domingo, 26 de enero de 2020

EL IDEAL CATOLICO DE BELGRANO

Por: Prof. Gaston Alejandro Ezequiel Lombardi. 

Nos convoca hoy la figura señera de uno de los próceres más queridos y entrañables de la historia argentina. Pero también, uno de los mas desconocido y olvidados. Nos referimos al general Manuel Belgrano, símbolo máximo de argentinidad y de austeridad.

Hablar de la figura de Belgrano, y fundamentalmente de su ideal es hacer referencia a su profunda fe y devoción. Pero sin lugar a dudas es hacer referencia también a las distintas facetas por las cuales se ha distinguido a lo largo de su vida.

En esta breve semblanza, nos referiremos a su ideal, enmarcado dentro de cinco puntos que tomaremos en cuenta y los cuales queremos distinguir: el militar, el economista, el político, el educador, y el hombre de fe.

No podemos comenzar a hablar de su vida sin hacer referencia a su educación.

Criado en una familia mezcla de inmigrantes y criollos, Belgrano comenzó a aprender y a interesarse en los oficios de su padre, a la sazón comerciante italiano venido al rió de la plata y casado con una criolla Maria Josefa González.

Podemos distinguir que su relación, con la gloriosa Orden de Santo Domingo, se debe, en primer lugar, a su herencia y lazo familiar, pues sus padres eran miembros de la Tercera Orden y llegaron a ser priores de ella, como así también de la Cofradía del Rosario. Y en segundo lugar por la cercanía casi inmediata de su domicilio con el Convento de Santo Domingo de Buenos Aires, donde ingreso en la escuela elemental haciendo sus primeras letras con el lustre hermano Fray José de Zemborain (quien se encuentra en proceso de canonización).

Es de destacar que luego de su paso por el real colegio de San Carlos donde realizo sus estudios secundarios don Manuel fue enviado con solo 16 años a estudiar a España.

Durante su estancia en la madre patria, en Madrid, pero, sobre todo, en Salamanca donde estudió leyes dos años, y en la universidad de Valladolid en la que se recibió de bachiller en enero de 1789, y por examen realizado ante la Audiencia de esta ultima ciudad, le otorgaron el titulo de abogado en febrero de 1793 y estuvo en excelentes condiciones de mantener un estrecho contacto con los dominicos. Resulta lógico entonces suponer que, por su tradición familiar y por sus sentimientos personales, como también por recomendaciones del convento de Buenos Aires, estuvo vinculado mientras permaneció en la ciudad de Tormes al convento de San Esteban, algunos de cuyos miembros enseñaban en la universidad.

Prueba de esta fe de sus primeros años es su participación durante las invasiones inglesas, que dicho sea de paso, fue el primero y único en revelarse contra el invasor que ocupo Buenos Aires, no prestando juramento a los ingleses, levantando la consigna de “queremos el amo viejo o ninguno’’. Como también así su nombramiento al regresar en 1794 como Secretario del Real Consulado de Buenos Aires, bajo cuyo patrocinio puso a la Inmaculada tanto en su escudo como en su estandarte.

Muchos podríamos decir y citar de las innumerables cartas entre Belgrano y los distintos priores de Santo Domingo, en los primeros años de su vida y en el de la patria. Pero su relación con Santo Domingo no va a terminar aquí.

El militar

Pese a que no era versado en la materia Don Manuel Belgrano se manifestó ya desde temprana edad en el arte militar, pues como decíamos anteriormente fue destacada su actuación durante las invasiones inglesas donde fue elegido Sargento Mayor del Cuerpo de Patricios, mereciendo una mención honrosa durante la segunda invasión.

Sabemos fehacientemente, que no era un militar de carrera, pero cumpliendo con su deber supo también por su carácter y personalidad cumplir con su ideal cuando la patria vio necesaria pedirle sus servicios y su sacrificio para hacerse cargo del ejército.

No podemos avanzar sin mencionar brevemente aquí su visión de militar y de educador, pues fue él quien insistió y así se hizo, de fundar la Academia de Matemáticas, verdadera escuela militar en los primeros albores de la patria inaugurada el 12 de septiembre de 1810 y de la que Don Manuel Belgrano era su protector.

Su primera misión fue la Expedición Auxiliar al Paraguay, donde cosecho dos grandes cualidades, la primera, la de civilizador pues a su paso por Corrientes tuvo la genial idea de fundar dos pueblos que persisten en la actualidad el Curuzù-Cuatià y Mandisovì. Y la segunda de ellas la fidelidad y devoción de sus subordinados, ya que supo ganarse a su tropa estando al frente de ella en la primera línea y preocupándose por ella.

El sabor amargo de la derrota supo retemplar su ideal, su carácter y su entereza, pues no vaciló un instante, cuando al perder fue llevado a juicio de un Consejo de Guerra. Del cual supo salir airoso y del cual supieron sus subordinados dar testimonio de su comandante, que pese a la derrota supo enfrentar a los politiqueros que desde un asiento en Buenos Aires criticaban su actuación en el campo de batalla…  pero esta no será la primera ni la ultima vez que el gran prócer tenga que afrontar este tipo de medidas.

Ya instalado a orillas del Paraná, supo bien ganarse por su personalidad, su caballerosidad y su alto sentido de patriotismo, el amor de la gente. Es así, que es en este instante cuando aparece en escena unos de los tantos ejemplos a destacar de nuestra historia como fue Doña Gregoria Pérez de Denis primera Patricia Argentina que allegada la tercera orden dominica de Santa Fe , supo interpretar los anhelos y convicciones de Belgrano, dándole su apoyo incondicional “ disponga de todo lo que tengo , general, aquí y en mis estancias de a Entre  Ríos, por lo cual le ofrezco mis haciendas , casas , y criados , desde el rió Feliciano hasta el Puesto de las Estacas… sin interés alguno”.

Muchas cosas podríamos decir de la vida militar del General Belgrano, pero supo demostrar a lo largo de ella que al cumplir su deber con la Patria también en él cumplía su ideal. Porque aquella mañana del 27 de febrero de 1812 cuando izó por primera vez la Enseña Nacional para darnos un distintivo en la batalla y para los anales de la historia, fue nombrado y quizá fue ahí dónde su Ideal se hizo mas divino todavía, Comandante del Ejercito del Norte para reemplazar a Pueyrredon. Sabiendo el desalentador estado en el que se encontraba ese ejercito, con la desavenencia entre los oficiales, la deserción de la tropa, diezmado por enfermedades, sin armamentos y provisiones y por sobre todo con la falta de apoyo por parte del gobierno y de la población del Alto Perú. ¡Y pese a todo se hizo cargo!

Supo cargar sobre sus espaldas el rechazo de sus oficiales y de la población al hacerse cargo de ese ejército. Y teniendo todo en contra, supo ganarse para si con su conducta, su ejemplo y su accionar el alma de sus soldados y el de la población misma con una unción de santa devoción hacia el Caballero Cristiano que supo seguirlo hasta en la misma adversidad.

Como prueba de ello podemos señalar lo que decía de él, el historiador Carlos Madrazo: “Desde las Vísperas de Mayo, pasando por el episodio premonitor de las invasiones inglesas, el hombre de gabinete, de maneras cortesanas y disposición grave y apacible, debe conformarse a trocar la pluma por la espada, en obediencia al mandato inexorable de la Patria. Y es entonces cuando surge en toda su grandeza la reciedumbre de su temple moral, al aceptar sin una queja y con absoluto y total acatamiento el mandato para el que fue destinado”

Siempre supo que no era un hombre de armas, pero también supo que debía comandar un ejército y dirigir a sus soldados al combate, por lo cual no dudaba un instante, sabia cual era su deber y para cumplirlo mientras marchaba con su ejercito leía y se instruía en el recio arte de la guerra como lo manifiestan en sus memorias tanto el General Paz como el Gral. La Madrid. El primero de ellos describe una faceta de su personalidad entre tantas que podemos destacar. Esta breve semblanza lo pinta de cuerpo entero, de mano de uno de sus subordinados: “El General Belgrano, por mas criticas que fuesen, nuestras circunstancias, jamás se dejo sobrecoger del terror que suele dominar a las almas vulgares, y por grande que fuese su responsabilidad, la arrostro con una constancia heroica. En las situaciones más peligrosas, se manifestó digno del puesto que ocupaba, alentando a los débiles e imponiendo a los que suponía pusilánimes, aunque usando a veces de causticidad ofensiva. En los contrastes que sufrieron nuestras armas bajo las órdenes del General Belgrano, fue siempre de los últimos que se retiro del campo de batalla, dando ejemplo y haciendo menos graves nuestras perdidas. En las retiradas que fueron la consecuencia de estos contrastes, desplegó siempre una energía y un espíritu de orden admirables; de modo que, a pesar de nuestros reveses, no se relajo la disciplina ni se cometieron desordenes’’. “La batalla de Tucumán, tanto por la importancia, como por su mérito militar, merece que le dediquemos algunas observaciones. Cuando Belgrano desoyó órdenes y las interpreto tomando sobre si el variarlas, contrajo una responsabilidad que prueba la elevación de su carácter y la firmeza de su alma. Esa sola solución era de un gran mérito y merecía que la honrase y justificase la victoria, como sucedió. En lo critico del combate, su actuación era concentrada, silenciosa y parecía suspensas sus facultades; escuchaba lo que le decían y seguía con facilidad las indicaciones racionales que se le hacían; pero cuando hablaba, era siempre en el sentido de avanzar sobre el enemigo, de perseguirlo, o, si era él el que avanzaba, de hacer alto y rechazarlo’’. 

