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domingo, 22 de mayo de 2022

ACERCA DE MAYO DE 1810

 

Por: Lic. Javier Ruffino

  

     Fueron los “hechos de Bayona” los que determinaron el futuro de  la América Hispana. Así lo afirma Vicente Massot: “El acontecimiento que marcó a fuego la relación entre la metrópoli y sus colonias – o reinos independientes de la corona de Castilla- y que hizo de disparador de toda la revuelta hispanoamericana, sucedió dos años antes del estallido (…). El episodio tiene nombre: la farsa de Bayona”.[1]   

 

     Sin embargo, para comprender en profundidad los acontecimientos rioplatenses que se desarrollaron a partir de 1810 no podemos dejar de referirnos a las consecuencias de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Nos dice al respecto el mismo autor: “Buenos Aires había producido así, sin que formara parte de un plan original con arreglo al cual desarrollar una estrategia política, tres hechos notables: 1) derrotar en dos oportunidades al Imperio Británico; 2) destituir, en un hecho sin precedentes en el Imperio español en América, al virrey Sobremonte, y 3) militarizar exitosamente una ciudad mal dotada para la guerra.”[2]

 

     Por lo tanto, los hechos desencadenados a partir del 10 son consecuencia de la crisis y caída de la Monarquía Borbónica, del vacío de poder generado por dicha situación, y por el estallido del Movimiento Juntista. Por otra parte, los cuerpos militares surgidos después de las Invasiones Inglesas tuvieron una participación fundamental en la búsqueda de una alternativa frente a la desaparición de la estructura imperial hispánica.

 

     Frente a la caída del Imperio se abrían tres posibilidades para el Río de la Plata:

 

1-   Aceptar el status quo local: el mantenimiento de la burocracia virreinal y el reconocimiento del último vestigio de poder independiente de los franceses que quedara en la Península (como por ejemplo el Consejo de Regencia de Cádiz). Esta posición tenía muchos adversarios, debido a los errores y abusos que los funcionarios virreinales habían venido cometiendo en los últimos tiempos. Por otra parte, las elites locales querían una mayor participación en las tomas de decisiones, y que la suerte del Continente no quedara atada a las desgracias de la Península y a las ambiciones de las otras potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, y los vecinos portugueses).

 

2- El establecimiento de una monarquía borbónica en el Río de la Plata coronando a la princesa Carlota Joaquina, única representante de la familia real que no había caído en poder del “amo” de Europa. Claro que debía ser una Monarquía temperada, “a la inglesa”

 

3- Establecer Juntas de Gobierno como en la Península.

 

     Lo señalado nos da la pauta del alto nivel de politización de las elites después de los acontecimientos locales de 1806, y sobre todo a partir de los hechos europeos posteriores a 1808. En este contexto se deben ubicar los hechos del 1 de enero de 1809 en Buenos Aires, y los de Chuquisaca y la Paz, a mediados de aquel año. A esta situación debemos agregar las rivalidades entre peninsulares y americanos, porteños y provincianos, Buenos Aires y Montevideo, etc.; para comprender los enfrentamientos que se van a desatar tras la caída del poder virreinal.

 

La Semana de Mayo

 

     La suerte de nuestras tierras fue decidida en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810: “El tema del Cabildo fue muy concreto. Si debía cesar el virrey  en caso afirmativo cuál sería el procedimiento para elegir quien lo sucediera en el mando civil y militar (…)

 

     Después de los discursos vinieron los votos (…). El primer voto fue el del obispo a favor del Virrey. El segundo fue el del militar de más alta graduación en el virreinato, el teniente general español Pascual Ruiz Huidobro (…)

 

     Cornelio Saavedra votó en el orden 29, con las siguientes consideraciones: “consultando la salud del pueblo y en atención a las actuales circunstancias, debe subrogarse el mando superior del Excelentísimo Virrey, en el Excelentísimo Cabildo de esta Capital, en el ínterin se forma la corporación o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el Excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando.”[3]

 

     El reemplazo de los funcionarios que representaban a una Monarquía inexistente, así como la disputa de poder entre los distintos sectores de la sociedad criolla, a lo que hay que sumar las ambiciones de ingleses, franceses y portugueses –con las redes de aliados locales que tenían-, nos explican la seriedad de los conflictos que se desencadenaron, produciendo una guerra civil que condujo –como lógica consecuencia de la evolución de los acontecimientos americanos y europeos-, a la independencia de nuestro continente y a la fragmentación de los antiguos virreinatos –en particular el nuestro- en nuevos estados nacionales.

 

Autonomía y Fidelidad

 

     En su obra Mayo Revisado el historiador revisionista Enrique Díaz Araujo desmitifica el carácter liberal de la Revolución de Mayo, explicando el proceso que se abre en el 10 en el contexto de la crisis del Imperio Español y del marco legal del mismo, indicando que las jornadas de Mayo se caracterizaron por la fidelidad a la Monarquía, pero buscando una Autonomía con respecto a las “autoridades” peninsulares que obraban en nombre del Monarca ausente. Finalmente, la evolución de los hechos condujo a una justificada Independencia.

 

     Anarquía y usurpación peninsulares, que no el declamado ‘despotismo’, fueron las causas reales del Autogobierno (…)

 

     La fidelidad rioplatense interpretada como una felonía, y el consiguiente ataque realista desde Montevideo y el Perú: motivos suficientes para que la Autonomía comenzara a devenir en Independencia (…)

 

     (…) los hombres de Mayo no se movieron por impulsos ideológicos. Ellos tenían muy en claro que el movimiento americano se encaminaba contra el Consejo de Regencia y las otras autoridades metropolitanas conexas, en procura de la autonomía comarcal (empezando por la provisional, de orden municipal); para escapar a la eventualidad de la dominación francesa o la inglesa.”[4]

 

   Por su parte, Vicente Massot nos explica el proceso que se abre en el Río de la Plata a partir de 1808 haciendo girar su argumentación en torno a tres conceptos claves: Revolución-Independencia-Anarquía.  El proceso que se inicia pocos años antes de 1810 y se prolonga (…) hasta mediados de la década del 30 (…) podría decirse que se compendia y resume en tres términos los cuales, a su vez, transparentan otras tantas realidades: revolución, independencia y anarquía  (…)

 

     La revolución merece su nombre menos por el impulso de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del virreinato, que por su descendencia (…): la independencia y la anarquía.”[5]

 

    Retomando la obra de Díaz Araujo, éste en el Tomo III nos plantea que la revolución cambió su curso por obra de la acción de Moreno, que fue quien en realidad orientó a la Revolución hacia una posición acorde con el liberalismo, más aun, con el jacobinismo.

 

     Sabido es que el Primer Gobierno Patrio se constituyó basándose en unos arreglos entre los grupos políticos existentes en Buenos Aires (…)

 

     Pues (…) uno se esos sectores, el llamado ‘morenista’, se apoderó hegemónicamente de la Revolución, desplazando a los demás y consiguientemente, reemplazando los objetivos institucionales comunes, por unos unilaterales, de corte ideológico sectario.”[6]

 

     Antonio Caponneto también nos presenta un morenismo jacobino: “Otros criollos, en cambio, no entendían, no valoraban ni amaban lo que España había traído a estas tierras, y querían deshacerse de todo ello (…) Por ejemplo, Moreno, Monteagudo, Castelli.   Querían asesinar a los españoles. Escribieron un Plan de Operaciones para fomentar el terrorismo, el rencor y el odio. Eran socios de los ingleses y defendían sus intereses económicos. Y lo peor: atacaban la Religión Católica (…)  Algo muy feo e imperdonable que cometieron fue matar a Don Santiago de Liniers. El gran Caudillo de la Reconquista.”[7]

 

     Massot, por su parte, nos muestra un Moreno más orientado hacia la “derecha”, o al menos no tan inclinado hacia la “izquierda”.

 

     Mariano Moreno, Juan José Paso, Juan José Castelli y Manuel Belgrano (…) no ganaron sus credenciales revolucionarias por su afán de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del Virreinato, sino merced al cambio político que urdieron y, más aun, a la consecuencia que tuvo en años venideros: la independencia (…)

 

     Al analizar, pues, el uso de algunos de los principales conceptos de la ciencia política utilizados por el secretario de la Junta hay que buscar menos en las posibles inspiraciones ideológicas (…) y hacer hincapié más en las necesidades políticas (…)

 

     (…) atendiendo (…) más a los pactistas peninsulares que a Rousseau, apuntaba Moreno al hecho de que la Junta debía tener el consentimiento de los pueblos, aunque, delegado el poder, se establecía entre ambos una ineludible relación de mando-obediencia (…).”[8]

 

     Recordemos, por otra parte, que si bien Moreno hizo editar el Contrato Social de Rousseau, lo expurgó de aquellos capítulos en los que el autor “delira en materia religiosa”.

 

     Los hombres de Mayo fueron en general exponentes de una cultura hispánica, católica y monárquica, más o menos conservadores, más o menos tocados por las ideas del siglo -con mayores o menores influjos iluministas y críticas a la cultura barroca de los sectores populares-, que pedían reformas en la educación (en una línea utilitarista), o que criticaban cierta escolástica decadente[11]; pero no fueron necesariamente radicales o impíos.

