martes, 1 de noviembre de 2016

UNA VISITA A ROSAS EN SOUTHAMPTON (FEBRERO DE 1873)

Por Ernesto Quesada*


He recordado, en la edición de jubileo, que había presenciado una entrevista con Rosas a principios de 1873, y de la cual conservaba el apunte juvenil.

Por haber desembarcado en Southampton, le fue sugerida a mi padre la idea de hacer una visita a Rosas, quien vivía solitario en su chacra de las afueras a un par de millas de la ciudad, se le insinuó que aquél veía con agrado cuando un compatriota lo visitaba, y el cónsul -que era quien había hecho la indicación- nos acompañó hasta la chacra, pues mi padre resolvió llevarme consigo.

Debo hacer presente que, a los 20 años del final del gobierno de Rosas, la figura de éste no podía tener sino un simple interés histórico para mi padre, quien jamás fue partidario suyo, si bien no emigró, pues en 1852 tenía apenas 21 años. Mucho después, en una discusión política en el congreso nacional, mi padre, a la sazón diputado por Buenos Aires, tuvo oportunidad –en la sesión de junio 10 de 1878 – de decir: Estamos hoy con la cabeza blanca los que, siendo niños en la época de Rosas, nos reuníamos bajo la hospitalidad de una casa inglesa, en los día del aniversario de la patria, para mantener viva la fe en la esperanza de la caída del tirano…”.  Quizá por ello no gustaba mucho recordar aquella visita, pues alguna vez me dijo que se arrepentía de haber cedido a una especie de curiosidad enfermiza, que se le antojaba casi una falta de respeto para el hombre caído; convenía en que lo visitasen los que habían sido sus amigos o aún sus mismos adversarios, siempre que respetaran su desgracia: pero sostenía que los indiferentes no tenían derecho de ir a molestarlo, como se va a un jardín zoológico a ver las fieras enjauladas! Sea de ello lo que fuere, el hecho mismo de la visita no podía borrarse, pero ni padre ni hijo quisieron después acordarse de él.

Para demostrar la consecuencia de mi padre en sus opiniones adversas a Rosas y su época bastará recordar el terrible decreto de abril 23 de 1877 como ministro de gobierno de Buenos Aires, prohibiendo toda demostración a favor de la memoria de aquél, cuyo texto dice así:  “Considerando; que Juan Manuel de Rosas está declarado por la ley reo de lesa patria por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo durante todo el período de su dictadura, violando hasta las leyes de la naturaleza, y por haber hecho traición en muchos casos a la independencia de su patria, sacrificando a su ambición su libertad y sus glorias; que por esos crímenes atroces fue declarado fuera de la ley común, confiscados sus bienes y condenando a la pena ordinaria de muerte, en calidad de aleve; que toda demostración pública a favor de Juan Manuel de rosas y su memoria no puede menos que provocar justos actos de indignación contra tan inaudito tirano y su sistema, que perturbarían el orden público; que hay conveniencias de alta moral política en evitar que la fuerza pública, sostenida para defender las libertades del hombre y de la sociedad, sea puesta al servicio de esas provocaciones, lo que vendría a suceder si llegase la oportunidad de reprimir conflictos por ellas producidos; y, considerando, por último, que es deber de los gobiernos velar porque se mantengan incólumes y puros los sentimientos de amor a la libertad y odios a los tiranos, El Poder Ejecutivo acuerda y decreta: Art. 1°. Queda prohibida toda demostración pública a favor de la memoria del tirano Juan M. de Rosas, cualquiera que sea su forma; Art. 2°. Prohíbense, en consecuencia, como demostración pública, los funerales a que se ha invitado para el día martes en el templo de San Ignacio; Art. 3°. Comuníquese a quienes corresponde, y publíquese en el Registro Oficial. C. Casares, Vicente G. Quesada, R. Varela”.

Y al día siguiente, abril 24, todavía dictó otro decreto sobre honras fúnebres a la memoria de la víctimas de tiranía, siendo su texto el siguiente: ”Considerando: que una respetable y numerosa reunión de ciudadanos, de todas las opiniones, ha promovido una demostración pública en honra de la víctimas de la bárbara tiranía de Juan Manuel de Rosas; que es digno de pueblos viriles honrar la memoria de los que cayeron en la lucha contra los tiranos y por la libertad; y que es deber de los gobiernos estimular esas manifestaciones populares que retemplan el espíritu cívico con el recuerdo y la veneración de los patriotas; el Poder Ejecutivo acuerda y decreta: 1°. Asociarse a las honras fúnebres consagradas a los mártires de la libertad, que se celebran en la iglesia metropolitana el día de mañana: 2° Ordenar que en todos los establecimientos públicos de la provincia se mantengan a media asta la bandera nacional; 3°. Ordenar que el batallón provincial se ponga a las órdenes de la inspección general de armas, para formar en la columna que haga los honores fúnebres; 4°. Autorizar a todos los empleados de la administración para que puedan concurrir a esa solemne ceremonia; 5°.  Comuníquese, publíquese e insértese en el Registro Oficial. C. Casares, Vicente G. Quesada, R. Varela”.

Año después todavía -en las Memorias de un viejo (B.A. 1888, 3 vols.) con el seudónimo de Víctor Gálvez- describía con lujo de detalles, la vida durante la época de Rosas, especializándose en una escena en la cual el bisabuelo de quién esto escribe, don Joaquín de la Iglesia, fue perseguido por la Mazorca. Y, en sus “Memorias históricas”, obra inédita aún, se ocupa largamente de aquella época, siempre con análogo espíritu… Ahora bien; entre mi padre y yo el vínculo ha sido no sólo de sangre sino de la más absoluta comunidad espiritual; en su testamento dice aquel: “deposito en mi hijo mi más plena confianza, habiéndonos siempre entendido en vida, teniendo comunidad de gustos, ideas y aspiraciones, por lo cual le bendigo especialmente, manifestando mi última voluntad, pues ha sido la gran satisfacción de toda mi vida este ardiente cariño que he tenido y tengo por él, y que él ha tenido y tiene por mí”. De esta manera que, por tradición de familia y por comunicación espiritual con aquél, el autor estaba inclinado a juzgar la época de Rosas con el criterio diametralmente opuesto al del presente libro: sí, a pesar de todo los pesares, su leal convicción histórica lo ha hecho sostener el criterio expuesto, no necesita entonces insistir en que debe ser muy honda dicha convicción para haberse podido sobreponer al atavismo de familia y a la influencia paterna, casi todopoderosa…

Rosas residía todo el año en su chacra, que tenía un puñado de cuadras y en la que cuidaba animales, viviendo del producto de la modesta explotación granjera; su casa se componía de unos ranchos criollos grandes, con su alero típico; y el aspecto de todo era el de una pequeña estanzuela argentina. La única criada inglesa que le atendía nos introdujo en una pieza, donde tenía estantes atiborrados de papeles y una mesa grande; allí acostumbraba trabajar después de recorrer la chacra a caballo. Era entonces aquel octogenario un hombre todavía hermoso y de aspecto imponente: cultísimo en sus maneras, el ambiente más que modesto de la casa en nada amenguaba su aire de gran señor, heredero de sus mayores. La conversación fue animada e interesantísima,  y, como era de esperar, concluyó por referirse a su largo gobierno. No transcribiré todo el apunte que, a indicación de mi padre, redacté al regresar al hotel en Southampton, pero sí reproduciré una de las manifestaciones más singulares que hizo Rosas y que, entonces y en razón de mi edad, no pude valorar como correspondía, pero que, a medida que aumentan mis años y ahora que me encuentro en la zona ecuánime de la vejez, con la larga y doble experiencia de la vida y del estudio, comienzo a comprender en el profundo significado de aquella especie de confesión, formulada en una época tan avanzada de la vida del famoso dictador, 4 años antes de morir! He aquí el apunte que prefiero no modificar:

- Señor, le dijo de repente mi padre, celebro muy especialmente esta visita y no desearía retirarme sin pedirle que satisfaga una natural curiosidad respecto de algo que nunca pude explicarme con acierto. Mi pregunta es ésta: desde que Vd. en su largo gobierno, dominó el país por completo, ¿por qué no lo constituyó Vd. cuando eso le hubiera sido tan fácil  y, sea dentro o fuera del territorio, habría podido entonces contemplar satisfecho su obra, con el aplauso de amigos y adversarios…?

