sábado, 10 de diciembre de 2016

JUAN MANUEL DE ROSAS*

Por: Roberto de Laferrere

Hace 180 años nació en Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas, el hombre más fuerte que ha tenido este país. Nadie como él en nuestras guerras civiles, suscitó odios tan tremendos, ni inspiró sentimientos de adhesión tan espontánea y generosa. Ninguno de nuestros próceres ha sido, además, tan calumniado por los cronistas, los oradores y los poetas de varias generaciones. Pero ninguno tampoco parece tan invulnerable a la calumnia. Su grandeza en la historia ya no se discute, y a un siglo de la batalla de Caseros, tiene adictos tan resueltos como los montoneros del 40. La sombra de Rosas vuelve sobre nosotros, como para acaudillar otra vez a las multitudes argentinas, en las luchas de un futuro que se anuncia tan violento como el pasado. En eso consiste la inmortalidad de los héroes.

Rosas es un héroe de la nacionalidad, su defensor más auténtico y apasionado. Es el representante de lo argentino, de lo nuestro en conflicto con los extraños; y también para una legión de compatriotas que vivían mirando a Europa, de espaldas a la tierra en que habían nacido y avergonzados de sus compatriotas, a quienes declararon la guerra como expresión de la “barbarie nacional”, para alistarse en las milicias de la “cultura europea”.

Durante los 17 años de su segundo gobierno, Rosas sostuvo sin desfallecimientos la guerra que le llevaron sus enemigos internos en alianza con los bolivianos, o con los franceses, o con los ingleses, o con los orientales de Rivera, o con todos a la vez.

Esa empresa gigantesca solo puede ser comparada con la del general San Martin, y fue su complemento, porque, sin Rosas, la independencia que consiguió el vencedor de Chacabuco y de Maipo hubiera quedado destruida en los hechos a los pocos años de estas batallas. Así lo reconoció alguna vez el viejo Sarmiento, que siempre decía la verdad cuando la verdad no le incomodaba. En el orden interno, el general Rosas es el verdadero autor del orden en que se constituyó el país. Nacido a la política como reacción espontánea contra la anarquía de los partidos sofocó por la fuerza de una guerra victoriosa y las artes de la diplomacia más sutil a todas las fracciones adversas; lo mismo que sus enemigos habían ensayado antes, pero sembrando ellos la ruina y el desorden. Así impuso Rosas, en la realidad inconmovible de las cosas, la unidad nacional, y creó en el país el habito de la obediencia y el respeto a la autoridad en que consiste el orden. Y ese hecho fundamental no le será nunca suficientemente agradecido por las generaciones del futuro que reflexionen con serenidad y con lucidez sobre el proceso de formación argentina.

¿Era inclemente? No nos interesa. No fue clemente Moreno con Liniers, ni Rivadavia con Alzaga, ni Urquiza con Chilavert, ni Mitre con Gerónimo Costa. Su empresa era la de la fuerza en acción, la violencia, la guerra, únicos modos capaces de restaurar el orden en un país convulsionado por los anarquistas y amenazado desde el exterior.

¿Abusos? Mil, sin duda, se habrán cometido bajo su gobierno, como en todas las épocas de guerra civil, en Francia, en España, en Alemania, en Inglaterra, en todas partes en donde los hombres luchan contra los hombres. Pero nadie podrá negarle con verdad la gloria de haber constituido la Nación, y salvado su independencia frente a las naciones más poderosas de la tierra en los 30 años de sus hazañas desde 1820, en que sofocó por primera vez la anarquía, hasta 1852, en que entregó las provincias unificadas a sus vencedores ocasionales. El acuerdo de San Nicolás fue el acuerdo de los gobernadores de Rosas.

Lo que sucedió después de Caseros lo justifica aún más ante la Historia. Urquiza quiso hacer lo que Rosas no hizo, y atrajo así a los unitarios, en un prematuro intento de organización nacional. Con los unitarios en el gobierno del país creó el cisma en el gobierno mismo. Rota la unidad de Rosas, no vino la unidad de Urquiza, sino la anarquía de los Unitarios otra vez, pero con ellos dueños de Buenos Aires. Diecinueve años de guerra civil, acaso los más sangrientos de todos; otros diez de revueltas y tumultos, de persecuciones y de injusticias, y el asesinato de Urquiza, siguieron al derrocamiento de Rosas, mientras el extranjero, que había atisbado pacientemente la oportunidad propicia a sus intereses, sacaba los mejores frutos de una victoria de armas que, lejos de ser una victoria de los argentinos, se convirtió con el tiempo en la más grande derrota de su historia: Caseros.

Nosotros creemos en la grandeza del general Rosas. Los poetas de la Antigüedad hubieran hecho con su figura un mito maravilloso. Aquí ha sido injuriado hasta por los poetas. Pero el pueblo argentino ha intuido ya al prócer insigne en las propias páginas de sus detractores, como Carlyle descubrió la personalidad del tirano Francia en el mismo libro escrito para calumniarlo. Y no ha de pasar mucho tiempo antes de que se cumpla el vaticinio del propio Rosas en una de sus cartas de la vejez.

“Día llegará –dijo- en que, desapareciendo las sombras, solo queden las verdades, que no dejaran de conocerse, por más que quieran ocultarse entre el torrente oscuro de las injusticias”.


*Publicado en el periódico Alianza N° 1, Octubre de 1943

viernes, 18 de noviembre de 2016

COMBATE DE OBLIGADO

Por: Manuel Gálvez

Vamos a asistir a uno de los más bellos y heroicos hechos de nuestra historia. La escuadra aliada va a subir por el Paraná. Rosas, que lo tiene previsto, ha venido preparándose para obstruir el paso. Dirigirá la defensa el General Lucio Mansilla, a quien Rosas le viene dando instrucciones. En su carácter de comandante interino del departamento del Norte, ha formado a un pequeño ejército con gente de la comarca. Ha instalado baterías en las barrancas de Obligado. Algunas están a veinte metros, han anclado los cascos de veinticuatro pontones que sostienen tres gruesas cadenas. Banderas argentinas sobre los pontones y dos mil quinientos soldados en las barrancas. Ha construido parapetos de barro, anchos de más de dos metros, para defender a las treinta y cinco piezas de artillería y ocultarlas. Hay mucho patriotismo y pocas municiones.

