La cuestión de porqué el General José
de San Martin dejó España y vino a América ha dado lugar a una controversia que
ya fue zanjada, pero que lamentablemente se mantiene hasta el presente.
La misma –como todos los problemas
que suscita la historia de nuestro prócer- se origina la mistificación que de
él hizo Bartolomé Mitre al estudiarlo, ya que no solo tergiversó su figura y
ocultó su pensamiento político, sino que, además, y para asegurarse que su
versión no fuera contradicha, quemó los documentos que no encajaban con ella.
En efecto, Mitre fue el primero en
afirmar que San Martin logró salir de España gracias a la ayuda del escoses
James Duff, y del cónsul inglés Charles Stuart; para pasar subrepticiamente a
Inglaterra. A partir de allí, sus detractores tejieron la versión de que este
era en realidad un agente ingles enviado a América para destruir al imperio
español.
Sin embargo, esta versión de la
salida clandestina de Cádiz fue refutada cuando José Pacifico Otero descubrió
en el Archivo Militar de Segovia la autorización que se le dio, el 6 de
septiembre de 1811, para salir de España rumbo a América, junto con un
excelente informe sobre su vida y su conducta. Es decir que el futuro Libertador
recibió del gobierno español un aval y todos sus papeles en orden para
embarcarse en Cádiz rumbo a Londres. O sea que no hubo ninguna salida
clandestina ni subrepticia.
Respecto a la supuesta “ayuda”
británica que habría recibido para marcharse, la misma también fue refutada y
tiene una explicación lógica.
Dice Enrique Díaz Araujo lo
siguiente: “Cádiz era un istmo, cercado
en su salida terrestre por el ejército napoleónico, y defendido y bloqueado en
su faz marítima por la escuadra británica. Quien quisiera salir del enclave
gaditano tenía una opción: o pedía permiso a los franceses o se lo pedía a los
ingleses. No había otra forma. Ahora bien, si el pasajero se disponía a ir
hacia América, la alternativa se reducía, puesto que únicamente los británicos
controlaban las aguas oceánicas. En tal situación el viajero debía obtener
pasaporte o visa del consulado ingles en Cádiz, conseguir alguna recomendación
para embarcarse en un buque de la Royal Navy y dirigirse a Inglaterra. En los
puertos ingleses podía tomar o embarcarse en un buque mercante (ingles por
supuesto) que fuera al Rio de La Plata. Ese era el exclusivo camino de salida”[1].
De modo que San Martin, para salir de
España, tuvo que presentarse ante el cónsul inglés (Stuart) para que este le
firmara la visa; y sucedió que al hacerlo se hizo acompañar por un compañero de
armas en el ejército anglo-español, que se había destacado luchando en defensa
de España y que era primo del cónsul, el citado James Duff,[2]
con la idea de que le podía facilitar el trámite. Un detalle que no tiene nada
de extraño; y de la cual no se puede inferir que por ello San Martin estuviera
trabajando para el gobierno inglés, salvo que se tenga un animus injuriandi.
Por otra parte, San Martin no pretendió ocultar esa circunstancia, ya que, en
mayo de 1827, le escribió a otro militar inglés que fue su subordinado (William
Miller) y le contó que Duff, lo había ayudado con el trámite del visado, y que
además le había ofrecido ayudarlo con dinero, cosa que este no aceptó. Un rechazo
que sería insólito e impensable si hubiera estado al servicio de Inglaterra.
Así mismo, como San Martin no tenía
dinero, el pasaje de regreso a América en la fragata George Canning se lo pagó
Alvear; deuda que saldó en cuanto cobró sus primeros sueldos en Buenos Aires. Es
obvio que, si nuestro prócer hubiera sido un agente inglés, no hubiera
necesitado endeudarse con Alvear; los ingleses le habrían solventado todos los
gastos.
En definitiva, está claro que San
Martin salió de España haciendo los trámites correspondientes, como los haría
cualquiera; y que llegó a América por sus propios medios, y de la única forma
en la que era posible llegar.
Habida cuenta esto, y de lo endeble
de la acusación formulada, se inventó, para darle mayor sustento, lo de la
supuesta condición de masón. Una cuestión que en un principio se había de
descartado pues Mitre y Sarmiento, fundándose en el testimonio de José María
Zapiola, habían establecido que la Lautaro no era una logia masónica sino una
sociedad secreta con fines estrictamente políticos; más allá de que por su
organización se asemejaba mucho a las logias masónicas. Lo cual se condice también
con los objetivos políticos que perseguía San Martin (la independencia y la
unidad sudamericana bajo una monarquía católica); y con su religiosidad pública
y privada, absolutamente contraria a los fines anticristianos de la masonería[3].
