miércoles, 25 de noviembre de 2020

LOS BORBONES Y LA MODERNIDAD

 Por Javier Ruffino


EL SIGLO XVIII

En el siglo XVIII grandes transformaciones se producen en el mundo hispánico. La rama española de la antigua familia de los Austrias se extingue, siendo reemplazada por los Borbones, familia de origen francés. Éstos traen nuevas inquietudes a la Península, y se rodean de intelectuales acordes con dichas inquietudes. A partir del 1700 la Modernidad comienza a “infiltrarse” en el mundo hispánico, generándose en el seno de la sociedad una división que se hará cada vez mayor entre aquellos que se mantendrán fieles a los valores tradicionales y patrios –en los siglos XVIII y XIX, la mayor parte de la población-, y quienes pretenderán una “modernización” y “europeización” de España. Estos últimos se preocuparán sobre todo por los problemas de tipo económico que presentaba la España de ese entonces, procurando generar reformas –políticas, sociales, educativas-, que permitan un desarrollo de la agricultura, el comercio y la navegación: “Al imperialismo religioso de los Austrias sucedió entonces una monarquía preocupada fundamentalmente por desarrollar su marina, su comercio y sus industrias” (Zorraquín Becú, Ricardo. La organización política argentina durante el período hispánico, 227). Esto irá acompañado por una pérdida del fervor religioso en América. En realidad lo que estaba en juego no era una simple preocupación por los problemas fiscales del Estado Español y por la falta de desarrollo económico, sino una actitud metafísica ante la realidad.

La nueva familia real se propuso centralizar su poder, eliminando viejos “privilegios” y “fueros” que las ciudades, algunos reinos de la Corona (como el de Aragón), la nobleza y las Órdenes religiosas tenían. La nueva concepción política convertía al Gobierno en instancia suprema. Más allá de la búsqueda de la Justicia o del Bien Común se consideraba que por el mero hecho de existir, y de imponer Orden, un gobierno debía ser aceptado. Por otra parte, este deber de los súbditos hacia la Corona pasaba a ser considerado como casi religioso. Se hablaba, en los documentos de la época, de la “dominación suave y dulce” que ejercían los monarcas. Además, los intelectuales del momento pensaban que el fin de los Gobiernos era promover el desarrollo material, agilizar el comercio, promover la navegación, crear puentes, caminos, incentivar las ciencias, etc. Para desarrollar la economía era necesario favorecer a los sectores de la sociedad ligados al comercio y las finanzas (burguesía). La misión humanística y justiciera del Poder era dejada de lado. El gran objetivo de los nuevos monarcas, y de sus ministros, fue integrar a España en el capitalismo en el que ya estaban insertas otras naciones de Europa.

Esta política, que abandonaba los fines religiosos del Estado, y lo convertía en instancia suprema, aún sobre la misma Iglesia, fue acompañada por sectores religiosos fuertemente influenciados por una corriente que existía dentro del catolicismo, y que tenía grandes influjos del Protestantismo, que se denominaba Jansenismo. Éste se caracterizó por imponer una moral muy estricta por un lado, acusando a los jesuitas de “laxos” –por defender una doctrina teológica denominada probabilismo, que  aceptaba la doctrina tradicional de resistencia a los gobiernos tiránicos-; y por apoyar a Gobiernos que inspirados en posturas ilustradas y regalistas fueron secularizando la vida social, apartando de los intereses políticos las preocupaciones religiosas, orientando a sus pueblos hacia intereses puramente materiales.  Detrás de estas políticas se encontraban ministros que pertenecían a sectas francmasónicas.

Cerramos con dos citas que ilustran los cambios producidos:

España es una encina medio sofocada por la hiedra. La hiedra es tan frondosa, y se ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España está en la trepadora, y no en el árbol (…) la revolución en España, allá en los comienzos del siglo XVIII, ha de buscarse únicamente en nuestra admiración del extranjero. No brotó de nuestro ser, sino de nuestro no ser”. (RAMIRO DE MAEZTU. Defensa de la Hispanidad)

Entonces, desde el comienzo del siglo XVIII, la unidad espiritual de los españoles, que en los dos anteriores siglos se manifestaba al exterior firme, perfecta, con débiles escisiones tan sólo en puntos accidentales, deja ahora ver sus quiebras profundas, poniendo en pugna dos ideologías frecuentemente exaltadas al extremo. Los puntos de divergencia son muy variados según los tiempos, pero en el fondo se lucha siempre por motivos religiosos”. (RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL. Los españoles en la historia)



Tomado de: https://historiatradicion.blogspot.com/2020/11/los-borbones-y-la-modernidad.html


martes, 27 de octubre de 2020

Vicente Sierra, liturgo de la historia argentina

Por: Sebastian Sanchez 

 

Enseña Chesterton que existen tres modos de escribir historia. El primero, "que solíamos encontrar en los libros de nuestra infancia, era pintoresco y en extremo falso. Otro, adoptado por los académicos, es el de pensar que se puede seguir siendo falso, siempre que se evite ser pintoresco". Para estos eruditos -dice Chesterton- "es suficiente que una mentira sea oscura para que se la crea verdadera". (¡Ay! ¡cuantos cultores de lo abstruso y apócrifo abundan por estos pagos!).

 

Pero para el genial Gordo existe aún un tercer modo de escribir historia, aquél "que utiliza lo pintoresco de tal forma que parezca un símbolo de la verdad en lugar de un símbolo de la mentira". Así, de esa original manera, que consiste en hacer evidente la verdad sin mengua de la belleza, supo escribir Vicente Sierra, nuestro gran historiador.

 

No abundaremos demasiado en su ilustre biografía salvo para decir que nació en Buenos Aires en 1893 y que allí murió en 1982, a poco de terminar la Guerra de Malvinas. Asimismo, no es ocioso recordar que fue esencialmente autodidacta por lo que no deja de asombrar la vastedad y profundidad de su sapiencia. Durante muchos años ejerció el noble oficio de profesor de secundaria (solía decir que "lo que en la escuela argentina se enseña no es Historia; apenas si es un no siempre atractivo anecdotario... y muchas veces falso") y más tarde, ya maduro, enseñó en la Universidad de Buenos Aires y en la del Salvador. Por otro lado, no puede obviarse su paso por la función pública -siempre bajo los gobiernos peronistas a los que adhirió, aunque no sin reservas- y el hecho de que en 1973 sucediera a Jorge Luis Borges en la dirección de la Biblioteca Nacional.

 

Vicente Sierra le obsequió a la Argentina un conjunto extraordinario de libros, entre los que mencionamos sólo algunos: Los jesuitas germanos en la conquista espiritual de Hispanoamérica (1944); Historia de las ideas políticas en la Argentina (1950); Así se hizo América (1952); Los Reyes Católicos. En torno a las Bulas Alejandrinas de 1493 (1953) y El hombre argentino y su historia (1966). Sin embargo, más allá de lo hasta aquí indicado, importa dejar anotado lo que a nuestro entender representa las columnas fundamentales, los ejes vertebrales de su obra histórica.

 

LOS PUNTALES

 

Lo primero es su cabal comprensión de que el origen y el ser de la Argentina no se inteligen sin la Cristiandad hispana o la Hispanidad cristiana, que lo mismo da. De Castilla y de la Iglesia venimos -por ellas "somos"- y esa certeza recorre todas sus páginas.

 

El segundo gran puntal de su trayectoria intelectual es su incondicional amor por la Argentina. Fue el suyo -¿cómo no?- un amor doliente pero no desesperanzado. Nuestro autor no peroró sobre la "inviabilidad" de la Argentina sino que, por el contrario, procuró contribuir en las vías de su salvación. Cierto es que, como muchos, creyó honestamente que el peronismo era el camino, pero no seremos nosotros quienes apuntemos el índice acusador por ese yerro.

 

La tercera y fundamental columna de su tarea historiológica es el entendimiento del carácter Cristocéntrico de la historia. Nadie más lejos del historicismo que Vicente Sierra pues entendió la historia a la luz de la irrupción del Verbo en ella. Ni quiso ni pudo estudiar el pasado de un modo distinto -por no decir prosaico- que el otorgado por el sentido de lo Eterno, sub specie aeternitatis.

 

En ese aspecto, es posible que su libro más señalado sea el excepcional El sentido misional en la Conquista de América (1942), obra de abundante trabajo archivístico y hermenéutico y a la vez pletórica de originales reflexiones sazonadas con poético talante. En ese libro esencial Sierra explica la forja de la Cristiandad indiana que, proviniendo de la Iglesia y de Castilla, se resolvió finalmente en nuestras patrias autónomas.

 

Y lo propio se vislumbra en su agotadísima e inhallable Historia de la Argentina -cuyos 10 tomos escribió entre 1956 y 1972- en la que el sentido providencial de la historia palpita detrás del factum, de cada hecho descripto y explicado, lo mismo si se trata de un tratado que de un negociado económico, de una batalla heroica, una misión religiosa o un acuerdo constitucional. Por esas páginas despunta siempre la feliz asociación entre labor científica y atención a lo Alto, sin que nunca quede desmentida la distinción entre lo natural y lo sobrenatural.

