martes, 18 de mayo de 2021

Intervención anglo-francesa en el Rio de la Plata: Motivaciones y repercusión.

 

Por: Andrea Grecco de Alvarez

De todos los conflictos externos que debió enfrentar la Confederación Argentina en la época de Rosas, probablemente los peores hayan sido el bloqueo francés del puerto de Buenos Aires de 1838-40 y el bloqueo anglo-francés de 1845-49.  

Los móviles

La penetración imperialista era parte de la política implementada por su parte, y por motivos diferentes tanto en Inglaterra como en Francia.  En Inglaterra, la antinomia entre whigs y torys había sufrido algunas transformaciones que tendrán influencia en los sucesos del Plata. Los whigs sustentaban su política en las clases financieras e industriales. Los torys habían estado tradicionalmente vinculados a los intereses de los  terratenientes, sin embargo desde 1832, y habiendo comenzado a emplear la denominación de “conservadores”, empezaron a oponer a la política whig “un entusiasmo patriótico, imperial, basado en la posición de Inglaterra como nación rectora del mundo”1. También los whigs se habían transformado, preferían llamarse “liberales” y si bien seguían apoyándose como los viejos whigs en los comerciantes e industriales, “ponían el acento en lo nacional más que en la defensa de su clase. Su imperialismo era la preeminencia de toda Inglaterra, no de una clase social inglesa”2. Sin embargo, sí había una diferencia entre el imperialismo de liberales y conservadores. El de los primeros, era un imperialismo que fincaba su importancia “en el poderío económico, asentado sobre una necesaria, pero prudente, influencia política”3. El de los segundos, era una concepción de imperialismo “más territorial […] al dominio económico o financiero lo tenía por una etapa para la posesión física de los países poco desarrollados […] que la preponderancia de la marina inglesa ponía a su alcance”4. 

 Esta diferencia de concepción imperialista tuvo sus efectos cuando a partir del 30 de agosto de 1841 el primer ministro William Lamb, vizconde de Melbourne (whig), fue reemplazado en el gabinete de la reina Victoria I por el baron Robert Peel (conservador), quien permaneció en su cargo hasta el 29 de junio de 1846. Con Melbourne, Henry John Temple, vizconde de Palmerston, había ocupado la Cancillería que ahora en el Gabinete de Peel, ocuparía el conde de Aberdeen, George Hamilton-Gordon.

Fue esta dupla formada por Peel y Aberdeen la que impondría un nuevo rumbo a la Política Británica. Un claro ejemplo de los nuevos procedimientos fue la primera guerra del opio contra China, que iniciada por Palmerston con el bloqueo del puerto de Cantón, fue llevada al extremo por Peel y Aberdeen en 1841-1842. El reclamo era la “defensa de la libertad” de vender opio en China, al decir de José María Rosa. Inglaterra procedió por medio de un Bloqueo naval, ocupación de distintos puntos en la costa, el envío de una escuadra con 15 buques de guerra, 4 vapores y algunos transportes con 6000 infantes de marina, penetración por el río Kiang, ocupación de Shangai y amenaza de ataque a la ciudad de Nanking. El emperador terminó cediendo por el Tratado de Nanking del 29 de agosto de 1842, China permitió la libre venta de opio, indemnizó con seis millones de dólares de plata a los comerciantes ingleses (vendedores de opio) cuya mercadería había sido quemada por orden del emperador, pagó los gastos de guerra (12 millones), cedió la isla de HongKong a perpetuidad (aunque en 1984 se pactó que se devolvería en 1997) y factorías en Shangai, Cantón, Xiamen, Foochow, Ningbo donde podían almacenar los productos para realizar las ventas 5.  Por su parte, Francia desde la primera de las llamadas revoluciones liberales (1830) estaba bajo el reinado de Luis Felipe de Orleáns. Una monarquía constitucional, cuyo rey era un aristócrata liberal revolucionario, y en la que el poder recayó en manos de la gran burguesía de negocios. Los hombres que habían hecho la revolución querían acción, movimiento adentro y afuera. Luis Felipe, que conocía Europa, se dio cuenta del peligro que podía entrañar por una temeraria política exterior, provocar la reunión de los aliados y reavivar el Tratado de Chaumont (Austria, Rusia, Prusia y Reino Unido en la sexta coalición). Tomó el partido de la moderación. Así sería acusado de ser esclavo de los tratados de 1815 6. Los tratados de Viena habían reducido las fronteras de Francia a las de 1790, había perdido el terreno ganado por los ejércitos revolucionarios entre 1790 y 1792, se habían visto obligada a pagar 700 millones de francos en concepto de indemnizaciones y manutención de los  ejércitos aliados de ocupación de 150.000 soldados. 

Probablemente para compensar esa política conservadora y pacífica contraria a las esperanzas de los revolucionarios es que se intentara una política exterior agresiva pero lejos del centro de poder europeo, en África o en América. Fue en esa época cuando, aprovechando de Inglaterra estaba ocupada con los conflictos en los Países Bajos,  inició Francia la colonización de Argelia (hasta 1962). Sin embargo, poco le reportó a Luis Felipe esta conquista. “¡Qué pobre e irrisoria compensación parecía entonces Argelia al lado de las conquistas perdidas de la República y el Imperio!”7

 Así oprimida, “ansiosa por vengar la derrota de Waterloo, impotente para volverse contra quienes se la habían infligido, aquejada de un belicismo resumido, había resuelto desahogarse con los nacientes Estados de Hispanoamérica”8. Así, inició en México “la guerra de los pasteles”. Bajo la excusa de supuestas injusticias para con unos ciudadanos franceses establecidos en México, y en medio de una gran crisis nacional en ese país. Los franceses adoptaron una posición especialmente exigente, acumulando quejas y demandando, con prepotencia, solución a situaciones en muchos casos dramatizadas. El canciller francés Louis Mathie Molé ordenó a su ministro en México, Antoine Louis Deffaudis, presentar un ultimátum para el pago de una indemnización global de 600 mil pesos; por supuesto, esa cantidad era impensable para las arcas mexicanas y además el Gobierno se resistía a reconocer tal abuso porque no se sentía responsable  de los disturbios políticos. En febrero de 1838 cuando la amenaza se vio convertida en realidad, pues una escuadrilla francesa a las órdenes del comandante Bazoche arribó a Veracruz, apostando a conseguir con la fuerza de los cañones lo que no había logrado el poder de la palabra. Luego de dos meses, el rey Luis Felipe, decidió enviar más fuerzas navales para responder a los agravios  contra sus súbditos. Deffaudis dirigió un ultimátum al Gobierno mexicano, con lenguaje duro y altivo, ensalzando la benevolencia de Francia y echando en cara a los mexicanos el desdén con que trataban sus reclamaciones. El Gobierno del presidente Anastasio Bustamante declaró que no entraría en negociaciones formales mientras la escuadrilla francesa estuviera en Veracruz. El 16 de abril, el comandante de la escuadra francesa declaró el bloqueo de todos los puertos de la República. Posteriormente, bombardeó el Fuerte de San Juan de Ulúa. Dado que las circunstancias bélicas afectaban también otros intereses, concretamente los de los comerciantes ingleses, estos decidieron mostrar la fuerza de su flota —que ancló en Veracruz a fines de 1838 con 11 barcos dotados de 370 cañones—, con la intención de forzar a los franceses a negociar la paz. Así, con la mediación inglesa el 9 de marzo de 1939, se firmó un tratado de paz por el cual los franceses devolvían el castillo de San Juan de Ulúa; México prometía anular los préstamos forzosos y pagar 600 mil pesos de indemnización; ambos países se concedían el trato de nación más favorecida y entraban en negociaciones para firmar un tratado de comercio. 

Igualmente, Francia formuló reclamaciones en Ecuador y Chile, las que según la cancillería chilena implicaban “establecer un nuevo e inaudito derecho internacional en estas regiones”. “Y cuando vio a Rosas en 1838 rodeado de dificultades internas y externas creyó posible cosechar fáciles laureles imponiendo a la Argentina, por las buenas o por las malas, una capitulación”9  al estilo de las que habían logrado en el norte de África. 

El bloqueo decretado por el almirante Leblanc afectaba a Rosas en la base de su poder, como máximo representante de los terratenientes exportadores de frutos del país. “Pero el caudillo –observa Irazusta– ya se había elevado a la comprensión de los intereses nacionales, superiores a los de una sola clase”10. Rosas se resistió y salió airoso de la prueba con lo que consolidó la confederación empírica que estaba organizando y con ella afianzó la unidad del país.

Inglaterra, con sus afanes imperialistas de nuevo tipo que ya hemos descripto, y siempre atenta a que el Río de la Plata no quedara bajo la jurisdicción de un solo Estado hispanoamericano, vacilaba en intervenir ante la firmeza de Rosas y el exceso de  cuestiones que tenía entre manos. Extendía su penetración en India y China, trataba de evitar la absorción de Texas y Oregón por los Estados Unidos. Pero, explica Irazusta, que cuando Francia se negó a hacerle el juego en América del Norte, pero aceptó hacerlo en América del Sur y vio llegar a Londres al vizconde de Abrantes y a Florencio Varela, por los gabinetes de Río de Janeiro y Montevideo, que pedían su intervención civilizadora ya no dudó más:  

Decidióse a emprenderla con aquel gaucho ingenuo que se tomaba en serio lo de una independencia argentina cuya consolidación ella se había esmerado tanto en estorbar. Con la ayuda de Francia se propuso arrancarle a Rosas la libre navegación de los ríos interiores de la Confederación, el reconocimiento de la independencia paraguaya, la separación de Corrientes y si era posible Entre Ríos, como etapa inicial de una penetración que podía extenderse hasta donde luego lo permitieran las circunstancias11.

