miércoles, 25 de abril de 2018

ROCA Y LA MASONERÍA EN LA DÉCADA DEL ‘80.*

Por: Federico  Ibarguren

La mentalidad liberal parece agarrarse de la generación del ’80, como único vínculo con la Historia Argentina –alabándola con retórica pueril-, porque rompió todo contacto con el pasado remoto, a través de una ideología (la ideología que repudia la historia como experiencia, por falsos prejuicios antitradicionalistas) y fue reemplazada con utopías sin raíces o por meras certidumbres positivistas. Evidentemente, al perder contacto y  desentenderse  de la antigua cultura heredada, los liberales se han quedado huérfanos, y ahora han descubierto a la generación del ’80 como único vínculo con nuestro pretérito. La elemental historia que saben y repiten es la prefabricada por los unitarios; o sea: la leyenda de los próceres oficiales  ‘buenos’, según ellos. Y nada más.
     
Pero vamos a ver hoy cual es la verdadera radiografía de la generación del ’80 en este terreno, así como los efectos producidos –a largo plazo- por la masónica revolución laicista.
    
Desgraciadamente no puedo tocar todos los temas que se deben tocar, cuando se habla de una generación; sobre todo cuando ella ha tenido gran predicamento político. Me voy a referir solamente a la lucha religiosa desatada por  Roca en 1880, en su primer gobierno, cosa insólita en nuestro país, puesto que –exceptuando el fracasado intento rivadaviano- ni en la época del virreinato y mucho menos en los siglos anteriores, existió un cisma religioso anticatólico o  un movimiento francamente de ese signo entre nosotros. Era algo que no tenía vigencia; al parecer imposible de prosperar en la Argentina de antaño.
    
 Roca, plagiando a Rivadavia, importa a través de la masonería aquel problema –esta vez en el ámbito nacional- y provoca una especie de ruptura con la Iglesia, una insólita agresión; desatándose la lucha religiosa en todo el país que concluye con el triunfo parcial del equipo gubernamental (en aquel tiempo estaba constituido por hombres de la masonería). En realidad, Roca no hizo otra cosa que cumplir sumisamente el plan masónico en el aspecto cultural de su política.

EL PLAN MASÓNICO.

Este plan para el Río de la Plata era bastante sencillo y consistía en cuatro logros escalonados, de los cuales el roquismo consiguió la mitad. A saber: Educación laica; Ley de Matrimonio Civil; ley de Divorcio y Separación de la Iglesia del estado.
    
El gobierno de Roca en 1884 sancionó la ley de Educación Laica (la escuela sin Dios), y Juárez Celman en 1888 hizo aprobar la ley de Matrimonio Civil (es decir, el matrimonio sin Iglesia). Era una manera de descristianizar paulatinamente al pueblo argentino en forma solapada; pero ya vamos a ver con qué argumentos y con qué agresividad los masones atacaron la tradición religiosa del catolicismo argentino de cepa española.

Citaré testimonios de historiadores veraces y documentos de la época, que eso es lo más importante para un historiador, pues la historia no puede inventarse como hacen los novelistas y literatos. No puede crearse ‘ex-nihilo’ una versión que no esté de acuerdo exactamente con los testimonios de los tiempos que se estudian; tiene que basarse en documentos, y eso es lo que quiero dejar bien establecido. No son cosas mías las que voy a decirles a ustedes en esta sumaria relación; no son inventos míos ni historias mías en absoluto. Por otra parte, no  pretendo aquí hacer el proceso definitivo contra la celebérrima generación del ’80, tan alabada por el liberalismo argentino en general; no soy Juez, y aunque lo fuera, en historia no existe la ‘cosa juzgada’. Los liberales, por supuesto, tienen abierto el derecho de apelación. Pero los documentos que voy a citar creo que hablan por sí mismos.

Desde mi lejana juventud he abrazado el catolicismo por convicción y me debo a mi fe tradicional; “soy amigo de mis amigos, pero más amigo soy de la Verdad”. He aquí mi planteo en pocas palabras. Descontando retóricos lugares comunes de circunstancias. Y rectificando arraigados ‘mitos’ oficialistas que se van repitiendo a través de los años sin análisis críticos serios.

UNA GENERACIÓN AGNÓSTICA.

Debo reconocer en cierto modo el señorío de algunas de las personalidades humanas de la generación de mis abuelos, que actuaron en una sociedad todavía jerarquizada (sociedad que aún no había entrado en los pródromos de la masificación democrática de este tiempo), más sus clases gobernantes, con honrosas excepciones –fueron desgraciadamente liberales a ultranza; vale decir: agnósticos en religión, positivistas- a veces ingenuas, ilusionadas con el ‘programa’ de gobierno o la ‘plataforma’ partidaria-, cuando no escéptica en su filosofía de la vida y déspotas ilustrados a la francesa, eso sí, en política (ingredientes del faccioso individualismo finisecular). El grupo de la ‘Unión Católica’ aparte, algunos se salvan de estos calificativos, como por ejemplo, un ilustre salteño: estadista, diplomático y gran parlamentario de aquella generación, el Dr. Indalecio Gómez. Y en el terreno de la investigación histórica: Adolfo Saldías y acaso, también, el iconoclasta Paul Groussac. Olvidaba nombrar a Wenceslao Escalante en la función pública (la excepción confirma la regla). De ‘Los  que pasaban’, el implacable tiempo olvidará a muchos.

Con supina ingenuidad, además, los promovidos hombres del ’80 en general, creyeron en el ‘Progreso Indefinido’ como motor del futuro, que nos conduciría fatalmente a la ‘Civilización’ mediante el libre pensamiento y la ciencia experimental, que eran importaciones europeas. Renegaron así de sus profundos ancestros culturales, convenciéndose (jóvenes inmaduros durante la primera presidencia de Roca) de que plagiando lo europeo no español, en sus ideas, creencias, usos y costumbres familiares, alcanzarían en poco tiempo el grado de adelanto material que anhelaban. Y la masonería anticatólica los enroló en sus filas y les dio poder político, instrumentándolos ideológicamente desde las logias a partir de 1860, a fin de que realizaran el gran ‘aggiornamento’ argentino a contrapelo  de nuestra tradición genuina. Digo a partir de 1860, porque en ese año se concreta la famosa tenida masónica del 21 de julio en el entonces Teatro Colón de Buenos Aires (actual emplazamiento del Banco de la Nación frente a Plaza de Mayo), en la cual tenida alcanzaron el grado 33 de la masonería los siguientes personajes (próceres oficiales, por otra parte,  de nuestra historia); Bartolomé Mitre, Sarmiento, Urquiza, Santiago Derqui y Gelly y Obes –ministro de Mitre-. Los jóvenes del  ‘80 recibieron esa herencia extranjerizante ‘sin beneficio de inventario’.

El aguerrido Padre Castañeda con su característico gracejo propagandístico, retrataba así satíricamente a los políticos europeístas de su época: “Echa usted una ojeada rápida sobre la conducta de nuestros políticos en la década anterior (anterior a 1820) y verá que en vez de fomentarlo todo lo han destruido: todo nomás que porque no están en Francia, en Londres, en Norte América o en Flandes. ¿Cómo hemos de tener espíritu nacional, si lo que menos pensamos  es en ser lo que somos? Nos hemos ido alejando de la  verdadera virtud castellana que era nuestra virtud nacional, y formaba nuestro verdadero, apreciable y celebrado carácter… Empezaron (los políticos) a revestir un carácter absolutamente antiespañol, ya vistiéndose de indios para  ser ni indios ni españoles, ya aprendiendo el  francés para ser parisienses de la noche a la mañana, o el inglés para ser ‘misteres’ recién desembarcaditos en Plymouth. Estas despreciables gentes –termina Castañeda- avanzaban al teatro, para desde las tablas propinar al pueblo, ya el espíritu británico, ya el espíritu gálico, ya el britano-gálico; pero nunca el espíritu castellano o el hispanoamericano, o el iberocolombiano, que es todo nuestro honor, y forma nuestro carácter, pues por Castilla somos gente”.
EN CONFLICTO CON LA IGLESIA.

Análogamente, pienso yo, los próceres oficiales del ’80, dejando de lado sus condiciones humanas –recordemos la excepcional gracia periodística de Manuel Lainez-, quisieron independizarse de la milenaria Iglesia Católica, y entraron (durante el primer gobierno de Roca, sobre todo) en conflicto con la misma, llamando en auxilio de su rebelión ideológica nada menos que a la masonería internacional, condenada repetidas veces por la Santa Sede: desde el año 1738 en una encíclica de  Clemente XII. E impusieron contra viento y marea la Enseñanza Laica (la escuela sin Dios) a las nuevas generaciones argentinas mediante la funesta ley 1420, que aún está en vigencia; y la ley de Matrimonio Civil, que desacraliza por completo la uniones conyugales a espaldas de la Iglesia Católica. Olvidaron el célebre apotegma de Lord Acton que dice: “La religión es la clave de la historia”. Acotando Joseph de Maistre: “Todas las instituciones imaginables, sin no reposan sobre una idea religiosa, son efímeras”.

Tal es la verdad inconcusa brillantemente clarificada por Foustel de Coulanges en su clásica obra “La Cité Antique”, cuando se refiere a la religiosidad del mundo precristiano; religiosidad que todavía hoy mantiene una actualidad impresionante. En este orden de ideas, Hilaire Belloc y Cristopher Dawson han remozado el concepto en el siglo XX, afirmando el primero: “Nuestra cultura fue hecha por una religión, las modificaciones de esa religión o las desviaciones de las normas que impone, afectarán necesariamente nuestra civilización en su conjunto”. Y Dawson, a su vez, como anunciando la quiebra cultural provocada por  el laicismo finisecular que conduce a la democracia de masas, nos enseña que ninguna cultura puede sostenerse mucho tiempo si repudia sus raíces religiosas y morales, y la ratifica así con estas lucidas palabras: “Una sociedad que ha perdido su religión, se convierte más tarde o más temprano en una sociedad que ha perdido su cultura”.

“LO QUE NO ES TRADICIÓN ES PLAGIO.”

Esto fue lo que ignoraron nuestros estadistas librepensadores, a partir de 1880, con Roca a la cabeza, impactados por los, en su tiempo, ‘slogans’ propagandísticos de Sarmiento y Alberdi; los ideólogos máximos de la generación del ’37. “Civilización o Barbarie”, pregonaba el agresivo sanjuanino. La barbarie, por supuesto, estaba en nosotros, hombres de cepa española y cultura latino-católica, mientras que la “civilización” había que importarla de afuera; de Inglaterra o Norteamérica protestantes. En tanto que el tucumano Alberdi pretendía no tanto cambiar las leyes de la República, sino la misma raza criolla de su cosmopolitismo a ultranza: “gobernar es poblar” . Poblar con anglosajones necesariamente, según él.

Desde entonces Roca quedó atrapado por la masonería anticatólica y el internacionalismo alberdiano en política -”Paz y Administración” fue su lema de gobierno-; tanto  fronteras adentro como fronteras afuera. Rifándose así la suerte de la República Argentina afirmada años atrás frente a Chile a raíz de la Campaña del Desierto. Y las decisiones ajenas y siempre interesadas de árbitros extranjeros, redujeron en miles de kilómetros  cuadrados las fronteras del país, con el beneplácito de presidentes, ministros y parlamentos nacionales, dando satisfacción plena al negocio especulativo del capital británico en lo económico: o sea, la total apertura a las masivas importaciones “made in England”, a cambio de venderle nuestras carnes y cereales transportados siempre en barcos ingleses y comercializados, por supuesto, a través de intermediarios ingleses. Sin perjuicio de copiar las modas “que nos exportaba París: en arte, literatura y rastacuerismo. Quedando bien a salvo la elegancia en el estilo de Miguel Cané, de Lucio Vicente López y del no tan joven entonces Lucio V. Mansilla. Como así también los interesantes planteos sociológicos de un Eugenio Cambaceres o de un Carlos Damico.

Pero no por casualidad un talentoso pensador español que visitara Buenos Aires en plena década liberal de hace medio siglo, Eugenio D’Ors, refutando indirectamente las tesis desnacionalizadotas de Sarmiento y Alberdi, acunó para nuestro consumo interno la siguiente lapidaria frase: “En los pueblos, lo que no es Tradición es plagio”. Y precisamente de ese plagio yo les voy a hablar ahora; plagio en nuestra patria del siglo XX (instituciones traídas de afuera para descristianizar y  desmoralizar a las juventudes criollas, hijas o nietas de la generación que logró la Independencia de nuestro católico país, blandiendo la Cruz y la Espada). En suma; descastamiento implícito y vuelta a un coloniaje de hecho (subdesarrollo mental  en lo ideológico puro y ateísmo importado en lo religioso), sin contar el totalitario enfeudamiento económico cuya secuela histórica aún subsiste hoy.

MATERIALISMO  DE DERECHA.

La masonería, a través de sus personeros nativos, declaró aquí la guerra al catolicismo en 1880, a cara descubierta. Y Roca, pese a sus condiciones de gran político, a su intuición y a su oportunismo –aptitudes que debe tener todo estadista de raza para triunfar (que Roca las tenía)-; pese a eso, carecía de convicciones morales: pecado este de los políticos hispanoamericanos a partir de la Independencia. Y aunque Roca  personalmente no era ideólogo ni desarraigado, su filosofía de vida –agnóstica y escéptica- era contraria a las tradiciones nuestras. Su ideal fue el “progreso” a cualquier costo: un “progreso” de signo materialista, claro está. Materialismo de derecha. Influencias victorianas de la época…
 Y bien. Roca no tenía convicciones profundas, pero se manejaba políticamente con mucha eficacia, mediante maniobras maquiavélicas, con la idea de perpetuarse en el poder. No voy a hacer aquí el proceso de cómo Roca llegó a la presidencia, porque en cualquier libro de texto puede leerse eso. La revolución del ‘80, por otra parte, derrotando al porteñista Tejedor –apoyado por Mitre- representó el triunfo de las provincias. Sin embargo Roca, al querer congraciarse con los grupos dirigentes porteños que le hacían una enorme oposición desde que tomó la presidencia de la república, por razones estrictamente electorales cayó en la trampa que le tendió la masonería. Porque aquí todos los dirigentes mitristas eran miembros de las logias masónicas que se había establecido en Buenos Aires después de Caseros.

Voy a citar a continuación, algunas páginas del libro de Néstor Tomás Auzá –“Católicos y Liberales en la generación del ‘80”-; lo más completo que se ha escrito desde el punto de vista documental respecto de esta lucha de hace un siglo, entre católicos y liberales (es decir entre católicos y la masonería). Porque al hablar de liberales estoy nombrando a la masonería.

