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lunes, 25 de marzo de 2024

El nacionalismo católico y la guerra al terrorismo marxista (I)

 


Por FERNANDO ROMERO MORENO

Hace unos días salieron a la venta los dos primeros tomos del libro La verdad los hará libres, dirigida por la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA), a pedido de la Conferencia Episcopal de nuestro país (CEA).

Este trabajo de investigación es el primero que se publica habiendo utilizado al mismo tiempo el Archivo de la Conferencia Episcopal Argentina y el Archivo corriente de la Santa Sede, incluida la Secretaría de Estado, el Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia y la Nunciatura en la Argentina. El tomo I se titula “La Iglesia Católica y la espiral de violencia de la Argentina entre 1966 y 1983” [1].

Aquí se responsabiliza de modo principal al Nacionalismo Católico y al “integrismo” por la violencia de los años ´70, al haber inspirado supuestamente la metodología de la represión ilegal, relativizando en cambio la gravedad que supusieron la teología progresista y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) en relación a la subversión castro-comunista, como la opción por las armas que inculcaron en gran cantidad de jóvenes argentinos, llevándolos a la muerte.

Como explica Jorge Martínez en un reciente artículo publicado en el diario La Prensa, los autores ubican en la corriente “integrista” a “la Ciudad Católica de Jean Ousset y la revista Verbo, a los padres Julio Meinvielle, Alberto Ezcurra y Alfredo Sáenz, a los libros La Iglesia Clandestina de Carlos Sacheri y Fuerzas Armadas: ética y represión de Marcial Castro Castillo (pseudónimo de Edmundo Gelonch Villarino), al Seminario de Paraná, a la revista Mikael, al Vicariato castrense, a los capellanes militares y muy especialmente a los obispos Adolfo Tortolo y Victorio Bonamín” [2].

La realidad, por cierto, es muy distinta, toda vez que el Nacionalismo Católico, además de haber hecho una seria crítica teológica, filosófica, política, jurídica, cultural, económica y financiera del terrorismo marxista, no dudó en señalar también bajo qué condiciones morales era lícito combatirlo, teniendo en cuenta que había que aplicar los principios universales del derecho natural y cristiano acerca de la guerra justa a una “guerra revolucionaria” (muy diferente de la guerra clásica o convencional).

En esta última el enemigo se ubica al margen de las leyes internacionales sobre conflictos armados, no usa uniforme, considera que el fin justifica los medios y se mimetiza con la sociedad civil, formando parte de una compleja estructura clandestina (de tipo celular, piramidal y tabicada). Como veremos, estudiar estas condiciones fue tarea que realizaron los referentes más importantes del Nacionalismo Católico, a diferencia de otras corrientes políticas que actuaron según criterios, al menos de hecho, utilitaristas, superficiales o simplemente cómplices.

Va de suyo que este análisis parte de la premisa de que la Argentina vivió una Guerra Civil de naturaleza revolucionaria, sobre todo entre 1969 y 1979, guerra provocada por organizaciones armadas marxistas-leninistas, fueran o no partidarias de utilizar al Movimiento Nacional Justicialista como “puente” hacia la “Patria Socialista”. Guerra que el Nacionalismo Católico estudió en sus orígenes, en su naturaleza, en su “modus operandi”, en su financiamiento, en sus cómplices y en sus consecuencias.

Recordemos, para contextualizar lo que estamos afirmando, que las organizaciones terroristas que operaron en la Argentina dependían directamente del Departamento América del Partido Comunista Cubano, con el apoyo de la URSS en su primera etapa. Y que, respecto de Montoneros, la Triple A y algunos sectores del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” existió una cierta convergencia en torno a la logia masónica Propaganda Due, también responsable de esta guerra [3].

PRINCIPIO GENERAL

Veamos ante todo un principio general, tomado precisamente del tradicionalista francés Jean Ousset, fundador de la Ciudad Católica, iniciativa adaptada a nuestra realidad por los referentes de la revista Verbo y por el Instituto de Promoción Social Argentina (IPSA), fundado por Carlos A. Sacheri. Escribió Ousset en su Para que Él reine: “Louis Veulliot [católico francés, tradicionalista y monárquico] supo protestar contra los fusilamientos precipitados [en tiempos de la Commune] y no temió reprochar a los burgueses liberales su excesiva dureza en la revancha”. Y afirmaba: “La justicia prohíbe las ejecuciones secretas... ¡Que el pueblo vea cómo se castiga al criminal, que el mismo criminal se sienta castigado! Entonces puede ser tocado por el arrepentimiento y rescatarle para la eternidad (…) Y que no se vaya más allá de lo necesario. La conciencia pública pedirá cuenta de un solo tiro de fusil que la justicia o el derecho a la legítima defensa no hayan ordenado (...)‘La fraternidad o la muerte’ es y sigue siendo una máxima revolucionaria” [4], no una enseñanza católica.

CARLOS SACHERI

No es extraño entonces que, en la misma línea, Carlos A. Sacheri, anticomunista hecho y derecho, además de mártir en la Guerra contra la subversión, repudiara la metodología criminal de combatir al terrorismo, como la que empleaban algunas organizaciones del denominado peronismo ortodoxo: “Yo recuerdo –decía Fernando de Estrada– que, cuando mataron a Silvio Frondizi, estábamos en una reunión con Sacheri y otras personas, algunas más bien de orientación liberal, que insinuaron aprobar el procedimiento, y recuerdo que Carlos se opuso cortándolos inmediatamente. Dijo que estaba mal. Que así no” [5].

Un repudio similar fue publicado en la revista Cabildo en su número 14 de junio de 1974 ante el asesinato del padre Carlos Mugica: “Todos los argentinos bien nacidos debemos lamentarnos de ésta y de tantas otras inútiles muertes producidas por razones ideológicas o por motivos dialécticos y que parecen haber introducido un nuevo estilo en nuestras prácticas políticas, estilo que vendría a echar por tierra la creencia de que vivimos en una Argentina civilizada” [6].

De modo similar se expidió esta revista ante el asesinato del diputado Ortega Peña, de conocida militancia en el peronismo de izquierda: “En el camino pues de la guerra que están organizando para que la padezca todo el país, las facciones malavenidas del peronismo, fue ametrallado el diputado Ortega Peña en el filo de la medianoche del miércoles 31 y a cuadra y media de una seccional de policía capitalina. Este nuevo crimen que provocó la muerte instantánea de su víctima, conmovió también a la ciudad. Era la primera vez que caía –destinatario ahora de sus propias reglas de juego– una figura principal de la guerrilla ideológica de izquierda. (…) Este desenfreno criminal obedece” a leyes “cruelmente sofisticadas” [7].

La aparición de bandas paramilitares que respondían al terrorismo marxista con idéntica metodología, había sido advertida y juzgada severamente por otro importante pensador y mártir del Nacionalismo Católico, el Prof. Jordán B. Genta. 

En tiempos de Lanusse, cuando ya la guerrilla hacía notar su presencia con asesinatos, secuestros, robos, etc., estando en la provincia de Tucumán, alguien le preguntó: “—¿No piensa Usted, profesor, que debemos organizarnos y armarnos, y atacar a los guerrilleros de la misma manera en que ellos nos atacan, eliminándolos ocultamente para evitar el reproche internacional y la represalia guerrillera de hoy y de mañana?”. La respuesta de Genta fue clara y contundente: “No —dijo— esa manera de actuar es inadmisible. En primer lugar y ante todo, el cristiano debe estar dispuesto a morir, no a matar; dispuesto a morir por la fe, por la patria, por la familia, por el prójimo. Debe estar dispuesto a derramar, como Nuestro Señor Jesucristo, la propia sangre, y no la sangre ajena. En segundo lugar, y si tiene que defenderse y combatir, el cristiano debe hacerlo en la luz y a cara descubierta, y no desde la sombra y con el rostro encapuchado. Además, los que tienen que desplegar la lucha armada son los integrantes de las Fuerzas Armadas de la Nación, quienes deben apresar abiertamente a los guerrilleros, deben juzgarlos públicamente según las leyes de la guerra, deben condenarlos públicamente y, si fuese posible, deben también ejecutarlos públicamente. Actuar clandestinamente es de una ruindad, una vileza y una cobardía impropias de un soldado, de un estadista y de cualquier cristiano; es algo que no se puede hacer si se es discípulo de Cristo. Y en tercer y último lugar, la guerra sucia a los guerrilleros se la van a perdonar y los van a convertir en héroes, a ustedes no. Ustedes, en rigor, no serán perdonados, y serán, en cambio, castigados como criminales” [8]. Una respuesta profética.

La revista Cabildo no se privó tampoco de repudiar la persona y las acciones de López Rega, instigador principal de la “represión ilegal peronista” con la tapa de su número 22 en la que, junto a la foto del “Rasputín” justicialista, se estampó la frase “José López Rega: El Estado soy yo” [9], lo que le valió a Cabildo la clausura por parte del gobierno “democrático, nacional y popular” de Isabel Perón.

DOS ESTUDIOS

Mención aparte merecen dos estudios específicos acerca de cómo aplicar las enseñanzas clásicas de la Iglesia Católica sobre la guerra justa, a la guerra revolucionaria. Los franceses que combatieron contra el comunismo en Argelia hicieron el estudio detallado de esta modalidad y sus diferencias con la guerra convencional, originando la “Doctrina de Guerra Revolucionaria” (DGR) a través de referentes como Lacheroy, Trinquier, Aussaresses, Chateau-Jobert y Bigeard. Sus análisis fueron importantes para entender con qué clase de enemigo se estaba combatiendo, pero no siempre ni en todos los casos sus consejos fueron acordes con la moral cristiana.

Ese estudio, en consecuencia, debieron hacerlo en la Argentina el padre Alberto Ezcurra Uriburu, a pedido de Mons. Tortolo y el Prof. Edmundo Gelonch Villarino, discípulo de Genta, ante las consultas de militares decididos a dar guerra sin cuartel a la subversión marxista pero preocupados por ciertas prácticas que estimaban contrarias a la ley natural y divina.

El padre Ezcurra escribió entre fines de 1974 y principios de 1975 un opúsculo titulado De Bello Gerendo. Muchos años después, en el año 2007, fue publicado como libro bajo el título Moral cristiana y guerra antisubversiva- Enseñanzas de un capellán castrense [10]. El opúsculo está dividido en tres capítulos y un Apéndice: I. Principios generales (Legítima defensa, pena de muerte y guerra justa); II. La Guerra revolucionaria; III. Aspectos morales (Licitud de la Guerra revolucionaria, Respecto de los medios, Insuficiencia de la legislación represiva y Advertencias a los hombres de Iglesia).

