jueves, 26 de octubre de 2023

La radiografía de un fabulador


Por el Dr. Gonzalo V. Montoro Gil 

I – INTRODUCCIÓN. 

Domingo F. Sarmiento es un personaje de nuestra historia que, a rigor de los elementos que aquí se aportarán, podemos decir que resulta prácticamente desconocido para la mayoría de la gente.

Se ha intentado formar una imagen de Sarmiento como la de una persona afable, bonachona de carácter sencillo, de rigurosa moral, educador, emprendedor, visionario, etc. Todo lo cual resulta ser falso, juzgado a la luz de sus propias palabras y actitudes por él descriptas.

Justamente el criterio para conocer y evaluar la personalidad de algún personaje histórico, en forma correcta, con sus vicios y virtudes, debe ser el siguiente:

1) Basarse en hechos documentados;

2) Esos documentos emanar del propio sujeto objeto del estudio ;

3) Demostrar comparativamente, con dichos textos, las propias contradicciones de fondo ( o no), y el fondo moral, línea de conducta, de la persona a investigar;

4) La etopeya de quien se estudia. Es decir, que los acontecimientos históricos no son por sí mismos nada, si no se consideran en su relación con el sujeto histórico que los produjo, con la persona, con el alma que los verificó.

Es decir, cuando se estudia a un hombre, se deben estudiar no sólo sus actos, sino también su carácter personal, el de sus acciones y el de sus costumbres.

Así, la historia interpretada, deberá consistir necesariamente en la etopeya de la argentinidad en la descripción de los rasgos espirituales, que constituyen las estructuras permanentes del alma Nacional.

El error en el estudio de la Historia y de la Política en general, consiste en anteponer una idea política ó social preconcebida a la realidad.

Es anteponer un esquema abstracto como molde, y tratar de insertarlo en la realidad viva de nuestra esencia, es decir, de lo que ya somos. Así piensan y actúan quienes pretenden “crear• una “Nación” a su gusto, lo cual dicho sea de paso, ya está creada y tiene una vida propia que nos trasciende: anterior, posterior y superior, a quienes contemporáneamente y circunstancialmente forman.

Pretender “crear” una Nación, repito, en base a un “Librito Mágico” ó a razonamientos de laboratorios, e insertarlos en el cuerpo vivo de la sociedad, se adapte a ello o no, es lo que comúnmente se denomina “ideologías”.

El profesor Genta decía que “…las ideologías son esquemas mentales elaborados en base a abstracciones que parcializan la realidad , o ,de generalizaciones abusivas de la experiencia… ”(1)

Así, el populismo, el clasismo, y el socialismo, como el culto idolátrico al número como verdad absoluta, son distintas clases de ideologías. Esta última, una ideología reciente en nuestro país, pero con una antigüedad un poco mayor en el mundo, desde la subversiva revolución francesa, es un culto ciego al número por contraposición a la realidad, que es una categoría permanente de la razón.

El profesor suizo Gonzague Reynod nos habla sobre el famoso y nunca entendido correctamente “contrato social”, un “estatuto del egoísmo personal”, y nos dice que “…la voluntad constante de todos es la Voluntad General. Cuando una Ley es propuesta a los electores, lo que se desea saber no es precisamente si aprueban o rechazan la proposición, sino si está de acuerdo con la Voluntad General. Cuando la opinión opuesta a la mía prevalece, ello significa tan sólo que yo estaba equivocado, y que lo que supuse, la Voluntad General, no existía. Si mi opinión particular hubiere, en cambio, prevalecido (contra la mayoría) yo hubiese hecho otra cosa de lo que hubiese querido hacer (sic)…” (2). Así como se ve hoy en día que “sólo el 30% de los electores desea votar”, (La Nación 24 de setiembre de 1983).

La población rechaza, pues, el sistema, aunque se verá “obligada” a su “derecho democrático” de ejercer el voto (!), so pena de severas sanciones administrativas, penales, y civiles. Lo irracional manda. Ya decía Veuillot que “…pensar de manera distinta a aquellos que se dicen “tolerantes” ( partidócratas) es algo que el “partido de la tolerancia” (partidos políticos) no puede tolerar (sic)….” (3). Muy democrático!.…

Un aspecto particular de la vida de Sarmiento que trataremos primeramente, es su llamada política educativa, luego analizaremos su faz política propiamente dicha.

II – POLÍTICA EDUCATIVA

Con respecto a su “política educativa”, densos volúmenes han sido escritos para glorificar en Sarmiento su alma de educador. Lo que constituye una falacia más de nuestra historiografía oficial, porque como luego se verá, Sarmiento no fundó escuela alguna. Él mismo reconoce su fracaso como pedagogo, y su propia impotencia, torpeza, e ineptitud intelectual.

Al cumplir 45 años, en 1856, Sarmiento contaba solamente con unos pocos meses de maestro elemental en Santa Rosa de Chile, donde fue exonerado; algunos meses en San Juan, en el Colegio de su tía, la rectora fundadora Doña Tránsito de Oro, de donde escapó de la furia de la población, salvando milagrosamente su pellejo; y, finalmente, estuvo casi 2 años de Director de la Escuela de Preceptores de Chile, en donde coronó su labor con un rotundo fracaso como maestro, expulsando al 93 % del alumnado. Durante el resto de su vida, jamás dio clase ni dirigió escuela alguna particular….” (4).

En 1856 fue nombrado Director de Escuelas de Buenos Aires, cargo en el que permaneció tres años y no fundó escuela alguna, ni nombró maestro alguno como consta en el Registro Provincial y como el mismo Sarmiento lo reconoce (5). El 9 de agosto de 1858 el presidente de la Comisión de Educación de la Municipalidad, Senador Nacional Don Gabriel Flores informa que “…las escuelas públicas, bajo la dirección del Departamento de Escuelas, desde que el actual jefe lo preside, marchan a su completo fracaso …” (6). El mismo Sarmiento dice que fundó dos escuelas, la actual José Manuel Estrada, y otra edificada en una finca confiscada a Rosas en Moreno y Perú, pero posteriormente reconoce que “…fue íntegramente suscripta por los vecinos…” (7).

Entre 1866 y 1868, siendo Embajador en EE.UU., propone formar “…una colonia norteamericana en San Juan … con los emigrados de California se está formando en el Chaco una colonia norteamericana que puede ser el origen de un territorio, y un Estado Yankee con idioma y todo…” (8). Patético. Se ve claramente la catadura moral, su ideologismo y su poca envergadura intelectual que lo hace soñar y desvariar, delirando con una Argentina-colonia desarraigada.

Éste es el “pro – hombre” que desde hace tantos años quieren hacernos entrar como un chaleco de fuerza, como un adalid de la cultura, cuando, por ejemplo, como él mismo dice, despidiéndose de la Jefatura del Departamento de Escuelas en 1881: “… no se ha construido una sola escuela en más de 20 años” (9). Si Sarmiento lo dice …

En 1881, Roca lo nombra Superintendente General de Escuelas, cargo en el que duró pocos meses, por inepto y por pelearse con todo el mundo: Estrada, Goyena, Dardo Rocha.- De Guido y Spano dijo “…¡¡¿Cómo voy a gobernar al Consejo de Educación con un burro como Guido y Spano ?!!…” (10).

El mismo Sarmiento reconoció derrotado en 1878 “… que la educación estaba más difundida en 1800 que ahora. La educación se ha detenido y atrasado. El nivel es deplorable….” (11). En 1878 en el Senado sentenció soberbiamente “…la educación Universitaria no interesa a la Nación, ni interesa a la comunidad… Nuestro pueblo es uno de los pueblos más exquisitamente ignorantes que yo conozco…” (12). La Nación y los estudiantes agradecen las palabras de Sarmiento celebrando el “día del maestro” el día de su muerte…. ¡Y así andamos…!

En realidad, todo lo que se atribuye a Sarmiento en el campo educacional y pedagógico es obra de Nicolás Avellaneda, que se manejaba con absoluta independencia con respecto a la persona de Sarmiento. El propio Avellaneda dice que “… la firma de los decretos por Sarmiento, daba prestigio a mis actos, sin embargo su acción se redujo a ésta acción moral…” (13).

Así pues, poco le debe el país a Sarmiento, ni siquiera en su faz educadora, la cual se puede afirmar que en los hechos, tal como se documenta, no existió. Lo que sí nadie tan mal educado. El diario “La Nación” escribía por aquella época “…Sarmiento es el hombre más grosero y peor educado de la sociedad…”. La prédica vana, vacía, insolvente, anárquica.

Su vanidad y egolatría eran patológicas. Sarmiento mentía, mentía siempre: en 1882 ocupó el cargo de Secretario General de la masonería y cuando antes, en 1880 habíase presentado como candidato a Presidente de la República, él negó públicamente su condición de Masón, pero en la logia exclamó: “… ¡Yo sólo he cumplido con la consigna masónica de no revelar mi carácter de tal…” (14).

Sarmiento utilizaba la mentira, la intriga y la violencia como método y sistema (Paunero uno de los procónsules de Mitre, le decía a éste que Sarmiento era un “déspota Jacobino”).- Él lo reconoce en carta a su amigo Manuel Rafael García, el 28 de octubre de 1868; siendo nada más y nada menos que Presidente de los argentinos: “…¡Si miento lo hago como don de familia, con la naturalidad y la sencillez de la verdad !…” (15).

¡He aquí al “prócer” (sic), el “Gran sanjuanino” (sic) , “el ¡educador!” (sic). Símbolo y guía para todos los argentinos que siguen viviendo en el fraude sobre su historia, porque siguen alimentándose del error y de la mentira, base de toda ideología; error y mentira prescripta que ha sido elevada a dogma indiscutible e indestructible, sin más testimonio que la avale, que las palabras grandilocuentes y los deseos fundados en intereses particulares y/o foráneos.

III.- POLÍTICA PROPIAMENTE DICHA

Con respecto a su “política propiamente dicha” comienza, por así decirlo, como periodista en Chile luego de haberse fugado milagrosamente con vida de su país, habiéndose escondido debajo de la cama, salvándolo el Gral. Benavidez.

Desde aquél país, indujo al mismo “…con singular tesón, a seguir con aquel paso (el de ocupar el estrecho de Magallanes) ” escrito en el Diario “La Crónica” del 5 de agosto de 1849 (16). Así lo repite en el mismo diario el 15 de noviembre de 1849; nótese que habla como si fuese chileno: “…en recompensa de nuestros esfuerzos nos prometemos ser nombrados diputados, cuando menos alguna legislatura por la Provincia de Magallanes, cuyos principios y población hemos favorecido tanto…” (17).

Sarmiento, haciendo uso de su traición, su trampolín al poder, descubre que casi toda la Patagonia pertenece a Chile; así el 11 de enero de 1843 ya declaraba en el Heraldo Argentino que “…los argentinos residentes en Chile desde hoy debemos vivir sólo para Chile, y en ésta nueva afección deben ahogarse las antiguas afecciones nacionales..” (18).

El 25 de Mayo de 1900 siendo Ministro de Chile en la Argentina (¿?) (sic) declara en forma solemne y altisonante “..soy declarado por unanimidad bueno y leal chileno, ¡ay del que persista en llamarme extranjero…” (19). Cuando el gobierno argentino sale en defensa de nuestra soberanía patagónica, Sarmiento escribe el 11 de marzo de 1849 en el periódico “La Crónica” que “…los derechos de Chile el gobierno de Buenos Aires debe por decoro cuidar de no atropellar…, para Buenos Aires es una posesión inútil, … ¿qué hará Buenos Aires con el Estrecho de Magallanes ? ¡mejor que ocupe el Sur hasta el Colorado y el Negro y deje el estrecho al quien lo posee con provecho! …Magallanes pertenece a Chile por el principio de Conveniencia propia sin daños de terceros…” (20).

