sábado, 4 de marzo de 2017

SE APROXIMA EL TRAIDOR

Por: Ernesto Palacio

Urquiza inició enseguida sus operaciones. Después de concentrar sus fuerzas en Gualeguaychú, se movió hacia el Paraná y lo cruzó, sin encontrar la resistencia que esperaba por el lado de Santa Fe. El gobernador de esta provincia, general Echagüe, en efecto, al no recibir los refuerzos que había solicitado, resolvió batirse en retirada para unirse al grueso del ejército de Rosas. Casi sin obstáculos, Urquiza pudo proseguir su marcha sobre Buenos Aires y llegar al Arroyo del Medio a mediados de enero. En San Lorenzo le había desertado en masa, matando a su jefe, la división de Aquino, fuerte de 600 hombres, para pasarse al ejército de Rosas.

Salvo una escaramuza, en los campos de Álvarez, con un destacamento de las fuerzas del coronel Lagos, jefe del departamento del norte, el ejército aliado pudo conseguir sin inconvenientes su camino sobre la capital. Se había impuesto, en los consejos de guerra de Rosas, la táctica de concentrar todas las fuerzas en el campamento de Santos Lugares para resolver la contienda con una batalla decisiva.

Con todo ello, no se había presentado en el campamento de Urquiza ni un solo hombre de Buenos Aires, mientras que de aquél desertaban continuamente muchos para incorporarse al del Restaurador. Las “Memorias” del general César Díaz —jefe de la división oriental del ejército aliado— nos dan un preciso testimonio del estado de poblaciones. Parece que el mismo Urquiza se impresionó por la frialdad con que lo recibieron en Pergamino y en Luján y manifestó dudas sobre la legitimidad y la oportunidad de la empresa en que se había lanzado, aunque tratando de cohonestarla con el pretexto de la “organización nacional”. La popularidad de Rosas —afirma el autor— “era tan grande o tal vez mayor de lo que había sido diez años antes”. Todavía en la víspera de la batalla —el 1º de febrero— 400 hombres más abandonaron el ejército aliado para plegarse al de Santos Lugares.

Hay un problema de Caseros que sigue sin solución y es el referente a las relaciones de Rosas con el general Pacheco, que por su prestigio militar y su cargo en el comando de Santos Lugares, era el jefe indicado para organizar la batalla decisiva. No obstante ello, renunció en las vísperas, fundándose en el hecho de haber asumido Rosas personalmente la dirección de la campaña.

¿Desconfió Rosas de Pacheco? ¿Hubo motivos para tal desconfianza? Parece seguro que aquél desaprobó una maniobra de su subordinado, al abandonar la defensa de Puente Márquez, en lugar de hacerse fuerte allí; y es posible que, en las circunstancias en que se encontraba, haya atribuido esa retirada a un súbito enfriamiento de la fe o a un debilitamiento de la voluntad. Se explica así su decisión de asumir personalmente el comando. Como también se explica la reacción de Pacheco, que fue natural en un hombre de honor al sentirse sospechado: tanto más valiosa cuanto que arrostraba con ella el disgusto del Restaurador, en momentos decisivos fue, con todo, una más en el cúmulo de circunstancias desgraciadas que decidieran la caída de Rosas y el fin de la Confederación.

¿Habría sido otro el resultado de la batalla, de haber comandado Pacheco las fuerzas argentinas? Sólo Dios lo sabe.

A fines de enero, las tropas aliadas se encontraban ya a la vista de Buenos Aires, defendida por su ejército veterano. Rosas convocó a un junta de guerra en la noche del 2 de febrero, a la que concurrieron el general Pinedo y los coroneles Chilavert, Díaz, Lagos, Costa, Sosa, Bustos, Hernández, Cortina y Maza. Se decidió dar la batalla al día siguiente.

El ejército de Urquiza estaba constituido por los contingentes del litoral, al que se había sumado la flaca pero activa legión de los emigrados; por la división oriental, en la que pululaban los extranjeros, y por la brasileña, animada del odio atávico y ansiosa de lavar la humillación de Itugainzó. En la función de boletinero del ejército y vestido con un raro uniforme de coronel francés, venía el ya celebre polemista don Domingo Faustino Sarmiento. En la artillería, un joven coronel que hacía versos malos y se llamaba Bartolomé Mitre. Ambos futuros presidentes de la República habían allegado a Gualeguaychú en un barco de guerra brasileño y habían sido presentados y recomendados por el comandante brasileño al general Urquiza. Las fuerzas aliadas alcanzaban a 24.000 hombres.

El ejército de la Confederación, animado por la voluntad de defender una vez más el honor y la integridad de la patria contra la agresión extranjera y sus cómplices, alcanzaba a 22.000 hombres.

El choque se produjo el 3 de febrero en las inmediaciones del Palomar de Caseros. Se combatió encarnizadamente durante dos horas, y el ciego azar de la guerra nos fue esta vez adverso, dándole el triunfo al enemigo.

Seguido de unos cuantos fieles, Rosas emprendió la retirada hacia la capital. No le quedaba más que acatar el fallo de las armas, por lo cual, en un alto del camino, redactó su renuncia por ser elevada a la Legislatura, que reiteradamente lo había elegido, en los siguientes términos: “Señores representantes: Es llegado el caso de devolveros la investidura de gobernador de la Provincia y la suma del poder público con los que os dignásteis honrarme. Creo haber llenado mi deber, como todos los señores Representantes, nuestros conciudadanos, los verdaderos federales y mis compañeros de armas. Sin más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y de nuestro honor, es porque más no hemos podido. Permitidme, H.H.R.R, que al despedirme de vosotros os reitere el profundo agradecimiento, con que os abrazo tiernamente; y ruego a Dios por la gloria de V.H, de todos y cada uno de vosotros. Herido en la mano derecha y en el campo, perdonad que os escriba con lápiz esta nota y con una letra trabajosa. Dios guarde a V.H”.



Nota: Estos fragmentos han sido tomados de su libro “Historia de la Argentina”.

sábado, 18 de febrero de 2017

LA CONQUISTA DE AMERICA NO FUE POLITICA, SINO MISIONAL*

Por Atilio García Mellid 

La controversia histórica sobre la colonización española en América puede centrarse en dos opiniones, ambas procedentes de historiadores extranjeros. La una –de J. W. Draper, en “Historia del Desarrollo Intelectual de Europa”– expresa que “en Méjico y en el Perú fueron destruidas civilizaciones en las que Europa hubiera podido instruirse”. La otra –de Lewis Hanke, en “La Lucha por la Justicia en la Conquista de América”- afirma que ese magno episodio fue “uno de los mayores intentos que el mundo haya visto de hacer prevalecer la justicia y las normas cristianas en una época brutal y sanguinaria”.
Esta divergencia interpretativa no es producto de métodos de investigación histórica distintos. El método científico siempre ha de arribar a conclusiones semejantes si se opera con objetividad y se atiende a los ritmos históricos individualizadores. La pugna que aquí se manifiesta no es cuestión de método, sino problema de perspectiva. En efecto; la visión del Nuevo Mundo se abrió, desde el primer instante, en dos vertientes ideológicamente incompatibles: la una política, misional la otra. Draper pertenece a la primera; Hanke, a la segunda.
La interpretación de tipo político responde a estados pasionales; el mundo y la historia son juzgados y medidos de acuerdo a criterios rígidos y sistemáticos. Las doctrinas se imponen a los hechos; es ésta una historia del “deber ser” más que del ser mismo. Un “deber ser” que no arranca de una concepción metafísica, sino de una predeterminación ideológica. El esquema político ciñe y asfixia a las cosas que se someten a su análisis; las que coinciden con sus prejuicios son valiosas, en tanto resultan condenables las que no lo son.
La idea histórica misional, por el contrario, más que al desenvolvimiento natural del hombre, atiende a su vida sobrenatural. El centro de su enfoque es el ser, pleno y compacto, como lo quiso la sabiduría divina: el ser proyectado hacia los valores eternos por obra de su conciencia, su pensar y su conocimiento. La historia así concebida no limita ni disminuye la fecundidad del acaecer humano; más bien lo completa y perfecciona, estableciendo un enlace sobresustancial entre la ciudad terrena y la Ciudad de Dios. Admite que la salud del cuerpo es primordial y necesaria, pero sin olvidar que el cuerpo perecedero es morada del alma inmortal, cuya salvación es el objeto propio de la Historia.
El descubrimiento y colonización de América se consumó paralelamente al auge del naturalismo y el positivismo. Lutero sacudía los portales de la Catedral de Wittenberg, en 1517, con sus proposiciones heréticas; rotas así las ataduras del Derecho Natural, la concepción materialista de la Historia iniciaba su ruidosa marcha. En 1531 se publicaba “Il Principe” y los “Discorsi”, de Maquiavelo. Las ciencias positivas invadían todos los campos; la técnica ganaba nuevos adeptos en desmedro del saber filosófico y de la teología. Se inventaron la imprenta y la brújula, el telescopio y la pólvora. Se completó el sistema astronómico y se universalizó el conocimiento geográfico. En biología se descubrió la circulación de la sangre y la investigación médica amplió sus horizontes con el dominio del área microscópica.

