martes, 28 de febrero de 2023

Sebastián Sánchez: “Una dimensión no abordada de la guerra de Malvinas es la presencia de sacerdotes en las islas”

 


Por Claudia Peiró

En este año del 40 aniversario de la Guerra de Malvinas, la Cancillería argentina, siguiendo las modas del momento, decidió resignificar -según el término también en boga- ese acontecimiento histórico desde la perspectiva de género y -no podía ser de otro modo- se habló de invisibilización de la mujer en Malvinas, por la presencia, en el teatro de operaciones y en actividades auxiliares de 16 mujeres.

Existe en cambio otra invisibilización que no mereció comentario oficial y es la de los 22 sacerdotes que asistieron a los soldados en el terreno y durante todo el conflicto. Como explica Sebastián Sánchez, autor de El Altar y la Guerra. Los capellanes de la gesta de Malvinas (Grupo Argentinidad, 2022), no se cercena sólo la memoria de esos capellanes sino toda la dimensión espiritual de la guerra. El silencio sobre el lugar de la fe y de la religión en Malvinas es un aspecto más de la desmalvinización que comenzó el mismo día que terminó la guerra.

Sánchez no se limita a reconstruir la historia de cada uno de los capellanes militares y sacerdotes voluntarios en Malvinas, sino que recorre también la doctrina de la Iglesia ante la guerra, el origen del oficio de capellán y, sobre todo, el lugar que ocupó la fe católica a lo largo de toda nuestra historia.

La posguerra y la desmalvinización también son materia de esta investigación que apeló a archivos y a algunos testimonios de los propios protagonistas.

Sánchez es doctor en Historia por la Universidad de El Salvador y es profesor de grado y posgrado en la Universidad del Comahue. Es autor de Tres ensayos de historia indiana (2003), El escándalo de la niñez. Los ataques a la infancia según cuatro pensadores católicos (2006), Diccionario de autores católicos de habla hispana (2013), entre otros.

En esta entrevista explica el porqué de las dificultades que tuvo para encontrar información sobre los capellanes de Malvinas -uno solo de ellos vive aún-, el rol que desempeñaron en las islas y cómo la desmalvinización también incidió en el olvido de la necesidad de esta dimensión espiritual en la atención a los veteranos de guerra. Un extracto de la charla abre esta nota y la entrevista completa puede verse al final.

— Hay una dimensión poco conocida de la Guerra de Malvinas que es la presencia de muchos sacerdotes en las Islas durante la Guerra, el tema que usted aborda en el libro. ¿Por qué cree que hasta ahora nadie habló de eso? ¿Qué importancia tuvo esa presencia en el conflicto?

— Historiográficamente se han planteado muchas cosas desde una perspectiva cercenada, mutilada. La dimensión que se aborda a partir de la presencia de los capellanes, de la presencia de la Iglesia en Malvinas, señala justamente una de esas cuestiones mutiladas, no abordadas, que es la de la espiritualidad en la Guerra. Se ha hablado poco de eso siendo que, como en todas las guerras pero en la nuestra en particular, es de extrema importancia. Los capellanes representaron a la Iglesia. Puede decirse que la Iglesia la implantaron ellos, aunque ya estaba en Malvinas. Pero en esa liturgia de guerra que llevaron adelante puede decirse que la Iglesia fue implantada a partir de esos 22 hombres. Omitirlos, borrarlos de la historia oficial, ha sido no solo cercenar el papel que cumplieron y que cumplió la Iglesia, sino mutilar esa dimensión de la Guerra de Malvinas. Si uno le pregunta a cualquiera de nuestros veteranos, la vida espiritual estuvo omnipresente durante la gesta. Lo que me interesó con el libro es retratar a estos hombres -solo uno de ellos vive aún, el padre Vicente Martínez Torrens-, y evocar lo que fue la espiritualidad en Malvinas.

— En la película “1982 La Gesta”, basada en los testimonios de los protagonistas, varios de ellos mencionan ese aspecto y uno dice: “En Malvinas no hubo ateos”.

— Sí, en las trincheras no hay ateos. Sin dudas es así por la proximidad de la muerte. La propia y la del otro. Por el dolor. Pero yo en el libro hago una introducción respecto de las capellanías y de la espiritualidad en la guerra en nuestra historia. No dudo de que en las trincheras no hay ateos pero tampoco dudo de la espiritualidad raigal argentina que se manifestó como no podía ser de otro modo. La vida espiritual, esa liturgia particular de guerra, formaba parte, estaba concatenada, con lo que siempre había pasado en nuestra historia. No fue una cosa caprichosa ni solamente explicable a partir del miedo a morir. Sin dudas también, pero la gesta de Malvinas representó una continuidad en nuestra historia también en ese aspecto.

— Es que justamente se trata de negar o al menos minimizar el papel de la fe en el nacimiento de la Argentina. San Martín, Belgrano, ponían sus batallas, sus campañas, bajo la advocación de la Virgen, de Dios, constantemente. Es lo que hoy se trata de minimizar y de borrar las huellas de esa espiritualidad en el presente.

— Así es. Hay figuras arquetípicas en nuestra historia, como Manuel Belgrano. Incluso nuestra historia en el período indiano, porque eso de que Argentina nació a partir de la Revolución de Mayo es casi un infundio, muy instalado. Pero por ejemplo un gran prócer del siglo XVII que fue Hernando Arias de Saavedra, nacido en Asunción pero argentino hasta la médula…

— Hernandarias.

— Hernandarias. La vida espiritual, la vida religiosa, está presente desde la fundación, casi diría desde el bautismo de la Argentina, allá por 1520, cuando se celebró la primera misa en el actual Puerto San Julián. Y Malvinas no es una disrupción, no es un capricho, sino que está concatenado con lo sucedido en nuestra historia. Con nuestra espiritualidad raigal. En 1982 todavía eso estaba presente y los capellanes, que fueron pocos, para 10.000 hombres 22 eran poquitos, así y todo representaron esa espiritualidad, esa religión ínsita en la cultura argentina.

— ¿Cómo se decidió quién iba, quién no iba? ¿Eran todos capellanes que ya estaban trabajando con las Fuerzas Armadas?

— No todos. Algunos de ellos sí, sobre todo en el ámbito de la Marina. Oficiales, capellanes militares. Fueron poquitos los de la Marina. Muy poquitos. Pienso ahora en el padre Ángel Mafezzini, el primer sacerdote que pisó Malvinas el 2 de abril. El segundo fue el padre Martínez Torrens.

— O sea que había un sacerdote en el Operativo Rosario.

— Así es. Ya hubo uno. Sí, sí, sí. Que se dio un golpe ese día con un cable y se lo ve en las fotos con la cabeza vendada. Fue él quien asistió a Pedro Giachino, nuestro primer caído, y rezó el responso por él. Mafezzini, (Carlos) Wagenfuhrer, fueron hombres de la Armada que tenían rango militar.

— ¿Todos los capellanes tienen rango militar?

— No. No todos. Hay distintas categorías en la capellanía. Pero el rasgo interesante en Malvinas fue que partieron hacia allí capellanes o sacerdotes que habían tenido una vinculación muy efímera con las Fuerzas Armadas. El padre Martínez Torrens, que vive, tiene 83 años, tuvo una participación muy acotada durante el Cordobazo. Asistía a los soldados paracaidistas. Le habían pedido que los cuidara entonces saltaba con ellos. Tres de esos soldados cayeron en el Cordobazo. Después no tuvo más contacto con el Ejército hasta 1982, cuando decidió partir voluntario. Muchos fueron voluntarios. La mayor parte de esos capellanes eran hombres grandes que bordeaban los 60 años. Y además un panorama variopinto, había un distinguido dominico entre ellos, el padre Renaudiere de Paulis. Un hombre de filosofía, un especulativo, no un hombre de vida práctica. Estuvo 60 días aproximadamente en Malvinas y dejó un singular diario de guerra, pletórico de comentarios políticos, filosóficos, teológicos.

— ¿Está publicado?

— Se lo puede conseguir en internet. En una página de la Orden de los Predicadores, de los Dominicos. Pero no está editado en papel.

— ¿Le resultó difícil encontrar información para reconstruir la historia de estos 22 sacerdotes?

— Muy difícil.

— ¿Por qué?

— Creo que los capellanes representaban, y representan, un problema. Yo no creo que haya sido fortuita la mutilación de esa parte de la historia. Hasta podría decir que era políticamente incorrecto plantear las capellanías. Porque se estableció un tanto aviesamente la continuidad entre los capellanes que asistieron en la guerra contra la subversión y los capellanes de Malvinas. Dos o tres de ellos habían estado acompañando a las tropas en el Operativo Independencia, por ejemplo. Pero de alguna manera se compró el argumento ideológico de la Iglesia militar. Esos neologismos ideológicos que tienen ya unos años en boga. De manera que encontrar información sobre los capellanes ha sido difícil. 40 años pasaron y no hubo hasta el momento libros, publicaciones extensas, estudios, que den cuenta de lo que hicieron.

— Tampoco homenajes.

— Tampoco. Y eso entraña una cosa aún más grave. No tanto el olvido de los capellanes, que ya de por sí es grave, sino la falta de auxilio espiritual para los veteranos de Malvinas que en 40 años no han tenido, por ejemplo, una pastoral específica para ellos. No es solo un cercenamiento historiográfico sino una realidad patente que en cuatro décadas no ha acontecido.

— ¿En otros países existe una pastoral o una forma de asistencia a veteranos?

— Sí, sí, sí, es algo habitual. Existe el obispado castrense, pero éste atiende a los militares de profesión, en actividad, y a sus familias. No a ese universo que fueron los soldados conscriptos…

— Civiles además.

— Civiles que luego volvieron a la vida civil y a sus familias. No puede soslayarse que ya se cuentan por cientos los veteranos que se han quitado la vida. Superan la cantidad de caídos en las islas. No digo que una cosa esté vinculada a la otra porque esas decisiones siempre obedecen a múltiples causas, pero la asistencia espiritual sin duda fue una falta importante.

— Es habitual que las sociedades interroguen a la historia desde las inquietudes del presente, pero eso a veces genera deformaciones. Por ejemplo, en este 40 aniversario el tema para la Cancillería fue la invisibilidad de la mujer en la Guerra de Malvinas. Algo falso, porque las mujeres que estuvieron en el teatro de operaciones recibieron el mismo trato que los hombres. Son veteranas de guerra, reciben pensión, etc. Son 16 en total, la mayoría no estuvo en las islas sino en los barcos, como enfermeras o asistentes.

