martes, 25 de febrero de 2025

NOTAS SOBRE JUAN MANUEL DE ROSAS

 


Presentación

En el mes de julio del pasado 2012, dábamos a conocer el volumen tercero de nuestra obra: Los críticos del revisionismo histórico, publicación conjunta de la Universidad Católica de La Plata y del Instituto Bibliográfico Antonio Zinny, instituciones ambas por las que reiteramos nuestra gratitud.

Muchos años y muchas lecturas demandó aquel compendio, y un larguísimo recorrido por las escuelas historiográficas de sig-nos distintos, encontrados y rivales. Para estudiar al revisionismo y a sus críticos, lo dicho aquí y allá en torno de la figura del Restaurador, desfiló por nuestro escritorio del modo más exhaustivo que pudimos.

Si de tal afirmación no se sigue necesariamente elogio alguno para el fruto final de aquellos volúmenes, sí se ha de seguir en cambio una cierta habilitación para responder la pregunta que sigue: ¿hay algo nuevo que decir sobre Juan Manuel de Rosas?; o sin la connotación de la novedad, que no suele ser sinónimo de valía, ¿hay algo por decir que justifique dar a luz un nuevo libro, como el que aquí presentamos?

En principio parecería que no. No al menos desde el punto de vista informativo, documental, archivístico. Aunque repositorios hay que aguardan aún ser explorados con maestría, y aunque en pleno curso se encuentra un proyecto asombroso del Profesor Jorge Bodhziewicz, para que se conozcan ordenada y analítica-mente los impresos todos de la larga y gloriosa época de la Con-federación Argentina, en líneas generales podríamos decir, con un tecnicismo, que la heurística sustancial acerca de Juan Manuel de Rosas se halla cubierta.

Va de suyo que éste de la información no es un ámbito clauso, y que siempre habrá –como en el proverbial poema becqueriano– una mano inteligente que sepa arrancar notas afinadas a una arrumbada arpa. En tal sentido, insistimos, los papeles históricos de la patria pueden deparar más de un sorpresivo y útil hallazgo. Pero tambien es cierto que lo édito y publicado más se asemeja a una montaña de proporciones que a un modesto peñasco. Quien haya hecho el esfuerzo de escalarla, advertirá la dimensión de sus perfiles.

Algo distinta es la respuesta a la pregunta ya formulada, si nos apartamos del siempre legítimo y valioso territorio de la heurística, para instalarnos en las posesiones de la hermenéutica. Aquí, no solamente todo no está dicho sobre Rosas, sino que ur-ge volver a recordar verdades y razones, criterios rectos y perspectivas veraces; y si no sonara algo pretensioso, urge igualmente volver a refundar el revisionismo histórico argentino.

Porque la figura impar de Juan Manuel de Rosas no ha tenido toda la suerte historiográfica que su estatura merecía. Es verdad que liberales y marxistas –cada uno con sus subespecies entomológicas– han sido objeto de refutaciones, réplicas, desenmascaramientos y desmentidas por doquier. Y es verdad que a izquierdas y a derechas plumas siempre se le supo oponer algún pensador aquilatado que restituía el orden interpretativo. Queremos decir, para que no se nos confunda, un pensador con las bases intelectuales lo suficientemente sostenidas en la Filosofía Perenne.

Pero lo que hoy prevalece en la materia es el desorden y el caos, la amalgama turbia, la mezcolanza aviesa, el ideologismo tosco sumado a la militancia crapulosa. El rosismo, convertido en relato oficialista, y el relato oficialista devenido en conglomerado de náuseas, y éste a su vez propagando su hedor sin restricciones, por un poder que acumula malicias cuanto resta virtudes; el rosismo, decimos, es hoy una mueca indigna y falsa de lo que supo y quiso ser en sus orígenes. Se agrava el desbarajuste toda vez que por oponerse a este oficialismo asfixiante, pendolistas o políticos sin entrenamiento historiográfico alguno, y faltos de sólida cultura, dejan caer sus diatribas contra Rosas, sin advertir que están castigando, no al héroe en sí mismo, sino a la parodia en que lo han convertido los titulares del Régimen. Moralmente hablando, estamos obligados a formular condenaciones terminan-tes para los artífices de tanta falsedad acumulada.

No mejora el panorama la irrupción de ciertos intérpretes de la figura de Don Juan Manuel que, aunque en las antípodas intelectuales y morales de los bandos señalados, y por eso mismo dignos de ser considerados decentes, han decidido descalificar como traidores a todos aquellos personajes americanos que tomaron parte de la independencia de España. Casi siempre sin acepción de personas, ni de propósitos ni de circunstancias. Como si fuera lo mismo amar piadosamente a los padres y verse compelido a formar casa propia con idénticas raíces, que sacudir las sandalias en los umbrales del hogar solariego, movido por el odio y el desprecio. Como si idénticos fueran los casos de quienes llamaron independencia a abjurar de su matriz, y esos otros que 12defendieron con sangre limpia una autonomía que no les impedía cultivar el encepamiento hispano de tres siglos. Y como si después de doscientos años del doliente proceso de disolución del Imperio Hispano, cupiera mantener fresco un rencor, que acaso pudo alimentarse durante la contemporaneidad de los hechos, pero que a vistos y considerandos de lo acaecido en ambos continentes, más parece prudente mitigar que azuzar.

Entre varios fuegos entrecruzados, algún rescate precisa la figura ilustre del Caudillo de la Santa Federación. Y he aquí el sentido de las páginas que siguen: cooperar como podamos a esta necesaria acometida. Convertirnos en auxiliares de una tarea regeneradora pendiente, como quien alcanza el bruñidor, acerca el dorador o arrima los pinceles para que un antiguo y noble lienzo recupere su brillo.

Hemos dado en llamar “notas” a los capítulos que se suceden, porque la lengua castellana lo permite con propiedad. Hacer no-tas es señalar algo para que se conozca o se advierta; reparar y observar; apuntar brevemente ciertos tópicos a efectos de que no se olviden; y es además poner reparos a los escritos de terceros, reprender o censurar. Es sencillamente, incluso, escribir con responsabilidad. Otra cosa que notas no creemos que sean las páginas que aguardan.

Algunas de las mismas vieron la luz hace años en algunas re-vistas especializadas de restricta aunque calificada difusión. Les llegó la hora del remozamiento y de la ampliación y eso hicimos. Otras circularon en su momento de manera digital y estaban dispersas. Nos pareció oportuno reunirlas y pulirlas, y también eso hicimos. Las dos primeras, en cambio, que dan una impronta peculiar a este breve libro, aparecen aquí por primera vez.

Nos damos por satisfechos si, en su conjunto, pueden prestar ese servicio al que aludíamos. El de llevar algunas claridades a un ambiente cada vez más ennegrecido y opaco. Nos placería aún más –y la esperanza nos dicta este párrafo conclusivo– si motivados por el mismo espíritu que suscitó estas notas, una nueva generación, juvenilmente madura, se decidiera a refundar la escuela historiográfica revisionista. Para lo cual, entre otros dones, se necesitaría la clarividencia de Bernardo de Chartres, que se valió de la metáfora de los enanos subidos a los hombros de gigantes. Se necesitaría, en suma, ver más alto y más lejos y más diáfano, pero sin dejar de agradecer los hombros que nos han sostenido cuando todo era invisibilidad y negrura.

 

Antonio Caponnetto

Buenos Aires, enero del 2013

 


miércoles, 12 de febrero de 2025

3 de Febrero: La Batalla de Caseros y la traición a la Patria

 

Por: Felix Pavan

    ¿Rosas? para algunos, el gran defensor de la soberanía; para otros, el símbolo de un poder excesivo que debía terminar.
    El 3 de febrero los argentinos recordamos con dolor la Batalla de Caseros; un día oscuro y aciago en que la Patria fue entregada a los intereses del liberalismo, la masonería y las potencias extranjeras. Un día negro, en el que la Argentina fue forzada a abandonar su destino soberano, condenada a la desunión y a la dependencia, despojada de su identidad bajo el falso brillo del “progreso” impuesto por manos extranjeras.
    Fue la caída de Juan Manuel de Rosas, el gran defensor de la soberanía argentina y del federalismo, traicionado por aquellos que, en nombre de la “organización” y el “orden”, abrieron las puertas a la disolución nacional. Lo que se presentó como una nueva etapa para el país no fue más que el inicio de la entrega, la imposición de un modelo contrario a nuestras tradiciones y la sumisión a los intereses de los poderosos.
    Rosas, gobernante firme y católico, supo enfrentar las agresiones del imperialismo británico y francés, resistiendo el dominio extranjero y sosteniendo la Confederación Argentina sobre los principios de la religión, el orden y la justicia. Su política protegió a los pueblos, a la familia y a la tradición, enfrentando a los principios de la Revolución, sostenidos por el unitarismo.
    Caseros no fue una victoria del pueblo argentino, sino la consumación de una traición. Justo José de Urquiza, cegado por la ambición y seducido por los intereses del liberalismo, se alió con el Imperio del Brasil y con los enemigos históricos de la Patria, traicionando el sagrado juramento de defender la soberanía. Con su felonía, derrocó al Restaurador de las Leyes, y con él, al último bastión que resistía la injerencia extranjera y el dominio de las potencias imperiales.
    Lo que siguió fue el despojo. La Argentina, sin el orden providencial que Rosas había establecido, perdió su rumbo, entregada a la oligarquía porteña, a los mercaderes del poder y a los agentes de la disolución nacional. El modelo liberal impuesto no trajo libertad ni grandeza, sino el saqueo de las riquezas nacionales, la descomposición del orden social cristiano y la persecución de los valores tradicionales que habían sido el alma de la Confederación.
    Desde entonces, la Nación ha vagado entre falsas promesas y entregas sucesivas, alejándose de su misión providencial. Pero la historia no se ha cerrado, y la memoria de los pueblos no se borra. Aún es tiempo de volver a levantar las banderas de Dios, Patria y Federación, para restaurar la Argentina verdadera.
    Hoy, más de 170 años después, el recuerdo de Caseros nos llama a la reflexión y al compromiso con los principios que Rosas defendió: Dios, Patria y Federación. La Argentina necesita recuperar su identidad católica, su soberanía y su auténtico federalismo, volviendo a las raíces que hicieron grande a nuestra nación.
    Que Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Patria, interceda para que Argentina retome el camino de Dios, la verdad y la justicia.

miércoles, 1 de enero de 2025

El armisticio del 20 de octubre de 1811

 

Por: Edgardo Atilio Moreno

El tratado de paz que el Primer Triunvirato firmó con el virrey Elio es un hecho poco tenido en cuenta en nuestra historiografía, sin embargo su relevancia es de tal magnitud que el historiador José María Rosa, dice que con su firma “había concluido la Revolución empezada en Mayo de 1810”.[1]

En efecto, la Revolución de Mayo se había hecho con el propósito de dar a los americanos un gobierno propio; autónomo, fiel al monarca ausente, pero no sujeto al ilegitimo Consejo de Regencia que armaron los ingleses en Cádiz. Sin embargo, este tratado vino a reconocer la autoridad de dicho virrey, concediéndole por ende legitimidad al Consejo peninsular que lo había designado.

