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lunes, 5 de febrero de 2024

El Chacho Peñaloza y nuestra deuda con el liberalismo*

 

Por: Lucas N. Gomez Balmaceda

Después de la ominosa derrota de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros en 1852 se inicia el proceso que la historiografía llama construcción del Estado-Nación. Tal como señala Jordán Bruno Genta, esta batalla “representa para nuestra Patria el fin de una política nacional fundada en el real señorío sobre todo lo propio, y el comienzo de una política de soberanía ficticia y de efectiva servidumbre a la usura internacional hasta el día de hoy”(1).

            Este injerto que es la tradición liberal fue llevado adelante por una generación que se había exiliado en el extranjero durante el gobierno de Rosas. Diaz Araujo la describe de esta manera: “En su faz doctrinaria, esta generación literaria, había exaltado los valores esenciales de la libertad y el progreso. Era deísta o agnóstica en materia religiosa; utilitarista, al modo inglés Herbert Spencer o John Stuart Mill; en filosofía, culturalmente francófila y hispanófoba, en política adhería al liberalismo doctrinario francés de Benjamín Constant (de democracia restringida); si bien en el plano institucional prefería el constitucionalismo estadounidense, según la visión de Alexis de Tocqueville; en relaciones exteriores optaba por la vinculación con la Europa septentrional. Posición que, traducida a lo económico, implicaba el librecambio con división internacional del trabajo y especialización agropecuaria y librempresismo; y en el plano de la política partidaria interna, si bien teóricamente aceptada la existencia de los partidos, en la práctica eliminaba a los opositores, máxime si eran federales. (2)

Y fue esta última característica la que desencadenó las sucesivas guerras internas y externas. En los veinte años transcurridos desde Caseros hasta el final de la presidencia de Sarmiento, apenas si ha cesado la guerra civil en todo el territorio, a la que se ha agregado una guerra fronteriza –la del Paraguay– larga y sangrienta, aparte de la permanente del indio. Lejos está de ser un tiempo de organización, paz y progreso.

En efecto, la Argentina padecía una fractura histórica. El Liberalismo que termina de enquistarse en el poder significa un quiebre con respecto a las etapas anteriores de la historia argentina, tanto del período hispánico como del período independentista, que no fueron antagónicos entre sí.

La política liberal se inspiraba en firmes convicciones. Sarmiento escribe “los americanos se distinguen por su amor a la ociosidad y por su incapacidad industrial con ellos la civilización es del todo irrealizable, la barbarie es normal”. Y en una carta a Mitre, fechada en 1861, recomendaba que “no se economizara sangre de gauchos”, pues era “lo único que tenían de humano”.

          Otro adalid del liberalismo, Alberdi, proclamaba con énfasis la superioridad de cualquier “francés o inglés” sobre cualquier hombre de nuestros campos.  Ernesto Palacio señala la paradoja que justamente a los franceses e ingleses que visitaban el territorio quedaban embelesados con las condiciones de “laboriosidad, inteligencia y honorabilidad”según lo atestiguan los escritos de Allan Campbell, Woodbine Parish, Charles Darwin y Martín de Moussy. (3)

Para los vencedores de Caseros, la civilización consistía esencialmente en las formas constitucionales y el comercio libre. Era natural que ese repudio de lo nuestro, de lo tradicional, de lo nacional, que caracterizó a la generación organizadora, se reflejara en su obra. Bien señala Palacio, “nos organizarían, sin duda; pero con la forma, las modalidades y la mentalidad de una colonia del extranjero”. (4)

La figura del Chacho se yergue como el último bastión de defensa armada de la tradición argentina fundacional. Y es contra él que el gobierno liberal de Mitre desata toda su furia en una guerra intestina sin cuartel.

Angel Vicente Peñaloza, “el Chacho”, es el último caudillo federal que se inscribe en una larga lista de caudillos y jefes militares que defendieron los intereses de la patria. Si bien no se encontraba a la altura de un Rosas o un Quiroga por su lucidez y preparación, el Chacho era poseedor de una bondad natural que se hace patente en toda su vida y que lo llevó muchas veces a la ingenuidad, haciendo que confíe en la palabra de sus enemigos acérrimos.

El jóven Angel Vicente formó parte de la guardia de honor de Facundo Quiroga, los testimonios lo pintan como alto y musculoso, de una fuerza hercúlea y con una mirada muy suave y bondadosa cuando cedía a las solicitudes del buen trato y la amistad. Desde este puesto, entabló con el Tigre de los Llanos un entrañable vínculo de fidelidad que puede compararse al del noble vasallo medieval con su señor.

Por ello no es de extrañar que al ser asesinado Quiroga en Barranca Yaco prestara oídos a sus enemigos unitarios que hacían circular la versión según la cual Rosas era quién había mandado su muerte. Sobre esto, que fue repetido hasta el cansancio por la historia oficial, nunca se presentó prueba alguna que lo demostrara, mas por el contrario, los hechos manifiestan el dolor y conmoción que generó en el Restaurador la muerte de su compañero riojano.

Pero eso escapaba a la comprensión del Chacho. Siempre que hubiera un hálito de duda sobre la posibilidad de que Rosas fuera culpable, no podía sino entablar una enemistad contra el gobernador porteño. En palabras de Calderón Bouchet, “Peñaloza estaba convencido de que Rosas había maquinado la muerte de Facundo y no se lo perdonó jamás. Era la reacción lógica de la lealtad a su comitatus caballeresco y en la ruda simplicidad de su apasionado afecto, esto estaba por encima de todas las ideologías”. (5)

Por su parte, los unitarios liberales pusieron todas sus energías en que el caudillo riojano siguiera alimentando su rencor hacia Rosas. Ellos veían la oportunidad de hacerse con el ejército de valientes montoneros que había quedado en manos del Chacho después de Barranca Yaco. Sin embargo, tras una seguidilla de derrotas, el riojano terminó exiliado en Chile. Allí convivió con los exiliados argentinos que se dedicaron a minar su propia patria desde el extranjero. Sarmiento entre ellos, quien además de aborrecer la presencia del Chacho en los círculos chilenos, trató de convencer enérgicamente al país trasandino de quedarse con las provincias de Cuyo y la Patagonia.

Sin embargo, el Chacho regresa a su tierra. Sufrió el exilio lejos de sus Llanos, de su tropilla y de su gente. Consiguió el indulto de Rosas por mediación de su amigo Benavídez. Pero él aún cree en la culpa del porteño. Por ello se alía con Urquiza en su levantamiento traidor. Otro error que pagaría muy caro años más tarde.

Después de Caseros, se convierte en patriarca de la Rioja y  padrecito de los pobres, tal como lo proclamó el pueblo riojano según el testimonio del diario El Imparcial, de cuño liberal.(6) José María Rosa, lo describe en esa etapa de la siguiente manera: Era un hombre sencillo y de pocas letras que se movía por los impulsos del corazón. Los habitantes de Los Llanos, cualquiera fuera su clase social, le tenían ley; sabía dirimir las diferencias y manejaba el arte de saber dar a cada uno lo suyo. Nadie golpeaba en vano su puerta en busca de consejo o ayuda sin conseguir lo uno o lo otro. Arreglaba las desavenencias conyugales y encarrilar a los muchachos difíciles… El gobernador de la lejana capital tenía que contar con su apoyo para estabilizar su gobierno, y los mandantes de las vecinas Córdoba, San Luis y San Juan recurren al estanciero de Guaja para que no asilara en los impenetrables Llanos a los conspiradores. Que el Chacho a veces cumplía y a veces negaba, porque él era el único dueño de sus acciones. (7)

En la batalla de Pavón el presunto federal Justo José de Urquiza, en quien Peñaloza había depositado su confianza y nueva fidelidad, se retiró cobardemente cuando el fragor de la batalla le era favorable. Pavón fue una victoria pactada, masonería de por medio, que garantizó la hegemonía de Buenos Aires y con ello, la imposición a contrapelo del régimen liberal antes mencionado.

Urquiza se retiró a su palacio en Entre Ríos a disfrutar de los deleites de la vida, desentendiendose de la política y de sus hombres. Ninguna de las acciones del traidor de Caseros sorprende a quien se acerque al estudio de la historia argentina.

