lunes, 23 de octubre de 2017

“LA NUEVA REPÚBLICA”, O LA LUCHA POR EL ORDEN

Rodolfo Irazusta
Los años 20 fueron un momento en el que parecía que el modelo político y económico liberal estaba en su mayor auge. La expansión de los EEUU -en el ámbito internacional-, la consolidación del régimen democrático argentino dentro de un contexto de orden durante la Presidencia de Alvear, parecían dar la razón a esta convicción. Sin embargo, el mundo había pasado por la Primera Guerra Mundial, y como consecuencia de la misma, la amenaza de la Revolución roja, triunfante en Rusia, se hacía sentir en las naciones de Occidente.  Como reacción ante dicho peligro había surgido en Italia el Fascismo, mostrando la posibilidad de que podía existir un “nuevo orden” que contuviera y encausara el caos revolucionario. Por otra parte, situaciones de revoluciones y guerras internas se daban en países como Portugal o México. En España, la crisis seguida al desastre del 98 condujo a la instauración de la Dictadura del General Primo de Rivera. Y en Francia, Nación que siempre fue muy tenida en cuenta por la intelectualidad argentina, se encontraba consolidada la Acción Francesa como una fuerza contrarrevolucionaria. Eran años preñados de cosas nuevas en el ámbito de la política. Es justamente en este contexto que el Nacionalismo argentino va a tener sus primeras manifestaciones a partir de la publicación de nuevos periódicos. Primero La Voz Nacional, de vida efímera, por iniciativa del médico entrerriano Juan Carulla;  luego, La Nueva República, Órgano del Nacionalismo Argentino -como se subtitulaba-, a partir del año 1927. Analizaremos a continuación cuál era la línea fundamental que poseía dicho periódico. Para eso, luego de presentar escuetamente al mismo -su origen, su director, su staff, sus colaboradores-, trataremos de indagar, a través del análisis de algunos de sus artículos y de las personalidades más relevantes del ámbito de la cultura que eran tomadas como referentes, qué principios eran defendidos desde sus páginas  .

EL PERIÓDICO

     El periódico La Nueva República se dio a conocer el 1° de diciembre del año 1927. El director del mismo fue Rodolfo Irazusta, encargado de la sección política. Los redactores habituales fueron Julio Irazusta -hermano de Rodolfo-, Ernesto Palacio y Juan Carulla. A éste último se debe que el periódico llevara por subtítulo Órgano del Nacionalismo Argentino.
     “Rodolfo Irazusta, con menos cultura libresca que sus compañeros, había sido formado por su padre para la acción, en la que intervino desde muy joven, tomando parte en la vida de comité, desde el retorno del radicalismo al comicio…Durante un viaje a Europa…cayó bajo el influjo de Maurras…
     Como escritor Rodolfo Irazusta fue el periodista nato…
     Ernesto Palacio..tenía acabada formación literaria, y siendo un admirable poeta, se atuvo a la prosa…Fue…el petit anarchiste que Maurras confesó haber sido en su extrema juventud…Entre los años 23 y 27 César Pico había hecho de Ernesto Palacio un católico ferviente y un hombre de orden…
     Julio Irazusta había sido omnívoro pero desordenado lector, hasta que fue a Europa en 1923…Antes de cesar su rechazo a Maurras, y de admirarlo, Julio Irazusta tenía formado el criterio político con que estudió los clásicos de la materia…
     En el segundo número del periódico aparece como editorialista…el Dr. Juan E. Carulla, médico entrerriano residente en Buenos Aires, procedente del anarquismo, a quien la guerra europea, en la que participó como profesional en el frente de Francia, lo hizo evolucionar. Allá volviose asiduo lector de la Acción Francesa.”[1]
El periódico contó además con colaboradores habituales, como César Pico -que tan importante actuación tuvo en la conversión de Palacio hacia la Fe y el Orden-, Alberto Ezcurra Medrano –uno de los precursores del Revisionismo histórico argentino-, y Tomás Casares –que tendría una destacada actuación en la Justicia-.
El periódico tiraba cuatro páginas quincenales, que además de analizar la situación política del momento propagaba sólidos principios doctrinales. Luego salió semanalmente, y durante algún tiempo llegó a ser diario. Entrados los años 30 desapareció y fue reemplazado por otros periódicos como Crisol Bandera Argentina. Sin embargo nadie podrá negarle el mérito de haber sido el primer gran difusor de los principios sobre los que se desarrollaría el Nacionalismo posterior.

LOS PROPÓSITOS DEL PERIÓDICO

La Argentina de la década del 20, en particular la del período alvearista, se caracterizó por la paz y la prosperidad creciente. En 1926 nuestro país había exportado once millones de toneladas de productos agropecuarios. “En medio de esta euforia, un grupo de jóvenes escritores procedentes de los más diversos sectores políticos, se reunía y conversaba acerca de una revista que sometiera aquella brillante apariencia al cernidor de una crítica rigurosa”[2]. El objetivo se concretó, como ya señalamos más arriba, el 1° de diciembre de 1927, cuando salía a la luz pública La Nueva República. Ese primer número era categórico, no dejaba ningún lugar a dudas: “La sociedad argentina pasa por una profunda crisis. La robustez del organismo hace que el mal se oculte….pero él existe y es profundo”[3].
Así se presentaba el nuevo periódico, en un editorial titulado “Nuestro Programa”. ¿Por qué hablar de crisis en un momento  en el que todo parecía marchar en forma exitosa? El mismo artículo trae la respuesta: la crisis que sacude a la sociedad argentina es de orden espiritual, y tiene su origen en las ideologías que se habían difundido en las décadas anteriores. “Cuarenta años de desorientación espiritual han producido en nuestras clases directivas, sobre todo universitarias, el más grande caos de doctrinas e ideologías”[4]. Las ideologías que enfermaban el organismo social eran aquéllas nacidas a partir de la Revolución Francesa. En el mismo número 1 Ernesto Palacio lo dejaba clarísimo en el artículo titulado en forma contundente “Organicemos la Contrarrevolución”“Tenemos a nuestras espaldas más de medio siglo de desorientación espiritual. Los sofismas del romanticismo y la revolución francesa, que emponzoñaron toda la actividad pensante de varias generaciones argentinas”[5].
El mito de la soberanía popular difundido por la Revolución había llevado al desconocimiento de las jerarquías: “Negación de la jerarquía sobrenatural de la Iglesia de Cristo; negación de la jerarquía natural del Estado. Predominio del arbitrio individual…”[6] Esta situación se veía agravada por la difusión de estos principios a través de la educación impartida en los ámbitos escolares y académicos, producto de la ley 1420 y de la Reforma Universitaria: “La escuela laica y el sectarismo de la enseñanza que se imparte en nuestros colegios y universidades, unidos a la prédica disolvente de los partidos avanzados y a la propaganda de la prensa populachera, contribuyen al mantenimiento de se estado de espíritu”. La demagogia a la que había contribuido la difusión de la democracia, y el “obrerismo bolchevizante”, producto de la influencia de la Revolución Rusa, también eran denunciados por Palacio.
Frente a los males enumerados correspondía recuperar el Orden. El artículo concluía poniendo el ejemplo de dos naciones que marchaban en esa senda: la España del General Primo de Rivera, y la Italia de Benito Mussolini.