- Ah, replicó Rosas, poniéndose súbitamente grave y dejando de sonreír: lo he explicado ya en mi carta a Quiroga… Esa fue mi ambición, pero gasté mi vida y mi energía sin poderla realizar. Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en  cacicazgos hoscos y hostiles entre sí, desmembrado ya en parte y en otra en vías de desmembrarse, sin política estable en lo internacional, sin organización interna nacional, sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno, convertido en un verdadero caos, con la subversión más completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos; un infierno en miniatura. Me di cuenta de que si ello no se lograba modificar de raíz, nuestros gran país se diluiría definitivamente en un serie de republiquetas sin importancia y malográbamos así para siempre, el porvenir; pues demasiado se había ya fraccionado el virreinato colonial! La provincia de Buenos Aires tenía, con todo un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados; me propuse reorganizar la administración, consolidar la situación económica y, poco a poco, ver que las demás provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario me hubiera dejado respirar no dudo de que, en poco tiempo, habría llegado al país hasta su completa normalización; pero no fue ello posible, porque la conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones navales extranjeras; eso insumió los recursos y me impidió reducir los caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos de anarquía, desarrollado en 20 años de verdadero desquicio gubernamental, no podían modificarse en un día. Era preciso primero gobernar con mano fuerte para garantizar la seguridad de la vida y del trabajo, en la ciudad y en la campaña, estableciendo un régimen de orden y tranquilidad que pudiera permitir la práctica real de la vida republicana. Todas las constituciones que se habían dictado habían obedecido al partido unitario, empeñado – en hacer la felicidad del país a palos; jamás se pudieron poner en práctica. Vivimos sin organización constitucional y el gobierno se ejercía por revoluciones y decretos, o leyes dictadas por las legislaturas; mas todo era, en el fondo, una apariencia, pero no una realidad; quizá una verdadera mentira, pues las elecciones eran nominales, los diputados electos eran designados de antemano, los gobernadores eran los que lograban mostrarse más diestros que los otros e inspiraban mayor confianza a sus partidarios. Era, en el fondo, una arbitrariedad completa. Pronto comprendí, sin embargo, que había emprendido una tarea superior a las fuerzas de un solo hombre; tomé la resolución de dedicar mi vida entera a tal propósito y me convertí en el primer servidor del país, dedicado día y noche a atender el despacho del gobierno, teniendo que estudiar todo personalmente y que resolver todo tan sólo yo, renunciando a las satisfacciones más elementales de la vida, como si fuera un verdadero galeote. He vivido así cerca de 30 años, cargando sólo con la responsabilidad de los actos de gobierno y sin descuidar el menor detalle: vivos están todavía los empleados de mi secretaría,  que se repartían por turnos las 24 horas del día, listos al menor llamado mío, y yo, sin respetar hora ni día, apenas daba a la comida y el sueño el tiempo indispensable, consagrando toda mi existencia al ejercicio del gobierno. Los que me han motejado de tirano y han supuesto que gozaba únicamente de las sensualidades del poder, son unos malvados, pues he vivido a la vista de todos, como en casa de vidrio, y renuncié a todo lo que no fuera el trabajo constante del despacho sempiterno. La honradez más escrupulosa en el manejo de los dineros públicos, la dedicación absoluta al servicio del estado, la energía sin límites para resolver en el acto y asumir la plena responsabilidad de las resoluciones, hizo que el pueblo tuviera confianza en mí, por lo cual pude gobernar tan largo tiempo. Con mi fortuna particular y la de mi esposa, habría podido vivir privadamente con todos los halagos que el dinero puede proporcionar y sin la menor preocupación, preferí renunciar a ello y, deliberadamente, convertirme en el esclavo de mi deber, consagrado al servicio absoluto y desinteresado del país. Si he cometido errores – y no hay hombre que nos lo cometa – sólo yo soy responsable. Pero el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar un “cuadernito”, cual decía Quiroga, para que se aplique y resuelva todas las dificultades: es preciso antes preparar al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación de un país. Siempre repugné a la farsa de las leyes pomposas en el papel y que no podían llevarse a la práctica. La base de un régimen constitucional es el ejercicio del sufragio, y esto requiere no sólo un pueblo consciente y que sepa leer y escribir, sino que tenga la seguridad de que el voto es un derecho y, a la vez, un deber, de modo que cada elector conozca a quien debe elegir: en los mismos Estados Unidos dejó todo ello mucho que desear hasta que yo abandoné el gobierno, como me lo comunicaba mi ministro el general Alvear. De lo contrario, las elecciones de las legislaturas y de los gobiernos son farsas inicuas  y de las que se sirven las camarillas  de entretelones, con escarnio de los demás y de sí mismos, fomentando la corrupción y la villanía, quebrando el carácter y manoseando todo. No se puede poner la carreta delante de los bueyes: es preciso antes amansar a éstos, habituarlos a la coyunda y la picana, para que puedan arrastrar la carreta después. Era preciso, pues, antes que dictar una constitución, arraigar en el pueblo hábitos de gobierno y de vida democrática, lo cual era tarea larga y penosa: cuando me retiré, con motivo de Caseros -porque había con anterioridad preparado todo para ausentarme, encajonando papeles y poniéndome de acuerdo con el ministro inglés- el país se encontraba quizá ya parcialmente preparado para un ensayo constitucional. Y Ud. sabe que, a pesar de ello, todavía se pasó una buena docena de años en la lucha de aspiraciones entre porteños y provincianos, con la segregación de Buenos Aires respecto de la Confederación…

-Entonces, interrumpió mi padre; Ud. estaba fatigado del ejercicio de tan largo gobierno…

 -Ciertamente. No hay hombre que resista a tarea semejante mucho tiempo. Es un honor ser el primer servidor del país, pero es un sacrificio formidable, que no cosecha sino ingratitudes en los contemporáneos y en los que inmediatamente les suceden. Pero tengo la conciencia tranquila de que la posteridad hará justicia a mi esfuerzo, porque sin ese continuado sacrificio mío, aún duraría el estado de anarquía, como todavía se puede hoy observar en otras secciones de América. Por lo demás, siempre he creído que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas, según el estado del país respectivo; ese es exclusivamente el nudo de la cuestión: preparar a un pueblo para que pueda tener determinada forma de gobierno; y, para ello, lo que se requiere son hombres que sean verdaderos servidores de la nación, estadistas de verdad  y no meros oficinistas ramplones, pues,  bajo cualquier constitución si hay tales hombres, el problema está resuelto, mientras que si no los hay cualquier constitución es inútil o peligrosa. Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica  sino en el gabinete de los doctrinarios: si tal constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de constitución, prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca. Y a trueque de escandalizarlo a Ud., le diré que, para mí, el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infatigable, enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos ni favoritas. Por esto jamás tuve ni unos ni otras: busqué realizar yo sólo el ideal del gobierno paternal, en la época de transición que me tocó gobernar. Pero quien tal responsabilidad asume no tiene siquiera el derecho,  sobre todo si la salud física  como en los acontecimientos le quitan esa responsabilidad, el que era galeote como gobernante respira y vive a sus anchas por vez primera… Es lo que me ha pasado a mí, y me considero ahora feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que Ud. ve, ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado mi fortuna hecha antes de entrar en política y la heredada de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo quizá que repitiera el ejemplo del Belisario romano, que pedía el óbolo a los caminantes! Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa vulgares goces y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, escondidos en la sombra: he admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de sus pueblos. Ese es mi gran título: he querido siempre servir al país, y si he acertado o errado, la posteridad lo  dirá, pero ese fue mi propósito y mía, en absoluto, la responsabilidad por los medios empleados para realizarlo. Otorgar una constitución era asunto secundario: lo principal era preparar al país para ello - ¡y esto es lo que creo haber hecho!
He guardado las  hojas de ese apunte, en sobre cerrado  y durante muchos años, porque tales manifestaciones me produjeron entonces la impresión de ser una singular y cínica confesión de despotismo y, en mi imaginación juvenil, tomaba aquella un tinte desvergonzado, odioso y antipático. Pero confieso que reflexioné sobre ello no poco, cuando, estudiante en la universidad de Berlín, oí al elocuente historiador Treitschke ponderar la figura de Federico el Grande con rasgos parecidos a los empleados por el dictador argentino, en cuanto hacía resaltar su condición de primer servidor de su país y su condición absoluta al manejo del gobierno, a lo que todo sacrificó.  Y eso que pensaba en aquella época, ya remota hoy para mí, se repitió hace relativamente poco cuando, un viaje para Washington como presidente de la delegación argentina al segundo congreso científico panamericano, en Panamá, el ministro estadounidense, Mr. Price, tuvo la deferencia de presentarme al general Goethals, gobernador de la zona norteamericana del canal, y éste, después de mostrarme todas las obras, me explicó cómo administraba la zona a raíz del sucesivo fracaso de todas las formas de gobierno adoptadas por el presidente de EE.UU. o el Congreso: hizo que le acompañara a las horas en que despachaba y me mostró cómo resolvía personalmente todos los asuntos, escuchando en persona a todos, sin traba de leyes, reglamentos, legislaturas o municipalidades, llegando a emplear casi las mismas palabras de Rosas sobre el concepto de ser el primer servidor de sus administrados y de sacrificar al bienestar de éstos todos los halagos de la existencia… Me hizo ello reflexionar bastante, porque el caso Goethals era el de un ciudadano ilustrado y amante de las instituciones constitucionales de su patria, si bien pensaba que la situación social de los 70.000 heterogéneos habitantes de la zona del canal no permitía ensayar ahí las mismas prácticas republicanas de gobierno que en Estados Unidos, siendo menester prepararlos para ellos durante un cierto período, de transición: así como en el caso de Federico de Prusia – porque el amigo de Voltaire fue quizá el príncipe más liberal de su época – creyó éste que sus súbditos aún no estaban suficientemente preparados para otro régimen que el del gobierno personalísimo del rey; y así -justo es reconocerlo- pensó Rosas de los argentinos de su tiempo. Sin duda, hay diferencia grande en los procedimientos empleados por Rosas y los de Federico o Goethals: en los medios, entonces, ha estado el error del gobernante argentino, y esa es la gran responsabilidad que le incumbe y que altivamente reivindicó siempre para sí. Pero ¿pudo acaso emplear medios diferentes? ¿lo permitía quizá el estado del país? ¿no fue, por ventura, obligado a ello por la acción ciega del partido unitario? He aquí los grandes interrogantes que el historiador debe contestar.            



*    Epílogo de La época de Rosas, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1923.

miércoles, 5 de octubre de 2016

EL PENSAMIENTO CONSERVADOR DE SAN MARTÍN

SOBRE EL BIEN COMÚN: “A la idea de bien común todo debe sacrificarse. Yo graduaré el patriotismo de los habitantes de estas provincias por la generosidad, mejor diré por el cumplimiento de la obligación de sus sacrificios
SOBRE LA CONFESIONALIDAD CATÓLICA DEL ESTADO: “La Religión Católica, Apostólica, Romana, es la Religión del Estado: el gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o privadamente sus dogmas o principios será castigado con severidad… Nadie podrá ser funcionario público si no profesa la Religión del Estado” (Estatuto del Perú, 8/10/1821).
SOBRE LAS BLASFEMIAS: “Todo el que blasfemare el Santo Nombre de Dios o de su adorable Madre e insultare la Religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público por el término de ocho días; y por segunda vez, será atravesada su lengua con un hierro ardiente y arrojado del Cuerpo” (Art. 1° del Código Militar del Ejército de los Andes)
CARTA DE BELGRANO A SAN MARTÍN SOBRE LA RELIGIÓN CATÓLICA Y LA GUERRA POR LA INDEPENDENCIA: “Mi amigo: La guerra no sólo la ha de hacer Vd. con las armas sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas… El ejército se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos… Añadiré únicamente que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala, y no olvide los escapularios a la tropa… Acuérdese Vd. que es un general cristiano, apostólico, romano; cele Vd. de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto a cuanto diga a nuestra Santa Religión…” (Carta de Belgrano a San Martín del 6/4/1814)
SOBRE LA TRADICIÓN: "Recomendaba sin cesar el respeto de las tradiciones y de las costumbres, y consideraba muy culpables las impaciencias de los reformadores que, con el pretexto de corregir abusos, trastornan en un día el estado político y religioso de sus países" (Sr.Gerard, artículo del 22/8/1850).
SOBRE EL CONSTITUCIONALISMO LIBERAL: "Yo estoy convencido, que los males que afligen a los nuevos estados de América, no dependen tanto de sus habitantes como de las constituciones que los rigen. Si los que se llaman legisladores de América hubieran tenido presente que a los pueblos no se les debe dar las mejores leyes, pero sí las mejores apropiadas a su carácter, la situación de nuestros países sería distinta" (Carta a Bernardo O´Higgins del 13/9/1833)
SOBRE EL LIBERALISMO: “Hablemos claro, mi amigo. Yo creo que estamos en una verdadera Anarquía o por lo menos en una cosa muy parecida. ¡Carajo con nuestros paisanitos! Toma liberalidad y con ella nos vamos al sepulcro (…) Un susto me da cada vez que veo estas teorías de libertad, seguridad individual, idem de propiedad, libertad de imprenta, etc., etc. Estas bellezas sólo están reservadas para los pueblos que tienen cimientos sólidos” (Carta a Tomás Guido del 28/1/1816)
Los enemigos que nos van a atacar no se contienen con libertad de imprenta, seguridad individual, idem de propiedad, Estatutos, Reglamentos y Constituciones. Las bayonetas y los sables son los que tienen que rechazarlos y asegurar aquellos dones para mejor época” (Carta al Director Supremo José Rondeau del 27/8/1819)
SOBRE LA CENSURA DE LIBROS INMORALES: “Para alejar hasta la sombra de los obstáculos que podrían oponerse a tan saludable reforma (…) he dispuesto prohibir absolutamente la introducción de libros obscenos, con láminas o sin ellas” (Decreto sobre libertad de imprenta, Lima, 13/10/1821)
SOBRE EL COMUNISMO, EL SOCIALISMO Y EL TERRORISMO: El "inminente peligro" de los "desorganizadores partidos de terroristas, comunistas y socialistas, todos reunidos al solo objeto de despreciar, no sólo el orden y la civilización sino también la propiedad, religión y familia" (Carta al presidente peruano Don Ramón Castilla, 13/4(1849)

Nota:Decimos conservador y no tradicionalista, pues San Martín, que fundamentalmente era un hombre de Orden y respetuoso de los valores tradicionales, no abandonó del todo algunas ideas liberales propias de su época. Y aunque no fuera un intelectual, expresó en múltiples cartas (a Godoy Cruz, a Tomás Guido, a Rosas, a Castilla, entre otros) su pensamiento político. Y el mismo podemos decir que se enmarca en la línea conservadora de Burke o Donoso Cortés, en la cual están fusionados el tradicionalismo y el liberalismo clásico, aunque con mayor peso del primero.

