martes, 21 de junio de 2022

Aspectos sobresalientes de la obra de Don Juan Manuel de Rosas


 Por: Edgardo Atilio Moreno

              Si se nos pidiera resumir los principales logros, o los aspectos sobresalientes de la obra de gobierno de don Juan Manuel de Rosas; en apretada síntesis podríamos decir que este hizo cuatro cosas fundamentales:

                En primer lugar, logró la unidad nacional, conformando así a la Confederación Argentina. En segundo lugar, protegió nuestra economía, obteniendo con ello la prosperidad económica. En tercer lugar, defendió la soberanía nacional frente a las agresiones extranjeras, con lo que ganó para el país el respeto y el reconocimiento internacional; y en cuarto lugar (pero no menos importante) procuró la evangelización del pueblo argentino, instaurando en estas tierras un orden social cristiano.

                En lo que atañe a la unidad nacional, la Argentina, cuando asume Rosas su primer gobierno, estaba muy lejos de conseguirla, por el contrario, se encontraba completamente desunida y en guerra civil, por culpa de los unitarios.

                En efecto, el centralismo porteño y los unitarios habían llevado al país al borde de la disolución. Las provincias se levantaron contra el régimen directorial y produjeron la caída de este, lo que dio origen a la crisis del año XX; Rivadavia llevo adelante una reforma eclesiástica anticatólica y luego trató de imponer una constitución unitaria en el 26, todo esto ocasionó el levantamiento de los caudillos federales, entre ellos de Facundo Quiroga, quien enarboló el pabellón Religión o muerte, en prueba de que las diferencias entre unitarios y federales no solo eran políticas y económicas. Por entonces, y también por culpa de Rivadavia, se perdió la Banda Oriental, a pesar de haberse vencido a los brasileños en Ituzaingo. Y finalmente, en diciembre del 28 los unitarios desataron una revolución sangrienta fusilando al legitimo gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Ese era el panorama del país: un verdadero caos, con las provincias completamente desunidas y guerreando entre sí.

                En esa situación, que presagiaba la balcanización de la argentina, dividida en una docena de republiquetas independientes; Rosas salvo la unidad nacional mediante el Pacto Federal que se firmó en 1831.

Con ese acuerdo, que unió a las cuatro provincias que no habían sido tomadas por los unitarios (Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes) se pudo derrotar a la Liga Unitaria que había formado el general Paz, con las provincias bajo su poder. Una vez conseguida esa victoria, surgió entonces la Confederación Argentina, con la incorporación paulatina del resto de las provincias. 

El segundo aspecto que debemos destacar del gobierno de don Juan Manuel de Rosas es su protección de la economía argentina.  Las provincias del antiguo virreinato del Rio de la Plata, desde antes de mayo de 1810 (con el acuerdo Apodaca – Canning, entre España e Inglaterra) habían quedado subordinadas a los intereses económicos británicos mediante el sistema de libre comercio. Esta práctica había arruinado las economías provinciales ya que nuestras industrias artesanales no podían competir con los productos ingleses que se fabricaban en gran cantidad y a bajo costo, gracias a la revolución industrial.  Los únicos beneficiados con esto eran los comerciantes porteños y los ganaderos; lo cual provocaba una gran irritación en las provincias. Entonces Rosas, que justamente era bonaerense y ganadero, dictó, en 1835, en su segundo gobierno, la Ley de Aduana.

Con esta ley quedo prohibida la introducción al país de las mercaderías que se fabricaban aquí, y se gravó fuertemente aquellas que se podían fabricar si se daban las condiciones adecuadas.  De modo pues que con esta política proteccionista se pudo desarrollar nuestra industria, lo que trajo una gran prosperidad económica en todo el país.

Por otro lado, Rosas protegió también nuestra economía rescatando el banco de la nación que se encontraba en manos de los ingleses.

En efecto este banco, que se había creado con capitales nacionales (obtenidos con el préstamo a la Baring Brothers que solicitó Rivadavia) estaba manejado por capitalistas ingleses que tenían la mayor parte de las acciones y que podían crear moneda y manejar el crédito a su antojo. Y por supuesto lo hacían en contra de los intereses argentinos, así, por ejemplo, durante la guerra con el Brasil este banco le facilitó dinero a los brasileños para luchar contra los argentinos mientras al gobierno de Buenos Aires le negaba el crédito que necesitaba. Lo mismo hizo más adelante dándole dinero a los unitarios para derrocar a Rosas. Es decir, se trataba una entidad que era un instrumento del imperialismo, por lo que Rosas hizo lo que había que hacer, en 1836 se apoderó de él y lo puso al servicio de los intereses nacionales.

El tercer aspecto destacable del gobierno de Rosas fue su defensa de la soberanía nacional frente a las agresiones externas de las grandes potencias. En primer lugar, frente a Francia, de 1838 a 1840, y luego frente a Francia e Inglaterra, de 1845 a 1850.

Francia agredió a la Confederación Argentina con un pretexto pueril, exigiendo la derogación de una legislación de milicias, aunque sin declarar formalmente la guerra. Tomó Montevideo y sacó a Manuel Oribe, que era su gobernador legal, para poner en su lugar a Fructuoso Rivera, un hombre sinuoso, aliado a unitarios y franceses. Luego bloqueó el puerto de Buenos Aires y financió, con cuantioso dinero, ejércitos a los que denomino “Libertadores”, para derrocar a Rosas y poner un gobierno favorable a sus intereses.

Pero todas estas maniobras fracasaron. Primero porque, si bien el bloqueo impidió que ingresen recursos para poder pagar sueldos a los soldados, maestros, etc, sin embargo, las industrias que se desarrollaron gracias a la Ley de Aduana, permitieron abastecer al pueblo de lo necesario. Segundo porque la mayoría de los argentinos apoyaron al Restaurador y le dieron la espalda a los ejércitos unitarios títeres de los franceses.

Para la siguiente agresión, la anglofrancesa, Rosas se preparó mejor aún. Les prometió a los acreedores ingleses de la deuda que había contraído Rivadavia, que les pagaría, en la medida de lo posible y siempre y cuando el puerto de Buenos Aires no se encontrara bloqueado. De modo que cuando llego la escuadra invasora los “bonoleros”, (así les llama Rosas a los poseedores de los bonos de la deuda) presionaron al gobierno inglés por el cese del conflicto.

Por otro lado, la expedición le costó cara a los agresores, no solo en dinero sino también en vidas, ya que a lo largo del rio Paraná, en Vuelta de Obligado, en Tonelero, en San Lorenzo, etc, se les ofreció una feroz resistencia. De modo que los extranjeros solamente pudieron navegar el rio sin poder pisar suelo argentino. Además, no pudieron levantar como la vez anterior ejércitos auxiliares  de cipayos, pues Rosas había creado una policía que controló todos los movimientos de los unitarios y les infundio el terror, un terror que (aunque la historia oficial diga lo contrario) más que de sangre fue psicológico, producido con medios extraordinarios como los canticos de los serenos que prometían la muerte a los traidores.

De modo pues que Rosas salió triunfante de esta guerra y en el tratado de paz que se firmó pudo incluso exigir que los agresores imperialistas saludaran nuestra enseña patria con veintiún cañonazos, a modo de desagravio.

Todos estos pormenores fueron seguidos desde Francia por el máximo héroe de la patria, el Gral. San Martin, con mucha atención y satisfacción. Y raíz de ello le escribió a su amigo Guido diciéndole que ahora las naciones poderosas del mundo han aprendido que los argentinos no somos empanadas que se comen con solo abrir la boca.

Por último, respecto a su obra como gobernante cristiano, antes que nada, conviene aclarar que Rosas no fue un santo, aunque ciertamente el sacerdote que lo asistió en sus últimos años en Inglaterra dijo que era un hombre muy religioso, caritativo y generoso.

Dicho esto, no hay dudas que se comportó como un verdadero gobernante católico, defendió la religión, promovió la evangelización del pueblo, y veló permanentemente por la moral cristiana. Todo ello surge de sus declaraciones, de sus decretos y de muchos de sus actos concretos. La Confederación bajo su mando fue un estado católico. Cuando asumió al poder por segunda vez, en su proclama lo dijo claramente: “nuestra causa es la de la religión…” Sus decretos castigaban severamente la blasfemia y el sacrilegio, mandaban que los maestros y directores de las escuelas sean católicos y que enseñaran el catecismo; prohibía tener abierto los negocios los días domingos y fiestas de guardar, etc,. En una carta a Facundo Quiroga le dijo: “la consideración a los templos del Señor conviene acreditarla. Antes de ser federales éramos católicos”, consecuentemente, contribuyó, hasta con su propio bolsillo, para que se construyan y se reparen templos. Todo esto obviamente concitó el apoyo casi unánime del clero católico.

Por eso, ciertos historiadores lo acusaron de usar a la Iglesia a su favor, lo que no es cierto pues Rosas era sinceramente católico e hizo lo que estaba convencido que un gobernante católico tenía que hacer. No busco maquiavélicamente tener a la Iglesia de su lado, sino simplemente ser coherente con su fe en el ejercicio del cargo en el que la Divina Providencia lo puso. De modo que bien merecido tiene por ello el título de Príncipe Católico.    

 

BIBLIOGRAFIA

Altamirano, Alejandro. Rosas príncipe católico. Revista Verbo N° 297

Caponetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas

Garda Ortiz, Ignacio. Rosas, síntesis cronológica. Revista Verbo N° 297

Galvez, Manuel. Vida de don Juan Manuel de Rosas

Ibarguren, Carlos. Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo.

Rosa, José Maria. Historia Argentina.

