Es este nuestro modestísimo grano de arena y nuestro homenaje a la monumental tarea historiográfica que emprendieron los maestros del revisionismo fundacional en pos de develar la verdad histórica y de poner la historia al servicio de los intereses de la Nación.
miércoles, 12 de febrero de 2025
3 de Febrero: La Batalla de Caseros y la traición a la Patria
miércoles, 1 de enero de 2025
El armisticio del 20 de octubre de 1811
Por: Edgardo Atilio Moreno
El tratado de paz que el Primer
Triunvirato firmó con el virrey Elio es un hecho poco tenido en cuenta en
nuestra historiografía, sin embargo su relevancia es de tal magnitud que el
historiador José María Rosa, dice que con su firma “había concluido la Revolución empezada en Mayo de 1810”.[1]
En efecto, la Revolución de Mayo se
había hecho con el propósito de dar a los americanos un gobierno propio;
autónomo, fiel al monarca ausente, pero no sujeto al ilegitimo Consejo de
Regencia que armaron los ingleses en Cádiz. Sin embargo, este tratado vino a
reconocer la autoridad de dicho virrey, concediéndole por ende legitimidad al
Consejo peninsular que lo había designado.
Antecedentes, el Convenio preliminar de la Junta Grande.
Este armisticio, firmado el 20 de
octubre de 1811, no es un hecho
completamente insólito y disruptivo, sino que reconoce un antecedente directo e
inmediato en el Convenio Preliminar de
similar tenor, que el gobierno anterior, de la Junta Grande, firmó tan solo un
mes antes.
Cabe recordar que dicha Junta, que se
había formado con la incorporación de los diputados de las provincias y contaba
con el apoyo de los saavedristas, llegó al gobierno resuelta a poner coto al absorbente
centralismo de Buenos Aires y a las practicas jacobinas del morenismo; pero manteniendo
por supuesto el fidelismo a Fernando VII. Sin embargo, el bloqueo al puerto de
Buenos Aires, ordenado por Elio, y el temor a una invasión de los partidarios
del Consejo de la Regencia, llevó a la Junta Grande a dictar un decreto por el
cual se expulsaba de la ciudad a todos los españoles solteros.
Esta drástica medida –como dice
Ernesto Palacio- causó gran conmoción en la población de Buenos Aires; por lo
que el Cabildo “se vio obligado a
solicitar su revocación”[2].
Incluso los morenistas, que en el pasado impulsaron medidas más crueles, maquiavélicamente,
se sumaron a las protestas.
La marcha atrás dada por la Junta
(que revocó el decreto) cayó mal a los saavedristas que, alarmados por el avance del morenismo, organizaron una
poblada encabezada por el alcalde de barrio Tomas Grigera (conocida como la
grigerada o la revolución de los orilleros), durante los días 5 y 6 de abril, la
cual logró la incorporación del Dr Joaquin Campana a la Junta Grande; aunque su
propósito de colocar a Saavedra en el gobierno se vio frustrado por que este no
aceptó el mando.
No obstante ello, la crisis no se
resolvió. El día 20 de julio llegó la noticia de la derrota de Huaqui, y el
gobierno entró en pánico.
En agosto llegó de Rio de Janeiro Sarratea
con la recomendación de Lord Strangford de arreglar con Elio, reconocer su
jurisdicción en la Banda Oriental y
enviar diputados a las Cortes de Cádiz. Campana quiso oponerse a ello pero el
Cabildo presionó a favor del acuerdo; y el 1 de septiembre se firmó un tratado
preliminar de paz, en esos términos, el cual no fue ratificado pues los
portugueses (que habían sido llamados en ayuda por Elio) continuaron con su
avance en la Banda Oriental y Artigas continuo con el sitio a Montevideo.
Toda esta situación desprestigió
completamente a la Junta Grande y provocó su caída y la conformación del Primer
Triunvirato, conformado por Chiclana, Paso y Sarratea; con Rivadavia como
secretario.
El Primer Triunvirato
Ernesto Palacio dice que el primer
Triunvirato no fue una reacción liberal contra la política conservadora de la
Junta Grande, sino que fue simplemente la reacción del localismo porteño contra
el predominio provinciano en la Junta, y que por ende continuo con la línea de
“timidez y vacilaciones” de sus
antecesores. Es decir, no tenía intención alguna de forzar una declaración de
independencia.
Asi mismo, José María Rosa, afirma
que este órgano triparto se creó simplemente para terminar con las
contemplaciones con Artigas y arreglar de una buena vez con Elio.
De ahí entonces que una de sus
primeras medidas fue la de seguir adelante con las tratativas iniciadas por la
Junta Grande con los regencistas. Para ello se le ordenó a Rondeau levantar el
sitio a Montevideo. Cumplido esto quedó expedito el camino para firmar el
Armisticio, cosa que se hizo el día 20 de octubre de 1811.
Lo novedoso (y que causó malestar) de
este tratado no fueron las habituales declaraciones de reconocimiento y
fidelidad a Fernando VII, las cuales eran de rigor en todos los documentos
oficiales emanados desde la Revolución de Mayo, tanto en los de la Primera
Junta como en los de la Junta Grande y del Triunvirato; sino el reconocimiento que
se hacía a Elio y a las ilegitimas autoridades del Consejo de Regencia.
En efecto, en las clausulas 4 y 5 se establecía
que Buenos Aires mandaría delegados a Cádiz para explicar las causas que han
obligado a suspender el envió de sus diputados. Asi mismo por las clausulas 6 y
7, se disponía que “las tropas de Buenos
Aires desocuparan la Banda Oriental del Rio de la Plata hasta el Uruguay, sin
que en toda ella se reconozca otra autoridad que la del Excelentisimo señor
Virrey”.
Por su parte Elio se comprometía a
cesar con el bloqueo y a gestionar el retiro a sus fronteras de las tropas
portuguesas que él mismo imprudentemente había convocado, alimentando las
ansias expansionistas de estos.
José María Rosa explica que este
tratado disgustó a casi todos especialmente “al gobierno de Rio de Janeiro porque Elio, después de haber llamado en
su auxilio al ejercito de Souza, no había consultado con este los términos de
su paz”, y por supuesto a Artigas, que acaudillaba a los orientales. Solo
plació –continua Pepe Rosa- “a
Strangford, a Elio y a la gente principal de Buenos Aires”[3].
La reacción de Artigas ante el
arreglo fue contundente. Acusó a Buenos Aires de abandonar a la Banda Oriental
a su opresor antiguo y consideró que el tratado era una capitulación
deshonrosa. En una clara desobediencia a lo acordado y dispuesto a continuar la
lucha, dirigió una emigración masiva de orientales, que se dio a llamar “la redota”, hasta Concordia, Entre Ríos.
De todos modos, el acuerdo con los
regencistas duro poco. Las tropas portuguesas no solo no se retiraron de la
Banda Oriental, sino que además hostigaron a los hombres de Artigas en su
éxodo. El Triunvirato se quejó de esto ante Vigodet (que había reemplazado a
Elio) pero este hizo oídos sordos y reanudó las hostilidades atacando con sus
barcos por el rio Paraná.
El gobierno ordenó entonces a Belgrano fortalecer la ribera del rio en Rosario. Allí instaló dos baterías y le propuso al Triunvirato la adopción de una escarapela celeste y blanca que sus soldados usarían en el uniforme. La propuesta fue aceptada, lo cual entusiasmo a Belgrano quien pensó que este gesto era un paso a una declaración de independencia; por lo que inmediatamente, el día 27 de febrero de 1812, enarboló por primera vez una bandera nacional con los mismos colores. El gobierno desaprobó lo hecho; le ordenó guardar la bandera y le mandó la roja y gualda.
La iniciativa independentista de Belgrano disgustó al Triunvirato, especialmente a su secretario Rivadavia. Por ello mismo, fueron reprimidas también las actividades de la Sociedad Patriotica en Buenos Aires. Dice José Maria Rosa al respecto: "El morenismo de la Sociedad Patriotica no era simpático a Rivadavia, pero no era motivo suficiente para clausurar la entidad. Otra cosa fue empezar los recitados sobre la independencia en febrero y que la Sociedad hiciese campaña para la pronta convocatoria de la Asamblea General a fin de conseguir un pronunciamiento igual al de Caracas (la independencia). Rivadavia entendió que uno y otro eran propósitos sediciosos... ordenó patrullar las calles y vigilar las reuniones de la Sociedad Patriotica... La Sociedad dejo de reunirse y Montegudo fue separado de la Gaceta..."
De lo rápidamente relatado hasta aquí
podemos concluir que este Armisticio manifiesta la existencia –aun en 1811- de
un núcleo o sector de la clase dirigente porteña que no tenia ningún apuro en declarar la independencia, y que estaba dispuesto a aceptar en
cierta medida el orden anterior a la Revolución –como dice Federico Ibarguren- reconciliándose con los antiguos beneficiarios de él. Tendencia que, ante las múltiples
dificultades atravesadas (a lo que se le debe sumar la presión de Inglaterra), llegó
al extremo indecoroso de ceder en los ideales autonomistas de Mayo, aceptando a
unas autoridades que antes -con todo derecho- se impugnaban.
