viernes, 16 de junio de 2017

ROSAS Y EL PARAGUAY

Por Leonardo Castagnino                        

La declaración oficial de la dependencia paraguaya se hizo el 25 de abril de 1842. No fue ajena la instigación del Brasil por medio de José Antonio Pimienta Bueno, luego marqués de San Vicente. Resultó fácil al diplomático brasilero agitar los agravios del “puerto” y el fantasma de una dependencia de Buenos Aires, por la equivocada política de los gobernantes porteños anterior a 1829.

Pero en 1842, Rosas dirigía los destinos de la Confederación Argentina; su política había quitado los recelos del interior contra el puerto, el gran factor de la dispersión platina; de allí que estableciera la Confederación de provincias iguales en derecho por el Pacto Federal de 1831, y cerrase la entrada a Buenos Aires de mercadería y producciones extranjeras que podían elaborarse en el interior (Ley de Aduana de 1835). Gracias a ello rehízo la unidad, que de otra manera hubiera llevado a una Centroamérica de catorce republiquetas enemigas. No faltaban, de más está decir, los estímulos exteriores para esa balcanización.

Rosas no reconoce la Independencia Paraguaya

La Independencia del Paraguay no fue reconocida por Rosas. Declaró que “no llevaría la guerra a esa provincia”, limitándose a esperar que el tiempo y la reflexión modificasen la actitud de los paraguayos. Consideró a Paraguay “provincia argentina” y sus productos (tabaco, yerba, madera) tenían en el puerto de Buenos Aires el tratamiento preferencial de todo producto argentino. Solamente en 1849 ante el tránsito de un convoy de armas de Brasil a Paraguay por territorio argentino, perdió la paciencia con López y amenazó con la guerra. Posiblemente no fuera otra cosa que una amenaza, pues Rosas no iría a estrellar su Ejército de Operaciones (que destinaba a la próxima guerra con Brasil) contra 25.000 paraguayos que sabía bien armados, y cuyo coraje amor al terruño los hacia imbatibles en la defensiva. Por otra parte había expresado claramente a López que "jamás pretenderá obligar con armas a aquel país a que entre en la Confederación, y que sus relaciones siempre serán conducidas con amistosa benevolencia". Por otra parte no estaba en las modalidades de Rosas anexar territorios por la fuerza (caso de Tarija en 1841, de la alianza ofrecida por Brasil en 1843, etc.) El Restaurador buscaba la Federación del Plata, pero de la misma manera que hizo la Federación Argentina: sin prepotencia, sin avasallamientos, por propia y decidida voluntad de los escindidos, que es la sola manera de reconstruir una nacionalidad disgregada.

Legado de la "espada diplomática y militar"

El 17 de febrero de 1869, mientras Francisco Solano López y el heroico pueblo guaraní se debatían en las últimas como jaguares decididos que se niegan a la derrota, Rosas testó el destino del "sable de la soberanía":

"Su excelencia el generalísimo, Capitán General don José de San Martín, me honró con la siguiente manda: La espada que me acompañó en toda la guerra de la Independencia será entregada al general Rosas por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido los derechos de la Patria. Y yo, Juan Manuel de Rosas, a su ejemplo, dispongo que mi albacea entregue a su Excelencia el señor Gran Mariscal, presidente de la República paraguaya y generalísimo de sus ejércitos, la espada diplomática y militar que me acompañó durante me fue posible defender esos derechos, por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido y sigue sosteniendo los derechos de su Patria".

Rosas y el Paraguay

La simpatía de Rosas hacia el Paraguay fue constante. Su correspondencia demuestra que durante la guerra de la Triple Alianza estuvo a favor de los paraguayos, como estuvieron a favor la mayoría de los argentinos y orientales.

En 1869 el Restaurador lega su sable al mariscal López, que se debatía en las últimas, reconociéndolo el defensor de la soberanía americana.

Vencido el Paraguay, se interesó por su suerte ante los banqueros ingleses, gestionando empréstitos para su reconstrucción.

El 17 de Mayo de 1871, el Presidente Paraguayo Rivarola, agradeció a Rosas “el interés que ha mostrado en favor de este pobre país que ha quedado aniquilado en una guerra sin ejemplo”.

Al año siguiente en carta del 9 de Marzo de 1872, el Presidente Jovellanos le ofrecía “en nombre de todos mis conciudadanos hospitalidad entre nosotros, donde después de honrarnos con su aceptación hallaría corazones que habrían de mitigar los sinsabores de su triste vida” (“Copia fotográfica en papeles de Rosas”, de Adolfo Saldías, t.II, p.436 y 438)

Fuentes:

­- Castagnino Leonardo. Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades
- Rosa José María, La Guerra del Paraguay. p.51
- Irazusta, Julio. Vida política de Juan Manuel de Rosas.T.IV.p.348



lunes, 22 de mayo de 2017

BUENOS AIRES EN 1810

Por: Federico Ibarguren

Mientras la sociedad cerraba celosamente sus puertas a toda idea innovadora, los hombres de arraigo en Buenos Aires repudiaban las corrientes impías (sociales, políticas y filosóficas) que Francia había hecho triunfar con la Revolución. Debe advertirse, no obstante, que una minoría culta y urbana formada intelectualmente en los centros de Chuquisaca o educada en Europa, conocía las ideas preconizadas por los Enciclopedistas y admiraba en silencio los principios liberales que informaron la ideología de 1789.


Pero tal exotismo fue totalmente extraño al espíritu popular argentino de la época. Pues bien: ¿qué causas profundas movieron entonces a los protagonistas de los acontecimientos históricos ocurridos en Buenos Aires en 1810? Vinculados a España, nuestros patriotas —como natural reacción antiborbónica, pues eran aún leales al viejo espíritu de familia común— abrigaban, es cierto, ocultos propósitos de reformismo institucional. ¿Eran legítimas sus aspiraciones a esta especie mínima de independencia a través de nuevas leyes de recíproca hermandad política entre la Monarquía y sus dominios de ultramar?…

La respuesta la brinda el testimonio indubitable de dos importantes protagonistas de la célebre semana de mayo en Buenos Aires, que ratifican claramente lo que acabo de afirmar como historiador argentino. En efecto, basta con leer las opiniones contemporáneas de dos próceres responsables del primer gobierno patrio en 1810; o sea, Cornelio Saavedra y Tomás Manuel de Anchorena, respectivamente. Allí se ve la interpretación “ANTI-IDEOLÓGICA” de nuestra denominada REVOLUCIÓN DE MAYO (todavía en pañales en 1814): impremeditada y auténticamente tradicionalista en sus orígenes.

La Historia Argentina ha sido escrita en nuestro país sobre la base de un preconcepto —EL ANTIHISPANISMO IDEOLÓGICO— esgrimido como bandera de guerra para justificar actitudes políticas. Hoy, lograda (en teoría al menos, el objetivo primario) la independencia nacional, el odio al pasado propio resulta deleznable y anacrónico, propio de escritores y panfletistas baratos de izquierda. ¿Prejuicios de resentidos, acaso? Este preconcepto nos viene de lejos y es, puede decirse, el sostenido por dos próceres constitucionales: SARMIENTO, ALBERDI (el cipayesco autor extranjerizantes de “Las Bases” en 1852) y MITRE. Trilogía infalible hasta hoy; a quienes la “Historia regulada” otorga los dones del Espíritu Santo para juzgar sobre nuestro pasado remoto.

Aquellos hombres, mentores del ANTIESPAÑOLISMO COMO DOGMA, menospreciaron las tradiciones virreinales en bloque, como una rémora; no obstante haber ellas plasmado —a través de cinco siglos de unión a España— las épicas virtudes de nuestra raza, cuyo legado hemos de transmitir intacto a la posteridad.

Nuestras “guerras civiles” iniciadas en 1810, evidencian, pues, la profunda impopularidad de logistas y afrancesados facciosos en el escenario nacional, demostrando por lo demás que de aquella enconada resistencia al liberalismo despótico y ateo, ha sido hecha la verdadera Argentina histórica independiente. Historia Argentina que arranca de una tradición viva y no de exóticas ideologías postizas, importadas pro el contrabando mercantil y por intermediarios de la civilización capitalista.

Y bien: ahora más que nunca, la presión de ideologías extrañas vuelve a ahogar la voz de nuestros impávidos ciudadanos indefensos. Es preciso inspirarse en los ejemplos de antaño. El signo de la argentinidad pretérita (hispanocatólica hasta las raíces), debe ser el que presida hoy nuestra emancipación total y la grandeza futura de Hispanoamérica libre.

¡Quiera la Providencia, entre tanto, iluminar con ese espíritu a las nuevas generaciones rioplatenses en los años decisivos que a todos nos tocará vivir! Imitando aquellos tiempos heroicos de 1810 y siguientes, en que gobernaban la Argentina hombres de la Reconquista y la Defensa (patriotas y no políticos profesionales). En cambio, en la actualidad, la dirigen advenedizos complacientes, acostumbrados a capitular; a entregarse “por sistema” a gringos y cipayos de adentro; o sometidos inermes, a los planes chupasangre, caprichosos e imperialistas de los acreedores de afuera… Nada más y ¡VIVA LA PATRIA!