 


domingo, 22 de mayo de 2022

ACERCA DE MAYO DE 1810

 

Por: Lic. Javier Ruffino

  

     Fueron los “hechos de Bayona” los que determinaron el futuro de  la América Hispana. Así lo afirma Vicente Massot: “El acontecimiento que marcó a fuego la relación entre la metrópoli y sus colonias – o reinos independientes de la corona de Castilla- y que hizo de disparador de toda la revuelta hispanoamericana, sucedió dos años antes del estallido (…). El episodio tiene nombre: la farsa de Bayona”.[1]   

 

     Sin embargo, para comprender en profundidad los acontecimientos rioplatenses que se desarrollaron a partir de 1810 no podemos dejar de referirnos a las consecuencias de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Nos dice al respecto el mismo autor: “Buenos Aires había producido así, sin que formara parte de un plan original con arreglo al cual desarrollar una estrategia política, tres hechos notables: 1) derrotar en dos oportunidades al Imperio Británico; 2) destituir, en un hecho sin precedentes en el Imperio español en América, al virrey Sobremonte, y 3) militarizar exitosamente una ciudad mal dotada para la guerra.”[2]

 

     Por lo tanto, los hechos desencadenados a partir del 10 son consecuencia de la crisis y caída de la Monarquía Borbónica, del vacío de poder generado por dicha situación, y por el estallido del Movimiento Juntista. Por otra parte, los cuerpos militares surgidos después de las Invasiones Inglesas tuvieron una participación fundamental en la búsqueda de una alternativa frente a la desaparición de la estructura imperial hispánica.

 

     Frente a la caída del Imperio se abrían tres posibilidades para el Río de la Plata:

 

1-   Aceptar el status quo local: el mantenimiento de la burocracia virreinal y el reconocimiento del último vestigio de poder independiente de los franceses que quedara en la Península (como por ejemplo el Consejo de Regencia de Cádiz). Esta posición tenía muchos adversarios, debido a los errores y abusos que los funcionarios virreinales habían venido cometiendo en los últimos tiempos. Por otra parte, las elites locales querían una mayor participación en las tomas de decisiones, y que la suerte del Continente no quedara atada a las desgracias de la Península y a las ambiciones de las otras potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, y los vecinos portugueses).

 

2- El establecimiento de una monarquía borbónica en el Río de la Plata coronando a la princesa Carlota Joaquina, única representante de la familia real que no había caído en poder del “amo” de Europa. Claro que debía ser una Monarquía temperada, “a la inglesa”

 

3- Establecer Juntas de Gobierno como en la Península.

 

     Lo señalado nos da la pauta del alto nivel de politización de las elites después de los acontecimientos locales de 1806, y sobre todo a partir de los hechos europeos posteriores a 1808. En este contexto se deben ubicar los hechos del 1 de enero de 1809 en Buenos Aires, y los de Chuquisaca y la Paz, a mediados de aquel año. A esta situación debemos agregar las rivalidades entre peninsulares y americanos, porteños y provincianos, Buenos Aires y Montevideo, etc.; para comprender los enfrentamientos que se van a desatar tras la caída del poder virreinal.

 

La Semana de Mayo

 

     La suerte de nuestras tierras fue decidida en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810: “El tema del Cabildo fue muy concreto. Si debía cesar el virrey  en caso afirmativo cuál sería el procedimiento para elegir quien lo sucediera en el mando civil y militar (…)

 

     Después de los discursos vinieron los votos (…). El primer voto fue el del obispo a favor del Virrey. El segundo fue el del militar de más alta graduación en el virreinato, el teniente general español Pascual Ruiz Huidobro (…)

 

     Cornelio Saavedra votó en el orden 29, con las siguientes consideraciones: “consultando la salud del pueblo y en atención a las actuales circunstancias, debe subrogarse el mando superior del Excelentísimo Virrey, en el Excelentísimo Cabildo de esta Capital, en el ínterin se forma la corporación o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el Excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando.”[3]

 

     El reemplazo de los funcionarios que representaban a una Monarquía inexistente, así como la disputa de poder entre los distintos sectores de la sociedad criolla, a lo que hay que sumar las ambiciones de ingleses, franceses y portugueses –con las redes de aliados locales que tenían-, nos explican la seriedad de los conflictos que se desencadenaron, produciendo una guerra civil que condujo –como lógica consecuencia de la evolución de los acontecimientos americanos y europeos-, a la independencia de nuestro continente y a la fragmentación de los antiguos virreinatos –en particular el nuestro- en nuevos estados nacionales.

 

Autonomía y Fidelidad

 

     En su obra Mayo Revisado el historiador revisionista Enrique Díaz Araujo desmitifica el carácter liberal de la Revolución de Mayo, explicando el proceso que se abre en el 10 en el contexto de la crisis del Imperio Español y del marco legal del mismo, indicando que las jornadas de Mayo se caracterizaron por la fidelidad a la Monarquía, pero buscando una Autonomía con respecto a las “autoridades” peninsulares que obraban en nombre del Monarca ausente. Finalmente, la evolución de los hechos condujo a una justificada Independencia.

 

     Anarquía y usurpación peninsulares, que no el declamado ‘despotismo’, fueron las causas reales del Autogobierno (…)

 

     La fidelidad rioplatense interpretada como una felonía, y el consiguiente ataque realista desde Montevideo y el Perú: motivos suficientes para que la Autonomía comenzara a devenir en Independencia (…)

 

     (…) los hombres de Mayo no se movieron por impulsos ideológicos. Ellos tenían muy en claro que el movimiento americano se encaminaba contra el Consejo de Regencia y las otras autoridades metropolitanas conexas, en procura de la autonomía comarcal (empezando por la provisional, de orden municipal); para escapar a la eventualidad de la dominación francesa o la inglesa.”[4]

 

   Por su parte, Vicente Massot nos explica el proceso que se abre en el Río de la Plata a partir de 1808 haciendo girar su argumentación en torno a tres conceptos claves: Revolución-Independencia-Anarquía.  El proceso que se inicia pocos años antes de 1810 y se prolonga (…) hasta mediados de la década del 30 (…) podría decirse que se compendia y resume en tres términos los cuales, a su vez, transparentan otras tantas realidades: revolución, independencia y anarquía  (…)

 

     La revolución merece su nombre menos por el impulso de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del virreinato, que por su descendencia (…): la independencia y la anarquía.”[5]

 

    Retomando la obra de Díaz Araujo, éste en el Tomo III nos plantea que la revolución cambió su curso por obra de la acción de Moreno, que fue quien en realidad orientó a la Revolución hacia una posición acorde con el liberalismo, más aun, con el jacobinismo.

 

     Sabido es que el Primer Gobierno Patrio se constituyó basándose en unos arreglos entre los grupos políticos existentes en Buenos Aires (…)

 

     Pues (…) uno se esos sectores, el llamado ‘morenista’, se apoderó hegemónicamente de la Revolución, desplazando a los demás y consiguientemente, reemplazando los objetivos institucionales comunes, por unos unilaterales, de corte ideológico sectario.”[6]

 

     Antonio Caponneto también nos presenta un morenismo jacobino: “Otros criollos, en cambio, no entendían, no valoraban ni amaban lo que España había traído a estas tierras, y querían deshacerse de todo ello (…) Por ejemplo, Moreno, Monteagudo, Castelli.   Querían asesinar a los españoles. Escribieron un Plan de Operaciones para fomentar el terrorismo, el rencor y el odio. Eran socios de los ingleses y defendían sus intereses económicos. Y lo peor: atacaban la Religión Católica (…)  Algo muy feo e imperdonable que cometieron fue matar a Don Santiago de Liniers. El gran Caudillo de la Reconquista.”[7]

 

     Massot, por su parte, nos muestra un Moreno más orientado hacia la “derecha”, o al menos no tan inclinado hacia la “izquierda”.

 

     Mariano Moreno, Juan José Paso, Juan José Castelli y Manuel Belgrano (…) no ganaron sus credenciales revolucionarias por su afán de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del Virreinato, sino merced al cambio político que urdieron y, más aun, a la consecuencia que tuvo en años venideros: la independencia (…)

 

     Al analizar, pues, el uso de algunos de los principales conceptos de la ciencia política utilizados por el secretario de la Junta hay que buscar menos en las posibles inspiraciones ideológicas (…) y hacer hincapié más en las necesidades políticas (…)

 

     (…) atendiendo (…) más a los pactistas peninsulares que a Rousseau, apuntaba Moreno al hecho de que la Junta debía tener el consentimiento de los pueblos, aunque, delegado el poder, se establecía entre ambos una ineludible relación de mando-obediencia (…).”[8]

 

     Recordemos, por otra parte, que si bien Moreno hizo editar el Contrato Social de Rousseau, lo expurgó de aquellos capítulos en los que el autor “delira en materia religiosa”.

 

     Los hombres de Mayo fueron en general exponentes de una cultura hispánica, católica y monárquica, más o menos conservadores, más o menos tocados por las ideas del siglo -con mayores o menores influjos iluministas y críticas a la cultura barroca de los sectores populares-, que pedían reformas en la educación (en una línea utilitarista), o que criticaban cierta escolástica decadente[11]; pero no fueron necesariamente radicales o impíos.

 

     Si el proceso revolucionario hispanoamericano triunfó (…) se debió entre otras razones a la capacidad que demostró la clase dirigente de las Provincias Unidas para gerenciar una empresa tan compleja y peligrosa. Ahora bien, sus hombres no venían de Inglaterra ni de Francia. Habían recibido la educación del reino que introdujo en América su idioma, religión, leyes y costumbres; que fundó ciudades por doquier y creó escuelas y universidades cuya calidad nada tenía que envidiarle a la del resto del mundo colonial y que legó a todos los habitantes de estas latitudes una legislación tan realista como generosa.”[12]

 

     Lo erróneo sería suponer que nuestra revolución significó una ruptura con el pasado y el triunfo del “jacobinismo”; en tanto que el bando realista habría representado una postura tradicionalista, ultramontana y “reaccionaria”.  En realidad, hubo conservadores y liberales en ambos bandos:

 

     Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz).”[13]

 

     Un representante del conservadorismo realista fue el ilustre Santiago de Liniers. Desencadenados los hechos de Mayo de 1810, no pudo ver que una “nueva fidelidad”, el servicio a la Patria naciente, venía a reemplazar a la vieja fidelidad a un Rey que ya no reinaba. Y se opuso a un Movimiento que consideró revolucionario en la entraña misma de su ser. Encabezó la resistencia contrarrevolucionaria en Córdoba, que fue fácilmente contenida, y los cabecillas capturados y condenados. En estas circunstancias, y ante la presión de su padre político que no entendía su conducta, Liniers escribe: “(…) mi amado padre (...) en cuanto a mi individuo; ¿cómo siendo yo un general, un oficial quien en sus treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al soberano, quisiera Usted que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignominia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey; que por esa infidencia dejase a mis hijos un nombre, hasta el presente intachable con la nota de traidor? ¡Ah mi padre! Yo que conozco también la honradez de sus principios, no puedo creer que Usted piense, ni me aconseje motu proprio, semejante proceder (...)

