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martes, 9 de junio de 2026

ERNESTO PALACIO VISTO POR JULIO IRAZUSTA*

 


Por: Andrea Greco de Alvarez

Cuatro veces habló don Julio Irazusta específicamente de Ernesto Palacio. En esas cuatro ocasiones su pluma sobria o su expresión vibrante trazaron la escueta pero categórica descripción del entrañable amigo, de su obra, de sus condiciones y capacidades, de sus triunfos y fracasos.

La primera vez, lo hizo por medio de un artículo aparecido en el año 1936 con motivo de la publicación de Catilina contra la oligarquía (1). En 1976, publica otro artículo al que Irazusta define como su “testimonio de Ernesto Palacio (2). Finalmente, en 1979, el 4 de enero, pronuncia las palabras de despedida de los restos mortales de Ernesto Palacio (3); y en noviembre, ofrece una conferencia en una sesión pública de la Fundación Nuestra Historia, en conmemoración del 25° aniversario de la aparición de la Historia de la Argentina (4).

En el primero Irazusta se explaya acerca del Catilina y el estado de la historiografía romana en general. En el último hace referencia específicamente a la Historia de la Argentina con algunas alusiones entorno a Catilina. En los dos restantes Irazusta hace el cuadro de Palacio con dos pinceladas: la primera, la de sus condiciones y logros intelectuales; la segunda, la de su amistad. En las dos piezas lo hace en ese preciso orden. Es como si don Julio quisiera dejar en claro su objetividad en la ponderación de los méritos intelectuales de Ernesto Palacio. Valoración ganada en buena ley por éste, y en modo alguno, debida a los fuertes lazos de amistad que a ambos unían. Aspecto este que Irazusta no desecha. También lo considera algo necesario en su evocación. Pero poniendo cada cosa en su sitio de modo que una no empañe a la otra.

 

Ernesto Palacio, el intelectual

La primera línea con que nos dibuja el boceto de Palacio es la de sus condiciones literarias. Era poeta, prosista, acometió el ensayo, la obra de aliento sobre un tema de cultura universal, la narración histórica argentina, y todo ello lo hizo en forma descollante, asevera en el artículo de Crisis. Lo que repetiría años más tarde cuando en la sesión de Nuestra Historia comentaba que a su acendrada formación cultural Palacio unía el don del estilo, hablado o escrito. Verso, prosa, epigrama en ambos, ensayo, todo lo hacía con suprema elegancia. “Descolló en todos los géneros literarios”, sentencia en el discurso fúnebre.

Como poeta, considera Irazusta que “alcanzó niveles muy elevados”, tanto en composiciones originales como en traducciones. Y como exponentes de ello, evoca la Oda elegíaco-burlesca al Aue’s Keller, sitio en el que compartía, con otros poetas, tertulias literarias; la Balada a Las Tres Gracias, redondilla en loor de sus tres hijas mujeres; y la Elegía a la muerte de Pedro Miguel Obligado, "composición espléndida, que en nada se debía a la íntima amistad (que entre ambos escritores no había existido), sino a la admiración sincera de uno a otro hermano en las letras"(5). Cualquiera de ellas son dignas, dice Irazusta, de integrar antologías.

Como ensayista, “figuró desde su juventud entre los más grandes. A los treinta años era ya hombre de pensamiento y sus artículos de La Nación llamaban la atención de los mejores"(6). Recuerda que en 1929, en el suplemento literario dominical, publicó uno de esos trabajos, titulado La inteligencia como servicio público que, afirma, impresionó al español Ramiro de Maeztu, recién llegado a la Argentina, como embajador de su país. El hombre del ‘98 quiso, a partir de la lectura de ese artículo, conocer a Palacio, haciéndose así amigo de éste y de su grupo.

Amistad que influyó tanto en el español como en el grupo de argentinos. En éstos, porque Ramiro de Maeztu ya había comenzado esa “revisión de los conceptos políticos” en que los jóvenes argentinos le siguieron, hasta llegar a la justipreciar todos los conceptos temporales que el régimen imperante en el país aceptaba como dogmas cuando en realidad eran materias opinables, mientras que, por el contrario, en las de los universales rechazaba todo dogmatismo de carácter religioso (7). En aquél, porque, según el propio Ramiro de Maeztu confesara en carta a Palacio, consideraba que debía algo de la evolución de su pensamiento a su residencia en la Argentina y las relaciones con ese grupo de argentinos. Proceso que culminaría en Defensa de la hispanidad (1935). Esta vinculación entre el desarrollo del concepto de Hispanidad en Maeztu y su intercambio de ideas con el grupo de nacionalistas argentinos ha sido también señalada por Vicente Marrero y por Enrique Zuleta Álvarez. (8).

En el artículo que Irazusta dedica a Palacio en la Revista Crisis afirma que siempre lo creyó el mejor prosista de habla castellana de su tiempo. Al propio tiempo que se lamenta de que tanto la crítica de habla hispánica como los historiadores de la literaiura no lo haya sabido apreciar de esta forma. Y expresa: “[...] al punto que la [obra] de Anderson Imbert no lo nombra para nada, a la vez que cita a un sinnúmero de plumíferos insignificantes”.

Seguramente esta valoración que tenía Irazusta por las habilidades literarias de Palacio es lo que lo lleva a confesar en sus Memorias: “A nadie me sentí más inclinado a envidiar, en el sentido de admirar en él las dotes intelectuales que, a ser posible, habría ambicionado para mí" (9).

Admiración que era mutua. Cuenta don Julio que a fines de 1932, La Nación publicó tres artículos suyos sobre la economía argentina. Estos tuvieron gran éxito entre el público calificado y hasta fueron para él mismo una revelación. Recibió, entonces, una carta de Ernesto Palacio, desde Buenos Aires, en que le manifestaba el gran interés que estos le habían despertado tanto por su claridad expositiva como de argumentación. Agregaba, también, que a través de la lectura de aquéllos había descubierto que la culpa de su aversión por la economía la tenían “los economistas que escriben mal”. Pero explicaba que como es necesario saber economía había resuelto estudiarla. “Y esto es consecuencia de sus artículos" (10), le confiaba al amigo.

Como periodista desplegó gran actividad, la que es casi desconocida, lamenta Irazusta. “Durante muchos años siguió desde el observatorio de varios periódicos la evolución política, sobre la que arrojó luces deslumbrantes” -dice don Julio en el discurso fúnebre. Y vaticina que: - "cuando su obra periodística sea reunida en volúmenes, asombrará al país, si éste llega a disfrutar de condiciones más favorables al debate libre, de las que ha tenido hasta ahora”.

“Aquel espléndido florecimiento de un gran espíritu se concretó en fruto sazonado en Catilina contra la oligarquía, una de las obras cumbres del pensamiento político nacional”(11). No se considera Irazusta, a sí mismo, el Indicado para regatear elogios a esta obra. Las razones son múltiples: asistió a su gestación, vaticinó su importancia al conocer el plan y los primeros borradores, es de los más viejos y decididos admiradores del autor, a quien, además, se encuentra unido por lazos de amistad fundados en experiencias e ideas comunes. “El libro concluido -afírmame pareció perfecto, de estilo, de composición, de pensamiento, y destinado a tener una repercusión más que nacional, europea, hasta mundial” (12). Años más tarde, en el discurso fúnebre lamenta que este pronóstico no se cumpliera y anota la razón por la cual cree que esa difusión no se logró, al decir: “eso se debió a que los disidentes argentinos no tienen derecho a la nombradla universal”. También en la conferencia ofrecida en Nuestra Historia se refiere a este vaticinio incumplido cuando afirma: “entonces yo no sabía aún lo que ya había dicho Groussac: que el país no puede dar la gloria, y que ser célebre aquí es apenas salir de la oscuridad”.

No obstante, siguió creyendo que esta obra entrañaba un gran valor. Cuarenta y tres años más tarde de aquel artículo de Sur, volvía a decir con idéntico aprecio hacia el Catilina: “Versión enteramente nueva, respecto de los historiadores latinos más famosos, fruto de la reflexión original sobre los datos aportados por aquellos mismos escritores antiguos”. Y resalta, entonces, que la armonía de la composición, la belleza del estilo, el pensamiento retomado de la tradición greco-latina-cristiana, “después de siglo y medio de liberalismo ideológico y ateo, eran refrescantes”(13).

En el artículo de Sur, sobre esta obra, se explaya en dar respuesta al interrogante acerca de corno es posible que la erudición europea haya dejado pasar las centurias sin ver lo que muestra este americano, y por lo mismo “hombre alejado de los únicos sitios donde ciertos problemas culturales pueden aclararse, profundizarse, llevarse más cerca de su solución definitiva”, ironiza. Obra maestra de “crítica de la crítica”, si Catilina ha dado una nueva versión a un antiguo problema se debe fundamentalmente al estado de la “historia de la historiografía romana”. Era necesaria, cree Irazusta, una reforma de la concepción del mundo inspirada por los historiadores romanos para llegar a una exacta visión de la Roma antigua.

Por eso cree que no es extraño que los americanos puedan hallarse entre los primeros en hacer una revisión de la historia romana; “pues para ellos -dice- ha llegado como para los demás, la oportunidad que ofrece la restauración de la verdadera filosofía política”. Por todo lo cual considera que Ernesto Palacio estaba en las condiciones requeridas para dar de un tema romano “una versión que, sobre ser original, fuese también verdadera. -Y agrega- Su Catilina es un libro sólido además de hermoso”(14).

