lunes, 5 de febrero de 2024

El Chacho Peñaloza y nuestra deuda con el liberalismo*

 

Por: Lucas N. Gomez Balmaceda

Después de la ominosa derrota de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros en 1852 se inicia el proceso que la historiografía llama construcción del Estado-Nación. Tal como señala Jordán Bruno Genta, esta batalla “representa para nuestra Patria el fin de una política nacional fundada en el real señorío sobre todo lo propio, y el comienzo de una política de soberanía ficticia y de efectiva servidumbre a la usura internacional hasta el día de hoy”(1).

            Este injerto que es la tradición liberal fue llevado adelante por una generación que se había exiliado en el extranjero durante el gobierno de Rosas. Diaz Araujo la describe de esta manera: “En su faz doctrinaria, esta generación literaria, había exaltado los valores esenciales de la libertad y el progreso. Era deísta o agnóstica en materia religiosa; utilitarista, al modo inglés Herbert Spencer o John Stuart Mill; en filosofía, culturalmente francófila y hispanófoba, en política adhería al liberalismo doctrinario francés de Benjamín Constant (de democracia restringida); si bien en el plano institucional prefería el constitucionalismo estadounidense, según la visión de Alexis de Tocqueville; en relaciones exteriores optaba por la vinculación con la Europa septentrional. Posición que, traducida a lo económico, implicaba el librecambio con división internacional del trabajo y especialización agropecuaria y librempresismo; y en el plano de la política partidaria interna, si bien teóricamente aceptada la existencia de los partidos, en la práctica eliminaba a los opositores, máxime si eran federales. (2)

Y fue esta última característica la que desencadenó las sucesivas guerras internas y externas. En los veinte años transcurridos desde Caseros hasta el final de la presidencia de Sarmiento, apenas si ha cesado la guerra civil en todo el territorio, a la que se ha agregado una guerra fronteriza –la del Paraguay– larga y sangrienta, aparte de la permanente del indio. Lejos está de ser un tiempo de organización, paz y progreso.

En efecto, la Argentina padecía una fractura histórica. El Liberalismo que termina de enquistarse en el poder significa un quiebre con respecto a las etapas anteriores de la historia argentina, tanto del período hispánico como del período independentista, que no fueron antagónicos entre sí.

La política liberal se inspiraba en firmes convicciones. Sarmiento escribe “los americanos se distinguen por su amor a la ociosidad y por su incapacidad industrial con ellos la civilización es del todo irrealizable, la barbarie es normal”. Y en una carta a Mitre, fechada en 1861, recomendaba que “no se economizara sangre de gauchos”, pues era “lo único que tenían de humano”.

          Otro adalid del liberalismo, Alberdi, proclamaba con énfasis la superioridad de cualquier “francés o inglés” sobre cualquier hombre de nuestros campos.  Ernesto Palacio señala la paradoja que justamente a los franceses e ingleses que visitaban el territorio quedaban embelesados con las condiciones de “laboriosidad, inteligencia y honorabilidad”según lo atestiguan los escritos de Allan Campbell, Woodbine Parish, Charles Darwin y Martín de Moussy. (3)

Para los vencedores de Caseros, la civilización consistía esencialmente en las formas constitucionales y el comercio libre. Era natural que ese repudio de lo nuestro, de lo tradicional, de lo nacional, que caracterizó a la generación organizadora, se reflejara en su obra. Bien señala Palacio, “nos organizarían, sin duda; pero con la forma, las modalidades y la mentalidad de una colonia del extranjero”. (4)

La figura del Chacho se yergue como el último bastión de defensa armada de la tradición argentina fundacional. Y es contra él que el gobierno liberal de Mitre desata toda su furia en una guerra intestina sin cuartel.

Angel Vicente Peñaloza, “el Chacho”, es el último caudillo federal que se inscribe en una larga lista de caudillos y jefes militares que defendieron los intereses de la patria. Si bien no se encontraba a la altura de un Rosas o un Quiroga por su lucidez y preparación, el Chacho era poseedor de una bondad natural que se hace patente en toda su vida y que lo llevó muchas veces a la ingenuidad, haciendo que confíe en la palabra de sus enemigos acérrimos.