 

   (...) Por último Señor, el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fue capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad, y del patriotismo, y que si no les deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar (...)”[14]

 

     Por su parte, Juan Manuel de Rosas en su mensaje a la Legislatura del año 1836 nos brinda una interpretación “tradicionalista” de la Revolución que llevó a la instalación de la Primera Junta. La Revolución se hizo, decía, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España.”

 

Notas:

[1] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina. Auge y ocaso de una Nación.

[2] Ídem.

[3] Montejano, Bernardino. La filosofía política de Mayo.

[4] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado I.

[5] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina…

[6] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado III.

[7] Caponnetto, Antonio. El Bicentenario en el aula.

[8] Massot, Vicente. Las ideas de esos hombres. De Moreno a Perón.

[9] Ídem.

[10] Massot, Vicente. Matar y morir. La violencia política en la Argentina  (1806-2011). Agrega el autor las escalofriantes líneas que le escribía el general francés a su gobierno: “Ciudadanos, la Vendée ya no existe: ha perecido bajo nuestra espada, lo mismo que sus mujeres y sus niños (…) De acuerdo con vuestras órdenes, he aplastado a los niños bajo las patas de los caballos y he masacrado a sus mujeres, que por lo menos (…) ya no engendrarán más bandidos. No tengo prisioneros que puedan reprochárseme.”

[11] “(…) nos venden doctrinas falsas por verdaderas, y palabras por conocimientos (…) de ninguna manera tratamos de lo concerniente a nuestros dogmas, ni a las decisiones de la Iglesia, ni a nuestra legislación (…)

(a) la filosofía que se enseña en nuestros estudios es adonde  se dirigen nuestras miras (…)

¿Qué otra cosa es obligarnos a discurrir sobre ridículas cuestiones (…); si los grados metafísicos en el individuo se distinguen real o virtualmente o por razón y otras cosas de este tenor? ¿Cuál es la utilidad que este estudio trae al hombre? ¿De qué le habrá servido un estudio tan ímprobo al hallarse en estado de ser útil a su rey, a su patria, a su religión y a sí mismo?” (Manuel Belgrano, Correo de Comercio, junio de 1810).

 

Si bien puede observarse una crítica a cierto escolasticismo, y un influjo de posturas utilitaristas acordes con la filosofía dieciochesca; sin embargo la concepción de servicio –a Dios, a la Patria y al Rey- que se desprende del último párrafo citado es acorde con la mentalidad tradicional.

[12] Massot, V. La excepcionalidad…

[13] Romero Moreno, Fernando. Bicentenario y Tradicionalismo.

[14] El Padre Cayetano Bruno nos describe sus últimos momentos: “(luego de conocer la sentencia de muerte) Liniers ya no pensó sino en su alma. (…) (un documento anónimo atestigua que) ‘pidió al Sr. Obispo (Orellana) le sacase de su bolsillo el rosario y paseándose lo rezó y continuó preparándose para la confesión, todo  con tal nobleza y entereza que…, en aquel estado de ignominia y con los brazos atados, parecía más glorioso que en sus victorias de la Reconquista…Este Señor y el coronel Allende hicieron su confesión con el Sr. Obispo (…) Liniers rechazó la venda. Luego ‘en voz perceptible (…) imploró el auxilio de María Santísima –bajo el título del Rosario de quien fue siempre muy devoto-, e hincado de rodillas’ dio la señal a los soldados”. (Bruno, C. Creo en la vida eterna)

 

Tomado de la página amiga http://historiatradicion.blogspot.com/

 


lunes, 9 de mayo de 2022

Las campañas finales al desierto, el afianzamiento de la soberanía en la Patagonia

 


Por: Lic. Sebastián Miranda


Entre 1880 y 1885 se realizaron las últimas campañas al desierto en la Patagonia, asegurando la soberanía en la región, entonces en disputa con Chile y terminando para siempre con el flagelo del malón.

Las grandes campañas realizadas por el general Julio Argentino Roca en 1879 barrieron con las tribus de La Pampa, reduciéndolas y obligándolas a entregarse o retirarse hacia los confines del Neuquén y los contrafuertes andinos para evitar ser capturadas. Entre 1880 y 1885 se realizaron una serie de campañas en regiones de difícil acceso que permitieron terminar con las últimas resistencias.

 

1. La campaña del general Conrado Villegas al Nahuel Huapi (1881)

 

El 12 de octubre de 1880 asumió la presidencia el general J. A. Roca, nombró como ministro de Guerra y Marina al general Benjamín Victorica. A pesar del daño propinado a los indígenas, algunos núcleos importantes todavía persistían. Si bien las incursiones eran aisladas, seguían generando daños e intranquilidad. El 19 de enero de 1881 300 moluches armados con Winchester asaltaron el fortín Guanacos y mataron al alférez Elíseo Boerr, 12 soldados y 17 vecinos. Los asaltos se repitieron en Córdoba, Mendoza y Buenos Aires, llegando hasta Puán.  En agosto de ese mismo año murieron en combate contra los indios el teniente Abelardo Daza y 15 soldados del Regimiento 1 de Caballería. Otras incursiones, aunque menores, llegaron a las inmediaciones de Bahía Blanca. Desesperados por el hambre, los salvajes se arriesgaban a adentrarse en el territorio controlado por el Ejército Argentino para evitar perecer.

Ante esta situación, el presidente ordenó al ministro de Guerra y Marina el envío de una expedición para explorar la región en torno al lago Nahuel Huapi y reducir a los salvajes que incursionaban y aprovechaban la cercanía de la frontera con  Chile –como lo venían haciendo desde hace décadas- para refugiarse en el país trasandino con el apoyo del gobierno. La misma quedó bajo la dirección del veterano general Conrado El Toro Villegas, uno de los más experimentados y valientes comandantes, entonces jefe de la línea militar del Río Negro. Previamente se realizaron una serie de exploraciones a cargo del teniente coronel Manuel J. Olascoaga, el teniente 1º Jorge Rohde y el capitán Erasmo Obligado que comandó una escuadrilla naval que recorrió el río Negro y el Limay. El general C. Villegas organizó la expedición dividiendo a las fuerzas en tres brigadas.

Primera brigada

Comandada por el teniente coronel Rufino Ortega, integrada por el regimiento 11 de caballería, el batallón 12 de infantería con 6 jefes, 16 oficiales y 474 de tropa. Debía salir de Chos Malal y batir a los indios en los contrafuertes andinos hasta el lago Nahuel Huapi. Inició la marcha el 15 de marzo de 1881, batiendo las zonas en torno al río Agrio, el arroyo Codihué, el lago Aluminé y el arroyo Las Lajas. El 26 de marzo se produjo un combate con indios que provenían de Chile que produjo la muerte de 2 suboficiales y 2 soldados. Posteriormente también murió en un enfrentamiento el teniente Juan Cruz Solalique. El 30 de ese mes 100 indios mandados por uno de los hijos del cacique Sayhueque, Tacuman, se enfrentaron a la división resultando muertos 1 suboficial y 10 salvajes.[1]

Segunda brigada

Mandada por el coronel Lorenzo Vintter, partió del fuerte General Roca. Debía avanzar hacia Confluencia, proseguir por la margen norte del Limay  luego dividirse en dos columnas para atacar las antiguas tolderías de Reuque Curá y las de Sayhueque. Estaba integrada por 6 jefes, 22 oficiales, 5 cadetes y 557 de tropa de los regimientos 5 y 7 de caballería y una sección de artillería con 2 piezas de montaña. Comenzó el avance en forma simultánea con la primera división. El 24 de marzo una avanzada mandada por el sargento mayor Miguel Vidal atacó sorpresivamente las tolderías del cacique Molfinqueo tomando prisioneros a 28 indios y a 3 comerciantes chilenos. Otro destacamento dirigido por el coronel Luis Tejedor recuperó casi 6.000 animales abandonados por los indios que huían hacia Chile. El 31 de marzo la partida del alférez Andrés Gaviña capturó una valija con las insignias del ejército chileno, dejada por un grupo de salvajes que escapaba de las fuerzas nacionales. El 9 de abril la brigada alcanzó el lago Nahuel Huapi.

Tercera brigada

Dirigida por el coronel Liborio Bernal comenzó las operaciones partiendo de la isla de Choele Choel, siguiendo por el arroyo Valcheta, adentrándose en Río Negro y de allí hasta el Nahuel Huapi. Las zonas a recorrer eran completamente desconocidas. Para su misión disponía de 10 jefes, 36 oficiales, 9 cadetes y 525 hombres de tropa del batallón 6 de infantería y el regimiento 3 de caballería. El 29 de marzo se logró la captura del capitanejo Purayan con 37 indios y 1400 cabezas de ganado. Previamente se había rescatado un niño que llevaba 8 años de cautiverio entre los salvajes. Gracias a la información aportada por el niño, se detectó una toldería cercada que fue atacada por un destacamento al mando del mayor Julio Morosini, permitiendo la captura de 10 indios y casi 1500 animales. El 2 de abril la brigada llegó al lago Nahuel Huapi.

El 10 de abril se produjo la reunión completa de las tres brigadas en las nacientes del río Limay. Finalizadas las operaciones y dado que en la época las temperaturas comienzas a ser muy bajas, el general C. Villegas dispuso el retiro de las brigadas hacia sus bases dando por finalizada la campaña. Si bien se produjeron importantes bajas a los indios, 45 muertos y 140 prisioneros, no se alcanzó el objetivo principal que era terminar con las masas de indígenas que aún quedaban en la región, dejando de esta manera la puerta abierta para nuevas acciones.

