jueves, 18 de mayo de 2023

¿Qué cosa es la historia?

 


[1]Por Federico Ibarguren

 

La historia no es una mera exposición del pasado. Más que su desarrollo importa la comprensión del mismo. Nexo de unión entre diversas épocas, las hace inteligibles al destacar en perspectiva la continuidad formal, el fin al que tiende el decurso de las generaciones. Es ajena, por eso, a la mera literatura, a la fábula, al tópico. Sus pesquisas buscan la verdad y no el mito, utilizando para ello -en la afanosa y nunca interrumpida investigación- métodos análogos a los empleados en la morfología.

            “Historia -como la define el gran pensador católico[2] europeo, Johan Huizinga- es la forma espiritual en la que un pueblo rinde cuentas de su pasado”.

 

Los historiadores modernos, en general, pierden tiempo tomando datos intrascendentes. Ayudados por la memoria, llenan cuartillas recordando tal o cual suceso trivial, de mayor o menor interés según sea la fidelidad con que es traducido en el papel. Para ellos todo es cuestión de archivos. Se pasan el día en bibliotecas desentrañando documentos, acumulando datos de acontecimientos pasados. Tal será -afirma dogmáticamente la cátedra- un historiador cabal.

Semejante criterio -a nuestro modo de ver, equivocado- padece de un error de punto de vista. No se trata de detalles: es una cuestión de enfoque.

Para nosotros, la historia no consiste en documentar y presentar al público acontecimientos perfectamente relacionados en todos sus pormenores. Reviste un sentido más entrañable. Es un proceso -una forma espiritual- y reconoce, por ello, un principio de arranque y una finalidad a alcanzar.

El concepto de historia tiene una función no de cosa exhumada, de recuerdo, de memoria, sino de hálito vital -si puede referirse esta palabra al mundo del espíritu-. De vida que no se interrumpe sino con la muerte.

En las personas, el pasado enseña más que recuerda. En los pueblos ocurre lo mismo. Nadie puede desconocerlo.

El que sabe quienes son sus ascendientes estará mejor preparado para afrontar el destino o, por lo menos, con más posibilidades de defensa que el que los ignora. Ocurre algo parecido en las sociedades. Cuando los acontecimientos estallan y urge tomar contacto con la realidad, la nación ignorante de su pasado se verá en inferioridad de condiciones para reaccionar. Caerá vencida por los acontecimientos desatados. No sabrá encarar la solución, sucumbiendo, arrollada por la propaganda, los programas de moda y las doctrinas del momento, como pasa con mucha gente que ha alcanzado una posición sin merecerla de verdad.

 

Ahora comenzamos a percibir la importancia que para la conducta tiene el pasado. Porque, al fin, la historia no es sino experiencia de los pueblos; un imponderable que no se vive en vano. Sostenían los antiguos que aquella se hacía transmisible con la madurez, y tenían razón. La madurez fue siempre depositaria de la experiencia vital que es sabiduría. En cambio, para quienes han olvidado su pretérito, toda edad resulta lamentable. Pueblos semejantes están destinados a permanecer eternamente infantiles, desmemoriados y bárbaros. Y quedan siempre sometidos a perpetuas tutelas foráneas.

Ahora bien, no hay efecto sin alguna causa que lo produzca. Así, la historia no está hecha de ideologías. El proceso de adaptación que es en realidad la Historia -fruta madurada en el árbol- resulta negado, repudiado por la tesis, el programa, la utopía pura. Un ser no se desarrolla en virtud de una teoría previa sino que nace de padres dados, ve la luz en un lugar que no ha elegido y tiene amigos y reacciones imprevisibles. De la misma manera, lo histórico no puede someterse estrictamente al razonamiento lógico, por noble, elevado y generoso que parezca en el orden espiritual y moral.

La historia, en definitiva, es un proceso: el desarrollo de un pueblo condicionado por factores atávicos y ambivalentes que, Dios mediante, van jalonando su libertad esencial de ser y de moverse, en el espacio y el tiempo.

 

Así como la semilla precede la planta en el ciclo de la generación, la esencia es anterior a la existencia. Por tanto, es fundamental para nosotros comprender la esencia de lo histórico antes de adentrarnos en el estudio extensivo de sus distintas etapas evolutivas, de su existir como tal.

La historia es, en efecto, interpretación jerárquica de los hechos. No basta la mera información exhaustiva. Aquella debe superar lo anecdótico, buscando contacto con las categorías que ordenan el acontecimiento particular. Se trata de una síntesis, de una forma, para hablar en lenguaje escolástico.

