jueves, 24 de julio de 2014

NUESTRA REVOLUCION NO DEBE NADA A LA FRANCESA (Final)

Por: Hugo Wast


4) La cuarta aparición de Moreno tampoco lo califica como uno de los autores de la revolución. Ni es muy brillante. Sucedió la noche del 22 de Mayo de 1810, en el Cabildo abierto o asamblea de vecinos a quienes se consultó  si el Virrey Cisneros debía o no continuar en el cargo.

La reunión es tumultuosa. Españoles y criollos hablan y discuten. Hasta el modesto presbítero  Chorroarín  pronuncia un fundado discurso.

Moreno permanece durante horas callado e inquieto, y cuando le toca el turno de votar, no se atreve a comprometerse y se limita a decir - ¡desconcertante sobriedad en quien  ha pasado a la historia con fama de fogoso tribuno!- “que se adhiere a la opinión del anterior”.

 El “anterior” era don Martín Rodríguez, comandante de Húsares del Rey.

Después, a uno de los vecinos asistentes, don Vicente López y Planes que le preguntó si estaba satisfecho del resultado, le dice que no y que si ha votado con los patriotas, ha sido “por la insistencia y majadería de Martín Rodríguez”. (Ver capítulo V)

5) Aparición. Esa noche desaparece de la escena como por un escotillón. La explicación de su extraña actitud es muy sencilla. Temiendo, a pesar de sus precauciones, haberse comprometido y no sabiendo cómo se desenvolverían los sucesos, quiere preparase una coartada. Si los patriotas salen con la suya y deponen al Virrey, él podrá hacer mérito de haber votado la cesantía. Si los patriotas son vencidos, él se lavará las manos, alegando que su intervención fue insignificante y por compromiso con el Comandante de los Húsares de Rey.

Sólo vuelve a aparecer el 25 de Mayo, a la hora de la instalación del primer gobierno patrio.

De un hombre que confiesa haber votado la destitución del Virrey sólo “por la insistencia y majadería de Martín Rodríguez”, y después se arrincona y se esconde; de un porteño que da esta prueba de derrotismo en los días sublimes de la Revolución; que desaparece en la noche del 22, cuando no hay peligro, porque todo está consumado, y que al saber su designación como miembro de la Junta se pone a discutir  la legitimidad de lo que se ha hecho, y lamenta perder el sosiego disfrutando hasta entonces; de un personaje tal, ¿ Se puede decir que haya sido uno de los promotores o como dicen en galano estilo: el numen de la Revolución?

El historiador no debe ser un simple cronista, amontonador de datos y de papeles, porque un amontonamiento de datos y de papeles no es una historia, como un montón de ladrillos y de arena no es una casa.

El historiador debe tener criterio y en los casos apurados no limitarse a copiar servilmente a otro.  

Debe sobre todo escrudiñar el significado de los hechos, para lo cual tiene que saber leer los papeles.

Pues bien, he aquí un hecho sobre el que los historiadores nada nos han dicho hasta ahora: Moreno el dia 25 de mayo estuvo oculto en la casa de un amigo. Esta circunstancia, aseverada por su propio hermano no puede ser escamoteada y esta reclamando una explicación.

Vamos a proponer dos, las únicas dos explicaciones posibles, y dejamos a los admiradores del prócer que elijan las que más le acomode.

Es un dilema, del cual no se escaparan: Moreno, al esconderse después del 22 de Mayo o lo hizo sin darse cuenta o lo hizo con toda intención.

En otras palabras:

O se refugió en casa de un amigo para alejarse del tumulto de la plaza y de las calles, indiferente hacia lo que ocurría.

O lo hizo calculando que después de haber votado la cesantía del virrey, era prudente alejarse de los criollos y prepararse una coartada, por si aquello se malograba.

No nos atrevemos a resolver cuál de las dos situaciones sea más lucida para un personaje de tanto fuste en la historia: si el confesar que el 25 de Mayo de 1810 (cuando Saavedra y Belgrano y todos los patriotas se jugaban el pescuezo por independizar a su patria) él no se estaba dando cuenta de lo que estaba sucediendo.

O si, habiéndose percatado de las responsabilidades y peligros de la hora, escurría el bulto por temor de que los godos lo ahorcaran…

Se comprende que sus panegiristas no hayan querido ahondar la exegesis de este episodio; porque cualquiera de las dos explicaciones – indiferente a los sucesos o preparando la coartada – sería un golpe mortal para la gloria del héroe.

Y este es el prócer con cuyo nombre –como el del más glorioso de los autores de nuestra revolución-, en alguna época se bautizó el principal buque de nuestra escuadra, y millares y millares de valientes muchachos argentinos, han llevado en sus gorras un letrero que decía: Acorazado Moreno.

¿Sabían, acaso, historia argentina los que lo llamaron así? ¿No se les ocurrió que si el Acorazado debía asemejarse a su patrono, el día de la batalla, escurriría el bulto y habría que buscarlo en una caleta lejana y a su capitán en lugar seguro, “entretenido con un amigo en conversaciones indiferentes”?

Y cuando lo hallasen y le dijeran: “hemos vencido y aunque Ud no ha estado en el encuentro va a estar en las listas (Martin Fierro) y le daremos participación enel gobierno…” él volveria a su casa, “envuelto en mil meditaciones, sobre si debía o no aceptar el nombramiento”; discutiendo “la legitimidad de los procedimientos que acababan de suceder”; y exhalando su angustia con estas palabras dignas de grabarse en el pedestal de sus estatuas: “El sosiego que he disfrutado hasta aquí en medio de mi familia y de mis libros será interrumpido” (1)

Después de leer el episodio que acabamos de revelar, tomándolo del mas fervoroso de sus biógrafos, que nos muestra al prócer o bien ignorante de la formidable trascendencia de los sucesos, señal de que no los preparó ni le interesaron – o bien temeroso de comprometerse junto con los patriotas revolucionarios ¿Puede nadie seguir llamándolo numen de la revolución?

Por lo tanto, cualesquiera que fuesen las ideas de Mariano Moreno antes de la revolución de Mayo, no pudo infundírselas, porque no intervino en su preparación.

Hasta el dia de la revolución había sido un acérrimo partidario del Rey y de su “suave gobierno”; pero trastornado por su ascenso al poder y sobretodo por ese mal aguardiente del Contrato Social llego de repente a la exaltación furiosa. (2)

Se convirtió en un jacobino de librería, gesticulador frio y ampuloso. Su estilo, tan elogiado por algunos, que no lo han leído, era de penosa sintaxis, cosa rara en aquellos tiempos en que a los tenderos escribían con propiedad; y de mal gusto superlativo.

El retrato que ha hecho Taine de Robespierre se le puede aplicar letra por letra.

“No hay en sus escritos como en su cabeza más que generalidades sin sustancia…todo su vocabulario consiste en un centenar de palabras. Es el fruto seco del espíritu clásico. De la filosofía agostada no ha conservado sino en residuo muerto, las formulas aprendidas, fórmulas de Rousseau, de Mably, de Raynal, sobre el pueblo, la naturaleza, la razón, la libertad, los tiranos, los facciosos, la virtud, la moral, un vocabulario ficticio, de expresiones demasiado anchas, cuyo sentido, ya mal fijado en los maestros, se evapora en las manos del discípulo

“No hay un acento verdadero en su palabra trabajosa, nada más que recetas y recetas de un arte gastado, lugares comunes, griegos y latinos, Socrates y su cicuta, Bruto y su puñal, metáforas clásicas...

“A veces un gran tono de bravura, como se necesita en una parada; a menudo un airecito de flauta, porque en ese tiempo hay que parecer sensible… Lo más chocante es que la palabra termina en acción; que el Trissotin sentimental y declamador se convierte en jefe de Estado; que sus frases relamidas en el escritorio son pistoletazos apuntados tranquilamente contra pechos vivos, y que con un epíteto hábilmente colocado hace guillotinar a un hombre”

“el contraste es demasiado fuerte entre el papel que desempeña y su talento. Con ese talento mezquino y falso como su inteligencia, ningún empleo le convenia menos que el de gobernar a los hombres” (3)

Volvamos a decirlo: la Revolución  de Mayo no debe nada a ninguna filosofía extraña a nuestro ambiente y a nuestras tradiciones y mucho menos al traspapelado jacobinismo de Mariano Moreno.

La historia es la patria. Nos han falsificado la historia, porque quieren escamotearnos la patria.

