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domingo, 5 de julio de 2020

“Independencia y Nacionalismo”, de Antonio Caponnetto

Por: P. Javier Olivera Ravasi

Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen” –decía– Martín Fierro.

Y sí…, Caponnetto volvió a escribir; pero esta vez sobre historia.

Más que una obra de historia estamos frente a una reflexión histórica que –por esta vez nomás– no tiene un contrincante específico sino más bien una idea impugnante: la acusación contra nosotros, los hispanoamericanos, de que aquí se cometió una felonía contra España ante el hecho de independencia del siglo XIX.

El planteo viene de varios sectores: liberales, carlistas, masones y peronistas, entre otros, sin demasiadas distinciones de credos o ideologías; “estamos, pues, entre dos fuegos. El de la falsificación del pasado, amparado en una falsedad ideológica que existió y acabó dueña del poder. Y el de una ingratitud e injusticia más que hirientes, en la medida que desconoce, rechaza o desaira la enorme realidad del fidelismo americano y argentino a las raíces hispanocatólicas. Lo peor es que, como repitiendo un estigma insalvable que nos viene del siglo XIX, ambos fuegos tienen procedencia española y argentina a la vez” (p. 25)[1].

Es como si fuera un diálogo de sordos con dos independencias, la que Julio Ycaza llamaba “la independencia de los ideólogos” (p. 15) y la verdadera, que quiso ser fiel a España. Pareciera que no basta con repetir que por estos lares “no festejamos la independencia de los que se salieron con la suya” (los liberales); al contrario, “nos abochorna el himno que nos dieron un par de plagiarios rencorosos y nos apesadumbra ese escudo nimbado del sacrílego gorro frigio. Pero amamos nuestra bandera, que lleva los colores de María Santísima” (43). Y es lamentable que algunos hayan “decretado la villanía en bloque de la historia patria y su condena inexorable al oprobio y al cadalso” (p. 19).

La reflexión histórica, lejos de ser un panegírico ciego, intenta seguir la doctrina agustianiana o, más bien, cristiana, que permite ver “la paja y la viga en ojos propios y próximos. Vemos el trigo y la cizaña en las dos orillas de la contienda fratricida. Sabemos que los elegidos y los réprobos se reparten por igual en sendos bandos del litigio. Ni ‘realistas’ fatalmente perversos ni ‘criollos’ ineluctablemente probos” (p. 21). Sin embargo, “la peor leyenda negra resulta hoy la adjudicación de una leyenda rosa a aquellos sectores, como el del revisionismo fundacional o el del nacionalismo católico, cuyo pecado consistiría en haber aceptado la independencia política de España, pero no la desvinculación espiritual y cultural de la misma. La autodeterminación pero no la emancipación” (p. 24–25).

Lo bueno es que el autor se presenta y se define, abreviándole al lector el fatigoso trabajo de investigador de pensamientos ajenos. Escribe desde el “nacionalismo católico” (que, dicho sea de paso, nada tiene que ver con los nacionalismos separatistas europeos, “porque cuesta entender que no todo independentismo es Ben Bella ni todo nacionalismo es la ETA” [44]), definiéndolo como “este intento, deseo, anhelo o ideal –como quiera llamárselo– de reconstituir la cristiandad en el suelo natal (nación) que nos quedó como heredad una vez extinta la Cristiandad (extinta, claro, sin culpa nuestra y a nuestro pesar) (…). Que no quieran entenderlo nuestros amigos españoles, aferrados a una semántica afrentosa que sinonimiza nacionalismo con separatismo o con revolución moderna, lo lamentamos” (87).

Y tiene razón aquí. En España sobre todo, hay un problema terminológico que, incluso muchos de nuestros amigos no comprenden: “nacionalismo” no es aquí ni “separatismo” ni “fascismo”. Pero en fin… No entramos en el tema.

Los más fervientes defensores de España, hubiesen querido seguir bajo su manto. Era ésta la consigna de los devotos libertadores; si no, cabría preguntarse: “¿de qué lado estaban las concepciones católicas y contrarrevolucionarias de la patria, de la nación y del Estado? ¿Estaban acaso en la Casa de Borbón y en la Corte del Corso, o se habían refugiado en estas desangeladas latitudes, donde todavía en 1816 un congreso independentista se atrevió a jurar fidelidad social y nacional a la Inmaculada Concepción, y proclamar un Estado de cristiana sustancia?” (97). No: estaban del lado de la Hispanidad, aunque España estuviera ocupada; pues aquí peleaban leones contra leones” (p. 22). No se puede entonces “reducir la reyerta a una confrontación entre realistas y criollos, porque realistas eran todos. Ni entre españoles y americanos porque los bandos en lid mezclaban por igual uno y otro origen” (31).

Los patriotas, los verdaderos patriotas –y no los que hoy pululan hoy en palomares de bronce defecados– eran monárquicos. Sí señor: la de aquí “no fue una pelea entre realistas y criollos. Realistas los había en los dos bandos de la contienda fratricida” (62). Si parece mentira que hubiese que estar recordando una y otra vez el proyecto “del Gral. José de San Martín para coronar al Príncipe Carlos María Isidro de Borbón Parma. Gran tema –lamentablemente desconocido, omitido o minimizado entre nuestros impugnadores” (56); o el del Gral. Manuel Belgrano quien, en carta al Conde de Linhares (13 de octubre de 1808), le pedía “que medie para que se haga cargo de la situación americana el infante don Pedro Carlos de Borbón y Braganza; y que ‘no se difiera un instante su venida’, ante el temor de que ‘corra la sangre de nuestros hermanos, sin más estímulo que el de una rivalidad mal entendida y una vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata’”. No; no era por la democracia que peleaban, sino por la monarquía, porque –sigue Belgrano– “no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República y que era una monarquía moderada lo que nos convenía. No me gusta ese gorro y esa lanza en nuestro escudo de armas, y quisiera ver un cetro entre esas manos” (58–59).

Y a nosotros tampoco.

Lo cierto es que aquí nos “autonomamos” y nos independizamos para ser fieles a España o, mejor dicho, a lo que España significaba. Y en esto aventajábamos al mismo Fernando VII quien “no trepidó en felicitar a Bonaparte, el 22 de junio de 1808, por haber colocado en el trono de su patria, usurpándolo, a su propio hermano José, diciéndole: ‘No podemos ver a la cabeza de ella [la Nación hispana] un monarca más digno ni más propio por sus virtudes para asegurar su felicidad’” (68–69).

¡Ay, ay, ay, ay! ¡Qué buenos vasallos aquellos! ¡si oviessen buen señor!

