sábado, 24 de diciembre de 2011

CASEROS Y PAYSANDÚ

Alguien ha dicho con verdad que todo lo que Dios ha permitido que entre en la historia no puede borrarse. Tal es lo que sucede con la unidad de destino de los hombres, y las regiones de la Cuenca del Plata. Ella es indestructible porque hunde sus raíces en la Comunidad forjada en los siglos XVI y XVII, adviniendo con personalidad de Reino en 1776.

La lucha contra los ingleses y más tarde enfrentando a los liberales de las Cortes de Cádiz que pretendían desconocer los Fueros de los Reinos Indianos marcó, en Mayo de 1810, el inicio de un largo período en el que se combatió por la Patria Grande contra la balcanización y la rapacidad de los Braganzas. Fue la etapa de las intervenciones europeas y de hitos y holocaustos como el de Caseros en febrero de 1852 y de las humeantes ruinas de la heroica Paysandú cuando despuntaba el sangriento enero de 1865. En ambos episodios el Imperio del Brasil dio un importante paso adelante en la consecución de los planes expansionistas concebidos por sus hábiles diplomáticos.

Con Caseros, Río de Janeiro conquistó el primer plano en el continente sudamericano, rompiendo el equilibrio político. Allí cayó la sabia y prudente política rosista, por lo que la mayoría de los países sudamericanos fueron victimados por Itamaraty. Bastaba solamente considerar papel mojado los Tratados de 1777. Con ello mantenían una línea constante de la diplomacia lusitana, que no había respetado ni el acuerdo de Tordesillas, firmado en 1494, ni el de Permuta, rubricado en 1750, ni los que selló veintisiete años después y que son conocidos como “de San Ildefonso”. En todos ellos se buscaba dejar de lado la “línea recta e incontrovertible” de Tordesilllas por la geodesia de difícil determinación y que “dejaba brechas para ulteriores invasiones”.

Ya en el siglo XIX se burló de la Convención Preliminar de Paz de 1828 suscripta por presión del maquiavélico Mr. Ponsomby donde se seccionó la Patria fundamentada en las realidades geopolíticas del viejo Virreinato. Hasta donde les convino fueron al cesto de los incumplimientos los Tratados de 1851 con los que prostituyeron a diversos “próceres” para provocar la caída de Rosas.

Al mismo lugar de “llanto y rechinar de dientes” marcharon los Protocolos de 1864 y 1865 con los que instrumentaba a la Argentina y a la República Oriental para una guerra a la que se fue sin Ejército, sin armas y sin dinero, y que sólo interesaba a Pedro II. El camino había sido pacientemente preparado para aniquilar al Paraguay y “luego cortarle sendos costillares”. Los condenados eran los mismos López a los que el Carioca había atizado en 1842 contra la Confederación Argentina de Rosas.

Rumbo equivocado de una política que cuando quiso ser rectificada terminó en el horror del Aquidabán Ñu. Nada podía oponerse a los objetivos del Emperador masón y sus gabinetes Luzias o Sacaremas. Todo le significó en pocos años la incorporación de más de ochocientos mil kilómetros a lo heredado de Portugal.

Permanezcamos entonces en el camino trazado. La caída de don Juan Manuel de Rosas y de Manuel Oribe le costó al Estado Oriental un disfrazado regreso a la época de la Cisplatina (1817-1824), amén de tener que aceptar la burla a los Tratados de 1777 y el retorcido desconocimiento de la doctrina romana del “Utis Possidetis”.

Con ello, la diplomacia fluminense, “legalizó” la usurpación de una enorme porción del territorio Oriental, asumiendo además soberanía sobre los cursos de aguas fronterizos y levantando fortalezas en el interior. Pero una situación imprevista provocó un cambio. En 1860, hombres de extracción oribista se hicieron cargo del gobierno uruguayo, lo que fue visto por Río de Janeiro como peligro potencial.

La repetición de la antigua alianza del viejo Partido Federal con los Blancos orientales podía ser una traba en la marcha del Imperio hacia Paraguay y Bolivia. Mitre, presuroso, se prestó al juego de don Pedro y “pavonizó” al Estado Oriental enviando a Venancio Flores, su cuchillero de Cañada de Gómez El protocolo del 22 de agosto de1864, firmado por José Saraiva y Rufino de Elizalde, es la prueba de la histórica ignominia.

La invasión del Uruguay por el Imperio fue consumada con la colaboración diplomática y el apoyo logístico del cainita gobierno de Mitre. Varios miles de soldados brasileños y la flota de Tamandaré constituyeron una fuerza incontrastable. Paysandú resistió hasta el martirio pese a no tener elementos de guerra proporcionados. Las ruinas Sanduceras simbolizaron la derrota de la Patria Grande. Las intervenciones brasileñas en el Plata siempre significaron las grandes desgracias nacionales, constituyendo esta vez la de 1865 y a plazos escalonados una derrota para sus actores.

En el Brasil ella se produjo cuando en 1889 un esotérico accionar de logias provocó la caída del Braganza y proclamó la República. Sin embargo, la nueva conducción, alejándose del “desorden producido por el cambio de la secular forma de gobierno”, mantuvo sabiamente a los aristócratas formados por la diplomacia Imperial. El designado para conducir a Itamaraty fue José Maria Da Silva Paranhos, Barón de Río Branco, tramoyista y deus ex machina de una política que alguien definió como “la de besar la mano que se proponía cortar”.

A comienzos del siglo XX y con el respaldo de una poderosa marina se enfrentó con el gobierno de Buenos Aires, cuya Cancillería era ocupada por Estanislao Zeballos. Río Branco buscó entonces el apoyo del gobierno de Montevideo, concediendo al Estado Uruguayo las aguas e islas de la Laguna Merim que se encontrasen al oeste de la línea media y las del Yaguarón hasta el “talweg” en la parte navegable y hasta la línea media río arriba.

La generosidad mostrada por quien era magnánimo con lo ajeno, mientras mantenía en su patrimonio noventa mil kilómetros cuadrados usurpados en 1851, no puede ser calificada sino como una de las simulaciones más inicuas de la diplomacia sudamericana.

A nadie importó el triste pretérito, y menos la burla tartufesca de1909, para que en San Felipe y Santiago de Montevideo se dispusiera levantar un gran monumento al “personaje”. Ayer pasamos frente a los grupos alegóricos con el bajorrelieve del Barón. Volvimos a sentir el dolor del escarnio.
Luis Alfredo Andregnette Capurro


Tomado del Blog de Cabildo
En la ilustracion: el general Leandro Gomez, heroe de Paysandu

miércoles, 14 de diciembre de 2011

EL FEDERALISMO DE JUAN FELIPE IBARRA

Por: Hector Francisco Peralta Puy* 

La fuerte personalidad del caudillo Juan Felipe Ibarra se formó en las orillas del río Salado, en aquella inhóspita y salvaje Matará, tierra de grandes figuras santiagueñas, de grandes luchas en contra de los malones, y de asentamiento de los indomables Mataráes. En estos lugares creció Juan Felipe, forjando su espíritu de guerrero de la Independencia y de gobernante federal por más de 30 años en Santiago del Estero. Allí nació el 1 de Mayo de 1787 en el hogar del Sargento Mayor de la Frontera del Salado, Don Felipe Matías Ibarra y de Doña María Andrea Antonia de Paz y Figueroa (proveniente de ilustre linaje, ya que era hija Don Francisco Solano de Paz y Figueroa).   
            Fue educado temporalmente en las aulas del prestigioso Colegio de Monserrat, en la ciudad de Córdoba, pero su destino era otro, aquél en el cual los hombres de bien utilizan las armas para defender los intereses de un pueblo sufrido como el santiagueño, en este caso, con la ayuda de las armas fundidas con los colores del federalismo y bendecidas por su implacable fe cristiana.
La intervención del caudillo federal en los asuntos políticos con el tucumano Aráoz a partir de 1820 demuestra que sin su experiencia militar y fuerte liderazgo entre sus huestes gauchas, la autonomía provincial no habría sido posible; ya que era necesario contar con la fuerza de los cañones para defender el proyecto autonomista, además de obtener el apoyo del vecindario para las acciones a realizar. Todo ello queda en evidencia en las actas correspondientes y en la elección de Ibarra como el primer gobernador autonomista, quien “Durante sus treinta años, su programa de gobierno se realiza en una lucha personal constante con gobiernos limítrofes, y con el indio.”
Es que es así, tantos años batallando contra las depredaciones unitarias interprovinciales y contra los complots de santiagueños empeñados en terminar con su gobierno, terminaron por tildar a su administración como “despótica” o a él como un simple “tirano” (según palabras de sus enemigos).
El episodio protagonizado por el matrimonio Libarona en el Bracho durante 1840, es recordado solamente por el sufrimiento de esta pareja. Pero, hay que tomar en cuenta que para que el gobernador tomara este tipo de decisiones, sus enemigos tuvieron que asesinar cobardemente a su hermano Francisco durante la sublevación.
Asociando las acciones con aquellas consecuencias, me tomaré el atrevimiento de rever algunas líneas de Canal Feijóo, quien con su frialdad analítica dice que “La vida colonial no dejó en estas regiones un cuerpo claro de leyes políticas, ni había creado una verdadera tradición de vida administrativa. Los primeros “gobiernos propios” se encontraron sin principios o normas con que regir los actos de la existencia pública. Y como ya no podía contarse con la providencialidad de las reales órdenes o los dictados eclesiásticos para el gobierno social, todo quedaba librado a la buena o mala inspiración personal de los ciudadanos llevados al mando. Así lo proclaman los papeles de la época, en que es visible el tanteo, la falla o el impacto de tiro sorpresivo, de la improvisación…”.
Y es que en la época de las luchas por la organización nacional, se imponían aquellas resoluciones, aunque algunas fueran tomadas por el recelo de la venganza y de los pareceres ideológicos (lo que no era ajeno para absolutamente ninguna persona de aquél siglo XIX), que al fin de cuentas no hacían otra cosa que manchar con sangre el suelo patrio; un gran ejemplo de ello fue el asesinato de Dorrego.
El episodio del Bracho, fue una de las tantas escenas de violencia exaltadas por los unitarios, que al fin de cuentas no hacían otra cosa que asombrarse de la crueldad federal cuando en realidad ellos mismos realizaban las mismas prácticas o quizás peores aún, como si fuese necesario colocar en el tapete las célebres frases de Sarmiento sobre su famoso “abono” federal destinado a la tierra.
Por esas cuestiones tan comunes dentro de esos años tumultuosos, Ibarra gobernó su provincia con una dureza que él creía correcta, debido a las tantas devastaciones que sufría por parte de algunos ciudadanos santiagueños y también de otras provincias. Sin embargo, siempre estuvo dispuesto a colaborar en la organización constitucional de la Nación, tal como lo prueban las cartas dirigidas a  Don Juan Manuel de Rosas y sus numerosos envíos de diputados provinciales a los congresos constituyentes.
Sus treinta años en el ejecutivo trajeron numerosos pareceres sobre lo que se cree correcto e incorrecto, pero no se puede dudar de su raigambre santiagueña, federal y católica, que se manifiesta en un documento que refleja todo el esfuerzo de una época para poder solucionar algunos de los problemas de Santiago del Estero: “El Gobernador y Capitán General de la Provincia. Teniendo en consideración los graves perjuicios que resultan a la industria de la provincia a causa de la libre introducción de algunos artículos de comercio que, por su mérito aparente y moral, son vulgarmente preferidos a los de igual clase elaborados en el país. Ha acordado y decreta: Art. 1º.- Queda prohibida la introducción de toda clase de tejidos que se elaboren en la provincia como son ponchos, frazadas y alfombras. 2º.- Del mismo modo, obras hechas de ferretería, como frenos, estribos, espuelas, cencerros, chapas de toda clase, alcayata, pasadores, argollas”.
Esta resolución, y otros decretos que se ejecutaron durante su gobierno y que persiguen el mismo objetivo, demuestran los ideales federales de Ibarra y la solidaridad con su  pueblo, estableciendo impuestos hacia aquellos productos que desestabilizaban los esfuerzos de los santiagueños. Pero que mejor recordatorio para la memoria del saladino que la pluma del Académico Alen Lascano, cuando respecto a su moral, expresaba que Ibarra “fue escrupuloso en el manejo de los dineros públicos o ajenos. Alguna vez, los excesos políticos le hicieron confiscar fondos enemigos, los destinaba al ejército y a pagar soldados…”, cuestión que era una práctica común hacia el trato del enemigo como una forma de solventar los gastos de la guerra.
A pesar de los tildes de tirano y despótico, impuestos por sus opositores por los treinta años de servicio y por el trato a sus enemigos (lo que siempre es discutible desde la percepción emanada por el razonamiento y del cual provienen tales opiniones), Ibarra fue un guerrero por la causa de Mayo, un incansable defensor de la autonomía provincial, un gobernador que en numerosas ocasiones expresó su anhelo por la organización constitucional del país; fue un defensor del federalismo y de la Religión Católica, ejercitó obras para su provincia con el peso de la miseria económica desarrollada desde las luchas por la independencia, y si bien en ocasiones fue vengativo con sus enemigos, en otras también fue magnánimo.
El Dr. Orestes Di Lullo comentaba que “Ibarra, caviloso, taciturno, severo, es el guardián permanente del derecho de su pueblo. Atisba con celo las fronteras ya contra el hermano invasor, o el indio de los malones; ya contra las provincias o contra la nación cuando pretenden violar la jurisdicción de su mando, ya contra el compatriota o el extranjero, ya contra el poder civil, el militar o el eclesiástico desmandado de sus fueros”.
Es sabido que cuando se produce su deceso el 15 de Julio de 1851, la provincia le adeudaba muchos años de sueldo como gobernador, cuestión que habla por sí misma sobre la austeridad y la solidaridad del Brigadier General Juan Felipe Ibarra.

