Por: Federico Ibarguren
La historia argentina ha sido escrita en nuestro país sobre la base de
un preconcepto –el antihispanismo– esgrimido como bandera de guerra
para justificar actitudes políticas. Hoy, logrado el objetivo de la Independencia
nacional, resulta una deleznable y anacrónica falsedad, pueril en escritores
medianamente inteligentes ¿Prejuicio de resentidos acaso?
Este preconcepto nos viene de
lejos y es, puede decirse, el sostenido por los próceres constitucionales: Alberdi
(el de Las Bases), Sarmiento y Mitre. Trilogía infalible, a quien
la historia regulada otorga los dones del Espíritu Santo para juzgar nuestro
pasado. Aquellos hombres, mentores del antiespañolismo como dogma, menospreciaron las tradiciones virreinales
en bloque, como una rémora; no obstante haber ellas plasmado –a través de dos
siglos de unión a España– las épicas virtudes de nuestra raza, cuyo legado
hemos de transmitir intacto a la posteridad. Agreguemos a lo antedicho la
devoción que sus epígonos liberales –corifeos de la masonería internacional–,
profesaron a la civilización puritana y plutocrática de los Estados Unidos del
Norte: verdadera meca del progreso materialista alabado por Alberdi en Las
Bases.
Para políticos de su laya
–abrumados, además, por problemas internos que no podían resolver–, la
constitución de los Estados Unidos, deslumbrante en teoría, adquirió un
predicamento extraordinario. Fue, puede decirse, el arma esgrimida por tres
generaciones de fanáticos (mirandistas –primero–; morenistas, lautarinos,
directoriales y unitarios –después) en
guerra contra la «barbarie» vernácula encarnada en la mayoría del país que no
comulgaba con sus soluciones, adoptadas con un fetichismo sin otro paralelo
que el desprecio de lo propio.
Autodenigración suicida, impuesta en las catorce provincias argentinas
por la facción victoriosa después de 1865. El mejicano Carlos Pereyra[1] refiérese a ella con palabras
condenatorias, que siguen siendo, por lo demás, de rigurosa actualidad
continental: «Los pueblos
hispanoamericanos se entregaron a una furiosa autodenigración –escribe–. Desconocieron su experiencia secular, muy
valiosa, pues durante el régimen colonial habían tenido una actividad autónoma
suficiente para capacitarlos y desdeñando la riqueza institucional de que eran
herederos, se dedicaron a la imitación de la obra norteamericana... Decir
Federación y Estados, o sin llevar hasta ese grado la imitación, decir
Ejecutivo y Legislativo, era expresa el beneficio de la Independencia traducido
en semejanzas con la nación tomada por modelo. “América estaba
institucionalmente bajo la égida de los Estados Unidos”. Esta frase satisfacía
a los políticos de los Estados Unidos y a los de las Repúblicas de lengua
española».
Tal verdad fue recogida en
libros y ensayos prohijados por el Estado Argentino; y lo que es peor,
traducida a los textos de enseñanza recomendados en nuestras escuelas y
colegios. La falsedad de semejante punto de vista (denigrar nuestra
idiosincrasia propia y exaltar la ajena) resulta hoy patente, debido a los
progresos a que ha llegado el estudio del pasado hispano-americano. Vicente
Fidel López ya lo hacía notar en el prefacio de su Historia de la
República Argentina, con esta frase: «La
República Argentina nació como una evolución espontánea de la nacionalidad
española». Y el investigador anglo-argentino Carlos Roberts[2], dice también que: «Una de las cosas que se nota muy especialmente al estudiar la
historia del Río de la Plata, es la íntima conexión entre el espíritu colonial
y el independiente, que no permite tratarlo separadamente con un criterio
simplista».