Por otro lado también es evidente que
la imprudencia, la soberbia y la
belicosidad de los funcionarios regencistas, que malograron este acuerdo y que
buscaron la guerra a toda costa, hizo que muchos patriotas comenzaran a pensar
en la posibilidad de la independencia (entre ellos algunos como Belgrano) que hasta poco antes se habían
manifestado fieles partidarios del monarca ausente[4].
Por ello, no es casualidad que
justamente por ese entonces, en la segunda mitad de 1811, recién se puedan
encontrar los primeros documentos privados (cartas) en los que algunos
patriotas mencionan la palabra o la idea de independencia; como lo afirma
Enrique Diaz Araujo en su monumental obra Mayo revisado.
A todo esto, aún quedarían por
delante cinco años más de penosa guerra civil para que finalmente este rincón
sureño del ya extinto imperio hispano católico se declarara independiente.
Bibliografia:
Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina. Ed Abeledo Perrot.
Bs As 1999.
Rosa, José María. Historia Argentina. T.2. Ed. Juan Granda.
Bs As 1967.
Diaz Araujo, Enrique. Mayo revisado, tomo 1. Editorial Ucalp.
2010.
Ibarguren, Federico. Así fue Mayo. Ed. Theoria. Bs As. 1998
[1]
Rosa, José María. Historia Argentina, Ed. Juan Granda. Bs As 1967, tomo 2, pag.
339
[2]
Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina, Ed Abeledo Perrot. Bs As 1999; pag
172.
[3]
Rosa, Jose Maria. Ob. cit., pag. 341.
[4] En
su campaña al Paraguay, Belgrano arengaba a sus hombres a luchar por el Rey; y en marzo de 1811, en la batalla de Tacuary,
rodeado por fuerzas superiores, e intimado a rendirse, contestó desafiante:
“Las armas del Rey no se rinden, venga Vuestra Merced, a tomarlas”.
viernes, 27 de diciembre de 2024
Disputas sobre la independencia
Por: Agustín de Beitia
Cada año, el 9 de julio asistimos a la equívoca celebración
oficial de nuestro proceso de independencia como un grito de libertad. Como si
hubiésemos vivido hasta entonces bajo un yugo. El espíritu que anima esa clase
de festejo es el mismo que subraya el carácter revolucionario del 25 de Mayo,
entendido en clave liberal e ilustrada. Es la emancipación como alegre ruptura
con España y, en sentido amplio, con la tradición. El mismo himno nacional
canta a la "nueva y gloriosa nación" que se levanta a la faz de la
tierra y que tiene "a su planta rendido un León", en alusión a la
Madre Patria. El problema con este tipo de exaltación es que poco tiene que ver
con lo que se decidió en aquellas fechas.
A quienes cubren de gloria inmarcesible aquel proceso, pero
también a quienes desde España rebajan nuestra independencia a una mera
traición que habría causado la ruptura del Imperio Hispano Católico, viene a
corregir el doctor Antonio Caponnetto en su nuevo libro, Respuestas sobre la
Independencia (Bella Vista Ediciones), una obra indispensable, que tiene la
inusual pretensión de examinar el pasado a la luz de lo sobrenatural. Un ensayo
que invita a abandonar simplismos y a adentrarse en las aguas profundas de la
historia, la filosofía y la teología.
Enfrentado a los liberales, que creen que la patria nació
hace 200 años, y sobre todo a los tradicionalistas españoles, que toman la
fecha de la independencia como su fecha de defunción, Caponnetto avanza
"entre estos dos fuegos" la tesis de que el proceso de autonomía sin
desarraigo, que fue un programa y un curso de acción explicitado, fue doloroso
pero legítimo, aunque se haya echado a perder por obra de los ideólogos del
liberalismo y la masonería, bajo la tutela británica.
Las reflexiones aquí contenidas son el fruto de una larga
meditación sobre el tema, a tal punto que no parece desproporcionado decir que
es toda una vida intelectual la que fecunda este trabajo. El autor, que es
doctor en Filosofía y profesor de Historia, presenta estas reflexiones como
"una prolongación natural" de un volumen suyo anterior, Independencia
y Nacionalismo (Katejon, 2016), publicado con ocasión del bicentenario de
nuestra independencia. Y a ambos títulos, como una derivación de Los críticos
del revisionismo histórico. Tanto es así que en este tercer volumen admite que
quiso "levantar" todas las objeciones que la historiografía
españolista plantea a esa escuela de la revisión histórica.
El libro tiene una forma dialogal, idea que le inspiró la
muy buena entrevista que le realizara el periodista español Javier Navascués
tras la aparición de Independencia y Nacionalismo. Una entrevista pensada para
el mundo digital y que fue publicada en forma parcial en el sitio Adelante la
Fe.
Las preguntas incisivas le hicieron ver a Caponnetto, según confiesa, que
muchas objeciones y cuestiones disputadas quedaban aún sin respuesta. Pero
también lo llevaron a pensar que el método socrático permitiría adentrarse
mejor en el tema, ampliando el panorama conforme se avanzaba con las
inquietudes.
TRES PARTES
Tres partes componen la obra. Una primera, donde se
transcribe esa breve entrevista de Navascués y que aborda la cuestión de la
independencia. Una segunda, más extensa, con las preguntas autoformuladas, y
una tercera dedicada a la cuestión del católico y la patria, que como bien
anticipa el autor se va asomando de a poco desde el mismo comienzo. De lo que
esta tercera parte trata es de la "compatibilidad entre catolicismo y
patriotismo", entre nacionalidad o atadura a la propia tierra y la cosmovisión
espiritual del cristiano, entre nacionalismo y práctica de la fe.
Este último aspecto va asomando de a poco porque la cuestión
de fondo con que lidia Caponnetto es de raíz teológica: no ya la impugnación
del independentismo, sino del derecho a la existencia de las naciones
hispanoamericanas, de la idea misma de patria, del concepto de nación. Una
impugnación hecha en nombre del catolicismo y de sus fuentes más tradicionales.
Esta objeción, de procedencia carlista, pretende según el autor alcanzar a todo
aquel que ose, sino reivindicar el proceso autonomizante, al menos cohonestar
sus causas.
Caponnetto deja clara su postura: no comparte la alegría de
quienes celebran la independencia porque disfrutan la desmembración del Imperio
Hispano Católico, ni comparte las acusaciones de traición que lanzan ciertos
católicos españoles. Frente al error de unos y la injusticia interpretativa de
los otros, recuerda que realistas eran todos, incluso los masones perseguidores
de los católicos como Rivadavia. Y expone luego los ejemplos de fidelismo, de
arraigo, de conservación del patrimonio cristiano y español heredado que
demostraron "los mejores de los nuestros", que ocuparon puestos
destacados en la lucha, entre los que menciona a San Martín, Saavedra, Sarratea
y otros.
Ejemplos de celo católico como para castigar la blasfemia
(San Martín), enarbolar divisas de "Religión o muerte" (Quiroga) o
practicar actos públicos de piedad religiosa (Belgrano), que cuesta encontrar
en el bando opuesto.
El meollo de la controversia, y en ella se entra rápido, es
que hubo en estas costas un deseo de un gobierno propio, una emancipación
efectiva y guerras que se libraron para sostenerla. Eso es lo que quiere dejar
en evidencia la impugnación carlista, que dicha rápidamente podría resumirse en
que "somos hijos de la Revolución". Una observación mortificante para
quienes son católicos en estas tierras. Pero una mortificación que, a juzgar
por los resultados, pareciera tener un fundamento.
Para levantar esa objeción, Caponnetto propone un hilo de
razonamiento que sigue un mismo método: abrir la lente para abarcar un cuadro
mayor, iluminando lo que antes quedaba en la sombra. Y el resultado no solo es
esclarecedor, sino que hasta por momentos cambian las tornas.
DOBLE DERROTA
Lo primero que queda expuesto es que no es lo mismo la
independencia que pretendían los ideólogos iluministas como Moreno, Castelli y
Paso, que la autonomía gubernativa de quienes querían conservar no solo las
formas monárquicas sino también la prosapia cultural hispana. Es decir, que no
se debe confundir el anhelo de emancipación (iluminista) con el de una
autodeterminación que era fruto del ius resistendi frente a una monarquía
devenida en tiranía, invadida por una potencia extranjera.
Que los ideólogos del "descastamiento" hayan
terminado por imponerse es otra cuestión, que el propio Caponnetto admite y
deplora. Con la salvedad de que esas ideas representaban solo a un grupo, y no
precisamente el más numeroso, pero que se vio favorecido por la ceguera y el
iluminismo furioso de un Fernando VII que al volver del exilio se volcó a una
violencia rencorosa que ahogó la unidad del imperio en la sangre de una inmensa
guerra civil. El autor, de hecho, habla de una doble derrota en el proceso autonomista,
política e historiográfica, razón por la cual hoy se nos imponen efemérides
laicas y masonas. Pero para ver eso insiste en que hay que ir bastante más
lejos que 1810-1816, hasta la derrota nacional de Caseros.
