Ezcurra Medrano

PROLOGO

Para la inmensa mayoría de los argentinos el Paraguay se independizó en 1811. No es extraño que así sea, porque eso es lo que han aprendido desde niños en los manuales de Grosso y de Levene. Y si por casualidad llegan a enterarse de que Rosas consideraba al Paraguay como una provincia argentina, atribuyen esto a una simple genialidad del "tirano", fruto de su espíritu despótico, y no se preocupan de investigar todo lo que ha sido cuidadosamente ocultado por los cómplices de esa desmembración que lejos de ser la primera, como lo cree Levene, fué la última de las grandes mutilaciones del Virreinato del Río de la Plata. Explicar cómo se produjo y qué consecuencias tuvo, es el objeto de este breve estudio.

EL AISLAMIENTO

Producida la Revolución de Mayo, el Gobernador del Paraguay, que lo era entonces don Bernardo de Velazco, reunió el 24 de julio de 1810 una Asamblea de notables, en la que se adoptaron las siguientes resoluciones:

"1- Guardar fidelidad al Consejo de Regencia establecido en España a nombre de su legítimo soberano. "

2- Conservar correspondencia y amistad fraternal con la Junta de Buenos Aires, pero sin reconocerle superioridad. "

3- Formar a la mayor brevedad una junta de guerra que adopte las medidas conducentes a la seguridad y defensa de la Provincia".

Como Velazco continuaba reconociendo al Consejo de Regencia e intrigaba al mismo tiempo en favor de la Corte de Portugal, la Junta de Buenos Aires resolvió enviar a Belgrano, al frente de un ejército de 950 hombres, con el objeto de derrocarlo. Esta expedición —como es sabido— fué vencida en los combates de Paraguarí y Tacuarí, viéndose obligado Belgrano a capitular con el jefe del ejército paraguayo, coronel Cabanas. En virtud de esa capitulación, el ejército de Buenos Aires evacuó el Paraguay.

A pesar de su triunfo sobre Buenos Aires, no duró mucho tiempo el gobierno de Velazco, que indudablemente no respondía al sentimiento paraguayo. El 14 de mayo de 1811, una conspiración dirigida por el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, el capitán Pedro Juan Caballero y los hermanos Yegros, obligó a Velazco a aceptar la coparticipación de la autoridad con Francia y con Juan Valeriano Cevallos. De inmediato Velazco entró en tratos con los españoles, lo que provocó su deposición y arresto, que se realizaron el 9 de junio. Las causas de esa destitución, fueron explicadas en un manifiesto, en el cual se expresaba, entre otras cosas, lo siguiente:

"La conclusión general de todo esto es que el empeño de don Bernardo Velazco y de los individuos del Cabildo en sostener la total división de esta Provincia, sin querer arbitrar o tentar un medio de conciliar su reunión con su libertad y sus derechos, sin querer reducirse a enviar sus diputados al Congreso General de las Provincias, con el objeto de fundar una asociación justa, racional, fundada en la equidad y en los mejores principios de derecho natural, que son comunes a todos y que no hay motivo para creerse que hayan de abandonar u olvidarse por un pueblo tan generoso e ilustrado como el de Buenos Aires; ha sido una conducta imprudente, opuesta a la prosperidad de la Provincia y común felicidad de los naturales...”

Firmaban este manifiesto los siguientes jefes militares: Pedro Juan Cevallos, Fulgencio Yegros, Antonio Tomás Yegros, Mauricio José Troche, Vicente Iturbe, Francisco Antonio González, Juan Bautista Rivarola, Manuel Iturbe, José Joaquín León, Mariano del Pilar Mallada, Blas Domingo Franco, Agustín Yegros y Pedro Alcántara Estigarribia.

Así pues, la principal causa del derrocamiento de Velazco fué su política separatista y el móvil de los distinguidos jefes y oficiales paraguayos que firmaron dicho manifiesto no fué otro que la unión con Buenos Aires.

El 17 de junio del mismo año 1811 se reunió el Congreso de la Provincia, presidido por Francia y Cevallos, y el 19 el diputado Molas propuso lo siguiente:

"1º La creación de una Junta de Gobierno, compuesta de Fulgencio Yegros, doctor Francia, Pedro Juan Caballero, doctor Francisco Javier Bogarín y Fernando de la Mora. "

2° Que no solamente el Paraguay mantenga buenas relaciones con Buenos Aires, sino que se una con ella para formar una sociedad fundada en principios de justicia, equidad e igualdad.

"3º Que a este efecto se nombre diputado al Dr. Francia para representar a la Provincia en el Congreso General anunciado por la Junta de Buenos Aires."

4- Que se suspenda toda relación con España, hasta la suprema decisión del Congreso General de Buenos Aires".

A pesar de esta resolución, que fué aprobada por aclamación, el diputado no fué enviado a Buenos Aires, debido a la oposición del mismo Francia, que para ello había sido designado. Fué remitida en cambio una nota, la famosa nota del 20 de julio, redactada en términos algo vagos. Esta nota ha sido considerada como la notificación de la independencia paraguaya. Y sin embargo, si bien se sienta en ella la doctrina de la reasunción por los pueblos de sus derechos primitivos —ya proclamada por Moreno— y se establecen las condiciones bajo las cuales el Paraguay está dispuesto a la unión con las demás provincias, de ninguna manera proclama o notifica una independencia absoluta. Por el contrario, afirma, refiriéndose a la "Provincia del Paraguay", que "su voluntad decidida es unirse con esa ciudad y demás confederadas, no sólo para conservar una recíproca amistad, buena armonía, comercio y correspondencia, sino también para formar una sociedad fundada en principios de justicia, de equidad y de igualdad".

En un bando del día 14 de septiembre, la Junta paraguaya declaró que "se felicitaba por el éxito de nuestra unión y negociaciones políticas con la ciudad de Buenos Aires" y porque "de un solo golpe recobramos nuestro lugar entre las provincias de la Nación, de cuyo número se nos quería borrar".

El tratado del 12 de octubre de 1811, negociado entre Francia por parte del Paraguay y Belgrano y Echevarría por parte de Buenos Aires, confirma la unión con las demás provincias argentinas. En el preámbulo establece que su objeto es "la unión y común felicidad de ambas provincias y demás confederadas". El artículo 1º acuerda las medidas de seguridad común a todas las provincias contra los enemigos interiores y exteriores de la Nación Argentina. El artículo 2º estipula para el Paraguay el cobro de derechos en la misma forma que en las demás provincias y para el fin de conservar la unión y seguridad nacional. El artículo 3º arregla el cobro del derecho de alcabala en el mismo sentido de unión nacional. El artículo 4º sujeta a la decisión del Congreso de todas las provincias la demarcación de los límites del Paraguay y Corrientes. Y el artículo 5º establece la unión federativa y alianza indisoluble del Paraguay con las demás provincias confederadas, bajo la base de la independencia de que cada una de ellas goza para su régimen interior provincial.

Todavía en nota oficial del 19 de agosto de 1812 el Gobierno del Paraguay declaraba que "no aprovechará jamás en trance alguno las ocasiones que pudieran dispensarlo de la obligación sagrada que contrajo con el pueblo de Buenos Aires, por impulso de pública utilidad y no por las miras de intereses y conveniencia temporal".

Desde 1813 se inició de hecho en el Paraguay la larga época de la dictadura del Dr. Francia y con ella una política de tendencia más que separatista, aislacionista. Si bien es cierto que el Congreso de 1813, como nuestra Asamblea del mismo año, dictó una serie de decretos qué parecían expresar voluntad de independencia, debemos hacer notar que nunca fueron comunicados en tal sentido a Buenos Aires. Y así el Archivo Americano podría decir años más tarde: "Ni renuncia ni retractación, ni reclamos, ni declaración de ningún género para anular las estipulaciones del tratado del 12 de octubre de 1811, jamás fueron hechos por el Dr. Francia ante el Gobierno Argentino"[1]. En cuanto al nombre de República del Paraguay y las armas y colores nacionales adoptados, no se trata de un caso único en nuestra historia. También hubo una República del Tucumán y una República de Entre Ríos y ni Aráoz ni Ramírez son hoy considerados como separatistas. La no concurrencia al Congreso de 1816, tampoco significa nada. Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes no estuvieron representadas y no por eso dejaron de pertenecer a la familia argentina.

