jueves, 13 de junio de 2019

Rosas y el odio mitrista*

Rosas es un hombre a quien le tocó desempeñar su papel después de un mito y antes de otro. Para que Rosas pueda tener jueces en su Patria, es preciso que Rivadavia y Mitre recobren su naturaleza de seres mortales y falibles.
[Carlos Pereyra].

      […] Los adversarios de Rosas, los unitarios de entonces, que ahora se llaman mitristas  o pseudo-mitristas, luchaban por otra cosa: “la libertad”, palabra engañosa que ha servido para encubrir muchas iniquidades; y luchaban a costa, precisamente, de la independencia, de la soberanía y del honor de la Nación, valores estos que, con criminal inconciencia, hicieron peligrar porque para ellos nada valían mientras se salvaran los principios.

      ¿Qué principios? No otros que los que les permitieron conseguir lo que han conseguido; también lo dijo Alberdi al comparar su acción con la de Rosas: “sus pobres sucesores -sostuvo- que sólo han  brillado en el talento bufón de ganar su rango y su pan”.

En el caso de los unitarios la pasión no tiene el mismo significado porque no la encendía el fuego que animara a la de Rosas; el bien indiscutido de la Patria. La pasión de sus enemigos no fue ni cristiana  ni patriótica; para ellos la pasión encubría un empeño desmedido por satisfacer ambiciones de predominio y de riqueza, aunque se le envolviera con nobles palabras, siguiendo los consejos de Salvador María del Carril.

[…]He dicho que Mitre era uruguayo por consanguinidad de varias generaciones.

[…] ¿POR QUE EL ODIO MITRISTA?

Aquí, y casi al término de mi exposición, séame permitido plantear un interrogante: ¿Porqué el odio implacable de Mitre a Rosas? ¿Porqué el de sus descendientes?
Mitre, como queda demostrado, ni su familia, estuvo  radicado  en nuestro país durante los años del gobierno de Rosas.

Mitre no fue emigrado ni proscripto.

Mitre no tuvo parientes, ni arraigo en el país, ni en la sociedad argentina.

Mitre no luchó jamás en las filas argentinas comandadas  por jefes argentinos, como lo fueron Paz y Lavalle.

Mitre sirvió como uruguayo y como oficial uruguayo primero en los ejércitos de Oribe, después con los de Rivera, del país independiente uruguayo, que luchaba por su hegemonía en contra de la Argentina; y no por ideales argentinos.

Mitre, al ser derrotado su jefe uruguayo Rivera, se pasa a Suárez, vencedor; pero vuelto al poder el Pardejón, se ve obligado a abandonar el Uruguay. Huye, entonces,  y en los barcos anglo-franceses que remontan el Paraná pretende unirse al general Paz. La derrota de las escuadras extranjeras en Quebracho y Tonelero le obligan a regresar, y al no poder hacerlo a Montevideo, se siente desligado de las luchas del Río de la Plata y se retira a Bolivia y Chile, precisamente cuando se agrava en su “patria” la guerra internacional por la acción conjunta de Francia e Inglaterra.

Mitre, ausente, aparece recién en Caseros como oficial uruguayo y de la mano de los brasileros; pero hasta entonces su acción contra Rosas no ha alcanzado celebridad porque  no obraba como jefe ni como caudillo, sino como simple subalterno.

Mitre, hasta entonces no ha ejercitado contra Rosas su arma plumífera, se ha dedicado a hacer malos versos y a escribir ensayos.

Mitre, después de Caseros no ataca a Rosas, sino a Urquiza. El dictador podrá ser el pretexto, pero destruir al general entrerriano es el objetivo fundamental. “Usemos de Urquiza para librarnos de Rosas; pero caído éste, nos será fácil librarnos del vencedor”. Es el credo liberal. (Tomo V, pág. 108, Alberdi).

Mitre descarga su fobia rosista después que adquiere predominio  en Buenos Aires, y recién entonces Rosas le sirve de escudo.

Mitre es el hombre que tenía menos agravios contra Rosas, pues no tenía ninguno. Siendo niño, Rosas le salvo la vida.

En estas condiciones podría decirse, que Rosas a Mitre no le hizo ningún daño y si mucho bien. Nunca le atacó porque le fue totalmente desconocido como hombre de acción dirigente, pues no lo era entonces. En cambio, al venir al país sirviéndose del nombre de Rosas, hizo política, habló y escribió más que luchó, se sirve de su nombre para exaltar a los enemigos y a los que traicionan la amistad del dictador y sirviéndose de forajidos uruguayos y de los dineros del tesoro público, se encumbra y llega a la más alta posición que un argentino puede aspirar, y por añadidura se le viste de “prócer”. ¿Qué más se puede pedir? ¿De no haber existido Rosas hubiera llegado a tanto? Con toda seguridad   que no.

Pero si tal cosa le ha acontecido a Mitre personalmente con el dictador, no menos favorecido lo fue con sus familiares.

GERVASIO ORTIZ DE ROSAS, PATERNAL PROTECTOR DE MITRE.

Don Gervasio Ortiz de Rosas fue un verdadero protector de Mitre. Hombre joven, vigoroso, de ideas liberales, acaudalado por ser uno de los estancieros más ricos del Sur, que no admitía sin protesta la influencia superior de su hermano el dictador, de carácter seco y a veces áspero por su  naturaleza enérgica, fue, sin embargo un buen amigo de la casa de doña Josefa, como lo fue del hogar de Mitre, y paternal con el niño Bartolito.

A los treinta años, soltero, independiente, se echa encima la molesta tarea reencaminar al niño Mitre tratando de hacer de él “un hombrecito”. Le lleva consigo al campo, le enseña las prácticas corrientes de la vida de estancia, no como preceptor, que sería estúpido afirmarlo, sino paternalmente, con bondad, que en el seco “Cardo” constituye una excepción en su trato habitual.