 

EL MODO CATOLICO

 

Vicente Sierra fue un científico -conoció y enseñó por las causas- pero se engañará quien busque en sus libros las estrecheces mentales del positivista o el reduccionismo petulante del materialista. El hizo ciencia histórica al modo católico, con el esencial auxilio de la poesía y la metafísica.

 

Por eso, con toda justicia puede considerársele un historiador "liturgo" -siguiendo el acertado y singular descubrimiento de Antonio Caponnetto- pues escribió historia reconociendo el plan de la Providencia, entendiendo el pasado de modo sacramental, recorriéndolo con la certeza de la fe y la guía de la teología.

Vicente Sierra, ajeno al "pensamiento enjaulado" de las ideologías, carente de taras historiográficas, dejó a los argentinos una obra superlativa, hoy casi olvidada. Entendemos su ausencia del panteón de los "taitas oficiales" de la historia, como ocurrente y certeramente enseñó Castellani, pero no nos resignamos a su ingrato olvido.

 

Haga la prueba, amable lector, y procure conseguir algún libro de este noble historiador. Será tarea inútil. Hoy lo importante es ser amigo de las novedades, obnubilarse con la "bibliografía actualizada" -por falsa que sea- y desechar la antigua, por buena, bella y verdadera que sea. Quizás -¿quién lo sabe?- esta página sirva para que algún buen librero, de esos que nos consta aún subsisten, se proponga la reedición de los libros de este liturgo de la historia argentina. Dios lo permita.


Tomado de http://www.laprensa.com.ar/476044-Vicente-Sierra-liturgo-de-la-historia-argentina.note.aspx

 

miércoles, 7 de octubre de 2020

Fray Bartolomé de las Casas y la incierta leyenda negra española

 Por: Laura Martin


A Fray Bartolomé de las Casas se le ha bautizado como Apóstol de las Indias, el nuevo san Pablo, y es tal su popularidad –se le considera pionero de la defensa de los Derechos Humanos- que cuesta, a estas alturas, saber a ciencia cierta qué hay de mito y qué hay de realidad. La extraordinaria fama internacional de De las Casas se fundamenta en pasiones políticas y no en méritos objetivos. He aquí un análisis punto por punto de veracidad de las bondades que le atribuyen a este personaje.

 

Leyenda: Fray Bartolomé de las Casas viaja a América a defender a los indios.

 

Realidad: Bartolomé de Las Casas no sólo no pretende viajar a las Indias para defender a sus nativos sino que durante la primera década que vivirá allí llevará el mismo estilo de vida que sus compatriotas.

 

Se embarca hacia las Indias en 1502 acompañando a Nicolás de Ovando, tercer gobernador nombrado por los reyes Católicos. La expedición llega a la isla La Española (actual Santo Domingo), y allí permanece hasta 1512. Participa activamente en las guerras de su gobernador contra los indios, cuya misión es organizarlos en poblados, en convivencia con los españoles, comenzar la evangelización, y que trabajen recibiendo un jornal por ello. Las Casas, por sus servicios como soldado, recibe recompensas en tierras, oro y siervos.

 

Leyenda: Fray Bartolomé es el pionero en denunciar la situación en Indias.

 

Realidad: Fueron otros clérigos y otras órdenes quienes pidieron un trato más justo para los nativos, a diferencia de Bartolomé de las Casas que se resistió a ello.

 

Cierto es que Colón propuso la venta de esclavos a los Reyes Católicos. La reina Isabel se indignó ante tal propuesta y ordenó poner en libertad a los indios, a los que nombró vasallos del reino al igual que cualquier otro español. Vasallos de la Corona, libres, con los mismos derechos y deberes que cualquier cristiano. Pese a esto, era harto complicado controlar a algunos españoles encomendados en las Américas que no seguían las órdenes reales.

 

Fray Antonio Montesinos, respaldado por el rey Fernando, fue el primero en enfrentarse a los que desobedecían las directrices de los reyes Católicos y pretendían a los indios como siervos. Todo aquello que después vendería Las Casas como propio no sería más que una repetición de las denuncias de Montesinos, solo que aderezado por sus propios delirios, invenciones y exageraciones.

 

Fernando el Católico, a instancias de Montesinos, nombró una comisión formada por personas de la máxima confianza del fraile para que preservaran los siguientes principios: los indios habrían de ser tratados como libres, instruidos en la fe, que hicieran un trabajo moderado y siempre retribuido, que tuvieran casa y hacienda propia y que vivieran en comunicación con los españoles. Conforme a estos principios se redactaron las leyes de Burgos del 27 de diciembre de 1512. Al año siguiente -el 28 de julio de 1513- añadieron al respecto cuatro leyes más en las que se moderaba el trabajo de las mujeres y se prohibía el trabajo de los niños.

 

Las Casas disfrutaba durante esos años de las encomiendas recibidas por Ovando, y no quiso, como religioso, participar de la nueva práctica de los dominicos en la isla La Española: habían decidido negarse a confesar a cualquier español que tuviese indios encomendados. Confesión que negaron al mismo Las Casas porque tenía labranzas con indios.

 

En 1512 fray Bartolomé emigró a Cuba, donde no había en toda la isla más clérigo que él. De modo que será tarea suya predicar para el Gobernador, Diego Velázquez, y a su segundo, Pánfilo de Narváez. De Velázquez recibió un repartimiento de indios, que empleó para sacar oro de las minas y para el trabajo en granja.

 

Leyenda: Fue hombre humilde y cabal que realizó su labor a la sombra.

 

Realidad: No es hasta 1514 que se plantea, de golpe, sin evolución ni causa aparente, que el trato que está dando a sus indios es injusto. Decide renunciar a los siervos y a su hacienda. Pese a que en sus memorias afirma haber abrazado la pobreza en silencio, en secreto, el 15 de agosto de 1514 en la fiesta de la Asunción, en presencia de todas las autoridades, da un discurso vanagloriándose de su acto, se impone como modelo, proclama su renuncia a la encomienda, y afirma que nadie se salvará si no siguen su ejemplo.

 

Todos los presentes quedaron admirados de su condición de bondad e incluso santidad, según los escritos de la época, aunque ningún español de Cuba liberó a sus indios. Pero Fray Bartolomé se mostró satisfecho pues le admiraban por su gesto y tenían en estima. Según Menéndez Pidal, las Casas entra en un ritmo de interpretación sistemática paranoide de todo escrito, sagrado o no. Según su interpretación, toda norma ética resalta lo demoniaco de la naturaleza del español. No hay grises, no hay mezcla entre el bien y el mal. Deja de distinguir entre cristianos y decide que cualquier trato con los indios es injusto y tiránico, fuera el que fuere el realmente ejercido. Después de erigirse como el nuevo apóstol del rigorismo moral continúa un año más en la isla de Cuba, sin convertir a ningún español ni lograr que emularan sus pasos.

 

Decide ir a Castilla. Embarca el 6 de octubre de 1515 con Montesinos, que le da una carta de recomendación para el Rey. Las Casas ya tiene pasaporte para entrar en la Corte. En diciembre de 1515 llega a Plasencia. El Rey Fernando está postrado enfermo (muere el 23 de enero de 1516) así que fray Bartolomé solo logra ser recibido por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, presidente de los asuntos de Indias en el Consejo Real, al que Las Casas acusa -por despecho por no haber sido recibido por el rey- de soberbio e indiferente, y de hacer caso omiso de sus quejas, en contradicción con la opinión de los demás religiosos con los que se reunió para hablar de la situación de los indígenas.

 

La leyenda: El plan de reforma de Cisneros está basado en las ideas de Fray Bartolomé

 

Realidad: Muerto Fernando el Católico, Las Casas tuvo que entenderse con el Cardenal Cisneros. Presentó una cada vez más larga relación de crueldades cometidas por los españoles en Cuba, La Española, Jamaica y San Juan. Cisneros había percibido de los dominicos su preocupación por los derechos de los indios. Los franciscanos, por su parte, defendían una postura más paternalista de los españoles hacia los nativos. Pese a ser franciscano también, Cisneros optó por una tercera salida, los frailes jerónimos, y los envió en 1516 a reformar el gobierno de Indias. En aquellas fechas Las Casas no pertenecía a ninguna de las tres órdenes, y Cisneros le confirió un cargo de consejero, para mirar por el bien tanto de los indios como de los españoles. Fray Bartolomé alardeará de haber proporcionado al cardenal la base para la reforma, y añade en sus textos que recibió también un título de Protector universal de todos los indios de las Indias. No consta. Y tales fueron las desavenencias con los jerónimos, que fue destituido de su puesto, hecho que Las Casas oculta, afirmando sin embargo que fue él quien renunció.

 

Leyenda: Fue un fiel cronista de lo que ocurrió en Indias

 

Realidad: En todos los escritos de Fray Bartolomé no hay datos concretos, sólo descripciones imprecisas, aderezadas de horrores que no aclara ni dónde ocurrieron, ni cuándo, ni perpetradas por quién. Lo único que se saca en claro es que el español –cualquiera- parece tener como labor principal en el Nuevo Mundo la tortura y la matanza de indios.