Pero don Julio, que conocía a Palacio, podía afirmar también que Catilina era un “libro con clave”. Era un desquite contra un temprano desengaño político, “de esos que templan a los grandes espíritus para toda la vida. El gran público no se enteró, debido a la perfección de la obra, no sospechada de la menor aleación con la ganga humana”(15). Es que cree que se halla tan bien entretejida la experiencia personal con la historia de un caso similar en la antigüedad, que fue justamente esta coincidencia la que permitió al autor alcanzar “su mayor acierto”, en el capítulo “Sobre la ambición política”. En éste encuentra “el mejor planteo hasta hoy existente de las relaciones entre la política y la moral”(16).

Esta utilización de la analogía por Palacio, que bien resalta Irazusta, como método para la crítica histórico- política, ha sido analizada, en nuestro medio, por Inés Sanjurjo de Driollet. Irazusta, como ya dijimos, alude a este procedimiento utilizado por Palacio definiendo al libro como obra “con Clave”. Sanjurjo, ahondando en este tema, explica que si bien la obra es una biografía novelada y un ensayo de reflexión sobre un personaje y sus circunstancias, de la historia antigua; ofrece al mismo tiempo “otros niveles de lectura”. Algunos de éstos son revelados, dice, por el autor en el Prólogo a !a segunda edición y la Introducción. Cuáles son: en primer lugar, el discurso sobre la revolución del ‘30, en la que Palacio participara pero cuyos resultados lo defraudaron, tema sobre el cual “hay sutiles trasposiciones que proceden por analogía, [...] aunque no esté expresamente tratado en los dieciocho capítulos en los que avanza el drama de Catilina” (17). En segundo lugar, en otro nivel de lectura, señala la autora, Catilina es una reflexión de teoría política que contiene una justificación doctrinal de la revolución. Por medio de la analogía Palacio reconstruye este segmento de la historia antigua, reflexionando acerca de la crítica situación sociopolítica del ocaso de la república romana al mismo tiempo que analiza, de modo implícito, la de nuestro país en 1931, momento en que escribe su libro. Encontró en el episodio romano las características sociopolíticas de su propia época y “en el drama de Catilina su propio drama”(18).

Pero volvamos a la descripción de la obra intelectual de Ernesto Palacio hecha por Julio irazusta. Trazando con maestría el periplo de la vida del amigo recuerda que “de “La Nueva República” -a través del enorme desengaño de la revolución de 1930- al Instituto Juan Manuel de Rosas, siguió la línea que lo había de llevar a escribir su Historia de la Argentina”. Y agrega don Julio en ia sesión de la Fundación Nuestra Historia, que “el liberalismo le perdonaría menos aún que su banca de diputado en el parlamento de Perón”. Luego señala que la forma en que Palacio explica la génesis de su libro en el Prólogo es de una perfecta racionalidad. “Así es como nacen los grandes libros” -dice. Desde su juventud, nos cuenta, Palacio había sido profesor de historia argentina. Fue en el ejercicio de esta labor docente donde experimentó una verdad “hace siglos descubierta por San Francisco de Sales, en su Introducción a la Vida Devota: a saber, que la mejor manera de aprender es enseñar”(19).

Relata entonces cómo sobre la base de los hechos estudiados durante años y repasados de continuo al preparar sus clases, su “poderosa inteligencia” reflexionaba sobre ellos. Así fue que examinándolos a la luz de categorías que su cultura humanística le proporcionaba, fue inevitable que su interpretación “difiriese de la recibida entre nosotros, aún por autores de los textos que él utilizaba”. Y en esto radica el mérito que don Julio le adjudica a la obra de Palacio: “su Historia de la Argentina no tiene investigación original, pero sí muchas interpretaciones nuevas, que sólo a él se le podían ocurrir”, al mismo tiempo que la considera “la más perfecta narración de la anécdota argentina”(20). Supo responder a sus críticos cuando advierte que aunque no sea de un investigador, “es obra similar a la que en los grandes países escriben los literatos famosos, sin ser especialistas en la materia". Y, más aún, considera que su éxito de librería, al que define como extraordinario, prueba que “la buena literatura supera las barreras de la mala tradición recibida y de los prejuicios triunfantes"(21).

Con el mismo criterio con el cual considera a Catilina un “libro con clave”, afirma que la Misiona de la Argentina “se inserta en esa misma categoría”. Sin embargo, existe una diferencia entre uno y otro, en el primero la clave estaba oculta, y el lector debía hallarla por sí mismo, en tanto que en el segundo “la influencia de la pasión personal está confesada, desde el principio”, cuando el propio Palacio dice que no puede negar que le animara “cierto espíritu de desquite”. Desquite contra los que habían renegado de la tradición hispánica y católica, contra los que emascularon al país y le quitaron toda ambición de grandeza. Sin embargo, dice Palacio que no cree que dicha pasión haya logrado perturbar su juicio. Irazusta asevera que se le puede admitir esto como verdadero. Como prueba de lo cual hace notar que las apreciaciones de Palacio sobre los que procuraron el establecimiento de la Pequeña Argentina, son singularmente equitativas, “no atribuyendo a maldad deliberada lo que sin duda era fruto de los errores de concepto en los profetas nacionales"(22).

 

Ernesto Palacio, el amigo

La segunda línea, con la cual Julio Irazusta nos completa la pintura de Ernesto Palacio, luego de haberlo definido por su labor intelectual, es la de su peculiar forma de ser y brindarse en la amistad. Recuerda que se conocieron en la Facultad de Derecho, en la vieja casa de la calle Moreno. Donde alternaron con muchos de los “notables jóvenes, de quienes aprendimos tanto como de los mejores maestros”-evoca- [...] Después de mi viaje a Europa, que duró varios años, seguimos unidos, con más intimidad que antes”(23).

“Formó una admirable familia, cuyo hogar estuvo abierto para mí, en los años que no tuvimos domicilio en Buenos Aires, como si fuera mi casa”. Amistad que llegó al seno del hogar y los hijos, así fue Irazusta padrino de la menor de las hijas de Ernesto Palacio. “Una belleza radiante como las otras dos”, dice orgulloso de su ahijada.

Cuenta que nunca olvidará la hospitalidad que le brindó en aquellos años de ruda lucha por una Argentina mejor. Virtud a la que cree haber correspondido con su propia hospitalidad24. En el discurso fúnebre recuerda las veces que Ernesto fue su huésped en Gualeguaychú, en la ciudad y en el campo, donde pasó con los suyos en una ocasión, varios meses de vacaciones, “de la que volvió más conocedor del gaucho argentino de lo que yo lo era hasta entonces”. Y en el artículo de Crisis refiere que estuvo muchas veces en Gualeguaychú, en la ciudad cuando aún eran los Irazusta propietarios de la casa de sus abuelos; en “Las Casuarinas” estancia donde don Julio vivía la mayor parte del tiempo; y en “San Marcelo”, cuando aún era propiedad de su tío Julián Irazusta. Allí fue donde estuvo todo un verano. “Y se adaptó tanto a la vida campesina, que todos los días salía a caballo, recorría todos los puestos de la estancia y siempre después recordaba a todos los peones, puesteros, montaraces, etc., como éstos lo recordaban a él”.

Cargado de sentimiento rememora el “espectáculo regocijante” que era ver el “ímpetu de sus años mozos” y cómo su “permanente ingenio” hacía disculpar sus “ocasionales salidas de tono”. Recuerda que “era capaz de sacrificar un amigo por un chiste. Pero, que yo sepa, el encanto de su compañía le permitía recuperados si su ingenio se los había hecho perder”(25).

De las relaciones de Palacio con otros literatos y escritores evoca, con añoranza, esa época de su primera juventud en la que había entre todos los jóvenes escritores una camaradería “hoy desaparecida en la bohemia de Corrientes y Esmeralda, en la polémica que enfrentaba a Florida y Boedo, en las tertulias de la Cosechera con Fernández Moreno o del Aue’s Keller con Pardo, Quiroga y Payró, en Oro del Rín con Charles de Sousens”(26). En todos estos sitios Ernesto Palacio brillaba con su "ingenio hablado”.

En las Memorias, relata cómo estrecharon relaciones con Leopoldo Lugones, el “insigne poeta y ciudadano, cuyo ingenio enaltecía al más humilde entre quienes teníamos el privilegio de su amistad”. Y cuenta que al comienzo de La Nueva República había polemizado con ellos, aunque sin nombrarlos, a causa del concepto de nacionalismo, al que Lugones definía como “un odio”, contrapuesto al patriotismo, al que consideraba “un amor”. Fue Ernesto Palacio quien asumió la tarea de responderle, “y lo hizo con su habitual eficacia dialéctica”. De la misma manera que respondió a la acusación de ser La Nueva República una “precipitada imitación de una cosa europea”. Lo hizo con estas palabras que cita Irazusta:

“¿No le parece que ello convendría mejor a sus tentativas fascistas? Nosotros, por el contrario, tratamos de entroncar en la tradición del país y mantenernos en el terreno de nuestras instituciones, por lo cual siempre hemos rechazado enérgicamente la confusión entre sus doctrinas y las de La N. R., argumento predilecto de nuestros adversarios. Le agradecemos, pues, que haya hecho Ud. también su parte para evitar que dicha confusión continúe”(27).