El aislamiento paraguayo, bajo la dictadura de Francia, es perfectamente explicable. El hecho de que no haya declarado la independencia, es indicio suficiente de que Francia no se hubiese opuesto a dejar que se operase por sí misma la reabsorción del Paraguay en el conjunto más vasto a que pertenecía. Pero en la realidad ocurre lo contrario. Las Provincias Unidas del Río de la Plata, en vez de absorber, se disuelven. En Buenos Aires el Triunvirato, bajo la influencia localista rivadaviana, en vez de procurar atraer al Paraguay, adopta medidas arbitrarias, tendientes a dejar sin aplicación el tratado de 1811. Así mientras éste abolía el estanco de tabaco, declarando libre su comercio, el reglamento dictado por el Triunvirato el 1º de septiembre de 1812 dispone en su artículo 39: "Los tabacos extranjeros o de provincias separadas de la jurisdicción de este superior gobierno pagarán a su introducción duplicados derechos que los impuestos a los nacionales". Y se crea en Corrientes una aduana como "punto de frontera". El Paraguay protesta en una nota que marca el principio del aislamiento: "Por último —dice— concluímos que con Buenos Aires nada se adelanta, y nada hay que esperar, aun tratándose de la justicia y buena fe con que deben observarse los tratados". El año 1813, en que se acentúa el aislamiento, es precisamente el mismo en que la Asamblea del Año XIII rechaza la diputación oriental por el hecho de traer un pliego de condiciones que coincidía, en lo substancial, con los derechos otorgados al Paraguay por el tratado de 1811. Al año siguiente, Artigas, amigo y aliado del Dr. Francia, es declarado infame, privado de sus empleos, fuera de la ley, enemigo de la patria y puesta su cabeza a precio. Al mismo tiempo los gobiernos porteños, sin saber qué hacer con la independencia obtenida, comienzan la búsqueda ansiosa de un amo, sea bajo la forma de una monarquía extranjera, sea bajo la de una simple sumisión a Inglaterra. Viene luego el directorio de Pueyrredón y no sólo se intensifica dicha búsqueda sino que su ministro en Río, Manuel José García, hombre de espíritu colonial, negocia la invasión portuguesa a la Banda Oriental para concluir con la "anarquía" de Artigas. La invasión del enemigo tradicional se produce y Pueyrredón y su logia la toleran. Más tarde, ya vencido Artigas, el mismo Pueyrredón azuza contra el Paraguay al caudillo Ramírez. Una conspiración de amigos de éste es descubierta y ahogada en sangre. ¿Qué otra actitud podía asumir el Dr. Francia, ante semejantes hechos, que la de aislarse para preservar al Paraguay de la guerra civil y de la dominación extranjera? No arrancaba con ello a su provincia del tronco secular. Tal vez deseaba mantenerla íntegra e incontaminada para la hora de la patria grande.

Si por parte del Paraguay no se produce ningún acto de independencia, menos aún existe alguna actitud que la autorice por parte de Buenos Aires. La ley de 9 de mayo de 1825, por la cual la Argentina se desprendió del Alto Perú o el tratado de 1828, que dió la independencia al Uruguay, no tienen su similar en la historia de la desmembración del Paraguay.

En 1815, el Director Pueyrredón pidió al Gobierno paraguayo un contingente de 4000 hombres para el ejército nacional, y el doctor Francia se manifestó dispuesto a enviarlo, siempre que el gobierno general sufragara los gastos necesarios, que la provincia no podía hacer por su sola cuenta.

Al legislar el Gobierno Argentino, por decreto de 23 de noviembre de 1816, el cabotaje y navegación de los puertos de la República y de sus ríos interiores, dispuso que se considerase como cabotaje mayor, excluyendo de él a los extranjeros, "la navegación de los Cabos de San Antonio, al interior del Río de la Plata, en todos sus canales, riachos, ensenadas y puertos del Norte y Sud, Banda Oriental y Occidental, hasta los confines de la Provincia del Paraguay".

La Ley de Aduanas del 21 de agosto de 1821 sigue concediendo al Paraguay, a pesar de su aislamiento, privilegios correspondientes a pueblos de una misma nación.

En 1824 el comisionado del Gobierno Argentino, Juan García de Cosio se dirigió, desde Corrientes, al Dr. Francia invitándolo a enviar representantes al Congreso Nacional. No habiendo tenido respuesta la primera invitación, le hizo una segunda y luego una tercera, con igual resultado. Nótese que Francia, si bien no responde a las notas, tampoco las rechaza ni niega al gobierno argentino el derecho de invitar al Paraguay a un Congreso de orden interno. Sigue firme en su aislamiento; pero nada más.

En 1825 ocurre un episodio interesante, aunque sin trascendencia, en la historia de esta desmembración. El Gobierno de Buenos Aires había enviado a Potosí dos delegados, Alvear y Díaz Vélez, para cumplimentar a Bolívar y solicitarle su auxilio en la inminente guerra con el Brasil. Bolívar opone a ello la existencia de obstáculos insalvables; pero, ofrece en cambio ocupar el Paraguay, con el fin de permitir a sus habitantes disponer de su propia suerte, o de anexarlo directamente a la Argentina. El Gobierno de Buenos Aires eludió responder a esta proposición. Los historiadores bolivarianos lo critican por ello. Blanco Fombona afirma que el  propósito de Bolívar era formar en América estados fuertes y que a la política bonaerense de la época debemos la pérdida del Paraguay. Sin embargo —y aun suponiendo que se hubiese equivocado en sus móviles el gobierno de Las Heras— creemos que estuvo acertado en el rechazo. Se trataba de un asunto doméstico que era prudente resolver entre nosotros, sin intromisiones extrañas, por bien intencionadas que se las supusiese. Este episodio sin trascendencia, demuestra por otra parte que al genio indiscutible de Bolívar no había escapado lo absurdo de la división argentino paraguaya. Ese mismo año de 1825, comienza a disgregarse el viejo Virreinato. El 10 de julio, cuatro provincias argentinas, con el consentimiento del Congreso nacional, declaran su independencia, constituyendo la República de Bolívar, hoy Bolivia. Al año siguiente se les une Tarija. Dos años después, tras una guerra militarmente ganada, perdemos la Banda Oriental por un tratado debido a la diplomacia inglesa, a la incapacidad rivadaviana, y a la acción nefasta de Manuel José García, "el más incondicional servidor que ha tenido Inglaterra entre nosotros", como tan acertadamente lo califica Scalabrini Ortiz. El espectáculo que ofrecíamos al mundo no era como para invitar al Paraguay a salir de su aislamiento protector e incorporarse a una nación que se disgregaba. Si allá en su retiro de la Asunción alguna vez el Dr. Francia soñó con la Patria grande, debió ver en esos años desvanecerse su sueño con honda melancolía. Y así, con un Paraguay separado de nosotros por casi 20 años de aislamiento, de decepción y de resentimiento, entramos en la época de Rosas.

 

*Alberto Ezcurra Medrano. La independencia del Paraguay. Ediciones católicas argentinas. Bs As. 1941



[1]  Archivo Americano. Septiembre 9 de 1848. Pág. 28.


martes, 11 de octubre de 2022

La leyenda negra y el verdadero sentido de la conquista española

 


Por: Edgardo Atilio Moreno


Hay mitos y leyendas que aunque refutados una y mil veces se resisten a morir, especialmente cuando son promovidos desde el poder. Uno de estos es el de la llamada Leyenda Negra  de la conquista de América. Este término -popularizado por el historiador Julián Juderias- hace referencia a una visión historiográfica ideologizada y falaz, que busca denigrar a España por todo lo que esta realizó en el Nuevo Continente a partir de su descubrimiento.

Esta leyenda negra fue pergeñada y difundida con fines políticos, económicos y religiosos por los países enemigos de España tomando como base las denuncias por abusos a los indios que en el siglo XVI hizo el fraile dominico Bartolomé de las Casas.

Estas denuncias tenían ciertamente una base de realidad pero eran claramente exageradas y en muchos casos directamente falsas; sin embargo sus divulgadores las utilizaron para imponer la idea de que los españoles habían cometido América todo tipo de crímenes, vilezas y crueldades, en forma sistemática.

De más está decir que los autores de esos panfletos omitieron siempre hacer alguna mención de los crímenes reales y de las atrocidades concretas cometidas por sus propios países. Ya sea dentro de sus propias fronteras o en sus empresas coloniales.

Cabe aclarar aquí, que quienes desde el revisionismo histórico genuino salieron al cruce de las mentiras de la leyenda negra no por eso plantearon como contrapartida una leyenda rosa al respecto; ya que ninguno de estos autores puso en duda la existencia de injusticias, abusos, y crímenes que en muchos casos cometieron los conquistadores y encomenderos, especialmente en los primeros años de la conquista. Como dice Vicente Sierra, en su obra Así se hizo América, “¿Es que hubo abusos? ¡Vaya si los hubo! ¿Acaso no fueron hombres los que vinieron  de España?”.

Lo que sí hicieron estos historiadores notables, como Romulo Carbia, Vicente Sierra, Federico Ibarguren y Ernesto Palacio, entre otros, fue demostrar que el móvil principal de la empresa (aunque no el único) fue el de la evangelización de los aborígenes americanos, y que España hizo todo lo que estuvo a su alcance para proteger a estos de todo tipo de abusos e introducirlos en la civilización.

Las leyendas negras

Siguiendo esa línea, entre los mejores libros escritos sobre la temática, cabe mencionar la obra del Dr Antonio Caponnetto, Hispanidad y Leyendas negras, a la cual acudimos aquí para explicar el fenómeno de las leyendas negras.

Dice Caponnetto (después de haber denunciado la relación entre la llamada Teología de la Liberación y la Leyenda Negra) que es mejor hablar de las leyendas negras (en plural) pues se pueden distinguir tres versiones de esta: la leyenda lascasiana, la liberal y la marxista.

La primera de ellas –continua- fue la elaborada por el Padre Bartolomé de las Casas y “se ofrece con un sesgo bien intencionado”, pues sus denuncias tendrían por objeto asegurar el buen trato a los indios y evitar los abusos e injusticias que estos estaban sufriendo en manos de los conquistadores.