Antecedentes, el Convenio preliminar de la Junta Grande.

Este armisticio, firmado el 20 de octubre de 1811, no  es un hecho completamente insólito y disruptivo, sino que reconoce un antecedente directo e inmediato en el Convenio  Preliminar de similar tenor, que el gobierno anterior, de la Junta Grande, firmó tan solo un mes antes.

Cabe recordar que dicha Junta, que se había formado con la incorporación de los diputados de las provincias y contaba con el apoyo de los saavedristas, llegó al gobierno resuelta a poner coto al absorbente centralismo de Buenos Aires y a las practicas jacobinas del morenismo; pero manteniendo por supuesto el fidelismo a Fernando VII. Sin embargo, el bloqueo al puerto de Buenos Aires, ordenado por Elio, y el temor a una invasión de los partidarios del Consejo de la Regencia, llevó a la Junta Grande a dictar un decreto por el cual se expulsaba de la ciudad a todos los españoles solteros.

Esta drástica medida –como dice Ernesto Palacio- causó gran conmoción en la población de Buenos Aires; por lo que el Cabildo “se vio obligado a solicitar su revocación[2]. Incluso los morenistas, que en el pasado impulsaron medidas más crueles, maquiavélicamente, se sumaron a las protestas.

La marcha atrás dada por la Junta (que revocó el decreto) cayó mal a los saavedristas que, alarmados por el avance del morenismo, organizaron una poblada encabezada por el alcalde de barrio Tomas Grigera (conocida como la grigerada o la revolución de los orilleros), durante los días 5 y 6 de abril, la cual logró la incorporación del Dr Joaquin Campana a la Junta Grande; aunque su propósito de colocar a Saavedra en el gobierno se vio frustrado por que este no aceptó el mando.

No obstante ello, la crisis no se resolvió. El día 20 de julio llegó la noticia de la derrota de Huaqui, y el gobierno entró en pánico.

En agosto llegó de Rio de Janeiro Sarratea con la recomendación de Lord Strangford de arreglar con Elio, reconocer su jurisdicción en la Banda Oriental  y enviar diputados a las Cortes de Cádiz. Campana quiso oponerse a ello pero el Cabildo presionó a favor del acuerdo; y el 1 de septiembre se firmó un tratado preliminar de paz, en esos términos, el cual no fue ratificado pues los portugueses (que habían sido llamados en ayuda por Elio) continuaron con su avance en la Banda Oriental y Artigas continuo con el sitio a Montevideo.  

Toda esta situación desprestigió completamente a la Junta Grande y provocó su caída y la conformación del Primer Triunvirato, conformado por Chiclana, Paso y Sarratea; con Rivadavia como secretario.

El Primer Triunvirato

Ernesto Palacio dice que el primer Triunvirato no fue una reacción liberal contra la política conservadora de la Junta Grande, sino que fue simplemente la reacción del localismo porteño contra el predominio provinciano en la Junta, y que por ende continuo con la línea de “timidez y vacilaciones” de sus antecesores. Es decir, no tenía intención alguna de forzar una declaración de independencia.

Asi mismo, José María Rosa, afirma que este órgano triparto se creó simplemente para terminar con las contemplaciones con Artigas y arreglar de una buena vez con Elio.

De ahí entonces que una de sus primeras medidas fue la de seguir adelante con las tratativas iniciadas por la Junta Grande con los regencistas. Para ello se le ordenó a Rondeau levantar el sitio a Montevideo. Cumplido esto quedó expedito el camino para firmar el Armisticio, cosa que se hizo el día 20 de octubre de 1811.  

Lo novedoso (y que causó malestar) de este tratado no fueron las habituales declaraciones de reconocimiento y fidelidad a Fernando VII, las cuales eran de rigor en todos los documentos oficiales emanados desde la Revolución de Mayo, tanto en los de la Primera Junta como en los de la Junta Grande y del Triunvirato; sino el reconocimiento que se hacía a Elio y a las ilegitimas autoridades del Consejo de Regencia.

En efecto, en las clausulas 4 y 5 se establecía que Buenos Aires mandaría delegados a Cádiz para explicar las causas que han obligado a suspender el envió de sus diputados. Asi mismo por las clausulas 6 y 7, se disponía que “las tropas de Buenos Aires desocuparan la Banda Oriental del Rio de la Plata hasta el Uruguay, sin que en toda ella se reconozca otra autoridad que la del Excelentisimo señor Virrey”.

Por su parte Elio se comprometía a cesar con el bloqueo y a gestionar el retiro a sus fronteras de las tropas portuguesas que él mismo imprudentemente había convocado, alimentando las ansias expansionistas de estos.

José María Rosa explica que este tratado disgustó a casi todos especialmente “al gobierno de Rio de Janeiro porque Elio, después de haber llamado en su auxilio al ejercito de Souza, no había consultado con este los términos de su paz”, y por supuesto a Artigas, que acaudillaba a los orientales. Solo plació –continua Pepe Rosa- “a Strangford, a Elio y a la gente principal de Buenos Aires[3].

La reacción de Artigas ante el arreglo fue contundente. Acusó a Buenos Aires de abandonar a la Banda Oriental a su opresor antiguo y consideró que el tratado era una capitulación deshonrosa. En una clara desobediencia a lo acordado y dispuesto a continuar la lucha, dirigió una emigración masiva de orientales, que se dio a llamar “la redota”, hasta Concordia, Entre Ríos.

De todos modos, el acuerdo con los regencistas duro poco. Las tropas portuguesas no solo no se retiraron de la Banda Oriental, sino que además hostigaron a los hombres de Artigas en su éxodo. El Triunvirato se quejó de esto ante Vigodet (que había reemplazado a Elio) pero este hizo oídos sordos y reanudó las hostilidades atacando con sus barcos por el rio Paraná.

El gobierno ordenó entonces a Belgrano fortalecer la ribera del rio en Rosario. Allí instaló dos baterías y le propuso al Triunvirato la adopción de una escarapela celeste y blanca que sus soldados usarían en el uniforme. La propuesta fue aceptada, lo cual entusiasmo a Belgrano quien pensó que este gesto era un paso a una declaración de independencia; por lo que inmediatamente, el día 27 de febrero de 1812, enarboló por primera vez una bandera nacional con los mismos colores. El gobierno desaprobó lo hecho; le ordenó guardar la bandera y le mandó la roja y gualda. 

La iniciativa independentista de Belgrano disgustó al Triunvirato, especialmente a su secretario Rivadavia.  Por ello mismo, fueron reprimidas también las actividades de la Sociedad Patriotica en Buenos Aires. Dice José Maria Rosa al respecto: "El morenismo de la Sociedad Patriotica no era simpático a Rivadavia, pero no era motivo suficiente para clausurar la entidad. Otra cosa fue empezar los recitados sobre la independencia en febrero y que la Sociedad hiciese campaña para la pronta convocatoria de la Asamblea General a fin de conseguir un pronunciamiento igual al de Caracas (la independencia). Rivadavia entendió que uno y otro eran propósitos sediciosos... ordenó patrullar las calles y vigilar las reuniones de la Sociedad Patriotica... La Sociedad dejo de reunirse y Montegudo fue separado de la Gaceta..."

De lo rápidamente relatado hasta aquí podemos concluir que este Armisticio manifiesta la existencia –aun en 1811- de una fuerza o tendencia moderada entre los patriotas, dispuesta a aceptar en cierta medida el orden anterior a la Revolución –como dice Federico Ibarguren- y a conciliar con los antiguos beneficiarios de él. Tendencia que, ante las múltiples dificultades atravesadas (a lo que se le debe sumar la presión de Inglaterra), llegó al extremo indecoroso de ceder en los ideales autonomistas de Mayo, aceptando a unas autoridades que antes -con todo derecho- se impugnaban.

Por otro lado también es evidente que la  imprudencia, la soberbia y la belicosidad de los funcionarios regencistas, que malograron este acuerdo y que buscaron la guerra a toda costa, hizo que muchos patriotas comenzaran a pensar en la posibilidad de la independencia (entre ellos algunos como  Belgrano) que hasta poco antes se habían manifestado fieles partidarios del monarca ausente[4].

Por ello, no es casualidad que justamente por ese entonces, en la segunda mitad de 1811, recién se puedan encontrar los primeros documentos privados (cartas) en los que algunos patriotas mencionan la palabra o la idea de independencia; como lo afirma Enrique Diaz Araujo en su monumental obra Mayo revisado.

A todo esto, aún quedarían por delante cinco años más de penosa guerra civil para que finalmente este rincón sureño del ya extinto imperio hispano católico se declarara independiente.

 

                                                                                                    

Bibliografia:

Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina. Ed Abeledo Perrot. Bs As 1999.

Rosa, José María. Historia Argentina. T.2. Ed. Juan Granda. Bs As 1967.

Diaz Araujo, Enrique. Mayo revisado, tomo 1. Editorial Ucalp. 2010.

Ibarguren, Federico. Así fue Mayo. Ed. Theoria. Bs As. 1998

 



[1] Rosa, José María. Historia Argentina, Ed. Juan Granda. Bs As 1967, tomo 2, pag. 339

[2] Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina, Ed Abeledo Perrot. Bs As 1999; pag 172.