PRINCIPIOS SOSTENIDOS POR EL PERIÓDICO

     Hemos dejado planteado el propósito claramente “restauracionista” que el periódico tenía. Los principios que lo animaban iban en esa línea. Presentaremos escuetamente algunos de los mismos sin pretender agotar el tema.
En primer lugar, y ya hemos hecho referencia a ello, el periódico dejaba en claro la necesidad de recuperar las jerarquías en el orden social. La demagogia reinante, reiteradamente denunciada, debía ser reemplazada por la excelencia. “Quince años de demagogia, han bastado para desquiciar todos los organismos del Estado”, sentenciaba el programa presentado en el número uno; “La jerarquía en las funciones del Estado”, se titulaba un artículo escrito por Rodolfo Irazusta en el mismo número.
Este análisis nos lleva a otro de los temas que aparece en los primeros números: la necesidad de distinguir entre el sistema republicano y la democracia. Frente a la exaltación de la “democracia” que siguió a la Ley Sáenz Peña, y que es impulsada a partir del triunfo del Radicalismo, pero que en realidad ya era parte del discurso circulante desde la imposición de la filosofía liberal con la sanción de la Constitución de 1853, los “neorrepublicanos”, se dedican a distinguir “república”, entendida como un sistema orgánico sustentado en Instituciones, de la “democracia”, con toda la carga de plebeyismo e inorganicidad que dicho régimen supone. En este sentido, se preocuparon de demostrar que en realidad la Constitución de 1853 en ningún momento hace referencia al sistema democrático[7]. En el número 12 del periódico se señalaba que “en los ciento y tantos artículos de la constitución del 53, ni una sola vez se habla de la democracia…Esto se debe a que sus autores, algunos de ellos muy cultos, conocían los clásicos políticos y sabían el verdadero significado de los vocablos. Sabían que la Democracia era el desorden, la crisis de las repúblicas y de las monarquías y no un sistema de gobierno y tenían fresco el recuerdo de los horrendos crímenes que el desborde del Demos había producido en Francia en el año 93”. Es claro que la crítica se dirige más a las consecuencias de la Ley Sáenz Peña, que hizo efectiva la democracia –y su consecuencia la demagogia-, que al texto mismo de la Constitución. Esta primera generación nacionalista, que tenía clarísimos los principios fundamentales, todavía no había desarrollado una postura profundamente crítica acerca del texto de la Constitución, y del espíritu que la animaba: esto es, el Liberalismo sobre el que la misma se sustenta, causa directa de la irrupción democrática. Nos dice al respecto Antonio Caponnetto: “Era a ésta (la ley Sáenz Peña) y no a la Ley del ’53 a la que atacaban los primeros revisionistas, puestos a hacer política…”[8]
En el número 13, del 5 de mayo de 1928,  se vuelve a remarcar la diferencia entre el sistema republicano proclamado por la Constitución y la democracia: “Este espíritu republicano ha sido desvirtuado por el partido democrático que nos gobierna desde hace veinte años…La democracia ha podido hasta ahora con el régimen autonómico y con el principio de autoridad, y quizá emprenda de aquí a poco decididos ataques contra el régimen de la propiedad y la familia”. La crítica a la democracia va intrínsecamente unida a la condena del sufragio universal. No sólo porque permite el triunfo de lo más bajo, sino porque detrás de la propaganda electoral que dicho método de elección exige, opera en forma oculta una “plutocracia” que busca obtener sus propios beneficios: “Se sabe…que en Francia se opera subterráneamente, al mismo tiempo que la propaganda eleccionaria, una batalla de grupos industriales, de concesionarios de Estado, de compañías coloniales…Ningún régimen es tan caro como el democrático”.[9]
Digamos finalmente, para cerrar este tema, que La Nueva República mostró con claridad la enemistad del Nacionalismo con la Democracia: “La democracia es el reino de la impostura…triunfa el que miente mejor…EL nacionalismo persigue el bien de la nación, de la colectividad humana organizada; considera que existe una subordinación necesaria de los intereses individuales, al interés de dicha colectividad…Los movimientos nacionalistas actuales se manifiestan en todos los países como la restauración de los principios políticos tradicionales, de la idea clásica del gobierno, en oposición al doctrinarismo democrático…Frente a los mitos disolventes de los demagogos erige las verdades fundamentales que son la vida y la grandeza de las naciones: orden, autoridad, jerarquía”.[10]
     La crítica a la Democracia lleva a los miembros de la Nueva República a abrevar en las fuentes clásicas, donde redescubren el valor de la “forma mixta” de Gobierno. Bajo el título “La forma mixta de gobierno”, escribía Rodolfo Irazusta en el número 5 del periódico: “Todos los gobiernos son monárquicos, aristocráticos y democráticos al mismo tiempo…Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Vico, Rivarol reconocen como la mejor forma de gobierno a aquella que  concilie los anhelos de libertad con las exigencias de la autoridad. La aparición de los ideólogos con sus constituciones escritas provocó el olvido del orden tradicional que se había establecido espontáneamente”. Esta defensa del régimen mixto lo lleva a condenar a la Democracia moderna: “La democracia sistemática que conocemos, es lo más absurdo que hay, es el pecado contra el espíritu”.
La referencia al “pecado” que representa la Democracia nos lleva a otro punto importante en el pensamiento del grupo, y es la relación que establecen entre política y moral. En un artículo firmado por Tomás Casares se afirma: “el Estado no legisla, organiza ni manda en vista de la felicidad inmediata de los súbditos. Legisla, organiza y manda para disponer el ambiente social en que cada súbdito halle la posibilidad y aun véase constreñido a realizar un destino que no es fruto de su arbitraria elección individual, sino que le es propuesto y moralmente impuesto por una ley superior a todo humano arbitrio[11]”.
La concepción moral planteada por Casares remitía a un principio teológico al que el jurista se remitía explícitamente: la Ley de Dios. Esto lleva a analizar qué concepto tenían estos hombres acerca de la relación entre el Estado y la Iglesia. Aquí también se mostraron en profundo desacuerdo con el Liberalismo establecido: “El Estado vive en una sociedad y su religión no puede ser otra que la de la sociedad. Tal es el caso del Estado argentino cuya religión no puede ser otra que la de la sociedad argentina. La sociedad argentina es católica desde su nacimiento”.[12]
    La profunda crítica al Liberalismo, a la Democracia y a la Demagogia, llevó a iniciar una revisión del relato del pasado argentino construido a partir de Mitre. Lo que para éste eran valores identificados con la Nacionalidad, para los miembros de La Nueva República eran antivalores, y era falso identificar a la Nación con los mismos. Es en esta perspectiva que en el número 16 se cuestiona el relato clásico sobre la Revolución de Mayo. Ésta no tenía nada que ver, para los “neorrepublicanos”, ni con la Revolución Francesa, ni con la Democracia, ni el Liberalismo. Por supuesto que había que esperar hasta los años 30 para que se inicie un movimiento de revisión a fondo, pero era un primer paso.

AUTORES CITADOS

Otra perspectiva desde la cual abordar la postura del periódico es analizar a los pensadores y autores citados y comentados en sus páginas. Cuando optamos por este método se refuerza la constatación de la postura claramente contrarrevolucionaria del periódico. Aparecen Joseh de Maistre, Chesterton, Donoso Cortés, León XIII….
Como muestra basta un botón. Terminábamos el apartado anterior refiriéndonos a la crítica a la Revolución Francesa, de la cual se quería separar a nuestra Revolución de Mayo. Oponerse a los efectos de la Revolución Francesa es el núcleo central de una postura contrarrevolucionaria. Justamente en el número del 26 de mayo de 1928 Juan Carulla comentaba el libro de Pierre Gaxotte sobre La Revolución Francesa:
“…la revolución francesa ha sido y es nefasta…Todas las fallas de nuestra organización política y de nuestra cultura tiene su origen en ese comienzo…Las generaciones han venido recibiendo una cultura superficial y equivocada en sus fines. Su resultado se llama democracia absoluta…Extinguida la generación de la Independencia…se estableció el predominio de los secuaces de Rousseau…
   Gaxotte….(ha mostrado) que la leyenda heroica de la Revolución Francesa es una fantasía teatral, que oculta un fondo de lodo y de sangre…
…La Revolución Francesa no difiere en nada de las demás revoluciones que ha conocido la historia. Mentira que haya contribuido al progreso de los pueblos. Mentira que haya mejorado la situación económica de la clase obrera. Mentira que haya suprimido las guerras…La Revolución…lo único que consiguió realmente, (es) matar, masacrar y mutilar a 20.000.000 de hombres, destruir las jerarquías naturales indispensables para los pueblos e inficionar el mundo de absurdas doctrinas que aún siguen haciendo estragos.”

CONCLUSIÓN

Al analizar esta primera expresión del Nacionalismo Argentino que fue el periódico La Nueva República emerge con claridad que el mismo significó una reacción contundente contra la Democracia, el Liberalismo y la Izquierda revolucionaria. El Nacionalismo significó por tanto, en la historia de nuestra Patria, la primera y principal fuerza reaccionaria y contrarrevolucionaria del siglo XX . Lo que vino después, sobre todo a partir de los años 50, 60 y 70 –el llamado “nacionalismo de izquierda”- no es más que lo radicalmente opuesto, una deformación monstruosa de lo que el auténtico Nacionalismo fue en sus orígenes.


                                                                                  Lic. JAVIER RUFFINO


Notas:
[1] Irazusta, Julio. El Pensamiento político nacionalista. De Alvear a Yrigoyen, 15-18
[2]Ibídem2.
[3] La Nueva República. Año I. N° 1. Dic. 1 de 1927.
[4] Íbidem.
[5] Íbidem.
[6] Íbidem.
[7] Esto es obra del Pacto de Olivos de 1994, consagrándose el culto a la nueva “deidad” difundido a partir del Alfonsinismo.
[8] Caponnetto, Antonio. Los críticos del revisionismo histórico. T. I, 74.
[9] La Nueva República. Año I. N° 11.
[10] La Nueva República. Año I. N° 13.
[11] La Nueva República. Año I. N° 4.
[12] La Nueva República. Año I. N° 12.

miércoles, 4 de octubre de 2017

EL PLAN DE OPERACIONES*

Por Federico Ibarguren

Considero agotada la polémica historiográfica en torno a la autenticidad del Plan de Operaciones –habida cuenta de comprobadas interpolaciones que el copista dejó en el texto, como simples gazapos, sin enervar la contextura filosófica del Plan reproducido-  luego de la aparición del libro  Epifanía de la libertad. Documentos secretos de la Revolución de Mayo. Ed. Bs As 1953. Libro este dado a luz por el académico de la historia y distinguido investigador, Dr. Enrique Ruiz Guiñazu, quien publica in extenso el interesantísimo documento concebido por Mariano Moreno, en el apéndice final de aquella obra suya, muy poco comentada por nuestros críticos y profesionales del tema. Ahora bien, reconociendo el valor informativo de esta obra, desde mi punto de vista personal discrepo, sin embargo, con ciertos enfoques subjetivos del autor sobre la emancipación argentina.

El “Plan” de referencia publicóse por primera vez en Buenos Aires –íntegramente- con prólogo del Dr. Norberto Piñeiro, en un trabajo titulado Escritos de Mariano Moreno (año 1896). Allí aparecía la transcripción de una copia hallada en el Archivo de Indias de Sevilla, la que había sido parcialmente utilizada por el historiador español Torrente en una obra suya dada a luz en 1829. La discusión acerca de la autenticidad de dicha copia (el original es de puño y letra de Moreno, según la nota final que contiene el papel hallado en el Archivo de Indias), fue iniciada con brillo literario y ardoroso pasionismo por Paul Groussac, quien impugnó de falso y apócrifo el “Plan” en dos largos artículos (contradictorios en cuanto a sus fundamentos) aparecidos en la revista La Biblioteca que él dirigía: el primero en 1896 y el segundo dos años más tarde. Entre ambos alegatos tendientes a absolver de toda responsabilidad al Secretario de la Junta, debe intercalarse la sólida y mesurada réplica del Dr. Piñero (1897), cuyos prolijos argumentos y pruebas que exhibió, -sin desconocer ciertos lapsus atribuidos al copista-, desvirtuaban la tesis inicial de Groussac, espectacular y de mejor estilo literario-; el cual había afirmado en 1896, aludiendo a las terribles clausulas concebidas por el “numen” de Mayo y utilizadas por Torrente, que las mismas “bastan para deshonrar la causa americana en la persona de su ilustre caudillo” (sic).

