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jueves, 20 de abril de 2023

San Martín: cuestiones disputadas (Masonería)

 

Por: Enrique Diaz Araujo

Capítulo 2

Masonería

Grafton Street, número 28, Bloomsbury, de la ciudad de Londres, “la casa de Miranda”, donde residía la “Gran Reunión Americana”, matriz de la logia masónica gaditana.

Tal lo postulado. [244]

Ahora, veamos lo probado.

Grafton Street, n° 28, en el West End, hacía un año que había dejado de ser “la Casa de Miranda”. Ahora era la “casa de los diputados de la Junta de Caracas”, es decir, la vivienda de Andrés Bello y Luis López Méndez. Caserón donde concurrirían varios de los americanos exiliados de Cádiz (que se alojaban en el “Sabloniere’s Hotel”).

Además, y lo que vamos a asentar es un punto fundamental: no es verdad que Bello y o López Méndez hubieran pertenecido a la “Gran Reunión Americana”, por la muy buena razón de que tal ente nunca existió en la realidad y sólo había sido un invento lucrativo del espía británico Francisco de Miranda.[245]  Lo cierto es que: Miranda, que no conoció a Olavide ni tuvo representación alguna de una inexistente Junta de americanos, no perteneció a la Masonería y no fundó la Logia Lautaro[246]

En razón de lo cual, el historiador español Paulino Castañeda ordena el tema de esta forma:

Hoy podemos afirmar con argumentos bastantes, lo siguiente: a) Miranda no perteneció a la masonería. En su archivo personal no han aparecido documentos relacionados con logias, ni correspondencia con orientes (ni grandes ni pequeños), o signos de sabor masónico, ni conoció a miembros importantes, como Pablo Olavide o Juan Pablo Vizcardo; b) no fue maestro de San Martín; cuando éste llegó a Londres, Miranda ya se había embarcado para Caracas (1811), no hay documentos de los cuales se pueda deducir que fuera organizador de aquellas sociedades secretas de Cádiz y Buenos Aires, y muchos menos de que las dotara de un cuño masónico. Ni siquiera lo tuvo su famosa tertulia de Londres. [247]

Asimismo, otro dato esencial: ni Bello ni, menos, López Méndez, eran masones, sino católicos romanos ortodoxos [248]; por lo tanto, conocedores y cumplidores de las normas pontificias de prohibición de ingresar a la Masonería [249].

Por otra parte, está exhaustivamente averiguado que ni José de San Martín, ni la Logia de Lautaro o Sociedad de los Caballeros Racionales eran entidades inciáticas. Investigaciones recientes, de historiadores argentinos o de extranjeros masones [250]no hacen sino confirmar esa ausencia de relación entre la Logia de los Caballeros Racionales – con filiales en Cádiz y Londres – y la Orden Masónica, no obstante ciertas apariencias externas en los procedimientos y el sigilo [251]. Más adelante, el propio Rey Fernando VII destacará ese carácter no-masónico. [252]

Un elemento adicional a computar es que los Gobiernos peninsulares, contra los que se rebelaban los americanos que emigraban de Cádiz, y que San Martín describe como “tiránicos”, eran la Junta Central, las Cortes y la Regencia. Los dos primeros sobradamente conocidos como liberales.

En cuanto al Consejo de Regencia, en agosto de 1812, mandó a los intendentes “cerrar todos los conventos ya disueltos, extinguidos o reformados”, haciendo inventario de sus bienes. [253] Es decir: tan anticlerical como los otros dos.

Por supuesto que, en esta materia, el principal, sino único, testimonio desde adentro de la Logia, continúa siendo el de Fray Servando Teresa de Mier, O.P.

Este religioso mexicano llegó a Cádiz, y al ver el clima de persecución a los americanos, quiso integrarse en alguna sociedad de autodefensa. Consultó con otro sacerdote, el P. Ramón Eduardo Anchoris, quien lo anotició de la existencia de la “Lautaro”, a la que él pertenecía, invitándolo a asociarse a esta entidad de autoprotección secreta. De Mier planteó entonces la cuestión de la masonería, prohibida por la Iglesia. Anchoris le respondió que si bien la “Lautaro” era secreta y guardaba ciertos ritos análogos a los de la Masonería, nada tenía que ver con la entidad antirreligiosa, condenada por la Iglesia. De ese modo de Mierd ingresó en los “Caballeros Racionales”; pero, como alguna duda al respecto lo inquietaba, cuando en una reunión de la Logia le tocó hablar, él afirmó por tres veces consecutivas que la Lautaro:

…no será Sociedad de Masones, sino de Patriotismo y Beneficencia. También dijo que conoció al chileno José Pinto que “aunque era Masón, no era Caballero Racional”.

Alvear, que presidía la reunión, en tono de reproche le preguntó el porqué de su insistencia en el tema masónico, de Mier le contestó que porque esa era la verdad, que la entidad no era masónica. Aclaraba después de Mier que la censura de Alvear obedecía a la razón de que él era el único miembro de la Logia que era masón. [254]

 

 NOTAS: 

  

[244] BM, t. I, pp. 134-135. La sociedad de “Lautaro”, “vinculada con la sociedad matriz de Londres denominada “Gran Reunión Americana”, fundada por el general Miranda (…). En esta asociación estaba afiliado San Martín”. Para peor, Mitre lo hace ir a Miranda hacia Cádiz, donde el venezolano nunca estuvo. Ese es el punto de partido de todos los errores posteriores al respecto.  Uno, bastante grande, es el que comete Julio C. González, cuando afirma que: “San Martín se reunió en torno a Miranda en Londres”: BM, t. I, p.345. Jamás se vieron entre sí, entre otros motivos, porque Miranda no fue a Cádiz, y cuando San Martín llegó a Londres hacía ya un año de la partida de Miranda a Venezuela: Canter, Juan, op. cit., p. 189.

 

[245] Era “una falsedad (…) puras maquinaciones fanáticas de Miranda para presentarse a Pitt como un plenipotenciario de los pueblos americanos (…) no es, ni ha sido, más que un mito” en Batllori, Miguel, SJ, El abate ViscardoHistoria y mito de los jesuitas en la independencia de Hispanoamérica, Nueva edición, Madrid, MAPFRE, 1995, pp. 95-97. Cf. Batllori, Miguel, S.J., “The Role of the Jesuit Exiles”, en: Humpreys, R.A. y Lynch, John (compiladores), The origins of the Latin American Revolutions, 1806-1826, New York, 1965. Con señalar un solo dato se advertirá el fraude de Miranda. Éste, en su carta a Pitt, del 16 de Enero de 1798, donde le daba cuenta de la constitución de la “junta de diputados de América”, incluía entre sus miembros a Pablo de Olavide, quien había sido un liberal revolucionario en Francia. Pero, Olavide, ya en 1796, había publicado “El Evangelio en triunfo. Historia de un filósofo desengañado”, donde renegaba de su pasado revolucionario. En 1798 estaba de regreso en España, sin contacto alguno con los liberales. Luego, lo de Miranda era “una maniobra propagandística, llevada a cabo, sin el previo consentimiento de Olavide”: Deforneaux, Marcelin, “Pablo de Olavide, un afrancesado en el siglo de las luces”, en: Estudios Americanos, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, n° 100, enero 1960, p.43. Tampoco el Abate Viscardo se había entrevistado con Miranda, y los otros sujetos mecionados: Del Pozo, Salas, etc., lo más seguro es que no existieran. Cf. Robertson, William Spence, quien dice que esa historia de la “Gran Reunión Americana” es: “actualmente apenas algo más que una leyenda” en Rice of the Spanish-American Republics as told is the lives of their liberators, New York, 1918, p. 53; Davis, Thomas B., Carlos de Alvear. Hombre de la Revolución, Bs.As., Emecé, 1964, p. 253, nota 7. A todo evento, cabe anotar que la fantasmal “Gran Reunión Americana”, según el propio Miranda fue disuelta en 1810: Canter, Juan, op. cit., p. 189. Asimismo, todos los que mentan a la “Gran Reunión Americana”, necesariamente conocen – por Mitre – las respuestas dada por Matías Zapiola a estos temas. Preguntado: “¿Cómo se llamaba la logia a que usted perteneció en España?”, contestó: “Sociedad de Lautaro se titulaba la reunión de americanos a que fui incorporado en Cádiz”. Preguntado: “¿Si la logia estaba en relación con la de Londres?”, manifiesta: “En Londres asistí a la sociedad establecida en la casa de los diputados de Venezuela; allí fui ascendido al quinto grado como lo fue el general San Martín; ésta estaba relacionada con la de Cádiz y otras”. La última interrogación fue: “¿El título de Lautaro era exclusivo de la de Buenos Aires o lo tenía antes otra logia en Europa?”. A lo que Zapiola dijo: “En Cádiz se llamaba Sociedad de Lautaro; en Buenos Aires Logia de Lautaro (…) San Martín fundó la logia de Mendoza (especie de reorganización)”. Como es notorio, Zapiola jamás habló de “Gran Reunión Americana”, ni de Londres. Mitre y sus ahijados tergiversaron el sentido de la frase “está relacionada con la de Cádiz”, para adjudicarlo a la supuesta logia mirandista. Es una mala interpretación. En primer lugar, porque según esas mismas fuentes, Miranda, al irse de Londres en setiembre de 1811, habría resuelto la sedicente logia “Gran Reunión Americana”. Un año después cuando Zapiola comparece a la casa de los diputados de Venezuela, no podría estar subsistente como para relacionarla con la de Cádiz. En segundo lugar porque la correspondencia de Alvear a Mérida, enviada en un buque inglés interceptado por un corsario puertorriqueño, demuestra acabadamente que tanto la logia de Cádiz como la de Londres, eran filiales de la Lautaro, no de la “Gran Reunión Americana”. Patricia Pasquali presenta así el tema: “Luego de la escala en la capital portuguesa, San Martín llegó a Londres, donde fue ascendido al 5° grado. Allí, por mandato de la Logia N° 3, que había quedado (en Cádiz) bajo la presidencia de Anchoris, y junto con sus cofrades Alvear, Zapiola, Mier, Villaurrutia y Chilavert, fundó otra filial de los Caballeros Racionales. Ésta, distinguida con el n° 7”, etc.: PP-1, p.77- Cf. Villegas, Alfredo G., San Martín en España, cit., apéndice n° 10, p.122. Número tres y número siete, ambas de la Lautaro o Caballeros Racionales; también la N° 9, de Buenos Aires. Luego, nada que ver con la hipotética y mitrista “Gran Reunión Americana”.