Aunque Caponnetto dice que nunca considerará
"auspicioso" el inicio del camino independentista, porque no se
engaña sobre sus fogoneros e instigadores, sí cree que la autonomía resultó
"legítima" y "dolorosa". Legítima porque revistió las
formas de una clásica resistencia contra una tiranía que ponía en riesgo la
existencia misma de la sociedad política. Dolorosa, porque nunca es grato tener
que llegar al límite de poner en práctica el ius resistendi.
Mucho más contundente es que, por el procedimiento de
contemplar lo sucedido con una lente más abierta, el autor desvela que había
partidarios del "descastamiento" en el mal llamado bando realista.
Pone así sobre la mesa los intentos de ruptura del Imperio Hispano Católico
procedentes de la propia península, que son -en sus palabras- muy anteriores a
1810 y más graves.
Por eso la acusación de perjurio la toma como indignante.
Porque ve en ella la intención de convertir a la víctima en victimario. En este
sentido, recuerda lo que venía sucediendo en España, y cómo en la sucesión
dinástica entre Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, el iluminismo no había
dejado ruindad sin cometer. Como sucedió en 1807, cuando la soberanía española
quedó ultrajada por franceses e ingleses con la anuencia de la corona española,
se inauguraron las persecuciones a la Iglesia y el Estado regalista reemplazó
la noción de Cristiandad por el Equilibrio Europeo.
PARADOJAS
Para ilustrar su argumento, Caponnetto recorre las paradojas
y contradicciones que se esconden en esta historia, desvela las
tergiversaciones y ocultamientos que hicieron escarnio de unos y enalteceron a
otros. Así expone la falacia de la presunta anglofilia de San Martín y la
confronta con el muy real y documentado, pero también ocultado, ejercicio de la
corona española de promocionar a los ingleses.
De ese breve estudio biográfico de San Martín y su época,
extrae la evidencia de que el Imperio Español había prácticamente desaparecido
para 1808, y no sólo el Imperio, sino la mera soberanía de la Metrópoli,
tironeada por franceses e ingleses que se repartían el dominio como dos cuervos
un cadavérico botín, algo que amenazaba con arrastrar a América.
Aclarada, por estas razones, su adhesión a la patria
independiente, que considera una reacción ante Napoleón Bonaparte y sus
aliados, explica por qué esta postura no es contradictoria con manifestarse
fiel a España. Y para eso señala que, en la cosmovisión católica, la patria es
un don de Dios y su primer bien es el patrimonio recibido en herencia. Un
patrimonio que no es un gobierno ni un costumbrismo, sino un espíritu, un alma,
que es eso que llamamos Hispanidad.
De allí que la pregunta por la patria, su origen y su
nombre, va cobrando una creciente significación. El autor, que prefiere
referirse al "drama independentista", dice que ese drama no puede
entenderse sin categorías teológicas.
Con una sutileza exquisita, aclara entonces que hay un modo
sacramental de entender el pasado. Por eso sostiene que la fecha inaugural de
nuestra patria no es la independencia sino el bautismo que recibimos el 12 de
octubre de 1492, y más específicamente el 1 de abril de 1520, fecha de la
primera celebración eucarística en el territorio argentino.
No, viene a decirnos Caponnetto. La Argentina no nació del
cañón de La Bastilla. Nació de la Cruz y de la Espada portadas por el
Conquistador y el Misionero, según célebre metáfora de Vicente Sierra. Y para
demostrar que su origen se sitúa en los albores del siglo XVI, recorre la
bibliografía histórica y nos lleva de la mano por registros de cartógrafos,
poetas y cronistas.
El último capítulo, titulado El católico y la patria, depara
páginas muy provechosas. Frente a quienes sostienen que en la Tradición de la
Iglesia el concepto de patria no resulta valorado, ofrece un esclarecedor
itinerario por el pensamiento de los Padres de la Iglesia, en el que encadena
una reflexión sobre si está o no en los planes de Dios la existencia de las
patrias y las naciones, y la relación entre la patria terrena y la celestial.
Como hizo antes contra los simplismos hermenéuticos e
inequidades, contra los maníacos obsesivos de la injerencia británica, contra
el insano complejo de culpa y de inferioridad por ser argentinos, contra la
tesis carnalista de Federico Rivanera Carlés, pero también contra "los
Felipe Pigna y sus traspolaciones presentistas y ucrónicas" o las
"naderías" de Loris Zanatta, Caponnetto sigue el mismo procedimiento
de abrir la lente, señalar inconsistencias y preguntar a los críticos si a La
Argentina, hija legítima y orgullosa de la España Imperial, la están
descubriendo, amando y sirviendo tal como fue y queremos que sea.
Respuestas sobre la independencia es un precioso libro. De
lectura ágil, pero meditación lenta. Polémico y controversial, como es
Caponnetto, pero también honesto hasta el dolor, como es también este profesor
al que dice gustarle "el sol dando de pleno en la cara".
Un libro que no duda en rescatar con brío la figura de
Saavedra, pero reconocer que en un momento se hizo un flan. Un libro que llama
a no caer tampoco en el simplismo de considerar que la Revolución fue católica
porque en el Cabildo o la Casa de Tucumán merodearan sacerdotes y sotanas,
cuando en muchos casos se trataba de un clero liberal y confundido. Un libro,
en fin, con categorías disonantes para los oídos vulgares.
No extraña en absoluto que sea ignorado por el periodismo,
que no es muy afecto a las sutilezas. Menos aun cuando esas sutilezas vienen a
aguar la fiesta de los "descastados".
El mayor dolor que expresan estas páginas es ver cómo nos
han inventado una patria en la cual ya no queda lo esencial de la "terra
patrum", que es la Hispanidad. El esfuerzo por la hispanofiliación es
claro en la prédica de Caponnetto y en esta obra en particular.
Un esfuerzo que quiere revertir muchos males que hoy
padecemos y que son en parte, como dice el autor, la consecuencia directa de
que prevaleciera aquella emancipación kantiana, rousseauniana, iluminista,
masónica. Admite, con acierto, que otros males son pura responsabilidad
nuestra. Y de hecho el vaciamiento espiritual de ayer continúa hoy y no parece
tener fin.
Pero el autor señala que el estado de descomposición de la
actual España no permite tampoco abrigar muchas esperanzas de que nuestra
suerte hubiera sido mucho mejor sin la independencia. Porque, en definitiva, es
la civilización cristiana toda la que está amenazada de muerte. Y en esto no
hay lado del Atlántico que se salve.
Tomado de: https://www.laprensa.com.ar/Disputas-sobre-la-independencia-503651.note.aspx
lunes, 2 de diciembre de 2024
Vuelta de Obligado: la incredulidad en los parlamentos de Inglaterra y Francia frente a la resistencia de Rosas
Por: Pablo Yurman
La guerra que sostuvo nuestro
país, por espacio de cinco años, contra la armada anglo-francesa en la década
de 1840, y que tuvo como fecha icónica el 20 de noviembre de 1845, día del
Combate de la Vuelta de Obligado sobre el río Paraná, fue cubierta con marcado
interés por la prensa internacional y, además, constituyó tema de permanente
debate en los parlamentos tanto de Inglaterra como de Francia.
Para comprender los motivos por
los que ambas potencias decidieron financiar una armada que superaba el
centenar de buques, en su mayoría mercantes, escoltados por una veintena de
naves de guerra, debe tenerse en cuenta el contexto internacional de mediados
del siglo XIX.
Eran años en los que en varias
partes del mundo se asistía a una expansión del colonialismo británico, y
también francés, que por la vía diplomática o por el uso de la fuerza
-recordemos que se trataba de las principales potencias militares y económicas
de la época- obtenían en todos lados las más variadas concesiones de diversos
pueblos sometidos. Por ejemplo, el primer ministro Lord Robert Peel logró la
firma del Tratado de Nankín con China en 1842 por el cual se puso fin a la
primera guerra del opio, y le permitió a Inglaterra apoderarse de la célebre
isla de Hong Kong (cuyo control retuvo hasta su cesión en 1997) y la apertura
económica de China a sus productos industriales. Era una época en la que la
diplomacia británica no aceptaba de buen grado una negativa a sus demandas por
parte de otros países.
Los franceses no se quedaban muy
atrás. Y en tren de reivindicaciones territoriales sostenían un vasto imperio
colonial en todos los continentes. Al tiempo que inventaban el término
“Latinoamérica” (jamás usado en los siglos precedentes), no se privaron ni de
bombardear el puerto mexicano de Veracruz (1838) ni de instalar a un emperador
dócil a la sugerencia de establecer un tutelaje galo sobre México, como fue el
caso del desdichado Maximiliano (1864-1867).
Era, por tanto, cuestión de
esgrimir una buena excusa para iniciar formalmente hostilidades contra una
nación que, como la Argentina, controlaba la comercialmente estratégica boca
del estuario del río de la Plata, la que a su vez constituía el paso previo
para la navegación por los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, que eran la llave
de ingreso al interior del continente.
Máxime cuando había un punto
débil para la Argentina de aquellos años que será astutamente aprovechado por
las potencias invasoras: nuestra guerra civil entre unitarios y federales que
había provocado el exilio de muchos de los primeros en Montevideo, desde donde
prestarían su ayuda a los enemigos externos del país.