El enfoque general respecto de la metodología contrarrevolucionaria puede advertirse en la siguiente cita que Ezcurra tomó de San Ambrosio: “Aún entre enemigos existen derechos y convenciones que deben ser respetados”, y los asuntos más complejos a los que da respuesta (siguiendo a importantes exponentes del derecho natural como del derecho internacional público) son la aplicación o no de las leyes internacionales de derecho positivo a quienes no se sujetan a ellas, la licitud de dar muerte en combate a los guerrilleros, la licitud o no de hacerlo en caso de rendición, la licitud o no de eliminar físicamente a los jefes y responsables (teóricos o militares) de la guerrilla, la licitud o no de las represalias, entre muchas otras. Y deja bien claro que nunca puede ser lícita la ejecución de los rendidos, salvo casos excepcionales y jamás sin juicio sumarísimo.

Como comentaba el Dr. Héctor H. Hernández, biógrafo de Sacheri, al analizar este opúsculo: “Ni se le pudo ocurrir al P. Ezcurra entonces que las Fuerzas Armadas adoptaran (...), como lo hicieron (cuando lo hicieron, lo digo así porque la leyenda oficial miente mucho), el procedimiento criminal de los ‘desaparecidos’ ni ninguna cosa semejante” [11]. Muy por el contrario, nos consta que el mismo Ezcurra debió interceder, aunque sin éxito, ante la desaparición de un conocido suyo, que fue secuestrado por error y asesinado.

GELONCH VILLARINO

En cuanto al libro de Gelonch Villarino (que apareció bajo el pseudónimo de Marcial Castro Castillo), fue escrito antes del 24 de marzo de 1976 y circuló (sin ser publicado) entre miembros de las Fuerzas Armadas, en especial de la Fuerza Aérea Argentina, cuyos oficiales de filiación nacionalista y católica se encargaron de difundir. Recién en 1979 salió a la venta, con algunos pasajes nuevos fruto de consultas de militares en actividad por problemas de conciencia.

Este libro fue elogiado con ocasión de su publicación por las revistas Mikael [12] del Seminario de Paraná y también por la Revista Cabildo [13]. El libro, fundamentado principalmente en las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria y el Magisterio de la Iglesia, se explaya en consideraciones muy atinadas sobre los requisitos de la guerra justa, su aplicación a la guerra revolucionaria y temas específicos como la pena de muerte, los bienes del enemigo, la verdad y la mentira, el trato de los inocentes (niños, mujeres, ancianos, etc.) o la tortura como método de interrogación.

Respecto de esto último, Gelonch Villarino la descarta como inmoral respecto de inocentes y sospechosos, y sólo probablemente lícita en relación a los culpables en casos muy excepcionales (no de modo habitual), cuando esté gravísimamente afectado el bien común y no quede otro medio, según el juicio prudencial “ad casum” de la autoridad competente. Con todo, no deja de recordar, a contrario sensu de su opinión (dicha con enorme precaución), que los papas Nicolás I como Pío XII y moralistas ortodoxos, la consideraron en todos los casos como intrínsecamente mala.

Como puede advertirse, un juicio moral que nada tiene que ver con el uso de la tortura tal como se generalizó a partir de la ruptura de Perón con los Montoneros (1973), la acción criminal de López Rega y sus esbirros (1973-1975), el gobierno de María Estela Martínez de Perón (1974-1976) y, luego del 24 de marzo de 1976, el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Una de las tantas coincidencias entre el estudio de Ezcurra y el de Gelonch Villarino es el de la insuficiencia de la legislación positiva vigente entonces y la necesidad de adaptarla al tipo de guerra que se estaba librando. Lamentablemente poco y nada se hizo al respecto.

También la revista Verbo se ocupó de enseñar los fines y los medios moralmente lícitos de combatir a la subversión, como sucedió con la publicación en tres entregas, a lo largo del año 1975, de un artículo titulado “Moral, derecho y guerra revolucionaria”, centrado principalmente en los fines de la pena respecto a los delitos del terrorismo marxista, pero desde las características peculiares de la Guerra Revolucionaria. La argumentación era similar a la que luego esgrimiera Gelonch Villarino, con algunas diferencias de matiz [14]. Y las condiciones como los matices indicados, nada tuvieron que ver con la metodología criminal adoptada o al menos tolerada sucesivamente por los gobiernos de Juan D. Perón, María Estela Martínez de Perón y el último gobierno cívico- militar.

Notas

[1] Galli, Carlos; Durán, Juan; Liberti, Luis; Tavelli, Federico, La verdad los hará libres. La Iglesia Católica en la espiral de violencia en la Argentina 1966-1983, Tomo I, Editorial Planeta, 2023.

[2] Martínez, Jorge, La Iglesia y el drama de los 70 (I), La Prensa, 26/03/2023.

[3] Manfroni, Carlos, Montoneros: Soldados de Massera. La verdad sobre la contraofensiva montonera y la logia que diseñó los 70, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2012; Manfroni, Carlos, Propaganda Due. Historia documentada de la logia masónica que operó en la Argentina sobre políticos, empresarios, guerrilleros y militares, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2016.

[4] Ousset, Jean, Para que Él reine, 3a edición, Dómine Editorial, Buenos Aires, 2011, págs. 417 y 419.

[5] Hernández, Héctor H., Sacheri. Predicar y morir por la Argentina, Vórtice Editorial, Buenos Aires, 2007, pág. 339.

[6] Carlos Mugica, Revista Cabildo, N.º 14, Junio de 1974, pág. 24.

[7] Crónica de Guerra, Revista Cabildo, N.º 16, Agosto de 1974, págs. 5-6.

[8] Juárez Avila, Pablo, Genta; una lección profética, Revista Cabildo, mayo 2004, 3ª época, n° 36.

[9] Revista Cabildo, Nº 22, Febrero de 1975.

[10] Ezcurra, Alberto I., Moral cristiana y Guerra antisubversiva. Enseñanzas de un capellán castrense, Editorial Santiago Apóstol, CABA, 2007.

[11] Hernández, Héctor H., op. cit., pág. 353.

[12] Mikael, Revista del Seminario de Paraná, Año 8, N.º 24, Tercer cuatrimestre de 1984, págs. 171-172.

[13] Revista Cabildo, 2a Época, N.º 39, 1981.

[14] Revista Verbo, N.º 159, Diciembre de 1975.

 

SEGUNDA PARTE

El nacionalismo católico y la guerra al terrorismo marxista (II)

En la parte I de este artículo intentamos refutar la acusación de que fueron el Nacionalismo Católico y el “integrismo” los principales responsables de la violencia en los años ‘70. Es así que, partiendo de unas consideraciones certeras de Jean Ousset, fundador de La Ciudad Católica, expusimos ideas favorables a la Guerra contrarrevolucionaria pero contrarias a la represión ilegal de referentes importantes del Nacionalismo Católico como Carlos A. Sacheri, Jordán B. Genta, el P. Alberto Ezcurra, Edmundo Gelonch Villarino, así como también las revistas Cabildo y Verbo. En esta segunda parte completamos el elenco de pensadores del Nacionalismo Católico que criticaron la metodología criminal de combatir al terrorismo marxista.

Acerca del golpe de Estado de 1976, hubo nacionalistas que se opusieron mientras que otros lo incentivaron, al igual que la mayoría de la dirigencia política, empresarial, mediática, intelectual, etc. de la Argentina. Entre los primeros se encontraba Francisco “Pancho” Bosch, quien había sido interventor en la Facultad de Derecho de la UBA bajo la dirección de Alberto Ottalagano, siendo ministro de Educación Oscar Ivanissevich.

Lo primero que hizo como interventor fue exigir que desaparecieran de esa Facultad las bandas parapoliciales. Luego, junto a otros juristas nacionalistas, propuso reestablecer la Cámara Federal en lo Penal que había actuado con seriedad y eficacia entre 1971 y 1973. Francisco M. Bosch le había expresado al ministro de Justicia Ernesto Corvalán Nanclares que “el asesinato como resolución de un tema político, no sólo es la peor de todas sino que envilece al que la practica” [15]. El ministro le dijo que después de la disolución del “Camarón”, del asesinato del Juez Quiroga y del exilio de sus otros miembros, no había ningún magistrado dispuesto a firmar una sentencia contra los terroristas, dado el riesgo que implicaba. Pasados unos días, “Pancho” Bosch entregó una lista con 200 personas que sí aceptarían ese riesgo pero su propuesta fue rechazada.

ANTICIPO

Producido el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, el ex-interventor de la Facultad de Derecho de la UBA publicó un libro titulado Indexación o soberanía (recomendado por la revista Cabildo), en el cual criticaba la represión ilegal y anticipaba lo que sucedería a las Fuerzas Armadas por tomar esa pésima decisión. “El heroísmo segregado de un orden civilizado no es más que crueldad y en última instancia, crueldad envilecedora de los mismos que a diario arriesgan su vida con las mejores intenciones subjetivas (…) Éxito material logrado sin duda por las Fuerzas Armadas, pero que paradójicamente no podrá ser capitalizado por éstas porque indefectiblemente se les pasará factura en la que documentarán los hechos ilícitos que acompañaron el aniquilamiento de la subversión. Ello importará la catastrófica retirada de las Fuerzas Armadas (que no podrán soportar el ‘estado de conciencia’ que los órganos de opinión, hoy llamados a discreto silencio, implementarán en su momento) de la palestra política” [16]. Como dijo con ocasión de su muerte Luis María Bandieri, “bajo Videla [Francisco M. Bosch] y asumiendo un riesgo personal que no dejaron sus oyentes militares de recalcarle, a veces con registro de amenaza, criticó la infeliz decisión de combatir el terrorismo por vías subrepticias y no a la luz de la ley. La reversión histórica que se impone en nuestros días, según la cual los únicos terroristas son hoy los que combatieron a los terroristas de ayer, le ha dado póstuma y lamentablemente la razón” [17].

También se opuso a la represión ilegal, antes del golpe militar, otro conocido militante nacionalista, Enrique Graci Susini, por entonces jefe de la Policía de San Juan (1973-1976). Y un reconocido jurista y pensador del Nacionalismo Católico como lo es el Dr. Bernardino Montejano enseñó conceptos parecidos en una conferencia dictada en Mendoza en 1979 en la que afirmó: “Antes que la victoria sin honra, preferimos la derrota” [18], frase inspirada en los versos de Rafael Sánchez Maza: “A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa, preferimos la derrota”.

Similar actitud tuvieron destacados militares nacionalistas. Comencemos por la postura del entonces Mayor Mohamed Alí Seineldín. Por de pronto estuvo en contra del golpe del 24 de marzo de 1976, a diferencia de otros referentes del Nacionalismo Católico. Pero ante el hecho consumado, se propuso “moralizar la fuerza”, como lo explica minuciosamente su biógrafo el Prof. Sebastián Miranda. El 23 de febrero de 1976 había sido enviado en comisión para entrenar a la Policía Federal Argentina (PFA) en técnicas militares contrarrevolucionarias y anti-subversivas. Cuando el 31 de marzo del mismo año el General de Brigada Cesáreo Ángel Cardozo (asesinado vilmente poco después por el terrorismo marxista) fue nombrado jefe de la PFA, uno de sus objetivos fue terminar con la “guerra sucia” y encarar la represión de manera integral, es decir, desde lo moral, lo doctrinal, lo militar y lo psicológico. Para eso eligió a Seineldín quien escribió entonces un Manual de temas ético espiritual-moral, cuyo punto 12 decía que “La lucha contra la subversión requiere la adhesión de una concepción cristiana del hombre y de la sociedad”.