— Sí, instrumentistas quirúrgicas.

— Pero eso obliga a revisar toda la guerra con perspectiva de género, que no sé muy bien qué significaría.

— No, no, yo tampoco.

— En cambio me sorprendió descubrir que sí existe una invisibilización, la de los capellanes, que sí estuvieron efectivamente en las islas.

— Así es. No todos estuvieron los 74 días. El padre Maffezini, el del 2 de abril, se fue el 11 de junio porque había fallecido su papá y la superioridad le ordenó irse. Él no se quería ir. Pero sí, invisibilizaciones, como se dice ahora, omisiones, mutilaciones, hay muchas. Llevamos 40 años de tergiversaciones en este armazón, en esta urdimbre ideológica que se denomina desmalvinización. Sobre la perspectiva de género en el tema Malvinas hay una cosa muy interesante. Varias de estas mujeres estuvieron en el Almirante Irízar. Y cuando terminó la batalla de Puerto Argentino quisieron bajar para hacer lo que hacían en el Irízar, que era que, después de estar en la enfermería cuidando de sus heridos, iban a la capilla del buque a rezar por los que aún estaban combatiendo. Entonces, si quieren perspectiva de género, respeten verdaderamente a esas mujeres, valerosísimas, valiosas argentinas, respétenlas auténticamente y digan lo que hicieron. No las usufructúen más ideológicamente.

— Una de las deformaciones que produce esta perspectiva de género, no por culpa de estas mujeres porque no creo que ellas tengan ese espíritu para nada, es decir que el heroísmo es un concepto machista. O sea que rescatar el heroísmo de los combatientes en Malvinas sería un acto de machismo.

— Sí. En esta cultura panfletaria actual, se ve, se escucha o se lee cada cosa… Sí, bueno, como toda cuestión ideológica, de desvinculación con lo real, estas son categorías, son entes de razón ideológicos, que carecen de sentido. Lo que pasó en Malvinas no tuvo nada que ver con el machismo. Tuvo que ver en muchos casos, gracias a Dios, con el heroísmo. Además tuvo que ver con virtudes superiores que se manifestaron cotidianamente en Malvinas. Un veterano decía “el heroísmo de todos los minutos”. El dar un pedazo de pan en esa situación al camarada. Jugarse la vida y hasta entregarla. No hay más alto signo de la caridad que ese. Lo que pasó en Malvinas no tuvo nada que ver con esta deformación ideológica con la que hoy se la pretende ver. Pasaron cosas sustantivas y trascendentes en Malvinas y no selas puede seguir desconociendo.

— En el fondo, implica desvalorizar a la mujer porque se insinúa que ella no es capaz de heroísmo.

— Sin dudas. Pienso por ejemplo en las mujeres del Irizar y sí fueron mujeres heroicas.

— ¿Qué hacían exactamente los sacerdotes en las Islas?

— En las dos grandes islas del archipiélago hubo unidades militares. En la Gran Malvina, tanto en Bahía Fox como en Puerto Howard, hubo unidades militares y cada una tuvo su sacerdote. Pienso ahora en el padre (Nicolás) Solonyzny, un salesiano, extraordinario sacerdote, recordado por todos los hombres que estuvieron con él, con una característica muy particular porque en Puerto Yapeyú, Howard, no se vivió prácticamente la guerra terrestre sino los bombardeos, la aviación. Pero lo que sí se vivió fue un gran desamparo y hambruna. Agravada después del hundimiento del “Isla de los Estados” que les llevaba comida. En ese marco, la presencia del sacerdote fue fundamentalísima. Pienso en el padre Santiago Mora, italiano, que estuvo en Pradera del Ganso, y que acompañó y era confesor y asesor o guía espiritual del teniente Roberto Estévez. Ahora, básicamente, la tarea de los sacerdotes era el altar, la misa.

— La misa diaria.

— La misa diaria. Hubo sacerdotes que celebraron más de ocho misas diarias, porque eran muy pocos. El padre Martínez Torrens, que estaba en Puerto Argentino, recorrió mucho las islas y era básicamente la misa, la vida sacramental, las confesiones, la compañía y la atención espiritual de estos hombres. En general, las absoluciones se hacían en forma colectiva. Muchos se quedaron en Puerto Argentino, salvo los que estuvieron en Pradera del Ganso, particularmente el padre Mora y el padre Sesa que estuvieron en medio de los combates. Los que estaban en Puerto Argentino recibieron la prohibición de participar en los últimos combates alrededor de Puerto Argentino, en Longdon, Harriet, Tumbledown. Cosa que no pasó con los capellanes ingleses que combatieron o estuvieron junto a los combatientes casi en la primera línea. Yo señalo en el libro que el gobierno militar de Malvinas en muchos sentidos replicaba el liberalismo ínsito del gobierno, un liberalismo que conlleva cierto laicismo y cierta desestimación... ¿El sacerdote para qué? El sacerdote era fundamental y lo era tanto antes como durante el combate. Su tarea fue muy importante.

— ¿Hubo alguna baja o herido entre ellos?

— No. Milagrosamente, porque, por ejemplo, durante una misa que estaba celebrando el padre Martínez Torrens, un avión, un Harrier, se venía derecho a ellos y en el momento de la consagración él les dice a soldados “rodilla en tierra”. Y ellos interpretaron que era por la consagración, pero era por el avión. El Harrier arrojó las bombas y no hubo heridos. Fue milagroso. Hubo varias anécdotas de esas. Celebraciones de misas de campaña bajo ataque se dieron en varias oportunidades.

— Escuché al coronel Esteban Vilgré La Madrid decir que él, que creo era catequista, había hecho muchas conversiones en Malvinas.

— Hubo conversiones, sí. Conversiones que podríamos llamar de guerra ante el temor a la muerte y la necesidad de salir del vacío de la increencia. Y hubo también conversiones de otras religiones. Recuerdo una muy en particular que estaba vinculada a la devoción de la Virgen. Yo también quiero, le dice un soldado al capellán, yo también quiero una madre. Sí, hubo conversiones.

— ¿Qué pasó con esos soldados que vivieron en ese espíritu de comunión, de cercanía a Dios?

— En algunos arraigó la fe y fue sostén. En otros, quizás no tanto. A veces pasamos, no digo ligeramente, pero sí rápidamente por el expediente de la desmalvinización, que tiene muchísimos aspectos. La desmoralización de nuestros veteranos y el infundir ese ánimo derrotista en la cultura argentina pretendió y pretende generar desesperanza. “La Argentina no tiene destino, somos esto, perdimos… ¿te das cuenta? todo fue una fantochada de un borracho…” Jauretche hablaba de las zonceras de la auto denigración. Bueno, en Malvinas eso encontró su máxima expresión. Y ha influido obviamente en el ánimo de los argentinos, y ni qué hablar de los veteranos. No obstante eso, considero que en muchos de ellos arraigó la fe en forma fundamental.

— ¿Qué pasó con esos sacerdotes en la posguerra? ¿Mantuvieron contacto con sus soldados?

— La mayor parte sí. Algunos volvieron a sus tareas, a su ministerio de siempre en una parroquia. Por ejemplo el padre Gozzi, recién al fallecer la gente de su parroquia se enteró de que había estado en Malvinas. Otros sacerdotes, como el padre Fernández, coordinador de los capellanes del Ejército, o Martínez Torrens, o monseñor Puyelli de la Fuerza Aérea, fueron fundamentales en la tarea de la malvinización. O el padre Solonyzny que se reencontraba todo el tiempo con los veteranos del Regimiento de Infantería 5 que había estado en Yapeyú. En muchos de ellos pervivió y hasta fue, junto con la fe, la razón de su existir. Lo veo muy particularmente en el único que yo conocí, Martínez Torrens, a quien tuve la alegría de poder llevarle el libro hace unos días, y sigue siendo ese humilde, sencillo sacerdote. Está en General Roca, en Río Negro, siempre incentivado por la predicación entre los jóvenes y por la cuestión Malvinas. Para él es siempre un tema trascendente.

— ¿Volvió a Malvinas?

— ¿Sabe que no lo sé? Muchos veteranos se resisten a volver. Hoy leía que un veterano, un oficial del Regimiento 5 que estuvo en Howard, fue a Malvinas y le hicieron pagar la tasa como si hubiera ido, no sé, a Bélgica...

— El gobierno de acá le hizo pagar.

— Este gobierno le hizo pagar como si hubiera ido al exterior. La desmalvinización también es decir “Malvinas, Malvinas”, la cuestión de género y todo, pero después Malvinas es el extranjero.

— ¿Éste es su primer libro sobre Malvinas?

— Sí. Pero hay una figura muy interesante que surgió en esta búsqueda, que es la del soldado Carlos Mosto. Pude contactar a la hermana, Elsa Mosto, que vive en Gualeguaychú. Mosto fue una figura entrañable. Entrañable. Un soldado mayor que el resto, estudiante de medicina. Las cartas de Carlos Mosto a su mamá son impresionantes. Él le pide que rece por él, por sus compañeros y también por los ingleses que están enfrente. Mosto murió en Moody Brook, que era el ex cuartel de los marines, y es una figura a la que me gustaría dedicar aunque sea un opúsculo.

— ¿Qué repercusiones ha tenido hasta ahora su trabajo?

— El libro tiene que andar su camino. Contiene cierta incorrección política y eso puede hacer variar su suerte. Veremos.

— La incorrección política suele ser el sentido común de la mayoría.

— Suele ser. Sí. Sin dudas. Así que no lo sé: veremos. Yo ya terminé mi tarea, que era escribirlo, y veremos qué le pasa al libro.

— Que haga su camino, como dijo usted.

— Así es.

 

Tomado de: https://www.infobae.com/sociedad/2022/11/20/sebastian-sanchez-una-dimension-no-abordada-de-la-guerra-de-malvinas-es-la-presencia-de-sacerdotes-en-las-islas/


lunes, 19 de diciembre de 2022

Fusilan a Dorrego

 


Por: Juan Manuel Aragon (h)

El 13 de diciembre de 1828 Manuel Dorrego fue fusilado por orden de Juan Lavalle, luego de su derrota en la batalla de Navarro. Fue uno de los acontecimientos más inicuos de la historia argentina, cuando el fervoroso odio y crueldad de los unitarios se mostró en toda su extensión.

