lunes, 30 de julio de 2018

LAS TRES ESPADAS DE DON JUAN MANUEL

Por Ricardo Tabossi

Esto aturde, humilla e indigna… Pero mejor es no hablar de esto”, escribió Valentín Alsina, epígono del unitarismo, a Félix Frías en 1850, refiriéndose a San Martín y la donación que hizo de su sable a Rosas.

   Desde entonces, todo tipo de interpretaciones se dieron para explicar el gesto del Libertador. Que estaba vencido por la vejez y sus enfermedades, que el sano juicio se perdió por la senilidad, que no podía conocer los sucesos americanos a causa de su mala vista o ceguera…

   El primero en referirse a la salud de San Martín fue Sarmiento en 1846, cuando lo entrevistó en Paris. La impresión que le produjo el guerrero de 68 años fue la de “un anciano abatido y ajado, con enfermedades del espíritu adquiridas en la vejez. Aquella inteligencia tan clara en otro tiempo, declina ahora”.

Desde Sarmiento y Alsina y toda la historiografía liberal detrás, no le han perdonado a San Martín ese acto de última voluntad, no le han perdonado que la más preciada reliquia histórica argentina tuviera por destino final la mano de quién representó la contracara del régimen unitario, y no el puño de ningún prócer iluminista… y eso, claro, aturde, humilla e indigna, a los santones liberales.

   Por eso que aquella disposición testamentaria, al no poder ser negada (porque sencillamente era imposible hacerlo), fue tergiversada y, en algunos casos, ocultada.

   Van dos ejemplos.

Habiéndose realizado una película didáctica dedicada al Libertador, el Instituto Nacional Sanmartiniano, presidido entonces por el coronel Descalzo, no autorizó su exhibición en las escuelas, porque en su contenido se incluía ¡el testamento del prócer!
Al hacer donación Manuelita Rosas del sable recibido de su padre al gobierno argentino, expresó su deseo de que la manda testamentaria de San Martín en que lega el sable al Restaurador, fuese puesta en un cuadro y colgada en el sitio donde fuese colocada la reliquia. El deseo no fue cumplido.
   El sable, como se sabe, fue repatriado en 1897.

   La ceremonia de recepción, que debió adquirir relieves apoteósicos -¡llegaba a la patria la espada del “Padre de la Patria”!- pasó sin pena ni gloria. Más diría, fue recibido indignamente. Ni el gobierno ni el ejército hicieron nada digno del acontecimiento, dando muestras de una pequeñez inconcebible. Ese día, los generales que figuraban en la Comisión receptora se enfermaron epidémicamente. Todos excusaron su asistencia. Bartolomé Mitre, el militar de más alta graduación, cuyo prestigio y cuya fama como historiador y como autor de Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana, eran notorios en nuestro país y en el resto de América, tampoco asistió al acto.

   En una palabra, para decirlo en enérgico lenguaje criollo, la recepción fue “una porquería” (diario El Tiempo, 5 de marzo de 1897).

   ¿Por qué no se le dio al acto el relieve que requería? ¿Por qué esa gélida indiferencia?

   Dejo al lector sacar sus conclusiones.

   Hubo, sin embargo, quién recibió el trofeo heroico con todos los honores, poniendo a la vez al desnudo los motivos del desplante.

   Leopoldo Lugones, recién llegado a Buenos Aires, joven de 23 años, ateo en lo religioso, antimilitarista, liberal rojo, subversivo e incendiario (al decir de uno de sus contemporáneos, en cita traída por el prof. Ramallo), saludado por Rubén Darío en artículo memorable como muchacho “bizarro y desmelenado”, fue quién vengó a Rosas y San Martín de la “conjuración de las mil triunfantes envidias pequeñas”.

  Puede decirse, sin exagerar mucho, que el artículo publicado el 4 de marzo en El Tiempo titulado “El Sable”, de prosa enfática y resonancia de campanas, es de una belleza insuperable.

II

   En 1830 Francia reconoce la independencia argentina. Con ese motivo es enviado en 1835 el marqués Vins de Peyssac, que ya había sido cónsul general en Cádiz, Nueva York y La Habana, sucesivamente. Llegó a Buenos Aires acreditado con una doble representación de cónsul general de Francia y encargado de negocios del monarca Luis Felipe.

   Rosas le negó el reconocimiento de su investidura diplomática, porque París exigía que sus súbditos gozaran de las franquicias de “nación más favorecida”, como ser ventajas comerciales y eximición del servicio militar. Rosas no estaba dispuesto a conceder a los extranjeros concesiones que lo colocaran en mejor situación que los nativos.

   Vins de Peyssac intimó al gobernador. Como buen francés de su época, creía que su misión era civilizar “aux barbares”. En sus informes consulares trató a Rosas de tirano, de sanguinario, y otras lindezas parecidas.

   La pequeña república lejana, de la cual Francia apenas conocía su nombre, obligó al cónsul a soportar un vergonzoso noviciado. Debió resignarse a soportar la humillante espera de un año, siendo recibido como encargado de negocios de manera parcial, sólo con la condición de que ello no constituía un precedente para el futuro.

Indigna condición para un imperio. Escribió Theógene Page, edecán del barón de Mackau (el que firmó la paz de 1840, poniendo fin a la guerra franco-argentina): “Confesemos que la dignidad de Francia quedó entonces comprometida”.

Recién entonces, a partir del reconocimiento de su investidura diplomática o exequatur, recibió Vins todas las demostraciones de una extrema benevolencia. El marqués hizo buenas migas con el Restaurador y tanto, que le recibió en familia, según era costumbre en aquella época patriarcal.

Inesperadamente, el 26 de mayo de 1836 falleció el francés. El gobierno le rindió los honores correspondientes. El ministro de RR. EE. Felipe Arana pronunció la oración fúnebre y lloró sobre su tumba.

   El sobrino del marqués y el vice-cónsul M. Roger, le enviaron a Rosas la espada civil del difunto Vins de Peyssac.

III

Manuel Dorrego es el Jefe militar del “partido patriota o popular”, dijo el ministro norteamericano Murray Forbes.

   En 1826, en el Congreso Constituyente se convirtió en el principal tribuno del federalismo, atacando a la oligarquía portuaria. A tal punto, que un diputado propuso una moción mordaza con el objeto de limitar la libertad de los oradores, la de Dorrego, el más temible de ellos. Aquí brilló en sus argumentaciones contra la Constitución rivadaviana, marcando a fuego el contenido oligárquico de dicha Constitución, cuando dijo: “¿Y qué es lo que resulta de aquí? Una aristocracia… la más terrible, porque es la aristocracia del dinero?

   ¡Como para que se lo perdonaran!

   Elegido gobernador durante la guerra con el Brasil, puso empeño en evitar la desmembración de la Banda Oriental, oponiéndose a los planes británicos de crear un Estado tapón en la margen oriental del Plata, una independencia bajo la garantía de Inglaterra. El advenimiento de Dorrego al gobierno significó –escribe el canadiense H. S. Ferns- “una disminución de la influencia británica”. Por otro lado, el precitado Murray Forbes escribe al Departamento de Estado que Dorrego “siempre se distinguió por la virulencia de su hostilidad hacia los ingleses”

   En efecto, contra las presiones del enviado británico Lord Ponsonby, Dorrego manifestó: “Me río… de Lord Ponsonby, cuyas cartas no me afectan”.

¡Como para que se la perdonasen!

La segregación de la Banda Oriental, para hacer de ella –nuevamente Murray Forbes- una “colonia inglesa disfrazada”, representó el final del primer acto del drama.

   Segundo acto: revolución y fusilamiento de Dorrego

 Lord Ponsonby jugó fríamente su partida contra Dorrego, teniendo por instrumento el reducido círculo rivadaviano. Escribió al Foreing Office: “Veré su caída, si se produce, con placer”.

Lo demás es conocido.

   Rosas, compañero y amigo de Dorrego, fue el primero en presentarse a su lado para auxiliarle a sostener las instituciones barridas al golpe de Lavalle, y el que después de su muerte dejó claro que el crimen y la virtud no serían confundidos.

   Angela Baudrix de Dorrego, esposa y viuda, le entregó el sable que usaba el extinto Gobernador.

   La espada de Dorrego, guerrero de la Independencia, tribuno federalista, líder del “partido patriota y popular”, en manos de Don Juan Manuel de Rosas, ¡todo un símbolo!

                                                                                             Prof. Ricardo Tabossi


Fuente: Diario El oeste, 25 de Junio de 2015, Mercedes (Bs. As.).

miércoles, 20 de junio de 2018

¿El Gral. Belgrano fue católico?

    Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació en una casona familiar, el 3 de junio de 1770, en la calle de Santo Domingo (actual avenida Belgrano 430) de la ciudad de Buenos Aires, a pocos metros del convento de Santo Domingo, en la misma vivienda donde también falleció. Fue el cuarto hijo de trece hermanos. Su madre, Josefa González Caseros, era criolla y su padre, Domingo Belgrano y Peri, un comerciante italiano emigrado a Cádiz y luego a América.

En Buenos Aires cursó las primeras letras. Alumno del Real Colegio de San Carlos, es iniciado en latín, filosofía, lógica, física, metafísica y literatura. Antes de cumplir la edad de l6 años, sus padres deciden que complete sus estudios en España, a donde viaja en compañía de su hermano Francisco. Manuel Belgrano estudia en la Universidad de Salamanca.

Recibe la influencia de la Ilustración Española, que se diferencia de la francesa, ya que no deja de lado la religión y respeta la figura del monarca. Sus ideales tomaron los principios de la Ilustración Española, y siendo Belgrano profundamente católico promovía el estudio del catecismo en las escuelas.

Algunos consideraron a Manuel Belgrano un afeminado, suposición muy alejada de la verdad. Belgrano conoció muchas mujeres en su vida, tanto en España durante su juventud y luego en la alta sociedad del Buenos Aires colonial. Se dedicó a la emancipación del país con entusiasmo, pero esto no fue impedimento para que continuara teniendo amigas. El rumor, todavía vigente, acerca de su afeminamiento surge por su carácter amable, sensible, fino y delicado; contando también con el tono aflautado de  su voz. A raíz de esta voz, se suscitó su enemistad con Manuel Dorrego.

Incidió también su profunda fe católica, que lo llevó a imponer en sus tropas una disciplina espartana.

En su ejército, se acaban los bailes, las mujeres y las barajas. Por las noches, irrumpe en los cuarteles para sorprender a oficiales desobedientes. Despectivamente, lo llamaban Bomberito de la Patria. Mitre le reprocha la disciplina monástica, excesiva, que imponía a su tropa. Había prácticas religiosas continuas, y ejercía una severidad extrema, aún respecto de la vida privada de los oficiales. En este proceder, además de su gran catolicismo, lo guiaba el espectáculo desagradable que habían ofrecido sus oficiales y los capellanes del ejército.

Su más grande amor fue una niña de 15 años que conoció en Tucumán. Era María de los Dolores Helguero. Pasaron los años, y a mediados de 1816, Dolores ya tenía 19 años, y era una hermosa tucumana de buena familia. El general, que tenía 46 años, se enamoró de ella, y fue correspondido en su amor. A lo largo de dos años no dejaron de verse, y fueron el comentario social. Como dice Fray Jacinto Carrasco: ‘Su conducta fue siempre clara y recta. Por eso, cuando vio que nacía en su corazón ese amor por la joven tucumana,  y su conciencia no le permitía llegar a ella sino por el matrimonio, resolvió casarse con Dolores; y se hubiera casado, si la fatalidad no se hubiera interpuesto en el camino’.