 

[246] Acevedo, Edberto Oscar, “San Martín, la masonería y las logias”, en: Boletín de Ciencias Políticas y Sociales, Mza., Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, n° 23, 1978, p. 130. Cf. “San Martín y su ideario hacia 1810”, en: Ensayos, enero-diciembre 1991, n° 41, pp. 89-105. Cf. Robertson, William Spence, “La vida de Miranda”, Bs.As., Academia Nacional de Historia, II Congreso Internacional de Historia de América, 1938, t. I. Con el único de los patriotas sudamericanos con que estuvo en contacto Miranda fue con Bernardo O’Higgins. A su vez, la solitaria alusión escrita cierta sobre la Lautaro la colocó O’Higgins, referida a la suspensión del repaso de los Andes: Canter, Juan “Las sociedades secretas y literarias”, en: ANH. Vol. V, primera sección, p. 187, nota 74. Cfr. Oyarzún, Benjamín Oviedo, “La logia lautariana”, en: Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago de Chile, n° 66, t. LXII, pp. 105-126. Los estatutos de esa logia los publicó Benjamín Vicuña Mackenna, en: Vida del capitán general de Chile don Bernardo O’Higgins, Santiago de Chile, 1882, pp. 341-347. No hay en ellos ninguna de las definiciones doctrinarias liberales, propias de las sociedades iniciáticas.

 

[247] Castañeda Delgado, Paulino, “Las convicciones religiosas de D. José de San Martín”, en: Navarro García, Luis (editor), José de San Martín y su tiempo, Sevilla, Universidad de Sevilla, Fundación El Monte, 1999. Cfr. Robertson, William Spence, La vida de Miranda, Caracas, Ed. Anaconda, 1979.

 

[248] Luis López Méndez, encargado de la residencia de Grafton Street 28, amigo de San Martín, y jefe de la logia de los “Caballeros Racionales” en Londres, en carta a su esposa, del 28 de octubre de 1811, le exponía: “Quisiera al mismo tiempo que tú y todos nuestros hijos jamás se aparten de la senda del Señor, ni aún se disgusten de andar por ellas, sino con espíritu y buen ánimo caminen sin pasarse hasta llegar al término de nuestra felicidad eterna. Así lo pido con muchas lágrimas al Señor, interponiendo los ruegos de la Virgen María, del Señor San José, y de todos los Ángeles, Apóstoles y demás santos. También le pido que se conserve pura la religión en toda pureza, creyendo, confesando y practicando, lo que la Santa Iglesia Católica, la única verdadera y esposa de Jesucristo cree, confiesa y practica, sin admitir jamás entre nosotros la profesión de ninguna secta de herejes (…) en fin, confío en Dios, que nuestra Patria no tenga otra religión pública ni más templos que los católicos”: Guillén, Julio, op. cit., pp. 130-131. En consecuencia: “Un hombre de la clara conciencia religiosa y de la firmeza de principios, como era Luis López Méndez, no hubiera jamás consentido figurar en organización masónica alguna”: Fernández Larraín, Sergio, “Luis López Méndez y Andrés Bello”, en: Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Santiago de Chile, n° 75, 21 semestre 1966, p.98. En cuanto al otro diputado venezolano, cabe apuntar: “Nada se sabe de la suerte de Bello como integrante de la logia n° 7 de Caballeros Racionales. Puede afirmarse sí, que el hecho de pertenecer a esta asociación no afectó en nada sus sentimientos religiosos, pues las finalidades de las logias fueron exclusivamente políticas y revolucionarias”: Salvat Monguillot, Manuel, “Vida de Bello”, en: Ávila Martel, Alamiro y otros, Vida y obra de Andrés Bello, Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1973, p. 27. Cf. Jacksic, Iván, Andrés Bello, la pasión por el orden, Santiago de Chile, 2001. Py Sunyer, Carlos, Patriotas americanos en Londres (Miranda, Bello y otras figuras), Caracas, Monte Ávila, 1978. “También hizo buenas migas San Martín con López Méndez”: Terragno, Rodolfo, “Maitland & San Martín”, cit., p. 157.

 

[249] En tren piadoso, el P. Guillermo Furlong introdujo un grave error en el debate, al sos­tener que a la época de San Martín la Iglesia todavía no prohibía a sus fieles ingresar a la Masonería: “Prólogo” a Trenti Rocamora, J. Luis, Las convicciones religiosas de los próceres argentinos, 2a ed., Bs. As., J. A. C. K., 1948, pp. 13_14. Eso no es así por manera alguna. Ya el 24 de abril de 1735, el Papa Clemente XII, por la Bula “In Emminenti”, y el 18 de mayo de 1751, el Papa Benedicto XIV, por la Bula “Próvidas Romanorum Pontificum”, habían prohibido a los católicos la pertenencia a la Masonería. Y se siguió condenándola hasta la Encíclica “Humanum Genus”, de SS León XIII, de 1884, la del 20 de abril de 1884, “De Secta Massonum”, y el penúltimo Código Canónico (ca­non 2335). En el siglo XIX, Monseñor Dupanloup escribía: “Desde hace dos siglos, es decir, desde que la masonería se desarrolló, no diré se fundó, en Europa, los Papas no han cesado de estar alertas sobre ella. En el siglo XVIII, dos de ellos, Clemente XII y el sabio Benedicto XIV; y en el siglo XIX, Pío VII, León XII, Gregorio XVI, y, finalmente, Pío IX han pronunciado contra ella los anatemas más solemnes y merecidos”: Estudio sobre la francmasonería, Bs. As., Iction, 1980, p. 163. Por la misma época, en 1867, Monseñor de Ségur, señalaba que todo francmasón se hallaba excomulgado, y trans­cribía los textos pertinentes. De la Bula de 1738, reproducimos las frases con las que el Pontífice establece y decreta que las asambleas de francmasones “las condenamos y proscribimos por la presente Constitución, que debe surtir efecto perpetuamente. A cuyo fin en virtud de santa obediencia prohibimos a todos los fieles cristianos (…) que establezcan, propaguen o favorezcan la sociedad llamada de los Francmasones (…) bajo pena de excomunión, en que se incurrirá por el hecho solo de contravenir esta prohibición, sin necesidad de nueva declaración, y especialmente reservada a Nos”. Texto reiterado por la Bula del Papa Benedicto XIV: Los Francmasones, Bs.As., Cruz y Fierro, 1977, pp. 98-99. Cfr. Colinion, Maurice, La Iglesia frente a la masonería, Bs. As., Huemul, 1963, p. 133; Ploncard D’Assac, Jacques, Los Francmasones, México, Tradición, 1980, pp. 17-18. Luego, de nada vale la excepción del Irlandés O’Connell, invocada por el P. Furlong. Lamentablemente, como era previsible, los liberales masones de la Argentina se tomarían de ese argumento del P. Furlong, para decir que: “De las propias palabras del respetable autor transcripto, resulta qua hasta 1880 la misma Iglesia no condenó de manera formal a la masonería como institución anticatólica y contraria a sus dogmas”: VEDIA Y Mitre, Mariano de, op. cit., t. 11, p. 372, Tan poco cierto era eso, como consta en las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, que él consultó con el sacerdote argentino Ramón Eduardo Anchoris, acerca del carácter masónico o no de la Lautaro de Cádiz, precisamente por el temor a las prohibiciones pontificias. Y recién cuando obtuvo la respuesta que esa sociedad secreta no era iniciática, procedió a inscribirse en ella. Asunto que ampliaremos enseguida. Sucede que en este punto, el bueno y recordado P. Guillermo Furlong la pifió por partida doble, desde que, contra su opinión, la Masonería ya estaba condenada bajo pena de excomunión, y, por otro lado, la Lautaro no era iniciática. El propio Alcibiades Lappas acepta el hecho de la antigüedad de la condena eclesiástica a la Masonería; ver: “La Masonería Argentina, etc.”, cit., p. 8. Y añade: “ la Masonería reiteradamente condenada por las autoridades del Vaticano, desde el 24/4/1738 en que apareció la encíclica “In Eminenti Apostolatus specula”, de Clemente XII […] el Vaticano ha seguido condenando a la Masonería a través de las bulas de Benedicto XIV, del 18 de mayo de 1751, titulada “ Providas Romanorum”; de Pío VII, del 13 de setiembre de 1821, titulada “Ecclesiam a Jesu-Christo”; de León XII, del 13 de marzo de 1825, “Quo Graviora”; de Pío VIII, del 31 de mayo de 1829, “Traditi Humanitati nostrae”; de Gregorio XVI, del 15 de agosto de 1832, “Mirari vos”, que está dirigida contra los errores del mundo moderno; de Pío IX, autor de varias, la más importante de las cuales son “Qui Pluribus”, del 9 de noviembre de 1846, “Syllabus”, del 8 de diciembre de 1864, “Multiplicer Inter” del 21 de setiembre de 1865, “Ex epístola”, del 26 de octubre de 1865, “Apostolicae Sedis”, del 12 de octubre de 1869 y “Etsi multa” del 21 de noviembre de 1873; y finalmente, León XIII, con su “Humanum Genus”, del 20 de abril de 1884 seguida de una Instrucción Pública del Santo Oficio “De Secta Massonum”, del 7 de mayo de 1884, “Proeclara” del 20 de junio de 1894, “Annum Igressi” del 18 de mareo de 1902, sin contar la declaración hecha oficialmente el 19 de mareo de 1950, a través de las columnas del Osservatore Romano, órgano periodístico oficioso del Estado Vaticano, en el sentido de que las condenaciones de la Masonería se mantienen en toda su integridad”: op. cit., p. 73. En el mismo sentido que FURLONG, A.J. Pérez Amuchástegui, Ideología, etc., cit., pp. 88-89, y Massot, Vicente, op. cit., p. 57.

