domingo, 6 de septiembre de 2026

¿Por qué San Martin vino a América?

 


Por: Edgardo Atilio Moreno

La cuestión de porqué el General José de San Martin dejó España y vino a América ha dado lugar a una controversia que ya fue zanjada, pero que lamentablemente se mantiene hasta el presente.

La misma –como todos los problemas que suscita la historia de nuestro prócer- se origina la mistificación que de él hizo Bartolomé Mitre al estudiarlo, ya que no solo tergiversó su figura y ocultó su pensamiento político, sino que, además, y para asegurarse que su versión no fuera contradicha, quemó los documentos que no encajaban con ella.

En efecto, Mitre fue el primero en afirmar que San Martin logró salir de España gracias a la ayuda del escoses James Duff, y del cónsul inglés Charles Stuart; para pasar subrepticiamente a Inglaterra. A partir de allí, sus detractores tejieron la versión de que este era en realidad un agente ingles enviado a América para destruir al imperio español.

Sin embargo, esta versión de la salida clandestina de Cádiz fue refutada cuando José Pacifico Otero descubrió en el Archivo Militar de Segovia la autorización que se le dio, el 6 de septiembre de 1811, para salir de España rumbo a América, junto con un excelente informe sobre su vida y su conducta. Es decir que el futuro Libertador recibió del gobierno español un aval y todos sus papeles en orden para embarcarse en Cádiz rumbo a Londres. O sea que no hubo ninguna salida clandestina ni subrepticia.

Respecto a la supuesta “ayuda” británica que habría recibido para marcharse, la misma también fue refutada y tiene una explicación lógica.

Dice Enrique Díaz Araujo lo siguiente: “Cádiz era un istmo, cercado en su salida terrestre por el ejército napoleónico, y defendido y bloqueado en su faz marítima por la escuadra británica. Quien quisiera salir del enclave gaditano tenía una opción: o pedía permiso a los franceses o se lo pedía a los ingleses. No había otra forma. Ahora bien, si el pasajero se disponía a ir hacia América, la alternativa se reducía, puesto que únicamente los británicos controlaban las aguas oceánicas. En tal situación el viajero debía obtener pasaporte o visa del consulado ingles en Cádiz, conseguir alguna recomendación para embarcarse en un buque de la Royal Navy y dirigirse a Inglaterra. En los puertos ingleses podía tomar o embarcarse en un buque mercante (ingles por supuesto) que fuera al Rio de La Plata. Ese era el exclusivo camino de salida[1].

De modo que San Martin, para salir de España, tuvo que presentarse ante el cónsul inglés (Stuart) para que este le firmara la visa; y sucedió que al hacerlo se hizo acompañar por un compañero de armas en el ejército anglo-español, que se había destacado luchando en defensa de España y que era primo del cónsul,  el  citado James Duff,[2] con la idea de que le podía facilitar el trámite. Un detalle que no tiene nada de extraño; y de la cual no se puede inferir que por ello San Martin estuviera trabajando para el gobierno inglés, salvo que se tenga un animus injuriandi. Por otra parte, San Martin no pretendió ocultar esa circunstancia, ya que, en mayo de 1827, le escribió a otro militar inglés que fue su subordinado (William Miller) y le contó que Duff, lo había ayudado con el trámite del visado, y que además le había ofrecido ayudarlo con dinero, cosa que este no aceptó. Un rechazo que sería insólito e impensable si hubiera estado al servicio de Inglaterra.

Así mismo, como San Martin no tenía dinero, el pasaje de regreso a América en la fragata George Canning se lo pagó Alvear; deuda que saldó en cuanto cobró sus primeros sueldos en Buenos Aires. Es obvio que, si nuestro prócer hubiera sido un agente inglés, no hubiera necesitado endeudarse con Alvear; los ingleses le habrían solventado todos los gastos.

En definitiva, está claro que San Martin salió de España haciendo los trámites correspondientes, como los haría cualquiera; y que llegó a América por sus propios medios, y de la única forma en la que era posible llegar.