El problema con las denuncias del fraile –afirma Caponnetto- es que “apeló metódicamente a la mentira, a la exageración, a la generalización, al falso testimonio, al prejuicio y a todas las variantes del engaño sin excluir las patrañas más insostenibles y grotescas”; y que por ello su obra, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, no resiste el menor análisis científico. En efecto, De las Casas incurre en todo tipo de afirmaciones fantasiosas como la de los treinta mil ríos que asegura haber visto en la isla La Española, o la de los tres millones de indígenas que dice que vivían en Santo Domingo, cuando estos no pasaban de dos centenares, o la cifra de 24 millones de aborígenes eliminados, cuando en toda Hispanoamérica se calcula que apenas había poco más de 13 millones. Del mismo tenor son sus denuncias sobre los supuestos abusos cometidos por los españoles, sin dar detalles de en donde sucedieron, cuando, quienes los cometieron, etc., es decir sin dar ninguna precisión. Todo esto en el afán de imponer la falsa dialéctica del español malo y cruel frente al noble, bueno e inocente aborigen.

Por otro lado, consigna nuestro autor, que el cura de las Casas no fue el primero ni el único en preocuparse por la situación de los indios; ya que fue la propia Corona la que se ocupó tempranamente del tema. Ejemplo de ello es la actitud de Isabel la Católica cuando Cristóbal Colon  envió a España algunos nativos como esclavos, y la reina preguntó airada ¿Cómo se atrevían a esclavizar a sus súbditos? Y ordenó su inmediata libertad.

Además, la conducta pública del dominico distó mucho de ser coherente y caritativa. En efecto, si bien este decía defender los derechos de los indios, sin embargo se manifestaba a favor de la esclavitud  de los negros y justificaba la práctica de la esclavitud entre los aborígenes; de igual manera, al tiempo que afirmaba que todo el dinero procedente de América era un robo, planificaba expediciones en busca de oro y perlas. Todo lo cual hace poco creíble su prédica.

La segunda versión de la leyenda negra, la leyenda liberal –sigue diciendo nuestro autor- es producto “de las fuerzas combinadas del protestantismo y de la masonería dueñas de los países políticamente adversarios de España, principalmente Holanda e Inglaterra aunque también Francia y Alemania”, a partir de las falsas denuncias de Bartolomé de las Casas; y se caracteriza por hacer coincidir el anti hispanismo con el anti catolicismo. En ella la difamación de España es la excusa para atacar sobre todo al catolicismo, a la Iglesia católica.

Y un detalle más hace notar Caponnetto: si bien los liberales de los siglos XVIII y XIX agitaron la bandera anti española con fines independentistas, promoviendo el resentimiento de los indios en contra los españoles; posteriormente, en la segunda mitad del siglos XIX en adelante  “…incorporan un matiz diferente. La barbarie seguía siendo España  –incurablemente mala ya por condición intrínseca- y  la Civilización seguía siendo el universo anglo sajón; pero los indios, las dulces y sencillas ovejas lascasianas, cayeron en descredito y pasaron a pertenecer a la barbarie”; a la que había que reemplazar –como proponía Alberdi- o directamente exterminar , como decía Sarmiento.

La tercera versión, la leyenda negra marxista, es la más difundida actualmente. Al respecto dice nuestro autor que su tesis central es la caracterización de la Conquista y Evangelización de América como una invasión imperialista con fines estrictamente económicos. Por lo tanto, para reparar ese atropello, los pueblos así sometidos deben buscar su liberación; y esa lucha empieza, en primero lugar, rechazando y repudiando la superestructura ideológica (en particular la Fe) impuesta por los españoles, ya que esta es la justificación teórica de la explotación. En segundo lugar, recuperando la cosmovisión de los vencidos, o sea de las culturas precolombinas, llamadas originarias en la guerra semántica. Por eso es que hoy vemos como se reivindica –por ejemplo- los cultos a la Pachamama, hasta dentro de la Iglesia.

En esta versión, al igual que en las otras, los marxistas en tren de reivindicar a las culturas precolombinas también se ven en la obligación de ocultar la real situación de los pueblos indígenas antes de la llegada de los españoles.

Por eso esconden o tratan de justificar la práctica espantosa de los sacrificios humanos y del canibalismo; el estado de guerra permanente entre los diversos pueblos, las matanzas indiscriminadas, el saqueo, la esclavitud, las deportaciones, y los pesados tributos impuestos a las tribus vencidas. Ocultan el hecho de que la mayoría de los indios estaban sometidos a la tiranía de sus caciques; y que los indios comunes no eran los dueños de las tierras sino que tenían que trabajarla para unos jefes tenidos por dioses, que lo poseían todo. No quieren ver que los aborígenes no tenían ninguna legislación que protegiera sus derechos y que la única ley que imperaba era la del más fuerte. Razones todas estas que llevaron a que muchísimos indígenas se unieran a los españoles recién llegados buscando su protección.

En definitiva  la leyenda negra marxista pinta a la América precolombina como un paraíso en donde imperaba la libertad y la justicia, que fue arrasado por un imperialismo voraz y genocida, en complicidad con una Iglesia oscurantista; por lo que es justo el repudio y el rechazo a todo lo vino después del Descubrimiento, empezando por la misma noción de este.

Los lugares comunes

Habiendo hecho estas distinciones, Caponnetto pasa a analizar los tópicos o ideas que con más frecuencia repiten los detractores de la acción española en América.

Un primer lugar común es la acusación de que España se apropió de las tierras de los indios; “como si antes de la llegada de los españoles todo hubiese sido una distribución paradisiaca de parcelas y vergeles”, dice nuestro autor; y continua: “La verdad es que los indios ejercieron entre ellos, con toda naturalidad, las prácticas comunes del saqueo, la invasión armada, la expansión violenta, el reparto de bienes y tierras como botín de guerra y el despojo más absoluto de las tribus vencidas. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. Y la noción jurídica de propiedad era tan inexistente como la de igualdad. El más fuerte sometía al más débil, las tierras eran propiedad arbitraria de los jefes vencedores, el trabajo forzado para un estado despótico y divinizado resultaba la norma…”.

Dicho esto, se puede afirmar sin temor a exagerar que cuando llegaron los españoles a América los pueblos que encontraron no eran realmente los propietarios originarios de las tierras que ocupaban pues antes se las habían arrancado a otros pueblos, y estos a su vez a otros anteriores y así sucesivamente hasta remontarnos a los primeros viajeros que cruzaron el estrecho de Baring miles de años atrás.

Nos obstante ello, tal como lo dejaron dicho todos los autores que refutaron las leyendas negras, lo particular del caso y el gran mérito de España es que fue ella misma la que se planteó la licitud de su accionar e inquirió sobre cuáles serían los justos títulos que podían legitimar sus conquistas. Incluso frenó su empresa hasta resolver esa cuestión de conciencia.  Y la respuesta  a ese problema la dio el gran teólogo y jurista, Francisco de Vitoria, fundado los derechos de España en América el propósito evangelizador y en la necesidad de preservar a los aborígenes de las idolatrías y el gobierno despótico de sus caciques; y ese propósito prioritario fue el que le imprimió a la conquista un sentido misional y civilizador inédito en la historia.

Por otro lado la Corona, mediante numerosas Cedulas reales estableció que no se podía repartir entre los españoles las tierras de propiedad de los indios, solo se podían repartir las tierras que estaban baldías o sin uso. Y aunque en muchos casos esas disposiciones fueron transgredidas los nativos podían recurrir a las instituciones que protegían sus derechos. Los archivos históricos están repletos de multitud de pleitos y denuncias de este tipo en las que normalmente el vencedor era el nativo y de esa manera recuperaba sus derechos sobre su propiedad.

Otro lugar común es la supuesta sed de oro que habría sido el móvil principal de España en América.

Aquí también da en la tecla Antonio Caponnetto cuando dice que “no hay razón para ocultar los móviles económicos de la Conquista española, no solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado  y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana, ni con el orden natural de las cosas. Procurarse una compensación proporcional a los gastos o un beneficio decoroso ni tiene en sí mismo nada de perverso ni escapa a las reglas de juego de toda política económica en cualquier tiempo”.

Lo malo –continúa nuestro autor- habría sido anteponer el fin del lucro al Bien Común o buscar las ganancias a toda costa utilizando medios inmorales; pero eso no hizo España. Tal es así esto que por ejemplo no se dedicó al lucrativo  tráfico de esclavos, cuando casi todos los países de entonces lo practicaban.

Claro que hubo españoles que cometieron actos de pillaje, robos y otros abusos, reconoce Caponnetto, pero acotando que individuos así hay en todos los países, y que España no planeo ni ejecutó una política saqueadora, ni tampoco permitió el abuso por parte de nadie, para ello dictó una legislación protectora de los aborígenes única en el mundo e hizo todo lo que estaba a su alcance para que ella se cumpliera.

Por otro lado el oro y la plata que se extraía de América en gran parte se quedaban en el continente para solventar el desarrollo de la economía local, mientras que aquel que se enviaba a Europa también beneficiaba al nuevo mundo, pues en gran parte volvía en mercaderías y productos que se adquirían en el viejo continente.