Francia usó como excusa el
reclamo al gobierno presidido por Juan Manuel de Rosas de que a sus ciudadanos
se les diera el mismo trato privilegiado que ya tenían los residentes
británicos en nuestro país (concesión que venía de tiempos de Bernardino
Rivadavia). Por su parte Inglaterra reclamaba que los ríos internos en
territorio argentino fuesen de libre navegación internacional, es decir, que
naves de bandera británica circularan por ellos sin necesidad de autorización del
gobierno argentino.
Años antes habíamos mantenido un
conflicto militar similar con Francia, entre 1838 y 1840, que se concluyó con
la firma del Tratado Arana-Mackau. Al respecto señala Edmundo Heredia (en Un
conflicto regional e internacional en el Plata. La vuelta de Obligado) que “la prepotencia francesa desnudó su
imperialismo al mezclar sus pretensiones comerciales con su apoyo a los
unitarios proscriptos, entrometiéndose así en una cuestión interna de los
rioplatenses. Las concretas intervenciones de fuerzas navales francesas
acompañadas de declaraciones y otras actitudes nada amistosas del gobierno de
Francia, eran una demostración ostensible de su decisión de mantener siempre
una presencia activa en el continente”.
La negativa argentina, expresada
en un incesante intercambio de notas diplomáticas entre nuestro canciller,
Felipe Arana, y los funcionarios europeos, se mantuvo incólume, lo que derivó
en el inicio de hostilidades. La resistencia militar argentina en la Vuelta de
Obligado fue saludada por los pueblos americanos que la reivindicaron al nivel
de una segunda guerra por nuestra independencia. Resultó que nuevamente
ingleses y franceses deberían lidiar con uno de los pocos pueblos del planeta
dispuesto a hacerles frente.
Dice Vicente Sierra en su
Historia de la Argentina que “ya en enero de 1846 en el Parlamento
inglés se hizo escuchar la voz de la oposición liberal ante un desarrollo de
los hechos del Plata que no se ajustaba a lo que la mayoría había supuesto.”
(tomo IX, pág. 275). Y agrega respecto de las bases para una salida negociada a
la crisis, propuesta formulada por Rosas a través del representante argentino
en Londres, Manuel Moreno, que “Lord Aberdeen dijo ante la Cámara de los Lores,
el 19 de febrero de 1846, que si bien se trataba de proposiciones inadmisibles,
‘podían muy prontamente conducir a un arreglo amistoso de toda la cuestión”.
El 23 de marzo de 1846 Lord Peel
fue interpelado en el parlamento, sitio en el que tuvo que responder las
preguntas del vocero de la oposición, Lord Aberdeen (tiempo después pasará de
la oposición al gobierno). A las preguntas relacionadas con el estado de la
cuestión del Plata, a saber: si existía un estado de guerra entre Gran Bretaña
y la Confederación Argentina, y fundamentalmente, sobre las perspectivas que
razonablemente tendría el asunto, Peel respondió diciendo: “¿Estamos en guerra con Buenos Aires? No ha
habido declaración de guerra. Hay un bloqueo de ciertos puertos del Río de la
Plata pertenecientes a Buenos Aires; pero no entiendo que el establecimiento de
un bloqueo importe necesariamente un estado de guerra. La segunda
pregunta del noble Lord es si las operaciones de carácter más hostil en las
márgenes del río Paraná tenían la sanción previa del Gobierno. Dije ya que no
había dado instrucciones ningunas al representante del gobierno o al comandante
de las fuerzas navales además de las que fueron comunicadas a la Cámara, y
aunque parezca singular hasta hoy no se ha recibido aún una explicación amplia
o satisfactoria de los motivos que hubo para la expedición del Paraná…” (citado
por Vicente Sierra en Historia de la Argentina).
Sostiene Heredia que “las
razones por las cuales, entre otras alternativas, la flota conjunta decidió
forzar el paso fluvial en lugar de atacar un puerto o llevar a cabo alguna otra
medida de fuerza, o hasta declarar la guerra, son por ahora objeto de
conjeturas. Resulta extraña la pretensión de colocar mercaderías contenidas en
casi una centena de barcos, en un mercado incierto y de escasa población; es
poco creíble que comerciantes y fuerzas armadas creyeran realizar un buen
negocio, en términos estrictamente comerciales. La hipótesis que parece más plausible, que puede inferirse por los hechos
ocurridos, es que la opción procuraba movilizar en contra de Rosas a las
provincias situadas al Norte (Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes) y al Paraguay;
es decir, producir un hecho detonante que provocara una reacción generalizada
contra Rosas”.
En efecto, varios documentos y
testimonios de la época dan cuenta del interés por parte del Brasil de sacar
ventajas de la intervención europea en perjuicio de la Argentina, procurando su
debilitamiento en combinación con el Paraguay. Llegó a manejarse la posibilidad
de crear una artificial República de la Mesopotamia, es decir, el
desmembramiento del territorio argentino.
Las tensiones parlamentarias en
Francia estaban a la orden del día a raíz de los sucesos en Sudamérica.
François Guizot era el ministro de relaciones exteriores francés y será poco
tiempo después primer ministro coincidiendo con el reinado de Luis Felipe. Al
comparecer a la Asamblea Nacional fue duramente interpelado por un viejo
adversario, Adolfo Thiers, en línea similar a la de los parlamentarios
ingleses.
Al respecto expresa Sierra
que “Guizot no podía defenderse muy eficazmente, pues su política
rioplatense distaba de ser coherente, revelaba contradicciones, de manera que
se limitó a exponer que no se podía aún hablar de que la intervención hubiera
fracasado. La verdad era, en cambio, que ni Guizot ni Aberdeen lograban
explicarse cómo no habían triunfado.”
Constituye un lugar común en
ciertos sectores de nuestra historiografía, guiados más por prejuicios que por
rigor y exhaustividad histórica, considerar a la actitud argentina de resistir
las demandas extranjeras como un capricho de Rosas. Además de omitir decir que
ese conflicto culminó con una victoria diplomática de nuestro país, olvidan que
al tiempo que fue una guerra internacional, también lo fue regional, en la que
por una suma de intereses y circunstancias se jugaba nuestro destino: o
salvaguardar nuestra integridad y dignidad, o atomizarnos en un mosaico de
pequeños estados irrelevantes en el tablero internacional.
miércoles, 30 de octubre de 2024
SEMBLANZA DE SAN MARTÍN
Por Mario Meneghini
I. Dudas y leyendas
Es importante procurar aclarar las dudas y leyendas que
circulan con respecto a la figura de San Martín, pues la historia no puede
limitarse al relato de los hechos pasados, sino que debe investigar la causa de
los hechos, y esclarecer, en la medida de lo posible, los acontecimientos que
se prestan a la confusión.
1) ¿Cómo puede
considerarse a San Martín “padre de la Patria”, si vivió la mayor parte de su
vida fuera de la patria?
Es cierto que San Martín vivió en tierra americana sólo 18
años en total, de sus 72 años de vida; 6 años en la niñez, y 12 años en su
campaña libertadora. Lo que ocurre es que hasta 1816 no existía la Argentina, y
aún hasta 1852 no existió, estrictamente, el Estado Argentino unificado, y
recordemos que San Martín fallece en 1850.
San Martín nació en el Virreinato del Río de la Plata, que
era una provincia perteneciente a la Corona de Castilla, a su vez, integrante
del Imperio Español. Por lo tanto, la patria originaria de San Martín era el
Imperio Español, que luego se desagrega en varios Estados independientes, uno
de los cuales fue el de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Por otra parte, queda constancia escrita de que el deseo de
nuestro héroe, al finalizar su vida pública, era vivir en la chacra que había
adquirido en Mendoza. Se vio obligado a viajar a Europa por la situación
política imperante en 1824, en que el gobierno porteño, dirigido por Rivadavia,
lo consideraba un elemento peligroso, y hasta corría peligro su vida. Tal como
luego le ocurriría a otros patriotas, debió vivir sus últimos años en el
exilio.
2) ¿Por qué volvió
San Martín al Río de la Plata, en 1812?
Sobre este punto, se han emitido varias opiniones que
debemos analizar, sucesivamente:
2.1. Porque era un agente inglés
Quien primero lanzó esta tesis fue nada menos que Alberdi,
en su libro “El crimen de la guerra”
“En 1812, dos años después que estalló la revolución de Mayo
de 1810, en el Río de la Plata, San Martín siguió la idea que le inspiró, no su
amor al suelo de su origen, sino el consejo de un general inglés, de los que
deseaban la emancipación de Sud-américa para las necesidades del comercio
británico” (p. 213).
Afirmación gravísima, de la que no ofrece ninguna prueba.
Hace pocos años, un libro de Sejean “San Martín y la tercera
invasión inglesa”, afirma:
“...hubo una tercera invasión inglesa y que triunfó. Y que
triunfó de la mano de San Martín”. Tampoco en este caso se ofrecen pruebas,
sino una serie de datos inconexos sin rigor académico.
