jueves, 18 de mayo de 2023

¿Qué cosa es la historia?

 


[1]Por Federico Ibarguren

 

La historia no es una mera exposición del pasado. Más que su desarrollo importa la comprensión del mismo. Nexo de unión entre diversas épocas, las hace inteligibles al destacar en perspectiva la continuidad formal, el fin al que tiende el decurso de las generaciones. Es ajena, por eso, a la mera literatura, a la fábula, al tópico. Sus pesquisas buscan la verdad y no el mito, utilizando para ello -en la afanosa y nunca interrumpida investigación- métodos análogos a los empleados en la morfología.

            “Historia -como la define el gran pensador católico[2] europeo, Johan Huizinga- es la forma espiritual en la que un pueblo rinde cuentas de su pasado”.

 

Los historiadores modernos, en general, pierden tiempo tomando datos intrascendentes. Ayudados por la memoria, llenan cuartillas recordando tal o cual suceso trivial, de mayor o menor interés según sea la fidelidad con que es traducido en el papel. Para ellos todo es cuestión de archivos. Se pasan el día en bibliotecas desentrañando documentos, acumulando datos de acontecimientos pasados. Tal será -afirma dogmáticamente la cátedra- un historiador cabal.

Semejante criterio -a nuestro modo de ver, equivocado- padece de un error de punto de vista. No se trata de detalles: es una cuestión de enfoque.

Para nosotros, la historia no consiste en documentar y presentar al público acontecimientos perfectamente relacionados en todos sus pormenores. Reviste un sentido más entrañable. Es un proceso -una forma espiritual- y reconoce, por ello, un principio de arranque y una finalidad a alcanzar.

El concepto de historia tiene una función no de cosa exhumada, de recuerdo, de memoria, sino de hálito vital -si puede referirse esta palabra al mundo del espíritu-. De vida que no se interrumpe sino con la muerte.

En las personas, el pasado enseña más que recuerda. En los pueblos ocurre lo mismo. Nadie puede desconocerlo.

El que sabe quienes son sus ascendientes estará mejor preparado para afrontar el destino o, por lo menos, con más posibilidades de defensa que el que los ignora. Ocurre algo parecido en las sociedades. Cuando los acontecimientos estallan y urge tomar contacto con la realidad, la nación ignorante de su pasado se verá en inferioridad de condiciones para reaccionar. Caerá vencida por los acontecimientos desatados. No sabrá encarar la solución, sucumbiendo, arrollada por la propaganda, los programas de moda y las doctrinas del momento, como pasa con mucha gente que ha alcanzado una posición sin merecerla de verdad.

 

Ahora comenzamos a percibir la importancia que para la conducta tiene el pasado. Porque, al fin, la historia no es sino experiencia de los pueblos; un imponderable que no se vive en vano. Sostenían los antiguos que aquella se hacía transmisible con la madurez, y tenían razón. La madurez fue siempre depositaria de la experiencia vital que es sabiduría. En cambio, para quienes han olvidado su pretérito, toda edad resulta lamentable. Pueblos semejantes están destinados a permanecer eternamente infantiles, desmemoriados y bárbaros. Y quedan siempre sometidos a perpetuas tutelas foráneas.

Ahora bien, no hay efecto sin alguna causa que lo produzca. Así, la historia no está hecha de ideologías. El proceso de adaptación que es en realidad la Historia -fruta madurada en el árbol- resulta negado, repudiado por la tesis, el programa, la utopía pura. Un ser no se desarrolla en virtud de una teoría previa sino que nace de padres dados, ve la luz en un lugar que no ha elegido y tiene amigos y reacciones imprevisibles. De la misma manera, lo histórico no puede someterse estrictamente al razonamiento lógico, por noble, elevado y generoso que parezca en el orden espiritual y moral.

La historia, en definitiva, es un proceso: el desarrollo de un pueblo condicionado por factores atávicos y ambivalentes que, Dios mediante, van jalonando su libertad esencial de ser y de moverse, en el espacio y el tiempo.

 

Así como la semilla precede la planta en el ciclo de la generación, la esencia es anterior a la existencia. Por tanto, es fundamental para nosotros comprender la esencia de lo histórico antes de adentrarnos en el estudio extensivo de sus distintas etapas evolutivas, de su existir como tal.

La historia es, en efecto, interpretación jerárquica de los hechos. No basta la mera información exhaustiva. Aquella debe superar lo anecdótico, buscando contacto con las categorías que ordenan el acontecimiento particular. Se trata de una síntesis, de una forma, para hablar en lenguaje escolástico.

Todos sabemos que, en el fondo, el problema de la inteligencia es ontológico y no está regido por leyes necesarias de la física material, sino que depende de las de la metafísica. La subordinación de la historia a este orden jerárquico del pensamiento -ínsitamente contenido en la filosofía- va sin decirlo, aún cuando el historiador no lo confiese explícitamente o lo ignore las más de las veces. Esto quiere decir que el criterio filosófico condiciona el criterio histórico, toda vez que la historia no tiene valor independiente de ciencia, al menos como entiende a esta el positivismo moderno.

¿Qué es lo histórico, entonces, en el orden de las ideas? ¿Cuál es su raíz? Acostumbrados a pensar con instrumental positivista, lo primero que se nos ocurre es que la historia es una ciencia: colección de hechos históricos minuciosamente explicados por documentos o testimonios escritos de la época. Ciencia experimental que el historiador -siempre un especialista- estudia en archivos: única fuente de donde puede extraer el material para recomponer, enhebrando los hechos, el drama del pasado. El concepto general que se tiene de la historia es éste: ciencia cronológica de los hechos. Cuanto menor sea la interpretación personal de los mismos que dé el historiador -se piensa- más real y verdadero resultará el relato. Hasta aquí el criterio general difundido en nuestra materia.

Pero, afortunadamente, la esencia de los históricos no es el dato aislado. Porque si descansara únicamente en documentos y testimonios escritos bastaría que una generación perdiera sus papeles para que el pasado desapareciera y la continuidad en el tiempo quedara quebrada. Y ello es un absurdo.

 

La Historia no reposa en último término -como lo pretende el positivismo científico- en la prueba material de los hechos pretéritos; aún cuando ésta sirva siempre para respaldar las afirmaciones del escritor. Por encima de lo visible, trascendiendo los restos que podamos hallar de una época dada -sobre las olas del naufragio temporal- quedará grabada por siglos, como una estela sutil, la huella de lo que una vez surcó su superficie. Es el inteligible de lo que existió, la parábola móvil denunciadora de la vida que marcha y no se detiene, a instancias del impulso motor de la historia.

Para los sabios de nuestro tiempo siempre habrá, sin embargo, dos maneras de estudiar la naturaleza humana: pulsando las reacciones y estímulos del hombre vivo, o desmenuzando en partículas su cadáver. Así ocurre también por analogía, con relación a los pueblos. Los historiadores del siglo pasado han elegido casi todos, el segundo procedimiento: aguardaban la muerte de una generación para hacerle la autopsia y exhibirnos en seguida sus vísceras.

Pero lo histórico no debe especular con la muerte para existir. Es otra cosa que la mera anatomía social. Está informado por leyes creadoras de vida, continuidad y sucesión. Reconoce un alma que alienta a la cultura a la que ese pueblo pertenece. Tiende al logro de una finalidad de tipo universalista: trascender en lugar de quedarse egoístamente, cada pueblo, satisfecho con su caudal propio en la soltería y esterilidad permanentes[3].

La historia, más que la ciencia experimental, se os aparece así -a despecho de las escuelas positivistas modernas- como una especie de rama particular de esa disciplina que los antiguos llamaban con verdad “la madre de todas las ciencias”: la filosofía. Aunque ella sea en rigor una filosofía no especulativa, sino aplicada a los hechos concretos. Una filosofía, por decirlo  así, de lo encarnado.

“Toda auténtica reflexión histórica es auténtica filosofía, o es sólo labor de hormigas”, ha escrito egregiamente el olvidado tudesco Oswald Spengler.

 

La materia histórica es, como hemos visto, fluida por naturaleza; razón por la cual no corresponde clasificarla entre las disciplinas científicas propiamente dichas -“la esencia misma de la historia es el cambio”, anota J. Burkhardt-. Sin embargo ella descansa en ciertas constantes que, en último término, le dan fijeza y continuidad.

Una de esas constantes -acaso la de mayor importancia- es la tradición. Ella actúa de regulador, decantando la vida de los pueblos en el molde de hábitos, costumbres, maneras y modos de ser que se van transmitiendo de padres a hijos; no obstante el aporte original -inédito- de cada generación que la enriquece de continuo en el decurso de su existencia.

Así, las evoluciones y revoluciones propias del tiempo encuentran su reposo -su equilibrio armónico y viable- cuando son asimiladas por la tradición del pueblo que las sufre. Sólo ésta es capaz de dar sentido y estabilidad a la incesante mutación de los siglos. Lazo de unión, puente -por así decir- que junta el pasado con el futuro, actúa de catalizador en el proceso temporal del desarrollo de las comunidades humanas. Sin ella la vida carecería de contrapeso, volveríase puro presente: jugueta del vendaval de los acontecimientos como las hojas en otoño, desprendidas de la planta.

 

La tradición marca, así, la ruta de nuestro destino al hacer imposible la cotidiana victoria de las tendencias anárquicas de la naturaleza sobre el orden sedimentado en que descansa una forma social, impidiendo que el capricho social triunfe sobre el futuro factible y la muerte sobre la vida. Ella -la tradición- otorga verdadera personalidad a los hombres y a los pueblos. Porque traduce, en el último término, el ser de la historia.

