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domingo, 17 de diciembre de 2023

Sebastián Sánchez: “Una dimensión no abordada de la guerra de Malvinas es la presencia de sacerdotes en las islas”

 


Por Claudia Peiró

En este año del 40 aniversario de la Guerra de Malvinas, la Cancillería argentina, siguiendo las modas del momento, decidió resignificar -según el término también en boga- ese acontecimiento histórico desde la perspectiva de género y -no podía ser de otro modo- se habló de invisibilización de la mujer en Malvinas, por la presencia, en el teatro de operaciones y en actividades auxiliares de 16 mujeres.

Existe en cambio otra invisibilización que no mereció comentario oficial y es la de los 22 sacerdotes que asistieron a los soldados en el terreno y durante todo el conflicto. Como explica Sebastián Sánchez, autor de El Altar y la Guerra. Los capellanes de la gesta de Malvinas (Grupo Argentinidad, 2022), no se cercena sólo la memoria de esos capellanes sino toda la dimensión espiritual de la guerra. El silencio sobre el lugar de la fe y de la religión en Malvinas es un aspecto más de la desmalvinización que comenzó el mismo día que terminó la guerra.

Sánchez no se limita a reconstruir la historia de cada uno de los capellanes militares y sacerdotes voluntarios en Malvinas, sino que recorre también la doctrina de la Iglesia ante la guerra, el origen del oficio de capellán y, sobre todo, el lugar que ocupó la fe católica a lo largo de toda nuestra historia.

La posguerra y la desmalvinización también son materia de esta investigación que apeló a archivos y a algunos testimonios de los propios protagonistas.

Sánchez es doctor en Historia por la Universidad de El Salvador y es profesor de grado y posgrado en la Universidad del Comahue. Es autor de Tres ensayos de historia indiana (2003), El escándalo de la niñez. Los ataques a la infancia según cuatro pensadores católicos (2006), Diccionario de autores católicos de habla hispana (2013), entre otros.

En esta entrevista explica el porqué de las dificultades que tuvo para encontrar información sobre los capellanes de Malvinas -uno solo de ellos vive aún-, el rol que desempeñaron en las islas y cómo la desmalvinización también incidió en el olvido de la necesidad de esta dimensión espiritual en la atención a los veteranos de guerra. Un extracto de la charla abre esta nota y la entrevista completa puede verse al final.

— Hay una dimensión poco conocida de la Guerra de Malvinas que es la presencia de muchos sacerdotes en las Islas durante la Guerra, el tema que usted aborda en el libro. ¿Por qué cree que hasta ahora nadie habló de eso? ¿Qué importancia tuvo esa presencia en el conflicto?

— Historiográficamente se han planteado muchas cosas desde una perspectiva cercenada, mutilada. La dimensión que se aborda a partir de la presencia de los capellanes, de la presencia de la Iglesia en Malvinas, señala justamente una de esas cuestiones mutiladas, no abordadas, que es la de la espiritualidad en la Guerra. Se ha hablado poco de eso siendo que, como en todas las guerras pero en la nuestra en particular, es de extrema importancia. Los capellanes representaron a la Iglesia. Puede decirse que la Iglesia la implantaron ellos, aunque ya estaba en Malvinas. Pero en esa liturgia de guerra que llevaron adelante puede decirse que la Iglesia fue implantada a partir de esos 22 hombres. Omitirlos, borrarlos de la historia oficial, ha sido no solo cercenar el papel que cumplieron y que cumplió la Iglesia, sino mutilar esa dimensión de la Guerra de Malvinas. Si uno le pregunta a cualquiera de nuestros veteranos, la vida espiritual estuvo omnipresente durante la gesta. Lo que me interesó con el libro es retratar a estos hombres -solo uno de ellos vive aún, el padre Vicente Martínez Torrens-, y evocar lo que fue la espiritualidad en Malvinas.

— En la película “1982 La Gesta”, basada en los testimonios de los protagonistas, varios de ellos mencionan ese aspecto y uno dice: “En Malvinas no hubo ateos”.

— Sí, en las trincheras no hay ateos. Sin dudas es así por la proximidad de la muerte. La propia y la del otro. Por el dolor. Pero yo en el libro hago una introducción respecto de las capellanías y de la espiritualidad en la guerra en nuestra historia. No dudo de que en las trincheras no hay ateos pero tampoco dudo de la espiritualidad raigal argentina que se manifestó como no podía ser de otro modo. La vida espiritual, esa liturgia particular de guerra, formaba parte, estaba concatenada, con lo que siempre había pasado en nuestra historia. No fue una cosa caprichosa ni solamente explicable a partir del miedo a morir. Sin dudas también, pero la gesta de Malvinas representó una continuidad en nuestra historia también en ese aspecto.

— Es que justamente se trata de negar o al menos minimizar el papel de la fe en el nacimiento de la Argentina. San Martín, Belgrano, ponían sus batallas, sus campañas, bajo la advocación de la Virgen, de Dios, constantemente. Es lo que hoy se trata de minimizar y de borrar las huellas de esa espiritualidad en el presente.

— Así es. Hay figuras arquetípicas en nuestra historia, como Manuel Belgrano. Incluso nuestra historia en el período indiano, porque eso de que Argentina nació a partir de la Revolución de Mayo es casi un infundio, muy instalado. Pero por ejemplo un gran prócer del siglo XVII que fue Hernando Arias de Saavedra, nacido en Asunción pero argentino hasta la médula…

— Hernandarias.

— Hernandarias. La vida espiritual, la vida religiosa, está presente desde la fundación, casi diría desde el bautismo de la Argentina, allá por 1520, cuando se celebró la primera misa en el actual Puerto San Julián. Y Malvinas no es una disrupción, no es un capricho, sino que está concatenado con lo sucedido en nuestra historia. Con nuestra espiritualidad raigal. En 1982 todavía eso estaba presente y los capellanes, que fueron pocos, para 10.000 hombres 22 eran poquitos, así y todo representaron esa espiritualidad, esa religión ínsita en la cultura argentina.

— ¿Cómo se decidió quién iba, quién no iba? ¿Eran todos capellanes que ya estaban trabajando con las Fuerzas Armadas?

— No todos. Algunos de ellos sí, sobre todo en el ámbito de la Marina. Oficiales, capellanes militares. Fueron poquitos los de la Marina. Muy poquitos. Pienso ahora en el padre Ángel Mafezzini, el primer sacerdote que pisó Malvinas el 2 de abril. El segundo fue el padre Martínez Torrens.

— O sea que había un sacerdote en el Operativo Rosario.

— Así es. Ya hubo uno. Sí, sí, sí. Que se dio un golpe ese día con un cable y se lo ve en las fotos con la cabeza vendada. Fue él quien asistió a Pedro Giachino, nuestro primer caído, y rezó el responso por él. Mafezzini, (Carlos) Wagenfuhrer, fueron hombres de la Armada que tenían rango militar.

— ¿Todos los capellanes tienen rango militar?

— No. No todos. Hay distintas categorías en la capellanía. Pero el rasgo interesante en Malvinas fue que partieron hacia allí capellanes o sacerdotes que habían tenido una vinculación muy efímera con las Fuerzas Armadas. El padre Martínez Torrens, que vive, tiene 83 años, tuvo una participación muy acotada durante el Cordobazo. Asistía a los soldados paracaidistas. Le habían pedido que los cuidara entonces saltaba con ellos. Tres de esos soldados cayeron en el Cordobazo. Después no tuvo más contacto con el Ejército hasta 1982, cuando decidió partir voluntario. Muchos fueron voluntarios. La mayor parte de esos capellanes eran hombres grandes que bordeaban los 60 años. Y además un panorama variopinto, había un distinguido dominico entre ellos, el padre Renaudiere de Paulis. Un hombre de filosofía, un especulativo, no un hombre de vida práctica. Estuvo 60 días aproximadamente en Malvinas y dejó un singular diario de guerra, pletórico de comentarios políticos, filosóficos, teológicos.

— ¿Está publicado?

— Se lo puede conseguir en internet. En una página de la Orden de los Predicadores, de los Dominicos. Pero no está editado en papel.

— ¿Le resultó difícil encontrar información para reconstruir la historia de estos 22 sacerdotes?

— Muy difícil.

— ¿Por qué?

— Creo que los capellanes representaban, y representan, un problema. Yo no creo que haya sido fortuita la mutilación de esa parte de la historia. Hasta podría decir que era políticamente incorrecto plantear las capellanías. Porque se estableció un tanto aviesamente la continuidad entre los capellanes que asistieron en la guerra contra la subversión y los capellanes de Malvinas. Dos o tres de ellos habían estado acompañando a las tropas en el Operativo Independencia, por ejemplo. Pero de alguna manera se compró el argumento ideológico de la Iglesia militar. Esos neologismos ideológicos que tienen ya unos años en boga. De manera que encontrar información sobre los capellanes ha sido difícil. 40 años pasaron y no hubo hasta el momento libros, publicaciones extensas, estudios, que den cuenta de lo que hicieron.

