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miércoles, 10 de noviembre de 2021

ROSAS Y SUS ADVERSARIOS*

 


Por: Roberto de Laferrere

El vasto silencio de los historiadores unitarios ha sido roto por el doctor Lavalle Cobo, que no es historiador. El silencio, pues, se prolonga detrás de él, en las sombras de la historia oficial: y el doctor Lavalle Cobo se lanza solo, en una carga de caballería que, como alguna de su vehemente antepasado, es una carga en el vacío: fuera del campo de batalla. Esto será lo que procure demostrar aquí, reprimiendo, a mi vez, cualquier “virulencia patriótica” y con el respeto y la simpatía que por tantas razones, directas e indirectas, me merece el doctor Lavalle Cobo. 

 

Yo tampoco soy historiador, y esto bastaría a excluirme del debate, a no mediar aquel silencio, que también a mí me habilita para ensayar, aunque con “pluma vacilante”, la defensa del General Rosas. Tarea en cierto modo fácil, para quienes no han aprendido en los textos clásicos a ignorar la historia – y hasta la geografía – de su país, y escaparon al peligro de obscurecer en ellos para siempre su visión del pasado. Somos muchos, así, los que estamos aligerados de fantasmas y en actitud de comprender, dentro de las limitaciones naturales de cada uno, el sentido de hombres y acontecimientos desfigurados en las crónicas por los protagonistas de una lucha que ellos mismos nos contaron.

 

Curiosos de otros libros y documentos, el azar de las lecturas nos llevó a comprobar, con asombro, primero, y con irritación después, que en el relato de este episodio, en la explicación de aquél motín, en la semblanza de tal personaje o en la definición de tal partido, los cronistas no habían respetado la verdad: con lo que perdieron ellos nuestro respeto. Descubrimos que no era indispensable ser eruditos para averiguar que hasta la versión del movimiento de Mayo nos había sido falsificada; que la verdadera independencia nacional fue proclamada por los montoneros del año 20, “contra” el Congreso de Tucumán, y las veleidades monárquicas de los directoriales unitarios; que la Banda Oriental, escarnecida durante años por ciertos hombres de Buenos Aires, había sido “entregada” a los portugueses, en acuerdo secreto con Inglaterra, y que, después de Ituzaingó, nos separó definitivamente de ella la acción de Rivadavia y sus agentes diplomáticos, quienes respondían a las exigencias apremiantes de Cánning, contra la política argentina de Dorrego; que Lavalle, instrumento ciego en manos ocultas, fusiló a Dorrego sin justicia, sin autoridad, sin proceso y sin discernimiento, en un arrebato de granadero, y que las luchas sobrevinientes entre unitarios y federales, “europeístas” y “americanos”, “civilización” y “barbarie”, no representan sino las maquinaciones y arterías de los extraños para romper la unidad del antiguo Virreynato, crear cuatro países débiles en el lugar de uno fuerte, oponer la influencia del Brasil a la nuestra en Sud América, consolidar el dominio inglés en el Río de la Plata y sustituir con el tiempo la población nativa –los gauchos de Martín Fierro – con los inmigrantes desarrapados –“Juan Sin Ropa”– y analfabetos, que también representaban la “civilización” de Europa… 

 

Los unitarios

 

El nacionalismo de Rosas se define, ante todo, por su oposición a los unitarios, quienes desde 1812, con Rivadavia frente a Artigas, hasta después de Caseros, estuvieron siempre al servicio, más o menos deliberado, de aquel plan de dominación extraña. Al juzgar la conducta de sus jefes de las logias secretas, cabe pensar, en su excusa, que les faltaba el sentimiento de la nacionalidad. No lo traicionaron, porque no lo tuvieron. Para los más caracterizados entre ellos, ser argentino era ser porteño, y ser porteño era un fenómeno de cultura personal, rara vez logrado en sus filas, porque, la verdad sea dicha, todo el partido unitario no produjo una docena de espíritus verdaderamente cultos. Los más ilustres, los más famoso hoy, eran literatos o poetas, que, a título de tales, pretendían erigirse en los supremos legisladores de la nacionalidad. En cualquier caso, fueron extraños al país, cosa que tardaron en descubrir, pues por un fenómeno característico de su vanidad, al principio concibieron éste a imagen y semejanza suya, y luego, al comprobar la contradicción, dictaminaron que el país estaba equivocado. Vivieron mirando a Europa, de espaldas a la tierra en que habían nacido, de la que se avergonzaban sin ocultarlo, como se avergüenzan los guarangos modernos. En el fondo no se sintieron nunca compatriotas del hombre del interior o de las campañas de Buenos Aires o de los arrabales porteños. Lo despreciaron, porque se creían superiores a él, cuando sólo lo eran en algunos aspectos, los de su cultura social y libresca, es decir lo menos importante en la vida que les había tocado vivir.

