Agradezco a la Universidad de Belgrano la invitación
espontánea y cordial para ocupar esta cátedra de Historia Argentina con una
conversación -no una conferencia- que tiene por objeto tratar el tema de la
Revolución de Mayo, de especial gravitación en nuestra vida política y social.
Hecho histórico de la mayor trascendencia, porque es la definición esencial de
la voluntad de ser de una comunidad creada y formada bajo el dominio de la
España Imperial, que le había impreso su propia modalidad y carácter.
Se ha dicho que la
Historia es al mismo tiempo pasado, presente y futuro. En realidad, la Historia
es presente. Podríamos definirla diciendo que "son las cosas vivas de los
tiempos muertos". Pasado es el tiempo, los hombres, los hechos. Presente,
las realizaciones humanas que trascienden a la comunidad, infundiéndole nuevos
comportamientos dentro de su propia índole, porque las transformaciones
sociales con legitimidad histórica siempre se rigen por sus antecedentes; así,
cada generación recibe los elementos fundamentales de la que procede, no obra a
saltos o por improvisación.
Para entender la Revolución de Mayo debemos colocarnos en la
situación a través de la cual nuestros antepasados contemplaron el mundo que
los rodeaba. La Revolución fue, sin
duda, pensada con responsabilidad, discerniendo los medios idóneos con que
realizarla y las posibilidades futuras de subsistencia ante la transformación
producida por el dominio de Napoleón en Europa y particularmente en España.
Tampoco se debe perder de vista la verdadera dimensión de la
Revolución en sus principios generadores y en sus consecuencias. En primer
lugar, es necesario saber que aquellos antepasados nuestros tenían conciencia
de que formaban parte de un imperio que comprendía diversos países distribuidos
por todo el globo, pero que fundamentalmente formaban parte de la nación
española.
Para comprender los hechos históricos tenemos que ubicarnos
en el plano mental de quienes los realizaron. Antes se decía "hacerse
antiguo". Después, el filósofo e historiador Benedetto Crocce afirmó que
la Historia es "idealmente contemporánea", refiriéndose a la relación
del historiador con el acontecer que estudia. No trasladando los hechos a la
contemporaneidad del observador, sino éste a los hechos pretéritos para hacerse
contemporáneo de los mismos. Es el único método para conocer objetivamente la
Historia, cuando se trata de recrear el pasado.
Por falta de comprensión y ubicación en el plano mental,
social y político de los hombres de 1810, muchas
veces se han interpretado erróneamente las causas y fines de aquel gran
acontecimiento, que ha sido conocido -por falta de perspectiva- solamente
en su aspecto episodio pero no en sus fines.
Por ese error interpretativo se ha dicho que la Revolución de Mayo fue un movimiento político de
oposición a la monarquía española y a España, con la finalidad de crear un
gobierno independiente y democrático. Ninguna de esas opiniones concuerda con
la realidad. En 1810 Buenos Aires era una aldea de 60.000 habitantes, con
sus aledaños, situada en el confín del inmenso mundo imperial, pero con
suficiente energía como para afrontar una empresa política muy superior a su
poder material. Había calidades, sin duda, en aquellos hombres; un sentido de
destino colectivo que nosotros no conservamos con el mismo vigor. Nuestros
antepasados dejaron testimonio de grandeza cuando, derrochando heroísmo,
enfrentaron y derrotaron la primera y segunda invasión inglesa. También lo
tuvieron para declarar la Independencia, para extender la guerra por
Sudamérica, etcétera. De esas cúspides hemos ido descendiendo hasta perder el
sentimiento patriótico que tenían nuestros mayores.
Como no hemos sido capaces de hacer obras que superen a las
de los antepasados, repetimos conceptos que ellos pronunciaron con convicción, porque
caracterizaban su propia conducta. Cuando decimos "Sean eternos los
laureles que supimos conseguir", hay que preguntarse si es cierto, si
hemos conseguido laureles por nuestros méritos propios. Creo que no. Ellos sí
consiguieron laureles, porque fue la generación que hizo la Revolución de 1810,
instauró un gobierno autónomo y luchó en la Guerra de la Independencia.
Nuestra Revolución de
Mayo es producto legítimo del espíritu español. En España, pongamos por
caso, entra el ejército de Napoléon y ocupa Madrid ante el asombro, la
confusión y la indignación de sus habitantes. En esas circunstancias trágicas
en que se paraliza la reacción, el alcalde de Móstoles, una pequeña aldea
cercana a Madrid, declara públicamente la guerra a Napoleón y enciende la
hoguera con poco más de un centenar de hombres armados con escopetas,
horquillas y agujas de coser colchones. Entre nosotros sucede algo parecido. Buenos Aires, una aldea del Imperio
español, se yergue contra el inmenso poder de Napoleón. La desproporción es
asombrosa. La Revolución repito, no se
hace contra el rey ni contra la España Imperial, sino contra Napoleón, a quien
llaman "tirano", y contra la ideología y los hechos de la Revolución
Francesa.
La interpretación de que en 1810 se produce un cambio total
de valores se aplicaría también al problema de la libertad. Los teólogos y
juristas españoles dicen que el hombre nunca pierde la libertad, aunque
quisiera, porque la libertad está implícita en la naturaleza humana. Así, nuestros antepasados no podían ni querían
transformar los principios originarios y fundamentales de su comunidad, que
tenía una antigüedad de tres siglos, para jugarla en una aventura política de
alcances imprevisibles.
