domingo, 22 de mayo de 2016

El dogma de Mayo: derribando el mito de la independencia americana (3-4)

Por: P. Dr. Javier Olivera Ravasi

2. Las verdaderas causas de Mayo

Mayo fue, primero que nada, autonomía y no independencia. Se trató de un tema institucional; “autonomía” quiere decir el “gobierno propio”, darse la propia ley como en este caso, donde el Virreinato del Río de la Plata, resolvió darse el gobierno por sí mismo, pero no se trató en absoluto de un “quiebre” con la madre Patria, España. La Junta Provisional, a nombre de nuestro señor don Fernando VII, se establece justamente para preservar sus derechos, es decir, de ninguna manera se socava la soberanía del rey, sino que, al contrario, se la resguarda con esta creación autonómica.

Un recurso a la paradoja sería: si el 25 de Mayo fue la “independencia de España” ¿qué diablos celebramos en el 9 de Julio?

La pregunta no tiene respuesta y tanto se ha machacado sobre esto que, al adjudicar a Mayo los ideales republicanos, democráticos e independientes, se quedan sin saber qué discurso dar en los actos del colegio con el cuadro de la casita de Tucumán de 1816. Se intenta condensar como en una torta la independencia, la república y la bendita democracia. La palabra a rescatar y repetir será entonces “autonomía”. ¿Y por qué autonomía? Veamos

Esta palabra que parece nueva ahora estaba en boca de todos allá por 1810, al menos de todos los seres medianamente instruidos. El Virreinato del Río del Plata se regía por las Leyes de Indias de 1680; allí, en la ley 1, titulo 1, libro 3º, se decía que el rey por donación de la Santa Sede Apostólica, y otros justos y legítimos títulos, era señor de las Indias Occidentales, islas y tierras firmes, en el mar océano, descubiertas y por descubrir, y que estaban incorporadas a su la corona real de Castilla. A continuación, se decía que en ningún momento podían ser separadas de la real corona, por ningún caso, ni en favor de alguna persona. “Prometemos y damos nuestra fe y palabra real por Nos y los reyes nuestros sucesores de que para siempre jamás no serán enajenadas ni apartadas en todo o en parte, ni sus ciudades ni poblaciones, por ninguna causa o razón o en favor de ninguna persona; y si Nos o nuestros sucesores hiciéramos alguna donación o enajenación contra lo susodicho, sea nula, y por tal la declaramos”.

Sucede que, como narra el historiador Jaime Delgado, “América no constituía una colonia de España, algo externo a ella que pudiera ser vendido o canjeado”[1], de ahí que ya Carlos V en 1520, había sancionado que las Indias eran inalienables e inajenables a la corona de Castilla, en concordancia con las antiguas disposiciones contenidas en la ley de Las Partidas de Alfonso X, el Sabio, es decir, un código fundamental tanto en la península como en América; allí se decía que estando vacante el trono por enfermedad o incapacidad del rey, y si éste no había dejado regente, el poder volvía a los pueblos, no en el sentido filosófico del término, sino pragmático, es decir, de gobierno. Y fue lo que sucedió en Mayo.

“Se vivía muy bien en Buenos Aires… los virreyes que se sucedieron desde 1777 no fueron tiranos… Al comienzo del siglo XIX, a pesar de la propaganda filosófica, a pesar del ejemplo de la independencia de los Estados Unidos, a pesar de las declaraciones de la Revolución francesa que afirma el derecho de los pueblos a disponer e sí mismos… no existe, salvo en algunos exaltados, el deseo de emancipación”[2].
¿Qué fue lo que pasó entonces?

En Mayo de 1810 la corona estaba vacante; el rey Fernando VII, como dijimos más arriba y que detentaba la corona de Castilla, había sido apresado en castillo de Valençay por Napoleón Bonaparte sin dejar ningún regente, es decir, un representante. El trono entonces, se reputaba vacante, por lo que, según las leyes, la potestad volvía a los Cabildos.

La doctrina del regreso del poder a los pueblos era ampliamente conocida y se enseñaba en toda América, al menos en las facultades de Leyes y era completamente conocida en la Universidad de Charcas, de Chuquisaca donde habían estudiado entre otros, Juan José Castelli y Mariano Moreno, ambos abogados en el Río de la Plata, por citar sólo a algunos.

Fue por ello que el proceso comenzado en 1810 se dio de modo pacífico y generalizado, no sólo en Bs.As., sino también en Caracas, Bogotá, Santiago de Chile, es decir, en casi todas las capitales de las Indias Occidentales, convirtiéndose no en un suceso asilado, sino americano, donde la doctrina aplicada sería la misma: a trono vacante y sin regente, autonomía provisoria. La argumentación era irrebatible.

Vale la pena aclarar que, como dijimos más arriba, no se trata acá de una doctrina filosófica o política de la “soberanía del pueblo” o de que el “poder viene del pueblo”. En este caso las doctrinas de Rousseau o Suárez no tuvieron la menor injerencia en cuanto a la aplicación práctica. Se trataba aquí de una norma de derecho público hispano y hasta de supervivencia, pues no se puede vivir sin ser regidos de algún modo. Como bien señala Díaz Araujo, cuando el Cabildo decrete la autonomía no por esto estará en contra de España y su legado: “no repudiaban a Quevedo, Tirso de Molina o a Fray Luis de León; tampoco las Cruzadas, la Reconquista o el Descubrimiento colombino, sino al ilegítimo Consejo de Regencia”[3].

Por esto, en 1810, como dijimos, no se reparten escarapelas con colores de una nueva bandera, sino una cinta blanca en señal de unión entre “españoles europeos” y “españoles americanos”, y la prueba es la unión que existe por aquí en la misma Junta Provisional, donde dos “españoles europeos” participan: Matheu y Larrea.

No existía esa “discriminación” de la que se habla ahora; la mitad del cabildo de Buenos Aires era criollo. Obispos, encargados del Consulado, de la Superintendencia de Real Hacienda, de las Comandancias de Armas, los jefes de los regimientos, casi todos ya eran “españoles americanos”, es decir, criollos.

Los “tres siglos de despotismo hispano” que muchos ideológicamente intentan ver, es sólo el trasladado intelectual que hacen del Contrato Social de Rousseau a estas tierras. En América del Sur no había ningún despotismo; al contrario. Sólo con esta prueba baste: en Buenos Aires, el Virrey disponía sólo de un Regimiento seguro, el de Dragones, que no tenía más de 700 hombres para controlar, por lo pronto, a la ciudad de Buenos Aires que tenía por aquél entonces unos 60.000 habitantes. Si hubiese habido una rebelión, con ese número era imposible contrarrestarla. La realidad es que la convivencia era pacífica. ¿Por qué? Porque se aceptaba la autoridad del rey, simplemente por eso, todos eran  monárquicos, todos eran realistas y acataban al rey.

Y al rey se lo acataba porque no solamente era el rey por el cargo de que venía por dinastía, hereditario, sino que también era el señor de América por la donación papal, y principalmente era considerado el padre de la familia imperial, de todos los súbitos del imperio.

La causa principal de la autonomía es la crisis del imperio español. El imperio español que había dominado el mundo en tiempos de los Austria, había sido veinticuatro veces más grande que el imperio romano, un imperio enormemente justo que, ya en tiempos de Felipe II y antes de Marx, se había impuesto la jornada legal-laboral de ocho horas; un imperio enormemente culto que, mucho antes que los norteamericanos tuvieran la universidad de Harvard, ya había en la América hispana 16 universidades.

Como bien dirá Don Agustín de Iturbide en su proclama del 24 de Febrero de 1821: “Trescientos años hace la América Septentrional de estar bajo la tutela de la nación más católica y piadosa, heroica y magnánima. La España la educó y la engrandeció, formando ciudades opulentas, esos pueblos hermosos, esas provincias y reinos dilatados que en la historia del universo van a ocupar lugar muy distinguido”[4]. Este gran imperio que estaba extendido por toda la tierra y por todos los mares empezó a decaer ya en tiempo de los Austria, y sobre todo se acentuó esta decadencia en tiempo de los Borbones, como dijimos.

Este imperio va a caer en crisis, como leímos más arriba por la situación política y el rey Fernando VII va a ser detenido en Valençay; no hay regente. ¿Qué hace España entonces? La Junta local, es decir los Cabildos que hay en España, resuelven asociarse, y crear una Junta Central, que se la va a conocer como la Junta Central de Sevilla que se atribuirá, sin que el rey lo permitiera, la representación del rey, por lo que carece de legitimidad. Sea como sea, Buenos Aires jurará –malamente pero lo hará– fidelidad hasta esa Junta.

Dicha Junta Central, de tinte liberal, declarará entre sus primeros actos la igualdad de todos los españoles de los diversos continentes, lo que era una enorme injusticia, pues hacía que las Indias Occidentales perdieran los privilegios que poseía desde 1520, al poder gobernarse con leyes propias. De todas partes de América, entonces, se produjo una respuesta al unísono: “estáis usurpando el derecho de América con el pretexto de hacernos iguales”.

Dicha Junta Central, a diferencia de lo que sucede en América, sí toma la ideología francesa y se alía, como dijimos más arriba con Inglaterra. Sin embargo, luego de la toma de Sevilla por parte los franceses, la Junta Central termina por disolverse en enero de 1810.