En efecto, finalizando 1818, Belgrano recibió órdenes del gobierno de marchar rumbo al sur. Pero el 4 de mayo de 1819, nace Manuela Mónica del Sagrado Corazón, y entonces Dolores por orden de sus padres, se casa con un catamarqueño de apellido Rivas. Cuando Rondeau le autoriza a dejar su cargo para poder atender su salud, que empeoraba cada día, parte rumbo a Tucumán, adonde llega en noviembre de 1819. Dolores, apenas enterada de la llegada del general, corrió a su lado, y junto a su hijita, hizo más llevadero el sufrimiento por el que pasaba Belgrano. El marido de Dolores se había trasladado a Bolivia, y Belgrano continuamente averiguaba si aún estaba con vida, porque él quería cumplir su promesa y contraer nupcias con Dolores. Pero, a causa de su enfermedad, partió a Buenos Aires en un viaje sin retorno.

El proceso de instauración de una falsa separación entre lo natural y lo sobrenatural, entre la Fe y la razón, entre la Religión y la vida diaria, que asolaba a toda la cristiandad, no tenía como excepción a Buenos Aires. Pero aquí resistían la descristianización dos pilares aún no bien estudiados. ¿Que sería de nuestra Argentina sin la acendrada devoción que afortunadamente en estas tierras se tiene por la Santísima Virgen?

Y aquí podemos observar algunas contradicciones en la vida de Belgrano: reparte escapularios, le recomienda a San Martín la preservación de las tradiciones católicas y del respeto a la religión, pero participa de logias y hasta las organiza.

El general Belgrano funda la Logia Argentina de la ciudad de Tucumán, denominada posteriormente Unidad Argentina y que trabajó con Carta Constitutiva otorgada por la Masonería de Nueva Granada. Funcionó entre los oficiales del Ejército del Norte que él comandaba.

Acerca de esas Logias se ha entablado una polémica, más de una vez apasionada, sobre si eran o no masónicas. Los que les negaron tal carácter sostienen que ‘aparte del formulismo masónico esas agrupaciones tenían fines patrióticos y que sus componentes eran profundamente católicos’.

“El masón argentino, Martín Lazcano -de antigua y activa militancia en la institución-, afirma que todas las asociaciones políticas y secretas que fueron apareciendo en nuestro escenario patrio, después de 1806 hasta 1856, no fueron masónicas sino político-revolucionarias de carácter meramente profano; si bien empleaban en su régimen interno y en su acción externa modalidades masónicas, y pudieron contar con algunos masones emboscados entre sus miembros.” [1]

Manda acuñar una medalla para conme­morar la batalla de Tucumán. En el anverso se lee: Victoria del 24 de se­tiembre de 1812, en derredor: Bajo la protección de Nuestra Señora de Mer­cedes, Generala del ejército. En el reverso: Tucumán, sepulcro de la tiranía.

Proclamación de la Virgen de las Mercedes Generala del ejército

El título de Generala es invención de Belgrano, mérito todo suyo, con el que entendió reconocer que la vic­toria de Tucumán se debía a su ma­ternal patrocinio.

‘El piadoso jefe -dirá un mes después el vicario foráneo de Tucumán, padre José Agustín Molina, en público sermón, es­tando presentes Belgrano y los jefes de la tropa- atribuye al cielo toda la glo­ria… ¡Cuán grato no es figurárnoslo, ce­diendo voluntariamente a la Madre de Dios todo el honor de la victoria, y por un acto auténtico confesar (yo se lo he oído más de una vez) que a María y no a él de­be reconocerse deudora la patria de su salvación!’[2]

Existe una Memoria del militar don Juan Pardo de Zela, hecha de público dominio en 1964 por el Bo­letín de la Academia Nacional de la Historia.[3]

Pardo de Zela, oficial entonces y guerrero en las acciones así de Hua­qui como de Tucumán y Salta, ex­puso con llaneza lo que había visto personalmente, cuando se disponía al ataque de las tropas de Tristán:

Formó el ejército en línea de batalla con ‘un horizonte despejado y limpio de nubes… En esto una pequeña nube se des­cubre en el cielo en figura piramidal, sos­tenida por una base que parecía sostener una efigie de la imagen de Nuestra Señora.

‘Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas v privaciones; cuya ilusión, aumentándose progresiva­mente, daba más fortaleza a nuestra Pe­queña línea, va enfrentada con la del enemigo…’

Acaso se diese una ilusión óptica, lo que no hubo de cierto ilusión, en el convencimiento general de que el triunfo se debía a Nuestra Señora, dadas las circunstancias por demás imprevistas con que se había decidido.

El padre Molina, en el citado discurs­o, expresaba sin embozo que la victoria era efecto de una ‘especialísim­a (permitidme que añada) mi­lagrosa asistencia’ de María. ‘Yo entiendo -agregaba luego- que to­do el mundo está ya persuadido que este beneficio no nos ha venido sino de lo alto.’

Un año después, el 30 de agosto 1813, el Cabildo secular de Tucumán escribía al gobierno de Buenos Aires:

“Se ha sensibilizado el amparo y auxilio de la Santísima Virgen Nuestra Señora de Mercedes en favor de nuestra sagrada causa”

Entre los protagonistas de la batalla ­figuró el futuro general José María Paz, que tan valiosos recuerd­os ha conservado de ella en sus Memorias póstumas. El 24 de septiembre de 1820, ocho años después, conmemorando en una orden la vic­toria de ese mismo ejército acantonado en Tucumán, daba esta con­signa:

‘Recordad también que esta brillante victoria se consiguió mediante la Generala y Patrona del ejército, y que hoy es el día destinado a su celebridad.’[4]

También participó en la batalla el cordobés Mariano Benites; quien el 5 de julio de 1813 escribía al go­bierno:

‘En la memorable batalla de Tucumán de 24 de setiembre próximo pasado, fui de los primeros que acometieron con de­nuedo…, [y] me contraje con ardor y en­tusiasmo a perseguirlos y derrotarlos, co­mo lo conseguimos bajo los auspicios de Nuestra Señora de Mercedes.’[5]

Lo extraño es que también doña Feli­pa Zavaleta de Corvalán, contemporánea de la batalla, trajo en sus Recuerdos fa­miliares,  igual referencia: ‘Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tu­cumano, vieron una Señora vestida de blanco y que les batía el manto sobre los españoles… Se cree que esta Señora fue Nuestra Madre de Mercedes’ [6]

Testigo de excepción, si bien de oídas simplemente, fue don Marce­lino de la Rosa. Conversó don Mar­celino con muchos de los que parti­ciparon en la batalla. Oyó todo lo que pudo oír para conservarlo en sus Tradiciones históricas. Y llegó a esta conclusión:

El resultado de la batalla de Tucumán ‘fue debido en su mayor parte a un cúmu­lo de hechos providenciales, y no a com­binaciones militares; por lo que el pueblo lo atribuyó a milagro de la Virgen de Mer­cedes, porque tuvo lugar el día de su fes­tividad’.[7]

Guarda, en fin, mucha significa­ción que un hombre tan escasamente provisto de ideas religiosas como fue Bernardo de Monteagudo, se vie­se en la necesidad de reconocer el 29 de octubre de 1812, hablando a la Sociedad Patriótica y Literaria, que la victoria de Tucumán se había conseguido ‘por una especial provi­dencia del Eterno’ [8]

La coincidencia de la batalla con el 24 de septiembre, había impedido la festividad, que se postergó al si­guiente mes.

Por bando dispuso el General su preparación con un suntuoso nove­nario y tres días de iluminación y regocijos populares.

Las celebraciones tuvieron un ex­celente cronista en el testigo José María Paz y susMemorias póstumas.

La misa del domingo 27 de octubre alcanzó el digno aparato de las ceremonias litúrgicas. A ella -cuen­ta Paz- ‘asistió el General y todos los oficiales del ejército. Predicó el doctor don [José] Agustín Molina (obispo después)’.

Celebróse la procesión en la tarde del otro día, fiesta de los santos patronos de Tucumán.

La concurrencia fue ‘numerosa, y además, asistió la oficialidad y tropa, sin armas, fuera de la peque­ña escolta que es de costumbre’. Entraba en el itinerario el campo de batalla,‘donde aún no había aca­bado de borrarse la sangre que lo había enrojecido’ el mes anterior.

El general Belgrano seguía devo­tamente tras las andas de la Virgen.

Un episodio vino a dar mayor realce a la ceremonia. Cuando ya marchaba la procesión y antes que desembocase en el campo de las Carreras, entraron en la ciudad los hombres de Díaz Vélez salidos en persecución de Tristán. Su llegada debió de producir natural regocijo.

El General, sin hacer atención del uniforme de campaña que traían, Y del cansancio consiguiente al trajín de aquellas jornadas, ‘ordenó -se­gún la relación de Paz- que a caba­llo, llenos de sudor y polvo, como venían, siguiesen en columna atrás de la procesión; con lo que se au­mentó considerablemente la comiti­va y la solemnidad de aquel acto’­

A todo esto la piadosa columna desembocaba en el campo de las Carreras.

Sigue con su narración nuestro cronista:

“Repentinamente el General deja su puesto, y se dirige solo hacia las andas donde era conducida la imagen de la advocación que se celebraba; la procesión para; las miradas de todos se dirigen a indagar la causa de esta novedad; todos  están pendientes de lo que se propone el General; quien, haciendo bajar las andas hasta ponerlas a su nivel, entrega el bas­tón que llevaba en su mano, y lo acomoda el cordón, en las de la imagen de Mercedes. Hecho esto, vuelven los con­ductores a levantar las andas, y la pro­cesión continúa majestuosamente su ca­rrera.’ [9]

Concluía Paz:

‘La conmoción fue entonces universal. Hay ciertas sensaciones que perderían mucho queriéndolas describir y explicar al menos yo no me encuentro capaz de ello. Si hubo allí espíritus fuertes que ridiculizaron aquel acto, no se atrevieron a sacar la cabeza.’

Otro dato acerca de su catolicismo es su última voluntad, expresada en su testamento:

Testamento del Gral. Don Manuel Belgrano

‘En el nombre de Dios y con su santa gracia amén. Sea notorio como yo, Dn. Manuel Belgrano, natural de esta ciudad, brigadier de los ejércitos de las Provincias Unidas de Sud America, hijo legítimo de Dn. Domingo Belgrano y Peri, y Da. María Josefa González, difuntos: estando enfermo de la (enfermedad) que Dios Nuestro Señor se ha servido darme, pero por su infinita misericordia en mi sano juicio, temeroso de la infalible muerte a toda criatura e incertidumbre de su hora, para que no me asalte sin tener arregladas las cosas concernientes al descargo de mi conciencia y bien de mi alma, he dispuesto ordenar este mi testamento, creyendo ante todas las cosas como firmemente creo en el alto misterio de la Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espiritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y sacramentos que tiene, cree y enseña nuestra Santa madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir como católico y fiel cristiano que soy, tomando por mi intercesora y abogada a la Serenísima Reina de los Ángeles María Santísima, madre de Dios y Señora nuestra y devoción y demás de la corte celestial, bajo de cuya protección y divino auxilio otorgo mi testamento en la forma siguiente:

‘1ª Primeramente encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor, que la crió de la nada, y el cuerpo mando a la tierra de que fue formado, y cuando su Divina majestad se digne llevar mi alma de la presente vida a la eterna, ordeno que dicho mi cuerpo, amortajado con el hábito de patriarca de Santo Domingo, sea sepultado en el panteón que mi casa tiene en dicho convento, dejando la forma del entierro, sufragios y demás funerales a disposición de mi albacea.

‘2ª Item, ordeno se dé a las mandas forzosas y acostumbradas a dos reales con las que separo mis bienes.

‘3ª Item, declaro: Que soy de estado soltero, y que no tengo ascendiente ni descendiente.

‘4ª Item, declaro: Que debo a Dn. Manuel de Aguirre, vecino de esta ciudad, dieciocho onzas de oro sellado, y al Estado seiscientos pesos, que se compensarán en el ajuste de mi cuenta de sueldos, y de veinticuatro onzas que ordeno se cobre por mi albacea, y preste en el Paraguay al Dr. Dn. Vicente Anastasio de Echeverría, para la compra de una mulata – Cuarenta onzas de que me es deudor el brigadier Dn. Cornelio Saavedra, por una sillería que le presté cuando lo hicieron Director; dieciséis onzas que suplí para la Fiesta del Agrifoni en el Fuerte, y otras varias datas; tres mil pesos que me debe mi sobrino Dn. Julián Espinosa por varios suplementos que le he hecho.

