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jueves, 9 de enero de 2020

POR QUE GLORIFICAMOS A ROSAS

Por: Ernesto Palacio

En qué consiste el problema de Rosas? ¿Cómo se plantea? ¿Cómo se resuelve? ¿A la luz de qué principios ha de juzgarse la actuación del dictador? ¿Cuál es el estado actual del pleito?
Empezaré por contestar a la última pregunta, para desvanecer un error corriente.
Suele creerse que los panegiristas de Rosas somos apenas una minoría disidente y exaltada, frente a una casi unanimidad fiel al juicio heredado y difundido por la historia oficial. La historia que escribimos resultaría una historia heterodoxa, caprichosa, paradojal. El buen sentido y la mesura se encontrarían en la vereda de enfrente. Ellos serían los historiadores “serios”; nosotros, en cambio, un grupo sin responsabilidad científica, movido por quién sabe qué turbios designios políticos. ¿El fascismo, acaso?…
Nada más erróneo. Ocurre, precisamente, lo contrario.
En un aspecto, por lo menos –el de la destrucción de la leyenda calumniosa que fraguaron sus enemigos-, el pleito está totalmente ganado para el Restaurador. Ningún historiador, responsable repite hoy las patrañas aprendidas en la “Amalia” de Mármol. Puede decirse –si cabe aplicar un calificativo partidario a una tarea de investigación imparcial- que todos los historiadores actuales son rosistas. Todos, en mayor o menor grado, reconocen la legitimidad de la dictadura y los grandes servicios que prestó al país.
No se crea que se trata de estudiosos disidentes, radiados de los cuadros oficiales; se trata también de los historiadores de buena fe a quienes el Estado mismo tiene encomendado el estudio de los documentos y la enseñanza de la historia. Además de los trabajos de Saldías y Quesada, y de la abundante bibliografía contemporánea de los Ibarguren, Font Ezcurra, Irazusta, etcétera, deben citarse las notables investigaciones, justicieras para Rosas, de los doctores Emilio Ravignani, director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Faculta de Filosofía y Letras, y Diego Luis Molinari, profesor de la misma casa de estudios: ambos historiadores con etiqueta universitaria y a quienes no cabe, acaso, acusar de fascismo.[1]
Si esto es así, ¿cómo es que el público, en general, lo ignora? El público lo ignora porque los enemigos de Rosas tienen en sus manos todo un sistema de propaganda: el monopolio, o poco menos, de la opinión pública por la prensa. En realidad, el problema no consiste ya en rehabilitar a Rosas –tarea que la investigación histórica ha realizado definitivamente-, sino en hacer conocer a todo el mundo las verdades descubiertas. Y esto es difícil, cuando se carece de los poderosos medios de difusión que poseen los adversarios.
El cargo común contra Rosas consiste en calificarlo como tirano. ¿Lo fue? Gobernó, es cierto, con facultades extraordinarias, y las aplicó a veces con rigor. Pero ni los más encarnizados enemigos niegan que estuvo respaldado por la adhesión de la casi unanimidad del país. ¿No hay en ello contradicción? Ese consentimiento de todo un pueblo, ¿no es el signo más seguro de que no hubo tal tiranía, puesto que la tiranía implica la opresión del pueblo y su falta consiguiente de consentimiento? En realidad, Rosas fue todo lo contrario de un tirano: fue un caudillo del pueblo, investido de facultades dictatoriales para proteger al pueblo mismo de las maquinaciones de una minoría oligárquica, cuya fuerza y peligrosidad provenían de su alianza con el extranjero.
Esa acusación de tiranía contra Rosas se funda en un sofisma, que consiste en aplicarle a su gobierno categorías que no le corresponden. Juzgado de acuerdo con los principios liberales, Rosas resultaría, efectivamente, un gobernante repudiable. Pero Rosas no era, ni podía ser, un gobernante liberal: surgió como caudillo y ejerció el gobierno con el rigor que las circunstancias dramáticas del momento exigían. Las asechanzas exteriores y la anarquía interna latente no eran las condiciones más propicias para ocuparse de la organización de las garantías individuales. Rosas debió optar entre la libertad interna o la independencia y la unidad de la patria. Y optó por el segundo término.
Con ello se erigió en héroe benemérito de la patria, al defender su independencia y su unidad.
Tan grande ha sido la falsificación de nuestra historia, que esta afirmación ha de resultar para muchos sorprendente. El afán de ocultación de los enemigos de Rosas ha llegado a tal extremo, que su largo gobierno, lleno de episodios trascendentales en el orden internacional, se estudia en un somero capítulo de los manuales corrientes, plagado de inexactitudes. La mera enunciación de la cronología basta para desmentirlos. Rosas aparece como una fuerte influencia en Buenos Aires en el año 20, es decir, a los diez años apenas de la Revolución de Mayo. En el año 28 ya su poder es indiscutible. Y con intermitencias sólo de forma lo ejerce hasta 1852. Es decir que, de los cuarenta y dos años que median entre la Revolución y la organización, los veinticuatro últimos, por lo menos, corresponden a la dictadura.
Durante este tiempo tuvo que defenderse de las tentativas colonizadoras armadas de Francia y de Inglaterra, y de numerosas sublevaciones internas apoyadas por tan poderosos enemigos. Esas tentativas tenían un carácter secesionista; respondían al propósito común de impedir la formación de un poderoso Estado en el Río de la Plata, y eran apoyadas por los unitarios, que no trepidaban en ofrecer protectorados a las cancillerías de Europa con tal de satisfacer sus anhelos de predominio político. Puede decirse que, durante todo su gobierno, Rosas vivió luchando con mano férrea contra las tendencias a la disgregación y a la anarquía que fomentaban aquí las potencias imperialistas; y que triunfó en la lucha, salvando nuestra integridad territorial y nuestro honor. De tal modo que, al día siguiente de su caída, pudo la Nación constituirse sin perturbaciones; aunque a costa de algunas concesiones humillantes para nuestra soberanía, que nunca habría consentido el dictador…
Si esto es así, ¿cómo es que no se reconoce por todos la grandeza de Rosas? Porque se nos enseña una historia que hace poco tiempo definí en los siguientes términos:
“Fraguada (la historia) para servir los intereses de un partido dentro del país…, fue el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea el partido de la “civilización”. No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos: se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos. No de ser una gran nación, sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino de entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias, donde se enseñara que había que recurrir a dicho expediente para suplir nuestra propia incapacidad…
“Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos. Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (sobre todo para el comercio) era un bien superior a la independencia con respecto al extranjero. Se exaltó al prócer de levita frente al caudillo de lanza; al “civilizado”, frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado”[2].
Contra todo eso se oponía Rosas. Eso triunfó contra Rosas. ¿Cómo no habríamos de glorificarlo y hacer de él, en cierto modo, el símbolo de una nueva esperanza?

Fuente: “32 escritores con Rosas o contra Rosas”, Ediciones Federales, Buenos Aires, Argentina, 1989.

sábado, 13 de mayo de 2017

LA HISTORIA FALSIFICADA*

Por: ERNESTO PALACIO

Los profesores de historia argentina en los establecimientos oficiales advierten desde hace años, un fenómeno perturbador: la indiferencia cada vez mayor de los alumnos ante las nociones que se le imparten. Es inútil que aquellos engolen la voz, es inútil que apelen al patriotismo y pretendan comunicar a los oyentes un entusiasmo que juzgan saludable por las virtudes de Rivadavia y de Sarmiento: consiguen, a los sumo, un “succés d’ estime”.