Algunos diputados, escapándose de allí, terminan refugiándose en la Isla de León (Cádiz), bajo la protección de los barcos ingleses, donde intentan dar vida a una nueva Junta que nacerá abortada. Viéndose acorralados, sus integrantes decidirán escapar a Inglaterra y aquí entrará en juego un personaje inglés, el vicecónsul John Hooklam Frére quien, los obliga a fundar un Consejo de Regencia bajo su guía; es decir, bajo la guía de Inglaterra. Tal era la sumisión de estos políticos españoles que será el mismo Hooklam quien les dicte los nombres de cuatro de los cinco integrantes de ese Consejo de Regencia…

Para todo esto, podemos imaginar la nula legitimidad de este supuesto gobierno. Este es el gobierno que aquí, en América, querían que se acatara… Ya no había que obedecer a la corona de Castilla, sino a los designios de un vicecónsul inglés… Como bien señala José María Rosa, “Los españoles luchaban por su independencia contra Napoleón pagando el precio de abandonarse a la dependencia británica… y hacia Mr. Hooklam Frére. En realidad, en febrero de 1810 sólo quedaban las apariencias de España”[5].

Como documento indiscutible se encuentran las mismas memorias Saavedra, de la cual ya hemos hablado. Allí, hablándole al virrey que aún pedía sumisión, el presidente de la Junta dirá de España:

“Todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador (Napoleón), excepto Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir… -¿Cádiz y la Isla de León son España?¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la Isla de León?¿Los derechos de la corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la Isla de León…? No señor; no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses; hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que dio a V.E. (la Junta Central) autoridad para mandarnos ya no existe; por consiguiente tampoco V.E. la tiene ya”[6].

Ese Consejo de Regencia no fue reconocido en ninguna parte de América, y esa es la causa de la revolución de Mayo. Se declara en toda América que el Consejo de Regencia instalado en Cádiz es usurpador, y no tiene ningún derecho a gobernarnos, por ello, cuando llegó la noticia de la instalación de esta supuesta “regencia” se terminó en estas tierras la obediencia, la lealtad, el fidelismo a esos gobiernos españoles pero no al rey.

Pero volvamos a Buenos Aires.

Las noticias de la caída de Junta Central de Sevilla, a la que aún se le debía cierta obediencia y a la que se había jurado, llegó a estas costas alrededor del 18 de Mayo de 1810. Las “brevas están maduras”, diría Cornelio Saavedra, reputado siempre el más prudente de la Junta. La élite patriota o los criollos más encumbrados, se venían reuniendo ante los sucesos que se desarrollaban para ver qué se haría cuando llegase la noticia, pues se sabía que España del sur sería derrotada y que Napoleón iría a gobernar toda España y que, por ende, ya Napoleón ya Inglaterra, querrían apoderarse de estas tierras americanas.

Era necesario actuar y actuar con rapidez. Se trataba de implantar un gobierno a la defensiva; a la defensiva de la Francia napoleónica y de Inglaterra.

Dos partidos se reúnen con sus principales líderes: el de Patricios, por el Regimiento que llevaba ese nombre, cuyo jefe era el teniente coronel Cornelio Saavedra y el partido de los letrados, es decir, de los abogados, cuyo jefe era Juan José Castelli.

Había un tercer partido importante, que había intervenido el año anterior, queriendo establecer una junta, también autonómica, el partido del alcalde de primer voto, don Martín de Álzaga, quien por ese entonces se encontraba en una actitud dubitativa sin saber qué actitud tomar.

Además, había un cuarto partido: el de los funcionarios, que es un modo de denominarlos, es decir, el partido correspondiente al Virrey Cisneros y los que trabajaban para él (oidores, los principales funcionarios, etc.), que intentarán, naturalmente, hacer todo lo posible para que todo entre en una pausa para mantener sus cargos (nada de esto será posible, pues sus cargos habían cesado desde el momento en que la Junta Central había desaparecido).

Notas
[1] Jaime Delgado, La Independencia Hispanoamericana, Instituto de Cultura Hispánica, Madrid 1969, 80.
[2] Raymond Ronze, Nacimiento de una nación. La Reconquista (1806), la Defensa (1807) y el 25 de Mayo de 1810, en “Trabajos y Comunicaciones”, Universidad Nacional de La Plata, Facultad de Humanidades, Departamento de Historia, La Plata 1969, nº 9, 150.
[3] Enrique Díaz Araujo, op. cit, t. 1, 57.
[4] Mariano Cuevas. Historia de la Nación Mexicana,  México 1940, 227.
[5] José María Rosa, Historia Argentina II. La Revolución (1806-1812), Juan C. Granda, Buenos Aires 1964, 115-116.
[6] Cornelio Saavedra, “Memoria autógrafa, t. 1” en AA.VV., Los años de la emancipación política, Editorial Biblioteca, Rosario 1974, 71-72.

Tomado del Blog "Que no te la cuenten":
https://quenotelacuenten.com/2015/05/21/el-dogma-de-mayo-derribando-el-mito-de-la-independencia-americana-3-4/

domingo, 15 de mayo de 2016

El dogma de Mayo: derribando el mito de la independencia americana (2-4)

Por: P. Dr. Javier Olivera Ravasi

Para poder darnos cuenta de lo que se respiraba en el aire por aquellas épocas, nos baste con leer las siguientes estrofas de cierta “Canción Patriótica” aparecida en el diario “La Gazeta de Buenos Ayres” del 28 de Octubre de 1810 y escritas por el poeta Valdenegro[1]:

No es la libertad
que en Francia tuvieron
crueles regicidas
vasallos perversos:

Si aquellos regaron
de su patria el suelo
con sangre, nosotros
flores alfombraremos.

La infamia y el vicio
fue el blanco de aquellos
heroica virtud
es el blanco nuestro:

Allí la anarquía
extendió su imperio
lo que es en nosotros
natural derecho.

Nuestro Rey Fernando
tendrá en nuestros pechos
Su solio sagrado
con amor eterno:

Por rey lo juramos
lo que cumpliremos
con demostraciones
de vasallos tiernos.

Mas si con perfidia
el Corso sangriento
a nuestro Monarca
le usurpase el Cetro
muro inexpugnable
en unión seremos
para no admitir
su tirano imperio.

Si la dinastía
del Borbón excelso
Llega a recaer
en José 1º
nosotros unidos
con heroico esfuerzo
no hemos de adoptar
su intruso gobierno.

De allí, si se quisiera colocar a la Revolución Francesa y su ideología como una “causa” de la Revolución de Mayo, habría que aclarar que operó justamente en sentido contrario a lo que vulgarmente se afirma, es decir, influyó por rechazo a ella y no por imitación.

b. Segunda falsa causa: el modelo y la ayuda de USA
Hace ya varios años que un lamentable ministro de relaciones exteriores argentino lanzó esta frase que quedó inmortalizada. Al ser preguntado en Washington sobre cuál iba a ser la relación entre ambos países, respondió:
“No queremos tener relaciones platónicas: queremos tener relaciones carnales y abyectas”.
El deseo o la libido dominandi del canciller Di Tella en realidad no era propio, sino que estaba en la misma savia que lo había visto crecer: la liberal. Sus predecesores también deseaban compartir la intimidad de esos Estados Unidos en las revoluciones emancipadoras pues si “los defensores de la democracia y la libertad” nos habían ayudado, íbamos por buen camino.
Nada más falso.
Durante los sucesos de Mayo el gobierno de los Estados Unidos no sólo decidió ser absolutamente neutral sino que jamás ayudó en lo más mínimo. Así lo afirman sus mismos autores al decir que “el tema general de las revoluciones hispanoamericanas no fue considerado por el Congreso de los Estados Unidos hasta fines de 1811”[2]. Para esa época “los Estados Unidos ni piensan en el reconocimiento de la Independencia de nuestra Patria, son, por lo demás, celosos de su neutralidad” pues “la mayoría de los hombres cultos de la época no aspiraban ni preveían otro sistema (que la monarquía). El ejemplo republicano de Norteamérica no estaba presente ni difundido”[3].
Tampoco –como dijeron algunos– influyó en Mayo de 1810 la Constitución estadounidense de 1787, pues la primera traducción al castellano por estas tierras, se conoció recién en 1816.
Pero entonces…, ¿por qué? ¿por qué una nación imperialista como USA no se interesó en influir para que nos independizáramos de España y fuésemos libres?¿acaso no hubiese sido más fácil para ellos lidiar con varias republiquetas sueltas y no con la legendaria España? La pregunta es correcta, pero nos olvidamos de dos datos clave: el primero es que para 1810 los nacientes Estados Unidos se encontraban en tratativas con el gobierno español para la compra o donación de las Floridas (concretada en el Tratado Adams-Onis de 1819); para ese entonces, John Quincy Adams, secretario de estado y luego presidente, había resuelto no inmiscuirse en absoluto con Hispanoamérica a riesgo de perder las tratativas; más vale pájaro en mano…
El segundo es que al hacer esto peligraban las relaciones comerciales con España, como lo señala el afamado historiador Pierre Chaunu: Estados Unidos “sacrificó sus simpatías por los sublevados a su papel de proveedora (de España). El provecho obtenido en el comercio peninsular aventajaba a lo obtenido en las Indias”[4].
El Tío Sam no participó.

