miércoles, 22 de julio de 2020

El móvil de Francia en el bloqueo de 1838 *

Por: Alberto Ezcurra Medrano

    El 30 de noviembre de 1837 –según nos dice la historia– el vicecónsul de Francia en Buenos Aires, Aimé Roger, envió una insolente nota al gobierno de D. Juan Manuel de Rosas.

     Por ley del 1° de abril de 1821 se había extendido «la obligación de enrolamiento y servicio en la guardia nacional a los extranjeros propietarios de bienes raíces, dueños de tienda de menudeo o por mayor, que ejercieren arte mecánica o profesión liberal, y en general a todos los que hubiesen residido más de dos años consecutivos en la provincia de Buenos Aires».

   Esta ley era perfectamente equitativa, pues concedía a los extranjeros ciertos derechos que por entonces eran privilegio exclusivo de los ciudadanos y en compensación les exigía su contribución al mantenimiento del orden público, en el cual ellos también estaban interesados. De acuerdo con ella servían en la guardia nacional los franceses Martín Larre y Jourdan Pons. Este fue el motivo de la protesta del vicecónsul, motivo al cual se añadió la reclamación de libertad para Becle y Lavié, presos por conspirador y por ladrón, respectivamente, y la de Blas Despouy por la clausura de un establecimiento industrial que ya le había sido indemnizado. La nota de Roger decía –entre otras cosas– que «el gobierno francés se consideraba con títulos para reclamar para sus nacionales los mismos privilegios que los ingleses habían obtenido por un tratado». (¡)

    En nota de fecha 12 de diciembre el ministro Arana expresó que examinaría los antecedentes relativos a los casos enunciados en la reclamación, nota que fue contestada por Roger con su acostumbrada altanería exigiendo que el gobierno de Buenos Aires «suspendiera desde luego la aplicación de sus pretensiones» y diera cumplimiento a todo cuanto se le pedía. Una nueva nota circunspecta y comedida del ministro Arana fue seguida de una nueva insolencia del vicecónsul francés, quien solicitaba el inmediato cumplimiento de sus demandas, o sus pasaportes. Arana el 13 de mayo de 1838, le remitió sus pasaportes.

    Pero Roger no obraba por cuenta propia. Era movido por el cónsul Baradère, y tras éste estaba Francia. Por otra parte, mientras se cambiaban estas notas el contraalmirante Leblanc se hallaba en Montevideo al frente de varios buques de la escuadra francesa. De Roger el asunto pasó a Leblanc. Una nota de éste repitiendo y ampliando las exigencias anteriores, fue dignamente contestada por el ministro argentino y Leblanc replicó declarando «el puerto de Buenos Aires y todo el litoral del río perteneciente a la República Argentina, en estado de riguroso bloqueo por las fuerzas navales francesas, esperando las medidas ulteriores que juzgase conveniente tomar».

    ¿Cuál era el móvil de Francia? Los unitarios, que fueron sus aliados, han sido los principales interesados en ocultarlo. La historia escrita por ellos resume ese conflicto de un modo muy sencillo. El «tirano», para distraer la atención del pueblo, «emprendió –dice Rivera Indarte– una lucha injustificada con los agentes de Francia. Desde 1839, perseguidor declarado de la civilización europea, no contento con combatirla por medios indirectos, trató de disminuirla haciendo sufrir a los europeos, y especialmente a los franceses, vejámenes de todo género, para aburrirlos, alejarlos y poner dique a la emigración extranjera». Entonces Francia intervino en defensa de la civilización escarnecida por un déspota. «Por otra parte –comenta otro cabecilla unitario– las dos intervenciones europeas no trajeron ninguna amenaza para la integridad territorial del país. Lo comprueban las protestas constantes de los agentes, de esas intervenciones y sus empeños por atraer a Rosas a razonables transacciones».

    Sin embargo la realidad es otra. Lo prueba no sólo el espíritu de los discursos de Thiers y de los artículos de la prensa francesa, sino la documentación oficial de la época.

   Ya en 1830 M. Cavaillon, vicecónsul francés en Montevideo, envía al Ministerio de Negocios Extranjeros de Francia, un detallado informe en el cual aconseja la conquista del Uruguay, con el objeto de proclamar en él una monarquía bajo el protectorado de Francia. «El soberano del Uruguay –dice el informe– sería francés y traería consigo el número de colonos que creyese conveniente. Sería necesaria la aprobación de don Pedro, y si su hija dejase de ser reina de Portugal, podría volverse reina del Uruguay. Sin gran esfuerzo y con un poco de tacto, las provincias de Entre Ríos y Corrientes, de igual fertilidad que la Banda Oriental, romperían los lazos que las unen débilmente a la República Argentina y entrarían a formar parte del nuevo estado». Cavaillon afirmaba mantener relaciones estrechas con un personaje de Montevideo, y añadía: «Atrayéndose a dos o tres generales conocidos y a tres o cuatro hombres entre los más influyentes, el resto sería cosa fácil». Años más tarde se vería que el gobierno francés no echaba en saco roto estas insinuaciones. El general conocido sería Fructuoso Rivera y entre los hombres influyentes se contarían algunos argentinos, inclusive Florencio Varela.

    En 1835 el cónsul Baradère, –el mismo bajo cuya inspiración actuó tres años después Aimé Roger– remitió al ministerio francés otro interesantísimo informe, en el cual le decía, después de largas consideraciones: «No hay, pues, otro porvenir para estas bellas comarcas, que el que surgirá de un cambio de sistema. Sólo el protectorado de una potencia extranjera o el régimen monárquico pueden imponer en ellas el orden y asegurar su tranquilidad» (Archivo del Ministerio de Negocios Extranjeros de Francia).

    Ya iniciado el bloqueo de 1838, la documentación referente a ese asunto trasluce con igual claridad las mismas intenciones. Así, el almirante Leblanc, jefe de la escuadra bloqueadora, dice en una de sus notas: «Es posible y probable que con los aliados que los agentes franceses se han procurado y los recursos puestos a su disposición, triunfaremos sobre Rosas; pero sería más seguro, más digno de la Francia, enviar fuerzas de tierra que unidas a las de don Frutos y Lavalle concluirán pronto con el monstruo y establecerán de una manera permanente en el Río de la Plata la influencia de la Francia». Y cuando «Don Frutos» gestiona ante los agentes franceses la alianza contra Rosas, los cónsules de Francia y el ya citado Leblanc, de común acuerdo, resuelven «no dejar escapar esta ocasión favorable para someter a Rosas y establecer la influencia de Francia a la vez en Buenos Aires y en Montevideo» (Archivo del contraalmirante Leblanc).

    Naturalmente, la historia subjetiva de los liberales y de los que aun creen a pie juntillas la tradición unitaria, niega hasta lo evidente. Todavía en 1926 se ha escrito esto: «¡Cómo pensar que Francia venía aquí en tren de conquista, sobre todo después de 1806! ¡Cómo no pensar que venía a servir a la civilización y a la libertad, a la población y al comercio!» A esos ciegos, incurables porque no quieren ver, los apostrofa Carlos Pereyra en su magnífico «Rosas y Thiers»:

    «¿Os halaga –les dice– que vuestra patria sea honrada con bombardeos para derrocar despotismos, y esperáis que caído cada tirano se os dejará en pleno goce de vuestra independencia?

    »Estáis en lo justo, hay que reconocerlo. Todas las guerras y todos los tratados que ha hecho Europa en Asia tuvieron por objeto reconocer y consagrar soberanías...

    »¿Por qué? Porque garantizar la independencia de una patria –no digo Corea, sino Portugal o Grecia– es tenerla en un puño.

    »Sólo a las naciones libres así garantizadas se les quita Hong Kong, o se les lleva un ferrocarril a Puerto Arturo, o se les limpian los cofres y vitrinas de los palacios imperiales».

    Por lo demás, no debemos mirar el hecho aislado de la intervención en el Río de la Plata, sino relacionarlo con la política internacional de Francia en aquella época. «¿Cómo es que ninguna República del Pacífico ha sido jamás bloqueada por la Europa?» se preguntaba un eminente escritor unitario, y replicaba: «Porque en ninguna de ellas se ha entronizado un poder reaccionario y perseguidor del influjo europeo, cual es el de Rosas». Ahora bien: tal raciocinio partía de una base absolutamente falsa. Mientras el contraalmirante Leblanc bloqueaba el Río de la Plata, otra escuadra francesa hacía lo mismo con el puerto de Guayaquil, en el Ecuador. Simultáneamente Francia se ponía al habla con el dictador de Bolivia, Andrés Santa Cruz, para bloquear los puertos de Chile. Y en Méjico se iniciaba la injusta «guerra de los pasteles» y el vicealmirante Baudin bombardeaba el viejo castillo de San Juan de Ulúa.