 

[250] Entre los argentinos se destacan: Cuccorese, Horacio Juan, San Martin, Catolicismo y MasoneríaPrecisiones históricas a la luz de documentos y testimonios analizados con espíritu crítico, Bs. As., Instituto Nacional Sanmartiniano-Fundación Mater Dei, 1995, y Giorgio, Dante Aníbal, “San Martin, la Masonería y el Imperio Británico”, en: TEH, n° 433, agosto 2003, PP- 55-79. Acerca de los extranjeros masones, seguimos la síntesis efectuada por: Jacobella, Guillermo, “San Martín y los ideales masónicos”, en TEH, n° 505, agosto 2009, p. 20, que dice: “El historiador británico masón Seal-Coon publicó en 1978 y 1982 dos importantes estudios en la prestigiosa publicación masónica inglesa “Ars Quatuor Coronatum” sobre “Simón Bolívar” (AQC, vol. 90,1978, pp. 231-248) y las “Logias revolucionarias hispanoamericanas” (AQC, vol.94,1982, pp. 83- 106) en los que destacaba que esas logias constituidas originalmente en Europa por los que serían luego los adalides de la independencia sudamericana, no eran de ninguna manera masónicas […] León Zeldis rechaza también, al igual que Seal-Coon, la afirma¬ción de Alcihíades Lappas de que San Martín hubiera sido iniciado masón en la Logia Integridad 11″ 7 de Cádiz, en 1808, porque “infortunately” no existen constancias de esa logia (AQC, vol. ni, pp. 79-93)… George T. French, historiador masón estadounidense se refiere igualmente a las logias de ‘‘Caballeros Racionales” como “pseudo masonic revolutionary lodge” (“General San Martín, liberator and mason”, en: The Philaletes, junio 1990, lid. Des Moines, IA, EE.UU, pp. 8 y 11). Un historiador revisionista absolutamente equivocado sobre esta materia es José María Rosa: RJM, t. II, pp. 364-368. Probablemente por haberse inspirado casi en exclusividad en Mitre, sin consultar toda la historiografía posterior. En cambio, el historiador liberal Juan Canter, observa con mesura que la “logia no perseguía ningún fin dogmático (…) sólo tenía las fórmulas externas masónicas y el ceremonial de iniciación”: “Las sociedades secretas y literarias”, cit. , HNA, vol. V, primera sección, capítulo IX, p. 255. En contra de todo ese cúmulo probatorio, Francisco José Quagliani, muy suelto de cuerpo, asevera que “hay pruebas de que San Martín estuvo en contacto con la Gran Reunión Americana”: op. cit., p. 57. Por cierto que ahorra exponer esas “pruebas”. En todo caso, habrá sido un “contacto” espiritista o mediante ovnis. Asimismo, Quagliani ofrece, en solitario, una alternativa a la polémica probatoria. Se pregunta: “¿No perteneció o los ingleses lo borraron en su momento para eludir responsabilidades?”: op. cit., p. 64. ¡Excelente gambito! Lo que faltaría es que Quagliani explicara por qué razón las logias británicas borrarían de sus listas el nombre del General, en un caso único en su historia. Que el Gran Maestre Fabián Onsari, en 1951 (San Martín, la Logia Lautaro y la francmasonería, Avellaneda, 1951; 2a ed., Bs. As., Supremo Consejo del Grado 23 y Gran Logia de la Masonería Argentina, 1964), repitiera esas añagazas, vaya y pase, pero que en el 2012 se sigan reiterando es algo más bien inaudito. Otra versión, muy modesta, fue la del Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, Eduardo Vaccaro. Dijo, sin ofrecer la menor prueba de la existencia de esas hipotéticas logias, que San Martín perteneció a las logias Integridad y Evry; que la Lautaro en Buenos Aires estuvo “bajo la orientación del doctor Julián Álvarez” (si; el mismo “infame Julián Alvarez”, que le decía Miguel Zañartu al General: AN, t. VI, pp. 213-214); que en Lima fundó la “Logia Paz y Perfecta Unión”, entidad que, según Alcibíades Lappas, fue declarada enemiga del Protector -ver: La Masonería Argentina, etc., cit., p. 66: “fundada por oficiales españoles que eran masones”-; y que en Londres frecuentó las logias “San Andrés n° 52” y “San Juan Operativo n° 92”, entes más o menos fantasmales: La Nación, Bs. As., 26 de enero y 3 de febrero de 1998. Rodolfo Terragno, que lo cita, indica que algunos datos están “faltos de prueba documental”: Maitland & San Martín, cit., pp. 179-181. Por decir lo menos… Pero, si el lector quiere pasarla realmente bien, tiene que leer a: Menniti, Adonay, San Martín Libertador de Argentina, Chile y Perú“Reivindicación Histórica”, t. II, Independencia del Perú, Mza., Menphis Investigadores, 2007, pp. 55- 108. Precedido por un hermoso capítulo acerca de la Evolución del Pensamiento (pp. 25-54), desde la ameba al mono. Menniti nos informa que ha sido oficinista auxiliar del Ejército, a satisfacción de los Suboficiales de la Fuerza. Se trata de un señor que ha captado prolijamente los textos de la obra de Bartolomé Mitre. Él es de los que creen que con Mitre basta y sobra. Piensa que lo que sí requiere el clásico libro es de una buena glosa. Apostilla masónica y anticlerical, ubicada en el séptimo grado de beatitud agnóstica, toda vez que él es más masón que un tío bisabuelo nuestro. Lamentablemente, no podemos reproducir acá las cincuenta páginas que Menniti dedica al tema. Por eso, lo remitimos a su lectura directa, con el aviso de que lo disfrutará en grande. En bien de Mitre, digamos que el comentario apunta más que a su gran obra a la de: Avendaño, Rómulo, “La Sociedad Lautaro. Rectificaciones históricas al Señor don José Manuel Estrada, en: Revista de Buenos Aires, 1869, t. XIX, pp. 372-445. ¡Ojo! Tiene que ser la primera edición, que es más añeja que otras; sino que busque La organización masónica en la independencia americana, de Emilio Gouchón, o La logia Lautaro, de Rómulo Gouchón (Bs. As., 1909), que son más viejas todavía (o, en: Zúñiga, Antonio, La logia Lautaro y la independencia de América, Bs. As., Edición oficial de la Masonería Argentina del rito escocés Antiguo y aceptado, y de propiedad de ella, 1922).

 

[251] Fundada en la carta de Carlos de Alvear a Rafael de Mérida en Bogotá, la historiadora Patricia Pasquali ha creído probar el masonismo de los “Caballeros Racionales”. En efecto, allí Alvear le da cuenta a su corresponsal de la creación en Cádiz de la logia n° 3, y de su refundación en Londres bajo el número 7; también de los grados que en ella le correspondieron a él, a San Martín, a Zapiola, etc.: “Copia de D. Carlos Alvear a Rafael Mérida, dándole noticias de algunas personas que pertenecen a la logia n° 3 y Sociedad de Caballeros Racionales n° 7 de Cádiz de diversas regiones de América y lo ocurrido en dicha ciudad después de la salida de Mérida”, Londres, 28 de Octubre de 1811, en: Torres Lanza, Pedro, Independencia de América, fuentes para su estudio, catálogo de documentos conservados en el Archivo General de Indias de Sevilla, Madrid, 1912, t. III, p. 111. Pues todas esas formalidades externas no hacen sino confirmar el carácter “pseudo-masónico” de la Lautaro, tal como lo han sostenido los historiadores ingleses y estadounidenses masones, antes citados.

 

[252] Nota secreta de la Secretaría del Rey Fernando VII al Gobernador de Cádiz, Villavicencio, del 22 de Agosto de 1816, que establecía: “Muy Reservado. El Rey ha sabido por conducto seguro que existe una sociedad muy oculta, cuyos ritos son análogos a los de la masonería, pero que su único objeto es la independencia de América”: Eyzaguirre, Jaime, La Logia Lautarina, Santiago de Chile, Ed. Francisco de Aguirre, 1973, p.8.

Definición coincidente con la proporcionada por el Gral. Enrique Martínez a Andrés Lamas, el 4 de octubre de 1853, en la que afirmaba: “Esta sociedad tenía el solo objeto de promover la independencia de todas las secciones de América española y unirse de un modo fuerte para repeler la Europa en caso de ataque”: GIORGIO, Dante Aníbal, op. cit., p. 65; cfr. MARTÍNEZ, Enrique, “Observaciones hechas a la obra póstuma del señor Ignacio Núñez, titulada Noticias Históricas de la República”, en: Revista Nacional, Bs. As., t. XXXV, pp. 124-125. Cf. Revista Historia, Bs. As., n° 20, junio-setiembre 1960. Giorgio se ocupa detalladamente de analizar referencias menores, tales como la de Nicolás de Vedia, Nicolás de Laguna, Tomás de Iriarte, Mariano Balcarce, y otras menudencias, que habrían llenado de contento a Enrique de Gandía. Esa nota del Rey debería haber llegado a manos de ciertos monárquicos o derechistas hispanos, quienes en su inquina contra los independentistas americanos, no vacilan en suscribir la falsa versión de su masonismo. Es el caso de Eduardo Aunós, Mauricio Carlavilla o Eduardo Comín Colomer, quienes repiten rumores infundados distribuidos por el masón Miguel Morayta. Como muestra basta este botón: “Después de su iniciación masónica (San Martín), desertó de la milicia, recibiendo medios económicos del agente diplomático inglés sir Charles Stuart para llegar a París. En la logia de Miranda renueva su sentimiento revolucionario y embarca para Buenos Aires”: Comín Colomer, Eduardo, Lo que España debe a la Masonería, Madrid, ed. Nacional, 1952, p. 49. Más errores fácticos no se pueden cometer en un solo parágrafo. Como se trata de un circuito que se retroalimenta -sin aportar nunca pruebas autónomas-, todo ese artificio engañoso termina siendo receptado por el masón y marxista argentino Emilio J. Corbiére, La masonería. Política y sociedades secretas en la Argentina, Bs. As., Sudamericana. 1998, p. 201. Es un argumento que impresiona superficialmente, hasta que se advierte el juego de citas recíprocas, sin sustento propio. El aludido libro de Miguel Morayta es: Masonería Española. Páginas de su historia, Ampliaciones y refutaciones de Mauricio Carlavilla, Madrid, Nos, 1956. Algunos autores promasónicos no vacilan en caer en ridículo, con tal de proponer su tesis. Un ejemplo, entre tantos, lo constituye José Ignacio García Hamilton, quien atribuye la condición de masones a Pueyrredón y a Belgrano: op. cit., pp. 106,134. Ni qué decir que repite lo de la medalla de la logia belga, como si nadie hubiera escrito sobre eso: op. cit., pp. 271,273. Idem: Norberto Galasso.