Entre 1862 y 1863 el Régimen Liberal, presidido por Mitre, lanza una guerra sin cuartel al Chacho. Este tenía 62 años, y era un hombre de paz, de orden, de trabajo. Sin embargo, ante la retirada de Urquiza se vió como único caudillo federal sobre el que reposaba la defensa de la tradición auténticamente argentina. Antes de comenzar a la guerra escribe a sus enemigos “¿Por qué pelear entre hermanos…?” (8)

La persecución fue encomendada a Domingo Faustino Sarmiento, quien había sido su compañero de exilio en Chile y el mando de las expediciones lo tuvieron generales uruguayos. En efecto, los generales argentinos enlistados en las filas unitarias conservaban la decencia que les impedía realizar lo que se había planeado. La tropa, por su parte, estaba constituída por pocos argentinos, la mayoría eran soldados mercenarios extranjeros y criminales obligados a pagar su condena sirviendo al recientemente creado ejército nacional.

Al Chacho se lo persiguió como un bandido, a pesar de ser oficialmente un general de la Confederación. Pero para los liberales él era un fantasma, como dice la copla, jugaba a estar en todas partes y en ninguna. Los impenetrables Llanos riojanos lo ocultaban y ninguno de sus paisanos jamás lo traicionó.

A pesar de su avanzada edad, el Chacho combatió con la valentía que lo caracterizó de mozo. Se enfrentó con su ejército de montoneros, armados con tacuaras y tercerolas, a un ejército regular, dotado de la última tecnología armamentística y cuyos hombres percibían un salario por guerrear. Aún así sembró terror entre los oficiales unitarios. Combatió en su Rioja natal, pero también en San Luis, San Juan, Catamarca y Córdoba.

Una anécdota de estos tiempos pinta de cuerpo completo la arquetipicidad del Chacho y la nobleza del pueblo argentino que aún conservaba la tradición. En cierta ocasión, partió una columna del ejército desde San Luis al mando del general Loyola. Al llegar a la Rioja, el oficial unitario tuvo que retirarse porque su ejército comenzó a confraternizar con la causa del Chacho y el grueso de sus hombres desertó para unirse a las bravas montoneras.

Ante tal impotencia, se desató el terror. Los montoneros apresados eran fusilados sin juicio previo después de ser torturados en el cepo colombiano. Ninguno habló, todos se mantuvieron fieles al Chacho. Desde San Juan, estas acciones eran aplaudidas por Sarmiento, defendiendo ante las autoridades nacionales a los oficiales que llevaban a cabo la búsqueda del bandido riojano.

Tras el combate de las Banderitas el 29 de mayo de 1862, el Chacho está exhausto. Sabe que las pobres provincias de la Rioja, San Juan y San Luis que les son fieles no pueden contra el poder del ejército nacional. Es allí que el riojano comete nuevamente el error de pactar con el liberalismo. Se llega a un acuerdo de tregua. A la hora de intercambiar prisioneros de guerra el entrega a los suyos, en excelente estado, sin que les falte ni un botón de su uniforme. Pero cuando el Chacho pregunta dónde están sus hombres, se hace un silencio sepulcral. Los han fusilado a todos, ni uno solo sobrevivió.

Este acto de crueldad y la tristeza del Chacho no impiden la tregua que él considera tan necesaria y urgente. Pero la paz es efímera y el Régimen no mantiene su palabra.

Unos meses después se retoma la persecución. Sarmiento y Mitre no pueden soportar la presencia misma del Chacho, mientras él viva habría esperanza en el pueblo federal.

El terror se reanuda pero esta vez la crueldad es mayor. Como los soldados montoneros no hablan en el cepo, el ejército fue por sus hogares. Incendió sus casas, ultrajó a sus mujeres, asesinó a sus hijos. Madres, esposas e hijas fueron llevadas a casas de perdición, como se llamaba en ese entonces a los prostíbulos. Narra José María Rosa que el periodista Ramón Gil Navarro del diario cordobés El Progreso encontraría en 1868 “casas de perdición con pobres víctimas arrancadas de su hogar doméstico por derecho de conquista” (9) . Pero La Rioja se mantiene fiel aún en el sufrimiento. Otra copla popular canta el dolor del riojano “¿a donde estará mi mama, mi chango donde andaran? Me los han pasao a digüello por ser federal”.

Su epopeya lleva al Chacho a tomar la ciudad de Córdoba. Pero sabe que él solo no puede vencer. Desde su primer alzamiento le escribe a Urquiza -en quien aún depositaba su confianza- para que se ponga al mando del levantamiento federal. Pero la naturaleza de Urquiza es la de un traidor. Lo único que recibe el Chacho es su silencio. El entrerriano está disfrutando de su palacio en el Litoral. Superan la decena las misivas que envía el riojano, sin tener respuesta. Incluso llega a escribir con desesperación que sí Urquiza no se pone al frente de la revolución “tomaré el partido de abandonar la situación retirandome con todo mi ejército fuera de nuestro querido suelo argentino a mendigar el pan en suelo extranjero antes que poner la garganta en el cuello del enemigo”(10)

La Muerte lo sorprende al Chacho con su acostumbrada bonhomía. Estando escondido en Olta una partida del ejército nacional lo encuentra. Un amigo intercede por él. El Chacho accede a pactar su rendición, se encuentran en su casa su mujer y un puñado de compañeros. Sin embargo, al tenerlo enfrente y desarmado, el mayor Irrazábal le da una puñalada fatal. Es el final del caudillo.

Irrazabal no se contenta con esta atrocidad de asesinar a sangre fría a un hombre desarmado y en frente de su mujer. Decide decapitar el cuerpo y exhibirlo en la plaza de Olta, para escarmiento de todos los que alguna vez le fueron fieles. Pero la crueldad no termina allí, y la saña se extiende a su mujer, Victoria Romero. Ella es apresada y obligada a barrer por el resto de sus días la misma plaza que exhibe el cuerpo de su marido.

La figura del Chacho se yergue como un arquetipo cabal de la patria.

Una de las tantas lecciones que podemos aprender del estudio de su vida es el peligro de confiar en el liberalismo. Nuevo o viejo, con aires de conservadurismo o progresismo. El liberalismo siempre fue y será enemigo de la Patria y de la Fe. El liberalismo es pecado, como profesaba Sardá y Salvany. Confió el Chacho en los liberales en la conjura contra Rosas, confió en el traidor Urquiza, confió en la paz de las Banderitas y murió con un acto de confianza en un general unitario que no conoció el honor.

Hacemos nuestras las piadosas palabras de Ernesto Palacio: “No negaré que muchas veces he sentido bullir mi sangre ante la injusticia, el error o la traición… Pertenezco, en efecto, a una raza calumniada. Cuando hace cuatrocientos años vivía en el territorio que es hoy nuestra patria apenas un puñado de blancos españoles -menos de un centenar-, ya había gente de mi sangre. Fundaron ciudades, gobernaron provincias y villas, poseyeron encomiendas y fundos, guerrearon con indios, en cuyas manos varios perecieron. Sus descendientes lucharon por la independencia y la libertad, asistieron a congresos y asambleas, participaron activamente en las vicisitudes nacionales. Soy, por consiguiente, un viejo argentino; es decir, una víctima de la oligarquía que proclamó la superioridad del extranjero sobre el criollo y del hijo del inmigrante sobre los descendientes de los conquistadores.”(11)

Por todo ello tenemos una deuda pendiente con el liberalismo. Y es una deuda de enemistad y sangre.