Luego de la violenta escaramuza Piñero-Groussac, la mayor parte de nuestros historiógrafos que trataron el tema o aludieron a la acción política del primer gobierno patrio, dieron su aprobación (explícita o implícita) a la validez intrínseca del discutido documento, atribuido a Mariano Moreno. Entre los mismos, pertenecientes a aquella generación del siglo pasado, destacanse Ernesto Quesada, José Maria Ramos Mejia y Juan Agustín Garcia.

Ahora bien, los estudiosos argentinos de la historia pertenecientes al siglo XX (excepción hecha de Ricardo Levene y Vicente D. Sierra, ambos invocando parecidas razones formales), dan por sentada tácitamente la opinión sostenida desde el comienzo de la polémica trabada en 1896, por el Dr. Piñero (vgr., Emilio P. Corbiere, Emilio A. Coni, J. Cobos  Darac, Carlos Roberts, Alberto Ezcurra Medrano, José María Rosa, Mario Cesar Grass, etc.).

Entre los más apasionados y recientes defensores de esta tesis (o sea a favor de la autenticidad de fondo del documento impugnado) figura don Enrique de Gandia en el opúsculo Las ideas políticas de Mariano Moreno. Autenticidad del Plan que le es atribuido. Bs As 1946.

El Dr. Enrique Ruiz Guiñazu, por último, en la obra Epifanía de la libertad –ya citada al comienzo- abona su punto de vista publicando extractos de una copiosa documentación inédita, extraída en gran parte de los archivos del Museo de Petropolis (Brasil), entre cuyos papeles –hasta hace poco desconocidos- se destaca la correspondencia secreta cursada por la princesa Carlota de Borbón a su hermano el rey Fernando VII, en la cual correspondencia (de los años 1814/15) se hacen concretas referencias a aquel famoso “Plan” del gobierno de Buenos Aires: “doctrina de un doctor Moreno –dice doña Carlota Joaquina, con cabal conocimiento de causa- que hicieron para el método del gobierno revolucionario, que puntualmente está siguiendo” (sic). A lo cual le responde Fernando, acusando recibo de la copia del “Plan”, en esquela escrita de su puño y letra: “…también he visto el plan de la revolución de América que me has remitido, el cual demuestra bien la perfidia y maldad de esos perversos insurgentes, gracias a tus desvelos y cuidados que en cuanto cabe han podido contener ese torrente”.

Pues bien –cabe preguntarse en consecuencia-, de no existir realmente un plan terrorista autentico, salido del intelecto de Moreno, ¿Cómo explicar su concreta referencia en el epistolario privado, íntimo, de quienes –se ha dicho- habrían sido los falsificadores o cómplices del apócrifo papelote revolucionario fechado en 1810? ¡Increíble!. Nadie se engaña a sí mismo por cierto. Aquella inédita correspondencia entre los hermanos Borbones de España, publicada en Buenos Aires por el Dr. Ruiz Guiñazu, lo prueba sin lugar a dudas. Debemos entonces, creo yo –respetando los principios de la sana lógica-, descartar de plano la hipótesis “Groussaquiana” (compartida luego por Levene y Vicente Sierra) de que el engendro  del 30 de Agosto fue elaborado a designio por espías españoles y/o agentes portugueses anticriollos, al solo efecto de desprestigiar la política rioplatense de la flamante Junta de Mayo.

Tal es, al menos, mi sincera opinión de fondo (como estudioso de la historia argentina) sobre este particular debate en torno a las concepciones de gobierno del Dr. Mariano Moreno, demostradas por lo demás en hechos, y a través de reveladores papeles públicos (como las Instrucciones a Castelli del 12 de Septiembre) que son indubitables y de los que hablaremos enseguida. En cuanto a ciertos editoriales de “La Gazeta” atribuidos al “numen” de Mayo –con los cuales se ha pretendido desvirtuar su filosofía política terrorista-, es de advertir que dichos escritos del periódico evidentemente propagandísticos, no llevan firma del autor responsable.

A propósito de tan discutido asunto, el Dr. Carlos Ibarguren en su obra póstuma La Historia que he vivido, Bs. As. 1955, expresa esta convincente opinión al margen del análisis pormenorizado de nuestra critica historiográfica profesional: “Mucho se ha discutido acerca de la autenticidad del Plan del 30 de Agosto de 1810, atribuido al “numen” de la Revolución –dice- tachado de apócrifo por Groussac y el doctor Levene, y considerado autentico por Norberto Piñero y Enrique Ruiz Guiñazu; pero sea o no fraguado ese Plan, es indudable que los procedimiento que el mismo recomienda y muchos conceptos que expresa, resultan semejantes a los indicados en las instrucciones dadas a Castelli el 12 de Septiembre de aquel mismo año (cuya pieza original, por otra parte, aun conservamos intacta los herederos del Dr. Carlos Ibarguren). Tales instrucciones –que desencadenaron una sangrienta tragedia- parecen agitadas por un soplo de furor (continua el historiador citado) que contrasta con la mansedumbre conciliatoria de las expedidas por Belgrano a Arenales, que trato en páginas anteriores, y muestran las dos visiones distintas que tenían aquellos próceres sobre el modo de ejecutar la revolución e implantar el “nuevo sistema”. Las inspiradas por Moreno aplican como medio eficaz para triunfar: el terror, el exterminio, el engaño y el halago al interés personal. “En la primera victoria que logre –indican ellas- dexara que los soldados hagan extragos en los vencidos para infundir el terror en los enemigos”. Castelli debía obrar por sorpresa como agente terrible y siniestro: “tendrá particular cuidado en guardar profundo silencio en sus resoluciones, de suerte que sus medidas sean siempre un arcano que no se descubra sino por los efectos, pues este es el medio más seguro de que un general se haga respetable a sus tropas y temible a sus enemigos”. Se condena a muerte en masa, sin incoar proceso alguno, a todos los jefes políticos, militares y eclesiásticos que dirigían la resistencia contra la política de Buenos Aires: “el presidente Nieto, Córdoba, el gobernador Sanz, el obispo de la Paz, Goyeneche y todo hombre que haya sido director principal de la expedición, deben ser arcabuceados en cualquier lugar donde sean habidos”. Se recomienda proceder con la mayor perfidia contra los enemigos, engañándolos en cuanto pueda, “alimentándolos de esperanzas, pero sin creer jamás sus promesas y sin fiar sino en su fuerza… tendrá particular cuidado en aceptar toda negociación, pero sin detener por esto su marcha, antes bien, entonces, deberá apresurarla lisonjeando a los contrarios en las palabras”. El interés personal era el que debía tomarse en cuenta para atraer a los hombres al nuevo orden de cosas y elegirlos para los empleos, debiendo proponerse a los que “sientan un interés personal en la conservación del nuevo sistema”… Toda la administración pública de los pueblos se pondrá en manos patricias  y seguras, uniendo de este modo el interés individual al bien general del Estado”. En la lista de los que debían ser traídos presos a Buenos Aires, con el pretexto de “necesitar la Junta sus luces y concejos” (sic), figura el doctor Matías Terrazas, deán de Charcas, que había sido el protector, como padre de Moreno, en cuya casa vivió cuando estudiaba en la Universidad de Chuquisaca. Este importantísimo documento –finaliza Carlos Ibarguren, comentando aquellas instrucciones dadas por Moreno a Castelli, el 12 de Septiembre de 1810, en nombre del gobierno porteño- está suscripto por todos los miembros de la Junta, con la disidencia del doctor Alberti, sacerdote, cuya letra temblorosa acusa el horror que lo dominaba: “Firmo –dice- los anteriores artículos con exclusión de las penas de sangre”. Castelli cumplió inexorablemente lo que le fuera mandado…”.

Considero inútil y redundante seguir insistiendo aquí en el tema polémico arriba sintetizado. Por ahora al menos (y tal es mi convencida opinión), creo que con lo dicho basta. Huelga cualquier otro comentario al respecto.

*Tomado de Federico Ibarguren. Las etapas de Mayo y el verdadero Moreno. Ed. Theoria. Bs. As. 1963


lunes, 18 de septiembre de 2017

Alberdi y las ideas constitucionales del 53. *

Por: JOSÉ MARÍA ROSA

II
LA BIBLIOTECA DEL CONGRESO

La Biblioteca del Congreso Constituyente no era muy nutrida. Por confesión del propio Gutiérrez la formaba solamente un libro: una edición del federalista que había pertenecido a Rivera Indarte, y que Dios sabe como había ido a parar a Santa Fe. Aún este sólo libro, siguiendo el destino señalado en su  ex-libtis, acabó por desaparecer misteriosamente de su anaquel.
      La falta de oxígeno constitucional habría sido angustiosa, si Alberdi no tomara la precaución de hacer llegar un cajón con ejemplares de sus Bases, publicada poco antes en Valparaíso, (la primera edición de las Bases fue tirada el 1º de mayo de 1852, con anterioridad, pues, a la inauguración del Congreso, 20 de noviembre). El especialista en derecho político entre los jóvenes mayos de 1837 se hacía presente en el Congreso, sin abandonar su remunerado bufete chileno, y con algo más eficaz que un acta de “representante del pueblo” lograda después del consabido “he dispuesto que sea elegido” del Libertador.

LA FILOSOFÍA POLÍTICA DE LAS “BASES”.