 

[253] MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los Heterodoxos Españoles, ed. Bs. As., Perlado. 1945, t. IV, p. 145.

 

[254] Memorias de fray Servando Teresa de Mier, Madrid, América, sf, pp. 337-338; cf. O’Gorman, Edmundo, Prólogo, a: Fray Servando Teresa de Mier, Ideario Político, Caracas, Biblioteca de Ayacucho, 1978, t.1, pp. IX-XXXIV; Fernández del Castillo, Antonio, “El eslabón de Londres. José de San Martín, Fray Servando Teresa de Mier y Francisco Javier Mina”, en: Primer, t. 1, pp. 201-217; Miquel I Vergés, J. M., “Aspectos de las andanzas del Padre Mier”, en: Cuadernos Americanos, México DF, vol. XI, año II, n° 5, setiembre-octubre de 1943; “Aspectos inéditos de la vida de Fray Servando en Filadelfia”, en: Cuadernos Americanos, Méxio DF, 1 de noviembre de 1946, vol. XXX, n° 6, pp. 187-205: CONTE DE FORNÉS, BEATRIZ, “Los fundamentos doctrinarios de la independencia en el pensamiento político de Fray Servando Teresa de Mier”, en: Revista de Historia Americana y Argentina, Mza., Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Historia, año XVII, n° 35-36, 1995-1996; Villegas, Alfredo G., San Martín en España, cit., pp. 73-74. Junco, Alfonso, El Increíble Fray Segundo. Psicología y Epistolario, México DF, Jus, 1959. Las pocas veces que los historiadores promasones han anotado la declaración de Fr. Servando es para descalificarla, porque habría sido prestada ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México, el 18 de Noviembre de 1817. A raíz de lo cual le atribuyen un carácter defensivo. Ver: “Masonería establecida en Cádiz”, rito americano, logia “Caballeros Racionales, Declaraciones de fray Servando Teresa de Mier, sobre dicha masonería”, en: Boletín General de la Nación, México DF, julio-agosto-setiembre 1932, t. III, n° 3. Mier, Fray Servando, Biografía. Discurso, Cartas, Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 1977. Y en: Rangel, Nicolás. Empero, ellos no aluden para nada a las “Memorias” del fraile, escritas muchos años más tarde, en plena libertad, sin coacción alguna, donde repitió a la letra su exposición anterior.


miércoles, 4 de marzo de 2020

INDEPENDENCIA*

Por Enrique Díaz Araujo 

Si simples eran las motivaciones de la Autonomía, más singulares y elementales fueron las de la Independencia.

De nuevo: veamos.

El antiguo profesor de la Universidad de Harvard, Clarence Haring, nos explica que:

“… de no haber surgido la circunstancia de las guerras en Europa, y de haber existido la posibilidad de que Fernando VII, después de su restauración hubiera acordado a sus súbditos una moderada libertad política y económica, el imperio se habría conservado, al menos por un tiempo.

Las guerras de la independencia fueron esencialmente guerras civiles. Uno de los rasgos más llamativos de todo el movimiento fue la prueba de lealtad a España, que dio gran parte de la población. En muchas regiones, el núcleo de las fuerzas realistas estaba constituido por hispanoamericanos…

En un principio, la mayoría de los criollos que tomaron y condujeron los movimientos revolucionarios no se mostraron propensos a romper por completo con España. Fácilmente podía haberse llegado a una reconciliación, otorgándose un tratamiento justo y razonable y adecuadas concesiones de autonomía…

Se convirtió gradualmente en un movimiento contra la autoridad española por la fuerza de las circunstancias imperantes en Europa”.

Sí; así es.

La independencia surgió de las pugnas entre peninsulares para otorgar mayor o menor poder al Rey y del interés de la Restauración francesa en evitar reiteraciones más o menos revolucionarias en sus fronteras. Pero, sobre todo, nació de la personalidad del rey restablecido en el trono, un sujeto digno de estudios psiquiátricos, quién de haber sido el “deseado”, cuando estaba preso en Valencay (donde se dedicaba a tejer calcetas), pasó a ser el “odiado”, tanto en la Península como en América. Si el adjetivo “estúpido” le cabe a un gobernante, ése tal fue Fernando VII (Napoleón Bonaparte había descrito la familia real española, esto es, a la Reina María Luisa, al rey Carlos IV, y al Príncipe de Asturias, Fernando, con estas palabras: “la madre era adúltera, el padre consentido, el hijo traidor”).

Y, pues, fue ese mismo Fernando VII quien, el 30 de mayo de 1816, ordenó la expulsión del ministro argentino plenipotenciario Bernardino Rivadavia quien había ido a rendirle pleitesía. Datos anteriores y similares a éste, conocidos en el Río de la Plata, provocaron la Declaración del 9 de Julio de 1816, de Tucumán.

Cual lo había adelantado en un sermón patriótico, fray Francisco de Paula Castañeda, el 25 de mayo de 1815:

Diremos, que si el mal aconsejado Fernando no quiere unirse con sus leales vasallos, él mismo es el que, cual otro Roboam, se ha dado a sí mismo la sentencia, y no es regular que lloremos mucho, porque tal sentencia se cumpla y se ejercite; diremos que Fernando VII… que rehúsa nuestros homenajes con melindre desdeñoso, para que en adelante lo tratemos con desprecio. Diremos, que si este mal aconsejado joven le desagradó tanto nuestra lealtad, busque vasallos desleales, que los encontrará en la Península a millares y millones. Diremos, que el haberlo reconocido y jurado cuando estaba preso en Francia, no fue más que un rasgo de generosidad americana, y que al ver su indigesta y cruda ingratitud, no queremos continuarle por más tiempo un obsequio tan indebido”.
Estólida ingratitud hispana ante la generosidad americana: causa de la Independencia.

Quienes no habían tenido que esperar al desenvolvimiento de las potencialidades negativas encerradas en los talentos borbónicos, fueron dos hombres que conocían de cerca la escandalosa intimidad de esa Casa Real. Nos referimos, claro está, a Simón Bolívar (que había estado en la guardia de corps, junto a Mallo y a Godoy, amantes de la Reina María Luisa) y José de San Martín (cuyo hermano Justo Rufino también había sido oficial de aquel regimiento de favoritos de la Reina). Esos dos hombres principales que, con Agustín de Iturbide, conforman el trío de Libertadores de América, no habían alentado ninguna ilusión acerca de la evolución favorable de la postura autonómica. En consecuencia, ellos fueron los anunciadores, adelantados y ejecutores de la Independencia.

Queremos subrayar que fueron ellos, y no los denominados “precursores”, que tan sólo estaban interesados en las “reformas” (religiosas) del sistema español, los artífices de la Independencia. Los “precursores” (del tipo de Mariano Moreno) querían cortar con la Madre Iglesia, no con el Padre Rey.

San Martín no hacía un secreto de su opinión sobra la conducta española – “España se halla reducida al último grado de imbecilidad y corrupción”: Proclama a los habitantes del Perú, 13.11.1818, y Bolívar menos, al punto que estaba dispuesto a llevar una “guerra a muerte” a los “godos”, si se empeñaban en rechazar la emancipación americana. Pues, antes y después de la restauración de Fernando VII, absolutistas y liberales peninsulares combatieron por igual la independencia americana. Especialmente enemigas de América fueron las Cortes liberales de Cádiz, que sancionaron la Constitución laicista de 1812. Luego, hubo guerra, decidiéndose la suerte de las armas en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Hecho memorable que, un siglo después, hizo decir al poeta Leopoldo Lugones que las espadas de los granaderos nos dieron “lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la Independencia”.

Independencia tuvimos, sin ayuda de nadie, gracias al valor y al coraje de nuestros bravos paisanos. Y eso es algo de lo que siempre deberemos enorgullecernos, repitiendo aquellas estrofas originales del Himno: “se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación”.

Lo importante, didácticamente, es que se eviten confusiones. Así, Mayo es Autonomía (no: “Libertad”, ni “Revolución”, por lo menos si a lo acontecido en la Semana del 18 al 25 de mayo de 1810, se le pretende adjudicar una motivación ideológica), y Julio es Independencia. E “Independencia” supuso contar con una Nación Soberana (donde los elementos de “pueblo”, “territorio”, “religión” y “costumbres” preexistían, pero formando parte de otro Estado). Desde el 9 de julio de 1816 existió la Nación Argentina, para la cual el poeta Francisco Luis Bernárdez cantó las estrofas siguientes:

Dios la fundó sobre la Tierra para que hubiera menos hambre y menos frío.
Dios la fundó sobre la Tierra para que fuera soportable su castigo.
Podemos dar gracias al Cielo por la belleza y el honor de su destino.
Y por la dicha interminable de haber nacido en el lugar donde nacimos.
La patria vive dulcemente de las raíces enterradas en el tiempo.
Somos un ser indisoluble con el pasado, como el alma con el cuerpo.
Dios la fundó sobre la Tierra para que hubiera menos llanto y menos luto.
En las tinieblas de la Historia la Cruz del Sur le dicta el rumbo más seguro.
Ninguna fuerza de la Tierra podrá torcer este designio y este rumbo”.

Digamos, por fin, que aquél de otrora fue un designio combatiente; actitud que siempre debiera estar vigente. Para lo cual, para mantener la bandera realmente izada, en estas épocas de globalización esclavizante, deberíamos quedar obligados a permanecer doblemente atentos y vigilantes. Tal cual lo indicaba el poeta Carlos Obligado, al recordarnos, en 1943:

Mas, ved, que el campo es de aluvión, inmenso.
Y el cardo amaga entre la mies fecunda;
Y en este mundo, a la abyección propenso,
Oro socava lo que acero funda”.


* Aquello que se llamó la Argentina. Mendoza, El Testigo, 2002, pp. 26 – 31.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Desmitificando a los enemigos de San Martín* (Primera parte)

Por Enrique Díaz Araujo

San Martín fue un político, militar, del siglo XIX, 1778-1850; nacido en Yapeyú, Corrientes ahora, antes Misiones Occidentales, fue de niño a España; en España fue militar hasta llegar a ser un jefe en el ejército español, y luchar contra Napoleón, donde ganó sus mayores condecoraciones, llegando a ostentar el grado de teniente coronel.

