jueves, 2 de septiembre de 2021

ENTREVISTA AL DR. ANTONIO CAPONNETTO CON OCASIÓN DE SU LIBRO "INDEPENDENCIA Y NACIONALISMO"

 

‒ Javier Nacascués Pérez: Por lo que sabemos, frente al Bicentenario de la Independencia, o de las independencias americanas, usted se ubica en un lugar equidistante. ¿Cuál sería ese lugar?

 ‒ Antonio Caponnetto: Estoy en contra de los que celebran con alborozo la Independencia porque disfrutan con la desmembración del Imperio Hispano Católico; y estoy en contra, a la par, de los que nos acusan de traidores o de felones, como si aquella desmembración hubiera sido causada primero por nosotros, y como si entre los mejores de los nuestros no hubieran existido claros exponentes del fidelismo, del arraigo y de la conservación del inmenso patrimonio cristiano y español heredado.

 

‒ Pero ¿cómo se hace para sostener la tesis del arraigo y del fidelismo cuando era generalizado el afán de emanciparse, de tener gobiernos propios y de librar guerras por estos ideales? 

A.C.: ¿Cómo se hace? Distinguiendo. Una cosa es la “independencia” de los ideólogos masones y liberales; otra la autonomía gubernativa conservando las formas monárquicas, las grandes unidades geopolíticas americanas y la prosapia cultural de tres siglos gloriosos de evangelización española. Una cosa es la emancipación –concepto netamente kantiano, iluminista y rousseauniano‒ y otra cosa es la autodeterminación fruto del legítimo ejercicio del ius resistendi a la tiranía. Una cosa es un ejército como el sanmartiniano, que castiga la blasfemia y nombra a la Virgen del Carmen su Generala, repartiendo escapularios a la tropa; y otra cosa son las hordas rapaces de libertarios, conducidas por impíos, que no dejaron sacrilegio por cometer, sobre todo en el tradicional ambiente norteño de nuestro país. Una cosa, al fin, es querer tener bandera con los colores de la Inmaculada Concepción, y otra fabricarse un himno, al lado del cual, La Marsellesa parece el Oriamendi.

 

‒ Pero usted convendrá conmigo, en que más allá de las distinciones –que le admito‒ se impusieron los ideólogos del descastamiento… 

A.C.: No sólo lo admito, lo deploro y condeno. Y denuncio además la doble imposición que padecimos y padecemos de ese mal. Porque se trató de una imposición política pero también historiográfica. Nos hicieron creer que la única historia existente –los únicos hechos registrables‒ eran los que llevaban el signo maldito de los descastados. Pero cuidado; porque el descastamiento no revistaba solamente en ciertas filas americanas o en testas criollas. El llamado con error “bando realista” tuvo sus exponentes repudiables, en la península y en el territorio de ultramar. Manifestaciones repudiables tanto teóricas como prácticas, tanto en  hechos e ideas como en personajes. No somos fabricantes ni compradores de leyendas, sean negras o rosas. “La verdad: sol duro pero claro”, decía Maurras. Y nos gusta el sol dando de pleno en la cara; además de Maurras, claro.

 

‒ Por lo que usted nos comenta, entonces, se cumplió también en este caso aquello de que “Dios ayuda a los malos…” Pero, ¿por qué habla del erróneamente llamado bando realista? 

El éxito no es criterio de verdad, se sabe desde Aristóteles. Que hayan ganado los malos no prueba que tuvieran razón, ni mucho menos que su triunfo nos conforme o beneficie a los hispanoamericanos. Se cumplió más o menos la simpática coplita que me recuerda. Y de rondón retomo algo de una pregunta suya precedente. No era “generalizado” ese afán de emanciparse. El pueblo simple, de misa y olla, no lo deseaba. A nadie le importaba el sapere aude de Kant, y no escasean los testimonios de hispanistas ilustres, como Ramiro de Maeztu, Eugenio Vegas Latapié o José María Pemán, que han dejado asentado en solventes ensayos esta aquiescencia popular criolla hacia la noble matriz española. Tampoco eran más los ideólogos que los genuinos libertadores, ni había multitudes rugientes en las plazas mayas o julias pidiendo saber de qué se trataba aquello. Dios no ayudó a los más. Es un aristócrata, diría Castellani. El demonio metió la cola, que es “la especialidad de la casa”. De la casa del diablo, quiero decir.

 

‒ Pero lo de los realistas que le comentaba… 

Ya voy a eso, perdone la disgresión previa. En cuanto a realistas eran casi todos o todos los que pugnaban entre sí. No diré fernandinos o proborbones –que los hubo y sobre todo entre los liberales vernáculos más exaltados‒ pero sí favorables a mantener un sistema monárquico. La diferencia mayor era otra: o se respetaba o se conculcaba el principio de intangibilidad americana; ese privilegio americano de pertenecer al monarca legítimo, y no a cualquier sustituto colocado por un déspota o devenido en marioneta del Clan Bonaparte.

Nuestra pertenencia era a la potestad regia castellana, no a los mercaderes de Cádiz, los pescadores de León, o a las arbitrariedades de un dipsómano instalado por el complot inicuo de los renegados de España. O se respetaba o se conculcaba ese pacto de vasallaje recíproco. Ahí está la diferencia sustancial de los bandos en pugna. Pero la triste realidad es que, al momento de la independencia, había más defensores de las aspas de Borgoña en estas tierras argentinas y menos sepultureros del gorro frigio en España.

No se ha tenido aún suficientemente en cuenta la significativa paradoja de que los más intransigentes defensores de la obediencia Fernando VII, aquí, en América, no eran contrarrevolucionarios que abrevaban en las tradiciones escolásticas. Eran masones perseguidores mortales (en sentido estricto) de los católicos; y eran agentes ingleses. El ejemplo más patético es el de Bernardino Rivadavia. Y no es un ejemplo de detalle, puesto que llegó a ocupar los puestos más encumbrados del Estado, ¡la presidencia misma de la República!

 

‒ Pacto antiguo y medieval, aclara usted; ¿para diferenciarlo de otros pactismos, verdad? Me parece entender mejor ahora porqué afirman estar ‒usted y los suyos‒ entre dos fuegos. ¿Cómo sería más específicamente ese cruce de disparos? 

Sí; he aclarado esos de los pactos, porque lo que me faltaba era ser tenido por sospechoso de adherir a ese “hombre nefasto”, como llamó José Antonio a Rousseau en el Discurso Fundacional de Falange, o de adherir sin retaceos al granadino Francisco Suárez. Un fuego absurdo e irritativo es el que disparan, por un lado, quienes creen que nacimos hace 200 años. Pero el otro, no menos erróneo e incluso avieso, es que toma la fecha de nuestra independencia como certificado de defunción de la patria. Si yo fuera psicoanalista (¡las cosas que hay que conjeturar para hacerse entender!), diría que a unos los mueve la libido dominandi y a otros el instinto tanático. No conviene explicar la historia con pulsiones instintivas, sino más bien con categorías teológicas. Y aclaro que esto lo dice alguien tan poco clerical como Nietzsche.

 

‒ La verdad es que no me lo imagino psicoanalista, tampoco obispo; pero ya que mentó la cuestión, ¿cuál o cuáles serían esas categorías teológicas que estarían faltando para la comprensión de este drama independentista, que así veo también que lo llama en alguna parte? 

En un libro anterior a éste, he tratado de probar que el oficio del historiador es analogable al del liturgo. Por lo menos, el oficio del católico puesto a historiar. El historiador, como el liturgo, por ejemplo, debe comprender que el cielo irrumpe en la tierra, que hay una vinculación fontal entre los visibilia e invisibilia Dei. El historiador, como el liturgo, debe inteligir el sentido del leiton ergon, de la obra, función o ministerio público proyectados al servicio del bien común. Hay muy buenos consejos al respecto; de San Vicente Ferrer, de San Alberto Magno o del Cardenal Newman. Aplicado esto al tema que nos ocupa, diré y digo que hay un modo sacramental de entender nuestro pasado. Nuestras tierras tienen su bautismo, su confirmación, su primera eucaristía, sus contricciones, y están necesitadas con urgencia de la Unción de los Enfermos.

 

‒ Perdone, pero ¿en dónde se ha explayado sobre este criterio? Le confieso que me inquieta… 

En un libro titulado “Poesía e historia: una significativa vinculación”, que lleva más de quince años andando. Desde esta categorización teológica de la historia, sostengo, por ejemplo, que no es la Independencia “oficial” la que nos inaugura como patria, sino el bautismo que recibimos el 12 de octubre de 1492, y más específicamente el 1 de abril de 1520, fecha de la primera celebración eucarística en el territorio argentino. La independencia antagónica a la emancipación y al desarraigo; la independencia de los hombres fieles a la Tradición; que haya sido derrotada o pisoteada, no anula la gracia recibida en esos sacramentos. Nuestro drama es que la emancipación se impuso por sobre el doloroso y legítimo acto independentista. Y como fue una derrota tanto política como historiográfica, según ya se lo he dicho, en vez de hacernos celebrar sacramentos nos imponen efemérides laicas y masónicas. ¡Ay de esos pueblos!, dice Pieper en su libro “Una teoría de la fiesta”, a los que les cambian los festejos sacros por otros mundanos o impíos.

 

‒ Vale la pena entender e incorporar estas categorías teológicas, ya veo. Tal vez sean un poco inusuales y disonantes a los oídos vulgares. 

Vale la pena entender e incorporar la filosofía y la teología de la historia, que no son inventos míos. Yo no he descubierto el Mediterráneo. Pero se necesita, por cierto, un sensus fidei y sobre todo, como distingue Pascal, un reemplazo del espíritu de geometría por el esprit de finesse. Fíjese que me he enterado de un sujeto –que adhiere al tradicionalismo‒ según el cual la Primera Misa; esto es, la primera patencia de Cristo en cuerpo, sangre,alma y divinidad en estas tierras argentinas, no tiene para él ningún sentido. Y hasta cree hilvanar una ironía, diciendo que si Cataluña se independizara de España, entonces una misa podría “fundarla”. Como si nuestra bendita Primera Misa, en los albores del siglo XVI, hubiese sido un grito de rebeldía separatista o un acto revolucionario de cuño marxistoide. Por querer pasarse de sarcástico incurrió en blasfemia. Ahí tiene un espíritu geométrico, por no decir canibalesco, incapaz de toda sutileza. Lo grave es que si tamaña carencia hermenéutica tienen los “nuestros”, ¿qué les puedo pedir a los enemigos?

 

‒ ¿Hay alguna otra categoría o concepto teológico que nos pudiera ayudar a comprender su posición en este complicado tema?

 Siempre me llamó la atención un texto de Santo Tomás –está en la cuestión 76 de la primera parte de la Suma‒ en el que el Aquinate enseña que el alma está presente entera en todo el cuerpo y en cada parte del cuerpo, pero no del mismo modo, sino del modo aquel que conviene al ser y a la acción de cada parte. El alma católica e hispana se mantuvo en el cuerpo de la americanidad según la totalidad de sus energías y fuerzas y según conviniera a su ser y a su obrar. Porque era aquello –las Españas‒ una sola alma y un solo cuerpo. Es cierto que no faltaron desalmados, de un lado y del otro del Atlántico; y que los mismos terminaron quedándose con el triunfo. Pero no puede decirse sin faltar gravemente a la justicia, que todo y todos en nuestra independencia fue obra de desalmados. También sería faltar a la justicia que los españoles no vieran la viga inmensa en el ojo propio que les cupo en este penoso proceso de disolución.

 

‒ Sí; sí; nadie ignora que en todo esto hay culpas y responsabilidades compartidas. No podemos conservar un maniqueísmo simplón. Pero más allá de los legítimos enfoques sobrenaturales que usted hace, ¿no considera la posibilidad de causas más terrenas o demasiado humanas, como la injerencia británica? 