Es el 20 de noviembre. Los grandes barcos de “la misión de paz” se acercan. Las dos márgenes aparecen llenas de hombres vestidos de colorado. Son las nueve y media de la mañana. Himno Nacional. ¡Oíd mortales el grito sagrado! Un unánime y ardiente “¡Viva la Patria!” lo termina. Tambores argentinos resuenan en la mañana de oro. ¡Fuego contra los infames agresores! De la parte de los patriotas salen proyectiles macizos, balas de las metrallas, cohetes a la Congreve. Pero los enemigos tienen ochenta y ocho cañones, todos de gran calibre. Y pasa la mañana en medio de la lucha heroica. Mansilla la dirige. A las cinco de la tarde termina el combate. Los buques extranjeros han logrado abrirse paso. Sus marineros y soldados desembarcan. Mansilla dirige personalmente una carga a la bayoneta para defender las baterías. Han muerto ciento cincuenta argentinos y han sido heridos noventa. Han caído también algunas mujeres que atendían a los heridos.


Un diario montevideano, sin embargo, declara que “nunca, desde la paz napoleónica, hallaron franceses e ingleses tan heroica resistencia”. Toda la América admira el coraje y el patriotismo de los hombres de Rosas. La figura americana del Restaurador se agiganta. ¿Ha sido suya la idea de ponerle cadenas al río? Así nos autoriza a creerlo la carta que el jefe del puerto de Buenos Aires le escribe a Oribe por orden de Rosas, en la que le anuncia el cierre del Paraná. De cualquier modo, él no lo ha hecho con la esperanza del triunfo, sino como una afirmación simbólica del cierre de los ríos, como una afirmación de nuestro tenaz empeño de resistir hasta la muerte, de ser independientes y libres. A todo esto se preguntará: ¿y los Estados Unidos?, ¿y la doctrina de Monroe? Los Estados Unidos, por esos días, están ocupados en robarle a México el inmenso territorio de Texas…

*En "Vida de don Juan Manuel de Rosas"

lunes, 14 de noviembre de 2016

HISTORIADORES AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS

Por: Anibal D´Angelo Rodriguez

¿Qué hace falta para ser historiador? Un papel, un lápiz y un cerebro. Las dos primeras cosas pueden reemplazarse por sus equivalentes: un papiro, un pergamino, una pluma de ganso y hasta una computadora. 
El cerebro no es negociable. La prueba de que esto es exacto es que desde Herodoto hasta Guicciardini no era mucho más que eso lo que tenían todos los historiadores. Luego, tras el Renacimiento y la modernidad —pero en especial desde el siglo XIX— comenzó a forjarse la historia académica (también llamada “historia científica”) y entonces se hizo prescriptivo el estudio en una de las instituciones del circuito académico, lo que confería una especie de “venia docendi” (o permiso para enseñar) sin el cual lo que se publicaba resultaba sospechoso.

Pasó con la Historia lo mismo que con tantos otros saberes que se “cientifizaron” y quedaron prisioneros de una Academia real o virtual formada por las cátedras, las Instituciones, las publicaciones, los premios. Todo eso es lo que da hoy patente de historiador, y el que no lo tiene está frito. En el diario “La Nación” Beatriz Sarlo se ocupó de hacer una excursión por esta doble historia hoy existente: la académica y la “popular”. Sin embargo, lo real sigue siendo lo que dijimos al principio: los estudios, títulos, publicaciones y premios son muy útiles si uno quiere juzgar al Señor Fulano, que escribe historia. Pero para juzgar su historia, la historia que Fulano escribe, lo que hay que ver es la adecuación a la realidad de su versión de los hechos que relata, su capacidad mayor o menor de interpretar esos hechos y de ponerlos al alcance del lector, su destreza en el relato, etc. 
Todas cosas que tienen una relación muy remota e indirecta con el curriculum académico del historiador. Por ejemplo: nadie ha igualado la interpretación global de la historia argentina que hizo Ernesto Palacio, y no tenía otro título que el de abogado. No hay, en suma, historiadores académicos y populares. Hay historiadores buenos y malos, y las críticas a Pacho O’Donnell y Felipe Pigna no deben dirigirse a la ausencia o presencia de tales o cuales antecedentes, sino a la estrechez de sus miras, a su carencia de ideas generales, a su incapacidad de situar los hechos en una perspectiva histórica esclarecedora.
 
Algo parecido pasa en España (ya lo hemos relatado más de una vez) con Pío Moa, el historiador que le ha pasado el trapo, en cinco minutos, a toda la historiografía edificada desde la muerte de Franco. Que tenga o no títulos académicos es cosa, claro, que aquí tampoco tiene la menor importancia.

Le bastó con exponer los hechos de manera sencilla pero verídica para derrumbar todos los miles de estudios hechos por historiadores profesionales que intentaban explicar lo ocurrido en 1936 como un simple alzamiento de los militares contra la “República Española” auxiliados por nazis y fascistas. 
Con calma, con documento tras documento, Moa mostró que en julio de 1936 no había tal República y que la guerra civil la habían iniciado, en 1934, los supuestos defensores de esa República. Gracias a los recortes que me envía, con paciencia sin igual, mi viejo amigo ARP, tengo un panorama muy completo de las vicisitudes de esta batalla. No cansaré al lector con sus detalles (que a mí me llenan de gozo) pero no puedo omitir un artículo en el que un historiador de los que tienen licencia para escribir lo políticamente correcto se desata en lo que bien podríamos calificar de ataque de nervios.
 
Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, publica en “El País” del 20 de diciembre de 2005 un feroz artículo contra Pío Moa al que, una vez más, no nombra, pero dedica cada una de las líneas de lo que escribe. Este demócrata nato, este progresista de pura cepa está tan fuera de sí con su enemigo, que no trepida en estampar: “Ya no se trata de juzgar a los verdugos franquistas, sino de evitar, por medio de instrumentos legales, que se haga apología de esa dictadura sanguinaria y del general que la presidió y de impedir también que esas alabanzas puedan difundirse en público”.