c. Tercera falsa causa: la ayuda inglesa
“Mayo fue posible gracias al influjo benéfico de Inglaterra. ¡God save the Queen!”, dicen los anglófilos. Si Gran Bretaña nos había ayudado, entonces estamos en deuda eternamente con ellos.
Para ello se apela a la figura del conocido embajador que Inglaterra tuvo por aquella época en Río de Janeiro, Lord Strangford, a quien se agradece haber no sólo apañado sino hasta dirigido la revolución de Mayo para conquistar políticamente lo que no habían podido dominar por las armas en 1806-1807 (durante las invasiones inglesas). Pero no sólo esto; entre las intenciones de Inglaterra en nuestra autonomía e independencia, se alegan los deseos que la corona inglesa tenía de conseguir la libertad de comercio por estas tierras.
Para despejar el primer equívoco hay que decir que la libertad de comercio no hacía falta buscarla en 1810; gracias a las gestiones del Dr. Mariano Moreno, abogado de Liga de comerciantes londinenses presidida por Alex Mackinnon, el virrey Cisneros había decretado en 1809 la libertad de comercio.
En cuanto a lo que se dice respecto de Lord Strangford, justamente lo que aconsejó fue lo contrario, es decir, un statu quo con la España ocupada por Napoleón; nunca la emancipación o independencia. Pero, podríamos preguntarnos al igual que con Estados Unidos: ¿acaso no les convenía? ¿No habían sido los ingleses los que, sólo tres años antes habían intentado tomar Buenos Aires?
Hay un dato fundamental que muchos ignoran (o quieren ignorar) y es el cambio profundo en las relaciones entre España y de Inglaterra por aquellos años.
La tierra el Quijote se encontraba en decadencia no sólo moral sino política. Desde hacía tiempo que, con los Borbones, había comenzado a adoptar lo peor de sus vecinos en ascenso: Inglaterra y Francia; fue especialmente unida a esta última que su antigua Armada Invencible (como se llamaba a la flota española) había sido derrotada en Trafalgar (1805) por los barcos ingleses. Todo esto llevaba a que Gran Bretaña se viese convertida prácticamente en dueña y señora de mares continentes, cosa que se vio en la práctica en Buenos Aires durante las invasiones inglesas.
Pero la enemistad entre España e Inglaterra duraría poco.
En 1808 y luego de la invasión de las tropas napoleónicas en España, el rey Fernando VII se vio obligado a deponer su trono en manos de José Bonaparte, hermano de Napoleón. Dicha intromisión hizo que, especialmente en el sur de España, se intentase un movimiento restaurador que lograse buscar la alianza con Gran Bretaña para que acudiese en su ayuda. Es aquí entonces cuando Inglaterra pasa de ser enemiga a protectora y, por ende, lo que menos desea es una rebelión en las Indias occidentales. Quizás, lo que no había logrado con las armas, podría obtenerlo con la diplomacia luego de un par de años de política internacional.
De ahí se entiende por qué, como bien señala un historiador norteamericano, “los estadistas británicos vieron con malos ojos los movimientos de rebelión en la América hispana. Estaban empeñados en una lucha terrible contra Napoleón y les molestaba todo disturbio que tendiera a debilitar a su aliado español”[5]. Así lo declaraba el mismo Lord Srangford a la Primera Junta a un mes de los hechos de Mayo de 1810: “Las autoridades de Buenos Aires pueden descansar que no serán incomodados de modo alguno siempre que la conducta de esa capital sea consecuente y se conserve a nombre del Sr. Dn. Fernando 7º y de sus legítimos sucesores”[6].
Es un hecho pocas veces narrado, pero se encuentra en todos los documentos de la época. Inglaterra era aliada de España contra Francia. Quizás los que más han contribuido en la confusión o silencio de esta realidad hayan sido los mismos historiadores españoles, a quienes duele aceptar que España, en ese momento desgraciado de su historia, había pactado ni más ni menos que con su antigua enemiga.
En este sentido, Inglaterra no sólo no es neutral como USA sino que, al estar aliada con la regencia española, es nuestra enemiga.
Entonces, las tres supuestas grandes causas, ideológicamente inventadas,  desaparecen ante los hechos: ni las ideas de Francia, ni Estados Unidos con su gobierno y su constitución, ni Inglaterra con su comercio y su embajador en Río de Janeiro[7].

Notas:
[1] Carlos Ibarguren, Las sociedades literarias y la Revolución Argentina (1800-1825), Espasa-Calpe, Buenos Airs 1937, 157-158.
[2] Harold F. Peterson, La Argentina y los Estados Unidos 1810-1960, Eudeba, Buenos Aires 1970, 18.
[3] Héctor Tanzi, Juan José Paso. El político, Ciudad Argentina, Buenos Aires 1998, 56
[4] Pierre Chaunu, Historia de la América Latina, Eudeba, Buenos Aires 1964, 75.
[5] Fred Rippy, La rivalidad entre Estados Unidos y Gran Bretaña por América Latina (1808-1830), Eudeba, Buenos Aires 1967, 3.
[6] Archivo General de la Nación, Correspondencia de Lord Strangford y la estación naval británica en el Río de la Plata con el gobierno de Buenos Aires, Buenos Aires 1941, 80.
[7] Las otras “causas” que se alegan pero que ni vale la pena repetir son por ejemplo las que dicen que Mayo fue la conclusión de un proceso revolucionario indígena que comenzó con Túpac Amaru… (si hubo quienes no tuvieron ninguna intervención en Mayo fueron los indígenas). Tampoco se trató de la opresión de los españoles contra los criollos que “no tenían acceso a los cargos públicos”. Para esto basta ver cómo se conformó la Primera Junta, con mayoría de criollos. En realidad, la división entre “españoles americanos” y “españoles europeos” (como se los llamaba antaño) será después de 1810 y acicateada por las facciones liberales.

Tomado del blog "Que no te la cuenten": 

miércoles, 11 de mayo de 2016

El dogma de Mayo: derribando el mito de la independencia americana


P. Dr. Javier Olivera Ravasi

“¡Vosotros resumís la gloria (…) por el triunfo del Dogma de Mayo” (Esteban Echeverría, El dogma socialista).



Poco tiempo atrás, en el 2010, hemos celebrado en la Argentina el Bicentenario: “Mayo de 1810, el primer grito de libertad”, se leía en los carteles mientras que bautizábamos las estaciones, los estadios y las avenidas con sus nuevos nombres; sin embargo, si al peatón común y silvestre le preguntaban qué se festejaba, varios hubiesen respondido con la “historia oficial”, que Mayo fue la Independencia de un pueblo que, asqueado de la dominación española y embebida en las ideas de la Revolución Francesa, a ejemplo de Estados Unidos y con el apoyo inglés, se abalanzó hacia el Cabildo para librarse del yugo tiránico impuesto por la cruz y la espada real. Para ello, grandes patriotas como Mariano Moreno, dieron su vida frente a aquellos intolerantes que no se animaban a transitar el camino de los pueblos libres.

En fin, mejor no me sale…

Pero vayamos por partes; ¿por qué inventar una historia? ¿para qué reescribir lo que fue la Revolución de Mayo?

1. La reescritura de Mayo y sus falsas causas

¿Quién no ha recortado en la primaria las figuritas de French y Berutti repartiendo escarapelas ante el pueblo agolpado de la Plaza de Mayo bajo la lluvia, mientras gritaba: “¡El pueblo quiere saber de qué se trata!”? En realidad, no ganaríamos mucho si dijésemos que hoy lo de los paraguas y las escarapelas no lo sostiene ningún historiador serio: ni los paraguas existían en aquella época (o mejor dicho, eran enormes sombrillas con un peso de unos 5 kg, hasta que 1816 los franceses inventaron el que conocemos), ni hay certezas de que esa tarde lloviera, ni la gente que llegó a la plaza era tanta pues cabían todos bajo las galerías del Cabildo. Por su parte, French y Berutti no repartieron escarapelas (la escarapela fue inventada recién en noviembre de 1811) sino unas cintas blancas con el retrato del Rey español Fernando VII que habían sobrado del día en que se juró fidelidad al rey. Pero ¿de dónde salió entonces todo esto? De la historia oficial y de una ignota pintura del siglo XX atribuida al italiano Ceferino Carnachini (o al catalán Francisco Fortuny) y repetida en todas las revistas infantiles.

Pero si fuese solo eso, vaya y pase pues se trata de errores menores y casi sin importancia. La falsedad de Mayo tiene un matiz mucho más serio y una composición cuidadosamente pensada especialmente luego de las batallas de Caseros (1852) y Pavón (1861) en las cuales el partido liberal se coronó definitivamente como ganador; de allí en adelante dos escritores fueron los encargados de recrear la nueva historia de Argentina: Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre. ¿Por qué? Porque hacía falta mostrar que Argentina no había nacido católica y monárquica, sino laicista y democrática, de lo contrario, ellos se encontraban en el partido equivocado y luchando contra la Patria…

Uno de los libros que más influencia tuvo para este fin fue la novela de Fidel López titulada “La gran semana de 1810. Crónica de la Revolución de Mayo”, publicada en 1896 y escrita según el autor a partir de unas copias de unas “cartas fraguadas” encontradas “en el baúl de la parda Marcelina Orma”[1]; en fin, siempre la historia la han escrito los poetas… No importaba que fuese novela, el hecho es que se narrara lo necesario.