 

     Si el proceso revolucionario hispanoamericano triunfó (…) se debió entre otras razones a la capacidad que demostró la clase dirigente de las Provincias Unidas para gerenciar una empresa tan compleja y peligrosa. Ahora bien, sus hombres no venían de Inglaterra ni de Francia. Habían recibido la educación del reino que introdujo en América su idioma, religión, leyes y costumbres; que fundó ciudades por doquier y creó escuelas y universidades cuya calidad nada tenía que envidiarle a la del resto del mundo colonial y que legó a todos los habitantes de estas latitudes una legislación tan realista como generosa.”[12]

 

     Lo erróneo sería suponer que nuestra revolución significó una ruptura con el pasado y el triunfo del “jacobinismo”; en tanto que el bando realista habría representado una postura tradicionalista, ultramontana y “reaccionaria”.  En realidad, hubo conservadores y liberales en ambos bandos:

 

     Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz).”[13]

 

     Un representante del conservadorismo realista fue el ilustre Santiago de Liniers. Desencadenados los hechos de Mayo de 1810, no pudo ver que una “nueva fidelidad”, el servicio a la Patria naciente, venía a reemplazar a la vieja fidelidad a un Rey que ya no reinaba. Y se opuso a un Movimiento que consideró revolucionario en la entraña misma de su ser. Encabezó la resistencia contrarrevolucionaria en Córdoba, que fue fácilmente contenida, y los cabecillas capturados y condenados. En estas circunstancias, y ante la presión de su padre político que no entendía su conducta, Liniers escribe: “(…) mi amado padre (...) en cuanto a mi individuo; ¿cómo siendo yo un general, un oficial quien en sus treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al soberano, quisiera Usted que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignominia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey; que por esa infidencia dejase a mis hijos un nombre, hasta el presente intachable con la nota de traidor? ¡Ah mi padre! Yo que conozco también la honradez de sus principios, no puedo creer que Usted piense, ni me aconseje motu proprio, semejante proceder (...)

 

   (...) Por último Señor, el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fue capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad, y del patriotismo, y que si no les deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar (...)”[14]

 

     Por su parte, Juan Manuel de Rosas en su mensaje a la Legislatura del año 1836 nos brinda una interpretación “tradicionalista” de la Revolución que llevó a la instalación de la Primera Junta. La Revolución se hizo, decía, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España.”

 

Notas:

[1] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina. Auge y ocaso de una Nación.

[2] Ídem.

[3] Montejano, Bernardino. La filosofía política de Mayo.

[4] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado I.

[5] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina…

[6] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado III.

[7] Caponnetto, Antonio. El Bicentenario en el aula.

[8] Massot, Vicente. Las ideas de esos hombres. De Moreno a Perón.

[9] Ídem.

[10] Massot, Vicente. Matar y morir. La violencia política en la Argentina  (1806-2011). Agrega el autor las escalofriantes líneas que le escribía el general francés a su gobierno: “Ciudadanos, la Vendée ya no existe: ha perecido bajo nuestra espada, lo mismo que sus mujeres y sus niños (…) De acuerdo con vuestras órdenes, he aplastado a los niños bajo las patas de los caballos y he masacrado a sus mujeres, que por lo menos (…) ya no engendrarán más bandidos. No tengo prisioneros que puedan reprochárseme.”

[11] “(…) nos venden doctrinas falsas por verdaderas, y palabras por conocimientos (…) de ninguna manera tratamos de lo concerniente a nuestros dogmas, ni a las decisiones de la Iglesia, ni a nuestra legislación (…)

(a) la filosofía que se enseña en nuestros estudios es adonde  se dirigen nuestras miras (…)

¿Qué otra cosa es obligarnos a discurrir sobre ridículas cuestiones (…); si los grados metafísicos en el individuo se distinguen real o virtualmente o por razón y otras cosas de este tenor? ¿Cuál es la utilidad que este estudio trae al hombre? ¿De qué le habrá servido un estudio tan ímprobo al hallarse en estado de ser útil a su rey, a su patria, a su religión y a sí mismo?” (Manuel Belgrano, Correo de Comercio, junio de 1810).

 

Si bien puede observarse una crítica a cierto escolasticismo, y un influjo de posturas utilitaristas acordes con la filosofía dieciochesca; sin embargo la concepción de servicio –a Dios, a la Patria y al Rey- que se desprende del último párrafo citado es acorde con la mentalidad tradicional.

[12] Massot, V. La excepcionalidad…

[13] Romero Moreno, Fernando. Bicentenario y Tradicionalismo.

[14] El Padre Cayetano Bruno nos describe sus últimos momentos: “(luego de conocer la sentencia de muerte) Liniers ya no pensó sino en su alma. (…) (un documento anónimo atestigua que) ‘pidió al Sr. Obispo (Orellana) le sacase de su bolsillo el rosario y paseándose lo rezó y continuó preparándose para la confesión, todo  con tal nobleza y entereza que…, en aquel estado de ignominia y con los brazos atados, parecía más glorioso que en sus victorias de la Reconquista…Este Señor y el coronel Allende hicieron su confesión con el Sr. Obispo (…) Liniers rechazó la venda. Luego ‘en voz perceptible (…) imploró el auxilio de María Santísima –bajo el título del Rosario de quien fue siempre muy devoto-, e hincado de rodillas’ dio la señal a los soldados”. (Bruno, C. Creo en la vida eterna)

 

Tomado de la página amiga http://historiatradicion.blogspot.com/

 


sábado, 12 de junio de 2021

EL PRIMER NACIONALISMO ARGENTINO: DIFERENCIAS ENTRE CONSERVADORES Y NACIONALISTAS

 


Por: Javier Ruffino

Uno de los tópicos de la “crítica democrática” es asociar al nacionalismo con la oligarquía conservadora, a Uriburu con Justo. Desde sus inicios el nacionalismo fue crítico del conservadursimo liberal. Se impone, pues, un breve análisis al respecto. Tomaremos en nuestro análisis cinco ejes: el ideario político, social, económico, historiográfico y religioso.  E iremos comparando qué planteaban nacionalistas y conservadores acerca de cada uno de estos temas.

 

a)    EL IDEARIO POLÍTICO

 

    Los conservadores, como herederos de la elite que organizó el país con posterioridad al año 1853, respondían a una concepción liberal del Orden sociopolítico. Desde esta perspectiva, su modelo no era otro que el contenido en la Constitución Nacional. Constitucionalismo, libertades individuales, Parlamentarismo, Partidocracia y sufragio universal eran parte del ideario sostenido y defendido, al menos en el discurso, por los representantes de las diversas agrupaciones conservadoras[1]. Por eso, sus críticas al yrigoyenismo tuvieron como eje la acusación de demagogia, de clientelismo, de haber elevado a la función pública a los peores; y tomaba la defensa del Parlamento avasallado, de la democracia subvertida, y del sufragio libre violentado[2].

 

     El Nacionalismo, por su parte, “forma parte de...los movimientos nacionales del siglo XX con sustento ideológico religioso...Estos movimientos adherían a los grandes principios políticos construidos por el cristianismo...desde el poder que viene de Dios hasta la doctrina del bien común”[3]. Ya hemos analizado cómo tempranamente podemos encontrar estos principios en La Nueva República. Artículos de César Pico o de Tomás Casares, proponen claramente esta definición filosófica. Por su parte, Ernesto Palacio, los hermanos Irazusta y Juan Carulla planteaban una concepción política que abrevaba en los grandes principios de la tradición clásica, manifestando un rechazo profundo hacia el liberalismo[4]. La crítica al yrigoyenismo se nutre pues de fuentes doctrinales distintas y opuestas a las de los sectores conservadores. Por otra parte, el Nacionalismo propuso un modelo corporativista como alternativa al parlamentarismo fundado en la partidocracia. Entrados los años 30, Enrique Osés fue exponente definido de esta postura: “Los partidos políticos concluyen todos en el desorden”, “El parlamento tiene un pecado de origen, en todos los países: este pecado de origen es el ser una representación política del país, nunca una representación integral, de sus clases, de sus fuerzas”, “Por eso, el nacionalismo ofrece...lo que se llama régimen corporativo, lo que es, en una palabra, la representación de los intereses de cada clase”[5]. La crítica del parlamentarismo se sustenta en una dura denuncia contra el sufragio universal: “Claro que no vamos a achacarle al Parlamento un vicio insanable, porque el Parlamento es sólo un efecto. La causa que lo produce es el sufragio democrático. El ejercicio de la democracia por los pueblos, es naturalmente, una engañifa, pero sobre eso, una inmoralidad”[6].

 

     Como ya queda indicado en el párrafo anterior, frente a la partidocracia liberal el Nacionalismo propone un régimen corporativo, porque “allí donde se debaten los problemas de la economía, de las finanzas, de las relaciones entre  el productor y el consumidor, del obrero, del empleado, del comerciante, del industrial, del campesino, nada tiene que hacer el político, esto es, el hombre que...surge de un comité”[7].