    Se trataba, pues, de una acción conjunta, que tenía por fin construir un nuevo imperio colonial en reemplazo del antiguo deshecho por Inglaterra. A los dominios que le quedaban en América, Martinica, Guadalupe, San Pedro, Miquelon y la Guayana, Francia añadiría el Río de la Plata. No era precisamente una conquista a sangre y fuego. Primero vendría la influencia francesa, el protectorado. Lo demás, sería obra del tiempo y de esa hábil política colonial que constituye la especialidad de ciertas cancillerías europeas.

    Se trataba, por consiguiente, de una guerra, pese a la farsa de la intervención civilizadora y del bloqueo pacífico. Guerra antiargentina y antiamericana, pese a los liberales argentinos que defendieron y defienden los «derechos» de Francia. Así lo entendió, por regla general, la prensa extranjera. «El Noticiario de Ambos Mundos» de Nueva York, decía: «Hemos visto al gobierno de Montevideo dar favor y ayuda a los injustos agresores, lo mismo que a los descontentos de Buenos Aires refugiados allí... En medio de esto un héroe vemos brillar: este héroe es el Presidente de Buenos Aires, es el general Rosas. Llámenle enhorabuena tirano sus enemigos; llámenle déspota, nada nos importa todo esto; él es patriota, tiene firmeza, tiene valor, tiene energía, tiene carácter y no sufre la humillación de su patria». En análogos conceptos abundaban otros periódicos de Inglaterra, España, Portugal, Brasil, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela, que cita Adolfo Saldías en su Historia de la Confederación. Además, los presidentes de Chile y Perú envían sendas felicitaciones al jefe de la Confederación Argentina y en el Parlamento brasileño el diputado Montezuma se expresa en términos elogiosísimos para el mismo.

    Las intenciones de Francia no se convirtieron en realidad. El imperio colonial francés fue reconstruido, pero no en América. Lo fue en África y Asia con Argelia, Marruecos, Túnez, Senegal, Costa de Marfil, Guinea, Somalía, Cochinchina, Cambodge y otros pequeños países que fueron cayendo poco a poco bajo el dominio o el protectorado francés. En el Río de la Plata, Francia no consiguió nada, ni lo conseguiría más adelante en unión con Inglaterra, porque lo impidió Rosas, y más que Rosas el auténtico pueblo argentino que se supo solidarizar con él en aquella terrible hora de prueba.



* En Revista «Baluarte», Buenos Aires, junio de 1933, n° 13.



domingo, 5 de julio de 2020

“Independencia y Nacionalismo”, de Antonio Caponnetto

Por: P. Javier Olivera Ravasi

Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen” –decía– Martín Fierro.

Y sí…, Caponnetto volvió a escribir; pero esta vez sobre historia.

Más que una obra de historia estamos frente a una reflexión histórica que –por esta vez nomás– no tiene un contrincante específico sino más bien una idea impugnante: la acusación contra nosotros, los hispanoamericanos, de que aquí se cometió una felonía contra España ante el hecho de independencia del siglo XIX.

El planteo viene de varios sectores: liberales, carlistas, masones y peronistas, entre otros, sin demasiadas distinciones de credos o ideologías; “estamos, pues, entre dos fuegos. El de la falsificación del pasado, amparado en una falsedad ideológica que existió y acabó dueña del poder. Y el de una ingratitud e injusticia más que hirientes, en la medida que desconoce, rechaza o desaira la enorme realidad del fidelismo americano y argentino a las raíces hispanocatólicas. Lo peor es que, como repitiendo un estigma insalvable que nos viene del siglo XIX, ambos fuegos tienen procedencia española y argentina a la vez” (p. 25)[1].

Es como si fuera un diálogo de sordos con dos independencias, la que Julio Ycaza llamaba “la independencia de los ideólogos” (p. 15) y la verdadera, que quiso ser fiel a España. Pareciera que no basta con repetir que por estos lares “no festejamos la independencia de los que se salieron con la suya” (los liberales); al contrario, “nos abochorna el himno que nos dieron un par de plagiarios rencorosos y nos apesadumbra ese escudo nimbado del sacrílego gorro frigio. Pero amamos nuestra bandera, que lleva los colores de María Santísima” (43). Y es lamentable que algunos hayan “decretado la villanía en bloque de la historia patria y su condena inexorable al oprobio y al cadalso” (p. 19).

La reflexión histórica, lejos de ser un panegírico ciego, intenta seguir la doctrina agustianiana o, más bien, cristiana, que permite ver “la paja y la viga en ojos propios y próximos. Vemos el trigo y la cizaña en las dos orillas de la contienda fratricida. Sabemos que los elegidos y los réprobos se reparten por igual en sendos bandos del litigio. Ni ‘realistas’ fatalmente perversos ni ‘criollos’ ineluctablemente probos” (p. 21). Sin embargo, “la peor leyenda negra resulta hoy la adjudicación de una leyenda rosa a aquellos sectores, como el del revisionismo fundacional o el del nacionalismo católico, cuyo pecado consistiría en haber aceptado la independencia política de España, pero no la desvinculación espiritual y cultural de la misma. La autodeterminación pero no la emancipación” (p. 24–25).

Lo bueno es que el autor se presenta y se define, abreviándole al lector el fatigoso trabajo de investigador de pensamientos ajenos. Escribe desde el “nacionalismo católico” (que, dicho sea de paso, nada tiene que ver con los nacionalismos separatistas europeos, “porque cuesta entender que no todo independentismo es Ben Bella ni todo nacionalismo es la ETA” [44]), definiéndolo como “este intento, deseo, anhelo o ideal –como quiera llamárselo– de reconstituir la cristiandad en el suelo natal (nación) que nos quedó como heredad una vez extinta la Cristiandad (extinta, claro, sin culpa nuestra y a nuestro pesar) (…). Que no quieran entenderlo nuestros amigos españoles, aferrados a una semántica afrentosa que sinonimiza nacionalismo con separatismo o con revolución moderna, lo lamentamos” (87).

Y tiene razón aquí. En España sobre todo, hay un problema terminológico que, incluso muchos de nuestros amigos no comprenden: “nacionalismo” no es aquí ni “separatismo” ni “fascismo”. Pero en fin… No entramos en el tema.

Los más fervientes defensores de España, hubiesen querido seguir bajo su manto. Era ésta la consigna de los devotos libertadores; si no, cabría preguntarse: “¿de qué lado estaban las concepciones católicas y contrarrevolucionarias de la patria, de la nación y del Estado? ¿Estaban acaso en la Casa de Borbón y en la Corte del Corso, o se habían refugiado en estas desangeladas latitudes, donde todavía en 1816 un congreso independentista se atrevió a jurar fidelidad social y nacional a la Inmaculada Concepción, y proclamar un Estado de cristiana sustancia?” (97). No: estaban del lado de la Hispanidad, aunque España estuviera ocupada; pues aquí peleaban leones contra leones” (p. 22). No se puede entonces “reducir la reyerta a una confrontación entre realistas y criollos, porque realistas eran todos. Ni entre españoles y americanos porque los bandos en lid mezclaban por igual uno y otro origen” (31).

Los patriotas, los verdaderos patriotas –y no los que hoy pululan hoy en palomares de bronce defecados– eran monárquicos. Sí señor: la de aquí “no fue una pelea entre realistas y criollos. Realistas los había en los dos bandos de la contienda fratricida” (62). Si parece mentira que hubiese que estar recordando una y otra vez el proyecto “del Gral. José de San Martín para coronar al Príncipe Carlos María Isidro de Borbón Parma. Gran tema –lamentablemente desconocido, omitido o minimizado entre nuestros impugnadores” (56); o el del Gral. Manuel Belgrano quien, en carta al Conde de Linhares (13 de octubre de 1808), le pedía “que medie para que se haga cargo de la situación americana el infante don Pedro Carlos de Borbón y Braganza; y que ‘no se difiera un instante su venida’, ante el temor de que ‘corra la sangre de nuestros hermanos, sin más estímulo que el de una rivalidad mal entendida y una vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata’”. No; no era por la democracia que peleaban, sino por la monarquía, porque –sigue Belgrano– “no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República y que era una monarquía moderada lo que nos convenía. No me gusta ese gorro y esa lanza en nuestro escudo de armas, y quisiera ver un cetro entre esas manos” (58–59).

