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lunes, 18 de septiembre de 2017

Alberdi y las ideas constitucionales del 53. *

Por: JOSÉ MARÍA ROSA

II
LA BIBLIOTECA DEL CONGRESO

La Biblioteca del Congreso Constituyente no era muy nutrida. Por confesión del propio Gutiérrez la formaba solamente un libro: una edición del federalista que había pertenecido a Rivera Indarte, y que Dios sabe como había ido a parar a Santa Fe. Aún este sólo libro, siguiendo el destino señalado en su  ex-libtis, acabó por desaparecer misteriosamente de su anaquel.
      La falta de oxígeno constitucional habría sido angustiosa, si Alberdi no tomara la precaución de hacer llegar un cajón con ejemplares de sus Bases, publicada poco antes en Valparaíso, (la primera edición de las Bases fue tirada el 1º de mayo de 1852, con anterioridad, pues, a la inauguración del Congreso, 20 de noviembre). El especialista en derecho político entre los jóvenes mayos de 1837 se hacía presente en el Congreso, sin abandonar su remunerado bufete chileno, y con algo más eficaz que un acta de “representante del pueblo” lograda después del consabido “he dispuesto que sea elegido” del Libertador.

LA FILOSOFÍA POLÍTICA DE LAS “BASES”.

      En contradicción absoluta con el pensamiento historicista expuesto en su Fragmento de 1837, (Bases 138) Alberdi sostenía en las Bases que la organización política liberal solamente podría hacerse eliminando o rebajando la raza argentina. La antinomia entre un pueblo hispánico de naturaleza guerrera con instituciones anglosajonas de índole comercial, la resolvía dando preferencia a éstas sobre aquél: “Es utopía, es sueño y paralogismo puro –decía en Bases- el pensar que nuestra raza hispanoamericana, tal como salió formada de su tenebroso pasado colonial, pueda realizar hoy la república representativa”. Y con el mismo pensamiento agregaba: “No son las leyes las que necesitamos cambiar, son los hombres, las cosas. Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella”.
      El error de Rivadavia había consistido en hacer reformas liberales para un pueblo naturalmente antiliberal; por eso fracasó. No era con reformas superficiales que se lograría  el amoldamiento de un pueblo hispánico y católico a constituciones y leyes sajonas y protestantes.  “A Rosas le bastó agitar la pampa –había dicho Sarmiento en Facundo- para echar por tierra el edificio  hecho en la arena”. Era necesario introducir el liberalismo de manera más firme, más radicalmente firme. Reemplazar la arena natural por dura argamasa importada; expulsar al criollo tan entusiasta por su tierra y sus caudillos y tan desapegado hacia los valores liberales fundados en el comercio y la industria.
      “Con tres millones de indígenas, cristianos y católicos, no realizaréis la República ciertamente” decían las Bases con evidente lógica dando a república el significado de “república a la norteamericana”. “No la realizaréis tampoco con cuatro millones de españoles peninsulares, porque el español puro es incapaz de realizarla, allá o acá. Si hemos de componer nuestra población  para nuestro sistema de gobierno, si ha de sernos más posible hacer la población para el sistema proclamado que el sistema para la población, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona”, raciocinio perfectamente encuadrado en el pensamiento liberal que antepone las formas, las apariencias a la misma realidad. La sola manera de lograr una civilización anglosajona consistía, claro está, en reemplazar la población católica por otra de índole protestante: “Ella está identificada al vapor, al comercio, a la libertad, y nos será imposible radicar esta cosas entre nosotros sin la cooperación activa de esta raza de progreso y de civilización”.
      ¿Podría acaso lograrse, mediante la  “educación” el cambio total del espíritu hispanoamericano? Eso había sido el dueño utópico de Rivadavia: “¿Podrá el clero dar a nuestra juventud los instintos mercantiles e industriales, que deben  distinguir al hombre de Sud América? ¿Sacará de sus manos esa fiebre de actividad y de empresa que lo haga ser el yanquee hispanoamericano?” [Bases]. Imposible.
      El pensamiento fundamental consistía en implantar la libertad; la libertad liberal, se entiende –es decir entendida a lo protestante-, libertad de los individuos para obrar sin trabas, que no libertad de los individuos para oponer el interés general a la gravitación de otros individuos más fuertes. La libertad como autolimitación  de la sociedad  para no intervenir  en el despotismo de los fuertes contra los débiles: de hacer a los individuos de tutelas sociales para que el struggle for life  jugara plenamente  la eliminación de los menos aptos en la lucha por la vida. Y los menos aptos, en esa civilización materialista que alborea eran los criollos que no tenían aficiones mercantiles: “La libertad es una máquina que, como el vapor, requiere maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad en parte alguna de la tierra”, confesaban las Bases. La libertad individual había sido el medio para imponer el dominio de las razas protestantes. Y alucinado por el medio, Alberdi aconsejaba la entrega total de la Argentina a esas razas comerciales.

EL RACISMO DE LAS “BASES”.

      Racista, fuerte y ardientemente racista, era el escrito de Alberdi. Como lo eran también los escritos de su rival Sarmiento, y de los hombres todos de su generación. Racismo a contrario sensu, para lograr la prevalencia de las  razas de afuera contra las razas de adentro. Admiración a lo foráneo y desprecio a lo propio: “haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares, por todas las transformaciones  del mejor sistema de instrucción: en cien años no haréis de él  un obrero inglés que trabaja, consume, vive digna y confortablemente” (Bases).
      ¡Cómo desconocería las condiciones de la vida obrera en Inglaterra por ese entonces, para estampar  semejante afirmación! ¡Cómo comparar la modesta pero digna, vida de un gaucho argentino en 1852, con las del proletariado londinense en ese primero y sórdido período del capitalismo industrial! . (“No es raro encontrar a un hombre con su mujer y cuatro o cinco niños, y algunas veces también los abuelos, viviendo todos en un cuarto redondo de diez a doce pies de lado, donde comen, duermen o trabajan. El arreglo interior de estas habitaciones revela grados diversos de miseria, que llega con frecuencia hasta la falta completa de los muebles más indispensables, y la sustitución de las camas por harapos sucios”, decía F. Engels de las condiciones obreras de Londres en 1860 (c. por A. Efimov, Historia del capitalismo industrial). Un funcionario inglés informaba en la misma fecha sobre las casas para obreros de Glasgow: “son generalmente tan sucias que no sirven ni para establos”)
      No se eliminaba al gaucho por su posible poca instrucción. No era eso, no; se lo eliminaba sencillamente por ser extranjero o, mejor dicho, por ser extranjero a la nueva Argentina: “En Chiloé y en el Paraguay saben leer todos los hombres del pueblo y, sin embargo, son incultos y selváticos al lado de un obrero inglés o francés que muchas veces no conoce ni la o”. (Bases). No era, pues, una preferencia por grado más o menos de cultura: era porque la raza no les daba aptitudes marcadamente comerciales, haciéndolos incultos y selváticos, al lado de hombres que sabían atesorar y manejar el dinero.
      Así el criollo sería extranjero en su propia tierra. La nueva patria no estaría en la raza, en la historia, en la gloria vivida en común. “La patria es la libertad, es el orden, la riqueza, la civilización organizada en el suelo nativo bajo su enseña y su nombre” , enseñaban las Bases definiendo a la nueva Argentina materialista y sin tradiciones que comenzaba.
      Lograr una Argentina sin argentinos: he aquí el propósito de gobernar es poblar. “Poblar” como despoblar de criollos y repoblar con “razas superiores”; toda la filosofía de la organización se centraría en esa máxima.

EL CAPITAL FORÁNEO.

      No era fácil la tarea de desarraigar nada menos que una raza. De allí que el apoyo extranjero se hiciera imprescindible para lograr la completa desargentinización de la Argentina. “Los tratados de amistad y comercio son el medio honorable de colocar la civilización sudamericana bajo el protectorado de la civilización del mundo” (ésta y las siguientes hasta el final son citas de las Bases), reclama Alberdi, iniciando la civilización mercantilista bajo la lógica protección  de las naciones mercantilistas favorecidas. Las cuatro frases sonoras que habrían de reconocer en la futura Constitución los derechos y garantías del hombre extranjero y del capital extranjero, quedarían inviolables bajo la protección del cañón de todos los pueblos”. Abdicar la soberanía nacional en cambio de unos derechos constitucionales en exclusivo beneficio del foráneo era la gestión más patriótica –en el nuevo concepto- que podía pedirse. Frente a esos cañones, ¿qué derechos, qué garantías podrían reivindicar a su vez los nativos, desarmados, disminuidos, ahuyentados?
      El medio de lograr el apoyo del  “cañón extranjero” consistía en hacerlo defender intereses propios. “Proteged al mismo tiempo empresas particulares (fiscales  ¡jamás!) para la construcción de ferrocarriles. Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo favor imaginable sin deteneros en medios. Preferid este expediente a cualquier otro”. ¡Consejo seguido al pié de la letra  y del cual pueden dar fe las posteriores leyes de concesiones ferroviarias! El capital foráneo era el gran factor de civilización. “Entregad todo a capitales extranjeros. Dejad que los tesoros de fuera, como los hombres, se domicilien en nuestro suelo. Rodead de inmunidades y de privilegios el tesoro extranjero para que se naturalice entre nosotros”.
      La Nación desaparece ante los intereses materiales.  La naturalización que pedía Alberdi no se efectuaba, claro está,  por una asimilación del capital foráneo al país, sino precisamente a la inversa: por asimilación del país al capital foráneo. No quería significar que las sociedades habrían de prescindir de su nacionalidad de origen para adquirir la del lugar donde efectuaban la explotación de servicios públicos, que los directorios antepusieran las conveniencias argentinas a sus propios intereses, o que los accionistas perdiera su mentalidad extranjera por el hecho de cobrar dividendos argentinos. La naturalización sería en realidad del país, que al ser atado al capital extranjero se extranjerizaría también: se tornaría en colonia, en factoría. Con mentalidad de colonia, es decir, con mentalidad civilizada.