‘5ª Para guardar, cumplir y ejecutar este mi testamento, nombró por mi albacea a mi legítimo hermano el Dor. D. Domingo Estanislao Belgrano, dignidad de chantre de la Santa Iglesia Catedral, al cual respecto a que no tengo heredero ninguno forzoso ascendiente ni descendiente, le instituyo y nombro de todas mis acciones y Dros. Presentes y futuros. Por el presente revoco y anulo todos los demás testamentos, codicilos, poderes para testar, memorias, u otra cualesquiera otra disposición testamentaria que antes de ésta haya hecho u otorgado por escrito de palabra, o en otra forma para que nada valga, ni haga fe en juicio, ni fuera de él excepto este testamento en que declaro ser en todo cumplida mi última voluntad en la vía y forma que más haya lugar en Dro. En cuyo testimonio lo otorgo así ante el infrascrito escribano público del número de esta ciudad de la Santísima Trinidad, puerto de Santa María de Buenos Aires, a veinticinco de mayo de mil ochocientos veinte. Y el otorgante a quien yo dho. Escribano doy fe conozco, y de hallarse al parecer en su sano y cabal juicio, según su concertado razonar, así lo otorgo y firmo, siendo testigos llamados y rogados don José Ramón Mila de la Roca, Dn. Juan Pablo Sáenz Valiente, y Dn. Manuel Díaz, vecinos. M, Belgrano (firma). Narciso de Iranzuaga (firma) Escribano Público.’


                                                                            Prof. Carlos Alberto López

[1] (Cit. Por el P. Fuentes en  El teólogo responde, del  16 de Julio de 2006)
[2] ADOLFO P. CARRANZA: El clero argentino de 1810 a 1830, T. I: Oraciones patrióticas, Bs. As., 1907, p. 33.
[3] Bs. As., 36, 1ª Sección, (1964) p. 406.
[4]  Museo MITRE, Documentos del Archivo de Belgrano, VI, 687.
[5] ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Bs. As., X-3, 10, 6.
[6] Recogió el dato el P. JOAQUÍN TULA, Discursos y escritos conmemorativos, Tucumán, 1915, p. 200.
[7] Publicadas dichas Tradiciones históri­cas en apéndice a las Memorias del gene­ral Gregorio Aráoz de La Madrid, t. I, Bs. As., 1895, p. 576.
[8] 1 El Grito del Sud, Bs. As., martes 10.XI.1812, t. I, n. 18, p. 141.
[9] JOSÉ MARÍA PAZ, Memorias póstumas, parte, ed. Anaconda, s/f., 62-63. Doña María Pondal de Iramáin cita también esta ­ceremonia que oyó contar a su madre, testigo ocular:‘Pasados treinta días del triunfo, se realizó una procesión, y allí Belgrano colocó a la imagen que existe la Merced el bastón que él usaba, hasta ­que más tarde le regaló a la misma el bastón de marfil que hoy existe en Merced’ (J. TULA, Ib., 258). Es de adver­tir que Paz junta misa, procesión y vuelta de  Díaz Vélez, todo en el mismo día. Pero caso es que el P. Molina data su sermón la mañana del 27 de octubre, al paso que Belgrano pone la vuelta de Díaz Vélez la noche del 28′ (ARCHIVO GENERAL DE NACIÓN, Bs. As., X-3, 10, 4). La dificultad se resuelve admitiendo que la misa fue domingo 27, y la procesión por la tarde ­del 28, fiesta de los santos Simón y Judas, patronos de la ciudad. Así lo afirma P. Diego León Villafañe, en carta fecha­da en Tucumán el 9.XI.1812: ‘Se ha hecho y celebrado un novenario a Nuestra Señora de Mercedes en su iglesia, y des­pués su misa solemne de acción de gra­cias, con sermón, que predicó el Dr. Mo­lina, con asistencia de la ciudad y del general Belgrano. El día 28, día de los san­tos apóstoles Simón y Judas, salió la pro­cesión con las estatuas de dichos Santos, de Nuestra Señora de Mercedes, y de San Miguel Arcángel, y se enderezaron al cam­po de las Carreras, que es al poniente de la ciudad y lugar de la victoria. Hubo sus ceremonias, y el general Belgrano entregó el bastón a la Santísima Virgen. Acciones todas muy religiosas y cristia­nas, que le hacen a Belgrano más honor que ningunas otras’ (GUILLERMO FURLONG, Diego León Villafañe y su ‘Batalla de Tu­cumán’ [1812], Bs. As., 1962, p. 99). Es fá­cil que se confundiese Paz, escribiendo sus Memorias -según propia referencia­ ‘más de treinta y seis años’ después de estos sucesos (Ib., 23), que no Villafañe, cuya carta está fechada en Tucumán doce días después de la ceremonia.



jueves, 24 de mayo de 2018

LAS MEMORIAS DE UN PATRIOTA

Don Cornelio Saavedra fue todo un Caballero. Cuando uno toma contacto con las Memorias que escribió para dejar como legado a sus hijos, nos topamos con un mundo de valores y sentimientos que ya no es el nuestro. El sentido del Honor, la Hidalguía, el espíritu de Servicio, la Fidelidad hacia los antepasados, el celo por la Fe recibida, asoman desde las páginas de aquellos textos. En un mundo alterado por los efectos de la Revolución, y al que nuestro personaje –ya en plena madurez- busca de algún modo acomodar parte de sus criterios, la educación recibida, propia del Antiguo Régimen, le “brota por los poros”.

Al comenzar las “Memorias” se refiere a una “palabrita mágica”, de moda ya en los años en los que escribía: democracia. Sabiendo que uno de los fundamentos del sistema democrático es el igualitarismo radical, señala que en toda sociedad, incluso en las democráticas, existe siempre un grupo selecto que se eleva sobre el resto. Resalta que es sobre los méritos personales que se debe fundar dicha preeminencia: “Sea cual fuere el sistema que gobierne las sociedades de hombres civilizados, siempre hay y se observa una cierta distinción entre los individuos que las componen, que forma un cierto orden de jerarquías en ellas (…) Ellas se hacen más sensibles cuando las acompañan servicios particulares, de que ha resultado bienes y honores a la República (…) Esta distinción, consideraciones y premios de servicios efectivos son los que constituyen el verdadero honor de los hombres, sea también cual fuere el sistema que domine en las sociedades”.

No obstante, no deshecha el valor del Honor recibido de los antepasados; honor que se tiene el deber de preservar y comunicar. Por esto, se preocupa por responder a las calumnias que le han levantado sus enemigos, para salvar su buen nombre, y así legárselo sin mácula a sus hijos. Buen nombre recibido, por otra parte, de sus abuelos . Les dice al respecto a sus hijos: “les he legado el honor que heredé de mis abuelos y el que supe adquirir con mis servicios”.

Dada la importancia que atribuye a los méritos personales, se refiere en sus escritos a los trabajos que pasó en favor del Bien Común. La preocupación por la “cosa pública”, y el servicio a la Patria, fueron una constante en la vida del ilustre Patricio. Habiendo desempeñado “los honoríficos empleos del Cabildo de aquel tiempo”, su actuación principal se desarrolló, sin embargo, a partir de su elección como Comandante del Regimiento de Patricios, creado como consecuencia de las Invasiones Inglesas. Su desempeño tuvo, por tanto, un momento descollante desde 1806, y hasta 1810.

La Reconquista y la Defensa de Buenos Aires, que fueron vividas con un verdadero espíritu de Cruzada , dieron un protagonismo fundamental a las nuevas Milicias, en particular a los Patricios. Los hechos políticos que afectaron al Imperio Español como consecuencia de las Invasiones Napoleónicas, y de los sucesos de Bayona, tuvieron hondas repercusiones en Buenos Aires. El cambio de alianzas en la Guerra, y el progresivo desmoronamiento de la Metrópoli, sumados a la creciente rivalidad entre españoles peninsulares y americanos, fue causa de una honda agitación política en la Capital del Virreinato del Plata. En medio de aquellos trastornos, la figura de Saavedra fue ganando un lugar cada vez más trascendente. Cuando en 1809 se produjo un movimiento, integrado en su mayoría por elementos del sector peninsular, tendiente a reemplazar al Virrey Liniers por una Junta, el Jefe de los Patricios se opuso con sus fuerzas a dicho motín, y logró salvar a la autoridad establecida.

La situación cambió al año siguiente, cuando caído todo tipo de Gobierno Legítimo en la Península, nuestro territorio era disputado por el nuevo monarca francés José I Bonaparte, los Organismos Peninsulares creados en los territorios que habían escapado al control francés y que reclamaban a la América una obediencia que no era legítima, nuestros vecinos portugueses, y las asechanzas siempre presentes de los ingleses. En dicha ocasión, dijo el Comandante de los Patricios a Cisneros: “Señor, son muy diversas las épocas del 1 de enero de 1809, y las de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España (…) en ésta toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto sólo Cádiz y la Isla de León (…) ¿Y qué señor? ¿Cádiz y la Isla de León son España? ¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la Isla de León que son parte de una provincia de Andalucía? No, señor; no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los Franceses”. Ante tal situación, la mayoría de los sectores peninsulares locales intentó, ahora, sostener al Virrey como medio para continuar ejerciendo ellos una mayor influencia en el Gobierno local. En tanto que la mayor parte del elemento criollo se movilizó en pos del reemplazo del Virrey por una Junta. En dichos acontecimientos tuvo una participación decisiva Don Cornelio Saavedra.

En sus “Memorias” hay una nota muy explícita, que no por el hecho de aparecer en esa condición deja de tener importancia. En efecto, en ella señala que: “Las dos Invasiones Inglesas nos pusieron las armas en las manos para defendernos. Esto ocasionó se avivasen los celos y las rivalidades entre americanos y españoles (…) La invasión de Napoleón a la España (…) la ocupación de casi toda la Península (…) el abandono que experimentamos de aquella Corte (…) Es indudable en mi opinión, que (…) a la ambición de Napoleón y (…) de los Ingleses, en querer ser señores de esta América se debe atribuir la revolución del 25 de mayo de 1810 (…); si esto y mucho más que omito por consultar la brevedad no hubiese acaecido ni sucedido, ¿pudiera habérsenos venido a las manos otra oportunidad (…) (para) reasumir nuestros derechos? Es preciso confesar que no (…) (A aquellos sucesos), y no a algunos presumidos de sabios y doctores que en las reuniones de café y sobre la carpeta, hablaban de ella (de la posibilidad del cambio de gobierno), mas no se decidieron hasta que nos vieron (hablo de mis compañeros y de mí mismo) con las armas en la mano resueltos ya a verificarla”. Es elocuentísimo este pasaje, no deja lugar a dudas: la “Revolución” se debe a la reacción de las fuerzas militares ante la situación reinante, y no a las lucubraciones de ideólogos afiebrados por las nuevas doctrinas esparcidas por la Revolución Francesa.

En un momento sus escritos parecerían justificar el mito gestado por la historiografía liberal acerca de la “máscara de Fernando VII”. En efecto, señala que “por política fue preciso” cubrir a la Junta con el manto del señor Fernando VII”. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que las “Memorias” fueron escritas avanzada la década del 20, cuando ya se conocía el desenlace del Proceso iniciado en Mayo del 10; y así como no era “político” no mencionar al Rey en 1810, tampoco lo era presentar una historia “fernandista” en 1829 (sobre todo a partir de las desmesuras represivas de Fernando con posterioridad a 1814) . Por otra parte, los sentimientos de adhesión al Rey que habían existido en 1810, ya estaban totalmente rotos, y era la Patria nueva, que había comenzado a gestarse en las jornadas mayas, la que reclamaba ahora una profunda fidelidad.