 

En el origen de su política centralista no hay una doctrina –tan pronto eran republicanos como monárquicos– sino un interés de clase o de grupo que aspira a tener un país propio para gobernarlo e imponerle por decreto –o mejor dicho por ley, pues eran legalistas– la cultura “europea”: no española, ni inglesa, ni francesa, nada definido, sino “europea”, así en abstracto: lo único que no había existido ni podía existir en ninguna parte de Europa. Todo hace creer que confundieron la cultura con las modas de la época y no comprendieron nunca que en la formación de una cultura nacional –de acuerdo al modelo europeo, precisamente– no podía prescindirse de la realidad nacional, el sujeto de la cultura. Pero esta realidad era lo que ellos no aceptaban. Querían rehacerla conforme a sus “ideas”, que habían convertido en ídolos. Y sus “ideas” no nacían de la experiencia, en el mundo que vivían: les llegaban, como las levitas, confeccionadas en otra parte.

 

La desvinculación de las ideas con la realidad es el caos, la locura. Rivadavia, el “visionario”, era ante todo un loco: un loco de la política; su cordura renacía en la vida privada, donde no interesaba a nadie. Sus adláteres –algunos de ellos siniestros por su perversidad sanguinaria– eran también los hombres de las contradicciones y de las incoherencias. Se llamaron unitarios, pero no admitían que la nacionalidad es una unidad moral que se prolonga a través de las generaciones, y conspiraron contra la unidad de raza, de religión, de costumbres, de tradiciones, de cultura, en el pueblo argentino. Así confundieron progreso con sustitución, ignorando que sólo progresa lo que se perfecciona en el sentido de lo que ya es. Y nunca se propusieron el progreso del pueblo argentino, sino su trocamiento en otro pueblo distinto, que no sería hispánico, ni latino ni tendría pasado respetable porque lo habría repudiado. El ideal de los unitarios –que después extremó Alberdi hasta el absurdo de las Bases– consistía en hacer del argentino real un ente tan descaracterizado como las propias imágenes con que sustituían las ideas ausentes. Los hombres de la realidad se levantaron contra ellos y los expulsaron del país. En eso consistió su tragedia de desterrados.

 

Pero antes habían llevado a la política el desorden de sus “ideas”, convulsionando a las catorce provincias con sus tentativas de predominio ilegítimo. Al aproximarse el año 20, comprobado su fracaso en el gobierno y sintiendo que el suelo temblaba bajo sus pies, creyeron que el país se hundía con ellos, porque ellos eran el país, y pidieron el Protectorado de Inglaterra o mendigaron en España y en Francia –¡y hasta en Suecia!– un monarca extranjero. Repudiados, con la Constitución de Rivadavia, que era su obra maestra, utilizaron a Lavalle sublevado para iniciar la guerra civil. Cuando el orden se salvó con Rosas, conspiraron contra el orden, siempre a la zaga de los extranjeros, para establecer aquí “la influencia de Francia”, o para desmembrar la nación, después de declararla disuelta, o para entregar los ríos interiores al dominio internacional, o para garantizar en forma perdurable la independencia de las antiguas provincias segregadas.

 

¿Traidores? La palabra es terrible y desagradable de aplicar, si no es en un sentido metafórico. Preferible es creer que Florencio Varela, por ejemplo, llegó a ser un desarraigado sin patria, ciudadano de una República inexistente, que había perdido en el exilio cualquier resto de solidaridad con los hombres de su tierra. No olvidemos, por los demás, que con los unitarios militaron algunos guerreros de la independencia y que un patriota como Chilavert siguió también la política de Montevideo, hasta descubrir su entraña, antes escondida a sus ojos, que no eran de lince. ¿Cuántos habrán estado en la misma situación de engañados? Esto nunca lo sabremos. El General Paz rechazó el proyecto de separar a Entre Ríos y Corrientes de la Confederación Argentina que sometió Varela a su aprobación. Pero ese mismo rechazo de Paz, la sorpresa de Chilavert y los escrúpulos que más de una vez confesó Lavalle antes del 40, prueban que el fondo de la conspiración unitaria era sombrío y que convenía mantenerlo oculto. Esa gente no “procedía a la luz del día”…

 

En general, y aunque nos cueste reconocerlo a los que también somos sus compatriotas, podemos decir con verdad que esa política que consistió, desde sus comienzos, en negar el país, y concluyó conspirando contra su integridad territorial, era en sí misma una traición a los hombres de la Conquista y de la Revolución. Era una traición a la historia, a los antepasados: una traición de los hijos a los padres. 

