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domingo, 21 de abril de 2024

LAS IDEAS POLITICAS DE LOS HOMBRES DE MAYO*

 

Por: Vicente Sierra

La Junta de Mayo contó, casi de inmediato a su formación, con la oposición tozuda de los funcionarios peninsulares, para los cuales, en el sentir popular, era lo mismo la España con Fernando VII –al cual esos funcionarios, hechuras de Godoy, no veían con simpatía- que con José Bonaparte, con tal de no perder sus puestos.

Esta injusta resistencia, unida al desarrollo de los sucesos de España y a la incomprensión de la Corte de Cádiz, determinan en la Junta de Buenos Aires un elemento de defensa que abre camino a la idea de la independencia total. En nuestro concepto, el pronunciamiento del 25 de Mayo no procura la independencia tanto como tiende a obtener formas políticas de gobiernos distintas a las que han regido hasta entonces. Es, ante y sobre todo, un movimiento contrario al absolutismo, pero lo es sin plan y sin ideas concretas propias.

Si observamos comparativamente los sucesos de España y los de Argentina, en aquellos años, advertimos una similitud extraordinaria. Hasta el hecho de que la Junta de Buenos Aires resolviera confiar las funciones públicas a nativos tiene su paralelo en las Juntas Provinciales de España que adoptaban medidas similares, respondiendo al carácter eminentemente localista de los movimientos.

Entre los testigos de los hechos de Mayo, en Buenos Aires, debe contarse a Ignacio Núñez, amigo de Moreno, e interesado en asignarle papeles de primera línea, y hombre, además, de ideas liberales. Al referirse a aquellos acontecimientos dice: “Sin debilitar el mérito que contrajeron los pocos hombres a quienes les tocó la suerte de encabezar la revolución de Buenos Aires, puede asegurarse que esta grande obra fue poco menos que improvisada y por consiguiente, que si ellos no tuvieron tiempo, ni medios de explorar y combinar interiormente los elementos necesarios para llevarla adelante, tampoco los tuvieron para prepararse relaciones con las naciones extranjeras… Desde la primera hora en que el último representante del rey de España depositó el cetro en mano de los nueve hombres escogidos por el pueblo para sustituirle la autoridad virreinal, desde esa misma hora sintieron estos nueve hombres el enorme peso que habían admitido sobre sus hombros, y los peligros que correrían ellos si se reducían a conducirla tan desprovistos como la habían principado”.

Manuel Moreno, en el libro sobre su hermano, dice: “Sería una injusticia creer que el Dr. Moreno tomó parte activa en la Revolución de su país, sin un examen serio de las causas que la producían. Sus escritos, sus avisos, y sus conversaciones habían excitado la vigilancia de los Patriotas; pero ilustrando a sus conciudadanos, jamás intentó inquietar su espíritu o promover la rebelión… Muchas horas hacía estaba nombrando Secretario de la nueva Junta, y aún estaba totalmente ignorante de ello…”.

Manuel relata de cómo le llevó la noticia a su hermano, la que lo sumió en hondas preocupaciones sobre “LA LEGITIMIDAD de los procedimientos públicos que acababan de suceder…”, y agrega: “Cuando pasado esto, llegó un individuo que había sido también nombrado para el nuevo gobierno, a consultar si debía admitir la elección. Después de un examen escrupuloso de la LEGITIMIDAD de los procedimientos del pueblo, se resolvió que era forzoso recibir los oficios que se les habían conferido”.

Pero, como lo señala Núñez, el virrey Cisneros empezó a disputar el puesto desde la noche en que sin resistencia de su parte abandonara, poniéndose al frente de los funcionarios españoles, cuya resistencia no se ocultaba, y fácil fue prever lo que podía ocurrir con los del Paraguay, Montevideo y Perú, en posesión de recursos y materiales de guerra, y de una influencia sobre los naturales poco menos que absoluta. Se procedió contra ellos y se envió a D. Matías Irigoyen ante la corte de Inglaterra. Todo esto, hasta el fusilamiento de Liniers y sus compinches, puede parecer revolucionario, si no fuera que las Juntas de España procedieron de igual manera. Comandante General de Extremadura era el Conde de la Torre del Fresno; el movimiento popular estalla, Torre del Fresno muere en manos de la multitud enardecida, se forma Junta y se envía embajador a Inglaterra. En la capital asturiana, cuando la Audiencia da a conocer los bandos de Murat, el pueblo se alza, y los oidores deben refugiarse en el Palacio de la Audiencia. El pueblo quiere matarlos, lo que evita el prestigio del Marqués de Santa Cruz de Marcenado. Se forma Junta y se organiza la guerra. Para obtener ayuda se envía un embajador a Inglaterra. Paralelo fue el levantamiento de Galicia. El Capitán General D. Antonio Filangieri trata en mala hora de ahogar el movimiento. Barrido por el pueblo se forma Junta y se envía una embajada a Inglaterra. Y así Andalucía y todas las regiones.

Sabido es que el Marqués de Casa Irujo, embajador de España en la Corte de Brasil, atacó a la Junta de Buenos Aires, acusándola de haberse formado para declarar la independencia, lo que hizo en un “Manifiesto” que fue contestado por Mariano Moreno, desde las columnas de “La Gaceta”, diciendo: “El Marqués tiene seguro conocimientos de los principios y fines de la instalación de la Junta; e instruyó esta de la pureza que se conducía, y le suministró datos irrefragables de su fidelidad a nuestro legítimo monarca el señor D. Fernando VII, de la sinceridad con que había jurado la defensa de sus augustos derechos, convenciéndolo de mil modos, que la innovación del gobierno de Buenos Aires era igual en todos sus resultados, a la que gloriosamente habían ejecutado las provincias de España, no podía reprobarse nuestra Junta, mientras se reconociesen las de aquellos, ni podíamos acceder a un paso retrógrado hacia el humillante estado colonial, del que nos acaba de extraer a la faz del mundo”.

No ha faltado quien dijera que estas frases de Moreno revelan la doble intención del pronunciamiento de 1810, desde que se refiere al estado colonial del que se había salido, pero la verdad es que Moreno no se refiere a la formación de la Junta, sino al decreto del 22 de Enero de 1809, por el cual, el supremo gobierno revolucionario de España, reconocía a las colonias ultramarinas como parte integrante de la nación, poniendo la Junta Central decidido empeño en hacer efectivo el derecho de representación que se les había otorgado a los pueblos de América; como lo revela la Real Orden de 6 de Octubre de 1809 que establecía las condiciones para ser diputado de ellas.

Moreno acusó a Casa Irujo de “haber soplado el fuego de la discordia y la guerra civil entre unos pueblos que reconocían los derechos de su legítimo monarca Fernando VII”, diciéndole que antes debió haberse puesto en comunicación con la Junta, tentando aquellos medios prudentes “a que se presentaban acreedores de los sucesos que arrancaban la proclama”. Y agregaba Moreno, poniendo el dedo en la llaga: “El marqués de Casa Irujo y esos mandones de alto rango, cuya reposición pretende por medios tan violentos, no aman a nuestro monarca con la sinceridad que han afectado; ellos proclaman diariamente al rey Fernando, pero en este respetable nombre no buscan sino un vínculo que nos ligue a la Metrópoli en cuanto sea un centro de relaciones y una fuente del poder que ejercen entre nosotros. Mientras una pequeña parte de España sostenga su rango, conserve sus empleos y sirva de escudo a su arbitrariedad y despotismo, no caerá en su boca el sagrado nombre del rey y harán servir diestramente a sus miras personales la sencillez de unos vasallos a quienes el cautiverio de su príncipe empeña a nuevos esfuerzos de su fidelidad; pero dígase que la España está perdida enteramente; que la persona el Rey tiene relaciones enteramente inconexas de las del territorio perdido; que si el francés ha ocupado una parte de la monarquía española, debemos ser españoles en la que ha quedado libre; entonces se les verá recibir con horror esos principios que antes hicieron servir a sus personas, y se les verá recibir, con escándalo, aquellas relaciones con la Península, confundiéndolas groseramente con las que deben buscar en las personas del monarca. El ministro de Estado, conde de Linares, preguntó en una sesión al marqués de Casa Irujo, cuáles eran las intenciones del virrey Cisneros para el caso desgraciado de ser sojuzgada la España; y confundido nuestro ministro con una pregunta, a que cualquier niño habría satisfecho cumplidamente, contestó con la insulsa fruslería de que nunca se realizaría aquel caso, y que si se verificaba, el virrey era hombre prudente y de mucho juicio. Hemos observado en nuestros jefes, que sufrían igual embarazo, siempre que se le hacía aquella pregunta, y este sólo hecho descubre que no procedían de buena fe en orden a la suerte y derecho de estas regiones”.

Sigue diciendo Moreno que si “quedara toda la España ocupada”, y entre paréntesis comenta: “Dios no lo permita”, la América seguirá en la misma lealtad y vasallaje al señor Don Fernando VII, mirando a los pueblos de España con los mismos ojos que miró a los españoles de la Jamaica después que quedaran sujetos a la dominación inglesa. A continuación un párrafo sustancial: “Esto es lo que exige el orden natural de las cosas, y que puede asegurarse francamente por la conformidad que guarda con todos los derechos; sin embargo, el marqués y nuestros jefes aborrecen toda la dominación extranjera, tiembla que la América llegase a constituirse a sí misma, y en la positiva exclusión que hacen de todo otro partido, prueba su adhesión al único que no impugnan, que es seguir la suerte de la Península, si queda enteramente sojuzgada a la dominación, que se ha empeñado en su conquista. El marqués sabe que no hablamos sin datos positivos, y, como calcula justamente la gran muralla que en la instalación de la Junta se ha levantado contra este infame proyecto, rabia de desesperación, y en los transportes de su cólera, prefiere una convulsión general de estos pueblos que, o los reduzca a una debilidad que algún día los haga entrar por sus ideas, o los sepulte en unos males que sean pena de la energía con que han burlado su intrigas”.