El método de acción directa había dado excelentes resultados a la política británica en China, esto mismo es lo que intentará en el Río de la Plata. Por su parte Francia, como ya hemos dicho, encontraba obligatorio hacer algo grande en América, ya que no podía moverse en Europa, y esto era vital para reflotar la imagen alicaída de la monarquía burguesa nacida de la Revolución del ’30.

Lo que no tuvieron en cuenta las potencias interventoras es que la Confederación había alcanzado con Rosas un grado de solidez que la hacía apta para afrontar la resistencia.   

La repercusión de los acontecimientos

Hemos trabajado con los periódicos de la región cuyana y hemos visto el eco que estos conflictos tuvieron en estas tierras. En Mendoza la Ilustración Argentina en su n. 3 de agosto de 1849 escribía:

Las hostilidades que en 1838 promoviera la Francia fueron injustas por parte de aquella Potencia –Los Agentes Franceses exigieron que el Gobierno Argentino derogase una ley de la República en 1821, administración de D. Martín Rodríguez, cuyo principios calificaron de “absurdos y contrarios al derecho de gentes”12. El General Rosas rechazó esta pretensión ofensiva a la Independencia y soberanía de la Nación y sostuvo “que la república Argentina puede darse sin intervención de Francia, las reglas de conducta que los individuos de esta sociedad deben tener unos para con otros y para con toda ella y las que determinan la posición social de los Extranjeros que se establecen en su territorio”13. Los Agentes Franceses recurrieron entonces a las armas y la Confederación dignamente presidida por el General Rosas, concurrió a defender sobre el campo de batalla los derechos de Nación Independiente y libre, que ya había sostenido con ventaja en el de la discusión y del derecho14.

Más adelante refiriéndose al Bloqueo Anglo-Francés expone:

Últimamente la intervención Anglo Francesa bajo especiosos pretextos, pretendió destruir en el Plata la Independencia de las Repúblicas Americanas. Negó a estas el ejercicio del derecho de bloqueo, quiso arrebatarles por la fuerza la navegación de sus ríos interiores y sujetarlas a la prepotencia Europea. –El Ilustre General Rosas fiel a las inspiraciones del Pueblo que preside y a las exigencias del honor nacional, resistió aquellas injustas agresiones del Poder Extranjero, y entre el aplauso de los hombres libres y de las Naciones, salvó la Independencia Americana y la Soberanía de su Patria 15.

En San Juan, El Honor Cuyano, se publicaba mientras el país se encontraba inmerso en el Conflicto Anglo-francés. Desde su primer número del 12 de febrero de 1846 se ocupa del Conflicto a través de artículos o por la publicación de correspondencia o documentos públicos relativos “sobre un asunto en que estando formalmente empeñado el honor de todo americano y principalmente de los argentinos, debe ser para todos de su mayor interés”16. 

Nadie en América quiere la influencia europea: ningún bien queremos por grande que sea siempre que se nos ofrezca con condiciones tan viles y tan infames; ningún beneficio que venga por manos alevosas nos será provechoso. No queremos nada que venga de esa Europa tal cual se nos está representando: no queremos su comercio, no queremos sus artes, no queremos sus leyes, detestamos su civilización y sus progresos porque vienen sirviendo de taco a sus cañones, y porque la civilización es obra de la persuasión y del convencimiento. Las Leyes para ser estables las ha de sancionar el pueblo en el pleno goce de su libertad, y los franceses e ingleses no son pueblo en América, son invasores, conquistadores, son unos piratas sin fe y sin humanidad 17.

Dos preguntas retóricas inician un nuevo párrafo. “¿Con qué derecho quieren hacernos tantos bienes? ¿Para qué nos buscan si somos bárbaros?”. Lo que da el pie para argumentar acerca de que es preferible la barbarie a la esclavitud. La Argentina y América, afirma, harán con sus ríos lo que quieran porque tienen sobre ellos el dominio que le ha dado la naturaleza y el Creador. Son de América, están en su territorio y por lo tanto bajo el dominio de la voluntad de sus habitantes por  lo tanto “nada tiene que hacer la Europa en la propiedad ajena”18. 

En el n. 14 se transcriben las cláusulas secretas del Tratado de Verona de 1822 en que la Santa Alianza formada por Austria, Francia, Prusia y Rusia se comprometían a impedir que en cualquier país se imponga un sistema de gobierno representativo, fiel a la máxima de la soberanía popular, incompatible con los principios monárquicos y de derecho divino. En el comentario del documento, sostiene que encontramos en este documento un motivo más de la injerencia europea en el Río de la Plata. Más adelante, al pasar revista a los periódicos europeos señala que los periódicos ingleses “gritan traición y pretenden que interviniendo en el Plata, la Francia y la Inglaterra no han hecho sino ceder a las instigaciones urgentes del Gabinete de Río de Janeiro”19.

El n. 15 se inicia dando por sentado que habrá paz, que las naciones interventoras han vuelto sobre sus pasos, que se obtendrá justicia y reparación de los agravios. En la revista de periódicos americanos da a conocer un hecho lesivo de la soberanía e independencia del Perú protagonizado por el Encargado de Negocios de S.M.B. en Lima, Guillermo Pitt Adams. Se trata de una reunión en la Bolsa Extranjera presidida por el citado Encargado de Negocios bajo el título de Tribunal de Investigación. El Gobierno de Perú ha respondido con un decreto en el cual afirma los derechos y deberes de los representantes de las Naciones Extranjeras y niega rotundamente que tengan atribución alguna para instalar y/o presidir tribunales. Se publican algunas cartas sobre el tema y el citado decreto.   

En el n. 17 de El Honor Cuyano, aparecen un par de cartas del General San Martín acerca del bloqueo anglo-francés. La primera es una respuesta a un comerciante inglés. La segunda va dirigida al General Juan Manuel de Rosas. Jorge Federico Dickson, prominente comerciante inglés, conocedor de la inteligencia del Libertador, le dirige una carta requiriendo su opinión sobre la intervención. San Martín, sin pérdida de tiempo le responde el 20 de diciembre de 1845  con un brillante análisis:

Nápoles, diciembre 20 de 1845.

Mi querido Señor! He sido informado de sus deseos por tener mi opinión sobre la presente intervención de la Inglaterra y la Francia en la República Argentina y tengo por consiguiente, no solo mucho placer en dársela a Ud. sino que lo haré con la franqueza de mi carácter y con la más perfecta imparcialidad, sintiendo únicamente que el mal estado de mi salud, no me permite entrar en tantos detalles como exige este negocio importante.

No considero necesario investigar la justicia o injusticia de la dicha intervención, o los resultados dañosos que tendrá para los súbditos de ambas naciones por la paralización absoluta de sus relaciones comerciales, como también por la alarma y desconfianza que la intervención de dos naciones europeas en sus contiendas domésticas, debe naturalmente haber despertado en los estados nacientes de Sud América. Me limitaré a investigar si las naciones que se interponen, conseguirán realizar, por las medidas coercitivas que hasta hoy se han adoptado el objeto que se han propuesto: la pacificación de ambas márgenes del Plata. Y yo debo manifestar a Ud. mi firme convicción de que no lo conseguirán; mas al contrario, su línea de conducta hasta el presente día, sólo tendrá el efecto de  prolongar hasta el infinito los males que proponen poner fin, y ninguna previsión humana podrá fijar el término de la pacificación que anhelan. Me explicaré más extensivamente.

La firmeza del carácter del Jefe que está actualmente a la cabeza de la República Argentina es conocida de todos, como igualmente el ascendiente que posee en las vastas llanuras de Buenos Aires y en las otras  provincias y, aunque no dudo de que en la capital podrá tener un número de enemigos personales de él, estoy persuadido de que, ya sea por orgullo nacional, o por temor, o por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero, cierto es que todos se unirán y tomarán una  parte activa en la lucha. Además, es necesario recordar (como la experiencia ya ha demostrado) que la medida de bloqueo ya declarada no tiene el mismo efecto sobre los Estados de América (y menos que en ningún otro sobre el argentino) como lo tendría en Europa. Esta medida afectará únicamente a un corto número de propietarios, pero a la masa del pueblo, ignorante de las necesidades de los europeos, la continuación del bloqueo será materia de indiferencia.