Claro está que la conducta de algunos
de sus compañeros de viaje, espacialmente Carlos María de Alvear, suscita confusiones[4].
Por eso, Julio Irazusta, refiriéndose a los viajeros, dice lo siguiente: “la tesis corriente es la de que las logias
internacionales los habrían inducido a pasar de la Metrópoli al Plata, con el
único propósito de minar el Imperio español. Las actitudes posteriores de
algunos de ellos, como Alvear, parecieran confirmarlo. Pero la de San Martin,
permite enfocar el asunto de otra manera”[5].
En efecto, Alvear era un miembro
destacado de la Lautaro, y es bien sabido que era anglófilo y masón. Un
testimonio fundamental al respecto lo dio Fray Servando de Mier cuando contó
que al ingresar a la Lautaro le informaron que no se trataba de una logia
masónica pero que Carlos de Alvear si era masón[6].
Ahora bien, la conducta de San Martin
y la de Alvear en América serán completamente distintas; tal es así que este
–apenas llegados a Buenos Aires- se convertirá en uno de los principales
enemigos del Libertador. San Martin bregará por la independencia y el anglófilo
Alvear se opondrá a ella[7].
La razón de esto está en que el
principal interés de Inglaterra en ese momento era combatir a Napoleón
Bonaparte, y evitar que España tuviera que distraerse de esa lucha para
combatir movimientos independentistas en América. Para eso Inglaterra se había
aliado con España[8]. Como
dice José María Rosa: “en 1810, hallándose
Inglaterra aliada de España y favorecida en sus relaciones comerciales por el
tratado Apodaca-Canning, no tenía interés en la independencia política de las
colonias españolas”[9].
Tan temerosos estaban los ingleses de
que los gobiernos patriotas declaren la independencia que no solo reiteraban
sus advertencias al respecto sino que sus espías en el Rio de la Plata pensaron
que San Martin era un agente francés[10].
¿Cómo se entiende entonces que se diga que este había sido enviado por Inglaterra?
Está claro entonces que la decisión
de volverse a América la tomó San Martin por su cuenta, motu proprio, y no
siguiendo indicaciones de los ingleses o de la masonería. Queda solo por
responder ¿Por qué tomó esa decisión?
La respuesta a esta pregunta la dio el
mismo San Martin en una carta al Mariscal Ramón Castilla, del 11 de septiembre
de 1848, en la que dice que “Una reunión
de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en
Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro
nacimiento, a fin de prestarles nuestros servicios en la lucha, que calculábamos se había de empeñar”.
Pero… ¿porque no se quedó en Cádiz luchando
bajo las órdenes del Consejo de Regencia y confiando en la ayuda de los
ingleses?
Pues bien, algo dijo San Martin al
respecto cuando en su Proclama del 22 de julio de 1820 manifestó que en la
península los americanos eran mal vistos y hostigados[11];
pero mucho más podemos inferir sobre su decisión si nos detenemos a
contemplar el contexto político-militar
de España, y todo lo que nuestro héroe había estado viendo y protagonizando hasta entonces.
En efecto, la España en la que vivió
San Martin no era ya la España católica y evangelizadora, que llevó los valores
de la Hispanidad a América. A partir del siglo XVIII, la dinastía borbónica,
afrancesada y absolutista, comenzó un proceso que des-hispanizó a España y la
hizo perder su rumbo, con una retahíla de claudicaciones ante las nuevas
potencias europeas: Francia e Inglaterra[12].
Varias defecciones borbónicas jalonan
ese triste proceso. Empezando por el Tratado de Utrecht, por el cual Felipe V le
concedió a Inglaterra el asiento de negros, para traficar esclavos por treinta
años; y el navío de permiso, que facilitó el contrabando y significó el
comienzo de la ruina económica de América.
Luego, el Tratado de Madrid de 1750,
por el cual Fernando VI, violando el Pacto de Vasallaje con los Reinos de
Indias, que obligaba a la Corona de Castilla a mantener íntegros esos
territorios y a proteger a sus súbditos; les entregó a los portugueses las
Misiones Orientales, ocasionando la tragedia de las guerras guaraníes[13].