“El conocimiento histórico no es posible fuera de la tradición histórica -expresa al respecto Berdiaeff-. El reconocimiento de la tradición es una especie de apriorismo, es algo categóricamente absoluto en el conocimiento histórico. Sin ello nada hay completo y nos quedan tan sólo fragmentos”.

Como se ha visto, la tradición es el elemento estático de la historia. Lo dinámico son las ideas y los hombres que, por contraste, de continuo cambian renovando la vida. Explícase, por lo demás, esta trasmisión casi inalterable -a través del tiempo- de hábitos y costumbres teniendo en cuenta su origen religioso, diría yo, en el sentido amplio y lato de la palabra. Ya que la tradición tiene sus raíces -como en el teatro- en el drama trágico de la conducta y no en la comedia frívola de los caprichos circunstanciales y de las modas. En sus comienzos, nace de la actitud sacra -no profana- del hombre ante el gran misterio del mundo circundante. Los pueblos van conformando toda su liturgia social, que luego recoge la posteridad, como reacción frente a la naturaleza bruta o al medioambiente en el que viven. Sólo asi puede explicarse sin deformaciones la fuerza terriblemente conservadora que informa todo resabio de tradición verdadera.

“Religio praecipuum Humanae societatis vinculum” (“La religión es el vínculo capital de la sociedad humana”), enseñaba Bacon con verdad. En este orden de ideas, nos repite contemporaneamente Hilaire Belloc: “La Religión es el elemento determinante que actúa en la formación de toda civilización”.

 

En Europa tenemos reflejada, según todavía lo ve el estudioso, esa tradición histórica ineludible y fecunda, sin negaciones ni violentos saltos atrás. Por más que los bárbaros de la Edad Media se propusieron destruir el mundo ancestral de la cultura, con el tiempo sus jefes victoriosos, convertidos a la Iglesia Católica, serían los sucesores de los desacatados emperadores muertos.

Cosa parecida ha ocurrido con relación a España entre nosotros. Estudiando nuestro pasado con imparcialidad, vemos cómo se produce el proceso cultural en América, y sobre qué bases o puntos de partida se hace necesario proceder a la revisión integral de la historia del Río de la Plata.



[1] IBARGUREN, Federico. “Nuestra tradición histórica”, Dictio, Bs. As., 1978.

[2] Huizinga es un pensador de raigambre protestante (nota del compilador).

[3] “El conservatismo puro y abstracto se niega sencillamente a continuar el proceso histórico, alegando que todo cuanto debía acontecer ya ha acontecido, y que hoy día tan solo se trata de conservarlo. Es evidente que en estas condiciones no es posible llegar a ninguna percepción de lo histórico -dice Nicolás Berdiaeff en su libro EL SENTIDO DE LA HISTORIA-. El contacto íntimo con el pasado significa también un contacto íntimo con su dinamismo creador. Seguir fieles a las tradiciones y a los testamentos del pasado significa reconocer el dinamismo creador de nuestros antepasados. Por eso, el contacto espiritual del pasado, con los antepasados, con la idea de Patria y con otros conceptos de carácter sagrado es, en realidad, un contacto con el dinamismo de antaño, que admitimos como dirigido al futuro suyo, hacia nuestro presente, que proyectamos hacia el futuro nuestro, hacia la resolución histórica, en forma de una concepción de un nuevo mundo, de una nueva vida. Es algo así como una unión de este nuevo mundo con el mundo antiguo. Este proceso se verifica en el seno de un proceso histórico único, esencialmente dinámico. Es una conjunción perpetua a través de la existencia eterna”. (Nota y negritas del autor)


jueves, 20 de abril de 2023

San Martín: cuestiones disputadas (Masonería)

 

Por: Enrique Diaz Araujo

Capítulo 2

Masonería

Grafton Street, número 28, Bloomsbury, de la ciudad de Londres, “la casa de Miranda”, donde residía la “Gran Reunión Americana”, matriz de la logia masónica gaditana.

Tal lo postulado. [244]

Ahora, veamos lo probado.

Grafton Street, n° 28, en el West End, hacía un año que había dejado de ser “la Casa de Miranda”. Ahora era la “casa de los diputados de la Junta de Caracas”, es decir, la vivienda de Andrés Bello y Luis López Méndez. Caserón donde concurrirían varios de los americanos exiliados de Cádiz (que se alojaban en el “Sabloniere’s Hotel”).

Además, y lo que vamos a asentar es un punto fundamental: no es verdad que Bello y o López Méndez hubieran pertenecido a la “Gran Reunión Americana”, por la muy buena razón de que tal ente nunca existió en la realidad y sólo había sido un invento lucrativo del espía británico Francisco de Miranda.[245]  Lo cierto es que: Miranda, que no conoció a Olavide ni tuvo representación alguna de una inexistente Junta de americanos, no perteneció a la Masonería y no fundó la Logia Lautaro[246]

En razón de lo cual, el historiador español Paulino Castañeda ordena el tema de esta forma:

Hoy podemos afirmar con argumentos bastantes, lo siguiente: a) Miranda no perteneció a la masonería. En su archivo personal no han aparecido documentos relacionados con logias, ni correspondencia con orientes (ni grandes ni pequeños), o signos de sabor masónico, ni conoció a miembros importantes, como Pablo Olavide o Juan Pablo Vizcardo; b) no fue maestro de San Martín; cuando éste llegó a Londres, Miranda ya se había embarcado para Caracas (1811), no hay documentos de los cuales se pueda deducir que fuera organizador de aquellas sociedades secretas de Cádiz y Buenos Aires, y muchos menos de que las dotara de un cuño masónico. Ni siquiera lo tuvo su famosa tertulia de Londres. [247]

Asimismo, otro dato esencial: ni Bello ni, menos, López Méndez, eran masones, sino católicos romanos ortodoxos [248]; por lo tanto, conocedores y cumplidores de las normas pontificias de prohibición de ingresar a la Masonería [249].

Por otra parte, está exhaustivamente averiguado que ni José de San Martín, ni la Logia de Lautaro o Sociedad de los Caballeros Racionales eran entidades inciáticas. Investigaciones recientes, de historiadores argentinos o de extranjeros masones [250]no hacen sino confirmar esa ausencia de relación entre la Logia de los Caballeros Racionales – con filiales en Cádiz y Londres – y la Orden Masónica, no obstante ciertas apariencias externas en los procedimientos y el sigilo [251]. Más adelante, el propio Rey Fernando VII destacará ese carácter no-masónico. [252]

Un elemento adicional a computar es que los Gobiernos peninsulares, contra los que se rebelaban los americanos que emigraban de Cádiz, y que San Martín describe como “tiránicos”, eran la Junta Central, las Cortes y la Regencia. Los dos primeros sobradamente conocidos como liberales.

En cuanto al Consejo de Regencia, en agosto de 1812, mandó a los intendentes “cerrar todos los conventos ya disueltos, extinguidos o reformados”, haciendo inventario de sus bienes. [253] Es decir: tan anticlerical como los otros dos.

Por supuesto que, en esta materia, el principal, sino único, testimonio desde adentro de la Logia, continúa siendo el de Fray Servando Teresa de Mier, O.P.

Este religioso mexicano llegó a Cádiz, y al ver el clima de persecución a los americanos, quiso integrarse en alguna sociedad de autodefensa. Consultó con otro sacerdote, el P. Ramón Eduardo Anchoris, quien lo anotició de la existencia de la “Lautaro”, a la que él pertenecía, invitándolo a asociarse a esta entidad de autoprotección secreta. De Mier planteó entonces la cuestión de la masonería, prohibida por la Iglesia. Anchoris le respondió que si bien la “Lautaro” era secreta y guardaba ciertos ritos análogos a los de la Masonería, nada tenía que ver con la entidad antirreligiosa, condenada por la Iglesia. De ese modo de Mierd ingresó en los “Caballeros Racionales”; pero, como alguna duda al respecto lo inquietaba, cuando en una reunión de la Logia le tocó hablar, él afirmó por tres veces consecutivas que la Lautaro:

…no será Sociedad de Masones, sino de Patriotismo y Beneficencia. También dijo que conoció al chileno José Pinto que “aunque era Masón, no era Caballero Racional”.

Alvear, que presidía la reunión, en tono de reproche le preguntó el porqué de su insistencia en el tema masónico, de Mier le contestó que porque esa era la verdad, que la entidad no era masónica. Aclaraba después de Mier que la censura de Alvear obedecía a la razón de que él era el único miembro de la Logia que era masón. [254]

 

 NOTAS: 

  

[244] BM, t. I, pp. 134-135. La sociedad de “Lautaro”, “vinculada con la sociedad matriz de Londres denominada “Gran Reunión Americana”, fundada por el general Miranda (…). En esta asociación estaba afiliado San Martín”. Para peor, Mitre lo hace ir a Miranda hacia Cádiz, donde el venezolano nunca estuvo. Ese es el punto de partido de todos los errores posteriores al respecto.  Uno, bastante grande, es el que comete Julio C. González, cuando afirma que: “San Martín se reunió en torno a Miranda en Londres”: BM, t. I, p.345. Jamás se vieron entre sí, entre otros motivos, porque Miranda no fue a Cádiz, y cuando San Martín llegó a Londres hacía ya un año de la partida de Miranda a Venezuela: Canter, Juan, op. cit., p. 189.

