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domingo, 26 de enero de 2020

EL IDEAL CATOLICO DE BELGRANO

Por: Prof. Gaston Alejandro Ezequiel Lombardi. 

Nos convoca hoy la figura señera de uno de los próceres más queridos y entrañables de la historia argentina. Pero también, uno de los mas desconocido y olvidados. Nos referimos al general Manuel Belgrano, símbolo máximo de argentinidad y de austeridad.

Hablar de la figura de Belgrano, y fundamentalmente de su ideal es hacer referencia a su profunda fe y devoción. Pero sin lugar a dudas es hacer referencia también a las distintas facetas por las cuales se ha distinguido a lo largo de su vida.

En esta breve semblanza, nos referiremos a su ideal, enmarcado dentro de cinco puntos que tomaremos en cuenta y los cuales queremos distinguir: el militar, el economista, el político, el educador, y el hombre de fe.

No podemos comenzar a hablar de su vida sin hacer referencia a su educación.

Criado en una familia mezcla de inmigrantes y criollos, Belgrano comenzó a aprender y a interesarse en los oficios de su padre, a la sazón comerciante italiano venido al rió de la plata y casado con una criolla Maria Josefa González.

Podemos distinguir que su relación, con la gloriosa Orden de Santo Domingo, se debe, en primer lugar, a su herencia y lazo familiar, pues sus padres eran miembros de la Tercera Orden y llegaron a ser priores de ella, como así también de la Cofradía del Rosario. Y en segundo lugar por la cercanía casi inmediata de su domicilio con el Convento de Santo Domingo de Buenos Aires, donde ingreso en la escuela elemental haciendo sus primeras letras con el lustre hermano Fray José de Zemborain (quien se encuentra en proceso de canonización).

Es de destacar que luego de su paso por el real colegio de San Carlos donde realizo sus estudios secundarios don Manuel fue enviado con solo 16 años a estudiar a España.

Durante su estancia en la madre patria, en Madrid, pero, sobre todo, en Salamanca donde estudió leyes dos años, y en la universidad de Valladolid en la que se recibió de bachiller en enero de 1789, y por examen realizado ante la Audiencia de esta ultima ciudad, le otorgaron el titulo de abogado en febrero de 1793 y estuvo en excelentes condiciones de mantener un estrecho contacto con los dominicos. Resulta lógico entonces suponer que, por su tradición familiar y por sus sentimientos personales, como también por recomendaciones del convento de Buenos Aires, estuvo vinculado mientras permaneció en la ciudad de Tormes al convento de San Esteban, algunos de cuyos miembros enseñaban en la universidad.

Prueba de esta fe de sus primeros años es su participación durante las invasiones inglesas, que dicho sea de paso, fue el primero y único en revelarse contra el invasor que ocupo Buenos Aires, no prestando juramento a los ingleses, levantando la consigna de “queremos el amo viejo o ninguno’’. Como también así su nombramiento al regresar en 1794 como Secretario del Real Consulado de Buenos Aires, bajo cuyo patrocinio puso a la Inmaculada tanto en su escudo como en su estandarte.

Muchos podríamos decir y citar de las innumerables cartas entre Belgrano y los distintos priores de Santo Domingo, en los primeros años de su vida y en el de la patria. Pero su relación con Santo Domingo no va a terminar aquí.

El militar

Pese a que no era versado en la materia Don Manuel Belgrano se manifestó ya desde temprana edad en el arte militar, pues como decíamos anteriormente fue destacada su actuación durante las invasiones inglesas donde fue elegido Sargento Mayor del Cuerpo de Patricios, mereciendo una mención honrosa durante la segunda invasión.

Sabemos fehacientemente, que no era un militar de carrera, pero cumpliendo con su deber supo también por su carácter y personalidad cumplir con su ideal cuando la patria vio necesaria pedirle sus servicios y su sacrificio para hacerse cargo del ejército.

No podemos avanzar sin mencionar brevemente aquí su visión de militar y de educador, pues fue él quien insistió y así se hizo, de fundar la Academia de Matemáticas, verdadera escuela militar en los primeros albores de la patria inaugurada el 12 de septiembre de 1810 y de la que Don Manuel Belgrano era su protector.

Su primera misión fue la Expedición Auxiliar al Paraguay, donde cosecho dos grandes cualidades, la primera, la de civilizador pues a su paso por Corrientes tuvo la genial idea de fundar dos pueblos que persisten en la actualidad el Curuzù-Cuatià y Mandisovì. Y la segunda de ellas la fidelidad y devoción de sus subordinados, ya que supo ganarse a su tropa estando al frente de ella en la primera línea y preocupándose por ella.

El sabor amargo de la derrota supo retemplar su ideal, su carácter y su entereza, pues no vaciló un instante, cuando al perder fue llevado a juicio de un Consejo de Guerra. Del cual supo salir airoso y del cual supieron sus subordinados dar testimonio de su comandante, que pese a la derrota supo enfrentar a los politiqueros que desde un asiento en Buenos Aires criticaban su actuación en el campo de batalla…  pero esta no será la primera ni la ultima vez que el gran prócer tenga que afrontar este tipo de medidas.

Ya instalado a orillas del Paraná, supo bien ganarse por su personalidad, su caballerosidad y su alto sentido de patriotismo, el amor de la gente. Es así, que es en este instante cuando aparece en escena unos de los tantos ejemplos a destacar de nuestra historia como fue Doña Gregoria Pérez de Denis primera Patricia Argentina que allegada la tercera orden dominica de Santa Fe , supo interpretar los anhelos y convicciones de Belgrano, dándole su apoyo incondicional “ disponga de todo lo que tengo , general, aquí y en mis estancias de a Entre  Ríos, por lo cual le ofrezco mis haciendas , casas , y criados , desde el rió Feliciano hasta el Puesto de las Estacas… sin interés alguno”.

Muchas cosas podríamos decir de la vida militar del General Belgrano, pero supo demostrar a lo largo de ella que al cumplir su deber con la Patria también en él cumplía su ideal. Porque aquella mañana del 27 de febrero de 1812 cuando izó por primera vez la Enseña Nacional para darnos un distintivo en la batalla y para los anales de la historia, fue nombrado y quizá fue ahí dónde su Ideal se hizo mas divino todavía, Comandante del Ejercito del Norte para reemplazar a Pueyrredon. Sabiendo el desalentador estado en el que se encontraba ese ejercito, con la desavenencia entre los oficiales, la deserción de la tropa, diezmado por enfermedades, sin armamentos y provisiones y por sobre todo con la falta de apoyo por parte del gobierno y de la población del Alto Perú. ¡Y pese a todo se hizo cargo!

Supo cargar sobre sus espaldas el rechazo de sus oficiales y de la población al hacerse cargo de ese ejército. Y teniendo todo en contra, supo ganarse para si con su conducta, su ejemplo y su accionar el alma de sus soldados y el de la población misma con una unción de santa devoción hacia el Caballero Cristiano que supo seguirlo hasta en la misma adversidad.

Como prueba de ello podemos señalar lo que decía de él, el historiador Carlos Madrazo: “Desde las Vísperas de Mayo, pasando por el episodio premonitor de las invasiones inglesas, el hombre de gabinete, de maneras cortesanas y disposición grave y apacible, debe conformarse a trocar la pluma por la espada, en obediencia al mandato inexorable de la Patria. Y es entonces cuando surge en toda su grandeza la reciedumbre de su temple moral, al aceptar sin una queja y con absoluto y total acatamiento el mandato para el que fue destinado”