 

La figura de Rosas

 

Frente a esa política, tan obcecadamente mantenida, la figura de Rosas se agiganta como la del principal defensor de la nacionalidad, en una lucha a muerte que dura, para él, más de treinta años. Es el representante de lo argentino, de lo nuestro, en conflicto con los extraños, cuyos propósitos hostiles nada tenían que hacer con la Civilización ni con la Cultura, brillantes chafalonías con que se buscaba deslumbrar a los incautos. Ese es el sentido que tiene Rosas para nosotros, los que procuramos rehabilitar su nombre, por eso ilustre, ante las nuevas generaciones. En vano se insistirá en renovar los viejos motivos de repudio, calificando lo nacional de “bárbaro” y de “salvaje” en un curioso empeño de exhibirnos ante los demás como un pueblo de inferiores. No lo creemos. Se podría probar sin esfuerzo que en ninguna otra parte del mundo el hombre de la tierra ha sido superior al gaucho, ni tan rico en calidades esenciales, ni tan susceptible de un rápido perfeccionamiento individual. En vano también se procurará restaurar las viejas diatribas personales contra Rosas. Están demasiado desacreditadas.

 

¿Era inclemente? No nos interesa. No fue clemente Moreno con Liniers, ni Castelli con Nieto, ni Rivadavia con Álzaga, ni Bolívar con Policarpa Salabarrieta, ni O’Higgins con los Carrera, ni Urquiza con Chilavert. ¿Lo era acaso Sarmiento cuando se regocijaba en público por el fusilamiento del héroe de Martín García, proclamaba la necesidad de asesinar a Urquiza o aconsejaba a Mitre que “no ahorrase sangre de gauchos”?

 

Rosas, que no gobernó un día, fusiló muchos unitarios. Se nos ha enseñado que las luchas entre éstos y los federales era una simple lucha de partidos en desacuerdo por doctrinas políticas, como podría serlo la de los radicales y conservadores de hoy, si tuvieran doctrinas. Pero esto es falso. A partir de 1838, esa lucha tuvo el carácter de internacional que los unitarios por propia voluntad le dieron al sumarse a los extranjeros que guerreaban contra el país. Acaso seguían creyendo que el país eran ellos, pero este error no valía para Rosas, ni puede valer hoy para nosotros al juzgar a Rosas y a sus adversarios. Sorprendidos en sus maquinaciones, eran fusilados como Ramón Maza, o muertos en la persecución que seguía a las batallas, como Berón de Astrada o en la exaltación que su propia conducta provocaba en la ciudad bloqueada y humillada por las dos escuadras más poderosas de la tierra. No necesitó iguales motivos Urquiza para matar a todos los soldados de la división Aquino, en las mismas calles de Buenos Aires. ¿Abusos? Mil se habrán cometido, como en todas las épocas de guerra civil, en Francia, en España, en Inglaterra, en Alemania, en Italia. Como se cometen actualmente aquí, en plena era de paz democrática, con motivo de cualquier acto electoral: en San Juan, hace poco tiempo. Con sólo los asesinados en el siglo XX, por razones políticas, podríamos construir otras tablas de sangre como las de Rivera Indarte.

 

Pero los fusilamientos de Rosas no son objetables en su época y en las circunstancias del país, que vivía bajo la ley marcial. Sólo en los pueblos bárbaros, formados por tribus o bandas, no se castiga con la máxima severidad a los que conspiran contra las autoridades para derrocarlas, en momentos de un peligro nacional. Las pasiones de entonces eran candentes; los juicios con que unos a otros se condenaban, lapidarios. Era “acción santa matar a Rosas”, según el lema de Rivera Indarte. Había que colocarse a la recíproca. Lavalle mismo fue despiadado al condenar la unión con los franceses antes de aceptarla en una de sus frecuentes desviaciones. Los rosistas de hoy no la hemos calificado con igual virulencia. “Los dos diarios de Montevideo – escribía el general– están de acuerdo sobre la unión con los franceses… Estos hombres, conducidos por un interés propio muy mal entendido, quieren trastornar las leyes eternas del patriotismo, el honor y el buen sentido; pero confío en que toda la emigración preferirá que la revista (una de las publicaciones unitarias) la llame estúpida a que su patria la maldiga mañana con el dictado de vil traidora”.

 

Más tarde, Lavalle cambió de opinión; Rosas, no. ¿Con qué violencia no hubiera obrado aquél, en la posición de éste, contra los que llamaba “viles traidores”? Aterra pensarlo, cuando recordamos el drama de Dorrego, fusilado sin causa… 

 

Rosas y la unidad nacional

 

(Se)…le censura a Rosas que no hiciera la organización nacional. ¿Quién lo hizo antes de él? ¿Quién pudo hacerla? ¿Y cómo podía Rosas darnos la organización nacional en medio de la guerra que durante los 17 años de su segundo gobierno le llevaron sus enemigos internos en alianza con los bolivianos o con los franceses o con los ingleses o con los paraguayos o con los brasileños o con los orientales de Rivera o con todos a la vez?