LIBRE NAVEGACIÓN.

      La entrega total de la Argentina debía completarse con la absoluta entrega de sus ríos navegables. Era preciso renunciar  a la soberanía  argentina sobre ellos, porque “Dios no los ha hecho grandes como mares para que sólo se naveguen por una familia”.
      Rosas había guerreado –y triunfado- sosteniendo contra Inglaterra y Francia la soberanía argentina de los ríos. Por los tratados de 1849 y 1850, esta soberanía había sido  reconocida formalmente , aunque no faltaran entre los  propios argentinos  corifeos de la “libre navegación” –Varela, Valentín Alsina, etc- que sostuvieron la tesis colonial.  La libre navegación de los ríos –que es decir: la renuncia a la soberanía argentina de los ríos  -había sido una de las cláusulas impuestas por el Brasil en su tratado con Urquiza, y acababa de estamparla el Libertador en el Acuerdo de San Nicolás. Ahora Alberdi daba la explicación económica a este desgarramiento político :era conveniente esa libertad, para que “penetrara  por los ríos la civilización europea”. Había que hacer de los ríos mares; y mares libres, mares de “alta mar”. “Es necesario entregarlos a la ley de los mares”, clamaba renunciando a todas pretensión soberana. Que  “cada afluente navegable reciba los reflejos civilizadores  de la bandera de Albión; que en las márgenes del Bermejo y del Pilcomayo brillen confundidas las mismas  banderas de todas partes que alegran las aguas del Támesis, río de Inglaterra y del universo”, demostrando con ello no conocer el Támesis, donde no alegra sus aguas otra bandera que la inglesa. Y demostrando ignorar el “Acta de Navegación” de Cromwell, origen del poderío marítimo inglés.

MORAL ALBERDIANA.

      Vivir sin honor, pero con dinero: ahíto, conforme, sin Dios y sin Patria: he aquí el ideal de las Bases.  “La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sur”, dicen por ahí; “el laurel es planta estéril en América”, por otro lado; “nuestros patriotas de la  primera época (la Independencia) no son los que poseen ideas más acertadas sobre el modo de hacer prosperar esta América… Las ficciones del patriotismo, el artificio de una causa puramente americana de que se valieron como medio de guerra, los dominan y poseen hasta hoy mismo. Así hemos visto a Bolívar hasta 1826, provocar, ligar, para contener a la Europa, y al general San Martín aplaudir en 1844 la resistencia de Rosas  a reclamaciones accidentales de algunos estados europeos… La gloria militar que absorbió sus vidas, los preocupa todavía más que el progreso… Pero nosotros, más fijos en la obra de la civilización que en la del patriotismo de cierta época, vemos venir sin pavor todo cuanto la América puede producir en acontecimientos grandes”.
      La gloria, en efecto ¿para qué sirve?. “La paz nos vale el doble que la gloria”, con la paz habría dinero, aunque fuera en manos foráneas; pero algunas migajas podrían  recoger los nativos que facilitaron la libre entrada de los extranjeros.
      En estas complacencias llegaba Alberdi a los extremos más lamentables.  Hasta ofrecer a los extranjeros “el encanto que nuestras hermosas y amables mujeres recibieron de su origen andaluz”, convencido que los foráneos las fecundarían mejor que los naturales. Filosofía de marido complaciente  que engorda y medra entregando a otro su casa  y su mujer; que, por otra parte, es el  gran fundamento moral de nuestro liberalismo.
      Esta moral tuvo su lógico corolario. El de afuera tomó la casa y la mujer, poniendo al dócil marido a la puerta. Y éste, convencido que la “paz vale el doble que la gloria”, ni siquiera protestó, esperando que el nuevo dueño de casa le hiciera de cuando en cuando la limosna de algún producto de su propia huerta; y admitiendo, en total envilecimiento, dar su nombre –que en otro tiempo fuera glorioso- a los hijos espúreos que no llevaban su sangre ni amaban sus tradiciones. ¿Para qué reaccionar?  “La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sur”.


*Parte del artículo publicado en la Revista del Instituto  de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, (Nº 11; 1943) que luego publicaría el autor en “Nos los Representantes del Pueblo”


viernes, 28 de julio de 2017

ALBERDI. VERDADERO Y ÚNICO PRECURSOR DE LA CLAUDICACIÓN

Por Julio Irazusta

Alberdi ha sido de preferencia estudiado en su aspecto de Solón argentino, y la influencia de sus ideas en la organización institucional del país fue ya ampliamente señalada. Pero yo creo que hasta ahora no se ha establecido con precisión la fecha de su grandeza desde el punta de vista de la personalidad que decide los destinos de una nación.

Para mi esa fecha no es la de 1852, en que redactó Las Bases al enterarse en Chile de la caída de Rosas, sino la de 1838, año en que emigró a Montevideo. El papel que desempeña en la época llamada de la organización nacional es preponderante, pero no singular. Ya para entonces las ideas que expone en Las Bases habían ganado mucho terreno en la opinión del país, habían tenido otros expositores tan brillantes o tan vigorosos, si no tan claros como él; el giro tomado por la revolución liberal contra Rosas no dependía directamente de él, sino de hombres que tal vez ni lo conocían (aunque sufrieran por modo indirecto una influencia de su propaganda anterior). Es más. Quedan indicios (ya coordinados por Groussac), de que, hacia el final de la dictadura, Alberdi no veía con malos ojos los resultados obtenidos  por el dictador, de que cualquiera fuese la fijeza de sus objetivos políticos fundamentales (que jamás variaron), su manera de concebir la oportunidad no era la de aquellos que se puede llamar sus correligionarios.

En 1838, al emprender en Montevideo la campaña política que debía provocar la alianza de la emigración argentina con las autoridades de la escuadra francesa que bloqueaba el puerto de Buenos Aires, Alberdi está solo. Ningún argentino, entre los peores enemigos de Rosas ha pensado todavía en acudir al extranjero europeo en busca de auxilio; ningún patriota prestigioso se ha atrevido a desafiar la opinión nacional aplaudiendo la intromisión de Francia en América. De sus compañeros de generación que luego habían de formar con él la pléyade de la Argentina liberal ninguno ha cobrado todavía importancia. Echeverría es personalidad poética, no política. Sarmiento es un tímido principiante que apenas ha hecho sus primeras armas. Mitre no ha salido del cascarón estudiantil. Y así de los demás. Cuando  Alberdi adopta su trascendental política de 1838, ningún mayor le da un ejemplo autorizado, ningún contemporáneo suyo lo acompaña. Está en el destierro, después de abandonar voluntariamente una patria en la que ya ha triunfado, no sin duda como él lo deseara, pero entre los suyos al fin. Para colmo de dificultades, cuando llega al medio ajeno que en adelante será el de su acción, las novedades aportadas por él a la lucha antirrosista contrarían las negociaciones de paz con Rosas iniciadas por Rivera, y en lugar de la acogida  que sin duda esperaba de las circunstancias favorables dadas en la situación internacional rioplatense, fué atacado en su calidad de extranjero por la prensa oficiosa de Montevideo, que así desautorizaba su prédica internacionalista.

Midiendo la acción de Alberdi  por los obstáculos que venció con su tesón y su capacidad intelectual, por las dramáticas circunstancias en que la empezó, el joven emigrado de 1838 es indudablemente más grande que el hombre maduro de 1852. Y como esa acción fue trascendental para los destinos de nuestro país, me ha parecido indispensable no dejar que la fecha de su centenario pasara sin un recuerdo.   Hoy, en 1938, se palpan las consecuencias últimas de la política extranjerizante cuya adopción decidió Alberdi con su campaña de 1838. Para los partidarios como para los adversarios de esa política, ninguna figura de hace un siglo puede ser en estos momentos más digna de estudio que la de Alberdi. Así los primeros colocarán sus admiraciones y los segundos asignarán las responsabilidades, con más justicia. Otras conmemoraciones bullangueras e inoportunas celebradas este año parecen destinadas a confundirlo todo, a extraviar a los unos sobre el verdadero autor de la política aún imperante en el país, y a los otros sobre sus verdaderas consecuencias.