Advierte Irazusta que con su “habitual generosidad y bonhomía, don Leopoldo hizo caso omiso del tono ligeramente impertinente que Ernesto empleó al responderle, y siguió su amistad con él y con nosotros”.

Tanto en las Memorias como en el discurso fúnebre, hace referencia al ensayo de Ernesto Palacio sobre Lugones vivo en el cual éste trazó un cuadro inimitable de las relaciones entre el gran poeta, y “el impertinente jovencito” que él era cuando empezó a frecuentarlo. Y recuerda, que después de la polémica citada, Lugones colaboró en algunas publicaciones de La N.R., hasta convertirse en contertulio de todos los días, forjando una amistad personal que no impedían las diferencias que los separaban respecto de la realidad y el pasado nacionales (28).

Juntos iniciaron La Nueva República e intervinieron en su primera aventura política; al comienzo como desapasionados observadores de la evolución nacional, y enseguida como actores en las luchas del día. “El desengaño sufrido nos templó para toda la vida” -afirma. Más adelante nos brinda un dato más acerca de la personalidad de Ernesto Palacio cuando asegura que: “La falta de notoriedad, la escasa difusión de sus escritos, las dificultades cotidianas que debía enfrentar en medio de tales circunstancias, jamás lo amargaron”(29).

Sobre sus últimos años, con gran pesar, recuerda al despedir sus restos, que el accidente que Palacio sufrió en 1955, y que le privara en gran parte de su capacidad de trabajo, significó para el país una pérdida irreparable. En ese cuarto de siglo habría podido darle al país otras cuantas obras más “tan admirables como las que nos ha dejado”30. Afirma don Julio que para honra del país, la jubilación de diputado le permitió vivir dignamente sus últimos años y comenta que no se trataba de una de esas jubilaciones especiales que se daban a las “larvas” de la política, aún jóvenes, surgidas a jerarquías inmerecidas, sino "la culminación de una vida de trabajo docente, que apenas le alcanzó para mantener su familia con decoro, aunque ayudándose con su incesante trabajo intelectual”(31).

Aquél 4 de enero de 1979 Don Julio Irazusta comenzó el adiós del amigo y camarada expresando:

“Venimos aquí a despedir los restos mortales de un hombre cuyo talento fue de los más poderosos que ha producido esta raza argentina, de la que Aristóbulo del Valle dijo era “sobria, inteligente y fuerte”. Por la entrañable amistad que nos unió, me corresponderían las generales de la ley para no excederme en la alabanza de su personalidad. Pero estoy seguro de no equivocarme al decir que Ernesto Palacio fue el mejor dotado de todos los escritores de nuestra generación”(32).

Para terminar tal discurso rindiendo un homenaje no sólo a Ernesto Palacio sino a todos aquellos que con idéntico tesón anhelaron y trabajaron por una Argentina soberana:

“La muerte de Ernesto Palacio se suma a la de tantos otros de los compañeros de la generación que nos acompañaron a bregar por una Argentina digna de sus antecedentes: Ramón Dolí, Scalabrini Ortiz, Julio Meinvielle, Luis Dellepiane, Rodolfo Irazusta, Mario Lassaga, Carmelo Pellegrini, Mario Jurado. Tantos sueños desvanecidos, tantas esperanzas defraudadas no conmovieron a esos justadores. Creo que sus obras y sus acciones se recordarán, si el país ha de sobrevivir a sus tremendas dificultades, cuyo comienzo fuimos los primeros en anticipar, hace ya más de cincuenta años.

Aquel de entre todos que por la magia del estilo tiene más probabilidades de supervivencia, es sin duda para mí, Ernesto Palacio. Ese punto luminosos entre dos eternidades que fue su prosa, brillará para su posterioridad mientras se siga hablando en castellano”(33).

 

Irazusta y Palacio, frente a frente

“No hay patria sin historia, que es la conciencia del propio ser. No hay nacionalidad sin una idea, siquiera aproximada y confusa, sobre su vocación y su destino” escribió Ernesto Palacio en La historia falsificada. Pero para que una nación pueda obrar válidamente -dice- debe hacerlo en el sentido que le determina su propia índole, prescrita en su historia. Por ello es que la interrogación que se hace un pueblo sobre su destino se vincula al interrogante sobre los orígenes. Más aún, afirma, que la respuesta de aquélla será tanto más acertada cuanto más nos preocupemos por responder a éste. De aquí la urgencia que siente Palacio por hacer una revisión de nuestra historia, ya que está convencido de que ésta nos pondría en condiciones de proclamar abiertamente ante el mundo nuestro ser y nuestro ideal. Es que la conciencia del ser nacional supone un “querer ser”, supone un ideal que inspire la conducta, supone una meta. Esto no lo tenernos, advierte Palacio, por falta de lo único que puede comunicarlo: la historia. No sabemos qué hacer porque no sabemos lo que somos; y no sabemos lo que somos “porque se nos ha confundido deliberadamente sobre nuestros orígenes y no sabemos ahora de donde venimos”. Esta revisión de la historia deberá tener por fin la búsqueda de la verdad histórica, de la verdad acerca del origen y tradición patria. “Los tiempos están maduros -dice Palacio- para la restauración de la verdad que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas”. La verdad histórica explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de los argentinos un legítimo orgullo patriótico”(34).

Este era su sentido de la historia, de la patria, de su origen y su destino. Veía en la historia patria el abrazo profundo y fecundo entre el pasado y el porvenir, entre el origen y el destino.

Enrique Zuleta Álvarez, analizando la vida de Julio Irazusta, comenta que a partir de 1930 comienza la segunda etapa en la vida de Irazusta. En esa década del ‘30 “tanto los Irazusta como Ernesto Palacio reflexionaron sobre las bases teóricas de sus ideas y de la experiencia realizada”. Fue entonces cuando Palacio escribió su “luminoso y original” Catilina, contra la oligarquía, (al cual define como un clásico de nuestra literatura política) y “Julio Irazusta emprendió un estudio analítico y concienzudo de toda la historiografía argentina”(35).

Ambos autores veían como se entrecruzaban la historia y la política. De la reflexión sobre este hecho, que palpaban tanto en la vida nacional como en la propia, verían la luz aportes de ambos al esclarecimiento sobre las relaciones entre la historia y la política. Así en la misma línea y complementando esos planteos, Ernesto Palacio escribe acerca de cómo la política y el presente orientan la búsqueda del historiador, mientras Irazusta habla de cómo la historia sirve a la política y al presente.

En 1935 Irazusta afirma en su Ensayo sobre Rosas que es difícil distinguir historia y política, ya que son actividades complementarias.

“La historia propiamente dicha no se concibe sin un criterio político y la buena política no se concibe sin el conocimiento de la historia. Para el político, la historia es el sucedáneo de la experiencia imposible; para el historiador la política es el eje del criterio interpretativo”(36).

Oportunamente, en 1939, Ernesto Palacio, en una línea de continuidad de ese mismo pensamiento publicaba la selección de ensayos reunidos con el título La Historia Falsificada donde como hemos visto se explaya en diversos conceptos acerca de la historia. En uno de esos ensayos titulado Necesidad de una historia nacional hace hincapié en la necesidad de una historia “perpetuamente renovada”. Las actuales generaciones se encuentran dotadas de nuevos anhelos, inquietas por problemas ayer insospechados y por lo mismo, dice, necesitan que el historiador las sitúe en el desarrollo de la vida colectiva. “La verdad del siglo pasado no les sirve. Les hace, nos hace falta la verdad de hoy”. Aclara, sí, para que su postura no se confunda con escepticismo histórico, que cree en la verdad, "posible y frecuente”, y en la obligación de perseguirla con absoluto desinterés de cualquier otra finalidad. Pero, explica, que la verdad histórica pertenece a una categoría completamente distinta de las verdades físicas o matemáticas. La historia como ciencia moral y política que es, obliga al historiador a operar sobre hechos humanos y no sobre hechos materiales, que por ello dependen de la psicología y la ética. Por consiguiente, los hechos históricos son susceptibles de un margen de interpretación; ya que actualizan la vida de quienes nos precedieron y nos comunican la conciencia de nuestra solidaridad con ellos; enriqueciendo así nuestra personalidad y aclarándonos la perspectiva de nuestro propio destino.

“Interpretación no quiere decir de ningún modo arbitrariedad sino, al contrario, racionalidad: transcripción de los hechos vivificados, relacionados, jerarquizados por la inteligencia. Y si las interpretaciones varían con las épocas y los autores, ello no implica generalmente un proceso de destrucción paulatina y fatal de viejas verdades, sino la exhibición de aspectos inéditos o mal apreciados y, en definitiva, un aumento de la experiencia común (37).

A su tiempo, Irazusta resalta a la historia como guía de la política y del presente. En su estudio sobre Adolfo Saldías señala que la “gran historia” surge como algo inevitable de un “espíritu trabajado por una gran preocupación o por una gran idea”. Por eso, dice que el historiador es un político y militar o un filósofo antes que un profesional en la materia. Y añade:

“La historia es maestra de la vida sólo para quienes no le piden recetas de fácil aplicación, sino que en su cultivo tratan de acendrar su conocimiento de la eterna operación del espíritu humano en el terreno de la práctica, y en los héroes verdaderos, cuyos aciertos tratan de descubrir y cuyos errores descartan; hallan una inspiración antes que modelos de acciones, que la historia no puede ofrecer”(38).