Si hasta el mismo Vegas Latapié, autor que no podrá ser tildado de parcialidad para con los hermanos españoles, señaló con una franqueza digna de encomio que “América se alzó inicialmente por la Religión y por el Rey de España contra Napoleón y las funestas y antiespañolas Cortes de Cádiz” (…). Muchas de las autoridades españolas que había en América, afiliadas a las logias masónicas y compenetradas del ideario de los enciclopedistas franceses, trataron de reconocer al rey intruso José Bonaparte, y contra estas autoridades se sublevaron los pueblos todos de Hispanoamérica al grito de «¡Viva Fernado VII!». Levantados los pueblos en favor de la Monarquía Católica” (60). Y continúa: “Argentina, Perú, Colombia, Méjico, Guatemala…, nacidas a la vida independiente en el siglo XIX, hacéis bien y acertadamente al negar ser hijas de la España actual o de la del siglo pasado (…). Más dignos hijos de la España Eterna y de los españoles del siglo XVI son y han sido ecuatorianos como García Moreno, nicaragüenses como Rubén Darío y argentinos como Roberto Levillier” (63).

Es que Inglaterra estaba detrás… “¿Que hubo injerencia británica en los movimientos independentistas americanos? Ya dijimos que sí, y que lo sabemos” (44), pero “es la pura verdad recordar que tenía razón Benito Pérez Galdós, cuando en El equipaje del Rey José, describe a la España sojuzgada de la primera década del siglo XIX, como un pobre territorio dominado, donde ‘los franceses salen por un lado y los ingleses entran por otro’. Tenían razón nuestros pioneros del revisionismo cuando descubrían que John Hooklan Frére, vicecónsul inglés en Cádiz, fue el que fabricó el tristemente célebre Consejo de Regencia y hasta procedió a designar a cuatro de sus cinco miembros” (45).

La verdad fue que “las ‘inmensas regiones aún fieles’ de América (…), se alzaron ‘deseosas de salvaguardar los intereses de la Religión y del Trono’, y para eso tuvieron que romper ‘definitivamente los lazos que las unían con el Gobierno de Madrid (…). Muchos de los primeros en sublevarse en América, de haber vivido en España hubieran sido fieles soldados de Don Carlos (…). San Martín y Rosas, entre otros, se comportaron como proto o cuasi carlistas. Mientras muchos de los llamados ‘realistas’ eran liberales escandalosos” (60–61).

¿Pero cuáles fueron entonces las causas de la independencia? Valga la repetición: “Optamos por la Independencia hispanocriolla y católica, no por la emancipación kantiana, iluminista, suarista, rousseauniana y mitrista. Y nuestra opción no es un festejo ni un fuego de artificio chauvinista o provocación xenofóbica. Es la aceptación dócil a lo real sucedido, procurando extraer de ello la mejor parte (…) ¿Tanto les cuesta a los españoles que nos atacan y a los argentinos de los festejos oficiales entender esta diferencia?” (36). Si hay todavía “algunos que nos señalan con el índice acusador por el delito de leso independentismo” (37).

“Para denunciar conjuras segregacionistas americanas y criollas siempre hay candidatos. Para descubrir detrás de tales planes un par de mandiles, una testa regia britana y una legión de alcahuetes rentados, nunca faltan varones. Para lamentarse de la presunta infidelidad a un imbécil como Fernando VII, sobran los pechos peraltados de españolismo. Para exigir lealtad rioplatense a una corona corrupta y por tal desontologizada de vero hispanismo, siguen haciendo fila los necios” (40).

Sí; adivinó; Caponnetto no lo quiere al rey Fernando. “Los hombres limpios de la Independencia sentían y padecían en carne propia esa ausencia fundante y protectora, unitiva y concorde que se remontaba y los remontaba a los tiempos de Santa Isabel la Católica” (41). “Si el Rey –ese sobre el cual reposaba en primer lugar el pacto de vasallaje– ya no gobernaba, por una mezcla penosa de incompetencia y doblez, cipayaje y entrega, cautiverio y captura forzada, rebelarnos era lo previsto en la misma legislación común. Sublevarnos era obedecer y ser fieles” (42).

Es como dijo Noboa Zumárraga: “La revolución de América contra España, fue antes una revolución de España contra España: la de aquella que nacía a mediados del siglo XVIII contra la tradicional cimentada en la idea monárquica misional y católica” (45). Por ello que “nuestros más límpidos exponentes de la Independencia no aprovecharon a autogobernarse cuando el padre y la madre se habían ausentado de casa, sino cuando constataron el abandono, el maltrato y el dominio autocrático a que esos progenitores los sometían. La fidelidad no tenía fecha de vencimiento, pero caducó ante el delito regio de abandono de sus deberes” (52).

De allí que “no se nos puede acusar de hijos traidores que rechazan sin motivos o por malos motivos a sus padres. Una cosa era el ius resistendi aplicado in extremis contra el monarca canalla y aún contra su desnaturalización del concepto de la monarquía tradicional. Y otra cosa era el rupturismo deliberado y cruel de la Hispanidad. Nos independizábamos del mal rey, no de la tradición política regia. De la carne gangrenada, no del alma imperecedera. ‘De toda dominación extranjera’, según la fórmula acuñada en el Congreso de Tucumán” (56).

Porque resultaba no sólo lícito, sino hasta obligatorio el separarse de esa “tiranía cipaya (…) a la que aluden liberales y marxistas, con sus metáforas hímnicas cargadas de odio, de irreligiosidad y de ignorancia hacia nuestro origen y nuestro ser. Es la que instalaron los borbones con su arribo al trono, empezando por el mismo Felipe V, hasta llegar con sucesivos actos de perfidia al mismísimo Fernando VII. Es la que aparejó un cambio en el concepto mismo de monarquía –despojándola de su impronta misionera y evangelizadora para convertirla en una empresa recaudadora y mercantilista– y acabó por cambiar la fisonomía misma de España (…). Si de algún lado partieron estos males, reiteramos, fue de la Anti–España de los Borbones” (69–70).

Y no sirve la acusación de incluso “cismáticos” por habernos emancipado, pues “desde Pío VII y su famoso Breve Etsi Longissimo Terrarum de 1816, hace bien la Iglesia en bregar por la custodia del orden tradicional en materia política y en desalentar sublevaciones de torcidos signos o rebeliones de equivocada dirección. Hace bien en ilegitimar lo ilegitimable. Pero a no ser que se haya perdido completamente la objetividad, la verdad –merezca el juicio valorativo que mereciere de tirios y de troyanos– es que ningún pontífice condenó –simpliciter, stricto sensu y sine die– la independencia americana, ni excomulgó a sus genuinos adalides (…). Más bien sucedió lo contrario, hasta que las relaciones entre la Santa Sede y los nuevos gobiernos americanos quedaron bajo un clima formal de aceptación y de concordia” (84).

Pues bien; América se independizó y el intento fue bueno, pero el tiempo ha mostrado que hoy no es el sueño de sus libertadores, sino su pesadilla.

