Por: Julio Irazusta
Me veo en la dura necesidad de
polemizar con el autor de la Defensa y pérdida de nuestra soberanía económica,
cuyo talento aprecio demasiado para dejar pasar sin protesta lo que creo un
traspié suyo. Debo hacerle pues una gran querella. Sobre lo que juzga «el más
grave error de Rosas», en un juicio sobre su política con los intelectuales,
que yo considero «el más grave error de José María Rosa (hijo)».
No lo hago porque considere impío
hablar de los errores de don Juan Manuel.
Nosotros los revisionistas no
procedemos con el fetichismo de la escuela académica, que tiene a sus héroes
por santos, y de un santoral no susceptible de aumento; que da por terminadas
las canonizaciones con las que ella ha realizado. No. La historia es para
nosotros una materia en perpetua revisión, cuyos juicios se renuevan
constantemente, a impulso de los descubrimientos documentales, la evolución
política y la reflexión filosófica. Y quienes la hicieron no son para nosotros
susceptibles de clasificarse en categorías de ángeles o demonios, sino hombres
falibles, por grandes que se nos aparezcan en algunos aspectos de su acción.
Lo hago porque creo una inexactitud de hecho
la afirmación del Dr. Rosa. Veamos en qué consiste: «Hablemos claro», dice; «el
más grande error de Rosas fue no haber atraído a los intelectuales. Era un
hombre popular, era un hombre querido por casi todos. Pero no hizo nada, o muy
poco, para llamar a quienes, juventud estudiosa de 1837, se presentó dispuesta
hacia él. Rosas se burló de ellos... De Angelis en los diarios de Rosas se
burló sin piedad de los balbuceos literarios y las contradicciones filosóficas
de los pretendidos sansimonianos. Por eso la juventud intelectual, rechazada y zaherida
por Rosas, se fue a Montevideo apenas estallado el conflicto con Francia». Y
luego de condenar a esos jóvenes, pese a los motivos que según él Rosas les dio
para emigrar, agrega: «Pero con todo, eran los intelectuales, los escritores,
los dueños del porvenir, y Rosas debió atraérselos... Desgraciadamente Rosas no
obró así. Desgraciadamente para él y para su política magnífica. Pudo haber
detenido la leyenda roja, y debió hacerlo. En la hora de la prueba no tuvo
hombres de palabra o de pluma que lo defendieran. Se quedó con los venales, los
oportunistas, que por supuesto lo abandonaron apenas cayó. Y no solamente lo
abandonaron, fueron quienes más y mejor lo enlodaron».
Examinemos por partes tales
afirmaciones. La acusación de no haber
atraído a los intelectuales, es la
que primero da que pensar. El país no los tenía entonces a profusión, de los
que hacen oficio de tales, con sendas bibliografías a sus espaldas. Pero de los que había, y en realidad eran
hombres de acción con inteligencias regularmente disciplinadas en institutos
educacionales de la colonia, atrajo a
casi todos los que no fueron recalcitrantes para resistírsele: Tomás de
Anchorena, Felipe Arana, Tomás Guido, Carlos de Alvear, Vicente López, Manuel
Moreno, Manuel de Sarratea, Eduardo Lahitte, Adeodato de Gondra, etc., etc.
Y los conservó a su lado los veinte años de la dictadura, pese a las
incomprensiones de los unos y las divergencias que tuvo con los otros. No tenía
esos celos de los hombres capaces que se le atribuyen. Y jamás hubo caudillo
que estuviera mejor rodeado, y sostuviera con más lealtad a sus colaboradores,
que Rosas. Aquellos hombres eran lo mejor que el país tenía en lo que respecta
a inteligencia. Y algún otro que podía
considerarse tal, como el general Paz, no participaba en el gobierno porque no
había querido hacerlo. Después de quedar en libertad, se le ofreció una
embajada cuando ya había fugado al Estado Oriental. Si Rosas no se lo atrajo,
no fue porque no lo intentara, sino porque no lo consiguió.
El Dr. Rosa alegará haber hablado
de los jóvenes de 1837. Pero aun el caso de éstos, es imposible aducirlo contra
el caudillo. Que Rosas se burló de ellos, son consejas unitarias, que no se
basan en ninguna fuente fidedigna. Lo cierto es que Alberdi escribió: «Emigrados espontáneamente, sin ofensas ni odios, sin
motivos personales, nada más que por odio a la tiranía... nuestras palabras
jamás tendrán por resorte motivo ninguno personal. Ni a la persona, ni a la
administración del señor Rosas tenemos que dirigir quejas personales de
injurias que jamás nos hicieron» (Escritos póstumos, ed. Cruz, t. XV, ps.435-437).
