Poco antes de asumir como presidente de la Argentina, el anarco
libertario Javier Milei, en un acto político llevado a cabo el 4 de noviembre
de 2023 en la ciudad de El Palomar, se refirió a Juan Manuel de Rosas
calificándolo con el gastado y remanido mote de “tirano”[1].
Esta injuria
contra Rosas es de larga data, la inventaron sus enemigos unitarios y luego la
recogieron y difundieron los liberales que escribieron la historia oficial de
nuestra patria.
Así generaciones enteras de niños en edad escolar se educaron escuchando a sus maestros sarmientinos hablar sobre los horrores de la “tiranía” de Rosas.
La utilización del termino no sorprende para nada habida cuenta que, al calor de los “nobles odios” mitristas, que en esos tiempos se cultivaban contra el Restaurador, sus enemigos no hayan buscado ser justos ni precisos con los calificativos que utilizaban para referirse a este.
Sin embargo, a esta altura del tiempo y con los avances que en el ámbito historiográfico aportó el revisionismo histórico, es poco serio seguir aplicando ese mote a Rosas.
En efecto, según nos enseña el diccionario de la lengua castellana, tirano es aquel que “consigue de modo ilegal el gobierno de un Estado y lo rige sin justicia y arbitrariamente”[2]. De modo pues que para saber si a Rosas le corresponde o no el calificativo de tirano lo primero que tenemos que hacer es ver en qué condiciones accedió este al poder, en las dos oportunidades en que le tocó ejercerlo. Vayamos entonces a los hechos históricos:
La primera vez que Rosas gobernó Buenos Aires lo hizo luego de la llamada tragedia de Navarro. Este hecho tuvo lugar -como es sabido- cuando el general unitario Juan Galo Lavalle luego de derrocar, el 1 de diciembre de 1828, al gobernador legítimo de Buenos Aires, Manuel Dorrego, lo hizo fusilar sin juicio previo en la posta de Navarro. Este crimen causó una indignación generalizada en la provincia y la consecuente reacción de los federales. En esas circunstancias, el asesino de Dorrego, se avino a firmar con los federales un tratado de paz (el tratado de Barrancas), en el cual convino en que se nombrase gobernador interino de Buenos Aires al general Viamonte.
El gobernador interino, una vez en el cargo, convocó a la legislatura (que Lavalle había disuelto) para que procediese a la elección de un gobernador. Lo primero que hizo este cuerpo –antes de elegir al nuevo gobernador- fue establecer que el elegido debería contar con “facultades extraordinarias” para poder afrontar los efectos subsistentes de la crisis que había desatado el fusilamiento de Dorrego[3]. Una vez resuelto esto, la legislatura procedió a elegir y a designar como gobernador de la provincia al coronel Juan Manuel de Rosas; quien así -en forma absolutamente legal- asumió su primer mandato el 8 de diciembre de 1829.
En la segunda oportunidad que le tocó gobernar, el Restaurador también tuvo que hacerlo luego de un magnicidio que conmovió al país, el del caudillo riojano Facundo Quiroga.
En efecto, a raíz de un conflicto entre los gobernadores federales de Tucumán y de Salta, Alejandro Heredia y Pablo Latorre, quienes se acusaban mutuamente de favorecer las conspiraciones unitarias existentes en las provincias de cada uno de ellos; el gobernador interino de Buenos Aires, el doctor Manuel Maza, decidió enviar como mediador al general Juan Facundo Quiroga.
El caudillo riojano –en total sintonía con el pensamiento de Rosas- partió al norte con la determinación de hacer entender a los gobernadores enfrentados que en vano era pensar en la reunión de un congreso que dicte una constitución federal si antes las provincias no eran capaces de asegurar el orden en sus territorios y establecer entre ellas relaciones acordes con un sistema federal.
La reunión entre ambos gobernadores estaba prevista que se realizaría en Santiago del Estero. Hasta allí llegaron Quiroga y Heredia. Latorre no pudo hacerlo pues falleció antes de partir. A pesar de ello, se logró la firma de un tratado de paz entre las provincias en conflicto. Facundo satisfecho se dispuso entonces a emprender su regreso. Cuando se disponía a hacerlo se le advirtió de la existencia de un plan para acabar con su vida en el trayecto. A pesar de que la información era verosímil, este le restó importancia y rechazó la escolta que le ofreció el gobernador santiagueño Juan Felipe Ibarra, partiendo hacia su destino, confiado en su suerte, coraje y prestigio.
Al llegar a la localidad de Ojo de Agua recibió un nuevo aviso. Se le confirmó que el capitán Santos Perez, hombre que respondía al gobernador de Córdoba, José Reinafe, lo esperaba en Barranca Yaco para perpetrar el ataque. Nuevamente Quiroga desoyó las advertencias y continuo su marcha. Y así, el fatídico 16 de febrero de 1835, en el lugar indicado, el Tigre de los llanos cayó asesinado junto con toda su pequeña comitiva.
Ante el estado de convulsión que desató el crimen, el gobernador Maza presentó su renuncia. Inmediatamente la legislatura la aceptó y eligió casi por unanimidad a Rosas para gobernar Buenos Aires por segunda vez, y esta vez con la suma del poder público.
Si bien esta designación era suficiente para legitimar la asunción del Restaurador, quiso este hacer plebiscitar la misma, dada la extensión de las facultades que se le otorgaba. El resultado del plebiscito fue contundente, casi la totalidad de los votantes apoyó la elección y el otorgamiento de la suma del poder. Y así, en medio de una algarabía generalizada el 13 de abril de 1835, Rosas llegaba nuevamente al gobierno.
