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jueves, 28 de abril de 2022

SARMIENTO Y LA PATAGONIA*

 


Por : R.P. Anibal Atilio Rotjer


HOMENAJE SOSPECHOSO

Sarmiento —el hombre del homenaje— debe ser previamente conocido por todos los argentinos para poder luego juzgar si vale la pena honrarle oficialmente en el sesquicentenario de su nacimiento.

Porque no debemos prestarnos a tributar loas inconsideradas a cuanto hombre público apareció en el escenario nacional durante la repartija que siguió a Caseros sin apreciar antes debidamente su valoración histórica en beneficio real del país.

Si no obramos así nos exponemos, con nuestra desaprensiva actitud, a pronunciar tácitamente un juicio aprobatorio de su actuación en bloque, que pudo ser, por momentos, desquiciadora para la nación.

Hay seudopróceres que sólo merecen el repudio unánime de sus conciudadanos; no ciertamente por lo bueno que hicieron y dijeron, lo cual desde luego lo aprobamos y a su tiempo lo señalaremos (pues no desconocemos los aciertos y hasta las buenas intenciones que pudieron tener), ni por sus personas, dignas de nuestro respeto y objeto primario de la caridad cristiana; sino precisamente por todo lo malo, equívoco y tendencioso que dijeron e hicieron y de lo cual no se retractaron.

Por esta sola razón, que todo lo afea y lo corrompe todo, son execrables; cabalmente por ser hombres públicos de gravitación nacional, consagrados históricamente como paradigmas de la argentinidad.

Resultan, en consecuencia, personajes funestos para la formación espiritual de las jóvenes generaciones, que siempre deberán contemplar en los próceres —dignos de tal nombre— modelos que imitar, ya sea en sus virtudes ciudadanas como también en el noble arrepentimiento de sus extravíos.

Si no mediase esta última circunstancia —que honra toda una vida—, se correrá el riesgo de desviar la conciencia nacional por caminos antipatrióticos, que conducirían irremediablemente a la negación de todos los valores que nos enorgullecen como argentinos.

Además debemos precavernos contra la insinceridad de ciertos homenajes que sólo se realizan en honor de determinados próceres con el fin premeditado de exaltar los aspectos heterodoxos de su pensamiento y de su conducta, desestimando deliberadamente lo que aportan de auténticamente constructivo para la nacionalidad.

Lamentablemente todo esto se ejecuta con exclusión de otros próceres, condenados a vivir eternamente anónimos para los argentinos en los homenajes oficiales, y que merecen, como los demás, y a veces más que algunos de ellos, nuestro recuerdo y agradecimiento por las grandes obras que hicieron y por los luminosos ejemplos de virtudes que nos legaron.

En la primera hora de nuestra historia los próceres de la patria inmolaron su vida en los campos de batalla para guardar incólume el patrimonio nacional, y los que declararon la independencia juraron defender nuestra libertad y la soberanea del territorio patrio "con sus vidas, haberes y fama".

Veamos entonces cómo obró Sarmiento siguiendo las huellas de los héroes de Mayo y de Julio; porque esta será la piedra de toque que nos permitirá reconocer en él al compatriota ilustre que merezca o no el homenaje de los argentinos.

SENSACIONAL DESCUBRIMIENTO

Cuando el gobierno argentino, por intermedio de Rosas y su ministro Arana, elevó su formal protesta al gobierno de Chile por el atropello perpetrado en las tierras australes, escribía Sarmiento en su periódico La Crónica, el 5 de agosto de 1849: "Todos mis esfuerzos de contracción se circunscribieron al asunto (sobre las ventajas para Chile de ocupar el estrecho de Magallanes y fundar allí una población), y una vez seguro de que la tentativa era posible, inicié la redacción de El Progreso (en 1842) con una serie de estudios que hoy, despues de ocho años, no son del todo estériles" (1).

Reconoce más adelante "haber inducido y aconsejado con singular tesón al gobierno de Chile a dar aquel paso"; y defiende luego "la colonia, a cuya fundación —dice— había ya contribuido yo con mis escritos" (2).

Estas referencias se relacionan con los ocho artículos que publicó en aquel periódico, desde el 11 hasta el 28 de noviembre de 1842 y que casualmente no se encuentran en ninguna de las ediciones de sus Obras Completas, pero que pueden leerse en  la transcripción del abogado secretario de la Dirección General de Bibliotecas, Archivos y Museos de Santiago de Chile, publicada por el autor de Unión Nacional (3)..

El 22 de noviembre de 1842 afirmaba: "Creemos haber dicho hasta ahora lo suficiente para hacer sensible la necesidad absoluta en que nos hallamos de tomar medidas oportunas para asegurarnos lo que podría pasar a otras manos" (4).

Y como no daba puntada sin nudo, ya había sugerido en El Progreso el 15 de noviembre: "En recompensa de nuestros esfuerzos nos prometemos ser nombrados diputados, cuando menos a alguna legislatura por la provincia de Magallanes, cuyos principios y población habremos favorecido tanto" (5). He aquí la primera cuota del precio de la traición.

Finalmente el 28 de noviembre de 1842 incitaba al gobierno de Chile a decidirse ya; pues "esta habilitación del Estrecho —decía— ha de acarrearnos inmensas ventajas y nos asegurará  un porvenir colosal. ¿Quedaban acaso dudas, después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad de hacer segura la navegación del estrecho y establecer allí poblaciones chilenas? Pero, ¿qué se hará para aclararlas o desvanecerlas? ¿Permanecer en la inacción meses y meses? Nada sería dar el primer paso. Para Chile basta en el asunto de que tratamos decir: ¡Quiero!, y el Estrecho de Magallanes se convierte en un foco de comercio y de civilización. Creemos haber tocado cuando estaba a nuestro alcance para la prosperidad del país y su futuro engrandecimiento" (6)..

Hecho el sensacional descubrimiento: que casi toda la Patagonia argentina pertenecía a Chile, y habiendo iniciado Sarmiento en 1842 una tenaz campaña para que aquel país ocupara ese territorio, era lógico que el gobierno de Chile  se resolviera finalmente a proceder según sus consejos, y organizara la expedición que partió el 21 de mayo de 1841 y ocupó, en nombre de Chile, el 21 de septiembre de ese año, aquellas tierras que la Argentina siempre consideró suyas.

El historiador chileno Diego Barros Arana expresó una gran verdad cuando escribió en su texto de historia: "La ocupación de Magallanes había sido pedida muchas veces por la prensa" (7).

EL RENEGADO

En esos mismos días Sarmiento había renegado de su patria. Era natural que trabajara para hacerse méritos ante la nueva patria adoptiva.

En efecto: el 11 de enero de 1843 declaraba, en el Heraldo Argentino: "Los argentinos residentes en Chile pierden desde hoy su nacionalidad. (Determinación tomada por despecho al producirse la derrota unitaria de Arroyo Grande). Los que no se resignan a volver a la Argentina deben considerarse chilenos desde ahora. Chile puede ser en adelante nuestra patria querida. Todo será desde hoy para Chile, pues el americano se halla en todas partes en su misma patria. Debemos vivir, solamente para Chile, y en esta nueva afección deben ahogarse las antiguas afecciones nacionales" (8).

Sarmiento reclamó para sí la divisa de Pacuvio: "Ubi bene, ibi patria" (donde estoy cómodo, ésa es mi patria). Así piensan también los egoístas que profesan el individualismo liberal y masónico, y los anarquistas y marxistas del comunismo y socialismo: enemigos declarados del verdadero patriotismo.

Cuando intentó tomar carta de ciudadanía chilena se interpuso su compañero Juan Bautista Alberdi que, mientras Sarmiento renegaba de su patria, rehusó mancharse con tal ignominia; y escribió entonces estas patrióticas palabras: "Hoy más que nunca el que ha nacido en el hermoso país situado entre la cordillera de los Andes y el Rio de la Plata tiene el derecho de exclamar con orgullo: soy argentino" (9).

Cuarenta años más tarde en un banquete en Santiago de Chile, recordará Sarmiento su renuncia a la nacionalidad argentina al afirmar en el brindis del 5 de abril de 1884: "Fui chileno, señores, os consta a todos" (10). Esta misma declaración la repetirá el ministro de Chile en la Argentina en el acto de inauguración de la estatua de Sarmiento en Palermo el 25 de mayo de 1900: “Yo soy declarado por unanimidad bueno y leal chileno —dijo Sarmiento—. ¡Ay del que persista en llamarme extranjero!" (11)..

LA TRAICION

Cuando el gobierno de Buenos Aires, salió en defensa de nuestra soberanía patagónica escribió Sarmiento en su periódico La Crónica del 11 de marzo de 1849: Esta querella internacional suscitada por el gobierno argentino "por intereses frívolos y tan a deshora y en que se invierten fondos, tiempo y atención, y que es promovida sólo por gobiernos engañados por una falsa gloria, es ociosa e improductiva para el gobierno que la provoca, y acaso puede desencadenar una guerra por cosas que no merecían cambiar dos notas.. . Tales derechos (de Chile) el gobierno de Buenos Aires debe por decoro cuidar de no atropellar" (12).

Así estimaba —dice Manuel Gálvez— la pérdida para su patria de territorios de formidable valor estratégico: una de las grandes rutas del mundo (13).

Y continúa Sarmiento: "Un territorio limítrofe pertenece a aquél de dos estados a quien aproveche su ocupación sin dañar ni menoscabar los intereses del otro. . . Para Buenos Aires es una posesión inútil. ¿Qué haría el gobierno de Buenos Aires con el Estrecho de Magallanes: país remoto, frígido, inhospedable? Si Chile lo abandonara, ¿lo ocupará acaso Buenos Aires?, ¿y para qué? ¡Que pueble el Chaco y el Sur hasta el Colorado y el Negro y deje el estrecho a quien lo posee con provecho!. . . Magallanes por lo tanto pertenece a Chile por el principio de conveniencia propia sin daño a tercero''(14)

Y no sólo el estrecho sino toda la Patagonia correspondería a Chile según Sarmiento, pues agrega a renglón seguido: "Quedara por saber aun si el título de erección del virreinato de Buenos Aires expresa que las tierras al sur de Mendoza entraron en su demarcación; que, a no serlo, Chile pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las Provincias de Cuyo”(15)

De esta manera, mientras la Argentina protestaba contra el injusto agresor de la patria, y en el Litoral se desangraban sus hijos ante la prepotencia del imperialismo anglofrancés, Sarmiento —aprovechando la angustia nacional— alentaba al invasor para avanzar impunemente en sus posesiones; ocupando no sólo el estrecho sino toda la Tierra del Fuego y la Patagonia hasta La Pampa y el límite con Mendoza.

Al aparecer en La Crónica un nuevo artículo, el 29 de abril de 1849, sus amigos en Buenos Aires se lo criticaron acerbamente, y Bernardo de Irigoyen, desde Mendoza lo trató de "traidor a la patria" (16).

El respondió entonces: "Traten antes de re conquistar sus propias casas amenazadas por los salvajes" y luego preocúpense por conquistar lejanas tierras que son "sin provecho próximo ni futuro". Luego añadía: "En los mapas de Europa la Patagonia figura como tierra no ocupada y ponen los límites a la República Argentina el río Negro al Sur, demarcando separadamente la Patagonia como país distinto... En 1842 insistimos para que Chile colonizase aquel punto. Entonces como ahora tuvimos la convicción de que aquel  territorio era útil a Chile e inútil a la República Argentina; y no sabemos si sería obra de caridad arrebatar el terreno, para poblarlo, a un gobierno como el argentino que no es capaz de conservar poblado el que le dejó la España" (17).

Más tarde, como presidente, despotricará contra "esos chilenos guapetones" a quienes se les fue la mano en sus pretensiones. Pero ¿quién -los azuzó para avanzar en la conquista de la tierra que, según él, no pertenecía a nadie?

ABOGADO DE UN GOBIERNO EXTRANJERO

Para que no quedasen dudas sobre lo que Sarmiento llama "derechos de Chile" resumió todos los antecedentes en La Crónica del 4 de agosto de 1849 para sacar luego la siguiente conclusión: "No me ocurre en mi simplicidad de espíritu cómo se atreve el gobierno de Buenos Aires, en vista de estas demostraciones, a sostener ni mentar siquiera sus derechos al Estrecho de Magallanes; si bien sé que una vez que toma el freno no suele largarlo si no le rompen las quijadas a golpes. Pero, para Chile, para los argentinos y para mí (¡qué! ¿no era argentino?) bástenos la seguridad que ni sombra ni pretexto de controversia le queda con los documentos y razones que dejo colacionados" (18). El patriotismo de los argentinos resulta ser para Sarmiento un simple problema de tozudez equina.