 

b)    LA CONCEPCIÓN SOCIAL

 

     Los conservadores han manifestado en muchas ocasiones una postura marcadamente clasista. El hecho de que muchos de sus dirigentes procediesen de las principales familias patricias les otorgaba un sentimiento de clase que bien direccionado hubiese podido contribuir a profundizar el amor hacia la Patria -construida por sus antepasados-, y a trabajar por el Bien Común. Pero el influjo nefasto del liberalismo en su formación intelectual les insufló un orgullo que muchas veces se convirtió en desprecio hacia otros sectores sociales; ya sea hacia las viejas clases bajas criollas –que, muchas veces, estaban más identificadas con la Tradición que esta aristocracia liberal-, ya sea hacia los nuevos grupos inmigrantes que, en muchos casos, llegaban a estas playas con una fuerte carga ideológica izquierdista, lo que los hacía ciertamente despreciables. La pregunta sería si las elites conservadoras los despreciaban por la ideología que traían o por un simple espíritu clasista. Lo cierto es que el Patriciado argentino había devenido, en parte, en una oligarquía. Esta oligarquía mereció el rechazo de muchos de los dirigentes e intelectuales nacionalistas de los años 30[8].

 

     Contrariamente a esta concepción, el Nacionalismo cultivó el culto a un estilo genuinamente aristocrático al mismo tiempo que integró es sus filas –sobre todo a partir de los años 30-, a un gran número de hijos de la inmigración[9]. Alberto Ezcurra Medrano, uno de los “padres fundadores” del nacionalismo argentino –y del revisionismo histórico-, representante del patriciado argentino, pero que supo mirar las cosas por encima  de un simple espíritu de clase, afirmaba: “Tampoco pude ser conservador  porque he visto siempre en el conservadorismo...demasiado espíritu de clase...Y yo, aunque personal y familiarmente aristócrata, como ciudadano argentino antepuse siempre los intereses del país a los míos propios”[10].

 

c)     LA CONCEPCIÓN ECONÓMICA

 

     A partir de los tiempos posteriores a Caseros se fue imponiendo el modelo económico preconizado por los “padres fundadores” del liberalismo argentino: Sarmiento y Alberdi. El país debía crecer “hacia afuera”, la apertura al capital extranjero iba a proporcionar el crecimiento económico que éste necesitaba. Capitales, inmigrantes, tecnología, créditos; todo debía provenir del desarrollado norte de Europa. Y la Argentina se integraría al mercado internacional como abastecedora de materias primas.

 

     El modelo liberal fue la herencia que los conservadores recibieron de aquella “generación fundadora”. Si bien es cierto que en la década del 30 la crisis mundial llevó al gobierno de Justo a aplicar políticas económicas “heterodoxas”, lo cierto es que ante la crisis, el “salvavidas” se buscó desesperadamente en una reformulación de nuestro vínculo comercial con el Reino Unido. Justamente el Tratado Roca-Runciman es el que motivó la indagación de nuestro pasado económico por parte de los hermanos Irazusta[11], con la acusación consiguiente a la “oligarquía” liberal argentina.

 

     Con la obra de los hermanos Irazusta comienza el cuestionamiento por parte del Nacionalismo al liberalismo económico argentino. Términos como “cipayos”, “vendepatria”, “oligarquía”, comenzarán a hacerse frecuentes en la jerga política argentina[12].

 

     Los escritos nacionalistas de la década del 30, referidos a los aspectos económicos plantean una clara definición a favor del proteccionismo, del desarrollo del mercado interno, y de una política social obrerista que inserte a este sector en el consumo y en la dignidad[13].

 

d)     LA HISTORIOGRAFÍA

 

     Los conservadores fueron fieles a la historiografía liberal mitrista. La Argentina hispana, criolla, tradicional, de los caudillos federales, representaba para ellos la barbarie, frente a la civilización implantada por la generación liberal posterior a 1853. En el centro de esta concepción, la figura de Rosas encarna el compendio de toda la maldad, y su régimen es catalogado como la época de la “tiranía”[14]. Dentro de este esquema historiográfico los caudillos del siglo XX: Yrigoyen, primero, y Perón después, fueron asimilados al rosismo.

 

     EL nacionalismo, por su parte, redescubre a Rosas, iniciándose el movimiento revisionista[15]. La revisión de la Historia argentina que se va a desarrollar en la década del 30 no se va a limitar a una reivindicación de Rosas[16], sino que en su indagación irá redescubriendo a la auténtica  tradición nacional hispano-católica-, a los caudillos federales como representantes de aquella tradición frente al Iluminismo unitario, al “otro” mayo –católico, monárquico, militar y patricio-[17], que nada tiene que ver con el mayo liberal de la historia oficial.

 

e)     LA RELIGIÓN

 

     Nos enseña el profesor Jordán Bruno Genta que “Caseros (…)  (representa) el triunfo de la masonería y del liberalismo en la política argentina (…) Después de la constitución nacional de 1853, después de la falsificación de la historia argentina iniciada por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, vino el tercer episodio de la traición liberal y masónica, y fue entonces, en el ’80, cuando se consumó la destitución a Cristo de la familia y de la escuela, y se implantó el laicismo escolar y el matrimonio civil”[18]. La Argentina liberal que se fue conformando con posterioridad a 1853, permitió ganar espacios de poder a los grupos masónicos, muchos de los cuales hicieron causa común con los sectores de la Izquierda, con quienes compartían su origen en las ideas ilustradas del siglo XVIII. En efecto, desde 1853 la Constitución inspirada en las Bases de Alberdi, primer paso para el triunfo del Liberalismo en nuestro país[19], estableció el indiferentismo religioso y la “libertad de cultos”. En 1882 el Liberalismo dio un segundo paso muy importante, imponiendo el Laicismo escolar, por medio del cual se vehiculizó en la educación la visión del mundo de la Masonería. De este modo se fue gestando en nuestro país una pseudotradición laicista que comenzó a ser cuestionada a partir de 1930.

 

     En la década del 30, al calor y la luz del Congreso Eucarístico Internacional, de los Cursos de Cultura Católica –que ya habían comenzado a desarrollarse en el decenio anterior-, del ejemplo de los mártires de la Cruzada Española, del desarrollo del Revisionismo histórico –qué profundizará en la esencia católica de la Patria, tanto en su pasado hispano, como durante la Gesta independentista y las luchas civiles-, se comienza a cuestionar duramente el laicismo de la generación positivista y liberal, y a proclamar la catolicidad de la Nación argentina y la consiguiente necesidad de la confesionalidad del Estado[20].

 

 

 

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[1] “El Partido Demócrata Nacional no puede estar sino al servicio de una limpia reconstrucción democrática (...) El ejército es el custodio armado de la Constitución.” (Solano Lima, V. La fuerza conservadora). Con respecto a este último punto, es contundente el contraste entre la afirmación del conservador Solano Lima y la enseñanza del nacionalista Jordán Bruno Genta: “Es justo y bello morir por la Patria; y por todo lo que es esencial y permanente en ella: unidad de ser, integridad moral y natural, la soberanía nacional, la Iglesia de Cristo. No es justo ni bello morir por cosas accidentales (se refería a la Constitución), transitorias o contrarias al ser de la Patria.” (Guerra Contrarrevolucionaria). El mismo Genta fue fiel a este ideal, que marcó toda su vida, hasta derramar “bellamente” su sangre por Dios y por la Patria.

 

[2] Aunque en muchas ocasiones para conservar el poder se contradijeran así mismos y recurrieran al fraude, el discurso conservador no contradecía el modelo liberal.

 

[3] D’Angelo Rodríguez, Aníbal. Cristian Buchrucker o el nacionalismo imaginario. Instituto Bibliográfico Antonio Zinny. Buenos Aires. 2010, p. 86.

 

[4] Algunos ejemplos: César Pico, “Inteligencia y revolución”, La Nueva República 1-I-28; Casares, Tomás, “Política y moral”, Ibídem 15-I-28; Irazusta, Julio, “La forma mixta de gobierno”, Ibídem 31-I-28; Palacio, Ernesto, “Nacionalismo y democracia”, Ibídem, 5-V-28.

 

[5] Capizzano, Hernán. Enrique Osés. Discursos y textos. Memoria y Archivo. Buenos Aires. 2014, pp. 40, 46, 42.

 

[6] Ibídem, 46.

 

[7] Ibídem, 42. Los grupos conservadores por el contrario sólo buscaban el “derrocamiento de las autoridades (el radicalismo yrigoyenista) y sustituirlas por ellos mismos (...) sin más programa que buscar el derrocamiento de las autoridades y sustituirlas por ellos mismos (...) Sólo querían mantener el régimen representativo de las facciones políticas.” (Ibarguren, C. La Historia que he vivido)

 

[8] El historiador revisionista Vicente Sierra en su obra sobre la Historia de las Ideas políticas en Argentina, nos hace un análisis histórico sobre la “anatomía” cultural de esta oligarquía. Durante la década del 30  será cada vez más frecuente el uso del término “oligarca” u “oligarquía” con una carga notablemente peyorativa.