Posteriormente, el Tratado de Paris,
de 1763, por el cual Carlos III, entregó a Inglaterra la Florida; y al Portugal
(aliado de esta) la Colonia de Sacramento. Y eso no fue todo. Este rey, que se había rodeado de ministros
ilustrados y masones, además expulsó a los jesuitas de todo el imperio; y dictó
la Ordenanza de Intendentes que les cercenó poder y autonomía a los Cabildos
americanos. Su reinado -como dice Federico Ibarguren- “rompió de golpe con las tradiciones del Reino y de las Indias, provocando
tumultos, sublevaciones y protestas que, reprimidas con mano de hierro por sus
ministros –camarilla de masones y liberales-, prepararon la disgregación final de
aquel inmenso mundo con sede en Madrid”[14].
Luego vino la Paz de Basilea de 1795,
que Carlos IV firmó para poner fin a la guerra del Rosellón contra la Francia
revolucionaria. Por este humillante tratado España entregó la Capitanía General
de Santo Domingo a los franceses, a pesar de todas las victorias conseguidas en
esa guerra[15].
Unos años después, en 1807, este rey estulto firmó el Tratado de Fontainebleu
que le permitió a Napoleón ingresar a España para atacar a Portugal; lo que el corso
aprovechó para instalarse en territorio español.
“Todos
esos tratados –dice Antonio Caponnetto-
desventajosos para España y benéficos para Inglaterra, Francia y Portugal, alternativa
o simultáneamente; tenían lugar mientras las fuerzas armadas hispánicas se batían
heroicamente en los campos de batalla contra aquellas naciones, a las cuales se
les terminaba cediendo cuanto pedían en los sucesivos armisticios. Y el pequeño
detalle es que San Martin era uno de esos jefes militares que se jugaban el
pellejo en la lucha para verse befado diplomáticamente después…”[16].
Por eso no es de extrañar que San Martin, a la vista de estas traiciones, haya
comenzado a reflexionar sobre la falta de convicciones hispánicas de esta
dinastía, y sobre su legitimidad para gobernar.
Finalmente, tenemos la farsa de
Bayona, que produjo la acefalia en la Corona de Castilla y fue la causa directa
del pronunciamiento autonomista de mayo de 1810 en el Rio de la Plata.
Los hechos son bien sabidos. La
ocupación francesa produjo, en marzo de 1808, el famoso motín de Aranjuez, a
consecuencias del cual Carlos IV tuvo que abdicar a favor de Fernando VII;
quien luego se arrepintió y recurrió a la mediación de Napoleón para que
Fernando le devolviera la corona. El corso aprovechó la oportunidad y citó a
ambos a Bayona. Allí obligó a Fernando a devolver la Corona a su padre, quien a
su vez volvió a abdicar, pero esta vez a favor de Napoleón y a cambio de un
castillo, 30 millones de reales y una renta anual de 8 millones. Acto seguido, Fernando
renunció a sus derechos a favor de Napoleón a cambio de un palacio y una renta
anual de un millón de francos[17].
Consumada la maniobra, Napoleón
coronó rey de España a su hermano José Bonaparte, el cual recibió el apoyo de
una minoría ilustrada de españoles conocidos como afrancesados.
A pesar de todos estos actos vergonzosos,
el pueblo español se resistió al invasor, y las Juntas liberales, formadas para
gobernar en ausencia del monarca, firmaron una alianza con Inglaterra, mediante
el tratado Apodaca-Canning[18].
En esa lucha contra el invasor
francés, San Martin se batió heroicamente, sirviendo en el ejército
anglo-español que mandaba Wellington. Aun así, la suerte de las armas no se
presentaba favorable a los patriotas españoles. Julio Irazusta dice al respecto
lo siguiente: “La situación en España,
cuando el futuro Libertador y sus compañeros emprendieron viaje, era
desesperada. Aunque todavía se peleaba contra los invasores después de la casi
total ocupación de la península (que provocó en Buenos Aires los sucesos del 25
de mayo del año X), los ingleses estaban en retirada y Wellington había debido
refugiarse en Portugal. Napoleón dominaba casi toda Europa. Poco quedaba por
hacer en el viejo mundo contra el tirano hereje que pretendía sojuzgar el
imperio y contra el cual la América Hispana estaba dispuesta a luchar hasta el
fin, como lo prueban los cuantiosos auxilios enviados a la metrópoli. ¿Por qué
no suponer que San Martin haya creído tener más posibilidades de hacer algo
mejor por su patria natal (cuya fuerza debía conocer por su padre) que en la
península, al parecer perdida?”[19]
En igual sentido se pronuncia Roque
Raúl Aragón al decir que: “San Martin
había hecho la guerra al invasor en esos ejércitos que apoyaron la insurrección
popular que subrogó al gobierno sin honor de la dinastía claudicante y su corte
de afrancesados. En esa guerra se había comportado con brillantez, hasta
sobresalir entre una oficialidad de excelentes aptitudes… pero San Martin como
muchos de sus camaradas, no se ilusionaban con la victoria. Cuando Napoleón,
viendo que en España la vaca se le había vuelto toro, entró con 250.000 hombres
en su territorio, arrolló todas las resistencias y repuso a José en Madrid.