Su Fe y fervor religioso y principalmente su devoción a la Sma. Virgen se ve manifestada constantemente a lo largo de su vida tanto civil como militar. Así lo señala su diario de marcha y consta en los  Anales de la Villa de Lujan: “El 21 de enero de 1812 rumbo a Rosario, entra en la Villa de Lujan con Banderas desplegadas  y al ponerse el sol se rezó el rosario”. Recuerdo ­-dice el Gral. Paz- que al siguiente día de la derrota de Ayohuma, hizo formar Belgrano un cuadro después de la lista, con los restos de su destrozado ejército. De pronto, Belgrano, que parecía sumido en grave meditación, se dirige a uno de sus ayudantes, y le dice lacónicamente: ­­­_ ¡el rosario! 
Los ayudantes se miran sorprendidos. Todos ellos saben que el enemigo se halla cerca, y que sus partidas de vanguardia pueden aparecer de un momento a otro.
_ ¡el rosario, he dicho! ¡Es la hora del rosario!
Nadie vacilo, las órdenes se transmitieron y cumplieron, con la tranquilidad y precisión de los ejercicios habituales.
Belgrano desmonta entonces, y seguido de sus oficiales y su escolta, se dirige al centro del cuadro. Se oye un prolongado toque de clarín, que el eco transmite quejumbrosamente hasta los últimos confines de la quebrada; y las tropas pasan de la posición de firmes a la de descanso. Acto seguido, un viejo sargento, a una señal del general, inicia el rezo del rosario, según se acostumbraba ordinariamente.
El milagro del heroísmo que Belgrano había infundido en el alma de sus soldados, trascendía de la unción fervorosa y de la gravedad sencilla del acto, como si por allí pasara el espíritu de Dios.
Fuera de los sentimientos religiosos que envolvía esta acción, quería hacer entender que nuestra derrota en nada había alterado el orden y la disciplina’’ 
       
Veremos como a lo largo de su carrera, siempre mantuvo una sola consigna que lo guió y lo hizo avanzar pese a las dificultades, mantener siempre en alto su Ideal.

 Supo sufrir la adversidad, de tener todo en contra, hasta su propia enfermedad que lo achacaba. Pero su virtud y su constante necesidad de mantener claro y en alto su ideal, supo sobreponer cualquier escollo que impidiera su más puro cumplimiento.

 En este sentido podríamos ahondar en miles de cuestiones y de relatos sobre su entereza y su capacidad militar, pero por sobre todo queremos destacar y poner en alto algunas de ellas solamente: sabiendo que, los realistas avanzaban con prisa y sin pausa, teniendo claro que debía cumplir con su deber, desobedeció las ordenes de Buenos Aires pues sabia que cumpliéndolas llevaría la Causa al fracaso. Por eso es de destacar su entereza, porque teniendo en claro el ideal se reveló, y con su desacato supo cumplir para con la Patria garantizando su independencia, y la salud y bienestar del gobierno que no lo apoyaba. Como se demuestra en dos fragmentos de distintas cartas, la primera de ellas dirigidas a Rivadavia desde Tucumán el 14 de septiembre de 1812, donde decía: “Belgrano no puede hacer milagros, trabaja por el honor de su Patria y por el de las armas cuanto le es dable, y se pone en disposición de defenderse para no perderlo todo; pero tiene la desgracia de que siempre se le abandone, o que sean tales las circunstancias que no se le pueda atender. Dios quiera mirarnos con ojos de piedad, y proteger los nobles esfuerzos de mis compañeros de armas que están llenos del fuego sagrado del patriotismo y dispuestos a vencer o morir” o como dice en esta otra dirigida a Tomás Guido del Ejercito de los Andes el 10 de octubre de 1818: “ estamos en la mayor miseria, y no tenemos lo que necesitamos para movernos; es un prodigio como se conserva esta fuerza que pasa meses sin recibir mas socorro que un peso: su comida es carne flaca y maíz rosa; cuido que si quiera estén vestidos, pero no por esto tienen las prendas necesarias; el invierno los han pasado con pantalones de brin y los mas sin un miserable poncho. No hablemos de necesidades, porque a esto no hay quien nos gane”.

 Aunque siempre el gobierno de Buenos Aires supo darle la espalda, supo el también con arrojo y haciendo gala de sus virtudes arreglárselas para salir de cualquier penuria y circunstancia, salvando también con ello a ese gobierno que siempre lo desprecio.

 En lo que hace también a destacar de su vida militar, pese a que poco o casi nada se vieron en persona mantuvo una amistad férrea con el General San Martín. De cuya relación citaremos algunos párrafos de la correspondencia dirigidas entre unos y otros como, por ejemplo: que pensó directamente en San Martín luego de la derrota de Ayohuma y desde Humauaca le escribe el 8 de diciembre: “No siempre puede uno lo que quiere, ni con las mejores medidas alcanza lo que desea. He sido completamente batido en las pampas de Ayohuma cuando mas creía conseguir la victoria. Pero hay constancia y fortaleza para sobrellevar los contrastes y nada me arredrara para servir, aunque sea en la clase de soldado, para la libertad y la independencia de la Patriao como esta otra, cuando enterado de que San Martín marchaba a mando de un destacamento, remitió al gobierno con fecha 17 de diciembre de 1813 la siguiente: “Todavía quisiera mas, hablo con la franqueza que acostumbro, que VE le diese el mando en jefe, quedando yo en el ejercito, con mi regimiento, o de soldado porque es regular que tenga mas conocimientos militares que yo, habiendo sido su carrera y no la mía”. Ese mismo 17 de diciembre, a la sola noticia de la partida de San Martín, Belgrano queriendo descostrarle su sentimiento, le escribió diciéndole: “No se decir a usted cuanto me alegro de la disposición del gobierno para que venga de jefe. Vuele usted si es posible. La Patria necesita que se hagan esfuerzos singulares y no dudo que usted los ejecute según mis deseos, para que yo pueda respirar con alguna confianza y salir de los graves cuidados que me agitan innecesariamente. Crea usted que no tendrá satisfacción mayor que el día que logre tener la satisfacción de estrecharle entre mis brazos y hacerle ver lo que aprecio el merito y honradez de los buenos patriotas como usted”.

El General San Martín se opuso terminantemente a la destitución del General Belgrano por parte de Director Supremo, prueba de ello son las innumerables cartas de este remitidas tanto a Belgrano como al gobierno: “Y considerando la falta que debe hacerme-se refiere a Belgrano-su separación del Ejercito les causará un disgusto y desaliento muy notables, y será de funestas consecuencias para los progresos de nuestras armas. No son estos unos temores vagos, si no temores de que hay ya alguna experiencia, pues solo el recelo de que su separación del mundo del Ejercito se seguiría la orden para que bajara a la Capital, ha tenido y tiene en suspenso y como amortiguados los espíritus de los emigrados de mas influjo en el interior, y de muchos vecinos de esta ciudad, que desfallecerán si llegan a verlo realizado. En obsequio a la salvación del estado, dígnese VE conservar en este Ejercito al Brigadier Belgrano”. Nota de San Martín al gobierno central el 13 de febrero de 1814.

En su humildad y en su constancia supo Belgrano dilucidar con claridad las situaciones que no solo lo agobiaban a él, sino a la marcha de la Causa Nacional. Por eso le dirigió estas palabras a San Martín.