A pesar de lo señalado en el párrafo precedente, el esfuerzo de introspección realizado por Saavedra, nos permiten recrear los sentimientos que agitaban a los corazones de la población en el 10. Y lo que se observa es el carácter profundamente monárquico de aquel pueblo. Señala don Cornelio que muchos, en aquellos días, llevaban sus sentimientos hasta el extremo, considerando al Monarca “dueño y señor de la América, y de las vidas y haciendas de todos sus hijos y habitantes, pues hasta estas calidades atribuían al rey en su fanatismo” .

Los servicios prestados a la Patria a partir de la Revolución significaron, para Saavedra, su ruina personal. El sector radical, representado por el Morenismo, y en particular por Bernardo de Monteagudo se apoderó de la Revolución, y tramó su ruina. Nos dice Enrique Díaz Araujo, al respecto: “Sabido es que el Primer Gobierno Patrio se constituyó basándose en unos arreglos entre los grupos políticos existentes en Buenos Aires (…) Pues (…) uno se esos sectores, el llamado ‘morenista’, se apoderó hegemónicamente de la Revolución, desplazando a los demás y consiguientemente, reemplazando los objetivos institucionales comunes, por unos unilaterales, de corte ideológico sectario.”

Saavedra, hombre maduro y conservador, que contaba con notable apoyo en los sectores populares, se enfrentó a la política del grupo morenista. El movimiento del 5 y 6 de abril de 1811 que le dio un respaldo importante, permitió desplazar de la Junta a los sectores radicalizados. Pero esto significó el comienzo del fin del Comandante de Patricios, ya que vueltos al poder a partir de la instauración del Triunvirato, los seguidores del antiguo Secretario no le perdonarán su anterior desplazamiento: “Los agraviados y sus parciales, se propusieron mi ruina y aún mi exterminio, en venganza del destierro y separación de sus personas del gobierno”. En este contexto comenzó a hacerse fuerte la figura de Bernardo de Monteagudo –radical furibundo, creador de la Sociedad Patriótica, y cuyo influjo ideológico se hará sentir en los meses siguientes- , quien se convirtió en un enemigo particular de Saavedra: “Los papeles públicos de que era autor el doctor Monteagudo no había suceso, ni accidente alguno desagradable, en que no me lo atribuyese como autor del 5 y 6 de abril”.

Más allá de todas las vicisitudes de su vida, podemos concluir que a lo largo de su actuación pública don Cornelio Saavedra se comportó como un verdadero Patriota y un buen cristiano, teniendo siempre en cuenta el Bien Común y no vanas ocurrencias ideológicas. Son justamente sentimientos cristianos los que brotan al fin a de las páginas que estamos analizando, escritas en 1829: “Muchos años ha que he perdonado a mis enemigos y perseguidores, porque así me lo manda la santa religión que profeso”. El Padre Cayetano Bruno se refiere al Testamento del Prócer, testigo de su la muerte cristiana: “En nombre de Dios Todopoderoso y de María Santísima, Madre de Nuestro Señor Jesucristo (...) Primeramente, que mi religión es la Católica Apostólica Romana, y que creo y confieso el misterio de la Santísima Trinidad, esto es, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero (...) Asimismo creo en la Encarnación del Hijo de Dios en las purísimas entrañas de María Santísima (...) Creo que el mismo Jesucristo dejó al apóstol San Pedro y sus legítimos sucesores por su vicario (...) Creo en el Santísimo Sacramento del Altar...

Como conclusión de todo lo expresado podemos decir que don Cornelio fue:
- Un hombre de estirpe,
- Un caballero,
- Un hombre ocupado, y preocupado, por la Cosa Pública y por el Bien Común,
- Un hombre caído en desgracia a causa de las desviaciones de ideólogos inescrupulosos,
- Un auténtico cristiano.

                                                                                                    Lic. Javier Ruffino

miércoles, 25 de abril de 2018

ROCA Y LA MASONERÍA EN LA DÉCADA DEL ‘80.*

Por: Federico  Ibarguren

La mentalidad liberal parece agarrarse de la generación del ’80, como único vínculo con la Historia Argentina –alabándola con retórica pueril-, porque rompió todo contacto con el pasado remoto, a través de una ideología (la ideología que repudia la historia como experiencia, por falsos prejuicios antitradicionalistas) y fue reemplazada con utopías sin raíces o por meras certidumbres positivistas. Evidentemente, al perder contacto y  desentenderse  de la antigua cultura heredada, los liberales se han quedado huérfanos, y ahora han descubierto a la generación del ’80 como único vínculo con nuestro pretérito. La elemental historia que saben y repiten es la prefabricada por los unitarios; o sea: la leyenda de los próceres oficiales  ‘buenos’, según ellos. Y nada más.
     
Pero vamos a ver hoy cual es la verdadera radiografía de la generación del ’80 en este terreno, así como los efectos producidos –a largo plazo- por la masónica revolución laicista.
    
Desgraciadamente no puedo tocar todos los temas que se deben tocar, cuando se habla de una generación; sobre todo cuando ella ha tenido gran predicamento político. Me voy a referir solamente a la lucha religiosa desatada por  Roca en 1880, en su primer gobierno, cosa insólita en nuestro país, puesto que –exceptuando el fracasado intento rivadaviano- ni en la época del virreinato y mucho menos en los siglos anteriores, existió un cisma religioso anticatólico o  un movimiento francamente de ese signo entre nosotros. Era algo que no tenía vigencia; al parecer imposible de prosperar en la Argentina de antaño.
    
 Roca, plagiando a Rivadavia, importa a través de la masonería aquel problema –esta vez en el ámbito nacional- y provoca una especie de ruptura con la Iglesia, una insólita agresión; desatándose la lucha religiosa en todo el país que concluye con el triunfo parcial del equipo gubernamental (en aquel tiempo estaba constituido por hombres de la masonería). En realidad, Roca no hizo otra cosa que cumplir sumisamente el plan masónico en el aspecto cultural de su política.

EL PLAN MASÓNICO.

Este plan para el Río de la Plata era bastante sencillo y consistía en cuatro logros escalonados, de los cuales el roquismo consiguió la mitad. A saber: Educación laica; Ley de Matrimonio Civil; ley de Divorcio y Separación de la Iglesia del estado.
    
El gobierno de Roca en 1884 sancionó la ley de Educación Laica (la escuela sin Dios), y Juárez Celman en 1888 hizo aprobar la ley de Matrimonio Civil (es decir, el matrimonio sin Iglesia). Era una manera de descristianizar paulatinamente al pueblo argentino en forma solapada; pero ya vamos a ver con qué argumentos y con qué agresividad los masones atacaron la tradición religiosa del catolicismo argentino de cepa española.

Citaré testimonios de historiadores veraces y documentos de la época, que eso es lo más importante para un historiador, pues la historia no puede inventarse como hacen los novelistas y literatos. No puede crearse ‘ex-nihilo’ una versión que no esté de acuerdo exactamente con los testimonios de los tiempos que se estudian; tiene que basarse en documentos, y eso es lo que quiero dejar bien establecido. No son cosas mías las que voy a decirles a ustedes en esta sumaria relación; no son inventos míos ni historias mías en absoluto. Por otra parte, no  pretendo aquí hacer el proceso definitivo contra la celebérrima generación del ’80, tan alabada por el liberalismo argentino en general; no soy Juez, y aunque lo fuera, en historia no existe la ‘cosa juzgada’. Los liberales, por supuesto, tienen abierto el derecho de apelación. Pero los documentos que voy a citar creo que hablan por sí mismos.

Desde mi lejana juventud he abrazado el catolicismo por convicción y me debo a mi fe tradicional; “soy amigo de mis amigos, pero más amigo soy de la Verdad”. He aquí mi planteo en pocas palabras. Descontando retóricos lugares comunes de circunstancias. Y rectificando arraigados ‘mitos’ oficialistas que se van repitiendo a través de los años sin análisis críticos serios.

UNA GENERACIÓN AGNÓSTICA.

Debo reconocer en cierto modo el señorío de algunas de las personalidades humanas de la generación de mis abuelos, que actuaron en una sociedad todavía jerarquizada (sociedad que aún no había entrado en los pródromos de la masificación democrática de este tiempo), más sus clases gobernantes, con honrosas excepciones –fueron desgraciadamente liberales a ultranza; vale decir: agnósticos en religión, positivistas- a veces ingenuas, ilusionadas con el ‘programa’ de gobierno o la ‘plataforma’ partidaria-, cuando no escéptica en su filosofía de la vida y déspotas ilustrados a la francesa, eso sí, en política (ingredientes del faccioso individualismo finisecular). El grupo de la ‘Unión Católica’ aparte, algunos se salvan de estos calificativos, como por ejemplo, un ilustre salteño: estadista, diplomático y gran parlamentario de aquella generación, el Dr. Indalecio Gómez. Y en el terreno de la investigación histórica: Adolfo Saldías y acaso, también, el iconoclasta Paul Groussac. Olvidaba nombrar a Wenceslao Escalante en la función pública (la excepción confirma la regla). De ‘Los  que pasaban’, el implacable tiempo olvidará a muchos.

Con supina ingenuidad, además, los promovidos hombres del ’80 en general, creyeron en el ‘Progreso Indefinido’ como motor del futuro, que nos conduciría fatalmente a la ‘Civilización’ mediante el libre pensamiento y la ciencia experimental, que eran importaciones europeas. Renegaron así de sus profundos ancestros culturales, convenciéndose (jóvenes inmaduros durante la primera presidencia de Roca) de que plagiando lo europeo no español, en sus ideas, creencias, usos y costumbres familiares, alcanzarían en poco tiempo el grado de adelanto material que anhelaban. Y la masonería anticatólica los enroló en sus filas y les dio poder político, instrumentándolos ideológicamente desde las logias a partir de 1860, a fin de que realizaran el gran ‘aggiornamento’ argentino a contrapelo  de nuestra tradición genuina. Digo a partir de 1860, porque en ese año se concreta la famosa tenida masónica del 21 de julio en el entonces Teatro Colón de Buenos Aires (actual emplazamiento del Banco de la Nación frente a Plaza de Mayo), en la cual tenida alcanzaron el grado 33 de la masonería los siguientes personajes (próceres oficiales, por otra parte,  de nuestra historia); Bartolomé Mitre, Sarmiento, Urquiza, Santiago Derqui y Gelly y Obes –ministro de Mitre-. Los jóvenes del  ‘80 recibieron esa herencia extranjerizante ‘sin beneficio de inventario’.

El aguerrido Padre Castañeda con su característico gracejo propagandístico, retrataba así satíricamente a los políticos europeístas de su época: “Echa usted una ojeada rápida sobre la conducta de nuestros políticos en la década anterior (anterior a 1820) y verá que en vez de fomentarlo todo lo han destruido: todo nomás que porque no están en Francia, en Londres, en Norte América o en Flandes. ¿Cómo hemos de tener espíritu nacional, si lo que menos pensamos  es en ser lo que somos? Nos hemos ido alejando de la  verdadera virtud castellana que era nuestra virtud nacional, y formaba nuestro verdadero, apreciable y celebrado carácter… Empezaron (los políticos) a revestir un carácter absolutamente antiespañol, ya vistiéndose de indios para  ser ni indios ni españoles, ya aprendiendo el  francés para ser parisienses de la noche a la mañana, o el inglés para ser ‘misteres’ recién desembarcaditos en Plymouth. Estas despreciables gentes –termina Castañeda- avanzaban al teatro, para desde las tablas propinar al pueblo, ya el espíritu británico, ya el espíritu gálico, ya el britano-gálico; pero nunca el espíritu castellano o el hispanoamericano, o el iberocolombiano, que es todo nuestro honor, y forma nuestro carácter, pues por Castilla somos gente”.
EN CONFLICTO CON LA IGLESIA.