Dice del año ’80 el profesor Auzá, refiriéndose al progreso de las sectas anticatólicas en Buenos Aires, en cuyas logias Roca se apoyó políticamente: “En el  seno de la masonería en todas las épocas se libraron diversas luchas de predominio, de mando, de organización y de formas estatutarias; el hombre que se distinguía en la conducción masónica de Buenos Aires (se refiere Auzá a los prolegómenos del año ’80), sin tener una figuración política y visible fue Barlotomé Victory y Suarez. Este masón escribió en cierta oportunidad: “La masonería ha realizado en varios países revoluciones sociales en secreto, sin usar pertrechos de guerra; ¿porqué no ha de realizarla también aquí, donde la libertad brinda para hacer el bien sin recelos?”. Cierto, comento yo, esa es la democracia electoralista (la mitad más uno de los votos) que abre las puertas a todos los aventureros, incluso al peor elemento humano; y el enemigo entonces, bajo cuerda y sin necesidad de violar el domicilio, aprovecha la oportunidad para entrar por la puerta grande de nuestra casa, accediendo al gobierno de una Nación anarquizada e inerme.

LAS LOGIAS MASÓNICAS EN  1880.

En 1873 –escribe Auzá- la masonería rioplatense poseía en Uruguay un colegio donde se educaban 300 hijos de masones; en Buenos Aires (gobernando Sarmiento), el masón Antonio Castro dirigió un Colegio en la calle Venezuela esquina Solís, y Semra y Rial dirigió otro en la calle Chile. En el año 1880 se inició un período distinto para la historia de la masonería, a esta fecha tenían prácticamente organizados sus cuadros: el solo Supremo Consejo y Grande de Oriente, abarcando en su organización, las logias de Corrientes, Paso de los Libres, Santa Fe, Goya, Concordia, Rosario, San Fernando, San Nicolás, Buenos Aires, Mendoza, San Juan, San Luis, Ceres, Tandil y Azul. Vale decir, abarcaba los principales núcleos de población. En el mismo Buenos Aires existían entre otras las siguientes logias de actuación pública; logia de Progreso, logia Primera Argentina, logia Igualdad,  logia Hijos del Trabajo, logia Obediencia de la Ley, logia Cruz del Sur, logia Teutónica, logia Estrella de Oriente, logia Stella del Sur, logia Amitè des Naufragès, logia Comitato Masónico Directivo Italiano del Río de la Plata, logia Hijos de Italia, logia Egalité et Humanité. En el interior la masonería de Córdoba publica el periódico titulado “El Sol de Córdoba”. Esta somera enumeración nos da prueba de la expansión y el desarrollo obtenido. Según estadísticas masónicas también de la  organización para la América Central y Sud, alcanzaron la cifra de 10.000 afiliados activos. Es preciso tener en cuenta que en la mayoría de los casos  ese número de afiliados estaba  integrado por personas de múltiples vinculaciones y de actuación pública destacada.  Ello se puede apreciar en las listas masónicas, en donde junto al nombre se colocaba la profesión o actividad. Las logias argentinas contaron en sus filas con políticos, escritores, periodistas, maestros, marinos, militares, profesores universitarios, comerciantes, propietarios, hacendados (y no pocos sacerdotes). Entre los médicos fue muy importante el número de afiliados (el positivismo hizo tabla rasa, sobre todo en la carrera de médico, donde realmente la espiritualidad no contaba para nada)”.

 “Los conflictos en el seno de la masonería eran frecuentes –agrega Auzá-. (La logia italiana Proganda 2” lo prueba en 1981, comento yo). En el decenio que va desde el ’80 al ’90 esos conflictos afloraron de vez en cuando en las páginas de los periódicos. Pensando en ellos el propio Sarmiento, al prestar juramento de Gran Maestre de la masonería en 1882, pronunciaba estas conocidas palabras: “El secreto gana batallas, asegura la buena dirección de los negocios cuando tiene enemigos implacables, envidiosos o rivales, y yo os aseguro ‘Hermanos’, en virtud de los supremos poderes que me habéis conferido, que hagáis de manera que vuestra almohada ignore lo que pase esta noche en esta solemne tenida, y que vuestra mano izquierda no sepa nunca que la derecha ha jurado guardar el secreto masónico. Los diarios dirán mañana que hay malos masones en este Valle, o lobos rapaces que se han introducido en el templo bajo la piel de cordero”.

“Durante la presidencia del General Roca –sigo citando a Auzá- las logias porteñas tuvieron una actuación vasta y activa. Sus trabajos estaban dirigidos a sostener y apoyar el gobierno y a los elementos liberales del mismo. Era razonable que así sucediera  dado que el presidente necesitaba el apoyo de los núcleos porteños que hasta tiempo después de asumida por Roca la presidencia, se habían mostrado hostiles a su persona. Cuando se produjo el distanciamiento de católicos con la política del presidente, se inició inmediatamente una labor de acercamiento al gobierno de los hombres de la masonería. Una vez que el doctor Eduardo Wilde se instaló en el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública (en reemplazo del católico Manuel Pizarro), se desató la lucha que estudiaremos. El gobierno tuvo en las logias sus más firmes sostenedores y sus más diestros ejecutores. El programa masónico universal se llevó a cabo contando con el apoyo ejecutivo del liberalismo argentino. Las logias en tal eventualidad ofrecían al liberalismo una base rígida y organizada de sustentación. A su vez, y por medio del liberalismo, la masonería podía sancionar programas que de otra manera le hubieran resultado imposible convertir en realidad”. Hasta aquí el profesor Auzá.

CONDENAS PONTIFICIAS  Y  DESCRISTIANIZACIÓN.

Ahora vamos a hacer un resumen de las condenas pontificias a la masonería y al liberalismo. Es bueno repetirlas.

De Clemente XII, en 1738, fue la primera condena papal a los ideologismos u mentalidad racionalista de la llamada ‘Ilustración’. Luego Benedicto XIV en 1751; Pío VII en 1821. Y ya avanzado  el siglo XIX, el Papa Pío IX en su ‘Syllabus Errorum’ (1866); León XIII fundamentalmente en la ‘Inmortale Dei’ en 1886 y León XIII otra vez en ‘Humanum Genus’ en 1884 (el año en que se sancionó precisamente entre nosotros, la Ley de Educación Laica). En 1888 nuevamente León XIII en ‘Libertas’; y en 1891 –como es conocido- la famosa y tan discutida Encíclica ‘Rerum Novarum’.

Ahora bien, nuestra ley 1420 que instituye la Escuela sin Dios (1884), apuntaba y apunta todavía a descristianizar y desmoralizar a las juventudes, preparándolas a contrapelo de la católica tradición familiar, el vuelco hacia la izquierda o –en último término- apuntando al gobierno internacional que propicia la masonería, contra el atraso de los llamados ‘reaccionarios’ y a favor del ‘Progreso’; de un futuro sin injusticias y sin clases: una especie de cielo en la tierra. Esta utopía modernizante es característica de todas las izquierdas: el futuro feliz. “Ah no, el pasado no sirve para nada –exclaman- porque…  la historia no se repite; entonces, ¿Para qué continuar practicando las obsoletas costumbres de nuestros padres? ¡Pero el ‘Futuro’, hay, si; hay que avanzar! Hay que olvidar el pasado. Hay que progresar.

Y tanto se ha repetido: “Hay que olvidar el pasado’, que le país se ha quedado sin memoria, como esos viejos que pierden la cabeza y entonces necesitan un tutor o curador de bienes. Desgraciadamente eso es cierto; y no porque yo lo diga. Así estamos hoy.

ROCA  Y  LA  UNIDAD  NACIONAL.

Por otra parte, cuando fue capitalizada la ciudad de Buenos Aires, Roca tuvo que optar entre la política federal de Rosas concertando acuerdos multilaterales con las provincias menos favorecidas, sin mengua de su prestigio de caudillo, en atención al ‘Bien Común’ argentino de la época, o seguir la política unitaria de Mitre posterior a Pavón, centralizando sin asco el poder en Buenos Aires con el propósito de obtener la mayor ventaja la capital porteña, enriquecida con el comercio de ultramar, dando la espalda en definitiva a casi todo el interior del país (las provincias pobres). Así el ‘Bien Común’ en el caso de la política porteñista o unitaria de Mitre, brillaba por su ausencia. Don Bartolo empleó la fuerza militar  para imponerse,  con el apoyo eficaz de Sarmiento. Roca, en cambio, continuaría de algún modo dicha política, pero buscando la alianza con el capitalismo inglés –propiciada en ‘Las Bases’ de Alberdi-, además emplear su innata astucia de ‘zorro’ ya consagrado como tal, telúrica cualidad de la que carecía Mitre.

Así pues, entre la política de Rosas de unidad nacional y la política de Mitre de unidad nacional, Roca tuvo que decidirse en 1880. Al principio pareció que iba a retomar la línea federal, en cierto modo como heredero y sucesor del que fue del viejo partido Autonomista después de la muerte de Alsina. Sin embargo Roca, de hecho, optó en definitiva por la política de Mitre; por el unitarismo mitrista (aunque disimulado por meras razones electoralistas), el cual unicatismo de Roca se impondrá en toda la línea una vez sancionada la ley de Capitalización de Buenos Aires transformando su primitiva tendencia federalista en unitarismo crudo; en ‘roquismo’ a secas. Tal vuelco a cuento ochenta grados habría de favorecer en gran medida las miras hegemónicas de la masonería internacional, en su momento y, -¡cuándo nó!- a la política comercial de Inglaterra. Entonces Buenos Aires, rápidamente transformada en ‘sociedad de consumo’, irá creciendo hasta nuestros días como muy bien lo señaló Martínez Estrada en su conocido libro “La Cabeza de Goliat”. Proceso patológico, desarrollo canceroso de la Capital del país, que todavía lo estamos soportando. Para desgracia nuestra y de nuestros hijos.

LA  LUCHA  RELIGIOSA  DE  1881-82.

Casi de inmediato, el conflicto religioso propiamente dicho estalló en 1881 en la provincia de Córdoba. Lo relata con todo pormenor el Dr. Ramón Cárcano en sus memorias. Cárcano era un aventajado estudiante universitario cordobés y uno de los líderes  de la juventud izquierdista (digamos así), extremista, liberal, anticlerical, antitradicionalista. En fin, lo que hoy llamaríamos la extrema izquierda ideológica.  Bueno, en Córdoba estalló el conflicto cuando se discutían los estatutos de la Universidad, en el primer año de la presidencia de Roca.

La tendencia anticlerical se manifestó con la insólita designación de profesores ‘libre pensadores’ en las vacantes para ocupar las cátedras de teología –nada menos-; materia ésta que se dictaba en la vieja Universidad de Trejo y Sanabria fundada por los jesuitas. Y ello provocó un estampido de indignación en toda Córdoba, cuyo eco también recogió Buenos Aires; produjéronse manifestaciones en las calles porteñas, llegando a ocupar, un grupo católico enfervorizado, la Cátedra metropolitana como reacción contra el insolente desafío cordobés. El Arzobispo Mons. Aneiros se solidarizó con los manifestantes. El Nuncio Apostólico Mons. Matera también lo hizo, y así quedaron rotas las relaciones –en una primera instancia- entre la Iglesia y el Gobierno.

Pero el pleito religioso agravose a raíz de la convocatoria al ‘Congreso Pedagógico’ en el mes de agosto de 1882. Este Congreso, en un principio, no tenía ninguna filiación ideológica aparente. Convocado con propósitos de mejorar la enseñanza, el mismo fue integrado no sólo por liberales sino también por católicos, quienes al advertir la clara orientación anticlerical, abandonaron el recinto de sesiones y se retiraron del Congreso.

En cuanto al brillante grupo de jóvenes pertenecientes al grupo liderado por el Dr. José Manuel Estrada, en materia de ideas políticas era de tendencia moderadamente liberal, como lo fuera su generación toda en las postrimerías del siglo XIX. Influenciado por los ‘proscriptos’ antirrosistas y románticos europeos de la época siendo muchachos comenzaron admirando el planteo social-cristiano de Lamennais y Lacordaire, pero nunca, a pesar de ello, dejaron de obedecer fielmente las enseñanzas del Sumo Pontífice reunidas en las Encíclicas ‘antimodernistas’ que a la sazón difundían como doctrina de la Iglesia, los Papas desde Roma.

Al retirarse engañados de las sesiones del ‘Congreso Pedagógico’ a fines del invierno de 1882, recién entonces la ‘elite’ católica movilizada a fondo, jugóse valientemente contra el gobierno agnóstico de Roca quien declaró cesantes de sus cátedras universitarias –obra del Ministro Eduardo Wilde- por lo menos a los profesores Estrada y Emilio Lamarca: ambos docentes distinguidos que quedaron sin empleo de la noche a la mañana. Consumábase así, el primer acto arbitrario, odioso, del ‘unicato’ presidencial.

Al partido UNIÓN CATÓLICA creado enseguida para combatir la política educacional de Wilde y el tartufismo de Roca, lo presidió el Dr. José Manuel Estrada, a quienes secundaban :Pedro Goyena (que era Diputado Nacional a la sazón); el Dr. Tristán Achábal Rodriguez (también Diputado por la ‘docta’ en el Congreso); el Dr. Emilio Lamarca (fundador de los ‘Cursos de Cultura Católica’ de Buenos Aires); Santiago Estrada (hermano de José Manuel); Miguel Navarro Viola; el cordobés Manuel Pizarro (que había sido Ministro de Roca, sustituido ahora por Wilde); Emilio de Alvear (hijo del general ) y una pléyade de jóvenes porteños y provincianos batalladores y entusiastas. Comenzaba ya, una guerra que duraría más de diez años, incluyendo el corto período legal de Juárez Celman y la revolución del ’90 con su secuela de sangre y anarquía, hasta el segundo gobierno del general Roca, a quien la UNIÓN CATÓLICA nunca perdonó su apostasía.

EL ‘CONGRESO PEDAGÓGICO’ ANTICLERICAL.

Los masones del ‘Congreso Pedagógico’, promovidos y motorizados por un denominado ‘Club Liberal’ hacía propaganda atea en los periódicos, transformando ese club en una especie de comité político donde se cocinaban todas las candidaturas que triunfaban electoralmente, por supuesto, en los atrios de las Iglesias de Buenos Aires y el interior del país; muchas veces a balazos. La corriente librepensadora fue apoyada por el diario ‘El Nacional’ que dirigía Domingo F. Sarmiento.

Como si ello no fuera poco, en el ‘Congreso Pedagógico’ de 1882, copado por la masonería, se dijeron cosas tremendas contra la enseñanza religiosa, lo que determinó el retiro en masa de toda la representación católica. Como reacción subsiguiente, el Dr. Estrada fundó el 1º de agosto del mismo año, el diario ‘La Unión’. Mediante ese medio de comunicación masiva –como se diría hoy- empezaron los católicos a torpedear y refutar las intervenciones y debates del ‘Congreso’, con gran eficacia, comenzando de este modo la batalla por la Fe.