Este agravio a la Nación de un ser que reniega de su país, es decir, un descastado, llega al asombro de sugerir que toda la Patagonia le correspondería a Chile, porque a renglón seguido dice que “…quedaría por saber aún si el título de erección del Virreinato de Bs. As. expresa que las tierras al sur del Mendoza entraron en su demarcación; que, a no serlo, Chile pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las Provincias de Cuyo…” (21).

Del mismo modo, pero más contundente aún, dice en “La Crónica” del 4 de agosto de 1849 “…no se me ocurre en mi simplicidad de espíritu cómo se atreve Buenos Aires a sostener ni mentar siquiera sus derechos al estrecho de Magallanes… sus reclamos están desnudos de todo fundamento…” (22).

Esto hace muchos años se llamaba “traición” pero parece que actualmente parece que actuar así es un pasaporte seguro, en nuestro país, para llegar a ser un ¡héroe nacional! El diario “La Nación” que era un diario Mitrista se expresó contra Sarmiento en innumerables ocasiones, pero basta un ejemplo: lo escrito el 4 de octubre de 1868, fustigando a Sarmiento diciéndole “… Ud. ha sostenido en Chile contra su patria los pretendidos derechos de un país extranjeros para despojarlo de su territorio…no creo que haya ningún hombre que intente justificar al Sr. Sarmiento, pues todo pueblo del mundo ha condenado terriblemente a quien atenta contra la integridad de su propio país…” (23). Y así ha sido: despreciado por el pueblo argentino y exaltado por los funcionarios de turno y docentes enciclopedistas que no hacen más que repetir a lo largo de los años la historia según el “Billiken”.

¿Qué piensa Sarmiento de organizar una marina?

Entre muchas sinrazones nos quedamos con una que expresa mejor su cortedad moral y política, al escribir desde el Diario “El Nacional” el 7 de mayo de 1879 “….las costas del sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una Marina. ¡Líbrenos de ello y guardémonos nosotros de intentarlo!…. El día que Buenos Aires vendió su escuadra hizo un acto de inteligencia que le honra. No debemos ser Nación marítima….” (24).

Pero, se ha rendido un homenaje a quien ha abominado de la marina durante toda su vida, como así también de las FF.AA. en general, y lo que ella representan: la custodia y defensa de nuestra soberanía territorial y marítima. Así, en setiembre de 1972 el entonces Director de la Escuela Naval, Capitán de Navío Roberto Ulloa, rindiendo homenaje a Sarmiento diciendo (sin saber nosotros si sabía lo que estaba diciendo) que ”…la demostración más que un deber de gratitud (¿?) implica, además, un compromiso de vigencia real. Aquí estamos para ratificar públicamente nuestra fe en los valores que defendió Sarmiento (sic), de los que la Escuela Naval Militar se siente custodio (resic), y así lo ha demostrado en su labor fecunda…” (25). Grotesco. Es como decir, que le agradecemos al verdugo habernos degollado.

Gracias a Dios -como dice el historiador Patricio José Maguirre, miembro de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, egresado de la Escuela de Defensa Nacional, etc.- ningún egresado de la Escuela Naval entregó la Patagonia a Chile, ni las Malvinas a Inglaterra, ni renegó de su patria por un salario (Sarmiento cobró 5 sueldos conjuntamente, del presupuesto nacional), es decir, una persona a la que Mitre, presidente de la Nación, lo designa representante diplomático en 1864 en EE UU, ante su total ineptitud como Gobernador de San Juan en 1864 mismo, diciendo que Sarmiento era sencillamente “inaguantable” (26).

También Félix Frías, sostuvo agrias disputas con él, y Pedro Goyena dijo de Sarmiento en 1883 “…Sarmiento, un asalariado de Chile, sostuvo que las tierras australes de la Argentina pertenecían al que arrojaba la moneda en su rostro de escritor venal…” (27).

¿Qué opinaba Sarmiento de las Malvinas? Oigamos de sus propios labios la respuesta “patriótica”, en el diario “El Progreso” el 28 de noviembre de 1842: “…La Inglaterra se estaciona en las Malvinas para ventilar el derecho que ella tenga. Seamos francos: Esta invasión (¡por lo menos lo reconoce!) es útil a la civilización y al progreso (de Inglaterra y Chile, suponemos)” (28).

El mismo Sarmiento dijo posteriormente “…¡Lástima grande que los habitantes de Buenos Aires no conocieron en aquel momento las instituciones inglesas, pues en aquel momento (se refiere a las invasiones inglesas) perdimos 50 años de civilización” (29).

¿Qué pensarán de esto los miles de combatientes que pelearon en 1982 contra la invasión inglesa a las Malvinas? ¿Qué pensarán los familiares de quienes allí murieron? ¿Qué pensarán en especial, los marinos de este alarde de entrega y traición? No importa. Recordar que el 11 de septiembre es el “Día del Maestro” es hoy en día, el parecer, cívico homenaje… Así se viene educando a los argentinos, con una historia oficial aguachenta, insulsa, armada y recreada para consumo masivo. ¿Este es el Hombre que defendió -según el capitán Ulloa- nuestros valores? ¡Qué orfandad de conocimientos políticos y que peligro que ello encierra!

Ya los grandes pensadores clásicos como Maeztu, Menéndez y Pelayo, Azorín, Balmes, Maurras, La Tour du Pin, Fichte, etc. decían y dicen, con razón, que ninguna nación será grande si no es consciente de sí misma, de su pasado con sus grandezas y miserias. Es decir, no sabremos nunca lo que somos y queremos ser, si no sabemos lo que hemos sido.

Quizás viene a colación y es aplicable al caso que nos toca, lo dicho por Saavedra, cuando en 1806 -primera invasión Británica- Castelli, Vieytes, Beruti, buscaron el apoyo del General Beresford para obtener la independencia bajo la tutela británica, ante ello, Saavedra exclamó con irónico sarcasmo “…¡qué bellos sentimientos de Independencia…!” (30).

Sarmiento también participó en la idea, en 1843, de Florencio Varela, otro “prócer”, de segregar las provincias de Entre Ríos, Corrientes, Misiones, para constituir con Uruguay una Nación aparte. En sus visiones proféticas de lo mediocre y rastrero, llegó a soñar en formar un ¡estado yankee en el Chaco! En carta a María Mann, el 23 de enero de 1866 le dice “…imagínese lo que sería una colonia Norteamericana en San Juan produciendo plata y educando al pueblo…” y en carta del 1 d abril de 1868 le escribe diciendo que “con los emigrados de California se está formando en el Chaco una colonia norteamericana. Puede ser el origen de un territorio, y un día, de un Estado Yankee (con idioma y todo)…” (31). Estas expresiones denotan la falta de equilibrio y delirios extravagantes que tenían el carácter y personalidad de Sarmiento.

Nótese el contrataste con respecto a Juan Manuel de Rosas, cuando éste en el momento de la derrota de la Confederación Peruano-Boliviana, al mando del General Santa Cruz, rechaza las pretensiones de varios federales de “aprovechar” la anarquía de esa zona para apoderarse de Tarija, por la fuerza, en lugar de buscar dicha situación por medio d acuerdos y tratados: en carta a don Angel Pacheco el 17 de noviembre de 1841 y Manuel Oribe el 12 de enero de 1842 en la cual en esta última, trasciende de los meros hechos para transcribir párrafos escritos en la carta a Pacheco donde dice: “…y con respecto a Tarija, no es digno de la República Argentina incorporarla nuevamente por la fuerza, ni reclamar nuestros derechos en circunstancias que Bolivia se haya envuelta y afligida en terrible anarquía. Que esto debe ser obra de la paz, por negociaciones pacíficas y dignas y honorables, en que por un tratado quede restituida, lo que no nos será difícil conseguir así que Bolivia se encuentre en perfecta tranquilidad, presidida por un gobierno justo y verdadero amigo, con el que conseguiremos también otro de límites y comercio… que la guerra fue contra Santa Cruz, no contra Bolivia…” (32).

Esta es una de las cartas del “degollador” y “bárbaro” Rosas que nos muestra y enseña nuestra historiografía pero que demuestran el criterio y justeza de principios que sustentaban su accionar político prudente y recto, no aprovechando una situación fáctica para hacerse de Tarija, por la razón, que hoy parecerá prosaica, de que no correspondía.

Su clarividencia y genio diplomático, su tacto sociológico, a la par de un Napoleón o Clausewitz, queda reflejado en la calidad moral e intelectual de los hombres que lo rodeaban, entre ellos Felipe Arana, Tomás Guido, Eduardo Lahitte, Lorenzo Torres, Baldomero García, Tomás Anchorena, González Peña, Campana; precisamente el 26 de maro de 1842, el primero de los nombrados le escribe al segundo una carta en la que expresa “…no se me oculta que bien conocen los soberanos europeos cuánto vale en el Nuevo Mundo la subdivisión de los Estados y las influencias comerciales que ejercen (¡si no que se lo pregunten a Sarmiento, Mariano Acha, De Vedia, del Carril, Varela, Paz, Fructuoso Rivera, etc.!) pero no por esto ni podemos ni debemos dejar de hacer los últimos esfuerzos para afianzar nuestra independencia y garantizar las libertades públicas…, etc” (33).

El contraste es demasiado claro y contundente: Por un lado esta última luminosa comprensión del momento actual y el sentido de equilibrio del Gral. Rosas que no aprovecha una coyuntura favorable para, por la fuerza, lograr algo que el entendía no era ni el modo ni el medio correcto aprovechándose de la debilidad del vecino; y por otro: el esquizofrénico y alucinado Sarmiento que imponía su autoridad a degüello, como surgen de sus propias palabras, cuando por ejemplo, en su “Proyecto de Reorganización Argentino” de 1845, al propiciar la presencia del general Paz, dice que “…a los que no reconozcan a él debiera mandarlos ahorcar, fusilar, degollar. Este es el medio de imponer en los ánimos mayor idea de autoridad…” (34). En carta a Aristóbulo del Valle en 1880 decíale; ” aquí en este país, no puede haber más política que la del garrote y la macana…” (35). Este es el “liberal” Sarmiento ¿Será este el ideal sarmientino que quiere imponerse e inculcarse como un chaleco de fuerza sobre el cuerpo real de la Nación? ¿Querrán nuestros “educadores” educarnos como prescribía Sarmiento que debía educarse, es decir : ¿a garrotazos!?

Al imponerse, desde la derrota argentina a manos de Brasil y sus aliados llamados por la traición del Gral. Urquiza en 1852, el ejemplo “democrático” de Sarmiento y sus ideas Pseudopolíticas ¿quieren decirnos que debemos emplear el terror, la mentira elevada a sistema, para desmembrar la Nación, como deseaba imperiosamente Sarmiento? Este interrogante, irónico, surge porque en 1857, en las elecciones ganadas por la banda de Sarmiento, éste prescribe el 17 de Junio a Domingo de Oro, el método “Liberal” utilizado: “…para ganarlas, nuestra base de operaciones ha consistido en la audacia y el terror que, empleados hábilmente, han dado este resultado. Los gauchos que se resistieron a votar por nuestros candidatos fueron puestos en el cepo y quemados sus ranchos, perdiendo sus escasos bienes y hasta su mujer. Establecimos depósitos de armas, cantones de gente armada, encarcelamos a los complicados en una supuesta conspiración, y bandas de soldados armados recorrían las calles acuchillando y persiguiendo a los opositores. Tal fue el terror que sembramos el día 29, que triunfamos sin oposición. Esta es la palanca con que siempre se gobernará a los porteños, que son unos necios, fatuos y tontos…” (36).