Don Gervasio  era hombre de alguna cultura, mayor que la corriente en la época. Posee una buena biblioteca; es  allí donde Mitre inicia sus lecturas. Un escritor, aparentemente unitario, dice que en vez de dedicarse a las tareas del campo, el niño Mitre daba preferencia a la lectura de los libros que esta oportunidad puso a su alcance.

Pues bien, cuando Mitre llega a hombre, olvida a su benefactor, al amigo de su hogar, y en el curso de toda su vida no exterioriza, que yo conozca, una sola palabr4a de recuerdo o de agradecimiento por don Gervasio Ortiz de Rosas.

[…] Es un descendiente del general Bartolomé Mitre quien reedita las leyendas olvidadas por los verdaderos historiógrafos y sólo recordadas por aquellos, que, sin más miras que el odio de familia y la pasión, bregan todavía con pertinaz empeño por hacer creer que Rosas es un personaje definitivamente juzgado y que bastan los “atroces crímenes”, imputados por ellos mismos, para que su nombre se borre de un período de más de treinta años en que su personalidad se destaca con rasgos extraordinarios.

Y no ha estado errado el conferencista. Mitre es el verdadero culpable de ese odio implacable a Rosas y es él el verdadero causante de que la comunidad argentina tenga todavía que discutir a diario sobre los hombres, los hechos y las cosas de ese pasado histórico. Mitre y Rivadavia son la barrera que perturba y altera toda la verdad argentina. […].

* Parrafos de la conferencia de Alfredo Ortiz de Rosas, publicada en la Revista del Instituto de Investigaciones Historicas Juan Manuel de Rosas; numero 11, de marzo/abril de 1943.


domingo, 12 de mayo de 2019

EL VERO ROSTRO DE LA PATRIA Y SU FALSIFICACION

Un revisionista notable, Federico Ibarguren, decía que “la vera imagen de la Patria, el Ser Nacional argentino, reconoce su origen en el catolicismo español de la contrarreforma religiosa”[1]. Y no se equivocaba. Basta con remontarnos a nuestros orígenes históricos, a los siglos XVI y XVII, es decir a la etapa en la que comenzamos a nacer como nación, para comprobar que esto es así. En efecto, son los valores del catolicismo y la cosmovisión de la hispanidad, con su visión trascendente de la vida terrena, los que están en la esencia y en las bases de nuestra identidad nacional.

Hoy sin embargo, considerando la espantosa decadencia moral y el ataque permanente al que se ven sometidos todos los fundamentos de nuestra nacionalidad; nuestras costumbres, cultura, religión, etc., resulta claro que esta Argentina actual no tiene nada que ver con aquella patria que heredamos de nuestros antepasados, aquella nación digna  que podía reivindicar para sí ser la hija legitima de un imperio civilizador que había conquistado y evangelizado medio orbe.

Sin lugar a dudas la Argentina de hoy seria irreconocible para quienes la forjaron. A lo largo de su devenir histórico se le fue imponiendo de forma paulatina una tradición contraria a los principios que le dieron el Ser; de tal modo que su vero rostro se desfiguró completamente, su identidad verdadera fue adulterada, y ello no sucedió por casualidad.

En efecto, el secular proceso de demolición de nuestra identidad nacional tiene un sujeto activo que fue su inspirador y su gestor; y que no es otro que el liberalismo. Ese error monstruoso, con su falso concepto de libertad, ha sido la perdición no solo de nuestra patria sino de todas las naciones cristianas que otrora configuraron la Cristiandad.

Por eso, la clave para entender el drama que signa toda la historia argentina estriba en tener presente la pugna que se dio entre su tradición hispano-católica, que daba primacía a las realizaciones espirituales; y la tradición liberal, extranjerizante y materialista, que es su antítesis.

Cabe aclarar que esta última tradición –es menester reconocerlo-, al igual que la primera, también nos vino de nuestra Madre Patria. Porque si bien la Argentina se fundó bajo el signo de la cruz y la espada, durante  el apogeo de la cristiandad hispánica;  sin embargo el plexo de valores de esa tradición fundacional comenzó a ser negado tempranamente con las ideas del despotismo ilustrado, racionalista, secularista y afrancesado, que en el siglo XVIII nos llegó desde España, gobernada a las sazón por la dinastía borbónica.

Fue entonces, durante ese periodo en el que reinaron los monarcas de la Casa de  los Borbones, que se introdujeron en España las ideas de la Ilustración; con su culto a la razón y su desprecio por la religión; con su dogma del Progreso Indefinido y su antropocentrismo prometeico. Y esas ideas, que luego en Francia serian el disparador de la endemoniada Revolución de 1789; en España serán el germen de la ruina y la destrucción del Imperio hispano-católico. Ello sobre todo durante el reinado de Carlos III; un rey que se rodeó de ministros masones (Floridablanca, el conde de Aranda, Campomanes, etc) y que bajo esa influencia dispuso la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús; una orden religiosa que había planteado una férrea oposición a las ideas de la Ilustración.

Ciertamente, fueron los jesuitas quienes, ante el avance del movimiento ilustrado, con más ardor defendieron la ortodoxia católica; y es por ello que los “Hombres de las Luces” trataron por todos los medios de neutralizarlos. Lo confiesa Voltaire en una carta a Helveticus, en la que decía: “cuando hayamos eliminado a los jesuitas habremos dado un gran paso adelante en nuestra lucha contra lo que detestamos”. Se refiere Voltaire, obviamente, a la Iglesia Católica.

Así pues, sacados del medio los padres de la Compañía de Jesús el gran paso que ansiaban dar los ilustrados fue dado, y con ello la difusión de los ideales del Iluminismo quedó asegurada. A partir de entonces los días del Imperio Hispanoamericano estaban contados. 