Lo cierto es que Juan María Gutiérrez
era empleado público y que si perdió el puesto fue por haberse complicado en la
conspiración Maza; recobró la libertad, agradeciéndoselo a Rosas (Revista
del Instituto Juan Manuel de Rosas, N°12, art. de Marín Pincen, sobre
Gutiérrez), pese a que durante todo ese tiempo mantenía con Alberdi una
correspondencia que manifiesta su decidida voluntad contra el caudillo (Juan
María Gutiérrez, Epistolario, ed. por E. Morales, Bs. As. 1942, ps.32-35). Lo
cierto es que Sarmiento recibió un trato
privilegiado de un gobernador federal de San Juan, cuando muy joven se negó a
prestar el servicio militar que le imponía le ley, según lo han demostrado
los Dres. Doll y Cano en un folleto famoso sobre el origen del unitarismo de
aquél. Lo cierto es que Angelis se burló
de Echeverría y su Dogma Socialista ocho años después que la joven generación
emigró en masa; y que sus burlas no pueden figurar entre las causas de tal
emigración.
Creo haber demostrado en varios
de mis escritos que los jóvenes de la
Asociación de Mayo no combatieron a Rosas porque éste descuidara atraerlos,
sino porque emigraron cuando lo creyeron perdido en 1838, al complicarse la
guerra con Bolivia con el bloqueo francés y las revueltas interiores que
éste descargó. Más de lo que Rosas hizo por unos pollos apenas salidos del
cascarón, rara vez lo hacen los caudillos que ejercen un poder omnímodo.
Alberdi se puede considerar niño mimado del régimen. Alejandro
Heredia lo apadrinó, le enseñó latín, le permitió recuperar en el Colegio de
Ciencias Morales una beca que había abandonado por capricho. Vicente López
acogió sus primeros trabajos marcando la tarea de la nueva generación como si
la viera en perspectiva histórica. Angelis le hizo leer a Vico. La sociedad toda
le dio elementos para publicar un periódico, etc. Pedirle a un gobernante del
tipo de Rosas que hiciera más por jóvenes principiantes es achacarle que
careciera de un don adivinatorio. El Fragmento preliminar al estudio del
derecho, pese a las discordancias de fondo que revelaba entre las posiciones
respectivas del escritor y el caudillo, podía haber sido el origen de una
trascendental colaboración. ¿Cómo puede sostenerse que ésta no se produjo por
culpa del segundo y no del primero? Alberdi emigró voluntariamente antes que
Rosas pudiera pensar en llamarlo a la redacción de la Gaceta, en lugar de
Mariño.
Por otro lado, ¿no es ése el
movimiento habitual de los intelectuales ante una dictadura? ¿No agotó en vano
Napoleón sus seducciones con Chateaubriand? Las excepciones a esa regla se
producen cuando los escritores preparan el camino a un hombre providencial, con
tan firme convicción que lo personal no pesa para nada en las relaciones entre
ambos. Por ejemplo Treitzcke, promotor de la unidad alemana antes que Bismarck
la procurase, era liberal; pero al verlo realizar su objetivo, aunque por otros
medios, se le plegó. Y cuando el canciller de hierro le ofreció una cátedra, la
rehusó, para que no se sospechara el menor móvil mezquino en su campaña unificadora,
que lo había enemistado hasta con su padre, que era ministro de uno de los
pequeños Estados alemanes absorbidos por Prusia.
Además me parece una petición de principio afirmar que por no haber atraído a
los intelectuales, Rosas se quedó con los oportunistas que lo abandonarían al
verlo caído. ¿De dónde saca el Dr. Rosa que aquéllos le habrían sido más fieles
que éstos? ¿Cree a sus colegas de todos los tiempos más capaces de lealtad
que a los miembros de otros estamentos sociales? ¿No recuerda ningún caso, aquí
y en el extranjero, en que grupos enteros de intelectuales exaltaran a un
hombre cuando estaba en el poder, para abandonarlo después de su caída?
Por último, me parece injusto englobar a todos los servidores de Rosas entre los
viles que lo calumniaron después de Caseros. Estos fueron unos pocos, y no de
los que habían sido principales entre aquellos. Cuanto a que lo abandonaron en
su derrota, es un término de dudosa aplicación. Rosas no representaba una
dinastía derrocada, ni ofició jamás de pretendiente, haciendo saber sus
intenciones desde el primer momento. ¿Cómo
exigir a hombres envejecidos en el servicio público que renunciaran a la vida
política porque habían perdido a un jefe que no volvería más a ella, y que
rehusaran a Urquiza su colaboración, cuando éste se las pidió sin que lo
asediaran para que los emplease? En
nuestros días hemos visto cosas peores que la conducta de los rosistas plegados
al urquicismo.
Si estas precisiones hicieran que
el autor de la Defensa y pérdida de nuestra independencia económica revisara su
juicio acerca de las relaciones entre Rosas y los intelectuales, hallaría una
compensación al desagrado de haber tenido que disentir con él en público.
* En Revista «Presencia», N°34,
11 de agosto de 1950, y reproducido bajo el título de «Rosas y sus relaciones
con los intelectuales de la generación de 1837» en «Julio Irazusta - Biblioteca
del Pensamiento Nacionalista Argentino» – T° II», Ediciones Dictio, Buenos
Aires, 1973, pp. 259-263.
