jueves, 30 de julio de 2026

Lecciones de Historia Rioplatense. Conclusion*

 


Por: Federico Ibarguren

La historia argentina ha sido escrita en nuestro país sobre la base de un preconcepto –el antihispanismo– esgrimido como bandera de guerra para justificar actitudes políticas. Hoy, logrado el objetivo de la Independencia nacional, resulta una deleznable y anacrónica falsedad, pueril en escritores medianamente inteligentes ¿Prejuicio de resentidos acaso?

Este preconcepto nos viene de lejos y es, puede decirse, el sostenido por los próceres constitucionales: Alberdi (el de Las Bases), Sarmiento y Mitre. Trilogía infalible, a quien la historia regulada otorga los dones del Espíritu Santo para juzgar nuestro pasado. Aquellos hombres, mentores del antiespañolismo como dogma, menospreciaron las tradiciones virreinales en bloque, como una rémora; no obstante haber ellas plasmado –a través de dos siglos de unión a España– las épicas virtudes de nuestra raza, cuyo legado hemos de transmitir intacto a la posteridad. Agreguemos a lo antedicho la devoción que sus epígonos liberales –corifeos de la masonería internacional–, profesaron a la civilización puritana y plutocrática de los Estados Unidos del Norte: verdadera meca del progreso materialista alabado por Alberdi en Las Bases.

Para políticos de su laya –abrumados, además, por problemas internos que no podían resolver–, la constitución de los Estados Unidos, deslumbrante en teoría, adquirió un predicamento extraordinario. Fue, puede decirse, el arma esgrimida por tres generaciones de fanáticos (mirandistas –primero–; morenistas, lautarinos, directoriales y unitarios –después) en guerra contra la «barbarie» vernácula encarnada en la mayoría del país que no comulgaba con sus soluciones, adoptadas con un fetichismo sin otro paralelo que el desprecio de lo propio.

Autodenigración suicida, impuesta en las catorce provincias argentinas por la facción victoriosa después de 1865. El mejicano Carlos Pereyra[1] refiérese a ella con palabras condenatorias, que siguen siendo, por lo demás, de rigurosa actualidad continental: «Los pueblos hispanoamericanos se entregaron a una furiosa autodenigración –escribe–. Desconocieron su experiencia secular, muy valiosa, pues durante el régimen colonial habían tenido una actividad autónoma suficiente para capacitarlos y desdeñando la riqueza institucional de que eran herederos, se dedicaron a la imitación de la obra norteamericana... Decir Federación y Estados, o sin llevar hasta ese grado la imitación, decir Ejecutivo y Legislativo, era expresa el beneficio de la Independencia traducido en semejanzas con la nación tomada por modelo. “América estaba institucionalmente bajo la égida de los Estados Unidos”. Esta frase satisfacía a los políticos de los Estados Unidos y a los de las Repúblicas de lengua española».

 Tal verdad fue recogida en libros y ensayos prohijados por el Estado Argentino; y lo que es peor, traducida a los textos de enseñanza recomendados en nuestras escuelas y colegios. La falsedad de semejante punto de vista (denigrar nuestra idiosincrasia propia y exaltar la ajena) resulta hoy patente, debido a los progresos a que ha llegado el estudio del pasado hispano-americano. Vicente Fidel López ya lo hacía notar en el prefacio de su Historia de la República Argentina, con esta frase: «La República Argentina nació como una evolución espontánea de la nacionalidad española». Y el investigador anglo-argentino Carlos Roberts[2], dice también que: «Una de las cosas que se nota muy especialmente al estudiar la historia del Río de la Plata, es la íntima conexión entre el espíritu colonial y el independiente, que no permite tratarlo separadamente con un criterio simplista».

Es necesario, pues, desentrañar con sentido lógico y a la luz de documentos imparciales, la gestación y desarrollo del proceso de nuestra Independencia y de las luchas civiles a que dio motivo, hasta la definitiva organización nacional. Ya que quien investiga la historia de aquellos tiempos con el acostumbrado prejuicio antihispánico, no podrá explicar la perfecta coherencia entre hechos correlativos de la madre patria y de la nuestra, en un período político dado. A saber: la derrota de la escuadra franco-española en Trafalgar y las invasiones inglesas al Río de la Plata; la lucha entablada en España contra Napoleón y los proyectos de coronar en el Plata a la reina Carlota; el reconocimiento de José Bonaparte por los diputados de Bayona y la jura en Buenos Aires del monarca Fernando VII; la caída en Cádiz de la Junta Central después de la derrota de Despeñaderos y la destitución de Cisneros el 25 de mayo de 1810.