En enero de 1814 aceptada la renuncia de Belgrano, era nombrado en lugar suyo jefe del Ejército Auxiliar del Alto Perú, el Gral. D José de San Martín. Luego de la entrevista de los dos próceres en Yatasto, Belgrano escribe a San Martín desde Santiago del Estero, el 6 de abril de 1814, una carta que trasunta el alma y las hondas convicciones del Creador de la Bandera. Entre otras cosas, le escribe Belgrano a San Martín: “La guerra allí, no sólo la ha de hacer UD. Con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre ésta en las virtudes naturales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y solo por este medio han traído las gentes bárbaras a las armas manifestándoles que atacábamos la religión…
Acaso se reirá alguno de mi pensamiento; pero UD no debe llevarse de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el país que pisan; además, por ese medio conseguirá Usted tener al ejercito bien subordinado, pues él, al fin, se compone de hombres educados en la Religión Católica que profesamos, y sus máximas no pueden ser mas a propósito para el orden…
He dicho a usted lo bastante; quisiera hablarle mas, pero temo quitar a usted su precioso tiempo y mis males tampoco me dejan; añadiré únicamente que conserve la bandera que le dejé y que la enarbole cuando todo el ejército se forme; que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Genérala y no olvide los escapularios para la tropa; deje usted que se rían: los efectos le resarcirán a usted de la risa de los mentecatos de la ciudad que ven la cosas por encima…..
Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico, romano; cele usted de que en nada; ni aun en las conversaciones mas triviales se falte el respeto en cuanto diga a nuestra santa religión; tenga presente no solo a los generales del pueblo de Israel como Judas Macabeo, sino al de los gentiles y al gran Julio Cesar que jamás dejo de invocar a los dioses inmortales y por sus victorias en Roma se decretaban rogativas.
Se lo dice a Usted su verdadero y fiel amigo: Manuel Belgrano”

Así termina definiendo el Padre de la Patria a nuestro Ilustre General:
“En el caso de nombrar quien pueda reemplazar a Rondeau yo me decido por Belgrano; éste es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en la América del Sur” (carta a Godoy Cruz, Mendoza 12 de marzo de 1816)

Su grandilocuencia hizo que con abnegado ímpetu emprendiera una de las hazañas más intrépidas y arriesgadas de la época. Animando con bríos, pero ordenando y dirigiendo a la vez sin contemplaciones el Éxodo del Pueblo Jujeño; que con ingenio, astucia y sobre todo con visión de grandeza realizo en agosto de 1812. Vió el patriotismo del pueblo en su sacrificado esfuerzo y la segura afirmación de asegurar la libertad y la independencia de la patria en un grado extremo, que valió la pena.

Los guió con su persona, pero también con su bandera. Aquella que nos legara y que hizo flamear ante los jujeños luego de su bendición por el canónigo Gorriti.

Esta gesta magnánima, solo es comparada con la del pueblo judío por moisés, o la del pueblo ruso dejando arrasado los campos a Napoleón. Solo un genio de la talla de Belgrano imbuido con tan alto espíritu realizo una obra tan gigantesca.

Para asegurar y ver plasmado el triunfo de esta campaña se reveló y desobedeció. Por eso con su ingenio y tesón, supo revelarse y desobedecer al gobierno. Así cumplió con su deber, pero cumpliendo éste, cumplía con su ideal.

Esa actitud valiente y arriesgada lo hizo seguir sin miramientos mezquinos su ideal eterno, y así forjar una patria que no estaba en la necesidad de serlo.

Luego del recto temple demostrado en Vilcapugio y Ayohuma, es puesto nuevamente en proceso sumarisimo. ¡Sí!   El asegurador de la independencia es nuevamente incomprendido por un gobierno de escritorio.

Manuel Castro, antiguo gobernador de Córdoba, cuando Belgrano se asentó con su ejercito en los últimos años de su vida, nos refería a cerca de su persona: “yo observe en el general Belgrano tres cualidades que principalmente formaban su merito: patriotismo absolutamente desinteresado, contracción al trabajo y constancia en las adversidades”. Castro sigue relatando en su referencia sobre la donación entera del sueldo por parte del general para sostener al ejército.

Fue un jefe extraordinario, primero resistido y rechazado; Y luego seguido con la certeza del fervor del jefe digno de serlo, ya que sus soldados y oficiales lo admiraban y le rendían con devoción un respeto de verdadera seriedad. Fue jefe entre los jefes y con los jefes, y camarada con el camarada.

Un sin numero de hechos marcan la trayectoria de su vida. Muestra de ello, sus renuncias y previsiones y por menores desde la época en que se desempeñaban en el consulado siguiendo en su paso por la junta. 
Al Triunvirato le escribe al ser nombrado comandante de patricios 15 de noviembre de 1811: ...Ofrezco la mitad del sueldo que me corresponde, siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis facultades son ningunas y mi subsistencia pende de aquel , pero en todo evento sabré también reducirme a la ración del soldado , so es necesario , para salvar la justa causa que con tanto honor sostiene V.E.” 
“Yo no quería hablar a V.E. de dinero jamás, pero V.E. me ha puesto en esta decisión encargándome del mando de este que se llama ejercito, cuando puede ser que con toda su fuerza acaso apenas se formaría un regimiento” (carta al gobierno el 29 de marzo de 1812)

El economista

Poca fue su afición al ejercicio de la carrera de las leyes, contrayéndose al estudio de los idiomas vivos, de economía política y del Derecho Público, como dice en su autobiografía, “apoderándose de él – añade – el deseo de propender en cuanto pudiere al provecho general y el de adquirir renombre con mi trabajo hacia tan importante objeto, dirigiéndolos particularmente a favor de mi patria”.

El ingeniero Besio Moreno, ha podido decir que el pensamiento y la labor de Belgrano “han sido el esfuerzo mas basto que se haya realizado en los tiempos de coloniales para implantar estudios un tantos extensos y profundos, destinados a desarrollar las artes y las industrias y a enriquecer la mentes y las capacidades individuales de los jóvenes”. Prueba de ello fue la fundación en 1799 de la Escuela de Náutica, instituto madre de nuestra Marina Mercante Nacional, que perdura hasta nuestros días y que aseguraba el intercambio comercial de nuestras riquezas.
Otra de sus preocupaciones fundamentales fue combatir la ociosidad. “Eh visto con dolor, dice, sin salir de esta capital una infinidad de hombre ociosos en quienes no se ve otra cosa que la miseria y desnudes; una infinidad de familia que solo deben su subsistencia a la feracidad del país, que esta por todas partes denotando la riqueza que encierra, esto es, la abundancia; y apenas se encuentra alguna familia que este destinada a un oficio útil, que ejerza o se emplee de modo que tenga alguna comodidad mas en su vida. Esos miserables ranchos donde uno ve la multitud de criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el ultimo punto”.

En su pensamiento siempre primó el nacionalismo económico, donde afirmó su postura contraria al librecambismo. Si no que, por el contrario, entendía el por comercio libre, la libertad de comercio interior, libre de trabas, propugnando la libre exportación pero no la libre importación.

Desgraciadamente, y como era de esperarse, el ambicioso programa de Belgrano a pesar de todos sus desvelos solo pudo llevarse a cabo en una mínima parte, debido a la oposición que encontró en el ambiente rutinario, dormido y pesadamente burocrático de aquella época.

Se ve así, tanto en sus escritos como en sus acciones no al joven funcionario de un oficio burocrático, si no al verdadero hombre de estado embebido en toda la ciencia de su tiempo, la que asienta sobre la posición útil de la tierra y sobre el empleo de una vida en la elaboración de bienestar de todos lo miembros de la comunidad

El educador

Deberíamos considerar a Belgrano como el verdadero propulsor y verdadero padre de la escuela argentina, pues el dió a la Revolución la formula concreta de la política educacional mucho antes que cualquier otro.

Como dijimos anteriormente, creó la Escuela Nacional de Náutica, precursora de nuestra Marina Mercante, protectora de nuestra producción y nuestra industria. Fundó también la Academia de Matemáticas, primera academia militar para oficiales colocando a su frente como director a un verdadero genio, el Coronel Felipe Sentenach.