Habida cuenta esto, y de lo endeble de la acusación formulada, se inventó, para darle mayor sustento, lo de la supuesta condición de masón. Una cuestión que en un principio se había de descartado pues Mitre y Sarmiento, fundándose en el testimonio de José María Zapiola, habían establecido que la Lautaro no era una logia masónica sino una sociedad secreta con fines estrictamente políticos; más allá de que por su organización se asemejaba mucho a las logias masónicas. Lo cual se condice también con los objetivos políticos que perseguía San Martin (la independencia y la unidad sudamericana bajo una monarquía católica); y con su religiosidad pública y privada, absolutamente contraria a los fines anticristianos de la masonería[3].

Claro está que la conducta de algunos de sus compañeros de viaje, espacialmente Carlos María de Alvear, suscita confusiones[4]. Por eso, Julio Irazusta, refiriéndose a los viajeros, dice lo siguiente: “la tesis corriente es la de que las logias internacionales los habrían inducido a pasar de la Metrópoli al Plata, con el único propósito de minar el Imperio español. Las actitudes posteriores de algunos de ellos, como Alvear, parecieran confirmarlo. Pero la de San Martin, permite enfocar el asunto de otra manera[5].

En efecto, Alvear era un miembro destacado de la Lautaro, y es bien sabido que era anglófilo y masón. Un testimonio fundamental al respecto lo dio Fray Servando de Mier cuando contó que al ingresar a la Lautaro le informaron que no se trataba de una logia masónica pero que Carlos de Alvear si era masón[6].

Ahora bien, la conducta de San Martin y la de Alvear en América serán completamente distintas; tal es así que este –apenas llegados a Buenos Aires- se convertirá en uno de los principales enemigos del Libertador. San Martin bregará por la independencia y el anglófilo Alvear se opondrá a ella[7].

La razón de esto está en que el principal interés de Inglaterra en ese momento era combatir a Napoleón Bonaparte, y evitar que España tuviera que distraerse de esa lucha para combatir movimientos independentistas en América. Para eso Inglaterra se había aliado con España[8]. Como dice José María Rosa: “en 1810, hallándose Inglaterra aliada de España y favorecida en sus relaciones comerciales por el tratado Apodaca-Canning, no tenía interés en la independencia política de las colonias españolas[9].

Tan temerosos estaban los ingleses de que los gobiernos patriotas declaren la independencia que no solo reiteraban sus advertencias al respecto sino que sus espías en el Rio de la Plata pensaron que San Martin era un agente francés[10]. ¿Cómo se entiende entonces que se diga que este había sido enviado por Inglaterra?

Está claro entonces que la decisión de volverse a América la tomó San Martin por su cuenta, motu proprio, y no siguiendo indicaciones de los ingleses o de la masonería. Queda solo por responder ¿Por qué tomó esa decisión?

La respuesta a esta pregunta la dio el mismo San Martin en una carta al Mariscal Ramón Castilla, del 11 de septiembre de 1848, en la que dice que “Una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarles nuestros servicios en la lucha, que calculábamos se había de empeñar”.

Pero… ¿porque no se quedó en Cádiz luchando bajo las órdenes del Consejo de Regencia y confiando en la ayuda de los ingleses?

Pues bien, algo dijo San Martin al respecto cuando en su Proclama del 22 de julio de 1820 manifestó que en la península los americanos eran mal vistos y hostigados[11]; pero mucho más podemos inferir sobre su decisión si nos detenemos a contemplar  el contexto político-militar de España, y todo lo que nuestro héroe había estado viendo y  protagonizando hasta entonces.

En efecto, la España en la que vivió San Martin no era ya la España católica y evangelizadora, que llevó los valores de la Hispanidad a América. A partir del siglo XVIII, la dinastía borbónica, afrancesada y absolutista, comenzó un proceso que des-hispanizó a España y la hizo perder su rumbo, con una retahíla de claudicaciones ante las nuevas potencias europeas: Francia e Inglaterra[12].

Varias defecciones borbónicas jalonan ese triste proceso. Empezando por el Tratado de Utrecht, por el cual Felipe V le concedió a Inglaterra el asiento de negros, para traficar esclavos por treinta años; y el navío de permiso, que facilitó el contrabando y significó el comienzo de la ruina económica de América.

Luego, el Tratado de Madrid de 1750, por el cual Fernando VI, violando el Pacto de Vasallaje con los Reinos de Indias, que obligaba a la Corona de Castilla a mantener íntegros esos territorios y a proteger a sus súbditos; les entregó a los portugueses las Misiones Orientales, ocasionando la tragedia de las guerras guaraníes[13].