[3] Rosa, Jose Maria. Ob. cit., pag. 341.

[4] En su campaña al Paraguay, Belgrano arengaba a sus hombres a luchar por el Rey;  y en marzo de 1811, en la batalla de Tacuary, rodeado por fuerzas superiores, e intimado a rendirse, contestó desafiante: “Las armas del Rey no se rinden, venga Vuestra Merced, a tomarlas”.


viernes, 27 de diciembre de 2024

Disputas sobre la independencia

 


Por: Agustín de Beitia

Cada año, el 9 de julio asistimos a la equívoca celebración oficial de nuestro proceso de independencia como un grito de libertad. Como si hubiésemos vivido hasta entonces bajo un yugo. El espíritu que anima esa clase de festejo es el mismo que subraya el carácter revolucionario del 25 de Mayo, entendido en clave liberal e ilustrada. Es la emancipación como alegre ruptura con España y, en sentido amplio, con la tradición. El mismo himno nacional canta a la "nueva y gloriosa nación" que se levanta a la faz de la tierra y que tiene "a su planta rendido un León", en alusión a la Madre Patria. El problema con este tipo de exaltación es que poco tiene que ver con lo que se decidió en aquellas fechas.

A quienes cubren de gloria inmarcesible aquel proceso, pero también a quienes desde España rebajan nuestra independencia a una mera traición que habría causado la ruptura del Imperio Hispano Católico, viene a corregir el doctor Antonio Caponnetto en su nuevo libro, Respuestas sobre la Independencia (Bella Vista Ediciones), una obra indispensable, que tiene la inusual pretensión de examinar el pasado a la luz de lo sobrenatural. Un ensayo que invita a abandonar simplismos y a adentrarse en las aguas profundas de la historia, la filosofía y la teología.

Enfrentado a los liberales, que creen que la patria nació hace 200 años, y sobre todo a los tradicionalistas españoles, que toman la fecha de la independencia como su fecha de defunción, Caponnetto avanza "entre estos dos fuegos" la tesis de que el proceso de autonomía sin desarraigo, que fue un programa y un curso de acción explicitado, fue doloroso pero legítimo, aunque se haya echado a perder por obra de los ideólogos del liberalismo y la masonería, bajo la tutela británica.

Las reflexiones aquí contenidas son el fruto de una larga meditación sobre el tema, a tal punto que no parece desproporcionado decir que es toda una vida intelectual la que fecunda este trabajo. El autor, que es doctor en Filosofía y profesor de Historia, presenta estas reflexiones como "una prolongación natural" de un volumen suyo anterior, Independencia y Nacionalismo (Katejon, 2016), publicado con ocasión del bicentenario de nuestra independencia. Y a ambos títulos, como una derivación de Los críticos del revisionismo histórico. Tanto es así que en este tercer volumen admite que quiso "levantar" todas las objeciones que la historiografía españolista plantea a esa escuela de la revisión histórica.

El libro tiene una forma dialogal, idea que le inspiró la muy buena entrevista que le realizara el periodista español Javier Navascués tras la aparición de Independencia y Nacionalismo. Una entrevista pensada para el mundo digital y que fue publicada en forma parcial en el sitio Adelante la Fe.
Las preguntas incisivas le hicieron ver a Caponnetto, según confiesa, que muchas objeciones y cuestiones disputadas quedaban aún sin respuesta. Pero también lo llevaron a pensar que el método socrático permitiría adentrarse mejor en el tema, ampliando el panorama conforme se avanzaba con las inquietudes.

TRES PARTES

Tres partes componen la obra. Una primera, donde se transcribe esa breve entrevista de Navascués y que aborda la cuestión de la independencia. Una segunda, más extensa, con las preguntas autoformuladas, y una tercera dedicada a la cuestión del católico y la patria, que como bien anticipa el autor se va asomando de a poco desde el mismo comienzo. De lo que esta tercera parte trata es de la "compatibilidad entre catolicismo y patriotismo", entre nacionalidad o atadura a la propia tierra y la cosmovisión espiritual del cristiano, entre nacionalismo y práctica de la fe.

Este último aspecto va asomando de a poco porque la cuestión de fondo con que lidia Caponnetto es de raíz teológica: no ya la impugnación del independentismo, sino del derecho a la existencia de las naciones hispanoamericanas, de la idea misma de patria, del concepto de nación. Una impugnación hecha en nombre del catolicismo y de sus fuentes más tradicionales. Esta objeción, de procedencia carlista, pretende según el autor alcanzar a todo aquel que ose, sino reivindicar el proceso autonomizante, al menos cohonestar sus causas.

Caponnetto deja clara su postura: no comparte la alegría de quienes celebran la independencia porque disfrutan la desmembración del Imperio Hispano Católico, ni comparte las acusaciones de traición que lanzan ciertos católicos españoles. Frente al error de unos y la injusticia interpretativa de los otros, recuerda que realistas eran todos, incluso los masones perseguidores de los católicos como Rivadavia. Y expone luego los ejemplos de fidelismo, de arraigo, de conservación del patrimonio cristiano y español heredado que demostraron "los mejores de los nuestros", que ocuparon puestos destacados en la lucha, entre los que menciona a San Martín, Saavedra, Sarratea y otros.

Ejemplos de celo católico como para castigar la blasfemia (San Martín), enarbolar divisas de "Religión o muerte" (Quiroga) o practicar actos públicos de piedad religiosa (Belgrano), que cuesta encontrar en el bando opuesto.

El meollo de la controversia, y en ella se entra rápido, es que hubo en estas costas un deseo de un gobierno propio, una emancipación efectiva y guerras que se libraron para sostenerla. Eso es lo que quiere dejar en evidencia la impugnación carlista, que dicha rápidamente podría resumirse en que "somos hijos de la Revolución". Una observación mortificante para quienes son católicos en estas tierras. Pero una mortificación que, a juzgar por los resultados, pareciera tener un fundamento.

Para levantar esa objeción, Caponnetto propone un hilo de razonamiento que sigue un mismo método: abrir la lente para abarcar un cuadro mayor, iluminando lo que antes quedaba en la sombra. Y el resultado no solo es esclarecedor, sino que hasta por momentos cambian las tornas.

DOBLE DERROTA

Lo primero que queda expuesto es que no es lo mismo la independencia que pretendían los ideólogos iluministas como Moreno, Castelli y Paso, que la autonomía gubernativa de quienes querían conservar no solo las formas monárquicas sino también la prosapia cultural hispana. Es decir, que no se debe confundir el anhelo de emancipación (iluminista) con el de una autodeterminación que era fruto del ius resistendi frente a una monarquía devenida en tiranía, invadida por una potencia extranjera.

Que los ideólogos del "descastamiento" hayan terminado por imponerse es otra cuestión, que el propio Caponnetto admite y deplora. Con la salvedad de que esas ideas representaban solo a un grupo, y no precisamente el más numeroso, pero que se vio favorecido por la ceguera y el iluminismo furioso de un Fernando VII que al volver del exilio se volcó a una violencia rencorosa que ahogó la unidad del imperio en la sangre de una inmensa guerra civil. El autor, de hecho, habla de una doble derrota en el proceso autonomista, política e historiográfica, razón por la cual hoy se nos imponen efemérides laicas y masonas. Pero para ver eso insiste en que hay que ir bastante más lejos que 1810-1816, hasta la derrota nacional de Caseros.

Aunque Caponnetto dice que nunca considerará "auspicioso" el inicio del camino independentista, porque no se engaña sobre sus fogoneros e instigadores, sí cree que la autonomía resultó "legítima" y "dolorosa". Legítima porque revistió las formas de una clásica resistencia contra una tiranía que ponía en riesgo la existencia misma de la sociedad política. Dolorosa, porque nunca es grato tener que llegar al límite de poner en práctica el ius resistendi.

Mucho más contundente es que, por el procedimiento de contemplar lo sucedido con una lente más abierta, el autor desvela que había partidarios del "descastamiento" en el mal llamado bando realista. Pone así sobre la mesa los intentos de ruptura del Imperio Hispano Católico procedentes de la propia península, que son -en sus palabras- muy anteriores a 1810 y más graves.

Por eso la acusación de perjurio la toma como indignante. Porque ve en ella la intención de convertir a la víctima en victimario. En este sentido, recuerda lo que venía sucediendo en España, y cómo en la sucesión dinástica entre Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, el iluminismo no había dejado ruindad sin cometer. Como sucedió en 1807, cuando la soberanía española quedó ultrajada por franceses e ingleses con la anuencia de la corona española, se inauguraron las persecuciones a la Iglesia y el Estado regalista reemplazó la noción de Cristiandad por el Equilibrio Europeo.

PARADOJAS

Para ilustrar su argumento, Caponnetto recorre las paradojas y contradicciones que se esconden en esta historia, desvela las tergiversaciones y ocultamientos que hicieron escarnio de unos y enalteceron a otros. Así expone la falacia de la presunta anglofilia de San Martín y la confronta con el muy real y documentado, pero también ocultado, ejercicio de la corona española de promocionar a los ingleses.

De ese breve estudio biográfico de San Martín y su época, extrae la evidencia de que el Imperio Español había prácticamente desaparecido para 1808, y no sólo el Imperio, sino la mera soberanía de la Metrópoli, tironeada por franceses e ingleses que se repartían el dominio como dos cuervos un cadavérico botín, algo que amenazaba con arrastrar a América.

Aclarada, por estas razones, su adhesión a la patria independiente, que considera una reacción ante Napoleón Bonaparte y sus aliados, explica por qué esta postura no es contradictoria con manifestarse fiel a España. Y para eso señala que, en la cosmovisión católica, la patria es un don de Dios y su primer bien es el patrimonio recibido en herencia. Un patrimonio que no es un gobierno ni un costumbrismo, sino un espíritu, un alma, que es eso que llamamos Hispanidad.

De allí que la pregunta por la patria, su origen y su nombre, va cobrando una creciente significación. El autor, que prefiere referirse al "drama independentista", dice que ese drama no puede entenderse sin categorías teológicas.