En América, la formidable labor civilizadora y evangelizadora que desarrolló la Compañía es larga de enumerar. Sus misiones incluso jugaron un papel vital en la defensa de las fronteras del Imperio ante el avance portugués. Sus colegios y universidades fueron centros de enorme difusión cultural; en ellos se enseñaron las ideas filosóficas- políticas del padre Francisco Suarez, doctrina universalmente aceptada entre los católicos de entonces, que se oponía al absolutismo y al despotismo ilustrado.

Menéndez  Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, dirá que la expulsión de los jesuitas contribuyó indudablemente a acelerar la pérdida de las colonias americanas. En efecto, no hay dudas que tan impopular medida desprestigió gravemente a la autoridad española entre los criollos americanos y dejó un vacío casi imposible de llenar.

De todos modos los principios de la escolástica que estos enseñaron (especialmente la teoría suareciana de la retroversión del poder) calaron hondo en la inteligencia de los criollos, de tal forma que fueron esos los presupuestos filosóficos a los que se apeló durante las jornadas de Mayo de 1810; cuando desaparecida toda autoridad legítima en España los americanos se vieron obligados a dotarse de un gobierno propio. Por supuesto que ello amén de que la propia legislación española (.las Partidas de Alfonso el Sabio) preveía que esto fuera así; es decir que ante la muerte o ausencia del rey, sin que este haya dejado un regente, la soberanía se revirtiera en los pueblos.

Lamentablemente, luego de establecido el primer gobierno patrio surgió entre sus miembros dos tendencias claramente diferenciadas y enfrentadas. Por un lado una tendencia católica, sinceramente monárquica e hispanista; encabezada o representada por el jefe del Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra. Y por el otro lado, una tendencia influenciada por las ideas de los filósofos de las luces, liberal y jacobina, cuyos principales exponentes fueron Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo.

Y aunque en esa primigenia etapa del proceso independentista los primeros gobiernos patrios aun hacían una expresa profesión de Fe católica, muy pronto emergieron los primeros intentos de apostasía social con la política irreligiosa de Martin Rodríguez y su nefasto ministro Bernardino Rivadavia. Pero los cimientos de la argentinidad aún estaban firmes, y contra dicha política impía se alzaron –lanza en mano- las mesnadas criollas conducidas por el caudillo riojano Facundo Quiroga bajo el estandarte medieval de “Religión o muerte”.

Esa confrontación de índole religioso signa todas las luchas entre unitarios y federales. De modo pues que se equivocan quienes ven en ellas un mero conflicto político o económico, una lucha entre la burguesía portuaria y los caudillos del interior, o entre la oligarquía ganadera y los sectores populares (como lo hacen los revisionistas de izquierda, clasistas o populistas). En realidad, a ambos bandos lo que en el fondo los dividía eran razones culturales y religiosas. Lo que estaba en pugna entonces eran dos diferentes cosmovisiones y dos formas distintas de entender a la patria. Por un lado estaban quienes, sintiéndose orgullosos de su cultura y religión, concebían a la Patria como un legado al que había que conservar y defender; y por el otro estaban aquellos que repudiaban todo lo que fuera autóctono, criollo, e hispano-católico, y que para imponerse no tenían ningún escrúpulo en unirse al enemigo extranjero.

Es por ello que mientras los caudillos federales pudieron contrarrestar la impiedad y la traición de unitarios y logistas, nuestra verdadera tradición histórica se mantuvo de pie y vigente; las cosas cambiarían a partir de la caída de Juan Manuel de Rosas.

 Rosas no fue solamente un dictador patriota que salvaguardó la unidad nacional y defendió la soberanía; tampoco fue un simple caudillo federal que respetó las autonomías provinciales y protegió las incipientes industrias del interior; fue mucho más que todo eso, fue un verdadero príncipe católico, un gobernante arquetípico que mantuvo vigente en nuestra patria el orden social cristiano heredado, el régimen de la Cristiandad hispánica. Durante su gobierno se puede afirmar sin temor a exagerar que la filosofía del Evangelio presidió todas las acciones de la autoridad política.

Prueba de ello es su famosa Proclama del 13 de abril de 1835 (efectuada al momento de asumir como gobernador por segunda vez) en la que dijo: “Ninguno de vosotros desconoce el cúmulo de males que agobia a nuestra amada patria, y su verdadero origen. Ninguno ignora que una fracción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad, de su avaricia, y de su infidelidad, y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha desvirtuado las leyes, y hécholas insuficientes para nuestro bienestar; ha generalizado los crímenes y garantido su impunidad; ha devorado la hacienda pública y destruido las fortunas particulares; ha hecho desaparecer la confianza necesaria en las relaciones sociales, y obstruido los medios honestos de adquisición; en una palabra, ha disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y perfidia. La experiencia de todos los siglos nos enseña que el remedio de estos males no puede sujetarse a formas, y que su aplicación debe ser pronta y expedita y tan acomodada a las circunstancias del momento. Habitantes todos de la ciudad y campaña: la Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia; resolvámonos pues a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto en confusión nuestra tierra; persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros, y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y espanto a los demás que puedan venir en adelante. No os arredre ninguna clase de peligros, ni el temor a errar en los medios que adoptemos para perseguirlos. La causa que vamos a defender es la de la Religión, la de la justicia y del orden público; es la causa recomendada por el Todopoderoso. Él dirigirá nuestros pasos y con su especial protección nuestro triunfo será seguro.”