 

No sólo describe salvajadas acontecidas en las tierras adonde él viajó, sino que narra con vehemencia las que, afirma, se perpetraron donde jamás estuvo ni fue testigo. Inventa un genocidio indígena, que, según va escribiendo, tiene una cifra de víctimas diferente. Al principio, doce millones de muertos, luego asciende el número de víctimas a 15 millones, y finalmente asegura que se pudieron contar hasta 24 millones de muertos. Cifras que proporciona y cambia arbitrariamente en la misma obra. Sobra decir que es física y demográficamente imposible. Tanto por la velocidad de la matanza como porque en la América Precolombina se estima que la población apenas superaba los 13 millones de habitantes. Claro que también decía Las Casas que en Santo Domingo había visto 30.000 ríos y que el borde norte de la isla era más grande que toda Portugal.

 

Leyenda: Predicó con el ejemplo y actuó desinteresadamente ayudando a los indios

 

Realidad: Las Casas denunció que todo el dinero originario de las Américas era fruto del robo a los indios. Sin embargo, no dudó en aceptar 100 pesos oro al año como procurador de los mismos. Ni medio millón de maravedíes al año por ejercer como obispo para ellos. Ni la pensión de trescientos cincuenta mil maravedíes que se le designaron al perder el obispado. Nunca ejerció la caridad. No aprendió su lengua, no tenía un contacto de igual a igual con ellos, nunca hizo por educarles ni enseñarles algo de provecho. Entre sus congéneres no tenía especial buena fama. Fray Toribio de Motolinia, clérigo misionero, llegó a escribir en carta al emperador Carlos V que Las Casas era un hombre bullicioso y pleitista, injuriador, “yo conozco a De Las Casas quince años (..) y siempre está escribiendo procesos y vidas ajenas, buscando los males y delitos”.

 

Leyenda: Se postuló contra todo tipo de violencia.

 

Realidad: La única violencia que denunció y generalizó -exagerando e inventando las cifras- fue la que ejercieron algunos españoles contra algunos indios. Nunca mostró horror ante las costumbres nativas, los sacrificios humanos de las religiones precolombinas,  las decapitaciones, la extracción de los corazones de los niños y las prácticas antropófagas. En su visión del mundo, los indios eran ángeles pacíficos y los cristianos demonios destructores.

 

No sólo eso. En 1531 propone ante el Consejo de Indias que para liberar a los indios de sus trabajos deberían traerse, desde áfrica, a 4000 negros. Tan buena idea le parece que en 1542 vuelve a insistir en la introducción de esclavos negros en las Indias.

 

En definitiva, no hay que despreciar la labor de defensa a los indios en las Américas y el intento de que se aplicaran las justas leyes contra la esclavitud que habían promulgado los Reyes Católicos. Pero ni fue el único español que procuró el bienestar de los indios, ni fue un ejemplo de humildad y caridad, ni son ciertas las barbaridades relatadas, ni es justo que un hombre tan polémico y unos datos tan inexactos generaran una leyenda negra que España lleva siglos arrastrando en su historia.


 Fuente: http://www.gaceta.es/noticias/fray-bartolome-casas-incierta-leyenda-negra-espanola-06122015-1014 (2015-12-06)

sábado, 5 de septiembre de 2020

EL PROYECTO MONARQUICO DE BELGRANO

Por: Pablo Yurman


El 6 de julio de 1816, los congresales reunidos en Tucumán escucharon, en sesión secreta, al general Manuel Belgrano, a quien se le había solicitado que expresara su parecer sobre la forma de Estado a adoptar luego de la declaración formal de la independencia. Es bastante conocida su opción por una monarquía constitucional que, presidida por un descendiente legítimo de los antiguos emperadores incas, tuviera por sede la mítica ciudad del Cuzco, en territorio del Perú.

 

La idea de Belgrano, que contó con la adhesión de figuras emblemáticas como Güemes y San Martín, y fue adoptada por no pocos congresales en los debates que siguieron, merece una reflexión a dos siglos de aquellos sucesos, sobre todo teniendo presente que formaba parte de un plan claramente dirigido a continentalizar la revolución iniciada pocos años antes pero que, anclada en una visión casi exclusivamente portuaria, daba señales de claro estancamiento.

 

INDEPENDENCIA CONTINENTAL

En efecto, en primer lugar cabe destacar que circunscribir la declaración de la independencia del 9 de julio a lo que hoy conocemos como Argentina supone reducirla injustamente, carece de respaldo histórico serio y no da suficiente cuenta de lo que ocurría en esos días. En ese sentido vale señalar que el Congreso declaró la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, no del “Río de la Plata” como era la expresión corriente desde 1810. A los pocos días declaró a Santa Rosa de Lima patrona de la independencia de la América del Sur y modificó al nombre del encargado del poder ejecutivo que sería Director Supremo de las Provincias Unidas del Sur. A ello se suma un dato para nada menor. En caso de prosperar el plan sugerido por Belgrano, la futura capital sería la ciudad del Cuzco, en territorio del entonces Virreinato del Perú, esto es, fuera de los límites del ex Virreinato del Río de la Plata, lo que en los hechos hablaba a las claras de trasladar el centro del poder político de la ciudad puerto de Buenos Aires, cuyo protagonismo se había acrecentado vertiginosamente pero sólo en los últimos años, al interior profundo de la América española, más poblado, con mayores riquezas naturales y hasta dotado de universidades erigidas siglos antes por los españoles (piénsese que la primera universidad en Buenos Aires surgirá en 1822 sobre las bases del Colegio de San Carlos, de los padres jesuitas).

 

Asimismo, la sugerencia de Belgrano se vinculaba de manera concreta con el proyecto que en pocos meses iniciaría el general San Martín desde Cuyo, cruzando los Andes para liberar los actuales territorios de Chile, Perú y Ecuador, empresa que el Libertador no cumplió al frente del Ejército Argentino (aunque podría haberlo hecho) sino del Ejército de los Andes, enarbolando su propia bandera, que no era la argentina. Es significativo que una de las instrucciones dadas por el Congreso le exigía expresamente el envío de diputados al Congreso por parte de los países liberados, “a fin de que se constituya una forma de gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causa, intereses y objeto, constituya una sola nación”.

 

MONARQUÍA INCAICA

Pero, ¿porqué una monarquía incaica? El proyecto de Belgrano ganó, como se señaló, muchas adhesiones. Pero fue duramente criticado fundamentalmente desde la prensa porteña y, posteriormente, fulminado por Mitre en su obra “Historia de Belgrano y de la independencia argentina”, en la que afirma, entre otras cosas, que “Si bien a este plan no puede negarse grandiosidad y buena intención es imposible concederle sentido práctico, ni siquiera sentido común, ni aun para su tiempo”. Uno de los congresales por Buenos Aires, Tomás de Anchorena, dirá luego que tuvo que reprimir su sentimiento de rechazo al escuchar la idea belgraniana de un rey inca, refiriendo posteriormente su espanto ante la posibilidad de ser gobernados “por un miembro de la casta de los chocolates”. También Bernardino Rivadavia expresó su desorientación por semejante propuesta.

 

Ahora bien, ¿era sólo racismo lo que generaba rechazo entre algunos políticos de entonces o había razones más de fondo para oponerse al proyecto? Por un lado, resulta menester afirmar que la idea de un gobierno monárquico no era, en sí misma, trasnochada por entonces, puesto que la inmensa mayoría de los pueblos del mundo vivían bajo sistemas monárquicos, y además era asociada a un requerimiento fundamental de la hora: el orden, elemento del que las provincias carecían desde años a esta parte. Tampoco parece que fueran pruritos republicanos los que alentaban a algunos a oponerse al plan monárquico toda vez que como bien apunta Alberto Lapolla, Anchorena y algunos otros “aceptarán luego de buen grado la propuesta de coronar al príncipe de Lucca o a algún miembro de la familia real española.”

 

Sin pretender aquí profundizar en este aspecto, acaso Belgrano apostara a vencer una clara resistencia a la Revolución de Mayo que él mismo había notado frente a los ejércitos que le tocó comandar: los pueblos indios engrosaban en buena medida los ejércitos realistas al grito de “Viva el Rey” y habían sido hasta entonces más bien refractarios a la revolución al estilo jacobino personificada por Castelli y Monteagudo, entre otros.

 

Por otra parte, pese a que no estaba muy bien definido quién podría ser el monarca, según algunos historiadores Belgrano habría deslizado el nombre de Juan Bautista Tupac Amaru, hermano menor del famoso Condorcanqui y supuesto descendiente legítimo directo del último emperador inca, es cierto que la propuesta del prócer generó entusiasmo en muchos. Pero no puede verse en esto un indigenismo impostado sino genuina vocación por una unidad que aún parecía distante. Aunque resulta menester apuntar algunos claroscuros: en rigor de verdad, si la fórmula incaica pretendía un retorno al Incario (el imperio inca), habría que ver más exhaustivamente si tal propuesta seducía a los pueblos que, como los que habitaban en el norte de la actual Argentina, estaban sometidos a vasallaje respecto del poder central del Cuzco.