¿Qué tal? Esto es, claro, propiciar la censura, y al final hay todavía una última coz: “Hay que ilustrar libremente a los ciudadano sobre su pasado (lo) que puede traer importantes beneficios en el futuro, siempre y cuando esa educación histórica no se base en la apología de la dictadura y el crimen organizado, como hacen hoy todavía conocidos periodistas, falsos historiadores y políticos de la derecha”. ¿Qué tal? Las viejas “historias oficiales” de fines del XIX y principios del XX acogieron con disgusto los revisionismos, pero no pretendieron censurarlos. Ya vemos cómo piensa esta nueva Historia Oficial que la izquierda está edificando en todo el mundo. 

Tomado del Blog de Cabildo

martes, 1 de noviembre de 2016

UNA VISITA A ROSAS EN SOUTHAMPTON (FEBRERO DE 1873)

Por Ernesto Quesada*


He recordado, en la edición de jubileo, que había presenciado una entrevista con Rosas a principios de 1873, y de la cual conservaba el apunte juvenil.

Por haber desembarcado en Southampton, le fue sugerida a mi padre la idea de hacer una visita a Rosas, quien vivía solitario en su chacra de las afueras a un par de millas de la ciudad, se le insinuó que aquél veía con agrado cuando un compatriota lo visitaba, y el cónsul -que era quien había hecho la indicación- nos acompañó hasta la chacra, pues mi padre resolvió llevarme consigo.

Debo hacer presente que, a los 20 años del final del gobierno de Rosas, la figura de éste no podía tener sino un simple interés histórico para mi padre, quien jamás fue partidario suyo, si bien no emigró, pues en 1852 tenía apenas 21 años. Mucho después, en una discusión política en el congreso nacional, mi padre, a la sazón diputado por Buenos Aires, tuvo oportunidad –en la sesión de junio 10 de 1878 – de decir: Estamos hoy con la cabeza blanca los que, siendo niños en la época de Rosas, nos reuníamos bajo la hospitalidad de una casa inglesa, en los día del aniversario de la patria, para mantener viva la fe en la esperanza de la caída del tirano…”.  Quizá por ello no gustaba mucho recordar aquella visita, pues alguna vez me dijo que se arrepentía de haber cedido a una especie de curiosidad enfermiza, que se le antojaba casi una falta de respeto para el hombre caído; convenía en que lo visitasen los que habían sido sus amigos o aún sus mismos adversarios, siempre que respetaran su desgracia: pero sostenía que los indiferentes no tenían derecho de ir a molestarlo, como se va a un jardín zoológico a ver las fieras enjauladas! Sea de ello lo que fuere, el hecho mismo de la visita no podía borrarse, pero ni padre ni hijo quisieron después acordarse de él.

Para demostrar la consecuencia de mi padre en sus opiniones adversas a Rosas y su época bastará recordar el terrible decreto de abril 23 de 1877 como ministro de gobierno de Buenos Aires, prohibiendo toda demostración a favor de la memoria de aquél, cuyo texto dice así:  “Considerando; que Juan Manuel de Rosas está declarado por la ley reo de lesa patria por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo durante todo el período de su dictadura, violando hasta las leyes de la naturaleza, y por haber hecho traición en muchos casos a la independencia de su patria, sacrificando a su ambición su libertad y sus glorias; que por esos crímenes atroces fue declarado fuera de la ley común, confiscados sus bienes y condenando a la pena ordinaria de muerte, en calidad de aleve; que toda demostración pública a favor de Juan Manuel de rosas y su memoria no puede menos que provocar justos actos de indignación contra tan inaudito tirano y su sistema, que perturbarían el orden público; que hay conveniencias de alta moral política en evitar que la fuerza pública, sostenida para defender las libertades del hombre y de la sociedad, sea puesta al servicio de esas provocaciones, lo que vendría a suceder si llegase la oportunidad de reprimir conflictos por ellas producidos; y, considerando, por último, que es deber de los gobiernos velar porque se mantengan incólumes y puros los sentimientos de amor a la libertad y odios a los tiranos, El Poder Ejecutivo acuerda y decreta: Art. 1°. Queda prohibida toda demostración pública a favor de la memoria del tirano Juan M. de Rosas, cualquiera que sea su forma; Art. 2°. Prohíbense, en consecuencia, como demostración pública, los funerales a que se ha invitado para el día martes en el templo de San Ignacio; Art. 3°. Comuníquese a quienes corresponde, y publíquese en el Registro Oficial. C. Casares, Vicente G. Quesada, R. Varela”.

Y al día siguiente, abril 24, todavía dictó otro decreto sobre honras fúnebres a la memoria de la víctimas de tiranía, siendo su texto el siguiente: ”Considerando: que una respetable y numerosa reunión de ciudadanos, de todas las opiniones, ha promovido una demostración pública en honra de la víctimas de la bárbara tiranía de Juan Manuel de Rosas; que es digno de pueblos viriles honrar la memoria de los que cayeron en la lucha contra los tiranos y por la libertad; y que es deber de los gobiernos estimular esas manifestaciones populares que retemplan el espíritu cívico con el recuerdo y la veneración de los patriotas; el Poder Ejecutivo acuerda y decreta: 1°. Asociarse a las honras fúnebres consagradas a los mártires de la libertad, que se celebran en la iglesia metropolitana el día de mañana: 2° Ordenar que en todos los establecimientos públicos de la provincia se mantengan a media asta la bandera nacional; 3°. Ordenar que el batallón provincial se ponga a las órdenes de la inspección general de armas, para formar en la columna que haga los honores fúnebres; 4°. Autorizar a todos los empleados de la administración para que puedan concurrir a esa solemne ceremonia; 5°.  Comuníquese, publíquese e insértese en el Registro Oficial. C. Casares, Vicente G. Quesada, R. Varela”.