Publicado en la Revista digital El Alcázar, N° 23, año VII, Enero de 2024

Notas:

1) Jordán Bruno Genta, Seguridad y desarrollo, Ed. Cultura Argentina SA. Buenos Aires, 1970, pp. 23
2) Enrique Díaz Araujo. Aquello que se llamó la Argentina. Cuadernos de Historia no oficial.  Mendoza, Ed. El Testigo, 2002.
3) Ernesto Palacio, Historia de la Argentina (1515-1983), Abeledo Perrot, 15ª edición, Bs.As., 1988.
4) Ernesto Palacio, Historia de la Argentina (1515-1983), Abeledo Perrot, 15ª edición, Bs.As., 1988.
5) Calderón Bouchet, R. Civilización o Barbarie. Un discutible dilema histórico argentino. En Annales de la Fundación Elías de Tejada, pp. 253-254. 1999.
6) José María Rosa. Historia Argentina, tomo VII. Ed Oriente. Bs As, 1974. p. 23
7) ibidem. p. 18.
8) ibidem. p. 18
9) ibidem. p. 25
10) ibidem. p. 43
11) Ernesto Palacio, Historia de la Argentina, Tomo I, pág. 17. Ed. Revisión. Bs As. 1980.

lunes, 19 de diciembre de 2022

Fusilan a Dorrego

 


Por: Juan Manuel Aragon (h)

El 13 de diciembre de 1828 Manuel Dorrego fue fusilado por orden de Juan Lavalle, luego de su derrota en la batalla de Navarro. Fue uno de los acontecimientos más inicuos de la historia argentina, cuando el fervoroso odio y crueldad de los unitarios se mostró en toda su extensión.

Dorrego era un tribuno, periodista y guerrero de la independencia. Había nacido en Buenos Aires el 11 de junio de 1787 y lo bautizaron como Manuel Críspulo Bernabé. Sus padres fueron José Antonio Dorrego, portugués, y María de la Asunción Salas, porteña. Estudió gramática, filosofía y teología en el Colegio de San Carlos. Era un excelente latinista.

El 1 de diciembre de aquel año, Lavalle lideró un golpe contra Dorrego, gobernador bonaerense, que salió a enfrentarlo en Navarro, pero fue derrotado y lo hicieron prisionero. Instigado entre otros por Florencio Varela y Salvador María del Carril, Lavalle ordenó su muerte.

A principios de 1827 las Provincias Unidas triunfaron en la guerra del Brasil, luego de la usurpación de la Banda Oriental. El 9 de febrero Guillermo Brown derrotó a la escuadra imperial en el Juncal y el 20 del mismo mes Carlos María de Alvear triunfó en Ituzaingó. Los desmoralizados brasileños se dispersaron. Cuando Alvear  pidió refuerzos y caballadas a Buenos Aires para ocupar la provincia de Río Grande y marchar hasta la capital enemiga, se los negaron. ¿Por qué?

El gobierno de Bernardino Rivadavia, justo cuando los argentinos triunfaban en el campo de batalla, ¡pedía desesperadamente la paz! Lo hacía para sofocar lo que llamaba anarquía interna, quería disponer del ejército nacional para lanzarlo contra las provincias.

Rivadavia envió a Río de Janeiro a Manuel García con instrucciones rigurosas de obtener la paz a cualquier precio. Para conciliar con los brasileños, García propuso la independencia de la Banda Oriental, por sugerencia del ministro inglés John Ponsonby –el mediador- encargado de conseguir un puerto franco en el Río de la Plata, obsesión inglesa.

A pesar de lo comprometido de sus ejércitos, el Emperador del Brasil, no accedió. Y García terminó firmando una convención preliminar por la que se reconocían los derechos del Emperador sobre la Banda Oriental y se aceptaba la incorporación al Imperio de la provincia Cisplatina. Los brasileños habían conseguido sin balas lo que la guerra le había negado.

Cuando se conoció en Buenos Aires, el pueblo se lanzó a la calle, en tumulto. Rivadavia presentó la renuncia y le fue aceptada por el Congreso.

El Congreso eligió como presidente provisional a Vicente López, que designó a Juan Manuel de Rosas comandante general de la campaña y convocó en un mes a elección de representantes a la Legislatura de Buenos Aires, triunfaron los federales por mayoría. Se eligió gobernador a Dorrego.
Endemientras estaban llegando a Buenos Aires los primeros escuadrones del ejército nacional que volvían de la campaña contra el Brasil. El desfile era seguido con emoción y con pena por el estado desfalleciente de la tropa, que llegaba con el uniforme hecho jirones. Dorrego nombra en reemplazo de Alvear a Juan Antonio Lavalleja, que continuará con las acciones favorables.

En las arcas de Buenos Aires no había dinero. La administración de Rivadavia había sido ruinosa y había agotado los recursos del Estado en gastos de boato y en combatir a sus enemigos políticos. Pero el federalismo triunfaba en las provincias. Por lo que Dorrego llevó su gobierno con moderación, sin amenazas ni persecuciones y con generosidad. Era un valiente. Su carrera militar lo había llenado de gloria; su arrojo y golpe de vista de guerrero nato se habían destacado en las victorias patriotas de Tucumán y Salta. Nombró embajadores para tratar la paz en Río de Janeiro a Juan Ramón Balcarce y Tomás Guido, que suscribieron el tratado del 27 de agosto de 1828 que reconocía la independencia de la Banda Oriental bajo la garantía de las dos potencias firmantes.

El gobierno estaba inquieto por la posibilidad de un contragolpe unitario, con fuerzas destacadas en la Banda Oriental, que venían anarquizadas por la inacción y por el pago irregular de varios meses, disgustadas por el resultado de la guerra y minadas por la activa propaganda opositora.

Cuando se le anunció que el jefe del golpe revolucionario sería Lavalle, no lo creyó, atribuyó a simple bravata su lenguaje exaltado. Además, Dorrego acababa de hacer públicos los manejos de la oligarquía unitaria, sus alianzas con el capital inglés, sus denuncias contra los comerciantes agiotistas, y conocía su total impopularidad en las provincias. Creía que los unitarios habían sido derrotados para siempre y ése fue su error: no lo tomaba en serio a Lavalle.

Lavalle había caído en manos de los doctores unitarios, que lo tenían como alelado y a cuyos miembros escuchaba como oráculos por el destino personal que le vaticinaban. Le hicieron creer que Dorrego era el jefe de los anarquistas causantes de todos los males, un tirano que oprimía al pueblo apoyado en la más baja plebe, y un traidor a la patria.

El 20 de noviembre llegó a Buenos Aires la primera división del ejército de la Banda Oriental al mando de Enrique Martínez. Diez días después Juan Manuel de Rosas manda un aviso al gobernador Dorrego: “El ejército nacional llega desmoralizado por esa logia que desde hace mucho tiempo nos tiene vendidos”. Al día siguiente, 1 de diciembre de 1828, estalló el pronunciamiento. Los cuerpos de línea del ejército, la división de Martínez, totalmente sublevada, entra en la plaza de la Victoria al mando de Lavalle y de José Olavarría, héroes de las guerras de la independencia. Grupos de civiles unitarios los rodearon y aclamaron, destacándose Julián Agüero.

Sin fuerzas para resistir a los regimientos de línea, Dorrego abandonó el Fuerte y marchó al campamento de las milicias de Rosas en San Vicente.

Lavalle salió a perseguirlo con un regimiento de caballería. Contra la opinión de Rosas, Dorrego lo esperó para hacerle frente. El 9 de diciembre se toparon cerca de Navarro: las milicias de gauchos mal armados fueron derrotadas y dispersas por las experimentadas tropas de línea.

Mientras Rosas iba a pedir auxilio al gobernador de Santa Fe, Dorrego buscó incorporarse al Regimiento 3 cerca de Areco, al mando de su amigo Angel Pacheco, que le dio asilo y se puso a sus órdenes. Pero los comandantes Acha y Escribano amotinaron la tropa, apresaron a Dorrego y lo llevaron a la Capital. En el camino recibieron la orden de cambiar de rumbo y conducir al prisionero al campamento de Navarro donde estaba Lavalle.

Dorrego le pidió a Lavalle garantías para su persona y un salvoconducto para marchar al extranjero. Pero los unitarios tenían decidida su muerte y se lo recordaron a Lavalle en premiosas cartas, para contrarrestar los pedidos de clemencia o un posible desfallecimiento de la voluntad. “Nada de medias tintas”, decía Juan Cruz Varela, mientras se regocijaba en El Pampero: “La gente baja ya no domina, y a la cocina se volverá”. “Hay que cortar la primera cabeza de la hidra”, afirmaba Agüero. Salvador María del Carril, más categórico, refería: “Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarlo. Una revolución es un juego de azar donde se gana la vida de los vencidos”.

El 13 de diciembre de 1828 llegó Dorrego al campamento de Navarro, y se le avisó que sería fusilado en una hora. Lavalle no quiso verlo.