Claro que sí; y expresamente me refiero a ellas. Hace muy bien en bajarme a la tierra. Yo en esto prefiero pecar de conspirativista que de ingenuo, aunque bien sé que la tesis del complot se usa muchas veces de comodín cuando no se quieren encontrar explicaciones más complejas. Pero si nos atenemos al ejemplo singular que usted me pone, allí se ve otra vez, con claridad, que las dicotomías de los manuales no ayudan a entender lo sucedido. Hay una gran cantidad de documentos, privados y públicos, que muestran la enemistad entre San Martín y los ingleses, o que prueban el modo heroico con que Cornelio de Saavedra combatió a los britanos, antes y después del famoso 25 de Mayo de 1810. Y esto por mencionarle a dos exponentes famosos del “bando criollo” o independentista. Paralelamente, hay otra documentación del mismo calibre que prueba la ominosa connivencia del borbonato con ingleses y franceses. En “El equipaje del Rey José”, Benito Pérez Galdós dice sin ambages que en aquella desdichada España “los franceses salen por un lado y los ingleses entran por otro”.

 

‒ Pero no se puede negar la presencia de agentes británicos entre los llamados independentistas. 

¡Claro que no! Pero lo que me preocupa, y en realidad me irrita, es que no se tenga en cuenta que la denuncia y el repudio de esta injerencia británica fue desde siempre uno de los ejes de la llamada escuela revisionista o nacionalista. Aquí nadie quiso ocultar nada al respecto. Lo mismo sucede cuando se trae a colación el asesinato de Liniers o la heterodoxia del llamado clero revolucionario. Fuimos nosotros, salieron de nuestras filas, los repudiadores de estos episodios y de estos personajes. ¿De qué leyenda rosa me hablan?

 

‒ ¿Usted quiere decir que no han ignorado la existencia de los llamados planes para humillar a España? 

Eso mismo. Hay incluso entre estos autores revisionistas-nacionalistas un estudioso como Federico Rivanera Carlés (con quien tengo mis discrepancias, nobleza obliga), que ha abordado un tema muy poco conocido, como el de las rebeliones contra España ya en la primera mitad del siglo XVII, cuando gobernaban los Austrias. Esas rebeliones contra la unidad del Imperio estuvieron manejadas por la marranía, y por eso se han convertido en un tema tabú. No sé de autores españoles que hayan abordado este punto. Todos suelen quejarse de que se socavó la autoridad de un tirano como Fernando VII. Pero sobre los intentos judaicos de acabar con la España Católica de los Austrias no veo mucho material procedente de los españoles anti-independentistas americanos.

 

‒ Está fuera de duda el amor y la gratitud que le profesa a España; y no hablo sólo de su caso personal sino de la corriente de pensamiento que usted expresa, pero me parece importante establecer algunas precisiones. ¿Cómo se definiría entonces la patria y porqué ese concepto –el de una patria independiente‒ no entra en contradicción con la fidelidad a España? 

En la cosmovisión pagana, la patria es exclusivamente la terra patrum, la tierra de los padres, el alrededor geográfico heredado de los antepasados. La cosmovisión cristiana no anula este concepto, pero lo ordena a otro superior que permite desdeñar el mero carnalismo, o la tentación de la carnalización. En perspectiva cristiana, la patria es un don de Dios y subsiste en Él. Es un todo donado por Cristo y para Cristo que Dios Padre quiere llevar a su plenitud, como enseña Alberto Caturelli. Por lo tanto nosotros –hablo en plural deliberadamente‒ tenemos este don de Dios que se nos ha dado, llamado La Argentina; este don que el Señor nos dá para que seamos capaces de cultivarlo y de guardarlo, tal como leemos en el libro inicial del Génesis. Y el primerísimo bien que tenemos que cultivar y que guardar en esta tierra donada, es el patrimonio recibido en herencia de la terra patrum. Pero a su vez, ese patrimonio incuestionable de la terra patrum no es un gobierno, un monarca, una dinastía o un costumbrismo. Es un espíritu, un alma. Es la Hispanidad.  Y antes de que me pregunte me anticipo a decirle que la Hispanidad es una rama viva de la Cristiandad.

 

‒ ¿La Independencia que usted concibe y defiende no anula la Hispanidad, qué sería el núcleo de lo que acaba de decirnos? 

En parte es al revés. Si yo puedo defender una independencia que no expulsa a la Hispanidad sino que la supone como condición sine qua non, es porque esa Independencia y esos independentistas existieron. Aunque fueron derrotados, insisto. Y los triunfadores nos inventaron una patria en la cual no queda ni la terra patrum ni el don de Dios. Queda ese “lodo, lodo, lodo”, que repetía el precitado Padre Castellani.

Bien entendidas las cosas, Hispanidad e Independencia se suponen necesariamente la una a la otra. Por eso llamo a la Independencia un acto legítimo pero doloroso. Lo primero en tanto ese acto revistió las formas de la clásica resistencia contra una tiranía que pone en riesgo la existencia misma de la sociedad política. Lo segundo; esto es lo doloroso, porque nunca es grato tener que llegar al límite de poner en práctica el ius resistendi.

Pero entiéndase que nuestra noción de patria y nuestra práctica del patriotismo no declaman sólo una hispanofilia. Obligan a una hispanofiliación, como decían Goyeneche y Anzoátegui. Aquí son dos los errores simétricos que hay que evitar. Uno, el de concebir ese don patrio sin lo esencial de la terra patrum que es la Hispanidad. El otro, reducir la Hispanidad a un carnalismo en cualquiera de sus variantes, desde el racial hasta el de un linaje en particular. Si en lo primero tenemos muchos pechos vernáculos para golpear gritando mea culpa; en lo segundo, hay pechos españoles que deberían llevarse, por lo menos, algunos dedos índices acusatorios.

 

‒ Me quedé pensando en la independencia como dolor… 

Muchos se quedaron pensando en ello. El poeta Leopoldo Marechal le canta a la patria como “un dolor que se lleva en el costado sin palabra ni grito”. Hay en la historia personal y en la historia general de la humanidad muchos dolores que fueron germinativos y que a juzgar después por sus frutos eran dolores inevitables unos, necesarios los otros, permitidos por Dios, en suma.

 

‒ Le hablaba antes de la necesidad de establecer algunas precisiones. La de la patria quedó zanjada, pero ¿qué pasa con el concepto de nación, y de su derivación natural, el polémico tema del nacionalismo? 

En cuestiones que se han prestado y se prestan a tanta oscuridad, no veo otro modo de ser claro que ser simplote y básico. El punto de partida es la Cristiandad, y el modo peculiarísimo en que ella nos accede a nosotros, los americanos, que es mediante la Hispanidad. La Iglesia tiene promesas de vida eterna, la Cristiandad lamentablemente no. Es, o fue, un modelo de organización política, en el sentido amplísimo de la palabra, que supo resumir León XIII diciendo que en ella el Evangelio informaba la filosofía de las sociedades. Desaparecida la Cristiandad, queda el deber y el derecho de anhelar su instauración en el lugar de nacimiento de cada uno de nosotros. Ese lugar de nacimiento es la nación o natus. Y ese programa o anhelo de instauración de Cristo en las naciones no es otro que el sintetizado por San Pío X, o el definido por Pío XI en la Quas Primas. Programa o anhelo que supieron enunciar de otro modo, pero con no menos vigor, pontífices como Juan Pablo II y Benedicto XVI.

 

‒ ¿Qué sería entonces el Nacionalismo? 

El querer instaurar en Cristo todas las cosas de nuestra nación; ese abrir de par en par las puertas a Cristo a todos y a cada uno de los ámbitos de la vida social, para que Cristo señoree sobre ella, para que sea factible la soberanía o principalía social de Nuestro Señor. Como se verá, este Nacionalismo reclama de modo indisoluble ser calificado y sustantivizado como católico. Y no tiene ni quiere tener nada que ver con separatismos, regionalismos, segregacionismos, cismas, revoluciones francesas o invocados principios de las nacionalidades.

 

‒ Es difícil de entender esto en Europa, pero también en la Argentina, donde hay nacionalistas que no adoptan esta cosmovisión católica como columna vertebral.

 Yo creo que esta dificultad comprensiva podría disiparse si hubiera un poco más de buena fe y alguna lectura nueva o vieja repasada. Hablo en principio para los españoles o europeos en general. Pío XI, por ejemplo, descalificó en su momento en la Ubi arcano Dei, a lo que llamó un “nacionalismo inmoderado”. ¿De dónde brota esa inmoderación? Precisamente de la matriz revolucionaria moderna que desliga a la nación de la Cristiandad y sustituye el Derecho de Gentes por el Derecho Nuevo. No es nuestra postura. La condenamos.

Un autor como Joseph Delos, en su obra “El problema de la civilización”, gana en sensatez cuando retrata un “Nacionalismo de Civilización”, amparado en el supuesto despertar de las conciencias nacionales que sería un fenómeno equivalente al despertar de los derechos individuales del hombre y del ciudadano. Retórica iluminista pura, en las antípodas de nuestro pensamiento. Para quienes puedan comprender el guiño localista, rápidamente asociarán esto de Delos a lo que dice Sarmiento. Nosotros, claro, no seríamos el “nacionalismo de civilización” sino el de la barbarie. Esto es, el del respeto a las tradiciones hispanocatólicas.

 

‒ Más allá de estas distinciones sobre el Nacionalismo, la independencia, en la práctica, ¿no suponía necesariamente disgregar a América en naciones individuales convertidas en repúblicas democráticas? 

No; necesariamente no. Que eso haya sido buscado por los ideólogos del liberalismo y de la masonería bajo la  siniestra tutela británica, es un hecho. Y trágicamente se impuso. Pero también es un hecho –aunque sus propulsores hayan sido vencidos‒ que los genuinos independentistas hablaban de Nación Americana, no de Estados Nacionales. En el mismo Congreso de Tucumán que declaró nuestra independencia se hace referencia a las Provincias Unidas de América del Sur, no a tal o cual país por separado. San Martín le dice a Echavarría en carta del 1 de abril de 1819: “mi país es toda América”. Era el sentir de los libertadores. Pero ganaron los emancipadores, ya quedó dicho. Nociones como las de Imperio o Patria Grande quedaron abolidas. Entonces se impusieron las republiquetas.

 

‒ ¿Esa victoria podría explicar,entre otras cosas,no sólo la disgregación de las “naciones” sino la imposición de la democracia como sistema políticamente correcto?

 Daré dos ejemplos que permiten deducir lo que se me pregunta. Uno lo ha advertido con maestría Enrique Díaz Araujo. Estudiando la propuesta monárquica, cristiana e hispanocriolla trazada por San Martín en Punchauca, en 1821, su biógrafo oficial, liberal y masón, Bartolomé Mitre, llega a la conclusión de que San Martín “cayó como Libertador” en el preciso momento en que desconoce una supuesta ley inexorable de la historia, según la cual, “el progreso político no admite sino las formas democráticas y republicanas de gobierno”. La demencia mitrista quedó consagrada y estampada. Independencia y democracia eran lo mismo. Patria y Democracia eran lo mismo; y todo el que se opusiera quedaba al margen de la “civilización” (¡otra vez!) y del progreso. Este pensamiento hizo escuela; yo diría que es hoy Política de Estado.

 

‒ ¿Y el segundo ejemplo que mencionaba? 

Lo encontré para mi consuelo leyendo el largo y enjundioso estudio preliminar que le hace Eugenio Vegas Latapié a la obra de Marius Andre: “El fin del imperio español en América”. Allí, el notable hispanista, analiza el mal ingénito del sufragio universal, la perversión connatural del sistema democrático, la inmoralidad intrínseca del régimen de votaciones mayoritarias. Y concluye que fue la adopción de este mal horrendo como lo políticamente correcto, lo que condujo a América, una vez independizada, a su desgajamiento físico y espiritual. Y tiene razón.

 

‒ A esta altura de nuestro diálogo, y teniendo en cuenta estos factores que han ido apareciendo en el transcurso del mismo, ¿no cree usted que sería prudente condicionar un poco la valoración del concepto de independencia? 

He intentado hacerlo. Por lo pronto, diciendo que la independencia, como la libertad no son bienes absolutos, ni fines per se. Independizarse de Dios, de la Verdad, de la Iglesia; como ser libres para delinquir, apostatar o blasfemar, no son fines apetecibles ni plausibles. Nosotros, los argentinos, tenemos el caso de regiones que integraban nuestro territorio. O al revés, si se prefiere: integrábamos el territorio nuestro con otros, y fueron segregados violentamente, de un modo artificial, con clara y aviesa injerencia extranjera. Lo que quedaba de la Patria Vieja o Patria Grande devino aún en individualidades separadas, enfrentadas, rivales. Un absurdo. Pero en todo esto hay una paradoja o una contradicción de parte de quienes impugnan nuestra independencia.