Tomado de: http://elblogdecabildo.blogspot.com.ar/2008/05/peco-ms-actual-que-el-diario-de-hoy.html

sábado, 13 de mayo de 2017

LA HISTORIA FALSIFICADA*

Por: ERNESTO PALACIO

Los profesores de historia argentina en los establecimientos oficiales advierten desde hace años, un fenómeno perturbador: la indiferencia cada vez mayor de los alumnos ante las nociones que se le imparten. Es inútil que aquellos engolen la voz, es inútil que apelen al patriotismo y pretendan comunicar a los oyentes un entusiasmo que juzgan saludable por las virtudes de Rivadavia y de Sarmiento: consiguen, a los sumo, un “succés d’ estime”.

 La historia que dictan NO INTERESA, interesa cada vez menos a la población escolar. Este es el hecho indiscutible, que suele atribuirse corrientemente a la influencia de doctrinas exóticas o al origen extranjero de gran parte de los estudiantes. “¡Hay que apretarles las clavijas a estos hijos de gringos!” he oído exclamar de buena fe a un pedagogo, mientras aplicaba la represalia del aplazo. Esto no mejora las cosas. El fenómeno no sólo subsiste, sino que se agrava. Si se tiene en cuenta que los estudiantes de historia argentina cursan el cuarto año y son ya adolescentes con capacidad para razonar; si se tiene en cuenta que esa es la edad en que la personalidad se forma y se definen las vocaciones, dicha indiferencia adquiere importancia excepcional. La interpretación xenófoba, con sus consecuencias de solapada guerra civil, no puede satisfacernos. No es verdad que nuestros muchachos, cualquiera sea su origen, se desinteresen por las cosas que atañen a la patria. Están, por el contrario, ávidos de verdades útiles y son sensibles a todas las influencias inteligentes y generosas.
¡Hay que ver la atención apasionada con que siguen, por ejemplo, cualquier explicación leal sobre nuestros problemas vitales de nuestro comercio exterior! Aquí toda indiferencia desaparece y la preocupación patriótica se advierte en la expresión reconcentrada, en la contracción de los músculos, en los gestos nerviosos, alusivos a la urgencia de los grandes remedios. Si dicha indiferencia no puede atribuirse a la causa alegada, es indudable que debe achacarse a la materia misma, tal como hoy se dicta.

Sabido es que, aparte de la guerra de la independencia, enseñada con acento antiespañolista, los motivos de exaltación que ofrecen nuestros manuales son la Asamblea del año XIII, con sus reformas ¡liberales!, el gobierno de Martín Rodríguez, la Asociación de Mayo ¡tan intelectual!, las campañas “libertadoras” de Lavalle, Caseros y –gloriosa coronación- las presidencias de Sarmiento y Avellaneda. Cuestiones de límites, no las hemos tenido; somos pacifistas. Guerra con Bolivia; pero ¿hubo tal guerra? En cuanto a la frontera oriental, es obvio que el Brasil sólo se ha ocupado de favorecernos, y que si alguna dificultad tuvimos, fue por culpa del “bárbaro” Artigas…Los alumnos se aburren mortalmente; no “le encuentran la vuelta a todo eso”. La historia. argentina, “telle qu’on la parte”, no conserva ningún elemento estimulante, ninguna enseñanza actual. Los argumentos heredados para exaltar a unos y condenar a otros han perdido toda eficacia. Nada nos dicen frente a los problemas urgentes que la actualidad nos plantea.

Historia convencional, escrita para servir propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones. El trabajo de restauración de la verdad, proseguido con entusiasmo por un grupo cada vez mayor de estudiosos, no ha llegado a conmover la versión oficial, que pronto se solemnizará en una veintena de volúmenes bajo la dirección del doctor Ricardo Levene. Será sin duda un monumento; pero un monumento sepulcral que encerrará un cadáver. No es posible obstinarse contra el espíritu de los tiempos. Ante el empeño de enseñar una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni 1a verdadera ni la oficial. No hay un abogado, un médico, un ingeniero que (salvo casos de vocación especial) sepan historia. Y es porque, en las lecciones que recibieron, sospechan confusamente la existencia de una enorme mistificación.

No entraré a considerar las causas que dieron origen a lo que llamo versión oficial de nuestra historia ni la legitimidad de la misma, porque ello nos llevaría a enfrentarnos con los problemas fundamentales del conocimiento histórico. Diré solamente que dicha versión no se ha independizado, que sigue siendo tributaria de la escrita por los vencedores de Caseros, en una época en que se creía que el mundo marchaba, sin perturbaciones, hacia la felicidad universal bajo la égida del liberalismo y en que no sospechaban los conflictos que acarrearía la revolución industrial, ni la expansión del capitalismo, ni la lucha de clases, ni el fascismo, ni el comunismo. Impuesta por Mitre y por López tiene ahora por paladín al arriba citado doctor Levene, lo que, en mi entender, es altamente significativo. Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se la destinaba; fué el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea, el partido de la “civilización”.

No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos; se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos. No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas Universidades, donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es “mal administrador”.

Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos . Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (¡sobre todo para el comercio!) era un bien superior a 1a independencia con respecto al extranjero. Se exaltó al prócer de levita frente a1 caudillo de lanza; al civilizador frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado.

Con este bagaje y sus consecuencias –un pacifismo sentimental y quimérico, un acentuado complejo de inferioridad nacional- nos encontramos ante un mundo en que todos estos principios han fracasado. La solidaridad universal por el intercambio, que postulaba el liberalismo, se ha roto definitivamente. Vivimos tiempos duros. El imperialismo del soborno ha sido suplantado por el imperialismo de presa. Hay que ser, o perecer. ¿Cómo no van a sonar a hueco los dogmas oficiales? ¿Cómo pretender que nuestros jóvenes se entusiasmen con una “enfiteusis” u otra genialidad por el estilo, cuando les está golpeando los ojos 1a realidad política de una crisis mundial, con surgimiento y caída de imperios? Es la angustia por nuestro destino inmediato lo que explica el actual renacimiento de los estudios históricos en nuestro país, con su consecuencia natural: la exaltación de Rosas. Frente a las doctrinas de descastamiento, un anhelo de autenticidad; frente a las doctrinas de entrega, una voluntad de autonomía; frente al escepticismo, que niega las propias virtudes para simular las ajenas, una gran fe en nuestro pueblo y en sus posibilidades.

Las condiciones del mundo actual demuestran que Rosas tenía razón y que las soluciones de nuestro futuro se encontrarán en los principios que él defendió hasta el heroísmo, y no en los principios de sus adversarios, que nos han traído al pantano moral en que hoy estamos hundidos hasta el eje. Basta lo dicho para expresar que la nuestra no es una posición simplemente “historiográfica” y que nos interesan muy poco los pleitos por galletita más o menos que puede plantear un doctor Dellepiane. Los hechos son conocidos y en este terreno la batalla ha sido totalmente ganada con los trabajos de Saldías, Quesada, Ibarguren, Molinari, Font Ezcurra etc., que han puesto en descubierto la mistificación unitaria. Lo más importante, reside hoy, a mi entender, en la interpretación y valorización de los hechos ciertos, en la forma realizada por algunos de los citados y, principalmente, por Julio Irazusta en su breve pero admirable “Ensayo”. Nadie niega que Rosas defendió la integridad y la independencia de la República. Nadie niega que esa lucha fue una lucha desigual y heroica y que terminó con un triunfo para 1a patria. Nadie niega que durante las dos décadas de su dominación, debió resistir a la presión externa aliada con la traición interna y que, cuando cayó, había ya una nación argentina.

Contra estos altos méritos sólo se invocan objeciones “ideológcas”, promovidas por los “speculatists" que, al decir de Burke, pretenden adecuar la realidad a sus teorías y cuyas objeciones son tan válidas contra el peor como contra el mejor gobierno, “porque no hacen cuestión de eficacia, sino de competencia y de título”. (1).

 Frente a tal actitud, que implica -repito- una subversión de valores, se impone previamente una restauración de los valores menospreciados. Si fuera mejor, como opinaba Alberdi, la libertad interna que 1a independencia nacional; si fuera moralmente más sana la codicia que el heroísmo; si fuera más deseable la utilidad que el honor; si fuera más glorioso fundar escuelas que fundar una patria, tendría razón la historia oficial. Pero la filosofía política y la experiencia secular nos enseñan que los pueblos que pierden la independencia pierden también las libertades; que los pueblos que pierden el honor pierden también el provecho. Esto lo sabemos bien los argentinos. ¿Cómo no habríamos de volver los ojos angustiados al recuerdo del Restaurador? Rosas representa el honor, la unidad, la independencia de la patria. Mirada a la luz de principios razonables, la historia argentina nos muestra tres fechas crucia1es: 1810; el año 20 que vió la reacción armada contra la tentativa colonizadora a base del príncipe de Luca, y la resistencia de Rosas contra una empresa análoga, pero mas peligrosa.

Si después del 53 seguimos siendo una nación, a Rosas se lo debemos, a la unión que se remachó durante su dictadura y que la ulterior tentativa secesionista no logro quebrar. Esto lo han reconocido hasta sus peones enemigos, empezando por el mismo Sarmiento. Siendo así ¿cómo no guardarle gratitud, cómo no admirar su grandeza? Yo creo que ésta es evidente y que quienes no la perciben padecen de incapacidad para percibir la grandeza en general y permanecerían igualmente impasibles -salvo su sometimiento pasivo al juicio heredado- ante la de un Bismarck o un Cronwell. Prueba de ello es que no pasa inadvertida a los observadores extranjeros que se asoman a nuestra historia, como ocurre con el mejicano Carlos Pereyra y con el alemán Oswald Spengler. La grandeza de Rosas pertenece al mismo orden que la reconocida por Carlyle a Federico II de Prusia, quien “ahorrando sus hombres y su pólvora, defendió a una pequeña Prusia contra toda Europa, año tras año durante siete años, hasta que Europa se cansó y abandonó la empresa como imposible” (2).