Notas:
1) Vida y Memorias del Dr. Dn. Mariano Moreno, pag 214
2) “La mauvaise eau de vie du Contrat Social”. Taine: Les orígenes de la France contemporaine. L´anarchie (Paris 1908), t II pag 262.
3) Taine H., Les orígenes de la France contemporaine. La revolution.

viernes, 13 de junio de 2014

NUESTRA REVOLUCION NO DEBE NADA A LA REVOLUCION FRANCESA (2° parte)*

Por: Hugo Wast

Hacia veinte años que, por causa de su revolución Francia había perdido todas sus libertades.

¿Quién se la devolvería? ¿Quién daría vida a los huesos de cientos de miles de sus hijos que cubrían los campos de batalla de media Europa?

Las pocas noticias que el pueblo de Buenos Aires tenia de la Revolución francesa, no podían suscitar ni su admiración ni su deseo de imitarla.

Dos años atrás –el 2 de mayo de 1808- había emprendido España contra los franceses su grandiosa guerra de independencia, verdadera cruzada santa en la que la acompañó de todo corazón toda la América española.

¿Qué influencia podían tener en el Buenos Aires de 1810 doctrinas execradas, que habían arrasado el trono, la religión y todas las libertades públicas, y engendrado el más violento imperialismo?

¿Qué ganas de implantar la guillotina habían de sentir los vencedores de los ingleses, héroes de la Reconquista, que no fusilaron a uno solo de sus prisioneros de guerra, sinceros católicos y monárquicos, que luego vieron a España, la madre patria , invadida y en guerra contra un déspota, hijo legítimo de la Revolución francesa?.

Si en el Rio de la Plata alguien hubiera necesitado algún modelo de revoluciones para imitar, habría puesto los ojos en la de los Estados Unidos, cuyos frutos estaban a la vista.
Se trataba de un país americano, colonizado como el nuestro por una nación europea. Un día sintiose capaz de gobernarse a sí mismo, proclamó su independencia y la afianzó con las armas sin necesidad de asesinar a sus reyes, ni de renegar de su religión.

Parecida evolución fue la nuestra.

En el Rio de la Plata no había reyes, ni nobles, cuyos privilegios irritaran al pueblo; es decir, faltaban los principales motivos de la Revolución francesa.

En cambio existía un deseo intenso de libertad económica, y la justa ambición de que el país se administrase a sí mismo, que fueron exactamente las causas de la revolución americana. Era un proceso natural, como la emancipación de un hijo que llega a la mayoría.

Si los próceres de mayo hubieran necesitado inspiración, la habrían buscado en nuestro propio continente, en una nación emancipada y feliz.

“El Acontecimiento extraordinario que más contribuyó a formar esta conciencia (la de la independencia) y abrir los ojos a los mismos gobernantes fue la emancipación de la América del norte, que dio el golpe de muerte al antiguo sistema colonial” (5).

Nuestra revolución tuvo causas propias y métodos absolutamente criollos.

En los comienzos de la nacionalidad, repugnaba al espíritu nativo eso de copiar cosas extranjeras. En ningún documento de la época, en ningún manifiesto de las autoridades, en ningún periódico de antes o de los días de la revolución argentina hay el más leve recuerdo de la Revolución francesa, como inspiradora de la nuestra.

Y cuando en algún papel privado surge alguna rarísima alusión a sus corifeos, como Robespierre, es con sarcasmo y repulsión.

Aparte de las declamaciones desatinadas, solo dos argumentos con alguna apariencia hubieran podido presentar, de haberlo sabido, los que sostienen ese parentesco.

El uno es cierto pasaje de la Autobiografía de Manuel Belgrano.

El otro son las ideas de Mariano Moreno, que de pronto, sin anteriores síntomas de esa fobia, se precipito en un jacobismo frenético.

Belgrano refiere efectivamente, que estando en España, en 1789, se aficionó a las doctrinas de la Revolución francesa.

Eso le ocurrió cuando tenía 19 años y fue un sarampión juvenil y pasajero, del cual se burla él mismo, como lo prueba el tono zumbón y sarcástico del párrafo. Dice así: “como en la época de 1789 me hallaba en España y la Revolución de la Francia hiciese también la variación de ideas y particularmente en los hombres de letra con quien trataba, se apoderaron de mi las ideas de libertad y solo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre fuese donde fuese, no disfrutase de un derecho que Dios y la naturaleza le habían acordado en su establecimiento, directa o indirectamente” (6)

No necesitamos percibir la ironía y la acerbidez con que Belgrano habla de la Revolución francesa, en este único pasaje de su vasto archivo, para comprender el ningún aprecio que le ha quedado, si alguna vez se lo tuvo.

No lo necesitaríamos, en efecto, porque no hacen falta declaraciones cuando toda una vida atestigua en contra de esas doctrinas.

Si en 1810 había en el Rio de la Plata algún hombre que abominara de la demagogia anticatólica de Marat, Sain Just, Danton, Robespierre, era Manuel Belgrano, que a pesar de hallarse desencantado de un rey, Fernando VII, no creyó que la republica fuese la mejor forma de gobierno para su Patria, y se puso a buscarle otro rey, tal vez una reina –la Carlota-, y en último caso un Inca. Todo antes que la indisciplina y el caos. Y en esto sus sentimientos no fueron distintos de los de San Martin.

Belgrano, que mandó a cortar las tradicionales coletas de los Patricios, demasiado parecidas a las de los sans-culotes de 1789, y que nombró Patrona del ejército argentino no a la diosa Razón, sino a la Virgen de las Mercedes y que mandaba rezar diariamente el rosario a sus soldados, no era ciertamente un alumbrado por la Revolución francesa.

Vayamos a Moreno. Era un jacobino en retardo, pues hasta 1810 solo demostró ser un absolutista devotísimo del Rey y palaciego del Virrey. Se incorporó al triunfo de nuestra Revolución, por la que antes nada había hecho, y se convirtió en un fanático de la fraseología jacobina. De las frases pasó a los hechos y a los delirios de Rousseau, cuyo Contrato Social tradujo e imprimió (7). Y cuyas ideas pretendió ejecutar.

Que este libro adobó el ambiente de Francia y preparó el derrumbe de la monarquía, no hay duda. ¿Pero en qué medida influyó sobre la Revolución de mayo? En ninguna; lo afirmamos categóricamente.

Es posible que antes de 1810 alguien, en el extenso Virreinato, lo hubiese leído. Pero esto no pasa de ser una simple conjetura. No se ha encontrado en ningún documento de esa época, la menor alusión. Lo seguro es que tratándose de un libro prohibido por la Iglesia, no llegaran al país sino rarísimos ejemplares. No hay noticias de otro que el de Moreno. De Belgrano mismo, que tenía permiso para leer libros prohibidos, no consta que leyera el de Rousseau. Tal vez si, tal vez no.

Mal podía, pues, influir en el espíritu de los patriotas una obra que casi nadie conocía, cuya traducción se imprimió después de la Revolución de mayo, y no llegó a difundirse. Moreno quería distribuirla en las escuelas, extravagante ocurrencia pedagógica que demuestra la confusión de ideas que reinaba en aquella atormentada cabeza.

Hay pruebas de que el Cabildo devolvió al impresor doscientos ejemplares comprados con ese propósito por alguien, y rechazados por considerar que era una obra perniciosa.

¿No es ridículo, pues, afirmar que preparase la Revolución un libro que apareció después de ella y que ni siquiera llegó a circular?

Nos replicaran; ¡no importa! Moreno bebió en esa obra el dogma de la soberanía popular y de los derechos del pueblo. Moreno fue “el numen de la Revolución”, y por lo tanto, a través de su temperamento, esa obra que preparó la Revolución francesa, preparó también la de mayo.

Esta argumentación tiene por base una mentira.

Vamos a decir otra blasfemia: Moreno no fue tal numen, porque antes del 25 de mayo ni siquiera sospechó los preparativos de la Revolución; no concurrió jamás a una reunión de los conspiradores, y no entró en el movimiento sino con retardo, cuando ya todo se había consumado y todavía de mala gana, discutiendo su legitimidad o su justicia.

Comprendemos que esta afirmación lastimará los hipersensibles tímpanos de algunos a quienes solivianta la discusión; pero es una verdad recia y fecunda, que alguna vez había que decir.

Ya está dicha: ahora vamos a probarla.