La acusación que hace Moreno a Casa Irujo y a los funcionarios peninsulares es grave, pero no caprichosa. Hay pruebas abundantes y concordantes de que como él, pensaba la mayoría. El tipo de funcionario conocido estaba dispuesto, evidentemente, a seguir la suerte de la metrópoli, con “Pepe Botellas” o con el que fuera. A reglón seguido lleva Moreno un rudo ataque al absolutismo, destacando que el pueblo piensa libremente sobre sí mismo, “y sus derechos se consultan sin los prestigios con QUE EL ABUSO DEL PODER lo envolvía”. Argumenta que Inglaterra y Brasil no permitirán nunca que el procónsul de Napoleón reine en América, aunque se apodere de toda España, por lo cual la Junta espera ser apoyada por ellas en sus gestiones y agrega: “Las potencias que no tengan un interés en nuestra ruina mirarán con asombro que los jefes de América reputen un delito la resolución de no dejarse arrastrar ciegamente de la conquista de España. Cuando convenía a sus miras manifestar al mundo la sincera adhesión de las Américas a la causa del Rey Fernando, se proclamaba la justicia de los principios que nos obligan a semejante conducta; (alusión al carácter que se dio en América a la jura de Fernando VII) y aún era éte uno de los principales baluartes que se oponían a Napoleón, y con que se les convenía retraer, de la conquista de España; sin embargo, llega el caso de que se ejecute aquella amenaza, y entonces varían de opinión, y no quieren ver en la América sino una colonia sin derechos, que debe sujetarse sin examen a la suerte de la metrópolis”. Y sigue Moreno:

“No, señor marqués, ni sus esfuerzos, ni sus proclamas, ni la conspiración de los mandones separarán a la América de su deberes. Hemos jurado a Don Fernando VII, y nadie sino él reinará sobre nosotros. Esta es nuestra obligación, es nuestro interés, lo es de la Gran Bretaña y Brasil, y resueltos a sostener con nuestra sangre esta resolución, decimos a la faz del mundo entero (Y REVIENTE A QUIEN NO LE GUSTE) que somos leales vasallos del rey Fernando, que no reconocemos otros derechos que los suyos, que aunque José reine en toda la península, no reinará sobre nosotros y que la pérdida de España no causará OTRA NOVEDAD QUE LA DISMINUCION DEL TERRITORIO DEL REY FERNANDO”.

“La desgracia de ser reputados los americanos poco menos que bestias, por hombres que apenas son algo más que caballos, influyen siempre alguna preocupación aún entre las personas de razón y buen juicio” Se refiere Moreno a las noticias falsas sobre triunfos españoles que en su “Manifiesto” difundiera Casa Irujo, y demuestra que sabe la verdad de lo que ocurre. Agrega Moreno que esas desgracias no le complacen pero nada se aventaja con ocultarlas, y dice: “El marqués habría empleado con más fruto sus acreditados talentos si los hubiese fatigado para inventar medios de salvar o aliviar la Patria”. Pero aún eM el caso de que las noticias de triunfos españoles fueran ciertas “¿será eso bastante para que se disuelva nuestra Junta y en caso contrario se arrojen los pueblos a los horrores de la anarquía y de la guerra civil? ¿Es posible que las Juntas de España han de seguir tranquilamente, y se ha de reputar un crimen la continuación de la nuestra? La Junta de Valencia continúa en la plenitud de sus funciones; ni reconoce al Consejo de Regencia, ni respetaba a la Junta Central mucho tiempo antes de su disolución… y el marqués elogia su fidelidad…”

Posteriormente se inventó lo de la “máscara de Fernando”, que no puede ser considerada en serio. La Revolución de Mayo sería un caso único en la historia, o sea, el de una revolución que levanta como bandera aquello mismo que quiere destruir, fomentando, por consiguiente, no su éxito, sino el de la contrarrevolución. La capacidad de admitir sandeces tiene un límite también en historia. La sujeción de Fernando VII no estaba en contra de la posibilidad de un régimen político independiente de la metrópoli, y de carácter más liberal que el hasta entonces observado, y Fernando VII había despertado ilusiones que hasta lo admitían como cabeza de tal importante reforma política del imperio. En cuya disolución nadie piensa antes del 25 de Mayo de 1810, aunque puedan pensarlo, y así ocurrió, cuando la resistencia de los funcionarios, la incomprensión de los hombres de Montevideo, la conducta de Liniers, la de la Real Audiencia de Buenos Aires, y la del propio Cabildo porteño, conducen los acontecimientos por nuevos caminos, puesto que también los enemigos también se presentan defendiendo los derechos de Fernando VII.

La pérdida del libro de actas de la Junta de Mayo, que debió correr por cuenta de alguno de los hombres de la Asamblea General de 1813, que lo pidió y lo recibió, a los fines de juzgar su actuación, enterándose, al leerlo, que no saldrían de sus páginas motivos de crítica para Saavedra, pero tampoco aparecería el Moreno cuyo mito se había empezado a forjar, deja sin posibilidad de aclaración muchas cosas de aquellos días. El único documento auténticamente revolucionario sería el “Plan”, atribuido por Enrique de Gandía a Moreno y considerado un frangollo por Ricardo Levene. Pero lo curioso es que Gandía no cree que Moreno fuera partidario de la independencia, lo que está en pugna con su afirmación de que fue autor del “Plan”, mientras Levene cree que Moreno fue el alma del propósito independizador, lo que está en pugna con su afirmación de que el “Plan” no es de Moreno, y una de las razones en favor de esa tesis es que no se acomoda a sus ideas en los seis meses que actuó en la Junta. Porque no es la idea de la independencia la que agita a la Junta, sino las diferencias en la manera de considerar el problema político en sus distintas posibilidades; y es el propio Moreno quien se encarga de demostrarlo en sus artículos de “LA GACETA”, titulados “Miras del congreso que acaba de convocarse y constitución del estado”. Dice allí: “Hay muchos, que fijando sus miras en la justa emancipación de la América a que conduce la inevitable pérdida de España (adviértase que la emancipación surgía de la desesperación de España absorbida por Napoleón y no un acto de voluntad americana), no aspiran a otro bien que haber roto los vínculos de una dependencia colonial y creen completa nuestra felicidad, desde que elevados nuestros países a la dignidad de estados, salgan de la degradante condición de un fondo usufructuario a quien, se pretende sacar toda sustancia sin interés alguno en su beneficio y fomento. Es muy glorioso a los habitantes de América verse inscriptos en el rango de las naciones y que no se describan sus posesiones como factorías de los españoles europeos; PERO QUIZAS NO SE PRESENTA SITUACION MAS CRITICA PARA LOS PUEBLOS QUE EL MOMENTO DE SU EMANCIPACION: TODAS LAS PASIONES CONSPIRAN ENFURECIDAS A SOFOCAR EN SU CUNA UNA OBRA A QUE SOLO LAS VIRTUDES PUEDEN DAR CONCIENCIA; Y EN UNA CARRERA ENTERAMENTE NUEVA CADA PASO ES UN PRESIPICIO PARA HOMBRES QUE EN TRECIENTOS AÑOS NO HAN DISFRUTADO DE OTRO BIEN QUE LA QUIETA MOLICIE DE UNA ESCLAVITUD, QUE AUNQUE PESADA HABIA EXTINGIDO HASTA EL DESEO DE ROMPER SUS CADENAS. Resueltos a la magnánima empresa, que hemos empezado, nada debe retraernos de su continuación, nuestra divisa debe ser la de un acérrimo republicano que decía: MALO PERIDULOSAM LIBERTATEM QUAM SERVITIUM QUIETUM”. Ricardo Levene hace la cita poniendo punto final a la frase, pero en el texto solo figura un punto y coma, y se sigue leyendo: “pero no reposemos sobre la seguridad de unos principios que son muy débiles sino se fomentan con energía; consideremos que los pueblos, así como los hombres, desde que pierden la sombra de un curador poderoso que los manejaba, recuperan ciertamente una alta dignidad pero rodeada de peligros que aumentan la propia inexperiencia; temblemos con la memoria de aquellos pueblos que por el mal uso de su naciente libertad, no merecieron conservarla muchos instantes; y sin equivocar las ocasiones de la nuestra con los medios legítimos de sostenerla, no busquemos la felicidad general, sino por aquellos caminos que la naturaleza misma ha prefijado y cuyo desvío ha causado siempre los males y ruina de las naciones que los desconocieron”.