El golpe fracasó y para imponerse debió recurrir a una feroz tiranía que, por esos mismos días, reprobó José San Martín en su retorno al país. Negándose a desembarcar en febrero de 1829, rechazó el papel de “verdugo de mis conciudadanos”, mientras Lavalle y sus tropas veteranas eran derrotadas el 25 de abril en Puente de Márquez por milicias de Estanislao López y de Rosas. El año 1829 fue el único de Buenos Aires en que hubo más muertes que nacimientos: hubo 4.658 fallecidos, cuando en 1827 fueron 1.904 y en 1828, 1.788. La expresión “salvajes unitarios” no era antojadiza.

Dorrego fue la primera víctima del iluminismo argentino. Su muerte, en cierta manera, contribuyó a cimentar la creencia de que los unitarios solamente traerían ruina, disfrazada de civilización, al país. Otra habría sido la suerte de los argentinos si Dorrego no era muerto por la perfidia de los doctores unitarios porteños, que usaron a Lavalle como brazo ejecutor.

San Martín huyó despavorido de Buenos Aires cuando supo que Lavalle gobernaba Buenos Aires. Junto a Dorrego es posible que hubieran enderezado el rumbo del país en sus comienzos, en sus cimientos, como quien dice. 

Pero nada puede cambiar la historia.

 

Tomado de: https://ramirezdevelazco.blogspot.com/2022/12/calendario-nacional-fusilan-dorrego.html?fbclid=IwAR2n21_uMYa0EX8SxSROhvIjyo0XMIEmXyJCqNg0_IIAwdtTlqdcnc7f4n8

 

 


miércoles, 10 de agosto de 2022

Güemes Primer Gobernador Autónomo de Salta y su lucha por la Patria Grande

 

Prof. Jorge E. Camacho Ruiz

El Gral. Martín Miguel de Güemes, luego de derrotar al ejército realista en Puesto del Marqués en 1815, fue aclamado gobernador de la Intendencia de Salta un 6 de mayo de ese mismo año, convirtiéndose así  en el primer gobernador autónomo elegido por el pueblo de Salta, ya que  hasta entonces los gobernadores eran designados en Buenos Aires.

Un año antes el Director Supremo Gervasio Posadas, había dividido la Gobernación de Salta del Tucumán, en dos Intendencias: la de Salta, que abarcaba, Salta, Jujuy, Tarija y la parte occidental del Chaco y Formosa; y la del Tucumán que comprendía Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca.

Junto al cargo de Gobernador, Güemes, ejerció el comando de las fuerzas armadas de la Intendencia hasta su muerte ocurrida seis años más tarde; por lo que tuvo que lidiar con la realidad acuciante en tiempos de guerra y carestía, lo que lo obligo a tomar medidas poco simpáticas, puesto que afectaron a estancieros y comerciantes, resintiendo la economía de la antes esplendida Intendencia, alimentando así la a sus opositores y los enemigos de la causa patriótica.

Entre esas medidas odiosas estaban: la prohibición del comercio con el Alto Perú (que favorecía a los realistas que se abastecían de mulas en territorio salteño), medida impuesta anteriormente con el acuerdo del Gral. Manuel Belgrano; la eximición del pago del arriendo a los gauchos que no cobraban sueldo y estaban al servicio de la Patria (“estos pagan con su sangre decía” Güemes); y la implementación e incremento del tipo de monto de contribuciones obligatorias a favor de la causa Patriota.

Pero volviendo sobre las circunstancias en las cuales fue elegido Gobernador. El Directorio debió aceptarlo pues no tenía más alternativa, dadas las tempestades políticas del momento. Tengamos en cuenta que en ese momento se presentaba un cierto vacío de poder político a nivel nacional. El Director Supremo Alvear había sido depuesto un 10 de abril de 1815, asumiendo transitoriamente el gobierno, el Cabildo de Buenos Aires, hasta el nombramiento del nuevo Directorio como sucesor, designándoselo a Rondeau y a su remplazante Álvarez Thomas, por encontrarse el primero al frente del ejército del norte. Tampoco podemos obviar la influencia de San Martín en la actitud de Güemes y de un Álvarez Thomas, quién fuera éste el promotor de la sublevación de Fontezuela, contra Alvear opositor político de San Martín, en inteligencia con un “partido vecinal” en donde uno de sus participantes fue el señor Escalada, suegro de San Martín.

Además tengamos presente que bajo esas circunstancias los directoriales porteños, también se vieron forzados a aceptar a gobernadores autónomos como José Javier Díaz en Córdoba o Francisco Candioti en Santa Fe. Esa etapa de las autonomías versus centralismo fue anterior a lo que como resultado de esa confrontación haría su aparición seguidamente dos sectores políticos irreconciliables, el federalismo y el unitarismo, y por la cual tanta sangre se derramaría.

La elección de Güemes como gobernador, no sólo fue popular, esto es con el apoyo de todo el pueblo salteño en general, sino también con el respaldo de la gente más distinguida, entiéndase bien, no se trataba de un sufragio mediante las urnas como en la actualidad, no. Eran los representantes del Cabildo los electores, pero en esta ocasión con la algarabía de un consenso generalizado.

Güemes, una vez en el ejercicio del gobierno se dispuso a buscar el consenso de una ciudad hostil como Jujuy y finalmente lo logró. Posteriormente, durante los intensos debates en torno al congreso de Tucumán, Güemes en sintonía con San Martín, y en esos momentos, apoyó la monarquía constitucional; como también luego y desde su autonomía provincial apoyó la Constitución de 1819 y la unión nacional, a pesar de que muchos gobernadores de las provincias la rechazaran por centralista, Güemes lo hizo, por razones pragmáticas, ante la urgencia y la importancia de la unión, a los efectos de que no mermaran los recursos y los apoyos logísticos necesario para nutrir a las fuerzas del norte, tan necesario para la lucha contra los invasores realistas.

Al respecto entre los historiadores se desato un gran debate, entre los que sostuvieron que Güemes estableció así su adhesión al unitarismo y los que lo afiliaban con el federalismo.

No cabe duda que Guemes al aceptar su cargo como gobernador autónomo, tiene un ineludible vínculo con el federalismo y en absoluto con el unitarismo. Pero Güemes concibió un federalismo desde su propia coyuntura, es decir en el contexto de la lucha por la independencia. O sea que para entenderlo debemos ahondar en su percepción política, puesto que siempre combatió el anarquismo rioplatense, sea este de tendencia unitaria o federal que ponía en peligro la causa de la independencia. Ocurre que desde el lugar geopolítico en el cual se encontraba,  para Guemes era más urgente y fundamental terminar la guerra con España y conservar el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata en forma íntegra, que la definición por la forma federal o unitaria de gobierno; y esto lo pone a la altura de los sueños de un Belgrano y un San Martín, por consolidar la Patria Grande y evitar la disgregación pergeñada por la inteligencia del imperio británico de lo cual contaba con información reservada.

Pero ¿de dónde le procedía esa fuente de información? De su ministro de hacienda Pedro de Cevallos, éste era hijo del creador del Virreinato del Río de la Plata, nada menos; y por herencia familiar y una tenaz labor investigativa, se lo consideraba el más entendido sobre los proyectos y ambiciones lusitanas y británicas. De todo esto nos da cuenta un informe geopolítico del año 1816 del tratadista Miguel José Lastarria y Villanueva (1). Pero además Güemes quién había tenido su bautismo de fuego combatiendo durante las invasiones inglesas en 1806 y 1807 estaba totalmente compenetrado de quiénes eran nuestros históricos enemigos.

Si Güemes con su ejército hubiese logrado unirse con San Martín en el Perú, como estaba planificado, muy difícilmente se habría disgregado las Provincias Unidas del Río de la Plata, y la Patria Grande se hubiera preservado. Curiosamente, cuatro  días antes de que Güemes emprendiera la marcha hacia el Perú, fue herido de muerte, triste fue su destino, el de su familia, y así también se consumieron los sueños de una gran Nación Bioceánica.