— Tampoco homenajes.

— Tampoco. Y eso entraña una cosa aún más grave. No tanto el olvido de los capellanes, que ya de por sí es grave, sino la falta de auxilio espiritual para los veteranos de Malvinas que en 40 años no han tenido, por ejemplo, una pastoral específica para ellos. No es solo un cercenamiento historiográfico sino una realidad patente que en cuatro décadas no ha acontecido.

— ¿En otros países existe una pastoral o una forma de asistencia a veteranos?

— Sí, sí, sí, es algo habitual. Existe el obispado castrense, pero éste atiende a los militares de profesión, en actividad, y a sus familias. No a ese universo que fueron los soldados conscriptos…

— Civiles además.

— Civiles que luego volvieron a la vida civil y a sus familias. No puede soslayarse que ya se cuentan por cientos los veteranos que se han quitado la vida. Superan la cantidad de caídos en las islas. No digo que una cosa esté vinculada a la otra porque esas decisiones siempre obedecen a múltiples causas, pero la asistencia espiritual sin duda fue una falta importante.

— Es habitual que las sociedades interroguen a la historia desde las inquietudes del presente, pero eso a veces genera deformaciones. Por ejemplo, en este 40 aniversario el tema para la Cancillería fue la invisibilidad de la mujer en la Guerra de Malvinas. Algo falso, porque las mujeres que estuvieron en el teatro de operaciones recibieron el mismo trato que los hombres. Son veteranas de guerra, reciben pensión, etc. Son 16 en total, la mayoría no estuvo en las islas sino en los barcos, como enfermeras o asistentes.

— Sí, instrumentistas quirúrgicas.

— Pero eso obliga a revisar toda la guerra con perspectiva de género, que no sé muy bien qué significaría.

— No, no, yo tampoco.

— En cambio me sorprendió descubrir que sí existe una invisibilización, la de los capellanes, que sí estuvieron efectivamente en las islas.

— Así es. No todos estuvieron los 74 días. El padre Maffezini, el del 2 de abril, se fue el 11 de junio porque había fallecido su papá y la superioridad le ordenó irse. Él no se quería ir. Pero sí, invisibilizaciones, como se dice ahora, omisiones, mutilaciones, hay muchas. Llevamos 40 años de tergiversaciones en este armazón, en esta urdimbre ideológica que se denomina desmalvinización. Sobre la perspectiva de género en el tema Malvinas hay una cosa muy interesante. Varias de estas mujeres estuvieron en el Almirante Irízar. Y cuando terminó la batalla de Puerto Argentino quisieron bajar para hacer lo que hacían en el Irízar, que era que, después de estar en la enfermería cuidando de sus heridos, iban a la capilla del buque a rezar por los que aún estaban combatiendo. Entonces, si quieren perspectiva de género, respeten verdaderamente a esas mujeres, valerosísimas, valiosas argentinas, respétenlas auténticamente y digan lo que hicieron. No las usufructúen más ideológicamente.

— Una de las deformaciones que produce esta perspectiva de género, no por culpa de estas mujeres porque no creo que ellas tengan ese espíritu para nada, es decir que el heroísmo es un concepto machista. O sea que rescatar el heroísmo de los combatientes en Malvinas sería un acto de machismo.

— Sí. En esta cultura panfletaria actual, se ve, se escucha o se lee cada cosa… Sí, bueno, como toda cuestión ideológica, de desvinculación con lo real, estas son categorías, son entes de razón ideológicos, que carecen de sentido. Lo que pasó en Malvinas no tuvo nada que ver con el machismo. Tuvo que ver en muchos casos, gracias a Dios, con el heroísmo. Además tuvo que ver con virtudes superiores que se manifestaron cotidianamente en Malvinas. Un veterano decía “el heroísmo de todos los minutos”. El dar un pedazo de pan en esa situación al camarada. Jugarse la vida y hasta entregarla. No hay más alto signo de la caridad que ese. Lo que pasó en Malvinas no tuvo nada que ver con esta deformación ideológica con la que hoy se la pretende ver. Pasaron cosas sustantivas y trascendentes en Malvinas y no selas puede seguir desconociendo.

— En el fondo, implica desvalorizar a la mujer porque se insinúa que ella no es capaz de heroísmo.

— Sin dudas. Pienso por ejemplo en las mujeres del Irizar y sí fueron mujeres heroicas.

— ¿Qué hacían exactamente los sacerdotes en las Islas?

— En las dos grandes islas del archipiélago hubo unidades militares. En la Gran Malvina, tanto en Bahía Fox como en Puerto Howard, hubo unidades militares y cada una tuvo su sacerdote. Pienso ahora en el padre (Nicolás) Solonyzny, un salesiano, extraordinario sacerdote, recordado por todos los hombres que estuvieron con él, con una característica muy particular porque en Puerto Yapeyú, Howard, no se vivió prácticamente la guerra terrestre sino los bombardeos, la aviación. Pero lo que sí se vivió fue un gran desamparo y hambruna. Agravada después del hundimiento del “Isla de los Estados” que les llevaba comida. En ese marco, la presencia del sacerdote fue fundamentalísima. Pienso en el padre Santiago Mora, italiano, que estuvo en Pradera del Ganso, y que acompañó y era confesor y asesor o guía espiritual del teniente Roberto Estévez. Ahora, básicamente, la tarea de los sacerdotes era el altar, la misa.

— La misa diaria.

— La misa diaria. Hubo sacerdotes que celebraron más de ocho misas diarias, porque eran muy pocos. El padre Martínez Torrens, que estaba en Puerto Argentino, recorrió mucho las islas y era básicamente la misa, la vida sacramental, las confesiones, la compañía y la atención espiritual de estos hombres. En general, las absoluciones se hacían en forma colectiva. Muchos se quedaron en Puerto Argentino, salvo los que estuvieron en Pradera del Ganso, particularmente el padre Mora y el padre Sesa que estuvieron en medio de los combates. Los que estaban en Puerto Argentino recibieron la prohibición de participar en los últimos combates alrededor de Puerto Argentino, en Longdon, Harriet, Tumbledown. Cosa que no pasó con los capellanes ingleses que combatieron o estuvieron junto a los combatientes casi en la primera línea. Yo señalo en el libro que el gobierno militar de Malvinas en muchos sentidos replicaba el liberalismo ínsito del gobierno, un liberalismo que conlleva cierto laicismo y cierta desestimación... ¿El sacerdote para qué? El sacerdote era fundamental y lo era tanto antes como durante el combate. Su tarea fue muy importante.

— ¿Hubo alguna baja o herido entre ellos?

— No. Milagrosamente, porque, por ejemplo, durante una misa que estaba celebrando el padre Martínez Torrens, un avión, un Harrier, se venía derecho a ellos y en el momento de la consagración él les dice a soldados “rodilla en tierra”. Y ellos interpretaron que era por la consagración, pero era por el avión. El Harrier arrojó las bombas y no hubo heridos. Fue milagroso. Hubo varias anécdotas de esas. Celebraciones de misas de campaña bajo ataque se dieron en varias oportunidades.

— Escuché al coronel Esteban Vilgré La Madrid decir que él, que creo era catequista, había hecho muchas conversiones en Malvinas.

— Hubo conversiones, sí. Conversiones que podríamos llamar de guerra ante el temor a la muerte y la necesidad de salir del vacío de la increencia. Y hubo también conversiones de otras religiones. Recuerdo una muy en particular que estaba vinculada a la devoción de la Virgen. Yo también quiero, le dice un soldado al capellán, yo también quiero una madre. Sí, hubo conversiones.

— ¿Qué pasó con esos soldados que vivieron en ese espíritu de comunión, de cercanía a Dios?

— En algunos arraigó la fe y fue sostén. En otros, quizás no tanto. A veces pasamos, no digo ligeramente, pero sí rápidamente por el expediente de la desmalvinización, que tiene muchísimos aspectos. La desmoralización de nuestros veteranos y el infundir ese ánimo derrotista en la cultura argentina pretendió y pretende generar desesperanza. “La Argentina no tiene destino, somos esto, perdimos… ¿te das cuenta? todo fue una fantochada de un borracho…” Jauretche hablaba de las zonceras de la auto denigración. Bueno, en Malvinas eso encontró su máxima expresión. Y ha influido obviamente en el ánimo de los argentinos, y ni qué hablar de los veteranos. No obstante eso, considero que en muchos de ellos arraigó la fe en forma fundamental.

— ¿Qué pasó con esos sacerdotes en la posguerra? ¿Mantuvieron contacto con sus soldados?