Año después todavía -en las Memorias de un viejo (B.A. 1888, 3 vols.) con el seudónimo de Víctor Gálvez- describía con lujo de detalles, la vida durante la época de Rosas, especializándose en una escena en la cual el bisabuelo de quién esto escribe, don Joaquín de la Iglesia, fue perseguido por la Mazorca. Y, en sus “Memorias históricas”, obra inédita aún, se ocupa largamente de aquella época, siempre con análogo espíritu… Ahora bien; entre mi padre y yo el vínculo ha sido no sólo de sangre sino de la más absoluta comunidad espiritual; en su testamento dice aquel: “deposito en mi hijo mi más plena confianza, habiéndonos siempre entendido en vida, teniendo comunidad de gustos, ideas y aspiraciones, por lo cual le bendigo especialmente, manifestando mi última voluntad, pues ha sido la gran satisfacción de toda mi vida este ardiente cariño que he tenido y tengo por él, y que él ha tenido y tiene por mí”. De esta manera que, por tradición de familia y por comunicación espiritual con aquél, el autor estaba inclinado a juzgar la época de Rosas con el criterio diametralmente opuesto al del presente libro: sí, a pesar de todo los pesares, su leal convicción histórica lo ha hecho sostener el criterio expuesto, no necesita entonces insistir en que debe ser muy honda dicha convicción para haberse podido sobreponer al atavismo de familia y a la influencia paterna, casi todopoderosa…

Rosas residía todo el año en su chacra, que tenía un puñado de cuadras y en la que cuidaba animales, viviendo del producto de la modesta explotación granjera; su casa se componía de unos ranchos criollos grandes, con su alero típico; y el aspecto de todo era el de una pequeña estanzuela argentina. La única criada inglesa que le atendía nos introdujo en una pieza, donde tenía estantes atiborrados de papeles y una mesa grande; allí acostumbraba trabajar después de recorrer la chacra a caballo. Era entonces aquel octogenario un hombre todavía hermoso y de aspecto imponente: cultísimo en sus maneras, el ambiente más que modesto de la casa en nada amenguaba su aire de gran señor, heredero de sus mayores. La conversación fue animada e interesantísima,  y, como era de esperar, concluyó por referirse a su largo gobierno. No transcribiré todo el apunte que, a indicación de mi padre, redacté al regresar al hotel en Southampton, pero sí reproduciré una de las manifestaciones más singulares que hizo Rosas y que, entonces y en razón de mi edad, no pude valorar como correspondía, pero que, a medida que aumentan mis años y ahora que me encuentro en la zona ecuánime de la vejez, con la larga y doble experiencia de la vida y del estudio, comienzo a comprender en el profundo significado de aquella especie de confesión, formulada en una época tan avanzada de la vida del famoso dictador, 4 años antes de morir! He aquí el apunte que prefiero no modificar:

- Señor, le dijo de repente mi padre, celebro muy especialmente esta visita y no desearía retirarme sin pedirle que satisfaga una natural curiosidad respecto de algo que nunca pude explicarme con acierto. Mi pregunta es ésta: desde que Vd. en su largo gobierno, dominó el país por completo, ¿por qué no lo constituyó Vd. cuando eso le hubiera sido tan fácil  y, sea dentro o fuera del territorio, habría podido entonces contemplar satisfecho su obra, con el aplauso de amigos y adversarios…?

- Ah, replicó Rosas, poniéndose súbitamente grave y dejando de sonreír: lo he explicado ya en mi carta a Quiroga… Esa fue mi ambición, pero gasté mi vida y mi energía sin poderla realizar. Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en  cacicazgos hoscos y hostiles entre sí, desmembrado ya en parte y en otra en vías de desmembrarse, sin política estable en lo internacional, sin organización interna nacional, sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno, convertido en un verdadero caos, con la subversión más completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos; un infierno en miniatura. Me di cuenta de que si ello no se lograba modificar de raíz, nuestros gran país se diluiría definitivamente en un serie de republiquetas sin importancia y malográbamos así para siempre, el porvenir; pues demasiado se había ya fraccionado el virreinato colonial! La provincia de Buenos Aires tenía, con todo un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados; me propuse reorganizar la administración, consolidar la situación económica y, poco a poco, ver que las demás provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario me hubiera dejado respirar no dudo de que, en poco tiempo, habría llegado al país hasta su completa normalización; pero no fue ello posible, porque la conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones navales extranjeras; eso insumió los recursos y me impidió reducir los caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos de anarquía, desarrollado en 20 años de verdadero desquicio gubernamental, no podían modificarse en un día. Era preciso primero gobernar con mano fuerte para garantizar la seguridad de la vida y del trabajo, en la ciudad y en la campaña, estableciendo un régimen de orden y tranquilidad que pudiera permitir la práctica real de la vida republicana. Todas las constituciones que se habían dictado habían obedecido al partido unitario, empeñado – en hacer la felicidad del país a palos; jamás se pudieron poner en práctica. Vivimos sin organización constitucional y el gobierno se ejercía por revoluciones y decretos, o leyes dictadas por las legislaturas; mas todo era, en el fondo, una apariencia, pero no una realidad; quizá una verdadera mentira, pues las elecciones eran nominales, los diputados electos eran designados de antemano, los gobernadores eran los que lograban mostrarse más diestros que los otros e inspiraban mayor confianza a sus partidarios. Era, en el fondo, una arbitrariedad completa. Pronto comprendí, sin embargo, que había emprendido una tarea superior a las fuerzas de un solo hombre; tomé la resolución de dedicar mi vida entera a tal propósito y me convertí en el primer servidor del país, dedicado día y noche a atender el despacho del gobierno, teniendo que estudiar todo personalmente y que resolver todo tan sólo yo, renunciando a las satisfacciones más elementales de la vida, como si fuera un verdadero galeote. He vivido así cerca de 30 años, cargando sólo con la responsabilidad de los actos de gobierno y sin descuidar el menor detalle: vivos están todavía los empleados de mi secretaría,  que se repartían por turnos las 24 horas del día, listos al menor llamado mío, y yo, sin respetar hora ni día, apenas daba a la comida y el sueño el tiempo indispensable, consagrando toda mi existencia al ejercicio del gobierno. Los que me han motejado de tirano y han supuesto que gozaba únicamente de las sensualidades del poder, son unos malvados, pues he vivido a la vista de todos, como en casa de vidrio, y renuncié a todo lo que no fuera el trabajo constante del despacho sempiterno. La honradez más escrupulosa en el manejo de los dineros públicos, la dedicación absoluta al servicio del estado, la energía sin límites para resolver en el acto y asumir la plena responsabilidad de las resoluciones, hizo que el pueblo tuviera confianza en mí, por lo cual pude gobernar tan largo tiempo. Con mi fortuna particular y la de mi esposa, habría podido vivir privadamente con todos los halagos que el dinero puede proporcionar y sin la menor preocupación, preferí renunciar a ello y, deliberadamente, convertirme en el esclavo de mi deber, consagrado al servicio absoluto y desinteresado del país. Si he cometido errores – y no hay hombre que nos lo cometa – sólo yo soy responsable. Pero el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar un “cuadernito”, cual decía Quiroga, para que se aplique y resuelva todas las dificultades: es preciso antes preparar al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación de un país. Siempre repugné a la farsa de las leyes pomposas en el papel y que no podían llevarse a la práctica. La base de un régimen constitucional es el ejercicio del sufragio, y esto requiere no sólo un pueblo consciente y que sepa leer y escribir, sino que tenga la seguridad de que el voto es un derecho y, a la vez, un deber, de modo que cada elector conozca a quien debe elegir: en los mismos Estados Unidos dejó todo ello mucho que desear hasta que yo abandoné el gobierno, como me lo comunicaba mi ministro el general Alvear. De lo contrario, las elecciones de las legislaturas y de los gobiernos son farsas inicuas  y de las que se sirven las camarillas  de entretelones, con escarnio de los demás y de sí mismos, fomentando la corrupción y la villanía, quebrando el carácter y manoseando todo. No se puede poner la carreta delante de los bueyes: es preciso antes amansar a éstos, habituarlos a la coyunda y la picana, para que puedan arrastrar la carreta después. Era preciso, pues, antes que dictar una constitución, arraigar en el pueblo hábitos de gobierno y de vida democrática, lo cual era tarea larga y penosa: cuando me retiré, con motivo de Caseros -porque había con anterioridad preparado todo para ausentarme, encajonando papeles y poniéndome de acuerdo con el ministro inglés- el país se encontraba quizá ya parcialmente preparado para un ensayo constitucional. Y Ud. sabe que, a pesar de ello, todavía se pasó una buena docena de años en la lucha de aspiraciones entre porteños y provincianos, con la segregación de Buenos Aires respecto de la Confederación…