      En contradicción absoluta con el pensamiento historicista expuesto en su Fragmento de 1837, (Bases 138) Alberdi sostenía en las Bases que la organización política liberal solamente podría hacerse eliminando o rebajando la raza argentina. La antinomia entre un pueblo hispánico de naturaleza guerrera con instituciones anglosajonas de índole comercial, la resolvía dando preferencia a éstas sobre aquél: “Es utopía, es sueño y paralogismo puro –decía en Bases- el pensar que nuestra raza hispanoamericana, tal como salió formada de su tenebroso pasado colonial, pueda realizar hoy la república representativa”. Y con el mismo pensamiento agregaba: “No son las leyes las que necesitamos cambiar, son los hombres, las cosas. Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella”.
      El error de Rivadavia había consistido en hacer reformas liberales para un pueblo naturalmente antiliberal; por eso fracasó. No era con reformas superficiales que se lograría  el amoldamiento de un pueblo hispánico y católico a constituciones y leyes sajonas y protestantes.  “A Rosas le bastó agitar la pampa –había dicho Sarmiento en Facundo- para echar por tierra el edificio  hecho en la arena”. Era necesario introducir el liberalismo de manera más firme, más radicalmente firme. Reemplazar la arena natural por dura argamasa importada; expulsar al criollo tan entusiasta por su tierra y sus caudillos y tan desapegado hacia los valores liberales fundados en el comercio y la industria.
      “Con tres millones de indígenas, cristianos y católicos, no realizaréis la República ciertamente” decían las Bases con evidente lógica dando a república el significado de “república a la norteamericana”. “No la realizaréis tampoco con cuatro millones de españoles peninsulares, porque el español puro es incapaz de realizarla, allá o acá. Si hemos de componer nuestra población  para nuestro sistema de gobierno, si ha de sernos más posible hacer la población para el sistema proclamado que el sistema para la población, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona”, raciocinio perfectamente encuadrado en el pensamiento liberal que antepone las formas, las apariencias a la misma realidad. La sola manera de lograr una civilización anglosajona consistía, claro está, en reemplazar la población católica por otra de índole protestante: “Ella está identificada al vapor, al comercio, a la libertad, y nos será imposible radicar esta cosas entre nosotros sin la cooperación activa de esta raza de progreso y de civilización”.
      ¿Podría acaso lograrse, mediante la  “educación” el cambio total del espíritu hispanoamericano? Eso había sido el dueño utópico de Rivadavia: “¿Podrá el clero dar a nuestra juventud los instintos mercantiles e industriales, que deben  distinguir al hombre de Sud América? ¿Sacará de sus manos esa fiebre de actividad y de empresa que lo haga ser el yanquee hispanoamericano?” [Bases]. Imposible.
      El pensamiento fundamental consistía en implantar la libertad; la libertad liberal, se entiende –es decir entendida a lo protestante-, libertad de los individuos para obrar sin trabas, que no libertad de los individuos para oponer el interés general a la gravitación de otros individuos más fuertes. La libertad como autolimitación  de la sociedad  para no intervenir  en el despotismo de los fuertes contra los débiles: de hacer a los individuos de tutelas sociales para que el struggle for life  jugara plenamente  la eliminación de los menos aptos en la lucha por la vida. Y los menos aptos, en esa civilización materialista que alborea eran los criollos que no tenían aficiones mercantiles: “La libertad es una máquina que, como el vapor, requiere maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad en parte alguna de la tierra”, confesaban las Bases. La libertad individual había sido el medio para imponer el dominio de las razas protestantes. Y alucinado por el medio, Alberdi aconsejaba la entrega total de la Argentina a esas razas comerciales.

EL RACISMO DE LAS “BASES”.

      Racista, fuerte y ardientemente racista, era el escrito de Alberdi. Como lo eran también los escritos de su rival Sarmiento, y de los hombres todos de su generación. Racismo a contrario sensu, para lograr la prevalencia de las  razas de afuera contra las razas de adentro. Admiración a lo foráneo y desprecio a lo propio: “haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares, por todas las transformaciones  del mejor sistema de instrucción: en cien años no haréis de él  un obrero inglés que trabaja, consume, vive digna y confortablemente” (Bases).
      ¡Cómo desconocería las condiciones de la vida obrera en Inglaterra por ese entonces, para estampar  semejante afirmación! ¡Cómo comparar la modesta pero digna, vida de un gaucho argentino en 1852, con las del proletariado londinense en ese primero y sórdido período del capitalismo industrial! . (“No es raro encontrar a un hombre con su mujer y cuatro o cinco niños, y algunas veces también los abuelos, viviendo todos en un cuarto redondo de diez a doce pies de lado, donde comen, duermen o trabajan. El arreglo interior de estas habitaciones revela grados diversos de miseria, que llega con frecuencia hasta la falta completa de los muebles más indispensables, y la sustitución de las camas por harapos sucios”, decía F. Engels de las condiciones obreras de Londres en 1860 (c. por A. Efimov, Historia del capitalismo industrial). Un funcionario inglés informaba en la misma fecha sobre las casas para obreros de Glasgow: “son generalmente tan sucias que no sirven ni para establos”)
      No se eliminaba al gaucho por su posible poca instrucción. No era eso, no; se lo eliminaba sencillamente por ser extranjero o, mejor dicho, por ser extranjero a la nueva Argentina: “En Chiloé y en el Paraguay saben leer todos los hombres del pueblo y, sin embargo, son incultos y selváticos al lado de un obrero inglés o francés que muchas veces no conoce ni la o”. (Bases). No era, pues, una preferencia por grado más o menos de cultura: era porque la raza no les daba aptitudes marcadamente comerciales, haciéndolos incultos y selváticos, al lado de hombres que sabían atesorar y manejar el dinero.
      Así el criollo sería extranjero en su propia tierra. La nueva patria no estaría en la raza, en la historia, en la gloria vivida en común. “La patria es la libertad, es el orden, la riqueza, la civilización organizada en el suelo nativo bajo su enseña y su nombre” , enseñaban las Bases definiendo a la nueva Argentina materialista y sin tradiciones que comenzaba.
      Lograr una Argentina sin argentinos: he aquí el propósito de gobernar es poblar. “Poblar” como despoblar de criollos y repoblar con “razas superiores”; toda la filosofía de la organización se centraría en esa máxima.

EL CAPITAL FORÁNEO.

      No era fácil la tarea de desarraigar nada menos que una raza. De allí que el apoyo extranjero se hiciera imprescindible para lograr la completa desargentinización de la Argentina. “Los tratados de amistad y comercio son el medio honorable de colocar la civilización sudamericana bajo el protectorado de la civilización del mundo” (ésta y las siguientes hasta el final son citas de las Bases), reclama Alberdi, iniciando la civilización mercantilista bajo la lógica protección  de las naciones mercantilistas favorecidas. Las cuatro frases sonoras que habrían de reconocer en la futura Constitución los derechos y garantías del hombre extranjero y del capital extranjero, quedarían inviolables bajo la protección del cañón de todos los pueblos”. Abdicar la soberanía nacional en cambio de unos derechos constitucionales en exclusivo beneficio del foráneo era la gestión más patriótica –en el nuevo concepto- que podía pedirse. Frente a esos cañones, ¿qué derechos, qué garantías podrían reivindicar a su vez los nativos, desarmados, disminuidos, ahuyentados?
      El medio de lograr el apoyo del  “cañón extranjero” consistía en hacerlo defender intereses propios. “Proteged al mismo tiempo empresas particulares (fiscales  ¡jamás!) para la construcción de ferrocarriles. Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo favor imaginable sin deteneros en medios. Preferid este expediente a cualquier otro”. ¡Consejo seguido al pié de la letra  y del cual pueden dar fe las posteriores leyes de concesiones ferroviarias! El capital foráneo era el gran factor de civilización. “Entregad todo a capitales extranjeros. Dejad que los tesoros de fuera, como los hombres, se domicilien en nuestro suelo. Rodead de inmunidades y de privilegios el tesoro extranjero para que se naturalice entre nosotros”.
      La Nación desaparece ante los intereses materiales.  La naturalización que pedía Alberdi no se efectuaba, claro está,  por una asimilación del capital foráneo al país, sino precisamente a la inversa: por asimilación del país al capital foráneo. No quería significar que las sociedades habrían de prescindir de su nacionalidad de origen para adquirir la del lugar donde efectuaban la explotación de servicios públicos, que los directorios antepusieran las conveniencias argentinas a sus propios intereses, o que los accionistas perdiera su mentalidad extranjera por el hecho de cobrar dividendos argentinos. La naturalización sería en realidad del país, que al ser atado al capital extranjero se extranjerizaría también: se tornaría en colonia, en factoría. Con mentalidad de colonia, es decir, con mentalidad civilizada.

LIBRE NAVEGACIÓN.

      La entrega total de la Argentina debía completarse con la absoluta entrega de sus ríos navegables. Era preciso renunciar  a la soberanía  argentina sobre ellos, porque “Dios no los ha hecho grandes como mares para que sólo se naveguen por una familia”.
      Rosas había guerreado –y triunfado- sosteniendo contra Inglaterra y Francia la soberanía argentina de los ríos. Por los tratados de 1849 y 1850, esta soberanía había sido  reconocida formalmente , aunque no faltaran entre los  propios argentinos  corifeos de la “libre navegación” –Varela, Valentín Alsina, etc- que sostuvieron la tesis colonial.  La libre navegación de los ríos –que es decir: la renuncia a la soberanía argentina de los ríos  -había sido una de las cláusulas impuestas por el Brasil en su tratado con Urquiza, y acababa de estamparla el Libertador en el Acuerdo de San Nicolás. Ahora Alberdi daba la explicación económica a este desgarramiento político :era conveniente esa libertad, para que “penetrara  por los ríos la civilización europea”. Había que hacer de los ríos mares; y mares libres, mares de “alta mar”. “Es necesario entregarlos a la ley de los mares”, clamaba renunciando a todas pretensión soberana. Que  “cada afluente navegable reciba los reflejos civilizadores  de la bandera de Albión; que en las márgenes del Bermejo y del Pilcomayo brillen confundidas las mismas  banderas de todas partes que alegran las aguas del Támesis, río de Inglaterra y del universo”, demostrando con ello no conocer el Támesis, donde no alegra sus aguas otra bandera que la inglesa. Y demostrando ignorar el “Acta de Navegación” de Cromwell, origen del poderío marítimo inglés.

MORAL ALBERDIANA.