Dorrego era un tribuno, periodista y guerrero de la independencia. Había nacido en Buenos Aires el 11 de junio de 1787 y lo bautizaron como Manuel Críspulo Bernabé. Sus padres fueron José Antonio Dorrego, portugués, y María de la Asunción Salas, porteña. Estudió gramática, filosofía y teología en el Colegio de San Carlos. Era un excelente latinista.

El 1 de diciembre de aquel año, Lavalle lideró un golpe contra Dorrego, gobernador bonaerense, que salió a enfrentarlo en Navarro, pero fue derrotado y lo hicieron prisionero. Instigado entre otros por Florencio Varela y Salvador María del Carril, Lavalle ordenó su muerte.

A principios de 1827 las Provincias Unidas triunfaron en la guerra del Brasil, luego de la usurpación de la Banda Oriental. El 9 de febrero Guillermo Brown derrotó a la escuadra imperial en el Juncal y el 20 del mismo mes Carlos María de Alvear triunfó en Ituzaingó. Los desmoralizados brasileños se dispersaron. Cuando Alvear  pidió refuerzos y caballadas a Buenos Aires para ocupar la provincia de Río Grande y marchar hasta la capital enemiga, se los negaron. ¿Por qué?

El gobierno de Bernardino Rivadavia, justo cuando los argentinos triunfaban en el campo de batalla, ¡pedía desesperadamente la paz! Lo hacía para sofocar lo que llamaba anarquía interna, quería disponer del ejército nacional para lanzarlo contra las provincias.

Rivadavia envió a Río de Janeiro a Manuel García con instrucciones rigurosas de obtener la paz a cualquier precio. Para conciliar con los brasileños, García propuso la independencia de la Banda Oriental, por sugerencia del ministro inglés John Ponsonby –el mediador- encargado de conseguir un puerto franco en el Río de la Plata, obsesión inglesa.

A pesar de lo comprometido de sus ejércitos, el Emperador del Brasil, no accedió. Y García terminó firmando una convención preliminar por la que se reconocían los derechos del Emperador sobre la Banda Oriental y se aceptaba la incorporación al Imperio de la provincia Cisplatina. Los brasileños habían conseguido sin balas lo que la guerra le había negado.

Cuando se conoció en Buenos Aires, el pueblo se lanzó a la calle, en tumulto. Rivadavia presentó la renuncia y le fue aceptada por el Congreso.

El Congreso eligió como presidente provisional a Vicente López, que designó a Juan Manuel de Rosas comandante general de la campaña y convocó en un mes a elección de representantes a la Legislatura de Buenos Aires, triunfaron los federales por mayoría. Se eligió gobernador a Dorrego.
Endemientras estaban llegando a Buenos Aires los primeros escuadrones del ejército nacional que volvían de la campaña contra el Brasil. El desfile era seguido con emoción y con pena por el estado desfalleciente de la tropa, que llegaba con el uniforme hecho jirones. Dorrego nombra en reemplazo de Alvear a Juan Antonio Lavalleja, que continuará con las acciones favorables.

En las arcas de Buenos Aires no había dinero. La administración de Rivadavia había sido ruinosa y había agotado los recursos del Estado en gastos de boato y en combatir a sus enemigos políticos. Pero el federalismo triunfaba en las provincias. Por lo que Dorrego llevó su gobierno con moderación, sin amenazas ni persecuciones y con generosidad. Era un valiente. Su carrera militar lo había llenado de gloria; su arrojo y golpe de vista de guerrero nato se habían destacado en las victorias patriotas de Tucumán y Salta. Nombró embajadores para tratar la paz en Río de Janeiro a Juan Ramón Balcarce y Tomás Guido, que suscribieron el tratado del 27 de agosto de 1828 que reconocía la independencia de la Banda Oriental bajo la garantía de las dos potencias firmantes.

El gobierno estaba inquieto por la posibilidad de un contragolpe unitario, con fuerzas destacadas en la Banda Oriental, que venían anarquizadas por la inacción y por el pago irregular de varios meses, disgustadas por el resultado de la guerra y minadas por la activa propaganda opositora.

Cuando se le anunció que el jefe del golpe revolucionario sería Lavalle, no lo creyó, atribuyó a simple bravata su lenguaje exaltado. Además, Dorrego acababa de hacer públicos los manejos de la oligarquía unitaria, sus alianzas con el capital inglés, sus denuncias contra los comerciantes agiotistas, y conocía su total impopularidad en las provincias. Creía que los unitarios habían sido derrotados para siempre y ése fue su error: no lo tomaba en serio a Lavalle.

Lavalle había caído en manos de los doctores unitarios, que lo tenían como alelado y a cuyos miembros escuchaba como oráculos por el destino personal que le vaticinaban. Le hicieron creer que Dorrego era el jefe de los anarquistas causantes de todos los males, un tirano que oprimía al pueblo apoyado en la más baja plebe, y un traidor a la patria.

El 20 de noviembre llegó a Buenos Aires la primera división del ejército de la Banda Oriental al mando de Enrique Martínez. Diez días después Juan Manuel de Rosas manda un aviso al gobernador Dorrego: “El ejército nacional llega desmoralizado por esa logia que desde hace mucho tiempo nos tiene vendidos”. Al día siguiente, 1 de diciembre de 1828, estalló el pronunciamiento. Los cuerpos de línea del ejército, la división de Martínez, totalmente sublevada, entra en la plaza de la Victoria al mando de Lavalle y de José Olavarría, héroes de las guerras de la independencia. Grupos de civiles unitarios los rodearon y aclamaron, destacándose Julián Agüero.

Sin fuerzas para resistir a los regimientos de línea, Dorrego abandonó el Fuerte y marchó al campamento de las milicias de Rosas en San Vicente.

Lavalle salió a perseguirlo con un regimiento de caballería. Contra la opinión de Rosas, Dorrego lo esperó para hacerle frente. El 9 de diciembre se toparon cerca de Navarro: las milicias de gauchos mal armados fueron derrotadas y dispersas por las experimentadas tropas de línea.

Mientras Rosas iba a pedir auxilio al gobernador de Santa Fe, Dorrego buscó incorporarse al Regimiento 3 cerca de Areco, al mando de su amigo Angel Pacheco, que le dio asilo y se puso a sus órdenes. Pero los comandantes Acha y Escribano amotinaron la tropa, apresaron a Dorrego y lo llevaron a la Capital. En el camino recibieron la orden de cambiar de rumbo y conducir al prisionero al campamento de Navarro donde estaba Lavalle.

Dorrego le pidió a Lavalle garantías para su persona y un salvoconducto para marchar al extranjero. Pero los unitarios tenían decidida su muerte y se lo recordaron a Lavalle en premiosas cartas, para contrarrestar los pedidos de clemencia o un posible desfallecimiento de la voluntad. “Nada de medias tintas”, decía Juan Cruz Varela, mientras se regocijaba en El Pampero: “La gente baja ya no domina, y a la cocina se volverá”. “Hay que cortar la primera cabeza de la hidra”, afirmaba Agüero. Salvador María del Carril, más categórico, refería: “Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarlo. Una revolución es un juego de azar donde se gana la vida de los vencidos”.

El 13 de diciembre de 1828 llegó Dorrego al campamento de Navarro, y se le avisó que sería fusilado en una hora. Lavalle no quiso verlo.

El golpe fracasó y para imponerse debió recurrir a una feroz tiranía que, por esos mismos días, reprobó José San Martín en su retorno al país. Negándose a desembarcar en febrero de 1829, rechazó el papel de “verdugo de mis conciudadanos”, mientras Lavalle y sus tropas veteranas eran derrotadas el 25 de abril en Puente de Márquez por milicias de Estanislao López y de Rosas. El año 1829 fue el único de Buenos Aires en que hubo más muertes que nacimientos: hubo 4.658 fallecidos, cuando en 1827 fueron 1.904 y en 1828, 1.788. La expresión “salvajes unitarios” no era antojadiza.

Dorrego fue la primera víctima del iluminismo argentino. Su muerte, en cierta manera, contribuyó a cimentar la creencia de que los unitarios solamente traerían ruina, disfrazada de civilización, al país. Otra habría sido la suerte de los argentinos si Dorrego no era muerto por la perfidia de los doctores unitarios porteños, que usaron a Lavalle como brazo ejecutor.

San Martín huyó despavorido de Buenos Aires cuando supo que Lavalle gobernaba Buenos Aires. Junto a Dorrego es posible que hubieran enderezado el rumbo del país en sus comienzos, en sus cimientos, como quien dice. 

Pero nada puede cambiar la historia.

 

Tomado de: https://ramirezdevelazco.blogspot.com/2022/12/calendario-nacional-fusilan-dorrego.html?fbclid=IwAR2n21_uMYa0EX8SxSROhvIjyo0XMIEmXyJCqNg0_IIAwdtTlqdcnc7f4n8

 

 


miércoles, 7 de diciembre de 2022

De la espada de Bolívar a la de San Martín*

 Por: Iris Speroni


El 11 de agosto EL MANIFIESTO publicó “La Espada” de Sertorio, autor por quien siento admiración y respeto. Sin embargo, mi visión sobre el proceso que nosotros los americanos, denominamos “La Independencia” y que los españoles peninsulares ven, con justa razón, como el desmoronamiento de un Imperio, necesariamente discrepa.

Debo aclarar que mi opinión es la mayoritaria, con matices, entre todos los historiadores profesionales y aficionados argentinos. Aquellos que añoran el dominio español son pocos y no muy bien vistos. En general, estamos muy orgullosos de nuestra gesta emancipadora del tirano Borbón.

Discrepo en la importancia dada a la injerencia inglesa en general y la influencia que pudo llegar a tener la Leyenda Negra en particular. Se denomina así a la propaganda creada por Inglaterra y Holanda, mayormente para uso interno, con poco asidero fáctico. Resultaba poco creíble para quienes vivían en América a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, quienes sí tenían bien en claro cómo eran las relaciones con indígenas, negros, mulatos, mestizos y zainos en esos tiempos. Gente pragmática que jamás compraría fantasías insustanciales. Esta fábula, como todo lo whig, fue retomada por el marxismo, el cual nunca se caracterizó en ser apegado a los hechos. En Argentina, la Leyenda Negra entró en circulación a partir de la segunda mitad del siglo XX de la mano de intelectuales universitarios de izquierdas. La acompañan con una Segunda Leyenda Negra sobre la Conquista de la Patagonia (Conquista del Desierto). 