¡Digno hijo de la Revolución Francesa!. Sarmiento puede reclamar, con todo derecho, la filiación como hijo legítimo de la Comuna de París. No existe mucha diferencia entre el frío y sanguinario Maximilian Robespierre y su aventajado y descastado alumno americano.

Este es el hombre que nos han inculcado y nos inculcan como el más grande “civilizador” contar la “barbarie”. El error no sólo es grave sino que se vuelve criminal cuando es adrede. Nos han inventado una historia de consumo. Lo peligroso es lo dicho al principiar este ensayo: Si no sabemos lo que fuimos no sabremos lo que somos y hacia donde queremos ir. Es como un principio matemático: Errado el principio fundacional o esencial, todo el razonamiento posterior por más logicidad que aparente, que tenga, conducirá a un error. Hoy a eso lo llamamos “ideología”.

Urquiza le escribía a Mitre en 1852 diciéndole ofuscado que “…Sarmiento era un loco, intrigante, pretencioso y anarquista…” (37). El 4 y 6 de octubre del mismo año el diario La Nación lo describe con pocas pero certeras palabras “…es un abogado de un gobierno extranjero contra su propio país…”.

¿Qué decir de Sarmiento y su amor por la entrega física y espiritual de la Argentina? La respuesta la tendremos de los propios labios del Gral. San Martín en carta a Gregorio Gómez “…¡No aprobaré jamás que un hijo del país se una a una nación extranjera para humillar a su patria!…”, y en carta a J.M. de Rosas define el 10 de mayo de 1839 “…pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido (argentina, dixit) se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española, una tal felonía in el sepulcro la puede hacer desaparecer…” (38).

Sarmiento se sabe aludido y molesto e irritado, durante años despotricó contra San Martín. En 1846, 4 de septiembre, le escribe a su amigo Antonio Aberastain y entre otros denuestos antiargentinos, le dice: “…San Martín es ahora un ariete descontrolado, ve en Rosas al defensor de la independencia amenazada. Aquella inteligencia declina y todas sus ideas se confunden…” (39).

Al entregar, de hecho y de palabra, la Nación a hombres e intereses ajenos, de parte de Sarmiento, denota “per se”, la pérdida y el desquicio de todo decoro intelectual y moral que fuera patrimonio y honra de nuestros compatriotas, que jamás se habrían permitido hablar mal de nuestra Nación; hecho avergonzante, pero comprensible en el desequilibrio psíquico de Sarmiento por sus frustraciones juveniles en lo atinente a su tan promocionada “docencia”, la cual como se vio no existió.

La egolatría de Sarmiento se manifiesta en el juicio que él tenía de sí mismo. Con humildad reconoce en 1843 que “Jamás he reconocido otra autoridad que la mía. Soy el juez de la importancia de un libro, sus ideas; y de esta falsa posición (¡por lo menos lo reconoce!) ha nacido la independencia de mi criterio…” (40) confesando, también que “…los Sarmiento tienen una reputación de embusteros heredada de padres a hijos, la cual nadie niega (¡!)” (41).

Sarmiento se enorgullece de ser embustero, e hijo de embusteros y mentirosos. Se considera a sí mismo una deidad y la mentira es para él un arte que maneja día a día y la perfecciona. En carta a Rafael García, el 28 de Octubre de 1868 reconoce que “SI MIENTO LO HAGO COMO DON DE FAMILIA, CON LA NATURALIDAD Y SENCILLEZ DE LA VERDAD (¡!)” (42). Poco se puede agregar a esta confesión de Sarmiento, lo que sí no puede negársele es su gran capacidad de hipocresía y cinismo, dado que debe existir pocas personas que se jactan de sus propios defectos.

La historia “plastificada” comienza en Caseros; lo reconoce el propio Sarmiento “ …La batalla, para el público, puede leerse en el boletín Nº 26: Novela (¿?) muy interesante que tuvimos el honor de componer Mitre y yo… ” (43). Posteriormente continúa con la mistificación de los personajes históricos. “El “Facundo” fue fruto de la inspiración del momento …sin auxilio de documentos…con el propósito de acciones inmediatas…más adelante echaré al fuego de buena gana cuantas páginas precipitadas he dejado escapar en el combate…” (44). En el diario “Crónica del día 26 de diciembre de 1853, se felicita a sí mismo de sus calumnias reconociendo que en su “Facundo” “…los muchos errores que contiene son una de las causas de su popularidad….”.

Esa insistencia de Sarmiento en vanagloriarse de sus mentiras, errores adrede, falsedades, dan una acabada idea de agrado de paranoia y de afán de poder enfermizo que precede sus actos; tal como el mismo Sarmiento lo reconoció, pues cuando se refiere a “Recuerdos de Provincia” dice ”…éste es un cuento que se refiere a un loco y no significa nada(¿?)” (45). A aquel primer libro (Facundo) se refiere Alberdi diciendo que “…además de estar lleno de máximas inmorales y maquiavélicas, es un libro pernicioso, como calumnia y satiriza a la Argentina y su sociedad…” (46).

Demos un ejemplo más de la autoglorificación de Sarmiento y su protagonismo en la falsificación de nuestra historia: al escribirle a Avellaneda el 16 de diciembre de 1865, le dice sin empacho alguno, “…los unitarios los han suprimido (se refiere a los tratados firmados entre unitarios y federales) con aquella habilidad con que sabemos rehacer (¡!) la historia…”. Exacto. Prueba concluyente sobre la mentira como sistema, en la cual se “construye” nuestra “historia oficial” (sic).

Sarmiento, a lo largo de toda su vida, vitupera y calumnia sin ton ni son, sin desmayos. En sus juicios se nota, no solo una desinformación, sino una falta de cultura que hace ver su poca inteligencia, su corta visión, aunque, por supuesto, no su astucia. Así, por ejemplo dice que “…EEUU es el único país culto en toda la tierra. España es inculta y bárbara. En 300 años no ha producido un solo hombre que piense, un solo escritor de nota, ningún filósofo, ningún sabio. Es la nación más pobre que se conoce…” (47). Menéndez Pelayo, es uno de ésos “incultos” a los que refiere Sarmiento diciendo que “…hace alarde de la más crasa ignorancia…”.

¿Qué piensa Sarmiento de los gauchos, de los humildes, de los huérfanos? Los gauchos son “una Chusma de haraganes” dirá en el diario “El Nacional” del 3 de febrero de 1857. El 20 de setiembre de 1861 le recomendaba a Mitre “…no trate de economizar sangre de gaucho. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla (¿él no lo era?) incivil, bárbara, es lo único que tienen de seres humanos” (48). “.. el estado no tiene alma. No tiene caridad. Si los pobres se han de morir, ¡que se mueran!(¡que nobles sentimientos!) el mendigo es como la hormiga: Recoge los desperdicios, los huérfanos son los últimos seres de la Sociedad. No se les debe dar más que comer…” (49).

Para Sarmiento, los argentinos, los que pelearon contra los españoles por la independencia, contra los franceses, contra los ingleses, contra los brasileños, sólo tienen de seres humanos, su sangre. Sarmiento dice que el Estado no tiene alma: La realidad es que un Estado representa lo que son quienes lo representan, por lo tanto, un Estado será abusivo, absolutista, ¡sin alma!, si quienes lo presiden son seres abusivos, absolutistas, sin alma, por ejemplo del propio Sarmiento que fue presidente…

Sigamos los argentinos en el error, sigamos en la mentira de la historia “inventada” (palabras de Sarmiento). Sigamos creyendo en el “ideal sarmientino”, sigamos levantando templos y monumentos en su nombre, sigamos renegando de nosotros mismos y educando a nuestras generaciones en al impiedad y nada quedará de nosotros, sino tan solo seres sin conciencia, sin pasado, sin memoria, pasto de quienes quieren diluir nuestras fuerzas, y que sí saben lo que quieren y como lograrlo, debilitando el espíritu nacional, con una gigantesca y organizada y pausada acción que poco a poco nos va disolviendo en las contradicciones con la realidad que ella acarrea. Así una vez, debilitados en nuestras defensas, mansamente seremos, ya definitivamente, juguete de quienes como ya sabemos, no tienen más patria que el billete… finalmente como diría George Bernanós, quizá seremos fusilados por curas bolcheviques…

Una prueba más sobre el desprecio por su patria y sus hijos, que sentía Sarmiento, se evidencia cuando en 1871, siendo presidente de un “estado sin alma”, el pueblo padece la famosa “fiebre amarilla” que segó la vida de miles de personas. Sarmiento huyó despavorido. Pasó por Mercedes y luego a Chivilcoy. Entonces la ciudad quedó acéfala por cuatro meses. Tan grave fue la situación que se crearon dos diarios dedicados a dar noticias de la epidemia: “El Boletín de la Epidemia” y “Marcha de la Epidemia”. De aquí extrajo el académico historiador Dr. José Luis Molinari algunas referencias acerca de ese “paladín y prócer” que se llama Sarmiento: “…Aún no se ha podido descubrir en ninguna de las listas de suscripción popular los nombres del presidente Sarmiento y sus Ministros. Al que haga el descubrimiento se le dará una buena gratificación…cuando el presidente de la República, obedeciendo a un instinto de conservación excesivamente pronunciado (eso y decir que era un cobarde, es lo mismo) emigró a Mercedes… No cabe nulidad mayor que la que reúne el hombre que tan contra el sentido común y las instituciones de esta Nación, nos preside; Diógenes, con toda su calma se hubiera visto apurado para encontrar otro ser menos digno del honroso y elevado puesto que el Sr. Sarmiento ocupa…pero que un pueblo, tras la más pésima de las administraciones, deje continuar cínicamente en el poder al hombre que lo abandona en el medio de la desolación y el espanto, sin valor para afrontar el peligro, es cosa que la imaginación se resiste a creer. El pueblo ha luchado solo y tiene derecho para decirle a quien le dio las espaldas: ¡huye de aquí, cobarde y no me hagas solidario de una afrenta que es absolutamente tuya!…” (50).

Es lapidario. Aquí surge el perfil nítido de Sarmiento, y el concepto que de él se tenía. Y surge una pregunta: ¿Puede ser posible que la desintegración nacional que sufre día a día nuestra Argentina tenga como origen la falsificación de la historia? ¿y con qué fines? Sabemos que toda nación tiene hombres arquetípicos, los cuales se muestran como ejemplo de generación en generación, a fin de actuar o imitarlos, así como toda persona tiene como ideal de vida determinados próceres e intenta imitarlos y ajustar sus vidas y sus conductas a la de esos hombres elevados a ejemplos y guías.

Son necesarios los arquetipos, como normas de conducta, como normas a las cuales ajustar conductas. Si una Nación toma como guía a hombres supuestamente virtuosos pero que en realidad no lo son, las consecuencias con el correr del tiempo serán funestas: caeremos en el error, provocado premeditadamente, día a día se perderá la identidad y creyendo ser lo que nunca fuimos, se cumplirá el sueño de Mitre de “…enterrar históricamente a nuestros prohombres…” (51), lo que en verdad implica enterrar la Nación real, histórica. Así “enterraron” a San Martín el cual según Sarmiento “…castigado por la opinión, expulsado para siempre de América, olvidado por 20 años, es una digna y útil lección…” (52). He aquí, lectores, Sarmiento y su verdadero rostro, sin máscara, sus intenciones y su desprecio por el Libertador.

