martes, 7 de mayo de 2024

MAYO EN LA CAPITAL*

 

Por: Federico Ibarguren

La gente, al oír pronunciar el término revolución, asocia la palabra a escenas necesariamente terroríficas y termina, desde luego, espantada. La modificación del “statu-quo” personal —aunque sea sin riesgo de vida— es algo cuya sola posibilidad hace temblar de miedo al burgués. Vivir al día, en la incertidumbre, jamás hará feliz a un buen padre de familia. ¡Está tan lejos él de quienes, por su situación social o económica, nada tienen que perder con un cambio de régimen! Porque el burgués en general es anti-heroico por definición.

Otros, con menor proporción de bienestar doméstico, más inquietudes idealistas o resentimientos, buscan la revolución a marchas forzadas para encaramarse en su cresta —a costa de los hasta ayer satisfechos— ejecutando, desde arriba, su terrible venganza o ensayando, intransigentes, toda clase de hipótesis redentoras sin tener en cuenta la realidad ambiente.

La incomprensión, el odio o el fanatismo de entrambos grupos, antagónicos, al romperse los diques de la cotidiana rutina por la convulsión revolucionaria, hacen imposible —en razón de su unilateralidad— la convivencia social requerida para restablecer, poco a poco, el equilibrio alterado por el sacudimiento.

Para evitar que la sociedad sucumba entre la ceguera aferrada a un pasado muerto y la demagogia de los ideólogos —forjadores de utopías, abortadores de sueños— se hace preciso que una tercera fuerza surja armonizando la tradición viva, la costumbre actual, con la necesaria doctrina reformadora de lo caduco y petrificado que ha perdido vigencia.

Pero esa tercera fuerza, sólo podrá tener estado político una vez eliminadas —en forma violenta o por desgastes incruentos— las dos tendencias extremas a que me vengo refiriendo. La batalla empeñada por los energúmenos de la novedad contra los defensores del viejo régimen, debe ser previa y pública. Y es necesario, además, que sus efectos conmuevan la fibra del pueblo todo, amenazado en su integridad por el separatismo, la guerra civil o la intervención extranjera.

La ley de las revoluciones históricas aparece, así, como la resultante de una lucha sin cuartel entre dos términos negativos de vida. Las reformas verdaderas, la reconciliación de los espíritus, el orden estable —constructivo e institucional de la comunidad—, vienen recién más tarde. En el arca frágil de todo auténtico engendramiento, las eternas semillas cuidadosamente guardadas, duermen, como por milagro —y durante bastante tiempo—, su lenta fecundidad de destino.

Los factores en juego

En 1810, aquellos dos factores que cruentamente encendieron en Buenos Aires la chispa de la Revolución de Mayo —vale decir: la lucha del viejo régimen y el nuevo sistema—, llevan, en nuestra historia, nombres propios en su comienzo: Cisnerismo y Morenismo. La tercera fuerza de equilibrio aparece enseguida, a poco de caer exhaustas y en desprestigio las tendencias nombradas; se llama Saavedrismo. Ella continúa con tal denominación, hasta las postrimerías del año 1811.

Pero vayamos por partes. Si resultó anacrónica la doctrina sentada por el Obispo Lúe en el Cabildo Abierto del día 22, quien —según nos refiere López 1— “con modales y palabras agresivos dijo que estaba asombrado de que hombres nacidos en una colonia se creyesen con derecho de tratar asuntos que eran privativos de los que habían nacido en España, por razón de la conquista y de las bulas con que los papas habían declarado que Las Indias eran propiedad exclusiva de los españoles”; no lo fue tanto la sostenida por el fiscal Villota: “hombre de altas prendas morales y jurisconsulto sumamente respetado de los jóvenes legistas que encabezaban a los patriotas”. Al pronunciarse por el mantenimiento de las autoridades constituidas, hasta tanto “los pueblos todos del Virreinato concurran con sus representantes a la capital”; para, en un Congreso, “resolver lo que corresponda a la mejor conservación de los derechos del soberano de la metrópoli”, el fiscal preparaba, con apariencias legales, un golpe de muerte a la Primera Junta electa el día 25.

Porque el interior, rancio y proteccionista, tenia viejos agravios pendientes contra Buenos Aires, que había empobrecido las industrias vernáculas por obra del régimen de franquicias fiscales iniciado con el Bando de Libre Internación dado por el Virrey Ceballos el año 1777. Antes de constituido el Virreinato —razones de orden político y militar privaron sobre las económicas—, existían al Sur de Lima dos conglomerados territoriales de características propias y régimen legal diferente: el de los pueblos rioplatenses del litoral, y el de las ciudades más antiguas y mediterráneas del Tucumán.