“¿Qué hubiera pasado si…?” Digo: ¿y si no nos hubiésemos independizado? “Saber qué nos hubiera pasado, a España y a América, de no haber sucedido la Independencia, es una misión imposible para un intelecto normalmente dotado. Conjeturas e hipótesis son todas ellas bienvenidas, mientras mantengan la cordura básica que los análisis retrospectivos e introspectivos reclaman. Pero reprocharle al ayer un acto legítimo, necesario y prudente, sólo porque fracasó en el intento; y no ser agradecidos a la sangre derramada por la búsqueda de ese intento, se acerca demasiado a esa moral del éxito, de raigambre calvinista, de la que pedimos al buen Dios que nos libre” (108).

*          *          *

En fin; un libro fascinante, documentando y meditado, que resultará de consulta obligada para conocer la postura del revisionismo histórico americano respecto de esta emancipación obligada que tuvimos que cumplir para mantener nuestro apellido materno. Porque el paterno nos lo dio Dios. Católicos e hispanos.


Tomado de: http://www.quenotelacuenten.org/2016/09/20/leido-para-ud-independencia-y-nacionalismo-de-antonio-caponnetto/


miércoles, 11 de mayo de 2016

El dogma de Mayo: derribando el mito de la independencia americana


P. Dr. Javier Olivera Ravasi

“¡Vosotros resumís la gloria (…) por el triunfo del Dogma de Mayo” (Esteban Echeverría, El dogma socialista).



Poco tiempo atrás, en el 2010, hemos celebrado en la Argentina el Bicentenario: “Mayo de 1810, el primer grito de libertad”, se leía en los carteles mientras que bautizábamos las estaciones, los estadios y las avenidas con sus nuevos nombres; sin embargo, si al peatón común y silvestre le preguntaban qué se festejaba, varios hubiesen respondido con la “historia oficial”, que Mayo fue la Independencia de un pueblo que, asqueado de la dominación española y embebida en las ideas de la Revolución Francesa, a ejemplo de Estados Unidos y con el apoyo inglés, se abalanzó hacia el Cabildo para librarse del yugo tiránico impuesto por la cruz y la espada real. Para ello, grandes patriotas como Mariano Moreno, dieron su vida frente a aquellos intolerantes que no se animaban a transitar el camino de los pueblos libres.

En fin, mejor no me sale…

Pero vayamos por partes; ¿por qué inventar una historia? ¿para qué reescribir lo que fue la Revolución de Mayo?

1. La reescritura de Mayo y sus falsas causas

¿Quién no ha recortado en la primaria las figuritas de French y Berutti repartiendo escarapelas ante el pueblo agolpado de la Plaza de Mayo bajo la lluvia, mientras gritaba: “¡El pueblo quiere saber de qué se trata!”? En realidad, no ganaríamos mucho si dijésemos que hoy lo de los paraguas y las escarapelas no lo sostiene ningún historiador serio: ni los paraguas existían en aquella época (o mejor dicho, eran enormes sombrillas con un peso de unos 5 kg, hasta que 1816 los franceses inventaron el que conocemos), ni hay certezas de que esa tarde lloviera, ni la gente que llegó a la plaza era tanta pues cabían todos bajo las galerías del Cabildo. Por su parte, French y Berutti no repartieron escarapelas (la escarapela fue inventada recién en noviembre de 1811) sino unas cintas blancas con el retrato del Rey español Fernando VII que habían sobrado del día en que se juró fidelidad al rey. Pero ¿de dónde salió entonces todo esto? De la historia oficial y de una ignota pintura del siglo XX atribuida al italiano Ceferino Carnachini (o al catalán Francisco Fortuny) y repetida en todas las revistas infantiles.

Pero si fuese solo eso, vaya y pase pues se trata de errores menores y casi sin importancia. La falsedad de Mayo tiene un matiz mucho más serio y una composición cuidadosamente pensada especialmente luego de las batallas de Caseros (1852) y Pavón (1861) en las cuales el partido liberal se coronó definitivamente como ganador; de allí en adelante dos escritores fueron los encargados de recrear la nueva historia de Argentina: Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre. ¿Por qué? Porque hacía falta mostrar que Argentina no había nacido católica y monárquica, sino laicista y democrática, de lo contrario, ellos se encontraban en el partido equivocado y luchando contra la Patria…

Uno de los libros que más influencia tuvo para este fin fue la novela de Fidel López titulada “La gran semana de 1810. Crónica de la Revolución de Mayo”, publicada en 1896 y escrita según el autor a partir de unas copias de unas “cartas fraguadas” encontradas “en el baúl de la parda Marcelina Orma”[1]; en fin, siempre la historia la han escrito los poetas… No importaba que fuese novela, el hecho es que se narrara lo necesario.

Por otra parte Mitre, el biógrafo “oficial” de San Martín y amante de Inglaterra, sin esconder su encono contra España, ensalzaría las ideas liberales de ciertos protagonistas de Mayo que anhelaban, como él, un certificado de nacimiento británico: “A América del Sud –decía– le tocó el peor lote… pues España y Portugal transportaron a sus nuevas colonias su absolutismo feudal y sus servidumbres… Más feliz, la América del Norte fue colonizada por una nación que tenía nociones prácticas de libertad y por una raza viril mejor preparada”[2]. En fin: ideas racistas, que le dicen ahora.

Pero vayamos a las falsas causas de Mayo que, a fuerza de repetirse, se nos han grabado casi inconscientemente en nuestro inconsciente colectivo, cada vez más inconsciente.

2. Primera falsa causa: la Revolución Francesa

“El ladrón piensa que todos son de su condición”, reza el dicho; y el revolucionario piensa lo mismo.

Como ya sabemos, en 1789 se había desatado en Francia, bajo el reinado de Luis XVI, esa nefasta revolución que, al grito “libertad, igualdad, fraternidad… o muerte”, había guillotinado y masacrado pueblos enteros con sus románticas ideas republicanas. Formados en una ideología no sólo antimonárquica sino también anticristiana, sus ideólogos y promotores habían pasado la mayor parte del siglo XVIII preparando “la gran revolución” que terminaría con la cabeza del rey. “¡Abajo las cabezas de los tiranos y los curas!”–gritaban.

Bien; siguiendo la narración de la historia oficial, en esta parte del globo la mayoría de los protagonistas de Mayo habrían leído estos libros prohibidos para llevarlos a la práctica, por lo que,… ¡Argentina también había tenido su “gran revolución”! Francia había luchado contra Luis XVI y aquí lo habíamos hecho contra el tirano Fernando VII!

Pues lamentamos ser aguafiestas, pero mal que les pese a los amantes de la guillotina y el terror, nada estuvo más lejos de esto; no sólo porque poquísima gente estaba en condiciones de leer a los revolucionarios franceses (el autor liberal Camilo Enríquez, dice en Chile, para esa época, sólo seis personas leían francés) sino porque además de leerlas, habría que haberlas compartido y llevado a cabo, cosa que –veremos- no fue así en Mayo de 1810. Es cierto que un grupúsculo extremista con Mariano Moreno a la cabeza, habían leído al menos a Rousseau, pero jamás se animarían siquiera a citar las ideas de la Revolución Francesa, que por ese entonces estaba asociada aún a las palabras “terror”, “guillotina”, “matanzas”, “Danton”, “Robespierre”, etc… Eran, como decimos hoy, políticamente incorrecto.

