Por: Julio Irazusta
La instalación del primer gobierno propio reveló en nuestra
comunidad una aptitud para manejarse por sí mismo, tal vez la causa decisiva
que provocó más tarde la declaración de independencia. El acierto casi
infalible del caudillo y del pueblo despierta la admiración sin reserva, y fue
el origen de los éxitos posteriores. La previsión de Cornelio Saavedra adivina
la llegada del momento dorado, y le permite prepararse a aprovecharlo. Sus
dichos antes de la ocasión: «no es el tiempo, dejen Vds. que la brevas
maduren y entonces las comeremos»; y cuando ella se ha producido: «ahora
digo no sólo que es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora»,
encierran la mejor lección para el aprovechamiento de las oportunidades
estelares, oportunidades que son los pivotes del engrandecimiento para las
naciones. Cuando el jefe de Patricios dijo al virrey: «no queremos
seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses. Hemos resuelto
reasumir nuestros derechos, y conservarlos por nosotros mismos», expresaba
la voluntad de un pueblo consciente de su capacidad y de su fortuna. Igual
acierto colectivo reveló el Cabildo Abierto del 22 de mayo, que Manuel Belgrano
calificó de congreso modelo, completando su elogio de este modo: «No
puedo pasar en silencio las lisonjeras esperanzas que me había hecho concebir
el pulso con que se manejó nuestra revolución en que es preciso, hablando
verdad, hacer justicia a don Cornelio Saavedra». Juicio tanto más valioso
respecto de su compañero de causa, cuanto que varias divergencias los habían
separado, antes que Belgrano escribiera su Autobiografía.
No interesa averiguar en qué medida se debe atribuir a unos,
a otros o a todos la responsabilidad de los desaciertos inmediatamente
posteriores, que no respondieron al éxito inicial y desembocaron en la división
del colegiado instituido el 25 de Mayo, la eliminación de Mariano Moreno, la
instalación de la Junta Grande y las vicisitudes consiguientes. Martínez
Zuviría ha escrito un panfleto contra el famoso secretario del cuerpo
(exagerado como tal, pero ameno y necesario, piedra tirada a la ideología que
obstruye la corriente de los estudios históricos y la convierte en agua
muerta). Ahí se le niega a Moreno toda capacidad. Pero si es verdad que no
había previsto la ocasión, ni en consecuencia querido el cambio, y fue el único
tal vez que puso en cuestión su legitimidad, no es menos cierto que a poco de
entrar con la Junta acaudillaba un partido tan importante que debilitó la
posición de Saavedra, hasta hacérsela perder poco después de quedar eliminado
él mismo. Fue desdicha de nuestra revolución que dos cabecillas del primer
gobierno patrio, en vez de complementarse y sostenerse recíprocamente, se
destrozaran entre sí, al revés de lo ocurrido en Norte América, donde los
iniciadores de la revolución tuvieron la fortuna de llevarla hasta su lógica
conclusión en un trabajo de equipo que les permitió vencer dificultades mayores
en principio que las halladas por nuestros hombres del 25 de Mayo.
Algo igualmente desafortunado sucedió respecto de la epopeya
militar que consumó la independencia. Ella no tiene paralelo entre los pueblos
que lucharon por su libertad. Pero ninguno de los héroes que la cumplieron
logró prolongado ascendiente sobre sus conciudadanos, como para poner al
servicio del Estado naciente el influjo carismático de un vencedor en la
guerra, indispensable al afianzamiento de las instituciones. Washington,
discutido y envidiado no menos que San Martín, tuvo, sin embargo, la
colaboración y el apoyo sin reserva de los mejores. Por ejemplo, el genial
Hamilton fue su secretario militar durante casi toda la lucha emancipadora. Y
aunque le pesaba estar de segundón, y ambicionaba elevarse al primer plano,
jamás se le ocurrió disputar el principado al Libertador, mientas que nuestro
San Martín experimentaba el desvío del gobierno metropolitano (que le rehusó su
concurso para las batallas finales de la independencia) y era vilipendiado y
calumniado por los ideólogos porteños en su itinerario de la abdicación al
exilio. Desde la ruptura entre Saavedra y Moreno, los cambios de gobierno
habían sido una especie de ronda enloquecedora, en la que los dirigentes,
cualesquiera fuesen los nombres que recibían como jefes del Estado –triunviros,
directores, gobernadores encargados de las relaciones exteriores o presidentes
de la república– perdían pie en una trampa abierta en medio del escenario. En
veinticinco años, desde 1810 a 1853, hubo veinte titulares del poder ejecutivo
nacional (sin contar cada uno de los dos triunviratos sino como una unidad),
con un promedio de quince meses de duración.