II  Si se quiere tomar el hilo de esa evolución del pensamiento de Alberdi que le permitiría luego todo un planteamiento novedoso del problema social y político del Río de Plata, se nos permitirá transcribir esta página de su Autobiografía: “Durante mis estudios de jurisprudencia que no absorbían todo mi tiempo”, dice en ella, “me daba también a estudios de derecho filosófico, de literatura y de materias políticas”. En ese tiempo contraje relación estrecha con dos ilustrísimos jóvenes, que influyeron  mucho en el curso ulterior de mis estudios y aficiones literarias: don Juan Manuel Gutiérrez y don Esteban Echeverría. Ejercieron en mí ese profesorado indirecto, más eficaz que el de las escuelas que es el de la simple amistad entre iguales.  Nuestro trato, nuestros paseos y conversaciones fueron un constante estudio libre, sin plan ni sistema, mezclado a menudo a diversiones y pasatiempos del mundo. Por Echeverría, que se había educado  en Francia durante la Restauración, tuve las primeras noticias de Lerminier, de Villemain, de Víctor Hugo, de Alejandro Dumas, de Lamartine, de Byron y de todo lo que entonces se llamó el romanticismo, en oposición a la vieja escuela clásica. Yo había estudiado filosofía  en  la Universidad de Condillac y Locke. Me habían absorbido por años las lecturas libres de Helvecio, Cabanis, de Holbach, de Benthamn, de Rousseau. A Echeverría debí la evolución que se operó en mi espíritu con las lecturas de Víctor Cousin, Villemain, Chateaubriand, Jouffrey y todos los eclécticos procedentes de Alemania en favor de lo que se llamó el espiritualismo”.

“Echeverría y Gutiérrez propendían por sus aficiones y estudios, a la literatura; yo, a las materias filosóficas y sociales. A mi ver, yo creo que algún influjo ejercí en este orden sobre mis cultos amigos. Yo les hice admitir, en parte, las doctrinas de la Revista Enciclopédica, en lo que más llamaron el Dogma Socialista“. (Alberdi Escritos póstumos, tomo XV, p. 293).

El pasaje es encantador. No da los detalles precisos de la evolución sufrida por Alberdi en el comercio intelectual con sus dos amigos. Los nombres de autores se hallan barajados en la página redactada por el anciano, como ocurrirían en las conversaciones de los jóvenes, sin ninguna notación concreta sobre las ideas particulares que cada uno de ellos le enseñara. Pero encierra sugestiones preciosas, que han servido de punto de partida para la investigación. Nadie ha realizado sobre el tema una más profunda que el doctor Coriolano Alberini en su conferencia sobre “La metafísica de Alberdi”, pronunciada en una colación de grados universitarios de 1933 y publicada en los Archivos de la universidad. Remitimos a esa conferencia para todo lo concerniente a la formación intelectual de Alberdi, y a su posición filosófica definitiva tal como quedó desde sus primeras  publicaciones.

Lo fundamental para el objeto de este ensayo es que la evolución sufrida por el autor de Las Bases entre sus años de Colegio y el advenimiento de Rosas, lo había preparado  a recibir el nuevo hecho político con su espíritu más realista que el aprendido en el primer  grupo de autores citados por él en la página transcripta. El segundo grupo le había dado por así decir una clave de la historia mundial, que comprendía fenómenos como el del rosismo. Y cuando Rosas triunfó, Alberdi ya podía encararlo con serenidad.  Los románticos francesas le habían enseñado la concepción del progreso elaborada por la filosofía alemana, en contraste con el iluminismo francés del siglo XVIII. Para éste, el progreso era obra de la razón trascendente, exterior al mundo, anti-histórica, que persigue la realización de un ideal utópico por medio del despotismo ilustrado, de un derecho natural desligado de la tradición histórica, fuerza perturbadora. Para aquella, en cambio, el progreso era obra de una de una razón inmanente, ínsita en el mundo, que se va realizando en la historia e introduciendo en los conceptos del derecho natural los nuevos hechos aportados por la vida de la sociedad. El iluminismo utópico y legiferante, ciego a la realidad de cada momento y de cada lugar, era superada por el historicismo, cuyo respeto por las particularidades de época y de localidad le diera a Alberdi el criterio necesario para considerar los acontecimientos de que era espectador.  Cousin y los eclécticos, Lerminier y los románticos, difundieron en Francia, hacia el final de la Restauración, es decir durante la estada de Echeverría en París, aquellas ideas fundamentales del historicismo que la nueva generación argentina iba a repetir entre nosotros. Resultado de esa empresa intelectual sería la superación del ideologismo utópico  de los unitarios y la valoración del hecho federal.

Bien es verdad, como lo observa repetidas veces el doctor Alberini, que ni Echeverría  ni Alberdi tomaron al pie de la letra las ideas de los publicistas franceses de la nueva escuela. En lo que se refiere al historicismo, de los dos elementos que él considera en el derecho, el histórico y el racional, su creador, el alemán Savigny, da más importancia al primero; su divulgador, el francés Lerminier, da más importancia al segundo. Pero no lo bastante a gusto de Alberdi, que en ve el peligro de la glorificación del hecho, implícita en el historicismo, y trata de evitarlo, corrigiéndolo mediante las teorías morales de Jouffroy. En lo que se refiere a la filosofía propiamente dicha, la nueva concepción del progreso es demasiado determinista, demasiado excluyente de la iniciativa humana. Al tomarla de los eclécticos y románticos franceses, repetidores de los filósofos postkantianos, Alberdi la corrige también, dando más juego a la libertad de determinación de la voluntad, y aceptando los fines del iluminismo unitario, es decir, sus ideales de civilización, pero negándole comprensión de los medios que la realidad argentina aconseja. Según la brillante fórmula del doctor Alberini, para Alberdi “es indispensable llegar a una síntesis de fines iluministas y de medios historicistas, merced a la teoría providencial del progreso, interpretada con hondo sentimiento de nuestra peculiaridad social”. Lo de la hondura de esa interpretación es discutible. Pero es cierto que A1berdi postuló su necesidad.

III La independencia relativa con que nuestro personaje manejaba las ideas de los maestros en boga se manifestaba más en el terreno de la teoría que en el de la práctica. Por lo general, los jóvenes dejan el andador ideológico mucho antes que el andador moral. El mismo bachiller que se ha emancipado hasta cierto punto de los textos escolásticos, necesita catálogos de acción, es decir libros de casuistas, moralistas o sociólogos (según la época) que lo provean de recetas para tales y cuales hechos, menos manejables que las ideas. Ahora bien, si la escuela histórica proporcionaba categorías de juicio mejores que las de los ideólogos  (y que permitieran a la nueva generación argentina encarar la realidad social del país con más tino que sus predecesores los unitarios), los historicistas franceses predicaban en ese momento con el ejemplo de modo más persuasivo que con la palabra. Hay menos semejanza entre las ideas de Alberdi y las de sus maestros, que entre la política del primero y la de los últimos.  La de estos consistía en un cambio de táctica, en abandonar el extremismo revolucionario de 1793 por una propaganda pacífica de los mismos fines esenciales. Desde 1834 el abogado Dupont había propugnado esa política en la Revista Republicana, Raspail y Kersausie escribían en El Reformador: “Basta de polémicas personales, basta de lucha social”.  Las leyes de setiembre (que fueron la edición francesa de nuestra ley de marzo de 1835), habían amilanado todavía más a los republicanos. La Falange, publicación prestada por Fourier a  Considérant, y El Buen Sentido de Luis Blanc, predicaban la sustitución de las conjuras tenebrosas por un ideal de mejoramiento pacífico de la sociedad y de la política. Lammenais, Jorge Sand y Leroux seguían la misma tendencia.

El autor de Palabras de un creyente, al separarse de la posición reaccionaria del comienzo de su carrera (pues sabido es que Lammenais se inició junto a De Maistre y De Bonald), había dado la fórmula que la nueva generación argentina adaptaría a la política de los partidos locales: “miro al antiguo partido monárquico con todo el respeto que se debe a un glorioso veterano. Pero no puedo tener confianza en ese veterano, pues con su pierna de palo está incapacitado para avanzar con la nueva generación”. Salvo la imagen final, esas palabras de Lammenais en 1834 son casi las mismas que la nueva generación argentina diría sobre el partido unitario.

La política de Lammenais separábase, a la derecha, de los monárquicos, y a la izquierda, de los revolucionarios y jacobinos. Y dada la influencia preponderante que su libro más famoso, traducido por Larra con el nombre de Dogma de los hombres libres, ejerciera sobre los jóvenes rioplatenses en la cuarta década del siglo XIX, es fácil creer que su recetario práctico, de la conciliación de los partidos, fué adoptado al pie de la letra por sus admiradores de aquende el Océano, como el que mejor cuadraba con el nuevo realismo aprendido en la más reciente literatura política de Francia.

De España llegaban iguales voces de realismo en los pocos autores de la madre patria que Alberdi leía. Así p. e. Donoso Cortés,  citado en otro pasaje de la Autobiografía. Antes de su época reaccionaria, antes del Ensayo sobre el catolicismo y su célebre discurso de los dos termómetros, cuando era representante del liberalismo a la moda, Donoso Cortés escribía: “Las constituciones son las formas con que se revisten las sociedades en los distintos períodos de su historia y su existencia; y como las formas no existen  por sí mismas, no tienen una belleza que las sea propia, ni pueden ser consideradas sino como la expresión de las necesidades de los pueblos que las deciben”……Las constituciones, pues, no deben examinarse, en sí mismas, sino en su relación con las sociedades que las adoptan …  … Las constituciones para que sean fecundas, no se han de buscar en los libros de los filósofos, porque sólo se encuentran en las entrañas de los pueblos”. (Consideraciones sobre la diplomacia y su influencia en el estado político y social de Europa, desde la Revolución de Julio hasta el tratado de la Cuádruple Alianza, Madrid, 1834).

Estas consideraciones impregnadas de sano realismo eran en España reflejo del mismo pensamiento europeo no español que Alberdi reflejaría en el Río de la Plata. Ese pensamiento había superado, en el primer tercio del siglo XIX, el utopismo de 1789, aunque conservando algunos de los fines esenciales que entonces persiguiéronse: y como queda dicho más arriba, sus representantes más genuinos daban en Francia, en esos precisos momentos, el ejemplo de la política prudente que correspondía al nuevo concepto de evolución y de progreso que había predominado en el terreno puramente intelectual.