El 9 de diciembre de 1849 zanjó definitivamente la cuestión diciendo en forma apodíctica en su periódico: "Los documentos son pruebas irrefragables contra las pretensiones del gobierno argentino. Sus reclamaciones están desnudas de toda sombra de fundamento"(19)

En Recuerdos de Provincia —primera edición de 1850— se gloriará de su gran hazaña patriótica manifestando que: "La ocupación de Magallanes ha salido de los trabajos de El Progreso; como la reivindicación de los títulos de posesión de Chile salió después de las investigaciones de La Crónica" (20).

La Nación Argentina, diario mitrista, le recordaba a Sarmiento el 4 de' octubre de 1868: "Usted ha sostenido en Chile contra su patria los pretendidos derechos de un país extranjero para despojarle de su territorio.. . No creo que haya ningún hombre, cualquiera sea su nacionalidad, que intente justificar al señor Sarmiento; pues, hasta hoy, todos los pueblos del mundo han condenado del modo más terrible al que atenta contra la integridad del territorio de su país en beneficio de un gobierno extranjero" (21).

Y el 6 de octubre presentaba las pruebas de su acusación y reproducía el artículo de La Crónica encabezándolo con estas palabras: "Sarmiento ha sido abogado de un gobierno extranjero contra su propio país. El ha sugerido, ha propagado y ha hecho triunfar la idea de hacer despojar a la República Argentina de su territorio. El inició, en la prensa la tarea de probar que no pertenecían a la República Argentina sino a Chile los territorios de' la Patagonia"  (22).

Sus amigos, entonces, salen por su defensa desde las columnas de El Nacional, afirmando que lo hizo para atacar a Rosas. Pero La Nación les contesta: "El aconsejar a los gobiernos extranjeros que le arrebaten sus territorios, ¿es atacar a Rosas o a la República Argentina? ¿Son acaso de Rosas las tierras magallánicas o de la República Argentina ?"  (23).

EL PRESIDENTE

Cuando en 1873, al fin de su presidencia, se renovó entre los dos países la querella diplomática sobre los derechos a tales tierras, Sarmiento dijo que era una pretensión torpe querer basarse en aquellos artículos de joven emigrado; y en tal sentido le escribe al ministro plenipotenciario argentino en Chile, Félix Frías, el 20 de mayo de ese año: "Los escritos anónimos de un diario chileno que se proponían ser útiles y cuya redacción se atribuye a un joven emigrado argentino, hoy presidente de esta república (no pueden utilizarse) para comprometerlo (en su cargo, ni se debe) suponer que al Jefe de un Estado lo liguen ideas que pertenecieron a otro país. . . Es verdad que un diario sostuvo estas ideas, pero ellas no llevan nombre da autor. Yo, López (Vicente Fidel ) y Vial redactábamos el diario. Eran anónimos los artículos y no pueden citarse como doctrina de autor aquellas que no llevan su nombre. Todo argumento sacado de allí contra mí es simplemente contra un diario chileno" (24). Luego en su ingenua cobardía, le ruega que no muestre a nadie la carta, y termina suplicándole que por favor lo defienda de sus enemigos (25).  

Sarmiento se olvidó de añadir que él siempre reconoció estos artículos cómo suyos, que los reprodujo varias veces con suma fruición sin negarles su paternidad, y que les agregó otros nuevos argumentos para demostrar mejor los derechos de Chile.

Además, al principio de su presidencia, en 1868, el comandante Luis Piedrabuena —paladín de la causa argentina en las regiones australes e incansable, como Félix Frías, en su patriótica actitud— se había presentado a Sarmiento expresándole sus intenciones de ocupar las costas magallánicas, aprovechando su amistad con los indígenas, y recuperar para la nación lo que por consejo del actual presidente argentino se había perdido en mala hora. ¿Qué le contestó Sarmiento? La respuesta se halla consignada en las Memorias del teniente coronel de la Armada Argentina dictadas a su hijo el 13 de enero da 1872: "Sarmiento me dijo que no teníamos marina, que éramos pobres, que ese territorio era un desierto, y más bien les convenía a los chilenos por ser el paso para el Pacífico. Que, si poblaba con la guardia proyectada, los guardias nacionales tendrían que vivir como perros y gatos con los chilenos; y, por último, que no había gente para darme"(26).

A pesar da tan desabrida y desalentadora respuesta el intrépido capitán llegó por sus propios medios a Punta Arenas en 1869, pero nada se pudo hacer oficialmente por no contar con la ayuda de un gobierno que, por otra parte, gastaba millones en guerras fratricidas —contra el Chacho, el Paraguay y López Jordán—. Con respecto a la Marina el mismo Sarmiento diría el 7 de junio de 1879 desde El Nacional: "Las costas del Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una marina. Líbrenos Dios de ello y -guardémonos nosotros de intentarlo"(27).

EL EX PRESIDENTE

Para corroborar la persistencia en su posición ideológica afirmará en el discurso sobre Darwin pronunciado el 30 de mayo de 1881: "Nunca me mostré muy celoso de nuestras posesiones australes porque no las creía dignas de quemar un barril de pólvora en su defensa" (28).

Igual despreocupación había manifestado en El Progreso del 23 de noviembre de 1842 con respecto a las islas Malvinas: "La Inglaterra —dice— se estaciona en las Malvinas para ventilar después el derecho que para ello tenga.. . Seamos francos: esta invasión es útil a la Civilización v al progreso". Con tal antecedente de usurpación pretendía cohonestar la invasión chilena en territorio argentino.

Sobre este atropello británico reconocen los admiradores de Sarmiento que existe justo motivo de permanente indignación; pero sobre el otro calla la historia oficial, pues el instigador y principal causante fue Sarmiento.

Acertado estuvo el escritor chileno José Miguel Irarrazábal Larráin cuando apellidó a Sarmiento: "El antiguo campeón de los derechos de Chile a la región de Magallanes"; porque, a la verdad, no le faltaron razones para afirmarlo (28).

Acosado por todas partes el expresidente de los argentinos escribió en El Nacional del 19 de julio de 1878: "En el Archivo de Buenos Aires existen millares de piezas en que se declara, como cosa corriente y sabida, que el Estrecho pertenece al virreinato de Buenos Aires. . . En presencia de tales documentos —confiesa— no hay cuestión posible, pues ha desaparecido toda duda" (30).

Pero, entonces, ¿por qué jamás quiso reconocer su error y su traición? ¿Por qué no elogió el patriotismo de Rosas y de Arana, excomulgados hasta hoy del santoral patrio, que prefiere venerar a un impostor? ¿Por qué no ayudó a Piedrabuena en su intento patriótico para evitar la penetración chilena?

Su arrepentimiento es tardío porque tales tierras jamás volverán a ser nuestras; y causa grima, porque en su orgullo mezcla el embuste con la terquedad —como veremos enseguida— imitando a Simón en casa de Caifas cuando decía: "No sé ele qué me habláis. Jamás vi a tal hombre. No lo conozco". Pero, al instante cacareó La Crónica y cantó El Progreso.

En ese mismo artículo de El Nacional vuelve a las andadas, pues no quiere dar su brazo a torcer: "Chile —dice— podía establecer una colonia. España se lo reconoció en 1846... Si hubiera sido un error de mi juventud merecería el perdón por el bien que posteriormente hice al país; si error hubiera, que no lo hubo" (31). "El Estrecho es inútil, la Patagonia inhospitalaria, la distancia enorme.  ¿A qué vendría obstinarse en llevar adelante una ocupación nominal?"(32).

Su arrepentimiento no es sincero. Se ve a las claras. Porque, a pesar de que, por momentos, parece rectificarse, inmediatamente recae en sus prístinos errores y traiciones juveniles de 1842 y 1849, cuando afirmaba que casi toda la Patagonia pertenecía a Chile, o por lo menos hasta el río Santa Cruz.

Félix Frías tuvo que enrostrárselo en el recinto mismo del Senado Nacional en estos términos: "Sarmiento, al fin de sus años, vuelve a sus primeros amores chilenos, cuando tuvo la liviandad de sostener con suma ligereza en la prensa de Santiago que el Estrecho de Magallanes no era argentino"  (33).

Lo mismo le echará en cara el diputado Pedro Goyena en 1883: "Sarmiento, asalariado por Chile, sostuvo que las tierras australes de la República Argentina pertenecían al que arrojaba la moneda a su rostro de escritor venal" (34).

Sarmiento, entonces, contestará en El Nacional del 6 de octubre de 1879, con un ataque injurioso al gran patriota y ferviente católico Félix Frias, que defendía a todo trance nuestros derechos sobre la Patagonia: "Los más imbuidos en los dogmas del cristianismo —dice— son los más tercos y los más rencorosos... (Frías) se mantiene en su rencoroso patriotismo por un despunte de tierras estériles".

SENTENCIADO A MUERTE

Cuando Sarmiento fue, en 1845, a visitar a San Martín, creyó que el libertador lo apoyaría en sus apreciaciones sobre la política de Rosas; pero, quien fue por lana salió trasquilado.

 ¿Qué le respondió San Martín? "Sobre todo tiene para mí en su favor el general Rosas —le dijo— que ha sabido defender con energía y en toda ocasión el pabellón nacional. Por esto, después del combate de Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí  a fundar la independencia americana por aquel acto de entereza en que, con cuatro cañones, hizo conocer a la escuadra anglofrancesa que los argentinos saben siempre defender su independencia" (35).

En carta del 10 de mayo de 1848 escribía San Martín a Rosas en confirmación de estas palabras: "Su obra en defensa de' la patria es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España". Y el 2 de noviembre de 1848 añadía: "Mi respetado general y amigo: Sus triunfos son un gran consuelo a mi achacada vejez. . . Jamás he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse da ninguna concesión humillante, presidiendo usted a sus destinos.. . Por tales acontecimientos reciba usted v nuestra patria mis más sinceros enhorabuenas" (36).

Mientras el héroe de los Andes proclamaba como ideal de toda su vida la independencia nacional a toda costa, Sarmiento y sus parciales disentían con el fundador de la patria. Prefería como ellos, unirse al extranjero, desmembrar la nación y depender de Inglaterra, Estados Unidos y de Francia con tal de gozar, a lo francés o a lo yanqui, de comodidad, de riqueza, de bienestar material y de discutible civilización.

Para tal ralea de seudopróceres Moreno, en el famoso decreto de la Primera Junta del 6 de diciembre de 1810, había dictado ya la sentencia da muerte: "Ningún habitante, ni ebrio ni dormido, debe tener impresiones contra la libertad de su país. Quien ataca los derechos de la Patria debe perecer en un cadalso" (37).

Años después el Gran Capitán, don José de San Martín, confirmaba la sentencia cuando escribió el 10 de julio de 1889: "Lo que no puedo concebir es que haya americanos que' por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria.. . Una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer" (38).

 

 

Notas

1.- Sarmiento. Obras Completas, Tomo XXXV, pp. 30 a 33, Editorial Luz del Día, Buenos Aires, 1948-1956; Ricardo Font Escurra, Unión Nacional, Apéndice de la 3 edición, Buenos Aires, 1941; en Manuel Gálvez, Vida de Sarmiento, Editorial Tor, 3» edición, Buenos Aires, 1957, p. 85.

2.- Op. cit., ibídem.

3.- Font Ezcurra, loc. cit.: Transcripción autenticada de Ernesto Galliano, abogado secretario de la Dirección General de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile, 21 de agosto de 1937.

4.- Transcripción en Apéndice de Unión Nacional, p. 313.

5.- Ibídem, p. 283.

6.- Ibídem, p. 54 de Unión Nacional; en Gálvez, op. cit., p. 85.

7.- Diego Barros Araña, Un Decenio en la Historia de Chile, Tomo I, p. 365.

8.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo VI, p. 105; Font Escurra, op. cit.; en Gálvez, op. cit., p. 89.

9.- Font Ezcurra, op. cit., p. 71.

10.-  En Gálvez, op. cit., p. 427.

11.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 358.

12.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 12.

