miércoles, 14 de diciembre de 2011

EL FEDERALISMO DE JUAN FELIPE IBARRA

Por: Hector Francisco Peralta Puy* 

La fuerte personalidad del caudillo Juan Felipe Ibarra se formó en las orillas del río Salado, en aquella inhóspita y salvaje Matará, tierra de grandes figuras santiagueñas, de grandes luchas en contra de los malones, y de asentamiento de los indomables Mataráes. En estos lugares creció Juan Felipe, forjando su espíritu de guerrero de la Independencia y de gobernante federal por más de 30 años en Santiago del Estero. Allí nació el 1 de Mayo de 1787 en el hogar del Sargento Mayor de la Frontera del Salado, Don Felipe Matías Ibarra y de Doña María Andrea Antonia de Paz y Figueroa (proveniente de ilustre linaje, ya que era hija Don Francisco Solano de Paz y Figueroa).   
            Fue educado temporalmente en las aulas del prestigioso Colegio de Monserrat, en la ciudad de Córdoba, pero su destino era otro, aquél en el cual los hombres de bien utilizan las armas para defender los intereses de un pueblo sufrido como el santiagueño, en este caso, con la ayuda de las armas fundidas con los colores del federalismo y bendecidas por su implacable fe cristiana.
La intervención del caudillo federal en los asuntos políticos con el tucumano Aráoz a partir de 1820 demuestra que sin su experiencia militar y fuerte liderazgo entre sus huestes gauchas, la autonomía provincial no habría sido posible; ya que era necesario contar con la fuerza de los cañones para defender el proyecto autonomista, además de obtener el apoyo del vecindario para las acciones a realizar. Todo ello queda en evidencia en las actas correspondientes y en la elección de Ibarra como el primer gobernador autonomista, quien “Durante sus treinta años, su programa de gobierno se realiza en una lucha personal constante con gobiernos limítrofes, y con el indio.”
Es que es así, tantos años batallando contra las depredaciones unitarias interprovinciales y contra los complots de santiagueños empeñados en terminar con su gobierno, terminaron por tildar a su administración como “despótica” o a él como un simple “tirano” (según palabras de sus enemigos).
El episodio protagonizado por el matrimonio Libarona en el Bracho durante 1840, es recordado solamente por el sufrimiento de esta pareja. Pero, hay que tomar en cuenta que para que el gobernador tomara este tipo de decisiones, sus enemigos tuvieron que asesinar cobardemente a su hermano Francisco durante la sublevación.
Asociando las acciones con aquellas consecuencias, me tomaré el atrevimiento de rever algunas líneas de Canal Feijóo, quien con su frialdad analítica dice que “La vida colonial no dejó en estas regiones un cuerpo claro de leyes políticas, ni había creado una verdadera tradición de vida administrativa. Los primeros “gobiernos propios” se encontraron sin principios o normas con que regir los actos de la existencia pública. Y como ya no podía contarse con la providencialidad de las reales órdenes o los dictados eclesiásticos para el gobierno social, todo quedaba librado a la buena o mala inspiración personal de los ciudadanos llevados al mando. Así lo proclaman los papeles de la época, en que es visible el tanteo, la falla o el impacto de tiro sorpresivo, de la improvisación…”.
Y es que en la época de las luchas por la organización nacional, se imponían aquellas resoluciones, aunque algunas fueran tomadas por el recelo de la venganza y de los pareceres ideológicos (lo que no era ajeno para absolutamente ninguna persona de aquél siglo XIX), que al fin de cuentas no hacían otra cosa que manchar con sangre el suelo patrio; un gran ejemplo de ello fue el asesinato de Dorrego.
El episodio del Bracho, fue una de las tantas escenas de violencia exaltadas por los unitarios, que al fin de cuentas no hacían otra cosa que asombrarse de la crueldad federal cuando en realidad ellos mismos realizaban las mismas prácticas o quizás peores aún, como si fuese necesario colocar en el tapete las célebres frases de Sarmiento sobre su famoso “abono” federal destinado a la tierra.
Por esas cuestiones tan comunes dentro de esos años tumultuosos, Ibarra gobernó su provincia con una dureza que él creía correcta, debido a las tantas devastaciones que sufría por parte de algunos ciudadanos santiagueños y también de otras provincias. Sin embargo, siempre estuvo dispuesto a colaborar en la organización constitucional de la Nación, tal como lo prueban las cartas dirigidas a  Don Juan Manuel de Rosas y sus numerosos envíos de diputados provinciales a los congresos constituyentes.
Sus treinta años en el ejecutivo trajeron numerosos pareceres sobre lo que se cree correcto e incorrecto, pero no se puede dudar de su raigambre santiagueña, federal y católica, que se manifiesta en un documento que refleja todo el esfuerzo de una época para poder solucionar algunos de los problemas de Santiago del Estero: “El Gobernador y Capitán General de la Provincia. Teniendo en consideración los graves perjuicios que resultan a la industria de la provincia a causa de la libre introducción de algunos artículos de comercio que, por su mérito aparente y moral, son vulgarmente preferidos a los de igual clase elaborados en el país. Ha acordado y decreta: Art. 1º.- Queda prohibida la introducción de toda clase de tejidos que se elaboren en la provincia como son ponchos, frazadas y alfombras. 2º.- Del mismo modo, obras hechas de ferretería, como frenos, estribos, espuelas, cencerros, chapas de toda clase, alcayata, pasadores, argollas”.
Esta resolución, y otros decretos que se ejecutaron durante su gobierno y que persiguen el mismo objetivo, demuestran los ideales federales de Ibarra y la solidaridad con su  pueblo, estableciendo impuestos hacia aquellos productos que desestabilizaban los esfuerzos de los santiagueños. Pero que mejor recordatorio para la memoria del saladino que la pluma del Académico Alen Lascano, cuando respecto a su moral, expresaba que Ibarra “fue escrupuloso en el manejo de los dineros públicos o ajenos. Alguna vez, los excesos políticos le hicieron confiscar fondos enemigos, los destinaba al ejército y a pagar soldados…”, cuestión que era una práctica común hacia el trato del enemigo como una forma de solventar los gastos de la guerra.
A pesar de los tildes de tirano y despótico, impuestos por sus opositores por los treinta años de servicio y por el trato a sus enemigos (lo que siempre es discutible desde la percepción emanada por el razonamiento y del cual provienen tales opiniones), Ibarra fue un guerrero por la causa de Mayo, un incansable defensor de la autonomía provincial, un gobernador que en numerosas ocasiones expresó su anhelo por la organización constitucional del país; fue un defensor del federalismo y de la Religión Católica, ejercitó obras para su provincia con el peso de la miseria económica desarrollada desde las luchas por la independencia, y si bien en ocasiones fue vengativo con sus enemigos, en otras también fue magnánimo.
El Dr. Orestes Di Lullo comentaba que “Ibarra, caviloso, taciturno, severo, es el guardián permanente del derecho de su pueblo. Atisba con celo las fronteras ya contra el hermano invasor, o el indio de los malones; ya contra las provincias o contra la nación cuando pretenden violar la jurisdicción de su mando, ya contra el compatriota o el extranjero, ya contra el poder civil, el militar o el eclesiástico desmandado de sus fueros”.
Es sabido que cuando se produce su deceso el 15 de Julio de 1851, la provincia le adeudaba muchos años de sueldo como gobernador, cuestión que habla por sí misma sobre la austeridad y la solidaridad del Brigadier General Juan Felipe Ibarra.

* Profesor en Historia.

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