Cinco veces aparece Mariano Moreno en la historia argentina, antes de la instalación del primer gobierno patrio, es decir, antes del 25 de mayo de 1810.

El lector mismo va a juzgar si alguna de estas cinco furtivas apariciones lo  califica como autor o siquiera como colaborador e n los preparativos de la Revolución, y por lo tanto permite suponer que él le infundiera su espíritu.

Y desafiamos a estos lastimados señores a presentarnos cualquier otra aparición de Moreno.

1) La primera vez, el 27 de julio de 1806, aparece llorando en la Plaza de Mayo al ver a los ingleses que se apoderan de la ciudad, conforme lo hemos relatado en el capítulo anterior.

Si Saavedra, Pueyrredon, Belgrano y los demás patriotas, si las mujeres porteñas, que se cubrieron de gloria combatiendo contra los invasores, hubieran hecho lo mismo que Mariano Moreno, y limitándose  a llorar en la Plaza de Mayo y a escribir de noche lo que otros ejecutaban durante el día, hoy la República Argentina seria colonia extranjera; y es probable que los admiradores del prócer anduvieran vestidos como el Mahatma Ghandi, ensabanados de blanco, las piernas desnudas y el porrón de leche de cabra en la mano.

Gracias a los que no lloraron, se batieron y expulsaron a los invasores, esta tierra es soberana, sus habitantes visten trajes civilizados y son católicos.

2) La segunda vez, el 1° de enero de 1809, en la asonada de los españoles, para derrocar al Virrey Liniers, porque lo sospechaban inclinado al partido criollo. En esta su primera conspiración,  Alzaga estuvo más cerca del triunfo que en la segunda, y si ella no le costó la vida, como ocurrió después, se debió a que uno de sus complicas fue el que más tarde resultó abogado consultor del Virrey Cisneros, e intervino en el proceso. Ya volveremos sobre este caso jurídico.

Allí hace Mariano Moreno su segunda aparición en la historia argentina. Pero no lo encontramos del lado de los argentinos (ya se llamaban así) sino de los realistas, como secretario de la junta presidida por Alzaga, que había atajado, sabe Dios por cuantos años, la independencia del Rio de la Plata.

3) Moreno aparece por tercera vez en la historia, redactando la Representación de los Hacendados, celebérrimo alegato que fue, según dicen sus panegiristas, el tiro de gracia dado al inocuo sistema del monopolio comercial.

Pero este aserto es falso.

La Representación de los Hacendados, tan manoseada como poco leída, no pudo tener ninguna influencia en los preparativos de la Revolución. No fue idea original, ni propia de Moreno. Desde mucho atrás los hacendados elevaban al Virrey periódicamente alegatos parecidos; y desde hacía 16 años Belgrano bregaba por el libre comercio. No fue la Representación una defensa de la amplia libertad comercial, según quieren hacernos creer, sino una solicitud para “otorgar la introducción de mercadería inglesas… por el término de dos años…” y no en beneficio del pueblo sino, como reza su título: “para proporcionar ingresos al erario”.

Para que la Representación hubiera podido influir en los preparativos de la Revolución, habría sido menester que se publicara antes de ella y no después, lo cual ocurrió y lo prueban los detalles tipográficos de su impresión.

Notas:
5)      Mitre, B. , Historia de San Martin y de la emancipación sudamericana (2° edición – Felix Lajouane, Bs As.,1890), T. 1, pag 41.
6)      Belgrano, M., Autobiografia, en Memorias y Autobiografias, publicación del Museo Historico Nacional, Bs As, imp. M. A. Rosas, 1910, T 1, pag 92.
7)      “Robespierre calca las ideas de Rousseau”, Taine, orígenes –l´ancien régimen, Vol II, libre II

Continuara.... 

*Tomado de "Año X", cap 2. 

domingo, 25 de mayo de 2014

NUESTRA REVOLUCION NO DEBE NADA A LA REVOLUCION FRANCESA*

Por: Hugo Wast

Para comenzar digamos algo que probablemente nunca se ha dicho: los patriotas del año X no entendían la palabra “pueblo” como quieren entenderla ciertos admiradores de la Revolución Francesa falsificadores de la nuestra ahora.

Los demagogos mutilan el sentido de esa palabra. Para ellos solamente es “pueblo” la masa plebeya, informe y enorme, caprichosa, infalible, sacrosanta, poseedora de todos los derechos y no atada por ninguna obligación. Es decir, la parte primitiva de la sociedad, mas fácil de ser manipulada, engatusada con discursos y ganada con privilegios.

Para los patriotas del año X “pueblo” no era solamente la plebe, sino el conjunto de los habitantes del país, ignorantes e instruidos, ricos y pobres, capaces e incapaces de pensar por su cuenta, sacerdotes, militares, hacendados, abogados, comerciantes, artesanos, menestrales, pulperos, sirvientes, esclavos… iguales todos en sus derechos específicos, a los ojos de Dios, que los había creado y redimido con la sangre de Jesucristo, pero desiguales en sus aptitudes y en sus derechos sociales, conforme a las circunstancias en que vivían.

Los hombres de Mayo, que sabían su catecismo y por ello conocían esa igualdad esencial y esa desigualdad accidental, cuando trataban de resolver problemas de gobierno, que en aquellos tiempos se resolvían a menudo en asambleas del pueblo o cabildos abiertos, jamás convocaban a la plebe, a los esclavos, los sirvientes, los menestrales, casi siempre analfabetos y a quienes tampoco les atraía el meterse en tales honduras.

Convocaban a los que las solemnísimas actas de dichas asambleas llaman “vecinos de calidad”, o “vecinos de distinción”, o como reza la más solemne de todas, la del 25 de mayo de 1810, “la parte sana y principal del vecindario”, que representaba por derecho natural, no por elección de nadie a la totalidad del pueblo.

Y esto sucedió no solo en Buenos Aires sino en todas las ciudades y villorios del virreinato.

Los patriotas del año X, cuyo espíritu buscan afanosamente ciertos historiadores, deseándolo hallar distinto de cómo fue, no creían que las discusiones y resoluciones de aquellas asambleas de vecinos de distinción, pequeña minoría en comparación de los vecinos que no habían sido convocados, habrían de mejorar por que interviniera en ella la parte menos principal del vecindario, es decir la turba multa que es la inmensa mayoría.

Esa inmensa mayoría sentíase perfectamente representada por aquella minoría selecta, que conocía sus problemas y sabia defender sus intereses.

Se ve pues, que los hombres de mayo, aunque tenían un concepto del “pueblo” más amplio y generoso que el que tienen los demagogos actuales no eran partidarios del sufragio universal sino del voto calificado.

¡Horrenda blasfemia! Y bien, ya esta dicha y vamos a decir otra peor, con la ayuda de Mitre.

Para mejor vulgarizar la fisonomía del 25 de mayo de 1810, los demagogos nos describen, palabra más palabra menos, una plaza hirviente de frenéticos descamisados con el puño en alto.

Ya no las anacrónicas figuritas pedagógicas de ciudadanos encapados y con paraguas. Ahora prefieren algo moderno y se les ocurre mas argentino: una revolución en mangas de camisa, a pesar del frio y de la famosa lluvia de aquel glorioso 25 de mayo.

Siempre la imaginación, nunca la verdad.

Por la historia sabemos que durante siglos lucharon crudamente en Roma los patricios, especie de nobles, descendientes de las familias fundadoras de la ciudad, y los plebeyos que eran el populacho sin abolengo. En otras naciones antiguas se han producido estas mismas luchas, de la nobleza contra la plebe.

Traemos este recuerdo porque es conveniente, cuando queramos descubrir el verdadero espíritu de mayo, no olvidar que el principal cuerpo de tropas en que se apoyó la revolución, fue el regimiento de Patricios, cuyo solo nombre es una definición.

La revolución de mayo fue militar y católica y popular, vale decir, correspondió a los anhelos profundos de los criollos ansiosos de gobernarse ellos mismos, sin abandonar sus tradiciones.

En ningún momento plebeya; y fue aristocrática, por que la hicieron verdaderos señores, que supieron imprimirle la impronta de su cultura, con un señorío que no apostató de su credo ni de la historia de España, de la que ellos fueron y nosotros queremos seguir siendo continuadores.

Y aquí cedamos la palabra a nuestro historiador.