Siempre supo que no era un hombre de armas, pero también supo que debía comandar un ejército y dirigir a sus soldados al combate, por lo cual no dudaba un instante, sabia cual era su deber y para cumplirlo mientras marchaba con su ejercito leía y se instruía en el recio arte de la guerra como lo manifiestan en sus memorias tanto el General Paz como el Gral. La Madrid. El primero de ellos describe una faceta de su personalidad entre tantas que podemos destacar. Esta breve semblanza lo pinta de cuerpo entero, de mano de uno de sus subordinados: “El General Belgrano, por mas criticas que fuesen, nuestras circunstancias, jamás se dejo sobrecoger del terror que suele dominar a las almas vulgares, y por grande que fuese su responsabilidad, la arrostro con una constancia heroica. En las situaciones más peligrosas, se manifestó digno del puesto que ocupaba, alentando a los débiles e imponiendo a los que suponía pusilánimes, aunque usando a veces de causticidad ofensiva. En los contrastes que sufrieron nuestras armas bajo las órdenes del General Belgrano, fue siempre de los últimos que se retiro del campo de batalla, dando ejemplo y haciendo menos graves nuestras perdidas. En las retiradas que fueron la consecuencia de estos contrastes, desplegó siempre una energía y un espíritu de orden admirables; de modo que, a pesar de nuestros reveses, no se relajo la disciplina ni se cometieron desordenes’’. “La batalla de Tucumán, tanto por la importancia, como por su mérito militar, merece que le dediquemos algunas observaciones. Cuando Belgrano desoyó órdenes y las interpreto tomando sobre si el variarlas, contrajo una responsabilidad que prueba la elevación de su carácter y la firmeza de su alma. Esa sola solución era de un gran mérito y merecía que la honrase y justificase la victoria, como sucedió. En lo critico del combate, su actuación era concentrada, silenciosa y parecía suspensas sus facultades; escuchaba lo que le decían y seguía con facilidad las indicaciones racionales que se le hacían; pero cuando hablaba, era siempre en el sentido de avanzar sobre el enemigo, de perseguirlo, o, si era él el que avanzaba, de hacer alto y rechazarlo’’. 

Su Fe y fervor religioso y principalmente su devoción a la Sma. Virgen se ve manifestada constantemente a lo largo de su vida tanto civil como militar. Así lo señala su diario de marcha y consta en los  Anales de la Villa de Lujan: “El 21 de enero de 1812 rumbo a Rosario, entra en la Villa de Lujan con Banderas desplegadas  y al ponerse el sol se rezó el rosario”. Recuerdo ­-dice el Gral. Paz- que al siguiente día de la derrota de Ayohuma, hizo formar Belgrano un cuadro después de la lista, con los restos de su destrozado ejército. De pronto, Belgrano, que parecía sumido en grave meditación, se dirige a uno de sus ayudantes, y le dice lacónicamente: ­­­_ ¡el rosario! 
Los ayudantes se miran sorprendidos. Todos ellos saben que el enemigo se halla cerca, y que sus partidas de vanguardia pueden aparecer de un momento a otro.
_ ¡el rosario, he dicho! ¡Es la hora del rosario!
Nadie vacilo, las órdenes se transmitieron y cumplieron, con la tranquilidad y precisión de los ejercicios habituales.
Belgrano desmonta entonces, y seguido de sus oficiales y su escolta, se dirige al centro del cuadro. Se oye un prolongado toque de clarín, que el eco transmite quejumbrosamente hasta los últimos confines de la quebrada; y las tropas pasan de la posición de firmes a la de descanso. Acto seguido, un viejo sargento, a una señal del general, inicia el rezo del rosario, según se acostumbraba ordinariamente.
El milagro del heroísmo que Belgrano había infundido en el alma de sus soldados, trascendía de la unción fervorosa y de la gravedad sencilla del acto, como si por allí pasara el espíritu de Dios.
Fuera de los sentimientos religiosos que envolvía esta acción, quería hacer entender que nuestra derrota en nada había alterado el orden y la disciplina’’ 
       
Veremos como a lo largo de su carrera, siempre mantuvo una sola consigna que lo guió y lo hizo avanzar pese a las dificultades, mantener siempre en alto su Ideal.

 Supo sufrir la adversidad, de tener todo en contra, hasta su propia enfermedad que lo achacaba. Pero su virtud y su constante necesidad de mantener claro y en alto su ideal, supo sobreponer cualquier escollo que impidiera su más puro cumplimiento.

 En este sentido podríamos ahondar en miles de cuestiones y de relatos sobre su entereza y su capacidad militar, pero por sobre todo queremos destacar y poner en alto algunas de ellas solamente: sabiendo que, los realistas avanzaban con prisa y sin pausa, teniendo claro que debía cumplir con su deber, desobedeció las ordenes de Buenos Aires pues sabia que cumpliéndolas llevaría la Causa al fracaso. Por eso es de destacar su entereza, porque teniendo en claro el ideal se reveló, y con su desacato supo cumplir para con la Patria garantizando su independencia, y la salud y bienestar del gobierno que no lo apoyaba. Como se demuestra en dos fragmentos de distintas cartas, la primera de ellas dirigidas a Rivadavia desde Tucumán el 14 de septiembre de 1812, donde decía: “Belgrano no puede hacer milagros, trabaja por el honor de su Patria y por el de las armas cuanto le es dable, y se pone en disposición de defenderse para no perderlo todo; pero tiene la desgracia de que siempre se le abandone, o que sean tales las circunstancias que no se le pueda atender. Dios quiera mirarnos con ojos de piedad, y proteger los nobles esfuerzos de mis compañeros de armas que están llenos del fuego sagrado del patriotismo y dispuestos a vencer o morir” o como dice en esta otra dirigida a Tomás Guido del Ejercito de los Andes el 10 de octubre de 1818: “ estamos en la mayor miseria, y no tenemos lo que necesitamos para movernos; es un prodigio como se conserva esta fuerza que pasa meses sin recibir mas socorro que un peso: su comida es carne flaca y maíz rosa; cuido que si quiera estén vestidos, pero no por esto tienen las prendas necesarias; el invierno los han pasado con pantalones de brin y los mas sin un miserable poncho. No hablemos de necesidades, porque a esto no hay quien nos gane”.

 Aunque siempre el gobierno de Buenos Aires supo darle la espalda, supo el también con arrojo y haciendo gala de sus virtudes arreglárselas para salir de cualquier penuria y circunstancia, salvando también con ello a ese gobierno que siempre lo desprecio.

 En lo que hace también a destacar de su vida militar, pese a que poco o casi nada se vieron en persona mantuvo una amistad férrea con el General San Martín. De cuya relación citaremos algunos párrafos de la correspondencia dirigidas entre unos y otros como, por ejemplo: que pensó directamente en San Martín luego de la derrota de Ayohuma y desde Humauaca le escribe el 8 de diciembre: “No siempre puede uno lo que quiere, ni con las mejores medidas alcanza lo que desea. He sido completamente batido en las pampas de Ayohuma cuando mas creía conseguir la victoria. Pero hay constancia y fortaleza para sobrellevar los contrastes y nada me arredrara para servir, aunque sea en la clase de soldado, para la libertad y la independencia de la Patria” o como esta otra, cuando enterado de que San Martín marchaba a mando de un destacamento, remitió al gobierno con fecha 17 de diciembre de 1813 la siguiente: “Todavía quisiera mas, hablo con la franqueza que acostumbro, que VE le diese el mando en jefe, quedando yo en el ejercito, con mi regimiento, o de soldado porque es regular que tenga mas conocimientos militares que yo, habiendo sido su carrera y no la mía”. Ese mismo 17 de diciembre, a la sola noticia de la partida de San Martín, Belgrano queriendo descostrarle su sentimiento, le escribió diciéndole: “No se decir a usted cuanto me alegro de la disposición del gobierno para que venga de jefe. Vuele usted si es posible. La Patria necesita que se hagan esfuerzos singulares y no dudo que usted los ejecute según mis deseos, para que yo pueda respirar con alguna confianza y salir de los graves cuidados que me agitan innecesariamente. Crea usted que no tendrá satisfacción mayor que el día que logre tener la satisfacción de estrecharle entre mis brazos y hacerle ver lo que aprecio el merito y honradez de los buenos patriotas como usted”.

El General San Martín se opuso terminantemente a la destitución del General Belgrano por parte de Director Supremo, prueba de ello son las innumerables cartas de este remitidas tanto a Belgrano como al gobierno: “Y considerando la falta que debe hacerme-se refiere a Belgrano-su separación del Ejercito les causará un disgusto y desaliento muy notables, y será de funestas consecuencias para los progresos de nuestras armas. No son estos unos temores vagos, si no temores de que hay ya alguna experiencia, pues solo el recelo de que su separación del mundo del Ejercito se seguiría la orden para que bajara a la Capital, ha tenido y tiene en suspenso y como amortiguados los espíritus de los emigrados de mas influjo en el interior, y de muchos vecinos de esta ciudad, que desfallecerán si llegan a verlo realizado. En obsequio a la salvación del estado, dígnese VE conservar en este Ejercito al Brigadier Belgrano”. Nota de San Martín al gobierno central el 13 de febrero de 1814.