Posteriormente, el Tratado de Paris, de 1763, por el cual Carlos III, entregó a Inglaterra la Florida; y al Portugal (aliado de esta) la Colonia de Sacramento. Y eso no fue todo.  Este rey, que se había rodeado de ministros ilustrados y masones, además expulsó a los jesuitas de todo el imperio; y dictó la Ordenanza de Intendentes que les cercenó poder y autonomía a los Cabildos americanos. Su reinado -como dice Federico Ibarguren- “rompió de golpe con las tradiciones del Reino y de las Indias, provocando tumultos, sublevaciones y protestas que, reprimidas con mano de hierro por sus ministros –camarilla de masones y liberales-, prepararon la disgregación final de aquel inmenso mundo con sede en Madrid[14].

Luego vino la Paz de Basilea de 1795, que Carlos IV firmó para poner fin a la guerra del Rosellón contra la Francia revolucionaria. Por este humillante tratado España entregó la Capitanía General de Santo Domingo a los franceses, a pesar de todas las victorias conseguidas en esa guerra[15]. Unos años después, en 1807, este rey estulto firmó el Tratado de Fontainebleu que le permitió a Napoleón ingresar a España para atacar a Portugal; lo que el corso aprovechó para instalarse en territorio español.  

Todos esos tratados –dice Antonio Caponnetto- desventajosos para España y benéficos para Inglaterra, Francia y Portugal, alternativa o simultáneamente; tenían lugar mientras las fuerzas armadas hispánicas se batían heroicamente en los campos de batalla contra aquellas naciones, a las cuales se les terminaba cediendo cuanto pedían en los sucesivos armisticios. Y el pequeño detalle es que San Martin era uno de esos jefes militares que se jugaban el pellejo en la lucha para verse befado diplomáticamente después…”[16]. Por eso no es de extrañar que San Martin, a la vista de estas traiciones, haya comenzado a reflexionar sobre la falta de convicciones hispánicas de esta dinastía, y sobre su legitimidad para gobernar.

Finalmente, tenemos la farsa de Bayona, que produjo la acefalia en la Corona de Castilla y fue la causa directa del pronunciamiento autonomista de mayo de 1810 en el Rio de la Plata.

Los hechos son bien sabidos. La ocupación francesa produjo, en marzo de 1808, el famoso motín de Aranjuez, a consecuencias del cual Carlos IV tuvo que abdicar a favor de Fernando VII; quien luego se arrepintió y recurrió a la mediación de Napoleón para que Fernando le devolviera la corona. El corso aprovechó la oportunidad y citó a ambos a Bayona. Allí obligó a Fernando a devolver la Corona a su padre, quien a su vez volvió a abdicar, pero esta vez a favor de Napoleón y a cambio de un castillo, 30 millones de reales y una renta anual de 8 millones. Acto seguido, Fernando renunció a sus derechos a favor de Napoleón a cambio de un palacio y una renta anual de un millón de francos[17].

Consumada la maniobra, Napoleón coronó rey de España a su hermano José Bonaparte, el cual recibió el apoyo de una minoría ilustrada de españoles conocidos como afrancesados.

A pesar de todos estos actos vergonzosos, el pueblo español se resistió al invasor, y las Juntas liberales, formadas para gobernar en ausencia del monarca, firmaron una alianza con Inglaterra, mediante el tratado Apodaca-Canning[18].

En esa lucha contra el invasor francés, San Martin se batió heroicamente, sirviendo en el ejército anglo-español que mandaba Wellington. Aun así, la suerte de las armas no se presentaba favorable a los patriotas españoles. Julio Irazusta dice al respecto lo siguiente: “La situación en España, cuando el futuro Libertador y sus compañeros emprendieron viaje, era desesperada. Aunque todavía se peleaba contra los invasores después de la casi total ocupación de la península (que provocó en Buenos Aires los sucesos del 25 de mayo del año X), los ingleses estaban en retirada y Wellington había debido refugiarse en Portugal. Napoleón dominaba casi toda Europa. Poco quedaba por hacer en el viejo mundo contra el tirano hereje que pretendía sojuzgar el imperio y contra el cual la América Hispana estaba dispuesta a luchar hasta el fin, como lo prueban los cuantiosos auxilios enviados a la metrópoli. ¿Por qué no suponer que San Martin haya creído tener más posibilidades de hacer algo mejor por su patria natal (cuya fuerza debía conocer por su padre) que en la península, al parecer perdida?”[19]