 

[245] Era “una falsedad (…) puras maquinaciones fanáticas de Miranda para presentarse a Pitt como un plenipotenciario de los pueblos americanos (…) no es, ni ha sido, más que un mito” en Batllori, Miguel, SJ, El abate ViscardoHistoria y mito de los jesuitas en la independencia de Hispanoamérica, Nueva edición, Madrid, MAPFRE, 1995, pp. 95-97. Cf. Batllori, Miguel, S.J., “The Role of the Jesuit Exiles”, en: Humpreys, R.A. y Lynch, John (compiladores), The origins of the Latin American Revolutions, 1806-1826, New York, 1965. Con señalar un solo dato se advertirá el fraude de Miranda. Éste, en su carta a Pitt, del 16 de Enero de 1798, donde le daba cuenta de la constitución de la “junta de diputados de América”, incluía entre sus miembros a Pablo de Olavide, quien había sido un liberal revolucionario en Francia. Pero, Olavide, ya en 1796, había publicado “El Evangelio en triunfo. Historia de un filósofo desengañado”, donde renegaba de su pasado revolucionario. En 1798 estaba de regreso en España, sin contacto alguno con los liberales. Luego, lo de Miranda era “una maniobra propagandística, llevada a cabo, sin el previo consentimiento de Olavide”: Deforneaux, Marcelin, “Pablo de Olavide, un afrancesado en el siglo de las luces”, en: Estudios Americanos, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, n° 100, enero 1960, p.43. Tampoco el Abate Viscardo se había entrevistado con Miranda, y los otros sujetos mecionados: Del Pozo, Salas, etc., lo más seguro es que no existieran. Cf. Robertson, William Spence, quien dice que esa historia de la “Gran Reunión Americana” es: “actualmente apenas algo más que una leyenda” en Rice of the Spanish-American Republics as told is the lives of their liberators, New York, 1918, p. 53; Davis, Thomas B., Carlos de Alvear. Hombre de la Revolución, Bs.As., Emecé, 1964, p. 253, nota 7. A todo evento, cabe anotar que la fantasmal “Gran Reunión Americana”, según el propio Miranda fue disuelta en 1810: Canter, Juan, op. cit., p. 189. Asimismo, todos los que mentan a la “Gran Reunión Americana”, necesariamente conocen – por Mitre – las respuestas dada por Matías Zapiola a estos temas. Preguntado: “¿Cómo se llamaba la logia a que usted perteneció en España?”, contestó: “Sociedad de Lautaro se titulaba la reunión de americanos a que fui incorporado en Cádiz”. Preguntado: “¿Si la logia estaba en relación con la de Londres?”, manifiesta: “En Londres asistí a la sociedad establecida en la casa de los diputados de Venezuela; allí fui ascendido al quinto grado como lo fue el general San Martín; ésta estaba relacionada con la de Cádiz y otras”. La última interrogación fue: “¿El título de Lautaro era exclusivo de la de Buenos Aires o lo tenía antes otra logia en Europa?”. A lo que Zapiola dijo: “En Cádiz se llamaba Sociedad de Lautaro; en Buenos Aires Logia de Lautaro (…) San Martín fundó la logia de Mendoza (especie de reorganización)”. Como es notorio, Zapiola jamás habló de “Gran Reunión Americana”, ni de Londres. Mitre y sus ahijados tergiversaron el sentido de la frase “está relacionada con la de Cádiz”, para adjudicarlo a la supuesta logia mirandista. Es una mala interpretación. En primer lugar, porque según esas mismas fuentes, Miranda, al irse de Londres en setiembre de 1811, habría resuelto la sedicente logia “Gran Reunión Americana”. Un año después cuando Zapiola comparece a la casa de los diputados de Venezuela, no podría estar subsistente como para relacionarla con la de Cádiz. En segundo lugar porque la correspondencia de Alvear a Mérida, enviada en un buque inglés interceptado por un corsario puertorriqueño, demuestra acabadamente que tanto la logia de Cádiz como la de Londres, eran filiales de la Lautaro, no de la “Gran Reunión Americana”. Patricia Pasquali presenta así el tema: “Luego de la escala en la capital portuguesa, San Martín llegó a Londres, donde fue ascendido al 5° grado. Allí, por mandato de la Logia N° 3, que había quedado (en Cádiz) bajo la presidencia de Anchoris, y junto con sus cofrades Alvear, Zapiola, Mier, Villaurrutia y Chilavert, fundó otra filial de los Caballeros Racionales. Ésta, distinguida con el n° 7”, etc.: PP-1, p.77- Cf. Villegas, Alfredo G., San Martín en España, cit., apéndice n° 10, p.122. Número tres y número siete, ambas de la Lautaro o Caballeros Racionales; también la N° 9, de Buenos Aires. Luego, nada que ver con la hipotética y mitrista “Gran Reunión Americana”.

 

[246] Acevedo, Edberto Oscar, “San Martín, la masonería y las logias”, en: Boletín de Ciencias Políticas y Sociales, Mza., Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, n° 23, 1978, p. 130. Cf. “San Martín y su ideario hacia 1810”, en: Ensayos, enero-diciembre 1991, n° 41, pp. 89-105. Cf. Robertson, William Spence, “La vida de Miranda”, Bs.As., Academia Nacional de Historia, II Congreso Internacional de Historia de América, 1938, t. I. Con el único de los patriotas sudamericanos con que estuvo en contacto Miranda fue con Bernardo O’Higgins. A su vez, la solitaria alusión escrita cierta sobre la Lautaro la colocó O’Higgins, referida a la suspensión del repaso de los Andes: Canter, Juan “Las sociedades secretas y literarias”, en: ANH. Vol. V, primera sección, p. 187, nota 74. Cfr. Oyarzún, Benjamín Oviedo, “La logia lautariana”, en: Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago de Chile, n° 66, t. LXII, pp. 105-126. Los estatutos de esa logia los publicó Benjamín Vicuña Mackenna, en: Vida del capitán general de Chile don Bernardo O’Higgins, Santiago de Chile, 1882, pp. 341-347. No hay en ellos ninguna de las definiciones doctrinarias liberales, propias de las sociedades iniciáticas.

 

[247] Castañeda Delgado, Paulino, “Las convicciones religiosas de D. José de San Martín”, en: Navarro García, Luis (editor), José de San Martín y su tiempo, Sevilla, Universidad de Sevilla, Fundación El Monte, 1999. Cfr. Robertson, William Spence, La vida de Miranda, Caracas, Ed. Anaconda, 1979.

 

[248] Luis López Méndez, encargado de la residencia de Grafton Street 28, amigo de San Martín, y jefe de la logia de los “Caballeros Racionales” en Londres, en carta a su esposa, del 28 de octubre de 1811, le exponía: “Quisiera al mismo tiempo que tú y todos nuestros hijos jamás se aparten de la senda del Señor, ni aún se disgusten de andar por ellas, sino con espíritu y buen ánimo caminen sin pasarse hasta llegar al término de nuestra felicidad eterna. Así lo pido con muchas lágrimas al Señor, interponiendo los ruegos de la Virgen María, del Señor San José, y de todos los Ángeles, Apóstoles y demás santos. También le pido que se conserve pura la religión en toda pureza, creyendo, confesando y practicando, lo que la Santa Iglesia Católica, la única verdadera y esposa de Jesucristo cree, confiesa y practica, sin admitir jamás entre nosotros la profesión de ninguna secta de herejes (…) en fin, confío en Dios, que nuestra Patria no tenga otra religión pública ni más templos que los católicos”: Guillén, Julio, op. cit., pp. 130-131. En consecuencia: “Un hombre de la clara conciencia religiosa y de la firmeza de principios, como era Luis López Méndez, no hubiera jamás consentido figurar en organización masónica alguna”: Fernández Larraín, Sergio, “Luis López Méndez y Andrés Bello”, en: Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Santiago de Chile, n° 75, 21 semestre 1966, p.98. En cuanto al otro diputado venezolano, cabe apuntar: “Nada se sabe de la suerte de Bello como integrante de la logia n° 7 de Caballeros Racionales. Puede afirmarse sí, que el hecho de pertenecer a esta asociación no afectó en nada sus sentimientos religiosos, pues las finalidades de las logias fueron exclusivamente políticas y revolucionarias”: Salvat Monguillot, Manuel, “Vida de Bello”, en: Ávila Martel, Alamiro y otros, Vida y obra de Andrés Bello, Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1973, p. 27. Cf. Jacksic, Iván, Andrés Bello, la pasión por el orden, Santiago de Chile, 2001. Py Sunyer, Carlos, Patriotas americanos en Londres (Miranda, Bello y otras figuras), Caracas, Monte Ávila, 1978. “También hizo buenas migas San Martín con López Méndez”: Terragno, Rodolfo, “Maitland & San Martín”, cit., p. 157.