— La mayor parte sí. Algunos volvieron a sus tareas, a su ministerio de siempre en una parroquia. Por ejemplo el padre Gozzi, recién al fallecer la gente de su parroquia se enteró de que había estado en Malvinas. Otros sacerdotes, como el padre Fernández, coordinador de los capellanes del Ejército, o Martínez Torrens, o monseñor Puyelli de la Fuerza Aérea, fueron fundamentales en la tarea de la malvinización. O el padre Solonyzny que se reencontraba todo el tiempo con los veteranos del Regimiento de Infantería 5 que había estado en Yapeyú. En muchos de ellos pervivió y hasta fue, junto con la fe, la razón de su existir. Lo veo muy particularmente en el único que yo conocí, Martínez Torrens, a quien tuve la alegría de poder llevarle el libro hace unos días, y sigue siendo ese humilde, sencillo sacerdote. Está en General Roca, en Río Negro, siempre incentivado por la predicación entre los jóvenes y por la cuestión Malvinas. Para él es siempre un tema trascendente.

— ¿Volvió a Malvinas?

— ¿Sabe que no lo sé? Muchos veteranos se resisten a volver. Hoy leía que un veterano, un oficial del Regimiento 5 que estuvo en Howard, fue a Malvinas y le hicieron pagar la tasa como si hubiera ido, no sé, a Bélgica...

— El gobierno de acá le hizo pagar.

— Este gobierno le hizo pagar como si hubiera ido al exterior. La desmalvinización también es decir “Malvinas, Malvinas”, la cuestión de género y todo, pero después Malvinas es el extranjero.

— ¿Éste es su primer libro sobre Malvinas?

— Sí. Pero hay una figura muy interesante que surgió en esta búsqueda, que es la del soldado Carlos Mosto. Pude contactar a la hermana, Elsa Mosto, que vive en Gualeguaychú. Mosto fue una figura entrañable. Entrañable. Un soldado mayor que el resto, estudiante de medicina. Las cartas de Carlos Mosto a su mamá son impresionantes. Él le pide que rece por él, por sus compañeros y también por los ingleses que están enfrente. Mosto murió en Moody Brook, que era el ex cuartel de los marines, y es una figura a la que me gustaría dedicar aunque sea un opúsculo.

— ¿Qué repercusiones ha tenido hasta ahora su trabajo?

— El libro tiene que andar su camino. Contiene cierta incorrección política y eso puede hacer variar su suerte. Veremos.

— La incorrección política suele ser el sentido común de la mayoría.

— Suele ser. Sí. Sin dudas. Así que no lo sé: veremos. Yo ya terminé mi tarea, que era escribirlo, y veremos qué le pasa al libro.

— Que haga su camino, como dijo usted.

— Así es.

 

Fuente: https://www.infobae.com/sociedad/2022/11/20/sebastian-sanchez-una-dimension-no-abordada-de-la-guerra-de-malvinas-es-la-presencia-de-sacerdotes-en-las-islas/

 


martes, 28 de febrero de 2023

Sebastián Sánchez: “Una dimensión no abordada de la guerra de Malvinas es la presencia de sacerdotes en las islas”

 


Por Claudia Peiró

En este año del 40 aniversario de la Guerra de Malvinas, la Cancillería argentina, siguiendo las modas del momento, decidió resignificar -según el término también en boga- ese acontecimiento histórico desde la perspectiva de género y -no podía ser de otro modo- se habló de invisibilización de la mujer en Malvinas, por la presencia, en el teatro de operaciones y en actividades auxiliares de 16 mujeres.

Existe en cambio otra invisibilización que no mereció comentario oficial y es la de los 22 sacerdotes que asistieron a los soldados en el terreno y durante todo el conflicto. Como explica Sebastián Sánchez, autor de El Altar y la Guerra. Los capellanes de la gesta de Malvinas (Grupo Argentinidad, 2022), no se cercena sólo la memoria de esos capellanes sino toda la dimensión espiritual de la guerra. El silencio sobre el lugar de la fe y de la religión en Malvinas es un aspecto más de la desmalvinización que comenzó el mismo día que terminó la guerra.

Sánchez no se limita a reconstruir la historia de cada uno de los capellanes militares y sacerdotes voluntarios en Malvinas, sino que recorre también la doctrina de la Iglesia ante la guerra, el origen del oficio de capellán y, sobre todo, el lugar que ocupó la fe católica a lo largo de toda nuestra historia.

La posguerra y la desmalvinización también son materia de esta investigación que apeló a archivos y a algunos testimonios de los propios protagonistas.

Sánchez es doctor en Historia por la Universidad de El Salvador y es profesor de grado y posgrado en la Universidad del Comahue. Es autor de Tres ensayos de historia indiana (2003), El escándalo de la niñez. Los ataques a la infancia según cuatro pensadores católicos (2006), Diccionario de autores católicos de habla hispana (2013), entre otros.

En esta entrevista explica el porqué de las dificultades que tuvo para encontrar información sobre los capellanes de Malvinas -uno solo de ellos vive aún-, el rol que desempeñaron en las islas y cómo la desmalvinización también incidió en el olvido de la necesidad de esta dimensión espiritual en la atención a los veteranos de guerra. Un extracto de la charla abre esta nota y la entrevista completa puede verse al final.

— Hay una dimensión poco conocida de la Guerra de Malvinas que es la presencia de muchos sacerdotes en las Islas durante la Guerra, el tema que usted aborda en el libro. ¿Por qué cree que hasta ahora nadie habló de eso? ¿Qué importancia tuvo esa presencia en el conflicto?

— Historiográficamente se han planteado muchas cosas desde una perspectiva cercenada, mutilada. La dimensión que se aborda a partir de la presencia de los capellanes, de la presencia de la Iglesia en Malvinas, señala justamente una de esas cuestiones mutiladas, no abordadas, que es la de la espiritualidad en la Guerra. Se ha hablado poco de eso siendo que, como en todas las guerras pero en la nuestra en particular, es de extrema importancia. Los capellanes representaron a la Iglesia. Puede decirse que la Iglesia la implantaron ellos, aunque ya estaba en Malvinas. Pero en esa liturgia de guerra que llevaron adelante puede decirse que la Iglesia fue implantada a partir de esos 22 hombres. Omitirlos, borrarlos de la historia oficial, ha sido no solo cercenar el papel que cumplieron y que cumplió la Iglesia, sino mutilar esa dimensión de la Guerra de Malvinas. Si uno le pregunta a cualquiera de nuestros veteranos, la vida espiritual estuvo omnipresente durante la gesta. Lo que me interesó con el libro es retratar a estos hombres -solo uno de ellos vive aún, el padre Vicente Martínez Torrens-, y evocar lo que fue la espiritualidad en Malvinas.

— En la película “1982 La Gesta”, basada en los testimonios de los protagonistas, varios de ellos mencionan ese aspecto y uno dice: “En Malvinas no hubo ateos”.

— Sí, en las trincheras no hay ateos. Sin dudas es así por la proximidad de la muerte. La propia y la del otro. Por el dolor. Pero yo en el libro hago una introducción respecto de las capellanías y de la espiritualidad en la guerra en nuestra historia. No dudo de que en las trincheras no hay ateos pero tampoco dudo de la espiritualidad raigal argentina que se manifestó como no podía ser de otro modo. La vida espiritual, esa liturgia particular de guerra, formaba parte, estaba concatenada, con lo que siempre había pasado en nuestra historia. No fue una cosa caprichosa ni solamente explicable a partir del miedo a morir. Sin dudas también, pero la gesta de Malvinas representó una continuidad en nuestra historia también en ese aspecto.

— Es que justamente se trata de negar o al menos minimizar el papel de la fe en el nacimiento de la Argentina. San Martín, Belgrano, ponían sus batallas, sus campañas, bajo la advocación de la Virgen, de Dios, constantemente. Es lo que hoy se trata de minimizar y de borrar las huellas de esa espiritualidad en el presente.

— Así es. Hay figuras arquetípicas en nuestra historia, como Manuel Belgrano. Incluso nuestra historia en el período indiano, porque eso de que Argentina nació a partir de la Revolución de Mayo es casi un infundio, muy instalado. Pero por ejemplo un gran prócer del siglo XVII que fue Hernando Arias de Saavedra, nacido en Asunción pero argentino hasta la médula…

— Hernandarias.

— Hernandarias. La vida espiritual, la vida religiosa, está presente desde la fundación, casi diría desde el bautismo de la Argentina, allá por 1520, cuando se celebró la primera misa en el actual Puerto San Julián. Y Malvinas no es una disrupción, no es un capricho, sino que está concatenado con lo sucedido en nuestra historia. Con nuestra espiritualidad raigal. En 1982 todavía eso estaba presente y los capellanes, que fueron pocos, para 10.000 hombres 22 eran poquitos, así y todo representaron esa espiritualidad, esa religión ínsita en la cultura argentina.