En igual sentido se pronuncia Roque Raúl Aragón al decir que: “San Martin había hecho la guerra al invasor en esos ejércitos que apoyaron la insurrección popular que subrogó al gobierno sin honor de la dinastía claudicante y su corte de afrancesados. En esa guerra se había comportado con brillantez, hasta sobresalir entre una oficialidad de excelentes aptitudes… pero San Martin como muchos de sus camaradas, no se ilusionaban con la victoria. Cuando Napoleón, viendo que en España la vaca se le había vuelto toro, entró con 250.000 hombres en su territorio, arrolló todas las resistencias y repuso a José en Madrid. Quedaba todavía esa oposición popular fiera, empecinada, fanática, quijotesca… y quedaba sobretodo la fuerza militar que había puesto Inglaterra… el general Wellesley había dado muestras de genio militar y aún era sensato esperar en él. ¿Pero acaso su triunfo seria la victoria de España? En el mejor de los casos, aun cuando todo saliera bien, ¿Qué se ganaba? La reposición de una dinastía que nunca había atinado a otra cosa que a ser satélite de un poder extranjero; que era, al fin, culpable de todo lo que estaba ocurriendo… que se había mostrado capaz de negociar el territorio (la isla de Santo Domingo, la Colonia del Sacramento, la Florida, la isla de la Trinidad) … España no tenía nada que ganar en la guerra sin salida que se estaba librando. Fue en ese momento, cuando ya se había intentado todo lo posible… cuando los americanos que venían censurando al régimen desde antes de este descalabro producido por los errores de sus jerarcas resolvieron volverse a sus patrias criollas. San Martin también disponía de esa opción. Él era un americano más, estaba hacía tiempo relacionado con ellos y hasta comprometido en un propósito de sustraer la América española a la conducción de una metrópoli de la que poco tenían que esperar y mucho que temer ¿por qué había jugado su vida él en esos tres años últimos? Por la independencia de la patria (esa guerra se llamó, precisamente, de la independencia). Como americano que era, tenía a su alcance la única manera de prolongarla hasta un punto en que pudiera recobrarse la grandeza perdida: combatir por ella en América, salvar a España en América.”[20]

En efecto, San Martin tuvo que tomar una decisión difícil: o se quedaba en el último palmo de territorio español que aún no había sido ocupado (el puerto de Cádiz) bajo las órdenes del Consejo de Regencia y de las liberales Cortes de Cádiz (ambos órganos carentes de legitimidad) librando una guerra que a todas luces parecía perdida; o bien se marchaba a defender su tierra natal (que Napoleón ambicionaba conquistar) y a prestar su servicios a un gobierno legítimamente autónomo, al cual la Regencia injustamente le hacia la guerra. Y San Martin decidió entonces hacer lo que a su juicio era la mejor opción: intentar salvar en América, lo salvable. Antonio Caponnetto resume así su visión: “se va de España cuando empieza a admitir que en la Americanidad se puede aún salvar esa Hispanidad de la que habían abjurado los jerarcas de una monarquía trocada en deleznable tiranía”[21].

Y es que nuestro prócer –como dijimos antes- había experimentado en carne propia la traición a la Hispanidad de los nefastos reyes borbónicos. Había sido testigo de la perdida de Oran, de la claudicación en la guerra del Rosellón y de la entrega del territorio americano en la Paz de Basilea. Estas experiencias, sumadas a la corrupción moral de la familia real, de la cual San Martin seguramente tenía noticias[22], deben haber calado hondo en su ánimo y en su decisión de partir a América.

Todas esas traiciones fueron sin dudas “un argumento existencial de gran peso a la hora de reinsertarse en América. ¿Qué felonías no podían cometer monarcas de esa laya si España era invadida por el extranjero? Cuando al fin sucedió, la suerte estaba echada. La realeza española se vendió a Napoleón, traicionó y consintió el peor ultraje; y San Martin, el leal murciano, se vino a combatir al corso aquí, lejos de los tratados de paz y cerca de las trincheras. Era la hispanidad contra el españolismo degradado lo que movía su conducta. Salvar la Hispanidad en la Americanidad, cuando la península, a través de sus monarcas indignos, ni siquiera atinó a salvar otra cosa más que sus insignificantes pellejos…[23].

