domingo, 27 de diciembre de 2015

DOS ARGENTINAS IRRECONCILIABLES*

Por: Federico Ibarguren

La Argentina, cabeza del ex Virreynato del Rio de La Plata, estuvo siempre virtualmente dividida en lo interno. Por desgracia. Históricamente dividida, mucho antes de la llamada revolución de Mayo de 1810, según es fácil comprobarlo. Desde el comienzo de nuestra historia como pueblo civilizado nos aqueja esa lucha entre dos tendencias antagónicas.

En efecto: en el periodo anterior a la independencia, esa pugna incruenta se concreta muchas veces a raíz de dos factores que configuran una verdadera constante histórica nacional. O sea el factor ideológico (o cultural controvertido) y el factor económico (o de intereses regionales encontrados). Ambos aparecen chocando casi incompatibles ya en las jornadas anteriores a 1810 entre porteños y provincianos: los primeros con ideas absorbentes en lo político (despotismo ilustrado, desde Buenos Aires con respecto a los pueblos del interior); y los segundos, apegados a sus viejos Cabildos y resistiendo esa presión totalitaria, fieles durante mucho tiempo a su católica formación cultural jesuítica. Los porteños: fisiócratas en economía (Quesnay y Adan Smith fueron sus mentores teóricos); y los provincianos: proteccionistas a muerte, defendiendo (a lo Hernandarias) su antiguo sistema de vida en cada una de sus localidades de tierra adentro.

Y bien, después de 1810, la tensión entre porteños y provincianos -morenistas y saavedristas se les llamaba entonces- se complica en el litoral rioplatense con la llegada del ultimo virrey, don Francisco de Elio, en 1811, sucesor fallido de Baltasar Hidalgo de Cisneros. Ello provoca en la provincia Oriental del Uruguay el levantamiento en masa de las campañas en defensa de su tierra invadida por los ejércitos portugueses, aliados del Virrey Elio (con el aval de Inglaterra) y previa resignación –después de la derrota de Huaqui- del Primer Triunvirato porteño, rendido al enemigo.

Aparece entonces como caudillo máximo, el coronel de Blandengues, José Gervasio Artigas, quien sería honrado con el título de “Protector de los Pueblos Libres”, en 1815. Otro genio militar, José de San Martin, llegado de Europa en 1812, se define –contrariando nada menos que a Lord Strangford- al derribar con sus granaderos a las contemporizadoras autoridades de nuestro Primer Triunvirato, cuyo principal secretario antinacional fue Bernardino Rivadavia (el 8 de octubre de 1812). El mismo Rivadavia que posteriormente, en 1822, siendo ministro de Martin Rodriguez, intentó nacionalizar masónicamente a la Iglesia Católica en Buenos Aires, complaciendo así al capitalismo inglés. Pero el país continuaría cada vez más dividido por dentro. Revolucionariamente dividido entre cipayos liberales y católicos leales.

A partir de 1814, luego de la vuelta al trono en España de Fernando VII, el bando patriota, irreconciliablemente partido en dos, fractúrase en monarquistas y republicanos (en Directoriales, a la europea, y Federales rosistas, por la otra).

En la conocida carta de San Martin a O´Higgins del año 1829, le declara el Libertador a su amigo chileno las siguientes verdades políticas de aquella época (que hoy se repiten aquí, casi con la tremenda violencia de ayer): “Las agitaciones consecuentes a diecinueve años de ensayos en busca de una libertad que no ha existido, y más que todo, la difícil posición en que se halla en el día Buenos Aires, hacen clamar a lo general de los hombres, que ven sus fortunas al borde del precipicio y su futura suerte cubierta de una funesta incertidumbre, no por un cambio en los principios que nos rigen, sino por un gobierno riguroso, en una palabra, militar, porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra. Igualmente, convienen en esto ambos partidos, que para que el país pueda existir es de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca. Al efecto se trata de buscar un salvador que reuniendo el prestigio de la victoria, la opinión del resto de las provincias, y más que todo un brazo vigoroso, salve a la Patria de los males que la amenazan. La opinión, o mejor dicho, la necesidad, presenta este candidato: él es el general San Martín… (propuesta, como se sabe, del general unitario Lavalle después de haber derrocado al gobernador Dorrego el 1° de diciembre de 1829) …Por otra parte, después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos contendientes, (se refiere aquí San Martín al fusilamiento de Dorrego que acaba de producirse en Buenos Aires)  ¿me sería permitido, por el que quedase vencedor,  una clemencia que no sólo está en mis principios, sino que es del interés del país y de nuestra opinión con los gobiernos extranjeros, o me vería precisado a ser el agente de pasiones exaltadas que no consulten otro principio que el de la venganza? Mi amigo, es necesario que le hable la verdad: la situación de este país es tal que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de someterse a una facción o dejar de ser hombre público; este último partido es el que yo adopto.”

Y así comenzó necesariamente (según lo vio el propio San Martín) la Dictadura Restauradora Tradicionalista de Juan Manuel de Rosas.


*Publicado en Patria Argentina N° 10, Agosto de 1987.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

LOS ENEMIGOS DE LA "NACIÓN CATÓLICA": SANATEANDO

Enrique Díaz Araujo dedica un trabajo a David Rock, a quien describe como enemigo de su objeto de estudio, esto es del Nacionalismo Argentino. Creo que la calificación es perfectamente aplicable al personaje del que me quiero ocupar en esta ocasión: Loris Zanatta, que también tiene una serie de obras destinadas al nacionalismo argentino, y en particular al objetivo central del mismo que es restaurar la Patria en Cristo . Don Zanatta viene a advertirnos que todo eso de creer que la Argentina es de Cristo no es más que un mito, y que encima es la causa principal de todos los males que nos han agobiado a lo largo del siglo XX. Frente a tan gran mal, Loris nos ofrece crear una República secular, pluralista y democrática. O sea, el gran proyecto alfoncínico. Y todos felices.