“Tanto los patriotas que encabezaban el movimiento revolucionario –expresa Mitre-, como los españoles que e n el cabildo abierto habían cedido al empuje de la opinión, todos pertenecían a lo que podría llamarse la parte aristocrática de la sociedad. Las tendencias de ambas fracciones eran esencialmente conservadoras en cuanto a la subsistencia de orden publico y esto hacia que se encontrasen de acuerdo en un punto capital, cual era el impedir que el populacho tomase en la gestión de los negocios públicos una participación activa y directa”(1)

Así se hizo la nueva y gloriosa nación, que ahora quieren deshacer bastardeando su espíritu.

¿Y en esta revolución sin crímenes, que fue la nuestra, se pretende encontrar un retoño de la francesa, que se prostituyo a los pies de la diosa razón y asesinó, fusiló, guillotinó a millares de ciudadanos, hombres, mujeres y hasta niños?(2)

¡Y estos jacobinos eran los oráculos de Moreno! ¡Y estos los modelos que nos proponen!

¡Que aberración! El historiador que diga otra cosa, no sabe lo que dice. O no dice lo que sabe.

Solo olvidando las causas, los métodos y los resultados de la Revolución francesa, puede comparársela con la Revolución de Mayo.

La Revolución francesa se hizo en contra del absolutismo de los reyes y los privilegios de los nobles y, agréguese, en contra de la Iglesia romana.

En el Rio de la Plata no había ni nobles ni reyes. Gobernaban el país, mal o bien, un virrey que no tenia nada de absoluto y el Cabildo, genuina y antiquísima autoridad de origen popular, que “la parte sana y principal” del vecindario elegía libremente.

La sencillez de las costumbres y la pobreza del país, facilitaban la convivencia social.

La Revolución francesa fue republicana, mientras que la revolución argentina fue en sus comienzos abiertamente monárquica.

La Revolución francesa fue enemiga de la religión católica, desalojo a N.S. Jesucristo de los altares y puso en ellos a la diosa Razón, simbolizada por una prostituta a la que paseaban desnuda en un carro con un crucifijo a los pies. (3)

La Revolución de Mayo fue católica. El 30 de mayo de 1810, a los cinco días de la revolución, concurre la Junta Gubernativa, con toda solemnidad, a una misa de acción de gracias, celebrando el cumpleaños del Rey y La instalación de un nuevo gobierno. (4)

Poco después, el 18 de julio, el gobierno provee de sacerdotes capellanes al cuerpo expedicionario que marcha al interior, nombrando al efecto al Dr D. Manuel Albariño y a fray Manuel Ezcurra, de la orden de la Merced.

Nosotros, que tenemos una gesta cristiana, sin crímenes, bendecida unánimemente por todos los argentinos, ¿Por qué habríamos de envidiar a Francia aquella sangrienta bacanal, maldecida según antes dijimos, por los mas autorizados historiadores y sociólogos franceses y hasta por escritores modernos de la izquierda?.

Los que se empeñan en probar este bastardo parentesco, nos pintan al pueblo de Buenos Aires, nutrido por el dogma de la soberanía popular, agolpándose en la plaza para arrancar su renuncia al Virrey e imponer su voluntad al Cabildo, que representaba al vecindario de la ciudad, es decir, al pueblo mismo.

Y a fin de marcar mejor el aspecto plebeyo de nuestra Revolución nos refieren que fue incruenta, con lo cual quieren decir desarmada y anti militarista.

Podría creerse, al leerlos, que en toda revolución hecha por gente de sable, la sangre corre a torrentes, y que a la inversa, cuando solo interviene el pueblo, aquello es un agua de malva; no se esgrimen otras armas que las lenguas, y solo se lucha con honrados argumentos y con votos conscientes. ¡Rusia, Mejico, España, Cuba, son ejemplos de lo incruentas que son las revoluciones no hechas por militares!.

La Revolución francesa, modelo del movimiento demagógico, fue, según la fuerte metáfora de Barbey D´Aurevylle, una ancha zanja de sangre que corto en dos la historia de Francia.

¿Debemos agradecer a nuestros historiadores el que por hacer mas simpática (no sabemos a quienes) la Revolución de Mayo, la despojen de todo carácter militar y nos la describan como un torneo de discursos entre cabildantes y abogados?.

Eso es falsificar la historia, y dar a las generaciones actuales y futuras una lección de ingratitud hacia los principales actores de nuestra Revolución, que fueron militares.

La verdad histórica, nuestra verdad, es mucho menos enfática y mucho mas hermosa.

La grandeza de la emancipación argentina aparece cuando se la cuenta con limpia sencillez, no cuando se la enturbia atribuyéndole un contenido demagógico que no tuvo ni pudo tener.

La Revolución argentina no es una jamona sin hogar venida a nuestras playas desde la orillas del Sena, despechugada y ronca, enbardunadas las mejillas con hez del vino de los bistrots parisienses, empuñando con la mano izquierda el Contrato Social, y empujando con la derecha el carretón de la guillotina.

Nuestra Revolucion es una hermosa y valiente muchacha, hija legitima de familia hidalga, nacida aquí mismo, en las orillas del Plata, y que apareció por primera vez en las calles de Buenos Aires, con los cabellos adornados de diamelas criollas, empujando un cañón para tirar sobre los herejes invasores; y mas tarde, en la plaza de la Victoria, blandiendo la espada que le entrega Saavedra, de dulce y pulido acero toledano, arma que en su mano parecía una joya, y que los historiadores han pretendido arrebatarle, ofreciéndole en cambio una traducción marchita del libro de Rousseau hecha por Mariano Moreno.

¡No!. La Revolución de Mayo es netamente argentina y nada tiene que ver con la Revolución francesa, y es indigno de historiadores criollos buscar agua en el Sena, para bautizarla cuando la tienen a mano y mas abundante en el Rio de la Plata.

Desde luego las fechas delatan el anacronismo.

Cuando estalló nuestra Revolución ya habían pasado veinte años sobre la francesa, que en 1810 estaba harto desacreditada en el mundo, y especialmente en la America española, por sus crímenes y por sus resultados: después de Roberpierre, y como reacción contra los desvaríos del pueblo soberano, Napoleon.

1)      B. Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia Argentina (Carlso Casavalle, Bs As 1876), T. 1, pag 273.
2)      “según Collor  D´Herbois, que tenia la imaginación a vecespintoresca <la transpiración política debía ser bastante abundante para no detenerse hasta la destrucción de doce a qince millones de franceses>.
 Articulo de Guffroy en su diario Le Rougiff: <Francia tendrá bastante con cinco millones de habitantes>
Taine, Les origines de la France contemporaine, tomo VIII, la revolution, pag 133               
3)      Laharpe, Du fanatisme dans la langue revolutionnaire, Paris, Migneret, 1797, pag 54.
4)      Registro oficial de la Republica Argentina, tomo 1, pag 28.

Continuara...

Tomado de: Año X, cap. 2.

martes, 20 de mayo de 2014

La Generación Argentina de 1837

Por: Federico Ibarguren

Segunda generación unitaria, se le ha llamado con bastante propiedad a la de los proscriptos de 1837, que se exiliaron del país por propia voluntad en tiempo de Rosas.

Esa generación comprende a los hombres nacidos entre 1806 y 1810, es decir, en el lapso de dos acontecimientos capitales de la historia argentina: las Invasiones inglesas y la Revolución de mayo.

La generación de 1837 fue educada en los principios rivadavianos del iluminismo, y ello prueba la influencia de  Rivadavia en cuanto a la formación mental de la juventud de aquel tiempo, que crecía y se ilustraba en Buenos Aires. Rivadavia, en efecto, había fundado el colegio de Ciencias Morales, donde se impartía la instrucción a los muchachos pudientes de entonces, enseñándoles los principios de la filosofía utilitaria de Bentham y las doctrinas económicas de Adam Smith. En esa corriente liberal y anti tradicionalista de ideas se formaron los representantes más conspicuos – mal llamados románticos – de la segunda promoción unitaria – porteña o provinciana – entre los que se destacan: Esteban Echeverria, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Vicente Fidel López, Juan María Gutiérrez, Jacinto Rodríguez Peña, Félix Frías, Juan Thompson, Carlos Tejedor, Miguel Cané (p), Marcos Sastre, Miguel Estévez Segui, Andrés Lamas, Santiago Viola y Juan Bautista Cuño. Con su repertorio intelectual deformado desde el principio, estos muchachos ambiciosos encontraronse, sin arraigo en lo propiamente histórico, con la anarquía política desatada por la revolución de 1810, llegando a la adolescencia en momentos en que unitarios y federales hacían utópica la unidad del país despedazado por la guerra interna.