Mientras tanto los principales caciques que aún quedaban – Sayhueque y Reuque Curá- solicitaron apoyo a sus hermanos araucanos del otro lado de la cordillera para retomar la iniciativa. Los recursos, producto de los malones, actuaban como un importante imán para generar nuevos malones. El 16 de enero de 1882 aproximadamente 1000 indios atacaron un fortín ubicado en la confluencia de los ríos Neuquén y Limay. A pesar de que lo defendían solamente 15 soldados y 15 paisanos mandados por el capitán Juan G. Gómez, rechazaron a los salvajes. La acción evidencia el valor que siempre ha caracterizado al soldado argentino y la eficacia de los Remington. El 20 de agosto de ese año una partida de 26 soldados al mando del teniente Tránsito Mora y el alférez indígena Simón Martínez fue emboscada por 400 indios en las lomadas de Cochicó, siendo muertos todos los efectivos argentinos. Quedaba en evidencia que los salvajes no habían sido reducidos. El ministro de Guerra y Marina dispuso la reorganización de la fuerzas que quedaron agrupadas en la división 2º que desde Choele Choel controlaría y operaría sobre los ríos Neuquén y Negro y la división 3º que con su comando en Río Cuarto controlaría la Pampa Central.

 

2. Campaña del general C. Villegas (1882-1883)   

 

Ante los ataques de los indígenas, el general C. Villegas dispuso de una nueva expedición organizada con tres brigadas. Posteriormente emitió un informe que nos permite tener una muy detallada relación de todo lo sucedido en esta expedición en la que las fuerzas nacionales fueron eficazmente apoyadas por los indios amigos.[2]

Primera brigada

Al mando del teniente coronel Rufino Ortega, compuesta por una plana mayor, los regimientos 3 y 11 de caballería y el batallón 12 de infantería, con un total de 4 jefes, 20 oficiales y 310 soldados. Las fuerzas partieron en noviembre avanzando hacia el sur dirigiéndose a la confluencia de los ríos Collón Curá y Quemquemtreu. La marcha se realizó de noche para ocultarse de la observación de los indios, recorriéndose 250 km en seis noches en medio de bajísimas temperaturas, lo que da una idea de los padecimientos de estos sacrificados hombres. Al llegar a las tolderías del capitanejo Millamán, este se entregó junto a 27 lanceros y 61 de chusma que pasaron a engrosar los efectivos de la brigada. Para evitar la detección, la brigada desprendió destacamentos menores para sorprender a los salvajes en sus tolderías.

Destacamento del coronel Ruibal: operó contra la indiada del cacique Queupo, batiéndolo y matando a 14 lanceros y capturando a 65 salvajes, perdiendo por su parte 5 efectivos que se ahogaron al cruzar el río Aluminé.

Destacamento del teniente coronel Saturnino Torres: logró la captura del cacique Cayul y 80 de sus hombres, perteneciente a la tribu de Reuque Curá.

Destacamento del mayor José Daza: realizó una intensa persecución sobre los caciques Namuncurá y Reuque Curá que se escondieron en las zonas boscosas al sur del lago Aluminé pudiendo escapar.

Destacamento del alférez Ignacio Albornoz: logró la captura de 2 capitanejos y 100 indios.

El 4 de diciembre la brigada se reunió en el lago Aluminé y desprendió nuevas partidas al mando de los mencionados Ruibal y Daza, sumándose el mayor O`Donell y el teniente coronel Torres que causaron nuevas bajas a los salvajes. En total la brigada logró abatir a 120 guerreros y capturar a 52 de lanza y 396 de chusma además de rescatar a 5 cautivos. Se construyeron un pueblo y 6 fortines para controlar los pasos cordilleranos e impedir el paso a Chile o su retorno desde el país trasandino.

Segunda brigada

Dirigida por el teniente coronel Enrique Godoy, formada por una plana mayor y los regimientos 2 y 5 de caballería junto al batallón 2 de infantería, con 6 jefes, 32 oficiales y 512 de tropa. Inició la marcha el 19 de noviembre de 1882 hacia su objetivo central, la confluencia de los ríos Collón Curá y Quemquemtreu desde donde desprenderían partidas para reducir a los salvajes de la zona. Operó en forma similar a la primera brigada, desprendiendo columnas menores para atacar a los salvajes.

Destacamento del mayor Roque Peitiado: operó contra las tolderías del capitanejo Platero, logrando tomar 23 prisioneros a costa de la pérdida de 2 soldados propios y 10 heridos.

Destacamento del coronel Juan G. Díaz: prosiguió el ataque contra las indiadas que habían escapado del mayor R. Peitiado. El 11 de diciembre en un desfiladero en las cercanías del lago Huechu Lafquen, fueron emboscados por los salvajes armados con Rémingtons que habían fortificado la posición cerrando el camino. Las fuerzas nacionales treparon por las laderas escabrosas y después de casi tres horas de combate desalojaron a los indios, perdiendo la vida un soldado y el teniente 1º Joaquín Nogueira.

Dada la gravedad de los acontecimientos, el teniente coronel M. Godoy inició nuevas operaciones para acabar con las tribus de Namuncurá y Reuque Curá que se habían establecido en las márgenes del río Aluminé. El 1º de diciembre reinició el avance, enviando notas a los caciques para pactar su rendición. Cuatro días después se presentó el cacique Manquiel con toda su tribu por el que se supo que la 1º brigada había logrado la captura del grueso de las tribus de Namuncurá y Reuque Curá, incluyendo a los hijos y mujer del primero. El 14 de diciembre el teniente coronel M. Godoy llegó a su objetivo central, la confluencia de los ríos Collón Curá y Quemquemtreu. Desde este lugar emprendió una segunda operación, esta vez contra el  cacique Ñancucheo que seguía evadiendo a las fuerzas nacionales atravesando terrenos dificilísimos de transitar. El cacique pudo escapar pero se logró la captura de numerosos salvajes. El incansable teniente coronel M. Godoy dispuso una nueva expedición para limpiar de indios la región. En enero de 1883 se realizaron nuevas acciones que permitieron la captura de 55 indios, abatiendo además a 1 capitanejo y 3 guerreros. Ñancucheo fugó a Chile. Durante estas acciones el sargento mayor Vidal se enteró de la presencia de una partida del ejército chileno en territorio argentino lo que motivó las protestas del gobierno nacional.

El 6 de enero de 1883 se produjo el combate de Pulmarí, en esa ocasión el capitán Emilio Crouzeilles y el teniente Nicanor Lezcano con 40 hombres se enfrentaron a un grupo de salvajes. Un oficial con uniforme del Ejército de Chile pidió parlamentar, los oficiales se acercaron y en ese momento fueron atacados y muertos a traición junto a un soldado:

“(…) Los indios en número se sesenta, tomando aislados a estos oficiales con un reducidísimo número de hombres, sorprendidos en un terrible desfiladero, dieron fin con ellos y cuatro soldados, acribillándolos a lanzazos e hiriéndolos de bala (…)”[3]

El 16 de febrero el teniente coronel Díaz chocó con alrededor de 150 indios en las cercanías del lago Aluminé en las cercanías de Pulmarí en el paraje de Lonquimay.[4] Nuevamente las fuerzas del Ejército Argentino se enfrentaron a efectivos chilenos, Díaz no cayó en la trampa y ante el ofrecimiento de parlamento abrió fuego contra también los chilenos capturándoseles armamento y pertrechos con la inscripción Guardia Nacional:

Rompió el fuego sobre aquella tropa que avanzaba y sostuvo un brillante combate, rechazando completamente a esa fuerza superior en número que avanzó hasta cuarenta pasos de sus posiciones. Quedaron tendidos en el campo parte de ellos: seis soldados uniformados y un indio (…)”.[5]

De esta manera los efectivos argentinos defendían la soberanía dejando de lado la diplomacia y expresándose con el lenguaje de los fuertes, necesario cuando se viola el solar patrio.

En total la brigada logró la captura de 700 indios, poniendo fuera de combate a un centenar de ellos y limpiando el territorio argentino de partidas chilenas. También se construyeron nuevos fortines, al igual que lo hizo la primera brigada, para impedir el paso de los salvajes entre Argentina y Chile.

Tercera brigada

Comandada por el teniente coronel Nicolás Palacios con 4 jefes, 22 oficiales y 437 de tropa, estaba integrada por el regimiento 7 de caballería, el batallón 6 de infantería y un grupo de indios auxiliares. El 15 de noviembre de 1882 partió de la isla de Choele Choel con rumbo hacia el lago Nahuel Huapi para establecer allí su campamento general desde donde destacaría partidas contra los salvajes. Se libraron una gran cantidad de memorables combates entre los que se destacaron las incursiones del teniente coronel Rosario Suárez, la dirigida por el propio teniente coronel N. Palacios. El 22 de enero de 1883 una partida mandada por el capitán Adolfo Druy y el teniente 1º Eduardo Oliveros Escola se enfrentó a 400 indios del cacique Sayhueque que huía de la persecución de las fuerzas nacionales.

Como resultado de las acciones de esta brigada 3 capitanejos y 140 guerreros resultaron muertos, 2 caciques, 4 capitanejos, 114 de lanza y 361 de chusma fueron capturados. También se construyeron nuevos fortines.

La expedición en su conjunto produjo el afianzamiento de la soberanía en las provincias de Neuquén y Río Negro, dejando fuera de combate a las principales tribus mapuches y bloqueando los pasos de la cordillera por donde penetraban estos y los araucanos desde Chile.