Xavier de Bouillon

martes, 27 de septiembre de 2016

¿Fue un agente ingles don Cornelio Saavedra?

Por: Edgardo Atilio Moreno*

            De un tiempo a esta parte, en nombre del Hispanismo, se ha venido desarrollando una corriente de opinión, conformada por escritores, divulgadores y aficionados a la historia, que no solo repudian los hechos de Mayo de 1810, negando  la existencia de un mayo hispánico y monárquico  enfrentado a un Mayo liberal y jacobino; sino que además, se  han dado a la innoble tarea de denigrar a todos, absolutamente a todos, los protagonistas de aquellos hechos, injuriándolos sin razón y de la forma más alevosa.

            Uno de los agraviados por los ataques de estos españolistas –a quienes podríamos calificar de ideológicos, en tanto que falsean la realidad histórica para adecuarla a sus preconceptos-, es el ilustre prócer don Cornelio Saavedra.

            Increíblemente, respecto de este hombre, que se destacó luchando contra el invasor inglés y que fue un claro exponente del Mayo genuino y legítimo, se afirma que estuvo juramentado al servicio de Inglaterra, acatando sus órdenes y traicionando su propia honra. 

            No vamos a negar aquí que en la Buenos Aires de principios del siglo XIX había una minoría de hombres vinculados al comercio con Inglaterra que bregaban por una política económica de “libre-cambio” y con tener “relaciones carnales” con Su Majestad Británica. Eso es absolutamente cierto, y bien sabido es que cuando sucedieron las invasiones inglesas hubo quienes saludaron alborozados la llegada del invasor.

            Al respecto, un capitán ingles que participó de la primera invasión, Alexander Gillespie, cuenta en sus “Memorias” que: “teníamos en la ciudad algunos amigos ocultos, pues casi todas las tardes, después de oscurecer, uno o más ciudadanos criollos acudían a mi casa para hacer el ofrecimiento voluntario de su obediencia al gobierno británico y agregar su nombre a un libro, en que se había redactado una obligación.” Agregando que los firmantes de la lista llegaron a cincuenta y ocho. Posteriormente, producida la revolución de Mayo, Gilliespie afirmaría que de los miembros que conformaron la Primera Junta de gobierno “tres se registran en esa lista”.

            Estos dichos, que son tristemente ciertos, obviamente llevan a plantear la pregunta de quiénes serían los tres personajes aludidos. Sobre uno de ellos no hay lugar a dudas, pues el mismo Gillespie lo dice expresamente, era Juan José Castelli. Respecto a los dos restantes se podrían tejer diversas conjeturas, aventurar hipótesis, etc. Sin embargo los españolistas ideológicos no tienen ninguna duda, para ellos esta todo claro, uno de los firmantes fue don Cornelio Saavedra. Dicho lo cual, toda injuria y todo agravio contra su persona será una obra de bien, una “defensa de la Hispanidad” y una señal de "ortodoxia".

Ahora bien, nos preguntamos ¿cuál es la fuente en la que abrevan los difamadores? Al parecer ella se encontraría en un historiador hispanista, serio y respetable, el cual en una de sus obras incurrió en imprecisiones lamentables. Nos referimos al reconocido investigador  Bernardo Lozier Almazan((1).

En efecto, este autor, en su libro “William Carr Beresford. Gobernador de Buenos Aires” afirma que el capitán ingles Alexander Gillespie, en una carta que escribió a Lord Perceval, el 3 de septiembre de 1810, refiriéndose a los firmantes del libro de juramentos; dijo: “observo en comparación con la lista de los que componen el actual gobierno de aquella ciudad los nombres de Castelli y Saavedra”. De éste último dice: “persona muy capaz, ha visitado Europa y Norte América, habla inglés con facilidad y es muy afecto a este país” [Gran Bretaña].

Pues bien la nota que Lozier cita esta entrecortada, y por ende se mal interpreta. El texto completo lo podemos ver en el libro “Proceso al Liberalismo”, de Atilio Garcia Mellid, y dice lo siguiente: “Con referencia a estos nombres (los de la lista de comprometidos) observo en comparación con la lista de los que componen el actual gobierno, un caballero don Francisco Jose Castelli, que sigue en orden a Saavedra, el jefe. Mis anotaciones agregadas a su firma (la de Castelli obviamente) son las siguientes: persona muy capaz, ha visitado Europa y norteamerica, habla inglés con facilidad  y es muy afecto a este país”.

Como se ve del texto íntegro surge claramente que el único a quien Gillespie  menciona como firmante es a Castelli (de quien consigna mal su nombre) y a Saavedra solo lo menciona para decir que Castelli lo seguía en orden.

Por otro lado, si fuera correcta la interpretación de Lozier (que no la es evidentemente) ¿como se explica que diga que Saavedra “ha visitado Europa y norteamerica, habla inglés con facilidad  y es muy afecto a Gran Bretaña”; siendo que este nunca viajo a esos países? Es más, tampoco Castelli lo hizo. ¿Entonces a quien hacen referencia esos comentarios?

La respuesta la da Julio Chavez en su libro “Castelli el adalid de Mayo”.  Allí este historiador explica que los datos que Gillespie consigna al lado de la firma de Castelli corresponden otra persona, a una amistad suya que aparentemente simpatizaba con los ingleses: el fundador del periódico  El Telegrafo Mercantil (en el cual escribía Castelli) llamado Francisco Cabello y Mesa. Este dato está en un trabajo titulado “Juan José Castelli: de letrado colonial a patriota revolucionario” de Fabio Wasserman; quien dice lo siguiente: “Castelli … pudo haber sido uno de los vecinos que juraron lealtad a la Corona Británica. Si bien los documentos sobre esa jura fueron destruidos, el oficial inglés Alexander Gillespie recordaría que entre ellos estaba “Don Francisco José Castelli”. Aparte de la confusión en el nombre (que podría ser el de su hermano Francisco), también decía que era natural de Lima y que había visitado Europa y  Norte América. Es por eso que Julio Chaves considera que se trataría de Francisco Cabello y Mesa, lo cual resulta verosímil si se considera su colaboración con los ingleses que le valdría un  proceso por traición. Lo que sí parece seguro es que Castelli se reunió con Beresford apelando a una mediación del comerciante norteamericano Guillermo Pío White. Es probable que haya explorado la posibilidad de que Inglaterra apoyara la independencia, pero el general inglés carecía de instrucciones y no podía ofrecerle garantías sobre qué pasaría con los súbditos españoles que lo apoyaban en caso de que Inglaterra firmase un tratado devolviendo la ciudad a España.

Con lo dicho queda perfectamente en claro que no existe ninguna prueba de que Saavedra haya firmado la ominosa lista de adhesión al rey inglés, como afirman los españolistas ideológicos. Es mas este en su Memoria autógrafa afirma que "es indudable, en mi opinión, que si se miran las cosas a buena luz, a la ambición de Napoleón y a la de los ingleses de querer ser dueños de América, se debe atribuir la revolución de Mayo de 1810". Ambiciones estas -digamos nosotros- absolutamente repudiadas por la inmensa mayoría de los habitantes de estas tierras, y por los representantes del mayo genuino, como Saavedra. 

Resta decir que, si bien entre los actores de Mayo –y aun antes- hubo quienes actuaron a favor de la pérfida Albion; tal como lo denunció hace décadas el verdadero revisionismo histórico; sin embargo, ello no puede dar lugar a que gratuitamente se generalice una acusación en ese sentido como lo hacen los españolistas ideologizados. Un empeño tal no solo falsea la histórica, sino que además constituye una grave  falta contra la virtud de la piedad y la justicia.


*Abogado y Profesor de Historia.

(1) Uno de los autores que se hace eco de esto es Julio Gonzalez, en su libro La involución hispanoamericana.

lunes, 12 de septiembre de 2016

ARTIGAS: CAUDILLO DE LA PATRIA

Por: Luis Alfredo Andregnette  Capurro 

Cuando se penetra en el territorio del pasado de la Patria Grande, es necesario tener muy clara  la idea de avanzar desbrozando las mixtificaciones que se han acumulado en el transcurso del tiempo. El documentario, si bien es importante, para probar un aserto, puede no ser suficiente para darle alma  a una serie de hechos que ante nosotros están inertes. Por esto es necesario ir a la tradición, y como muy bien señala Miguel Ayuso, al espíritu, que enlaza los hechos y les confiere razón y sentido. Estas son las  premisas que tuvimos en cuenta cuando ante la figura del Caudillo Oriental José Gervasio Artigas nos propusimos  un breve escorzo de su pensamiento y vida entre 1764 y 1850. Ante todo, cabe señalar, que fue hombre de duro cabalgar y batallar en estas comarcas vertebradas por los grandes ríos de la Cuenca del Plata,  a las que soñó  mantener unidas en la  magnífica unidad geopolítica que fue el Virreinato. Se hace también imperioso subrayar el cinismo de la historiografía liberal, cuando desconoce y falsea el alma de nuestra historia, haciendo aparecer  al personaje como un roussoniano desarraigado de sus ancestros, lo que preparó el camino a los escribas partisanos  para trasmutarlo en un protomarxista. De aquí que sea  no sólo un desconocido sino alguien que ha muerto dos veces.