El 25 de mayo de 1813 manda dictar un reglamento escuelas para las que el había fundado, que consta de solo 22 artículos. Leyendo estos breves artículos podemos apreciar su lógica y su más sano sentido común que como se expresa muchas veces, es el más común de los sentidos. Sus páginas expresan el sentido mas acabado de un ámbito cuyo régimen es fundamental para la creación y el engrandecimiento del nuevo país. Vemos pues algunos artículos de ese reglamento:  

Art. 3: La provisión de estas Escuelas se hará por oposición. El cabildo publicará un aviso convocatorio, que se hará saber en las ciudades mas inmediatas; admitirá los memoriales de los opositores con los documentos que califi­quen su idoneidad y costumbres oirá á cerca de ellos al síndico Procurador; y cumplido el termino de la convocación. Que nunca será me­nor de veinte y cinco días nombrará dos su­jetos de los mas capaces, e instruidos del Pue­blo, para que, ante ellos, el vicario Eclesiástico y el Procurador de la Ciudad se verifique la oposición públicamente, en el día ó días seña­lados. Los vocales y el Procurador informa­rán juntos ó separadamente al Ayuntamiento á cerca del mérito de la oposición y circunstancias de los pretendientes, y con el informe que este tenga por conveniente, me dará cuenta de todo para hacer el nombramiento, debiendo los mismos vocales informarse también en derechura cuanto juzguen conducente al acierto de la elección. Después de mis días será esta del resorte del cabildo, procediendo siempre la oposición pública en los términos indicados.
Art. 4° Cada tres años podrá el Ayuntamiento abrir nueva oposición, y convocar opositores, si los hubiere por conveniente ó hubiese proporción de mejorar de Maestro. El que ha servido ó desempeñado la Escuela en igualdad de merito y circunstancias deberá ser preferido.
Art. 5° Se enseñará en estas Escuelas á leer, escribir y contar; la gramática castellana; los funda­mentos de nuestra sagrada Religión y Doctri­na cristiana por el catecismo de Astete, Fleu­ri, y el compendio de Pouget: los primeros rudimentos sobre el origen y objeto de la so­ciedad, los derechos del hombre en ésta, y sus obligaciones hacia ella, y al Gobierno que la rige.
Art. 6° Cada seis meses habría exámenes públicos á presencia de los mismos individuos, ante quie­nes se ‑verifica la oposición. A los Jóvenes que sobresalgan, se les daré asiento de preferencia, algún premio, distinción de honor, pro­cediéndose en esto con justicia.
Art. 7° En los Domingos de renovación, y en los días de rogaciones publicas, asistirán todos los Jóvenes á la Iglesia presididos de su Maes­tro: oirán la misa Parroquial, tomarán asiento en la banca que se les destine, y acompa­ñarán en la procesión de Nuestro amo, To­dos los Domingos de Cuaresma concurrirán en la misma forma á oír la Misa Parroquial y las exhortaciones ó platicas doctrinales de su Pastor.
Art. 8° En las Funciones del Patrono de la Ciudad, del aniversario de nuestra regeneración política, y otras de celebridad, se le dará asiento al Maestro en Cuerpo de Cabildo, reputándosele por un Padre de la Patria.
Art. 14 Los sábados por la mañana se concluirán las bandas semanales que deberán promoverse hasta que haya premios, con que estimular la juventud al mayor adelantamiento, pero sin que se saquen, ni aun se designen porros, como ha sido antes de ahora de costumbre.
Art. 16 A ninguno se le podrán dar arriba de seis azotes por defectos graves; y solo por un hecho que pruebe mucha malicia, ó se de muy malas consecuencias en la Juventud, se le podrán dar hasta doce, haciéndolo esto siempre sepa­rado de la vista de los demás Jóvenes
Art. 17 Si hubiese algún joven de tan mala índole ó de costumbres tan corrompidas que se manifieste incorregible, podrá ser despedido se­cretamente de la Escuela con intervención del Alcalde de Primer voto, del Regidor mas anti­guo y del vicario de la Ciudad, quienes se re­unirán a deliberar en vista de lo que previa y privada les informe el Preceptor.
Art. 18 El Maestro procurará con su conducta y en toda sus expresiones y modos inspirar á sus Alumnos, amor al orden, respeto á la Reli­gión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la verdad y a las Ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que diga á profusión, y luxo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional, que les haga preferir el bien publico al privado, y estimar en mas la cali­dad de Americano, que la de Extranjero.

Consideraciones finales

El doctor Atilio Milanta en una poesía de su última obra literaria nos acerca una semblanza comparativa, como la que alguna vez refiriera Ricardo Rojas hablando del Padre de la Patria como el Santo de la Espada. Y con la cual concuerdo con el doctor Milanta, pues Belgrano fue a su decir, el Santo de la Patria.

En otro tiempo el padre Castellani nos dejaba como legado un mandato: el de pensar la patria, y el general Belgrano no solo la pensó si no que la forjó a fuerza de voluntad y empeño.

Y justamente fue Ricardo Rojas, quien escribió hacia 1920: “Demoledores nos sobran: fueron arquitectos de la nueva morada lo que nos faltó. Con diez hombres como Belgrano la  argentina aparecería en su génesis menos envuelta en sombras de caos y sangre de tragedias”.

Manuel Belgrano era abogado y entró por la puerta grande de la historia argentina, como General. Es un hecho, aunque le moleste al gobierno. Esto no es un ataque a los abogados, ni una defensa a los militares, son hechos. La interpretación de los mismos es libre y se puede elogiar o criticar, estar de acuerdo o disentir, pero los hechos son irrefutables.

Nos enseñaron que el General Manuel Belgrano había estudiado derecho en España y era abogado. Pero era, el “General” Belgrano. El nunca se doctoreó, ni se presentó públicamente como el Dr. Belgrano, aún antes de ejercer como militar. No hay monumento, avenida, pueblo, calle o escuela que no anteponga al nombre de Belgrano, el título de General.

En su autobiografía, Belgrano cuenta: “Estudié primeras letras, gramática latina, filosofía y algo de teología en Buenos Aires. (Mi padre) Me mandó a España a seguir la carrera de las leyes, y allí estudié en Salamanca; me gradué en Valladolid, continué en Madrid y me recibí de abogado en la cancillería de Valladolid”. Si se doctoró, no lo incluye en su autobiografía.

Desde 1796 hasta 1806 fue Capitán de Milicias urbanas. Combatió contra los ingleses y fue nombrado Sargento Mayor de Patricios. Siendo ya vocal de la 1° Junta, el 22/9/1810, lo enviaron a Paraguay en misión militar, con mando de tropa. No como “Doctor”. La misión fue un fracaso. Ya en Buenos Aires, el gobierno, ¡siempre tan atinados nuestros gobiernos!, lo juzgó por su mal desempeño como militar, no como “Doctor”. Fue absuelto.

Como General al mando del Ejército del Norte le debemos el heroico éxodo jujeño en agosto 1812, las brillantes victorias de Tucumán y Salta y las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.

Como General propuso la escarapela celeste y blanca para diferenciar a su tropa de la enemiga. Como General creó nuestra bandera también celeste y blanca, para que los soldados, no los empleados de su estudio de abogado (que nunca tuvo), siguieran una enseña propia.

Belgrano se empobreció gastando su fortuna en mantener a las tropas, no a un conjunto de escribanos y abogados. El gobierno, entonces como ahora, no enviaba dinero y los soldados necesitaban comer, vestirse, tener armas y municiones. Belgrano se empobreció como General, no como Doctor. En los finales, se avergonzaba de no poder pagar sus deudas y esperaba que el gobierno se pusiera al día con sus atrasados sueldos de General. A su médico le pagó con su reloj.

Murió pobrísimo, el día en que Buenos Aires tuvo 3 gobernadores. Fue el 20 de junio de 1820, a las 7 de la mañana. Tenía 50 años, de los cuales pasó 26 al servicio de la patria.  La lápida en la iglesia de Santo Domingo, se hizo con un pedazo de la tapa de mármol de la cómoda de sus padres, donde sus hermanos inscribieron “Aquí yace el General Manuel Belgrano”.

El único periódico que se refirió a su muerte, fue el Despertador Filantrópico, donde el Padre Francisco de Paula Castañeda escribió: “Triste funeral, pobre y sombrío, que se hizo en una iglesia junto al río, en esta capital, al ciudadano Brigadier General, Manuel Belgrano”.

General Belgrano, perdón. Por entonces y por ahora. Perdón porque su patria no tiene una fecha que lleve su nombre, el 20/6 es el día de la bandera; le hemos robado hasta su muerte. Perdón por los 15 sueldos de General atrasados, perdón por deberle el dinero de sus soldados. Perdón por los $40.000 oro que le otorgaron por su victoria en Salta y que Usted donó para construir 4 escuelas, que nunca se construyeron. Perdón por quitarle su título de General, ganado con sangre, dolor y dignidad. Perdón.

Deliberadamente el gobierno ha decidido tergiversar la historia. Con malicia, tratando de adaptarla a una determinada ideología política. Ideología que tiene el derecho de tener, lo que no tiene el derecho de mentir.  Jesús le rogaba a Dios, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Argentinos, juzguen, porque el gobierno, “sí sabe lo que hace”.

Perdón mi General, roguemos a Dios todo Poderoso y al Sma Virgen Maria cuyo ideal máximo fue ver plasmado su manto en el sagrado legado de la Bandera, para que su ejemplo, corra como reguero de pólvora e inflame con su fuego nuestras mentes, nuestros corazones y nuestras almas. Y que podamos seguir mas que nuca su vida de austeridad, sacrifico y fe en pos de una Patria mejor.
Porque hoy mas que nunca los hijos del país necesitan su figura.