Aclarado esto, conviene destacar también que Rosas, en el ejercicio del poder, no solo actuó conforme a las atribuciones conferidas, sino que lo hizo siempre teniendo por miras el bien común de los argentinos; y no por capricho o en función a sus intereses personales como lo haría un tirano. Basta decir que cuando este ingresó a la política era un rico estanciero y empresario, y durante todo el tiempo que gobernó nunca utilizó su poder para enriquecerse. Es más, cuando se retiró de la vida pública y marcho al exilio, lo perdió todo y no le quedó ni para sobrevivir, teniendo que dedicarse a trabajar en su pequeña granja. La honestidad de Rosas fue tan notoria, que ni siquiera sus enemigos y detractores jamás la pusieron en duda.
Por todo lo hasta aquí dicho, en esta breve síntesis de circunstancias históricas bien conocidas, podemos concluir que no hay dudas que Rosas llegó al gobierno por medios legales y ejerció el poder conforme a las facultades que en cada caso se le otorgó legalmente. No como sus adversarios. Como por ejemplo el citado general Lavalle que se apoderó por la fuerza del gobierno de Buenos Aires y se comportó como un verdadero tirano, asesinando al gobernador legítimo y sembrando el terror, como decíamos arriba.
Esa conformidad con las leyes y el consenso generalizado que tuvo el Restaurador fue tal, que incluso uno de sus principales enemigos, Domingo Faustino Sarmiento, supo reconocer que: “Rosas era un republicano. Era la expresión de la voluntad del pueblo y en verdad que las actas de elección así lo muestran. El gobernante se inclina ante la soberanía popular representada por la legislatura. Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron, grandes y notables capitalistas lo apoyaron y sostuvieron. Abogados de nota tuvo en los profesores patentados de derecho. Verdadero entusiasmo era el de millares que lo proclamaban el Héroe del Desierto y el Gran Americano. Rosas era popular... Rosas era una manifestación social, una fórmula de una manera de ser de un pueblo. La suma del poder público le fue otorgada por aclamación y plebiscito, sometiendo al pueblo la cuestión"[4].
Finalmente, cabe mencionar un dato más, que echa por tierra la idea de que el gobierno de Rosas fue una tiranía. Y es que –tal como lo atestiguo el periodista español Benito Hortelano en sus Memorias- a su caída no hubo actos de algarabía en el pueblo de Buenos Aires[5]. Si de verdad hubiera sido un tirano el júbilo y la felicidad del pueblo hubiera sido notorio y generalizado; pero nada de ello sucedió. Por el contrario, el pueblo bonaerense añoró a Rosas por años, como lo dejó asentado José Hernandez en su Martin Fierro.
Es por eso que la máxima figura de la argentinidad, el general José de San Martin, elogio y apoyó la política del Restaurador. Tal es así, que en 1838 el Libertador le ofreció sus servicios para enfrentar el bloqueo francés a la Confederación Argentina; y aunque ello no se pudo concretar, desde Europa defendió la causa de la Confederación.
La amistad y admiración que San Martin tenia por Rosas está reflejada en la nutrida correspondencia que mantuvo con este, y con otras figuras históricas como Tomas Guido y Bernardo O´Higgins. Y la prueba más acabada del alto concepto que San Martin tenia por don Juan Manuel es que en la cláusula tercera de su testamento le legó su sable corvo, el mayor homenaje que pudo haber recibido un argentino.
Algunos quieren creer que este obsequio del Libertador a Rosas, se debió solo y exclusivamente por la defensa que este hizo de nuestra soberanía, sin que ello implique un aval a su política en general. Sin embargo, está probado que San Martin también apoyó la política interna del Restaurador, ya que veía en él la “espada vigorosa” que el país necesitaba en aquellos tiempos de anarquía, de agresiones extrajeras y traiciones. Esto se ve claramente en la última carta que le envió, el 6 de mayo de 1850, en la que dice lo siguiente: "…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado… Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina… Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota".
Ningún argentino recibió nunca mayor elogio. Sin embargo, y a pesar de que el revisionismo histórico, sin lugar a dudas, le ganó la batalla historiográfica a la historia oficial, aun hoy lamentablemente existen quienes -como el presidente Milei- se niegan a dar a Rosas ese “justo reconocimiento” que San Martin le brindaba y le deseaba; y por el contrario continúan repitiendo las mismas injurias que contra Rosas decían sus antepasados ideológicos.
Está claro entonces que, mientras el liberalismo tenga poder en nuestra patria, sus partidarios seguirán empeñados en imponer la versión falsificada de nuestro pasado, que pergeñaron tras la caída del Restaurador. Es por ello que lucha por la verdad histórica no debe cesar, la tarea de difusión debe continuar, hasta que la Argentina salga de la situación semi-colonial en que se encuentra, y vuelva a ser una nación soberana, como en los tiempos de Don Juan Manuel.
[1]
Visto en sitio web: https://www.youtube.com/watch?v=48P9PfT0b8M&t=2s
[2] Sapiens.
Enciclopedia ilustrada de la lengua castellana. Edit. Sopena, Argentina, 1959.
[3] No
era la primera vez que en el país se otorgaba facultades extraordinarias a un
gobierno. Todos los primeros gobiernos revolucionarios y los directoriales las
habían tenido.
[4] Obras
Completas, Tomo XXVII, pág. 323
[5]
Sierra, Vicente. Historia de la Argentina, T. IX, pag. 621.