Si los dos poderes determinasen llevar más adelante sus hostilidades, es decir, declarar la guerra, no tengo duda que con más o menos pérdidas de hombres y dinero podrían obtener la posesión  de Buenos Aires (aunque el tomar una ciudad resuelta a defenderse, es una de las más difíciles operaciones de la guerra;) pero aún después de haber conseguido esto, estoy convencido que no podrán conservarse por ningún tiempo en la Capital. Se sabe bien, que el alimento principal, o casi podría decir  único del pueblo, es la carne; como igualmente que con la mayor facilidad, se puede retirar todo el ganado, en muy pocos días, muchas leguas al interior, como también los caballos y todos los  medios de transporte. En una palabra, que se puede formar un vasto desierto, impracticable al tránsito de un ejército Europeo, que se expondría a tanto mayor peligro cuanto más crecido fuese su número.

En cuanto a seguir la guerra con el auxilio de los mismos nativos, estoy segurísimo  que corto ciertamente será el número que se una a los extranjeros.

Finalmente con una fuerza de siete u ocho mil hombres de la caballería del país y veinticinco o treinta piezas de artillería volante, que el General Rosas mantendrá con la mayor facilidad, podrá perfectamente, no solo sostener un sitio riguroso de Buenos Aires, sino también impedir que ningún Ejército europeo de veinte mil hombres penetre más de treinta leguas de la capital sin exponerse a ruina total, por falta de recursos necesarios. Tal es mi opinión, y la experiencia probará que es bien fundada, a no ser, (como se debe esperar) que el ministerio inglés cambie sus políticas.

Me aprovecho de esta oportunidad para asegurar a Ud. que quedo etc.

[Firmado] –José de San Martín

(Del Morning Chronicle febrero 12 de 1846)20.

Esta carta de San Martín fue publicada en Europa el 12 de febrero de 1846 en el Morning Chronicle de Londres y causó gran revuelo. Luego se publicó en Paris en el La Presse, cuyo director Emilio Giradín admiraba el genio y la actuación de Rosas que se enfrentaba a las dos potencias. El General San Martín resalta las consecuencias deplorables de la intervención para las potencias agresoras, la prevención que suscitarán en el resto de los Estados Americanos y la imposibilidad de triunfo anglo-francés. Con su característico realismo para juzgar a las personas y las cosas, se explaya en la idiosincrasia de su población y las características geopolíticas de la Argentina que le aseguran el triunfo. Asimismo, remarca la firmeza del Gral. Rosas como conductor de esta situación y su popularidad, que aseguran el concurso de los ciudadanos. Finalmente, insinúa que lo más conveniente para las naciones interventoras sería rever sus políticas en la región. Estos conceptos son los que resalta el redactor en su introducción a las cartas:

El General San Martín, ajeno de pasiones de partido, retirado del teatro de la lucha y vinculado más que otro alguno a las glorias de su Nación, puede fallar con certeza en la presente materia. Conocedor del carácter intrépido y valeroso de sus compatriotas, como que los ha conducido tantas veces a los campos del honor, y no menos conocedor de las localidades y los recursos del país para poder conjeturar hasta qué punto podría subsistir un ejército extranjero en él 21.  

Se publican también las cartas de San Martín a Rosas y de este al Gral. San Martín. El redactor remarca además, el hecho de que los Parlamentos de las naciones agresoras como la prensa de ambas naciones acosan a sus Ministros por el reclamo repetido de humanidad y justicia. 

El n. 18 da un relato pormenorizado de la misión Hood para lograr el arreglo pacífico con Inglaterra y Francia. En el siguiente continúa con el relato de la misión pacificadora y los términos en que se está tratando la paz. 

 Señala más adelante, que se dice que América debe imitar el ejemplo de Inglaterra, de Francia, de Estados Unidos que han logrado un estado de desarrollo y de progreso. Debemos imitarlos, asevera, dispensando una protección benéfica y útil a nuestra naciente industria. Y entonces expone:

Esto es lo que los Estados Unidos, la Francia, la Inglaterra, Alemania y todos los pueblos del mundo hacen; y nosotros siguiendo su ejemplo y haciendo uso de nuestros derechos soberanos queremos también hacer: criar nuestra industria y riqueza preservándolas de un aniquilamiento y muerte cierta y prematura, cual sería consiguiente a esa libre navegación y comercio como lo predican los injustos enemigos de la República 22.

 Algunas reflexiones ante el Conflicto Internacional 

 Tomás de Anchorena era el Ministro de Relaciones Exteriores cuando se suscita el primer conflicto con Francia. Irazusta sostiene que Anchorena observa que los problemas que se presentan con Francia como un plan para encontrar pretextos. De ese modo, Francia se asegura entrar en conflicto con la finalidad de demostrar su superioridad naval y así subyugar a los países pequeños, como antes lo habían hecho en Europa. Que al no conseguir ese dominio, “buscan la camorra para terminarla en un convenio, que les dé por las malas lo que antes fingían buscar por las buenas”23. Que la pretensión de excluir a los franceses del servicio militar es inadmisible pues los franceses domiciliados en la Confederación deben ajustarse a las Leyes de esta. Que si se admitiese ese  derecho, “sucederá que cada cónsul extranjero será un reyezuelo en nuestro país, y nuestro gobierno su corchete o criado”24. 

 Pero lo más importante que Anchorena aconseja a su primo Rosas es que: 

cualquiera sea el medio de terminación que se estime conveniente, la república ha de quedar plenamente libre para admitir o suspender conforme crea convenir a sus intereses el convenio con Francia, admitir o no sus buques en nuestros puertos y la introducción de sus frutos y anufacturas; admitir o no a los franceses, que quieran venir a ella; permitirles o no establecerse dentro de su territorio; y dictar las condiciones con que quiera admitirlos, y permitirles su establecimiento, quedando Francia por la recíproca libertad de hacer otro tanto 25.

 O sea que la Confederación no quede en modo alguno, obligada a dispensar un tratamiento u otro. En una palabra, que se mantenga soberana, habida cuenta de que –como explica Irazusta–  la  soberanía no es una mera palabra, el sonido de una voz sino “la designación verbal de relaciones vitales, para cuyo amparo los Estados rigen a las comunidades humanas”26. 

Con la soberanía no sólo se defienden intereses materiales, sino muy especialmente intereses morales, el honor, y esto es la llave de bóveda de una comunidad que quiere vivir no de cualquier manera sino como una nación independiente. 

 En esta línea se ubica el consejo de Anchorena a Rosas y en esta también el comentario de la Ilustración Argentina cuando refiere que “la Confederación […] concurrió a defender sobre el campo de batalla los derechos de Nación Independiente y libre, que ya había sostenido con ventaja en el de la discusión y del derecho”27.

Esta custodia de los intereses morales que comporta la salvaguardia de la soberanía hace que, aún en el caso del fracaso en la defensa por las armas (tal como ocurrió en la Batalla de la Vuelta de Obligado en la posterior intervención Anglo-Francesa), la nación conserva en el hecho más de lo que se ha perdido en derecho, ya que el adversario que ha obtenido una costosa ventaja de principio, mirará dos veces antes de aprovecharla concretamente, mucho más que si la obtiene con una simple intimación. Es lo que ocurrió en dicha intervención y por esto es que, a pesar de la victoria parcial de los coaligados en el campo de Batalla, finalmente se rindieron al respeto de la  soberanía argentina. 

Esta es la razón por la que la defensa de la soberanía comporta grandes beneficios a la Nación aun cuando no pueda lograrse el éxito. Por ello, Anchorena decía a Rosas que la Argentina defendiendo todos sus derechos “hasta con el último aliento de la vida de todos y cada uno de los argentinos, jamás podrá perder tanto como perdería cediendo en lo más mínimo de nuestros principios”28.  

Julio Irazusta en disenso con las opiniones de otros historiadores considera que existió una inteligencia verdaderamente argentina que acompañó a Rosas, que formaban un equipo y que elaboró una doctrina política. Esta fue expresada en la Legislatura de Buenos Aires, en las notas oficiales y en los periódicos oficiosos. Dicha doctrina expone acerca de la amenaza imperialista y la fuerza que dispone el país para rechazarla exitosamente. Incluso, observa el autor, que todos los rasgos que el pensamiento histórico más avanzado atribuyó en sus tiempos y en los nuestros a la expansión anglo francesa en el mundo entero, fueron señalados por los argentinos más esclarecidos29. En este mismo sentido, señala Caponnetto que Rosas eligió como colaboradores “a quienes creyó capacitados para sus cargos y los hizo prestar patrióticos servicios, durante largos años, sin apartarse de sus metas ni de su tradicional jerarquía de valores. Integraron juntos un equipo de trabajo político, cuyo rumbo lo fijaba el Gobernador”30. 

Sobre la amenaza imperialista advirtieron: las habilidades de la diplomacia para desarmar la vigilancia de los territorios a conquistar, el arte de dividir para reinar, los móviles económicos ocultos detrás de las razones que se explicitan. En los periódicos cuyanos advertimos estos puntos de la doctrina política toda vez que señalan con insistencia la generación de conflictos diplomáticos que producen distracciones de lo verdaderamente importante; el papel que les cupo a los unitarios como agentes del poder extranjero para generar divisiones y luchas internas; los verdaderos intereses económicos y de dominio material de nuestras fuentes de riqueza disfrazados tras los argumentos del progreso y la civilización.   

“Si clarividentes para examinar el peligro, nuestros grandes espíritus no lo fueron menos para mostrar el modo de enfrentarlo”31, dice también Irazusta. 