 

Hizo mucho más que eso, sin embargo. Nacido a la política como reacción espontánea contra la anarquía de los partidos, sofocó por la fuerza de una guerra victoriosa y las artes de la diplomacia más sutil, a todas las facciones adversas: lo mismo que los unitarios habían ensayado antes, pero sembrando la ruina y el desorden. Así impuso en los hechos, en la realidad inconmovible de las cosas, la unidad nacional y creó en el país el hábito de la obediencia y el respeto a la autoridad. Y ese hecho fundamental no le será nunca suficientemente agradecido por las generaciones del futuro que reflexionen con serenidad y con lucidez sobre el proceso de la formación argentina.

 

Su empresa era la de la fuerza en acción: la violencia, la guerra, únicos métodos capaces de restaurar el orden de un país convulsionado por los anarquistas y amenazado desde el exterior. Una Constitución escrita, de la que emanase el poder capaz de dominar el desorden, hubiese creado el despotismo permanente, para Rosas y los que le siguieran. Si, por temor al despotismo, se creaba un poder constitucional moderado, su debilidad en las circunstancias nos volvería a la anarquía o violaba el Gobierno la Constitución con el pretexto de sostenerla. Con estos mismos argumentos, Facundo Zuviría, presidente de la Convención del 53, sostuvo al iniciar ésta sus deliberaciones que no había llegado todavía el momento de dar una Constitución escrita al país. Era partidario de una autoridad de hecho o fundada en convenciones circunstanciales, que pudiera ejercer el poder con todo rigor, sin comprometer ningún principio permanente. Las razones que defienden a Rosas eran las de Zuviría, su enconado adversario político de 30 años.

 

Rosas sabía, por lo demás, que la Constitución no podía ser la obra suya, sino la consecuencia de su obra. Que ésta, la pacificación del país, no había concluido lo prueba el hecho de que, en definitiva, los rebeldes concluyeron con él. Pero nadie podrá negarle la gloria de haber constituído la nación en los hechos con sus empresas de treinta años, desde el 20, en que sofocó por primera vez la anarquía, hasta el 52, en que entregó las provincias unificadas a sus vencedores ocasionales. El acuerdo de SAN NICOLAS fue el acuerdo de los gobernadores de Rosas.

 

Lo que sucedió después de Caseros, lo justifica aún más ante la historia. Urquiza quiso hacer lo que Rosas no había hecho y atrajo consigo a los unitarios, en un prematuro ensayo de organización nacional. Con los unitarios en el partido gobernante, creó el cisma en el gobierno mismo. Rota la unidad de Rosas, no vino la unidad de Urquiza, sino la anarquía de los unitarios otra vez, pero con ellos dueños de Buenos Aires. Diez nuevos años de guerra civil, acaso los más sangrientos de todos, otros diez de revueltas y de tumultos, de persecuciones y de injusticias, y el asesinato de Urquiza, siguieron al derrocamiento de Rosas, mientras el extranjero, que había atisbado pacientemente la oportunidad propicia a sus intereses, sacaba los mejores frutos de una victoria de armas, que, lejos de ser una victoria de los argentinos, se convirtió con el tiempo, en la más grande derrota de su historia. Caseros.


Capítulo I de "El Nacionalismo de Rosas", de Roberto de Laferrère

viernes, 14 de abril de 2017

LOS UNITARIOS*

Por: Roberto de Laferrere

El nacionalismo de Rosas se define, ante todo, por su oposición a los unitarios, quienes, desde 1812, con Rivadavia frente a Artigas, hasta después de Caseros, estuvieron siempre al servicio, más o menos deliberado, de aquel plan de dominación extraña. Al juzgar la conducta de sus jefes de las logias secretas, cabe pensar, en su excusa, que les faltaba el sentimiento de nacionalidad. No lo traicionaron, por que no lo tuvieron. Para los mas caracterizados entre ellos, ser argentino era ser porteño, y ser porteño era un fenómeno de cultura personal, rara vez logrado en sus filas, porque, la verdad sea dicha, todo el partido unitario no produjo una docena de espíritus verdaderamente cultos. Los más ilustres, los más famosos hoy, eran literatos o poetas que, a titulo de tales, pretendían erigirse en los supremos legisladores de la nacionalidad. En cualquier caso, fueron extraños al país, cosa que tardaron en descubrir, pues por fenómeno característico de su vanidad, al principio concibieron éste a imagen y semejanza suya, y  luego, al comprobar la contradicción, dictaminaron que el país estaba equivocado. Vivieron mirando a Europa, de espaldas a la tierra en que habían nacido, de la que se avergonzaban sin ocultarlo, como se avergüenzan los guarangos modernos. En el fondo no se sintieron nunca compatriotas del hombre del interior o de las campañas de Buenos Aires o de los arrabales porteños. Lo despreciaron, porque se creían superiores a él, cuando solo lo eran en algunos aspectos, los de su cultura social y libresca, es decir, los menos importantes en la vida que les había tocado vivir.