La Guerra por la Independencia fue una guerra civil. De español contra español. La divisoria de aguas era si se renovaba la lealtad al monarca o no, luego de la vergonzosa abdicación ante Napoleón. Los sustentos ideológicos principales fueron la teoría de la reversión de la soberanía al pueblo del padre jesuita Francisco Suárez y los iluministas franceses. Recomiendo la obra de José Carlos Chiaramonte, "Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846)", Editorial Ariel, Buenos Aires, 1997. 

¿Por qué nos quisimos divorciar de los Borbones?

Voy a hablar únicamente por el Virreinato del Río de la Plata. Mi conocimiento de Bolívar es mínimo por lo que me limitaré a lo que me apasiona que es la historia de mi Patria. Nosotros, quienes admiramos a los Generales Don José de San Martín, Martín Miguel de Güemes y al Almirante Guillermo Brown miramos con cortesía y cierta condescendencia al prócer de Colombia y Venezuela. Prosigo.

El final de la Casa de los Austrias fue trágico para América. Las reformas que implementó Carlos III - que, convengamos, fue el mejor de todos los Borbones - fueron devastadoras para los españoles en América. Enumeraré los errores principales: 

  1. Apoyo a la Independencia de los Estados Unidos. Fue costoso para los reinos de Francia y España. Para Francia, significó la bancarrota y finalmente la pérdida del trono. Para España, una sangría de dinero que solventó América, reforma impositiva mediante. 
  2. El decreto real que diferencia a los españoles nacidos en América y en la Península. Durante los Austrias, los súbditos nacidos en América tenían la misma jerarquía que los nacidos en Europa. Era razonable. Los servidores reales desarrollaban una carrera burocrática en diferentes ciudades del Imperio. Ejemplo: cuatro años en Manila, cuatro en El Callao, cuatro en Cartagena de Indias y así. Eran hombres casados cuyos niños nacían en el camino. Muchos, de adultos, entraban al servicio del Rey como sus padres. La incomprensible decisión de Carlos III dejaba fuera de la carrera profesional a decenas de miles nacidos a donde el Rey había enviado a sus padres. En términos modernos equivaldría a negarle a los hijos de un ejecutivo de una multinacional nacido azarosamente en Singapur poder ingresar a una universidad de la Ivy League y luego hacer carrera en Wall Street. 
  3. La expulsión de los jesuitas. Creo que ésta es la más fuerte de todas. Los jesuitas formaron a la mayoría de las élites españolas en América. Pusieron el cuerpo en la colonización de enormes áreas, los peores lugares a donde el resto no quería ir. Si el Rey le dio la espalda a quien le fue tan fiel (según ojos americanos), ¿por qué no lo haría con el resto de sus fieles súbditos? Más aún cuando, se supuso, fue una decisión tomada por pedido del Borbón francés.

El Virreinato del Río de la Plata 

La historia nuestra es particular, respecto a otros virreinatos. Para empezar, éramos pobres - comparados con Manila, Nueva España o Perú -. 

Parte del territorio del Virreinato estaba bajo la administración de los jesuitas sin perjuicio de las concesiones a muchas otras órdenes religiosas y a particulares. Especial mención las Misiones Jesuíticas Guaraníticas, al Noreste de la hoy Argentina. Eran una barrera de contención contra los intentos imperiales de Portugal. Al punto que el Rey dio dispensa legal para armar y entrenar a los indios guaraníes —cosa prohibida—, quienes derrotaron una voluminosa expedición portuguesa (Guerra Guaranítica 1754-1756). Así mismo administraban amplias extensiones en Córdoba y Salta, colegios secundarios y universidades en Córdoba y en el Alto Perú.

La expulsión de los jesuitas fue avisada con antelación al rey de Portugal quien preparó una invasión luego de que la decisión real fuera efectiva. El Imperio de Brasil se apoderó de kilómetros cuadrados que hoy integran el sur de ese país (actualmente Río Grande del Sur), además de apresar miles de guaraníes como esclavos y matar otros tantos. Dicho de otra forma: el rey abandonó a sus súbditos a manos de un imperio extranjero. Porque antes, cuando los Austrias, los guaraníes eran súbditos que merecían la protección real (remito al testamento de Isabel la Católica).

En 1806 una flota militar británica toma Ciudad del Cabo al sur de África luego de una batalla encarnizada en la cual miles de boers perecieron. Luego de aprovisionarse zarpa para la desembocadura del Río de la Plata. El virrey abandonó la ciudad con el fin de proteger el tesoro (no está mal). La tropa real era escasa y no pudo defender la plaza la cual cayó rápidamente ante el invasor. El comportamiento inglés fue nefasto. Pillaje en conventos, iglesias, comercios y casas de familia, violaciones de mujeres, vejación de monjas de clausura. Lo usual. Tras 47 días de violencia y abusos, tropas venidas del interior junto a civiles armados retomaron la ciudad con un alto costo en sangre. Lo llamamos La Reconquista. Las banderas apoderadas al 71º Regimiento de Highlanders son exhibidas desde entonces hasta la actualidad en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y Convento de Santo Domingo, de la orden dominica, en Buenos Aires.

Existe una segunda invasión en 1807, El lapso entre ambas expediciones fue empleado por los porteños para entrenar milicias civiles y pertrecharse. La rendición de los ingleses tras el segundo desembarco fue inmediata.

Estos hechos aunados conforman en la población la convicción de que al rey no le importa la protección de sus súbditos, única obligación de un monarca absoluto.

La invasión de la Península por el ejército napoleónico

¿Qué puede esperar un pueblo de un rey que deja ingresar a su territorio a un ejército extranjero y de tal forma poner el patrimonio y la vida de sus súbditos y la virtud de sus súbditas a riesgo? ¿Qué clase de persona es? ¿Por qué alguien querría ser vasallo de un monstruo traidor semejante?

El gobierno de Cádiz a partir de 1808 más la resistencia que duró seis años fueron financiados desde América, en particular desde el Perú. Uno a uno los virreinatos decidieron autogobernarse mientras el Rey estuviera en Valençay, con excepción de Perú que respondía a la Junta de Cádiz.

Fernando VII, reinstaurado al trono por potencias extranjeras, se negó a jurar la Constitución de 1812. Ordenó fusilar a quienes se lo pedían, a pesar de haber cuidado el reino en su nombre y resistido al invasor, cosa que él no hizo. Mandó ejércitos a América a recuperar su territorio. Resistimos, cual aldea de Astérix, las Provincias Unidas del Río de la Plata con sede en Buenos Aires. También Asunción (la cual se había emancipado en 1810). Hasta Montevideo había caído. 

La Independencia de las Provincias del Río de la Plata se declara en 1816. Fue luego de largas negociaciones entre nuestra máxima autoridad Don Juan Martín de Pueyrredón y el embajador del rey. Nuestra única exigencia para renovar la lealtad era que Fernando VII aceptara la Constitución de Cádiz. Meses se demoró la Declaración de la Independencia a la espera de estas tratativas. El rey no dio el brazo a torcer. Nosotros nos divorciamos el 9 de julio de 1816 de la Corona Española y diez días después de toda potencia extranjera.

Nos peleamos con el ejército realista durante diez años. En la frontera norte, en el Río de la Plata (Batalla de Montevideo). El Ejército de los Andes liberó Chile y Perú. Guerreamos contra los portugueses (a quienes les ganamos en Ituzaingó y Carmen de Patagones), rechazamos invasiones francesas e inglesas que bloquearon el Río de la Plata intermitentemente durante dos décadas. 

Estamos orgullosos de nuestra herencia católica, de nuestro idioma y de nuestro acervo todo. Nuestra constitución reza: “Artículo 2º.- El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. Su preámbulo “....invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia…”. Y no hace falta enumerar las contribuciones argentinas a la lengua castellana en los últimos doscientos años. 

Nos hemos peleado con los ingleses todas las veces que fue necesario y lo volveremos hacer hasta recuperar nuestras Islas Malvinas.

Creo que los historiadores modernos españoles recargan las tintas sobre los ingleses porque es autoexculpatorio. Es fácil echarle la culpa de todos los pesares a los ingleses y hacer la vista gorda a los errores propios. “El imperio no se desmoronó por los Borbones, sino porque Gran Bretaña es mala”. Muy fácil.

¿Quiso Inglaterra medrar con el Imperio Español? Seguro que sí. ¿Aprovechó las luchas civiles americanas? Sí. ¿Trató que América fuera su mercado luego de perder Estados Unidos? Sí. ¿Contribuyó a la Revolución francesa? Probablemente. Eso no quiere decir que hayan podido hacer mucho. No pusieron ni plata ni hombres ni dinero, excepto en situaciones marginales (Cochrane en Chile y con plata chilena). Sí tuvimos contribución por parte de oficiales napoleónicos en el exilio, pero eso es otra historia. La Independencia fue financiada por nosotros, bañada con nuestra sangre, por decisión nuestra. Porque creímos y creemos que cualquier suerte es mejor que estar bajo un Borbón.

Nos habrá ido bien, mal o regular, pero estamos orgullosos de nuestra costosa elección. Subo la apuesta: Argentina volverá a crecer y ser una nación orgullosa bajo la faz de la tierra. Seremos, una vez más, el refugio de todo cristiano, quienes serán perseguidos en Europa cuando ésta caiga indefectiblemente en el paganismo si continúa el actual derrotero.

Porque así, ahora como antes, seremos un lugar de resistencia, integrado por hombres y mujeres bravos.

En cuanto a España, no soy yo quien para decir qué está bien o mal. Pero a Fernando VII debieron decapitarlo cuando volvió. La Casa de Borbón ha sido la promotora de la disolución general, con la pérdida de Florida, Puerto Rico, Cuba y la disgregación actual de la Península. Cuanto antes se desentiendan de esa gente, mejor.

 

*Tomado de: https://elmanifiesto.com/identidad/418444338/De-la-espada-de-Bolivar-a-la-de-San-Martin.html?fbclid=IwAR0duwZVuScQOF66ES2vBKWFsE_r3ev70ifqnzk-pV9QFfYFV0sWC1TMZbI

 

martes, 15 de noviembre de 2022

LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY ( 1°parte)*



Por: Alberto Ezcurra Medrano

PROLOGO

Para la inmensa mayoría de los argentinos el Paraguay se independizó en 1811. No es extraño que así sea, porque eso es lo que han aprendido desde niños en los manuales de Grosso y de Levene. Y si por casualidad llegan a enterarse de que Rosas consideraba al Paraguay como una provincia argentina, atribuyen esto a una simple genialidad del "tirano", fruto de su espíritu despótico, y no se preocupan de investigar todo lo que ha sido cuidadosamente ocultado por los cómplices de esa desmembración que lejos de ser la primera, como lo cree Levene, fué la última de las grandes mutilaciones del Virreinato del Río de la Plata. Explicar cómo se produjo y qué consecuencias tuvo, es el objeto de este breve estudio.