13.- Gálvez, op. cit., p. 140.

14.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 13

15.- Sarmiento, ibídem, p. 21; Font Ezcurra, op cit., pag 65; en Galvez, p. 141.

16.- Sarmiento, ibídem, p. 24.

17.- Font Ezcurra, op. cit., p. 62; en Gálvez, p. 142.

18.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 40; Font Ezeurra, op. cit., p. 62; en Gálvez, op. cit., p. 345.

19.-  Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 50; en Gálvez, op. cit., p. 148.

20.-  Sarmiento, Obras Completas, Tomo .III: Recuerdos de Provincia.

21.- La Nación Argentina, Biblioteca Mitre; en Gálvez, op. c-it., pp. 293 y 294.

22.-  La Nación Argentina, ibídem.

23.-  La Nación Argentina, ibídem.

24.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 163.

25.- Sarmiento, op. cit., ib. 26

 26.- Armando Braun Menéndez, Pequeña Historia Patagónica,, Editorial Emecé, 3» edición, Buenos Aires, 1959, p. 227: Memorándum del comandante Luis Piedrabuena.

27.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XLI, p. 165.

28.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXX.11, p. 106.

29.- José Miguel Irarrazábal Larráin, La Patagonia, capítulo: Sarmiento y sus variaciones.

30.- Sarmiento, Obras Completas, Tomo XXXV, p. 75.

31.- Sarmiento, ibídem, p. 63.

32.- Sarmiento, ibídem, p. 76.

33.- En Gálvez, op. cit., p. 393.

34.- En Gálvez, op. cit., p. 418.

35.- Pastor S. Obligado, La Nación del 9 de julio de 1894; en Gálvez, p. 121.

36.- Font Ezcurra, op. cit., p. 31.

37.- Gazeta de Buenos Aires, 8 de diciembre de 1810, artículo 11 del decreto.

38.-  Font Ezcurra, op. cit., p. 30.


 * Tomado del libro Algo mas sobre Sarmiento; obra que el R.P. Anibal Rotjer escribió bajo el pseudonimo de Hector Daliadiras

miércoles, 16 de agosto de 2017

¿Fue el general Don José de San Martín masón? (Ultima parte)

POR EL R.P. ANIBAL ROTTJER

6. La Virgen del Carmen, Generala de su Ejército

San Martín, el 5 de enero de 1817, después de haber elegido en junta de oficiales a la Virgen del Carmen como Patrona del Ejército de los Andes, se dispone a solemnizar con emotivas ceremonias religiosas el magno acontecimiento.

La procesión, presidida por los prelados, San Martín y el teniente gobernador, llega de San Francisco a la Matriz, donde se halla la nueva bandera depositada sobre la bandeja de plata. Antes de la misa, San Martín se levanta de su sitial, sube al presbiterio, toma la bandera y la presenta al sacerdote, quien la bendice juntamente con el bastón del General. Al Evangelio, el canónigo Güiraldes pronuncia el panegírico de circunstancias. Terminada la misa, se entona el tedéum, se reanuda la procesión y llegan, al altar del tablado, la bandera y la imagen de la Virgen. Entonces San Martín coloca su bastón de mando en la mano derecha de la Madre de Dios, poniendo bajo su amparo la dirección del Ejército y el éxito de la campaña libertadora.

Dice Capdevila : “Tal ceremonia es un acto religioso típico, que define a San Martín como a un perfecto católico, apostólico, romano, creyente como el que más en la Madre Purísima”.

El 25 de mayo de 1815, ordena como gobernador de Cuyo celebrar con solemne “función de Iglesia” el aniversario de la Revolución ; y el 8 de agosto de 1816, jura con su estado mayor, “por Dios y por la Patria”, la Independencia Nacional. Antes de emprender el cruce de la Cordillera, el Héroe de los Andes oye misa y comulga con todo el Ejército, al que le impone el escapulario de la Virgen del Carmen ; como hizo personalmente Belgrano con los cuatro mil escapularios que le enviaran las monjas de Buenos Aires, colocándoselos a sus soldados en Tucumán, después del triunfo obtenido en el día de la Virgen de las Mercedes. Y San Martín en unidad de pensamiento con su íntimo amigo el general O’Higgins – que juró proclamar a la Virgen del Carmen como Patrona y Generala de los ejércitos de Chile, si lograban las armas patriotas el triunfo de la libertad ; y que después de Cancha Rayada, de rodillas ante el altar de la Reina y Madre del Carmelo, formuló el voto de levantar un templo en el campo de la victoria -, prestó su profunda adhesión a todas las ceremonias que en ese año de 1818 se realizaron en Maipú, celebrando el triunfo con imponentes actos religiosos.

Ya el 16 de julio de 1817, festividad de la Virgen del Carmen, se había hecho la solemne entrega de la medalla de honor a los vencedores en Chacabuco, seguida de una gran procesión, en que participaron las tropas libertadoras ; el 21 de abril de 1818 se oficia, por la victoria de Maipú, una solemne misa en la catedral de Santiago de Chile, a la que asistieron San Martín y O’Higgins, con panegírico del presbítero doctor Julián Navarro.

7. Junto a su dormitorio se oficia diariamente la Santa Misa

En el palacio residencial de San Martín, en Santiago de Chile, junto a la habitación destinada a su inseparable capellán, había una capilla, en la cual campeaba la imagen de la Virgen del Carmen; y además, todos los ornamentos y utensilios litúrgicos para la celebración del Santo Sacrificio. Poseía también, en su casa particular, un retablo de la Virgen de los Dolores, el altar portátil y dos artísticos crucifijos.

El 12 de febrero de 1818, San Martín proclamó solemnemente la independencia de la “nueva patria” de Chile en el primer aniversario de Chacabuco, “a nombre de los pueblos y en presencia del Altísimo”. La ceremonia se realiza frente a la catedral. Monseñor José Cienfuegos, vicario del obispo de Santiago, recibe el juramento de San Martín “por Dios y por la Patria”, poniendo su mano sobre los Santos Evangelios; y todo el pueblo responde arrodillado: “¡Sí, juramos!” Al día siguiente, en la catedral, asiste el General al tedéum en acción de gracias por la reconquista de Chile; y el 14, a la solemne misa cantada, en que pronunció la oración patriótica el capellán castrense Julián Navarro.

8. Su cristiano reconocimiento por la visible protección de la Virgen

El lº de octubre de 1815, San Martín anticipa la victoria a los pueblos de su mando, manifestándoles en su proclama : “…Yo me atrevo a predecirla, contando con vuestro auxilio, bajo la protección del Cielo…”

El 30 de diciembre de 1818, desde Santiago de Chile, aseguraba a los habitantes del Perú, “del modo más solemne”, que la preocupación y los sentimientos de los nuevos gobiernos de América, propendían al “respeto de las personas, de la propiedad y de la Santa Religión Católica ; y les anunciaba que las armas patriotas “habían obtenido señaladamente la protección del Eterno”.

El 19 de agosto de 1820, antes de zarpar de Valparaíso, saluda así a los cuyanos: “…hago votos al Cielo por vuestra felicidad…”; y dirigiéndose a los soldados del Ejército Unido les dice: “Fiado en la justicia de nuestra causa y en la protección del Ser Supremo, os prometo la victoria”.

Al despedirse de sus soldados, en 1822, les dijo: “…ocho años os he mandado y al fin vuestras virtudes y constancia, bajo los auspicios del Cielo, han producido la independencia de la América del Sud” ; y al despedirse de los peruanos : “¡Que Dios os haga felices en todas vuestras empresas y que El os eleve al más alto grado de paz y prosperidad!”

El 12 de agosto de 1818, después de sus victorias, San Martín acredita su sincera devoción a la Madre de Dios y su fervor cristiano, al donar al convento de los franciscanos de Mendoza su bastón de General: “La decidida protección que ha prestado al Ejército de los Andes su Patrona y Generala, Nuestra Madre y Señora del Carmen, son demasiado visibles. Un cristiano reconocimiento me estimula a presentar a dicha Señora, que se venera en el convento que rige V. P., el adjunto bastón, como propiedad suya y como distintivo del mando supremo que tiene sobre dicho Ejército”.

Más tarde envió también la bandera de los Andes, para que fuera custodiada en el camarín de la Virgen del Carmen, la Generala victoriosa de las armas de la patria. Y en carta al gobernador de Mendoza, escrita en Lima en 1821, le recuerda que las banderas tomadas a los realistas, deben depositarse en dicho templo.

El 26 de enero de 1816 escribía a Godoy Cruz, congresal de Tucumán, insistiendo en la necesidad de declarar prontamente la independencia; en cambio, con respecto a la forma de gobierno, só1o le preocupa que el sistema adoptado no manifieste “tendencia a destruir Nuestra Religión”.

El 24 de enero de 1817, escribe su última comunicación al Director Pueyrredón; pues, la expedición ya ha comenzado su marcha a través de la Cordillera; y le anuncia: “Esta tarde salgo a alcanzar las divisiones del Ejército. Dios me dé acierto para salir bien de tamaña empresa… Dios mediante, para el 6 de febrero estaremos en el valle del Aconcagua”.

Y Pueyrredón le contestaba el 1º de febrero de 1817: “Ojalá sea Vd. oído por Nuestra Madre y Señora de las Mercedes”.

Desde Ancón, en 1820, le escribía a O’Higgins diciéndole: “…Nuestros sucesos no pueden ser más prósperos. Dios nos ayuda, porque la causa de América es suya; ésta es mi confianza”. Todo lo calculaba el General, puesta su fe en Dios y en su Madre Santísima.

El día 8 de setiembre de 1820, fiesta de la Natividad de la Virgen María – “el primer día de la libertad” -, desembarca en ]as playas del Perú, y el patriota Hipólito Unanúe le escribe desde Lima : “…Todo esto anuncia un próspero fin, que completará la protección de la Celestial Patrona, en cuyo día puso el pie en estas costas el Ejército Libertador”.

9. Las cartas sanmartinianas, fiel reflejo de su alma cristiana

En las cartas del Libertador, ya oficiales como privadas, San Martín menudea frases que manifiestan su religiosidad y traslucen su espíritu sinceramente cristiano y piadoso. “Gracias a Dios, me encuentro bien… Dios guarde a Vd. muchos años… Con el favor del Cielo… Si Dios nos echa su bendición… Quiera el Cielo guiarnos… Dios ponga un término a esta guerra, cuyos resultados no serán otros que agravar los males .. Dios le inspire acierto .. Dios lo mantenga en tan buenos propósitos… Dios lo deje llegar con bien… Dios le conserve la salud… Dios ponga tiempo en nuestras manos… Juro ante Dios y América… Dios haga, sea el iris de la unión y tranquilidad.. Quiera Dios que al recibo de esta comunicación… Dios conserve la armonía… ¡Gran Dios! Echad una mirada de misericordia sobre las Provincias Unidas… Dios ha escuchado mis votos…”, etc.: son todas expresiones cristianas, que se suman a las ya transcriptas ; y a las que podemos añadir las de las cartas siguientes :

A Miguel de la Barra le decía en 1842: “…gracias sean dadas a Dios, (pues) mi salud quebrantada ha podido soportar estas desgracias”.

Al cuidador de su chacra mendocina, le escribe el 2 de febrero de 1821, desde su cuartel general de Huaura, una carta que refleja elocuentemente la bondad de su cristiano corazón: “…Auxilie Vd. a los pobres con granos y herramientas… no se dé cuidado que, Dios mediante, en concluyendo la campaña (la chacra de) los Barriales tiene que ser el paraíso y el auxilio de todos los infelices; no hay que desmayar, que todo Dios lo tiene que componer… Dios mediante, muy en breve estaremos en Lima”.

En 1836, escribe al general Pedro Molina y le dice: “….como só1o Dios es el que dispone las cosas de esta vida… he reaccionado de los males que me habían llevado al borde del sepulcro”.