 Así fue que cuando, al fin, Rosas logró vencer a los enemigos externos e internos consiguió detener el proceso de disgregación nacional, “en rigor, las fronteras del país que conocemos quedaron definidas en buena medida por la acción de Rosas”32. Los unitarios privilegiaron sus ideas a la cuestión territorial. Los federales dieron prioridad a la unidad territorial, que tiene el valor de lo permanente33. La Gran Argentina era posible, si esto no fue así, se debió en gran medida a la acción perseverante de los partidarios de la pequeña Argentina que para lograr sus fines, obviamente siempre encontraron aliados extranjeros a cuyos intereses convenía este cambio de destino para la Argentina.  

Fuentes Primarias

Ilustración Argentina (1849) Mendoza, 1 de agosto, n. 3, p. 88, col. 2.

El Honor Cuyano (1846) San Juan, 12 de febrero 1846, p. 8, col. 2.

El Honor Cuyano (1846) San Juan, 7 de marzo, n. 3, p. 4, col. 2.

El Honor Cuyano (1846) San Juan, 5 de setiembre, n. 14, p. 5, col. 1.

El Honor Cuyano (1846) San Juan, 30 de octubre, n. 17, p. 5, col. 2, p. 6, col. 1 y 2.

 

Bibliografía Consultada

BAINVILLE, J. (1981) Historia de Francia, Buenos Aires: Dictio.

CAPONNETTO, A. (2013),  Notas sobre Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires: Katejón.

DÍAZ ARAUJO, E. (2010) Argentinos en Chile (1844-1854). La Plata: Universidad Católica de la Plata.

IRAZUSTA, J. (1968) “Alberdi en 1838 – Un trascendental cambio de opción práctica” en: Ensayos históricos, Buenos Aires: EUDEBA.

IRAZUSTA, J. (1979) Tomás de Anchorena o la emancipación a la luz de la circunstancia histórica. En: De la epopeya emancipadora a la pequeña Argentina, Buenos Aires, Dictio.

MASSOT, V. (2005) La excepcionalidad argentina; Auge y ocaso de una Nación, Buenos Aires: Emecé.

ROSA, J. M. (1965) Historia Argentina, Buenos Aires: Granda.

TERNAVASIO, M. (2009) Historia de la Argentina 1806-1852, Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

 

Notas:

1  ROSA, J. M. (1965) Historia Argentina, Buenos Aires: Granda, t. V, p. 15.

2  Ibidem.

3 Ibidem, p. 16. 

4 Ibidem.

5 Ibidem, p. 17.

6 BAINVILLE, J. (1981) Historia de Francia, Buenos Aires: Dictio, p. 341

7  Ibidem.

8 IRAZUSTA, J. (1979) Tomás de Anchorena o la emancipación a la luz de la circunstancia histórica. En: De la epopeya emancipadora a la pequeña Argentina, Buenos Aires: Dictio, p. 327.

9  Ibidem.

10  Ibidem.

11  Ibidem, p. 330.

12 El artículo aclara en nota al pie que esta expresión está tomada del ultimátum del Cónsul Roger al Gobierno Argentino datado a bordo de la fragata Minerva a 13 de setiembre de 1838.

13 El redactor también aclara en nota al pie: Contestación del Gobierno Argentino al Cónsul Francés fecha 18 de octubre de 1838. 

14 Ilustración Argentina (1849) Mendoza, 1 de agosto, n. 3, p. 88, col. 2.

15 Ibidem, p. 89, col 1.

16 El Honor Cuyano (1846) San Juan, 12 de febrero 1846, p. 8, col. 2.

17 El Honor Cuyano (1846) San Juan, 7 de marzo, n. 3, p. 4, col. 2.

18  Ibidem, p. 5, col. 1.

19 El Honor Cuyano (1846) San Juan, 5 de setiembre, n. 14, p. 5, col. 1.

20  El Honor Cuyano (1846) San Juan, 30 de octubre, n. 17, p. 5, col. 2, p. 6, col. 1 y 2.

21 Ibidem, p. 4, col. 1.

22 Ibidem, p. 4, col. 2.

23 IRAZUSTA, J. (1979) Op. Cit., p. 317. Por el contrario TERNAVASIO, M. (2009) Historia de la Argentina 1806-1852, Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores; sostiene una posición más afin a la historiografía tradicional liberal en el tema de las causas de la intervención extranjera. La autora considera que el unanimismo rosista había logrado extender el orden y la paz al conjunto de la Confederación. Los conflictos y las mayores amenazas “luego de 1843 estuvieron ubicados fuera de las fronteras de la república unanimista. Montevideo fue el centro de una disputa” que involucró a los exiliados, al gobierno oriental y a las fuerzas extranjeras. El sitio de la capital oriental mantenido por las tropas de Oribe –que duró nueve años– “estuvo apoyado por la intervención de Rosas al intentar bloquearla con su escuadra”. Para la autora esta fue la causa que “desató la reacción de Francia e Inglaterra que, en esta ocasión, decidieron llevar a cabo un bloqueo conjunto para defender los intereses de los países neutrales, perjudicados en sus negocios con el puerto oriental”. Ante la negativa de Rosas de retirar su escuadra, la flota anglo-francesa bloqueó el puerto de Buenos Aires. La estrategia de resistencia volvió a dar sus “frutos a un régimen que no dejaba pasar ninguna de estas ocasiones para convertir las aparentes derrotas en victorias. Con el levantamiento del bloqueo, Rosas logró, entre otras cosas, que frente al constante reclamo de la libre navegación de los ríos, las potencias admitieran que la navegación del río Paraná era un problema interno a la Confederación”.

24  Cit. en IRAZUSTA, J. (1979), Ibidem. 

25  Ibidem.

26 IRAZUSTA, J. (1968) “Alberdi en 1838 – Un trascendental cambio de opción práctica” en: Ensayos históricos, Buenos Aires: EUDEBA, p. 151.

27  Ilustración Argentina (1849) Mendoza, 1 de agosto, n. 3, p. 88, col. 2.

28  IRAZUSTA, J. (1979), Op. cit., p. 318.

29 Ibidem, p. 331.

30 CAPONNETTO, A. (2013),  Notas sobre Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires: Katejón, p. 74. El autor se explaya en las páginas 74 a 77 dando respuesta a autores que juzgan revolucionario a Rosas por tener como ministros a Vicente López y Planes, Tomás Guido, Manuel Moreno, Manuel de Sarratea, Felipe Arana, listado al que podríamos agregar los nombres de Baldomero García y Carlos María de Alvear. “Cierto e innegable es que la selección de los ministros del Príncipe califica su tino y sus proposiciones. Pero no hay una regla inamovible, según la cual, subordinados ideológicamente cuestionables al servicio de una autoridad ejemplar, sigan siendo objetables; o, contrariamente, sujetos probos no puedan echarse a perder trabajando para jerarcas desquiciados. De ambos casos se nutre la historia universal y aún la argentina” (p. 74). Uno de esos ejemplos puede ser el de los liberales argentinos exiliados durante la época rosista quienes al servicio de una autoridad ordenadora trabajaron para el Gobierno chileno bajo el sino de Portales en un sentido bien distinto del que después emplearían en nuestro país. Cfr. DÍAZ ARAUJO, E. (2010) Argentinos en Chile (1844-1854). La Plata: Universidad Católica de la Plata.

31  Ibidem. 

32 MASSOT, V. (2005) La excepcionalidad argentina; Auge y ocaso de una Nación, Buenos Aires: Emecé,  p. 115.

33  Ibidem, p. 116.


martes, 27 de abril de 2021

HISPANISMO VS ESPAÑOLISMO

 


Por: Edgardo Atilio Moreno

La escuela histórica revisionista se caracterizó desde sus inicios por reivindicar y defender nuestra cultura hispano-católica, frente a la ideología liberal e iluminista. Por ello el hispanismo fue una de sus notas. Sin embargo, una cosa es defender la Hispanidad, que es ante todo un espíritu, una cosmovisión, que dio vida a la versión española de la Cristiandad, es decir del orden social cristiano, y otra cosa muy distinta es ser españolista.

El españolismo –que hoy se trata de difundir paradójicamente entre los nacionalistas argentinos- es un amor carnal a la España país, geografía, forma política; que historiográficamente implica una mirada miope del pasado, una interpretación falaz de los hechos; que como es lógico va acompañada de una conducta calumniadora e injuriadora hacia todos nuestros próceres; a quienes se los acusa, en base a suposiciones y sin prueba alguna, de ser todos una piara de traidores, perjuros y falsos católicos, que puestos al servicio de los intereses de Inglaterra y de la masonería conspiraron para destruir al Imperio español  .

Quienes propagan esas barbaridades, esas mentiras –faltando a la caridad y a la Ley de Dios que manda a honrar a los padres- les atribuyen a los hombres que nos dieron la independencia ser los responsables exclusivos de la destrucción del Imperio; sin contemplar la situación de la propia España, que con los Borbones defeccionó antes que nadie del ideal de la hispanidad; ideal que justamente era lo que legitimaba al proyecto imperial.

