Mostrando entradas con la etiqueta Belgrano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Belgrano. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de febrero de 2026

Manuel Belgrano: modelo de general católico

 


Prof.  Jorge Martin Flores

El 3 de junio es el día del Soldado del Ejército Argentino, en homenaje al natalicio de Don Manuel Belgrano. Pero… ¿no suele imponerse en estos tiempos la imagen del ‘Doctor Belgrano’… "el exitoso abogado"… por sobre su rol de militar?… ¡Si Belgrano dijo de sí mismo en su autobiografía: "No es lo mismo vestir el uniforme militar que serlo". Sin embargo, el filósofo griego Sócrates dijo de sí "sólo sé que no se nada" y por ello era considerado el más sabio. Entonces, ¿en qué quedamos?... Dejemos la opinología. Mejor hagamos historia y conozcamos al General Belgrano a través de sus palabras, obras y testimonios de sus contemporáneos.

UN NOMBRE, UN DESTINO
Dijo el poeta Leopoldo Marechal en su ‘Didáctica de la Patria’: Quien recibe un nombre, recibe un destino. Su nombre era Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Y convencido de su misión trascendente, fue a cumplir su llamado. Siguiendo una consigna clara, que dejó escrita en el Correo de Comercio: “El origen más serio y verdadero de la sabiduría es la ley evangélica”. Y abandonado en la Divina Providencia sostenía: “Que nos entristezcamos o nos alegremos, la mano que todo lo dirige, no por eso va a variar”.
En el marco de la guerra civil desatada en Hispanoamérica (que no otra cosa fue el proceso autonomista e independentista hispanoamericano) como consecuencia de la terrible crisis del imperio español en manos del tirano Napoleón Bonaparte desde 1808 y las represalias del Consejo de Regencia ante la autonomía proclamada desde Buenos Aires en 1810; este joven criollo asumió el rol que las circunstancias le había impuesto en esos tiempos turbulentos y confusos. Su protagonismo y su actitud no eran algo nuevo.
Así como defendió los intereses del bien común del Virreinato del Río de la Plata como abogado secretario del Real Consulado de Buenos Aires; así como había participado heroicamente en las jornadas de la Defensa de Buenos Aires en 1807 contra las tropas invasoras de Gran Bretaña; así como juró como vocal de la Junta Provisional y Gubernativa del 25 de mayo de 1810 proclamando su fidelidad al rey Fernando VII preso en Valencay y renunciando a su sueldo porque sus convicciones así lo exigían; así como marchó en militares campañas hacia el Paraguay y hacia la Banda Oriental para sumar a las provincias hermanas a la causa americana; así como fue juzgado e incomprendido; así como siempre hizo patente que la guerra fratricida le dolía hasta desgarrarlo afirmando: "jamás puedo ver cómo glorias la efusión de sangre de mis hermanos"; pero convencido de que "estoy muy acostumbrado a los contrastes y más espíritu tengo en ellos que en las prosperidades" siempre se mantuvo firme en sus convicciones y especialmente a su filial devoción a la Santísima Virgen María. A las pruebas me remito.

LA BANDERA NACIONAL
Tras los desastres de Huaqui (20-6-1811) y de Sipe Sipe (18-8-1811), Belgrano fue restablecido en el ejercicio de las armas y nombrado General en Jefe del Ejército Auxiliar del Perú, dirigiéndose hacia el norte a poner orden. Antes pasó por Luján y prometió a la Virgen María enarbolar una bandera con los colores de su manto. Tal hecho es atestiguado por José Lino Gamboa, antiguo cabildante de Luján, quien dejó escrito: “Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la bandera patria, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto por haberse amparado a su Santuario de Luján”. Y su hermano Carlos Belgrano, sargento mayor, comandante militar de Luján y presidente de su Cabildo, dijo: “Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján de quien era ferviente devoto.” Cosa que hizo a orillas del Paraná un 27 de febrero de 1812 entre las baterías Independencia y Libertad. Dando a la causa de la América del Sur un símbolo de unidad trascendente, de virtudes sobrenaturales de fe, esperanza y caridad, amparándose bajo el manto Inmaculado de la Virgen María. Así pudo exclamar sin vacilación: "Sirvo a la Patria sin otro objeto que el de verla constituida, y este es el premio al que aspiro" porque "No busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria".