En plena lucha fratricida hasta bien entrada la década del 30’ del siglo pasado, Argentina vivió conmovida por los golpes de Estado, anarquia, cambios de gobierno, asesinatos políticos, miserias económicas de pueblos invadidos y saqueados. Por eso, los europeizados jóvenes “mayos” – con Alberdi y Echeverria por mentores – adoptaron, al margen de los dos partidos criollos, una postura teórica que pretendía ser intelectualmente equidistante: ni unitarios ni federales,  o sea una especie de eclecticismo pacifista imposible de sostener en 1837.

Desde la revolución de Lavalle que derrocó al gobernador Dorrego, siendo fusilado por aquel jefe militar en Navarro, agudizariase la violencia reciproca de las facciones en el país, generando un estado de caos permanente, que se fue generalizando hasta hacerse crónico, antes de subir Rosas al poder.

Es entonces, en 1830, cuando llegan de Francia las recetas revolucionarias del movimiento romántico – que reaccionó contra el iluminismo jacobino finisecular – y los muchachos criollos de apenas 20 años de edad fueron conmovidos a fondo por las novedades doctrinales que venían del viejo mundo. Afrancesados por educación en las aulas porteñas, ellos quedaron imantados bien pronto con la literatura germano-gala del romanticismo recién nacido, que hizo estragos en sus frágiles almas inmaduras, en disidencia con la cruenta realidad nacional.

Uno de los representantes de aquella generación del 37’ es don Vicente Fidel Lopez – el primer historiador argentino importante – quien con bello estilo literario nos relata lo siguiente en su conocida autobiografía: “nadie hoy es capaz de hacerse una idea del sacudimiento moral que este suceso produjo en la juventud argentina que cursaba en las aulas universitarias.  No se cómo se produjo una entrada torrencial de libros y autores que no se había oído mencionar hasta entonces”  las obras de Cousin, Michellet, Villiemain, George Sand, Balzac, Saint Beuve, Víctor Hugo; Dumas, Mme. Stael y Chateaubriand “…andaban en nuestras manos produciendo una novelería fantástica de ideas y de predicas sobre escuelas y autores románticos,  clásicos ecléticos, santsimonianos…"

El maestro de esa urbana elite de fraque, europeizante, desubicada, utópica – la cual provocaría en 1938, aliada al extranjero, la lucha de clases en el país, sin darse cuenta cabal de sus graves consecuencias sociológicas – era el medico Don Diego Alcorta, participante activo – como opositor a Rosas – en las jornadas parlamentarias del crítico año 1832. “Nosotros – recuerda retrospectivamente Lopez – les seguíamos con un ardor de partidarios decididos, aplaudiendo desde la barra, tomando parte de la bulla: por dos veces nos hicimos echar afuera.”

De esa ingenua, pueril devoción romántica por las teorías en boga y los libros foráneos surgirá en 1837 el Salón Literario, por inspiración personal del montevideano comerciante Marcos Sastre. A cuya provechosa iniciativa, por lo demás, adhirieron de inmediato Juan María Gutiérrez, Juan Bautista Alberdi, Vicente Fidel López, Juan Thompson, Esteban  Echeverría y  “cuarenta o cincuenta socios más” (sic). Del referido circulo selecto de “intelectuales” – o comité ideológico en embrión – nacerá el primer plantel constitutivo de nuestra hoy celebre asociación de Mayo: “especie de carbonarismo – como la define Horacio J. Noboa Sumarraga en las sociedades porteñas y su acción revolucionaria,  Buenos Aires, editorial Colombo, año 1939 – que se ramificó por las principales ciudades del interior del país”

Hispanofobia: Tal fue el pensamiento motor de la generación de los “mayos” – sus más conspicuos integrantes así se autodenominaban con pedantesca vanidad propagandística - ¿Acaso creyendo – acertado mesianismo -  que serían los profetas de una nueva sociedad sistematizada; los apóstoles de la legalidad plutocrática en el insconstituido e inmenso territorio argentino independiente, a la sazón y en luchas civiles de 1810? Lo creyeron con toda el alma, y el destino – que otros aprovecharían – terminó canonizando esas audaces visiones “racionalistas”

La democracia sin pueblo ni herencias, el fanatismo científico, parecían ser su meta institucional ahora, en remplazo del ya viejo e ingenuo planteo de la segunda década –girondino y/o borbonizante – idolatría laica pasada de moda, cuyos sumos sacerdotes fueron: Monteagudo, Rivadavia, Agüero, Juan Cruz Varela, Del Carril, Valentín Gómez y demás epígonos menores de ese centralista partido porteño. Porque, al fin y al cabo, el irreconciliable odio abstracto a Juan Manuel de Rosas – razón de ser de la asociación de mayo a poco de estallar el conflicto armado entre la Confederación Argentina y Francia – no acusó in illio tempore otra raíz filosófica profunda que la que antecede, a saber: Hispanofobia pura…

Atiborrada de autores extranjeros, franceses sobre todo, creyendo que la “Civilización” estaba en el progreso material de que adolecía España y la “Barbarie” en el catolicismo de nuestros antepasados y en la Iglesia  de Roma, la segunda promoción unitaria de 1837 vivía fuera de la realidad argentina, fanatizada con indigeridas lecturas de literatos de moda, como Lamennais, Lerminier, Lacordaire, Cousin, Michelet, Villemain, Saint Simon, George Sand, Balzac, Saint Beuve, Víctor Hugo, Dumas, madame Stael yChateubrian, entre otros. Eran, así, fácil presa de los acontecimientos, y terminaron aliándose con el almirante Leblanc, descontando su victoria cuando el bloqueo de Buenos Aires contra Rosas, a quien, por lo demás, abominaban íntimamente por “retrogrado”  y oscurantista”. Sin embargo, en el primer momento lo alabaron por las dudas, como se desprende de esta página elogiosa de Alberdi “Para el Resturados de las Leyes”, inserta en un interesante trabajo juvenil titulado “Fragmento preliminar al estudio del derecho”, que publicó el talentoso tucumano en 1837: “nosotros hemos debido suponer en la persona grande y poderosa que preside nuestros destinos públicos (sic) una fuerte intuición de estas verdades, a la vista de su profundo instinto antipático contra las teorías exóticas. Desnudo de las preocupaciones de una ciencia estrecha que no cultivó, es advertido desde luego por su razón espontanea, de no se que de impotente, de incapaz, de inconducente,  existía en los medios de gobierno practicados precedentemente en nuestro país; que estos medios importados y desnudos de toda originalidad nacional, no podían tener aplicación en una sociedad cuyas condiciones normales de existencia diferían notablemente de aquellas a que debían su origen exótico, que por tanto un “sistema propia” nos era indispensable”.

Alberdi, como se ve, antes de exiliarse ponderó a Rosas (“persona grande y poderosa que preside nuestros destinos públicos”) sin darse cuenta de lo incompatible que resultaba el elogio al dictador tradicionalista porteño, con la doctrina rivadaviana del iluminismo, aprendida por aquel en el Colegio de Ciencias Morales; la cual doctrina, pese a la influencia de Lerminier  -según ya lo señaló el profesor Coriolano Alberini-, hacía del neorromántico criollo un iluminista en los fines, siendo solamente historicista postizo en los medios.

