martes, 27 de febrero de 2018

El desarrollo histórico de las patrias del Cono sur*

Por: FEDERICO  IBARGUREN

Agradezco al “Instituto de Promoción Social Argentino” por haberme invitado a hablar en este su VI Congreso Anual de Córdoba: la provincia mediterránea argentina  cuya capital fue fundada por el ilustre Gerónimo Luis de Cabrera. Es un honor para mi el hacerlo ante  tan caracterizado público presente y acompañado por un elenco de brillantes  pensadores, de tendencia católica pero a la vez tradicionalista, que participan en el importante convivio intelectual que hoy nos congrega.

Comenzaré diciendo que: “El desarrollo Histórico de las Patrias del Cono Sur”, cuyo tema me fijaron con anticipación los organizadores del Congreso, abarca un extensísimo período de nuestro pasado hispanoamericano; debo resumirlo entonces, por razones de tiempo y  espacio, señalando solamente sus tres características más salientes  -a mi ver- relativas a la totalidad de las diversas zonas geográficas, pueblos y naciones que integran el Cono Sur. O sea, poniendo el acento, de alguna manera, en su denominador común (religioso, cultural e histórico) que los caracteriza a todos en conjunto, desde los primeros años de la Conquista española inmediatamente posterior al 1500. Vale decir: 1º) un mismo proceso evangelizador difundido en el Nuevo Mundo indígena, por frailes y sacerdotes, que abarca el extraordinario período cultural europeo denominado del Siglo de Oro español; 2º) un común heroísmo de epopeya, atributo característico de la empresas colonizadoras españolas de los siglo XVI y XVII; y 3º) consecuentemente, un destino histórico paralelo en cada área geográfica propia, digno del enjundioso pasado fundador común que heredamos de España.

Todo ello señores, configura lo que nosotros, nacionalistas hispanoamericanos vinculados desde antiguo a lo genuinamente histórico de cada una de las naciones hermanas –aunque ahora independientes- del Cono Sur, tenemos definido ya (en este mundo tan revuelto e inestable en que vivimos) con sólo dos sencillas palabras: SER NACIONAL.

Pero ¿Qué será el tan mentado SER NACIONAL, preguntarán con razón ustedes, hartos acaso de oír y leer este concepto o “slogan” propagandístico: por la televisión,  la radio, y, en fin, impreso en letras de molde por la prensa escrita?

Pues bien, en mi opinión, SER NACIONAL (o “espíritu nacional”) es el engendrado por una cultura bajo cuyo signo –universalista pero a su vez telúrico- los pueblos primitivos o gregarios se transforman en comunidades organizadas, en naciones, mediando el tiempo. Esto ocurrió entre nosotros, los argentinos, mucho antes de 1810, por supuesto. Se trata entonces de saber desde cuando la Argentina tiene ese espíritu de nación en potencia, culturalmente hablando. A nivel histórico puede afirmarse sin exageración  en las fechas, que por lo menos desde el año 1541, luego de despoblada la precaria y fugaz Buenos Aires de Pedro de Mendoza que dio motivo al nacimiento –en lo que es hoy zona paraguaya- de la estratégica ciudad de Asunción; cuna de la Hispanidad Católica en toda la cuenca del Plata, misioneros mediante. Anticipo que fue de la evangelización  jesuítica perfeccionada durante el siglo XVII en tierra argentina. Aunque obstinadamente siga negando esto nuestra clásica historiografía liberal, la cual afirma –“Libertad”, “Igualdad” y “Fraternidad”  mediante- que el SER NACIONAL ARGENTINO  aparece de repente en lo universal, por arte de magia, el 25 de mayo de 1810 como resultado roussoniano de una asamblea deliberativa de vecinos. Tesis falsa, trasnochada ella, según es obvio, que no resiste el análisis de hechos sociales, políticos y religiosos ocurridos en la antañona Hispanoamérica, acaso tergiversados a  designio, además, por una ideología –iluminista o marxistoide- que viene deformando a fondo la mentalidad desprevenida de las juventudes del país.

EL “SER NACIONAL” Y NUESTRA RAÍZ CATÓLICA. 
 
En estos tiempos de imperialismos materialistas (grandes potencias con poder financiero capaz de sojuzgar cualquier soberanía nominal) la vida de las naciones está referida, por desgracia casi exclusivamente al ámbito económico. De ahí que, para muchos, resulta anacrónico –y hasta “oscurantista” a juicio de los liberales- mencionar a la religión como factor importante en la Historia. Aquel agnóstico cuestionamiento  tuvo origen, claro en el siglo XVIII (siglo de “las luces”) en que la razón humana descreída –con Descartes de precursor- fue ocupando poco a poco el lugar hasta entonces reservado al culto de los misterios de Dios y de la religión. Más tarde, el positivismo del siglo XIX, esencialmente ateo, inventará una filosofía propia con ingredientes pseudo-cientificistas, hasta culminar, como se sabe, en un socialismo dogmático, totalitario, que rechaza lo espiritual y lo divino a la vez. Y su mesiánico profeta fué, al poco tiempo, Carlos Marx.
 El comunismo niega, así, de manera rotunda, divinizando la materia que ahora ocupa el lugar creador-providente de Dios-,  la importancia histórica de lo religioso en el proceso formativo de las culturas.  Por eso abomina de las tradiciones conservadoras  de aquella herencia, vieja como el mundo,  repudiándolas en bloque, dado que para el marxismo las mismas constituyen nocivas alienaciones en perjuicio del “científico” materialismo dialéctico con que se define la nueva, sacrílega escuela revolucionaria. La cual escuela hace ya tiempo que viene enseñando (mediante asesinas tiranías estatales o corruptoras mentiras demagógicas)  el odio implacable a todo resabio de religión sobrenatural; la guerra a muerte a todo amor patrio entrañable.
Y bien, semejante tergiversación de la historia, producto del simplismo comunista, es condimentada ahora  con falsos sofismas   y “slogans” de contenido inhumano, demostrando a las claras  la crasa ignorancia de la pretendida escuela “científica” del materialismo de marras. Nada más alejado de la verdad real que las interpretaciones marxistas del pasado. Nada menos de acuerdo con el concreto acontecer pretérito que el ateísmo revolucionario de izquierda, sobre el cual –“Sine irae et cum studio”- la ciencia histórica ha dado ya su última palabra desde hace décadas.

 En este orden de cosas, ¿interesa acaso demasiado a los dirigentes de las contemporáneas revoluciones rusa o china (oportunistas idólatras), demostrar, por ejemplo,  a sus satánicos militantes, con serias pruebas documentales, desde luego, si es existencialmente cierta aquella malintencionada frase de Marx: “La religión es el opio del pueblo”? No les interesa en absoluto. Al contrario, mienten a sabiendas, negando todo lo que en los hechos, contradiga el fondo perverso, autoritario de su anticristiana ideología; ella sí fabrica con propósitos expresos de adormecer las conciencias manteniéndolas idiotizadas al máximo. Dopadas para dominarlas mejor. Y esa mentira sistemática de todas las propaganda manejada por las tiranías marxistas del siglo: ¿No resulta, de suyo, el verdadero anestésico colectivo; el “opio del pueblo” que el judío Marx acusaba sin pruebas y con malicia maquiavélica, culpando de ello groseramente al cristianismo?

Pero la historia no se escribe con paradojas efectistas ni con hábiles “slogans” sofisticados. ¿Qué nos enseña entonces la realidad a este respecto? Veámoslo a continuación.

Las naciones –sin quizás- como los individuos, tienen también sus padres, su filiación legítima (toda vez que no son hijos de nadie) y continúan una Historia que es la de sus antepasados. Las naciones no surgen por casualidad ni tampoco se constituyen por  “contrato”. Son encarnaciones de una determinada cultura. Y toda verdadera cultura reconoce, en su entrañable meollo, un nacimiento religioso comprobable y cierto, que la imparcialidad histórica europea y americana ha puesto de manifiesto en estos últimos tiempos, sobre todo.
“Estamos apenas empezando a comprender cuán íntima y profundamente está ligada la vitalidad de una sociedad con su religión –escribe Christopher Dawson en su interesante ensayo histórico-cultural, titulado “Progreso y Religión”- : El impulso religioso es el que proporciona la fuerza cohesiva que unifica una sociedad  y una cultura. Las grandes civilizaciones del mundo no producen las grandes religiones como una especie de “subproducto cultural”; en un sentido muy real, las grandes religiones son los cimientos sobre los cuales  descansan las grandes civilizaciones. Una sociedad que ha perdido su religión se convierte más tarde o más temprano  en una sociedad que ha perdido su cultura… Pues una civilización no puede desprenderse del pasado a la manera que  un filósofo descarta una teoría. La religión que ha gobernado la vida de un pueblo durante mil años entra en su verdadero ser y modela todo su pensamiento y su sentir”. He aquí, digo yo, el drama íntimo sin resolver que padecemos  nosotros desde hace más de un siglo; y también los pueblos hermanos nuestros del mismo origen hispanocatólico en general.

Nuestra religión no es otra, pues, que la misma enseñada hace ya casi dos mil años por la Iglesia Católica Apostólico Romana (pero a través  de la posterior evangelización española);  y nuestra cultura, -ligada estrechamente con el catolicismo de occidente-  remontase a los tiempos lejanos de la cristiandad europea, a partir del siglo V de nuestra era, en cuyo accidentado periplo se derrumban sin gloria, aunque no de golpe, las estructuras políticas e institucionales del Imperio de los Césares. Quedará Bizancio allá lejos, pero en definitiva cae Roma.

Ahora bien, aunque el liberalismo decimonónico que aun soportamos, nos ha desfigurado atrozmente –a través de una enseñanza laica y desnacionalizadora- la vera imagen de la Patria. El SER NACIONAL ARGENTINO, reconoce su origen en el catolicismo español de la militante Contrarreforma religiosa (de los siglos XVI y XVII). Sus primerizas ciudades americanas, en efecto, nacieron –bajo los reinados semi-teológicos de Carlos V y de Felipe II- todas ellas  con nombres extraídos prolíjamente  del santoral católico; por mano de recios conquistadores y frailes misioneros que les acompañaban en la empresa de poblar y evangelizar el Nuevo Mundo para el Rey y para Cristo. Aquellos nombres religiosos puestos por Adelantados y Capitanes Generales de la conquista a fortalezas, puertos, nuevas aldeas y ciudades de las Indias Occidentales españolas, caracterizan por sí solos el espíritu de Cruzada con que fue bautizada la virginal tierra mostrenca y convertido el salvaje aborigen de la fe cristiana.

Recordemos cronológicamente, algunos nombres de pueblos y sus respectivas fechas de fundación; aunque más no sea localizados por falta de espacio en el escenario territorial del Río de la Plata y de las antiguas regiones del Tucumán y Cuyo (hoy argentinas). Veamos: 1527 nace el primer fuerte llamado “Santi Spiritu” en las márgenes del río Paraná; 1536, el primer puerto español fundado aquí por Pedro de Mendoza, titulado “Nuestra Señora del Buen Ayre”; 1541, Juan de Salazar y Domingo Martines de Irala funda la ciudad de “Nuestra Señora de la Asunción”, el día 15 de agosto; 1553, Francisco de Aguirre levanta la ciudad, por segunda vez, de Santiago del Estero (¡Santiago y cierra España!); 1558, Nuño de Chávez inaugura la población de “Santa Cruz de la Sierra” en el Alto Perú; 1562, Juan de Jufré funda “San Juan”  en el límite de la cordillera de los Andes; 1565, Diego de Villarroel levanta en el mismo lugar en que está hoy, los cimientos del pueblo “San Miguel de Tucumán”; 1567, surgió –aunque efímeramente “Nuestra Señora de Talavera”  (o Esteco); 1573, Juan de Garay funda la ciudad de “Santa Fe” en las orillas del Paraná; 1575, se echan las bases, en Jujuy, de una población llamada “San Francisco de la Nueva Provincia de Alava”; 1577, muy cerca de Salta se intenta  la fundación,-que no prospera- de “San Clemente”; 1580, otra vez Juan de Garay reedifica Buenos Aires poniéndole este nombre sagrado: ciudad de la ”Santísima Trinidad”; 1585, el joven Hernando Arias de Saavedra  funda la villa de “Concepción del Bermejo” en el Chaco Santafesino; 1588, en nombre del Adelantado Juan Torres de Vera y Aragón, establecen en nuestro litoral mesopotámico el pueblo de “San Juan de Vera de las Siete Corrientes”, con la participación activa del caudillo Hernandarias; 1591, Juan Ramírez de Velazco funda la “Ciudad de Rioja la Nueva de Todos los Santos”; en 1593, se levanta “San Salvador de Velazco (en Jujuy); 1594, asientan –sin éxito- a “San Luis de Loyola”; 1596, nace la actual ciudad de San Luis, en el fértil territorio circundado por Córdoba, La Rioja, San Juan y Mendoza; 1693, casi noventa años más tarde, el entonces gobernador del Tucumán, Fernando Mendoza de Mate de Luna levantará la ciudad “San Fernando del Valle de Catamarca”, entre las Sierras de Ancaste y Ambato, que la circundan, etc. etc. etc.

Semejante lista interminable de nombres católicos, me pregunto: ¿asombrará acaso a quienes se hallen enterados de la maciza fe religiosa –pese a sus humanas caídas- que ostentaban en público y en privado nuestros principales conquistadores, abanderados del rey de España, a la sazón? Desde luego que no. Sólo por ignorancia o por mala fe  pueden justificarse en parte –dada la pésima enseñanza recibida- algunos asombros insólitos de gente que dice tener cultura “universitaria” entre nosotros -¡Cruel ironía!-.