Finalmente cabe señalar respecto al Federalismo de Güemes, lo que el historiador Atilio Cornejo en su Historia de Güemes, expresa: “El federalismo de Salta consistía en el respeto que exigía de sí misma como integrante de las Provincias Unidas. Aspiraba a colaborar en la dirección de los destinos de la Nación y en su grandeza, no como Salta en sí misma, sino como la Argentina. No era un espíritu local el que la animaba, sino nacional. Más se preocupó de la Patria grande que de la Patria chica; más de la Nación, que de sí misma. Por ello también, de ella se olvidaron y permaneció tanto tiempo pobre y abandonada; pero, siempre, guardando celosamente sus tradiciones y sus glorias en cerrado cofre, junto con el perfume típico de su personalidad que la distingue. Y así como Salta fue firme columna de la libertad, como reza la leyenda de su escudo, fue también columna de la unidad nacional” (2).

 

Notas:

1.       En Estrategia Nº 58, mayo – junio 1979, El Cid Editor: Un Informe Geopolítico del Dr. Miguel de Lastarria en 1816.

2.       2da. edición, Artes Gráfico S. A., Salta, 1971, p. 171.

 

 


lunes, 17 de junio de 2019

GÜEMES, BELGRANO Y LA INDEPENDENCIA: SU EJEMPLO ANTE NUESTRA SUMISION AL NUEVO ORDEN MUNDIAL

Por: Fernando Romero Moreno

En esta semana honramos la memoria del Gral. Martín Miguel de Güemes y del Gral. Manuel Belgrano.. Ambos son héroes de nuestra Guerra de la Independencia y merecen, como es propio de la virtud de la piedad, nuestra veneración y agradecimiento. 

Güemes, perteneciente a una de las más tradicionales familias salteñas, peleó contra los Ingleses en las jornadas de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, defendió la frontera norte del ataque de los llamados “realistas” en la Guerra Gaucha (inmortalizada por Lugones) y fue uno de nuestros primeros Caudillos, defensores de las autonomías y tradiciones provinciales como de los derechos de los sectores populares. 

El General Belgrano también participó de las Invasiones Inglesas, fue uno de los protagonistas principales de la Revolución de Mayo e integró la Primera Junta, tuvo a su cargo la Expedición al Paraguay y más tarde la dirección del Ejército del Norte, fue el creador de nuestra escarapela y de la Bandera Nacional, integró la delegación que viajó en 1815 a España para tratar de llegar a un acuerdo con Fernando VII y cuando esto fracasó fue uno de los más decididos partidarios de la Independencia. 

Tanto Güemes como Belgrano fueron católicos practicantes, defensores de una Monarquía que impidiera la anarquía y la desintegración territorial, y grandes amigos del Gral. San Martín. Ninguno fue un renegado de la cultura tradicional hispánica ni revolucionario al estilo de la impía Revolución Francesa. La Guerra de la Independencia, contra lo que habitualmente se dice, no fue una guerra de criollos contra españoles ni un conflicto ideológico fruto del pensamiento de la Ilustración. Fue una verdadera guerra civil en toda América y en ambos bandos hubo  católicos y masones, conservadores y liberales,  criollos y españoles. Es por eso que, con independencia del juicio que nos merezcan aquellos acontecimientos, en la Argentina honramos la memoria tanto de “realistas” como Santiago de Liniers (injustamente fusilado por la Primera Junta) y de “patriotas” como Güemes y Belgrano. Es muy difícil juzgar hoy cuál fue la decisión más prudente en relación con la Corona Española y todos los hispanistas somos conscientes de que, por obra de Inglaterra, los EE.UU y las logias masónicas, esta Gesta no terminó en dos o tres reinos independientes del Rey de España pero aliados a la Madre Patria (como querían, entre otros, los Libertadores San Martín en las Provincias Unidas, o Ithurbide en México), sino en 19 estados diferentes, funcionales por su debilidad al imperialismo anglosajón, a los organismos internacionales progresistas y masónicos como la ONU o al imperialismo de las potencias comunistas (la Unión Soviética hasta 1991 y China en los días que corren). ¿Qué es Brasil? podríamos preguntarnos para hacer una comparación. Es el Imperio de Portugal en América que no se dividió. De allí su fortaleza en el orden internacional,  a pesar de los grandes problemas que tiene. ¿Qué son los EE.UU? Las primitivas 13 colonias de la Costa Este que, unidas, compraron y conquistaron territorios hacia el Oeste hasta hacer un Estado continental  del Atlántico al Pacífico, aliado con Inglaterra luego de su propia Independencia hasta la actualidad. ¿Y qué somos nosotros, por traición de Castelli, Rodríguez Peña, Alvear o Rivadavia (sólo por analizar el caso de las Provincias Unidas), todos agentes de la Corona Británica? Somos el Imperio Español en América que se dividió en 19 estados separados y muchas veces peleados entre sí. Capital importancia tuvo en esta derrota el accionar de la Masonería inglesa (cuyo Gran Maestre es el Duque de Kent), la difusión de la Leyenda Negra antiespañola y el indigenismo. ¿Quién promueve hoy el separatismo mapuche, el ataque a la religión católica, a la familia, a la vida humana inocente, entre otras cosas? El enemigo de siempre, que actúa a través de los organismos internacionales, de ciertos círculos de poder anglo-norteamericanos y también de una izquierda controlada por el Nuevo Orden Mundial. Es pues nuestra tarea, si queremos ser fieles herederos de los valores que inspiraron a Güemes y a Belgrano, seguir luchando por la religión católica, por la tradición hispano-indiana, por la soberanía política, por la independencia económica, por la justicia social, por la unión hispanoamericana y por los valores que nos definen como integrantes de la Comunidad Hispánica de Naciones. 

Independencia del Rey y fidelidad a la Hispanidad fueron los objetivos que persiguieron, dadas las circunstancias de aquellos días, patriotas como Saavedra, Belgrano, Güemes, Artigas, San Martín y otros de nuestros próceres. Tratemos de seguir ese camino contra la agenda globalista, masónica y anticristiana que nos quieren imponer

                                                                              


lunes, 11 de marzo de 2019

ARTIGAS, ROSAS y FRANCIA: LA LÍNEA FEDERAL

Gaspar Rodriguez de Francia
Por: Leonardo Castagnino                             

Producida la revolución de mayo de 1810 en Buenos Aires, varias provincias del Virreinato no adhirieron a la revolución y se mantuvieron leales a las autoridades peninsulares; entre ellas las provincias de Paraguay y la Banda Oriental del Uruguay.

Gaspar Rodriquez de Francia

En el Paraguay gobernaba Bernardo de Velazco, español, que contaba con la adhesión de los paraguayos. La Junta revolucionaria de Buenos Aires envía dos misiones para intentar la adhesión paraguaya a la revolución, pero fracasan.

Mientras tanto la Junta de Buenos Aires preparaba un ejército “auxiliar” al mando de Manuel Belgrano, para “convencer” a las autoridades asunceñas, pero al momento de pisar suelo paraguayo, los pobladores mostraron un fuerte rechazo al sentirse invadidos por ejercito extraño, a pesar de enarbolar bandera española como la propia, y se retiran territorio adentro llevando consigo los abastecimientos que podían trasladar. Finalmente se enfrentan en Paraguarí (19 de enero de 1811) y Tacuarí (9 de marzo de 1811), donde el ejército de Buenos Aires es derrotado y se ve obligado a retirarse, seguido de cerca por las tropas paraguayas.

Posteriormente el gobernador Bernardo de Velazco es obligado a gobernar con una Junta compuesta por dos paraguayos y el propio Velazco, que al poco tiempo sería desplazado. La Junta quedaría luego formada por tres paraguayos, uno de ellos Gaspar Rodríguez de Francia, nativo paraguayo graduado en leyes en Córdoba, admirador de Franklin y de la organización federal del país del Norte. Hombre de carácter firme, inteligente y desconfiado, con el tiempo se convertiría en el hombre fuerte de Paraguay y designado “Dictador Perpetuo”.

En junio de 1811, la Junta asunceña envía una nota, de pluma de Francia, a la Junta porteña, proponiendo formar una confederación de provincias autónomas, sin que ninguna tuviera preponderancia sobre las demás. La nota es clara al exponer la buena voluntad de Asunción de unirse en confederación con las demás provincias en igualdad, como así también es contundente en hacer reserva de sus derechos. Plantea la igualdad de todas las provincias, exige la derogación de impuestos cobrados Buenos Aires, y deja la resolución del Congreso General sujeta a la ratificación de los paraguayos. Es demasiado pedir. Buenos Aires no rechaza explícitamente la nota, pero no está dispuesta a renunciar al cobro de impuestos ni a perder la supremacía que pretendía.