Y a nosotros tampoco.

Lo cierto es que aquí nos “autonomamos” y nos independizamos para ser fieles a España o, mejor dicho, a lo que España significaba. Y en esto aventajábamos al mismo Fernando VII quien “no trepidó en felicitar a Bonaparte, el 22 de junio de 1808, por haber colocado en el trono de su patria, usurpándolo, a su propio hermano José, diciéndole: ‘No podemos ver a la cabeza de ella [la Nación hispana] un monarca más digno ni más propio por sus virtudes para asegurar su felicidad’” (68–69).

¡Ay, ay, ay, ay! ¡Qué buenos vasallos aquellos! ¡si oviessen buen señor!

Si hasta el mismo Vegas Latapié, autor que no podrá ser tildado de parcialidad para con los hermanos españoles, señaló con una franqueza digna de encomio que “América se alzó inicialmente por la Religión y por el Rey de España contra Napoleón y las funestas y antiespañolas Cortes de Cádiz” (…). Muchas de las autoridades españolas que había en América, afiliadas a las logias masónicas y compenetradas del ideario de los enciclopedistas franceses, trataron de reconocer al rey intruso José Bonaparte, y contra estas autoridades se sublevaron los pueblos todos de Hispanoamérica al grito de «¡Viva Fernado VII!». Levantados los pueblos en favor de la Monarquía Católica” (60). Y continúa: “Argentina, Perú, Colombia, Méjico, Guatemala…, nacidas a la vida independiente en el siglo XIX, hacéis bien y acertadamente al negar ser hijas de la España actual o de la del siglo pasado (…). Más dignos hijos de la España Eterna y de los españoles del siglo XVI son y han sido ecuatorianos como García Moreno, nicaragüenses como Rubén Darío y argentinos como Roberto Levillier” (63).

Es que Inglaterra estaba detrás… “¿Que hubo injerencia británica en los movimientos independentistas americanos? Ya dijimos que sí, y que lo sabemos” (44), pero “es la pura verdad recordar que tenía razón Benito Pérez Galdós, cuando en El equipaje del Rey José, describe a la España sojuzgada de la primera década del siglo XIX, como un pobre territorio dominado, donde ‘los franceses salen por un lado y los ingleses entran por otro’. Tenían razón nuestros pioneros del revisionismo cuando descubrían que John Hooklan Frére, vicecónsul inglés en Cádiz, fue el que fabricó el tristemente célebre Consejo de Regencia y hasta procedió a designar a cuatro de sus cinco miembros” (45).

La verdad fue que “las ‘inmensas regiones aún fieles’ de América (…), se alzaron ‘deseosas de salvaguardar los intereses de la Religión y del Trono’, y para eso tuvieron que romper ‘definitivamente los lazos que las unían con el Gobierno de Madrid (…). Muchos de los primeros en sublevarse en América, de haber vivido en España hubieran sido fieles soldados de Don Carlos (…). San Martín y Rosas, entre otros, se comportaron como proto o cuasi carlistas. Mientras muchos de los llamados ‘realistas’ eran liberales escandalosos” (60–61).

¿Pero cuáles fueron entonces las causas de la independencia? Valga la repetición: “Optamos por la Independencia hispanocriolla y católica, no por la emancipación kantiana, iluminista, suarista, rousseauniana y mitrista. Y nuestra opción no es un festejo ni un fuego de artificio chauvinista o provocación xenofóbica. Es la aceptación dócil a lo real sucedido, procurando extraer de ello la mejor parte (…) ¿Tanto les cuesta a los españoles que nos atacan y a los argentinos de los festejos oficiales entender esta diferencia?” (36). Si hay todavía “algunos que nos señalan con el índice acusador por el delito de leso independentismo” (37).

“Para denunciar conjuras segregacionistas americanas y criollas siempre hay candidatos. Para descubrir detrás de tales planes un par de mandiles, una testa regia britana y una legión de alcahuetes rentados, nunca faltan varones. Para lamentarse de la presunta infidelidad a un imbécil como Fernando VII, sobran los pechos peraltados de españolismo. Para exigir lealtad rioplatense a una corona corrupta y por tal desontologizada de vero hispanismo, siguen haciendo fila los necios” (40).

Sí; adivinó; Caponnetto no lo quiere al rey Fernando. “Los hombres limpios de la Independencia sentían y padecían en carne propia esa ausencia fundante y protectora, unitiva y concorde que se remontaba y los remontaba a los tiempos de Santa Isabel la Católica” (41). “Si el Rey –ese sobre el cual reposaba en primer lugar el pacto de vasallaje– ya no gobernaba, por una mezcla penosa de incompetencia y doblez, cipayaje y entrega, cautiverio y captura forzada, rebelarnos era lo previsto en la misma legislación común. Sublevarnos era obedecer y ser fieles” (42).

Es como dijo Noboa Zumárraga: “La revolución de América contra España, fue antes una revolución de España contra España: la de aquella que nacía a mediados del siglo XVIII contra la tradicional cimentada en la idea monárquica misional y católica” (45). Por ello que “nuestros más límpidos exponentes de la Independencia no aprovecharon a autogobernarse cuando el padre y la madre se habían ausentado de casa, sino cuando constataron el abandono, el maltrato y el dominio autocrático a que esos progenitores los sometían. La fidelidad no tenía fecha de vencimiento, pero caducó ante el delito regio de abandono de sus deberes” (52).

De allí que “no se nos puede acusar de hijos traidores que rechazan sin motivos o por malos motivos a sus padres. Una cosa era el ius resistendi aplicado in extremis contra el monarca canalla y aún contra su desnaturalización del concepto de la monarquía tradicional. Y otra cosa era el rupturismo deliberado y cruel de la Hispanidad. Nos independizábamos del mal rey, no de la tradición política regia. De la carne gangrenada, no del alma imperecedera. ‘De toda dominación extranjera’, según la fórmula acuñada en el Congreso de Tucumán” (56).

Porque resultaba no sólo lícito, sino hasta obligatorio el separarse de esa “tiranía cipaya (…) a la que aluden liberales y marxistas, con sus metáforas hímnicas cargadas de odio, de irreligiosidad y de ignorancia hacia nuestro origen y nuestro ser. Es la que instalaron los borbones con su arribo al trono, empezando por el mismo Felipe V, hasta llegar con sucesivos actos de perfidia al mismísimo Fernando VII. Es la que aparejó un cambio en el concepto mismo de monarquía –despojándola de su impronta misionera y evangelizadora para convertirla en una empresa recaudadora y mercantilista– y acabó por cambiar la fisonomía misma de España (…). Si de algún lado partieron estos males, reiteramos, fue de la Anti–España de los Borbones” (69–70).

Y no sirve la acusación de incluso “cismáticos” por habernos emancipado, pues “desde Pío VII y su famoso Breve Etsi Longissimo Terrarum de 1816, hace bien la Iglesia en bregar por la custodia del orden tradicional en materia política y en desalentar sublevaciones de torcidos signos o rebeliones de equivocada dirección. Hace bien en ilegitimar lo ilegitimable. Pero a no ser que se haya perdido completamente la objetividad, la verdad –merezca el juicio valorativo que mereciere de tirios y de troyanos– es que ningún pontífice condenó –simpliciter, stricto sensu y sine die– la independencia americana, ni excomulgó a sus genuinos adalides (…). Más bien sucedió lo contrario, hasta que las relaciones entre la Santa Sede y los nuevos gobiernos americanos quedaron bajo un clima formal de aceptación y de concordia” (84).

Pues bien; América se independizó y el intento fue bueno, pero el tiempo ha mostrado que hoy no es el sueño de sus libertadores, sino su pesadilla.

“¿Qué hubiera pasado si…?” Digo: ¿y si no nos hubiésemos independizado? “Saber qué nos hubiera pasado, a España y a América, de no haber sucedido la Independencia, es una misión imposible para un intelecto normalmente dotado. Conjeturas e hipótesis son todas ellas bienvenidas, mientras mantengan la cordura básica que los análisis retrospectivos e introspectivos reclaman. Pero reprocharle al ayer un acto legítimo, necesario y prudente, sólo porque fracasó en el intento; y no ser agradecidos a la sangre derramada por la búsqueda de ese intento, se acerca demasiado a esa moral del éxito, de raigambre calvinista, de la que pedimos al buen Dios que nos libre” (108).