IV Aunque Alberdi no especifique la época en que sus ideas se aclararon, entre sus conversaciones con Echeverría desde 1829 en adelante y la publicación del Estudio preliminar en 1887, es de suponer que ello habría ya ocurrido hacia la época en que Buenos Aires debatió el problema constitucional de la suma del poder. La elaboración de un sistema como el que se expone en aquel libro, por mucho que tenga de ejercicio escolar, de trabajo de taracea con textos ajenos, no se puede improvisar. Y dada la suma de labor  intelectual que implica, es legítimo atribuir a Alberdi las ideas que maneja en 1837 como adquiridas varios años antes.  Así las cosas, su actitud no podía ser, frente al predominio del hombre que representaba la causa opuesta a la suya, la que sus antecedentes de círculo y de educación permitían esperar. En las cartas que le escribían sus amigos de Buenos Aires durante su viaje a Tucumán en 1834, cuando aquel debate estaba en su punto más álgido, se transparentaba un gran temor a Rosas, un gran anhelo constitucional que se siente contrariado por las circunstancias. De regreso en el Río de la Plata Alberdi no canalizaría los sentimientos de quienes le habían llamado con angustia, hacia la oposición violenta, la sempiterna lucha armada que el viejo partido liberal argentino ofrecía como única receta. Aunque las íntimas simpatías del grupo juvenil estaban con dicho partido, los errores de su política ya eran evidentes para Alberdi. Y aunque en el fondo el ideal que él y sus amigos perseguían era el de los fundadores de las instituciones liberales en el país, el mejor modo de servirlo no sería obstinarse en la utilización de los mismos medios que ya habían fracasado tantas veces.  Tal la génesis psicológica de esa política de la nueva generación. Teniendo ante sí dos caminos: las armas o las ideas, optó por el segundo, como más a su alcance. Para ello se asoció, escribió. Pero, según las palabras de Alberdi, “transó (sic) aparentemente con el poder de entonces, lo agasajó para no ser estorbado por él”. (Alberdi Escritos póstumos, tomo XV, p. 433). Para mí es indudable que en esas palabras hay una esquematización demasiado rígida y torcida, y que en la conducta de los jóvenes acaudillados por Echeverría y Alberdi, hubo más sinceridad, menos maquiavelismo de los que dice este último. Es raro que la extrema juventud se alíe a tanta hipocresía como, aún en medio de los mayores peligros, supóne la politica que Alberdi esquematiza a posteriori de los hechos en las palabras citadas. Por esos mismos días la juventud liberal italiana arrostraba riesgos muy superiores a los ofrecidos por la severa represión de Rosas; los principillos reaccionarios de la península hicieron correr ríos de sangre entre 1830 y 1836. La diferencia de conducta no se debe a una diferencia fundamental de carácter entre unos y otros jóvenes, sino a la diferente manera de concebir lo operable. Al mismo tiempo que Alberdi tomaba la suya de los publicistas franceses a la moda, Mazzini la combatía en estos. Y la misma juventud liberal argentina que Alberdi presenta como poseedora de una prudencia monstruosa para sus años, daría poco después muestras de audacia sin cálculo, de heroísmo indudable.

La política de transacción entre los fines del iluminismo y el hecho federal parece haber sido sinceramente concebida y planeada a mediados de la cuarta década del ochocientos por aquellos jóvenes espíritus, cuya euforia de poseedores de la única doctrina explicativa de la novedad surgida en el país se nota en sus escritos de entonces, en los discursos de Sastre, Gutiérrez y Alberdi al inaugurar el Salón Literario, en el Preliminar al estudio del derecho. El análisis detenido de esas producciones lo hará más evidente.

V En enero de 1837, Alberdi imprimió un prospecto de la obra que tenía en preparación sobre los principios del derecho. En él exponía la esencia de los conceptos que encerraría y desarrollaría aquélla. Pocos meses después aparecía el Fragmento preliminar al estudio del derecho. Si el título era largo más lo era el subtítulo, que rezaba como sigue “acompañado de una serie numerosa de consideraciones formando una especie de programa de los trabajos futuros de la inteligencia argentina”. La presunción del tono  corresponde a la moda de la época y los cortos años del autor. Alberdi tenía apenas ventisiete, edad en que rara vez pueden dar toda su medida los espíritus filosóficos, que maduran tarde. El manejo de un complicado sistema de ideas en su libro (por artificiosa y poco espontánea que haya sido su redacción), y la conciencia sobre la rareza del hecho, debían de dar a Alberdi un engreimiento que cuadraba con el de sus maestros europeos, los románticos, personajes muy pegados de sí mismos. Pero el sentimiento de Alberdi en el caso no es injustificado. Teniendo en cuanta la circunstancia antes apuntada sobre la estación del florecimiento filosófico, su trabajo es notable. Notable por la concepción general, por la cantidad de filosofía verdadera que (no obstante los prejuicios de escuela) Alberdi ha encerrado en su libro, por su capacidad para el desarrollo de las ideas, por el aplomo de sus juicios, por su independencia de espíritu respecto de los maestros (cuyas fórmulas abandona muchas veces, sustituyéndoles otras de su cosecha), por su discernimiento de la compleja experiencia política nacional.

Vale la pena detenerse a comentar este libro, fundamental  en la obra de Alberdi en la parte que interesa al objeto de estos estudios.

La filosofía no le interesaba a nuestro jóven autor sino como proveedora de principios a cuya luz debían aparecer con toda  claridad sus conceptos sobre el derecho. Este era el objeto permanente del Fragmento preliminar. Desde el principio   confiesa Alberdi la evolución sufrida por él (bajo el influjo del publicista francés que introdujo el historicismo alemán  en Francia) en la concepción del derecho: “Abrí a Lerminier”, dice, “y sus ardientes páginas hicieron en mis ideas el mismo cambio que en las suyas había operado el libro de Savigny. Dejé de concebir el derecho como una colección de leyes escritas. (Alberdi Escritos jurídicos, T. I, pág …, de la ed. de J. V. González). Señalado un extremo de la evolución, pasa a señalar el otro, con el cual entra de lleno en materia. El derecho es, para el autor del Fragmento preliminar “un elemento constitutivo de la sociedad, que se desarrolla con ésta, de una manera individual”, del mismo modo que “el arte, la filosofía, la industria, no son como el derecho, sino fases vivas de la sociedad, cuyo desarrollo se opera en una íntima subordinación a las condiciones de tiempo y lugar”. (Ibid, ps. 14-15); “aunque (el derecho) es indestructible y universal en su substancia, en su principio, su aplicación debe ser tan móvil como las relaciones que preside, y éstas como las necesidades sociales, tan fecundas también como los climas y los siglos”; “el derecho positivo es totalmente adherente, privativo, peculiar de cada pueblo, de cada momento; como dice Montesquieu, sería una rarísima casualidad que pudiese recibir una doble aplicación”. (Ibid, ps 119-120).

El derecho relativo y variable es para Alberdi, pues, el positivo; no así el derecho natural, cuya inmutabilidad afirma declarando blasfemos a quienes la niegan. Es tan categórico sobre este punto que, en cierto momento, llega a confundir lo que él mismo había distinguido, estableciendo un pasaje del derecho positivo al derecho natural: “Con la serie de los tiempos” dice, “el derecho acaba por tomar una inflexibilidad de hierro” (Ibid, p. 100); y más adelante: “Cada día debe asimilarse más y más el derecho real al derecho racional…” (Ibid, p. 121). Ilusión contradictoria con sus afirmaciones iniciales. Pero una frase de Guizot, que cita de inmediato, remedia la contradicción: “La perfección racional es el fin, pero la imperfección es la condición”.

Otros desfallecimientos encierra el opúsculo, cuyo jóven autor suele perderse en un laberinto de distingos, y que tan pronto coloca al derecho en el subordinado lugar que le corresponde como hace de él una disciplina intelectual que engloba a todas sus afines. Mas, pese a los defectos (o tal vez a causa de ellos el Fragmento preliminar es la manifestación más notable de pensamiento filosófico entre nosotros, durante el siglo XIX. Tal aparece también en la excelente página que resume los opuestos vicios del abstractismo jurídico y del historicismo extremos: “Despreciar la historia, los hechos, la realidad, es oponerse a la fuerza, y negar a esta fuerza su dosis necesaria de verdad y legitimidad, pues que no es fuerza sino porque es o miente ser legítima. Despreciar lo racional, lo filosófico, lo universal, es despreciar la fuente de lo real, de lo histórico, de lo nacional, y por lo tanto, es comprender mal todo esto;  es limitar la verdad a la realidad, la filosofía a la historia, todo hecho es verdadero, legítimo, justo, sin otra razón que porque es hecho. Tal es error de la escuela histórica. Sin duda que no es chico. El mejor partido será siempre un temperamento medio entre los extremos, de la escuela histórica que ve la razón en todas partes, y la escuela filosófica que no la ve en ninguna”. (Alberdi Escritos jurídicos, I; p. 123, ed. J. V. González).