Estaba claro que esta nefasta dinastía borbona había traicionado a la Hispanidad, al trastocar el orden tradicional, infectando a España con las ideas de la Ilustración. Su abandono del ideal evangelizador deslegitimó la razón de ser del Imperio; y al conculcar el principio de intangibilidad de los Reinos de Indias, estos monarcas irresponsables rompieron para siempre el Pacto de Vasallaje que unía a la Corona con los americanos. Y como dice Caponnetto, a San Martin “no pudo pasarle inadvertido algo que era una constante bajo la gestión de los borbones: convertir a América, parcial o totalmente, en el pato de bodas, como diría Saavedra, para resolver los conflictos entre España y sus adversarios”[24].

Todo esto lo advirtió incluso un gran hispanista como Ramiro de Maeztu quien en su clásico “Defensa de la Hispanidad” estampó lo siguiente: “En general, los hispanoamericanos no se suelen hacer cargo de que lo mismo su afrancesamiento espiritual, que su sentido secularista del gobierno y de la vida, que su afición a las ideas de la Enciclopedia y de la Revolución son herencia española, hija de aquella extraordinaria revisión de valores y de principios que se operó en España en las primeras décadas del siglo XVIII y que inspiró a nuestro gobierno desde 1750… en aquel siglo XVIII, en que se nos perdió la Hispanidad… nos gobernaron masones aristócratas, y lo que se proponían los iniciados, lo que en buena medida consiguieron, era dejar sin religión a España… No vimos entonces que la pérdida de la tradición implicaba la disolución del Imperio, y por ello la separación de los pueblos hispanoamericanos. El Imperio español era una Monarquía misionera, que el mundo designaba propiamente con el título de Monarquía católica. Desde el momento en que el régimen nuestro, aun sin cambiar de nombre, se convirtió en ordenación territorial, militar, pragmática, económica, racionalista, los fundamentos mismos de la lealtad y de la obediencia quedaron quebrantados. La España que veían, a través de sus virreyes y altos funcionarios, los americanos de la segunda mitad del siglo XVIII, no era ya la que los predicadores habían exaltado…” [25]

Esta realidad y este contexto –tan claro para Maeztu-  es soslayado por los detractores de San Martin, que prefieren juzgar su conducta a partir de apriorismos ideológicos, con subjetividad maliciosa y valorando en forma diferente los hechos según quienes sean sus protagonistas.

Por eso dice  Caponnetto que para los españolistas, San Martin “tiene que ser forzosamente un traidor a España porque no les da la logicidad para dilucidar conceptualmente la diferencia en la España de los Reyes Católicos y la de María Luisa de Parma y Manuel Godoy; ni la España una y entera, que lo que restaba de ella en Cádiz; ni mucho menos, para entrever las desemejanzas inmensas entre determinada España y la perenne Hispanidad[26]. Y por eso “les basta ver merodear un par de ingleses cerca de San Martin para considerarlo un agente británico…”. Mientras que por otro lado “se niegan a ver aquellos ejemplos de verdaderos ruines y segregacionistas de la Corona y del espíritu de la Hispanidad y que eran españoles hasta el tuétano[27].

Por supuesto que esto no significa que no se puede encontrar en San Martin defectos o expresiones circunstanciales erróneas. Pero admitir todo ello dista muchísimo de afirmar que fuese un traidor a su patria, que partió a América porque estaba al servicio de Inglaterra.

Por el contrario, del contexto aquí descripto rápidamente, de la documentación existente, y de una interpretación lógica de la misma, surge a las claras que nuestro prócer regresó a su tierra natal porque había llegado a la conclusión de que la (anti) España de los borbones estaba perdida, pero que la Hispanidad aun podía ser salvada en América.

Echar luz sobre este asunto es una forma de honrar su memoria, y de cumplir con lo que exige, a todo argentino, la virtud de la piedad filial.



[1] Diaz Araujo, Enrique. San Martin y los chatarreros. Ediciones Dike. Mendoza 2001. Pags. 79 y 80.

[2] James Duff había sido herido en combate defendiendo el Fuerte de Matagorda en 1810. Cfr. Antonio Caponnetto. General San Martin. Arquetipo de la Hispanidad. Bella Vista ediciones, pag. 51.