 

[249] En tren piadoso, el P. Guillermo Furlong introdujo un grave error en el debate, al sos­tener que a la época de San Martín la Iglesia todavía no prohibía a sus fieles ingresar a la Masonería: “Prólogo” a Trenti Rocamora, J. Luis, Las convicciones religiosas de los próceres argentinos, 2a ed., Bs. As., J. A. C. K., 1948, pp. 13_14. Eso no es así por manera alguna. Ya el 24 de abril de 1735, el Papa Clemente XII, por la Bula “In Emminenti”, y el 18 de mayo de 1751, el Papa Benedicto XIV, por la Bula “Próvidas Romanorum Pontificum”, habían prohibido a los católicos la pertenencia a la Masonería. Y se siguió condenándola hasta la Encíclica “Humanum Genus”, de SS León XIII, de 1884, la del 20 de abril de 1884, “De Secta Massonum”, y el penúltimo Código Canónico (ca­non 2335). En el siglo XIX, Monseñor Dupanloup escribía: “Desde hace dos siglos, es decir, desde que la masonería se desarrolló, no diré se fundó, en Europa, los Papas no han cesado de estar alertas sobre ella. En el siglo XVIII, dos de ellos, Clemente XII y el sabio Benedicto XIV; y en el siglo XIX, Pío VII, León XII, Gregorio XVI, y, finalmente, Pío IX han pronunciado contra ella los anatemas más solemnes y merecidos”: Estudio sobre la francmasonería, Bs. As., Iction, 1980, p. 163. Por la misma época, en 1867, Monseñor de Ségur, señalaba que todo francmasón se hallaba excomulgado, y trans­cribía los textos pertinentes. De la Bula de 1738, reproducimos las frases con las que el Pontífice establece y decreta que las asambleas de francmasones “las condenamos y proscribimos por la presente Constitución, que debe surtir efecto perpetuamente. A cuyo fin en virtud de santa obediencia prohibimos a todos los fieles cristianos (…) que establezcan, propaguen o favorezcan la sociedad llamada de los Francmasones (…) bajo pena de excomunión, en que se incurrirá por el hecho solo de contravenir esta prohibición, sin necesidad de nueva declaración, y especialmente reservada a Nos”. Texto reiterado por la Bula del Papa Benedicto XIV: Los Francmasones, Bs.As., Cruz y Fierro, 1977, pp. 98-99. Cfr. Colinion, Maurice, La Iglesia frente a la masonería, Bs. As., Huemul, 1963, p. 133; Ploncard D’Assac, Jacques, Los Francmasones, México, Tradición, 1980, pp. 17-18. Luego, de nada vale la excepción del Irlandés O’Connell, invocada por el P. Furlong. Lamentablemente, como era previsible, los liberales masones de la Argentina se tomarían de ese argumento del P. Furlong, para decir que: “De las propias palabras del respetable autor transcripto, resulta qua hasta 1880 la misma Iglesia no condenó de manera formal a la masonería como institución anticatólica y contraria a sus dogmas”: VEDIA Y Mitre, Mariano de, op. cit., t. 11, p. 372, Tan poco cierto era eso, como consta en las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, que él consultó con el sacerdote argentino Ramón Eduardo Anchoris, acerca del carácter masónico o no de la Lautaro de Cádiz, precisamente por el temor a las prohibiciones pontificias. Y recién cuando obtuvo la respuesta que esa sociedad secreta no era iniciática, procedió a inscribirse en ella. Asunto que ampliaremos enseguida. Sucede que en este punto, el bueno y recordado P. Guillermo Furlong la pifió por partida doble, desde que, contra su opinión, la Masonería ya estaba condenada bajo pena de excomunión, y, por otro lado, la Lautaro no era iniciática. El propio Alcibiades Lappas acepta el hecho de la antigüedad de la condena eclesiástica a la Masonería; ver: “La Masonería Argentina, etc.”, cit., p. 8. Y añade: “ la Masonería reiteradamente condenada por las autoridades del Vaticano, desde el 24/4/1738 en que apareció la encíclica “In Eminenti Apostolatus specula”, de Clemente XII […] el Vaticano ha seguido condenando a la Masonería a través de las bulas de Benedicto XIV, del 18 de mayo de 1751, titulada “ Providas Romanorum”; de Pío VII, del 13 de setiembre de 1821, titulada “Ecclesiam a Jesu-Christo”; de León XII, del 13 de marzo de 1825, “Quo Graviora”; de Pío VIII, del 31 de mayo de 1829, “Traditi Humanitati nostrae”; de Gregorio XVI, del 15 de agosto de 1832, “Mirari vos”, que está dirigida contra los errores del mundo moderno; de Pío IX, autor de varias, la más importante de las cuales son “Qui Pluribus”, del 9 de noviembre de 1846, “Syllabus”, del 8 de diciembre de 1864, “Multiplicer Inter” del 21 de setiembre de 1865, “Ex epístola”, del 26 de octubre de 1865, “Apostolicae Sedis”, del 12 de octubre de 1869 y “Etsi multa” del 21 de noviembre de 1873; y finalmente, León XIII, con su “Humanum Genus”, del 20 de abril de 1884 seguida de una Instrucción Pública del Santo Oficio “De Secta Massonum”, del 7 de mayo de 1884, “Proeclara” del 20 de junio de 1894, “Annum Igressi” del 18 de mareo de 1902, sin contar la declaración hecha oficialmente el 19 de mareo de 1950, a través de las columnas del Osservatore Romano, órgano periodístico oficioso del Estado Vaticano, en el sentido de que las condenaciones de la Masonería se mantienen en toda su integridad”: op. cit., p. 73. En el mismo sentido que FURLONG, A.J. Pérez Amuchástegui, Ideología, etc., cit., pp. 88-89, y Massot, Vicente, op. cit., p. 57.

 

[250] Entre los argentinos se destacan: Cuccorese, Horacio Juan, San Martin, Catolicismo y MasoneríaPrecisiones históricas a la luz de documentos y testimonios analizados con espíritu crítico, Bs. As., Instituto Nacional Sanmartiniano-Fundación Mater Dei, 1995, y Giorgio, Dante Aníbal, “San Martin, la Masonería y el Imperio Británico”, en: TEH, n° 433, agosto 2003, PP- 55-79. Acerca de los extranjeros masones, seguimos la síntesis efectuada por: Jacobella, Guillermo, “San Martín y los ideales masónicos”, en TEH, n° 505, agosto 2009, p. 20, que dice: “El historiador británico masón Seal-Coon publicó en 1978 y 1982 dos importantes estudios en la prestigiosa publicación masónica inglesa “Ars Quatuor Coronatum” sobre “Simón Bolívar” (AQC, vol. 90,1978, pp. 231-248) y las “Logias revolucionarias hispanoamericanas” (AQC, vol.94,1982, pp. 83- 106) en los que destacaba que esas logias constituidas originalmente en Europa por los que serían luego los adalides de la independencia sudamericana, no eran de ninguna manera masónicas […] León Zeldis rechaza también, al igual que Seal-Coon, la afirma¬ción de Alcihíades Lappas de que San Martín hubiera sido iniciado masón en la Logia Integridad 11″ 7 de Cádiz, en 1808, porque “infortunately” no existen constancias de esa logia (AQC, vol. ni, pp. 79-93)… George T. French, historiador masón estadounidense se refiere igualmente a las logias de ‘‘Caballeros Racionales” como “pseudo masonic revolutionary lodge” (“General San Martín, liberator and mason”, en: The Philaletes, junio 1990, lid. Des Moines, IA, EE.UU, pp. 8 y 11). Un historiador revisionista absolutamente equivocado sobre esta materia es José María Rosa: RJM, t. II, pp. 364-368. Probablemente por haberse inspirado casi en exclusividad en Mitre, sin consultar toda la historiografía posterior. En cambio, el historiador liberal Juan Canter, observa con mesura que la “logia no perseguía ningún fin dogmático (…) sólo tenía las fórmulas externas masónicas y el ceremonial de iniciación”: “Las sociedades secretas y literarias”, cit. , HNA, vol. V, primera sección, capítulo IX, p. 255. En contra de todo ese cúmulo probatorio, Francisco José Quagliani, muy suelto de cuerpo, asevera que “hay pruebas de que San Martín estuvo en contacto con la Gran Reunión Americana”: op. cit., p. 57. Por cierto que ahorra exponer esas “pruebas”. En todo caso, habrá sido un “contacto” espiritista o mediante ovnis. Asimismo, Quagliani ofrece, en solitario, una alternativa a la polémica probatoria. Se pregunta: “¿No perteneció o los ingleses lo borraron en su momento para eludir responsabilidades?”: op. cit., p. 64. ¡Excelente gambito! Lo que faltaría es que Quagliani explicara por qué razón las logias británicas borrarían de sus listas el nombre del General, en un caso único en su historia. Que el Gran Maestre Fabián Onsari, en 1951 (San Martín, la Logia Lautaro y la francmasonería, Avellaneda, 1951; 2a ed., Bs. As., Supremo Consejo del Grado 23 y Gran Logia de la Masonería Argentina, 1964), repitiera esas añagazas, vaya y pase, pero que en el 2012 se sigan reiterando es algo más bien inaudito. Otra versión, muy modesta, fue la del Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, Eduardo Vaccaro. Dijo, sin ofrecer la menor prueba de la existencia de esas hipotéticas logias, que San Martín perteneció a las logias Integridad y Evry; que la Lautaro en Buenos Aires estuvo “bajo la orientación del doctor Julián Álvarez” (si; el mismo “infame Julián Alvarez”, que le decía Miguel Zañartu al General: AN, t. VI, pp. 213-214); que en Lima fundó la “Logia Paz y Perfecta Unión”, entidad que, según Alcibíades Lappas, fue declarada enemiga del Protector -ver: La Masonería Argentina, etc., cit., p. 66: “fundada por oficiales españoles que eran masones”-; y que en Londres frecuentó las logias “San Andrés n° 52” y “San Juan Operativo n° 92”, entes más o menos fantasmales: La Nación, Bs. As., 26 de enero y 3 de febrero de 1998. Rodolfo Terragno, que lo cita, indica que algunos datos están “faltos de prueba documental”: Maitland & San Martín, cit., pp. 179-181. Por decir lo menos… Pero, si el lector quiere pasarla realmente bien, tiene que leer a: Menniti, Adonay, San Martín Libertador de Argentina, Chile y Perú“Reivindicación Histórica”, t. II, Independencia del Perú, Mza., Menphis Investigadores, 2007, pp. 55- 108. Precedido por un hermoso capítulo acerca de la Evolución del Pensamiento (pp. 25-54), desde la ameba al mono. Menniti nos informa que ha sido oficinista auxiliar del Ejército, a satisfacción de los Suboficiales de la Fuerza. Se trata de un señor que ha captado prolijamente los textos de la obra de Bartolomé Mitre. Él es de los que creen que con Mitre basta y sobra. Piensa que lo que sí requiere el clásico libro es de una buena glosa. Apostilla masónica y anticlerical, ubicada en el séptimo grado de beatitud agnóstica, toda vez que él es más masón que un tío bisabuelo nuestro. Lamentablemente, no podemos reproducir acá las cincuenta páginas que Menniti dedica al tema. Por eso, lo remitimos a su lectura directa, con el aviso de que lo disfrutará en grande. En bien de Mitre, digamos que el comentario apunta más que a su gran obra a la de: Avendaño, Rómulo, “La Sociedad Lautaro. Rectificaciones históricas al Señor don José Manuel Estrada, en: Revista de Buenos Aires, 1869, t. XIX, pp. 372-445. ¡Ojo! Tiene que ser la primera edición, que es más añeja que otras; sino que busque La organización masónica en la independencia americana, de Emilio Gouchón, o La logia Lautaro, de Rómulo Gouchón (Bs. As., 1909), que son más viejas todavía (o, en: Zúñiga, Antonio, La logia Lautaro y la independencia de América, Bs. As., Edición oficial de la Masonería Argentina del rito escocés Antiguo y aceptado, y de propiedad de ella, 1922).