EL AISLAMIENTO

Producida la Revolución de Mayo, el Gobernador del Paraguay, que lo era entonces don Bernardo de Velazco, reunió el 24 de julio de 1810 una Asamblea de notables, en la que se adoptaron las siguientes resoluciones:

"1- Guardar fidelidad al Consejo de Regencia establecido en España a nombre de su legítimo soberano. "

2- Conservar correspondencia y amistad fraternal con la Junta de Buenos Aires, pero sin reconocerle superioridad. "

3- Formar a la mayor brevedad una junta de guerra que adopte las medidas conducentes a la seguridad y defensa de la Provincia".

Como Velazco continuaba reconociendo al Consejo de Regencia e intrigaba al mismo tiempo en favor de la Corte de Portugal, la Junta de Buenos Aires resolvió enviar a Belgrano, al frente de un ejército de 950 hombres, con el objeto de derrocarlo. Esta expedición —como es sabido— fué vencida en los combates de Paraguarí y Tacuarí, viéndose obligado Belgrano a capitular con el jefe del ejército paraguayo, coronel Cabanas. En virtud de esa capitulación, el ejército de Buenos Aires evacuó el Paraguay.

A pesar de su triunfo sobre Buenos Aires, no duró mucho tiempo el gobierno de Velazco, que indudablemente no respondía al sentimiento paraguayo. El 14 de mayo de 1811, una conspiración dirigida por el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, el capitán Pedro Juan Caballero y los hermanos Yegros, obligó a Velazco a aceptar la coparticipación de la autoridad con Francia y con Juan Valeriano Cevallos. De inmediato Velazco entró en tratos con los españoles, lo que provocó su deposición y arresto, que se realizaron el 9 de junio. Las causas de esa destitución, fueron explicadas en un manifiesto, en el cual se expresaba, entre otras cosas, lo siguiente:

"La conclusión general de todo esto es que el empeño de don Bernardo Velazco y de los individuos del Cabildo en sostener la total división de esta Provincia, sin querer arbitrar o tentar un medio de conciliar su reunión con su libertad y sus derechos, sin querer reducirse a enviar sus diputados al Congreso General de las Provincias, con el objeto de fundar una asociación justa, racional, fundada en la equidad y en los mejores principios de derecho natural, que son comunes a todos y que no hay motivo para creerse que hayan de abandonar u olvidarse por un pueblo tan generoso e ilustrado como el de Buenos Aires; ha sido una conducta imprudente, opuesta a la prosperidad de la Provincia y común felicidad de los naturales...”

Firmaban este manifiesto los siguientes jefes militares: Pedro Juan Cevallos, Fulgencio Yegros, Antonio Tomás Yegros, Mauricio José Troche, Vicente Iturbe, Francisco Antonio González, Juan Bautista Rivarola, Manuel Iturbe, José Joaquín León, Mariano del Pilar Mallada, Blas Domingo Franco, Agustín Yegros y Pedro Alcántara Estigarribia.

Así pues, la principal causa del derrocamiento de Velazco fué su política separatista y el móvil de los distinguidos jefes y oficiales paraguayos que firmaron dicho manifiesto no fué otro que la unión con Buenos Aires.

El 17 de junio del mismo año 1811 se reunió el Congreso de la Provincia, presidido por Francia y Cevallos, y el 19 el diputado Molas propuso lo siguiente:

"1º La creación de una Junta de Gobierno, compuesta de Fulgencio Yegros, doctor Francia, Pedro Juan Caballero, doctor Francisco Javier Bogarín y Fernando de la Mora. "

2° Que no solamente el Paraguay mantenga buenas relaciones con Buenos Aires, sino que se una con ella para formar una sociedad fundada en principios de justicia, equidad e igualdad.

"3º Que a este efecto se nombre diputado al Dr. Francia para representar a la Provincia en el Congreso General anunciado por la Junta de Buenos Aires."

4- Que se suspenda toda relación con España, hasta la suprema decisión del Congreso General de Buenos Aires".

A pesar de esta resolución, que fué aprobada por aclamación, el diputado no fué enviado a Buenos Aires, debido a la oposición del mismo Francia, que para ello había sido designado. Fué remitida en cambio una nota, la famosa nota del 20 de julio, redactada en términos algo vagos. Esta nota ha sido considerada como la notificación de la independencia paraguaya. Y sin embargo, si bien se sienta en ella la doctrina de la reasunción por los pueblos de sus derechos primitivos —ya proclamada por Moreno— y se establecen las condiciones bajo las cuales el Paraguay está dispuesto a la unión con las demás provincias, de ninguna manera proclama o notifica una independencia absoluta. Por el contrario, afirma, refiriéndose a la "Provincia del Paraguay", que "su voluntad decidida es unirse con esa ciudad y demás confederadas, no sólo para conservar una recíproca amistad, buena armonía, comercio y correspondencia, sino también para formar una sociedad fundada en principios de justicia, de equidad y de igualdad".

En un bando del día 14 de septiembre, la Junta paraguaya declaró que "se felicitaba por el éxito de nuestra unión y negociaciones políticas con la ciudad de Buenos Aires" y porque "de un solo golpe recobramos nuestro lugar entre las provincias de la Nación, de cuyo número se nos quería borrar".

El tratado del 12 de octubre de 1811, negociado entre Francia por parte del Paraguay y Belgrano y Echevarría por parte de Buenos Aires, confirma la unión con las demás provincias argentinas. En el preámbulo establece que su objeto es "la unión y común felicidad de ambas provincias y demás confederadas". El artículo 1º acuerda las medidas de seguridad común a todas las provincias contra los enemigos interiores y exteriores de la Nación Argentina. El artículo 2º estipula para el Paraguay el cobro de derechos en la misma forma que en las demás provincias y para el fin de conservar la unión y seguridad nacional. El artículo 3º arregla el cobro del derecho de alcabala en el mismo sentido de unión nacional. El artículo 4º sujeta a la decisión del Congreso de todas las provincias la demarcación de los límites del Paraguay y Corrientes. Y el artículo 5º establece la unión federativa y alianza indisoluble del Paraguay con las demás provincias confederadas, bajo la base de la independencia de que cada una de ellas goza para su régimen interior provincial.

Todavía en nota oficial del 19 de agosto de 1812 el Gobierno del Paraguay declaraba que "no aprovechará jamás en trance alguno las ocasiones que pudieran dispensarlo de la obligación sagrada que contrajo con el pueblo de Buenos Aires, por impulso de pública utilidad y no por las miras de intereses y conveniencia temporal".

Desde 1813 se inició de hecho en el Paraguay la larga época de la dictadura del Dr. Francia y con ella una política de tendencia más que separatista, aislacionista. Si bien es cierto que el Congreso de 1813, como nuestra Asamblea del mismo año, dictó una serie de decretos qué parecían expresar voluntad de independencia, debemos hacer notar que nunca fueron comunicados en tal sentido a Buenos Aires. Y así el Archivo Americano podría decir años más tarde: "Ni renuncia ni retractación, ni reclamos, ni declaración de ningún género para anular las estipulaciones del tratado del 12 de octubre de 1811, jamás fueron hechos por el Dr. Francia ante el Gobierno Argentino"[1]. En cuanto al nombre de República del Paraguay y las armas y colores nacionales adoptados, no se trata de un caso único en nuestra historia. También hubo una República del Tucumán y una República de Entre Ríos y ni Aráoz ni Ramírez son hoy considerados como separatistas. La no concurrencia al Congreso de 1816, tampoco significa nada. Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes no estuvieron representadas y no por eso dejaron de pertenecer a la familia argentina.

El aislamiento paraguayo, bajo la dictadura de Francia, es perfectamente explicable. El hecho de que no haya declarado la independencia, es indicio suficiente de que Francia no se hubiese opuesto a dejar que se operase por sí misma la reabsorción del Paraguay en el conjunto más vasto a que pertenecía. Pero en la realidad ocurre lo contrario. Las Provincias Unidas del Río de la Plata, en vez de absorber, se disuelven. En Buenos Aires el Triunvirato, bajo la influencia localista rivadaviana, en vez de procurar atraer al Paraguay, adopta medidas arbitrarias, tendientes a dejar sin aplicación el tratado de 1811. Así mientras éste abolía el estanco de tabaco, declarando libre su comercio, el reglamento dictado por el Triunvirato el 1º de septiembre de 1812 dispone en su artículo 39: "Los tabacos extranjeros o de provincias separadas de la jurisdicción de este superior gobierno pagarán a su introducción duplicados derechos que los impuestos a los nacionales". Y se crea en Corrientes una aduana como "punto de frontera". El Paraguay protesta en una nota que marca el principio del aislamiento: "Por último —dice— concluímos que con Buenos Aires nada se adelanta, y nada hay que esperar, aun tratándose de la justicia y buena fe con que deben observarse los tratados". El año 1813, en que se acentúa el aislamiento, es precisamente el mismo en que la Asamblea del Año XIII rechaza la diputación oriental por el hecho de traer un pliego de condiciones que coincidía, en lo substancial, con los derechos otorgados al Paraguay por el tratado de 1811. Al año siguiente, Artigas, amigo y aliado del Dr. Francia, es declarado infame, privado de sus empleos, fuera de la ley, enemigo de la patria y puesta su cabeza a precio. Al mismo tiempo los gobiernos porteños, sin saber qué hacer con la independencia obtenida, comienzan la búsqueda ansiosa de un amo, sea bajo la forma de una monarquía extranjera, sea bajo la de una simple sumisión a Inglaterra. Viene luego el directorio de Pueyrredón y no sólo se intensifica dicha búsqueda sino que su ministro en Río, Manuel José García, hombre de espíritu colonial, negocia la invasión portuguesa a la Banda Oriental para concluir con la "anarquía" de Artigas. La invasión del enemigo tradicional se produce y Pueyrredón y su logia la toleran. Más tarde, ya vencido Artigas, el mismo Pueyrredón azuza contra el Paraguay al caudillo Ramírez. Una conspiración de amigos de éste es descubierta y ahogada en sangre. ¿Qué otra actitud podía asumir el Dr. Francia, ante semejantes hechos, que la de aislarse para preservar al Paraguay de la guerra civil y de la dominación extranjera? No arrancaba con ello a su provincia del tronco secular. Tal vez deseaba mantenerla íntegra e incontaminada para la hora de la patria grande.