 Ahora bien, concentrando este tema, añadiremos seguidamente que la conquista de América quedó así, informada del tradicional espíritu apostólico, guerrero y rural de la Edad Media; y no del nuevo espíritu  particularista, burgués y utilitario  del renacimiento europeo que iba floreciendo mientras tanto, poco a poco, en Italia y Francia. Y en tanto en el viejo mundo, la duda antimetafísica del Renacimiento –de las que son precursoras los humanistas- engendrará la Reforma, que se inicia en el año 1517 con la rebeldía del monje alemán Martín Lutero; en España, la fe de la Edad Media –rediviva en tiempos de los Reyes Católicos- engendrará la Contrarreforma, que se inicia en 1540 con la obediencia militar prestada al Papa por Ignacio de Loyola. Esta antorcha reaccionaria, en apariencias, de la Contrarreforma religiosa en la Europa renacentista, alumbrará en adelante al continente hispanoamericano todo; mientras la estrategia jesuítica, diestramente gobernada por la Compañía de Jesús, pone sitio, por espacio de dos siglos (invocando al Concilio de Trento: años 1545 al 63) a la herejía protestante de luteranos, calvinistas, hugonotes y anglicanos antipapistas, frenándose el peligro turco luego de la exitosa batalla de Lepanto en 1571.  Es entonces y bajo el signo de aquella ofensiva formidable del catolicismo hispano (o sea de la Contrarreforma) que el Nuevo Mundo adquiere plena conciencia de sí mismo. La mesnada de misioneros multiplicase, entre tanto, en nuestras ciudades y campañas, favorecido por la política imperial y va conquistando –con paciencia y habilidad evangélicas- la fe del pueblo aborigen (indios, criollos y mestizos) a la causa universal de Cristo Rey.

En tal sentido, el afamado pensador holandés Werner Sombart, al estudiar los orígenes históricos del capitalismo en occidente, cuando se refiere a su escasísimo desarrollo en la católica España, da los siguientes motivos de hondo interés sociológico para todos los pueblos contemporáneos de Hispanoamérica., hijos de una misma estirpe,  en su libro “El Burgués”; “El Catolicismo parece haber perturbado el desarrollo del espíritu capitalista en España, donde los intereses religiosos había alcanzado  una importancia tal que habían concluido por primera vez sobre los intereses de todo otro orden. La mayor parte de los historiadores ven, y con razón, la causa de este fenómeno, en la lucha entre el Catolicismo y el Islam, de la que la Península Ibérica fue teatro durante cerca de mil años. La larga dominación de la fe mahometana tuvo como resultado imbuir al pueblo cristiano de la idea de que la destrucción del Islam era su sola y única misión. En tanto los demás pueblos europeos podían prestar su atención a nuevos problemas de orden espiritual y económico, España no podía considerar posible un ideal distinto, mientras quedase una sola bandera mora flameando en las torres de una fortaleza ibérica. Todas las guerras de su independencia fueron, en España, guerras religiosas. Lafuente habla de una “cruzada eterna y permanente contra los infieles”: 3700 batallas fueron libradas contra los moros antes de su expulsión. Pero el predominio del ideal caballeresco y religioso se mantuvo aún después de la derrota de los moros, imprimiendo un carácter particular a todas las empresas coloniales de los españoles y determinando la política interior de los reyes. El feudalismo y el fanatismo dieron origen, por su íntima conexión, a un estilo de vida para el que no había lugar en el mundo prosaico de la edad moderna. El héroe nacional de España está encarnado en un personaje  universalmente conocido y que, por cierto, no tiene nada de capitalista: por el caballero andante, por el amable y simpático DON QUIJOTE…”.

 Pero no obstante, la lucha que parecía ganada bajo el paternal gobierno misionero de los Austrias (1516-1700), luego de sufrir dos considerables reveses al lograr los Países Bajos (1568-1609) su revolucionaria liberación del Imperio y ser derrotado Felipe II en 1588, dispersándose la famosa “Armada Invencible” frente a las costas británicas del Canal de la Mancha, concluye su período ascendente  de grandeza con Felipe IV en 1648, a raíz del humillante tratado de Westfalia para los Habsburgo (el gran empate, como lo llama Belloc), que piso fin a la guerra religiosa de los “Treinta Años”  entre los  enconados bandos europeos: católico y protestante. Había llegado lentamente, el inexorable otoño imperial rubricado –si cabe- por el revés militar de Rocroi (1643) durante aquella guerra, a manos del mariscal Condé. Además, en 1640 Portugal se separó de la corona española con el apoyo de Francia, Inglaterra y Holanda. El triunfo posterior de los Borbones (con Felipe V, Fernando VI y Carlos III) impone al Imperio hispánico ya decadente un absolutismo nuevo, exótico y afrancesado a la manera del de Luis XIV.

Es el soplo tardío del Renacimiento –lujo y frivolidades-, que importado de Francia en el siglo XVIII lo penetra todo, transformando desde las instituciones el SER SUSTANTIVO  de una Hispanidad a la defensiva que se resistía a morir. La unidad político-espiritualista lograda por los Reyes Católicos en 1492, se quiebra en España, provocando en consecuencia un hondo descontento popular en el Nuevo Mundo de criollos y mestizos: los cuales, a fines del reinado de Carlos III reaccionan contra la Corona solidarios con los jesuitas –evangelizadores y maestros genuinos de América- a raíz de su inicua expulsión  del reino y colonias ultramarinas (1767); con el beneplácito, por supuesto, de nuestros amigos fronterizos: los portugueses.

Algo más tarde, en los albores del siglo XIX, bajo  el despotismo revolucionario de Napoleón Bonaparte, iniciamos en el Río de la Plata –todavía en vigencia los viejos ideales de la Contrarreforma, a la sazón olvidados por los europeos- el arduo periplo de nuestra emancipación política a partir de 1810. Una vez abierto el proceso cruento de la revolución de Mayo –liberal por un lado y anti liberal por otro- en todo el territorio perteneciente al antiguo virreynato de Buenos Aires, la consiguiente anarquía engendrará la aparición de dos caudillos políticos famosos: José Gervasio de Artigas (1811-1820) y Juan Manuel de Rosas (1835-1852). Sobre este último –nuestro cabal “Restaurador de las Leyes” –ha escrito, elogiándolo, el gran prusiano Spengler: “…Rosas el dictador argentino –dice- representó esta aristocracia (vuelta hacia lo hispánico) contra el jacobinismo, que invadió muy pronto  desde Méjico hasta el extremo Sur del Continente, encontrando apoyo en los “clubs” masónicos y liberales enemigos de la Iglesia Católica… etc”.  Ernesto Quesada, autor argentino, en su libro: “La época de Rosas”, sin forzar mucho el paralelo de los personajes ha podido escribir también: “Rosas es el Luis XI de la historia argentina”, añadiendo luego: “Como Felipe II, todo lo que en el país pasaba lo sabía él… para Rosas los unitarios fueron lo que para Felipe II los herejes”. Y según otro compatriota, José María Ramos Mejía, en su ensayo “Rosas y su tiempo” expresa que el dictador  criollo tuvo afinidades naturales con el señorío y el temperamento, nada menos  que con Ignacio de Loyola: “Rosas se le asemejaba –nos dice- por el carácter dominador y ordenancista, rígido y tranquilamente duro, de juicio intenso y seguro, y al ser como aquel, tremendo analizador de la entraña humana, sagaz en la caza de voluntades, constructor, en fin, de caracteres de hierro”. Ello queda bien probado –¡ vive Dios! para quien lea la terrible “Proclama” del 13 de abril de 1835, definiéndose Rosas allí francamente ante los “logistas” e “impíos” unitarios –enemigos mortales suyos, de la religión y del federalismo criollo –a poco de ser plebiscitado como gobernador de la provincia de Buenos Aires por segunda vez, y “con la suma del poder público”  en la mano .

Dice así la dura proclama: “…Ninguno de vosotros ignora que una facción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha  desvirtuado las leyes, hécholas insuficientes para nuestro bienestar; ha generalizado los crímenes y garantizado la impunidad; hecho desaparecer la confianza necesaria en las relaciones sociales y obstruido los medios honestos de adquisición; en una palabra, ha disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y la perfidia.   La experiencia de todos los siglos nos enseña que el remedio  de todos estos males no puede sujetarse a formas, y que su aplicación debe ser pronta y expedita… Habitantes de la Ciudad y Campaña: la Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia: resolvámonos, pues, a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto  en confusión nuestra tierra: persigamos de muerte al impío al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor, que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe”.

Nadie había olvidado entonces, por cierto, el crimen aleve cometido impunemente contra la limpia persona del Gobernador Dorrego en 1828; y sobre todo el cobarde asesinato a mansalva de que fue víctima el ilustre general riojano Don Facundo Quiroga y su comitiva, en Córdoba, pocos meses antes de subir Rosas al poder en 1825 [1835]. Era la ley del Talión que aplicaba ahora la Dictadura nacional, en defensa propia: “ojo por ojo y diente por diente”!

EL “SER NACIONAL” Y NUESTRA INTEGRIDAD TERRITORIAL

“Abrirles puerta a la tierra”; había sido durante años, la obsesión permanente de los expedicionarios conquistadores de nuestro primitivo Tucumán, quienes, partiendo del Perú o de Chile, ambicionaban la proeza lograda recién por Garay en 1580 de fundar una ciudad puerto  que sirviera de segura comunicación  de aquel enorme y rico “Hinterland”, con la cabecera hispánica de Asunción del Paraguay en la cuenca del Plata, establecida por el caudillo Irala en1541; y desde luego, de accesible enlace con España por la vía atlántica.

      El precursor de este colosal plan integrista, que incluía también en su visión prospectiva a la que sería la Capitanía General de Chile fue –según lo tiene exhaustivamente demostrado Roberto Levillier- don Francisco de Aguirre: formidable guerrero nacido en Talavera de la Reina, que arribó en edad madura al Perú en 1536, participando allí en la contienda entre pizarristas y almagristas para luego, como lugarteniente del famoso Valdivia, desde el otro lado de la cordillera, incursionar por tierras de nuestro Tucumán recién descubierto, donde fundaría –no sin lucha-  la ciudad de Santiago del Estero en 1553; urbe decana de la colonización española en el actual Noroeste argentino.

     En efecto, escribe Levillier en el tomo II de su clásica “Nueva Crónica de la Conquista del Tucumán”: ”Aguirre ideó desde 1551 y 1552 la extensión de la conquista del Tucumán hacia el sur y hacia el océano. En 1553/4, después de haberse apoderado del Barco III –levantado por Juan Núñez del Prado- y haber trasladado ese pueblo, bautizándolo Santiago del Estero, recorrió, al parecer, la provincia de Esteco, el río Bermejo, las tierras del río Salado, llegó hasta los bordes del Paraná, por Gaboto, siguió el curso del río Tercero, vio la tierra de los Comechingones a 80 leguas de Santiago del Estero, destinada a ser el contacto de la tierra con un puerto a establecerse en el Mar del Norte… El punto que pensaba fundar Aguirre era, pues –con algún margen de relatividad-, el mismo que poblara Cabrera, a 80 leguas de distancia de Santiago del Estero (sierras de Córdoba) y entre dos ríos (Primero y Segundo) que salian de esas montañas y descendían corriendo hacia el Río de la Plata… Establecer una línea de fundaciones Copiapó-Buenos Aires, por San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero y Comechingones (Córdoba)  para unir el Mar del Sur con el Mar del Norte, asegurar contacto a las provincias mediterráneas con ambos océanos, dar salida  a los productos de Chile y del Tucumán y entrada a mercaderías y socorros por puertos en el Paraná y el Río de la Plata para evitar la navegación de dos mares por Portobello y Panamá (independizándose as i de la tutela peruana). Tal era –dice Levillier- la “ideología” de Francisco de Aguirre al fundar Santiago del Estero en 1553, asegurando acto seguido: “¡Qué hubiese sido Aguirre en la historia americana, si desenvuelve a satisfacción suya, el magnífico plan trazado!. En su sola mente: Londres, San Miguel, Calchaquí, Salta, Esteco, Córdoba de Comechingones, Gaboto, Buenos Aires. Y esto en 1556… en sus largas campañas no fueron las finalidades perseguidas minas de oro, sino tierras fértiles… Aguirre alentó el propósito de creas ciudades en Córdoba, en el Paraná y en el Río de la Plata (posteriormente fundadas por Gerónimo Luis de Cabrera y Juan de Garay), porque en esos puntos –concluye Levillier- había distinguido tierras propias para la agricultura, la ganadería y el intercambio”

      Este proceso colonizador del Río de la Plata, reseñado precedentemente culminaría con la segunda  fundación de Buenos Aires, que fue definitiva. Y constituye el anticipo histórico, muchas veces ignorado por los estudiosos del tema, de la geopolítica tenida en cuenta por Carlos III, a mediados de 1776, cuando el monarca –apremiado por la amenaza portuguesa que fuera contenida diez años atrás por las reducciones jesuíticas de la frontera oriental –se decidió a institucionalizar el último de los virreynatos hispanoamericanos en el Cono Sur. Anteproyecto este, en grande, de los que algo más tarde llevaría el nombre de Provincias Unidas del Río de la Plata: cuna y origen espléndido de nuestra nacionalidad actual.

      Aquel enorme triángulo territorial con salida a los dos océanos, extendíase del Perú hasta Tierra del Fuego. Comprendía diversas zonas abarcando: por el Norte, una parte del Trópico, y por el Sur, hasta la punta antártica del continente helado. La jurisdicción del nuevo Virrey debía imperar sobre las provincias de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán (comprendiendo Córdoba y Salta), Potosí, Santa Cruz de la Sierra, Charcas y todos los corregimientos, pueblos y territorios de Mendoza y San Juan del Pico, que estaban a cargo de la gobernación de Chile. Buenos Aires adquiría, con la creación del Virreynato, los tres instrumentos de la dominación: el político, el económico y el  militar, que posteriormente utilizaría para alcanzar su incipiente predominio.

      En efecto, desde su fundación, la ciudad-puerto (vía de comunicación obligada con la Asunción, estratégico baluarte  y salida forzosa al océano por el Oriente) fue cumpliendo  su triple destino hostigada por la presión de los portugueses, quienes, desde el Tratado de Tordesillas, habían ocupado las costas del Río Grande y ambicionaban apoderarse de la Banda Oriental del Río Uruguay, para llegar, así, a las orillas del Río de la Plata (como llegaron en 1680).