A propósito de la elección del Papa argentino don Loris volvió a las andadas. Esto es a las sanatas. Y ha publicado un libro que ha denominado “La larga agonía de la Nación católica. Iglesia y dictadura en la Argentina”. Y vuelve sobre el argumento remanido: la Argentina en el siglo XX, en particular desde los años 30, ha sido víctima de un “Mito” que le ha costado ríos de sangre. De este mito, que se expresó a partir de los orígenes del nacionalismo, todos se han querido apropiar. En los 40, el Peronismo. En el 55, quienes derrocaron al Peronismo. Ya en los 60, y principios de los 70, los grupos insurgentes hicieron su apropiación del mito, refundándolo en los principios del tercermundismo. Con el Peronismo nuevamente en el poder, los dos bandos del Movimiento se enfrentaban como intérpretes de esa “visión totalitaria” de la “Nación católica”, la cual no daba margen para la pluralidad y la secularidad. Afianzada el ala “derecha” del Movimiento, los violentos sectores de esa línea recibieron un fuerte influjo del Nacionalismo. Pero el colmo de los males, no podía ser de otro modo, llegó cuando las FFAA se hicieron con el poder imponiendo el terror desde el Estado. La “mayor masacre” del siglo XX fue perpetrada en nombre del “Mito de la Nación Católica” .

Intentemos a continuación responder escuetamente a algunas de las mentiras contenidas en la obra en cuestión. En primer lugar, que la Argentina es católica no es un mito. Aquello que fue afirmado por los obispos argentinos en el año 1959 –“Católico es el origen, la raíz y la esencia del ser argentino” -, fue mostrado con abundancia de documentación en obras como la del eminente Vicente Sierra “Así se hizo América”, y en la del erudito y ejemplar sacerdote Cayetano Bruno “La Argentina nació católica”, por citar sólo dos obras relevantes; y expuesto con profundidad metafísica por el mártir Jordán Bruno Genta en “Guerra Contrarrevolucionaria”. En realidad podríamos citar a la mayoría de los grandes maestros del auténtico Revisionismo argentino. Pero como esto se trata de un artículo, para muestra basta un botón.

La segunda mentira comprendida en la obra “sanatiana”, es que la lucha por la ciudad católica ha sido la causa de la sangre que corrió en Argentina. Si hubiera continuado el proyecto liberal, secular y pluralista anterior a los años 30 nos habríamos ahorrado multitud de males, nos dice don Zanatta. La verdad es muy opuesta a esto que plantea Loris. La violencia la impuso la generación liberal que arrasó a sangre y fuego con la Argentina criolla, después de1852 primero; y, en particular, a partir de 1862. También fue violencia, sobre todo de tipo espiritual, la que ejerció la generación “ochentosa” cuando impuso el laicismo en la escuela y en la familia, desvirtuando por la fuerza dos pilares fundamentales de la catolicidad argentina. Y nuevamente fueron los liberales los que usaron de la violencia en 1956 procurando afianzar crudelísimamente la “libertad” conquistada un año antes. Y los responsables de la sangre derramada en los 60 y 70 no fueron nacionalistas católicos –que fueron sus víctimas -, sino la izquierda marxista, es cierto que infiltrada en algunos sectores católicos, pero fue en nombre de la “Patria Socialista” que mataron, y no de la Patria Católica. A partir de1976 –en realidad desde un poco antes-, el Proceso militar aplicó una metodología de guerra antisubversiva cuestionada desde el principio por el Nacionalismo.

Zanatta, por favor déjese de sanatear. Los males de la Argentina, y de la Civilización Occidental en general, no vienen de la adhesión a Cristo, sino de la apostasía.


                                                                                   Lic. Javier Ruffino

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Alberto Ezcurra Medrano: notas de un verdadero revisionista

Ante la insoportable vigencia de esa adulteración del verdadero revisionismo histórico, que con justicia llamamos pseudorevisionismo, no está de más recordar, de tanto en tanto, a los auténticos representantes de aquella notable corriente historiográfica.

Uno de ellos –como es sabido- fue don Alberto Ezcurra Medrano; historiador que marcó el rumbo y el perfil del verdadero revisionismo.

Mucho es lo que se podría decir de él. Por lo pronto, en una breve y acotada semblanza, digamos que fue uno de los precursores de esta escuela de pensamiento que se propuso rescatar nuestra identidad hispano-católica, refutando los mitos más difundidos de la historia oficial y sacando a la luz aquello que los historiadores liberales habían ocultado de nuestro pretérito patrio.

En efecto, Ezcurra Medrano inició su labor allá por 1929, en las páginas de los periódicos El Baluarte y La Nueva República, cuando tenía tan solo unos 20 años de edad. Posteriormente colaboró en numerosas publicaciones nacionalistas, como ser las revista Crisol y Nueva Política; pero sobretodo se destacó por sus extraordinarios artículos publicados en la revista del Instituto de Investigaciones históricas Juan Manuel de Rosas, entre los años 1939 y 1961, es decir en lo que fue el primer periodo, y el mejor, de este notable instituto que nucleó a los más granado del revisionismo argentino.

De esa etapa son artículos memorables como “Rosas en los altares”, “La convención Mackau-Arana”, “Como se escribió la historia”, y “La vuelta de Obligado”; en todos ellos se encuentran bien claras las características que lo distinguen como historiador revisionista.

También en esta época escribió sus obras históricas de mayor envergadura, “Las otras tablas de sangre” (de 1934) y “Sarmiento masón” (de 1952), libros que se convirtieron en verdaderos clásicos de nuestra historiografía.

A modo de ejemplo de la valía de los trabajos que publicó en la revista del Instituto podemos tomar un artículo que vio la luz en enero de 1939, en el N° 1 de la mencionada publicación y que lleva por título “El centenario del asesinato del general Alejandro Heredia”.

Este ensayo es claramente demostrativos de la seriedad y sencillez con la que Ezcurra Medrano enfocaba y presentaba al público sus aportes. Sin alardes cientificistas o de erudición, ni pretensiones académicas; pero innegablemente científicos y con una clara comprensión del presente y del pasado del país.