En el origen de su política centralista no hay una doctrina –tan pronto eran republicanos como monárquicos- sino un interés de clase o de grupo que aspira a tener un país propio para gobernarlo e imponerle por decreto –o mejor dicho por ley, pues eran legalistas- la cultura “europea”: no española, ni inglesa, ni francesa, nada definido, sino “europea”, así en abstracto: lo único que no había existido ni podía existir en ninguna parte de Europa. Todo hace creer que confundieron la cultura con las modas de la época y no comprendieron nunca que en la formación de una cultura nacional –de acuerdo con el modelo europeo, precisamente- no podía prescindirse de la realidad nacional, el sujeto de la cultura. Pero esta realidad era lo que ellos no aceptaban[1]. Querían rehacerla conforme a sus “ideas”, que habían convertido en ídolos. Y sus “ideas” no nacían de la experiencia, en el mundo que vivían; les llegaban, como las levitas, confeccionadas en otra parte.

La desvinculación de las ideas con la realidad es el caos, la locura. Rivadavia, el “visionario”, era ante todo un loco: un loco de la política; su cordura renacía en la vida privada, donde no interesaba a nadie. Sus adláteres –algunos de ellos siniestros por su perversidad sanguinaria- eran también los hombres de las contradicciones y de las incoherencias. Se llamaron unitarios, pero no admitían que la nacionalidad es una unidad moral que se prolonga a través de las generaciones, y conspiraron contra la unidad de raza, de religión, de costumbres, de tradiciones, de cultura, en el pueblo argentino. Así confundieron progreso con sustitución, ignorando que solo progresa lo que se perfecciona en el sentido de lo que ya es. Y nunca repropusieron el progreso despueblo argentino, si no su trocamiento en otro pueblo distinto, que no seria hispánico, ni latino, ni tendría pasado respetable porque lo habría repudiado. El ideal de los unitarios –que después extremó Alberdi hasta el absurdo en las Bases- consistía en hacer del argentino real un ente tan descaracterizado como las propias imágenes con que sustituían las ideas ausentes. Los hombres de la realidad se levantaron contra ellos y los expulsaron del país. En eso consistió su tragedia de desterrados.

Pero antes habían llevado a la política el desorden de sus “ideas”, convulsionando a las catorce provincias con sus tentativas de predominio ilegitimo[2]. Al aproximarse el año 20, comprobado su fracaso en el gobierno y sintiendo que el suelo temblaba bajo sus pies, creyeron que el país se hundía con ellos, porque ellos eran el país, y pidieron el protectorado de Inglaterra, o mendigaron en España y en Francia –¡y hasta en Suecia!- un monarca extranjero. Repudiados, con la Constitución de Rivadavia, que era su obra maestra, utilizaron a Lavalle sublevado para iniciar la guerra civil. Cuando el orden se salvó con Rosas, conspiraron contra el orden, siempre a la zaga de los extranjeros, para establecer aquí “la influencia de Francia”, o para desmembrar la nación, después de declararse disuelta, o para entregar los ríos interiores al dominio internacional, o para garantizar en forma perdurable la independencia de las antiguas provincias segregadas.
¿Traidores? La palabra es terrible y  desagradable de aplicar, si no es en un sentido metafórico. Preferible es creer que Florencio Varela, por ejemplo, llegó a ser un desarraigado sin patria, ciudadano de una Republica inexistente, que había perdido en el exilio cualquier resto de solidaridad con los hombres de su tierra[3]. No olvidemos, por lo demás, que con los unitarios militaron algunos guerreros de la independencia, y que un patriota como Chilavert siguió también la política de Montevideo, hasta descubrir su entraña, antes escondida a sus ojos, que no eran de lince. ¿Cuántos habrán estado en la misma situación de engañados? Esto nunca lo sabremos. El general Paz rechazó el proyecto de separar a Entre Ríos y Corrientes de la Confederación Argentina que sometió Varela a su aprobación[4]. Pero ese mismo rechazo de Paz, la sorpresa de Chilavert, y los escrúpulos que mas de una vez confesó Lavalle antes del 40, prueban que el fondo de la conspiración unitaria era sombrío y que convenía mantenerlo oculto. Esa gente “no procedía a la luz del día”, como cree el doctor Lavalle Cobo.

En general, y aunque nos cueste reconocerlo a los que también somos sus compatriotas, podemos decir con verdad que esa política, que consistió desde sus comienzos en negar el país y concluyó conspirando contra su integridad territorial, era en sí misma una traición a la historia, a los antepasados: una traición de los hijos a los padres[5].

*Extraído del libro "El nacionalismo de Rosas". Editorial Haz. Bs As., mayo de 1953. Pags 13/16. Editado por primera vez en el numero 2-3 de la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, correspondiente a Agosto de 1939.