Ahora bien, la generación del ’80 fue una generación polarizada, es decir, contradictoria, porque había personalidades de un bando y grupos opuestos partidarios que chocaban entre sí. Como en las monedas la efigie (o la cara) correspondía a la falange liberal; y la seca (o la cruz: valga el símbolo) era asumida por los católicos  que escribían en el diario ‘La Unión’ y después fundaron la UNIÓN CATÓLICA como partido político argentino.

En efecto, era tan contradictoria la generación del ’80 que voy a nombrar algunos de sus personeros de primera línea para que se vea hasta que punto había disidencias hondas entre los propios contemporáneos. Veamos por ejemplo: ¿Qué afinidad en el enfoque ideológico podía haber entre Eduardo Wilde y José Manuel Estrada; entre Carlos Pellegrino y Leandro N. Alem; entre Torcuato de Alvear e Hipólito Irigoyen? ¿Entre Roque Sáenz Peña y Aristóbulo del Valle? Ninguna, en apariencia, al menos. Por lo que se intuye la división de bandos, cada uno atrincherado en su facción beligerante irreductible que anunciaba el inminente conflicto próximo, como se produjo en los años siguientes.

ROCA  CON  LOS  PROTESTANTES.

La campaña de oposición de los católicos en el ‘Congreso Pedagógico’ de 1882, afectó al Presidente de la República quien no tuvo inconveniente en demostrarlo en público, contrariando su natural reservado y paciente. El hecho ocurrió con motivo de la Semana Santa de 1883.

“Según la tradición –nos refiere el profesor  Auzá- el presidente solía visitar las Iglesia el Jueves Santo, acompañado de los empleados de las reparticiones nacionales, a quienes se invitaba a concurrir. El hecho sin dejar de ser criticado, era práctica que venía ejerciéndose normalmente. Cuerpos del Ejército solían hacerlo también por compañías y sin armas, en tanto que otras fuerzas hacían  guardia de honor en las procesiones. Las autoridades hacían, pues, pública profesión de fe y se asociaban a los actos del culto católico. El acercamiento del Sr. Roca al sector liberal que lo acompañaba, así como su distanciamiento de los grupos católicos que combatían su política, lo llevó naturalmente a dar prueba de su  resentimiento, impulso que no podía ser contenido por su innata y habitual  prudencia. En la Semana Santa de 1883 decidió no concurrir a la ceremonia, como era tradicional, en tanto ‘La Tribuna Nacional’ dirigida por Sarmiento, anunciaba que visitaría en esos días un establecimiento de campo situado en Pergamino. Se trataba de una medida premeditada y no casual, destinada a demostrar su encono hacia los católicos que, sin duda, como ocurrió, se sentirían desairados por el gesto del presidente. Los diarios católicos calificaron de escándalo la actitud presidencial, mientras que el diario oficialista ‘La Tribuna Nacional’, cosa rara esta vez, opinó en sentido contrario al presidente, entendiendo que éste debía concurrir a las ceremonias religiosas. ‘La Nación’, el diario de Mitre, se permitió aconsejar a los fieles que no se reunieran en lugares de aglomeración, para evitare ‘contagio de viruelas’. Poco después, el presidente mismo ratificaría su nueva posición asistiendo a la ceremonia del culto protestante, confundiéndose entre los fieles presentes. El pastor evangelista, según dicen las crónicas, advirtiendo la presencia del Gral. Roca, cambió el tema del discurso para alabar la misión del Poder Ejecutivo en el Congreso, ante la reacción católica. Ello, siempre según las crónicas, permitió al pastor Mr. Thompson, acreditar ‘sus reconocidas virtudes de propagandista’. Su sermón concluyó formulando abrumadoras acusaciones contra el catolicismo. Esta  fue la actitud de Roca frente a la fuerte oposición del diario católico ‘La Unión’. Pero en 1884, Roca da un paso más adelante en Córdoba, Entre Ríos, San Juan Mendoza y Catamarca. Eduardo Wilde designa como maestras de escuelas secundarias existentes en esas provincias –estaban vacantes los cargos, tradicionalmente ocupados por profesores católicos-, a un equipo de trece pedagogas protestantes importadas de los Estados Unidos. Esto provocó evidentemente una reacción, sobre todo del  Vicario Capitular cordobés Gerónimo Clara; actitud que le valió la destitución por parte del Gobierno Nacional. El que andaba en estos enjuagues era Juárez Celman, el concuñado de Roca, que era gobernador de la provincia de Córdoba (estamos en el año 1884). El Vicario Capitular Clara es destituido, y el Nuncio Apostólico Mons. Matera, solidarizándose con la posición de Clara, es expulsado del país”. Se le dan los pasaportes y se concreta así la ruptura total del gobierno argentino con el Vaticano, ruptura que duró hasta el segundo período presidencial de Roca.

EL DIARIO  “LA UNIÓN”  Y EL PARTIDO  “UNIÓN CATÓLICA”.

Pero esta ruptura realmente insólita, determinó la guerra a muerte entre los católicos y los liberales.

“Sólo a partir de la fundación del diario ‘La Unión’ funcionará la acción organizada de los católicos –escribe Auzá-. Con anterioridad, en 1881, los católicos que actuaban en el partido gobernante con Achával Rodríguez y Goyena, que eran diputados, venían efectuando una resistencia de tipo individual a la política del presidente. El partido propiamente católico nacerá en 1884 y se llamará ‘UNIÓN CATÓLICA’. Este intento de clasificar a las tendencias liberales y católicas en dos partidos, ese propósito de crear bandos, no fue obra de los católicos sino precisamente de la trenza de los cenáculos liberales. Estos se sentían ufanos con la denominación, pues equivalía como tenemos dicho, a un signo de cultura, a la vez que significaba pertenecer al partido del ‘Progreso’. Los católicos, en cambio,  resistían a la denominación que consideraban  no sólo arbitraria sino también contraria a la realidad sociológica del país. Se ve aquí un signo más de ese espíritu de imitación que guiaba a los hombres autodenominados liberales. Ellos querían asimilar el país a una realidad política que sólo se daba en Europa. No había en la República condiciones  para la existencia del partido clerical con el programa de reivindicaciones que podrían propiciar aquellos partidos europeos. En la historia del país no había existido nunca un partido clerical o liberal, y ni siquiera un intento de constitución de los mismos: así lo hacía notar el dr. Achával Rodríguez en el Congreso al debatirse la Ley de Enseñanza. Se solía llamar también a los católicos ‘ultramontanos’, como a los católicos europeos que se oponían a la reforma regalista. Esta denominación había sido ya usada contra Félix Frías, pero no alcanzó a popularizarse. Esa misma prensa que usaba el calificativo importado, en ciertas ocasiones un poco jocosamente, llamaba a los católicos con esta expresión: ‘católicos pur sang’, mezclando la picardía criolla y la sal francesa. Los católicos, a su vez devolvían el epíteto llamando a los liberales ‘clerófagos pur sang’.

LA  LEY  1420.

Ironías aparte, la lucha no fue simplemente de motes y adjetivos entre el partido UNIÓN CATÓLICA y los masones. El año ’84 fue fatal porque como  tenían evidente mayoría en el Congreso los liberales, no les costó demasiado trabajo, salvo la oposición del Senado, aprobar la ley de Educación Laica: la ley 1420 que aún subsiste a pesar de todo.

El debate de esta funesta ley masónica está resumido por el padre Furlong en el libro ‘La Tradición Religiosa en la Escuela Argentina’, cuando dice: “Es vergonzosa y hasta bochornosa la génesis de la ley 1420, al menos en lo que respecta al art. 8, que era a la postre lo único que interesaba, y no menos vergonzoso y hasta increíblemente hilarante el ‘Congreso Pedagógico’ que precedió a aquella ley y que se celebró en 1882 y del cual se vieron constreñidos a retirarse todos los hombres de bien… Tan patente era su falsía y su mistificación. Aquella ley, la 1420, fue una copia servil de una ley extranjera. Se copió a la letra lo que en 1880, había hecho en Francia el entonces ministro de Instrucción Pública de aquel país, Julio Ferry (socialista). Este, como documentalmente ha expuesto M. Weill, profesor de la Universidad de Caen en su ‘Historia de la idea laicista en Francia’ fue respaldado cuando no empujado a la laicización de la escuela francesa por la Masonería, la cual, tres años antes, en 1877, se había laicizado a sí misma, ya que en ese año el Gran Oriente francés había acordado suprimir al Gran Arquitecto en todos los documentos masónicos (eran más papistas que el Papa –digo yo-; eran más arquitectos que el Gran Arquitecto, por lo visto), Y así lo hizo a pesar de la oposición del Supremo Consejo Escocés. Las logias inglesas, indignadas, rompieron con sus ‘hermanos’ de Francia a raíz de este atentado a la verdad, a la dignidad humana y aún al sentido común… El 4 de julio de 1883, se dio comienzo al debate en las Cámaras. Se discutió la ley 1420 de Educación Común, que según el proyecto de la comisión de Culto e Instrucción Pública exigía en su art. 3º, un mínimo de tiempo para la ‘moral y la religión’ y por el inc. 9º se reconocía –hipocresía mediante- como ‘necesidad primordial la de formar el carácter de los hombres por la enseñanza de la religión’. Es decir, que se declaraba que los profesores de religión  que hasta ese entonces habían enseñado a las juventudes, no estaban preparados suficientemente según Sarmiento, y entonces se los retiró para que se instruyeran de acuerdo a las consignas masónicas del propio Sarmiento. Esta ley fue tremendamente atacada en las Cámaras por los diputados católicos Pedro Goyena, Tristán Achával Rodríguez, Emilio de Alvear (que también pertenecía al grupo católico), el Pbro. Rainiero Lugones y el Sr. Dámaso Centeno. Por parte de los liberales, Onésimo Leguizamón, Luis Lagos García, el católico nominal Delfín Gallo, Emilio Civit y el Dr. Eduardo Wilde, Ministro de Justicia e Instrucción Pública –añade el padre Furlong-. Fuera del Parlamento bregó en contra: José Manuel Estrada; y a favor de la proyectada ley, Domingo F. Sarmiento. Fue aprobada la ley en la Cámara de Diputados pero fue rechazada en la de Senadores. Al año volvió a la Cámara inferior, y el 23 de junio de 1884 fue aprobada sobre tablas en forma sorpresiva. Nicolás Avellaneda, quien con el sanjuanino Rafael Igarzábal, sostuvo en la Cámara alta y denodadamente los derechos de Cristo en la Escuela argentina, calificó a la nueva ley como ‘la ley de la desgracia nacional’; y hoy, al cabo de siete decenios –concluye Furlong- podemos asegurar que ha sido la ley de las desgracias nacionales”.

SARMIENTO:   EL  “GRAN MAESTRE”.

Vamos ahora a Sarmiento, que está absolutamente retratado en este discurso que voy a citar enseguida. En 1882, nuestro ‘prócer’ asume el más alto grado de la Masonería en la Argentina.

Para Sarmiento –“ídolo” escolar de mi infancia-, estimulado con semejante título directivo:  “… ya la ambigüedad no cabe y por más que él se aferre a sostener que no es contrario ni enemigo de la Iglesia Católica, sus actos lo van a demostrar claramente como un enemigo encarnizado de la fe de sus mayores” –escribe Pedro de Paoli en su libro:  “Sarmiento, se gravitación en el Desarrollo Nacional”- . ¿Es la masonería la que exige esta actitud? ¿La asume él, Sarmiento, por obediencia a esta Institución? Sarmiento, que jamás perteneció en verdad a ningún partido, porque él, como realmente lo ha sostenido siempre ha sido en todo momento DON YO. ¿Ahora es carne y alma de la masonería y obedece como fiel hijo de ella a sus mandatos? ¿O es que ese sentimiento en contra de la Iglesia Católica ha venido incubando desde su juventud y ahora hace eclosión, al mismo tiempo que se lo ordena la logia? Sea lo que fuere, el caso es que ahora, sin cortapisas y sin reticencias, Sarmiento, a la luz del día, es un encarnizado enemigo de la Iglesia Católica Y es a partir de ese año de 1882 en que él consagra los más de sus esfuerzos a esa lucha. Toda otra actividad suya hasta el día de su muerte carece de mayor relieve. Como ya lo hemos reseña, desde ‘El Nacional’, diario que él dirigía atiza el fuego contra los católicos del ‘Congreso Pedagógico’ presidido por el masón prominente Onésimo Leguizamón. Deslígase (Sarmiento) de toda actividad política y personal, y se dedica exclusivamente a la campaña anticatólica; ya no está en ‘maestro’ ni en político, ahora está en masón. Se da al cumplimiento de esa misión, su misión (yo diría que desde ese momento  no es Sarmiento el ‘gran maestro’ como se nos ha enseñado en el colegio, sino más bien el GRAN MAESTRE). La Masonería, institución internacional, tiene tentáculos en todos los países del mundo, así como los tiene en Uruguay, o los tenía; país que por ser fronterizo con el nuestro conviene unirlo en la campaña anticatólica. Por eso, la Masonería organiza en Montevideo un acto con la invitación especial de Sarmiento, quien tendrá a su cargo en discurso central. Y así ocurre. Lo invita la Escuela Normal de Mujeres. Este es el verdadero motivo de la invitación. Y Sarmiento aprovecha, pues, para cumplir con su misión; a saber: un bárbaro( porque bárbaro es) ataque a la enseñanza religiosa y a las Hermanas Religiosas Educacionistas como las de la  Santa Unión del Sagrado Corazón . Ahora bien, en 1883, año de esta conferencia de Sarmiento, es el año de la cúspide de la parábola que el liberalismo traza en su lucha contra todo lo que formó la educación tradicional de la sociedad cristiana, católica por antonomasia. Al decir liberalismo decimos masonería. Pero es también la época en que la Iglesia católica, acosada en todas partes por la masonería, retempla su vigor y sale a la palestra en defensa de sus principios evangélicos. Es época de misiones educacionales; de propagación de la fe por medio de las congregaciones de la Santa Unión, de las Hermanas del Huerto, de la Misericordia, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, de los Salesianos, etc. Hombres y mujeres, Hermanos y Hermanas cuya misión inmediata en la vida de evangelización es la educación de la niñez y la juventud según la sagrada doctrina moral y divina de Cristo. De Francia, de España y de Italia, sobre todo, salen continuamente estas misiones hacia todo el mundo, una de cuyas partes es nuestro país. La Masonería argentina nota enseguida esta expansión  de la educación religiosa y le sale al cruce. Tal, el verdadero motivo de Sarmiento en Montevideo. Da su conferencia en la Escuela Normal de Mujeres”.