Ambas zonas gozaban de un régimen económico sui-generis, de acuerdo a su configuración geográfica y a la proximidad o alejamiento que los separaba de los centros poblados y más ricos del Perú. La barrera demarcatoria, la línea fronteriza que dividió aquellos mundos, rivales en potencia, cuyo origen reconocía corrientes colonizadoras distintas (llegada del Este la primera; salida del Norte la segunda), era la Aduana Seca de Córdoba, establecida en 1622 “para impedir que los productos introducidos por ingleses y holandeses en Buenos Aires —señala José María Rosa (h) en «Defensa y Pérdida de nuestra Independencia Económica»— compitieran con los industrializados en el Norte. Y que el oro y los metales preciosos no emigraran hacia el extranjero por la boca falsa del Río de la Plata”. “Hubo así dos zonas aduaneras en la América Hispana —agrega el mismo autor—: la monopolizada y la franca. Aquella con prohibición de comerciar, y ésta con libertad— no por virtual menos real — de cambiar sus productos con los extranjeros. Y aquella zona, —la monopolizada— fue rica; no diré riquísima, pero sí que llegó a gozar de un alto bienestar. En cambio la región del Río de la Plata vivió casi en la indigencia. Aquí, donde hubo libertad comercial, hubo pobreza; allí, donde se la restringió, prosperidad”.

La supremacía bonaerense durante la época colonial — escribe en este sentido Ricardo Zorraquín Becu 2— fue sin embargo demasiado breve para que el centralismo implantado con el virreinato y las intendencias echara raíces en las costumbres y se convirtiera en tradicional e indiscutido. Su elevación al rango de Capital no consiguió sofocar un antagonismo latente exacerbado con esta misma hegemonía; y la enemistad incubada durante la colonia estalló violentamente cuando Buenos Aires pretendió ejercitar fuera de las normas establecidas la superioridad que había conquistado a través de los siglos”.

La hábil maniobra Cisnerista de Villota —enfrentando a Buenos Aires con los pueblos del interior (que, como se ha visto, desde antiguo le eran hostiles), para destruir la revolución porteña en ciernes —fue lo que en definitiva azuzó al Morenismo a la lucha cruel. Ello provocó la estrepitosa caída del viejo régimen representado por Cisneros, e hizo imposible — con el apoyo de Inglaterra— toda reconciliación ulterior entre ambos bandos políticos.

Mr. Mackinnon y Moreno

Constituida la Primera Junta, las circunstancias la obligaron a aceptar, a más no poder, el principio de la convocatoria de un Congreso General del Virreinato integrado por representantes de tierra adentro, como lo propuso Villota tres días atrás.

El Cisnerismo, desalojado del Fuerte, preparaba solapadamente la insurrección general de las Intendencias contra la capital, cuya Aduana —desde su creación en 1778—, enriquecíase con la introducción de mercaderías de ultramar a costa de la miseria de sus hermanas, que debían soportar una ruinosa competencia.

Mariano Moreno, “excelente abogado del comercio inglés y patriota de última hora” —son palabras de Carlos Roberts 3—, acababa de ser nombrado Secretario del Gobierno Provisorio, cargo que aceptó sorprendido después de hondas vacilaciones, según nos cuenta su hermano Manuel. ¿Qué antecedentes ostentaba este joven de 31 años, graduado hacía poco en la Universidad de Chuquisaca donde fue a estudiar para sacerdote; relator de la Audiencia, más tarde, y defensor eficaz ante el Tribunal de minúsculos intereses de su clientela particular?

Hasta ayer nomás, había colaborado con el Virrey Cisneros en carácter de consultor privado; pues era menester dar cumplimiento —entre otras cosas— al tratado anglo-español del 14 de enero de 1809 que otorgaba a Inglaterra “facilidades” comerciales en América. Se le sabía, por otra parte, enemigo personal del caudillo Liniers —acaso por razones de política internacional—, y así lo demostró el primero de enero del año anterior al acompañar a Alzaga en el famoso motín de esa fecha, conjurado por Cornelio Saavedra. Y se le sabía también autor encubierto de la Representación de los Hacendados: alegato vehemente contra el sistema de comercio protegido, de España con sus colonias, que impedía la introducción a Buenos Aires de mercaderías extranjeras; en este caso, de procedencia británica.