*          *          *

En fin; un libro fascinante, documentando y meditado, que resultará de consulta obligada para conocer la postura del revisionismo histórico americano respecto de esta emancipación obligada que tuvimos que cumplir para mantener nuestro apellido materno. Porque el paterno nos lo dio Dios. Católicos e hispanos.


Tomado de: http://www.quenotelacuenten.org/2016/09/20/leido-para-ud-independencia-y-nacionalismo-de-antonio-caponnetto/


lunes, 8 de junio de 2020

EL GOBIERNO DE LA JUNTA GRANDE

Joaquin Campana
Por: Edgardo Atilio Moreno*

Para fines de 1810, el poderoso Secretario de la Primera Junta de gobierno, Mariano Moreno, se había tornado cada vez más impopular. Los únicos respaldos con los que contaba eran el regimiento la Estrella, comandado por su amigo Domingo French, y el pequeño “Club” que reunía a los jóvenes jacobinos, admiradores de la Revolución Francesa, que actuaron en Mayo.

Su intento por desplazar a Cornelio Saavedra, aprovechando el episodio ocurrido en el cuartel de los Patricios, en donde un sargento ebrio ofreció un brindis por el futuro monarca de América, aludiendo a Saavedra, había fracasado.

El decreto de supresión de honores, que dictó a raíz de ello “no solamente agredía a Saavedra, cuyo prestigio se mantenía en el pueblo y los militares, sino que insultaba al pueblo considerándolo desprovisto de luces y lo llamaba vulgo, y descartaba a las señoras de las prerrogativas de sus maridos. Ponerse en contra a los militares, al pueblo y a las señoras de Buenos Aires no lo podía resistir Moreno ni nadie.” (1)

Para el colmo de sus males habían llegado ya a Buenos Aires los diputados de las ciudades del interior, convocados por el Reglamento del 25 de mayo para formar un Congreso General; los cuales, conforme lo disponía la Circular del 27 de mayo, debían incorporarse a la Junta a medida que llegaban, hasta tanto se celebre ese Congreso.

Moreno se opuso a esto, pues los provincianos llegaban dispuestos a poner coto al centralismo porteño y al extremismo revolucionario. La cuestión entonces se sometió a votación. Viéndose superado por la opinión favorable a la incorporación de los diputados del interior, tuvo que ceder, quedando constituida así la Junta Grande.

Amargado por perder su poder, el fogoso secretario  presentó su renuncia y le pidió a Saavedra que lo mandasen como representante a Londres. Lo que fue aceptado.

El día 24 de enero de 1811 partió hacia su destino a bordo una nave inglesa. Nunca llegó. Enfermó durante el viaje y el capitán del buque le suministró un purgante que le provocó -según cuenta su hermano Manuel- una terrible convulsión y la muerte. Envuelto en una bandera inglesa su cuerpo fue arrojado al mar. Algunos dirán después que había sido envenenado, no obstante, como afirma el eminente historiador José María Rosa, “la terrible convulsión que siguió al purgante, los dolores y la muerte son el cuadro son el cuadro de una peritonitis. La leyenda de un envenenamiento no tiene asidero”. (2)

Si bien su muerte no significó la desaparición inmediata del morenismo, la Junta Grande trató de dejar de lado la política extremista, liberal y probritánica del difunto líder. “Las nuevas autoridades se atenían al criterio prudente inicial de la Junta de Mayo: la conservación de los derechos de Fernando VII. En consonancia derogaron el decreto promovido por Moreno, destinado a excluir a los españoles peninsulares del acceso a los empleos públicos”. (3) Así mismo –como dice Federico Ibarguren- “El Contrato Social, edición traducida con prólogo de Mariano Moreno, fue retirado de la circulación publica por el Cabildo ( 5 de febrero de 1811) considerándosele pernicioso a las conciencias y perturbador de la paz pública; se impusieron fuertes restricciones proteccionistas a la introducción de mercaderías tierra adentro por extranjeros (10 de febrero de 1811); mantuvose la censura de prensa sobre temas religiosos (20 de agosto de 1811) y fue organizada la primera expedición armada a Montevideo”. (4)

Estas medidas si bien marcaban el predominio saavedrista en el nuevo gobierno, fortalecido con los diputados del interior encabezados por el dean Gregorio Funes, de todos modos no significaban que el mismo tuviera asegurada su estabilidad. La situación era bastante complicada. En efecto, por entonces llegó a Montevideo Francisco Xavier de Elio, designado Virrey por el Concejo de Regencia y dispuesto a imponer su autoridad a toda costa.  Contaba para ello con el apoyo y la colaboración de Inglaterra que trataba de desalentar cualquier intento independentista en América que distrajera a España de su lucha contra Napoleón. Al respecto afirma José María Rosa que Elio “llegaba con el apoyo del gabinete de Wellesley, pues las exterioridades republicanas y jacobinas de la revolución habían empezado a chocar al gobierno de Londres”. (5)

Una vez instalado el pretenso virrey, lo primero que hizo fue mandar una nota a Buenos Aires exigiendo su reconocimiento, cosa que la Junta Grande se negó hacer, desconociendo -tal como se venían haciendo hasta entonces- toda autoridad  al ilegitimo e ilegal Concejo de Regencia que lo había designado. La respuesta de Elio fue la declaración formal de guerra y el bloqueo a Buenos Aires.

Ante esta nueva escalada del conflicto la Junta recurrió a Lord Strangford, buscando su mediación para que los regentistas levanten el bloqueo. Se daba por sentado que Inglaterra no veía con buenos ojos una medida que perjudicaba su comercio; lo cual no era tan así pues estos podían seguir desembarcando mercaderías en lugares alejados del puerto. De todas formas se le encomendó a Manuel de Sarratea viajar a Rio de Janeiro con ese fin.

La declaración de guerra si bien complicaba el panorama, por otro lado tuvo un efecto positivo. Sirvió como detonante para que muchos se decidieran a luchar del lado de la Junta; entre ellos dos destacados oficiales de las tropas de Elio, José Gervasio Artigas y José Rondeau, que lo abandonaron y se pusieron al servicio de la Junta. Enterados de esto los criollos orientales, el 28 de febrero en los campos de Asencio, se plegaron unánimemente a la revolución. Se daba inicio así  a la insurrección patriota de la campaña oriental, y la idea de la independencia comenzaba a rumiarse en la mente de muchos patriotas.

La revolución del 5 y 6 de Abril

Ante el temor de una invasión de Elio, el día 20 de marzo, la Junta emitió un decreto ordenando la internación en Córdoba de los españoles solteros que vivían en Buenos Aires. La medida cayó mal a la “parte principal” del vecindario, pues la mayoría de los afectados eran dueños o dependientes de las tiendas céntricas. Por lo que el Cabildo, que justamente representaba a los comerciantes y propietarios que tradicionalmente gobernaron la ciudad  y que eran poco afectos a las medidas drásticas y a los cambios revolucionarios; se opuso abiertamente a ella y buscó su anulación.

Tomas Grigera
A los miembros del Cabildo, que ya se encontraban molestos por el predominio de los provincianos en la Junta, el decreto les vino como anillo al dedo para atacar al gobierno. Para ello se aliaron –paradójicamente- con los antiguos morenistas que se congregaban  en la denominada Sociedad Patriótica bajo la dirección del masón Julián Álvarez. Ambos grupos, respaldados por el regimiento de la Estrella,  presionaron a la Junta para que dejara sin efecto la medida. La Junta no tuvo otra opción que ceder. Lo que parecía indicar que tenía sus días contados.

Las críticas a Saavedra y al Dean Funes recrudecieron. Se los acusaba de carlotinos, es decir de ser partidarios de reconocer como soberana a la princesa Carlota (la hermana de Fernando VII, casada con el príncipe Juan de Portugal), lo cual era falso. El infundio se basaba en el hecho de que en 1809 Saavedra había sido convencido por Manuel Belgrano de apoyar las pretensiones de la Carlota, tesitura en la que también estaba Funes. Sin embargo eso había quedado ya muy atrás. Hacía tiempo que todos ellos habían abandonado esa idea.

Lo del carlotismo era en realidad una excusa que esgrimían los miembros del Cabildo y de la Sociedad Patriótica para justificar su intención de desplazar a los hombres del interior y volver al centralismo vigente durante el periodo de la Primera Junta.

Sin embargo sus planes fueron abortados por una asonada popular acaudillada por el alcalde de quintas, Tomas Grigera y el Dr. Joaquin Campana, la que se llamó luego la “grigerada”, en alusión a su líder, o la revolución de los orilleros, por ser sus protagonistas vecinos de las orillas de la ciudad.