El verdadero Rosas esta retratado en esta proclama que demuestra la importancia que el Restaurador le daba a la religión como fundamento del orden social. Como dice Antonio Caponnetto: “el Caudillo concibió a la Patria como un eco posible de la Civilización Cristiana[2]; y contra esa idea tradicional de la Patria, se levantaron los unitarios y los representantes autóctonos del liberalismo; de tal modo que la continuidad histórica de la Argentina real y verdadera se truncó definitivamente cuando en 1852 en los campos de Caseros una coalición internacional al mando del Gral. Justo José de Urquiza, derrocó a Rosas y le abrió las puertas a la Republica liberal, masónica y laicista.

El primer paso en ese sentido fue el dictado en el año 1853 de una Constitución Nacional informada por los principios filosóficos del iluminismo racionalista y del liberalismo, cuyos pocos preceptos de tónica cristiana –como dijo el notable constitucionalista Arturo E. Sampay- fueron decisiones políticas de índole transaccional atento a que casi la totalidad de la población argentina profesaba en ese momento la religión católica[3].

Pero esa población católica, expresión viviente de la tradición fundacional, estaba en la mira de los liberales. Juan Bautista Alberdi, el inspirador de la Constitución, dirá categóricamente en el Capítulo XV de su obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina: “Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos…”  Agregando, en el capítulo XXX: “Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella… La Constitución debe ser hecha para poblar el suelo solitario del país de nuevos habitantes, y para alterar y modificar la condición de la población actual.”

Esa Constitución, pergeñada por Alberdi y los liberales, será la herramienta jurídica que una sucesión de presidentes masones utilizaría para cambiar la fisonomía y la esencia de la nación argentina; implantando a sangre y fuego los “beneficios” del liberalismo y de la “civilización”. Por ello el profesor Jordan Bruno Genta enseñaba que: “…las Bases de Alberdi postulan el cambio del Ser Nacional como condición imprescindible para la civilización y el progreso  de la Nación. La organización constitucional debe hacerse para asegurar la ruptura y el desprendimiento con el pasado histórico.”[4]

Lamentablemente, todos los intentos de resistir y frenar ese proyecto centralista y liberal, como los levantamientos de las montoneras gauchas del Chacho Peñaloza y de Felipe Varela, fueron uno a uno salvajemente aplastados por los ejércitos mitristas.

En efecto, después de la batalla de Caseros, y sobre todo después de Pavon, los “hombres de las luces”, los “civilizados”, sembraron el terror en el país y cometieron una larga lista de crímenes políticos y de matanzas cuyo objetivo último no era otro que terminar con la Argentina tradicional. Así, en 1856 Mitre hizo fusilar al Gral. Jerónimo Costa junto a 126 de sus oficiales y suboficiales, estando rendidos y sin ningún tipo de proceso legal; Venancio Flores en 1861 perpetró la misma salvajada en Cañada de Gómez, degollando a unos 400 federales rendidos; igual destino corrieron los gauchos del Chacho Peñaloza, y el propio Chacho, cruelmente asesinado; por citar algunos casos emblemáticos.

Uno de los responsables de esa política criminal fue Domingo Faustino Sarmiento; este en su famosa carta a Bartolomé Mitre del 20 de septiembre de 1861, le decía: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos”; demostrando así el odio y el desprecio que la nueva clase gobernante le tenía al exponente típico de la argentinidad, al gaucho.

La idea fuerza de ese liberalismo triunfante, difundido por Alberdi y el masón Sarmiento; y llevado a la práctica por la llamada Generación del 80, quedó resumido de manera tajante en la formula sarmientina “Civilización y Barbarie”. Esa dicotomía expresaba perfectamente el rechazo absoluto por nuestra tradición primigenia, y el desprecio impío de nuestra cosmovisión hispano-católica, que el liberalismo planteaba, pues según ella “Civilización” venía a ser todo lo europeo y “Bárbaro” todo lo nuestro.[5]  

Otro hito fundamental para la imposición de la tradición iluminista, liberal, masónica y laicista que falsificó nuestra identidad nacional fue la sanción en el año 1884, durante el gobierno del Gral Julio A. Roca, de la Ley 1420 que estableció la educación laica en las escuelas.

En efecto, los liberales de la Generación del 80 consideraban imprescindible para la consolidación de una sociedad materialista, orientada e imbuida por la filosofía positivista, la eliminación de la enseñanza católica en las escuelas. Con ese fin es que llevaron adelante su política educativa, y en esto coincidían plenamente con los objetivos de la Masonería que ansiaba expulsar a Cristo de las aulas como una forma de ir eliminando toda influencia del catolicismo en la sociedad.

Enrique Diaz Araujo dice sobre estos hombres que: “su ideal indiscutido era el progreso material, agnósticos o ateos en religión, optaron legislativamente por el laicismo anticlerical…”[6]

Concurrentemente con el establecimiento de la educación laica, los liberales se dieron también a otra tarea fundamental para imponer sus ideas, la de falsificar nuestra historia. Esa versión amañada de nuestro pasado, que comenzó con las obras de Bartolome Mitre y Vicente Fidel Lopez, se convirtió en la Historia Oficial de la Argentina y cualquier disenso con ella fue duramente anatemizado. Generaciones de argentinos fueron educados pues con esta historia falsificada que se escribió no para transmitir y recrear una cultura propia sino para copiar la ajena; y por supuesto, para justificar en definitiva toda la acción política de la oligarquía gobernante.

Contra esa historia oficial liberal, pero paradojalmente dogmática, se alzó la escuela revisionista, con exponentes como Alberto Ezcurra Medrano, Federico Ibarguren, Julio Irazusta, Vicente Sierra, Manuel Galvez y Ernesto Palacio, entre otros. Esta corriente historiográfica al desmontar la interpretación liberal de nuestra historia, develando sus ocultamientos y exponiendo sus mentiras, no solo recuperó la verdad histórica sino que mostró el verdadero rostro de la Patria. Como dice Antonio Caponnetto: “El revisionismo original procuró, mediante la rectificación de los errores a designios, el redescubrimiento y la consiguiente revalorización de nuestra estirpe hispano-católica”[7].