La nota del 20 de julio, que podría haber sido el germen y base de una constitución para las Provincias Unidas del Río de la Plata, no es tenida en cuenta por Buenos Aires. Buenos Aires no solo deja la nota sin contestación, si no que además comienza una política de hostigamiento y presión, entorpeciendo el comercio y la navegación fluvial paraguaya, incluyendo decomiso de mercaderías, retención de buques y aumento de tasas sobre el comercio. Esta actitud tuvo como consecuencia el paulatino aislamiento del Paraguay del resto de las provincias, desentendiéndose de los conflictos internos y de la guerra de la independencia.

Con el aislamiento, Paraguay llegó a ser un país autónomo, sin deuda ni injerencia extrajera, alfabetizado y dueño de su propia producción, industria y comercio. Este aislamiento paraguayo se mantuvo durante todo el gobierno de Rodríguez de Francia, que muere en 1840.

El sucesor es Carlos Antonio López, quien en 1842 solicita a Rosas el reconocimiento de la independencia paraguaya. Rosas no consiente el pedido, y le advierte el peligro de separarse, con que ambas partes se debilitarían y serian `presa de extranjeros y de brasileños, lo que fue un vaticino de los sucedido veinte años más tarde con la trágica guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1865-1870) que costra la vida del 75% de los paraguayos.

Rosas no pretende incorporar por la fuerza al Paraguay, sino que busca su incorporación por desición voluntaria de Paraguay. La misma actitud tendrá con la Banda Oriental y Bolivia.

José Artigas

Jose Gervasio Artigas
La Banda Oriental tampoco adhiere a la revolución de mayo. Montevideo se mantiene leal a las autoridades peninsulares. José Artigas, por entonces oficial del ejército español, deja su puesto del regimiento de Blandengues y se dirige con algunos pocos acompañantes a Buenos Aires, donde propone a la Junta llevar las banderas de la revolución hasta Montevideo.

En el regreso, se demora unos días haciendo contactos en Entre Ríos, y mientras tanto, en febrero de 181 se produce el hecho conocido como “El grito de Asencio”. Un grupo de hombres de la campaña oriental, compuesto por hombres de toda clase, se reúne a orillas del arroyo de Ascencio, y el 28 de febrero de 1811 se declaran en rebeldía contra las autoridades montevideanas. A su llegada, José Artigas asume como su natural caudillo oriental.

En el año de 1813, Buenos Aires convoca un Congreso Constituyente conocido como la Asamblea del Año XIII, invitando a las provincias a enviar diputados al congreso. La asamblea tenía una gran influencia de los directoriales, partidarios del centralismo porteño. Paraguay se abstiene de participar con distintas excusas, mientas que la Banda Oriental envía sus Diputados al Congreso.

El 13 de abril José Artigas envía las instrucciones a los diputados orientales al congreso, en las que básicamente se proponía formar una confederación de provincias autónomas. En su Art.19 proponía “Que precisa e indispensablemente sea fuera de Buenos Aires donde resida el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas”. Era demasiado pedir; con excusas formales, los directoriales rechazan la incorporación de los representantes orientales al Congreso. Esto provocaría el paulatino distanciamiento de José Artigas, nombrado Protector de los Pueblos Libres, formado por las actuales provincias de Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santa Fe y Córdoba, y con sede de gobierno en Purificación, próxima al actual Paysandú. Artigas propone a Francia a formar parte de la Liga, pero el paraguayo, desconfiado y en parte por evitar conflictos con Buenos Aires, no adhiere a la Liga.

En junio de 1815, Artigas convoca al Congreso de Arroyo de la China (actual localidad de Concepción del Uruguay, Provincia de Entre Ríos) o Congreso de Oriente, donde se declara la independencia de España y de toda potencia extranjera. Buenos Aires desconoce lo resuelto, convocando al Congreso de Tucumán, al que se abstienen de participar las provincias que integraban la Liga de Pueblos Libres, a excepción de Córdoba que participa en los dos congresos.

Las desavenencias de Artigas con Buenos Aire se profundizan con la invasión portuguesa a la Banda Oriental ante la mirada indiferente o cómplice de Buenos Aires, que concluye con la ruptura definitiva entre Artigas y Buenos Aires en 1820. Tras la batalla de Cepeda y el Tratado del Pilar, se produce el enfrentamiento entre el caudillo entrerriano Francisco “Pancho” Ramírez y José Artigas. Vencido éste, se exilia definitivamente en Paraguay.

Luego de la gesta de “Los 33 orientales” (abril de 1825) se convoca al “Congreso de Florida” (agosto de 1825) donde se “Declara írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos, aclamaciones y juramentos arrancados á los pueblos de la Provincia Oriental, por la violencia de la fuerza unida á la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil que la han tiranizado, hollado y usurpado sus inalienables derechos, y sujetándole al yugo de un absoluto despotismo desde el año de 1817 hasta el presente de 1825. Y por cuanto el Pueblo Oriental, aborrece y detesta hasta el recuerdo de los documentos que comprenden tan ominosos actos…” (Art.1º), “…reasumiendo la Provincia Oriental la plenitud de los derechos, libertades y prerrogativas, inherentes á los demás pueblos de la tierra, se declara de hecho y de derecho libre é independiente del Rey de Portugal, del Emperador del Brasil, y de cualquiera otro del universo y con amplio y pleno poder para darse las formas que en uso y ejercicio de su soberanía estime convenientes”. “... para resolver y sancionar todo cuanto tienda á la felicidad de ella, declara: - que su voto general, constante, solemne y decidido, es y debe ser por la unión con las demás Provincias Argentinas, á que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce”… “Por tanto ha sancionado y decreta por ley fundamental la siguiente: “Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida á las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer período de la regeneración política de las dichas Provincias". (Art.2º)
Juan Manuel de Rosas

Juan Manuel de Rosas

Algunos alegan que Rosas, como gobernador de Buenos Aires actuó como unitario y no como federal. Sin embargo Rosas tenía la típica cultura federal: defensa de la hispanidad, la tradición, la Patria, antilogista y defensor de la “Santa Federación”. Y como tal, siempre respetó las autonomías regionales y provinciales. Nunca invadió otro territorio y en todo caso ejerció su influencia por medio de la política, la correspondencia y el respeto que inspiraba.

En el enfrentamiento en la Banda Oriental entre Manuel Oribe y Fructuoso Rivera, que por otra parte le había declarado la guerra a Rosas, éste no envió un ejército de Buenos Aires, si no un ejecito auxiliar al servicio de Oribe.

En ocasión del levantamiento unitario de la “Liga del Norte” (Lavalle, Gral. Paz y Lamadrid) no envió un ejercito propio, si no un ejército de la Confederación al mando del oriental Oribe, para evitar el celo o desconfianza de las provincias, según dijo.

Cuando el pedido de Carlos López de reconocimiento de la independencia de Paraguay en 1842, contestó por nota oficial que ni aprobaba ni desaprobaba el pedido de independencia, para lo que no tenía atribuciones, y que en todo caso lo tratarían entre todas las provincias cunado se pacificaran.

Con motivo de la revolución untaría de Corrientes, Carlos López envió un ejército al mando de Francisco Solano López en apoyo a la revolución. Rosas ordenó a Urquiza desalojar de la provincia de Corrientes las tropas paraguayas, pero que de ninguna manera cruzara el Paraná.

Cuando la guerra contra el dictador Santa Cruz de la Confederación peruano-boliviana, que complotado con Cullen y los unitarios de Montevideo pretendía anexar las provincias del Norte, luego de la victoria Argentina un grupo de generales, a través del general Pacheco, le propusieron a Rosas que era la oportunidad de reincorporar Bolivia a la Confederación. Rosas le contestó en una extensa carta donde, entre otras cosas, le decía que eso no iba a suceder mientras el estuviera en el gobierno, porque seria aprovecharse de la situación y crearía un resentimiento perdurable, y que mas bien convendría esperar a que se organicen y luego adhieran a la Confederación por su propia voluntad.