DESTINO: EL NOROESTE ARGENTINO
¿Por qué Belgrano fue hacia al norte? Porque el panorama era más que desolador. Los fusilamientos sin tino y sin juicio de los contrarrevolucionarios de cabeza de Tigre -especialmente el de Don Santiago de Liniers, héroe de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, por temor a un levantamiento popular en Buenos Aires- lamentablemente debemos decirlo, sin faltar a la verdad, aprobados y firmados por todos los miembros de la Junta de Mayo a excepción del Padre Alberti, habían hecho lo suyo, manchando con sangre las manos de los ejecutores de la Revolución desatada en 1810.
Las campañas patriotas o autonomistas en el Alto Perú, especialmente las comandadas por el impío Juan José Castelli, cometieron todo tipo de abusos en el nombre de la Patria y de la Libertad. Sus hordas jacobinas llevaron adelante toda clase insultos a los preceptos del Evangelio, del clero y fe un pueblo fiel a manos de un ejército completamente desmoralizado y tildado de hereje. “Cristiano soy y líbreme Dios de ser porteño” decían en el norte por aquella época. La causa de América peligraba. Y Huaqui fue el fruto podrido de tan triste cosecha. Y Pueyrredón debió ceder el bando a otro porteño. Pero un porteño que rompía todos los esquemas: era un ferviente católico.

EL EJÉRCITO DEL NORTE
Fiel a sus palabras que decían que “el miedo solo sirve para perderlo todo” Belgrano plantó su siembra bajo una nueva dirección que las tropas debían obedecer bajo su mando. Así decía en su proclama desde la Posta del Pasaje (2-04-1812): “Deshaced las odiosidades; apartad de vosotros todo lo que no sea espíritu de patria, y estad ciertos que ella logrará cimentar su santa y sagrada causa bajo los principios más sólidos para nuestra felicidad. A estos nos llama la religión santa que profesamos, aquella digna y respetable madre, y las obligaciones en que estamos constituidos”.
Y tras la jura de la bandera nacional bendecida por el obispo Gorriti en Jujuy exclamaba el 25-05-1812: “Hijos dignos de la Patria, camaradas míos: dos años ha, que por primera vez, resonó en estas regiones el eco de la libertad, y él continúa propagándose hasta por las cavernas más recónditas de los Andes, pues que no es obra de los hombres, sino del Dios omnipotente, que permitió a los americanos que se nos presentase la ocasión de entrar al goce de nuestros derechos. Esta gloria debemos sostenerla de un modo digno, con la unión, la constancia y el exacto cumplimiento de nuestras obligaciones hacia Dios, hacia nuestros hermanos y hacia nosotros mismos. ¡Ea!, pues soldados de la Patria; no olvidéis jamás que nuestra obra de es Dios; que Él nos ha concedido esta Bandera, que nos manda que la sostengamos”.
Refiere el Coronel Blas Pico, oficial del Ejército del Norte que combatió bajo las órdenes de Belgrano, en su obra Juicio sobre la conducta militar del general don Manuel Belgrano que “durante todo su generalato tanto en el ejército del norte como en el del Perú”, su General “trató y consiguió con su ejemplo y doctrina en formar de todo su ejército un modelo de subordinación, disciplina militar, valor, honor y amor al orden que le eternizarán en la memoria, respeto y gratitud de los pueblos del Perú. Su conducta religiosa, piadosa y devota le abrieron tan franco camino y tan fácil y eficaz medio para uniformar así la de todos los individuos del ejército, que en muy breve le tuvo que mirar como el objeto de sus complacencias”.
Como buen líder, predicó con el ejemplo personal y sirvió al bien común: “le vimos siempre incansable en el bufete expidiendo las órdenes concernientes las más de las veces de su puño para dar a los negocios el mayor impulso: corría como el relámpago a toda hora por los cuarteles, por el campo de instrucción, por los hospitales, por los laboratorios y por todas las demás oficinas del ejército, hasta mirar por sus ojos el rancho y comida de los soldados”.
Al respecto decía otro testigo, Manuel Antonio Castro en su escrito Cualidades del general Belgrano: “Yo observé en el general Belgrano tres cualidades que principalmente formaban su mérito: patriotismo absolutamente desinteresado, contracción al trabajo, y constancia en las adversidades. En prueba de lo primero, citaré los hechos siguientes: en todo el tiempo que permaneció el ejército estacionado en Tucumán, que fue el de cuatro años, destinó sus sueldos sobrantes al socorro de las necesidades del mismo ejército, desterrando de su persona y casa todo lujo, y aun las comodidades más naturales y necesarias. Su diario vestido era una levita de paño azul. Su casita construida en la ciudadela, a la manera del campo, era una choza blanqueada. Sus adornos consistían en unos escaños de madera hechos en Tucumán, una mesa de comer, su catre de campaña y sus libros militares. Comí con él varias veces. Tres platos cubrían su mesa, que era concurrida de sus ayudantes y capellán”.
Y concluye: “Se había consagrado tanto al servicio de la patria, que no era fácil saber cuáles eran las horas de su descanso. Yo lo observé en Tucumán (...) ocupar todo el día en la atención del ejército, y continuos ejercicios doctrinales, salir de noche a rondar hasta las doce de la noche, o más tarde, retirarse de mi posada a esas horas, e irse a escribir sus multiplicadas correspondencias que despachaba de su puño, y mantenía con todos los gobiernos, con todos los pueblos y con toda clase de gentes en favor de la causa de la patria”.
Al mismo tiempo, continúa el coronel Blas Pico desarrollando la religiosidad distintiva del General Belgrano: “Su asistencia frecuente a los templos, a los solemnes y privados sacrificios, el verles en ellos en oración exhalar su espíritu en tiernas lágrimas ante la majestad de Dios sacramentado; el proteger, promover y llevar a cabo todo establecimiento piadoso fueron tan edificante a los pueblos que tuvieron la felicidad de mirarse bajo la protección de sus armas, que llegaron a amar con la mayor ternura y fraternidad a todo individuo del ejército, franqueaban los recursos con prodigalidad no menos que con el mayor placer y honor en que cada uno del ejército aceptase la hospitalidad y obsequio que se le hacía en particular”.
Un católico cabal. Y como tal amigo del orden. Belgrano entendió que la disciplina era la clave. Y él la puso en práctica sin que le temblase el pulso. Continúa Pico: “fue celosísimo e infatigable en formar mantener todas las clases del ejército fieles y escrupulosas, observadoras de las ordenanzas castigando rigurosa e inflexiblemente toda contravención sin que entibiasen su celo jamás ni la amistad ni los respetos humanos, ni los demás resortes que debilitan la justicia menos recta e imparcial que la suya. (…) La limpieza en las palabras y en las obras fue virtud distinguida del ejército del norte. En la mente de nuestro General, el soldado argentino debía ser persona decente, de puras costumbres. Estableció (…) un tribunal de cinco jueces elegidos por los oficiales; y todo oficial tenía obligación de delatar al compañero que hubiese cometido una acción indecente o poco decorosa (…), estableciendo penas para todas estas. (...) Y si alguna vez por accidente oyó algún soldado una palabra obscena e indecente lo castigó con el mayor rigor y lo mismo encargaba a los jefes y oficiales".
Incluso en las peores circunstancias: "El general Belgrano tuvo la desgracia de mandar un ejército que su gobierno cuidaba muy poco de asistir y que siempre le faltó aún lo indispensable necesario; todo otro general habría aflojado algún tanto la disciplina con este motivo, pero él era más severo cuantas más necesidades tenía el ejército. Fue celosisimo de que ningún oficial ni tropa maltratase a los paisanos y vecinos, castigando el menor insulto que se les hacía, tanto en sus personas, como en perjuicio de sus propiedades: de tal suerte las respetaban los soldados que en la marcha de Tucumán a Córdoba acampé con mi regimiento en un lugar que había un sembrado de sandías en sazón y no hubo uno que tomase una sin comprarla a su dueño”.
Al respecto Lorenzo Lugones, otro de sus oficiales, dejó escrito que: "el ejército parecía que adivinaba los pensamientos de su general; bien se podía creer que entre ambos había un espíritu de emulación, a cual cumplía mejor con sus deberes, el uno mandando y el otro obedeciendo. Tal fue el estado de subordinación, amor al orden, disciplina y patriotismo".
Y el General Paz atestiguaba: "No tenía grandes conocimientos militares, pero poseía un juicio recto, un entusiasmo decidido por la disciplina y un valor moral que jamás se ha desmentido, agregando a estos antecedentes la probidad del General Belgrano, su pureza en el manejo de los caudales públicos, su desinterés, su rectitud, puede decirse que no solo dio nervio a la Revolución, no sólo la generalizó, sino que le dio crédito y la ennobleció".