 

‒ ¿Cuál sería? 

La paradoja o contradicción es que se convierta la dependencia o la obediencia en un valor absoluto. Cuando miradas las cosas con rectitud doctrinal, hay casos en los que corresponde desobedecer, rebelarse, desacatar o independizar el propio juicio o la propia conducta de una autoridad devenida en tiránica o en mala.

Le hablaré con crudeza. La mayoría de los sectores que critican nuestra desobediencia independentista a Fernando VII pertenecen a esa clase de fieles que se sintieron moralmente obligados a desobedecer al Papa, al Concilio Vaticano II y al grueso de las directivas de la Roma Conciliar. No los critico. Digamos que los pondero. Pero ¿cómo es esto? Se puede uno independizar de un Papa para salvar la fe católica amenazada y conservarla íntegra, ¿y no cabe la posibilidad de independizarse de un monarca canalla y de una dinastía purulenta, para salvar la integridad del patrimonio hispánico heredado?

 

‒ ¿Qué balance hace de 200 años de Independencia? 

Difícil pregunta; para mí al menos. Hay que tener cuidado, por lo pronto, de no caer en la falacia aquella que confunde correlación con causalidad. Esto es, no todo lo que sucede después de un hecho es efecto de ese hecho. Muchos males que hoy padecemos son la consecuencia directa de la prevalencia de esa emancipación kantiana, rousseauniana, iluminista, masónica, etc., etc. Sin duda. Otros males no, en cambio; son de adquisición propia; pura responsabilidad o culpabilidad nuestra.

También hay que evitar la otra falacia o argucia de la llamada historia contrafáctica. ¿Qué hubiera pasado si… tal cosa o tal otra? Pues sencillamente no lo sabemos. La historia es historia de lo que fue, no de lo que pudo haber sido, mucho menos de lo que nos hubiera gustado que fuese. Pero para quienes amamos profundamente a España, como se ama a una madre, verla en el actual estado de descomposición al que ha llegado, no nos alimenta mucho la esperanza de que nuestra suerte hubiera sido mucho mejor sin la independencia.

Todavía nos lastima aquella obscenidad pronunciada por Alfonso Guerra en 1982, y según la cual: “vamos a poner a España que no la va a reconocer ni la madre que la parió”. No debió permitirse que se llegara tan lejos. Pero la tragedia descripta en este exabrupto no es sólo patrimonio de España o de Europa. Es la llamada civilización cristiana la que está amenazada de muerte. Principalmente por causa del proceso de heretización y de apostasía que se vive hoy en la Iglesia.

 

‒ ¿Ve alguna esperanza en medio de esta tragedia, como la ha llamado? 

Siempre veo esperanza. No verla sería incurrir en el pecado de la desesperación o de la presunción. La esperanza existe y es posible, asida fuertemente a ella, intentar –para parafrasear lo indigno y volverlo digno‒ recuperar ese rostro que sea reconocible y amable para la madre que nos dio a luz. En estos días (el 8 de octubre en el ABC, para ser exactos), Juan Manuel de Prada, hizo el elogio de la conducta de los colombianos, que no aceptaron la tramposa paz con la guerrilla homicida. Déjeme que le lea textualmente uno de estos párrafos, precisamente por el carácter esperanzador que encierra: “Todavía enorgullece llevar sangre española en las venas, aunque el pueblo español, antaño tan valeroso ante las agresiones de sus enemigos, se haya convertido en una papilla amorfa y bardaje. Pero en América, allá donde la sangre de españolas venas se fundió con la sangre nativa para fundar la raza más hermosa, allá donde nuestra lengua se hizo dulce y fecunda, todavía queda dignidad […]. Ojalá esa dignidad vuelva algún día –¡mediante gozosa transfusión de sangre!– a su desnaturalizada madre”.

Lo que está reconociendo con una hidalguía inusual el señor De Prada, es que aquí en América, todavía quedan restos o vestigios o simientes de esa grandeza antigua y venerable que recibimos hace cinco siglos. Más aún: nos está pidiendo una transfusión de sangre, que en este caso, no sería sino una devolución o restitución de la sangre heredada. Es lo que dice nuestro poeta Vocos:

“Yo sé que en todas partes hay semillas /

de tus claros varones aguardando /

surcos de gestación en maravillas”.

Esto es lo que me da esperanza. Y a fe mía, que no me parece escaso motivo.

 

Tomado de: https://revistacabildo.com/entrevista-al-dr-antonio-caponnetto-con-ocasion-de-su-reciente-libro-independencia-y-nacionalismo/

lunes, 9 de agosto de 2021

Reflexiones sobre Rosas


 

Por: Alberto Ezcurra Medrano

 

Creo que Rosas fue el prócer más grande de la Argentina. Y digo esto sin desmedro de San Martín, que fue, junto con Bolívar uno de los grandes próceres de América. Pero creo que Rosas fue más netamente un prócer argentino. Es un error suponer que cuando Rosas asumió el gobierno existía una República Argentina, al menos tal como la conocemos ahora. Ya se había desmembrado bastante el  Antiguo Virreynato. Y en lo que quedaba no había unión. Las ‘Provincias Unidas de Sud América’ estaban en realidad profundamente desunidas. Tal es así que en el Congreso que declaró su independencia faltaron cuatro de ellas. 

 

Los Caudillos, con sentimientos más localistas que nacionales, lucharon entre sí. Y no faltaron más adelante quienes quisieron  que San Juan y Mendoza se incorporaran a Chile; Salta, Jujuy, Tucumán y Catamarca a Bolivia; y que Entre Ríos, y Corrientes, junto con el Uruguay, formaran una república independiente. Esa era la realidad. El Poder Ejecutivo de Rivadavia no fue más que una ficción. Rivadavia sólo gobernó en Buenos Aires, donde pretendió implantar la civilización europea, y desconoció en absoluto la realidad del interior, que naturalmente lo rechazó.

 

En tales condiciones Rosas recibió el gobierno. Sobre la base del Pacto Federal de 1831 y la delegación del manejo de las relaciones exteriores que le hicieron las provincias, organizó la Confederación Argentina. Rechazando la obsesión constitucionalista de los teorizadores se tuvo a la realidad y emprendió una larga lucha por la ‘restauración’ de la unidad y de la autoridad. “No se sabe bien –dice Julio Irazusta- hasta que punto esa maniobra es admirable en su mezcla  de inteligencia, fuerza y derecho”. La reconoce el propio Sarmiento cuando dice, en carta íntima al doctor García, que Rosas ‘reincorporó la Nación’. Cuando cayó el país estaba naturalmente constituido y por eso fue posible darle una constitución escrita, y quizás porque se la dio demasiado pronto y no del todo adecuada  a su constitución natural, hubo de soportar aun varios años de división y de guerra civil.

 

Pero no sólo logro Rosas la unión y la autoridad. Un país en plena disolución como era el que recibió al asumir el gobierno, no podía dejar de tentar a las grandes potencias imperialistas de Europa, entonces en pleno tren de expansión. A esto se debieron los conflictos con Francia primero y luego con Francia e Inglaterra. La forma admirable –extraordinaria combinación de diplomacia y de fuerza con que Rosas supo defender  y hacer triunfar la soberanía nacional, quizás aun no ha sido suficientemente valorada en todo su alcance, como no lo fue en su tiempo, aun para muchos de sus amigos y partidarios.

 

Naturalmente Rosas, para consumar tan titanica obra no pudo usar siempre guantes blancos, como no lo hizo ningún forjador de naciones. Hubo rebeldes, y muchos de ellos fueron además traidores a la patria naciente. No hay porqué hacer de Rosas el ‘chivo emisario’ de una época en que todos empleaban los mismos métodos, salvo la traición a la patria, que fue obra exclusiva de sus adversarios. San Martín, con profética  clarividencia preció y justificó a Rosas, aun antes de que este asumiera su segundo gobierno. En carta a Tomás Guido, de fecha 1º de febrero 1834, cuyos subrayados son del propio San Martín, expresa lo siguiente:

 

“Maldita sea la tal libertad, no será hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona. Hasta que no sea establecido un gobierno que los demagogo llaman tirano y que me proteja contra los bienes que brinda la actual libertad… el hombre que establezca el orden en nuestra patria, sean cuales sean los métodos que para ello emplea, es él sólo que merecerá el noble título de Libertador”.

 

He aquí como San Martín previó a Rosas, supo que le llamarían tirano, le cedió en cuanto a la Argentina respecta su título de Libertador, y lo confirmó más tarde con el legado de su sable. ¡Qué admirable lección para los antirrosistas de todos los tiempos!+

 

http://lascadenasdeobligado.blogspot.com.ar/2014/09/reflexiones-sobrerosas-albertoezcurra.html#more

sábado, 12 de junio de 2021

EL PRIMER NACIONALISMO ARGENTINO: DIFERENCIAS ENTRE CONSERVADORES Y NACIONALISTAS

 


Por: Javier Ruffino

Uno de los tópicos de la “crítica democrática” es asociar al nacionalismo con la oligarquía conservadora, a Uriburu con Justo. Desde sus inicios el nacionalismo fue crítico del conservadursimo liberal. Se impone, pues, un breve análisis al respecto. Tomaremos en nuestro análisis cinco ejes: el ideario político, social, económico, historiográfico y religioso.  E iremos comparando qué planteaban nacionalistas y conservadores acerca de cada uno de estos temas.

 

a)    EL IDEARIO POLÍTICO

 

    Los conservadores, como herederos de la elite que organizó el país con posterioridad al año 1853, respondían a una concepción liberal del Orden sociopolítico. Desde esta perspectiva, su modelo no era otro que el contenido en la Constitución Nacional. Constitucionalismo, libertades individuales, Parlamentarismo, Partidocracia y sufragio universal eran parte del ideario sostenido y defendido, al menos en el discurso, por los representantes de las diversas agrupaciones conservadoras[1]. Por eso, sus críticas al yrigoyenismo tuvieron como eje la acusación de demagogia, de clientelismo, de haber elevado a la función pública a los peores; y tomaba la defensa del Parlamento avasallado, de la democracia subvertida, y del sufragio libre violentado[2].

 

     El Nacionalismo, por su parte, “forma parte de...los movimientos nacionales del siglo XX con sustento ideológico religioso...Estos movimientos adherían a los grandes principios políticos construidos por el cristianismo...desde el poder que viene de Dios hasta la doctrina del bien común”[3]. Ya hemos analizado cómo tempranamente podemos encontrar estos principios en La Nueva República. Artículos de César Pico o de Tomás Casares, proponen claramente esta definición filosófica. Por su parte, Ernesto Palacio, los hermanos Irazusta y Juan Carulla planteaban una concepción política que abrevaba en los grandes principios de la tradición clásica, manifestando un rechazo profundo hacia el liberalismo[4]. La crítica al yrigoyenismo se nutre pues de fuentes doctrinales distintas y opuestas a las de los sectores conservadores. Por otra parte, el Nacionalismo propuso un modelo corporativista como alternativa al parlamentarismo fundado en la partidocracia. Entrados los años 30, Enrique Osés fue exponente definido de esta postura: “Los partidos políticos concluyen todos en el desorden”, “El parlamento tiene un pecado de origen, en todos los países: este pecado de origen es el ser una representación política del país, nunca una representación integral, de sus clases, de sus fuerzas”, “Por eso, el nacionalismo ofrece...lo que se llama régimen corporativo, lo que es, en una palabra, la representación de los intereses de cada clase”[5]. La crítica del parlamentarismo se sustenta en una dura denuncia contra el sufragio universal: “Claro que no vamos a achacarle al Parlamento un vicio insanable, porque el Parlamento es sólo un efecto. La causa que lo produce es el sufragio democrático. El ejercicio de la democracia por los pueblos, es naturalmente, una engañifa, pero sobre eso, una inmoralidad”[6].