Las notas que lo pintan por entero, las principales características que definen a don Alberto Ezcurra Medrano como historiador, están presente aquí.

A modo meramente enunciativo podemos enumera algunas: en primer lugar nuestro autor es un desmistificador de los dogmas supuestamente indiscutibles de la historia oficial; en segundo lugar, es un develador de aquellos hechos que han sido soslayados o tergiversados por los historiadores liberales; y en tercer lugar es un hermeneuta justiciero pero humilde pues no pretende imponer su interpretación como si fuera una verdad inconcusa al modo de los escribas de la historia oficial.

En efecto, atento a que la historia oficial no solo montó una leyenda negra respecto a épocas y personajes históricos, sino que en contrapartida edificó un panteón de héroes y mártires inmaculados; nuestro autor –al igual que todos los revisionistas- se vio en la obligación de mostrar a los supuestos héroes de la historia oficial, tal como en realidad fueron.

Y así, en el artículo que rápidamente revisamos nos encontramos con la figura de Marcos Avellaneda a quien el liberalismo nos presentó como un arquetipo de patriota, injusta y cruelmente asesinado. Frente a esto Ezcurra Medrano pone en el tapete documentos irrefutables que destruyen esa imagen sin macula alguna y que aportan indicios vehemente de su participación en la conjura para asesinar al gobernador legítimo de Tucumán, el noble y valiente caudillo federal Alejandro Heredia. He ahí entonces nuestro historiador en su papel de desmitificador y develador de la verdad oculta.

La tercera virtud encontrada en el artículo que analizamos, la del hermeneuta sencillo y humilde, se hace patente cuando, luego de presentar los hechos, invita al lector a sacar sus propias conclusiones sin exigir que las suyas se erijan un “veredicto inapelable de la historia”, tal como lo hacían los liberales con las suyas.

Finalmente demás está decir que estas características que aquí hemos enunciado de don Alberto Ezcurra Medrano tienen su hontanar, su origen y su explicación en una virtud de este autor, que es común a todos los verdaderos revisionistas, cual es la de profesar un cristiano e insobornable amor a la Patria, unido a un afán por conocer la verdad histórica más allá de toda ideología.

                                                                                         Edgardo Atilio Moreno

domingo, 15 de noviembre de 2015

San Martín y Rosas*

Por: Ramon Doll

Hace algunos años las nuevas generaciones iniciaron un pro­ceso de revisión de la Historia oficial que ya ha triunfado, lle­gando a la sentencia definitiva. Ese proceso fue tanto más no­table cuanto que teníamos radicalmente en contra el Régimen vigente. El silencio de los grandes diarios que cuidan sus muer­tos no solo porque son de la familia, sino porque dan de comer; el odio de ridículos Ministros de Instrucción Pública y no menos ridículos Ministros del Interior; el desahucio de maestros y pro­fesores patriotas porque enseñaron desde sus cátedras que Rosas era una figura de prócer, a cuyo lado los enlevitados civilistas de la Organización eran apenas unos pendolistas escribaniles; el complot de cierta oligarquía que dice pertenecer a una alta so­ciedad de discutibles pergaminos, que se oponía a la vindicación del “tirano” porque podía suceder que, hurgando en el pasado, los antecesores de esa plebe enriquecida hubieran sido caballeri­zos o lustrabotas del Dictador; la rabia de cierta clase intelec­tual aburguesada, conservadora, anquilosada y sin ninguna in­quietud crítica, a quienes esta revisión los obligaba a algo, cuan­do menos a contestar; el desbaratamiento de las literaturas ar­gentinas oficiales, de cincuenta años de editoriales flatulentos, de la rutina académica; todo eso y mucho más no pudo nada contra el empuje de la verdad y de la justicia.

Rosas había sido arrojado al osario de los héroes ignorados, porque su recuerdo ofende al espíritu colonial, a ese tremendo servilismo colonial en que yacen los argentinos. No nos referi­mos a nada económico; la colonia económica puede ser un bien,puede ser una etapa necesaria de la independencia real. Lo terrible, lo tremendo es el colonialismo intelectual, psicológico y patético. Un colonialismo intelectual que desemboca en esa triste cosa: el agnosticismo político, mejor dicho, la atrofia del sentido nacional, con el que se percibe la política interna y exter­na. He aquí la cruel verdad.

No tenernos política interna, ni externa; no podemos tenerla. Era sangriento lo que hacía una vez Maurras con un libro suyo, y era colocar como clave de ese libro (trataba de política inter­nacional) una frase arrancada a M. Bergeret, el desengañado “alter ego” de Anatole France: “Usted sabe que no podemos tener política internacional…”. Otra cosa quería decir el inter­locutor de Bergeret, pero Maurras señalaba, esa ausencia, esa mutilación de un órgano de la vida de relación francesa, como una de las calamidades que pueden ocurrirle a un país.

Y bien; nosotros los argentinos no tenemos, no podemos tener política interna, ni exterior, porque estamos mutilados en el ór­gano o aparato sensorial donde residen las percepciones de esas realidades. Son ciento treinta y tres años, en los cuales las metrópolis pensaron, percibieron, reaccionaron, actuaron por nosotros; y el órgano se atrofió.

En tal anuencia, Rosas es un remordimiento; el complejo co­lonial aflora humillador a la conciencia y nos hiere con su ver­dad espantosa. La estructura oficial se ofende: las nuevas gene­raciones, aun asimismo humilladas y ofendidas rompieron la censura y contra el anquilosamiento colonial e intelectual argen­tino impusieron a Rosas en todas partesdonde tiene intereses y en ninguna donde la vida nacional no existe, ni se conecta con la inteligencia, como las Academias de Historia, en su mayor parte paniaguados y adulones de algunas familias que pesan to­davía porque tienen algún poder. Dentro de diez años, cuando quieran rendir el homenaje máximo a la jornada luctuosa de Caseros, las nuevas generaciones serán las que dominen al país. Auguramos una nueva jornada fría, ridícula, con alguna digre­sión histórica pesada e indigesta, con repeticiones insulsas de los maestros de escuela. Todo lo que viva, todo lo que cuente algo en el país, no considerará el centenario de Caseros sino como una ceremonia oficial tan aburrida como las demás.