Con una sutileza exquisita, aclara entonces que hay un modo sacramental de entender el pasado. Por eso sostiene que la fecha inaugural de nuestra patria no es la independencia sino el bautismo que recibimos el 12 de octubre de 1492, y más específicamente el 1 de abril de 1520, fecha de la primera celebración eucarística en el territorio argentino.

No, viene a decirnos Caponnetto. La Argentina no nació del cañón de La Bastilla. Nació de la Cruz y de la Espada portadas por el Conquistador y el Misionero, según célebre metáfora de Vicente Sierra. Y para demostrar que su origen se sitúa en los albores del siglo XVI, recorre la bibliografía histórica y nos lleva de la mano por registros de cartógrafos, poetas y cronistas.

El último capítulo, titulado El católico y la patria, depara páginas muy provechosas. Frente a quienes sostienen que en la Tradición de la Iglesia el concepto de patria no resulta valorado, ofrece un esclarecedor itinerario por el pensamiento de los Padres de la Iglesia, en el que encadena una reflexión sobre si está o no en los planes de Dios la existencia de las patrias y las naciones, y la relación entre la patria terrena y la celestial.

Como hizo antes contra los simplismos hermenéuticos e inequidades, contra los maníacos obsesivos de la injerencia británica, contra el insano complejo de culpa y de inferioridad por ser argentinos, contra la tesis carnalista de Federico Rivanera Carlés, pero también contra "los Felipe Pigna y sus traspolaciones presentistas y ucrónicas" o las "naderías" de Loris Zanatta, Caponnetto sigue el mismo procedimiento de abrir la lente, señalar inconsistencias y preguntar a los críticos si a La Argentina, hija legítima y orgullosa de la España Imperial, la están descubriendo, amando y sirviendo tal como fue y queremos que sea.

Respuestas sobre la independencia es un precioso libro. De lectura ágil, pero meditación lenta. Polémico y controversial, como es Caponnetto, pero también honesto hasta el dolor, como es también este profesor al que dice gustarle "el sol dando de pleno en la cara".

Un libro que no duda en rescatar con brío la figura de Saavedra, pero reconocer que en un momento se hizo un flan. Un libro que llama a no caer tampoco en el simplismo de considerar que la Revolución fue católica porque en el Cabildo o la Casa de Tucumán merodearan sacerdotes y sotanas, cuando en muchos casos se trataba de un clero liberal y confundido. Un libro, en fin, con categorías disonantes para los oídos vulgares.

No extraña en absoluto que sea ignorado por el periodismo, que no es muy afecto a las sutilezas. Menos aun cuando esas sutilezas vienen a aguar la fiesta de los "descastados".

El mayor dolor que expresan estas páginas es ver cómo nos han inventado una patria en la cual ya no queda lo esencial de la "terra patrum", que es la Hispanidad. El esfuerzo por la hispanofiliación es claro en la prédica de Caponnetto y en esta obra en particular.

Un esfuerzo que quiere revertir muchos males que hoy padecemos y que son en parte, como dice el autor, la consecuencia directa de que prevaleciera aquella emancipación kantiana, rousseauniana, iluminista, masónica. Admite, con acierto, que otros males son pura responsabilidad nuestra. Y de hecho el vaciamiento espiritual de ayer continúa hoy y no parece tener fin.

Pero el autor señala que el estado de descomposición de la actual España no permite tampoco abrigar muchas esperanzas de que nuestra suerte hubiera sido mucho mejor sin la independencia. Porque, en definitiva, es la civilización cristiana toda la que está amenazada de muerte. Y en esto no hay lado del Atlántico que se salve.

 

Tomado de: https://www.laprensa.com.ar/Disputas-sobre-la-independencia-503651.note.aspx


lunes, 2 de diciembre de 2024

Vuelta de Obligado: la incredulidad en los parlamentos de Inglaterra y Francia frente a la resistencia de Rosas

 


Por: Pablo Yurman

La guerra que sostuvo nuestro país, por espacio de cinco años, contra la armada anglo-francesa en la década de 1840, y que tuvo como fecha icónica el 20 de noviembre de 1845, día del Combate de la Vuelta de Obligado sobre el río Paraná, fue cubierta con marcado interés por la prensa internacional y, además, constituyó tema de permanente debate en los parlamentos tanto de Inglaterra como de Francia.

Para comprender los motivos por los que ambas potencias decidieron financiar una armada que superaba el centenar de buques, en su mayoría mercantes, escoltados por una veintena de naves de guerra, debe tenerse en cuenta el contexto internacional de mediados del siglo XIX.

Eran años en los que en varias partes del mundo se asistía a una expansión del colonialismo británico, y también francés, que por la vía diplomática o por el uso de la fuerza -recordemos que se trataba de las principales potencias militares y económicas de la época- obtenían en todos lados las más variadas concesiones de diversos pueblos sometidos. Por ejemplo, el primer ministro Lord Robert Peel logró la firma del Tratado de Nankín con China en 1842 por el cual se puso fin a la primera guerra del opio, y le permitió a Inglaterra apoderarse de la célebre isla de Hong Kong (cuyo control retuvo hasta su cesión en 1997) y la apertura económica de China a sus productos industriales. Era una época en la que la diplomacia británica no aceptaba de buen grado una negativa a sus demandas por parte de otros países.

Los franceses no se quedaban muy atrás. Y en tren de reivindicaciones territoriales sostenían un vasto imperio colonial en todos los continentes. Al tiempo que inventaban el término “Latinoamérica” (jamás usado en los siglos precedentes), no se privaron ni de bombardear el puerto mexicano de Veracruz (1838) ni de instalar a un emperador dócil a la sugerencia de establecer un tutelaje galo sobre México, como fue el caso del desdichado Maximiliano (1864-1867).

Era, por tanto, cuestión de esgrimir una buena excusa para iniciar formalmente hostilidades contra una nación que, como la Argentina, controlaba la comercialmente estratégica boca del estuario del río de la Plata, la que a su vez constituía el paso previo para la navegación por los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, que eran la llave de ingreso al interior del continente.

Máxime cuando había un punto débil para la Argentina de aquellos años que será astutamente aprovechado por las potencias invasoras: nuestra guerra civil entre unitarios y federales que había provocado el exilio de muchos de los primeros en Montevideo, desde donde prestarían su ayuda a los enemigos externos del país.

Francia usó como excusa el reclamo al gobierno presidido por Juan Manuel de Rosas de que a sus ciudadanos se les diera el mismo trato privilegiado que ya tenían los residentes británicos en nuestro país (concesión que venía de tiempos de Bernardino Rivadavia). Por su parte Inglaterra reclamaba que los ríos internos en territorio argentino fuesen de libre navegación internacional, es decir, que naves de bandera británica circularan por ellos sin necesidad de autorización del gobierno argentino.

Años antes habíamos mantenido un conflicto militar similar con Francia, entre 1838 y 1840, que se concluyó con la firma del Tratado Arana-Mackau. Al respecto señala Edmundo Heredia (en Un conflicto regional e internacional en el Plata. La vuelta de Obligado) que “la prepotencia francesa desnudó su imperialismo al mezclar sus pretensiones comerciales con su apoyo a los unitarios proscriptos, entrometiéndose así en una cuestión interna de los rioplatenses. Las concretas intervenciones de fuerzas navales francesas acompañadas de declaraciones y otras actitudes nada amistosas del gobierno de Francia, eran una demostración ostensible de su decisión de mantener siempre una presencia activa en el continente”.

La negativa argentina, expresada en un incesante intercambio de notas diplomáticas entre nuestro canciller, Felipe Arana, y los funcionarios europeos, se mantuvo incólume, lo que derivó en el inicio de hostilidades. La resistencia militar argentina en la Vuelta de Obligado fue saludada por los pueblos americanos que la reivindicaron al nivel de una segunda guerra por nuestra independencia. Resultó que nuevamente ingleses y franceses deberían lidiar con uno de los pocos pueblos del planeta dispuesto a hacerles frente.

Dice Vicente Sierra en su Historia de la Argentina que “ya en enero de 1846 en el Parlamento inglés se hizo escuchar la voz de la oposición liberal ante un desarrollo de los hechos del Plata que no se ajustaba a lo que la mayoría había supuesto.” (tomo IX, pág. 275). Y agrega respecto de las bases para una salida negociada a la crisis, propuesta formulada por Rosas a través del representante argentino en Londres, Manuel Moreno, que “Lord Aberdeen dijo ante la Cámara de los Lores, el 19 de febrero de 1846, que si bien se trataba de proposiciones inadmisibles, ‘podían muy prontamente conducir a un arreglo amistoso de toda la cuestión”.

El 23 de marzo de 1846 Lord Peel fue interpelado en el parlamento, sitio en el que tuvo que responder las preguntas del vocero de la oposición, Lord Aberdeen (tiempo después pasará de la oposición al gobierno). A las preguntas relacionadas con el estado de la cuestión del Plata, a saber: si existía un estado de guerra entre Gran Bretaña y la Confederación Argentina, y fundamentalmente, sobre las perspectivas que razonablemente tendría el asunto, Peel respondió diciendo: ¿Estamos en guerra con Buenos Aires? No ha habido declaración de guerra. Hay un bloqueo de ciertos puertos del Río de la Plata pertenecientes a Buenos Aires; pero no entiendo que el establecimiento de un bloqueo importe necesariamente un estado de guerra. La segunda pregunta del noble Lord es si las operaciones de carácter más hostil en las márgenes del río Paraná tenían la sanción previa del Gobierno. Dije ya que no había dado instrucciones ningunas al representante del gobierno o al comandante de las fuerzas navales además de las que fueron comunicadas a la Cámara, y aunque parezca singular hasta hoy no se ha recibido aún una explicación amplia o satisfactoria de los motivos que hubo para la expedición del Paraná…” (citado por Vicente Sierra en Historia de la Argentina).