Sarmiento era un anarquista en todo el sentido de la palabra: Brutal, disolvente, ególatra, subvertidor del orden; y queda patentizado en el panegírico que hizo de Garibaldi al decir que “…Garibaldi es una gloria Argentina (¿?), una gloria de América (¿¿??) ” (53).

En realidad, como dice Héctor Daliadiras “…Garibaldi saqueó el litoral, arrió la bandera argentina en 1842 en la Isla Martín García e izó la bandera inglesa. Menos mal que Brown lo derrotó en la gloriosa batalla de Costa Brava…” (54). Pero no importa, para Sarmiento era “una gloria argentina”. Brown le decía a su mujer con respecto a la lucha de 1942 “…la conducta de estos hombres (se refiere a Garibaldi y sus salvajes acompañantes) ha sido más bien de piratas que de guerreros pertenecientes a un pueblo civilizado, saqueando o destruyendo cuanta criatura o cosa caía por desgracia en su poder…” (55).

Sarmiento tenía la costumbre de expresarse sobre otros personajes de nuestra historia. El “educador” decía de Urquiza que era “…un decrépito, idiota…” (56), Artigas es “…un tártaro terrorista, asesino, cruel, bandido, monstruo, ignorante, sucio y sangriento, salvaje animal de rapiña, degollador, saqueador y violador, desbaratador de toda civilización…” (57). De Güemes sentenció con desparpajo “…destruyó todo derecho para hacer valer el suyo propio…” (58). Del heroico defensor oriental contra la intromisión lusitana, don Manuel Oribe dijo que “…era un bárbaro sangriento. Nunca vi un monstruo como él…” (59). Del ilustre Carlos Guido y Spano simplemente dijo “…es un burro…” (60). De José Manuel Estrada, Emilio Lamarca, Pedro Goyena, dijo que eran “…unos charlatanes infatuados, sarnosos, pulgosos, etc…” (61). A su hora le hizo llegar su cólera a Mitre con estas “alabanzas” el 26 de junio de 1869: “…La verdad es que Mitre en su vida ha abierto un libro. Es un presuntuoso y por su pretensión de dañar, desvaría. Es un charlatán. Es de quien quiera alquilarlo. Se ha presentado 3 veces ebrio en el Senado. Es un pigmeo, un vendido…” (62), cosa que si se conoce a Mitre y sus famosas carnicerías en el Sur y su dudosa historia sobre Belgrano, no deja de ser cierto lo que dice Sarmiento, aunque como hemos visto él no ha sido diferente a Mitre.

Urquiza en 1861 escribió al General Rudecindo Alvarez confesándole que “…el círculo pérfido de Buenos Aires me traiciona. Están decididos…a someter a las demás provincias al capricho, a la ambición, y a la voluntad del mismo círculo (Sarmiento-Mitre). El Plan es manifiesto. Se proponen hacer del liberalismo el ariete para destruir, para dividir las provincias y para construir el despotismo absurdo de ese círculo a que deben sacrificarse…” (63). Finalmente el pronóstico se cumplió y la Nación comenzó a disgregarse…

Corrían los años en que los procónsules de Mitre como Ignacio Rivas, Venancio Flores, Wenceslao Paunero, Arredondo, etc., asolaban el país pasando a degüello a cientos de criollos. Eran los tiempos de Pavón…

Los cuerpos degollados eran exhibidos en postes a lo largo de los caminos como señal de advertencia. Entre los masacrados figuraban: El General Jerónimo Costa, cuyo delito fue defender la Isla Martín García contra el enemigo francés; Santa Coloma; el Coronel Martiniano Chilavert, uno de los principales defensores, junto a Brown y Mansilla, de la heroica defensa de la Vuelta de Obligado en 1845. También brutalmente asesinado fue Vicente Peñaloza de quien José Hernández describe como “…un patriarca, héroe y general del ejército Nacional a las órdenes de Urquiza y Derqui, prestigioso y valiente soldado y militar…” (64). Lanceado Peñaloza, expuesta su cabeza “civilizadamente” por 8 días, Sarmiento grita alborozado y le escribe a Mitre el 18 de Noviembre de 1863 diciéndole que “aplaude la medida, precisamente por su forma (¡!)” José Hernández escribe “…la cabeza del General Peñaloza, el hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo, fue llevada al bárbaro Sarmiento como prueba del buen desempeño del asesino. El unitarismo tiene un crimen más que escribir en la página de sus horrendos crímenes. El partido que invoca la ilustración y el progreso, acaba con sus enemigos cosiéndolos a puñaladas. Matan por índole perversa. Maldito sea el partido envenenado con crímenes que hace de la República Argentina el teatro de sus sangrientos horrores…” (65). Alberdi exclamó “…la vida real del Chacho no tiene un solo hecho de barbarie igual al asesinato del que fue víctima…” (66).

Ante semejantes actitudes “civilizadas” que la “barbarie” no comprendía, Samiento tuvo que “huir” del país y Mitre lo envía como una especie de embajador a los EEUU en 1864. El diario inglés de Buenos Aires “Standard” escribía el 18 de julio de 1864: “…su política injusta ha hecho tal daño al país que Mitre le hace el favor a él y a San Juan removiéndolo…” (67). Ya llegado a Nueva York, Sarmiento le escribió a la hija de Vélez Sarsfield “…estoy escribiendo un libro sobre el “Chacho”. El Chacho concluyó en mis manos…” (68). Así reconoce Sarmiento lo que las generaciones posteriores se niegan a reconocer: su mistificación de la historia, porque como él lo confiesa sus “obras” no son más que “cuentos”, a lo más, “lindos”. Y también reconoce su propia intervención en la muerte del Chacho, además vanagloriándose de ello.

Luego del asesinato de Urquiza por las logias, que lo habían en su momento elevado, Sarmiento exclamó en Rosario el 18 de noviembre de 1873 “…¡no quedará vivo soldado alguno de los batallones de los gauchos correntinos!…” (69).

Trascartón de sus genocidas advertencias, Alejo Peyret, residente en Entre Ríos, escribió “…Sarmiento, partidario de la intolerancia, es un Robespierre: Civiliza a cañonazos y bayonetazos…” (70). Sarmiento establece un método seguro de exterminio en masa: Matar a todos. Arredondo, sanguinario lugarteniente de Mitre le recordaba que dicha forma de proceder era instigada por Sarmiento, diciéndole en 1874 “…asesinatos al por mayor son los que Ud. me aconsejaba en una carta cuando me decía que corte las cabezas y las deje en el camino…” (71). Aquí lo vemos a Sarmiento de cuerpo entero: “civilizando”, sí, pero a cañonazos, y por qué no a bayonetazos (¿sería por lo silencioso…?). Pero, eso sí, a lo grande, “al por mayor” cortando cabezas y “adornando” al camino con ellas.

Pero a pesar de todo, sufridos oyentes y lectores, no olvidéis que la historia nos “enseña” (¿?) las “bondades” y la obra “civilizadora” de Sarmiento. Aceptadlo como dogma so pena de excomunión, de crimen de Estado; no vaya a ser que en los colegios secundarios y primarios se sepa la verdad de los hechos (a través de documentos nunca leídos al alumnado) y nos privemos de festejar “El Día del Maestro” (¿?) en honor del Primer “educador” (¿?) argentino y “gran civilizador demócrata” (¿?). Crimen de Lesa Patria y además Ud. podría ser tildado de “ignorante”, cuando no de “Bárbaro”….

Para finalizar transcribiré uno de los tantos perfiles que el diario “La Prensa”, no precisamente un diario rosista, escribió el 14 de julio de 1876 sobre Sarmiento. Elijo éste porque condensa en pocos renglones toda la catadura moral, de quien carecía de todo escrúpulo, principios, con su ilimitada ansia de poder, por el poder mismo: “Ni Rosas firmó nunca órdenes como ésta. No se explica uno que semejante fiera ande suelto por las calles libremente…” (72).

Creo que poco más se puede agregar de este “extracto de Sarmiento” que hemos descripto. He de aclarar que quien desea conocer más sobre el tema tiene la biblioteca Pública Nacional, el Archivo Mitre, el Archivo Histórico Nacional, etc. esto no es más que un incentivo para profundizar por uno mismo más sobre el tema.

Queda de Sarmiento su imagen real, sin la máscara oficiosa y falsa, que nos revela su ordinariez y chabacanería, su pequeñez moral, su egolatría y autosuficiencia genocida; su agresivo instinto disolvente y disgregador.

Pero como corolario, a modo de epitafio oigamos, si se quiere, las palabras del Diario La Prensa del 23 de mayo de 1880: “… donde quiera que ha puesto la mano ha dejado los rastros de su caracter procaz, irascible y sanguinario. mandaba a clavar en picas a sus enemigos. el ha ordenado a sus subalternos el deguello de su prisioneros. dictaba centenares de sentencias de muerte. el recuerdo de esa sombria serie de matanzas ordenadas por el, que han hundido para siempre su nombre en un charco de humeante sangre humana, nos llena de repugnancia y horror…¡Sarmiento! ¡fiera malvada, fiera de dos pies, verdugo de sus semejantes!…” (73).

¡Qué distinto a lo que se enseña ¿no?.! Pero como dice Alberdi “…La mentira puede ocultarlo todo, puede tergiversarlo todo, menos las fechas, los actos históricos y los nombres de quienes los suscriben. He aquí la historia que Mitre no hará porque no es agradable ni da votos para la presidencia (rigurosa actualidad ¿no?) Pero la verdad (categoría permanente de la razón) aunque amarga, a veces, es lo único que aprovecha a los pueblos…” (74).

Hasta aquí hemos llegado a una apretada síntesis, acerca de Sarmiento, sus obras y sus motivaciones. Quedan muchos aspectos interesantes de su vida, a donde remito para ahondar más, pero con lo descripto queda suficientemente demostrado, vía documental, aún del propio Sarmiento, el carácter mesocrático, más aún, caquistocrático, de este hombre vulgar (en todo sentido del a palabra) elevado a genio por necesidades políticas mezquinas.

Detengámonos aquí, porque he aquí el drama, la tragedia que se nos presenta: No es lo peor el hecho de que Sarmiento haya sido un débil de carácter y cobarde (como, por ejemplo, al huir de la Capital, durante su presidencia, cuando la fiebre amarilla azotaba Buenos Aires).

No es lo peor el hecho que haya sido un vulgar pero peligroso mentiroso según su propia confesión, ni su sed de sangre y su “tierna” criminalidad genocida (como lo atestiguan, entre otros, Hernández, Alberdi, Rawson, Goyena, los distintos diarios de la época, y la propia jactancia del sanjuanino) al cual se le puede bien aplicar la conocida frase de Netchaieff en su “catecismo Revolucionario”, cuando decía “…¡contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira…!” (75).

No es lo peor el hecho que se considere chileno, renegare de su patria y quisiese entregar toda la Patagonia, Chaco, San Juan, mesopotamia, etc. a poderes extraños (al fin y al cabo no fue ni el primero ni será el último).

No es lo peor la circunstancia de que no fundara nunca una Escuela, y que donde estuvo, fue echado prácticamente a patadas, por su ineptitud.

Lo realmente grave para la comunidad Nacional, no es solo el error, sino que se eleve al error, o mejor dicho, a quien lo comete, a la categoría de virtuoso, guía de conducta para nuestros semejantes; que se eleve a dichos personajes al altar del heroísmo nacional, que se los mezcle en un mismo plano con quienes en verdad lo fueron, que se los señale como modelos de conducta, ejemplos a seguir, arquetipos a quien imitar. Porque así se transmite de generación en generación un error que se multiplica geométricamente haciendo estragos en la inteligencia de los nacionales, perdiendo con el correr del tiempo la noción y el conocimiento de lo que fuimos, por tanto de lo que somos, al querer ser otro (que es como querer dejar de ser, diluyéndose nuestra identidad).