“¿Y de qué ha de hablar un maestro de maestros, el educador de América, en un acto de tal naturaleza? –sigo citando a De Paoli-. Pues ¿de métodos pedagógicos, de didáctica, de metodología? Pues no, Sarmiento no ha de hablar de nada de eso. Primero porque de eso no entiende nada. Y segundo, porque su misión verdadera no es esa, sino la de combatir la enseñanza religiosa católica. Y como no es capaz de hacerlo en forma elevada, con sabiduría, lo hará como es su estilo: chabacanamente, en forma gruesa y hasta soez, concretándose a un ataque inconcebible por lo insultante contra las Hermanas Religiosas educacionistas. Y así dice que- ahora vienen las comillas, que es lo interesante_ :”Se están introduciendo de Europa compañías de mujeres (‘compañías de mujeres’ ¿Qué les parece? Como si se tratase de un negocio ilícito de tratantes de blancas). Las Hermanas de las Congregaciones Religiosas –añade el sanjuanino blasfemo- para explotar comercialmente el ramo de la educación. Mi deber es indicar ese peligro que amenaza esterilizar las Escuelas Normales. Estas Congregaciones docentes son la filoxera de la educación y el cardo negro de la pampa que es necesario extirpar. ¿Qué vienen a enseñar a nuestras niñas, esas figuras desapacibles, Hermanas de caras feas, aldeanas y labriegas en su tierra? ¿Qué pueden enseñarle a nuestras niñas estas ignorantes? Así se mata la Civilización”

“Aquellas formas de mortaja no pueden servir para educar damas y señoritas –continúa Sarmiento-. Vienen de todos los rincones de Europa donde están barriendo y echando a la calle las basuras. Las Hermanes que van llegando han dejado de embrutecer chicuelas en las aldeas de Francia y vienen ahora a cumplir esta triste misión entre nosotros”. (Bueno, este es el prócer argentino de los liberales, ahora el ‘gran’ Sarmiento). Otra vez escribe: “¿Dónde está el criadero de estos enjambres de abejas machorras, las Hermanas educacionistas que vienen a comerse la miel de la enseñanza?” Y continúa: “…banda de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas nuestras mujeres. En Francia les han quitado la enseñanza porque no valían nada fuera de bordar escapularios. Recua de mujeres contratadas en Europa, hermandades de extranjeros, de machos y especuladores tonsurados y de hembras neutras. Todas estas comunidades deben ser desconocidas por el Congreso y alejadas de la educación, porque en diez años más estarán en su poder todas las escuelas del país. Hermanas y Hermanos emigrantes, lavanderas y mozas de labor, enganchadas en Irlanda para venir a enseñar a nuestras hijas lo que no saben, en lugar de ser mucamas, para lo que tampoco sirven gran cosa. Las Hermanas son intrusas, falsarias, mujeres colectadas en Europa a pretexto de religión, para ganar plata en América”.

“Estas arremetidas de Sarmiento –comenta De Paoli- en contra de todo lo que fuese culto católico, no eran acciones aisladas y de francotiradores. Al contrario, obedecían a un plan masónico buen organizado y buen meditado. Era la preparación del clima psicológico para el gran ataque que bien pronto se llevaría contra la enseñanza religiosa, y el medio de probar cuánta era la fuerza católica con la que se iba a tener que combatir. Cada ataque de Sarmiento era contestado por el diario ‘La Unión’ de los católicos. Escribían ese diario: Estrada, Goyena, Frías, Achával, Lamarca y otros de la misma altura intelectual. Frecuentemente se hacía reuniones católicas, las que eran tenidas en cuenta por los liberales masones para calcular el caudal cualitativo y cuantitativo del adversario”.

EL  ‘PROGRAMA SOCIAL’  DE  EMILIO LAMARCA  EN  1884.

Del primer ‘Congreso Católico Argentino’ contra la política masónica de Roca, convocado en Buenos Aires por el grupo católico en 15 de agosto, día de la Virgen (¡ojo!), del año 1884, sólo citaré su programa social muy interesante, redactado por el Dr. Emilio Lamarca –destacado economista y profesor de la Universidad-, que seguía al  pié de la letra (con justicia) la doctrina de las Encíclicas papales de la época; la Doctrina Social de la Iglesia.

Por primera vez en el país se debatía en un Congreso político este Programa Social, pero antisocialista, en la Argentina del ’80. Es importante señalarlo. Quedará, sin embargo –pese al intenso sabotaje del liberalismo individualista desde las esferas del gobierno y desde el extranjero –como un valioso antecedente a la Argentina católica de hoy. El programa dice:

“ 1) Organización nacional de las asociaciones Católicas, se difusión y desarrollo en las provincias. (En plena era liberal-masónica, digo yo, cuando las sociedades modernistas estaban absolutamente atomizadas por leyes y decretos, y no se permitía la formación legal de grupos organizados –lo que se ha dado en llamar los ‘grupos intermedios’-, nuestros católicos de hace un siglo volvían, no obstante, a esta doctrina de la Iglesia que es de gran actualidad).

“ 2) Convocatoria periódica de Asambleas Católicas nacionales.

“ 3) Fomento de la prensa católica, su sostenimiento; lucha contra la prensa irreligiosa. (¡Qué actualidad tiene esto en 1981! Porque el ateísmo periodístico no solo se da entre nosotros en la prensa diaria; se propaga ahora y desde hace tiempo por la radio y canales privados de televisión, según nos consta a todos).

“ 4) Propaganda por el cumplimiento de los preceptos divinos y particularmente la santificación de los días de fiesta. Difusión de las verdades religiosas. (Mal que le pese a Borges).

“ 5) Conveniencia y aún necesidad  de organizar en la República la Alianza de los católicos.

“6)  Inscripción de todos los católicos en los registros cívicos nacionales, provinciales y municipales.

“ 7) Participación directa concurriendo  a los comicios públicos.  (Las elecciones de entonces, comento yo, se ganaban no pocas veces  con el Remington).

“ 8) Creación de Escuelas Católicas, protección de las ya existentes, combatiendo las llamadas laicas y ateas. (Que tome nota de esto el ministro Burundarena).

“ 9) Establecimiento de Talleres para obreros, de Escuelas de Artes y Oficios, de Oficinas de colocación y Círculos de obreros. (Esta obra la llevaron a cabo, desde entonces, sólo los Padres Salesianos en nuestra patria)”

“Los católicos uruguayos –dice el profesor Auzá para finalizar- acompañaron a los católicos argentinos en sus deliberaciones en este Congreso. Integraban la delegación: Juan Zorrilla de San Martín (a quien, entre paréntesis, rindo yo aquí un homenaje, porque es un prócer uruguayo olvidado y era uno de los pocos representantes intelectuales de la generación del ’80 uruguaya, profundamente católico, apostólico y romano); el Dr. Joaquín Requena y el Dr. Francisco Bauzá. Fueron designados como autoridades del Congreso, por los delegados presentes, las siguientes personas: Presidente: José Manuel Estrada. Vicepresidentes: Dr. Manuel Pizarro; Dr. Juan M. Garro y el Sr. Félix Avellaneda.

 En la sesión de apertura hizo uso de la palabra el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Federico Aneiros” .

Este programa social-práctico del Dr. Lamarca cuyo texto completa acabo de transcribir, que hizo suyo el “Congreso Católico Argentino” del año 1884, de haber sido aplicado en su totalidad por los gobiernos argentinos que sucedieron al del presidente Roca, nos habría ahorrado sin lugar a dudas, tanto las luchas sangrientas de clase, cuanto las explosiones extremistas obreras de 1910 y 1919 en adelante, que afectaron profundamente la paz interna de la República (sin mencionar aquí el contemporáneo ‘Cordobazo’, estallado una década atrás, y su luctuosa secuela ‘guerrillera’ sofocada de momento, apenas, a partir de 1976). Por supuesto. Y el sindicalismo criollo de entonces, no habría necesitado valerse –habida cuenta de su lamentable orfandad político-cultural anterior a 1943- de las habilidades demagógicas de ningún Perón para redimirse de su condición de paria, al servicio del Socialismo Internacional y del Marxismo Ateo, como ocurrió históricamente entre nosotros hasta hace muy poco tiempo.

LA NUEVA  GENERACIÓN  DEL  ’80.

Ahora termino mi exposición con el siguiente mensaje, que dedico en especial, a la nueva GENERACIÓN DEL OCHENTA. A nuestros muchachos de hoy: gobernantes acaso en el próximo futuro tan incierto de la República. He aquí mi mensaje:

Vivimos tiempos trágicos en el mundo, y Uds. –muchachos nuestros de veinte y treinta años cumplidos o por cumplir- movilícense pronto (es urgente) en defensa de nuestra Fe, dando insobornable testimonio en todos los terrenos del quehacer nacional, en procura de una profunda restauración espiritual –y por añadidura política en orden al Bien Común católico- en la Argentina de los próximos lustros. Porque la Masonería no se duerme. Y la Izquierda marxista tampoco.

Triunfaréis, es cierto, muchachos tradicionalistas del ’80, si estáis unidos; pero sin acomodos equívocos ni complejos de inferioridad frente al inicuo mundo moderno, que niega la Verdad revelada e, incluso –a veces- la verdad a secas.

Nadando sí, contra la corriente turbia del escepticismo criollo; del ‘no te metás’ famoso; del materialismo ateo contemporáneo – no únicamente del comunista- y de la frivolidad que corrompe tantas conciencias jóvenes con promesas de una ganancia  crematística fácil.

¡Basta ya, en 1981 de complacencias narcisitas; de sexualismos freudianos fomentados artificialmente mediante la droga o el alcohol! ¡Basta ya de idolatrar ídolos de barro promovidos por una  propaganda masiva que adormece las almas! ¡Basta ya de mentiras demagógicas y de pacifismo liberal!  “Sursum Corda.

No se dejen robar ingenuamente, compatriotas de la novel generación del ’80, los frutos del trabajo nacional con el cuento viejo de la ‘eficiencia’ y la ‘competencia’ económicas. ¡Cuidado con los lobos rapaces ‘tecnocráticos’ disfrazados de inocentes corderitos! ¡A proteger, pues, el patrimonio comunitario nuestro, toda vez que la verdadera caridad empieza por casa!

Evitad  caer a toda costa en las redes de la ‘sociedad de consumo’ que nos animaliza a todos.  “La juventud ha sido hecha no para el placer sino para el heroísmo”. Hagamos de esta bella consigna de Claudel, nuestra invicta bandera de guerra. Preparemos desde ya el espíritu de nuestros nietos. Ahora mismo, con presteza. Pero atención: no se equivoquen otra vez el rumbo con utopías de cualquier tipo, los inmaduros púberes argentinos de la nueva generación. Sepan por anticipado, que en todos los tiempos: Milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre, al decir de Gracián.

¡Ya basta de cobardías disfrazadas! Bien está que sean tolerantes con el prójimo equivocado, pero férreamente intransigentes con el error. Nunca pierdan de vista la realidad que nos rodea, muchachos argentinos, pero sin bajar la guardia ni resignarse ante los embates del enemigo poderoso; aunque les cueste la vida a algunos en la demanda. Y aunque, en definitiva –Dios no lo quiera- acaso tengan que defender (solos y acorralados) el honor de Cristo Rey en nuestra patria: desde una catacumba o desde una trinchera. ¡Sin jamás renunciar a la lucha! 

* (Esta publicación reproduce textualmente la conferencia que el autor pronunció en Buenos Aires, con el título indicado en la portada, en el salón de la calle Marcelo T. de Alvear 1149 (1º piso) la tarde del día 19 de junio del corriente año [1981], con el generoso auspicio del Círculo de amigos de Cabildo)


viernes, 30 de marzo de 2018

SIGNIFICACIÓN MORAL DEL TESTAMENTO DE SAN MARTÍN*

Por Benjamín Villegas Basavilbaso


“Nadie en mi muerte me honre con su llanto que andaré vivo en boca de los hombres”.   Ennio.


El Libertador iba a cumplir los sesenta y seis años. Había entrado en las avenidas de la vejez y con admirable estoicismo empezó a preparar su último viaje. Acaso en sus largas meditaciones recordara la sentencia de Séneca: “magnífica cosa es aprender a morir”; ese regreso a lo que fuimos no le inquietaba; si la muerte es premio a la trabajosa jornada, tenía asaz derecho para el descanso definitivo. Aún la “curva senecta” no le obligaba a mirar hacia la tierra; su físico, atormentado por crueles dolencias, se mantenía enhiesto y sin declives; su espíritu, disciplinado en la adversidad y la ingratitud, habíase fortificado en su voluntario exilio. Interrogaba a la conciencia, que es lo único que no puede defraudar a los hombres, y sus dictados le traían serenidad en el ocaso. Más de veinte años había transcurrido desde que escribiera a O’Higgins estas palabras, al retirarse para siempre del Perú: “mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles; mi edad media al de mi patria; tengo derecho a disponer de mi vejez" (1). Pero, el odio que ha ejercido un señorío incontrastable en las luchas políticas argentinas, ni siquiera le respetó en sus violencias; fue a buscar en su retiro a este soldado de la libertad que ambulaba por comarcas extrañas, como la sombra errante de un templario poseído por la pasión del sacrificio. ¡Cuánta amargura guardan estas líneas con que reaccionara ante la injuria de un libelo porteño: “el honor es la única herencia  que dejo a mis hijos, el nombre del general San Martín ha sido más considerado por los enemigos de la independencia que por muchos de los americanos!” (2).

En pleno dominio de su mente redactó personalmente sus postreras voluntades. Reservado por temperamento y poco afecto a confesiones íntimas, eligió la forma ológrafa que le permitía ocultarlas, pues tenía el pudor de descubrirlas. El que había emprendido la guerra de la emancipación con un secreto, confiado sólo y por necesidad, en 1814 a Rodríguez Peña, el que quiso terminar su vida con otro secreto en Guayaquil, en 1822 , no iba a quebrantar su reserva para disponer de sus contados bienes  después de su muerte. Ese testimonio era el gran secreto de su vida heroica, que nunca descendió a defenderse de los epítetos más rastreros que le gritaron sus muchos detractores, prefiriendo ocultarse en el silencio más allá de los límites de la prudencia humana. Empero, esa fue siempre su línea de conducta, rígida, inflexible y perdurable hasta el final. Ya lo tenía dicha antes de cruzar la nevada cordillera: “mi corazón se va encalleciendo a los tiros de la maledicencia y para ser insensible a ellos me he aferrado con aquella máxima de Epictecto: “Si l’on dit mal de toi et qu’il soit veritable, corrige-toi: si ce sont des mensonges, ris en” (3)

Fue en París, en su residencia de la Rue Neuve Saint-Georges, y en pleno invierno que escribió su testamento. Era el 23 de enero de 1844. (4) En sólo cincuenta y dos renglones manifestó sus voluntades: no necesitó de extensas declaraciones ni de albaceas. La caligrafía cuidadosa, al extremo que ha rayado previamente la hoja para evitar el desaliño; como siempre no se preocupó por la ortografía, pero sí por la claridad y precisión de sus ocho cláusulas. La letra tiene caracteres regulares; pareciera que su autor no vaciló en asentar sus mandas convencido de la justicia que le animaba; no se advierte apremio alguno en su redacción, como si presintiera que aún estaba lejana la fatiga de la hora postrera. En frases sentidas ordenó sus disposiciones sin jactancias, humildemente, con fervor cristiano.