Nuestra tarea es entonces dejar de lado lo imaginario, ya que creemos con Ortega que “el pensamiento tiene la misión primaria de reflejar el ser de las cosas”.  Y para ubicarlo en la Verdad hay que plantear con claridad meridiana que el Caudillo no fue ni un demo- liberal, ni un revolucionario, si le damos a esta palabra el significado de subversión de las formas religiosas, culturales y políticas legadas por la tradición.En las comarcas sureñas de los dominios del  Rey Católico, se afincaron  los Artigas. Gens de guerreros y labradores con origen en Navarra y Aragón hicieron honor a su apelativo, porque Artiga (sin la s final) es voz latina del verbo “artire” que habla de tierra “que está preparada para sembrar”. Este apellido aparece en las listas de los futuros hidalgos fundadores del Real  de San Felipe y Santiago de Montevideo.(1724-30)

Un 19 de junio de 1764, en el hogar de Martín José Artigas  y Francisca  Arnal, nació José Gervasio bautizado dos días después. La tierra y lo telúrico ejercieron  fascinación avasallante en el joven criollo.  Con los años  y de acuerdo a sus antecedentes familiares fue hacendado y Ayudante de Félix de Azara. Con baquía y valor alcanzó, siendo  mozo, el grado de Capitán del Cuerpo de Blandengues de  la Frontera de Montevideo.

Desde ese puesto combatió a matreros y a ingleses cuando las mercantilistas agresiones de 1806 y 1807 intentaban crear el ambiente  para una rebelión generalizada en los Reinos de  Indias. Eran los años en que la Revolución Francesa de 1789, con su satánico inmanentismo y su terrorismo de Estado, se extendía en la Europa minada por las logias. En 1808, la felonía bonapartista y pretendió aherrojar a los Reinos del Sacro Imperio Romano Hispano. La respuesta  fue el levantamiento religioso  contra el  ideologísmo  de la Revolución. Al ser ocupado el Trono  por un napoleónida usurpador, América  se encontró con el poder político acéfalo con lo que la soberanía recayó en las jerarquías  naturales. Esto fue lo que ocurrió en Montevideo el 21 de septiembre de 1808 y en Buenos Aires en Mayo  de 1810. 


“La sociedad rioplatense -dice Jordán Genta- era una unidad de orden... y el pueblo actuó jerárquicamente por medio de sus  jefes naturales no elegidos por la multitud sino acatados por ella...” Los caminos Imperiales de América y España se bifurcaron cuando las  liberales Cortes de Cádiz y más tarde Fernando VII, pretendieron desconocer los reinos diferenciados establecidos por el César Carlos V en 1519-Entre 1811 y 1815, Artigas  definió  su pensamiento político  y económico  entroncado en las bases del doctrinarismo español. Dos fueron los puntos claves expuestos por el Caudillo: Independencia y Federalismo.


La primera era exigida dado él desconocimiento, como dijimos, en septiembre de 1810 por las liberales Cortes , del federalismo natural que había caracterizado la Unión de los Reinos de España y América, para establecer  el masónico Estado centralizado. Por el segundo se planteaba un gobierno nacional y gobiernos provinciales, es decir, un federalismo encontrado en el fondo de los antiguos Cabildos nacidos en la Hispania Romana y fortalecidos en la Edad Media. Estos fueron los municipios trasplantados a nuestra América que encarnaban el espíritu local y estaban constituidos por los jefes de familia.


Era  la Provincia, formada con los “Pueblos Libres” en  el sentido de ciudades con Cabildo junto a sus respectivas jurisdicciones. En lo económico su política de tierras  se inspiró en la Legislación de Indias y mantuvo la Propiedad Privada fuera del planteo liberal. Artigas devino en arquetipo de la Tradición, por lo que los logistas, con la baja traición del denominado Tratado del Pilar (1820), lo eliminaron de la argentinidad. Cayó con la Provincia Oriental y el “Sistema Americano”.


Nunca más pudo volver del ostracismo paraguayo, pero su alma reapareció en la Cruzada Lavallejista de abril 1825. En ella -hay que recordarlo siempre- tuvieron especial protagonismo don  Juan Manuel de Rosas y don Manuel Oribe quienes en pocos años serían los continuadores del Caudillo. Tanto fue así, que en 1843, 7 años antes de su fallecimiento, el Patriarca, contestó negativamente el ofrecimiento  de Carlos Antonio López para Comandar las fuerzas preparadas contra el Restaurador. El Viejo Guerrero vio lejos las intenciones de la siniestra alianza burguesa, liberal y anti hispanoamericana. Por ello, sigue siendo Centinela, Muralla y Bastión de una historia que es esencia  de “Nuestra Unidad de Destino en lo Universal” al decir del inmortal José Antonio Primo de Rivera.   


viernes, 12 de agosto de 2016

¿QUÉ ES LA HISPANIDAD?

En los tiempos postmodernos que corren todo lo que haga referencia a grandes actos de fe, a simples y profundas definiciones metafísicas, a la vida entregada heroicamente a una gran causa, a la elevación mística....aquello que sea salirse de una prosaica vulgaridad, es, no solo incomprendido, sino insultado y vapuleado....¡Cuántas mentiras históricas ha difundido este espíritu ruin y bastardo! ¡Cuánto ocultamiento de gestas heroicas y nobles! ¡Cuántos héroes deformados! ¡Cuántos monstruos elevados al procerato! ¡Cuántos movimientos históricos nobilísimos insultados y vilipendiados, y cuántos dignos del desprecio presentados como arquetipos ejemplares!....Detrás de esta concepción de la vida se encuentra contenido todo el espíritu de la Revolución, claro que en su última y más decadente manifestación.
     Uno de los temas que más ha sufrido esta deformación es el de la Hispanidad. ¡Cuántas mentiras no se han dicho al respecto! ¡Cuánta deformación de la verdad histórica ha circulado, y circula, por doquier! ¡Cuántos medios de desinformación divulgan las versiones más retorcidas de las gestas que hicieron grandes a las naciones hispanas! En definitiva, -y perdón por las reiteradas redundancias-: ¡cuánta mentira circulante! ¡Cuánta verdad ocultada!
     Frente al sentimiento de justa cólera y de impotencia que todo esto genera ha surgido un grupo de defensores de la Hispanidad que en su legítima reacción han caído en el extremo de negar la realidad de nuestra nacionalidad. Me refiero a las distintas versiones de “carlismo” local, que en su defensa de nuestras raíces hispanas frente a tanta agresión han reelaborado una versión de nuestra historia nacional que reniega de nuestro proceso independentista y de la conformación de nuestra nación. Ante esta interpretación se debe afirmar que es justo reivindicar nuestra identidad hispana sin caer en lo que algunos denominan el “españolismo”. Esto ya lo habían visto claro nuestros primeros historiadores revisionistas cuando reivindicaban una Argentina criolla, esto es hispana, frente al iluminismo masónico encarnado en nuestro pasado por el unitarismo y sus “descendientes”. Últimamente, Díaz Araujo ha contestado a toda la versión liberal y marxista de nuestro devenir en obras definitivas sobre los hechos de Mayo y sobre nuestro máximo prócer, el General San Martín.
     Por tanto, Argentina sí. Hispanidad, también. Surge, entonces, la pregunta: y, ¿qué es la Hispanidad? ¿Cuáles son los rasgos que la definen?
     Intentar un bosquejo de “respuestas” a estas preguntas, es el objeto del presente artículo.
    En primer lugar digamos que la Hispanidad se define por una Fe, y una Fe militante. El catolicismo que informó la Cruzada de reconquista española durante el Medioevo, que adquirió características particulares –acentuando su militancia- a partir de la gesta americana y de la lucha contra el Protestantismo –dando origen a la cultura tan característica del Barroco hispano post-tridentino-, fue algo muy característico de las naciones hispanas. Hasta tiempos muy recientes. Basta rememorar la gesta de la Cruzada española del 36, o la guerra de los Cristeros en México, o nuestra lucha contra el marxismo o por Malvinas que estuvieron impregnadas de un profundo espíritu de Fe[1]. Sin embargo, esto es algo que no sólo marcó a la historia reciente de las naciones hispanas, sino que es parte de su mismo ser, y que ha aflorado en distintos momentos de nuestras historias nacionales. Como, por ejemplo, el espíritu de Cruzada con que se vivió en Buenos Aires la lucha contra el invasor britano entre los años 1806 y 1807. O la reacción contra la política liberal en materia religiosa del Unitarismo durante la década del 20 del siglo XIX. Reacción que aglutinó a los pueblos tras la bandera de Facundo Quiroga, que enarbolaba el slogan “¡Religión o Muerte!”.
Relacionado con el punto anterior se destaca la profunda piedad mariana de nuestros pueblos. Desde la tierna devoción de los españoles a la Virgen del Pilar –Patrona de toda la Hispanidad-, que los ha acompañado en sus grandes gestas; pasando por el amor de la América Hispana a la Guadalupana, Emperatriz del Continente; o la presencia mariana en nuestra historia local: la Virgen del Rosario de la Reconquista y defensa de Buenos Aires –a la que Liniers ofrendó los trofeos de guerra ganados a los ingleses-, la Virgen de la Merced y la del Carmen –Generalas de los Ejércitos de Belgrano y San Martín-, la Virgen de Luján, Itatí, del Valle......Todo en la cultura y en las sociedades hispanas está impregnado de la presencia de María.
    La imaginería religiosa, en particular la que se caracteriza por el estilo barroco, está presente en todos los rincones de nuestra geografía –en cada lugar, con su peculiaridad propia-. La iconoclasia repugna profundamente al genuino espíritu hispano. En cada región de la península, en los lugares más escondidos del continente americano, se destaca la presencia benefactora de alguna imagen religiosa cargada de significaciones y simbolismos para los lugareños.
   El idioma es otro elemento fundamental de la Hispanidad. El español –castellano-, con su riqueza desbordante, herencia preciosa del latín, enriquecido por el griego y el árabe, es una lengua de poetas, de místicos y de soldados -muchas veces estos tres aspectos encarnados en una sola persona-. Lengua especialmente creada para expresar las realidades más sublimes –y por tanto, intangibles-. Lengua que se ha cargado de una peculiaridad propia en cada región del inmensa área hispana, pero que más allá de dichos matices, es vehículo de comprensión para todos los que tenemos la gracia enorme de ser hispanos.
     La figura del Caudillo es encarnación también del espíritu hispano. Desde la legendaria figura del Cid, pasando por los grandes reyes y héroes que llevaron adelante la gesta de la Reconquista, por los capitanes de la conquista americana, por los grandes Jefes de las guerras independentistas, y –finalmente- por los caudillos que surgieron para poner Orden en unas sociedades cada vez más corroídas por la anarquía que producía el bacilo del liberalismo. El arquetipo del caudillo hispano tal vez sea la simpática figura del Quijote, entregado a nobles, sublimes e ideales causas.
    Nuestra cultura, nuestra poesía, nuestra música –acompañada de nobles instrumentos, como por ejemplo la guitarra-, nuestras danzas, todo lleva un sello propio. Es posible distinguir aquello que es de origen hispano, a pesar de las diversidades que en tan gran familia de pueblos se da. En particular cuando contrastamos con las naciones sajonas, o incluso con otras más cercanas a nuestra idiosincrasia como Francia, en seguida surge –de la comparación-, el aire de familia que identifica a los hispanos. Y eso es lo que despreciaron los liberales del siglo XIX, que renegaron de nuestra identidad y nos quisieron hacer otra cosa. Es lo que odió la masonería cuando “rehízo” políticamente estos países en la segunda mitad del siglo XIX. Y lo que quiso destruir la Revolución en el XX. Y lo que pretende ignorar el indigenismo postmoderno, que busca nuestras raíces en supuestos pueblos originales -expresión creada para ignorar nuestra auténtica identidad y para someternos a la versión izquierdista del Nuevo Orden Mundial-. 