 

[9] Jordán Bruno Genta, hijo de inmigrantes, enseñaba el verdadero sentido de la hidalguía y de la  nobleza, como la entendía el nacionalismo: “En nuestra lengua castellana hay una palabra que significa, como ninguna, la condición humana. Es la palabra hidalgo...Hidalgo quiere decir hijo de algo, de alguien, de bien; y el hombre es en su origen, raíz y dignidad, hijo de alguien y con una triple filiación: divina, histórica y carnal. Hijo del Padre que está en los cielos...; hijo de sus padres y de la Patria

 

   Quiere decir que el hombre no es principio primero ni comienzo absoluto, sino que viene de otro u otros...

 

   Asumir conciencia de nuestro divino origen...; saberse heredero, continuador y responsable de una gran empresa nacional y del honor familiar, es proclamar la nobleza de origen”. Pero aclaraba, siguiendo a Alfonso el Sabio, “que se debe llamar verdaderamente noble, no al que nace en nobleza, sino al que muere en ella.” (Guerra Contrarrevolucionaria)

 

[10] Nacionalismo y Tradicionalismo en Alberto Ezcurra Medrano, en carlismoar.blogspot.com.ar

 

[11] La Argentina y el Imperialismo británico.

 

[12] Si bien la obra de los hermanos Irazusta es la primera definición de importancia del Nacionalismo contra nuestros vínculos “coloniales” con el Imperio Británico, ya encontramos textos de la Liga Republicana con claras condenas a nuestra dependencia del capitalismo internacional: “En números posteriores a la revolución del 6 de setiembre de 1930, Rodolfo Irazusta irá señalando cada vez mejor que ‘la finanza internacional era dueña del país’.” (Ibarguren, F. Orígenes del Nacionalismo argentino, 60)

 

[13] “...el patrimonio argentino debe ser nuestro para que el porvenir argentina sea nuestro...Nuestro debe ser el patrimonio vial de la República...el transporte fluvial..., y el transporte aéreo...las fuentes de energía eléctrica,...las comunicaciones telefónicas...Nuestro patrimonio nacional debe ser nuestro.

 

   Y no lo es, porque no tenemos otro mercado para nuestras carnes que los establecidos en tratados por Inglaterra...” (Capizzano, H. Enrique Osés...,84-86)

 

[14] El “conservador” Solano Lima comulga absolutamente con la concepción liberal del pasado nacional: “Sobre esos cimientos de altanería gauchesca, de odio bárbaro y de intransigencia a muerte, no podía fundarse ninguna institución estable, ni consumarse ningún experimento social, ni inculcarse doctrina alguna.

 

   La anarquía produjo sus frutos: la ‘política de fuerza’, con la cual Rosas instauró su tiranía iracunda.”

 

   O sea, la barbarie de los caudillos condujo a la tiranía de Rosas, ambas totalmente incompatibles con la “civilizada” Constitución de 1853. Es el ideal del constitucionalismo liberal lo que en definitiva defendió el conservadurismo argentino, salvo honrosas excepciones.

 

[15] Antonio Caponnetto se refiere al “revisionismo que gestó limpiamente aquel haz de patriotas esclarecidos, cuando nacía la tercera década del siglo que acaba (el XX)”. Unas líneas antes había indicado que estudiar al revisionismo “comporta un afán de recuperar el rostro más veraz y más límpido del transcurrir nacional...comporta asimismo la revalorización de un quehacer historiográfico, por el cual, la patria indagada en sus raíces es una unidad de destino en lo Universal, el tiempo una resonancia de la eternidad...Un quehacer historiográfico por el que cuentan los arquetipos antes que las estructuras, la plenitud de las conciencias rectoras del bien común antes que el inconsciente colectivo, las epopeyas nacionales por encima de las luchas de clases, la prioridad del espíritu sobre la materia.” (Los críticos del revisionismo histórico. T. I, 15-16).

 

[16] Aunque el tema de Rosas es central en el revisionismo, ya que es la encarnación del ideal que une en su persona la tradición hispano-católica con la defensa de la Independencia nacional. Afirma Antonio Caponnetto: “mientras no se entienda qué defendemos cuando defendemos a Juan Manuel de Rosas, toda visión del rosismo seguirá siendo defectuosa” (Los críticos del revisionismo histórico. T. II, 28).

 

[17] “La revolución de Mayo fue exclusivamente militar y realizada por señores.

 

      Nada tiene que ver con la Revolución Francesa.

 

     El populacho no intervino en sus preparativos.” (Hugo Wast, Año X).

 

[18] La masonería en la historia argentina. Nuevas comprobaciones.

 

[19] “Urquiza cumplió bien con sus mandantes. La Constitución era el instrumento legal de la servidumbre colonial (...) El liberalismo religioso y la abierta heterodoxia del texto constitucional acentuaron las divisiones de los congresales, algunos de los cuales, no sólo se opusieron vivamente sino que se retiraron del Congreso (como los Padres Pérez y Centeno). Fue necesario un golpe de fuerza parlamentario -el 23 de febrero de 1853- para aprobar fraudulentamente los artículos que trataban las cuestiones religiosas.” Caponnetto, A. Del ‘Proceso’ a De La Rúa. Una mirada nacionalista a 25 años de historia argentina. 1975.1986, 94-95.

 

[20] “...hay razones más que suficientes para demostrar la necesidad absoluta de que un estado nacionalista sea católico. Pero hay además una razón poderosa para que lo sea un estado nacionalista nuestro, argentino. Y esa razón es la Tradición.” (Ezcurra Medrano, A. Catolicismo y Nacionalismo, 53). Los enemigos de la Patria Católica han mirado con particular saña este período; un caso típico es el del señor Verbitzky, en obras como Cristo Vence. De Roca a Perón, entre otras que le dedicó al tema; o Loris Zanatta, Perón y el mito de la nación católica: Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo (1943-1946).

 

     Antonio Caponnetto es contundente sobre este tema: “la opción política del nacionalismo católico, sólo quedará retratada leal y completamente cuando se mencione como norte y meta de su anhelo la reyecía de Nuestro Señor Jesucristo.” (Del ‘Proceso’ a De La Rúa. Una mirada nacionalista a 25 años de historia argentina. 1975.1986, 13)

 

Tomado del Blog amigo: Historia y Tradicion.

https://historiatradicion.blogspot.com/2020/07/el-primer-nacionalismo-segunda-parte.html?fbclid=IwAR1Ysl9jO0kMgkMza61SDpJJIr4vYKYKdTL2d47BPnc3i6_-QvE_k-ogI6I


miércoles, 25 de noviembre de 2020

LOS BORBONES Y LA MODERNIDAD

 Por Javier Ruffino


EL SIGLO XVIII

En el siglo XVIII grandes transformaciones se producen en el mundo hispánico. La rama española de la antigua familia de los Austrias se extingue, siendo reemplazada por los Borbones, familia de origen francés. Éstos traen nuevas inquietudes a la Península, y se rodean de intelectuales acordes con dichas inquietudes. A partir del 1700 la Modernidad comienza a “infiltrarse” en el mundo hispánico, generándose en el seno de la sociedad una división que se hará cada vez mayor entre aquellos que se mantendrán fieles a los valores tradicionales y patrios –en los siglos XVIII y XIX, la mayor parte de la población-, y quienes pretenderán una “modernización” y “europeización” de España. Estos últimos se preocuparán sobre todo por los problemas de tipo económico que presentaba la España de ese entonces, procurando generar reformas –políticas, sociales, educativas-, que permitan un desarrollo de la agricultura, el comercio y la navegación: “Al imperialismo religioso de los Austrias sucedió entonces una monarquía preocupada fundamentalmente por desarrollar su marina, su comercio y sus industrias” (Zorraquín Becú, Ricardo. La organización política argentina durante el período hispánico, 227). Esto irá acompañado por una pérdida del fervor religioso en América. En realidad lo que estaba en juego no era una simple preocupación por los problemas fiscales del Estado Español y por la falta de desarrollo económico, sino una actitud metafísica ante la realidad.

La nueva familia real se propuso centralizar su poder, eliminando viejos “privilegios” y “fueros” que las ciudades, algunos reinos de la Corona (como el de Aragón), la nobleza y las Órdenes religiosas tenían. La nueva concepción política convertía al Gobierno en instancia suprema. Más allá de la búsqueda de la Justicia o del Bien Común se consideraba que por el mero hecho de existir, y de imponer Orden, un gobierno debía ser aceptado. Por otra parte, este deber de los súbditos hacia la Corona pasaba a ser considerado como casi religioso. Se hablaba, en los documentos de la época, de la “dominación suave y dulce” que ejercían los monarcas. Además, los intelectuales del momento pensaban que el fin de los Gobiernos era promover el desarrollo material, agilizar el comercio, promover la navegación, crear puentes, caminos, incentivar las ciencias, etc. Para desarrollar la economía era necesario favorecer a los sectores de la sociedad ligados al comercio y las finanzas (burguesía). La misión humanística y justiciera del Poder era dejada de lado. El gran objetivo de los nuevos monarcas, y de sus ministros, fue integrar a España en el capitalismo en el que ya estaban insertas otras naciones de Europa.