Alemania le levanta estatuas a su héroe en todas las ciudades. Por eso es grande Alemania. Nosotros lo proscribimos al nuestro y tratamos de proscribir también su memoria, mientras les erigimos monumentos a quienes entregaron fracciones del territorio nacional y nos impusieron un estatuto de factoría. Porque era ¡un tirano!... Es decir, porque tuvo que sacrificar toda su energía y desplegar el máximo de su autoridad para salvar a la patria en el momento más crítico de su historia; porque persiguió como debía a quienes se empeñaban en fraccionar el territorio, y no obtuvo otro premio que la satisfacción de haber cumplido con su deber. Era, como dice Goethe, “el que DEBIA mandar y que en el mando mismo entra su felicidad”.

Wer befehlem soll
Muss im befehlem Seligkeit empfinlem.

La primera obligación de la inteligencia argentina hoy en la glorificación -no ya rehabilitación- del gran caudillo que decidió nuestro destino. Esta glorificación señalará el despertar definitivo de la conciencia nacional. Los tiempos están maduros para la restauración de la verdad, que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas, explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de nuestros adolescentes un legítimo orgullo patriótico. Esto es lo que hoy, trágicamente, falta. Los próceres de la historia heredada, los próceres CIVILES representan y hacen amar (cuando lo consiguen) conceptos abstractos: la civilización, la instrucción pública, el régimen constitucional. Rosas, en cambio, nos hace amar la patria misma, que podría prescindir de esas ventajas, pero no de su integridad ni de su honor.



Notas:

(1) Reflexions on French Revolution, pág. 164.
(2) Frederick the. Great. T. I, pág. 21.
(3) Fausto. 2a parte, 4º acto.



*Artículo publicado en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, Año I, Número I. Enero de 1939.

viernes, 14 de abril de 2017

LOS UNITARIOS*

Por: Roberto de Laferrere

El nacionalismo de Rosas se define, ante todo, por su oposición a los unitarios, quienes, desde 1812, con Rivadavia frente a Artigas, hasta después de Caseros, estuvieron siempre al servicio, más o menos deliberado, de aquel plan de dominación extraña. Al juzgar la conducta de sus jefes de las logias secretas, cabe pensar, en su excusa, que les faltaba el sentimiento de nacionalidad. No lo traicionaron, por que no lo tuvieron. Para los mas caracterizados entre ellos, ser argentino era ser porteño, y ser porteño era un fenómeno de cultura personal, rara vez logrado en sus filas, porque, la verdad sea dicha, todo el partido unitario no produjo una docena de espíritus verdaderamente cultos. Los más ilustres, los más famosos hoy, eran literatos o poetas que, a titulo de tales, pretendían erigirse en los supremos legisladores de la nacionalidad. En cualquier caso, fueron extraños al país, cosa que tardaron en descubrir, pues por fenómeno característico de su vanidad, al principio concibieron éste a imagen y semejanza suya, y  luego, al comprobar la contradicción, dictaminaron que el país estaba equivocado. Vivieron mirando a Europa, de espaldas a la tierra en que habían nacido, de la que se avergonzaban sin ocultarlo, como se avergüenzan los guarangos modernos. En el fondo no se sintieron nunca compatriotas del hombre del interior o de las campañas de Buenos Aires o de los arrabales porteños. Lo despreciaron, porque se creían superiores a él, cuando solo lo eran en algunos aspectos, los de su cultura social y libresca, es decir, los menos importantes en la vida que les había tocado vivir.

En el origen de su política centralista no hay una doctrina –tan pronto eran republicanos como monárquicos- sino un interés de clase o de grupo que aspira a tener un país propio para gobernarlo e imponerle por decreto –o mejor dicho por ley, pues eran legalistas- la cultura “europea”: no española, ni inglesa, ni francesa, nada definido, sino “europea”, así en abstracto: lo único que no había existido ni podía existir en ninguna parte de Europa. Todo hace creer que confundieron la cultura con las modas de la época y no comprendieron nunca que en la formación de una cultura nacional –de acuerdo con el modelo europeo, precisamente- no podía prescindirse de la realidad nacional, el sujeto de la cultura. Pero esta realidad era lo que ellos no aceptaban[1]. Querían rehacerla conforme a sus “ideas”, que habían convertido en ídolos. Y sus “ideas” no nacían de la experiencia, en el mundo que vivían; les llegaban, como las levitas, confeccionadas en otra parte.

La desvinculación de las ideas con la realidad es el caos, la locura. Rivadavia, el “visionario”, era ante todo un loco: un loco de la política; su cordura renacía en la vida privada, donde no interesaba a nadie. Sus adláteres –algunos de ellos siniestros por su perversidad sanguinaria- eran también los hombres de las contradicciones y de las incoherencias. Se llamaron unitarios, pero no admitían que la nacionalidad es una unidad moral que se prolonga a través de las generaciones, y conspiraron contra la unidad de raza, de religión, de costumbres, de tradiciones, de cultura, en el pueblo argentino. Así confundieron progreso con sustitución, ignorando que solo progresa lo que se perfecciona en el sentido de lo que ya es. Y nunca repropusieron el progreso despueblo argentino, si no su trocamiento en otro pueblo distinto, que no seria hispánico, ni latino, ni tendría pasado respetable porque lo habría repudiado. El ideal de los unitarios –que después extremó Alberdi hasta el absurdo en las Bases- consistía en hacer del argentino real un ente tan descaracterizado como las propias imágenes con que sustituían las ideas ausentes. Los hombres de la realidad se levantaron contra ellos y los expulsaron del país. En eso consistió su tragedia de desterrados.

Pero antes habían llevado a la política el desorden de sus “ideas”, convulsionando a las catorce provincias con sus tentativas de predominio ilegitimo[2]. Al aproximarse el año 20, comprobado su fracaso en el gobierno y sintiendo que el suelo temblaba bajo sus pies, creyeron que el país se hundía con ellos, porque ellos eran el país, y pidieron el protectorado de Inglaterra, o mendigaron en España y en Francia –¡y hasta en Suecia!- un monarca extranjero. Repudiados, con la Constitución de Rivadavia, que era su obra maestra, utilizaron a Lavalle sublevado para iniciar la guerra civil. Cuando el orden se salvó con Rosas, conspiraron contra el orden, siempre a la zaga de los extranjeros, para establecer aquí “la influencia de Francia”, o para desmembrar la nación, después de declararse disuelta, o para entregar los ríos interiores al dominio internacional, o para garantizar en forma perdurable la independencia de las antiguas provincias segregadas.
¿Traidores? La palabra es terrible y  desagradable de aplicar, si no es en un sentido metafórico. Preferible es creer que Florencio Varela, por ejemplo, llegó a ser un desarraigado sin patria, ciudadano de una Republica inexistente, que había perdido en el exilio cualquier resto de solidaridad con los hombres de su tierra[3]. No olvidemos, por lo demás, que con los unitarios militaron algunos guerreros de la independencia, y que un patriota como Chilavert siguió también la política de Montevideo, hasta descubrir su entraña, antes escondida a sus ojos, que no eran de lince. ¿Cuántos habrán estado en la misma situación de engañados? Esto nunca lo sabremos. El general Paz rechazó el proyecto de separar a Entre Ríos y Corrientes de la Confederación Argentina que sometió Varela a su aprobación[4]. Pero ese mismo rechazo de Paz, la sorpresa de Chilavert, y los escrúpulos que mas de una vez confesó Lavalle antes del 40, prueban que el fondo de la conspiración unitaria era sombrío y que convenía mantenerlo oculto. Esa gente “no procedía a la luz del día”, como cree el doctor Lavalle Cobo.

En general, y aunque nos cueste reconocerlo a los que también somos sus compatriotas, podemos decir con verdad que esa política, que consistió desde sus comienzos en negar el país y concluyó conspirando contra su integridad territorial, era en sí misma una traición a la historia, a los antepasados: una traición de los hijos a los padres[5].

*Extraído del libro "El nacionalismo de Rosas". Editorial Haz. Bs As., mayo de 1953. Pags 13/16. Editado por primera vez en el numero 2-3 de la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, correspondiente a Agosto de 1939.