El siglo XVII representó la eclosión máxima de este proceso. El método de Descartes, la física de Newton, la matemática de Leibniz, la biología de Leeuwenhoek, la astronomía de Galileo, constituyeron aportaciones científicas altamente positivas, pero desprendidas de todo lazo metafísico o principio de orden sobrenatural. La observación de Edmundo O’Gorman –en “Fundamentos de la Historia de América”- es a todas luces exacta: “América aparece en el horizonte de la cultura cristiana –dice- precisamente en el momento en que, al declinar la Edad Media, el hombre se ha quedado sin Dios.”
Ese hombre no era, por cierto, el español. Por eso la conquista de América está henchida de potencia espiritual y de precisión teológica. Pero la mentalidad positivista desdeñaba los valores por los que esa España misional guerreaba. El señor de Périgord –el muy ilustre Miguel de Montaigne, de los “Ensayos”- es cifra y símbolo de esa abstrusa manera de pensar. Mientras el Rey Felipe, en 1570, recomendaba a cuantos prestaban servicios en las Indias el mayor cuidado y fatiga para procurar “el aumento de la religión y ensalzamiento de nuestra santa Fe Católica en esas partes, como fieles y católicos cristianos, y naturales y verdaderos españoles”, Montaigne se entregaba a románticas especulaciones.Nuestro Mundo –escribía- acaba de encontrar otro… Era un mundo-niño; sin embargo, no le hemos azotado ni sometido a nuestra disciplina por las ventajas de nuestro valor y fuerzas naturales, ni lo hemos conquistado por nuestra justicia y bondad, ni subyugado por nuestra magnanimidad…, pues nunca se movieron a compasión almas tan bárbaras, que por la dudosa noticia de un vaso de oro que pudieran saquear, echaban al fuego a un hombre…”
            La realidad tremenda de ese mundo-niño, reflejada en los documentos de los propios actores, no pesaba en los juicios de los indiferentes al magisterio de la fe. Desde Méjico, en 1531, fray Juan de Zumárraga brindaba este valioso testimonio: “Antes eran sacrificados cada año a los ídolos millares de inocentes criaturas; ahora, en cambio, los franciscanos educan en sus escuelas a millares de niños que saben leer, escribir y cantar muy bien…”
            Para la mente dogmática de los racionalistas, más servía a sus propósitos el hombre “concreto” arrojado a la hoguera que esos millares de criaturas “abstractas” que los naturales inmolaban en los falsos altares de sus ídolos.
La colonización de América fue más obra de los misioneros que de los guerreros. El doblegamiento de los indígenas se hizo “no para exterminarlos en la esclavitud, sino para inducirlos a entrar en la vida eterna por medio de la instrucción y el ejemplo”. Era éste el pensamiento de Carlos V, según lo atestigua el Pontífice Paulo III. Solamente en Méjico, hacia 1540, los franciscanos habían logrado convertir a seis millones de indios, arrebatándolos a los bárbaros sacrificios. Por aquellas mismas tierras, fray Toribio de Benavente o Motolinia convirtió por sí solo a cuatrocientos mil naturales. Fue este benemérito fraile quien investigó las denuncias de malos tratos formuladas por el padre Las Casas, llegando a comprobar que “los indios de la Nueva España están bien tratados y tienen menos pechos y tributos que los labradores de la vieja España”.
Las Leyes de Indias estaban destinadas a adaptar al Nuevo Mundo la legislación propia del Reino. Por ellas se prohibió el uso de la palabra “conquista”, prefiriéndose las de población y pacificación, de manera que aquélla “no ocasione ni dé color a lo capitulado para que se pueda fazer fuerza ni agravio a los indios”. También fue abolida la designación de “colonias”, usándose corrientemente la de provincias de ultramar. Felipe II, en 1593, llegó a crear un derecho preferencial o privilegio a favor de los indígenas, al ordenar se castigue “con mayor rigor a los españoles que injuriaren, ofendieren o maltrataren a indios, que si los mismos delitos se cometieren contra españoles”.
Los juicios de los historicistas, cargados de intención política, siguen machacando los viejos parches de las conmovedoras supercherías. Justamente acabo de leer, en un gran diario de América, estas indocumentadas opiniones: “Atraídos por el imán del dinero se lanzaron los contingentes de aventureros hacia las playas del Nuevo Mundo. Y es sabido que los componentes de esas bandadas… implicaban una curiosa selección, simbolizaban el más alto temple para la expoliación y el asesinato; eran, moral y espiritualmente, la ralea de Europa.”

            Pese a tan pertinaces contradictores, la inmensa obra misional de España en América ha permitido que millones de seres se eleven a la gracia y misericordia divinas. ¿Qué pueden importar, frente a una sola alma que se salve, las vanas palabras y los interesados pensamientos de quienes se pagan de las cosas corpóreas y desdeñan los goces espirituales? La misión de España –en sí misma y en su portentosa expansión universal- no es un capítulo de la historia política de la humanidad; es la gesta heroica del alma atribulada y encendida, del ser que guerrea por los bienes eternos y que –como Job- desde su roto cuero y desde su propia carne, tiene de ver a Dios.

*Publicado por el periódico “ABC” de Madrid, España, en su edición del 11 de mayo de 1955.

miércoles, 18 de enero de 2017

INDEPENDENCIA Y REVOLUCION: SUS PRIORIDADES INVERTIDAS*

Por: Marcelo Sanchez Sorondo

Desde 1810 el Estado nacido de hecho con la Independencia fue capaz de levantar varios ejércitos para defenderla simultáneamente en distintos frentes. El Ejército del Norte –columna vertebral de la emancipación- sostuvo la guerra con suerte varia en la frontera hasta que, arrastrado a la lucha interna, vino a desgranarse en el motín Arequito. En 1814, Alvear se apodera de Montevideo con fuerzas aprestadas por Buenos Aires cuyos cuerpos regresan y luego se dispersan en los avatares de las contiendas facciosas. Su desintegración final es consecuencia de la derrota de Rondeau en los campos de Cepeda. Por su lado, el Ejercito de los Andes, cuya creación prueba la voluntad genial de San Martin y refleja el mejor momento del Directorio (¡qué no se habría podido hacer si se hubiera organizado un orden estable en la Plata!), después de la desobediencia del Gran  Capitán se convertirá en una fuerza a lo corsario que arribará al Perú bajo banderas chilenas.

No fue el empuje colectivo lo que faltó en esos diez años iniciales sino la estructura política que pudiese aprovechar la energía social volcada y que asumiese la idea de la Independencia en un arquetipo de Estado en cuya levadura se mezclasen con los zumos de la tierra los vientos de fronda que soñaba el siglo. Por no haber logrado conciliar el mito americano de la Independencia con el genio secular de la Revolución, la tentativa de levantar un Estado nuevo sobre los cimientos del Virreinato se malogró. Aunque entre todos los pueblos de la “América antes Española” sobresalimos en la gesta, aquí invicta, dela Independencia, no acertamos, en cambio, con el molde genuino de la Revolución. En lugar de favorecer la continuidad de los valores culturales procurando extraer de ellos la renovación indispensable de las tendencias políticas, menoscabamos las fundaciones de la raza y de la lengua patricia sin acertar a remplazarlas con trazos distintos ni definir, en las experiencias concretas, en las realizaciones, nuestro modelo político. De este modo, los apoderados criollos de la Revolución descartaron como trastos inservibles, fuera de uso, las instituciones veteranas fecundadas por el orden español. Empeñados como estaban en prescindir de antiguallas, no se percataron que tampoco en este plano de la cosa pública basta el buen propósito o la sola inspiración sino tiene nexo alguno con la realidad social. El cambio de las formas políticas que proyectaron prefiriendo adoptar sin reticencias ni mayores escrutinios los modelos, en boga inevitable, de otros orígenes políticos, no se adecuó a nuestras latitudes.

Nunca, pues, se consumó del todo ese delicado trasplante institucional. El pueblo al que estaba destinado como su natural recipiendario jamás se sintió conmovido por las libertades y soberanía que le adjudicaban esas cartas, ni creyó ver en ellas su imagen fiel. Las declaraciones de derechos elaboradas en otros alambiques forasteros evaporabanse en la niebla de su lenguaje abstruso sin impregnar las mentes de los hijos de la tierra; y de la denominación de los poderes constitucionales solo se retenía la jefatura ejecutiva transfigurada en gobierno unipersonal. El pueblo como hechura moral del consenso, y los pueblos como verdaderos agonistas de la nación a emerger del Virreinato, eran indiferentes y ajenos a esos artefactos de gobierno que no comprometían su entusiasmo ni menos aún, si cabe, su imaginación. Al fervor inicial que acompañó los primeros pasos y propuestas de la Independencia siguió una laxitud desconcertada. Los patriotas, esto es, los dirigentes criollos revolucionarios, las elites de las ciudades, que miraban la Independencia por el ojo de unicornio de la Revolución, y para los cuales esta era la razón de ser de aquella, se atiborraron de un ideario intransigente e iconoclástico respecto de los estilos de vida de la sociedad criolla y no solo perdieron el rumbo sino también el propio instinto de conservación: no fueron conservadores porque instalados en la cultura ambiental incorporada al paisaje (hecha de creencias y de modalidades psicológicas y de costumbres recibidas con el idioma de los padres) desestimaron ese patrimonio cuya riqueza ignorarían y pretendieron derogarlo como si eso fuera posible bajo el plan de la Revolución. De esta suerte, la Revolución iniciada como fórmula jurídico política que pregonaba la Independencia vino a bifurcarse y a distanciarse de esta última. Tal dicotomía empobreció sin duda el desarrollo de los acontecimientos y descompuso los elementos integrantes de una síntesis generando la confrontación dialéctica que derivó en la antítesis temible cuyas alternativas atosigan la historia argentina.

Lo que en Europa fue el curso paralelo y a veces confluyente de la democracia y del liberalismo tuvo aquí su réplica y su analogía con el proceso de la Independencia y de la Revolución. La Independencia se asimiló a la democracia en tanto vino a concitar el sentimiento favorable de los pueblos y el apoyo instintivo del pobrerío gaucho aquerenciado libremente en la campaña o que merodeaba por los desgajados arrabales de la ciudad. Y la Revolución, que arrastraría consigo al procerato criollo, a los hijos de familia que frecuentaban las aulas y se enfrascaban en las lecturas de los escritos de la Ilustración, se orientó según el pensamiento liberal del siglo. Así la Independencia y la Revolución, cuyos significados conceptuales son distintos, traducen también situaciones existenciales diferentes por sus resonancias y vivencias, por los estímulos y las adhesiones que comportan.

Esta dualidad que pudo haberse superado perfilóse ya durante las peripecias de la semana de Mayo. Por incomprensión de unos y de otros la pugnacidad que desató la lucha envolviendo en oleadas de pasión a los protagonistas hizo imposible el discernimiento necesario para distinguir medios y fines. Quienes “realizaban” la Independencia en la órbita de la Revolución no podían concebirla como un objetivo en sí mismo, ajeno a las ideas que lo habían fecundado. La versión revolucionaria de la Independencia adquiría contornos utópicos y se desavenía del plano de los hechos y creencias sociales que en la vida independiente desataba.

Pero mientras, por un lado, la idea de la Independencia, pensada como secuela de la Revolución, procuraba desmembrar la basta arquitectura del Estado iberoamericano, por el otro, el sentimiento de la Independencia, como fuero de la libertad, como signo de la gesta americana, forjada por la fusión de los hijos de la tierra y de la sangre, ganaba adeptos convocados por el instinto igualitario de los pueblos. La idea de la Independencia, vaciada en el molde de la Revolución, fue consigna representativa de los próceres. El sentimiento de la Independencia, esto es, el llamado en favor de la libertad huraña y primitiva fue la sustancia del carisma con que elevaron su estatua los caudillos. Para los próceres la Revolución como empresa del liberalismo abrazaba el objetivo de la organización constitucional según los moldes políticos y tradiciones culturales ajenos. Lo primero era la Revolución y después, como correlato, la Independencia. Para los caudillos, en cambio, la Revolución era dos veces la Independencia; era el mito de la Independencia fecundado por el sentido prístino de la libertad americana fundida en esas igualdades cósmicas sin traducción jurídica posible que despierta en el alma de la gente la solitaria inmensidad del paisaje. Entre una y otra vertiente se tendían y se alojaban las disparidades del movimientos sociopolítico iniciado en 1810 en procura de la soberanía.