En tal obra de vindicación justiciera, Don Ricardo Font Ezcurra tiene una significación sobresaliente. Hace algunos años logramos corporizar un pequeño instituto de estudios rosistas que ha llegado a ser la anti-Academia—el Instituto de Investi­gaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”—. En esa misma época el doctor Font Ezcurra hizo su aparición en el mundo in­telectual con un sólido, fornido e inexpugnable tanque de verdades de a puño, contra aquellos famosos unitarios a los que Ricardo Rojas los describe con las tintas que se usan para evocar las figuras sacrosantas. Peregrinos de la libertad, soñadores de la patria, proscritos enfebrecidos de santo odio contra los tira­nos, así aparecen con sus frentes pálidas, enamorados de Elvira, ardiendo en sus ojos el fuego de una pasión inextinguible; así aparecen en una iconografía al uso, vestidos con toda la ropave­jería de un romanticismo averiado y trasegado. Pero ¿qué fue­ron? ¿Qué hicieron? ¿Qué ambicionaron en realidad? Lo que Don Ricardo Font Ezcurra mostró a las generaciones atónitas diciéndoles como en el gran mandato: “Tomad, leed.” ¿Qué fueron? ¿Qué hicieron? Aventureros, intrigantes, espiones, soplones de embajada, anduvieron lamiendo las alfombras diplo­máticas en Chile, en Brasil, en Londres, en Francia, para que las fuerzas armadas extranjeras invadieran el territorio argentino, recibiendo en cambio el pago traidor de enormes zonas de la República.

Con ese testimonio fundado en documentos emanados de los mismos traidores, el publicista sagaz y pacienzudo que es Font Ezcurra construyó su libro La Unidad Nacional. Millares de ejemplares fueron vendidos, y sus ediciones agotadas revelan que Font Ezcurra había entrado por la puerta ancha, y no por la ventana, al recinto de los verdaderos historiógrafos. Lo había hecho con pasión de justicia. Había hurgado documentos con pasión de patria, no como mero ratón de biblioteca que se pre­ocupa en saber bajo qué gomero tomaba mate el General Lavalle. No era un prurito libresco. Era la necesidad de desenmas­carar a los histriones que ni pasaron sed, ni pasaron hambre, ni anduvieron peregrinos por ningún lado, ni siquiera se molesta­ron en esperar a que los desterraran, sino que algunos se deste­rraron solos cuando vieron que se medraba mejor en otra parte. Ahí está el libro de Font Ezcurra. Ahí están los documentos.

¿Quién hizo la unidad nacional? ¿Sarmiento, que promovía la infiltración chilenista en Cuyo? ¿Mitre, que como Sarmiento quería ceder la Patagonia a Chile? ¿O Rosas, que hacía frente a dos flotas armadas en Obligado, en Quebracho, en Ramallo?

Nadie contestó el libro de Font Ezcurra. Los plumíferos asueldo de las ediciones dominicales no se atrevieron a refutar nada. El libro está ahí, sin embargo. Los documentos también. Lo único que falta es, de parte de nuestros adversarios, verdadera dignidad intelectual para enfrentarse con ideas nuevas que pronto serán del siglo.

Las relaciones entre San Martín y Rosas han sido cuidadosa­mente soslayadas por nuestros liberales. Conviene decir que es necesario, de una vez por todas, hacer algún día la revisión his­tórica de la bibliografía sanmartiniana. Un escritor y publicista español, residente entre nosotros, Don Augusto Barcia Trelles, está reajustando con rigor lógico todas esas fallas, lagunas o des­cuidos deliberados de nuestros Mitre, Rojas y Otero. Y aun siendo dicho escritor Barcia Trelles liberal definido, tiene mu­cha más honradez que los nuestros. Debemos decirlo porque somos amigos antes que de nuestros mismos amigos, de la ver­dad, según el proverbio socorrido.

Tanto a San Martín como a Bolívar se los presenta como especie de demo-liberales antecesores de toda la guacamayería hispano-americana, que ha hecho de estas naciones una loca zara­banda de oradores y demagogos. Mentira, solemne mentira. Bo­lívar es partidario de gobiernos estables, toma del Abate Sieyès sus modelos constitucionales con presidente vitalicio y senados hereditarios; condena en el Congreso de Angostura el desenfre­no de las masas y abomina del demagogo Páez como del oligarca Santander. Muere declarando que estos países serán víctimas de las siete cabezas de la hidra jacobina. San Martín no tiene acaso la misma vocación política, pero la entiende, como que su genio no es el de un especialista en batallas. Ocurre, al promediar su vida, un hecho muy grave, que en San Martín deja huella pro­funda. Presencia San Martín, allá por el año 1808, en Sevilla, la muerte inicua del General Solano, por las turbas enloquecidas y maniobradas por agentes provocadores. Esa inmolación, a to­das luces injusta, causó a San Martín tan hondísima impresión —dice Barcia Trelles, liberal, y por lo tanto insospechable en este caso— que en lo sucesivo desconfió siempre de los movi­mientos demagógicos y de los procedimientos basados en el desempeño de las multitudes.

Nuestros liberales se encargaron de subestimar la impresión que en San Martín produjo la inmolación del General Solano, víctima de la brutalidad y de la incomprensión popular, acicateado el pueblo por los demagogos. San Martín admiraba y quería entrañablemente al General Solano, hombre culto, afrancesado tal vez, pero no traidor como lo creyó el pueblo sevillano.