Quedaba todavía esa oposición popular fiera, empecinada, fanática, quijotesca…
y quedaba sobretodo la fuerza militar que había puesto Inglaterra… el general
Wellesley había dado muestras de genio militar y aún era sensato esperar en él.
¿Pero acaso su triunfo seria la victoria de España? En el mejor de los casos,
aun cuando todo saliera bien, ¿Qué se ganaba? La reposición de una dinastía que
nunca había atinado a otra cosa que a ser satélite de un poder extranjero; que
era, al fin, culpable de todo lo que estaba ocurriendo… que se había mostrado
capaz de negociar el territorio (la isla de Santo Domingo, la Colonia del
Sacramento, la Florida, la isla de la Trinidad) … España no tenía nada que
ganar en la guerra sin salida que se estaba librando. Fue en ese momento,
cuando ya se había intentado todo lo posible… cuando los americanos que venían
censurando al régimen desde antes de este descalabro producido por los errores
de sus jerarcas resolvieron volverse a sus patrias criollas. San Martin también
disponía de esa opción. Él era un americano más, estaba hacía tiempo
relacionado con ellos y hasta comprometido en un propósito de sustraer la
América española a la conducción de una metrópoli de la que poco tenían que
esperar y mucho que temer ¿por qué había jugado su vida él en esos tres años
últimos? Por la independencia de la patria (esa guerra se llamó, precisamente,
de la independencia). Como americano que era, tenía a su alcance la única
manera de prolongarla hasta un punto en que pudiera recobrarse la grandeza
perdida: combatir por ella en América, salvar a España en América.”[20]
En efecto, San Martin tuvo que tomar
una decisión difícil: o se quedaba en el último palmo de territorio español que
aún no había sido ocupado (el puerto de Cádiz) bajo las órdenes del Consejo de
Regencia y de las liberales Cortes de Cádiz (ambos órganos carentes de legitimidad)
librando una guerra que a todas luces parecía perdida; o bien se marchaba a defender
su tierra natal (que Napoleón ambicionaba conquistar) y a prestar su servicios
a un gobierno legítimamente autónomo, al cual la Regencia injustamente le hacia
la guerra. Y San Martin decidió entonces hacer lo que a su juicio era la mejor
opción: intentar salvar en América, lo salvable. Antonio Caponnetto resume así su
visión: “se va de España cuando empieza a
admitir que en la Americanidad se puede aún salvar esa Hispanidad de la que
habían abjurado los jerarcas de una monarquía trocada en deleznable tiranía”[21].
Y es que nuestro prócer –como dijimos
antes- había experimentado en carne propia la traición a la Hispanidad de los
nefastos reyes borbónicos. Había sido testigo de la perdida de Oran, de la claudicación
en la guerra del Rosellón y de la entrega del territorio americano en la Paz de
Basilea. Estas experiencias, sumadas a la corrupción moral de la familia real,
de la cual San Martin seguramente tenía noticias[22],
deben haber calado hondo en su ánimo y en su decisión de partir a América.
Todas esas traiciones fueron sin
dudas “un argumento existencial de gran
peso a la hora de reinsertarse en América. ¿Qué felonías no podían cometer
monarcas de esa laya si España era invadida por el extranjero? Cuando al fin
sucedió, la suerte estaba echada. La realeza española se vendió a Napoleón,
traicionó y consintió el peor ultraje; y San Martin, el leal murciano, se vino
a combatir al corso aquí, lejos de los tratados de paz y cerca de las
trincheras. Era la hispanidad contra el españolismo degradado lo que movía su
conducta. Salvar la Hispanidad en la Americanidad, cuando la península, a
través de sus monarcas indignos, ni siquiera atinó a salvar otra cosa más que
sus insignificantes pellejos…”[23].