El verdadero significado de nuestra emancipación, no es ni puede ser, por tanto, el que nos enseñan los textos de colegio y los superficiales tratados aprendidos sin descernimiento para el apremiante examen universitario.

El descubrimiento del nuevo mundo y su conquista, en los primeros siglos XV al XVII fueron –como lo han probado historiadores de diversas tendencias– empresas católicas, que tuvieron como primordial objetivo la evangelización de los infieles. La generosa concepción inicial desvirtuóse luego, hasta transformarse, con lo reyes Borbones, en explotación regenteada desde Madrid. Ello despertó sentimientos de protesta en los indianos, cuyo único vínculo de unión que justificaba su lealtad a una autoridad desconocida y distante, era la religión católica, fielmente observada por los primeros monarcas fundadores del Imperio.

El descontento robustecióse con el tiempo; en mi opinión, por dos motivos de distinta índole. Espiritual el primero: el catolicismo enseñado en América por los jesuitas, y conservado, como bandera –al ser disuelta la Orden–, contra el regalismo y codicia de los últimos monarcas que entregaron la madre patria al extranjero. Y terrenal el segundo: la poderosa influencia del ambiente y los medios de vida, que hicieron del criollo una raza fuerte, más primitiva en las costumbres y, en consecuencia, menos propensa que la española europea a contagios ideológicos perturbadores.

Sintetizando, llegamos nosotros –en este orden de ideas– a las siguientes conclusiones finales:

1) Hasta el 25 de mayo de 1810, no prevalecieron –en el hecho– el cálculo mercantil, el odio de clases ni las maniobras extranjeras (sin negarle importancia a la sagaz infiltración británica), que recién tendrán eco cuando comienza la lucha de tendencias a minar la primera Junta porteña.

2) La semana de mayo es fundamentalmente –como queda dicho–, una pura reacción defensiva de orden religioso y patriótico, contra los franceses, cuya invasión a nuestras playas se esperaba, y que habían dejado a España humillada e inerme.

3) Por eso no se planteó –en aquella ocasión– ninguna cuestión concerniente a «formas» de gobierno, no se buscó de manera abierta la ruptura del vínculo con Fernando VII y sus sucesores.

4) El exótico e impopular jacobinismo de Mariano Moreno, hubo de revelarse sólo más tarde –y por sorpresa– a través del tan discutido Plan de Operaciones presentado a consideración de la Junta con el resultado que se conoce (30 de agosto de 1810).

Con lo dicho, cabe definir al movimiento de Mayo –sin alardes–, como una espontánea defensa criolla de la Hispanidad en peligro de ser nuevamente avasallada desde afuera. Ramiro de Maeztu, en su obra epónima, refiriéndose a la guerra emancipadora del nuevo mundo, ha estampado esta frase que honra a nuestros próceres de aquel tiempo: «...la aristocracia americana reclamaba el poder –dice[3]–, como descendiente de los conquistadores, y por sentirse más leal al espíritu de los Reyes Católicos que los funcionarios del siglo XVIII y principios del XIX».

¿Puede negarse, acaso, la justicia de quienes, sin traicionar los valores de la cultura heredada, persiguieron la reivindicación de su tierra, con propósitos de salvaguardarla de un vasallaje extranjero que se tenía como seguro?


Notas:

[1] Breve historia de América.
[2] Las invasiones inglesas del Río de la Plata – 1806-1807.
[3] Defensa de la Hispanidad.


En «Lecciones de Historia Rioplatense». El presente es el último capítulo de la edición de un curso dictado en 1946 en la Universidad Libre Argentina, a pedido del Dr. Héctor Bernardo. Ed. Huemul – 2ª edición, Buenos Aires, 1966 – pp. 149-153.

lunes, 13 de julio de 2026

ROSAS Y LOS INTELECTUALES*

 

Por: Julio Irazusta

Me veo en la dura necesidad de polemizar con el autor de la Defensa y pérdida de nuestra soberanía económica, cuyo talento aprecio demasiado para dejar pasar sin protesta lo que creo un traspié suyo. Debo hacerle pues una gran querella. Sobre lo que juzga «el más grave error de Rosas», en un juicio sobre su política con los intelectuales, que yo considero «el más grave error de José María Rosa (hijo)».

No lo hago porque considere impío hablar de los errores de don Juan Manuel.