NOTAS

[1] Decía el padre Castañeda: “Eche Ud una ojeada rápida sobre la conducta de nuestros políticos de la década anterior y verá que en vez de fomentarlo todo, lo han destruido todo, nomás por que no esta como en Francia, en Londres, en Norteamérica, ni en Flandes. Todos ni mas ni menos como Tales Milesio están mirando a otra parte menos al suelo donde pisan; olvidan sus cosas propias, y codician las ajenas, para quedarse sin las unas ni las otras como el pueblo de la fabula” (La matrona comentadora de los Cuatro periodistas, Numero 1, pags 8 y 9). En el N° 6 del mismo periódico, pag 92 a 94, agrega que nuestros políticos “…se han persuadido que Dios solo está en Francia, en Inglaterra, en Norteamérica, y en todas partes menos en España, y en Sudamérica, siendo así que en donde menos se piensa salta la liebre. ¿Cómo hemos de tener espíritu nacional si en lo que menos pensamos es en ser lo que somos?. Nosotros somos hispano-americanos, ibero-colombianos, y esto hemos de ser siempre, si queremos ser algo; pero nosotros, empeñados en reducirnos a la nada, de repente somos ingleses, a renglón seguido andamos a la francesa, de ahí a la italiana; otra vez a lo protestante, de ahí a lo filosofo incrédulo y en fin según el librito que hemos leído en la nota precedente.” (Tomo estas transcripciones del libro Unitarios y Federales de Avelina M. Ibáñez)
[2] “Mientras en la capital se disputaba con gracia y con ingenio en los estrados aristocráticos, en los gabinetes de nuestros estadistas, en los clubs y en los cafes, sobre las ventajas de la centralización, las poblaciones del interior se agitaban a impulso de entidades simpáticas a la multitudes, y el poncho de sus jefes se levantaba como insignia en esas llanuras que convidan a la libertad de la naturaleza, y donde las hojas escritas por los doctos porteños eran arrebatadas por el pampero, como las de los árboles (Jose Tomas Guido, Escritos políticos, articulo sobre “Nuestros parlamentos”)
[3] Florencio Varela –dice Alberdi en el tomo XII de los “Escritos póstumos”, edicion 1900- ha vivido conspirando los 18 o 20 años de su vida publica. Tomó, desde joven, parte activa en la revolución del 1° de diciembre de 1828, hecha por el general Lavalle, contra el gobernador Dorrego, asesinado oficialmente. Vencida esa revolución, se refugió en Montevideo, en 1829, y desde entonces conspiró desde allí con toda fuerza levantada contra el gobierno de Buenos Aires, argentina o extranjera, no importa: se ligó al Paraguay, a las provincias, a los orientales, a los franceses…”
[4] “Cuando el señor Florencio Varela –dice el general Paz en sus “Memorias”- partió de Montevideo a desempeñar una misión confidencial cerca del gobierno ingles, el año 1843, tuvo conmigo una conferencia, en que me pregunto sí aprobaba el pensamiento de separación de las provincias de Entre Ríos y Corrientes; mi contestación fue terminante y negativa. El señor Varela no expresó opinión alguna, lo que me hizo sospechar que fuese algo más que una idea pasajera, y que su misión tuviese relación con el pensamiento que acababa de insinuarme. Yo obrando según la lealtad de mi carácter, y no escuchando sino los consejos de mi patriotismo, y en preocupación de lo que pudiera maniobrar subterráneamente a este respecto, me apresuré a hacer saber al comodoro Purvis y al capitán Hortham, que mi opinión decidida, era que se negociase sobre estas dos bases: Primera, la independencia perfecta de la Banda Oriental. Segunda, la integridad de la República Argentina, tal cual estaba. No tengo la menor duda de que estos datos fueron transmitidos al gobierno ingles, y que contribuyeron a que el proyecto no pasase adelante por entonces. El señor Varela desempeñó su misión a la que se ha dado gran valor, y por lo que después hemos visto, y de que hablaré a su debido tiempo, me persuado de que hizo uso de la idea de establecer un estado independiente entre los ríos Parana y Uruguay, la que se creía alegraría mucho a los gobiernos europeos, particularmente al ingles.
Estos mismos (los partidarios del proyecto) habían lisonjeado desde mucho tiempo antes, a los orientales, con el de reunir esas mismas provincias a la República del Uruguay, sin lograr otra cosa que eludirlo y hacerlo cada día mas impracticable.
Lo particular es, que para recomendarlo (al proyecto) se proponía probar que era utilisimo a la República Argentina. Que se adoptase como arma para debilitar el poder de Rosas, se comprende; pero que se preconizase como conveniente a nuestro pais, es lo que no me cabe en la cabeza”. (“Memorias del general Paz”, pag 280 y 281, edición de La Cultura Argentina, 1917.)
[5] En el “Facundo”, de Sarmiento, se leen estas palabras que no deben olvidarse: “…los otros pueblos americanos que indiferentemente e impasibles miran estas luchas y alianzas de un partido argentino con todo elemento europeo que venga a prestarle apoyo, exclaman a su vez llenos de indignación: “estos argentinos son muy amigos de los europeos” y el tirano de la Republica Argentina se encarga oficiosamente de completarles la frase, añadiendo:¡Traidores a la causa americana! ¡Cierto!, dicen todos; ¡traidores! ¡esa es la palabra!. ¡Cierto!, decimos nosotros: traidores a la causa americana, española, absolutista, barbara. ¿No habeis oido la palabra salvaje que anda revoloteando sobre nuestras cabezas?. De eso se trata, de ser o no ser salvajes”.