Esta política, que abandonaba los fines religiosos del Estado, y lo convertía en instancia suprema, aún sobre la misma Iglesia, fue acompañada por sectores religiosos fuertemente influenciados por una corriente que existía dentro del catolicismo, y que tenía grandes influjos del Protestantismo, que se denominaba Jansenismo. Éste se caracterizó por imponer una moral muy estricta por un lado, acusando a los jesuitas de “laxos” –por defender una doctrina teológica denominada probabilismo, que  aceptaba la doctrina tradicional de resistencia a los gobiernos tiránicos-; y por apoyar a Gobiernos que inspirados en posturas ilustradas y regalistas fueron secularizando la vida social, apartando de los intereses políticos las preocupaciones religiosas, orientando a sus pueblos hacia intereses puramente materiales.  Detrás de estas políticas se encontraban ministros que pertenecían a sectas francmasónicas.

Cerramos con dos citas que ilustran los cambios producidos:

España es una encina medio sofocada por la hiedra. La hiedra es tan frondosa, y se ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España está en la trepadora, y no en el árbol (…) la revolución en España, allá en los comienzos del siglo XVIII, ha de buscarse únicamente en nuestra admiración del extranjero. No brotó de nuestro ser, sino de nuestro no ser”. (RAMIRO DE MAEZTU. Defensa de la Hispanidad)

Entonces, desde el comienzo del siglo XVIII, la unidad espiritual de los españoles, que en los dos anteriores siglos se manifestaba al exterior firme, perfecta, con débiles escisiones tan sólo en puntos accidentales, deja ahora ver sus quiebras profundas, poniendo en pugna dos ideologías frecuentemente exaltadas al extremo. Los puntos de divergencia son muy variados según los tiempos, pero en el fondo se lucha siempre por motivos religiosos”. (RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL. Los españoles en la historia)



Tomado de: https://historiatradicion.blogspot.com/2020/11/los-borbones-y-la-modernidad.html


viernes, 14 de febrero de 2020

MANUEL FRESCO, DEL CONSERVADORISMO AL NACIONALISMO

Manuel Fresco fue un político que si bien comenzó militando en las filas de un partido del Régimen –el Conservador-, pronto empezó a intuir -desde posiciones que todavía quedaban de arraigo en algún sector de ese partido- el declive social al que conducía el liberalismo –ideología sobre la que se fundamentaba el Régimen-. Poco a poco fue viendo las verdades que el Nacionalismo proclamaba, y se fue acercando al mismo. La ruptura definitiva con el Régimen, al finalizar su mandato de gobernador, lo lanzó a una posición claramente nacionalista, que –reiteramos- ya estaba en germen en su acción de gobierno, pero que termina de decantar y madurar intelectualmente a partir de dicho rompimiento. Esto es lo que queda evidenciado en una serie de reflexiones que aparecen en discursos de la época, y que fueron compiladas bajo el título de Ideario Nacionalista.

Comencemos sintetizando brevemente la vida política de nuestro personaje.  Manuel Antonio Justo Pastor Fresco nació en el pueblo de Navarro el 3 de junio de 1888. Al igual que su padre fue médico. Se casó con Raquel Monasterio, hija de una familia tradicional de la provincia de Buenos Aires que le ha dado nombre a una localidad ubicada a 14 km. de Chascomús. Vivió en Avellaneda, pero más tarde se trasladó a Haedo donde se radicó definitivamente, siendo médico del Ferrocarril Oeste. En 1917 se integró al Partido Conservador. Entre 1919 y 1922 se desempeña como legislador provincial, siendo dos veces presidente de su bloque legislativo. Fue un tenaz opositor del yrigoyenismo, por lo que éste tenía de plebeyo y demagógico. En agosto de 1930, cuando ya se hacía insostenible el segundo mandato del “peludo”, firmó el Manifiesto de los 44 denunciando el rumbo que había tomado el gobierno de un viejo y decadente Yrigoyen. En setiembre el “peludo” fue derrocado. Tras el fracaso de un primer intento de reforma en el sentido de lo que fue el nacionalismo inicial, Uriburu debió llamar a elecciones y entregar el poder a Justo. Previamente se habían constituido las Cámaras legislativas, en las que don Manuel Fresco ingresó como Diputado Nacional. Fue presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales, presidente del bloque de su partido y finalmente presidente de la Cámara de Diputados. Desde su cargo de diputados participó activamente de un debate con el socialista Nicolás Repetto sobre la prohibición que el Poder Ejecutivo había decretado contra el uso de la bandera roja. Ya asoman en esos debates las primeras líneas de un nacionalismo que con el tiempo se iría afirmando. Argumentó en la ocasión:

                Disiento fundamentalmente con la creencia de que éste sea un país internacional, y pertenezco a un sector de la opinión pública que piensa en forma diametralmente opuesta y a un partido esencialmente nacionalista, y por esas razones le presto mi apoyo al mantenimiento del decreto dictado por el gobierno de la Nación.”

                Su mayor obra, en lo que se refiere a la política, la realizó a partir de 1936 cuando asume el cargo de Gobernador de la Provincia de Buenos Aires para el que fuera elegido. Un detalle a tener en cuenta antes de referirnos brevemente a su labor como jefe del Ejecutivo provincial: un año antes había viajado a Europa, logrando ser recibido por Benito Mussolini, hacia quien sentía una profunda admiración debido a la inmensa obra regenerativa que el Duce venía desarrollando en Italia. Otro detalle que nos indica cuál fue la orientación que guió su acción de gobierno es el lema que acuñó: “Dios, Patria y Hogar”. Este ideal se vio reflejado en la política educativa llevada adelante por el gobernador, quien incorporó el estudio de la religión católica en las escuelas primarias. Ya, un año antes, en la reforma constitucional de 1934 se había incorporado, por inspiración de Fresco, al artículo 190 el inciso segundo que establecía: “La educación común tendrá entre sus fines principales el de formar el carácter de los niños en el culto de las instituciones  patrias y en los principios de la moral cristiana, respetando la libertad de conciencia.”

                Otro aspecto de su gobierno fue la enorme cantidad de obras públicas -rutas, hospitales, escuelas, puentes, cañerías de agua corriente, viviendas obreras-, junto con una preocupación concreta por elevar el nivel de vida de las clases humildes a través de una acción de gobierno verdaderamente promotora de la justicia social. En un discurso pronunciado siendo gobernador, afirmó:

                Estoy dispuesto a ayudar en toda forma a las industrias y a garantizar la libertad de trabajo, para evitar perturbaciones inspiradas en móviles políticos o de agitación social –por eso he prohibido las actividades del comunismo- pero tampoco voy a consentir abusos patronales ni disminución ilegal de los salarios que corresponden a los trabajadores. (…)   La verdad es que el actual gobierno estima como el que más, el valor social de la clase humilde, que es la más numerosa y la más digna de ser considerada. Dejaré de lado esa prédica tendenciosa, basada en teorías falaces y en palabras huecas, y trataré de desvirtuarla con hechos y obras de bien público. Queremos mejorar las condiciones de vida de ustedes y las de todos los trabajadores de la provincia. Bajo mi gobierno, los grupos obreros, por intermedio de sus sindicatos, encontrarán toda clase de garantías para actuar, desenvolverse y elevar el ‘standard’ de vida de las clases laboriosas.”

                Por otra parte, fue uno de los que, desde dentro del mismo conservadorismo, cuestionó explícitamente la ley Saénz Peña, proponiendo el voto cantado, cosa que él llevó personalmente a la práctica. Sus enemigos políticos han cargado sobre él todas las culpas del fraude electoral practicado por aquellos años. Este tema lo condujo a un enfrentamiento con el presidente Ortiz -radical antipersonalista y fiel representante de la línea liberal, dentro de la coalición gobernante-, quien le intervino la provincia. Fresco presentó en términos muy duros su renuncia y rompió con su partido. Su evolución final hacia el nacionalismo ya era un hecho.

Ideario Nacionalista

     En el año 1943 se editó un libro recopilando párrafos de los discursos pronunciados por el doctor Manuel Fresco entre 1940 y 1943 como jefe de la agrupación fundada por él, Unión Nacional Argentina, una vez que rompiera con el Partido Conservador. Nosotros contamos con una reedición de 1966, la cual tiene el plus de estar prologada por Jordán Bruno Genta, uno de los maestros indiscutibles del Nacionalismo Argentino. Pasemos a analizar algunas de las ideas que en dicho Ideario aparecen.