 

[251] Fundada en la carta de Carlos de Alvear a Rafael de Mérida en Bogotá, la historiadora Patricia Pasquali ha creído probar el masonismo de los “Caballeros Racionales”. En efecto, allí Alvear le da cuenta a su corresponsal de la creación en Cádiz de la logia n° 3, y de su refundación en Londres bajo el número 7; también de los grados que en ella le correspondieron a él, a San Martín, a Zapiola, etc.: “Copia de D. Carlos Alvear a Rafael Mérida, dándole noticias de algunas personas que pertenecen a la logia n° 3 y Sociedad de Caballeros Racionales n° 7 de Cádiz de diversas regiones de América y lo ocurrido en dicha ciudad después de la salida de Mérida”, Londres, 28 de Octubre de 1811, en: Torres Lanza, Pedro, Independencia de América, fuentes para su estudio, catálogo de documentos conservados en el Archivo General de Indias de Sevilla, Madrid, 1912, t. III, p. 111. Pues todas esas formalidades externas no hacen sino confirmar el carácter “pseudo-masónico” de la Lautaro, tal como lo han sostenido los historiadores ingleses y estadounidenses masones, antes citados.

 

[252] Nota secreta de la Secretaría del Rey Fernando VII al Gobernador de Cádiz, Villavicencio, del 22 de Agosto de 1816, que establecía: “Muy Reservado. El Rey ha sabido por conducto seguro que existe una sociedad muy oculta, cuyos ritos son análogos a los de la masonería, pero que su único objeto es la independencia de América”: Eyzaguirre, Jaime, La Logia Lautarina, Santiago de Chile, Ed. Francisco de Aguirre, 1973, p.8.

Definición coincidente con la proporcionada por el Gral. Enrique Martínez a Andrés Lamas, el 4 de octubre de 1853, en la que afirmaba: “Esta sociedad tenía el solo objeto de promover la independencia de todas las secciones de América española y unirse de un modo fuerte para repeler la Europa en caso de ataque”: GIORGIO, Dante Aníbal, op. cit., p. 65; cfr. MARTÍNEZ, Enrique, “Observaciones hechas a la obra póstuma del señor Ignacio Núñez, titulada Noticias Históricas de la República”, en: Revista Nacional, Bs. As., t. XXXV, pp. 124-125. Cf. Revista Historia, Bs. As., n° 20, junio-setiembre 1960. Giorgio se ocupa detalladamente de analizar referencias menores, tales como la de Nicolás de Vedia, Nicolás de Laguna, Tomás de Iriarte, Mariano Balcarce, y otras menudencias, que habrían llenado de contento a Enrique de Gandía. Esa nota del Rey debería haber llegado a manos de ciertos monárquicos o derechistas hispanos, quienes en su inquina contra los independentistas americanos, no vacilan en suscribir la falsa versión de su masonismo. Es el caso de Eduardo Aunós, Mauricio Carlavilla o Eduardo Comín Colomer, quienes repiten rumores infundados distribuidos por el masón Miguel Morayta. Como muestra basta este botón: “Después de su iniciación masónica (San Martín), desertó de la milicia, recibiendo medios económicos del agente diplomático inglés sir Charles Stuart para llegar a París. En la logia de Miranda renueva su sentimiento revolucionario y embarca para Buenos Aires”: Comín Colomer, Eduardo, Lo que España debe a la Masonería, Madrid, ed. Nacional, 1952, p. 49. Más errores fácticos no se pueden cometer en un solo parágrafo. Como se trata de un circuito que se retroalimenta -sin aportar nunca pruebas autónomas-, todo ese artificio engañoso termina siendo receptado por el masón y marxista argentino Emilio J. Corbiére, La masonería. Política y sociedades secretas en la Argentina, Bs. As., Sudamericana. 1998, p. 201. Es un argumento que impresiona superficialmente, hasta que se advierte el juego de citas recíprocas, sin sustento propio. El aludido libro de Miguel Morayta es: Masonería Española. Páginas de su historia, Ampliaciones y refutaciones de Mauricio Carlavilla, Madrid, Nos, 1956. Algunos autores promasónicos no vacilan en caer en ridículo, con tal de proponer su tesis. Un ejemplo, entre tantos, lo constituye José Ignacio García Hamilton, quien atribuye la condición de masones a Pueyrredón y a Belgrano: op. cit., pp. 106,134. Ni qué decir que repite lo de la medalla de la logia belga, como si nadie hubiera escrito sobre eso: op. cit., pp. 271,273. Idem: Norberto Galasso.

 

[253] MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los Heterodoxos Españoles, ed. Bs. As., Perlado. 1945, t. IV, p. 145.

 

[254] Memorias de fray Servando Teresa de Mier, Madrid, América, sf, pp. 337-338; cf. O’Gorman, Edmundo, Prólogo, a: Fray Servando Teresa de Mier, Ideario Político, Caracas, Biblioteca de Ayacucho, 1978, t.1, pp. IX-XXXIV; Fernández del Castillo, Antonio, “El eslabón de Londres. José de San Martín, Fray Servando Teresa de Mier y Francisco Javier Mina”, en: Primer, t. 1, pp. 201-217; Miquel I Vergés, J. M., “Aspectos de las andanzas del Padre Mier”, en: Cuadernos Americanos, México DF, vol. XI, año II, n° 5, setiembre-octubre de 1943; “Aspectos inéditos de la vida de Fray Servando en Filadelfia”, en: Cuadernos Americanos, Méxio DF, 1 de noviembre de 1946, vol. XXX, n° 6, pp. 187-205: CONTE DE FORNÉS, BEATRIZ, “Los fundamentos doctrinarios de la independencia en el pensamiento político de Fray Servando Teresa de Mier”, en: Revista de Historia Americana y Argentina, Mza., Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Historia, año XVII, n° 35-36, 1995-1996; Villegas, Alfredo G., San Martín en España, cit., pp. 73-74. Junco, Alfonso, El Increíble Fray Segundo. Psicología y Epistolario, México DF, Jus, 1959. Las pocas veces que los historiadores promasones han anotado la declaración de Fr. Servando es para descalificarla, porque habría sido prestada ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México, el 18 de Noviembre de 1817. A raíz de lo cual le atribuyen un carácter defensivo. Ver: “Masonería establecida en Cádiz”, rito americano, logia “Caballeros Racionales, Declaraciones de fray Servando Teresa de Mier, sobre dicha masonería”, en: Boletín General de la Nación, México DF, julio-agosto-setiembre 1932, t. III, n° 3. Mier, Fray Servando, Biografía. Discurso, Cartas, Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 1977. Y en: Rangel, Nicolás. Empero, ellos no aluden para nada a las “Memorias” del fraile, escritas muchos años más tarde, en plena libertad, sin coacción alguna, donde repitió a la letra su exposición anterior.


martes, 28 de febrero de 2023

Sebastián Sánchez: “Una dimensión no abordada de la guerra de Malvinas es la presencia de sacerdotes en las islas”

 


Por Claudia Peiró

En este año del 40 aniversario de la Guerra de Malvinas, la Cancillería argentina, siguiendo las modas del momento, decidió resignificar -según el término también en boga- ese acontecimiento histórico desde la perspectiva de género y -no podía ser de otro modo- se habló de invisibilización de la mujer en Malvinas, por la presencia, en el teatro de operaciones y en actividades auxiliares de 16 mujeres.

Existe en cambio otra invisibilización que no mereció comentario oficial y es la de los 22 sacerdotes que asistieron a los soldados en el terreno y durante todo el conflicto. Como explica Sebastián Sánchez, autor de El Altar y la Guerra. Los capellanes de la gesta de Malvinas (Grupo Argentinidad, 2022), no se cercena sólo la memoria de esos capellanes sino toda la dimensión espiritual de la guerra. El silencio sobre el lugar de la fe y de la religión en Malvinas es un aspecto más de la desmalvinización que comenzó el mismo día que terminó la guerra.