Uno de los libros indigenistas más difundidos sobre la cuestión de la guerra en el Neuquén es el de los autores Curapil Churruhuinca y Luis Roux Las matanzas del Neuquén. Curiosamente, los escritores ponen este título al libro pero no demuestran la existencia de ninguna matanza. Sin embargo, hay una serie de datos que resultan interesantes. Según las cifras aportadas por los propios autores, había en la región del Neuquén alrededor de 60.000 indígenas, la mayoría dependientes de los caciques Sayhueque y Purrán.[6] Sostienen:

De este modo concluye la Campaña de los Andes. Durante la misma mueren 354 indígenas y se capturan 1.721, con las bajas nacionales de 5 oficiales y 38 soldados. Para el resultado no fue mucho el costo, comparativamente”.[7]

Aunque el número de indígenas que habitaban la región, según los autores, nos parece excesivo, pero tomémoslo como cierto. Entonces si sobre 60.000 indios, fueron muertos 354, esto quiere decir que cayeron el 0,59% en operaciones militares, una cifra prácticamente irrisoria para una guerra, ¿a dónde están las masacres a las que se refieren los escritores? En su mensaje al Congreso de la Nación de 14 de agosto de 1878, el general J. A. Roca afirmó que en la zona había unos 20.000 salvajes. Si tomamos como el total este número, entonces el porcentaje de indios del tronco araucano caídos en la campaña al Neuquén sería entonces del 1,77%, cifra también muy baja para una guerra de exterminio como sostienen los indigenistas. De esta forma podemos observar como el tan mentado genocidio es una mentira. Uno podría sumar las bajas de las campañas de 1878-1879, pero esto no es aplicable a los indios del tronco mapuche o araucano del Neuquén y Río Negro ya que estos no fueron afectados por las mismas que estuvieron dirigidas contra las tribus de la región central de la Argentina. En otro orden, son los mismos autores los que admiten la gran incidencia de las luchas internas en las tribus y entre las mismas, en los índices de mortalidad de los indígenas.[8] Las cifras de las bajas indígenas también demuestran que la tan publicitada bravura indomable del indio se practicaba contra las poblaciones indefensas, pero de poco le valía contra los efectivos del Ejército Argentino.​

 

3. Expediciones finales  

 

A fines de 1883 y comienzos de 1884 comenzaron las operaciones finales contra los salvajes, enfermo y cargado de cicatrices, el célebre Toro Conrado Villegas se marchó a Europa para intentar curarse, pero falleció en París el 26 de agosto de ese año. Fue reemplazado en el mando de la 2º Brigada por el general Lorenzo Vintter que se convirtió en gobernador militar de la Patagonia y continuó las acciones en Neuquén y Río Negro. Acosado por el hambre y la implacable persecución de las fuerzas argentinas, el 24 de marzo de 1884 se rindió el cacique Namuncurá con 9 capitanejos, 137 de lanza y 185 indios de chusma.

Solamente quedaban en pie los restos de las tribus de Sayhueque e Inacayal. Para terminar con ellas, el general L. Vintter envió una nueva expedición, esta vez al mando del teniente coronel Lino Oris de Roa. Partiendo el 21 de noviembre de 1883 de fortín Valcheta con 100 hombres se dirigió hacia el río Chubut que se había unido a otros caciques pero apenas lograba reunir algo más de tres centenares de guerreros. Las patrullas del sargento mayor Miguel Linares y el capitán Manuel Peñoiry continuaron los rastrillajes y las acciones que permitieron nuevas capturas. El 1º de enero de 1884 las fuerzas del teniente coronel de Roa chocaron con 300 indios dirigidos por el cacique Inacayal, quedando 4 de ellos muertos en el campo de batalla, 16 fueron tomados prisioneros. El hostigamiento constante generó nuevas rendiciones, poco tiempo después de la de Namuncurá, se presentó el cacique Maripán con 184 guerreros. Otros centenares se fueron presentando en los días siguientes.

El general L. Vintter dispuso ese mismo año el envío de tres columnas al mando del sargento mayor Miguel Vidal para batir a los indios que quedaban aún escondidos, especialmente en los poco accesibles contrafuertes andinos, logrando la captura de 300 indios. La presión constante dio el resultado esperado, el 1º de enero de 1885 Sayhueque, el último de los grandes caciques se presentó en el fuerte Junín de los Andes junto con 700 lanceros y 2500 de chusma.

El 20 de febrero de 1885 el general L. Vintter escribió al jefe del Estado Mayor General del Ejército, general de división Joaquín Viejobueno:

En el Sud de la República no existen ya dentro de su territorio fronteras humillantes impuestas a la civilización por las chuzas del salvaje.

Ha concluido para siempre en esta parte, la guerra secular que contra el indio tuvo su principio en las inmediaciones de esa capital el año 1535”.[9]

Las campañas al desierto habían terminado poniendo fin para siempre al azote del malón, a las fronteras interiores, al cautiverio y asesinato de miles de pobladores habiendo asegurando la soberanía sobre la Patagonia pretendida por Chile.

 

4. El mapuchismo

 

Sometidas las tribus, la mayoría de los caciques fueron tomados prisioneros y liberados al poco tiempo, el propio Sayhueque, a pesar de la resistencia que había ejercido, en abril de 1885 ya estaba de retorno con su comitiva en Río Negro desde donde pasó con su tribu a las tierras asignadas por el gobierno argentino en Chubut. Es decir, fue detenido en enero, y en abril ya había vuelto a la libertad ¿dónde está la tan proclamada ferocidad genocida del Ejército y las autoridades argentinas? El otorgamiento de tierras a Namuncurá demoró más, pero el gobierno chileno intentó seguir usando a los mapuches contra la Argentina. En el Primer Congreso del Área Araucana Argentina en 1963, se afirmó que:

En 1908 el Gobierno de Chile puso a su disposición 1.800 hombres aguerridos para reconquistar sus antiguos territorios”.[10]

Todavía en 1908 los mapuches seguían pensando, con el apoyo de Chile, en invadir el Neuquén. Nunca los mapuches aceptaron al hombre blanco en la Patagonia:

Por cierto, tras las adjudicaciones y la llegada de los pioneros, funcionarios, comerciantes y, especialmente, colonos y hacendados, los mapuches constituyeron por un buen tiempo un peligro constante de represalias y daños, atosigados como estaban por el rencor y el deseo de venganza, con el oprobioso recuerdo de los desmanes del gran malón blanco”.[11]

Los citados autores indigenistas –Churruhinca y Roux- hacen amplias referencias al valor que dan a la pertenencia de la Patagonia a la Argentina y a la bandera nacional:

“(…) Moreno consideró que estas regiones debían incorporarse a la República Argentina. Y actuó en función de esa idea  (…) Si Moreno fue leal a su país no actuó lealmente con Sayhueque y sus muchos amigos indios, a quienes aseguró visitar solamente para conocerlos, mientras trabajaba su mente y su corazón al acuciamiento de trasladar esos dominios a la Argentina por la sumisión o por la fuerza”.[12]

Está claro que para los mapuchistas, el Neuquén y el Río Negro no eran parte de la Argentina sino que formaban un Estado aparte, el mapuche. Después de hacer una referencia a las campañas finales de 1884-1885, y refiriéndose al destino de las tribus rendidas afirman:

Para todas ellas principará una nueva etapa. Bajo nueva bandera. Bajo nuevos nombres”.[13]

A continuación dejan muy claro el concepto indigenista de pueblo originario:

“(…) Gringos eran todos los no mapuches, argentinos o europeos. Extranjeros para los nativos neuquinos. Y la sangre ardida de los hermanos muertos ponía una pared rocosa entre naturales y blancos. Difícil entenderse”.[14]

Parecen olvidar que fueron los indios araucanos o chilenos, hoy llamados mapuches, los que desde el occidente de la cordillera de los Andes invadieron la Patagonia expulsando o exterminando a las tribus locales.

Finalmente, el rechazo a la bandera argentina aparece nuevamente reflejado en las siguientes palabras:

“(…) Las huestes roquistas han destruido en Neuquén indígena para enarbolar una enseña y traer una gringada. Negocio de usurpación, proclama de soberanía tres veces ilegítima, edificada sobre la mentira, la ofensa gratuita y el crimen, comercio infamado de tierras”.[15]

No es de extrañar que los mapuches se opusieran al proceso de fundación de pueblos y parques nacionales en Neuquén y Río Negro. Pasado el tiempo el movimiento mapuche parecía apagado, pero algo ocurrió. En 1963 los mapuches lograron concretar la reunión del Primer Congreso del Área Araucana Argentina en San Martín de los Andes. Por iniciativa de un vecino del Neuquén, Willy Hassler, nombre no muy originario (se trataba de un alemán), comenzó a avivar la problemática de los mapuches en los parques nacionales.

Las usurpaciones de terrenos y atentados de los mapuches se están convirtiendo en moneda

corriente. Carlos Sapag, hermano del gobernador denunció:

Son activistas que cuentan con apoyo de las FARC y relaciones con Batasuna, el brazo político de ETA”.[16]

El entonces intendente de Villla Pehuenia, Silvio del Castillo, declaró:

En Villa Pehuenia los mapuches ya tienen 10.000 hectáreas en su poder. No voy a entregarles un metro más”.[17]

Sin embargo, no todos los mapuches comparten esta visión expansionista:

Arrastran a los jóvenes a una lucha sin sentido. Nosotros queremos la paz. Hoy los mapuches ocupan tierras que nunca fueron nuestras”.[18]

La Sociedad Rural de Neuquén ha denunciado que en la provincia hay al menos 57 campos usurpados. Todo esto es promovido por la Confederación Mapuche que agrupa a las principales comunidades, sin embargo sus detractores la acusan de:

“(…) Estar infiltrada por activistas de izquierda que pretenden escindir el territorio de la Argentina. También los acusan de malversación de fondos”.[19]

Este dato no es menor y es donde se encuentra el meollo de la cuestión. No solamente tienen nexos con organizaciones de izquierda sino que reciben el apoyo mediático de supuestas ONGs. Curiosamente la sede central del movimiento mapuche reside en Londres que de esta manera debilita a la Argentina y ejerce una nueva amenaza sobre la Patagonia y sus recursos, sumándola a la presencia de la base militar de la OTAN en Malvinas.