Nota: Conferencia dictada por el Profesor Gaston Alejandro Ezequiel Lombardi, en el Pasaje Dardo Rocha de la ciudad de La Plata, durante el desarrollo de la Exposición del Libro Católico en el marco del bicentenario de la Bandera Nacional, el día martes 4 de diciembre de 2012.

jueves, 9 de enero de 2020

POR QUE GLORIFICAMOS A ROSAS

Por: Ernesto Palacio

En qué consiste el problema de Rosas? ¿Cómo se plantea? ¿Cómo se resuelve? ¿A la luz de qué principios ha de juzgarse la actuación del dictador? ¿Cuál es el estado actual del pleito?
Empezaré por contestar a la última pregunta, para desvanecer un error corriente.
Suele creerse que los panegiristas de Rosas somos apenas una minoría disidente y exaltada, frente a una casi unanimidad fiel al juicio heredado y difundido por la historia oficial. La historia que escribimos resultaría una historia heterodoxa, caprichosa, paradojal. El buen sentido y la mesura se encontrarían en la vereda de enfrente. Ellos serían los historiadores “serios”; nosotros, en cambio, un grupo sin responsabilidad científica, movido por quién sabe qué turbios designios políticos. ¿El fascismo, acaso?…
Nada más erróneo. Ocurre, precisamente, lo contrario.
En un aspecto, por lo menos –el de la destrucción de la leyenda calumniosa que fraguaron sus enemigos-, el pleito está totalmente ganado para el Restaurador. Ningún historiador, responsable repite hoy las patrañas aprendidas en la “Amalia” de Mármol. Puede decirse –si cabe aplicar un calificativo partidario a una tarea de investigación imparcial- que todos los historiadores actuales son rosistas. Todos, en mayor o menor grado, reconocen la legitimidad de la dictadura y los grandes servicios que prestó al país.
No se crea que se trata de estudiosos disidentes, radiados de los cuadros oficiales; se trata también de los historiadores de buena fe a quienes el Estado mismo tiene encomendado el estudio de los documentos y la enseñanza de la historia. Además de los trabajos de Saldías y Quesada, y de la abundante bibliografía contemporánea de los Ibarguren, Font Ezcurra, Irazusta, etcétera, deben citarse las notables investigaciones, justicieras para Rosas, de los doctores Emilio Ravignani, director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Faculta de Filosofía y Letras, y Diego Luis Molinari, profesor de la misma casa de estudios: ambos historiadores con etiqueta universitaria y a quienes no cabe, acaso, acusar de fascismo.[1]
Si esto es así, ¿cómo es que el público, en general, lo ignora? El público lo ignora porque los enemigos de Rosas tienen en sus manos todo un sistema de propaganda: el monopolio, o poco menos, de la opinión pública por la prensa. En realidad, el problema no consiste ya en rehabilitar a Rosas –tarea que la investigación histórica ha realizado definitivamente-, sino en hacer conocer a todo el mundo las verdades descubiertas. Y esto es difícil, cuando se carece de los poderosos medios de difusión que poseen los adversarios.
El cargo común contra Rosas consiste en calificarlo como tirano. ¿Lo fue? Gobernó, es cierto, con facultades extraordinarias, y las aplicó a veces con rigor. Pero ni los más encarnizados enemigos niegan que estuvo respaldado por la adhesión de la casi unanimidad del país. ¿No hay en ello contradicción? Ese consentimiento de todo un pueblo, ¿no es el signo más seguro de que no hubo tal tiranía, puesto que la tiranía implica la opresión del pueblo y su falta consiguiente de consentimiento? En realidad, Rosas fue todo lo contrario de un tirano: fue un caudillo del pueblo, investido de facultades dictatoriales para proteger al pueblo mismo de las maquinaciones de una minoría oligárquica, cuya fuerza y peligrosidad provenían de su alianza con el extranjero.
Esa acusación de tiranía contra Rosas se funda en un sofisma, que consiste en aplicarle a su gobierno categorías que no le corresponden. Juzgado de acuerdo con los principios liberales, Rosas resultaría, efectivamente, un gobernante repudiable. Pero Rosas no era, ni podía ser, un gobernante liberal: surgió como caudillo y ejerció el gobierno con el rigor que las circunstancias dramáticas del momento exigían. Las asechanzas exteriores y la anarquía interna latente no eran las condiciones más propicias para ocuparse de la organización de las garantías individuales. Rosas debió optar entre la libertad interna o la independencia y la unidad de la patria. Y optó por el segundo término.
Con ello se erigió en héroe benemérito de la patria, al defender su independencia y su unidad.
Tan grande ha sido la falsificación de nuestra historia, que esta afirmación ha de resultar para muchos sorprendente. El afán de ocultación de los enemigos de Rosas ha llegado a tal extremo, que su largo gobierno, lleno de episodios trascendentales en el orden internacional, se estudia en un somero capítulo de los manuales corrientes, plagado de inexactitudes. La mera enunciación de la cronología basta para desmentirlos. Rosas aparece como una fuerte influencia en Buenos Aires en el año 20, es decir, a los diez años apenas de la Revolución de Mayo. En el año 28 ya su poder es indiscutible. Y con intermitencias sólo de forma lo ejerce hasta 1852. Es decir que, de los cuarenta y dos años que median entre la Revolución y la organización, los veinticuatro últimos, por lo menos, corresponden a la dictadura.
Durante este tiempo tuvo que defenderse de las tentativas colonizadoras armadas de Francia y de Inglaterra, y de numerosas sublevaciones internas apoyadas por tan poderosos enemigos. Esas tentativas tenían un carácter secesionista; respondían al propósito común de impedir la formación de un poderoso Estado en el Río de la Plata, y eran apoyadas por los unitarios, que no trepidaban en ofrecer protectorados a las cancillerías de Europa con tal de satisfacer sus anhelos de predominio político. Puede decirse que, durante todo su gobierno, Rosas vivió luchando con mano férrea contra las tendencias a la disgregación y a la anarquía que fomentaban aquí las potencias imperialistas; y que triunfó en la lucha, salvando nuestra integridad territorial y nuestro honor. De tal modo que, al día siguiente de su caída, pudo la Nación constituirse sin perturbaciones; aunque a costa de algunas concesiones humillantes para nuestra soberanía, que nunca habría consentido el dictador…
Si esto es así, ¿cómo es que no se reconoce por todos la grandeza de Rosas? Porque se nos enseña una historia que hace poco tiempo definí en los siguientes términos:
“Fraguada (la historia) para servir los intereses de un partido dentro del país…, fue el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea el partido de la “civilización”. No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos: se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos. No de ser una gran nación, sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino de entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias, donde se enseñara que había que recurrir a dicho expediente para suplir nuestra propia incapacidad…
“Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos. Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (sobre todo para el comercio) era un bien superior a la independencia con respecto al extranjero. Se exaltó al prócer de levita frente al caudillo de lanza; al “civilizado”, frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado”[2].
Contra todo eso se oponía Rosas. Eso triunfó contra Rosas. ¿Cómo no habríamos de glorificarlo y hacer de él, en cierto modo, el símbolo de una nueva esperanza?

Fuente: “32 escritores con Rosas o contra Rosas”, Ediciones Federales, Buenos Aires, Argentina, 1989.