Nosotros los revisionistas no procedemos con el fetichismo de la escuela académica, que tiene a sus héroes por santos, y de un santoral no susceptible de aumento; que da por terminadas las canonizaciones con las que ella ha realizado. No. La historia es para nosotros una materia en perpetua revisión, cuyos juicios se renuevan constantemente, a impulso de los descubrimientos documentales, la evolución política y la reflexión filosófica. Y quienes la hicieron no son para nosotros susceptibles de clasificarse en categorías de ángeles o demonios, sino hombres falibles, por grandes que se nos aparezcan en algunos aspectos de su acción.

 Lo hago porque creo una inexactitud de hecho la afirmación del Dr. Rosa. Veamos en qué consiste: «Hablemos claro», dice; «el más grande error de Rosas fue no haber atraído a los intelectuales. Era un hombre popular, era un hombre querido por casi todos. Pero no hizo nada, o muy poco, para llamar a quienes, juventud estudiosa de 1837, se presentó dispuesta hacia él. Rosas se burló de ellos... De Angelis en los diarios de Rosas se burló sin piedad de los balbuceos literarios y las contradicciones filosóficas de los pretendidos sansimonianos. Por eso la juventud intelectual, rechazada y zaherida por Rosas, se fue a Montevideo apenas estallado el conflicto con Francia». Y luego de condenar a esos jóvenes, pese a los motivos que según él Rosas les dio para emigrar, agrega: «Pero con todo, eran los intelectuales, los escritores, los dueños del porvenir, y Rosas debió atraérselos... Desgraciadamente Rosas no obró así. Desgraciadamente para él y para su política magnífica. Pudo haber detenido la leyenda roja, y debió hacerlo. En la hora de la prueba no tuvo hombres de palabra o de pluma que lo defendieran. Se quedó con los venales, los oportunistas, que por supuesto lo abandonaron apenas cayó. Y no solamente lo abandonaron, fueron quienes más y mejor lo enlodaron».

Examinemos por partes tales afirmaciones. La acusación de no haber atraído a los intelectuales, es la que primero da que pensar. El país no los tenía entonces a profusión, de los que hacen oficio de tales, con sendas bibliografías a sus espaldas. Pero de los que había, y en realidad eran hombres de acción con inteligencias regularmente disciplinadas en institutos educacionales de la colonia, atrajo a casi todos los que no fueron recalcitrantes para resistírsele: Tomás de Anchorena, Felipe Arana, Tomás Guido, Carlos de Alvear, Vicente López, Manuel Moreno, Manuel de Sarratea, Eduardo Lahitte, Adeodato de Gondra, etc., etc. Y los conservó a su lado los veinte años de la dictadura, pese a las incomprensiones de los unos y las divergencias que tuvo con los otros. No tenía esos celos de los hombres capaces que se le atribuyen. Y jamás hubo caudillo que estuviera mejor rodeado, y sostuviera con más lealtad a sus colaboradores, que Rosas. Aquellos hombres eran lo mejor que el país tenía en lo que respecta a inteligencia. Y algún otro que podía considerarse tal, como el general Paz, no participaba en el gobierno porque no había querido hacerlo. Después de quedar en libertad, se le ofreció una embajada cuando ya había fugado al Estado Oriental. Si Rosas no se lo atrajo, no fue porque no lo intentara, sino porque no lo consiguió.

El Dr. Rosa alegará haber hablado de los jóvenes de 1837. Pero aun el caso de éstos, es imposible aducirlo contra el caudillo. Que Rosas se burló de ellos, son consejas unitarias, que no se basan en ninguna fuente fidedigna. Lo cierto es que Alberdi escribió: «Emigrados espontáneamente, sin ofensas ni odios, sin motivos personales, nada más que por odio a la tiranía... nuestras palabras jamás tendrán por resorte motivo ninguno personal. Ni a la persona, ni a la administración del señor Rosas tenemos que dirigir quejas personales de injurias que jamás nos hicieron» (Escritos póstumos, ed. Cruz, t. XV, ps.435-437). Lo cierto es que Juan María Gutiérrez era empleado público y que si perdió el puesto fue por haberse complicado en la conspiración Maza; recobró la libertad, agradeciéndoselo a Rosas (Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas, N°12, art. de Marín Pincen, sobre Gutiérrez), pese a que durante todo ese tiempo mantenía con Alberdi una correspondencia que manifiesta su decidida voluntad contra el caudillo (Juan María Gutiérrez, Epistolario, ed. por E. Morales, Bs. As. 1942, ps.32-35). Lo cierto es que Sarmiento recibió un trato privilegiado de un gobernador federal de San Juan, cuando muy joven se negó a prestar el servicio militar que le imponía le ley, según lo han demostrado los Dres. Doll y Cano en un folleto famoso sobre el origen del unitarismo de aquél. Lo cierto es que Angelis se burló de Echeverría y su Dogma Socialista ocho años después que la joven generación emigró en masa; y que sus burlas no pueden figurar entre las causas de tal emigración.