El sentido de estas palabras de Moreno es clarísimo. La guerra civil contra los funcionarios había comenzado; España parecía definitivamente perdida ¿no era oportuno avanzar un paso e ir a la independencia política? No la rechaza Moreno, pero le pone “peros”: no estamos preparados, dice. Si algo revela que la idea de emancipación no figuró en el ideario de Mayo, es este escrito de Moreno, que confirma de cómo el sentimiento de independencia fue consecuencia del desarrollo de los hechos, de la misma manera que en España, a pesar de su carácter tradicionalista y antiliberal, el levantamiento popular de 1808, derivó en las Cortes afrancesadas de Cádiz. Todo el artículo de Moreno tiende a demostrar que no es el momento de pensar en la independencia, por razones de orden interno e internacional; así, dice, que el despotismo había sofocado a España su viejo sentido de la libertad por lo “que en el NACIMIENTO DE LA REVOLUCION NO OBRARON OTROS AGENTES QUE LA INMINENCIA DEL PELIGRO Y EL ODIO A UNA DOMINACION EXTRANJERA”, refiriéndose al levantamiento en 1808, pero que apenas pasada la confusión de los primeros momentos, “enseñaron a sus conciudadanos los derechos que habían empezado a defender por instinto; y las Juntas provinciales se afirmaron por la ratihabición de todos los pueblos de su respectiva dependencia. Cada provincia se concentró así misma, y no aspirando a dar a la soberanía mayores términos de los que el tiempo y la naturaleza habían dejado a las relaciones interiores de los comprovincianos, resultaron, tantas representaciones supremas e independientes, cuantas Juntas provinciales se habían erigido. Ninguna de ellas solicitó dominar a otras… Es verdad que al poco tiempo resultó la Junta central como representativa de todas, pero prescindiendo de las grandes dudas que ofrece la legitimidad de su instalación, ella fue obra del unánime consentimiento de las demás Juntas; alguna de ellas continuó sin tacha de crimen es su primitiva independencia… Asustado el despotismo con la libertad y justicia de los movimientos de España, empezó a sembrar espesas sombras por medio de sus agentes; y la oculta oposición a los imprescriptibles derechos de los pueblos había empezado a ejercer, empeño a los hombres patriotas a trabajar en su demostración y defensa… por todos los pueblos de España pulularon escritos llenos de ideas liberales, y en los que se sostenían los derechos PRIMITIVOS de los pueblos, que por siglos enteros habían sido olvidados y desconocidos”. “Un tributo forzado a la decadencia hizo decir que los pueblos de América eran iguales a los de España; sin embargo, apenas aquellos quisieron pruebas reales de la igualdad que se les ofrecía, apenas quisieron ejecutar los principios por donde los pueblos de España se conducían, el cadalso y todo género de persecuciones se empeñaron en sofocar la injusta pretensión de los rebeldes, y los mismos magistrados que habían aplaudido los derechos de los pueblos, cuando necesitaban de la aprobación de alguna Junta de España para la continuación de sus empleos, proscriben y persiguen a los que reclaman después en América esos mismos principios. ¿Qué magistrados hay en América, que no hayan tocado las palmas en celebridad de las Juntas de Cataluña o Sevilla? ¿Y quién de ellos no vierte imprecaciones contra la de Buenos Aires, sin otro motivo que ser americanos los que la forman? Es decir, que Moreno parte, exclusivamente, de los antecedentes españoles para considerar la cuestión americana, y demuestra que lo que lo guía no es el afán de la independencia, sino el establecimiento de un gobierno liberal contra el absolutismo que había dominado hasta entonces. El Congreso que propone no debe elegir quién rija al país, sino dotarlo de una constitución de donde se rija. Las ideas que Moreno vierte siguen siendo españolas, algunas tomadas de Jovellanos, y responden al espíritu que, en aquellos mismos momentos, predomina en las Cortes de Cádiz. Sentemos, pues -dice- como base de las posteriores preposiciones, que el congreso ha sido convocado para elegir una autoridad suprema que supla la falta del señor don Fernando VII y para arreglar una constitución que saque a los pueblos de la infidelidad en que gimen”. Pero la devoción a Fernando tiene límites, o sea, si tratara de gobernar como su antecesor, el pueblo, que ha recuperado la soberanía por ausencia del monarca, puede prescindir de él, pues no ha realizado el de América PACTO SOCIAL alguno con él. (Este concepto revela que Moreno no entendió a Rousseau, lo que ya fue denunciado por Paul Groussac).

Si Fernando quiere seguir reinando debe aceptar las reglas que el pueblo le fije. Y para apoyarse contra los que no comprendan esa posición, Moreno pregunta: “¿a qué fin se hallan convocadas en España unas Cortes que el rey no puede presidir? ¿No se ha propuesto por único objeto de su convocatoria el arreglo del reino y la pronta formación de una constitución nueva, que tanto necesita? Y si la irresistible fuerza del conquistador hubiese dejado provincias que fuesen representadas en aquel congreso, ¿podría el Rey oponerse a sus resoluciones? Semejante duda sería un delito. El Rey a su regreso no podría resistir una constitución a que, aún estando al frente de las Cortes, debió siempre conformarse; los pueblos, origen único de los poderes de los reyes, pueden modificarlos con la misma autoridad con que lo establecieron al principio… Nuestras provincias carecen de constitución, y nuestro vasallaje no recibe ofensa alguna porque el Congreso trate de elevar los pueblos que representa, a aquel estado político que el Rey no podría negarle, si estuviese presente”.

Nos hemos extendido en las citas por la necesidad de demostrar que lo que guía a Moreno es el triunfo político de los derechos primitivos de los pueblos, no de la independencia. El españolismo de los pueblos de América es indiscutible. Una sola fue la causa de la guerra civil en España y en América. Ello explica por qué, en los puntos más alejados se produjeron, a un mismo tiempo, sin influencias recíprocas, hechos análogos. “La Gaceta de Buenos Aires”, al dar cuenta del pronunciamiento de Caracas que tuvo lugar el 10 de Abril de 1810, dice: “Si viéramos empezar aquella revolución proclamando principios de exagerada libertad, teorías impracticables de igualdad como la revolución francesa, desconfiaríamos de las rectas intenciones de los promovedores, y creeríamos el movimiento afecto de un partido y no del convencimiento práctico de una mudanza política”. Los pescadores de antecedentes vinculados a la Revolución Francesa, para explicar los sucesos que preceden en América a la guerra por la independencia, ocultan deliberadamente expresiones como la que acabamos de reproducir, por no querer reconocer la verdad de que las doctrinas de igualdad que predominan en el tradicionalismo americano tienen una antigua raigambre, católica y española.

Al referirse a la revolución de Caracas, La Gaceta de Buenos Aires, explica que los supuestos revolucionarios hispanoamericanos solo imitaban a los patriotas peninsulares en su lucha contra Napoleón, y agrega: “Pero al ver que solo tratan de mirar por su seguridad y hacer lo que todos los pueblos de España han puesto en práctica, esto es, formar un gobierno interino, durante la ausencia del monarca, o en tanto no se establezca la monarquía sobre nuevas y legítimas bases, nos parece ver en el movimiento de Caracas los primeros pasos del establecimiento DEL IMPERIO QUE HA DE HEREDAR la gloria y la felicidad del que está por perecer en el Continente de Europa a manos de un despotismo bárbaro”.

El sentimiento dominante fue el odio a Napoleón y el deseo de conservar el Nuevo Mundo fuera de su férula. La guerra surgió entre los partidarios de Consejo de Regencia y los que se declaraban por la formación de Juntas locales. Todos defendían la integridad del Imperio y se reconocían súbditos de Fernando VII; pero los que defendían el Consejo de Regencia no eran liberales, ni absolutistas, que disfrutaban de nombramientos hechos por Carlos IV y Fernando VII, y los otros, los liberales sostenían los derechos de rey pero, subordinado a normas que evitaran que el Imperio continuara sin sus viejas libertades municipales y provinciales.

La masa popular porteña expresó esos sentimientos y es así como “La Gaceta” publicaba, en 1811, con el título de “MARCHA PATRIOTICA”, una letrilla que dice así:

La América tiene

Ya echada su cuenta

Sobre si a la España

Debe estar sujeta

Esta lo pretende,

Aquella lo niega,

Porque dice que es

Tan libre como ella

Si somos hermanos,

Como se confiesa,

Vivamos unidos

MÁS SIN DEPENDENCIA

A nada conduce

La obediencia ciega

Que pretende España

Se le dé por fuerza.

¿Por qué, pues, 209

 

España Pretende grosera

Que el americano

Su parte le ceda?

EL QUIERE GUARDARLA

PARA AQUEL QUE SEASU DUEÑO,

y si no Quedarse con ella

PUES PARA ESTO SIEMPRE

JURA LA OBEDIENCIA

AL REY, NO A LA ESPAÑA,

COMO ELLA SE PIENSA

Y no debe olvidarse que esta Marcha Patriótica fue incluida en la LIRA ARGENTINA, recopilación de poesías patrióticas publicadas en 1810, que, en 1822, Rivadavia recomendó hiciera la Sociedad Literaria.

La composición de la Junta de Mayo facilita la idea de que, en su seno existieron rivalidades alrededor del problema de la independencia, más, en realidad, lo que en ella divide son las distintas maneras de encarar el problema político de organización del país. La falta de planes había determinado que se invitara a los Cabildos de interior a enviar representantes para integrar la Junta, método que, más tarde, se consideró equivocado, con lo que se procuró que estos diputados lo fueran ante un Congreso que se reuniría con carácter de constituyente. Mientras tanto, en España, las tendencias liberales han triunfado ampliamente en las Cortes de Cádiz, influyendo sobre las minorías ilustradas en Buenos Aires, en cuyo seno comienzan a agitarse las ideas que, en Cádiz, expresan los cabecillas del resurgimiento liberal. Moreno que se coloca en esa línea es derrocado por las mismas fuerzas militares que el 25 de Mayo de 1810, sin tener mayor contacto con él, lo habían elegido, y los diputados del interior entran a formar parte de la Junta, despertando la indignación de los jóvenes liberales porteños que ven en ellos elementos reaccionarios. Entra entonces a actuar la fuerza económica de la ciudad capital y se llega, en 1812, hasta agitar dos cuestiones: la de independencia y hasta la de la república, por hombres que, poco más tarde, se contarán entre los líderes del monarquismo. En el orden político, la lucha comienza a tener todos los caracteres de una guerra civil, pues hasta en el militar, son americanos los que se enfrentan en Paraguay y en el Norte. Cuando Belgrano, después de derrocar al americano Goyeneche, y al americano Tristán, concede a éste el armisticio de Salta, lo hace porque sabe que han peleado americanos en ambas líneas, y deplora que en las luchas entre hermanos se pierdan vidas preciosas.