Sánchez no se limita a reconstruir la historia de cada uno de los capellanes militares y sacerdotes voluntarios en Malvinas, sino que recorre también la doctrina de la Iglesia ante la guerra, el origen del oficio de capellán y, sobre todo, el lugar que ocupó la fe católica a lo largo de toda nuestra historia.

La posguerra y la desmalvinización también son materia de esta investigación que apeló a archivos y a algunos testimonios de los propios protagonistas.

Sánchez es doctor en Historia por la Universidad de El Salvador y es profesor de grado y posgrado en la Universidad del Comahue. Es autor de Tres ensayos de historia indiana (2003), El escándalo de la niñez. Los ataques a la infancia según cuatro pensadores católicos (2006), Diccionario de autores católicos de habla hispana (2013), entre otros.

En esta entrevista explica el porqué de las dificultades que tuvo para encontrar información sobre los capellanes de Malvinas -uno solo de ellos vive aún-, el rol que desempeñaron en las islas y cómo la desmalvinización también incidió en el olvido de la necesidad de esta dimensión espiritual en la atención a los veteranos de guerra. Un extracto de la charla abre esta nota y la entrevista completa puede verse al final.

— Hay una dimensión poco conocida de la Guerra de Malvinas que es la presencia de muchos sacerdotes en las Islas durante la Guerra, el tema que usted aborda en el libro. ¿Por qué cree que hasta ahora nadie habló de eso? ¿Qué importancia tuvo esa presencia en el conflicto?

— Historiográficamente se han planteado muchas cosas desde una perspectiva cercenada, mutilada. La dimensión que se aborda a partir de la presencia de los capellanes, de la presencia de la Iglesia en Malvinas, señala justamente una de esas cuestiones mutiladas, no abordadas, que es la de la espiritualidad en la Guerra. Se ha hablado poco de eso siendo que, como en todas las guerras pero en la nuestra en particular, es de extrema importancia. Los capellanes representaron a la Iglesia. Puede decirse que la Iglesia la implantaron ellos, aunque ya estaba en Malvinas. Pero en esa liturgia de guerra que llevaron adelante puede decirse que la Iglesia fue implantada a partir de esos 22 hombres. Omitirlos, borrarlos de la historia oficial, ha sido no solo cercenar el papel que cumplieron y que cumplió la Iglesia, sino mutilar esa dimensión de la Guerra de Malvinas. Si uno le pregunta a cualquiera de nuestros veteranos, la vida espiritual estuvo omnipresente durante la gesta. Lo que me interesó con el libro es retratar a estos hombres -solo uno de ellos vive aún, el padre Vicente Martínez Torrens-, y evocar lo que fue la espiritualidad en Malvinas.

— En la película “1982 La Gesta”, basada en los testimonios de los protagonistas, varios de ellos mencionan ese aspecto y uno dice: “En Malvinas no hubo ateos”.

— Sí, en las trincheras no hay ateos. Sin dudas es así por la proximidad de la muerte. La propia y la del otro. Por el dolor. Pero yo en el libro hago una introducción respecto de las capellanías y de la espiritualidad en la guerra en nuestra historia. No dudo de que en las trincheras no hay ateos pero tampoco dudo de la espiritualidad raigal argentina que se manifestó como no podía ser de otro modo. La vida espiritual, esa liturgia particular de guerra, formaba parte, estaba concatenada, con lo que siempre había pasado en nuestra historia. No fue una cosa caprichosa ni solamente explicable a partir del miedo a morir. Sin dudas también, pero la gesta de Malvinas representó una continuidad en nuestra historia también en ese aspecto.

— Es que justamente se trata de negar o al menos minimizar el papel de la fe en el nacimiento de la Argentina. San Martín, Belgrano, ponían sus batallas, sus campañas, bajo la advocación de la Virgen, de Dios, constantemente. Es lo que hoy se trata de minimizar y de borrar las huellas de esa espiritualidad en el presente.

— Así es. Hay figuras arquetípicas en nuestra historia, como Manuel Belgrano. Incluso nuestra historia en el período indiano, porque eso de que Argentina nació a partir de la Revolución de Mayo es casi un infundio, muy instalado. Pero por ejemplo un gran prócer del siglo XVII que fue Hernando Arias de Saavedra, nacido en Asunción pero argentino hasta la médula…

— Hernandarias.

— Hernandarias. La vida espiritual, la vida religiosa, está presente desde la fundación, casi diría desde el bautismo de la Argentina, allá por 1520, cuando se celebró la primera misa en el actual Puerto San Julián. Y Malvinas no es una disrupción, no es un capricho, sino que está concatenado con lo sucedido en nuestra historia. Con nuestra espiritualidad raigal. En 1982 todavía eso estaba presente y los capellanes, que fueron pocos, para 10.000 hombres 22 eran poquitos, así y todo representaron esa espiritualidad, esa religión ínsita en la cultura argentina.

— ¿Cómo se decidió quién iba, quién no iba? ¿Eran todos capellanes que ya estaban trabajando con las Fuerzas Armadas?

— No todos. Algunos de ellos sí, sobre todo en el ámbito de la Marina. Oficiales, capellanes militares. Fueron poquitos los de la Marina. Muy poquitos. Pienso ahora en el padre Ángel Mafezzini, el primer sacerdote que pisó Malvinas el 2 de abril. El segundo fue el padre Martínez Torrens.

— O sea que había un sacerdote en el Operativo Rosario.

— Así es. Ya hubo uno. Sí, sí, sí. Que se dio un golpe ese día con un cable y se lo ve en las fotos con la cabeza vendada. Fue él quien asistió a Pedro Giachino, nuestro primer caído, y rezó el responso por él. Mafezzini, (Carlos) Wagenfuhrer, fueron hombres de la Armada que tenían rango militar.

— ¿Todos los capellanes tienen rango militar?

— No. No todos. Hay distintas categorías en la capellanía. Pero el rasgo interesante en Malvinas fue que partieron hacia allí capellanes o sacerdotes que habían tenido una vinculación muy efímera con las Fuerzas Armadas. El padre Martínez Torrens, que vive, tiene 83 años, tuvo una participación muy acotada durante el Cordobazo. Asistía a los soldados paracaidistas. Le habían pedido que los cuidara entonces saltaba con ellos. Tres de esos soldados cayeron en el Cordobazo. Después no tuvo más contacto con el Ejército hasta 1982, cuando decidió partir voluntario. Muchos fueron voluntarios. La mayor parte de esos capellanes eran hombres grandes que bordeaban los 60 años. Y además un panorama variopinto, había un distinguido dominico entre ellos, el padre Renaudiere de Paulis. Un hombre de filosofía, un especulativo, no un hombre de vida práctica. Estuvo 60 días aproximadamente en Malvinas y dejó un singular diario de guerra, pletórico de comentarios políticos, filosóficos, teológicos.

— ¿Está publicado?

— Se lo puede conseguir en internet. En una página de la Orden de los Predicadores, de los Dominicos. Pero no está editado en papel.

— ¿Le resultó difícil encontrar información para reconstruir la historia de estos 22 sacerdotes?

— Muy difícil.

— ¿Por qué?

— Creo que los capellanes representaban, y representan, un problema. Yo no creo que haya sido fortuita la mutilación de esa parte de la historia. Hasta podría decir que era políticamente incorrecto plantear las capellanías. Porque se estableció un tanto aviesamente la continuidad entre los capellanes que asistieron en la guerra contra la subversión y los capellanes de Malvinas. Dos o tres de ellos habían estado acompañando a las tropas en el Operativo Independencia, por ejemplo. Pero de alguna manera se compró el argumento ideológico de la Iglesia militar. Esos neologismos ideológicos que tienen ya unos años en boga. De manera que encontrar información sobre los capellanes ha sido difícil. 40 años pasaron y no hubo hasta el momento libros, publicaciones extensas, estudios, que den cuenta de lo que hicieron.

— Tampoco homenajes.

— Tampoco. Y eso entraña una cosa aún más grave. No tanto el olvido de los capellanes, que ya de por sí es grave, sino la falta de auxilio espiritual para los veteranos de Malvinas que en 40 años no han tenido, por ejemplo, una pastoral específica para ellos. No es solo un cercenamiento historiográfico sino una realidad patente que en cuatro décadas no ha acontecido.

— ¿En otros países existe una pastoral o una forma de asistencia a veteranos?

— Sí, sí, sí, es algo habitual. Existe el obispado castrense, pero éste atiende a los militares de profesión, en actividad, y a sus familias. No a ese universo que fueron los soldados conscriptos…

— Civiles además.

— Civiles que luego volvieron a la vida civil y a sus familias. No puede soslayarse que ya se cuentan por cientos los veteranos que se han quitado la vida. Superan la cantidad de caídos en las islas. No digo que una cosa esté vinculada a la otra porque esas decisiones siempre obedecen a múltiples causas, pero la asistencia espiritual sin duda fue una falta importante.

— Es habitual que las sociedades interroguen a la historia desde las inquietudes del presente, pero eso a veces genera deformaciones. Por ejemplo, en este 40 aniversario el tema para la Cancillería fue la invisibilidad de la mujer en la Guerra de Malvinas. Algo falso, porque las mujeres que estuvieron en el teatro de operaciones recibieron el mismo trato que los hombres. Son veteranas de guerra, reciben pensión, etc. Son 16 en total, la mayoría no estuvo en las islas sino en los barcos, como enfermeras o asistentes.

— Sí, instrumentistas quirúrgicas.