Creo haber demostrado en varios de mis escritos que los jóvenes de la Asociación de Mayo no combatieron a Rosas porque éste descuidara atraerlos, sino porque emigraron cuando lo creyeron perdido en 1838, al complicarse la guerra con Bolivia con el bloqueo francés y las revueltas interiores que éste descargó. Más de lo que Rosas hizo por unos pollos apenas salidos del cascarón, rara vez lo hacen los caudillos que ejercen un poder omnímodo.

Alberdi se puede considerar niño mimado del régimen. Alejandro Heredia lo apadrinó, le enseñó latín, le permitió recuperar en el Colegio de Ciencias Morales una beca que había abandonado por capricho. Vicente López acogió sus primeros trabajos marcando la tarea de la nueva generación como si la viera en perspectiva histórica. Angelis le hizo leer a Vico. La sociedad toda le dio elementos para publicar un periódico, etc. Pedirle a un gobernante del tipo de Rosas que hiciera más por jóvenes principiantes es achacarle que careciera de un don adivinatorio. El Fragmento preliminar al estudio del derecho, pese a las discordancias de fondo que revelaba entre las posiciones respectivas del escritor y el caudillo, podía haber sido el origen de una trascendental colaboración. ¿Cómo puede sostenerse que ésta no se produjo por culpa del segundo y no del primero? Alberdi emigró voluntariamente antes que Rosas pudiera pensar en llamarlo a la redacción de la Gaceta, en lugar de Mariño.

Por otro lado, ¿no es ése el movimiento habitual de los intelectuales ante una dictadura? ¿No agotó en vano Napoleón sus seducciones con Chateaubriand? Las excepciones a esa regla se producen cuando los escritores preparan el camino a un hombre providencial, con tan firme convicción que lo personal no pesa para nada en las relaciones entre ambos. Por ejemplo Treitzcke, promotor de la unidad alemana antes que Bismarck la procurase, era liberal; pero al verlo realizar su objetivo, aunque por otros medios, se le plegó. Y cuando el canciller de hierro le ofreció una cátedra, la rehusó, para que no se sospechara el menor móvil mezquino en su campaña unificadora, que lo había enemistado hasta con su padre, que era ministro de uno de los pequeños Estados alemanes absorbidos por Prusia.

Además me parece una petición de principio afirmar que por no haber atraído a los intelectuales, Rosas se quedó con los oportunistas que lo abandonarían al verlo caído. ¿De dónde saca el Dr. Rosa que aquéllos le habrían sido más fieles que éstos? ¿Cree a sus colegas de todos los tiempos más capaces de lealtad que a los miembros de otros estamentos sociales? ¿No recuerda ningún caso, aquí y en el extranjero, en que grupos enteros de intelectuales exaltaran a un hombre cuando estaba en el poder, para abandonarlo después de su caída?

Por último, me parece injusto englobar a todos los servidores de Rosas entre los viles que lo calumniaron después de Caseros. Estos fueron unos pocos, y no de los que habían sido principales entre aquellos. Cuanto a que lo abandonaron en su derrota, es un término de dudosa aplicación. Rosas no representaba una dinastía derrocada, ni ofició jamás de pretendiente, haciendo saber sus intenciones desde el primer momento. ¿Cómo exigir a hombres envejecidos en el servicio público que renunciaran a la vida política porque habían perdido a un jefe que no volvería más a ella, y que rehusaran a Urquiza su colaboración, cuando éste se las pidió sin que lo asediaran para que los emplease? En nuestros días hemos visto cosas peores que la conducta de los rosistas plegados al urquicismo.

Si estas precisiones hicieran que el autor de la Defensa y pérdida de nuestra independencia económica revisara su juicio acerca de las relaciones entre Rosas y los intelectuales, hallaría una compensación al desagrado de haber tenido que disentir con él en público.



* En Revista «Presencia», N°34, 11 de agosto de 1950, y reproducido bajo el título de «Rosas y sus relaciones con los intelectuales de la generación de 1837» en «Julio Irazusta - Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino» – T° II», Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1973, pp. 259-263.