      En el año 1617 logra recién Buenos Aires adquirir el rango de capital de la gobernación de su nombre, independizándose por vez primera de la influencia política y económica de la Asunción. El pleito con los portugueses por la Colonia del Sacramento termina en 1777, con la victoriosa expedición de Pedro de Ceballos, quien inauguró, bajo tales auspicios, el Virreynato del Río de la Plata  creado ese mismo año. Sin embargo, la conquista de la Colonia no sofocó las ambiciones del secular enemigo. La manzana de las discordias hispano-lusitanas pasaría a ser, en adelante, Montevideo: la ciudad fundada en la Banda Oriental por Bruno Mauricio de Zabala para ahogar el contrabando que se hacía por el Sacramento.  La triunfante diplomacia de los Braganza respaldada y fomentada por Inglaterra trabajará, desde entonces, por la anexión total de aquella estratégica provincia hispanocriolla, buscando, además, la segregación de parte del Paraguay. Y el encono producido por la rivalidad de las regiones y ciudades más antiguas, próximas al aristocrático Perú, unido a aquellas pretensiones de los portugueses y agentes ingleses, urdidas desde el Brasil, tuvieron continuamente en jaque a los virreyes bonaerenses que se sucedieron en el gobierno hasta  1810

      Puesta en marcha desde Buenos Aires, la revolución de Mayo aparece en la palestra antiportuguesa, en primera fila: el caudillo José  Gervasio Artigas. Luego, el Gran Capitán de los Andes, José de San Martín estructurará su “Plan Continental” por el Oeste, levantando  desde Chile y Perú sus tres consignas políticas tradicionalmente integradoras; a saber: HISPANIDAD, INDEPENDENCIA, AMERICANISMO. Una prueba bien concreta de ello lo tenemos en el veraz testimonio de su íntimo amigo  Tomás Guido, quien fue testigo presencial de la célebre entrevista –con motivo de las fracasadas negociaciones de Punchauca en 1821- entre San Martín y el Virrey del Perú José de la Serna.

      Nuestro Libertador ambicionaba (a la sazón) el establecimiento –de común acuerdo con el gobierno español de entonces- de una monarquía constitucional independiente, abarcando, dicho reino americano: el Virreynato del Perú, por supuesto; la flamante nación chilena recién emancipada y toda el área territorial que estuviera a la fecha bajo la efectiva jurisdicción  del gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Audaz proposición ésta –según se verá-  que no tuvo buena acogida por parte de las autoridades limeñas en la emergencia.

      He aquí la transcripción literal de la propuesta sanmartiniana al virrey La Serna, tal cual resulta del testimonio fidedigno  recogido de primera mano  por el General Guido; confidente de San Martín. “He venido al Perú desde las márgenes del Plata –manifestó este a su interlocutor en Punchauca-, no a derramar sangre sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma España ha hecho  alarde al proclamar la Constitución de 1812 que V.R. y sus generales defendieron. Los comisarios de V.E. entendiéndose lealmente con los míos han arribado a convenir en que la independencia del Perú no es inconciliable con los grandes intereses de España, y que al ceder a la opinión declarada de los pueblos de América contra toda dominación extraña, harían a su patria un señalado servicio si fraternizando evitan una guerra inútil y abren las puestas a una reconciliación decorosa.  Pasó ya el tiempo en que el sistema colonial pueda ser sostenido por la España; sus ejércitos se batirán con la bravura tradicional de su brillante historia militar; pero los bravos que V.E.  manda comprenden que, aunque pudiera prolongarse la contienda, el éxito no puede ser dudoso para los millones de hombres resueltos a ser independientes, y que servirán mejor a la humanidad y a su país, si en vez de ventajas efímeras pueden ofrecerle emporios de comercio, relaciones fecundas, y la concordia permanente entre hombres de la misma raza, que hablan la misma lengua y sienten con igual entusiasmo el generoso deseo de ser libres. Si V.E. se presta a la cesación  y enlaza sus pabellones con los nuestros  para proclamar la independencia del Perú, se constituirá un gobierno provisional presidido por  V.E., compuesto de dos miembros más, de los cuales V.E. nombrará uno  y yo el otro, -habla siempre San Martín-; los ejércitos se abrazarán sobre el campo; V.E. responderá de su honor y de su disciplina; y yo marcharé a la Península si  necesario fuera, a manifestar el alcance de esta alta resolución, dejando a salvo en todo caso hasta los últimos ápices de la honra militar, y demostrando los beneficios para la misma España se un sistema que, en armonía con los intereses dinásticos de la casa reinante, fuese conciliable con el voto fundamental de la América independiente”.

      Para el gran caballero que fue nuestro Libertador (nombrado después “Protector” del Perú libre, casi inmediatamente), fracasó en su limpio y quijotesco intento de unificar el convulsionado mundo hispanoamericano, de común acuerdo con la Madre Patria, sobre la base de una monarquía constitucional independiente –de ser posible- encabezada por un príncipe español.

      Ahora bien, volviendo al arduo problema de la ocupación de toda la Banda Oriental por los ejércitos regulares al mando del general portugués Carlos Federico Lecor, comprobamos que ya en 1825 había Juan Manuel de Rosas cooperado e intervenido, como particular, en la campaña libertadora de Lavalleja, culminada en el Congreso de “La Florida” que declaró: “la incorporación de la Provincia oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata”. Tal actitud del entonces estanciero porteño, primo de los Anchorena, y que llegaría a gobernador de Buenos Aires en 1829, con su prestigio intacto, le es reconocida hoy no solamente por historiadores favorables como lo fue Adolfo Saldías, por ejemplo; lo declara en letras de imprenta, paladinamente, uno de sus denigradores máximos como lo sigue siendo Enrique de Gandia, quien en su libro “Los Treinta y Tres Orientales” ha escrito lo que sigue, textualmente: “Hoy se sabe perfectamente que Rosas estuvo, en Buenos Aires, en comunicación con los organizadores de la expedición  de los treinta y tres orientales. Ninguno de sus proyectos ni de sus secretos debió serle desconocido… Rosas en Southampton, se enorgullecía, en la carta de su amigo Reyes, de la ayuda que  había prestado a los patriotas orientales. “Recuerdo –decía- al fijarme en los sucesos de la república Oriental, la parte que tuve en la empresa de los treinta y tres”. Seguramente nunca se imaginó el estanciero de los  “Cerrillos” que durante su gobierno, se repetiría esta intervención, pero en términos tan resueltos que en aquel momento hubieran parecido inverosímiles.

      Los insólitos bloqueos  declarados, más tarde, a la Confederación Argentina, por las escuadras de Francia y Gran Bretaña, en estrecha alianza con los emigrados unitarios de Montevideo y con el “Pardejón” Rivera , volvieron a dar actualidad al viejo sueño de Rosas, quien (Ernesto Quesada lo señala en su obra sobre el Restaurador): “… no quiso reconocer las segregaciones de las antiguas provincias argentinas, de Montevideo, del Paraguay, de Bolivia…”; y que, afrontando toda clase de sacrificios y peligros: “… tendió a la reconstrucción de la nacionalidad argentina, dentro del molde histórico del Virreynato”.

AQUÍ  Y  AHORA

      Ha llegado al fin –creo yo, señoras y señores- la hora tan esperada por los patriotas de intentar, aprovechando circunstancias de afuera que no hemos buscado, el recobro de nuestras olvidadas afinidades en el hemisferio al que pertenecemos, por designios del Creador y de España.  Diríase que recién los argentinos estamos preparándonos para afrontar una tremenda responsabilidad: la restauración paciente de aquel conjunto de pueblos hermanos en la lengua, la sangre y la fe –por desgracia dispersos  desde hace más de un siglo, en repúblicas separatistas- a efecto de hacerla valer en el nuevo orden del mundo que despunta.

      Y es que nunca como al presente se hace posible, señores, el reagrupamiento  en haz de naciones que componen un vasto sector de la América Meridional cuyas nombres alumbra la Cruz del Sur. No en vano ha corrido tanta agua bajo los puentes de la Historia, desde 1850 hasta nuestros días.  Los factores  contemporáneos recurrentes  a este antiguo objetivo geopolítico son múltiples y complejos; pero acaso, por eso mismo, se hace evidente la impostergable necesidad de traducirlos en HECHOS, a riesgo de DEJAR DE SER, en un tiempo que impone poderosas concentraciones nacionales. Ardua tarea ésta, que requiere, por los mismo, el apoyo incondicional  de la juventud decidida e inteligente, al servicio espiritual, político y económico de una grandeza posible para todos los pueblos hispanoamericanos del área.

      Porque, señores, la tradición viva no escosa rearchivos o de museos. Actúa en las entrañas, imperceptible, como la sangre que va irrigando las vísceras de un cuerpo en estado de salud.  Desconocida y aun falsificada por pedagogos o malos gobernantes, la tradición se resiste a ser enterrada como una momia en el sarcófago de aburridas rutinas. Ella responde a necesidades reales del Bien Común Social ; y está, en cualquier caso, por sobre las utopías y sistemas abstractos  con que pretenden suplantarla los fracasados ideólogos –fanáticos de la violencia a veces, o los tecnócratas del  “desarrollo” materialista universal –cualquiera sea su signo- por ellos dictatorialmente perseguido.

      Por eso, y apremiados además por hechos concretos de frontera que están afectando de algún modo  la soberanía nacional, hemos de volver a juntarnos en día no lejano –a pesar de las defecciones de ayer y las dificultades actuales-: argentinos, uruguayos, paraguayos bolivianos (Y acaso hasta los chilenos también) en fraternal y generosa  alianza, salvaguardando nuestros territorios de cualquier pretensión foránea.  No sólo contra la izquierda marxista en el campo ideológico, también en el de las soberanías de cada patria. Sin antifaces exóticos, pues, habremos de reconocernos al fin de la larga jornada, en el claro espejo del propio pasado católico y cultural al que pertenecemos todos.  Porque nuestras relaciones mutuas, al fin de cuentas,  no son algo convencional y extranjero cuya unificación se nos impone en beneficio de otras potencias fuertes –fronterizas o no-; se trata, en la Cuenca del Plata, de unidades regionales antiguas del mismo origen, mutiladas con habilidad hace mucho más de cien años por un sutil enemigo siempre enmascarado.

      ¿Están faltando acaso me pregunto en este momento- estadistas de envergadura en la Argentina actual?. Inspirémonos, mientras aquí vayan apareciendo, en el ejemplo de ilustres antepasados fundacionales de la talle de Francisco de Aguirre (primer gobernador del Tucumán autónomo, en 1564); de Hernandarias (primer gobernador del Río de la Plata autónomo, en 1617); de Pedro de Ceballos, primer Virrey “interino” del Río de la Plata, en 1776). Todos ellos antepasados creadores de naciones: como lo fueron en el siglo XIX San Martín y Rosas. Y eduquemos prolijamente a nuestras generaciones jóvenes en el difícil arte de predicar una diplomacia  integradora, patriótica, generosa, con planes concretos de corto y largo plazo. Una diplomacia madura, flexible pero firme; concediendo en ocasiones pero nunca cediendo; sin “slogans” grandilocuentes  ni fanfarronerías electoralistas de demagogos. No podemos seguir inertes, dormidos en lo internacional, a la rastra de las grandes potencias de turno. Eso es quedarse en el coloniaje. ¡Resignación inaceptable!

      Nuestra tarea política  del momento sería, entonces, posibilitar pacientemente una voluntaria unión confederativa de naciones vecinas libres, apuntando al futuro; pero con claro sentido tradicionalista e Histórico. Una unión confederativa de pueblos afines –en lo cultural y sin descuidar lo económico- para la defensa mutua interna e internacional.  Obra del  “instinto de conservación”  comunitario, que diría Toynbee. Y ahora que África  parece  dominada desde Angola por los marxistas cubanos al servicio de Cuba en el Atlántico Sur, con mayor razón aún.

      Compatriotas ¿lograremos algún día los argentinos, robustecer de nuevo en el Río de la Plata (con enemigos concretos a la vista) nuestra amenazada seguridad exterior antes que sea demasiado tarde? ¡He aquí el gran desafío que debemos afrontar urgentemente, si queremos ser fieles a nuestro destino!
      Y finalizo, señoras y señores, leyendo con emoción estas hermosas estrofas optimistas –quizás proféticas- de Rubén Darío, el gran poeta hispanoamericano del siglo que vivimos:

“Únanse, brillen, secundense, tantos vigores dispersos
Formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas ínclitas razas,
Muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
Que regará lenguas de fuego en esa epifanía…”+

*Conferencia publicada en  VERBO, marzo 1979


sábado, 13 de enero de 2018

Motivos del Revisionismo y del Antirrevisionismo Históricos.

Por: Pedro de Paoli

Conferencia pronunciada en Mendoza el 6 junio 1959.

      Es en nuestros días que, por primera vez se plantea en nuestro país la cuestión histórica. Con anterioridad solamente se planteó la cuestión de algunos hechos históricos, pero tratados empíricamente, desde su importancia como episodios, y dentro de los  límites puramente formales y estrechos de la crónica.

      Jamás se fue al contenido de los hechos históricos, como tampoco se los trató en su conjunto como raíz de un pueblo nuevo y como causa de un acontecer que se proyectaba hacia el futuro obedeciendo al sino de un momento histórico dado, y al que ninguna fuerza era capaz de detener. Donde había una fuerza inmaterial que daba nacimiento a un nuevo acontecimiento histórico, como ocurrió con el nacimiento de Babilonia, Grecia, Roma, la Edad media, o el Renacimiento, nuestros historiadores sólo vieron tal o cual hecho, o episodio, provocado por la voluntad personal de aquel o éste personaje civil o militar. Y lejos de ser capaces de penetrar en los designios del sino histórico de los pueblos, de las razas o de las culturas, desde el punto de vista filosófico o teológico, hasta fueron incapaces de unir al estudio de esos hechos históricos, las ciencias indispensables a tales estudios: cuales son la etnografía, la economía, la filosofía la arqueología, la sociología… Y es que de todos nuestros llamados historiadores ninguno fue filósofo, ni economista, ni político. Los unos fueron periodistas y los otros militares. No se cultivaba, entonces, en nuestro país ni la ciencia histórica ni el método histórico. De ahí que quienes pretendieron ser historiadores quedaron en meros cronistas. Por eso nosotros no tenemos una Historia Argentina, sino que solamente tenemos una crónica de los hechos históricos de la Argentina.