Así nos debilitamos interiormente y vaciamos nuestra existencia de las realidades de nuestro pasado que impiden, por no conocer quienes hemos sido, el proyectarnos hacia adelante en el tiempo, sabiendo lo que queremos y habremos de ser. Con respecto a esto el Dr. Alberto Otalagano dijo en 1974 “…La historia es a las Naciones lo que la memoria es a los hombres: El conocimiento o la noción del origen, de una identidad a través del tiempo y del espacio, que se integra con el conocedor, en cuanto a tal, conformando su ser existencial. El presente es hijo del pasado, como el futuro lo es del presente. Conocer realmente el pasado es conocer la génesis de la problemática del presente para encontrar la solución. La historia es la forja de la conciencia Nacional (o sea el conocimiento de lo que se es por lo que se ha sido y en función de lo que se deberá ser). Definición por antonomasia del “ser argentino” y especificación de su destino… El hombre en tanto historia, integra una comunidad de destino en lo universal, o sea profesa una religión común, tiene un pasado común y un presente común a todos los que habitan con él en su mismo territorio: conciencia de tener una comunidad y de haberla tenido, o sea, conciencia histórica. Conciencia de una tradición común, presente común y de un futuro común…” (76).

Y quiénes hemos sido, lo han señalado con sus vidas nuestros hombres consustanciados con lo suyo (Saavedra; Rosas, Brown, Chilavert, Manuel Moreno, Belgrano, Oribe, Genta, Irazusta, Scalabrini Ortiz, Savio, Mosconi, San Martín, Güemes, Dorrego, Lavalleja, Giachino y quienes cayeron en Las Malvinas, etc.) defendiendo lo bueno y tratando de corregir lo equivocado, aún con sus propios errores, pero siempre con la vista tendida más allá, puestos los ojos y sus vidas en el bien común de nuestra patria histórica; tratando, como decía De Maeztu, no tanto “en ir mejorando a los hombres, sino restableciendo las condiciones sociales que los induzcan a mejorarse…” (77).

Condiciones sociales, y por tanto, morales (y legales, entendiendo a la ley no como una expresión de voluntad abstracta y general o particular, sino -como dice Santo. Tomás- como una ordenación racional enderezada al bien común).

Esa comunidad de destino histórico que lleva en sí impreso nuestro carácter, queda demostrado en la descripción que hace Manuel García Morente del “Caballero cristiano” como símbolo y expresión arquetípica de la esencia de la Hispanidad “…los españoles dan preferencia a las relaciones reales sobre las formales. Las reales son las que se fundan en lo que cada persona es, siente, piensa y valora y vale. Las formales se basan en abstracciones puras (“ser humano”, “ciudadano”) simple forma, concepto despojado de realidad personal. Por eso, el español, no se inclina ante la autoridad conceptual, abstracta, por ej., no se somete a la mera idea jurídica de la soberanía basada, dado el caso, en el voto. La ley debe ir acompañada de fuerzas reales: prestigio, jerarquía natural, carácter, clase intelectual, y moral. La hostilidad profunda del caballero español a todo formalismo falso se compadece mal con la democracia parlamentaria, que atribuye mando y soberanía no a los que más vales, pueden y saben, sino a los “elegidos” por el sufragio, que poco o nada saben acerca de lo que eligen. La competencia, la capacidad, el esfuerzo y la valía personal son sustituidos por la habilidad, por una designación hija del soborno y las promesas materiales o espirituales, por un nombramiento que se “encomienda” -locura insigne- a la mas caprichosa, irresponsable, adulable, cambiante, irracional, impersonal. A tal y tan absurda consecuencia tenía que llegar una doctrina que empieza por escamotear la realidad de cada hombre para substituirla por la abstracción irreal de los “ciudadanos”, todos iguales entre sí (naturalmente hablando, no desde la óptica sobrenatural y religiosa). Más para que dos hombres sean iguales entre sí, claro está que hay que empezar por despojarlos de todo lo que cada uno de ellos ES EN REALIDAD y reducirlos así a la mera función abstracta de los conceptos…” (78). De la ideología abstracta de la igualdad natural, al marxismo no hay más que un paso.

Es imperativo que hay que desenmascarar los fines perversos de los ideólogos, desterrando y enseñando las causas que lo originan. Se debe entender que el hombre no es una abstracción, un número (un voto), una cifra, una entelequia, sujetos sin relaciones con lo social; ni tampoco la consecuencia que de ello se desprende, es decir, una máquina que produce, un “homo económicus” hacia el cual nos quieren llevar.

Sepamos que en el plano histórico, el hombre es una persona (unidad definida, diferenciada) integrante de una comunidad familiar (padre, hijo, hermanos, etc.) profesional (obrero, comerciante, médico, etc.) político (miembro de un barrio, municipio, pueblo, país) religioso y a ese título debemos respetarlo (por más que le duela a Sarmiento y sus apóstoles) y más aún, defenderlo. “…porque la persona representa una concepción de vida basada en el predominio de la realidad sobre la abstracción o ficción ideológica (no importa el signo que lleve), del ser individual sobre la definición racional, de la persona sobre la especie, y de lo privado sobre lo público…” (79).

Goethe definió “…no se puede amar lo que no se conoce…”. Y el conocimiento es un hecho de la razón, que apoyada en la moral y en la inteligencia, nos conduce a la verdad de los hechos. Así el conocimiento no depende de nuestra voluntad o sentimientos o de elucubraciones más o menos filosóficas, pero que no se apoyan en el conocimiento de la verdad (la cual, recordemos es una categoría permanente de la razón). No llevar los hechos históricos reales, a conocimiento de nuestra Nación y sus hombres, a conocimiento de nuestros jóvenes, es preparar una generación de descreídos, nihilistas, resentidos, descastados, es TRAICION RAIGAL: Crimen, el peor crimen que a una Nación se le puede cometer, todo por meros intereses coyunturales, circunstanciales, de partidos; porque, como dijo San Martín, “…tal felonía, ni el sepulcro la podrá hacer desaparecer…” (80).

 

Indice Bibliográfico

(1) GENTA, Jordano Bruno. “El Nacionalismo Argentino”. Ed. Cultura Arg. Bs. As. 1975
(2) GONZAGUE DE REYNOD, “La Europa Trágica”
(3) VEUILLOT, Luis. “Los odeurs de París” Ed. Crés. Pág. 32.-
(4 ) DALIADIRAS, Héctor : “Algo más sobre Sarmiento”, ed. Nuevo Orden, Bs.As.1965
Pág. 39-40.-
(5) GALVEZ, Manuel : “Vida de D. F. Sarmiento” Bs. As. 1957, Ed. Tor; Pág.223 .SARMIENTO, “Obras Completas”, Ed. Luz del Día. Bs. As. 1948 – 56. T. XXIV pág 34.-
(6 ) SARMIENTO Ob. Cit., T XLIV ; Pág. 142.-
(7) GALVEZ, M. Ob. Cit. Pág. 224; 293; 455; SARMIENTO, D. Ob. Cit. T. XLIV ; pág 124/ 9 y 130.-
(8) GALVEZ, M. Ob. Cit.Pág. 285; 338.-
(9) SARMIENTO, D. Ob. Cit. T. XLIV Pág. 309; 323.-
(10) GALVEZ, M. Ob. Cit. Pág. 381; 403; 406.-
(11) SARMIENTO, D. Ob. Cit. T. XX Pág. 288/ 90 ; T. XXXVII Pág. 223; 227.-
(12) SARMIENTO, D. Ob. Cit. T. XX Pág. 274; 275; 285; 286.-
(13) GALVEZ, M. Pág. 135 Ob. Cit.-
(14) ANTONIO ZUÑIGA, “La Logia de Lautaro y la Independencia”, Bs. As. 1922; Pág. 338.- REVISTA MASÓNICA AMERICANA, T. I. ;pág.9 (Se adjunta discurso Masónico de Derqui del año
1860. Su tapa).-
(15) GALVEZ,M.- Ob. Cit. Pág. 455 y 456.-
(16) SARMIENTO,D. Obras Completas T. XXXV; pag.30 a 33; Ed. Luz del Día, Bs. As. 1948-56
(17) SARMIENTO, D. Pag 283
(18) SARMIENTO, D. T. VI pag. 105.-
(19) SARMIENTO, D. T. XXXV; pag.358.-
(20) SARMIENTO, D. T. XXXV; pag 13.-
(21) SARMIENTO, D. T. XXXV; pág. 21.-
(22) SARMIENTO, D. T . XXXV, pág. 50
(23) GALVEZ, M. Ob. cit. Pag 293/4. Diario ‘La Nación’, Biblioteca Mitre.-
(24) SARMIENTO, D. T. XLI pag. 165; T. XVI, pág 376.-
(25) Diario ‘La Nación’, 12/9/1972.-
(26) PATRICIO JOSE MAGUIRRE, “Informaciones sobre la Masonería” 4ta. de. N.3,1981.
(27)GALVEZ, M.Ob.Cit. Pág. 418.-
(28)SARMIENTO, D. Ob.Cit. T.XXXV Pág. 75
(29)SARMIENTO D. “Conflicto y armonía de las razas de América” 1883/5.-
(30)RAMALLO, JORGE M. “Los grupos políticos en la Revolución de Mayo” De. Macchi, Bs.As. 1983.
(31) GALVEZ, M. Ob.Cit. pág. 285
(32)ARCHIVO DE LA NACION, documentos del Gral.Pacheco. Correspondencia del año 1841, T.IX.
(33) ARCHIVO GENERAL DE LA NACION, Archivo del Gral.T.Guido.Legajo 10.
(34)GALVEZ, M. Ob.Cit. pág. 272, 328,453
(35)GALVEZ, M. Ob.Cit. Pág. 357.
(36) GALVEZ, M. Ob. cit.
(37)GALVEZ, M. Ob.Cit. Pág. 177.
(38)CHAVEZ, Fermín “Correspondencia e/S.Martín y Rosas”. De. Theoría, 1975
(39)SARMIENTO, D.F. Ob.Com. T.V. pág. 118, 119, 130. SALDIAS, “Hist.Conf.Arg. T.VI Pág.153
(40)SARMIENTO,D.F. “Recuerdos de Provincia”. T.III. Pág. 168.
(41)SARMIENTO, D.F. “Idem”. T.III Pág. 154.
(42)GALVEZ, M.Ob.Cit.Pág. 455 y 456.
(43)SARMIENTO,D.F. “Campaña del Ejército Grande”
(44)SARMIENTO, D.F.Ob.Com. T:VII, pág. 16
(45)SARMIENTO,D.F. Ob.Com. T. II pág. 371, T.III pág. 25
(46)ALBERDI,J.B. “Escritos póstumos”. T.X. año 1887.
(47)SARMIENTO,D.F. Ob.Com. T. XXXVIII. Pág. 405 y sgtes.
(48)SARMIENTO,D.F. T.XXXVI. Pág. 349, T. XL pág. 153
(49)SARMIENTO,D.F. Ob.Cit.T.XVIII Pág. 303,305.
(50)MAGUIRE,P.J. “Informaciones sobre la masonería”. Ed.I.R.A. Bs.As. Año 1981. Nro. 3; “Boletín de la Academia Nac. de la Historia”, 1ra. sección, 1964. Pág. 382, 384, Bs.As.
(51)LOPEZ, Vicente Fidel, “Manual de la Historia Argentina”, año 1920, Bs.As.
(52)SARMIENTO, D.F.,Ob.Cit. T.XXXVIII, pág. 160.
(53)SARMIENTO,D.F. Ob.Com. T.XLV Pág. 337
(54)DIADIADIRAS. H. “Algo más sobre Sarmiento”. Ed.Nuevo Orden, 1965, Bs.As.
(55)CAILLET-BOIS, “Los marinos durante la Dictadura” De. Pág. 118-123.
(56)SARMIENTO,D.F. Ob.Com. T.XVII Pág. 104, 124.
(57)SARMIENTO,D.F. Idem. T.XVII, XV, XXXVII, XXXVIII
(58)SARMIENTO,D.F. Idem. T.VII, Pág. 93
(59)SARMIENTO,D.F. Idem. T.XXV Pág. 334.
(60)GALVEZ, M. Ob.Cit. Pág. 217, 405,406.
(61)Idem 44.
(62)SARMIENTO, D.F. Ob.Com. T.L. Pág. 178, 182.
(63)VICTORICA, Julio “Urquiza y Mitre”. Bs.As. 1960.
(64)HERNANDEZ, José. “Vida del Chaco”. Paraná, año 1863. Biblioteca Nac.Nro.31608.
(65)Idem
(66)ALBERDI,Juan B. “Pequeños y grandes hombres del Plata”. 1987.Bs.As.
(67)SARMIENTO,D.F. Ob.Com. Pág. 384
(68)SARMIENTO,D.F. Ob.Com. T.XXIX Pág.48
(69)GALVEZ,M. Ob.Cit. Pág.355
(70)PEYRET,A. “Intervención en Entre Ríos”.Bs.As.1873.
(71)GALVEZ,M.Ob.Cit.Pág.371
(72)GALVEZ,M. “Ob.Cit.Pág.286
(73)LA PRENSA, “diario”: 1/8/75;14/7/76;23/3/80
(74)ALBERDI,J.B. “Escritos Económicos” 1895; “Pequeños y Grandes Hombres del Plata”.1887, Bs.As.
(75)MAEZTU, Ramiro “Defensa de la Hispanidad”Bs.As.Ed.Poblet,1952,Pág.89
(76)OTTALAGANO, Alberto “Conferencia de la U.O.C.R.A.”Ed.1974.
(77)DE MAEZTU, Ramiro de, Ob.Cit. Pág.105
(78)GARCIA MORENTE, Manuel “Conferencia en Bs.As.el ½ de Junio de 1938”, en “Idea de la Hispanidad”. Ed.Espasa Calpe, 1961.Pág.86
(79)GARCIA MORENTE, Manuel:Ob.Cit.Pág.91
(80)CHAVEZ, Fermín “Correspondencia entre San Martín y Rosas”. Ed.Tehoría.1975.