En cierto modo, esta tesis se deriva de la leyenda, iniciada
por Mitre, de la salida furtiva de San Martín desde España. La verdad, es que
el propio Consejo de Regencia, el 5-9-1811, le concedió el retiro del servicio,
que había solicitado, conservando el fuero militar y derecho al uso de
uniforme.
Es cierto que utilizó para salir de España una visa inglesa;
eso se explica pues Cádiz era un istmo, cercado en tierra por el Ejército
napoleónico, y bloqueado en el mar por la escuadra inglesa. La única vía de
salida era la visa del consulado inglés en Cádiz; su amigo Duff le consiguió
pasaje en un bergantín inglés, hasta Lisboa, pero no le aceptó el dinero que le
ofreció para no quedar obligado.
Si no bastaran estas precisiones, recordemos que Manuel
Castilla, que era el agente inglés en Buenos Aires, le escribió al Cónsul
Staples, el 13-8-1812, con motivo del arribo de la fragata Canning, en la que
viajó San Martín desde Londres:
“Esta también un coronel San Martín...de quien... no tengo
la menor duda está al servicio pago de Francia y es un enemigo de los intereses
británicos”.
No resulta creíble que, si era el Libertador un agente
inglés, no se le hubiese comunicado tal situación al representante en Buenos
Aires.
2.2. Por sentir nostalgia o el llamado de la tierra.
Esto lo dice Mitre: “se decidió a regresar a la lejana
patria a la que siempre amó como a la verdadera madre, para ofrecerle su espada
y consagrarle la vida”.
El argumento es poco serio, si recordamos que sólo había
vivido 6 años en estas tierras (5 en Yapeyú y 1 en Buenos Aires). Toda su
formación, escolar y militar, la recibió en España, donde había vivido hasta
entonces 28 años. Varias veces mencionó con orgullo los veinte años de honrados
servicios que cumplió en el ejército español; sería insólito que recién a los
34 años de edad sintiera ese llamado de la tierra.
2.3. Porque era un mestizo
Una nueva interpretación del llamado de la tierra -ésta más
creíble, si fuese cierta- la difundió García Hamilton, apoyando lo afirmado por
Chumbita en “El secreto de Yapeyú”, que considera que hay otra explicación para
este enigma. San Martín sería mestizo “y sufría en carne propia la injusticia
del sistema colonial. Se alzó, desafiando al mundo de su padre. Transformó su
humillación en rebeldía política” (Clarín, 16-7-01).
La tesis de Chumbita, que fue rechazada por un Congreso
Sanmartiniano, en Agosto de 2000, sostiene que San Martín fue hijo de don Diego
de Alvear -padre de Carlos de Alvear- y de Rosa Guarú, una india guaraní. El
Capitán Juan de San Martín, para evitar el escándalo de su camarada, habría
anotado como hijo suyo a José.
Es cierto que don Diego de Alvear anduvo por Yapeyú, en su
condición de marino, integrando una comisión de límites, que debía demarcar las
posesiones portuguesas y españolas. Sin embargo, en la Historia de don Diego de
Alvear, escrita por su hija Sabina, consta que don Diego estuvo en Yapeyú en
1783, cuando José tenía ya 5 años.
2.4. Cumpliendo un mandato masónico.
Mitre y Sarmiento, además de haber ocupado la Presidencia de
la Nación, fueron ambos grado 33 de la Masonería argentina, y desempeñaron el
cargo de Gran Maestre (máxima autoridad). Pues bien, ambos sostuvieron que la
Logia Lautaro no integró la masonería, sino que era una logia política.
Como la cuestión es importante, le dedicamos un desarrollo
especial, basado en documentos de la propia masonería.
2.5. Por motivos ideológicos.
Se sostiene que San Martín habría querido ayudar a aplicar
en América sus ideas políticas liberales, que no podían aplicarse en España,
donde, en caso de rechazarse la invasión napoleónica, quedaría restaurada la
monarquía absoluta de Fernando VII.
Es cierto que San Martín, al igual que otros patriotas,
adhería a las ideas que, en forma genérica, se llamaban liberales, entendidas
como lo contrario a la opresión de la monarquía absoluta. Pero nunca manifestó
adhesión a la ideología liberal, fundamentada en las teorías de Locke,
Rousseau, y otros, que estaba ya condenada por la Iglesia desde 1791 (Carta
Quod Aliquantum, de Pío VI).
Podemos citar la carta al Cabildo de Mendoza, de 1815: “no
cesan los enemigos de nuestro liberal sistema, constantes en sostener el de
opresión y tiranía...”.
En otra carta, al Gral. Guido (1-2-1834), expresa: Ya es
tiempo de dejarnos de teorías, que 24 años de experiencia no han producido más
que calamidades. Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos”.
Con respecto al sistema de gobierno, tuvo una posición
pragmática, no tenía predilección por ningún sistema teórico. En ocasión del
Congreso de Tucumán, dijo que sea cualquiera con tal que no vaya contra la
religión, es decir que no sea malo en sí mismo.
Tuvo en una primera etapa simpatía por la república, dada la
experiencia de la corte española, pero en América, siempre postuló la
monarquía, desde que llegó hasta que se fue. También lo hizo en Chile y en
Perú. Creía que era necesaria para asegurar la independencia.
3) Verdadero motivo
de su regreso.
Los reyes borbónicos se habían apartado de la tradición
hispánica; influidos por el racionalismo, aplicaban el llamado despotismo
ilustrado. Desde el Pacto de Familia de 1761, España dejó de interesarse en
América. Además, Napoleón quiebra la unidad imperial, y los americanos temían
ser negociados por la Junta Central.
San Martín peleó contra el invasor francés, pero no se
ilusionaba con la victoria de Bailen. Napoleón entró con 250.000 hombres y
repuso en el trono a su hermano José. Suponiendo que triunfara España con ayuda
de Inglaterra, sería la victoria de unos reyes ineptos.
Por eso, decidió combatir por la independencia y salvar la
verdadera España, en América.
No fue una decisión personal, sino compartida por muchos
nativos de este continente que vivían en España. Por ejemplo, Guido expresa en
una carta: “Esclavizada la península desde 1808, y abrumada toda ella por el
inmenso poder del emperador Napoleón, alejábase toda esperanza de su
independencia...”.
Coincide con el comentario que hace San Martín: “En una
reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos
en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro
nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos
se había de empeñar” (carta a Castilla, 11-9-1848).
4) ¿San Martín aplicó
el plan de un general extranjero?
El Dr. Terragno, en su libro “Maitland y San Martín”,
sugiere que el plan continental que aplicó San Martín, fue elaborado por un
general escocés, Maitland. Se trata de un escrito que el autor citado encontró
en el Archivo de Escocia. En realidad, no es un documento, pues carece de
fecha, de firma y de destinatario.
De todos modos, el contenido es sólo un esbozo, con ideas
comunes en la época, y no un plan detallado y fundamentado, como el que propuso
el Gral. Guido en 1816, confeccionado –aparentemente- en forma conjunta con el
Libertador.
5) ¿Tuvo San Martín
un romance en Perú con Rosa Campusano?
Aunque sea un aspecto frívolo, no se debe eludir, pues de
ser cierta la leyenda, la conducta de San Martín sería reprochable, al mantener
una relación adúltera que trasciende al público.
La verdad es que la leyenda tiene como origen un comentario
de Ricardo Palma en su obra “Tradiciones peruanas”, donde no aporta ninguna
evidencia comprobable de lo que afirma. Según el historiador peruano Cesar
Macera, Rosa Campusano fue una de las veinte mujeres que recibieron la Orden
del Sol, creada por San Martín, como distinción a quienes habían estado detenidas
y torturadas, durante el Virreinato. En la fiesta que se celebró con ese
motivo, San Martín bailó con todas, sin haber ninguna constancia de que haya
mantenido una relación con la mujer mencionada.
6) ¿Por qué San
Martín abandonó el mando, después de hablar con Bolívar?
Para entender la decisión, es necesario mencionar el
episodio de Rancagua de 1820, cuando San Martín entrega el mando del ejército
libertador, al cuerpo de oficiales, alegando que no existía el gobierno del
cual dependía. Los oficiales le ratifican su subordinación, pues la autoridad
que recibió para hacer la guerra a los españoles no ha caducado ni puede
caducar porque su origen, que es la salud del pueblo, es inmutable.
San Martín había rechazado la exigencia del gobierno de Buenos
Aires, de disponer del Ejército de los Andes para sofocar la rebelión de los
caudillos del interior, y por eso, debió viajar al Perú con la bandera de
Chile. Desde entonces, su autoridad queda condicionada, y en Perú hubo varios
actos de indisciplina de los oficiales.
En la entrevista de Guayaquil, quedó en evidencia que el
aporte que podía hacer para terminar con la guerra era mínimo, y su jefatura no
estaba respaldada por las autoridades de su propio Estado. Por eso, y no por un
gesto de humildad ofrece subordinarse a Bolívar, que este no acepta, y no le
queda más opción que retirarse de la vida pública.
Las dudas y leyendas deben esclarecerse para no distorsionar
la imagen del héroe máximo, que, si bien como todo mortal, tuvo defectos y
pasiones, no merece ser desprestigiado por falsos historiadores.