En 1822, afirmaba en su carta a Bolívar: “Dios, los hombres y la historia juzgarán mis actos públicos… esperemos serenos los designios de Dios…”

Y el 30 de setiembre de 1823, al contestar la carta de su íntimo amigo Vicente Chilavert, en la cual se advertía que por su situación más descansada, dispondría también de más tiempo para leer su correspondencia, le decía: “…el tiempo, sin embargo, no lo tengo muy sobrante ; pues él es dedicado a prepararme a bien morir… como un cristiano que por su edad y achaques ya no puede pecar, y a tributar al que dispone de la suerte de los guerreros y profundos políticos, las más humildes gracias por haberme separado de unos y de otros”

O’Higgins, en 1836 y 1837, escribía al ilustre proscripto:

“¡ Qué altos son los juicios del Eterno! ¡Qué admirables sus providencias…! No cesemos, mi querido compañero, de rendir millones de gracias a la Majestad Divina, protectora de la inocencia; porque si nos ha dado y nos manda tribulaciones, nos conserva la vida y salud .. evidentemente para que adoremos su providencia y agradezcamos la merced que nos ha concedido…”

A su secretario e íntimo amigo, general Tomás Guido, le comunica el 2 de agosto de 1818: “…para mediados de este mes pasaré la cordillera y espero en Dios que todo se hará felizmente, Diga Vd. al padre Bauzá apronte mi casa para breves días”. El 6 de febrero de 1830 le decía al terminar su carta : “Que Dios lo libre de vivir y morir en pecado mortal, son los votos de su viejo amigo. – José de San Martín”. Y el 3 de octubre de 1816: “Cuénteme lo que haya de Europa y dedique para su amigo media hora cada correo, que Dios y Nuestra Madre y Señora de Mercedes se lo recompensarán”.

“Esta sola expresión – dice Furlong – bastaría para declarar que no só1o era San Martín un hombre católico, sino también un católico piadoso” e hijo amante de la Reina de los Cielos.

10. El gobernante católico

El 8 de octubre de 1821 promulga en Lima el Estatuto Provisional “dado por el Protector de la Libertad del Perú”, como anticipo de la constitución definitiva. “Mi pensamiento ha sido – afirma – dejar puestas las bases sobre que deben edificar los que sean llamados al sublime destino de hacer felices a los pueblos… Luego iré a buscar en la vida privada mi última felicidad y consagraré el resto de mis días a contemplar la beneficencia del Gran Hacedor del Universo y renovar mis votos por la continuación de sus propicio influjo sobre la suerte de las generaciones venideras”. De los 43 artículos citamos el 1º y 3º: “La Religión Católica, Apostólica, Romana, es la Religión del Estado: el gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o privadamente sus dogmas o principios será castigado con severidad… Nadie podrá ser funcionario público si no profesa la Religión del Estado”.

Y el juramento del Protector del Perú lo redactó así: “Juro a Dios y a la Patria y empeño mi honor, que cumpliré fielmente el Estatuto Provisional dado por mí para el mejor régimen etcétera”

Después de haber consultado al arzobispo, monseñor Bartolomé de Las Heras, y a los prelados peruanos para compulsar la voluntad general y haber levantado acta de la decisión unánime por la libertad, declaró solemnemente a la faz del mundo, el 28 de julio de 1821 : “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad de los pueblos y por la justicia de su causa, que Dios defiende”. Al día siguiente se realiza la ceremonia en la catedral de Lima, con misa cantada y solemne tedéum en acción de gracias con la asistencia de San Martín y las altas autoridades civiles, eclesiásticas y militares.

Y como un cristiano homenaje a Santa Rosa de Lima, Patrona de la Independencia Argentina, el Fundador de la Libertad del Perú crea la Orden del Sol, colocándola bajo la especial protección de la virgen americana.

El 19 de enero de 1822, al delegar el mando, emana un decreto que establece en el artículo 4º: “El Supremo Delegado saldrá con la comitiva a la Iglesia Catedral, donde se cantará un tedéum…”

El 20 de setiembre de 1822, al recibir en el sagrado recinto de la Catedral, el juramento de los ministros y diputados : – “Juráis la Santa Religión Católica, Apostólica, Romana, como propia del Estado” -, añadió San Martín: “Si cumpliereis lo que habéis jurado, Dios os premie y si no, El y la Patria os demanden”.

Acto seguido, el deán entonó el tedéum de acción de gracia.; por la instalación del Primer Gobierno Patrio.

Y ante el congreso de Lima, el Protector del Perú, en la sesión de apertura, desciende del alto sitial de gobierno de los pueblos libres, pronunciando estas hermosas palabras: “Al deponer esta investidura, no hago sino cumplir con mi deber y con los votos de mi corazón… Pido al Ser Supremo el acierto, luces y tino, necesarios a los representantes del pueblo, para hacer su felicidad… Que el Cielo presida vuestros destinos y que éstos os colmen de felicidad y paz”.

11. San Martín cumple sus deberes de fiel cristiano

Dice Francisco Gómez, hermano del general Andrés y del coronel Leandro, héroe de Paysandú, que “San Martín era muy religioso. Lo vi varias veces en la (Iglesia) Matriz (de Montevideo en los meses de febrero, marzo y abril de 1829) ; sobre todo en las misas de los domingos, adonde concurríamos infaliblemente. En la capilla del Reducto – fundada por el general Rondeau, durante el sitio de Montevideo – asistió el General (San Martín) a una misa celebrada en esa capilla, en compañía del coronel Eugenio Garzón, quien tenía su cuartel a pocos pasos de la capilla”. Igualmente, durante esos meses, visitó la capilla de la Aguada, para cumplir con sus deberes religiosos.

12. Los funerales del Héroe

El testamento ológrafo de San Martín, escrito en 1844, bajo la impresión de una muerte inminente, es en realidad – como dice Furlong – una simple minuta del verdadero testamento que aún se desconoce; y lo inicia como reza el símbolo de la fe cristiana: “En el nombre de Dios Todopoderoso…”

Vicuña Mackenna refiere que “esa pieza de cincuenta y dos renglones, escrita en una cuartilla de papel, no es un testamento, es un simple boletín como el de Maipo, redactado sobre la almohada, como redactó aquél en el arzón de la silla (de su cabalgadura)”.

“En frases sencillas ordenó sus disposiciones – dice el doctor Villegas Basavilbaso – sin jactancia, humildemente, con fervor cristiano. Inició su testamento “En el nombre de Dios Todopoderoso, a quien reconozco como Hacedor del Universo”, porque creía en Dios, a quien invocó tantas veces en víspera de la gloria”.

La prohibición de los funerales obedece al espíritu sanmartiniano, en oposición a todo lo aparatoso, y nada más. Por eso deudos y amigos cumplieron fielmente con las disposiciones testamentarias ; ofreciendo, no obstante, misas y sufragios, que han sido, seguramente, del agrado del cristiano y austero militar.

“Fiel siempre a sus hábitos modestos – escribió Félix Frías – había manifestado su voluntad de que su entierro se hiciera sin pompa ni ostentación alguna y así se ha hecho”.

Por las cartas transcriptas, nos revela San Martín, que desde 1823, se venía preparando a bien morir; de modo que su deceso repentino, no fue imprevisto para él En el ostracismo tuvo a su lado, en Gran Bourg, al presbítero Bertin, y en Boulogne Sur Mer, el párroco monseñor Benoit Haffreingue, “prelado ilustrado y piadoso”, quien lo asistió espiritualmente en los últimos días de su vida “como un verdadero ministro del Evangelio”; y ofreció luego a su hija la cripta de la Catedral, para que reposaran los restos del Libertador.

Francisco Rosales, encargado de negocios de Chile, que cerró sus ojos “después del repentino ataque, que casi sin agonía puso fin a sus días”, comunicó al gobierno el deceso diciendo: “acabó sus días con la calma del justo”; y Félix Frías, testigo presencial, informa: “Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho. Otro en una mesa, entre dos velas, que ardían al lado del lecho del muerto…

(Su hija y sus dos nietecitas rogaban por él)… Dos Hermanas de Caridad rezaban por el descanso del alma que abrigó aquel cadáver.. El carro fúnebre se detuvo en la iglesia de San Nicolás. Allí rezaron algunos sacerdotes las oraciones en favor del alma del difunto… Después de esa ceremonia el convoy fúnebre continuó hasta la Catedral”. Allí permanecieron los restos de San Martín hasta el 21 de noviembre de 1861, en que, celebrándose solemnes exequias, fueron trasladados a Brunoy. Más tarde, con toda la pompa de la liturgia católica, se celebraron funerales en la Catedral de El Havre, el 21 de abril de 1880, y en las catedrales de Montevideo y Buenos Aires, a fines de mayo; como ya se había realizado en 1850 y l851, en Chile, en Entre Ríos por orden de Urquiza, y en Perú por decreto del presidente Ramón Castilla.

13. Hijo sincero de la Iglesia Católica

“No existe ningún documento para probar que San Martín haya sido masón”. (Ricardo Rojas en “El Santo de la Espada”, Buenos Aires, 1942, p. 70).

“San Martín era un caballero en su proceder, en sus acciones y conducta, cuya bondad de corazón era tan manifiesta como sus grandes habilidades, y a quien era imposible conocer íntimamente sin amarle”. (General Miller en 1853).

“Fue un ejemplo sorprendente de consecuencia, lealtad, patriotismo, fidelidad, desinterés, austeridad y nobleza de alma, Se necesita estar cegado por la pasión de secta para pasar por alto todo el cúmulo de pruebas documentadas que acreditan el catolicismo del Libertador, y obstinarse en llamarlo masón, o católico despreocupado de la doctrina” (Armando Tonelli en “El General San Martín y la Masonería”, p. 138).

“Es sobre todo venerable a mis ojos porque a sus hechos heroicos mereció asociar el título de grande hombre de bien” (Felix Frías),

“Murió sin quejas cobardes en los labios y sin odios amargos en el corazón”. (Mitre).

“Treinta años de calumnias innobles no alcanzaron a hacer subir su palabra de defensa desde su corazón hasta sus labios. La ingratitud no le arrancó una queja”. (Avellaneda).

“(Los peruanos) declaramos ante el universo que San Martín es el más grande de los héroes, el más virtuoso de los hombres públicos, el más desinteresado patriota, el más humilde en su grandeza ; que San Martín a nadie injurió; que sufrió con cristiana resignación los más inmerecidos ataques; aunque retirado en su humilde vida privada, de su boca no salieron revelaciones que hubieran mancillado la honra ajena; de su pluma no se deslizó el corrosivo veneno de la difamación..” (Paz Soldán, 1868).

“Al privarnos la Divina Providencia de un padre tierno y virtuoso, parece que hubiese querido suavizar su dolor, haciendo que sus últimos momentos fueran sin sufrimiento alguno visible y con la serenidad que inspira una conciencia sin tacha”. (Balcarce, 14 de setiembre de 1850, al general Ramón Castilla, presidente del Perú).

“Esta casa estaba santificada a nuestros ojos”, dirá el doctor Gerardi, dueño de la casa en que murió San Martín.

“San Martín fue profundamente cristiano”. (Enrique Tovar en “La Crónica” de Lima).

“…Comandante en Jefe del Ejército de los Andes, rezaba al toque de oración de cada día, y semanalmente escuchaba misa y rezaba el rosario”. (Coronel Bartolomé Descalzo, presidente del Instituto Sanmartiniano).

“Creía en Dios, en la Santísima Virgen, en la ilicitud de la blasfemia, en el Pontificado Romano, en los Sacramentos, y quiso morir como buen cristiano. Era un hijo sincero de la Iglesia Católica. Nadie podrá presentar documentos donde se pruebe lo contrario”. (Trenti Rocamora).

“Era un católico no sólo práctico, sino además ferviente y apostólico”. (Guillermo Furlong, miembro de la Academia Nacional de la Historia).

“Los audaces y atrevidos que han puesto en duda la cristiana devoción de San Martín desconocen su grandeza. Este no fue un hombre capaz de fingir nada. Como lo dijo lo practicó: “O serás lo que has de ser, o no serás nada”. Porque fue lo que debía ser, fue grande entre los grandes”. (Cardenal Caggiano, primado de la Argentina, arzobispo de Buenos Aires y vicario castrense).

Y cumpliendo la vieja sentencia castellana del escudo de armas de la familia San Martín: “Velar se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte”… viven en la inmortalidad [2] .

NOTAS:

[1] Barcia Trelles, Augusto. San Martín en Europa, cap. II, pp. 7 y 72. Zúñiga, Antonio R. La logia Lautaro y la independencia argentina, p. 174, Bs. As. 1922. Genta, Jordán B. La masonería en la Argentina, pp. 8 a 14, Bs.As., año 1949. Furlong Guillermo. El general don José de San Martín:¿masón, católico, deísta?, pp. 72 a 84. Revistas: Símbolo, de octubre de 1950, y Verbum, de agosto de 1947.