LIBERALES Y MASONES

Sebastián Miranda explica que “la fundamentación filosófica, religiosa y política era esencialmente católica, antimarxista y antiliberal, lo que le valió la oposición” de “importantes sectores dentro de las propias FF.AA que respondían a la ideología liberal y a la masonería” (basta recordar que militares del “Proceso” como Massera, Suárez Mason, Corti y Barttfeld eran masones de la logia P2 y otros tenían estrechos vínculos con los fundadores de la globalista Comisión Trilateral, como era el caso de José Alfredo Martínez de Hoz, amigo de David Rockefeller). El libro de Seineldín era una síntesis de las enseñanzas de Chateau Jobert (militar francés católico y nacionalista), Jordán B. Genta y Carlos A. Sacheri.

En la misma época Seineldín escribió un Manual Práctico para el personal subalterno, en cuyas páginas pueden leerse textos como el siguiente: “Concretada una detención, no deberá adoptar más medidas de seguridad que las necesarias para evitar la fuga. No deberá mortificar al detenido sin necesidad, ni usará con él un lenguaje que pueda irritarle o humillarle, porque una conducta semejante provocará a no dudar la resistencia del detenido y creará antipatías o sentimientos hostiles. Un policía debe caracterizarse por sus buenos sentimientos. Cualquier actitud agresiva que adopte contra un detenido revelará una prepotencia cobarde y deshonrará a quien, olvidando elementales deberes de cultura y temperancia, se coloque en una situación desfavorable entre la opinión de los demás” [19].

Así comenta esta visión de la guerra antisubversiva un militar que estuvo en relación con Seineldín en aquellos años y también después: “Éramos capitanes por entonces y estábamos entrando en la Escuela Superior de Guerra. Convivimos durante tres años. El coronel Mohamed Alí Seineldín nos llevó a un grupo con él, en la Policía Federal. El general Cardozo le pidió que fuéramos a la policía porque había excesos, falta de honestidad. Nos llevó a varios de nosotros a hacer un curso de formación contrarrevolucionaria. Después se diseñó un cursillo de 7 días, con aislamiento, con alto contenido técnico y formativo especializado para actuar en cuestiones contra la subversión. Eso se sistematiza en la Policía Federal” con “varios cursos. De allí surgió una escuela especial que primero se llamó Centro de Instrucción Contrarrevolucionaria y luego CAEP (algo así como Centro de Actividades Especiales Policiales). Ahí se fue formando una corriente con un alto contenido ideológico antimarxista, pero también con fundamentación política (…). Después empezamos a ver cómo el Proceso se corrompía, y sobre todo, lo de la represión ilegal”. La reacción fue “procurar que la gente no se contaminara o se contaminara lo menos posible. Tratar de resistir. Éramos prácticamente el único grupo que trataba de moralizar la guerra con un éxito relativo, porque terminamos convirtiéndonos en elementos molestos. En donde se pudo, se hizo algo, y eso dio oportunidad a que, dado el ambiente en que se desarrollaron los hechos, se produjeran muchas adhesiones. Un ejemplo: ‘los muertos no aparecían porque si no, no iban a venir los préstamos’, según decían...y otras cosas raras. Nosotros creíamos que las cosas no iban a ser así, y fue cuando comenzamos a sentir la hostilidad de la cúpula militar hacia el sector nacionalista” [20].

GENERALES

En el Ejército los generales nacionalistas Juan Antonio Buasso y Rodolfo Clodomiro Mujica, contrarios a la represión ilegal, se ofrecieron para integrar tribunales militares que juzgaran a los detenidos y, de ser necesario, dictar sentencia condenatoria, haciendo que se aplicara públicamente la pena de muerte a los terroristas. Videla lo recuerda en el libro-reportaje que le hiciera Ceferino Reato [21]. La propuesta fue rechazada y ambos militares pasaron a retiro. Otros nacionalistas vinculados a las Fuerzas Armadas intentaron influir de manera privada (por considerar que era peligroso hacer denuncias públicas que podrían ser utilizadas por la izquierda que ya dirigía una campaña anti-argentina desde el exterior), recordando todos estos criterios morales a las autoridades correspondientes.

En relación a la escasa mención que el Nacionalismo Católico hizo de crímenes concretos cometidos en el marco de la represión ilegal, hay que entender que era una cuestión prudencial. Por un lado, se trataba de la corriente política que con mayor profundidad se había ocupado del fenómeno del terrorismo castro-comunista en la Argentina, algunas de cuyas características (como la aparición y el peligro de un “nacionalismo marxista”) ya habían sido denunciada con muchos años de anticipación por el padre Julio Meinvielle y, más cerca de los ’70 por Jordán B. Genta. Además, fue obra de Carlos A. Sacheri haber estudiado la infiltración marxista dentro de la estructura temporal de la Iglesia Católica en la Argentina, fruto de lo cual fue la publicación de su libro La Iglesia clandestina. Por el otro había un obstáculo no menor: con la hipocresía que los caracteriza y con la excusa de los DD.HH, el progresismo mundial había organizado una campaña global contra nuestra patria mediante la presión de la Administración Carter en EE.UU, organismos como la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), instituciones como Amnesty International, el Consejo Mundial de Iglesias, la socialdemocracia, ciertos sectores del Estado Vaticano, el Comité Noruego del Premio Nobel, los teólogos de la liberación, etc. Al no tratarse de instituciones imparciales sino otros tantos engranajes de la progresía global, era lógico que el Nacionalismo Católico no quisiera hacer críticas públicas permanentes que podían ser utilizadas no para defender la verdadera dignidad humana y los derechos naturales de la persona, sino para desprestigiar a las Fuerzas Armadas y de Seguridad, alentando a su vez a quienes seguían con la lucha armada y los que, con más perspicacia, habían optado ya por la Revolución Cultural, siguiendo a Gramsci y a la Escuela de Frankfurt.

El Nacionalismo Católico hizo lo que se podía y se debía hacer en ese momento, mal que les pese a los que no tienen enemigos a la izquierda, sobre todo mediante la ayuda, el consejo y el asesoramiento realizados de manera privada. Hoy es difícil juzgar esas acciones (“podrían haber hecho más”, “no fue suficiente”, etc.), porque desconocemos todas las circunstancias conforme a las cuales decidieron actuar del modo en el que lo hicieron. De todas maneras recordemos, por poner sólo un ejemplo, que mientras en el juzgado en el que era secretario Ricardo S. Curutchet (hijo del director de Cabildo y nacionalista como su padre) se tramitaban hábeas corpus presentados por familiares de detenidos/desaparecidos, el ahora “campeón de los DD.HH” (con película y todo) Dr. Julio C. Strassera (que había jurado por los “Estatutos” del Proceso) pidió infinidad de veces su rechazo, sin haber realizado investigación alguna, en contra del criterio que tenía el Juzgado donde trabajaba Curutchet. Ironías de la historia.

MONSEÑOR TORTOLO

En cuanto a la persona de Mons. Adolfo Tortolo, por entonces Arzobispo de Paraná y Vicario castrense, muy querido y apreciado en los ambientes del Nacionalismo Católico, llevaba un fichero con todas las denuncias que le llegaban acerca de personas desaparecidas, a fin de interceder por ellas ante las autoridades militares. Nos consta que en una ocasión consultó por el paradero de una mujer desaparecida y por ser quien era Mons. Tortolo, los militares que la habían secuestrado, la dejaron en libertad. Algunos meses después esa misma mujer fue partícipe de un operativo terrorista, en el cual murió. Los militares en cuestión le dijeron entonces a Mons. Tortolo: “A usted lo respetamos mucho, pero por favor no interceda más por nadie”. Eso, en cierto modo, “ató las manos” del Vicario Castrense, para quien fue más complicado, a partir de ese momento, ayudar a los familiares de los desaparecidos. Descontamos su recta intención y buena fe. Acerca de lo que hizo y lo que dejó de hacer, no podemos hacer un juicio de valor concluyente, pues únicamente él –y tal vez sus colaboradores más cercanos– podían justipreciar el mayor o menor condicionamiento que las circunstancias le habían impuesto. Sólo Dios, ante cuyo Tribunal ya compareció hace 37 años, sabe qué hizo bien, qué hizo mal y qué podría haber hecho mejor.

Al finalizar este breve recorrido sobre la acción del Nacionalismo Católico frente a la subversión marxista y la represión ilegal, no podemos olvidar la noble gestión que hiciera el padre Leonardo Castellani en favor del escritor (políticamente de izquierda) Haroldo Conti, en la reunión que tuvieron Videla y Villarreal con algunos referentes del mundo de la cultura como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Esteban Ratti y el propio Castellani. La historia es conocida y no la vamos a repetir en detalle aquí. Pero lo cierto es que Castellani entregó una carta a Videla pidiendo por Conti y tiempo después pudo verlo y administrarle el sacramento de la Unción de los Enfermos [22].

Todo lo dicho parece indicar que bajo ningún aspecto puede culparse al Nacionalismo Católico de la metodología criminal que de hecho se adoptó en el marco de la guerra antisubversiva, sea con anterioridad o con posterioridad al 24 de Marzo de 1976. La mayor o menor culpabilidad corresponde a las máximas autoridades políticas y militares que rigieron los destinos de la Argentina en aquellos años, ninguna de las cuales perteneció a esta corriente política. Los delitos que eventualmente puedan haber cometido algunos nacionalistas individualmente, sea por propia iniciativa o por obediencia debida, es responsabilidad suya y no del Nacionalismo Católico.

Hubiera sido mejor que la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA) estudiara si no hubo más culpabilidad en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), en las organizaciones terroristas del peronismo (de izquierda u ortodoxas), en la logia masónica P2, en varios de los partidos políticos que actuaron entre 1973-1976 y/o en los que tomaron decisiones de fondo durante el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), cuya filiación política fue, según los casos, liberal, radical, desarrollista, filo-peronista, demócrata progresista o socialista, más no nacionalista y católica. Los pocos referentes de esta corriente que colaboraron con el Proceso y no sin beneficio de inventario, lo hicieron en puestos subalternos y de nula influencia respecto de la Guerra contra la subversión marxista.

Notas

[15] Miranda, Sebastián, Mohamed Alí Seineldín, Grupo Argentinidad, CABA, 2018, pág. 138.

[16] Bosch, Francisco M., Indexación o Soberanía, Buenos Aires, Ediciones Leonardo Buschi, 1981, pág.10. El autor había expresado conceptos similares en la publicación El Derecho (UCA) en 1977.

[17] Bandieri, Luis María, “Francisco Miguel Bosch en el recuerdo”, en La Nueva (edición digital), Bahía Blanca, 01/06/2006.

[18] Montejano, Bernardino, “Antes que la victoria sin honra, preferimos la derrota”, Ciclo de Conferencias organizada por la Corte Suprema de Justicia de Mendoza, 1979.