Es más, cada vez que por algún motivo surjan en las discusiones del Cabildo las palabras “revolución francesa”, ellas irán siempre acompañadas de otra expresión: “el horror”.

“Hay que evitar el horror”, decían.

Para muestra baste este botón que trae a colación el P. Furlong: durante la sesión del 22 de diciembre de 1810, por insistencia de Moreno, el Cabildo había adoptado el “Contrato Social” de Rousseau como texto obligatorio para las escuelas (la medida, al parecer, había sido sacada entre gallos y medias noches); apenas un mes y medio después los cabildantes determinaron su supresión pues “no era de utilidad a la juventud y antes bien pudiera ser perjudicial”[3].

El mismo presidente de la Junta, Cornelio Saavedra denunciaba en 1811 en carta a Feliciano Chiclana, cómo ya se intentaba pintar lo que había sido una revolución patricia y monárquica con un barniz francés: “el sistema Robesperriano que se quería adoptar en ésta (por Mariano Moreno) a imitación de la Revolución Francesa que intentaba tener por modelo, gracias a Dios ha desaparecido” siendo sus máximas “detestables”[4].

De allí, si se quisiera colocar a la Revolución Francesa y su ideología como una “causa” de la Revolución de Mayo, habría que aclarar que operó justamente en sentido contrario a lo que vulgarmente se afirma, es decir, influyó por rechazo a ella y no por imitación.

3. Segunda falsa causa: el modelo y la ayuda de USA

Hace ya varios años que un lamentable ministro de relaciones exteriores argentino lanzó esta frase que quedó inmortalizada. Al ser preguntado en Washington sobre cuál iba a ser la relación entre ambos países, respondió:

“No queremos tener relaciones platónicas: queremos tener relaciones carnales y abyectas”.

El deseo o la libido dominandi del canciller Di Tella en realidad no era propio, sino que estaba en la misma savia que lo había visto crecer: la liberal. Sus predecesores también deseaban haber compartido el lecho con los Estados Unidos en las revoluciones emancipadoras pues si “los defensores de la democracia y la libertad” nos habían ayudado, era porque andábamos por buen camino.

Nada más falso.

Durante los sucesos de Mayo el gobierno de los Estados Unidos no sólo decidió ser absolutamente neutral sino que jamás ayudó en lo más mínimo. Así lo afirman sus mismos autores al decir que “el tema general de las revoluciones hispanoamericanas no fue considerado por el Congreso de los Estados Unidos hasta fines de 1811”[5]. Para esa época “los Estados Unidos ni piensan en el reconocimiento de la Independencia de nuestra Patria, son, por lo demás, celosos de su neutralidad” pues “la mayoría de los hombres cultos de la época no aspiraban ni preveían otro sistema (que la monarquía). El ejemplo republicano de Norteamérica no estaba presente ni difundido”[6].

Tampoco –como dijeron algunos– influyó en Mayo de 1810 la Constitución estadounidense de 1787, pues la primera traducción al castellano por estas tierras, se conoció recién en 1816.

Pero entonces…, ¿por qué? ¿por qué una nación imperialista como USA no se interesó en influir para que nos independizáramos de España y fuésemos libres?¿acaso no hubiese sido más fácil para ellos lidiar con varias republiquetas sueltas y no con la legendaria España? La pregunta es correcta, pero nos olvidamos de dos datos clave: el primero es que para 1810 los nacientes Estados Unidos se encontraban en tratativas con el gobierno español para la compra o donación de las Floridas (concretada en el Tratado Adams-Onis de 1819); para ese entonces, John Quincy Adams, secretario de estado y luego presidente, había resuelto no inmiscuirse en absoluto con Hispanoamérica a riesgo de perder las tratativas; más vale pájaro en mano…

El segundo es que, en el caso de hacerlo, peligrarían las relaciones comerciales con España, como lo señala el afamado historiador Pierre Chaunu: Estados Unidos “sacrificó sus simpatías por los sublevados a su papel de proveedora (de España). El provecho obtenido en el comercio peninsular aventajaba a lo obtenido en las Indias”[7].

El Tío Sam no participó.

4. Tercera falsa causa: la ayuda inglesa

“Mayo fue posible gracias al influjo benéfico de Inglaterra. ¡God save the Queen!”, dicen los anglófilos. Si Gran Bretaña nos había ayudado, entonces estamos en deuda eternamente con ellos.

Para ello se apela a la figura del conocido embajador que Inglaterra tuvo por aquella época en Río de Janeiro, Lord Strangford, a quien se agradece haber no sólo apañado sino hasta dirigido la revolución de Mayo para conquistar políticamente lo que no habían podido dominar por las armas en 1806-1807 (durante las invasiones inglesas). Pero no sólo esto; entre las intenciones de Inglaterra en nuestra autonomía e independencia, se alegan los deseos que la corona inglesa tenía de conseguir la libertad de comercio por estas tierras.

Para despejar el primer equívoco hay que decir que la libertad de comercio no hacía falta buscarla en 1810; gracias a las gestiones del Dr. Mariano Moreno, abogado de Liga de comerciantes londinenses presidida por Alex Mackinnon, el virrey Cisneros había decretado en 1809 la libertad de comercio.

En cuanto a lo que se dice respecto de Lord Strangford, justamente lo que aconsejó fue lo contrario, es decir, un statu quo con la España ocupada por Napoleón; nunca la emancipación o independencia. Pero, podríamos preguntarnos al igual que con Estados Unidos: ¿acaso no les convenía? ¿No habían sido los ingleses los que, sólo tres años antes habían intentado tomar Buenos Aires?

Hay un dato fundamental que muchos ignoran (o quieren ignorar) y es el cambio profundo en las relaciones entre España y de Inglaterra por aquellos años.

La tierra del Quijote se encontraba en decadencia no sólo moral sino política; desde hacía tiempo que, con los Borbones, había comenzado a adoptar lo peor de sus vecinos: Inglaterra y Francia; fue especialmente unida a esta última que su antigua Armada Invencible (como se llamaba a la flota española) había sido derrotada en Trafalgar (1805) por los barcos ingleses. Todo esto llevaba a que Gran Bretaña se viese convertida prácticamente en dueña y señora de los mares, cosa que se vio en la práctica en Buenos Aires durante las invasiones inglesas.

Pero la enemistad entre España e Inglaterra duraría poco.