A la sazón, actuaba de presidente de la Comisión de Comerciantes de Londres en Buenos Aires, el influyente Mr. Alex Mackinnon, quien, en tal carácter, tuvo oportunidad de relacionarse con el joven Moreno, contratando sus servicios profesionales. Acaso este acercamiento entre el  mercader anglosajón, agente del ministro Wellesley, y el talentoso criollo consultor del Virrey: “el primero de una larga lista de grandes abogados argentinos —señala Roberts4— que han representado profesionalmente, hasta el día de hoy, los importantes capitales e intereses comerciales ingleses”, tenga relación con la inesperada designación de este último para el importante cargo de Secretario del gobierno que reemplazaba a Cisneros. Levene, biógrafo y apologista del prócer, es quien en su obra «Ensayo sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno», parece insinuamos semejante posibilidad. Así en la página 87 —tomo II del referido libro— consigna la siguiente nota: “En cuanto al nombre de Moreno —aparte de su reputación como letrado y autor de la Representación de los hacendados —existen documentos que permiten afirmar que los ingleses tuvieron intervención en los sucesos del 25 de mayo5, circunstancia que acaso haya incidido favorablemente con respecto a la personalidad de Moreno”.

En este orden de ideas, pueden exhibirse, a no dudarlo, pruebas muy sugestivas. En efecto, el 15 de marzo del año 1810, Mr. Mackinnon escribía reservadamente al honorable Secretario de Estado del Departamento de Relaciones Exteriores de Su Majestad: “Aún los más confiados, en sus esperanzas y deseos para la seguridad de España, ahora desesperan, pero ninguna medida se ha tomado para prepararse para lo peor, la voz corriente es, independencia, bajo una estrecha alianza con Gran Bretaña. Bajo cual sistema será propuesta, todavía no ha sido contemplada”. Don Alejandro no sospechaba que el “sistema” de alianza se hallaba ya documentado en un memorandum de fecha 15 de noviembre de 1809, dirigido a Wellesley por Charles Stuart, importante funcionario de su ministerio. Ese documento (Expediente 72/90 del Departamento de Relaciones Exteriores), trata de los beneficios de todo orden que obtendría Gran Bretaña apoyando las tendencias emancipadoras del rico mundo hispanoamericano. Las condiciones de la ayuda quedan bien patentizadas en esta breve e inequívoca frase, con resonancias de ultimátum: “Acceso a sus puertos, la navegación de mares hasta ahora cerrados a los europeos y la libertad de comercio en sus ríos, son las ventajas reales a conseguir...

Mariano Moreno era, sin duda, en esos momentos, el hombre fuerte que imponía orientaciones políticas al primer gobierno patrio. Y bien, el 12 de agosto, Mr. Mackinnon informaba a la Superioridad sobre las últimas ocurrencias revolucionarias, con estas palabras reveladoras: “No bien la Junta fue instalada, ella declaró, que los súbditos británicos no solamente quedaban libres de permanecer todo el tiempo que desearan (al margen —señalo yo— de las Leyes de Indias); sino también se nos anunció que gozábamos de toda la protección de nuestras personas y propiedades y una libre participación en las leyes y privilegios cívicos que ahora poseían los nativos”.

La guerra preparada por el Cisnerismo iba a estallar en seguida entre el interior del Virreinato y su Capital, con motivo del reconocimiento al Consejo de Regencia exigido por la Audiencia. Y Moreno, mientras pedía armas y prometía ventajas, privilegios y cesiones territoriales a Inglaterra —por intermedio de Matías Irigoyen, José Agustín de Aguirre y Tomás Crompton; o directamente del embajador Strangford—, mostraba a la faz de un mundo claudicante y desorientado su terrible garra de piloto de tormentas.

El Secretario de la Junta

La personalidad de Moreno no reside en el repertorio de temas revolucionarios que manejaba —en este punto adoptó las ideas del “mirandismo”—, sino más en su recio temperamento de luchador extremista. Ideológicamente, carecía de originalidad creadora. Sus doctrinas de segunda mano, nada nuevo agregaban a las ya muy divulgadas en España por la escuela liberal, con Campomanes y Jovellanos a la cabeza, el P. Feijóo y Montenegro y otros de menor categoría intelectual. Fundadas en principios generales: “nunca bien asimilados y difundidos, repugnantes en el fondo a las masas, hacían las veces de un cuerpo extraño y sin cesar provocan la resistencia de las fuerzas nacionales —ha escrito Alejandro Korn6—; no atinaron a otra cosa que traducir al español las frases jacobinas y se perdieron en la claudicación extraviada de los afrancesados o en las anticipaciones retóricas de las cortes de Cádiz”.

En América, las nuevas ideas hubieron de penetrar por imperio de “viles ministros de la impiedad francesa” —como los define Menéndez y Pelayo—; o filtradas por herejes y contrabandistas, mas que en virtud de la teoría o la enseñanza doctrinaria de la cátedra. Y lo mismo sucedió en el terreno de las concepciones económicas.