Dos vidas unidas por la historia, las ideas, experiencias comunes y fundamentalmente por el anhelo de una Argentina Soberana. Nos hemos ocupado aquí del retrato que uno hiciera del otro. Sencilla pero certera descripción de un hombre. Ese hombre era Ernesto Palacio.

Poeta, historiador, político y patriota. Es necesario ser poeta para advertir el deber ser de la Nación. Y supo serlo. Es preciso ser historiador para analizar su devenir. Y también lo fue. Hay que tener el espíritu pronto para vislumbrar a la Argentina invisible, la tradicional, la auténtica. Y lo tuvo. Sobre todo, es menester atreverse a tener ojos mejores para ver la Patria, como pedía Lugones. Y Ernesto Palacio se atrevió. Pero es necesario, también, estar, como don Julio, a la altura intelectual de este hombre para poder delinear con trazo firme su horizonte espiritual.

 

Notas

* De gran importancia para la elaboración de presente artículo ha sido la minuciosa y exhaustiva bibliografía de Irazusta que a continuación citamos: BOHDZIEWICZ, Jorge Bibliografía del Académico de número Dr. Julio Irazusta, Boletín de la Academia Nacional de la Historia, vol. LXI, Buenos Aires, 1988.

1 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina de Ernesto Palacio y la historiografía romana". Sur, n° 20, Bs. As., 1936, ps. 77-83.

2 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo en forma descollante". Crisis, n° 38, Bs. As., 1976, p. 43, cols. 2-3.

3 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio". Cabildo, n° 22, 2a. época, Bs. As., 1979, ps. 11-12.

4 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina" de Ernesto Palacio. A los 25 años de su aparición". Nuestra Historia, n° 24, Bs. As., Fundación Nuestra Historia, 1979, ps. 328-330.

5 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio". Op. cit., p. 11, col. 3.

6 Ibid., p. 12, col. 1.

7 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., ps. 328-329.

8 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, col. 1. ZULETA ÁLVAREZ, Enrique. El nacionalismo Argentino. Bs. As., Ed. La Bastilla, 1975, p. 217, y Vicente Marrero. Maeztu. Madrid, Rialp, 1955, ps. 543-545.

9 IRAZUSTA, Julio. Memorias (Historia de un historiador a la fuerza). Bs. As., Ediciones Culturales, 1975, p. 222.

10 Ibid., p. 204.

11 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, col. 1. La primera edición de la obra, aparecida en 1935, se tituló Catilina contra la oligarquía. De este modo la nombra Irazusta en los artículos de Nuestra Historia y Cabildo. En los de Crisis y Sur se refiere a la obra sólo como Catilina. La segunda edición publicada en 1946, llevó por título Catilina, la Revolución contra la Plutocracia de Roma.

12 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina...". Op. cit., p. 77.

13 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., p. 329.

14 IRAZUSTA, Julio. "El Catilina...". Op. cit., p. 82.

15 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., p. 329.

16 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, cois. 1-2. También se refiere de este modo al capítulo "Sobre la ambición política" en: Irazusta, Julio. "Todo lo hizo...", Op. cit., p. 43, col 2; y Julio Irazusta. Memorias... Op. cit.,p. 202.

17 SANJURJO DE DRIOLLET, Inés Elena. "Catilina de Ernesto Palacio. La analogía como método para la crítica Histórico-Política", il Encuentro de Historia Argentina y Regional, Conflictos y Revoluciones siglos XIX y XX, Tomo II, Mendoza, U.N.C., F. F. y L., 1996, p. [449].

18 Ibid., ps. 505, 507 y 514.

19 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., p. 329.

20 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op. cit., p. 43, col. 3.

21 IRAZUSTA, Julio. "La "Historia de la Argentina..." Op. cit., p. 330.

22 Ibid., ps. 329-330.

23 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, col. 3.

24 IRAZUSTA, Julio. Memorias... Op. cit., p. 223.

25 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op. cit., p. 43, cois. 2-3.

26 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 12, col. 1.

27 IRAZUSTA, Julio. Memorias... Op. cit., p. 201.

28 Ibid., p. 202.

29 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio"., p. 12, col. 2.

30 Ibid.

31 IRAZUSTA, Julio. "Todo lo hizo...". Op. cit., p. 43, col. 3.

32 IRAZUSTA, Julio. "Ernesto Palacio", p. 11, col. 2.

33 Ibid., p. 12, col. 3.

34 PALACIO, Ernesto. La Historia falsificada. Bs. As. , Peña Lillo, 1960, ps. 14, 21,26, 25, 22, 45.

35 ZULETA ÁLVAREZ, Enrique y otros. Homenaje a Julio Irazusta. Presencia de Irazusta en la Argentina Contemporánea. Mendoza, 1984, p. 13.

36 Cita de cita: ZULETA ÁLVAREZ, Enrique. El Nacionalismo Argentino. Op. cit., p. 349-350.

37 PALACIO, Ernesto. Op. cit., ps. 16-17.

38 Cita de cita: DÍAZ ARAUJO, Enrique y otros. Homenaje a Irazusta. Aspectos de la teoría política de Julio Irazusta. Op. cit., ps. 75-76.


domingo, 6 de agosto de 2023

EL PROBLEMA HISTORICO DE LAS IDEAS POLITICAS EN AMERICA *

 

Por: Vicente Sierra

La historiografía hispanoamericana sobre las ideas políticas de los pueblos del continente ha sido escrita bajo el concepto de que la libertad política, que alcanzó importancia en Atenas y en la Roma republicana, desapareció durante el imperio hasta reaparecer en los últimos dos siglos. La mayoría de tales comentaristas no se han planteado con rigor el sentido de los términos que manejan, y así, al referirse a la democracia, parten del concepto que han recibido del inmediato pasado político europeo, inspirado en un sentido individualista, rechazando, por consiguiente, toda formulación que no se adapte al mismo. Tratase de una posición que responde a un dado momento de una civilización, cuya crisis vivimos y cuya desaparición comenzamos a asistir, basado en esa concepción ideológica del progreso que logró penetrar el espíritu de toda sociedad, desde los conductores del pensamiento hasta los mismos políticos y hombres de negocio, “que son siempre -como dice Christopher Dawson- los primeros en proclamar su falta de confianza en idealismos y su hostilidad hacia las ideas abstractas”.

La idea del progreso fue aceptada por la historiografía liberal como un principio de absoluta verdad y validez universal, evidente por sí misma; de manera que, aun cuando los elementos formales de un juicio histórico demuestren que los conquistadores de América poseían conceptos precisos sobre libertad política, su estimación imparcial resulta difícil, porque el historiógrafo liberal se coloca fuera de la época que estudia para medirla con el cartabón de la que vive. Cartabón que, por cierto, se basa en ideas abstractas y determina una visión idealista del propio presente, ya que la idea del progreso impone la necesidad de afirmar que los conquistadores de América trajeron consigo un espíritu autoritario, como expresión del ambiente político del mundo hispánico. Si así no fuera, la ley del progreso se quebraría en la historias de las ideas políticas americanas, por lo cual todas se inician con la afirmación del autoritarismo de los conquistadores; a pesar de que los elementos formales de que el historiador dispone demuestran que se trata de un disparate histórico en cuanto se lo considere como opuesto a todo sentido democrático en la organización del Estado. Croce hace notar que los requerimientos prácticos que laten bajo cada juicio histórico, dan a toda la historia carácter de “historia contemporánea”, por lejanos en el tiempo que puedan parecer los hechos por ella referidos; es decir que el estado actual de la mente del historiógrafo constituye el material mismo de un juicio histórico. En efecto, y el ilustre filósofo lo dice, el documento por sí mismo de nada sirve, pues “si carezco de sentimientos (así permanezcan latentes), de amor cristiano, de fe en salvación, de honor caballeresco, de radicalismo jacobino o de reverencia por las antiguas tradiciones, en vano escudriñaré las páginas de los Evangelios, de las epístolas de San Pablo o de las epopeyas carolingias, o los discursos pronunciados en la Convención Nacional, o las poesías, dramas y novelas en que el siglo XIX registró su nostalgia de la Edad Media”.

La insensibilidad histórica del historiógrafo liberal, lo que también se advierte en los de tendencia marxista, consiste en que si bien el hombre de hoy -como agrega Croce- es un microcosmos en sentido histórico, es decir, un compendio de la historia universal, lo cual explica, en parte, que sea la historiografía algo moderno, -al punto que son muchos los que estiman que recién el siglo pasado es la era de la Historia- han limitado las posibilidades de comprender el pasado por el afán de someter su proceso a los imperativos de férreas formulaciones o concepciones apriorísticas. Incapaces de liberarse de las ideas vitales de su época, no pueden comprender las del pretérito, posición de la que nos libra la circunstancia de vivir un momento en que las ideas que forjaron el llamado mundo moderno, comienza a perder su poder sobre el espíritu de la sociedad; como también se pierde la faz de la civilización que caracterizaron, perdiendo valor la historiografía consagrada, correspondiente a la misma.