II. San Martín no fue
masón
En esta sección queremos difundir tres documentos,
publicados en una revista especializada, cuyo director, Patricio Maguire, ha
realizado un aporte extraordinario a la historia argentina, demostrando lo que
afirmamos. Desde mediados del siglo pasado algunos historiadores han sostenido
que el General San Martín fue masón, e incluso, interpretan su retiro del Perú
como resultado de una decisión masónica disponiendo que Bolívar se hiciera cargo
del mando en la gesta libertadora.
Es importante destacar que para la opinión, ya citada,
emitida por Mitre, este consultó al General Matías Zapiola, quien había
integrado la Logia. La Revista Masónica Americana, en su Nº 485 del 15 de junio
de 1873, publicó la nómina de las logias que existieron en todo el mundo hasta
1872, y en ella no figura la Lautaro.
Sobre la posición de San Martín en materia religiosa, ha
investigado especialmente el P. Guillermo Furlong, quien llega a esta
conclusión: “Hemos de aseverar que San Martín no sólo fue un católico práctico
o militante, sin que fue además, un católico ferviente y hasta apostólico”.
Pero hay un testimonio curioso, que viene a confirmar lo
dicho, con ocasión de una misión pontificia en Buenos Aires, presidida por
Mons. Muzi, en 1824, estando San Martín ya alejado de toda función oficial. En
esa oportunidad, el Gobernador Rivadavia no recibió al Vicario Apostólico, y
tuvo actitudes sumamente descorteses. Pues bien, el testimonio corresponde a un
integrante de esta misión, el P. Mastai Ferreti; quien sería luego el Papa Pío
IX, apuntó en su Diario de Viaje: “San Martín (...) recibido por el Vicario, le
hizo las más cordiales manifestaciones”.
La Masonería fue condenada por el Papa Clemente XII mediante
la Bula In Eminenti, del 4 de mayo de 1738, donde se prohíbe “muy expresamente
(... ) a todos los fieles, sean laicos o clérigos (...) que entren por
cualquier causa y bajo ningún pretexto en tales centros (...) bajo pena de
excomunión...”. Esta condenación fue confirmada por el Papa Benedicto XIV en la
Constitución Apostólica Providas del 15 de abril de 1751, y como consecuencia,
fue también prohibida la Masonería en España, ese año, por una pragmática de
Fernando VI.
Por ello es importante esclarecer este punto, pues “el
catolicismo profesado por San Martín establece una incompatibilidad con la
Masonería, a menos que fuera infiel a uno o a la otra”. Consta en las Memorias
de Tomás de Iriarte, que Belgrano rechazó la posibilidad de ingresar en la organización,
“aduciendo precisamente, la condenación eclesiástica que pesaba sobre la
secta.”
Maguire solicitó información a las centrales masónicas
europeas con un cuestionario sobre:
Logias: Lautaro, Caballeros Racionales Nº 7 y Gran Reunión
Americana.
Y sobre San Martin y otros oficiales vinculados con él.
Resumimos las respuestas que obtuvo:
*DOCUMENTO I
Gran Logia Unida de Inglaterra
Londres, 21 de agosto de 1979
Su carta del 7 de agosto de 1979, dirigida al Gran Maestre,
me ha sido derivada para su contestación.
1. La Logia Lautaro era una sociedad secreta política,
fundada en Buenos Aires en 1812, y no tenía relación alguna con la
Francmasonería regular.
2. La tres Logias que Ud. menciona en su carta, jamás
aparecieron anotadas en el registro o en los Archivos ni de los Antiguos ni de
los Modernos ni de la Gran Logia Unida de Inglaterra: no hubieran sido
reconocidas como masónicas en este país entonces o posteriormente.
3. Las seis personas mencionadas en su carta, de acuerdo a
nuestros archivos nunca fueron miembros de Logias bajo la jurisdicción de la
Gran Logia Unida de Inglaterra.
James William Stubbs- Gran Secretario
------------------------------------------------
*DOCUMENTO II
Gran Logia de Escocia
Edimburgo, 30 de junio de 1980
Le informo que la primera Logia Escocesa no fue autorizada
hasta 1867.
Gran Secretario
--------------------------------------
*DOCUMENTO III
Gran Logia de Irlanda
Dublin, 24 de junio de 1980
La Gran Logia de Irlanda nunca estuvo activa en Sud América
y no hemos tenido relación alguna con los organismos que Ud. menciona.
J.O. Harte
Gran Secretario
------------------------------------
La leyenda, sin embargo, continuó y a falta de otros
antecedentes, se mencionó una medalla acuñada en 1825 por la logia La perfecta
amistad, de Bruselas, Bélgica. Se conserva un solo ejemplar de la medalla en
bronce, en la Biblioteca Real de Bruselas, que tiene escrito, en el reverso (en
francés):
“Logia La Perfecta Amistad constituida al oriente de
Bruselas el 7 de julio de 5807 (1807) al General San Martín 5825 (1825).
En el anverso, figura “General San Martín”, alrededor del retrato, y abajo
“Simeon F”, indicando el nombre del grabador y su pertenencia a la masonería
(F: frere, hermano).
El origen de esta medalla es la decisión del Rey de Bélgica,
Guillermo I, de hacer acuñar diez medallas diseñadas por el grabador oficial
del reino, Juan Henri Simeon, con la efigie de otras tantas personalidades de
la época, una de los cuales era el Libertador de América, que estaba residiendo
en ese país. Para esta medalla el general posó expresamente, y se logró el
único retrato de perfil de nuestro héroe.
Se puede deducir que la medalla de la logia, fue
confeccionada sobre el molde de la oficial, facilitado por el grabador que era
masón, y no hay constancias de que San Martín la haya recibido, ni mencionó
nunca esa distinción. Hay que añadir que eso ocurrió en 1825, y en los
siguientes veinticinco años que vivió San Martín en el viejo continente, no se
produjo ningún hecho ni documento que lo vinculara a la masonería.
Lamentablemente, el Dr. Terragno –actual académico
sanmartiniano-, en su libro Maitland & San Martín, introdujo otra duda al
recordar que Bélgica fue ocupada en la 2da. Guerra Mundial, y los alemanes
incautaron los archivos de la masonería; luego esos archivos quedaron en poder
de la Unión Soviética, en Moscú. Por eso, Terragno alegó: “Cuando todos los
materiales estén clasificados y al alcance de los investigadores, quizá surjan
nuevos elementos sobre la Perfecta Amistad y los vínculos masónicos de San
Martín en Bruselas”.
Pues bien, desaparecida la Unión Soviética, Bélgica recuperó
esa documentación; la referida a la masonería, representaba unas 200.000
carpetas. El Dr. Guillermo Jacovella, que se desempeñó como Embajador argentino
en Bruselas, entre el 2004 y el 2008, se interesó en el tema, y realizó una
investigación en el Centro de Documentación Masónica de Bruselas, donde
se encuentra el archivo de la logia Perfecta Amistad, contando con la
colaboración del director, Frank Langenauken. En conclusión, no se pudo encontrar
ninguna mención al general San Martín o al homenaje de la referida medalla.
Consideramos muy valiosa la información aportada por el
señor Jacovella, publicada en la revista Todo es Historia, de agosto de 2009,
para desmentir una falsedad histórica, y dar por terminada definitivamente esta
cuestión.
En conclusión, si no existe niningún documento que contradiga el contenido de estas cartas de las propias autoridades masónicas, y, además, el análisis de su obra demuestra que el Gran Capitán “hizo lo contrario de lo que la Masonería procuraba y fue hostigado por ésta”, el veredicto no merece ninguna duda: San Martín no fue Masón.
III. San Martín y la
tradición nacional
Nos parece interesante reflexionar sobre la figura del
libertador de Sud América, en relación a la tradición nacional.
En realidad, el intento de desprestigiar a quienes
consolidaron la nación, comienza muy atrás en el tiempo. Ya recordamos por
ejemplo, lo que escribió Alberdi, en su libro “El crimen de la guerra”,
pretendiendo vincular a San Martín con el gobierno inglés, por interés
económico; nunca se ha exhibido algún indicio del apoyo o recompensa por parte
de Inglaterra, que debería haber existido si fuese cierta la sospecha. Incluso
en el exilio en Europa, durante un cuarto de siglo, muchos visitantes pudieron
comprobar que vivió apenas con lo necesario, y hasta con penurias económicas,
en algún momento.
En cambio, un personaje de poca monta, Saturnino Rodríguez
Peña, que ayudó a escapar al General Beresford y otros oficiales ingleses, que
estaban internados en Luján, luego de la invasión de 1806, fue premiado por sus
servicios al Imperio Británico, con una pensión vitalicia de 1.500 pesos
fuertes.
Por su parte, otro General argentino, Carlos de Alvear,
siendo Director Supremo de las Provincias Unidas, firmó dos pliegos, en 1815,
dirigidos a Lord Stranford y a Lord Castlereagh, en los que decía: “Estas
provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a
su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso.” Estos documentos se conservan en
el Archivo Nacional, y prueban una actitud que nunca existió en San Martín,
cuya conducta fue siempre transparente y sincera.