Análogamente, pienso yo, los próceres oficiales del ’80, dejando de lado sus condiciones humanas –recordemos la excepcional gracia periodística de Manuel Lainez-, quisieron independizarse de la milenaria Iglesia Católica, y entraron (durante el primer gobierno de Roca, sobre todo) en conflicto con la misma, llamando en auxilio de su rebelión ideológica nada menos que a la masonería internacional, condenada repetidas veces por la Santa Sede: desde el año 1738 en una encíclica de  Clemente XII. E impusieron contra viento y marea la Enseñanza Laica (la escuela sin Dios) a las nuevas generaciones argentinas mediante la funesta ley 1420, que aún está en vigencia; y la ley de Matrimonio Civil, que desacraliza por completo la uniones conyugales a espaldas de la Iglesia Católica. Olvidaron el célebre apotegma de Lord Acton que dice: “La religión es la clave de la historia”. Acotando Joseph de Maistre: “Todas las instituciones imaginables, sin no reposan sobre una idea religiosa, son efímeras”.

Tal es la verdad inconcusa brillantemente clarificada por Foustel de Coulanges en su clásica obra “La Cité Antique”, cuando se refiere a la religiosidad del mundo precristiano; religiosidad que todavía hoy mantiene una actualidad impresionante. En este orden de ideas, Hilaire Belloc y Cristopher Dawson han remozado el concepto en el siglo XX, afirmando el primero: “Nuestra cultura fue hecha por una religión, las modificaciones de esa religión o las desviaciones de las normas que impone, afectarán necesariamente nuestra civilización en su conjunto”. Y Dawson, a su vez, como anunciando la quiebra cultural provocada por  el laicismo finisecular que conduce a la democracia de masas, nos enseña que ninguna cultura puede sostenerse mucho tiempo si repudia sus raíces religiosas y morales, y la ratifica así con estas lucidas palabras: “Una sociedad que ha perdido su religión, se convierte más tarde o más temprano en una sociedad que ha perdido su cultura”.

“LO QUE NO ES TRADICIÓN ES PLAGIO.”

Esto fue lo que ignoraron nuestros estadistas librepensadores, a partir de 1880, con Roca a la cabeza, impactados por los, en su tiempo, ‘slogans’ propagandísticos de Sarmiento y Alberdi; los ideólogos máximos de la generación del ’37. “Civilización o Barbarie”, pregonaba el agresivo sanjuanino. La barbarie, por supuesto, estaba en nosotros, hombres de cepa española y cultura latino-católica, mientras que la “civilización” había que importarla de afuera; de Inglaterra o Norteamérica protestantes. En tanto que el tucumano Alberdi pretendía no tanto cambiar las leyes de la República, sino la misma raza criolla de su cosmopolitismo a ultranza: “gobernar es poblar” . Poblar con anglosajones necesariamente, según él.

Desde entonces Roca quedó atrapado por la masonería anticatólica y el internacionalismo alberdiano en política -”Paz y Administración” fue su lema de gobierno-; tanto  fronteras adentro como fronteras afuera. Rifándose así la suerte de la República Argentina afirmada años atrás frente a Chile a raíz de la Campaña del Desierto. Y las decisiones ajenas y siempre interesadas de árbitros extranjeros, redujeron en miles de kilómetros  cuadrados las fronteras del país, con el beneplácito de presidentes, ministros y parlamentos nacionales, dando satisfacción plena al negocio especulativo del capital británico en lo económico: o sea, la total apertura a las masivas importaciones “made in England”, a cambio de venderle nuestras carnes y cereales transportados siempre en barcos ingleses y comercializados, por supuesto, a través de intermediarios ingleses. Sin perjuicio de copiar las modas “que nos exportaba París: en arte, literatura y rastacuerismo. Quedando bien a salvo la elegancia en el estilo de Miguel Cané, de Lucio Vicente López y del no tan joven entonces Lucio V. Mansilla. Como así también los interesantes planteos sociológicos de un Eugenio Cambaceres o de un Carlos Damico.

Pero no por casualidad un talentoso pensador español que visitara Buenos Aires en plena década liberal de hace medio siglo, Eugenio D’Ors, refutando indirectamente las tesis desnacionalizadotas de Sarmiento y Alberdi, acunó para nuestro consumo interno la siguiente lapidaria frase: “En los pueblos, lo que no es Tradición es plagio”. Y precisamente de ese plagio yo les voy a hablar ahora; plagio en nuestra patria del siglo XX (instituciones traídas de afuera para descristianizar y  desmoralizar a las juventudes criollas, hijas o nietas de la generación que logró la Independencia de nuestro católico país, blandiendo la Cruz y la Espada). En suma; descastamiento implícito y vuelta a un coloniaje de hecho (subdesarrollo mental  en lo ideológico puro y ateísmo importado en lo religioso), sin contar el totalitario enfeudamiento económico cuya secuela histórica aún subsiste hoy.

MATERIALISMO  DE DERECHA.

La masonería, a través de sus personeros nativos, declaró aquí la guerra al catolicismo en 1880, a cara descubierta. Y Roca, pese a sus condiciones de gran político, a su intuición y a su oportunismo –aptitudes que debe tener todo estadista de raza para triunfar (que Roca las tenía)-; pese a eso, carecía de convicciones morales: pecado este de los políticos hispanoamericanos a partir de la Independencia. Y aunque Roca  personalmente no era ideólogo ni desarraigado, su filosofía de vida –agnóstica y escéptica- era contraria a las tradiciones nuestras. Su ideal fue el “progreso” a cualquier costo: un “progreso” de signo materialista, claro está. Materialismo de derecha. Influencias victorianas de la época…
 Y bien. Roca no tenía convicciones profundas, pero se manejaba políticamente con mucha eficacia, mediante maniobras maquiavélicas, con la idea de perpetuarse en el poder. No voy a hacer aquí el proceso de cómo Roca llegó a la presidencia, porque en cualquier libro de texto puede leerse eso. La revolución del ‘80, por otra parte, derrotando al porteñista Tejedor –apoyado por Mitre- representó el triunfo de las provincias. Sin embargo Roca, al querer congraciarse con los grupos dirigentes porteños que le hacían una enorme oposición desde que tomó la presidencia de la república, por razones estrictamente electorales cayó en la trampa que le tendió la masonería. Porque aquí todos los dirigentes mitristas eran miembros de las logias masónicas que se había establecido en Buenos Aires después de Caseros.

Voy a citar a continuación, algunas páginas del libro de Néstor Tomás Auzá –“Católicos y Liberales en la generación del ‘80”-; lo más completo que se ha escrito desde el punto de vista documental respecto de esta lucha de hace un siglo, entre católicos y liberales (es decir entre católicos y la masonería). Porque al hablar de liberales estoy nombrando a la masonería.

Dice del año ’80 el profesor Auzá, refiriéndose al progreso de las sectas anticatólicas en Buenos Aires, en cuyas logias Roca se apoyó políticamente: “En el  seno de la masonería en todas las épocas se libraron diversas luchas de predominio, de mando, de organización y de formas estatutarias; el hombre que se distinguía en la conducción masónica de Buenos Aires (se refiere Auzá a los prolegómenos del año ’80), sin tener una figuración política y visible fue Barlotomé Victory y Suarez. Este masón escribió en cierta oportunidad: “La masonería ha realizado en varios países revoluciones sociales en secreto, sin usar pertrechos de guerra; ¿porqué no ha de realizarla también aquí, donde la libertad brinda para hacer el bien sin recelos?”. Cierto, comento yo, esa es la democracia electoralista (la mitad más uno de los votos) que abre las puertas a todos los aventureros, incluso al peor elemento humano; y el enemigo entonces, bajo cuerda y sin necesidad de violar el domicilio, aprovecha la oportunidad para entrar por la puerta grande de nuestra casa, accediendo al gobierno de una Nación anarquizada e inerme.

LAS LOGIAS MASÓNICAS EN  1880.

En 1873 –escribe Auzá- la masonería rioplatense poseía en Uruguay un colegio donde se educaban 300 hijos de masones; en Buenos Aires (gobernando Sarmiento), el masón Antonio Castro dirigió un Colegio en la calle Venezuela esquina Solís, y Semra y Rial dirigió otro en la calle Chile. En el año 1880 se inició un período distinto para la historia de la masonería, a esta fecha tenían prácticamente organizados sus cuadros: el solo Supremo Consejo y Grande de Oriente, abarcando en su organización, las logias de Corrientes, Paso de los Libres, Santa Fe, Goya, Concordia, Rosario, San Fernando, San Nicolás, Buenos Aires, Mendoza, San Juan, San Luis, Ceres, Tandil y Azul. Vale decir, abarcaba los principales núcleos de población. En el mismo Buenos Aires existían entre otras las siguientes logias de actuación pública; logia de Progreso, logia Primera Argentina, logia Igualdad,  logia Hijos del Trabajo, logia Obediencia de la Ley, logia Cruz del Sur, logia Teutónica, logia Estrella de Oriente, logia Stella del Sur, logia Amitè des Naufragès, logia Comitato Masónico Directivo Italiano del Río de la Plata, logia Hijos de Italia, logia Egalité et Humanité. En el interior la masonería de Córdoba publica el periódico titulado “El Sol de Córdoba”. Esta somera enumeración nos da prueba de la expansión y el desarrollo obtenido. Según estadísticas masónicas también de la  organización para la América Central y Sud, alcanzaron la cifra de 10.000 afiliados activos. Es preciso tener en cuenta que en la mayoría de los casos  ese número de afiliados estaba  integrado por personas de múltiples vinculaciones y de actuación pública destacada.  Ello se puede apreciar en las listas masónicas, en donde junto al nombre se colocaba la profesión o actividad. Las logias argentinas contaron en sus filas con políticos, escritores, periodistas, maestros, marinos, militares, profesores universitarios, comerciantes, propietarios, hacendados (y no pocos sacerdotes). Entre los médicos fue muy importante el número de afiliados (el positivismo hizo tabla rasa, sobre todo en la carrera de médico, donde realmente la espiritualidad no contaba para nada)”.

 “Los conflictos en el seno de la masonería eran frecuentes –agrega Auzá-. (La logia italiana Proganda 2” lo prueba en 1981, comento yo). En el decenio que va desde el ’80 al ’90 esos conflictos afloraron de vez en cuando en las páginas de los periódicos. Pensando en ellos el propio Sarmiento, al prestar juramento de Gran Maestre de la masonería en 1882, pronunciaba estas conocidas palabras: “El secreto gana batallas, asegura la buena dirección de los negocios cuando tiene enemigos implacables, envidiosos o rivales, y yo os aseguro ‘Hermanos’, en virtud de los supremos poderes que me habéis conferido, que hagáis de manera que vuestra almohada ignore lo que pase esta noche en esta solemne tenida, y que vuestra mano izquierda no sepa nunca que la derecha ha jurado guardar el secreto masónico. Los diarios dirán mañana que hay malos masones en este Valle, o lobos rapaces que se han introducido en el templo bajo la piel de cordero”.

“Durante la presidencia del General Roca –sigo citando a Auzá- las logias porteñas tuvieron una actuación vasta y activa. Sus trabajos estaban dirigidos a sostener y apoyar el gobierno y a los elementos liberales del mismo. Era razonable que así sucediera  dado que el presidente necesitaba el apoyo de los núcleos porteños que hasta tiempo después de asumida por Roca la presidencia, se habían mostrado hostiles a su persona. Cuando se produjo el distanciamiento de católicos con la política del presidente, se inició inmediatamente una labor de acercamiento al gobierno de los hombres de la masonería. Una vez que el doctor Eduardo Wilde se instaló en el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública (en reemplazo del católico Manuel Pizarro), se desató la lucha que estudiaremos. El gobierno tuvo en las logias sus más firmes sostenedores y sus más diestros ejecutores. El programa masónico universal se llevó a cabo contando con el apoyo ejecutivo del liberalismo argentino. Las logias en tal eventualidad ofrecían al liberalismo una base rígida y organizada de sustentación. A su vez, y por medio del liberalismo, la masonería podía sancionar programas que de otra manera le hubieran resultado imposible convertir en realidad”. Hasta aquí el profesor Auzá.