Los orilleros –según Vicente López- eran pequeños propietarios que tenían caballo, hogar, y medios de subsistencia a las orillas, en los barrios embrionarios de la ciudad, que poseían un amor exagerado a su tierra, a su libertad, y eran poco simpáticos a las clases dirigentes que habitaban en el centro urbano. (6)

Estos hombres, en la noche del 5 de abril marcharon ordenada y silenciosamente desde las afueras hasta la plaza de la Victoria para exigir la disolución de la Junta y la entrega del gobierno a Saavedra. El petitorio, que se hizo ante el Cabildo, también fue respaldado por los jefes militares de la ciudad, Martin Rodríguez, Ramón Balcarce y otros, con excepción del morenista French.

A pesar del éxito del movimiento, el Jefe de los Patricios se desentendió del mismo, negando tener participación alguna en los hechos y rechazando terminantemente el pedido de los orilleros. Su actitud posibilitó que la Junta se mantuviera en el gobierno y que además se lograra la exclusión de su seno de los morenistas Vieytes, Rodriguez Peña, Azcuenaga y Larrea, los que fueron reemplazados por Campana y otros afines al movimiento del 5 de abril.

Ya con Campana gravitando en la Junta se tomaron algunas medidas para prevenir nuevos ataques: se creó un Tribunal de Seguridad Publica, se disolvió el regimiento la Estrella, y se ordenó el confinamiento de French y de Beruti.

La mediación inglesa

Con su nueva conformación la Junta también endureció su postura frente a los ingleses. Campana, que había luchado contra estos durante las invasiones inglesas no les tenía ninguna confianza ni simpatía.

Cuando volvió Manuel de Sarratea de su misión en Rio de Janeiro con la propuesta de paz pergeñada por Inglaterra para que España pudiera concentrarse en la lucha contra Napoleón, esta fue rotundamente rechazada dado que el Concejo de Regencia insistía en que los americanos debían obedecerles. El documento redactado por Campana en respuesta, de fecha 18 de mayo, decía claramente que “ni la Península tiene derecho al gobierno de América, ni esta de aquella”. Tesis absolutamente correcta pues los Reinos de Indias pertenecían a la Corona de Castilla y a sus sucesores, y no al estado español ni a la nación española; y por ende nadie salvo el Rey podía mandar en América.

La respuesta fastidió a los ingleses y Sarratea fue llamado a concurrir de nuevo a la embajada en Rio de Janeiro. Una vez allí lord Strangford le ordenó que vuelva a Buenos Aires y que procure modificar el criterio de la Junta o bien su composición. (7)

El inglés insistía pues el objetivo principal de su país era derrotar a Napoleón, y a ese objetivo político supeditaban todo, incluso el mantenimiento del libre comercio con América, que por otro lado ya había quedado prácticamente asegurado con la firma del tratado Apodaca – Canning, de 1809. De ahí entonces su afán por lograr un arreglo entre los americanos y el Concejo de Regencia.

Por otro lado, en ese momento la situación de los regentistas en la Banda Oriental era comprometida. Las tropas orientales que fervorosas seguían a Artigas estaban imponiéndose en toda la campaña. Esto llevó a Elio a tomar la funesta decisión de pedirles ayuda a los portugueses, enemigos históricos de los pueblos hispanoamericanos, autorizándolos a ingresar a la Banda Oriental, a sabiendas que estos buscaban adueñarse de ella. El obcecado virrey prefería poner en riesgo la integridad de estos territorios en lugar de buscar un acuerdo razonable con los americanos. Se consumaba así una nueva y flagrante violación al Pacto de Vasallaje  que regía las relaciones entre la Corona y los Reinos de India; y por el cual aquella estaba obligada a conservar la intangibilidad de estos.

El 18 de mayo de 1811 el ejército patriota, al mando de Rondeau, infringió a las tropas de Elio una inapelable derrota en Las Piedras; poniendo a partir de allí sitió a la ciudad de Montevideo. El optimismo por la victoria duro poco. Elio, como represalia ordenó a su escuadra bombardear Buenos Aires y unos días después, el 24 de julio, respondiendo a sus pedidos de auxilio, los portugueses cruzaron la frontera invadiendo la Banda Oriental. La semilla de la secesión de ese territorio del virreinato rioplatense se había plantado.

La caída de la Junta

La situación se agravó aún más al llegar desde el norte las noticias de la terrible derrota de Huaqui. El Ejercito del Norte, que había llegado imparable hasta el rio Desaguadero –al que no cruzó solo por la incomprensible orden dada por Mariano Moreno- se hallaba ahora en un total descalabro y en retirada. (8)

La razón de ello –como dice José Maria Rosa- fue “el relajamiento de la disciplina y la mojiganga antirreligiosa” que tornó impopular a la causa de Mayo en todo el norte. En efecto –continua Rosa- “la actitud antirreligiosa de Monteagudo y los jóvenes oficiales que lo seguían, contra la cual poco hizo Castelli, había dado un vuelco completo a la situación hasta entonces favorable. Día a día los altoperuanos desertaban… A eso vino a agregarse un indigenismo retorico, que no ganó a los indios y sirvió para poner la clase vecinal criolla contra la Revolución”. (9)

Enterada la Junta de lo ocurrido, inmediatamente destituyó a Castelli y a Balcarce del mando del ejército y designó en su reemplazo a Viamonte. No obstante ello, la angustia que generaba la situación en el norte, a lo que se le sumó un nuevo bombardeo de Buenos Aires por parte de Elio, hizo que Saavedra tomara la decisión de ir a ponerse personalmente al frente de los restos del ejército. Su ausencia fue aprovechada nuevamente por el Cabildo y los jóvenes de la Sociedad Patriótica, para continuar con sus ataques a los provincianos y orilleros de la Junta Grande.

Justo en ese momento regresó a Buenos Aires Sarratea con las instrucciones de Lord Strangford para convencer a la Junta de avenirse a un arreglo con Elio. Campana quiso negarse nuevamente pero, ante las presiones del Cabildo y el nuevo contexto, no tuvo otra opción que aceptar iniciar las conversaciones y firmar un acuerdo “preliminar” por el cual se aceptaba abandonar el sitio de Montevideo y enviar diputados a las Cortes de Cádiz. El acuerdo causó indignación en el ejército patriota que sitiaba Montevideo.  Artigas se comprometió a seguir la lucha aun con sus propias fuerzas. Esto impidió su ratificación pero no evitó que Campana y la Junta quedaran en jaque.

A mediados de septiembre los enemigos del gobierno generaron una serie de disturbios protestando porque Campana pretendía que la elección de los diputados de Buenos Aires que debían integrar la Junta Grande se hiciese convocando a todos los vecinos y no solamente a los “principales” como lo pretendía el Cabildo. La Junta en agonía cedió y depuso a Campana. No obstante las protestas continuaron, exigiendo ahora la formación de un nuevo gobierno.

El 23 de septiembre, los conjurados finalmente lograron su objetivo. La propia Junta tuvo que emitir un decreto que -con la excusa de “reducir el gobierno en pocas manos”- disponía la creación de un Triunvirato, integrado por Chiclana, Passo y Sarratea. Con ellos –designado como Secretario- surgía a la vida pública un personaje que en el futuro daría que hablar: Bernardino Rivadavia.

                                                                                                        

Notas:

1.- Rosa, José María. Historia Argentina. T.2. Ed. Juan Granda. Bs As 1967. Pag. 257
2. Rosa, José María. Ob cit. Pag. 262.
3.- Irazusta, Julio Breve historia de la Argentina. Ed. Huemul. Pag 60
4.- Ibarguren, Federico. Las etapas de Mayo y el verdadero Moreno. Ed. Theoria. Bs As. 1963. Pag 111.
5.- Rosa, José Maria. Ob. cit. Pag. 267
6.- Cfr. Rosa, José María. Ob cit. Pag 286
7.- Cfr. Rosa, Jose Maria. Ob cit. Pag. 279.
8.- En su articulo "Miras del Congreso" del 6 de noviembre de 1810, Moreno sostiene que "es una quimera pretender que todas las Américas españolas formen un solo Estado".
9.- Rosa, Jose Maria. Ob cit. Pag. 296.