En 1808 y luego de la invasión de las tropas napoleónicas en España, el rey Fernando VII se vio obligado a deponer su trono en manos de José Bonaparte, hermano de Napoleón. Dicha intromisión hizo que, especialmente en el sur de España, se intentase un movimiento restaurador que lograse buscar la alianza con Gran Bretaña para que acudiese en su ayuda. Es aquí entonces cuando Inglaterra pasa de ser enemiga a protectora y, por ende, lo que menos desea es una rebelión en las Indias occidentales. Quizás, lo que no había logrado con las armas, podría obtenerlo con la diplomacia luego de un par de años de política internacional.

Así lo declaraba el mismo Lord Srangford a la Primera Junta a un mes de los hechos de Mayo de 1810: “Las autoridades de Buenos Aires pueden descansar que no serán incomodados de modo alguno siempre que la conducta de esa capital sea consecuente y se conserve a nombre del Sr. Dn. Fernando 7º y de sus legítimos sucesores”[8].

Es un hecho pocas veces narrado, pero se encuentra en todos los documentos de la época: Inglaterra era aliada de España contra Francia. Quizás los que más hayan contribuido a la confusión y al silencio hayan sido los mismos historiadores españoles, a quienes duele aceptar que España, en ese momento desgraciado de su historia, había pactado ni más ni menos que con su antigua enemiga.

En este sentido, Inglaterra no sólo sería neutral como USA sino que, al estar aliada con la regencia española, era hasta nuestra enemiga.

Las tres supuestas grandes causas, ideológicamente inventadas, desaparecen ante los hechos: ni las ideas de Francia, ni Estados Unidos con su gobierno y su constitución, ni Inglaterra con su comercio y su embajador en Río de Janeiro[9].

5. Las verdaderas causas de Mayo

Mayo fue, primero que nada, autonomía y no independencia. Se trató de un tema institucional; “autonomía” quiere decir el “gobierno propio”, darse la propia ley como en este caso, donde el Virreinato del Río de la Plata, resolvió darse el gobierno por sí mismo, pero no se trató en absoluto de un “quiebre” con la madre Patria, España. La Junta Provisional, a nombre de nuestro señor don Fernando VII, se establecerá justamente para preservar sus derechos, es decir, de ninguna manera se socavaba la soberanía del rey, si no que, al contrario, se la resguardaba.

Un recurso a la paradoja sería: si el 25 de Mayo fue la “independencia de España” ¿qué diablos celebramos en el 9 de Julio en la Argentina? ¿Para qué dos fechas?

Mayo fue autonomía. Esta palabra que parece nueva ahora estaba en boca de todos allá por 1810, al menos de todos los seres medianamente instruidos. El Virreinato del Río del Plata se regía por las Leyes de Indias de 1680; allí, en la ley 1, titulo 1, libro 3º, se decía que el rey por donación de la Santa Sede Apostólica, y otros justos y legítimos títulos, eran señores de las Indias Occidentales, islas y tierras firmes, en el mar océano, descubiertas y por descubrir, y que estaban incorporadas a su la corona real de Castilla. A continuación, se decía que en ningún momento podían ser separadas de la real corona, por ningún caso, ni en favor de alguna persona.

Como bien dice Jaime Delgado, “América no constituía una colonia de España, algo externo a ella que pudiera ser vendido o canjeado”[10], de ahí que Carlos V en 1520, hubiese sancionado su inalienabilidad e inenajenabilidad de a la Corona de Castilla, en concordancia con las antiguas disposiciones contenidas en la ley de Las Partidas de Alfonso X, el Sabio (un código fundamental tanto en la península como en América); es allí donde se destacaba que, estando vacante el trono por enfermedad o incapacidad del rey, y si éste no había dejado regente, el poder volvía a los pueblos, no en el sentido filosófico del término, sino pragmático, es decir, de gobierno. Y fue lo que sucedió en Mayo.

En Mayo de 1810 la corona estaba vacante; el rey Fernando VII, como dijimos más arriba y que detentaba la corona de Castilla, había sido apresado en castillo de Valençay por Napoleón Bonaparte sin dejar ningún regente, es decir, un representante. El trono entonces, se reputaba vacante, por lo que, según las leyes, la potestad volvía a los Cabildos.

La doctrina del regreso del poder a los pueblos era ampliamente conocida y se enseñaba en toda América, al menos en las facultades de Leyes y era completamente enseñada en la Universidad de Charcas, de Chuquisaca donde habían estudiado entre otros, Juan José Castelli y Mariano Moreno, ambos abogados en el Río de la Plata, por citar sólo a algunos.

Fue por ello que el proceso comenzado en 1810 se dio de modo pacífico y generalizado, no sólo en Bs.As., sino también en Caracas, Bogotá, Santiago de Chile, es decir, en casi todas las capitales de las Indias Occidentales, convirtiéndose no en un suceso asilado, sino americano, donde la doctrina aplicada sería la misma: a trono vacante y sin regente, autonomía provisoria. La argumentación era irrebatible.

Por esto, en 1810, como dijimos, no se reparten escarapelas con colores de una nueva bandera, sino una cinta blanca en señal de unión entre “españoles europeos” y “españoles americanos”, y la prueba es la unión que existe por aquí en la misma Junta Provisional, donde dos “españoles europeos” participan: Matheu y Larrea.

No existía esa “discriminación” de la que se habla ahora; la mitad del cabildo de Buenos Aires era criollo. Obispos, encargados del Consulado, de la Superintendencia de Real Hacienda, de las Comandancias de Armas, los jefes de los regimientos, casi todos ya eran “españoles americanos”, es decir, criollos.

Los “tres siglos de despotismo hispano” que muchos ideológicamente intentan ver, es sólo el trasladado intelectual que hacen del Contrato Social de Rousseau a estas tierras. En América del Sur no había ningún despotismo; al contrario. Sólo con esta prueba baste: en Buenos Aires, el Virrey disponía sólo de un Regimiento seguro, el de Dragones, que no tenía más de 700 hombres para controlar, por lo pronto, a la ciudad de Buenos Aires que tenía por aquél entonces unos 60.000 habitantes. Si hubiese habido una rebelión, con ese número era imposible contrarrestarla. La realidad es que la convivencia era pacífica. ¿Por qué? Porque se aceptaba la autoridad del rey, simplemente por eso, todos eran monárquicos, todos eran realistas y acataban al rey.

La causa principal de la autonomía es la crisis del imperio español. El imperio español que había dominado el mundo en tiempos de los Austria, había sido veinticuatro veces más grande que el imperio romano, un imperio enormemente justo que, ya en tiempos de Felipe II y antes de Marx, se había impuesto la jornada legal-laboral de ocho horas; un imperio enormemente culto que, mucho antes que los norteamericanos tuvieran la universidad de Harvard, ya había en la América hispana 16 universidades.