 

Otro aspecto no menor consiste en preguntarnos qué tipo de restauración y con qué alcance buscaba Belgrano: el imperio incaico como estructura social, habrá contado con todas las ventajas y adelantos que se quieran,  pero era básicamente una teocracia autoritaria, estructurada en castas y que admitía la práctica del sacrificio humano, rasgos que aparecen en principio incompatibles por completo con la idea de derechos individuales o de estado de derecho.

 

DESINTEGRACIÓN DE LA AMÉRICA ESPAÑOLA

Como sabemos, el plan monárquico con sede en Cuzco no prosperó y la gesta emancipadora tendiente a concretar los Estados Unidos de Sudamérica, conservando de ese modo la unidad de los territorios españoles librados a su suerte con el colapso del imperio, habría de naufragar en un proceso de balcanización en diez estados, que incluso pudo ser más profundo aún. El poder quedó, como diría el pensador uruguayo Methol Ferré, para las “polis oligárquicas portuarias” en detrimento del interior profundo cada vez más empobrecido por la adopción, como política económica incuestionable, del libre cambio.

 

La contra-cara la tenemos en el Brasil, que adoptaría la monarquía (sistema que conservó hasta 1889) y que es definido por Luis Moniz Bandeira como “la América lusitana que, a diferencia de la española, no se desintegró”

 

jueves, 6 de agosto de 2020

ALBERTO EZCURRA URIBURU: UN PATRIOTA DE LA TIERRA Y DEL CIELO*

Por: Fernando Romero Moreno 

Es un gran honor para mí poder participar en estas Jornadas de Homenaje al Padre Alberto Ezcurra, en los paisajes mendocinos donde pasó los últimos años de su vida en la tierra. Han transcurrido alrededor de 30 años desde que oí hablar por primera vez de él. Recuerdo que la figura del Padre Alberto era traída a colación casi con aires de leyenda en casa de mis padres – esto sería por los años 82 u 83 -, un poco tal vez por su militancia en Tacuara y otro tanto por lo que entonces representaba él en el Seminario de Paraná. Nada indicaba que yo fuera a conocerlo pocos años más tarde en Bella Vista y hacerme muy amigo de sus sobrinos. Ni menos que me casaría con una de sus sobrinas… Lo cierto es que conocí a Ezcurra el 6 de julio de 1985, con ocasión de una disertación suya sobre “El Santo. Arquetipo del Cristiano” que dictara dentro de un ciclo de conferencias en el Colegio Don Jaime, donde yo estudiaba. Juanchi Ezcurra, uno de mis actuales cuñados, me invitó a su casa para conocerlo. No pude aceptar la invitación aquella noche, pero sí lo hice al día siguiente, en el cual participé de la Santa Misa  que celebró  en el Colegio de los Redentoristas. Luego estuve en el almuerzo familiar, sentado a su lado. Lo que voy a contar no es muy “espiritual” pero si pinta de cuerpo entero a Ezcurra. Recuerdo poco lo que se habló en aquel almuerzo, pero no me olvido del elogio que “Pichi” – como lo llamaban en su casa - hiciera de los asados entrerrianos y más específicamente de los asados “con cuero”...Es sabido que él era un excelente asador…También retengo en mi memoria que estuvo casi todo el tiempo pendiente de su madre. Muchos habrán oído hablar del buen humor de Ezcurra, pero no sé si todos saben que con ese espíritu de niño que tenía y a pesar del cuerpo nada pequeño con que Dios lo había dotado, solía en broma sentarse en las faldas de su mamá, siendo que - por contraste- ella era de estatura y cotextura pequeñas…No lo hizo aquel día, pero sí en otras ocasiones, según suele contar mi mujer…Pues bien,  aunque al Padre Ezcurra no volví a verlo, sí tuve el privilegio de tratar mucho a sus parientes próximos – que con los años fueron los míos –y, entre ellos, precisamente, a su madre. Solía conversar mucho con ella cuando iba de visita a lo de Ezcurra en Bella Vista y de sus labios pude escuchar, entre otras cosas,  anécdotas sobre su primo, el Gral. Uriburu, opiniones de Julio Irazusta acerca de la obra historiográfica de su marido, y también críticas, por ej. hacia la figura de José María Rosa…Gracias a ella – a “Mamay” como le decían sus nietos – pude acceder además, por vez primera, al archivo histórico de Ezcurra Medrano. Lo cierto es que, más allá de estos recuerdos personales, Alberto Ezcurra era ya, por esos años y como dije, una leyenda en vida. O tal vez, toda su vida era la que ya tenía algo de legendario, por aquello de “vivir peligrosamente” y, como quería Pieper, heroicamente…Es que una de las tantas cosas que hay para destacar en la vida de Ezcurra es eso que podríamos denominar  “continuidad biográfica”, una total ausencia de “quiebres” vitales significativos, la fidelidad hasta la muerte a unos ideales asumidos como propios desde la adolescencia.  Por eso es que hoy, gracias a ese ejemplo de vida, a sus enseñanzas, a la enorme cantidad de amigos y conocidos suyos repartidos en distintos rincones de la Argentina y del mundo, al buen número de sacerdotes que lo tienen como modelo y como intercesor, el Padre Ezcurra sigue dando batalla – como el Cid después de muerto– por esos mismos principios y por esos mismos valores. Aquellos de los que bien decía Hugo Wast que dan sentido a la vida cuando se vive por ellos y que dan sentido a la muerte cuando se muere por ellos: Dios, la Patria y la Familia. Alberto Ezcurra vivió y murió por esos bienes supremos, no sin errores, pero sí con lealtad, con un caballeresco y criollo sentido del honor y, vale la pena remarcarlo, también con un saludable y chestertoniano sentido del humor. Es por eso que tienen sentido los versos de Marechal que están en su tumba, que se han repetido tantas veces en estos años al evocar su figura y que hemos elegido para esta conferencia: “yo siempre fui un patriota de la tierra y un patriota del cielo”.

      Alberto Ezcurra Uriburu nació en Buenos Aires el 30 de julio de 1937, primogénito del matrimonio de Alberto Ezcurra Medrano y  María Rosa Uriburu Peró. Fue el mayor de siete hermanos, todos varones, y su crianza, la propia de una familia católica y patricia, aunque de fortuna modesta, típica de los años 30. Su padre, uno de los fundadores tanto del nacionalismo como del revisionismo histórico católicos, escribió al nacer Alberto, aquellos versos por muchos conocidos, que resultaron proféticos:
Prolongación de mi vida
y de mis antepasados
Esencia de mi ser mismo
Eso es Alberto Ignacio.
Lleva sangre noble y fuerte
de la tierra de los vascos
transplantada a la Argentina
hace muchos, muchos años.
Y tiene el blasón hermoso
que le forman, combinados,
el roble y lobo de Ezcurra
y de Uriburu el palacio
……………………
Cuando el agua del bautismo
borre de la culpa el rastro
estará Dios en su alma
y a Sí lo habrá incorporado
¡Que esa unión dure por siempre!
¡Que jamás lo venza el diablo!
Protegedlo, san Alberto.
Amparadlo, san Ignacio.