Sostiene Heredia que “las razones por las cuales, entre otras alternativas, la flota conjunta decidió forzar el paso fluvial en lugar de atacar un puerto o llevar a cabo alguna otra medida de fuerza, o hasta declarar la guerra, son por ahora objeto de conjeturas. Resulta extraña la pretensión de colocar mercaderías contenidas en casi una centena de barcos, en un mercado incierto y de escasa población; es poco creíble que comerciantes y fuerzas armadas creyeran realizar un buen negocio, en términos estrictamente comerciales. La hipótesis que parece más plausible, que puede inferirse por los hechos ocurridos, es que la opción procuraba movilizar en contra de Rosas a las provincias situadas al Norte (Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes) y al Paraguay; es decir, producir un hecho detonante que provocara una reacción generalizada contra Rosas”.

En efecto, varios documentos y testimonios de la época dan cuenta del interés por parte del Brasil de sacar ventajas de la intervención europea en perjuicio de la Argentina, procurando su debilitamiento en combinación con el Paraguay. Llegó a manejarse la posibilidad de crear una artificial República de la Mesopotamia, es decir, el desmembramiento del territorio argentino.

Las tensiones parlamentarias en Francia estaban a la orden del día a raíz de los sucesos en Sudamérica. François Guizot era el ministro de relaciones exteriores francés y será poco tiempo después primer ministro coincidiendo con el reinado de Luis Felipe. Al comparecer a la Asamblea Nacional fue duramente interpelado por un viejo adversario, Adolfo Thiers, en línea similar a la de los parlamentarios ingleses.

Al respecto expresa Sierra que “Guizot no podía defenderse muy eficazmente, pues su política rioplatense distaba de ser coherente, revelaba contradicciones, de manera que se limitó a exponer que no se podía aún hablar de que la intervención hubiera fracasado. La verdad era, en cambio, que ni Guizot ni Aberdeen lograban explicarse cómo no habían triunfado.”

Constituye un lugar común en ciertos sectores de nuestra historiografía, guiados más por prejuicios que por rigor y exhaustividad histórica, considerar a la actitud argentina de resistir las demandas extranjeras como un capricho de Rosas. Además de omitir decir que ese conflicto culminó con una victoria diplomática de nuestro país, olvidan que al tiempo que fue una guerra internacional, también lo fue regional, en la que por una suma de intereses y circunstancias se jugaba nuestro destino: o salvaguardar nuestra integridad y dignidad, o atomizarnos en un mosaico de pequeños estados irrelevantes en el tablero internacional.

miércoles, 30 de octubre de 2024

SEMBLANZA DE SAN MARTÍN

 

Por Mario Meneghini


I. Dudas y leyendas

Es importante procurar aclarar las dudas y leyendas que circulan con respecto a la figura de San Martín, pues la historia no puede limitarse al relato de los hechos pasados, sino que debe investigar la causa de los hechos, y esclarecer, en la medida de lo posible, los acontecimientos que se prestan a la confusión. 

1) ¿Cómo puede considerarse a San Martín “padre de la Patria”, si vivió la mayor parte de su vida fuera de la patria? 

Es cierto que San Martín vivió en tierra americana sólo 18 años en total, de sus 72 años de vida; 6 años en la niñez, y 12 años en su campaña libertadora. Lo que ocurre es que hasta 1816 no existía la Argentina, y aún hasta 1852 no existió, estrictamente, el Estado Argentino unificado, y recordemos que San Martín fallece en 1850. 

San Martín nació en el Virreinato del Río de la Plata, que era una provincia perteneciente a la Corona de Castilla, a su vez, integrante del Imperio Español. Por lo tanto, la patria originaria de San Martín era el Imperio Español, que luego se desagrega en varios Estados independientes, uno de los cuales fue el de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

Por otra parte, queda constancia escrita de que el deseo de nuestro héroe, al finalizar su vida pública, era vivir en la chacra que había adquirido en Mendoza. Se vio obligado a viajar a Europa por la situación política imperante en 1824, en que el gobierno porteño, dirigido por Rivadavia, lo consideraba un elemento peligroso, y hasta corría peligro su vida. Tal como luego le ocurriría a otros patriotas, debió vivir sus últimos años en el exilio.

 

2) ¿Por qué volvió San Martín al Río de la Plata, en 1812? 

Sobre este punto, se han emitido varias opiniones que debemos analizar, sucesivamente:

2.1. Porque era un agente inglés

Quien primero lanzó esta tesis fue nada menos que Alberdi, en su libro “El crimen de la guerra” 

“En 1812, dos años después que estalló la revolución de Mayo de 1810, en el Río de la Plata, San Martín siguió la idea que le inspiró, no su amor al suelo de su origen, sino el consejo de un general inglés, de los que deseaban la emancipación de Sud-américa para las necesidades del comercio británico” (p. 213). 

Afirmación gravísima, de la que no ofrece ninguna prueba. 

Hace pocos años, un libro de Sejean “San Martín y la tercera invasión inglesa”, afirma: 

“...hubo una tercera invasión inglesa y que triunfó. Y que triunfó de la mano de San Martín”. Tampoco en este caso se ofrecen pruebas, sino una serie de datos inconexos sin rigor académico.

En cierto modo, esta tesis se deriva de la leyenda, iniciada por Mitre, de la salida furtiva de San Martín desde España. La verdad, es que el propio Consejo de Regencia, el 5-9-1811, le concedió el retiro del servicio, que había solicitado, conservando el fuero militar y derecho al uso de uniforme. 

Es cierto que utilizó para salir de España una visa inglesa; eso se explica pues Cádiz era un istmo, cercado en tierra por el Ejército napoleónico, y bloqueado en el mar por la escuadra inglesa. La única vía de salida era la visa del consulado inglés en Cádiz; su amigo Duff le consiguió pasaje en un bergantín inglés, hasta Lisboa, pero no le aceptó el dinero que le ofreció para no quedar obligado.

Si no bastaran estas precisiones, recordemos que Manuel Castilla, que era el agente inglés en Buenos Aires, le escribió al Cónsul Staples, el 13-8-1812, con motivo del arribo de la fragata Canning, en la que viajó San Martín desde Londres: 

“Esta también un coronel San Martín...de quien... no tengo la menor duda está al servicio pago de Francia y es un enemigo de los intereses británicos”. 

No resulta creíble que, si era el Libertador un agente inglés, no se le hubiese comunicado tal situación al representante en Buenos Aires. 

2.2. Por sentir nostalgia o el llamado de la tierra. 

Esto lo dice Mitre: “se decidió a regresar a la lejana patria a la que siempre amó como a la verdadera madre, para ofrecerle su espada y consagrarle la vida”. 

El argumento es poco serio, si recordamos que sólo había vivido 6 años en estas tierras (5 en Yapeyú y 1 en Buenos Aires). Toda su formación, escolar y militar, la recibió en España, donde había vivido hasta entonces 28 años. Varias veces mencionó con orgullo los veinte años de honrados servicios que cumplió en el ejército español; sería insólito que recién a los 34 años de edad sintiera ese llamado de la tierra.

2.3. Porque era un mestizo 

Una nueva interpretación del llamado de la tierra -ésta más creíble, si fuese cierta- la difundió García Hamilton, apoyando lo afirmado por Chumbita en “El secreto de Yapeyú”, que considera que hay otra explicación para este enigma. San Martín sería mestizo “y sufría en carne propia la injusticia del sistema colonial. Se alzó, desafiando al mundo de su padre. Transformó su humillación en rebeldía política” (Clarín, 16-7-01).

La tesis de Chumbita, que fue rechazada por un Congreso Sanmartiniano, en Agosto de 2000, sostiene que San Martín fue hijo de don Diego de Alvear -padre de Carlos de Alvear- y de Rosa Guarú, una india guaraní. El Capitán Juan de San Martín, para evitar el escándalo de su camarada, habría anotado como hijo suyo a José.

Es cierto que don Diego de Alvear anduvo por Yapeyú, en su condición de marino, integrando una comisión de límites, que debía demarcar las posesiones portuguesas y españolas. Sin embargo, en la Historia de don Diego de Alvear, escrita por su hija Sabina, consta que don Diego estuvo en Yapeyú en 1783, cuando José tenía ya 5 años.

2.4. Cumpliendo un mandato masónico. 

Mitre y Sarmiento, además de haber ocupado la Presidencia de la Nación, fueron ambos grado 33 de la Masonería argentina, y desempeñaron el cargo de Gran Maestre (máxima autoridad). Pues bien, ambos sostuvieron que la Logia Lautaro no integró la masonería, sino que era una logia política. 

Como la cuestión es importante, le dedicamos un desarrollo especial, basado en documentos de la propia masonería.

2.5. Por motivos ideológicos. 

Se sostiene que San Martín habría querido ayudar a aplicar en América sus ideas políticas liberales, que no podían aplicarse en España, donde, en caso de rechazarse la invasión napoleónica, quedaría restaurada la monarquía absoluta de Fernando VII. 

Es cierto que San Martín, al igual que otros patriotas, adhería a las ideas que, en forma genérica, se llamaban liberales, entendidas como lo contrario a la opresión de la monarquía absoluta. Pero nunca manifestó adhesión a la ideología liberal, fundamentada en las teorías de Locke, Rousseau, y otros, que estaba ya condenada por la Iglesia desde 1791 (Carta Quod Aliquantum, de Pío VI).

Podemos citar la carta al Cabildo de Mendoza, de 1815: “no cesan los enemigos de nuestro liberal sistema, constantes en sostener el de opresión y tiranía...”. 

En otra carta, al Gral. Guido (1-2-1834), expresa: Ya es tiempo de dejarnos de teorías, que 24 años de experiencia no han producido más que calamidades. Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos”.

Con respecto al sistema de gobierno, tuvo una posición pragmática, no tenía predilección por ningún sistema teórico. En ocasión del Congreso de Tucumán, dijo que sea cualquiera con tal que no vaya contra la religión, es decir que no sea malo en sí mismo. 

Tuvo en una primera etapa simpatía por la república, dada la experiencia de la corte española, pero en América, siempre postuló la monarquía, desde que llegó hasta que se fue. También lo hizo en Chile y en Perú. Creía que era necesaria para asegurar la independencia.

3) Verdadero motivo de su regreso. 

Los reyes borbónicos se habían apartado de la tradición hispánica; influidos por el racionalismo, aplicaban el llamado despotismo ilustrado. Desde el Pacto de Familia de 1761, España dejó de interesarse en América. Además, Napoleón quiebra la unidad imperial, y los americanos temían ser negociados por la Junta Central. 