-Entonces, interrumpió mi padre; Ud. estaba fatigado del ejercicio de tan largo gobierno…

 -Ciertamente. No hay hombre que resista a tarea semejante mucho tiempo. Es un honor ser el primer servidor del país, pero es un sacrificio formidable, que no cosecha sino ingratitudes en los contemporáneos y en los que inmediatamente les suceden. Pero tengo la conciencia tranquila de que la posteridad hará justicia a mi esfuerzo, porque sin ese continuado sacrificio mío, aún duraría el estado de anarquía, como todavía se puede hoy observar en otras secciones de América. Por lo demás, siempre he creído que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas, según el estado del país respectivo; ese es exclusivamente el nudo de la cuestión: preparar a un pueblo para que pueda tener determinada forma de gobierno; y, para ello, lo que se requiere son hombres que sean verdaderos servidores de la nación, estadistas de verdad  y no meros oficinistas ramplones, pues,  bajo cualquier constitución si hay tales hombres, el problema está resuelto, mientras que si no los hay cualquier constitución es inútil o peligrosa. Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica  sino en el gabinete de los doctrinarios: si tal constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de constitución, prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca. Y a trueque de escandalizarlo a Ud., le diré que, para mí, el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infatigable, enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos ni favoritas. Por esto jamás tuve ni unos ni otras: busqué realizar yo sólo el ideal del gobierno paternal, en la época de transición que me tocó gobernar. Pero quien tal responsabilidad asume no tiene siquiera el derecho,  sobre todo si la salud física  como en los acontecimientos le quitan esa responsabilidad, el que era galeote como gobernante respira y vive a sus anchas por vez primera… Es lo que me ha pasado a mí, y me considero ahora feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que Ud. ve, ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado mi fortuna hecha antes de entrar en política y la heredada de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo quizá que repitiera el ejemplo del Belisario romano, que pedía el óbolo a los caminantes! Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa vulgares goces y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, escondidos en la sombra: he admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de sus pueblos. Ese es mi gran título: he querido siempre servir al país, y si he acertado o errado, la posteridad lo  dirá, pero ese fue mi propósito y mía, en absoluto, la responsabilidad por los medios empleados para realizarlo. Otorgar una constitución era asunto secundario: lo principal era preparar al país para ello - ¡y esto es lo que creo haber hecho!
He guardado las  hojas de ese apunte, en sobre cerrado  y durante muchos años, porque tales manifestaciones me produjeron entonces la impresión de ser una singular y cínica confesión de despotismo y, en mi imaginación juvenil, tomaba aquella un tinte desvergonzado, odioso y antipático. Pero confieso que reflexioné sobre ello no poco, cuando, estudiante en la universidad de Berlín, oí al elocuente historiador Treitschke ponderar la figura de Federico el Grande con rasgos parecidos a los empleados por el dictador argentino, en cuanto hacía resaltar su condición de primer servidor de su país y su condición absoluta al manejo del gobierno, a lo que todo sacrificó.  Y eso que pensaba en aquella época, ya remota hoy para mí, se repitió hace relativamente poco cuando, un viaje para Washington como presidente de la delegación argentina al segundo congreso científico panamericano, en Panamá, el ministro estadounidense, Mr. Price, tuvo la deferencia de presentarme al general Goethals, gobernador de la zona norteamericana del canal, y éste, después de mostrarme todas las obras, me explicó cómo administraba la zona a raíz del sucesivo fracaso de todas las formas de gobierno adoptadas por el presidente de EE.UU. o el Congreso: hizo que le acompañara a las horas en que despachaba y me mostró cómo resolvía personalmente todos los asuntos, escuchando en persona a todos, sin traba de leyes, reglamentos, legislaturas o municipalidades, llegando a emplear casi las mismas palabras de Rosas sobre el concepto de ser el primer servidor de sus administrados y de sacrificar al bienestar de éstos todos los halagos de la existencia… Me hizo ello reflexionar bastante, porque el caso Goethals era el de un ciudadano ilustrado y amante de las instituciones constitucionales de su patria, si bien pensaba que la situación social de los 70.000 heterogéneos habitantes de la zona del canal no permitía ensayar ahí las mismas prácticas republicanas de gobierno que en Estados Unidos, siendo menester prepararlos para ellos durante un cierto período, de transición: así como en el caso de Federico de Prusia – porque el amigo de Voltaire fue quizá el príncipe más liberal de su época – creyó éste que sus súbditos aún no estaban suficientemente preparados para otro régimen que el del gobierno personalísimo del rey; y así -justo es reconocerlo- pensó Rosas de los argentinos de su tiempo. Sin duda, hay diferencia grande en los procedimientos empleados por Rosas y los de Federico o Goethals: en los medios, entonces, ha estado el error del gobernante argentino, y esa es la gran responsabilidad que le incumbe y que altivamente reivindicó siempre para sí. Pero ¿pudo acaso emplear medios diferentes? ¿lo permitía quizá el estado del país? ¿no fue, por ventura, obligado a ello por la acción ciega del partido unitario? He aquí los grandes interrogantes que el historiador debe contestar.            