Es necesario, pues, desentrañar
con sentido lógico y a la luz de documentos imparciales, la gestación y
desarrollo del proceso de nuestra Independencia y de las luchas civiles a que
dio motivo, hasta la definitiva organización nacional. Ya que quien investiga
la historia de aquellos tiempos con el acostumbrado prejuicio antihispánico, no
podrá explicar la perfecta coherencia entre hechos correlativos de la madre
patria y de la nuestra, en un período político dado. A saber: la derrota de la
escuadra franco-española en Trafalgar y las invasiones inglesas al Río de la
Plata; la lucha entablada en España contra Napoleón y los proyectos de coronar
en el Plata a la reina Carlota; el reconocimiento de José Bonaparte por los
diputados de Bayona y la jura en Buenos Aires del monarca Fernando VII; la
caída en Cádiz de la Junta Central después de la derrota de Despeñaderos y la
destitución de Cisneros el 25 de mayo de 1810.
El verdadero significado de
nuestra emancipación, no es ni puede ser, por tanto, el que nos enseñan los
textos de colegio y los superficiales tratados aprendidos sin descernimiento
para el apremiante examen universitario.
El descubrimiento del nuevo mundo y su conquista, en los primeros
siglos XV al XVII fueron –como lo han probado historiadores de diversas
tendencias– empresas católicas, que tuvieron como primordial objetivo la
evangelización de los infieles. La generosa concepción inicial desvirtuóse luego, hasta transformarse, con
lo reyes Borbones, en explotación regenteada desde Madrid. Ello despertó sentimientos de protesta en
los indianos, cuyo único vínculo de unión que justificaba su lealtad a una
autoridad desconocida y distante, era la religión católica,
fielmente observada por los primeros monarcas fundadores del Imperio.
El descontento robustecióse con
el tiempo; en mi opinión, por dos motivos de distinta índole. Espiritual el
primero: el catolicismo enseñado en
América por los jesuitas, y conservado, como bandera –al ser disuelta la
Orden–, contra el regalismo y codicia de los últimos monarcas que entregaron la
madre patria al extranjero. Y terrenal el segundo: la
poderosa influencia del ambiente y los medios de vida, que hicieron del criollo
una raza fuerte, más primitiva en las costumbres y, en consecuencia, menos
propensa que la española europea a contagios ideológicos perturbadores.
Sintetizando, llegamos nosotros
–en este orden de ideas– a las siguientes conclusiones finales:
1) Hasta el 25 de mayo de 1810,
no prevalecieron –en el hecho– el cálculo mercantil, el odio de clases ni las
maniobras extranjeras (sin negarle importancia a la sagaz infiltración
británica), que recién tendrán eco cuando comienza la lucha de tendencias a minar
la primera Junta porteña.
2) La semana de mayo es fundamentalmente –como queda dicho–, una pura
reacción defensiva de orden religioso y patriótico, contra los
franceses, cuya invasión a nuestras playas se esperaba, y que habían
dejado a España humillada e inerme.
3) Por eso no se planteó –en
aquella ocasión– ninguna cuestión concerniente a «formas» de gobierno, no se
buscó de manera abierta la ruptura del vínculo con Fernando VII y sus
sucesores.
4) El exótico e impopular
jacobinismo de Mariano Moreno, hubo de revelarse sólo más tarde –y por
sorpresa– a través del tan discutido Plan de Operaciones presentado
a consideración de la Junta con el resultado que se conoce (30 de agosto de
1810).
Con lo dicho, cabe definir al
movimiento de Mayo –sin alardes–, como una espontánea defensa criolla de la
Hispanidad en peligro de ser nuevamente avasallada desde afuera. Ramiro de Maeztu, en su obra epónima,
refiriéndose a la guerra emancipadora del nuevo mundo, ha estampado esta frase
que honra a nuestros próceres de aquel tiempo: «...la aristocracia americana reclamaba el poder –dice[3]–, como descendiente de los conquistadores,
y por sentirse más leal al espíritu de los Reyes Católicos que los funcionarios
del siglo XVIII y principios del XIX».
¿Puede negarse, acaso, la
justicia de quienes, sin traicionar los valores de la cultura heredada,
persiguieron la reivindicación de su tierra, con propósitos de
salvaguardarla de un vasallaje extranjero que se tenía como seguro?
Notas:
[1] Breve historia de América.
[2] Las invasiones inglesas del
Río de la Plata – 1806-1807.
[3] Defensa de la Hispanidad.

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