                                                                                   Lic. Javier Ruffino




[1] Recientemente Sebastián Miranda ha investigado el influjo que el magisterio del filósofo católico Jordán Bruno Genta –asesinado por sostener estos ideales-, ejerció sobre muchos héroes de Malvinas, en especial su concepción profundamente católica de la Patria: de sus raíces, de sus orígenes y de su historia.

domingo, 24 de julio de 2016

EL PROBLEMA DE LA INDEPENDENCIA DE AMÉRICA

Por: Luis Alfredo Andregnette Capurro

En primer término debe anotarse que este volumen se abre con una sección de notas In Memoriam, a cargo del doctor Ayuso Torres, Secretario del Patronato de la Fundación. De esas páginas queremos destacar dos, que con justicia exaltan las figuras de los queridos camaradas y amigos inolvidables: Eduardo Víctor Ordóñez y Álvaro Pacheco Seré. Ellos representaron las orillas de la Patria Rioplatense. El recuerdo de don Miguel nos hace entrar en las hondas huellas del paso por esta vida de aquellos maestros que nos permiten continuar aprendiendo. Ambos, a no dudar, están “rogando ante el Altísimo por todos nosotros y su amada hispanidad”.

Proseguimos la lectura con creciente interés cuando en la Sección Estudios y tal vez movidos por la cercanía del segundo centenario de la iniciación de la crisis del Imperio Romano Hispánico (1808-2008) llegamos a un título en el que nos detuvimos. Éste no era otro que el que encabeza esta nota: “El problema de la Independencia de América”. El trabajo lucía la firma de Federico Suárez Verdeguer que “fuera Catedrático de Historia en la Universidad de Santiago de Compostela…” trasladándose más tarde a Pamplona para dar comienzo a la que luego fue Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, donde creó el Seminario de Historia Moderna. Como Director de la “Colección Historia” de esa Casa de Estudios debe destacarse en particular la edición de los “Documentos del reinado de Fernando VII en trece volúmenes aparecidos entre 1965 y 1972”.

De tan insigne profesor no podíamos dar crédito a nuestros ojos y entendederas que en la página 55 del tomo que nos ocupa estampara lo siguiente: “Así como en España… los Reinos de América reaccionaron como los españoles creando Juntas para la defensa de los derechos del Rey. El problema jurídico nace cuando las Juntas de América rehúsan el reconocimiento a la Junta Central o la Regencia” (las negritas son nuestras). “En 1814 —agrega— las circunstancias cambian y los argumentos deben cambiar también. Fernando VII regresa a España en la plenitud de su soberanía y con respecto a América vuelve a ser como antes de 1808. Si se levantaron en defensa de los derechos del Rey, su alzamiento ya no tiene objeto”.

Cabe entonces preguntar cuál era la situación legal de América en los comienzos del siglo XIX. La respuesta se puede sintetizar en forma clara y categórica. Las Indias no eran colonias sino Reinos y estaban unidos a la Corona de Castilla fuera de toda vinculación con el Estado español. Esto era lo que establecía el ordenamiento jurídico originado en los Pactos celebrados por el nieto de los Reyes Católicos con las autoridades indígenas locales.

Todo nos lleva a la época de Carlos V, cuando el César firma, a su paso por Barcelona, en el año 1519, los documentos por medio de los cuales se “estableció la Unidad e Intangibilidad de América”. Durante tres siglos, ése fue el Estatuto.

Ya en el siglo XVIII el accionar de las logias masónicas y la difusión de las ideas iluministas golpearon la estructura sobre la que se apoyaba la relación de los Reinos de Indias y la Monarquía Católica. Como un ejemplo de esto podemos señalar que el fundamento teológico de la autoridad de los Austrias se fue debilitando hasta ser sustituido por el laicismo del poder civil que hizo el absolutismo de la dinastía borbónica, llegada con Felipe V. Un absolutismo cerrado que eliminó el peso iluminador de la Iglesia al que se agregó la adopción del liberalismo con sus ideas en educación y economía.

Y el problema hubo de estallar con la invasión napoleónica de 1808 y en un momento que se puede precisar: el 24 de setiembre de 1810, cuando las Cortes de Cádiz aprobaron la Ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reinos diferenciados de España e Indias para dar cabida “a una sola Nación Española”. Era la intolerable subordinación de lo criollo al masonismo peninsular de los liberales diputados gaditanos.

Así fue que se levantó el estandarte del Pacto de los tiempos de Carlos V para sostener la independencia de las Juntas. Pacto que no era el de los enciclopedistas sino el histórico firmado y lacrado con Sellos Reales entre las Indias soberanas y Castilla.

Y llegó 1814, año en el que, según Suárez Verdeguer, el Alzamiento ya no tenía objeto. Instalados los americanos en el campo jurídico, pensaron en la Paz y la Unidad con la restauración de la Monarquía Tradicional.

Consecuencia de ello fueron las misiones como la que desde Buenos Aires encabezaron Belgrano y Sarratea, portadora de un Memorial que decía: “El pueblo de España no tiene derechos sobre los Americanos. El Monarca es el único con el cual celebraron contratos los colonos de América; de él solo dependen y él solo es quien los une a España… La Ley de Indias es la mejor prueba del derecho de las Provincias del Río de la Plata… La Ley en cuestión es el contrato que el Emperador Carlos V firmó en Barcelona el 14 de setiembre de 1519 a favor de los conquistadores y colonos…”

Es indudable que esta Ley es la única que liga personalmente al Monarca y que no tiene relación con España. Pero las apelaciones al Monarca fracasaron porque Fernando VII era hombre desleal, insensible, con ladino orgullo y con un pétreo cerebro que no podía aceptar que su autoridad dependiera del cumplimiento del Pacto y de la “sumisión condicionada de sus leales vasallos”.

Manuel Jiménez Quesada, en “Las doctrinas populistas en la Independencia de Hispanoamérica” (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Sevilla, 1947) transcribe lo que Fray Pantaleón García afirmaba en Buenos Aires allá por 1810: “La fidelidad no es un derecho abstracto que obliga a todo evento; es la obligación de cumplir el contrato que liga a las partes con el todo; obligación recíproca porque debemos guardar respeto y obediencia al Rey pero éste debe guardar nuestros derechos”. Las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable porque la Revolución (en el sentido del verbo latino “volver hacia atrás”) aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli. Tal como lo exponía el Restaurador el 25 de mayo de 1836 cuando refiriéndose a 1810 afirmaba: “No [se hizo la Revolución] para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles sino para fortalecerlos por el amor y la gratitud…”

El Padre Suárez Verdeguer, que fuera Preceptor y Capellán de quien hoy ocupa el Trono de España, tal vez “con signo intelectual declinante” (“declinante incluso en la propia Universidad de Navarra donde se asentó por el contrario el catolicismo liberal enragé…”) escribió al final del Estudio lo que colmó nuestro asombro.

Al preguntarse qué es lo que constituyó el alma de la secesión, se contesta que hay que buscarla “en los signos de los tiempos”. Agregando en párrafo inmediato que “una nueva generación que no pensaba ni sentía como sus abuelos, que estaba desarraigada del pasado porque hundía sus raíces en el sistema que las luces habían descubierto”. Ya ubicado cómodamente en el plano gaucho del historicismo sólo le faltó hablar de “los vientos de la historia”. Páginas para dejar en un piadoso olvido.

Qué pena.



martes, 19 de julio de 2016

INDEPENDENCIA DEL REY, NO DE LA HISPANIDAD: a propósito de un debate entre tradicionalistas