martes, 22 de octubre de 2019

DEFENSA DE LA HISPANIDAD EN Y DESDE LA ARGENTINA

         A lo largo de estos días hemos profundizado en los valores e instituciones de la Comunidad Hispánica de Naciones a la cual pertenecemos. Fue mérito del Presidente Don Hipólito Yrigoyen el haber instituido el Día de la Raza para honrar la memoria de la España civilizadora y evangelizadora. Yrigoyen, (uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical), recibió, en reconocimiento a su noble decreto, la condecoración del collar de Isabel la Católica en nombre del Rey Alfonso XIII, que por entonces gobernaba de hecho el Reino de  España.  Nosotros, como aquel presidente, seguimos viendo en el 12 de octubre una ocasión más para agradecer el legado del Imperio Español en América y no para fomentar una relativista “diversidad cultural”, anticatólica y antiespañola. Con anterioridad se habían pronunciado de forma favorable a la Tradición hispánica en nuestra Patria Don Tomás Manuel de Anchorena, el Padre Castañeda, Don Juan Manuel de Rosas y el presidente conservador Nicolás Avellaneda. Años más tarde, correspondió al Padre Zacarías de Vizcarra (nacido y muerto en España, pero que vivió largos años en nuestro país) acuñar el término Hispanidad con el significado que hoy le damos y a Don Ramiro de Maeztu – diplomático, político e intelectual de la Madre Patria, que fuera embajador en la Argentina – su enérgica defensa. Podemos afirmar sin mucho margen de error, que el concepto de Hispanidad terminó de perfilarse entre Buenos Aires y Madrid, gracias al trato frecuente que el Padre Zacarías de Vizcarra y Don Ramiro de Maeztu tuvieron en aquellos años con pensadores y escritores argentinos como Ernesto Palacio, Julio y Rodolfo Irazusta, César Pico, Tomás D. Casares, Alberto Ezcurra Medrano, Lisardo Zía y Mario Lassaga, entre otros.  A su turno, la defensa de la Hispanidad sería incorporada también a la Doctrina Justicialista por el Tte. Gral. Juan Domingo Perón. Menos conocido que todo esto es, en cambio, el proyecto pro- hispánico (que no “españolista”) del Gral. San Martín, resumido en la decisión de independizarnos del Rey (al haberse agotado todas las instancias de una solución menos drástica) pero seguir siendo fieles a los valores de la Hispanidad. Esto quedó claro cuando el Libertador ofreció al Virrey De la Pezuela primero y al Virrey La Serna después, la formación de una monarquía católica independiente, con un Príncipe de la Casa de Borbón a la cabeza, un tratado comercial favorable a España, una especie de doble ciudadanía para españoles americanos y peninsulares, y la unión de los Ejércitos Realista y Patriota. Las palabras textuales del Libertador al Virrey del Perú en la Hacienda de Punchauca fueron las siguientes: “General, considero este día como uno de los más felices de mi vida. He venido al Perú desde las márgenes del Plata, no a derramar sangre, sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma metrópoli ha hecho alarde (…) La independencia del Perú no es inconciliable con los más grandes intereses de España (…) Pasó ya el tiempo en que el sistema colonial pueda ser sostenido por la España. Sus ejércitos se batirán con la bravura tradicional de su brillante historia militar. Pero los bravos que V.E. manda, comprenden que aunque pudiera prolongarse la contienda, el éxito no puede ser dudoso para millones de hombres resueltos a ser independientes; y que servirán mejor a la humanidad y a su país, si en vez de ventajas efímeras pueden ofrecerle emporios de comercio, relaciones fecundas y la concordia permanente entre hombres de la misma raza que hablan la misma lengua, y sienten con igual entusiasmo el generoso deseo de ser libres (…) Si V.E. se presta a la cesación de una lucha estéril y enlaza sus pabellones con los nuestros para proclamar la independencia del Perú, se constituirá un gobierno provisional, presidido por V.E. (quien) responderá de su honor y de su disciplina; y yo marcharé a la península, si necesario fuere, a manifestar el alcance de esta alta resolución (…) demostrando los beneficios para la misma España de un sistema que, en armonía con los intereses dinásticos de la casa reinante, fuese conciliable con el voto fundamental de la América independiente”. Don Manuel Abreu, delegado de Fernando VII, quedó admirado por esta propuesta de San Martín, hecha para “reunir de nuevo las familias y los intereses”, en expresión que él atribuyó al Gran Capitán. San Martín había negociado los alcances de este acuerdo, entre otros, con su hermano Justo Rufino, que era oficial de la Secretaría de Guerra de Fernando VII en España. Y le había aclarado al Arzobispo Las Heras de Lima, que sus ideas eran diametralmente opuestas a las de la regicida y anticristiana Revolución Francesa. Lamentablemente su propuesta, como otra similar hecha por el Libertador de México Don Agustín de Ithurbide, no fue aprobada por influencia de la masonería, funcional a los intereses imperialistas de Gran Bretaña.
          Hoy nos corresponde a nosotros seguir levantando la bandera de la Hispanidad como prenda de unión entre nuestros pueblos ante al Nuevo Orden Mundial que pretende acabar con la Fe católica, la Ley Natural, las soberanías nacionales y la familia tradicional. Y defender así aquello que en sus versos inmortalizara el gran poeta nicaragüense Rubén Darío: “la América ingenua que tiene sangre indígena/que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”

Fernando Romero Moreno

jueves, 3 de octubre de 2019

Reportaje al Gran Historiador Don Julio Irazusta (1969)

Hablar de Julio Irazusta es hablar, automáticamente, de revisionismo. Fue uno de los primeros —si no el primero— en plantear seriamente, sobre bases documentales y con un nutrido aparato erudito, la necesidad de revisar la versión clásica de nuestra historia, en especial el capítulo sobre Rosas.

Desde hace muchos años viene bregando este entrerriano de aspecto vagamente británico, por una nueva visión de la historia que para él constituye una parte de la visión nacional.
Estamos en su casa, en San Telmo (“un barrio que está de moda”, nos dice, sonriendo) que alberga su biblioteca de 10.000 volúmenes y más de 500 carpetas confeccionadas con recortes de diarios, hojas de libros, fotos y mapas. Ese acervo bibliográfico y documental significa un trabajo de muchos años.

—Cuando yo era estudiante — nos dice— compraba tres ejemplares de cada libro. Uno para leer y formar mi biblioteca y los restantes para destrozarlos y con sus restos formar mi fichero...

Hablamos de sus libros; “Argentina y el Imperialismo Británico" (1934. en colaboración con su hermano Rodolfo); “Ensayo sobre Rosas” (1935), “Actores y Espectadores” (1938), que logra un premio municipal. En 1941 aparece el primer tomo de "Vida Política de Rosas”, cuya obra completa abarca siete volúmenes y es, sin duda, el trabajo histórico más enjundioso de Irazusta. Más adelante publicará “Tomás de Anchorena”, “Tito Livio”, "Urquiza y el Pronunciamiento” y ya en otra temática, “Perón y la Crisis Argentina", "Balance de Siglo y Medio”, “Genio y Figura de Leopoldo Lugones”. Siempre su obra está adscripta a una preocupación política.

—Yo preferiría pasar mis días leyendo lo nuevo y releyendo lo viejo. Todos mis libros fueron escritos instado por mis amigos, mis compañeros de generación. Y si la preocupación dominante es la política, es porque se trata de "la cenicienta del espíritu”, la más desprestigiada y sin embargo la única actividad intelectual que puede resolver los grandes problemas humanos...

—¿Cuando descubrió que la historia argentina debía ser revisada?

—Cuando Uriburu entregó el poder a los conservadores. Durante la conspiración que culminó el 6 de setiembre de 1930 el General nos decía siempre que los conocía muy bien, y después les dejó el gobierno. .. Además, vimos a esos conservadores haciendo en el poder una política totalmente contraria a la que habían sostenido antes, sobre todo en el problema de las carnes. Allí empecé a advertir la existencia de una gran mentira.

—¿Cuáles fueron sus fuentes de información?

—Primeramente toda la literatura unitaria, de la que saqué distintas conclusiones. Y también el libro de Saldías sobre Rosas, que profundizó algunas de las contradicciones de la línea historiográfica unitaria. Los dos primeros tomos de mi “Vida Política de Rosas" se basan exclusivamente en lo editado. Después de concluirlos empecé a trabajar en los archivos. Allí estuve siete años, desde 1943 hasta 1950, con horarios completos de invierno y verano. De modo que los tres últimos editados y los dos que estoy terminando son fruto de una investigación propia.

—¿Cuál libro quiere más, de los suyos? ¿Cuál le dio más satisfacción económica?

—Satisfacción económica, ninguno. Intelectual, el “Ensayo sobre Rosas", porque muchos espíritus preclaros me dijeron que yo los habla convencido con mi razonamiento, entre ellos don Manuel Gálvez. Pero hay un libro que quiero mucho, tal vez porque es inédito, un hijo nonato: es “La Monarquía Constitucional en Inglaterra”.

—¿Cuál es su filósofo favorito?

—En mi juventud era apasionado lector de Platón. Después aprendí mucho con Croce. Ahora prefiero a Santo Tomás y a Aristóteles. A Santo Tomás, sobre todo, porque es el mejor filósofo político de toda la Historia

-¿Qué realidad la cuesta aceptar más?

—Que la Argentina, al país más rico del mundo, si se tiene en cuenta la proporción entre su inmensa riqueza actual y su escasa población, sea el único que no puede resolver una crisis que ya dura treinta años.. .

-¿Cuál serla el sueño que le gustaría concretar?

Que la Argentina hiciera su revolución nacional.

¿Qué está escribiendo últimamente?

Varias cosas. Una historia argentina, pero pensada y escrita en términos políticos. Una historia de Gualeguaychú, mi pueblo. Unas memorias de las que tengo escrito ya un tomo y serán dos en total. Y un ensayo, “La Política, Cenicienta del Espíritu” que ya está escrito en su totalidad pero quiero reescribir.

—¿Qué opina de la revolución estudiantil mundial? (Mayo francés)

—No descarto la Influencia exterior. Sólo una orquestación montada por usinas poco visibles pero reales podría movilizar un movimiento como el que presenciamos en nuestro tiempo. Pero entendámonos: la sociedad capitalista del mundo occidental está dejando sin resolver mucho de los problemas planteados por el desarrollo económico, científico y tecnológico Se explica, por consiguiente, que los estudiantes estén descontentos en todos lados

—¿Cree en la juventud argentina?