— ¿Cómo se decidió quién iba, quién no iba? ¿Eran todos capellanes que ya estaban trabajando con las Fuerzas Armadas?

— No todos. Algunos de ellos sí, sobre todo en el ámbito de la Marina. Oficiales, capellanes militares. Fueron poquitos los de la Marina. Muy poquitos. Pienso ahora en el padre Ángel Mafezzini, el primer sacerdote que pisó Malvinas el 2 de abril. El segundo fue el padre Martínez Torrens.

— O sea que había un sacerdote en el Operativo Rosario.

— Así es. Ya hubo uno. Sí, sí, sí. Que se dio un golpe ese día con un cable y se lo ve en las fotos con la cabeza vendada. Fue él quien asistió a Pedro Giachino, nuestro primer caído, y rezó el responso por él. Mafezzini, (Carlos) Wagenfuhrer, fueron hombres de la Armada que tenían rango militar.

— ¿Todos los capellanes tienen rango militar?

— No. No todos. Hay distintas categorías en la capellanía. Pero el rasgo interesante en Malvinas fue que partieron hacia allí capellanes o sacerdotes que habían tenido una vinculación muy efímera con las Fuerzas Armadas. El padre Martínez Torrens, que vive, tiene 83 años, tuvo una participación muy acotada durante el Cordobazo. Asistía a los soldados paracaidistas. Le habían pedido que los cuidara entonces saltaba con ellos. Tres de esos soldados cayeron en el Cordobazo. Después no tuvo más contacto con el Ejército hasta 1982, cuando decidió partir voluntario. Muchos fueron voluntarios. La mayor parte de esos capellanes eran hombres grandes que bordeaban los 60 años. Y además un panorama variopinto, había un distinguido dominico entre ellos, el padre Renaudiere de Paulis. Un hombre de filosofía, un especulativo, no un hombre de vida práctica. Estuvo 60 días aproximadamente en Malvinas y dejó un singular diario de guerra, pletórico de comentarios políticos, filosóficos, teológicos.

— ¿Está publicado?

— Se lo puede conseguir en internet. En una página de la Orden de los Predicadores, de los Dominicos. Pero no está editado en papel.

— ¿Le resultó difícil encontrar información para reconstruir la historia de estos 22 sacerdotes?

— Muy difícil.

— ¿Por qué?

— Creo que los capellanes representaban, y representan, un problema. Yo no creo que haya sido fortuita la mutilación de esa parte de la historia. Hasta podría decir que era políticamente incorrecto plantear las capellanías. Porque se estableció un tanto aviesamente la continuidad entre los capellanes que asistieron en la guerra contra la subversión y los capellanes de Malvinas. Dos o tres de ellos habían estado acompañando a las tropas en el Operativo Independencia, por ejemplo. Pero de alguna manera se compró el argumento ideológico de la Iglesia militar. Esos neologismos ideológicos que tienen ya unos años en boga. De manera que encontrar información sobre los capellanes ha sido difícil. 40 años pasaron y no hubo hasta el momento libros, publicaciones extensas, estudios, que den cuenta de lo que hicieron.

— Tampoco homenajes.

— Tampoco. Y eso entraña una cosa aún más grave. No tanto el olvido de los capellanes, que ya de por sí es grave, sino la falta de auxilio espiritual para los veteranos de Malvinas que en 40 años no han tenido, por ejemplo, una pastoral específica para ellos. No es solo un cercenamiento historiográfico sino una realidad patente que en cuatro décadas no ha acontecido.

— ¿En otros países existe una pastoral o una forma de asistencia a veteranos?

— Sí, sí, sí, es algo habitual. Existe el obispado castrense, pero éste atiende a los militares de profesión, en actividad, y a sus familias. No a ese universo que fueron los soldados conscriptos…

— Civiles además.

— Civiles que luego volvieron a la vida civil y a sus familias. No puede soslayarse que ya se cuentan por cientos los veteranos que se han quitado la vida. Superan la cantidad de caídos en las islas. No digo que una cosa esté vinculada a la otra porque esas decisiones siempre obedecen a múltiples causas, pero la asistencia espiritual sin duda fue una falta importante.

— Es habitual que las sociedades interroguen a la historia desde las inquietudes del presente, pero eso a veces genera deformaciones. Por ejemplo, en este 40 aniversario el tema para la Cancillería fue la invisibilidad de la mujer en la Guerra de Malvinas. Algo falso, porque las mujeres que estuvieron en el teatro de operaciones recibieron el mismo trato que los hombres. Son veteranas de guerra, reciben pensión, etc. Son 16 en total, la mayoría no estuvo en las islas sino en los barcos, como enfermeras o asistentes.

— Sí, instrumentistas quirúrgicas.

— Pero eso obliga a revisar toda la guerra con perspectiva de género, que no sé muy bien qué significaría.

— No, no, yo tampoco.

— En cambio me sorprendió descubrir que sí existe una invisibilización, la de los capellanes, que sí estuvieron efectivamente en las islas.

— Así es. No todos estuvieron los 74 días. El padre Maffezini, el del 2 de abril, se fue el 11 de junio porque había fallecido su papá y la superioridad le ordenó irse. Él no se quería ir. Pero sí, invisibilizaciones, como se dice ahora, omisiones, mutilaciones, hay muchas. Llevamos 40 años de tergiversaciones en este armazón, en esta urdimbre ideológica que se denomina desmalvinización. Sobre la perspectiva de género en el tema Malvinas hay una cosa muy interesante. Varias de estas mujeres estuvieron en el Almirante Irízar. Y cuando terminó la batalla de Puerto Argentino quisieron bajar para hacer lo que hacían en el Irízar, que era que, después de estar en la enfermería cuidando de sus heridos, iban a la capilla del buque a rezar por los que aún estaban combatiendo. Entonces, si quieren perspectiva de género, respeten verdaderamente a esas mujeres, valerosísimas, valiosas argentinas, respétenlas auténticamente y digan lo que hicieron. No las usufructúen más ideológicamente.

— Una de las deformaciones que produce esta perspectiva de género, no por culpa de estas mujeres porque no creo que ellas tengan ese espíritu para nada, es decir que el heroísmo es un concepto machista. O sea que rescatar el heroísmo de los combatientes en Malvinas sería un acto de machismo.

— Sí. En esta cultura panfletaria actual, se ve, se escucha o se lee cada cosa… Sí, bueno, como toda cuestión ideológica, de desvinculación con lo real, estas son categorías, son entes de razón ideológicos, que carecen de sentido. Lo que pasó en Malvinas no tuvo nada que ver con el machismo. Tuvo que ver en muchos casos, gracias a Dios, con el heroísmo. Además tuvo que ver con virtudes superiores que se manifestaron cotidianamente en Malvinas. Un veterano decía “el heroísmo de todos los minutos”. El dar un pedazo de pan en esa situación al camarada. Jugarse la vida y hasta entregarla. No hay más alto signo de la caridad que ese. Lo que pasó en Malvinas no tuvo nada que ver con esta deformación ideológica con la que hoy se la pretende ver. Pasaron cosas sustantivas y trascendentes en Malvinas y no selas puede seguir desconociendo.

— En el fondo, implica desvalorizar a la mujer porque se insinúa que ella no es capaz de heroísmo.

— Sin dudas. Pienso por ejemplo en las mujeres del Irizar y sí fueron mujeres heroicas.

— ¿Qué hacían exactamente los sacerdotes en las Islas?

— En las dos grandes islas del archipiélago hubo unidades militares. En la Gran Malvina, tanto en Bahía Fox como en Puerto Howard, hubo unidades militares y cada una tuvo su sacerdote. Pienso ahora en el padre (Nicolás) Solonyzny, un salesiano, extraordinario sacerdote, recordado por todos los hombres que estuvieron con él, con una característica muy particular porque en Puerto Yapeyú, Howard, no se vivió prácticamente la guerra terrestre sino los bombardeos, la aviación. Pero lo que sí se vivió fue un gran desamparo y hambruna. Agravada después del hundimiento del “Isla de los Estados” que les llevaba comida. En ese marco, la presencia del sacerdote fue fundamentalísima. Pienso en el padre Santiago Mora, italiano, que estuvo en Pradera del Ganso, y que acompañó y era confesor y asesor o guía espiritual del teniente Roberto Estévez. Ahora, básicamente, la tarea de los sacerdotes era el altar, la misa.

— La misa diaria.