NOTAS

[1] Decía el padre Castañeda: “Eche Ud una ojeada rápida sobre la conducta de nuestros políticos de la década anterior y verá que en vez de fomentarlo todo, lo han destruido todo, nomás por que no esta como en Francia, en Londres, en Norteamérica, ni en Flandes. Todos ni mas ni menos como Tales Milesio están mirando a otra parte menos al suelo donde pisan; olvidan sus cosas propias, y codician las ajenas, para quedarse sin las unas ni las otras como el pueblo de la fabula” (La matrona comentadora de los Cuatro periodistas, Numero 1, pags 8 y 9). En el N° 6 del mismo periódico, pag 92 a 94, agrega que nuestros políticos “…se han persuadido que Dios solo está en Francia, en Inglaterra, en Norteamérica, y en todas partes menos en España, y en Sudamérica, siendo así que en donde menos se piensa salta la liebre. ¿Cómo hemos de tener espíritu nacional si en lo que menos pensamos es en ser lo que somos?. Nosotros somos hispano-americanos, ibero-colombianos, y esto hemos de ser siempre, si queremos ser algo; pero nosotros, empeñados en reducirnos a la nada, de repente somos ingleses, a renglón seguido andamos a la francesa, de ahí a la italiana; otra vez a lo protestante, de ahí a lo filosofo incrédulo y en fin según el librito que hemos leído en la nota precedente.” (Tomo estas transcripciones del libro Unitarios y Federales de Avelina M. Ibáñez)
[2] “Mientras en la capital se disputaba con gracia y con ingenio en los estrados aristocráticos, en los gabinetes de nuestros estadistas, en los clubs y en los cafes, sobre las ventajas de la centralización, las poblaciones del interior se agitaban a impulso de entidades simpáticas a la multitudes, y el poncho de sus jefes se levantaba como insignia en esas llanuras que convidan a la libertad de la naturaleza, y donde las hojas escritas por los doctos porteños eran arrebatadas por el pampero, como las de los árboles (Jose Tomas Guido, Escritos políticos, articulo sobre “Nuestros parlamentos”)
[3] Florencio Varela –dice Alberdi en el tomo XII de los “Escritos póstumos”, edicion 1900- ha vivido conspirando los 18 o 20 años de su vida publica. Tomó, desde joven, parte activa en la revolución del 1° de diciembre de 1828, hecha por el general Lavalle, contra el gobernador Dorrego, asesinado oficialmente. Vencida esa revolución, se refugió en Montevideo, en 1829, y desde entonces conspiró desde allí con toda fuerza levantada contra el gobierno de Buenos Aires, argentina o extranjera, no importa: se ligó al Paraguay, a las provincias, a los orientales, a los franceses…”
[4] “Cuando el señor Florencio Varela –dice el general Paz en sus “Memorias”- partió de Montevideo a desempeñar una misión confidencial cerca del gobierno ingles, el año 1843, tuvo conmigo una conferencia, en que me pregunto sí aprobaba el pensamiento de separación de las provincias de Entre Ríos y Corrientes; mi contestación fue terminante y negativa. El señor Varela no expresó opinión alguna, lo que me hizo sospechar que fuese algo más que una idea pasajera, y que su misión tuviese relación con el pensamiento que acababa de insinuarme. Yo obrando según la lealtad de mi carácter, y no escuchando sino los consejos de mi patriotismo, y en preocupación de lo que pudiera maniobrar subterráneamente a este respecto, me apresuré a hacer saber al comodoro Purvis y al capitán Hortham, que mi opinión decidida, era que se negociase sobre estas dos bases: Primera, la independencia perfecta de la Banda Oriental. Segunda, la integridad de la República Argentina, tal cual estaba. No tengo la menor duda de que estos datos fueron transmitidos al gobierno ingles, y que contribuyeron a que el proyecto no pasase adelante por entonces. El señor Varela desempeñó su misión a la que se ha dado gran valor, y por lo que después hemos visto, y de que hablaré a su debido tiempo, me persuado de que hizo uso de la idea de establecer un estado independiente entre los ríos Parana y Uruguay, la que se creía alegraría mucho a los gobiernos europeos, particularmente al ingles.
Estos mismos (los partidarios del proyecto) habían lisonjeado desde mucho tiempo antes, a los orientales, con el de reunir esas mismas provincias a la República del Uruguay, sin lograr otra cosa que eludirlo y hacerlo cada día mas impracticable.
Lo particular es, que para recomendarlo (al proyecto) se proponía probar que era utilisimo a la República Argentina. Que se adoptase como arma para debilitar el poder de Rosas, se comprende; pero que se preconizase como conveniente a nuestro pais, es lo que no me cabe en la cabeza”. (“Memorias del general Paz”, pag 280 y 281, edición de La Cultura Argentina, 1917.)
[5] En el “Facundo”, de Sarmiento, se leen estas palabras que no deben olvidarse: “…los otros pueblos americanos que indiferentemente e impasibles miran estas luchas y alianzas de un partido argentino con todo elemento europeo que venga a prestarle apoyo, exclaman a su vez llenos de indignación: “estos argentinos son muy amigos de los europeos” y el tirano de la Republica Argentina se encarga oficiosamente de completarles la frase, añadiendo:¡Traidores a la causa americana! ¡Cierto!, dicen todos; ¡traidores! ¡esa es la palabra!. ¡Cierto!, decimos nosotros: traidores a la causa americana, española, absolutista, barbara. ¿No habeis oido la palabra salvaje que anda revoloteando sobre nuestras cabezas?. De eso se trata, de ser o no ser salvajes”.

domingo, 26 de marzo de 2017

La tiranía de Lavalle

Por Vicente D. Sierra

Empleamos el vocablo tiranía por ser el que corresponde. Al efecto estimamos interesante hacer algunas reflexiones. Muchos autores califican de “tiranía” al gobierno que, posteriormente a estos sucesos, ejerció Juan Manuel de Rosas. Fue éste una “dictadura” no una “tiranía”. La diferencia no se refiere al tipo de energía con que el gobernante actúe, sino a la forma como ha logrado el poder. Tirano es el que obtiene el poder por usurpación, mientras la dictadura es un sistema legal. Cuando en un momento de crisis los pueblos consideran necesario un brazo fuerte, dan poderes extraordinarios a quien consideran capaz de salvar la situación, y surge así una dictadura, que puede responder al mejor espíritu democrático. La “tiranía” nunca es legal.  En tal sentido, Lavalle fue un “tirano” y Rosas un “dictador”.   Un dictador puede llegar a ser tirano si actúa en contra de aquello en virtud de lo cual se le ha dotado de poderes extraordinarios, mientras un tirano nunca puede llegar a ser dictador, porque lo tiránico surge de su elevación al poder y no de la forma de gobernar.

Lavalle derroca a Dorrego por la fuerza y contra la opinión mayoritaria, clausura la Junta de Representantes y se trueca en fuente y razón del derecho; es, por consiguiente, un “'tirano”. Por otra parte, cuanto en el seno de la Convención de Santa Fe era mesura, apego a las formas legales y afán de evitar que se extendiera la guerra civil, en Buenos Aires, azuzado por una prensa desenfrenada, nacida al día siguiente de la revolución, Lavalle revelaba una irreflexión que era consecuencia del desconcierto con que se comprobaba que la única carta de triunfo con que se contaba era el ejército nacional.  Cuando a fines de diciembre Lavalle regresa a Buenos Aires tras haber sableado gauchos a granel, y por unos días se hace cargo del gobierno, comienza a expedir decretos exonerando y removiendo jueces, fiscales y funcionarios de toda categoría, sospechosos de lealtad al gobierno depuesto.  El 2 de enero de 1829 arribó a Buenos Aires la división del general José María Paz que había quedado en Montevideo integrando la guarnición mixta que debió permanecer en defensa del orden hasta que se constituyera la flamante república independiente del Uruguay. Lavalle le había llamado a guarnecer la capital mientras él procuraba someter a la campaña rebelde.

Lavalle y Paz no se querían.   El coronel Todd señala que éste “miraba mal la Revolución efectuada”; pero obedece, y el mismo día que llega a Buenos Aires es nombrado general en jefe de las fuerzas de la capital y ministro de Guerra, con un sueldo suculento. En la noche de ese día se le ofreció un banquete, que presidió Del Carril y transcurrió   -comenta "El Tiempo"- como "escena majestuosa de recreo y de entusiasmo". Juan Sidoti que estudió la  época, se pregunta: “¿No alcanzan a per­cibir a la distancia la ola inmensa de rencor, de ira y de venganza?”   El coronel Todd in­forma que Lavalle vivía rodeado de “una nube de unitarios exaltados, que no lo deja­ban un sólo momento; y aun parece que lo secuestraban.. hipnotizándolo con discursos y laudatorias, que el General los contestaba con elocuencia, dando margen de nuevas pro­testas de adhesión”.   Sugestionado por los elo­gios de los doctores, se pliega a todo, y ellos han dicho que a los adversarios hay que “dar­les plomo y echarlos de BARRIGA”.   Adon­de no llega el plomo, llegan la calumnia y los insultos. En esa tarea Juan Cruz Varela y Florencio Varela son las plumas de las columnas de “El Tiempo”, desde donde apun­tan a Rosas, porque son sus hombres los que se alzan en la campaña.

Rosas no era entonces más que un estan­ciero que, por razón de sus actividades, había tenido a su cargo el problema del indio. No había servido a ningún caudillo por razones políticas, no pertenecía a ningún partido, só­lo se había movido en apoyo de las autorida­des legítimas.   Tan legalista era que había recurrido a la Convención reunida en Santa Fe para que determinara lo que había que hacer; pero ya entonces el arma predilecta de los grupos ilustrados: la calumnia, el vilipendio mediante la mentira, comenzó a en­sañarse con él, y en las columnas de “El Tiempo” se le acusó de “monstruo”, de hom­bre de “ferocidad característica”, se pintó su vida como una “carrera ininterrumpida de crímenes atroces” y se afirmó que tenía en la campaña un poder fundado en “el terror y en las crueldades de que diariamente eran víctimas los habitantes”. . Esos mismos que veían en él al mejor de sus protectores. Una mentira repetida se transforma en verdad; a la posteridad se la engaña, dijo del Carril; y lo cierto es que las mentiras de entonces se repitieron tanto que aún hoy tiene cultores la literatura del odio de los Varela, más que la de la verdad de la historia.