sábado, 10 de diciembre de 2016

JUAN MANUEL DE ROSAS*

Por: Roberto de Laferrere

Hace 180 años nació en Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas, el hombre más fuerte que ha tenido este país. Nadie como él en nuestras guerras civiles, suscitó odios tan tremendos, ni inspiró sentimientos de adhesión tan espontánea y generosa. Ninguno de nuestros próceres ha sido, además, tan calumniado por los cronistas, los oradores y los poetas de varias generaciones. Pero ninguno tampoco parece tan invulnerable a la calumnia. Su grandeza en la historia ya no se discute, y a un siglo de la batalla de Caseros, tiene adictos tan resueltos como los montoneros del 40. La sombra de Rosas vuelve sobre nosotros, como para acaudillar otra vez a las multitudes argentinas, en las luchas de un futuro que se anuncia tan violento como el pasado. En eso consiste la inmortalidad de los héroes.

Rosas es un héroe de la nacionalidad, su defensor más auténtico y apasionado. Es el representante de lo argentino, de lo nuestro en conflicto con los extraños; y también para una legión de compatriotas que vivían mirando a Europa, de espaldas a la tierra en que habían nacido y avergonzados de sus compatriotas, a quienes declararon la guerra como expresión de la “barbarie nacional”, para alistarse en las milicias de la “cultura europea”.

Durante los 17 años de su segundo gobierno, Rosas sostuvo sin desfallecimientos la guerra que le llevaron sus enemigos internos en alianza con los bolivianos, o con los franceses, o con los ingleses, o con los orientales de Rivera, o con todos a la vez.

Esa empresa gigantesca solo puede ser comparada con la del general San Martin, y fue su complemento, porque, sin Rosas, la independencia que consiguió el vencedor de Chacabuco y de Maipo hubiera quedado destruida en los hechos a los pocos años de estas batallas. Así lo reconoció alguna vez el viejo Sarmiento, que siempre decía la verdad cuando la verdad no le incomodaba. En el orden interno, el general Rosas es el verdadero autor del orden en que se constituyó el país. Nacido a la política como reacción espontánea contra la anarquía de los partidos sofocó por la fuerza de una guerra victoriosa y las artes de la diplomacia más sutil a todas las fracciones adversas; lo mismo que sus enemigos habían ensayado antes, pero sembrando ellos la ruina y el desorden. Así impuso Rosas, en la realidad inconmovible de las cosas, la unidad nacional, y creó en el país el habito de la obediencia y el respeto a la autoridad en que consiste el orden. Y ese hecho fundamental no le será nunca suficientemente agradecido por las generaciones del futuro que reflexionen con serenidad y con lucidez sobre el proceso de formación argentina.

¿Era inclemente? No nos interesa. No fue clemente Moreno con Liniers, ni Rivadavia con Alzaga, ni Urquiza con Chilavert, ni Mitre con Gerónimo Costa. Su empresa era la de la fuerza en acción, la violencia, la guerra, únicos modos capaces de restaurar el orden en un país convulsionado por los anarquistas y amenazado desde el exterior.

¿Abusos? Mil, sin duda, se habrán cometido bajo su gobierno, como en todas las épocas de guerra civil, en Francia, en España, en Alemania, en Inglaterra, en todas partes en donde los hombres luchan contra los hombres. Pero nadie podrá negarle con verdad la gloria de haber constituido la Nación, y salvado su independencia frente a las naciones más poderosas de la tierra en los 30 años de sus hazañas desde 1820, en que sofocó por primera vez la anarquía, hasta 1852, en que entregó las provincias unificadas a sus vencedores ocasionales. El acuerdo de San Nicolás fue el acuerdo de los gobernadores de Rosas.

Lo que sucedió después de Caseros lo justifica aún más ante la Historia. Urquiza quiso hacer lo que Rosas no hizo, y atrajo así a los unitarios, en un prematuro intento de organización nacional. Con los unitarios en el gobierno del país creó el cisma en el gobierno mismo. Rota la unidad de Rosas, no vino la unidad de Urquiza, sino la anarquía de los Unitarios otra vez, pero con ellos dueños de Buenos Aires. Diecinueve años de guerra civil, acaso los más sangrientos de todos; otros diez de revueltas y tumultos, de persecuciones y de injusticias, y el asesinato de Urquiza, siguieron al derrocamiento de Rosas, mientras el extranjero, que había atisbado pacientemente la oportunidad propicia a sus intereses, sacaba los mejores frutos de una victoria de armas que, lejos de ser una victoria de los argentinos, se convirtió con el tiempo en la más grande derrota de su historia: Caseros.