—Sin ninguna vacilación. Las generaciones anteriores nos dieron una patria pero luego ella se achicó lamentablemente y así perdimos condiciones que inicialmente eran más favorables, aun, que las de Estados Unidos. Tengo la esperanza de que la nueva generación, al estar bien Informada, esclarecida, sobre los errores del pasado, sepa actuar mejor. Esa es la función de los hombres que reconstruyen el pasado: dar la verdad para que ella evite repetir las grandes equivocaciones nacionales


Lucrecia Orrego
Bibliografía: Revista ·"Todo es Historia" numero 30 - octubre de 1969


miércoles, 21 de agosto de 2019

JUAN MANUEL DE ROSAS Y EL PROBLEMA DEL INDIO


La frontera del Arroyo Azul, transcurrió en años de paz y progresivo desenvolvimiento económico durante la época de Rosas. Las hordas de Catriel el Viejo, Cachul y Cafulcurá, distantes unas y otras, no impidieron ni perturbaron la estabilidad y el acrecer de las actividades de sus pobladores. Pactos de amistad y sumisión, concebidos y llevados a cabo por Rosas, con diestra y perseverada cautela de gaucho y del perfecto conocimiento de la psicología del indio, habían mantenido a aquellos tres poderosos caciques en interesada quietud, mediante regulares y periódicas entrega de ganado, suministros de heterogénea variedad de mercaderías y atenciones personales –regalos por bautismos, vacunación antivariólica, caballada escogida, repartición de tierras, etcétera.


Esos “pacíficos entendimientos”, o “negocios de indios”, según las expresiones de entonces, en la documentación oficial y en los asientos de contabilidad de los proveedores y comerciantes particulares, terminaron enseguida de Caseros. Los primeros gobiernos que sucedieron a la caída de Rosas, ineptos para tratar un problema desconocido para ellos, harto preocupados por las luchas intestinas de poderío político y complicando a los indios en los bandos antagónicos, postergaron a planos secundarios el problema del indio y lo relativo a la seguridad de las fronteras interiores. Más aún sin contar con elementos de fuerza suficientes y disponibles para contener y dominar a los señores de la pampa, se indispusieron definitivamente como lo expresa esta carta de Catriel de 1874, “…quieren echarnos de los campos que habitamos ahora y mandarnos a otros parajes, aún sin habernos comunicado los motivos de esta medida tan triste e importante…”, cometiendo la imprudencia de desafiar su poderío haciendo tabla rasa de aquellos pactos solemnemente cumplidos y con creces por Rosas, negándoles las yeguas, vacunos y mercaderías, ofendiendo a esa inmensa ola humana que estaba aquietada gracias a los procedimientos escrupulosos de Don Juan Manuel.

Con ello el nuevo régimen instaurado después de Caseros, dio lugar a una vigorosa coalición de tribus de los caciques nombrados con la de Yanquetruz, y a la inmediata consecuencia de una sangrienta invasión que costó millares de vidas, la pérdida de cuantiosísimos valores, la despoblación de muchas decenas de leguas cuadradas y el retroceso de la línea de fronteras.

Fácil fue a los salvajes percibir la debilidad e incoherencia de las defensas que podían oponerse a sus ataques; fácil también que su instintiva sagacidad, agudizada por las solicitaciones de elementos militantes en las contiendas y pasiones políticas de la época, advirtiera las urgencias de lucha en que se debatía el Estado de Buenos Aires. Sintiéronse entonces más seguros que nunca en su poder y libres de la férrea y observadas disciplinas a que habían estado sometidos y consentidas sus insaciables e insaciadas rapacidades, volvieron a significar una tremenda, continua y acrecida amenaza para las poblaciones de las zonas exteriores al río Salado. A las tribus próximas se agregaron las de alejadas regiones y tierras extrañas, y uno tras otro, se sucedieron, los devastadores y cuentos malones, como lo relata José Hernández en su “Martín Fierro”:

“Se vuelve aquello un infierno
Más feo que la mesma guerra
Entre una nube de tierra
Se hizo una mezcolanza
De potros, indios y lanzas
Con alaridos que aterran”.

El clamor de las víctimas y la cuantía de los despojos, movieron espasmódicamente, pero sin eficaz trascendencia, la acción oficial.

Se emprendieron expediciones militares punitivas y de defensa sin adecuada preparación, que sólo sirvieron para demostrar la impotencia de los gobiernos frente a la cohesión y a la arrojada audacia del indio. Los combates de Sierra Chica y Tapalqué fueron dos aniquilantes contrastes. En ellos y otros encuentros habían fracasado, por insuficiencia de recursos y falta de experiencia de sus conductores, las mejores tropas de frontera. Agotados transitoriamente todos los elementos de fuerza se hizo apremiante volver a los procedimientos conciliatorios, reemprender el camino abandonado y pactar nuevamente con los caciques y capitanejos.


Fuente:

Revisión n° 10, Buenos Aires, Octubre de 1964, p. 5.

lunes, 17 de junio de 2019

GÜEMES, BELGRANO Y LA INDEPENDENCIA: SU EJEMPLO ANTE NUESTRA SUMISION AL NUEVO ORDEN MUNDIAL

Por: Fernando Romero Moreno

En esta semana honramos la memoria del Gral. Martín Miguel de Güemes y del Gral. Manuel Belgrano.. Ambos son héroes de nuestra Guerra de la Independencia y merecen, como es propio de la virtud de la piedad, nuestra veneración y agradecimiento. 

Güemes, perteneciente a una de las más tradicionales familias salteñas, peleó contra los Ingleses en las jornadas de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, defendió la frontera norte del ataque de los llamados “realistas” en la Guerra Gaucha (inmortalizada por Lugones) y fue uno de nuestros primeros Caudillos, defensores de las autonomías y tradiciones provinciales como de los derechos de los sectores populares. 

El General Belgrano también participó de las Invasiones Inglesas, fue uno de los protagonistas principales de la Revolución de Mayo e integró la Primera Junta, tuvo a su cargo la Expedición al Paraguay y más tarde la dirección del Ejército del Norte, fue el creador de nuestra escarapela y de la Bandera Nacional, integró la delegación que viajó en 1815 a España para tratar de llegar a un acuerdo con Fernando VII y cuando esto fracasó fue uno de los más decididos partidarios de la Independencia. 

Tanto Güemes como Belgrano fueron católicos practicantes, defensores de una Monarquía que impidiera la anarquía y la desintegración territorial, y grandes amigos del Gral. San Martín. Ninguno fue un renegado de la cultura tradicional hispánica ni revolucionario al estilo de la impía Revolución Francesa. La Guerra de la Independencia, contra lo que habitualmente se dice, no fue una guerra de criollos contra españoles ni un conflicto ideológico fruto del pensamiento de la Ilustración. Fue una verdadera guerra civil en toda América y en ambos bandos hubo  católicos y masones, conservadores y liberales,  criollos y españoles. Es por eso que, con independencia del juicio que nos merezcan aquellos acontecimientos, en la Argentina honramos la memoria tanto de “realistas” como Santiago de Liniers (injustamente fusilado por la Primera Junta) y de “patriotas” como Güemes y Belgrano. Es muy difícil juzgar hoy cuál fue la decisión más prudente en relación con la Corona Española y todos los hispanistas somos conscientes de que, por obra de Inglaterra, los EE.UU y las logias masónicas, esta Gesta no terminó en dos o tres reinos independientes del Rey de España pero aliados a la Madre Patria (como querían, entre otros, los Libertadores San Martín en las Provincias Unidas, o Ithurbide en México), sino en 19 estados diferentes, funcionales por su debilidad al imperialismo anglosajón, a los organismos internacionales progresistas y masónicos como la ONU o al imperialismo de las potencias comunistas (la Unión Soviética hasta 1991 y China en los días que corren). ¿Qué es Brasil? podríamos preguntarnos para hacer una comparación. Es el Imperio de Portugal en América que no se dividió. De allí su fortaleza en el orden internacional,  a pesar de los grandes problemas que tiene. ¿Qué son los EE.UU? Las primitivas 13 colonias de la Costa Este que, unidas, compraron y conquistaron territorios hacia el Oeste hasta hacer un Estado continental  del Atlántico al Pacífico, aliado con Inglaterra luego de su propia Independencia hasta la actualidad. ¿Y qué somos nosotros, por traición de Castelli, Rodríguez Peña, Alvear o Rivadavia (sólo por analizar el caso de las Provincias Unidas), todos agentes de la Corona Británica? Somos el Imperio Español en América que se dividió en 19 estados separados y muchas veces peleados entre sí. Capital importancia tuvo en esta derrota el accionar de la Masonería inglesa (cuyo Gran Maestre es el Duque de Kent), la difusión de la Leyenda Negra antiespañola y el indigenismo. ¿Quién promueve hoy el separatismo mapuche, el ataque a la religión católica, a la familia, a la vida humana inocente, entre otras cosas? El enemigo de siempre, que actúa a través de los organismos internacionales, de ciertos círculos de poder anglo-norteamericanos y también de una izquierda controlada por el Nuevo Orden Mundial. Es pues nuestra tarea, si queremos ser fieles herederos de los valores que inspiraron a Güemes y a Belgrano, seguir luchando por la religión católica, por la tradición hispano-indiana, por la soberanía política, por la independencia económica, por la justicia social, por la unión hispanoamericana y por los valores que nos definen como integrantes de la Comunidad Hispánica de Naciones. 