 La historia que dictan NO INTERESA, interesa cada vez menos a la población escolar. Este es el hecho indiscutible, que suele atribuirse corrientemente a la influencia de doctrinas exóticas o al origen extranjero de gran parte de los estudiantes. “¡Hay que apretarles las clavijas a estos hijos de gringos!” he oído exclamar de buena fe a un pedagogo, mientras aplicaba la represalia del aplazo. Esto no mejora las cosas. El fenómeno no sólo subsiste, sino que se agrava. Si se tiene en cuenta que los estudiantes de historia argentina cursan el cuarto año y son ya adolescentes con capacidad para razonar; si se tiene en cuenta que esa es la edad en que la personalidad se forma y se definen las vocaciones, dicha indiferencia adquiere importancia excepcional. La interpretación xenófoba, con sus consecuencias de solapada guerra civil, no puede satisfacernos. No es verdad que nuestros muchachos, cualquiera sea su origen, se desinteresen por las cosas que atañen a la patria. Están, por el contrario, ávidos de verdades útiles y son sensibles a todas las influencias inteligentes y generosas.
¡Hay que ver la atención apasionada con que siguen, por ejemplo, cualquier explicación leal sobre nuestros problemas vitales de nuestro comercio exterior! Aquí toda indiferencia desaparece y la preocupación patriótica se advierte en la expresión reconcentrada, en la contracción de los músculos, en los gestos nerviosos, alusivos a la urgencia de los grandes remedios. Si dicha indiferencia no puede atribuirse a la causa alegada, es indudable que debe achacarse a la materia misma, tal como hoy se dicta.

Sabido es que, aparte de la guerra de la independencia, enseñada con acento antiespañolista, los motivos de exaltación que ofrecen nuestros manuales son la Asamblea del año XIII, con sus reformas ¡liberales!, el gobierno de Martín Rodríguez, la Asociación de Mayo ¡tan intelectual!, las campañas “libertadoras” de Lavalle, Caseros y –gloriosa coronación- las presidencias de Sarmiento y Avellaneda. Cuestiones de límites, no las hemos tenido; somos pacifistas. Guerra con Bolivia; pero ¿hubo tal guerra? En cuanto a la frontera oriental, es obvio que el Brasil sólo se ha ocupado de favorecernos, y que si alguna dificultad tuvimos, fue por culpa del “bárbaro” Artigas…Los alumnos se aburren mortalmente; no “le encuentran la vuelta a todo eso”. La historia. argentina, “telle qu’on la parte”, no conserva ningún elemento estimulante, ninguna enseñanza actual. Los argumentos heredados para exaltar a unos y condenar a otros han perdido toda eficacia. Nada nos dicen frente a los problemas urgentes que la actualidad nos plantea.

Historia convencional, escrita para servir propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones. El trabajo de restauración de la verdad, proseguido con entusiasmo por un grupo cada vez mayor de estudiosos, no ha llegado a conmover la versión oficial, que pronto se solemnizará en una veintena de volúmenes bajo la dirección del doctor Ricardo Levene. Será sin duda un monumento; pero un monumento sepulcral que encerrará un cadáver. No es posible obstinarse contra el espíritu de los tiempos. Ante el empeño de enseñar una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni 1a verdadera ni la oficial. No hay un abogado, un médico, un ingeniero que (salvo casos de vocación especial) sepan historia. Y es porque, en las lecciones que recibieron, sospechan confusamente la existencia de una enorme mistificación.

No entraré a considerar las causas que dieron origen a lo que llamo versión oficial de nuestra historia ni la legitimidad de la misma, porque ello nos llevaría a enfrentarnos con los problemas fundamentales del conocimiento histórico. Diré solamente que dicha versión no se ha independizado, que sigue siendo tributaria de la escrita por los vencedores de Caseros, en una época en que se creía que el mundo marchaba, sin perturbaciones, hacia la felicidad universal bajo la égida del liberalismo y en que no sospechaban los conflictos que acarrearía la revolución industrial, ni la expansión del capitalismo, ni la lucha de clases, ni el fascismo, ni el comunismo. Impuesta por Mitre y por López tiene ahora por paladín al arriba citado doctor Levene, lo que, en mi entender, es altamente significativo. Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se la destinaba; fué el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea, el partido de la “civilización”.

No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos; se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos. No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas Universidades, donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es “mal administrador”.

Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos . Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (¡sobre todo para el comercio!) era un bien superior a 1a independencia con respecto al extranjero. Se exaltó al prócer de levita frente a1 caudillo de lanza; al civilizador frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado.

Con este bagaje y sus consecuencias –un pacifismo sentimental y quimérico, un acentuado complejo de inferioridad nacional- nos encontramos ante un mundo en que todos estos principios han fracasado. La solidaridad universal por el intercambio, que postulaba el liberalismo, se ha roto definitivamente. Vivimos tiempos duros. El imperialismo del soborno ha sido suplantado por el imperialismo de presa. Hay que ser, o perecer. ¿Cómo no van a sonar a hueco los dogmas oficiales? ¿Cómo pretender que nuestros jóvenes se entusiasmen con una “enfiteusis” u otra genialidad por el estilo, cuando les está golpeando los ojos 1a realidad política de una crisis mundial, con surgimiento y caída de imperios? Es la angustia por nuestro destino inmediato lo que explica el actual renacimiento de los estudios históricos en nuestro país, con su consecuencia natural: la exaltación de Rosas. Frente a las doctrinas de descastamiento, un anhelo de autenticidad; frente a las doctrinas de entrega, una voluntad de autonomía; frente al escepticismo, que niega las propias virtudes para simular las ajenas, una gran fe en nuestro pueblo y en sus posibilidades.

Las condiciones del mundo actual demuestran que Rosas tenía razón y que las soluciones de nuestro futuro se encontrarán en los principios que él defendió hasta el heroísmo, y no en los principios de sus adversarios, que nos han traído al pantano moral en que hoy estamos hundidos hasta el eje. Basta lo dicho para expresar que la nuestra no es una posición simplemente “historiográfica” y que nos interesan muy poco los pleitos por galletita más o menos que puede plantear un doctor Dellepiane. Los hechos son conocidos y en este terreno la batalla ha sido totalmente ganada con los trabajos de Saldías, Quesada, Ibarguren, Molinari, Font Ezcurra etc., que han puesto en descubierto la mistificación unitaria. Lo más importante, reside hoy, a mi entender, en la interpretación y valorización de los hechos ciertos, en la forma realizada por algunos de los citados y, principalmente, por Julio Irazusta en su breve pero admirable “Ensayo”. Nadie niega que Rosas defendió la integridad y la independencia de la República. Nadie niega que esa lucha fue una lucha desigual y heroica y que terminó con un triunfo para 1a patria. Nadie niega que durante las dos décadas de su dominación, debió resistir a la presión externa aliada con la traición interna y que, cuando cayó, había ya una nación argentina.

Contra estos altos méritos sólo se invocan objeciones “ideológcas”, promovidas por los “speculatists" que, al decir de Burke, pretenden adecuar la realidad a sus teorías y cuyas objeciones son tan válidas contra el peor como contra el mejor gobierno, “porque no hacen cuestión de eficacia, sino de competencia y de título”. (1).