Por supuesto que los próceres americanos no fueron perfectos y que muchos de ellos cometieron errores; incluso –como ya lo tiene dicho el verdadero revisionismo histórico- hubo en aquel proceso personajes que respondía a oscuros intereses y que tenían un proyecto contrario a nuestra tradición histórica. Proyecto que a la larga termino imponiéndose, cosa que lamentamos, como lamentamos la destrucción del imperio católico español.

Sin embargo, generalizar la acusación y meter a todos en la misma bolsa es una total injusticia que llama más la atención cuando además va acompañada por un sugestivo silencio acerca de los graves errores y defecciones de la política peninsular borbónica, así como de la situación de España al momento, aliada de su antigua enemiga Inglaterra y podrida de masonería y de absolutismo.

Una España que en 1810 se encontraba acéfala, sin autoridad legítima alguna, con todo su territorio ocupado (salvo un islote insignificante con un gobierno ilegitimo y títere de Gran Bretaña que pretendía nuestro acatamiento), una España en la que la mitad de sus gentes se dividían en afrancesados por un lado y pro-ingleses por el otro, y que no dudaba en entregar como pato de la boda a ingleses o franceses a sus antiguos reinos de indias. Una España que se debatía entre el absolutismo iluminista y el liberalismo masónico. Una España cuyo epitome era un rey bastardo, felón y canalla, ora absolutista ora liberal.

Decir que nuestro Mayo autonomista, monárquico y católico, fue un acto de traición, de secesión, o una invasión inglesa, como dicen los españolistas, no solo soslaya el hecho clave de que Inglaterra lo que menos pretendía en ese momento era crearle problemas a España fomentando movimientos independentistas; sino que de fondo implica también desconocer el estatus jurídico de estas tierras americanas.

Quienes consideran ilegítimos los pronunciamientos americanos ignoran que estos Reinos de Indias eran reinos autónomos incorporados a la Corona de Castilla, por donación pontificia, propiedad del Rey y de sus sucesores, no de la nación española o del reino de Castilla; y que por lo tanto el único que tenía derecho a mandar aquí era el Rey.

De modo que faltando el Rey y pretendiendo gobernar lo que quedaba de España (que era prácticamente nada) un Consejo de Regencia  ilegitimo y títere de Inglaterra, que sin ningún derecho exigía el acatamiento de los americanos; aquí se hizo lo que mandaban las propias Leyes españolas (de Partidas y de Indias) es decir se conformaron Juntas Provisorias de gobierno que reasumieron la autoridad en nombre del Rey ausente, jurándole fidelidad. ¿Y qué hicieron ante esto los peninsulares? Nos hicieron la guerra. La traición estuvo allí, no en los americanos.

Si los españolistas buscan a quien culpar por la pérdida del Imperio es allá, en la península, por donde deben empezar. Es en la figura deplorable de Fernando VII en la que deben fijarse ante todo.

Si este déspota tirano y desagradecido no hubiera desconocido y violado los Pactos de Vasallaje firmados por Carlos V, que establecían derechos y obligaciones tanto para los americanos como para la Corona; y no hubiera rechazado todas las propuestas que a su regreso al trono le hicieron los americanos, la historia hubiera sido distinta, pero lamentablemente el españolismo ideológico necesita culpar de todo a los patriotas americanos.

Y esto que de por sí es una injusticia grave, en boca de los nacidos en estas tierras adquiere mayores proporciones. Constituye como dice Antonio Caponnetto un “patológico nihilismo antiargentino”*. Un menosprecio de la argentinidad y una exaltación injusta y maniquea de los supuestamente nobles, puros y muy católicos seguidores del Fernando VII.

Rechazar esa dialéctica falaz y miope del españolismo; y posicionarse ente nuestra historia con una mirada recta y veraz de lo acaecido es la única vía posible para conjugar la virtud del patriotismo y el ideal de la hispanidad.  

                                                                                                     

*Caponnetto, Antonio. Independencia y Nacionalismo. Ed Katejon. Pag 19


jueves, 22 de abril de 2021

La Leyenda Negra: un arma "nacional y popular" contra la hispanidad

 


Introducción

 

Usualmente se describe la América precolombina como una edad dorada, un verdadero paraíso en la tierra, el que supuestamente terminó por convertirse en un infierno tras la llegada de los colonos. Pues, culpable e intencionadamente se ignora el modo de vida que llevaban los indígenas antes de la llegada de los españoles. Modo y estilo en que el genocidio, la esclavitud, el sometimiento de los más débiles, los tributos agobiantes y los vejámenes en masa, las expropiaciones y deportaciones, los robos y saqueos, las torturas inhumanas y  las constantes guerras de dominio eran moneda corriente entre los indios y estaban a la orden del día.

 

Como sabemos el Padre de la Leyenda Negra fue un hijo legítimo de España, el fraile dominico Bartolomé de las Casa, quien empleó cifras falsas acerca de la matanza de indios para desacreditar la gesta española en América. Él fue también el artífice de la clásica dialéctica españoles malos-indios buenos; pues según el dominico los indios eran seres carentes de pecado original e inclinados al bien, mientras que los españoles eran perros rabiosos que sólo querían exterminar a los indígenas.

 

Como es sabido, la Leyenda Negra fue difundida primero desde ambientes doctos y  académicos, pero con el tiempo se vulgarizó y popularizó, llegando a todos los estratos sociales y culturales. Para ello sus turiferarios se han valido de cuanto mecanismo han tenido a la mano, sin dejar de lado la cultura, pues una de las herramientas utilizadas para tal cometido ha sido la música.

 

En este trabajo nos hemos propuesto analizar la obra musical titulada Taki Ongoy. Se trata de un disco compuesto por el cantante argentino Víctor Heredia y editado en el año 1986. El mismo en su momento tuvo gran trascendencia musical, e incluso el año pasado fue reeditado en forma de libro el cual fue presentado por su autor en la mismísima Feria Internacional del Libro.

 

El disco alterna piezas musicales con narraciones donde se describe el Descubrimiento y Colonización de nuestro Continente como un hecho atroz, en el que los españoles son presentados como sanguinarios asesinos, movidos por un “odio pestilente”, en palabras del cantautor, y una frenética y enceguecedora sed de oro y destrucción; y se muestra a los indígenas como pobres e inocentes víctimas oprimidas en lucha por su identidad y su libertad. Nada nuevo bajo el sol, se repite la ya raída dialéctica españoles malos- indios buenos.

 

De la obra analizaremos el primer relato, puesto que es el que reúne la mayor cantidad de falacias, las cuales, por supuesto, carecen por completo de fundamento histórico y son presentadas como verdades irrefutables.

 

Taki Ongoy comienza con el siguiente relato:

 

 “Hubo un tiempo en el que todo era bueno. Un tiempo feliz en el que nuestros dioses velaban por nosotros. No había enfermedad entonces, no había pecado entonces, no había dolores de huesos, no había fiebres, no había viruela (…). Sanos vivíamos (…). Pero ese tiempo acabó, desde que ellos llegaron con su odio pestilente y su nuevo dios y sus horrorosos perros cazadores, sus sanguinarios perros de guerra, sus perros asesinos. Bajaron de sus barcos de hierro: (…) nada quedó en pie, todo lo arrasaron, lo torturaron, lo mataron. Cincuenta y seis millones de hermanos indios esperan desde su oscura muerte, desde su espantoso genocidio, (…). Que se sepa la verdad, la terrible verdad de cómo mataron y esclavizaron a un continente entero para saquear la plata y el oro y la tierra. De cómo nos quitaron hasta las lenguas, el idioma y cambiaron nuestros dioses atemorizándonos con horribles castigos (…)”[1].

 

El Edén Precolombino

 

Como podemos ver, el relato describe la situación de la América precolombina como una edad dorada, habitada por indios mansos, sanos y, podemos decir, a la manera lascaciana, carentes de pecado original. Rápidamente digamos al respecto que los apologistas de la Leyenda Negra culpable e intencionadamente niegan que los indios estaban sumergidos en condiciones de vida miserables. El incesto, la sodomía, la prostitución, la desnudez total, la esclavitud, la antropofagia, los sacrificios humanos, el sometimiento de los más fuertes sobre los más débiles, eran prácticas frecuentes en numerosas tribus de América.

 

En este “Edén” del que hablan los fabuladores indigenistas el aniquilamiento en masa de seres humanos era moneda corriente. Pues bien, que nos disculpen Heredia y los indigenistas si discrepamos con ellos, pues luego de conocer estos datos, no nos resulta tan idílica e ideal la situación de América antes del Descubrimiento.

 

Situación de la Mujer Indígena

 

Analicemos ahora la condición de la mujer, un tema tan en boga en nuestros días. Días atrás tuvo lugar en Santa Fe el 31º Encuentro Nacional de Mujeres, y resulta paradójico e incluso gracioso ver que los movimientos que luchan por presuntos derechos de la mujer también enarbolen las banderas del Indigenismo, pues sin lugar a dudas ignoran por completo la degradante condición de las mujeres indígenas antes de la llegada de los españoles. Por ejemplo, nos enseña Petrocelli que:

 

“Los aztecas podían arrojar de sus hogares a las mujeres de mal temperamento, haraganas o estériles (…). Frecuentemente los plebeyos cedían a los nobles sus hijas como sus concubinas. (…) Entre los quichuas, el Inca, cuya esposa, diremos oficial, debía ser su hermana, podía tomar otras mujeres, así como disponer como mejor le pareciera de las vírgenes consagradas al Sol”[2].