* Profesor en Historia.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Mitrismo (1860-1870)

Este es el capitulo que se deriva de la batalla de Pavon.

Aunque sus panegiristas no lo admitan, es, todavía, tiempo de guerra.

De guerra al federalismo subsistente o marginal, y de guerra al Paraguay lopizta.

A simple titulo de enumeración no taxativa, memoremos los combates de Cañada de Gómez, Molino de López, Rio Colorado, El Gigante, Casa Viejas, Sitio de San Luís, Las Salinas de Moreno, las Mulitas, Lomas Blancas, las Playas de Córdoba, Rinconada del Pocito, San Ignacio, Pozo de Vargas, Arroyo Garay, don Cristóbal, Santa Rosa, Ñanembe, y don Gonzalo, 1873, o Alcaracito en 1876.

Guerra de las tropas nacionales contra Ángel Vicente Peñaloza, alias el Chacho, contra Felipe Varela en el antemural andino y contra Ricardo López Jordan, en Entre Rios.

Y la Gran Guerra de la cuenca del Plata, que va de Paysandú, en el Uruguay, en los principios de 1865, hasta el Aquidaban Niguí, el 1 de marzo de 1870. Guerra terrible más exterminante de todas las anteriores, como que solo en Curupayti, el 22-9-1866, murieron 9.000 argentinos junto a 8.000 brasileros.

Por ese constante batallar uno de los mas conspicuos personajes de la presidencia Mitre fue el general Wenceslao Paunero, jefe de las fuerzas nacionales.

Guerrear, que no fue casual o involuntariamente nacido de acontecimientos inesperados.
No.

Con Pavon se instala el proyecto de la generación organizadora, antes romántica, del exilio. En su faz doctrinaria, esta generación literaria, había exaltado los valores esenciales de la libertad y el progreso. Era deísta o agnóstica en materia religiosa; utilitarista, al modo ingles Herbert Spencer o John Stuart Mill; en filosofía, culturalmente francófila y hispanofoba, en política adhería al liberalismo doctrinario francés de Benjamín Constant (de democracia restringida); si bien en el plano institucional prefería el constitucionalismo estadounidense, según la visión de Alexis de Tocqueville; en relaciones exteriores optaba por la vinculación con la Europa septentrional. Posicion que, traducida a lo económico, implicaba el librecambio con división internacional del trabajo y especialización agropecuaria y librempresismo; y en el plano de la política partidaria interna, si bien teóricamente aceptada la existencia de los partidos, en la practica eliminaba a los opositores (máxime si eran federales).

Y fue esta última característica la que desencadenó las sucesivas guerras. Es decir: la notoria fractura histórica que establecía con las dos épocas precedentes, por el rechazo al humanismo, y por la mediatización de la Independencia, provocarían de seguro enfrentamientos con los seguidores de la visión tradicional, que aun eran mayoría en el interior argentino.

Algunas expresiones escritas de los principales actores de esa época, permitirán evaluar lo antedicho. En ese sentido, leamos:

“Hay que poner al país de un solo color (Bartolomé Mitre después de Pavon).

 “No deje cicatrizar la herida de Pavon. Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southamptom o a la horca)” (Domingo Faustino sarmiento a Mitre, 20-9-1861).

“Mejor que entenderse con el animal de Peñaloza es voltearlo, aunque cueste un poco mas. Aprovechemos la oportunidad de los caudillos que quieren suicidarse, para ayudarlos a bien morir” (Bartolomé Mitre a Marcos Paz, 10-01-1862).

“El coronel Sandez llevó ordenes por escrito del infrascripto de pasar por las armas a todos los que se encontrasen con armas en la mano, y lo ha ejecutado en los jefes y oficiales” (Domingo Faustino Sarmiento a Bartolomé Mitre, 15-3-1862).

“He aplaudido la medida (el asesinato de Peñaloza), precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a ese inveterado pícaro, y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses” (Domingo DFaustino Sarmiento a Bartolomé Mitre, 18-11-1863).

“Los rebeldes, amotinados, merodeadores, y demás que se tomen con las armas en las manos, están a merced del gobierno y pueden ser pasados por las armas, deportados o lo que se quiera con ellos, y según la conveniencia y necesidad del caso, pues no gozan de garantía alguna” (Domingo Faustino Sarmiento a Miguel Gelabert, gobernador de Corrientes, 12-9-1873).

“El candidato es el Partido Liberal… eliminando candidaturas del calibre de la de Urquiza, es como yo entiendo que puede y debe hacerse una elección libre” (Bartolomé Mitre, “carta de Tuyu Cue”, 28-11-1867.).

Esto, obviamente se escribía más de una década después de haberse aprobado el artículo 18 de C.N., que prohibía la pena de muerte por causas políticas…

En consecuencia, no es aventurado concluir que se buscó por cualquier medio la supresión física de los miembros del partido federal, considerados en bloque símbolo del caudillismo “bárbaros” y obstáculos para la “civilización” que los liberales querían implantar.

Hasta la memoria de los adversarios quiso eliminarse. Un ejemplo. El federal Olegario Víctor Andrade escribió un poema en homenaje al degollado caudillo Ángel Vicente Peñaloza, que titulo “el Virato riojano”, en que clamaba:

“¿Qué importa que se melle en las gargantas
el cuchillo del déspota porteño (…)
¿Que importa si esa sangre que gotea
 en principio de vida se convierte,
y el humo funeral de la pelea
lleva sobre sus alas una idea
que triunfa de la saña de la muerte (…)
¡Mártir del pueblo! Apóstol del derecho
Tu sangre es lluvia de fecundo riego”.

Pues, muerto Andrade los versos se trucaron, y aparecieron como dedicados al general Juan Lavalle (hasta que el critico literario Eleuterio Tiscornia encontró los originales, y estableció la verdad.

Persecución que se hizo extensiva a los simples militares del partido vencido. Ese fue el caso dispuesto por el ministro Martín de Gainza con los jordanistas apresados en Ñaembé en 1872, enviados desarmados a los fortines del sur de Buenos Aires como consta en la “Memoria” que el ministro de Guerra elevó al Congreso. El referido Gainza era, el afamado “don Ganza”, del libro escrito en ese año por José Hernández, exiliado jordanista, con la cabeza puesta a precio (mil pesos fuertes, en el proyecto de ley enviado por el presidente Sarmiento al Congreso el 28-5-1873, copiado de la ley de Lynch del “fart west”). En el “Martín Fierro” se describe la suerte de estos paisanos:

“El anda siempre juyendo/ …/ como si fuera maldito; / por que el ser gaucho…¡barajo!/ el ser gaucho es un delito” (I,1329-24).

“ El nada gana en la paz/ y es el primero en la guerra,/ no le perdonan si yerra,/ que no saben perdonar,/ por que el gaucho en esta tierra/ solo sirve pa botar,/ para él son los calabozos,/ para él las duras prisiones,/ en su boca no hay razones,/ las razones de los pobres./ Si uno aguanta, es gaucho bruto;/ si no aguanta, es gaucho malo,/ ¡déle azote, déle palo!,/ por que es lo que el necesita!/ de todo el que nació gaucho/ esta es la suerte maldita” (1,13674).

“Tiene el gaucho que aguantar/ hasta que lo trague el oyo/ hasta que venga algun criollo/ en esta tierra a mandar” (I,2091-4)

“Hoy tenemos que sufrir males que no tienen nombre”, afirma Hernández, contando sus desgracias (que “por ser ciertas las conté”); cuando desde su óptica, el gobierno era “una maquina de daños” (V,2096), que lo persiguió duramente esa década: “ por culpa suya he pasado/ diez años de sufrimiento”.

Dejaba por tanto Hernadez –y con él todos los gauchos del federalismo rural- rodar la bola/ que algún día se ha de parar” (I,2089-90). Y él, al menos, entendió que se había parado con la llegada de Adolfo Alsina al gobierno.