— Pero eso obliga a revisar toda la guerra con perspectiva de género, que no sé muy bien qué significaría.

— No, no, yo tampoco.

— En cambio me sorprendió descubrir que sí existe una invisibilización, la de los capellanes, que sí estuvieron efectivamente en las islas.

— Así es. No todos estuvieron los 74 días. El padre Maffezini, el del 2 de abril, se fue el 11 de junio porque había fallecido su papá y la superioridad le ordenó irse. Él no se quería ir. Pero sí, invisibilizaciones, como se dice ahora, omisiones, mutilaciones, hay muchas. Llevamos 40 años de tergiversaciones en este armazón, en esta urdimbre ideológica que se denomina desmalvinización. Sobre la perspectiva de género en el tema Malvinas hay una cosa muy interesante. Varias de estas mujeres estuvieron en el Almirante Irízar. Y cuando terminó la batalla de Puerto Argentino quisieron bajar para hacer lo que hacían en el Irízar, que era que, después de estar en la enfermería cuidando de sus heridos, iban a la capilla del buque a rezar por los que aún estaban combatiendo. Entonces, si quieren perspectiva de género, respeten verdaderamente a esas mujeres, valerosísimas, valiosas argentinas, respétenlas auténticamente y digan lo que hicieron. No las usufructúen más ideológicamente.

— Una de las deformaciones que produce esta perspectiva de género, no por culpa de estas mujeres porque no creo que ellas tengan ese espíritu para nada, es decir que el heroísmo es un concepto machista. O sea que rescatar el heroísmo de los combatientes en Malvinas sería un acto de machismo.

— Sí. En esta cultura panfletaria actual, se ve, se escucha o se lee cada cosa… Sí, bueno, como toda cuestión ideológica, de desvinculación con lo real, estas son categorías, son entes de razón ideológicos, que carecen de sentido. Lo que pasó en Malvinas no tuvo nada que ver con el machismo. Tuvo que ver en muchos casos, gracias a Dios, con el heroísmo. Además tuvo que ver con virtudes superiores que se manifestaron cotidianamente en Malvinas. Un veterano decía “el heroísmo de todos los minutos”. El dar un pedazo de pan en esa situación al camarada. Jugarse la vida y hasta entregarla. No hay más alto signo de la caridad que ese. Lo que pasó en Malvinas no tuvo nada que ver con esta deformación ideológica con la que hoy se la pretende ver. Pasaron cosas sustantivas y trascendentes en Malvinas y no selas puede seguir desconociendo.

— En el fondo, implica desvalorizar a la mujer porque se insinúa que ella no es capaz de heroísmo.

— Sin dudas. Pienso por ejemplo en las mujeres del Irizar y sí fueron mujeres heroicas.

— ¿Qué hacían exactamente los sacerdotes en las Islas?

— En las dos grandes islas del archipiélago hubo unidades militares. En la Gran Malvina, tanto en Bahía Fox como en Puerto Howard, hubo unidades militares y cada una tuvo su sacerdote. Pienso ahora en el padre (Nicolás) Solonyzny, un salesiano, extraordinario sacerdote, recordado por todos los hombres que estuvieron con él, con una característica muy particular porque en Puerto Yapeyú, Howard, no se vivió prácticamente la guerra terrestre sino los bombardeos, la aviación. Pero lo que sí se vivió fue un gran desamparo y hambruna. Agravada después del hundimiento del “Isla de los Estados” que les llevaba comida. En ese marco, la presencia del sacerdote fue fundamentalísima. Pienso en el padre Santiago Mora, italiano, que estuvo en Pradera del Ganso, y que acompañó y era confesor y asesor o guía espiritual del teniente Roberto Estévez. Ahora, básicamente, la tarea de los sacerdotes era el altar, la misa.

— La misa diaria.

— La misa diaria. Hubo sacerdotes que celebraron más de ocho misas diarias, porque eran muy pocos. El padre Martínez Torrens, que estaba en Puerto Argentino, recorrió mucho las islas y era básicamente la misa, la vida sacramental, las confesiones, la compañía y la atención espiritual de estos hombres. En general, las absoluciones se hacían en forma colectiva. Muchos se quedaron en Puerto Argentino, salvo los que estuvieron en Pradera del Ganso, particularmente el padre Mora y el padre Sesa que estuvieron en medio de los combates. Los que estaban en Puerto Argentino recibieron la prohibición de participar en los últimos combates alrededor de Puerto Argentino, en Longdon, Harriet, Tumbledown. Cosa que no pasó con los capellanes ingleses que combatieron o estuvieron junto a los combatientes casi en la primera línea. Yo señalo en el libro que el gobierno militar de Malvinas en muchos sentidos replicaba el liberalismo ínsito del gobierno, un liberalismo que conlleva cierto laicismo y cierta desestimación... ¿El sacerdote para qué? El sacerdote era fundamental y lo era tanto antes como durante el combate. Su tarea fue muy importante.

— ¿Hubo alguna baja o herido entre ellos?

— No. Milagrosamente, porque, por ejemplo, durante una misa que estaba celebrando el padre Martínez Torrens, un avión, un Harrier, se venía derecho a ellos y en el momento de la consagración él les dice a soldados “rodilla en tierra”. Y ellos interpretaron que era por la consagración, pero era por el avión. El Harrier arrojó las bombas y no hubo heridos. Fue milagroso. Hubo varias anécdotas de esas. Celebraciones de misas de campaña bajo ataque se dieron en varias oportunidades.

— Escuché al coronel Esteban Vilgré La Madrid decir que él, que creo era catequista, había hecho muchas conversiones en Malvinas.

— Hubo conversiones, sí. Conversiones que podríamos llamar de guerra ante el temor a la muerte y la necesidad de salir del vacío de la increencia. Y hubo también conversiones de otras religiones. Recuerdo una muy en particular que estaba vinculada a la devoción de la Virgen. Yo también quiero, le dice un soldado al capellán, yo también quiero una madre. Sí, hubo conversiones.

— ¿Qué pasó con esos soldados que vivieron en ese espíritu de comunión, de cercanía a Dios?

— En algunos arraigó la fe y fue sostén. En otros, quizás no tanto. A veces pasamos, no digo ligeramente, pero sí rápidamente por el expediente de la desmalvinización, que tiene muchísimos aspectos. La desmoralización de nuestros veteranos y el infundir ese ánimo derrotista en la cultura argentina pretendió y pretende generar desesperanza. “La Argentina no tiene destino, somos esto, perdimos… ¿te das cuenta? todo fue una fantochada de un borracho…” Jauretche hablaba de las zonceras de la auto denigración. Bueno, en Malvinas eso encontró su máxima expresión. Y ha influido obviamente en el ánimo de los argentinos, y ni qué hablar de los veteranos. No obstante eso, considero que en muchos de ellos arraigó la fe en forma fundamental.

— ¿Qué pasó con esos sacerdotes en la posguerra? ¿Mantuvieron contacto con sus soldados?

— La mayor parte sí. Algunos volvieron a sus tareas, a su ministerio de siempre en una parroquia. Por ejemplo el padre Gozzi, recién al fallecer la gente de su parroquia se enteró de que había estado en Malvinas. Otros sacerdotes, como el padre Fernández, coordinador de los capellanes del Ejército, o Martínez Torrens, o monseñor Puyelli de la Fuerza Aérea, fueron fundamentales en la tarea de la malvinización. O el padre Solonyzny que se reencontraba todo el tiempo con los veteranos del Regimiento de Infantería 5 que había estado en Yapeyú. En muchos de ellos pervivió y hasta fue, junto con la fe, la razón de su existir. Lo veo muy particularmente en el único que yo conocí, Martínez Torrens, a quien tuve la alegría de poder llevarle el libro hace unos días, y sigue siendo ese humilde, sencillo sacerdote. Está en General Roca, en Río Negro, siempre incentivado por la predicación entre los jóvenes y por la cuestión Malvinas. Para él es siempre un tema trascendente.

— ¿Volvió a Malvinas?

— ¿Sabe que no lo sé? Muchos veteranos se resisten a volver. Hoy leía que un veterano, un oficial del Regimiento 5 que estuvo en Howard, fue a Malvinas y le hicieron pagar la tasa como si hubiera ido, no sé, a Bélgica...

— El gobierno de acá le hizo pagar.

— Este gobierno le hizo pagar como si hubiera ido al exterior. La desmalvinización también es decir “Malvinas, Malvinas”, la cuestión de género y todo, pero después Malvinas es el extranjero.

— ¿Éste es su primer libro sobre Malvinas?

— Sí. Pero hay una figura muy interesante que surgió en esta búsqueda, que es la del soldado Carlos Mosto. Pude contactar a la hermana, Elsa Mosto, que vive en Gualeguaychú. Mosto fue una figura entrañable. Entrañable. Un soldado mayor que el resto, estudiante de medicina. Las cartas de Carlos Mosto a su mamá son impresionantes. Él le pide que rece por él, por sus compañeros y también por los ingleses que están enfrente. Mosto murió en Moody Brook, que era el ex cuartel de los marines, y es una figura a la que me gustaría dedicar aunque sea un opúsculo.

— ¿Qué repercusiones ha tenido hasta ahora su trabajo?

— El libro tiene que andar su camino. Contiene cierta incorrección política y eso puede hacer variar su suerte. Veremos.

— La incorrección política suele ser el sentido común de la mayoría.

— Suele ser. Sí. Sin dudas. Así que no lo sé: veremos. Yo ya terminé mi tarea, que era escribirlo, y veremos qué le pasa al libro.