Todos sabemos que, en el fondo, el problema de la inteligencia es ontológico y no está regido por leyes necesarias de la física material, sino que depende de las de la metafísica. La subordinación de la historia a este orden jerárquico del pensamiento -ínsitamente contenido en la filosofía- va sin decirlo, aún cuando el historiador no lo confiese explícitamente o lo ignore las más de las veces. Esto quiere decir que el criterio filosófico condiciona el criterio histórico, toda vez que la historia no tiene valor independiente de ciencia, al menos como entiende a esta el positivismo moderno.

¿Qué es lo histórico, entonces, en el orden de las ideas? ¿Cuál es su raíz? Acostumbrados a pensar con instrumental positivista, lo primero que se nos ocurre es que la historia es una ciencia: colección de hechos históricos minuciosamente explicados por documentos o testimonios escritos de la época. Ciencia experimental que el historiador -siempre un especialista- estudia en archivos: única fuente de donde puede extraer el material para recomponer, enhebrando los hechos, el drama del pasado. El concepto general que se tiene de la historia es éste: ciencia cronológica de los hechos. Cuanto menor sea la interpretación personal de los mismos que dé el historiador -se piensa- más real y verdadero resultará el relato. Hasta aquí el criterio general difundido en nuestra materia.

Pero, afortunadamente, la esencia de los históricos no es el dato aislado. Porque si descansara únicamente en documentos y testimonios escritos bastaría que una generación perdiera sus papeles para que el pasado desapareciera y la continuidad en el tiempo quedara quebrada. Y ello es un absurdo.

 

La Historia no reposa en último término -como lo pretende el positivismo científico- en la prueba material de los hechos pretéritos; aún cuando ésta sirva siempre para respaldar las afirmaciones del escritor. Por encima de lo visible, trascendiendo los restos que podamos hallar de una época dada -sobre las olas del naufragio temporal- quedará grabada por siglos, como una estela sutil, la huella de lo que una vez surcó su superficie. Es el inteligible de lo que existió, la parábola móvil denunciadora de la vida que marcha y no se detiene, a instancias del impulso motor de la historia.

Para los sabios de nuestro tiempo siempre habrá, sin embargo, dos maneras de estudiar la naturaleza humana: pulsando las reacciones y estímulos del hombre vivo, o desmenuzando en partículas su cadáver. Así ocurre también por analogía, con relación a los pueblos. Los historiadores del siglo pasado han elegido casi todos, el segundo procedimiento: aguardaban la muerte de una generación para hacerle la autopsia y exhibirnos en seguida sus vísceras.

Pero lo histórico no debe especular con la muerte para existir. Es otra cosa que la mera anatomía social. Está informado por leyes creadoras de vida, continuidad y sucesión. Reconoce un alma que alienta a la cultura a la que ese pueblo pertenece. Tiende al logro de una finalidad de tipo universalista: trascender en lugar de quedarse egoístamente, cada pueblo, satisfecho con su caudal propio en la soltería y esterilidad permanentes[3].

La historia, más que la ciencia experimental, se os aparece así -a despecho de las escuelas positivistas modernas- como una especie de rama particular de esa disciplina que los antiguos llamaban con verdad “la madre de todas las ciencias”: la filosofía. Aunque ella sea en rigor una filosofía no especulativa, sino aplicada a los hechos concretos. Una filosofía, por decirlo  así, de lo encarnado.

“Toda auténtica reflexión histórica es auténtica filosofía, o es sólo labor de hormigas”, ha escrito egregiamente el olvidado tudesco Oswald Spengler.

 

La materia histórica es, como hemos visto, fluida por naturaleza; razón por la cual no corresponde clasificarla entre las disciplinas científicas propiamente dichas -“la esencia misma de la historia es el cambio”, anota J. Burkhardt-. Sin embargo ella descansa en ciertas constantes que, en último término, le dan fijeza y continuidad.

Una de esas constantes -acaso la de mayor importancia- es la tradición. Ella actúa de regulador, decantando la vida de los pueblos en el molde de hábitos, costumbres, maneras y modos de ser que se van transmitiendo de padres a hijos; no obstante el aporte original -inédito- de cada generación que la enriquece de continuo en el decurso de su existencia.