Como bien dirá Don Agustín de Iturbide en su proclama del 24 de Febrero de 1821: “Trescientos años hace la América Septentrional de estar bajo la tutela de la nación más católica y piadosa, heroica y magnánima. La España la educó y la engrandeció, formando ciudades opulentas, esos pueblos hermosos, esas provincias y reinos dilatados que en la historia del universo van a ocupar lugar muy distinguido”[11]. Este gran imperio que estaba extendido por toda la tierra y por todos los mares empezó a decaer ya en tiempo de los Austria, y sobre todo se acentuó esta decadencia en tiempo de los Borbones, como dijimos.

Este imperio va a caer en crisis, como leímos más arriba por la situación política y el rey Fernando VII va a ser detenido en Valençay; no hay regente. ¿Qué hace España entonces? La Junta local, es decir los Cabildos que hay en España, resuelven asociarse, y crear una Junta Central, que se la va a conocer como la Junta Central de Sevilla que se atribuirá, sin que el rey lo permitiera, la representación del rey, por lo que carece de legitimidad. Sea como fuere, Buenos Aires jurará –malamente pero lo hará– fidelidad hasta esa Junta.

Dicha Junta Central, de tinte liberal, declarará entre sus primeros actos la igualdad de todos los españoles de los diversos continentes, lo que era una enorme injusticia, pues hacía que las Indias Occidentales perdieran los privilegios que poseía desde 1520, al poder gobernarse con leyes propias. De todas partes de América, entonces, se produjo una respuesta al unísono: “estáis usurpando el derecho de América con el pretexto de hacernos iguales”.

Dicha Junta Central, a diferencia de lo que sucede en América, sí toma la ideología francesa y se alía, como decíamos, con Inglaterra. Sin embargo, luego de la toma de Sevilla por parte los franceses, la Junta Central terminará por disolverse en enero de 1810. Algunos diputados, escapándose de allí, terminan refugiándose en la Isla de León (Cádiz), bajo la protección de los barcos ingleses, donde intentan dar vida a una nueva Junta que nacerá abortada. Viéndose acorralados, sus integrantes decidirán escapar a Inglaterra y aquí entrará en juego un personaje inglés, el vicecónsul John Hooklam Frére quien, los obliga a fundar un Consejo de Regencia bajo su guía; es decir, bajo la guía de Inglaterra. Tal era la sumisión de estos políticos españoles que será el mismo Hooklam quien les dicte los nombres de cuatro de los cinco integrantes de ese Consejo de Regencia…

Para todo esto, podemos imaginar la nula legitimidad de este supuesto gobierno. Este es el gobierno que aquí, en América, querían que se acatara… Ya no había que obedecer a la corona de Castilla, sino a los designios de un vicecónsul inglés… Como bien señala José María Rosa, “en febrero de 1810 sólo quedaban las apariencias de España”[12].

Como documento indiscutible se encuentran las mismas memorias Saavedra, de la cual ya hemos hablado. Allí, hablándole al virrey que aún pedía sumisión, el presidente de la Junta dirá de España:

“Todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador (Napoleón), excepto Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir… -¿Cádiz y la Isla de León son España?¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la Isla de León?¿Los derechos de la corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la Isla de León…? No señor; no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses; hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que dio a V.E. (la Junta Central) autoridad para mandarnos ya no existe; por consiguiente tampoco V.E. la tiene ya”[13].

Ese Consejo de Regencia no fue reconocido en ninguna parte de América, y esa es la causa de la revolución de Mayo. Se declara en toda América que el Consejo de Regencia instalado en Cádiz es usurpador, y no tiene ningún derecho a gobernarnos, por ello, cuando llegó la noticia de la instalación de esta supuesta “regencia” se terminó en estas tierras la obediencia, la lealtad, el fidelismo a esos gobiernos españoles pero no al rey.

Pero volvamos a Buenos Aires.

¿Qué finalidad tuvo entonces la proclamación de la Primera Junta? La circular del día 27 de Mayo que se encuentra en el Registro Oficial de la República Argentina dice: el rey está preso, no hay regente, el gobierno de España no tiene autoridad para gobernar las Indias, la regencia es usurpadora, que está el peligro de que nos entreguen a los ingleses o a los franceses, y que por eso se establece esta autonomía, con la Junta Provisional, a nombre del Rey. Otra de las cláusulas que se establecen es el respeto absoluto por la religión católica y al rey, como podemos leer en la “Proclama” del mismo 26 de Mayo de 1810.



*          *          *



De modo que, el gobierno de Mayo no está imbuido de las ideas de la Francia revolucionaria. Es un gobierno que sigue con la tradición hispánica, confesional, legal y legítimo.  El curso que la Revolución tomará a partir de Julio, será otro cantar pues quienes intentarán tomar las riendas de la Patria sí tendrán ideas contrarias a España y revolucionarias en el peor sentido del término. Como consecuencia, en pocos meses Saavedra quedará solo contra todos los demás, que formarán un solo partido bajo el nombre de “morenistas” o “letrados”.

La que se expuso es una larga síntesis del proceso de Mayo. Proceso que merece nuestro respeto y nuestra admiración no sólo porque se hizo conforme a la ley, sino porque fue un proceso pacífico y armonioso. Si todo hubiese seguido como comenzó, la historia argentina sería distinta. Pero no sólo el liberalismo tomó las riendas sino que luego, con el tiempo, se fue inventando un Mayo liberal, un Mayo “a la carta”, para mostrar que los fundamentos de nuestra nación no estaban enraizados con la España monárquica y católica, sino con las ideas progresistas y el comercio internacional.

El inicio, el origen de la autonomía argentina, dentro del marco de la autonomía americana, es perfectamente defendible y completamente legítimo, a los ojos de la justicia y a los ojos de Dios Nuestro Señor.

P. Dr. Javier Olivera Ravasi, SE

Noviembre de 2017

[1] Vicente Fidel López, La Gran semana de Mayo de 1810. Crónica de la Revolución de Mayo, Eudeba, Buenos Aires 1961, 12-13. Seguimos aquí en el desarrollo y las citas la monumental obra de Enrique Díaz Araujo, Mayo revisado (3 vols.), UCALP, La Plata 2010.

[2] Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la Emancipación Sud-Americana, La Nación, Buenos Aires 1887, 56,60. En honor a la verdad, también embarró la cancha la “Memoria Autógrafa” ni más ni menos de Cornelio Saavedra, escrita dos meses antes de su muerte (en 1829) y veinte años después de Mayo, donde acomodándose políticamente y quizás para quedar como un “precursor de la independencia”, veinte años después también habló de escarapelas azules y blancas en Mayo y conflictos entre españoles y americanos, amén de otras verdades que ya sonaban como parte del mito.

[3] Guillermo Furlong, “Francisco Suárez fue el filósofo de la revolución argentina de 1810”, en Atilio Dell’Oro Maini y otros, Presencia y sugestión del filósofo Francisco Suárez. Su influencia en la revolución de Mayo, Instituto Vitoria y Suarez, Buenos Aires 1959, 202, n. 68.