La prueba de que
respetaron esa estructura es el hecho de que la Junta de Gobierno, que llamamos
Junta Patria, gobernó, según propias palabras, "a nombre de Fernando VII". Esa adhesión a Fernando, que
era el centro del Imperio y su forma de gobierno, continuaba la tradición
histórica.
No es fácil que entendamos esa proyección histórica, porque
no tenemos conducta histórica. Estamos acostumbrados a la rotación de los
hombres de gobierno en períodos breves, sin que exista entre ellos el mismo
concepto de ideales nacionales, y por eso cambiamos de dirección continuamente,
sin que tengamos una tabla de valores esenciales que debamos cumplir
inexorablemente.
En 1810, por el contrario, había una idea clara de
continuidad. Por eso, la adhesión a
Fernando VII no es el acatamiento a su persona, sino que se trata de mantener
en él la unidad del Imperio dentro del sistema político y social que le daba
subsistencia. Ellos tenían sentido histórico y nosotros no.
Cuando hablamos de Historia no nos introducimos en ella con
brío vital, sino por preocupación intelectual, y lo importante es que nuestro
acercamiento sea vital. Aquellos antepasados nuestros tenían conciencia
histórica y por esa convicción pudieron hacer la Revolución. Porque en los
grandes sucesos tiene que haber una actitud plena y un convencimiento absoluto.
La Revolución de Mayo
promueve el cambio del gobierno local -la destitución del virrey- no para
suplantar a la monarquía, a la cual se jura fidelidad sincera -lo cual no fue
una "máscara", como han interpretado con evidente error la mayor
parte de nuestros historiadores, que confundieron los fines de la Revolución-.
El propio Mariano Moreno, para citar
el caso al que más se recurre para justificar la supuesta implantación de la
democracia, en artículos publicados en
"La Gaceta" de Buenos Aires -periódico oficial de la Junta Patria-,
propone que se dicte una constitución para el "deseado Fernando".
La misma Junta -"a nombre de Fernando VII"-, en diversos comunicados
que en su mayoría se publicaron en "La Gaceta", proclama fidelidad al
monarca español cautivo de Napoleón. La
Junta es una especie de regencia del rey en el Río de la Plata, sustitutiva del
virrey, que asume la soberanía del rey, llamado también soberano, y no la
soberanía del pueblo. Esta solución no era improvisada; tenía realidad jurídica
y doctrinaria.
Las obras jurídicas
españolas que en esa época usaban los abogados de América reconocen el derecho
de que faltando el rey, la potestad vuelve a la comunidad, que suple la
vacancia; esto deriva del principio de que el poder de gobernar se origina en
la comunidad. Y aunque se admite que el rey gobierna "por la Gracia de Dios", esto no quiere decir que Dios lo haya
nombrado directamente, sino que recibió el poder a través de la comunidad en la
cual Dios infundió en cada individuo el derecho a ser elegido.
Los historiadores han
encarecido la filiación democrática de la Revolución de Mayo, y sobre todo la
intención de Mariano Moreno a favor de ese sistema de gobierno, inspirado en
Rousseau. Es verdad que Moreno fue epígono de Rousseau, pero éste no exaltó la
democracia como el mejor sistema de gobierno. Lo que Rousseau y Moreno
defendieron fue la "República" que, como dice el propio Rousseau, se
puede dar con cualquier sistema de gobierno, ya sea monarquía, aristocracia o
democracia, con tal de que tenga el consentimiento de la mayoría de los
ciudadanos. Esto es lo que se llama "República".
Sin duda, es un error garrafal considerar a Rousseau como el
penegirista de la democracia y el detractor de la monarquía. Rousseau, a quien
se atribuye la paternidad de la democracia moderna, no fue su defensor, pues
dice en el "Contrato Social"
que no hay gobierno más dado a las disensiones y guerras domésticas que
el democrático o popular, porque todos quieren mandar y quienes están en el
gobierno no lo quieren soltar. Sucede que uno de los problemas de la democracia
es la igualdad. Somos iguales desde el punto de vista jurídico, pero somos
distintos, dado que de cada hombre hay un solo ejemplar; dentro de la multitud,
cada persona es un ser inconfundible. Afirma Rousseau que "si existiera un
país de dioses -es decir, todos iguales- se gobernaría democráticamente. Un
gobierno tan perfecto no es para hombres". Este es el juicio de Rousseau
sobre la democracia, muy distinto, por cierto, al que suelen enseñar los
profesores de esa asignatura anodina que llaman "Educación
Democrática".
Creo que con lo dicho han quedado en claro los planteos
generales, es decir, el panorama que se abre para los hombres de Mayo de 1810
en Buenos Aires: establecer un gobierno
para cubrir la acefalía producida por la caída del gobierno español de la
península.
(...)
Roberto Marfany y Federico Ibarguren, La Revolución de Mayo,
en AA. VV., "Historia Argentina", Editorial de Belgrano, 1977, Buenos
Aires, pp. 11-16
Tomado de: http://ccidentidadnacional.blogspot.com.ar/2015/05/revolucion-de-mayo-los-mitos-de-la.html