EL CABALLERO CRISTIANO
Cómo podemos ver, Belgrano se convirtió en general modelo de un ejército modelo, moldeado bajo su sombra piadosa. Un caballero cristiano al mando de guerreros cristianos. Y para ello, dio al clero un rol fundamental: “Era de la obligación de los capellanes por mandato expreso asistiesen por la mañana y tarde a los hospitales que diariamente hiciesen a sus regimientos una plática doctrinal a la hora de la lista, sin perjuicio de la que había los días de festividad en la misa del regimiento, que celasen se rezase el rosario por todos los soldados diariamente y que cumpliesen con el precepto anual a cuyo fin ordenaba a los jefes para que concediesen a la tropa franco tiempo para disponerse debidamente".
Rezo del Santo Rosario. Asistencia frecuente a Misa. Catequesis y formación en Doctrina Católica. Utilización de Escapularios cómo divisas de guerra. Sumado a los ejercicios físicos militares. Armas para el combate espiritual y el combate corporal. Al respecto concluye Pico dando una extraordinaria definición: "Con todo lo que logró que su ejército fuese observado más como una congregación de hombres de estatuto piadoso que como a soldados”. Ésto también fue admitido por otros de sus oficiales. José María Paz en sus Memorias Póstumas dijo: “Exigía Belgrano que los oficiales una especie de disciplina monástica, y castigaba con severidad las menores transgresiones”.
Y para Gregorio Aráoz de La Madrid, Belgrano consiguió hacer “observar al ejército la más estricta subordinación y disciplina: y puedo decir, sin temor de ser desmentido, que no hemos tenido nunca un ejército tan moralizado como aquel que él mando”.
Todo ello, nos lleva a sostener con el P. Guillermo Furlong SJ que el primer milagro obrado por intercesión de la Santísima Virgen, que utilizó a Don Manuel Belgrano como dócil instrumento, fue lograr de la nada, de las ruinas, de la desmoralización propia de los vicios, y ante un panorama desolador, pobre materialmente y espiritualmente; un ejército templado como el acero, disciplinado, católico, mariano, monástico, sacrificado y de un verdadero misticismo patriota. Que siguió a su líder a capa y espada, contra viento y marea.
Su mayor acto de piedad se materializó al nombrar como Generala del Ejército a Nuestra Señora de la Merced, bajo cuya protección se puso y a quien entregó su bastón de mando, atribuyéndole con fe sincera y gratitud permanente, el triunfo de las armas patriotas en la batalla de Tucumán y Salta de 1812 y 1813 respectivamente. Rezó y dió santa sepultura a los muertos de ambos bandos. Tuvo compasión de sus prisioneros al perdonarles la vida y dándoles la libertad.
Y si esto fuera poco, fue el mismo Belgrano quien en carta fechada el 6 de abril de 1814, aconsejó a su relevo Don José de San Martín sobre cuál era el mejor modo de conducir el ejército del norte: "Conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando el ejército se forme; que no deje de implorar a N. Sra. de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa. Deje usted que se rían; los efectos le resarcirán a usted de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima. Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico y romano; cele usted de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales se falte el respeto de cuanto se diga a nuestra santa religión".
Esto explica que el mayor elogio que Belgrano recibiera en vida fuese por la pluma del Libertador quien en carta a su amigo Tomás Guido le decía: “En el caso de nombrar a quien deba reemplazar a Rondeau, yo me decido por Belgrano; éste es el más metódico de lo que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame V. que es lo mejor que tenemos en América del Sur”.
¿Qué duda nos queda?