Por otra parte Mitre, el biógrafo “oficial” de San Martín y amante de Inglaterra, sin esconder su encono contra España, ensalzaría las ideas liberales de ciertos protagonistas de Mayo que anhelaban, como él, un certificado de nacimiento británico: “A América del Sud –decía– le tocó el peor lote… pues España y Portugal transportaron a sus nuevas colonias su absolutismo feudal y sus servidumbres… Más feliz, la América del Norte fue colonizada por una nación que tenía nociones prácticas de libertad y por una raza viril mejor preparada”[2]. En fin: ideas racistas, que le dicen ahora.

Pero vayamos a las falsas causas de Mayo que, a fuerza de repetirse, se nos han grabado casi inconscientemente en nuestro inconsciente colectivo, cada vez más inconsciente.

2. Primera falsa causa: la Revolución Francesa

“El ladrón piensa que todos son de su condición”, reza el dicho; y el revolucionario piensa lo mismo.

Como ya sabemos, en 1789 se había desatado en Francia, bajo el reinado de Luis XVI, esa nefasta revolución que, al grito “libertad, igualdad, fraternidad… o muerte”, había guillotinado y masacrado pueblos enteros con sus románticas ideas republicanas. Formados en una ideología no sólo antimonárquica sino también anticristiana, sus ideólogos y promotores habían pasado la mayor parte del siglo XVIII preparando “la gran revolución” que terminaría con la cabeza del rey. “¡Abajo las cabezas de los tiranos y los curas!”–gritaban.

Bien; siguiendo la narración de la historia oficial, en esta parte del globo la mayoría de los protagonistas de Mayo habrían leído estos libros prohibidos para llevarlos a la práctica, por lo que,… ¡Argentina también había tenido su “gran revolución”! Francia había luchado contra Luis XVI y aquí lo habíamos hecho contra el tirano Fernando VII!

Pues lamentamos ser aguafiestas, pero mal que les pese a los amantes de la guillotina y el terror, nada estuvo más lejos de esto; no sólo porque poquísima gente estaba en condiciones de leer a los revolucionarios franceses (el autor liberal Camilo Enríquez, dice en Chile, para esa época, sólo seis personas leían francés) sino porque además de leerlas, habría que haberlas compartido y llevado a cabo, cosa que –veremos- no fue así en Mayo de 1810. Es cierto que un grupúsculo extremista con Mariano Moreno a la cabeza, habían leído al menos a Rousseau, pero jamás se animarían siquiera a citar las ideas de la Revolución Francesa, que por ese entonces estaba asociada aún a las palabras “terror”, “guillotina”, “matanzas”, “Danton”, “Robespierre”, etc… Eran, como decimos hoy, políticamente incorrecto.

Es más, cada vez que por algún motivo surjan en las discusiones del Cabildo las palabras “revolución francesa”, ellas irán siempre acompañadas de otra expresión: “el horror”.

“Hay que evitar el horror”, decían.

Para muestra baste este botón que trae a colación el P. Furlong: durante la sesión del 22 de diciembre de 1810, por insistencia de Moreno, el Cabildo había adoptado el “Contrato Social” de Rousseau como texto obligatorio para las escuelas (la medida, al parecer, había sido sacada entre gallos y medias noches); apenas un mes y medio después los cabildantes determinaron su supresión pues “no era de utilidad a la juventud y antes bien pudiera ser perjudicial”[3].

El mismo presidente de la Junta, Cornelio Saavedra denunciaba en 1811 en carta a Feliciano Chiclana, cómo ya se intentaba pintar lo que había sido una revolución patricia y monárquica con un barniz francés: “el sistema Robesperriano que se quería adoptar en ésta (por Mariano Moreno) a imitación de la Revolución Francesa que intentaba tener por modelo, gracias a Dios ha desaparecido” siendo sus máximas “detestables”[4].

De allí, si se quisiera colocar a la Revolución Francesa y su ideología como una “causa” de la Revolución de Mayo, habría que aclarar que operó justamente en sentido contrario a lo que vulgarmente se afirma, es decir, influyó por rechazo a ella y no por imitación.

3. Segunda falsa causa: el modelo y la ayuda de USA

Hace ya varios años que un lamentable ministro de relaciones exteriores argentino lanzó esta frase que quedó inmortalizada. Al ser preguntado en Washington sobre cuál iba a ser la relación entre ambos países, respondió:

“No queremos tener relaciones platónicas: queremos tener relaciones carnales y abyectas”.

El deseo o la libido dominandi del canciller Di Tella en realidad no era propio, sino que estaba en la misma savia que lo había visto crecer: la liberal. Sus predecesores también deseaban haber compartido el lecho con los Estados Unidos en las revoluciones emancipadoras pues si “los defensores de la democracia y la libertad” nos habían ayudado, era porque andábamos por buen camino.

Nada más falso.

Durante los sucesos de Mayo el gobierno de los Estados Unidos no sólo decidió ser absolutamente neutral sino que jamás ayudó en lo más mínimo. Así lo afirman sus mismos autores al decir que “el tema general de las revoluciones hispanoamericanas no fue considerado por el Congreso de los Estados Unidos hasta fines de 1811”[5]. Para esa época “los Estados Unidos ni piensan en el reconocimiento de la Independencia de nuestra Patria, son, por lo demás, celosos de su neutralidad” pues “la mayoría de los hombres cultos de la época no aspiraban ni preveían otro sistema (que la monarquía). El ejemplo republicano de Norteamérica no estaba presente ni difundido”[6].

Tampoco –como dijeron algunos– influyó en Mayo de 1810 la Constitución estadounidense de 1787, pues la primera traducción al castellano por estas tierras, se conoció recién en 1816.

Pero entonces…, ¿por qué? ¿por qué una nación imperialista como USA no se interesó en influir para que nos independizáramos de España y fuésemos libres?¿acaso no hubiese sido más fácil para ellos lidiar con varias republiquetas sueltas y no con la legendaria España? La pregunta es correcta, pero nos olvidamos de dos datos clave: el primero es que para 1810 los nacientes Estados Unidos se encontraban en tratativas con el gobierno español para la compra o donación de las Floridas (concretada en el Tratado Adams-Onis de 1819); para ese entonces, John Quincy Adams, secretario de estado y luego presidente, había resuelto no inmiscuirse en absoluto con Hispanoamérica a riesgo de perder las tratativas; más vale pájaro en mano…

El segundo es que, en el caso de hacerlo, peligrarían las relaciones comerciales con España, como lo señala el afamado historiador Pierre Chaunu: Estados Unidos “sacrificó sus simpatías por los sublevados a su papel de proveedora (de España). El provecho obtenido en el comercio peninsular aventajaba a lo obtenido en las Indias”[7].

El Tío Sam no participó.

4. Tercera falsa causa: la ayuda inglesa

“Mayo fue posible gracias al influjo benéfico de Inglaterra. ¡God save the Queen!”, dicen los anglófilos. Si Gran Bretaña nos había ayudado, entonces estamos en deuda eternamente con ellos.

Para ello se apela a la figura del conocido embajador que Inglaterra tuvo por aquella época en Río de Janeiro, Lord Strangford, a quien se agradece haber no sólo apañado sino hasta dirigido la revolución de Mayo para conquistar políticamente lo que no habían podido dominar por las armas en 1806-1807 (durante las invasiones inglesas). Pero no sólo esto; entre las intenciones de Inglaterra en nuestra autonomía e independencia, se alegan los deseos que la corona inglesa tenía de conseguir la libertad de comercio por estas tierras.

Para despejar el primer equívoco hay que decir que la libertad de comercio no hacía falta buscarla en 1810; gracias a las gestiones del Dr. Mariano Moreno, abogado de Liga de comerciantes londinenses presidida por Alex Mackinnon, el virrey Cisneros había decretado en 1809 la libertad de comercio.

En cuanto a lo que se dice respecto de Lord Strangford, justamente lo que aconsejó fue lo contrario, es decir, un statu quo con la España ocupada por Napoleón; nunca la emancipación o independencia. Pero, podríamos preguntarnos al igual que con Estados Unidos: ¿acaso no les convenía? ¿No habían sido los ingleses los que, sólo tres años antes habían intentado tomar Buenos Aires?

Hay un dato fundamental que muchos ignoran (o quieren ignorar) y es el cambio profundo en las relaciones entre España y de Inglaterra por aquellos años.

La tierra del Quijote se encontraba en decadencia no sólo moral sino política; desde hacía tiempo que, con los Borbones, había comenzado a adoptar lo peor de sus vecinos: Inglaterra y Francia; fue especialmente unida a esta última que su antigua Armada Invencible (como se llamaba a la flota española) había sido derrotada en Trafalgar (1805) por los barcos ingleses. Todo esto llevaba a que Gran Bretaña se viese convertida prácticamente en dueña y señora de los mares, cosa que se vio en la práctica en Buenos Aires durante las invasiones inglesas.