San Martín peleó contra el invasor francés, pero no se ilusionaba con la victoria de Bailen. Napoleón entró con 250.000 hombres y repuso en el trono a su hermano José. Suponiendo que triunfara España con ayuda de Inglaterra, sería la victoria de unos reyes ineptos. 

Por eso, decidió combatir por la independencia y salvar la verdadera España, en América.

No fue una decisión personal, sino compartida por muchos nativos de este continente que vivían en España. Por ejemplo, Guido expresa en una carta: “Esclavizada la península desde 1808, y abrumada toda ella por el inmenso poder del emperador Napoleón, alejábase toda esperanza de su independencia...”. 

Coincide con el comentario que hace San Martín: “En una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar” (carta a Castilla, 11-9-1848).

 

4) ¿San Martín aplicó el plan de un general extranjero? 

El Dr. Terragno, en su libro “Maitland y San Martín”, sugiere que el plan continental que aplicó San Martín, fue elaborado por un general escocés, Maitland. Se trata de un escrito que el autor citado encontró en el Archivo de Escocia. En realidad, no es un documento, pues carece de fecha, de firma y de destinatario. 

De todos modos, el contenido es sólo un esbozo, con ideas comunes en la época, y no un plan detallado y fundamentado, como el que propuso el Gral. Guido en 1816, confeccionado –aparentemente- en forma conjunta con el Libertador.

 

5) ¿Tuvo San Martín un romance en Perú con Rosa Campusano? 

Aunque sea un aspecto frívolo, no se debe eludir, pues de ser cierta la leyenda, la conducta de San Martín sería reprochable, al mantener una relación adúltera que trasciende al público. 

La verdad es que la leyenda tiene como origen un comentario de Ricardo Palma en su obra “Tradiciones peruanas”, donde no aporta ninguna evidencia comprobable de lo que afirma. Según el historiador peruano Cesar Macera, Rosa Campusano fue una de las veinte mujeres que recibieron la Orden del Sol, creada por San Martín, como distinción a quienes habían estado detenidas y torturadas, durante el Virreinato. En la fiesta que se celebró con ese motivo, San Martín bailó con todas, sin haber ninguna constancia de que haya mantenido una relación con la mujer mencionada.

 

6) ¿Por qué San Martín abandonó el mando, después de hablar con Bolívar? 

Para entender la decisión, es necesario mencionar el episodio de Rancagua de 1820, cuando San Martín entrega el mando del ejército libertador, al cuerpo de oficiales, alegando que no existía el gobierno del cual dependía. Los oficiales le ratifican su subordinación, pues la autoridad que recibió para hacer la guerra a los españoles no ha caducado ni puede caducar porque su origen, que es la salud del pueblo, es inmutable.

San Martín había rechazado la exigencia del gobierno de Buenos Aires, de disponer del Ejército de los Andes para sofocar la rebelión de los caudillos del interior, y por eso, debió viajar al Perú con la bandera de Chile. Desde entonces, su autoridad queda condicionada, y en Perú hubo varios actos de indisciplina de los oficiales. 

En la entrevista de Guayaquil, quedó en evidencia que el aporte que podía hacer para terminar con la guerra era mínimo, y su jefatura no estaba respaldada por las autoridades de su propio Estado. Por eso, y no por un gesto de humildad ofrece subordinarse a Bolívar, que este no acepta, y no le queda más opción que retirarse de la vida pública.

Las dudas y leyendas deben esclarecerse para no distorsionar la imagen del héroe máximo, que, si bien como todo mortal, tuvo defectos y pasiones, no merece ser desprestigiado por falsos historiadores. 

 

II. San Martín no fue masón 

En esta sección queremos difundir tres documentos, publicados en una revista especializada, cuyo director, Patricio Maguire, ha realizado un aporte extraordinario a la historia argentina, demostrando lo que afirmamos. Desde mediados del siglo pasado algunos historiadores han sostenido que el General San Martín fue masón, e incluso, interpretan su retiro del Perú como resultado de una decisión masónica disponiendo que Bolívar se hiciera cargo del mando en la gesta libertadora. 

Es importante destacar que para la opinión, ya citada, emitida por Mitre, este  consultó al General Matías Zapiola, quien había integrado la Logia. La Revista Masónica Americana, en su Nº 485 del 15 de junio de 1873, publicó la nómina de las logias que existieron en todo el mundo hasta 1872, y en ella no figura la Lautaro. 

Sobre la posición de San Martín en materia religiosa, ha investigado especialmente el P. Guillermo Furlong, quien llega a esta conclusión: “Hemos de aseverar que San Martín no sólo fue un católico práctico o militante, sin que fue además, un católico ferviente y hasta apostólico”. 

Pero hay un testimonio curioso, que viene a confirmar lo dicho, con ocasión de una misión pontificia en Buenos Aires, presidida por Mons. Muzi, en 1824, estando San Martín ya alejado de toda función oficial. En esa oportunidad, el Gobernador Rivadavia no recibió al Vicario Apostólico, y tuvo actitudes sumamente descorteses. Pues bien, el testimonio corresponde a un integrante de esta misión, el P. Mastai Ferreti; quien sería luego el Papa Pío IX, apuntó en su Diario de Viaje: “San Martín (...) recibido por el Vicario, le hizo las más cordiales manifestaciones”.

La Masonería fue condenada por el Papa Clemente XII mediante la Bula In Eminenti, del 4 de mayo de 1738, donde se prohíbe “muy expresamente (... ) a todos los fieles, sean laicos o clérigos (...) que entren por cualquier causa y bajo ningún pretexto en tales centros (...) bajo pena de excomunión...”. Esta condenación fue confirmada por el Papa Benedicto XIV en la Constitución Apostólica Providas del 15 de abril de 1751, y como consecuencia, fue también prohibida la Masonería en España, ese año, por una pragmática de Fernando VI. 

Por ello es importante esclarecer este punto, pues “el catolicismo profesado por San Martín establece una incompatibilidad con la Masonería, a menos que fuera infiel a uno o a la otra”. Consta en las Memorias de Tomás de Iriarte, que Belgrano rechazó la posibilidad de ingresar en la organización, “aduciendo precisamente, la condenación eclesiástica que pesaba sobre la secta.”

Maguire solicitó información a las centrales masónicas europeas con un cuestionario sobre: 

Logias: Lautaro, Caballeros Racionales Nº 7 y Gran Reunión Americana.  

Y sobre San Martin y otros oficiales vinculados con él.

Resumimos las respuestas que obtuvo: 

*DOCUMENTO I 

Gran Logia Unida de Inglaterra 

Londres, 21 de agosto de 1979 

Su carta del 7 de agosto de 1979, dirigida al Gran Maestre, me ha sido derivada para su contestación. 

1. La Logia Lautaro era una sociedad secreta política, fundada en Buenos Aires en 1812, y no tenía relación alguna con la Francmasonería regular. 

2. La tres Logias que Ud. menciona en su carta, jamás aparecieron anotadas en el registro o en los Archivos ni de los Antiguos ni de los Modernos ni de la Gran Logia Unida de Inglaterra: no hubieran sido reconocidas como masónicas en este país entonces o posteriormente. 

3. Las seis personas mencionadas en su carta, de acuerdo a nuestros archivos nunca fueron miembros de Logias bajo la jurisdicción de la Gran Logia Unida de Inglaterra.

James William Stubbs- Gran Secretario

 

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*DOCUMENTO II

Gran Logia de Escocia

Edimburgo, 30 de junio de 1980

Le informo que la primera Logia Escocesa no fue autorizada hasta 1867.

Gran Secretario

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*DOCUMENTO III

Gran Logia de Irlanda

Dublin, 24 de junio de 1980

La Gran Logia de Irlanda nunca estuvo activa en Sud América y no hemos tenido relación alguna con los organismos que Ud. menciona.

J.O. Harte

Gran Secretario

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La leyenda, sin embargo,  continuó y a falta de otros antecedentes, se mencionó una medalla acuñada en 1825 por la logia La perfecta amistad, de Bruselas, Bélgica. Se conserva un solo ejemplar de la medalla en bronce, en la Biblioteca Real de Bruselas, que tiene escrito, en el reverso (en francés): 

“Logia La Perfecta Amistad constituida al oriente de Bruselas el 7 de julio de 5807 (1807) al General San Martín 5825 (1825).  En el anverso, figura “General San Martín”, alrededor del retrato, y abajo “Simeon F”, indicando el nombre del grabador y su pertenencia a la masonería (F: frere, hermano).

El origen de esta medalla es la decisión del Rey de Bélgica, Guillermo I, de hacer acuñar diez medallas diseñadas por el grabador oficial del reino, Juan Henri Simeon, con la efigie de otras tantas personalidades de la época, una de los cuales era el Libertador de América, que estaba residiendo en ese país. Para esta medalla el general posó expresamente, y se logró el único retrato de perfil de nuestro héroe.

Se puede deducir que la medalla de la logia, fue confeccionada sobre el molde de la oficial, facilitado por el grabador que era masón, y no hay constancias de que San Martín la haya recibido, ni mencionó nunca esa distinción. Hay que añadir que eso ocurrió en 1825, y en los siguientes veinticinco años que vivió San Martín en el viejo continente, no se produjo ningún hecho ni documento que lo vinculara a la masonería. 

Lamentablemente, el Dr. Terragno –actual académico sanmartiniano-, en su libro Maitland & San Martín, introdujo otra duda al recordar que Bélgica fue ocupada en la 2da. Guerra Mundial, y los alemanes incautaron los archivos de la masonería; luego esos archivos quedaron en poder de la Unión Soviética, en Moscú. Por eso, Terragno alegó: “Cuando todos los materiales estén clasificados y al alcance de los investigadores, quizá surjan nuevos elementos sobre la Perfecta Amistad y los vínculos masónicos de San Martín en Bruselas”.