Pero, ¿por qué lo festejamos nosotros? Porque vino a  su tierra natal para realizar la campaña libertadora de América, ¿a liberarnos de quién?  De la Corona de Castilla, que estaba a cargo de José Bonaparte, puesto por Napoleón.

Gobernaba en su lugar el Consejo de Regencia. Pero, ¿quién lo había hecho nombrar? Nadie. La Junta Central (ubicada en Sevilla) lo hizo, pero no tenía poderes para eso. Entonces ¿qué hizo América? Empezó a formar juntas de gobierno autónomas en Buenos Aires, Santiago de Chile, Bogotá, para hacer enterar que gobierna la Península en nombre del rey un Consejo de Regencia al que no acatan; incluso Lima y México que no tenían motivos, lo desconocen. Éste, a su vez, ha convocado una asamblea en Cádiz, las cortes de Cádiz que han sancionado la constitución de 1812.

Entonces tenemos este primer cuadro: en 1812 está gobernando en Cádiz (ya en el resto de  España están entrando las tropas napoleónicas) el Consejo de Regencia y las Cortes, que han sancionado una constitución liberal, llamada doceañista. Este es el cuadro. Pero, ¿qué tiene que ver San Martín con esto? Y simplemente, que es un militar que está en el ejército español, defendiendo el último espacio que queda en la península que es el istmo de Cádiz; no está de turista; es un teniente coronel del regimiento de infantería. Y ¿por qué deja eso y viene a procurar la libertad con la campaña libertadora de América?

Un tema central en la vida de San Martín es este: “¿Por qué se va de Cádiz?”. Hoy hay varios libros que dicen que se retira porque fue un desertor. Estaba defendiendo el último espacio, y éste “se las toma”, los abandona. Ustedes saben que San Martín ha tenido un gran historiador. Todavía hoy, todas las explicaciones e interpretaciones se basan en la obra de Bartolomé Mitre.

Mitre  afirma que salió subrepticiamente de Cádiz, es decir, escondido, entre gallos y medianoche. No es cierto. Presentó ante el Consejo de Regencia su retiro del ejército español, y se lo concedieron, incluso con uso del grado y del uniforme, de manera que salió perfectamente a mediodía desde Cádiz. No fue un desertor, no fue un perjuro como dicen hoy varios libros. San Martín pudo llevar la guerra contra el gobierno español, porque antes había renunciado a ser funcionario de ese gobierno y ese gobierno había aceptado su renuncia. Pero esto ¿fue una situación individual de San Martín? Si ustedes miran hoy los libros (y hay muchos), se pueden encontrar con que siempre hablan de San Martín en forma aislada, como si todo esto fuera cosa de él: no,  partió con nada menos que treinta y siete oficiales americanos como él, que habían nacido en América y habían decidido salir del mismo modo que él. Todos, o más bien, casi todos pidiendo permiso. Otros no, pero todos salieron.

Porque  en 1811 (septiembre), cuando salieron todos ellos, el Consejo de Regencia movió a guerra a diversas partes de América que no lo reconocían. Así que ellos están en una situación especial: son americanos, son parte del ejército español, pero el ejército español estaba haciendo la guerra a los americanos, motivo más que obvio y suficiente para que ellos no siguieran en el ejército español.

Sin embargo, a partir de lo de Mitre se construyó, en estos últimos años (30 años) que  San Martín habría salido de Cádiz, porque se ha hecho miembro de un club, de una logia secreta que se llamaría Logia Lautaro. Eso dicen ahora: que se hizo miembro de la Logia Lautaro, y agregan inmediatamente que era masónica. Ahora bien, ¿Qué es la masonería? Una sociedad secreta, iniciática, es decir, que tiene un rito de iniciación, donde se tiende a establecer un tipo de juramento que obliga a adherir a la doctrina (la masónica), que es permanente, y cuyos fines son de tipo más bien cultural y políticos; es decir, básicamente iban contra la monarquía en su tiempo, y aún hoy contra la Iglesia Católica. Por eso la Iglesia Católica la tenía condenada, perfectamente condenada por diversas bulas y encíclicas.

Pero resulta que la Lautaro no era masónica, no era iniciática; sí exigía un juramento: guardar secreto, pero nada más; por eso dije muy bien, sociedad secreta, lo que no significa por modo alguno que fuera masónica. Sin embargo van a ver ustedes un debate inmenso: unos que dicen que es masónica y otros que dicen que no. Yo les podría recomendar, si están en tema de investigación, tres artículos, dos ingleses y uno norteamericano, hechos por masones en revistas masónicas que afirman que ni la logia, ni San Martín eran masones.

Pero lo más importante es que uno de los integrantes de la logia, un dominico llamado fray Servando Teresa de Mier, que andaba por Europa, llega a Cádiz y ve que la situación no está muy linda para los americanos (él era mexicano), entonces se encuentra con otro religioso, el padre Ramón Eduardo de Anchoris, y le dice:

– Mirá  estoy en esta situación apurada, ¿qué es lo que hago?

– Y bueno, veníte con nosotros que tenemos una organización de autodefensa que es la que se llama Logia de los caballeros racionales, o Logia Lautaro.

–  Sí, bueno, pero  sabés que el Papa tiene prohibido estar en este tipo de organizaciones masónicas.

– ¡No, pero si no es masónica!– le dice Anchoris –porque si así fuera  yo tampoco estaría.

–Bueno, voy a entrar y vamos a ver si es cierto lo que decís.

Se asocia y cuando le toca hablar durante una de las reuniones semanales, el dominico Mier habla contra la masonería, y el único que protesta por lo bajo es Carlos María de Alvear. Éste era americano, también correntino como San Martín, un hombre rico que prestaba su casa para la reunión. Todos los demás están de acuerdo con lo que dice Mier, y esto él pone en sus memorias dos veces. Es el único testimonio desde adentro, por la cual sabemos que la Logia Lautaro no es masónica, porque Mier lo dijo allí, y los otros no dijeron nada, estuvieron de acuerdo tácitamente. Y él lo dijo porque en México (cuando él escribe años después) decían ya que la logia Lautaro era masónica.

-¡NO, no, si yo nunca estuve en una logia masónica!,  porque era medio liberal el cura este, pero no tanto para violar las resoluciones del papa.  ¡Cómo me voy a hacer de una logia masónica siendo sacerdote!

Entonces tenemos que la Logia esa,  que dicen que es la que los impulsa, no es masónica, no es la masonería por la que lo mandaron a América. La Logia le servía para defenderse, porque eran atacados por ser americanos estos oficiales (casi todos, aunque había algunos que no lo eran).

Entonces, para defenderse en un primer momento se asociaron. Pero no era la única Logia que había en Cádiz: había 17 organizaciones secretas, masónicas, antimasónicas, no masónicas, había de todos los gustos, y estaba ésta, la de los americanos o sociedad secreta llamada Lautaro.

Bien, pero siguiendo a Mitre, San Martín salió porque un oficial inglés Lord Macduff  (conde de Fife)  le arregló la salida con otro funcionario  que se llamaba Sir Charles Stuart. Son los ingleses los que lo hacen salir de Cádiz; entonces los que siguen a Mitre inmediatamente dicen que era un hombre al servicio de los ingleses. ¿Qué se puede responder a esto? El ejército del Sur de España era anglo-español, porque los ingleses habían ido en auxilio de los españoles del Sur que resistían a Napoleón, estaban luchando, y lucharon hasta el final en España. Los dirigía el duque de Wellesley, futuro Lord Wellington que era el jefe superior de San Martín. Macduff era otro oficial como San Martin, otro teniente coronel (inglés). Ambos eran compañeros, colegas en el ejército; nada de extraño tenía, por tanto, que San Martín le pidiera a Macduff que le registrara la salida. ¿Por qué le tenía que registrar la salida un inglés? Porque Cádiz es un istmo; las tropas francesas estaban a las puertas (sitio del Mariscal Victor); por los costados estaba la escuadra inglesa del almirante J. F. Cunningham, y no había forma de salir pacíficamente; no había ningún buque ni botes, ni modo de salir que no fuera con los franceses o con los ingleses. Él estaba en el sector aliado a los ingleses, es decir, que tenía que salir en un buque de guerra inglés, y eso es lo que le pidió a Macduff.

Y en un bergantín de guerra partió a Lisboa. En Lisboa, que también estaba bajo el mando luso-inglés, Charles Stuart le sella el pasaporte, no hace otra cosa, y ahí sí, ya toma un buque americano desde Lisboa a Londres. Nada de esto tiene de extraño, porque es lo que hicieron todos los que salieron, todos los americanos; no tenían otro modo, así que es estúpido decir que salió porque los ingleses lo llevaron. No se podía venir directamente; la única vía, por supuesto que era vía acuática, era salir desde Londres, pero él estaba en Cádiz, por tanto, tenía que llegar a Londres primero. Es el camino lógico y natural de quien quisiera venir a América, estando en Cádiz, entonces.

Todo lo que hizo no tiene nada de extraño o de oculto, ni de masónico o de servicio a los ingleses. Pero también dicen que cuando llegó a Londres, a Grafton Street 37, a la casa de Miranda, tuvo lugar la Gran Reunión Americana, siendo allí donde se asocia a la masonería inglesa y recibe instrucciones de los ingleses. Es decir, viene directamente como un agente militar inglés.

Pues bien, Grafton Street  37 no era la casa de Francisco de Miranda (un venezolano que había vivido allí y hacía un año que se había ido), era la casa de los diputados de Venezuela, que estaban tramitando que Inglaterra reconociera estas juntas autónomas de América, cosa que nunca hizo Inglaterra, y enseguida veremos por qué.

Nunca hubo una Gran Reunión Americana. Este es un punto central, es una mentira galopante que digan que la Lautaro era una logia masónica, que pertenecía a otra logia masónica más grande que se llamaba la Gran Reunión Americana, fundada por Miranda. Ni siquiera está demostrado que Miranda fuera masón: era un gran sinvergüenza que estaba al servicio de Inglaterra (cobraba de la corona inglesa por pasar informes, noticias, planes y demás) sí, pero nada más. Lo que sí es seguro, es que no existió esta Gran Reunión, de modo que San Martín nunca se pudo encontrar con una entidad  que no existía.