Esa tarea –que los primeros revisionistas cumplieron con creces- hoy lamentablemente se encuentra interrumpida ya que aquel revisionismo originario y verdadero prácticamente ha desaparecido. Su presencia es totalmente inadvertida y son muy pocos sus exponentes.

Lo que se publicita en su lugar es una adulteración del mismo, un neo-revisionismo ecléctico y acomodaticio, inspirado en historiadores seudo-revisionistas, izquierdistas y populistas, como Hernandez Arregui, Eduardo Astesano y Fermin Chavez, que se infiltraron en el auténtico revisionismo e introdujeron en él un análisis dialectico, clasista y materialista. Estos neo-revisionistas que hoy usufructan el prestigio de la vieja escuela revisionista, coinciden en el fondo con los historiadores académicos y profesionales, sean estos liberales, marxistas o sincretistas de toda laya, en su cosmovisión historicista, inmanentista y relativista[8]. Es por eso que todos ellos escamotean la verdad sobre nuestro Ser Nacional y rechazan nuestra tradición hispano-católica.

En este estado de cosas lo que se impone a todo historiador, que quiera prestar un servicio a la patria, es revivir y recrear al auténtico revisionismo. Tomar las enseñanzas de los primeros maestros y encarar nuevos estudios que saquen a la luz nuevamente nuestra verdadera tradición histórica. Solo así podremos recuperar nuestra identidad nacional y encontrar las fuerzas para resistir y reconquistar la Argentina real. Nuestro destino como nación depende de ello.


                                                                 Edgardo Atilio Moreno






[1] Ibarguren, Federico. Nuestro Ser Nacional en peligro. Bs. As. Ed Vieja Guardia. 1987, pag 12
[2] Caponnetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas. Bs As., Ed Katejon, 2013, pag 31
[3] Sampay, Arturo Enrique. La filosofía del Iluminismo y la Constitución argentina de 1853. Revista Verbo N° 303, pag. 43
[4] Genta, Jordan Bruno. Jordan B. Genta. Bs As. 1976. Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino. pag 385.
[5] Por otra parte dicho planteamiento también traía consigo, como conclusión forzada, un sentimiento de inferioridad y un descreimiento en nuestras capacidades para forjarnos un destino independiente; lo cual llevaría a que de la mano de la pregonada “Civilización” se impusiera en lo económico la teoría del librecambio y de la división internacional del trabajo que subordinó nuestro destino a los intereses extranjeros y convirtió al Estado en un agente de los mismos.
[6] Diaz Araujo, Enrique. Aquello que se llamó la Argentina. Ed. El Testigo. Mendoza. 2002. Pag. 51
[7] Caponnetto, Antonio. La polémica sobre Rosas. Revista Verbo N° 297, pag. 87
[8] Al respecto ver Caponnetto; Antonio. Los críticos del revisionismo histórico. Tomo 3

viernes, 26 de abril de 2019

DÍAZ ARAUJO, Enrique. San Martín: cuestiones disputadas

Sebastián Miranda


A los que estamos acostumbrados a leer sus libros, Enrique Díaz Araujo no nos deja de sorprender por la calidad cada vez mayor de sus trabajos. Si bien sabemos que al encontrarnos con un escrito nuevo podemos esperar una rigurosidad académica excepcional unida a un compromiso irrenunciable con los valores fundamentales de nuestra nacionalidad, esta vez se ha superado ampliamente. Puede afirmarse sin lugar a dudas que San Martín: cuestiones disputadas es uno de los libros de Historia más importantes que se han escrito en las últimas décadas.