*Abogado y Profesor de historia

miércoles, 3 de junio de 2020

LOS COLORES DE LA BANDERA

Por: Fernando Romero Moreno

Los colores azul y blanco de nuestra bandera poseen un rico simbolismo, arraigado en la historia más antigua de la Patria. En 1761 el rey Carlos III consagró España y las Indias a la Inmaculada, proclamando a la Virgen María Patrona de sus reinos y diez años después, en 1771, creó una Orden Real en su honor (que aún existe en España), cuyos caballeros debían portar un medallón y una cinta con los colores azul y blanco. Le correspondió luego al rey Carlos IV cambiar la banda real de la Orden, estableciendo una nueva que fuera blanca en el medio y azul en ambos costados. Es la que se ve en los cuadros de Reyes españoles de la Casa de Borbón, tanto en los de la rama isabelino-alfonsina que gobernaron de hecho, como en los de la rama carlista. Estos colores fueron también, en nuestras tierras, los del Escudo de Buenos Aires, los del Consulado porteño, los enarbolados por soldados voluntarios que participaron en la Reconquista de esta Ciudad en 1806 (como distintivo de reconocimiento a la Virgen de Luján) y por los Húsares de Pueyrredón en la Defensa, durante las jornadas de 1807. También fueron usados por algunos partidarios de la Junta de Mayo con posterioridad a su instalación (no French y Beruti, como se sigue afirmando de modo erróneo, quienes el 25 de mayo de 1810 sólo repartieron cintas blancas con la imagen de Fernando VII) y el mismo Belgrano, al disponer que azul y blanco fueran los propios de la escarapela (él dijo “celeste”, que en rigor es una tonalidad del azul, pero esto, que es importante en heráldica, no lo es en vexilología). El 27 de febrero de 1812, siendo las 18:30, a orillas del Paraná y frente a la entonces Villa del Rosario, Belgrano enarboló la bandera celeste y blanca (probablemente con solo dos franjas, blanca la superior y azul la inferior). Las baterías Libertad e Independencia, en cuya cercanía la izara, fueron bendecidas por el Padre Julian Navarro, pero la primera bendición de la bandera propiamente dicha se realizó el 25 de mayo de 1812 en la Provincia de Jujuy a cargo del canónigo Juan Ignacio Gorriti. El 13 de febrero de 1813, en el Río Pasaje (hoy Juramento), las tropas del Ejército prestaron juramento bajo bandera a las autoridades centrales y el 20 del mismo mes y año, lograron una importante victoria en la batalla de Salta, la primera de nuestra historia presidida por la Bandera creada en Rosario.

          ¿Por qué razón eligió Belgrano esos colores? Es mucho lo que se ha debatido al respecto hasta el día de hoy. El comunicado de Belgrano al Triunvirato es muy escueto al respecto: “Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, mandela hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la Escarapela Nacional”. Pero el asunto es más complejo. Lo primero que hay que entender es cómo interpretaba Belgrano la deposición del Virrey Cisneros y la instalación de la Primera Junta en 1810. Así se lo explicaba el 20 de febrero de 1811 al General Cabañas con ocasión de la Expedición al Paraguay: “Soy verdaderamente Católico, Apostólico, Romano y también fiel vasallo de Su Majestad el señor Don Fernando VII (…). Aspiro a que se conserve la Monarquía Española en nuestro patrio suelo si sucumbe la España al poder del tirano, del usurpador más infeliz, Napoleón, cuyo yugo han querido que suframos los malos españoles europeos (es decir los “afrancesados”) y algunos americanos engañados (…). Yo he traído las armas para sostener tan santa y sagrada causa como la sostendré con los míos hasta perder la última gota de nuestra sangre”. Era la misma explicación que dieran por entonces o pocos años después Cornelio Saavedra, Mariano Moreno, Domingo Matheu, el Congreso de Tucumán en su Manifiesto a las Naciones de 1817, el Padre Castañeda, Tomás Manuel de Anchorena y Juan Manuel de Rosas, entre muchos otros protagonistas o testigos de esos hechos. El testimonio de Anchorena interesa sobremanera en esta materia, pues no sólo participó de los hechos del Año X y fue miembro del Congreso de Tucumán, sino que además se desempeñó como secretario de Belgrano en el Ejército del Norte (1).

Lo explicaba precisamente Anchorena en carta a su primo Don Juan Manuel de Rosas con estas palabras: “Vsd. sabe que…se estableció el primer gobierno patrio a nombre de Fernando VII, y que bajo esta denominación, reconociendo por nuestro Rey al que lo era de España, nos poníamos sin embargo, en independencia de esta nación, que consideraba a todas las Américas como colonia suya; para preservarnos de que los españoles, apurados por Napoleón, negociasen con él su bienestar a costa nuestra, haciéndonos pavo de la boda. También le exigimos, a fin de aprovechar la oportunidad, de crear un nuevo título para con Fernando VII y sus sucesores, con que poder obtener nuestra emancipación de la España, y que considerándosenos una nación distinta de ésta, aunque gobernada por un mismo rey, no se sacrificasen nuestros intereses a beneficio de la Península española”. Es lo que expresaba también una Canción Patriótica de aquellos años, que decía:

“La América tiene
el mismo derecho
que tiene la España
De elegir gobierno;
Si aquella se pierde
por algún evento
No hemos de seguir
La suerte de aquellos”

         Además de ese motivo de “fidelidad fernandista”, dichos colores eran los propios del vestido y manto de la Santísima Virgen. Y la naturaleza “mariana” de nuestra bandera no era sólo un efecto traslaticio de sus orígenes borbónicos, sino que respondía a la voluntad explícita de su creador. Así lo explicaba el Padre Alberto Ezcurra, siguiendo una serie de citas documentales y bibliográficas que fueron seleccionadas en su momento por la Revista Mikael, del Seminario de Paraná: “José Lino Gamboa – afirmaba Ezcurra -, que era miembro del Cabildo de Luján junto con un hermano de Belgrano y que estaba allí cuando Belgrano pasa con sus tropas, escribe: ‘Al darle Belgrano los colores azul y blanco a la bandera de la patria había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María de quien era ardiente devoto, por haberse amparado en su Santuario de Luján’. Y el otro testimonio, que es el del Sargento Mayor Carlos Belgrano, hermano de Manuel Belgrano, desde 1812 Comandante Militar de Luján y Presidente del Cabildo de Luján. Y dice Carlos Belgrano: ´Mi hermano tomó los colores de la Bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto’”. Como puede advertirse, todos estos datos y testimonios analizados conjuntamente permiten corroborar la naturaleza tanto hispánica como mariana de nuestra enseña patria, a diferencia de otro tipo de explicaciones o bien ridículas (“los colores del cielo”) o bien insuficientes (los colores de la escarapela a que alude Belgrano, que él mismo había creado). Y por lo mismo no resulta caprichosa la opinión de quienes sostienen que Belgrano también eligió los colores azul y blanco de los Borbones para poder distinguirlos de los ejércitos enemigos que usaban la bandera blanca con la Cruz de San Andrés, siendo también realistas. Esto se explica pues, hasta 1815, la guerra no había sido, en general (nos referimos al Río de la Plata) entre secesionistas y realistas sino entre realistas autonomistas y realistas centralistas. Esos colores de los Borbones le permitían a Belgrano combatir contra el Consejo de Regencia sin que eso significara una rebelión contra el Rey. Con todo, el Triunvirato vio en esto un peligro y le exigió a que no usara la nueva Bandera.

          Con posterioridad a estos hechos y a la Expedición del Ejército del Norte, Belgrano viajó a España por orden del Directorio a fin de parlamentar con el Rey, toda vez que la idea de independizarnos del monarca y no sólo de la España peninsular, era sólo sostenida (en el Río de la Plata) por Artigas (debido a la ocupación de la Banda Oriental por los portugueses a pedido de los realistas centralistas) y por San Martín (convencido que una independencia justificada en fundamentos concretos era la opción más prudente, pues ya no se podía lograr un acuerdo con España, aunque él insistiera entonces y después en procurar una paz honrosa tanto para la Corona como para los americanos). No parece pues que Belgrano haya creado la Bandera con la intención de tener, en ese momento, una enseña “nacional” (la Argentina como tal no existía, sino que todos se reconocían españoles americanos de distintas regiones) aunque sí pudo pensar que serviría como tal, en caso que España sucumbiera del todo ante Napoleón o Fernando VII volviera con imposiciones inaceptables (que es lo que al final sucedió). La misión de Belgrano y Rivadavia en España era felicitar a Fernando VII por su restauración en el Trono, lograr que se garantizase la autonomía al Río de la Plata (tal vez sobre nuevas bases jurídicas) de la que gozaban todos los Reinos de Indias desde 1519 por decisión de Carlos I ( V del Sacro Imperio) junto con su naturaleza de territorios inalienables e indivisibles, e impedir o dilatar la expedición punitiva decidida por el Rey contra los “realistas autonomistas” y los ya declarados “emancipadores”. Los tres derechos de los Reinos americanos (autonomía, inalienabilidad e indivisibilidad) venían siendo conculcados por los sucesivos Reyes españoles de diversos modos desde la llegada de los Borbones. Basta con mencionar el Tratado de Permuta con Portugal (1750) por el que se enajenaron las Misiones Orientales (y que ocasionó la famosa Guerra Guaranítica), el trato de “colonias” que (de hecho y verbalmente) se nos venía dando desde 1768,  la “farsa” de Bayona por la que fuimos entregados a Napoleón, la traición de los “afrancesados” sumisos a José Bonaparte y el ilegítimo Consejo de Regencia (sujeto a la doble influencia inglesa como francesa), etc. A pesar de todo esto (el Manifiesto a las Naciones del Congreso de Tucumán, publicado en 1817 lo dice con claridad), no se rompieron los vínculos de fidelidad con el Rey hasta que Fernando VII mostró con claridad su verdadero rostro, absolutista, vengativo y acomodaticio. (2)