Durante las negociaciones a raíz del bloqueo Anglo-Francés, Rosas se negó a negociar por separado con los anglo-franceses sin tener en cuenta la opinión de Manuel Oribe, a quien reconocía con autoridad sobre la Banda Oriental.

Estos son solo algunos ejemplos.

Respecto a la acusación que se le hace de ser ”pro ingles”, los unitarios se basan en dos argumentos principales: que Rosas respetó a los comerciantes ingleses, y que no recuperó las islas Malvinas.

En relación con el primer argumento, vale hacer notar que Rosas era profundamente legalista, y como tal respetó él tratado de amistad de 1825 con Inglaterra, pero cuando quisieron violar la soberanía navegando libremente los ríos interiores, Rosas opuso tenazmente, dejó de pagar el servicio de la deuda del Empréstito Baring de 1824 y no solamente les hizo morder el polvo de la derrota, si no que se dio el gusto de salirse con la suya, haciéndole devolver los buques capturados y saludar con 22 cañonazos el pabellón Nacional.

Respecto a la recuperación de Malvinas, la Confederación no estaba en condiciones de recuperarlas por la fuerza; la escuadra había sido entregada por los unitarios en pago de servicios de la deuda del empréstito Baring; pero Rosas no dejó de reclamarlas en la prensa escrita y en la Legislatura anualmente. Es más: intentó recuperarlas por medio de un ardid diplomático: ordenó a Manuel Moreno, representante en Londres, que “como cosa suya” ofreciera las Malvinas a cambio de la deuda; si los ingleses aceptaban, estarían reconociendo que las islas pertenecían a la Confederación, y bastaría con desautorizar a Manuel Moreno en su ofrecimiento “como cosa suya”, para que la Confederación tenga reconocida la soberanía sobre las islas. Lamentablemente los ingleses no picaron el anzuelo.

A instancias de Juan Manuel de Rosas, el 4 de enero de 1831 se firma el Pacto Federal entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, invitando a la posterior adhesión de las demás. Era básicamente un pacto de mutua defensa. Se delega en Rosas la representación de las Relaciones Exteriores.

En un notable documento conocido como “Carta de Hacienda de Figueroa”, enviado por Rosas a Facundo Quiroga el 20 de diciembre de 1834, refiriéndose a la formación de una Confederación de provincias y a la reunión de un congreso, Rosas entre otros conceptos le expresa: “El punto sobre el lugar de la residencia del Gobierno suele ser de mucha gravedad, y trascendencia por los celos y emulaciones que esto excita en los demás pueblos, y la complicación de funciones que sobrevienen en la corte o capital de la República con las autoridades del Estado particular a que ella corresponde. Son éstos inconvenientes de tanta gravedad que obligaron a los norteamericanos a fundar la ciudad de Washington, hoy Capital de aquella República que no pertenece a ninguno de los Estados confederados”.

La línea federal

Como vemos, el pensamiento de los tres hombres, Francia, Artigas y Rosas, son coincidentes.

Derrocado Rosas, el liberalismo centralista porteño toma la iniciativa. Desplaza al gobierno oriental, blanco federal, y con el colorado Venancio Flores en el gobierno y Bartolomé Mitre presidente argentino, forman con Brasil la Triple Alianza contra Paraguay. Se destruye Paraguay y queda postrado el federalismo en el Río de La Plata. A partir de entonces, empréstitos de por medio, los países de la cuenca del Plata serían presa fácil del imperialismo inglés.



lunes, 26 de enero de 2015

EL CENTENARIO DEL ASESINATO DEL GRAL. ALEJANDRO HEREDIA*

Por Alberto Ezcurra Medrano

No es nuestro propósito escribir una biografía del General Alejandro Heredia. Vamos a hablar tan solo de su muerte, cuyo centenario se cumplió el 12 de noviembre del año 1938. Y lo vamos a hacer, porque este centenario, como otros recientes, no será sin duda muy recordado por el liberalismo, ya que Heredia no cayó asesinado por la “mazorca” sino por los unitarios.

Sólo diremos respecto de Alejandro Heredia, que este General teólogo[1], que fue gobernador de Tucumán, se caracterizó siempre por su gobierno paternal y progresista. De la magnanimidad de sus sentimientos dio pruebas repetidas veces. Así, cuando estalló y fue sofocada la revolución del 22 de junio de 1834, habían sido justamente condenados a muerte 25 de sus promotores, pero Heredia les conmutó la pena. Y se cuenta que la noche del perdón varios de los condenados bailaron una misma contradanza con el generoso gobernador. En cuanto al carácter progresista de su gobierno, lo reconoce el propio Zinny, a pesar de su fobia contra los hombres de lo que él llama la “seudo-federación”. “El gobernador Heredia -dice- introdujo las más importantes mejoras en la administración de la provincia, estableciendo un sistema, el más adecuado al sostén del orden y al fomento de la felicidad pública. La policía, la administración de justicia, toda la economía interior de la provincia, sintió el benéfico influjo de su gobierno, que se desvelaba por borrar las pasadas  desgracias y activar la completa organización de Tucumán”[2] 
  
Y, sin embargo, este gobernador de la Federación, a quien no puede acusarse de tirano, murió asesinado. ¿Por qué? Precisamente a causa de su misma generosidad, que lo movió a buscar una imposible conciliación de partidos y a confiar ingenuamente en hombres que sólo esperaban el momento oportuno para desembarazarse de él. Rosas lo vio claro y se lo advirtió; pero Heredia  siguió en sus trece. Por eso Rosas, en carta a Ibarra, comenta su muerte con palabras duras  y amargas, pero que revelan, una vez más, su clarividencia política.

“El general finado -dice- abrigaba muchos disparates en su cabeza, pero no era un malvado. Antes su candor y demasiada credulidad, es preciso repetirlo, lo precipitaban en juicios erróneos, lo inducían a ser indulgente con los unitarios, quienes lo hacían enredarse a cada paso con los lazos que le tendían, porque se había empeñado en esa maldita idea de la fusión de partidos, que ha puesto al país en el fatal estado en que lo vemos. Esa credulidad, no me cansaré de repetirlo, esa indulgencia excesiva con los unitarios y esa idea de fusión de partidos sobre que tanto le predicaba yo en mis cartas (y como le dije usted  en 1835, para que también lo advirtiese, “que era preciso consagrar el principio de que estaba contra nosotros el que no estaba del todo con nosotros”), han sido las verdaderas causas de su desgracia”[3]
            
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El hecho, escuetamente, se produjo en la siguiente forma:

El 12 de noviembre de 1838, mientras Heredia se dirigía en coche a su casa de campo, fue asaltado en Los Lules por una partida al mando del comandante Gabino Robles, y compuesta por Juan de Dios Paliza, Vicente Neyrot, Gregorio Uriarte y José Casas. Heredia, que en cierta ocasión había insultado de hecho a Robles, comprendió sus intenciones, y se dice que ofreció cuanto pidiese, contestándole Robles que sólo quería su vida y descerrajándole tres tiros.

¿Se trataba, como se ha dicho, de una simple venganza personal, o fue un crimen político? La “vox populi” sindicó como instigador del hecho al doctor Marco Avellaneda, y esta creencia se perpetuó  en romances populares que Juan Alfonso Carrizo ha recopilado en su Cancionero de Tucumán. Dice así uno de los romances:

“Avellaneda y Lavalle
Manchados de sangre están
Estos defienden de Rosas
Las tierras de Tucumán.

Del primero se murmura
Que con su verba sin par
Convenció a Gabino Robles
Que a Heredia debía matar.

Del segundo, quién no sabe
La locura sin igual,
De hacer sin causa y proceso
A Dorrego fusilar.

Sombras de Heredia y Dorrego
Si es que ya en el cielo estáis
Os rogamos por la Patria
Que estas tierras protejáis.

A esta tierra en que con gloria
La fama de Uds. vive,
No dejéis que la profanen
Las tropas que trae Oribe.

No dejéis que en mil hogares
Se sufran negros dolores,
No dejéis que aquí la paguen
Los justos por pecadores”.