 Frente a tal actitud, que implica -repito- una subversión de valores, se impone previamente una restauración de los valores menospreciados. Si fuera mejor, como opinaba Alberdi, la libertad interna que 1a independencia nacional; si fuera moralmente más sana la codicia que el heroísmo; si fuera más deseable la utilidad que el honor; si fuera más glorioso fundar escuelas que fundar una patria, tendría razón la historia oficial. Pero la filosofía política y la experiencia secular nos enseñan que los pueblos que pierden la independencia pierden también las libertades; que los pueblos que pierden el honor pierden también el provecho. Esto lo sabemos bien los argentinos. ¿Cómo no habríamos de volver los ojos angustiados al recuerdo del Restaurador? Rosas representa el honor, la unidad, la independencia de la patria. Mirada a la luz de principios razonables, la historia argentina nos muestra tres fechas crucia1es: 1810; el año 20 que vió la reacción armada contra la tentativa colonizadora a base del príncipe de Luca, y la resistencia de Rosas contra una empresa análoga, pero mas peligrosa.

Si después del 53 seguimos siendo una nación, a Rosas se lo debemos, a la unión que se remachó durante su dictadura y que la ulterior tentativa secesionista no logro quebrar. Esto lo han reconocido hasta sus peones enemigos, empezando por el mismo Sarmiento. Siendo así ¿cómo no guardarle gratitud, cómo no admirar su grandeza? Yo creo que ésta es evidente y que quienes no la perciben padecen de incapacidad para percibir la grandeza en general y permanecerían igualmente impasibles -salvo su sometimiento pasivo al juicio heredado- ante la de un Bismarck o un Cronwell. Prueba de ello es que no pasa inadvertida a los observadores extranjeros que se asoman a nuestra historia, como ocurre con el mejicano Carlos Pereyra y con el alemán Oswald Spengler. La grandeza de Rosas pertenece al mismo orden que la reconocida por Carlyle a Federico II de Prusia, quien “ahorrando sus hombres y su pólvora, defendió a una pequeña Prusia contra toda Europa, año tras año durante siete años, hasta que Europa se cansó y abandonó la empresa como imposible” (2).

Alemania le levanta estatuas a su héroe en todas las ciudades. Por eso es grande Alemania. Nosotros lo proscribimos al nuestro y tratamos de proscribir también su memoria, mientras les erigimos monumentos a quienes entregaron fracciones del territorio nacional y nos impusieron un estatuto de factoría. Porque era ¡un tirano!... Es decir, porque tuvo que sacrificar toda su energía y desplegar el máximo de su autoridad para salvar a la patria en el momento más crítico de su historia; porque persiguió como debía a quienes se empeñaban en fraccionar el territorio, y no obtuvo otro premio que la satisfacción de haber cumplido con su deber. Era, como dice Goethe, “el que DEBIA mandar y que en el mando mismo entra su felicidad”.

Wer befehlem soll
Muss im befehlem Seligkeit empfinlem.

La primera obligación de la inteligencia argentina hoy en la glorificación -no ya rehabilitación- del gran caudillo que decidió nuestro destino. Esta glorificación señalará el despertar definitivo de la conciencia nacional. Los tiempos están maduros para la restauración de la verdad, que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas, explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de nuestros adolescentes un legítimo orgullo patriótico. Esto es lo que hoy, trágicamente, falta. Los próceres de la historia heredada, los próceres CIVILES representan y hacen amar (cuando lo consiguen) conceptos abstractos: la civilización, la instrucción pública, el régimen constitucional. Rosas, en cambio, nos hace amar la patria misma, que podría prescindir de esas ventajas, pero no de su integridad ni de su honor.



Notas:

(1) Reflexions on French Revolution, pág. 164.
(2) Frederick the. Great. T. I, pág. 21.
(3) Fausto. 2a parte, 4º acto.



*Artículo publicado en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, Año I, Número I. Enero de 1939.

sábado, 4 de marzo de 2017

SE APROXIMA EL TRAIDOR

Por: Ernesto Palacio

Urquiza inició enseguida sus operaciones. Después de concentrar sus fuerzas en Gualeguaychú, se movió hacia el Paraná y lo cruzó, sin encontrar la resistencia que esperaba por el lado de Santa Fe. El gobernador de esta provincia, general Echagüe, en efecto, al no recibir los refuerzos que había solicitado, resolvió batirse en retirada para unirse al grueso del ejército de Rosas. Casi sin obstáculos, Urquiza pudo proseguir su marcha sobre Buenos Aires y llegar al Arroyo del Medio a mediados de enero. En San Lorenzo le había desertado en masa, matando a su jefe, la división de Aquino, fuerte de 600 hombres, para pasarse al ejército de Rosas.

Salvo una escaramuza, en los campos de Álvarez, con un destacamento de las fuerzas del coronel Lagos, jefe del departamento del norte, el ejército aliado pudo conseguir sin inconvenientes su camino sobre la capital. Se había impuesto, en los consejos de guerra de Rosas, la táctica de concentrar todas las fuerzas en el campamento de Santos Lugares para resolver la contienda con una batalla decisiva.

Con todo ello, no se había presentado en el campamento de Urquiza ni un solo hombre de Buenos Aires, mientras que de aquél desertaban continuamente muchos para incorporarse al del Restaurador. Las “Memorias” del general César Díaz —jefe de la división oriental del ejército aliado— nos dan un preciso testimonio del estado de poblaciones. Parece que el mismo Urquiza se impresionó por la frialdad con que lo recibieron en Pergamino y en Luján y manifestó dudas sobre la legitimidad y la oportunidad de la empresa en que se había lanzado, aunque tratando de cohonestarla con el pretexto de la “organización nacional”. La popularidad de Rosas —afirma el autor— “era tan grande o tal vez mayor de lo que había sido diez años antes”. Todavía en la víspera de la batalla —el 1º de febrero— 400 hombres más abandonaron el ejército aliado para plegarse al de Santos Lugares.

Hay un problema de Caseros que sigue sin solución y es el referente a las relaciones de Rosas con el general Pacheco, que por su prestigio militar y su cargo en el comando de Santos Lugares, era el jefe indicado para organizar la batalla decisiva. No obstante ello, renunció en las vísperas, fundándose en el hecho de haber asumido Rosas personalmente la dirección de la campaña.

¿Desconfió Rosas de Pacheco? ¿Hubo motivos para tal desconfianza? Parece seguro que aquél desaprobó una maniobra de su subordinado, al abandonar la defensa de Puente Márquez, en lugar de hacerse fuerte allí; y es posible que, en las circunstancias en que se encontraba, haya atribuido esa retirada a un súbito enfriamiento de la fe o a un debilitamiento de la voluntad. Se explica así su decisión de asumir personalmente el comando. Como también se explica la reacción de Pacheco, que fue natural en un hombre de honor al sentirse sospechado: tanto más valiosa cuanto que arrostraba con ella el disgusto del Restaurador, en momentos decisivos fue, con todo, una más en el cúmulo de circunstancias desgraciadas que decidieran la caída de Rosas y el fin de la Confederación.

¿Habría sido otro el resultado de la batalla, de haber comandado Pacheco las fuerzas argentinas? Sólo Dios lo sabe.

A fines de enero, las tropas aliadas se encontraban ya a la vista de Buenos Aires, defendida por su ejército veterano. Rosas convocó a un junta de guerra en la noche del 2 de febrero, a la que concurrieron el general Pinedo y los coroneles Chilavert, Díaz, Lagos, Costa, Sosa, Bustos, Hernández, Cortina y Maza. Se decidió dar la batalla al día siguiente.