En su humildad y en su constancia supo Belgrano dilucidar con claridad las situaciones que no solo lo agobiaban a él, sino a la marcha de la Causa Nacional. Por eso le dirigió estas palabras a San Martín.

En enero de 1814 aceptada la renuncia de Belgrano, era nombrado en lugar suyo jefe del Ejército Auxiliar del Alto Perú, el Gral. D José de San Martín. Luego de la entrevista de los dos próceres en Yatasto, Belgrano escribe a San Martín desde Santiago del Estero, el 6 de abril de 1814, una carta que trasunta el alma y las hondas convicciones del Creador de la Bandera. Entre otras cosas, le escribe Belgrano a San Martín: “La guerra allí, no sólo la ha de hacer UD. Con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre ésta en las virtudes naturales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y solo por este medio han traído las gentes bárbaras a las armas manifestándoles que atacábamos la religión…
Acaso se reirá alguno de mi pensamiento; pero UD no debe llevarse de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el país que pisan; además, por ese medio conseguirá Usted tener al ejercito bien subordinado, pues él, al fin, se compone de hombres educados en la Religión Católica que profesamos, y sus máximas no pueden ser mas a propósito para el orden…
He dicho a usted lo bastante; quisiera hablarle mas, pero temo quitar a usted su precioso tiempo y mis males tampoco me dejan; añadiré únicamente que conserve la bandera que le dejé y que la enarbole cuando todo el ejército se forme; que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Genérala y no olvide los escapularios para la tropa; deje usted que se rían: los efectos le resarcirán a usted de la risa de los mentecatos de la ciudad que ven la cosas por encima…..
Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico, romano; cele usted de que en nada; ni aun en las conversaciones mas triviales se falte el respeto en cuanto diga a nuestra santa religión; tenga presente no solo a los generales del pueblo de Israel como Judas Macabeo, sino al de los gentiles y al gran Julio Cesar que jamás dejo de invocar a los dioses inmortales y por sus victorias en Roma se decretaban rogativas.
Se lo dice a Usted su verdadero y fiel amigo: Manuel Belgrano”

Así termina definiendo el Padre de la Patria a nuestro Ilustre General:
“En el caso de nombrar quien pueda reemplazar a Rondeau yo me decido por Belgrano; éste es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en la América del Sur” (carta a Godoy Cruz, Mendoza 12 de marzo de 1816)

Su grandilocuencia hizo que con abnegado ímpetu emprendiera una de las hazañas más intrépidas y arriesgadas de la época. Animando con bríos, pero ordenando y dirigiendo a la vez sin contemplaciones el Éxodo del Pueblo Jujeño; que con ingenio, astucia y sobre todo con visión de grandeza realizo en agosto de 1812. Vió el patriotismo del pueblo en su sacrificado esfuerzo y la segura afirmación de asegurar la libertad y la independencia de la patria en un grado extremo, que valió la pena.

Los guió con su persona, pero también con su bandera. Aquella que nos legara y que hizo flamear ante los jujeños luego de su bendición por el canónigo Gorriti.

Esta gesta magnánima, solo es comparada con la del pueblo judío por moisés, o la del pueblo ruso dejando arrasado los campos a Napoleón. Solo un genio de la talla de Belgrano imbuido con tan alto espíritu realizo una obra tan gigantesca.

Para asegurar y ver plasmado el triunfo de esta campaña se reveló y desobedeció. Por eso con su ingenio y tesón, supo revelarse y desobedecer al gobierno. Así cumplió con su deber, pero cumpliendo éste, cumplía con su ideal.

Esa actitud valiente y arriesgada lo hizo seguir sin miramientos mezquinos su ideal eterno, y así forjar una patria que no estaba en la necesidad de serlo.

Luego del recto temple demostrado en Vilcapugio y Ayohuma, es puesto nuevamente en proceso sumarisimo. ¡Sí!   El asegurador de la independencia es nuevamente incomprendido por un gobierno de escritorio.

Manuel Castro, antiguo gobernador de Córdoba, cuando Belgrano se asentó con su ejercito en los últimos años de su vida, nos refería a cerca de su persona: “yo observe en el general Belgrano tres cualidades que principalmente formaban su merito: patriotismo absolutamente desinteresado, contracción al trabajo y constancia en las adversidades”. Castro sigue relatando en su referencia sobre la donación entera del sueldo por parte del general para sostener al ejército.

Fue un jefe extraordinario, primero resistido y rechazado; Y luego seguido con la certeza del fervor del jefe digno de serlo, ya que sus soldados y oficiales lo admiraban y le rendían con devoción un respeto de verdadera seriedad. Fue jefe entre los jefes y con los jefes, y camarada con el camarada.

Un sin numero de hechos marcan la trayectoria de su vida. Muestra de ello, sus renuncias y previsiones y por menores desde la época en que se desempeñaban en el consulado siguiendo en su paso por la junta. 
Al Triunvirato le escribe al ser nombrado comandante de patricios 15 de noviembre de 1811: “...Ofrezco la mitad del sueldo que me corresponde, siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis facultades son ningunas y mi subsistencia pende de aquel , pero en todo evento sabré también reducirme a la ración del soldado , so es necesario , para salvar la justa causa que con tanto honor sostiene V.E.” 
“Yo no quería hablar a V.E. de dinero jamás, pero V.E. me ha puesto en esta decisión encargándome del mando de este que se llama ejercito, cuando puede ser que con toda su fuerza acaso apenas se formaría un regimiento” (carta al gobierno el 29 de marzo de 1812)

El economista

Poca fue su afición al ejercicio de la carrera de las leyes, contrayéndose al estudio de los idiomas vivos, de economía política y del Derecho Público, como dice en su autobiografía, “apoderándose de él – añade – el deseo de propender en cuanto pudiere al provecho general y el de adquirir renombre con mi trabajo hacia tan importante objeto, dirigiéndolos particularmente a favor de mi patria”.

El ingeniero Besio Moreno, ha podido decir que el pensamiento y la labor de Belgrano “han sido el esfuerzo mas basto que se haya realizado en los tiempos de coloniales para implantar estudios un tantos extensos y profundos, destinados a desarrollar las artes y las industrias y a enriquecer la mentes y las capacidades individuales de los jóvenes”. Prueba de ello fue la fundación en 1799 de la Escuela de Náutica, instituto madre de nuestra Marina Mercante Nacional, que perdura hasta nuestros días y que aseguraba el intercambio comercial de nuestras riquezas.
Otra de sus preocupaciones fundamentales fue combatir la ociosidad. “Eh visto con dolor, dice, sin salir de esta capital una infinidad de hombre ociosos en quienes no se ve otra cosa que la miseria y desnudes; una infinidad de familia que solo deben su subsistencia a la feracidad del país, que esta por todas partes denotando la riqueza que encierra, esto es, la abundancia; y apenas se encuentra alguna familia que este destinada a un oficio útil, que ejerza o se emplee de modo que tenga alguna comodidad mas en su vida. Esos miserables ranchos donde uno ve la multitud de criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el ultimo punto”.

En su pensamiento siempre primó el nacionalismo económico, donde afirmó su postura contraria al librecambismo. Si no que, por el contrario, entendía el por comercio libre, la libertad de comercio interior, libre de trabas, propugnando la libre exportación pero no la libre importación.

Desgraciadamente, y como era de esperarse, el ambicioso programa de Belgrano a pesar de todos sus desvelos solo pudo llevarse a cabo en una mínima parte, debido a la oposición que encontró en el ambiente rutinario, dormido y pesadamente burocrático de aquella época.

Se ve así, tanto en sus escritos como en sus acciones no al joven funcionario de un oficio burocrático, si no al verdadero hombre de estado embebido en toda la ciencia de su tiempo, la que asienta sobre la posición útil de la tierra y sobre el empleo de una vida en la elaboración de bienestar de todos lo miembros de la comunidad

El educador

Deberíamos considerar a Belgrano como el verdadero propulsor y verdadero padre de la escuela argentina, pues el dió a la Revolución la formula concreta de la política educacional mucho antes que cualquier otro.