Al precepto uniendo el ejemplo, el autor del Fragmento preliminar aplicó a la realidad argentina el criterio expuesto en esa página. La tópica de su aplicación se refiere más a la política que al derecho. Una palabra de su maestro Lerminier, que él califica de profunda: “la vocación del  derecho es enteramente política” (Ibid, p. 159), había sacado a Alberdi de la órbita de lo jurídico puro a que se suelen limitar los estudios de los doctores noveles. Y su opúsculo de 1837 no es principalmente el preliminar al estudio del derecho que el título promete, sino un tratado de ciencia política argentina. Más por eso mismo es que el libro ha tenido nuestra atención. Pues lo que este trabajo se propone examinar no son las ideas jurídicas y filosóficas de Alberdi, sino su política, teórica y práctica, y su influencia decisiva en los acontecimientos del Río de la Plata en 1838.

VI. Queda más arriba señalada de paso la esencia de la política emprendida por la joven generación argentina al definirse en el país el triunfo de la causa federal. Hay que insistir sobre ello. Hasta ahora no se ha destacado con exactitud uno de sus aspectos salientes. El Fragmento preliminar es, entre otras cosas, un estatuto intelectual ofrecido por Alberdi a Rosas. Las escapatorias ulteriores del publicista que había cambiado de opción práctica, aceptadas sin examen, han extraviado sobre el verdadero alcance de aquel hecho. Pero la confusión no resiste al estudio de los textos.

Cierto, la política planteada por Alberdi en su opúsculo de 1837 no es capitulación ante el triunfo federal. Es sólo una componenda, en la cual se reservan (para procurarlos a su tiempo) los fines esenciales de la causa opuesta. Su propio carácter imitativo de la política moderada seguida en Francia por los maestros del liberalismo es una prueba más de la seriedad con que Alberdi planteaba la transacción con el rosismo, no como astucia de campaña opositora bajo un régimen de censura de la prensa y despótica represión, sino como expediente de oportunidad para sacarle al despotismo, inevitable por el momento, lo que pudiera dar de sí, a la espera del otro momento en que la causa liberal volviese por todos sus fueros. La joven generación quería galopar al lado del potro, hasta que se amansara.

Pero la transacción, lejos de ser lo accesorio en el opúsculo de Alberdi, es parte fundamental del mismo, como que se enlaza con uno de los dos aspectos esenciales de su doctrina: el que se refiere a la necesidad de que el derecho positivo, relativo y mudable, contemple las exigencias de lugar y de tiempo. En ese criterio se basa todo el examen de la realidad nacional hecho por Alberdi en 1837.

Tomando las cosas desde el comienzo el autor del Fragmento dice: “cuando en mayo de 1810 dimos el primer paso de una sabia jurisprudencia política y aplicamos a la cuestión de nuestra vida política, la ley de las leyes: esta ley quiere ser aplicada con la misma decisión a nuestra vida civil, y a todos los elementos de nuestra sociedad, para completar una independencia fraccionaria hasta hoy”. (Alberdi Escritos jurídicos, I, p. 12 ed. J. V. González). Y agrega que los norteamericanos son “felices…por haber adoptado desde el principio instituciones propias a las circunstancias normales de su ser nacional. Al paso que nuestra historia constitucional no es más que una continua serie de imitaciones forzadas…La guerra y la desolación han debido ser las consecuencias de una semejante lucha contra el imperio del espacio y del tiempo” (Ibid, p. 18); “La inteligencia quiere también su Bolívar, su San Martín” (Ibid, p. 20); “tenemos ya una voluntad propia; nos falta una una inteligencia propia” (Ibid, p. 21); “una nueva era se abre, los pueblos de Sud América, modelada sobre la que hemos empezado nosotros, cuyo doble carácter es: la abdicación de lo exótico, por lo nacional; del plagio, por la espontaneidad; de lo extemporáneo, por lo oportuno; del entusiasmo, por la reflexión; y después, el triunfo de la mayoría popular sobre la minoría popular” (Ibid, p. 40).

Lo nacional, lo auténtico, lo espontáneo de que habla el autor  del Fragmento preliminar no es, en resumidas cuentas,   lo oportuno. Cuando creíamos que iba a delinear los rasgos particulares de una sociedad adulta, nos sale con que la particularidad que a ella le atribuye es la infancia “No tenemos historia, somos de ayer, nuestra sociedad en embrión… estamos bajo el dominio del instinto”(Ibid, p. 58). Más por lo menos reconoce el valor de la oportunidad  en política. Y ello significa la superación del concepto unitario del transplante de las instituciones europeas al nuevo continente, tal y como aparecían en el viejo después de largos siglos de evolución. La polémica que en consecuencia  lleva contra el partido derrotado es vigorosísima. Cuando la unidad filosófica, dice, acabe con la incoherencia general, escribiremos nuestro código, “expresión de la unidad social …Tal es lo que parecen no haber comprendido un instante  aquellos que han pretendido someter nuestra constitución nacional a una forma unitaria. Y en este sentido nosotros acordamos preferentemente a los que han seguido la idea  federativa un sentimiento más fuerte y más acertado de las condiciones de nuestra actualidad nacional” (Ibid, p. 58). Y en otro lugar: “Confesemos que la civilización de los que  nos precedieron se había mostrado impolítica y estrecha: había adoptado el sarcasmo como un medio de conquista, sin reparar que la sátira es más terrible que el plomo, porque  hiere hasta el alma y sin remedio. No debiera extrañarse que las masas incultas cobraran ojeriza contra una civilización de la que no habían merecido “sino un tratamiento cáustico y hostil“” (Ibid, p. 43). Y por último: “Pretender nivelar el progreso americano al progreso europeo, es desconocer la fecundidad de la naturaleza en el desarrollo de todas sus creaciones: es querer subir tres siglos sobre nosotros mismos” (Ibid).

El autor del Fragmento preliminar describe del siguiente modo la actualidad nacional: “los que piensan que la situación presente de nuestra patria es fenomenal, episódica, excepcional, no han reflexionado con madurez sobre lo que piensan. La historia de los pueblos se desarrolla con una lógica admirable. Hay, no obstante, posiciones casuales, que son siempre efímeras; pero tal no es la nuestra. Nuestra situación, a nuestro ver, es normal, dialéctica, lógica. Se veía venir, era inevitable, debía de llegar más o menos tarde, pues no era más que la consecuencia de premisas que habían sido establecidas de antemano. Si las consecuencias no han sido buenas, la culpa es de los que sentaron las premisas, Y el pueblo no tiene otro pecado que haber seguido el camino de la lógica. La culpa, hemos dicho, no el delito, porque la ignorancia no es delito. ¿En qué consiste esta situación? En el triunfo de la mayoría popular que algún día debía ejercer los derechos políticos de que había sido habilitada. Esta misma mayoría existe en todos los Estados de Sud América, cuya constitución normal tiene con la nuestra una fuerte semejanza que deben a la antigua política colonial que obedecieron juntos. El día que halle representantes, triunfará también, no hay que dudarlo, y ese triunfo será de un ulterior progreso democrático, por más que repugne a nuestras reliquias aristocráticas”. (Alberdi Escritos jurídicos, I, p. 39, ed. J.V. González)

…“Por lo demás, aquí no se trata de calificar nuestra situación actual; sería arrojarnos una prerrogativa de la historia. Es normal, y basta; es porque es, y porque puede no ser. Llegará tal vez un día en que no sea como es, y entonces sería tal vez tan natural como hoy. El Sr. Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo. Y por pueblo no entendemos aquí la clase pensadora, la clase propietaria únicamente, sino también la universalidad, la mayoría, la multitud, la plebe. Lo comprendemos como Aristóteles, como Montesquieu, como Rousseau, como Volney, como Moisés como Jesucristo. Así, si el despotismo pudiese tener lugar entre nosotros, no sería el despotismo de un hombre sino el despotismo de un pueblo: sería la libertad déspota de sí misma; sería la libertad esclava de la libertad. Pero nadie  se esclaviza por designio, sino por error. En tal caso, ilustrar la libertad, moralizar la libertad, sería emancipar la libertad”. (Ibid, ps. 36-37).

En esa descripción, el maridaje del historiador y del iluminismo es perfecto. El hecho es dialectizado, pero no juzgado. Y al rehuir el juicio, Alberdi deja adivinar que, de formularlo, habría sido adverso. El sociólogo admite el hecho como exigencia del realismo postulado por la escuela histórica; mas el político idealista no deja de considerarlo un mal, aunque necesario, al encarar -en un prudente condicional- la hipótesis de su maldad, atribuyendo la culpa a quienes sentaron las premisas, es decir, a quienes pretendieron violentar la evolución del país.

El sesgo de esas consideraciones induciría a admitir la aludida escapatoria de Alberdi, que habla de los “sofismas” de su prefacio como de ardides de guerra. No así otros pasajes, que debemos transcribir para mostrar la importancia de la política transigente planteada y durante cierto tiempo ensayada por la nueva generación argentina: “es…nuestra misión presente”, dice el autor del Fragmento preliminar, “el estudio y el desarrollo pacífico del espíritu americano, bajo la forma más adecuada y propia. Nosotros hemos debido suponer en la persona grande y poderosa que preside nuestros destinos públicos una fuerte intuición de estas verdades, a la vista de su profundo instinto antipático contra las teorías exóticas. Desnudo de las preocupaciones de una ciencia estrecha que no cultivó, es advertido desde luego, por su razón espontánea, de no sé qué de impotente, de ineficaz, de inconducente que existía en los medios de gobierno practicados precedentemente en nuestro país; que estos medios, importados y desnudos de toda originalidad, no podían tener aplicación en una sociedad cuyas condiciones normales de existencia diferían totalmente de aquellas a que debían su origen exótico; que, por tanto, un sistema propio nos era indispensable. Esta exigencia nos había sido ya advertida por eminentes publicistas extranjeros. Debieron estas consideraciones inducirle en nuevos ensayos, cuya apreciación es, sin disputa, una prerrogativa de la Historia, y de ningún modo nuestra, porque no han recibido todavía todo el desarrollo a que están destinados y que sería menester para hacer una justa apreciación. Entretanto podemos decir que esta concepción no es otra cosa que el sentimiento de la verdad profundamente histórica y filosófica, que el derecho se desarrolla bajo el influjo del tiempo y del espacio. Bien, pues; lo que el gran magistrado ha ensayado de practicar en la política es llamada la juventud a ensayar en el arte, en la filosofía, en la industria, en la sociabilidad; es decir, es llamada la juventud a investigar la ley y la forma nacional del desarrollo de estos elementos sociales”. (Alberdi: Escritos póstumos, I, ps. 25-26, ed. J. V. González).