Uno de esos conceptos, aceptado sin reservas, dice: “La Edad Media es la época en la que impera la Iglesia de un modo casi absoluto”. Definida la posición de la Iglesia Católica contra el liberalismo y aceptado el concepto, también “a priori”, de que el liberalismo dotó al hombre de ideas de libertad política que nunca había conocido, la deducción lógica conduce a la afirmación de que la Edad Media sólo tuvo ideas contrarias a todo ideal democrático y, por consiguiente, los conquistadores de América no pudieron traer al Nuevo Mundo otra cosa que ideas afines a sus principios autoritarios o absolutistas de gobierno.

Es claro que, aun aceptando lo difícil que resulta desprenderse de los conceptos de nuestra época, porque formamos parte integrante de la misma -por lo cual hay más historiadores que historiógrafos-, un elemental principio de metodología honesta basta para comprender la conveniencia de comenzar demostrando hasta qué punto es exacto que la Iglesia imperó de un modo absoluto durante la Edad Media, y luego, comprendiendo que la genealogía de las ideas, por mucho que se crea en el carácter rectilíneo del progreso, dista de ser una línea recta, investigar hasta qué punto el liberalismo ha formulado ideas originales en materia de libertad política. Si los historiadores de ideología liberal se hubieran tomado tal trabajo, es probable que, con comprensible desconsuelo, advirtieran lo difícil de semejante demostración. Lo hizo, entre otros, Johannes Bühler, que no pudo menos que referirse con ironía a quienes, partiendo de la posición predominante asignada a la Iglesia, consideran a la Edad Media como la época de la concepción católica del mundo y proceden a enjuiciar sumariamente su cultura con arreglo al punto de vista personal en que el enjuiciador se coloca respecto del catolicismo. Para peor, casi todos los que así proceden, consideran a la Iglesia Católica del medioevo como si fuera la actual, pasando por alto sus sesenta años de inquietudes teológicas y los veinte que consumió el Concilio de Trento, de la cual salió reformada y reestructurada.

Si tal ocurre en cuanto a la Edad Media, en lo que a la comprensión del liberalismo se refiere, todo se reduce en los historiadores a relatar de cómo los escritores franceses difundieron las ventajas del sentido británico de la libertad política, callando la realidad, expuesta en obras serias, por escritores ingleses, de que esas libertades surgían de las entrañas mismas de la Edad Media. Todavía hay profesores que creen, y así lo enseñan algunos textos al uso, que los británicos escribieron en la Carta Magna las libertades que querían obtener, cuando ese documento expresa las que tenían y no querían perder.

Uno de los escritores políticos del pasado que más prestigio tiene entre los historiadores de las ideas políticas en Hispanoamérica es Montesquieu, probablemente más citado que leído, pues cuanto entró a meditar en torno a la historia de las instituciones llegó a la convicción de que el absolutismo era el resultado de una larga usurpación, advirtiendo las antiguas limitaciones del poder real, lo que le condujo a admitir la existencia de rasgos de la humanidad verdadera aún en instituciones consideradas bárbaras. Montesquieu llegó a la conclusión de que el modelo y los fundamentos de la libertad estaban en el pasado, identificando libertad y tradición feudal, por lo que reprochó al absolutismo haber aniquilado viejas costumbres; posición ésta del autor de “El Espíritu de las leyes” que se olvida con sospechosa regularidad.

Concretándonos a la historiografía hispanoamericana, vemos que actúan contra ella dos factores importantes. El primero surge del armazón de mentiras forjadas alrededor de la historia de España y de su acción en el Nuevo Mundo, como manifestaciones de la “literatura de guerra” heredada del período de lucha por la independencia. Alrededor de esta falsa historiografía se forjaron ideas equívocas, que alcanzaron vigencia hasta mucho después de su nacimiento y de las cuales es difícil desprender a pueblos a los que se impusieron normas plagiadas de vida, desligadas de elementos tradicionales. Y como ha dicho Nicolás Berdiaeff: “El conocimiento histórico no es posible fuera de la tradición histórica”. El segundo factor consiste en hacer girar el proceso progresista alrededor de la literatura política, filosófica o sociológica de moda, en Francia, en los distintos momentos de los últimos dos siglos. Si a ambos factores añadimos la circunstancia particular de que la historia, como actividad intelectual, ha estado en América -y continúa en gran parte estándolo- , supeditada a propósitos antihistóricos, como los de llevar agua al molino de formas políticas, como el liberalismo, o económicas, como el capitalismo, bases ambas de las oligarquías dominantes en el Nuevo Mundo, las que, por lo común, se sostienen por su enfeudamiento a algún gran imperialismo, no es de extrañar que al exponer el desarrollo de las ideas políticas en el continente se haya dicho tanta herejía como la emitida como si fuera buena moneda.

Ese carácter de la historiografía americana se refleja en el afán de hacer de la Historia una especie de tribunal del pasado, con relación a los fines ideales que se quieren defender, sostener y ver triunfantes; y ante los cuales se cita a los hombres que fueron, a que concurran a rendir cuenta de sus actos, alcanzando a unos el premio y el estigma a otros. Dice Benedetto Croce: “Los que, presumiendo de narradores de historia, se afanan por hacer justicia, condenando y absolviendo, porque estiman que tal es el oficio de la historia, y toman su tribunal metafórico en sentido material; están reconocidos unánimemente como faltos de sentido histórico, aunque se llamen Alejandro Manzoni”. Tales opiniones no valen como “juicios de valor”, puesto que no son sino meras “expresiones afectivas”, que se forman con la exaltación de personajes y acciones del pasado o símbolos de libertad y tiranía, de generosa bondad y de egoísmo, de santidad y de perfidia diabólica, de fuerza y de flaqueza, de inteligencia elevada y de estupidez; de donde se deriva, en la historiografía argentina, el odio a Rosas, el desprecio por Quiroga o las mentiras difundida sobre Artigas, junto a la creación de mitos, como el de Bernardino Rivadavia, en el que se llega a ver al “más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”; juicio que fue forjado, nutrido y difundido por Mitre, a fin de dotar al partido liberal -de ideología extraña al sentido político tradicional de la nación- de algún sostén histórico con que oponerlo a los altos valores tradicionales de su contrincante, el Partido Federal, cuyos caudillos fueron, mediante la difusión de una “leyenda roja” -especie semejante a la “leyenda negra” con que se combatió todo tradicionalismo hispanista-, sumergidos en las expresiones más antojadizas de una imaginaria barbarie.

Como así se lo enseñaron -magister dixit- así lo ha creído el argentino medio, hasta que, en nuestros días, la crisis del liberalismo desarrollando el sentido histórico del país lo que ocurre siempre en los perídos de encrucijada cuando la angustia colectiva se trueca en interrogantes –admite la necesidad de un revisionismo de lo que se viene enseñando con caracteres de dogma. Esa crisis del liberalismo surge de la convicción de que su doctrina no asegura ninguna libertad bajo el régimen económico capitalista, sino libertades aparentes. Los pueblos empiezan a intuir el fondo de verdad de la afirmación de Harold Laski, cuando dice que “tan preocupada estaba -la doctrina liberal- con las formas políticas que había creado, que falló en darse cuenta de manera adecuada de su dependencia de las bases económicas que ellas expresaban”: y es esa intuición la que alimenta dichosafanes revisionistas, sobre todo en Hispanoamérica, donde los valores de la historia, que habían sido desechados, comienzan a adquirir jerarquía; porque es en ellos donde los pueblos infieren poder encontrar las directivas para, dentro del propio estilo, realizar lo que debe realizarse. Es así como la crisis que mina como el cáncer el alma política de Hispanoamérica, se traduce en un movimiento de profundo análisis de su historia, del que surge, como el Fénix de sus propias cenizas una cada día más vigorosa afirmación de los contenidos esenciales de lo que denominamos Hispanidad.

En 1942, en las páginas finales de nuestro libro El sentido misional de la conquista de América -que fue un aldabonazo que contribuyó a despertar la conciencia hispanista que, como fondo insobornable, se mantenía en el continente- decíamos: “Respondemos de esta manera a una urgencia espiritual ineludible para los pueblos de Hispanoamérica. Un siglo y medio de falsa tradición liberal a la francesa, ha hecho que nuestros pueblos no tengan finalidades que no estén sojuzgadas a determinadas normas institucionales. Y se diluye así el sentido de la nacionalidad al hacer que la nación, en sus expresiones más profundas, sea la finalidad de la nación; entelequia trágica que nos ha conducido en lo económico, a ser simples factorías de imperialismos extraños; en lo político, un mundo de incoherencias; en lo espiritual, algo que huele a prestado. Dijimos que era necesario librarnos de los gobiernos antieconómicos y despóticos de la corona española, y caímos en una economía que nos han enfeudado y nos pusimos muchas veces, a la orden de los jefes más sombríos. Se quiso formar un continente separado de todo sentido religioso, y el fracaso del racionalismo lo deja indefenso, sin un estilo propio frente a una vida que debe aceptar tal como se la han fabricado: débil para crear lo que corresponde. Mas en el fondo insobornable de estos pueblos vive su propio estilo, y es la labor de descubrirlo, para que nos enseñe que debemos hacer lo que hay que hacer -por necesario, por conveniente y por útil- lo que intentamos con estas páginas, mediante una estrecha convivencia, real e intuitiva, con el inagotable tesoro de nuestra historia”

No se trata de escribir la historia con finalidades nacionalistas, porque tanto ellas, como cualquier otra que no responda a la severidad de formular juicios históricos, es hacer falsa historiografía. Se trata de comprender el pasado en sus relaciones con el presente para encontrar la ruta del destino. Labor que no es fácil. Para entender el movimiento oscilante de la historia, cuyos altibajos marcan, a pesar de todo, las etapas de un progreso moral, que se desenvuelve con mucha mayor lentitud que el material, es necesario realizar esfuerzos a fin de comprender los tiempos pasados. Bienvenida la erudición, el papelismo, porque no se debe salir de los límites de la verdad y los documentos son expresiones formales de ella, pero ¡pobre del que crea que en los papeles que poseemos está toda la realidad del pasado! Porque la literatura picaresca española alcanza en un dado momento cierto auge, por ahí andan centenares de páginas diciendo que fue consecuencia de que proliferaban los pícaros, reverso de aquella grandeza de los ideales, acuñado por la miseria que, según cierta historiografía, fue el signo permanente de España. Sería lo mismo que si alguien digiera que la vida argentina está representada o expuesta por la letra de los “tangos”, dada la difusión alcanzada por las mismas. Con toda verdad ha escrito Ignacio Olaguer: “Aquellos que no tengan imaginación, que no se ocupen de la historia. Es un terreno vedado para ellos”. No se trata de la imaginación que tiende, mediante un proceso confuso, a convertir su material palpitante en obra poética; sino aquella capaz de sentir la vida del pasado más allá de cómo se la vivió, para presentarla como fruto de un acto de pensamiento, es decir, como auténtica obra científica.