Pero la enemistad entre España e Inglaterra duraría poco.

En 1808 y luego de la invasión de las tropas napoleónicas en España, el rey Fernando VII se vio obligado a deponer su trono en manos de José Bonaparte, hermano de Napoleón. Dicha intromisión hizo que, especialmente en el sur de España, se intentase un movimiento restaurador que lograse buscar la alianza con Gran Bretaña para que acudiese en su ayuda. Es aquí entonces cuando Inglaterra pasa de ser enemiga a protectora y, por ende, lo que menos desea es una rebelión en las Indias occidentales. Quizás, lo que no había logrado con las armas, podría obtenerlo con la diplomacia luego de un par de años de política internacional.

Así lo declaraba el mismo Lord Srangford a la Primera Junta a un mes de los hechos de Mayo de 1810: “Las autoridades de Buenos Aires pueden descansar que no serán incomodados de modo alguno siempre que la conducta de esa capital sea consecuente y se conserve a nombre del Sr. Dn. Fernando 7º y de sus legítimos sucesores”[8].

Es un hecho pocas veces narrado, pero se encuentra en todos los documentos de la época: Inglaterra era aliada de España contra Francia. Quizás los que más hayan contribuido a la confusión y al silencio hayan sido los mismos historiadores españoles, a quienes duele aceptar que España, en ese momento desgraciado de su historia, había pactado ni más ni menos que con su antigua enemiga.

En este sentido, Inglaterra no sólo sería neutral como USA sino que, al estar aliada con la regencia española, era hasta nuestra enemiga.

Las tres supuestas grandes causas, ideológicamente inventadas, desaparecen ante los hechos: ni las ideas de Francia, ni Estados Unidos con su gobierno y su constitución, ni Inglaterra con su comercio y su embajador en Río de Janeiro[9].

5. Las verdaderas causas de Mayo

Mayo fue, primero que nada, autonomía y no independencia. Se trató de un tema institucional; “autonomía” quiere decir el “gobierno propio”, darse la propia ley como en este caso, donde el Virreinato del Río de la Plata, resolvió darse el gobierno por sí mismo, pero no se trató en absoluto de un “quiebre” con la madre Patria, España. La Junta Provisional, a nombre de nuestro señor don Fernando VII, se establecerá justamente para preservar sus derechos, es decir, de ninguna manera se socavaba la soberanía del rey, si no que, al contrario, se la resguardaba.

Un recurso a la paradoja sería: si el 25 de Mayo fue la “independencia de España” ¿qué diablos celebramos en el 9 de Julio en la Argentina? ¿Para qué dos fechas?

Mayo fue autonomía. Esta palabra que parece nueva ahora estaba en boca de todos allá por 1810, al menos de todos los seres medianamente instruidos. El Virreinato del Río del Plata se regía por las Leyes de Indias de 1680; allí, en la ley 1, titulo 1, libro 3º, se decía que el rey por donación de la Santa Sede Apostólica, y otros justos y legítimos títulos, eran señores de las Indias Occidentales, islas y tierras firmes, en el mar océano, descubiertas y por descubrir, y que estaban incorporadas a su la corona real de Castilla. A continuación, se decía que en ningún momento podían ser separadas de la real corona, por ningún caso, ni en favor de alguna persona.

Como bien dice Jaime Delgado, “América no constituía una colonia de España, algo externo a ella que pudiera ser vendido o canjeado”[10], de ahí que Carlos V en 1520, hubiese sancionado su inalienabilidad e inenajenabilidad de a la Corona de Castilla, en concordancia con las antiguas disposiciones contenidas en la ley de Las Partidas de Alfonso X, el Sabio (un código fundamental tanto en la península como en América); es allí donde se destacaba que, estando vacante el trono por enfermedad o incapacidad del rey, y si éste no había dejado regente, el poder volvía a los pueblos, no en el sentido filosófico del término, sino pragmático, es decir, de gobierno. Y fue lo que sucedió en Mayo.

En Mayo de 1810 la corona estaba vacante; el rey Fernando VII, como dijimos más arriba y que detentaba la corona de Castilla, había sido apresado en castillo de Valençay por Napoleón Bonaparte sin dejar ningún regente, es decir, un representante. El trono entonces, se reputaba vacante, por lo que, según las leyes, la potestad volvía a los Cabildos.

La doctrina del regreso del poder a los pueblos era ampliamente conocida y se enseñaba en toda América, al menos en las facultades de Leyes y era completamente enseñada en la Universidad de Charcas, de Chuquisaca donde habían estudiado entre otros, Juan José Castelli y Mariano Moreno, ambos abogados en el Río de la Plata, por citar sólo a algunos.

Fue por ello que el proceso comenzado en 1810 se dio de modo pacífico y generalizado, no sólo en Bs.As., sino también en Caracas, Bogotá, Santiago de Chile, es decir, en casi todas las capitales de las Indias Occidentales, convirtiéndose no en un suceso asilado, sino americano, donde la doctrina aplicada sería la misma: a trono vacante y sin regente, autonomía provisoria. La argumentación era irrebatible.

Por esto, en 1810, como dijimos, no se reparten escarapelas con colores de una nueva bandera, sino una cinta blanca en señal de unión entre “españoles europeos” y “españoles americanos”, y la prueba es la unión que existe por aquí en la misma Junta Provisional, donde dos “españoles europeos” participan: Matheu y Larrea.

No existía esa “discriminación” de la que se habla ahora; la mitad del cabildo de Buenos Aires era criollo. Obispos, encargados del Consulado, de la Superintendencia de Real Hacienda, de las Comandancias de Armas, los jefes de los regimientos, casi todos ya eran “españoles americanos”, es decir, criollos.

Los “tres siglos de despotismo hispano” que muchos ideológicamente intentan ver, es sólo el trasladado intelectual que hacen del Contrato Social de Rousseau a estas tierras. En América del Sur no había ningún despotismo; al contrario. Sólo con esta prueba baste: en Buenos Aires, el Virrey disponía sólo de un Regimiento seguro, el de Dragones, que no tenía más de 700 hombres para controlar, por lo pronto, a la ciudad de Buenos Aires que tenía por aquél entonces unos 60.000 habitantes. Si hubiese habido una rebelión, con ese número era imposible contrarrestarla. La realidad es que la convivencia era pacífica. ¿Por qué? Porque se aceptaba la autoridad del rey, simplemente por eso, todos eran monárquicos, todos eran realistas y acataban al rey.

La causa principal de la autonomía es la crisis del imperio español. El imperio español que había dominado el mundo en tiempos de los Austria, había sido veinticuatro veces más grande que el imperio romano, un imperio enormemente justo que, ya en tiempos de Felipe II y antes de Marx, se había impuesto la jornada legal-laboral de ocho horas; un imperio enormemente culto que, mucho antes que los norteamericanos tuvieran la universidad de Harvard, ya había en la América hispana 16 universidades.

Como bien dirá Don Agustín de Iturbide en su proclama del 24 de Febrero de 1821: “Trescientos años hace la América Septentrional de estar bajo la tutela de la nación más católica y piadosa, heroica y magnánima. La España la educó y la engrandeció, formando ciudades opulentas, esos pueblos hermosos, esas provincias y reinos dilatados que en la historia del universo van a ocupar lugar muy distinguido”[11]. Este gran imperio que estaba extendido por toda la tierra y por todos los mares empezó a decaer ya en tiempo de los Austria, y sobre todo se acentuó esta decadencia en tiempo de los Borbones, como dijimos.

Este imperio va a caer en crisis, como leímos más arriba por la situación política y el rey Fernando VII va a ser detenido en Valençay; no hay regente. ¿Qué hace España entonces? La Junta local, es decir los Cabildos que hay en España, resuelven asociarse, y crear una Junta Central, que se la va a conocer como la Junta Central de Sevilla que se atribuirá, sin que el rey lo permitiera, la representación del rey, por lo que carece de legitimidad. Sea como fuere, Buenos Aires jurará –malamente pero lo hará– fidelidad hasta esa Junta.

Dicha Junta Central, de tinte liberal, declarará entre sus primeros actos la igualdad de todos los españoles de los diversos continentes, lo que era una enorme injusticia, pues hacía que las Indias Occidentales perdieran los privilegios que poseía desde 1520, al poder gobernarse con leyes propias. De todas partes de América, entonces, se produjo una respuesta al unísono: “estáis usurpando el derecho de América con el pretexto de hacernos iguales”.

Dicha Junta Central, a diferencia de lo que sucede en América, sí toma la ideología francesa y se alía, como decíamos, con Inglaterra. Sin embargo, luego de la toma de Sevilla por parte los franceses, la Junta Central terminará por disolverse en enero de 1810. Algunos diputados, escapándose de allí, terminan refugiándose en la Isla de León (Cádiz), bajo la protección de los barcos ingleses, donde intentan dar vida a una nueva Junta que nacerá abortada. Viéndose acorralados, sus integrantes decidirán escapar a Inglaterra y aquí entrará en juego un personaje inglés, el vicecónsul John Hooklam Frére quien, los obliga a fundar un Consejo de Regencia bajo su guía; es decir, bajo la guía de Inglaterra. Tal era la sumisión de estos políticos españoles que será el mismo Hooklam quien les dicte los nombres de cuatro de los cinco integrantes de ese Consejo de Regencia…

Para todo esto, podemos imaginar la nula legitimidad de este supuesto gobierno. Este es el gobierno que aquí, en América, querían que se acatara… Ya no había que obedecer a la corona de Castilla, sino a los designios de un vicecónsul inglés… Como bien señala José María Rosa, “en febrero de 1810 sólo quedaban las apariencias de España”[12].