Como dijimos anteriormente, creó la Escuela Nacional de Náutica, precursora de nuestra Marina Mercante, protectora de nuestra producción y nuestra industria. Fundó también la Academia de Matemáticas, primera academia militar para oficiales colocando a su frente como director a un verdadero genio, el Coronel Felipe Sentenach.

El 25 de mayo de 1813 manda dictar un reglamento escuelas para las que el había fundado, que consta de solo 22 artículos. Leyendo estos breves artículos podemos apreciar su lógica y su más sano sentido común que como se expresa muchas veces, es el más común de los sentidos. Sus páginas expresan el sentido mas acabado de un ámbito cuyo régimen es fundamental para la creación y el engrandecimiento del nuevo país. Vemos pues algunos artículos de ese reglamento:  

Art. 3: La provisión de estas Escuelas se hará por oposición. El cabildo publicará un aviso convocatorio, que se hará saber en las ciudades mas inmediatas; admitirá los memoriales de los opositores con los documentos que califi­quen su idoneidad y costumbres oirá á cerca de ellos al síndico Procurador; y cumplido el termino de la convocación. Que nunca será me­nor de veinte y cinco días nombrará dos su­jetos de los mas capaces, e instruidos del Pue­blo, para que, ante ellos, el vicario Eclesiástico y el Procurador de la Ciudad se verifique la oposición públicamente, en el día ó días seña­lados. Los vocales y el Procurador informa­rán juntos ó separadamente al Ayuntamiento á cerca del mérito de la oposición y circunstancias de los pretendientes, y con el informe que este tenga por conveniente, me dará cuenta de todo para hacer el nombramiento, debiendo los mismos vocales informarse también en derechura cuanto juzguen conducente al acierto de la elección. Después de mis días será esta del resorte del cabildo, procediendo siempre la oposición pública en los términos indicados.
Art. 4° Cada tres años podrá el Ayuntamiento abrir nueva oposición, y convocar opositores, si los hubiere por conveniente ó hubiese proporción de mejorar de Maestro. El que ha servido ó desempeñado la Escuela en igualdad de merito y circunstancias deberá ser preferido.
Art. 5° Se enseñará en estas Escuelas á leer, escribir y contar; la gramática castellana; los funda­mentos de nuestra sagrada Religión y Doctri­na cristiana por el catecismo de Astete, Fleu­ri, y el compendio de Pouget: los primeros rudimentos sobre el origen y objeto de la so­ciedad, los derechos del hombre en ésta, y sus obligaciones hacia ella, y al Gobierno que la rige.
Art. 6° Cada seis meses habría exámenes públicos á presencia de los mismos individuos, ante quie­nes se ‑verifica la oposición. A los Jóvenes que sobresalgan, se les daré asiento de preferencia, algún premio, distinción de honor, pro­cediéndose en esto con justicia.
Art. 7° En los Domingos de renovación, y en los días de rogaciones publicas, asistirán todos los Jóvenes á la Iglesia presididos de su Maes­tro: oirán la misa Parroquial, tomarán asiento en la banca que se les destine, y acompa­ñarán en la procesión de Nuestro amo, To­dos los Domingos de Cuaresma concurrirán en la misma forma á oír la Misa Parroquial y las exhortaciones ó platicas doctrinales de su Pastor.
Art. 8° En las Funciones del Patrono de la Ciudad, del aniversario de nuestra regeneración política, y otras de celebridad, se le dará asiento al Maestro en Cuerpo de Cabildo, reputándosele por un Padre de la Patria.
Art. 14 Los sábados por la mañana se concluirán las bandas semanales que deberán promoverse hasta que haya premios, con que estimular la juventud al mayor adelantamiento, pero sin que se saquen, ni aun se designen porros, como ha sido antes de ahora de costumbre.
Art. 16 A ninguno se le podrán dar arriba de seis azotes por defectos graves; y solo por un hecho que pruebe mucha malicia, ó se de muy malas consecuencias en la Juventud, se le podrán dar hasta doce, haciéndolo esto siempre sepa­rado de la vista de los demás Jóvenes
Art. 17 Si hubiese algún joven de tan mala índole ó de costumbres tan corrompidas que se manifieste incorregible, podrá ser despedido se­cretamente de la Escuela con intervención del Alcalde de Primer voto, del Regidor mas anti­guo y del vicario de la Ciudad, quienes se re­unirán a deliberar en vista de lo que previa y privada les informe el Preceptor.
Art. 18 El Maestro procurará con su conducta y en toda sus expresiones y modos inspirar á sus Alumnos, amor al orden, respeto á la Reli­gión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la verdad y a las Ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que diga á profusión, y luxo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional, que les haga preferir el bien publico al privado, y estimar en mas la cali­dad de Americano, que la de Extranjero.

Consideraciones finales

El doctor Atilio Milanta en una poesía de su última obra literaria nos acerca una semblanza comparativa, como la que alguna vez refiriera Ricardo Rojas hablando del Padre de la Patria como el Santo de la Espada. Y con la cual concuerdo con el doctor Milanta, pues Belgrano fue a su decir, el Santo de la Patria.

En otro tiempo el padre Castellani nos dejaba como legado un mandato: el de pensar la patria, y el general Belgrano no solo la pensó si no que la forjó a fuerza de voluntad y empeño.

Y justamente fue Ricardo Rojas, quien escribió hacia 1920: “Demoledores nos sobran: fueron arquitectos de la nueva morada lo que nos faltó. Con diez hombres como Belgrano la  argentina aparecería en su génesis menos envuelta en sombras de caos y sangre de tragedias”.

Manuel Belgrano era abogado y entró por la puerta grande de la historia argentina, como General. Es un hecho, aunque le moleste al gobierno. Esto no es un ataque a los abogados, ni una defensa a los militares, son hechos. La interpretación de los mismos es libre y se puede elogiar o criticar, estar de acuerdo o disentir, pero los hechos son irrefutables.

Nos enseñaron que el General Manuel Belgrano había estudiado derecho en España y era abogado. Pero era, el “General” Belgrano. El nunca se doctoreó, ni se presentó públicamente como el Dr. Belgrano, aún antes de ejercer como militar. No hay monumento, avenida, pueblo, calle o escuela que no anteponga al nombre de Belgrano, el título de General.

En su autobiografía, Belgrano cuenta: “Estudié primeras letras, gramática latina, filosofía y algo de teología en Buenos Aires. (Mi padre) Me mandó a España a seguir la carrera de las leyes, y allí estudié en Salamanca; me gradué en Valladolid, continué en Madrid y me recibí de abogado en la cancillería de Valladolid”. Si se doctoró, no lo incluye en su autobiografía.

Desde 1796 hasta 1806 fue Capitán de Milicias urbanas. Combatió contra los ingleses y fue nombrado Sargento Mayor de Patricios. Siendo ya vocal de la 1° Junta, el 22/9/1810, lo enviaron a Paraguay en misión militar, con mando de tropa. No como “Doctor”. La misión fue un fracaso. Ya en Buenos Aires, el gobierno, ¡siempre tan atinados nuestros gobiernos!, lo juzgó por su mal desempeño como militar, no como “Doctor”. Fue absuelto.

Como General al mando del Ejército del Norte le debemos el heroico éxodo jujeño en agosto 1812, las brillantes victorias de Tucumán y Salta y las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.

Como General propuso la escarapela celeste y blanca para diferenciar a su tropa de la enemiga. Como General creó nuestra bandera también celeste y blanca, para que los soldados, no los empleados de su estudio de abogado (que nunca tuvo), siguieran una enseña propia.

Belgrano se empobreció gastando su fortuna en mantener a las tropas, no a un conjunto de escribanos y abogados. El gobierno, entonces como ahora, no enviaba dinero y los soldados necesitaban comer, vestirse, tener armas y municiones. Belgrano se empobreció como General, no como Doctor. En los finales, se avergonzaba de no poder pagar sus deudas y esperaba que el gobierno se pusiera al día con sus atrasados sueldos de General. A su médico le pagó con su reloj.

Murió pobrísimo, el día en que Buenos Aires tuvo 3 gobernadores. Fue el 20 de junio de 1820, a las 7 de la mañana. Tenía 50 años, de los cuales pasó 26 al servicio de la patria.  La lápida en la iglesia de Santo Domingo, se hizo con un pedazo de la tapa de mármol de la cómoda de sus padres, donde sus hermanos inscribieron “Aquí yace el General Manuel Belgrano”.