[2] Abad, Plácido. El general San Martín en Montevideo. Bazán.- Nociones de Historia Eclesiástica Argentina. Barros Arana, D. – Historia General de la Independencia de Chile. Bueis de Los, A.- Los agustinos en la Argentina. Carbia, Rómulo. – San Martín y la Iglesia. Cartas del Libertador Carranza, A. – San Martín: Su correspondencia. Delfino, H. – La religión de San Martín. Espejo, Jerónimo. – El paso de los Andes. Furlong. – El general don José de San Martín, ¿masón, católico, deísta? y La religiosidad del General José de San Martín. 1920. (Rev. El mensajero del S. Cor. de, Jesús). Gelly y Obes, C. – El libertador general José de San Martín, cristiano por linaje, educación y convicción. Grenon, P. – San Martín y Córdoba. Hudson, Damián.- Recuerdos históricos de Cuyo. Paz, Soldán.- Historia del Perú independiente. Piaggio, Agustín. – La fe de nuestros padres. Ruíz Santana. – Los capellanes castrenses en el ejército argentino. Saldaña Retamar, Reginaldo. – Los dominicos en la independencia argentina. Tonelli, Armando. – San Martín y la Masonería. 1943. – Religiosidad del L.ibertador. Trenti Rocamora.- La creencia religiosa del general don José de San Martín. – Las convicciones religiosas de los próceres argentinos. Varela, L.- Breve historia de la Virgen de Luján. Verdaguer, J. Aníbal. – Historia eclesiástica de Cuyo.


Tomado del libro de Anibal A. Rottjer, La Masonería en la Argentina y en el mundo, Ed. Nuevo Orden, Buenos Aires 1973 (4ª Edición), pp. 397-417.

sábado, 12 de agosto de 2017

¿Fue el general Don José de San Martín masón?

POR EL R.P. ANIBAL ROTTJER

La propaganda masónico-liberal-laicista, que en revistas y periódicos de las sectas en la Argentina presenta ahora a San Martín como al “Gran Iniciado” de las masonerías nacional e internacional, es una de las tantas felonías y burdas calumnias, a las que están acostumbrados los “enmandilados hermanos tripuntes” y a la que hacen coro los falsarios difamadores del fundador de nuestra nacionalidad, con el premeditado propósito de atraer – a los partidos liberales y laicistas – a los ciudadanos sanmartinianos ; despojando al Padre de la Patria de la aureola de auténtica religiosidad que lo muestra a las jóvenes generaciones como el modelo de argentino católico, apostólico, romano y devoto de la Virgen María.

O fue San Martín el mayor hipócrita de nuestros próceres y el más grande farsante de la historia o fue el paradigma de la argentinidad, que se nutre, en su íntima esencia, del catolicismo más leal y ferviente.

La masonería argentina encomendó al político español en el exilio, Augusto Barcia Trelles, grado 33, la tarea de escribir la historia de San Martín para demostrar que el Libertador fue masón e instrumento de la masonería internacional. Barcia Trelles fue Gran Maestre de la masonería y Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo (Apéndice Iº del Espasa, pág. 1321).

En los varios volúmenes de su obra el autor afirma categóricamente que se cumplen tales circunstancias en la vida del prócer máximo de la argentinidad; pero, al llegar a las pruebas de sus aseveraciones, se despacha – muy suelto de cuerpo – diciendo que no se han podido encontrar los documentos respectivos – no solamente en la Argentina, Chile, Perú, Inglaterra y España; sino ni siquiera en Francia y Bélgica, donde seguramente estarían – y esto, porque los archivos de las logias han sido destruidos por los nazis durante la ocupación (?), Y concluye así: “Todas las gestiones por nosotros realizadas hasta hoy, han sido estériles e ineficaces”.

El masón Antonio Zúñiga, director de la biblioteca de la masonería argentina, escribía ingenuamente en su libro sobre la logia Lautaro y la independencia argentina: “San Martín quemó en Boulogne Sur Mer toda su documentación masónica para guardar herméticamente el secreto institucional”, ¿Cómo lo supo? El autor no lo dice [1] .

1. Hábil en la doctrina cristiana

Juan de San Martín y Gómez, invocando a la Iglesia Católica Romana, contrae matrimonio con Gregoria Matorras y del Ser, con el objeto de “servir mejor a Dios Nuestro Señor”. Bendice las bodas, en la Catedral de Buenos Aires, el obispo Manuel Antonio de la Torre, y los esposos forman el nuevo hogar el 12 de octubre de 1770, fiesta de la Virgen del Pilar. El padre, ejemplar caballero por su probidad y honradez, fue sepultado en 1796 en la iglesia castrense de Málaga; y la madre, en 1813, en el convento de Santo Domingo de Orense, “después de confesarse y recibir el santo viático y la extremaunción”. Leemos en el testamento de la virtuosísima y santa madre de San Martín : “En el nombre de Dios Todopoderoso y de la Serenísima Reina de los Ángeles, María Santísima, Madre de Dios y Señora Nuestra… protesto vivir y morir como verdadera fiel, y católica cristiana… el cuerpo quiero sea amortajado con el hábito de mi padre Santo Domingo…”

“La pureza de las ideas católicas de los padres del Libertador – eran ambos terciarios dominicos y cofrades de Nuestra Señora de la Blanca – nos convencen de su tradición auténticamente cristiana”.

San Martín nace a la vida de la gracia en febrero de 1778, y se alista en la Iglesia Católica en el templo parroquial de Nuestra Señora de los Reyes de Yapeyú.

Fue bautizado por el padre Francisco Pera, a los pocos días de nacer, como lo habían sido sus hermanos, y María Elena, su hermana mayor.

Vivió con sus padres en la antigua casa de los jesuitas y se instruyó en la religión en su cristiano hogar y en la escuela de primeras letras de Buenos Aires.

El historiador chileno Vicuña Mackenna refiere que San Martín solía recordar con especial deleite sus juegos infantiles, en que, junto con sus hermanos, solía decir misa revestido con casulla de papel.

“Doña Gregoria Matorras crió a sus hijos en el santo temor y amor de Dios y les inculcó su fe, virtudes y espíritu de sacrificio”. En los cuatro años que frecuentó las aulas del Colegio Imperial de Madrid – “el mejor de la Península” – donde toda la enseñanza se ajustaba “a la conciencia, religión y fe católica” honró el lema del Instituto, que era “formar caballeros cristianos”; ostentando, en el uniforme de colegial, la banda roja, terciada sobre el pecho, donde campeaba la imagen de Cristo.

Durante su carrera militar en Europa, “nada sabemos concerniente a sus ideas y prácticas religiosas” ; pero, es muy significativo el relato de Doublet, el cual refiere que en el motín de Cádiz de 1808, cuando San Martín era edecán del general Solano – linchado en tal ocasión – buscó asilo en una ermita de la Virgen, y el populacho enfurecido le perdona la vida, por haber acogido al patrocinio de la Madre de Dios. Un sacerdote pide clemencia a la turba exasperada, y el joven militar se salva milagrosamente. Al resultar herido en la batalla de Bailén contra Napoleón, el 19 de julio de 1808, la hermana de caridad que le prodigó los primeros auxilios le obsequió un rosario. “San Martín – según el testimonio del coronel Manuel de Olazábal – lo usó siempre y se lo vi suspendido del cuello debajo de la casaca a manera de escapulario. El día 15 de mayo de 1820 me presenté a la revista de Rancagua, a pesar de hallarme todavía enfermo a consecuencia de heridas recibidas en combate. El general me recibió y me entregó su rosario para que me diera buena suerte”.

Esta reliquia religiosa de alto valor histórico se halla depositada junto al sable del Héroe de los Andes, desde el 4 de julio de 1972, en la sala histórica del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín.

El 12 de setiembre de 1812, a los 34 años de edad, San Martín – “hábil en la doctrina cristiana” – contrae nupcias en la Iglesia de la Merced de Buenos Aires con la ejemplar dama porteña María de los Remedios Escalada. Bendijo las bodas el presbítero doctor Luis José Chorroarín ; y el 19 del mismo mes, ambos contrayentes comulgaron durante la misa de velaciones. “No era muy común entonces el comulgar en días de bodas”, dice Furlong; pero San Martín, como buen católico oye misa, confiesa y comulga al construir su cristiano hogar.

2. Su corazón religioso y compasivo

Después del combate de San Lorenzo, encarga al guardián del convento la celebración de varias misas, para rezarse, durante el mes de febrero de 1813, por los caídos en la refriega; y otras, con tedéum, en acción de gracias por la victoria Coloca cruces sobre las tumbas de los muertos – como lo hará también en Chacabuco – y acepta con satisfacción cristiana y agradece afectuosamente los servicios espirituales, que el presbítero Julián Navarro y los treinta franciscanos prestaron heroicamente a la tropa.

En carta del 5 de febrero de 1813, el padre guardián Pedro García habla del “religioso y compasivo corazón” de San Martín, quien les consigue cuanto piden, apuntando en su declaración al gobierno : “es notoria la decidida adhesión de aquella Comunidad a la sagrada causa de América, de que he sido testigo”. Luego cumplimenta a los frailes en una carta desbordante de afecto hacia los ministros de Dios : “Los beneficios del convento de San Carlos están demasiado grabados en mi corazón para que ni el tiempo ni la distancia puedan borrarlos… Diga Vd. un mi11ón de cosas a esos virtuosos religiosos ; asegúreles usted los amo con todo mi corazón; que mi reconocimiento será tan eterno como mi existencia. Besa su mano, José de San Martín. Buenos Aires, 16 de mayo de 1813”.

Y el 26 de julio, Azcuénaga les comunica que la Soberana Asamblea “ha tenido a bien concederles titulo de ciudadanía”.

3. La Virgen María, objeto de su devoción

Desde 1813, San Martín llevó siempre consigo el relicario de la Virgen de Luján, obsequio de su esposa, “que morirá como una santa” ; y desde 1823 guardó religiosamente sobre su pecho la preciosa reliquia, según testimonio del nieto del general Olazábal, quien la entregó al museo de la histórica villa.

En 1818, después de la campaña de Chile y antes de libertar al Perú, San Martín se dirige a Buenos Aires y aprovecha el viaje para postrarse ante la Imagen de la Virgen de Luján, dándole gracias y pidiéndole su bendición. Y en 1823, en su último viaje de Mendoza a Buenos Aires, al pasar por Luján, fue nuevamente a los pies de la Virgen para agradecerle el feliz éxito de sus campañas, consolarse de la muerte prematura de su fiel esposa e implorar su auxilio en la adversidad y en el ostracismo, lejos de la Patria que había fundado.

El piadosísimo general Belgrano le escribe desde Loreto (provincia de Santiago del Estero), ofreciéndole en su enfermedad la amistad y los cuidados pastorales del cura de Santiago, presbítero doctor Pedro Francisco Uriarte, que lo saludará y lo atenderá en su nombre, durante su permanencia en la ciudad.

Luego, el 6 de abril de 1814, le dice : “Mi amigo : La guerra no só1o la ha de hacer Vd. con las armas sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas… El ejército se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos .. Añadiré únicamente que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala, y no olvide los escapularios a la tropa… Acuérdese Vd. que es un general cristiano, apostólico, romano ; cele Vd. de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto a cuanto diga a nuestra Santa Religión…”

El 8 de mayo de 1814 se hacen públicas rogativas en Córdoba por la salud de San Martín, que vivió retirado en la hacienda de Pérez Bulnes en Saldán, desde mayo hasta agosto de ese año. Allí existía un oratorio público dedicado a Nuestra Señora del Carmen y era el lugar de reunión de los vecinos, los cuales escuchaban la misa dominical con el ilustre enfermo. El 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, en ese preciso lugar, pactaron “amistad y alianza eternas”, los dos íntimos amigos : San Martín y Pueyrredón.

Por mucho tiempo llevó San Martín entre sus maletas y útiles, durante sus campañas, un cuadro de la Virgen del Carmen, de 38 por 31 pintado al óleo sobre tela, que luego obsequió a su fiel amigo el general Las Heras. Esta imagen se halla hoy en Córdoba, en el museo particular del ingeniero Castellano.

Existe también en el museo sanmartiniano de Mendoza una estatua de la Virgen del Carmen, que el general veneraba en su dormitorio.