Lo que ocurría en Cádiz en 1808 (por ejemplo) era exactamente lo mismo que sucedía en Buenos Aires en 1809... En España se defendía el comercio libre con los ingleses hasta en forma irónica y faltando en cierto modo el respeto a las autoridades —anota De Gandía en un trabajo sobre el prócer de Mayo 7—; Moreno, en su célebre «Representación de los hacendados» —añade—, defendió la libertad de comercio para el puerto de Buenos Aires con los mismos argumentos y a menudo las mismas palabras de economistas liberales españoles, que defendían idéntica libertad para los puertos de la Península”.

Moreno, discípulo del canónigo Terrazas —en cuya biblioteca había leído a los enciclopedistas  y filósofos de la Ilustración—, admiraba sinceramente el «Contrato Social» de Rousseau, que se encargó de difundir en la gran aldea con prólogo suyo, no sin antes haber expurgado de la obra toda referencia anticlerical o irreligiosa. Pero aparte de sus influencias librescas que, a mi juicio no lo definen, el joven Secretario demostró poseer —y lo acreditará desde el gobierno— un indomable temperamento (aunque sin descuido de las oportunidades) y un extraordinario temple para afrontar situaciones de responsabilidad o de riesgo. Desprejuiciado y audaz, nunca faltóle valor moral en los momentos difíciles de prueba. Fue, en esto, muy superior a Miranda, aventurero impenitente, a quien, más veleidoso que el pichón platense, los aires tropicales de la tierra natal llenáronle acaso el alma de románticas utopías incurables.

Moreno era, ante todo, un espíritu nervioso pero ejecutivo, no obstante su extraordinaria sensibilidad, que, al decir de su hermano Manuel 8: “fue el más sobresaliente de todos los elementos de su carácter, y que particularmente lo distinguió en todos los pasos de su vida”. En ocasiones violento y cruel; jamás fue impulsivo sin embargo. Faltóle la virtud de ingenuidad, característica en Belgrano, que hace buenos a los hombres. Por eso, quizás, obró implacablemente cada vez que se lo permitió el enemigo que tenía por delante. Maquiavelo criollo después del 25 de Mayo, representó ese papel más por obligación moral, por deber impuesto a sí mismo, que por espontáneas inclinaciones del espíritu.

A falta de auténtica popularidad, debió recurrir necesariamente a la maniobra, a la intriga política y a la pena capital como único recurso para imponerse.

En el fondo, eran bien fríos y prácticos sus amores al margen de la ley, con Gran Bretaña, a la que favorecía “pro domo sua” desde el gobierno. ¡Contradictorio carácter!

Los artículos de «La Gaceta» que dirigió, son retóricos cuando hablan de Inglaterra y evidentemente propagandísticos. Léase en cambio la espléndida página en que, sincerándose por un momento, nos relata Moreno el estado de su ánimo ante la caída de Buenos Aires —la “gloriosa” y “conquistadora” ciudad, como él la llamó— en manos del invasor inglés: “Yo he visto en la plaza llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba, y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando, a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806, vi entrar 1560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de esa ciudad”.

Y este otro brulote amenazador, donde repudia la conducta del capitán Elliot, quien había bloqueado nuestro puerto a poco de instalada la Primera Junta: “...el extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas puede proporcionarse...miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelecamiento que le habían producido los chiches y abalorios”.

Pero ya era tarde. Moreno tenía en el gobierno sus días contados. Su política demasiado anglófila y terrorista, no podía ser, en efecto, popular. Como nunca, el pueblo de Buenos Aires, militarizado en las gloriosas jornadas de la Reconquista y la Defensa, por Saavedra y los suyos, respondía ahora al jefe con impresionante unanimidad. El Secretario, por contraste, estuvo ausente de la epopeya; fue mero espectador pasivo de los sucesos.

Esto lo inhabilitaba para ser caudillo. Además, el hombre no demostró fe en sus propias fuerzas ni en las de nuestro pueblo —para quien era un extraño—, creyendo que la salvación estaba en requerir ayuda de una gran potencia, en buscar apoyos garantizándolos comercialmente a cambio de influencias internacionales favorables a nuestra seguridad. Los fracasados planes de Francisco Miranda reverdecían, así, en las templadas tierras del Río de la Plata.

A lo antedicho venía a sumarse la inevitable pérdida de prestigio que acarreó a Moreno la sorda lucha de desgaste librada —en el Paraguay, Córdoba y el Alto Perú— contra el Cisnerismo, encarnado por figuras virreinales de la talla de Velazco, Liniers y Goyeneche. Pero tales acontecimientos merecen por su importancia en la marcha de la Revolución de Mayo, un capítulo aparte.


*Tomado del libro Así fue Mayo.

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