El historiador Jose Maria Rosa, en su libro “Nos los representantes del pueblo”, Buenos Aires, ediciones Theoria, año 1955, al referirse a Juan María Gutiérrez –íntimo amigo de Alberdi y representante conspicuo de la generación del 37-, escribe este acertado juicio de valor sobre el personaje, que yo comparto: “había crecido y se había educado en los tiempos rivadavianos, donde la cantinela <Europa>, <Progreso>, <Civilización>, se repetía hasta el cansancio, como base imprescindible para administrar las <Ciencias Morales> a los jóvenes criollos. Aprendió con Bentham que lo bueno era lo útil, con Condillac que el hombre era un ser de sensaciones, y con Benjamin Constat  que las constituciones son una panacea que curan los males y logran la felicidad de los pueblos. De esa educación le quedo como resabio una mezcla de antiespañolismo, ateísmo y fe absoluta en el progreso indefinido; conjunto que él llamaba <Civilización> y lo oponía a la <Barbarie>. Después estudió matemáticas hasta recibir el título de agrimensor. Conoció a través de ellas un mundo ideal en que todo era perfecto, como la republica soñada por el señor Rivadavia. No tenía definida vocación por los números, y después de conseguir un cargo técnico en el Departamento Topográfico se matriculó en la Facultad de Derecho, la carrera de todos. Tampoco le gustaba la jurisprudencia, pero no se sentía con fuerzas para prescindir del título de doctor. Distrajo su aburrimiento en las clases de Casagemas o de Diego Alcorta componiendo <Cantos épicos> de corte clásico; hasta llego a pergeñar una tragedia en cinco actos, felizmente inconclusa, en versos endecasílabos, a la manera del Dr. Juan Cruz Varela.”
“Gutiérrez –prosigue Jose Maria Rosa- fue el primero de los discípulos de Echeverria, y hasta superó al maestro como árbitro de la <paquetería> de nuevo cuño: tenia mejor gusto que el precursor y no ofrecía las resistencias de este. Llegó a ser el rey de los <leones> románticos, sus corbatas a lo loco, su capa negra, el género escoces de los pantalones; se atrevió a todo; menos al monóculo. En literatura dejo los largos poemas clásicos, para publicar delicadas <Odas al desamor>, a <una Rosa>, a <un Jazmin>, a <la Aurora>, en la Gazeta y en el Diario de la Tarde. También tomó de Echeverria al aire ausente e incomprendido y rehuyó como este las peñas de café: en cambio frecuentaba los saraos con música de valses, o las animadas conversaciones con señoras y niñas en las calles de tiendas. Gutiérrez arrastró hasta Echeverria a su amigo Juan Thomson, el hijo de Mariquita Sánchez. Mariquita le abriría su salón famoso y su amistad constante. Poco después el tucumano Juan Bautista Alberdi se plegaba al grupo. Y no tardaron las calles del centro en llenarse de pálidos <leones> a géneros escoceses que paseaban con  expresión de sufrimiento sus melenas románticas, largas corbatas negras y el corte de sus capas confeccionadas por Dudignac; se saludaban a grandes sombrerazos cada vez que se topaban y unían a su conversación las frases dificultosamente aprendidas en los libros de Laserre. Los viejos tertulianos de Catalanes o de Marcos los vieron pasar con tristeza, signo indudable de los malos tiempos <de hoy> de tan poca dignidad y hombría. Gutiérrez, que traducía el francés en El museo Americano de Bacle y escribía El Recopilador con Thomson y Echeverria, cuido que las lecturas extranjeras no perjudicaran la pureza de su castellano. Esmerado en escribir, como en hablar y vestirse, sorteó con habilidad los galicismos y puede considerársele, sin disputa, el mejor purista de su generación. No es un elogio por que no mataba puntos altos. Fue más allá de la literatura y, guiado por Alberdi, leyó en lo de Santiago Viola, o en la trastienda de Marcos Sastre, los últimos libros franceses de filosofía y de política. Conoció, sin emocionarse, el historicismo de segunda mano de Lerminier y el santsimonismo, un tanto menguante, de Leroux  y  La reveu enciclopedique. Echeverria, atiborrado sin método durante su larga estadía en Paris, lo acompaño en estas excursiones, donde la presuntuosa suficiencia de Alberdi servía de piloto. La política y el socialismo no eran el fuerte de ambos poetas. Pero si los estudios <serios> no dejaron mayores huellas en Gutiérrez, en cambio Echeverria, tenaz y resuelto, se empeñó en formar sus convicciones filosóficas con ingredientes tomados del santsimonismo, el neocatolicismo de Lamennais, en nacionalismo liberal de Mazzini y algo de romanticismo alemán de Hegel y Herder colado a través de Lerminier: de ese conjunto discorde brotaría, años después, El Dogma Socialista”.

Tomado de "Nuestra tradición histórica", Cap XIX, pags 397 a 403



lunes, 28 de abril de 2014

LA OLIGARQUIA CONSERVADORA*

Por: Vicente Sierra

Asegurados los elementos de dominio entra a regir el país el general Julio A. Roca. Hijo de su época, inicia la era mas nefasta de la oligarquía, porque animado por ideas liberales de espíritu burgués, huérfano de heroísmo, y sin otros ideales que los de absorbente predominio, encabeza una clase que solo percibe el lado práctico de las concepciones rivadavianas; aquellas que conducen a la riqueza personal, convencidos de que con ella hacen el país. Esa oligarquía preside una era de progreso material que le cuesta a la Argentina la casi pérdida de todos los elementos que constituyen su posibilidad de ser una nación. Hace el progreso de un país, pero en cambio de su independencia económica y de la bastardía de su cultura; construye una Argentina de contramano, aparentemente fuerte, pero de base endeble, supeditada en sus aspectos esenciales al plagio o las determinaciones políticas de los imperialismos, o financieras de los grandes consorcios bancarios. En 1894 decía Agustín Álvarez que Argentina era ‘un país nuevo, que está saliendo rápidamente de la barbarie, que cambia cada cinco años por la inmigración, las escuelas y los ferrocarriles, de tal modo que, como a los niños, el que no lo ve crecer lo desconoce’. La frase revela la inconmensurable vaciedad del pensamiento liberal, que no comprende que un niño crece sin perder, por ello, las determinaciones de sus elementos heredados, mientras que el país era CAMBIADO en su crecimiento, haciendo de él una cosa cada día mas difícil de reconocer. Es la era en la que se denomina al país "pueblo nuevo", confundiendo a la nación con el estado. Nuevo podría ser el estado, no era la nación, ni podía serlo, porque no hay posibilidad humana de crear una nación con la técnica que se arma un automóvil. Aquella Argentina que crecía, pero, cada cinco años, era desconocida, era una obra lenta de destrucción de la nación, y de una destrucción que no tenía más ideal que el muy menguado de imitar formas extrañas. Nada más ilustrativo sobre ese período, el más nefasto de la historia argentina, aunque en el que se instalaron todos los instrumentos del progreso, que los debates del Congreso Nacional. Los legisladores se desviven por presentar proyectos de leyes a fin de apresurar el progreso de la república, pero todas son versiones apenas retocadas de las que existen en otras partes del globo; hay diputados que gastan sesiones en explicar las ventajas de una ley en virtud de su vigencia en Australia o Nueva Zelanda; lo que no se encuentra es quien proponga leyes inspiradas en la observación directa de fenómenos nacionales. Ni siquiera se muestran capaces, dentro de su ideología, de realizar un progreso dirigido, orientado hacia determinadas finalidades de orden nacional. Se admite que un ferrocarril es una obra de progreso, pero nadie se preocupa de su trazado, como no sean los influyentes capataces de ciertas picardías para que el riel valorice determinados campos.

Al subir a la presidencia, en 1880, Roca señaló lo que la unidad nacional debía al ferrocarril y al telégrafo -¡Disparate solemne este de que un ferrocarril cree una unidad nacional-¡ diciendo que’"con estos agentes poderosos de la civilización se ha afianzado la unidad nacional (sic), se ha vencido y exterminado el espíritu de montonera y se ha hecho posible la solución de problemas irresolubles, por lo menos al presente’. El ’espíritu de montonera’ era la forma de expresión de la democracia argentina, entonces apabullada porque el caudillismo había sido substituido por el caciquismo político.

El argentino comenzó a ser extraño en su propia tierra. El inmigrante creaba una economía que rompía con el ideal de vida del criollo, que se sentía desplazado de ella, a la par que el fraude lo separaba de toda influencia política. La oligarquía hablaba de democracia pero mantiene a las masas alejadas de los comicios; a veces se las deja votar, nunca elegir. Presidente de la Nación hubo cuya candidatura fue proclamada en alguna Cámara de Comercio extranjera antes que en los comités. Los partidos políticos sirven para que el pueblo no advierta hasta que punto se ha producido la más grosera substitución de soberanías. Más, a pesar de todo, el pueblo no deja de ver la verdad, como lo demuestra el hecho que, desde 1880 hasta nuestros días, el país sufre seis revoluciones o conatos de tales. Si no las hubo mas abundantes se debe a la acción negativa de la población extranjera, a la que no interesa la política sino la paz, a los fines de hacer a su amparo alguna rápida fortuna con la cual elevarse socialmente o volver a la patria de origen, pues es extraña a los problemas culturales de la nación.