Si por parte del Paraguay no se produce ningún acto de independencia, menos aún existe alguna actitud que la autorice por parte de Buenos Aires. La ley de 9 de mayo de 1825, por la cual la Argentina se desprendió del Alto Perú o el tratado de 1828, que dió la independencia al Uruguay, no tienen su similar en la historia de la desmembración del Paraguay.

En 1815, el Director Pueyrredón pidió al Gobierno paraguayo un contingente de 4000 hombres para el ejército nacional, y el doctor Francia se manifestó dispuesto a enviarlo, siempre que el gobierno general sufragara los gastos necesarios, que la provincia no podía hacer por su sola cuenta.

Al legislar el Gobierno Argentino, por decreto de 23 de noviembre de 1816, el cabotaje y navegación de los puertos de la República y de sus ríos interiores, dispuso que se considerase como cabotaje mayor, excluyendo de él a los extranjeros, "la navegación de los Cabos de San Antonio, al interior del Río de la Plata, en todos sus canales, riachos, ensenadas y puertos del Norte y Sud, Banda Oriental y Occidental, hasta los confines de la Provincia del Paraguay".

La Ley de Aduanas del 21 de agosto de 1821 sigue concediendo al Paraguay, a pesar de su aislamiento, privilegios correspondientes a pueblos de una misma nación.

En 1824 el comisionado del Gobierno Argentino, Juan García de Cosio se dirigió, desde Corrientes, al Dr. Francia invitándolo a enviar representantes al Congreso Nacional. No habiendo tenido respuesta la primera invitación, le hizo una segunda y luego una tercera, con igual resultado. Nótese que Francia, si bien no responde a las notas, tampoco las rechaza ni niega al gobierno argentino el derecho de invitar al Paraguay a un Congreso de orden interno. Sigue firme en su aislamiento; pero nada más.

En 1825 ocurre un episodio interesante, aunque sin trascendencia, en la historia de esta desmembración. El Gobierno de Buenos Aires había enviado a Potosí dos delegados, Alvear y Díaz Vélez, para cumplimentar a Bolívar y solicitarle su auxilio en la inminente guerra con el Brasil. Bolívar opone a ello la existencia de obstáculos insalvables; pero, ofrece en cambio ocupar el Paraguay, con el fin de permitir a sus habitantes disponer de su propia suerte, o de anexarlo directamente a la Argentina. El Gobierno de Buenos Aires eludió responder a esta proposición. Los historiadores bolivarianos lo critican por ello. Blanco Fombona afirma que el  propósito de Bolívar era formar en América estados fuertes y que a la política bonaerense de la época debemos la pérdida del Paraguay. Sin embargo —y aun suponiendo que se hubiese equivocado en sus móviles el gobierno de Las Heras— creemos que estuvo acertado en el rechazo. Se trataba de un asunto doméstico que era prudente resolver entre nosotros, sin intromisiones extrañas, por bien intencionadas que se las supusiese. Este episodio sin trascendencia, demuestra por otra parte que al genio indiscutible de Bolívar no había escapado lo absurdo de la división argentino paraguaya. Ese mismo año de 1825, comienza a disgregarse el viejo Virreinato. El 10 de julio, cuatro provincias argentinas, con el consentimiento del Congreso nacional, declaran su independencia, constituyendo la República de Bolívar, hoy Bolivia. Al año siguiente se les une Tarija. Dos años después, tras una guerra militarmente ganada, perdemos la Banda Oriental por un tratado debido a la diplomacia inglesa, a la incapacidad rivadaviana, y a la acción nefasta de Manuel José García, "el más incondicional servidor que ha tenido Inglaterra entre nosotros", como tan acertadamente lo califica Scalabrini Ortiz. El espectáculo que ofrecíamos al mundo no era como para invitar al Paraguay a salir de su aislamiento protector e incorporarse a una nación que se disgregaba. Si allá en su retiro de la Asunción alguna vez el Dr. Francia soñó con la Patria grande, debió ver en esos años desvanecerse su sueño con honda melancolía. Y así, con un Paraguay separado de nosotros por casi 20 años de aislamiento, de decepción y de resentimiento, entramos en la época de Rosas.

 

*Alberto Ezcurra Medrano. La independencia del Paraguay. Ediciones católicas argentinas. Bs As. 1941



[1]  Archivo Americano. Septiembre 9 de 1848. Pág. 28.


martes, 11 de octubre de 2022

La leyenda negra y el verdadero sentido de la conquista española*

 


Por: Edgardo Atilio Moreno


Hay mitos y leyendas que aunque refutados una y mil veces se resisten a morir, especialmente cuando son promovidos desde el poder. Uno de estos es el de la llamada Leyenda Negra  de la conquista de América. Este término -popularizado por el historiador Julián Juderias- hace referencia a una visión historiográfica ideologizada y falaz, que busca denigrar a España por todo lo que esta realizó en el Nuevo Continente a partir de su descubrimiento.

Esta leyenda negra fue pergeñada y difundida con fines políticos, económicos y religiosos por los países enemigos de España tomando como base las denuncias por abusos a los indios que en el siglo XVI hizo el fraile dominico Bartolomé de las Casas.

Estas denuncias tenían ciertamente una base de realidad pero eran claramente exageradas y en muchos casos directamente falsas; sin embargo sus divulgadores las utilizaron para imponer la idea de que los españoles habían cometido América todo tipo de crímenes, vilezas y crueldades, en forma sistemática.

De más está decir que los autores de esos panfletos omitieron siempre hacer alguna mención de los crímenes reales y de las atrocidades concretas cometidas por sus propios países. Ya sea dentro de sus propias fronteras o en sus empresas coloniales.

Cabe aclarar aquí, que quienes desde el revisionismo histórico genuino salieron al cruce de las mentiras de la leyenda negra no por eso plantearon como contrapartida una leyenda rosa al respecto; ya que ninguno de estos autores puso en duda la existencia de injusticias, abusos, y crímenes que en muchos casos cometieron los conquistadores y encomenderos, especialmente en los primeros años de la conquista. Como dice Vicente Sierra, en su obra Así se hizo América, “¿Es que hubo abusos? ¡Vaya si los hubo! ¿Acaso no fueron hombres los que vinieron  de España?”.

Lo que sí hicieron estos historiadores notables, como Romulo Carbia, Vicente Sierra, Federico Ibarguren y Ernesto Palacio, entre otros, fue demostrar que el móvil principal de la empresa (aunque no el único) fue el de la evangelización de los aborígenes americanos, y que España hizo todo lo que estuvo a su alcance para proteger a estos de todo tipo de abusos e introducirlos en la civilización.

Las leyendas negras

Siguiendo esa línea, entre los mejores libros escritos sobre la temática, cabe mencionar la obra del Dr Antonio Caponnetto, Hispanidad y Leyendas negras, a la cual acudimos aquí para explicar el fenómeno de las leyendas negras.

Dice Caponnetto (después de haber denunciado la relación entre la llamada Teología de la Liberación y la Leyenda Negra) que es mejor hablar de las leyendas negras (en plural) pues se pueden distinguir tres versiones de esta: la leyenda lascasiana, la liberal y la marxista.

La primera de ellas –continua- fue la elaborada por el Padre Bartolomé de las Casas y “se ofrece con un sesgo bien intencionado”, pues sus denuncias tendrían por objeto asegurar el buen trato a los indios y evitar los abusos e injusticias que estos estaban sufriendo en manos de los conquistadores.

El problema con las denuncias del fraile –afirma Caponnetto- es que “apeló metódicamente a la mentira, a la exageración, a la generalización, al falso testimonio, al prejuicio y a todas las variantes del engaño sin excluir las patrañas más insostenibles y grotescas”; y que por ello su obra, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, no resiste el menor análisis científico. En efecto, De las Casas incurre en todo tipo de afirmaciones fantasiosas como la de los treinta mil ríos que asegura haber visto en la isla La Española, o la de los tres millones de indígenas que dice que vivían en Santo Domingo, cuando estos no pasaban de dos centenares, o la cifra de 24 millones de aborígenes eliminados, cuando en toda Hispanoamérica se calcula que apenas había poco más de 13 millones. Del mismo tenor son sus denuncias sobre los supuestos abusos cometidos por los españoles, sin dar detalles de en donde sucedieron, cuando, quienes los cometieron, etc., es decir sin dar ninguna precisión. Todo esto en el afán de imponer la falsa dialéctica del español malo y cruel frente al noble, bueno e inocente aborigen.

Por otro lado, consigna nuestro autor, que el cura de las Casas no fue el primero ni el único en preocuparse por la situación de los indios; ya que fue la propia Corona la que se ocupó tempranamente del tema. Ejemplo de ello es la actitud de Isabel la Católica cuando Cristóbal Colon  envió a España algunos nativos como esclavos, y la reina preguntó airada ¿Cómo se atrevían a esclavizar a sus súbditos? Y ordenó su inmediata libertad.

Además, la conducta pública del dominico distó mucho de ser coherente y caritativa. En efecto, si bien este decía defender los derechos de los indios, sin embargo se manifestaba a favor de la esclavitud  de los negros y justificaba la práctica de la esclavitud entre los aborígenes; de igual manera, al tiempo que afirmaba que todo el dinero procedente de América era un robo, planificaba expediciones en busca de oro y perlas. Todo lo cual hace poco creíble su prédica.

La segunda versión de la leyenda negra, la leyenda liberal –sigue diciendo nuestro autor- es producto “de las fuerzas combinadas del protestantismo y de la masonería dueñas de los países políticamente adversarios de España, principalmente Holanda e Inglaterra aunque también Francia y Alemania”, a partir de las falsas denuncias de Bartolomé de las Casas; y se caracteriza por hacer coincidir el anti hispanismo con el anti catolicismo. En ella la difamación de España es la excusa para atacar sobre todo al catolicismo, a la Iglesia católica.