El jóven Angel Vicente formó parte de la guardia de honor de Facundo Quiroga, los testimonios lo pintan como alto y musculoso, de una fuerza hercúlea y con una mirada muy suave y bondadosa cuando cedía a las solicitudes del buen trato y la amistad. Desde este puesto, entabló con el Tigre de los Llanos un entrañable vínculo de fidelidad que puede compararse al del noble vasallo medieval con su señor.

Por ello no es de extrañar que al ser asesinado Quiroga en Barranca Yaco prestara oídos a sus enemigos unitarios que hacían circular la versión según la cual Rosas era quién había mandado su muerte. Sobre esto, que fue repetido hasta el cansancio por la historia oficial, nunca se presentó prueba alguna que lo demostrara, mas por el contrario, los hechos manifiestan el dolor y conmoción que generó en el Restaurador la muerte de su compañero riojano.

Pero eso escapaba a la comprensión del Chacho. Siempre que hubiera un hálito de duda sobre la posibilidad de que Rosas fuera culpable, no podía sino entablar una enemistad contra el gobernador porteño. En palabras de Calderón Bouchet, “Peñaloza estaba convencido de que Rosas había maquinado la muerte de Facundo y no se lo perdonó jamás. Era la reacción lógica de la lealtad a su comitatus caballeresco y en la ruda simplicidad de su apasionado afecto, esto estaba por encima de todas las ideologías”. (5)

Por su parte, los unitarios liberales pusieron todas sus energías en que el caudillo riojano siguiera alimentando su rencor hacia Rosas. Ellos veían la oportunidad de hacerse con el ejército de valientes montoneros que había quedado en manos del Chacho después de Barranca Yaco. Sin embargo, tras una seguidilla de derrotas, el riojano terminó exiliado en Chile. Allí convivió con los exiliados argentinos que se dedicaron a minar su propia patria desde el extranjero. Sarmiento entre ellos, quien además de aborrecer la presencia del Chacho en los círculos chilenos, trató de convencer enérgicamente al país trasandino de quedarse con las provincias de Cuyo y la Patagonia.

Sin embargo, el Chacho regresa a su tierra. Sufrió el exilio lejos de sus Llanos, de su tropilla y de su gente. Consiguió el indulto de Rosas por mediación de su amigo Benavídez. Pero él aún cree en la culpa del porteño. Por ello se alía con Urquiza en su levantamiento traidor. Otro error que pagaría muy caro años más tarde.

Después de Caseros, se convierte en patriarca de la Rioja y  padrecito de los pobres, tal como lo proclamó el pueblo riojano según el testimonio del diario El Imparcial, de cuño liberal.(6) José María Rosa, lo describe en esa etapa de la siguiente manera: Era un hombre sencillo y de pocas letras que se movía por los impulsos del corazón. Los habitantes de Los Llanos, cualquiera fuera su clase social, le tenían ley; sabía dirimir las diferencias y manejaba el arte de saber dar a cada uno lo suyo. Nadie golpeaba en vano su puerta en busca de consejo o ayuda sin conseguir lo uno o lo otro. Arreglaba las desavenencias conyugales y encarrilar a los muchachos difíciles… El gobernador de la lejana capital tenía que contar con su apoyo para estabilizar su gobierno, y los mandantes de las vecinas Córdoba, San Luis y San Juan recurren al estanciero de Guaja para que no asilara en los impenetrables Llanos a los conspiradores. Que el Chacho a veces cumplía y a veces negaba, porque él era el único dueño de sus acciones. (7)

En la batalla de Pavón el presunto federal Justo José de Urquiza, en quien Peñaloza había depositado su confianza y nueva fidelidad, se retiró cobardemente cuando el fragor de la batalla le era favorable. Pavón fue una victoria pactada, masonería de por medio, que garantizó la hegemonía de Buenos Aires y con ello, la imposición a contrapelo del régimen liberal antes mencionado.

Urquiza se retiró a su palacio en Entre Ríos a disfrutar de los deleites de la vida, desentendiendose de la política y de sus hombres. Ninguna de las acciones del traidor de Caseros sorprende a quien se acerque al estudio de la historia argentina.