Por: Fernando Romero Moreno

El 9 de julio de 1816, en un Congreso mayoritariamente católico y monárquico, se declaró la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, del Rey de España y de todos sus sucesores, agregando días más tarde (a instancias de Don Pedro Medrano), la expresión: “y de toda dominación extranjera”. 
El Manifiesto que el mismo Congreso hiciera redactar en 1817, aunque tiene un fundamento histórico falso – la leyenda negra, que esgrimían también algunos “realistas criollos” –, explica bien las razones jurídicas de tan importante decisión. Se afirma allí que no fue algo apresurado ni opuesto al diálogo con la Corona, sino una medida tomada “in extremis” al cerrarnos Fernando VII cualquier clase de negociación que no fuera sobre la base de la rendición total, absurda para quienes se habían mantenido fieles al Rey – algunos con sinceridad, otros de modo sólo formal- durante seis largos años. Explicaciones total o parcialmente similares a ésta las dieron en su momento el Padre Chorroarín, Mariano Moreno, Carlos María de Alvear, Domingo Matheu, el Padre Castañeda, Tomás Manuel de Anchorena y Juan Manuel de Rosas, entre otros.
Toda sedición separatista contra la autoridad legítimamente constituida es, en general, contraria al orden moral natural. Pero hay una excepción: cuando se trata del último recurso contra una tiranía. Y ese es nuestro caso. Una tiranía que, por cierto, no se constituyó como tal en un día, sino que fue formándose de modo progresivo a partir de la asunción de Felipe V como primer Rey Borbón de las Españas (1713) hasta terminar con el claro despotismo de Carlos IV y Fernando VII. En dicha génesis coinciden graves injusticias por parte de la Corona como otras tantas cometidas por el ilegítimo Consejo de Regencia y las Cortes de Cádiz (1810- 1814). 
Según algunos historiadores (Furlong, Diaz Araujo), el pacto de vasallaje que unía América con la Corona era bilateral y sinalagmático,  lo que liberaba por su incumplimiento a una de las partes. La tesis contraria (Ullate Fabo, Corsi Otálora, Julio González) aduce que las tropelías y atropellos que en realidad veníamos padeciendo desde la llegada de los Borbones en 1713 (Utrecht, Tratado de Permuta, Guerras Guaraníticas, Expulsión de los Jesuitas, Conferencia de Bayona, oposición de la Corona a las ofertas rioplatenses de 1814 y 1815, apoyo a la ocupación portuguesa de la Banda Oriental) justificarían sí la rebelión, más no la independencia (promovida por los ingleses, según ellos). Y esto porque la Corona era garantía de unidad (el mayor de los bienes comunes según Santo Tomás) y de Tradición (el bien común acumulado). 
Frente a los que piensan de ese modo y sostienen que los fueros (en este caso, los americanos), al no ser respetados por el Rey,  podían dar lugar a una legítima rebelión o al no cumplimiento de sus órdenes, más no a la Independencia, decimos que la misma estaba justificada porque esos mismos hechos graves no sólo eran contrarios al derecho positivo vigente sino también a la ley natural. Y ésta desconoce “dependencias absolutas y sin límites” de gobiernos o comunidades políticas. Así lo esgrimieron varios protagonistas de Mayo del Año X como del Congreso de Tucumán de 1816, quienes se apoyaron en “la ley natural y el derecho de gentes”. Probablemente no fue igual la situación en Venezuela en 1811 y sí en cambio la de México en 1821. 
¿Qué norma de derecho natural podía justificar la Independencia, más allá de lo que se interprete sobre el estatuto de autonomía de 1519 y su relación o no con aquélla? Pues el universal “ius resistendi”, el derecho de resistencia a la opresión, en la convicción de que la Corona, además de casi un siglo de daños irreparables a los Reinos de Indias, ya no garantizaba ni la unidad ni la paz, y menos el bien común acumulado, como luego tuvieron que sufrirlo en carne propia, “realistas” ejemplares como  Francisco Xavier de Elío, fusilado en España durante el trienio liberal (1820- 1823)  o los carlistas a partir de 1833. Esto, al no ser algo evidente por sí mismo, requiere argumentación y debemos reconocer que la opinión contraria no carece de fundamentos serios. Por lo tanto nos parece que ambas posturas – la nacionalista y la contraria – responden a visiones respetables y opinables. Es más, afirmamos que no hay nada de traición a la Patria en tradicionalistas opuestos a la Revolución de Mayo o a la Declaración de la Independencia, y sí la hay en “patriotas” que quisieron convertirnos en un dominio colonial de Gran Bretaña (Alvear) o aprovechar el proceso que hubo entre la Autonomía (1810) y la Independencia (1816) para imponer un terrorismo jacobino y subversivo (Mariano Moreno). 
En todo caso, lo que nosotros reivindicamos es la Independencia como derecho concreto y no en base a principios revolucionarios abstractos como el de las “nacionalidades” o el falso del surgimiento de una “nueva” y gloriosa nación. Una Independencia sin desprecio del bien común acumulado o Tradición (unidad católica, patria y nación histórico- tradicionales, régimen mixto de gobierno, autonomía municipal, representación con mandato imperativo, cultura hispano- criolla, proteccionismo industrial) y con fidelidad a la Hispanidad. Una Independencia con el “espíritu” de la reclamada “autonomía” de 1810 y alejada de una ruptura absoluta con la Península. Como, por ej. la que San Martín intentó realizar en 1821,  al proponer una alianza de alta política, ofreciendo al Virrey de la Pezuela primero y al Virrey De la Serna después, la instalación de  una monarquía católica independiente para el Perú, Chile y el Río de la Plata (Conferencia de Punchauca y gestiones preliminares), con un Príncipe de la Casa de Borbón a la cabeza (Don Carlos, hermano de Fernando VII, heredero legítimo de la Corona y más tarde primer rey del tradicionalismo carlista), con principios opuestos a los de la Revolución Francesa (como le escribiera al Arzobispo Las Heras) y un convenio de “doble ciudadanía”  con ventajas comerciales para España. Todo con el fin de que volvieran a reunirse “las familias y los intereses”, según sus propias palabras. Por donde se lo mire, algo absolutamente contrario a los intereses de Inglaterra y de la Masonería (al menos en el Río de la Plata, Perú y México), sociedad secreta esta última funcional a la Corona británica, de la cual uno de sus dirigentes máximos en Lima (Valdés) fuera clave en la oposición a la propuesta sanmartiniana. Valdés era un militar “realista” que estaba en conexión con la logia masónica de Julián Álvarez en Buenos Aires, también al servicio de la Pérfida Albión. Una Independencia que, vale la pena aclararlo, no terminó cuando triunfamos de manera definitiva frente a Fernando VII (1824) sino que necesitó ser defendida luego contra Brasil (1825- 1828), Francia (1838- 1842),  y Francia y Gran Bretaña aliadas (1845- 1848), en el marco ya de la Confederación Argentina, alabada por San Martín en la persona de Rosas, tanto por la defensa del Orden como de nuestra Soberanía Política. Esa Independencia puede no compartirse en tanto decisión prudencial, pero es falso sostener que fuera un juego de los políticos ingleses (aliados a España desde 1808 y a quienes sólo preocupaban la “libertad de comercio” y una eventual desunión de los pueblos americanos), y de quienes decía el Libertador en 1816 que “nada podemos esperar de ellos”, sosteniendo luego, en 1829, que había que oponerse al “círculo británico” que rodeaba a Rivadavia. Y una Independencia, en fin, hecha reafirmando la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo, como lo dice el Manifiesto de 1817. 
La Independencia del Río de la Plata y del Perú no habrá sido lo ideal, pero tal vez sí el único bien posible, dadas las circunstancias. Las causas de la “implosión” de las Españas tienen causas más serias y profundas. Las “independencias americanas” fueron una de sus muchas consecuencias y deben analizarse por separado. Porque no son iguales las figuras de Miranda, Nariño, Bolívar, San Martín o Ithurbide, ni las razones y los hechos más característicos de lo sucedido en Caracas, Tucumán, Lima o México entre 1811 y 1824. En todo caso, varias de las naciones que surgieron de las independencias, al no poderse conservar la unión de las Españas ni lograr una unidad política hispanoamericana, adquirieron también, con el tiempo, una legitimidad de ejercicio, al forjar comunidades políticas católicas, respetuosas del bien común, fieles a la Hispanidad y en algunos casos,  victoriosas frente al imperialismo anglosajón. Por caso, México con Ithurbide, la Argentina con Rosas, Ecuador con García Moreno o Uruguay con Idiarte Borda. Y con epopeyas similares a las del carlismo, como la de los Cristeros mexicanos (contra el liberalismo masónico) y la de los “cristeros” cubanos (contra el marxismo). Legitimidad que honra a las nuevas naciones hispanoamericanas, sin menoscabo del lícito deseo de una mayor unión continental, como así también de una defensa de la Hispanidad, desde España hasta Filipinas y desde Los Ángeles hasta Tierra del Fuego