       La infancia de Alberto Ezcurra transcurrió en el seno de esa familia cristiana que se fue agrandando hasta llegar al número ya mencionado de siete varones, tres de los cuales serían sacerdotes y uno diácono permanente. Estudió en el Colegio Champagnat, de los Hermanos Maristas, en el que destacó por su aplicación al estudio, salvo del idioma inglés, debido a una suerte de “rebeldía patriótica juvenil”, aunque de algún modo se las ingenió para que el profesor de esa materia lo aprobara. Y que por cierto no fue obstáculo para que luego aprendiera otros idiomas, como el alemán, el francés o el latín, además del mismo inglés, cuya lectura al menos no parecía serle de especial dificultad. Durante los meses escolares, la familia vivía en un antiguo caserón de la calle French 2640, de la Capital Federal, y los veranos los pasaban en la Chacra “Santa Rosa” de González Catán, que según cuenta el Padre Álvaro fue para ellos lo que para su padre y para su abuelo, había sido la Estancia El Pino. A propósito de estos recuerdos de su familia, vale la pena detenerse en algo que ha sido poco destacado al escribir o al hablar del Padre Ezcurra. Me refiero a la fidelidad mayoritaria, sino total, de sus antepasados directos por la rama de los Ezcurra a la Fe Católica y a la Argentina Tradicional. El fundador de la familia en el Río de la Plata fue Don Juan Ignacio de Ezcurra, quién arribó a Buenos Aires aproximadamente en 1770. Había nacido en Pamplona,  y tenía alrededor de 20 años cuando pasó a tierras americanas. Aunque dedicado al comercio, era miembro de una familia noble que en la Península, como destaca un historiador vasco, había servido a cinco reyes: Don Sancho el Sabio de Navarra y luego de la unión de este Reino al de Aragón y Castilla, a Carlos V (I de España), Felipe II, Felipe III y Felipe IV.  Ya instalado en Buenos Aires y probada su limpieza de sangre según legislación y costumbres de la época, Ezcurra contrajo matrimonio con Doña Teodora de Arguibel y López de Cossio, merced al cual su apellido entroncó con fundadores de linajes tradicionales del Tucumán y del Río de la Plata, y con quien tuvo 9 hijos, entre ellos María de la Encarnación, casada con Don Juan Manuel de Rosas y José María, tatarabuelo del Padre Alberto. En mayor o menor medida, todos los descendientes del primer Ezcurra rioplatense  y que son antepasados directos del Padre Alberto, fueron católicos practicantes y patriotas fervorosos. Nos referimos a José María Ezcurra, Lorenzo Ezcurra, Alberto Ezcurra Jolly y su padre, Alberto Ezcurra Medrano. Veamos sólo dos de esos casos. Lorenzo Dámaso, bisabuelo del Padre Ezcurra, fue un hombre muy apreciado por personas de su misma condición social como por el campesinado criollo, al estilo de los viejos patriarcas. Vivió en la segunda mitad del siglo XIX. Así lo describía su hijo:“…yo no me canso de recordar el carácter de mi padre, el hombre culto por excelencia. Honrado y caballero por nacimiento. Elevado de ideas y de miras. De carácter amplio, sin esas puerilidades y miserias que plagan a la inmensa mayoría de los hombres. Enemigo irreconciliable de la ostentación, de la jactancia y de toda vanidad, ni le preocupaban ni buscaba a los grandes, a quienes más bien evitaba. De inteligencia clara y extraordinariamente penetrante, sin haber danzado en él, conocía perfectamente el mundo y el corazón humano, y nadie lo engañaba (…). Profundamente religioso, era un cumplidor intachable de su deber. Era un modelo de hombre, de esposo, de padre. Era un alma grande como hay pocas”[1]. Por si estos juicios pudieran tenerse como exagerados, dada la piedad filial, vale la pena transcribir lo que de él se escribiera en el Diario La Prensa, de Buenos Aires: “Lorenzo (de Ezcurra), honorable caballero de vastísima cultura que después de varios viajes a Europa para realizar estudios agrarios, dedicóse a saturar de progreso al viejo y alegre pago de La Matanza (…) falleció el 30 de septiembre de 1907 y su sepelio en San Justo fue una inmensa demostración de pesar. Centenares de campesinos a caballo concurrieron a dar el adiós al venerado vecino, pero el sentimiento desbordó cuando dos paisanos muy ancianos, Eugenio Peralta y Nicolás Coria, depositaron emocionados sendas coronas en la tumba del gran señor desaparecido”. Una cristiana y cordial caridad con los pobres, un desprecio por la vida mundana y una vasta cultura, que veremos reaparecer entre las virtudes más sobresalientes del Padre Alberto.

       Y el otro ejemplo es el Alberto Ezcurra Medrano, progenitor del Padre Alberto, de quien mucho se podría escribir y que de hecho merece un libro aparte. Pero no es ocioso resaltar, al menos, su preocupación por darle una orientación católica y ortodoxa, tanto al nacionalismo como al revisionismo históricos, y su Fe intrépida, que se advierte en el modo de educar a sus hijos, en sus clases y en sus escritos, en la disposición para defender al precio de su libertad física los derechos de Dios y de la Iglesia (como ocurrió cuando pagó con la cárcel su participación en la custodia de la Catedral de Buenos Aires, durante la persecución peronista de 1955), hasta su cristiana muerte en 1981, ante cuya cercanía no dudó en afirmar: “No me arrepiento de haber sido católico, nacionalista y rosista”.

     De este tradicional y patriótico linaje  - dejamos para otra ocasión la impronta dejada por los Uriburu o los Medrano - procedía el Padre Alberto Ezcurra, el cual nunca se dedicó a “blasonar” o a relucir su origen patricio con mentalidad de tilingo – como lo calumnió uno de los escribas del Régimen- pero del cual sí hay que decir que heredó virtudes e ideales que contribuyeron a forjar su personalidad de auténtico “patriota de la tierra y del cielo”. De allí que sus palabras sobre la institución familiar tuvieran un acento especial:“…¿qué es una familia?” – se preguntaba una vez  y respondía-:”Soy yo, son mis padres, son mis abuelos, son los hijos, son los que van a venir. Eso es una familia. La familia se prolonga en el tiempo, por eso uno lleva un mismo apellido a lo largo de las generaciones”

       Alberto Ezcurra, gracias a la educación cristiana recibida en este hogar,  sintió desde la primera juventud la llamada de Dios al sacerdocio, pero el discernimiento vocacional no fue sencillo, como se verá. En el verano de 1954 confió tal secreto íntimo a sus padres y en marzo de 1955 ingresó al Noviciado de la Compañía de Jesús, en el Colegio de la Sagrada Familia de la ciudad de Córdoba. Las cartas escritas a sus padres denotan la seriedad con la que se tomó estos años y también su preocupación por las cosas de la Patria, que lo acompañarían hasta el final de sus días en la tierra. De lo primero, tenemos una muestra en los fragmentos de sendas cartas que escribiera a su padre el 24 de agosto y  el 13 de septiembre de 1956. Dice en la primera: “Estoy leyendo las ‘Obras Completas’ de San Ignacio. Recién empiezo. Antes leí uno muy bueno (…), ‘Padres Apostólicos’, documentos cristianos de los siglos I y II (Didaché, San Clemente, Ign.de Antioquía, S. Bernabé, Pastor de Hermas, etc). Vale la pena, para ver que muchas cosas q. creemos descubrir ahora las vivió la Iglesia primitiva, fresco el recuerdo de Xto y los Apóstoles, y cuando se vivía más de veras el Evangelio”. Y en la segunda agrega:“Terminé hace dos días Ejercicios. Hice once días (2ª semana). Meditaciones del Reino y la vida de Cristo hasta la Pasión, con mucho provecho espiritual y un enfoque nuevo de la Iglesia”. De lo relativo a la situación de la Argentina no puede ocultar sus pensamientos: “Lo de la prensa, parece q. es igual q. antes del 21 de septiembre. La masonería no habrá hecho más que cambiar de táctica y figuras, y los católicos ‘menos sagaces’, aunque ahora vamos despertando. Y el triunfo habrá de ser de los que no se avergüenzan de ser católicos y argentinos y no de los cristianos (…) ‘democráticos’”. Y también se nota en este tiempo el despuntar de algo que será, con los años, una de sus pasiones dominantes: las Misiones Populares. Así, en carta del 31 de octubre cuenta: “Llegamos a Salsacate el 2, después de caminar (…) más de 60 km, y dos nos quedamos allí, para ayudar las fiestas patronales (…). La parroquia es el Dto de Pocho, con un solo cura p´6000 habit. (…) Cumple con la Iglesia como el 80 % de la gente, promedio altísimo. Llevamos el catecismo (…) y visitamos los ranchos más pobres. El 7 hablé en la procesión de la virgen a 600 o 700 personas (…). Predicamos en la novena, explicamos misa, hablamos en el colegio, visitamos las casas para consagrarlas al sgdo Corazón”.  

    Sin embargo el camino que Dios le tenía reservado no se encontraba entre los jesuitas, con quienes permaneció casi dos años. Alguien ha dicho, probablemente no sin razón, que Ezcurra no quería ajustarse a ese tipo de obediencia mecánica y desordenada que el Padre Castellani denunciara como muy extendida entre los hijos de San Ignacio en aquel tiempo. Sin embargo, el informe que el 21 de febrero de 1957 escribiera el Maestro de Novicios a su padre, matiza este juicio, por el elogio que hace del postulante y que confirma ya por entonces su probable vocación sacerdotal, aunque no la tuviera para ser jesuita. Así se expresaba el P. Cándido Gaviña S.J. a Ezcurra Medrano: “No obstante la buena voluntad que Alberto manifiesta y la generosidad con que ha correspondido a cuanto se le ha pedido, creemos que Nuestro Señor no le concede toda la serie de cualidades necesarias para la vida religiosa en la Compañía de Jesús y que por lo tanto es desaconsejable permitirle hacer los santos votos (…) Deja entre nosotros su hijo el recuerdo de una conducta en todo momento correcta y de una innegable buena voluntad (…) Alberto persevera en su deseo de ser sacerdote y quiera Dios pueda llegar un día a lograrlo”.  Terminaba así  un período importante en la vida de Ezcurra y habrá que esperar recién a 1964 para verlo otra vez en un Seminario, emprendiendo el camino definitivo que lo llevaría a las Órdenes Sagradas, con la ayuda del Padre Roque Puyelli y de Mons. Tortolo.