Por eso, en historia, es necesario ver más allá de las narices, o sea, más allá del texto de los papeles. Es lo que en nuestro alcance, tratamos de hacer en nuestras páginas, por lo cual comenzamos refiriéndonos a la Edad Media, bajo cuyas influencias ideológicas se forjaron los ideales políticos de los conquistadores de América. Si hasta no hace mucho la historiografía americana creía que bastaba con iniciar la historia de cada uno de los pueblos en el que se atomizó el continente, con el relato de las jornadas primigenias de su emancipación política, como un verdadero progreso se aceptó luego que la era española, mal llamada colonial, constituye nuestro pasado remoto; admitiéndose, inclusive, que las múltiples contingencias del desarrollo histórico no ha podido borrar las huellas de sus pasos, lo que algunos utilizaron para explicar por qué cada Argentina, o cada Perú, o cada Ecuador, no es un Estados Unidos. Este progreso de la historiografía americana ha obedecido a una mala intención: la de iniciar la historia americana con el conquistador y el indio, como surgidos por generación espontánea, con un mundo de ideas -hechas por los historiadores- de acuerdo a un determinado esquema metodológico que acusa de intolerante, autoritario, feudalista, etc., al primero y pinta, con ingenua concepción rousseauniana, la libertad del indio como saldo de factores telúricos, de los que son más los que hablan que los que saben en qué consiste. Algo similar a lo que ocurre con quienes estudian la economía americana durante el período de dominación española, e invocan las leyes económicas denunciando sus constantes violaciones por parte de España, a pesar de que ésta es la hora en que no hay quien pueda demostrar algo más que una supina ignorancia respecto de las presuntas leyes de la economía actual como antigua.

El más remoto pasado americano es España, no el mal llamado período colonial; salvo que se admita que este período no tuvo pasado. En algunos pueblos de América, por el alto grado de mestizaje existente, no se puede desdeñar la influencia de ciertos aspectos de las culturas indígenas pre-colombinas, pero dándoles la importancia que tienen como elementos negativos de los conceptos de libertad política. No en balde el comunismo, que siempre logra más adeptos en los pueblos que no poseen un sentido concreto de la libertad política o en los grupos que lo han perdido, por no ver sino la realidad económica, procura, en América, adoptar posturas indigenistas, de un oportunismo que revela el bajo concepto que tiene de los indios, aunque valoren su utilidad como carne de cañón. A su vez, los grandes imperialismos capitalísticos, favorecen la misma tendencia. Capitalistas y comunistas saben que hablar de hispanidad es hablar de liberación, y hacerlo de indigenismo importa lo contrario. No solo el conquistador no trajo consigo el autoritarismo, como síntesis de su ideario político, sino que el hecho histórico concreto es que encontró el autoritarismo en el Nuevo Mundo, y que, a través de los misioneros, trató de inculcar en los naturales el concepto de libertad de la persona humana, esencial en la doctrina del catolicismo. Es el conquistador quien importa conceptos sobre la libertad política, porque se trata de un ser que surge de la Edad Media, o sea de un período de la historia en que el primero y fundamental aspecto de su pensamiento político fue expresión de la justicia o, dicho de otra manera, que entendía que más allá del derecho del estado, existe un derecho más grande y más augusto: el derecho natural. Hasta Hobbes -por lo menos “tío carnal” del liberalismo- nadie se había atrevido a sostener la doctrina de la soberanía estatal absoluta. Mal podían los conquistadores españoles traer a América lo que aún no existía en el viejo mundo, y que, en España, se impuso casi dos siglos después de la empresa colombina.


* Tomado del libro Historia de las ideas políticas en Argentina, capitulo 1


jueves, 18 de mayo de 2023

¿Qué cosa es la historia?

 


[1]Por Federico Ibarguren

 

La historia no es una mera exposición del pasado. Más que su desarrollo importa la comprensión del mismo. Nexo de unión entre diversas épocas, las hace inteligibles al destacar en perspectiva la continuidad formal, el fin al que tiende el decurso de las generaciones. Es ajena, por eso, a la mera literatura, a la fábula, al tópico. Sus pesquisas buscan la verdad y no el mito, utilizando para ello -en la afanosa y nunca interrumpida investigación- métodos análogos a los empleados en la morfología.

            “Historia -como la define el gran pensador católico[2] europeo, Johan Huizinga- es la forma espiritual en la que un pueblo rinde cuentas de su pasado”.

 

Los historiadores modernos, en general, pierden tiempo tomando datos intrascendentes. Ayudados por la memoria, llenan cuartillas recordando tal o cual suceso trivial, de mayor o menor interés según sea la fidelidad con que es traducido en el papel. Para ellos todo es cuestión de archivos. Se pasan el día en bibliotecas desentrañando documentos, acumulando datos de acontecimientos pasados. Tal será -afirma dogmáticamente la cátedra- un historiador cabal.

Semejante criterio -a nuestro modo de ver, equivocado- padece de un error de punto de vista. No se trata de detalles: es una cuestión de enfoque.

Para nosotros, la historia no consiste en documentar y presentar al público acontecimientos perfectamente relacionados en todos sus pormenores. Reviste un sentido más entrañable. Es un proceso -una forma espiritual- y reconoce, por ello, un principio de arranque y una finalidad a alcanzar.

El concepto de historia tiene una función no de cosa exhumada, de recuerdo, de memoria, sino de hálito vital -si puede referirse esta palabra al mundo del espíritu-. De vida que no se interrumpe sino con la muerte.

En las personas, el pasado enseña más que recuerda. En los pueblos ocurre lo mismo. Nadie puede desconocerlo.

El que sabe quienes son sus ascendientes estará mejor preparado para afrontar el destino o, por lo menos, con más posibilidades de defensa que el que los ignora. Ocurre algo parecido en las sociedades. Cuando los acontecimientos estallan y urge tomar contacto con la realidad, la nación ignorante de su pasado se verá en inferioridad de condiciones para reaccionar. Caerá vencida por los acontecimientos desatados. No sabrá encarar la solución, sucumbiendo, arrollada por la propaganda, los programas de moda y las doctrinas del momento, como pasa con mucha gente que ha alcanzado una posición sin merecerla de verdad.

 

Ahora comenzamos a percibir la importancia que para la conducta tiene el pasado. Porque, al fin, la historia no es sino experiencia de los pueblos; un imponderable que no se vive en vano. Sostenían los antiguos que aquella se hacía transmisible con la madurez, y tenían razón. La madurez fue siempre depositaria de la experiencia vital que es sabiduría. En cambio, para quienes han olvidado su pretérito, toda edad resulta lamentable. Pueblos semejantes están destinados a permanecer eternamente infantiles, desmemoriados y bárbaros. Y quedan siempre sometidos a perpetuas tutelas foráneas.

Ahora bien, no hay efecto sin alguna causa que lo produzca. Así, la historia no está hecha de ideologías. El proceso de adaptación que es en realidad la Historia -fruta madurada en el árbol- resulta negado, repudiado por la tesis, el programa, la utopía pura. Un ser no se desarrolla en virtud de una teoría previa sino que nace de padres dados, ve la luz en un lugar que no ha elegido y tiene amigos y reacciones imprevisibles. De la misma manera, lo histórico no puede someterse estrictamente al razonamiento lógico, por noble, elevado y generoso que parezca en el orden espiritual y moral.

La historia, en definitiva, es un proceso: el desarrollo de un pueblo condicionado por factores atávicos y ambivalentes que, Dios mediante, van jalonando su libertad esencial de ser y de moverse, en el espacio y el tiempo.

 

Así como la semilla precede la planta en el ciclo de la generación, la esencia es anterior a la existencia. Por tanto, es fundamental para nosotros comprender la esencia de lo histórico antes de adentrarnos en el estudio extensivo de sus distintas etapas evolutivas, de su existir como tal.

La historia es, en efecto, interpretación jerárquica de los hechos. No basta la mera información exhaustiva. Aquella debe superar lo anecdótico, buscando contacto con las categorías que ordenan el acontecimiento particular. Se trata de una síntesis, de una forma, para hablar en lenguaje escolástico.