Estas son también las mismas razones por las cuales apenas se han hecho conocer las relaciones entre San Martín y Rosas. Don Ricardo Font Ezcurra nos presenta agotada esa correspondencia, donde se transparenta el respeto y la consideración que el Libertador le guardó al Restaurador. Cuando San Martín tiene cono­cimiento de que la Argentina está bloqueada por la flota fran­cesa de Le Blanc, ofrece sus servicios. El General Rosas los agra­dece, acaso por una razón diplomática; no conviene por el momento abultar ante el mismo gobierno de Luis Felipe la signi­ficación de la guerra, mientras los franceses mismos no se encar­guen de magnificarla con hechos. Luego San Martín, designado embajador en Lima, declina el honroso ofrecimiento y en todo momento el Encargado de las Relaciones Exteriores de la Con­federación guarda al Héroe el máximo de consideraciones y éste le retribuye con el mismo respeto y admiración.

San Martín rebosa amargura contra aquella gente “cuya in­fernal conducta” ya había anatematizado, es decir: los rivadavianos, los hombres civiles que—según una de las cartas que el lector conocerá— llevaban la bajeza de sus procedimientos a so­bornarle a San Martín sus sirvientes para que hicieran de soplo­nes. ¡He aquí calificados los funestos señores de las logias, con­tra quienes Rosas debió luchar toda su vida!

Aquí tienen las palabras documentadas del Gran Capitán; aquí tienen todas las pruebas y la definitiva, la que un hombre provee cuando se halla cerca de la sepultura, es decir: el testamento, en el que le lega su sable a Juan Manuel de Rosas, en atención al patriotismo y la energía que ha desplegado el Ilustre Restaura­dor de las Leyes.

Don Ricardo Font Ezcurra comenta con gran oportunidad esta correspondencia de uno y otro lado intercambiada. Refuta juicios interesados respecto a ciertas actitudes de Rosas e infa­mias extendidas sobre la pretendida declinación de San Martín cuando redactara el legado del sable que lo acompañara en su gloriosa existencia.


Nuevamente acredita aquí el Dr. Font Ezcurra sus condicio­nes de publicista documentado y parsimonioso en el ajuste de datos y en la comprobación inobjetable de los hechos. Al mis­mo tiempo, la investigación sirve a un concepto central, como debe servir siempre la historia que no es mero pasatiempo pa­pelero.


*Prólogo al libro “San Martín y Rosas” del Dr. Ricardo Font Ezcurra. Buenos Aires, 15 de mayo de 1943

viernes, 6 de noviembre de 2015

APERTURA DEL PUERTO DE BUENOS AIRES*

Por: Jose Maria Rosa

Baltasar Hidalgo de Cisneros fue nombrado (11 de febrero de 1809) Virrey por la Junta de Sevilla con posterioridad al tratado que "otorgaba facilidades al comercio inglés". Días después de su llegada a Buenos Aires (30 de julio de 1809) se llena este puerto de buques ingleses, provenientes de Río de Janeiro, que enviaba el embajador inglés en el Brasil -el poderoso Lord Strangford- pues esa plaza estaba tan abastecida de toda clase de géneros, que algunos bastimentos no habían podido evacuar la menor parte de ellos; y se tuvo por positivo de que se habían abierto y franqueado, o iba a verificarse pronto al comercio inglés los puertos españoles" (21). Una razón comercial inglesa, Dillon y Thwaites, consignataria de uno de estos navíos, pide al Virrey que le permita "por esta vez" comerciar sus productos. He aquí el origen del expediente que dio lugar a la apertura del puerto de Buenos Aires.

El Virrey, marino de profesión, procede como debe hacerlo un capitán de barco en situaciones extraordinarias: llama a consejo de oficiales. Debe descartarse que él conocía los términos del tratado anglo-español, pero dicho tratado sólo establecía la promesa de una "facilidad", que aún no se había traducido en su correspondiente ley. Por eso ordena que se forme expediente: oye al Cabildo, al Consulado, al representante de los comerciantes de Cádiz, y al de los hacendados -la famosa "Representación" de Moreno- concluyendo por otorgar el permiso. Como Virrey carecía de autoridad para no hacer cumplir la ley que prohibía la libre introducción de mercaderías extranjeras: pero no obró como Virrey, sino como marino ante una situación extraordinaria. De esta manera, hallándose documentada la opinión favorable de la mayoría -y desde luego que se habían movido los resortes del Fuerte para lograr esa mayoría-, quedaba cubierto con la responsabilidad de otros, su propósito de hacer cumplir el aún ignorado oficialmente acuerdo con Inglaterra.

En dicho expediente se encuentran tres escritos importantísimos. Son los de Yáñiz, síndico de Consulado, y Agüero, apoderado de los comerciantes gaditanos: ambos favorables al antiguo sistema protector; y el de Mariano Moreno -firmado por un señor José de la Rosa- abogando por el librecambio. El profesor Molinari, en su obra citada, cree que este último no tuvo mayor trascendencia, en cuanto al acto en sí de la apertura del puerto. Desde luego que desde la primera página del expediente puede conocerse el decidido interés del Virrey en hacer lugar al petitorio de Dillon y Thwaites; y también es cierto que ninguno de los considerandos de la resolución definitiva fue tomado de la "Representación de los hacendados".

El debate sobre la conveniencia de la protección o el librecambio, tal cual surge del expediente de 1809, nos deja muchas enseñanzas. Yáñiz y Agüero defendieron con razones de experiencia y de sana lógica a la economía vernácula. Moreno, en la posición contraria, expuso su doctrina con acopio de citas y de erudición. Es la polémica entre comerciantes prácticos que han tomado de la experiencia sus enseñanzas, y un economista teórico, que busca en los libros el conocimiento de la vida. Con la diferencia, fundamental, que los defensores de la posición proteccionista argumentaban con perfecto conocimiento de las condiciones económicas producidas por el industrialismo maquinista; en cambio el liberal ignoraba este detalle, tal vez, por que sus libros de Quesnay y de Filangieri eran anteriores a la "revolución industrial".