Tomado de: www.revisionistas.com.ar

 


sábado, 30 de septiembre de 2023

A 221 años del milagro del campo de las carreras

 

Por: Prof. Jorge Martin Flores

La Patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas el día 24 del corriente. Día de Nuestra Señora de las Mercedes bajo cuya protección nos pusimos, escribía el general Manuel Belgrano en el parte de la batalla de Tucumán redactado un 26 de septiembre de 1812. Analizaremos documentalmente este trascendente acontecimiento para la historia Patria y trataremos de desentrañar su sentido para nuestros días.

El 24 de septiembre de 1812, día de Nuestra Señora de la Merced, se llevó a cabo la batalla del campo de las Carreras en Tucumán, que concedió el triunfo a las armas patriotas conducidas por el general Belgrano. Esta batalla lanzó por tierra el plan de Goyeneche, que buscaba un ataque combinado de los tres focos realistas sobre Buenos Aires: el de Pío Tristán, desde el Alto Perú; el de Vigodet desde la Banda Oriental; junto con las fuerzas portuguesas de Diego de Souza.

Son varios los documentos que muestran cómo Belgrano anteriormente al enfrentamiento en Tucumán, se puso bajo la protección de Nuestra Señora de las Mercedes. El parte de Belgrano al gobierno del 26 de septiembre de 1812, afirma que la victoria se había conseguido “el día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos”.

Entonces según José María Paz: “el resultado no fue el producto de las órdenes inmediatas del General, sino una combinación fortuita de las circunstancias, y del valor y patriótico entusiasmo de nuestras tropas, y de las faltas que cometió el enemigo”.

Esto lo confirma Belgrano al renunciar a los méritos que el gobierno le transmite después de la victoria, con la condecoración de capitán general, el 31 de octubre posterior: “Vuestra Excelencia tal vez ha creído que tengo un relevante mérito, y que he sido el héroe de la acción de 24. Hablando con verdad, en ella no he tenido más de general que mis disposiciones anteriores, y haber aprovechado el momento de mandar avanzar, habiendo sido todo lo demás obra de mi Mayor general, de los jefes de división, de los oficiales y de toda la tropa (y) paisanaje, en términos que a cada uno se le puede llamar el héroe del campo de las Carreras de Tucumán”.

Sostenemos que ante el eminente peligro realista, realmente la victoria se debió más a un milagro que a la pericia de su líder. Lo dijo el mismo Belgrano en su Fragmento de memoria sobre la batalla de Tucumán: “El campo de batalla no había sido reconocido por mí, porque no me había pasado por la imaginación que el enemigo intentase venir por aquel camino que tomase la retaguardia del pueblo, con el designio de cortarme toda retirada; por consiguiente, me hallé en posición desventajosa con parte del ejército en un bajío”.

BATALLA DEL TUCUMÁN

El eximio historiador Cayetano Bruno SDB a quien seguimos abundantemente en este trabajo, consignó lo siguiente en su monumental Historia de la Iglesia en la Argentina: “Y henos aquí ante lo extraño de este hecho histórico. La batalla de Tucumán no pertenece al orden común de los acontecimientos similares, desde que resultaron fallidas todas las disposiciones tomadas para asegurar sus resultas. Su remate tampoco pudo ser fruto de humana previsión. Parecería como si Nuestra Señora de las Mercedes hubiese tomado el mando de las bisoñas huestes patriotas para conducirlas a la victoria”.

Pero, lo interesante es que testimonios contemporáneos consignan en la batalla del Tucumán, un hecho sobrenatural. Así, registra Doña Felipa Zavaleta de Corvalán en sus Recuerdos familiares: “Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tucumano, vieron una Señora vestida de blanco, y que les batía el manto sobre los militares, y que por eso las balas no les hacían nada, como fue que sólo dos faltaron, que fueron Miguel Rivadeneira y Tomás Balor. Por esto se cree que esta Señora fue nuestra Madre de Mercedes”.

Un testigo presencial de la batalla, el oficial Juan Pardo de Zela, ratifica en sus Memorias, el testimonio anterior: “Formó el ejército en línea de batalla con “un horizonte despejado y limpio de nubes (…) En esto una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal, sostenida por una base que parecía sostener una efigie de Nuestra Señora. Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; cuya ilusión aumentándose progresivamente, daba más fortaleza a nuestra pequeña línea, que ya enfrentada con la del enemigo, que no había podido aún organizar la suya, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería el estrago que ellas causan”.

Es así que: “En lo que no hubo de cierto ilusión, fue en el convencimiento general y categórico de que la victoria se debía a la Virgen”.

Por si esto fuera poco, a estos eventos se le suma un hecho singular que termina por liquidar las fuerzas realistas: un ciclón que trae consigo una fuerte lluvia de langostas. Esto lo confirma el doctor Lizondo Borda: “Las mismas langostas parece que ayudaron un poquito ese día. Porque millares de ellas, escapando del viento, al largarse en picada hacia la tierra, hacían fuertes y secos impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron heridos de bala, es de imaginar el espanto de los altoperuanos o culcos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostas”.

Es imposible, no hacer memoria del pasaje del Éxodo en que Dios envía las plagas para poner fin a la negativa del faraón de liberar a su pueblo. Tristán junto con las fuerzas realistas, debieron lanzarse en retirada, dando la definitiva victoria a las fuerzas de la patria dirigidas por Belgrano.

LA VIRGEN DE LAS MERCEDES

En agradecimiento de semejante protección celestial, el piadoso general Belgrano nombró a la Virgen de las Mercedes, Generala del Ejército del Norte: “Con el 24 de setiembre de 1812 se transformó Belgrano en el paladín de Nuestra Señora. Y con Belgrano, sus compañeros de armas, el pueblo de Tucumán, las autoridades eclesiásticas, los magistrados, el Cabildo secular: conformes todos en este final reconocimiento”.

Esto llevó a decir a Lorenzo Lugones, oficial de Belgrano, que: “El resultado de la batalla de Tucumán fue debido en su mayor parte a un cúmulo de hechos providenciales, y no a combinaciones militares; por lo que el pueblo lo atribuyó a milagro de la Virgen de Mercedes, porque tuvo lugar en el día de su festividad”.

LOS AGASAJOS

De entre los agasajos a Nuestra Señora de las Mercedes, podemos mencionar los siguientes:

El 5 de octubre Belgrano envió al superior gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata las banderas y estandartes arrebatados al enemigo. “Remito dos banderas del Real de Lima y dos estandartes de Cotabamba, para que Vuestra Excelencia tenga la bondad de mandar se coloquen en el templo de Nuestra Madre y Señora de las Mercedes, como dedicadas por el ejército de mi mando, en demostración de la gratitud a tan divina Señora, por los favores que mediante su intervención nos dispensó el Todopoderoso en la acción del 24 pasado”.

El Segundo Triunvirato, manifestó en respuesta, que los trofeos conseguidos se habían llevado en procesión solemne desde la fortaleza hasta el Cabildo, y desde allí fueron depositados en la iglesia de la Virgen de las Mercedes, cuya devoción arraigada en el pueblo católico hispanoamericano, se extendió aún más en frutos celestiales.

El 13 de octubre Belgrano dispuso por escrito “tres días de iluminación y regocijos públicos en demostración de nuestra gratitud” a la Virgen; y que luego se celebrase el suntuoso novenario en la iglesia de la Merced: “La novena que se ha de celebrar a nuestra Madre de Mercedes, durante la cual no habrá tienda alguna abierta, ni pulpería, a que deberá asistir todo el pueblo, igualmente que a la función que con toda celebridad se ejecutará por conclusión, en acción de gracias del beneficio recibido por la intercesión de tan divina Madre, y con el objeto de que nos continúe sus auxilios”.

El enemigo había sido vencido, según nuestro General en su proclama del 28 de septiembre de 1812: “Por medios prodigiosos, obra sólo del Omnipotente, que protege nuestra santa y sagrada causa”. Y sigue: “El Omnipotente se ha apiadado de nosotros, y quiere castigar a los malvados autores de la efusión de sangre, y de tantos desastres sin respeto a la santa religión, ni a esas leyes que ellos mismos decantaban que obedecían. A las armas, pues, compatriotas amados: caed sobre los tiranos con la seguridad que Dios Todopoderoso protege nuestras justas intenciones, pues no doy un paso en que no vea sus distinguidos favores”.

EL ÁRBOL SE CONOCE POR SUS FRUTOS

La festividad tuvo lugar el 27 del mismo mes. Concurrieron todos: “Vecinos y soldados, hombres y mujeres, nobles de abolengo y plebeyos de recia estampa, debieron de echarse por esas calles camino de la Merced las tardes del novenario.” Así: “(…) La devoción de Nuestra Señora de Mercedes, ya muy generalizada, había subido al más alto grado”. Afirma el P. Cayetano Bruno que: “El modesto caudillo, tan religioso como intrépido, atribuye a Dios la victoria, y a su augusta Madre María le consagra parte de sus despojos en prueba de reconocimiento, y determina se solemnice en honor suyo una función devota”.