Independencia del Rey y fidelidad a la Hispanidad fueron los objetivos que persiguieron, dadas las circunstancias de aquellos días, patriotas como Saavedra, Belgrano, Güemes, Artigas, San Martín y otros de nuestros próceres. Tratemos de seguir ese camino contra la agenda globalista, masónica y anticristiana que nos quieren imponer

                                                                              


jueves, 13 de junio de 2019

Rosas y el odio mitrista*

Rosas es un hombre a quien le tocó desempeñar su papel después de un mito y antes de otro. Para que Rosas pueda tener jueces en su Patria, es preciso que Rivadavia y Mitre recobren su naturaleza de seres mortales y falibles.
[Carlos Pereyra].

      […] Los adversarios de Rosas, los unitarios de entonces, que ahora se llaman mitristas  o pseudo-mitristas, luchaban por otra cosa: “la libertad”, palabra engañosa que ha servido para encubrir muchas iniquidades; y luchaban a costa, precisamente, de la independencia, de la soberanía y del honor de la Nación, valores estos que, con criminal inconciencia, hicieron peligrar porque para ellos nada valían mientras se salvaran los principios.

      ¿Qué principios? No otros que los que les permitieron conseguir lo que han conseguido; también lo dijo Alberdi al comparar su acción con la de Rosas: “sus pobres sucesores -sostuvo- que sólo han  brillado en el talento bufón de ganar su rango y su pan”.

En el caso de los unitarios la pasión no tiene el mismo significado porque no la encendía el fuego que animara a la de Rosas; el bien indiscutido de la Patria. La pasión de sus enemigos no fue ni cristiana  ni patriótica; para ellos la pasión encubría un empeño desmedido por satisfacer ambiciones de predominio y de riqueza, aunque se le envolviera con nobles palabras, siguiendo los consejos de Salvador María del Carril.

[…]He dicho que Mitre era uruguayo por consanguinidad de varias generaciones.

[…] ¿POR QUE EL ODIO MITRISTA?

Aquí, y casi al término de mi exposición, séame permitido plantear un interrogante: ¿Porqué el odio implacable de Mitre a Rosas? ¿Porqué el de sus descendientes?
Mitre, como queda demostrado, ni su familia, estuvo  radicado  en nuestro país durante los años del gobierno de Rosas.

Mitre no fue emigrado ni proscripto.

Mitre no tuvo parientes, ni arraigo en el país, ni en la sociedad argentina.

Mitre no luchó jamás en las filas argentinas comandadas  por jefes argentinos, como lo fueron Paz y Lavalle.

Mitre sirvió como uruguayo y como oficial uruguayo primero en los ejércitos de Oribe, después con los de Rivera, del país independiente uruguayo, que luchaba por su hegemonía en contra de la Argentina; y no por ideales argentinos.

Mitre, al ser derrotado su jefe uruguayo Rivera, se pasa a Suárez, vencedor; pero vuelto al poder el Pardejón, se ve obligado a abandonar el Uruguay. Huye, entonces,  y en los barcos anglo-franceses que remontan el Paraná pretende unirse al general Paz. La derrota de las escuadras extranjeras en Quebracho y Tonelero le obligan a regresar, y al no poder hacerlo a Montevideo, se siente desligado de las luchas del Río de la Plata y se retira a Bolivia y Chile, precisamente cuando se agrava en su “patria” la guerra internacional por la acción conjunta de Francia e Inglaterra.

Mitre, ausente, aparece recién en Caseros como oficial uruguayo y de la mano de los brasileros; pero hasta entonces su acción contra Rosas no ha alcanzado celebridad porque  no obraba como jefe ni como caudillo, sino como simple subalterno.

Mitre, hasta entonces no ha ejercitado contra Rosas su arma plumífera, se ha dedicado a hacer malos versos y a escribir ensayos.

Mitre, después de Caseros no ataca a Rosas, sino a Urquiza. El dictador podrá ser el pretexto, pero destruir al general entrerriano es el objetivo fundamental. “Usemos de Urquiza para librarnos de Rosas; pero caído éste, nos será fácil librarnos del vencedor”. Es el credo liberal. (Tomo V, pág. 108, Alberdi).

Mitre descarga su fobia rosista después que adquiere predominio  en Buenos Aires, y recién entonces Rosas le sirve de escudo.

Mitre es el hombre que tenía menos agravios contra Rosas, pues no tenía ninguno. Siendo niño, Rosas le salvo la vida.

En estas condiciones podría decirse, que Rosas a Mitre no le hizo ningún daño y si mucho bien. Nunca le atacó porque le fue totalmente desconocido como hombre de acción dirigente, pues no lo era entonces. En cambio, al venir al país sirviéndose del nombre de Rosas, hizo política, habló y escribió más que luchó, se sirve de su nombre para exaltar a los enemigos y a los que traicionan la amistad del dictador y sirviéndose de forajidos uruguayos y de los dineros del tesoro público, se encumbra y llega a la más alta posición que un argentino puede aspirar, y por añadidura se le viste de “prócer”. ¿Qué más se puede pedir? ¿De no haber existido Rosas hubiera llegado a tanto? Con toda seguridad   que no.

Pero si tal cosa le ha acontecido a Mitre personalmente con el dictador, no menos favorecido lo fue con sus familiares.

GERVASIO ORTIZ DE ROSAS, PATERNAL PROTECTOR DE MITRE.

Don Gervasio Ortiz de Rosas fue un verdadero protector de Mitre. Hombre joven, vigoroso, de ideas liberales, acaudalado por ser uno de los estancieros más ricos del Sur, que no admitía sin protesta la influencia superior de su hermano el dictador, de carácter seco y a veces áspero por su  naturaleza enérgica, fue, sin embargo un buen amigo de la casa de doña Josefa, como lo fue del hogar de Mitre, y paternal con el niño Bartolito.

A los treinta años, soltero, independiente, se echa encima la molesta tarea reencaminar al niño Mitre tratando de hacer de él “un hombrecito”. Le lleva consigo al campo, le enseña las prácticas corrientes de la vida de estancia, no como preceptor, que sería estúpido afirmarlo, sino paternalmente, con bondad, que en el seco “Cardo” constituye una excepción en su trato habitual.

Don Gervasio  era hombre de alguna cultura, mayor que la corriente en la época. Posee una buena biblioteca; es  allí donde Mitre inicia sus lecturas. Un escritor, aparentemente unitario, dice que en vez de dedicarse a las tareas del campo, el niño Mitre daba preferencia a la lectura de los libros que esta oportunidad puso a su alcance.

Pues bien, cuando Mitre llega a hombre, olvida a su benefactor, al amigo de su hogar, y en el curso de toda su vida no exterioriza, que yo conozca, una sola palabr4a de recuerdo o de agradecimiento por don Gervasio Ortiz de Rosas.

[…] Es un descendiente del general Bartolomé Mitre quien reedita las leyendas olvidadas por los verdaderos historiógrafos y sólo recordadas por aquellos, que, sin más miras que el odio de familia y la pasión, bregan todavía con pertinaz empeño por hacer creer que Rosas es un personaje definitivamente juzgado y que bastan los “atroces crímenes”, imputados por ellos mismos, para que su nombre se borre de un período de más de treinta años en que su personalidad se destaca con rasgos extraordinarios.

Y no ha estado errado el conferencista. Mitre es el verdadero culpable de ese odio implacable a Rosas y es él el verdadero causante de que la comunidad argentina tenga todavía que discutir a diario sobre los hombres, los hechos y las cosas de ese pasado histórico. Mitre y Rivadavia son la barrera que perturba y altera toda la verdad argentina. […].

* Parrafos de la conferencia de Alfredo Ortiz de Rosas, publicada en la Revista del Instituto de Investigaciones Historicas Juan Manuel de Rosas; numero 11, de marzo/abril de 1943.