 

     Como ya queda indicado en el párrafo anterior, frente a la partidocracia liberal el Nacionalismo propone un régimen corporativo, porque “allí donde se debaten los problemas de la economía, de las finanzas, de las relaciones entre  el productor y el consumidor, del obrero, del empleado, del comerciante, del industrial, del campesino, nada tiene que hacer el político, esto es, el hombre que...surge de un comité”[7].

 

b)    LA CONCEPCIÓN SOCIAL

 

     Los conservadores han manifestado en muchas ocasiones una postura marcadamente clasista. El hecho de que muchos de sus dirigentes procediesen de las principales familias patricias les otorgaba un sentimiento de clase que bien direccionado hubiese podido contribuir a profundizar el amor hacia la Patria -construida por sus antepasados-, y a trabajar por el Bien Común. Pero el influjo nefasto del liberalismo en su formación intelectual les insufló un orgullo que muchas veces se convirtió en desprecio hacia otros sectores sociales; ya sea hacia las viejas clases bajas criollas –que, muchas veces, estaban más identificadas con la Tradición que esta aristocracia liberal-, ya sea hacia los nuevos grupos inmigrantes que, en muchos casos, llegaban a estas playas con una fuerte carga ideológica izquierdista, lo que los hacía ciertamente despreciables. La pregunta sería si las elites conservadoras los despreciaban por la ideología que traían o por un simple espíritu clasista. Lo cierto es que el Patriciado argentino había devenido, en parte, en una oligarquía. Esta oligarquía mereció el rechazo de muchos de los dirigentes e intelectuales nacionalistas de los años 30[8].

 

     Contrariamente a esta concepción, el Nacionalismo cultivó el culto a un estilo genuinamente aristocrático al mismo tiempo que integró es sus filas –sobre todo a partir de los años 30-, a un gran número de hijos de la inmigración[9]. Alberto Ezcurra Medrano, uno de los “padres fundadores” del nacionalismo argentino –y del revisionismo histórico-, representante del patriciado argentino, pero que supo mirar las cosas por encima  de un simple espíritu de clase, afirmaba: “Tampoco pude ser conservador  porque he visto siempre en el conservadorismo...demasiado espíritu de clase...Y yo, aunque personal y familiarmente aristócrata, como ciudadano argentino antepuse siempre los intereses del país a los míos propios”[10].

 

c)     LA CONCEPCIÓN ECONÓMICA

 

     A partir de los tiempos posteriores a Caseros se fue imponiendo el modelo económico preconizado por los “padres fundadores” del liberalismo argentino: Sarmiento y Alberdi. El país debía crecer “hacia afuera”, la apertura al capital extranjero iba a proporcionar el crecimiento económico que éste necesitaba. Capitales, inmigrantes, tecnología, créditos; todo debía provenir del desarrollado norte de Europa. Y la Argentina se integraría al mercado internacional como abastecedora de materias primas.

 

     El modelo liberal fue la herencia que los conservadores recibieron de aquella “generación fundadora”. Si bien es cierto que en la década del 30 la crisis mundial llevó al gobierno de Justo a aplicar políticas económicas “heterodoxas”, lo cierto es que ante la crisis, el “salvavidas” se buscó desesperadamente en una reformulación de nuestro vínculo comercial con el Reino Unido. Justamente el Tratado Roca-Runciman es el que motivó la indagación de nuestro pasado económico por parte de los hermanos Irazusta[11], con la acusación consiguiente a la “oligarquía” liberal argentina.

 

     Con la obra de los hermanos Irazusta comienza el cuestionamiento por parte del Nacionalismo al liberalismo económico argentino. Términos como “cipayos”, “vendepatria”, “oligarquía”, comenzarán a hacerse frecuentes en la jerga política argentina[12].

 

     Los escritos nacionalistas de la década del 30, referidos a los aspectos económicos plantean una clara definición a favor del proteccionismo, del desarrollo del mercado interno, y de una política social obrerista que inserte a este sector en el consumo y en la dignidad[13].

 

d)     LA HISTORIOGRAFÍA

 

     Los conservadores fueron fieles a la historiografía liberal mitrista. La Argentina hispana, criolla, tradicional, de los caudillos federales, representaba para ellos la barbarie, frente a la civilización implantada por la generación liberal posterior a 1853. En el centro de esta concepción, la figura de Rosas encarna el compendio de toda la maldad, y su régimen es catalogado como la época de la “tiranía”[14]. Dentro de este esquema historiográfico los caudillos del siglo XX: Yrigoyen, primero, y Perón después, fueron asimilados al rosismo.

 

     EL nacionalismo, por su parte, redescubre a Rosas, iniciándose el movimiento revisionista[15]. La revisión de la Historia argentina que se va a desarrollar en la década del 30 no se va a limitar a una reivindicación de Rosas[16], sino que en su indagación irá redescubriendo a la auténtica  tradición nacional hispano-católica-, a los caudillos federales como representantes de aquella tradición frente al Iluminismo unitario, al “otro” mayo –católico, monárquico, militar y patricio-[17], que nada tiene que ver con el mayo liberal de la historia oficial.

 

e)     LA RELIGIÓN

 

     Nos enseña el profesor Jordán Bruno Genta que “Caseros (…)  (representa) el triunfo de la masonería y del liberalismo en la política argentina (…) Después de la constitución nacional de 1853, después de la falsificación de la historia argentina iniciada por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, vino el tercer episodio de la traición liberal y masónica, y fue entonces, en el ’80, cuando se consumó la destitución a Cristo de la familia y de la escuela, y se implantó el laicismo escolar y el matrimonio civil”[18]. La Argentina liberal que se fue conformando con posterioridad a 1853, permitió ganar espacios de poder a los grupos masónicos, muchos de los cuales hicieron causa común con los sectores de la Izquierda, con quienes compartían su origen en las ideas ilustradas del siglo XVIII. En efecto, desde 1853 la Constitución inspirada en las Bases de Alberdi, primer paso para el triunfo del Liberalismo en nuestro país[19], estableció el indiferentismo religioso y la “libertad de cultos”. En 1882 el Liberalismo dio un segundo paso muy importante, imponiendo el Laicismo escolar, por medio del cual se vehiculizó en la educación la visión del mundo de la Masonería. De este modo se fue gestando en nuestro país una pseudotradición laicista que comenzó a ser cuestionada a partir de 1930.

 

     En la década del 30, al calor y la luz del Congreso Eucarístico Internacional, de los Cursos de Cultura Católica –que ya habían comenzado a desarrollarse en el decenio anterior-, del ejemplo de los mártires de la Cruzada Española, del desarrollo del Revisionismo histórico –qué profundizará en la esencia católica de la Patria, tanto en su pasado hispano, como durante la Gesta independentista y las luchas civiles-, se comienza a cuestionar duramente el laicismo de la generación positivista y liberal, y a proclamar la catolicidad de la Nación argentina y la consiguiente necesidad de la confesionalidad del Estado[20].

 

 

 

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[1] “El Partido Demócrata Nacional no puede estar sino al servicio de una limpia reconstrucción democrática (...) El ejército es el custodio armado de la Constitución.” (Solano Lima, V. La fuerza conservadora). Con respecto a este último punto, es contundente el contraste entre la afirmación del conservador Solano Lima y la enseñanza del nacionalista Jordán Bruno Genta: “Es justo y bello morir por la Patria; y por todo lo que es esencial y permanente en ella: unidad de ser, integridad moral y natural, la soberanía nacional, la Iglesia de Cristo. No es justo ni bello morir por cosas accidentales (se refería a la Constitución), transitorias o contrarias al ser de la Patria.” (Guerra Contrarrevolucionaria). El mismo Genta fue fiel a este ideal, que marcó toda su vida, hasta derramar “bellamente” su sangre por Dios y por la Patria.

 

[2] Aunque en muchas ocasiones para conservar el poder se contradijeran así mismos y recurrieran al fraude, el discurso conservador no contradecía el modelo liberal.

 

[3] D’Angelo Rodríguez, Aníbal. Cristian Buchrucker o el nacionalismo imaginario. Instituto Bibliográfico Antonio Zinny. Buenos Aires. 2010, p. 86.

 

[4] Algunos ejemplos: César Pico, “Inteligencia y revolución”, La Nueva República 1-I-28; Casares, Tomás, “Política y moral”, Ibídem 15-I-28; Irazusta, Julio, “La forma mixta de gobierno”, Ibídem 31-I-28; Palacio, Ernesto, “Nacionalismo y democracia”, Ibídem, 5-V-28.

 

[5] Capizzano, Hernán. Enrique Osés. Discursos y textos. Memoria y Archivo. Buenos Aires. 2014, pp. 40, 46, 42.

 

[6] Ibídem, 46.

 

[7] Ibídem, 42. Los grupos conservadores por el contrario sólo buscaban el “derrocamiento de las autoridades (el radicalismo yrigoyenista) y sustituirlas por ellos mismos (...) sin más programa que buscar el derrocamiento de las autoridades y sustituirlas por ellos mismos (...) Sólo querían mantener el régimen representativo de las facciones políticas.” (Ibarguren, C. La Historia que he vivido)

 

[8] El historiador revisionista Vicente Sierra en su obra sobre la Historia de las Ideas políticas en Argentina, nos hace un análisis histórico sobre la “anatomía” cultural de esta oligarquía. Durante la década del 30  será cada vez más frecuente el uso del término “oligarca” u “oligarquía” con una carga notablemente peyorativa.

 

[9] Jordán Bruno Genta, hijo de inmigrantes, enseñaba el verdadero sentido de la hidalguía y de la  nobleza, como la entendía el nacionalismo: “En nuestra lengua castellana hay una palabra que significa, como ninguna, la condición humana. Es la palabra hidalgo...Hidalgo quiere decir hijo de algo, de alguien, de bien; y el hombre es en su origen, raíz y dignidad, hijo de alguien y con una triple filiación: divina, histórica y carnal. Hijo del Padre que está en los cielos...; hijo de sus padres y de la Patria

 

   Quiere decir que el hombre no es principio primero ni comienzo absoluto, sino que viene de otro u otros...

 

   Asumir conciencia de nuestro divino origen...; saberse heredero, continuador y responsable de una gran empresa nacional y del honor familiar, es proclamar la nobleza de origen”. Pero aclaraba, siguiendo a Alfonso el Sabio, “que se debe llamar verdaderamente noble, no al que nace en nobleza, sino al que muere en ella.” (Guerra Contrarrevolucionaria)

 

[10] Nacionalismo y Tradicionalismo en Alberto Ezcurra Medrano, en carlismoar.blogspot.com.ar

 

[11] La Argentina y el Imperialismo británico.

 

[12] Si bien la obra de los hermanos Irazusta es la primera definición de importancia del Nacionalismo contra nuestros vínculos “coloniales” con el Imperio Británico, ya encontramos textos de la Liga Republicana con claras condenas a nuestra dependencia del capitalismo internacional: “En números posteriores a la revolución del 6 de setiembre de 1930, Rodolfo Irazusta irá señalando cada vez mejor que ‘la finanza internacional era dueña del país’.” (Ibarguren, F. Orígenes del Nacionalismo argentino, 60)

 

[13] “...el patrimonio argentino debe ser nuestro para que el porvenir argentina sea nuestro...Nuestro debe ser el patrimonio vial de la República...el transporte fluvial..., y el transporte aéreo...las fuentes de energía eléctrica,...las comunicaciones telefónicas...Nuestro patrimonio nacional debe ser nuestro.

 

   Y no lo es, porque no tenemos otro mercado para nuestras carnes que los establecidos en tratados por Inglaterra...” (Capizzano, H. Enrique Osés...,84-86)

 

[14] El “conservador” Solano Lima comulga absolutamente con la concepción liberal del pasado nacional: “Sobre esos cimientos de altanería gauchesca, de odio bárbaro y de intransigencia a muerte, no podía fundarse ninguna institución estable, ni consumarse ningún experimento social, ni inculcarse doctrina alguna.

 

   La anarquía produjo sus frutos: la ‘política de fuerza’, con la cual Rosas instauró su tiranía iracunda.”

 

   O sea, la barbarie de los caudillos condujo a la tiranía de Rosas, ambas totalmente incompatibles con la “civilizada” Constitución de 1853. Es el ideal del constitucionalismo liberal lo que en definitiva defendió el conservadurismo argentino, salvo honrosas excepciones.