La oligarquía conservadora ofrece características contradictorias: fomenta la inmigración y cierra sus filas para evitar que los hijos de los inmigrantes penetren en ellas; creyendo representar al país mejor que estos descendientes de la inmigración, nada hace para que su asimilación sea integral. La verdad es que nada puede hacer porque ella misma se ha desprendido de todo lo tradicional, al punto que la escuela, controlada por el Estado, pierde poder catalizador porque ha sido creado en base a la imitación de modelos foráneos, alejada en sus orientaciones a los elementos fundamentales del ser nacional. Como su conservadorismo es puramente político, eso oligarquía, procurando contentar a los extranjeros que acuden en oleadas, adopta las peores expresiones del liberalismo y da al país una legislación antitradicionalista que, en materia religiosa, se distingue por sus tendencias laicistas; sin advertir que la inmigración que llega no es anglosajona, sino italiana y española, es decir, inmigración católica.

No responde esa legislación a ninguna necesidad nacional. La ley de educación laica no fue sino una consecuencia de uno de los tantos fenómenos de imitación. Cuando en 1882 se discutía en el país la ley de educación, llegaron los ecos de la laicización de las escuelas de Bélgica y de los debates promovidos por Jules Ferry, en Francia. La moda pedagógica del momento, dirigida en parte por el protestantismo – que mantiene la enseñanza religiosa en las escuelas de Inglaterra o Estados Unidos- combatiendo la enseñanza religiosa en las escuelas de los países… católicos-, basta para influir sobre nuestros hombres que, en materia de modas, en 1882, se visten en Londres y en París. Y es así como a pesar de la violenta reacción de los elementos católicos, sobre todo desde el diario ’LA UNION’, cuyos principales redactores eran José Manuel de Estrada, Pedro Goyena, Miguel Navarro Viola, Tristán Achával Rodríguez, Emilio Lamarca y Santiago Estrada, el país tuvo enseñanza laica. Poco antes, por la ley 934, reglamentaria de la ley de enseñanza, se terminó con esa libertad, pues su objetivo fue estatizar la escuela en todas sus etapas. En aquellos años la boga consistía en denominarse "librepensador", y solía ser considerado como una gran hazaña no bautizar a un hijo o, después de la ley de matrimonio civil, no casarse por Iglesia; aunque muchas veces ambos sacramentos no se cumplían públicamente, y si en privado. Navarro Viola, en "La Unión", decía que en la Argentina no había auténticos liberales. ‘Hay LIBREPENSADORES, decía, del tipo conocido, tan LIBRES que no saben ni pueden elegir lo que les conviene"."Los hombres considerados en este país como pensadores distinguidos, agregaba, se han declarado siempre fieles a la Iglesia y no han hecho materia de estudio las cuestiones religiosas o filosóficas. Se han dedicado a problemas políticos relacionados con las dos carreras que cultivan tradicionalmente en la república: la abogacía y la medicina’.

‘Sus discursos y escritos – proseguía Navarro Viola- no versan sobre temas de religión ni de filosofía. No hay, pues, LIBERALISMO DOCTRINARIO; no hay escuela filosófica Argentina. EL LIBERAL que se conoce por estas tierras es por lo común un individuo sin cultura fundamental que no ha meditado sobre las graves cuestiones de la sociedad y de la ciencia, y solo ha leído algunas páginas declamatorias contra los frailes. Cuanto mas, es suscriptor de algún periódico irreligioso, que se publica en Europa y del cual extrae el suficiente lote de bagatelas, que a la primera pregunta a fondo que se les hace sobre cuestiones de verdadero conocimiento, caen en un mar de confusiones y terminan por confesar que no han meditado suficiente sobre el punto’.

La inmigración italiana, que vivía aun los días de la toma de Roma y formación de su unidad nacional, fue introductora de ese LIBREPENSAMIENTO, que consistía en leer ’L´Asino’, un periódico de caricaturas contra los frailes y, cuando se instalaba algún negocio, cantina o almacén, denominarlo ‘Epur si muov’" o ‘Galileo’, títulos que, al parecer, tenían una enorme fuerza contra la Iglesia, contra esa Iglesia en la que todos ellos bautizaban a sus hijos.

* Tomado de "Historia de las ideas politicas en Argentina", cap XI

sábado, 29 de marzo de 2014

Rosas. La consolidación del poder*

Por: Ernesto Palacio

Dos tareas primordiales ha debido acometer Rosas en el orden provincial: restablecer la confianza y restaurar la hacienda pública. A ellas obedece la elección de su ministerio, formado de hombres expectables. Guido y Balcarce han sido ministros de Dorrego: significan una continuidad. Por lo que se refiere a García, si bien sus antecedentes políticos no parecían recomendarlo, cabe advertir que se ve en el no tanto al diplomático infortunado, cuanto al experto ministro de Rodriguez y Las Heras, al técnico de las finanzas que ha dado prueba de su competencia en momentos difíciles. Su presencia en el ministerio tiene el objeto aparente de apaciguar y provocar la adhesión al nuevo régimen de un sector importante de la burguesía urbana y del comercio ingles. Significa una garantía de que en las materias de su incumbencia no se harían, por el momento, cambios peligrosos.

No obstante la adhesión popular al nuevo gobierno, la conspiración unitaria continuo en los primeros tiempos, estimulada por los éxitos de Paz en el interior. La represión se limitó empero a lo estrictamente indispensable, como las medidas referentes a la tenencia y venta de armas, quedando en la ciudad sin ser molestados los hombres no esencialmente comprometidos del decembrismo, salvo su natural eliminación de los cargos públicos que desempeñaba.
Rosas recorrió personalmente los departamentos del norte de la provincia para enterarse de sus necesidades y se ocupó de la reorganización de la justicia de paz de la ciudad y campaña, a la que daba especial importancia por su relación inmediata con la población de escasos recursos. Reorganizó asimismo la policía dividiendo en nuevas secciones la urbana y la rural, y dictó diversas disposiciones que mostraban la intención de atender a muchos problemas rurales descuidados hasta entonces por los gobernantes urbanos del tipo de Rivadavia, como las referentes al uso de los animales “reyunos” (cuya designación se cambio por “patrios”), el transito sin pasaporte y los derechos de pontazgo.
Por las exigencias de la guerra y la vigilancia de las fronteras del sur, debió efectuar varias delegaciones del mando en sus ministros, con quienes se mantenía en constante comunicación epistolar. De acuerdo con la concepción paternalista que se ha hecho del gobierno, piensa en todo y se interesa por los ramos mas dispares: desde la provisión desde los cargos judiciales (nombra en la Cámara de Apelaciones a los miembros mas prominentes del foro como Castro, Tagle, Anchorena, López y Arana), hasta la reparación de iglesias a cargo de su peculio personal. En esta materia, se muestra dispuesto a reaccionar contra la tradición liberal y masónica que tantos males ha causado. Sabe que el país atraviesa por una crisis moral, que exige remedios del mismo orden, los que solo pueden venir de la Iglesia. Por eso procura la reanudación de los vínculos con la Santa Sede, levanta templos en la campaña y no pierde oportunidad de mostrar su acatamiento a la Fe heredada. Sus soldados han de ir a misa en formación para mostrar a Dios “la veneración que marca la ordenanza”. Se escandaliza del descuido anterior a esta materia. “¡Como se ha minado por nuestros gobiernos, padrino, la religión santa de Jesucristo, la religión de nuestra tierra!” – le escribe al cura Terrero- “ahora será distinto -afirma– todo ha de ir bien porque el ejemplo puede mucho”.
Como afirmación del espíritu nacional y su voluntad de independencia declaró fiesta solemne el 9 de Julio,  y decidió que no se admitiesen cónsules de ninguna nación que no hubiesen expresamente reconocido dicha independencia.
Al mismo tiempo se ocupaba, con la hábil ayuda de García, en la restauración de las finanzas. En 1829 solo se habían recaudado ocho millones de pesos y los gastos ascendían a veintitrés. La practica de las emisiones sin respaldo había desvalorizado pronunciadamente la moneda. Esto no se debía a la mala administración, sino a la gran sequía que asolaba la provincia desde 1827 y cuyas consecuencias contribuían al malestar político. Unos cuantos meses de administración ordenada y las primeras lluvias bastaron para devolver la confianza a los capitalistas y restablecer el crédito. Se reanudó el comercio internacional y las rentas de la aduana subieron, si bien el mercado se inundó de mercadería extranjera.
Esta última circunstancia, había de provocar un nuevo brote de resentimiento contra Buenos Aires, que dificultaría la tarea inmediata de Rosas, ya que esa política comercial no era más que la continuación que la de Rivadavia,  favorable al puerto único a expensas del interior. El gobernador de Corrientes, Ferre, protestó contra “el comercio del extranjeria”. Rosas lo mantuvo, sin embargo, porque ello significaba la financiación de la guerra inminente y porque no podía, por lo demás, renunciar al privilegio de que gozaba su provincia por razones de situación, sin una compensación equivalente.