Entre 1862 y 1863 el Régimen Liberal, presidido por Mitre, lanza una guerra sin cuartel al Chacho. Este tenía 62 años, y era un hombre de paz, de orden, de trabajo. Sin embargo, ante la retirada de Urquiza se vió como único caudillo federal sobre el que reposaba la defensa de la tradición auténticamente argentina. Antes de comenzar a la guerra escribe a sus enemigos “¿Por qué pelear entre hermanos…?” (8)

La persecución fue encomendada a Domingo Faustino Sarmiento, quien había sido su compañero de exilio en Chile y el mando de las expediciones lo tuvieron generales uruguayos. En efecto, los generales argentinos enlistados en las filas unitarias conservaban la decencia que les impedía realizar lo que se había planeado. La tropa, por su parte, estaba constituída por pocos argentinos, la mayoría eran soldados mercenarios extranjeros y criminales obligados a pagar su condena sirviendo al recientemente creado ejército nacional.

Al Chacho se lo persiguió como un bandido, a pesar de ser oficialmente un general de la Confederación. Pero para los liberales él era un fantasma, como dice la copla, jugaba a estar en todas partes y en ninguna. Los impenetrables Llanos riojanos lo ocultaban y ninguno de sus paisanos jamás lo traicionó.

A pesar de su avanzada edad, el Chacho combatió con la valentía que lo caracterizó de mozo. Se enfrentó con su ejército de montoneros, armados con tacuaras y tercerolas, a un ejército regular, dotado de la última tecnología armamentística y cuyos hombres percibían un salario por guerrear. Aún así sembró terror entre los oficiales unitarios. Combatió en su Rioja natal, pero también en San Luis, San Juan, Catamarca y Córdoba.

Una anécdota de estos tiempos pinta de cuerpo completo la arquetipicidad del Chacho y la nobleza del pueblo argentino que aún conservaba la tradición. En cierta ocasión, partió una columna del ejército desde San Luis al mando del general Loyola. Al llegar a la Rioja, el oficial unitario tuvo que retirarse porque su ejército comenzó a confraternizar con la causa del Chacho y el grueso de sus hombres desertó para unirse a las bravas montoneras.

Ante tal impotencia, se desató el terror. Los montoneros apresados eran fusilados sin juicio previo después de ser torturados en el cepo colombiano. Ninguno habló, todos se mantuvieron fieles al Chacho. Desde San Juan, estas acciones eran aplaudidas por Sarmiento, defendiendo ante las autoridades nacionales a los oficiales que llevaban a cabo la búsqueda del bandido riojano.

Tras el combate de las Banderitas el 29 de mayo de 1862, el Chacho está exhausto. Sabe que las pobres provincias de la Rioja, San Juan y San Luis que les son fieles no pueden contra el poder del ejército nacional. Es allí que el riojano comete nuevamente el error de pactar con el liberalismo. Se llega a un acuerdo de tregua. A la hora de intercambiar prisioneros de guerra el entrega a los suyos, en excelente estado, sin que les falte ni un botón de su uniforme. Pero cuando el Chacho pregunta dónde están sus hombres, se hace un silencio sepulcral. Los han fusilado a todos, ni uno solo sobrevivió.

Este acto de crueldad y la tristeza del Chacho no impiden la tregua que él considera tan necesaria y urgente. Pero la paz es efímera y el Régimen no mantiene su palabra.

Unos meses después se retoma la persecución. Sarmiento y Mitre no pueden soportar la presencia misma del Chacho, mientras él viva habría esperanza en el pueblo federal.

El terror se reanuda pero esta vez la crueldad es mayor. Como los soldados montoneros no hablan en el cepo, el ejército fue por sus hogares. Incendió sus casas, ultrajó a sus mujeres, asesinó a sus hijos. Madres, esposas e hijas fueron llevadas a casas de perdición, como se llamaba en ese entonces a los prostíbulos. Narra José María Rosa que el periodista Ramón Gil Navarro del diario cordobés El Progreso encontraría en 1868 “casas de perdición con pobres víctimas arrancadas de su hogar doméstico por derecho de conquista” (9) . Pero La Rioja se mantiene fiel aún en el sufrimiento. Otra copla popular canta el dolor del riojano “¿a donde estará mi mama, mi chango donde andaran? Me los han pasao a digüello por ser federal”.