 

El mismo autor cita a Mansilla[3], quien describe la penosa situación de las mujeres ranqueles. En esa tribu la mujer casada se encontraba en una situación de dominio absoluto de su marido, éste tenía sobre ella derecho de vida o de muerte. Por una simple sospecha, por el simple hecho de haberla visto hablando con otro hombre, podía matarla. No era mejor el destino de las ancianas. En esta tribu se creía que “Gualicho”, un espíritu maligno, se apoderaba de las longevas, en especial “de las viejas feas”. ¡Hay de aquella que estuviera engualichada! La mataban. Era la manera de conjurar el espíritu maligno. Bastaba que en el toldo donde vivía sucediera algo, que se enfermara un indio, o se muriera un caballo; la vieja tenía la culpa. Gualicho no se iría de la casa hasta que la infeliz muriera, sacrificio que inexorablemente perpetraba el indio que tenía derecho sobre ella.

 

Nos parece hipócrita la miopía feminista en este tema, pues acusa de “machista” a la Iglesia, ignorando que le concedió a la mujer una dignidad única, negada por cualquier otro culto, y fue justamente la enseñanza cristiana la que regularizó la condición de las indias y el trato que merecían; nos resulta chocante que quienes supuestamente abogan por la defensa de las mujeres callen de repente y no digan ni una palabra contra el trato que sufrían las indias antes de la llegada de los civilizadores.

 

La Llegada de los Demoledores

 

Analicemos rápidamente la acción general de España en el Nuevo Continente. El relator  afirma que tras su llegada los colonos no hicieron más que destruir, exterminar a los indios y arrasar con todo vestigio cultural. Digamos al respecto que se trata de una inmensa y maliciosa mentira que las pruebas se encargan de desbaratar.

 

Morales Padrón lo señaló de la mejor manera al decir que “Nunca un pueblo que domina, siendo superior en todo, se adaptó tanto al dominado”[4]. Lo que la Madre Patria realizó en estas tierras es digno de ejemplo y un caso único entre las potencias colonizadoras, respetó lo respetable, adoptó las costumbres que no se oponían al Derecho Natural y ofreció y plasmó en América lo mejor de sí. Lo que se produjo fue una transculturación que permitió la fusión de las culturas, logrando una simbiosis armónica, expresada en distintas manifestaciones culturales, una de ellas, quizá la más importante, es el Arte Cusqueño que fusiona el estilo del Barroco español con técnicas y estilos quichuas. Éste fue tan importante que adquirió la categoría de escuela por sus variadas características formales e iconográficas y por su gran difusión territorial.

 

El tan mentado Genocidio español

 

Abordemos ahora el tema del tan mentado genocidio español. Heredia, sin ningún tipo de escrúpulos arroja la cifra de cincuenta y seis millones de indios exterminados. Nuevamente se emplea la manipulación de números para desacreditar la Conquista y sensibilizar al público. En realidad, las investigaciones mejor fundadas no admiten semejantes cifras. Esto lo dictan la pasión ideológica y el odio a la hispanidad.

 

El trabajo de investigación más serio y mejor fundado sobre este tema lo ha realizado Ángel Rosenblat. El autor ha utilizado como elemento de estimación fundamental la posibilidad alimenticia que ofrecía nuestro continente. En su análisis fija para la población americana hacia 1492 el número de trece millones y medio de almas. El mismo estudioso agrega que: “Fuera de la zona agrícola, que se escalonaba en una estrecha franja a lo largo de Los Andes, el Continente era en 1492 una inmensa selva o una estepa”.[5] Petrocelli sostiene que Rosenblat fue generoso, ya que como lo atestigua un estudio de la revista Esquiú:

 

“De acuerdo con la capacidad alimentaria que podía aportar el continente y a las técnicas de cultivo de la época, la totalidad de población de América Latina debe estimarse entre un mínimo de 8 y un máximo de 13 millones. Lo demás forma parte del sombrío delirio antiespañol”[6].

 

Efectivamente en el siglo XVI se produjo una importante caída demográfica. Rosenblat estima que “hacia 1570 la población aborigen de Iberoamérica había perdido 2.557.850 personas.”[7] Según estudios serios el mayor decrecimiento de la población indígena fue causado por las epidemias, por el choque microbiano y viral. Así lo explica Vittorio Messori: “Las enfermedades que los europeos llevaron a América (…) eran desconocidas en el nicho ecológico aislado de los indios, por lo tanto, éstos carecían de las defensas inmunológicas para hacerles frente”[8]. Otras causas de la merma fueron enfermedades como la escarlatina, el tifus, el sarampión o el paludismo; las insolaciones; la escasez de comida; los excesos de una vida viciosa como la embriaguez o el uso de la coca; la mestización y las guerras. Pero hacer depender todos estos factores de un inexistente exterminio masivo por parte de los españoles es hacerse eco de una descabellada mentira.

 

Como se ve, nuevamente, los estudios serios echan por tierra las falacias de la Leyenda Negra, en este caso la del, tantas veces repetido, genocidio español.

 

¿También arrasaron con las Lenguas?

 

El fragmento del relato analizado también acusa a España de arrebatar a los pueblos de América las lenguas. Esto constituye una vil mentira y refleja gran ignorancia por parte de los defensores de la leyenda negra. Digamos al respecto que la UNICEF, organismo que no puede ser catalogado de hispanófilo, en 2011 presentó un estudio sobre las lenguas indígenas que se hablan en Hispanoamérica, según el cual “en la región se hablan 420 lenguas (…)”[9] de las cuales más de 20% son idiomas que se utilizan en dos o más países. Este trabajo además destaca “el impresionante número de familias lingüísticas que existen, ya que se logró registrar casi 99 familias”[10].

 

En Hispanoamérica la familia lingüística más importante es la Arawak, hablada en varios territorios que van desde Centroamérica a la Amazonía. Otra lengua importante es el quechua, hablada por entre 8-11 millones de personas principalmente en Perú, Bolivia, Ecuador y algunas partes de Colombia y Argentina; el Aimara es hablado por más de 2 millones de personas ubicadas principalmente en Bolivia, Perú, Chile y Argentina; y el guaraní es una lengua hablada por más de 2 millones de personas ubicadas principalmente en Bolivia, Perú, Chile y Argentina. Esta última, junto con el español, es una de las lenguas oficiales en Paraguay. En ese país el 90% de la población habla guaraní y español, y cerca del 27% lo habla exclusivamente.

 

Tras constatar estos datos podemos concluir que en este sentido los cultores de la leyenda negra o mienten, o no han tenido la posibilidad de recorrer el noroeste argentino o nuestro vecino país limítrofe, pues en dichas zonas la supervivencia de lenguas indígenas es innegable.

 

A estos datos agreguemos que los misioneros no sólo no suprimieron las lenguas de los nativos, sino que además se esforzaron por aprender los idiomas americanos para facilitar la Evangelización.

 

Al respecto escribía en sus crónicas Motolinía:

 

“Después que los frailes vinieron a esta tierra buscaron mil modos y maneras para traer a los indios en conocimiento de un solo Dios verdadero, sacáronles en su propia lengua de Anáhuac los mandamientos en metro y los artículos de la fe, y los sacramentos también cantados. En algunos monasterios se ayuntan dos y tres lenguas diversas, y fraile hay que predica en tres lenguas todas diferentes.”[11]

 

¿En qué Creían los Indios?

 

 Por último, digamos algo acerca de la religión de los indios, ya que Heredia presenta como el peor de los castigos que se les podía haber infringido a los aborígenes el sacarlos de la idolatría.

 

En general los pueblos eran idólatras y existía un animismo generalizado. La religión consistía en atraerse el favor de los espíritus benignos y rechazar a los malignos, lo que se realizaba a través de la magia.

 

Por otro lado, en  muchísimas de las tribus se ofrecían a los dioses sacrificios humanos, y  también la antropofagia era una práctica común y socialmente aceptada.

 

Von Hagen nos explica que “el gobierno azteca se hallaba organizado del principio al fin para mantener los poderes del Cielo y obtener su favor con cuantos corazones humanos era posible conseguir”[12]. A lo largo del año se realizaban sacrificios de todo tipo. Para provocar la lluvia, inmolaban niños porque creían que sus lágrimas tenían la virtud mágica de atraer el agua del cielo. En el sexto mes un niño y una niña eran ahogados al hundirse una canoa llena de corazones de víctimas. Para honrar al dios del fuego los prisioneros de guerra danzaban junto con sus captores; de pronto éstos les arrojaban en el rostro una sustancia analgésica y luego los lanzaban al fuego mientras alrededor de la hoguera se realizaba una danza macabra. Cuando todavía se encontraban con vida, sacaban con ganchos a las víctimas y les abrían el pecho para arrancar sus corazones y ofrecerlos al dios. Además, durante el tiempo dedicado a los dioses de la fertilidad, para sus vestiduras utilizaban pieles de prisioneros recientemente desollados.