Yañiz comprende que la libertad de comercio significaría la ruina de la industria americana, pues la técnica manufacturera no ha de poder luchar contra la mecánica: "Sería temeridad – dice - equilibrar la industria americana con la inglesa; estos audaces maquinistas nos han traído ya ponchos que es un principal ramo de la industria cordobesa y santiagueña, estribos de palo dados vuelta a uso del país, sus lanas y algodones que a más de ser superiores a nuestros pañetes, zapallangos, bayetones y lienzos de Cochamba, los pueden dar más baratos, y por consiguiente arruinar enteramente nuestras fábricas y reducir a la indigencia a una multitud innumerable de hombres y mujeres que se mantienen con sus hilados y tejidos". Y, agrega refutando el sofisma de la mejor conveniencia de los productos extranjeros a causa de su menor precio; "Es un error creer que la baratura sea benéfica a la Patria; no lo es efectivamente cuando procede de la ruina del comercio (industria), y la razón clara: porque cuando no florece ésta, cesan las obras, y en falta de éstas se suspenden los jornales; y por lo mismo, ¿qué se adelantará con que no cueste más que dos lo que antes valía cuatro, si no se gana más que uno?".

Agüero, a su vez, encuentra que la admisión del librecambio ha de producir la desunión del virreinato: "las artes, la industria, y aun la agricultura misma en estos dominios llegarían al último grado de desprecio y abandono; muchas de nuestras provincias se arruinarían necesariamente, resultando acaso de aquí desunión y rivalidad entre ellas". Y con visión profética se pregunta: "¿Qué será de la Provincia de Cochabamba si se abarrotan estas ciudades de toda clase de efectos ingleses?", previendo como lógica consecuencia de la libertad de comercio la segregación del Alto Perú. Y "¿qué será de Córdoba, Santiago del Estero y Salta?", dice más adelante, temiendo las luchas civiles que pudieran encenderse - y efectivamente se encendieron - entre el interior y el litoral, teniendo entre otras causas, ese primordial motivo económico (22).

Agüero examina a conciencia los efectos que produciría el imperialismo económico inglés ante la incipiente industria criolla, una vez que ésta fuera entregada atada de pies y manos al capitalismo invasor. "No dejarán de hacer contratos de picote, bayeta, pañete y frazadas, semejantes y acaso mejores que los que se trabajan en las provincias referidas, por la cuarta parte del precio que en ellas tienen". Es el dumping, recurso conocido de la guerra económica. "Con esto – continúa - lograrán para su comercio la grande ventaja de arruinar para siempre nuestras groseras fábricas, y dar de esta suerte más extensión al consumo de sus manufacturas, que nos darán después al precio que quieran, cuando no tengamos nosotros dónde vestirnos."

Destruye también la falacia de que el libre comercio hará subir de valor la riqueza agropecuaria de Buenos Aires. Su experiencia le ha enseñado que no siempre los precios se rigen por la ley de la oferta y la demanda, y que son muchos los medios de que puede valerse una economía fuerte como lo era la inglesa, para obtener el precio que quisiera en un mercado débil como el Río de la Plata. "Al fin los ingleses nos han de poner la ley, aun en el precio de nuestros frutos. Así ha sucedido no ha muchos días con respecto al sebo, que habiendo subido con la saca que ellos mismos hacían de contrabando, se vinieron todos juntándose en la Posada de los Tres Reyes, e imponiéndose una multa considerable que debía pagar el que comprase a mayor precio del que ellos acordaron." Es el cartel de compradores, estableciendo el precio al cual han de comprar los productos.

¿Y qué contestaba a esos argumentos, Mariano Moreno, en la Representación de los hacendados?, "Los que creen la abundancia de efectos extranjeros como un mal para el país ignoran seguramente los primeros principios de la economía de los Estados", contesta con la suficiencia de un hombre versado en la literatura del siglo XVIII.

Es el Moreno de entonces: hombre de biblioteca, desconocedor de la realidad. Se encastilla en su ciencia, y a las razones prácticas de Yáñiz y de Agüero, contesta con una andanada de libros: Quesnay, la "fisiocracia", Fitangieri, Jovellanos, Adam Smith. A hombres, como Agüero y Yáñiz, que basaban sus argumentos en la realidad económica inglesa, en la revolución industrial británica, en la máquina, en el dumping, el cartel, ha de contestar tan sólo que todo eso "es risible", que Filangieri nada ha dicho de eso, que es "ignorar la ciencia", que el precio, como lo dice Adam Smith, se regula exclusivamente por la ley de la oferta y la demanda, que los fisiócratas han dicho que "cuando es rico el agricultor, lo es también el artista que lo, viste, el que fabrica sus casas, construye sus muebles, etc.". E imbuido de sus conocimientos librescos, llega a decir que la introducción de mercaderías inglesas, en lugar de significar un mal para los industriales criollos, ha de reportarles un gran bien, pues les permitiría imitar la producción británica. Es decir, cree que juntamente con la entrada de los tejidos ingleses, llegarían al país las condiciones técnicas que producían esos tejidos: la máquina, el carbón, el capital, en una palabra, todo el desenvolvimiento industrial sajón. "¡Artesanos de Buenos Aires!-llega a decir- si insisten (Agüero y Yáñiz) en decir que los ingleses traerán muebles hechos, decid que los deseáis para que os sirvan de regla, y adquirir por su imitación la perfección en el arte".

Evidentemente hay demasiada puerilidad en esta falta de diferenciación entre el industrialismo inglés en la etapa de la máquina, y el americano que se desenvolvía todavía en el período del taller. Hay, en realidad, un desconocimiento evidente de todo aquello que no se encuentra en las teorías de los fisiócratas o de Adam Smith; una gran ignorancia de lo que es y cómo funciona la economía capitalista.

Tanto, que llega a afirmar que "las telas de nuestras provincias no decaerán, porque el inglés nunca las proveerá tan baratas, ni tan sólidas como ellas".

EL LIBRECAMBIO

Así, en 1809, seis meses antes del grito de Mayo, el Río de la Plata pasaba a ser virtual colonia económica inglesa.

¿Qué es una colonia económica? Es un "mercado para la venta de mercaderías industriales, que provee a su vez materias primas y víveres", dice una conocida definición. Y a ese estado se encontró reducido el Río de la Plata en 1809, por la obra coordinada de la política inglesa, la guerra de la independencia española, y, si se quiere, de la biblioteca de Mariano Moreno. Atrás de todo ello, estaba la política "imperialista" de Canning y su agente en el Río de la Plata el solícito Mr. Alex Mackinnon, presidente de la Comisión de Comerciantes de Londres en Buenos Aires, y cliente del bufete profesional de Moreno.