Como documento indiscutible se encuentran las mismas memorias Saavedra, de la cual ya hemos hablado. Allí, hablándole al virrey que aún pedía sumisión, el presidente de la Junta dirá de España:

“Todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador (Napoleón), excepto Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir… -¿Cádiz y la Isla de León son España?¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la Isla de León?¿Los derechos de la corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la Isla de León…? No señor; no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses; hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que dio a V.E. (la Junta Central) autoridad para mandarnos ya no existe; por consiguiente tampoco V.E. la tiene ya”[13].

Ese Consejo de Regencia no fue reconocido en ninguna parte de América, y esa es la causa de la revolución de Mayo. Se declara en toda América que el Consejo de Regencia instalado en Cádiz es usurpador, y no tiene ningún derecho a gobernarnos, por ello, cuando llegó la noticia de la instalación de esta supuesta “regencia” se terminó en estas tierras la obediencia, la lealtad, el fidelismo a esos gobiernos españoles pero no al rey.

Pero volvamos a Buenos Aires.

¿Qué finalidad tuvo entonces la proclamación de la Primera Junta? La circular del día 27 de Mayo que se encuentra en el Registro Oficial de la República Argentina dice: el rey está preso, no hay regente, el gobierno de España no tiene autoridad para gobernar las Indias, la regencia es usurpadora, que está el peligro de que nos entreguen a los ingleses o a los franceses, y que por eso se establece esta autonomía, con la Junta Provisional, a nombre del Rey. Otra de las cláusulas que se establecen es el respeto absoluto por la religión católica y al rey, como podemos leer en la “Proclama” del mismo 26 de Mayo de 1810.



*          *          *



De modo que, el gobierno de Mayo no está imbuido de las ideas de la Francia revolucionaria. Es un gobierno que sigue con la tradición hispánica, confesional, legal y legítimo.  El curso que la Revolución tomará a partir de Julio, será otro cantar pues quienes intentarán tomar las riendas de la Patria sí tendrán ideas contrarias a España y revolucionarias en el peor sentido del término. Como consecuencia, en pocos meses Saavedra quedará solo contra todos los demás, que formarán un solo partido bajo el nombre de “morenistas” o “letrados”.

La que se expuso es una larga síntesis del proceso de Mayo. Proceso que merece nuestro respeto y nuestra admiración no sólo porque se hizo conforme a la ley, sino porque fue un proceso pacífico y armonioso. Si todo hubiese seguido como comenzó, la historia argentina sería distinta. Pero no sólo el liberalismo tomó las riendas sino que luego, con el tiempo, se fue inventando un Mayo liberal, un Mayo “a la carta”, para mostrar que los fundamentos de nuestra nación no estaban enraizados con la España monárquica y católica, sino con las ideas progresistas y el comercio internacional.

El inicio, el origen de la autonomía argentina, dentro del marco de la autonomía americana, es perfectamente defendible y completamente legítimo, a los ojos de la justicia y a los ojos de Dios Nuestro Señor.

P. Dr. Javier Olivera Ravasi, SE

Noviembre de 2017

[1] Vicente Fidel López, La Gran semana de Mayo de 1810. Crónica de la Revolución de Mayo, Eudeba, Buenos Aires 1961, 12-13. Seguimos aquí en el desarrollo y las citas la monumental obra de Enrique Díaz Araujo, Mayo revisado (3 vols.), UCALP, La Plata 2010.

[2] Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la Emancipación Sud-Americana, La Nación, Buenos Aires 1887, 56,60. En honor a la verdad, también embarró la cancha la “Memoria Autógrafa” ni más ni menos de Cornelio Saavedra, escrita dos meses antes de su muerte (en 1829) y veinte años después de Mayo, donde acomodándose políticamente y quizás para quedar como un “precursor de la independencia”, veinte años después también habló de escarapelas azules y blancas en Mayo y conflictos entre españoles y americanos, amén de otras verdades que ya sonaban como parte del mito.

[3] Guillermo Furlong, “Francisco Suárez fue el filósofo de la revolución argentina de 1810”, en Atilio Dell’Oro Maini y otros, Presencia y sugestión del filósofo Francisco Suárez. Su influencia en la revolución de Mayo, Instituto Vitoria y Suarez, Buenos Aires 1959, 202, n. 68.

[4] Enrique Ruiz Guiñazú, El presidente Saavedra y el pueblo soberano de 1810, Estrada, Buenos Aires 1960, 544-545.

[5] Harold F. Peterson, La Argentina y los Estados Unidos 1810-1960, Eudeba, Buenos Aires 1970, 18.

[6] Héctor Tanzi, Juan José Paso. El político, Ciudad Argentina, Buenos Aires 1998, 56

[7] Pierre Chaunu, Historia de la América Latina, Eudeba, Buenos Aires 1964, 75.

[8] Archivo General de la Nación, Correspondencia de Lord Strangford y la estación naval británica en el Río de la Plata con el gobierno de Buenos Aires, Buenos Aires 1941, 80.

[9] Las otras “causas” que se alegan pero que ni vale la pena repetir son por ejemplo las que dicen que Mayo fue la conclusión de un proceso revolucionario indígena que comenzó con Túpac Amaru… (si hubo quienes no tuvieron ninguna intervención en Mayo fueron los indígenas). Tampoco se trató de la opresión de los españoles contra los criollos que “no tenían acceso a los cargos públicos”. Para esto basta ver cómo se conformó la Primera Junta, con mayoría de criollos. En realidad, la división entre “españoles americanos” y “españoles europeos” (como se los llamaba antaño) será después de 1810 y acicateada por las facciones liberales.

[10] Jaime Delgado, La Independencia Hispanoamericana, Instituto de Cultura Hispánica, Madrid 1969, 80.

[11] Mariano Cuevas. Historia de la Nación Mexicana,  México 1940, 227.

[12] José María Rosa, Historia Argentina II. La Revolución (1806-1812), Juan C. Granda, Buenos Aires 1964, 115-116.

[13] Cornelio Saavedra, “Memoria autógrafa, t. 1” en AA.VV., Los años de la emancipación política, Editorial Biblioteca, Rosario 1974, 71-72.



miércoles, 27 de abril de 2016

DEL IMPERIO A LA REVOLUCIÓN (2° y ultima parte)

Por: Lic. Javier Ruffino

La Semana de Mayo

     La suerte de nuestras tierras fue decidida en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810:

     “El tema del Cabildo fue muy concreto. Si debía cesar el virrey  en caso afirmativo cuál sería el procedimiento para elegir quien lo sucediera en el mando civil y militar (…)
     Después de los discursos vinieron los votos (…). El primer voto fue el del obispo a favor del Virrey. El segundo fue el del militar de más alta graduación en el virreinato, el teniente general español Pascual Ruiz Huidobro (…)
     Cornelio Saavedra votó en el orden 29, con las siguientes consideraciones: ‘consultando la salud del pueblo y en atención a las actuales circunstancias, debe subrogarse el mando superior el Excelentísimo Virrey, en el Excelentísimo Cabildo de esta Capital, en el ínterin se forma la corporación o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el Excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando.” (11)

     El reemplazo de los funcionarios que representaban a una Monarquía inexistente, así como la disputa de poder entre los distintos sectores de la sociedad criolla, a lo que hay que sumar las ambiciones de ingleses, franceses y portugueses –con las redes de aliados locales que tenían-, nos explican la seriedad de los conflictos que se desencadenaron, produciendo una guerra civil que condujo –como lógica consecuencia de la evolución de los acontecimientos americanos y europeos-, a la independencia de nuestro continente y a la fragmentación de los antiguos virreinatos –en particular el nuestro- en nuevos estados nacionales.


Autonomía y Fidelidad

     En su obra Mayo Revisado el historiador revisionista Enrique Díaz Araujo desmitifica el carácter liberal de la Revolución de Mayo, explicando el proceso que se abre en el 10 en el contexto de la crisis del Imperio Español y del marco legal del mismo, indicando que las jornadas de Mayo se caracterizaron por la fidelidad a la Monarquía, pero buscando una Autonomía con respecto a las “autoridades” peninsulares que obraban en nombre del Monarca ausente. Finalmente la evolución de los hechos condujo a una justificada Independencia.

     “Anarquía y usurpación peninsulares, que no el declamado ‘despotismo’, fueron las causas reales del Autogobierno (…)
     La fidelidad rioplatense interpretada como una felonía, y el consiguiente ataque realista desde Montevideo y el Perú: motivos suficientes para que la Autonomía comenzara a devenir en Independencia (…)
     (…) los hombres de Mayo no se movieron por impulsos ideológicos. Ellos tenían muy en claro que el movimiento americano se encaminaba contra el Consejo de Regencia y las otras autoridades metropolitanas conexas, en procura de la autonomía comarcal (empezando por la provisional, de orden municipal); para escapar a la eventualidad de la dominación francesa o la inglesa.” (12)

   Por su parte, Vicente Massot nos explica el proceso que se abre en el Río de la Plata a partir de 1808 haciendo girar su argumentación en torno a tres conceptos claves: Revolución-Independencia-Anarquía.