— La misa diaria. Hubo sacerdotes que celebraron más de ocho misas diarias, porque eran muy pocos. El padre Martínez Torrens, que estaba en Puerto Argentino, recorrió mucho las islas y era básicamente la misa, la vida sacramental, las confesiones, la compañía y la atención espiritual de estos hombres. En general, las absoluciones se hacían en forma colectiva. Muchos se quedaron en Puerto Argentino, salvo los que estuvieron en Pradera del Ganso, particularmente el padre Mora y el padre Sesa que estuvieron en medio de los combates. Los que estaban en Puerto Argentino recibieron la prohibición de participar en los últimos combates alrededor de Puerto Argentino, en Longdon, Harriet, Tumbledown. Cosa que no pasó con los capellanes ingleses que combatieron o estuvieron junto a los combatientes casi en la primera línea. Yo señalo en el libro que el gobierno militar de Malvinas en muchos sentidos replicaba el liberalismo ínsito del gobierno, un liberalismo que conlleva cierto laicismo y cierta desestimación... ¿El sacerdote para qué? El sacerdote era fundamental y lo era tanto antes como durante el combate. Su tarea fue muy importante.

— ¿Hubo alguna baja o herido entre ellos?

— No. Milagrosamente, porque, por ejemplo, durante una misa que estaba celebrando el padre Martínez Torrens, un avión, un Harrier, se venía derecho a ellos y en el momento de la consagración él les dice a soldados “rodilla en tierra”. Y ellos interpretaron que era por la consagración, pero era por el avión. El Harrier arrojó las bombas y no hubo heridos. Fue milagroso. Hubo varias anécdotas de esas. Celebraciones de misas de campaña bajo ataque se dieron en varias oportunidades.

— Escuché al coronel Esteban Vilgré La Madrid decir que él, que creo era catequista, había hecho muchas conversiones en Malvinas.

— Hubo conversiones, sí. Conversiones que podríamos llamar de guerra ante el temor a la muerte y la necesidad de salir del vacío de la increencia. Y hubo también conversiones de otras religiones. Recuerdo una muy en particular que estaba vinculada a la devoción de la Virgen. Yo también quiero, le dice un soldado al capellán, yo también quiero una madre. Sí, hubo conversiones.

— ¿Qué pasó con esos soldados que vivieron en ese espíritu de comunión, de cercanía a Dios?

— En algunos arraigó la fe y fue sostén. En otros, quizás no tanto. A veces pasamos, no digo ligeramente, pero sí rápidamente por el expediente de la desmalvinización, que tiene muchísimos aspectos. La desmoralización de nuestros veteranos y el infundir ese ánimo derrotista en la cultura argentina pretendió y pretende generar desesperanza. “La Argentina no tiene destino, somos esto, perdimos… ¿te das cuenta? todo fue una fantochada de un borracho…” Jauretche hablaba de las zonceras de la auto denigración. Bueno, en Malvinas eso encontró su máxima expresión. Y ha influido obviamente en el ánimo de los argentinos, y ni qué hablar de los veteranos. No obstante eso, considero que en muchos de ellos arraigó la fe en forma fundamental.

— ¿Qué pasó con esos sacerdotes en la posguerra? ¿Mantuvieron contacto con sus soldados?

— La mayor parte sí. Algunos volvieron a sus tareas, a su ministerio de siempre en una parroquia. Por ejemplo el padre Gozzi, recién al fallecer la gente de su parroquia se enteró de que había estado en Malvinas. Otros sacerdotes, como el padre Fernández, coordinador de los capellanes del Ejército, o Martínez Torrens, o monseñor Puyelli de la Fuerza Aérea, fueron fundamentales en la tarea de la malvinización. O el padre Solonyzny que se reencontraba todo el tiempo con los veteranos del Regimiento de Infantería 5 que había estado en Yapeyú. En muchos de ellos pervivió y hasta fue, junto con la fe, la razón de su existir. Lo veo muy particularmente en el único que yo conocí, Martínez Torrens, a quien tuve la alegría de poder llevarle el libro hace unos días, y sigue siendo ese humilde, sencillo sacerdote. Está en General Roca, en Río Negro, siempre incentivado por la predicación entre los jóvenes y por la cuestión Malvinas. Para él es siempre un tema trascendente.

— ¿Volvió a Malvinas?

— ¿Sabe que no lo sé? Muchos veteranos se resisten a volver. Hoy leía que un veterano, un oficial del Regimiento 5 que estuvo en Howard, fue a Malvinas y le hicieron pagar la tasa como si hubiera ido, no sé, a Bélgica...

— El gobierno de acá le hizo pagar.

— Este gobierno le hizo pagar como si hubiera ido al exterior. La desmalvinización también es decir “Malvinas, Malvinas”, la cuestión de género y todo, pero después Malvinas es el extranjero.

— ¿Éste es su primer libro sobre Malvinas?

— Sí. Pero hay una figura muy interesante que surgió en esta búsqueda, que es la del soldado Carlos Mosto. Pude contactar a la hermana, Elsa Mosto, que vive en Gualeguaychú. Mosto fue una figura entrañable. Entrañable. Un soldado mayor que el resto, estudiante de medicina. Las cartas de Carlos Mosto a su mamá son impresionantes. Él le pide que rece por él, por sus compañeros y también por los ingleses que están enfrente. Mosto murió en Moody Brook, que era el ex cuartel de los marines, y es una figura a la que me gustaría dedicar aunque sea un opúsculo.

— ¿Qué repercusiones ha tenido hasta ahora su trabajo?

— El libro tiene que andar su camino. Contiene cierta incorrección política y eso puede hacer variar su suerte. Veremos.

— La incorrección política suele ser el sentido común de la mayoría.

— Suele ser. Sí. Sin dudas. Así que no lo sé: veremos. Yo ya terminé mi tarea, que era escribirlo, y veremos qué le pasa al libro.

— Que haga su camino, como dijo usted.

— Así es.

 

Tomado de: https://www.infobae.com/sociedad/2022/11/20/sebastian-sanchez-una-dimension-no-abordada-de-la-guerra-de-malvinas-es-la-presencia-de-sacerdotes-en-las-islas/


martes, 28 de septiembre de 2021

SAN MARTÍN CON MIRADA POLÍTICA

 

                                                     Por: SEBASTIÁN SÁNCHEZ

 

Los que tenemos el consuelo

De saber que la patria es un ensayo de esperanza y de cielo,

Los de la patria antigua y el acento inmortal

Los de la sangre limpia, ¡con usted, General!

 

Ignacio B. Anzoátegui, ‘Oda al General San Martín’

 


La historia oficial ha falseado la figura de San Martín por “vía de ensalzamiento”, menoscabándolo, por ejemplo, al exaltar su ciencia militar y a la vez señalar su “cortedad” en materia política. Ese fue el método avieso de Mitre, que dejó el libreto, de modo que “pegarle” a San Martín ha sido el deporte dilecto de los historiadores al uso. No queremos aquí responder los agravios al General -mejores plumas se han ocupado de eso- sino trazar unas líneas acerca de su obra política, soterrada bajo una montaña de elogios vanos y desfiguradores.

 

Dice Enrique Díaz Araujo que el primer paso en la vida política de San Martín fue venir a Indias, decisión que tomó ante la deriva liberal de la afrancesada corona española y la ilegitimidad del Concejo de Regencia, ese artificio pergeñado por los ingleses en la Isla de León. 

 

A poco de llegar al Plata, y antes de emprender su campaña guerrera, Don José se enfrentó al centralista Primer Triunvirato y depuso a Bernardino Rivadavia, que poco antes había expulsado a los diputados del Interior, mandándolos a “quedarse en casa”.

 

Cuando, tras el combate de San Lorenzo, el General fue enviado en auxilio del Ejército del Norte, sus enemigos Rivadavia y Alvear creyeron que así lo corrían de escena. Pero San Martín no sólo auxilió exitosamente a Belgrano, sino que una vez instalado como Gobernador-Intendente de Cuyo, llevó un gobierno notable que le granjeó la amistad de las provincias de tierra adentro. Y todo mientras organizaba el Ejército de los Andes. Asimismo, desde Mendoza fue partícipe directo de la declaración de la Independencia, de modo tal que, sin él, y Belgrano, el Congreso de Tucumán -católico, monárquico y “protofederal”- no hubiese sido posible.

 

Después vendría el Cruce de los Andes -y Chacabuco y Maipú- y todo en medio de las pestes que azotaban a nuestro Ejército (y al propio Libertador), sin que a nadie se le ocurriera guardarse en cuarentenas eternas. Y, una vez libertado Chile, la hora de la “desobediencia” de San Martín (Mitre “dixit”), que fue su negativa a convertirse en el represor de los caudillos -entre ellos, sus amigos López y Bustos- para saciar la codicia despótica del régimen porteño. Don José hizo caso omiso y se quedó en Chile, preparando la campaña libertadora al Perú.

 

EL PROTECTOR

 

El Protectorado de Perú, que ofrece un retrato preclaro del San Martín político, se sostuvo en dos ejes principales: la búsqueda de la independencia, proveyendo al país de un gobierno fuerte, y la garantía de continuidad de la tradición cultural, jurídica y religiosa americana.