 

[15] Antonio Caponnetto se refiere al “revisionismo que gestó limpiamente aquel haz de patriotas esclarecidos, cuando nacía la tercera década del siglo que acaba (el XX)”. Unas líneas antes había indicado que estudiar al revisionismo “comporta un afán de recuperar el rostro más veraz y más límpido del transcurrir nacional...comporta asimismo la revalorización de un quehacer historiográfico, por el cual, la patria indagada en sus raíces es una unidad de destino en lo Universal, el tiempo una resonancia de la eternidad...Un quehacer historiográfico por el que cuentan los arquetipos antes que las estructuras, la plenitud de las conciencias rectoras del bien común antes que el inconsciente colectivo, las epopeyas nacionales por encima de las luchas de clases, la prioridad del espíritu sobre la materia.” (Los críticos del revisionismo histórico. T. I, 15-16).

 

[16] Aunque el tema de Rosas es central en el revisionismo, ya que es la encarnación del ideal que une en su persona la tradición hispano-católica con la defensa de la Independencia nacional. Afirma Antonio Caponnetto: “mientras no se entienda qué defendemos cuando defendemos a Juan Manuel de Rosas, toda visión del rosismo seguirá siendo defectuosa” (Los críticos del revisionismo histórico. T. II, 28).

 

[17] “La revolución de Mayo fue exclusivamente militar y realizada por señores.

 

      Nada tiene que ver con la Revolución Francesa.

 

     El populacho no intervino en sus preparativos.” (Hugo Wast, Año X).

 

[18] La masonería en la historia argentina. Nuevas comprobaciones.

 

[19] “Urquiza cumplió bien con sus mandantes. La Constitución era el instrumento legal de la servidumbre colonial (...) El liberalismo religioso y la abierta heterodoxia del texto constitucional acentuaron las divisiones de los congresales, algunos de los cuales, no sólo se opusieron vivamente sino que se retiraron del Congreso (como los Padres Pérez y Centeno). Fue necesario un golpe de fuerza parlamentario -el 23 de febrero de 1853- para aprobar fraudulentamente los artículos que trataban las cuestiones religiosas.” Caponnetto, A. Del ‘Proceso’ a De La Rúa. Una mirada nacionalista a 25 años de historia argentina. 1975.1986, 94-95.

 

[20] “...hay razones más que suficientes para demostrar la necesidad absoluta de que un estado nacionalista sea católico. Pero hay además una razón poderosa para que lo sea un estado nacionalista nuestro, argentino. Y esa razón es la Tradición.” (Ezcurra Medrano, A. Catolicismo y Nacionalismo, 53). Los enemigos de la Patria Católica han mirado con particular saña este período; un caso típico es el del señor Verbitzky, en obras como Cristo Vence. De Roca a Perón, entre otras que le dedicó al tema; o Loris Zanatta, Perón y el mito de la nación católica: Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo (1943-1946).

 

     Antonio Caponnetto es contundente sobre este tema: “la opción política del nacionalismo católico, sólo quedará retratada leal y completamente cuando se mencione como norte y meta de su anhelo la reyecía de Nuestro Señor Jesucristo.” (Del ‘Proceso’ a De La Rúa. Una mirada nacionalista a 25 años de historia argentina. 1975.1986, 13)

 

Tomado del Blog amigo: Historia y Tradicion.

https://historiatradicion.blogspot.com/2020/07/el-primer-nacionalismo-segunda-parte.html?fbclid=IwAR1Ysl9jO0kMgkMza61SDpJJIr4vYKYKdTL2d47BPnc3i6_-QvE_k-ogI6I


lunes, 24 de mayo de 2021

LA REVOLUCIÓN DE MAYO: Los mitos de "la máscara de Fernando VII" y el ideal democrático que inspiró la Revolución*

 


Por: Roberto Marfany

Agradezco a la Universidad de Belgrano la invitación espontánea y cordial para ocupar esta cátedra de Historia Argentina con una conversación -no una conferencia- que tiene por objeto tratar el tema de la Revolución de Mayo, de especial gravitación en nuestra vida política y social. Hecho histórico de la mayor trascendencia, porque es la definición esencial de la voluntad de ser de una comunidad creada y formada bajo el dominio de la España Imperial, que le había impreso su propia modalidad y carácter.

 

 Se ha dicho que la Historia es al mismo tiempo pasado, presente y futuro. En realidad, la Historia es presente. Podríamos definirla diciendo que "son las cosas vivas de los tiempos muertos". Pasado es el tiempo, los hombres, los hechos. Presente, las realizaciones humanas que trascienden a la comunidad, infundiéndole nuevos comportamientos dentro de su propia índole, porque las transformaciones sociales con legitimidad histórica siempre se rigen por sus antecedentes; así, cada generación recibe los elementos fundamentales de la que procede, no obra a saltos o por improvisación.

 

Para entender la Revolución de Mayo debemos colocarnos en la situación a través de la cual nuestros antepasados contemplaron el mundo que los rodeaba. La Revolución fue, sin duda, pensada con responsabilidad, discerniendo los medios idóneos con que realizarla y las posibilidades futuras de subsistencia ante la transformación producida por el dominio de Napoleón en Europa y particularmente en España.

 

Tampoco se debe perder de vista la verdadera dimensión de la Revolución en sus principios generadores y en sus consecuencias. En primer lugar, es necesario saber que aquellos antepasados nuestros tenían conciencia de que formaban parte de un imperio que comprendía diversos países distribuidos por todo el globo, pero que fundamentalmente formaban parte de la nación española.

 

Para comprender los hechos históricos tenemos que ubicarnos en el plano mental de quienes los realizaron. Antes se decía "hacerse antiguo". Después, el filósofo e historiador Benedetto Crocce afirmó que la Historia es "idealmente contemporánea", refiriéndose a la relación del historiador con el acontecer que estudia. No trasladando los hechos a la contemporaneidad del observador, sino éste a los hechos pretéritos para hacerse contemporáneo de los mismos. Es el único método para conocer objetivamente la Historia, cuando se trata de recrear el pasado.

 

Por falta de comprensión y ubicación en el plano mental, social y político de los hombres de 1810, muchas veces se han interpretado erróneamente las causas y fines de aquel gran acontecimiento, que ha sido conocido -por falta de perspectiva- solamente en su aspecto episodio pero no en sus fines.

 

Por ese error interpretativo se ha dicho que la Revolución de Mayo fue un movimiento político de oposición a la monarquía española y a España, con la finalidad de crear un gobierno independiente y democrático. Ninguna de esas opiniones concuerda con la realidad. En 1810 Buenos Aires era una aldea de 60.000 habitantes, con sus aledaños, situada en el confín del inmenso mundo imperial, pero con suficiente energía como para afrontar una empresa política muy superior a su poder material. Había calidades, sin duda, en aquellos hombres; un sentido de destino colectivo que nosotros no conservamos con el mismo vigor. Nuestros antepasados dejaron testimonio de grandeza cuando, derrochando heroísmo, enfrentaron y derrotaron la primera y segunda invasión inglesa. También lo tuvieron para declarar la Independencia, para extender la guerra por Sudamérica, etcétera. De esas cúspides hemos ido descendiendo hasta perder el sentimiento patriótico que tenían nuestros mayores.

 

Como no hemos sido capaces de hacer obras que superen a las de los antepasados, repetimos conceptos que ellos pronunciaron con convicción, porque caracterizaban su propia conducta. Cuando decimos "Sean eternos los laureles que supimos conseguir", hay que preguntarse si es cierto, si hemos conseguido laureles por nuestros méritos propios. Creo que no. Ellos sí consiguieron laureles, porque fue la generación que hizo la Revolución de 1810, instauró un gobierno autónomo y luchó en la Guerra de la Independencia.

 

Nuestra Revolución de Mayo es producto legítimo del espíritu español. En España, pongamos por caso, entra el ejército de Napoléon y ocupa Madrid ante el asombro, la confusión y la indignación de sus habitantes. En esas circunstancias trágicas en que se paraliza la reacción, el alcalde de Móstoles, una pequeña aldea cercana a Madrid, declara públicamente la guerra a Napoleón y enciende la hoguera con poco más de un centenar de hombres armados con escopetas, horquillas y agujas de coser colchones. Entre nosotros sucede algo parecido. Buenos Aires, una aldea del Imperio español, se yergue contra el inmenso poder de Napoleón. La desproporción es asombrosa. La Revolución repito, no se hace contra el rey ni contra la España Imperial, sino contra Napoleón, a quien llaman "tirano", y contra la ideología y los hechos de la Revolución Francesa.

 

La interpretación de que en 1810 se produce un cambio total de valores se aplicaría también al problema de la libertad. Los teólogos y juristas españoles dicen que el hombre nunca pierde la libertad, aunque quisiera, porque la libertad está implícita en la naturaleza humana. Así, nuestros antepasados no podían ni querían transformar los principios originarios y fundamentales de su comunidad, que tenía una antigüedad de tres siglos, para jugarla en una aventura política de alcances imprevisibles.

 

La prueba de que respetaron esa estructura es el hecho de que la Junta de Gobierno, que llamamos Junta Patria, gobernó, según propias palabras, "a nombre de Fernando VII". Esa adhesión a Fernando, que era el centro del Imperio y su forma de gobierno, continuaba la tradición histórica.

 

No es fácil que entendamos esa proyección histórica, porque no tenemos conducta histórica. Estamos acostumbrados a la rotación de los hombres de gobierno en períodos breves, sin que exista entre ellos el mismo concepto de ideales nacionales, y por eso cambiamos de dirección continuamente, sin que tengamos una tabla de valores esenciales que debamos cumplir inexorablemente.

 

En 1810, por el contrario, había una idea clara de continuidad. Por eso, la adhesión a Fernando VII no es el acatamiento a su persona, sino que se trata de mantener en él la unidad del Imperio dentro del sistema político y social que le daba subsistencia. Ellos tenían sentido histórico y nosotros no.

 

Cuando hablamos de Historia no nos introducimos en ella con brío vital, sino por preocupación intelectual, y lo importante es que nuestro acercamiento sea vital. Aquellos antepasados nuestros tenían conciencia histórica y por esa convicción pudieron hacer la Revolución. Porque en los grandes sucesos tiene que haber una actitud plena y un convencimiento absoluto.

 

 

La Revolución de Mayo promueve el cambio del gobierno local -la destitución del virrey- no para suplantar a la monarquía, a la cual se jura fidelidad sincera -lo cual no fue una "máscara", como han interpretado con evidente error la mayor parte de nuestros historiadores, que confundieron los fines de la Revolución-. El propio Mariano Moreno, para citar el caso al que más se recurre para justificar la supuesta implantación de la democracia, en artículos publicados en "La Gaceta" de Buenos Aires -periódico oficial de la Junta Patria-, propone que se dicte una constitución para el "deseado Fernando". La misma Junta -"a nombre de Fernando VII"-, en diversos comunicados que en su mayoría se publicaron en "La Gaceta", proclama fidelidad al monarca español cautivo de Napoleón. La Junta es una especie de regencia del rey en el Río de la Plata, sustitutiva del virrey, que asume la soberanía del rey, llamado también soberano, y no la soberanía del pueblo. Esta solución no era improvisada; tenía realidad jurídica y doctrinaria.

 

Las obras jurídicas españolas que en esa época usaban los abogados de América reconocen el derecho de que faltando el rey, la potestad vuelve a la comunidad, que suple la vacancia; esto deriva del principio de que el poder de gobernar se origina en la comunidad. Y aunque se admite que el rey gobierna "por la Gracia de Dios", esto no quiere decir que Dios lo haya nombrado directamente, sino que recibió el poder a través de la comunidad en la cual Dios infundió en cada individuo el derecho a ser elegido.

 

 Los historiadores han encarecido la filiación democrática de la Revolución de Mayo, y sobre todo la intención de Mariano Moreno a favor de ese sistema de gobierno, inspirado en Rousseau. Es verdad que Moreno fue epígono de Rousseau, pero éste no exaltó la democracia como el mejor sistema de gobierno. Lo que Rousseau y Moreno defendieron fue la "República" que, como dice el propio Rousseau, se puede dar con cualquier sistema de gobierno, ya sea monarquía, aristocracia o democracia, con tal de que tenga el consentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Esto es lo que se llama "República".