Tomado de: https://www.laprensa.com.ar/Manuel-Belgrano-modelo-de-general-catolico-545404.note.aspx

 


sábado, 30 de septiembre de 2023

A 221 años del milagro del campo de las carreras

 

Por: Prof. Jorge Martin Flores

“La Patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas el día 24 del corriente. Día de Nuestra Señora de las Mercedes bajo cuya protección nos pusimos”, escribía el general Manuel Belgrano en el parte de la batalla de Tucumán redactado un 26 de septiembre de 1812. Analizaremos documentalmente este trascendente acontecimiento para la historia Patria y trataremos de desentrañar su sentido para nuestros días.

El 24 de septiembre de 1812, día de Nuestra Señora de la Merced, se llevó a cabo la batalla del campo de las Carreras en Tucumán, que concedió el triunfo a las armas patriotas conducidas por el general Belgrano. Esta batalla lanzó por tierra el plan de Goyeneche, que buscaba un ataque combinado de los tres focos realistas sobre Buenos Aires: el de Pío Tristán, desde el Alto Perú; el de Vigodet desde la Banda Oriental; junto con las fuerzas portuguesas de Diego de Souza.

Son varios los documentos que muestran cómo Belgrano anteriormente al enfrentamiento en Tucumán, se puso bajo la protección de Nuestra Señora de las Mercedes. El parte de Belgrano al gobierno del 26 de septiembre de 1812, afirma que la victoria se había conseguido “el día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos”.

Entonces según José María Paz: “el resultado no fue el producto de las órdenes inmediatas del General, sino una combinación fortuita de las circunstancias, y del valor y patriótico entusiasmo de nuestras tropas, y de las faltas que cometió el enemigo”.

Esto lo confirma Belgrano al renunciar a los méritos que el gobierno le transmite después de la victoria, con la condecoración de capitán general, el 31 de octubre posterior: “Vuestra Excelencia tal vez ha creído que tengo un relevante mérito, y que he sido el héroe de la acción de 24. Hablando con verdad, en ella no he tenido más de general que mis disposiciones anteriores, y haber aprovechado el momento de mandar avanzar, habiendo sido todo lo demás obra de mi Mayor general, de los jefes de división, de los oficiales y de toda la tropa (y) paisanaje, en términos que a cada uno se le puede llamar el héroe del campo de las Carreras de Tucumán”.