[19] Miranda, Sebastián, Mohamed Alí Seineldín, Grupo Argentinidad, CABA, 2018, pág. 138.

[20] Simeoni, Héctor - Allegri, Eduardo, Línea de fuego. Historia oculta de una frustración, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1991, págs. 41-42.

[21] Reato, Ceferino, Disposición final. La confesión de Videla sobre los desaparecidos, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2012, pág.40.

[22] Beraza, Luis Fernando, Nacionalistas. La trayectoria política de un grupo polémico (1927-1983), Cántaro Ensayos, Bs. As., 2005, págs. 350-352 y 376.

 

 Tomado de: 

https://www.laprensa.com.ar/El-nacionalismo-catolico-y-la-guerra-al-terrorismo-marxista-I-528278.note.aspx#amp_tf=De%20%251%24s&aoh=17113251052669&referrer=https%3A%2F%2Fwww.google.com&ampshare=https%3A%2F%2Fwww.laprensa.com.ar%2FEl-nacionalismo-catolico-y-la-guerra-al-terrorismo-marxista-I-528278.note.aspx


https://www.laprensa.com.ar/El-nacionalismo-catolico-y-la-guerra-al-terrorismo-marxista-II-528547.note.aspx#amp_tf=De%20%251%24s&aoh=17113252832861&referrer=https%3A%2F%2Fwww.google.com&ampshare=https%3A%2F%2Fwww.laprensa.com.ar%2FEl-nacionalismo-catolico-y-la-guerra-al-terrorismo-marxista-II-528547.note.aspx


lunes, 21 de febrero de 2022

ALBERTO EZCURRA MEDRANO: CUARENTA AÑOS EN LA GUARDIA SOBRE LOS LUCEROS (1982-2022)

 


Por: Fernando Romero Moreno

          Hace 40 años, un 19 de febrero de 1982, fallecía en Buenos Aires Don Alberto Ezcurra Medrano, uno de los fundadores del Nacionalismo Argentino y del Revisionismo Histórico de orientación católica y tradicionalista. Había nacido en 1909 y se dedicó principalmente a la investigación histórica, al periodismo y a la enseñanza. Hijo de Alberto Ezcurra Jolly y de Sara Medrano, contrajo matrimonio con María Rosa Uriburu Peró con quien tuvo siete hijos (tres de ellos sacerdotes), todos varones. Sus estudios primarios los realizó en su hogar, por motivos de salud. Cursó en cambio el Secundario en el Colegio Champagnat de los Hermanos Maristas. Desde muy joven tuvo una clara inclinación política, que abordó desde una profunda Fe católica y una rica vida interior.  A principios de 1928, fundó con Francisco Bellouard Ezcurra y Eugenio Frías Bunge el Comité Monárquico Argentino, fugaz organización pero de cuyos estatutos pueden extraerse las ideas principales que defendería hasta el fin de sus días. “El fin que se propone este comité - se afirma en los Estatutos firmados el 14 de febrero de 1928 - es sembrar la idea monárquica en la conciencia de los pueblos y apoyar las tendencias de la derecha contra las ideas democráticas, comunistas y revolucionarias que hoy pervierten a la sociedad”. La preferencia monárquica la cambiaría por la de una república clásica, jerárquica, presidencialista, federal y con representación corporativa, en el marco de un régimen mixto (síntesis de los principios monárquicos, aristocráticos y democráticos) más acorde con la realidad argentina (los proyectos monárquicos habían fracasado aquí, de manera definitiva, en 1820/21) y con las tendencias más de moda en aquellos tiempos. El “empirismo organizador” de Maurras, que los hermanos Irazusta siguieron en esta materia, fue lo que iluminó a la primera generación nacionalista en relación al régimen político, de la cual formó parte Ezcurra Medrano. A su vez el tradicionalismo católico y contrarrevolucionario tendría en él a uno de sus más fieles servidores. En la primera reunión del Comité Monárquico Argentino, se decidió “contribuir con un óbolo, a la colecta organizada por el Diario ‘El Pueblo’ en favor de los católicos de México”. Y en efecto, tal como informa este Diario el 19 de Febrero de 1928, el Comité Monárquico Argentino colaboró con una suma de $30 a la gesta de los Cristeros, suma que está entre las más grandes, salvo algunas pocas de $50 realizadas por personas individuales y ciertas instituciones. La aparición del periódico La Nueva República en diciembre de 1927, de cuya existencia Ezcurra Medrano tuvo noticias a mitad de abril de 1928 supuso la disolución del Comité Monárquico Argentino y la incorporación de sus miembros al Nacionalismo Argentino, que tendría poco después una expresión más ortodoxa con la fundación de El Baluarte, publicación donde integraría el Consejo de Redacción junto a Juan Carlos Villagra y Mario Amadeo. El Nacionalismo de El Baluarte estuvo inspirado sobre todo en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, Joseph de Maistre, Louis De Bonald, Juan Donoso Cortés y Juan Vázquez de Mella. Sin embargo no dejó de colaborar con otras publicaciones como La Fronda, La Nueva República (segunda etapa), Bandera Argentina, Crisol, El Pueblo, Criterio o Sursum. Como todo el Nacionalismo Argentino apoyó la Revolución del 6 de septiembre de 1930, que tuvo en los mitines políticos de la Liga Republicana de su primo Roberto de Laferrere, una de las tantas expresiones públicas que prepararon el clima pre-revolucionario.

En 1937 apareció Restauración, la expresión más pura del Nacionalismo Argentino según Ezcurra Medrano, donde escribió junto a otros destacados nacionalistas como Héctor Bernardo, Héctor Llambías y Alfredo Villegas Oromí. Como afirmara años más tarde, Restauración, “abandonando el nacionalismo empírico o con ribetes ‘Maurrasianos’ o ‘nazis’, fue profundamente católica, hispánica y rosista. Fue, inconfundiblemente, nuestro nacionalismo, o sea la doctrina que quiso que nuestra política fuese expresión de nuestro ser nacional y tradicional, y no de doctrinas artificiales o exóticas. Hoy que miro ‘El Baluarte’ con una perspectiva de más de 30 años, me doy cuenta hasta qué punto sigo siendo en 1960 el mismo ‘baluartista’ de 1929. Mi nacionalismo es esencialmente católico y tradicionalista. Fue una reacción de mi patriotismo contra el internacionalismo marxista y el desprecio por la patria de los liberales”. Fue precisamente en El Baluarte donde aclaró, en un artículo de mayo de 1930, que el Nacionalismo Argentino nada tenía que ver con el principio de las nacionalidades (por no aplicarse a la realidad hispanoamericana), el estatismo condenado por Pío XI en el Syllabus, ciertos errores del Fascismo italiano y la Acción Francesa, el chauvinismo y el nacionalismo continentalista antiyanqui de corte populista y/o izquierdista. Además de estas publicaciones y a lo largo de su vida, escribió en otras como Nueva Política, Choque, Combate, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Nuevo Orden, Ofensiva, Sí sí -No no, El Pampero, Cabildo (Diario), El Federal, Nuestro Tiempo, El Debate, Balcón, Presencia, Boletín del Instituto Rosista de Investigaciones Históricas (La Plata), Sexto Continente, Revisión de la Historia, Genealogía, Esquiú, Jauja, Roma y Cabildo (revista). De sus libros sobre política e historia editados vale mencionar Las otras tablas de sangre (1934), Catolicismo y Nacionalismo (1936), La Independencia del Paraguay (1941), Sarmiento Masón (1952) y la Historia del Anticristo (edición póstuma de 1990). De los aún no editados, San Martín, Protector del Perú (1950) y Memorias (1956, con un Apéndice de 1960).  Además de haber frecuentado los Cursos de Cultura Católica en los años 30, fue miembro de instituciones como la Liga Universitaria de Afirmación Católica, la Junta Americana de Homenaje y Repatriación de los restos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas, la Comisión de Homenaje al Combate de la Vuelta de Obligado, el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, la Junta de Recuperación de las Islas Malvinas, la Comisión Honoraria del Plebiscito de la Paz, la Junta Organizadora del Congreso de Recuperación Nacional, el Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, la Comisión de Homenaje a la Revolución del 6 de septiembre de 1930, el Instituto Hugo Wast y la Comisión de Homenaje al Gral. Ángel Pacheco. Como dijimos ut supra, también dedicó su vida profesional a la docencia. Gracias a su producción historiográfica obtuvo la habilitación oficial para desempeñarse como Profesor de Religión y de Historia. Dictó cátedra en el Colegio Nacional Sarmiento y Anexo a la Escuela Normal Mariano Acosta, en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en la Escuela de Comercio N° 9 y en el Colegio Nacional Reconquista. También participó como miembro del Jurado en los Concursos para la selección de docentes de Historia en el Instituto Nacional de Profesorado de la ciudad de Paraná y cumplió funciones en el Consejo Nacional de Educación. Al igual que Don Julio Irazusta, murió hace 40 años, en 1982, meses antes de la recuperación provisoria de nuestras Islas Malvinas, Causa por la que había trabajado con empeño, como muchos otros argentinos. Poco antes de entregar su alma al Creador dijo unas palabras que coronaron toda una vida puesta al servicio de Dios y de la Patria: “No me arrepiento de haber sido católico, nacionalista y rosista”. A 40 años de su partida y próximos a celebrar el primer centenario del Nacionalismo Argentino, no dejemos que se pierda ese legado y transmitámoslo purificado y enriquecido a las nuevas generaciones. Como escribió su hijo primogénito, el Padre Alberto Ezcurra Uriburu en el prólogo a la reedición del libro Catolicismo y Nacionalismo: “Hoy el mundo parece encaminarse hacia un ‘Nuevo Orden Internacional’, bajo el dominio de un solo centro de poder (…), vigilante universal encargado de velar por el mismo e imponer a los díscolos (…) el cumplimiento de las más arbitrarias resoluciones de las Naciones Unidas (…). En este ambiente sufren los creyentes la tentación de confundir el espíritu universal del catolicismo, que respeta y asume todo lo bueno y positivo de las culturas nacionales, con el internacionalismo nivelador y masificante. Corren el riesgo de pensar que todo nacionalismo es aislamiento, egoísmo, cerrazón y xenofobia, de perder hasta el sentido mismo de la Patria y de convertirse, en el espíritu de la ‘Nueva Era’, a la religión de la humanidad. Por eso el tiempo presente nos exige no sólo orientar al nacionalismo en el sentido de la Verdad católica, mostrar la coherencia entre catolicismo y nacionalismo, sino también y ante todo justificar la existencia misma de la Nación como algo que deriva del Orden Natural, es decir querido por Dios e irreemplazable”. Palabras escritas en 1991 y que tienen absoluta actualidad ante la embestida globalista, supracapitalista y progresista que estamos padeciendo

                                                                                           

BIBLIOGRAFIA

Archivo Histórico de la Familia Ezcurra Uriburu (Bella Vista)

Cabildo (Revista), 2a época, Año VI, N° 51, Marzo de 1982, Alberto Ezcurra Medrano (nota necrológica).