El ejército de Urquiza estaba constituido por los contingentes del litoral, al que se había sumado la flaca pero activa legión de los emigrados; por la división oriental, en la que pululaban los extranjeros, y por la brasileña, animada del odio atávico y ansiosa de lavar la humillación de Itugainzó. En la función de boletinero del ejército y vestido con un raro uniforme de coronel francés, venía el ya celebre polemista don Domingo Faustino Sarmiento. En la artillería, un joven coronel que hacía versos malos y se llamaba Bartolomé Mitre. Ambos futuros presidentes de la República habían allegado a Gualeguaychú en un barco de guerra brasileño y habían sido presentados y recomendados por el comandante brasileño al general Urquiza. Las fuerzas aliadas alcanzaban a 24.000 hombres.

El ejército de la Confederación, animado por la voluntad de defender una vez más el honor y la integridad de la patria contra la agresión extranjera y sus cómplices, alcanzaba a 22.000 hombres.

El choque se produjo el 3 de febrero en las inmediaciones del Palomar de Caseros. Se combatió encarnizadamente durante dos horas, y el ciego azar de la guerra nos fue esta vez adverso, dándole el triunfo al enemigo.

Seguido de unos cuantos fieles, Rosas emprendió la retirada hacia la capital. No le quedaba más que acatar el fallo de las armas, por lo cual, en un alto del camino, redactó su renuncia por ser elevada a la Legislatura, que reiteradamente lo había elegido, en los siguientes términos: “Señores representantes: Es llegado el caso de devolveros la investidura de gobernador de la Provincia y la suma del poder público con los que os dignásteis honrarme. Creo haber llenado mi deber, como todos los señores Representantes, nuestros conciudadanos, los verdaderos federales y mis compañeros de armas. Sin más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y de nuestro honor, es porque más no hemos podido. Permitidme, H.H.R.R, que al despedirme de vosotros os reitere el profundo agradecimiento, con que os abrazo tiernamente; y ruego a Dios por la gloria de V.H, de todos y cada uno de vosotros. Herido en la mano derecha y en el campo, perdonad que os escriba con lápiz esta nota y con una letra trabajosa. Dios guarde a V.H”.



Nota: Estos fragmentos han sido tomados de su libro “Historia de la Argentina”.

domingo, 7 de junio de 2015

MEMORIAS*

Por Ernesto Palacio

Yo lo conocí a Leopoldo Lugones cuando tendría mas o menos unos cuarenta años. Era contemporáneo de mi padre, había nacido al mismo tiempo. Estaba en la flor de la edad. De mediana estatura, vestido con un cierto mal gusto de sastrería (medias blancas, cuello palomita), pero sobreponiéndose a todo con la mirada vivísima tras los anteojos vulgares, me hizo una gran impresión de entrada, que no haría sino ratificarse. Me acogió con simpatía y me invitó a que lo visitara cuando quisiera en la Biblioteca del Concejo de Educación, de la cual era director.


Así empezó mi amistad con Leopoldo Lugones. Llegaba, pegaba tres golpes (secreto) en la puerta de entrada y enseguida aparecía la figura del nombrado, sin que hubiera cuestión de secretarios o porteros, era Lugones el que se asomaba. Nos saludaba con una pronunciada tonada cordobesa que nunca perdió y entrabamos a formar parte de la tertulia.

¿Quiénes estábamos allí? Los recuerdo, por ejemplo, a Arturo Capdevila, al padre Castellani, a Conrado Nalé Roxlo, a Pedro Miguel Obligado, a Carlos Obligado, y alguno más. Ante esa concurrencia Lugones hablaba y hablaba. Estaba en los finales de la época roja y deseaba en la guerra europea el triunfo de los aliados.

La visita a Lugones tenía encantos suplementarios. Uno era el de acompañarlo luego, a pie, hasta el Círculo Militar, donde tomaba su lección de esgrima. El Círculo Militar no estaba todavía en el Palacio Paz, sino en una casa de la calle Florida, al seiscientos o setecientos. Por los ventanales del subsuelo se podía ver a los esgrimistas, así como se oía el ruido de las armas al pasar por allí.

Lugones usaba un sombrero muy derecho, especialmente de paja en verano, grandes bigotes sin recortar, cuello de palomitas y medias blancas, que se cambiaba todos los días, además del infaltable bastón. Era un señor paquete. Perfectamente limpio, justificaba los elogios que hacían quienes lo encontraban por allí a su elegancia de confección. Una vez puesto el sombrero y empuñado el bastón, abría el cajón de su escritorio y sacaba el imprescindible revolver, que se ponía en el bolsillo de atrás, ¿Para qué lo usaba Lugones? Misterio. Era un Colt 38 cargado (me lo explicó él mismo) con balas dum-dum. Lugones no salía a la calle sin llevarlo. Y uno lo miraba con respeto, sabiendo que iba con esos explosivos encima, con la muerte de seis hombres en el bolsillo.

Yo creo que ese revolver tenía su explicación en la fantasía de Lugones: ella lo hacía vivir en un mundo especial lleno de peligros, a los que había que enfrentar. Esto, agregado a una cierta influencia del compadre clásico. Llevar revolver era efectivamente una compadrada; por más que en Lugones, había que pensarlo dos veces antes de decirlo.

Recuerdo que una vez veníamos caminando con Lugones rumbo a La Nación, allá por el año 1920. Cito con tanta precisión la fecha ¡porque yo iba vestido de conscripto! Y no puede ser sino ese año. Para mayor exactitud, debió ocurrir a mediados de diciembre, porque Lugones estaba con sombrero de paja, cuello palomita (todavía) y medias blancas. Yo –feroz opositor en esos tiempos lejanos- le venía criticando a Lugones, muy amistosamente, por supuesto, cierto elogio que había hecho del patriotismo de un personaje griego, lo cual iba contra los principios…

¡Pero el patriotismo –me respondió- es un sentimiento tan lindo!

Lo que demostraba de manera terminante la inclinación de justificar lo calificativos de orden moral como subordinados a una concepción estética. Lo más lindo era lo mejor.

Lugones en esos tiempos era masón: masón en sueños, como se decía entonces. Había alcanzado uno de los grados más altos de la masonería. Pero no era materialista. Las cuestiones espirituales le importaban mucho.
La prueba de que le importaban era la convicción constante de su ateísmo y la afirmación de que uno de los vasos eclesiásticos que guardaba en su casa estaba “consagrado” como decía con fuerte tonada cordobesa.
Entre los escritores que más le interesaban estaba Cournot de Chardin, un simbolista que actuó en sus tiempos como sacerdote y mago. Sabía mucho de las religiones antiguas. Buscaba algo y no sabíamos que.
Sea lo que fuere, a Lugones no le gustaba hablar de ello. Cuando cualquiera de nosotros sacaba el tema por ese lado, Lugones desviaba la conversación.

La moral de Lugones era evidentemente la moral griega. A su ideal del hombre perfecto lo subordinaba todo. Griegas eran las medias blancas, el sombrero puesto en el medio de la cabeza, las largas marchas por la ciudad. Griego era el buscar un equilibrio al caminar, la marcha sincrónica, el saltito en el aire para tomar el ritmo cuando nosotros (por broma) lo quebrábamos. Griegas eran las doce horas de esgrima diaria. Griega era la idea de la fidelidad y hacer de ella una norma de vida. Griego era el bigote afeitado como lo usaría después. Todo lo que se apartaba de esos objetivos era pecado. Ponerse el sombrero inclinado o usar corbatas que flotaran, tomar un coche para poco trecho, no hacer esgrima, eso era romanticismo, eso era ir contra las reglas de Grecia, eso era lo que no debía hacerse.