Sostenemos que ante el eminente peligro realista, realmente la victoria se debió más a un milagro que a la pericia de su líder. Lo dijo el mismo Belgrano en su Fragmento de memoria sobre la batalla de Tucumán: “El campo de batalla no había sido reconocido por mí, porque no me había pasado por la imaginación que el enemigo intentase venir por aquel camino que tomase la retaguardia del pueblo, con el designio de cortarme toda retirada; por consiguiente, me hallé en posición desventajosa con parte del ejército en un bajío”.

BATALLA DEL TUCUMÁN

El eximio historiador Cayetano Bruno SDB a quien seguimos abundantemente en este trabajo, consignó lo siguiente en su monumental Historia de la Iglesia en la Argentina: “Y henos aquí ante lo extraño de este hecho histórico. La batalla de Tucumán no pertenece al orden común de los acontecimientos similares, desde que resultaron fallidas todas las disposiciones tomadas para asegurar sus resultas. Su remate tampoco pudo ser fruto de humana previsión. Parecería como si Nuestra Señora de las Mercedes hubiese tomado el mando de las bisoñas huestes patriotas para conducirlas a la victoria”.

Pero, lo interesante es que testimonios contemporáneos consignan en la batalla del Tucumán, un hecho sobrenatural. Así, registra Doña Felipa Zavaleta de Corvalán en sus Recuerdos familiares: “Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tucumano, vieron una Señora vestida de blanco, y que les batía el manto sobre los militares, y que por eso las balas no les hacían nada, como fue que sólo dos faltaron, que fueron Miguel Rivadeneira y Tomás Balor. Por esto se cree que esta Señora fue nuestra Madre de Mercedes”.

Un testigo presencial de la batalla, el oficial Juan Pardo de Zela, ratifica en sus Memorias, el testimonio anterior: “Formó el ejército en línea de batalla con “un horizonte despejado y limpio de nubes (…) En esto una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal, sostenida por una base que parecía sostener una efigie de Nuestra Señora. Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; cuya ilusión aumentándose progresivamente, daba más fortaleza a nuestra pequeña línea, que ya enfrentada con la del enemigo, que no había podido aún organizar la suya, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería el estrago que ellas causan”.

Es así que: “En lo que no hubo de cierto ilusión, fue en el convencimiento general y categórico de que la victoria se debía a la Virgen”.

Por si esto fuera poco, a estos eventos se le suma un hecho singular que termina por liquidar las fuerzas realistas: un ciclón que trae consigo una fuerte lluvia de langostas. Esto lo confirma el doctor Lizondo Borda: “Las mismas langostas parece que ayudaron un poquito ese día. Porque millares de ellas, escapando del viento, al largarse en picada hacia la tierra, hacían fuertes y secos impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron heridos de bala, es de imaginar el espanto de los altoperuanos o culcos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostas”.

Es imposible, no hacer memoria del pasaje del Éxodo en que Dios envía las plagas para poner fin a la negativa del faraón de liberar a su pueblo. Tristán junto con las fuerzas realistas, debieron lanzarse en retirada, dando la definitiva victoria a las fuerzas de la patria dirigidas por Belgrano.

LA VIRGEN DE LAS MERCEDES

En agradecimiento de semejante protección celestial, el piadoso general Belgrano nombró a la Virgen de las Mercedes, Generala del Ejército del Norte: “Con el 24 de setiembre de 1812 se transformó Belgrano en el paladín de Nuestra Señora. Y con Belgrano, sus compañeros de armas, el pueblo de Tucumán, las autoridades eclesiásticas, los magistrados, el Cabildo secular: conformes todos en este final reconocimiento”.

Esto llevó a decir a Lorenzo Lugones, oficial de Belgrano, que: “El resultado de la batalla de Tucumán fue debido en su mayor parte a un cúmulo de hechos providenciales, y no a combinaciones militares; por lo que el pueblo lo atribuyó a milagro de la Virgen de Mercedes, porque tuvo lugar en el día de su festividad”.

LOS AGASAJOS

De entre los agasajos a Nuestra Señora de las Mercedes, podemos mencionar los siguientes:

El 5 de octubre Belgrano envió al superior gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata las banderas y estandartes arrebatados al enemigo. “Remito dos banderas del Real de Lima y dos estandartes de Cotabamba, para que Vuestra Excelencia tenga la bondad de mandar se coloquen en el templo de Nuestra Madre y Señora de las Mercedes, como dedicadas por el ejército de mi mando, en demostración de la gratitud a tan divina Señora, por los favores que mediante su intervención nos dispensó el Todopoderoso en la acción del 24 pasado”.