Cloppet, Ignacio Martín, Semblanzas biográficas publicadas como epílogos a la edición póstuma de la Historia del Anticristo (1990) y a la tercera edición (1991) de Catolicismo y Nacionalismo.

Ezcurra, Alberto Ignacio, Prólogo a la tercera edición de Catolicismo y Nacionalismo, Cruz y Fierro Editores, Buenos Aires, 1991.


jueves, 6 de agosto de 2020

ALBERTO EZCURRA URIBURU: UN PATRIOTA DE LA TIERRA Y DEL CIELO*

Por: Fernando Romero Moreno 

Es un gran honor para mí poder participar en estas Jornadas de Homenaje al Padre Alberto Ezcurra, en los paisajes mendocinos donde pasó los últimos años de su vida en la tierra. Han transcurrido alrededor de 30 años desde que oí hablar por primera vez de él. Recuerdo que la figura del Padre Alberto era traída a colación casi con aires de leyenda en casa de mis padres – esto sería por los años 82 u 83 -, un poco tal vez por su militancia en Tacuara y otro tanto por lo que entonces representaba él en el Seminario de Paraná. Nada indicaba que yo fuera a conocerlo pocos años más tarde en Bella Vista y hacerme muy amigo de sus sobrinos. Ni menos que me casaría con una de sus sobrinas… Lo cierto es que conocí a Ezcurra el 6 de julio de 1985, con ocasión de una disertación suya sobre “El Santo. Arquetipo del Cristiano” que dictara dentro de un ciclo de conferencias en el Colegio Don Jaime, donde yo estudiaba. Juanchi Ezcurra, uno de mis actuales cuñados, me invitó a su casa para conocerlo. No pude aceptar la invitación aquella noche, pero sí lo hice al día siguiente, en el cual participé de la Santa Misa  que celebró  en el Colegio de los Redentoristas. Luego estuve en el almuerzo familiar, sentado a su lado. Lo que voy a contar no es muy “espiritual” pero si pinta de cuerpo entero a Ezcurra. Recuerdo poco lo que se habló en aquel almuerzo, pero no me olvido del elogio que “Pichi” – como lo llamaban en su casa - hiciera de los asados entrerrianos y más específicamente de los asados “con cuero”...Es sabido que él era un excelente asador…También retengo en mi memoria que estuvo casi todo el tiempo pendiente de su madre. Muchos habrán oído hablar del buen humor de Ezcurra, pero no sé si todos saben que con ese espíritu de niño que tenía y a pesar del cuerpo nada pequeño con que Dios lo había dotado, solía en broma sentarse en las faldas de su mamá, siendo que - por contraste- ella era de estatura y cotextura pequeñas…No lo hizo aquel día, pero sí en otras ocasiones, según suele contar mi mujer…Pues bien,  aunque al Padre Ezcurra no volví a verlo, sí tuve el privilegio de tratar mucho a sus parientes próximos – que con los años fueron los míos –y, entre ellos, precisamente, a su madre. Solía conversar mucho con ella cuando iba de visita a lo de Ezcurra en Bella Vista y de sus labios pude escuchar, entre otras cosas,  anécdotas sobre su primo, el Gral. Uriburu, opiniones de Julio Irazusta acerca de la obra historiográfica de su marido, y también críticas, por ej. hacia la figura de José María Rosa…Gracias a ella – a “Mamay” como le decían sus nietos – pude acceder además, por vez primera, al archivo histórico de Ezcurra Medrano. Lo cierto es que, más allá de estos recuerdos personales, Alberto Ezcurra era ya, por esos años y como dije, una leyenda en vida. O tal vez, toda su vida era la que ya tenía algo de legendario, por aquello de “vivir peligrosamente” y, como quería Pieper, heroicamente…Es que una de las tantas cosas que hay para destacar en la vida de Ezcurra es eso que podríamos denominar  “continuidad biográfica”, una total ausencia de “quiebres” vitales significativos, la fidelidad hasta la muerte a unos ideales asumidos como propios desde la adolescencia.  Por eso es que hoy, gracias a ese ejemplo de vida, a sus enseñanzas, a la enorme cantidad de amigos y conocidos suyos repartidos en distintos rincones de la Argentina y del mundo, al buen número de sacerdotes que lo tienen como modelo y como intercesor, el Padre Ezcurra sigue dando batalla – como el Cid después de muerto– por esos mismos principios y por esos mismos valores. Aquellos de los que bien decía Hugo Wast que dan sentido a la vida cuando se vive por ellos y que dan sentido a la muerte cuando se muere por ellos: Dios, la Patria y la Familia. Alberto Ezcurra vivió y murió por esos bienes supremos, no sin errores, pero sí con lealtad, con un caballeresco y criollo sentido del honor y, vale la pena remarcarlo, también con un saludable y chestertoniano sentido del humor. Es por eso que tienen sentido los versos de Marechal que están en su tumba, que se han repetido tantas veces en estos años al evocar su figura y que hemos elegido para esta conferencia: “yo siempre fui un patriota de la tierra y un patriota del cielo”.

      Alberto Ezcurra Uriburu nació en Buenos Aires el 30 de julio de 1937, primogénito del matrimonio de Alberto Ezcurra Medrano y  María Rosa Uriburu Peró. Fue el mayor de siete hermanos, todos varones, y su crianza, la propia de una familia católica y patricia, aunque de fortuna modesta, típica de los años 30. Su padre, uno de los fundadores tanto del nacionalismo como del revisionismo histórico católicos, escribió al nacer Alberto, aquellos versos por muchos conocidos, que resultaron proféticos:
Prolongación de mi vida
y de mis antepasados
Esencia de mi ser mismo
Eso es Alberto Ignacio.
Lleva sangre noble y fuerte
de la tierra de los vascos
transplantada a la Argentina
hace muchos, muchos años.
Y tiene el blasón hermoso
que le forman, combinados,
el roble y lobo de Ezcurra
y de Uriburu el palacio
……………………
Cuando el agua del bautismo
borre de la culpa el rastro
estará Dios en su alma
y a Sí lo habrá incorporado
¡Que esa unión dure por siempre!
¡Que jamás lo venza el diablo!
Protegedlo, san Alberto.
Amparadlo, san Ignacio.

       La infancia de Alberto Ezcurra transcurrió en el seno de esa familia cristiana que se fue agrandando hasta llegar al número ya mencionado de siete varones, tres de los cuales serían sacerdotes y uno diácono permanente. Estudió en el Colegio Champagnat, de los Hermanos Maristas, en el que destacó por su aplicación al estudio, salvo del idioma inglés, debido a una suerte de “rebeldía patriótica juvenil”, aunque de algún modo se las ingenió para que el profesor de esa materia lo aprobara. Y que por cierto no fue obstáculo para que luego aprendiera otros idiomas, como el alemán, el francés o el latín, además del mismo inglés, cuya lectura al menos no parecía serle de especial dificultad. Durante los meses escolares, la familia vivía en un antiguo caserón de la calle French 2640, de la Capital Federal, y los veranos los pasaban en la Chacra “Santa Rosa” de González Catán, que según cuenta el Padre Álvaro fue para ellos lo que para su padre y para su abuelo, había sido la Estancia El Pino. A propósito de estos recuerdos de su familia, vale la pena detenerse en algo que ha sido poco destacado al escribir o al hablar del Padre Ezcurra. Me refiero a la fidelidad mayoritaria, sino total, de sus antepasados directos por la rama de los Ezcurra a la Fe Católica y a la Argentina Tradicional. El fundador de la familia en el Río de la Plata fue Don Juan Ignacio de Ezcurra, quién arribó a Buenos Aires aproximadamente en 1770. Había nacido en Pamplona,  y tenía alrededor de 20 años cuando pasó a tierras americanas. Aunque dedicado al comercio, era miembro de una familia noble que en la Península, como destaca un historiador vasco, había servido a cinco reyes: Don Sancho el Sabio de Navarra y luego de la unión de este Reino al de Aragón y Castilla, a Carlos V (I de España), Felipe II, Felipe III y Felipe IV.  Ya instalado en Buenos Aires y probada su limpieza de sangre según legislación y costumbres de la época, Ezcurra contrajo matrimonio con Doña Teodora de Arguibel y López de Cossio, merced al cual su apellido entroncó con fundadores de linajes tradicionales del Tucumán y del Río de la Plata, y con quien tuvo 9 hijos, entre ellos María de la Encarnación, casada con Don Juan Manuel de Rosas y José María, tatarabuelo del Padre Alberto. En mayor o menor medida, todos los descendientes del primer Ezcurra rioplatense  y que son antepasados directos del Padre Alberto, fueron católicos practicantes y patriotas fervorosos. Nos referimos a José María Ezcurra, Lorenzo Ezcurra, Alberto Ezcurra Jolly y su padre, Alberto Ezcurra Medrano. Veamos sólo dos de esos casos. Lorenzo Dámaso, bisabuelo del Padre Ezcurra, fue un hombre muy apreciado por personas de su misma condición social como por el campesinado criollo, al estilo de los viejos patriarcas. Vivió en la segunda mitad del siglo XIX. Así lo describía su hijo:“…yo no me canso de recordar el carácter de mi padre, el hombre culto por excelencia. Honrado y caballero por nacimiento. Elevado de ideas y de miras. De carácter amplio, sin esas puerilidades y miserias que plagan a la inmensa mayoría de los hombres. Enemigo irreconciliable de la ostentación, de la jactancia y de toda vanidad, ni le preocupaban ni buscaba a los grandes, a quienes más bien evitaba. De inteligencia clara y extraordinariamente penetrante, sin haber danzado en él, conocía perfectamente el mundo y el corazón humano, y nadie lo engañaba (…). Profundamente religioso, era un cumplidor intachable de su deber. Era un modelo de hombre, de esposo, de padre. Era un alma grande como hay pocas”[1]. Por si estos juicios pudieran tenerse como exagerados, dada la piedad filial, vale la pena transcribir lo que de él se escribiera en el Diario La Prensa, de Buenos Aires: “Lorenzo (de Ezcurra), honorable caballero de vastísima cultura que después de varios viajes a Europa para realizar estudios agrarios, dedicóse a saturar de progreso al viejo y alegre pago de La Matanza (…) falleció el 30 de septiembre de 1907 y su sepelio en San Justo fue una inmensa demostración de pesar. Centenares de campesinos a caballo concurrieron a dar el adiós al venerado vecino, pero el sentimiento desbordó cuando dos paisanos muy ancianos, Eugenio Peralta y Nicolás Coria, depositaron emocionados sendas coronas en la tumba del gran señor desaparecido”. Una cristiana y cordial caridad con los pobres, un desprecio por la vida mundana y una vasta cultura, que veremos reaparecer entre las virtudes más sobresalientes del Padre Alberto.