En total en la Argentina el reclamo es por 15 millones de hectáreas, en Neuquén se centra en las zonas de San Martín de los Andes, Junín de los Andes, Villa la Angostura, Villa Pehuenia, Zapala, Aluminé y Cutral Có. En Río Negro los más importantes están en El Bolsón, Bariloche, Comallo, Trapalcó, Ñirihau, Cuesta del Ternero y Chelforó. Estos intentos de obtener tierras que son patrimonio de los argentinos se extienden incluso a la provincia de Buenos Aires, a la que nunca llegaron los mapuches.

El avance del movimiento mapuche es notable, las 18 comunidades originales que reclamaban tierras se han convertido en 55 solamente en Neuquén. Martín Maliqueo, vocero de una de ellas, la Lonko Purrán, declaró:

“(…) No somos ni chilenos, ni argentinos, somos mapuches y no nos sentimos representados”.[20]

El proceso cesionista y antiargentino se extiende.

 

Notas:

[1] Todas las cifras utilizadas en este trabajo han sido tomadas del libro de WALTHER, Juan Carlos. La conquista del desierto, cuarta edición, Buenos Aires, EUDEBA, 1980. Se trata de una de las mejores obras generales sobre la cuestión de las campañas al desierto.

[2] MINISTERIO DE GUERRA Y MARINA. Campaña de los Andes al sur de la Patagonia. Partes detallados y diario de la expedición. Ministerio de Guerra y Marina, segunda edición, Buenos Aires, EUDEBA, 1978. Para las acciones de los indios amigos ver pp. 86, 88, 94, 102, 106, 108, 112

[3] MINISTERIO DE GUERRA Y MARINA. Op. cit., p. 85.

[4] Ver el excelente e imprescindible trabajo de PAZ, Ricardo Alberto. El conflicto pendiente. Fronteras con Chile, segunda edición, Buenos Aires, EUDEBA, 1981, pp. 58-59.

[5] MINISTERIO DE GUERRA Y MARINA. Op. cit., pp. 18-19.

[6] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Las matanzas del Neuquén. Crónicas mapuches, tercera edición, Buenos Aires, Plus Ultra, 1987, p. 195

[7] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 167.

[8] Ver CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., pp. 54, 55, 68, 71, 89, 108, 149.

[9] Carta del general L. Vintter al jefe del Estado Mayor General del Ejército, general de división Joaquín Viejobueno, 20 de febrero de 1885.

[10] VIGNATTI, M. A. Iconografía aborigen. En: Primer Congreso del Área Araucana Argentina, Buenos Aires, 1963, T II, p. 52.

[11] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 242.

[12] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 103.

[13] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 173.

[14] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 216.

[15] CHURRUHUINCA, Curapil y ROUX, Luis. Op. cit., p. 249.

[16] Declaraciones de Carlos Sapag. En: MOREIRO, Luis. El regreso de la araucanía, Buenos Aires, La Nación, domingo 18 de octubre de 2009, sección 6.

[17] Declaraciones del intendente de Villa Pehuenia, Silvio del Castillo. En: MOREIRO, Luis. El regreso de la araucanía, Buenos Aires, La Nación, domingo 18 de octubre de 2009, sección 6.

[18] Declaraciones de los caciques mapuches de las comunidades de Currumil y Aigo. En: MOREIRO, Luis. El regreso de la araucanía, Buenos Aires, La Nación, domingo 18 de octubre de 2009, sección 6.

[19] MOREIRO, Luis. El regreso de la araucanía, Buenos Aires, La Nación, domingo 18 de octubre de 2009, sección 6

[20] En: VARISE, Franco. Crecen conflictos con aborígenes por reclamos de tierras, Buenos Aires, La Nación, 16 de agosto de 2009, p. 19

 

Tomado de: https://deyseg.com/history/196

 


jueves, 28 de abril de 2022

SARMIENTO Y LA PATAGONIA*

 


Por : R.P. Anibal Atilio Rotjer


HOMENAJE SOSPECHOSO

Sarmiento —el hombre del homenaje— debe ser previamente conocido por todos los argentinos para poder luego juzgar si vale la pena honrarle oficialmente en el sesquicentenario de su nacimiento.

Porque no debemos prestarnos a tributar loas inconsideradas a cuanto hombre público apareció en el escenario nacional durante la repartija que siguió a Caseros sin apreciar antes debidamente su valoración histórica en beneficio real del país.

Si no obramos así nos exponemos, con nuestra desaprensiva actitud, a pronunciar tácitamente un juicio aprobatorio de su actuación en bloque, que pudo ser, por momentos, desquiciadora para la nación.

Hay seudopróceres que sólo merecen el repudio unánime de sus conciudadanos; no ciertamente por lo bueno que hicieron y dijeron, lo cual desde luego lo aprobamos y a su tiempo lo señalaremos (pues no desconocemos los aciertos y hasta las buenas intenciones que pudieron tener), ni por sus personas, dignas de nuestro respeto y objeto primario de la caridad cristiana; sino precisamente por todo lo malo, equívoco y tendencioso que dijeron e hicieron y de lo cual no se retractaron.

Por esta sola razón, que todo lo afea y lo corrompe todo, son execrables; cabalmente por ser hombres públicos de gravitación nacional, consagrados históricamente como paradigmas de la argentinidad.

Resultan, en consecuencia, personajes funestos para la formación espiritual de las jóvenes generaciones, que siempre deberán contemplar en los próceres —dignos de tal nombre— modelos que imitar, ya sea en sus virtudes ciudadanas como también en el noble arrepentimiento de sus extravíos.

Si no mediase esta última circunstancia —que honra toda una vida—, se correrá el riesgo de desviar la conciencia nacional por caminos antipatrióticos, que conducirían irremediablemente a la negación de todos los valores que nos enorgullecen como argentinos.

Además debemos precavernos contra la insinceridad de ciertos homenajes que sólo se realizan en honor de determinados próceres con el fin premeditado de exaltar los aspectos heterodoxos de su pensamiento y de su conducta, desestimando deliberadamente lo que aportan de auténticamente constructivo para la nacionalidad.

Lamentablemente todo esto se ejecuta con exclusión de otros próceres, condenados a vivir eternamente anónimos para los argentinos en los homenajes oficiales, y que merecen, como los demás, y a veces más que algunos de ellos, nuestro recuerdo y agradecimiento por las grandes obras que hicieron y por los luminosos ejemplos de virtudes que nos legaron.

En la primera hora de nuestra historia los próceres de la patria inmolaron su vida en los campos de batalla para guardar incólume el patrimonio nacional, y los que declararon la independencia juraron defender nuestra libertad y la soberanea del territorio patrio "con sus vidas, haberes y fama".

Veamos entonces cómo obró Sarmiento siguiendo las huellas de los héroes de Mayo y de Julio; porque esta será la piedra de toque que nos permitirá reconocer en él al compatriota ilustre que merezca o no el homenaje de los argentinos.

SENSACIONAL DESCUBRIMIENTO

Cuando el gobierno argentino, por intermedio de Rosas y su ministro Arana, elevó su formal protesta al gobierno de Chile por el atropello perpetrado en las tierras australes, escribía Sarmiento en su periódico La Crónica, el 5 de agosto de 1849: "Todos mis esfuerzos de contracción se circunscribieron al asunto (sobre las ventajas para Chile de ocupar el estrecho de Magallanes y fundar allí una población), y una vez seguro de que la tentativa era posible, inicié la redacción de El Progreso (en 1842) con una serie de estudios que hoy, despues de ocho años, no son del todo estériles" (1).

Reconoce más adelante "haber inducido y aconsejado con singular tesón al gobierno de Chile a dar aquel paso"; y defiende luego "la colonia, a cuya fundación —dice— había ya contribuido yo con mis escritos" (2).

Estas referencias se relacionan con los ocho artículos que publicó en aquel periódico, desde el 11 hasta el 28 de noviembre de 1842 y que casualmente no se encuentran en ninguna de las ediciones de sus Obras Completas, pero que pueden leerse en  la transcripción del abogado secretario de la Dirección General de Bibliotecas, Archivos y Museos de Santiago de Chile, publicada por el autor de Unión Nacional (3)..

El 22 de noviembre de 1842 afirmaba: "Creemos haber dicho hasta ahora lo suficiente para hacer sensible la necesidad absoluta en que nos hallamos de tomar medidas oportunas para asegurarnos lo que podría pasar a otras manos" (4).

Y como no daba puntada sin nudo, ya había sugerido en El Progreso el 15 de noviembre: "En recompensa de nuestros esfuerzos nos prometemos ser nombrados diputados, cuando menos a alguna legislatura por la provincia de Magallanes, cuyos principios y población habremos favorecido tanto" (5). He aquí la primera cuota del precio de la traición.

Finalmente el 28 de noviembre de 1842 incitaba al gobierno de Chile a decidirse ya; pues "esta habilitación del Estrecho —decía— ha de acarrearnos inmensas ventajas y nos asegurará  un porvenir colosal. ¿Quedaban acaso dudas, después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad de hacer segura la navegación del estrecho y establecer allí poblaciones chilenas? Pero, ¿qué se hará para aclararlas o desvanecerlas? ¿Permanecer en la inacción meses y meses? Nada sería dar el primer paso. Para Chile basta en el asunto de que tratamos decir: ¡Quiero!, y el Estrecho de Magallanes se convierte en un foco de comercio y de civilización. Creemos haber tocado cuando estaba a nuestro alcance para la prosperidad del país y su futuro engrandecimiento" (6)..

Hecho el sensacional descubrimiento: que casi toda la Patagonia argentina pertenecía a Chile, y habiendo iniciado Sarmiento en 1842 una tenaz campaña para que aquel país ocupara ese territorio, era lógico que el gobierno de Chile  se resolviera finalmente a proceder según sus consejos, y organizara la expedición que partió el 21 de mayo de 1841 y ocupó, en nombre de Chile, el 21 de septiembre de ese año, aquellas tierras que la Argentina siempre consideró suyas.

El historiador chileno Diego Barros Arana expresó una gran verdad cuando escribió en su texto de historia: "La ocupación de Magallanes había sido pedida muchas veces por la prensa" (7).

EL RENEGADO

En esos mismos días Sarmiento había renegado de su patria. Era natural que trabajara para hacerse méritos ante la nueva patria adoptiva.