Un tercer lugar común es el del supuesto genocidio llevado a cabo por España sobre los indígenas. Al respecto se debe decir sin ningún titubeo que España no planificó ni llevó a cabo ningún genocidio en América, mienten quienes así lo afirman. El genocidio es la eliminación sistemática de un grupo humano por motivos de raza, religión o nacionalidad; y eso no pasó en América. No hay ningún documento que lo pruebe. Como dice Caponnetto: “no hemos hallado nunca una línea oficial o privada de los protagonistas de la Conquista española, justificando, avalando, planificando u organizando el genocidio de las tribus americanas. Se encontraran muertes y guerras, batallas y derrumbes, escarmientos y venganzas, desquites, combates de todo tipo y gusto, pero ni esto corresponde ser llamado genocidio ni la causa bélica es la causa principal del descenso de la población indígena.”

Es cierto que la población aborigen experimento un descenso notable luego de la llegada de los españoles, sin embargo la principal causa de ello fue la difusión de enfermedades para las cuales los indios no tenían defensas. Así lo dice el gran historiador Vicente Sierra, en su ineludible obra Así se hizo América: “la causa principal de esta merma fue la viruela, plaga contra la que España luchó como pudo, al punto que la difusión de la vacuna alcanzó en Hispanoamérica el más alto grado de desarrollo cuando se la desconocía en muchas otras partes del mundo”.

En realidad las únicas matanzas sistemáticas que se dieron en América fueron la de los sacrificios rituales practicados antes de la llegada de los españoles. Por el contrario, los reyes de España –junto con la Iglesia- lo único que hicieron siempre fue tratar de proteger a los aborígenes de los abusos que  ciertos individuos cometían.

El sentido de la conquista

Habiendo quedado en claro los orígenes de la leyenda negra, así como las motivaciones de sus divulgadores; y habiéndose refutado rápidamente sus principales lugares comunes; digamos  para terminar –siguiendo al maestro Vicente Sierra- que en la Conquista de América lo que primó siempre fue el sentido misional de la empresa, presente incluso desde el inicio mismo de la gesta.

Por eso Federico Ibarguren, en esa joyita que es su libro Nuestra Tradición histórica, dice: “El sentido religioso de la conquista americana, desde el principio, fue planteado por Cristóbal Colon antes de arribar a estas tierras, que el creyó del Oriente. Y ello, siguiendo una estrategia que venía repitiéndose en Europa desde la época de las Cruzadas: la lucha contra el mahometano… su propósito aparte del comercial fue tornar viable un ataque por la espalda a los árabes –enemigos a muerte del cristianismo- para luego sitiarlos  y así evangelizar a los pueblos sometidos a Mahoma.”.

Así mismo, esa voluntad misional de la España conquistadora la encontramos expresa en las declaraciones de los monarcas del Descubrimiento. En Isabel la Católica cuando en su testamento dice: “Nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro VI, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer a los pueblos de ellas, y los de convertir a nuestra Santa Fe Católica…” ; y en Fernando de Aragón cuando en carta a Diego Colon del 3 de mayo de 1509 afirma: “Mi principal deseo siempre ha sido y es, de estas cosas de las Indias, que los indios se conviertan a nuestra Santa Fe Católica”.

Por eso es que España se esforzó en enviar a América cientos de misioneros  y curas. Con ese objetivo se construyeron cientos de iglesias y conventos, se fundaron escuelas y universidades; se crearon hospitales para indios; y se dictó una formidable legislación social protectora de los aborígenes, en la que se contemplaba la jornada laboral de 8 hs, el salario móvil, el descanso dominical, la prohibición de trabajar de niños y embarazadas, etc.. Por eso, los conquistadores, pudiendo levantar solo factorías en las costas americanas, se internaron y se asentaron en regiones en las que no había riquezas algunas, sino hambre, enfermedades y miserias.

Y esos fines misioneros de la conquista estuvieron presente también en los sucesores de los Reyes Católicos, especialmente Carlos V y Felipe II, y solo fueron dejados de lado con la llegada de los borbones, al comenzar el siglo XVIII.

Que el hombre moderno pueda entender que un Imperio se haya propuesto como fin primero en sus empresas de conquista la divulgación de la Fe, sabemos que es muy difícil. La mentalidad religiosa y teocéntrica de aquellos hombres que conquistaron y evangelizaron América hoy es incomprensible para muchos.  Sin embargo la ejemplaridad de la empresa de España en América debe ser recordada y reafirmada, pues el modelo de la Cristiandad, el proyecto de instaurarlo todo en Cristo, y la necesidad de la concordia entre el poder espiritual y el temporal, es un ideal que no ha caducado, ni puede ser abandonado.

lunes, 26 de septiembre de 2022

LA LEYENDA DE LA TIRANIA *

 


Por: Jordan Bruno Genta

Caseros es el primer triunfo decisivo de la política liberal en la Historia Argentina; no sólo extiende su influencia a todas las manifestaciones de la vida nacional, sino que logra imponer una gran falsificación de nuestra conciencia histórica para encubrir con la leyenda del tirano Rosas, la conducta desleal y oportunista de los emigrados, convictos y confesos de haber alentado la intervención extranjera y de haber negociado la desmembración del territorio; lo cual unido al oro que han recibido de los agentes imperialistas en pago de su inapreciable colaboración, configura la imagen siniestra de los "reos de lesa Patria", con la que ellos pretenden confundir a Rosas ante la posteridad. Y esta falsificación de nuestra Historia nos engaña acerca de lo que somos y tenemos que ser; nos extravía irremediablemente el juicio sobre las cosas que debemos respetar y las que debemos temer. La Patria es la Historia de la Patria.

¿Qué sentido del patriotismo y de sus deberes pueden tener los jóvenes argentinos que frecuentan el magisterio de los doctrinarios de la traición?

Leed y volved a leer esta respuesta de Alberdi a la pregunta sobre el deber argentino, con motivo del Bloqueo francés del Río de la Plata, publicada en "El Nacional" de Montevideo, el 28 de noviembre de 1838:

"¿Estará el deshonor, entonces, en ligarse al extranjero para batir al hermano? Sofisma miserable. Todo extranjero es hombre y todo hombre es nuestro hermano".

O esta apología de la traición de la Patria que Sarmiento hace en "Facundo", el más celebrado y difundido de sus libros; lectura obligatoria en nuestras escuelas públicas:

"… los que cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes: en una palabra, fuimos nosotros". (III Parte, cap. 2).

Y la verdad es que estos doctrinarios de la traición, los jóvenes esclarecidos de la brillante generación de Mayo, son mentores oficiales de la juventud argentina que los reverencia como a personalidades próceres y maestros de conducta civil, mientras Rosas continúa siendo "un reo de lesa Patria" y un monstruo moral.

Es necesario que el defensor de la soberanía nacional, sea execrado por los siglos de los siglos, a fin de que Urquiza, López, Mitre, Sarmiento y Alberdi, aparezcan revestidos con las acrisoladas virtudes del patriotismo y de 1a. fidelidad. Se trata de un fallo inapelable, de una sentencia definitiva, de un dogma secular que debe ser acatado en nuestras interpretaciones y valoraciones históricas. Nadie puede intentar la más leve modificación de este prejuicio, consagrado por los más celosos partidiarios de la variabilidad de todas las cosas. No hay como los declamadores democráticos de la Evolución Universal, para decretar inmutabilidades en el seno mismo de. lo que cambia indefectiblemente.

Dudar de la divinidad de Cristo es signo inequívoco de una mentalidad evolucionada y progresista; pero poner en duda la monstruosidad de Rosas es una aberración mental y un crimen inexcusable. Tal es el criterio de liberales y masones.

Los medios que se emplean para asegurar y mantener esta gran falsificación de nuestra Historia, superan en viieza y en cobardía a los que se usaron para combatir a Rosas en el poder. El ensañamiento contra Rosas muerto es todavía mayor que el mostrado hacia Rosas vivo. No se retrocede ante ninguna valla; si es necesario so oculta o se tergiversa la misma evidencia. No se respeta ni se considera en absoluto el juicio más autorizado, si ese juicio reconoce el patriotismo, la prudencia y la honestidad de Rosas; ni siquiera si es. San Martín quien lo dice.

Los mismos que estiman insuficiente la medida humana para exaltar a nuestro Gran Capitán y levantan altares laicos (grotesco intento de entronizar la idolatría del héroe por odio a Dios), no le escatiman agravios toda vez que declara su adhesión o le testimonia su gratitud argentina a Rosas. El penegírico se cambia en vituperio: San Martín es un viejo obcecado y reblandecido, un necio que habla con suficiencia de lo que no sabe o un padre agradecido por los favores dispensados a sus hijos.