El primer tomo está dividido en una parte general y dos secciones. En la parte general y la primera sección autor realiza un análisis historiográfico preciso y minucioso de los libros escritos sobre El Libertador, comenzando por la Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana de Bartolomé Mitre1, origen de gran parte de los mitos y falsedades sobre la vida del prócer. Cada aspecto es desmenuzado cuidadosamente y estudiado en profundidad hasta agotarlo, ubicándolo en su contexto histórico correspondiente.
En la segunda sección se estudian detalladamente:
El paso de J. F. de San Martín por España, las causas de su retiro del ejército peninsular y su relación con los británicos. En este tema tan debatido, E. Díaz Araujo documenta las razones del retiro, atribuyéndolo a la hostilidad que sufrían los americanos por parte de la población local de Cádiz. Este rechazo estaba directamente vinculado a la inminente entrega a los franceses por parte del Consejo de Regencia que, además, había adoptado un perfil de gobierno netamente liberal y tiránico como lo denominó el entonces mayor J. F. de San Martín. Las manifestaciones de repudio popular y las acciones contra los oficiales del ejército, a los que muchos pobladores consideraban cómplices del gobierno, llevaron al asesinato del general Francisco María Solano (29 de mayo de 1808), caraqueño, superior del Gran Capitán. En el mismo tumulto que terminó con la vida del venezolano, el futuro Libertador de América salvó milagrosamente su existencia refugiándose en una iglesia. En este punto, el historiador refuta la tesis de la participación británica en el retiro de J. F. de San Martín, abordando la cuestión de su supuesta acción como agente inglés vinculado a la masonería, tan difundida en los últimos tiempos. También trata el Plan Maitland, tema que retoma varias veces en los siguientes capítulos. Podemos afirmar que esta tesis, más parecida a la calumnia, es demolida por el escritor mendocino. Vinculado con su rechazo a la masonería, E. Díaz Araujo desarrolla diversos aspectos de la religiosidad del Libertador, tanto en su vida pública como en la privada a través del estudio de una gran cantidad de documentos. Esta parte del libro es sumamente interesante porque aborda aspectos, además de polémicos, poco conocidos de la vida del Gran Capitán.
Su actuación en el Ejército del Norte y las causas de su retiro del mismo. Se estudia: su llegada a América, la formación del Regimiento de Granaderos a Caballo y su nombramiento como comandante del Ejército del Norte. Este punto resulta especialmente atractivo para el lector porque el historiador lo vincula con la existencia previa, o no, del Plan Continental, refutando las tesis que consideran que dicho plan ya estaba en la mente de J. F. de San Martín cuando vino de Europa relacionándolo con el Plan Maitland. La decisión de realizar las operaciones sobre Chile y posteriormente sobre Perú habría surgido en el momento dada la evolución de los sucesos, especialmente en el país transandino, y no como algo pensado y elaborado en Europa antes de la llegada a América. De esta manera también el historiador desvincula el Plan Continental del apoyo británico, descartando nuevamente el rol del Libertador como supuesto agente inglés, tan promocionada por los calumniadores y vendedores de rumores actuales.
 Su gestión en el gobierno cuyano y aspectos puntuales de la campaña a Chile. Se desarrolla la temática de su desempeño al frente de la Intendencia de Cuyo, la organización y financiación del Ejército de los Andes.
Su relación con Carlos María de Alvear. Se reitera a lo largo de los dos tomos esta cuestión dado que los conflictos con su antiguo compañero de la Logia Lautaro han sido uno de los principales orígenes de las calumnias en torno a la figura del Libertador.
Sus ideas políticas. Este tema es, sin duda, uno de los más interesantes de la obra y sobre el mismo se vuelve una y otra vez, analizando minuciosamente documentos oficiales y cartas privadas. Se destaca la clara opción de J. F. de San Martín por los gobiernos que promovieron la religión católica, el orden y la cultura. El Libertador relacionaba directamente estos gobiernos con la monarquía y el rechazo al liberalismo que introducía el desorden, la división y la anarquía. La oposición al planteo de B. Mitre y sus repetidores resulta entonces una constante sobre la que E. Díaz Araujo vuelve permanentemente dando una destacable solidez a sus argumentos.
Su tarea como Protector del Perú. Previamente se estudia la preparación de la campaña al Perú, los conflictos con el Directorio y su perfil como estratega militar, brillante por cierto dada la inferioridad de fuerzas con las que contaba al iniciar las acciones sobre Perú. Resulta destacable el pormenorizado estudio de las medidas tomadas durante su gestión como Protector el Perú vinculando muchas de ellas al monarquismo del Libertador y a su respeto por la religión católica. Es notable y es una constante que se repite a lo largo de los dos tomos, como el historiador mendocino no solamente fundamenta la tesis sostenida sino que analiza minuciosamente las contrarias y las refuta punto por punto. En esta cuestión se contraponen las tesis que lo consideran republicano contra las que sostienen que era monárquico, demostrando el autor la certeza de esta última visión. Otra temática vinculada, y que es retomada por el historiador, es la refutación del carácter antihispánico de J. F. de San Martín. Apoyado sobre un enorme aparato documental, E. Díaz Araujo demuestra una y otra vez que el Gran Capitán no era partidario de una ruptura abierta con el sistema establecido por España en América, sino que lo que rechazaba eran algunos aspectos del mismo y-contrariando las tan difundidas ideas de B. Mitre que han sido adoptadas prácticamente como si se tratara de un dogma- lo que el personaje estudiado no quería adoptar era justamente la novedad, es decir las ideas de un liberalismo netamente jacobino postuladas por los nuevos gobiernos formados en la metrópoli a partir de la irrupción de las ideas de la Ilustración.
El enfrentamiento con la logia provincial rivadaviana y las masónicas en general. Se trata de uno de los temas que ha sido, deliberadamente, más ocultado sobre la vida del general J. F. de San Martín. Fiel a su estilo de no rehuir el debate e ir directamente al punto central de las cuestiones más polémicas, E. Díaz Araujo aborda la responsabilidad de la logia rivadaviana y las masónicas en las enormes dificultades que debió padecer el Libertador en Perú. La oposición de J. F. de San Martín al liberalismo que en esos momentos generó una alianza entre los gobiernos americanos proclives a esta ideología y las autoridades españolas, fue una causa directa del nulo apoyo que recibió de parte de los responsables de dirigir políticamente la emancipación de América desde Buenos Aires. El no envío de recursos y la guerra de zapa constante, reflejada en numerosos documentos del Libertador, forman una sólida evidencia de la tesis sostenida por el autor. En forma contundente, el historiador atribuye a este factor el hecho de que el Gran Capitán no pudiera concluir la campaña en el Perú.