Enrique Diaz Araujo
(del libro “Aquello que se llamó La Argentina”)




miércoles, 23 de noviembre de 2011

ALCAHUETES DE LA VUELTA DE OBLIGADO

Desagravio a doña Encarnación Ezcurra
         
Se necesita en verdad ser un tremendo alcahuete para ir a un lugar histórico donde, como en pocos, se jugó el destino de nuestra Patria y el honor de las armas nacionales como la Vuelta de Obligado, para chuparle las medias a una de las más fieras destructoras de las Fuerzas Armadas argentinas, conjuntamente con su marido el Perverso Difunto, la profetisa de la Indefensión Nacional, Cristina Fernández de Kirchner, gran protectora de los que armados por la Cuba comunista y la Unión Soviética, agredieron a la Nación Argentina.
                    
Porque si hubiera gobernado nuestra Patria en esa época esta nefasta pareja, no hubiera habido Ejército (Como no lo hay ahora), ni tampoco cañones que disparar (ídem anterior), ni soldados (ídem de ídem).  Los Kirchner son la antítesis de la Vuelta de Obligado, la contramano de los Colorados del Monte, la vereda de enfrente de toda causa noble, justa y pura.
                    
Los terroristas marxistas de los siglos XX y XXI a los que, muy tardíamente, adhirió el matrimonio siniestro, no tienen ningún punto de contacto con los federales. Son en cambio muy similares a los unitarios del siglo XIX. Ambos eran jóvenes (“imberbes”, a pesar de la barba en U de los segundos); los dos fueron organizados y financiados desde el extranjero (“mercenarios”), Cuba y Unión Soviética los unos, Francia e Inglaterra los otros. Sus miembros perpetraron abominables asesinatos, incontables en los dos casos (“sicópatas”). También las organizaciones eran similares, unos en “células”, los otros en “logias”. Fueron repudiados por la población en el momento de los hechos, tantos los unos como los otros, y solo llegaron a ser medianamente  aceptados después de largos años de lavado de cerebro.  Y finalmente ni los terroristas erpiano-montoneros ni los unitarios tenían vínculos con el país real ni sabían hacer nada bueno en pro de él (“estúpidos”).
                    
Entre los tremendos absorbecalcetines genuflexos presentes en el “actito” de marras, quien se lleva la cucarda es un tal Antonio Testa, quien acudió al lugar disfrazado de Colorado del Monte y entregó a la propulsora del matrimonio sodomítico una divisa de la Santa Federación con las efigies del Restaurador y de su señora esposa, la Heroína de la Federación. Al recibirla, la titular del régimen bolche-progresista exclamó “¡Está Encarnación!”, lo que dio motivo para que Testa perpetrara una de las obras maestras de la alcahuetería universal, contestándole “¡Sí, ella es usted!”
                     
Realmente la audacia de Testa nos deja sin palabras, es verdaderamente insuperable, lo que se dice un “capo lavoro”. Su autor se consagra como el abanderado de los obsecuentes, el adalid de los chupamedias, el paladín de la sinrazón: ¡Elisabet Fernández Wilhelm es Encarnación Ezcurra! ¿Entonces Néstor Kirchner era el Brigadier general don Juan Manuel de Rosas? ¡Qué tamaño despropósito!… ¡Qué tremendo y soberbio alcahuetazo!
                      
Parodiando a Quevedo, que estos repudiables hábitos mucho censuró, podemos calificar a Testa de ejemplo de aduladores y espejo de serviles. Claro que si somos más modernos y criollos vemos que al hombre se le mezcló la Biblia con el calefón y el sable sin remaches. Todo por el mismo precio.
                      
La causa del Brigadier General es completamente distinta y enfrentada con la de Kirchner. Sobre ella nos dice el mismo Rosas: La causa que vamos a defender es la de la Religión, la de la justicia y del orden público; es la causa recomendada por el Todopoderoso”. En cambio la causa o más bien las causas de Kirchner se llaman Skanska, los fondos de Santa Cruz, Greco, Espinosa, Schoklender-Madres, valijas de Antonini, etc., etc.
                      
Don Juan Manuel llegó rico a la función pública y se fue pobre. Los Kirchner son una especie de Rosas al revés, llegaron pobres y se van inmensamente forrados. Néstor Carlos hoy en día es el más rico de todo el cementerio de Río Gallegos. Y no abundo en más diferencias ya que las hubo, y a granel, porque el lector avisado las conoce perfectamente.
                      
Faltan pocos meses para febrero, para conmemorar otro aniversario del combate de San Lorenzo, seguramente acudirá a las cuasi vecinas barrancas del viejo convento Testa, siempre disfrazado pero esta vez de granadero, diciendo con voz engolada y exaltada, superando lo anterior: “¡Señora, usted es María de los Remedios y todas las Damas Mendocinas juntas!”
                  
Cabe consignar que la Presidente recompensó a los chupamedias creándoles un Instituto, que será presidido por el todo terreno alfonsinista, menemista, kirchnerista, “Pacho” O'Donnell y les dará un puestito para que también figuren a otros.
                     
Según nos refiere uno de los agraciados, Luis Launay, los otros miembros del cónclave son Porfidio Calderón, Pablo Vázquez, Fabián D´Antonio, Oscar Denovi, Cacho Schiavoni, Pepe Muñoz Azpiri, Oscar García Pérez, Germán Wibrat, Enrique González, Eduardo Rosa, Alberto Gelly Cantilo y el presidente del Instituto Juan Manuel de Rosas Alberto González Arzac, quienes también dijeron presente en el aquelarre.
                       
Sobre la vestimenta de éstos, si concurrieron disfrazados o no, Launay en su crónica guarda el más absoluto silencio.
            
Fernando José Ares

Tomado del Blog de Cabildo

domingo, 6 de noviembre de 2011

LO QUE FALTABA. EL ANTIRROSISMO ABORTERO

EL ABORTO DE LA INTELLIGENTZIA NATIVA
                                                   
Cuando transitando del siglo XIX al XX, el novelista ruso Piotr Boborykin popularizó el término intelligentzia para referirse a cierto tipo de intelectual inconformista, no imaginó nunca que en nuestros pagos el término sólo podría aplicarse a los inconformistas con la sensatez y la veracidad. A esas legiones del pensamiento único, bien rentadas y mejor promovidas, caracterizadas por el innoble arte de hacer pasar por cultura lo que es macaneo, y por ciencia lo que no resulta sino tarada nadería.
         
Lo mismo se diga del malaventurado Theodoro Geiger, estratificando a los miembros de la intelligentzia como pensantes proyectados sobre el poder. De no haber muerto en 1952, habría constatado que, en la Argentina del presente, la intelligentzia come y engrosa del poder, por cierto; se nutre de la corrección política oficial, oronda, estulta e impune siempre. Pero lo de pensantes es una categoría que excede con holgura a quienes la representan. Apenas si podríamos catalogarlos como vulgares vendedores de patrañas, y esto para no faltar al destratado decoro idiomático.
        
A sendas reflexiones nos llevó la lectura dominical  del suelto “Abortos anteriores y posteriores”,
obra de Rodolfo Braceli, y publicado por La Nación Revista, nº 2162, del 12 de diciembre de 2010, en las páginas 78 a 82. Porque pocas veces se aúnan tan armónicamente en un solo y desaliñado exabrupto, el infundio y la ignorancia, la desvergüenza del zote y la insidia del impío.
    
   
TRILLADOS SOFISMAS        
                                                 
Preñado de lugares comunes, de incongruencias y de baratijas emocionales, Braceli ataca a quienes se oponen al aborto porque —según su sesera— gritan “la vida es sagrada […] pero nada dicen de la sagrada Vida [mayusculado en el original] de la madre que entrega el cuerpo y el corazón del alma en ese desgarramiento”.
        
De no haberse usado en vano la aludida mayúscula, tendríamos entonces dos clases de vida. Una menor y profana, la del bebé, a cuyo exterminio llama “interrupción del embarazo”, y otra mayor y sacra, la de la madre que aborta. Es curiosa esta explícita demarcación de desigualdades en quien principia por declarar su apoyo al “matrimonio igualitario”. Dos sodomitas pueden tener la “igualdad” conyugal ideológica que la naturaleza les niega, pero la madre que decide abortar y su víctima no tienen el mismo rango ontológico que la naturaleza les concede. El “desgarramiento del cuerpo” de la criatura indefensa destrozada, no merece mención. El de la madre sí. Ha llegado la hora maniquea y trágica de sufrir por los victimarios y descalificar a los custodios de las víctimas.
        
Tampoco se entiende bien a qué alude el escriba con lo de “la madre que entrega el cuerpo y el corazón del alma en ese desgarramiento”, pidiendo hacia ella la conmiseración que —siempre según su parcializada testa— no tendrían los grupos pro vida. A juzgar por una frase anterior: “la decisión siempre desgarradora de interrumpir un embarazo”, el desgarramiento aquí aludido y convertido en objeto de piedad, es el acto de cometer el filicidio. Algo así como si dijéramos que los abogados defensores de los asesinados por un descuartizador serial “enarbolan” el “argumento absoluto” de que “la vida es sagrada”. Pero callan ante el desgarramiento sufrido por el descuartizador, que pone todo su corazón y su alma en tan fatigoso empeño, y que a veces incluso puede salir lastimado, sea porque la víctima tiene el tupé de resistirse, o por un mal cálculo de los filosos cuchillos.
        
Pero está desactualizado Braceli. Si hubiera leído la tenebrosa nota publicada en Perfil el pasado 5 de diciembre, justo una semana antes de la aparición de la suya, titulada “Famosas cuentan sus historias sobre el aborto”, habría advertido que aquello de “entregar el cuerpo y el corazón del alma en ese desgarramiento” es una antigualla propia de los tiempos en los que existía el remordimiento o el temor de Dios.
        
Superados ahora tales tabúes  —y superadas al parecer las mismas penalizaciones que rigen para quienes cometen un delito y lo confiesan ostensiblemente— las nuevas estrellas del aborto no manifiestan ningún “desgarramiento” al proclamar su homicidio. Antes bien, cuentan su experiencia con la misma frescura del que narra que ha tenido que concurrir al dietista para que le ayude a quitarse algunos lípidos sobrantes. “Ninguna se arrepiente, y se exponen en pos de apoyar el derecho a decidir”, es la conclusión de las dos periodistas que hilvanaron las declaraciones de las brutales y salvajes hembras.
        