Participamos de la síntesis de Enrique de Gandía que dice: “La guerra civil no fue desencadenada por los liberales. Es importantísimo aclarar estos hechos. Los liberales eran los tradicionalistas, los defensores del pasado y de una evolución de acuerdo con los derechos y los deseos del pueblo. Ellos nunca soñaron con revoluciones ni independencias ni guerras civiles, hasta que los absolutistas rompieron la guerra con su intransigencia y el empeño de mantenerse en unos puestos que, jurídicamente, ya no les correspondía desempeñar. Los revolucionarios fueron, pues, los absolutistas, los hombres a quienes algunos historiadores llaman realistas, cometiendo un grave error, pues realistas eran todos, sin excepción, y otros denominaban ESPAÑOLES, cayendo en un error aún más grueso, dado que muchísimo de ellos defendían el liberalismo, los derechos naturales del hombre y la formación de las Juntas locales”.

…”El primer gobierno llamado argentino tuvo por fines políticos la defensa de los derechos naturales del hombre que correspondían, por la prisión de Fernando VII, a todos sus súbditos y el propósito firme de salvar a estos mismos países de una denominación extranjera y reconocer al primer gobierno legítimo que se estableciese en España”.

Esta interpretación se ajusta a otra singularmente interesante. Al festejarse el aniversario del 25 de Mayo, en 1835, se reunió en el Fuerte a una selecta cantidad de invitados, entre ellos el cuerpo diplomático, y el gobernador de Buenos Aires, entonces Juan Manuel de Rosas, dijo las siguientes palabras:

¡Qué grande señores y que plausible debe ser para todo argentino este día, consagrado por la nación para festejar el primer acto de soberanía popular, que ejercitó este gran pueblo en Mayo del célebre año de mil ochocientos diez! ¡Y cuán glorioso para los hijos de Buenos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y una dignidad sin ejemplo! NO PARA SUBLEVARNOS CONTRA LAS AUTORIDADES LEGITIMAMENTE CONSTITUIDAS, sino para cumplir la falta de las que, acéfala la nación, había caducado de hecho y de derecho. NO PARA REBELARNOS CONTRA NUESTRO SOBERANO, sino para preservarle la posición de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. NO PARA ROMPER LOS VINCULOS QUE NOS LIGABAN A LOS ESPAÑOLES, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndolos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. NO PARA INTRODUCIR LA ANARQUÍA sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida la España. Estos, señores fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo Abierto celebrado en esta ciudad el 22 de Mayo de mil ochocientos diez, cuya acta debería grabarse en láminas de oro para honra y gloria eterna del pueblo porteño. Pero ¡Ah!... ¡Quién lo hubiera creído!... Un acto TAN HEROICO DE GENEROSIDAD Y PATRIOTISMO, NO MENOS QUE DE LEALTAD Y FIDELIDAD A LA NACION ESPAÑOLA Y A SU DESGRACIADO MONARCA; un acto que, ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente, como una rebelión disfrazada, por los mismos que debieron haber agotado su admiración y gratitud para corresponderle dignamente.

Y he aquí, señores, otra circunstancia que realza sobre manera la gloria del pueblo argentino, pues ofendidos en tamaña ingratitud, hostigados y perseguidos de muerte por el gobierno español, perseveramos siete años en aquella noble resolución hasta que cansados de sufrir males sobre males, sin esperanzas de ver el fin, y profundamente conmovidos del triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición, anegados en nuestra sangre inocente con ferocidad indecible por quien debían economizarla más que la suya propia, nos pusimos en las manos de la Divina Providencia, y confiando en su infinita bondad y justicia, tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España, y de toda otra dominación extranjera”.

“El cielo, señores oyó nuestras súplicas. El cielo premió aquel constante amor del orden establecido, que había excitado hasta entonces nuestro valor, avivando nuestra lealtad, y fortaleciendo nuestra fidelidad PARA NO SEPARARNOS DE LA DEPENDENCIA DE LOS REYES DE ESPAÑA, a pesar de la negra ingratitud con que estaba empeñada la Corte de Madrid en asolar nuestro país. Sea, pues, nuestro regocijo tal cual lo manifestáis en las felicitaciones que acabáis de dirigir al gobernador por tal fausto día; pero sea renovado aquellos nobles sentimientos de orden, de lealtad y fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa de la Causa Nacional de la Federación, que ha proclamado la república…”.

¿Qué diferencia estos conceptos de los expresados por Moreno? Sólo las palabras. El fondo es el mismo.

 

*Tomado del libro “Historia de las ideas políticas en Argentina”, capitulo 5

domingo, 6 de agosto de 2023

EL PROBLEMA HISTORICO DE LAS IDEAS POLITICAS EN AMERICA *

 

Por: Vicente Sierra

La historiografía hispanoamericana sobre las ideas políticas de los pueblos del continente ha sido escrita bajo el concepto de que la libertad política, que alcanzó importancia en Atenas y en la Roma republicana, desapareció durante el imperio hasta reaparecer en los últimos dos siglos. La mayoría de tales comentaristas no se han planteado con rigor el sentido de los términos que manejan, y así, al referirse a la democracia, parten del concepto que han recibido del inmediato pasado político europeo, inspirado en un sentido individualista, rechazando, por consiguiente, toda formulación que no se adapte al mismo. Tratase de una posición que responde a un dado momento de una civilización, cuya crisis vivimos y cuya desaparición comenzamos a asistir, basado en esa concepción ideológica del progreso que logró penetrar el espíritu de toda sociedad, desde los conductores del pensamiento hasta los mismos políticos y hombres de negocio, “que son siempre -como dice Christopher Dawson- los primeros en proclamar su falta de confianza en idealismos y su hostilidad hacia las ideas abstractas”.

La idea del progreso fue aceptada por la historiografía liberal como un principio de absoluta verdad y validez universal, evidente por sí misma; de manera que, aun cuando los elementos formales de un juicio histórico demuestren que los conquistadores de América poseían conceptos precisos sobre libertad política, su estimación imparcial resulta difícil, porque el historiógrafo liberal se coloca fuera de la época que estudia para medirla con el cartabón de la que vive. Cartabón que, por cierto, se basa en ideas abstractas y determina una visión idealista del propio presente, ya que la idea del progreso impone la necesidad de afirmar que los conquistadores de América trajeron consigo un espíritu autoritario, como expresión del ambiente político del mundo hispánico. Si así no fuera, la ley del progreso se quebraría en la historias de las ideas políticas americanas, por lo cual todas se inician con la afirmación del autoritarismo de los conquistadores; a pesar de que los elementos formales de que el historiador dispone demuestran que se trata de un disparate histórico en cuanto se lo considere como opuesto a todo sentido democrático en la organización del Estado. Croce hace notar que los requerimientos prácticos que laten bajo cada juicio histórico, dan a toda la historia carácter de “historia contemporánea”, por lejanos en el tiempo que puedan parecer los hechos por ella referidos; es decir que el estado actual de la mente del historiógrafo constituye el material mismo de un juicio histórico. En efecto, y el ilustre filósofo lo dice, el documento por sí mismo de nada sirve, pues “si carezco de sentimientos (así permanezcan latentes), de amor cristiano, de fe en salvación, de honor caballeresco, de radicalismo jacobino o de reverencia por las antiguas tradiciones, en vano escudriñaré las páginas de los Evangelios, de las epístolas de San Pablo o de las epopeyas carolingias, o los discursos pronunciados en la Convención Nacional, o las poesías, dramas y novelas en que el siglo XIX registró su nostalgia de la Edad Media”.

La insensibilidad histórica del historiógrafo liberal, lo que también se advierte en los de tendencia marxista, consiste en que si bien el hombre de hoy -como agrega Croce- es un microcosmos en sentido histórico, es decir, un compendio de la historia universal, lo cual explica, en parte, que sea la historiografía algo moderno, -al punto que son muchos los que estiman que recién el siglo pasado es la era de la Historia- han limitado las posibilidades de comprender el pasado por el afán de someter su proceso a los imperativos de férreas formulaciones o concepciones apriorísticas. Incapaces de liberarse de las ideas vitales de su época, no pueden comprender las del pretérito, posición de la que nos libra la circunstancia de vivir un momento en que las ideas que forjaron el llamado mundo moderno, comienza a perder su poder sobre el espíritu de la sociedad; como también se pierde la faz de la civilización que caracterizaron, perdiendo valor la historiografía consagrada, correspondiente a la misma.

Uno de esos conceptos, aceptado sin reservas, dice: “La Edad Media es la época en la que impera la Iglesia de un modo casi absoluto”. Definida la posición de la Iglesia Católica contra el liberalismo y aceptado el concepto, también “a priori”, de que el liberalismo dotó al hombre de ideas de libertad política que nunca había conocido, la deducción lógica conduce a la afirmación de que la Edad Media sólo tuvo ideas contrarias a todo ideal democrático y, por consiguiente, los conquistadores de América no pudieron traer al Nuevo Mundo otra cosa que ideas afines a sus principios autoritarios o absolutistas de gobierno.