      Sarmiento intentó en el ‘Facundo’ realizar un estudio histórico, dentro de los lineamientos y del sentido real y profundo de esta ciencia, de acuerdo con los conocimientos de su época. Su falta de cultura, de entonces, y su pasionismo, se lo impidieron. Por eso dice el Dr, Alfredo L. Palacios que “Facundo no es libro de historia, ni es tampoco un libro de sociología”, y por eso don Valentín Alsina le reprocha a Sarmiento, en las notas críticas que escribió sobre  ‘Facundo’: “Ud, es propenso a los sistemas (quiere decir con esa palabra, preconceptos, que se tiene una idea preconcebida del asunto que se va a tratar), Ud. es propenso a los sistemas, y éstos, en las ciencias sociales como en la naturales, no son el mejor medio de arribar al descubrimiento de la verdad, ni al recto examen, ni a la veraz exposición de ella. Desde que el espíritu está ocupado de una idea anterior, y se proponga hacerla triunfar en la demostración, se expone a equivocaciones notables, sin percibirlo”.

      Con ese pasionismo y esos ‘sistemas’, al decir de don Valentín Alsina, o preconceptos, nacen nuestros libros de historia argentina, en los que hemos estudiado siendo niños y jóvenes, y con los que hemos enseñado luego siendo maestros. Y así se formó nuestro concepto histórico del pasado argentino con libros escritos por cronistas cuyo interés principal fue el de defender al padre que fue actor de importancia en algunos hechos históricos, a la propia familia que se hizo de éstos o aquellos bienes; al Partido en que el historiador militó, o para defender al historiador mismo de hechos que él realizó y que necesito explicar y justificar ante sus contemporáneos y aun ante la posteridad.

      Historia escrita por los triunfadores de uno de los dos bandos en luchas, está viciada por ese ‘sistema’ que menciona don Valentín Alsina y por la falta de cultura histórica de quienes se erigieron en nuestros historiadores.

      Era, pues, natural que, con el tiempo llegase una generación que, penetrando  resueltamente por la angosta puerta de los archivos históricos, tomara de los estantes los legajos amarillentos, y pacientemente se pusiese a leer y releer documentos históricos sobre éste o aquel hecho, sobre éste o aquel personaje. Y ha ocurrido lo que era inevitable que ocurriese; Se descubrieron los ‘sistemas’ con que fue escrita nuestra pretendida historia argentina. Y esta generación, que es la actual, con los documentos en la mano, salió a la calle y comenzó a gritar la verdad de este o aquel hecho histórico, sobre este o aquel personaje de nuestra historia. Y tal hecho y tal personaje comenzaron a cambiar de fisonomía, a cambiar de alma; algunos para bien, otros para mal de ellos mismos.

      Si la historia fuese una ciencia, como lo es en realidad, como las matemáticas o la botánica, o la medicina, aceptando por un instante como ciencia el arte de curar, no hubiera ocurrido nada, nadie se hubiese alarmado, y nadie hubiera sido combatido ni perseguido por ello. Porque ¿qué importa si mañana se descubre una mejor manera de resolver un teorema, o si tal planta en lugar de ser de una especie, resulta que es de otra, o si la bronconeumonía se cura mejor con este medicamento que con aquel? Desde el punto de vista de la especulación científica, todo ello da lugar a que se aplauda, porque nadie se perjudica en sus intereses, ni morales ni materiales.

      Si la historia, incluso la argentina, fuese tratada como debiera tratarse, esto es, puramente como una ciencia, cuando se llegara a transformar un concepto dándole una forma o un sentido diferente a los que tenía anteriormente, nadie se alarmaría,  nadie se  violentaría,  y nadie sería combatido ni perseguido, ni calumniado por eso. Más aun, cuando vemos de pronto que personajes de la historia de otro país, como Catilina, por ejemplo, que siempre fue tenido por un corrompido y mal ciudadano, resulta que no es así; cuando a un hombre como Junio Bruto, a quien se tuvo por el repúblico puro por excelencia, y se descubre luego, que era un tartufo oligarcón y que la muerte de Julio César, de la que fue responsable en primer término, fue un crimen de lesa patria; cuando se sostiene y se prueba que Cicerón, el gran Cicerón con su verba incomparable, más que de patriota tenía de demagogo y simulador; nadie, absolutamente nadie, se enoja, ni se llena de odio, y a quienes sostienen tal transformación de conceptos históricos, no se los persigue ni aquí, ni en ninguna parte. Pero en cambio, ¡guay! de quien aquí, entre nosotros, sale un día a la calle con un documento insospechado e irrefutable en la mano, y dice: tal hecho que se creía que era así, es de esta otra manera, o tal personaje que se ha sostenido siempre que era tal, resulta ahora que es cual. ¡Guay! de él.

      ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué a nosotros que sostenemos lo que se ha dado en llamar el ‘revisionismo histórico’ se nos combate tanto, y se nos persigue sin tregua? En otras palabras: ¿por qué está condenado a muerte el ‘revisionismo histórico’?

      ¿Cuáles son los motivos del ‘revisionismo y del antirrevisionismo históricos? He aquí la cuestión.

      La historia y sus hechos están íntimamente ligados a la política del pueblo respectivo. No hay hecho histórico sin intereses, causas y motivos políticos. No hay motivos políticos sin intereses económicos. La política y la economía son partes integrantes de la Historia. Los intereses de una clase social, de un grupo, y hasta de un individuo o de una familia, están íntimamente ligados a la política del  país. Escribir la historia de un país es escribir los hechos políticos de ese país, o dicho más concretamente, no se puede escribir la historia de un país, sin exponer como fue la política de ese país en ese mismo período histórico. Y exponer en una historia como fue la política de ese país, en tal tiempo o época, es describir como se defendieron los intereses de las diferentes clases sociales, familias, castas, instituciones o individuos. De cómo se escriba la historia resultan patriotas o antipatriotas, morales o inmorales, santos o protervos, próceres o delincuentes, ésta o aquella clase social, este o aquel partido político, esta o aquella institución, estas o aquellas familias, este o aquel personaje.

      Si la historia de Florencia del 1200 al 1300 la escriben los güelfos, ¡Dios guarde a los gibelinos de cómo salen de ella!, y si la escriben los gibelinos ¡Dios guarde como salen los güelfos! Se voltean unas estatuas y se levantan otras; se cambian los nombres de las calles, las plazas se denominan de otra manera y Dante es o no desterrado.

      Nuestra historia fue escrita ayer nomás, por hombres de un mismo partido político y miembros de una misma sociedad internacional secreta. Eran hombres que, aunque pudieran tener esporádicamente algunas divergencias políticas, defendían los mismos intereses morales y materiales, y pertenecían a una misma corriente ideológica. Ellos, con sus historiadores, dieron certificado de buena conducta y patente de próceres a hombres y partidos, y marcaron de antipatriotas y bandidos a otros hombres y partidos. Cambiar los conceptos históricos por ellos establecidos, es cambiar las calificaciones que ellos hicieron, y los afectados en sus intereses morales o materiales, o en su partido político, en su sociedad secreta, o en sus nombres, salen en defensa de lo suyo armados de cualquier arma, con tal que sea ofensiva.

      Al cambiar los conceptos históricos que figuran en los libros que se estudian en escuelas y universidades, surgen a la superficie los intereses materiales que fueron los motores de la política movida por los próceres de nuestra pretendida historia. Y este es el punto gordiano de la cuestión. Señalar como se urdieron y quienes se beneficiaron con esa política es dar nacimiento a lo que se ha dado en llamar “revisionismo histórico”;  mantener como verdad inconcusa, eterna e inconmovible, los conceptos establecidos por nuestros historiadores clásicos, es colocarse dentro del “antirrevisionismo histórico”.

      ¿Cuáles eran los intereses que con tanto afán ponen los enemigos del “revisionismo histórico” en que no se hurguen? ¿De qué clase eran tales intereses? ¿Qué relación tenían con el destino de la patria, con la libertad absoluta de la patria, con la grandeza de la patria, esos intereses que el “revisionismo histórico “quiere exponer a la luz del día?

      Largo, larguísimo sería exponer el tema en toda su integridad. Habría que arrancar desde antes de mayo de 1810. Habría que introducirse por la maraña de los acontecimientos antes del alborear histórico; de los que ocurrieron cuando la patria advino; cuando ocurrieron los de la época de Rivadavia, de los caudillos, de Rosas. Pero como nuestra historia fue escrita  después de la caída del gobierno de Rosas, arrancaré desde entonces, haciendo una leve referencia a los acontecimientos anteriores de esa época: Rosas cae ante el embate de un ejército internacional formado por tropas argentinas, uruguayas y brasileñas. Los emigrados, a cuyo frente están Mitre, Alsina, Mármol, Sarmiento, los Varela… días antes de la batalla de Pavón, en la logia de Rosario, como he expuesto en mi libro: “Los motivos del Martín Fierro en la vida de José Hernandez”, eliminan a Urquiza, Buenos Aires sienta su hegemonía, y militares uruguayos al servicio de Mitre, aplastan a sangre y fuego todas resistencia sed las provincias. Es la época en que ocurre el asesinato alevoso de ‘El Chacho’. Y sometido, desarmado y vencido, el país queda a merced del grupo dirigente del Partido Unitario, llamado ahora el Partido de la Ilustración, el Partido Liberal.

      Tendido de norte a sur está el suelo patrio cuajado de riquezas sin explotar. Campos ubérrimos, riquísimos; llanuras inmensas y fértiles; bosque tupidos de maderas industriales; ríos, cascadas, montañas, rodeos de vacas y de yeguarizo de miles de cabezas que no tienen dueño; minas de mineral riquísimo, todo, todo está allí, al alcance de la mano, esperando la mano del hombre, que, empuñando la herramienta de trabajo, abra los cauces de esa riqueza y prodúzcale asombro del mundo. Y todo es nuestro; la previsión maravillosa de España inmortal hizo que ni nación extranjera, ni persona extranjera, ni compañía extranjera se apoderada de nada de esta tierra. Más aún, casi todo eso, casi toda esa riqueza, más que nuestra es fiscal, es del gobierno, y éste puede, con tanto prodigio hacer la grandeza patria y la felicidad y bienestar de sus hijos.  Ya lo dice entonces Sarmiento al leer su mensaje presidencial al Congreso el año 1869: “Tierra de sobra e inmigración abundante tenemos nosotros, y sólo inteligencia, previsión, virtudes nos faltarán, si iguales causas no produjesen, en este extremo sur, iguales efectos que en el norte” (Estados Unidos).

      Evidentemente la política argentina de entonces no produjo aquí los resultados que allá produjo la política de Washington, Franklin, Lincoln, etc. Ateniéndonos a las palabras mismas de Sarmiento, tanto a éste como a los otros gobernantes de su tiempo les faltó inteligencia, previsión y virtudes.

      De los dos partidos en lucha, el Federal y el Unitario, uno miraba hacia adentro del país; el otro hacia fuera. El uno, el Federal, sentía la madre tierra, vivía con el espíritu tradicional de la Madre España, alimentaba su alma con la fe en la religión católica apostólica romana, y fincaba el porvenir de la patria, en la inteligencia, laboriosidad y virtudes de sus hijos y en los frutos que dieran las riquezas naturales del país, dirigidas por los mismos argentinos: por eso, cuando el gobernador de Buenos Aires, doctor Dardo Rocha comisiona al senador provincial don José Hernández, autor del Martín Fierra, que era federal, a que viaje a Europa y Australia para que aprenda allá los métodos de cultivo agrícola y de explotación ganadera para aplicarlos luego en la Argentina, Hernandez se niega a ir porque sostiene, que la tierra argentina y la ganadería argentina necesitan métodos argentinos y que éstos, que ya existían, eran para nosotros superiores a los de Australia y de Europa. En el Partido Federal, en los hombres Federales, había un sentir tradicional y católico en lo que a la moral y las costumbres se refiere, y en lo que atañe a la patria y a la política, había un sentido nacionalista, en el buen sentido de la palabra.

      El Partido Federal no era retrógrado ni reaccionario, ni obscurantista. Por el contrario, era progresista, pero así como combatía la política centralizadora de la hegemonía de Buenos Aires contra las Provincias, sostenía que nuestro país no debía convertirse en colonia inglesa ni norteamericana, y que el progreso del país, el resurgimiento de sus industrias y de adelantos, debía ser obra de los argentinos mismos, y que el país tenía elementos necesarios: riquezas naturales y hombres para ello. Y de que en caso de necesitar hombres con conocimientos técnicos, porque aquí faltasen, más que traerlos de Europa y hacerlos dueños de nuestras riquezas, convenía enviar argentinos a estudiar en Europa para que allá adquiriesen esos conocimientos técnicos. En una palabra: no entregar las fuentes de nuestras riquezas naturales, porque eso era entregar la patria misma al dominio extranjero que siempre es un dominio imperialista, y convierte a los países dominados por él, en colonias. Era hacer, en parte, lo que estaba haciendo en el Paraguay, esa gran figura americana tan calumniada, la figura del Mariscal Francisco Solano López, quien enviaba jóvenes estudiantes paraguayos a las universidades de Europa, costeados todos los gastos por cuenta del gobierno paraguayo, para que el Paraguay tuviese en manos paraguayas todas las riquezas naturales, sin desdeñar, como Solano López no desdeñaba, la colaboración de técnicos extranjeros, pero no como dueños, no como directores de empresas imperialistas extranjeras, sino como simples empleados a sueldo del gobierno paraguayo. Por eso el gran Paraguay de Solano López, creo no equivocarme al decir que tuvo ferrocarriles antes que nosotros, altos hornos antes que nosotros, telégrafos antes que nosotros, y marina propia que surcaba todos los mares del mundo con la bandera nacional al tope, cien años antes  que nosotros. Era el fruto, no de una política dictatorial, como se ha pretendido sostener, sino de una sana y patriótica política nacionalista que a nosotros siempre nos faltó.