     En primer lugar, una clara definición contra el laicismo. En efecto, veinticinco páginas de la obra están dedicadas al tema de la educación como fundamento de la formación de un ciudadano auténticamente argentino, inspirado en los principios del dogma y la moral católicos. Manifiesta allí, una clara condena del régimen educativo impuesto por los hombres de 1880:

     Esta concepción (materialista) de la vida y deberes del hombre, conforma la escuela laica de Gambetta, de la Francia de fines del pasado siglo, y ejerce nefasta y decisiva influencia sobre los parlamentarios que nos impusieron un régimen educacional sin Dios ni nacionalidad, sin caridad ni honor, sin justicia social ni ambiciones de gloria. Como consecuencia inmediata aparece en nuestra tierra, hasta entonces fiel a la noble tradición de la cruz y de la espada, ese espécimen burgués –del liberalismo, la masonería y las doctrinas exóticas- que forman en nuestra Patria el ambiente de sensualidad y la codicia de las clases rectoras y genera el odio y la protesta amenazante de los desposeídos sin esperanza.”

     En este párrafo ya hay toda una definición de principios de lo que debe ser una educación fiel al ideal de la Argentina tradicional. Sus críticas al nefasto liberalismo no se quedan aquí. También es severo contra el modelo de Estado creado a partir de dicha ideología:

     En el régimen liberal que soportamos, el Estado es un  instrumento del capitalismo que lo despoja del gobierno de la economía, dejándole como función exclusiva, el mantenimiento del orden.”
     “El Estado liberal, burgués y capitalista, ha engendrado la aristocracia del dinero, fundando la selección en un concepto materialista, sensual y anticristiano…”
     “El Estado actual es una tiranía plutocrática…”

     El mito de la Soberanía Popular, pilar fundamental del Estado liberal, es asimismo duramente cuestionado por don Manuel Fresco. También, su consecuencia inmediata: el sufragio universal:

     El mito que inflamó los ánimos e impulsó las transformaciones institucionales del pasado siglo, es el de la soberanía popular.”
     “En el famoso ‘Contrato Social’, de Juan Jacobo Rousseau, se explica la existencia de la autoridad como consecuencia de la Voluntad General, síntesis de las voluntades individuales, obtenidas mediante la suma de sufragios.”
     “…la ley Sáenz Peña…ha dado al país las horas más desgraciadas de su historia. Por ella irrumpieron en éste, todos los males del sistema que consagra el mito de la Soberanía Popular e instaura el predominio demagógico…”

     Los Partidos Políticos, órganos de “representación” surgidos por obra del mito de la soberanía popular, también son severamente apostrofados:

     Los partidos políticos no representan nada en la vida nacional. Son organismos artificiales, que se interponen entre el ciudadano y el Estado. Son, esencialmente, agrupaciones que buscan intereses de parte, siempre opuestos a los intereses totales de la Nación…”
     “Constituyen dentro del régimen demo-liberal plutocrático que nos rige, el único medio de llegar al poder…”
     “Un hombre de bien, lleno de condiciones morales, intelectuales y patrióticas, si no se aviene a la vida de comité, no podrá ser jamás una figura política. Por eso el gobierno no suele estar en las manos más aptas y más honestas, sino que cae generalmente en las más habituadas a manejar los hilos inferiores de la intriga partidaria, condición ésta, que no figura en los clásicos, que sólo reclamaban al hombre público: virtud, idoneidad, prudencia, valor, patriotismo…”

     Otro dogma liberal es el de la “Libertad” sin un orden moral que la contenga y sin una proyección social del individuo “libre”. Esto también lo vio claro Fresco. Afirmó en forma contundente que dicha libertad “desintegra al hombre de la unidad sustancial, la familia; de la unidad social, llámese corporación, federación o gremio; y, finalmente, de la unidad política que es el Estado, la Nación . Antes había dicho: “El régimen liberal endiosa al individuo…el ciudadano…tiene todos los derechos; por él y para él se promulga en Francia, el 17 de junio de 1791, la ley Le Chapelier, que suprime las corporaciones y prohíbe su restablecimiento sosteniendo que atentan contra la sagrada libertad individual…; por él y para él se crea también la libertad de cultos, la libertad de pensamiento, la libertad de aprender y enseñar, la libertad de tránsito, la libertad de acumular riquezas sin límites…  En esta última afirmación, la crítica va contra el liberalismo económico, al que le dedica unos cuantos párrafos: “La burguesía capitalista defiende en forma ferviente la supuesta libertad individual porque concuerda con sus conveniencias…¿De qué le sirve al empleado o al peón, la supuesta libertad individual, cuando reclama por jornales injustos o condiciones de trabajo ante una gran empresa, que permanece inconmovible en su propósito de lucro?  En definitiva, todo el conjunto de “libertades”, como las entiende el liberalismo, es cuestionado por Fresco: “…la libertad de cultos…nos ha conducido al enorme vacío moral del ateísmo”; “la libertad de acumular riquezas…ha sido establecida para legalizar el incremento ilimitado de las grandes fortunas…”

     El liberalismo es el gran culpable, además, de esa gran amenaza que se cernía sobre el mundo por aquellos años 30: el comunismo. Decia al respecto Fresco:  Los dos (liberalismo y comunismo) son egoístas, utilitarios y ateos; una misma miseria espiritual los informa, ya que solo se ocupan de los bienes materiales, con olvido absoluto de los elementos morales que dignifican la vida y dan categoría a las actividades políticas. Pero es preciso reconocer que ante la injusticia del liberalismo burgués y capitalista, dos cosas son válidas en la doctrina comunista: su reclamo de justicia social y su crítica a los vicios e inequidades del régimen individualista y plutocrático… (pero) su concepción materialista, positivista, pragmática, antinacional y económica del hombre, de la sociedad y de la historia,…es…la misma, absolutamente, que fundamenta la filosofía burguesa” .

     En definitiva, todos los males del liberalismo se pueden resumir simplemente en eso que los nacionalistas, y Fresco hace suyo el término, denominaron el “Régimen”. Contra el mismo no ahorra adjetivos calificativos:
     El régimen plutocrático es: burgués capitalista, ateo; liberal, materialista, sensual y positivista; escéptico; utilitario y económico; antiheroico, antimilitarista y antihistórico.”

     Al señalar el sentido antihistórico del Régimen tiene clara la tergiversación que hizo el liberalismo de nuestro pasado, y rescata la obra del Restaurador:

     El movimiento que acaudillo tiene ideas claras acerca de estos temas de palpitante actualidad, porque la historia nos hace recordar que a mediados del siglo pasado, la Confederación Argentina soportó el bloqueo del estuario del Plata, impuesto por dos potencias europeas y una corte imperial americana, manteniéndose incólume la integridad nacional frente a tan poderosos enemigos, merced a la energía de quien pareciera ceñir, ya, la espada que como homenaje le legara al morir el Libertador San Martín.” 

     Para terminar con el cáncer del Régimen propone una Revolución, que no identifica necesariamente con un golpe de Estado, y que incluso se puede imponer por los cauces legales:

     “…al levantar la bandera de esta revolución…declaramos que así como el golpe de Estado puede producirse sin que lo siga la revolución, con el único efecto de cambiar los detentores del poder, así también, la revolución de los sistemas pueda instaurarse por los cauces legales sin que la proceda el motín o la sedición.”

     En definitiva, la revolución nacionalista que Fresco propone es una revolución restauradora:  La mística que inspira al Nacionalismo se fundamenta en verdades eternas, como la fe, los principios de la tradición, de la justicia, del honor, de la jerarquía, de la familia y de la Patria; supera la lucha de clases, asignando a cada uno su función en el Estado; otorga derechos concretos en sustitución de los derechos abstractos…     …restablece el sentido heroico de la vida…
     El Nacionalismo supera la división de clases económicas antagónicas, logra la unidad del pueblo en la Nación y le da una estructura orgánica, jerárquica, funcional y auténticamente representativa.
     El Nacionalismo distribuye justicieramente la riqueza, puesto que limita la fortuna privada para que el exceso se reparta en beneficios sociales…
     Es preciso salvar las instituciones tradicionales de la República, vigilando celosamente la integridad nacional contra todo agente exterior que pretenda su menoscabo y realizando el orden interno, un esfuerzo supremo para afirmar la total restauración de la independencia argentina. Salvar la organización social y las virtudes de antigua estirpe hispánica, informándolas con el espíritu de la nueva justicia…
     Aspiramos a devolver a nuestro pueblo el sentido de tradición histórica legada por la España imperial…
     Nos proponemos fortalecer la unión de los países de Ibero-América, hijos de la civilización católica e hispánica, con comunidad de idioma, sentimiento y tradición.”

Conclusiones

     A partir de lo desarrollado podemos concluir que Fresco ya en su acción de gobierno aplicó medidas que iban en la línea de los principios sostenidos por el nacionalismo –educación religiosa y patriótica, promoción de la industria, importantes políticas sociales, impulso de obras públicas, límites a la acción disolventes de los grupos izquierdistas-. Al romper con el partido de donde procedía –el Conservador-, afirmó en forma más contundente su ideario nacionalista, como puede comprobare al cotejar las ideas expuestas en la obra que analizamos.