Los hermanos Irazusta

En la Revista Nacional, ya hombre grave y dedicado a las severas especulaciones de la inteligencia, siempre en trance de viajar, estaba un muchacho alto con quien siempre nos llamábamos de usted, pese a la amistad contraída, y que era Julio Irazusta.

Julio Irazusta estaba por embarcarse para Europa; tenía la suerte (que todos envidiábamos) de ser hijo y heredero de un estanciero de Entre Ríos. Sabía muy bien el francés y el inglés. Tenía en la mente grandes proyectos literarios.

Me acuerdo muy poco de esa vinculación. Solo de un banquete que se dio en la calle Corrientes al año (creo) de salir la revista; una visión confusa de lo que era la Corrientes angosta y cordial. Allí hablaron Irazusta y Jurado. No me acuerdo de qué, pero era una despedida a Irazusta…

Hablo de la revista y del banquete por que marcan una fecha en nuestra vida.
….
En esa época intimé con los Irazusta. Julio acababa de llegar de Europa y vivía en una casa, junto a su hermano Rodolfo, por la calle Rivadavia. Desde que lo conocí a Rodolfo me impresionó por su humanidad sustancial, la seriedad de sus estudios, su risa súbita, su humorismo desatado, su bondad infinita y su juicio exacto. Más grueso que Julio parecía que desbordaba de vida.

Así como Julio se había trazado una norma de vida alrededor de la historia y sus variaciones, Rodolfo se interesaba por la política actual. Vivía en una continua observación de los hechos ocurridos y su significado. Si Julio podía exhibirse como el historiador del dúo Rodolfo era sin duda alguna el político.

Julio era el estudioso de todas las disciplinas imaginables. Había juntado en Gualeguychu, se decía, una gran biblioteca, donde había de todo. Aquí se lo veía siempre en la proximidad de las librerías, a la búsqueda de tal o cual libro. Esa simultaneidad de gustos nos aproximó: yo tenía el mismo amor por los libros. En esa época parecía Julio bastante enfermo y se cuidaba mucho…

En los primeros tiempos de la amistad con los Irazusta lo que recuerdo bien es una atmosfera de bacanal. El vino, tomado en grandes cantidades, y los alegres candombes en los almacenes son el bautismo de nuestras relaciones. Y las grandes caminatas. De la casa que ellos alquilan hasta el centro, venimos caminando, alborotando y cantando.

Rodolfo dirige la batuta; es el más alcoholista de todos. Toma cantidades fabulosas de vino, el cual, algún día, lo matará. ¡Pero quien va a pensar en eso en 1918! El sostiene que el vino es fuerza y salud y que las buenas relaciones políticas se alimentan con vino. Nosotros lo seguimos en tono menor. Él lo toma y él también lo paga y nos lo paga a todos. Y así seguimos una noche y otra, caminando por la calle Rivadavia, aunque a decir verdad, quien nos hubiera visto en ese trance podría atestiguar que a las cuatro de la mañana los pasos son menos firmes que al principio y la alocución más confusa.

La Nueva Republica

Al mismo tiempo que Criterio, por otro lado, iniciaríamos con los hermanos Irazusta y el Dr. Juan E. Carulla la predica del nacionalismo argentino.

Parece evidente que las ideas nacionalistas en el gobierno comenzaron aquí con la fundación de La Nueva República. Este periódico se inició como un semanario político en el que jóvenes redactores prometían la cura de todos los males del país mediante la adopción de varias recetas infalibles.

Si al hablar de La Nueva Republica parecemos reírnos un poco, es de ternura. Porque nunca hubo un movimiento tan puro en la Argentina, ni en el mundo creemos.

Éramos católicos, por supuesto, aunque no hacíamos del catolicismo una cuestión fundamental. Éramos republicanos también. Pero éramos ferozmente antidemocráticos. El cerebro político de la revista era Rodolfo Irazusta: él veía las cosas con absoluta seguridad. Gran periodista, además, expositor de sus principios, de vez en cuando daba uno de sus artículos luminosos que hacían el crédito de La Nueva República. Julio, en cambio, era el de los conocimientos positivos sobre todas las materias de la política. No se podía escribir nada sin consultarlo. Yo escribía cualquier cosa.

La fundación de La Nueva República se inició con motivo de la vuelta de Europa de los hermanos Irazusta, que fueron los fundadores reales. Venían entusiasmados con el ejemplo europeo de la Action Francaise y querían hacer algo así entre nosotros. La primera persona argentina que consultaron fui yo, que estaba, como ellos, deseando introducirme en la política. La primera conversación nos hizo coincidir enteramente. Sabíamos que andaba por allí un doctor en medicina llamado el doctor Carulla que también leía a Maurras y que lo admiraba. Lo buscamos ansiosamente. Era médico y un poco mayor que nosotros, edad en que podía levantar bandera y hacerse respetar. Cuando lo conocimos nos encantó. Había sido anarquista, luego socialista y al fin reaccionario. Es decir, que había seguido el rumbo de los maestros de la política. Lo consideramos inmediatamente como el cuarto de los nuestros.

El doctor Carulla daba vueltas y vueltas para escribir un artículo. “Que te parece si le ponemos…” decía, de modo que el “le ponemos” quedó como un seudónimo literario. Al decir “le ponemos” uno se refería indudablemente a Carulla. Tan lo considerábamos como uno de los nuestros que él es el protagonista del Himno a Carulla que hicimos una madrugada como himno definitivo de la N.R. con Alfonso de Laferrere, perteneciéndole a él la música y a mí la letra. Decía así:

Viva Carulla y lo demás es bulla,
Viva Carulla, Carulla triunfará,
Mantantirulirula, mantantirulirula.

Este verso ultimo debía cantarse con un fuerte acento de convicción.

El rosismo

¿Cómo empezó mi rosismo?

Porque yo, en mi casa, no había tenido iniciación rosista de ninguna naturaleza. Mi padre era un escéptico en materia de historia y además había recibido las enseñanzas de su tiempo y era de un liberalismo avanzado, próximo al ateísmo, si no lo era ya. Él había sido mi modelo en mis primeros años. Rosas significaba un hombre del pasado, anterior a la civilización y a la cultura, por lo tanto malo. No había para que hablar mucho de él y menos para imitarlo. Sin embargo, a mi me interesaba mucho Rosas y preguntaba constantemente sobre su caso.

Tuve dos conversaciones que, en mis primeros años, me sorprendieron mucho.

La primera fue de una negra, que estaba en casa de sirvienta, se llamaba Cipriana Fosas, y nosotros la queríamos mucho. Negra retinta, con una cara llena de picardía, a pesar de su negrura, era hija y nieta de antiguos esclavos de Rosas, a los que debía su apellido. Ella me contestó a mí que Rosas era “muy bueno” y que las cosas que se decían de él las habían inventado los enemigos, que eran además enemigos de los negros. La imagen que me pintó de Rosas en los bailes me gustó mucho, pero yo era muy chico entonces y la olvide pronto…

La segunda opinión sobre Rosas me la dio tío Mariano Castellanos una vez, espontáneamente, sin duda debido a una exclamación mía.