Cierto es que los Varela no disparaban al aire. Las noticias que llegaban de la campa­ña eran alarmantes; las partidas que se or­ganizaban lo hacían a nombre de Rosas.   Lavalle, por su parte, emprendió una activa y sangrienta persecución de opositores sem­brando el terror por los procedimientos em­pleados, que se estrellaban contra la tenaci­dad de caudillejos improvisados que, audaces y resueltos, concitaban a los paisanos a la resistencia, organizando guerrilleros que de­sesperaban con su táctica a las fuerzas orga­nizadas del ejército.   Para la historiografía clásica, a pesar de que sus cultores fueron republicanos, representativos, federales, en el país no hubo más terror que el promovido por los federales.   El terror unitario que Lavalle implantó no contó en las fichas de sus autores.   Terror inútil, que aumentaba el nú­mero de enemigos.   Lavalle emprende una co­rrida hacia el Salado para destruir las fuer­zas conducidas por Luis Molina y el mayor Manuel Mesa, pero el primero escapa mo­viéndose por la frontera del oeste en procura de Santa Fe.   A principios de febrero, y en las cercanías del Fuerte de la Federación, se produce el combate de Las Palmitas, siendo atacado y derrotado Molina y tomado pri­sionero el coronel Manuel Mesa por las fuer­zas del coronel Ignacio Suárez, quien en 1824 había tenido destacada actuación en la batalla de Junín, hecho decisivo en la indepen­dencia del Perú. 

 El 13 de febrero, con las firmas de Brown y Paz, el gobierno dio al Fuerte de la Federación el nombre de Junín, honrando así a Suárez por su victoria.  Tres días después, el coronel Mesa, que había sido trasladado a Buenos Aires, era fusilado en la plaza del Retiro. Mientras se realizaban las ceremonias de su degradación, Mesa no cesó de hablar ante los espectadores.   Recordó la criminal ejecución de Dorrego, la usurpación del poder por Lavalle y gritó “¡Lavalle es un asesino!”. Dos días después se arrojó en inmundos pontones o se desterró a Bahía Blan­ca y a Montevideo a los miembros más dis­tinguidos del grupo federal: el general Juan Ramón Balcarce, Tomás Manuel de Anchorena, Felipe Arana, Victorio García de Zúñiga, Manuel Vicente de Maza. Tomás de Iriarte, que fue luego corifeo de aquéllos, dice:  “Después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña. Del terror se valieron mu­chos subalternos. Se violaba el derecho de pro­piedad.  No era posible que los gauchos soportaran tal yugo por largo tiempo.” Y en otro lugar aña­de: “. . .como a bestias feroces trataban a los des­graciados que caían en sus manos.”

Los diarios relatan que el coronel unitario Juan Apóstol Martínez había atado a la boca de un cañón a un paisano, que murió hecho pedazos, y hacía cavar sus propias fosas a los prisioneros.   Al mayordomo de una de las estancias de los Anchorena mató de la mis­ma manera el coronel Ramón Estomba.   Los milicianos de la Guardia de 25 de Mayo hu­yeron. Fuerzas al mando de Rauch asolaron la provincia, y fueron calculados en más de un millar los asesinatos cometidos.   Se cum­plieron así los pronósticos de “El Pampero”: “O el país ha de convertirse en un desierto, o nuestra causa ha triunfado.”   Poco antes de ser fusilado, el mayor Mesa escribió a Nico­lás Anchorena y a Faustino Lezica, diciendo:
“Para los que se han propuesto nuestra rege­neración bañando al país en sangre vale muy poco el hombre de bien y de mérito. No es extraño que nada haya seguro, y que no se respete la propiedad cuando no se respetan las vidas, ni aun los sentimientos más sagrados de la humanidad.  En fin, Dios quiera poner término a tantos males, que yo por mi parte perdono a sus autores”.   Es todo esto lo que ha sido denominado choque de la “civilización contra el salvajis­mo choque de la “civilización contra la barbarie” pero los salvajes y bárbaros fueron las víctimas.    El fusilamiento del comandante Mesa anunció el trato que esperaba a los vencidos.  El 16 de febrero el diputado Oro presentó a la Convención un proyecto que, con las mo­dificaciones que le introdujo la comisión que lo estudió, pasó a ser tratado en la sesión del 18, siendo aprobado el día 20. Se reducía a una declaración por la cual la representación nacional de las Provincias Unidas, reunida en Santa Fe, resolvía investir la autoridad sobe­rana de la República en los asuntos genera­les, autorizada a tomar las medidas indispen­sables para establecer un Poder Ejecutivo de la Nación.   Esta resolución determinó varios proyectos de ley, uno de los cuales establecía que la dirección de la guerra y relaciones exteriores estaba encargada por la Nación a la persona de Manuel Dorrego; que, en con­secuencia, el nuevo gobierno de Buenos Aires no tenía carácter nacional. El artículo1 3" decía:
"La Representación Nacional declara que su atención es sostener con las naciones extranjeras las mismas relaciones amistosas que se cultivaban por el encargado de negocios generales, hasta el tiempo que su administración fue alevosamente destruida, lo que debía ser comunicado a los Mi­nistros diplomáticos extranjeros por el gobernador de Santa Fe.” Otro proyecto declaraba anárquica, sediciosa y atentatoria contra la libertad, el honor y la tranquilidad de la Nación la sublevación militar del 1ª de diciembre, y calificaba de “crimen de sita traición contra el Estado” la ejecución de Dorrego. Por el mismo documento se afirmaba la voluntad de las provincias de concurrir con las fuerzas que la situación de cada una permitiese para sofocar a los facciosos, a cuyo efecto el Art. v decía: “Debiendo obrar todas estas fuerzas bajo dirección de un general, y mientras llega la oportunidad de elegir el Jefe Supremo de la Re­pública, queda nombrado el Exmo. Sr. Gobernador ie Santa Fe, Brigadier Dn. Estanislao López, Ge­neral en Jefe de las fuerzas que habla el artículo anterior y encargado de activar la remisión de ellas.”

La Convención de Santa Fe cruzó así el Rubicón que la aislaba de la realidad, y lo hizo con inteligencia, ya que era peligroso haber colocado en cualquiera de los gober­nadores los poderes para dirigir la guerra, paz y relaciones exteriores, tanto por los ce­los que podía despertar como porque ningu­na provincia estaba en condiciones de tomar sobre sí tan alta responsabilidad; máxime cuando era preciso reconstruir el ejército nacional y no era muy compatible la contribución en efectivo que podía esperarse de ninguna de ellas.

El 20 de febrero todos estos proyectos fueron sancionados, en virtud de los cuales Estanislao López, como general en jefe del ejército nacional, el 13 de marzo designó como segundo jefe de éste al coronel Juan Manuel de Rosas .  ( En su carta a Josefa Gómez. 22 'de setiembre de 1869, Rosas, desde su retiro de Southampton decía: “Quedé obligado a usar de la autoridad de que estaba investido y me puse a las órdenes del señor general López, general en jefe nombrado por la Convención Nacional, para operar contra el ejército de línea amotinado contra el sistema constitucional que la República deseaba; pero, para suavizar el imperio ominoso de las cosas, se establecía que el cuerpo “sólo tomará las medidas gubernativas que considere indispensables, hasta que se establezca el Poder Ejecutivo de la Nación”.) Daba cuenta el manifiesto de las leyes que se habían votado, y al efecto se refería a la necesidad de restablecer un ejército nacional, y abundaba en razones para justificar haber puesto su mando en manos de Estanislao López.

El documento terminaba:     “¡Pueblos de la Unión! ésta es vuestra causa. La causa de la gran mayoría de la República, contra una minoría rebelde; la causa de la razón de las leyes, de los derechos populares contra la fuerza. Vuestros representantes le han dado ya todo el impulso de vuestros respetos: ellos serán firmes en sus inflexibles deberes, llenad los Vuestros con las mismas energías que os habéis pronunciado. Cese ya la República Argentina de ser el juguete de las pasiones, y el ludibrio del Universo: tenga alguna vez leyes, dignidad, orden: sea feliz, y pronto ocupe el rango que le destinó la naturaleza. Pero sin orden no hay prosperidad; es preciso establecerlo.’

sábado, 4 de marzo de 2017

SE APROXIMA EL TRAIDOR

Por: Ernesto Palacio

Urquiza inició enseguida sus operaciones. Después de concentrar sus fuerzas en Gualeguaychú, se movió hacia el Paraná y lo cruzó, sin encontrar la resistencia que esperaba por el lado de Santa Fe. El gobernador de esta provincia, general Echagüe, en efecto, al no recibir los refuerzos que había solicitado, resolvió batirse en retirada para unirse al grueso del ejército de Rosas. Casi sin obstáculos, Urquiza pudo proseguir su marcha sobre Buenos Aires y llegar al Arroyo del Medio a mediados de enero. En San Lorenzo le había desertado en masa, matando a su jefe, la división de Aquino, fuerte de 600 hombres, para pasarse al ejército de Rosas.