       Y el otro ejemplo es el Alberto Ezcurra Medrano, progenitor del Padre Alberto, de quien mucho se podría escribir y que de hecho merece un libro aparte. Pero no es ocioso resaltar, al menos, su preocupación por darle una orientación católica y ortodoxa, tanto al nacionalismo como al revisionismo históricos, y su Fe intrépida, que se advierte en el modo de educar a sus hijos, en sus clases y en sus escritos, en la disposición para defender al precio de su libertad física los derechos de Dios y de la Iglesia (como ocurrió cuando pagó con la cárcel su participación en la custodia de la Catedral de Buenos Aires, durante la persecución peronista de 1955), hasta su cristiana muerte en 1981, ante cuya cercanía no dudó en afirmar: “No me arrepiento de haber sido católico, nacionalista y rosista”.

     De este tradicional y patriótico linaje  - dejamos para otra ocasión la impronta dejada por los Uriburu o los Medrano - procedía el Padre Alberto Ezcurra, el cual nunca se dedicó a “blasonar” o a relucir su origen patricio con mentalidad de tilingo – como lo calumnió uno de los escribas del Régimen- pero del cual sí hay que decir que heredó virtudes e ideales que contribuyeron a forjar su personalidad de auténtico “patriota de la tierra y del cielo”. De allí que sus palabras sobre la institución familiar tuvieran un acento especial:“…¿qué es una familia?” – se preguntaba una vez  y respondía-:”Soy yo, son mis padres, son mis abuelos, son los hijos, son los que van a venir. Eso es una familia. La familia se prolonga en el tiempo, por eso uno lleva un mismo apellido a lo largo de las generaciones”

       Alberto Ezcurra, gracias a la educación cristiana recibida en este hogar,  sintió desde la primera juventud la llamada de Dios al sacerdocio, pero el discernimiento vocacional no fue sencillo, como se verá. En el verano de 1954 confió tal secreto íntimo a sus padres y en marzo de 1955 ingresó al Noviciado de la Compañía de Jesús, en el Colegio de la Sagrada Familia de la ciudad de Córdoba. Las cartas escritas a sus padres denotan la seriedad con la que se tomó estos años y también su preocupación por las cosas de la Patria, que lo acompañarían hasta el final de sus días en la tierra. De lo primero, tenemos una muestra en los fragmentos de sendas cartas que escribiera a su padre el 24 de agosto y  el 13 de septiembre de 1956. Dice en la primera: “Estoy leyendo las ‘Obras Completas’ de San Ignacio. Recién empiezo. Antes leí uno muy bueno (…), ‘Padres Apostólicos’, documentos cristianos de los siglos I y II (Didaché, San Clemente, Ign.de Antioquía, S. Bernabé, Pastor de Hermas, etc). Vale la pena, para ver que muchas cosas q. creemos descubrir ahora las vivió la Iglesia primitiva, fresco el recuerdo de Xto y los Apóstoles, y cuando se vivía más de veras el Evangelio”. Y en la segunda agrega:“Terminé hace dos días Ejercicios. Hice once días (2ª semana). Meditaciones del Reino y la vida de Cristo hasta la Pasión, con mucho provecho espiritual y un enfoque nuevo de la Iglesia”. De lo relativo a la situación de la Argentina no puede ocultar sus pensamientos: “Lo de la prensa, parece q. es igual q. antes del 21 de septiembre. La masonería no habrá hecho más que cambiar de táctica y figuras, y los católicos ‘menos sagaces’, aunque ahora vamos despertando. Y el triunfo habrá de ser de los que no se avergüenzan de ser católicos y argentinos y no de los cristianos (…) ‘democráticos’”. Y también se nota en este tiempo el despuntar de algo que será, con los años, una de sus pasiones dominantes: las Misiones Populares. Así, en carta del 31 de octubre cuenta: “Llegamos a Salsacate el 2, después de caminar (…) más de 60 km, y dos nos quedamos allí, para ayudar las fiestas patronales (…). La parroquia es el Dto de Pocho, con un solo cura p´6000 habit. (…) Cumple con la Iglesia como el 80 % de la gente, promedio altísimo. Llevamos el catecismo (…) y visitamos los ranchos más pobres. El 7 hablé en la procesión de la virgen a 600 o 700 personas (…). Predicamos en la novena, explicamos misa, hablamos en el colegio, visitamos las casas para consagrarlas al sgdo Corazón”.  

    Sin embargo el camino que Dios le tenía reservado no se encontraba entre los jesuitas, con quienes permaneció casi dos años. Alguien ha dicho, probablemente no sin razón, que Ezcurra no quería ajustarse a ese tipo de obediencia mecánica y desordenada que el Padre Castellani denunciara como muy extendida entre los hijos de San Ignacio en aquel tiempo. Sin embargo, el informe que el 21 de febrero de 1957 escribiera el Maestro de Novicios a su padre, matiza este juicio, por el elogio que hace del postulante y que confirma ya por entonces su probable vocación sacerdotal, aunque no la tuviera para ser jesuita. Así se expresaba el P. Cándido Gaviña S.J. a Ezcurra Medrano: “No obstante la buena voluntad que Alberto manifiesta y la generosidad con que ha correspondido a cuanto se le ha pedido, creemos que Nuestro Señor no le concede toda la serie de cualidades necesarias para la vida religiosa en la Compañía de Jesús y que por lo tanto es desaconsejable permitirle hacer los santos votos (…) Deja entre nosotros su hijo el recuerdo de una conducta en todo momento correcta y de una innegable buena voluntad (…) Alberto persevera en su deseo de ser sacerdote y quiera Dios pueda llegar un día a lograrlo”.  Terminaba así  un período importante en la vida de Ezcurra y habrá que esperar recién a 1964 para verlo otra vez en un Seminario, emprendiendo el camino definitivo que lo llevaría a las Órdenes Sagradas, con la ayuda del Padre Roque Puyelli y de Mons. Tortolo.

        1957 fue el año de fundación del Movimiento Nacionalista Tacuara, una transformación de la Unión Nacionalistas de Estudiantes Secundarios (UNES) realizada por jóvenes que ya carecían de la edad necesaria como para figurar en una entidad de alumnos de enseñanza media. Y cuya existencia, luego de la intervención y deformación de Alianza por Kelly y sus secuaces, carecía de identidad y rumbo claro. Tacuara ya fue otra cosa, tanto por la doctrina como por el estilo. Desde ese año fundacional hasta 1963, Alberto se dedicó, por un lado a trabajar y por el otro, a la militancia política, como Jefe Nacional de dicha organización nacionalista. No podemos explayarnos ahora de modo exhaustivo sobre este tema. Sólo algunas consideraciones. Tacuara fue tal vez entre fines de los años 50 y principios de los 60, como lo había sido Alianza de la Juventud Nacionalista en décadas anteriores, la organización más dinámica y de lejos la de mayor impacto entre la juventud, dentro del nacionalismo. No fue, hablando stricto sensu, un Movimiento ortodoxo del nacionalismo católico, pues tuvo serios errores teóricos y prácticos, algunos de los cuales el mismo Ezcurra supo reconocer mas tarde. Su defensa de la Cristiandad, de la Patria y de la Familia se manifestó en términos y objetivos que no dudamos en calificar de tradicionales, pero la mayor influencia del falangismo español (admirable por muchas razones) en detrimento del pensamiento contrarrevolucionario, fue causa de confusiones, sobre todo en temas económico- sociales. De cualquier manera, esto no alcanza para explicar la desviación posterior de un sector hacia la izquierda, pues este giro obedeció a un abandono de principios cristianos substanciales y a una explícita adscripción de algunos sedicentes tacuaristas al marxismo, decisión a todas luces incompatible con los ideales y el estilo fundacionales. Además, este problema de la Tacuara original, no es óbice para ocultar sus méritos indudables, como el de haber ganado la calle en defensa de la Tradición, la Independencia o la Justicia Social, enfrentando a comunistas, socialistas, masones o sionistas, con una eficacia y un estilo cuya fama trascendió las fronteras nacionales, y cuyo peligro para el Régimen obligó a que fuera declarada como organización ilegal bajo el gobierno de Illia. La misión y el estilo propios de la Tacuara legítima, se encuentran sintetizados en el Juramento que debían hacer sus integrantes: “Juro con el corazón y el brazo señalando el testimonio de Dios, defender con mi vida y con mi muerte los valores permanentes de la Cristiandad y de la Patria”. No fue una agrupación antisemita, como se suele afirmar, aunque sí opositora al accionar del sionismo. Tampoco una organización terrorista, pues la violencia practicada era, en general, la de los puños y las cachiporras. Los pocos actos criminales que se le atribuyen, o son calumnias, o no lo tuvieron a Ezcurra como partícipe. Un aspecto distintivo y ortodoxo en su esencia, aunque tal vez no en ciertas propuestas prudenciales, se advierte en un saludable escrito, en polémica con los que luego fundarían la TFP argentina. El artículo se titula Cristianismo y Orden Burgués, y tiene afirmaciones claras como la siguiente: “La Iglesia, Sociedad Divina, tiene valores y verdades permanentes que defender, los cuales no son susceptibles de envejecimiento, cambio ni reforma o adaptación alguna, al contrario, conservan el primitivo valor (…) que tenían al salir de los labios  del Maestro de Nazareth. La Iglesia, sociedad humana – continúa Ezcurra-  tiene formas que varían y se adecuan  a la necesidad de los tiempos, y vive en una sociedad cuyos esquemas políticos, sociales, culturales y económicos varían, a veces con ritmo vertiginoso. El error consiste en dar a estas formas accidentales, para defenderlas o condenarlas, un valor dogmático y unir a su suerte la de las verdades divinas que forman el patrimonio permanente de la Iglesia. Algunos dan este valor dogmático a formas políticas, otros a corrientes culturales, a estructuras sociales o económicas. Este es el error de los jóvenes de “CRUZADA”, para quienes la propiedad privada, las formas burguesas, el capitalismo y la “cultura occidental” fueron establecidos por Jesucristo casi con carácter sacramental, sin advertir que caen ( en otro campo)  en el mismo error de quienes dogmatizan la democracia , por ejemplo, a quienes tanto ellos como nosotros combatimos”. En cuanto a los errores que llevaron tanto a la desnaturalización de la Tacuara original como a la desviación por izquierda, hay un reconocimiento tácito de Ezcurra, en una conferencia que diera sobre su admirado líder Cornelio Codreanu. En aquella ocasión afirmó: “El nacionalista que ve sólo la realidad de la patria y que olvida la realidad del espíritu tiene abierto el camino para cualquier desviación, puede terminar su camino en el marxismo o en la delincuencia común: tenemos muchos ejemplos”.

       En 1964, como hemos adelantado, Alberto Ezcurra entró como seminarista, por un tiempo en Tucumán, luego en Paraná y finalmente en Roma. El Padre Puyelli lo ayudó, primero a terminar de ver mejor su posible vocación sacerdotal,  y luego a conseguir un Obispo que lo aceptara, pues dada su relevancia pública y la militancia en una organización tan controvertida como Tacuara, no era fácil encontrar alguno dispuesto a hacerlo. Pero el Padre Puyelli habló con Mons. Tortolo, quien dijo: “No puedo negarme a una vocación”.