-Mira, mi hijito, cuando oigas hablar de la “tiranía” de Rosas, no lo creas, Rosas fue un gobernante argentino ni peor, ni mejor que los otros. Hizo cosas buenas y cosas malas, pero no fue un tirano.

Esta opinión, por venir de quien venía, me impresionó mucho. El que hablaba había sido diputado nacional, ministro de gobierno en Corrientes, intendente de Quilmes a la vejez. Hablaba como un contemporáneo casi de los hechos.

Creo que mi rosismo actual tiene su fundamento en esas expresiones de tío Mariano.


Avance inédito publicado en revista Cabildo 1° época, año I, N°1, mayo de 1973.

martes, 13 de enero de 2015

Rosas, jefe nacional. La Banda Oriental, Rivera y Oribe.*

Manuel Oribe
Por: Ernesto Palacio

El gobernante provincial que en abril de 1835 asumía el poder al frente de una nación convulsionada y recelosa, había consolidado al cabo de un año su situación y era reconocido como jefe indiscutido de la Confederación Argentina.

Ello se debía a la aceptación por las provincias de su prerrogativa en materia de justicia nacional; a la aceptación de su punto de vista sobre intervenciones a los estados disidentes y perturbadores, y a la generalización de su política exclusivista, después de sucesivos fracasos de las tentativas de “conciliación” o “fusión de partidos”, en el norte y en Cuyo. Contribuía en forma decisiva al afianzamiento de ese prestigio la Ley de Aduana, cuyas benéficas consecuencias empezaban a sentirse en todo el territorio.

Pero lo que sobre todo pesaba era el influjo de la fuerte personalidad del Restaurador, en su constante correspondencia con los gobernadores y con sus agentes esparcidos por toda la República. Este elemento de orden moral fue más poderoso que los alicientes materiales para el fortalecimiento de su autoridad, porque sus previsiones se cumplían ante los ojos de quienes se inclinaban a desdeñarlas. En los manejos del ministro o funcionario a quien su dedo acusador había señalado en aviso confidencial, aparecía tarde o temprano la infidencia o la traición. No es de extrañar por ello que los caudillos provinciales (carentes por lo común de luces propias y amenazados por todo género de intrigas) se decidieran a obedecer, con mayor o menor diligencia, a quien parecía destinado a mandar. Poco a poco fueron adoptando sus ideas, su ritual federal, su estilo.

Ello no habría de ocurrir sin perturbaciones, según hemos visto. Pero sea como fuere, y no obstante los Ferré y los Cullen, (a quienes se vigilaba de cerca) la Confederación constituía ya en 1836 una unidad homogénea, fundada en la colaboración estrecha de López y Echague en el litoral, Ibarra y Heredia en el norte, Aldao en Cuyo, y Manuel López en el centro estratégico de Córdoba, con el gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores, quien aparecía como cabeza indiscutida del partido en que se encarnaba la voluntad reiteradamente manifestada por “los pueblos”.

Esta unidad interna seguía amenazada, no obstante, por la acción de los emigrados.

La principal preocupación provenía del Uruguay, convulsionado desde su independencia por las ambiciones rivales, primero de Lavalleja y Rivera, y luego de este y Oribe. Ya vimos como Rivera, durante su presidencia constitucional, había auspiciado la revolución de Lavalle y López Jordán contra el gobernador Solá, de Entre Ríos. El 24 de octubre de 1834 subió al gobierno el general Manuel Oribe. Fructuoso Rivera fue designado comandante de la campaña, desde cuyo puesto comenzó a recibir y acoger favorablemente las insinuaciones de los emigrados, en el sentido de realizar una nueva intentona de establecer firmemente su influencia sobre la región mesopotámica.

Es de advertir –para que se comprenda claramente la relación entre nuestras luchas y las de la provincia segregada- que en esa época subsistía muy vivo el arrastre artiguista, tendiente a considerar la Banda Oriental y las provincias de Entre Ríos y Corrientes como una sola unidad histórica litoral, en la que el rio servía mas de lazo que de limite, de tal modo que era natural en los caudillos de la zona la tendencia de extenderse hacia el oeste. La emigración unitaria estimulaba en Rivera la ambición de instituirse en heredero de Artigas; lo cual habría sido peligroso con un jefe de visión y garra, pero lo era menos con el candidato en cuestión, tipo mixto de guerrillero y bandido, cuyas empresas militares se reducían en última instancia a vastos arreos de ganado para poblar sus estancias o vender en la frontera.

El general Oribe era un hombre de otra calidad. Pertenecía a una familia de abolengo. Había actuado como segundo de Lavalleja en la hazaña de los 33 y combatido valientemente con Alvear en Ituzaingo. Estaba resuelto a gobernar honestamente de acuerdo con las leyes y los tratados, y estableció desde el comienzo relaciones cordiales con el gobierno de Buenos Aires, quien nombró como su agente al coronel don Juan Correa Morales. La conducta de los unitarios emigrados y sus relaciones con el comandante de la campaña oriental –que abiertamente los apoyaba- así como el lenguaje virulento de la prensa unitaria y riverista incitando a la revolución, motivaron una reclamación de Rosas. Oribe accedió a tomar medidas contra esa propaganda. Esta actitud y una serie de rozamientos de orden interno originados en la política del nuevo mandatario, que significaban una reacción contra la de su antecesor, provocaron el pronunciamiento de este contra el gobierno constitucional, el 16 de julio de 1836.

Como era de prever, Lavalle y los demás jefes y oficiales argentinos emigrados apoyaron a Rivera. Su triunfo les prometía la adquisición de un gobierno amigo que los secundaria en sus planes. Rosas se abstuvo de participar en la contienda, por respeto a las disposiciones del tratado de 1828; se limitó a cerrar las comunicaciones en todo el litoral, a fin de circunscribir la lucha al territorio uruguayo. La guerra fue breve. Después de algunos combates parciales, el general Oribe – con el auxilio de Lavalleja, que se puso de parte del gobierno legal- obtuvo una victoria decisiva sobre Rivera y sus aliados en Carpintería, el 19 de septiembre de 1836. En esta acción, las fuerzas de Oribe usaban una divisa blanca y las de Rivera una colorada, de donde se originaron los nombres de los partidos históricos de la Banda Oriental. Rivera huyo a Brasil. Lo que no había logrado con sus propias fuerzas, lo obtendría con ayuda extranjera.


*Ernesto Palacio. Historia de la Argentina. Libro IV, cap. II. pags. 336 a 338. Ed. Abeledo Perrot

lunes, 20 de octubre de 2014

La conquista del desierto*

Por: Ernesto Palacio

El problema del indio había sido descuidado veinte años por los gobiernos revolucionarios. No era ajena a esa pasividad la influencia de la revolución ideológica operada a raíz de la guerra contra España y que se tradujo en la exaltación sentimental del aborigen, víctima de la “usurpación”. Ese indigenismo ruseliano, que se exhibe en documentos de tanta trascendencia como el “manifiesto” que dio el Congreso de Tucumán al declararnos independientes, era una confesión de culpa por parte de los hijos de conquistadores y anunciaba un cambio fundamental de política: el fin de la conquista por las armas. El indio no será ya el enemigo, sino el hermano desgraciado a quien había que amparar y el progenitor a quien había que honrar. Tan hondo había calado la influencia de Rousseau que se prefería (aun por quienes no tenían en sus venas una gota de sangre aborigen) apelar a la tradición de aquellas gente “natural”, inocente y desdichada, que a la de sus “corrompidos” y “sanguinarios” sojuzgadores. Esta ideología que dominó en la Asamblea, el Congreso de Tucumán y los Directorios se manifestaba con mayor virulencia en los representantes del norte, donde el aborigen ya no representaba peligro y era más general la mezcla de razas, y entre los “ilustrados” de las ciudades, que solo habían visto a los indios de lejos.