¿Se va viendo cómo es la avanzada ahora, en la historia argentina? Hay que ir debatiendo punto por punto, si uno quiere saber la verdad de lo que ha pasado en este país. Y, en definitiva, si uno quiere saber si San Martín es un prócer, un héroe, un arquetipo al que debemos seguir, o si es un simple traidor al que debemos detestar. Esto es lo que hay que averiguar, eso y nada menos.

Hoy nos dicen que hay que humanizarlo a San Martín, hay que sacarle el bronce a la estatua, porque está ya tan frío; hacerlo más humano, con todos los vicios nuestros; hoy entonces metámosle todos nuestros vicios así lo entendemos mejor, y de paso, decir que era un cobarde como solemos ser nosotros. Esto tiene un origen cierto: tiene que ver con 14 de junio de 1982 cuando nos rendimos en Malvinas. La Argentina es un país derrotado. A raíz de nuestra derrota nos la están cobrando como se cobran los vencedores las derrotas, y  entonces no sólo nos vencieron ahí, sino que los demás nos están convenciendo que somos unos idiotas, que no tenemos identidad nacional, que esto es una diversidad de culturas, que acá no hubo nunca un sentido espiritual, religioso, ni nada, que no tenemos ego. Entonces, ¿por qué todos estos ataques a San Martín? Porque San Martín es el héroe nacional por excelencia; pues entonces hay que demostrar que no es héroe, que era un traidor, que era un masón, que trabajaba para los ingleses, que era opiómano, que era borrachín, que andaba con mujeres de un lado para otro, y así mil doscientas cosas para que esta estatua, en lugar de ser una estatua de bronce que está en la plaza, termine siendo una estatua de lodo. Ese es el sentido de todo esto, de la derrota de 1982. Todos estos que han escrito trabajan por esa derrota, y hacen que nosotros creamos esas mentiras, esas injurias, porque eso es lo que son: todas calumnias. Y entonces, para llegar a San Martín, tenemos que hacer este camino: destruir las mentiras. Si es así,  no hablemos acá de ningún arquetipo, ¿Cómo vamos a rendirle tributo a ese sujeto?

Entonces ya llevamos sabiendo:

-Que no desertó, porque está el expediente del retiro del ejército español como el de sus otros compañeros.

-Que la logia Lautaro no era una organización masónica, sino una organización secreta de los americanos que vivían en Cádiz.

-Que no salió por servicio de los ingleses, sino porque era la única manera de salir de Cádiz.

-Que en Londres no se hizo miembro de una masonería mayor al servicio de los ingleses.

Todo esto lo tenemos aclarado contra los sujetos que están escribiendo contra San Martín todos los días en folletos, artículos, enlodándolo; pues bien, contra ellos, ya sabemos todas estas verdades.

Hagamos un alto en la historia, y volvamos al tema: es decir, el arquetipo. Los paradigmas que necesitan las naciones son dos: los héroes y los santos. Dice bien nuestro gran poeta, Leopoldo Marechal, que: “las naciones se construyen como una cruz, con la horizontal de los héroes abajo, y la vertical de los santos levitando hacia el cielo”. Si un país tiene esas dos barras que se cruzan, es un país, si no, no. Si no tiene héroes y no tiene santos, es nada más que una muchedumbre, una masa anómala, sin lugar en la historia, sin relevancia ninguna.

Por eso a nosotros que nos están cobrando la derrota nos dicen que no hay ni héroes, ni santos. ¿Por qué? En función de nuestra derrota, no podemos tener héroes, los demás sí. Pero nosotros sabemos que sí. Hay hoy en Argentina, en esta Argentina vencida, que es un lodazal  de inmoralidad  pública y gubernamental, un país misionero, que tiene cuatro órdenes religiosas (que yo sepa), más o menos, que están misionando en el mundo, es decir, está haciendo una vida de santidad. Los héroes son aquellos que “dan su vida por su patria”.

Son dos cosas distintas y no debemos confundirlas: una pertenece al plano humano temporal, la otra al plano sobrenatural, que se conjugan para ser la cruz del país, pero nunca debemos confundirlas, porque si no caemos en la estupidez de Ricardo Rojas  que tiene un libro que se llama “El santo de la espada”, el santo héroe. ¿Puede haber un santo héroe? Sí, por ej. San Luis Rey de Francia o San Fernando de Castilla, pero es rarísimo, y no tienen por qué estar luchando para fundar un país, y al mismo tiempo ser modelo de virtudes sobrenaturales; son dos actividades humanas, excepcionales, que se deben conjugar en un país, pero que son muy distintas.

San Martín es un héroe, no es un santo. Pero ¿qué pasa con eso del “santo de la espada”? Se cae en que era un santo masónico, un santo laico, un santo que no creía en Dios y en nada, y entonces tenemos un santo muy especial, un santón. Ante esto, hubo gente muy pía, muy devota que decía: “No, no, pero fíjese que iba a misa temprano, que cuando se casó comulgó”. ¡Qué nos interesa eso! El juez no somos nosotros, es Dios. Como dice bien mi maestro Carlos Steffens Soler: “El ángel de la guarda de San Martín es quien se ocupa de eso”, si iba a misa temprano o no. Nosotros podemos averiguar la política religiosa de él, si fue una política favorable al cristianismo o no; ahora, si él personalmente tenía una práctica de piedad o no, nos es indiferente porque no nos incumbe a nosotros juzgarlo, no somos Dios creador para hacerlo. Hay gente que se toma en serio lo de “San” Martín: en el Perú un cura enemigo de San Martín, realista, decía: “¿Por qué eso de SAN?”, bueno, le respondía  al Padre Zapata, que así se llamaba: “Yo le saco el San, y usted sáquese el ZA-, yo quedo Martín y usted Pata”. Eran sus apellidos, no tenían nada que ver con un tipo de santidad. Yo no estoy pretendiendo en modo ninguno canonizar  a San Martín: estoy tratando de reedificar la estatua que nos han tirado abajo.

El héroe sí, tiene que tener, determinadas virtudes, es arquetipo: tiene que tener fortaleza, tiene que tener arrojo, y tiene que tener astucia también; y eso no se pide de un santo, que sea astuto, y sin embargo un héroe, para fundar una nación tiene que tener astucia, porque se va a ver enfrentado a los otros poderes de la tierra que van a tratar de que no pueda cumplir su labor. Y entonces tiene que hacerlo en parte por ataque y en parte por engaño a sus enemigos. Y vamos a ver que en San Martín se cumplen las dos cosas, porque él era capaz de encabezar una carga de caballería con el sable al frente de sus tropas, como en San Lorenzo, pero también era capaz de engañar, con la guerra de zapa, acá en Mendoza, a los realistas en Chile, y en toda la campaña del Perú en una guerra de movimientos falsos, de engaños para superar un enemigo que era muy superior en términos numéricos. En el Perú peleó con cuatro mil soldados, contra veintiocho mil realistas, ¿cómo iba ir de frente a puro ataque de caballería? Tenía que hacer maniobras para ir viéndolos, haciendo juegos de diversificación y engaño, eso es lo que él llamó “guerra de zapa”, astucia. Él no solamente fue un gran oficial de caballería, sino un gran oficial de inteligencia.

Entonces, para antes retornar a San Martín, tenemos que ver si hay héroes o seres humanos que hacen el esfuerzo extraordinario por su país, y no se trata de ninguna santidad, de religión natural como ésta que intenta Rojas. Nosotros tenemos que ver por ejemplo, que esto del héroe se inspira en Grecia: si reunía las condiciones del valor de Aquiles y de la habilidad o astucia de Ulises.

Terminamos este paréntesis y retornamos a San Martín.

“Maitland”, es un documento que presentó el doctor Terragno hace unos años, en el que descubrió en la Cámara de los Comunes que había allí un escrito de un militar escocés Thomas Maitland,  que anunciaba un plan inglés para marchar sobre el Perú, y decía que el mejor camino era desembarcar en Buenos Aires, cruzar La Pampa, llegar a Mendoza, organizarse bien allí, cruzar la cordillera, atacar Chile, y una vez vencido en Chile el español, entonces por vía marítima desde Chile se atacaba Perú y Quito. Claro, obviamente había un parecido con lo que hizo San Martín, entonces eso es lo que dijo Terragno: “Mire qué parecido es esto  con lo otro”; claro de ahí a decir que él cumplió órdenes siguiendo el plan, hay una buena distancia. ¿Por qué? Porque cuando Maitland escribió eso en 1800, Inglaterra estaba en guerra con España;  pero cuando San Martín actuó, Inglaterra estaba aliada a España;  así que de ninguna manera Inglaterra pensaba desembarcar en Buenos Aires, llegar a Mendoza, cruzar a Chile e ir al Perú; todo lo contrario, Inglaterra estaba peleando con España allá en Cádiz.

Pero el plan Maitland les ha caído de maravillas a todos los enemigos de San Martín. Entonces ahí está la prueba. ¿Prueba de qué? De nada: porque además Maitland lo escribió muchos años antes, y nunca nadie había dicho que hubiera admiración del uno por el otro, ni cosa por el estilo. Pero es una cosa ver que no se ajustó al plan Maitland: según todos éstos, San Martín vino a Buenos Aires, y de Buenos Aires a Mendoza. No, señores: nunca vino de Buenos Aires a Mendoza; desembarcó en Buenos Aires, allí creó el regimiento de Granaderos  a Caballo, combatió contra las tropas del Concejo de Regencia en San Lorenzo, y después fue mandado al Norte, a Tucumán para comandar el ejército del Norte. Así que nada de pasar por vía de Chile. El ejército del Norte estaba enfrentado con tropas del Perú, en este caso del Alto Perú (hoy Bolivia). Y estuvo allí unos meses dirigiendo este ejército y lo hizo bien, pero después cayó enfermo, y de ahí que para reponerse fuera  a Mendoza.

En esto hay tres puntos que tenemos  que aclarar: había una carta, supuesta carta que todos citan de abril de 1814 de San Martín a Nicolás Rodríguez Peña, donde le dice: “Yo estoy convencido de que la patria no hará camino por el Norte, hay que abandonar eso. Le digo mi secreto, hay que crear un pequeño ejército fuerte en Mendoza, y de ahí pasar a Chile, y de Chile al Perú”. En esto los liberales encuentran la prueba de que seguía el plan inglés ya en 1814; y si no sigue en Tucumán es porque se hace el enfermo para ser llevado a Córdoba y luego a Mendoza.