   Los años de Tucumán y Paraná fueron un tiempo especial de estudio y oración, de una gran importancia no sólo para su vida personal, sino para estar “vacunado” frente al clima de euforia progresista que ya se vivía, sobre el final del Concilio Vaticano II y en el inmediato posconcilio. Años en los que Ezcurra, como se desprende de las cartas escritas a su padre, además del estudio de materias como latín, griego, castellano y las propias de la filosofía, se dedicó a la lectura de libros de pensadores como León Bloy, Castellani, San Agustín, Jean Ousset, Jesús Urteaga, García Vieyra, Maritain, Julio Meinvielle o Benson; a la de de teólogos modernos ya por entonces  críticos de lo que hoy llamaríamos una hermenéutica de la ruptura, como Danielou o Journet; y a la de publicaciones como “La Tradición”, “Cruzado Español”, “Verbo”(Argentina) y “Combate”. En todo el epistolario de esta época, la preocupación por el auge del progresismo es constante, como lo será aún más en sus “años romanos”. Y probablemente por influencia de Castellani, asoma ya en aquel tiempo, una convicción de que estamos ante tiempos parusíacos, aunque siempre con prudencia y sin ceder a la aceptación acrítica de supuestas apariciones, salvo las aprobadas por la Iglesia y algunas muy de moda a mediados de los años 60, como las de Garabandal. En realidad, su concepción en este asunto tenía otras fuentes, de mayor rigor teológico. Por eso pudo afirmar, en una carta escrita desde Paraná el 8 de mayo de 1965, “tal vez me equivoque (…) pero Jesús dice ‘Vengo pronto’ y en el Evangelio llama a estar vigilantes, aunque hoy lo interpreten de cualquier modo”.

    En septiembre de 1967 viajó a la Ciudad Eterna, para cursar allí durante cuatro años las materias de Teología, en el Colegio Pío Latinoamericano, licenciándose en Teología Moral en la Universidad Gregoriana. Fueron años fecundos, en los que el historiador no puede menos que regocijarse – aunque el tema de suyo no sea motivo de alegría - por la cantidad de referencias que hay en sus cartas a la crisis posconciliar, con juicios muy atinados y prudentes, algunos que conservan gran actualidad y muestran cómo el enemigo – esto es importante sobre todo para los más jóvenes – no ha cambiado demasiado de táctica. Así, compárese lo que dice del Pablo VI posterior a la “Humanae Vitae” y al “Credo del Pueblo de Dios”, en carta fechada en Roma el 30 de septiembre de 1968 con lo que sucedió desde su elección en 2005 con respecto a Benedicto XVI: “El Papa se ha ganado la enemistad de los progres y de fuerzas e intereses poderosos que manejan la opinión y la prensa. Como decía Fulton Sheen, ‘Pablo ha osado oponerse al Mundo, y, como XTO, será crucificado por el Mundo” (…) ¿Qué harán ahora los diarios? Desprestigiar al Papa, criticar al Papa (no directamente, sino publicando ‘críticas al Papa’, incluso de curas) (…) y sobre todo  VOLVERLO ANTIPÁTICO, pues hay que ver que la mayoría de la gente no se guía por ideas o razones sino por sentimientos (…). El segundo paso es que a un papa malo y antipático no hay que darle bola sino cuando habla ‘ex cathedra’ (o sea una vez cada cien años), porque todas las demás veces se equivoca infaliblemente. El tercero será preparar la desobediencia abierta y la campaña para la renuncia del Papa (…) Tenderán a lograr un Cónclave presionado por la ‘opinión pública’, que elija otro Papa ‘bueno’ o provoque el cisma si la mayoría quiere aún más papas ‘malos’ (…) Creo que la situación es así. Ojalá me equivoque, pero creo que no. Ya ni los más optimistas dicen que esto es una simple ‘crisis de crecimiento’. Todos ven que la cosa es seria”. En todas las cartas hay, no obstante, llamados a la virtud teologal de la Esperanza, toques de buen humor y una fidelidad sin fisuras al Romano Pontífice en todo lo que tiene derecho a enseñar y mandar. Así, en esta misma carta que acabamos de citar, no duda en decir: “Hay que estar con el Papa, hablar, escribir, y sobre todo, rezar por el Papa y por la Iglesia, pues esta lucha no es una lucha común de partidos, sino en el plano de la Fe”. Recuérdese que el Papa era Pablo VI, sospechoso para muchos por su pasado “progresista”. Sin embargo en eso, la sintonía de Ezcurra con otros argentinos de similar formación y visión, como Castellani, Meinvielle, Genta o Sacheri, fue casi absoluta, a pesar de la distancia física y de ciertos cambios circunstanciales de opinión que pudo haber en uno u otro a lo largo de esos turbulentos años. No era ingenuo pero enjuiciaba todo con prudencia sobrenatural. Sobre la medicina del “buen humor”, cuenta el P. Álvaro Ezcurra que fue la que lo salvó, humanamente hablado, ante el panorama desolador que se vivía por entonces. Buen humor que tuvo hasta el fin de sus días, pero que se nota por ej. en sus homilías de años posteriores. Como cuando predicaba: “nos salvamos en la Iglesia, nos salvamos en el Cuerpo Místico de Cristo” pero “otra cosa es cómo la entienden algunos que nos salvamos en grupo, digamos en masa, en rebaño. Como si uno pudiera llegar a las puertas del cielo y, cuando San Pedro abre las puertas, le dice; ‘Acá vengo con todos los muchachos’, como si uno pudiera entrar de colado”. O refiriéndose al falso ecumenismo: “¡Qué miedo le tenemos a las palabras! No hay ciegos, hay no videntes; no hay leprosos, hay enfermos del mal de Hansen (…), no hay herejes, hay hermanos separados (…) Como decía uno, que no hay que decirle al diablo, diablo, porque es una falta de caridad, hermano ángel separado”…Como puede apreciarse, había aprendido a decir la Verdad con caridad, con buen humor y sin celo amargo, tal como pidiera en el inicio de su Pontificado, el Papa San Pío X: : “Es un error esperar atraer a las almas a Dios con un celo amargo- sostenía - : es más, increpar con acritud los errores, reprender con vehemencia los vicios, a veces es más dañoso que útil. Ciertamente el Apóstol exhortaba a Timoteo: Arguye, exige, increpa, pero añadía, con toda paciencia”. Ese fue el estilo que Ezcurra vivió y transmitió.

    En otro orden de cosas, las referencias a su vida en Italia, están salpicadas en las cartas que venimos citando, de comentarios sobre el arte y la arquitectura de la ciudad, referencias a pueblos que pudo visitar y, ¡como no!, más de un comentario sobre obras del Duce. Esto no deben escandalizar a quien sepa que la condena pontifica al fascismo fue sólo parcial, sin prohibir la militancia de los católicos en el partido, y que el Caudillo italiano fue transitando por una paulatina pero firme conversión espiritual, que dio lugar a una total reconciliación con Dios y con la Iglesia, como cuenta con lujo de detalles el Padre Ennio Inoccenti, en su libro “La conversión religiosa de Benito Mussolini”. Ezcurra no se privó, por su parte, de mantener contacto en esos años, con organizaciones nacionalistas como la española Fuerza Nueva o la rumana Legión de San Miguel Arcángel, de la que llegó a ser miembro de honor, como está documentado por un carnet que lleva la firma nada menos que de Horia Sima. Su fama llegó incluso a los requetés carlistas, aunque él simpatizara más con Falange y con la figura de José Antonio.

      Ezcurra permaneció en Europa hasta 1971, siendo ordenado diácono ese año en la parroquia de San Apolinario (Obermaubach, Alemania), nación que frecuentó durante todos esos años, y en la que trabajó para poder pagar sus estudios, pues el dinero que recibía de su familia – todo el que podían enviarle- no era suficiente. La ordenación fue celebrada por Mons. Joseph Buchkremer. El lema sacerdotal que eligió, como es conocido, fue “Militia est vita hominis super terram” (Job, 7, 1), Milicia es la vida del hombre sobre la tierra. Milicia de la Patria y del Cielo, unidas en su persona por una especial vocación de servicio a Cristo Rey y a la Argentina, como sacerdote. Alguno podrá pensar que ese carácter militante, en lo que a la Iglesia se refiere, estaba ya pasado de moda, no respondía a las enseñanzas del Concilio Vaticano II y que no tiene vigencia en la actualidad. No puede estar pasado de moda algo tan esencial a la vida cristiana, bien explicado por San Pablo, San Bernardo de Claraval o Iñigo de Loyola. Pero por hubiera alguna duda, lo ha recordado hace poco Benedicto XVI al enseñar: “Hoy la palabra Ecclesia militans está algo pasada de moda; pero en realidad podemos entender cada vez mejor que es verdadera, contiene verdad. Vemos cómo el mal quiere dominar en el mundo y es necesario entrar en lucha contra el mal. Vemos como lo hace de tantos modos, cruentos, con las distintas formas de violencia, pero también disfrazado de bien y precisamente así destruyendo los fundamentos de la sociedad. San Agustín dijo que toda la historia es una lucha entre dos amores (…) Nosotros estamos en esa lucha (…) El Señor dijo: ‘Ánimo, yo he vencido al mundo’”. Por ese combate, patriota de la tierra y patriota del cielo, vivió y murió el Padre Ezcurra.

    Vuelto a la Patria, el 8 de diciembre de 1971, fue ordenado sacerdote, en la capilla del seminario de Paraná, por monseñor Adolfo Tortolo. Con este paso decisivo de su vida, llegaba a la plenitud de sus anhelos más íntimos. Y de los anhelos de Dios para con él. En una de sus homilías más célebres, en 1992, dijo algo que bien podría aplicarse a su persona: “…el Sacerdocio, de alguna manera, es un misterio. Y a veces, precisamente porque ignoran la característica de misterio que tiene el sacerdocio, es que los hombres no pueden comprender al sacerdote. Tratan de entenderlo con categorías humanas, con categorías sociológicas, con categorías históricas; como si el sacerdote fuera…¡qué se yo!, un consejero sentimental, in psicólogo, un sociólogo, un político, un agitador o alguien que está ahí no se sabe para qué, como si la Iglesia fuera un factor de poder y el sacerdote un empleado de la Iglesia o del gobierno. Los que van por ese camino son totalmente ciegos para entender el misterio del Sacerdocio. El misterio de Dios y de la Eucaristía de alguna manera se reflejan en el Sacerdocio (…) El Sacerdocio es un misterio ligado con la Eucaristía”. Ezcurra fue viviendo  todo esto, día tras día, a partir de su ordenación, hasta llegar – patriota del cielo – a valorar y saborear todo el esplendor de esa “patria” que es la liturgia tradicional, al decir de Klaus Gamber…Volveremos un poco más adelante sobre este asunto…