Se advierte ahí la misma repugnancia a juzgar el hecho Rosas, y los elogios a éste son nada más que concesiones. Pero es sincero el reconocimiento de su originalidad. Y el carácter de esa originalidad encaja perfectamente en el sistema filosófico sustentado por el autor del Fragmento preliminar. No es difícil que el joven Alberdi se creyera capaz de realizar una política americana original, aunque de modales europeos, superando el ensayo de Rosas. Pero esa ilusión no alcanza a perturbar el juego de las grandes ideas del historicismo que permitían comprender la realidad argentina del momento, tal cual ella se presentaba. Véase cómo insiste Alberdi en sus conceptos: “No más tutela doctrinaria que la inspección severa de nuestra Historia próxima. Hemos pedido… a la filosofía una explicación del vigor gigantesco del poder actual; la hemos podido encontrar en su carácter altamente representativo. Y en efecto, todo poder que no es la expresión de un pueblo, cae: el pueblo es siempre más fuerte que todos los poderes, y cuando sostiene uno es porque lo aprueba. La plenitud de un poder popular es un síntoma irrecusable de su legitimidad.   “La legitimidad del gobierno está en ser -dice Lerminier-. Ni en la Historia ni en el pueblo cabe la hipocresía, y la popularidad es el signo más irrecusable de la legitimidad de los gobiernos””. (Alberdi: Escritos jurídicos, I, p.17).

Una cita de Napoleón en el mismo sentido es menos adecuada, puesto que al decir: “Todo gobierno que no ha sido impuesto por el extranjero es un gobierno nacional”, el usurpador del trono francés hablaba pro domo sua. Las necesidades de la argumentación han llevado al autor del Fragmento preliminar sin duda más lejos de donde se proponía llegar. Más adelante se verá cómo corrige el concepto de la legitimidad por el sólo hecho del origen popular del gobierno. Pero las anteriores consideraciones estaban destinadas a desvirtuar las habituales tergiversaciones de los emigrados sobre la legitimidad del poder establecido en la Confederación Argentina, tergiversaciones en las que basaban su política de guerra por todos los medios, que Alberdi juzgaba severamente: “Nada…más estúpido y bestial que la doctrina del asesinato político…Derrocar los gobiernos”, dice, “es pretender  mejorar el fruto de un árbol cortándole Dará nuevo fruto, pero siempre malo, porque habrá existido la misma savia; abonar la tierra y regar el árbol será el  único medio de mejorar el fruto. ¿A qué conduciría una revolución de poder entre nosotros? ¿Dónde están las ideas nuevas que habría que realizar?  Que se practiquen cien cambios materiales,  las cosas no quedarán de otro modo que los que están, o no  valdrá la mejoría la pena de ser buceada por una revolución. Porque las revoluciones materiales suprimen el tiempo, copan los años y quieren ver de un golpe lo que no puede ser desenvuelto sino al favor del tiempo.  Toda revolución material quiere ser fecunda, y cuando no es la realización de una mudanza moral que la ha precedido, abunda en sangre y esterilidad en vez de vida y progreso. Pero la mudanza, la preparación de los espíritus, no se opera en un día. ¿Hemos examinado la situación de los nuestros? Una anarquía y ausencia de creencias filosóficas, literarias, morales, industriales, sociales los dividen. ¿Es peculiar de nosotros el achaque? En aparte; en el resto es común a toda la Europa, y resulta de la situación moral de la humanidad en el presente siglo. Nosotros vivimos en medio de dos revoluciones inacabadas. Una nacional y política que cuenta ventisiete años, otra humana y social que principia donde muere la Edad Media, y cuenta trescientos años. No se acabarán jamás, y todos los esfuerzos materiales no harán más que alejar su término si no acudimos al remedio verdadero: la creación de una fe común”. (Alberdi Escritos jurídicos, I, ps. 28-29. ed. J.V González).

Aquí aparece perfectamente expuesta la teoría del progreso pacífico difundida en Francia por los maestros del liberalismo europeo, y adoptada con calor por la nueva generación argentina. Hay en ella verdades válidas para todos los tiempos, pero que el mismo Alberdi desconocería pocos meses después, al emigrar a Montevideo y sumarse a la oposición a mano armada contra Rosas, incurriendo en errores admirablemente enrostrados a los unitarios en las páginas del Fragmento preliminar.

VII. ¿Cuál fue la razón de que un año y medio más tarde, emigrado Alberdi a Montevideo, trocara esos conceptos de evolución pacífica por los de la necesidad revolucionaria?

Por todo lo que se sabe a ciencia cierta no es presumible que el cierre del Salín Literario, ni la cesación de La Moda, ni la expatriación de los jóvenes liberales se debiera a un cambio en la conducta de Rosas frente a la política de aquéllos, tal y como la proclamaron  en el Prospecto del Fragmento preliminar a principios de 1837 y la continuaron hasta entrado el año 1838. Ella era conveniente para el régimen establecido. Quien cambió fue la nueva generación. Y no porque el ambiente de la dictadura se hubiese hecho más irrespirable en el curso de esos diez y ocho, o veinte meses, que en los dos años anteriores a la concep­ción pública de la transigencia con Rosas, sino porque creyó hallar una ocasión para cambiar de táctica.

Alberdi lo confirma en Escritos póstumos. Pocos meses después de su llegada a Montevideo diría en artículo perio­dístico: “Emigrados espontáneamente, sin ofensas ni odios, sin motivos personales, nada más que por odio a la tira­nía… nuestras palabras jamás tendrán por resorte motivo ninguno personal. Ni a la persona, ni a la administración del señor Rosas tenemos que dirigir quejas personales de injurias que jamás nos hicieron” (Alberdi, Escritos póstumos, XIII, p. 478), y en los citados apuntes autobiográficos, resu­miendo su actitud frente a los conflictos internacionales de Rosas con Bolivia, Uruguay y Francia; diría años más tarde de: “La juventud dejó inmediatamente la revolución inte­ligente (es decir, la del progreso pacífico exaltado en el Fragmento preliminar), y se entregó a la revolución arma­da: dejó las ideas y tomó la acción: este camino le pareció preferible, por ser más corto. Diplomacia, concesiones, ma­nejos parlamentarios, todo quedó a un lado con las letras: la juventud dió la cara y se proclamó en guerra abierta con la tiranía. Ella no olvidó que el país no contenía ele­mentos suficientes de reacción; y que era indispensable para hacer girar la rueda de la revolución adoptar un eje extranjero. Bolivia podía servir a este fin a falta de otro poder mayor. El Estado Oriental, con mucha más razón que Bolivia; pero ninguno como la Francia. La juventud pues, se contrajo a establecer la cuestión francesa en prove­cho de la revolución.

Tomado de: http://revisionistasdesanmartin.blogspot.com.ar/search/label/Alberdi%20Juan%20B

jueves, 10 de septiembre de 2015

ALBERDI, ADMIRADOR DE ROSAS

Por: E. T. Corvalán Posse


“Desde mi punto de vista personal, creo que nunca mejor que ahora debe reverse el juicio histórico sobre Rosas”.

“He dicho que el Rosas de la tradición se nos ofrece hoy como un Rosas adulterado, pero estoy muy lejos de afirmar que ya tenemos conocido al que va a reemplazarlo. Nada de eso. Lo que sí puede concretarse, en definitiva, es que se hace necesario desechar todo lo que se afirma sobre Rosas y estudiarlo a él y a su época totalmente de nuevo, sin más afán que el de la verdad, cualquiera que sea la que se nos vaya evidenciando”. Rómulo D. Carbia. (Año 1927)


Disconforme y como protesta contra la dictadura de Rosas y aceptando los ruegos de su amigo don Miguel Cané, para colaborar con “El Nacional” de Montevideo, don Juan Bautista Alberdi emigró del país luego de solicitar su pasaporte en Noviembre de 1838, siendo acompañado hasta el puerto por sus amigos los señores Posadas y Echeverría. Era un emigrado y no un perseguido el que se alejaba. (1)

“Historiadores” fabulistas y  “escritores” cuentistas, cuando nos hablan o se ocupan de la vida de Alberdi se refieren al destierro de éste durante la época de Rosas, pero guardan el más llamativo y enigmático silencio sobre el otro ostracismo de Alberdi, el sufrido después de la caída de Rosas en 1852. Ese extrañamiento no existe para ellos, porque ocurrió en épocas de “libertad”. Alberdi, después de esa fecha, fue perseguido, calumniado y hasta dejaron de abonarle sus sueldos como embajador argentino ante las cortes europeas para crearle de ese modo toda clase de dificultades y todo género de contratiempos; y cuando en períodos de “libertades” quiso regresar a su patria, se le amenazó con procesos. Esto no es cuento, ni literatura terrorífica, ni fábula de mala ley, como las que se hacen correr sobre don Juan Manuel de Rosas. A don Juan Bautista Alberdi, le dejamos la palabra, si se nos permite la frase, para probar lo que afirmamos. En carta enviada al doctor Quesada, Alberdi le decía: “… Ya he dejado de ser; soy una sombra que espera la muerte. (pág. 4) El martirio que he sufrido pocos lo comprenden; usted mismo no tiene aún la experiencia suficiente para sospecharlo. No conozco entre nosotros hombre alguno a quien sus contemporáneos hayan hecho víctima de igual ferocidad y calculada crueldad”. Más crudas, elocuentes y desgarradoras, no pueden ser las palabras de Alberdi.