 

El Protector instauró en Perú una dictadura, convencido de que nuestros pueblos necesitaban gobiernos fuertes y justos. No se asuste el lector con la mención de la vapuleada palabra: San Martín promovió una magistratura extraordinaria -así se entendía la dictadura en la antigua Roma- para evitar las consecuencias negativas de la Independencia: desunión, fragmentación territorial de los antiguos virreinatos, anarquía destructiva. 

 

Asimismo, a través del Estatuto Provisional de 1821, el instrumento constitucional de su gobierno, Don José promovió el respeto de las tradiciones e instituciones hispanas (siempre a salvo la Independencia, claro). A modo de ejemplo, mantuvo incólume la estructura de Justicia y el régimen municipal de los cabildos, en la medida en que pertenecían al “ethos” jurídico-político del país.

 

En el marco de esa tenacidad tradicionalista se entiende el resguardo de la religión católica como la propia del Estado, tal como ordena el artículo 1° del Estatuto. Allí se afirmaba la libertad religiosa, pero se omitía toda referencia a la libertad de culto, pues para profesar otras religiones era necesario obtener un permiso del Consejo de Estado “siempre que su conducta no sea trascendental al orden público”. No es ésta una cuestión menor: San Martín advirtió que la libertad de culto, tópico central de las constituciones racional-normativas del liberalismo, conlleva la ruptura de la unidad religiosa. En tal sentido, según el aserto de Díaz Araujo, el Protectorado fue un Estado confesional.

 

La paz con España fue otra cuestión cardinal del Protectorado, siempre con la “conditio sine qua non” de la independencia del país. Ese ánimo pacificador se reveló en las conferencias de Punchauca-Miraflores, en las que el Libertador propuso el establecimiento de una monarquía en el Perú (con ánimo de extenderla a Chile y al Plata). La paz no fue posible por la negativa de los realistas que se resistieron, vaya paradoja, a la posibilidad de la monarquía peruana.    

 

En síntesis, el plan de San Martín era lograr la independencia del país andino, hacer la paz con España y dejar gobernando a un monarca. Pero el General no pudo y fue derrotado, en parte por la miopía egocéntrica de Bolívar, en parte por la pertinaz persecución de sus enemigos liberales.

 

La derrota política de San Martín, que no puede negarse ni afecta su grandeza, impidió la continuidad de la unidad de la Patria Grande y terminó por asegurar el enseñoramiento de las logias liberales en los gobiernos de nuestras patrias. Por eso la Dictadura de Juan Manuel de Rosas le pareció a Don José “un modelo a seguir por todos los estados americanos”, pues daba continuidad a su proyecto político. Pero Rosas combatió hasta el desastre de Caseros y también partió al ostracismo. El trágico sino del destierro para nuestros más grandes próceres de algún modo prefigura la permanente frustración argentina. San Martín y Rosas nos dejaron el camino a seguir, no es culpa suya que lo hayamos perdido.      

 

SAN MARTÍN Y NOSOTROS

 

Forjado en la prudencia política, la virtud propia del que manda, Don José sabía “leer dentro” de la realidad y obrar en consecuencia. Decía en carta a su dilecto Tomás Guido que “el mejor gobierno es el que hace la felicidad de los que obedecen empleando los medios adecuados a tal fin”. Toda una definición prudencial. 

 

San Martín combatió en búsqueda de una independencia que respetara el “ethos” americano, para que nuestras patrias se realizaran en un orden político justo, con gobiernos vigorosos y afirmados en el respeto al orden natural. Por eso libró el buen combate contra los libertinos y por eso fue monárquico (como Güemes y Belgrano), pues entendió que la reyecía aseguraba la continuidad de un régimen acorde a nuestra naturaleza cultural.

 

A dos siglos de la epopeya sanmartiniana, los argentinos vemos con doloroso estupor la debacle de nuestra independencia económica, política y jurídica. Lo que hoy “mandan”, distraídos como están en sus fenicios afanes partidocráticos, tiran a la basura la sangre de tantos miles de compatriotas que -desde San Lorenzo a Pradera del Ganso- dieron la vida por una Argentina justa y libre.  

 

Padecemos hoy los desvaríos de un remedo patético de triunvirato -como en 1820, el centralismo porteño determina la vida de todos nosotros- que promueve el desorden y la injusticia. El patriótico anhelo sanmartiniano de lograr un orden político centrado en el Bien Común, ha devenido en este innoble desgobierno que, ante el desastre de sus propias inquinas e incapacidades, desprecia a los argentinos conculcando sus más elementales libertades.

 

En 1834, cuando el retorno de Rosas al gobierno aún estaba en ciernes, Don José escribió una carta a Guido, en la que maldecía la cínica paradoja de los que vociferan amor a la libertad, mientras sólo promueven esclavitud. Juzgue el lector si estas palabras no se ajustan al día de hoy:

 

“Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos. Que me importa que se repita hasta la saciedad que vivo en un país de libertad, si por el contrario se me oprime. ¡Libertad! Para que un hombre de honor se vea atacado por una prensa licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan. ¡Libertad! Para que, si me dedico a cualquier género de industria, venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años y la esperanza de dejar un bocado de pan para mis hijos. ¡Libertad! Para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados porque a cuatro ambiciosos se les antoja, por vía de especulación, hacer una revolución y quedar impunes. ¡Libertad! Para que el dolo y la mala fe encuentren una completa impunidad, como lo comprueba lo general de las quiebras fraudulentas acaecidas en ésta. Maldita sea tal libertad, ni será el hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona, hasta que no vea establecido un gobierno que los demagogos llamen tirano y que proteja contra los bienes que brinda tal libertad”.

 

En sus últimos tiempos en Perú, poco antes de la Entrevista de Guayaquil, el General San Martín le confió a Guido sus planes futuros: tras lograr la independencia quería “volverse con las bayonetas hacia Buenos Aires” para desalojar de allí a los hombres de “infernal conducta”. Sin ceder a la tentación de la historia contrafáctica, podemos decir, casi como una ensoñación: ¡que distinta sería la Argentina si aquellas bayonetas hubieran llegado a destino!   

 

 

Tomado de: https://www.laprensa.com.ar/492463-San-Martin-con-mirada-politica-.note.aspx?fbclid=IwAR0zFJi8MM19asgpRPuU3hEgLupaRl_23WL6Wrf7hwuLIoYC71vIR22V7_A

 


jueves, 17 de diciembre de 2020

A vueltas con la falsificación histórica de José de San Martín

 

Por Sebastián Sánchez *

En el libro "Don José y los chatarreros", Enrique Díaz Araujo detalla el menoscabo histórico que ha sufrido la figura del General San Martín. Sobre el Libertador, dice el ilustre historiador, se han cernido las más terribles calumnias tales como: "hijo ilegítimo, mentiroso, onanista, masón, agente inglés, adúltero y cornudo a un tiempo, opiómano, borrachín, desamorado, mujeriego, tape de Yapeyú, militarote engreído e ingrato ante las peticiones in extremis de su mujer; rey José, indolente en la guerra, enriquecido ilícitamente, etc.; de todo menos bonito".

 

El falseamiento de la figura sanmartiniana no es cosa novedosa en nuestra historiografía y su origen se remonta a los precursores de la historia liberal, aquellos taitas oficiales que mentara Castellani, hasta llegar a muchos de los historietistas actuales. Incluso pocos días atrás, al conmemorarse el aniversario del fallecimiento del Libertador, se planteó -¡una vez más!- el remanido asunto de su pretendido masonismo.

 

La deformación ideológica del prócer, producto de la alquimia de historiadores-nigromantes oficiales, puede sintetizarse en unos pocos conceptos. En vez de aquél milite quijotesco, honorable y valiente, forjado en la guerra contra Napoleón, nos muestran un cursi redactor de anodinas máximas de buena conducta. De aquél español americano dispuesto a dejar la vida por ambas patrias, nos dejan un odiador serial, resentido contra todo lo hispánico. Del señor de la guerra y la política en tanto jerárquico oficio del alma, la deformación historiográfica nos presenta a un demócrata casi volteriano, más amigo de amigo de la guillotina que del combate franco.

 

"SUCIAS VERSIONES"

Los muchos años de inoculación de las "sucias versiones" que indica Díaz Araujo nos ocultan al San Martín patriota, hijo dilecto de la Argentina tradicional y nos estampan el fraude de un descastado espía británico. Y en fin, de aquél católico cabal -de honda piedad mariana- se inventan a un masón, un hermano tres puntos iniciado en oscuros entretejidos del poder.

 

¿Hace falta decir que disfrazar a San Martín de santurrón laico y masón es de una falsedad supina y una malintención manifiesta? Consideramos que no pero que al mismo tiempo no es ocioso preguntarse el porqué de la empecinada falsía que lleva siglo y medio retroalimentándose.