Anexos documentales

 Adjuntamos al escrito anterior algunos documentos, tanto de la Revolución de Mayo como de la Independencia, que corroboran nuestra tesis acerca de que la misma se realizó respecto del Rey pero no de la Hispanidad como comunidad de pueblos unidos por la misma religión y similares tradiciones
Voto del P. Chorroarín en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810
     “Que bien consideradas las actuales circunstancias, juzga conveniente al servicio de Dios, del Rey y de la Patria se subrogue otra autoridad a la del excelentísimo Virrey, debiendo recaer el mando en el excelentísimo Cabildo, en el interín se dispone la erección de una Junta de Gobierno…” (Voto del P. Luis José de Chorroarín en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810)
Juramento de los miembros de la Primera Junta
 “Desempeñaar lealmente el cargo y conservar íntegra esta parte de América a nuestro Soberano y guardar puntualmente las leyes del Reino” (25 de mayo de 1810).
Cornelio Saavedra
“No queremos seguir la suerte de España ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos” (Cornelio Saavedra, en palabras dichas al Virrey Cisneros, mayo de 1810).
“…un heroico esfuerzo se propuso vengar tantas desgracias, enseñando al opresor general de la Europa, que el carácter americano opone a su ambición una barrera más fuerte que el inmenso piélago que ha contenido hasta ahora sus empresas…” (Primera Junta, Proclama y reglamentación de la Milicias, 29 de Mayo de 1810)
“El sistema robesperriano que se quería adoptar (…), la imitación de revolución francesa que intentaba tener por modelo gracias a Dios que han desaparecido (…). Los pueblos deben comprender ya que la Ley y la Justicia son únicamente las reglas que dominan: que las pasiones, los odios y particulares intereses eran (…) diametralmente opuestas  al ejercicio de las virtudes” (Cornelio Saavedra, Carta del 15 de enero de 1811)
“¿Consiste la felicidad general en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres hagan impunemente lo que su capricho o ambición les sugiere? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión? (…) Si en eso consiste la felicidad general, desde luego confieso que ni la actual Junta provisoria, ni su presidente tratan de ella; y lo que más añado que tampoco tratarán mientras les dure el mando” (Cornelio Saavedra, carta del 17 de junio de 1811)
Domingo Matheu
      “Como vimos que en España todo eran intrigas en los hombres que debían salvar la patria, empezamos a desconfiar de todos: y más cuando los que componían la Junta Central fueron echados la mayor parte por picardías e intrigas, y que los pocos que se pudieron unir nombraron un Consejo de Regencia, sin intervención de las demás provincias, y empezaron a dar empleos a troche y moche por las Américas, no los quisimos reconocer. Puesto que declaradas las Américas parte integral de la monarquía, ¿qué derecho tenían tres hombres, desconocidos de la gran parte libre, para gobernarla desde un peñasco?”
      “Diremos a posteriori que no hubo revolución sino un movimiento popular; lo que hubo fue una necesidad social y doméstica para asegurar la personalidad pública, y en cuanto al exterior por el comercio o subsistencia comercial, porque entonces toda transformación o reforma serían revoluciones, la suspicacia y egoísmo de los mandones sin título ni base a que referirse fueron la causa del trastorno, de la lucha y de los movimientos” (Domingo Matheu, Memorias)
Manifiesto al Mundo del Congreso de Tucumán (1817)
   “Fuimos atacados en el año 1806: una expedición inglesa sorprendió y ocupó la Capital de Buenos Aires por la imbecilidad e impericia del Virrey, que aunque no tenía tropas españolas, no supo valerse de los recursos numerosos que se le brindaban para defenderla. A los cuarenta y cinco días recuperamos la Capital, quedando prisioneros los ingleses con su General, sin haber tenido en ello la menor parte el Virrey. Clamamos a la Corte por auxilios para librarnos de otra nueva invasión que nos amenazaba, y el consuelo que se nos mandó fue una escandalosa real orden en que se nos previno que nos defendiésemos como pudiésemos. El año siguiente fue ocupada la Banda Oriental del Río de la Plata por una expedición nueva y más fuerte; sitiada y rendida por asalto la plaza de Montevideo; allí se reunieron mayores fuerzas británicas y se formó un armamento para volver a invadir la Capital, que efectivamente fue asaltada a pocos meses, mas con la fortuna de que su esforzado valor venciese al enemigo en el asalto, obligándolo con tan brillante victoria a la evacuación de Montevideo y de toda la Banda Oriental.
No podía presentarse ocasión más halagüeña para habernos hecho independientes, si el espíritu de rebelión o de perfidia hubieran sido capaces de afectarnos, o si fuéramos susceptibles de los principios sediciosos y anárquicos que se nos han inspirado. Pero ¿a qué acudir a estos pretextos? Razones muy plausibles tuvimos entonces para hacerlo. Nosotros no debíamos ser indiferentes a la degradación en que vivíamos. Si la victoria autoriza alguna vez al vencedor para ser árbitro de los destinos, nosotros podíamos fijar el nuestro, hallándonos con las armas en la mano, triunfantes y sin un regimiento español que pudiese resistirnos; y si ni la victoria ni la fuerza dan derecho, era mayor el que teníamos para no sufrir más tiempo la dominación de España. Las fuerzas de la Península no nos eran temibles, estando sus puertos bloqueados y los mares dominados por las escuadras británicas. Pero a pesar de brindarnos tan placenteramente la fortuna, no quisimos separarnos de España, creyendo que esta distinguida prueba de lealtad mudaría los principios de la Corte y le haría conocer sus verdaderos intereses.
¡Nos engañábamos miserablemente y ríos lisonjeábamos con esperanzas vanas! España no recibió tan generosa demostración como una señal de benevolencia, sino como obligación debida y rigorosa. La América continuó regida con la misma tirantez, y nuestros heroicos sacrificios sirvieron solamente para añadir algunas páginas a la historia de las injusticias que sufrimos.
Este es el estado en que nos halló la revolución de España. Nosotros acostumbrados a obedecer ciegamente cuanto allá se disponía, prestamos obediencia al Rey Fernando de Barbón, no obstante que se había coronado, derribando a su Padre del Trono por medio de un tumulto suscitado en Aranjuez. Vimos que seguidamente pasó a Francia; que allí fue detenido con sus Padres y Hermanos, y privado de la corona que acababa de usurpar. Que la Nación ocupada por todas partes de tropas Francesas se convulsionaba, y entre sus fuertes sacudimientos y agitaciones civiles eran asesinados por la plebe amotinada varones ilustres que gobernaban las Provincias con acierto, o servían con honor en los ejércitos. Que entre estas oscilaciones se levantaban en ellas Gobiernos, y titulándose Supremo cada uno se consideraba con derecho para mandar soberanamente a las Américas. Una Junta de esta clase formada en Sevilla tuvo la presunción de ser la primera que aspiró a nuestra obediencia; y los Virreyes nos obligaron a prestarle reconocimiento y sumisión. En menos de dos meses pretendió lo mismo otra Junta titulada Suprema, de Galicia; y nos envió un Virrey con la grosera amenaza de que vendrían también treinta mil hombres si era necesario. Erigióse luego la Junta Central, sin haber tenido parte nosotros en su formación, y al punto la obedecimos cumpliendo con celo y eficacia sus decretos. Enviamos socorros de dinero, donativos voluntarios, y auxilio de toda especie para acreditar que nuestra fidelidad no corría riesgo en cualesquiera prueba a que se quisiese sujetarla.
Nosotros habíamos sido tentados por los agentes del Rey José Napoleón, y alagados con grandes promesas de mejorar nuestra suerte si adheríamos a su partido. Sabía mas que los españoles de la primera importancia se hablan declarado ya por él; que la Nación estaba sin ejércitos y sin una dirección vigorosa tan necesaria en los momentos de apuro. Estábamos informados que las tropas del Río de la Plata, que fueron prisioneras a Londres, después de la primera expedición de los ingleses, hablan sido conducidas a Cádiz y tratadas allí con la mayor inhumanidad; que se hablan visto precisadas a pedir limosna por las calles para no morir de hambre; y que desnudas, sin auxilio alguno, hablan sido enviadas a combatir contra los franceses. Pero en medio de tantos desengaños permanecimos en la misma posición, hasta que ocupando los Franceses las Andalucías, se dispersó la Junta Central.
En estas circunstancias se publicó un papel sin fecha, y firmado solamente por el Arzobispo de Laodicea, que había sido presidente de la extinguida Junta Central. Por él se ordenaba la formación de una Regencia, y se designaban tres miembros que debían componerla. Nosotros no pudimos dejar de sobrecogernos con tan repentina como inesperada nueva. Entramos en Cuidado, y temimos ser envueltos en las mismas desgracias de la Metrópoli. Reflexionamos sobre su situación incierta, y vacilante, habiéndose ya presentado los franceses a las Puertas de Cádiz, y de la Isla de León: recelamos de los nuevos reo gentes, desconocidos para nosotros, habiéndose pasado a los franceses, los españoles de más crédito, disuelta la Central, perseguidos y causados de traición sus individuos en papeles públicos. Conocíamos la ineficacia del decreto publicado por el arzobispo de Laodicea, y sus ningunas facultades para establecer la Regencia; ignorábamos si los franceses se hablan apoderado de Cádiz, y consumada la conquista de España, entretanto que el papel había venido a nuestras manos; y dudábamos que un Gobierno nacido de los dispersas fragmentos de la Central no corriese pronto la misma suerte que ella. Atentos a los riesgos en que nos hallábamos, resolvimos tomar a nuestro cargo el cuidado de nuestra seguridad, mientras adquiríamos mejores conocimientos del estado de España, y se conciliaba alguna consistencia su Gobierno. En vez de lograrla, vimos caer luego la Regencia y sucederse las mudanzas de Gobierno de unas a las otras en los tiempos de mayor apuro.
Entretanto nosotros establecimos nuestra Junta de Gobierno a semejanza de las de España. Su institución fue puramente provisoria, y a nombre del cautivo rey Fernando. El virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros expidió a los Gobernadores para que se preparasen a la guerra civil, y armasen unas Provincias contra otras. El Río de la Plata fue bloqueado al instante por una Escuadra; el Gobernador de Córdoba empezó a organizar un ejército; el de Potosí el Presidente de Charcas hicieron marchar otro a los confines de Salta; y el Presidente del Cuzco, presentándose con otro tercer ejército sobre las márgenes del Desaguadero, hizo un armisticio de cuarenta días para descuidarnos; y antes de terminar éste, rompió las hostilidades, atacó nuestras tropas y hubo un combate sangriento en que perdimos más de mil y quinientos hombres. La memoria se horroriza de recordar los desafueros que cometió entonces Goyeneche en Cochabamba. ¡Ojala fuera posible olvidarse de este americano ingrato y sanguinario; que mandó fusilar el día de su entrada al honorable Gobernador Intendente Antesana; que presenciando desde los balcones de su casa este inicuo asesinato, gritaba con ferocidad a la tropa que no le tirase a la cabeza porque la necesitaba para ponerla en una pica; que después de habérsela cortado, mandó arrastrar por las calles el yerto tronco de su cadáver, y que autorizó a sus soldados con el bárbaro decreto de hacerles dueños de vidas y haciendas, dejándolos correr con esta brutal posesión muchos días!
La posteridad se asombra de la ferocidad con que se han encarnizado contra nosotros unos hombres interesados en la conservación de las Américas; y nunca podrá admirar bastantemente el aturdimiento con que han pretendido castigar un paso que estaba marcado con sellos Indelebles de fidelidad y amor. El nombre de Fernando de Barbón precedía en todos los decretos del Gobierno y encabezaba sus despachos, el Pabellón español tremolaba en nuestros buques y servia para inflamar nuestros soldados. Las Provincias viéndose en una especie de orfandad por la dispersión del Gobierno Nacional, por la falta de otro legítimo y capaz de respetabilidad, se había levantado un Argos que velase sobre su seguridad; y las conservase intactas para presentarse al cautivo rey, si recuperaba su libertad. Era esta medida imitación de la España, incitada por la declaración que hizo a la América parte integrante de la monarquía, e igual en los derechos con aquélla; y había sido antes practicada en Montevideo por consejo de los mismos españoles.
Nosotros ofrecimos continuar los socorros pecuniarios y donativos voluntarios para proseguir la guerra, y publicamos mil veces la sanidad de nuestras intenciones, y la sinceridad de nuestros votos. La Gran Bretaña, entonces tan benemérita de la España, interponla su mediación y sus respetos, para que no se nos diese un tratamiento tan duro y tan acerbo. Pero estos hombres, obcecados en sus caprichos sanguinarios, desecharon la mediación y expidieron rigurosas órdenes a todos los Generales para que aprestasen más la guerra y los castigos: se elevaron por todas partes los cadalsos y se apuraron los inventos para afligir y consternar.
Ellos procuraron entonces dividirnos por quantos medios han estado a sus alcances, para hacernos exterminar mutuamente. Nos han suscitado calumnias atroces atribuyéndonos designios de destruir nuestra sagrada Religión, abolir toda moralidad, y establecer la licenciosidad de costumbres. Nos hacen una guerra religiosa, maquinando de mil modos la turbación y alarma de conciencias, haciendo dar decretos de censuras eclesiásticas a los Obispos españoles, publicar excomuniones, y sembrar por medio de algunos confesores ignorantes doctrinas fanáticas en el Tribunal de la penitencia. Con estas discordias religiosas han dividido las familias entre si; han hecho desafectos a los padres con los hijos; han roto los dulces vínculos que unen al marido con la esposa; han sembrado rencores y odios implacables entre los hermanos más queridos, y han pretendido poner toda la naturaleza en discordia.
Ellos han adoptado el sistema de matar hombres indistintamente para disminuirnos, y a su entrada en los pueblos han arrebatado hasta a los infelices vivanderos, y los han ido fusilando uno a uno. Las ciudades de Chuquisaca y Cochabamba han sido algunas veces los teatros de estos furores.
Ellos han interpolado entre sus tropas a nuestros soldados prisioneros, llevándose los oficiales aherrojados a presidios, donde es imposible conservar un ano la salud; han dejado morir de hambre y de miseria a otros en las cárceles, y han obligado a muchos a trabajar en las obras públicas. Ellos han fusilado con jactancia a nuestros parlamentarios, y han cometido los últimos horrores con jefes ya rendidos y otras personas principales, sin embargo, de la humanidad que nosotros usamos con los prisioneros: de los cuales son buena prueba el Diputado Matos de Potosí; el capitán general Pumacagua; el General Angulo y su hermano, el comandante Muñecas, y otros Jefes de partidas fusilados a sangre fría después de muchos días de prisioneros.
Ellos, en el Pueblo de Valle Grande, tuvieron el placer brutal de cortar las orejas a sus naturales, y remitir un canasto lleno de estos presentes al Cuartel General: quemaron después la población, incendiaron más de treinta pueblos numerosos del Perú, y Se deleitaron en encerrar a los hombres en las casas antes de ponerlas fuego, para que allí muriesen abrasados.
Ellos no sólo han sido crueles e implacables en matar: se han despojado también de toda moralidad y decencia pública, haciendo azotar en las plazas religiosos ancianos, y mujeres amarradas a un callón, habiéndolas, primero, desnudado con furor escandaloso y puesto a la vergüenza sus carnes.
Ellos establecieron un sistema inquisitorial para todos estos castigos: han arrebatado vecinos sosegados, llevándolos a la otra parte de los mares, para ser juzgados por delitos supuestos, y han con¬ducido al suplicio, sin proceso, a una gran multitud de ciudadanos.
Ellos han perseguido nuestros buques, saqueado nuestras costas, hecho matanzas con sus indefensos habitantes, sin perdonar a sacerdotes septuagenarios; y por orden del General Pezuela, quemaron la iglesia del Pueblo de Puna, y pasaron a cuchillo viejos, mujeres y niños, que fue lo único que encontraron. Ellos han excitado conspiraciones atroces entre los españoles avecindados en nuestras ciudades, y nos han puesto en el conflicto de castigar con el último suplicio padres de familias numerosas.
Ellos han compelido a nuestros hermanos e hijos a tomar armas contra nosotros; y formando ejércitos de los habitantes del país, al mando de sus oficiales, los han obligado a combatir con nuestras tropas. Ellos han excitado insurrecciones domésticas, corrompiendo con dinero, y toda clase de tramas, a los moradores pacíficos del campo, para envolvernos en una espantosa anarquía, y atacarnos divididos y debilitados.
Ellos han faltado con infamia y vergüenza indecible a cuantas capitulaciones les hemos concedido en repetidas veces que los hemos tenido debajo de la espada: hicieron que volviesen a tomar las armas cuatro mil hombres que se rindieron con su general Tristán en el combate de Salta, a quienes, generosamente concedió capitulación el general Belgrano en el campo de batalla, y más generosamente se las cumplió, fiando en la fe de su palabra.
Ellos nos han dado a luz un nuevo invento de horror envenenando las aguas y los alimentos, cuando fueron vencidos en la Paz por el General Pinto, y a la benignidad con que los trató éste después de haberlos rendido a discreción, le correspondieron con la barbarie de violar los cuarteles que tenían minado de antemano.
Ellos han tenido la bajeza de incitar a nuestros Generales y Gobernadores, abusando del derecho sagrado de parlamentar, para que nos traicionasen, escribiéndoles cartas con publicidad y descaro a este intento. Han declarado que las leyes de la guerra, observadas entre Naciones cultas, no debían emplearse con nosotros; y su General Pezuela, después de la batalla de Ayohuma, para descartarse de compromisos, tuvo la serenidad de responder al General Belgrano Que con insurgentes no se podían celebrar tratados.
Tal era la conducta de los españoles con nosotros cuando Fernando de Borbón fue restituido al trono. Nosotros creímos entonces que había llegado el término de tantos desastres: nos pareci6 que un Rey que se había formado en la adversidad, no sería indiferente a la desolación de sus pueblos; y despachamos un Diputado para que lo hiciese sabedor de nuestro estado. No podía dudarse que nos daría la acogida de un benigno príncipe, y que nuestras súplicas lo interesarían a medida de su gratitud y de su bondad, que habían exaltado hasta los cielos los cortesanos españoles. Pero estaba reservado para los países de América una nueva y desconocida ingratitud, superior a todos los ejemplos que se hallan en las historias de los mayores tiranos.
El nos declaró amotinados en los primeros momentos de su restitución a Madrid; él no ha querido oír nuestras quejas ni admitir nuestras súplicas, y nos ha ofrecido por última gracia un perdón. El confirmó a los Virreyes, Gobernadores y Generales que había encontrado en actual carnicería. Declaró crimen de Estado la pretensión de formarnos una Constitución para que nos gobernase, fuera de los alcances de un poder divinizado, arbitrario y tiránico, bajo el cual habíamos yacido tres siglos: medida que sólo podía irritar a un Príncipe enemigo de la justicia y de la beneficencia, y, por consiguiente, indigno de gobernar.
El se aplicó luego a levantar grandes armamentos, con ayuda de sus ministros, para emplearlos contra nosotros. El ha hecho transportar a estos países ejércitos numerosos para consumar las devastaciones, los incendios y los robos. El ha hecho servir los primeros cumplimientos de las potencias de Europa, a su vuelta de Francia, para comprometerlas a que nos negasen toda ayuda y socorro y nos viesen despedazar indiferentes. El ha dado un reglamento particular de corso contra los buques de América, que contiene disposiciones bárbaras, y manda ahorcar la tripulación; ha prohibido que se observen con nosotros las leyes de sus ordenanzas navales formadas según derecho de gentes, y nos ha negado todo cuanto nosotros concedemos a sus vasallos apresados por nuestros corsarios. El ha enviado a sus generales con ciertos decretos de perdón, que hacen publicar, para alucinar a las gentes sencillas e ignorantes, a fin de que les faciliten la entrada en las ciudades; pero al mismo tiempo les ha dado otras instrucciones reservadas, y autorizados con ellas, después que las ocupan, ahorcan, queman, confiscan, disimulan los asesinatos particulares, y todo cuanto daño cabe hacerse a los supuestos perdonados. En el nombre de Fernando de Borbón es que se hacen poner en los caminos cabezas de oficiales patriotas prisioneros; que nos han muerto a palos, y a pedradas a un Comandante de partidas ligeras, y que al coronel Camargo, después de muerto, también a palos por mano del indecente Centeno, le cortaron la cabeza y se envió por presente al General Pezuela, participándole: que aquello era un milagro de la Virgen del Carmen.
Un torrente de males y angustias semejante es el que nos ha dado impulso para tomar el único partido que quedaba. Nosotros hemos meditado muy detenidamente sobre nuestra suerte; y volviendo la atención a todas partes, sólo hemos visto vestigios de los tres elementos que debían necesariamente formarla: ¡oprobio, ruina y paciencia! ¿Qué debía esperar la América de un rey que viene al trono animado de sentimientos tan crueles e inhumanos? ¿De un rey que antes de principiar los estragos, se apresura a impedir que ningún príncipe se interponga para contener su furia? ¿De un rey que paga con cadalsos y cadenas los inmensos sacrificios que han hecho para sacarlo del cautiverio en que estaba, sus vasallos de España? Unos vasallos que a precio de su sangre y de toda especie de daños, han combatido por redimirlo de la prisión, y no han descansado hasta volver a ceñirle la corona? Si unos hombres a quienes debe tanto, por sólo haberse formado una Constitución, han recibido la muerte y la cárcel por galardón de sus servicios, ¿qué debería estar reservado para nosotros? Esperar de él y de sus carniceros ministros un tratamiento benigno, habría sido ir a buscar entre los tigres la magnanimidad del águila.
En nosotros se habrían entonces repetido las escenas cruentas de Caracas, Cartagena, Quito y Santa Fe; habríamos dejado conculcar las cenizas de 80.000 personas que han sido víctimas del furor enemigo, cuyos ilustres manes convertirían contra nosotros con justicia el clamor de la venganza; y nos habríamos atraído la execración de tantas generaciones venideras condenadas a servir a un amo, siempre dispuesto a maltratarlas, y que por su nulidad en el mar ha caído en absoluta impotencia de protegerlas contra las invasiones extranjeras.
Nosotros, pues, impelidos por los españoles y su Rey nos hemos constituido independientes, y nos hemos aparejado a nuestra defensa natural contra los estragos de la tiranía con nuestro honor, con nuestras vidas y haciendas. Nosotros hemos jurado al Rey y Supremo Juez del mundo, que no abandonaremos la causa de la justicia; que no dejaremos sepultar en escombros, y sumergir en sangre derramada por mano de verdugos la patria que él nos ha dado; que nunca olvidaremos la obligación ele salvarla de los riesgos que la amenazan, y el derecho sacrosanto que ella tiene a reclamar de nosotros todos los sacrificios necesarios, para que no sea deturpada, escarnecida y hollada por las plantas inmundas de hombres usurpadores y tiranos. Nosotros hemos grabado esta declaración en nuestros pechos, para no desistir jamás de combatir por ella. Y al tiempo de manifestar a las naciones del mundo las razones que nos han movido a tomar este partido, tenernos el honor de publicar nuestra intención de vivir en paz con todas, y aun con la misma España desde el momento que quiera aceptarla.
Dado en la Sala del Congreso de Buenos Aires, a veinticinco de Octubre de mil ochocientos diecisiete”
 Dr. Pedro Ignacio de Castro y Barros
Presidente
Dr. José Eugenio de Elias
Secretario