      El otro partido, el Partido Unitario, que luego se lo designó con muchos nombres: Partido Liberal, Partido de la Ilustración, de las luces, de la civilización, constitucional, autonomista, cocido, pandillero y otros más, dirigido por hombres, los más de los cuales llenan nuestras plazas con sus estatuas, las calles y los ferrocarriles con sus nombres, veían el problema del porvenir del país de manera opuesta. Para ellos la Argentina no tenía los elementos suficientes para dirigir los trabajos de resurgimiento del progreso. Más que de las virtudes y la inteligencia de los hombres argentinos, el progreso del país dependía del capital, del dinero que según ellos, en el país no existía en cantidad suficiente. El capital extranjero, la técnica extranjera y el sentir extranjero, eran los únicos elementos capaces de realizar el progreso del país.

      Viajaban frecuentemente a Europa, y algunos a Estados Unidos, aspiración suprema de todos ellos, y de allá venían imbuidos y sugestionados por el sentir europeo o norteamericano.

      Si de paso, o por casualidad, visitaban España era para proclamar luego, a los cuatro vientos, el atraso de España, el reaccionarismo de España, el obscurantismo de España, sirviendo todo ello para  lamentar en todos los tonos la desgracia que habíamos tenido, y seguíamos teniendo, de que España nos hubiese descubierto, conquistado y colonizado, haciendo recaer en ellos todos nuestros males. Y como corolario, comparar a nuestro país con Estados unidos, sacando conclusión de que Estados Unidos era progresista, nada más que porque había sido colonizada con métodos ingleses, métodos protestantes, métodos cuáqueros, puritanos. Y ya que estoy hablando de ello, permítaseme observar que ninguno de  los hombres, que tanto alabaron esos métodos y vituperaron los de España, no nos dijeron nunca en qué consistían esos métodos de colonización protestantes, cuáqueros puritanos. Y como esos métodos eran un tanto ‘originales’ y contrarios a nuestro sentir cristiano y católico, voy a referirme en un breve paréntesis a ellos: Entre las distintas obras de autores norteamericanos que tratan de los métodos de colonización que allá emplearon, tomo el libro: “El Desarrollo de las ideas en EE. Unidos” de Vernon Louis Parrington. En el tomo primero dice al respecto: “Después de los escocio-irlandeses, que en mayor parte eran labriegos libres, la clase más importante que vino a agregarse a la población norteamericana, fue la de los trabajadores escriturados, (obligados por contrato a servir a un amo, quien tenía el derecho de traspasarlos a  terceros, o sea, en realidad, a venderlos: eran de hecho esclavos). Casi todos eran ingleses, escoceses, irlandeses y alemanes, y entre ellos se contaban trabajadores de todos los oficios y de algunas profesiones. En aquellos tiempos los traficantes de gente estaban bien organizados y tenían un comercio activo, bastante provechoso, y de continuo enviaban a América multitud de trabajadores escriturados que venían a mover las ruedas de la industria colonial". En su historia de los redencionistas alemanes (emigrantes que, en pago de pasaje se obligaban a servir durante un tiempo especificado), el autor Diffenderfer, reproduce varios anuncios curiosos que arrojan luz sobre este tráfico. He aquí dos de ellos:

      Del American Weekly Mercury, del 18 de febrero de 1729: “Llegada recientemente de Londres una partida de trabajadores muy prometedores, hombres y mujeres; algunos de  los hombres son menestrales. Se venden a precios módicos y a plazos. Entenderse con Charles Read, de Filadelfia, o con el capitán John Ball a bordo de su barco, en el muelle de Anthony Millkimson”.

      Del mismo periódico, 22 de mayo de 1729, anuncios de dos barcos: “Acaba de llegar de Escocia una partida de trabajadores escoceses escogidos: sastres, tejedores, zapateros y labradores, algunos alquilados por cinco y otros por siete años. Importados por James Coults”.

      “Acaba de llegar de Londres en el barco Providence, del capitán Jonathan Clarke, una partida de trabajadores muy prometedores, casi todos menestrales, que se venden según condiciones razonables”.

      Tales eran los métodos de colonización de los protestantes, cuáqueros, puritanos, etc., ingleses que tanto alaban los escritores unitarios. Compraban y vendían a sus propios hermanos de raza, de religión y de patria. Han sido, sin duda métodos muy eficaces para la colonización de Estados Unidos, pero a pesar de ello, nosotros seguimos prefiriendo los que aquí, en Sud América, utilizó la atrasada y reaccionaria España, a cuyo espíritu y a cuya alma católica, apostólica romana, repugnaba la compra y venta de hermanos de la propia fe, de la propia raza, y de la propia patria, aunque ello diera mucho dinero y mucho progreso.

      Imbuidos  y sugestionados por el sentir europeo, los hombres del partido liberal desecharon para el primer plano, o plano superior, todo lo autóctono, lo argentino. Desde las locomotoras hasta los zapatos y desde los cueros hasta los alimentos, todo era superior si era europeo excluido, desde luego, los español, considerada España rémora de Europa.  El hombre mismo, como ser biológico, era superior si era europeo. Para lo único que tenía capacidad el argentino, era para la política, porque era manejada por ellos mismos. Así fue creándose en nosotros el complejo de inferioridad de lo argentino frente a lo europeo o norteamericano, desde los hombres hasta las cosas.

      Así se introdujeron las teorías y las doctrinas sociales y económicas extranjeras, sin modificarse en cuanto a las características y exigencias argentinas; así se dio a empresas imperialistas extranjeras el dominio absoluto de las principales fuentes de riqueza y de servicios públicos nuestros; así se vilipendió la memoria de gobernantes, de militares, de intelectuales del bando contrario, y así se llegó a pintar al gaucho, el arquetipo de la nacionalidad, como el representante de la barbarie, sentándose como axioma  el enunciado de “civilización o barbarie”, civilización la ciudad y barbarie el campo.

      Al conjuro de su propia riqueza, el país comenzó a dar sus frutos prodigiosos apenas la técnica imperialista movió sus tornillos, que al mismo tiempo eran torniquetes para la independencia patria. Bien pronto se estuvo en presencia de un constante y maravilloso afluir de producción riquísima: cereales, carnes, maderas, minerales. Pero todo ya estaba supeditado al determinar de las empresas extranjeras. Y las órdenes para que reprodujera esto o aquello, en más o menos cantidad, no partían de argentinos ni de ninguna ciudad argentina; esas órdenes partía de Londres y las daban hombres extranjeros.

      Ante la presencia de tanta riqueza que debía explotarse activamente, la intelectualidad liberal, dueña de la Universidad, no le dio a esta ni la forma ni el contenido que esa riqueza a explotarse activamente exigía; la Universidad argentina mantuvo su estructura colonial y se dio a la exclusiva tarea de formar médicos y abogados, porque los médicos y los abogados, como profesionales, no eran ni un peligro ni una competencia frente a las compañías imperialistas extranjeras. No se formaron los técnicos que las nacientes industrias reclamaban a gritos. No, los técnicos venían de  Europa, sobre todo de Inglaterra.  La Universidad argentina no formaba  ingenieros, no formaba agrónomos, no formaban químicos industriales, en lo que se refiere a las Facultades de Ciencias Sociales y Políticas, no se hablaba de la relación estrecha que existe entre la independencia política y la independencia económica. Los más de los textos eran extranjeros, seleccionados cuidadosamente, no ser cosa que despertaran en los argentinos el espíritu de construcción de la nacionalidad.

      Si, la Universidad estuvo durante un siglo en retardo con respecto a las necesidades y exigencias de la explotación de las riquezas naturales del país, base indispensable de su independencia económica y política. Y era que la Universidad, como todo el país, estaba en manos de esos hombres intelectuales que tenían la mirada fija en Europa, hombres enemigos del Partido que miraba hacia la tierra argentina, que sentía la tierra argentina y que tenía fe en la tierra argentina, y en el patriotismo, las virtudes y la inteligencia de los hombres argentinos para realizar el progreso de la nación argentina.

      La Universidad estuvo en retardo con respecto a las  exigencias y necesidades  del progreso y la liberación económica y política argentina: había que abrir caminos, que construir puentes, que hacer diques, que instalar ferrocarriles, que construir barcos,  que explotar la agricultura y la ganadería. Para ello era indispensable técnicos argentinos. No los hizo la Universidad argentina en su hora; recién ahora, bajo el signo de nuestra Revolución del 4 de junio, a la que pertenecemos de alma desde la primera hora, la Universidad argentina se está ajustando al reclamo imperioso de la patria.

      Cuando nosotros, “revisionistas de la historia”, queremos hurgar, queremos rastrear, queremos indagar que ha ocurrido con todo esto, es cuando los antirrevisionistas de la historia  claman desesperadamente que la historias Argentina es una cosa inmutable, intocable, irrevisable, y que sus hombres y sus hechos ya han sido definitivamente  juzgados. Entonces viene, no el embate de las ideas, las luchas de la inteligencia, que son tan subyugantes y tan hermosas, sino la persecución, la calumnia, y el reducir al revisionista de la historia por hambre, privándolo del empleo público. Eso hace un siglo que ocurre, en contra del derecho de la libertad de la investigación histórica.

      Los motivos del revisionismo y del antirrevisionismo histórico no fincan, pues, exclusivamente en tal o cual hecho aislado de nuestra historia. Al hablar de revisionismo y antirrevisionismo históricos, no se trata de sostener o negar si el fusilamiento de la pobre Camila O`Gorman fue o no un crimen (que lo fue sin duda alguna), que si el apuñalamiento y mutilación de ‘El  Chacho’ fue o no un crimen horrendo (que también lo fue sin ninguna clase de dudas). El revisionismo histórico no tiene como fin exclusivo ni ha nacido expresamente para reivindicar a Rosas, como parecen entenderlo no pocas personas, ni para arrojar alquitrán a las estatuas de Sarmiento, como el antirrevisionismo histórico no ha nacido exclusivamente para gritar que Rosas era un tirano, que Sarmiento era el hombre más veraz y  más civilizador del país, que ‘El Chacho’ era un bandido y que si San Martín donó su sable a Rosas, fue simplemente para hacer una gracia o por error. No, el revisionismo histórico y el antirrevisionismo histórico tienen otros motivos: el uno lucha por quitar de nuestra patria  hasta el último vestigio de colonia de éste o de aquel imperialismo; por quebrar el complejo de inferioridad de lo argentino frente a lo foráneo, por ser fiel a las fuerzas telúricas que nos dictan su afinidad  con la tierra madre; por ser fieles a nuestra tradición criolla y a nuestra religión católica, apostólica, romana, por realizar la independencia económica y política integralmente, por revisar la historia argentina a la luz de una documentación insospechable, llevando a hombres y a hechos a su verdadero lugar, por seguir, de acuerdo con nuestra tradición, proclamando la soberanía de lo espiritual frente a lo material…

      El antirrevisionismo histórico parte de otros principios, tiene otras concepciones filosóficas, políticas e históricas. A partir de la Reforma –de Alemania- dos corrientes se abren paso en el mundo trabadas en lucha tenaz y a muerte. Son leves transformaciones de las dos mismas fuerzas que luchan desde los tiempos bíblicos; la carne y el espíritu; la materia y el espíritu; el cuerpo y el alma; la vida corporal como simple tránsito por la tierra, y la vida como principio y fin; la idea de una sola vida, la de la tierra; el principio de que todos somos hermanos por el vínculo divino, y que por lo tanto, nos debemos ayuda mutua, y el principio de que somos simples hijos de la materia y por lo tanto somos entes materiales sin vinculación de unos con otros, y como lógica consecuencia, con libertad de que un hombre pueda explotar a otro hombre, sancionando con fuerza legal y moral, el enunciado de que el hombre es el lobo del hombre.

      Esas dos fuerzas que vienen luchando desde los albores mismos de la Humanidad, y que en el transcurso del tiempo han adoptado diferentes nombres, que se han ramificado en distintas corrientes, que han adquirido diferentes formas son las que animan la una, el revisionismo histórico; la otra, al antirrevisionismo histórico.

      De las formas simplemente espirituales, que en algunas etapas distinguen a esas corrientes, en  el Renacimiento llegan a saturar el intelecto y a plasmarse en el arte. Manifestaciones de esas dos corrientes son las maravillosas creaciones artísticas de Leonardo, Miguel Ángel, de Rafael. Ellas son exclusivamente fuerzas del espíritu que se manifiestan a la faz del mundo como una réplica a la Reforma, y como una continuación de la exaltación del espíritu, que las catedrales góticas de la Edad Media representan con caracteres eternos. En la infraestructura del Renacimiento, explotan las expresiones de la Reforma, que durante un siglo habían estado acumulando potencialidad. Y esas explosiones, como la Reforma misma, no son expresiones puramente teológicas, ni tampoco se trata de una simple interpretación libre de los versículos bíblicos desde el punto de vista religioso, sino que es toda una concepción de un  mundo distinto al que imperaba y se sentía  hasta entonces.

      Esas dos corrientes, la una espiritual y tradicional; la otra reformista y materialista, se abren cauce a través del tiempo, y mientras la una predicando el vínculo divino del hombre con Dios y de la prolongación de la vida mediante la inmortalidad del alma, la otra llenando de orgullo el corazón del hombre, da nacimiento a una filosofía negadora y pesimista que va demoliendo las fuerzas espirituales del hombre, destruyendo la poesía encantadora de la Creación y reduce al ser a un simple animal con un poco más de raciocinio que una simple bestia.

      De esta lucha cruenta, de esas teorías negadoras, nació la burguesía del siglo XIX, que muy pronto sentó la hegemonía de la máquina frente al hombre, y redujo a éste aun simple engranaje. Necesidad imperiosa de esa concepción burguesa y maquinista, comercial y fabril, fue su expansión más allá de las fronteras nacionales.  Esa expansión necesitó la protección de su respectivo gobierno, de sus leyes,  su diplomacia y sus fuerzas armadas. Esa expansión es la que conocemos con el nombre de Imperialismo, origen, causa y motivos de los mayores males que viene sufriendo la Humanidad desde hace siglos.

     Esa fuerza imperialista llegó a nuestras playas y ocupó la ciudad de Buenos Aires el año 1806. Rechazada, volvió a insistir, y vuelta a ser rechazada, aguardó mejor oportunidad.