      Vivir sin honor, pero con dinero: ahíto, conforme, sin Dios y sin Patria: he aquí el ideal de las Bases.  “La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sur”, dicen por ahí; “el laurel es planta estéril en América”, por otro lado; “nuestros patriotas de la  primera época (la Independencia) no son los que poseen ideas más acertadas sobre el modo de hacer prosperar esta América… Las ficciones del patriotismo, el artificio de una causa puramente americana de que se valieron como medio de guerra, los dominan y poseen hasta hoy mismo. Así hemos visto a Bolívar hasta 1826, provocar, ligar, para contener a la Europa, y al general San Martín aplaudir en 1844 la resistencia de Rosas  a reclamaciones accidentales de algunos estados europeos… La gloria militar que absorbió sus vidas, los preocupa todavía más que el progreso… Pero nosotros, más fijos en la obra de la civilización que en la del patriotismo de cierta época, vemos venir sin pavor todo cuanto la América puede producir en acontecimientos grandes”.
      La gloria, en efecto ¿para qué sirve?. “La paz nos vale el doble que la gloria”, con la paz habría dinero, aunque fuera en manos foráneas; pero algunas migajas podrían  recoger los nativos que facilitaron la libre entrada de los extranjeros.
      En estas complacencias llegaba Alberdi a los extremos más lamentables.  Hasta ofrecer a los extranjeros “el encanto que nuestras hermosas y amables mujeres recibieron de su origen andaluz”, convencido que los foráneos las fecundarían mejor que los naturales. Filosofía de marido complaciente  que engorda y medra entregando a otro su casa  y su mujer; que, por otra parte, es el  gran fundamento moral de nuestro liberalismo.
      Esta moral tuvo su lógico corolario. El de afuera tomó la casa y la mujer, poniendo al dócil marido a la puerta. Y éste, convencido que la “paz vale el doble que la gloria”, ni siquiera protestó, esperando que el nuevo dueño de casa le hiciera de cuando en cuando la limosna de algún producto de su propia huerta; y admitiendo, en total envilecimiento, dar su nombre –que en otro tiempo fuera glorioso- a los hijos espúreos que no llevaban su sangre ni amaban sus tradiciones. ¿Para qué reaccionar?  “La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sur”.


*Parte del artículo publicado en la Revista del Instituto  de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, (Nº 11; 1943) que luego publicaría el autor en “Nos los Representantes del Pueblo”


sábado, 26 de agosto de 2017

¿Fue masón el general San Martin?

Hogaño, afirmar que el general José de San Martin fue masón es casi un lugar común. Esta afirmación se puede escuchar  tanto en boca de personas con alguna formación académica o cultural, como en boca de personas de escasos conocimientos históricos; pero en todos los casos huérfanos de una concluyente argumentación probatoria.
Para los argentinos católicos no es esta una cuestión intrascendente o baladí ya que el hecho de que un arquetipo de la nacionalidad revista la condición de masón implica un rebajamiento de su valía. En primer lugar porque ser masón es absolutamente incompatible con la condición de católico y en segundo lugar porque el accionar patriótico de este se vería así empañado bajo  un manto de sospechas al considerárselo supeditado a las directivas de una secta siniestra.
En efecto, la masonería es una organización secreta que propaga ideologías anticristianas, como el liberalismo y el marxismo, con el fin de quitar al catolicismo de la vida pública de las naciones. Por ello la Iglesia ha sancionado con pena de excomunión a los católicos que dan sus nombres a estas logias.
La versión de la supuesta condición de masón del Libertador, comenzó a ser acuñada alrededor del año 1880, ya que antes connotados masones como Bartolomé Mitre y Domingo Faustino negaron tal posibilidad.
Así Sarmiento supo decir que: “Cuatrocientos hispanoamericanos diseminados en la península, en los colegios, en el comercio o en los ejércitos se entendieron desde temprano para formar una sociedad secreta, conocida en América con el nombre de Lautaro. Para guardar secreto tan comprometedor, se revistió de las fórmulas, signos, juramentos y grados de las sociedades masónicas, pero no eran una masonería como generalmente se ha creído...
Y Mitre, por su parte, afirmó en su Historia de San Martin que “La Logia Lautaro no formaba parte de la masonería y su objetivo era sólo político”.
Fundamentos de la acusación
Ahora bien, ¿en que se basa esta acusación? ¿Existen pruebas de que San Martin fuera masón?
El historiador masón grado 33 Augusto Barcia Trelles sostiene en sus obras que nuestro prócer fue masón, pero no aporta ninguna prueba documental de ello. La excusa a semejante orfandad documental es que, según dijo, a pesar de haberla buscado en Argentina, Chile, Perú, España, Inglaterra, Francia y Bélgica; no la pudo encontrar “porque los archivos de las logias han sido destruidos por los nazis durante la ocupación”. Lo que sí se ve que encontró es una excusa ridícula.
Otro historiador masón Alcibíades Lappas, afirmó que San Martin ingresó en 1808 en la masonería, en la Logia Integridad n° 7, de Cádiz. ¿Qué pruebas aporta de ello? Ninguna.
Lo mismo quienes  dicen que San Martin se hizo masón en Inglaterra, cuando estuvo en la llamada Casa de Miranda, de paso hacia América. Según estos allí nuestro prócer se habría integrado a la logia masónica “Gran Reunión Americana” fundada supuestamente por Francisco de Miranda.
Quienes se hacen eco de estos dichos, es decir de estas fuentes masónicas, creen que las mismas son de por sí confiables y que por ende su autoridad es incuestionable; por lo tanto se eximen de mayores probanzas. Sin embargo, justamente por provenir de donde provienen esos testimonios deben ser tomados con cautela, ya que sabido es que los masones tratan de hacer pasar por masones a la mayor cantidad posible de personalidades notables a fin de prestigiar su accionar.
En contra de la imputación
A la afirmación de que San Martin se afilió a la masonería en Cádiz, hay que decirle en primer lugar –como lo explica Díaz Araujo- que “en el Cádiz de las Cortes pululaban los clubes secretos de masones, carbonarios y sociedades ocultas antimasónicas” y que “los dirigentes de las sociedades secretas luchaban y se desprestigiaban entre sí debatiéndose en diferentes aspiraciones. Las sociedades secretas fueron perdiendo su influjo en la lucha sorda mantenida entre ellas. Desorden que no se hubiera producido si todas esas sociedades y logias hubieran sido de obediencia masónica”. De modo que no todas las sociedades secretas que actuaban en aquella época en Cádiz eran masónicas, las había meramente políticas.
Y esto lo supo la Corona española. En efecto, en una nota secreta de la Secretaría del rey Fernando VII al Gobernador de Cádiz, Villavicencio, del 22 de Agosto de 1816, se decía lo siguiente: “Muy reservado. El Rey ha sabido por conducto seguro que existe una sociedad muy oculta, cuyos ritos son análogos a los de la masonería, pero su único objetivo es la independencia de América.”
Además de esto, existen otras pruebas indubitables de que la Logia Lautaro no era masónica. En primer lugar, los testimonios de dos hombres que fueron miembros de la logia. Uno, el de José Matias Zapiola, quien le dijo a Mitre: La Lautaro no era masónica, sí la de don Julián Alvarez”. Refiriéndose a la Logia Independencia que este presidia.
El otro testimonio es el de un sacerdote, Fray Servando de Mier, quien en sus Memorias cuenta que estando en Cádiz fue invitado a ingresar en la Lautaro (como explica Enrique Díaz Araujo los americanos eran mal visto por entonces en Cádiz y para ayudarse se logiaban); ahora bien, este sacerdote mexicano, enterado de las censuras pontificias a la masonería le preguntó a quien le invitó a entrar a la logia, si la Lautaro era masónica, a lo que se le respondió que no, y que el único masón allí era Carlos de Alvear.
También existe otra prueba documental al respecto que nos da la pauta de los fines políticos y no religiosos de la Lautaro; se trata de una Circular de la Logia del 21 de diciembre de 1816 en la que se daba la siguiente instrucción: “No atacar ni directa ni indirectamente los usos, costumbres y religión. La religión dominante será un sagrado de que no se permitirá hablar sino en su elogio, y cualquier infractor de este precepto será castigado como promotor de la discordia en un país religioso”.
Pero mayor contundencia probatoria tienen las respuestas que el historiador Patricio Maguire recibió a sus cartas enviadas en 1979 a la Gran Logia Unida de Inglaterra y a las Grandes Logias de Irlanda y de Escocia. En ellas le confirmaron que la Logia Lautaro “no tenía relación alguna con la Francmasonería regular”, y que San Martín no fue miembro de la misma.
A la teoría de que San Martin de afilió a la masonería en Londres en la llamada Casa de Miranda,   Enrique Díaz Araujo dice que es imposible que San Martin se hay podido reunir con Miranda allí porque hacía alrededor de un año que Miranda no estaba en Londres; y que no hay ninguna prueba de que este haya sido masón y menos de que haya existido la supuesta logia Gran Reunión Americana; además de que  los verdaderos dueños de esa casa londinense, los venezolanos Andrés Bello y Luis López Méndez, no eran masones y sí católicos prácticos.
Otro prueba de que es imposible que San Martin haya sido masón es su innegable condición de católico, tanto en el ámbito privado como en el público.
Al respecto hay que tener presente que la Masonería tiene como un objetivo fundamental la destrucción del orden social cristiano, es decir de la Cristiandad. En ese sentido los masones buscaron denodadamente imponer la separación del Estado y la Iglesia, la enseñanza laica, el divorcio, y en general la supresión de toda manifestación pública de Fe católica.
Ahora bien –a contrario sensu- San Martin hizo gala de un catolicismo público innegable; promoviendo la confesionalidad de Estado, la enseñanza religiosa, y todo tipo de actos que implican un reconocimiento del reinado social de Cristo en el orden temporal.
Para no extendernos demasiado con las innumerables muestras de Fe católica de San Martin, enunciamos solo las siguientes: promovió el uso del rosario y el escapulario entre sus soldados, dotó de capellanes a su tropa, nombró a la Virgen del Carmen Generala de su ejército, hizo rezar misas con frecuencia, fundó y auspició escuelas en las que se enseñaba la religión católica, se mostró siempre respetuoso con el clero y rindió su homenaje al representante apostólico de Pio VII de paso por Buenos Aires.
En particular supo ser un católico intolerante y severo respecto a la blasfemia y a los sacrilegios. En el art. 1° del Código Militar que redactó para su ejército en 1816, estampó una regla aleccionadora: “Todo el que blasfemare el santo nombre de Dios o de su adorable Madre e insultare la religión por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza por el término de ocho días; y por segunda vez será atravesada su lengua con un hierro candente y arrojado del cuerpo de Granaderos. El que insultare de obra a las sagradas imágenes o asalte un lugar consagrado, escalando iglesias, monasterios u otros, será ahorcado... Las penas aquí establecidas... serán aplicadas irremisiblemente”.
En lo atinente a la confesionalidad del Estado, cuestión que enardece a los masones, San Martin no dejó resquicio alguno para las pretensiones masónicas.
En la instrucción a Tomás Godoy Cruz, del 26 de enero de 1816, acerca de la forma de gobierno que debería adoptar el Congreso de Tucumán dice: “sólo me preocupa que el sistema adoptado no manifieste tendencia a destruir Nuestra Religión”.
En el "Estatuto Provisional" del Perú, que dictó el 8 de Octubre de 1821, estableció lo siguiente: “La religión Católica, Apostólica Romana es la religión del Estado. El gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque, en público o privadamente, sus dogmas y principios, será castigado con severidad, a proporción del escándalo que hubiese dado”... 3ro: “Nadie podrá ser funcionario público si no profesa la religión del Estado”.
Con estas disposiciones nomas debería quedar descartada de plano toda posible pertenencia de nuestro prócer a la masonería, pues ¿Cuándo se vio un masón que hiciera todo eso? Sin embargo hay más datos aun que sirven para descartar su filiación masónica.
Todos sus enemigos acérrimos fueron justamente masones o liberales. Entre ellos Bernardino Rivadavia, Carlos de Alvear, José Miguel Carreras; y hay que destacar que fueron estos los que frustraron su intención de instaurar en América una monarquía católica e independiente pero dentro del seno de la Hispanidad.
Díaz Araujo dice que con ese fin operaron tres logias en forma combinada: la Logia Central de la Paz Americana del Sud, formada por  oficiales del Ejército Real español que pertenecían al partido liberal, cuyo Venerable era el General Jerónimo Valdés, quien impidió precisamente la paz americana, oponiéndose a los acuerdos de Miraflores y Punchauca que plantaban la independencia americana y la coronación de un miembro de la dinastía borbonica. La segunda fue la Logia Provincial de Buenos Aires, que presidía en país Bernardino Rivadavia, con ramificaciones en la "Lautaro"; y la tercera, la Logia Republicana Orden y Libertad, cuyo Venerable era José Faustino Sánchez Carrión, que se opuso al proyecto monárquico del Libertador y llevó a Simón Bolivar al Perú.
De modo pues que a estas Logias masónicas se les debe la balcanización sudamericana, ellas son las responsables de que nos convertimos un puñado de republiquetas sometidas al  imperio británico, y no a San Martin, como dicen sus detractores.
Finalmente, habría que mencionar que existen también otros argumentos que esgrimen los detractores del Libertador pero que son de una endebles tal que raya lo ridículo, y que no alcanzan ni siquiera a ser indicios que puedan justificar un mero estado de sospecha sobre nuestro héroe. Un ejemplo de estos argumentos maliciosos es el referente a una medalla que la masonería belga  supuestamente la habría otorgado a San Martin.
Al respecto hay que decir que un historiador masón, Martin Lazcano, reconoció que “la masonería no reserva sus homenajes para sus propios miembros”. Por otro lado ese hecho por sí solo no prueba nada, pues  -como dice Horacio Juan Cuccorese-   “¿Existe alguna prueba documental o testimonial reveladora de que San Martín haya aceptado una medalla masónica? ¿Existe constancia de la recepción solemne de la entrega de la medalla, discurso de Gran Maestre de la Logia y palabras de agradecimiento de San Martin? Nada. ¿Habrá tenido conocimiento San Martín de que se acuñó una medalla masónica en su honor? En la correspondencia sanmartiniana tampoco se encuentra nada".
En conclusión, podemos afirmar que no existe  prueba ni evidencia alguna de que San Martin haya sido masón. Y eso es lo que reconocen historiadores como Mitre, Ricardo Piccirilli, Héctor Juan Piccinali, Martín V. Lazcano, Guillermo Furlong, Aníbal Rotjer, Ricardo Rojas,  Ricardo Levene; entre otros.