El otro argumento braceliano —y eje de su regüeldo— es que quienes se oponen al aborto “nada dicen de los otros abortos, los posteriores. Los convalidan mediante la complicidad del silencio y la indiferencia”. Y como el lector perplejo puede preguntarse a qué ha dado en llamar aborto posterior este cernícalo de la neoparla progresista, la respuesta llega con una detallada aunque no exhaustiva lista. La misma incluye desde “la desnutrición cerebral” y “la bala fácil” hasta el “misil que despedaza una escuela”, pasando por “el analfabetismo”, “la frivolidad”, “la guerra preventiva”
o “la indiferencia ferozmente egoísta”, sin olvidarse, claro, del “aborto posterior” que se comete “cuando se tortura y se mata y se desaparece y encima se deja al muerto sin la identidad de la sepultura”. Ya se sabe que el Proceso tuvo la culpa del Diluvio y la tendrá del Apocalipsis.
        
Si el primer argumento de Braceli constituye el típico sofisma ad misericordiam (consistente en mover el sentimiento de lástima hacia quienes merecerían una sanción, para disimular sus culpas, en un giro extra-lógico como lo llama Alexander Bain); el segundo es la típica falacia de cambio de asunto, ya reprobada por Aristóteles bajo el nombre de exo tou prágmatos, esto es, argumento no atinente o extraño a la cuestión en debate.
        
Lo haremos sencillo para que Braceli lo capte. Planteándose como se plantea la bondad o la maldad de la legalización del aborto, ¿qué tienen que ver la desnutrición cerebral, el analfabetismo, la insolidaridad, el gatillo fácil, el belicismo yankee o la desaparición de personas? Segundo. Supuesto tengan que ver , y que la semántica sea tan laxa y tan traslaticia que, a partir de ahora, serán considerados “abortos posteriores” todos estos casos que enumera, ¿por qué —y en pertinente asociación analógica— la nómina no incluye a los asesinados por los delincuentes que el garantismo protege y libera; a las miles de víctimas fatales de la guerrilla marxista, o a los policías barridos por la guerra social cruelmente en marcha, patrocinada por el actual gobierno? ¿Por qué su lista maniquea y facciosa —que contiene muertes espirituales e intelectuales y no sólo corpóreas— se cierra sin mencionar la letalidad de la descristianización compulsiva de las costumbres, de la cultura y de las leyes? ¿Por  qué si “hay aborto posterior cuando se convalidan tantas barbaridades”, dejar afuera de las mismas los múltiples atropellos a la lógica y a la verdad cometidos a mansalva por estos genuinos bárbaros de la intelligentzia?
        
No hemos dicho todo. El primer sofisma de Braceli parte de la arbitraria base de que quienes se oponen al aborto se desentienden de la madre que aborta. Nada más falso, como surge de las múltiples recomendaciones doctrinales y de las no menos acciones concretas de asociaciones cristianas Pro Vida, empeñadas en predicar la ilegitimidad del aborto con el lema de que en él siempre muere por lo menos una persona. Una razonable familiariedad con estas aludidas asociaciones podría haberle evitado el escarnio de propagar estupideces.
        
El segundo sofisma intenta sostenerse en un burda petición de principios, según la cual, los que se oponen al aborto “nada dicen de los otros abortos, los posteriores; los convalidan mediante la complicidad del silencio y de la indiferencia”.
        
Braceli no quiere decirnos a quiénes se refiere, pero no cuesta mucho colegirlo. Los malos de esta comedia co escrita con Manes son los católicos. Los impolutos, una vez más, la nueva y deificada clase de los progresistas. Pues bien; repasen él y sus lectores la nómina de los “abortos posteriores”
que trae a colación, y encuéntrese un solo documento de la Iglesia a favor de la desnutrición, del gatillo fácil, del analfabetismo, de las guerras preventivas, de las sepulturas sin identidad o del mal que se le ocurra mencionar. Hagan el ejercicio inverso y se llevarán la sorpresa de encontrarse con que los mismos que repudian el aborto abominan de muchos más casos de “abortos posteriores” que los que antojadizamente menciona el notero. Y hágase incluso un tercer ejercicio, y se encontrará a la Iglesia como el blanco más emponzoñadamente apuntado y dañado por los artífices mundialistas de “abortos posteriores”.
        
Aclárese al fin que si Braceli quiere amontonar en su bolsa a católicos y procesistas, no cuente conmigo y con los muchos que delimitamos los campos otrora y ahora. Y esto, no sólo porque repudiáramos el “aborto posterior” de desaparecer a quien fuere, si no porque lo que deseábamos fervorosa y explícitamente es que que los guerrilleros fueran ajusticiados en público y de un modo ejemplar por un gobierno soberano, y no "chupados" clandestinamente siguiendo las órdenes de un generalato liberal.

    
    
PACIFISMO RAMPLÓN
                    
Párrafo aparte merece una burrada descomunal de Braceli. Es aquella según la cual, uno de los peores “abortos posteriores” sería el cometido por quienes “le roban atribuciones al Dios que dicen venerar, implementando la pena de muerte”. Y sin cansarse de hacer papelones agrega: “¿cómo compatibilizan los antiabortistas su amor a la vida con la aceptación de la pena capital? ¿Están ciegos o se tapan los ojos?”
               
Si Braceli, en vez de estudiar a Nicolino Locche, a Mercedes Sosa, al fútbol —según declara orondo en su propia web— se hubiera consagrado a leer —digamos menos: a ojear— a los representantes de la Patrología o de la Escolástica, y aún menos, al Catecismo de primeras nociones o a un simplísimo manual de moral cristiana, se hubiera evitado esta ignorancia cósmica.
               
Porque la respuesta a su objeción es sencillísima. El Dios que veneramos es el que nos enseña la legitimidad y la justicia de la pena de muerte, 55 veces contadas en el Antiguo Testamento, y no menos de 6 en el Nuevo Testamento. El Dios que veneramos es el que nos manda a distinguir en el Libro del Éxodo entre la muerte de un inocente y la de un culpable, y a través de todo el corpus escriturístico y del Magisterio, entre la justicia de que la autoridad siegue la vida de quien delinque, dadas ciertas condiciones, requisitos y circunstancias, y la siempre injustificable decisión de matar a un inocente.
                    
El debate sobre la pena de muerte puede tener y tiene más de un punto discutible. Pero ninguna incompatibilidad hay en quienes piden esta sanción extrema y claman a la vez categóricamente contra el aborto. Pues en el primer caso se trata de una facultad que puede tener la autoridad legítima para resguardar el bien común de quienes delinquen probadamente. Facultad, repetimos, que sólo se concede dadas ciertas condiciones, requisitos y circunstancias extremas. Y en el segundo caso, se trata de maldecir la  legalización del conjetural derecho de asesinar a un ser indefenso y carente de toda culpabilidad. ¿“Están ciegos o se tapan los ojos” que no quieren ver las diferencias?
       
    
EL ANTIRROSISMO  EN ACCIÓN
                    
Una postrera ridiculez le faltaba a la saga braceliana, y como está escribiendo en los feudos mitristas, qué mejor que inspirarse en los tópicos gastados y enlodados de la historia oficial. Si cómo decía un cómico ahora demodé, “total la gente qué sabe”.
               
Llegan entonces unos larguísimos y cursis parrafetes dedicados a repudiar el fusilamiento de Camila y Ladislao, ocurrido “el 18 de agosto de 1848, en un sitio de la Argentina que todavía se llama Santos Lugares”.
               
El imperdonable crimen —“muerte contra natura” lo llama, quien no debería creer en algo tan retrógrado como la contra-naturaleza— lo estremece más de la cuenta, no sólo porque Rosas le puso fin a un amor prohibido (“el amor de los amores” lo califica, sin inocencia lingüística), sino “porque ella, al momento de ser apresada y sentenciada, estaba bien preñada, poniéndose gruesa como diosmanda”. Devenido súbitamente en ginecólogo de nuestra historiografía, el escriba, que a esta altura del relato “todavía se llama” Rodolfo Braceli, nos regala una asombrosa precisión: lo de Camila fue un “aborto en gestación, a los tres o cuatro meses de vida”. Todo esto “fue comunicado para amortiguar la sentencia. Pero la sentencia igualmente se cumplió. Y a morir los tres”.
               
El estrambote del libelo es francamente antológico; quiere decir que no debería faltar en ninguna antología de la canallada.  No conforme con haber inventado lo del embarazo de Camila, hace hablar al presunto hijo fusilado, y resulta que se trata de un bebé zurdo, librepensador  y kirchnerista. Así, la tierna criaturita de ficción matada por Rosas,  empieza por celebrar el pecado de sus padres, continúa cuestionando el celibato, la Ley de Dios y la santa madreiglesia (con minúsculas); se alegra de que “la cruz que le han puesto entre sus manos” a su mamá “se le cae y no intenta levantarla, y las manos ya libres de cruz las pone sobre su vientre”; para terminar lamentándose de todo lo que quedará trunco en su vida, como por ejemplo, enterarse de “cómo iba a ser el grito aterrado de un desaparecido”. No hay dudas; Camila y Ladislao habían engendrado a Marcos Aguinis o a Federico Andahazi, o a Hebe de Bonafini, o tal vez en próximas lucubraciones Braceli nos informe que eran  rubicundos trillizos.
       
        
LA MENTIRA DEL EMBARAZO DE CAMILA O’GORMAN
               
Lo del embarazo de Camila fue una fábula, urdida por los unitarios para agravar la calumnia de la “inmisericordia del déspota”, una vez que el ajusticiamiento se consumó. Primero habían adoptado otra estrategia consistente en  pedir la pena máxima para los concubinos, a efectos de que quedara en evidencia “la horrible corrupción de las costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata”. Así escribía, por ejemplo, El Mercurio del 3 de marzo de 1848, periódico enemigo de Rosas. También es posible que la versión del embarazo haya sido blandida por Manuelita para intentar trocar el castigo capital en otro más leve. Y es muy posible asimismo, que la versión del embarazo, o haya sido una treta de Camila para convencerlo a su amante de huir y vivir juntos, o haya existido de veras y se perdiera accidentalmente en las peripecias de la fuga y la captura. Pero una cosa parece probable: al tiempo de la muerte el tal embarazo no existía.
               
La afirmación no surge solamente de la documentación aportada por Antonino Reyes (cfr. Manuel Bilbao, Vindicación y Memoria de Don Antonino Reyes, Buenos Aires, Freeland, 1974), sino de la simple cronología de los hechos. Veámoslo.
               
Cuenta Adolfo Saldías, amparado en su indiscutible archivo de primera mano, que “un día de diciembre de 1847, Camila le balbuceó a su amante que se sentía madre. Y a impulsos de la fruición tiernísima que a ambos les inspiró el vínculo que los ligaba ya en la tierra, resolvieron atolondradamente irse de Buenos Aires” (cfr. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, Buenos Aires, Orientación Cultural, 1958, vol. VIII, p. 147).
               