Los ejemplos mencionados de Alvear y de Rodríguez Peña,
hacen necesario rastrear el pasado para tratar de entender el motivo de sus
actitudes. Desde antes de la ruptura con España, ya habían aparecido en el Río
de la Plata dos enfoques, dos modos de interpretar la realidad, diametralmente
opuestos:
l) el primer enfoque, nace el 12-8-1806, con la Reconquista
de Buenos Aires, y podemos llamarlo federal-tradicionalista
2) el segundo enfoque, surge en enero de 1809, con el
Tratado Apodaca-Canning, celebrado entre España e Inglaterra, cuando este último
país, que había sido derrotado militarmente en el Río de la Plata, ofrece una
alianza a España, contra Francia, a cambio de facilidades para exportar sus
productos. A este enfoque podemos llamarlo unitario-colonial.
No caben dudas de que San Martín se identifica con el
enfoque tradicionalista, que se manifiesta con el rechazo de las invasiones
inglesas, se afianza con la Revolución de Mayo y la guerra de la independencia
y culmina en la Confederación Argentina, con el combate de la Vuelta de
Obligado.
Quienes atacaron a San Martín y trabaron su gestión, hasta
impulsarlo a alejarse del país, se encuadran en el enfoque unitario. Son
quienes consideraban más importante adoptar la civilización europea, que lograr
la independencia nacional, y por “un indigno espíritu de partido” -decía San
Martín- no vacilaron en aliarse al extranjero en la guerra de Inglaterra y
Francia contra la Confederación. Lo mismo hicieron en la batalla de Caseros
-cuando se aliaron con el Imperio de Brasil-, donde llegaron a combatir 3.000
mercenarios alemanes contratados por Brasil. San Martín llegó a la conclusión
de que “para que el país pueda existir, es de absoluta necesidad que uno de los
dos partidos en cuestión desaparezca” (carta a Guido, 1829).
Uno de las vías de difusión de la mentalidad
unitaria-colonial, fue la masonería, que influyó en algunos próceres. Rodríguez
Peña, por ejemplo, fue uno de los 58 residentes en el Río de la Plata, que se
incorporaron a las dos logias masónicas instaladas durante las invasiones inglesas
(Estrella del Sur, e Hijos de Hiram). Otros dos formaron parte de la 1ra. Junta
de gobierno: Mariano Moreno y Castelli (Memorias del Cap. Gillespie).
Curiosamente, se ha pretendido vincular a San Martín a la
masonería, cuando, además de no existir ninguna documentación que lo
fundamente, toda su actuación resulta antinómica con los principios de dicha
institución, cuyos miembros lo atacaron permanentemente, en especial Rivadavia
(iniciado en Londres, integró la logias Aurora y Estrella del Sur).
El enfoque unitario-colonial, está influenciado por el
iluminismo y el romanticismo, que se puede sintetizar en una frase de
Sarmiento: “los pueblos deben adaptarse a la forma de gobierno y no la forma de
gobierno a la aptitud de los pueblos”. Precisamente lo contrario sostenía San
Martín: “a los pueblos no se les debe dar las mejores leyes, sino las mejores
que sean apropiadas a su carácter”.
Podemos resumir las diferencias entre ambos enfoques, en el
enfrentamiento que tuvo San Martín con Rivadavia, desde que volvió a Buenos
Aires, en 1812, hasta su alejamiento definitivo (1824). El mismo año de su
llegada, le tocó a San Martín intervenir en el pronunciamiento militar que
desalojó al Triunvirato, integrado por Rivadavia. La decisión obedeció a la
incompetencia del gobierno que no acertaba a entender hasta donde se extendía
la patria, y actuaba como si se limitara a la ciudad de Buenos Aires. Entre
otros errores, ordenó el regreso del Ejercito del Norte que, de no haber sido
desacatada por Belgrano, habría permitido que el ejército realista llegara al
Paraná.
Con respecto al interior, Rivadavia, que se ufanaba de no
haber pasado nunca más allá de la plaza Miserere, insistía en tratar a las
provincias con altanería, considerando que la autoridad debía estar concentrada
en la capital. San Martín, no solo veía al interior como una parte del país que
debía complementarse con Buenos Aires, sino que ambos debían integrar una
unidad superior; primero, la unión de los virreinatos de Lima y el Río de la
Plata, más la Capitanía de Chile; luego, la América Española, como una nación
desprendida del imperio español.
Con respecto al exterior, Rivadavia aspiraba a mejorar
nuestra vida pública hasta ponerla en línea con los modelos europeos. Pretendía
captar el apoyo de Inglaterra y Francia, con el ofrecimiento de buenas
ganancias, y la disposición a acatar sus directivas. Veía el futuro argentino
en el presente de Europa.
San Martín, por el contrario, creía que Europa estaba en el
pasado, la España perdida se reencontraba en América, la Europa caduca
rescataba aquí su juventud. Procuró, sí, que alguna potencia extranjera jugara
a favor nuestro, para lo cual definía previamente un objetivo, al que debían
supeditarse las negociaciones posibles.
La cultura de un pueblo se mantiene vigorosa, cuando
defiende sus tradiciones, sin perjuicio de una lenta maduración. La identidad
nacional se deforma cuando se corrompe la cultura y se aleja de la tradición,
traicionando sus raíces. La nación es una comunidad unificada por la cultura,
que nos da una misma concepción del mundo, la misma escala de valores.
Con respecto a las instituciones, el embrionario Estado
argentino adoptó el federalismo, que respetaba la autonomía de las provincias
históricas. De allí que la Constitución de 1819, de cuño liberal, provocó
resistencia en el interior. Las autoridades porteñas ordenan al Ejército del
Norte y al de San Martín que interrumpan las acciones militares contra los
realistas, para enfrentar a los caudillos. San Martín desobedece pues era evidente
la prioridad de continuar la campaña libertadora. Belgrano renuncia al mando; y
uno de los jefes de su ejército, el Cnel. Juan Bautista Bustos subleva a las
tropas en la posta de Arequito, comenzando un largo período de luchas civiles.
Recién con la Constitución de 1853, se pudo afianzar la
organización institucional, pues en su texto se logró un equilibrio entre el
interior y Buenos Aires, al respetarse los pactos preexistentes, que menciona
el Preámbulo, en especial el Pacto Federal de 1831, ratificado por el Acuerdo
de San Nicolás (1852), en que las provincias resolvieron organizarse bajo el
sistema federal de Estado.
La emancipación de los países americanos coincide con el
surgimiento del constitucionalismo escrito, y por lo tanto es lógico que
quienes conducían los nuevos Estados buscaran afirmar su independencia a través
de un instrumento jurídico. En el caso de San Martín, recordemos que, siendo
teniente coronel del ejército español, cumplió funciones en Cádiz, donde fue
testigo del debate por la sanción de la Constitución, que sería promulgada en
1812.
Al volver ese año al Río de la Plata, San Martín comprendió
la inconveniencia de seguir utilizando la máscara de Fernando VII, uno de los
motivos del derrocamiento del ler. Triunvirato, que se negaba a declarar la
independencia. El segundo Triunvirato (Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Álvarez
Jonte) convocó a la Asamblea General Constituyente de 1813, que sin embargo no
proclamó la independencia, ni aprobó una constitución.
Cuando se reunió, 3 años más tarde, el Congreso de Tucumán,
continuaba esta cuestión sin resolverse, y San Martín siguió insistiendo en la
independencia que fue proclamada el 9 de julio, pero con respecto a Fernando
VII, sus sucesores y metrópolis. San Martín, advertido de gestiones que
procuraban la incorporación de nuestro territorio a Inglaterra o Portugal,
exigió que se incorporara al acta un agregado que dice: “y de toda otra
dominación extranjera”, propuesto por el diputado Medrano en sesión secreta.
IV. San Martín y
Rosas
Los antecedentes que hoy se conocen, demuestran que hubo una
relación de admiración mutua entre estos próceres, de los cuales es posible
advertir una suerte de vidas paralelas. San Martín, llevando la libertad a tres
pueblos. Rosas, consolidando la obra del Libertador.
El mayor gesto de aprecio y admiración de San Martín hacia
Rosas, se evidencia en haberle legado su sable, en el párrafo tercero de su
testamento ológrafo, firmado el 23-1-1844 y depositado -como era costumbre de
la época- en la Legación Argentina en París:
“El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la
Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la
República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la
satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha
sostenido el honor de la República, contra las injustas pretensiones de los
extranjeros que trataban de humillarla”.
En aquellos años vivían aún figuras prominentes, con
sobrados méritos para hacerse acreedores de esa distinción. Pero San Martín,
distinguió a quien se acercaba más a sus propios valores. Esta decisión ha sido
motivo de comentarios y de dudas.
Algunos sostuvieron que hubo un testamento posterior en el
cual San Martín corrige las disposiciones del firmado en 1844. Por su parte, el
Dr. Villegas Basavilbaso, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, al
entregarle el 17-8-1960, al entonces Presidente de la Nación Dr. Frondizi, el
testamento original rescatado de Francia, incluye en su discurso una
interpretación de la cláusula tercera del testamento. Afirma que San Martín le
lega su sable a Rosas, porque era en ese momento el Jefe del Estado, y no por
sus merecimientos. Deducción pueril que no resiste el menor análisis.