El único periódico que se refirió a su muerte, fue el Despertador Filantrópico, donde el Padre Francisco de Paula Castañeda escribió: “Triste funeral, pobre y sombrío, que se hizo en una iglesia junto al río, en esta capital, al ciudadano Brigadier General, Manuel Belgrano”.

General Belgrano, perdón. Por entonces y por ahora. Perdón porque su patria no tiene una fecha que lleve su nombre, el 20/6 es el día de la bandera; le hemos robado hasta su muerte. Perdón por los 15 sueldos de General atrasados, perdón por deberle el dinero de sus soldados. Perdón por los $40.000 oro que le otorgaron por su victoria en Salta y que Usted donó para construir 4 escuelas, que nunca se construyeron. Perdón por quitarle su título de General, ganado con sangre, dolor y dignidad. Perdón.

Deliberadamente el gobierno ha decidido tergiversar la historia. Con malicia, tratando de adaptarla a una determinada ideología política. Ideología que tiene el derecho de tener, lo que no tiene el derecho de mentir.  Jesús le rogaba a Dios, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Argentinos, juzguen, porque el gobierno, “sí sabe lo que hace”.

Perdón mi General, roguemos a Dios todo Poderoso y al Sma Virgen Maria cuyo ideal máximo fue ver plasmado su manto en el sagrado legado de la Bandera, para que su ejemplo, corra como reguero de pólvora e inflame con su fuego nuestras mentes, nuestros corazones y nuestras almas. Y que podamos seguir mas que nuca su vida de austeridad, sacrifico y fe en pos de una Patria mejor.
Porque hoy mas que nunca los hijos del país necesitan su figura.

Nota: Conferencia dictada por el Profesor Gaston Alejandro Ezequiel Lombardi, en el Pasaje Dardo Rocha de la ciudad de La Plata, durante el desarrollo de la Exposición del Libro Católico en el marco del bicentenario de la Bandera Nacional, el día martes 4 de diciembre de 2012.

lunes, 17 de junio de 2019

GÜEMES, BELGRANO Y LA INDEPENDENCIA: SU EJEMPLO ANTE NUESTRA SUMISION AL NUEVO ORDEN MUNDIAL

Por: Fernando Romero Moreno

En esta semana honramos la memoria del Gral. Martín Miguel de Güemes y del Gral. Manuel Belgrano.. Ambos son héroes de nuestra Guerra de la Independencia y merecen, como es propio de la virtud de la piedad, nuestra veneración y agradecimiento. 

Güemes, perteneciente a una de las más tradicionales familias salteñas, peleó contra los Ingleses en las jornadas de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, defendió la frontera norte del ataque de los llamados “realistas” en la Guerra Gaucha (inmortalizada por Lugones) y fue uno de nuestros primeros Caudillos, defensores de las autonomías y tradiciones provinciales como de los derechos de los sectores populares. 

El General Belgrano también participó de las Invasiones Inglesas, fue uno de los protagonistas principales de la Revolución de Mayo e integró la Primera Junta, tuvo a su cargo la Expedición al Paraguay y más tarde la dirección del Ejército del Norte, fue el creador de nuestra escarapela y de la Bandera Nacional, integró la delegación que viajó en 1815 a España para tratar de llegar a un acuerdo con Fernando VII y cuando esto fracasó fue uno de los más decididos partidarios de la Independencia. 

Tanto Güemes como Belgrano fueron católicos practicantes, defensores de una Monarquía que impidiera la anarquía y la desintegración territorial, y grandes amigos del Gral. San Martín. Ninguno fue un renegado de la cultura tradicional hispánica ni revolucionario al estilo de la impía Revolución Francesa. La Guerra de la Independencia, contra lo que habitualmente se dice, no fue una guerra de criollos contra españoles ni un conflicto ideológico fruto del pensamiento de la Ilustración. Fue una verdadera guerra civil en toda América y en ambos bandos hubo  católicos y masones, conservadores y liberales,  criollos y españoles. Es por eso que, con independencia del juicio que nos merezcan aquellos acontecimientos, en la Argentina honramos la memoria tanto de “realistas” como Santiago de Liniers (injustamente fusilado por la Primera Junta) y de “patriotas” como Güemes y Belgrano. Es muy difícil juzgar hoy cuál fue la decisión más prudente en relación con la Corona Española y todos los hispanistas somos conscientes de que, por obra de Inglaterra, los EE.UU y las logias masónicas, esta Gesta no terminó en dos o tres reinos independientes del Rey de España pero aliados a la Madre Patria (como querían, entre otros, los Libertadores San Martín en las Provincias Unidas, o Ithurbide en México), sino en 19 estados diferentes, funcionales por su debilidad al imperialismo anglosajón, a los organismos internacionales progresistas y masónicos como la ONU o al imperialismo de las potencias comunistas (la Unión Soviética hasta 1991 y China en los días que corren). ¿Qué es Brasil? podríamos preguntarnos para hacer una comparación. Es el Imperio de Portugal en América que no se dividió. De allí su fortaleza en el orden internacional,  a pesar de los grandes problemas que tiene. ¿Qué son los EE.UU? Las primitivas 13 colonias de la Costa Este que, unidas, compraron y conquistaron territorios hacia el Oeste hasta hacer un Estado continental  del Atlántico al Pacífico, aliado con Inglaterra luego de su propia Independencia hasta la actualidad. ¿Y qué somos nosotros, por traición de Castelli, Rodríguez Peña, Alvear o Rivadavia (sólo por analizar el caso de las Provincias Unidas), todos agentes de la Corona Británica? Somos el Imperio Español en América que se dividió en 19 estados separados y muchas veces peleados entre sí. Capital importancia tuvo en esta derrota el accionar de la Masonería inglesa (cuyo Gran Maestre es el Duque de Kent), la difusión de la Leyenda Negra antiespañola y el indigenismo. ¿Quién promueve hoy el separatismo mapuche, el ataque a la religión católica, a la familia, a la vida humana inocente, entre otras cosas? El enemigo de siempre, que actúa a través de los organismos internacionales, de ciertos círculos de poder anglo-norteamericanos y también de una izquierda controlada por el Nuevo Orden Mundial. Es pues nuestra tarea, si queremos ser fieles herederos de los valores que inspiraron a Güemes y a Belgrano, seguir luchando por la religión católica, por la tradición hispano-indiana, por la soberanía política, por la independencia económica, por la justicia social, por la unión hispanoamericana y por los valores que nos definen como integrantes de la Comunidad Hispánica de Naciones. 

Independencia del Rey y fidelidad a la Hispanidad fueron los objetivos que persiguieron, dadas las circunstancias de aquellos días, patriotas como Saavedra, Belgrano, Güemes, Artigas, San Martín y otros de nuestros próceres. Tratemos de seguir ese camino contra la agenda globalista, masónica y anticristiana que nos quieren imponer

                                                                              


miércoles, 20 de junio de 2018

¿El Gral. Belgrano fue católico?

    Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació en una casona familiar, el 3 de junio de 1770, en la calle de Santo Domingo (actual avenida Belgrano 430) de la ciudad de Buenos Aires, a pocos metros del convento de Santo Domingo, en la misma vivienda donde también falleció. Fue el cuarto hijo de trece hermanos. Su madre, Josefa González Caseros, era criolla y su padre, Domingo Belgrano y Peri, un comerciante italiano emigrado a Cádiz y luego a América.

En Buenos Aires cursó las primeras letras. Alumno del Real Colegio de San Carlos, es iniciado en latín, filosofía, lógica, física, metafísica y literatura. Antes de cumplir la edad de l6 años, sus padres deciden que complete sus estudios en España, a donde viaja en compañía de su hermano Francisco. Manuel Belgrano estudia en la Universidad de Salamanca.

Recibe la influencia de la Ilustración Española, que se diferencia de la francesa, ya que no deja de lado la religión y respeta la figura del monarca. Sus ideales tomaron los principios de la Ilustración Española, y siendo Belgrano profundamente católico promovía el estudio del catecismo en las escuelas.