Y un detalle más hace notar Caponnetto: si bien los liberales de los siglos XVIII y XIX agitaron la bandera anti española con fines independentistas, promoviendo el resentimiento de los indios en contra los españoles; posteriormente, en la segunda mitad del siglos XIX en adelante  “…incorporan un matiz diferente. La barbarie seguía siendo España  –incurablemente mala ya por condición intrínseca- y  la Civilización seguía siendo el universo anglo sajón; pero los indios, las dulces y sencillas ovejas lascasianas, cayeron en descredito y pasaron a pertenecer a la barbarie”; a la que había que reemplazar –como proponía Alberdi- o directamente exterminar , como decía Sarmiento.

La tercera versión, la leyenda negra marxista, es la más difundida actualmente. Al respecto dice nuestro autor que su tesis central es la caracterización de la Conquista y Evangelización de América como una invasión imperialista con fines estrictamente económicos. Por lo tanto, para reparar ese atropello, los pueblos así sometidos deben buscar su liberación; y esa lucha empieza, en primero lugar, rechazando y repudiando la superestructura ideológica (en particular la Fe) impuesta por los españoles, ya que esta es la justificación teórica de la explotación. En segundo lugar, recuperando la cosmovisión de los vencidos, o sea de las culturas precolombinas, llamadas originarias en la guerra semántica. Por eso es que hoy vemos como se reivindica –por ejemplo- los cultos a la Pachamama, hasta dentro de la Iglesia.

En esta versión, al igual que en las otras, los marxistas en tren de reivindicar a las culturas precolombinas también se ven en la obligación de ocultar la real situación de los pueblos indígenas antes de la llegada de los españoles.

Por eso esconden o tratan de justificar la práctica espantosa de los sacrificios humanos y del canibalismo; el estado de guerra permanente entre los diversos pueblos, las matanzas indiscriminadas, el saqueo, la esclavitud, las deportaciones, y los pesados tributos impuestos a las tribus vencidas. Ocultan el hecho de que la mayoría de los indios estaban sometidos a la tiranía de sus caciques; y que los indios comunes no eran los dueños de las tierras sino que tenían que trabajarla para unos jefes tenidos por dioses, que lo poseían todo. No quieren ver que los aborígenes no tenían ninguna legislación que protegiera sus derechos y que la única ley que imperaba era la del más fuerte. Razones todas estas que llevaron a que muchísimos indígenas se unieran a los españoles recién llegados buscando su protección.

En definitiva  la leyenda negra marxista pinta a la América precolombina como un paraíso en donde imperaba la libertad y la justicia, que fue arrasado por un imperialismo voraz y genocida, en complicidad con una Iglesia oscurantista; por lo que es justo el repudio y el rechazo a todo lo vino después del Descubrimiento, empezando por la misma noción de este.

Los lugares comunes

Habiendo hecho estas distinciones, Caponnetto pasa a analizar los tópicos o ideas que con más frecuencia repiten los detractores de la acción española en América.

Un primer lugar común es la acusación de que España se apropió de las tierras de los indios; “como si antes de la llegada de los españoles todo hubiese sido una distribución paradisiaca de parcelas y vergeles”, dice nuestro autor; y continua: “La verdad es que los indios ejercieron entre ellos, con toda naturalidad, las prácticas comunes del saqueo, la invasión armada, la expansión violenta, el reparto de bienes y tierras como botín de guerra y el despojo más absoluto de las tribus vencidas. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. Y la noción jurídica de propiedad era tan inexistente como la de igualdad. El más fuerte sometía al más débil, las tierras eran propiedad arbitraria de los jefes vencedores, el trabajo forzado para un estado despótico y divinizado resultaba la norma…”.

Dicho esto, se puede afirmar sin temor a exagerar que cuando llegaron los españoles a América los pueblos que encontraron no eran realmente los propietarios originarios de las tierras que ocupaban pues antes se las habían arrancado a otros pueblos, y estos a su vez a otros anteriores y así sucesivamente hasta remontarnos a los primeros viajeros que cruzaron el estrecho de Baring miles de años atrás.

Nos obstante ello, tal como lo dejaron dicho todos los autores que refutaron las leyendas negras, lo particular del caso y el gran mérito de España es que fue ella misma la que se planteó la licitud de su accionar e inquirió sobre cuáles serían los justos títulos que podían legitimar sus conquistas. Incluso frenó su empresa hasta resolver esa cuestión de conciencia.  Y la respuesta  a ese problema la dio el gran teólogo y jurista, Francisco de Vitoria, fundado los derechos de España en América el propósito evangelizador y en la necesidad de preservar a los aborígenes de las idolatrías y el gobierno despótico de sus caciques; y ese propósito prioritario fue el que le imprimió a la conquista un sentido misional y civilizador inédito en la historia.

Por otro lado la Corona, mediante numerosas Cedulas reales estableció que no se podía repartir entre los españoles las tierras de propiedad de los indios, solo se podían repartir las tierras que estaban baldías o sin uso. Y aunque en muchos casos esas disposiciones fueron transgredidas los nativos podían recurrir a las instituciones que protegían sus derechos. Los archivos históricos están repletos de multitud de pleitos y denuncias de este tipo en las que normalmente el vencedor era el nativo y de esa manera recuperaba sus derechos sobre su propiedad.

Otro lugar común es la supuesta sed de oro que habría sido el móvil principal de España en América.

Aquí también da en la tecla Antonio Caponnetto cuando dice que “no hay razón para ocultar los móviles económicos de la Conquista española, no solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado  y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana, ni con el orden natural de las cosas. Procurarse una compensación proporcional a los gastos o un beneficio decoroso ni tiene en sí mismo nada de perverso ni escapa a las reglas de juego de toda política económica en cualquier tiempo”.

Lo malo –continúa nuestro autor- habría sido anteponer el fin del lucro al Bien Común o buscar las ganancias a toda costa utilizando medios inmorales; pero eso no hizo España. Tal es así esto que por ejemplo no se dedicó al lucrativo  tráfico de esclavos, cuando casi todos los países de entonces lo practicaban.

Claro que hubo españoles que cometieron actos de pillaje, robos y otros abusos, reconoce Caponnetto, pero acotando que individuos así hay en todos los países, y que España no planeo ni ejecutó una política saqueadora, ni tampoco permitió el abuso por parte de nadie, para ello dictó una legislación protectora de los aborígenes única en el mundo e hizo todo lo que estaba a su alcance para que ella se cumpliera.

Por otro lado el oro y la plata que se extraía de América en gran parte se quedaban en el continente para solventar el desarrollo de la economía local, mientras que aquel que se enviaba a Europa también beneficiaba al nuevo mundo, pues en gran parte volvía en mercaderías y productos que se adquirían en el viejo continente.

Un tercer lugar común es el del supuesto genocidio llevado a cabo por España sobre los indígenas. Al respecto se debe decir sin ningún titubeo que España no planificó ni llevó a cabo ningún genocidio en América, mienten quienes así lo afirman. El genocidio es la eliminación sistemática de un grupo humano por motivos de raza, religión o nacionalidad; y eso no pasó en América. No hay ningún documento que lo pruebe. Como dice Caponnetto: “no hemos hallado nunca una línea oficial o privada de los protagonistas de la Conquista española, justificando, avalando, planificando u organizando el genocidio de las tribus americanas. Se encontraran muertes y guerras, batallas y derrumbes, escarmientos y venganzas, desquites, combates de todo tipo y gusto, pero ni esto corresponde ser llamado genocidio ni la causa bélica es la causa principal del descenso de la población indígena.”

Es cierto que la población aborigen experimento un descenso notable luego de la llegada de los españoles, sin embargo la principal causa de ello fue la difusión de enfermedades para las cuales los indios no tenían defensas. Así lo dice el gran historiador Vicente Sierra, en su ineludible obra Así se hizo América: “la causa principal de esta merma fue la viruela, plaga contra la que España luchó como pudo, al punto que la difusión de la vacuna alcanzó en Hispanoamérica el más alto grado de desarrollo cuando se la desconocía en muchas otras partes del mundo”.

En realidad las únicas matanzas sistemáticas que se dieron en América fueron la de los sacrificios rituales practicados antes de la llegada de los españoles. Por el contrario, los reyes de España –junto con la Iglesia- lo único que hicieron siempre fue tratar de proteger a los aborígenes de los abusos que  ciertos individuos cometían.

El sentido de la conquista

Habiendo quedado en claro los orígenes de la leyenda negra, así como las motivaciones de sus divulgadores; y habiéndose refutado rápidamente sus principales lugares comunes; digamos  para terminar –siguiendo al maestro Vicente Sierra- que en la Conquista de América lo que primó siempre fue el sentido misional de la empresa, presente incluso desde el inicio mismo de la gesta.

Por eso Federico Ibarguren, en esa joyita que es su libro Nuestra Tradición histórica, dice: “El sentido religioso de la conquista americana, desde el principio, fue planteado por Cristóbal Colon antes de arribar a estas tierras, que el creyó del Oriente. Y ello, siguiendo una estrategia que venía repitiéndose en Europa desde la época de las Cruzadas: la lucha contra el mahometano… su propósito aparte del comercial fue tornar viable un ataque por la espalda a los árabes –enemigos a muerte del cristianismo- para luego sitiarlos  y así evangelizar a los pueblos sometidos a Mahoma.”.

Así mismo, esa voluntad misional de la España conquistadora la encontramos expresa en las declaraciones de los monarcas del Descubrimiento. En Isabel la Católica cuando en su testamento dice: “Nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro VI, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer a los pueblos de ellas, y los de convertir a nuestra Santa Fe Católica…” ; y en Fernando de Aragón cuando en carta a Diego Colon del 3 de mayo de 1509 afirma: “Mi principal deseo siempre ha sido y es, de estas cosas de las Indias, que los indios se conviertan a nuestra Santa Fe Católica”.

Por eso es que España se esforzó en enviar a América cientos de misioneros  y curas. Con ese objetivo se construyeron cientos de iglesias y conventos, se fundaron escuelas y universidades; se crearon hospitales para indios; y se dictó una formidable legislación social protectora de los aborígenes, en la que se contemplaba la jornada laboral de 8 hs, el salario móvil, el descanso dominical, la prohibición de trabajar de niños y embarazadas, etc.. Por eso, los conquistadores, pudiendo levantar solo factorías en las costas americanas, se internaron y se asentaron en regiones en las que no había riquezas algunas, sino hambre, enfermedades y miserias.

Y esos fines misioneros de la conquista estuvieron presente también en los sucesores de los Reyes Católicos, especialmente Carlos V y Felipe II, y solo fueron dejados de lado con la llegada de los borbones, al comenzar el siglo XVIII.