Otra interpretación, que ha sido compartida por muchos, la
hace uno de los biógrafos más conocidos de San Martín, don Ricardo Rojas, que
en artículos periodísticos en 1950, expresó que San Martín le hizo el legado a
Rosas únicamente por su política exterior.
Pero no es posible separar los dos aspectos de la política,
porque son partes de una misma gestión pública. Lo que ocurre, es que se
insiste en presentar a San Martín, sin debilidades ni pasiones, como a un Santo
de la Espada, al que no se puede involucrar en definiciones políticas. Esto es
imposible en los dirigentes que quieren a su patria y, si bien es cierto que el
Libertador no quiso participar en las luchas fratricidas, nunca ocultó su
opinión y la manifestó con franqueza.
Surge de la lectura de las siete cartas personales que le
escribió a Rosas, en doce años de intercambio epistolar recíproco, así como en
la correspondencia a Guido y a otras personas, que San Martín nunca permaneció
neutral ni indiferente ante las situaciones que vivía el país.
Aunque resulte curioso, San Martín y Rosas nunca se
conocieron personalmente; y la relación a distancia, se inicia con motivo de la
intervención armada que el reino de Francia inicia en el Río de la Plata, en
1838, cuando el Libertador llevaba ya quince años en el exterior.
Fue en ese momento que San Martín se dirige al gobernador de
Buenos Aires, a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación, dando
comienzo a la relación entre ambos. La carta está fechada en Gran Bourg, el
3-8-1838, y en ella se expresa:
V. La salud de San
Martín y el problema del opio
En la vida del General San Martín, se advierte una extraña
paradoja: condiciones intelectuales superlativas para la conducción militar,
acompañadas por un físico delicado, recurrentemente enfermo. Advierte el Dr.
Anguera una contradicción entre la estructura somática del General y su
reacción funcional, lo que conduce a un “conflicto entre sus querencias y sus
dolencias; las querencias corresponden a un hombre de acción, y las dolencias
lo obligaban a veces a la inacción.”
Me ha parecido conveniente, entonces, analizar este tema,
con vistas a desentrañar una leyenda negra sobre la terapéutica que adoptó
nuestro héroe. Mitre comenta que abusaba del opio; Vicuña Mackenna afirma que
el Dr. Zapata lo envenenaba casi cotidianamente con opio, en lo que coincide
con Guido, que manifiesta que dicho médico lo inducía a un uso desmedido del
opio. Últimamente se ha difundido esta cuestión, de un modo que hace sospechar
la mala fe; baste citar un ejemplo:
En un reportaje al Dr. García Hamilton, publicado por
Página12, la periodista pregunta: “¿San Martín consumía opio por prescripción
médica o era adicto?”. El escritor responde: “Las dos cosas. A él se lo
recomendó un médico por sus dolores de estómago, causados probablemente por una
úlcera. Pero después padeció una adicción.”
Puede sostenerse que San Martín sufría de un asma aguda,
úlcera gástrica, y fue afectado crónicamente por la gota, que a veces le
impedía montar a caballo. Los doctores Colisberry y Zapata, para aliviar los
dolores del general, le preparaban una poción, que el identificaba como su
pomito, a base de láudano de Syndenham y yerbas medicinales.
Las afecciones de San Martín le producían periódicos
dolores, de los que se queja en muchas ocasiones. El dolor crónico es
consecuencia de un proceso patológico crónico; los pacientes que sufren dolor
crónico manifiestan cambios de personalidad, debido a las alteraciones
progresivas en el estilo de vida y en su capacidad funcional. Sobre esto,
sostiene Mitre que San Martín en Chacabuco ya no era el sableador de Arjonilla
o Baylen y San Lorenzo; ganaba las batallas en su almohada, fijando el día y el
sitio preciso. Por su parte, Ludwig, biógrafo de Bolívar considera que los
padecimientos físicos de San Martín lo llevaron a preferir la táctica al
combate, adaptando su carácter a los inconvenientes de una salud precaria.
Los relatos de contemporáneos y la documentación histórica,
demuestran que San Martín actuó siempre con mesura y que su conducta no fue
afectada por impulsos de euforia o de depresión. Se mostró siempre parco,
sereno y equilibrado, advirtiéndose las características del tipo atlético, que
tienden a un raciocinio reflexivo. Destacó nuestro héroe como modelo de orden y
disciplina, dando el ejemplo con un modo de trabajo perseverante.
San Martín se adaptó a sus sufrimientos, superando sus
achaques físicos con una voluntad excepcional, que le permitió el dominio de su
persona, pese a todos los contratiempos, y aún alcanzar la longevidad,
duplicando el promedio de vida de su época.
Mitre dejó escrito que: “Los héroes necesitan tener salud
robusta, para sobrellevar las fatigas y dar a sus soldados el ejemplo de la
fortaleza en medio del peligro; pero hay héroes que con cuatro miembros menos,
sujetos a enfermedades continuas, o con un físico endeble, se han sobrepuesto a
sus miserias por la energía de su espíritu. A esa raza de los inválidos
heroicos pertenecía San Martín.”
Con respecto al opio, pertenece a la clase de los
depresores, llamados así pues deprimen el sistema nervioso. Aún en pequeñas
dosis, hacen más lento el ritmo cardíaco y la respiración, disminuyendo la
coordinación muscular y la energía, y embotando los sentidos.
Thomas Syndenham, uno de los padres de la medicina inglesa,
recomendaba el opio para el tratamiento del dolor y para ayudar a los pacientes
a descansar y a dormir. Esta droga fue para la Inglaterra del siglo dieciocho
la que al Valium para el siglo veinte, a tal punto que Syndenham llegó a decir
que si el opio no existiera él no sería médico. Es claro que no se conocían
entonces sus efectos negativos. Ahora bien, los especialistas en toxicomanía
sostienen que el empleo continuo de narcóticos lleva a la adicción, y ésta
conduce a un deterioro generalizado del organismo.
Entonces, si como afirman sus biógrafos, San Martín consumió
opio desde los 34 años hasta su muerte, es necesario indagar por qué no se
convirtió en adicto y pudo conservar su lucidez hasta los 72 años. Tengamos en
cuenta que la palabra adicto, proviene de esclavo; toda persona dominada por la
droga está enajenada y no es capaz de actuar libremente.
El Dr. Dreyer afirma que el prócer era escéptico con la
medicina de su época, la cual sólo le ofrecía opio para el asma, opio para la
gota, opio para la úlcera. Y ocurre que en los tres casos, el opio está
contraindicado.
San Martín no era una especie única de ser humano, a la que
el opio le resultara un bálsamo suavizante de sus mucosas y sus bronquios. La
lógica nos lleva a pensar que, si bien usó el opio, no era el único ni
principal remedio que utilizaba, sino que empleaba otra terapéutica que le
permitía resistir sus dolencias, y evitar la dependencia de esa droga.
Pues, en realidad, el panorama queda despejado teniendo en
cuenta una evidencia tangible: en el Museo Gral. San Martín, de Mendoza, se
conserva un botiquín homeopático que perteneció al Libertador, y que había
recibido de su amigo Ángel Correa, quien lo había traído al país desde Europa,
poco antes. El donante le enseñó cómo utilizar los remedios de esta nueva
especialidad médica.
Debe señalarse que dicha terapéutica fue practicada por
Mitre, quien tuvo un botiquín homeopático durante la guerra del Paraguay, que
se conserva en el Museo Mitre de la ciudad de Buenos Aires; Sarmiento y Alsina,
también usaron la homeopatía. Se puede deducir, entonces, que fue con la ayuda
de esta terapéutica que San Martín pudo cumplir con su misión.
No podemos negar que haya empleado dicho narcótico, pero, si
no cayó en la dependencia, es lícito deducir que habitualmente utilizaba el
opio, sí, pero preparado homeopáticamente, lo que lo transforma en opium, un
remedio que se puede usar permanentemente sin peligro de adicción, ni efectos
secundarios, al punto de que puede ser usado incluso en niños.
La deducción que efectuamos tiene su fundamento, en que este
remedio es útil para el asma, en la artritis, en úlceras y sus consecuencias.
Cabe agregar que los remedios homeopáticos se seleccionan no
sólo por la enfermedad que afecta al paciente, sino por la personalidad del
mismo, para la que existe un medicamento básico (su simillimun). Precisamente,
la personalidad del general hace que el opium sea aconsejable como simillimun.
Esta interpretación permite explicar el misterio de su
resistencia a las dolencias físicas, y que no haya caído en el vicio de la
drogadicción como sostienen sus detractores.
Habiendo realizado un análisis panorámico de la vida y obra
de nuestro héroe, para intentar conocerlo mejor, nos gustaría terminar
recordando una frase del Presidente Avellaneda:
“los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la
conciencia de sus destinos; y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas, son los
que mejor preparan el porvenir.”
(*) Exposición realizada en la Segunda División de Ejército,
Córdoba, el 16 de agosto de 2019.
Tomada de: http://civilitas-europa.blogspot.com/2019/08/semblanza-de-san-martin-por-mario.html