Así, la Revolución como tendencia al cambio planteaba la necesidad de un proyecto político y de un diseño constitucional que lo describiese. El procerato criollo (que con pertinacia se dio a la tarea de iniciar ex nihilo la era del constitucionalismo), no tuvo éxito alguno en orden a la estabilidad de sus iniciativas. Durante el periodo de la Independencia los reglamentos sucedieron a los reglamentos y las constituciones a las constituciones sin que hicieran pie en los hechos ni sirvieran como elemento para la interpretación de la realidad. El orden jurídico “inventado” o, mejor, copiado de los constructores de la Nueva Inglaterra, con sus declaraciones de derecho repasadas en la literatura política francesa, carecían de fundamento en las cosas y se promulgaba con una especie de fervor utópico a sabiendas de que su sanción era solo un simbolismo cuyo contenido ideal vaticinaba las formas políticas del futuro sin intentar siquiera incidir sobre la actualidad.

Si se atiende a las corrientes ideológicas que se agitaban por entonces en la superficie de la concepción del poder, el prestigio del liberalismo era sencillamente avasallador. No había como eludirlo en el terreno de la técnica institucional, ni en cuanto repertorio de literatura política. Es más, todo el pensamiento vivo de esos comienzos del siglo XIX, todos los andariveles psicológicos que daban acceso a los sancta sanctorum de la moda intelectual, impregnando la atmosfera de aquella época, provenían de las vertientes liberales, sea de los corifeos de la Ilustración o sus precursores y desprendimientos en la filosofía moderna, anterior y posterior a la Revolución Francesa, sea del racionalismo y del empirismo anglosajones tras la estela de revolución puritana. Es evidente también que la Independencia, como acontecimiento, se promueve bajo el estímulo de la Revolución, dentro del área de los hechos revolucionarios, sin cuyo dinamismo no se hubiese acaso producido. Hay, pues, una dinámica de la Independencia ínsita en la idea de la libertad: según la cual la Revolución actúa en el papel de mentor político de aquélla y ostenta algo así como su tutoría intelectual. Puede afirmarse, pues, que el hecho de la Independencia aparece embebido en la dialéctica de la Revolución, y resulta potencialmente inseparable de la vigencia o capacidad de penetración de ésta.

En otras palabras, en el plano de las ideas generales que decidieron la orientación y dieron su impronta al siglo XIX nuestra Independencia no podía articularse con abstracción del organismo ideológico de la Revolución, ni mucho menos según lineamientos opuestos o contradictorios con sus creencias. La circunstancia de que la secesión americana respecto de España fuese una guerra civil entre criollos y españoles, lejos de invalidar la gravitación de la ideología revolucionaria más bien la confirma. Pues precisamente está en la índole de la guerra civil y, en este caso, del alzamiento contra las autoridades vinculares de España la existencia de un principio de rebelión cuyo caldo de cultivo no es otro que la fermentación de ideas revolucionarias, las cuales gravitaron en nuestra América mucho más que la disparidad de los intereses.

En esta ecuación compuesta por el liberalismo y la democracia el elemento ideológico propiamente dicho con sus notas abstractas y dogmáticas, propensas a una actitud minoritaria, se hallaba en el ingrediente liberal. El influjo de la democracia, en cambio, se ejercía en esa franja más abierta y asequible a las aspiraciones populares donde la reverberación de las ideas se confunde con otros reflejos que no son ya puramente intelectuales pues se enriquecen en el limo fecundo de los mitos. Mientras la ideología de la libertad, traducida por el liberalismo, depositábase como una seductora visión del mundo en las mentes de vanguardia y en la de los tiesos doctores que se persignaban con ellas, la idea igualitaria en alas del mito se amalgamaba con los sentimientos irreflexivos de raíz popular y con las poderosas intuiciones cuyo contagio psicológico constituyen la trama del consenso.

El liberalismo es la corriente que empapa la Revolución de Mayo, y según la cual las elites criollas (el patriciado convicto de burguesía) piensan la política e intentan organizar el estado; mas el mito igualitario, condensación de nuestra primitiva democracia, anida en el corazón de la América interior y echa raíces y se propaga en los estratos populares que no entienden de letras nuevas sino de cosas vernáculas. Los liberales, adelantados del siglo, autodidactas, musitaban las plegarias románticas, las lecciones del orden nuevo. Eran la cultura en cuanto entraña saberes especiosos, profesionales, distintos de la relación con la naturaleza de las cosas y de la comprensión del medio ambiente. Eran la “civilización”. Los otros, todos los otros, que sin saberlo ni advertirlo representaban el estado de una sociedad en sus expresiones de cultura prístina, eran la “barbarie”.

De esta suerte el partido de las luces, encarnado por antonomasia por los unitarios y después por sus herederos reformistas de la generación del 37, asume los proyectos de cambio en nombre de la Revolución de Mayo y lleva a cabo la Organización, al paso que el partido federal aglutina a las clientelas de los pueblos, congrega en torno al sentimiento de la Independencia a las mesnadas que se alistan bajo el protectorado de los caudillos. Los federales son la leva de los hijos de la tierra convocados por el sentimiento carismático que les inspira la jefatura de los hombres cuyas aptitudes de destreza, coraje y dominio, los exaltan al rango de arquetipos ejemplares en que todos se reconocen idealmente. El liberalismo que se encandila con el resplandor de la cultura europea representa a las minorías del procerato urbano, las cuales implantan, a su modo, nuestras variantes de despotismo ilustrado; su centro y sede es la ciudad de Buenos Aires.

Así, pues, aunque la Independencia ha nacido de la Revolución tiene, sin embargo, otro contenido y significado. Es, sin duda, un hecho revolucionario puesto que la separación de España implica un cambio definitivo en torno a las forma de Estado. Pero tal hecho revolucionario adquiere otra consistencia y desenvuelve otro asunto no contemplado por los trasplantes ideológicos. Mientras la Revolución se agota a sí misma sin fecundar el cambio político con un proyecto perdurable, compaginado con el país real, la Independencia, despojadas de formas orgánicas, y, por lo tanto, informe, avanza con la contagiosa adhesión de los pueblos, esto es, de las poblaciones lejanas y dispersas cuyo apoyo equivale a su sufragio; mientras la Revolución fracasa a causa de sus contradictorios desafíos culturales, la Independencia hace camino al encontrarse con los sentimientos que movilizan los imponderables de la voluntad colectiva; mientras la Revolución no acierta con su propia geografía política y no encuentra su estructura institucional ni la conexión con la realidad, la Independencia concibe un mito pujante cuya atracción genial suscita esos liderazgos oriundos de la gleba, esos sementales de inconfundible estirpe que son los caudillos. Y si la Revolución, exagerada en su ambiciosa utopía, en su exótica eutrapelia, condujo a un liberalismo dependiente de la brillantez de las potencias y de las culturas europeas que sobresalían en el siglo, la Independencia, al desarmarse la estructura de la patria grande, vino a degradar en esos anarquismos de campanario con que se desgarraron los mandones de las patrias chicas.


Tomado de: La Argentina por dentro. Ed Sudamericana. Bs. As. 1987. Cap II

viernes, 30 de diciembre de 2016

Desmitificando a los enemigos de San Martín (Ultima parte)

Por: Enrique Diaz Araujo

Bueno, en 1816 se reúne en Tucumán el Congreso  para la declaración de la independencia el 9 de Julio. Ese congreso se reúne a instancias de los dos generales: el del ejército del Norte, Manuel Belgrano, y el del ejército que se está formando en Mendoza, el de los Andes, José de San Martín. Y naturalmente los dos jefes son los que van a ir dando las indicaciones.

Se declara la independencia del rey de España, de Fernando VII, sucesores y metrópolis, y de toda otra dominación extranjera. Y se declara la independencia  -y esto es muy importante- de las Provincias Unidas de América del Sur. Ahí sí,  aparece el americanismo de San Martín: no es en las Provincias Unidas del Río de la Plata, como se llamaba el antiguo Virreinato del Río de la Plata, la futura Argentina (aunque también ya era llamada Argentina), sino la América del Sur. San Martín va a comandar la independencia de la América Meridional, y eso nos muestra que ya hay un plan allí, pero no es el plan Maitland, para nada. Es un plan que se va a ir esbozando con la experiencia: San Martín en el Sur, Bolívar en el centro, e Iturbide en el Norte: estos son los tres libertadores de América que van a coincidir en casi todo, estos tres héroes americanos. Y San Martín lo va a decir veinte veces: “Mi patria es América”.

Vino a Buenos Aires porque era su terruño, su patria pequeña, su patria chica, pero él podría haber ido a cualquier otra parte de América porque era americano, y lo que quería fundar, lo va a decir Bolívar que era el mejor de ellos como escritor, era la más grande nación del mundo: América; la América de Américo Vespucio. Que no es, como dicen ahora, la América de los norteamericanos; esos son “usanos”, no tienen nada que ver con nosotros, ni con Américo Vespucio, ni con nada; lo que pasa es que nosotros somos tributarios de cuanta estupidez anda dando vueltas por el mundo . Nosotros somos los americanos, no ellos, y San Martín era un americano en el sentido cabal,  de los hijos de Américo Vespucio.

También hace declarar algo que lo han ocultado con veinte toneladas de tierra, y es que santa Rosa de Lima sea la patrona de esta América. Eso lo va a reafirmar en Lima después, y va a hacerla proclamar ante santa Rosa; acá de santa Rosa, lo único que sabemos es que hay una tormenta, pero otra cosa no. San Martín sí sabía quién era santa Rosa, y con eso ya les estoy adelantando de que sí tuvo una política religiosa. No sé si iba a misa temprano, sí sé que el reglamento militar estableció el rezo del Rosario. No sé si él (ni me corresponde saberlo) lo hacía por razones de cálculo o porque realmente era un creyente. Sí sé que, por ejemplo, al reglamento del ejército de los Andes en el Plumerillo, le pone una cláusula donde dice que el que blasfeme del nombre de Dios o de su amada Madre, la primera vez se le aplicarán treinta azotes en público, y la segunda vez, se le atravesará la lengua con un fierro caliente, y la tercera, será ejecutado directamente. Esas eran las sanciones que preveía el reglamento militar para el Plumerillo. Y yo atribuyo a esto de atravesar la lengua con un fierro caliente (que no nos vendría nada de mal hoy), que los argentinos, que entre tantas miserias que tenemos, no seamos blasfemos, como los gallegos que son muy blasfemos, y los italianos que también son blasfemos: nosotros que somos herederos técnicamente de españoles e italianos no somos blasfemos, tal vez porque San Martín nos dijo: “Ojo que les atravieso la lengua con un fierro caliente”.

Cuando le pregunta Godoy Cruz qué sistema de gobierno había que adoptar en Tucumán le dice “Cualquiera”; no importaba mucho, pero “Cualquiera que no atente contra nuestra Santa Religión”, que eso es lo que importa. Porque nos van a ir diciendo “Bueno, ya se acuerdan que era masón allá en Londres,  acá también la logia Lautaro que la fundó allá en Buenos Aires, la refundó en Cuyo, la volvió a fundar en Chile”. Organismo masónico que defiende el santo nombre de la Virgen; Virgen a la que proclama generala del ejército de los Andes, le entrega el bastón de mando, a toda esta ceremonia famosa que hay que, por supuesto, recordarla.