          Belgrano y Rivadavia, en cumplimiento de la misión encargada por el Director Supremo, se dirigieron primero a Brasil, para entrevistarse con Lord Strangford y la Princesa Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII. Algunos por ingenuidad y otros por felonía, confiaban en la mediación inglesa. La realidad es que en 1814 Gran Bretaña había renovado su alianza diplomática y militar de 1808 con España, de modo que no le interesaba alentar independencias, sino sólo garantizar el libre comercio, la libertad de cultos y, en caso de consolidarse comunidades independientes “de facto”, procurar dividirlas en la medida de lo posible (el caso de la Banda Oriental entre nosotros es emblemático). Por eso el embajador inglés animó a Belgrano y Rivadavia a viajar a Madrid para lograr un acuerdo con el Rey y evitar la expedición punitiva, revelándoles al mismo tiempo el plan “cipayo” propuesto por Carlos María de Alvear a Gran Bretaña, que tanto Rivadavia como Belgrano dejaron sin efecto. En cuanto a Carlota Joaquina y al Príncipe Regente, se negaron a recibirlos. En marzo de 1815 ya estuvo claro que las gestiones ante Madrid serían infructuosas y el 17 del mes siguiente se dejó de izar la bandera rojigualda en el Fuerte de Buenos Aires, comenzándose a usar la azul y blanca, aunque no podamos afirmar que haya una relación de causalidad entre uno y otro de los hechos. Sarratea (que ya estaba en Londres desde 1814) junto con Belgrano y Rivadavia, insistieron ante distintas personalidades con otros proyectos, pero todos fracasaron. Belgrano regresó en noviembre de 1815 a Buenos Aires y se convirtió desde entonces en uno de los más ardientes defensores de la Independencia tanto del Rey como de la España peninsular (más no de los valores religiosos y culturales de la Hispanidad) bajo un régimen monárquico limitado. No faltan quienes sostienen que, aun admitiendo la sinceridad del sector “conservador” de las Independencias americanas como los errores de la Corona Española, esos protagonistas no se dieron cuenta que estaban sirviendo sin darse cuenta al objetivo británico de destruir al Imperio Hispánico. Es curioso que varios de ellos desconozcan o no den importancia a los proyectos de mantener unidos los Virreinatos, independientes de España pero aliados de un modo u otro a la Corona de Castilla, como sucediera con la propuesta del carlotismo en el caso de Belgrano, al menos como la explica Lozier Almazán; la de Miraflores y Punchauca en el caso de San Martín, bien analizada por De la Puente Candamo, Steffens Soler o Diaz Araujo; o el Plan de Iguala de Ithurbide, figura defendida, entre otros, por el P. José Macías S.J. Todos estos  planes (pensados para los Virreinatos de Nueva España, del Perú y del Río de la Plata) fueron obstaculizados o por agentes ingleses o por la ineptitud de Fernando VII. Es probable que sí fuera distinto lo sucedido en el Virreinato de Nueva Granada, pero es un caso que debemos estudiar con más detenimiento. Si Belgrano, San Martín o Ithurbide no hubieran tenido en cuenta lo que estaba en juego a nivel internacional, jamás se habrían arriesgado a conducir planes para salvar América y el Imperio Español bajo nuevas modalidades, que les costó la falsificación de sus biografías, la difamación en vida o después de muertos, en algún caso la persecución y el exilio (como  sucediera con San Martín) y en otros la pena de muerte (como pasó con Ithurbide). Es probable que algunos vieran las cosas con más claridad que otros o que fueran descubriendo progresivamente qué papel jugaba Gran Bretaña en todo esto. Pero esos mismos críticos de las independencias americanas (Luis Corsi Otálora, Julio González, Miguel Ayuso, José Antonio Ullate Fabo, Patricio Lons, etc) , no parecen ecuánimes cuando tienen que hablar de la enorme responsabilidad que en esta tragedia tuvieron Felipe V, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV, Fernando VII, el Consejo de Regencia, las Cortes de Cádiz o figuras como Murillo, Valdez o Cevallos.

          Nuestra Independencia se declaró finalmente el 9 de julio de 1816 en Tucumán y el Congreso que la declaró dispuso en 1818 que la enseña creada por Don Manuel Belgrano fuera la Bandera de las Provincias Unidas de Sud América, que con el tiempo darían lugar a la República Argentina. Era una Independencia pensada para conservar unidos al Bajo y Alto Perú, Chile y el Río de la Plata bajo un régimen monárquico y católico. Esa bandera enraizada en nuestra Tradición hispánica y en la devoción a la Virgen (al fracasar el proyecto unitivo surgieron otras tantas banderas como estados nuevos se fueron creando) es la que nos distingue entre los variados pueblos del orbe. Sepamos valorar y defender su simbolismo como su vera historia



Notas:
1)      No es un dato menor saber que la bandera creada e izada por primera vez en Rosario fue confeccionada (según una importante tradición oral) por Doña María Catalina Echevarría, hermana del Doctor en Leyes Don Vicente Anastasio Echevarría (rosarino, quien en el Cabildo del 22 de mayo votara por la deposición del Virrey), amigo de Belgrano y el cual, habiendo quedado huérfano, fuera criado junto con todos sus hermanos por otro vecino ilustre de la Villa del Rosario, Don Pedro Tuella y Monpesan, opuesto (a diferencia de Don Vicente Anastasio) a lo decidido en Mayo de 1810. Tuella, años antes, había compuesto un soneto contra la Revolución Francesa, donde atacaba con brío a los libertinos, jacobinos y bonapartistas, a la vez que defendía a España como madre amorosa (como puede verse, un auténtico “contrarrevolucionario católico” rosarino, de quien nos ocuparemos en otro artículo). Postura que no empaño las buenas relaciones entre Tuella y Echevarría. La bandera original (que no se conserva) fue confeccionada con telas que vendía el propio Tuella.
2)      No olvidemos sus buenas relaciones con Napoleón; su rechazo a los liberales de las Cortes de Cádiz con quienes sin embargo pactó con ocasión de la Revolución de Riego, para luego volver a traicionarlos en 1823; su apoyo a los proto-carlistas del Manifiesto de los Persas, con quienes se comprometió a restaurar la Monarquía Tradicional, para luego dejarlos de lado y reimplantar el absolutismo; y su violación de la ley de sucesión en favor de su hija Isabel, a quien rodeaban los liberales, contra los legítimos derechos de su hermano Don Carlos María Isidro, apoyado por los tradicionalistas.

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miércoles, 27 de mayo de 2020

Libro 1492: Fin de la Barbarie. Comienzo de la Civilización en América

Por: Cristián Rodrigo Iturralde

        El libro 1492: fin de la barbarie y comienzo de la civilización en América (tomo I) fue publicado en agosto de 2014 por Ediciones Buen Combate, y presentado ese mismo mes en el Colegio Público de Abogados de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por Antonio Caponnetto, conjuntamente con el autor, Cristián Rodrigo Iturralde. Meses después, en ocasión al Dia de la Hispanidad, fue presentado por el Dr. Carlos Pesado Palmieri en el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, en CABA, y luego en la localidad de Remedios de Escalada. El libro fue prologado por el Dr. Hugo Verdera. El libro ha sido vendido en todo Argentina y también en el exterior, y puede encontrarse en algunas de las grandes librerías de Buenos Aires, como Yenny.