      Fue con la caída del gobierno de Rosas que la oportunidad se le ofreció, pero no ya en forma de invasión armada, sino en la forma simulada del aporte de capitales para el fomento de las industrias. Esa fuerza que nos invadió después del gobierno de Rosas, fue traída de la mano de argentinos ilustres; los que sucedieron en el mando del país al general Rosas, los famosos prohombres de la oligarquía ilustrada del 60, del 70 y del 80.

      El fuerte espíritu nacionalista de las masas y de los intelectuales federales argentinos, era necesario abatirlo por medio de doctrinas contrarias, porque ese fuerte espíritu nacionalista se hubiese resistido y hubiese rechazado nuevamente la invasión extranjera (como los rechazó durante el gobierno de Rosas cuando se presentaron coaligadas las dos naciones imperialistas más fuertes del mundo: Inglaterra y Francia), no porque fuese contrario al progreso ni a los extranjeros, sino porque no hubiese admitido a éstos como patrones, como dominadores, como fuerza imperialista subyugadora y corrupta.

      Los hombres del partido liberal –durante el gobierno de Rosas- ya estaban de acuerdo con los imperialistas ingleses, y antes aún, cada vez que las fuerzas federales estaban en la inminencia de apoderarse del gobierno del país, los prohombres unitarios clamaban protección a Inglaterra o a Francia, aun entregando la nacionalidad misma, porque para ellos sus intereses  particulares o de clase, estaban por encima de la patria misma. Así lo prueba la siguiente carta, que en 1814, escribe el Director Supremo, Carlos María de Alvear al Ministro de Negocios Extranjeros de Inglaterra, y dice  así: “Estas provincias  desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la buena fe del pueblo inglés, y estoy resuelto a sostener tan justa solicitud para liberarlas de los males que las afligen. Es necesario que aprovechen los momentos; que vengan tropas que impongan a los genios díscolos, y  un Jefe plenamente autorizado que empiece a dar al país las formas que sean de su beneplácito, del Rey y de la Nación, a cuyos efectos espero que V.E., me dará sus avisos con la reserva y prontitud que conviene, para preparar oportunamente la ejecución”.

      Tal prueba  de la traición a la patria ante las perspectivas que las fuerzas federales se adueñaran del poder.

      Los viajes que frecuentemente se hacían a Inglaterra, no tenían otro objeto que procurarse los medios para aplastar el espíritu de nacionalidad y de federalismo argentinos. Así fueron los viajes de Valentín Alsina y así los tan mentados y prolongados de Bernardino Rivadavia, el más famoso de los cuales, fue exclusivamente para informar a la Compañía Inglesa de Minas, a la que debía entregársele las famosas minas de Famatina, en  La Rioja, Compañía de la que Rivadavia mismo era accionista y comisionista.

      Esa intentona de entregar el mineral argentino a una empresa imperialista inglesa, fue el origen y la causa de la Constitución Unitaria de 1824, y la que encendió la guerra entre federales y unitarios que duró medio siglo.

      Durante el gobierno de Rosas se perdieron las perspectivas de dominar el país, ya con fuerzas militares, ya con fuerzas imperialistas. Pero los proscriptos, en Montevideo y en Chile, por sus ligazones con el imperialismo inglés, tenían la esperanza de dominar el país apenas Rosas cayera. Los diarios que escribían entonces, los convenios de la Comisión Argentina en Montevideo, y los viajes de Florencio Varela a Inglaterra lo prueban acabadamente.

      No es pura casualidad que todos los proscriptos fuesen masones, ya que Rosas jamás entabló una lucha directa y particular contra la masonería. Es que la masonería inglesa y la francesa eran las que financiaban las campañas contra Rosas, ya con fondos propios, ya con los de esos dos gobiernos que estaban en manos de la masonería. Allí, en las logias de Santiago y de Montevideo, se establecieron los compromisos para cuando Rosas cayera.

      Así nuestro país cayó en manos de la dominación imperialista inglesa. Los historiadores unitarios que fueron los que escribieron nuestra historia, tenían que ocultar estos hechos, y escribieron una historia argentina donde todo ello está oculto.

      Por eso la oligarquía ilustrada que gobernó el país  desde la caída de Rosas hasta nuestra Revolución del 4 de junio (y hago caso omiso de los gobiernos radicales, porque el Partido Radical, que fue en un principio continuación directa y fiel  del Partido federal, constituido y dirigido por hijos de rosistas distinguidos, como Leandro N. Alem, Hipólito Irigoyen y Aristóbulo del Valle, cuando llegó al poder ya estaba dominado por  la oligarquía conservadora), por eso, repito, la oligarquía ilustrada que gobernó el país, desde la caída de Rosas hasta la Revolución del 4 de junio de 1943, tuvo especial  interés en dominar totalmente todo cuanto se relacionara con la cultura: las universidades, las escuelas, el periodismo y la literatura. Por eso tuvo mucho cuidado en escribir la historia argentina e imponerla dictatorialmente en universidades y escuelas. Por eso fabricó próceres caprichosamente y llenó el país con sus estatuas y las plazas y calles con sus nombres. Por eso vilipendió a otras figuras históricas, dignas y patrióticas, las  que están  proscriptas injustamente ante la consideración  pública.  Por eso procuró, y lo consiguió en gran parte, cambiar el alma nacional, borrar cuanto de España y de latinos tenemos, cuanto de espiritual sentimos, cuanto de tradición vivimos. Por eso procuró cambiar nuestro espíritu nacional por otra internacional, y por eso ha procurado apagar la llama católica de nuestra fe, por la nada fría y despiadada del incredulidad.

      Allí está el antirrevisionismo histórico, allí sus motivos y sus causas.

      Nunca como en la actualidad estas dos corrientes han estado empeñadas en una lucha decisiva. No sólo en nuestro país, sino en el mundo entero estas dos fuerzas se aperciben para una decisión que puede ser para muchos siglos. Es una lucha en un aspecto que nunca tuvo: no ya la de dominar un mercado, la de apropiarse de una provincia o región, sino la de apropiarse del hombre, del espíritu del hombre. Ya no interesan solamente los mercados, las regiones, ni aún las naciones: interesa el hombre en su espíritu.  Ahora se pretende que el hombre sea prisionero en su espíritu de la pequeña oligarquía que desde un gobierno subyugará a todo el mundo. Es una lucha total, ya que el hombre es la representación de todas las cosas y del universo mismo. Prisionero el espíritu del hombre, ¿qué queda de la vida del hombre? Establecidas, desde el gobierno las reglas y las formas del arte ¿qué queda del espíritu creador del hombre? Muchedumbre inmensa que se agita, lucha, sufre, goza, espera, canta y llora, la Humanidad, en el transcurso del tiempo, siempre oteó una meta en el remoto horizonte donde depositar su esperanza.

      En las épocas más oscuras por las que los pueblos pasaron, siempre hubo en el espíritu del hombre una llama encendida que se comunicaba con Dios, que se alimentaba de fe, que vibraba de emoción ante el encanto de la naturaleza y del universo, fulgurando en el brillo portentoso de las estrellas, y que un día, en un instante de inspiración, dio una fórmula, enunció un aforismo, concibió una ley, creó una fórmula bella, todo lo que sirvió para alumbrar a la Humanidad en el camino de la perfección.

      Esa llama es el alma de los espíritus libres, abiertos a la inspiración de Dios y a la consideración de los hombres de bien. Si las fuerzas del mal triunfan ¿Qué será del espíritu del hombre?

      Así nuestra época es decisiva, ¿qué es lo que peligra? El hombre en su espíritu ¿qué es lo que tiene mayor importancia? El espíritu del hombre. Y la lucha actual es contra el espíritu del hombre.

      Revisionismo de la historia y antirrevisionismo de la historia. Ambos conceptos no tienen un motivo simplista, no se agitan por rever un simple episodio de la historia patria. Más hacia el fondo de la cuestión, hay un motivo que es primordial: se trata de estar de parte del espíritu del hombre en amplia libertad, o de estar por el aprisionamiento del espíritu del hombre para reducirlo a la esclavitud.

      Ante ese dilema hay que tomar posición de combate. Nosotros, luchamos desde abajo, desde el llano. Se nos persigue, se nos calumnia, y se nos excluye de los cargos públicos, pero en medio de tal persecución, mejor dicho, cuando la persecución es mayor, sentimos que el espíritu es más libre, es más grande y es más luminoso. Y como creemos que nosotros no somos el cuerpo físico, sino el espíritu,  nos sentimos, en persona, más libres y más luminosos.

      Si la lucha ahora es recia, sabemos que no ha de tardar en ser más recia aún. Pero vencedores o vencidos, ningún poder humano podrá ser capaz de hacer que cese el encanto maravilloso del cosmos, que las estrellas dejen de encantarnos con su brillo portentoso, que las plantas den sus flores cuyos colores y  cuyo aroma embelezan el espíritu del mundo; que la brisa susurre entre las ramas, que los pájaros nos maravillen con sus trinos, y que el cielo sea azul., azul maravilloso como el alma del artista. Y mientras ello permanezca inmutable, el hombre ha de sugestionarse siempre con el encanto de tanta maravilla, y su espíritu lo llenará de esperanza, de fe, de luz, de divino aliento de Dios. Y seguirá siendo el hombre en espíritu, aunque prisionero, hasta el día en que alboreará de nuevo en su alma. En su aurora de liberación, la Humanidad seguirá su curso como durante el desarrollo de otras culturas, y la historia registrará un acontecimiento más.

      Mientras, nosotros que somos testigos y actores, aunque modestos, en la lucha de hoy, llenémonos de fe en el porvenir, y libres de toda traba, sugestionados por el encanto de la lucha, y algo poetas, dejemos que nuestra alma vibre, que se eleve, que espere y crea, que vuele y cante.+  



sábado, 9 de diciembre de 2017

EL ARTIGUISMO

Por Federico Ibarguren

Independencia - República – Federación ¡La hermandad rioplatense soñada por Artigas!

El artiguismo aportaba a la acción política, según se ha dicho, el concurso de grandes masas humanas fanatizadas y enroladas por un caudillo decidido a todo. Fue el maduro ex-capitán de Blandengues quien, en este orden de ideas, aglutinó poblaciones enteras en pos de una voluntad revolucionaria de hermandad frente al exterior y de autodeterminación en lo interno. No sólo por oposición a un régimen (el español en vigor) decadente y anárquico que desvirtuaba nuestra convivencia, sino también contra la amenaza de invasión extranjera, atenta siempre a fomentar rivalidades y rencores entre vecinos para empequeñecerlos y dominarlos con más facilidad.  Estos peligros nos amenazaban concretamente desde dos direcciones o centros de irradiación: el continental propiamente dicho (Brasil), y el extracontinental (Estados europeos). 

En ocasión de abandonar Artigas el sitio de Montevideo, emigrando con su pueblo al Ayuí (donde estableció su campamento como un Moisés del siglo XIX), se vio en el Río de la Plata un espectáculo de heroísmo y resolución colectivos que no tenía paralelo en hispanoamérica.

Los epígonos porteños de Sobremonte habían transigido —el 20 de octubre de 1811— con la írrita autoridad del virrey Elío, Y la respuesta de la multitud victoriosa y así sojuzgada de pronto por presión de los intereses británicos, fue unánime: ¡autodeterminación o muerte!  Es con Artigas que se cumple, pues, la verdadera emancipación política y social de estos pueblos ubicados al sur de Río Grande. Con Artigas en el Este y con San Martín en el Oeste. Sin ellos, el 25 de Mayo de 1810 habría quedado en episodio intrascendente y desgraciado luego de la vuelta del rey Femando.

 El encumbramiento de otro jefe popular, igualmente obedecido (don Juan Manuel de Rosas), hará posible más tarde la reestructuración, desde Buenos Aires, de la secular heredad, rota años atrás por la ceguera de las “élites” criollas. 

Y bien ¿cómo fue posible —nos preguntamos ahora nosotros— el milagro (en plena crisis y sin ayuda forastera) de hacer frente “con palos, con las uñas y con los dientes”, según la frase de Artigas, a la defección de unos elencos gobernantes que habían renunciado a la Independencia, cansados de fracasos y de derrotas? Cierto que era muy seria la situación en aquél ambiente de derrotismo psicológico y moral reinante en 1814. Femando VII, lleno de prepotencia inferior, acababa de recuperar el trono español, acéfalo luego de la evacuación bonapartista. Los directoriales porteños, aterrados en el ínterin, suplicaban de Inglaterra la media palabra para volver a someterse, siempre a la rastra de los sucesos europeos, a otro monarca títere que se buscaba, desde luego, con el apoyo de la Santa Alianza. En tanto Artigas, digno émulo de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro, proclamaba el deber de resistir hasta la muerte, alzando intransigente la bandera tricolor (la popular bandera), símbolo de sacrificio, fraternidad y autodeterminación, en las ciudades y llanuras de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba y en el corazón de la selva misionera. Le estaba dando así, el jefe de los orientales, la razón a San Martín, el brillante oficial de caballería de Buenos Aires, toda vez que operaba, en la emergencia, bajo el mismo lema revolucionario del fundador de la Lautaro: Independencia y Constitución.

 Ahora bien, el “protectorado” del prócer en nuestras provincias ribereñas del Paraná y Uruguay, no tuvo en ningún momento la finalidad separatista que le atribuyen sus detractores. No fue Artigas el enemigo arbitrario de la Unión; ni mucho menos un vulgar bandolero, fomentador de la anarquía argentina, según lo sentencia Vicente Fidel López. Tampoco es cierto que hiciera fracasar, por ambiciones inconfesables —como lo ha fallado Mitre—, el sueño de Independencia proclamado por los congresales de Tucumán y jurado por el Directorio porteño. ¡Qué esperanzas! La historia nos prueba, precisamente, todo lo contrario.  Artigas oponíase —eso sí— a la homogeneidad racionalista e inhumana, perseguida por las logias en estas tierras. Combatió con todas sus fuerzas, los avances avasalladores del régimen metropolitano, implantado primero en Francia y más tarde en España por los Borbones, bajo el rótulo de “despotismo ilustrado”, lo que llamaríamos en nuestros días “mutatis mutandis”, un Super-Estado Continental regulado, pero a contrapelo de los pueblos.