Sarmiento en su biografía del General San Martín que figura en la galería de hombres célebres de Chile - Santiago, 1854, no vacila en mentir con su impavidez habitual, además de atribuir a la debilidad senil de San Martín su adhesión a la causa de Rosas:

"Nada de particular presentan los últimos años de San Martín, sino es el ofrecimiento hecho al dictador de Buenos Aires de sus servicios en defensa de la independencia americana que creía amenazada por las potencias europeas en el Río de la Plata. El poder absoluto del General Rosas sobre los pueblos argentinos no era parte a distraerle de la antigua y gloriosa preocupación de la independencia, idea única, absoluta y constante de toda su vida. A ella había consagrado sus días felices, a ella sacrificaba toda otra consideración. la libertad misma. Pocos meses antes de morir, escribió a un amigo algunas palabras exagerando las dificultades de, una invasión francesa en el Río de la Plata, con el conocido intento de apartar de la Asamblea Nacional de Francia, el pensamiento de hacer justicia a sus reclamaciones por medio de la guerra. A la hora de su muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo o deseando legársela a su patria, se la dedicó al general llosas, como defensor de la independencia americana... No murmuremos de esto error de rótulo en la misiva, que en su abono tiene su disculpa en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años del teatro de los acontecimientos, y las debilidades del juicio en el período septuagenario" (tomo III, página 296).

En otra página de su vastísima obra, comentando su visita a Grand Bourg, en el verano de 1845, emplea el mismo argumento para excusar a San Martín:

"…San Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza, anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas al defensor de la independencia amenazada, y su ánimo noble se exalta y ofusca...

"…San Martín era un hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la veje z… " (tomo V, pág. 114).

El subrayado nos pertenece, y abarca casi todo el texto porque queremos destacar los recursos innobles de que se vale Sarmiento para desautorizar la actitud de San Martín hacia Rosas y, al mismo tiempo, para reducir la. agresión imperialista a un fantasma, engendrado por el delirio obsesivo de un pobre viejo. Y también porque es un testimonio de la falta de escrúpulos de que hace gala Sarmiento, toda vez que estima oportuno mentir para lograr un determinado efecto. Si escribe una biografía de San Martín para hacer el elogio del héroe de la independencia, no conviene en absoluto que el legado de su sable aparezca como una decisión lúcida y serena; nada más fácil para el llamado Maestro de América, que es un consumado maestro en estas habilidades: "A la hora de la muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo y deseando legársela a su patria, se la dedicó al general Rosas… No murmuremos de este error de rótulo en la misiva que en su abono tiene su disculpa, en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años (suponemos que esta cifra es un error tipográfico) del teatro de los acontecimientos y de las debilidades de juicio en el período septuagenario".

Hemos repetido esta parte del texto para mostrar que solamente un impostor de oficio puede incurrir en esta burda falsificación y en esta inexcusable irreverencia. Si Sarmiento ignora en 1854 que San Martín había redactado su testamento seis años antes de morir, en estado de plena lucidez y dominio de sí, no puede ignorar,, que está inventando las circunstancias de la muerte del héroe para que, el legado a Rosas, aparezca como el acto irresponsable de un anciano moribundo que no sabe lo que hace.

El presidente de la Comisión Argentina de Montevideo, Dr. Valentín Alsina, le escribe a su amigo D. Félix Frías con motivo de la muerte de San Martín que acaba de conocerse en el Río de la Plata. El rencor que ha tenido que disimular en la obligada nota necrológica, lo desahoga en la discreta intimidad de la carta que está fechada en Montevideo, el 9 de noviembre de 1850:

" …Como militar fué intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado por los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles contra el extranjero.... Nos ha "dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna  y. . . pero mejor es no hablar de esto... "

La verdad es que todavía "aturde, humilla e indigna" a los abogados de la Democracia. Dicen venerar al héroe nacional, pero descalifican sus juicios en cuanto se oponen a sus intereses creados. Prefieren las mentiras de Sarmiento a las verdades ele San Martín, porque son discípulos aprovechados de la escuela histórica que D. Salvador María del Carril inaugura en nuestra Patria, con sus recomendaciones a Lavalle después de la ejecución de Dorrego, en diciembre de, 1828:

"…si para llegar siendo digno de un alma noble, es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad. se embrolla: y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos.. . "

Los empresarios de la falsificación metódica y sistemática de nuestra Historia, con aparato documental y crítica científica o sin estas formalidades aparentes, se sienten plenamente justificados por esta doctrina de la mentira patriótica, gemela de la que auspicia la mentira piadosa a fin de que el hombre muera como una vaca y no como un hombre.

Claro está que esta doctrina suele revestirse con las denominaciones propias de las filosofías a la moda: y por esto es que en los días que corren, se llaman lo mismo existencialismo que pragmatismo.

La mentira patriótica es la "verdad existencial" o la "verdad pragmática"; algo así como una ficción consoladora, confortable y estimulante para la vida de las naciones y que debe administrarse de acuerdo con las necesidades de cada momento y al hilo de la existencia histórica.

Los pueblos, se dice, tienen necesidad de "mitos" o de "mística" para vivir. La confrontación existencial de la última, guerra ha confirmado que el mito de la Democracia y de la Libertad continúa siendo la razón vital de la humanidad, frente, a los caducos nacionalismos autoritarios. Esto significa para los vigías de la dialéctica existencial que el mito saludable, la mística vivificante de las naciones, es todavía la Democracia made in U.S.A. o made in U. R. S. S.

Y el resurgimiento democrático de post-guerra, en nuestra Patria, exige mantener la leyenda de la Tiranía, más un obligado complemento que es.

 

*Tomado del libro San Martin, doctrinario de la política de Rosas. Ediciones del Restaurador. Bs As. 1950.


miércoles, 10 de agosto de 2022

Güemes Primer Gobernador Autónomo de Salta y su lucha por la Patria Grande

 

Prof. Jorge E. Camacho Ruiz

El Gral. Martín Miguel de Güemes, luego de derrotar al ejército realista en Puesto del Marqués en 1815, fue aclamado gobernador de la Intendencia de Salta un 6 de mayo de ese mismo año, convirtiéndose así  en el primer gobernador autónomo elegido por el pueblo de Salta, ya que  hasta entonces los gobernadores eran designados en Buenos Aires.

Un año antes el Director Supremo Gervasio Posadas, había dividido la Gobernación de Salta del Tucumán, en dos Intendencias: la de Salta, que abarcaba, Salta, Jujuy, Tarija y la parte occidental del Chaco y Formosa; y la del Tucumán que comprendía Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca.

Junto al cargo de Gobernador, Güemes, ejerció el comando de las fuerzas armadas de la Intendencia hasta su muerte ocurrida seis años más tarde; por lo que tuvo que lidiar con la realidad acuciante en tiempos de guerra y carestía, lo que lo obligo a tomar medidas poco simpáticas, puesto que afectaron a estancieros y comerciantes, resintiendo la economía de la antes esplendida Intendencia, alimentando así la a sus opositores y los enemigos de la causa patriótica.

Entre esas medidas odiosas estaban: la prohibición del comercio con el Alto Perú (que favorecía a los realistas que se abastecían de mulas en territorio salteño), medida impuesta anteriormente con el acuerdo del Gral. Manuel Belgrano; la eximición del pago del arriendo a los gauchos que no cobraban sueldo y estaban al servicio de la Patria (“estos pagan con su sangre decía” Güemes); y la implementación e incremento del tipo de monto de contribuciones obligatorias a favor de la causa Patriota.

Pero volviendo sobre las circunstancias en las cuales fue elegido Gobernador. El Directorio debió aceptarlo pues no tenía más alternativa, dadas las tempestades políticas del momento. Tengamos en cuenta que en ese momento se presentaba un cierto vacío de poder político a nivel nacional. El Director Supremo Alvear había sido depuesto un 10 de abril de 1815, asumiendo transitoriamente el gobierno, el Cabildo de Buenos Aires, hasta el nombramiento del nuevo Directorio como sucesor, designándoselo a Rondeau y a su remplazante Álvarez Thomas, por encontrarse el primero al frente del ejército del norte. Tampoco podemos obviar la influencia de San Martín en la actitud de Güemes y de un Álvarez Thomas, quién fuera éste el promotor de la sublevación de Fontezuela, contra Alvear opositor político de San Martín, en inteligencia con un “partido vecinal” en donde uno de sus participantes fue el señor Escalada, suegro de San Martín.

Además tengamos presente que bajo esas circunstancias los directoriales porteños, también se vieron forzados a aceptar a gobernadores autónomos como José Javier Díaz en Córdoba o Francisco Candioti en Santa Fe. Esa etapa de las autonomías versus centralismo fue anterior a lo que como resultado de esa confrontación haría su aparición seguidamente dos sectores políticos irreconciliables, el federalismo y el unitarismo, y por la cual tanta sangre se derramaría.

La elección de Güemes como gobernador, no sólo fue popular, esto es con el apoyo de todo el pueblo salteño en general, sino también con el respaldo de la gente más distinguida, entiéndase bien, no se trataba de un sufragio mediante las urnas como en la actualidad, no. Eran los representantes del Cabildo los electores, pero en esta ocasión con la algarabía de un consenso generalizado.

Güemes, una vez en el ejercicio del gobierno se dispuso a buscar el consenso de una ciudad hostil como Jujuy y finalmente lo logró. Posteriormente, durante los intensos debates en torno al congreso de Tucumán, Güemes en sintonía con San Martín, y en esos momentos, apoyó la monarquía constitucional; como también luego y desde su autonomía provincial apoyó la Constitución de 1819 y la unión nacional, a pesar de que muchos gobernadores de las provincias la rechazaran por centralista, Güemes lo hizo, por razones pragmáticas, ante la urgencia y la importancia de la unión, a los efectos de que no mermaran los recursos y los apoyos logísticos necesario para nutrir a las fuerzas del norte, tan necesario para la lucha contra los invasores realistas.