Participación activa en los actos del culto católico. Medidas de gobierno

Durante los años 1815 y 1816 en el campamento del Ejército Libertador “se decía misa los domingos y días de fiesta y se observaba el descanso dominical. En el centro de la plaza se armaba una gran tienda de campaña, allí se colocaba el altar portátil y decía misa el capellán castrense o alguno, de los capellanes… Los cuerpos formaban frente al altar… presidiendo el acto el general, acompañado del resto del estado mayor. Concluida la misa, el capellán dirigía a la tropa una plática de treinta minutos”. Diariamente “se rezaba el rosario por compañías, así lo hacía también el devoto general Belgrano en sus triunfos de Tucumán y Salta y en Vilcapugio y Ayohuma durante la retirada ; pues “aún flamea en nuestras manos la bandera de la Patria”, decía a sus soldados, y en medio de la derrota “hay un Dios que nos protege”.

“En todos los aniversarios patrios, en todas las grandes efemérides eclesiásticas, antes y después de cada acción de guerra, el Ejército de los Andes, con San Martín al frente”, participaba activamente en los solemnes cultos religiosos que se oficiaban.

Al predicarse en Mendoza una misión decretó, con fecha 31 de mayo de 1815, que todas las tiendas y pulperías permanecieran cerradas desde el atardecer (hora de la oración) ; a fin de que la población pudiera asistir cómodamente a los sermones y prácticas piadosas.

En la Semana Santa de ese año, puso en la orden del día del jueves, que “todos los jefes y oficiales debían concurrir a la casa de San Martín para andar las estaciones”, o sea, visitar los Monumentos.

Aún se conserva la imagen de la Virgen que se veneraba en el oratorio de la casa de la familia Segura, cerca de El Plumerillo. “Allí realizó sus consoladores ejercicios religiosos y oyó sus misas dominicales (antes de la instalación de los cuarteles) el Libertador de Chile y el Perú, general don José de San Martín ; y en recuerdo de aquellos días de fervorosa actividad, obsequió a la capilla un Cristo, adquirido en la capital peruana”, Por la tarde, solo o acompañado de O’Higgins, recorría los cuarteles y, al pasar delante de la capilla, muchas veces se apeaba del caballo y entraba en la humilde iglesita para adorar a Jesús Sacramentado.

El 9 de noviembre de 1815 manifiesta al secretario de Guerra – “con el convencimiento de un creyente sincero” – la necesidad de proveer de un vicario castrense al ejército, a fin de que estuviera mejor atendido “en sus ocurrencias espirituales y religiosas” ; y propone al presbítero doctor José Güiraldes. Interesóse porque la tropa tuviera comodidad de frecuentar los Santos Sacramentos, y escaseando los sacerdotes capellanes, pide a Luzuriaga, el 28 de octubre de 1816, que no sólo se atienda a esa necesidad, sino también a la capellanía del hospital, con los confesores religiosos de la ciudad, “de suerte que en la casa nunca falte un capellán confesor, que asista a toda hora a las urgencias espirituales de los enfermos”.

Relevado del gobierno de Cuyo, en setiembre de 1816, redacta el “Código de Deberes Militares y Penas para sus infractores” ; y siguiendo el ejemplo de Belgrano, suprime del Código Militar Español lo referente al duelo, como contrario a los principios católicos; a pesar de la resistencia de algunos oficiales. Dice Hudson que “San Martín expidió una orden del día prohibiendo el duelo bajo severas penas y no volvieron a aparecer en el Ejército de los Andes esos tan punibles hechos”. El primer artículo del Código Militar de San Martín reza así : “Todo el que blasfemare el Santo Nombre de Dios o de su adorable Madre e insultare la Religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público por el término de ocho días; y por segunda vez, será atravesada su lengua con un hierro ardiente y arrojado del Cuerpo”. Para el Gran Capitán el respeto a la Religión y el culto de Dios y de la Santísima Virgen tuvieron siempre un lugar de preferencia.

“Las penas aquí establecidas – dice el último artículo del Código – serán aplicadas irremisiblemente. Sea honrado el que no quiera sufrirlas. La Patria no es abrigadora de crímenes. Cuartel General en Mendoza, setiembre de 1816. (Fdo.) José de San Martín”.

4. Fervorosa adhesión a la jerarquía eclesiástica

Los sacerdotes y religiosos apoyaron a San Martín en su obra de gobierno y en la preparación de la magna empresa, porque lo conocían católico sincero y padre de la Patria. En el Cabildo Abierto del 15 de febrero de 1815, el cura de Mendoza, Domingo García, y los superiores de las comunidades religiosas, deciden el voto de resistencia al decreto de Alvear que retiraba a San Martín del gobierno de Cuyo. A este voto se adhieren los curas y frailes puntanos y sanjuaninos. Los priores, guardianes y presidentes de los dominicos, agustinos, franciscanos, mercedarios y betlemitas: Rocco y Salinas, del Castillo, Sayós, Vera, Flores Hurtado, Alvarado, Ortega, Maure, Olmos, Moreira, Rodríguez, Guiñazú, Romero, Centeno, etc…, cederán, para cuarteles, sus conventos en San Juan y Mendoza, sus rentas, sus esclavos, sus campos de pastoreo y sus campanas para proveer al Ejército de los Andes. Los curas y frailes puntanos, sanjuaninos, mendocinos y chilenos como fray Luis Beltrán, fray Justo Santa María de Oro, Morales, Lamas, Coria, Inalicán, Sarmiento, San Alberto, etc…., serán los eficaces auxiliares del Gran Capitán en la obra patriótica que tiene entre manos y mientras dure la campaña libertadora. En Cádiz trabó amistad con varios sacerdotes logistas, como Fretes, Anchoris y Arizpe, que lo decide a ingresar en la Logia y abandonar las filas del ejército español ; en Perú, con los presbíteros Requena, Arce, Paredes, Echagüe, Tramania ; y en Buenos Aires, con los diputados de la Asamblea del año XIII y los “hermanos” de la Logia Lautaro : presbíteros Chorroarín, Sáenz, Grela, Gómez, Gallo, Pedro y Mateo Vidal, Argerich, Sarmiento, Perdriel, Amenábar, Fonseca, Cayetano Rodríguez, Pacheco de Melo, Thams, Díez de Rámila, Larrañaga, Salcedo, Toro, Medina, Rivarola, etcétera…

Los nombres y las patrióticas benemerencias de más de un centenar de estos sacerdotes, amigos íntimos de San Martín, se hallan consignados en el artículo publicado en el diario “El Pueblo” de Buenos Aires de los días 13 y 20 de agosto de 1950 con el titulo de “Sotanas y Sayales Sanmartinianos”, y en el libro “Fi1ón de Patria” de la editorial Santa Catalina.

“Es indudable que siempre contó entre sus mejores amigos a los eclesiásticos y miembros de las órdenes religiosas”.

San Martín quiso tener siempre a su lado al capellán ecónomo y secretario privado, doctor fray Juan Antonio Bauzá, que vivía con él, llevaba cuenta minuciosa de sus gastos y era su confidente y buen samaritano en sus frecuentes enfermedades. Su correspondencia epistolar con el Héroe de los Andes, posterior a su campaña libertadora, nos revela a San Martín “como un excelente católico”. En las “Cuentas y Gastos” del Gran Capitán apunta el estipendio con que el “piadoso y cristiano general” gratificó al padre Sayós por el sermón que le mandó predicar en acción de gracias por el triunfo de Chacabuco; lo abonado por la invitación a la fiesta de Nuestra Señora del Carmen y el costo del cuadro del apóstol San Matías; y la limosna a la abadesa de las monjas capuchinas, las cuales después de Maipú, dedicaron una inspirada poesía a San Martín, elogiando su brillante actuación y su acendrada fe religiosa.

Al regresar enfermo a Chile a fines de 1822, nadie podía entrar en su habitación “sino el Director Supremo y el padre Bauzá, que se quedaba todo el día” junto a su lecho.

Mientras permaneció en San Juan, durante los meses de julio y setiembre de 1815 y octubre de 1818, prefería alojarse en el Convento de Santo Domingo, tratar, en la tranquilidad del claustro, los asuntos del Estado, recibiendo allí a los funcionarios y al pueblo; y sentarse a la frugal mesa de los religiosos, departiendo amigablemente con ellos y con su diputado, fray Justo Santa María de Oro, en la “celda de San Martín” que se conserva todavía como reliquia nacional.

Al ser nombrado gobernador de Cuyo, envía su primera carta al cura vicario de Mendoza, presbítero Domingo García y Lemos, reconociendo en el prelado patriota a la autoridad espiritual de su provincia: “…mi marcha (a ésa) – le dice – será mañana, para que no se retarden los deseos que me acompañan de dedicarme al servicio de la Patria y de vuestra merced a quien me ofrezco cordialmente… Córdoba, 25 de agosto de 1814”.

San Martín, obsequioso con la Santa Sede, presentará personalmente, “haciendo exhibición de mucha cortesía”, su filial homenaje a monseñor Juan Muzi, los días 6 y 7 de enero de 1824, durante la semana que el delegado apostólico de Pío VII y León XII permaneció en Buenos Aires ; y se unirá al regocijo del auténtico pueblo argentino, a pesar de la indiferencia y sistemática oposición del gobernador y su ministro, en época de las reformas rivadavianas. La crónica del presbítero Sallusti, secretario de la legación, a quien acompañaba el canónigo Juan Mastai Ferretti – más tarde Pío IX -, dice: “El célebre general San Martín, que había conquistado todas aquellas provincias, Chile y gran parte del Perú, del dominio de España, depuesta la grandeza de su gloria, dos veces se presentó a Monseñor en traje privado, para saludarlo y felicitarlo por su llegada”. El día 9 de enero monseñor Muzi le devolverá la visita.

A estos rasgos de buen católico, respetuoso de la jerarquía eclesiástica, añadiremos sus delicadezas con los jerarcas de la Iglesia peruana.

En Ancón recibe al obispo de Trujillo, monseñor doctor Juan Carrión “con todo el respeto debido a su alta posición y a sus venerables canas : dejándole en libertad para que se marchara a Lima”.

En 1822 dirige una carta al obispo de Cuzco, monseñor doctor Calixto Orihuela, que termina así: “…Crea Vuestra Señoría Ilustrísima que desearé ocasiones en poderle acreditar mi veneración, respetos y deseos de complacerlo. Nuestro Señor guarde a V. S. Ilma. muchos años. Besa la mano de V. S. Ilma. su más afectísimo servidor, José de San Martín”.

Igual comportamiento tendrá con el arzobispo de Lima, monseñor Bartolomé de Las Heras, quien afirma que el general victorioso, “dejándose llevar de su bondad y religiosidad”, habla convenido con él, que acordaría en su dictamen en los asuntos eclesiásticos concernientes a Religión, a fin de no disponer cosa alguna que contrariase los cánones de la Iglesia, El 6 de julio de 1821 le escribía desde El Callao: “La noticia que he recibido de que V. E. Ilma. permanece en esa capital, sin embargo de haberla evacuado las tropas españolas, ha consolado a mi corazón con la idea de que su respetable persona será un escudo santo contra las tentativas de la licencia… Me congratulo que V. E. Ilma; haya tenido lugar de observar la especial protección que he tributado a Nuestra Santa Religión, a los templos y a sus ministros…” Monseñor Las Heras agradece a San Martín su carta en estos términos : “Los sentimientos de religión y humanidad que respira el oficio que acabo de recibir de V. E., ha desahogado sobremanera a mi espíritu…” El ministro de San Martín, García del Río, escribía, al arzobispo, refiriéndose al Protector del Perú : “Además debo manifestar a Su Señoría los sentimientos religiosos que abriga su pecho, y que no desmentirá jamás…”

Y San Martín imparte órdenes para que se facilite la salida del octogenario prelado, “evitando toda incomodidad”; y el arzobispo al agradecerle escribe : “Le doy gracias por la consideración que ha manifestado hacia mi persona… He sentido no poder dar a Ud. un abrazo (al despedirme)… Quiero pedir a Ud. un favor en señal de nuestra recíproca amistad, y es que acepte una carro, un coche, un dosel de terciopelo y dos sillas, que pueden servirle para los días de etiqueta, y una imagen de la Virgen de Belén… Créame, amigo, que lo encomiendo a Dios diariamente”.