Y otro, da a entender lo mismo:

“Una tarde de noviembre
Por una boscosa senda
En su galera viajaba
El Gobernador Heredia.
No lleva escolta a su lado
Que en su vanidad ingenua
Cree que lo escolta su fama
De héroe de la independencia.
Doctorcitos unitarios
Lo mandan a matar.
Mal hicieron los doctores
Y caro la pagarán.
No era malo el indio Heredia
Que sabía perdonar.
Que lo diga sino Alberdi,
Que lo diga Marcos Paz
Y hasta el propio Avellaneda
Lo podría atestiguar”.

No obstante, la participación de Avellaneda ha sido negada por no haberse probada documentalmente y por considerársele indigna del “Mártir de Metán”. A lo primero debemos observar que la prueba documental no es en estos casos la única, y a lo segundo, que se parte de un prejuicio histórico. Avellaneda, como todos los próceres de esa tendencia -y sin que esto implique  negar su inteligencia y verdaderos méritos- ha sido previamente deshumanizado por sus admiradores incondicionales y se le ha colocado bajo ese tabú protector que ahora se ha dado en llamar “el fallo inapelable de la historia”, y cuya violación es causa de amonestaciones ministeriales. Pero el Avellaneda real no es el semidiós togado que aparece en las ilustraciones de los textos de historia “oficial”. Es un hombre, con cualidades, defectos y pasiones, como todo hombre.

La participación en el crimen de Lules no está en contradicción con otros hechos de Avellaneda, que no escatimó la violencia ni los procedimientos terroristas durante la Coalición del Norte. Los embargos, en los cuales basa su nuevo capítulo de acusación contra Rosas el señor Dellepiane, fueron aplicados por dicha Coalición dos meses antes del famoso decreto de Rosas, como lo prueba documentalmente Ernesto Quesada.[4] Las notas que el gobierno de Tucumán pasó a las provincias, horrorizaron a los mismos coaligados, provocando reacciones como ésta, del gobierno de Salta:

“La nota de ese gobierno dirigida a Ibarra es degradante a nuestra causa, y sólo puede servir  para  exaltar los ánimos y con justicia contra nosotros, en vez de darnos aliados o partidarios.  La decencia y circunspección deben presidir en todas las comunicaciones oficiales; ese lenguaje de sangre y exterminio debe proscribirse; siendo el menos a propósito para conquistar voluntades,  es también contradictorio al objeto proclamado de la organización de la República; la sangre sólo da sangre por fruto y promoviendo continuas reacciones se radica la anarquía de los rencores personales y se radica de un modo terrible y espantoso. Acusamos a Rosas por haber empapado el suelo de la patria con sangre humana. ¿Y es posible proclamar que se derramará aún más? ¿Y la sangre de los hijos y de los parientes, por delitos que nunca pudieron cometer? ¿Qué  podrán juzgar de nosotros si sentamos tales principios de pura barbarie?”...[5].

Pero las amenazas no quedaban sólo en los documentos. El terrorismo desplegado por la Coalición en Salta superó los peores excesos de la mazorca porteña y obligó a otro coaligado, el General  Dionisio Puch, a dirigir a Avellaneda una nota de la cual entresacamos los siguientes párrafos:

“Muchos son los conductos por donde el gobierno sabe los excesos de toda clase que cometen los soldados de la división que V.E ha traído de Tucumán a la Frontera. El país que han pisado ha quedado arrasado, y no es posible ya al infrascrito ser indiferente a tanto desorden, a hechos cuyas consecuencias serán funestas a su país, y más que a éste, a la causa de la libertad de la República...El robo a los amigos y enemigos; toda clase de excesos prodigados indistintamente; la compleja desolación del suelo que ocupa la división de V.E., no son el riesgo benéfico que hará florecer el árbol de la libertad, tan marchito ya en la República...¿Prevalecerá contra el verdugo de Buenos Aires la coalición, si se talan sus campos, se diezman sus habitantes y se agotan las fuentes de su riqueza y porvenir? [6]

Tal es el hombre, examinado fríamente a la luz de los documentos emanados de sus propios aliados. Tal es por lo menos bajo uno de los aspectos, porque no está en discusión ahora su inteligencia , sus cualidades oratorias o su capacidad como gobernante, sino sus métodos revolucionarios, en los cuales puso todo el fuego y toda la imprudencia de sus 26 años.

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Volviendo al caso de Heredia, existe, además, otro documento: el acta del consejo de guerra que se le formó a Avellaneda en 1841, cuando cayó prisionero de Oribe y fue condenado a muerte.
Los dos incisos referentes a su participación en el hecho dicen así:

“Preguntado: Con qué objeto le prestó su caballo rosillo al teniente Casas, asesino del finado General Heredia, el día que se perpetró el hecho dijo: que el día antes del asesinato le pidió el referido asesino Casas el mencionado caballo al que declara para ir a dar un paseo al punto de Los Tules y que en éste cometió el hecho.

“Preguntado: Con qué objeto salió el mismo día que se asesinó al General Heredia y se vio con uno de los asesinos llamado Robles en circunstancias que éstos entraban al pueblo, dijo: que su hermano político don Lucas Zabaleta lo había invitado para que lo acompañase a pasar el día en su chacra del Manantial: que en su camino a esta chacra y a muy poca distancia de la Capital, se encontró con los asesinos que tenían una partida de quince a veinte hombres: que al verlo desde alguna distancia lo mandaron hacer alto: que el declarante obedeció y que al instante se adelantaron tres o cuatro de los asesinos, entre ellos, el mencionado Robles: que éste último, ya completamente ebrio, le alargó la mano gritando “ya sucumbió el tirano”, cuyo grito fue repetido por los otros dos o tres que lo acompañaban: que el declarante atemorizado por esta escena, no atinaba con lo que significaba ella, hasta que el mismo Robles le dijo que él con sus propias manos había asesinado al gobernador Heredia: que el declarante más atemorizado entonces procuró balbucir algunas palabras aplaudiendo su conducta y concluyó pidiéndole permiso para continuar su camino. Que Robles preguntó entonces al declarante si él no era Presidente de la Honorable Cámara de Representantes:  que a la contestación afirmativa del declarante replicó Robles: “hoy no es día de pasear, sino de trabajar por la patria: vuelva usted a la ciudad y reúna la Sala de Representantes: que nosotros por nuestra parte no queremos nada”: que el declarante se separó entonces a galope largo y que, sin embargo de haber andado a éste a la ciudad, no consiguió llegar sino tres o cuatro minutos antes que ellos”[7]   
  
De esta declaración se deducen varios hechos: que Avellaneda prestó su caballo a uno de los asesinos, que se encontró con ellos después del crimen y que les aprobó su conducta. Las coincidencias y el temor con que pretende explicar esos hechos, a nuestro juicio, no resultan convincentes.

Por otra parte, sobre el asesinato de Heredia se levantó la Coalición del Norte, de la cual Avellaneda es el alma. A la semana de haber sido asesinado Heredia, fue nombrado gobernador Bernabé Piedrabuena, que se pronunció contra Rosas, y de quien fue ministro general en 1840 el propio Avellaneda, para sucederle luego en 1841.

Tales son los antecedentes y consecuencias del hecho desgraciado cuyo centenario se cumplió el 12 de noviembre de 1938. No vamos a dictar sobre él ningún “fallo inapelable de la historia”, porque no somos jueces, ni tribunal de última instancia, ni menos aún pretendemos identificamos con la historia, como hace “La Nación” cuando lanza contra Rosas sus desesperados anatemas. Hemos expuesto hechos y documentos sin otra pasión que la verdad. Cada lector sacará sus conclusiones.


* Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 1, Buenos Aires, Enero 1939.

[1]    Heredia era doctor en teología.
[2]    Antonio Zinny. “Historia de los gobernadores”. Tomo III. Pág 297. Ed “Cultura Argentina”.
[3]    Ibidem  pág. 291..
[4]    Ernesto Quesada. Acba y la batalla Angaco. Pág. 35.
[5]    Op. Cit. Pág. 34.
[6]    Bernardo Frías. Tradiciones históricas. Pág.244.
[7]    Aquiles B. Oribe. Brigadier Gral. Don Manuel Oribe. Tomo I. Pág. 73.