Derrotada Inglaterra en 1806 en su política de expansión política, triunfaba tres años después en su expansión económica. Pese a Quesnay, los talleres criollos tuvieron que cerrar, pues no podían resistir la competencia británica. Y como lo había profetizado Agüero, las provincias industriales - el Alto Perú y el Paraguay - recelaron en la Ordenanza un beneficio puro y exclusivo para los extranjeros y los porteños. Tampoco las dos intendencias del Tucumán vieron con agrado una medida que arruinaba sus obrajes de tejidos e hilados y perjudicaba la floreciente industria vinícola de Cuyo.


*En: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica”, quinta edición, cap. 1.

martes, 27 de octubre de 2015

LA LIBERTAD DE COMERCIO Y EL IMPERIALISMO INGLES*

Por José María Rosa

Desde Utrecht en adelante, España comenzó poco a poco la entrega económica de América. Los "asientos de negros" primero; la abolición de los galeones después; el libre comercio con puertos españoles de 1778 (que significó en realidad la libre introducción de productos franceses, bastando que éstos fueran consignados por comerciantes españoles para lograr entrada franca en América); el comercio con neutrales de 1797; y finalmente la apertura del puerto de Buenos  Aires al comercio inglés en 1809, fueron las etapas de esta caída.

Hay que tener presente, para comprender en toda su trascendencia lo que significó este último acto, las condiciones técnicas y económicas de la industria inglesa en ese año 1809.

Hasta mediados del siglo XVIII, los productos americanos podían competir con los fabricados en Inglaterra, ya que entre ambos no existía mayor diferencia de coste ni de calidad. Pero en la segunda mitad del XVIII se produce en Inglaterra una formidable transformación en su técnica de elaborar: lo que en la historia europea se llama "revolución industrial". Adviene la máquina, que Jorge Watt y Arkwright emplean en los hilados y tejidos; y la zona carbonífera de Inglaterra se puebla de nuevas ciudades industriales: La gran fábrica reemplaza al modesto taller, y el gran capitalismo substituye, en el manejo de las industrias y del comercio, al pequeño capitalismo y a las viejas corporaciones. Comienza, a partir de la segunda mitad del XVIII, la era de la hegemonía industrial, y como consecuencia mercantil y política británica.

La máquina, permitiendo producir más y a menor precio, ha causado todo eso. Inglaterra, de país preponderantemente agropecuario que era en el siglo XVII, llegó a ser la máxima potencia industrial en el XIX. La máquina produce tanto que supera al consumo; el problema de la superproducción (y sus consecuencias: cierre de fábricas, paros forzosos, quiebras, etc.), se presenta por primera vez en la historia, a lo menos con tan graves caracteres. Se hace necesario, imprescindible, encontrar mercados de consumo; y toda la política inglesa girará alrededor de esta cuestión, para ella absolutamente vital.

Pero en vez de encontrar nuevos mercados, una fatalidad histórica hacía que Inglaterra fuera perdiendo los antiguos. En 1783, se encuentra obligada a reconocer la independencia de los Estados Unidos, nación que inicia su vida independiente, encerrándose dentro de una tarifa aduanera protectora de sus industrias incipientes. Y con Napoleón, en 1805, por obra del "bloqueo continental", se le cierran, a su vez, los puertos de Europa.

Así para Inglaterra, se hizo a partir de 1805 cuestión primordial la conquista política o económica de la América latina. Era entonces el único lugar del mundo donde podía colocarse la producción inglesa. En 1806 y 1807 fracasó en sus intentos de conquista política, pero quedó la posibilidad de la conquista económica.

Esta se hizo factible en 1808, debido al cambio radical de la situación española; desde el 2 de mayo, España se encontraba en guerra contra Napoleón, y por lo tanto, de enemiga que era de los ingleses, se transformó en su aliada. En 1808 obtiene, como premio a su ayuda a Portugal, la libertad de comercio en Brasil.

Inglaterra no ha de arriesgar gratuitamente las tropas de Wellington y la escuadra británica, para defender la Andalucía insurreccionada contra Napoleón. Exige y obtiene Canning que se otorguen amplias facilidades al comercio inglés para volcarse en América latina. En una palabra, exige y obtiene la dependencia económica de América latina a cambio de cooperar en la independencia política de la metrópoli. El 14 de enero de 1809, se firmó el tratado anglo-español (Apodaca-Canning) con la cláusula adicional de "otorgar facilidades al comercio inglés en América". Año y medio antes -el 14 de octubre de 1807- idéntica cláusula había sido colocada en el tratado anglo-portugués.

Estas facilidades no eran otras que la franquicia de libre introducción de mercaderías inglesas, disfrazada desde luego como libertad de comercio.


*En: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica”, quinta edición, cap. 1.

lunes, 19 de octubre de 2015

LA GRANDEZA DE ROSAS

Por: Julio Irazusta

La historiografía de Rosas esta llena de contrasentidos. Hay que examinar algunos para mostrar el sentido de la reivindicación histórica del máximo caudillo de los argentinos. Júzguese su personalidad por los bufones que tuvo, o por sus hábitos gauchescos, o por su literatura. Todos esos aspectos deben considerarse en su historia. Pero específicamente nada tiene que ver con la política, donde se debe radicar el juicio de un estadista. Juzgar a Rosas por aquellos detalles de su vida es como juzgar a Luís XIV por sus queridas entronizadas, o a Isabel de Inglaterra por sus coqueterías, o a Victoria por su germanismo sentimental o a Federico el grande por sus versos.