Inicia su testamento “En el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como hacedor del Universo”, porque creía en Dios, a quien invocara tantas veces en vísperas de la gloria. ¿No puso los auspicios de la Señora del Carmen la bandera del Ejército de los Andes, antes de emprender su cruzada a través de esas montañas que le quitaban el sueño? ¿No proclamó la libertad e independencia del Perú “por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende?” (5). Tal vez en esos momentos solemnes llegase a su memoria la súplica de la propia madre que quiso ser amortajada con el sayal dominicano (6). Después de escribir el nombre de Dios enuncia sus títulos conquistados en diez años de guerra en que “ejerció sin reservas el apostolado de la libertad” (7), para entregarlo al juicio de la historia: “Generalísimo de la República del Perú y fundador de su libertad, Capitán General de la de Chile y Brigadier General de la Confederación Argentina”.

La primera cláusula testamentaria es para su hija unigénita, que fue su amor, su refugio y su consuelo, la que en el tránsito supremo le cerraría los cansados párpados con el beso final. “Dejo – escribió- por mi absoluta heredera de mis bienes habidos y por haber a mi única hija Mercedes de San Martín, actualmente casada con Mariano Balcarce”. Hacía más de veinte años que su esposa dormía su último sueño y a quien no pudo acompañar en su agonía. No tenía padres; sus hermanos Juan y Manuel apenas entraron en sus recuerdos, sólo Justo se le aproximó en su ostracismo. Pero quedábale María Helena, viuda y sin amparo; fue la única hermana y para quien dispone protección y ayuda. Por eso en el segundo artículo manda que su heredera le suministre una pensión de mil francos anuales y a su fallecimiento se continúe pagando a su hija Petronila una de doscientos cincuenta hasta su muerte. Para asegurar estas rentas que hace a su hermana y sobrina rehusa constituir ninguna clase de hipotecas o garantías, “por la confianza – dice – que me asiste de que mi hija y sus herederos cumplirán religiosamente esta mi voluntad”.

Ha dispuesto de sus bienes habidos y por haber. Los habidos son contados: subsidios y pensiones que muchas veces no llegan; además, los auxilios del dilecto amigo, el español Aguado, a quien debió no haber muerto en un hospital por falta absoluta de recursos. ¿Dónde hallar las barras de oro que sus enemigos le imputaban haber extraído dolosamente de Chile y del Perú? ¡cuán cierto es que la gloria es más excelsa después que la calumnia ha pretendido enlodar a los varones ilustres!

Después piensa en su espada, esa espada que jamás fue puesta al servicio de las contiendas fratricidas ni de la discordia interna, que fue “instrumento accidental de la justicia y agente del destino”, como él mismo lo dijera en su inolvidable proclama a los peruanos (8). Era el acero de San Lorenzo, de Chacabuco, de Maipú, de Lima, con que este soldado en “misión de caridad” marcó los caminos de la liberación; acero santificado por todos los renunciamientos: el del hogar, el de la fortuna, el del poder y el de la fama. Y escribió la cláusula tercera en estos términos: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al general de la República Argentina, Dn. Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido, al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

El testador ha sentido intima satisfacción por la viril conducta de Rosas ante los agravio inmerecidos a la soberanía de su patria. Esas injustas pretensiones -así las calificó-  lesionaban su acendrado patriotismo. No juzgaba su política interna ni se afiliaba a las facciones que dividían a muerte a los argentinos. “A tan larga distancia y por tantos años alejado de la escena – dijo una vez – no me es saber fácil la verdad…Sobre todo, tiene para mi el general Rosas que ha sabido defender con toda energía  y en toda ocasión el pabellón nacional…Por esto después del combate de Obligado tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a defender la independencia…” (9). El adversario irreductible de toda restauración o conquista de los imperios ultramarinos en América permanecía fiel a sus principios: las agresiones de Francia y de Inglaterra humillaban a los argentinos y no aprobaba la actitud desesperada de los unitarios que para destruir la dictadura ponían en peligro los destinos de su patria. Además, el legado, tan discutido por la pasión de amigos y enemigos no estaba destinado al gobernador de Buenos Aires; expresamente ha querido donarlo al general Rosas, que en ese entonces representaba la autoridad suprema de la República, que aseguraba la integridad de su territorio y la independencia a la que había contribuido con abnegación y sacrificio. El honor había quedado en salvo con la resistencia al extranjero invasor; y fue una razón de patria y no de simpatías personales o partidistas que determinó al testador a dar ese destino a su espada libertadora, que los descendientes del beneficiario entregaron al culto y a la veneración de los argentinos.

El artículo cuarto impresiona y entristece. “Prohíbo – escribió - el que se me haga ningún género de funeral, y desde el lugar que falleciere se me conduzca directamente  al cementerio, sin ningún acompañamiento, pero sí desearía el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”.  Su carácter sencillo y desnudo de vanidades no se conciliaba ni siquiera con las pompas del ritual; el que entraba a las ciudades buscando las sombras de la noche para esquivar el homenaje debido a sus victorias, quería llegar a la ciudad del eterno silencio sin ceremonias, sin acompañamiento, pero deseó que algún día su corazón volviese a Buenos Aires. Ese “sí desearía” tiene un significado moral extraordinario. De todo su magro caudal reserva el corazón para ser depositado en el cementerio de la ciudad capital,  acaso porque fue la que menos le amaba. ¡Y con cuánta constancia manifestó siempre su voluntad de concluir su vida en esta tierra! “No deseo otra cosa – le dice a su amigo Molina en 1837 – que morir en su seno” (10). ”No exijo…sino que me dejen vivir con tranquilidad los pocos días que me restan de vida” (11). En carta a O’Higgins reitera su anhelo de volver a la patria: “hasta que el horizonte que presente Buenos Aires sea tal que me permita regresar…para dejar en él mis huesos” (12).  En 1838, al tener conocimiento del grave conflicto con Francia, le dice a Rosas: “tres días después de haber recibido sus órdenes me pondré en marcha para servir a la patria honradamente. En cualquier clase que se me destine. Concluida la guerra, me retiraré a un rincón, esto es, si mi país me ofrece seguridad y orden; de lo contrario regresaré a Europa con el sentimiento de no poder dejar mis huesos en la patria que me vio nacer” (13).  Pero, sus adioses de 1829 serían definitivos; ya en 1844 estaba viejo y achacoso para cruzar el océano; por eso quiso expresar una vez más su deseo de retornar muerto, ya que su destino había ordenado que nunca más volvería a ver la madre tierra.

Ya ha dispuesto de todo, ha instituido heredero y ordenado la entrega de una pensión vitalicia a su única hermana; ha legado su espada y prohibido sus funerales, y por fin ha dicho dónde quisiera descanse su corazón; ya de nada puede disponer; en vida lo dio todo hasta el exceso, guardando sólo para sí el silencio ante la injuria, el infortunio y la ingratitud. Pero, su honradez le obliga a declarar el estado de sus compromisos y obligaciones y a ese efecto redacta la cláusula quinta: “declaro no deber ni haber jamás debido, nada a nadie”. ¡Qué ejemplo el que deja este soldado con tan extraordinaria confesión! La vida pública nunca pudo tentarlo con sus promesas engañosas. Subió a las más altas posiciones para servirlas con honor y dignidad, sin que jamás la codicia, el lucro o el interés personal  se anidaran en su espíritu. La pobreza fue su compañera. En 1816 al solicitar al Intendente de Cuyo una tierras de labranza, dice en su oficio: “Mi fortuna menguada no me ha proporcionado jamás un fundo rural…Las cincuenta cuadras que pido por merced sólo valen doscientos pesos. No los tengo… La voluntaria cesión de la mitad de mis sueldos me ha reducido a pasar una vida frugal y sin el menor ahorro para embolsar… (14). No tuvo acreedores y así quiere afirmarlo en la hora de la verdad, con palabras que trasuntan virtudes socráticas. Tal vez recordara en esos momentos sus renuncias a sueldos, mandos, premios, honores y privilegios, recompensadas con los epítetos de ambicioso, embustero, hipócrita, asesino y ladrón! (15).
Después vuelve a sus seres queridos, a su hija y a sus dos nietas, carne de su carne y donde habría de extinguirse la progenie del héroe, para decirles sus adioses  plenos de ternura y amor. Es la penúltima cláusula, la más íntima y conmovedora, que encierra una honda lección de educación cristiana. ¡Con cuánta congoja la escribiría, posiblemente en el declinar de esa tarde invernal, cuando el crepúsculo en fuga se deshacía en sombras y en misterio! “Aún que es verdad – escribió – que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que el bien de mi hija amada debo confesar que la honrada conducta de ésta y el constante cariño y espero que siempre me ha manifestado, han recompensado con usura, todos mis esmeros haciendo mi vejez feliz. ¡Yo la ruego continuar con el mismo cuidado y contracción la educación de sus hijas (a las que abrazo con todo mi corazón) si es que a su vez quiere tener la misma feliz suerte que yo he tenido; igual encargo hago a su esposo, cuya honradez y hombría de bien  no ha desmentido la opinión que había formado de él. Lo que me garantiza continuar haciendo la felicidad de  mi hija y nietas”.

Es verdad que el Libertador cuidó con extremado cariño  la educación de su única hija. La formación de su carácter constituyó la mayor preocupación en su ostracismo. La muerte de la madre obligóle a ejercer ese noble ministerio. Y para prepararla para la adversidad que tanto había perseguido al padre, redactó unas máximas  a las cuales ajustó su conducta, máximas que acusan la grandeza moral de su autor y que no debieran ser olvidadas en los hogares y escuelas argentinas. Humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los insectos que nos perjudican; gran confianza y amistad, pero uniendo el respeto; formalidad en la mesa; respeto a la propiedad ajena; amor a la verdad y odio a la mentira; caridad con los pobres; respeto a todas las religiones; dulzura con los criados, pobres y viejos; hablar poco y lo preciso; acostumbrarla a guardar un secreto, y amor al aseo y desprecio al lujo (16), tales eran los once mandamientos que transformarían a la doncella en admirable hija, esposa y madre.

Extraño el destino de este “santo de la espada”, que cuida la educación de su unigénita con fervor maternal, y para fortificarla contra las asechanzas de la vida le inculca rígidas normas de moral evangélica que él mismo redacta en su soledad de asceta. Por eso al confesar que su hija le ha devuelto en cariño y amor todas sus preocupaciones de padre, le ruega eduque a las suyas con la misma solicitud, para tener como él una ancianidad venturosa. Y así fue hasta el momento final, pues encontró en las nietas que le llamaban “cosaco” la luz que ya había huido de sus ojos  y en la hija la Antígona inseparable, que servía de vínculo indestructible entre aquellas que iniciaban los primeros caminos en la vida y el noble anciano que se avecinaba a la inmortalidad.

Ha terminado su testamento con la séptima cláusula, que anula sus dos anteriores, el de Mendoza antes del pasaje de los Andes y el que formulara al arribar a las playas de Pisco. Y escribe “hecho en París a veinte y tres de enero  del año mil ochocientos cuarenta y cuatro, y escrito todo él de mi puño y letra”. Después su firma José de San Martín y la rúbrica, la misma con que anunció la libertad de Chile y del Perú, la misma con que cerrara  aquellas dos cartas a Bolívar, después de Guayaquil; en las que le dice: “Estoy íntimamente convencido o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir a sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa” (17). “Rehúso el conflicto porque la retroacción sería guerra fratricida. Mi obra ha llegado al zenit; no la expondré jamás a las ambiciones personales” (18).

Todo estaba ya dispuesto, pero al leerlo debió advertir que había olvidado dar destino al signo del imperio español en América, que conservaba con cariño en su cartuja de Grand Bourg. La municipalidad de Lima, en acto público, le había hecho entrega del estandarte real que no se enarbolaría jamás en el Perú, porque, en verdad, ¿quién tenía más títulos que el vencedor de Lima para poseer el pendón del vencido? ¡Cómo olvidar aquella proclama de su despedida heroica horas después de quitarse la investidura de “Protector”!  “Presencié la declaración de la independencia de Chile y del Perú; existe en mi poder  el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el imperio de los Incas, y he dejado de ser hombre público; “he aquí recompensados con usuras diez años de revolución y guerra” (19). Este pendón, tres veces centenario, deshilado y desteñido, es el único premio de su hazaña, le ha acompañado durante su inmerecido exilio y trae a su memoria días de gloria y de deber cumplido  en bien de América. El que fue símbolo de vasallaje ha de volver a la tierra que un día se lo legara para cubrirlo con su espada  libertadora. Y así escribió la última cláusula, como artículo adicional: “Es mi voluntad el que el estandarte que el bravo español Dn. Francisco Pizarro tremoló en la conquista del Perú  sea devuelto a esta República (a pesar de ser una propiedad mía)  siempre que sus gobiernos hayan realizado las recompensas y honores con que me honró su primer Congreso”.  Luego firmó otra vez: José de San Martín.

El Libertador había concluido de disponer de toda su herencia y de despedirse de los seres que tanto amaba. Ya no le quedaba sino esperar la señal de la partida. En esos ocho artículos – voluntades y consejos revestidos de unción – aparece la grandeza moral de este maestro del renunciamiento, que sin amarguras ni reproches  desciende voluntariamente del poder “para retirarse a la vida privada – así lo dejó escrito – con la satisfacción de haber puesto a la causa de la libertad toda la honradez de su espíritu y la convicción de su patriotismo”. Aparece también la tristeza del héroe que quince años antes se alejaba de las playas del Plata para regresar medio siglo después en cenizas desde tierras extrañas. Bien podía haber encerrado su testamento con aquellas palabras de Ennio: “Nadie en mi muerte me honre con su llanto, que andaré vivo en boca de los hombres” (20).

Aún esperaría más de seis años  para el viaje sin retorno  y en su transcurso sus ojos se cubrieron de nieblas, como un anticipo de las sombras que se acercaban. La esperanza y los sueños – como él mismo lo dijera – le animaban (21); de América recibía demostraciones de respeto y de justicia. Pero la hora del tránsito no estaba lejana; buscó en la ribera del mar alivio a sus incurables males, y en un sábado de calor tormentoso – hace hoy noventa años – mientras el viento y las nubes desfilaban presurosas por el Canal de la Mancha, entró, opulento de virtudes, en la inmortalidad.

El testamento del Libertador deja una lección de un hondo significado moral y exterioriza la fortaleza de alma del que hiciera de su vida un ejemplo de virtudes. Trasunta la incomparable rectitud de una conducta puesta únicamente al servicio de la libertad y la santidad del héroe que buscó en el deber su religión, cumpliéndolo sin medir el dolor de muchos sacrificios en bien de la solidaridad de América; por ella dejó el comando del ejército del Norte; por ella quiso formar el de los Andes para reconquistar a Chile; por ella emprendió la expedición al Perú para llegar a Lima; por ella, “cuidando más su causa que su empleo” (22)  se adentró en el renunciamiento voluntario de Guayaquil y para que ese desgarramiento fuese más absoluto se encerró en el silencio del estoico, rehusando explicar la razón de su abdicación. Pudo haber dicho: mi misión no es gobernar ni conquistar pueblos, sino libertarlos, pero cuando comprendió que aquélla había terminado prefirió descender del poder, en vísperas de la victoria final, sin una amargura ni un reproche y alejarse acompañado por la pobreza, el infortunio y la ingratitud.