                                                                                   Lic. Javier Ruffino


jueves, 16 de agosto de 2018

LA ARGENTINIDAD ORIGINAL

San Julian, sitio de la primera misa en territorio argentino
Nosotros amamos la eterna e inconmovible metafísica de España
(José Antonio Primo de Rivera)

     Lo que afirma José Antonio sobre España lo podemos aplicar a nuestra Argentina. Nosotros no amamos a esto que hoy es Argentina, y que nos duele y desagrada; sino a la Argentina que está en el Origen, la que es guardada y custodiada por “ángeles con espadas”. Y si hablamos de Metafísica y de Origen debemos elevar nuestra inteligencia al Misterio Trinitario. Es Dios quien desde su Eternidad piensa a las Patrias, las familias y las personas que nos desenvolvemos en el tiempo.

     Dios es familia, es Misterio de Amor, es Trinidad. Y dirigió toda la historia hacia el momento culminante de la Encarnación de la Segunda Persona Divina en el seno purísimo de la Santísima Virgen, como nos lo atestigua una lectura detenida, profunda y conforme a la Tradición comunicada por los Padres de la Iglesia, del Antiguo Testamento; como así también un estudio del devenir de las grandes civilizaciones de la Antigüedad, en particular Grecia y Roma.

     “Cuando Dios se hace hombre, no interfiere en este proceso del tiempo sino que lo asume. Una encarnación que no hubiera sido una encarnación en nuestro tiempo, así como lo fue en nuestra carne, no hubiese sido una auténtica encarnación. Dios nos hace pasar por un nuevo nacimiento y por una especie de muerte nos introduce en la vida nueva. Este nuevo nacimiento es el primer estadio: el bautismo y la confirmación, por la cual el misterio de la muerte y resurrección de Cristo se apodera de nosotros.” (Alfredo Sáenz, Cristo y las figuras bíblicas, 341).

     En la Encarnación el Verbo se desposó con la Naturaleza humana, la cual fue asumida en el seno de la Virgen. En el Calvario Cristo se desposa con su Iglesia, de la que engendrará tantos hijos a través de las aguas bautismales brotadas de su costado, y a los que alimentará con la Carne inmolada en la Cruz y la Sangre que manó de su Sacratísimo Corazón. “El itinerario de Jesús a la Pasión es precisamente del Esposo para unir a Sí como Esposa, en los ritos pascuales, a la Iglesia lavada de sus pecados en la sangre del Señor. Nuestra Señora representa a la Iglesia en esta boda, prolongación de la que tiene lugar en la Encarnación” (Carlos Biestro, Jardín Cerrado. La Virgen en la Escritura y los Santos Padres, 311).

     La Iglesia pues, con su liturgia y sus sacramentos, es la continuación de Cristo en la Historia; y los cristianos conformamos el Cuerpo Místico de Cristo. Así como Cristo asumió la Naturaleza humana en la Encarnación, y la rescató y elevó al Orden de la Gracia a través de su Misterio Pascual; la acción cultual de la Iglesia que revive cíclicamente -cada día, cada semana y cada año- estos hechos, eleva a los hombres, y a todo lo que es humano, al plano sobrenatural, haciendo presente lo Eterno en el tiempo, e introduciendo lo temporal en el plano de la Eternidad. “Y del culto viene la cultura” (A. Sáenz, Cristo y..., 335).

     Efectivamente, la Iglesia una vez triunfante, salida de las catacumbas, crea, a partir del siglo IV, sobre los fundamentos grecolatinos, una cultura y una civilización cristianas. Iglesias -bizantinas, románicas, góticas, barrocas, etc-, iconos, esculturas, pinturas, teología, filosofía, obras de misericordia, congregaciones, cofradías...y un orden social cristiano sostenido por el rezo de los monjes, la espada de los caballeros, el trabajo de artesanos y campesinos, la justicia de los reyes, siendo rematado en la cima con la instauración del Sacro Romano Imperio. Una obra magistral del Padre Sáenz, La Cristiandad y su cosmovisión, nos pinta maravillosamente lo que fue aquella civilización, cuyos vestigios podemos hoy admirar visitando las magníficas y monumentales Catedrales y basílicas que en aquellos tiempos se levantaron.

    La cristiandad se prolongó, a partir del siglo XVI, en la Hispanidad. En efecto, mientras el fundamento central sobre el que se había levantado tan magno edificio, el Santo Sacrifico de la Misa, era atacado en Europa por la revolución protestante; la acción misionera de la España de Isabel y de Fernando, de Carlos y de Felipe, llenaba al Nuevo Mundo de iglesias y capillas, monasterios y conventos, donde se celebraban los sublimes misterios, y en tono a los cuales se iba desarrollando una nueva sociabilidad, cultura y civilización propias estas tierras hispanoamericanas. Si la civilización cristiana fue perfectamente descripta en la obra del P. Sáenz sobre la Cristiandad, a la que hicimos referencia más arriba; para comprender la acción de España en Indias podemos consultar, entre tantas, la obra del eminente historiador argentino Vicente Sierra, “Así se hizo América”.

     Sólo captando lo que fue la Hispanidad, continuación de la Cristiandad, fundada en el Misterio de Cristo, podemos entender la esencia de la Argentina, lo que nuestra Patria ES en el Origen. El término origen hace referencia a un tiempo, a una cronología, a un comienzo; pero debe comprenderse sobre todo en un sentido ontológico, se trata de un Origen que está más allá del tiempo. Es un Principio sobre el que se funda una esencia.

     De acuerdo con todo lo que venimos sosteniendo afirmamos que la Argentina original no es la de la Constitución alberdiana de 1853, ni la de la educación laica de 1882, ni la de la gran inmigración de finales del siglo XIX, ni la del Centenario -con sus aires de grandeza y progreso material-, ni la radical -con su instauración de la democracia-, ni siquiera la de las masas peronistas -las cuales, si bien tuvieron elementos que remitían de algún modo al origen, no tuvieron plena conciencia de lo que realmente se jugaba en los años 40 y 50, terminando dicho proyecto totalmente desviado-. Mucho menos aún, la Argentina “futbolera”.......

     Para comprender a la Argentina original debemos trasladarnos al 1 de abril de 1520. Allí, en torno a un altar, un puñado de hombres -pocos, como siempre que se hacen cosas grandes-, en el puerto de San Julián, vestidos de hierro, en medio de zozobras, hambre y peligros -padecidos por el servicio a su Rey y a su Dios- asisten a la primera Misa celebrada en estas tierras. Allí se hace presente “la hostia inaugural izada sobre territorio argento. Allí está el estreno, el albor, el umbral y el preludio de La Argentina Amada” (Antonio Caponnetto. Independencia y Nacionalismo, p. 11). Unas páginas más adelante nos dice el autor: “No creemos ni en los partos ni en las muertes de la patria (...) Creemos (...) que el oficio del historiador católico se asemeja en algo al del liturgo. Y que en esta perspectiva, tiene la patria grande un bautismo, el 12 de octubre de 1492; la patria chica una primera eucaristía, el 1 de abril de 1520.” (p. 20)

     Cuatro siglos después, en el magno Congreso Eucarístico Internacional de octubre de 1934, la Argentina se olvidó por unos días de la mentira liberal y se reencontró con su origen. En estos tiempos apocalípticos volvamos nuevamente hacia el Sol de Salvación, Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar. Sólo de ÉL obtendremos la Salud.

                                                                                      Lic. Javier Ruffino


jueves, 24 de mayo de 2018

LAS MEMORIAS DE UN PATRIOTA

Don Cornelio Saavedra fue todo un Caballero. Cuando uno toma contacto con las Memorias que escribió para dejar como legado a sus hijos, nos topamos con un mundo de valores y sentimientos que ya no es el nuestro. El sentido del Honor, la Hidalguía, el espíritu de Servicio, la Fidelidad hacia los antepasados, el celo por la Fe recibida, asoman desde las páginas de aquellos textos. En un mundo alterado por los efectos de la Revolución, y al que nuestro personaje –ya en plena madurez- busca de algún modo acomodar parte de sus criterios, la educación recibida, propia del Antiguo Régimen, le “brota por los poros”.

Al comenzar las “Memorias” se refiere a una “palabrita mágica”, de moda ya en los años en los que escribía: democracia. Sabiendo que uno de los fundamentos del sistema democrático es el igualitarismo radical, señala que en toda sociedad, incluso en las democráticas, existe siempre un grupo selecto que se eleva sobre el resto. Resalta que es sobre los méritos personales que se debe fundar dicha preeminencia: “Sea cual fuere el sistema que gobierne las sociedades de hombres civilizados, siempre hay y se observa una cierta distinción entre los individuos que las componen, que forma un cierto orden de jerarquías en ellas (…) Ellas se hacen más sensibles cuando las acompañan servicios particulares, de que ha resultado bienes y honores a la República (…) Esta distinción, consideraciones y premios de servicios efectivos son los que constituyen el verdadero honor de los hombres, sea también cual fuere el sistema que domine en las sociedades”.