Salvo una escaramuza, en los campos de Álvarez, con un destacamento de las fuerzas del coronel Lagos, jefe del departamento del norte, el ejército aliado pudo conseguir sin inconvenientes su camino sobre la capital. Se había impuesto, en los consejos de guerra de Rosas, la táctica de concentrar todas las fuerzas en el campamento de Santos Lugares para resolver la contienda con una batalla decisiva.

Con todo ello, no se había presentado en el campamento de Urquiza ni un solo hombre de Buenos Aires, mientras que de aquél desertaban continuamente muchos para incorporarse al del Restaurador. Las “Memorias” del general César Díaz —jefe de la división oriental del ejército aliado— nos dan un preciso testimonio del estado de poblaciones. Parece que el mismo Urquiza se impresionó por la frialdad con que lo recibieron en Pergamino y en Luján y manifestó dudas sobre la legitimidad y la oportunidad de la empresa en que se había lanzado, aunque tratando de cohonestarla con el pretexto de la “organización nacional”. La popularidad de Rosas —afirma el autor— “era tan grande o tal vez mayor de lo que había sido diez años antes”. Todavía en la víspera de la batalla —el 1º de febrero— 400 hombres más abandonaron el ejército aliado para plegarse al de Santos Lugares.

Hay un problema de Caseros que sigue sin solución y es el referente a las relaciones de Rosas con el general Pacheco, que por su prestigio militar y su cargo en el comando de Santos Lugares, era el jefe indicado para organizar la batalla decisiva. No obstante ello, renunció en las vísperas, fundándose en el hecho de haber asumido Rosas personalmente la dirección de la campaña.

¿Desconfió Rosas de Pacheco? ¿Hubo motivos para tal desconfianza? Parece seguro que aquél desaprobó una maniobra de su subordinado, al abandonar la defensa de Puente Márquez, en lugar de hacerse fuerte allí; y es posible que, en las circunstancias en que se encontraba, haya atribuido esa retirada a un súbito enfriamiento de la fe o a un debilitamiento de la voluntad. Se explica así su decisión de asumir personalmente el comando. Como también se explica la reacción de Pacheco, que fue natural en un hombre de honor al sentirse sospechado: tanto más valiosa cuanto que arrostraba con ella el disgusto del Restaurador, en momentos decisivos fue, con todo, una más en el cúmulo de circunstancias desgraciadas que decidieran la caída de Rosas y el fin de la Confederación.

¿Habría sido otro el resultado de la batalla, de haber comandado Pacheco las fuerzas argentinas? Sólo Dios lo sabe.

A fines de enero, las tropas aliadas se encontraban ya a la vista de Buenos Aires, defendida por su ejército veterano. Rosas convocó a un junta de guerra en la noche del 2 de febrero, a la que concurrieron el general Pinedo y los coroneles Chilavert, Díaz, Lagos, Costa, Sosa, Bustos, Hernández, Cortina y Maza. Se decidió dar la batalla al día siguiente.

El ejército de Urquiza estaba constituido por los contingentes del litoral, al que se había sumado la flaca pero activa legión de los emigrados; por la división oriental, en la que pululaban los extranjeros, y por la brasileña, animada del odio atávico y ansiosa de lavar la humillación de Itugainzó. En la función de boletinero del ejército y vestido con un raro uniforme de coronel francés, venía el ya celebre polemista don Domingo Faustino Sarmiento. En la artillería, un joven coronel que hacía versos malos y se llamaba Bartolomé Mitre. Ambos futuros presidentes de la República habían allegado a Gualeguaychú en un barco de guerra brasileño y habían sido presentados y recomendados por el comandante brasileño al general Urquiza. Las fuerzas aliadas alcanzaban a 24.000 hombres.

El ejército de la Confederación, animado por la voluntad de defender una vez más el honor y la integridad de la patria contra la agresión extranjera y sus cómplices, alcanzaba a 22.000 hombres.

El choque se produjo el 3 de febrero en las inmediaciones del Palomar de Caseros. Se combatió encarnizadamente durante dos horas, y el ciego azar de la guerra nos fue esta vez adverso, dándole el triunfo al enemigo.

Seguido de unos cuantos fieles, Rosas emprendió la retirada hacia la capital. No le quedaba más que acatar el fallo de las armas, por lo cual, en un alto del camino, redactó su renuncia por ser elevada a la Legislatura, que reiteradamente lo había elegido, en los siguientes términos: “Señores representantes: Es llegado el caso de devolveros la investidura de gobernador de la Provincia y la suma del poder público con los que os dignásteis honrarme. Creo haber llenado mi deber, como todos los señores Representantes, nuestros conciudadanos, los verdaderos federales y mis compañeros de armas. Sin más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y de nuestro honor, es porque más no hemos podido. Permitidme, H.H.R.R, que al despedirme de vosotros os reitere el profundo agradecimiento, con que os abrazo tiernamente; y ruego a Dios por la gloria de V.H, de todos y cada uno de vosotros. Herido en la mano derecha y en el campo, perdonad que os escriba con lápiz esta nota y con una letra trabajosa. Dios guarde a V.H”.



Nota: Estos fragmentos han sido tomados de su libro “Historia de la Argentina”.

sábado, 18 de febrero de 2017

LA CONQUISTA DE AMERICA NO FUE POLITICA, SINO MISIONAL*

Por Atilio García Mellid 

La controversia histórica sobre la colonización española en América puede centrarse en dos opiniones, ambas procedentes de historiadores extranjeros. La una –de J. W. Draper, en “Historia del Desarrollo Intelectual de Europa”– expresa que “en Méjico y en el Perú fueron destruidas civilizaciones en las que Europa hubiera podido instruirse”. La otra –de Lewis Hanke, en “La Lucha por la Justicia en la Conquista de América”- afirma que ese magno episodio fue “uno de los mayores intentos que el mundo haya visto de hacer prevalecer la justicia y las normas cristianas en una época brutal y sanguinaria”.
Esta divergencia interpretativa no es producto de métodos de investigación histórica distintos. El método científico siempre ha de arribar a conclusiones semejantes si se opera con objetividad y se atiende a los ritmos históricos individualizadores. La pugna que aquí se manifiesta no es cuestión de método, sino problema de perspectiva. En efecto; la visión del Nuevo Mundo se abrió, desde el primer instante, en dos vertientes ideológicamente incompatibles: la una política, misional la otra. Draper pertenece a la primera; Hanke, a la segunda.
La interpretación de tipo político responde a estados pasionales; el mundo y la historia son juzgados y medidos de acuerdo a criterios rígidos y sistemáticos. Las doctrinas se imponen a los hechos; es ésta una historia del “deber ser” más que del ser mismo. Un “deber ser” que no arranca de una concepción metafísica, sino de una predeterminación ideológica. El esquema político ciñe y asfixia a las cosas que se someten a su análisis; las que coinciden con sus prejuicios son valiosas, en tanto resultan condenables las que no lo son.
La idea histórica misional, por el contrario, más que al desenvolvimiento natural del hombre, atiende a su vida sobrenatural. El centro de su enfoque es el ser, pleno y compacto, como lo quiso la sabiduría divina: el ser proyectado hacia los valores eternos por obra de su conciencia, su pensar y su conocimiento. La historia así concebida no limita ni disminuye la fecundidad del acaecer humano; más bien lo completa y perfecciona, estableciendo un enlace sobresustancial entre la ciudad terrena y la Ciudad de Dios. Admite que la salud del cuerpo es primordial y necesaria, pero sin olvidar que el cuerpo perecedero es morada del alma inmortal, cuya salvación es el objeto propio de la Historia.
El descubrimiento y colonización de América se consumó paralelamente al auge del naturalismo y el positivismo. Lutero sacudía los portales de la Catedral de Wittenberg, en 1517, con sus proposiciones heréticas; rotas así las ataduras del Derecho Natural, la concepción materialista de la Historia iniciaba su ruidosa marcha. En 1531 se publicaba “Il Principe” y los “Discorsi”, de Maquiavelo. Las ciencias positivas invadían todos los campos; la técnica ganaba nuevos adeptos en desmedro del saber filosófico y de la teología. Se inventaron la imprenta y la brújula, el telescopio y la pólvora. Se completó el sistema astronómico y se universalizó el conocimiento geográfico. En biología se descubrió la circulación de la sangre y la investigación médica amplió sus horizontes con el dominio del área microscópica.