 

Sin duda, es un error garrafal considerar a Rousseau como el penegirista de la democracia y el detractor de la monarquía. Rousseau, a quien se atribuye la paternidad de la democracia moderna, no fue su defensor, pues dice en el "Contrato Social"  que no hay gobierno más dado a las disensiones y guerras domésticas que el democrático o popular, porque todos quieren mandar y quienes están en el gobierno no lo quieren soltar. Sucede que uno de los problemas de la democracia es la igualdad. Somos iguales desde el punto de vista jurídico, pero somos distintos, dado que de cada hombre hay un solo ejemplar; dentro de la multitud, cada persona es un ser inconfundible. Afirma Rousseau que "si existiera un país de dioses -es decir, todos iguales- se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no es para hombres". Este es el juicio de Rousseau sobre la democracia, muy distinto, por cierto, al que suelen enseñar los profesores de esa asignatura anodina que llaman "Educación Democrática".

 

Creo que con lo dicho han quedado en claro los planteos generales, es decir, el panorama que se abre para los hombres de Mayo de 1810 en Buenos Aires: establecer un gobierno para cubrir la acefalía producida por la caída del gobierno español de la península.

(...)

 

Roberto Marfany y Federico Ibarguren, La Revolución de Mayo, en AA. VV., "Historia Argentina", Editorial de Belgrano, 1977, Buenos Aires, pp. 11-16

 

Tomado de: http://ccidentidadnacional.blogspot.com.ar/2015/05/revolucion-de-mayo-los-mitos-de-la.html

 


martes, 18 de mayo de 2021

Intervención anglo-francesa en el Rio de la Plata: Motivaciones y repercusión.

 

Por: Andrea Grecco de Alvarez

De todos los conflictos externos que debió enfrentar la Confederación Argentina en la época de Rosas, probablemente los peores hayan sido el bloqueo francés del puerto de Buenos Aires de 1838-40 y el bloqueo anglo-francés de 1845-49.  

Los móviles

La penetración imperialista era parte de la política implementada por su parte, y por motivos diferentes tanto en Inglaterra como en Francia.  En Inglaterra, la antinomia entre whigs y torys había sufrido algunas transformaciones que tendrán influencia en los sucesos del Plata. Los whigs sustentaban su política en las clases financieras e industriales. Los torys habían estado tradicionalmente vinculados a los intereses de los  terratenientes, sin embargo desde 1832, y habiendo comenzado a emplear la denominación de “conservadores”, empezaron a oponer a la política whig “un entusiasmo patriótico, imperial, basado en la posición de Inglaterra como nación rectora del mundo”1. También los whigs se habían transformado, preferían llamarse “liberales” y si bien seguían apoyándose como los viejos whigs en los comerciantes e industriales, “ponían el acento en lo nacional más que en la defensa de su clase. Su imperialismo era la preeminencia de toda Inglaterra, no de una clase social inglesa”2. Sin embargo, sí había una diferencia entre el imperialismo de liberales y conservadores. El de los primeros, era un imperialismo que fincaba su importancia “en el poderío económico, asentado sobre una necesaria, pero prudente, influencia política”3. El de los segundos, era una concepción de imperialismo “más territorial […] al dominio económico o financiero lo tenía por una etapa para la posesión física de los países poco desarrollados […] que la preponderancia de la marina inglesa ponía a su alcance”4. 

 Esta diferencia de concepción imperialista tuvo sus efectos cuando a partir del 30 de agosto de 1841 el primer ministro William Lamb, vizconde de Melbourne (whig), fue reemplazado en el gabinete de la reina Victoria I por el baron Robert Peel (conservador), quien permaneció en su cargo hasta el 29 de junio de 1846. Con Melbourne, Henry John Temple, vizconde de Palmerston, había ocupado la Cancillería que ahora en el Gabinete de Peel, ocuparía el conde de Aberdeen, George Hamilton-Gordon.

Fue esta dupla formada por Peel y Aberdeen la que impondría un nuevo rumbo a la Política Británica. Un claro ejemplo de los nuevos procedimientos fue la primera guerra del opio contra China, que iniciada por Palmerston con el bloqueo del puerto de Cantón, fue llevada al extremo por Peel y Aberdeen en 1841-1842. El reclamo era la “defensa de la libertad” de vender opio en China, al decir de José María Rosa. Inglaterra procedió por medio de un Bloqueo naval, ocupación de distintos puntos en la costa, el envío de una escuadra con 15 buques de guerra, 4 vapores y algunos transportes con 6000 infantes de marina, penetración por el río Kiang, ocupación de Shangai y amenaza de ataque a la ciudad de Nanking. El emperador terminó cediendo por el Tratado de Nanking del 29 de agosto de 1842, China permitió la libre venta de opio, indemnizó con seis millones de dólares de plata a los comerciantes ingleses (vendedores de opio) cuya mercadería había sido quemada por orden del emperador, pagó los gastos de guerra (12 millones), cedió la isla de HongKong a perpetuidad (aunque en 1984 se pactó que se devolvería en 1997) y factorías en Shangai, Cantón, Xiamen, Foochow, Ningbo donde podían almacenar los productos para realizar las ventas 5.  Por su parte, Francia desde la primera de las llamadas revoluciones liberales (1830) estaba bajo el reinado de Luis Felipe de Orleáns. Una monarquía constitucional, cuyo rey era un aristócrata liberal revolucionario, y en la que el poder recayó en manos de la gran burguesía de negocios. Los hombres que habían hecho la revolución querían acción, movimiento adentro y afuera. Luis Felipe, que conocía Europa, se dio cuenta del peligro que podía entrañar por una temeraria política exterior, provocar la reunión de los aliados y reavivar el Tratado de Chaumont (Austria, Rusia, Prusia y Reino Unido en la sexta coalición). Tomó el partido de la moderación. Así sería acusado de ser esclavo de los tratados de 1815 6. Los tratados de Viena habían reducido las fronteras de Francia a las de 1790, había perdido el terreno ganado por los ejércitos revolucionarios entre 1790 y 1792, se habían visto obligada a pagar 700 millones de francos en concepto de indemnizaciones y manutención de los  ejércitos aliados de ocupación de 150.000 soldados. 

Probablemente para compensar esa política conservadora y pacífica contraria a las esperanzas de los revolucionarios es que se intentara una política exterior agresiva pero lejos del centro de poder europeo, en África o en América. Fue en esa época cuando, aprovechando de Inglaterra estaba ocupada con los conflictos en los Países Bajos,  inició Francia la colonización de Argelia (hasta 1962). Sin embargo, poco le reportó a Luis Felipe esta conquista. “¡Qué pobre e irrisoria compensación parecía entonces Argelia al lado de las conquistas perdidas de la República y el Imperio!”7

 Así oprimida, “ansiosa por vengar la derrota de Waterloo, impotente para volverse contra quienes se la habían infligido, aquejada de un belicismo resumido, había resuelto desahogarse con los nacientes Estados de Hispanoamérica”8. Así, inició en México “la guerra de los pasteles”. Bajo la excusa de supuestas injusticias para con unos ciudadanos franceses establecidos en México, y en medio de una gran crisis nacional en ese país. Los franceses adoptaron una posición especialmente exigente, acumulando quejas y demandando, con prepotencia, solución a situaciones en muchos casos dramatizadas. El canciller francés Louis Mathie Molé ordenó a su ministro en México, Antoine Louis Deffaudis, presentar un ultimátum para el pago de una indemnización global de 600 mil pesos; por supuesto, esa cantidad era impensable para las arcas mexicanas y además el Gobierno se resistía a reconocer tal abuso porque no se sentía responsable  de los disturbios políticos. En febrero de 1838 cuando la amenaza se vio convertida en realidad, pues una escuadrilla francesa a las órdenes del comandante Bazoche arribó a Veracruz, apostando a conseguir con la fuerza de los cañones lo que no había logrado el poder de la palabra. Luego de dos meses, el rey Luis Felipe, decidió enviar más fuerzas navales para responder a los agravios  contra sus súbditos. Deffaudis dirigió un ultimátum al Gobierno mexicano, con lenguaje duro y altivo, ensalzando la benevolencia de Francia y echando en cara a los mexicanos el desdén con que trataban sus reclamaciones. El Gobierno del presidente Anastasio Bustamante declaró que no entraría en negociaciones formales mientras la escuadrilla francesa estuviera en Veracruz. El 16 de abril, el comandante de la escuadra francesa declaró el bloqueo de todos los puertos de la República. Posteriormente, bombardeó el Fuerte de San Juan de Ulúa. Dado que las circunstancias bélicas afectaban también otros intereses, concretamente los de los comerciantes ingleses, estos decidieron mostrar la fuerza de su flota —que ancló en Veracruz a fines de 1838 con 11 barcos dotados de 370 cañones—, con la intención de forzar a los franceses a negociar la paz. Así, con la mediación inglesa el 9 de marzo de 1939, se firmó un tratado de paz por el cual los franceses devolvían el castillo de San Juan de Ulúa; México prometía anular los préstamos forzosos y pagar 600 mil pesos de indemnización; ambos países se concedían el trato de nación más favorecida y entraban en negociaciones para firmar un tratado de comercio. 

Igualmente, Francia formuló reclamaciones en Ecuador y Chile, las que según la cancillería chilena implicaban “establecer un nuevo e inaudito derecho internacional en estas regiones”. “Y cuando vio a Rosas en 1838 rodeado de dificultades internas y externas creyó posible cosechar fáciles laureles imponiendo a la Argentina, por las buenas o por las malas, una capitulación”9  al estilo de las que habían logrado en el norte de África. 

El bloqueo decretado por el almirante Leblanc afectaba a Rosas en la base de su poder, como máximo representante de los terratenientes exportadores de frutos del país. “Pero el caudillo –observa Irazusta– ya se había elevado a la comprensión de los intereses nacionales, superiores a los de una sola clase”10. Rosas se resistió y salió airoso de la prueba con lo que consolidó la confederación empírica que estaba organizando y con ella afianzó la unidad del país.

Inglaterra, con sus afanes imperialistas de nuevo tipo que ya hemos descripto, y siempre atenta a que el Río de la Plata no quedara bajo la jurisdicción de un solo Estado hispanoamericano, vacilaba en intervenir ante la firmeza de Rosas y el exceso de  cuestiones que tenía entre manos. Extendía su penetración en India y China, trataba de evitar la absorción de Texas y Oregón por los Estados Unidos. Pero, explica Irazusta, que cuando Francia se negó a hacerle el juego en América del Norte, pero aceptó hacerlo en América del Sur y vio llegar a Londres al vizconde de Abrantes y a Florencio Varela, por los gabinetes de Río de Janeiro y Montevideo, que pedían su intervención civilizadora ya no dudó más:  

Decidióse a emprenderla con aquel gaucho ingenuo que se tomaba en serio lo de una independencia argentina cuya consolidación ella se había esmerado tanto en estorbar. Con la ayuda de Francia se propuso arrancarle a Rosas la libre navegación de los ríos interiores de la Confederación, el reconocimiento de la independencia paraguaya, la separación de Corrientes y si era posible Entre Ríos, como etapa inicial de una penetración que podía extenderse hasta donde luego lo permitieran las circunstancias11.

El método de acción directa había dado excelentes resultados a la política británica en China, esto mismo es lo que intentará en el Río de la Plata. Por su parte Francia, como ya hemos dicho, encontraba obligatorio hacer algo grande en América, ya que no podía moverse en Europa, y esto era vital para reflotar la imagen alicaída de la monarquía burguesa nacida de la Revolución del ’30.

Lo que no tuvieron en cuenta las potencias interventoras es que la Confederación había alcanzado con Rosas un grado de solidez que la hacía apta para afrontar la resistencia.   