Por lo que sostener la infamia de su filiación masónica implica continuar –se quiera o no- con el plan pergeñado en su momento por liberales y masones para frustrar los propósitos de independencia, paz y unidad del Gran Capitán, y para desvirtuar su formidable  figura arquetípica.

                                                                  Edgardo Atilio Moreno


miércoles, 16 de agosto de 2017

¿Fue el general Don José de San Martín masón? (Ultima parte)

POR EL R.P. ANIBAL ROTTJER

6. La Virgen del Carmen, Generala de su Ejército

San Martín, el 5 de enero de 1817, después de haber elegido en junta de oficiales a la Virgen del Carmen como Patrona del Ejército de los Andes, se dispone a solemnizar con emotivas ceremonias religiosas el magno acontecimiento.

La procesión, presidida por los prelados, San Martín y el teniente gobernador, llega de San Francisco a la Matriz, donde se halla la nueva bandera depositada sobre la bandeja de plata. Antes de la misa, San Martín se levanta de su sitial, sube al presbiterio, toma la bandera y la presenta al sacerdote, quien la bendice juntamente con el bastón del General. Al Evangelio, el canónigo Güiraldes pronuncia el panegírico de circunstancias. Terminada la misa, se entona el tedéum, se reanuda la procesión y llegan, al altar del tablado, la bandera y la imagen de la Virgen. Entonces San Martín coloca su bastón de mando en la mano derecha de la Madre de Dios, poniendo bajo su amparo la dirección del Ejército y el éxito de la campaña libertadora.

Dice Capdevila : “Tal ceremonia es un acto religioso típico, que define a San Martín como a un perfecto católico, apostólico, romano, creyente como el que más en la Madre Purísima”.

El 25 de mayo de 1815, ordena como gobernador de Cuyo celebrar con solemne “función de Iglesia” el aniversario de la Revolución ; y el 8 de agosto de 1816, jura con su estado mayor, “por Dios y por la Patria”, la Independencia Nacional. Antes de emprender el cruce de la Cordillera, el Héroe de los Andes oye misa y comulga con todo el Ejército, al que le impone el escapulario de la Virgen del Carmen ; como hizo personalmente Belgrano con los cuatro mil escapularios que le enviaran las monjas de Buenos Aires, colocándoselos a sus soldados en Tucumán, después del triunfo obtenido en el día de la Virgen de las Mercedes. Y San Martín en unidad de pensamiento con su íntimo amigo el general O’Higgins – que juró proclamar a la Virgen del Carmen como Patrona y Generala de los ejércitos de Chile, si lograban las armas patriotas el triunfo de la libertad ; y que después de Cancha Rayada, de rodillas ante el altar de la Reina y Madre del Carmelo, formuló el voto de levantar un templo en el campo de la victoria -, prestó su profunda adhesión a todas las ceremonias que en ese año de 1818 se realizaron en Maipú, celebrando el triunfo con imponentes actos religiosos.

Ya el 16 de julio de 1817, festividad de la Virgen del Carmen, se había hecho la solemne entrega de la medalla de honor a los vencedores en Chacabuco, seguida de una gran procesión, en que participaron las tropas libertadoras ; el 21 de abril de 1818 se oficia, por la victoria de Maipú, una solemne misa en la catedral de Santiago de Chile, a la que asistieron San Martín y O’Higgins, con panegírico del presbítero doctor Julián Navarro.

7. Junto a su dormitorio se oficia diariamente la Santa Misa

En el palacio residencial de San Martín, en Santiago de Chile, junto a la habitación destinada a su inseparable capellán, había una capilla, en la cual campeaba la imagen de la Virgen del Carmen; y además, todos los ornamentos y utensilios litúrgicos para la celebración del Santo Sacrificio. Poseía también, en su casa particular, un retablo de la Virgen de los Dolores, el altar portátil y dos artísticos crucifijos.

El 12 de febrero de 1818, San Martín proclamó solemnemente la independencia de la “nueva patria” de Chile en el primer aniversario de Chacabuco, “a nombre de los pueblos y en presencia del Altísimo”. La ceremonia se realiza frente a la catedral. Monseñor José Cienfuegos, vicario del obispo de Santiago, recibe el juramento de San Martín “por Dios y por la Patria”, poniendo su mano sobre los Santos Evangelios; y todo el pueblo responde arrodillado: “¡Sí, juramos!” Al día siguiente, en la catedral, asiste el General al tedéum en acción de gracias por la reconquista de Chile; y el 14, a la solemne misa cantada, en que pronunció la oración patriótica el capellán castrense Julián Navarro.

8. Su cristiano reconocimiento por la visible protección de la Virgen

El lº de octubre de 1815, San Martín anticipa la victoria a los pueblos de su mando, manifestándoles en su proclama : “…Yo me atrevo a predecirla, contando con vuestro auxilio, bajo la protección del Cielo…”

El 30 de diciembre de 1818, desde Santiago de Chile, aseguraba a los habitantes del Perú, “del modo más solemne”, que la preocupación y los sentimientos de los nuevos gobiernos de América, propendían al “respeto de las personas, de la propiedad y de la Santa Religión Católica ; y les anunciaba que las armas patriotas “habían obtenido señaladamente la protección del Eterno”.