Francisco de Paula Castañeda
      “Nuestra revolución fue sin duda la más sensata (…),  no se redujo más que a reformar nuestra administración corrompidísima, y a gobernarnos por nosotros mismos en el caso que o Fernando no volviese al trono, o no quisiese acceder a nuestras justas reclamaciones.
La revolución así concebida no contenía en sus elementos el menor odio contra los españoles, ni la menor aversión contra sus costumbres, que eran las nuestras, no contra su literatura que era la nuestra, no contra sus virtudes que eran las nuestras, ni mucho menos contra su religión que era la nuestra.
Pero los demagogos (…) impregnándose en las máximas revolucionarias de tantos libros jacobinos (…) empezaron a revestir un carácter absolutamente antiespañol; ya vistiéndose de indios para no ser ni indios, ni españoles; ya aprehendiendo el francés para ser parisienses de la noche a la mañana; o el inglés para ser misteres recién desembarcaditos de Plimouth.
Estos despreciables entes avanzaban (…) para (…) propinar al pueblo, ya el espíritu británico, ya el espíritu gálico, ya el espíritu britano-gálico, pero lo que resultó fue lo que no podía menos de resultar, esto es una tercera entidad, o el espíritu triple gaucho-britano-gálico; pero nunca el espíritu castellano, o el hispanoamericano, e iberocolombiano, que es todo nuestro honor, y forma nuestro carácter; pues por Castilla somos gente, y Castilla ha sido nuestra gentilitia domes…””(P. Francisco de Paula Castañeda)
Juan Manuel de Rosas
     “¡Qué grande, señores y qué plausible debe ser para todo argentino este día (el 25 de mayo), consagrado por la nación para festejar el primer acto de soberanía popular, que ejerció este gran pueblo en mayo del célebre año de mil ochocientos diez! (…) No para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España.
   Esto, señores fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo Abierto celebrado en esta ciudad el 22 de mayo de mil ochocientos diez (…) Pero ¡Ah!… ¡Quién lo hubiera creído! …. Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la Nación española y a su desgraciado monarca; un acto que, ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente, como una rebelión disfrazada, por los mismos que debieron haber agotado su admiración y gratitud para corresponderle dignamente.

     Y he aquí, señores, otra circunstancia que realza sobre manera la gloria del pueblo argentino, pues ofendidos en tamaña ingratitud, hostigados y perseguidos de muerte por el gobierno español, perseveramos siete años en aquella noble resolución, hasta que cansados de sufrir males sobre males, sin esperanzas de ver el fin, y profundamente conmovidos del triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición, anegados en nuestra sangre inocente con ferocidad indecible por quienes debían economizarla más que la suya propia, nos pusimos en manos de la Divina Providencia, y confiando en su infinita bondad y justicia, tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de toda dominación extranjera” ( Discurso pronunciado por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas ante el Cuerpo Diplomático reunido en el fuerte del 25 de Mayo de 1836).