Pues bien, desaparecida la Unión Soviética, Bélgica recuperó esa documentación; la referida a la masonería, representaba unas 200.000 carpetas. El Dr. Guillermo Jacovella, que se desempeñó como Embajador argentino en Bruselas, entre el 2004 y el 2008, se interesó en el tema, y realizó una investigación en el Centro de Documentación Masónica de  Bruselas, donde se encuentra el archivo de la logia Perfecta Amistad, contando con la colaboración del director, Frank Langenauken. En conclusión, no se pudo encontrar ninguna mención al general San Martín o al homenaje de la referida medalla. 

Consideramos muy valiosa la información aportada por el señor Jacovella, publicada en la revista Todo es Historia, de agosto de 2009, para desmentir una falsedad histórica, y dar por terminada definitivamente esta cuestión.

En conclusión, si no existe niningún documento que contradiga el contenido de estas cartas de las propias autoridades masónicas, y, además, el análisis de su obra demuestra que el Gran Capitán “hizo lo contrario de lo que la Masonería procuraba y fue hostigado por ésta”, el veredicto no merece ninguna duda: San Martín no fue Masón.

 

III. San Martín y la tradición nacional  

Nos parece interesante reflexionar sobre la figura del libertador de Sud América, en relación a la tradición nacional.  

En realidad, el intento de desprestigiar a quienes consolidaron la nación, comienza muy atrás en el tiempo. Ya recordamos por ejemplo, lo que escribió Alberdi, en su libro “El crimen de la guerra”, pretendiendo vincular a San Martín con el gobierno inglés, por interés económico; nunca se ha exhibido algún indicio del apoyo o recompensa por parte de Inglaterra, que debería haber existido si fuese cierta la sospecha. Incluso en el exilio en Europa, durante un cuarto de siglo, muchos visitantes pudieron comprobar que vivió apenas con lo necesario, y hasta con penurias económicas, en algún momento.

En cambio, un personaje de poca monta, Saturnino Rodríguez Peña, que ayudó a escapar al General Beresford y otros oficiales ingleses, que estaban internados en Luján, luego de la invasión de 1806, fue premiado por sus servicios al Imperio Británico, con una pensión vitalicia de 1.500 pesos fuertes.

Por su parte, otro General argentino, Carlos de Alvear, siendo Director Supremo de las Provincias Unidas, firmó dos pliegos, en 1815, dirigidos a Lord Stranford y a Lord Castlereagh, en los que decía: “Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso.” Estos documentos se conservan en el Archivo Nacional, y prueban una actitud que nunca existió en San Martín, cuya conducta fue siempre transparente y sincera.

Los ejemplos mencionados de Alvear y de Rodríguez Peña, hacen necesario rastrear el pasado para tratar de entender el motivo de sus actitudes. Desde antes de la ruptura con España, ya habían aparecido en el Río de la Plata dos enfoques, dos modos de interpretar la realidad, diametralmente opuestos:

l) el primer enfoque, nace el 12-8-1806, con la Reconquista de Buenos Aires, y podemos llamarlo federal-tradicionalista 

2) el segundo enfoque, surge en enero de 1809, con el Tratado Apodaca-Canning, celebrado entre España e Inglaterra, cuando este último país, que había sido derrotado militarmente en el Río de la Plata, ofrece una alianza a España, contra Francia, a cambio de facilidades para exportar sus productos. A este enfoque podemos llamarlo unitario-colonial.

No caben dudas de que San Martín se identifica con el enfoque tradicionalista, que se manifiesta con el rechazo de las invasiones inglesas, se afianza con la Revolución de Mayo y la guerra de la independencia y culmina en la Confederación Argentina, con el combate de la Vuelta de Obligado. 

Quienes atacaron a San Martín y trabaron su gestión, hasta impulsarlo a alejarse del país, se encuadran en el enfoque unitario. Son quienes consideraban más importante adoptar la civilización europea, que lograr la independencia nacional, y por “un indigno espíritu de partido” -decía San Martín- no vacilaron en aliarse al extranjero en la guerra de Inglaterra y Francia contra la Confederación. Lo mismo hicieron en la batalla de Caseros -cuando se aliaron con el Imperio de Brasil-, donde llegaron a combatir 3.000 mercenarios alemanes contratados por Brasil. San Martín llegó a la conclusión de que “para que el país pueda existir, es de absoluta necesidad que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca” (carta a Guido, 1829).

Uno de las vías de difusión de la mentalidad unitaria-colonial, fue la masonería, que influyó en algunos próceres. Rodríguez Peña, por ejemplo, fue uno de los 58 residentes en el Río de la Plata, que se incorporaron a las dos logias masónicas instaladas durante las invasiones inglesas (Estrella del Sur, e Hijos de Hiram). Otros dos formaron parte de la 1ra. Junta de gobierno: Mariano Moreno y Castelli (Memorias del Cap. Gillespie).

Curiosamente, se ha pretendido vincular a San Martín a la masonería, cuando, además de no existir ninguna documentación que lo fundamente, toda su actuación resulta antinómica con los principios de dicha institución, cuyos miembros lo atacaron permanentemente, en especial Rivadavia (iniciado en Londres, integró la logias Aurora y Estrella del Sur). 

El enfoque unitario-colonial, está influenciado por el iluminismo y el romanticismo, que se puede sintetizar en una frase de Sarmiento: “los pueblos deben adaptarse a la forma de gobierno y no la forma de gobierno a la aptitud de los pueblos”. Precisamente lo contrario sostenía San Martín: “a los pueblos no se les debe dar las mejores leyes, sino las mejores que sean apropiadas a su carácter”. 

Podemos resumir las diferencias entre ambos enfoques, en el enfrentamiento que tuvo San Martín con Rivadavia, desde que volvió a Buenos Aires, en 1812, hasta su alejamiento definitivo (1824). El mismo año de su llegada, le tocó a San Martín intervenir en el pronunciamiento militar que desalojó al Triunvirato, integrado por Rivadavia. La decisión obedeció a la incompetencia del gobierno que no acertaba a entender hasta donde se extendía la patria, y actuaba como si se limitara a la ciudad de Buenos Aires. Entre otros errores, ordenó el regreso del Ejercito del Norte que, de no haber sido desacatada por Belgrano, habría permitido que el ejército realista llegara al Paraná.

Con respecto al interior, Rivadavia, que se ufanaba de no haber pasado nunca más allá de la plaza Miserere, insistía en tratar a las provincias con altanería, considerando que la autoridad debía estar concentrada en la capital. San Martín, no solo veía al interior como una parte del país que debía complementarse con Buenos Aires, sino que ambos debían integrar una unidad superior; primero, la unión de los virreinatos de Lima y el Río de la Plata, más la Capitanía de Chile; luego, la América Española, como una nación desprendida del imperio español. 

Con respecto al exterior, Rivadavia aspiraba a mejorar nuestra vida pública hasta ponerla en línea con los modelos europeos. Pretendía captar el apoyo de Inglaterra y Francia, con el ofrecimiento de buenas ganancias, y la disposición a acatar sus directivas. Veía el futuro argentino en el presente de Europa.

San Martín, por el contrario, creía que Europa estaba en el pasado, la España perdida se reencontraba en América, la Europa caduca rescataba aquí su juventud. Procuró, sí, que alguna potencia extranjera jugara a favor nuestro, para lo cual definía previamente un objetivo, al que debían supeditarse las negociaciones posibles. 

La cultura de un pueblo se mantiene vigorosa, cuando defiende sus tradiciones, sin perjuicio de una lenta maduración. La identidad nacional se deforma cuando se corrompe la cultura y se aleja de la tradición, traicionando sus raíces. La nación es una comunidad unificada por la cultura, que nos da una misma concepción del mundo, la misma escala de valores. 

Con respecto a las instituciones, el embrionario Estado argentino adoptó el federalismo, que respetaba la autonomía de las provincias históricas. De allí que la Constitución de 1819, de cuño liberal, provocó resistencia en el interior. Las autoridades porteñas ordenan al Ejército del Norte y al de San Martín que interrumpan las acciones militares contra los realistas, para enfrentar a los caudillos. San Martín desobedece pues era evidente la prioridad de continuar la campaña libertadora. Belgrano renuncia al mando; y uno de los jefes de su ejército, el Cnel. Juan Bautista Bustos subleva a las tropas en la posta de Arequito, comenzando un largo período de luchas civiles. 

Recién con la Constitución de 1853, se pudo afianzar la organización institucional, pues en su texto se logró un equilibrio entre el interior y Buenos Aires, al respetarse los pactos preexistentes, que menciona el Preámbulo, en especial el Pacto Federal de 1831, ratificado por el Acuerdo de San Nicolás (1852), en que las provincias resolvieron organizarse bajo el sistema federal de Estado.

La emancipación de los países americanos coincide con el surgimiento del constitucionalismo escrito, y por lo tanto es lógico que quienes conducían los nuevos Estados buscaran afirmar su independencia a través de un instrumento jurídico. En el caso de San Martín, recordemos que, siendo teniente coronel del ejército español, cumplió funciones en Cádiz, donde fue testigo del debate por la sanción de la Constitución, que sería promulgada en 1812. 

Al volver ese año al Río de la Plata, San Martín comprendió la inconveniencia de seguir utilizando la máscara de Fernando VII, uno de los motivos del derrocamiento del ler. Triunvirato, que se negaba a declarar la independencia. El segundo Triunvirato (Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Álvarez Jonte) convocó a la Asamblea General Constituyente de 1813, que sin embargo no proclamó la independencia, ni aprobó una constitución.

Cuando se reunió, 3 años más tarde, el Congreso de Tucumán, continuaba esta cuestión sin resolverse, y San Martín siguió insistiendo en la independencia que fue proclamada el 9 de julio, pero con respecto a Fernando VII, sus sucesores y metrópolis. San Martín, advertido de gestiones que procuraban la incorporación de nuestro territorio a Inglaterra o Portugal, exigió que se incorporara al acta un agregado que dice: “y de toda otra dominación extranjera”, propuesto por el diputado Medrano en sesión secreta.

 

IV. San Martín y Rosas   

Los antecedentes que hoy se conocen, demuestran que hubo una relación de admiración mutua entre estos próceres, de los cuales es posible advertir una suerte de vidas paralelas. San Martín, llevando la libertad a tres pueblos. Rosas, consolidando la obra del Libertador.  