Al respecto entre los historiadores se desato un gran debate, entre los que sostuvieron que Güemes estableció así su adhesión al unitarismo y los que lo afiliaban con el federalismo.

No cabe duda que Guemes al aceptar su cargo como gobernador autónomo, tiene un ineludible vínculo con el federalismo y en absoluto con el unitarismo. Pero Güemes concibió un federalismo desde su propia coyuntura, es decir en el contexto de la lucha por la independencia. O sea que para entenderlo debemos ahondar en su percepción política, puesto que siempre combatió el anarquismo rioplatense, sea este de tendencia unitaria o federal que ponía en peligro la causa de la independencia. Ocurre que desde el lugar geopolítico en el cual se encontraba,  para Guemes era más urgente y fundamental terminar la guerra con España y conservar el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata en forma íntegra, que la definición por la forma federal o unitaria de gobierno; y esto lo pone a la altura de los sueños de un Belgrano y un San Martín, por consolidar la Patria Grande y evitar la disgregación pergeñada por la inteligencia del imperio británico de lo cual contaba con información reservada.

Pero ¿de dónde le procedía esa fuente de información? De su ministro de hacienda Pedro de Cevallos, éste era hijo del creador del Virreinato del Río de la Plata, nada menos; y por herencia familiar y una tenaz labor investigativa, se lo consideraba el más entendido sobre los proyectos y ambiciones lusitanas y británicas. De todo esto nos da cuenta un informe geopolítico del año 1816 del tratadista Miguel José Lastarria y Villanueva (1). Pero además Güemes quién había tenido su bautismo de fuego combatiendo durante las invasiones inglesas en 1806 y 1807 estaba totalmente compenetrado de quiénes eran nuestros históricos enemigos.

Si Güemes con su ejército hubiese logrado unirse con San Martín en el Perú, como estaba planificado, muy difícilmente se habría disgregado las Provincias Unidas del Río de la Plata, y la Patria Grande se hubiera preservado. Curiosamente, cuatro  días antes de que Güemes emprendiera la marcha hacia el Perú, fue herido de muerte, triste fue su destino, el de su familia, y así también se consumieron los sueños de una gran Nación Bioceánica.

Finalmente cabe señalar respecto al Federalismo de Güemes, lo que el historiador Atilio Cornejo en su Historia de Güemes, expresa: “El federalismo de Salta consistía en el respeto que exigía de sí misma como integrante de las Provincias Unidas. Aspiraba a colaborar en la dirección de los destinos de la Nación y en su grandeza, no como Salta en sí misma, sino como la Argentina. No era un espíritu local el que la animaba, sino nacional. Más se preocupó de la Patria grande que de la Patria chica; más de la Nación, que de sí misma. Por ello también, de ella se olvidaron y permaneció tanto tiempo pobre y abandonada; pero, siempre, guardando celosamente sus tradiciones y sus glorias en cerrado cofre, junto con el perfume típico de su personalidad que la distingue. Y así como Salta fue firme columna de la libertad, como reza la leyenda de su escudo, fue también columna de la unidad nacional” (2).

 

Notas:

1.       En Estrategia Nº 58, mayo – junio 1979, El Cid Editor: Un Informe Geopolítico del Dr. Miguel de Lastarria en 1816.

2.       2da. edición, Artes Gráfico S. A., Salta, 1971, p. 171.

 

 


martes, 21 de junio de 2022

Aspectos sobresalientes de la obra de Don Juan Manuel de Rosas


 Por: Edgardo Atilio Moreno

              Si se nos pidiera resumir los principales logros, o los aspectos sobresalientes de la obra de gobierno de don Juan Manuel de Rosas; en apretada síntesis podríamos decir que este hizo cuatro cosas fundamentales:

                En primer lugar, logró la unidad nacional, conformando así a la Confederación Argentina. En segundo lugar, protegió nuestra economía, obteniendo con ello la prosperidad económica. En tercer lugar, defendió la soberanía nacional frente a las agresiones extranjeras, con lo que ganó para el país el respeto y el reconocimiento internacional; y en cuarto lugar (pero no menos importante) procuró la evangelización del pueblo argentino, instaurando en estas tierras un orden social cristiano.

                En lo que atañe a la unidad nacional, la Argentina, cuando asume Rosas su primer gobierno, estaba muy lejos de conseguirla, por el contrario, se encontraba completamente desunida y en guerra civil, por culpa de los unitarios.

                En efecto, el centralismo porteño y los unitarios habían llevado al país al borde de la disolución. Las provincias se levantaron contra el régimen directorial y produjeron la caída de este, lo que dio origen a la crisis del año XX; Rivadavia llevo adelante una reforma eclesiástica anticatólica y luego trató de imponer una constitución unitaria en el 26, todo esto ocasionó el levantamiento de los caudillos federales, entre ellos de Facundo Quiroga, quien enarboló el pabellón Religión o muerte, en prueba de que las diferencias entre unitarios y federales no solo eran políticas y económicas. Por entonces, y también por culpa de Rivadavia, se perdió la Banda Oriental, a pesar de haberse vencido a los brasileños en Ituzaingo. Y finalmente, en diciembre del 28 los unitarios desataron una revolución sangrienta fusilando al legitimo gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Ese era el panorama del país: un verdadero caos, con las provincias completamente desunidas y guerreando entre sí.

                En esa situación, que presagiaba la balcanización de la argentina, dividida en una docena de republiquetas independientes; Rosas salvo la unidad nacional mediante el Pacto Federal que se firmó en 1831.

Con ese acuerdo, que unió a las cuatro provincias que no habían sido tomadas por los unitarios (Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes) se pudo derrotar a la Liga Unitaria que había formado el general Paz, con las provincias bajo su poder. Una vez conseguida esa victoria, surgió entonces la Confederación Argentina, con la incorporación paulatina del resto de las provincias. 

El segundo aspecto que debemos destacar del gobierno de don Juan Manuel de Rosas es su protección de la economía argentina.  Las provincias del antiguo virreinato del Rio de la Plata, desde antes de mayo de 1810 (con el acuerdo Apodaca – Canning, entre España e Inglaterra) habían quedado subordinadas a los intereses económicos británicos mediante el sistema de libre comercio. Esta práctica había arruinado las economías provinciales ya que nuestras industrias artesanales no podían competir con los productos ingleses que se fabricaban en gran cantidad y a bajo costo, gracias a la revolución industrial.  Los únicos beneficiados con esto eran los comerciantes porteños y los ganaderos; lo cual provocaba una gran irritación en las provincias. Entonces Rosas, que justamente era bonaerense y ganadero, dictó, en 1835, en su segundo gobierno, la Ley de Aduana.

Con esta ley quedo prohibida la introducción al país de las mercaderías que se fabricaban aquí, y se gravó fuertemente aquellas que se podían fabricar si se daban las condiciones adecuadas.  De modo pues que con esta política proteccionista se pudo desarrollar nuestra industria, lo que trajo una gran prosperidad económica en todo el país.

Por otro lado, Rosas protegió también nuestra economía rescatando el banco de la nación que se encontraba en manos de los ingleses.

En efecto este banco, que se había creado con capitales nacionales (obtenidos con el préstamo a la Baring Brothers que solicitó Rivadavia) estaba manejado por capitalistas ingleses que tenían la mayor parte de las acciones y que podían crear moneda y manejar el crédito a su antojo. Y por supuesto lo hacían en contra de los intereses argentinos, así, por ejemplo, durante la guerra con el Brasil este banco le facilitó dinero a los brasileños para luchar contra los argentinos mientras al gobierno de Buenos Aires le negaba el crédito que necesitaba. Lo mismo hizo más adelante dándole dinero a los unitarios para derrocar a Rosas. Es decir, se trataba una entidad que era un instrumento del imperialismo, por lo que Rosas hizo lo que había que hacer, en 1836 se apoderó de él y lo puso al servicio de los intereses nacionales.

El tercer aspecto destacable del gobierno de Rosas fue su defensa de la soberanía nacional frente a las agresiones externas de las grandes potencias. En primer lugar, frente a Francia, de 1838 a 1840, y luego frente a Francia e Inglaterra, de 1845 a 1850.

Francia agredió a la Confederación Argentina con un pretexto pueril, exigiendo la derogación de una legislación de milicias, aunque sin declarar formalmente la guerra. Tomó Montevideo y sacó a Manuel Oribe, que era su gobernador legal, para poner en su lugar a Fructuoso Rivera, un hombre sinuoso, aliado a unitarios y franceses. Luego bloqueó el puerto de Buenos Aires y financió, con cuantioso dinero, ejércitos a los que denomino “Libertadores”, para derrocar a Rosas y poner un gobierno favorable a sus intereses.

Pero todas estas maniobras fracasaron. Primero porque, si bien el bloqueo impidió que ingresen recursos para poder pagar sueldos a los soldados, maestros, etc, sin embargo, las industrias que se desarrollaron gracias a la Ley de Aduana, permitieron abastecer al pueblo de lo necesario. Segundo porque la mayoría de los argentinos apoyaron al Restaurador y le dieron la espalda a los ejércitos unitarios títeres de los franceses.