El Segundo Triunvirato, manifestó en respuesta, que los trofeos conseguidos se habían llevado en procesión solemne desde la fortaleza hasta el Cabildo, y desde allí fueron depositados en la iglesia de la Virgen de las Mercedes, cuya devoción arraigada en el pueblo católico hispanoamericano, se extendió aún más en frutos celestiales.

El 13 de octubre Belgrano dispuso por escrito “tres días de iluminación y regocijos públicos en demostración de nuestra gratitud” a la Virgen; y que luego se celebrase el suntuoso novenario en la iglesia de la Merced: “La novena que se ha de celebrar a nuestra Madre de Mercedes, durante la cual no habrá tienda alguna abierta, ni pulpería, a que deberá asistir todo el pueblo, igualmente que a la función que con toda celebridad se ejecutará por conclusión, en acción de gracias del beneficio recibido por la intercesión de tan divina Madre, y con el objeto de que nos continúe sus auxilios”.

El enemigo había sido vencido, según nuestro General en su proclama del 28 de septiembre de 1812: “Por medios prodigiosos, obra sólo del Omnipotente, que protege nuestra santa y sagrada causa”. Y sigue: “El Omnipotente se ha apiadado de nosotros, y quiere castigar a los malvados autores de la efusión de sangre, y de tantos desastres sin respeto a la santa religión, ni a esas leyes que ellos mismos decantaban que obedecían. A las armas, pues, compatriotas amados: caed sobre los tiranos con la seguridad que Dios Todopoderoso protege nuestras justas intenciones, pues no doy un paso en que no vea sus distinguidos favores”.

EL ÁRBOL SE CONOCE POR SUS FRUTOS

La festividad tuvo lugar el 27 del mismo mes. Concurrieron todos: “Vecinos y soldados, hombres y mujeres, nobles de abolengo y plebeyos de recia estampa, debieron de echarse por esas calles camino de la Merced las tardes del novenario.” Así: “(…) La devoción de Nuestra Señora de Mercedes, ya muy generalizada, había subido al más alto grado”. Afirma el P. Cayetano Bruno que: “El modesto caudillo, tan religioso como intrépido, atribuye a Dios la victoria, y a su augusta Madre María le consagra parte de sus despojos en prueba de reconocimiento, y determina se solemnice en honor suyo una función devota”.

El coronel Blas Pico, oficial de Belgrano, confirma el hecho diciendo sobre su Jefe: “Un cumplimiento exacto de sus deberes, una vida laboriosa y ocupada siempre en el mejor servicio de la nación, una práctica, la más piadosa de la virtud, de la humildad, por la que siempre conoció, atribuyó y persuadió que todos sus triunfos y progresos de sus armas en nada le eran debidos a él, sino a la protección del Señor, Dios de los ejércitos por intercesión de María Santísima de Mercedes, a quien había jurado generala del ejército en la gloriosa acción de Tucumán entregándole en acto solemne y religioso el bastón de generala e hizo que la reconociera el ejército haciéndole los debidos honores como a tal, mandando en Potosí vistiese todo individuo del ejército el santo escapulario, indultando la vida a dos reos al tiempo de salir al suplicio por haberse llevado la imagen de esa Soberana Reina a su casa y pedido por su intercesión”.

Y el Padre Cayetano Rodríguez en su Elogio Fúnebre de Manuel Belgrano, exclamaba: “¡Con qué confianza, con qué ternura libraba en las manos de la Reina de los Ángeles el feliz éxito de sus empresas, y cuán sensibles pruebas le dio esta divina Madre de su protección y amparo en dos apurados lances en que se vio comprometido su honor, e indecisa la suerte de la América del Sud! Salta, Tucumán, vosotros, pueblos afortunados (…), fuisteis oculares testigos de las victorias de este General americano, también de su piedad y cristiana conducta. En vuestros templos se postró humillado a rendir gracias a su soberana libertadora, y como otra Judit más digna de los elogios, que mereció la antigua hebrea de los moradores de Betulia, le tributó constantemente los suyos, dejando en legado pío a todos sus compatriotas, este ejemplo de la religión que deberían imitar”.

EL LEGADO

Herencia pía que efectivamente fue imitada por el mismo General Don José de San Martín, siguiendo los consejos de Belgrano quien en carta del 6 de abril de 1814, antes de recibir su relevo, le escribió: “(...) Conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando el ejército se forme; que no deje de implorar a N. Sra. de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa. Deje Ud. que se rían; los efectos le resarcirán a Ud. de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima. Acuérdese Ud. que es un general cristiano, apostólico y romano; cele Ud. de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales se falte el respeto de cuanto se diga a nuestra santa religión”.