Es claro que, aun aceptando lo difícil que resulta desprenderse de los conceptos de nuestra época, porque formamos parte integrante de la misma -por lo cual hay más historiadores que historiógrafos-, un elemental principio de metodología honesta basta para comprender la conveniencia de comenzar demostrando hasta qué punto es exacto que la Iglesia imperó de un modo absoluto durante la Edad Media, y luego, comprendiendo que la genealogía de las ideas, por mucho que se crea en el carácter rectilíneo del progreso, dista de ser una línea recta, investigar hasta qué punto el liberalismo ha formulado ideas originales en materia de libertad política. Si los historiadores de ideología liberal se hubieran tomado tal trabajo, es probable que, con comprensible desconsuelo, advirtieran lo difícil de semejante demostración. Lo hizo, entre otros, Johannes Bühler, que no pudo menos que referirse con ironía a quienes, partiendo de la posición predominante asignada a la Iglesia, consideran a la Edad Media como la época de la concepción católica del mundo y proceden a enjuiciar sumariamente su cultura con arreglo al punto de vista personal en que el enjuiciador se coloca respecto del catolicismo. Para peor, casi todos los que así proceden, consideran a la Iglesia Católica del medioevo como si fuera la actual, pasando por alto sus sesenta años de inquietudes teológicas y los veinte que consumió el Concilio de Trento, de la cual salió reformada y reestructurada.

Si tal ocurre en cuanto a la Edad Media, en lo que a la comprensión del liberalismo se refiere, todo se reduce en los historiadores a relatar de cómo los escritores franceses difundieron las ventajas del sentido británico de la libertad política, callando la realidad, expuesta en obras serias, por escritores ingleses, de que esas libertades surgían de las entrañas mismas de la Edad Media. Todavía hay profesores que creen, y así lo enseñan algunos textos al uso, que los británicos escribieron en la Carta Magna las libertades que querían obtener, cuando ese documento expresa las que tenían y no querían perder.

Uno de los escritores políticos del pasado que más prestigio tiene entre los historiadores de las ideas políticas en Hispanoamérica es Montesquieu, probablemente más citado que leído, pues cuanto entró a meditar en torno a la historia de las instituciones llegó a la convicción de que el absolutismo era el resultado de una larga usurpación, advirtiendo las antiguas limitaciones del poder real, lo que le condujo a admitir la existencia de rasgos de la humanidad verdadera aún en instituciones consideradas bárbaras. Montesquieu llegó a la conclusión de que el modelo y los fundamentos de la libertad estaban en el pasado, identificando libertad y tradición feudal, por lo que reprochó al absolutismo haber aniquilado viejas costumbres; posición ésta del autor de “El Espíritu de las leyes” que se olvida con sospechosa regularidad.

Concretándonos a la historiografía hispanoamericana, vemos que actúan contra ella dos factores importantes. El primero surge del armazón de mentiras forjadas alrededor de la historia de España y de su acción en el Nuevo Mundo, como manifestaciones de la “literatura de guerra” heredada del período de lucha por la independencia. Alrededor de esta falsa historiografía se forjaron ideas equívocas, que alcanzaron vigencia hasta mucho después de su nacimiento y de las cuales es difícil desprender a pueblos a los que se impusieron normas plagiadas de vida, desligadas de elementos tradicionales. Y como ha dicho Nicolás Berdiaeff: “El conocimiento histórico no es posible fuera de la tradición histórica”. El segundo factor consiste en hacer girar el proceso progresista alrededor de la literatura política, filosófica o sociológica de moda, en Francia, en los distintos momentos de los últimos dos siglos. Si a ambos factores añadimos la circunstancia particular de que la historia, como actividad intelectual, ha estado en América -y continúa en gran parte estándolo- , supeditada a propósitos antihistóricos, como los de llevar agua al molino de formas políticas, como el liberalismo, o económicas, como el capitalismo, bases ambas de las oligarquías dominantes en el Nuevo Mundo, las que, por lo común, se sostienen por su enfeudamiento a algún gran imperialismo, no es de extrañar que al exponer el desarrollo de las ideas políticas en el continente se haya dicho tanta herejía como la emitida como si fuera buena moneda.

Ese carácter de la historiografía americana se refleja en el afán de hacer de la Historia una especie de tribunal del pasado, con relación a los fines ideales que se quieren defender, sostener y ver triunfantes; y ante los cuales se cita a los hombres que fueron, a que concurran a rendir cuenta de sus actos, alcanzando a unos el premio y el estigma a otros. Dice Benedetto Croce: “Los que, presumiendo de narradores de historia, se afanan por hacer justicia, condenando y absolviendo, porque estiman que tal es el oficio de la historia, y toman su tribunal metafórico en sentido material; están reconocidos unánimemente como faltos de sentido histórico, aunque se llamen Alejandro Manzoni”. Tales opiniones no valen como “juicios de valor”, puesto que no son sino meras “expresiones afectivas”, que se forman con la exaltación de personajes y acciones del pasado o símbolos de libertad y tiranía, de generosa bondad y de egoísmo, de santidad y de perfidia diabólica, de fuerza y de flaqueza, de inteligencia elevada y de estupidez; de donde se deriva, en la historiografía argentina, el odio a Rosas, el desprecio por Quiroga o las mentiras difundida sobre Artigas, junto a la creación de mitos, como el de Bernardino Rivadavia, en el que se llega a ver al “más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”; juicio que fue forjado, nutrido y difundido por Mitre, a fin de dotar al partido liberal -de ideología extraña al sentido político tradicional de la nación- de algún sostén histórico con que oponerlo a los altos valores tradicionales de su contrincante, el Partido Federal, cuyos caudillos fueron, mediante la difusión de una “leyenda roja” -especie semejante a la “leyenda negra” con que se combatió todo tradicionalismo hispanista-, sumergidos en las expresiones más antojadizas de una imaginaria barbarie.

Como así se lo enseñaron -magister dixit- así lo ha creído el argentino medio, hasta que, en nuestros días, la crisis del liberalismo desarrollando el sentido histórico del país lo que ocurre siempre en los perídos de encrucijada cuando la angustia colectiva se trueca en interrogantes –admite la necesidad de un revisionismo de lo que se viene enseñando con caracteres de dogma. Esa crisis del liberalismo surge de la convicción de que su doctrina no asegura ninguna libertad bajo el régimen económico capitalista, sino libertades aparentes. Los pueblos empiezan a intuir el fondo de verdad de la afirmación de Harold Laski, cuando dice que “tan preocupada estaba -la doctrina liberal- con las formas políticas que había creado, que falló en darse cuenta de manera adecuada de su dependencia de las bases económicas que ellas expresaban”: y es esa intuición la que alimenta dichosafanes revisionistas, sobre todo en Hispanoamérica, donde los valores de la historia, que habían sido desechados, comienzan a adquirir jerarquía; porque es en ellos donde los pueblos infieren poder encontrar las directivas para, dentro del propio estilo, realizar lo que debe realizarse. Es así como la crisis que mina como el cáncer el alma política de Hispanoamérica, se traduce en un movimiento de profundo análisis de su historia, del que surge, como el Fénix de sus propias cenizas una cada día más vigorosa afirmación de los contenidos esenciales de lo que denominamos Hispanidad.

En 1942, en las páginas finales de nuestro libro El sentido misional de la conquista de América -que fue un aldabonazo que contribuyó a despertar la conciencia hispanista que, como fondo insobornable, se mantenía en el continente- decíamos: “Respondemos de esta manera a una urgencia espiritual ineludible para los pueblos de Hispanoamérica. Un siglo y medio de falsa tradición liberal a la francesa, ha hecho que nuestros pueblos no tengan finalidades que no estén sojuzgadas a determinadas normas institucionales. Y se diluye así el sentido de la nacionalidad al hacer que la nación, en sus expresiones más profundas, sea la finalidad de la nación; entelequia trágica que nos ha conducido en lo económico, a ser simples factorías de imperialismos extraños; en lo político, un mundo de incoherencias; en lo espiritual, algo que huele a prestado. Dijimos que era necesario librarnos de los gobiernos antieconómicos y despóticos de la corona española, y caímos en una economía que nos han enfeudado y nos pusimos muchas veces, a la orden de los jefes más sombríos. Se quiso formar un continente separado de todo sentido religioso, y el fracaso del racionalismo lo deja indefenso, sin un estilo propio frente a una vida que debe aceptar tal como se la han fabricado: débil para crear lo que corresponde. Mas en el fondo insobornable de estos pueblos vive su propio estilo, y es la labor de descubrirlo, para que nos enseñe que debemos hacer lo que hay que hacer -por necesario, por conveniente y por útil- lo que intentamos con estas páginas, mediante una estrecha convivencia, real e intuitiva, con el inagotable tesoro de nuestra historia”

No se trata de escribir la historia con finalidades nacionalistas, porque tanto ellas, como cualquier otra que no responda a la severidad de formular juicios históricos, es hacer falsa historiografía. Se trata de comprender el pasado en sus relaciones con el presente para encontrar la ruta del destino. Labor que no es fácil. Para entender el movimiento oscilante de la historia, cuyos altibajos marcan, a pesar de todo, las etapas de un progreso moral, que se desenvuelve con mucha mayor lentitud que el material, es necesario realizar esfuerzos a fin de comprender los tiempos pasados. Bienvenida la erudición, el papelismo, porque no se debe salir de los límites de la verdad y los documentos son expresiones formales de ella, pero ¡pobre del que crea que en los papeles que poseemos está toda la realidad del pasado! Porque la literatura picaresca española alcanza en un dado momento cierto auge, por ahí andan centenares de páginas diciendo que fue consecuencia de que proliferaban los pícaros, reverso de aquella grandeza de los ideales, acuñado por la miseria que, según cierta historiografía, fue el signo permanente de España. Sería lo mismo que si alguien digiera que la vida argentina está representada o expuesta por la letra de los “tangos”, dada la difusión alcanzada por las mismas. Con toda verdad ha escrito Ignacio Olaguer: “Aquellos que no tengan imaginación, que no se ocupen de la historia. Es un terreno vedado para ellos”. No se trata de la imaginación que tiende, mediante un proceso confuso, a convertir su material palpitante en obra poética; sino aquella capaz de sentir la vida del pasado más allá de cómo se la vivió, para presentarla como fruto de un acto de pensamiento, es decir, como auténtica obra científica.