Estaba claro que esta nefasta
dinastía borbona había traicionado a la Hispanidad, al trastocar el orden
tradicional, infectando a España con las ideas de la Ilustración. Su abandono
del ideal evangelizador deslegitimó la razón de ser del Imperio; y al conculcar
el principio de intangibilidad de los Reinos de Indias, estos monarcas
irresponsables rompieron para siempre el Pacto de Vasallaje que unía a la
Corona con los americanos. Y como dice Caponnetto, a San Martin “no pudo pasarle inadvertido algo que era
una constante bajo la gestión de los borbones: convertir a América, parcial o totalmente,
en el pato de bodas, como diría Saavedra, para resolver los conflictos entre
España y sus adversarios”[24].
Todo esto lo advirtió incluso un gran
hispanista como Ramiro de Maeztu quien en su clásico “Defensa de la Hispanidad”
estampó lo siguiente: “En general, los hispanoamericanos no se suelen hacer
cargo de que lo mismo su afrancesamiento espiritual, que su sentido secularista
del gobierno y de la vida, que su afición a las ideas de la
Enciclopedia y de la Revolución son herencia española,
hija de aquella extraordinaria revisión de valores y de principios que se operó
en España en las primeras décadas del siglo XVIII y que inspiró a nuestro
gobierno desde 1750… en aquel siglo XVIII, en que se nos perdió la
Hispanidad… nos gobernaron masones aristócratas, y lo que se proponían los
iniciados, lo que en buena medida consiguieron, era dejar sin religión a
España… No vimos entonces que la pérdida de la tradición implicaba la
disolución del Imperio, y por ello la separación de los pueblos
hispanoamericanos. El Imperio español era una Monarquía misionera, que el mundo
designaba propiamente con el título de Monarquía católica. Desde el momento
en que el régimen nuestro, aun sin cambiar de nombre, se convirtió en
ordenación territorial, militar, pragmática, económica, racionalista, los
fundamentos mismos de la lealtad y de la obediencia quedaron
quebrantados. La España que veían, a través de sus virreyes y altos
funcionarios, los americanos de la segunda mitad del siglo XVIII, no era ya la
que los predicadores habían exaltado…” [25]
Esta realidad y este contexto –tan
claro para Maeztu- es soslayado por los detractores
de San Martin, que prefieren juzgar su conducta a partir de apriorismos
ideológicos, con subjetividad maliciosa y valorando en forma diferente los
hechos según quienes sean sus protagonistas.
Por eso dice Caponnetto que para los españolistas, San
Martin “tiene que ser forzosamente un
traidor a España porque no les da la logicidad para dilucidar conceptualmente
la diferencia en la España de los Reyes Católicos y la de María Luisa de Parma
y Manuel Godoy; ni la España una y entera, que lo que restaba de ella en Cádiz;
ni mucho menos, para entrever las desemejanzas inmensas entre determinada
España y la perenne Hispanidad”[26].
Y por eso “les basta ver merodear un par
de ingleses cerca de San Martin para considerarlo un agente británico…”. Mientras
que por otro lado “se niegan a ver
aquellos ejemplos de verdaderos ruines y segregacionistas de la Corona y del
espíritu de la Hispanidad y que eran españoles hasta el tuétano”[27].
Por supuesto que esto no significa que
no se puede encontrar en San Martin defectos o expresiones circunstanciales
erróneas. Pero admitir todo ello dista muchísimo de afirmar que fuese un
traidor a su patria, que partió a América porque estaba al servicio de
Inglaterra.
Por el contrario, del contexto aquí
descripto rápidamente, de la documentación existente, y de una interpretación
lógica de la misma, surge a las claras que nuestro prócer regresó a su tierra
natal porque había llegado a la conclusión de que la (anti) España de los
borbones estaba perdida, pero que la Hispanidad aun podía ser salvada en
América.
Echar luz sobre este asunto es una
forma de honrar su memoria, y de cumplir con lo que exige, a todo argentino, la
virtud de la piedad filial.
[1]
Diaz Araujo, Enrique. San Martin y los chatarreros. Ediciones Dike. Mendoza
2001. Pags. 79 y 80.
[2]
James Duff había sido herido en combate defendiendo el Fuerte de Matagorda en
1810. Cfr. Antonio Caponnetto. General San Martin. Arquetipo de la Hispanidad.
Bella Vista ediciones, pag. 51.