El patriotismo, que es un atributo de la naturaleza humana, no consiste solamente en recordar los hechos de los varones ilustres, en admirar sus virtudes y en mantener el culto de los héroes. Las fecundas enseñanzas que esas grandes vidas como la de San Martín dejen en el espíritu, deben servir para imitarlas con firmeza y voluntad. Sólo así demostraremos nuestra gratitud y contribuiremos a la dignidad y al respeto de la República.

Notas:
(1)     Barros Arana, Diego, Historia general de Chile, Santiago, 1894, t. XIII, p. 679. Carta confidencial de San Martín a O’Higgins, agosto 25 de 1822.
(2)     Documentos del Archivo de San Martín, Buenos Aires, t. XII, p. 294. Oficio del general San Martín a la Junta Gubernativa del Perú, Mendoza, febrero 28 de 1823.
(3)     Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. V, p. 532. Carta de San Martín a Don Tomás Godoy, Mendoza, febrero 24 de 1816.
(4)     Otero, José Pacífico, Historia del Libertador San Martín, Buenos Aires, 1932, t. IV, p. 591.
(5)     Mitre, Bartolomé, Historia de San Martín, Buenos Aires, 1890, t.III, p. 68.
(6)     Otero, José Pacífico, op. cit., t. I, p. 39.
(7)     Carta de San Martín a Bolívar, Lima, septiembre 10 de 1822. V. Colombres Mármol, E.L., San Martín y Bolívar en la entrevista de Guayaquil, Buenos Aires, 1940, p. 402.
(8)     Documentos del Archivo de San Martín, op. cit.,  t. XI, p. 198.
(9)     Quesada Ernesto, Época de Rosas, Buenos Aires, p.56
(10)  Otero José Pacífico, op. cit., t. IV, p. 354.
(11)  Documentos de San Martín, op. cit., t. IX, p. 495. Carta de San Martín a Dn. Pedro Molina, Grand Bourg , abril 27 de 1836.
(12)  Otero, José Pacífico, op. cit., t. IV, p. 357.
(13)  San Martín, su correspondencia, Buenos Aires, 1906, p. 85  Carta de San Martín a Rosas, Grand Bourg, agosto 5 de 1838.
(14) Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. IX p.14. Oficio de San Martín al Gobernador Intendente de Cuyo, Mendoza, octubre 12 de 1816.
(15)  San Martín, su correspondencia, p. 105. Carta de San Martín al general Tomás Guido, Bruselas, enero 6 de 1827. Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. III, p. 661, carta de Zañartú a San Martín, Buenos Aires, marzo 23 de 1820. Rojas Ricardo, El Santo de la Espada, Buenos Aires, 1930, p. 519.
(16)  Documentos del Archivo de San Martín, op. cit.,  t. I, p, 35. Máximas para mi hija, 1825, p. 39, carta de San Martín a Doña Dominga Buchardo de Balcarce, París, diciembre 15 de 1831.
(17)  Mitre, Bartolomé, op. cit., t. III, p. 644. Carta de San Martín a Bolívar, Lima, agosto 29 de 1822.
(18)  Colombres, Mármol  E. L., op. cit., p. 402, Carta de San Martín a Bolívar, Lima, septiembre 12  de 1822.
(19)  Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. X, p. 356.
(20)  Cicerón, Obras Completas, t. IV, P. 257. Los diálogos de Cicerón, De la vejez.
(21)  Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. IV, p. 556, carta de San Martín a Guido, Montevideo, abril 3 de 1829.
(22)  González, Joaquín V., Obras Completas, t. XXII, p. 309.


* Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 6, Buenos Aires, Diciembre 1940, pp. 143-152.
(Discurso pronunciado el 17 de agosto de 1940, en el Museo Histórico Nacional, en nombre de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, con motivo del noventa aniversario de la muerte de San Martín).

martes, 27 de febrero de 2018

El desarrollo histórico de las patrias del Cono sur*

Por: FEDERICO  IBARGUREN

Agradezco al “Instituto de Promoción Social Argentino” por haberme invitado a hablar en este su VI Congreso Anual de Córdoba: la provincia mediterránea argentina  cuya capital fue fundada por el ilustre Gerónimo Luis de Cabrera. Es un honor para mi el hacerlo ante  tan caracterizado público presente y acompañado por un elenco de brillantes  pensadores, de tendencia católica pero a la vez tradicionalista, que participan en el importante convivio intelectual que hoy nos congrega.

Comenzaré diciendo que: “El desarrollo Histórico de las Patrias del Cono Sur”, cuyo tema me fijaron con anticipación los organizadores del Congreso, abarca un extensísimo período de nuestro pasado hispanoamericano; debo resumirlo entonces, por razones de tiempo y  espacio, señalando solamente sus tres características más salientes  -a mi ver- relativas a la totalidad de las diversas zonas geográficas, pueblos y naciones que integran el Cono Sur. O sea, poniendo el acento, de alguna manera, en su denominador común (religioso, cultural e histórico) que los caracteriza a todos en conjunto, desde los primeros años de la Conquista española inmediatamente posterior al 1500. Vale decir: 1º) un mismo proceso evangelizador difundido en el Nuevo Mundo indígena, por frailes y sacerdotes, que abarca el extraordinario período cultural europeo denominado del Siglo de Oro español; 2º) un común heroísmo de epopeya, atributo característico de la empresas colonizadoras españolas de los siglo XVI y XVII; y 3º) consecuentemente, un destino histórico paralelo en cada área geográfica propia, digno del enjundioso pasado fundador común que heredamos de España.

Todo ello señores, configura lo que nosotros, nacionalistas hispanoamericanos vinculados desde antiguo a lo genuinamente histórico de cada una de las naciones hermanas –aunque ahora independientes- del Cono Sur, tenemos definido ya (en este mundo tan revuelto e inestable en que vivimos) con sólo dos sencillas palabras: SER NACIONAL.

Pero ¿Qué será el tan mentado SER NACIONAL, preguntarán con razón ustedes, hartos acaso de oír y leer este concepto o “slogan” propagandístico: por la televisión,  la radio, y, en fin, impreso en letras de molde por la prensa escrita?

Pues bien, en mi opinión, SER NACIONAL (o “espíritu nacional”) es el engendrado por una cultura bajo cuyo signo –universalista pero a su vez telúrico- los pueblos primitivos o gregarios se transforman en comunidades organizadas, en naciones, mediando el tiempo. Esto ocurrió entre nosotros, los argentinos, mucho antes de 1810, por supuesto. Se trata entonces de saber desde cuando la Argentina tiene ese espíritu de nación en potencia, culturalmente hablando. A nivel histórico puede afirmarse sin exageración  en las fechas, que por lo menos desde el año 1541, luego de despoblada la precaria y fugaz Buenos Aires de Pedro de Mendoza que dio motivo al nacimiento –en lo que es hoy zona paraguaya- de la estratégica ciudad de Asunción; cuna de la Hispanidad Católica en toda la cuenca del Plata, misioneros mediante. Anticipo que fue de la evangelización  jesuítica perfeccionada durante el siglo XVII en tierra argentina. Aunque obstinadamente siga negando esto nuestra clásica historiografía liberal, la cual afirma –“Libertad”, “Igualdad” y “Fraternidad”  mediante- que el SER NACIONAL ARGENTINO  aparece de repente en lo universal, por arte de magia, el 25 de mayo de 1810 como resultado roussoniano de una asamblea deliberativa de vecinos. Tesis falsa, trasnochada ella, según es obvio, que no resiste el análisis de hechos sociales, políticos y religiosos ocurridos en la antañona Hispanoamérica, acaso tergiversados a  designio, además, por una ideología –iluminista o marxistoide- que viene deformando a fondo la mentalidad desprevenida de las juventudes del país.

EL “SER NACIONAL” Y NUESTRA RAÍZ CATÓLICA. 
 
En estos tiempos de imperialismos materialistas (grandes potencias con poder financiero capaz de sojuzgar cualquier soberanía nominal) la vida de las naciones está referida, por desgracia casi exclusivamente al ámbito económico. De ahí que, para muchos, resulta anacrónico –y hasta “oscurantista” a juicio de los liberales- mencionar a la religión como factor importante en la Historia. Aquel agnóstico cuestionamiento  tuvo origen, claro en el siglo XVIII (siglo de “las luces”) en que la razón humana descreída –con Descartes de precursor- fue ocupando poco a poco el lugar hasta entonces reservado al culto de los misterios de Dios y de la religión. Más tarde, el positivismo del siglo XIX, esencialmente ateo, inventará una filosofía propia con ingredientes pseudo-cientificistas, hasta culminar, como se sabe, en un socialismo dogmático, totalitario, que rechaza lo espiritual y lo divino a la vez. Y su mesiánico profeta fué, al poco tiempo, Carlos Marx.
 El comunismo niega, así, de manera rotunda, divinizando la materia que ahora ocupa el lugar creador-providente de Dios-,  la importancia histórica de lo religioso en el proceso formativo de las culturas.  Por eso abomina de las tradiciones conservadoras  de aquella herencia, vieja como el mundo,  repudiándolas en bloque, dado que para el marxismo las mismas constituyen nocivas alienaciones en perjuicio del “científico” materialismo dialéctico con que se define la nueva, sacrílega escuela revolucionaria. La cual escuela hace ya tiempo que viene enseñando (mediante asesinas tiranías estatales o corruptoras mentiras demagógicas)  el odio implacable a todo resabio de religión sobrenatural; la guerra a muerte a todo amor patrio entrañable.
Y bien, semejante tergiversación de la historia, producto del simplismo comunista, es condimentada ahora  con falsos sofismas   y “slogans” de contenido inhumano, demostrando a las claras  la crasa ignorancia de la pretendida escuela “científica” del materialismo de marras. Nada más alejado de la verdad real que las interpretaciones marxistas del pasado. Nada menos de acuerdo con el concreto acontecer pretérito que el ateísmo revolucionario de izquierda, sobre el cual –“Sine irae et cum studio”- la ciencia histórica ha dado ya su última palabra desde hace décadas.

 En este orden de cosas, ¿interesa acaso demasiado a los dirigentes de las contemporáneas revoluciones rusa o china (oportunistas idólatras), demostrar, por ejemplo,  a sus satánicos militantes, con serias pruebas documentales, desde luego, si es existencialmente cierta aquella malintencionada frase de Marx: “La religión es el opio del pueblo”? No les interesa en absoluto. Al contrario, mienten a sabiendas, negando todo lo que en los hechos, contradiga el fondo perverso, autoritario de su anticristiana ideología; ella sí fabrica con propósitos expresos de adormecer las conciencias manteniéndolas idiotizadas al máximo. Dopadas para dominarlas mejor. Y esa mentira sistemática de todas las propaganda manejada por las tiranías marxistas del siglo: ¿No resulta, de suyo, el verdadero anestésico colectivo; el “opio del pueblo” que el judío Marx acusaba sin pruebas y con malicia maquiavélica, culpando de ello groseramente al cristianismo?

Pero la historia no se escribe con paradojas efectistas ni con hábiles “slogans” sofisticados. ¿Qué nos enseña entonces la realidad a este respecto? Veámoslo a continuación.

Las naciones –sin quizás- como los individuos, tienen también sus padres, su filiación legítima (toda vez que no son hijos de nadie) y continúan una Historia que es la de sus antepasados. Las naciones no surgen por casualidad ni tampoco se constituyen por  “contrato”. Son encarnaciones de una determinada cultura. Y toda verdadera cultura reconoce, en su entrañable meollo, un nacimiento religioso comprobable y cierto, que la imparcialidad histórica europea y americana ha puesto de manifiesto en estos últimos tiempos, sobre todo.
“Estamos apenas empezando a comprender cuán íntima y profundamente está ligada la vitalidad de una sociedad con su religión –escribe Christopher Dawson en su interesante ensayo histórico-cultural, titulado “Progreso y Religión”- : El impulso religioso es el que proporciona la fuerza cohesiva que unifica una sociedad  y una cultura. Las grandes civilizaciones del mundo no producen las grandes religiones como una especie de “subproducto cultural”; en un sentido muy real, las grandes religiones son los cimientos sobre los cuales  descansan las grandes civilizaciones. Una sociedad que ha perdido su religión se convierte más tarde o más temprano  en una sociedad que ha perdido su cultura… Pues una civilización no puede desprenderse del pasado a la manera que  un filósofo descarta una teoría. La religión que ha gobernado la vida de un pueblo durante mil años entra en su verdadero ser y modela todo su pensamiento y su sentir”. He aquí, digo yo, el drama íntimo sin resolver que padecemos  nosotros desde hace más de un siglo; y también los pueblos hermanos nuestros del mismo origen hispanocatólico en general.

Nuestra religión no es otra, pues, que la misma enseñada hace ya casi dos mil años por la Iglesia Católica Apostólico Romana (pero a través  de la posterior evangelización española);  y nuestra cultura, -ligada estrechamente con el catolicismo de occidente-  remontase a los tiempos lejanos de la cristiandad europea, a partir del siglo V de nuestra era, en cuyo accidentado periplo se derrumban sin gloria, aunque no de golpe, las estructuras políticas e institucionales del Imperio de los Césares. Quedará Bizancio allá lejos, pero en definitiva cae Roma.

Ahora bien, aunque el liberalismo decimonónico que aun soportamos, nos ha desfigurado atrozmente –a través de una enseñanza laica y desnacionalizadora- la vera imagen de la Patria. El SER NACIONAL ARGENTINO, reconoce su origen en el catolicismo español de la militante Contrarreforma religiosa (de los siglos XVI y XVII). Sus primerizas ciudades americanas, en efecto, nacieron –bajo los reinados semi-teológicos de Carlos V y de Felipe II- todas ellas  con nombres extraídos prolíjamente  del santoral católico; por mano de recios conquistadores y frailes misioneros que les acompañaban en la empresa de poblar y evangelizar el Nuevo Mundo para el Rey y para Cristo. Aquellos nombres religiosos puestos por Adelantados y Capitanes Generales de la conquista a fortalezas, puertos, nuevas aldeas y ciudades de las Indias Occidentales españolas, caracterizan por sí solos el espíritu de Cruzada con que fue bautizada la virginal tierra mostrenca y convertido el salvaje aborigen de la fe cristiana.