Y bien, Buenos Aires habíase transformado a partir de 1813 —a las órdenes de una camarilla apoyada por Gran Bretaña desde Río de Janeiro—, en una sucursal vergonzante de aquél Super-Estado regulado (con carácter de factoría) cuya orientación efectiva estaba en manos de la Santa Alianza. Por ello Artigas fue un decidido republicano; pero sin liturgias liberales perturbadoras, y atento siempre al rumbo que iban tomando los hechos en Hispanoamérica.

La monarquía, en el instante lleno de posibilidades porque atravesábamos, representaba para las masas el dócil acatamiento a la media palabra de los vencedores de Napoleón, el cúmplase resignado de los dictados foráneos del Congreso de Viena. Y tal cosa resultaba suicida, por ser contraria a la autodeterminación real perseguida por los rioplatenses, después del triunfo de Las Piedras. “Es cómodo para los directoriales haber desarrollado la política de la cobardía, de la indignidad y de la traición, y escribir después la historia de la calumnia —señala, en página notable como todas las suyas, el historiador Carlos Pereyra—. Para el criterio directorial, la anarquía es del pueblo y sale de abajo, como la fetidez de un pantano. La gente decente está obligada ante todo a defenderse de la canalla, pactando con el extranjero. Ahora bien, esto es no sólo infame, sino falso y absurdo. La anarquía no es producto popular. La anarquía es siempre una falta o un crimen de los directores. ¿Quiénes eran los caudillos y qué representaban? —añade Pereyra—. Entendámonos al hablar de caudillos, y no permitamos una confusión de mala fe. Los caudillos fuertes y primitivos —no los derivados perversos, pequeños y estúpidos que vienen después —, los caudillos hacen frente al enemigo mientras la sabiduría de las clases elevadas capitula miserablemente. ¿Quién salva a Buenos Aires? Güemes, mientras Buenos Aires, paga negociadores llenos de torpeza y abyección en Europa y Río de Janeiro. Salta arroja a los soldados del virrey mientras Rivadavia recibe en Europa, un puntapié de Femando VII. ¿Quién impide que el Río de la Plata se pierda y quede señoreado por un enemigo? Artigas. Sin embargo. Artigas es un criminal. ¡Un criminal porque no trata con los portugueses! Un criminal porque el instinto y el sentimiento le indican el camino de la organización que ha de realizar la historia. Para que Artigas pudiera ser considerado como un criminal se necesitaría que los “hombres de la civilización” hubieran intentado previamente utilizar la fuerza explosiva de la gente de los campos, comprendiendo que esa tenacidad indomable representa un factor del que no podían prescindir los gobernantes. Sí éstos se hubiesen dado cuenta que toda política debía fundarse en la afirmación positiva de la Independencia, y que la Independencia requería un ejército numeroso, bastante para hacer frente a todos los enemigos, en todos los territorios amenazados, bajo una dirección común —termina el pensador mejicano—, Artigas habría tenido que ser un general del ejército regular [y no un San Martín declarado bandolero], y San Martín habría sido el generalísimo de ese mismo ejército [y no un Artigas de gran estilo que expedicionaba en el Pacífico], mientras Artigas defendía el territorio de Misiones, cuna de San Martín, la diplomacia de Buenos Aires se hallaba dispuesta a tratar con todos los enemigos y a inutilizar el esfuerzo de todos sus defensores considerando como delincuencia el patriotismo”.

Y es que las huestes federales seguían entendiendo el patriotismo como un llamado de la “tierra de los padres”. Permanecían fieles al concepto clásico y tradicionalista de cosa recibida en herencia; de legado acrecentado por las generaciones con independencia de toda abstracción política o institucional que desdibujara su entrañable realidad. La minoría directorial urbana, de espaldas a la tierra, confundía el patriotismo con el esplendor de unas recetas aprendidas sobre “formas de gobierno” o “libertades mercantiles”, más o menos bien pergeñadas por la filosofía liberal, inteligible apenas para una “élite” de egresados de Chuquisaca.

Para Artigas, cada provincia —en el concierto confederativo de su sistema— no representaba un ente aislado, sinónimo de individualismo; sino más bien la unidad menor en el conjunto de una patria común organizada desde abajo. Para los epígonos de Sarratea, Rivadavia y Alvear, lo único importante seguía siendo el puerto y sus intereses, que era necesario centralizar desde arriba, pues la riqueza y las teorías de moda —equivalentes, según ellos, a la “civilización”— entraban, en definitiva, por allí, vía atlántica, procedentes de Europa.

El Protector de los Pueblos Libres había luchado por la integridad territorial del Río de la Plata, tal cual existió durante el virreinato, pero con un agregado nuevo: el respeto a las autonomías locales. Sus enemigos de Buenos Aires ¿no pelearon en verdad, por todo lo contrario? Así lo afirman, unánimemente y con razón, reputados estudiosos de la vecina orilla: todos ellos compatriotas del prócer cisplatino. Eduardo Acevedo escribe, por ejemplo, lo siguiente: “Una sola cosa no hizo Artigas: estimular entre sus compatriotas la idea de segregarse de las Provincias Unidas para organizar una república independiente... Artigas, que era una gran cabeza, a la par que una gran voluntad, quería una patria amplia y poderosa, compuesta de todos los pueblos del Río de la Plata”. Y Juan Zorrilla de San Martín anota, a su vez: “¡Reconocimiento de la Independencia de la Banda Oriental!... Eso, como lo veis, y como lo veréis más claro después, tiene todo el carácter de un sarcasmo. Esa independencia de sus hermanos (ofrecida por Alvear y Alvarez Thomas a Artigas) no es tal independencia para la Banda Oriental, es su abandono en ese momento; la soledad de que antes os he hablado como contraria a la esencia misma de la Revolución americana (y por eso fue rechazada de plano por el jefe de los orientales). Artigas no sabía en ese momento, a ciencia cierta, que el Directorio de Buenos Aires (el verdadero precursor del separatismo) estaba concertando en Río de Janeiro, la entrega de la Provincia Oriental a Portugal; pero lo presentía”. Por fin, otro prestigioso historiador uruguayo, Hugo Barbagelata, se expresa así refiriéndose a la política entreguista de nuestros directoriales: “Fueron esos mismos pordioseros de vástagos reales quienes ofrecieron al vencedor [Artigas] como mendrugo, para que se quedara tranquilo, la independencia de la Provincia Oriental, su patria. Parecían ignorar que el título de Protector de los pueblos libres, bastaba y sobraba para quien sólo quería la paz y la Unión Federativa de todas las provincias del ex-virreinato del Río de la Plata”. Y a mayor abundamiento, un investigador contemporáneo — Daniel Hammerly Dupuy— en su interesantísimo y documentado libro, «San Martín y Artigas», consigna en este orden de ideas: “Los que, desconociendo el verdadero sentido de la ideología artiguista, inculpan a Artigas de una actitud separatista irreductible olvidan que fue el prócer que más se interesó en persuadir al Paraguay para que se incorporara a las Provincias Unidas, a tal extremo que los paraguayos llegaron a considerarlo como agente de Buenos Aires. La separación de la Banda Oriental como país totalmente independiente tampoco fue la obra de Artigas siendo que el prócer cuyo concepto de la Patria abarcara todo el territorio del Virreinato del Río de la Plata, fomentó la incorporación de esa provincia a las demás como una de las tantas que formarían una gran República Federal”. Y es que la vieja hermandad histórica en torno a la cuenca fluvial que nos une, obstaculizada, hoy como ayer, por la presión y la intriga anglosajona, contó entre los uruguayos de la otra Banda con grandes partidarios en el siglo pasado. Y acaso continúa habiéndolos también en el presente.

Los auténticos orientales de la gesta emancipadora —aún los de la leyenda antiargentina— la quisieron, como hemos visto, contra la propia tendencia desaprensiva (en el mejor de los casos) de nuestros gobiernos liberales.   Unión tradicional y fe católica. La tradición de un pueblo vivo no es cosa de archivos. Actúa en las entrañas, imperceptiblemente a veces, como la sangre que va irrigando las vísceras de un organismo en estado de salud. Desconocida y aún falsificada por pedagogos o gobernantes, la tradición sin embargo se resiste a ser enterrada como una momia en el sarcófago de sus aburridas rutinas. Ella responde siempre a necesidades reales de los pueblos y está, en cualquier caso, por sobre las ideologías y sistemas con que pretenden suplantarla los teóricos de la política, o los testaferros —nada teóricos, por lo demás—de la hegemonía económica mundial por ellos perseguida. Por eso, apremiados más que nunca por el hecho concreto y por la humana libertad que lo determina, hemos de volver a juntarnos en día no lejano —a pesar de las defecciones de ayer y de las inercias de hoy—, argentinos, uruguayos, paraguayos y bolivianos. Nuestros intereses regionales nada tienen que ver con el panamericanismo al servicio de Washington, ni con los regímenes de esclavitud forzada propuestos por el mesiánico cesarismo de Moscú. Sin antifaces exóticos habremos de reconocernos al fin de la larga jornada, en el claro espejo del propio pasado de cada pueblo al que pertenecemos. Porque la hermandad rioplatense soñada por Artigas y ensayada por Rosas, no es convencional, ni artificial, ni utilitaria; sino que es sencillamente histórica. 

Y bien, José Gervasio Artigas, refugiado en el Paraguay después de Tacuarembó, vernáculo precursor del Federalismo —en cuyo ejemplo habría de inspirarse don Juan Manuel—, tenía 86 años cuando entregó su alma a Dios, en la tarde del 23 de septiembre de 1850. El mejor de sus apologistas, el más talentoso de sus biógrafos, don Juan Zorrilla de San Martín, nos relata con palabra veraz y emocionada los últimos momentos del anciano, tomados de la versión directa de un testigo presencial, relato éste que hace varias décadas le dejara escrito el Obispo en Asunción, Monseñor Fogarín. He aquí, en escueto resumen, la transcripción de que hago referencia: “Cuando la enfermedad de Artigas se agravó, manifestó deseos de recibir los últimos sacramentos... En los momentos en que el sacerdote iba a administrarle el Santo Viático, Artigas quiso levantarse. La encargada del aderezo del Altar le dijo que su estado de debilidad le permitía recibir la comunión en la cama a lo que el General respondió: «Quiero levantarme para recibir a Su Majestad». Y ayudado de los presentes, se levantó, y recibió la comunión, quedando los muchos circunstantes edificados de la piedad de aquel grande hombre... El General, después de recibir el Viático, había quedado tendido en su pequeño catre de tijera y lonjas de cuero; en la semi-obscuridad se distinguía el crucifijo colgado en la pared sobre su cabeza blanca, tan blanca como los lienzos del pequeño altar en que brillaban los dos cirios inmóviles... El silencio se prolongaba, el silencio de la enorme proximidad. Las respiraciones se contenían: las miradas estaban concentradas en aquella cara aguileña, no muerta todavía. Artigas, que tenía los ojos cerrados, los abrió de pronto desmesuradamente. Causaba espanto; parecía muy grande. Se incorporó, miró a su alrededor... ¿Y mi caballo?, gritó con voz fuerte e imperiosa. ¡Tráiganme mi caballo!... Y volvió a acostarse... Sus huesos, ya sin alma, quedaron tendidos a lo largo del catre”. Nosotros debemos estar unidos y dispuestos todos, solidarios con la historia común, a servir bajo la fraternal bandera de la Confederación Rioplatense, por cuya empresa tanto lucharon los verdaderos próceres de Mayo, ya fueran orientales o argentinos, en el pasado.

jueves, 23 de noviembre de 2017

LA REVOLUCION CONSERVADORA DEL NOVENTA

Por: Juan Pablo Oliver. 

Se ha cumplido un nuevo aniversario de la Revolución de Julio de 1890. Fue vencida, pero la crisis económica, junto con la política, provocó la renuncia del presidente Juárez Celman y la asunción del mando por el vice, Carlos Pellegrini.
Todavía viven personas que la han presenciado, lo cual no obsta para que ideólogos y publicistas, acomoden al servicio de su oportunismo político el significado sociológico de aquel movimiento, desvirtuando la realidad de los hechos históricos.
Si se les preguntara, por ejemplo: "Qué significado político y social tuvo el 90?”, posiblemente contestarían: "Fue una revolución liberal progresista de las nuevas fuerzas populares y europeas que surgían en el país, contra la antigua oligarquía conservadora". Y quizá alguno agregue, con primaria dialéctica marxista: "Fue la protesta, embrionaria y aún confusa, de las masas desposeídas, contra el régimen económico-feudal imperante".
El Noventa fue todo lo contrario. Fue un movimiento conceptualmente conservador –sin pueblo masa– provocado por las altas clases tradicionales porteñas contra el gobierno liberal, progresista y de hombres nuevos, que representaba Juárez Celman. En términos actuales, cabría tildar aquel movimiento, sin exageración, de reaccionario o cavernícola.