Para la siguiente agresión, la anglofrancesa, Rosas se preparó mejor aún. Les prometió a los acreedores ingleses de la deuda que había contraído Rivadavia, que les pagaría, en la medida de lo posible y siempre y cuando el puerto de Buenos Aires no se encontrara bloqueado. De modo que cuando llego la escuadra invasora los “bonoleros”, (así les llama Rosas a los poseedores de los bonos de la deuda) presionaron al gobierno inglés por el cese del conflicto.

Por otro lado, la expedición le costó cara a los agresores, no solo en dinero sino también en vidas, ya que a lo largo del rio Paraná, en Vuelta de Obligado, en Tonelero, en San Lorenzo, etc, se les ofreció una feroz resistencia. De modo que los extranjeros solamente pudieron navegar el río sin poder pisar suelo argentino. Además, no pudieron levantar como la vez anterior ejércitos auxiliares  de cipayos, pues Rosas había creado una policía que controló todos los movimientos de los unitarios y les infundio el terror, un terror que -aunque la historia oficial diga lo contrario- fue mucho menos sangriento que el desatado por sus enemigos, y se basó mas que nada en una acción psicológica, llevada a cabo con medios extraordinarios como los cánticos de los serenos que prometían la muerte a los traidores.

De modo pues que Rosas salió triunfante de esta guerra y en el tratado de paz que se firmó pudo incluso exigir que los agresores imperialistas saludaran nuestra enseña patria con veintiún cañonazos, a modo de desagravio.

Todos estos pormenores fueron seguidos desde Francia por el máximo héroe de la patria, el Gral. San Martin, con mucha atención y satisfacción. Y raíz de ello le escribió a su amigo Guido diciéndole que ahora las naciones poderosas del mundo han aprendido que los argentinos no somos empanadas que se comen con solo abrir la boca.

Por último, respecto a su obra como gobernante cristiano, antes que nada, conviene aclarar que Rosas no fue un santo, aunque ciertamente el sacerdote que lo asistió en sus últimos años en Inglaterra dijo que era un hombre muy religioso, caritativo y generoso.

Dicho esto, no hay dudas que se comportó como un verdadero gobernante católico, defendió la religión, promovió la evangelización del pueblo, y veló permanentemente por la moral cristiana. Todo ello surge de sus declaraciones, de sus decretos y de muchos de sus actos concretos. La Confederación bajo su mando fue un estado católico. Cuando asumió al poder por segunda vez, en su proclama lo dijo claramente: “nuestra causa es la de la religión…” Sus decretos castigaban severamente la blasfemia y el sacrilegio, mandaban que los maestros y directores de las escuelas sean católicos y que enseñaran el catecismo; prohibía tener abierto los negocios los días domingos y fiestas de guardar, etc,. En una carta a Facundo Quiroga le dijo: “la consideración a los templos del Señor conviene acreditarla. Antes de ser federales éramos católicos”, consecuentemente, contribuyó, hasta con su propio bolsillo, para que se construyan y se reparen templos. Todo esto obviamente concitó el apoyo casi unánime del clero católico.

Por eso, ciertos historiadores lo acusaron de usar a la Iglesia a su favor, lo que no es cierto pues Rosas era sinceramente católico e hizo lo que estaba convencido que un gobernante católico tenía que hacer. No busco maquiavélicamente tener a la Iglesia de su lado, sino simplemente ser coherente con su fe en el ejercicio del cargo en el que la Divina Providencia lo puso. De modo que bien merecido tiene por ello el título de Príncipe Católico.    

 

BIBLIOGRAFIA

Altamirano, Alejandro. Rosas príncipe católico. Revista Verbo N° 297

Caponetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas

Garda Ortiz, Ignacio. Rosas, síntesis cronológica. Revista Verbo N° 297

Galvez, Manuel. Vida de don Juan Manuel de Rosas

Ibarguren, Carlos. Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo.

Rosa, José Maria. Historia Argentina.

 


domingo, 22 de mayo de 2022

ACERCA DE MAYO DE 1810

 

Por: Lic. Javier Ruffino

  

     Fueron los “hechos de Bayona” los que determinaron el futuro de  la América Hispana. Así lo afirma Vicente Massot: “El acontecimiento que marcó a fuego la relación entre la metrópoli y sus colonias – o reinos independientes de la corona de Castilla- y que hizo de disparador de toda la revuelta hispanoamericana, sucedió dos años antes del estallido (…). El episodio tiene nombre: la farsa de Bayona”.[1]   

 

     Sin embargo, para comprender en profundidad los acontecimientos rioplatenses que se desarrollaron a partir de 1810 no podemos dejar de referirnos a las consecuencias de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Nos dice al respecto el mismo autor: “Buenos Aires había producido así, sin que formara parte de un plan original con arreglo al cual desarrollar una estrategia política, tres hechos notables: 1) derrotar en dos oportunidades al Imperio Británico; 2) destituir, en un hecho sin precedentes en el Imperio español en América, al virrey Sobremonte, y 3) militarizar exitosamente una ciudad mal dotada para la guerra.”[2]

 

     Por lo tanto, los hechos desencadenados a partir del 10 son consecuencia de la crisis y caída de la Monarquía Borbónica, del vacío de poder generado por dicha situación, y por el estallido del Movimiento Juntista. Por otra parte, los cuerpos militares surgidos después de las Invasiones Inglesas tuvieron una participación fundamental en la búsqueda de una alternativa frente a la desaparición de la estructura imperial hispánica.

 

     Frente a la caída del Imperio se abrían tres posibilidades para el Río de la Plata:

 

1-   Aceptar el status quo local: el mantenimiento de la burocracia virreinal y el reconocimiento del último vestigio de poder independiente de los franceses que quedara en la Península (como por ejemplo el Consejo de Regencia de Cádiz). Esta posición tenía muchos adversarios, debido a los errores y abusos que los funcionarios virreinales habían venido cometiendo en los últimos tiempos. Por otra parte, las elites locales querían una mayor participación en las tomas de decisiones, y que la suerte del Continente no quedara atada a las desgracias de la Península y a las ambiciones de las otras potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, y los vecinos portugueses).

 

2- El establecimiento de una monarquía borbónica en el Río de la Plata coronando a la princesa Carlota Joaquina, única representante de la familia real que no había caído en poder del “amo” de Europa. Claro que debía ser una Monarquía temperada, “a la inglesa”

 

3- Establecer Juntas de Gobierno como en la Península.

 

     Lo señalado nos da la pauta del alto nivel de politización de las elites después de los acontecimientos locales de 1806, y sobre todo a partir de los hechos europeos posteriores a 1808. En este contexto se deben ubicar los hechos del 1 de enero de 1809 en Buenos Aires, y los de Chuquisaca y la Paz, a mediados de aquel año. A esta situación debemos agregar las rivalidades entre peninsulares y americanos, porteños y provincianos, Buenos Aires y Montevideo, etc.; para comprender los enfrentamientos que se van a desatar tras la caída del poder virreinal.

 

La Semana de Mayo

 

     La suerte de nuestras tierras fue decidida en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810: “El tema del Cabildo fue muy concreto. Si debía cesar el virrey  en caso afirmativo cuál sería el procedimiento para elegir quien lo sucediera en el mando civil y militar (…)

 

     Después de los discursos vinieron los votos (…). El primer voto fue el del obispo a favor del Virrey. El segundo fue el del militar de más alta graduación en el virreinato, el teniente general español Pascual Ruiz Huidobro (…)

 

     Cornelio Saavedra votó en el orden 29, con las siguientes consideraciones: “consultando la salud del pueblo y en atención a las actuales circunstancias, debe subrogarse el mando superior del Excelentísimo Virrey, en el Excelentísimo Cabildo de esta Capital, en el ínterin se forma la corporación o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el Excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando.”[3]

 

     El reemplazo de los funcionarios que representaban a una Monarquía inexistente, así como la disputa de poder entre los distintos sectores de la sociedad criolla, a lo que hay que sumar las ambiciones de ingleses, franceses y portugueses –con las redes de aliados locales que tenían-, nos explican la seriedad de los conflictos que se desencadenaron, produciendo una guerra civil que condujo –como lógica consecuencia de la evolución de los acontecimientos americanos y europeos-, a la independencia de nuestro continente y a la fragmentación de los antiguos virreinatos –en particular el nuestro- en nuevos estados nacionales.

 

Autonomía y Fidelidad

 

     En su obra Mayo Revisado el historiador revisionista Enrique Díaz Araujo desmitifica el carácter liberal de la Revolución de Mayo, explicando el proceso que se abre en el 10 en el contexto de la crisis del Imperio Español y del marco legal del mismo, indicando que las jornadas de Mayo se caracterizaron por la fidelidad a la Monarquía, pero buscando una Autonomía con respecto a las “autoridades” peninsulares que obraban en nombre del Monarca ausente. Finalmente, la evolución de los hechos condujo a una justificada Independencia.