        1957 fue el año de fundación del Movimiento Nacionalista Tacuara, una transformación de la Unión Nacionalistas de Estudiantes Secundarios (UNES) realizada por jóvenes que ya carecían de la edad necesaria como para figurar en una entidad de alumnos de enseñanza media. Y cuya existencia, luego de la intervención y deformación de Alianza por Kelly y sus secuaces, carecía de identidad y rumbo claro. Tacuara ya fue otra cosa, tanto por la doctrina como por el estilo. Desde ese año fundacional hasta 1963, Alberto se dedicó, por un lado a trabajar y por el otro, a la militancia política, como Jefe Nacional de dicha organización nacionalista. No podemos explayarnos ahora de modo exhaustivo sobre este tema. Sólo algunas consideraciones. Tacuara fue tal vez entre fines de los años 50 y principios de los 60, como lo había sido Alianza de la Juventud Nacionalista en décadas anteriores, la organización más dinámica y de lejos la de mayor impacto entre la juventud, dentro del nacionalismo. No fue, hablando stricto sensu, un Movimiento ortodoxo del nacionalismo católico, pues tuvo serios errores teóricos y prácticos, algunos de los cuales el mismo Ezcurra supo reconocer mas tarde. Su defensa de la Cristiandad, de la Patria y de la Familia se manifestó en términos y objetivos que no dudamos en calificar de tradicionales, pero la mayor influencia del falangismo español (admirable por muchas razones) en detrimento del pensamiento contrarrevolucionario, fue causa de confusiones, sobre todo en temas económico- sociales. De cualquier manera, esto no alcanza para explicar la desviación posterior de un sector hacia la izquierda, pues este giro obedeció a un abandono de principios cristianos substanciales y a una explícita adscripción de algunos sedicentes tacuaristas al marxismo, decisión a todas luces incompatible con los ideales y el estilo fundacionales. Además, este problema de la Tacuara original, no es óbice para ocultar sus méritos indudables, como el de haber ganado la calle en defensa de la Tradición, la Independencia o la Justicia Social, enfrentando a comunistas, socialistas, masones o sionistas, con una eficacia y un estilo cuya fama trascendió las fronteras nacionales, y cuyo peligro para el Régimen obligó a que fuera declarada como organización ilegal bajo el gobierno de Illia. La misión y el estilo propios de la Tacuara legítima, se encuentran sintetizados en el Juramento que debían hacer sus integrantes: “Juro con el corazón y el brazo señalando el testimonio de Dios, defender con mi vida y con mi muerte los valores permanentes de la Cristiandad y de la Patria”. No fue una agrupación antisemita, como se suele afirmar, aunque sí opositora al accionar del sionismo. Tampoco una organización terrorista, pues la violencia practicada era, en general, la de los puños y las cachiporras. Los pocos actos criminales que se le atribuyen, o son calumnias, o no lo tuvieron a Ezcurra como partícipe. Un aspecto distintivo y ortodoxo en su esencia, aunque tal vez no en ciertas propuestas prudenciales, se advierte en un saludable escrito, en polémica con los que luego fundarían la TFP argentina. El artículo se titula Cristianismo y Orden Burgués, y tiene afirmaciones claras como la siguiente: La Iglesia, Sociedad Divina, tiene valores y verdades permanentes que defender, los cuales no son susceptibles de envejecimiento, cambio ni reforma o adaptación alguna, al contrario, conservan el primitivo valor (…) que tenían al salir de los labios  del Maestro de Nazareth. La Iglesia, sociedad humanacontinúa Ezcurra-  tiene formas que varían y se adecuan  a la necesidad de los tiempos, y vive en una sociedad cuyos esquemas políticos, sociales, culturales y económicos varían, a veces con ritmo vertiginoso. El error consiste en dar a estas formas accidentales, para defenderlas o condenarlas, un valor dogmático y unir a su suerte la de las verdades divinas que forman el patrimonio permanente de la Iglesia. Algunos dan este valor dogmático a formas políticas, otros a corrientes culturales, a estructuras sociales o económicas. Este es el error de los jóvenes de “CRUZADA”, para quienes la propiedad privada, las formas burguesas, el capitalismo y la “cultura occidental” fueron establecidos por Jesucristo casi con carácter sacramental, sin advertir que caen ( en otro campo)  en el mismo error de quienes dogmatizan la democracia , por ejemplo, a quienes tanto ellos como nosotros combatimos”. En cuanto a los errores que llevaron tanto a la desnaturalización de la Tacuara original como a la desviación por izquierda, hay un reconocimiento tácito de Ezcurra, en una conferencia que diera sobre su admirado líder Cornelio Codreanu. En aquella ocasión afirmó: “El nacionalista que ve sólo la realidad de la patria y que olvida la realidad del espíritu tiene abierto el camino para cualquier desviación, puede terminar su camino en el marxismo o en la delincuencia común: tenemos muchos ejemplos”.

       En 1964, como hemos adelantado, Alberto Ezcurra entró como seminarista, por un tiempo en Tucumán, luego en Paraná y finalmente en Roma. El Padre Puyelli lo ayudó, primero a terminar de ver mejor su posible vocación sacerdotal,  y luego a conseguir un Obispo que lo aceptara, pues dada su relevancia pública y la militancia en una organización tan controvertida como Tacuara, no era fácil encontrar alguno dispuesto a hacerlo. Pero el Padre Puyelli habló con Mons. Tortolo, quien dijo: “No puedo negarme a una vocación”.

   Los años de Tucumán y Paraná fueron un tiempo especial de estudio y oración, de una gran importancia no sólo para su vida personal, sino para estar “vacunado” frente al clima de euforia progresista que ya se vivía, sobre el final del Concilio Vaticano II y en el inmediato posconcilio. Años en los que Ezcurra, como se desprende de las cartas escritas a su padre, además del estudio de materias como latín, griego, castellano y las propias de la filosofía, se dedicó a la lectura de libros de pensadores como León Bloy, Castellani, San Agustín, Jean Ousset, Jesús Urteaga, García Vieyra, Maritain, Julio Meinvielle o Benson; a la de de teólogos modernos ya por entonces  críticos de lo que hoy llamaríamos una hermenéutica de la ruptura, como Danielou o Journet; y a la de publicaciones como “La Tradición”, “Cruzado Español”, “Verbo”(Argentina) y “Combate”. En todo el epistolario de esta época, la preocupación por el auge del progresismo es constante, como lo será aún más en sus “años romanos”. Y probablemente por influencia de Castellani, asoma ya en aquel tiempo, una convicción de que estamos ante tiempos parusíacos, aunque siempre con prudencia y sin ceder a la aceptación acrítica de supuestas apariciones, salvo las aprobadas por la Iglesia y algunas muy de moda a mediados de los años 60, como las de Garabandal. En realidad, su concepción en este asunto tenía otras fuentes, de mayor rigor teológico. Por eso pudo afirmar, en una carta escrita desde Paraná el 8 de mayo de 1965, “tal vez me equivoque (…) pero Jesús dice ‘Vengo pronto’ y en el Evangelio llama a estar vigilantes, aunque hoy lo interpreten de cualquier modo”.

    En septiembre de 1967 viajó a la Ciudad Eterna, para cursar allí durante cuatro años las materias de Teología, en el Colegio Pío Latinoamericano, licenciándose en Teología Moral en la Universidad Gregoriana. Fueron años fecundos, en los que el historiador no puede menos que regocijarse – aunque el tema de suyo no sea motivo de alegría - por la cantidad de referencias que hay en sus cartas a la crisis posconciliar, con juicios muy atinados y prudentes, algunos que conservan gran actualidad y muestran cómo el enemigo – esto es importante sobre todo para los más jóvenes – no ha cambiado demasiado de táctica. Así, compárese lo que dice del Pablo VI posterior a la “Humanae Vitae” y al “Credo del Pueblo de Dios”, en carta fechada en Roma el 30 de septiembre de 1968 con lo que sucedió desde su elección en 2005 con respecto a Benedicto XVI: “El Papa se ha ganado la enemistad de los progres y de fuerzas e intereses poderosos que manejan la opinión y la prensa. Como decía Fulton Sheen, ‘Pablo ha osado oponerse al Mundo, y, como XTO, será crucificado por el Mundo” (…) ¿Qué harán ahora los diarios? Desprestigiar al Papa, criticar al Papa (no directamente, sino publicando ‘críticas al Papa’, incluso de curas) (…) y sobre todo  VOLVERLO ANTIPÁTICO, pues hay que ver que la mayoría de la gente no se guía por ideas o razones sino por sentimientos (…). El segundo paso es que a un papa malo y antipático no hay que darle bola sino cuando habla ‘ex cathedra’ (o sea una vez cada cien años), porque todas las demás veces se equivoca infaliblemente. El tercero será preparar la desobediencia abierta y la campaña para la renuncia del Papa (…) Tenderán a lograr un Cónclave presionado por la ‘opinión pública’, que elija otro Papa ‘bueno’ o provoque el cisma si la mayoría quiere aún más papas ‘malos’ (…) Creo que la situación es así. Ojalá me equivoque, pero creo que no. Ya ni los más optimistas dicen que esto es una simple ‘crisis de crecimiento’. Todos ven que la cosa es seria”. En todas las cartas hay, no obstante, llamados a la virtud teologal de la Esperanza, toques de buen humor y una fidelidad sin fisuras al Romano Pontífice en todo lo que tiene derecho a enseñar y mandar. Así, en esta misma carta que acabamos de citar, no duda en decir: “Hay que estar con el Papa, hablar, escribir, y sobre todo, rezar por el Papa y por la Iglesia, pues esta lucha no es una lucha común de partidos, sino en el plano de la Fe”. Recuérdese que el Papa era Pablo VI, sospechoso para muchos por su pasado “progresista”. Sin embargo en eso, la sintonía de Ezcurra con otros argentinos de similar formación y visión, como Castellani, Meinvielle, Genta o Sacheri, fue casi absoluta, a pesar de la distancia física y de ciertos cambios circunstanciales de opinión que pudo haber en uno u otro a lo largo de esos turbulentos años. No era ingenuo pero enjuiciaba todo con prudencia sobrenatural. Sobre la medicina del “buen humor”, cuenta el P. Álvaro Ezcurra que fue la que lo salvó, humanamente hablado, ante el panorama desolador que se vivía por entonces. Buen humor que tuvo hasta el fin de sus días, pero que se nota por ej. en sus homilías de años posteriores. Como cuando predicaba: “nos salvamos en la Iglesia, nos salvamos en el Cuerpo Místico de Cristo” pero “otra cosa es cómo la entienden algunos que nos salvamos en grupo, digamos en masa, en rebaño. Como si uno pudiera llegar a las puertas del cielo y, cuando San Pedro abre las puertas, le dice; ‘Acá vengo con todos los muchachos’, como si uno pudiera entrar de colado”. O refiriéndose al falso ecumenismo: “¡Qué miedo le tenemos a las palabras! No hay ciegos, hay no videntes; no hay leprosos, hay enfermos del mal de Hansen (…), no hay herejes, hay hermanos separados (…) Como decía uno, que no hay que decirle al diablo, diablo, porque es una falta de caridad, hermano ángel separado”…Como puede apreciarse, había aprendido a decir la Verdad con caridad, con buen humor y sin celo amargo, tal como pidiera en el inicio de su Pontificado, el Papa San Pío X: : “Es un error esperar atraer a las almas a Dios con un celo amargo- sostenía - : es más, increpar con acritud los errores, reprender con vehemencia los vicios, a veces es más dañoso que útil. Ciertamente el Apóstol exhortaba a Timoteo: Arguye, exige, increpa, pero añadía, con toda paciencia”. Ese fue el estilo que Ezcurra vivió y transmitió.