El 19 de agosto de 1820, antes de zarpar de Valparaíso, saluda así a los cuyanos: “…hago votos al Cielo por vuestra felicidad…”; y dirigiéndose a los soldados del Ejército Unido les dice: “Fiado en la justicia de nuestra causa y en la protección del Ser Supremo, os prometo la victoria”.

Al despedirse de sus soldados, en 1822, les dijo: “…ocho años os he mandado y al fin vuestras virtudes y constancia, bajo los auspicios del Cielo, han producido la independencia de la América del Sud” ; y al despedirse de los peruanos : “¡Que Dios os haga felices en todas vuestras empresas y que El os eleve al más alto grado de paz y prosperidad!”

El 12 de agosto de 1818, después de sus victorias, San Martín acredita su sincera devoción a la Madre de Dios y su fervor cristiano, al donar al convento de los franciscanos de Mendoza su bastón de General: “La decidida protección que ha prestado al Ejército de los Andes su Patrona y Generala, Nuestra Madre y Señora del Carmen, son demasiado visibles. Un cristiano reconocimiento me estimula a presentar a dicha Señora, que se venera en el convento que rige V. P., el adjunto bastón, como propiedad suya y como distintivo del mando supremo que tiene sobre dicho Ejército”.

Más tarde envió también la bandera de los Andes, para que fuera custodiada en el camarín de la Virgen del Carmen, la Generala victoriosa de las armas de la patria. Y en carta al gobernador de Mendoza, escrita en Lima en 1821, le recuerda que las banderas tomadas a los realistas, deben depositarse en dicho templo.

El 26 de enero de 1816 escribía a Godoy Cruz, congresal de Tucumán, insistiendo en la necesidad de declarar prontamente la independencia; en cambio, con respecto a la forma de gobierno, só1o le preocupa que el sistema adoptado no manifieste “tendencia a destruir Nuestra Religión”.

El 24 de enero de 1817, escribe su última comunicación al Director Pueyrredón; pues, la expedición ya ha comenzado su marcha a través de la Cordillera; y le anuncia: “Esta tarde salgo a alcanzar las divisiones del Ejército. Dios me dé acierto para salir bien de tamaña empresa… Dios mediante, para el 6 de febrero estaremos en el valle del Aconcagua”.

Y Pueyrredón le contestaba el 1º de febrero de 1817: “Ojalá sea Vd. oído por Nuestra Madre y Señora de las Mercedes”.

Desde Ancón, en 1820, le escribía a O’Higgins diciéndole: “…Nuestros sucesos no pueden ser más prósperos. Dios nos ayuda, porque la causa de América es suya; ésta es mi confianza”. Todo lo calculaba el General, puesta su fe en Dios y en su Madre Santísima.

El día 8 de setiembre de 1820, fiesta de la Natividad de la Virgen María – “el primer día de la libertad” -, desembarca en ]as playas del Perú, y el patriota Hipólito Unanúe le escribe desde Lima : “…Todo esto anuncia un próspero fin, que completará la protección de la Celestial Patrona, en cuyo día puso el pie en estas costas el Ejército Libertador”.

9. Las cartas sanmartinianas, fiel reflejo de su alma cristiana

En las cartas del Libertador, ya oficiales como privadas, San Martín menudea frases que manifiestan su religiosidad y traslucen su espíritu sinceramente cristiano y piadoso. “Gracias a Dios, me encuentro bien… Dios guarde a Vd. muchos años… Con el favor del Cielo… Si Dios nos echa su bendición… Quiera el Cielo guiarnos… Dios ponga un término a esta guerra, cuyos resultados no serán otros que agravar los males .. Dios le inspire acierto .. Dios lo mantenga en tan buenos propósitos… Dios lo deje llegar con bien… Dios le conserve la salud… Dios ponga tiempo en nuestras manos… Juro ante Dios y América… Dios haga, sea el iris de la unión y tranquilidad.. Quiera Dios que al recibo de esta comunicación… Dios conserve la armonía… ¡Gran Dios! Echad una mirada de misericordia sobre las Provincias Unidas… Dios ha escuchado mis votos…”, etc.: son todas expresiones cristianas, que se suman a las ya transcriptas ; y a las que podemos añadir las de las cartas siguientes :

A Miguel de la Barra le decía en 1842: “…gracias sean dadas a Dios, (pues) mi salud quebrantada ha podido soportar estas desgracias”.

Al cuidador de su chacra mendocina, le escribe el 2 de febrero de 1821, desde su cuartel general de Huaura, una carta que refleja elocuentemente la bondad de su cristiano corazón: “…Auxilie Vd. a los pobres con granos y herramientas… no se dé cuidado que, Dios mediante, en concluyendo la campaña (la chacra de) los Barriales tiene que ser el paraíso y el auxilio de todos los infelices; no hay que desmayar, que todo Dios lo tiene que componer… Dios mediante, muy en breve estaremos en Lima”.

En 1836, escribe al general Pedro Molina y le dice: “….como só1o Dios es el que dispone las cosas de esta vida… he reaccionado de los males que me habían llevado al borde del sepulcro”.

En 1822, afirmaba en su carta a Bolívar: “Dios, los hombres y la historia juzgarán mis actos públicos… esperemos serenos los designios de Dios…”

Y el 30 de setiembre de 1823, al contestar la carta de su íntimo amigo Vicente Chilavert, en la cual se advertía que por su situación más descansada, dispondría también de más tiempo para leer su correspondencia, le decía: “…el tiempo, sin embargo, no lo tengo muy sobrante ; pues él es dedicado a prepararme a bien morir… como un cristiano que por su edad y achaques ya no puede pecar, y a tributar al que dispone de la suerte de los guerreros y profundos políticos, las más humildes gracias por haberme separado de unos y de otros”

O’Higgins, en 1836 y 1837, escribía al ilustre proscripto:

“¡ Qué altos son los juicios del Eterno! ¡Qué admirables sus providencias…! No cesemos, mi querido compañero, de rendir millones de gracias a la Majestad Divina, protectora de la inocencia; porque si nos ha dado y nos manda tribulaciones, nos conserva la vida y salud .. evidentemente para que adoremos su providencia y agradezcamos la merced que nos ha concedido…”

A su secretario e íntimo amigo, general Tomás Guido, le comunica el 2 de agosto de 1818: “…para mediados de este mes pasaré la cordillera y espero en Dios que todo se hará felizmente, Diga Vd. al padre Bauzá apronte mi casa para breves días”. El 6 de febrero de 1830 le decía al terminar su carta : “Que Dios lo libre de vivir y morir en pecado mortal, son los votos de su viejo amigo. – José de San Martín”. Y el 3 de octubre de 1816: “Cuénteme lo que haya de Europa y dedique para su amigo media hora cada correo, que Dios y Nuestra Madre y Señora de Mercedes se lo recompensarán”.

“Esta sola expresión – dice Furlong – bastaría para declarar que no só1o era San Martín un hombre católico, sino también un católico piadoso” e hijo amante de la Reina de los Cielos.

10. El gobernante católico

El 8 de octubre de 1821 promulga en Lima el Estatuto Provisional “dado por el Protector de la Libertad del Perú”, como anticipo de la constitución definitiva. “Mi pensamiento ha sido – afirma – dejar puestas las bases sobre que deben edificar los que sean llamados al sublime destino de hacer felices a los pueblos… Luego iré a buscar en la vida privada mi última felicidad y consagraré el resto de mis días a contemplar la beneficencia del Gran Hacedor del Universo y renovar mis votos por la continuación de sus propicio influjo sobre la suerte de las generaciones venideras”. De los 43 artículos citamos el 1º y 3º: “La Religión Católica, Apostólica, Romana, es la Religión del Estado: el gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o privadamente sus dogmas o principios será castigado con severidad… Nadie podrá ser funcionario público si no profesa la Religión del Estado”.

Y el juramento del Protector del Perú lo redactó así: “Juro a Dios y a la Patria y empeño mi honor, que cumpliré fielmente el Estatuto Provisional dado por mí para el mejor régimen etcétera”

Después de haber consultado al arzobispo, monseñor Bartolomé de Las Heras, y a los prelados peruanos para compulsar la voluntad general y haber levantado acta de la decisión unánime por la libertad, declaró solemnemente a la faz del mundo, el 28 de julio de 1821 : “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad de los pueblos y por la justicia de su causa, que Dios defiende”. Al día siguiente se realiza la ceremonia en la catedral de Lima, con misa cantada y solemne tedéum en acción de gracias con la asistencia de San Martín y las altas autoridades civiles, eclesiásticas y militares.

Y como un cristiano homenaje a Santa Rosa de Lima, Patrona de la Independencia Argentina, el Fundador de la Libertad del Perú crea la Orden del Sol, colocándola bajo la especial protección de la virgen americana.

El 19 de enero de 1822, al delegar el mando, emana un decreto que establece en el artículo 4º: “El Supremo Delegado saldrá con la comitiva a la Iglesia Catedral, donde se cantará un tedéum…”

El 20 de setiembre de 1822, al recibir en el sagrado recinto de la Catedral, el juramento de los ministros y diputados : – “Juráis la Santa Religión Católica, Apostólica, Romana, como propia del Estado” -, añadió San Martín: “Si cumpliereis lo que habéis jurado, Dios os premie y si no, El y la Patria os demanden”.

Acto seguido, el deán entonó el tedéum de acción de gracia.; por la instalación del Primer Gobierno Patrio.

Y ante el congreso de Lima, el Protector del Perú, en la sesión de apertura, desciende del alto sitial de gobierno de los pueblos libres, pronunciando estas hermosas palabras: “Al deponer esta investidura, no hago sino cumplir con mi deber y con los votos de mi corazón… Pido al Ser Supremo el acierto, luces y tino, necesarios a los representantes del pueblo, para hacer su felicidad… Que el Cielo presida vuestros destinos y que éstos os colmen de felicidad y paz”.