La repercusión de los acontecimientos

Hemos trabajado con los periódicos de la región cuyana y hemos visto el eco que estos conflictos tuvieron en estas tierras. En Mendoza la Ilustración Argentina en su n. 3 de agosto de 1849 escribía:

Las hostilidades que en 1838 promoviera la Francia fueron injustas por parte de aquella Potencia –Los Agentes Franceses exigieron que el Gobierno Argentino derogase una ley de la República en 1821, administración de D. Martín Rodríguez, cuyo principios calificaron de “absurdos y contrarios al derecho de gentes”12. El General Rosas rechazó esta pretensión ofensiva a la Independencia y soberanía de la Nación y sostuvo “que la república Argentina puede darse sin intervención de Francia, las reglas de conducta que los individuos de esta sociedad deben tener unos para con otros y para con toda ella y las que determinan la posición social de los Extranjeros que se establecen en su territorio”13. Los Agentes Franceses recurrieron entonces a las armas y la Confederación dignamente presidida por el General Rosas, concurrió a defender sobre el campo de batalla los derechos de Nación Independiente y libre, que ya había sostenido con ventaja en el de la discusión y del derecho14.

Más adelante refiriéndose al Bloqueo Anglo-Francés expone:

Últimamente la intervención Anglo Francesa bajo especiosos pretextos, pretendió destruir en el Plata la Independencia de las Repúblicas Americanas. Negó a estas el ejercicio del derecho de bloqueo, quiso arrebatarles por la fuerza la navegación de sus ríos interiores y sujetarlas a la prepotencia Europea. –El Ilustre General Rosas fiel a las inspiraciones del Pueblo que preside y a las exigencias del honor nacional, resistió aquellas injustas agresiones del Poder Extranjero, y entre el aplauso de los hombres libres y de las Naciones, salvó la Independencia Americana y la Soberanía de su Patria 15.

En San Juan, El Honor Cuyano, se publicaba mientras el país se encontraba inmerso en el Conflicto Anglo-francés. Desde su primer número del 12 de febrero de 1846 se ocupa del Conflicto a través de artículos o por la publicación de correspondencia o documentos públicos relativos “sobre un asunto en que estando formalmente empeñado el honor de todo americano y principalmente de los argentinos, debe ser para todos de su mayor interés”16. 

Nadie en América quiere la influencia europea: ningún bien queremos por grande que sea siempre que se nos ofrezca con condiciones tan viles y tan infames; ningún beneficio que venga por manos alevosas nos será provechoso. No queremos nada que venga de esa Europa tal cual se nos está representando: no queremos su comercio, no queremos sus artes, no queremos sus leyes, detestamos su civilización y sus progresos porque vienen sirviendo de taco a sus cañones, y porque la civilización es obra de la persuasión y del convencimiento. Las Leyes para ser estables las ha de sancionar el pueblo en el pleno goce de su libertad, y los franceses e ingleses no son pueblo en América, son invasores, conquistadores, son unos piratas sin fe y sin humanidad 17.

Dos preguntas retóricas inician un nuevo párrafo. “¿Con qué derecho quieren hacernos tantos bienes? ¿Para qué nos buscan si somos bárbaros?”. Lo que da el pie para argumentar acerca de que es preferible la barbarie a la esclavitud. La Argentina y América, afirma, harán con sus ríos lo que quieran porque tienen sobre ellos el dominio que le ha dado la naturaleza y el Creador. Son de América, están en su territorio y por lo tanto bajo el dominio de la voluntad de sus habitantes por  lo tanto “nada tiene que hacer la Europa en la propiedad ajena”18. 

En el n. 14 se transcriben las cláusulas secretas del Tratado de Verona de 1822 en que la Santa Alianza formada por Austria, Francia, Prusia y Rusia se comprometían a impedir que en cualquier país se imponga un sistema de gobierno representativo, fiel a la máxima de la soberanía popular, incompatible con los principios monárquicos y de derecho divino. En el comentario del documento, sostiene que encontramos en este documento un motivo más de la injerencia europea en el Río de la Plata. Más adelante, al pasar revista a los periódicos europeos señala que los periódicos ingleses “gritan traición y pretenden que interviniendo en el Plata, la Francia y la Inglaterra no han hecho sino ceder a las instigaciones urgentes del Gabinete de Río de Janeiro”19.

El n. 15 se inicia dando por sentado que habrá paz, que las naciones interventoras han vuelto sobre sus pasos, que se obtendrá justicia y reparación de los agravios. En la revista de periódicos americanos da a conocer un hecho lesivo de la soberanía e independencia del Perú protagonizado por el Encargado de Negocios de S.M.B. en Lima, Guillermo Pitt Adams. Se trata de una reunión en la Bolsa Extranjera presidida por el citado Encargado de Negocios bajo el título de Tribunal de Investigación. El Gobierno de Perú ha respondido con un decreto en el cual afirma los derechos y deberes de los representantes de las Naciones Extranjeras y niega rotundamente que tengan atribución alguna para instalar y/o presidir tribunales. Se publican algunas cartas sobre el tema y el citado decreto.   

En el n. 17 de El Honor Cuyano, aparecen un par de cartas del General San Martín acerca del bloqueo anglo-francés. La primera es una respuesta a un comerciante inglés. La segunda va dirigida al General Juan Manuel de Rosas. Jorge Federico Dickson, prominente comerciante inglés, conocedor de la inteligencia del Libertador, le dirige una carta requiriendo su opinión sobre la intervención. San Martín, sin pérdida de tiempo le responde el 20 de diciembre de 1845  con un brillante análisis:

Nápoles, diciembre 20 de 1845.

Mi querido Señor! He sido informado de sus deseos por tener mi opinión sobre la presente intervención de la Inglaterra y la Francia en la República Argentina y tengo por consiguiente, no solo mucho placer en dársela a Ud. sino que lo haré con la franqueza de mi carácter y con la más perfecta imparcialidad, sintiendo únicamente que el mal estado de mi salud, no me permite entrar en tantos detalles como exige este negocio importante.

No considero necesario investigar la justicia o injusticia de la dicha intervención, o los resultados dañosos que tendrá para los súbditos de ambas naciones por la paralización absoluta de sus relaciones comerciales, como también por la alarma y desconfianza que la intervención de dos naciones europeas en sus contiendas domésticas, debe naturalmente haber despertado en los estados nacientes de Sud América. Me limitaré a investigar si las naciones que se interponen, conseguirán realizar, por las medidas coercitivas que hasta hoy se han adoptado el objeto que se han propuesto: la pacificación de ambas márgenes del Plata. Y yo debo manifestar a Ud. mi firme convicción de que no lo conseguirán; mas al contrario, su línea de conducta hasta el presente día, sólo tendrá el efecto de  prolongar hasta el infinito los males que proponen poner fin, y ninguna previsión humana podrá fijar el término de la pacificación que anhelan. Me explicaré más extensivamente.

La firmeza del carácter del Jefe que está actualmente a la cabeza de la República Argentina es conocida de todos, como igualmente el ascendiente que posee en las vastas llanuras de Buenos Aires y en las otras  provincias y, aunque no dudo de que en la capital podrá tener un número de enemigos personales de él, estoy persuadido de que, ya sea por orgullo nacional, o por temor, o por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero, cierto es que todos se unirán y tomarán una  parte activa en la lucha. Además, es necesario recordar (como la experiencia ya ha demostrado) que la medida de bloqueo ya declarada no tiene el mismo efecto sobre los Estados de América (y menos que en ningún otro sobre el argentino) como lo tendría en Europa. Esta medida afectará únicamente a un corto número de propietarios, pero a la masa del pueblo, ignorante de las necesidades de los europeos, la continuación del bloqueo será materia de indiferencia.

Si los dos poderes determinasen llevar más adelante sus hostilidades, es decir, declarar la guerra, no tengo duda que con más o menos pérdidas de hombres y dinero podrían obtener la posesión  de Buenos Aires (aunque el tomar una ciudad resuelta a defenderse, es una de las más difíciles operaciones de la guerra;) pero aún después de haber conseguido esto, estoy convencido que no podrán conservarse por ningún tiempo en la Capital. Se sabe bien, que el alimento principal, o casi podría decir  único del pueblo, es la carne; como igualmente que con la mayor facilidad, se puede retirar todo el ganado, en muy pocos días, muchas leguas al interior, como también los caballos y todos los  medios de transporte. En una palabra, que se puede formar un vasto desierto, impracticable al tránsito de un ejército Europeo, que se expondría a tanto mayor peligro cuanto más crecido fuese su número.

En cuanto a seguir la guerra con el auxilio de los mismos nativos, estoy segurísimo  que corto ciertamente será el número que se una a los extranjeros.

Finalmente con una fuerza de siete u ocho mil hombres de la caballería del país y veinticinco o treinta piezas de artillería volante, que el General Rosas mantendrá con la mayor facilidad, podrá perfectamente, no solo sostener un sitio riguroso de Buenos Aires, sino también impedir que ningún Ejército europeo de veinte mil hombres penetre más de treinta leguas de la capital sin exponerse a ruina total, por falta de recursos necesarios. Tal es mi opinión, y la experiencia probará que es bien fundada, a no ser, (como se debe esperar) que el ministerio inglés cambie sus políticas.

Me aprovecho de esta oportunidad para asegurar a Ud. que quedo etc.

[Firmado] –José de San Martín

(Del Morning Chronicle febrero 12 de 1846)20.

Esta carta de San Martín fue publicada en Europa el 12 de febrero de 1846 en el Morning Chronicle de Londres y causó gran revuelo. Luego se publicó en Paris en el La Presse, cuyo director Emilio Giradín admiraba el genio y la actuación de Rosas que se enfrentaba a las dos potencias. El General San Martín resalta las consecuencias deplorables de la intervención para las potencias agresoras, la prevención que suscitarán en el resto de los Estados Americanos y la imposibilidad de triunfo anglo-francés. Con su característico realismo para juzgar a las personas y las cosas, se explaya en la idiosincrasia de su población y las características geopolíticas de la Argentina que le aseguran el triunfo. Asimismo, remarca la firmeza del Gral. Rosas como conductor de esta situación y su popularidad, que aseguran el concurso de los ciudadanos. Finalmente, insinúa que lo más conveniente para las naciones interventoras sería rever sus políticas en la región. Estos conceptos son los que resalta el redactor en su introducción a las cartas:

El General San Martín, ajeno de pasiones de partido, retirado del teatro de la lucha y vinculado más que otro alguno a las glorias de su Nación, puede fallar con certeza en la presente materia. Conocedor del carácter intrépido y valeroso de sus compatriotas, como que los ha conducido tantas veces a los campos del honor, y no menos conocedor de las localidades y los recursos del país para poder conjeturar hasta qué punto podría subsistir un ejército extranjero en él 21.  

Se publican también las cartas de San Martín a Rosas y de este al Gral. San Martín. El redactor remarca además, el hecho de que los Parlamentos de las naciones agresoras como la prensa de ambas naciones acosan a sus Ministros por el reclamo repetido de humanidad y justicia. 

El n. 18 da un relato pormenorizado de la misión Hood para lograr el arreglo pacífico con Inglaterra y Francia. En el siguiente continúa con el relato de la misión pacificadora y los términos en que se está tratando la paz. 

 Señala más adelante, que se dice que América debe imitar el ejemplo de Inglaterra, de Francia, de Estados Unidos que han logrado un estado de desarrollo y de progreso. Debemos imitarlos, asevera, dispensando una protección benéfica y útil a nuestra naciente industria. Y entonces expone:

Esto es lo que los Estados Unidos, la Francia, la Inglaterra, Alemania y todos los pueblos del mundo hacen; y nosotros siguiendo su ejemplo y haciendo uso de nuestros derechos soberanos queremos también hacer: criar nuestra industria y riqueza preservándolas de un aniquilamiento y muerte cierta y prematura, cual sería consiguiente a esa libre navegación y comercio como lo predican los injustos enemigos de la República 22.

 Algunas reflexiones ante el Conflicto Internacional 

 Tomás de Anchorena era el Ministro de Relaciones Exteriores cuando se suscita el primer conflicto con Francia. Irazusta sostiene que Anchorena observa que los problemas que se presentan con Francia como un plan para encontrar pretextos. De ese modo, Francia se asegura entrar en conflicto con la finalidad de demostrar su superioridad naval y así subyugar a los países pequeños, como antes lo habían hecho en Europa. Que al no conseguir ese dominio, “buscan la camorra para terminarla en un convenio, que les dé por las malas lo que antes fingían buscar por las buenas”23. Que la pretensión de excluir a los franceses del servicio militar es inadmisible pues los franceses domiciliados en la Confederación deben ajustarse a las Leyes de esta. Que si se admitiese ese  derecho, “sucederá que cada cónsul extranjero será un reyezuelo en nuestro país, y nuestro gobierno su corchete o criado”24. 