    En otro orden de cosas, las referencias a su vida en Italia, están salpicadas en las cartas que venimos citando, de comentarios sobre el arte y la arquitectura de la ciudad, referencias a pueblos que pudo visitar y, ¡como no!, más de un comentario sobre obras del Duce. Esto no deben escandalizar a quien sepa que la condena pontifica al fascismo fue sólo parcial, sin prohibir la militancia de los católicos en el partido, y que el Caudillo italiano fue transitando por una paulatina pero firme conversión espiritual, que dio lugar a una total reconciliación con Dios y con la Iglesia, como cuenta con lujo de detalles el Padre Ennio Inoccenti, en su libro “La conversión religiosa de Benito Mussolini”. Ezcurra no se privó, por su parte, de mantener contacto en esos años, con organizaciones nacionalistas como la española Fuerza Nueva o la rumana Legión de San Miguel Arcángel, de la que llegó a ser miembro de honor, como está documentado por un carnet que lleva la firma nada menos que de Horia Sima. Su fama llegó incluso a los requetés carlistas, aunque él simpatizara más con Falange y con la figura de José Antonio.

      Ezcurra permaneció en Europa hasta 1971, siendo ordenado diácono ese año en la parroquia de San Apolinario (Obermaubach, Alemania), nación que frecuentó durante todos esos años, y en la que trabajó para poder pagar sus estudios, pues el dinero que recibía de su familia – todo el que podían enviarle- no era suficiente. La ordenación fue celebrada por Mons. Joseph Buchkremer. El lema sacerdotal que eligió, como es conocido, fue “Militia est vita hominis super terram” (Job, 7, 1), Milicia es la vida del hombre sobre la tierra. Milicia de la Patria y del Cielo, unidas en su persona por una especial vocación de servicio a Cristo Rey y a la Argentina, como sacerdote. Alguno podrá pensar que ese carácter militante, en lo que a la Iglesia se refiere, estaba ya pasado de moda, no respondía a las enseñanzas del Concilio Vaticano II y que no tiene vigencia en la actualidad. No puede estar pasado de moda algo tan esencial a la vida cristiana, bien explicado por San Pablo, San Bernardo de Claraval o Iñigo de Loyola. Pero por hubiera alguna duda, lo ha recordado hace poco Benedicto XVI al enseñar: “Hoy la palabra Ecclesia militans está algo pasada de moda; pero en realidad podemos entender cada vez mejor que es verdadera, contiene verdad. Vemos cómo el mal quiere dominar en el mundo y es necesario entrar en lucha contra el mal. Vemos como lo hace de tantos modos, cruentos, con las distintas formas de violencia, pero también disfrazado de bien y precisamente así destruyendo los fundamentos de la sociedad. San Agustín dijo que toda la historia es una lucha entre dos amores (…) Nosotros estamos en esa lucha (…) El Señor dijo: ‘Ánimo, yo he vencido al mundo’”. Por ese combate, patriota de la tierra y patriota del cielo, vivió y murió el Padre Ezcurra.

    Vuelto a la Patria, el 8 de diciembre de 1971, fue ordenado sacerdote, en la capilla del seminario de Paraná, por monseñor Adolfo Tortolo. Con este paso decisivo de su vida, llegaba a la plenitud de sus anhelos más íntimos. Y de los anhelos de Dios para con él. En una de sus homilías más célebres, en 1992, dijo algo que bien podría aplicarse a su persona: “…el Sacerdocio, de alguna manera, es un misterio. Y a veces, precisamente porque ignoran la característica de misterio que tiene el sacerdocio, es que los hombres no pueden comprender al sacerdote. Tratan de entenderlo con categorías humanas, con categorías sociológicas, con categorías históricas; como si el sacerdote fuera…¡qué se yo!, un consejero sentimental, in psicólogo, un sociólogo, un político, un agitador o alguien que está ahí no se sabe para qué, como si la Iglesia fuera un factor de poder y el sacerdote un empleado de la Iglesia o del gobierno. Los que van por ese camino son totalmente ciegos para entender el misterio del Sacerdocio. El misterio de Dios y de la Eucaristía de alguna manera se reflejan en el Sacerdocio (…) El Sacerdocio es un misterio ligado con la Eucaristía”. Ezcurra fue viviendo  todo esto, día tras día, a partir de su ordenación, hasta llegar – patriota del cielo – a valorar y saborear todo el esplendor de esa “patria” que es la liturgia tradicional, al decir de Klaus Gamber…Volveremos un poco más adelante sobre este asunto…

      Providencialmente, por esos años, el P. Meinvielle y el P. Etcheverry Boneo habían pensado que – dado el auge del tercermundismo y del progresismo teológicos – era necesario tener un buen seminario en la Argentina, para lo cual rápidamente contaron con la ayuda del P. Alfredo Sáenz S.J.. Luego de un intento fracasado en Rosario – a pesar de la buena voluntad de Mons. Bolatti - y teniendo el total apoyo de Mons. Tortolo pudieron reorganizar el Seminario de Paraná, que tantos frutos daría para la Iglesia y para la Patria durante más de diez años. Ezcurra sería uno de sus columnas principales, siendo profesor, prefecto y vicerrector. Como recordaba su hermano, el P. Álvaro: “Alberto alternaba sus actividades en el seminario con la predicación de triduos, novenas, ejercicios espirituales y misiones populares, dictando conferencias y empleando su poco común talento oratorio, con el que iluminaba las inteligencias y enardecía los corazones de quienes lo escuchaban. Su apostolado en Entre Ríos fue muy fecundo. Para quienes compartimos con él las misiones de veranos en el monte entrerriano, será inolvidable su figura de misionero alegre y ardoroso andando por esos caminos de Dios, llevando la Palabra, los sacramentos y el testimonio personal. Un día, después de unas lluvias torrenciales que inundaron toda la comarca, Alberto llegó a un humilde rancho del monte para bendecirlo. Como era imposible llegar a destino a causa de la inundación, trepó a un alambrado y se deslizó por él varios cientos de metros. Cuando los habitantes del rancho lo vieron llegar de ese modo se conmovieron hasta las lágrimas”. La atención de los seminaristas era también algo característico, ya fuera en la dirección espiritual – caracterizada por uno exquisito respeto a la libertad de las conciencias – como en las clases y en las tertulias improvisadas que se armaban en torno a su figura, mate de por medio. La colaboración con escritos de gran lucidez – aunque fuera un poco reacio para hacerlo de modo habitual -, se tradujo en algunos célebres, como “La moda del ocultismo” publicado en Mikael o las recensiones hechas para esta revista o, años más tarde, para Gladius.  Fue por esos años, probablemente en 1974 o 1975, que escribió su estudio “De Bello Gerendo”, acerca de las condiciones de la guerra justa en relación al terrorismo marxista. Ese escrito, aprobado por Mons. Tortolo y realizado para asesorar en dicho tema a la Conferencia Episcopal Argentina, es una claro mentís para quienes suelen presentar a Ezcurra o a Mons. Tortolo como cómplices de la represión ilegal. Al contrario, si las indicaciones que allí se contienen hubieran sido aplicadas por quienes tuvieron a su cargo la conducción de la guerra, probablemente muchos de los crímenes cometidos no hubieran existido.