Y entonces sí viene la campaña de Chile. Este plan tiene una proeza, que es la de cruzar la Cordillera con un ejército que se enfrentará a otro superior que estaba esperándolo allá. Entonces la astucia, no solamente el arrojo, el valor, al engañar al enemigo. Saben ustedes, los mendocinos, que hay varios pasos por la Cordillera, unos más altos, otros más bajos; frente a San Rafael, está uno que es muy bajo que se llama El Planchón, que como es tan bajo nunca lo usamos, en eso es lo único en que somos sanmartinianos los mendocinos, seguimos pasando por el lugar más alto, ¿por qué? Porque él tenía que engañar. Entonces viene y hace un parlamento con los indios (ahora se han escrito libros enteros sobre San Martín indigenófilo  por este parlamento que tuvo con los indios en San Carlos), donde él les dice que es como ellos y les pide que guarden un secreto: les pide permiso para pasar por estas tierras, para pasar por El Planchón. Dice el general Espejo, que entonces era un cadete, que San Martín le dijo esto: “Pérfidos, estos malditos van a salir inmediatamente a decirle a Marcó del Pont que yo voy a pasar por el Sur, por El Planchón”. Por El Planchón iba a mandar no más que un grupito, unos treinta. Él pasó por el lugar más alto de la cordillera de los Andes, por el paso de Los Patos, donde no ha vuelto a pasar nadie, porque los que andan haciendo estos homenajes más o menos (no sé cómo llamarlos), no  pasan por Los  Patos, porque es una locura, es de una altura de 5.500 m., donde uno se apuna, donde no hay leña, no hay agua, de un frío terrible, Diez mil mulas llevaban, llegaron cuatro mil, las otras al precipicio. Eso es una proeza extraordinaria, de valor, porque él comandó el grueso del ejército por el paso de Los Patos. La artillería fue por el Aconcagua, (Uspallata), pero mandó por diversos pasos que desembocaban en Coquimbo, en Copiapó, por Tunuyán, todo para desorientar al enemigo. De modo que cuando él bajó no estaban las tropas realistas esperándolo, y él pudo reorganizarse, avanzar junto con Las Heras, que también salió con la artillería y atacar en Chacabuco, pero necesitaba eso de poder bajar la cordillera tranquilo, y lo consiguió gracias a su astucia.

Venció en Chacabuco, y le costó mucho vencer en el Sur las resistencias realistas. Allí murió un pariente mío, un chico de trece años (entonces no habían chicos en la guerra), porque de cualquier edad que fueran les decía: “Usted entra a los trece al ejército”, “Todo bicho que camina va al cuartel”, y en Mendoza a todos les pareció bien. Porque cuando hay un héroe mandando, los gobernados siguen y de buena voluntad.

¿De dónde sacó el dinero? Pues expropió todo, confiscó todo, desde las joyas de las damas hasta las mulas, los caballos; todo, todo lo sacó de la gente de acá que no era rica, y todos contentos con eso, porque él les mostraba un fin bueno que era construir una Patria, o construir una nación sobre la Patria dada.

Venció en Chile, sobre todo en la batalla de Maipú, que es la más grande batalla que se libró en América, y que éstos malditos de hoy dicen que la libró borracho. Se han olvidado que había por lo menos tres testigos ahí, dos ingleses y un norteamericano que estaban al lado de él y dijeron que estaba, por supuesto, perfectamente lúcido dirigiendo la batalla. ¿Cómo se va a ganar una gran batalla como esa, ganarla, no librarla si uno está borracho? Todo eso, porque cuando estaba enfermo en Cauquenes le mandó a pedir a su amigo Guido que le mandara un cajón de vino mendocino, entonces así  “era un borrachín”. Tomaba alguna copita de vez en cuando, pero en general con su úlcera no podía, tenía que tomar agua de San Carlos de Apoquindo. Pero, ¿para qué? Dicen esa ignominia  de que era borracho, como dicen que era opiómano, porque en Mendoza su médico,  Zapata le había recetado una poción que tenía láudano  para los dolores terribles que le daban sus úlceras tan grandes, y poder así seguir. Sus amigos más íntimos, Pueyrredón y Guido,  le decían que no tomara tanto de eso, pero era imposible andar a caballo vomitando sangre.

Independiza Chile y entonces viene el plan de ir al Perú, y aparecen ahí de nuevo nuestros amigos anglófilos que se admiran nuevamente de cómo se cumple el plan inglés. Y aún más, afirman que quería ir a Lima para abrir el comercio de Lima a las empresas inglesas, porque todo de lo que se trata era de la mercadería inglesa, pues los sinvergüenzas que hoy nos gobiernan sólo ven esas cosas materiales y no creen en la independencia del país. Lamentablemente para ellos San Martín hace lo contrario en Lima: cierra las puertas del comercio al inglés, y les hace perder, dicen hoy los historiadores económicos, un millón de libras esterlinas a los ingleses con este cierre; perfectamente anti-británico el general.

Y antes de eso ha hecho una maniobra increíble, propia de su astucia, de su elevadísima inteligencia. Tiene que armar una escuadra para ir de Chile al Perú, ¿cómo lo va a hacer si no hay un buque, si no hay un peso? Le escribe a Pueyrredón que le organice un préstamo de quinientos mil pesos fuertes (plata), pero Pueyrredón le contesta que no tiene de donde sacarlo, a lo que San Martín retruca: “Sáqueselo al comercio inglés”. Le contesta Pueyrredón que sólo han puesto tres mil setecientos pesos de los quinientos mil. San Martín tenía espías, entre los comerciantes ingleses, un tal Twain, que le informaba que éstos tenían para poner más. Entonces San Martín le tira la renuncia a Pueyrredón, “¡Renuncio!, debe conseguir el dinero o yo renuncio”. Entonces al final le saca no los quinientos mil, sino a lo menos doscientos cincuenta mil pesos fuertes al comercio inglés de Buenos Aires, que era muy grande. Con eso paga él la compra que hace de buques en Inglaterra y los Estados Unidos; manda un comisionado para que compre dos buques en cada lado. Y con esos buques y los marinos que vienen y compran, apresan a los buques españoles de Lima, y pueden tranquilamente después salir desde Valparaíso, en el año ´20, a Lima, o a Perú al menos, a intentar dar presa al libertador. ¡Qué maniobra de una gran astucia! Les ha hecho pagar a los comerciantes ingleses los buques para cerrar el comercio inglés en Lima. Los ingleses, realmente, por algo no le han hecho nunca una estatua en Inglaterra, a pesar de lo que digan los calumniadores de aquí. Los ingleses sabes muy bien que no trabajó para ellos.

Llega a Lima sobre todo por el apoyo de las órdenes regulares, porque en España, todos estos desde Mitre en adelante, dicen que se apoyaba en el constitucionalismo liberal de España, en los liberales españoles. Lo primero que hace es derogar la constitución de 1812 en Perú; pero además, aprovecha que ha habido triduo neoliberal de 1821 a 1823, donde gobiernan los liberales en España, que están persiguiendo a la Iglesia para que los religiosos que están en América -y muchos de ellos son de origen español- se vuelvan contra el régimen central y monárquico de España. Entonces son ellos los principales que abren las puertas de Lima, lo que hoy está demostrado: los mercedarios, los dominicos, o los franciscanos, es decir los que estaban en Lima, son los que sublevaron la población y permitieron la entrada. Es decir, todo lo contrario a lo que se ha dicho, nada liberal. Es más, le escribe el arzobispo de Lima, monseñor Las Heras, y le dice que sus principios son contrarios a la revolución francesa. ¡Lindo masón!

Pero además este masonazo que presentan hoy, dicta al entrar en Lima un reglamento provisorio con el que se va a gobernar el Perú independiente. Con el artículo primero dice que la religión Católica Apostólica Romana es la religión única y exclusiva del Perú. Él ya había hecho dictar algo similar en Chile. Pero ahora le agrega una cosita, al final del artículo primero y fin, que es bastante interesante: que para ser funcionario en el Perú hay que profesar la religión católica. Nunca, ni en América ni en Europa se ha hecho un artículo constitucional semejante: el que no es católico no puede ser empleado público, ¿qué tipo de masón era éste? Y no les preguntó a los peruanos si lo querían o no, se los impuso y listo. También dice que aquel que trafique con los extranjeros y con los ingleses pierde la ciudadanía. Establece que la ciudadanía del Perú es una ciudadanía americana: en Perú son peruanos todos los americanos. Este artículo del estatuto provisorio es una maravilla, deberíamos copiarlo y establecerlo en la Argentina ahora, pero claro, “sería un poco preconciliar”.

Pero estaba peleando con cuatro mil soldados que en el campamento de guarda, donde él estaba, se le enfermaron de  fiebres tercianas, es decir la fiebre amarilla: la mitad quedó de baja entre muertos y desvalidos, ¿qué es lo que podía hacer? Liberó a los esclavos, ya lo había hecho en Mendoza, a quienes pasó todos al regimiento 11 de infantería. Decía que los criollos eran muy buenos a caballo, pero malos como infantes, pero no los negros. A ellos los puso a todos de infantes, quienes murieron en Chacabuco, en su mayoría. En Mendoza no hay negros debido a que San Martín los enroló, y en el Perú lo mismo, liberó a todos los negros de las estancias de los fundos peruanos, los pasó al ejército, pero éstos no eran buenos soldados, cuatro mil de los cuales apenas dos mil serían combatientes, y enfrente el virrey Pezuela primero y después el virrey La Serna, tenían veintiocho mil veteranos.

Y aquí es donde vienen todos los sinvergüenzas y dicen ¿por qué no atacó, por qué no libró una batalla grande? Que estas pequeñas batallas, que los juegos que hizo Arenales por la sierra, desembarco aquí, desembarco allá, juego de ajedrez, pero ¿por qué no libró una gran batalla como Maipú, con sus dos mil vehementes soldados, contra los veintiocho mil de los españoles? Hay que ser idiota, como son estos criticastros para proponer semejante cosa. Su explicación es que estaba dedicado al opio.

Hay un libro de un muchacho  de la F.U.A. (Federación Universitaria Argentina) que ha escrito “Los amores secretos de San Martín”.  Los secretos ¡nada!, porque se basa en una mentira de Ricardo Palma, de que él tuvo amoríos con Rosita Campusano, son cuatro líneas en el libro de los recuerdos de Palma, Tradiciones peruanas. Después Palma dijo que eran todas mentiras, pero de eso ya nadie quiere acordarse, y entonces éste con esas cuatro líneas hace un libro entero, diciendo que San Martín estaría ahí en Lima, nada más que dedicado a vivir con la Rosita, y a fumar, dice él, cigarros de opio. Quizás el muchachón éste le dé a los porros de marihuana, y entonces cree que San Martín podía hacerlo con el opio, pero con el opio no se puede, porque quema los labios; se fuma en una pipa larga, lejos de los labios. No estaba dedicado al opio, ni a Rosita Campusano: estaba simplemente maniobrando frente a un enemigo inmensamente superior, y maniobrando bien, pero los enemigos esos sí contaban con fuerzas secretas muy superiores a las de él, no solamente en número de tropas.