La consecuencia de este indigenismo literario era la indefensión de los poblados y la insolencia cada vez mayor de las tribus, que se acrecentaba a favor de las disidencias civiles. Los doctores del gobierno solían despertar a la realidad después de cada malón imprevisto, con matanzas, incendios y robo de mujeres y ganado, y acudían a reforzar precipitadamente la líneas de frontera o enviaban expediciones punitivas que siempre concluían desastrosamente en carreras agotadoras por el vasto desierto, cuyos secretos solo el indio conocía y dominaba.

Rosas se había criado y hecho hombre en la frontera y tenía en la sangre la tradición viva de la guerra contra el infiel. La estancia de Rincón de López –donde su abuelo materno, don Clemente López de Osornio había muerto víctima de un malón- era una verdadera marca. No participaba, por consiguiente de aquellas ilusiones (que, por lo demás, ya se habían disipado bastante) y consideraba que el problema del indio solo se resolvería por su total sometimiento o el exterminio de los recalcitrantes; es decir la continuación del sistema de la conquista. Durante su actuación como comandante de la campaña había propuesto el avance paulatino de las líneas fronterizas y el sistema mixto de negociación y rigor, que aplicó con éxito, ganando la confianza de los caciques por el cumplimiento riguroso de los compromisos y el castigo de las transgresiones; y se había opuesto a las expediciones punitivas condenadas al fracaso.

Al cabo hubo de convencerse de la insuficiencia de ese método. Los malones se habían convertido en una verdadera industria, apoyada por intereses poderosos que contaban incluso con la complicidad de funcionarios de la campaña: el producto de los robos se negociaba por lo común en Chile y producía a los intermediarios pingue provecho. Era necesario destruir en su origen el mal.

Combinó entonces con el presidente de Chile la realización de una campaña conjunta por medio de tres columnas convergentes. La de la derecha, al mando del general Bulnes, tendría por misión atajar a las tribus que pasasen la Cordillera. En nuestro territorio operaria una columna central al mando del general Quiroga (quien desempeñaría el comando en jefe de la campaña) y otra izquierda al mando de Rosas, las que se encontrarían junto a las nacientes del rio Negro, después de haber limpiado de aborígenes su recorrido. El general Aldao, por su parte avanzaría hacia el sur desde Mendoza. En sustancia, el plan previsto medio siglo atrás por el virrey don Pedro de Ceballos.

Rosas asumió la dirección de la campaña como jefe de la división de Buenos Aires y estableció su cuartel general en Monte. Allí empezó a organizar su ejército, poniendo a contribución –para suplir la reticente ayuda oficial- su propio peculio y el de sus amigos. Contaba con la colaboración de algunas tribus aliadas, inestimable como fuente de información y tropas auxiliares. Para que la empresa diera todos sus frutos, agregó a ella un grupo de técnicos e ingenieros, con el objeto de que estudiasen las características geológicas y naturales de las regiones que se conquistasen, así como de efectuar cateos y mensuras.

El tres de abril de 1833 se puso en macha la columna en dirección al sur. El once de mayo había alcanzado las márgenes del rio Colorado, donde se estableció campamento, después de explorar el territorio al Este y al Oeste con columnas parciales y sosteniendo escaramuzas con las tribus de la zona. El naturalista Darwin, en su viaje alrededor del mundo, llegó a ese punto a la sazón y visitó el campamento, dejándonos testimonios en su diario de la fuerte impresión que le produjo el jefe y de la popularidad de la guerra contra el salvaje en toda la campaña, para cuyos habitantes no era el idílico “hermano” de logistas e ideólogos, sino el enemigo alevoso, cruel y rapaz.

La columna del centro, entre tanto, cuyo comando había delegado Quiroga, por hallarse enfermo, en el general Ruiz Huidobro, había batido a las hordas guerreras del feroz cacique ranquel Yanquetruz, persiguiéndolo hasta las márgenes del Salado. Sin medios para proseguir, por falta de las caballadas que el gobierno de Córdoba, violando sus compromisos, no le proveyó, debió volverse. Como represalia, participaría en la revolución que estalló a poco contra Reinafe, para poner en el gobierno a don Claudio Arredondo. Aunque Quiroga lo desautorizó públicamente, hubo de atribuírsele la instigación de la frustrada intentona, dada su rivalidad con López  –patrono de Reinafe- y la importancia de la situación del centro en el pleito por la hegemonía nacional. Este episodio (al que no eran ajenos los manejos de los unitarios emigrados, que obraban sobre el gobernador de Santa Fe por intermedio de su ministro Cullen) debe destacarse, porque en él se encuentra el origen inmediato de la tragedia de Barranca Yaco.

El general Aldao había seguido el rastro de Yanquetruz. Lo alcanzó en su toldería, donde destrozó los resto de su fuerza. De allí debió emprender la vuelta, también por agotamiento de sus medios de movilidad.

Por lo que hace al general Bulnes, no pudo terminar su misión por el estallido de una revolución en Santiago. Después de haber colaborado breve tiempo, impidiendo el paso de la Cordillera a las tribus acosadas de este lado, se vio obligado a firmar una paz con los ranqueles de los valles del sur, dejando allí un foco de infección y un vivero de malones futuros.

Rosas seguía su marcha hacia el Rio Negro, divididas sus fuerzas en columnas parciales. El 26 de mayo obtuvo el primer triunfo importante. La columna al mando del general Pacheco destruyó completamente, cerca del Choele-Choel, a la tribu del cacique araucano Pallayrén, que le ofreció combate, matando al cacique y a casi a todos los indios de pelea.

Se mandaron de allí destacamentos hacia la cordillera, con el objeto de completar las operaciones que habían dejado inconclusas Bulnes, Aldao y Ruiz Huidobro.

En estas circunstancias tendría Rosas la primera noticia de los extremos a que llegaba contra su persona la hostilidad del gobierno de Balcarce, con quien se habían enfriado sus relaciones por muestras repetidas de reacción contra su política, instigadas por la fracción liberal. Por infidencias de unos indios aliados, supo que desde la capital se los incitaba a la sublevación. Intimados por el general en jefe, los caciques Catriel y Cachul le ratificaron su adhesión y mandaron lancear a los caudillos promotores de rebeldías. En conocimiento de que muchos oficiales, también por intrigas de la capital, se manifestaban descontentos, Rosas los envió de vuelta. No quería, según dijo en esa ocasión, “tener en el ejército hombres que no cooperasen de corazón a la obra grande que se proponía llevar a término, costase lo que costase, de dejar aseguradas las fronteras de la provincia".

Las operaciones prosiguieron con gran energía. El general Pacheco remontó ambas márgenes del rio Negro y destruyó las tolderías del fuerte cacique Chacori. Otra columna liquidó la indiada brava del cacique Pitrioloncoy. La misma división atacaría a nado la isla Choele-Choel, acuchillando a los salvajes que se habían refugiado en ella y aprisionando multitud de familias. En los cerros próximos se dio cuenta del resto de los fugitivos.