Por eso, en historia, es necesario ver más allá de las narices, o sea, más allá del texto de los papeles. Es lo que en nuestro alcance, tratamos de hacer en nuestras páginas, por lo cual comenzamos refiriéndonos a la Edad Media, bajo cuyas influencias ideológicas se forjaron los ideales políticos de los conquistadores de América. Si hasta no hace mucho la historiografía americana creía que bastaba con iniciar la historia de cada uno de los pueblos en el que se atomizó el continente, con el relato de las jornadas primigenias de su emancipación política, como un verdadero progreso se aceptó luego que la era española, mal llamada colonial, constituye nuestro pasado remoto; admitiéndose, inclusive, que las múltiples contingencias del desarrollo histórico no ha podido borrar las huellas de sus pasos, lo que algunos utilizaron para explicar por qué cada Argentina, o cada Perú, o cada Ecuador, no es un Estados Unidos. Este progreso de la historiografía americana ha obedecido a una mala intención: la de iniciar la historia americana con el conquistador y el indio, como surgidos por generación espontánea, con un mundo de ideas -hechas por los historiadores- de acuerdo a un determinado esquema metodológico que acusa de intolerante, autoritario, feudalista, etc., al primero y pinta, con ingenua concepción rousseauniana, la libertad del indio como saldo de factores telúricos, de los que son más los que hablan que los que saben en qué consiste. Algo similar a lo que ocurre con quienes estudian la economía americana durante el período de dominación española, e invocan las leyes económicas denunciando sus constantes violaciones por parte de España, a pesar de que ésta es la hora en que no hay quien pueda demostrar algo más que una supina ignorancia respecto de las presuntas leyes de la economía actual como antigua.

El más remoto pasado americano es España, no el mal llamado período colonial; salvo que se admita que este período no tuvo pasado. En algunos pueblos de América, por el alto grado de mestizaje existente, no se puede desdeñar la influencia de ciertos aspectos de las culturas indígenas pre-colombinas, pero dándoles la importancia que tienen como elementos negativos de los conceptos de libertad política. No en balde el comunismo, que siempre logra más adeptos en los pueblos que no poseen un sentido concreto de la libertad política o en los grupos que lo han perdido, por no ver sino la realidad económica, procura, en América, adoptar posturas indigenistas, de un oportunismo que revela el bajo concepto que tiene de los indios, aunque valoren su utilidad como carne de cañón. A su vez, los grandes imperialismos capitalísticos, favorecen la misma tendencia. Capitalistas y comunistas saben que hablar de hispanidad es hablar de liberación, y hacerlo de indigenismo importa lo contrario. No solo el conquistador no trajo consigo el autoritarismo, como síntesis de su ideario político, sino que el hecho histórico concreto es que encontró el autoritarismo en el Nuevo Mundo, y que, a través de los misioneros, trató de inculcar en los naturales el concepto de libertad de la persona humana, esencial en la doctrina del catolicismo. Es el conquistador quien importa conceptos sobre la libertad política, porque se trata de un ser que surge de la Edad Media, o sea de un período de la historia en que el primero y fundamental aspecto de su pensamiento político fue expresión de la justicia o, dicho de otra manera, que entendía que más allá del derecho del estado, existe un derecho más grande y más augusto: el derecho natural. Hasta Hobbes -por lo menos “tío carnal” del liberalismo- nadie se había atrevido a sostener la doctrina de la soberanía estatal absoluta. Mal podían los conquistadores españoles traer a América lo que aún no existía en el viejo mundo, y que, en España, se impuso casi dos siglos después de la empresa colombina.


* Tomado del libro Historia de las ideas políticas en Argentina, capitulo 1


domingo, 26 de marzo de 2017

La tiranía de Lavalle

Por Vicente D. Sierra

Empleamos el vocablo tiranía por ser el que corresponde. Al efecto estimamos interesante hacer algunas reflexiones. Muchos autores califican de “tiranía” al gobierno que, posteriormente a estos sucesos, ejerció Juan Manuel de Rosas. Fue éste una “dictadura” no una “tiranía”. La diferencia no se refiere al tipo de energía con que el gobernante actúe, sino a la forma como ha logrado el poder. Tirano es el que obtiene el poder por usurpación, mientras la dictadura es un sistema legal. Cuando en un momento de crisis los pueblos consideran necesario un brazo fuerte, dan poderes extraordinarios a quien consideran capaz de salvar la situación, y surge así una dictadura, que puede responder al mejor espíritu democrático. La “tiranía” nunca es legal.  En tal sentido, Lavalle fue un “tirano” y Rosas un “dictador”.   Un dictador puede llegar a ser tirano si actúa en contra de aquello en virtud de lo cual se le ha dotado de poderes extraordinarios, mientras un tirano nunca puede llegar a ser dictador, porque lo tiránico surge de su elevación al poder y no de la forma de gobernar.

Lavalle derroca a Dorrego por la fuerza y contra la opinión mayoritaria, clausura la Junta de Representantes y se trueca en fuente y razón del derecho; es, por consiguiente, un “'tirano”. Por otra parte, cuanto en el seno de la Convención de Santa Fe era mesura, apego a las formas legales y afán de evitar que se extendiera la guerra civil, en Buenos Aires, azuzado por una prensa desenfrenada, nacida al día siguiente de la revolución, Lavalle revelaba una irreflexión que era consecuencia del desconcierto con que se comprobaba que la única carta de triunfo con que se contaba era el ejército nacional.  Cuando a fines de diciembre Lavalle regresa a Buenos Aires tras haber sableado gauchos a granel, y por unos días se hace cargo del gobierno, comienza a expedir decretos exonerando y removiendo jueces, fiscales y funcionarios de toda categoría, sospechosos de lealtad al gobierno depuesto.  El 2 de enero de 1829 arribó a Buenos Aires la división del general José María Paz que había quedado en Montevideo integrando la guarnición mixta que debió permanecer en defensa del orden hasta que se constituyera la flamante república independiente del Uruguay. Lavalle le había llamado a guarnecer la capital mientras él procuraba someter a la campaña rebelde.

Lavalle y Paz no se querían.   El coronel Todd señala que éste “miraba mal la Revolución efectuada”; pero obedece, y el mismo día que llega a Buenos Aires es nombrado general en jefe de las fuerzas de la capital y ministro de Guerra, con un sueldo suculento. En la noche de ese día se le ofreció un banquete, que presidió Del Carril y transcurrió   -comenta "El Tiempo"- como "escena majestuosa de recreo y de entusiasmo". Juan Sidoti que estudió la  época, se pregunta: “¿No alcanzan a per­cibir a la distancia la ola inmensa de rencor, de ira y de venganza?”   El coronel Todd in­forma que Lavalle vivía rodeado de “una nube de unitarios exaltados, que no lo deja­ban un sólo momento; y aun parece que lo secuestraban.. hipnotizándolo con discursos y laudatorias, que el General los contestaba con elocuencia, dando margen de nuevas pro­testas de adhesión”.   Sugestionado por los elo­gios de los doctores, se pliega a todo, y ellos han dicho que a los adversarios hay que “dar­les plomo y echarlos de BARRIGA”.   Adon­de no llega el plomo, llegan la calumnia y los insultos. En esa tarea Juan Cruz Varela y Florencio Varela son las plumas de las columnas de “El Tiempo”, desde donde apun­tan a Rosas, porque son sus hombres los que se alzan en la campaña.

Rosas no era entonces más que un estan­ciero que, por razón de sus actividades, había tenido a su cargo el problema del indio. No había servido a ningún caudillo por razones políticas, no pertenecía a ningún partido, só­lo se había movido en apoyo de las autorida­des legítimas.   Tan legalista era que había recurrido a la Convención reunida en Santa Fe para que determinara lo que había que hacer; pero ya entonces el arma predilecta de los grupos ilustrados: la calumnia, el vilipendio mediante la mentira, comenzó a en­sañarse con él, y en las columnas de “El Tiempo” se le acusó de “monstruo”, de hom­bre de “ferocidad característica”, se pintó su vida como una “carrera ininterrumpida de crímenes atroces” y se afirmó que tenía en la campaña un poder fundado en “el terror y en las crueldades de que diariamente eran víctimas los habitantes”. . Esos mismos que veían en él al mejor de sus protectores. Una mentira repetida se transforma en verdad; a la posteridad se la engaña, dijo del Carril; y lo cierto es que las mentiras de entonces se repitieron tanto que aún hoy tiene cultores la literatura del odio de los Varela, más que la de la verdad de la historia.

