Presentación
En el mes de julio del pasado
2012, dábamos a conocer el volumen tercero de nuestra obra: Los críticos del
revisionismo histórico, publicación conjunta de la Universidad Católica de
La Plata y del Instituto Bibliográfico Antonio Zinny, instituciones ambas por
las que reiteramos nuestra gratitud.
Muchos años y muchas lecturas
demandó aquel compendio, y un larguísimo recorrido por las escuelas
historiográficas de sig-nos distintos, encontrados y rivales. Para estudiar al
revisionismo y a sus críticos, lo dicho aquí y allá en torno de la figura del
Restaurador, desfiló por nuestro escritorio del modo más exhaustivo que
pudimos.
Si de tal afirmación no se sigue
necesariamente elogio alguno para el fruto final de aquellos volúmenes, sí se
ha de seguir en cambio una cierta habilitación para responder la pregunta que
sigue: ¿hay algo nuevo que decir sobre Juan Manuel de Rosas?; o sin la connotación
de la novedad, que no suele ser sinónimo de valía, ¿hay algo por decir que
justifique dar a luz un nuevo libro, como el que aquí presentamos?
En principio parecería que no. No
al menos desde el punto de vista informativo, documental, archivístico. Aunque
repositorios hay que aguardan aún ser explorados con maestría, y aunque en
pleno curso se encuentra un proyecto asombroso del Profesor Jorge Bodhziewicz,
para que se conozcan ordenada y analítica-mente los impresos todos de la larga
y gloriosa época de la Con-federación Argentina, en líneas generales podríamos
decir, con un tecnicismo, que la heurística sustancial acerca de Juan Manuel de
Rosas se halla cubierta.
Va de suyo que éste de la información
no es un ámbito clauso, y que siempre habrá –como en el proverbial poema becqueriano–
una mano inteligente que sepa arrancar notas afinadas a una arrumbada arpa. En
tal sentido, insistimos, los papeles históricos de la patria pueden deparar más
de un sorpresivo y útil hallazgo. Pero tambien es cierto que lo édito y
publicado más se asemeja a una montaña de proporciones que a un modesto
peñasco. Quien haya hecho el esfuerzo de escalarla, advertirá la dimensión de
sus perfiles.
Algo distinta es la respuesta a
la pregunta ya formulada, si nos apartamos del siempre legítimo y valioso
territorio de la heurística, para instalarnos en las posesiones de la
hermenéutica. Aquí, no solamente todo no está dicho sobre Rosas, sino que ur-ge
volver a recordar verdades y razones, criterios rectos y perspectivas veraces; y
si no sonara algo pretensioso, urge igualmente volver a refundar el
revisionismo histórico argentino.
Porque la figura impar de Juan
Manuel de Rosas no ha tenido toda la suerte historiográfica que su estatura
merecía. Es verdad que liberales y marxistas –cada uno con sus subespecies
entomológicas– han sido objeto de refutaciones, réplicas, desenmascaramientos y
desmentidas por doquier. Y es verdad que a izquierdas y a derechas plumas
siempre se le supo oponer algún pensador aquilatado que restituía el orden
interpretativo. Queremos decir, para que no se nos confunda, un pensador con
las bases intelectuales lo suficientemente sostenidas en la Filosofía
Perenne.
Pero lo que hoy prevalece en la
materia es el desorden y el caos, la amalgama turbia, la mezcolanza aviesa, el
ideologismo tosco sumado a la militancia crapulosa. El rosismo, convertido en
relato oficialista, y el relato oficialista devenido en conglomerado de
náuseas, y éste a su vez propagando su hedor sin restricciones, por un poder
que acumula malicias cuanto resta virtudes; el rosismo, decimos, es hoy una
mueca indigna y falsa de lo que supo y quiso ser en sus orígenes. Se agrava el
desbarajuste toda vez que por oponerse a este oficialismo asfixiante,
pendolistas o políticos sin entrenamiento historiográfico alguno, y faltos de
sólida cultura, dejan caer sus diatribas contra Rosas, sin advertir que están
castigando, no al héroe en sí mismo, sino a la parodia en que lo han convertido
los titulares del Régimen. Moralmente hablando, estamos obligados a formular
condenaciones terminan-tes para los artífices de tanta falsedad acumulada.
No mejora el panorama la
irrupción de ciertos intérpretes de la figura de Don Juan Manuel que, aunque en
las antípodas intelectuales y morales de los bandos señalados, y por eso mismo
dignos de ser considerados decentes, han decidido descalificar como traidores a
todos aquellos personajes americanos que tomaron parte de la independencia de
España. Casi siempre sin acepción de personas, ni de propósitos ni de
circunstancias. Como si fuera lo mismo amar piadosamente a los padres y verse
compelido a formar casa propia con idénticas raíces, que sacudir las sandalias
en los umbrales del hogar solariego, movido por el odio y el desprecio. Como si
idénticos fueran los casos de quienes llamaron independencia a abjurar de su
matriz, y esos otros que 12defendieron con sangre limpia una autonomía que no
les impedía cultivar el encepamiento hispano de tres siglos. Y como si después
de doscientos años del doliente proceso de disolución del Imperio Hispano,
cupiera mantener fresco un rencor, que acaso pudo alimentarse durante la
contemporaneidad de los hechos, pero que a vistos y considerandos de lo
acaecido en ambos continentes, más parece prudente mitigar que azuzar.
Entre varios fuegos
entrecruzados, algún rescate precisa la figura ilustre del Caudillo de la Santa
Federación. Y he aquí el sentido de las páginas que siguen: cooperar como
podamos a esta necesaria acometida. Convertirnos en auxiliares de una tarea
regeneradora pendiente, como quien alcanza el bruñidor, acerca el dorador o
arrima los pinceles para que un antiguo y noble lienzo recupere su brillo.
Hemos dado en llamar “notas” a
los capítulos que se suceden, porque la lengua castellana lo permite con
propiedad. Hacer no-tas es señalar algo para que se conozca o se
advierta; reparar y observar; apuntar brevemente ciertos tópicos a efectos de
que no se olviden; y es además poner reparos a los escritos de terceros,
reprender o censurar. Es sencillamente, incluso, escribir con responsabilidad.
Otra cosa que notas no creemos que sean las páginas que aguardan.
Algunas de las mismas vieron la
luz hace años en algunas re-vistas especializadas de restricta aunque
calificada difusión. Les llegó la hora del remozamiento y de la ampliación y
eso hicimos. Otras circularon en su momento de manera digital y estaban dispersas.
Nos pareció oportuno reunirlas y pulirlas, y también eso hicimos. Las dos
primeras, en cambio, que dan una impronta peculiar a este breve libro, aparecen
aquí por primera vez.
Nos damos por satisfechos si, en
su conjunto, pueden prestar ese servicio al que aludíamos. El de llevar algunas
claridades a un ambiente cada vez más ennegrecido y opaco. Nos placería aún más
–y la esperanza nos dicta este párrafo conclusivo– si motivados por el mismo
espíritu que suscitó estas notas, una nueva generación, juvenilmente madura, se
decidiera a refundar la escuela historiográfica revisionista. Para lo cual,
entre otros dones, se necesitaría la clarividencia de Bernardo de Chartres, que
se valió de la metáfora de los enanos subidos a los hombros de gigantes. Se
necesitaría, en suma, ver más alto y más lejos y más diáfano, pero sin dejar de
agradecer los hombros que nos han sostenido cuando todo era invisibilidad y
negrura.
Antonio Caponnetto
Buenos Aires, enero del 2013
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