El 12 de diciembre de 1847 se produce la fuga aparejada a la decisión de vivir juntos, decisivamente motivada por la certidumbre de la maternidad.  Es decir que la señorita O’ Gorman llevaba como mínimo —mínimo— un mes y medio de gestación para poder sospechar su estado y decirle al cura que “se sentía madre”. No tenemos el ecógrafo retrospectivo de Braceli, pero los métodos habituales para que en pleno siglo XIX una mujer se diera cuenta de que estaba encinta, no permitían otra cosa más que medir el atraso del ciclo menstrual y empezar a advertir los primeros síntomas. Todo esto demandaba por lo menos un bimestre. Vale decir que de ser cierta la especie y no lo negamos,  Camila tuvo que haber quedado embarazada a mediados de octubre de 1847.
               
El fusilamiento tuvo lugar, como se sabe, el 18 de agosto de 1848 —próximamente el Día del Derecho Sacerdotal a la Fornicación, y feriado largo—, es decir, habiendo transcurrido prácticamente 10 meses desde la fecha presumible de la preñez. O el niño  ya debería haber nacido. O la gestación no podía estar de 9 meses como dijeron a gritos ciertos unitarios. O la gravidez duraba mucho  más en tiempos de Don Juan Manuel, porque los párvulos se negaban al alumbramiento dado el clima de represión imperante. No sólo duraba más sino que se notaba menos, o nada. Porque no se explica por qué, de ser cierto lo del “avanzado estado” denunciado por la pasquinería unitaria, decidieron someter a la joven a revisación médica para verificar si era cierta o no su inminente maternidad.
               
Camila más, Ladislao menos, el propósito de Braceli es el de todos los de su laya. Injuriar a los héroes y a los santos, y alimentar el fogón maloliente de la revolución gramsciana. Pero no es para todos la bota de potro, y el único resultado que ha obtenido el escriba ha sido el de dejar en evidencia su propia  insustentabilidad intelectual.
               
En su página Autorretrato, queriendo ser ingenioso ha escrito: “Soy agnóstico los días pares y ateo los días impares”.
               
Ahora sabemos algo más: los domingos, desde La Nación Revista, es cipayo y mentiroso.
        
Antonio Caponnetto

Publicado en el Blog de Cabildo

martes, 25 de octubre de 2011

LA HISPANIDAD, UNA MISION INCONCLUSA (ultima parte)

NUESTRO DESGAJE DE ESPAÑA
¿Cómo puede ser entendido nuestro desgaje del tronco hispánico, nuestra separación política de España? Es que la España del siglo XIX ya no era la de los Reyes Católicos, ni la de Carlos V o Felipe II. Como bien dice de Maeztu, "de las incertidumbres hispanoamericanas del siglo XIX tiene la culpa el escepticismo español del S.XVIII ".
La España a de aquel siglo conoció una gran decadencia. Ante todo en la monarquía. Ya desde la introducción de la casa de Borbón, a comienzos del siglo XVIII, comenzó un Proceso de ablandamiento que se ahondaría trágicamente en el siglo siguiente.
Decadencia asimismo en la aristocracia. El hidalgo de los siglos XVI y XVII recibía una educación severa y disciplinada de modo que el pueblo recibía de buena gana su superioridad, pero cuando dicha educación se hizo notoriamente muelle, y al espíritu de servicio sucedió el de privilegio, como dice de Maeztu, los caballeros se convirtieron señores primeros, y en señoritos después, no es extraño que el pueblo les perdiera el respeto. En la segunda mitad del siglo XVIII gobernaron aristócratas masones, cuyo propósito último era dejar a España sin religión. Por supuesto que la impiedad no entró en España blandiendo ostensiblemente sus principios, sino en secreto. Durante muchas décadas los nobles siguieron rezando su rosario. Pero empezaron por envidiar el fasto y la pujanza de las naciones extranjeras, principalmente si eran protestantes: de la flota y el comercio de Holanda e Inglaterra, de los encajes y lujos de Versalles. Después se asomaron en actitud acoquinada a los autores extranjeros, comenzando por el antihispanista Montesquieu, hasta llegar a experimentar vergüenza por la gesta evangelizadora de los Habsburgos.

España siempre se había caracterizado por exaltar el auténtico humanismo; cuando en 1509, Alonso de Ojeda desembarcó en las Antillas, no les dijo a los indios que los hidalgos leoneses eran de una raza superior, sino esto: "Dios nuestro Señor, que es único y eterno, creó el cielo la tierra un hombre y, una mujer, de los cueles vosotros, yo y todos los hombres que han sido y serán en el mundo, descendemos". A los ojos del español antiguo, todo hombre, cualquiera que fuese su posición social, su carácter o nación, era siempre un hombre. Este humanismo clásico era de origen religioso, es la doctrina del hombre que enseña la Iglesia pero penetró tan profundamente en las conciencias de los españoles, que todos lo aceptaron como alto obvio. En cambio ahora se iba introduciendo el nuevo humanismo, el del Renacimiento que resucitaba el viejo criterio de Protagoras según el cual el hombre es la medida de todas las cosas. Bueno es lo que al hombre la perece bueno; verdadero, lo que cree verdadero lo que le satisface. La verdad y el bien perdieron su condición de trascendentales para troncarse en relatividades, solo existentes en relación al hombre. Y el español es siempre tajante: o cree en valores absolutos o deja de creer totalmente, como si para él hubiese sido hecho el lema de Dostoiewski: o el valor absoluto o la nada absoluta. Cortase así la tradición ibérica, en pro del inmanentismo iluminista del Siglo XVIIII, que corrompió el alma de España, disolviéndose la visión de la temporalidad histórica cristiana en la del temporalismo secularizante propia del liberalismo iluminista. Al absolutizar los valores seculares, la nación misionera acabó por negarse a sí misma, el Imperio se trocó en metrópoli de colonias.

Quizás uno de los hechos más trágicos grávidos de consecuencias del siglo XVIII fue la expulsión de la Compañía de Jesús de todas las naciones de Europa. Intereses bastardos, como la avaricia del marqués de Pombal, que quería explotar, en sociedad con los ingleses, las misiones Guaraníticas de la orilla izquierda del río Uruguay , y al amor propio de la marquesa de Pompadur, que no podía perdonar a los Jesuitas se negasen a reconocerle en la corte una posición oficial, cual querida de Luis XV , fueron los métodos que utilizaron los jansenistas y los filósofos para atacar a la Compañía. El conde de Aranda los ayudó desde España. "Hay que empezar por los jesuitas como los más valientes", escribía D'Alembert a Chatolai. Y Voltaire a Helvecio, en 1761 "Destruidos los jesuitas, venceremos a la infame". La infame, para él, era la Iglesia. El hecho es que la expulsión de los jesuitas de todas las tierras dependientes de la corona Española produjo en numerosas familias criollas sin sentimiento de profunda aversión para con la Madre Patria.

Por su parte, se avergonzaba más y más de sí misma. Si en el siglo pasado Castelar pudo escribir:" No hay nada más espantoso, ni más abominable, que aquel gran imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta", hemos de pensar que ya en el siglo XVIII los propios funcionarios españoles, contagiados por las pasiones, de la Enciclopedia, empezaron a propagar, tales ideas deprimentes. Y así Ramiro de Maeztu pudo llegar a afirmar taxativamente que fue de España de donde salió la separación de América. La crisis de la Hispanidad se originó en España. En los camarotes de los barcos españoles viajaban ahora los libros de la Enciclopedia francesa. La Casa borbónica propiciaba un nuevo proyecto basado en los negocios y la explotación de los recursos. Las Indias dejaron de ser así el escenario donde se realizaba un gran intento evangélico para convertirse en codiciable patrimonio.

Un erudito ingles Cecil Jane, desarrolla no hace mucho la tesis de que la separación de América se debió a la extrañeza que a los criollos produjeron las novedades introducidas en el gobierno de nuestros países por los virreyes y gobernadores del siglo XVIII, destruyendo el fundamento mismo de la lealtad americana. "Desde ese momento ganó terreno la idea de disolver la unión con España , no porque fuese odiado el gobierno español, sino porque parecía que el gobierno había dejado de ser español, en todo, salvo el nombre". Algo semejante afirmó entre nosotros Juan Manuel de Rosas y su ministro Anchorena.

La mayor responsabilidad recae pues sobre la España gobernante en general, por renegar de sí misma, con la esperanza de agradar a las naciones enemigas y sobre todo a Francia. Sintomático es en este sentido lo que Aranda escribía a Floridablanca en 1776: " Rousseau me dice que, continuando España así, dará la ley a todas las naciones, y aunque no es ningún doctor de la Iglesia, debe tenerle por conocedor del corazón humano, y yo estimo mucho su juicio". Generaciones sucesivas de españoles se fueron educando en la vergüenza de ser español, en la envidia a la Francia revolucionaria, y en la más supina ignorancia del sentido de la gesta americana. Según el estudioso ingles antes citado, en las guerras de la independencia los hispanoamericanos combatieron en buena parte por los principios españoles de los siglos XVI y XVII contra las ideas de superioridad peninsular y de explotación económica que llevaron a América los virreyes y funcionarios de Fernando VI y Carlos III. La situación queda caracterizada en un hecho que no deja de ser llamativo: Morillo, el general de Fernando VII, era volteriano y Bolívar, en cambio, aunque iniciado en la masonería cuando joven, proclamaba en Colombia en 1827: "La unión del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza". Por cierto que algunos revolucionarios de América, educados en el espíritu de la Revolución Francesa, y que están en el origen del partido unitario, hubieran podido hacer suya aquella frase de un francés de aquel tiempo: "Vous n'êtes pas les fils de l'aspagne; vous êtes les fils de la Revolution française" Pero también hubiesen podido repetirla numerosos españoles, que gozaban oyendo la Marsellesa, el primer himno que no nombra a Dios.



EL DESTINO DE IBEROAMERICA
Hace poco se han celebrado los 500 años del Descubrimiento de América. Muchos trataron de darle a la gesta una interpretación torva y siniestra, mediante la exhumación de los vacuos prejuicios empleados por la "leyenda negra". Interesante resulta recordar a este respecto que fue el español Julián Juderias quien publicó, en 1914, la primera edición de "La Leyenda Negra", paradójicamente inspirado en un sentimiento patriótico había llegado a la conclusión de que los prejuicios protestantes primeros, y revolucionarios después, crearon y mantuvieron la leyenda de una "España inquisitorial ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos", lo mismo ahora que antes; y como esas ideas ofendían su patriotismo escribió su obra con el propósito de mostrar que los españoles sólo habían sido intolerantes y fanáticos cuando los demás pueblos de Europa también hallan sido tales, y que se debía estudiar a España sin fobias y prevenciones.