Cierto es que los Varela no disparaban al aire. Las noticias que llegaban de la campa­ña eran alarmantes; las partidas que se or­ganizaban lo hacían a nombre de Rosas.   Lavalle, por su parte, emprendió una activa y sangrienta persecución de opositores sem­brando el terror por los procedimientos em­pleados, que se estrellaban contra la tenaci­dad de caudillejos improvisados que, audaces y resueltos, concitaban a los paisanos a la resistencia, organizando guerrilleros que de­sesperaban con su táctica a las fuerzas orga­nizadas del ejército.   Para la historiografía clásica, a pesar de que sus cultores fueron republicanos, representativos, federales, en el país no hubo más terror que el promovido por los federales.   El terror unitario que Lavalle implantó no contó en las fichas de sus autores.   Terror inútil, que aumentaba el nú­mero de enemigos.   Lavalle emprende una co­rrida hacia el Salado para destruir las fuer­zas conducidas por Luis Molina y el mayor Manuel Mesa, pero el primero escapa mo­viéndose por la frontera del oeste en procura de Santa Fe.   A principios de febrero, y en las cercanías del Fuerte de la Federación, se produce el combate de Las Palmitas, siendo atacado y derrotado Molina y tomado pri­sionero el coronel Manuel Mesa por las fuer­zas del coronel Ignacio Suárez, quien en 1824 había tenido destacada actuación en la batalla de Junín, hecho decisivo en la indepen­dencia del Perú. 

 El 13 de febrero, con las firmas de Brown y Paz, el gobierno dio al Fuerte de la Federación el nombre de Junín, honrando así a Suárez por su victoria.  Tres días después, el coronel Mesa, que había sido trasladado a Buenos Aires, era fusilado en la plaza del Retiro. Mientras se realizaban las ceremonias de su degradación, Mesa no cesó de hablar ante los espectadores.   Recordó la criminal ejecución de Dorrego, la usurpación del poder por Lavalle y gritó “¡Lavalle es un asesino!”. Dos días después se arrojó en inmundos pontones o se desterró a Bahía Blan­ca y a Montevideo a los miembros más dis­tinguidos del grupo federal: el general Juan Ramón Balcarce, Tomás Manuel de Anchorena, Felipe Arana, Victorio García de Zúñiga, Manuel Vicente de Maza. Tomás de Iriarte, que fue luego corifeo de aquéllos, dice:  “Después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña. Del terror se valieron mu­chos subalternos. Se violaba el derecho de pro­piedad.  No era posible que los gauchos soportaran tal yugo por largo tiempo.” Y en otro lugar aña­de: “. . .como a bestias feroces trataban a los des­graciados que caían en sus manos.”

Los diarios relatan que el coronel unitario Juan Apóstol Martínez había atado a la boca de un cañón a un paisano, que murió hecho pedazos, y hacía cavar sus propias fosas a los prisioneros.   Al mayordomo de una de las estancias de los Anchorena mató de la mis­ma manera el coronel Ramón Estomba.   Los milicianos de la Guardia de 25 de Mayo hu­yeron. Fuerzas al mando de Rauch asolaron la provincia, y fueron calculados en más de un millar los asesinatos cometidos.   Se cum­plieron así los pronósticos de “El Pampero”: “O el país ha de convertirse en un desierto, o nuestra causa ha triunfado.”   Poco antes de ser fusilado, el mayor Mesa escribió a Nico­lás Anchorena y a Faustino Lezica, diciendo:
“Para los que se han propuesto nuestra rege­neración bañando al país en sangre vale muy poco el hombre de bien y de mérito. No es extraño que nada haya seguro, y que no se respete la propiedad cuando no se respetan las vidas, ni aun los sentimientos más sagrados de la humanidad.  En fin, Dios quiera poner término a tantos males, que yo por mi parte perdono a sus autores”.   Es todo esto lo que ha sido denominado choque de la “civilización contra el salvajis­mo choque de la “civilización contra la barbarie” pero los salvajes y bárbaros fueron las víctimas.    El fusilamiento del comandante Mesa anunció el trato que esperaba a los vencidos.  El 16 de febrero el diputado Oro presentó a la Convención un proyecto que, con las mo­dificaciones que le introdujo la comisión que lo estudió, pasó a ser tratado en la sesión del 18, siendo aprobado el día 20. Se reducía a una declaración por la cual la representación nacional de las Provincias Unidas, reunida en Santa Fe, resolvía investir la autoridad sobe­rana de la República en los asuntos genera­les, autorizada a tomar las medidas indispen­sables para establecer un Poder Ejecutivo de la Nación.   Esta resolución determinó varios proyectos de ley, uno de los cuales establecía que la dirección de la guerra y relaciones exteriores estaba encargada por la Nación a la persona de Manuel Dorrego; que, en con­secuencia, el nuevo gobierno de Buenos Aires no tenía carácter nacional. El artículo1 3" decía:
"La Representación Nacional declara que su atención es sostener con las naciones extranjeras las mismas relaciones amistosas que se cultivaban por el encargado de negocios generales, hasta el tiempo que su administración fue alevosamente destruida, lo que debía ser comunicado a los Mi­nistros diplomáticos extranjeros por el gobernador de Santa Fe.” Otro proyecto declaraba anárquica, sediciosa y atentatoria contra la libertad, el honor y la tranquilidad de la Nación la sublevación militar del 1ª de diciembre, y calificaba de “crimen de sita traición contra el Estado” la ejecución de Dorrego. Por el mismo documento se afirmaba la voluntad de las provincias de concurrir con las fuerzas que la situación de cada una permitiese para sofocar a los facciosos, a cuyo efecto el Art. v decía: “Debiendo obrar todas estas fuerzas bajo dirección de un general, y mientras llega la oportunidad de elegir el Jefe Supremo de la Re­pública, queda nombrado el Exmo. Sr. Gobernador ie Santa Fe, Brigadier Dn. Estanislao López, Ge­neral en Jefe de las fuerzas que habla el artículo anterior y encargado de activar la remisión de ellas.”

La Convención de Santa Fe cruzó así el Rubicón que la aislaba de la realidad, y lo hizo con inteligencia, ya que era peligroso haber colocado en cualquiera de los gober­nadores los poderes para dirigir la guerra, paz y relaciones exteriores, tanto por los ce­los que podía despertar como porque ningu­na provincia estaba en condiciones de tomar sobre sí tan alta responsabilidad; máxime cuando era preciso reconstruir el ejército nacional y no era muy compatible la contribución en efectivo que podía esperarse de ninguna de ellas.

El 20 de febrero todos estos proyectos fueron sancionados, en virtud de los cuales Estanislao López, como general en jefe del ejército nacional, el 13 de marzo designó como segundo jefe de éste al coronel Juan Manuel de Rosas .  ( En su carta a Josefa Gómez. 22 'de setiembre de 1869, Rosas, desde su retiro de Southampton decía: “Quedé obligado a usar de la autoridad de que estaba investido y me puse a las órdenes del señor general López, general en jefe nombrado por la Convención Nacional, para operar contra el ejército de línea amotinado contra el sistema constitucional que la República deseaba; pero, para suavizar el imperio ominoso de las cosas, se establecía que el cuerpo “sólo tomará las medidas gubernativas que considere indispensables, hasta que se establezca el Poder Ejecutivo de la Nación”.) Daba cuenta el manifiesto de las leyes que se habían votado, y al efecto se refería a la necesidad de restablecer un ejército nacional, y abundaba en razones para justificar haber puesto su mando en manos de Estanislao López.

El documento terminaba:     “¡Pueblos de la Unión! ésta es vuestra causa. La causa de la gran mayoría de la República, contra una minoría rebelde; la causa de la razón de las leyes, de los derechos populares contra la fuerza. Vuestros representantes le han dado ya todo el impulso de vuestros respetos: ellos serán firmes en sus inflexibles deberes, llenad los Vuestros con las mismas energías que os habéis pronunciado. Cese ya la República Argentina de ser el juguete de las pasiones, y el ludibrio del Universo: tenga alguna vez leyes, dignidad, orden: sea feliz, y pronto ocupe el rango que le destinó la naturaleza. Pero sin orden no hay prosperidad; es preciso establecerlo.’

sábado, 11 de octubre de 2014

LA HISPANIDAD

Por: Vicente Sierra

No sabríamos a quien atribuirle aquello de que África comienza en los Pirineos. La boutade –la llamamos así por que huele a producto galo- está más cerca de haber formulado un agudo juicio histórico de lo que pudo suponer su autor. Es exacto, por de pronto, que si por Europa habría de entenderse ese conjunto de armónicas estupideces –según la adjetivación de León Daudet- que dio tono al siglo pasado, Europa terminaba verdaderamente en los Pirineos. Liberales, racionalistas, positivistas, socialistas y hasta los pintorescos librepensadores, no fueron en España sino valores de segunda mano. Lo mismo ocurrió en Hispanoamérica. Algo así como una incapacidad fisiológica de la raza hizo que no se diera un solo escritor de tales tendencias que no fuera un repetidor, incapacitado para toda creación, de autores de allende el Pirineo; mientras que al mismo tiempo surgían, como expresión de la vitalidad de los motivos eternos de la Hispanidad, siempre renovados, figuras señeras y señoras como la de Menéndez y Pelayo, Balmes, González Aristero, Vazquez de Mella, Donoso Cortes y otros. En la literatura de América se destaca una autentica obra maestra: Martin Fierro, de José Hernández, obra de neto pensamiento, forma y fondo racial, que no es sino una dura crítica a la ruptura del equilibrio social que España implantó en América durante el siglo XVI y el Liberalismo destruyó en el XIX. Tales comprobaciones nos dicen que, en este último siglo, Europa terminaba en los Pirineos; pero en los Pirineos comenzaba América. No la América de entonces, ávida de plagios, sedienta de patrias extrañas, que no se reconocía a sí misma porque había renunciado a su pasado y a su legítimo destino. Pero del mal de América no teníamos toda la culpa sus hijos. La tenia también aquella España del siglo XVIII que renunció a ser ella misma y que, cuando en 1767 expulsó de su seno a la Compañía de Jesús, dijo a América que había renunciado a la razón de ser del Imperio. Aquella razón de ser que afirmaron los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II. El conde de Aranda, cerrado de mollera, creyó más en los elogios de Voltaire que en la realidad del mundo hispánico.