CONDENAS PONTIFICIAS  Y  DESCRISTIANIZACIÓN.

Ahora vamos a hacer un resumen de las condenas pontificias a la masonería y al liberalismo. Es bueno repetirlas.

De Clemente XII, en 1738, fue la primera condena papal a los ideologismos u mentalidad racionalista de la llamada ‘Ilustración’. Luego Benedicto XIV en 1751; Pío VII en 1821. Y ya avanzado  el siglo XIX, el Papa Pío IX en su ‘Syllabus Errorum’ (1866); León XIII fundamentalmente en la ‘Inmortale Dei’ en 1886 y León XIII otra vez en ‘Humanum Genus’ en 1884 (el año en que se sancionó precisamente entre nosotros, la Ley de Educación Laica). En 1888 nuevamente León XIII en ‘Libertas’; y en 1891 –como es conocido- la famosa y tan discutida Encíclica ‘Rerum Novarum’.

Ahora bien, nuestra ley 1420 que instituye la Escuela sin Dios (1884), apuntaba y apunta todavía a descristianizar y desmoralizar a las juventudes, preparándolas a contrapelo de la católica tradición familiar, el vuelco hacia la izquierda o –en último término- apuntando al gobierno internacional que propicia la masonería, contra el atraso de los llamados ‘reaccionarios’ y a favor del ‘Progreso’; de un futuro sin injusticias y sin clases: una especie de cielo en la tierra. Esta utopía modernizante es característica de todas las izquierdas: el futuro feliz. “Ah no, el pasado no sirve para nada –exclaman- porque…  la historia no se repite; entonces, ¿Para qué continuar practicando las obsoletas costumbres de nuestros padres? ¡Pero el ‘Futuro’, hay, si; hay que avanzar! Hay que olvidar el pasado. Hay que progresar.

Y tanto se ha repetido: “Hay que olvidar el pasado’, que le país se ha quedado sin memoria, como esos viejos que pierden la cabeza y entonces necesitan un tutor o curador de bienes. Desgraciadamente eso es cierto; y no porque yo lo diga. Así estamos hoy.

ROCA  Y  LA  UNIDAD  NACIONAL.

Por otra parte, cuando fue capitalizada la ciudad de Buenos Aires, Roca tuvo que optar entre la política federal de Rosas concertando acuerdos multilaterales con las provincias menos favorecidas, sin mengua de su prestigio de caudillo, en atención al ‘Bien Común’ argentino de la época, o seguir la política unitaria de Mitre posterior a Pavón, centralizando sin asco el poder en Buenos Aires con el propósito de obtener la mayor ventaja la capital porteña, enriquecida con el comercio de ultramar, dando la espalda en definitiva a casi todo el interior del país (las provincias pobres). Así el ‘Bien Común’ en el caso de la política porteñista o unitaria de Mitre, brillaba por su ausencia. Don Bartolo empleó la fuerza militar  para imponerse,  con el apoyo eficaz de Sarmiento. Roca, en cambio, continuaría de algún modo dicha política, pero buscando la alianza con el capitalismo inglés –propiciada en ‘Las Bases’ de Alberdi-, además emplear su innata astucia de ‘zorro’ ya consagrado como tal, telúrica cualidad de la que carecía Mitre.

Así pues, entre la política de Rosas de unidad nacional y la política de Mitre de unidad nacional, Roca tuvo que decidirse en 1880. Al principio pareció que iba a retomar la línea federal, en cierto modo como heredero y sucesor del que fue del viejo partido Autonomista después de la muerte de Alsina. Sin embargo Roca, de hecho, optó en definitiva por la política de Mitre; por el unitarismo mitrista (aunque disimulado por meras razones electoralistas), el cual unicatismo de Roca se impondrá en toda la línea una vez sancionada la ley de Capitalización de Buenos Aires transformando su primitiva tendencia federalista en unitarismo crudo; en ‘roquismo’ a secas. Tal vuelco a cuento ochenta grados habría de favorecer en gran medida las miras hegemónicas de la masonería internacional, en su momento y, -¡cuándo nó!- a la política comercial de Inglaterra. Entonces Buenos Aires, rápidamente transformada en ‘sociedad de consumo’, irá creciendo hasta nuestros días como muy bien lo señaló Martínez Estrada en su conocido libro “La Cabeza de Goliat”. Proceso patológico, desarrollo canceroso de la Capital del país, que todavía lo estamos soportando. Para desgracia nuestra y de nuestros hijos.

LA  LUCHA  RELIGIOSA  DE  1881-82.

Casi de inmediato, el conflicto religioso propiamente dicho estalló en 1881 en la provincia de Córdoba. Lo relata con todo pormenor el Dr. Ramón Cárcano en sus memorias. Cárcano era un aventajado estudiante universitario cordobés y uno de los líderes  de la juventud izquierdista (digamos así), extremista, liberal, anticlerical, antitradicionalista. En fin, lo que hoy llamaríamos la extrema izquierda ideológica.  Bueno, en Córdoba estalló el conflicto cuando se discutían los estatutos de la Universidad, en el primer año de la presidencia de Roca.

La tendencia anticlerical se manifestó con la insólita designación de profesores ‘libre pensadores’ en las vacantes para ocupar las cátedras de teología –nada menos-; materia ésta que se dictaba en la vieja Universidad de Trejo y Sanabria fundada por los jesuitas. Y ello provocó un estampido de indignación en toda Córdoba, cuyo eco también recogió Buenos Aires; produjéronse manifestaciones en las calles porteñas, llegando a ocupar, un grupo católico enfervorizado, la Cátedra metropolitana como reacción contra el insolente desafío cordobés. El Arzobispo Mons. Aneiros se solidarizó con los manifestantes. El Nuncio Apostólico Mons. Matera también lo hizo, y así quedaron rotas las relaciones –en una primera instancia- entre la Iglesia y el Gobierno.

Pero el pleito religioso agravose a raíz de la convocatoria al ‘Congreso Pedagógico’ en el mes de agosto de 1882. Este Congreso, en un principio, no tenía ninguna filiación ideológica aparente. Convocado con propósitos de mejorar la enseñanza, el mismo fue integrado no sólo por liberales sino también por católicos, quienes al advertir la clara orientación anticlerical, abandonaron el recinto de sesiones y se retiraron del Congreso.

En cuanto al brillante grupo de jóvenes pertenecientes al grupo liderado por el Dr. José Manuel Estrada, en materia de ideas políticas era de tendencia moderadamente liberal, como lo fuera su generación toda en las postrimerías del siglo XIX. Influenciado por los ‘proscriptos’ antirrosistas y románticos europeos de la época siendo muchachos comenzaron admirando el planteo social-cristiano de Lamennais y Lacordaire, pero nunca, a pesar de ello, dejaron de obedecer fielmente las enseñanzas del Sumo Pontífice reunidas en las Encíclicas ‘antimodernistas’ que a la sazón difundían como doctrina de la Iglesia, los Papas desde Roma.

Al retirarse engañados de las sesiones del ‘Congreso Pedagógico’ a fines del invierno de 1882, recién entonces la ‘elite’ católica movilizada a fondo, jugóse valientemente contra el gobierno agnóstico de Roca quien declaró cesantes de sus cátedras universitarias –obra del Ministro Eduardo Wilde- por lo menos a los profesores Estrada y Emilio Lamarca: ambos docentes distinguidos que quedaron sin empleo de la noche a la mañana. Consumábase así, el primer acto arbitrario, odioso, del ‘unicato’ presidencial.

Al partido UNIÓN CATÓLICA creado enseguida para combatir la política educacional de Wilde y el tartufismo de Roca, lo presidió el Dr. José Manuel Estrada, a quienes secundaban :Pedro Goyena (que era Diputado Nacional a la sazón); el Dr. Tristán Achábal Rodriguez (también Diputado por la ‘docta’ en el Congreso); el Dr. Emilio Lamarca (fundador de los ‘Cursos de Cultura Católica’ de Buenos Aires); Santiago Estrada (hermano de José Manuel); Miguel Navarro Viola; el cordobés Manuel Pizarro (que había sido Ministro de Roca, sustituido ahora por Wilde); Emilio de Alvear (hijo del general ) y una pléyade de jóvenes porteños y provincianos batalladores y entusiastas. Comenzaba ya, una guerra que duraría más de diez años, incluyendo el corto período legal de Juárez Celman y la revolución del ’90 con su secuela de sangre y anarquía, hasta el segundo gobierno del general Roca, a quien la UNIÓN CATÓLICA nunca perdonó su apostasía.

EL ‘CONGRESO PEDAGÓGICO’ ANTICLERICAL.

Los masones del ‘Congreso Pedagógico’, promovidos y motorizados por un denominado ‘Club Liberal’ hacía propaganda atea en los periódicos, transformando ese club en una especie de comité político donde se cocinaban todas las candidaturas que triunfaban electoralmente, por supuesto, en los atrios de las Iglesias de Buenos Aires y el interior del país; muchas veces a balazos. La corriente librepensadora fue apoyada por el diario ‘El Nacional’ que dirigía Domingo F. Sarmiento.

Como si ello no fuera poco, en el ‘Congreso Pedagógico’ de 1882, copado por la masonería, se dijeron cosas tremendas contra la enseñanza religiosa, lo que determinó el retiro en masa de toda la representación católica. Como reacción subsiguiente, el Dr. Estrada fundó el 1º de agosto del mismo año, el diario ‘La Unión’. Mediante ese medio de comunicación masiva –como se diría hoy- empezaron los católicos a torpedear y refutar las intervenciones y debates del ‘Congreso’, con gran eficacia, comenzando de este modo la batalla por la Fe.

Ahora bien, la generación del ’80 fue una generación polarizada, es decir, contradictoria, porque había personalidades de un bando y grupos opuestos partidarios que chocaban entre sí. Como en las monedas la efigie (o la cara) correspondía a la falange liberal; y la seca (o la cruz: valga el símbolo) era asumida por los católicos  que escribían en el diario ‘La Unión’ y después fundaron la UNIÓN CATÓLICA como partido político argentino.

En efecto, era tan contradictoria la generación del ’80 que voy a nombrar algunos de sus personeros de primera línea para que se vea hasta que punto había disidencias hondas entre los propios contemporáneos. Veamos por ejemplo: ¿Qué afinidad en el enfoque ideológico podía haber entre Eduardo Wilde y José Manuel Estrada; entre Carlos Pellegrino y Leandro N. Alem; entre Torcuato de Alvear e Hipólito Irigoyen? ¿Entre Roque Sáenz Peña y Aristóbulo del Valle? Ninguna, en apariencia, al menos. Por lo que se intuye la división de bandos, cada uno atrincherado en su facción beligerante irreductible que anunciaba el inminente conflicto próximo, como se produjo en los años siguientes.

ROCA  CON  LOS  PROTESTANTES.

La campaña de oposición de los católicos en el ‘Congreso Pedagógico’ de 1882, afectó al Presidente de la República quien no tuvo inconveniente en demostrarlo en público, contrariando su natural reservado y paciente. El hecho ocurrió con motivo de la Semana Santa de 1883.