    “el proceso que se inicia pocos años antes de 1810 y se prolonga (…) hasta mediados de la década del 30 (…) podría decirse que se compendia y resume en tres términos los cuales, a su vez, transparentan otras tantas realidades: revolución, independencia y  anarquía  (…)
     La revolución merece su nombre menos por el impulso de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del virreinato, que por su descendencia (…): la independencia y la anarquía.” (13)

    Retomando la obra de Díaz Araujo, éste en el Tomo III nos plantea que la revolución cambió su curso por obra de la acción de Moreno, que fue quien en realidad orientó a la Revolución hacia una posición acorde con el liberalismo, más aun, con el jacobinismo.

     “Sabido es que el Primer Gobierno Patrio se constituyó basándose en unos arreglos entre los grupos políticos existentes en Buenos Aires (…)
     Pues (…) uno se esos sectores, el llamado ‘morenista’, se apoderó hegemónicamente de la Revolución, desplazando a los demás y consiguientemente, reemplazando los objetivos institucionales comunes, por unos unilaterales, de corte ideológico sectario.” (14)

     Antonio Caponneto también nos presenta un morenismo jacobino:

     “Otros criollos, en cambio, no entendían, no valoraban ni amaban lo que España había traído a estas tierras, y querían deshacerse de todo ello (…)
     Por ejemplo, Moreno, Monteagudo, Castelli.
     Querían asesinar a los españoles. Escribieron un Plan de Operaciones para fomentar el terrorismo, el rencor y el odio. Eran socios de los ingleses y defendían sus intereses económicos. Y lo peor: atacaban la Religión Católica (…)
     Algo muy feo e imperdonable que cometieron fue matar a Don Santiago de Liniers. El gran Caudillo de la Reconquista.” (15)

     Massot, por su parte, nos muestra un Moreno más orientado hacia la “derecha”, o al menos no tan inclinado hacia la “izquierda”.

     “Mariano Moreno, Juan José Paso, Juan José Castelli y Manuel Belgrano (…) no ganaron sus credenciales revolucionarias por su afán de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del Virreinato, sino merced al cambio político que urdieron y, más aun, a la consecuencia que tuvo en años venideros: la independencia (…)
     Al analizar, pues, el uso de algunos de los principales conceptos de la ciencia política utilizados por el secretario de la Junta hay que buscar menos en las posibles inspiraciones ideológicas (…) y hacer hincapié más en las necesidades políticas (…)
     (…) atendiendo (…) más a los pactistas peninsulares que a Rousseau, apuntaba Moreno al hecho de que la Junta debía tener el consentimiento de los pueblos, aunque, delegado el poder, se establecía entre ambos una ineludible relación de mando-obediencia (…).” (16)

     Recordemos, por otra parte, que si bien Moreno hizo editar el Contrato Social de Rousseau, lo expurgó de aquellos capítulos en los que el autor “delira en materia religiosa”. En la misma obra Massot nos indica, unos renglones más arriba, que “Moreno no podía sino condenar a los negadores de Dios”; agregando una cita del secretario de la Junta, referente a tan importante materia: “El funesto sistema del ateísmo mata y desordena, al paso que la idea de Dios habla al corazón, al alma, al sentimiento (…) La religión establece en las familias una herencia de buenas acciones, que son las piedras angulares para la libertad.”

     Finalmente, Massot le quita de encima el “sambenito” de jacobino con el que lo acusaron sus detractores:

     “Faltaban en el secretario de la Junta tres componentes esenciales de los seguidores de Maximiliano Robespierre y de Saint Just: la adoración de la nación que rematará en una verdadera religión revolucionaria (…); la conjunción, en un mimo discurso (…) del terror y de la virtud y, por fin, la movilización general del pueblo hecha al compás de la voluntad colectiva.” (17)

    En su obra “Matar y morir” vuelve a desechar las interpretaciones de un Moreno jacobino y terrorista. Terrorismo discursivo, puede ser; pero no real. La aplicación de las penas rigurosas que mandó aplicar contra los que resistían al nuevo gobierno entran en la lo común de la época.

     “En la materia, ni Moreno, ni Castelli, ni tampoco Bernardo de Monteagudo pueden parangonarse con el jacobinismo. Actuaron conforme a la medida de cualquier poder –revolucionario o no- en tiempos de guerra. Y lo hicieron con plena conciencia de cuáles eran sus límites infranqueables de esa violencia política. No mandaron quitar de la faz de la tierra a sus enemigos y a sus familias, a los  adversarios y a los indiferentes –como había sido práctica diaria durante el dominio de los jacobinos en Francia- (…)
     Cualquiera que sea su fuerza, y aun cuando su intensidad sea irresistible, el discurso del terror no es lo mismo que el terror si no existe una correspondencia acabada, perfecta, simétrica entre la dicción y la acción. Con su pluma, Moreno intentaba meter miedo (…)
     El terror, para resultar efectivo, requiere una cierta competencia burocrática. Por ejemplo, la que pusieron de manifiesto el Comité de Salud Pública durante la Revolución Francesa o la Checa leninista. Si se compara a Moreno y a Castelli con Maximiliano de Robespierre o con Luis Antonio León Saint Just, fácilmente se caerá en la cuenta de que el terror de Mayo apenas justifica tal denominación. Incluso la retórica de su terror no resiste el análisis comparativo con el de los enragés franceses. Cuando Moreno prometía sangre, pensaba en el escarmiento de unos pocos cabecillas contrarrevolucionarios puestos frente al pelotón de fusilamiento. Cuando Robespierre se felicitaba por el río de sangre que dividiría a Francia de sus enemigos, sabía del genocidio que sus generales llevaban a cabo en el departamento de la Vendée a expensas de un cuarto de millón de ‘bandidos’ contrarrevolucionarios.”(18)

     Los hombres de Mayo fueron en general exponentes de una cultura hispánica, católica y monárquica, más o menos conservadores, más o menos tocados por las ideas del siglo -con mayores o menores influjos iluministas y críticas a la cultura barroca de los sectores populares-, que pedían reformas en la educación  (en una línea utilitarista), o que criticaban cierta escolástica decadente; pero no fueron necesariamente radicales o impíos.

     “Si el proceso revolucionario hispanoamericano triunfó (…) se debió entre otras razones a la capacidad que demostró la clase dirigente de las Provincias Unidas para gerenciar una empresa tan compleja y peligrosa. Ahora bien, sus hombres no venían de Inglaterra ni de Francia. Habían recibido la educación del reino que introdujo en América su idioma, religión, leyes y costumbres; que fundó ciudades por doquier y creó escuelas y universidades cuya calidad nada tenía que envidiarle a la del resto del mundo colonial y que legó a todos los habitantes de estas latitudes una legislación tan realista como generosa.”(20)

     Lo erróneo sería suponer que nuestra revolución significó una ruptura con el pasado y el triunfo del “jacobinismo”; en tanto que el bando realista habría representado una postura tradicionalista, ultramontana y “reaccionaria”.  En realidad hubo conservadores y liberales en ambos bandos:

     “Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz).”(21)
     Un representante del conservadorismo realista fue el ilustre Santiago de Liniers. Desencadenados los hechos de Mayo de 1810, no pudo ver que una “nueva fidelidad”, el servicio a la Patria naciente, venía a reemplazar a la vieja fidelidad a un Rey que ya no reinaba. Y se opuso a un Movimiento que consideró revolucionario en la entraña misma de su ser. Encabezó la resistencia contrarrevolucionaria en Córdoba, que fue fácilmente contenida, y los cabecillas capturados y condenados. En  estas circunstancias, y ante la presión de su padre político que no entendía su conducta, Liniers escribe:
   “(…) mi amado padre (...) en cuanto a mi individuo; ¿cómo siendo yo un general, un oficial quien en sus treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al soberano, quisiera Usted que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignominia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey; que por esa infidencia dejase a mis hijos un nombre, hasta el presente intachable con la nota de traidor? ¡Ah mi padre! Yo que conozco también la honradez de sus principios, no puedo creer que Usted piense, ni me aconseje motu proprio, semejante proceder (...)
   (...) Por último Señor, el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fue capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad, y del patriotismo, y que si no les deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar (...)”(22)
     Por su parte, Juan Manuel de Rosas en su mensaje a la Legislatura del año 1836 nos brinda una interpretación “tradicionalista” de la Revolución que llevó a la instalación de la Primera Junta. La Revolución se hizo, decía, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España.”


Anarquía

     Una de las consecuencias políticas inmediatas de la Revolución fue el desencadenamiento de un proceso de gran inestabilidad política que condujo a momentos de anarquía y de tremenda guerra civil. Unos párrafos más arriba se hacía referencia al análisis que hace Massot del proceso abierto en 1810 a partir de tres conceptos claves: Revolución-Independencia-Anarquía. Intentemos, pues, encontrar algún tipo de explicación al proceso anárquico que caracteriza nuestra historia durante el período estudiado, y con posterioridad al mismo. Para ello recurriremos a algunos conceptos tomados de la Sociología, en particular del sociólogo de Max Weber.