 

Jacques Soustelle, apologista de los aztecas, admite que:

 

“esta tribu estaba moral y físicamente al extremo de sus posibili­dades en sus sacrificios humanos masivos y declara que si los españoles no hubieran llegado (…) la heca­tombe era tal (…) que hubieran tenido que cesar el holocausto para no desaparecer”[13].

 

Los incas también  practicaban sacrificios humanos, pero la brutalidad de este pueblo iba más allá, ya que además construían tambores con la piel de los vencidos y quenas con sus huesos.

 

Los chibchas “ofrecían preferentemente niños, a los que se criaba hasta los quince años en el templo del Sol, para ser finalmente muertos a flechazos atados a una columna”[14], como lo atestigua Morales Padrón.

 

Tras constatar cuán atroces eran las prácticas religiosas de los indígenas se puede deducir que la situación de América en la época previa al descubrimiento no era tan feliz como los narra el cantautor analizado. A pesar de que reconocemos ciertas grandezas y aspectos positivos de los nativos de América,  y obviamente su condición de Imago Dei, es innegable que la acción que desempeñó nuestra Madre Patria en el Continente fue sumamente beneficiosa para los aborígenes, a los que se les dio una dignidad por ellos jamás pensada, pero lo más grande que pudo legar España a estas Tierras fue la Fe, la posibilidad de los indios de acceder a los méritos de la Redención obtenidos por Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz.

 

Conclusión                        

 

Para concluir con esta exposición sólo nos basta decir que cuando se analizan los hechos del pasado sin prejuicios o tendencias ideológicas, los acontecimientos hablan por sí mismos, la verdad sale a la luz, las pruebas y  fuentes históricas echan por tierra las falacias elaboradas por los ideólogos enemigos de la Verdad, y en este caso de la  Hispanidad. Y  a pesar de que ellos cuenten con numerosas armas y mecanismos para ensuciar la historia, y que a través de la literatura, la música, lo libros y muchas más herramientas difundan el error, la verdad triunfa, y está allí, esperando a ser descubierta. Es misión del historiador buscarla con ardor, y lo es más del historiador cristiano, ya que cuando se la conoce se aproxima a Aquél que afirmó ser el Camino, la Verdad y la Vida.


 

                                                     Prof. María Carolina Figueroa

 

Tomado de: http://www.quenotelacuenten.org/2016/11/13/la-leyenda-negra-un-arma-nacional-y-popular-contra-la-hispanidad/http://www.quenotelacuenten.org/2016/11/13/la-leyenda-negra-un-arma-nacional-y-popular-contra-la-hispanidad/

 


domingo, 21 de febrero de 2021

EL BUEN COMBATE DE DIAZ ARAUJO

 

Por Agustin de Beitia

El eminente historiador y académico argentino Enrique Díaz Araujo, escritor católico y nacionalista, falleció el jueves 4 de febrero a los 87 años en La Plata tras una larga y fructífera vida en la que libró el buen combate por Dios y por la Patria. Su desaparición, que causó un hondo pesar entre sus seguidores y amigos en las redes sociales, será una gran pérdida para el país.

 

Díaz Araujo murió a las 5.30 de la mañana en su casa, horas después de sufrir dificultades para respirar la noche anterior, acompañado en todo momento por su esposa María Delia Buisel, con quien se había casado en segundas nupcias tras enviudar, igual que ella.

 

Padre de seis hijos, uno de ellos sacerdote dominico, alcanzó a recibir los santos sacramentos de la confesión, comunión y extremaunción, así como la bendición de la garganta en ese día en que se conmemoró la fiesta de San Blas.

 

Polifacético, fue abogado, profesor universitario, investigador, historiador, filósofo y escritor. Según el doctor Rafael Breide Obeid, que cuando fue rector de la Universidad Católica de La Plata lo convocó para dar clases en esa casa de estudios, "en todos los campos alcanzó la cumbre en el pensamiento".

 

Díaz Araujo es considerado uno de los últimos grandes maestros del revisionismo histórico argentino. Parte de un linaje donde se encuentran sus maestros Vicente Sierra, Guillermo Furlong, Carlos Sttefens Soler, Julio Irazusta, Federico Ibarguren, José María Rosa, Pedro Santos Martínez o el padre Cayetano Bruno, precisa Breide.

 

Su muerte "es una gran pérdida para el país porque era el mayor historiador vivo que teníamos en este momento, con esa capacidad de producción y de análisis, y ese doble enfoque, científico y filosófico, para entender los hechos", continúa.

 

PARA GANARSE LA VIDA

 

Miembro de la Academia del Plata y de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza, con reconocimientos internacionales por su labor, era abogado, aunque su gran vocación fue la historia. "Lo de abogado fue para ganarme la vida", dijo alguna vez entre risas.

 

Había estudiado derecho en la Universidad Nacional de La Plata y al mismo tiempo estudiaba historia con Irazusta y con Carlos Steffens Soler, mientras se formaba filosóficamente en el tomismo con monseñor Guillermo Blanco, que sucedería a monseñor Octavio Derisi en la Universidad Católica Argentina.

 

Fue durante 17 años funcionario judicial en su Mendoza natal, donde se desempeñó como fiscal de instrucción, juez correccional y camarista en lo criminal. Pero se distinguió por su labor docente, ejercida en la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) y luego en la Universidad Católica de La Plata, y por su ingente obra intelectual.

 

Autor de más de 60 obras y 300 artículos de revistas, entre sus libros más destacados podrían citarse San Martín, cuestiones disputadas, obra donde defiende al general de las calumnias, que es una ampliación de Don José y los chatarreros; Mayo revisado, obra en tres tomos donde hace un repaso de los distintos autores y las corrientes historiográficas sobre la Revolución y su significado; Ernesto Guevara de la Serna, Aristócrata, Aventurero y Comunista, o sus estudios con aportes originales sobre Malvinas.

 

Siendo un tradicionalista clásico, comprometido, sin complejos de su catolicismo, escribió con pluma clara y filosa contra los mitos, falsedades y recortes de la historia nacidos de la ideología liberal, impuesta por la Revolución francesa y el Iluminismo que la precedió, como admitió alguna vez en una entrevista.

 

Sus investigaciones abarcaron toda nuestra historia, desde la época colonialhasta nuestros días. Tiene obras muy importantes sobre Colón; la conquista de América y nuestra independencia. Pero también sobre la política más reciente, como el radicalismo, los orígenes del peronismo y finalmente sus estudios sobre la subversión, un asunto al que le dedicó una decena de libros, estudiando las propias fuentes de la guerrilla y buscando la prueba confesional, como en La guerrilla en sus libros, obra en cuatro tomos.

 

Breide Obeid lo define como "un profundo historiador que se muestra también como filósofo. Estudió a fondo a Maritain, a Irazusta desde lo filosófico, a Gilson, que es su maestro en este sentido".

 

"En sus obras sobre política se ve su amor por la patria, por el bien común, a veces encarnados en sus estudios como jurista. Como prueba su investigación sobre los crímenes de Lesa Humanidad, que es para él es un invento total, una conspiración, y una politización del Poder Judicial para imputar un delito que no existió", explica.

 

PROLIFICO

 

Díaz Araujo mantuvo siempre un ritmo de producción asombroso. Prácticamente hasta el fin escribió entre dos y tres libros por año, cuenta Breide Obeid, su amigo, con quien trabajó durante 37 años en la editorial Gladius, que publicó la mayor parte de su obra.

 

"Como historiador recrea el hecho delante de los ojos del lector y le da a los hechos la dimensión que les corresponde a la época, con una visión sobrenatural, providencial. Tiene esa profundidad que es muy atrayente, porque le da sentido a todo el hecho histórico", prosigue Breide Obeid.

 

Asiduo conferenciante, su participación en un Congreso Internacional de Historiadores en Roma, organizado por el Ateneo Regina Apostolorum, la Universidad Europea de Roma y el Pontificio Consejo para la Cultura del Vaticano, fue para él uno de los momentos cumbres de su carrera.

 

En esa oportunidad representó al país junto con el Padre Alfredo Sáenz SJ ante medio centenar de historiadores y estudiosos de toda Hispanoamérica reunidos bajo la temática de La Iglesia Católica ante la independencia de la América Española.

 

Devoto de la poesía de Antonio Machado y de Leopoldo Marechal, en su disciplina histórica rescataba, entre otras, las obras de Jacques Bainville, Hilaire Belloc y el español Pío Moa.

 

LOBIZON

 

Su rostro adusto, en apariencia hosco, sembraba el miedo entre los alumnos, y le valió el apodo de Lobizón.

 

"Como profesor parecía a primera vista distante. Eso era así hasta que empezaba a hablar, cuando encandilaba a los alumnos con su solidez y entonces sus cursos se sumían en el silencio", según recuerda la doctora Patricia Barrio, investigadora del Conicet, discípula junto a Omar Alonso Camacho y durante muchos años adjunta a su cátedra de Historia Argentina Contemporánea en la facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo.

 

"Causaba un respeto intelectual casi reverencial, tanto entre alumnos como entre profesores", evoca Barrio, quien destaca que "fue siempre muy consultado como director de tesis, incluso por gente de la izquierda nacional".