Nosotros creemos en la grandeza del general Rosas. Los poetas de la Antigüedad hubieran hecho con su figura un mito maravilloso. Aquí ha sido injuriado hasta por los poetas. Pero el pueblo argentino ha intuido ya al prócer insigne en las propias páginas de sus detractores, como Carlyle descubrió la personalidad del tirano Francia en el mismo libro escrito para calumniarlo. Y no ha de pasar mucho tiempo antes de que se cumpla el vaticinio del propio Rosas en una de sus cartas de la vejez.

“Día llegará –dijo- en que, desapareciendo las sombras, solo queden las verdades, que no dejaran de conocerse, por más que quieran ocultarse entre el torrente oscuro de las injusticias”.


*Publicado en el periódico Alianza N° 1, Octubre de 1943

domingo, 5 de mayo de 2013

ELOGIO DEL RESTAURADOR


Rosas, figura patricia, “de rasgos imperiales, clásicos en toda forma”, “recio, gubernamental, inclemente”en su “lucha abierta y ruidosa con nacionales y extranjeros para consolidar su poder en el centro de una gran capital histórica” (Vicente F. López), “fue lo que el país quiso que fuese” (Zinny). Campeón del “honor nacional” (San Martín), resistió “gloriosamente a las pretensiones de una potencia europea” (Sarmiento), cuyas agresiones fueron “la más escandalosa violación del derecho de gentes” (Lamartine). “Sin arredrarse del poder de nuestros enemigos” (Necochea), desde un gobierno que, “fuere lo que fuere, es nacional”, en “presencia de la Francia (Lavalle), infligió al gobierno de esa Francia una “derrota diplomática” como “jamás hubo más completa en todos los puntos” (Thiers).

“Reincorporó la Nación (Sarmiento) y creó en ella “el respeto a la autoridad” que antes de él no existía,“enseñando a obedecer a sus enemigos y a sus amigos” (Alberdi). “Grande y poderoso instrumento que realiza todo lo que el porvenir de la patria necesita” (Sarmiento), “bajo su gobierno vivió Buenos Aires un pie de prosperidad admirable” (Herrera y Obes). Administrador pulcro de los dineros fiscales (Ramos Mejía), su “honradez administrativa” le ganó la confianza del “comercio y el extranjero” (Terry) y la gratitud de los acreedores del país “por las seguridades de pago ofrecidas por el gobierno argentino” (Baring Brothers). Y “cumplió esta promesa (o seguridades) espontáneamente” (Pedro Agote).

Y este “perfecto hombre de Estado” (Brossard), que “conocía los secretos de los gabinetes europeos”hasta el punto que “no había gobierno en Europa tan bien informado como el de Rosas ni tan ilustrado por sus agentes” (Thiers); este defensor de América, cuya energía probó “que la Europa es demasiado débil para conquistar a un Estado americano que quiere sostener sus derechos” (Sarmiento) y a quien “debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses, el mundo civilizado, y puéstola más en contacto con la Europa (Sarmiento); este“hombre notable” que dio “a su país un nombre y un lugar tan permanente como no conseguirá pronto ninguna otra nación sudamericana” (The New York Sun); este “formidable caudillo” (Martiniano Leguizamón), que “defendió a su país como pocos lo habían defendido” (Octavio Amadeo), “sosteniendo el honor y la integridad de su territorio” (Martiniano Leguizamón) y “los derechos de la Nación contra las miras extrañas” (Ferré), “miras siniestras de los enviados de Francia y de Inglaterra” (Vicente López y Planes); este gobernante extraordinario, en fin, que “era la encarnación de la voluntad del pueblo”(Sarmiento) y que prestó al país “servicios muy altos”, “servicios cuya gloria nadie podrá arrebatarle”(Urquiza), fue, sin embargo, calumniado “a designio” (Sarmiento).

Son muchos todavía los hombres de buena fe que se dejan gobernar, en sus juicios y opiniones, como las llamas de los indios, por arabescos retóricos. Pero no somos pocos los que, reaccionando contra el escepticismo corrosivo, mantenemos viva nuestra fe en la virtud soberana de la verdad y en su triunfo final sobre las supercherías de una literatura cada día menos afortunada en sus tentativas maliciosas. Creemos también en la eficacia de nuestros esfuerzos y no tememos la contradicción que venga del lado de los adversarios, a quienes quisiéramos ver más activos en la defensa de sus historias.

“Día llegará —pensamos como don Juan Manuel en el destierro— en que, desapareciendo las sombras, sólo queden las verdades, que no dejarán de conocerse, por más que quieran ocultarse entre el torrente oscuro de las injusticias”.



Roberto de Laferrere

Tomado de “El nacionalismo de Rosas”, Buenos Aires, Haz, 1953, págs. 107-111.