Se crearon tres logias masónicas contra él, y ahí viene el argumento final contra la masonería: no sólo había que ser católico para ser empleado, sino que la masonería en el Perú luchó contra él a través de tres grandes logias:

La Logia provincial de Buenos Aires, que dirigía Bernardino Rivadavia, “el peor hombre de América”, va a decir San Martín; Mitre va a decir “el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”, por eso que el menos indicado para hacer la historia de San Martín era Mitre, porque admiraba al hombre más enemigo de San Martín que fue Rivadavia. Esta logia que estaba en Buenos Aires infiltró al ejército de San Martín, y consiguió que, por ejemplo, uno de sus jefes, el general Las Heras, se adhiriera a ellos.

En frente estaba la Logia Republicana, de los republicanos peruanos, democráticos, liberales y demás. Como sabían que San Martín no era nada de eso, fueron sus enemigos. Estaban dirigidos por Sánchez Carrión; ellos hicieron asesinar a Monteagudo que era el ministro de gobierno de San Martín.

Y sobre todo estaba la Logia central de la Paz Americana que organizaba a los masones del ejército realista, mandado por el general Gerónimo Valdés. De esto tenemos un testimonio extraordinario que es el del coronel Tomás Iriarte, que perteneció a esta logia, que había venido de España con ellos, y esa sí se había formado en Cádiz por militares españoles, no americanos, sino nacidos en la península, que se pusieron al servicio de Inglaterra. En España se los llamó, después, los Ayacuchos, porque ellos son los que perdieron la batalla de Ayacucho, y por la cual se terminó la guerra de América. Pero eran liberales y pro ingleses; ellos querían que hubiera una guerra permanente en América. Se llamaba “de la paz” pero en sentido opuesto, porque ellos lo que querían era la guerra.

San Martín no quería la guerra con España, y ahí voy derecho contra la tesis de Mitre: no es un anti hispánico como nos lo presentó Mitre, y siguen diciendo todos los liberales y todos los enemigos, sino que buscó la paz con España, pero quería la independencia de América y entonces en Miraflores, primero, con el virrey Pezuela, y en Punchauca después con el virrey La Serna trata de establecer la paz mediante el reconocimiento de la independencia de América, y que venga un príncipe de la monarquía española como rey. El se declara monárquico. Entonces Mitre dice: “ahí quedó sin salida, porque rompió con el democratismo de él”, es decir el de Mitre.

En realidad, el estúpido de Fernando VII, por segunda vez (la primera es cuando habían acordaron en el año ´16  rendirle pleito, homenaje, reconocerlo como rey, y éste se negó a recibir al legado)  se negó a aceptar estas paces en el Perú, como se negó a aceptar las paces en el tratado de Córdoba, de Iturbide con O’Donoj, que ponían fin a la guerra a cambio de la independencia, y con un monarca que podía ser su hermano menor, Francisco de Paula, o algún otro de la casa real española.

Ese es precisamente el punto de debate que tuvo San Martín con Bolívar en Guayaquil. Uno de los dos puntos: el primero era que San Martín se negaba a comandar sus tropas (sólo tenía 4.000 hombres, 8.000 colombianos a lo sumo) por estar en evidente minoría y proponía que Bolívar las comandase junto con las suyas. Bolívar no quería eso, o no pudo entregar todo su ejército, o comandarlo todo hasta pasados dos años, y entonces San Martín se retiró. Pero también consta además, porque no es tan secreto lo de Guayaquil, que él pidió que el sistema de gobierno de América fuera el monárquico, y Bolívar quería gobernar él; quería gobernar bajo su sistema autocrático, sistema dictatorial.

Se va de Perú por eso, y pasa por Chile, llega a Mendoza y acá está un tiempo. Ahí vienen de nuevo los infundios, las injurias, la calumnia. Dice Mitre, que se queda acá muy tranquilamente en Los Barriales, en el departamento que hoy se denomina  San Martín, mientras que su mujer está muriéndose en Buenos Aires, y no va a verla, porque era un desamorado, porque le había sido infiel con la Rosita, porque ella también le había sido infiel con dos oficiales del ejército; era un muy mal matrimonio… ¡Todo mentira! Lo de Rosita el propio Palma admitió que era mentira; lo de ella, también. La señorita Grosso ha demostrado que esos oficiales cuando llegaron a Mendoza hacía ya unos meses que Remedios  había retornado a Buenos Aires. Pero todas esas infamias se siguen lanzando, a ver si así se embadurna la estatua. Pero ¿por qué no fue a verla, por cierto, no fue a tiempo allá a Buenos Aires?  Porque no podía, no porque no quería, porque no podía, porque le avisa Estanislao López, caudillo de Santa Fe, que si va a Buenos Aires lo van a juzgar y lo van a sentenciar a muerte. Y él le va a decir a Guido: “Acuérdese que en ese año, si yo iba a Buenos Aires, me iban a prender como a un facineroso, por eso no pude ir a darle el último adiós a mi esposa”. No pudo, no es que no quiso.

Y ¿por qué esa inquina de los unitarios con él? Los unitarios  (así se llamaban los del partido de Rivadavia) creían que lo que estaba armando aquí San Martín era nuevamente una fuerza militar para pelear contra ellos. San Martín los tenía sin cuidado a éstos: él había mandado a pedir un apoyo para crear un nuevo ejército del Norte, que fuera como una pinza allá en Perú. Mientras él mandaba a Alvarado,  desde Bolivia se iba a tratar de acercar al ejército realista. Para eso mandó a un coronel peruano, Gutiérrez de la Fuente, a quién Rivadavia  despachó. Entonces cuando él vuelve a Mendoza, con el gobernador militar de San Juan, Urdinenea, arman una pequeña unidad con quinientos hombres que vayan al Norte a hacer, por lo menos, acto de presencia para disuadir al ejército realista. Como está armando eso (no está tampoco plantando melones o zapallos acá en la chacra) le dice en cartas a Guido y a Rosas: “Me interferían la correspondencia, me abrían las cartas”.  Entonces creen que está armando un ejército contra ellos, por eso querían prenderlo como un facineroso. Al final, ¿qué es lo que hace? Planea  él también una táctica para poder ir a Buenos Aires. Redactó una carta, que sabía que también se la iban a abrir, donde decía que el gobierno de Rivadavia era lo mejor que había tenido la Argentina, y entonces pararon el ataque, lo recibieron en Buenos Aires y le dieron el pasaporte porque no lo querían en su tierra: lo querían echar. Hablan de ostracismo, palabra que inventó Mitre, pero no hay ostracismo: es exilio, es destierro, lo mandan afuera, y él aprovecha para colaborar con Bolívar. En Londres se encuentra con Iturbide, ambos echados de sus países, los dos libertadores.

Y ¿qué es lo que hacen? Contratan dos buques para Bolívar. Ahí se ve que hay un plan americano real, que no hay esas peleas que han inventado de San Martín con Bolívar (el hijo de Iturbide pasó a ser edecán de Bolívar). Hay un acuerdo entre ellos. Iturbide regresa a México, aunque San Martín le había dicho que no lo hiciera,  porque estaba en riesgo su vida. Efectivamente: lo fusilan. Aún en México todavía no se lo reconoce como su libertador, a Iturbide, porque han gobernado y siguen gobernando  en México los socialistas, en el nido de todos los cristianos. Iturbide era el más cristiano de los tres; los tres buscaron declarar a la Virgen como patrona de América, pero Iturbide más, porque iba con la Virgen de Guadalupe, la tri-garantía, ya que una de las tres bases de México era la religión católica; por eso lo fusilaron y por eso lo niegan hasta el día de hoy.

Ahí viene este exilio donde él pasa años. Primero quiere volver porque ha caído Rivadavia por la  guerra con Brasil, y Dorrego lo invita a venir. Cuando vuelve, viaja de incógnito. En el año ´28 se entera en Río de Janeiro que había una revolución decembrista encabezada por Juan Lavalle. Cuando el buque toca puerto en Montevideo se entera que lo han fusilado a Dorrego; entonces el buque después va al Pontón de Recalada en Buenos Aires y él no desembarca. ¿Por qué él no desembarca? Porque él no había venido para apoyar a los gobiernos militares, sino que llamado por Dorrego iba a encabezar la guerra contra Brasil. Es el último servicio que él le presta a América; cuando se vuelve le dice ¡Adiós! a América.

Queda la Argentina, a la que seguirá prestando este servicio, pero el proyecto americano desapareció. Al mismo tiempo Bolívar le dice al presidente del Perú, “Gobierne como peruano, porque América ya no existe más”. Y efectivamente San Martín va a defender a la Argentina, a la Confederación  Argentina, cuando los ataques, francés de 1838 y anglo-francés de 1845, apoyando al encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, Juan Manuel de Rosas –otro punto inaceptable para los enemigos-. No lo pueden admitir, porque Rosas es el conjunto de las cosas que ellos más odian: es el gobernante fuerte, vigoroso, católico, es el restaurador de las tradiciones argentinas. A éste San Martín, por la cláusula cuarta de su testamento, le dona el sable, es decir, lo proclama su heredero universal, y ese es el odio que muestran ellos (Sarmiento, Alberdi, Varela). Todos los que lo entrevistan y discuten con San Martín esto, dicen que estaba viejo, senil. ¡Estaba nada menos que en el centro de la contienda, en París! Tan viejo como Sarmiento cuando asumió la presidencia, es decir, estaba perfectamente en su lucidez y la mantuvo hasta el final de sus días.

Y ahí  como se había definido monárquico en el Perú,  antes de volverse desde Montevideo, le manda a decir a Lavalle que mientras   no haya aquí una dinastía que gobierne, esto no va a tener solución. En 1846 le escribe a un militar chileno, el general Pinto: “Ustedes han establecido un gobierno republicano en el que yo no creí; no creí que se pudiera ser republicano hablando con la lengua española. Pero su gobierno, el régimen de Portales, ha demostrado que puede establecer una república vigorosa”. Es el único caso en América, y efectivamente Chile, de 1830 a 1890, no tuvo revoluciones gracias a este sistema que San Martín elogió, como elogió el de Rosas. Todo eso no lo pueden tragar los liberales, porque es lo contrario de lo que ellos piensan de cómo debe gobernarse.

Para mejor, en 1848, se produce la revolución socialista en París.  San Martín se va con su familia a Boulogne-sur-Mer, para poder llegar al ocaso de su vida. Y allí transcurren sus últimos años, hasta que finalmente muere en 1850. Pero antes le escribe al mariscal Ramón Castilla del Perú, describiendo lo que ha pasado en Francia, diciendo que son estos malvados de los socialistas, anarquistas y comunistas, los culpables de todo lo que está pasando en Europa. Esas cartas al mariscal Castilla están prohibidas hoy en la Argentina, porque los que no quieren difundirlas son, con sus más o sus menos, todos pro comunistas, y ahí San Martín condena todos esas formas de gobierno.