Todos sabemos que, en el fondo, el problema de la inteligencia es ontológico y no está regido por leyes necesarias de la física material, sino que depende de las de la metafísica. La subordinación de la historia a este orden jerárquico del pensamiento -ínsitamente contenido en la filosofía- va sin decirlo, aún cuando el historiador no lo confiese explícitamente o lo ignore las más de las veces. Esto quiere decir que el criterio filosófico condiciona el criterio histórico, toda vez que la historia no tiene valor independiente de ciencia, al menos como entiende a esta el positivismo moderno.

¿Qué es lo histórico, entonces, en el orden de las ideas? ¿Cuál es su raíz? Acostumbrados a pensar con instrumental positivista, lo primero que se nos ocurre es que la historia es una ciencia: colección de hechos históricos minuciosamente explicados por documentos o testimonios escritos de la época. Ciencia experimental que el historiador -siempre un especialista- estudia en archivos: única fuente de donde puede extraer el material para recomponer, enhebrando los hechos, el drama del pasado. El concepto general que se tiene de la historia es éste: ciencia cronológica de los hechos. Cuanto menor sea la interpretación personal de los mismos que dé el historiador -se piensa- más real y verdadero resultará el relato. Hasta aquí el criterio general difundido en nuestra materia.

Pero, afortunadamente, la esencia de los históricos no es el dato aislado. Porque si descansara únicamente en documentos y testimonios escritos bastaría que una generación perdiera sus papeles para que el pasado desapareciera y la continuidad en el tiempo quedara quebrada. Y ello es un absurdo.

 

La Historia no reposa en último término -como lo pretende el positivismo científico- en la prueba material de los hechos pretéritos; aún cuando ésta sirva siempre para respaldar las afirmaciones del escritor. Por encima de lo visible, trascendiendo los restos que podamos hallar de una época dada -sobre las olas del naufragio temporal- quedará grabada por siglos, como una estela sutil, la huella de lo que una vez surcó su superficie. Es el inteligible de lo que existió, la parábola móvil denunciadora de la vida que marcha y no se detiene, a instancias del impulso motor de la historia.

Para los sabios de nuestro tiempo siempre habrá, sin embargo, dos maneras de estudiar la naturaleza humana: pulsando las reacciones y estímulos del hombre vivo, o desmenuzando en partículas su cadáver. Así ocurre también por analogía, con relación a los pueblos. Los historiadores del siglo pasado han elegido casi todos, el segundo procedimiento: aguardaban la muerte de una generación para hacerle la autopsia y exhibirnos en seguida sus vísceras.

Pero lo histórico no debe especular con la muerte para existir. Es otra cosa que la mera anatomía social. Está informado por leyes creadoras de vida, continuidad y sucesión. Reconoce un alma que alienta a la cultura a la que ese pueblo pertenece. Tiende al logro de una finalidad de tipo universalista: trascender en lugar de quedarse egoístamente, cada pueblo, satisfecho con su caudal propio en la soltería y esterilidad permanentes[3].

La historia, más que la ciencia experimental, se os aparece así -a despecho de las escuelas positivistas modernas- como una especie de rama particular de esa disciplina que los antiguos llamaban con verdad “la madre de todas las ciencias”: la filosofía. Aunque ella sea en rigor una filosofía no especulativa, sino aplicada a los hechos concretos. Una filosofía, por decirlo  así, de lo encarnado.

“Toda auténtica reflexión histórica es auténtica filosofía, o es sólo labor de hormigas”, ha escrito egregiamente el olvidado tudesco Oswald Spengler.

 

La materia histórica es, como hemos visto, fluida por naturaleza; razón por la cual no corresponde clasificarla entre las disciplinas científicas propiamente dichas -“la esencia misma de la historia es el cambio”, anota J. Burkhardt-. Sin embargo ella descansa en ciertas constantes que, en último término, le dan fijeza y continuidad.

Una de esas constantes -acaso la de mayor importancia- es la tradición. Ella actúa de regulador, decantando la vida de los pueblos en el molde de hábitos, costumbres, maneras y modos de ser que se van transmitiendo de padres a hijos; no obstante el aporte original -inédito- de cada generación que la enriquece de continuo en el decurso de su existencia.

Así, las evoluciones y revoluciones propias del tiempo encuentran su reposo -su equilibrio armónico y viable- cuando son asimiladas por la tradición del pueblo que las sufre. Sólo ésta es capaz de dar sentido y estabilidad a la incesante mutación de los siglos. Lazo de unión, puente -por así decir- que junta el pasado con el futuro, actúa de catalizador en el proceso temporal del desarrollo de las comunidades humanas. Sin ella la vida carecería de contrapeso, volveríase puro presente: jugueta del vendaval de los acontecimientos como las hojas en otoño, desprendidas de la planta.

 

La tradición marca, así, la ruta de nuestro destino al hacer imposible la cotidiana victoria de las tendencias anárquicas de la naturaleza sobre el orden sedimentado en que descansa una forma social, impidiendo que el capricho social triunfe sobre el futuro factible y la muerte sobre la vida. Ella -la tradición- otorga verdadera personalidad a los hombres y a los pueblos. Porque traduce, en el último término, el ser de la historia.

“El conocimiento histórico no es posible fuera de la tradición histórica -expresa al respecto Berdiaeff-. El reconocimiento de la tradición es una especie de apriorismo, es algo categóricamente absoluto en el conocimiento histórico. Sin ello nada hay completo y nos quedan tan sólo fragmentos”.

Como se ha visto, la tradición es el elemento estático de la historia. Lo dinámico son las ideas y los hombres que, por contraste, de continuo cambian renovando la vida. Explícase, por lo demás, esta trasmisión casi inalterable -a través del tiempo- de hábitos y costumbres teniendo en cuenta su origen religioso, diría yo, en el sentido amplio y lato de la palabra. Ya que la tradición tiene sus raíces -como en el teatro- en el drama trágico de la conducta y no en la comedia frívola de los caprichos circunstanciales y de las modas. En sus comienzos, nace de la actitud sacra -no profana- del hombre ante el gran misterio del mundo circundante. Los pueblos van conformando toda su liturgia social, que luego recoge la posteridad, como reacción frente a la naturaleza bruta o al medioambiente en el que viven. Sólo asi puede explicarse sin deformaciones la fuerza terriblemente conservadora que informa todo resabio de tradición verdadera.

“Religio praecipuum Humanae societatis vinculum” (“La religión es el vínculo capital de la sociedad humana”), enseñaba Bacon con verdad. En este orden de ideas, nos repite contemporaneamente Hilaire Belloc: “La Religión es el elemento determinante que actúa en la formación de toda civilización”.

 

En Europa tenemos reflejada, según todavía lo ve el estudioso, esa tradición histórica ineludible y fecunda, sin negaciones ni violentos saltos atrás. Por más que los bárbaros de la Edad Media se propusieron destruir el mundo ancestral de la cultura, con el tiempo sus jefes victoriosos, convertidos a la Iglesia Católica, serían los sucesores de los desacatados emperadores muertos.

Cosa parecida ha ocurrido con relación a España entre nosotros. Estudiando nuestro pasado con imparcialidad, vemos cómo se produce el proceso cultural en América, y sobre qué bases o puntos de partida se hace necesario proceder a la revisión integral de la historia del Río de la Plata.



[1] IBARGUREN, Federico. “Nuestra tradición histórica”, Dictio, Bs. As., 1978.

[2] Huizinga es un pensador de raigambre protestante (nota del compilador).

[3] “El conservatismo puro y abstracto se niega sencillamente a continuar el proceso histórico, alegando que todo cuanto debía acontecer ya ha acontecido, y que hoy día tan solo se trata de conservarlo. Es evidente que en estas condiciones no es posible llegar a ninguna percepción de lo histórico -dice Nicolás Berdiaeff en su libro EL SENTIDO DE LA HISTORIA-. El contacto íntimo con el pasado significa también un contacto íntimo con su dinamismo creador. Seguir fieles a las tradiciones y a los testamentos del pasado significa reconocer el dinamismo creador de nuestros antepasados. Por eso, el contacto espiritual del pasado, con los antepasados, con la idea de Patria y con otros conceptos de carácter sagrado es, en realidad, un contacto con el dinamismo de antaño, que admitimos como dirigido al futuro suyo, hacia nuestro presente, que proyectamos hacia el futuro nuestro, hacia la resolución histórica, en forma de una concepción de un nuevo mundo, de una nueva vida. Es algo así como una unión de este nuevo mundo con el mundo antiguo. Este proceso se verifica en el seno de un proceso histórico único, esencialmente dinámico. Es una conjunción perpetua a través de la existencia eterna”. (Nota y negritas del autor)


lunes, 21 de febrero de 2022

ALBERTO EZCURRA MEDRANO: CUARENTA AÑOS EN LA GUARDIA SOBRE LOS LUCEROS (1982-2022)

 