*    Epílogo de La época de Rosas, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1923.

miércoles, 5 de octubre de 2016

EL PENSAMIENTO CONSERVADOR DE SAN MARTÍN

SOBRE EL BIEN COMÚN: “A la idea de bien común todo debe sacrificarse. Yo graduaré el patriotismo de los habitantes de estas provincias por la generosidad, mejor diré por el cumplimiento de la obligación de sus sacrificios
SOBRE LA CONFESIONALIDAD CATÓLICA DEL ESTADO: “La Religión Católica, Apostólica, Romana, es la Religión del Estado: el gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o privadamente sus dogmas o principios será castigado con severidad… Nadie podrá ser funcionario público si no profesa la Religión del Estado” (Estatuto del Perú, 8/10/1821).
SOBRE LAS BLASFEMIAS: “Todo el que blasfemare el Santo Nombre de Dios o de su adorable Madre e insultare la Religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público por el término de ocho días; y por segunda vez, será atravesada su lengua con un hierro ardiente y arrojado del Cuerpo” (Art. 1° del Código Militar del Ejército de los Andes)
CARTA DE BELGRANO A SAN MARTÍN SOBRE LA RELIGIÓN CATÓLICA Y LA GUERRA POR LA INDEPENDENCIA: “Mi amigo: La guerra no sólo la ha de hacer Vd. con las armas sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas… El ejército se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos… Añadiré únicamente que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala, y no olvide los escapularios a la tropa… Acuérdese Vd. que es un general cristiano, apostólico, romano; cele Vd. de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto a cuanto diga a nuestra Santa Religión…” (Carta de Belgrano a San Martín del 6/4/1814)
SOBRE LA TRADICIÓN: "Recomendaba sin cesar el respeto de las tradiciones y de las costumbres, y consideraba muy culpables las impaciencias de los reformadores que, con el pretexto de corregir abusos, trastornan en un día el estado político y religioso de sus países" (Sr.Gerard, artículo del 22/8/1850).
SOBRE EL CONSTITUCIONALISMO LIBERAL: "Yo estoy convencido, que los males que afligen a los nuevos estados de América, no dependen tanto de sus habitantes como de las constituciones que los rigen. Si los que se llaman legisladores de América hubieran tenido presente que a los pueblos no se les debe dar las mejores leyes, pero sí las mejores apropiadas a su carácter, la situación de nuestros países sería distinta" (Carta a Bernardo O´Higgins del 13/9/1833)
SOBRE EL LIBERALISMO: “Hablemos claro, mi amigo. Yo creo que estamos en una verdadera Anarquía o por lo menos en una cosa muy parecida. ¡Carajo con nuestros paisanitos! Toma liberalidad y con ella nos vamos al sepulcro (…) Un susto me da cada vez que veo estas teorías de libertad, seguridad individual, idem de propiedad, libertad de imprenta, etc., etc. Estas bellezas sólo están reservadas para los pueblos que tienen cimientos sólidos” (Carta a Tomás Guido del 28/1/1816)
Los enemigos que nos van a atacar no se contienen con libertad de imprenta, seguridad individual, idem de propiedad, Estatutos, Reglamentos y Constituciones. Las bayonetas y los sables son los que tienen que rechazarlos y asegurar aquellos dones para mejor época” (Carta al Director Supremo José Rondeau del 27/8/1819)
SOBRE LA CENSURA DE LIBROS INMORALES: “Para alejar hasta la sombra de los obstáculos que podrían oponerse a tan saludable reforma (…) he dispuesto prohibir absolutamente la introducción de libros obscenos, con láminas o sin ellas” (Decreto sobre libertad de imprenta, Lima, 13/10/1821)
SOBRE EL COMUNISMO, EL SOCIALISMO Y EL TERRORISMO: El "inminente peligro" de los "desorganizadores partidos de terroristas, comunistas y socialistas, todos reunidos al solo objeto de despreciar, no sólo el orden y la civilización sino también la propiedad, religión y familia" (Carta al presidente peruano Don Ramón Castilla, 13/4(1849)

Nota:Decimos conservador y no tradicionalista, pues San Martín, que fundamentalmente era un hombre de Orden y respetuoso de los valores tradicionales, no abandonó del todo algunas ideas liberales propias de su época. Y aunque no fuera un intelectual, expresó en múltiples cartas (a Godoy Cruz, a Tomás Guido, a Rosas, a Castilla, entre otros) su pensamiento político. Y el mismo podemos decir que se enmarca en la línea conservadora de Burke o Donoso Cortés, en la cual están fusionados el tradicionalismo y el liberalismo clásico, aunque con mayor peso del primero.

Xavier de Bouillon

martes, 27 de septiembre de 2016

¿Fue un agente ingles don Cornelio Saavedra?

Por: Edgardo Atilio Moreno*

            De un tiempo a esta parte se ha venido desarrollando dentro del Hispanismo una corriente de opinión, conformada por escritores, divulgadores y aficionados a la historia, que no solo repudian los hechos de Mayo de 1810, negando  la existencia de un mayo hispánico y monárquico  enfrentado a un Mayo liberal y jacobino; sino que además, se  han dado a la innoble tarea de denigrar a todos, absolutamente a todos, los protagonistas de aquellos hechos, injuriándolos sin razón y de la forma más alevosa.

            Uno de los agraviados por los ataques de estos hispanistas –a quienes podríamos calificar de ideológicos, en tanto que falsean la realidad histórica para adecuarla a sus preconceptos-, es el ilustre prócer don Cornelio Saavedra.