Frente a ello, hay que salir por los fueros de la verdad conculcada, evocando a la reconstrucción de lo destruido. Es preciso rehacer la hispanidad. Como bien dijo Ramiro de Maeztu, "la obra de España, lejos de ser ruinas y polvo, es una fábrica a medio hacer, como la Sagrada Familia de Barcelona, o la Almudena, de Madrid, o si se quiere, una flecha caída a mitad de camino, que espera el brazo que la recoja y lance al blanco, o una sinfonía interrumpida, que está pidiendo los músicos que sepan continuarla.

Se va haciendo cada vez más apremiante volver a descubrir a América, es decir, quitarle sus maquillajes, sus disfraces y máscaras falaces, para poder reencontrar su verdadera esencia. Afirma de Maeztu que, por desgracia, la mayor parte de los países de Hispanoamérica parecen tener ahora dos patrias ideales, aparte de la suya. La una es la Rusia soviética; la otra, los Estados Unidos. Son los dos grandes señuelos actuales. Para las masas, los obreros, los universitarios de izquierda, la revolución bolchevique; para los políticos y los economistas, los empréstitos norteamericanos. O el culto de la revolución o la adoración del bienestar. Dividida su alma por estos ideales antagónicos, ambos exóticos, extranjeros a su alma, los pueblos hispánicos no hallaran sosiego sino cuando se reencuentren con su vocación inicial, cuando retornen a su centro de gravedad, que es la hispanidad. “Noli foras ire - decía Ganivet, parafraseando S.Agustín-; in interiore Hispanae habitas veritas". ¿Porque los pueblos hispánicos estamos tan exangües y deslucidos, pesando tan poco en el concierto universal de las naciones? Porque hemos dado la espalda a las fuentes. Buscando ser originales, acabamos por perder nuestra originalidad. Porque lo original ¿no es acaso lo originario?
Habría, que actualizar lo de Maeztu. Desaparecida Unión Soviética, solo parece quedar el Nuevo Orden Mundial. Frente a él nuestro bloque. No el Panamericanismo, ni Latinoamericanismo, ni Indoamericanismo...
 

Los argentinos hemos de ser más argentinos; los colombianos más colombianos. Y no lo lograremos sino somos a la vez más hispánicos, pues la Argentina y Colombia son, es cierto, nuestras respectivas tierras, pero la Hispanidad es nuestra común raíz espiritual, lo mismo que la condición de nuestra presencia peculiar en el mundo. Debemos retomar la antorcha de nuestra misión, una misión interrumpida por el espíritu de la Revolución moderna, de la Revolución anticristiana, retomar las esencias de los siglos XVI y XVII: su mística, su religión, su moral, su derecho, su política, su arte, su función civilizadora, Para proyectarnos a la construcción de un futuro mejor. Se trata de una obra a medio hacer, de una misión inacabada.

Los últimos Papas nos incitan a ello. Pio XII dijo a España: "España tiene una misión altísima que cumplir. Pero solamente será digna de ella si logra totalmente de nuevo encontrarse a ella misma en su espíritu tradicional y en aquella unidad que solo sobre tal espíritu puede fundarse. Nos alimentamos, por lo que se refiere a España, de un solo deseo: verla una y gloriosa, alzando en sus mano poderosa una Cruz rodeada por todo este mundo que, gracias principalmente a ella, piensa y reza en castellano, y proponerla después como ejemplo del poder restaurador, vivificador y educador de una fe..."

Juan Pablo II: lo de Polonia e Iberoamérica, "continente de la esperanza". ¿Quizas Rusia convertida y nuestros pueblos?, apunta Caturelli. Dice el Papa: "Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continente.-". Evidencia de esta "presencia benéfica" ha sido la evangelización de América. Y en un discurso sobre el Vº Centenario pronunciado en Salta: a la luz del mandato de Cristo de ir a evangelizar a todos los pueblos, recordó el encuentro entre los primeros españoles y, el mundo precolombino, del cual "ha nacido vuestra cultura, vivificada por la fe católica que desde el principio arraigó tan hondamente en estas tierras".

De Maeztu propiciaba la reaparición de "los caballeros de la Hispanidad". También de los poetas, ya que no hay nación sin poesía: "Si la plenitud de la vida de los españoles y de los hispánicos está en la Hispanidad, y de la Hispanidad en el recobro de su conciencia histórica tendrán que surgir los poetas que nos orienten con sus palabras mágicas ¿Acaso no fue un poeta quien asoció por vez primera las tres palabras de Dios, Patria y Rey?... Nuestros guerreros de la Edad Media crearon otra que fue talismán de la victoria: ¡Santiago, y cierra España!. En el siglo XVI pudo crearse, como lema del esfuerzo hispánica, la de: "La Fe y las obras..." Los caballeros de la Hispanidad tendrán que forjarse su propia divisa. Para ello pido el auxilio de los poetas.

Iberoamérica esta en estado de vigilia ante el amanecer que llega y que en cierto modo lleva consigo. Así parecían haberlo instituido lo compañeros de Colón, cuando ya visible el alba, cada noche, hasta el amanecer del 12 de octubre, rezaban presididos por el Almirante:


Bendita sea la luz
y la Santa Veracruz
y el Señor de la Verdad
y la Santa Trinidad.
Bendita sea el alba
Y el Señor que nos la manda.
Bendito sea el día
y el Señor que nos lo envía. Amén.

martes, 18 de octubre de 2011

LA HISPANIDAD, UNA MISION INCONCLUSA ( 4º parte)

La política
Asimismo el evangelio impregnó el campo de la política. La política se basa en la amistad. “En Cristo no hay indio ni Griego, bárbaro ni escita, sino solamente la nueva criatura que por el conocimiento de Dios se renueva conforme a la imagen de aquel que la crió " (Col 3,1C).

El caballero-conquistador fue, además, fundador, como ejecutor, más o menos fiel, de la España fundadora. El acto de descubrimiento inicial y progresivo implicaba no solamente el fin principal de la evangelización, sino el de la fundación, también progresiva, de un nuevo Mundo. Por eso, desde el principio, en lo inmediato el conquistador, mediatamente España, ejercieron en diversos sentidos un acto fundacional. Fundar viene de fundus, base. Fundar es poner la base, es asentar y también erigir, cimentar sólidamente. Mediante el mestizaje, la erección de ciudades, el establecimiento de las instituciones de gobierno, España funde la polis. Funda en fusión con el mundo precolombino. Fundación es también en este caso, nacimiento de algo nuevo, distinto, original, enraizado en la tradición greco-romana-ibérica y católica sobre lo originario. Por eso no puede negarse a España la maternidad histórica respecto de América.

Las autoridades política, existían allende y aquende el Océano. Dos fundamentales en España, la Casa de Contratación de Sevilla (erigida en 1503), que regulaba el despacho de navíos, y el Real Consejo de Indias (fundado en l519), organismo referido tanto a lo civil como a lo religioso. En Indias, los Virreyes; las Reales Audiencias para la justicia; los Gobernadores, que cuando cumplían a la vez funciones militares se llamaban Capitanes Generales, y cuando estas funciones les eran conferidas desde su designación, Adelantados. Por fin los Cabildos, institución de fundamental importancia por su representatividad social. El mismo día de la fundación de una ciudad se creaba el Cabildo (con sus Alcaldes, no más de dos, y regidores, entre 6 y 12). Se trataba, en realidad, del antiguo municipio romano, persistente durante la reconquista de las ciudades españolas y trasplantado a América con el mismo sentido de representatividad política que recuerda al carácter de la antigua polis griega. Pero con una diferencia propiamente "americana": incluía un distrito suburbano inmenso. A pesar de las, vicisitudes, que, a lo largo de la historia, hubieron de sufrir los Cabildos, ellos fueron, en el orden social y político, no sólo la base de las futuras provincias de las naciones iberoamericanas, sino el "lugar" físico, espiritual y moral de toda la vida política, y del "federalismo" americano, heredero del autonomismo de las ciudades de Castilla y Aragón.
Acá viene lo de Hernandarias, un político de la Hispanidad:

El proyecto religioso y cultural de España dejó sus huellas asimismo en el ámbito de la política, logrando entre nosotros una encarnación admirable en la figura de Hernando Arias de Saavedra. España no vaciló en mezclar su sangre con la sangre ardiente del nativo, dando así origen al hombre de la tierra. En nuestra zona el ejemplo del Adelantado Domínguez Martínez de Irala, el primero en desposar a la india, haciendo respetar la descendencia habida de ella -casó sus hijas con los capitanes más distinguidos de la conquista-, fue seguido ampliamente por sus compañeros. Y así aparecieron las familias,- criollas y mestizas, una nueva aristocracia brotada de la tierra, a cuyos miembros Felipe II no trepitó en conceder el titulo de hidalgos. El nacido de la tierra virgen, heredero de la tradicional caballerosidad española, en constante batallar con la selva y el indio, aprendió a dominar diestramente el caballo, el lazo y las boleadoras; fue ese tipo de hombre sufrido menospreciador de las cosas materiales, ajeno a la Epidemia del oro. Don Quijote, afirma R. de Maeztu, encontró su Prolongación en Martín Fierro y Don Secundo Sombra. Hernandarias es el representante genuino de este nuevo tipo de hombre. Paraguay fue quizás el. primer lugar de América donde el nacido de la tierra alcanzó a tomar el poder en la persona de Hernandarias. Nació en Asunción, en el año 1560, de dos familias de la nobleza hispánica; su padre, Suarez de Toledo, pertenecía a la raza de los conquistadores; su madre, de Sanabria y Calderón, era una mujer de temple indomable; su hermanastro, don Hernando de Trejo, el primer obispo criollo del Tucumán propulsor de la Universidad de Córdoba.
Elegido reiteradamente como Gobernador del Paraguay, tuvo, Hernandarias, el temple de un auténtico conquistador, victorioso en innumerables batallas, con lo que hizo posible la navegación sin sobresaltos desde Asunción hasta el Río de la Plata . Enfrentó así mismo con notable clarividencia arrojo la Penetración portuguesa en Buenos Aires y el Paraguay. Pero fue al mismo tiempo un juez ejemplar. Según la vieja tradición hispánica, la justicia no se reducía como ahora a la aplicación casi automática de determinado artículo de cierta ley a cierto caso concreto, sino que en cada alegato, en cada sentencia los jueces se remontaban a las fuente, mismas de la moral y el derecho. Cada administrador de la justicia se sentía en alguna forma revestido de la dignidad del legislador, porque en cada dictamen apelaba de la letra de la ley al espíritu y propósito que la inspiraron. Habían aprendido de SantoTomás que la ley había de ser justa, y la ley que no es justa no es ley, sino iniquidad. Hernandarias fue un juez de ese estilo, velando por la aplicación de la justicia en todos los campos y particularmente en el ámbito de las encomiendas. Solórzano ha explicado bien lo que realmente fueron las encomiendes, destruyendo la leyenda que quiso contraponer la bondad y abnegación de los misioneros a la codicia y crueldad de los encomenderos. Las encomiendas fueron nuestro modo de feudalismo, es decir, una escuela de y de honor, al mismo tiempo que el brazo secular para el adoctrinamiento de los indios. Hernandarias salió al paso de los excesos de algunos encomenderos legislando al respecto admirablemente.