 

Creemos que se trata de escamotear a la Argentina el héroe auténtico, aquél hombre de una pieza y guerrero de ambas patrias, cuyo valor histórico y político es fundamental para la salud del país. Se trata de despojarnos de arquetipos legítimos, para que no cunda su imitación, para que no sean el espejo en el que podamos reconocernos. Se trata de falsear el pasado con el fin de acerrojar nuestro presente y sustraernos la esperanza. Es que si nuestro prócer por excelencia fue lo que dicen quienes pretenden "humanizarlo", si fue ese siniestro personaje atravesado por tanto vicio, ¿qué esperanza tenemos los argentinos de forjar el destino de esta doliente patria? Es equivalente a decirnos que venimos con una falla de origen.

 

EL AUTENTICO SAN MARTIN

 

Pero no. San Martín no fue el que nos muestran los falsarios. Tenemos sus palabras para reconocerlo con claridad pero sobre todo contamos con la entidad de su obra inapelable. Se trata de examinarlo todo "con hechos, que son varones y no palabras que son hembras", como quería Gracián, totalmente ajeno al dictatum de la corrección política y su lenguaje (inclusivo). Es el quehacer patriótico de San Martín, los hechos significativos que jalonan su trayectoria vital, lo que indica cabalmente quien debe ser para nosotros, los desanimados argentinos del siglo XXI.

 

Contamos con sus libros y casi toda la correspondencia sanmartiniana, esto es su voz verídica, y también tenemos la obra de los mejores de entre nuestros historiadores y pensadores: Sierra, Palacio, los Ibarguren y los Irazusta, Steffens Soler, Furlong, Font Ezcurra, de Paoli, Sánchez Sorondo, Genta, Díaz Araujo y tantos otros que nos permitirán reconocer el rostro genuino y arquetípico de San Martín.

Bastan esos recursos para el recto conocimiento de la obra libertadora del Gran Capitán, con esa pasión suya -demostrada en veinte batallas y cien entreveros- por la unión de la Hispanoamérica tradicional que fuera fundada por los Austrias.

 

Justamente lo contrario quería el liberalismo porteño, ese sí inapelablemente masón, que avaló la división de la Patria Grande en republiquetas, tal como dictaban las logias británicas de acuerdo a la antigua fórmula imperialista: "divide et impera".

 

Allí tenemos el testimonio de la campaña libertadora, esa gesta épica librada entre españoles americanos y españoles europeos, que San Martín llevó a cabo con el convencimiento de que la "España oficial era inferior a nuestra España", como supo decir Ignacio Anzoátegui.

 

Y tenemos por evidencia de su grandeza sus gobiernos en Cuyo y en el Perú -donde hoy se lo honra sin tapujos ni remilgos- en los que hizo primar un orden justo y un católico sentido por el Bien Común.

Tenemos en fin al verdadero San Martín que renegó siempre -empezando por su desobediencia a los malos gobernantes- de la política de partido, de la secta, de la división entre compatriotas. El auténtico Capitán que procuró la consolidación de la unidad de la Nación y la restauración de las leyes que más tarde sería encarnada por Juan Manuel de Rosas, por quien mostró un admirado y evidente respeto.

 

LLEGAR A LA VERDAD

En fin, es menester salirse de ese San Martín caricaturesco y exigirse en conocerlo de verdad. Es cierto que hoy, acerrojados como estamos en la coyuntura, atentos a las próximas elecciones, no estamos demasiado dispuestos a revisar y reafirmar nuestro pasado. Estamos muy ocupados en las menudencias de partido como para llevar la mirada a la profundidad de nuestra historia, allí donde tienen cuna nuestros males, pero también nuestras grandezas. Pero vale la pena agudizar la mirada hacia el pasado, entornar los ojos con generosidad en el reconocimiento hacia los mejores y reconocer que nuestra Patria es mucho más admirable que la caricatura que nos muestran.

 

* Doctor en Historia y profesor universitario.

 

Tomado de: http://www.laprensa.com.ar/481661-A-vueltas-con-la-falsificacion-historica-de-Jose-de-San-Martin.note.aspx


martes, 27 de octubre de 2020

Vicente Sierra, liturgo de la historia argentina

Por: Sebastian Sanchez 

 

Enseña Chesterton que existen tres modos de escribir historia. El primero, "que solíamos encontrar en los libros de nuestra infancia, era pintoresco y en extremo falso. Otro, adoptado por los académicos, es el de pensar que se puede seguir siendo falso, siempre que se evite ser pintoresco". Para estos eruditos -dice Chesterton- "es suficiente que una mentira sea oscura para que se la crea verdadera". (¡Ay! ¡cuantos cultores de lo abstruso y apócrifo abundan por estos pagos!).

 

Pero para el genial Gordo existe aún un tercer modo de escribir historia, aquél "que utiliza lo pintoresco de tal forma que parezca un símbolo de la verdad en lugar de un símbolo de la mentira". Así, de esa original manera, que consiste en hacer evidente la verdad sin mengua de la belleza, supo escribir Vicente Sierra, nuestro gran historiador.

 

No abundaremos demasiado en su ilustre biografía salvo para decir que nació en Buenos Aires en 1893 y que allí murió en 1982, a poco de terminar la Guerra de Malvinas. Asimismo, no es ocioso recordar que fue esencialmente autodidacta por lo que no deja de asombrar la vastedad y profundidad de su sapiencia. Durante muchos años ejerció el noble oficio de profesor de secundaria (solía decir que "lo que en la escuela argentina se enseña no es Historia; apenas si es un no siempre atractivo anecdotario... y muchas veces falso") y más tarde, ya maduro, enseñó en la Universidad de Buenos Aires y en la del Salvador. Por otro lado, no puede obviarse su paso por la función pública -siempre bajo los gobiernos peronistas a los que adhirió, aunque no sin reservas- y el hecho de que en 1973 sucediera a Jorge Luis Borges en la dirección de la Biblioteca Nacional.

 

Vicente Sierra le obsequió a la Argentina un conjunto extraordinario de libros, entre los que mencionamos sólo algunos: Los jesuitas germanos en la conquista espiritual de Hispanoamérica (1944); Historia de las ideas políticas en la Argentina (1950); Así se hizo América (1952); Los Reyes Católicos. En torno a las Bulas Alejandrinas de 1493 (1953) y El hombre argentino y su historia (1966). Sin embargo, más allá de lo hasta aquí indicado, importa dejar anotado lo que a nuestro entender representa las columnas fundamentales, los ejes vertebrales de su obra histórica.

 

LOS PUNTALES

 

Lo primero es su cabal comprensión de que el origen y el ser de la Argentina no se inteligen sin la Cristiandad hispana o la Hispanidad cristiana, que lo mismo da. De Castilla y de la Iglesia venimos -por ellas "somos"- y esa certeza recorre todas sus páginas.

 

El segundo gran puntal de su trayectoria intelectual es su incondicional amor por la Argentina. Fue el suyo -¿cómo no?- un amor doliente pero no desesperanzado. Nuestro autor no peroró sobre la "inviabilidad" de la Argentina sino que, por el contrario, procuró contribuir en las vías de su salvación. Cierto es que, como muchos, creyó honestamente que el peronismo era el camino, pero no seremos nosotros quienes apuntemos el índice acusador por ese yerro.

 

La tercera y fundamental columna de su tarea historiológica es el entendimiento del carácter Cristocéntrico de la historia. Nadie más lejos del historicismo que Vicente Sierra pues entendió la historia a la luz de la irrupción del Verbo en ella. Ni quiso ni pudo estudiar el pasado de un modo distinto -por no decir prosaico- que el otorgado por el sentido de lo Eterno, sub specie aeternitatis.

 

En ese aspecto, es posible que su libro más señalado sea el excepcional El sentido misional en la Conquista de América (1942), obra de abundante trabajo archivístico y hermenéutico y a la vez pletórica de originales reflexiones sazonadas con poético talante. En ese libro esencial Sierra explica la forja de la Cristiandad indiana que, proviniendo de la Iglesia y de Castilla, se resolvió finalmente en nuestras patrias autónomas.

 

Y lo propio se vislumbra en su agotadísima e inhallable Historia de la Argentina -cuyos 10 tomos escribió entre 1956 y 1972- en la que el sentido providencial de la historia palpita detrás del factum, de cada hecho descripto y explicado, lo mismo si se trata de un tratado que de un negociado económico, de una batalla heroica, una misión religiosa o un acuerdo constitucional. Por esas páginas despunta siempre la feliz asociación entre labor científica y atención a lo Alto, sin que nunca quede desmentida la distinción entre lo natural y lo sobrenatural.