 

Barrio apunta que, cuando entraba en confianza, se prodigaba sin embargo con generosidad, ofreciendo incluso sus libros. Pero era en la relación personal, en los pequeños grupos, en las cátedras privadas que dio a veces semanalmente para unos pocos discípulos, donde compartir el tiempo con él resultaba "una feliz tertulia", ocasiones donde se lo veía sonreír a partir de un humor que era en él siempre irónico, según explica Barrio.

 

"En esas ocasiones podía desde leer una poesía de Homero Manzi hasta discutir el pacto Roca-Runciman o comentar el último plan económico", dice Barrio. "Era un hombre fenomenal".

 

ENORME PERDIDA

 

Para la doctora Andrea Greco, su muerte "es una enorme pérdida para la patria y para la investigación histórica. Felizmente nos queda su obra. Y nos queda el recuerdo de un hombre generoso, un hombre de una gran cultura, de una gran formación filosófica, y de una memoria prodigiosa".

 

Díaz Araujo estuvo trabajando hasta el último día en un ensayo en el que pensaba recopilar diferentes temas polémicos, misceláneo, y también en una reseña de un libro.

 

Alrededor de las 10 de la noche del miércoles empezó a sentir dificultades para respirar. Un médico de emergencia lo fue a ver. Allí fue cuando recibió los sacramentos. No se podía dormir, así que le pidió a su esposa María Delia, que es una de las más grandes profesoras de literatura y filología hispánica de la Argentina, que le leyera las noticias. El respondía, como siempre, con comentarios irónicos.

 

Estuvieron conversando hasta quedarse dormidos. Pero antes debió ser consciente de su final, según estima Greco. "Porque esa misma noche, entre la lectura de diarios, le dio a su esposa instrucciones sobre su entierro, sobre dónde y cómo quería que lo sepultaran. Lo que demuestra el espíritu de cristiano viejo que siempre tuvo", comenta.

 

"Eso de estar siempre preparado era muy propio de él. Cuando debía viajar en avión indicaba siempre a alguien cuáles eran los trabajos que tenía entre manos, lo que debía ser completado y lo que debía publicarse en caso de que no volviera. En el último tiempo ya había empezado a tomar previsiones con más frecuencia en ese sentido".

 

Díaz Araujo, un historiador que vibró hasta el final con su Patria, deja un gran discipulado y una obra monumental, difícil de abarcar y de valorar. "Tan grande, minuciosa y precisa como la de los grandes revisionistas", concluye Greco.

 

Tomado de: http://www.laprensa.com.ar/498813-El-buen-combate-de-Diaz-Araujo.note.aspx

 




jueves, 17 de diciembre de 2020

A vueltas con la falsificación histórica de José de San Martín

 

Por Sebastián Sánchez *

En el libro "Don José y los chatarreros", Enrique Díaz Araujo detalla el menoscabo histórico que ha sufrido la figura del General San Martín. Sobre el Libertador, dice el ilustre historiador, se han cernido las más terribles calumnias tales como: "hijo ilegítimo, mentiroso, onanista, masón, agente inglés, adúltero y cornudo a un tiempo, opiómano, borrachín, desamorado, mujeriego, tape de Yapeyú, militarote engreído e ingrato ante las peticiones in extremis de su mujer; rey José, indolente en la guerra, enriquecido ilícitamente, etc.; de todo menos bonito".

 

El falseamiento de la figura sanmartiniana no es cosa novedosa en nuestra historiografía y su origen se remonta a los precursores de la historia liberal, aquellos taitas oficiales que mentara Castellani, hasta llegar a muchos de los historietistas actuales. Incluso pocos días atrás, al conmemorarse el aniversario del fallecimiento del Libertador, se planteó -¡una vez más!- el remanido asunto de su pretendido masonismo.

 

La deformación ideológica del prócer, producto de la alquimia de historiadores-nigromantes oficiales, puede sintetizarse en unos pocos conceptos. En vez de aquél milite quijotesco, honorable y valiente, forjado en la guerra contra Napoleón, nos muestran un cursi redactor de anodinas máximas de buena conducta. De aquél español americano dispuesto a dejar la vida por ambas patrias, nos dejan un odiador serial, resentido contra todo lo hispánico. Del señor de la guerra y la política en tanto jerárquico oficio del alma, la deformación historiográfica nos presenta a un demócrata casi volteriano, más amigo de amigo de la guillotina que del combate franco.

 

"SUCIAS VERSIONES"

Los muchos años de inoculación de las "sucias versiones" que indica Díaz Araujo nos ocultan al San Martín patriota, hijo dilecto de la Argentina tradicional y nos estampan el fraude de un descastado espía británico. Y en fin, de aquél católico cabal -de honda piedad mariana- se inventan a un masón, un hermano tres puntos iniciado en oscuros entretejidos del poder.

 

¿Hace falta decir que disfrazar a San Martín de santurrón laico y masón es de una falsedad supina y una malintención manifiesta? Consideramos que no pero que al mismo tiempo no es ocioso preguntarse el porqué de la empecinada falsía que lleva siglo y medio retroalimentándose.

 

Creemos que se trata de escamotear a la Argentina el héroe auténtico, aquél hombre de una pieza y guerrero de ambas patrias, cuyo valor histórico y político es fundamental para la salud del país. Se trata de despojarnos de arquetipos legítimos, para que no cunda su imitación, para que no sean el espejo en el que podamos reconocernos. Se trata de falsear el pasado con el fin de acerrojar nuestro presente y sustraernos la esperanza. Es que si nuestro prócer por excelencia fue lo que dicen quienes pretenden "humanizarlo", si fue ese siniestro personaje atravesado por tanto vicio, ¿qué esperanza tenemos los argentinos de forjar el destino de esta doliente patria? Es equivalente a decirnos que venimos con una falla de origen.

 

EL AUTENTICO SAN MARTIN

 

Pero no. San Martín no fue el que nos muestran los falsarios. Tenemos sus palabras para reconocerlo con claridad pero sobre todo contamos con la entidad de su obra inapelable. Se trata de examinarlo todo "con hechos, que son varones y no palabras que son hembras", como quería Gracián, totalmente ajeno al dictatum de la corrección política y su lenguaje (inclusivo). Es el quehacer patriótico de San Martín, los hechos significativos que jalonan su trayectoria vital, lo que indica cabalmente quien debe ser para nosotros, los desanimados argentinos del siglo XXI.

 

Contamos con sus libros y casi toda la correspondencia sanmartiniana, esto es su voz verídica, y también tenemos la obra de los mejores de entre nuestros historiadores y pensadores: Sierra, Palacio, los Ibarguren y los Irazusta, Steffens Soler, Furlong, Font Ezcurra, de Paoli, Sánchez Sorondo, Genta, Díaz Araujo y tantos otros que nos permitirán reconocer el rostro genuino y arquetípico de San Martín.

Bastan esos recursos para el recto conocimiento de la obra libertadora del Gran Capitán, con esa pasión suya -demostrada en veinte batallas y cien entreveros- por la unión de la Hispanoamérica tradicional que fuera fundada por los Austrias.

 

Justamente lo contrario quería el liberalismo porteño, ese sí inapelablemente masón, que avaló la división de la Patria Grande en republiquetas, tal como dictaban las logias británicas de acuerdo a la antigua fórmula imperialista: "divide et impera".

 

Allí tenemos el testimonio de la campaña libertadora, esa gesta épica librada entre españoles americanos y españoles europeos, que San Martín llevó a cabo con el convencimiento de que la "España oficial era inferior a nuestra España", como supo decir Ignacio Anzoátegui.

 

Y tenemos por evidencia de su grandeza sus gobiernos en Cuyo y en el Perú -donde hoy se lo honra sin tapujos ni remilgos- en los que hizo primar un orden justo y un católico sentido por el Bien Común.

Tenemos en fin al verdadero San Martín que renegó siempre -empezando por su desobediencia a los malos gobernantes- de la política de partido, de la secta, de la división entre compatriotas. El auténtico Capitán que procuró la consolidación de la unidad de la Nación y la restauración de las leyes que más tarde sería encarnada por Juan Manuel de Rosas, por quien mostró un admirado y evidente respeto.

 

LLEGAR A LA VERDAD

En fin, es menester salirse de ese San Martín caricaturesco y exigirse en conocerlo de verdad. Es cierto que hoy, acerrojados como estamos en la coyuntura, atentos a las próximas elecciones, no estamos demasiado dispuestos a revisar y reafirmar nuestro pasado. Estamos muy ocupados en las menudencias de partido como para llevar la mirada a la profundidad de nuestra historia, allí donde tienen cuna nuestros males, pero también nuestras grandezas. Pero vale la pena agudizar la mirada hacia el pasado, entornar los ojos con generosidad en el reconocimiento hacia los mejores y reconocer que nuestra Patria es mucho más admirable que la caricatura que nos muestran.

 

* Doctor en Historia y profesor universitario.

 

Tomado de: http://www.laprensa.com.ar/481661-A-vueltas-con-la-falsificacion-historica-de-Jose-de-San-Martin.note.aspx