En efecto: el 11 de enero de 1843 declaraba, en el Heraldo Argentino: "Los argentinos residentes en Chile pierden desde hoy su nacionalidad. (Determinación tomada por despecho al producirse la derrota unitaria de Arroyo Grande). Los que no se resignan a volver a la Argentina deben considerarse chilenos desde ahora. Chile puede ser en adelante nuestra patria querida. Todo será desde hoy para Chile, pues el americano se halla en todas partes en su misma patria. Debemos vivir, solamente para Chile, y en esta nueva afección deben ahogarse las antiguas afecciones nacionales" (8).

Sarmiento reclamó para sí la divisa de Pacuvio: "Ubi bene, ibi patria" (donde estoy cómodo, ésa es mi patria). Así piensan también los egoístas que profesan el individualismo liberal y masónico, y los anarquistas y marxistas del comunismo y socialismo: enemigos declarados del verdadero patriotismo.

Cuando intentó tomar carta de ciudadanía chilena se interpuso su compañero Juan Bautista Alberdi que, mientras Sarmiento renegaba de su patria, rehusó mancharse con tal ignominia; y escribió entonces estas patrióticas palabras: "Hoy más que nunca el que ha nacido en el hermoso país situado entre la cordillera de los Andes y el Rio de la Plata tiene el derecho de exclamar con orgullo: soy argentino" (9).

Cuarenta años más tarde en un banquete en Santiago de Chile, recordará Sarmiento su renuncia a la nacionalidad argentina al afirmar en el brindis del 5 de abril de 1884: "Fui chileno, señores, os consta a todos" (10). Esta misma declaración la repetirá el ministro de Chile en la Argentina en el acto de inauguración de la estatua de Sarmiento en Palermo el 25 de mayo de 1900: “Yo soy declarado por unanimidad bueno y leal chileno —dijo Sarmiento—. ¡Ay del que persista en llamarme extranjero!" (11)..

LA TRAICION

Cuando el gobierno de Buenos Aires, salió en defensa de nuestra soberanía patagónica escribió Sarmiento en su periódico La Crónica del 11 de marzo de 1849: Esta querella internacional suscitada por el gobierno argentino "por intereses frívolos y tan a deshora y en que se invierten fondos, tiempo y atención, y que es promovida sólo por gobiernos engañados por una falsa gloria, es ociosa e improductiva para el gobierno que la provoca, y acaso puede desencadenar una guerra por cosas que no merecían cambiar dos notas.. . Tales derechos (de Chile) el gobierno de Buenos Aires debe por decoro cuidar de no atropellar" (12).

Así estimaba —dice Manuel Gálvez— la pérdida para su patria de territorios de formidable valor estratégico: una de las grandes rutas del mundo (13).

Y continúa Sarmiento: "Un territorio limítrofe pertenece a aquél de dos estados a quien aproveche su ocupación sin dañar ni menoscabar los intereses del otro. . . Para Buenos Aires es una posesión inútil. ¿Qué haría el gobierno de Buenos Aires con el Estrecho de Magallanes: país remoto, frígido, inhospedable? Si Chile lo abandonara, ¿lo ocupará acaso Buenos Aires?, ¿y para qué? ¡Que pueble el Chaco y el Sur hasta el Colorado y el Negro y deje el estrecho a quien lo posee con provecho!. . . Magallanes por lo tanto pertenece a Chile por el principio de conveniencia propia sin daño a tercero''(14)

Y no sólo el estrecho sino toda la Patagonia correspondería a Chile según Sarmiento, pues agrega a renglón seguido: "Quedara por saber aun si el título de erección del virreinato de Buenos Aires expresa que las tierras al sur de Mendoza entraron en su demarcación; que, a no serlo, Chile pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las Provincias de Cuyo”(15)

De esta manera, mientras la Argentina protestaba contra el injusto agresor de la patria, y en el Litoral se desangraban sus hijos ante la prepotencia del imperialismo anglofrancés, Sarmiento —aprovechando la angustia nacional— alentaba al invasor para avanzar impunemente en sus posesiones; ocupando no sólo el estrecho sino toda la Tierra del Fuego y la Patagonia hasta La Pampa y el límite con Mendoza.

Al aparecer en La Crónica un nuevo artículo, el 29 de abril de 1849, sus amigos en Buenos Aires se lo criticaron acerbamente, y Bernardo de Irigoyen, desde Mendoza lo trató de "traidor a la patria" (16).

El respondió entonces: "Traten antes de re conquistar sus propias casas amenazadas por los salvajes" y luego preocúpense por conquistar lejanas tierras que son "sin provecho próximo ni futuro". Luego añadía: "En los mapas de Europa la Patagonia figura como tierra no ocupada y ponen los límites a la República Argentina el río Negro al Sur, demarcando separadamente la Patagonia como país distinto... En 1842 insistimos para que Chile colonizase aquel punto. Entonces como ahora tuvimos la convicción de que aquel  territorio era útil a Chile e inútil a la República Argentina; y no sabemos si sería obra de caridad arrebatar el terreno, para poblarlo, a un gobierno como el argentino que no es capaz de conservar poblado el que le dejó la España" (17).

Más tarde, como presidente, despotricará contra "esos chilenos guapetones" a quienes se les fue la mano en sus pretensiones. Pero ¿quién -los azuzó para avanzar en la conquista de la tierra que, según él, no pertenecía a nadie?

ABOGADO DE UN GOBIERNO EXTRANJERO

Para que no quedasen dudas sobre lo que Sarmiento llama "derechos de Chile" resumió todos los antecedentes en La Crónica del 4 de agosto de 1849 para sacar luego la siguiente conclusión: "No me ocurre en mi simplicidad de espíritu cómo se atreve el gobierno de Buenos Aires, en vista de estas demostraciones, a sostener ni mentar siquiera sus derechos al Estrecho de Magallanes; si bien sé que una vez que toma el freno no suele largarlo si no le rompen las quijadas a golpes. Pero, para Chile, para los argentinos y para mí (¡qué! ¿no era argentino?) bástenos la seguridad que ni sombra ni pretexto de controversia le queda con los documentos y razones que dejo colacionados" (18). El patriotismo de los argentinos resulta ser para Sarmiento un simple problema de tozudez equina.

El 9 de diciembre de 1849 zanjó definitivamente la cuestión diciendo en forma apodíctica en su periódico: "Los documentos son pruebas irrefragables contra las pretensiones del gobierno argentino. Sus reclamaciones están desnudas de toda sombra de fundamento"(19)

En Recuerdos de Provincia —primera edición de 1850— se gloriará de su gran hazaña patriótica manifestando que: "La ocupación de Magallanes ha salido de los trabajos de El Progreso; como la reivindicación de los títulos de posesión de Chile salió después de las investigaciones de La Crónica" (20).

La Nación Argentina, diario mitrista, le recordaba a Sarmiento el 4 de' octubre de 1868: "Usted ha sostenido en Chile contra su patria los pretendidos derechos de un país extranjero para despojarle de su territorio.. . No creo que haya ningún hombre, cualquiera sea su nacionalidad, que intente justificar al señor Sarmiento; pues, hasta hoy, todos los pueblos del mundo han condenado del modo más terrible al que atenta contra la integridad del territorio de su país en beneficio de un gobierno extranjero" (21).

Y el 6 de octubre presentaba las pruebas de su acusación y reproducía el artículo de La Crónica encabezándolo con estas palabras: "Sarmiento ha sido abogado de un gobierno extranjero contra su propio país. El ha sugerido, ha propagado y ha hecho triunfar la idea de hacer despojar a la República Argentina de su territorio. El inició, en la prensa la tarea de probar que no pertenecían a la República Argentina sino a Chile los territorios de' la Patagonia"  (22).

Sus amigos, entonces, salen por su defensa desde las columnas de El Nacional, afirmando que lo hizo para atacar a Rosas. Pero La Nación les contesta: "El aconsejar a los gobiernos extranjeros que le arrebaten sus territorios, ¿es atacar a Rosas o a la República Argentina? ¿Son acaso de Rosas las tierras magallánicas o de la República Argentina ?"  (23).

EL PRESIDENTE

Cuando en 1873, al fin de su presidencia, se renovó entre los dos países la querella diplomática sobre los derechos a tales tierras, Sarmiento dijo que era una pretensión torpe querer basarse en aquellos artículos de joven emigrado; y en tal sentido le escribe al ministro plenipotenciario argentino en Chile, Félix Frías, el 20 de mayo de ese año: "Los escritos anónimos de un diario chileno que se proponían ser útiles y cuya redacción se atribuye a un joven emigrado argentino, hoy presidente de esta república (no pueden utilizarse) para comprometerlo (en su cargo, ni se debe) suponer que al Jefe de un Estado lo liguen ideas que pertenecieron a otro país. . . Es verdad que un diario sostuvo estas ideas, pero ellas no llevan nombre da autor. Yo, López (Vicente Fidel ) y Vial redactábamos el diario. Eran anónimos los artículos y no pueden citarse como doctrina de autor aquellas que no llevan su nombre. Todo argumento sacado de allí contra mí es simplemente contra un diario chileno" (24). Luego en su ingenua cobardía, le ruega que no muestre a nadie la carta, y termina suplicándole que por favor lo defienda de sus enemigos (25).  

Sarmiento se olvidó de añadir que él siempre reconoció estos artículos cómo suyos, que los reprodujo varias veces con suma fruición sin negarles su paternidad, y que les agregó otros nuevos argumentos para demostrar mejor los derechos de Chile.

Además, al principio de su presidencia, en 1868, el comandante Luis Piedrabuena —paladín de la causa argentina en las regiones australes e incansable, como Félix Frías, en su patriótica actitud— se había presentado a Sarmiento expresándole sus intenciones de ocupar las costas magallánicas, aprovechando su amistad con los indígenas, y recuperar para la nación lo que por consejo del actual presidente argentino se había perdido en mala hora. ¿Qué le contestó Sarmiento? La respuesta se halla consignada en las Memorias del teniente coronel de la Armada Argentina dictadas a su hijo el 13 de enero da 1872: "Sarmiento me dijo que no teníamos marina, que éramos pobres, que ese territorio era un desierto, y más bien les convenía a los chilenos por ser el paso para el Pacífico. Que, si poblaba con la guardia proyectada, los guardias nacionales tendrían que vivir como perros y gatos con los chilenos; y, por último, que no había gente para darme"(26).