“Según la tradición –nos refiere el profesor  Auzá- el presidente solía visitar las Iglesia el Jueves Santo, acompañado de los empleados de las reparticiones nacionales, a quienes se invitaba a concurrir. El hecho sin dejar de ser criticado, era práctica que venía ejerciéndose normalmente. Cuerpos del Ejército solían hacerlo también por compañías y sin armas, en tanto que otras fuerzas hacían  guardia de honor en las procesiones. Las autoridades hacían, pues, pública profesión de fe y se asociaban a los actos del culto católico. El acercamiento del Sr. Roca al sector liberal que lo acompañaba, así como su distanciamiento de los grupos católicos que combatían su política, lo llevó naturalmente a dar prueba de su  resentimiento, impulso que no podía ser contenido por su innata y habitual  prudencia. En la Semana Santa de 1883 decidió no concurrir a la ceremonia, como era tradicional, en tanto ‘La Tribuna Nacional’ dirigida por Sarmiento, anunciaba que visitaría en esos días un establecimiento de campo situado en Pergamino. Se trataba de una medida premeditada y no casual, destinada a demostrar su encono hacia los católicos que, sin duda, como ocurrió, se sentirían desairados por el gesto del presidente. Los diarios católicos calificaron de escándalo la actitud presidencial, mientras que el diario oficialista ‘La Tribuna Nacional’, cosa rara esta vez, opinó en sentido contrario al presidente, entendiendo que éste debía concurrir a las ceremonias religiosas. ‘La Nación’, el diario de Mitre, se permitió aconsejar a los fieles que no se reunieran en lugares de aglomeración, para evitare ‘contagio de viruelas’. Poco después, el presidente mismo ratificaría su nueva posición asistiendo a la ceremonia del culto protestante, confundiéndose entre los fieles presentes. El pastor evangelista, según dicen las crónicas, advirtiendo la presencia del Gral. Roca, cambió el tema del discurso para alabar la misión del Poder Ejecutivo en el Congreso, ante la reacción católica. Ello, siempre según las crónicas, permitió al pastor Mr. Thompson, acreditar ‘sus reconocidas virtudes de propagandista’. Su sermón concluyó formulando abrumadoras acusaciones contra el catolicismo. Esta  fue la actitud de Roca frente a la fuerte oposición del diario católico ‘La Unión’. Pero en 1884, Roca da un paso más adelante en Córdoba, Entre Ríos, San Juan Mendoza y Catamarca. Eduardo Wilde designa como maestras de escuelas secundarias existentes en esas provincias –estaban vacantes los cargos, tradicionalmente ocupados por profesores católicos-, a un equipo de trece pedagogas protestantes importadas de los Estados Unidos. Esto provocó evidentemente una reacción, sobre todo del  Vicario Capitular cordobés Gerónimo Clara; actitud que le valió la destitución por parte del Gobierno Nacional. El que andaba en estos enjuagues era Juárez Celman, el concuñado de Roca, que era gobernador de la provincia de Córdoba (estamos en el año 1884). El Vicario Capitular Clara es destituido, y el Nuncio Apostólico Mons. Matera, solidarizándose con la posición de Clara, es expulsado del país”. Se le dan los pasaportes y se concreta así la ruptura total del gobierno argentino con el Vaticano, ruptura que duró hasta el segundo período presidencial de Roca.

EL DIARIO  “LA UNIÓN”  Y EL PARTIDO  “UNIÓN CATÓLICA”.

Pero esta ruptura realmente insólita, determinó la guerra a muerte entre los católicos y los liberales.

“Sólo a partir de la fundación del diario ‘La Unión’ funcionará la acción organizada de los católicos –escribe Auzá-. Con anterioridad, en 1881, los católicos que actuaban en el partido gobernante con Achával Rodríguez y Goyena, que eran diputados, venían efectuando una resistencia de tipo individual a la política del presidente. El partido propiamente católico nacerá en 1884 y se llamará ‘UNIÓN CATÓLICA’. Este intento de clasificar a las tendencias liberales y católicas en dos partidos, ese propósito de crear bandos, no fue obra de los católicos sino precisamente de la trenza de los cenáculos liberales. Estos se sentían ufanos con la denominación, pues equivalía como tenemos dicho, a un signo de cultura, a la vez que significaba pertenecer al partido del ‘Progreso’. Los católicos, en cambio,  resistían a la denominación que consideraban  no sólo arbitraria sino también contraria a la realidad sociológica del país. Se ve aquí un signo más de ese espíritu de imitación que guiaba a los hombres autodenominados liberales. Ellos querían asimilar el país a una realidad política que sólo se daba en Europa. No había en la República condiciones  para la existencia del partido clerical con el programa de reivindicaciones que podrían propiciar aquellos partidos europeos. En la historia del país no había existido nunca un partido clerical o liberal, y ni siquiera un intento de constitución de los mismos: así lo hacía notar el dr. Achával Rodríguez en el Congreso al debatirse la Ley de Enseñanza. Se solía llamar también a los católicos ‘ultramontanos’, como a los católicos europeos que se oponían a la reforma regalista. Esta denominación había sido ya usada contra Félix Frías, pero no alcanzó a popularizarse. Esa misma prensa que usaba el calificativo importado, en ciertas ocasiones un poco jocosamente, llamaba a los católicos con esta expresión: ‘católicos pur sang’, mezclando la picardía criolla y la sal francesa. Los católicos, a su vez devolvían el epíteto llamando a los liberales ‘clerófagos pur sang’.

LA  LEY  1420.

Ironías aparte, la lucha no fue simplemente de motes y adjetivos entre el partido UNIÓN CATÓLICA y los masones. El año ’84 fue fatal porque como  tenían evidente mayoría en el Congreso los liberales, no les costó demasiado trabajo, salvo la oposición del Senado, aprobar la ley de Educación Laica: la ley 1420 que aún subsiste a pesar de todo.

El debate de esta funesta ley masónica está resumido por el padre Furlong en el libro ‘La Tradición Religiosa en la Escuela Argentina’, cuando dice: “Es vergonzosa y hasta bochornosa la génesis de la ley 1420, al menos en lo que respecta al art. 8, que era a la postre lo único que interesaba, y no menos vergonzoso y hasta increíblemente hilarante el ‘Congreso Pedagógico’ que precedió a aquella ley y que se celebró en 1882 y del cual se vieron constreñidos a retirarse todos los hombres de bien… Tan patente era su falsía y su mistificación. Aquella ley, la 1420, fue una copia servil de una ley extranjera. Se copió a la letra lo que en 1880, había hecho en Francia el entonces ministro de Instrucción Pública de aquel país, Julio Ferry (socialista). Este, como documentalmente ha expuesto M. Weill, profesor de la Universidad de Caen en su ‘Historia de la idea laicista en Francia’ fue respaldado cuando no empujado a la laicización de la escuela francesa por la Masonería, la cual, tres años antes, en 1877, se había laicizado a sí misma, ya que en ese año el Gran Oriente francés había acordado suprimir al Gran Arquitecto en todos los documentos masónicos (eran más papistas que el Papa –digo yo-; eran más arquitectos que el Gran Arquitecto, por lo visto), Y así lo hizo a pesar de la oposición del Supremo Consejo Escocés. Las logias inglesas, indignadas, rompieron con sus ‘hermanos’ de Francia a raíz de este atentado a la verdad, a la dignidad humana y aún al sentido común… El 4 de julio de 1883, se dio comienzo al debate en las Cámaras. Se discutió la ley 1420 de Educación Común, que según el proyecto de la comisión de Culto e Instrucción Pública exigía en su art. 3º, un mínimo de tiempo para la ‘moral y la religión’ y por el inc. 9º se reconocía –hipocresía mediante- como ‘necesidad primordial la de formar el carácter de los hombres por la enseñanza de la religión’. Es decir, que se declaraba que los profesores de religión  que hasta ese entonces habían enseñado a las juventudes, no estaban preparados suficientemente según Sarmiento, y entonces se los retiró para que se instruyeran de acuerdo a las consignas masónicas del propio Sarmiento. Esta ley fue tremendamente atacada en las Cámaras por los diputados católicos Pedro Goyena, Tristán Achával Rodríguez, Emilio de Alvear (que también pertenecía al grupo católico), el Pbro. Rainiero Lugones y el Sr. Dámaso Centeno. Por parte de los liberales, Onésimo Leguizamón, Luis Lagos García, el católico nominal Delfín Gallo, Emilio Civit y el Dr. Eduardo Wilde, Ministro de Justicia e Instrucción Pública –añade el padre Furlong-. Fuera del Parlamento bregó en contra: José Manuel Estrada; y a favor de la proyectada ley, Domingo F. Sarmiento. Fue aprobada la ley en la Cámara de Diputados pero fue rechazada en la de Senadores. Al año volvió a la Cámara inferior, y el 23 de junio de 1884 fue aprobada sobre tablas en forma sorpresiva. Nicolás Avellaneda, quien con el sanjuanino Rafael Igarzábal, sostuvo en la Cámara alta y denodadamente los derechos de Cristo en la Escuela argentina, calificó a la nueva ley como ‘la ley de la desgracia nacional’; y hoy, al cabo de siete decenios –concluye Furlong- podemos asegurar que ha sido la ley de las desgracias nacionales”.

SARMIENTO:   EL  “GRAN MAESTRE”.

Vamos ahora a Sarmiento, que está absolutamente retratado en este discurso que voy a citar enseguida. En 1882, nuestro ‘prócer’ asume el más alto grado de la Masonería en la Argentina.

Para Sarmiento –“ídolo” escolar de mi infancia-, estimulado con semejante título directivo:  “… ya la ambigüedad no cabe y por más que él se aferre a sostener que no es contrario ni enemigo de la Iglesia Católica, sus actos lo van a demostrar claramente como un enemigo encarnizado de la fe de sus mayores” –escribe Pedro de Paoli en su libro:  “Sarmiento, se gravitación en el Desarrollo Nacional”- . ¿Es la masonería la que exige esta actitud? ¿La asume él, Sarmiento, por obediencia a esta Institución? Sarmiento, que jamás perteneció en verdad a ningún partido, porque él, como realmente lo ha sostenido siempre ha sido en todo momento DON YO. ¿Ahora es carne y alma de la masonería y obedece como fiel hijo de ella a sus mandatos? ¿O es que ese sentimiento en contra de la Iglesia Católica ha venido incubando desde su juventud y ahora hace eclosión, al mismo tiempo que se lo ordena la logia? Sea lo que fuere, el caso es que ahora, sin cortapisas y sin reticencias, Sarmiento, a la luz del día, es un encarnizado enemigo de la Iglesia Católica Y es a partir de ese año de 1882 en que él consagra los más de sus esfuerzos a esa lucha. Toda otra actividad suya hasta el día de su muerte carece de mayor relieve. Como ya lo hemos reseña, desde ‘El Nacional’, diario que él dirigía atiza el fuego contra los católicos del ‘Congreso Pedagógico’ presidido por el masón prominente Onésimo Leguizamón. Deslígase (Sarmiento) de toda actividad política y personal, y se dedica exclusivamente a la campaña anticatólica; ya no está en ‘maestro’ ni en político, ahora está en masón. Se da al cumplimiento de esa misión, su misión (yo diría que desde ese momento  no es Sarmiento el ‘gran maestro’ como se nos ha enseñado en el colegio, sino más bien el GRAN MAESTRE). La Masonería, institución internacional, tiene tentáculos en todos los países del mundo, así como los tiene en Uruguay, o los tenía; país que por ser fronterizo con el nuestro conviene unirlo en la campaña anticatólica. Por eso, la Masonería organiza en Montevideo un acto con la invitación especial de Sarmiento, quien tendrá a su cargo en discurso central. Y así ocurre. Lo invita la Escuela Normal de Mujeres. Este es el verdadero motivo de la invitación. Y Sarmiento aprovecha, pues, para cumplir con su misión; a saber: un bárbaro( porque bárbaro es) ataque a la enseñanza religiosa y a las Hermanas Religiosas Educacionistas como las de la  Santa Unión del Sagrado Corazón . Ahora bien, en 1883, año de esta conferencia de Sarmiento, es el año de la cúspide de la parábola que el liberalismo traza en su lucha contra todo lo que formó la educación tradicional de la sociedad cristiana, católica por antonomasia. Al decir liberalismo decimos masonería. Pero es también la época en que la Iglesia católica, acosada en todas partes por la masonería, retempla su vigor y sale a la palestra en defensa de sus principios evangélicos. Es época de misiones educacionales; de propagación de la fe por medio de las congregaciones de la Santa Unión, de las Hermanas del Huerto, de la Misericordia, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, de los Salesianos, etc. Hombres y mujeres, Hermanos y Hermanas cuya misión inmediata en la vida de evangelización es la educación de la niñez y la juventud según la sagrada doctrina moral y divina de Cristo. De Francia, de España y de Italia, sobre todo, salen continuamente estas misiones hacia todo el mundo, una de cuyas partes es nuestro país. La Masonería argentina nota enseguida esta expansión  de la educación religiosa y le sale al cruce. Tal, el verdadero motivo de Sarmiento en Montevideo. Da su conferencia en la Escuela Normal de Mujeres”.