11. San Martín cumple sus deberes de fiel cristiano

Dice Francisco Gómez, hermano del general Andrés y del coronel Leandro, héroe de Paysandú, que “San Martín era muy religioso. Lo vi varias veces en la (Iglesia) Matriz (de Montevideo en los meses de febrero, marzo y abril de 1829) ; sobre todo en las misas de los domingos, adonde concurríamos infaliblemente. En la capilla del Reducto – fundada por el general Rondeau, durante el sitio de Montevideo – asistió el General (San Martín) a una misa celebrada en esa capilla, en compañía del coronel Eugenio Garzón, quien tenía su cuartel a pocos pasos de la capilla”. Igualmente, durante esos meses, visitó la capilla de la Aguada, para cumplir con sus deberes religiosos.

12. Los funerales del Héroe

El testamento ológrafo de San Martín, escrito en 1844, bajo la impresión de una muerte inminente, es en realidad – como dice Furlong – una simple minuta del verdadero testamento que aún se desconoce; y lo inicia como reza el símbolo de la fe cristiana: “En el nombre de Dios Todopoderoso…”

Vicuña Mackenna refiere que “esa pieza de cincuenta y dos renglones, escrita en una cuartilla de papel, no es un testamento, es un simple boletín como el de Maipo, redactado sobre la almohada, como redactó aquél en el arzón de la silla (de su cabalgadura)”.

“En frases sencillas ordenó sus disposiciones – dice el doctor Villegas Basavilbaso – sin jactancia, humildemente, con fervor cristiano. Inició su testamento “En el nombre de Dios Todopoderoso, a quien reconozco como Hacedor del Universo”, porque creía en Dios, a quien invocó tantas veces en víspera de la gloria”.

La prohibición de los funerales obedece al espíritu sanmartiniano, en oposición a todo lo aparatoso, y nada más. Por eso deudos y amigos cumplieron fielmente con las disposiciones testamentarias ; ofreciendo, no obstante, misas y sufragios, que han sido, seguramente, del agrado del cristiano y austero militar.

“Fiel siempre a sus hábitos modestos – escribió Félix Frías – había manifestado su voluntad de que su entierro se hiciera sin pompa ni ostentación alguna y así se ha hecho”.

Por las cartas transcriptas, nos revela San Martín, que desde 1823, se venía preparando a bien morir; de modo que su deceso repentino, no fue imprevisto para él En el ostracismo tuvo a su lado, en Gran Bourg, al presbítero Bertin, y en Boulogne Sur Mer, el párroco monseñor Benoit Haffreingue, “prelado ilustrado y piadoso”, quien lo asistió espiritualmente en los últimos días de su vida “como un verdadero ministro del Evangelio”; y ofreció luego a su hija la cripta de la Catedral, para que reposaran los restos del Libertador.

Francisco Rosales, encargado de negocios de Chile, que cerró sus ojos “después del repentino ataque, que casi sin agonía puso fin a sus días”, comunicó al gobierno el deceso diciendo: “acabó sus días con la calma del justo”; y Félix Frías, testigo presencial, informa: “Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho. Otro en una mesa, entre dos velas, que ardían al lado del lecho del muerto…

(Su hija y sus dos nietecitas rogaban por él)… Dos Hermanas de Caridad rezaban por el descanso del alma que abrigó aquel cadáver.. El carro fúnebre se detuvo en la iglesia de San Nicolás. Allí rezaron algunos sacerdotes las oraciones en favor del alma del difunto… Después de esa ceremonia el convoy fúnebre continuó hasta la Catedral”. Allí permanecieron los restos de San Martín hasta el 21 de noviembre de 1861, en que, celebrándose solemnes exequias, fueron trasladados a Brunoy. Más tarde, con toda la pompa de la liturgia católica, se celebraron funerales en la Catedral de El Havre, el 21 de abril de 1880, y en las catedrales de Montevideo y Buenos Aires, a fines de mayo; como ya se había realizado en 1850 y l851, en Chile, en Entre Ríos por orden de Urquiza, y en Perú por decreto del presidente Ramón Castilla.

13. Hijo sincero de la Iglesia Católica

“No existe ningún documento para probar que San Martín haya sido masón”. (Ricardo Rojas en “El Santo de la Espada”, Buenos Aires, 1942, p. 70).

“San Martín era un caballero en su proceder, en sus acciones y conducta, cuya bondad de corazón era tan manifiesta como sus grandes habilidades, y a quien era imposible conocer íntimamente sin amarle”. (General Miller en 1853).

“Fue un ejemplo sorprendente de consecuencia, lealtad, patriotismo, fidelidad, desinterés, austeridad y nobleza de alma, Se necesita estar cegado por la pasión de secta para pasar por alto todo el cúmulo de pruebas documentadas que acreditan el catolicismo del Libertador, y obstinarse en llamarlo masón, o católico despreocupado de la doctrina” (Armando Tonelli en “El General San Martín y la Masonería”, p. 138).

“Es sobre todo venerable a mis ojos porque a sus hechos heroicos mereció asociar el título de grande hombre de bien” (Felix Frías),

“Murió sin quejas cobardes en los labios y sin odios amargos en el corazón”. (Mitre).

“Treinta años de calumnias innobles no alcanzaron a hacer subir su palabra de defensa desde su corazón hasta sus labios. La ingratitud no le arrancó una queja”. (Avellaneda).

“(Los peruanos) declaramos ante el universo que San Martín es el más grande de los héroes, el más virtuoso de los hombres públicos, el más desinteresado patriota, el más humilde en su grandeza ; que San Martín a nadie injurió; que sufrió con cristiana resignación los más inmerecidos ataques; aunque retirado en su humilde vida privada, de su boca no salieron revelaciones que hubieran mancillado la honra ajena; de su pluma no se deslizó el corrosivo veneno de la difamación..” (Paz Soldán, 1868).

“Al privarnos la Divina Providencia de un padre tierno y virtuoso, parece que hubiese querido suavizar su dolor, haciendo que sus últimos momentos fueran sin sufrimiento alguno visible y con la serenidad que inspira una conciencia sin tacha”. (Balcarce, 14 de setiembre de 1850, al general Ramón Castilla, presidente del Perú).

“Esta casa estaba santificada a nuestros ojos”, dirá el doctor Gerardi, dueño de la casa en que murió San Martín.

“San Martín fue profundamente cristiano”. (Enrique Tovar en “La Crónica” de Lima).

“…Comandante en Jefe del Ejército de los Andes, rezaba al toque de oración de cada día, y semanalmente escuchaba misa y rezaba el rosario”. (Coronel Bartolomé Descalzo, presidente del Instituto Sanmartiniano).

“Creía en Dios, en la Santísima Virgen, en la ilicitud de la blasfemia, en el Pontificado Romano, en los Sacramentos, y quiso morir como buen cristiano. Era un hijo sincero de la Iglesia Católica. Nadie podrá presentar documentos donde se pruebe lo contrario”. (Trenti Rocamora).

“Era un católico no sólo práctico, sino además ferviente y apostólico”. (Guillermo Furlong, miembro de la Academia Nacional de la Historia).

“Los audaces y atrevidos que han puesto en duda la cristiana devoción de San Martín desconocen su grandeza. Este no fue un hombre capaz de fingir nada. Como lo dijo lo practicó: “O serás lo que has de ser, o no serás nada”. Porque fue lo que debía ser, fue grande entre los grandes”. (Cardenal Caggiano, primado de la Argentina, arzobispo de Buenos Aires y vicario castrense).

Y cumpliendo la vieja sentencia castellana del escudo de armas de la familia San Martín: “Velar se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte”… viven en la inmortalidad [2] .

NOTAS:

[1] Barcia Trelles, Augusto. San Martín en Europa, cap. II, pp. 7 y 72. Zúñiga, Antonio R. La logia Lautaro y la independencia argentina, p. 174, Bs. As. 1922. Genta, Jordán B. La masonería en la Argentina, pp. 8 a 14, Bs.As., año 1949. Furlong Guillermo. El general don José de San Martín:¿masón, católico, deísta?, pp. 72 a 84. Revistas: Símbolo, de octubre de 1950, y Verbum, de agosto de 1947.

[2] Abad, Plácido. El general San Martín en Montevideo. Bazán.- Nociones de Historia Eclesiástica Argentina. Barros Arana, D. – Historia General de la Independencia de Chile. Bueis de Los, A.- Los agustinos en la Argentina. Carbia, Rómulo. – San Martín y la Iglesia. Cartas del Libertador Carranza, A. – San Martín: Su correspondencia. Delfino, H. – La religión de San Martín. Espejo, Jerónimo. – El paso de los Andes. Furlong. – El general don José de San Martín, ¿masón, católico, deísta? y La religiosidad del General José de San Martín. 1920. (Rev. El mensajero del S. Cor. de, Jesús). Gelly y Obes, C. – El libertador general José de San Martín, cristiano por linaje, educación y convicción. Grenon, P. – San Martín y Córdoba. Hudson, Damián.- Recuerdos históricos de Cuyo. Paz, Soldán.- Historia del Perú independiente. Piaggio, Agustín. – La fe de nuestros padres. Ruíz Santana. – Los capellanes castrenses en el ejército argentino. Saldaña Retamar, Reginaldo. – Los dominicos en la independencia argentina. Tonelli, Armando. – San Martín y la Masonería. 1943. – Religiosidad del L.ibertador. Trenti Rocamora.- La creencia religiosa del general don José de San Martín. – Las convicciones religiosas de los próceres argentinos. Varela, L.- Breve historia de la Virgen de Luján. Verdaguer, J. Aníbal. – Historia eclesiástica de Cuyo.


Tomado del libro de Anibal A. Rottjer, La Masonería en la Argentina y en el mundo, Ed. Nuevo Orden, Buenos Aires 1973 (4ª Edición), pp. 397-417.