Pero en Tucumán hizo todo lo que venía hacer para luchar por el Norte, y si tuvo que dejar el mando del ejército del Norte fue por enfermedad real. Todos los testigos lo afirman, además de una junta de seis médicos para asistirlo porque se podía morir (vomitaba sangre constantemente). No era ningún invento, no era ningún pretexto, lo mandaban a las Sierras de Córdoba a ver si se salvaba o no, porque era un clima benigno, menos húmedo y caluroso que el de Tucumán. Solamente un testigo de esta época dice lo contrario. Éste fue el general Paz que en sus Memorias afirma la mentira de la enfermedad de San Martín (es lo que toma Mitre, porque las primeras piedras, contra San Martín las tira a este gran liberal). Mitre se toma de los dichos de Paz y evita todos los otros dichos, de todos los otros oficiales que dicen que estaba realmente enfermo, se toma del único que brindaba un pretexto.

Pero Paz era una persona resentida con San Martín, porque cuando se organiza el ejército de los Andes en  Mendoza, él quiere entrar y San Martín se lo niega, y después vuelve a pedir en Lima y San Martín vuelve a negárselo otra vez, vaya a saber por qué. Entonces él quedó para siempre resentido y por eso miente. En la correspondencia entre el Director Supremo Posadas y San Marín y las autoridades del ejército de Tucumán, aparece la  evidencia de que está absolutamente enfermo, y gravemente enfermo; y hoy hay veinte estudios sobre este tema, todos coincidentes en que sí, que San Martín padecía de una úlcera sangrante que le hacía vomitar sangre; otros dicen que era lícito creer que tenía una lesión pulmonar de la guerra en España. Lo cierto era que estaba ahí, al borde de la muerte porque se quedaba anémico después de tantas hemorragias. Y como él vivía de ese sueldo, no tenía otro ingreso, y después de estar descansando ahí unos meses en Saldán,  Córdoba, se le dio nuevo destino y el Director Supremo lo nombra en Cuyo.

Mendoza pasa a ser el lugar central, según los liberales. No, Mendoza era una ranchería, era el último lugar, era el lugar más tranquilo que le podían dar, porque no había ningún problema en Mendoza. ¿Y esto por qué? Porque en Chile estaba el gobierno de los autonomistas chilenos, en el Norte estaba Rondeau en su reemplazo, allá con el ejército del Norte. Entonces le dan casi a elegir entre La Rioja y Mendoza, un poquito menos caluroso; pero eso es todo, ahí no había ningún destino militar ni va a formar nada. ¿Saben cuánta tropa tenía San Martín cuando llegó en el año 1814 a Mendoza? Treinta soldados en el fuerte de San Carlos; que no eran soldados, eran milicianos llamados blandengues que estaban en el fuerte de San Carlos para defenderse contra los indios. Esa era la tropa con la que iba a cruzar Chile y de ahí  dirigirse al Perú. ¡No! Fue por razones estrictas de salud, para terminar de curarse, y así se lo dice el Director Supremo en el nombramiento que le hace.

Pero después sucede que el ejército del Norte es vencido en Sipe-Sipe, y el ejército de los chilenos es vencido en San Carlos. Entonces sí, a fines del ´14 comienzos del ´15 las cosas cambian totalmente, porque un lugar tranquilo como era Mendoza se convierte ahora en un lugar clave, ya que lo chilenos que habían combatido se asilan en Mendoza; y es posible que los realistas que están instalados en Chile crucen la cordillera, e invadan el antiguo territorio de las Provincias Unidas. Entonces sí, ya empieza a haber una correspondencia de San Martín con Álvarez Thomas, el Director Supremo, donde va enviando tropas a Mendoza para armar una defensa, una pequeña guarnición, y empieza a ver los boquetes de la cordillera por dónde mejor pasar. San Martín tiene una actitud defensiva, no está pensando en invadir Chile, sino en que desde Chile no nos invadan a nosotros, y durante todo el año 1815 la cosa es así. Pero él empieza a armar, y ahí se ve otra virtud del héroe, casi de cero una defensa de la nación. Una nación no necesita ser tan poderosa para defenderse si tiene a su frente hombres de bien, hombres valientes, héroes. Por ejemplo:

España, en tiempo de la reina Isabel I, la Católica, se encontraba en una situación difícil y apremiante. Ella heredó el trono de Castilla, y Castilla era una región donde habían estado los reinos de taifas. Cada uno de estos nobles ordenados por su cuenta, no obedecían al rey; las ciudades estaban llenas de bandidos y no se podía ir de una ciudad a otra porque los bandidos estaban en los bosques; la gente estaba alzada contra los judíos; los moros estaban cerca; el clero estaba corrompido, infiltrado de herejías; el ejército corrupto y los nobles también.  Ése es el gobierno que recibe Isabel, y en quince años ella (realmente Dios la tenga en la gloria), hace el Imperio Español, da vuelta a todos: limpia el clero, limpia el ejército, limpia los bosques, termina con los moros, ataca a los musulmanes en el África, facilita la empresa de Colón y mil cosas más. Es decir: un país se puede dar vuelta perfectamente, si hay un héroe a su frente. La reina era una heroína. San Martín también en Cuyo demuestra que se podían hacer de cero las cosas, si había esa voluntad de bien.

En Mendoza no se fabricaban ni clavos, pero él consigue un fraile franciscano, fray Luis Beltrán, y lo pone al frente de  su yunque, a hacer desde clavos a cañones, fusiles, bayonetas. En La Rioja se buscó el salitre. En Colonia Caroya otros nitratos para armar los explosivos; se consiguieron de Catamarca, San Juan y San Luis las telas con las cuales se elaboraron los uniformes, se los tiñeron, las botas, las mulas, los caballos, y sobre todo los cuatro mil hombres como mínimo que tenían que tener para poder hacer la empresa que va a ser el ejército de los Andes. Eso recién en 1816. En esos dos años San Martín, como dicen, “ha trabajado a lo macho”. A pesar de ser un hombre enfermo (porque la enfermedad ya no lo va a dejar nunca) va a organizar esto desde cero, con jóvenes oficiales que había traído de Buenos Aires, del Regimiento de Granaderos (jóvenes aristócratas,  criollos, estancieros). Consiguió de esos, unos quince, los trajo y esos fueron sus jóvenes oficiales. De ellos,  el más notable, fue Mariano Necochea. San Martín, estaba casado con Remedios de Escalada, y tuvo una niña, Mercedes, a pesar de que él hubiera querido tener un varón; no pudo y Mariano Necochea fue como su hijo varón.

Lo que no consiguió fueron jefes de importancia que lo secundaran, y eso fue un déficit para el ejército de los Andes siempre. Lo suplió como pudo con estos oficiales. Y la tropa ¿de dónde? La tropa la puso Cuyo. De los cuatro mil soldados, tres mil setecientos fueron cuyanos: de San Luis, de San Juan y de Mendoza.

Esa es la primera tanda, la que parte en el año ´16 y ´17. Pero luego cuando, después de Chacabuco y de Maipú, él tiene que reorganizar su ejército si quiere seguir, porque ha tenido muchísimas bajas, y manda a los principales regimientos a rearmarse en Cuyo. Hay otros tres mil cuyanos que pasan a integrarse al ejército. Es decir, que en total, se podría decir que Cuyo puso siete mil soldados. Y esta es una causa que los cuyanos tenemos que hacer valer. Yo la hice valer hasta donde pude, hasta que un gobernador de la provincia me trajo a uno de estos grandes sinvergüenzas, Ignacio García Hamilton a hablar contra San Martín en la casa de San Martín, en la biblioteca de San Martín. Entonces le dije al gobernador:


-¡Mire, que hable lo que quiera, pero no en la casa de San Martín;  es muy feo venir a la casa de alguien a hablar en contra del dueño de casa! ¡Además, nosotros pusimos, 7000 mil soldados! ¿Saben cuántos regresaron? Siete, que formaron en la plaza de Mayo en 1826 al mando del Coronel Bogado.  Por esos muertos, este  sinvergüenza y pro-montonero José Ignacio García Hamilton, no debe hablar. Habló naturalmente, además estos chicos que no sabían nada de historia fueron a tirarle huevos podridos -una venganza adecuada...

CONTINUA

*Desgrabación de una conferencia del Dr. Enrique Díaz Araujo sobre el gran Libertador, pronunciada en enero de 2013 en San Rafael, Mendoza, durante las Jornadas para Universitarios organizadas por el Instituto del Verbo Encarnado.

Tomada de: http://www.quenotelacuenten.org/2014/08/15/san-martin-mason-desmitificando-los-enemigos-de-san-martin/


jueves, 23 de abril de 2015

San Martín y Bolívar: su política religiosa (6 y último)

Por Enrique Díaz Araujo

La Autonomía respecto del Consejo de Regencia gaditano, proclamada en varias secciones de América en 1810, fue un acto de fidelismo, tributado al Rey cautivo. No obstante, Fernando VII, al ser restituido al trono a la caída de Napoleón, en 1814, no lo interpretó así, y prosiguió, intensificando la guerra que las Regencia habían iniciado contra América. Tamaña ingratitud real- [1]- movió necesariamente a la Independencia respecto de la Corona de Castilla, y a sostenerla mediante un esfuerzo bélico. En esa tarea se significaron tres caudillos, Iturbide en México, Bolívar, en la Gran Colombia, y San Martín en Sur América. Los tres buscaban, ante todo y por sobre todo, la Independencia de sus respectivas regiones, las cuales, eventualmente, se coaligarían, formando, como decía Bolívar, “la más grande nación del mundo”. También sabían que para consolidar dicha Independencia debían instalar gobiernos firmes y respetados, y evitar, a toda costa, la Anarquía. Esta sobrevendría si una vez cortado los lazos que nos unían al Padre Rey, se fracturaba aquella “costumbre de obedecer” que había caracterizado a América, conforme a la descripción de Bolívar, en su famosa “Carta de Jamaica”. También hemos afirmado que al Rey se lo acataba, como a toda buena autoridad, porque su principal imagen era la de Padre, un buen patriarca antes que un señor y un monarca- [2]-. De un Padre que protegía a una Madre, la Madre Iglesia, sostenida por el Patronato Real. Luego, para evitar el hiato gubernamental los patriotas tenían que arbitrar un sucedáneo de la autoridad real. Los tres Libertadores coincidían en un punto: había que fortalecer el respeto por la Madre Iglesia, venerando a la Madre Virgen. Simón Bolívar, que de los tres era el que poseía dotes literarias, y al cual le placía oralizar esos pensamientos, a los que sabía expresar con precisión y elegancia, en 1827, en una reunión de obispos, diría:

“La causa más grande que nos congrega hoy: el bien de la Iglesia y el bien de Colombia. Una cadena más fuerte, y más brillante que los astros del firmamento, nos une de nuevo a la Iglesia de Roma que es fuente celestial. Los descendientes del trono de San Pedro han sido siempre nuestros padres; pero la guerra nos había dejado huérfanos, como corderos que balan en busca de la madre que han perdido. La madre tierna los ha encontrado y los conduce al redil… La unión del incensario con la espada de la ley es el arca verdadera de la alianza” [3].