Que el hombre moderno pueda entender que un Imperio se haya propuesto como fin primero en sus empresas de conquista la divulgación de la Fe, sabemos que es muy difícil. La mentalidad religiosa y teocéntrica de aquellos hombres que conquistaron y evangelizaron América hoy es incomprensible para muchos.  Sin embargo la ejemplaridad de la empresa de España en América debe ser recordada y reafirmada, pues el modelo de la Cristiandad, el proyecto de instaurarlo todo en Cristo, y la necesidad de la concordia entre el poder espiritual y el temporal, es un ideal que no ha caducado, ni puede ser abandonado.


*Publicado en revista Gladius N° 116

lunes, 26 de septiembre de 2022

LA LEYENDA DE LA TIRANIA *

 


Por: Jordan Bruno Genta

Caseros es el primer triunfo decisivo de la política liberal en la Historia Argentina; no sólo extiende su influencia a todas las manifestaciones de la vida nacional, sino que logra imponer una gran falsificación de nuestra conciencia histórica para encubrir con la leyenda del tirano Rosas, la conducta desleal y oportunista de los emigrados, convictos y confesos de haber alentado la intervención extranjera y de haber negociado la desmembración del territorio; lo cual unido al oro que han recibido de los agentes imperialistas en pago de su inapreciable colaboración, configura la imagen siniestra de los "reos de lesa Patria", con la que ellos pretenden confundir a Rosas ante la posteridad. Y esta falsificación de nuestra Historia nos engaña acerca de lo que somos y tenemos que ser; nos extravía irremediablemente el juicio sobre las cosas que debemos respetar y las que debemos temer. La Patria es la Historia de la Patria.

¿Qué sentido del patriotismo y de sus deberes pueden tener los jóvenes argentinos que frecuentan el magisterio de los doctrinarios de la traición?

Leed y volved a leer esta respuesta de Alberdi a la pregunta sobre el deber argentino, con motivo del Bloqueo francés del Río de la Plata, publicada en "El Nacional" de Montevideo, el 28 de noviembre de 1838:

"¿Estará el deshonor, entonces, en ligarse al extranjero para batir al hermano? Sofisma miserable. Todo extranjero es hombre y todo hombre es nuestro hermano".

O esta apología de la traición de la Patria que Sarmiento hace en "Facundo", el más celebrado y difundido de sus libros; lectura obligatoria en nuestras escuelas públicas:

"… los que cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes: en una palabra, fuimos nosotros". (III Parte, cap. 2).

Y la verdad es que estos doctrinarios de la traición, los jóvenes esclarecidos de la brillante generación de Mayo, son mentores oficiales de la juventud argentina que los reverencia como a personalidades próceres y maestros de conducta civil, mientras Rosas continúa siendo "un reo de lesa Patria" y un monstruo moral.

Es necesario que el defensor de la soberanía nacional, sea execrado por los siglos de los siglos, a fin de que Urquiza, López, Mitre, Sarmiento y Alberdi, aparezcan revestidos con las acrisoladas virtudes del patriotismo y de 1a. fidelidad. Se trata de un fallo inapelable, de una sentencia definitiva, de un dogma secular que debe ser acatado en nuestras interpretaciones y valoraciones históricas. Nadie puede intentar la más leve modificación de este prejuicio, consagrado por los más celosos partidiarios de la variabilidad de todas las cosas. No hay como los declamadores democráticos de la Evolución Universal, para decretar inmutabilidades en el seno mismo de. lo que cambia indefectiblemente.

Dudar de la divinidad de Cristo es signo inequívoco de una mentalidad evolucionada y progresista; pero poner en duda la monstruosidad de Rosas es una aberración mental y un crimen inexcusable. Tal es el criterio de liberales y masones.

Los medios que se emplean para asegurar y mantener esta gran falsificación de nuestra Historia, superan en viieza y en cobardía a los que se usaron para combatir a Rosas en el poder. El ensañamiento contra Rosas muerto es todavía mayor que el mostrado hacia Rosas vivo. No se retrocede ante ninguna valla; si es necesario so oculta o se tergiversa la misma evidencia. No se respeta ni se considera en absoluto el juicio más autorizado, si ese juicio reconoce el patriotismo, la prudencia y la honestidad de Rosas; ni siquiera si es. San Martín quien lo dice.

Los mismos que estiman insuficiente la medida humana para exaltar a nuestro Gran Capitán y levantan altares laicos (grotesco intento de entronizar la idolatría del héroe por odio a Dios), no le escatiman agravios toda vez que declara su adhesión o le testimonia su gratitud argentina a Rosas. El penegírico se cambia en vituperio: San Martín es un viejo obcecado y reblandecido, un necio que habla con suficiencia de lo que no sabe o un padre agradecido por los favores dispensados a sus hijos.

Sarmiento en su biografía del General San Martín que figura en la galería de hombres célebres de Chile - Santiago, 1854, no vacila en mentir con su impavidez habitual, además de atribuir a la debilidad senil de San Martín su adhesión a la causa de Rosas:

"Nada de particular presentan los últimos años de San Martín, sino es el ofrecimiento hecho al dictador de Buenos Aires de sus servicios en defensa de la independencia americana que creía amenazada por las potencias europeas en el Río de la Plata. El poder absoluto del General Rosas sobre los pueblos argentinos no era parte a distraerle de la antigua y gloriosa preocupación de la independencia, idea única, absoluta y constante de toda su vida. A ella había consagrado sus días felices, a ella sacrificaba toda otra consideración. la libertad misma. Pocos meses antes de morir, escribió a un amigo algunas palabras exagerando las dificultades de, una invasión francesa en el Río de la Plata, con el conocido intento de apartar de la Asamblea Nacional de Francia, el pensamiento de hacer justicia a sus reclamaciones por medio de la guerra. A la hora de su muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo o deseando legársela a su patria, se la dedicó al general llosas, como defensor de la independencia americana... No murmuremos de esto error de rótulo en la misiva, que en su abono tiene su disculpa en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años del teatro de los acontecimientos, y las debilidades del juicio en el período septuagenario" (tomo III, página 296).

En otra página de su vastísima obra, comentando su visita a Grand Bourg, en el verano de 1845, emplea el mismo argumento para excusar a San Martín:

"…San Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza, anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas al defensor de la independencia amenazada, y su ánimo noble se exalta y ofusca...

"…San Martín era un hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la veje z… " (tomo V, pág. 114).

El subrayado nos pertenece, y abarca casi todo el texto porque queremos destacar los recursos innobles de que se vale Sarmiento para desautorizar la actitud de San Martín hacia Rosas y, al mismo tiempo, para reducir la. agresión imperialista a un fantasma, engendrado por el delirio obsesivo de un pobre viejo. Y también porque es un testimonio de la falta de escrúpulos de que hace gala Sarmiento, toda vez que estima oportuno mentir para lograr un determinado efecto. Si escribe una biografía de San Martín para hacer el elogio del héroe de la independencia, no conviene en absoluto que el legado de su sable aparezca como una decisión lúcida y serena; nada más fácil para el llamado Maestro de América, que es un consumado maestro en estas habilidades: "A la hora de la muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo y deseando legársela a su patria, se la dedicó al general Rosas… No murmuremos de este error de rótulo en la misiva que en su abono tiene su disculpa, en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años (suponemos que esta cifra es un error tipográfico) del teatro de los acontecimientos y de las debilidades de juicio en el período septuagenario".

Hemos repetido esta parte del texto para mostrar que solamente un impostor de oficio puede incurrir en esta burda falsificación y en esta inexcusable irreverencia. Si Sarmiento ignora en 1854 que San Martín había redactado su testamento seis años antes de morir, en estado de plena lucidez y dominio de sí, no puede ignorar,, que está inventando las circunstancias de la muerte del héroe para que, el legado a Rosas, aparezca como el acto irresponsable de un anciano moribundo que no sabe lo que hace.

El presidente de la Comisión Argentina de Montevideo, Dr. Valentín Alsina, le escribe a su amigo D. Félix Frías con motivo de la muerte de San Martín que acaba de conocerse en el Río de la Plata. El rencor que ha tenido que disimular en la obligada nota necrológica, lo desahoga en la discreta intimidad de la carta que está fechada en Montevideo, el 9 de noviembre de 1850:

" …Como militar fué intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado por los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles contra el extranjero.... Nos ha "dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna  y. . . pero mejor es no hablar de esto... "

La verdad es que todavía "aturde, humilla e indigna" a los abogados de la Democracia. Dicen venerar al héroe nacional, pero descalifican sus juicios en cuanto se oponen a sus intereses creados. Prefieren las mentiras de Sarmiento a las verdades ele San Martín, porque son discípulos aprovechados de la escuela histórica que D. Salvador María del Carril inaugura en nuestra Patria, con sus recomendaciones a Lavalle después de la ejecución de Dorrego, en diciembre de, 1828:

"…si para llegar siendo digno de un alma noble, es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad. se embrolla: y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos.. . "

Los empresarios de la falsificación metódica y sistemática de nuestra Historia, con aparato documental y crítica científica o sin estas formalidades aparentes, se sienten plenamente justificados por esta doctrina de la mentira patriótica, gemela de la que auspicia la mentira piadosa a fin de que el hombre muera como una vaca y no como un hombre.

Claro está que esta doctrina suele revestirse con las denominaciones propias de las filosofías a la moda: y por esto es que en los días que corren, se llaman lo mismo existencialismo que pragmatismo.

La mentira patriótica es la "verdad existencial" o la "verdad pragmática"; algo así como una ficción consoladora, confortable y estimulante para la vida de las naciones y que debe administrarse de acuerdo con las necesidades de cada momento y al hilo de la existencia histórica.

Los pueblos, se dice, tienen necesidad de "mitos" o de "mística" para vivir. La confrontación existencial de la última, guerra ha confirmado que el mito de la Democracia y de la Libertad continúa siendo la razón vital de la humanidad, frente, a los caducos nacionalismos autoritarios. Esto significa para los vigías de la dialéctica existencial que el mito saludable, la mística vivificante de las naciones, es todavía la Democracia made in U.S.A. o made in U. R. S. S.

Y el resurgimiento democrático de post-guerra, en nuestra Patria, exige mantener la leyenda de la Tiranía, más un obligado complemento que es.

 

*Tomado del libro San Martin, doctrinario de la política de Rosas. Ediciones del Restaurador. Bs As. 1950.