El siglo XVII representó la eclosión máxima de este proceso. El método de Descartes, la física de Newton, la matemática de Leibniz, la biología de Leeuwenhoek, la astronomía de Galileo, constituyeron aportaciones científicas altamente positivas, pero desprendidas de todo lazo metafísico o principio de orden sobrenatural. La observación de Edmundo O’Gorman –en “Fundamentos de la Historia de América”- es a todas luces exacta: “América aparece en el horizonte de la cultura cristiana –dice- precisamente en el momento en que, al declinar la Edad Media, el hombre se ha quedado sin Dios.”
Ese hombre no era, por cierto, el español. Por eso la conquista de América está henchida de potencia espiritual y de precisión teológica. Pero la mentalidad positivista desdeñaba los valores por los que esa España misional guerreaba. El señor de Périgord –el muy ilustre Miguel de Montaigne, de los “Ensayos”- es cifra y símbolo de esa abstrusa manera de pensar. Mientras el Rey Felipe, en 1570, recomendaba a cuantos prestaban servicios en las Indias el mayor cuidado y fatiga para procurar “el aumento de la religión y ensalzamiento de nuestra santa Fe Católica en esas partes, como fieles y católicos cristianos, y naturales y verdaderos españoles”, Montaigne se entregaba a románticas especulaciones.Nuestro Mundo –escribía- acaba de encontrar otro… Era un mundo-niño; sin embargo, no le hemos azotado ni sometido a nuestra disciplina por las ventajas de nuestro valor y fuerzas naturales, ni lo hemos conquistado por nuestra justicia y bondad, ni subyugado por nuestra magnanimidad…, pues nunca se movieron a compasión almas tan bárbaras, que por la dudosa noticia de un vaso de oro que pudieran saquear, echaban al fuego a un hombre…”
            La realidad tremenda de ese mundo-niño, reflejada en los documentos de los propios actores, no pesaba en los juicios de los indiferentes al magisterio de la fe. Desde Méjico, en 1531, fray Juan de Zumárraga brindaba este valioso testimonio: “Antes eran sacrificados cada año a los ídolos millares de inocentes criaturas; ahora, en cambio, los franciscanos educan en sus escuelas a millares de niños que saben leer, escribir y cantar muy bien…”
            Para la mente dogmática de los racionalistas, más servía a sus propósitos el hombre “concreto” arrojado a la hoguera que esos millares de criaturas “abstractas” que los naturales inmolaban en los falsos altares de sus ídolos.
La colonización de América fue más obra de los misioneros que de los guerreros. El doblegamiento de los indígenas se hizo “no para exterminarlos en la esclavitud, sino para inducirlos a entrar en la vida eterna por medio de la instrucción y el ejemplo”. Era éste el pensamiento de Carlos V, según lo atestigua el Pontífice Paulo III. Solamente en Méjico, hacia 1540, los franciscanos habían logrado convertir a seis millones de indios, arrebatándolos a los bárbaros sacrificios. Por aquellas mismas tierras, fray Toribio de Benavente o Motolinia convirtió por sí solo a cuatrocientos mil naturales. Fue este benemérito fraile quien investigó las denuncias de malos tratos formuladas por el padre Las Casas, llegando a comprobar que “los indios de la Nueva España están bien tratados y tienen menos pechos y tributos que los labradores de la vieja España”.
Las Leyes de Indias estaban destinadas a adaptar al Nuevo Mundo la legislación propia del Reino. Por ellas se prohibió el uso de la palabra “conquista”, prefiriéndose las de población y pacificación, de manera que aquélla “no ocasione ni dé color a lo capitulado para que se pueda fazer fuerza ni agravio a los indios”. También fue abolida la designación de “colonias”, usándose corrientemente la de provincias de ultramar. Felipe II, en 1593, llegó a crear un derecho preferencial o privilegio a favor de los indígenas, al ordenar se castigue “con mayor rigor a los españoles que injuriaren, ofendieren o maltrataren a indios, que si los mismos delitos se cometieren contra españoles”.
Los juicios de los historicistas, cargados de intención política, siguen machacando los viejos parches de las conmovedoras supercherías. Justamente acabo de leer, en un gran diario de América, estas indocumentadas opiniones: “Atraídos por el imán del dinero se lanzaron los contingentes de aventureros hacia las playas del Nuevo Mundo. Y es sabido que los componentes de esas bandadas… implicaban una curiosa selección, simbolizaban el más alto temple para la expoliación y el asesinato; eran, moral y espiritualmente, la ralea de Europa.”

            Pese a tan pertinaces contradictores, la inmensa obra misional de España en América ha permitido que millones de seres se eleven a la gracia y misericordia divinas. ¿Qué pueden importar, frente a una sola alma que se salve, las vanas palabras y los interesados pensamientos de quienes se pagan de las cosas corpóreas y desdeñan los goces espirituales? La misión de España –en sí misma y en su portentosa expansión universal- no es un capítulo de la historia política de la humanidad; es la gesta heroica del alma atribulada y encendida, del ser que guerrea por los bienes eternos y que –como Job- desde su roto cuero y desde su propia carne, tiene de ver a Dios.

*Publicado por el periódico “ABC” de Madrid, España, en su edición del 11 de mayo de 1955.

miércoles, 18 de enero de 2017

INDEPENDENCIA Y REVOLUCION: SUS PRIORIDADES INVERTIDAS*

Por: Marcelo Sanchez Sorondo

Desde 1810 el Estado nacido de hecho con la Independencia fue capaz de levantar varios ejércitos para defenderla simultáneamente en distintos frentes. El Ejército del Norte –columna vertebral de la emancipación- sostuvo la guerra con suerte varia en la frontera hasta que, arrastrado a la lucha interna, vino a desgranarse en el motín Arequito. En 1814, Alvear se apodera de Montevideo con fuerzas aprestadas por Buenos Aires cuyos cuerpos regresan y luego se dispersan en los avatares de las contiendas facciosas. Su desintegración final es consecuencia de la derrota de Rondeau en los campos de Cepeda. Por su lado, el Ejercito de los Andes, cuya creación prueba la voluntad genial de San Martin y refleja el mejor momento del Directorio (¡qué no se habría podido hacer si se hubiera organizado un orden estable en la Plata!), después de la desobediencia del Gran  Capitán se convertirá en una fuerza a lo corsario que arribará al Perú bajo banderas chilenas.

No fue el empuje colectivo lo que faltó en esos diez años iniciales sino la estructura política que pudiese aprovechar la energía social volcada y que asumiese la idea de la Independencia en un arquetipo de Estado en cuya levadura se mezclasen con los zumos de la tierra los vientos de fronda que soñaba el siglo. Por no haber logrado conciliar el mito americano de la Independencia con el genio secular de la Revolución, la tentativa de levantar un Estado nuevo sobre los cimientos del Virreinato se malogró. Aunque entre todos los pueblos de la “América antes Española” sobresalimos en la gesta, aquí invicta, dela Independencia, no acertamos, en cambio, con el molde genuino de la Revolución. En lugar de favorecer la continuidad de los valores culturales procurando extraer de ellos la renovación indispensable de las tendencias políticas, menoscabamos las fundaciones de la raza y de la lengua patricia sin acertar a remplazarlas con trazos distintos ni definir, en las experiencias concretas, en las realizaciones, nuestro modelo político. De este modo, los apoderados criollos de la Revolución descartaron como trastos inservibles, fuera de uso, las instituciones veteranas fecundadas por el orden español. Empeñados como estaban en prescindir de antiguallas, no se percataron que tampoco en este plano de la cosa pública basta el buen propósito o la sola inspiración sino tiene nexo alguno con la realidad social. El cambio de las formas políticas que proyectaron prefiriendo adoptar sin reticencias ni mayores escrutinios los modelos, en boga inevitable, de otros orígenes políticos, no se adecuó a nuestras latitudes.

Nunca, pues, se consumó del todo ese delicado trasplante institucional. El pueblo al que estaba destinado como su natural recipiendario jamás se sintió conmovido por las libertades y soberanía que le adjudicaban esas cartas, ni creyó ver en ellas su imagen fiel. Las declaraciones de derechos elaboradas en otros alambiques forasteros evaporabanse en la niebla de su lenguaje abstruso sin impregnar las mentes de los hijos de la tierra; y de la denominación de los poderes constitucionales solo se retenía la jefatura ejecutiva transfigurada en gobierno unipersonal. El pueblo como hechura moral del consenso, y los pueblos como verdaderos agonistas de la nación a emerger del Virreinato, eran indiferentes y ajenos a esos artefactos de gobierno que no comprometían su entusiasmo ni menos aún, si cabe, su imaginación. Al fervor inicial que acompañó los primeros pasos y propuestas de la Independencia siguió una laxitud desconcertada. Los patriotas, esto es, los dirigentes criollos revolucionarios, las elites de las ciudades, que miraban la Independencia por el ojo de unicornio de la Revolución, y para los cuales esta era la razón de ser de aquella, se atiborraron de un ideario intransigente e iconoclástico respecto de los estilos de vida de la sociedad criolla y no solo perdieron el rumbo sino también el propio instinto de conservación: no fueron conservadores porque instalados en la cultura ambiental incorporada al paisaje (hecha de creencias y de modalidades psicológicas y de costumbres recibidas con el idioma de los padres) desestimaron ese patrimonio cuya riqueza ignorarían y pretendieron derogarlo como si eso fuera posible bajo el plan de la Revolución. De esta suerte, la Revolución iniciada como fórmula jurídico política que pregonaba la Independencia vino a bifurcarse y a distanciarse de esta última. Tal dicotomía empobreció sin duda el desarrollo de los acontecimientos y descompuso los elementos integrantes de una síntesis generando la confrontación dialéctica que derivó en la antítesis temible cuyas alternativas atosigan la historia argentina.

Lo que en Europa fue el curso paralelo y a veces confluyente de la democracia y del liberalismo tuvo aquí su réplica y su analogía con el proceso de la Independencia y de la Revolución. La Independencia se asimiló a la democracia en tanto vino a concitar el sentimiento favorable de los pueblos y el apoyo instintivo del pobrerío gaucho aquerenciado libremente en la campaña o que merodeaba por los desgajados arrabales de la ciudad. Y la Revolución, que arrastraría consigo al procerato criollo, a los hijos de familia que frecuentaban las aulas y se enfrascaban en las lecturas de los escritos de la Ilustración, se orientó según el pensamiento liberal del siglo. Así la Independencia y la Revolución, cuyos significados conceptuales son distintos, traducen también situaciones existenciales diferentes por sus resonancias y vivencias, por los estímulos y las adhesiones que comportan.