Para huir de la orfandad, la receta consistía en reafirmar los lazos de unión con la Madre Iglesia. A ese efecto, les vino de perlas el predominio de los constitucionalistas liberales y anticlericales peninsulares, cuyo símbolo fue la Constitución sancionada por las Cortes en 1812. Debe recordarse que si el Renacimiento había supuesto en España una “Edad Media tardía”, en la frase de don Ramón Menéndez Pidal, ya instalada la Modernidad en la Metrópolis (desde el reinado de Carlos III; pero, sobre todo, con los gobiernos de la Junta Central, la Regencias y las Cortes), en América subsistía la tradición religiosa de la Cristiandad. Había, dijo Álvaro Gómez Hurtado, una “asincronía” que inclinaba a remozar en América la Cristiandad, con la doctrina de la Ciudad de Dios- [4]-. De esa suerte, aquel liberalismo peninsular chocó con el tradicionalismo americano, y de ello sacaron muy buen partido los Libertadores. En ese sentido, Don Demetrio Ramos Pérez comienza por apuntar que:

 “El revolucionarismo liberal español llegó a creer, vanidosamente, que sólo en sus cenáculos estaba el patrimonio de una lúcida regeneración. De sus mentores nacía la doctrina y América sólo tenía, para ellos, el papel de educanda. Hacia América fueron sus ideas y sus manifiestos; de América habían de venir sus discípulos”.

Sin embargo, el sentido de los hechos fue el inverso al imaginado. Entonces, el constitucionalista liberal:

 “Álvaro Flores Estrada acusó a la Juntas americanas que “venían a continuar el “Antiguo Régimen” del despotismo, contra el auténtico sentido liberal que encarnaba en las Cortes de Cádiz”.

Por consiguiente, resultó que:

La Constitución fue más bien un factor contrario a los fines que se proponían sus creadores” [5]

En efecto, en su “Proclama de Pisco” ( del 8.9.1820), San Martín condenó la Constitución de Cádiz, elaborada “bajo el influjo del espíritu de partido” y que “no tiene la menor analogía con nuestros intereses”. Procediendo a derogarla al entrar en Lima. Mientras que Bolívar, en carta a Olañeta (del 28 de enero de 1824), dijo que esa Constitución era un “monstruo”. De esa forma, “la Pepa” (apodo popular de la constitución liberal española) prestó un servicio inesperado a la causa de la Independencia, facilitando que el Clero y los Patriotas se asociaran para repudiarla. Así se consolidó el proyecto sobre la Madre Iglesia ( no obstante, la falsas imputaciones de masonismo que quisieron atribuirles a los Libertadores). Empero, subsistía la cuestión central del modo de reemplazo del Padre Rey.   Iturbide y San Martín pensaban- más allá de sus íntimas preferencias- que esa condición se cumpliría si un miembro de la dinastía borbónica se constituía en monarca americano, a partir del respeto por la Independencia. Existían, al respecto, los precedentes de la propia familia Borbón, instalada por la Guerra de Sucesión, que había gobernado España independiente de su Francia originaria, y el más reciente de los Braganza lusitanos, al dejar un heredero, con el carácter de Emperador en Brasil, sin dependencia de Portugal. Casos resueltos sin traumas anárquicos. Bolívar no compartía, en 1822, ese proyecto, dado que deseaba que el futuro Emperador fuera un americano y no un Borbón. En gran medida la solución estuvo en manos de Fernando VII, cuando recibió los tratados de Córdoba y Punchauca, suscritos por Iturbide y San Martín, respectivamente, con los virreyes O´Donojú y La Serna. Pues, el Rey una vez más se volvió a equivocar y rechazó la solución realista y prudente que se le ofrecía para conseguir la paz en América. Fracasado su proyecto, y carente de fuerzas suficientes para continuar la guerra en el Perú, San Martín se apartó de la escena, y, luego sus enemigos liberales rioplatenses, lo obligaron a exiliarse en Europa. Iturbide recurrió al expediente de proclamarse él Emperador, lo que de inmediato suscitó las envidias y celos previsibles, que concluyeron con su fusilamiento. Bolívar, tras la batalla de Ayacucho que en 1824 puso fin a la guerra de la Independencia, intentó instalarse como Emperador de los Andes, de un modo vitalicio, como lo consignó en la Constitución de Bolivia. Las fuerzas centrífugas liberales, encabezadas por Santander le impidieron consolidar ese modelo. Tras su experiencia de la Dictadura de 1828 a 1830, y el asesinato de Sucre, su eventual sucesor, Bolívar se retiró a morir, completamente desengañado de la suerte americana.   Los que hemos trabajado por la independencia americana “hemos arado en el mar”, dirá al final Bolívar. El Plan inicial de la Independencia, de las tres regiones autónomas que se iban a confederar en una “anfictionía” del istmo de Panamá, se estrelló. Iberoamérica, como deseaban los ingleses y sus logias, se balcanizó. Predominaron los gobiernos liberales francófilos y anglófilos. Surgió, entonces, afirma el nicaragüense Julio Ycaza Tigerino, “para nuestra desgracia, la casta de los ideólogos”. Desde el momento en que:

“los liberales liquidan a los Libertadores; desde que Bolívar es arrojado del poder y muere miserablemente, Sucre es asesinado, San Martín y O´Higgins expatriados, Iturbide derribado del trono y fusilado luego como un vulgar rebelde…desde el momento en que la obra y el espíritu mismo de la Independencia se falsean por los ideólogos convirtiéndolos en una orgía suicida de libertinaje” [6].

Desde ese momento, se instala la Anarquía tan temida en Iberoamérica (con la sola excepción del Chile Portaliano) y ésta se torna ingobernable. Cual diría hacia 1850 el gran canciller conservador de México, Don Lucas Alamán, al introducir las teorías liberales:

“se ha dado lugar a todas las desgracias que han caído de golpe sobre los países hispanoamericanos, las cuales han frustrado las ventajas que la Independencia debía haberles procurado” [7].

Los frutos de la Independencia no resultaron agraces por la Anarquía, que a nombre de la Libertad, introdujeron los ideólogos liberales en América.   De todas maneras, maguer su intento fallido, los Libertadores dejaron dos herencias perdurables. La primera, la propia Independencia. Simón Bolívar, en el último mensaje al Congreso, el 24 de enero de 1830, concluía:

“¡ Conciudadanos!…Me ruborizo al decirlo: la Independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de todos los demás” [8].

Glosándolo, el poeta argentino Leopoldo Lugones, en 1924, al festejar en Perú el centenario de la Batalla de Ayacucho, dirá: “La Independencia es lo único bien logrado que tenemos”.   Así es. Pero aun resta todavía la otra herencia que legaron los Libertadores. En el periódico “El Despertador Americano”, de la Ciudad de México, del 20 de diciembre de 1810, se afirmaba que como la Virgen de Guadalupe no había venido a fracasar, América continuaría siendo:   “ el último refugio para la religión de Jesucristo”.   Así fue. Y, ya no como meros historiadores, sino como cristianos, por nuestra parte añadimos: que así continúe siendo. 

Notas

[1].- Esas eran las mismas palabras que Juan Manuel de Rosas, Encargado de la Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, empleó en su arenga del 25 de mayo de 1836, luego de alabar el pronunciamiento de 1810, por ser un “acto de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad”, fue mal pagado por el Rey, con “tamaña ingratitud”: Irazusta, Julio, Tomás de Anchorena. Prócer de la Revolución, la Independencia y la Federación, Bs. As., La Voz del Plata, 1950,pp. 29-30.
[2].- En el orden legislativo, existía el principio del “acato, pero no cumplo”, ante una ley manifiestamente arbitraria, que autorizaba la desobediencia. En el orden judicial, se reglaba el recurso de segunda suplicación, que permitía que una vez cerrada la vía judicial, se pudiera todavía acudir directamente al soberano, peticionando que aplicara al caso, no la justicia legal, sino la equidad. Dos pruebas de que operaba un orden patriarcal, al que ha sido ajeno el positivismo legalista moderno. Como la función local de establecer el “justo precio”, también diverso de la pura ley de la oferta y la demanda liberal. De ahí nacía el paternalismo que, según Thimothy Anna “permitía España gobernar un imperio gigantesco…sin tener que hacer uso de la fuerza”: op. cit., pp. 32, 33, 34. Era la “auctoritas patris”, del paternalismo monárquico, como proyección sociopolítica de la familia: Calderón Bouchet, Rubén, Sobre las causas del orden político, Bs. As., Nuevo Orden, 1976, p. 154.
[3].- André, Marius, Bolívar, cit., p. 271.
[4].- Gómez Hurtado, Álvaro, La Revolución en América, Barcelona, Editorial AHR, 1958, pp. 74, 75, 78, 81.
[5].- Ramos Pérez, Demetrio, “Las Cortes de Cádiz y América”, en: Revista de Estudios Políticos, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, n° 126, noviembre-diciembre 1962, pp. 452-453, 463 nota 83, 499, 550.
[6].- Ycaza Tigerino, Julio, Sociología de la Política Hispanoamericana, Madrid, Seminario de Problemas Hispanoamericanos, Cuadernos de Monografías n° 12, 1950, pp. 74, 155.
[7].- cit. por: Romero, José Luis, El pensamiento político de la derecha latinoamericana, Bs. As., Paidós, 1970, pp. 83-84.

[8].- Madariaga, Salvador de, op. cit., t° II, p. 482.

Tomado de: http://quenotelacuenten.com/