Por: Fernando Romero Moreno

          Hace 40 años, un 19 de febrero de 1982, fallecía en Buenos Aires Don Alberto Ezcurra Medrano, uno de los fundadores del Nacionalismo Argentino y del Revisionismo Histórico de orientación católica y tradicionalista. Había nacido en 1909 y se dedicó principalmente a la investigación histórica, al periodismo y a la enseñanza. Hijo de Alberto Ezcurra Jolly y de Sara Medrano, contrajo matrimonio con María Rosa Uriburu Peró con quien tuvo siete hijos (tres de ellos sacerdotes), todos varones. Sus estudios primarios los realizó en su hogar, por motivos de salud. Cursó en cambio el Secundario en el Colegio Champagnat de los Hermanos Maristas. Desde muy joven tuvo una clara inclinación política, que abordó desde una profunda Fe católica y una rica vida interior.  A principios de 1928, fundó con Francisco Bellouard Ezcurra y Eugenio Frías Bunge el Comité Monárquico Argentino, fugaz organización pero de cuyos estatutos pueden extraerse las ideas principales que defendería hasta el fin de sus días. “El fin que se propone este comité - se afirma en los Estatutos firmados el 14 de febrero de 1928 - es sembrar la idea monárquica en la conciencia de los pueblos y apoyar las tendencias de la derecha contra las ideas democráticas, comunistas y revolucionarias que hoy pervierten a la sociedad”. La preferencia monárquica la cambiaría por la de una república clásica, jerárquica, presidencialista, federal y con representación corporativa, en el marco de un régimen mixto (síntesis de los principios monárquicos, aristocráticos y democráticos) más acorde con la realidad argentina (los proyectos monárquicos habían fracasado aquí, de manera definitiva, en 1820/21) y con las tendencias más de moda en aquellos tiempos. El “empirismo organizador” de Maurras, que los hermanos Irazusta siguieron en esta materia, fue lo que iluminó a la primera generación nacionalista en relación al régimen político, de la cual formó parte Ezcurra Medrano. A su vez el tradicionalismo católico y contrarrevolucionario tendría en él a uno de sus más fieles servidores. En la primera reunión del Comité Monárquico Argentino, se decidió “contribuir con un óbolo, a la colecta organizada por el Diario ‘El Pueblo’ en favor de los católicos de México”. Y en efecto, tal como informa este Diario el 19 de Febrero de 1928, el Comité Monárquico Argentino colaboró con una suma de $30 a la gesta de los Cristeros, suma que está entre las más grandes, salvo algunas pocas de $50 realizadas por personas individuales y ciertas instituciones. La aparición del periódico La Nueva República en diciembre de 1927, de cuya existencia Ezcurra Medrano tuvo noticias a mitad de abril de 1928 supuso la disolución del Comité Monárquico Argentino y la incorporación de sus miembros al Nacionalismo Argentino, que tendría poco después una expresión más ortodoxa con la fundación de El Baluarte, publicación donde integraría el Consejo de Redacción junto a Juan Carlos Villagra y Mario Amadeo. El Nacionalismo de El Baluarte estuvo inspirado sobre todo en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, Joseph de Maistre, Louis De Bonald, Juan Donoso Cortés y Juan Vázquez de Mella. Sin embargo no dejó de colaborar con otras publicaciones como La Fronda, La Nueva República (segunda etapa), Bandera Argentina, Crisol, El Pueblo, Criterio o Sursum. Como todo el Nacionalismo Argentino apoyó la Revolución del 6 de septiembre de 1930, que tuvo en los mitines políticos de la Liga Republicana de su primo Roberto de Laferrere, una de las tantas expresiones públicas que prepararon el clima pre-revolucionario.

En 1937 apareció Restauración, la expresión más pura del Nacionalismo Argentino según Ezcurra Medrano, donde escribió junto a otros destacados nacionalistas como Héctor Bernardo, Héctor Llambías y Alfredo Villegas Oromí. Como afirmara años más tarde, Restauración, “abandonando el nacionalismo empírico o con ribetes ‘Maurrasianos’ o ‘nazis’, fue profundamente católica, hispánica y rosista. Fue, inconfundiblemente, nuestro nacionalismo, o sea la doctrina que quiso que nuestra política fuese expresión de nuestro ser nacional y tradicional, y no de doctrinas artificiales o exóticas. Hoy que miro ‘El Baluarte’ con una perspectiva de más de 30 años, me doy cuenta hasta qué punto sigo siendo en 1960 el mismo ‘baluartista’ de 1929. Mi nacionalismo es esencialmente católico y tradicionalista. Fue una reacción de mi patriotismo contra el internacionalismo marxista y el desprecio por la patria de los liberales”. Fue precisamente en El Baluarte donde aclaró, en un artículo de mayo de 1930, que el Nacionalismo Argentino nada tenía que ver con el principio de las nacionalidades (por no aplicarse a la realidad hispanoamericana), el estatismo condenado por Pío XI en el Syllabus, ciertos errores del Fascismo italiano y la Acción Francesa, el chauvinismo y el nacionalismo continentalista antiyanqui de corte populista y/o izquierdista. Además de estas publicaciones y a lo largo de su vida, escribió en otras como Nueva Política, Choque, Combate, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Nuevo Orden, Ofensiva, Sí sí -No no, El Pampero, Cabildo (Diario), El Federal, Nuestro Tiempo, El Debate, Balcón, Presencia, Boletín del Instituto Rosista de Investigaciones Históricas (La Plata), Sexto Continente, Revisión de la Historia, Genealogía, Esquiú, Jauja, Roma y Cabildo (revista). De sus libros sobre política e historia editados vale mencionar Las otras tablas de sangre (1934), Catolicismo y Nacionalismo (1936), La Independencia del Paraguay (1941), Sarmiento Masón (1952) y la Historia del Anticristo (edición póstuma de 1990). De los aún no editados, San Martín, Protector del Perú (1950) y Memorias (1956, con un Apéndice de 1960).  Además de haber frecuentado los Cursos de Cultura Católica en los años 30, fue miembro de instituciones como la Liga Universitaria de Afirmación Católica, la Junta Americana de Homenaje y Repatriación de los restos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas, la Comisión de Homenaje al Combate de la Vuelta de Obligado, el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, la Junta de Recuperación de las Islas Malvinas, la Comisión Honoraria del Plebiscito de la Paz, la Junta Organizadora del Congreso de Recuperación Nacional, el Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, la Comisión de Homenaje a la Revolución del 6 de septiembre de 1930, el Instituto Hugo Wast y la Comisión de Homenaje al Gral. Ángel Pacheco. Como dijimos ut supra, también dedicó su vida profesional a la docencia. Gracias a su producción historiográfica obtuvo la habilitación oficial para desempeñarse como Profesor de Religión y de Historia. Dictó cátedra en el Colegio Nacional Sarmiento y Anexo a la Escuela Normal Mariano Acosta, en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en la Escuela de Comercio N° 9 y en el Colegio Nacional Reconquista. También participó como miembro del Jurado en los Concursos para la selección de docentes de Historia en el Instituto Nacional de Profesorado de la ciudad de Paraná y cumplió funciones en el Consejo Nacional de Educación. Al igual que Don Julio Irazusta, murió hace 40 años, en 1982, meses antes de la recuperación provisoria de nuestras Islas Malvinas, Causa por la que había trabajado con empeño, como muchos otros argentinos. Poco antes de entregar su alma al Creador dijo unas palabras que coronaron toda una vida puesta al servicio de Dios y de la Patria: “No me arrepiento de haber sido católico, nacionalista y rosista”. A 40 años de su partida y próximos a celebrar el primer centenario del Nacionalismo Argentino, no dejemos que se pierda ese legado y transmitámoslo purificado y enriquecido a las nuevas generaciones. Como escribió su hijo primogénito, el Padre Alberto Ezcurra Uriburu en el prólogo a la reedición del libro Catolicismo y Nacionalismo: “Hoy el mundo parece encaminarse hacia un ‘Nuevo Orden Internacional’, bajo el dominio de un solo centro de poder (…), vigilante universal encargado de velar por el mismo e imponer a los díscolos (…) el cumplimiento de las más arbitrarias resoluciones de las Naciones Unidas (…). En este ambiente sufren los creyentes la tentación de confundir el espíritu universal del catolicismo, que respeta y asume todo lo bueno y positivo de las culturas nacionales, con el internacionalismo nivelador y masificante. Corren el riesgo de pensar que todo nacionalismo es aislamiento, egoísmo, cerrazón y xenofobia, de perder hasta el sentido mismo de la Patria y de convertirse, en el espíritu de la ‘Nueva Era’, a la religión de la humanidad. Por eso el tiempo presente nos exige no sólo orientar al nacionalismo en el sentido de la Verdad católica, mostrar la coherencia entre catolicismo y nacionalismo, sino también y ante todo justificar la existencia misma de la Nación como algo que deriva del Orden Natural, es decir querido por Dios e irreemplazable”. Palabras escritas en 1991 y que tienen absoluta actualidad ante la embestida globalista, supracapitalista y progresista que estamos padeciendo

                                                                                           

BIBLIOGRAFIA

Archivo Histórico de la Familia Ezcurra Uriburu (Bella Vista)

Cabildo (Revista), 2a época, Año VI, N° 51, Marzo de 1982, Alberto Ezcurra Medrano (nota necrológica).

Cloppet, Ignacio Martín, Semblanzas biográficas publicadas como epílogos a la edición póstuma de la Historia del Anticristo (1990) y a la tercera edición (1991) de Catolicismo y Nacionalismo.

Ezcurra, Alberto Ignacio, Prólogo a la tercera edición de Catolicismo y Nacionalismo, Cruz y Fierro Editores, Buenos Aires, 1991.