El 17 de agosto de 1850 muere, de sus antiguas afecciones, porque se le habían complicado con un reuma; tenía muchas enfermedades, que  había sobrellevado con esa paciencia estoica que tenía. Y muere, y entonces hay dos actos que ya escapan al plano natural que yo les he tratado hasta aquí. Un argentino que lo visitaba a diario, Félix Frías, llega después, a poco de morir San Martín, y habla ahí con su hija Mercedes y con su yerno Mariano Balcarce. Al pasar donde lo están velando las monjas, mira el reloj de la pared que está en la habitación de San Martín, y lo ve  parado a las tres de la tarde, le saca el reloj al general (de bolsillo), y también se ha detenido a las tres de la tarde, le pregunta a la hija: “¿A qué hora murió?”. “A las tres de la tarde”. Esto, racionalmente no tiene explicación, y  lo que les voy a decir ahora menos. Le dijo a la hija antes de morir: “Esta es la tormenta que nos lleva al puerto antes de morir”. Es decir, él se había visto como un buque que iba hacia un puerto, y ese buque y el puerto, es lo que está en el estandarte de Pizarro. Es un lábaro pequeño, cuadradito, que había hecho bordar Carlos V, por su madre Juana la Loca, para entregarlo a Francisco Pizarro como símbolo de la autoridad de Pizarro en América del Sur, y se había perdido. Cuando San Martín sale de Cádiz, y se presenta al Concejo de Regencia le dice: “Voy a ir a Lima para encontrar mis intereses perdidos o abandonados”. Hoy los historiadores dicen: “¿no ve que era un mentiroso profesional? No fue a Lima, ni en Lima tenía nada perdido ni abandonado”. Cuando él fue a Lima por vía de aproximación indirecta, lo primero que hizo fue nombrar una comisión para que buscara el estandarte de Pizarro que estaba perdido o abandonado. Lo encontraron, se lo hizo donar, y cuando se retira del Perú, en su proclama de despedida a los peruanos les dice: “Diez años de lucha están de sobra pagados con el estandarte de Pizarro.” ¿Está loco este hombre?, ¿cómo todos sus esfuerzos, todo por ese pedacito de tela? Él lo explica: cuando vuelve del Perú, en Valparaíso, va a la tertulia de Mary Graham, que era la amante de lord Cochrane, y ella, enemiga  suya, cuenta –como repetía las mentiras de Cochrane, de que San Martín se había envilecido– que le dijo: “Usted se trajo muchas cosas del Perú, ¿no?”, “Lo único que me traje del Perú –lo dice Mary Graham- fue el estandarte de Pizarro”, sigue la dueña de casa, “ Y entonces se puso de pie, cuan alto era para aclarar, que ese estandarte es el símbolo de la autoridad moral en América, y se sentó”.

Antes de morir le dijo a Mariano Balcarce, su yerno, que él no quería ser enterrado con la bandera argentina, ni la peruana, ni la chilena, ni la de Ecuador, que quería ser enterrado con el estandarte de Pizarro al que  había tenido toda la vida en su pieza. Así es enterrado, y después ordenó a sus parientes que se lo devolvieran al gobierno del Perú. Ellos lo hicieron, mandaron el estandarte al Perú, llegó y está otra vez perdido o abandonado. Nadie sabe más dónde está, porque con San Martín se terminó la autoridad moral en América.


Este es el héroe del que les he hablado. Nada más.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Desmitificando a los enemigos de San Martín* (Primera parte)

Por Enrique Díaz Araujo

San Martín fue un político, militar, del siglo XIX, 1778-1850; nacido en Yapeyú, Corrientes ahora, antes Misiones Occidentales, fue de niño a España; en España fue militar hasta llegar a ser un jefe en el ejército español, y luchar contra Napoleón, donde ganó sus mayores condecoraciones, llegando a ostentar el grado de teniente coronel.

Pero, ¿por qué lo festejamos nosotros? Porque vino a  su tierra natal para realizar la campaña libertadora de América, ¿a liberarnos de quién?  De la Corona de Castilla, que estaba a cargo de José Bonaparte, puesto por Napoleón.

Gobernaba en su lugar el Consejo de Regencia. Pero, ¿quién lo había hecho nombrar? Nadie. La Junta Central (ubicada en Sevilla) lo hizo, pero no tenía poderes para eso. Entonces ¿qué hizo América? Empezó a formar juntas de gobierno autónomas en Buenos Aires, Santiago de Chile, Bogotá, para hacer enterar que gobierna la Península en nombre del rey un Consejo de Regencia al que no acatan; incluso Lima y México que no tenían motivos, lo desconocen. Éste, a su vez, ha convocado una asamblea en Cádiz, las cortes de Cádiz que han sancionado la constitución de 1812.

Entonces tenemos este primer cuadro: en 1812 está gobernando en Cádiz (ya en el resto de  España están entrando las tropas napoleónicas) el Consejo de Regencia y las Cortes, que han sancionado una constitución liberal, llamada doceañista. Este es el cuadro. Pero, ¿qué tiene que ver San Martín con esto? Y simplemente, que es un militar que está en el ejército español, defendiendo el último espacio que queda en la península que es el istmo de Cádiz; no está de turista; es un teniente coronel del regimiento de infantería. Y ¿por qué deja eso y viene a procurar la libertad con la campaña libertadora de América?

Un tema central en la vida de San Martín es este: “¿Por qué se va de Cádiz?”. Hoy hay varios libros que dicen que se retira porque fue un desertor. Estaba defendiendo el último espacio, y éste “se las toma”, los abandona. Ustedes saben que San Martín ha tenido un gran historiador. Todavía hoy, todas las explicaciones e interpretaciones se basan en la obra de Bartolomé Mitre.

Mitre  afirma que salió subrepticiamente de Cádiz, es decir, escondido, entre gallos y medianoche. No es cierto. Presentó ante el Consejo de Regencia su retiro del ejército español, y se lo concedieron, incluso con uso del grado y del uniforme, de manera que salió perfectamente a mediodía desde Cádiz. No fue un desertor, no fue un perjuro como dicen hoy varios libros. San Martín pudo llevar la guerra contra el gobierno español, porque antes había renunciado a ser funcionario de ese gobierno y ese gobierno había aceptado su renuncia. Pero esto ¿fue una situación individual de San Martín? Si ustedes miran hoy los libros (y hay muchos), se pueden encontrar con que siempre hablan de San Martín en forma aislada, como si todo esto fuera cosa de él: no,  partió con nada menos que treinta y siete oficiales americanos como él, que habían nacido en América y habían decidido salir del mismo modo que él. Todos, o más bien, casi todos pidiendo permiso. Otros no, pero todos salieron.

Porque  en 1811 (septiembre), cuando salieron todos ellos, el Consejo de Regencia movió a guerra a diversas partes de América que no lo reconocían. Así que ellos están en una situación especial: son americanos, son parte del ejército español, pero el ejército español estaba haciendo la guerra a los americanos, motivo más que obvio y suficiente para que ellos no siguieran en el ejército español.

Sin embargo, a partir de lo de Mitre se construyó, en estos últimos años (30 años) que  San Martín habría salido de Cádiz, porque se ha hecho miembro de un club, de una logia secreta que se llamaría Logia Lautaro. Eso dicen ahora: que se hizo miembro de la Logia Lautaro, y agregan inmediatamente que era masónica. Ahora bien, ¿Qué es la masonería? Una sociedad secreta, iniciática, es decir, que tiene un rito de iniciación, donde se tiende a establecer un tipo de juramento que obliga a adherir a la doctrina (la masónica), que es permanente, y cuyos fines son de tipo más bien cultural y políticos; es decir, básicamente iban contra la monarquía en su tiempo, y aún hoy contra la Iglesia Católica. Por eso la Iglesia Católica la tenía condenada, perfectamente condenada por diversas bulas y encíclicas.

Pero resulta que la Lautaro no era masónica, no era iniciática; sí exigía un juramento: guardar secreto, pero nada más; por eso dije muy bien, sociedad secreta, lo que no significa por modo alguno que fuera masónica. Sin embargo van a ver ustedes un debate inmenso: unos que dicen que es masónica y otros que dicen que no. Yo les podría recomendar, si están en tema de investigación, tres artículos, dos ingleses y uno norteamericano, hechos por masones en revistas masónicas que afirman que ni la logia, ni San Martín eran masones.

Pero lo más importante es que uno de los integrantes de la logia, un dominico llamado fray Servando Teresa de Mier, que andaba por Europa, llega a Cádiz y ve que la situación no está muy linda para los americanos (él era mexicano), entonces se encuentra con otro religioso, el padre Ramón Eduardo de Anchoris, y le dice:

– Mirá  estoy en esta situación apurada, ¿qué es lo que hago?

– Y bueno, veníte con nosotros que tenemos una organización de autodefensa que es la que se llama Logia de los caballeros racionales, o Logia Lautaro.

–  Sí, bueno, pero  sabés que el Papa tiene prohibido estar en este tipo de organizaciones masónicas.

– ¡No, pero si no es masónica!– le dice Anchoris –porque si así fuera  yo tampoco estaría.

–Bueno, voy a entrar y vamos a ver si es cierto lo que decís.

Se asocia y cuando le toca hablar durante una de las reuniones semanales, el dominico Mier habla contra la masonería, y el único que protesta por lo bajo es Carlos María de Alvear. Éste era americano, también correntino como San Martín, un hombre rico que prestaba su casa para la reunión. Todos los demás están de acuerdo con lo que dice Mier, y esto él pone en sus memorias dos veces. Es el único testimonio desde adentro, por la cual sabemos que la Logia Lautaro no es masónica, porque Mier lo dijo allí, y los otros no dijeron nada, estuvieron de acuerdo tácitamente. Y él lo dijo porque en México (cuando él escribe años después) decían ya que la logia Lautaro era masónica.

-¡NO, no, si yo nunca estuve en una logia masónica!,  porque era medio liberal el cura este, pero no tanto para violar las resoluciones del papa.  ¡Cómo me voy a hacer de una logia masónica siendo sacerdote!

Entonces tenemos que la Logia esa,  que dicen que es la que los impulsa, no es masónica, no es la masonería por la que lo mandaron a América. La Logia le servía para defenderse, porque eran atacados por ser americanos estos oficiales (casi todos, aunque había algunos que no lo eran).

Entonces, para defenderse en un primer momento se asociaron. Pero no era la única Logia que había en Cádiz: había 17 organizaciones secretas, masónicas, antimasónicas, no masónicas, había de todos los gustos, y estaba ésta, la de los americanos o sociedad secreta llamada Lautaro.