Cuando decimos que América comienza en los Pirineos no hacemos geografía, sino historia. Podríamos decir que España comienza en América, y sería lo mismo. El juicio histórico no es un simple orden de conocimientos; es el conocimiento mismo. Después de haber pasado una sucinta revisión de la acción de España en América durante el siglo XVI, comprendemos que lo que comienza en los Pirineos es la Hispanidad, puesto que la siembra gloriosa de aquel siglo fructifico en pueblos que llevan impreso su sello de manera indeleble. Y no es esta una nueva versión del parto de los montes, sino una valoración histórica cuya trascendencia abruma por la responsabilidad que comporta. Responsabilidad imposible de evitar, porque la historia no se plantea problemas que no pueda resolver.

La humanidad se encuentra dividida entre dos campos ideológicos, más se equivocan quienes creen que es el de la lucha del proletariado contra el capitalismo, entre los restos del demoliberalismo y las formas absorbentes del Estado, o el del encuentro de las tantas formas bastardas con que el hombre procura esquivar la comprensión de ciertas cosas esenciales; la lucha es entre Cristo y el Anticristo, entre el Bien y el Mal, entre la Verdad y la Mentira, entre el Catolicismo y el comunismo materialista, entre la Hispanidad y esa falsa Europa que termina en los Pirineos, castigada por la gran herejía de la falsa Reforma y las desviaciones del falso Renacimiento. Se acerca el final de los cuarenta días y las cuarenta noches en el desierto, donde el diablo tentó a los hombres, y es hora de decir: “¡Vete, Satanás!. También está escrito: no tentaras al Señor, tu Dios”. Pues bien: la trinchera salvadora del catolicismo, la trinchera de Cristo será la Hispanidad. Solo ella siente la Fe como una milicia, porque solo en el hombre de la Hispanidad se une el caballero al cristiano, en fusión perfecta e identificación radical, concretadas en una personalidad absolutamente individual y señera, a la que García Morente denominó el “caballero cristiano”. Tal la importancia histórica que tiene el comprender que la Hispanidad comienza allí mismo donde termina lo otro.

La reconstrucción que la Humanidad reclama no es un problema material; es, sobretodo, una cuestión moral. De él no se trata en la Sociedad de Naciones porque en su seno está oculto el gran culpable: la herejía. Este siglo destaca dos hechos auténticamente legítimos: la Revolución Rusa y la Guerra Española. La primera es hija de la Reforma; la segunda, de la mal llamada Contrarreforma. Anverso y reverso de una misma medalla. ¡Al aire con ella! ¡Guay de los hombres si en vez de caer cruz cae cara! ¡Si en lugar del signo de la Redención sale el busto, en traje de calle, de algún embalsamado tirano de oriente!

Vivimos la hora de regresar. España supo hacerlo a tiempo, y cuando la vimos regresar, como el padre de la parábola del hijo prodigo, los hombres de América dijimos: “Este tu hermano era muerto y ha revivido… Menester es hacer fiestas y holgarnos”. Pero nuestro holgorio es hablar de Hispanidad. Hasta poco antes hablamos de confraternidad hispanoamericana. Al hablar de Hispanidad termino aquella paparrucha de que, cierto día, los pueblos de América se sintieron mayorcitos de edad y resolvieron trabajar por su cuenta, abandonando la casa paterna, para retornar algún día a enterrar –eso sí, piadosamente- a los padres. Tanta tontería de tipo familiar comienza a ser sustituida por la convicción de la identidad del pensamiento hispánico en lo fundamental, en cuyo mundo nadie muere, ni hay padres, ni hermanos, ni hijos, ni nadie con quien fraternizar. Por el camino de la confraternidad – que huele a masonería- se nos quiso hacer encontrar en el futuro, pero ¿Cómo habríamos de lograrlo si habíamos renunciado a encontrarnos en el pasado? Y ese encuentro en el pasado equivalía a redescubrir nuestro sentido de la persona humana, nuestro amor a la libertad, nuestro estilo  de vida, nuestras normas de conducta, nuestra comprensión de los deberes para con nosotros mismos y con nuestros semejantes en la vida temporal, así como nuestra obligación de asegurarnos la vida eterna. Todo esto, hasta no hace muchos años olía a rancio, despertaba tremebundas imágenes de autos de fe y evocaba siniestras procesiones de mojes y frailes denunciadores de hipócritas intenciones. Era la época en que un escritor francés, refiriéndose a los americanos, decía con ingenua convicción: “Vosotros no sois hijos de España, vosotros sois hijos de la Revolución Francesa”, sin que el infeliz se diera cuenta que ni siquiera los franceses auténticos tienen semejante padre. Pero América lo creyó o, por lo menos, deploró que no fuera verdad. Paseó entonces por las rutas de la Hispanidad Ramiro de Maeztu, y dijo que España, era una encina medio sofocada por la hiedra, a pesar de lo cual el ideal hispánico está en pie, no era agua pasada, y no sería superado mientras quedara en el mundo un solo hombre que se sintiera imperfecto. Porque la Hispanidad es resultado de la desilusión y la fe. No se atrevió Maeztu a fijar el destino de los pueblos de América, pero en genial iluminación dijo: “presumo que los caballeros de la hispanidad están surgiendo en tierras muy diversas y lejos unos de otros, lo que no les impedirá reconocerse”.

¡Magnifica intuición!. Magnifica, porque es evidente que comenzamos a reconocernos. Dice el mejicano Fuentes Mares: “Como ayer, hoy en América la Hispanidad implica un concepto militante del mundo y de la vida. Sin duda contamos con la más poderosa de todas las armas: son ideas que no solo se defienden solas, sino que son activas y se imponen por sus propios méritos en las conciencias. El tono que se emplee para enunciarlas es realmente lo de menos: el escritor de la Hispanidad entona las ideas, pero no las crea; las rescata de los hechos de su historia tal y como en su historia se entregan, y las hace llegar a la luz, donde ya las ideas se defienden solas hasta imponerse y triunfar por fin. Se ha dicho que nuestro hispanismo es agresivo porque se le compara con el de nuestros abuelos, poseídos por franco complejo de inferioridad. Mas no es, en el fondo, que seamos agresivos, sino que nada hay en si más agresivo y más tranquilo a la vez que la verdad”.

Cuando nos adentramos en la labor que España desarrolló durante el siglo XVI, comprendemos que entonces se integró la personalidad y el ser del hombre de hispanoamerica, no solo se integró un continente en lo material; se lo formó en lo espiritual; y esa labor se consolidó sobre tales bases, que vanos fueron los esfuerzos realizados para borrar sus huellas. Desparecida la riada destructora, sobre el camino permanecieron las marcas de los que antes caminaron por él, señalando la orientación para llegar, una vez más a donde debemos llegar. “El diablo introdujo en la Iglesia al hombre del libre albedrio”, dijo Lutero. En Trento, por boca española se subrayó el dogma de la libertad, es decir el de la posibilidad de colaborar en la obra divina, poniendo a salvo la Encarnación en cada hombre, la real existencia de un cuerpo místico. En Trento se afirmó la existencia de la libertad en la posibilidad de consistir o resistir. Mientras Lutero decía que la Gracia encuentra al hombre corrompido y corrompido lo deja, agregando que su acción se reduce a no otorgarle la no imputabilidad del pecado, los misioneros de España, que no creían que la Gracia fuera una ficción jurídica, sino una renovación vital, penetraron en las fragosidades de las selvas americana para llevarla a los naturales, seguros de que ella, vivificando a la naturaleza como una perfección elevaría a un ser perfectible. Tal es la siembra estupenda del siglo XVI. Frente al mundo que se debate en la angustia y el asco, solo los ideales de la Hispanidad ofrecen salvación. Tenían razón Carlos I y Felipe II. Mientras los ideales que terminan en los Pirineos continúan dividiendo, los que allí comienzan unen a muchos pueblos dentro de lo esencial: un mismo sentido de la vida. El destino de la Hispanidad tiene que ser, por todo eso, salvar, en el caos que se avecina, la persona humana y, con ella, vencer al anticristo. Es el imperativo que dejaron en América, sellado con su sangre, como un deber de conciencia. Legado que los hombres de América deben recibir, salvo que renunciaran a su propio ser y a su propia personalidad para insistir, por las vías del plagio, en recorrer caminos de muerte, como fueron aquellos en que los falsos apóstoles de la política sumergieron a América durante el último siglo. Pero muchas voces anuncian que ese peligro ha pasado. La voz autentica del estilo de la raza vuelve a ser escuchada. Los hispanoamericanos principiamos a comprender que Dios está en nosotros, porque Dios está en la Hispanidad; y está en ella porque la Hispanidad –como sentido de la vida- es la verdad. La siembra española del siglo XVI se abre en esperanzas, que dicen que América, en las luchas del futuro, estará donde le corresponde: ¡con Cristo Rey!. Desde los muros seculares de El Escorial, así lo ordena la voz rectora de Felipe II.

Laus Deo.

Buenos Aires. Enero de 1952. En el día de la conversión de San Pablo.

Tomado de: “Así se hizo América”. Cap. XX. Editorial Dictio.