Los primeros dos tomos del libro narran la situación en la que se encontraban los diversos pueblos precolombinos antes de la llegada de los españoles; señalando, entre otras cosas, la existencia de regimenes totalitarios, esclavismo, pueblos arrollados por las clases dirigentes, de guerras constantes, sacrificios humanos masivos, actos de canibalismo generalizado, etc.

        Para este trabajo, el autor se nutrió particularmente de autores indígenas, de recientes investigaciones, como así también de las crónicas de la época. Recientemente, ha visitado México a fin de poder traer nueva documentación, cual será añadida a una segunda edición del mismo.
Está previsto para el 2015 publicar el segundo tomo de la obra, y para el 2016, la tercera y última parte, dedicada exclusivamente al período español.

Prólogo del Autor

La cuestión de la conquista de América sigue siendo, indudablemente, un tema de actualidad. Para unos, su valoración negativa resulta indispensable para apoyar y justificar abiertamente la causa separatista del indigenismo vernáculo, y a la vez, desentender al continente de su filiación hispana y católica hasta hacer su causa antipática; con el claro objeto de someterlo, cual bastardo, a la dictadura del relativismo moral y religioso propuesto por los mandamás del Novus Ordo Seclorum. Para otros, en cambio, la rememoración de la pacificación americana constituye la última gran empresa del hombre medieval, cristo céntrico y moralista, totalmente contrario al espíritu eminentemente utilitarista propuesto por el renacimiento italiano del siglo XV, racionalista y antropocéntrico; del cual estuvieron imbuidos ingleses, franceses y holandeses -entre los principales- para sus conquistas; donde el valor de una región se medía de acuerdo a los recursos y beneficios materiales que de ella pudieran extraerse.

Entendemos que la intervención de España y la Iglesia en América supusieron la liberación del continente; rompiendo las pesadas cadenas de la mayoría oprimida por los grandes imperios y la tiranía de sanguinarios ídolos. Numerosos son los estudios sobre la acción de ejemplar civilización acometida por España, los pontífices y los misioneros, siendo particularmente digna de mención a este propósito las leyes indianas y su posterior codificación; legislación única y revolucionaria en su época que, entre otras cosas, abrazaba a los nativos de aquellas tierras como vasallos directos de la Corona, con los mismos o más derechos que los europeos; siendo casi todas sus instituciones y costumbres respetadas, menos, claro está, aquellas bárbaras, contra natura, como las del canibalismo y los sacrificios humanos. Es harto claro que la civilización cristiana resultó, primeramente, un beneficio a los mismos indígenas -como ellos mismos lo entendieron prontamente-; hecho demostrado en la cantidad de pueblos aborígenes que abrazaron como suya la causa, luchando codo a codo con los conquistadores españoles contra sus sojuzgadores.

Existen, afortunadamente, numerosas obras acerca de esta realidad, resultando de particular interés aquellas de don Vicente Sierra, Guillermo Furlong, Cayetano Bruno, Díaz Araujo, Héctor Petrocelli y Antonio Caponnetto, por mencionar unos pocos autores de fuste de nuestro país.

No obstante, creemos que para poder apreciar verdaderamente, en toda su magnitud, la obra española -que tan bien relatan los citados autores-, debemos necesariamente adentrarnos de una forma más o menos pormenorizada en los hechos anteriores a 1492, o sea: observar con detenimiento la situación en la que se encontraban los pueblos precolombinos. Es éste el motivo que nos llevó a investigar la América prehispánica. Solo así podremos entender la verdadera significación y extensión de la incursión española en el continente.

En esta primera entrega de la obra, concerniente al período precolombino, procuraremos adentrarnos en las profundidades de aquel Nuevo Mundo, como denominaron los hombres de su tiempo a las Indias Occidentales.

No es tarea sencilla, por cierto. Pues no tratamos aquí con una o dos culturas particulares, sino con cientos de estas; muchas veces radicalmente disímiles; enfrentadas y/o envueltas en encarnizadas e interminables guerras, batallas, vendettas. No puede entonces, generalizarse en torno a esta materia o atribuir a unos pueblos cosas que fueron propios de otros. Algunas de estas sociedades fueron más complejas que otras. Algunas tuvieron algún grado de desarrollo técnico y sentido de justicia, otras vivían en la barbarie total; algunas convivían en asentamientos urbanos sometidos al déspota de turno, otras vivían en las montañas, bosques o selvas, librados a su suerte, y así podríamos seguir ad infinitum.

Naturalmente, por razones lógicas de espacio y tiempo, no podremos detenernos en cada una de estas culturas, por lo que optaremos -a fuer de hacer la obra lo más didáctica y dinámica posible- en centraremos en los elementos que todas ellos tuvieron de común: lo primitivo; llámese guerra, desesperanza, excesos, superstición, etc.

Haremos especial paréntesis en los pueblos más importantes del continente, como los incas, mayas y aztecas, aunque sin dejar de lado completamente a otros pueblos ajenos a la influencia de éstos, como los caribes, guaraníes, chibchas, charrúas o araucanos, entre otros. Iremos penetrando, gradualmente, en el modus vivendi de aquellas sociedades que vivían, mayormente, divididas entre ricos y pobres, sumisos y opresores, nobles y plebeyos. ¿Cuáles eran sus creencias y costumbres, vicios y virtudes, yerros y aciertos, leyes –cuando las tenían-?

Para aquellos desprevenidos, tal vez sea conveniente ponerlos en aviso, desde este mismísimo instante, que la América prehispánica que creen conocer, no es tal. No busquen en este ensayo una América atiborrada de rimbombantes colores –como sugieren los estandartes indigenistas-, pues no los hallaran. Aquella fantasía roussionana, como llamaba Alberto Caturelli al ficticio paraíso terrenal que imaginaron algunos historiadores, no existió jamás. Un autor insospechado, como el antropólogo Marvin Harris, refiriéndose principalmente a los aztecas, se ve forzado a reconocer que:

En ningún otro lugar del mundo se había desarrollado una religión patrocinada por el estado, cuyo arte, arquitectura y ritual estuvieran tan profundamente dominados por la violencia, la corrupción, la muerte y la enfermedad. En ningún otro sitio los muros y las plazas de los grandes templos y palacios estaban reservados para una exhibición tan concentrada de mandíbulas, colmillos, manos, garras, huesos y cráneos boquiabiertos

Empero, podemos prometer luz, mucha luz sobre estas páginas; que jamás es suficiente cuando su beneficiaria es la verdad histórica. Y para ello nos valdremos de toda la documentación y evidencia disponible hasta la fecha, sin desdeñar ninguna por cuestiones de simpatía o afinidad. Así, recurriremos no solo a las crónicas de los conquistadores y misioneros, sino a las mismas fuentes indígenas -códices, iconografía, memoriales- y a la evidencia científica dispuesta por la arqueología y la antropología –que no hace más que confirmar cuanto dijeron los primeros cronistas americanos-.

El nombre que hemos elegido para intitular esta primera parte es políticamente incorrecto, lo sabemos. Pero… ¿Cómo llamar a aquellas culturas -que no civilizaciones- que declaraban nulo el valor de la vida y la dignidad humana, ejecutando y torturando incluso a niños?

La Historia de la América precolombina es, en general, una historia triste, gris, de sufrimiento, viciada de indecibles torturas, de agobiantes guerras e intrigas, de costumbres contra natura, de canibalismo, de sumisión, de superstición, de desesperanza, de despotismo…, que hará recordar no pocas veces a la barbarie y utilitarismo de los regímenes comunistas y de las potencias democráticas aliadas nacidas al calor de la II gran guerra. No obstante, será el lector quien juzgará.

Antes de terminar esta notícula introductoria, debemos señalar que a pesar de haber constituido la brutalidad, en menor o mayor escala, una característica propia y generalizada en casi todos los pueblos del continente, no haríamos justicia a la verdad si dejásemos de mencionar la valentía en grado heroico y honorabilidad de la que usaron no pocos soldados y principales indígenas, principalmente entre tlaxcaltecas, totonecas y texcocanos, combatiendo con denuedo el yugo opresor e imperialista de los aztecas y de distintos dictadores aliados o anteriores a estos. Encontramos numerosos y conmovedores relatos de lealtad y desinteresado arrojo entre españoles e indígenas, donde unos salvaban la vida de los otros y viceversa, incluido algunos casos memorables como aquel donde un tlaxcalteca, y luego un texcocano, salvaron la vida del mismísimo gran capitán Cortes. La acción libertadora de España y los misioneros no se vió privada de suntuosos y generosos gestos de reciprocidad por parte de los indígenas aliados a la causa de la libertad y de la Civitas Dei católica.