Bien, pero siguiendo a Mitre, San Martín salió porque un oficial inglés Lord Macduff  (conde de Fife)  le arregló la salida con otro funcionario  que se llamaba Sir Charles Stuart. Son los ingleses los que lo hacen salir de Cádiz; entonces los que siguen a Mitre inmediatamente dicen que era un hombre al servicio de los ingleses. ¿Qué se puede responder a esto? El ejército del Sur de España era anglo-español, porque los ingleses habían ido en auxilio de los españoles del Sur que resistían a Napoleón, estaban luchando, y lucharon hasta el final en España. Los dirigía el duque de Wellesley, futuro Lord Wellington que era el jefe superior de San Martín. Macduff era otro oficial como San Martin, otro teniente coronel (inglés). Ambos eran compañeros, colegas en el ejército; nada de extraño tenía, por tanto, que San Martín le pidiera a Macduff que le registrara la salida. ¿Por qué le tenía que registrar la salida un inglés? Porque Cádiz es un istmo; las tropas francesas estaban a las puertas (sitio del Mariscal Victor); por los costados estaba la escuadra inglesa del almirante J. F. Cunningham, y no había forma de salir pacíficamente; no había ningún buque ni botes, ni modo de salir que no fuera con los franceses o con los ingleses. Él estaba en el sector aliado a los ingleses, es decir, que tenía que salir en un buque de guerra inglés, y eso es lo que le pidió a Macduff.

Y en un bergantín de guerra partió a Lisboa. En Lisboa, que también estaba bajo el mando luso-inglés, Charles Stuart le sella el pasaporte, no hace otra cosa, y ahí sí, ya toma un buque americano desde Lisboa a Londres. Nada de esto tiene de extraño, porque es lo que hicieron todos los que salieron, todos los americanos; no tenían otro modo, así que es estúpido decir que salió porque los ingleses lo llevaron. No se podía venir directamente; la única vía, por supuesto que era vía acuática, era salir desde Londres, pero él estaba en Cádiz, por tanto, tenía que llegar a Londres primero. Es el camino lógico y natural de quien quisiera venir a América, estando en Cádiz, entonces.

Todo lo que hizo no tiene nada de extraño o de oculto, ni de masónico o de servicio a los ingleses. Pero también dicen que cuando llegó a Londres, a Grafton Street 37, a la casa de Miranda, tuvo lugar la Gran Reunión Americana, siendo allí donde se asocia a la masonería inglesa y recibe instrucciones de los ingleses. Es decir, viene directamente como un agente militar inglés.

Pues bien, Grafton Street  37 no era la casa de Francisco de Miranda (un venezolano que había vivido allí y hacía un año que se había ido), era la casa de los diputados de Venezuela, que estaban tramitando que Inglaterra reconociera estas juntas autónomas de América, cosa que nunca hizo Inglaterra, y enseguida veremos por qué.

Nunca hubo una Gran Reunión Americana. Este es un punto central, es una mentira galopante que digan que la Lautaro era una logia masónica, que pertenecía a otra logia masónica más grande que se llamaba la Gran Reunión Americana, fundada por Miranda. Ni siquiera está demostrado que Miranda fuera masón: era un gran sinvergüenza que estaba al servicio de Inglaterra (cobraba de la corona inglesa por pasar informes, noticias, planes y demás) sí, pero nada más. Lo que sí es seguro, es que no existió esta Gran Reunión, de modo que San Martín nunca se pudo encontrar con una entidad  que no existía.

¿Se va viendo cómo es la avanzada ahora, en la historia argentina? Hay que ir debatiendo punto por punto, si uno quiere saber la verdad de lo que ha pasado en este país. Y, en definitiva, si uno quiere saber si San Martín es un prócer, un héroe, un arquetipo al que debemos seguir, o si es un simple traidor al que debemos detestar. Esto es lo que hay que averiguar, eso y nada menos.

Hoy nos dicen que hay que humanizarlo a San Martín, hay que sacarle el bronce a la estatua, porque está ya tan frío; hacerlo más humano, con todos los vicios nuestros; hoy entonces metámosle todos nuestros vicios así lo entendemos mejor, y de paso, decir que era un cobarde como solemos ser nosotros. Esto tiene un origen cierto: tiene que ver con 14 de junio de 1982 cuando nos rendimos en Malvinas. La Argentina es un país derrotado. A raíz de nuestra derrota nos la están cobrando como se cobran los vencedores las derrotas, y  entonces no sólo nos vencieron ahí, sino que los demás nos están convenciendo que somos unos idiotas, que no tenemos identidad nacional, que esto es una diversidad de culturas, que acá no hubo nunca un sentido espiritual, religioso, ni nada, que no tenemos ego. Entonces, ¿por qué todos estos ataques a San Martín? Porque San Martín es el héroe nacional por excelencia; pues entonces hay que demostrar que no es héroe, que era un traidor, que era un masón, que trabajaba para los ingleses, que era opiómano, que era borrachín, que andaba con mujeres de un lado para otro, y así mil doscientas cosas para que esta estatua, en lugar de ser una estatua de bronce que está en la plaza, termine siendo una estatua de lodo. Ese es el sentido de todo esto, de la derrota de 1982. Todos estos que han escrito trabajan por esa derrota, y hacen que nosotros creamos esas mentiras, esas injurias, porque eso es lo que son: todas calumnias. Y entonces, para llegar a San Martín, tenemos que hacer este camino: destruir las mentiras. Si es así,  no hablemos acá de ningún arquetipo, ¿Cómo vamos a rendirle tributo a ese sujeto?

Entonces ya llevamos sabiendo:

-Que no desertó, porque está el expediente del retiro del ejército español como el de sus otros compañeros.

-Que la logia Lautaro no era una organización masónica, sino una organización secreta de los americanos que vivían en Cádiz.

-Que no salió por servicio de los ingleses, sino porque era la única manera de salir de Cádiz.

-Que en Londres no se hizo miembro de una masonería mayor al servicio de los ingleses.

Todo esto lo tenemos aclarado contra los sujetos que están escribiendo contra San Martín todos los días en folletos, artículos, enlodándolo; pues bien, contra ellos, ya sabemos todas estas verdades.

Hagamos un alto en la historia, y volvamos al tema: es decir, el arquetipo. Los paradigmas que necesitan las naciones son dos: los héroes y los santos. Dice bien nuestro gran poeta, Leopoldo Marechal, que: “las naciones se construyen como una cruz, con la horizontal de los héroes abajo, y la vertical de los santos levitando hacia el cielo”. Si un país tiene esas dos barras que se cruzan, es un país, si no, no. Si no tiene héroes y no tiene santos, es nada más que una muchedumbre, una masa anómala, sin lugar en la historia, sin relevancia ninguna.

Por eso a nosotros que nos están cobrando la derrota nos dicen que no hay ni héroes, ni santos. ¿Por qué? En función de nuestra derrota, no podemos tener héroes, los demás sí. Pero nosotros sabemos que sí. Hay hoy en Argentina, en esta Argentina vencida, que es un lodazal  de inmoralidad  pública y gubernamental, un país misionero, que tiene cuatro órdenes religiosas (que yo sepa), más o menos, que están misionando en el mundo, es decir, está haciendo una vida de santidad. Los héroes son aquellos que “dan su vida por su patria”.

Son dos cosas distintas y no debemos confundirlas: una pertenece al plano humano temporal, la otra al plano sobrenatural, que se conjugan para ser la cruz del país, pero nunca debemos confundirlas, porque si no caemos en la estupidez de Ricardo Rojas  que tiene un libro que se llama “El santo de la espada”, el santo héroe. ¿Puede haber un santo héroe? Sí, por ej. San Luis Rey de Francia o San Fernando de Castilla, pero es rarísimo, y no tienen por qué estar luchando para fundar un país, y al mismo tiempo ser modelo de virtudes sobrenaturales; son dos actividades humanas, excepcionales, que se deben conjugar en un país, pero que son muy distintas.

San Martín es un héroe, no es un santo. Pero ¿qué pasa con eso del “santo de la espada”? Se cae en que era un santo masónico, un santo laico, un santo que no creía en Dios y en nada, y entonces tenemos un santo muy especial, un santón. Ante esto, hubo gente muy pía, muy devota que decía: “No, no, pero fíjese que iba a misa temprano, que cuando se casó comulgó”. ¡Qué nos interesa eso! El juez no somos nosotros, es Dios. Como dice bien mi maestro Carlos Steffens Soler: “El ángel de la guarda de San Martín es quien se ocupa de eso”, si iba a misa temprano o no. Nosotros podemos averiguar la política religiosa de él, si fue una política favorable al cristianismo o no; ahora, si él personalmente tenía una práctica de piedad o no, nos es indiferente porque no nos incumbe a nosotros juzgarlo, no somos Dios creador para hacerlo. Hay gente que se toma en serio lo de “San” Martín: en el Perú un cura enemigo de San Martín, realista, decía: “¿Por qué eso de SAN?”, bueno, le respondía  al Padre Zapata, que así se llamaba: “Yo le saco el San, y usted sáquese el ZA-, yo quedo Martín y usted Pata”. Eran sus apellidos, no tenían nada que ver con un tipo de santidad. Yo no estoy pretendiendo en modo ninguno canonizar  a San Martín: estoy tratando de reedificar la estatua que nos han tirado abajo.

El héroe sí, tiene que tener, determinadas virtudes, es arquetipo: tiene que tener fortaleza, tiene que tener arrojo, y tiene que tener astucia también; y eso no se pide de un santo, que sea astuto, y sin embargo un héroe, para fundar una nación tiene que tener astucia, porque se va a ver enfrentado a los otros poderes de la tierra que van a tratar de que no pueda cumplir su labor. Y entonces tiene que hacerlo en parte por ataque y en parte por engaño a sus enemigos. Y vamos a ver que en San Martín se cumplen las dos cosas, porque él era capaz de encabezar una carga de caballería con el sable al frente de sus tropas, como en San Lorenzo, pero también era capaz de engañar, con la guerra de zapa, acá en Mendoza, a los realistas en Chile, y en toda la campaña del Perú en una guerra de movimientos falsos, de engaños para superar un enemigo que era muy superior en términos numéricos. En el Perú peleó con cuatro mil soldados, contra veintiocho mil realistas, ¿cómo iba ir de frente a puro ataque de caballería? Tenía que hacer maniobras para ir viéndolos, haciendo juegos de diversificación y engaño, eso es lo que él llamó “guerra de zapa”, astucia. Él no solamente fue un gran oficial de caballería, sino un gran oficial de inteligencia.

Entonces, para antes retornar a San Martín, tenemos que ver si hay héroes o seres humanos que hacen el esfuerzo extraordinario por su país, y no se trata de ninguna santidad, de religión natural como ésta que intenta Rojas. Nosotros tenemos que ver por ejemplo, que esto del héroe se inspira en Grecia: si reunía las condiciones del valor de Aquiles y de la habilidad o astucia de Ulises.

Terminamos este paréntesis y retornamos a San Martín.