Esta dualidad que pudo haberse superado perfilóse ya durante las peripecias de la semana de Mayo. Por incomprensión de unos y de otros la pugnacidad que desató la lucha envolviendo en oleadas de pasión a los protagonistas hizo imposible el discernimiento necesario para distinguir medios y fines. Quienes “realizaban” la Independencia en la órbita de la Revolución no podían concebirla como un objetivo en sí mismo, ajeno a las ideas que lo habían fecundado. La versión revolucionaria de la Independencia adquiría contornos utópicos y se desavenía del plano de los hechos y creencias sociales que en la vida independiente desataba.

Pero mientras, por un lado, la idea de la Independencia, pensada como secuela de la Revolución, procuraba desmembrar la basta arquitectura del Estado iberoamericano, por el otro, el sentimiento de la Independencia, como fuero de la libertad, como signo de la gesta americana, forjada por la fusión de los hijos de la tierra y de la sangre, ganaba adeptos convocados por el instinto igualitario de los pueblos. La idea de la Independencia, vaciada en el molde de la Revolución, fue consigna representativa de los próceres. El sentimiento de la Independencia, esto es, el llamado en favor de la libertad huraña y primitiva fue la sustancia del carisma con que elevaron su estatua los caudillos. Para los próceres la Revolución como empresa del liberalismo abrazaba el objetivo de la organización constitucional según los moldes políticos y tradiciones culturales ajenos. Lo primero era la Revolución y después, como correlato, la Independencia. Para los caudillos, en cambio, la Revolución era dos veces la Independencia; era el mito de la Independencia fecundado por el sentido prístino de la libertad americana fundida en esas igualdades cósmicas sin traducción jurídica posible que despierta en el alma de la gente la solitaria inmensidad del paisaje. Entre una y otra vertiente se tendían y se alojaban las disparidades del movimientos sociopolítico iniciado en 1810 en procura de la soberanía.

Así, la Revolución como tendencia al cambio planteaba la necesidad de un proyecto político y de un diseño constitucional que lo describiese. El procerato criollo (que con pertinacia se dio a la tarea de iniciar ex nihilo la era del constitucionalismo), no tuvo éxito alguno en orden a la estabilidad de sus iniciativas. Durante el periodo de la Independencia los reglamentos sucedieron a los reglamentos y las constituciones a las constituciones sin que hicieran pie en los hechos ni sirvieran como elemento para la interpretación de la realidad. El orden jurídico “inventado” o, mejor, copiado de los constructores de la Nueva Inglaterra, con sus declaraciones de derecho repasadas en la literatura política francesa, carecían de fundamento en las cosas y se promulgaba con una especie de fervor utópico a sabiendas de que su sanción era solo un simbolismo cuyo contenido ideal vaticinaba las formas políticas del futuro sin intentar siquiera incidir sobre la actualidad.

Si se atiende a las corrientes ideológicas que se agitaban por entonces en la superficie de la concepción del poder, el prestigio del liberalismo era sencillamente avasallador. No había como eludirlo en el terreno de la técnica institucional, ni en cuanto repertorio de literatura política. Es más, todo el pensamiento vivo de esos comienzos del siglo XIX, todos los andariveles psicológicos que daban acceso a los sancta sanctorum de la moda intelectual, impregnando la atmosfera de aquella época, provenían de las vertientes liberales, sea de los corifeos de la Ilustración o sus precursores y desprendimientos en la filosofía moderna, anterior y posterior a la Revolución Francesa, sea del racionalismo y del empirismo anglosajones tras la estela de revolución puritana. Es evidente también que la Independencia, como acontecimiento, se promueve bajo el estímulo de la Revolución, dentro del área de los hechos revolucionarios, sin cuyo dinamismo no se hubiese acaso producido. Hay, pues, una dinámica de la Independencia ínsita en la idea de la libertad: según la cual la Revolución actúa en el papel de mentor político de aquélla y ostenta algo así como su tutoría intelectual. Puede afirmarse, pues, que el hecho de la Independencia aparece embebido en la dialéctica de la Revolución, y resulta potencialmente inseparable de la vigencia o capacidad de penetración de ésta.

En otras palabras, en el plano de las ideas generales que decidieron la orientación y dieron su impronta al siglo XIX nuestra Independencia no podía articularse con abstracción del organismo ideológico de la Revolución, ni mucho menos según lineamientos opuestos o contradictorios con sus creencias. La circunstancia de que la secesión americana respecto de España fuese una guerra civil entre criollos y españoles, lejos de invalidar la gravitación de la ideología revolucionaria más bien la confirma. Pues precisamente está en la índole de la guerra civil y, en este caso, del alzamiento contra las autoridades vinculares de España la existencia de un principio de rebelión cuyo caldo de cultivo no es otro que la fermentación de ideas revolucionarias, las cuales gravitaron en nuestra América mucho más que la disparidad de los intereses.

En esta ecuación compuesta por el liberalismo y la democracia el elemento ideológico propiamente dicho con sus notas abstractas y dogmáticas, propensas a una actitud minoritaria, se hallaba en el ingrediente liberal. El influjo de la democracia, en cambio, se ejercía en esa franja más abierta y asequible a las aspiraciones populares donde la reverberación de las ideas se confunde con otros reflejos que no son ya puramente intelectuales pues se enriquecen en el limo fecundo de los mitos. Mientras la ideología de la libertad, traducida por el liberalismo, depositábase como una seductora visión del mundo en las mentes de vanguardia y en la de los tiesos doctores que se persignaban con ellas, la idea igualitaria en alas del mito se amalgamaba con los sentimientos irreflexivos de raíz popular y con las poderosas intuiciones cuyo contagio psicológico constituyen la trama del consenso.

El liberalismo es la corriente que empapa la Revolución de Mayo, y según la cual las elites criollas (el patriciado convicto de burguesía) piensan la política e intentan organizar el estado; mas el mito igualitario, condensación de nuestra primitiva democracia, anida en el corazón de la América interior y echa raíces y se propaga en los estratos populares que no entienden de letras nuevas sino de cosas vernáculas. Los liberales, adelantados del siglo, autodidactas, musitaban las plegarias románticas, las lecciones del orden nuevo. Eran la cultura en cuanto entraña saberes especiosos, profesionales, distintos de la relación con la naturaleza de las cosas y de la comprensión del medio ambiente. Eran la “civilización”. Los otros, todos los otros, que sin saberlo ni advertirlo representaban el estado de una sociedad en sus expresiones de cultura prístina, eran la “barbarie”.

De esta suerte el partido de las luces, encarnado por antonomasia por los unitarios y después por sus herederos reformistas de la generación del 37, asume los proyectos de cambio en nombre de la Revolución de Mayo y lleva a cabo la Organización, al paso que el partido federal aglutina a las clientelas de los pueblos, congrega en torno al sentimiento de la Independencia a las mesnadas que se alistan bajo el protectorado de los caudillos. Los federales son la leva de los hijos de la tierra convocados por el sentimiento carismático que les inspira la jefatura de los hombres cuyas aptitudes de destreza, coraje y dominio, los exaltan al rango de arquetipos ejemplares en que todos se reconocen idealmente. El liberalismo que se encandila con el resplandor de la cultura europea representa a las minorías del procerato urbano, las cuales implantan, a su modo, nuestras variantes de despotismo ilustrado; su centro y sede es la ciudad de Buenos Aires.

Así, pues, aunque la Independencia ha nacido de la Revolución tiene, sin embargo, otro contenido y significado. Es, sin duda, un hecho revolucionario puesto que la separación de España implica un cambio definitivo en torno a las forma de Estado. Pero tal hecho revolucionario adquiere otra consistencia y desenvuelve otro asunto no contemplado por los trasplantes ideológicos. Mientras la Revolución se agota a sí misma sin fecundar el cambio político con un proyecto perdurable, compaginado con el país real, la Independencia, despojadas de formas orgánicas, y, por lo tanto, informe, avanza con la contagiosa adhesión de los pueblos, esto es, de las poblaciones lejanas y dispersas cuyo apoyo equivale a su sufragio; mientras la Revolución fracasa a causa de sus contradictorios desafíos culturales, la Independencia hace camino al encontrarse con los sentimientos que movilizan los imponderables de la voluntad colectiva; mientras la Revolución no acierta con su propia geografía política y no encuentra su estructura institucional ni la conexión con la realidad, la Independencia concibe un mito pujante cuya atracción genial suscita esos liderazgos oriundos de la gleba, esos sementales de inconfundible estirpe que son los caudillos. Y si la Revolución, exagerada en su ambiciosa utopía, en su exótica eutrapelia, condujo a un liberalismo dependiente de la brillantez de las potencias y de las culturas europeas que sobresalían en el siglo, la Independencia, al desarmarse la estructura de la patria grande, vino a degradar en esos anarquismos de campanario con que se desgarraron los mandones de las patrias chicas.


Tomado de: La Argentina por dentro. Ed Sudamericana. Bs. As. 1987. Cap II