Recordemos cronológicamente, algunos nombres de pueblos y sus respectivas fechas de fundación; aunque más no sea localizados por falta de espacio en el escenario territorial del Río de la Plata y de las antiguas regiones del Tucumán y Cuyo (hoy argentinas). Veamos: 1527 nace el primer fuerte llamado “Santi Spiritu” en las márgenes del río Paraná; 1536, el primer puerto español fundado aquí por Pedro de Mendoza, titulado “Nuestra Señora del Buen Ayre”; 1541, Juan de Salazar y Domingo Martines de Irala funda la ciudad de “Nuestra Señora de la Asunción”, el día 15 de agosto; 1553, Francisco de Aguirre levanta la ciudad, por segunda vez, de Santiago del Estero (¡Santiago y cierra España!); 1558, Nuño de Chávez inaugura la población de “Santa Cruz de la Sierra” en el Alto Perú; 1562, Juan de Jufré funda “San Juan”  en el límite de la cordillera de los Andes; 1565, Diego de Villarroel levanta en el mismo lugar en que está hoy, los cimientos del pueblo “San Miguel de Tucumán”; 1567, surgió –aunque efímeramente “Nuestra Señora de Talavera”  (o Esteco); 1573, Juan de Garay funda la ciudad de “Santa Fe” en las orillas del Paraná; 1575, se echan las bases, en Jujuy, de una población llamada “San Francisco de la Nueva Provincia de Alava”; 1577, muy cerca de Salta se intenta  la fundación,-que no prospera- de “San Clemente”; 1580, otra vez Juan de Garay reedifica Buenos Aires poniéndole este nombre sagrado: ciudad de la ”Santísima Trinidad”; 1585, el joven Hernando Arias de Saavedra  funda la villa de “Concepción del Bermejo” en el Chaco Santafesino; 1588, en nombre del Adelantado Juan Torres de Vera y Aragón, establecen en nuestro litoral mesopotámico el pueblo de “San Juan de Vera de las Siete Corrientes”, con la participación activa del caudillo Hernandarias; 1591, Juan Ramírez de Velazco funda la “Ciudad de Rioja la Nueva de Todos los Santos”; en 1593, se levanta “San Salvador de Velazco (en Jujuy); 1594, asientan –sin éxito- a “San Luis de Loyola”; 1596, nace la actual ciudad de San Luis, en el fértil territorio circundado por Córdoba, La Rioja, San Juan y Mendoza; 1693, casi noventa años más tarde, el entonces gobernador del Tucumán, Fernando Mendoza de Mate de Luna levantará la ciudad “San Fernando del Valle de Catamarca”, entre las Sierras de Ancaste y Ambato, que la circundan, etc. etc. etc.

Semejante lista interminable de nombres católicos, me pregunto: ¿asombrará acaso a quienes se hallen enterados de la maciza fe religiosa –pese a sus humanas caídas- que ostentaban en público y en privado nuestros principales conquistadores, abanderados del rey de España, a la sazón? Desde luego que no. Sólo por ignorancia o por mala fe  pueden justificarse en parte –dada la pésima enseñanza recibida- algunos asombros insólitos de gente que dice tener cultura “universitaria” entre nosotros -¡Cruel ironía!-.

 Ahora bien, concentrando este tema, añadiremos seguidamente que la conquista de América quedó así, informada del tradicional espíritu apostólico, guerrero y rural de la Edad Media; y no del nuevo espíritu  particularista, burgués y utilitario  del renacimiento europeo que iba floreciendo mientras tanto, poco a poco, en Italia y Francia. Y en tanto en el viejo mundo, la duda antimetafísica del Renacimiento –de las que son precursoras los humanistas- engendrará la Reforma, que se inicia en el año 1517 con la rebeldía del monje alemán Martín Lutero; en España, la fe de la Edad Media –rediviva en tiempos de los Reyes Católicos- engendrará la Contrarreforma, que se inicia en 1540 con la obediencia militar prestada al Papa por Ignacio de Loyola. Esta antorcha reaccionaria, en apariencias, de la Contrarreforma religiosa en la Europa renacentista, alumbrará en adelante al continente hispanoamericano todo; mientras la estrategia jesuítica, diestramente gobernada por la Compañía de Jesús, pone sitio, por espacio de dos siglos (invocando al Concilio de Trento: años 1545 al 63) a la herejía protestante de luteranos, calvinistas, hugonotes y anglicanos antipapistas, frenándose el peligro turco luego de la exitosa batalla de Lepanto en 1571.  Es entonces y bajo el signo de aquella ofensiva formidable del catolicismo hispano (o sea de la Contrarreforma) que el Nuevo Mundo adquiere plena conciencia de sí mismo. La mesnada de misioneros multiplicase, entre tanto, en nuestras ciudades y campañas, favorecido por la política imperial y va conquistando –con paciencia y habilidad evangélicas- la fe del pueblo aborigen (indios, criollos y mestizos) a la causa universal de Cristo Rey.

En tal sentido, el afamado pensador holandés Werner Sombart, al estudiar los orígenes históricos del capitalismo en occidente, cuando se refiere a su escasísimo desarrollo en la católica España, da los siguientes motivos de hondo interés sociológico para todos los pueblos contemporáneos de Hispanoamérica., hijos de una misma estirpe,  en su libro “El Burgués”; “El Catolicismo parece haber perturbado el desarrollo del espíritu capitalista en España, donde los intereses religiosos había alcanzado  una importancia tal que habían concluido por primera vez sobre los intereses de todo otro orden. La mayor parte de los historiadores ven, y con razón, la causa de este fenómeno, en la lucha entre el Catolicismo y el Islam, de la que la Península Ibérica fue teatro durante cerca de mil años. La larga dominación de la fe mahometana tuvo como resultado imbuir al pueblo cristiano de la idea de que la destrucción del Islam era su sola y única misión. En tanto los demás pueblos europeos podían prestar su atención a nuevos problemas de orden espiritual y económico, España no podía considerar posible un ideal distinto, mientras quedase una sola bandera mora flameando en las torres de una fortaleza ibérica. Todas las guerras de su independencia fueron, en España, guerras religiosas. Lafuente habla de una “cruzada eterna y permanente contra los infieles”: 3700 batallas fueron libradas contra los moros antes de su expulsión. Pero el predominio del ideal caballeresco y religioso se mantuvo aún después de la derrota de los moros, imprimiendo un carácter particular a todas las empresas coloniales de los españoles y determinando la política interior de los reyes. El feudalismo y el fanatismo dieron origen, por su íntima conexión, a un estilo de vida para el que no había lugar en el mundo prosaico de la edad moderna. El héroe nacional de España está encarnado en un personaje  universalmente conocido y que, por cierto, no tiene nada de capitalista: por el caballero andante, por el amable y simpático DON QUIJOTE…”.

 Pero no obstante, la lucha que parecía ganada bajo el paternal gobierno misionero de los Austrias (1516-1700), luego de sufrir dos considerables reveses al lograr los Países Bajos (1568-1609) su revolucionaria liberación del Imperio y ser derrotado Felipe II en 1588, dispersándose la famosa “Armada Invencible” frente a las costas británicas del Canal de la Mancha, concluye su período ascendente  de grandeza con Felipe IV en 1648, a raíz del humillante tratado de Westfalia para los Habsburgo (el gran empate, como lo llama Belloc), que piso fin a la guerra religiosa de los “Treinta Años”  entre los  enconados bandos europeos: católico y protestante. Había llegado lentamente, el inexorable otoño imperial rubricado –si cabe- por el revés militar de Rocroi (1643) durante aquella guerra, a manos del mariscal Condé. Además, en 1640 Portugal se separó de la corona española con el apoyo de Francia, Inglaterra y Holanda. El triunfo posterior de los Borbones (con Felipe V, Fernando VI y Carlos III) impone al Imperio hispánico ya decadente un absolutismo nuevo, exótico y afrancesado a la manera del de Luis XIV.

Es el soplo tardío del Renacimiento –lujo y frivolidades-, que importado de Francia en el siglo XVIII lo penetra todo, transformando desde las instituciones el SER SUSTANTIVO  de una Hispanidad a la defensiva que se resistía a morir. La unidad político-espiritualista lograda por los Reyes Católicos en 1492, se quiebra en España, provocando en consecuencia un hondo descontento popular en el Nuevo Mundo de criollos y mestizos: los cuales, a fines del reinado de Carlos III reaccionan contra la Corona solidarios con los jesuitas –evangelizadores y maestros genuinos de América- a raíz de su inicua expulsión  del reino y colonias ultramarinas (1767); con el beneplácito, por supuesto, de nuestros amigos fronterizos: los portugueses.

Algo más tarde, en los albores del siglo XIX, bajo  el despotismo revolucionario de Napoleón Bonaparte, iniciamos en el Río de la Plata –todavía en vigencia los viejos ideales de la Contrarreforma, a la sazón olvidados por los europeos- el arduo periplo de nuestra emancipación política a partir de 1810. Una vez abierto el proceso cruento de la revolución de Mayo –liberal por un lado y anti liberal por otro- en todo el territorio perteneciente al antiguo virreynato de Buenos Aires, la consiguiente anarquía engendrará la aparición de dos caudillos políticos famosos: José Gervasio de Artigas (1811-1820) y Juan Manuel de Rosas (1835-1852). Sobre este último –nuestro cabal “Restaurador de las Leyes” –ha escrito, elogiándolo, el gran prusiano Spengler: “…Rosas el dictador argentino –dice- representó esta aristocracia (vuelta hacia lo hispánico) contra el jacobinismo, que invadió muy pronto  desde Méjico hasta el extremo Sur del Continente, encontrando apoyo en los “clubs” masónicos y liberales enemigos de la Iglesia Católica… etc”.  Ernesto Quesada, autor argentino, en su libro: “La época de Rosas”, sin forzar mucho el paralelo de los personajes ha podido escribir también: “Rosas es el Luis XI de la historia argentina”, añadiendo luego: “Como Felipe II, todo lo que en el país pasaba lo sabía él… para Rosas los unitarios fueron lo que para Felipe II los herejes”. Y según otro compatriota, José María Ramos Mejía, en su ensayo “Rosas y su tiempo” expresa que el dictador  criollo tuvo afinidades naturales con el señorío y el temperamento, nada menos  que con Ignacio de Loyola: “Rosas se le asemejaba –nos dice- por el carácter dominador y ordenancista, rígido y tranquilamente duro, de juicio intenso y seguro, y al ser como aquel, tremendo analizador de la entraña humana, sagaz en la caza de voluntades, constructor, en fin, de caracteres de hierro”. Ello queda bien probado –¡ vive Dios! para quien lea la terrible “Proclama” del 13 de abril de 1835, definiéndose Rosas allí francamente ante los “logistas” e “impíos” unitarios –enemigos mortales suyos, de la religión y del federalismo criollo –a poco de ser plebiscitado como gobernador de la provincia de Buenos Aires por segunda vez, y “con la suma del poder público”  en la mano .

Dice así la dura proclama: “…Ninguno de vosotros ignora que una facción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha  desvirtuado las leyes, hécholas insuficientes para nuestro bienestar; ha generalizado los crímenes y garantizado la impunidad; hecho desaparecer la confianza necesaria en las relaciones sociales y obstruido los medios honestos de adquisición; en una palabra, ha disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y la perfidia.   La experiencia de todos los siglos nos enseña que el remedio  de todos estos males no puede sujetarse a formas, y que su aplicación debe ser pronta y expedita… Habitantes de la Ciudad y Campaña: la Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia: resolvámonos, pues, a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto  en confusión nuestra tierra: persigamos de muerte al impío al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor, que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe”.

Nadie había olvidado entonces, por cierto, el crimen aleve cometido impunemente contra la limpia persona del Gobernador Dorrego en 1828; y sobre todo el cobarde asesinato a mansalva de que fue víctima el ilustre general riojano Don Facundo Quiroga y su comitiva, en Córdoba, pocos meses antes de subir Rosas al poder en 1825 [1835]. Era la ley del Talión que aplicaba ahora la Dictadura nacional, en defensa propia: “ojo por ojo y diente por diente”!

EL “SER NACIONAL” Y NUESTRA INTEGRIDAD TERRITORIAL

“Abrirles puerta a la tierra”; había sido durante años, la obsesión permanente de los expedicionarios conquistadores de nuestro primitivo Tucumán, quienes, partiendo del Perú o de Chile, ambicionaban la proeza lograda recién por Garay en 1580 de fundar una ciudad puerto  que sirviera de segura comunicación  de aquel enorme y rico “Hinterland”, con la cabecera hispánica de Asunción del Paraguay en la cuenca del Plata, establecida por el caudillo Irala en1541; y desde luego, de accesible enlace con España por la vía atlántica.

      El precursor de este colosal plan integrista, que incluía también en su visión prospectiva a la que sería la Capitanía General de Chile fue –según lo tiene exhaustivamente demostrado Roberto Levillier- don Francisco de Aguirre: formidable guerrero nacido en Talavera de la Reina, que arribó en edad madura al Perú en 1536, participando allí en la contienda entre pizarristas y almagristas para luego, como lugarteniente del famoso Valdivia, desde el otro lado de la cordillera, incursionar por tierras de nuestro Tucumán recién descubierto, donde fundaría –no sin lucha-  la ciudad de Santiago del Estero en 1553; urbe decana de la colonización española en el actual Noroeste argentino.

     En efecto, escribe Levillier en el tomo II de su clásica “Nueva Crónica de la Conquista del Tucumán”: ”Aguirre ideó desde 1551 y 1552 la extensión de la conquista del Tucumán hacia el sur y hacia el océano. En 1553/4, después de haberse apoderado del Barco III –levantado por Juan Núñez del Prado- y haber trasladado ese pueblo, bautizándolo Santiago del Estero, recorrió, al parecer, la provincia de Esteco, el río Bermejo, las tierras del río Salado, llegó hasta los bordes del Paraná, por Gaboto, siguió el curso del río Tercero, vio la tierra de los Comechingones a 80 leguas de Santiago del Estero, destinada a ser el contacto de la tierra con un puerto a establecerse en el Mar del Norte… El punto que pensaba fundar Aguirre era, pues –con algún margen de relatividad-, el mismo que poblara Cabrera, a 80 leguas de distancia de Santiago del Estero (sierras de Córdoba) y entre dos ríos (Primero y Segundo) que salian de esas montañas y descendían corriendo hacia el Río de la Plata… Establecer una línea de fundaciones Copiapó-Buenos Aires, por San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero y Comechingones (Córdoba)  para unir el Mar del Sur con el Mar del Norte, asegurar contacto a las provincias mediterráneas con ambos océanos, dar salida  a los productos de Chile y del Tucumán y entrada a mercaderías y socorros por puertos en el Paraná y el Río de la Plata para evitar la navegación de dos mares por Portobello y Panamá (independizándose as i de la tutela peruana). Tal era –dice Levillier- la “ideología” de Francisco de Aguirre al fundar Santiago del Estero en 1553, asegurando acto seguido: “¡Qué hubiese sido Aguirre en la historia americana, si desenvuelve a satisfacción suya, el magnífico plan trazado!. En su sola mente: Londres, San Miguel, Calchaquí, Salta, Esteco, Córdoba de Comechingones, Gaboto, Buenos Aires. Y esto en 1556… en sus largas campañas no fueron las finalidades perseguidas minas de oro, sino tierras fértiles… Aguirre alentó el propósito de creas ciudades en Córdoba, en el Paraná y en el Río de la Plata (posteriormente fundadas por Gerónimo Luis de Cabrera y Juan de Garay), porque en esos puntos –concluye Levillier- había distinguido tierras propias para la agricultura, la ganadería y el intercambio”

      Este proceso colonizador del Río de la Plata, reseñado precedentemente culminaría con la segunda  fundación de Buenos Aires, que fue definitiva. Y constituye el anticipo histórico, muchas veces ignorado por los estudiosos del tema, de la geopolítica tenida en cuenta por Carlos III, a mediados de 1776, cuando el monarca –apremiado por la amenaza portuguesa que fuera contenida diez años atrás por las reducciones jesuíticas de la frontera oriental –se decidió a institucionalizar el último de los virreynatos hispanoamericanos en el Cono Sur. Anteproyecto este, en grande, de los que algo más tarde llevaría el nombre de Provincias Unidas del Río de la Plata: cuna y origen espléndido de nuestra nacionalidad actual.