5. Preocupación por la educación católica en las escuelas

La educación de Cuyo tuvo en el colegio de la Santísima Trinidad, fundado por San Martín, el más alto exponente de la cultura de la zona andina. Donado el colegio por el presbítero Cabral y regenteado por los presbíteros Güiraldes y Videla, fue puesto bajo la especial tutela de San Luis Gonzaga.

San Martín estableció que se enseñaran, además de las ciencias profanas, “los deberes del católico”, como fundamento de toda cultura; y ordenó edificar la anexa capilla para las prácticas religiosas. Con idénticos fines y bajo los auspicios del general, dirigían escuelas, en Mendoza y San Juan, sus amigos y colaboradores, presbíteros Morales, Lamas y Gómez. El historiador Hudson, alumno de estas escuelas, afirma: “Leer, escribir y contar, saber las obligaciones del católico y guardarlas estrictamente; he aquí la instrucción dada a la juventud de entonces” bajo el gobierno del general San Martín.

El vicario castrense, presbitero doctor José Güiraldes, bautiza a la hija del general, el 31 de agosto de 1816, a los siete días de nacer; y el Gran Capitán pone a su “infanta mendocina”, bajo la augusta protección de la Virgen de las Mercedes. Más tarde la educará en un colegio de religiosas, donde la visitará semanalmente, En 1853, cuando Mercedes de San Martín, visita con su esposo, Mariano Balcarce, al papa Pío IX, en audiencia privada, el Padre Santo tendrá recuerdos elogiosos para el Héroe de los Andes, y Balcarce escribirá luego a Félix Frías, el 10 de febrero de ese año : “Hemos quedado encantados con la bondad, dignidad y angelical dulzura del Padre Santo, de cuya benéfica acogida conservaremos un recuerdo indeleble mientras vivamos”.


En la noche de Navidad de 1816, San Martín manifestó su deseo de que la bandera, que habría de llevar la libertad a Chile, fuera “del color del cielo”, y era su voluntad que el día de Reyes el Ejército tuviera bandera, como regalo de su general. En sus pliegues fue bordado el escudo nacional “con sedas de colores e hilos de oro, que se sacaron de una casulla de los franciscanos” ; y al concluir su labor, las damas, presididas por la esposa de San Martín, amanecen arrodilladas ante el crucifijo del oratorio de la casa del General, dando gracias a Dios por haberlas ayudado a terminar la bandera y orando por el triunfo de las armas de la patria.

... CONTINUA

domingo, 21 de octubre de 2012

DESARROLLO DE LA MASONERIA EN ESPAÑA*



Por el R. P. Aníbal Atilio Rottjer. 

En España se abrió la logia filial de Inglaterra en 1728. La figura más saliente de la masonería española fue el conde de Aranda, ministro del rey Carlos III y agente principal de la expulsión de los jesuitas en combinación con el marqués de Pombal, primer ministro y Gran Maestre de la masonería en Portugal.

El masón D’Alembert había dicho: “Los jesuitas son la tropa de línea bien disciplinada que, bajo el estandarte de la “superstición”, forman la falange macedónica, cuyo exterminio importa sobremanera”. Voltaire, comentando la expulsión, escribía: “Bendigamos al conde de Aranda porque ha limado los dientes y cortado las uñas del monstruo”.

En Francia los había expulsado, en 1782, en número de 4.000, el primer ministro de Luis XV, el duque de Choiseul, venerable de la logia “Enfants de la gloire”. Pombal los había desterrado de Portugal en 1759, en número de 1.100; descuartizando, además, a cinco y dejando morir en la cárcel un centenar. Los reinos borbónicos de Nápoles, Sicilia y Parma harán otro tanto en 1768, siguiendo el ejemplo de Aranda, que había expulsado, en 1767, a 7.000 de España y América, por las burdas calumnias y ridículas fábulas que configuraron el complot urdido por el duque de Alba [52]. Sus mismos autores, antes de morir, confesaron su perfidia; y la historia se ha encargado de demostrar hasta la evidencia la falsedad de sus acusaciones.

El cerebro de esta conjura satánica era Pombal, principal “punto” del triángulo masónico: Pombal-Aranda-Choiseul. Los masones aseguran que con tal expulsión y supresión de los jesuitas ganaron la principal batalla del siglo, pues ellos eran los que más se oponían a su penetración. Los llamaban jenízaros del Papa y granaderos del fanatismo y la intolerancia. El ministro de Gracia y Justicia, Manuel de Roda, escribía a Choiseul, el 17 de diciembre de 1767: “Hemos matado al hijo; ya no nos queda más que hacer otro tanto con la madre, Nuestra Santa Iglesia Romana”.

Aranda cambió el rito inglés por el escocés filosófico-primitivo y fundó, en 1760, con el ministro Campomanes, la primera Gran Logia Española de la que fue Gran Maestre. El 24 de junio de 1780 fundó el Gran Oriente Español, que dependió de Francia. El apóstata y traidor Juan Antonio Llorente, secretario del Tribunal del Santo Oficio, se trasladó a Francia y allí escribió a pedido de la masonería, que pagó sus trabajos, la “Historia de la Inquisición”, a fin de denigrar a España y a la Iglesia. Usó, según dice él, los archivos de la institución, los cuales cuidó muy bien de hacer desaparecer para que nadie comprobara sus aseveraciones. Ese libro ha sido el tintero adonde todos los sectarios han ido a mojar su pluma para calumniar a España y a la Iglesia.

En 1809 existían en España tres grupos masónicos: el Gran Oriente Español Independiente y los dos Supremos Consejos, dependiente uno de Francia y otro de Inglaterra. El rey José Bonaparte era el Gran Maestre del Gran Oriente Español. Durante su reinado suprimió en España los institutos religiosos y declaró bienes nacionales sus propiedades, cuyas ventas decretó.

La traición del masón Godoy, ministro del reino y agente de la masonería francesa, entregó España a Napoleón. El masón Miguel de Albania, elegido por Napoleón presidente de las Cortes de Bayona, y que fue Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de la masonería española, sancionó la entrega y redactó el proyecto de constitución, conforme a las líneas generales que le suministró el emperador [53]. Más tarde, en 1812, bajo la égida de la masonería inglesa, se dictará la constitución liberal de Cádiz, origen de un sinnúmero de motines y de revoluciones. Además se organizaron logias militares denominadas “trincheras”, cuyas actas se llamaron “salvas”. A ellas se afiliaron oficiales encumbrados del ejército español. Tales logias quebrantaron la disciplina y originaron multitud de pronunciamientos, como el de 1820 del general Rafael Riego, Gran Maestre del Oriente.

En muchas de estas logias – que eran exclusivamente de carácter político – hubo también sacerdotes que lucharon por la independencia de España en la invasión napoleónica; y patriotas criollos civiles, militares y clérigos – que bregaban por la independencia de la dominación española en la América del Sur. Terminadas las guerras de la independencia se disolvieron estas logias, quedando tan sólo las nacionales masónicas

Tomado de: Rotjer, Anibal Atilio. 'La Masonería en la Argentina y en el mundo'.

jueves, 19 de abril de 2012

¿FUE LA LOGIA LAUTARO MASONICA?