Algunos consideraron a Manuel Belgrano un afeminado, suposición muy alejada de la verdad. Belgrano conoció muchas mujeres en su vida, tanto en España durante su juventud y luego en la alta sociedad del Buenos Aires colonial. Se dedicó a la emancipación del país con entusiasmo, pero esto no fue impedimento para que continuara teniendo amigas. El rumor, todavía vigente, acerca de su afeminamiento surge por su carácter amable, sensible, fino y delicado; contando también con el tono aflautado de  su voz. A raíz de esta voz, se suscitó su enemistad con Manuel Dorrego.

Incidió también su profunda fe católica, que lo llevó a imponer en sus tropas una disciplina espartana.

En su ejército, se acaban los bailes, las mujeres y las barajas. Por las noches, irrumpe en los cuarteles para sorprender a oficiales desobedientes. Despectivamente, lo llamaban Bomberito de la Patria. Mitre le reprocha la disciplina monástica, excesiva, que imponía a su tropa. Había prácticas religiosas continuas, y ejercía una severidad extrema, aún respecto de la vida privada de los oficiales. En este proceder, además de su gran catolicismo, lo guiaba el espectáculo desagradable que habían ofrecido sus oficiales y los capellanes del ejército.

Su más grande amor fue una niña de 15 años que conoció en Tucumán. Era María de los Dolores Helguero. Pasaron los años, y a mediados de 1816, Dolores ya tenía 19 años, y era una hermosa tucumana de buena familia. El general, que tenía 46 años, se enamoró de ella, y fue correspondido en su amor. A lo largo de dos años no dejaron de verse, y fueron el comentario social. Como dice Fray Jacinto Carrasco: ‘Su conducta fue siempre clara y recta. Por eso, cuando vio que nacía en su corazón ese amor por la joven tucumana,  y su conciencia no le permitía llegar a ella sino por el matrimonio, resolvió casarse con Dolores; y se hubiera casado, si la fatalidad no se hubiera interpuesto en el camino’.

En efecto, finalizando 1818, Belgrano recibió órdenes del gobierno de marchar rumbo al sur. Pero el 4 de mayo de 1819, nace Manuela Mónica del Sagrado Corazón, y entonces Dolores por orden de sus padres, se casa con un catamarqueño de apellido Rivas. Cuando Rondeau le autoriza a dejar su cargo para poder atender su salud, que empeoraba cada día, parte rumbo a Tucumán, adonde llega en noviembre de 1819. Dolores, apenas enterada de la llegada del general, corrió a su lado, y junto a su hijita, hizo más llevadero el sufrimiento por el que pasaba Belgrano. El marido de Dolores se había trasladado a Bolivia, y Belgrano continuamente averiguaba si aún estaba con vida, porque él quería cumplir su promesa y contraer nupcias con Dolores. Pero, a causa de su enfermedad, partió a Buenos Aires en un viaje sin retorno.

El proceso de instauración de una falsa separación entre lo natural y lo sobrenatural, entre la Fe y la razón, entre la Religión y la vida diaria, que asolaba a toda la cristiandad, no tenía como excepción a Buenos Aires. Pero aquí resistían la descristianización dos pilares aún no bien estudiados. ¿Que sería de nuestra Argentina sin la acendrada devoción que afortunadamente en estas tierras se tiene por la Santísima Virgen?

Y aquí podemos observar algunas contradicciones en la vida de Belgrano: reparte escapularios, le recomienda a San Martín la preservación de las tradiciones católicas y del respeto a la religión, pero participa de logias y hasta las organiza.

El general Belgrano funda la Logia Argentina de la ciudad de Tucumán, denominada posteriormente Unidad Argentina y que trabajó con Carta Constitutiva otorgada por la Masonería de Nueva Granada. Funcionó entre los oficiales del Ejército del Norte que él comandaba.

Acerca de esas Logias se ha entablado una polémica, más de una vez apasionada, sobre si eran o no masónicas. Los que les negaron tal carácter sostienen que ‘aparte del formulismo masónico esas agrupaciones tenían fines patrióticos y que sus componentes eran profundamente católicos’.

“El masón argentino, Martín Lazcano -de antigua y activa militancia en la institución-, afirma que todas las asociaciones políticas y secretas que fueron apareciendo en nuestro escenario patrio, después de 1806 hasta 1856, no fueron masónicas sino político-revolucionarias de carácter meramente profano; si bien empleaban en su régimen interno y en su acción externa modalidades masónicas, y pudieron contar con algunos masones emboscados entre sus miembros.” [1]

Manda acuñar una medalla para conme­morar la batalla de Tucumán. En el anverso se lee: Victoria del 24 de se­tiembre de 1812, en derredor: Bajo la protección de Nuestra Señora de Mer­cedes, Generala del ejército. En el reverso: Tucumán, sepulcro de la tiranía.

Proclamación de la Virgen de las Mercedes Generala del ejército

El título de Generala es invención de Belgrano, mérito todo suyo, con el que entendió reconocer que la vic­toria de Tucumán se debía a su ma­ternal patrocinio.

‘El piadoso jefe -dirá un mes después el vicario foráneo de Tucumán, padre José Agustín Molina, en público sermón, es­tando presentes Belgrano y los jefes de la tropa- atribuye al cielo toda la glo­ria… ¡Cuán grato no es figurárnoslo, ce­diendo voluntariamente a la Madre de Dios todo el honor de la victoria, y por un acto auténtico confesar (yo se lo he oído más de una vez) que a María y no a él de­be reconocerse deudora la patria de su salvación!’[2]

Existe una Memoria del militar don Juan Pardo de Zela, hecha de público dominio en 1964 por el Bo­letín de la Academia Nacional de la Historia.[3]

Pardo de Zela, oficial entonces y guerrero en las acciones así de Hua­qui como de Tucumán y Salta, ex­puso con llaneza lo que había visto personalmente, cuando se disponía al ataque de las tropas de Tristán:

Formó el ejército en línea de batalla con ‘un horizonte despejado y limpio de nubes… En esto una pequeña nube se des­cubre en el cielo en figura piramidal, sos­tenida por una base que parecía sostener una efigie de la imagen de Nuestra Señora.

‘Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas v privaciones; cuya ilusión, aumentándose progresiva­mente, daba más fortaleza a nuestra Pe­queña línea, va enfrentada con la del enemigo…’

Acaso se diese una ilusión óptica, lo que no hubo de cierto ilusión, en el convencimiento general de que el triunfo se debía a Nuestra Señora, dadas las circunstancias por demás imprevistas con que se había decidido.

El padre Molina, en el citado discurs­o, expresaba sin embozo que la victoria era efecto de una ‘especialísim­a (permitidme que añada) mi­lagrosa asistencia’ de María. ‘Yo entiendo -agregaba luego- que to­do el mundo está ya persuadido que este beneficio no nos ha venido sino de lo alto.’

Un año después, el 30 de agosto 1813, el Cabildo secular de Tucumán escribía al gobierno de Buenos Aires:

“Se ha sensibilizado el amparo y auxilio de la Santísima Virgen Nuestra Señora de Mercedes en favor de nuestra sagrada causa”

Entre los protagonistas de la batalla ­figuró el futuro general José María Paz, que tan valiosos recuerd­os ha conservado de ella en sus Memorias póstumas. El 24 de septiembre de 1820, ocho años después, conmemorando en una orden la vic­toria de ese mismo ejército acantonado en Tucumán, daba esta con­signa:

‘Recordad también que esta brillante victoria se consiguió mediante la Generala y Patrona del ejército, y que hoy es el día destinado a su celebridad.’[4]

También participó en la batalla el cordobés Mariano Benites; quien el 5 de julio de 1813 escribía al go­bierno:

‘En la memorable batalla de Tucumán de 24 de setiembre próximo pasado, fui de los primeros que acometieron con de­nuedo…, [y] me contraje con ardor y en­tusiasmo a perseguirlos y derrotarlos, co­mo lo conseguimos bajo los auspicios de Nuestra Señora de Mercedes.’[5]

Lo extraño es que también doña Feli­pa Zavaleta de Corvalán, contemporánea de la batalla, trajo en sus Recuerdos fa­miliares,  igual referencia: ‘Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tu­cumano, vieron una Señora vestida de blanco y que les batía el manto sobre los españoles… Se cree que esta Señora fue Nuestra Madre de Mercedes’ [6]

Testigo de excepción, si bien de oídas simplemente, fue don Marce­lino de la Rosa. Conversó don Mar­celino con muchos de los que parti­ciparon en la batalla. Oyó todo lo que pudo oír para conservarlo en sus Tradiciones históricas. Y llegó a esta conclusión:

El resultado de la batalla de Tucumán ‘fue debido en su mayor parte a un cúmu­lo de hechos providenciales, y no a com­binaciones militares; por lo que el pueblo lo atribuyó a milagro de la Virgen de Mer­cedes, porque tuvo lugar el día de su fes­tividad’.[7]

Guarda, en fin, mucha significa­ción que un hombre tan escasamente provisto de ideas religiosas como fue Bernardo de Monteagudo, se vie­se en la necesidad de reconocer el 29 de octubre de 1812, hablando a la Sociedad Patriótica y Literaria, que la victoria de Tucumán se había conseguido ‘por una especial provi­dencia del Eterno’ [8]

La coincidencia de la batalla con el 24 de septiembre, había impedido la festividad, que se postergó al si­guiente mes.