Con la terminación de la guerra civil se habían abierto las vías para la unión; pero esta no se había consumado en los hechos. Quedaba un país profundamente dividido y receloso, cubierto de heridas todavía sangrantes. El pacto federal era un simple instrumento legal, lleno de sabias previsiones, entre ellas las relativa a la formación de la autoridad nacional que faltaba; pero su aplicación constituía un camino bordeado de peligros a causa de las pasiones encendidas y los intereses contrapuestos.  La delegación de las relaciones exteriores en el gobierno de Buenos Aires representaba un comienzo de unidad. Pero, ¿Concederían las provincias esa delegación sin condiciones? El gesto hosco de Ferré anunciaba que no. En todas partes empezaba a alzarse el clamor por la reunión del congreso, que los unitarios infiltrados coreaban, tratando de introducir cizaña en las filas poco  coherentes del federalismo triunfante y entre las personas de sus tres jefes de primer plano – Rosas, Quiroga y López – o de sus lugartenientes Ferre, Ibarra y Reinafe.


*Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina. Ed. Abeledo-Perrot. Libro III. Cap XVI . Pag 302 a 304

viernes, 14 de marzo de 2014

ROSAS GOBERNADOR

Por: Julio Irazusta

La imposibilidad en que se halló el ejército vencedor en Ituzaingo de explotar la victoria fue caldo de cultivo para la conspiración urdida sin duda desde el momento en que el partido rivadaviano debió ceder sus puestos a sus adversarios políticos. Esos argentinos repudiados por los federales y por una importante fracción de los directoriales, conservaban no obstante sus errores, el prestigio de la inteligencia. El motín sangriento que acababan de producir – derrocamiento del gobernador Dorrego e instauración del general Lavalle, por aclamación, en la capilla de San Roque – probó la influencia que seguían teniendo en el ejército, cuya plana mayor habían nombrado. Y Dorrego, aunque sospechaba de Lavalle, no tomó ninguna medida para prevenir las eventuales consecuencias de una desmovilización de tropas que regresaban al país con la amargura de haber perdido diplomáticamente una guerra que habían ganado en el campo de batalla. El general. Paz había sido antes sondeado por el grupo unitario, pero se rehúso. Su hermano de armas, Juan Lavalle,  noble pero impresionable e influenciable, no vaciló en lanzarse a la aventura, seguro de que metería a todos los caudillos en un zapato y los taparía con el otro. Su desempeño no tardo en desorientarlo más de lo que le era habitual. La convención nacional reunida por el gobierno anterior para ratificar la paz con Brasil, repudió el atentado de los decembristas en cuanto tuvo conocimiento del mismo y nombró al gobernador de Santa Fe jefe de una fuerza confederal;  López, por su parte, designó segundo jefe al comandante de campaña de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. Pero antes de que esas tropas estuviesen en condiciones de operar, Lavalle atacó a Santa Fe, mientras otra división al mando del general. Paz, intentaba extender el movimiento hacia Córdoba y al resto del interior.
Los porteños fueron rechazados por los federales a fines de marzo de 1829,  mientras que sus correligionarios cordobeses, inician en el centro de la republica una campaña,  que luego de éxitos y reveces alternados, les permitió afianzarse temporariamente en la “señora del interior” y extender la influencia de los revolucionarios hacia el norte y hacia el oeste del país.
Al mismo tiempo, los federales del litoral habían contraatacado, llegando a las puertas de Buenos Aires, donde se dio la batalla de “Puente de Marquez” el 26 de abril de 1829, cuyo éxito se atribuyeron a ambos bandos. Enterado de las noticias de Córdoba, López delega al mando en Rosas y regresa a cuidar su retaguardia en Santa Fe. El joven caudillo porteño estaba ya en condiciones de cumplir con la misión encomendada por la convención nacional: la de restablecer el orden en la provincia. Sus partidarios en la campaña bonaerense combatían con los sublevados con variada fortuna. El capitanejo Molina es derrotado en las pampas y uno de sus hombres es hecho prisionero y fusilado. Al mes siguiente, el coronel Rauch, lavallista, es derrotado en “Vizcacheras” y ejecutado por los federales. A poco, Lavalle vence a otro cabecilla federal apodado “el manco santiagueño”. Pero después de Puente de Marquez, los decembristas quedan sitiados en la capital, la que sufre las escaseces del asedio y la fuerza sitiadora, por su parte, la carencia de elementos militares regulares. El 24 de junio se acuerda una tregua, mientras que ambos jefes de partido convienen en una lista de diputados integrada en común por representantes de uno y otro bando, para ser votados en una elección canónica. Tal fue la convencion de Cañuelas.
Tres días antes, Paz había derrotado en La Tablada al caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, quien se dijo vencido por los “escueleros” del general enemigo. La noticia llego a Buenos Aires después del convenio de Cañuelas y reanimó a los decembristas, que se negaron a respetar en las elecciones la lista aceptada por Lavalle.
Un conflicto exterior complicó la situación. Lavalle, enfrentado a una seria deserción de tropas, decidió imponer a todos los franceses la obligación de enrolarse en las milicias para defender la ciudad. El almirante Benancourt protestó y, al no ser atendido en sus reclamos tomó los barcos surtos en el puerto de Buenos Aires con la amenaza de no devolverlos si no se admitían sus exigencias. Rosas debió tratar con el francés, como todo jefe de partido en guerra civil cuyo primer anhelo es establecer relaciones con el exterior para afirmar su derecho de beligerante. Pidió al almirante que no devolviera la escuadra a los sublevados sitiados pero no contrajo ningún compromiso de aceptar las exigencias formuladas por Benancourt al gobierno de la Ciudad. Los franceses admitían que sus compatriotas domiciliados en Buens Aires, y  aun los transeúntes que lo hicieran voluntariamente, sirviesen en las milicias urbanas, pero el gobierno de la ciudad quería imponerles a todos, residentes y transeúntes, el alistamiento forzoso, tal era su escasez de fuerza. A Rosas poco le importaba el celo del almirante por amparar a sus compatriotas, ya que a poco lanzó una proclama amenazando con ordenar la ejecución de todo súbdito de Carlos X hecho prisionero con las armas en la mano. Lo que si le preocupaba era evitar la devolución de la escuadra a Lavalle y la aceptación por este de un estatuto especial para los franceses, exceptuándolos de los servicios de milicia. Los federales, triunfantes a fin de año, debieron enfrentar el mismo conflicto, pero, a diferencia de los lavallistas, lo ganaron.
Al fin, Lavalle no tuvo más remedio que transigir otra vez con los federales en forma parecida a la anterior. Las partes acordaron nombrar gobernador provisorio al general Viamonte con un ministerio moderados pertenecientes a ambos bandos. Antes del acuerdo – tratado de Barracas – El gobernador revolucionario había encargado a Florencio Varela redactar una incendiaria proclama contra Rosas, en la que todas las acusaciones de la leyenda roja quedaron registradas por vez primera, antes de que Juan Manuel llegara al poder.
El hombre de la transacción no conformó a ninguno de los dos bandos. Lavalle, impaciente, emigro al Uruguay. Rosas, mas recio, se avino a hacer circular una proclama contra el uso de divisas partidarias que él había puesto de moda. Sus esperanzas en Viamonte se desvanecieron rápidamente. En cuanto se insinúa la maniobra de revivir la legislación de Dorrego, el gobierno la declara anárquica.  A pedido de Lavalle son presos tres hombres que habían servido a Rosas, y este aguanta la situación. Pero los triunfos de Paz en el interior reavivan por ambas partes el espíritu de lucha y resulta evidente que los tiempos no estaban para la transacción que Viamonte cumplía con buena fe. Al cabo este, autorizado por el pacto de Barracas con atribuciones extraordinarias para restablecer las instituciones, convoca la legislatura de Dorrego, la que elige a Rosas gobernador el 6 de Diciembre de 1830.

Irazusta, Julio. Breve historia de la Argentina. Ed.Huemul. Bs As. 1999. pags 113 a 117.