 

EL MODO CATOLICO

 

Vicente Sierra fue un científico -conoció y enseñó por las causas- pero se engañará quien busque en sus libros las estrecheces mentales del positivista o el reduccionismo petulante del materialista. El hizo ciencia histórica al modo católico, con el esencial auxilio de la poesía y la metafísica.

 

Por eso, con toda justicia puede considerársele un historiador "liturgo" -siguiendo el acertado y singular descubrimiento de Antonio Caponnetto- pues escribió historia reconociendo el plan de la Providencia, entendiendo el pasado de modo sacramental, recorriéndolo con la certeza de la fe y la guía de la teología.

Vicente Sierra, ajeno al "pensamiento enjaulado" de las ideologías, carente de taras historiográficas, dejó a los argentinos una obra superlativa, hoy casi olvidada. Entendemos su ausencia del panteón de los "taitas oficiales" de la historia, como ocurrente y certeramente enseñó Castellani, pero no nos resignamos a su ingrato olvido.

 

Haga la prueba, amable lector, y procure conseguir algún libro de este noble historiador. Será tarea inútil. Hoy lo importante es ser amigo de las novedades, obnubilarse con la "bibliografía actualizada" -por falsa que sea- y desechar la antigua, por buena, bella y verdadera que sea. Quizás -¿quién lo sabe?- esta página sirva para que algún buen librero, de esos que nos consta aún subsisten, se proponga la reedición de los libros de este liturgo de la historia argentina. Dios lo permita.


Tomado de http://www.laprensa.com.ar/476044-Vicente-Sierra-liturgo-de-la-historia-argentina.note.aspx

 

lunes, 4 de mayo de 2020

Dos patriotas borrados de la historia oficial argentina

Fray Francisco de Paula Castañeda
Por SEBASTIAN SANCHEZ


 "Yo no creo en encantadores pues por gracia de Dios soy cristiano a puño cerrado".
 Francisco Castañeda

 Diré lo que Dios me sopla
 Y corríjame si miento;
 El defender la Verdad
 Es el primer Sacramento
 Leonardo Castellani


Afortunadamente la historia de la cultura argentina es pródiga en pensadores lúcidos y buenos literatos aunque también es una crónica en exceso selectiva, de frágil y antojadiza memoria que eleva a pedestales y altares laicos a algunos y destierra al olvido a muchos otros. Sin duda entre estos últimos soslayados destaca el Padre Leonardo Castellani y también un frate suyo, figura insoslayable de la escena nacional del primer cuarto del siglo XIX.

Fray Francisco de Paula Castañeda, puesto que de él se trata, nació en Buenos Aires en 1776, el año de la creación del efímero Virreinato del Río de la Plata. Fue el primogénito de una familia acomodada y profundamente piadosa, por lo que no fue extraño que siendo un jovencito entrara a la Orden Seráfica, la de San Francisco, para iniciar la formación sacerdotal. A pesar de su natural bonhomía y su aguda inteligencia, el joven novicio tuvo algunos inconvenientes en sus primeros tiempos de seminario. Tal como él mismo narra en su periódico más conocido, Doña María Retazos, no podía combatir el sueño y éste le atrapaba en las horas y lugares más inconvenientes. A punto estuvo de ser declarado "inútil para la vida monástica" pero el maestro de novicios, veterano auscultador de almas, evitó su expulsión intuyendo que Francisco sería importante para la Orden. El año 1797 le encontró vistiendo el hábito de San Francisco como sacerdote.

R.P. Leonardo Castellani
Sabido es que el P. Castellani -que nació cuando moría el siglo XIX (1899) en Reconquista, Santa Fe- vistió también la sotana de una orden regular, la Compañía de Jesús, a la que ingresó en 1918. Si no tuvo problemas de sueño como Castañeda, sí se caracterizó desde novicio por una inteligencia vivaz y original. Mientras de día estudiaba a Francisco Suárez, el teólogo "oficial" de los jesuitas, de noche leía para su mayor provecho la Suma de Santo Tomás. Su singularidad e independencia de criterio, aunque sujetas por su proverbial docilidad a la Verdad, le ocasionaría al buen Leonardo no pocos problemas en la Compañía, que se agravarían con el correr de los años.

HOMBRES SABIOS

Más allá de las distancias obvias, no son pocos los paralelos vitales a trazar entre Castañeda y Castellani. Ambos se dedicaron con provecho a la literatura. Es cierto que Castellani -"género único" se ha dicho de su talento- incursionó con hondura en muchos ámbitos de la vida intelectual: a través de cuentos, fábulas, poesías y ensayos abundó sobre psicología, historia y política, homilética, filosofía y teología; pero también es verdad que Castañeda dejó una enorme obra periodística que no sólo describía "lo que pasa" sino también y fundamentalmente "lo que es".

Castellani pensó y amó a la Argentina con una profundidad inédita en esta tierra, pero Castañeda -tan amante de la Patria como el jesuita- dedicó afanosamente sus días a la vida pública o, para mejor decirlo, a testimoniar a Cristo en la vida política.

Fueron hombres sabios, de gran formación y no pocos honores académicos, y también desdeñosos de la falsa erudición, de la pomposidad estulta de los doctores, de la fatuidad del académico sonso. Por eso escribieron "en criollo", reconociéndose hijos de la tierra sin desestimar la verdad universalmente enseñada. Dominaron la ironía y la mordacidad, no con el desparpajo del comediante sino con el buen humor del sabio, y combatieron el error (cuidando siempre del que yerra) a través de la maestría en el verso, en la cuarteta audaz, la fábula sarcástica o el epigrama genial.

Castañeda fue un gran orador sagrado que pronunció bellísimos sermones patrios pero sobre todo cultivó el periodismo, al punto de corresponderle la paternidad fundacional de la prensa argentina luego de 1810. Ese honor, que le fue escamoteado para serle dado a los ilustrados iniciadores de la Gazeta, es sólo un ejemplo de las injusticias que su figura ha sufrido. Baste mencionar que fundó veinticuatro periódicos que lo tuvieron por editor y único redactor, de los cuales editó siete al unísono mientras sus ejemplares se vendían como pan caliente entre los sencillos de la ciudad. Los títulos de sus diarios fueron desopilantes y geniales: El Despertador Teofilantrópico Místico y Político; La verdad desnuda; La guardia rendida por el Centinela y la traición descubierta por el oficial de día. Y un par más, de colección: Vete portugués que aquí no es y Ven portugués que aquí es.

Por su parte Castellani escribió en docenas de periódicos y revistas, católicas y nacionalistas, laicas y republicanas, aunque no liberales. Fundó incluso una revista que hizo historia: Jauja, y se jubiló como periodista y no como sacerdote. No obstante, lo suyo fueron los libros pues, como Chesterton, escribía uno a la menor provocación. Es tarea difícil elegir unos pocos títulos de su vasta producción pero baste con señalar Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Cristo y los fariseos, Psicología humana, San Agustín y nosotros, Crítica literaria, Su Majestad Dulcinea, El libro de las oraciones y Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas.

DOS REACCIONARIOS

Puede decirse que ambos fueron reaccionarios. Castañeda ejerció su "santa ira", como dijo de él Capdevila, contra el liberalismo que -encarnado en Rivadavia y su Reforma- amenazaba a la joven Argentina. Por su parte Castellani reaccionó a la continuación de esa "tradición" liberal que, consolidada y ampliada con el socialismo, irrumpía en todos los ámbitos: la política, la familia, la educación e incluso la Iglesia. Y a los dos la "reacción" les costó persecución, destierros, odios y penurias, no pocas veces ejercidas por sus superiores.

Y por eso hay un elemento más que aúna a nuestros curas: el sistemático y malintencionado olvido al que han sido condenados. Es cierto que Castañeda tuvo unos pocos buenos biógrafos (Capdevila, Furlong, Scenna) y que Castellani también los tiene (Randle, por ejemplo o Juan Manuel de Prada, que lo editó e hizo conocer en España y - ¡ay!- también a muchos argentinos). Todo eso es verdad pero no lo es menos que ambos han sido negados, vilipendiados, borrados de la historia de la cultura argentina. Ellos, que tanto hicieron por columbrarla. Uno y otro, valientes y brillantes, mordaces y caritativos, originales y desenfadados, irreverentes con el error y plenamente ortodoxos, fueron ambos patriotas de una Argentina tantas veces ingrata con sus mejores hombres.

Castañeda murió en Paraná en 1832, mientras terminaba de construir su enésima escuela. Castellani partió en 1981, en su viejo departamento de Buenos Aires, en el que se había convertido en Ermitaño Urbano. Quizás, sólo Dios lo sabe, andarán hoy compartiendo morada, discutiendo risueños y recitando aquellos versos diamantinos del Cura Loco:


 Yo ya me jugué la vida
 Si soy débil, Dios es fuerte
 Ya no tengo más bandera
 Que ésta: Religión o Muerte.