Las fuerzas destacadas hacia el norte, en el territorio de los ranqueles, cumplían entretanto la operación de limpieza que debía haber realizado la columna del centro, destrozando al sur de San Luis las indiadas de guerra del cacique Yanquiman, al que se habían plegado los restos de la tribu de Yanquetruz. Por la parte sur del rio Negro, la columna al mando del mayor Ibañez anulaba a los últimos guerreros que quedaban en las inmediaciones bajo el cacique Cayupan, a quien alcanzó y mató antes de que pudiera refugiarse en Chile. En la campaña total se habían liquidado más de diez mil indios de guerra y rescatado cuatro mil cautivos.

A continuación Rosas regresó con su división a Napostá, dejando guarniciones en Choele-Choel, en el cuartel general del rio Colorado, en las márgenes del Negro y en los puntos donde antes se establecían fortines. De allí intimó a los indios borogas (que habían celebrado un pacto con él y no lo habían cumplido, continuando en sus depredaciones) a que devolvieran los cautivos y haciendas que tenían en su poder. Como se negaran, atacando a la partida que llevaba el mensaje, mandó sobre ellos algunos escuadrones veteranos que los exterminaron, matando más de mil indios guerreros y rescatando todo lo robado. Era la última indiada rebelde que quedaba. Los tehuelches y los pampas de Catriel y Chacul estaban sometidos. El peligro del indio no existía ya y no se volvería a hablar de él sino incidentalmente durante los veinte años de gobierno del Restaurador.

*Tomado de: Ernesto Palacio. Historia de la Argentina. Libro III, Cap. XVII. Decimoséptima edición. Ed Abeledo Perrot.

sábado, 29 de marzo de 2014

Rosas. La consolidación del poder*

Por: Ernesto Palacio

Dos tareas primordiales ha debido acometer Rosas en el orden provincial: restablecer la confianza y restaurar la hacienda pública. A ellas obedece la elección de su ministerio, formado de hombres expectables. Guido y Balcarce han sido ministros de Dorrego: significan una continuidad. Por lo que se refiere a García, si bien sus antecedentes políticos no parecían recomendarlo, cabe advertir que se ve en el no tanto al diplomático infortunado, cuanto al experto ministro de Rodriguez y Las Heras, al técnico de las finanzas que ha dado prueba de su competencia en momentos difíciles. Su presencia en el ministerio tiene el objeto aparente de apaciguar y provocar la adhesión al nuevo régimen de un sector importante de la burguesía urbana y del comercio ingles. Significa una garantía de que en las materias de su incumbencia no se harían, por el momento, cambios peligrosos.

No obstante la adhesión popular al nuevo gobierno, la conspiración unitaria continuo en los primeros tiempos, estimulada por los éxitos de Paz en el interior. La represión se limitó empero a lo estrictamente indispensable, como las medidas referentes a la tenencia y venta de armas, quedando en la ciudad sin ser molestados los hombres no esencialmente comprometidos del decembrismo, salvo su natural eliminación de los cargos públicos que desempeñaba.
Rosas recorrió personalmente los departamentos del norte de la provincia para enterarse de sus necesidades y se ocupó de la reorganización de la justicia de paz de la ciudad y campaña, a la que daba especial importancia por su relación inmediata con la población de escasos recursos. Reorganizó asimismo la policía dividiendo en nuevas secciones la urbana y la rural, y dictó diversas disposiciones que mostraban la intención de atender a muchos problemas rurales descuidados hasta entonces por los gobernantes urbanos del tipo de Rivadavia, como las referentes al uso de los animales “reyunos” (cuya designación se cambio por “patrios”), el transito sin pasaporte y los derechos de pontazgo.
Por las exigencias de la guerra y la vigilancia de las fronteras del sur, debió efectuar varias delegaciones del mando en sus ministros, con quienes se mantenía en constante comunicación epistolar. De acuerdo con la concepción paternalista que se ha hecho del gobierno, piensa en todo y se interesa por los ramos mas dispares: desde la provisión desde los cargos judiciales (nombra en la Cámara de Apelaciones a los miembros mas prominentes del foro como Castro, Tagle, Anchorena, López y Arana), hasta la reparación de iglesias a cargo de su peculio personal. En esta materia, se muestra dispuesto a reaccionar contra la tradición liberal y masónica que tantos males ha causado. Sabe que el país atraviesa por una crisis moral, que exige remedios del mismo orden, los que solo pueden venir de la Iglesia. Por eso procura la reanudación de los vínculos con la Santa Sede, levanta templos en la campaña y no pierde oportunidad de mostrar su acatamiento a la Fe heredada. Sus soldados han de ir a misa en formación para mostrar a Dios “la veneración que marca la ordenanza”. Se escandaliza del descuido anterior a esta materia. “¡Como se ha minado por nuestros gobiernos, padrino, la religión santa de Jesucristo, la religión de nuestra tierra!” – le escribe al cura Terrero- “ahora será distinto -afirma– todo ha de ir bien porque el ejemplo puede mucho”.
Como afirmación del espíritu nacional y su voluntad de independencia declaró fiesta solemne el 9 de Julio,  y decidió que no se admitiesen cónsules de ninguna nación que no hubiesen expresamente reconocido dicha independencia.
Al mismo tiempo se ocupaba, con la hábil ayuda de García, en la restauración de las finanzas. En 1829 solo se habían recaudado ocho millones de pesos y los gastos ascendían a veintitrés. La practica de las emisiones sin respaldo había desvalorizado pronunciadamente la moneda. Esto no se debía a la mala administración, sino a la gran sequía que asolaba la provincia desde 1827 y cuyas consecuencias contribuían al malestar político. Unos cuantos meses de administración ordenada y las primeras lluvias bastaron para devolver la confianza a los capitalistas y restablecer el crédito. Se reanudó el comercio internacional y las rentas de la aduana subieron, si bien el mercado se inundó de mercadería extranjera.
Esta última circunstancia, había de provocar un nuevo brote de resentimiento contra Buenos Aires, que dificultaría la tarea inmediata de Rosas, ya que esa política comercial no era más que la continuación que la de Rivadavia,  favorable al puerto único a expensas del interior. El gobernador de Corrientes, Ferre, protestó contra “el comercio del extranjeria”. Rosas lo mantuvo, sin embargo, porque ello significaba la financiación de la guerra inminente y porque no podía, por lo demás, renunciar al privilegio de que gozaba su provincia por razones de situación, sin una compensación equivalente.

Con la terminación de la guerra civil se habían abierto las vías para la unión; pero esta no se había consumado en los hechos. Quedaba un país profundamente dividido y receloso, cubierto de heridas todavía sangrantes. El pacto federal era un simple instrumento legal, lleno de sabias previsiones, entre ellas las relativa a la formación de la autoridad nacional que faltaba; pero su aplicación constituía un camino bordeado de peligros a causa de las pasiones encendidas y los intereses contrapuestos.  La delegación de las relaciones exteriores en el gobierno de Buenos Aires representaba un comienzo de unidad. Pero, ¿Concederían las provincias esa delegación sin condiciones? El gesto hosco de Ferré anunciaba que no. En todas partes empezaba a alzarse el clamor por la reunión del congreso, que los unitarios infiltrados coreaban, tratando de introducir cizaña en las filas poco  coherentes del federalismo triunfante y entre las personas de sus tres jefes de primer plano – Rosas, Quiroga y López – o de sus lugartenientes Ferre, Ibarra y Reinafe.


*Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina. Ed. Abeledo-Perrot. Libro III. Cap XVI . Pag 302 a 304