[3]
Entre las disposiciones que San Martin tomó en contra del laicismo masónico, se
encuentran las instrucciones dadas a Tomas Godoy Cruz para que cualquiera sea
la forma de gobierno que se adopte en el Congreso de Tucumán de 1816, esta “no
manifieste tendencia a destruir Nuestra Religión”; y la Constitución que dicto
para el Perú en 1821, en la que establece que la religión católica es la
religión del Estado, y que “nadie puede ser funcionario público, si no profesa
la religión del Estado”
[4]
San Martin no fue el único que salió de España, junto con él, salieron 62
americanos mas, 18 de los cuales vinieron al Rio de la Plata.
[5]
Irazusta, Julio. Breve historia de la Argentina. Ed Huemul. Bs As. 1999. Pag 72
[6]
Cfr. Diaz Araujo, Enrique. Ob.cit. pag. 69
[7]
Cuando Alvear se apoderó de la conducción de la logia Lautaro, esta abandonó
sus objetivos independentistas originarios y por ello fracasó la Asamblea del
año XIII. Posteriormente, en 1815, cuando fue designado Director Supremo, le
ofreció el protectorado de estas tierras a Inglaterra, oferta que fue
desestimada por los ingleses.
[8]
Esto no quiere decir que, en otros momentos históricos, Inglaterra no haya
buscado la independencia de América y su desmembramiento; pero este no era su
objetivo en la etapa que analizamos.
[9]
Rosa, José María. Historia Argentina, tomo 3. Ed. Juan Granda. Bs As. 1967.
Pag. 9.
[10]
Piccirilli, Ricardo. San Martin y el gobierno de los pueblos. Citado por Diaz
Araujo en ob cit.,pag 97.
[11]
En mayo de 1808, en Cádiz, una turba mató al jefe de San Martin, el general
Francisco Solano, nacido en Caracas, por sospecharlo afrancesado. En el mismo
hecho San Martin salvo su vida milagrosamente.
[12]
El último de los Austria, Carlos II, un retardado apodado “El hechizado”, murió
sin descendencia y dejó como heredero en su testamento al nieto del rey de
Francia Luis XIV, que tomó el nombre de Felipe V. Los partidarios de la Casa de
Austria no lo aceptaron (apoyados por Inglaterra, Alemania y Holanda) y se inició
una guerra por la sucesión. Al terminar esta, con la Paz de Utrecht, el borbón
pudo conservar su trono, pero España perdió Flandes, Gibraltar, y sus tierras
en Italia.
[13]
Los aborígenes que fueron entregados a los esclavistas portugueses quedaran
profundamente resentidos con esta traición de la monarquía borbónica.
[14]
Ibarguren, Federico. Nuestra tradición histórica. Ed. Dictio. Bs. As. 1978.
Pag. 169.
[15]
El rey borbón había ingresado en la contienda porque vio peligrar su trono, ya
que los revolucionarios amenazaban a extenderse a los países vecinos.
[16]
Caponnetto, Antonio. General San Martin. Arquetipo de la Hispanidad. Ed. Bella
Vista. Bs As. 2025, pag. 69.
[17]
En las discusiones en Bayona, la reina María Luisa de Borbon le gritaba en la
cara a su hijo Fernando que era un bastardo, es decir hijo de un adulterio.
[18]
Por este tratado España, le concedió a Inglaterra el libre comercio con
América, a cambio de ayuda militar.
[19]
Irazusta, Julio. Ob. cit., pag. 73
[20] Aragón,
Roque Raúl. La política de San Martin. Ed Vortice, Bs As 2015. Pags 42 y 43
[21]
Caponnetto, Antonio. General José de San Martin. Arquetipo de la Hispanidad.
Bella Vista ediciones. Bs As. 2025. Pag. 13
[22]
Era vox populi que la esposa del rey Carlos IV, María Luisa de Borbón, era una
adultera serial. No solo tenía por favorito al ministro Godoy, sino que
numerosos oficiales de la guardia real eran amantes suyos. Todo con el
consentimiento de su marido.
[23]
Caponnetto, Antonio. Ob. cit., pag. 44.
[24] Ibidem,
pag. 50.
[25]
De Maeztu, Ramiro. Defensa de la Hispanidad. Ed. Cruzamante. Bs As 1986. Pags
27, 28 y 29.
[26]
Caponnetto, Antonio. Ob.cit., pag 10
[27]
Ibiidem. Pag 77.