Propulso así mismo la cultura y en este sentido fue un verdadero educador. No sólo fundó numerosos colegios, sino que sobre todo trató de elevar al Indio a la vez que contribuyó a su evangelización, colaborando para ello estrechamente con Martín Ignacio de Loyola sobrino de San Ignacio y obispo de Asunción, y más aún con el Franciscano Fray Luis Bolaños, su amigo predilecto, con quien inició la instalación de los primeros pueblos de indios, labor para la que luego llamó también a los jesuitas, quienes llevarían a cabo esa obra de arte de la pastoral que fueron las reducciones guaraníticas. Gracias a Hernandarias se fundaron numerosas poblaciones, desde San Ignacio Guazú, en la actual Paraguay, hasta Baradero, en la actual provincia de Buenos Aires. Rara era la carta que no insistiera ente el monarca -nada menor que Felipe II, en ocasiones, para que enviara más religiosos en pro de tan ardua labor. Numerosos testimonios certifican que regalaban de su propio pecunio campanas retablos etc., y al mejor estilo de los señores medievales consideró un timbre de gloria edificar templos para la honra de Dios y la santificación de las almas.

El día en que se adecente nuestra galería de Próceres, Hernandarias figurará allí como uno de los más nobles .Cuarenta años de guerra, en un campo que tuvo por escenario la selva paraguaya y la extensa pampa argentina, recorrida sin descanso, conociendo toda la gema de los sufrimientos físicos, desde las heridas en el combate, hasta la fiebre del pantano que le desfiguró el rostro y le quitó el sentido de la audición, así como de los sufrimientos morales, desde la critica de conventillo hasta la calumnia de gran nivel. Protector de ciudades, colaboró activamente en la fundación de Buenos Aires - no olvidemos - que estaba casado con la hija de Juan de Garay -, Concepción del Bermejo y Vera de las Siete Corrientes. Defensor celoso de las fronteras frente al agresor portugués, sólo desenvainó su espada para defender las buenas causas; en los Paréntesis de sus luchas no tenía reparos en tomar las herramientas del albañil para colaborar en la construcción de una iglesia, un hospital o una escuela. Ningún personaje de la Conquista reúne con Hernandarias las admirables dotes de la virtud heroica en más alto grado, juntamente con las cualidades distintivas del estadista, Y. todo ello en admirable equilibrio. Fue caudillo, soldado, Gobernador y juez, tan amado que, según se decía en una carta firmada en 1610 por los capitulares de Asunción, "no hay viejo ni mozo que no lo tenga representado en el alma, padre verdadero de la tierra". Un auténtico caballero, encarnación misma de la Hispanidad en el campo político.

La economía
Si se quita la intención evangelizadora, la conquista de América aparece -y así se la querido reiteradamente mostrar- como el caso de un pueblo poderoso que se enfrenta con pueblos débiles, los vence, los explota lo mas posible, y de este modo acrecienta el patrimonio de la Corona y las posibilidades mercantilistas de la Metrópoli. En una concepción semejante, los aspectos religiosos pasan a ser anecdóticos, o también expresión del "atraso secular" de España.
La especificidad de la Conquista española resplandece cuando se la compara
con la colonización británica. Vicente Sierra lo ha señalado con claridad. Resumamos lo principal de su desarrollo. La historia nos muestra cómo España incorporó Provincias, Inglaterra instauró colonias Esto cobra evidencia en algo bien concreto y hasta sintomático: La colonización inglesa fue siempre costera, instalando factorías junto al mar, la española es preferentemente mediterránea. Basta ver el mapa de nuestra Patria y la ubicación de sus ciudades antiguas, y compararlo con el mapa político de la India, por ejemplo. Sólo España se transfundió de veras, penetró las selvas, atravesó las montañas; a todos buscó para anunciar la buena nueva. La colonización inglesa no se dirigió al hombre para elevarlo sino en vista de posibles negocios.

Ello explica por qué Inglaterra, cuando necesito salir de la metrópoli e iniciar su
política colonial, no intentó transmitir a sus nuevos súbditos las líneas esenciales de su espíritu y de su cultura, y mucho menos difundir sus ideas religiosas, por eso durante largo tiempo no llevó misioneros consigo.
Inglaterra condujo adelante su tarea con ausencia de controles religioso o éticos, lo que permitió la eclosión de la mentalidad capitalista: en vez del "justo precio", noción anclada en la visión tomista y católica, la búsqueda de gananciales cuanto mas mejor, sobre la base de un nuevo tipo de ascetismo de carácter laico, basado en el hedonismo. Cuando Montesquieu, apóstol del liberalismo, sobre el cual tanto influyeron las ideas británicas, se refiere a la significación de la actividad colonial, enseña: " El objeto de colonias es hacer el comercio en mejores condiciones que con los pueblos vecinos, con los cuales todas las ventajas son recíprocas " Hay en todo esto un claro influjo de las ideas calvinista, con su exaltación del trabajo y del consiguiente beneficio. La obtención de riquezas comienza a ser un fin, e incluso un signo de predilección divina, mientras que la pobreza es considerada corro un signo de fracaso, hasta de castigo divino. Por eso no hay que extrañarse que el desarrollo económico haya sido mayor en los países protestantes que en los católicos. El espíritu del capitalismo liberal habría sido imposible con una iglesia Católica fuerte porque ella nunca consideró la economía como un menester ajeno a la moral. La influencia de la Reforma, especialmente en su versión calvinista, sobre las ideas políticas abrió paso el liberalismo económico, y este rompió el equilibrio de la Cristiandad en pro de la obtención de ganancias. En adelante el fin primario sería crear y acumular riquezas.

España, signada por la Contrarreforma, está en las antípodas de Inglaterra. La Contrareforma no fue sólo una reacción negativa contra la herejía, sino la decisión de superar las tendencias paganizantes del Renacimiento que condicionaban a vastos sectores eclesiasticos, para restaurar el primado religioso, una vez liberada la Iglesia de los dos grandes peligros del momento, la herejía mundanización, enfrentar el desafío de los tiempos nuevos. Inglaterra y España, son dos universos morales. Cuando Inglaterra canta el comercio de esclavos " que eleva hasta la pasión el espíritu de empresa comercial, forma excelentes marinos, y produce enormemente dinero", España goza con los Autos sacramentales. Son dos mundos distintos, quizás con la diferencia que media entre cosmovisión del mundo moderno y la de la cristiandad. Por eso mientras Inglaterra disminuye al máximo los días de fiestas religiosas, en aras de la productividad, España castiga severamente a los encomenderos que los violan. Este diverso concepto de las festividades muestra gráficamente la diferente manera con que la Reforma y la Contrarreforma encaran la existencia. Frente a una Inglaterra que en ocasiones entregó directamente a compañías Comerciales la soberanía política de las zonas de colonización, España insistió una y otra vez sobre el justo precio, tratando de poner en contacto directo al productor y al consumidor. La teoría del justo precio no es sino la aplicación del carácter evangelizador de la Conquista al área economía.

No que España se desinterese completamente de la economía. Porque podría parecer que el hecho de servir un ideal absoluto, implicase el desprecio por los ideales relativos de riquezas o placeres con que otros se satisfacen. No fue así, ya que un absolutismo que excluyese de sus miras lo relativo y lo cotidiano, sería menos absoluto que el que logra incluirlos. Sólo que la visión hispánica consideraba relativo a lo relativo y absoluto a lo absoluto.

La expresión de Franklin time is money, no debe ser tomada a la ligera porque en esa concepción del mundo y de la vida, el tiempo donde el hombre cumple su esfuerzo y ruge el león de la competencia, debe conducir al "oro" del poder terreno. Este espíritu es la antítesis de la España tradicional y Lo contradictorio del espíritu iberoamericano. La futura declaración de la Independencia (1776) y la imponente expansión territorial posterior, en buena parte a costa de Méjico (1848), pone las bases del hijo predilecto de aquella Inglaterra. Si se piensa que de los 65 firmantes de la declaración de la Independencia, 53 eran Masones, se comprende por que el mito iluminista del progreso indefinido con cierto sentido de soteriología terrena, ha sido y es la médula misma de los Estados Unidos. Según Ratzinger la democracia de América está radicada en la "concepción protestante del hombre y del mundo"

Pero volvamos a nuestra comparación entre Inglaterra y España. Inglaterra y España respondían, por cierto, a las directivas de sus respectivas metrópolis. Es evidente que de la España de la Reconquista, de la contrarreforma, de los Autos Sacramentales, del Concilio de Trento, de la Compañía de Jesús, de Vitoria, no podía surgir una mera colonización económica sino una misión; así como de la Inglaterra puritana, de los saqueos a los bienes de la Iglesia, de los piratas y corsarios, de la "economía política" , no podía salir una misión sino una colonización.

Por cierto que tanto Fernando como sus sucesores se preocuparon también por importar oro de sus provincias de ultramar, ya que, como ordenaba el primero,
"que ningún oro esté allá holgando en ningún tiempo". Los necesitaban para sus necesidades internas, así como para costear la misma evangelización y promoción de las nuevas tierras. Para ello Fernando fundó la Casa de Contratación, pero en modo alguno la concibió como totalmente independiente de la realidad espiritual de la España de entonces, de la España de las Bulas misionales. Cuando en 1511 reunió a los miembros del Consejo de Indias para referirse a ese tema, se expresó en los siguientes términos: "Siendo la obligación y cargo, con que somos Señor de las Indias, ninguna cosa deseamos más que la publicación y ampliación de la Ley Evangélica, y la conversión de los Indios a nuestra Santa Fe Católica. Y porque a esto, como al principal intento que tenemos, aderezamos nuestros pensamientos y cuidados: Mandamos, y cuanto podemos, encargamos a los de nuestro Consejo de las Indias, que pospuesto todo otro respeto de aprovechamiento, e intereses nuestro, tengan por principal cuidado las cosas de la conversión y doctrina, y sobre todo se desvelen y ocupen con todas sus fuerzas y entendimiento en proveer ministros suficientes para ello ... De manera que cumpliendo Nos en esta parte, que tanto nos obliga, y a que tanto deseamos satisfacer, los de dicho Consejo descargarán sus conciencias, pues con ellos descargamos Nos la nuestra". La posición es clara: hay que ocuparse, como resulta obvio, de los problemas económicos, pero ante la labor misional es preciso posponer "todo otro respeto de aprovechamiento e interesse nuestro", pues el principal "y final deseo e intento" es la conversión y adoctrinamiento de los indios.