El mayor gesto de aprecio y admiración de San Martín hacia Rosas, se evidencia en haberle legado su sable, en el párrafo tercero de su testamento ológrafo, firmado el 23-1-1844 y depositado -como era costumbre de la época- en la Legación Argentina en París: 

“El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República, contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

En aquellos años vivían aún figuras prominentes, con sobrados méritos para hacerse acreedores de esa distinción. Pero San Martín, distinguió a quien se acercaba más a sus propios valores. Esta decisión ha sido motivo de comentarios y de dudas.

Algunos sostuvieron que hubo un testamento posterior en el cual San Martín corrige las disposiciones del firmado en 1844. Por su parte, el Dr. Villegas Basavilbaso, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, al entregarle el 17-8-1960, al entonces Presidente de la Nación Dr. Frondizi, el testamento original rescatado de Francia, incluye en su discurso una interpretación de la cláusula tercera del testamento. Afirma que San Martín le lega su sable a Rosas, porque era en ese momento el Jefe del Estado, y no por sus merecimientos. Deducción pueril que no resiste el menor análisis.

Otra interpretación, que ha sido compartida por muchos, la hace uno de los biógrafos más conocidos de San Martín, don Ricardo Rojas, que en artículos periodísticos en 1950, expresó que San Martín le hizo el legado a Rosas únicamente por su política exterior. 

Pero no es posible separar los dos aspectos de la política, porque son partes de una misma gestión pública. Lo que ocurre, es que se insiste en presentar a San Martín, sin debilidades ni pasiones, como a un Santo de la Espada, al que no se puede involucrar en definiciones políticas. Esto es imposible en los dirigentes que quieren a su patria y, si bien es cierto que el Libertador no quiso participar en las luchas fratricidas, nunca ocultó su opinión y la manifestó con franqueza.

Surge de la lectura de las siete cartas personales que le escribió a Rosas, en doce años de intercambio epistolar recíproco, así como en la correspondencia a Guido y a otras personas, que San Martín nunca permaneció neutral ni indiferente ante las situaciones que vivía el país.

Aunque resulte curioso, San Martín y Rosas nunca se conocieron personalmente; y la relación a distancia, se inicia con motivo de la intervención armada que el reino de Francia inicia en el Río de la Plata, en 1838, cuando el Libertador llevaba ya quince años en el exterior. 

Fue en ese momento que San Martín se dirige al gobernador de Buenos Aires, a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación, dando comienzo a la relación entre ambos. La carta está fechada en Gran Bourg, el 3-8-1838, y en ella se expresa: 

“...ignoro los resultados de esta medida; sin son los de la guerra, yo sé lo que mi deber me impone como americano...esperar...sus órdenes si me cree de alguna utilidad... inmediatamente de haberlas recibido, me pondré en marcha para servir a mi Patriaen la guerra contra Francia en cualquier clase que se me destine.”

 

V. La salud de San Martín y el problema del opio  

En la vida del General San Martín, se advierte una extraña paradoja: condiciones intelectuales superlativas para la conducción militar, acompañadas por un físico delicado, recurrentemente enfermo. Advierte el Dr. Anguera una contradicción entre la estructura somática del General y su reacción funcional, lo que conduce a un “conflicto entre sus querencias y sus dolencias; las querencias corresponden a un hombre de acción, y las dolencias lo obligaban a veces a la inacción.”

Me ha parecido conveniente, entonces, analizar este tema, con vistas a desentrañar una leyenda negra sobre la terapéutica que adoptó nuestro héroe. Mitre comenta que abusaba del opio; Vicuña Mackenna afirma que el Dr. Zapata lo envenenaba casi cotidianamente con opio, en lo que coincide con Guido, que manifiesta que dicho médico lo inducía a un uso desmedido del opio. Últimamente se ha difundido esta cuestión, de un modo que hace sospechar la mala fe; baste citar un ejemplo:

En un reportaje al Dr. García Hamilton, publicado por Página12, la periodista pregunta: “¿San Martín consumía opio por prescripción médica o era adicto?”. El escritor responde: “Las dos cosas. A él se lo recomendó un médico por sus dolores de estómago, causados probablemente por una úlcera. Pero después padeció una adicción.” 

Puede sostenerse que San Martín sufría de un asma aguda, úlcera gástrica,  y fue afectado crónicamente por la gota, que a veces le impedía montar a caballo. Los doctores Colisberry y Zapata, para aliviar los dolores del general, le preparaban una poción, que el identificaba como su pomito, a base de láudano de Syndenham y yerbas medicinales.

Las afecciones de San Martín le producían periódicos dolores, de los que se queja en muchas ocasiones. El dolor crónico es consecuencia de un proceso patológico crónico; los pacientes que sufren dolor crónico manifiestan cambios de personalidad, debido a las alteraciones progresivas en el estilo de vida y en su capacidad funcional. Sobre esto, sostiene Mitre que San Martín en Chacabuco ya no era el sableador de Arjonilla o Baylen y San Lorenzo; ganaba las batallas en su almohada, fijando el día y el sitio preciso. Por su parte, Ludwig, biógrafo de Bolívar considera que los padecimientos físicos de San Martín lo llevaron a preferir la táctica al combate, adaptando su carácter a los inconvenientes de una salud precaria.

Los relatos de contemporáneos y la documentación histórica, demuestran que San Martín actuó siempre con mesura y que su conducta no fue afectada por impulsos de euforia o de depresión. Se mostró siempre parco, sereno y equilibrado, advirtiéndose las características del tipo atlético, que tienden a un raciocinio reflexivo. Destacó nuestro héroe como modelo de orden y disciplina, dando el ejemplo con un modo de trabajo perseverante. 

San Martín se adaptó a sus sufrimientos, superando sus achaques físicos con una voluntad excepcional, que le permitió el dominio de su persona, pese a todos los contratiempos, y aún alcanzar la longevidad, duplicando el promedio de vida de su época.

Mitre dejó escrito que: “Los héroes necesitan tener salud robusta, para sobrellevar las fatigas y dar a sus soldados el ejemplo de la fortaleza en medio del peligro; pero hay héroes que con cuatro miembros menos, sujetos a enfermedades continuas, o con un físico endeble, se han sobrepuesto a sus miserias por la energía de su espíritu. A esa raza de los inválidos heroicos pertenecía San Martín.”

Con respecto al  opio, pertenece a la clase de los depresores, llamados así pues deprimen el sistema nervioso. Aún en pequeñas dosis, hacen más lento el ritmo cardíaco y la respiración, disminuyendo la coordinación muscular y la energía, y embotando los sentidos. 

Thomas Syndenham, uno de los padres de la medicina inglesa, recomendaba el opio para el tratamiento del dolor y para ayudar a los pacientes a descansar y a dormir. Esta droga fue para la Inglaterra del siglo dieciocho la que al Valium para el siglo veinte, a tal punto que Syndenham llegó a decir que si el opio no existiera él no sería médico. Es claro que no se conocían entonces sus efectos negativos. Ahora bien, los especialistas en toxicomanía sostienen que el empleo continuo de narcóticos lleva a la adicción, y ésta conduce a un deterioro generalizado del organismo.

Entonces, si como afirman sus biógrafos, San Martín consumió opio desde los 34 años hasta su muerte, es necesario indagar por qué no se convirtió en adicto y pudo conservar su lucidez hasta los 72 años. Tengamos en cuenta que la palabra adicto, proviene de esclavo; toda persona dominada por la droga está enajenada y no es capaz de actuar libremente.

El Dr. Dreyer afirma que el prócer era escéptico con la medicina de su época, la cual sólo le ofrecía opio para el asma, opio para la gota, opio para la úlcera. Y ocurre que en los tres casos, el opio está contraindicado.  

San Martín no era una especie única de ser humano, a la que el opio le resultara un bálsamo suavizante de sus mucosas y sus bronquios. La lógica nos lleva a pensar que, si bien usó el opio, no era el único ni principal remedio que utilizaba, sino que empleaba otra terapéutica que le permitía resistir sus dolencias, y evitar la dependencia de esa droga. 

Pues, en realidad, el panorama queda despejado teniendo en cuenta una evidencia tangible: en el Museo Gral. San Martín, de Mendoza, se conserva un botiquín homeopático que perteneció al Libertador, y que había recibido de su amigo Ángel Correa, quien lo había traído al país desde Europa, poco antes. El donante le enseñó cómo utilizar los remedios de esta nueva especialidad médica. 

Debe señalarse que dicha terapéutica fue practicada por Mitre, quien tuvo un botiquín homeopático durante la guerra del Paraguay, que se conserva en el Museo Mitre de la ciudad de Buenos Aires; Sarmiento y Alsina, también usaron la homeopatía. Se puede deducir, entonces, que fue con la ayuda de esta terapéutica que San Martín pudo cumplir con su misión.

No podemos negar que haya empleado dicho narcótico, pero, si no cayó en la dependencia, es lícito deducir que habitualmente utilizaba el opio, sí, pero preparado homeopáticamente, lo que lo transforma en opium, un remedio que se puede usar permanentemente sin peligro de adicción, ni efectos secundarios, al punto de que puede ser usado incluso en niños. 

La deducción que efectuamos tiene su fundamento, en que este remedio es útil para el asma, en la artritis, en úlceras y sus consecuencias.

Cabe agregar que los remedios homeopáticos se seleccionan no sólo por la enfermedad que afecta al paciente, sino por la personalidad del mismo, para la que existe un medicamento básico (su simillimun). Precisamente, la personalidad del general hace que el opium sea aconsejable como simillimun. 

Esta interpretación permite explicar el misterio de su resistencia a las dolencias físicas, y que no haya caído en el vicio de la drogadicción como sostienen sus detractores. 

Habiendo realizado un análisis panorámico de la vida y obra de nuestro héroe, para intentar conocerlo mejor, nos gustaría terminar recordando una frase del Presidente Avellaneda:

“los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos; y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas, son los que mejor preparan el porvenir.”

 

(*) Exposición realizada en la Segunda División de Ejército, Córdoba, el 16 de agosto de 2019.

Tomada de: http://civilitas-europa.blogspot.com/2019/08/semblanza-de-san-martin-por-mario.html