— Que haga su camino, como dijo usted.

— Así es.

 

Tomado de: https://www.infobae.com/sociedad/2022/11/20/sebastian-sanchez-una-dimension-no-abordada-de-la-guerra-de-malvinas-es-la-presencia-de-sacerdotes-en-las-islas/


lunes, 19 de diciembre de 2022

Fusilan a Dorrego

 


Por: Juan Manuel Aragon (h)

El 13 de diciembre de 1828 Manuel Dorrego fue fusilado por orden de Juan Lavalle, luego de su derrota en la batalla de Navarro. Fue uno de los acontecimientos más inicuos de la historia argentina, cuando el fervoroso odio y crueldad de los unitarios se mostró en toda su extensión.

Dorrego era un tribuno, periodista y guerrero de la independencia. Había nacido en Buenos Aires el 11 de junio de 1787 y lo bautizaron como Manuel Críspulo Bernabé. Sus padres fueron José Antonio Dorrego, portugués, y María de la Asunción Salas, porteña. Estudió gramática, filosofía y teología en el Colegio de San Carlos. Era un excelente latinista.

El 1 de diciembre de aquel año, Lavalle lideró un golpe contra Dorrego, gobernador bonaerense, que salió a enfrentarlo en Navarro, pero fue derrotado y lo hicieron prisionero. Instigado entre otros por Florencio Varela y Salvador María del Carril, Lavalle ordenó su muerte.

A principios de 1827 las Provincias Unidas triunfaron en la guerra del Brasil, luego de la usurpación de la Banda Oriental. El 9 de febrero Guillermo Brown derrotó a la escuadra imperial en el Juncal y el 20 del mismo mes Carlos María de Alvear triunfó en Ituzaingó. Los desmoralizados brasileños se dispersaron. Cuando Alvear  pidió refuerzos y caballadas a Buenos Aires para ocupar la provincia de Río Grande y marchar hasta la capital enemiga, se los negaron. ¿Por qué?

El gobierno de Bernardino Rivadavia, justo cuando los argentinos triunfaban en el campo de batalla, ¡pedía desesperadamente la paz! Lo hacía para sofocar lo que llamaba anarquía interna, quería disponer del ejército nacional para lanzarlo contra las provincias.

Rivadavia envió a Río de Janeiro a Manuel García con instrucciones rigurosas de obtener la paz a cualquier precio. Para conciliar con los brasileños, García propuso la independencia de la Banda Oriental, por sugerencia del ministro inglés John Ponsonby –el mediador- encargado de conseguir un puerto franco en el Río de la Plata, obsesión inglesa.

A pesar de lo comprometido de sus ejércitos, el Emperador del Brasil, no accedió. Y García terminó firmando una convención preliminar por la que se reconocían los derechos del Emperador sobre la Banda Oriental y se aceptaba la incorporación al Imperio de la provincia Cisplatina. Los brasileños habían conseguido sin balas lo que la guerra le había negado.

Cuando se conoció en Buenos Aires, el pueblo se lanzó a la calle, en tumulto. Rivadavia presentó la renuncia y le fue aceptada por el Congreso.

El Congreso eligió como presidente provisional a Vicente López, que designó a Juan Manuel de Rosas comandante general de la campaña y convocó en un mes a elección de representantes a la Legislatura de Buenos Aires, triunfaron los federales por mayoría. Se eligió gobernador a Dorrego.
Endemientras estaban llegando a Buenos Aires los primeros escuadrones del ejército nacional que volvían de la campaña contra el Brasil. El desfile era seguido con emoción y con pena por el estado desfalleciente de la tropa, que llegaba con el uniforme hecho jirones. Dorrego nombra en reemplazo de Alvear a Juan Antonio Lavalleja, que continuará con las acciones favorables.

En las arcas de Buenos Aires no había dinero. La administración de Rivadavia había sido ruinosa y había agotado los recursos del Estado en gastos de boato y en combatir a sus enemigos políticos. Pero el federalismo triunfaba en las provincias. Por lo que Dorrego llevó su gobierno con moderación, sin amenazas ni persecuciones y con generosidad. Era un valiente. Su carrera militar lo había llenado de gloria; su arrojo y golpe de vista de guerrero nato se habían destacado en las victorias patriotas de Tucumán y Salta. Nombró embajadores para tratar la paz en Río de Janeiro a Juan Ramón Balcarce y Tomás Guido, que suscribieron el tratado del 27 de agosto de 1828 que reconocía la independencia de la Banda Oriental bajo la garantía de las dos potencias firmantes.

El gobierno estaba inquieto por la posibilidad de un contragolpe unitario, con fuerzas destacadas en la Banda Oriental, que venían anarquizadas por la inacción y por el pago irregular de varios meses, disgustadas por el resultado de la guerra y minadas por la activa propaganda opositora.

Cuando se le anunció que el jefe del golpe revolucionario sería Lavalle, no lo creyó, atribuyó a simple bravata su lenguaje exaltado. Además, Dorrego acababa de hacer públicos los manejos de la oligarquía unitaria, sus alianzas con el capital inglés, sus denuncias contra los comerciantes agiotistas, y conocía su total impopularidad en las provincias. Creía que los unitarios habían sido derrotados para siempre y ése fue su error: no lo tomaba en serio a Lavalle.

Lavalle había caído en manos de los doctores unitarios, que lo tenían como alelado y a cuyos miembros escuchaba como oráculos por el destino personal que le vaticinaban. Le hicieron creer que Dorrego era el jefe de los anarquistas causantes de todos los males, un tirano que oprimía al pueblo apoyado en la más baja plebe, y un traidor a la patria.

El 20 de noviembre llegó a Buenos Aires la primera división del ejército de la Banda Oriental al mando de Enrique Martínez. Diez días después Juan Manuel de Rosas manda un aviso al gobernador Dorrego: “El ejército nacional llega desmoralizado por esa logia que desde hace mucho tiempo nos tiene vendidos”. Al día siguiente, 1 de diciembre de 1828, estalló el pronunciamiento. Los cuerpos de línea del ejército, la división de Martínez, totalmente sublevada, entra en la plaza de la Victoria al mando de Lavalle y de José Olavarría, héroes de las guerras de la independencia. Grupos de civiles unitarios los rodearon y aclamaron, destacándose Julián Agüero.

Sin fuerzas para resistir a los regimientos de línea, Dorrego abandonó el Fuerte y marchó al campamento de las milicias de Rosas en San Vicente.

Lavalle salió a perseguirlo con un regimiento de caballería. Contra la opinión de Rosas, Dorrego lo esperó para hacerle frente. El 9 de diciembre se toparon cerca de Navarro: las milicias de gauchos mal armados fueron derrotadas y dispersas por las experimentadas tropas de línea.

Mientras Rosas iba a pedir auxilio al gobernador de Santa Fe, Dorrego buscó incorporarse al Regimiento 3 cerca de Areco, al mando de su amigo Angel Pacheco, que le dio asilo y se puso a sus órdenes. Pero los comandantes Acha y Escribano amotinaron la tropa, apresaron a Dorrego y lo llevaron a la Capital. En el camino recibieron la orden de cambiar de rumbo y conducir al prisionero al campamento de Navarro donde estaba Lavalle.

Dorrego le pidió a Lavalle garantías para su persona y un salvoconducto para marchar al extranjero. Pero los unitarios tenían decidida su muerte y se lo recordaron a Lavalle en premiosas cartas, para contrarrestar los pedidos de clemencia o un posible desfallecimiento de la voluntad. “Nada de medias tintas”, decía Juan Cruz Varela, mientras se regocijaba en El Pampero: “La gente baja ya no domina, y a la cocina se volverá”. “Hay que cortar la primera cabeza de la hidra”, afirmaba Agüero. Salvador María del Carril, más categórico, refería: “Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarlo. Una revolución es un juego de azar donde se gana la vida de los vencidos”.

El 13 de diciembre de 1828 llegó Dorrego al campamento de Navarro, y se le avisó que sería fusilado en una hora. Lavalle no quiso verlo.

El golpe fracasó y para imponerse debió recurrir a una feroz tiranía que, por esos mismos días, reprobó José San Martín en su retorno al país. Negándose a desembarcar en febrero de 1829, rechazó el papel de “verdugo de mis conciudadanos”, mientras Lavalle y sus tropas veteranas eran derrotadas el 25 de abril en Puente de Márquez por milicias de Estanislao López y de Rosas. El año 1829 fue el único de Buenos Aires en que hubo más muertes que nacimientos: hubo 4.658 fallecidos, cuando en 1827 fueron 1.904 y en 1828, 1.788. La expresión “salvajes unitarios” no era antojadiza.

Dorrego fue la primera víctima del iluminismo argentino. Su muerte, en cierta manera, contribuyó a cimentar la creencia de que los unitarios solamente traerían ruina, disfrazada de civilización, al país. Otra habría sido la suerte de los argentinos si Dorrego no era muerto por la perfidia de los doctores unitarios porteños, que usaron a Lavalle como brazo ejecutor.

San Martín huyó despavorido de Buenos Aires cuando supo que Lavalle gobernaba Buenos Aires. Junto a Dorrego es posible que hubieran enderezado el rumbo del país en sus comienzos, en sus cimientos, como quien dice. 

Pero nada puede cambiar la historia.

 

Tomado de: https://ramirezdevelazco.blogspot.com/2022/12/calendario-nacional-fusilan-dorrego.html?fbclid=IwAR2n21_uMYa0EX8SxSROhvIjyo0XMIEmXyJCqNg0_IIAwdtTlqdcnc7f4n8