Un caso concreto tipifica dicha tesitura sin equívoco posible. Cuando en cierta ocasión los cortesanos le dijeron a Felipe II que la conquista de las Filipinas costaba mucho dinero sin rendir nada en cambio, el adusto rey repuso:
"Si no bastaren las rentas de Filipinas y de Nueva España para mantener una ermita, si más no hubiere, que conservara el nombre y veneración de Jesucristo, enviaría las de España con que prorrogar el Evangelio ... No se ponga ningún motivo que
toque interesse, sino los más universales". ¿A qué "universales" se refiere? Lo había dicho poco antes: "la concesión pontificia de aquellas tierras para evangelizar".

Naturalmente que no todo fue trigo limpio. Hubo bandidos, estafadores, mercaderes inescrupulosos, explotadores. Pero, como escribe Ramiro de Maeztu, "aunque es muy cierto que la historia nos descubre dos Hispanidades diversas, que Herriot recientemente ha querido distinguir, diciendo que era la una la de Greco, con su misticismo, su ensoñación y su intelectualismo, y la otra de Goya, con su realismo y su afición a la 'canalla', y que pudieran llamarse también la España de Don Quijote y la de Sancho, la del espíritu y la de la materia, la verdad es que las dos no son sino una, y toda la cuestión se reduce a determinar quién debe gobernar si los suspiros o los eructos". O Felipe o Felipillo...* 


*continuara

miércoles, 12 de octubre de 2011

LA HISPANIDAD, UNA MISION INCONCLUSA ( 3º parte)

LA CONQUISTA COMO CRISTIANDAD
En segundo lugar España llevó a América la Cristiandad, la hizo incorporarse a la Cristiandad.

Después de la ruptura de la Reforma, la hispanidad de los Reyes Católicos, del Cardenal Cisneros y de los grandes Austrias, incluida Iberoamérica, constituía una cristiandad. Toda la sociedad hispanoamericana estaba impregnada del espíritu y la doctrina de la Iglesia y se expresaba en sus leyes, como puede verse por el admirable monumento de las Leyes de Indias, así como en sus instituciones tanto peninsulares como americanas.-, vividos por todas las capas de la sociedad.

Gonzague de Reynold habla de cinco etapas de la Cristiandad. Primero hubo una protocristiandad (SS. I-III), Papas misioneros, catacumbas, Padres apostólicos. Luego la primera etapa (preparación) con Constantino, Teodosio y Justiniano. La segunda etapa (base) con Carlomagno. La tercera etapa (SS. X-XI) con Oton I. La cuarta etapa (s. XII) con el sacro imperio. La quinta etapa (S. XIII) con San Luís. Para Cauterio habría también una sexta etapa de la cristiandad.


El imperio medieval, apresado entre las garras del nominalismo filosófico, del voluntarismo teológico, del creciente naturalismo político, agoniza sin remedio, sin embargo, al mismo tiempo, en el extremo occidental de Europa, los cinco reinos ibéricos ("las Españas") se encaminan hacia su unidad al cabo de una guerra de ocho siglos. Tras los Reyes Católicos, Carlos V nos aparece como un discípulo de las ideas de su abuelo Fernando y como heredero de los profundos sentimientos de Universalidad cristiana que latían en el corazón de Isabel, escribe Menendez Pidal, de Carlos hubo de aprender a su manera Felipe II, de quien cuenta Gracián que decía reverentemente ante el retablo de Fernando: A éste le debemos todo... En España cuaja la antigua noción romana del Imperio que consiste en considerar a todos los hombres como una gran familia. La cristiandad iberoamericana alcanzó su plenitud bajo el reinado de Felipe II.

Refiriéndose el descubrimiento de América y el propósito evangelizador, dijo el Papa actual: " Era el prorrumpir vigoroso de la universalidad querida por Cristo, como se lee en San Mateo, para su mensaje. Este, tras el concilio de Jerusalén, penetra en la Ecumene helenística del Imperio Romano, se confirma en la evangelización de los pueblos germánicos y eslavos (ahí marcan su influjo Agustín, Benito, Cirilo y Metodio) y halla su nueva plenitud en el alumbramiento de la cristiandad, el Nuevo Mundo".

Decíamos que Cristiandad era la impregnación del entero orden temporal, la cultura, la política, la economía. Veamos.


La cultura
Desde el comienzo se advierte el anhelo de "crear cultura", inseparable de la evangelización. En 1544, el obispo Zumárraga, refiriéndose a la conveniencia de imprimir la doctrina, aludía al número de indios capaces de aprovecharse de la misma "pues hay tantos de ellos que saben leer", lo que demuestra se habia cumplido la Real Cédula de Fernando, de 1513, por la que se ordenaba que "todos los hijos de los caciques se entregaran a la edad de 13 años a los frailes franciscanos, los cuales les enseñaran a leer, escribir y la doctrina". Treinta años después haría necesaria la instalación de una imprenta, destinada a publicar libros para estos nuevos lectores. En 1552 un Concilio de Lima ordenaba a los clérigos tuvieran "por muy encomendadas las escuelas de los muchachos... y en ellas se enseñe a leer, y a escribir, y lo demás''.

La labor de enseñar a leer y escribir a los indios fue verdaderamente ardua. Primero los misioneros debieron aprender la lengua de los naturales, para poder elaborar vocabularios y gramáticas que hicieran posible dicha docencia. Las gramáticas, sermonarios y prácticas de confesionario que en los idiomas indígenas escribieron los religiosos son tan numerosos e importantes que bastan para constituir un monumento filológico sin par. La lingüística adquirió así una función netamente evangelizadora.

El lenguaje temporal expresaba el estadio propio de la conciencia indígena y en él habia de "encarnarse" el Verbo, "habitar" y hacerse indio. Solamente así había de desmitificar su mundo y, asumiéndolo, transfigurarlo en su nuevo ser cristiano. El misionero, que se expresaba en un lenguaje temporal alfabético desde hacía milenios, tenía ente sí un doble cometido: debía aprender el lenguaje prealfabético del indio y, el mismo tiempo, con el propósito de fijar la doctrina, debía "encarnar", vertir, traducir el mensaje en la propia lengua indígena. Sobre todo este último propósito produjo un fenómeno extraordinario e irreversible sobre el cual no se ha llamado suficientemente la atención, como lo señala Caturelli: hizo ingresar casi de golpe la lengua indígena al estadio alfabético, dando origen así al fonetismo completo de las milenarias escrituras precolombinas. Un verdadero mestizaje cultural.

Los primeros encuentros fueron con gestos, mímica, ademanes, señas. Así se entendió Colón con algunos caciques. Pero el problema era insuperable mientras no se aprendiera la lengua, cuando lo que se quería transmitir era nada menos que las verdades elementales de la Revelación cristiana. Al principio, como los indígenas los veían gesticular así, tenían a los misioneros por enfermos o por locos. Ello demuestra la heroica urgencia por la evangelización de los primeros misioneros atacados por la "locura de Cristo". Sin embargo, era menester buscar medios más eficaces para la ''encarnación" de la Palabra. Sí la fe entra por el oído, y el oído debe escuchar la palabra de la predicación, era necesario aprender la lengua.

Entre nosotros es el P.Guillermo Furlong quien mejor ha estudiado la obra educadora de España en América, ampliamente diversificada. Había primero, dice, una instrucción hogareña, en las casas de las familias pudientes, de los encomenderos; luego una instrucción conventual, ya que casi todos los conventos tenían escuela anexa; instrucción parroquial; instrucción particular, en colegios especiales; instrucción misionera, como en las reducciones de indígenas.

En lo que respecta a la enseñanza superior, la Corona de España así dictaminaba: " Para servir a Dios nuestro Señor y bien público de nuestro Reinos, conviene que nuestros vasallos súbditos y naturales, tengan en ellos Universidades y estudios Generales donde sean instruidos y graduados en todas las ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias, y desterrar de ellas lee tinieblas de la ignorancia criamos, fundamos y constituimos en la ciudad de Lima de los Reinos del Perú y en la ciudad de Méjico de la Nueva España, Universidades, y estudios generales, y tenemos por bien y concedemos a todas las personas que en las dichas Universidades fueran graduadas, que gocen en nuestras Indias, Islas y Tierras Firmes del Océano, de las libertades y franquicia,- de que gozan en estos Reinos los que se gradúan en la Universidad y estudios de Salamanca".

Ya en 1538, es decir, 46 años después del Descubrimiento, se fundaba la Universidad Real y Pontificia de Santo Domingo ;en 1551 las de Lima y Méjico, a cuyo decreto de fundación acabamos de aludir; en 1573 la de Santa Fe en Bogotá, etc. Y así, el siglo XVI, el primer siglo de la Presencia de España en América, veía la aparición de numerosas Universidades, alcanzando la vida intelectual un apogeo que luego nunca igualó. En 1613 se fundó la primera Universidad en territorio argentino, la de Córdoba.

En nuestra tierra esa educación fue profunda. Sabemos que Santa Fe contaba con escuela desde 1581, Santiago del Estero desde 1585, Corrientes desde 1602 Córdoba y Buenos Aires desde mucho antes. Asimismo poco a poco se establecieron los estudios secundarios y finalmente los universitarios. Durante XVII y XVIII las escuelas se multiplicaron en la Argentina de manera asombrosa, al punto que el analfabetismo fue escaso o nulo. Las bibliotecas particulares que han podido ser reconstruidas revelan que el grado de cultura de las clases superiores fue realmente de categoría. La decadencia comenzaría a partir de 1806, en coincidencia con el hecho de las Invasiones inglesas.

Ecos de esa cultura popular han llegado hasta nosotros gracias sobre todo al ímprobo esfuerzo de Juan Alfonso Carrizo, quien logró reunir en diversos volúmenes las viejas canciones de nuestra tierra. La poesía de nuestro pueblo fue un estupendo trasplante del cancionero español, un transplante cultural. Los hombres de la Conquista trajeron en sus labios cantares de los siglos XVI y XVII, y los volcaron acá. El natural los oyó y los canto, porque la religión y la común cultura habían logrado hacer de unos y otros un mismo pueblo. Carrizo recuerda que en 1931 oyó cantar en la Puna de Atacama, a cuatro mi metros de altura, a unos pastores que llevaban un ataúd en medio de la nieve:"¡Señor San Ignacio, - alférez mayor, - llevas la bandera - delante de Dios !". Los centenares de poemas de elevada belleza teológica que Carrizo ha recopilado, digna de los Autos sacramentales.-, nos muestra el acervo cultural con que España supo impregnar a nuestro pueblo sencillo. Se podría repetir también aquí aquello que dijera Chesterton tras visitar unos pueblitos de Castilla: "¡Dios mío, qué cultos estos analfabetos!" Las coplas son admirables: "El rico no piensa en Dios - por pensar en sus caudales; - pierde los bienes eternos - por los bienes temporales".
Era la cultura evangelizada, o lo que ahora se ha dado en llamar "la evangelización de la cultura".* 


*Continuara