      Providencialmente, por esos años, el P. Meinvielle y el P. Etcheverry Boneo habían pensado que – dado el auge del tercermundismo y del progresismo teológicos – era necesario tener un buen seminario en la Argentina, para lo cual rápidamente contaron con la ayuda del P. Alfredo Sáenz S.J.. Luego de un intento fracasado en Rosario – a pesar de la buena voluntad de Mons. Bolatti - y teniendo el total apoyo de Mons. Tortolo pudieron reorganizar el Seminario de Paraná, que tantos frutos daría para la Iglesia y para la Patria durante más de diez años. Ezcurra sería uno de sus columnas principales, siendo profesor, prefecto y vicerrector. Como recordaba su hermano, el P. Álvaro: “Alberto alternaba sus actividades en el seminario con la predicación de triduos, novenas, ejercicios espirituales y misiones populares, dictando conferencias y empleando su poco común talento oratorio, con el que iluminaba las inteligencias y enardecía los corazones de quienes lo escuchaban. Su apostolado en Entre Ríos fue muy fecundo. Para quienes compartimos con él las misiones de veranos en el monte entrerriano, será inolvidable su figura de misionero alegre y ardoroso andando por esos caminos de Dios, llevando la Palabra, los sacramentos y el testimonio personal. Un día, después de unas lluvias torrenciales que inundaron toda la comarca, Alberto llegó a un humilde rancho del monte para bendecirlo. Como era imposible llegar a destino a causa de la inundación, trepó a un alambrado y se deslizó por él varios cientos de metros. Cuando los habitantes del rancho lo vieron llegar de ese modo se conmovieron hasta las lágrimas”. La atención de los seminaristas era también algo característico, ya fuera en la dirección espiritual – caracterizada por uno exquisito respeto a la libertad de las conciencias – como en las clases y en las tertulias improvisadas que se armaban en torno a su figura, mate de por medio. La colaboración con escritos de gran lucidez – aunque fuera un poco reacio para hacerlo de modo habitual -, se tradujo en algunos célebres, como “La moda del ocultismo” publicado en Mikael o las recensiones hechas para esta revista o, años más tarde, para Gladius.  Fue por esos años, probablemente en 1974 o 1975, que escribió su estudio “De Bello Gerendo”, acerca de las condiciones de la guerra justa en relación al terrorismo marxista. Ese escrito, aprobado por Mons. Tortolo y realizado para asesorar en dicho tema a la Conferencia Episcopal Argentina, es una claro mentís para quienes suelen presentar a Ezcurra o a Mons. Tortolo como cómplices de la represión ilegal. Al contrario, si las indicaciones que allí se contienen hubieran sido aplicadas por quienes tuvieron a su cargo la conducción de la guerra, probablemente muchos de los crímenes cometidos no hubieran existido.

     Durante estos años, fue también habitual su asesoramiento doctrinal a oficiales de la Fuerza Aérea – algunos de ellos héroes que dieron su vida en la Batalla de las Malvinas – y a sindicalistas de tendencia nacional. Lo primero es lo que explica su participación en el levantamiento de Aeroparque y Morón, en diciembre de 1975. Hay una anécdota simpática de aquellos días. Mons. Tortolo- que oficiaba de mediador entre los rebeldes y el gobierno – se encontró de golpe con el Padre Alberto y le dijo: “Padre Ezcurra, ¿no le he dicho que no quiero que se meta en problemas? A lo que el cura, con el sentido del humor que lo caracterizaba, le contestó: “Pero Monseñor, no soy yo el que se mete en problemas, son los problemas los que se meten conmigo”… Al involucrarse en estos hechos, como al hacerlo luego en el conflicto con Chile, en la Batalla por Malvinas, en su relación constante con agrupaciones y publicaciones nacionalistas o del llamado peronismo ortodoxo, y en su vinculación posterior con los “carapintadas”, aunque pueda decirse no sin razón que en ocasiones invadía el campo de las opciones prudenciales y opinables que corresponden a los laicos, no actuaba Ezcurra sin más motivo que el servicio de Dios, de la Cristiandad y de la Patria. Por eso es que su actuación se limitó en general al asesoramiento doctrinal y nunca se comprometió con caminos abiertamente contrarios a la Fe y a la moral católicas. Si pecó por exceso de celo en el fervor patriótico y religioso – tema que habría que estudiar más a fondo,al menos para contextualizarlo – no son precisamente los clérigos comprometidos con las teologías de la liberación de inspiracióm marxista o con el liberalismo católico, ni quienes pecan por omisión al predicar de modo incompleto y heterodoxo la Doctrina Social de la Iglesia,  los que puede levantar el dedo acusador tildándolo de integrista o de clerical. 

        En 1983 soplaron vientos de cambio en torno al Seminario de Paraná, no precisamente en la visión compartida por Sáenz o por Ezcurra. La clara intención de transformar al Seminario según las ideas de cierto “progresismo políticamente correcto” en términos eclesiásticos, obligó a que Sáenz se auto-exiliara en Europa por unos años, a que varios sacerdotes y seminaristas se incardinaran en la diócesis mendocina de San Rafael y a que por fin, el propio P. Ezcurra – luego de una suerte de “negociación” con Mons. Karlic, de la que también se conserva un breve epistolario – se instalara en dicha ciudad, para participar de la fundación del Seminario Diocesano de San Rafael. Fue aquel un tiempo fecundo, tanto para la patria de la tierra como para la patria del Cielo. Por un lado, el famoso responso a Rosas, cuando se realizó la repatriación de sus restos, que Ezcurra coronó con sabias palabras. Y también un tiempo en el que, a la par de su labor como rector y profesor en el Seminario – nacido en la más absoluta pobreza -, Ezcurra profundizó en la belleza y sacralidad de la Liturgia tradicional (antes, durante y después de un importante viaje a Europa), que fue como una caricia de Dios antes de su último gran combate:  la lucha con la enfermedad que lo purificó para que poder estar con la Santísima Trinidad y multitud de camaradas en la Guardia junto a los luceros y en aquel casino de ex combatientes con el cual imaginaba disfrutar de la Gloria accidental del Cielo, recordando viejas historias de guerra. No le faltó el buen humor, tampoco en esos momentos. Como cuenta su hermano Álvaro, el Padre Alberto, una vez enterado de la enfermedad, “decía que iba a festejar navidad en agosto porque hasta diciembre no llegaba”. Y la noche antes de morir, estando otro de sus hermanos en su habitación del Hospital Español, entró una enfermera y le preguntó si quería comer algo. Ezcurra quiso saber qué había y qué podía comer. La enfermera le contestó que había sopa y el Padre Alberto, para no defraudarla - aunque ni siquiera podía tragar - le dijo que  trajera esa comida. Pero apenas ella se retiró,  miró a su hermano, probablemente con cara de complicidad y le comentó: “La verdad es que podría haberme traído un vaso de vino…”. El Padre Alberto Ezcurra murió “en la noche del 26 de mayo de 1993. Tuve el dolor pero a la vez la gracia de presenciar su muerte- cuenta su hermano Álvaro - y encomendar su alma en el instante final. Fue una muerte tranquila, serena, sin estertores. Había recibido los últimos sacramentos y estaba preparado para el cielo. Yo tenía mis manos tomando su mano derecha cuando dio su último suspiro, y en ese momento le dije en silencio: ‘Alberto: si Dios quiere, pronto nos reuniremos en el cielo”. Llevó la enfermedad con heroicidad cristiana, demostrándolo en muchos actos. Por ej. al no interrumpir la atención sacerdotal en momentos de profundos dolores físicos o no dejar de impartir una clase, porque decía: “Físicamente estoy muy mal, pero todavía me funciona el coco y quiero aprovecharlo”. Murió pues, convirtiendo su  partida definitiva en un acto se servicio. Hasta con la delicadeza y otra vez el buen humor de dejar preparado un licor, para que lo tomaran sus amigos luego del deceso. Rito que llevaron a cabo de modo escrupuloso dentro del cuarto que había sido el suyo en el Seminario. En otro contexto, como dice el P. Sáenz, esto hubiera sido una irreverencia. No lo fue para quienes de este modo cumplieron con uno de los últimos deseos de Ezcurra en relación a sus amigos más íntimos. Ezcurra se fue de un modo sencillo, tal vez con aquel martirio pequeño del cual enseñaba que es el que siempre nos pide el Señor a los cristianos. “Hay dos formas de dar la vida por Cristo – sostenía -.Uno puede dar la vida por Cristo en un momento, en un acto de heroísmo sufriendo el martirio. Eso (…) a lo mejor, a alguno (Cristo) se lo pide. Todos tendríamos que estar dispuestos, pero ciertamente el Señor nos pide dar la vida y darla de otra forma. Dar la vida en la fidelidad de cada minuto, en la fidelidad de cada día, en el cumplimiento de nuestro deber, de nuestro deber como hombres y como cristianos, en el trabajo, en la familia, en el estudio, en el deber de estado, en nuestra misión, en el apostolado, en la conquista del reino”. Ese fue el testimonio que nos dejó el Padre Ezcurra, en su vida y en su muerte ejemplar. Frente a la Revolución anticristiana, levantó su divisa: Militia est vita hominis super terram. Y fue fiel a esa divisa. Frente a las modas laicistas, progresistas y masónicas, levantó su consigna: Aunque todos sí, yo no…y fue fiel a esa consigna. Y frente a la tentación de la desesperanza, del celo amargo, de la acedia, nos dejó el ejemplo y la enseñanza de la ortodoxia del buen humor y del buen humor de la ortodoxia: “Quien combate el buen combate de la Verdad – afirmaba – necesita del humor como de un ingrediente imprescindible para la salvaguarda de su equilibrio intelectual, psíquico, e incluso hepático. Porque el mal, manifestado en el error, en la mentira, en el pecado, no sólo es trágico y perverso: es cómico, es ridículo. Sería sólo trágico si el principio del mal fuera un Dios malo, como el de los maniqueos o el de los persas. Pero el diablo es una creatura a la que su absurda soberbia lleva a querer igualarse con el Creador. Es el ‘mono de Dios’ y, a la larga, su imitación deviene una parodia lamentable. La Edad Media tomaba muy en serio al Adversario. Pero también sabía burlarlo y burlarse de su jeta siniestra y deforme (…) Quien no sea capaz de comprenderlo, podrá combatir por el Bien y la Verdad, pero su combate adquirirá el tono oscuro y amargo propio del calvinismo o de los jansenistas (…) Quien lucha por la Verdad con amargura, transforma la Verdad en una cosa amarga, que repele y que repugna. No basta luchar por la Verdad: hay que amarla y hacerla amar. Porque la Verdad, que es Bien y es Belleza suprema y armonía, es en sí misma e infinitamente amable”. Por la Verdad, el Bien y la Belleza; por Dios y por la Patria, Ezcurra libró el buen combate e hizo de su vida una milicia, y todo con un gran sentido común y un contagioso sentido del humor. Socio vitalicio del Casino celestial de Ex Combatientes, alegre bebedor de los licores eternos en la Posada del Fin del Mundo, Alberto Ezcurra Uriburu, Patriota de la tierra y patriota del cielo . Nada más

* Conferencia pronunciada en el V Curso de Formación, General Alvear, Mendoza, 27/4/2013. Publicada en la Revista Gladius N° 86, Pascua de 2013.