A pesar da tan desabrida y desalentadora respuesta el intrépido capitán llegó por sus propios medios a Punta Arenas en 1869, pero nada se pudo hacer oficialmente por no contar con la ayuda de un gobierno que, por otra parte, gastaba millones en guerras fratricidas —contra el Chacho, el Paraguay y López Jordán—. Con respecto a la Marina el mismo Sarmiento diría el 7 de junio de 1879 desde El Nacional: "Las costas del Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una marina. Líbrenos Dios de ello y -guardémonos nosotros de intentarlo"(27).

EL EX PRESIDENTE

Para corroborar la persistencia en su posición ideológica afirmará en el discurso sobre Darwin pronunciado el 30 de mayo de 1881: "Nunca me mostré muy celoso de nuestras posesiones australes porque no las creía dignas de quemar un barril de pólvora en su defensa" (28).

Igual despreocupación había manifestado en El Progreso del 23 de noviembre de 1842 con respecto a las islas Malvinas: "La Inglaterra —dice— se estaciona en las Malvinas para ventilar después el derecho que para ello tenga.. . Seamos francos: esta invasión es útil a la Civilización v al progreso". Con tal antecedente de usurpación pretendía cohonestar la invasión chilena en territorio argentino.

Sobre este atropello británico reconocen los admiradores de Sarmiento que existe justo motivo de permanente indignación; pero sobre el otro calla la historia oficial, pues el instigador y principal causante fue Sarmiento.

Acertado estuvo el escritor chileno José Miguel Irarrazábal Larráin cuando apellidó a Sarmiento: "El antiguo campeón de los derechos de Chile a la región de Magallanes"; porque, a la verdad, no le faltaron razones para afirmarlo (28).

Acosado por todas partes el expresidente de los argentinos escribió en El Nacional del 19 de julio de 1878: "En el Archivo de Buenos Aires existen millares de piezas en que se declara, como cosa corriente y sabida, que el Estrecho pertenece al virreinato de Buenos Aires. . . En presencia de tales documentos —confiesa— no hay cuestión posible, pues ha desaparecido toda duda" (30).

Pero, entonces, ¿por qué jamás quiso reconocer su error y su traición? ¿Por qué no elogió el patriotismo de Rosas y de Arana, excomulgados hasta hoy del santoral patrio, que prefiere venerar a un impostor? ¿Por qué no ayudó a Piedrabuena en su intento patriótico para evitar la penetración chilena?

Su arrepentimiento es tardío porque tales tierras jamás volverán a ser nuestras; y causa grima, porque en su orgullo mezcla el embuste con la terquedad —como veremos enseguida— imitando a Simón en casa de Caifas cuando decía: "No sé ele qué me habláis. Jamás vi a tal hombre. No lo conozco". Pero, al instante cacareó La Crónica y cantó El Progreso.

En ese mismo artículo de El Nacional vuelve a las andadas, pues no quiere dar su brazo a torcer: "Chile —dice— podía establecer una colonia. España se lo reconoció en 1846... Si hubiera sido un error de mi juventud merecería el perdón por el bien que posteriormente hice al país; si error hubiera, que no lo hubo" (31). "El Estrecho es inútil, la Patagonia inhospitalaria, la distancia enorme.  ¿A qué vendría obstinarse en llevar adelante una ocupación nominal?"(32).

Su arrepentimiento no es sincero. Se ve a las claras. Porque, a pesar de que, por momentos, parece rectificarse, inmediatamente recae en sus prístinos errores y traiciones juveniles de 1842 y 1849, cuando afirmaba que casi toda la Patagonia pertenecía a Chile, o por lo menos hasta el río Santa Cruz.

Félix Frías tuvo que enrostrárselo en el recinto mismo del Senado Nacional en estos términos: "Sarmiento, al fin de sus años, vuelve a sus primeros amores chilenos, cuando tuvo la liviandad de sostener con suma ligereza en la prensa de Santiago que el Estrecho de Magallanes no era argentino"  (33).

Lo mismo le echará en cara el diputado Pedro Goyena en 1883: "Sarmiento, asalariado por Chile, sostuvo que las tierras australes de la República Argentina pertenecían al que arrojaba la moneda a su rostro de escritor venal" (34).

Sarmiento, entonces, contestará en El Nacional del 6 de octubre de 1879, con un ataque injurioso al gran patriota y ferviente católico Félix Frias, que defendía a todo trance nuestros derechos sobre la Patagonia: "Los más imbuidos en los dogmas del cristianismo —dice— son los más tercos y los más rencorosos... (Frías) se mantiene en su rencoroso patriotismo por un despunte de tierras estériles".

SENTENCIADO A MUERTE

Cuando Sarmiento fue, en 1845, a visitar a San Martín, creyó que el libertador lo apoyaría en sus apreciaciones sobre la política de Rosas; pero, quien fue por lana salió trasquilado.

 ¿Qué le respondió San Martín? "Sobre todo tiene para mí en su favor el general Rosas —le dijo— que ha sabido defender con energía y en toda ocasión el pabellón nacional. Por esto, después del combate de Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí  a fundar la independencia americana por aquel acto de entereza en que, con cuatro cañones, hizo conocer a la escuadra anglofrancesa que los argentinos saben siempre defender su independencia" (35).

En carta del 10 de mayo de 1848 escribía San Martín a Rosas en confirmación de estas palabras: "Su obra en defensa de' la patria es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España". Y el 2 de noviembre de 1848 añadía: "Mi respetado general y amigo: Sus triunfos son un gran consuelo a mi achacada vejez. . . Jamás he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse da ninguna concesión humillante, presidiendo usted a sus destinos.. . Por tales acontecimientos reciba usted v nuestra patria mis más sinceros enhorabuenas" (36).

Mientras el héroe de los Andes proclamaba como ideal de toda su vida la independencia nacional a toda costa, Sarmiento y sus parciales disentían con el fundador de la patria. Prefería como ellos, unirse al extranjero, desmembrar la nación y depender de Inglaterra, Estados Unidos y de Francia con tal de gozar, a lo francés o a lo yanqui, de comodidad, de riqueza, de bienestar material y de discutible civilización.

Para tal ralea de seudopróceres Moreno, en el famoso decreto de la Primera Junta del 6 de diciembre de 1810, había dictado ya la sentencia da muerte: "Ningún habitante, ni ebrio ni dormido, debe tener impresiones contra la libertad de su país. Quien ataca los derechos de la Patria debe perecer en un cadalso" (37).

Años después el Gran Capitán, don José de San Martín, confirmaba la sentencia cuando escribió el 10 de julio de 1889: "Lo que no puedo concebir es que haya americanos que' por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria.. . Una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer" (38).

 

 

Notas

1.- Sarmiento. Obras Completas, Tomo XXXV, pp. 30 a 33, Editorial Luz del Día, Buenos Aires, 1948-1956; Ricardo Font Escurra, Unión Nacional, Apéndice de la 3 edición, Buenos Aires, 1941; en Manuel Gálvez, Vida de Sarmiento, Editorial Tor, 3» edición, Buenos Aires, 1957, p. 85.

2.- Op. cit., ibídem.

3.- Font Ezcurra, loc. cit.: Transcripción autenticada de Ernesto Galliano, abogado secretario de la Dirección General de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile, 21 de agosto de 1937.

4.- Transcripción en Apéndice de Unión Nacional, p. 313.

5.- Ibídem, p. 283.

6.- Ibídem, p. 54 de Unión Nacional; en Gálvez, op. cit., p. 85.

7.- Diego Barros Araña, Un Decenio en la Historia de Chile, Tomo I, p. 365.

8.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo VI, p. 105; Font Escurra, op. cit.; en Gálvez, op. cit., p. 89.

9.- Font Ezcurra, op. cit., p. 71.

10.-  En Gálvez, op. cit., p. 427.

11.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 358.

12.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 12.

13.- Gálvez, op. cit., p. 140.

14.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 13

15.- Sarmiento, ibídem, p. 21; Font Ezcurra, op cit., pag 65; en Galvez, p. 141.

16.- Sarmiento, ibídem, p. 24.

17.- Font Ezcurra, op. cit., p. 62; en Gálvez, p. 142.

18.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 40; Font Ezeurra, op. cit., p. 62; en Gálvez, op. cit., p. 345.

19.-  Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 50; en Gálvez, op. cit., p. 148.

20.-  Sarmiento, Obras Completas, Tomo .III: Recuerdos de Provincia.

21.- La Nación Argentina, Biblioteca Mitre; en Gálvez, op. c-it., pp. 293 y 294.

22.-  La Nación Argentina, ibídem.

23.-  La Nación Argentina, ibídem.

24.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 163.

25.- Sarmiento, op. cit., ib. 26

 26.- Armando Braun Menéndez, Pequeña Historia Patagónica,, Editorial Emecé, 3» edición, Buenos Aires, 1959, p. 227: Memorándum del comandante Luis Piedrabuena.

27.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XLI, p. 165.

28.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXX.11, p. 106.

29.- José Miguel Irarrazábal Larráin, La Patagonia, capítulo: Sarmiento y sus variaciones.

30.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 75.

31.- Sarmiento, ibídem, p. 63.

32.- Sarmiento, ibídem, p. 76.

33.- En Gálvez, op. cit., p. 393.

34.- En Gálvez, op. cit., p. 418.

35.- Pastor S. Obligado, La Nación del 9 de julio de 1894; en Gálvez, p. 121.

36.- Font Ezcurra, op. cit., p. 31.

37.- Gazeta de Buenos Aires, 8 de diciembre de 1810, artículo 11 del decreto.

38.-  Font Ezcurra, op. cit., p. 30.


 * Tomado del libro Algo mas sobre Sarmiento; obra que el R.P. Anibal Rotjer escribió bajo el pseudonimo de Hector Daliadiras