El Gobierno de Juárez Celman: Una Fiebre de Grandezas

Diez años antes, en 1880, el interior había triunfado, una vez más, en el campo de batalla, sobre la oligarquía pastoril porteña. La Provincia fue decapitada y su capital entregada a la Nación junto con el nuevo Presidente general Julio A. Roca, tucumano de Córdoba. Su gobierno coincidió con un excepcional período de acrecentamiento económico, intensificado durante el gobierno del cordobés Juárez Celman 1886-1890. El país se transformó: de la noche a la mañana se levantaron ciudades como La Plata; se construyeron enormes puertos; diques famosos en su época, como el San Roque; la "Gran Aldea" se convirtió en Metrópoli; se adquirieron escuadras enteras y se creó un ejército moderno. Todo fue hecho a lo grande. De una economía puramente pastoril nos convertimos en el granero del mundo y comenzamos una industrialización fabril que entonces auguraba un desenvolvimiento extraordinario.
De 1886 a 1889, se pasó de 400.000 hectáreas cultivadas a 3 millones, vale decir, que sólo en tres años la producción agrícola se elevó en un 750 %. El comercio exterior se duplicó e igual sucedió con la construcción de vías férreas. Se comprendieron empresas millonarias de las más variadas finalidades, que aún hoy estimaríamos inconcebible: alambres carriles mineros en Chilecito, extracción de hulla y elaboración de kerosene en Mendoza, costosísimas maquinarias e instalaciones para explotar el oro del Neuquén, recién conquistado al indio... En 1889 arribaron 300 mil nuevos inmigrantes, cantidad que sobrepasaba las alcanzadas por Norteamérica. El potencial del Banco de la Provincia asom­braba al mundo. El país contaba con crédito y con una moneda fuerte: por un peso papel se obtenía casi un equivalente legal de 1.6129 gramos de oro, lo cual aseguraba la baratura del con­sumo, mientras los salarios resultaban altos debido a la creciente demanda de mano de obra: así se explica aquella inmensa inmi­gración espontánea e inversión de capitales europeos, seguras ambas de obtener buenas redituaciones. Porque la República no contaba, a la verdad –salvo la naturaleza–, con los factores esenciales de una producción amplia; fue Europa quien suministraba el trabajo, el capital y el espíritu de empresa.
Todas aquellas fueron realidades tangibles, pero después muchas se derrumbaron. Si hubieran conseguido perpetuarse y, además, terminado las que estaban en vías de comenzar en 1889 –canales interprovinciales, compañías nacionales de navegación, 47 nuevas empresas de colonización y distribución de tierras, 38 mil nuevos kilómetros de vías férreas (300 % de las entonces existentes), trenes subterráneos para Buenos Aires, cuando apenas París los tenía proyectados, fábricas de locomotivas y máquinas agrícolas, etc. – ­es indudable que se hubiera cumplido la esperanza de sobrepasar en pocos años a los americanos del Norte, que abrigaba aquella generación eufórica y convencida del progreso vertiginoso e indefinido.
De ahí, quizá, aquella altanera actitud de "América para la Humanidad"… y no para los "americanos" (sic), lanzada como un reto al canciller estadounidense por el delegado y ministro de Relaciones argentino, Roque Sáenz Peña, en el Congreso Inter­nacional celebrado en Wáshington en 1889.
No era desde luego el gobierno quien producía todo aquel progreso material, pero supo correrle a la par con una política adecuada: ordenamiento y respeto jurídico; cumplimiento estricto de las obligaciones financieras; Tribunales de Justicia; garantía a los capitales invertidos; amplias posibilidades de ahorro a los trabajadores... Se cuidaba, en suma, a la gallina de los huevos de oro. Y ese liberalismo económico emparejó un extremo liberalismo espiritual, en su afán de conformar urgentemente la mentalidad y hábitos de la población a la transformación positivista de la República: proliferación de escuelas normales y mercantiles; enseñanza laica; expulsión violenta del Nuncio Papal y de los profesores católicos de la Universidad, en primer término a José Manuel Estrada; Registro Civil; matrimonio civil...
Las protestas de los católicos y de algunos espíritus cautos, recelosos de tanta euforia, caían en el vacío; nadie –ni pueblo, ni gobierno, ni pobres ni ricos– hacía caso de los "retardatarios".
Cualquiera sea nuestra filosofía o convicción íntima al respecto, los hechos, imposibles de tergiversar, demuestran que el período presidencial de Juárez Celman fue el más liberal y de mayor progreso económico que gozó la República en todo el curso de su historia, pese a errores y defectos, que los tuvo y muy graves.

La crisis

Se acercaba la renovación presidencial y el "Unicato" de Juárez Celman tenía asegurada la elección del sucesor, pues contaba con todas las situaciones provinciales (excepto Buenos Aires) y con holgada mayoría parlamentaria. También estaba a su favor lo que se denomina genéricamente "la opinión" o sentir dominante del país en un momento dado: los nuevos ricos y nuevos argentinos, los industriales y los inmigrantes, los masones, garibaldinos y fuerzas armadas, los situacionistas y hasta muchos opositores a quienes resultaba más fácil entenderse con Juárez que entre ellos mismos.
Saldría así ungido su candidato, el joven Ramón J. Cárcano, talentoso hijo de un inmigrante lombardo radicado en Córdoba. En cuanto al pueblo criollo humilde, no hacía mayor cuenta electoral y no había motivo para que prefiriera cualquier otro antes que a Juárez o a Cárcano. Pero, a fines de 1889, se revelaron síntomas de crisis. Dificultades producidas en los mercados financieros europeos, unidas a causas intrínsecas argentinas, provocaron el retractamiento del capital inmigratorio y del capital monetario y luego su repatriación. Hacía falta tiempo –o tino–, especialmente respecto del dinero, para aferrarlo y consubstanciarlo al país como capital productor propio; así dejó de funcionar el "deux ex máchina" propulsor de aquel progreso.
El gobierno trató de hacer frente a la situación con algunas medidas que solo le acarrearon la oposición de muchos que hasta entonces habían aplaudido y lucrado, y ahora temían perder lo adquirido. La crisis siguió su curso y se acentuaron las quiebras, la intranquilidad bancaria y la desvalorización del peso, con el consiguiente encarecimiento de la vida.

La Unión Cívica
Fue en tales circunstancias que la oposición comenzó a organizarse en una agrupación denominada UNION CIVICA DE LA JUVENTUD cuyos promotores e integrantes eran "miembros todos, de las principales familias de Buenos Aires y Provincias que siguen sus estudios en esta ciudad", según explica la obra "Origen, organización y tendencias de la Unión Cívica", editada en 1890 por ellos mismos y que constituye la mejor fuente y fundamento de lo que se expone a continuación. Agrega que esos apellidos tradicionales, y por serios, fueron objeto de befa por los periódicos oficialistas, "Sud América", cuyos elementos –"unos chusmas de malos antecedentes"– perturbaron, además, el acto público organizados por aquellos distinguidos jóvenes el 15 de Diciembre de 1889. Releyendo aquella nómina juvenil opositora, resulta indudable que pertenecía al más puro patriciado, a la clase superior o "elite" tradicional dirigente, pero cuyo patriotismo y desinterés era impropio de ser puesto en solfa.
Esos jóvenes fueron vinculados por los líderes católicos José Manuel Estrada y Goyena con hombres de mayor envergadura política, y surgió así la Unión Cívica, cuya dirección fue ofrecida al General Mitre, que no la aceptó. Entonces se constituyó un Comité Ejecutivo integrado por Leandro N. Alem, como Presidente; Bonifacio Lastra y Mariano Demaría, vicepresidente, y Manuel A. Ocampo, tesorero, todos porteños de cerrada mentalidad conser­vadora, denominaciones partidistas actuales aparte.
La simple lectura de los discursos, manifiestos, programas y crónicas periodísticas de ese movimiento, transcriptas en el volumen citado, demuestran la ausencia total, absoluta, de cualquier preocupación social o inquietud por el mejoramiento de la clase trabajadora o masa humilde criolla, o por cualquier reforma de tipo económico o institucional. Las críticas de carácter económico se limitaron a lamentar el descrédito en que había caído el país ante los capitalistas europeos y perjuicios que acarrearían a las fortunas privadas los despilfarros y desaciertos financieros del gobierno. No existió, tampoco, el menos programa constructivo.
Los ataques de la oposición se limitaron a una violenta crítica contra el "unicato" electoral y corrupción administrativa de "esa animosa oligarquía de advenedizos que ha deshonrado ante propios y extraños las instituciones de la República", según lo expresa el manifiesto revolucionario. Alem los apostrofaba: "Se ríen (los juariztas) de los derechos políticos, de las elevadas doctrinas, de los grandes ideales, befan a los líricos, a los retardatarios que vienen con sus disidencias de opinión a entorpecer el progreso del país". Navarro Viola les espeta: "Su Dios es el vientre".
El gobierno mantuvo la más completa libertad de expresión y solo contaba con dos periódicos favorables, sobre 34 que aparecían en la capital. Juárez Celman nunca se dignó contestar tales imputaciones, y es sabido que a su muerte no dejó mayores bienes y sus hijos vivieron de su trabajo. Esta salvedad no obsta para que fuera cierta la existencia de un clima de especulación y corruptela, incluso en las esferas gubernativas, fenómeno inseparable, en cualquier tiempo o país, de los períodos de enriquecimiento y de transformación social.
Aquél epíteto de "advenedizos", o sea de aventureros oscuros y foráneos sin mérito ni títulos, resultaba injusto aplicado a Juárez, quien contó entre sus colaboradores y partidarios con figuras brillantes e intelectuales de nota, pero resulta evidente que por parte de la oposición, la insistencia en ese calificativo traducía un prejuicio de clase. Se prodigó especialmente a Cárcano: “jovenzuelo advenedizo levantado de la nada... rodeado de una ralea de advenedizos ensoberbecidos”.
El poeta Carlos M. del Castillo satirizaba el origen y preocupa­ciones industriales de los hombres del gobierno:
                                   Que la gente que actúa en el tablero
                                   O salió de una gran carpintería
                                   O es oriunda de algún aserradero
                                   Y así como nosotros
                                   Somos gente de hueso y de levita
                                   Ellos también, los otros,
                                   Son gente de madera y de piolita.

Y todos suspirando por una revancha porteña del 80, clamaban contra "la irrupción del cordobesismo avaro".
Por otra parte, la crisis, el malestar, trajo un sentimiento de fastidio contra los extranjeros que habían embarcado al país en proyectos y deudas, cortando luego sus provisiones al surgir las dificultades; por reacción, apareció en la prensa y literatura opositora un espíritu xenófobo, de exaltado "chauvinismo" con múltiples brotes antisemitas y una nostalgia por volver al pasado, más pobre, pero económicamente más seguro.

La Revolución

La revolución se gestó en el estudio del doctor Del Valle, del que formaban parte los doctores Alem y Demaría; estos, con los doctores Miguel Goyena, Juan José Romero y Lucio V. López, constituyeron la Junta Organizadora de la Revolución, que debía ser esencialmente militar. Consiguieron la adhesión de dos coroneles con mando de tropa, varios oficiales de menor graduación y algunos jefes en disponibilidad: en total, contaron con la adhesión de la mayoría de la Armada y con mil hombres de tropa, sobre seis mil que constituía la guarnición, aparte de la policía.

L o s   F o n d o s


Los fondos necesarios, relativamente cuantiosos, fueron arbitrados por el tesorero de la Unión Cívica, don Manuel A. Campos, ex-presidente del Banco de la Provincia, quien obtuvo los principales aportes –además del suyo propio– de su cuñado, el banquero Heimendhal, (no así de su otro cuñado, Otto Bemberg) y de su padre, ex candidato derrotado a la presidencia como rival de Juárez Celman del banquero Ernesto Tornquist, en cuya casa se efectuaron varias reuniones al efecto: y de los señores Juan J. Romero, Leonardo Pereyra, Félix de Alzaga y Torcuato T. de Alvear; el doctor Carlos Zuberbühler aportó el resultado de una colecta que tomó a su cargo, y el doctor Miguel Goyena, el de un aporte innominado, que irónicamente se apuntó como el del "señor Juan", quizás por las iniciales.
El manifiesto revolucionario, redactado por el doctor Lucio V. López, declaraba que el gobierno que asumiría el Poder lo haría en forma transitoria y breve, al solo efecto de presidir la elección presidencial, de la que estarían excluidos sus miembros; quedó constituido así:
Presidente, doctor Leandro N. Alem, Vicepresidente, doctor Mariano Demara, Relaciones Exteriores, doctor Bonifacio Lastra, Interior, señor Juan E. Torrent. Hacienda, doctor Juan José Romero. Guerra, general Joaquín Viejobueno. Justicia, doctor Miguel Goyena.
Los planes para el futuro de la mayoría de los gestores de la revolución era propiciar la candidatura presidencial del doctor Aristóbulo del Valle, alma del movimiento, quien posiblemente por ello no integró el gobierno revolucionario. En caso de que su calidad de porteño ofreciera oposición en el interior, propug­narían la del senador Manuel D. Pízarro, Jefe del Partido Católico de Santa Fe y Córdoba, pese a su oposición a la acción revolucionaria, pero antítesis de su paisano Juárez Celman.

E l   2 6    d e    J u l i o

El 26 de Julio a la madrugada, se efectuó, exactamente, la concentración de fuerzas en el Parque de Artillería, actual Plaza Lavalle. Allí tomó la dirección militar el general Manuel J. Campos, quien en lugar de obrar rápidamente por sorpresa, tomando los objetivos tácticos previstos, permaneció inactivo, esperando, quizá, el pronunciamiento favorable del gobernador de Buenos Aires, Máximo Paz, que no lo hizo.
Se cuenta que, instado el general Campos a la acción por los doctores Demaría y L. V. López, contestó: "Ustedes son abogados y no les gustaría que un cliente les indicara el modo de dirigir un pleito: yo tengo la responsabilidad de este pleito; déjenme proceder". Lo dejaron, y el resultado fue que el vicepresidente, el "gringo" Pellegrini, abogado, montado en un petizo de carro lechero tomó el mando de las fuerzas del gobierno y sitió a los revolucionarios, a efecto de dar tiempo a que otro, "gringo", el general Levalle, ministro de Guerra, concentrase para el ataque a los regimientos fieles. Entre los revolucionarios cundió el desconcierto, y el coronel Mariano Espina, conocido por su crueldad con los indios, terminó por desacatar a la Junta, amenazando con fusilar al doctor Alem y apoderarse de la Casa de Gobierno por cuenta propia. Afortunadamente la tropa, que no sabía por qué ni por quien combatía, no le secundó.
La revolución fue sofocada, pero el malestar económico fue acentuándose y provocó al mes siguiente la renuncia del presidente Juárez Celman, coyuntura que, por cierto, no aventó la crisis.

Aquel mismo año, el doctor F. Barroetaveña, actor de la revolución, sintetizó su juicio sobre ella: "Sí, es triste, pero debemos confesarlo: el pueblo se alzó contra el gobierno del doctor Juárez Celman alistándose bajo la bandera reaccionaria de la Unión Cívica, menos por amor a la libertad, que por salvar sus intereses económicos, menos por defender sus derechos que por conservar sus propiedades".


Fuente: revista Revisión n° 18, Buenos Aires, Septiembre de 1965.