Así, las evoluciones y revoluciones propias del tiempo encuentran su reposo -su equilibrio armónico y viable- cuando son asimiladas por la tradición del pueblo que las sufre. Sólo ésta es capaz de dar sentido y estabilidad a la incesante mutación de los siglos. Lazo de unión, puente -por así decir- que junta el pasado con el futuro, actúa de catalizador en el proceso temporal del desarrollo de las comunidades humanas. Sin ella la vida carecería de contrapeso, volveríase puro presente: jugueta del vendaval de los acontecimientos como las hojas en otoño, desprendidas de la planta.

 

La tradición marca, así, la ruta de nuestro destino al hacer imposible la cotidiana victoria de las tendencias anárquicas de la naturaleza sobre el orden sedimentado en que descansa una forma social, impidiendo que el capricho social triunfe sobre el futuro factible y la muerte sobre la vida. Ella -la tradición- otorga verdadera personalidad a los hombres y a los pueblos. Porque traduce, en el último término, el ser de la historia.

“El conocimiento histórico no es posible fuera de la tradición histórica -expresa al respecto Berdiaeff-. El reconocimiento de la tradición es una especie de apriorismo, es algo categóricamente absoluto en el conocimiento histórico. Sin ello nada hay completo y nos quedan tan sólo fragmentos”.

Como se ha visto, la tradición es el elemento estático de la historia. Lo dinámico son las ideas y los hombres que, por contraste, de continuo cambian renovando la vida. Explícase, por lo demás, esta trasmisión casi inalterable -a través del tiempo- de hábitos y costumbres teniendo en cuenta su origen religioso, diría yo, en el sentido amplio y lato de la palabra. Ya que la tradición tiene sus raíces -como en el teatro- en el drama trágico de la conducta y no en la comedia frívola de los caprichos circunstanciales y de las modas. En sus comienzos, nace de la actitud sacra -no profana- del hombre ante el gran misterio del mundo circundante. Los pueblos van conformando toda su liturgia social, que luego recoge la posteridad, como reacción frente a la naturaleza bruta o al medioambiente en el que viven. Sólo asi puede explicarse sin deformaciones la fuerza terriblemente conservadora que informa todo resabio de tradición verdadera.

“Religio praecipuum Humanae societatis vinculum” (“La religión es el vínculo capital de la sociedad humana”), enseñaba Bacon con verdad. En este orden de ideas, nos repite contemporaneamente Hilaire Belloc: “La Religión es el elemento determinante que actúa en la formación de toda civilización”.

 

En Europa tenemos reflejada, según todavía lo ve el estudioso, esa tradición histórica ineludible y fecunda, sin negaciones ni violentos saltos atrás. Por más que los bárbaros de la Edad Media se propusieron destruir el mundo ancestral de la cultura, con el tiempo sus jefes victoriosos, convertidos a la Iglesia Católica, serían los sucesores de los desacatados emperadores muertos.

Cosa parecida ha ocurrido con relación a España entre nosotros. Estudiando nuestro pasado con imparcialidad, vemos cómo se produce el proceso cultural en América, y sobre qué bases o puntos de partida se hace necesario proceder a la revisión integral de la historia del Río de la Plata.



[1] IBARGUREN, Federico. “Nuestra tradición histórica”, Dictio, Bs. As., 1978.

[2] Huizinga es un pensador de raigambre protestante (nota del compilador).

[3] “El conservatismo puro y abstracto se niega sencillamente a continuar el proceso histórico, alegando que todo cuanto debía acontecer ya ha acontecido, y que hoy día tan solo se trata de conservarlo. Es evidente que en estas condiciones no es posible llegar a ninguna percepción de lo histórico -dice Nicolás Berdiaeff en su libro EL SENTIDO DE LA HISTORIA-. El contacto íntimo con el pasado significa también un contacto íntimo con su dinamismo creador. Seguir fieles a las tradiciones y a los testamentos del pasado significa reconocer el dinamismo creador de nuestros antepasados. Por eso, el contacto espiritual del pasado, con los antepasados, con la idea de Patria y con otros conceptos de carácter sagrado es, en realidad, un contacto con el dinamismo de antaño, que admitimos como dirigido al futuro suyo, hacia nuestro presente, que proyectamos hacia el futuro nuestro, hacia la resolución histórica, en forma de una concepción de un nuevo mundo, de una nueva vida. Es algo así como una unión de este nuevo mundo con el mundo antiguo. Este proceso se verifica en el seno de un proceso histórico único, esencialmente dinámico. Es una conjunción perpetua a través de la existencia eterna”. (Nota y negritas del autor)