Un legado imperecedero, vigente, viviente. Un legado para valientes. Nos animamos a preguntar: ¿Qué nos diría el piadoso general Belgrano en nuestros tiempos? En primer lugar: “Deseo que todos sepan el bien para alegrarse, y el mal para remediarlo, si aman a su patria” y en segundo lugar que: “nadie es más acreedor al título de ciudadano que el que sacrifica sus comodidades y expone su vida en defensa de la Patria”.

Por último, creo que nos pediría lo mismo que proclamó a los pueblos del Perú un 28 de septiembre 1812: “Sólo exijo de vosotros unión, constancia, valor y el ejercicio de las virtudes: alejad de vosotros toda ociosidad, todo espíritu de venganza y todo cuanto sea contra la ley santa de nuestro Dios y de la santa Iglesia, y no penséis en intereses particulares, sino en salvar la amada patria, para restituirla al goce de la tranquilidad que necesita para constituirse , y que todos disfruten de los bienes que el cielo nos ha querido conceder”.

Incluso en las peores crisis. Incluso en esta Patria que dió la espalda a Dios, borrando su sentido trascendente de la vida. Incluso en esta tierra bendita y regada con sangre generosa, cuyos habitantes desconocen sus orígenes, sus gestas, sus héroes y sus santos, que no saben a quién agradecer y que parece andar a los tumbos por rumbos inciertos, sin brújula, sin norte a seguir. Hay un pequeño rebaño que resiste y quiere marcar la diferencia. Como lo hizo el pequeño hijo de la Patria Don Manuel Belgrano. Y que como él, está convencido de que los milagros existen, ocurren y volverán a ocurrir si son de la voluntad de Dios. Solo basta creer en ellos, abandonarse en las manos de la Divina Providencia y de Su Santa Madre, y trabajar. Trabajar mucho, material y espiritualmente, cada uno desde su puesto para hacerlos posibles. Pues como dijo el Padre Castellani: No se nos pedirá cuentas de las batallas ganadas, sino de las cicatrices de la lucha.

 

Tomado de: https://www.laprensa.com.ar/A-221-anos-del-milagro-del-campo-de-las-carreras-535122.note.aspx


sábado, 5 de septiembre de 2020

EL PROYECTO MONARQUICO DE BELGRANO

Por: Pablo Yurman


El 6 de julio de 1816, los congresales reunidos en Tucumán escucharon, en sesión secreta, al general Manuel Belgrano, a quien se le había solicitado que expresara su parecer sobre la forma de Estado a adoptar luego de la declaración formal de la independencia. Es bastante conocida su opción por una monarquía constitucional que, presidida por un descendiente legítimo de los antiguos emperadores incas, tuviera por sede la mítica ciudad del Cuzco, en territorio del Perú.

 

La idea de Belgrano, que contó con la adhesión de figuras emblemáticas como Güemes y San Martín, y fue adoptada por no pocos congresales en los debates que siguieron, merece una reflexión a dos siglos de aquellos sucesos, sobre todo teniendo presente que formaba parte de un plan claramente dirigido a continentalizar la revolución iniciada pocos años antes pero que, anclada en una visión casi exclusivamente portuaria, daba señales de claro estancamiento.

 

INDEPENDENCIA CONTINENTAL

En efecto, en primer lugar cabe destacar que circunscribir la declaración de la independencia del 9 de julio a lo que hoy conocemos como Argentina supone reducirla injustamente, carece de respaldo histórico serio y no da suficiente cuenta de lo que ocurría en esos días. En ese sentido vale señalar que el Congreso declaró la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, no del “Río de la Plata” como era la expresión corriente desde 1810. A los pocos días declaró a Santa Rosa de Lima patrona de la independencia de la América del Sur y modificó al nombre del encargado del poder ejecutivo que sería Director Supremo de las Provincias Unidas del Sur. A ello se suma un dato para nada menor. En caso de prosperar el plan sugerido por Belgrano, la futura capital sería la ciudad del Cuzco, en territorio del entonces Virreinato del Perú, esto es, fuera de los límites del ex Virreinato del Río de la Plata, lo que en los hechos hablaba a las claras de trasladar el centro del poder político de la ciudad puerto de Buenos Aires, cuyo protagonismo se había acrecentado vertiginosamente pero sólo en los últimos años, al interior profundo de la América española, más poblado, con mayores riquezas naturales y hasta dotado de universidades erigidas siglos antes por los españoles (piénsese que la primera universidad en Buenos Aires surgirá en 1822 sobre las bases del Colegio de San Carlos, de los padres jesuitas).