Una crisis de Legitimidad

     Para comprender lo que ocurrió en los territorios hispánicos a partir de 1808, y en particular en el Río de la Plata desde 1810, podemos recurrir a algunos conceptos elaborados por el sociólogo Max Weber acerca de la Dominación y del Poder.(23)

     “Poder significa la posibilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia (…)
     Por dominación debe entenderse la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas.”

     La dominación supone, por tanto, dentro del planteo que presenta Weber, la aceptación de la Legitimidad del mandato del que manda por parte de los que obedecen. Dicha legitimidad, siempre siguiendo a Weber, se construye a partir de tres tipos de dominación.

1-         La dominación carismática: La “legitimidad” de este tipo de dominación se produce “en virtud de la devoción afectiva a la persona del señor y a sus dotes sobrenaturales (carisma) y, en particular: facultades mágicas, revelaciones o heroísmo, poder intelectual u oratorio.”
2-         La dominación tradicional: En este tipo de “dominación” la legitimidad está “sacralizada por la tradición”. Es el caso de las Monarquías tradicionales.
3-         La dominación legal-burocrática: “Su idea básica es que cualquier derecho puede crearse y modificarse por medio de un estatuto sancionado correctamente en cuanto a la forma.” No se obedece a una persona sino a una norma estatuida, a una norma formalmente abstracta. Es el caso de los sistemas constitucionales modernos.

     Lo que explica la anarquía desatada en los territorios hispánicos a partir de la crisis de la Monarquía provocada por los acontecimientos de 1808 fue el intento de reemplazar un tipo de dominación tradicional por uno legal racional. Mientras el pueblo y los estamentos tradicionales se desangraban en la península por el Rey; y en América, al principio por el Rey, y luego por la Patria; las elites intelectuales se reunían en Asambleas y Cortes procurando crear un marco constitucional conforme a los principios de 1791. Por otra parte, el Rey a quien tanto se veneraba había “rifado” su Corona a los Bonaparte. La consecuencia fue que ya no se supo a quién o a qué había que obedecer. Proyectos constitucionales, monarquías alternativas, liderazgos fugaces, grupos enfrentados, regiones que se proclaman autónomas, guerras civiles, fueron la constante del fracaso de los primeros veinte años posteriores a la Revolución.(24) Lozier Almazán cierra su obra referente a los diversos proyectos monárquicos que existieron para el Río de la Plata entre 1808 y 1825 con una gráfica descripción:

     “Como ya hemos visto, el derrumbe de la monarquía española en Bayona, prendió la mecha revolucionaria de Mayo de 1810 que dio origen al prolongado y cruento proceso institucional, hasta que en 1820 se produjo un profundo quiebre de la ya precaria autoridad política.
     Como lógica consecuencia del desmantelamiento de la estructura política virreinal, la inexistencia de un gobierno central que la sustituyera y la anarquía reinante, surgió el caudillismo, como un fenómeno social y político que asumió empíricamente la misión de restaurar el orden, construir y organizar un estado.
     (…) los caudillos –del latín capitellium, o sea cabeza, cabecilla-, devenidos en señores feudales, protectores y custodios de intereses locales o regionales, sin rendir vasallaje a nadie, por carecer de rey (…)
     Debió transcurrir casi una década, desde la caída del período directorial, hasta que en 1829, Juan Manuel de Rosas asumió como gobernador y capitán general de la Provincia de Buenos Aires. Época en que la situación exigía un poder fuerte para asegurar el orden y la tranquilidad de los habitantes de la ciudad y la campaña bonaerense.
     De tal manera, Rosas fue, por aquel entonces, la encarnación del caudillo surgido primus inter pares, razón por la cual asumió su gobierno dispuesto a imponer el principio de autoridad para restaurar el orden, que sus antecesores no habían logrado a lo largo de 19 años, desde mayo de 1810.”(25)
   
     Recapitulando, el intento por parte de algunos sectores de la elite ilustrada –a un lado y otro del océano-  por crear un marco legal constitucional que reemplazara a la Monarquía tradicional, acosada por una tremenda crisis, abrió un proceso de cuestionamiento de la Legitimidad. Cuestionada la Monarquía tradicional, y fracasados los primeros intentos por establecer un marco racional constitucional, se estableció un tipo de legitimidad carismática representada por los caudillos, entre los cuales sobresalió Juan Manuel de Rosas quien logró imponer un Orden que reemplazara al Antiguo Régimen caído, sustentándose en muchos de los principios sobre los que aquél se había fundado. El discurso a la Legislatura de 1836 es una prueba de esto último.

CONTINUIDAD

     A partir de todo lo analizado podemos concluir que nuestro proceso “revolucionario” no se propuso abrir una brecha radical con el pasado hispano, sino que más bien debe ser entendido en el contexto de la crisis que afectó al Imperio Español a partir de 1808. Los hombres que protagonizaron el proceso, más allá de las posturas radicalizadas que pudiera sostener alguno en particular, eran producto de la cultura que la Madre Patria había implantado en estas tierras, y actuaron conforme a dicho marco. No deben buscarse entonces grandes rupturas ni raíces en el proceso francés, más allá de algún influjo accidental que pudo haber habido (en forma indirecta, y a través del liberalismo peninsular).
     Tenía razón Alberto Ezcurra Medrano cuando afirmaba: “El 14 de julio es el aniversario de la Revolución por excelencia (la Francesa) (…) El 9 de julio de 1816 (por el contrario) (…) no hubo gritos, manifestaciones, asaltos ni asesinatos, pero el pueblo estuvo dignamente representado por un Congreso de abogados y teólogos, católicos, monárquicos en su mayoría y poseedores de una cultura netamente clásica.”(26)
     Claro que la Independencia abrió un proceso de anarquía que iba a costar 14 años encauzar. Pero eso ya es parte de otra historia.

Notas
11) Montejano, Bernardino. La filosofía política de Mayo.
12) Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado I.
13) Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina…
14) Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado III.
15) Caponnetto, Antonio. El Bicentenario en el aula.
16) Massot, Vicente. Las ideas de esos hombres. De Moreno a Perón.
17) Ídem.
18) Massot, Vicente. Matar y morir. La violencia política en la Argentina  (1806-2011). Agrega el autor las escalofriantes líneas que le escribía el general francés a su gobierno: “Ciudadanos, la Vendée ya no existe: ha perecido bajo nuestra espada, lo mismo que sus mujeres y sus niños (…) De acuerdo con vuestras órdenes, he aplastado a los niños bajo las patas de los caballos y he masacrado a sus mujeres, que por lo menos (…) ya no engendrarán más bandidos. No tengo prisioneros que puedan reprochárseme.”
19) “(…) nos venden doctrinas falsas por verdaderas, y palabras por conocimientos (…) de ninguna manera tratamos de lo concerniente a nuestros dogmas, ni a las decisiones de la Iglesia, ni a nuestra legislación (…)
(a) la filosofía que se enseña en nuestros estudios es adonde  se dirigen nuestras miras (…)
¿Qué otra cosa es obligarnos a discurrir sobre ridículas cuestiones (…); si los grados metafísicos en el individuo se distinguen real o virtualmente o por razón y otras cosas de este tenor? ¿Cuál es la utilidad que este estudio trae al hombre? ¿De qué le habrá servido un estudio tan ímprobo al hallarse en estado de ser útil a su rey, a su patria, a su religión y a sí mismo?” (Manuel Belgrano, Correo de Comercio, junio de 1810).
Si bien puede observarse una crítica a cierto escolasticismo, y un influjo de posturas utilitaristas acordes con la filosofía dieciochesca; sin embargo la concepción de servicio –a Dios, a la Patria y al Rey- que se desprende del último párrafo citado es acorde con la mentalidad tradicional.
20) Massot, V. La excepcionalidad…
21) Romero Moreno, Fernando. Bicentenario y Tradicionalismo
22) El Padre Cayetano Bruno nos describe sus últimos momentos: “(luego de conocer la sentencia de muerte) Liniers ya no pensó sino en su alma. (…) (un documento anónimo atestigua que) ‘pidió al Sr. Obispo (Orellana) le sacase de su bolsillo el rosario y paseándose lo rezó y continuó preparándose para la confesión, todo  con tal nobleza y entereza que…, en aquel estado de ignominia y con los brazos atados, parecía más glorioso que en sus victorias de la Reconquista…Este Señor y el coronel Allende hicieron su confesión con el Sr. Obispo (…) Liniers rechazó la venda. Luego ‘en voz perceptible (…) imploró el auxilio de María Santísima –bajo el título del Rosario de quien fue siempre muy devoto-, e hincado de rodillas’ dio la señal a los soldados”. (Bruno, C. Creo en la vida eterna)
23) Las citas están tomadas del texto Tiempos modernos. Una teoría de la Dominación , de Enrique del Percio.
24) Ver nota 7.
25) Lozier Almazán, Bernardo. Proyectos monárquicos en el Río de la Plata. 1808-1825.
26) Dos Aniversarios, en EL Baluarte, N° 10.