[3] Entre las disposiciones que San Martin tomó en contra del laicismo masónico, se encuentran las instrucciones dadas a Tomas Godoy Cruz para que cualquiera sea la forma de gobierno que se adopte en el Congreso de Tucumán de 1816, esta “no manifieste tendencia a destruir Nuestra Religión”; y la Constitución que dicto para el Perú en 1821, en la que establece que la religión católica es la religión del Estado, y que “nadie puede ser funcionario público, si no profesa la religión del Estado”

[4] San Martin no fue el único que salió de España, junto con él, salieron 62 americanos mas, 18 de los cuales vinieron al Rio de la Plata.

[5] Irazusta, Julio. Breve historia de la Argentina. Ed Huemul. Bs As. 1999. Pag 72

[6] Cfr. Diaz Araujo, Enrique. Ob.cit. pag. 69

[7] Cuando Alvear se apoderó de la conducción de la logia Lautaro, esta abandonó sus objetivos independentistas originarios y por ello fracasó la Asamblea del año XIII. Posteriormente, en 1815, cuando fue designado Director Supremo, le ofreció el protectorado de estas tierras a Inglaterra, oferta que fue desestimada por los ingleses.

[8] Esto no quiere decir que, en otros momentos históricos, Inglaterra no haya buscado la independencia de América y su desmembramiento; pero este no era su objetivo en la etapa que analizamos.

[9] Rosa, José María. Historia Argentina, tomo 3. Ed. Juan Granda. Bs As. 1967. Pag. 9.

[10] Piccirilli, Ricardo. San Martin y el gobierno de los pueblos. Citado por Diaz Araujo en ob cit.,pag 97.

[11] En mayo de 1808, en Cádiz, una turba mató al jefe de San Martin, el general Francisco Solano, nacido en Caracas, por sospecharlo afrancesado. En el mismo hecho San Martin salvo su vida milagrosamente.

[12] El último de los Austria, Carlos II, un retardado apodado “El hechizado”, murió sin descendencia y dejó como heredero en su testamento al nieto del rey de Francia Luis XIV, que tomó el nombre de Felipe V. Los partidarios de la Casa de Austria no lo aceptaron (apoyados por Inglaterra, Alemania y Holanda) y se inició una guerra por la sucesión. Al terminar esta, con la Paz de Utrecht, el borbón pudo conservar su trono, pero España perdió Flandes, Gibraltar, y sus tierras en Italia.

[13] Los aborígenes que fueron entregados a los esclavistas portugueses quedaran profundamente resentidos con esta traición de la monarquía borbónica.

[14] Ibarguren, Federico. Nuestra tradición histórica. Ed. Dictio. Bs. As. 1978. Pag. 169.

[15] El rey borbón había ingresado en la contienda porque vio peligrar su trono, ya que los revolucionarios amenazaban a extenderse a los países vecinos.

[16] Caponnetto, Antonio. General San Martin. Arquetipo de la Hispanidad. Ed. Bella Vista. Bs As. 2025, pag. 69.

[17] En las discusiones en Bayona, la reina María Luisa de Borbon le gritaba en la cara a su hijo Fernando que era un bastardo, es decir hijo de un adulterio.

[18] Por este tratado España, le concedió a Inglaterra el libre comercio con América, a cambio de ayuda militar.

[19] Irazusta, Julio. Ob. cit., pag. 73

[20] Aragón, Roque Raúl. La política de San Martin. Ed Vortice, Bs As 2015. Pags 42 y 43

[21] Caponnetto, Antonio. General José de San Martin. Arquetipo de la Hispanidad. Bella Vista ediciones. Bs As. 2025. Pag. 13

[22] Era vox populi que la esposa del rey Carlos IV, María Luisa de Borbón, era una adultera serial. No solo tenía por favorito al ministro Godoy, sino que numerosos oficiales de la guardia real eran amantes suyos. Todo con el consentimiento de su marido.

[23] Caponnetto, Antonio. Ob. cit., pag. 44.

[24] Ibidem, pag. 50.

[25] De Maeztu, Ramiro. Defensa de la Hispanidad. Ed. Cruzamante. Bs As 1986. Pags 27, 28 y 29.

[26] Caponnetto, Antonio. Ob.cit., pag 10

[27] Ibiidem. Pag 77.