No obstante, no deshecha el valor del Honor recibido de los antepasados; honor que se tiene el deber de preservar y comunicar. Por esto, se preocupa por responder a las calumnias que le han levantado sus enemigos, para salvar su buen nombre, y así legárselo sin mácula a sus hijos. Buen nombre recibido, por otra parte, de sus abuelos . Les dice al respecto a sus hijos: “les he legado el honor que heredé de mis abuelos y el que supe adquirir con mis servicios”.

Dada la importancia que atribuye a los méritos personales, se refiere en sus escritos a los trabajos que pasó en favor del Bien Común. La preocupación por la “cosa pública”, y el servicio a la Patria, fueron una constante en la vida del ilustre Patricio. Habiendo desempeñado “los honoríficos empleos del Cabildo de aquel tiempo”, su actuación principal se desarrolló, sin embargo, a partir de su elección como Comandante del Regimiento de Patricios, creado como consecuencia de las Invasiones Inglesas. Su desempeño tuvo, por tanto, un momento descollante desde 1806, y hasta 1810.

La Reconquista y la Defensa de Buenos Aires, que fueron vividas con un verdadero espíritu de Cruzada , dieron un protagonismo fundamental a las nuevas Milicias, en particular a los Patricios. Los hechos políticos que afectaron al Imperio Español como consecuencia de las Invasiones Napoleónicas, y de los sucesos de Bayona, tuvieron hondas repercusiones en Buenos Aires. El cambio de alianzas en la Guerra, y el progresivo desmoronamiento de la Metrópoli, sumados a la creciente rivalidad entre españoles peninsulares y americanos, fue causa de una honda agitación política en la Capital del Virreinato del Plata. En medio de aquellos trastornos, la figura de Saavedra fue ganando un lugar cada vez más trascendente. Cuando en 1809 se produjo un movimiento, integrado en su mayoría por elementos del sector peninsular, tendiente a reemplazar al Virrey Liniers por una Junta, el Jefe de los Patricios se opuso con sus fuerzas a dicho motín, y logró salvar a la autoridad establecida.

La situación cambió al año siguiente, cuando caído todo tipo de Gobierno Legítimo en la Península, nuestro territorio era disputado por el nuevo monarca francés José I Bonaparte, los Organismos Peninsulares creados en los territorios que habían escapado al control francés y que reclamaban a la América una obediencia que no era legítima, nuestros vecinos portugueses, y las asechanzas siempre presentes de los ingleses. En dicha ocasión, dijo el Comandante de los Patricios a Cisneros: “Señor, son muy diversas las épocas del 1 de enero de 1809, y las de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España (…) en ésta toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto sólo Cádiz y la Isla de León (…) ¿Y qué señor? ¿Cádiz y la Isla de León son España? ¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la Isla de León que son parte de una provincia de Andalucía? No, señor; no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los Franceses”. Ante tal situación, la mayoría de los sectores peninsulares locales intentó, ahora, sostener al Virrey como medio para continuar ejerciendo ellos una mayor influencia en el Gobierno local. En tanto que la mayor parte del elemento criollo se movilizó en pos del reemplazo del Virrey por una Junta. En dichos acontecimientos tuvo una participación decisiva Don Cornelio Saavedra.

En sus “Memorias” hay una nota muy explícita, que no por el hecho de aparecer en esa condición deja de tener importancia. En efecto, en ella señala que: “Las dos Invasiones Inglesas nos pusieron las armas en las manos para defendernos. Esto ocasionó se avivasen los celos y las rivalidades entre americanos y españoles (…) La invasión de Napoleón a la España (…) la ocupación de casi toda la Península (…) el abandono que experimentamos de aquella Corte (…) Es indudable en mi opinión, que (…) a la ambición de Napoleón y (…) de los Ingleses, en querer ser señores de esta América se debe atribuir la revolución del 25 de mayo de 1810 (…); si esto y mucho más que omito por consultar la brevedad no hubiese acaecido ni sucedido, ¿pudiera habérsenos venido a las manos otra oportunidad (…) (para) reasumir nuestros derechos? Es preciso confesar que no (…) (A aquellos sucesos), y no a algunos presumidos de sabios y doctores que en las reuniones de café y sobre la carpeta, hablaban de ella (de la posibilidad del cambio de gobierno), mas no se decidieron hasta que nos vieron (hablo de mis compañeros y de mí mismo) con las armas en la mano resueltos ya a verificarla”. Es elocuentísimo este pasaje, no deja lugar a dudas: la “Revolución” se debe a la reacción de las fuerzas militares ante la situación reinante, y no a las lucubraciones de ideólogos afiebrados por las nuevas doctrinas esparcidas por la Revolución Francesa.

En un momento sus escritos parecerían justificar el mito gestado por la historiografía liberal acerca de la “máscara de Fernando VII”. En efecto, señala que “por política fue preciso” cubrir a la Junta con el manto del señor Fernando VII”. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que las “Memorias” fueron escritas avanzada la década del 20, cuando ya se conocía el desenlace del Proceso iniciado en Mayo del 10; y así como no era “político” no mencionar al Rey en 1810, tampoco lo era presentar una historia “fernandista” en 1829 (sobre todo a partir de las desmesuras represivas de Fernando con posterioridad a 1814) . Por otra parte, los sentimientos de adhesión al Rey que habían existido en 1810, ya estaban totalmente rotos, y era la Patria nueva, que había comenzado a gestarse en las jornadas mayas, la que reclamaba ahora una profunda fidelidad.

A pesar de lo señalado en el párrafo precedente, el esfuerzo de introspección realizado por Saavedra, nos permiten recrear los sentimientos que agitaban a los corazones de la población en el 10. Y lo que se observa es el carácter profundamente monárquico de aquel pueblo. Señala don Cornelio que muchos, en aquellos días, llevaban sus sentimientos hasta el extremo, considerando al Monarca “dueño y señor de la América, y de las vidas y haciendas de todos sus hijos y habitantes, pues hasta estas calidades atribuían al rey en su fanatismo” .

Los servicios prestados a la Patria a partir de la Revolución significaron, para Saavedra, su ruina personal. El sector radical, representado por el Morenismo, y en particular por Bernardo de Monteagudo se apoderó de la Revolución, y tramó su ruina. Nos dice Enrique Díaz Araujo, al respecto: “Sabido es que el Primer Gobierno Patrio se constituyó basándose en unos arreglos entre los grupos políticos existentes en Buenos Aires (…) Pues (…) uno se esos sectores, el llamado ‘morenista’, se apoderó hegemónicamente de la Revolución, desplazando a los demás y consiguientemente, reemplazando los objetivos institucionales comunes, por unos unilaterales, de corte ideológico sectario.”

Saavedra, hombre maduro y conservador, que contaba con notable apoyo en los sectores populares, se enfrentó a la política del grupo morenista. El movimiento del 5 y 6 de abril de 1811 que le dio un respaldo importante, permitió desplazar de la Junta a los sectores radicalizados. Pero esto significó el comienzo del fin del Comandante de Patricios, ya que vueltos al poder a partir de la instauración del Triunvirato, los seguidores del antiguo Secretario no le perdonarán su anterior desplazamiento: “Los agraviados y sus parciales, se propusieron mi ruina y aún mi exterminio, en venganza del destierro y separación de sus personas del gobierno”. En este contexto comenzó a hacerse fuerte la figura de Bernardo de Monteagudo –radical furibundo, creador de la Sociedad Patriótica, y cuyo influjo ideológico se hará sentir en los meses siguientes- , quien se convirtió en un enemigo particular de Saavedra: “Los papeles públicos de que era autor el doctor Monteagudo no había suceso, ni accidente alguno desagradable, en que no me lo atribuyese como autor del 5 y 6 de abril”.

Más allá de todas las vicisitudes de su vida, podemos concluir que a lo largo de su actuación pública don Cornelio Saavedra se comportó como un verdadero Patriota y un buen cristiano, teniendo siempre en cuenta el Bien Común y no vanas ocurrencias ideológicas. Son justamente sentimientos cristianos los que brotan al fin a de las páginas que estamos analizando, escritas en 1829: “Muchos años ha que he perdonado a mis enemigos y perseguidores, porque así me lo manda la santa religión que profeso”. El Padre Cayetano Bruno se refiere al Testamento del Prócer, testigo de su la muerte cristiana: “En nombre de Dios Todopoderoso y de María Santísima, Madre de Nuestro Señor Jesucristo (...) Primeramente, que mi religión es la Católica Apostólica Romana, y que creo y confieso el misterio de la Santísima Trinidad, esto es, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero (...) Asimismo creo en la Encarnación del Hijo de Dios en las purísimas entrañas de María Santísima (...) Creo que el mismo Jesucristo dejó al apóstol San Pedro y sus legítimos sucesores por su vicario (...) Creo en el Santísimo Sacramento del Altar...

Como conclusión de todo lo expresado podemos decir que don Cornelio fue:
- Un hombre de estirpe,
- Un caballero,
- Un hombre ocupado, y preocupado, por la Cosa Pública y por el Bien Común,
- Un hombre caído en desgracia a causa de las desviaciones de ideólogos inescrupulosos,
- Un auténtico cristiano.

                                                                                                    Lic. Javier Ruffino