La relación con Simón Bolívar y los pormenores de la entrevista de Guayaquil. Nuevamente, sin rodeos, E. Díaz Araujo va al nudo de la cuestión, refutando, una vez más, la tesis mitrista de los desacuerdos entre ambos próceres. Otra vez se entrelaza la retirada de J. F. de San Martín con la abierta guerra que las logias masónicas y el gobierno de Buenos Aires ejercieron contra el Libertador.
Sus dolencias. Si bien no es un tema central, el autor incluye el análisis de las enfermedades y aprovecha la oportunidad para desmentir las burdas acusaciones de los calumniadores de J. F. de San Martín que lo calificaban como adicto al opio. Capítulo aparte merece que las constantes enfermedades -producto de una vida transcurrida a la intemperie, de campaña en campaña en medio de las adversidades-agrandan el arquetipo del Libertador que fue capaz de hacer todo lo que hizo a pesar de estar afectado por gravísimas dolencias que en varias ocasiones lo llevaron al borde de la muerte.
Las causas de su retiro y la partida al exterior. Relacionado con los puntos anteriores, se explican los pormenores del hostigamiento que padeció durante su estancia en Perú, en Mendoza y su marcha al exilio en Europa. Tergiversados por la historiografía mitrista, estos sucesos están directamente ligados a las acciones de la logia rivadaviana. Se trata de una de las cuestiones menos abordadas en las biografías del Libertador.
El segundo tomo se divide en una tercera sección y una parte especial.
En la tercera sección se estudian con profundidad:
El enfrentamiento con el Partido Unitario y el retorno del Libertador en 1829. Se retoma la cuestión del hostigamiento de la logia provincial encabezada por B. Rivadavia y su rol decisivo en el exilio del general. Se aborda el fallido retorno a la Argentina y las causas de que no llegara a desembarcar en Buenos Aires.
Los intentos del general J. F. de San Martín y otros próceres americanos por reestablecer la unidad de la Patria Grande. Otro punto interesantísimo y poco conocido. Contrariamente a la visión que se tiene sobre un J. F. de San Martín inactivo y retirado a la vida privada, E. Díaz Araujo desarrolla las constantes acciones del Libertador para retomar los intentos por lograr la unidad de Hispanoamérica
La relación con Juan Manuel de Rosas y el Partido Federal, especialmente a través del estudio de la correspondencia entre ambos próceres. Vinculado con el hostigamiento que sufrió por parte del Partido Unitario, se desarrollan las relaciones con los federales a través del intercambio epistolar entre J. F. de San Martín y J. M. de Rosas y cartas dirigidas a terceros. Se trata de otro de los aspectos de la vida del Libertador ocultado por la historiografía liberal. Siguiendo el pensamiento que tuvo a lo largo de toda su vida, el Gran Capitán nuevamente se inclina por los gobiernos que garantizaran el orden. Otro aspecto tratado es el importantísimo rol del Libertador durante los bloqueos francés y anglo-francés, apoyando al gobierno de la Confederación Argentina y a la vez influyendo sobre los políticos y la opinión pública en Europa. El historiador nuevamente muestra una faceta muy diferente a la conocida por el común de la gente sobre la vida del padre de la patria en el exilio.
Las ataques hacia la persona del Libertador por parte de los liberales contemporáneos (D. F. Sarmiento, J. B. Alberdi y F. Varela) y de historiadores como E. De Gandía2. Unificados bajo el título el ataque liberal, E. Díaz Araujo estudia las opiniones que dieron referentes del liberalismo que conocieron al Libertador en el exilio, refutando las calumnias que fueron continuadas por diversos historiadores, especialmente por E. De Gandía. La principal fue considerar que J. F. de San Martín padecía un estado de senilidad, de allí el origen del apoyo a la gestión de J. M. de Rosas. A pesar de lo absurdo del planteo, el autor del libro se preocupa de analizar meticulosamente cada uno de los escritos de los personajes citados y refutarlos con sólidos argumentos y documentación de la época que demuestran lo contrario. En paralelo se estudia la postura política de D. F. Sarmiento, F. Varela y J. B. Alberdi, especialmente el rechazo al americanismo que impulsara durante toda su vida el Libertador y el apoyo de los miembros del Partido Unitario a las intervenciones extranjeras contra la Confederación Argentina.
En la parte especial renueva el estudio de las calumnias, muchas de ellas de antigua data procedentes del viejo enfrentamiento del Gran Capitán con los hermanos Carrera y C. M. de Alvear, actualizadas por seudo historiadores y simples tinterillos3 más actuales. Puede considerarse a esta parte del libro como una continuación y ampliación de lo ya trabajado en Don José y los Chatarreros4. Se abordan temas tales como su supuesto origen indígena, la relación con la familia Escalada, infidelidades matrimoniales, vicios, enriquecimiento ilícito y los bienes en el exilio.
Cada sección cuenta con una útil síntesis que sirve como resumen para destacar los aspectos centrales estudiados.
Fiel a su estilo, analiza minuciosamente en cada cuestión tratada las teorías existentes, las obras escritas –tanto las que se pueden calificar como serias como las simples calumnias y los autores de ocasión, siempre atentos a las ventas, al chisme y al nulo rigor histórico- y llega a conclusiones sobre la base no de la especulación o el rumor sino de un impecable y exhaustivo análisis de la documentación existente. No falta el comentario comprometido con su patriotismo y el anhelo de la recuperación de la Argentina Católica; tampoco está ausente el comentario mordaz y la relación constante con la actualidad y el proceso de destrucción de los valores nacionales operado desde las potencias sostenedoras del Nuevo Orden Mundial, especialmente desde el fin de la guerra de las Malvinas.
Otro mérito del autor es que dedica un espacio muy considerable de su obra estudiar las causas por las que el Libertador debió marchar al exilio, su enfrentamiento con los unitarios y su apoyo a J. M. de Rosas.
No duda el mendocino en refutar afirmaciones de historiadores coincidan o no con su pensamiento, de la Academia o revisionistas, letrados o simples calumniadores y novelistas, a cada uno le dedica un espacio y para cada uno hay una fundamentada respuesta. También para cada uno, sea cual sea su origen o intencionalidad, hay un reconocimiento cuando la probidad académica lo amerita.