 Pero lo más importante que Anchorena aconseja a su primo Rosas es que: 

cualquiera sea el medio de terminación que se estime conveniente, la república ha de quedar plenamente libre para admitir o suspender conforme crea convenir a sus intereses el convenio con Francia, admitir o no sus buques en nuestros puertos y la introducción de sus frutos y anufacturas; admitir o no a los franceses, que quieran venir a ella; permitirles o no establecerse dentro de su territorio; y dictar las condiciones con que quiera admitirlos, y permitirles su establecimiento, quedando Francia por la recíproca libertad de hacer otro tanto 25.

 O sea que la Confederación no quede en modo alguno, obligada a dispensar un tratamiento u otro. En una palabra, que se mantenga soberana, habida cuenta de que –como explica Irazusta–  la  soberanía no es una mera palabra, el sonido de una voz sino “la designación verbal de relaciones vitales, para cuyo amparo los Estados rigen a las comunidades humanas”26. 

Con la soberanía no sólo se defienden intereses materiales, sino muy especialmente intereses morales, el honor, y esto es la llave de bóveda de una comunidad que quiere vivir no de cualquier manera sino como una nación independiente. 

 En esta línea se ubica el consejo de Anchorena a Rosas y en esta también el comentario de la Ilustración Argentina cuando refiere que “la Confederación […] concurrió a defender sobre el campo de batalla los derechos de Nación Independiente y libre, que ya había sostenido con ventaja en el de la discusión y del derecho”27.

Esta custodia de los intereses morales que comporta la salvaguardia de la soberanía hace que, aún en el caso del fracaso en la defensa por las armas (tal como ocurrió en la Batalla de la Vuelta de Obligado en la posterior intervención Anglo-Francesa), la nación conserva en el hecho más de lo que se ha perdido en derecho, ya que el adversario que ha obtenido una costosa ventaja de principio, mirará dos veces antes de aprovecharla concretamente, mucho más que si la obtiene con una simple intimación. Es lo que ocurrió en dicha intervención y por esto es que, a pesar de la victoria parcial de los coaligados en el campo de Batalla, finalmente se rindieron al respeto de la  soberanía argentina. 

Esta es la razón por la que la defensa de la soberanía comporta grandes beneficios a la Nación aun cuando no pueda lograrse el éxito. Por ello, Anchorena decía a Rosas que la Argentina defendiendo todos sus derechos “hasta con el último aliento de la vida de todos y cada uno de los argentinos, jamás podrá perder tanto como perdería cediendo en lo más mínimo de nuestros principios”28.  

Julio Irazusta en disenso con las opiniones de otros historiadores considera que existió una inteligencia verdaderamente argentina que acompañó a Rosas, que formaban un equipo y que elaboró una doctrina política. Esta fue expresada en la Legislatura de Buenos Aires, en las notas oficiales y en los periódicos oficiosos. Dicha doctrina expone acerca de la amenaza imperialista y la fuerza que dispone el país para rechazarla exitosamente. Incluso, observa el autor, que todos los rasgos que el pensamiento histórico más avanzado atribuyó en sus tiempos y en los nuestros a la expansión anglo francesa en el mundo entero, fueron señalados por los argentinos más esclarecidos29. En este mismo sentido, señala Caponnetto que Rosas eligió como colaboradores “a quienes creyó capacitados para sus cargos y los hizo prestar patrióticos servicios, durante largos años, sin apartarse de sus metas ni de su tradicional jerarquía de valores. Integraron juntos un equipo de trabajo político, cuyo rumbo lo fijaba el Gobernador”30. 

Sobre la amenaza imperialista advirtieron: las habilidades de la diplomacia para desarmar la vigilancia de los territorios a conquistar, el arte de dividir para reinar, los móviles económicos ocultos detrás de las razones que se explicitan. En los periódicos cuyanos advertimos estos puntos de la doctrina política toda vez que señalan con insistencia la generación de conflictos diplomáticos que producen distracciones de lo verdaderamente importante; el papel que les cupo a los unitarios como agentes del poder extranjero para generar divisiones y luchas internas; los verdaderos intereses económicos y de dominio material de nuestras fuentes de riqueza disfrazados tras los argumentos del progreso y la civilización.   

“Si clarividentes para examinar el peligro, nuestros grandes espíritus no lo fueron menos para mostrar el modo de enfrentarlo”31, dice también Irazusta. 

 Así fue que cuando, al fin, Rosas logró vencer a los enemigos externos e internos consiguió detener el proceso de disgregación nacional, “en rigor, las fronteras del país que conocemos quedaron definidas en buena medida por la acción de Rosas”32. Los unitarios privilegiaron sus ideas a la cuestión territorial. Los federales dieron prioridad a la unidad territorial, que tiene el valor de lo permanente33. La Gran Argentina era posible, si esto no fue así, se debió en gran medida a la acción perseverante de los partidarios de la pequeña Argentina que para lograr sus fines, obviamente siempre encontraron aliados extranjeros a cuyos intereses convenía este cambio de destino para la Argentina.  

Fuentes Primarias

Ilustración Argentina (1849) Mendoza, 1 de agosto, n. 3, p. 88, col. 2.

El Honor Cuyano (1846) San Juan, 12 de febrero 1846, p. 8, col. 2.

El Honor Cuyano (1846) San Juan, 7 de marzo, n. 3, p. 4, col. 2.

El Honor Cuyano (1846) San Juan, 5 de setiembre, n. 14, p. 5, col. 1.

El Honor Cuyano (1846) San Juan, 30 de octubre, n. 17, p. 5, col. 2, p. 6, col. 1 y 2.

 

Bibliografía Consultada

BAINVILLE, J. (1981) Historia de Francia, Buenos Aires: Dictio.

CAPONNETTO, A. (2013),  Notas sobre Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires: Katejón.

DÍAZ ARAUJO, E. (2010) Argentinos en Chile (1844-1854). La Plata: Universidad Católica de la Plata.

IRAZUSTA, J. (1968) “Alberdi en 1838 – Un trascendental cambio de opción práctica” en: Ensayos históricos, Buenos Aires: EUDEBA.

IRAZUSTA, J. (1979) Tomás de Anchorena o la emancipación a la luz de la circunstancia histórica. En: De la epopeya emancipadora a la pequeña Argentina, Buenos Aires, Dictio.

MASSOT, V. (2005) La excepcionalidad argentina; Auge y ocaso de una Nación, Buenos Aires: Emecé.

ROSA, J. M. (1965) Historia Argentina, Buenos Aires: Granda.

TERNAVASIO, M. (2009) Historia de la Argentina 1806-1852, Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

 

Notas:

1  ROSA, J. M. (1965) Historia Argentina, Buenos Aires: Granda, t. V, p. 15.

2  Ibidem.

3 Ibidem, p. 16. 

4 Ibidem.

5 Ibidem, p. 17.

6 BAINVILLE, J. (1981) Historia de Francia, Buenos Aires: Dictio, p. 341

7  Ibidem.

8 IRAZUSTA, J. (1979) Tomás de Anchorena o la emancipación a la luz de la circunstancia histórica. En: De la epopeya emancipadora a la pequeña Argentina, Buenos Aires: Dictio, p. 327.

9  Ibidem.

10  Ibidem.

11  Ibidem, p. 330.

12 El artículo aclara en nota al pie que esta expresión está tomada del ultimátum del Cónsul Roger al Gobierno Argentino datado a bordo de la fragata Minerva a 13 de setiembre de 1838.

13 El redactor también aclara en nota al pie: Contestación del Gobierno Argentino al Cónsul Francés fecha 18 de octubre de 1838. 

14 Ilustración Argentina (1849) Mendoza, 1 de agosto, n. 3, p. 88, col. 2.

15 Ibidem, p. 89, col 1.

16 El Honor Cuyano (1846) San Juan, 12 de febrero 1846, p. 8, col. 2.

17 El Honor Cuyano (1846) San Juan, 7 de marzo, n. 3, p. 4, col. 2.

18  Ibidem, p. 5, col. 1.

19 El Honor Cuyano (1846) San Juan, 5 de setiembre, n. 14, p. 5, col. 1.

20  El Honor Cuyano (1846) San Juan, 30 de octubre, n. 17, p. 5, col. 2, p. 6, col. 1 y 2.

21 Ibidem, p. 4, col. 1.

22 Ibidem, p. 4, col. 2.

23 IRAZUSTA, J. (1979) Op. Cit., p. 317. Por el contrario TERNAVASIO, M. (2009) Historia de la Argentina 1806-1852, Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores; sostiene una posición más afin a la historiografía tradicional liberal en el tema de las causas de la intervención extranjera. La autora considera que el unanimismo rosista había logrado extender el orden y la paz al conjunto de la Confederación. Los conflictos y las mayores amenazas “luego de 1843 estuvieron ubicados fuera de las fronteras de la república unanimista. Montevideo fue el centro de una disputa” que involucró a los exiliados, al gobierno oriental y a las fuerzas extranjeras. El sitio de la capital oriental mantenido por las tropas de Oribe –que duró nueve años– “estuvo apoyado por la intervención de Rosas al intentar bloquearla con su escuadra”. Para la autora esta fue la causa que “desató la reacción de Francia e Inglaterra que, en esta ocasión, decidieron llevar a cabo un bloqueo conjunto para defender los intereses de los países neutrales, perjudicados en sus negocios con el puerto oriental”. Ante la negativa de Rosas de retirar su escuadra, la flota anglo-francesa bloqueó el puerto de Buenos Aires. La estrategia de resistencia volvió a dar sus “frutos a un régimen que no dejaba pasar ninguna de estas ocasiones para convertir las aparentes derrotas en victorias. Con el levantamiento del bloqueo, Rosas logró, entre otras cosas, que frente al constante reclamo de la libre navegación de los ríos, las potencias admitieran que la navegación del río Paraná era un problema interno a la Confederación”.

24  Cit. en IRAZUSTA, J. (1979), Ibidem. 

25  Ibidem.

26 IRAZUSTA, J. (1968) “Alberdi en 1838 – Un trascendental cambio de opción práctica” en: Ensayos históricos, Buenos Aires: EUDEBA, p. 151.

27  Ilustración Argentina (1849) Mendoza, 1 de agosto, n. 3, p. 88, col. 2.

28  IRAZUSTA, J. (1979), Op. cit., p. 318.

29 Ibidem, p. 331.

30 CAPONNETTO, A. (2013),  Notas sobre Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires: Katejón, p. 74. El autor se explaya en las páginas 74 a 77 dando respuesta a autores que juzgan revolucionario a Rosas por tener como ministros a Vicente López y Planes, Tomás Guido, Manuel Moreno, Manuel de Sarratea, Felipe Arana, listado al que podríamos agregar los nombres de Baldomero García y Carlos María de Alvear. “Cierto e innegable es que la selección de los ministros del Príncipe califica su tino y sus proposiciones. Pero no hay una regla inamovible, según la cual, subordinados ideológicamente cuestionables al servicio de una autoridad ejemplar, sigan siendo objetables; o, contrariamente, sujetos probos no puedan echarse a perder trabajando para jerarcas desquiciados. De ambos casos se nutre la historia universal y aún la argentina” (p. 74). Uno de esos ejemplos puede ser el de los liberales argentinos exiliados durante la época rosista quienes al servicio de una autoridad ordenadora trabajaron para el Gobierno chileno bajo el sino de Portales en un sentido bien distinto del que después emplearían en nuestro país. Cfr. DÍAZ ARAUJO, E. (2010) Argentinos en Chile (1844-1854). La Plata: Universidad Católica de la Plata.

31  Ibidem. 

32 MASSOT, V. (2005) La excepcionalidad argentina; Auge y ocaso de una Nación, Buenos Aires: Emecé,  p. 115.

33  Ibidem, p. 116.