Por bando dispuso el General su preparación con un suntuoso nove­nario y tres días de iluminación y regocijos populares.

Las celebraciones tuvieron un ex­celente cronista en el testigo José María Paz y susMemorias póstumas.

La misa del domingo 27 de octubre alcanzó el digno aparato de las ceremonias litúrgicas. A ella -cuen­ta Paz- ‘asistió el General y todos los oficiales del ejército. Predicó el doctor don [José] Agustín Molina (obispo después)’.

Celebróse la procesión en la tarde del otro día, fiesta de los santos patronos de Tucumán.

La concurrencia fue ‘numerosa, y además, asistió la oficialidad y tropa, sin armas, fuera de la peque­ña escolta que es de costumbre’. Entraba en el itinerario el campo de batalla,‘donde aún no había aca­bado de borrarse la sangre que lo había enrojecido’ el mes anterior.

El general Belgrano seguía devo­tamente tras las andas de la Virgen.

Un episodio vino a dar mayor realce a la ceremonia. Cuando ya marchaba la procesión y antes que desembocase en el campo de las Carreras, entraron en la ciudad los hombres de Díaz Vélez salidos en persecución de Tristán. Su llegada debió de producir natural regocijo.

El General, sin hacer atención del uniforme de campaña que traían, Y del cansancio consiguiente al trajín de aquellas jornadas, ‘ordenó -se­gún la relación de Paz- que a caba­llo, llenos de sudor y polvo, como venían, siguiesen en columna atrás de la procesión; con lo que se au­mentó considerablemente la comiti­va y la solemnidad de aquel acto’­

A todo esto la piadosa columna desembocaba en el campo de las Carreras.

Sigue con su narración nuestro cronista:

“Repentinamente el General deja su puesto, y se dirige solo hacia las andas donde era conducida la imagen de la advocación que se celebraba; la procesión para; las miradas de todos se dirigen a indagar la causa de esta novedad; todos  están pendientes de lo que se propone el General; quien, haciendo bajar las andas hasta ponerlas a su nivel, entrega el bas­tón que llevaba en su mano, y lo acomoda el cordón, en las de la imagen de Mercedes. Hecho esto, vuelven los con­ductores a levantar las andas, y la pro­cesión continúa majestuosamente su ca­rrera.’ [9]

Concluía Paz:

‘La conmoción fue entonces universal. Hay ciertas sensaciones que perderían mucho queriéndolas describir y explicar al menos yo no me encuentro capaz de ello. Si hubo allí espíritus fuertes que ridiculizaron aquel acto, no se atrevieron a sacar la cabeza.’

Otro dato acerca de su catolicismo es su última voluntad, expresada en su testamento:

Testamento del Gral. Don Manuel Belgrano

‘En el nombre de Dios y con su santa gracia amén. Sea notorio como yo, Dn. Manuel Belgrano, natural de esta ciudad, brigadier de los ejércitos de las Provincias Unidas de Sud America, hijo legítimo de Dn. Domingo Belgrano y Peri, y Da. María Josefa González, difuntos: estando enfermo de la (enfermedad) que Dios Nuestro Señor se ha servido darme, pero por su infinita misericordia en mi sano juicio, temeroso de la infalible muerte a toda criatura e incertidumbre de su hora, para que no me asalte sin tener arregladas las cosas concernientes al descargo de mi conciencia y bien de mi alma, he dispuesto ordenar este mi testamento, creyendo ante todas las cosas como firmemente creo en el alto misterio de la Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espiritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y sacramentos que tiene, cree y enseña nuestra Santa madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir como católico y fiel cristiano que soy, tomando por mi intercesora y abogada a la Serenísima Reina de los Ángeles María Santísima, madre de Dios y Señora nuestra y devoción y demás de la corte celestial, bajo de cuya protección y divino auxilio otorgo mi testamento en la forma siguiente:

‘1ª Primeramente encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor, que la crió de la nada, y el cuerpo mando a la tierra de que fue formado, y cuando su Divina majestad se digne llevar mi alma de la presente vida a la eterna, ordeno que dicho mi cuerpo, amortajado con el hábito de patriarca de Santo Domingo, sea sepultado en el panteón que mi casa tiene en dicho convento, dejando la forma del entierro, sufragios y demás funerales a disposición de mi albacea.

‘2ª Item, ordeno se dé a las mandas forzosas y acostumbradas a dos reales con las que separo mis bienes.

‘3ª Item, declaro: Que soy de estado soltero, y que no tengo ascendiente ni descendiente.

‘4ª Item, declaro: Que debo a Dn. Manuel de Aguirre, vecino de esta ciudad, dieciocho onzas de oro sellado, y al Estado seiscientos pesos, que se compensarán en el ajuste de mi cuenta de sueldos, y de veinticuatro onzas que ordeno se cobre por mi albacea, y preste en el Paraguay al Dr. Dn. Vicente Anastasio de Echeverría, para la compra de una mulata – Cuarenta onzas de que me es deudor el brigadier Dn. Cornelio Saavedra, por una sillería que le presté cuando lo hicieron Director; dieciséis onzas que suplí para la Fiesta del Agrifoni en el Fuerte, y otras varias datas; tres mil pesos que me debe mi sobrino Dn. Julián Espinosa por varios suplementos que le he hecho.

‘5ª Para guardar, cumplir y ejecutar este mi testamento, nombró por mi albacea a mi legítimo hermano el Dor. D. Domingo Estanislao Belgrano, dignidad de chantre de la Santa Iglesia Catedral, al cual respecto a que no tengo heredero ninguno forzoso ascendiente ni descendiente, le instituyo y nombro de todas mis acciones y Dros. Presentes y futuros. Por el presente revoco y anulo todos los demás testamentos, codicilos, poderes para testar, memorias, u otra cualesquiera otra disposición testamentaria que antes de ésta haya hecho u otorgado por escrito de palabra, o en otra forma para que nada valga, ni haga fe en juicio, ni fuera de él excepto este testamento en que declaro ser en todo cumplida mi última voluntad en la vía y forma que más haya lugar en Dro. En cuyo testimonio lo otorgo así ante el infrascrito escribano público del número de esta ciudad de la Santísima Trinidad, puerto de Santa María de Buenos Aires, a veinticinco de mayo de mil ochocientos veinte. Y el otorgante a quien yo dho. Escribano doy fe conozco, y de hallarse al parecer en su sano y cabal juicio, según su concertado razonar, así lo otorgo y firmo, siendo testigos llamados y rogados don José Ramón Mila de la Roca, Dn. Juan Pablo Sáenz Valiente, y Dn. Manuel Díaz, vecinos. M, Belgrano (firma). Narciso de Iranzuaga (firma) Escribano Público.’