“Maitland”, es un documento que presentó el doctor Terragno hace unos años, en el que descubrió en la Cámara de los Comunes que había allí un escrito de un militar escocés Thomas Maitland,  que anunciaba un plan inglés para marchar sobre el Perú, y decía que el mejor camino era desembarcar en Buenos Aires, cruzar La Pampa, llegar a Mendoza, organizarse bien allí, cruzar la cordillera, atacar Chile, y una vez vencido en Chile el español, entonces por vía marítima desde Chile se atacaba Perú y Quito. Claro, obviamente había un parecido con lo que hizo San Martín, entonces eso es lo que dijo Terragno: “Mire qué parecido es esto  con lo otro”; claro de ahí a decir que él cumplió órdenes siguiendo el plan, hay una buena distancia. ¿Por qué? Porque cuando Maitland escribió eso en 1800, Inglaterra estaba en guerra con España;  pero cuando San Martín actuó, Inglaterra estaba aliada a España;  así que de ninguna manera Inglaterra pensaba desembarcar en Buenos Aires, llegar a Mendoza, cruzar a Chile e ir al Perú; todo lo contrario, Inglaterra estaba peleando con España allá en Cádiz.

Pero el plan Maitland les ha caído de maravillas a todos los enemigos de San Martín. Entonces ahí está la prueba. ¿Prueba de qué? De nada: porque además Maitland lo escribió muchos años antes, y nunca nadie había dicho que hubiera admiración del uno por el otro, ni cosa por el estilo. Pero es una cosa ver que no se ajustó al plan Maitland: según todos éstos, San Martín vino a Buenos Aires, y de Buenos Aires a Mendoza. No, señores: nunca vino de Buenos Aires a Mendoza; desembarcó en Buenos Aires, allí creó el regimiento de Granaderos  a Caballo, combatió contra las tropas del Concejo de Regencia en San Lorenzo, y después fue mandado al Norte, a Tucumán para comandar el ejército del Norte. Así que nada de pasar por vía de Chile. El ejército del Norte estaba enfrentado con tropas del Perú, en este caso del Alto Perú (hoy Bolivia). Y estuvo allí unos meses dirigiendo este ejército y lo hizo bien, pero después cayó enfermo, y de ahí que para reponerse fuera  a Mendoza.

En esto hay tres puntos que tenemos  que aclarar: había una carta, supuesta carta que todos citan de abril de 1814 de San Martín a Nicolás Rodríguez Peña, donde le dice: “Yo estoy convencido de que la patria no hará camino por el Norte, hay que abandonar eso. Le digo mi secreto, hay que crear un pequeño ejército fuerte en Mendoza, y de ahí pasar a Chile, y de Chile al Perú”. En esto los liberales encuentran la prueba de que seguía el plan inglés ya en 1814; y si no sigue en Tucumán es porque se hace el enfermo para ser llevado a Córdoba y luego a Mendoza.

Pero en Tucumán hizo todo lo que venía hacer para luchar por el Norte, y si tuvo que dejar el mando del ejército del Norte fue por enfermedad real. Todos los testigos lo afirman, además de una junta de seis médicos para asistirlo porque se podía morir (vomitaba sangre constantemente). No era ningún invento, no era ningún pretexto, lo mandaban a las Sierras de Córdoba a ver si se salvaba o no, porque era un clima benigno, menos húmedo y caluroso que el de Tucumán. Solamente un testigo de esta época dice lo contrario. Éste fue el general Paz que en sus Memorias afirma la mentira de la enfermedad de San Martín (es lo que toma Mitre, porque las primeras piedras, contra San Martín las tira a este gran liberal). Mitre se toma de los dichos de Paz y evita todos los otros dichos, de todos los otros oficiales que dicen que estaba realmente enfermo, se toma del único que brindaba un pretexto.

Pero Paz era una persona resentida con San Martín, porque cuando se organiza el ejército de los Andes en  Mendoza, él quiere entrar y San Martín se lo niega, y después vuelve a pedir en Lima y San Martín vuelve a negárselo otra vez, vaya a saber por qué. Entonces él quedó para siempre resentido y por eso miente. En la correspondencia entre el Director Supremo Posadas y San Marín y las autoridades del ejército de Tucumán, aparece la  evidencia de que está absolutamente enfermo, y gravemente enfermo; y hoy hay veinte estudios sobre este tema, todos coincidentes en que sí, que San Martín padecía de una úlcera sangrante que le hacía vomitar sangre; otros dicen que era lícito creer que tenía una lesión pulmonar de la guerra en España. Lo cierto era que estaba ahí, al borde de la muerte porque se quedaba anémico después de tantas hemorragias. Y como él vivía de ese sueldo, no tenía otro ingreso, y después de estar descansando ahí unos meses en Saldán,  Córdoba, se le dio nuevo destino y el Director Supremo lo nombra en Cuyo.

Mendoza pasa a ser el lugar central, según los liberales. No, Mendoza era una ranchería, era el último lugar, era el lugar más tranquilo que le podían dar, porque no había ningún problema en Mendoza. ¿Y esto por qué? Porque en Chile estaba el gobierno de los autonomistas chilenos, en el Norte estaba Rondeau en su reemplazo, allá con el ejército del Norte. Entonces le dan casi a elegir entre La Rioja y Mendoza, un poquito menos caluroso; pero eso es todo, ahí no había ningún destino militar ni va a formar nada. ¿Saben cuánta tropa tenía San Martín cuando llegó en el año 1814 a Mendoza? Treinta soldados en el fuerte de San Carlos; que no eran soldados, eran milicianos llamados blandengues que estaban en el fuerte de San Carlos para defenderse contra los indios. Esa era la tropa con la que iba a cruzar Chile y de ahí  dirigirse al Perú. ¡No! Fue por razones estrictas de salud, para terminar de curarse, y así se lo dice el Director Supremo en el nombramiento que le hace.

Pero después sucede que el ejército del Norte es vencido en Sipe-Sipe, y el ejército de los chilenos es vencido en San Carlos. Entonces sí, a fines del ´14 comienzos del ´15 las cosas cambian totalmente, porque un lugar tranquilo como era Mendoza se convierte ahora en un lugar clave, ya que lo chilenos que habían combatido se asilan en Mendoza; y es posible que los realistas que están instalados en Chile crucen la cordillera, e invadan el antiguo territorio de las Provincias Unidas. Entonces sí, ya empieza a haber una correspondencia de San Martín con Álvarez Thomas, el Director Supremo, donde va enviando tropas a Mendoza para armar una defensa, una pequeña guarnición, y empieza a ver los boquetes de la cordillera por dónde mejor pasar. San Martín tiene una actitud defensiva, no está pensando en invadir Chile, sino en que desde Chile no nos invadan a nosotros, y durante todo el año 1815 la cosa es así. Pero él empieza a armar, y ahí se ve otra virtud del héroe, casi de cero una defensa de la nación. Una nación no necesita ser tan poderosa para defenderse si tiene a su frente hombres de bien, hombres valientes, héroes. Por ejemplo:

España, en tiempo de la reina Isabel I, la Católica, se encontraba en una situación difícil y apremiante. Ella heredó el trono de Castilla, y Castilla era una región donde habían estado los reinos de taifas. Cada uno de estos nobles ordenados por su cuenta, no obedecían al rey; las ciudades estaban llenas de bandidos y no se podía ir de una ciudad a otra porque los bandidos estaban en los bosques; la gente estaba alzada contra los judíos; los moros estaban cerca; el clero estaba corrompido, infiltrado de herejías; el ejército corrupto y los nobles también.  Ése es el gobierno que recibe Isabel, y en quince años ella (realmente Dios la tenga en la gloria), hace el Imperio Español, da vuelta a todos: limpia el clero, limpia el ejército, limpia los bosques, termina con los moros, ataca a los musulmanes en el África, facilita la empresa de Colón y mil cosas más. Es decir: un país se puede dar vuelta perfectamente, si hay un héroe a su frente. La reina era una heroína. San Martín también en Cuyo demuestra que se podían hacer de cero las cosas, si había esa voluntad de bien.

En Mendoza no se fabricaban ni clavos, pero él consigue un fraile franciscano, fray Luis Beltrán, y lo pone al frente de  su yunque, a hacer desde clavos a cañones, fusiles, bayonetas. En La Rioja se buscó el salitre. En Colonia Caroya otros nitratos para armar los explosivos; se consiguieron de Catamarca, San Juan y San Luis las telas con las cuales se elaboraron los uniformes, se los tiñeron, las botas, las mulas, los caballos, y sobre todo los cuatro mil hombres como mínimo que tenían que tener para poder hacer la empresa que va a ser el ejército de los Andes. Eso recién en 1816. En esos dos años San Martín, como dicen, “ha trabajado a lo macho”. A pesar de ser un hombre enfermo (porque la enfermedad ya no lo va a dejar nunca) va a organizar esto desde cero, con jóvenes oficiales que había traído de Buenos Aires, del Regimiento de Granaderos (jóvenes aristócratas,  criollos, estancieros). Consiguió de esos, unos quince, los trajo y esos fueron sus jóvenes oficiales. De ellos,  el más notable, fue Mariano Necochea. San Martín, estaba casado con Remedios de Escalada, y tuvo una niña, Mercedes, a pesar de que él hubiera querido tener un varón; no pudo y Mariano Necochea fue como su hijo varón.

Lo que no consiguió fueron jefes de importancia que lo secundaran, y eso fue un déficit para el ejército de los Andes siempre. Lo suplió como pudo con estos oficiales. Y la tropa ¿de dónde? La tropa la puso Cuyo. De los cuatro mil soldados, tres mil setecientos fueron cuyanos: de San Luis, de San Juan y de Mendoza.

Esa es la primera tanda, la que parte en el año ´16 y ´17. Pero luego cuando, después de Chacabuco y de Maipú, él tiene que reorganizar su ejército si quiere seguir, porque ha tenido muchísimas bajas, y manda a los principales regimientos a rearmarse en Cuyo. Hay otros tres mil cuyanos que pasan a integrarse al ejército. Es decir, que en total, se podría decir que Cuyo puso siete mil soldados. Y esta es una causa que los cuyanos tenemos que hacer valer. Yo la hice valer hasta donde pude, hasta que un gobernador de la provincia me trajo a uno de estos grandes sinvergüenzas, Ignacio García Hamilton a hablar contra San Martín en la casa de San Martín, en la biblioteca de San Martín. Entonces le dije al gobernador:


-¡Mire, que hable lo que quiera, pero no en la casa de San Martín;  es muy feo venir a la casa de alguien a hablar en contra del dueño de casa! ¡Además, nosotros pusimos, 7000 mil soldados! ¿Saben cuántos regresaron? Siete, que formaron en la plaza de Mayo en 1826 al mando del Coronel Bogado.  Por esos muertos, este  sinvergüenza y pro-montonero José Ignacio García Hamilton, no debe hablar. Habló naturalmente, además estos chicos que no sabían nada de historia fueron a tirarle huevos podridos -una venganza adecuada...

CONTINUA

*Desgrabación de una conferencia del Dr. Enrique Díaz Araujo sobre el gran Libertador, pronunciada en enero de 2013 en San Rafael, Mendoza, durante las Jornadas para Universitarios organizadas por el Instituto del Verbo Encarnado.

Tomada de: http://www.quenotelacuenten.org/2014/08/15/san-martin-mason-desmitificando-los-enemigos-de-san-martin/