     Durante estos años, fue también habitual su asesoramiento doctrinal a oficiales de la Fuerza Aérea – algunos de ellos héroes que dieron su vida en la Batalla de las Malvinas – y a sindicalistas de tendencia nacional. Lo primero es lo que explica su participación en el levantamiento de Aeroparque y Morón, en diciembre de 1975. Hay una anécdota simpática de aquellos días. Mons. Tortolo- que oficiaba de mediador entre los rebeldes y el gobierno – se encontró de golpe con el Padre Alberto y le dijo: “Padre Ezcurra, ¿no le he dicho que no quiero que se meta en problemas? A lo que el cura, con el sentido del humor que lo caracterizaba, le contestó: “Pero Monseñor, no soy yo el que se mete en problemas, son los problemas los que se meten conmigo”… Al involucrarse en estos hechos, como al hacerlo luego en el conflicto con Chile, en la Batalla por Malvinas, en su relación constante con agrupaciones y publicaciones nacionalistas o del llamado peronismo ortodoxo, y en su vinculación posterior con los “carapintadas”, aunque pueda decirse no sin razón que en ocasiones invadía el campo de las opciones prudenciales y opinables que corresponden a los laicos, no actuaba Ezcurra sin más motivo que el servicio de Dios, de la Cristiandad y de la Patria. Por eso es que su actuación se limitó en general al asesoramiento doctrinal y nunca se comprometió con caminos abiertamente contrarios a la Fe y a la moral católicas. Si pecó por exceso de celo en el fervor patriótico y religioso – tema que habría que estudiar más a fondo,al menos para contextualizarlo – no son precisamente los clérigos comprometidos con las teologías de la liberación de inspiracióm marxista o con el liberalismo católico, ni quienes pecan por omisión al predicar de modo incompleto y heterodoxo la Doctrina Social de la Iglesia,  los que puede levantar el dedo acusador tildándolo de integrista o de clerical. 

        En 1983 soplaron vientos de cambio en torno al Seminario de Paraná, no precisamente en la visión compartida por Sáenz o por Ezcurra. La clara intención de transformar al Seminario según las ideas de cierto “progresismo políticamente correcto” en términos eclesiásticos, obligó a que Sáenz se auto-exiliara en Europa por unos años, a que varios sacerdotes y seminaristas se incardinaran en la diócesis mendocina de San Rafael y a que por fin, el propio P. Ezcurra – luego de una suerte de “negociación” con Mons. Karlic, de la que también se conserva un breve epistolario – se instalara en dicha ciudad, para participar de la fundación del Seminario Diocesano de San Rafael. Fue aquel un tiempo fecundo, tanto para la patria de la tierra como para la patria del Cielo. Por un lado, el famoso responso a Rosas, cuando se realizó la repatriación de sus restos, que Ezcurra coronó con sabias palabras. Y también un tiempo en el que, a la par de su labor como rector y profesor en el Seminario – nacido en la más absoluta pobreza -, Ezcurra profundizó en la belleza y sacralidad de la Liturgia tradicional (antes, durante y después de un importante viaje a Europa), que fue como una caricia de Dios antes de su último gran combate:  la lucha con la enfermedad que lo purificó para que poder estar con la Santísima Trinidad y multitud de camaradas en la Guardia junto a los luceros y en aquel casino de ex combatientes con el cual imaginaba disfrutar de la Gloria accidental del Cielo, recordando viejas historias de guerra. No le faltó el buen humor, tampoco en esos momentos. Como cuenta su hermano Álvaro, el Padre Alberto, una vez enterado de la enfermedad, “decía que iba a festejar navidad en agosto porque hasta diciembre no llegaba”. Y la noche antes de morir, estando otro de sus hermanos en su habitación del Hospital Español, entró una enfermera y le preguntó si quería comer algo. Ezcurra quiso saber qué había y qué podía comer. La enfermera le contestó que había sopa y el Padre Alberto, para no defraudarla - aunque ni siquiera podía tragar - le dijo que  trajera esa comida. Pero apenas ella se retiró,  miró a su hermano, probablemente con cara de complicidad y le comentó: “La verdad es que podría haberme traído un vaso de vino…”. El Padre Alberto Ezcurra murió “en la noche del 26 de mayo de 1993. Tuve el dolor pero a la vez la gracia de presenciar su muerte- cuenta su hermano Álvaro - y encomendar su alma en el instante final. Fue una muerte tranquila, serena, sin estertores. Había recibido los últimos sacramentos y estaba preparado para el cielo. Yo tenía mis manos tomando su mano derecha cuando dio su último suspiro, y en ese momento le dije en silencio: ‘Alberto: si Dios quiere, pronto nos reuniremos en el cielo”. Llevó la enfermedad con heroicidad cristiana, demostrándolo en muchos actos. Por ej. al no interrumpir la atención sacerdotal en momentos de profundos dolores físicos o no dejar de impartir una clase, porque decía: “Físicamente estoy muy mal, pero todavía me funciona el coco y quiero aprovecharlo”. Murió pues, convirtiendo su  partida definitiva en un acto se servicio. Hasta con la delicadeza y otra vez el buen humor de dejar preparado un licor, para que lo tomaran sus amigos luego del deceso. Rito que llevaron a cabo de modo escrupuloso dentro del cuarto que había sido el suyo en el Seminario. En otro contexto, como dice el P. Sáenz, esto hubiera sido una irreverencia. No lo fue para quienes de este modo cumplieron con uno de los últimos deseos de Ezcurra en relación a sus amigos más íntimos. Ezcurra se fue de un modo sencillo, tal vez con aquel martirio pequeño del cual enseñaba que es el que siempre nos pide el Señor a los cristianos. “Hay dos formas de dar la vida por Cristo – sostenía -.Uno puede dar la vida por Cristo en un momento, en un acto de heroísmo sufriendo el martirio. Eso (…) a lo mejor, a alguno (Cristo) se lo pide. Todos tendríamos que estar dispuestos, pero ciertamente el Señor nos pide dar la vida y darla de otra forma. Dar la vida en la fidelidad de cada minuto, en la fidelidad de cada día, en el cumplimiento de nuestro deber, de nuestro deber como hombres y como cristianos, en el trabajo, en la familia, en el estudio, en el deber de estado, en nuestra misión, en el apostolado, en la conquista del reino”. Ese fue el testimonio que nos dejó el Padre Ezcurra, en su vida y en su muerte ejemplar. Frente a la Revolución anticristiana, levantó su divisa: Militia est vita hominis super terram. Y fue fiel a esa divisa. Frente a las modas laicistas, progresistas y masónicas, levantó su consigna: Aunque todos sí, yo no…y fue fiel a esa consigna. Y frente a la tentación de la desesperanza, del celo amargo, de la acedia, nos dejó el ejemplo y la enseñanza de la ortodoxia del buen humor y del buen humor de la ortodoxia: “Quien combate el buen combate de la Verdadafirmaba – necesita del humor como de un ingrediente imprescindible para la salvaguarda de su equilibrio intelectual, psíquico, e incluso hepático. Porque el mal, manifestado en el error, en la mentira, en el pecado, no sólo es trágico y perverso: es cómico, es ridículo. Sería sólo trágico si el principio del mal fuera un Dios malo, como el de los maniqueos o el de los persas. Pero el diablo es una creatura a la que su absurda soberbia lleva a querer igualarse con el Creador. Es el ‘mono de Dios’ y, a la larga, su imitación deviene una parodia lamentable. La Edad Media tomaba muy en serio al Adversario. Pero también sabía burlarlo y burlarse de su jeta siniestra y deforme (…) Quien no sea capaz de comprenderlo, podrá combatir por el Bien y la Verdad, pero su combate adquirirá el tono oscuro y amargo propio del calvinismo o de los jansenistas (…) Quien lucha por la Verdad con amargura, transforma la Verdad en una cosa amarga, que repele y que repugna. No basta luchar por la Verdad: hay que amarla y hacerla amar. Porque la Verdad, que es Bien y es Belleza suprema y armonía, es en sí misma e infinitamente amable”. Por la Verdad, el Bien y la Belleza; por Dios y por la Patria, Ezcurra libró el buen combate e hizo de su vida una milicia, y todo con un gran sentido común y un contagioso sentido del humor. Socio vitalicio del Casino celestial de Ex Combatientes, alegre bebedor de los licores eternos en la Posada del Fin del Mundo, Alberto Ezcurra Uriburu, Patriota de la tierra y patriota del cielo . Nada más

Conferencia pronunciada en el V Curso de Formación, General Alvear, Mendoza, 27/4/2013. Publicada en la Revista Gladius N° 86, Pascua de 2013.