            Increíblemente, respecto de este hombre, que se destacó luchando contra el invasor inglés y que fue un claro exponente del Mayo genuino y legítimo, se afirma que estuvo juramentado al servicio de Inglaterra, acatando sus órdenes y traicionando su propia honra. 

            No vamos a negar aquí que en la Buenos Aires de principios del siglo XIX había una minoría de hombres vinculados al comercio con Inglaterra que bregaban por una política económica de “libre-cambio” y con tener “relaciones carnales” con Su Majestad Británica. Eso es absolutamente cierto, y bien sabido es que cuando sucedieron las invasiones inglesas hubo quienes saludaron alborozados la llegada del invasor.

            Al respecto, un capitán ingles que participó de la primera invasión, Alexander Gillespie, cuenta en sus “Memorias” que: “teníamos en la ciudad algunos amigos ocultos, pues casi todas las tardes, después de oscurecer, uno o más ciudadanos criollos acudían a mi casa para hacer el ofrecimiento voluntario de su obediencia al gobierno británico y agregar su nombre a un libro, en que se había redactado una obligación.” Agregando que los firmantes de la lista llegaron a cincuenta y ocho. Posteriormente, producida la revolución de Mayo, Gilliespie afirmaría que de los miembros que conformaron la Primera Junta de gobierno “tres se registran en esa lista”.

            Estos dichos, que son tristemente ciertos, obviamente llevan a plantear la pregunta de quiénes serían los tres personajes aludidos. Sobre uno de ellos no hay lugar a dudas, pues el mismo Gillespie lo dice expresamente, era Juan José Castelli. Respecto a los dos restantes se podrían tejer diversas conjeturas, aventurar hipótesis, etc. Sin embargo los hispanistas ideológicos no tienen ninguna duda, para ellos esta todo claro, uno de los firmantes fue don Cornelio Saavedra. Dicho lo cual, toda injuria y todo agravio contra su persona será una obra de bien, una “defensa de la Hispanidad” y una señal de "ortodoxia".

Ahora bien, nos preguntamos ¿cuál es la fuente en la que abrevan los difamadores? Al parecer ella se encontraría en un historiador hispanista, serio y respetable, el cual en una de sus obras incurrió en imprecisiones lamentables. Nos referimos al reconocido investigador  Bernardo Lozier Almazan.

En efecto, este autor, en su libro “William Carr Beresford. Gobernador de Buenos Aires” afirma que el capitán ingles Alexander Gillespie, en una carta que escribió a Lord Perceval, el 3 de septiembre de 1810, refiriéndose a los firmantes del libro de juramentos; dijo: “observo en comparación con la lista de los que componen el actual gobierno de aquella ciudad los nombres de Castelli y Saavedra”. De éste último dice: “persona muy capaz, ha visitado Europa y Norte América, habla inglés con facilidad y es muy afecto a este país” [Gran Bretaña].

Pues bien la nota que Lozier cita esta entrecortada, y por ende se mal interpreta. El texto completo lo podemos ver en el libro “Proceso al Liberalismo”, de Atilio Garcia Mellid, y dice lo siguiente: “Con referencia a estos nombres (los de la lista de comprometidos) observo en comparación con la lista de los que componen el actual gobierno, un caballero don Francisco Jose Castelli, que sigue en orden a Saavedra, el jefe. Mis anotaciones agregadas a su firma (la de Castelli obviamente) son las siguientes: persona muy capaz, ha visitado Europa y norteamerica, habla inglés con facilidad  y es muy afecto a este país”.

Como se ve del texto íntegro surge claramente que el único a quien Gillespie  menciona como firmante es a Castelli (de quien consigna mal su nombre) y a Saavedra solo lo menciona para decir que Castelli lo seguía en orden.

Por otro lado, si fuera correcta la interpretación de Lozier (que no la es evidentemente) ¿como se explica que diga que Saavedra “ha visitado Europa y norteamerica, habla inglés con facilidad  y es muy afecto a Gran Bretaña”; siendo que este nunca viajo a esos países? Es más, tampoco Castelli lo hizo. ¿Entonces a quien hacen referencia esos comentarios?

La respuesta la da Julio Chavez en su libro “Castelli el adalid de Mayo”.  Allí este historiador explica que los datos que Gillespie consigna al lado de la firma de Castelli corresponden otra persona, a una amistad suya que aparentemente simpatizaba con los ingleses: el fundador del periódico  El Telegrafo Mercantil (en el cual escribía Castelli) llamado Francisco Cabello y Mesa. Este dato está en un trabajo titulado “Juan José Castelli: de letrado colonial a patriota revolucionario” de Fabio Wasserman; quien dice lo siguiente: “Castelli … pudo haber sido uno de los vecinos que juraron lealtad a la Corona Británica. Si bien los documentos sobre esa jura fueron destruidos, el oficial inglés Alexander Gillespie recordaría que entre ellos estaba “Don Francisco José Castelli”. Aparte de la confusión en el nombre (que podría ser el de su hermano Francisco), también decía que era natural de Lima y que había visitado Europa y  Norte América. Es por eso que Julio Chaves considera que se trataría de Francisco Cabello y Mesa, lo cual resulta verosímil si se considera su colaboración con los ingleses que le valdría un  proceso por traición. Lo que sí parece seguro es que Castelli se reunió con Beresford apelando a una mediación del comerciante norteamericano Guillermo Pío White. Es probable que haya explorado la posibilidad de que Inglaterra apoyara la independencia, pero el general inglés carecía de instrucciones y no podía ofrecerle garantías sobre qué pasaría con los súbditos españoles que lo apoyaban en caso de que Inglaterra firmase un tratado devolviendo la ciudad a España.

Con lo dicho queda perfectamente en claro que no existe ninguna prueba de que Saavedra haya firmado la ominosa lista de adhesión al rey inglés, como afirman los hispanistas ideológicos.

Resta decir que, si bien entre los actores de Mayo –y aun antes- hubo quienes actuaron a favor de la pérfida Albion; tal como lo denunció hace décadas el verdadero revisionismo histórico; sin embargo, ello no puede dar lugar a que gratuitamente se generalice una acusación en ese sentido como lo hace el hispanismo ideológico. Un empeño tal no solo falsea la histórica, sino que además constituye una grave  falta contra la virtud de la piedad y la justicia.