Por Aníbal A. Rottjer

San Martín, Alvear, Zapiola y Anchoris fundaron en Buenos Aires, en agosto de 1812 -a los cinco meses de su llegada de Europa- esta sociedad secreta [la Logia Lautaro], independiente de toda matriz extranjera. No dependía ni de Londres ni de Cádiz. Su local de reuniones se hallaba en la actual calle Balcarce, frente al paredón del convento de Santo Domingo.
'No era masónica, ni se derivaba de la masonería -dice Mitre[1]- sino que tan sólo utilizaba algunas palabras, toques y señales, o sea ciertas prácticas rituales de corte masónico a los simples efectos materiales de orden interno, pero su objeto era más elevado'. Sarmiento dice que 'no era una masonería como generalmente se ha creído ni menos las sociedades masónicas entrometidas en la política colonial'. Aunque los actuales masones argentinos hayan osado juzgar aviesamente las intenciones de la circular de la Logia Lautaro, cursada a San Martín el 21 de diciembre de 1816, los conceptos allí vertidos sobre el respeto debido a la religión de los pueblos son dignos de especial recordación. Helos aquí: 'No atacar ni directa ni indirectamente los usos, costumbres y religión. La religión dominante será un sagrado de que no se permitirá hablar sino en su elogio, y cualquier infractor de este precepto será castigado como promotor de la discordia en un país religioso'[2].
Prestaba su juramento sobre los Santos Evangelios, se obligaba al más riguroso secreto, y su objeto era defender la libertad e independencia.
El masón argentino, Martín Lazcano -de antigua y activa militancia en la institución-, afirma que todas las asociaciones políticas y secretas que fueron apareciendo en nuestro escenario patrio, después de 1806 hasta 1856, no fueron masónicas sino político-revolucionarias de carácter meramente profano; si bien empleaban en su régimen interno y en su acción externa modalidades masónicas, y pudieron contar con algunos masones emboscados entre sus miembros.
Ricardo Rojas escribió en 'El Santo de la Espada' que la logia de Lautaro era autónoma; no dependía de matrices masónicas y ni siquiera de otras asociaciones secretas; y el fundador del Instituto Sanmartiniano -José Pacífico Otero- nos asegura en el tomo 19 de su 'Historia del Libertador Don José de San Martín', que la logia fundada por San Martín no era en modo alguno masónica sino política.
Nuestra Lautaro, fundada por San Martín, fue, pues, una simple sociedad patriótica como sus modelos de Madrid, Cádiz y Londres.
La masonería en un primer momento pudo creer en San Martín, pero San Martín jamás creyó en la masonería; porque él no venía a envilecer al país sino a salvarlo. Dentro de la práctica del lautarismo no entraba la iniciación masónica, y todas las demás sociedades secretas argentinas anteriores al 1856, vivieron siempre al margen de los principios ocultos y las leyes secretas de la masonería[3].
Dice Federico Ibarguren que San Martín y sus compañeros se afiliaron en Cádiz a la Sociedad de Lautaro 'con el exclusivo propósito de la independencia política de su patria amenazada, pero que él no endosó sus extremismos ideológicos, su antiespañolismo de fondo ni su sospechosa docilidad a las directivas de la política británica en el nuevo mundo, con que tal sociedad se caracterizó más tarde'[4].
En efecto, la infiltración masónica iniciada en España durante el reinado de Carlos III, persiguió en su intento satánico la sistemática aniquilación del pasado en España y América, por medio de su elenco de déspotas ilustrados con Aranda a la cabeza. El plan borbónico se consumó en 1812 por la acción de las Cortes de Cádiz con intervención directa de la masonería internacional.
'San Martín, en cambio, defiende la aplicación de la monarquía, el respeto a la autoridad y el fortalecimiento de la Religión -afirma el historiador José de la Puente- porque no era ni enciclopedista, ni menos jacobino, ni sufrió las ilusiones russonianas de un Moreno'[5].
Joaquín V. González -afiliado a la masonería en su juventud- dijo el 3 de agosto de 1905 en el colegio de La Salle de Buenos Aires siendo ministro de Instrucción Pública de la Nación: 'Los prohombres de nuestra amada patria fueron todos cristianos austeros, como cristiano fue también el ambiente en que se reunieron nuestros primeros congresos'[6].
Con los civiles y militares lautarinos 'fraternizan' en Buenos Aires los sacerdotes patriotas argentinos: Castro Barros, Chambo, Chorroarín, Figueredo, Gregorio y Valentín Gómez, Agüero, Grela, Perdriel, Cayetano Rodríguez, Herrera, Aparicio, Sáenz, Zavaleta, Toro, Díez de Rámila, Segurola, Vidal, Anchoris, Pedro Gallo, Amenábar, Fonseca, Salcedo, Rivarola, etc.
Y así como hubo numerosos sacerdotes logistas en Buenos Aires, los hubo también numerosos en las logias patrióticas de Mendoza, Tucumán, Montevideo, Chile, Caracas, Bogotá, Lima y México, de preponderante actuación en los sucesos revolucionarios de los respectivos países hispanoamericanos.
La logia Lautaro, mientras estuvo a su frente San Martín, cumplió patrióticamente su misión; decayó luego con Alvear y agonizó durante el gobierno de Pueyrredón, para desaparecer definitivamente con Rondeau en 1820. San Martín estaba decidido a abandonar para siempre el terreno político en que sólo por accidente había entrado, y cedió por entero a su competidor Alvear el campo de la Logia. En su seno se destaca, a fines de 1813, un partido personal -el alvearista- que a la postre la absorbió por completo.
Mitre afirmó que 'la logia Lautaro, condenable en tesis general, produjo en su origen bastantes bienes y algunos males, que inclinan la balanza a su favor. Sólo accidentalmente sirvió a ambiciones bastardas que tuvieron correctivo en la opinión. Tal institución secreta, por obra de San Martín y Alvear, preparaba entre pocos lo que debía aparecer en público como el resultado de la voluntad de todos. Ella debía ser el brazo que impulsara y la cabeza que orientara el movimiento revolucionario. Su finalidad era 'mirar por el bien de América y de los Americanos'; y su consigna: 'Nunca reconocerás por gobierno legítimo de la patria sino aquel que sea elegido por libre y espontánea voluntad de los pueblos'[7]. Mariano de Vedia y Mitre, en la 'Vida de Monteagudo', es más severo en su juicio. Allí sostiene que 'tal logia fue un instrumento político al que estuvieron supeditados los gobiernos que contribuyó a formar bajo la fe del juramento y las penas más severas a quienes lo violaran; por eso San Martín se sometió a sus decisiones, que limitaban su libertad de acción como jefe militar y gobernante, y por eso, Monteagudo, como tantos de sus miembros, fueron víctimas de las decisiones de sus cofrades, reunidos siempre en cónclave secreto e irresponsable ante la ley y ante la historia'.
'Las mismas logias lautarinas de Buenos Aires, Mendoza, Santiago de Chile y Lima del Perú -dice el historiador chileno Barros Arana- estrechamente vinculadas entre sí, fueron víctimas de enconadas rivalidades y cayeron las unas sobre las otras'[8].
A la logia Lautaro se afiliaron luego algunos elementos que habían pertenecido al 'club' de los morenistas, fundado por los parciales de Moreno y que ahora -para salvar la profunda divergencia que los dividía con motivo de la política seguida por el Primer Triunvirato- habían fundado la Sociedad Patriótica.
A raíz de la ineptitud de Rivadavia, San Martín, con sus tropas, apoya el movimiento revolucionario del 8 de octubre de 1812. Desde este momento la logia Lautaro entra en plena dirección del Estado y por lo tanto, de la Revolución de Mayo.
Consta en el acta del Cabildo de Buenos Aires del 8 de octubre de 1812 que los militares José de San Martín, Carlos de Alvear, Francisco Ortiz de Ocampo, etc., comparecieron en la Plaza con sus tropas 'para proteger la libertad del Pueblo, para que pudiese explicar libremente sus votos y sus sentimientos, dándoles a conocer de este modo que no siempre están las tropas -como regularmente se piensa- para sostener los gobiernos y autorizar la tiranía; que saben respetar los derechos sagrados de los pueblos y proteger la justicia de éstos... suplicándoles solamente (que) se trabajase por el bien y la felicidad de la Patria, sofocando esas facciones y partidos que fueron siempre la ruina de los Estados'.
La Argentina quiere seguir viviendo su propia vida orgánica secula
San Martín escribirá más tarde a Tomás Godoy Cruz, diputado al Congreso de Tucumán, sosteniendo que 'Rivadavia hizo indispensable esta revolución por ser enemigo irreconciliable de la logia Lautaro; pues no la comprendió en su triple función de asesorar al gobierno compartiendo su responsabilidad, de vigilar a los díscolos e indisciplinados, y de hacerse eco de las opiniones populares para trasmitírselas oportunamente'[9].
De esta segunda victoria del tradicionalismo criollo emergen las dos figuras próceres de Artigas y San Martín.
Ambos buscaban la independencia de toda dominación extranjera sin las componendas y tapujos morenistas y rivadavianos, pero mientras el artiguismo bregaba por una revolución económica y de reivindicación social -escribe Federico Ibarguren- el logismo sanmartiniano, que derrotó al Primer Triunvirato, buscaba una revolución política e ideológica'[10].
Porque, como dijo Juan Zorrilla de San Martín: 'América se emancipa de su metrópoli, no para interrumpir su historia sino para continuarla, para seguir viviendo su propia vida orgánica secular'.
San Martín, por desgracia, gravitó muy poco tiempo en la logia. Combate en San Lorenzo el 3 de febrero de 1813, marcha hacia el Norte para sustituir a Belgrano, se restablece en Córdoba en su quebrantada salud, y se dirige luego a Mendoza para desempeñar el gobierno de Cuyo.
Los 'liberales' de la Sociedad Patriótica -que unidos a los lautarinos sanmartinianos habían contribuido a la caída del régimen rivadaviano- se habían embanderado en la logia, con su caudillo, Monteagudo, secretario de Castelli, para luchar contra la política de transacción con España, sostenida por Sarratea y Rivadavia; por eso que esa alianza fue tan sólo superficial, pues, entre San Martín y el versátil demagogo y frenético jacobino, había profundas divergencias filosóficas.
Mientras San Martín -escribe Federico Ibarguren- buscaba la independencia para salvar al nuevo mundo del afrancesamiento disolvente, Monteagudo quería romper con la tradición hispana y crear en nuestra patria la 'Nueva Humanidad' soñada por los masones enciclopedistas e intelectuales de la dictadura jacobina'[11].
Monteagudo, continuador de Moreno y Castelli, exigía reformas radicales, recurriendo al terror y el exterminio. En junio de 1812 decía en la Sociedad Patriótica: 'quiero que se inmolen a la patria algunas víctimas; quiero que se derrame la sangre de los opresores; quiero que el gobierno olvide esa funesta tolerancia que nos ha traído tantos males desde que Moreno se separó de la cabeza del gobierno. Sangre y fuego contra los enemigos de la patria! ¡Ahora mismo los aniquilaría con un puñal!'.
Y el 13 de diciembre de 1812 sugería 'al gobierno el tremendo bando que establecía que 'en toda reunión pública de más de tres españoles, uno sería fusilado por sorteo y si la reunión era en lugar apartado, todos serían pasados por las armas'.
Más tarde se arrepentirá de sus extravíos como lo consigna en su 'Memoria', escrita en Quito en 1823, donde dice: 'Las ideas demasiado inexactas que entonces tenía de la naturaleza de los gobiernos, me hicieron abrazar con fanatismo el sistema democrático... Para expiar mis primeros errores yo publiqué en Chile en 1819, el 'Censor de la Revolución'; ya estaba sano de esa especie de fiebre mental que casi todos hemos padecido; y ¡desgraciado el que con tiempo no se cura de ella!'. Por el cúmulo de expoliaciones y crueldades cometidas durante su gobierno impolítico y por su altanería y despotismo el pueblo peruano pedirá su destitución y arresto. De noche, en Lima, será asesinado y su cadáver aparecerá a la mañana siguiente, en una calle de la ciudad, con un puñal clavado en la espalda.
Mientras estos 'liberales' porteños declamaban sus discursos filomasónicos individualistas y afrancesados, las huestes criollas y tradicionalistas de Belgrano y Artigas, de cuño hispanocristiano, daban su vida en los campos de batalla en lucha frontal contra el régimen del déspota ilustrado y contra el invasor político, social, económico e ideológico.
Y mientras las 'minorías ilustradas' se equivocan siempre en perjuicio del país, la 'plebe' lo salva.
Pero para los masones, Artigas seguirá siendo el 'personaje anarquista y sombrío que crea el caudillismo federal arrastrado por sus fanáticos delirios de mando y poderío'; y Belgrano, el 'visionario fanático e inepto' que, a pesar de las protestas de San Martín, debió bajar a Buenos Aires para dar cuenta de su actuación, a causa de la inicua campaña de descrédito que iniciaron contra él sus enemigos logistas[12].
La Logia Lautaro manejada por Alvear
Al retirarse San Martín de Buenos Aires, la logia Lautaro no fue otra cosa que la expresión de la voluntad de Carlos María de Alvear[13].
La logia se caracterizó entonces por la degeneración de todos los principios que eran su honor y se transformó en el partido alvearista.
Alvear -llamado el Nuevo Catilina- había falseado totalmente los compromisos de la logia, usurpando el poder en su propio provecho y traicionando a sus amigos. Culpable, con Sarratea y Rivadavia, de la política desquiciadora del Primer Triunvirato, suplanta ahora en la logia a San Martín, su antítesis en ideas y en temperamento.
Su influencia se dejó sentir preponderante en la Asamblea de 1813, agrupando a los diputados en alvearistas y sanmartinistas, con natural mayoría de los primeros, debido a la ausencia del jefe de los segundos.
El gran demagogo y fanático heterodoxo Monteagudo y el gran oportunista y ambicioso Alvear -que frisaba en los veintiséis años de edad- dirigían a la Asamblea desde la logia, bastardeada por su nefasta dirección[14].
El alejamiento de su rival, San Martín, facilitó la política alvearista, postergando el plan sanmartiniano de 'Independencia y Constitución', bandera de los lautarinos.
Recién cuando Artigas vence a Alvear en 1815, valiéndose del coronel Alvarez Thomas, sobrino de Belgrano -que en su proclama revolucionaria estigmatizaba a 'esa facción aborrecida'- pudo declararse nuestra independencia, el 9 de julio de 1816, en el Congreso de Tucumán; y para completar nuestra independencia de toda dominación extranjera, como exigía el histórico congreso fue necesaria la aparición de un dictador, vaticinado por San Martín, como triste consecuencia del estado caótico a que llevó al país la política liberal antiargentina seguida por el grupo porteño extranjerizante y anticriollista[15].
La ideología que informa las leyes de 1813 es el reflejo del pensamiento de los grupos liberales y regalistas de tipo racionalista, presionados por el alvearismo morenista-monteagudeano.
Tal victoria de la línea liberal extranjerizante: Moreno-Castelli-Rivadavia-Monteagudo-Alvear, constituyó una verdadera traición a nuestro ser nacional, que provocó la guerra civil.
El pueblo reaccionará por medio de sus caudillos en defensa de los principios populares, nacionales y cristianos en la línea argentinizante y tradicionalista Saavedra-San Martín-Belgrano-Artigas en contra de las reformas planificadas en 1813, realizadas en 1822, sancionadas en forma aparentemente inocua en 1853 y 1860, concretadas luego en las leyes anticristianas de 1884 y 1888, con respecto a la escuela y a la familia y sostenidas, aún hoy día... En 1888 se asestará un golpe mortal a la familia, la institución madre de la humanidad, desterrando a Dios de los hogares; así como cuatro años antes se lo había desterrado de las escuelas.

[1] NOTA DEL EDITOR: Aclaro que el General Mitre fue masón, grado 33; aunque murió reconciliado con la Iglesia, confesado y asistido por Monseñor Romero y Monseñor Rasore, recibiendo la bendición que le enviara el Papa San Pío X. Antes de esto firmó una declaración antiliberal, entregada a Mons. Espinoza, con destino al archivo secreto de la curia de Buenos Aires (cf. Rottjer, p. 310-311).
[2] Lazcano, Martín, op. cit., tomo 1, pág. 196. Mitre, Bartolomé, Historia de San Martín, tomo 1, pp. 58, 54 y 198. Zuñiga, op. cit., pág. 411.
[3] Lazcano, Martín, op. cit., tomo 1, pág. 225 y tomo II, pág. 881.
[4] Ibarguren, op. cit., pág. 111. Palacio, op. cit., pp. 173 a 175.
[5] Puente, José de la. San Martín y el Perú.
[6] Rev. Ecles. de Bs. As. Año 1905.
[7] Mitre, op. cit. Tomo II, pp. 117, 184, 145 y 172. Lazcano, op. cit. Tomo 1, pág. 253.
[8] Dicc. Hist. Arg., op. cit. Tomo IV, pp. 830 y 831.
[9] Lazcano, op. cit. Tomo 1, pág. 68.
[10] Ibarguren, op. cit., pág. 114.
[11] Ibarguren, op. cit., pág. 117.
[12] Zuñiga, op. cit., pp. 189 y 190.
[13] Lazcano, op. cit., tomo 1, pp. 266 y 334.
[14] Ibarguren, op. cit., pág. 130. Palacio, op. cit., pp. 176 y 181.
[15] Ibarguren, op. cit., pág. 123. García Mellid, op. cit., pág. 88.