En el año 1863 Alberdi se quejaba de que no le habían abonado los sueldos que como embajador argentino debía haber percibido por los años 1859 y 1860. He aquí su lamento:

“París 30 de Abril de 1863. - Señor Máximo Terrero. Mi querido señor y amigo: No quiero dejar pasar ni un día sin cumplimentarle y darle gracias por su espiritual y brillante carta que acabo de recibir: brillante, sí, por el lujo de nobles sentimientos que rebosa en ella”.

“La idea que por sus escritos diplomáticos tengo del personaje aludido, corresponde de tal modo a la que me da usted de su persona y conducta privada cerca de la familia del General Rosas, que se puede decir que usted la describe por completo. En carta que me ha escrito últimamente –(semioficial porque no le conozco de otro modo) – ha tenido la bondad de decirme, “que no es este gobierno sino el otro”, el que me debe mis sueldos; que yo debí cobrarlos a su tiempo y que viendo que no me los pagaban, yo debí renunciar”.

“Para apreciar mejor el alcance de esta moral política, es preciso que usted sepa que los sueldos que me deben corresponden a los años 1859 y 1860, en que hice mis dos últimos viajes a España, el uno para negociar el tratado de reconocimiento de nuestra independencia nacional, y el otro para canjear las ratificaciones”.

“Sabrá usted que al mismo tiempo que así ultraja el nombre del General Rosas –(porque “La Nación” es periódico semioficial)–  el señor Elizalde ha entrado en sus últimos trabajos diplomáticos con la misma política exterior que el General Rosas tuvo antes que conociera la Europa. Fiel a su destino, se ve que Elizalde marcha siempre a raya del General Rosas. ¡Ah! ¡Si al menos imitaran su energía y dignidad!.  Alberdi”.

Todavía en el año 1869, cuando don Juan Bautista Alberdi, redacta su testamento (en París, el 11 de Julio) se le adeudaban sus sueldos, pues al disponer de los pocos bienes que tenía en ese tiempo, entre lo que dice que deja, expresa en la cláusula décima primera del mismo, lo siguiente: “…y siete mil pesos fuertes que me adeuda la República Argentina por resto de mis sueldos atrasados…”.

Así trataron a don Juan Bautista Alberdi, autor de las “Bases” y de “El crimen de la guerra”, algunos gobiernos posteriores a Rosas, haciéndole pasar necesidades y tal vez vergüenzas.

Debemos recordar que Alberdi murió desamparado y en la miseria el 18 de Julio de 1884, en una Casa de Sanidad, en Neuilly y que “en la pieza mortuoria, donde expiró, apenas había una pobrísima cama, donde estaban tendidos sus restos; sobre una silla había una lamparita medio apagada. Estos restos del más eminente argentino, se encontraban abandonados, encerrados bajo llave en una pieza en dicho establecimiento, envuelto en sábanas sucias…”

Y refiriéndose Alberdi al destierro de Rosas y al suyo, escribió:

“St. André, 26 de Noviembre de1876.- Señor Máximo Terrero. Apreciable amigo y señor mío: Están en mi poder sus dos atentas cartas del 18 y 23, y le confieso que me ha sorprendido la noticia que contiene la última de su inminente viaje a la patria, no porque en sí sea muy natural y comprensible, sino porque no lo esperaba. Soy de opinión, por demás, que su presencia en Buenos Aires influirá favorablemente en la gestión de sus reclamos que, según he (pág. 5) oído con mucho gusto, están en manos de mi amigo el doctor Fidel López y después que obtenga usted  los bienes de su señora como es de esperar, será llegado el día de trabajar en remover las dificultades, que la política más que la justicia impidió el regreso del señor General a su país nativo. Habría una afectación mentida de liberalismo en mantener obstinadamente su proscripción, hasta el fin de sus días. Al menos es de creerlo en hombres, que, en el fondo no profesan ni sostienen sino lo mismo que sostuvo el General Rosas en lo sustancial de nuestra política interior. ¿No tiene usted la prueba de ello en su actitud a mi respecto?  ¿Estoy menos proscripto que el General por haber sido el opositor de su gobierno? ¿No es curioso que los dos estemos en Europa, llevando nuestra vida solitaria, el Canal de la Mancha, de por medio, uno por haber sostenido el pro y el otro el contra de los mismos problemas? Yo no he sido condenado es verdad; pero sin estar condenado, mi seguridad habría sido menor en mi país, que lo sería la del General Rosas no obstante su condenación de mera parada en gran parte”.

Usted que ha pasado su proscripción voluntaria en el país libre por excelencia, sabe que la más viva divergencia de opiniones políticas, es del todo conciliable con el mutuo respeto y aprecio personal. Así no le costará convenir que mis tradiciones de opositor a la administración del General Rosas no incluye mis simpatías por sus padecimientos y la sinceridad de mis votos por verlos terminados”. 

Doña Manuelita se muestra digna de su rango y de la admiración que no dejará de excitar su partido de quedar al lado de su señor padre, durante la ausencia de usted; pues bien que esa determinación es la más natural del mundo no es poca virtud el respetar la naturaleza de los grandes deberes que su moral nos impone. Hágame el gusto de saludarla de mi parte, lo mismo que al señor General, y a sus interesantes jóvenes”.

“Muy agradecido de las órdenes que me pide para Buenos Aires, recibiré con gusto en Europa las que quiera usted dejarme, mientras no nos veamos por allá, como es posible que suceda antes que tal vez lo piensa usted”.

“Créame entretanto su afmo. S. S. y amigo. J. B. Alberdi”.

Hemos dicho que cuando intentó volver al país fue amenazado con procesos. He aquí las propias afirmaciones de Alberdi: “…Bajo el mismo gobierno de Sarmiento yo hubiese vuelto a nuestro país; pero usted oyó o leyó en los diarios que me amenazó con procesos, cediendo a viejos y pobres rencores literarios”. (De Alberdi a don Máximo Terrero, en carta fechada en Caen el 6 de Julio de 1874).
Como se ve, parece que después de la época de Rosas, también se pretendía perseguir y molestar a los hombres, y, en este caso, nada menos que al padre de la Constitución Nacional, a don Juan Bautista Alberdi, que todavía espera su estatua, no obstante que otros con menos títulos que él ya están parados en el bronce de las suyas.

Y, cuando por fin resuelve regresar a su patria, empezó a recibir en París, con una precisión y continuidad sorprendente, libelos y cartas difamatorias. ¡Adiós promesas de dichas, esperanzas de quietud en el seno de la propia tierra! Los rescoldos del odio habíanse avivado de pronto. ¿Quién escribía o inspiraba esos libelos? Alberdi creyó reconocer la mano experta en el manejo de la maza, según lo expresa en carta fechada el 5 de Abril de 1879. Dice Alberdi: “Al momento comprendí que esos envíos no provocados, venidos de un agresor frío, eran calculados para intimidarme; terrorismo estratégico de la escuela de los Facundo, de la cual es (pág. 6) propia la “doctrina de que sólo en teoría son vedados los medios ilegítimos”. Era la moral de Troppmann, cuando usaba el ácido prúsico para ganar fortuna. Tampoco dudé que fueran ajenos a Tucumán los que me insultan (2).Al momento reconocí la inspiración y la pluma que había escrito en Chile los “Ciento y una” –libelos más sucios y salvajes que esos artículos– doce años antes de la guerra del Paraguay, es decir, de la pretendida traición a la patria”. (3)

Y siguen las desdichas e infortunios de Alberdi. Cuando el General Roca llegó a la Presidencia de la República, dictó un decreto con fecha 12 de Noviembre de 1880, ordenando la publicación de las obras completas de Alberdi y es entonces cuando este comprende definitivamente que está de más en su propia patria, que es un extranjero en ella, y en plena época de libertad se ve obligado  a emigrar de nuevo, como en la época de Rosas, pues a raíz de ese decreto, el General Mitre, con fecha 16 de Noviembre de 1880, “inició en su diario una serie de artículos con el fin de criticar las ideas de Alberdi y de establecer el alcance del inoportuno decreto, “muestra clásica de la ignorancia –decía– y la falta de conciencia de la administración que lo ha formulado, dándole la solemnidad de un acto trascendental”. “Y de seguida el hombre el hombre múltiple, militar, historiógrafo, periodista y traductor del Dante, ensayaba una crítica destinada a demostrar la falta de originalidad de las ideas de Alberdi, algunos de cuyos más afamados postulados eran patrimonio de Rousseau cuando no del jurisconsulto helvético Rossi.  Ese y otros ataques maduraron en Alberdi la idea de marcharse. ¿Para qué había venido? Su casa de Paris, sus horas afables y tranquilas, sus libros y objetos familiares presentáronsele de pronto con la fuerza de una incitación irrenunciable. Comunicó su determinación a los amigos. El hombre con el alma cruzada de heridas, anhela el silencio, la soledad bienhechora, el contacto escaso de unos pocos amigos. Y así se aleja, como vencido, después de la ruda lección recibida. La hospitalidad es cosa relativa, fruto máximo de los espíritus selectos, y nadie como los griegos supieron practicarla con más inteligencia y alegría de alma. Alberdi, por la vez última, desde el barco que ha de volverse a Europa, contempla la ciudad todavía colonial, la gran aldea de Lucio López con sus casas blancas y bajas y las torres desiguales de sus iglesias provincianas. . .” (4)

Esta vez Alberdi, al embarcarse, no tuvo necesidad, como en 1838, de sacarse del ojal de la levita “la divisa roja que a todos nos ponía el gobierno ese tiempo” y que Alberdi echó “al agua con algunas palabras bromistas que dieron risa a los testigos”,  como él mismo escribiría después.