                                                                            Prof. Carlos Alberto López

[1] (Cit. Por el P. Fuentes en  El teólogo responde, del  16 de Julio de 2006)
[2] ADOLFO P. CARRANZA: El clero argentino de 1810 a 1830, T. I: Oraciones patrióticas, Bs. As., 1907, p. 33.
[3] Bs. As., 36, 1ª Sección, (1964) p. 406.
[4]  Museo MITRE, Documentos del Archivo de Belgrano, VI, 687.
[5] ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Bs. As., X-3, 10, 6.
[6] Recogió el dato el P. JOAQUÍN TULA, Discursos y escritos conmemorativos, Tucumán, 1915, p. 200.
[7] Publicadas dichas Tradiciones históri­cas en apéndice a las Memorias del gene­ral Gregorio Aráoz de La Madrid, t. I, Bs. As., 1895, p. 576.
[8] 1 El Grito del Sud, Bs. As., martes 10.XI.1812, t. I, n. 18, p. 141.
[9] JOSÉ MARÍA PAZ, Memorias póstumas, parte, ed. Anaconda, s/f., 62-63. Doña María Pondal de Iramáin cita también esta ­ceremonia que oyó contar a su madre, testigo ocular:‘Pasados treinta días del triunfo, se realizó una procesión, y allí Belgrano colocó a la imagen que existe la Merced el bastón que él usaba, hasta ­que más tarde le regaló a la misma el bastón de marfil que hoy existe en Merced’ (J. TULA, Ib., 258). Es de adver­tir que Paz junta misa, procesión y vuelta de  Díaz Vélez, todo en el mismo día. Pero caso es que el P. Molina data su sermón la mañana del 27 de octubre, al paso que Belgrano pone la vuelta de Díaz Vélez la noche del 28′ (ARCHIVO GENERAL DE NACIÓN, Bs. As., X-3, 10, 4). La dificultad se resuelve admitiendo que la misa fue domingo 27, y la procesión por la tarde ­del 28, fiesta de los santos Simón y Judas, patronos de la ciudad. Así lo afirma P. Diego León Villafañe, en carta fecha­da en Tucumán el 9.XI.1812: ‘Se ha hecho y celebrado un novenario a Nuestra Señora de Mercedes en su iglesia, y des­pués su misa solemne de acción de gra­cias, con sermón, que predicó el Dr. Mo­lina, con asistencia de la ciudad y del general Belgrano. El día 28, día de los san­tos apóstoles Simón y Judas, salió la pro­cesión con las estatuas de dichos Santos, de Nuestra Señora de Mercedes, y de San Miguel Arcángel, y se enderezaron al cam­po de las Carreras, que es al poniente de la ciudad y lugar de la victoria. Hubo sus ceremonias, y el general Belgrano entregó el bastón a la Santísima Virgen. Acciones todas muy religiosas y cristia­nas, que le hacen a Belgrano más honor que ningunas otras’ (GUILLERMO FURLONG, Diego León Villafañe y su ‘Batalla de Tu­cumán’ [1812], Bs. As., 1962, p. 99). Es fá­cil que se confundiese Paz, escribiendo sus Memorias -según propia referencia­ ‘más de treinta y seis años’ después de estos sucesos (Ib., 23), que no Villafañe, cuya carta está fechada en Tucumán doce días después de la ceremonia.



martes, 28 de mayo de 2013

Cuando los escapularios vinieron a ser una divisa de guerra

Por el P. Guillermo Furlong, S J *

En la víspera de la batalla de Tucumán, acudió al pie de los altares y eligió a Nuestra Señora de las Mercedes por patrona de su ejército, pidiéndola fervorosamente que intercediera con el Dios de los ejércitos, y le gobernara en la batalla que iba a librar. Este acto público de acendrada religiosidad tuvo lugar poco antes de la batalla, y así es que pudo  escribir Belgrano, poco después de librado el combate: “La patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas, el día veinte y cuatro del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos…”

La batalla de Tucumán, una de las más gloriosas y heroicas del ejército argentino, fue librada el día 24 de septiembre de 1812. Aunque la inferioridad de Belgrano era manifiesta, fue suplida a fuerza de heroísmo y de audacia. Se luchó denodadamente durante todo el día, hasta que Tristán se dio a la fuga, dejando en el campo de batalla más de cuatrocientos muertos, tres banderas, un estandarte y todos los bagajes. Parte del ejército patriota siguió en persecución de los enemigos, parte quedó en el “Campo de las Carreras” y lo restante, al mando de Belgrano, se dirigió a la ciudad, con el objeto de manifestar públicamente su agradecimiento a la Santísima Virgen.

“La división de vanguardia – escribe Mitre- llegó a Tucumán en momentos que una procesión cruzaba las calles de la ciudad, llevando en triunfo la Imagen de Nuestra Señora de Mercedes… A caballo y llena de polvo del camino se incorporó la División de vanguardia a la procesión, la que siguiendo su marcha, desembocó al campo de batalla, húmedo aún con la sangre de las víctimas. El general se coloca entonces al pie de las andas que descienden hasta su nivel, y desprendiéndose de su bastón de mando, lo coloca en las manos de la Imagen; y las andas vuelven a levantarse en procesión continúa majestuosamente su camino. Este acto tan sencillo como inesperado, produjo una impresión profunda en aquel concurso poseído de sentimientos piadosos y aun los espíritus fuertes (?) se sintieron conmovidos”.

En la “Historia de los Premios Militares”, publicada por el Ministerio de Guerra, se halla la reseña de una curiosa medalla de origen desconocido, según los compiladores de la mencionada obra, pero que el erudito Padre Antonio Larrouy atribuye al general Belgrano quien, por su cuenta, la hizo acuñar en la Casa de la Moneda. Es, escribe Larrouy, “un nuevo testimonio de su indefectible gratitud a su Protectora”.

Anverso:

Bajo la protección de
Nuestra Señora de Mercedes
Generala del Ejército
En el campo: Victoria – del 24 de
- Septiembre – de 1812

Reverso:

Tucumán – Sepulcro – de la – Tiranía
En el Canto: Viva la religión, la patria
y la unión.

En 1821, escribía, y no sin fundamento, fray Cayetano Rodríguez estas hermosas líneas:

“¿En qué país no ha resonado la fama de su piedad religiosa con que tributaba al cielo el homenaje de su gratitud, reconociéndolo en sus militares encuentros por autor único de sus triunfos, y besando la mano que lo humillaba en sus desgracias? ¿Con qué confianza, con qué ternura libraba en las manos de la Reina de los Ángeles el feliz éxito de sus empresas y cuán sensibles pruebas le dio esta Divina Madre de su protección y amparo, en los apurados lances en que se vio comprometido su honor, e indecisa la suerte de la América del Sur?”.

No se contentó el general Belgrano con proclamar a la Virgen por patrona del ejército, antes de la batalla, con entregar personalmente su bastón de mando en manos de la venerada imagen, y con hacer acuñar la hermosa medalla conmemorativa de aquel señalado triunfo. “Antes de ponerse en marcha para Jujuy –continúa el historiador Mitre- mandó hacer funerales por los muertos, a los que asistió personalmente con todo su Estado Mayor, enseñando prácticamente, que los odios no deben pasar más allá del sepulcro, a la vez que consolidaba la opinión de religiosidad que iba adquiriendo su ejército”.

Como complemento de lo que acabamos de decir, trasladaremos a continuación algunas interesantísimas noticias que consigna el general Paz en sus tan celebradas “Memorias”: “Las monjas de Buenos Aires –escribe el célebre soldado cordobés- a cuya noticia llegaron estos actos de devoción, los celebraron mucho y quisieron hacer una manifestación al ejército, mandando obsequiosamente un cargamento de cuatro mil pares de escapularios de la Merced, los que se distribuyeron en esta forma:

“Cuando se trató de mover el ejército para buscar el enemigo en Salta, se hizo por cuerpos, los que después se reunieron en tiempo y oportunidad. Luego que el batallón o regimiento salía de su cuartel, se le conducía a la calle en que está situado el templo de la Merced. En su atrio estaba ya preparada una mesa vestida, con la imagen, a cuyo frente formaba el cuerpo que iba a emprender la marcha; entonces sacaban muchos cientos de escapularios, en bandejas, que se distribuían a jefes, oficiales y tropa, los que colocaban sobre el uniforme y divisas militares”.

“Es admirable que estos escapularios se conservasen intactos, después de cien leguas de marcha, en la estación lluviosa, y nada es tan cierto, como el que en la acción de Salta, sin precedente orden y sólo por un convenio tácito y general, los escapularios vinieron a ser una divisa de guerra: si alguno los había perdido, tuvo buen cuidado de ponerse otros, porque hubiera sido peligroso andar sin ellos”.

* Furlong, Guillermo: Belgrano, el Santo de la espada y de la pluma. Bs. As, Club de Lectores, 1974, pp. 38-43.