El coronel Blas Pico, oficial de Belgrano, confirma el hecho diciendo sobre su Jefe: “Un cumplimiento exacto de sus deberes, una vida laboriosa y ocupada siempre en el mejor servicio de la nación, una práctica, la más piadosa de la virtud, de la humildad, por la que siempre conoció, atribuyó y persuadió que todos sus triunfos y progresos de sus armas en nada le eran debidos a él, sino a la protección del Señor, Dios de los ejércitos por intercesión de María Santísima de Mercedes, a quien había jurado generala del ejército en la gloriosa acción de Tucumán entregándole en acto solemne y religioso el bastón de generala e hizo que la reconociera el ejército haciéndole los debidos honores como a tal, mandando en Potosí vistiese todo individuo del ejército el santo escapulario, indultando la vida a dos reos al tiempo de salir al suplicio por haberse llevado la imagen de esa Soberana Reina a su casa y pedido por su intercesión”.

Y el Padre Cayetano Rodríguez en su Elogio Fúnebre de Manuel Belgrano, exclamaba: “¡Con qué confianza, con qué ternura libraba en las manos de la Reina de los Ángeles el feliz éxito de sus empresas, y cuán sensibles pruebas le dio esta divina Madre de su protección y amparo en dos apurados lances en que se vio comprometido su honor, e indecisa la suerte de la América del Sud! Salta, Tucumán, vosotros, pueblos afortunados (…), fuisteis oculares testigos de las victorias de este General americano, también de su piedad y cristiana conducta. En vuestros templos se postró humillado a rendir gracias a su soberana libertadora, y como otra Judit más digna de los elogios, que mereció la antigua hebrea de los moradores de Betulia, le tributó constantemente los suyos, dejando en legado pío a todos sus compatriotas, este ejemplo de la religión que deberían imitar”.

EL LEGADO

Herencia pía que efectivamente fue imitada por el mismo General Don José de San Martín, siguiendo los consejos de Belgrano quien en carta del 6 de abril de 1814, antes de recibir su relevo, le escribió: “(...) Conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando el ejército se forme; que no deje de implorar a N. Sra. de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa. Deje Ud. que se rían; los efectos le resarcirán a Ud. de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima. Acuérdese Ud. que es un general cristiano, apostólico y romano; cele Ud. de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales se falte el respeto de cuanto se diga a nuestra santa religión”.

Un legado imperecedero, vigente, viviente. Un legado para valientes. Nos animamos a preguntar: ¿Qué nos diría el piadoso general Belgrano en nuestros tiempos? En primer lugar: “Deseo que todos sepan el bien para alegrarse, y el mal para remediarlo, si aman a su patria” y en segundo lugar que: “nadie es más acreedor al título de ciudadano que el que sacrifica sus comodidades y expone su vida en defensa de la Patria”.

Por último, creo que nos pediría lo mismo que proclamó a los pueblos del Perú un 28 de septiembre 1812: “Sólo exijo de vosotros unión, constancia, valor y el ejercicio de las virtudes: alejad de vosotros toda ociosidad, todo espíritu de venganza y todo cuanto sea contra la ley santa de nuestro Dios y de la santa Iglesia, y no penséis en intereses particulares, sino en salvar la amada patria, para restituirla al goce de la tranquilidad que necesita para constituirse , y que todos disfruten de los bienes que el cielo nos ha querido conceder”.

Incluso en las peores crisis. Incluso en esta Patria que dió la espalda a Dios, borrando su sentido trascendente de la vida. Incluso en esta tierra bendita y regada con sangre generosa, cuyos habitantes desconocen sus orígenes, sus gestas, sus héroes y sus santos, que no saben a quién agradecer y que parece andar a los tumbos por rumbos inciertos, sin brújula, sin norte a seguir. Hay un pequeño rebaño que resiste y quiere marcar la diferencia. Como lo hizo el pequeño hijo de la Patria Don Manuel Belgrano. Y que como él, está convencido de que los milagros existen, ocurren y volverán a ocurrir si son de la voluntad de Dios. Solo basta creer en ellos, abandonarse en las manos de la Divina Providencia y de Su Santa Madre, y trabajar. Trabajar mucho, material y espiritualmente, cada uno desde su puesto para hacerlos posibles. Pues como dijo el Padre Castellani: No se nos pedirá cuentas de las batallas ganadas, sino de las cicatrices de la lucha.

 

Tomado de: https://www.laprensa.com.ar/A-221-anos-del-milagro-del-campo-de-las-carreras-535122.note.aspx


domingo, 6 de agosto de 2023

EL PROBLEMA HISTORICO DE LAS IDEAS POLITICAS EN AMERICA *

 

Por: Vicente Sierra

La historiografía hispanoamericana sobre las ideas políticas de los pueblos del continente ha sido escrita bajo el concepto de que la libertad política, que alcanzó importancia en Atenas y en la Roma republicana, desapareció durante el imperio hasta reaparecer en los últimos dos siglos. La mayoría de tales comentaristas no se han planteado con rigor el sentido de los términos que manejan, y así, al referirse a la democracia, parten del concepto que han recibido del inmediato pasado político europeo, inspirado en un sentido individualista, rechazando, por consiguiente, toda formulación que no se adapte al mismo. Tratase de una posición que responde a un dado momento de una civilización, cuya crisis vivimos y cuya desaparición comenzamos a asistir, basado en esa concepción ideológica del progreso que logró penetrar el espíritu de toda sociedad, desde los conductores del pensamiento hasta los mismos políticos y hombres de negocio, “que son siempre -como dice Christopher Dawson- los primeros en proclamar su falta de confianza en idealismos y su hostilidad hacia las ideas abstractas”.

La idea del progreso fue aceptada por la historiografía liberal como un principio de absoluta verdad y validez universal, evidente por sí misma; de manera que, aun cuando los elementos formales de un juicio histórico demuestren que los conquistadores de América poseían conceptos precisos sobre libertad política, su estimación imparcial resulta difícil, porque el historiógrafo liberal se coloca fuera de la época que estudia para medirla con el cartabón de la que vive. Cartabón que, por cierto, se basa en ideas abstractas y determina una visión idealista del propio presente, ya que la idea del progreso impone la necesidad de afirmar que los conquistadores de América trajeron consigo un espíritu autoritario, como expresión del ambiente político del mundo hispánico. Si así no fuera, la ley del progreso se quebraría en la historias de las ideas políticas americanas, por lo cual todas se inician con la afirmación del autoritarismo de los conquistadores; a pesar de que los elementos formales de que el historiador dispone demuestran que se trata de un disparate histórico en cuanto se lo considere como opuesto a todo sentido democrático en la organización del Estado. Croce hace notar que los requerimientos prácticos que laten bajo cada juicio histórico, dan a toda la historia carácter de “historia contemporánea”, por lejanos en el tiempo que puedan parecer los hechos por ella referidos; es decir que el estado actual de la mente del historiógrafo constituye el material mismo de un juicio histórico. En efecto, y el ilustre filósofo lo dice, el documento por sí mismo de nada sirve, pues “si carezco de sentimientos (así permanezcan latentes), de amor cristiano, de fe en salvación, de honor caballeresco, de radicalismo jacobino o de reverencia por las antiguas tradiciones, en vano escudriñaré las páginas de los Evangelios, de las epístolas de San Pablo o de las epopeyas carolingias, o los discursos pronunciados en la Convención Nacional, o las poesías, dramas y novelas en que el siglo XIX registró su nostalgia de la Edad Media”.

La insensibilidad histórica del historiógrafo liberal, lo que también se advierte en los de tendencia marxista, consiste en que si bien el hombre de hoy -como agrega Croce- es un microcosmos en sentido histórico, es decir, un compendio de la historia universal, lo cual explica, en parte, que sea la historiografía algo moderno, -al punto que son muchos los que estiman que recién el siglo pasado es la era de la Historia- han limitado las posibilidades de comprender el pasado por el afán de someter su proceso a los imperativos de férreas formulaciones o concepciones apriorísticas. Incapaces de liberarse de las ideas vitales de su época, no pueden comprender las del pretérito, posición de la que nos libra la circunstancia de vivir un momento en que las ideas que forjaron el llamado mundo moderno, comienza a perder su poder sobre el espíritu de la sociedad; como también se pierde la faz de la civilización que caracterizaron, perdiendo valor la historiografía consagrada, correspondiente a la misma.

Uno de esos conceptos, aceptado sin reservas, dice: “La Edad Media es la época en la que impera la Iglesia de un modo casi absoluto”. Definida la posición de la Iglesia Católica contra el liberalismo y aceptado el concepto, también “a priori”, de que el liberalismo dotó al hombre de ideas de libertad política que nunca había conocido, la deducción lógica conduce a la afirmación de que la Edad Media sólo tuvo ideas contrarias a todo ideal democrático y, por consiguiente, los conquistadores de América no pudieron traer al Nuevo Mundo otra cosa que ideas afines a sus principios autoritarios o absolutistas de gobierno.

Es claro que, aun aceptando lo difícil que resulta desprenderse de los conceptos de nuestra época, porque formamos parte integrante de la misma -por lo cual hay más historiadores que historiógrafos-, un elemental principio de metodología honesta basta para comprender la conveniencia de comenzar demostrando hasta qué punto es exacto que la Iglesia imperó de un modo absoluto durante la Edad Media, y luego, comprendiendo que la genealogía de las ideas, por mucho que se crea en el carácter rectilíneo del progreso, dista de ser una línea recta, investigar hasta qué punto el liberalismo ha formulado ideas originales en materia de libertad política. Si los historiadores de ideología liberal se hubieran tomado tal trabajo, es probable que, con comprensible desconsuelo, advirtieran lo difícil de semejante demostración. Lo hizo, entre otros, Johannes Bühler, que no pudo menos que referirse con ironía a quienes, partiendo de la posición predominante asignada a la Iglesia, consideran a la Edad Media como la época de la concepción católica del mundo y proceden a enjuiciar sumariamente su cultura con arreglo al punto de vista personal en que el enjuiciador se coloca respecto del catolicismo. Para peor, casi todos los que así proceden, consideran a la Iglesia Católica del medioevo como si fuera la actual, pasando por alto sus sesenta años de inquietudes teológicas y los veinte que consumió el Concilio de Trento, de la cual salió reformada y reestructurada.

Si tal ocurre en cuanto a la Edad Media, en lo que a la comprensión del liberalismo se refiere, todo se reduce en los historiadores a relatar de cómo los escritores franceses difundieron las ventajas del sentido británico de la libertad política, callando la realidad, expuesta en obras serias, por escritores ingleses, de que esas libertades surgían de las entrañas mismas de la Edad Media. Todavía hay profesores que creen, y así lo enseñan algunos textos al uso, que los británicos escribieron en la Carta Magna las libertades que querían obtener, cuando ese documento expresa las que tenían y no querían perder.

Uno de los escritores políticos del pasado que más prestigio tiene entre los historiadores de las ideas políticas en Hispanoamérica es Montesquieu, probablemente más citado que leído, pues cuanto entró a meditar en torno a la historia de las instituciones llegó a la convicción de que el absolutismo era el resultado de una larga usurpación, advirtiendo las antiguas limitaciones del poder real, lo que le condujo a admitir la existencia de rasgos de la humanidad verdadera aún en instituciones consideradas bárbaras. Montesquieu llegó a la conclusión de que el modelo y los fundamentos de la libertad estaban en el pasado, identificando libertad y tradición feudal, por lo que reprochó al absolutismo haber aniquilado viejas costumbres; posición ésta del autor de “El Espíritu de las leyes” que se olvida con sospechosa regularidad.