[4] Enrique Ruiz Guiñazú, El presidente Saavedra y el pueblo soberano de 1810, Estrada, Buenos Aires 1960, 544-545.

[5] Harold F. Peterson, La Argentina y los Estados Unidos 1810-1960, Eudeba, Buenos Aires 1970, 18.

[6] Héctor Tanzi, Juan José Paso. El político, Ciudad Argentina, Buenos Aires 1998, 56

[7] Pierre Chaunu, Historia de la América Latina, Eudeba, Buenos Aires 1964, 75.

[8] Archivo General de la Nación, Correspondencia de Lord Strangford y la estación naval británica en el Río de la Plata con el gobierno de Buenos Aires, Buenos Aires 1941, 80.

[9] Las otras “causas” que se alegan pero que ni vale la pena repetir son por ejemplo las que dicen que Mayo fue la conclusión de un proceso revolucionario indígena que comenzó con Túpac Amaru… (si hubo quienes no tuvieron ninguna intervención en Mayo fueron los indígenas). Tampoco se trató de la opresión de los españoles contra los criollos que “no tenían acceso a los cargos públicos”. Para esto basta ver cómo se conformó la Primera Junta, con mayoría de criollos. En realidad, la división entre “españoles americanos” y “españoles europeos” (como se los llamaba antaño) será después de 1810 y acicateada por las facciones liberales.

[10] Jaime Delgado, La Independencia Hispanoamericana, Instituto de Cultura Hispánica, Madrid 1969, 80.

[11] Mariano Cuevas. Historia de la Nación Mexicana,  México 1940, 227.

[12] José María Rosa, Historia Argentina II. La Revolución (1806-1812), Juan C. Granda, Buenos Aires 1964, 115-116.

[13] Cornelio Saavedra, “Memoria autógrafa, t. 1” en AA.VV., Los años de la emancipación política, Editorial Biblioteca, Rosario 1974, 71-72.



jueves, 20 de febrero de 2014

¿Colón viajó a América para buscar condimentos?