*Abogado y Profesor de Historia.

lunes, 12 de septiembre de 2016

ARTIGAS: CAUDILLO DE LA PATRIA

Por: Luis Alfredo Andregnette  Capurro 

Cuando se penetra en el territorio del pasado de la Patria Grande, es necesario tener muy clara  la idea de avanzar desbrozando las mixtificaciones que se han acumulado en el transcurso del tiempo. El documentario, si bien es importante, para probar un aserto, puede no ser suficiente para darle alma  a una serie de hechos que ante nosotros están inertes. Por esto es necesario ir a la tradición, y como muy bien señala Miguel Ayuso, al espíritu, que enlaza los hechos y les confiere razón y sentido. Estas son las  premisas que tuvimos en cuenta cuando ante la figura del Caudillo Oriental José Gervasio Artigas nos propusimos  un breve escorzo de su pensamiento y vida entre 1764 y 1850. Ante todo, cabe señalar, que fue hombre de duro cabalgar y batallar en estas comarcas vertebradas por los grandes ríos de la Cuenca del Plata,  a las que soñó  mantener unidas en la  magnífica unidad geopolítica que fue el Virreinato. Se hace también imperioso subrayar el cinismo de la historiografía liberal, cuando desconoce y falsea el alma de nuestra historia, haciendo aparecer  al personaje como un roussoniano desarraigado de sus ancestros, lo que preparó el camino a los escribas partisanos  para trasmutarlo en un protomarxista. De aquí que sea  no sólo un desconocido sino alguien que ha muerto dos veces.

Nuestra tarea es entonces dejar de lado lo imaginario, ya que creemos con Ortega que “el pensamiento tiene la misión primaria de reflejar el ser de las cosas”.  Y para ubicarlo en la Verdad hay que plantear con claridad meridiana que el Caudillo no fue ni un demo- liberal, ni un revolucionario, si le damos a esta palabra el significado de subversión de las formas religiosas, culturales y políticas legadas por la tradición.En las comarcas sureñas de los dominios del  Rey Católico, se afincaron  los Artigas. Gens de guerreros y labradores con origen en Navarra y Aragón hicieron honor a su apelativo, porque Artiga (sin la s final) es voz latina del verbo “artire” que habla de tierra “que está preparada para sembrar”. Este apellido aparece en las listas de los futuros hidalgos fundadores del Real  de San Felipe y Santiago de Montevideo.(1724-30)

Un 19 de junio de 1764, en el hogar de Martín José Artigas  y Francisca  Arnal, nació José Gervasio bautizado dos días después. La tierra y lo telúrico ejercieron  fascinación avasallante en el joven criollo.  Con los años  y de acuerdo a sus antecedentes familiares fue hacendado y Ayudante de Félix de Azara. Con baquía y valor alcanzó, siendo  mozo, el grado de Capitán del Cuerpo de Blandengues de  la Frontera de Montevideo.

Desde ese puesto combatió a matreros y a ingleses cuando las mercantilistas agresiones de 1806 y 1807 intentaban crear el ambiente  para una rebelión generalizada en los Reinos de  Indias. Eran los años en que la Revolución Francesa de 1789, con su satánico inmanentismo y su terrorismo de Estado, se extendía en la Europa minada por las logias. En 1808, la felonía bonapartista y pretendió aherrojar a los Reinos del Sacro Imperio Romano Hispano. La respuesta  fue el levantamiento religioso  contra el  ideologísmo  de la Revolución. Al ser ocupado el Trono  por un napoleónida usurpador, América  se encontró con el poder político acéfalo con lo que la soberanía recayó en las jerarquías  naturales. Esto fue lo que ocurrió en Montevideo el 21 de septiembre de 1808 y en Buenos Aires en Mayo  de 1810. 


“La sociedad rioplatense -dice Jordán Genta- era una unidad de orden... y el pueblo actuó jerárquicamente por medio de sus  jefes naturales no elegidos por la multitud sino acatados por ella...” Los caminos Imperiales de América y España se bifurcaron cuando las  liberales Cortes de Cádiz y más tarde Fernando VII, pretendieron desconocer los reinos diferenciados establecidos por el César Carlos V en 1519-Entre 1811 y 1815, Artigas  definió  su pensamiento político  y económico  entroncado en las bases del doctrinarismo español. Dos fueron los puntos claves expuestos por el Caudillo: Independencia y Federalismo.


La primera era exigida dado él desconocimiento, como dijimos, en septiembre de 1810 por las liberales Cortes , del federalismo natural que había caracterizado la Unión de los Reinos de España y América, para establecer  el masónico Estado centralizado. Por el segundo se planteaba un gobierno nacional y gobiernos provinciales, es decir, un federalismo encontrado en el fondo de los antiguos Cabildos nacidos en la Hispania Romana y fortalecidos en la Edad Media. Estos fueron los municipios trasplantados a nuestra América que encarnaban el espíritu local y estaban constituidos por los jefes de familia.


Era  la Provincia, formada con los “Pueblos Libres” en  el sentido de ciudades con Cabildo junto a sus respectivas jurisdicciones. En lo económico su política de tierras  se inspiró en la Legislación de Indias y mantuvo la Propiedad Privada fuera del planteo liberal. Artigas devino en arquetipo de la Tradición, por lo que los logistas, con la baja traición del denominado Tratado del Pilar (1820), lo eliminaron de la argentinidad. Cayó con la Provincia Oriental y el “Sistema Americano”.


Nunca más pudo volver del ostracismo paraguayo, pero su alma reapareció en la Cruzada Lavallejista de abril 1825. En ella -hay que recordarlo siempre- tuvieron especial protagonismo don  Juan Manuel de Rosas y don Manuel Oribe quienes en pocos años serían los continuadores del Caudillo. Tanto fue así, que en 1843, 7 años antes de su fallecimiento, el Patriarca, contestó negativamente el ofrecimiento  de Carlos Antonio López para Comandar las fuerzas preparadas contra el Restaurador. El Viejo Guerrero vio lejos las intenciones de la siniestra alianza burguesa, liberal y anti hispanoamericana. Por ello, sigue siendo Centinela, Muralla y Bastión de una historia que es esencia  de “Nuestra Unidad de Destino en lo Universal” al decir del inmortal José Antonio Primo de Rivera.