Concretándonos a la historiografía hispanoamericana, vemos que actúan contra ella dos factores importantes. El primero surge del armazón de mentiras forjadas alrededor de la historia de España y de su acción en el Nuevo Mundo, como manifestaciones de la “literatura de guerra” heredada del período de lucha por la independencia. Alrededor de esta falsa historiografía se forjaron ideas equívocas, que alcanzaron vigencia hasta mucho después de su nacimiento y de las cuales es difícil desprender a pueblos a los que se impusieron normas plagiadas de vida, desligadas de elementos tradicionales. Y como ha dicho Nicolás Berdiaeff: “El conocimiento histórico no es posible fuera de la tradición histórica”. El segundo factor consiste en hacer girar el proceso progresista alrededor de la literatura política, filosófica o sociológica de moda, en Francia, en los distintos momentos de los últimos dos siglos. Si a ambos factores añadimos la circunstancia particular de que la historia, como actividad intelectual, ha estado en América -y continúa en gran parte estándolo- , supeditada a propósitos antihistóricos, como los de llevar agua al molino de formas políticas, como el liberalismo, o económicas, como el capitalismo, bases ambas de las oligarquías dominantes en el Nuevo Mundo, las que, por lo común, se sostienen por su enfeudamiento a algún gran imperialismo, no es de extrañar que al exponer el desarrollo de las ideas políticas en el continente se haya dicho tanta herejía como la emitida como si fuera buena moneda.

Ese carácter de la historiografía americana se refleja en el afán de hacer de la Historia una especie de tribunal del pasado, con relación a los fines ideales que se quieren defender, sostener y ver triunfantes; y ante los cuales se cita a los hombres que fueron, a que concurran a rendir cuenta de sus actos, alcanzando a unos el premio y el estigma a otros. Dice Benedetto Croce: “Los que, presumiendo de narradores de historia, se afanan por hacer justicia, condenando y absolviendo, porque estiman que tal es el oficio de la historia, y toman su tribunal metafórico en sentido material; están reconocidos unánimemente como faltos de sentido histórico, aunque se llamen Alejandro Manzoni”. Tales opiniones no valen como “juicios de valor”, puesto que no son sino meras “expresiones afectivas”, que se forman con la exaltación de personajes y acciones del pasado o símbolos de libertad y tiranía, de generosa bondad y de egoísmo, de santidad y de perfidia diabólica, de fuerza y de flaqueza, de inteligencia elevada y de estupidez; de donde se deriva, en la historiografía argentina, el odio a Rosas, el desprecio por Quiroga o las mentiras difundida sobre Artigas, junto a la creación de mitos, como el de Bernardino Rivadavia, en el que se llega a ver al “más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”; juicio que fue forjado, nutrido y difundido por Mitre, a fin de dotar al partido liberal -de ideología extraña al sentido político tradicional de la nación- de algún sostén histórico con que oponerlo a los altos valores tradicionales de su contrincante, el Partido Federal, cuyos caudillos fueron, mediante la difusión de una “leyenda roja” -especie semejante a la “leyenda negra” con que se combatió todo tradicionalismo hispanista-, sumergidos en las expresiones más antojadizas de una imaginaria barbarie.

Como así se lo enseñaron -magister dixit- así lo ha creído el argentino medio, hasta que, en nuestros días, la crisis del liberalismo desarrollando el sentido histórico del país lo que ocurre siempre en los perídos de encrucijada cuando la angustia colectiva se trueca en interrogantes –admite la necesidad de un revisionismo de lo que se viene enseñando con caracteres de dogma. Esa crisis del liberalismo surge de la convicción de que su doctrina no asegura ninguna libertad bajo el régimen económico capitalista, sino libertades aparentes. Los pueblos empiezan a intuir el fondo de verdad de la afirmación de Harold Laski, cuando dice que “tan preocupada estaba -la doctrina liberal- con las formas políticas que había creado, que falló en darse cuenta de manera adecuada de su dependencia de las bases económicas que ellas expresaban”: y es esa intuición la que alimenta dichosafanes revisionistas, sobre todo en Hispanoamérica, donde los valores de la historia, que habían sido desechados, comienzan a adquirir jerarquía; porque es en ellos donde los pueblos infieren poder encontrar las directivas para, dentro del propio estilo, realizar lo que debe realizarse. Es así como la crisis que mina como el cáncer el alma política de Hispanoamérica, se traduce en un movimiento de profundo análisis de su historia, del que surge, como el Fénix de sus propias cenizas una cada día más vigorosa afirmación de los contenidos esenciales de lo que denominamos Hispanidad.

En 1942, en las páginas finales de nuestro libro El sentido misional de la conquista de América -que fue un aldabonazo que contribuyó a despertar la conciencia hispanista que, como fondo insobornable, se mantenía en el continente- decíamos: “Respondemos de esta manera a una urgencia espiritual ineludible para los pueblos de Hispanoamérica. Un siglo y medio de falsa tradición liberal a la francesa, ha hecho que nuestros pueblos no tengan finalidades que no estén sojuzgadas a determinadas normas institucionales. Y se diluye así el sentido de la nacionalidad al hacer que la nación, en sus expresiones más profundas, sea la finalidad de la nación; entelequia trágica que nos ha conducido en lo económico, a ser simples factorías de imperialismos extraños; en lo político, un mundo de incoherencias; en lo espiritual, algo que huele a prestado. Dijimos que era necesario librarnos de los gobiernos antieconómicos y despóticos de la corona española, y caímos en una economía que nos han enfeudado y nos pusimos muchas veces, a la orden de los jefes más sombríos. Se quiso formar un continente separado de todo sentido religioso, y el fracaso del racionalismo lo deja indefenso, sin un estilo propio frente a una vida que debe aceptar tal como se la han fabricado: débil para crear lo que corresponde. Mas en el fondo insobornable de estos pueblos vive su propio estilo, y es la labor de descubrirlo, para que nos enseñe que debemos hacer lo que hay que hacer -por necesario, por conveniente y por útil- lo que intentamos con estas páginas, mediante una estrecha convivencia, real e intuitiva, con el inagotable tesoro de nuestra historia”

No se trata de escribir la historia con finalidades nacionalistas, porque tanto ellas, como cualquier otra que no responda a la severidad de formular juicios históricos, es hacer falsa historiografía. Se trata de comprender el pasado en sus relaciones con el presente para encontrar la ruta del destino. Labor que no es fácil. Para entender el movimiento oscilante de la historia, cuyos altibajos marcan, a pesar de todo, las etapas de un progreso moral, que se desenvuelve con mucha mayor lentitud que el material, es necesario realizar esfuerzos a fin de comprender los tiempos pasados. Bienvenida la erudición, el papelismo, porque no se debe salir de los límites de la verdad y los documentos son expresiones formales de ella, pero ¡pobre del que crea que en los papeles que poseemos está toda la realidad del pasado! Porque la literatura picaresca española alcanza en un dado momento cierto auge, por ahí andan centenares de páginas diciendo que fue consecuencia de que proliferaban los pícaros, reverso de aquella grandeza de los ideales, acuñado por la miseria que, según cierta historiografía, fue el signo permanente de España. Sería lo mismo que si alguien digiera que la vida argentina está representada o expuesta por la letra de los “tangos”, dada la difusión alcanzada por las mismas. Con toda verdad ha escrito Ignacio Olaguer: “Aquellos que no tengan imaginación, que no se ocupen de la historia. Es un terreno vedado para ellos”. No se trata de la imaginación que tiende, mediante un proceso confuso, a convertir su material palpitante en obra poética; sino aquella capaz de sentir la vida del pasado más allá de cómo se la vivió, para presentarla como fruto de un acto de pensamiento, es decir, como auténtica obra científica.

Por eso, en historia, es necesario ver más allá de las narices, o sea, más allá del texto de los papeles. Es lo que en nuestro alcance, tratamos de hacer en nuestras páginas, por lo cual comenzamos refiriéndonos a la Edad Media, bajo cuyas influencias ideológicas se forjaron los ideales políticos de los conquistadores de América. Si hasta no hace mucho la historiografía americana creía que bastaba con iniciar la historia de cada uno de los pueblos en el que se atomizó el continente, con el relato de las jornadas primigenias de su emancipación política, como un verdadero progreso se aceptó luego que la era española, mal llamada colonial, constituye nuestro pasado remoto; admitiéndose, inclusive, que las múltiples contingencias del desarrollo histórico no ha podido borrar las huellas de sus pasos, lo que algunos utilizaron para explicar por qué cada Argentina, o cada Perú, o cada Ecuador, no es un Estados Unidos. Este progreso de la historiografía americana ha obedecido a una mala intención: la de iniciar la historia americana con el conquistador y el indio, como surgidos por generación espontánea, con un mundo de ideas -hechas por los historiadores- de acuerdo a un determinado esquema metodológico que acusa de intolerante, autoritario, feudalista, etc., al primero y pinta, con ingenua concepción rousseauniana, la libertad del indio como saldo de factores telúricos, de los que son más los que hablan que los que saben en qué consiste. Algo similar a lo que ocurre con quienes estudian la economía americana durante el período de dominación española, e invocan las leyes económicas denunciando sus constantes violaciones por parte de España, a pesar de que ésta es la hora en que no hay quien pueda demostrar algo más que una supina ignorancia respecto de las presuntas leyes de la economía actual como antigua.

El más remoto pasado americano es España, no el mal llamado período colonial; salvo que se admita que este período no tuvo pasado. En algunos pueblos de América, por el alto grado de mestizaje existente, no se puede desdeñar la influencia de ciertos aspectos de las culturas indígenas pre-colombinas, pero dándoles la importancia que tienen como elementos negativos de los conceptos de libertad política. No en balde el comunismo, que siempre logra más adeptos en los pueblos que no poseen un sentido concreto de la libertad política o en los grupos que lo han perdido, por no ver sino la realidad económica, procura, en América, adoptar posturas indigenistas, de un oportunismo que revela el bajo concepto que tiene de los indios, aunque valoren su utilidad como carne de cañón. A su vez, los grandes imperialismos capitalísticos, favorecen la misma tendencia. Capitalistas y comunistas saben que hablar de hispanidad es hablar de liberación, y hacerlo de indigenismo importa lo contrario. No solo el conquistador no trajo consigo el autoritarismo, como síntesis de su ideario político, sino que el hecho histórico concreto es que encontró el autoritarismo en el Nuevo Mundo, y que, a través de los misioneros, trató de inculcar en los naturales el concepto de libertad de la persona humana, esencial en la doctrina del catolicismo. Es el conquistador quien importa conceptos sobre la libertad política, porque se trata de un ser que surge de la Edad Media, o sea de un período de la historia en que el primero y fundamental aspecto de su pensamiento político fue expresión de la justicia o, dicho de otra manera, que entendía que más allá del derecho del estado, existe un derecho más grande y más augusto: el derecho natural. Hasta Hobbes -por lo menos “tío carnal” del liberalismo- nadie se había atrevido a sostener la doctrina de la soberanía estatal absoluta. Mal podían los conquistadores españoles traer a América lo que aún no existía en el viejo mundo, y que, en España, se impuso casi dos siglos después de la empresa colombina.


* Tomado del libro Historia de las ideas políticas en Argentina, capitulo 1