      Aquel enorme triángulo territorial con salida a los dos océanos, extendíase del Perú hasta Tierra del Fuego. Comprendía diversas zonas abarcando: por el Norte, una parte del Trópico, y por el Sur, hasta la punta antártica del continente helado. La jurisdicción del nuevo Virrey debía imperar sobre las provincias de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán (comprendiendo Córdoba y Salta), Potosí, Santa Cruz de la Sierra, Charcas y todos los corregimientos, pueblos y territorios de Mendoza y San Juan del Pico, que estaban a cargo de la gobernación de Chile. Buenos Aires adquiría, con la creación del Virreynato, los tres instrumentos de la dominación: el político, el económico y el  militar, que posteriormente utilizaría para alcanzar su incipiente predominio.

      En efecto, desde su fundación, la ciudad-puerto (vía de comunicación obligada con la Asunción, estratégico baluarte  y salida forzosa al océano por el Oriente) fue cumpliendo  su triple destino hostigada por la presión de los portugueses, quienes, desde el Tratado de Tordesillas, habían ocupado las costas del Río Grande y ambicionaban apoderarse de la Banda Oriental del Río Uruguay, para llegar, así, a las orillas del Río de la Plata (como llegaron en 1680).

      En el año 1617 logra recién Buenos Aires adquirir el rango de capital de la gobernación de su nombre, independizándose por vez primera de la influencia política y económica de la Asunción. El pleito con los portugueses por la Colonia del Sacramento termina en 1777, con la victoriosa expedición de Pedro de Ceballos, quien inauguró, bajo tales auspicios, el Virreynato del Río de la Plata  creado ese mismo año. Sin embargo, la conquista de la Colonia no sofocó las ambiciones del secular enemigo. La manzana de las discordias hispano-lusitanas pasaría a ser, en adelante, Montevideo: la ciudad fundada en la Banda Oriental por Bruno Mauricio de Zabala para ahogar el contrabando que se hacía por el Sacramento.  La triunfante diplomacia de los Braganza respaldada y fomentada por Inglaterra trabajará, desde entonces, por la anexión total de aquella estratégica provincia hispanocriolla, buscando, además, la segregación de parte del Paraguay. Y el encono producido por la rivalidad de las regiones y ciudades más antiguas, próximas al aristocrático Perú, unido a aquellas pretensiones de los portugueses y agentes ingleses, urdidas desde el Brasil, tuvieron continuamente en jaque a los virreyes bonaerenses que se sucedieron en el gobierno hasta  1810

      Puesta en marcha desde Buenos Aires, la revolución de Mayo aparece en la palestra antiportuguesa, en primera fila: el caudillo José  Gervasio Artigas. Luego, el Gran Capitán de los Andes, José de San Martín estructurará su “Plan Continental” por el Oeste, levantando  desde Chile y Perú sus tres consignas políticas tradicionalmente integradoras; a saber: HISPANIDAD, INDEPENDENCIA, AMERICANISMO. Una prueba bien concreta de ello lo tenemos en el veraz testimonio de su íntimo amigo  Tomás Guido, quien fue testigo presencial de la célebre entrevista –con motivo de las fracasadas negociaciones de Punchauca en 1821- entre San Martín y el Virrey del Perú José de la Serna.

      Nuestro Libertador ambicionaba (a la sazón) el establecimiento –de común acuerdo con el gobierno español de entonces- de una monarquía constitucional independiente, abarcando, dicho reino americano: el Virreynato del Perú, por supuesto; la flamante nación chilena recién emancipada y toda el área territorial que estuviera a la fecha bajo la efectiva jurisdicción  del gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Audaz proposición ésta –según se verá-  que no tuvo buena acogida por parte de las autoridades limeñas en la emergencia.

      He aquí la transcripción literal de la propuesta sanmartiniana al virrey La Serna, tal cual resulta del testimonio fidedigno  recogido de primera mano  por el General Guido; confidente de San Martín. “He venido al Perú desde las márgenes del Plata –manifestó este a su interlocutor en Punchauca-, no a derramar sangre sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma España ha hecho  alarde al proclamar la Constitución de 1812 que V.R. y sus generales defendieron. Los comisarios de V.E. entendiéndose lealmente con los míos han arribado a convenir en que la independencia del Perú no es inconciliable con los grandes intereses de España, y que al ceder a la opinión declarada de los pueblos de América contra toda dominación extraña, harían a su patria un señalado servicio si fraternizando evitan una guerra inútil y abren las puestas a una reconciliación decorosa.  Pasó ya el tiempo en que el sistema colonial pueda ser sostenido por la España; sus ejércitos se batirán con la bravura tradicional de su brillante historia militar; pero los bravos que V.E.  manda comprenden que, aunque pudiera prolongarse la contienda, el éxito no puede ser dudoso para los millones de hombres resueltos a ser independientes, y que servirán mejor a la humanidad y a su país, si en vez de ventajas efímeras pueden ofrecerle emporios de comercio, relaciones fecundas, y la concordia permanente entre hombres de la misma raza, que hablan la misma lengua y sienten con igual entusiasmo el generoso deseo de ser libres. Si V.E. se presta a la cesación  y enlaza sus pabellones con los nuestros  para proclamar la independencia del Perú, se constituirá un gobierno provisional presidido por  V.E., compuesto de dos miembros más, de los cuales V.E. nombrará uno  y yo el otro, -habla siempre San Martín-; los ejércitos se abrazarán sobre el campo; V.E. responderá de su honor y de su disciplina; y yo marcharé a la Península si  necesario fuera, a manifestar el alcance de esta alta resolución, dejando a salvo en todo caso hasta los últimos ápices de la honra militar, y demostrando los beneficios para la misma España se un sistema que, en armonía con los intereses dinásticos de la casa reinante, fuese conciliable con el voto fundamental de la América independiente”.

      Para el gran caballero que fue nuestro Libertador (nombrado después “Protector” del Perú libre, casi inmediatamente), fracasó en su limpio y quijotesco intento de unificar el convulsionado mundo hispanoamericano, de común acuerdo con la Madre Patria, sobre la base de una monarquía constitucional independiente –de ser posible- encabezada por un príncipe español.

      Ahora bien, volviendo al arduo problema de la ocupación de toda la Banda Oriental por los ejércitos regulares al mando del general portugués Carlos Federico Lecor, comprobamos que ya en 1825 había Juan Manuel de Rosas cooperado e intervenido, como particular, en la campaña libertadora de Lavalleja, culminada en el Congreso de “La Florida” que declaró: “la incorporación de la Provincia oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata”. Tal actitud del entonces estanciero porteño, primo de los Anchorena, y que llegaría a gobernador de Buenos Aires en 1829, con su prestigio intacto, le es reconocida hoy no solamente por historiadores favorables como lo fue Adolfo Saldías, por ejemplo; lo declara en letras de imprenta, paladinamente, uno de sus denigradores máximos como lo sigue siendo Enrique de Gandia, quien en su libro “Los Treinta y Tres Orientales” ha escrito lo que sigue, textualmente: “Hoy se sabe perfectamente que Rosas estuvo, en Buenos Aires, en comunicación con los organizadores de la expedición  de los treinta y tres orientales. Ninguno de sus proyectos ni de sus secretos debió serle desconocido… Rosas en Southampton, se enorgullecía, en la carta de su amigo Reyes, de la ayuda que  había prestado a los patriotas orientales. “Recuerdo –decía- al fijarme en los sucesos de la república Oriental, la parte que tuve en la empresa de los treinta y tres”. Seguramente nunca se imaginó el estanciero de los  “Cerrillos” que durante su gobierno, se repetiría esta intervención, pero en términos tan resueltos que en aquel momento hubieran parecido inverosímiles.

      Los insólitos bloqueos  declarados, más tarde, a la Confederación Argentina, por las escuadras de Francia y Gran Bretaña, en estrecha alianza con los emigrados unitarios de Montevideo y con el “Pardejón” Rivera , volvieron a dar actualidad al viejo sueño de Rosas, quien (Ernesto Quesada lo señala en su obra sobre el Restaurador): “… no quiso reconocer las segregaciones de las antiguas provincias argentinas, de Montevideo, del Paraguay, de Bolivia…”; y que, afrontando toda clase de sacrificios y peligros: “… tendió a la reconstrucción de la nacionalidad argentina, dentro del molde histórico del Virreynato”.

AQUÍ  Y  AHORA

      Ha llegado al fin –creo yo, señoras y señores- la hora tan esperada por los patriotas de intentar, aprovechando circunstancias de afuera que no hemos buscado, el recobro de nuestras olvidadas afinidades en el hemisferio al que pertenecemos, por designios del Creador y de España.  Diríase que recién los argentinos estamos preparándonos para afrontar una tremenda responsabilidad: la restauración paciente de aquel conjunto de pueblos hermanos en la lengua, la sangre y la fe –por desgracia dispersos  desde hace más de un siglo, en repúblicas separatistas- a efecto de hacerla valer en el nuevo orden del mundo que despunta.

      Y es que nunca como al presente se hace posible, señores, el reagrupamiento  en haz de naciones que componen un vasto sector de la América Meridional cuyas nombres alumbra la Cruz del Sur. No en vano ha corrido tanta agua bajo los puentes de la Historia, desde 1850 hasta nuestros días.  Los factores  contemporáneos recurrentes  a este antiguo objetivo geopolítico son múltiples y complejos; pero acaso, por eso mismo, se hace evidente la impostergable necesidad de traducirlos en HECHOS, a riesgo de DEJAR DE SER, en un tiempo que impone poderosas concentraciones nacionales. Ardua tarea ésta, que requiere, por los mismo, el apoyo incondicional  de la juventud decidida e inteligente, al servicio espiritual, político y económico de una grandeza posible para todos los pueblos hispanoamericanos del área.

      Porque, señores, la tradición viva no escosa rearchivos o de museos. Actúa en las entrañas, imperceptible, como la sangre que va irrigando las vísceras de un cuerpo en estado de salud.  Desconocida y aun falsificada por pedagogos o malos gobernantes, la tradición se resiste a ser enterrada como una momia en el sarcófago de aburridas rutinas. Ella responde a necesidades reales del Bien Común Social ; y está, en cualquier caso, por sobre las utopías y sistemas abstractos  con que pretenden suplantarla los fracasados ideólogos –fanáticos de la violencia a veces, o los tecnócratas del  “desarrollo” materialista universal –cualquiera sea su signo- por ellos dictatorialmente perseguido.

      Por eso, y apremiados además por hechos concretos de frontera que están afectando de algún modo  la soberanía nacional, hemos de volver a juntarnos en día no lejano –a pesar de las defecciones de ayer y las dificultades actuales-: argentinos, uruguayos, paraguayos bolivianos (Y acaso hasta los chilenos también) en fraternal y generosa  alianza, salvaguardando nuestros territorios de cualquier pretensión foránea.  No sólo contra la izquierda marxista en el campo ideológico, también en el de las soberanías de cada patria. Sin antifaces exóticos, pues, habremos de reconocernos al fin de la larga jornada, en el claro espejo del propio pasado católico y cultural al que pertenecemos todos.  Porque nuestras relaciones mutuas, al fin de cuentas,  no son algo convencional y extranjero cuya unificación se nos impone en beneficio de otras potencias fuertes –fronterizas o no-; se trata, en la Cuenca del Plata, de unidades regionales antiguas del mismo origen, mutiladas con habilidad hace mucho más de cien años por un sutil enemigo siempre enmascarado.

      ¿Están faltando acaso me pregunto en este momento- estadistas de envergadura en la Argentina actual?. Inspirémonos, mientras aquí vayan apareciendo, en el ejemplo de ilustres antepasados fundacionales de la talle de Francisco de Aguirre (primer gobernador del Tucumán autónomo, en 1564); de Hernandarias (primer gobernador del Río de la Plata autónomo, en 1617); de Pedro de Ceballos, primer Virrey “interino” del Río de la Plata, en 1776). Todos ellos antepasados creadores de naciones: como lo fueron en el siglo XIX San Martín y Rosas. Y eduquemos prolijamente a nuestras generaciones jóvenes en el difícil arte de predicar una diplomacia  integradora, patriótica, generosa, con planes concretos de corto y largo plazo. Una diplomacia madura, flexible pero firme; concediendo en ocasiones pero nunca cediendo; sin “slogans” grandilocuentes  ni fanfarronerías electoralistas de demagogos. No podemos seguir inertes, dormidos en lo internacional, a la rastra de las grandes potencias de turno. Eso es quedarse en el coloniaje. ¡Resignación inaceptable!

      Nuestra tarea política  del momento sería, entonces, posibilitar pacientemente una voluntaria unión confederativa de naciones vecinas libres, apuntando al futuro; pero con claro sentido tradicionalista e Histórico. Una unión confederativa de pueblos afines –en lo cultural y sin descuidar lo económico- para la defensa mutua interna e internacional.  Obra del  “instinto de conservación”  comunitario, que diría Toynbee. Y ahora que África  parece  dominada desde Angola por los marxistas cubanos al servicio de Cuba en el Atlántico Sur, con mayor razón aún.

      Compatriotas ¿lograremos algún día los argentinos, robustecer de nuevo en el Río de la Plata (con enemigos concretos a la vista) nuestra amenazada seguridad exterior antes que sea demasiado tarde? ¡He aquí el gran desafío que debemos afrontar urgentemente, si queremos ser fieles a nuestro destino!
      Y finalizo, señoras y señores, leyendo con emoción estas hermosas estrofas optimistas –quizás proféticas- de Rubén Darío, el gran poeta hispanoamericano del siglo que vivimos:

“Únanse, brillen, secundense, tantos vigores dispersos
Formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas ínclitas razas,
Muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
Que regará lenguas de fuego en esa epifanía…”+

*Conferencia publicada en  VERBO, marzo 1979