Cuando hay que descubrir un Nuevo Mundo
o hay que domar al moro,
o hay que medir el cinturón de oro
del Ecuador, o alzar sobre el profundo
espanto del error negro que pesa
sobre la Cristiandad, el pensamiento
que es amor en Teresa
y es claridad en Trento,
cuando hay que consumar la maravilla
de alguna nueva hazaña,
los ángeles que están junto a su Silla,
miran a Dios… y piensan en España.
(José María Pemán)
Los manuales elementales de historia “for dummies” (como dicen los ingleses “para tontos”) nos han contado que la empresa de Colón fue para buscar especias. Esto es: los marineros habrían viajado dos o tres meses de ida y dos o tres meses de vuelta para poder condimentar las pizzas genovesas o agregarle canela a los capuchinos italianos[1].
Esta historia basada en motivos gastronómicos, aunque parezca increíble por lo ridícula, ha pasado a nuestros libros escolares con toda seriedad y así, nos dicen, el Descubri­miento se hizo para dar con el “Camino de la Especiería”. ¿En qué documento consta esta idea…?
Podemos buscar y bucear en las bibliotecas de la época y solo con suerte encontraremos que algún que otro marino aprovechó los viajes para traerse un poco de jengibre… Es verdad que “también” podrían haber encontrado condimentos en las islas orientales pero esto no es suficiente para atribuírselo como causa tamaña empresa pues nadie iba a internarse en el famoso “Mar Tenebroso” (así se llamaba al Océano Atlántico en lo que va desde las costas portuguesas hasta las americanas) para que sus comidas estuviesen más sabrosas…
Entonces… ¿qué buscaban Colón y sus hombres cuando zarparon del famoso puerto de Palos allá a mediados del año 1492?
“¡¡¡Oro, oro, oro…!!!”, dicen los marxistas y en realidad no se equivocan aunque tampoco dicen toda la verdad. Para hacer historia, lo mejor es ir a los documentos, cuando los hay, más cercanos a la época; ¿Y si le preguntáramos al mismo Colón? En el “Diario” del primer viaje, el 26 de diciembre de 1492, asienta el Descubridor luego de regresar del nuevo mundo:
Los que dejo en la isla (Española) reunirán fácilmente un tonel de oro, que encontraré al volver de Castilla, y antes de tres años se podrá emprender la conquista de la Casa Santa y de Jerusalén; que así protesté a Vuestras Altezas que toda la ganancia de esta mi empresa se gastase en la con­quista de Jerusalén[2].
Es decir: había encontrado algo de oro en las nuevas tierras que usaría como “toda ganancia” en la “Conquista de Jerusalén”…
Pero continúa. Cuando constituye el Mayorazgo, el 22 de febrero de 1498, escribe:
Al tiempo que yo me moví para ir a descubrir las Indias con intención de suplicar al Rey y a la Reina, Nuestros Señores, que de la renta que de Sus Altezas de las Indias hubieren, que se determinase gastarla en la conquista de Jerusalén, y así se lo supli­qué[3].
Y al dirigirse al Papa Alejandro VI, en febrero de 1502, re­cuerda que:
Esta empresa se tomó con el fin de gastar lo que de ella se obtuviese en presidio de la Casa Santa de la Santa Iglesia. Después que fui a ella y visto la tierra, escribí al Rey y a la Reina, mis Señores, que durante siete años yo le pagaría cincuenta mil (soldados) de a pie y cinco mil de a caballo en la conquista de ella (la Santa Casa), y durante cinco años otros cincuenta mil a pie y otros cinco mil a caballo, que serían diez mil soldados de a caballo y cien mil de a pie para esto (…). Satán ha impedido que mis promesas fuesen mejor cumplidas[4].
¿De qué se trata todo esto?
¿Qué buscaba Colón?[5]
El marino genovés, a despecho de la común historia oficial anticatólica y antihispánica fue con propiedad uno de los “últimos Cruzados”, como se lo ha llamado: gran varón religioso, se había tomado en serio aquello del Santo Job: “milicia es la vida del hombre sobre la tierra”, convicción ésta que, en tiempos de la Edad de la Fe, se tradu­cía en una tendencia misional con miras no solo a expandir el reinado de Cristo, sino a recuperar los lugares que la Cristiandad había perdido en manos de los moros, como era el Santo Sepulcro de Jerusalén.
Reconquistar aquello que denominaban la “Casa Santa” era la empresa propia a la que se sentían llamados los caballeros cristianos y era, asimismo, lo que había originado las guerras santas contra el Islam.
Para ello, los milicianos que se lanzaban a esta lucha cru­zaban sobre sus pechos u hombros dos bandas de tela roja (de ahí la contracción de “cruzado”); Colón, por su parte, obsesionado por el ideal cruzado, no solo las haría bordar sobre sus vestimentas, sino también sobre las blancas velas de sus carabelas (cosa sobre la que los historiadores positi­vistas eluden reflexionar).
Eran épocas difíciles pero apasionantes para los católicos; desde el año 1453, cuando el Islam se había apoderado de Constantinopla, los cristianos estaban convocados a combatir por esta causa santa. Los marinos, en particular, orientaban su afán cruzado con arreglo a la estrategia trazada en Sagres por el príncipe portugués don Enrique el Navegante. Consistía principalmente en navegar hacia las “Indias” (nombre dado por los europeos a las tierras que estaban detrás del dominio musulmán), para enta­blar alianza con los supuestos príncipes de aquellas leja­nas tierras (el Preste Juan, el Gran Kan), y así poder caer a la Media Luna por la retaguardia.
Dicha aventura, como es de imaginar, demandaba mucho dinero, pero había sido Marco Polo quien declarase que en Catay o Cipango se hallaba la “fuente del oro”. Conseguido entonces el oriente, la acción reconquistadora quedaría asegurada. Colón, un soñador nato, añoraba desde su juventud con la Reconquista, para lo cual no dejaba de ilusionarse con la idea de “atacar al Islam por detrás”, aprovechando las riquezas orientales.
Había un gran trasfondo religioso en todo ello, como señala Weckmann:
“Colón, todos lo sabemos, fue un hombre pro­fundamente religioso. Su devoción por la Virgen María es bien conocida, le acompañaba siempre ese breviario de laicos que se llama el ‘Libro de Horas’. Contemporánea de ese descubrimiento fue la voluntad expresa del Descubridor de con­sagrar las riquezas por él descubiertas en Améri­ca ‘para ganar (o sea reconquistar) el Santo Sepulcro’, ambición que no lo abandonó ni en su lecho de muerte… Colón meditaba, especialmen­te durante su tercer viaje, ‘cuánto servicio se podría hacer a Nuestro Señor… en divulgar su santo nombre y fe a tantos pueblos de Indias’; y como cuenta Herrera, antes de regresar a Euro­pa explicó en su última advertencia a los colonos que se quedaron en la Española ‘que los ha­bía llevado a tal Tierra para plantar (la) Santa Fe’”[6].
Este era el gran designio de Colón: “tomar al Islam por la retaguardia y re­conquistar Jerusalén”[7].
Según cuenta un cronista, visitando la Corte española instalada en Jaén, hubo un episodio que cambiaría su vida: vio dos religio­sos franciscanos del Santo Sepulcro que venían enviados por el Sultán de Egipto trayendo la amenaza de que si no se suspendía la campaña militar en Anda­lucía de los Reyes Católicos, los musulmanes tomarían represalias contra los cristianos de Palestina.
Luego de escuchar el fatídico mensaje: “…es a partir de este momento cuando comenzó a tomar cuerpo en su mente soñadora el magno proyecto de la reconquista de Jerusalén con el res­cate de su Santa Casa, es decir, el sepulcro del Redentor; proyecto que no solo no abandonará más adelante, sino que llegará a constituir para él una auténtica obsesión durante el resto de sus días”[8]. La indignación, por tanto, de verse presionados por los musulmanes, fue lo que lo llevó a pensar en esta gran empresa y no necesariamente “la fiebre del oro” que luego tendrán especialmente nuestros ‘hermanos mayores’ del norte.
Sin embargo, hay quienes dicen que esta “idea fija” del marino genovés fue anterior, asegurando que ya la habría incubado en Génova, donde de continuo se hablaba del tema. Algunos dicen que Colón ya la habría entrevisto en la isla de Quío, donde toda­vía se esperaba que una novena cruzada devolviese Constantinopla a la Cristiandad, madurándola luego en Portugal. Es que el espíritu de las cruzadas estaba vivo en Colón; no lo olvidemos: eran los dece­nios inmediatamente siguientes a la caída de Constantinopla (…). No significaba solamente la aspiración de reconquistar los Lugares Santos, sino mucho más: era reunir lo que había sido dividido, reconstruir la unidad del mun­do, que fue una bajo el águila de Roma y una había quedado por la Cristiandad[9]. Incluso el mismo Papa había alentado a reconquistar los lugares santos.
Hasta la mismísima reina Isabel fue seducida por este plan que no parecía tan descabellado. Se acababa de terminar con la dominación musulmana de Granada al expulsar a los enemigos seculares de la Península; se trataba de unificar el imperio cristiano y toda empresa que fuese en su favor no sería descartada, como señala el historiador inglés J. Elliott:
“Por encima de todo –por lo menos en lo que hacía referencia a Isabel– el proyecto podía resultar de crucial importancia en la cruzada contra el Islam. Si el viaje tenía éxito pondría a España en contacto con los países de Orien­te, cuya ayuda era necesaria en la lucha contra el Turco. Podía también, con un poco de suer­te, hacer volver a Colón por la ruta de Jerusalén y abrir así un camino para atacar al Imperio Oto­mano por la retaguardia. Isabel se sentía natu­ralmente atraída también por la posibilidad de poner los cimientos de una gran misión cris­tiana en Oriente”[10].
Resumiendo: la guerra de Reconquista contra los moros proporcio­naba la causa material y el ambiente necesa­rio; el Papado le daba la causa formal al consagrar dichas empresas como verdaderas Cruzadas; la causa finalera la recupe­ración del Santo Sepulcro, centro espiritual de la Cristiandad y las causas eficientes fueron Colón y los Reyes Católicos.



[1] Cierto es que a falta de frigoríficos, la carne era conservada en sal, siendo por lo tanto esta necesaria para la población. Sin embargo, los mejores estudiosos del tema han descartado esta hipótesis.
[2] Citado Enrique Díaz Araujo, Los protagonistas del descubrimiento de América, Ciudad Argentina, Buenos Aires 2001, 118. Las cursivas son nuestras.
[3] Ibídem.
[4] Ibídem.
[5] Véase también para este tema el hermoso libro de Enrique Díaz Araujo, Colón, medieval portador de Cristo, Universidad Autónoma de Guadalajara, México 1999, pp. 124.
[6] Luis Weckmann, Cristóbal Colón, navegante místico, en “Revista de His­toria de América”, México, julio-diciembre 1990, nº 110, 65-70.
[7] Cfr. Felipe Fernández-Armesto, Colón, Barcelona, Ed. Crítica 1992, 42-69.
[8] Paolo Taviani, Cristóbal Colón, génesis del gran descubrimiento, Novara, Instituto Geográfico de Agostini, 1982–Roma, 1983, 144; Juan Manzano y Manzano, Cris­tóbal Colón. Siete años decisivos de su vida 1485-1492,Cultura Hispánica, Madrid 1964, 198-199.
[9] Cfr. Paolo Taviani, op. cit., 60.
[10] J. H. Elliott, La España Imperial 1469-1716, Vicens-Vives, Barcelona 1969, 58