“¿Y de qué ha de hablar un maestro de maestros, el educador de América, en un acto de tal naturaleza? –sigo citando a De Paoli-. Pues ¿de métodos pedagógicos, de didáctica, de metodología? Pues no, Sarmiento no ha de hablar de nada de eso. Primero porque de eso no entiende nada. Y segundo, porque su misión verdadera no es esa, sino la de combatir la enseñanza religiosa católica. Y como no es capaz de hacerlo en forma elevada, con sabiduría, lo hará como es su estilo: chabacanamente, en forma gruesa y hasta soez, concretándose a un ataque inconcebible por lo insultante contra las Hermanas Religiosas educacionistas. Y así dice que- ahora vienen las comillas, que es lo interesante_ :”Se están introduciendo de Europa compañías de mujeres (‘compañías de mujeres’ ¿Qué les parece? Como si se tratase de un negocio ilícito de tratantes de blancas). Las Hermanas de las Congregaciones Religiosas –añade el sanjuanino blasfemo- para explotar comercialmente el ramo de la educación. Mi deber es indicar ese peligro que amenaza esterilizar las Escuelas Normales. Estas Congregaciones docentes son la filoxera de la educación y el cardo negro de la pampa que es necesario extirpar. ¿Qué vienen a enseñar a nuestras niñas, esas figuras desapacibles, Hermanas de caras feas, aldeanas y labriegas en su tierra? ¿Qué pueden enseñarle a nuestras niñas estas ignorantes? Así se mata la Civilización”

“Aquellas formas de mortaja no pueden servir para educar damas y señoritas –continúa Sarmiento-. Vienen de todos los rincones de Europa donde están barriendo y echando a la calle las basuras. Las Hermanes que van llegando han dejado de embrutecer chicuelas en las aldeas de Francia y vienen ahora a cumplir esta triste misión entre nosotros”. (Bueno, este es el prócer argentino de los liberales, ahora el ‘gran’ Sarmiento). Otra vez escribe: “¿Dónde está el criadero de estos enjambres de abejas machorras, las Hermanas educacionistas que vienen a comerse la miel de la enseñanza?” Y continúa: “…banda de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas nuestras mujeres. En Francia les han quitado la enseñanza porque no valían nada fuera de bordar escapularios. Recua de mujeres contratadas en Europa, hermandades de extranjeros, de machos y especuladores tonsurados y de hembras neutras. Todas estas comunidades deben ser desconocidas por el Congreso y alejadas de la educación, porque en diez años más estarán en su poder todas las escuelas del país. Hermanas y Hermanos emigrantes, lavanderas y mozas de labor, enganchadas en Irlanda para venir a enseñar a nuestras hijas lo que no saben, en lugar de ser mucamas, para lo que tampoco sirven gran cosa. Las Hermanas son intrusas, falsarias, mujeres colectadas en Europa a pretexto de religión, para ganar plata en América”.

“Estas arremetidas de Sarmiento –comenta De Paoli- en contra de todo lo que fuese culto católico, no eran acciones aisladas y de francotiradores. Al contrario, obedecían a un plan masónico buen organizado y buen meditado. Era la preparación del clima psicológico para el gran ataque que bien pronto se llevaría contra la enseñanza religiosa, y el medio de probar cuánta era la fuerza católica con la que se iba a tener que combatir. Cada ataque de Sarmiento era contestado por el diario ‘La Unión’ de los católicos. Escribían ese diario: Estrada, Goyena, Frías, Achával, Lamarca y otros de la misma altura intelectual. Frecuentemente se hacía reuniones católicas, las que eran tenidas en cuenta por los liberales masones para calcular el caudal cualitativo y cuantitativo del adversario”.

EL  ‘PROGRAMA SOCIAL’  DE  EMILIO LAMARCA  EN  1884.

Del primer ‘Congreso Católico Argentino’ contra la política masónica de Roca, convocado en Buenos Aires por el grupo católico en 15 de agosto, día de la Virgen (¡ojo!), del año 1884, sólo citaré su programa social muy interesante, redactado por el Dr. Emilio Lamarca –destacado economista y profesor de la Universidad-, que seguía al  pié de la letra (con justicia) la doctrina de las Encíclicas papales de la época; la Doctrina Social de la Iglesia.

Por primera vez en el país se debatía en un Congreso político este Programa Social, pero antisocialista, en la Argentina del ’80. Es importante señalarlo. Quedará, sin embargo –pese al intenso sabotaje del liberalismo individualista desde las esferas del gobierno y desde el extranjero –como un valioso antecedente a la Argentina católica de hoy. El programa dice:

“ 1) Organización nacional de las asociaciones Católicas, se difusión y desarrollo en las provincias. (En plena era liberal-masónica, digo yo, cuando las sociedades modernistas estaban absolutamente atomizadas por leyes y decretos, y no se permitía la formación legal de grupos organizados –lo que se ha dado en llamar los ‘grupos intermedios’-, nuestros católicos de hace un siglo volvían, no obstante, a esta doctrina de la Iglesia que es de gran actualidad).

“ 2) Convocatoria periódica de Asambleas Católicas nacionales.

“ 3) Fomento de la prensa católica, su sostenimiento; lucha contra la prensa irreligiosa. (¡Qué actualidad tiene esto en 1981! Porque el ateísmo periodístico no solo se da entre nosotros en la prensa diaria; se propaga ahora y desde hace tiempo por la radio y canales privados de televisión, según nos consta a todos).

“ 4) Propaganda por el cumplimiento de los preceptos divinos y particularmente la santificación de los días de fiesta. Difusión de las verdades religiosas. (Mal que le pese a Borges).

“ 5) Conveniencia y aún necesidad  de organizar en la República la Alianza de los católicos.

“6)  Inscripción de todos los católicos en los registros cívicos nacionales, provinciales y municipales.

“ 7) Participación directa concurriendo  a los comicios públicos.  (Las elecciones de entonces, comento yo, se ganaban no pocas veces  con el Remington).

“ 8) Creación de Escuelas Católicas, protección de las ya existentes, combatiendo las llamadas laicas y ateas. (Que tome nota de esto el ministro Burundarena).

“ 9) Establecimiento de Talleres para obreros, de Escuelas de Artes y Oficios, de Oficinas de colocación y Círculos de obreros. (Esta obra la llevaron a cabo, desde entonces, sólo los Padres Salesianos en nuestra patria)”

“Los católicos uruguayos –dice el profesor Auzá para finalizar- acompañaron a los católicos argentinos en sus deliberaciones en este Congreso. Integraban la delegación: Juan Zorrilla de San Martín (a quien, entre paréntesis, rindo yo aquí un homenaje, porque es un prócer uruguayo olvidado y era uno de los pocos representantes intelectuales de la generación del ’80 uruguaya, profundamente católico, apostólico y romano); el Dr. Joaquín Requena y el Dr. Francisco Bauzá. Fueron designados como autoridades del Congreso, por los delegados presentes, las siguientes personas: Presidente: José Manuel Estrada. Vicepresidentes: Dr. Manuel Pizarro; Dr. Juan M. Garro y el Sr. Félix Avellaneda.

 En la sesión de apertura hizo uso de la palabra el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Federico Aneiros” .

Este programa social-práctico del Dr. Lamarca cuyo texto completa acabo de transcribir, que hizo suyo el “Congreso Católico Argentino” del año 1884, de haber sido aplicado en su totalidad por los gobiernos argentinos que sucedieron al del presidente Roca, nos habría ahorrado sin lugar a dudas, tanto las luchas sangrientas de clase, cuanto las explosiones extremistas obreras de 1910 y 1919 en adelante, que afectaron profundamente la paz interna de la República (sin mencionar aquí el contemporáneo ‘Cordobazo’, estallado una década atrás, y su luctuosa secuela ‘guerrillera’ sofocada de momento, apenas, a partir de 1976). Por supuesto. Y el sindicalismo criollo de entonces, no habría necesitado valerse –habida cuenta de su lamentable orfandad político-cultural anterior a 1943- de las habilidades demagógicas de ningún Perón para redimirse de su condición de paria, al servicio del Socialismo Internacional y del Marxismo Ateo, como ocurrió históricamente entre nosotros hasta hace muy poco tiempo.

LA NUEVA  GENERACIÓN  DEL  ’80.

Ahora termino mi exposición con el siguiente mensaje, que dedico en especial, a la nueva GENERACIÓN DEL OCHENTA. A nuestros muchachos de hoy: gobernantes acaso en el próximo futuro tan incierto de la República. He aquí mi mensaje:

Vivimos tiempos trágicos en el mundo, y Uds. –muchachos nuestros de veinte y treinta años cumplidos o por cumplir- movilícense pronto (es urgente) en defensa de nuestra Fe, dando insobornable testimonio en todos los terrenos del quehacer nacional, en procura de una profunda restauración espiritual –y por añadidura política en orden al Bien Común católico- en la Argentina de los próximos lustros. Porque la Masonería no se duerme. Y la Izquierda marxista tampoco.

Triunfaréis, es cierto, muchachos tradicionalistas del ’80, si estáis unidos; pero sin acomodos equívocos ni complejos de inferioridad frente al inicuo mundo moderno, que niega la Verdad revelada e, incluso –a veces- la verdad a secas.

Nadando sí, contra la corriente turbia del escepticismo criollo; del ‘no te metás’ famoso; del materialismo ateo contemporáneo – no únicamente del comunista- y de la frivolidad que corrompe tantas conciencias jóvenes con promesas de una ganancia  crematística fácil.

¡Basta ya, en 1981 de complacencias narcisitas; de sexualismos freudianos fomentados artificialmente mediante la droga o el alcohol! ¡Basta ya de idolatrar ídolos de barro promovidos por una  propaganda masiva que adormece las almas! ¡Basta ya de mentiras demagógicas y de pacifismo liberal!  “Sursum Corda.

No se dejen robar ingenuamente, compatriotas de la novel generación del ’80, los frutos del trabajo nacional con el cuento viejo de la ‘eficiencia’ y la ‘competencia’ económicas. ¡Cuidado con los lobos rapaces ‘tecnocráticos’ disfrazados de inocentes corderitos! ¡A proteger, pues, el patrimonio comunitario nuestro, toda vez que la verdadera caridad empieza por casa!

Evitad  caer a toda costa en las redes de la ‘sociedad de consumo’ que nos animaliza a todos.  “La juventud ha sido hecha no para el placer sino para el heroísmo”. Hagamos de esta bella consigna de Claudel, nuestra invicta bandera de guerra. Preparemos desde ya el espíritu de nuestros nietos. Ahora mismo, con presteza. Pero atención: no se equivoquen otra vez el rumbo con utopías de cualquier tipo, los inmaduros púberes argentinos de la nueva generación. Sepan por anticipado, que en todos los tiempos: Milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre, al decir de Gracián.

¡Ya basta de cobardías disfrazadas! Bien está que sean tolerantes con el prójimo equivocado, pero férreamente intransigentes con el error. Nunca pierdan de vista la realidad que nos rodea, muchachos argentinos, pero sin bajar la guardia ni resignarse ante los embates del enemigo poderoso; aunque les cueste la vida a algunos en la demanda. Y aunque, en definitiva –Dios no lo quiera- acaso tengan que defender (solos y acorralados) el honor de Cristo Rey en nuestra patria: desde una catacumba o desde una trinchera. ¡Sin jamás renunciar a la lucha! 

(Esta publicación reproduce textualmente la conferencia que el autor pronunció en Buenos Aires, con el título indicado en la portada, en el salón de la calle Marcelo T. de Alvear 1149 (1º piso) la tarde del día 19 de junio del corriente año [1981], con el generoso auspicio del Círculo de amigos de Cabildo)