NOTAS
1 Mitre, Bartolomé (1886). Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana, Buenos Aires, La Nación.
2 Se estudian cuestiones abordadas por el historiador en nueve libros diferentes.
3 Término que usara con frecuencia en sus publicaciones el inolvidable padre franciscano Francisco Paula de Catañeda durante los debates sostenidos contra B. Rivadavia y sus seguidores en la década de 1920.
4 DíazAraujo, Enrique (2001). Don José y los chatarreros, Mendoza, Ediciones Dike.

viernes, 15 de marzo de 2019

1919-2019: A CIEN AÑOS DE LOS FASCISMOS

Hace 100 años comenzaba a expandirse por Europa la Revolución Fascista, como un intento de superar el capitalismo y el comunismo, en el marco de Movimientos Nacionales que defendían los valores tradicionales (cristianos o paganos), el patriotismo, la justicia, las legítimas jerarquías sociales y el combate contra el Imperialismo Internacional del Dinero. Conocemos sus errores y en algunos casos sus horrores: la influencia hegeliana, el estatismo, el racismo, el antisemitismo, el totalitarismo, las inclinaciones voluntaristas y vitalistas, etc (características que no se aplican a todos los nacionalismos europeos de entre guerras, por lo menos no a los de inspiración cristiana). También aceptamos y compartimos las condenas parciales o totales del Magisterio de la Iglesia respecto de algunos de estos Movimientos. Pero los fascismos fueron mucho más que eso y desde 1945 han sido sometidos a una leyenda negra que impide ver, al lado de sus innegables equivocaciones y crímenes, sus aportes en defensa de la Civilización Occidental. De hecho, en su momento, políticos e intelectuales insospechables de inclinaciones totalitarias, advirtieron, al menos en parte, esas virtudes. Allí están, para quienes quieran leerlas, las opiniones contemporáneas de Chesterton, Pareto, Mises, Churchill, Keynes, Pío XI, Ramiro de Maeztu, el cardenal Roncalli (futuro Juan XXIII), Von Hildebrand, entre muchos otros. Ni que decir de Carl Schmitt, Ezra Pound o Heidegger. Juicios que no escapan al lógico temor que inspiraban los bolcheviques y que además fueron distintos según se refiriesen a uno u otro de los Movimientos Nacionales. Porque, reconociendo sus coincidencias, hay que decir que no pueden ser unificados sin más, como si no tuvieran también importantes diferencias entre sí. No fueron idénticos, en efecto, el Fascismo italiano, la Guardia de Hierro rumana, el Nacionalsocialismo alemán, el Falangismo español o el Rexismo belga. Ni tampoco sus líderes, pues son notorios los diversos estilos e ideas de Mussolini, Codreanu, Hitler, Dollfuss, José Antonio, Mons. Tiso o León Degrelle. En un juicio ecuánime, por otra parte, no hay que dejar de advertir las calumnias escritas y difundidas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, que legitiman al llamado "Revisionismo histórico" (sin defenderlo “in totum”) pues es necesario un estudio más sereno de estos asuntos, en los que muchas veces la leyenda negra ha prevalecido sobre la ciencia histórica.[1] En todo caso, es innegable que hubo algo que en su momento llevó a las juventudes europeas a identificarse con los fascismos, a ofrecerse como voluntarios para combatir el marxismo de la URSS y a unir en una misma bandera (todo lo confusa que se quiera) la Tradición y la Revolución. Bien lo expresó Brasillach cuando escribió: «El fascismo, hace tiempo que hemos pensado que era una poesía, y la poesía misma del siglo XX (...). Afirmo que eso no puede morir. Los chicos que serán muchachos de veinte años más tarde, se enterarán con oscura admiración de la existencia de esa exaltación de millones de hombres, los campos de juventudes, la gloria del pasado, los desfiles, las catedrales de luz, los héroes inmolados en el combate, la amistad entre las juventudes de todas las naciones de pie, José Antonio, el fascismo inmenso y rojo... Todo eso puede ser vencido aparentemente por el liberalismo, por el capitalismo anglosajón; eso no morirá más de lo que murió la revolución del 89 en el siglo XIX, a pesar del retorno de los reyes. Y yo, que en estos últimos meses desconfié tanto de tantos errores del fascismo italiano, del nacionalismo alemán, del falangismo español, afirmo que jamás podré olvidar la irradiación maravillosa del fascismo universal de mi juventud, el fascismo, nuestro mal del siglo» («Carta a un soldado de la Clase 60»).Quien quiera hacerse una idea acerca de este "ambiente" no tiene más que ver películas de la época como "El triunfo de la voluntad", "Sin novedad en El Alcázar" o "Raza", entre muchas otras. O entender el mensaje sencillo y claro de José Antonio cuando decía: “nuestro movimiento no estaría del todo entendido si se creyera que es una manera de pensar tan sólo; no es una manera de pensar: es una manera de ser. No debemos proponemos sólo la construcción, la arquitectura política. Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esta actitud es el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida (…) Yo creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!” (Discurso fundacional de Falange Española, 29 de octubre de 1933)
                                                 Xavier De Bouillon




[1] Respecto del revisionismo histórico (corriente representada por  Ernst Zündel, Fredrick Töben, Robert Faurisson, Harry Elmer Barner, David Irving, Salvador Borrego, entre muchos otros)  es importante señalar que: a) Hay historiadores importantes, pero cuya adhesión a los errores nacionalsocialistas no se puede aprobar. Ej: Federico Rivanera Carlés; b) Hay otros que no adhieren a dichos errores, pero los ocultan o los minimizan. Ej: Salvador Borrego; c) Hay algunos sin un aparato crítico que permita saber si lo que dicen tiene fundamento o no, y su producción da la impresión de ser amarillista: Ej: Trian Romanescu (o el autor que usaba este pseudónimo); d) No se puede comparar el rigor académico de varios historiadores (por caso David Irving) con el estilo periodístico de otros (Ej. Louis Marschalko); e) Por fin, en algunos se dan sofismas y falacias (falacia del hombre de paja, generalizaciones indebidas, argumentos ad hominem, etc), típicos del conspiracionismo. que dañan la imagen del revisionismo histórico, perjudicando a una corriente que tiene estudios académicos serios en una cantidad importante de sus representantes.