“Mire usted, que pueden verlo desde tierra y detener el bote, –me dijo el señor Balcarce–, que era uno de los compañeros de embarcación. El señor Balcarce emigraba para servir en el extranjero al tirano en su país; yo para combatirlo. Esto debía valer un día a mi compañero la simpatía,  y a mí la aversión y persecución de los liberales de mi país”. (5)

Después de la caída de Rosas, no tuvo Alberdi necesidad de hacer esas “bromas”, pero, sí, emigrar de nuevo, volver al ostracismo, a ese ostracismo ignorado del cual los “historiadores” “fabulistas” y “escritores” cuentistas no dicen (pág. 7) palabra. No figuran en las páginas de la “historia” o de sus libros, los años amargos en que Alberdi estuvo exiliado en el extranjero después de los sucesos relatados.

Se fue triste y desconsolado, con su espíritu aplastado, el cual ya no estaba para “bromas”. El desengaño fue grande, tremendo. “La desventura moral pronto iría acompañada de la desventura física. En llegando a Burdeos sufrió las consecuencia de un ataque de parálisis”.

Y todavía “más allá de la tumba” le sigue la saña de Sarmiento que, 1886, intenta lapidarlo desde las columnas de “El Censor”. Pero ¿por qué entrañarse si en 1912, en oportunidad de dársele el nombre de Alberdi a una calle de Buenos Aires. “La Nación” saltará a la arena articulando el mismo rencor?”

“Bajo epígrafe”: “Un premio a la traición”, “dijo el gran diario muy crueles palabras sobre Alberdi, reprochándoles a las autoridades edilicias de Buenos Aires que recordaran su nombre en una calle, aún secundaria”: “Después de la lectura de las siguientes manifestaciones, podrá pensarse que el concejo habrá hecho un flaco servicio a la memoria del doctor Alberdi, ya que cada chapa de su calle, a medida que la historia se  vaya haciendo de tan sólidos materiales como los presente habrá de asemejarse día por día a una lápida”.

“En seguida reproduce “La Nación”, a dos columnas varias cartas cambiadas entre el Presidente López –(del Paraguay)– y su Ministro en Francia, don Cándido Barreiro. Fechadas todas antes de la guerra, aluden a Alberdi y Urquiza y en nada ofenden su fama de patriotas. ¡La montaña parió un ratón! Nada lesivo brota de los papeles con acritud tanta remozados”.

“En coro rechazó la prensa argentina el gratuito agravio”.

Uno de los diarios de época, decía: “Para resucitar esta tremenda acusación, que ha sido desmentida definitivamente hace rato: para lanzar una especie semejante sobre el nombre de un patricio, “La Nación” se apoya en varias cartas que nada prueban ni nada agregan a lo conocido al respecto. Esas cartas no son sino un pretexto para renovar el dicterio”.

Corroboró “La Razón”:  “¿Cuáles son las nuevas pruebas? Fragmentos de cartas del presidente López al representante del Paraguay, señor Barreiro, suministradas por “un historiador residente entre nosotros”. En un juicio, nadie, absolutamente nadie, llegaría a presentar como pruebas de un delito, del delito de traición a la patria! – tales elementos fragmentarios. Si Alberdi tuviera sucesión o esa sucesión tuviera un diario, nadie arrojaría sobre su nombre de prócer la oscuridad de esta mancha”. (6)

Esas fueron algunas de las muchas vicisitudes que tuvo que soportar Alberdi en sus destierros y en su patria, después de la caída de Rosas, vicisitudes sobre las cuales nadie nos habla.  (7)

Presumimos que ese mal trato dado y ocasionado a don Juan Bautista Alberdi, se debe en gran parte a los juicios serenos y favorables a don Juan Manuel de Rosas, emitidos desde el año 1837, cuando publica  su “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”, dedicado al Gobernador y Capitán General de la Provincia de Tucumán, don (pág. 8) Alejandro Heredia, y donde puede leerse el siguiente párrafo:

“…por lo demás, aquí no se trata de calificar nuestra situación actual: sería arrogarnos una prerrogativa de la historia. Es normal, y basta: es porque es, y porque no puede no ser. Llegará tal vez un día en que no sea como es, y entonces sería tal vez tan natural como hoy. El Sr. Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo. Y por el pueblo no entendemos aquí la clase pensadora, la clase propietaria únicamente, sino también la universidad, la mayoría, la multitud, la plebe. Lo comprendemos como Aristóteles, como Montesquieu, como Rousseau, como Volney, como Moisés y Jesucristo. Así, si el despotismo pudiera tener lugar entre nosotros, no sería el despotismo de un pueblo: sería la libertad déspota de sí misma; sería la libertad esclava de la libertad. Pero nadie se esclaviza por designio, sino por error. En tal caso, ilustrar la libertad, moralizar la libertad, sería emancipar la libertad”.

“Y séanos permitido creer también en nombre de la filosofía, que nuestra patria, tal cual hoy existe, está, bajo ese aspecto, más avanzada que los otros Estados meridionales”.

Diez años más tarde, sin dejar de ser enemigo de la dictadura, escribía: “Aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo esto con colores argentinos”.

“Rosas no es un simple tirano, a mis ojos. Si en su mano hay una vara sangrienta de fierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor del partido para no reconocer lo que es Rosas bajo ciertos aspectos”: (J. B. Alberdi, “La República Argentina 37 años después de la revolución de Mayo”. Año 1847).

Y es Alberdi, por último el que declara sin ambages: “Para mí, la vida del general Rosas tiene dos grandes fases: en una de ellas como jefe supremo de Buenos Aires, he sido su opositor; en la otra de refugiado en Inglaterra, SOY SU ADMIRADOR”. (De la carta enviada a don Máximo Terrero, en el año 1865).

Y así seguiría dando opiniones favorables a don Juan Manuel de Rosas, hasta varios años después de la muerte de éste, ocurrida en el año 1877.

Por eso creemos que al ocuparnos de Rosas debemos remontarnos siempre a la época en que le tocó actuar, sin olvidar que esos años “eran de bronce y que no hay que aplicarles los principios morales de nuestros tiempos” y que no se trata de defender tiranías ni dictaduras, sino de la verdad histórica, que es cosa bien distinta, por cierto.


NOTAS:

(1) Una versión muy en boga es el de las persecuciones de Rosas a los principales hombres de la época, escritores, literatos, etc. ”que se vieron obligados a dejar el país por esas causas”. Nada más incierto. ¿Quién afirma que eso es incierto? ¡Pues algunos de los que se fueron! Veamos lo que dice Alberdi en “La Revista del Plata”, por él fundada en Montevideo: “Emigrados espontáneamente, sin ofensas, sin odios, sin motivos personales, nada más que por odio a la tiranía como millares de argentinos hubiesen venido también si los hubiesen podido efectuar, nuestras palabras jamás tendrán por resorte motivo alguno personal”.
En el año 1874 al publicar en parís su folleto  “Palabras de un ausente”, ratifica rotundamente lo expresado anteriormente. Con posterioridad, en una carta a sus compatriotas de Salta, Alberdi, les decía: “Nunca tuve el honor de ser desterrado por la tiranía de mi país”. . .¿Qué los emigrados pasaron penurias y miserias? Otro exiliado lo desmiente. Don Félix Frías, unitario, tuvo el valor de declarar en 1857, en plena legislatura de Buenos Aires, lo siguiente: “…que muchos que emigraron se fueron a comer el pan amargo de la emigración,  saturado con vino champagne y buenas ostras”…
(2) Como se ha visto, también en el año 1879, se insultaba a los próceres.
(3) Ricardo Sáenz Hayes. – “El último viaje de Alberdi y su muerte”. “La Prensa”, 16 de febrero de 1930.
(4) Del mismo artículo
(5) J. B. Alberdi: “Autobiografía”
(6) En el año 1912, también se acusaba de traidores a los próceres.
(7) “Alberdi no pudo, pues, regresar al país durante las presidencias de Mitre y de Sarmiento”. …”Hacía 41 años que había salido de su país”… (José Nicolás Matienzo. De la conferencia dada en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, celebrando el centenario del nacimiento de Alberdi). Catorce años duró el exilio de Alberdi durante la dictadura de Rosas, de 1838 a 1852 y veintisiete años de sufrido, después de la caída de éste, o sea de 1852 a 1879.

Fuente:

Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 3, Buenos Aires, Marzo de 1945.