Su epopeya lleva al Chacho a tomar la ciudad de Córdoba. Pero sabe que él solo no puede vencer. Desde su primer alzamiento le escribe a Urquiza -en quien aún depositaba su confianza- para que se ponga al mando del levantamiento federal. Pero la naturaleza de Urquiza es la de un traidor. Lo único que recibe el Chacho es su silencio. El entrerriano está disfrutando de su palacio en el Litoral. Superan la decena las misivas que envía el riojano, sin tener respuesta. Incluso llega a escribir con desesperación que sí Urquiza no se pone al frente de la revolución “tomaré el partido de abandonar la situación retirandome con todo mi ejército fuera de nuestro querido suelo argentino a mendigar el pan en suelo extranjero antes que poner la garganta en el cuello del enemigo”(10)

La Muerte lo sorprende al Chacho con su acostumbrada bonhomía. Estando escondido en Olta una partida del ejército nacional lo encuentra. Un amigo intercede por él. El Chacho accede a pactar su rendición, se encuentran en su casa su mujer y un puñado de compañeros. Sin embargo, al tenerlo enfrente y desarmado, el mayor Irrazábal le da una puñalada fatal. Es el final del caudillo.

Irrazabal no se contenta con esta atrocidad de asesinar a sangre fría a un hombre desarmado y en frente de su mujer. Decide decapitar el cuerpo y exhibirlo en la plaza de Olta, para escarmiento de todos los que alguna vez le fueron fieles. Pero la crueldad no termina allí, y la saña se extiende a su mujer, Victoria Romero. Ella es apresada y obligada a barrer por el resto de sus días la misma plaza que exhibe el cuerpo de su marido.

La figura del Chacho se yergue como un arquetipo cabal de la patria.

Una de las tantas lecciones que podemos aprender del estudio de su vida es el peligro de confiar en el liberalismo. Nuevo o viejo, con aires de conservadurismo o progresismo. El liberalismo siempre fue y será enemigo de la Patria y de la Fe. El liberalismo es pecado, como profesaba Sardá y Salvany. Confió el Chacho en los liberales en la conjura contra Rosas, confió en el traidor Urquiza, confió en la paz de las Banderitas y murió con un acto de confianza en un general unitario que no conoció el honor.

Hacemos nuestras las piadosas palabras de Ernesto Palacio: “No negaré que muchas veces he sentido bullir mi sangre ante la injusticia, el error o la traición… Pertenezco, en efecto, a una raza calumniada. Cuando hace cuatrocientos años vivía en el territorio que es hoy nuestra patria apenas un puñado de blancos españoles -menos de un centenar-, ya había gente de mi sangre. Fundaron ciudades, gobernaron provincias y villas, poseyeron encomiendas y fundos, guerrearon con indios, en cuyas manos varios perecieron. Sus descendientes lucharon por la independencia y la libertad, asistieron a congresos y asambleas, participaron activamente en las vicisitudes nacionales. Soy, por consiguiente, un viejo argentino; es decir, una víctima de la oligarquía que proclamó la superioridad del extranjero sobre el criollo y del hijo del inmigrante sobre los descendientes de los conquistadores.”(11)

Por todo ello tenemos una deuda pendiente con el liberalismo. Y es una deuda de enemistad y sangre.


Publicado en la Revista digital El Alcázar, N° 23, año VII, Enero de 2024

Notas:

1) Jordán Bruno Genta, Seguridad y desarrollo, Ed. Cultura Argentina SA. Buenos Aires, 1970, pp. 23
2) Enrique Díaz Araujo. Aquello que se llamó la Argentina. Cuadernos de Historia no oficial.  Mendoza, Ed. El Testigo, 2002.
3) Ernesto Palacio, Historia de la Argentina (1515-1983), Abeledo Perrot, 15ª edición, Bs.As., 1988.
4) Ernesto Palacio, Historia de la Argentina (1515-1983), Abeledo Perrot, 15ª edición, Bs.As., 1988.
5) Calderón Bouchet, R. Civilización o Barbarie. Un discutible dilema histórico argentino. En Annales de la Fundación Elías de Tejada, pp. 253-254. 1999.
6) José María Rosa. Historia Argentina, tomo VII. Ed Oriente. Bs As, 1974. p. 23
7) ibidem. p. 18.
8) ibidem. p. 18
9) ibidem. p. 25
10) ibidem. p. 43
11) Ernesto Palacio, Historia de la Argentina, Tomo I, pág. 17. Ed. Revisión. Bs As. 1980.

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