 

Asimismo, la sugerencia de Belgrano se vinculaba de manera concreta con el proyecto que en pocos meses iniciaría el general San Martín desde Cuyo, cruzando los Andes para liberar los actuales territorios de Chile, Perú y Ecuador, empresa que el Libertador no cumplió al frente del Ejército Argentino (aunque podría haberlo hecho) sino del Ejército de los Andes, enarbolando su propia bandera, que no era la argentina. Es significativo que una de las instrucciones dadas por el Congreso le exigía expresamente el envío de diputados al Congreso por parte de los países liberados, “a fin de que se constituya una forma de gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causa, intereses y objeto, constituya una sola nación”.

 

MONARQUÍA INCAICA

Pero, ¿porqué una monarquía incaica? El proyecto de Belgrano ganó, como se señaló, muchas adhesiones. Pero fue duramente criticado fundamentalmente desde la prensa porteña y, posteriormente, fulminado por Mitre en su obra “Historia de Belgrano y de la independencia argentina”, en la que afirma, entre otras cosas, que “Si bien a este plan no puede negarse grandiosidad y buena intención es imposible concederle sentido práctico, ni siquiera sentido común, ni aun para su tiempo”. Uno de los congresales por Buenos Aires, Tomás de Anchorena, dirá luego que tuvo que reprimir su sentimiento de rechazo al escuchar la idea belgraniana de un rey inca, refiriendo posteriormente su espanto ante la posibilidad de ser gobernados “por un miembro de la casta de los chocolates”. También Bernardino Rivadavia expresó su desorientación por semejante propuesta.

 

Ahora bien, ¿era sólo racismo lo que generaba rechazo entre algunos políticos de entonces o había razones más de fondo para oponerse al proyecto? Por un lado, resulta menester afirmar que la idea de un gobierno monárquico no era, en sí misma, trasnochada por entonces, puesto que la inmensa mayoría de los pueblos del mundo vivían bajo sistemas monárquicos, y además era asociada a un requerimiento fundamental de la hora: el orden, elemento del que las provincias carecían desde años a esta parte. Tampoco parece que fueran pruritos republicanos los que alentaban a algunos a oponerse al plan monárquico toda vez que como bien apunta Alberto Lapolla, Anchorena y algunos otros “aceptarán luego de buen grado la propuesta de coronar al príncipe de Lucca o a algún miembro de la familia real española.”

 

Sin pretender aquí profundizar en este aspecto, acaso Belgrano apostara a vencer una clara resistencia a la Revolución de Mayo que él mismo había notado frente a los ejércitos que le tocó comandar: los pueblos indios engrosaban en buena medida los ejércitos realistas al grito de “Viva el Rey” y habían sido hasta entonces más bien refractarios a la revolución al estilo jacobino personificada por Castelli y Monteagudo, entre otros.

 

Por otra parte, pese a que no estaba muy bien definido quién podría ser el monarca, según algunos historiadores Belgrano habría deslizado el nombre de Juan Bautista Tupac Amaru, hermano menor del famoso Condorcanqui y supuesto descendiente legítimo directo del último emperador inca, es cierto que la propuesta del prócer generó entusiasmo en muchos. Pero no puede verse en esto un indigenismo impostado sino genuina vocación por una unidad que aún parecía distante. Aunque resulta menester apuntar algunos claroscuros: en rigor de verdad, si la fórmula incaica pretendía un retorno al Incario (el imperio inca), habría que ver más exhaustivamente si tal propuesta seducía a los pueblos que, como los que habitaban en el norte de la actual Argentina, estaban sometidos a vasallaje respecto del poder central del Cuzco.

 

Otro aspecto no menor consiste en preguntarnos qué tipo de restauración y con qué alcance buscaba Belgrano: el imperio incaico como estructura social, habrá contado con todas las ventajas y adelantos que se quieran,  pero era básicamente una teocracia autoritaria, estructurada en castas y que admitía la práctica del sacrificio humano, rasgos que aparecen en principio incompatibles por completo con la idea de derechos individuales o de estado de derecho.

 

DESINTEGRACIÓN DE LA AMÉRICA ESPAÑOLA

Como sabemos, el plan monárquico con sede en Cuzco no prosperó y la gesta emancipadora tendiente a concretar los Estados Unidos de Sudamérica, conservando de ese modo la unidad de los territorios españoles librados a su suerte con el colapso del imperio, habría de naufragar en un proceso de balcanización en diez estados, que incluso pudo ser más profundo aún. El poder quedó, como diría el pensador uruguayo Methol Ferré, para las “polis oligárquicas portuarias” en detrimento del interior profundo cada vez más empobrecido por la adopción, como política económica incuestionable, del libre cambio.

 

La contra-cara la tenemos en el Brasil, que adoptaría la monarquía (sistema que conservó hasta 1889) y que es definido por Luis Moniz Bandeira como “la América lusitana que, a diferencia de la española, no se desintegró”