 

     Anarquía y usurpación peninsulares, que no el declamado ‘despotismo’, fueron las causas reales del Autogobierno (…)

 

     La fidelidad rioplatense interpretada como una felonía, y el consiguiente ataque realista desde Montevideo y el Perú: motivos suficientes para que la Autonomía comenzara a devenir en Independencia (…)

 

     (…) los hombres de Mayo no se movieron por impulsos ideológicos. Ellos tenían muy en claro que el movimiento americano se encaminaba contra el Consejo de Regencia y las otras autoridades metropolitanas conexas, en procura de la autonomía comarcal (empezando por la provisional, de orden municipal); para escapar a la eventualidad de la dominación francesa o la inglesa.”[4]

 

   Por su parte, Vicente Massot nos explica el proceso que se abre en el Río de la Plata a partir de 1808 haciendo girar su argumentación en torno a tres conceptos claves: Revolución-Independencia-Anarquía.  El proceso que se inicia pocos años antes de 1810 y se prolonga (…) hasta mediados de la década del 30 (…) podría decirse que se compendia y resume en tres términos los cuales, a su vez, transparentan otras tantas realidades: revolución, independencia y anarquía  (…)

 

     La revolución merece su nombre menos por el impulso de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del virreinato, que por su descendencia (…): la independencia y la anarquía.”[5]

 

    Retomando la obra de Díaz Araujo, éste en el Tomo III nos plantea que la revolución cambió su curso por obra de la acción de Moreno, que fue quien en realidad orientó a la Revolución hacia una posición acorde con el liberalismo, más aun, con el jacobinismo.

 

     Sabido es que el Primer Gobierno Patrio se constituyó basándose en unos arreglos entre los grupos políticos existentes en Buenos Aires (…)

 

     Pues (…) uno se esos sectores, el llamado ‘morenista’, se apoderó hegemónicamente de la Revolución, desplazando a los demás y consiguientemente, reemplazando los objetivos institucionales comunes, por unos unilaterales, de corte ideológico sectario.”[6]

 

     Antonio Caponneto también nos presenta un morenismo jacobino: “Otros criollos, en cambio, no entendían, no valoraban ni amaban lo que España había traído a estas tierras, y querían deshacerse de todo ello (…) Por ejemplo, Moreno, Monteagudo, Castelli.   Querían asesinar a los españoles. Escribieron un Plan de Operaciones para fomentar el terrorismo, el rencor y el odio. Eran socios de los ingleses y defendían sus intereses económicos. Y lo peor: atacaban la Religión Católica (…)  Algo muy feo e imperdonable que cometieron fue matar a Don Santiago de Liniers. El gran Caudillo de la Reconquista.”[7]

 

     Massot, por su parte, nos muestra un Moreno más orientado hacia la “derecha”, o al menos no tan inclinado hacia la “izquierda”.

 

     Mariano Moreno, Juan José Paso, Juan José Castelli y Manuel Belgrano (…) no ganaron sus credenciales revolucionarias por su afán de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del Virreinato, sino merced al cambio político que urdieron y, más aun, a la consecuencia que tuvo en años venideros: la independencia (…)

 

     Al analizar, pues, el uso de algunos de los principales conceptos de la ciencia política utilizados por el secretario de la Junta hay que buscar menos en las posibles inspiraciones ideológicas (…) y hacer hincapié más en las necesidades políticas (…)

 

     (…) atendiendo (…) más a los pactistas peninsulares que a Rousseau, apuntaba Moreno al hecho de que la Junta debía tener el consentimiento de los pueblos, aunque, delegado el poder, se establecía entre ambos una ineludible relación de mando-obediencia (…).”[8]

 

     Recordemos, por otra parte, que si bien Moreno hizo editar el Contrato Social de Rousseau, lo expurgó de aquellos capítulos en los que el autor “delira en materia religiosa”.

 

     Los hombres de Mayo fueron en general exponentes de una cultura hispánica, católica y monárquica, más o menos conservadores, más o menos tocados por las ideas del siglo -con mayores o menores influjos iluministas y críticas a la cultura barroca de los sectores populares-, que pedían reformas en la educación (en una línea utilitarista), o que criticaban cierta escolástica decadente[11]; pero no fueron necesariamente radicales o impíos.

 

     Si el proceso revolucionario hispanoamericano triunfó (…) se debió entre otras razones a la capacidad que demostró la clase dirigente de las Provincias Unidas para gerenciar una empresa tan compleja y peligrosa. Ahora bien, sus hombres no venían de Inglaterra ni de Francia. Habían recibido la educación del reino que introdujo en América su idioma, religión, leyes y costumbres; que fundó ciudades por doquier y creó escuelas y universidades cuya calidad nada tenía que envidiarle a la del resto del mundo colonial y que legó a todos los habitantes de estas latitudes una legislación tan realista como generosa.”[12]

 

     Lo erróneo sería suponer que nuestra revolución significó una ruptura con el pasado y el triunfo del “jacobinismo”; en tanto que el bando realista habría representado una postura tradicionalista, ultramontana y “reaccionaria”.  En realidad, hubo conservadores y liberales en ambos bandos:

 

     Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz).”[13]

 

     Un representante del conservadorismo realista fue el ilustre Santiago de Liniers. Desencadenados los hechos de Mayo de 1810, no pudo ver que una “nueva fidelidad”, el servicio a la Patria naciente, venía a reemplazar a la vieja fidelidad a un Rey que ya no reinaba. Y se opuso a un Movimiento que consideró revolucionario en la entraña misma de su ser. Encabezó la resistencia contrarrevolucionaria en Córdoba, que fue fácilmente contenida, y los cabecillas capturados y condenados. En estas circunstancias, y ante la presión de su padre político que no entendía su conducta, Liniers escribe: “(…) mi amado padre (...) en cuanto a mi individuo; ¿cómo siendo yo un general, un oficial quien en sus treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al soberano, quisiera Usted que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignominia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey; que por esa infidencia dejase a mis hijos un nombre, hasta el presente intachable con la nota de traidor? ¡Ah mi padre! Yo que conozco también la honradez de sus principios, no puedo creer que Usted piense, ni me aconseje motu proprio, semejante proceder (...)

 

   (...) Por último Señor, el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fue capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad, y del patriotismo, y que si no les deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar (...)”[14]

 

     Por su parte, Juan Manuel de Rosas en su mensaje a la Legislatura del año 1836 nos brinda una interpretación “tradicionalista” de la Revolución que llevó a la instalación de la Primera Junta. La Revolución se hizo, decía, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España.”

 

Notas:

[1] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina. Auge y ocaso de una Nación.

[2] Ídem.

[3] Montejano, Bernardino. La filosofía política de Mayo.

[4] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado I.

[5] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina…

[6] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado III.

[7] Caponnetto, Antonio. El Bicentenario en el aula.

[8] Massot, Vicente. Las ideas de esos hombres. De Moreno a Perón.

[9] Ídem.

[10] Massot, Vicente. Matar y morir. La violencia política en la Argentina  (1806-2011). Agrega el autor las escalofriantes líneas que le escribía el general francés a su gobierno: “Ciudadanos, la Vendée ya no existe: ha perecido bajo nuestra espada, lo mismo que sus mujeres y sus niños (…) De acuerdo con vuestras órdenes, he aplastado a los niños bajo las patas de los caballos y he masacrado a sus mujeres, que por lo menos (…) ya no engendrarán más bandidos. No tengo prisioneros que puedan reprochárseme.”

[11] “(…) nos venden doctrinas falsas por verdaderas, y palabras por conocimientos (…) de ninguna manera tratamos de lo concerniente a nuestros dogmas, ni a las decisiones de la Iglesia, ni a nuestra legislación (…)

(a) la filosofía que se enseña en nuestros estudios es adonde  se dirigen nuestras miras (…)

¿Qué otra cosa es obligarnos a discurrir sobre ridículas cuestiones (…); si los grados metafísicos en el individuo se distinguen real o virtualmente o por razón y otras cosas de este tenor? ¿Cuál es la utilidad que este estudio trae al hombre? ¿De qué le habrá servido un estudio tan ímprobo al hallarse en estado de ser útil a su rey, a su patria, a su religión y a sí mismo?” (Manuel Belgrano, Correo de Comercio, junio de 1810).

 

Si bien puede observarse una crítica a cierto escolasticismo, y un influjo de posturas utilitaristas acordes con la filosofía dieciochesca; sin embargo la concepción de servicio –a Dios, a la Patria y al Rey- que se desprende del último párrafo citado es acorde con la mentalidad tradicional.

[12] Massot, V. La excepcionalidad…

[13] Romero Moreno, Fernando. Bicentenario y Tradicionalismo.

[14] El Padre Cayetano Bruno nos describe sus últimos momentos: “(luego de conocer la sentencia de muerte) Liniers ya no pensó sino en su alma. (…) (un documento anónimo atestigua que) ‘pidió al Sr. Obispo (Orellana) le sacase de su bolsillo el rosario y paseándose lo rezó y continuó preparándose para la confesión, todo  con tal nobleza y entereza que…, en aquel estado de ignominia y con los brazos atados, parecía más glorioso que en sus victorias de la Reconquista…Este Señor y el coronel Allende hicieron su confesión con el Sr. Obispo (…) Liniers rechazó la venda. Luego ‘en voz perceptible (…) imploró el auxilio de María Santísima –bajo el título del Rosario de quien fue siempre muy devoto-, e hincado de rodillas’ dio la señal a los soldados”. (Bruno, C. Creo en la vida eterna)

 

Tomado de la página amiga http://historiatradicion.blogspot.com/