Igualmente se da excesivo lugar a la moral en la apreciación de la política. Cierto que aquella tiene sobre esta una especie de dominio eminente, y que el político que viola la ley moral es un mal político. Pero, de todos modos, las categorías morales no son específicamente aplicables para juzgar a los estadistas. Por eso jamás se ha examinado como problema fundamental en la historia de estos, si se enriquecieron o si se empobrecieron en el ejercicio de la función pública, etc. Claro está que el político adornado con las virtudes del santo supera a sus congéneres, y que los santos coronados son superiores a los Cesares en una jerarquía total de los valores humanos. Pero no por esto disminuye la grandeza de Cesar en el terreno de su actividad específica. Richelieu no ha sido considerado menos grande por haber acumulado una enorme fortuna en los veinte años de su dictadura, o por haber reprimido con mano de hierro la traición de los nobles francesas que eran instrumentos del rey de España. Y en una época mas próxima a nosotros, Thiers no ha perdido su prestigio de gran liberal del siglo XIX por haber ordenado el fusilamiento de 7.000 prisioneros al sofocar el levantamiento de la Comuna de Paris, en 1781. Así, pues, debe darse carácter subalterno al problema de si Rosas de enriqueció o se empobreció en el gobierno, o si derramó demasiada sangre o solo la necesaria.

Sin embargo, no esta de mas decir que, siendo el hombre mas rico del país antes de subir al gobierno, perdió en él toda su fortuna, habiendo asumido la enorme responsabilidad de gobernar discrecionalmente con plena conciencia de lo que juzgaba; que si fue severo para reprimir la anarquía, esa severidad no se volvió implacable hasta que los alzamientos no se complicaron con la agresión del extranjero enemigo; que si se ha levantado una estadística minuciosa –y exagerada- de sus ejecuciones, se han omitido todos sus actos de clemencia, de los cuales el doctor Ravigniani dio una buena lista en su conferencia de “Amigos del Arte”, sobre Rosas como valor humano; y, por ultimo, que su tranquilidad de conciencia en los años de su dilatada vejez en el destierro se explica porque, si creyó necesaria una severa represión de la anarquía y la traición, jamás provocó deliberadamente el derramamiento de sangre, como lo hizo Bismarck, cuando envió millones de jóvenes a la muerte falsificando un telegrama para provocar la guerra de 1870.

La obra de Rosas es política, y debe ser juzgada políticamente.

Fue el primer organizador de la nación. No la organizó por medio de un congreso constituyente, procedimiento que había fracasado repetidas veces en nuestro país, y que evidentemente no le convenía en aquel momento, sino por el mismo método empírico y tradicional que había presidido la formación de las grandes comunidades nacionales de Europa, como Francia y España, y que presidiría los procesos unificadores de Italia y Alemania inmediatamente después de la caída de Rosas. Ese método consistía en nuclear, alrededor del estado provincial más vigoroso y privilegiado, las provincias pertenecientes a la región unida por lazos geográficos, raciales, históricos y políticos que la destinaban a ser una nación.

Ese método comportaba la suma del poder y la ambición de perpetuarse en el gobierno por lo menos hasta el fin del proceso unificador.

Después de todo lo que se ha visto, aun dentro de las instituciones actuales, realizado por los hombres o los partidos, para conservarse en el gobierno, y no con fines de utilidad general, sino de mero predominio particular, la ambición de Rosas por tomarse todo el tiempo necesario a su magna labor no necesita disculpas, y hasta es admirable.

De otro lado, un gobernante constitucional no podía realizar en nuestro país la tarea de aquel momento. El método deliberativo no nos convenía para constituirnos. La experiencia lo había probado. Y el método empírico, seguido por Rosas, había sido empleado en Europa por países de derecho consuetudinario, como el norte de Francia y el centro de España, para agrupar a los países regionales de derecho escrito, como el sur de la primera, y Cataluña y León de la segunda.

La inconstitución de Buenos Aires, vale decir, la suma del poder, era requisito indispensable de la acción que Rosas se propuso.

Con ella y con el encargo de las Relaciones Exteriores logró extender la autoridad nacional a las provincias, en la justicia, en la policía de seguridad, en la politica religiosa, en el ejercito, etc., etc. Pero su entrometimiento no fue consentido por los gobiernos provinciales sino como necesidad de la situación internacional y como compensación de los beneficios que recibía de aquella autoridad nacional en las leyes aduaneras de Buenos Aires y en el cuidado de las fronteras de cada uno de ellos y de todos. De esos hechos había surgido, al final del periodo, una consuetudo, un derecho político no escrito, que equivalía a un sistema de leyes constitucionales y sobre el que empezó a razonarse como sobre una verdadera constitución. El país había sido organizado de otra manera que por un congreso constituyente.

La política internacional de Rosas, lo más importante de su acción, es difícil de resumir. Pero la falta de espacio obliga a hacerlo.

Unificar el país era el primer artículo de aquella. Pero no en sus actuales fronteras, sino en las del antiguo Virreinato del Río de la Plata, menos las partes a que el país había renunciado solemnemente.
El segundo, hacer respetar la soberanía por todos los Estados, pequeños o grandes, hasta usar la fuerza si era necesario para ello.

El tercero, recibir liberalmente la inmigración extranjera, como convenía a un país escasamente poblado. Pero sustraerla de la influencia de sus países de origen, y nacionalizarla automáticamente al cabo de tres años de residencia.

El cuarto, no celebrar tratados con las grandes potencias, para no darles pretextos de intromisión so capa de proteger a sus connacionales.

Y así de lo demás, en una sucesión de medidas previsoras que seria imposible enumerar someramente.

Los otros aspectos de su acción: el administrador probo e infatigable, el celoso vigilante del bienestar colectivo, el amigo del pueblo, configuran a un gran político. Pero el padre de la patria está en su acción internacional de veinte años, sin la cual no se podría concebir la existencia de la Republica Argentina en su actual contorno territorial, y que lo presenta como a uno de los grandes estadistas de América. Para que esa grandeza se apreciara como es debido solo faltó que la escuela diplomática fundada por él tuviera sus discípulos, mientras sus vencedores estaban empeñados en demoler su obra.


Fuente: “32 escritores con Rosas o contra Rosas”. Editorial Freeland.