Semejante inestabilidad no era propicia al desarrollo de una
fuerza nueva. Desde los primeros pasos, el espíritu imitativo y la influencia
extranjera perturbaron a los dirigentes, apartándolos de la propia tradición y
disponiéndolos a escuchar los peores consejos de las potencias interesadas en
destruir el imperio español, pero también en estorbar la consolidación de
nuevas naciones vigorosas. El liberalismo, aceptado por la metrópoli en su
decadencia, convirtióse en el dogma económico del poder naciente. Y como resultado,
al monopolio comercial de la madre patria se sustituyó el de Inglaterra, que a
la vez nos disuadía de declarar la independencia y nos sometía a su influencia.
Una vigorosa reacción del Consulado, órgano de los intereses locales, quedó
frustrada por la debilidad de las efímeras autoridades que en Buenos Aires
sucedíanse unas a otras en ronda interminable. El mismo gobierno que había
convocado al Congreso de Tucumán, y que había de proclamar la independencia
política, encarpetó un expediente abierto por el Consulado, renunciando a toda
ambición de independencia económica.
Por suerte, los congresales de Tucumán exhibieron en sus
procedimientos mayor entereza que los funcionarios porteños, y declararon la
emancipación del país en el peor momento, desde el estallido del 25 de mayo de
1810 hasta el 9 de julio de 1816. En parte cedían a las incitaciones del
general San Martín, cuya capacidad política era apenas inferior a su genio
estratégico. El Gran Capitán, uno de los emancipadores que tuvo más porvenir en
la cabeza, y que anunciaba con años de anticipación lo hacedero para realizarlo
al pie de la letra, aguijoneaba al diputado mendocino en el Congreso, con
expresiones de extraordinario relieve, de las que fue pródigo: «¡Hasta
cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece cosa bien
ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último,
hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos
falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender,
cuando estamos a pupilo, y los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes,
pues nos declaramos vasallos? Esté V. seguro que nadie nos auxiliará en tal
situación. Por otra parte el sistema ganaría un 50 por ciento con tal paso.
¡Ánimo! que para los hombres de coraje se han hecho las empresas” (Mitre, Historia
de San Martín, Ed. Lajouane, 1890, t. IV, p. 287, carta del 12 de
abril de 1816). «Yo no he visto en todo el curso de nuestra revolución,
más que esfuerzos parciales, excepto los emprendidos contra Montevideo, cuyos
resultados demostraron lo que puede la resolución... Háganse simultáneos y
somos libres»... «Y ¿quién hace los zapatos?, me dirá V. Andemos con ojotas;
más vale esto que el que nos cuelguen, y peor que esto, el perder el honor
nacional. Y el pan ¿quién lo hace en Buenos aires? Las mujeres, y si no
comeremos carne solamente. Amigo mío, si queremos salvarnos es preciso hacer
grandes sacrificios»...; «yo respondo a la nación del buen éxito de la empresa» (Ibid.,
t. IV, ps. 291-292, carta del 12 de mayo de 1816). Como Godoy Cruz le
contestara que la independencia no era soplar y hacer botellas, San
Martín le retrucó: «Yo respondo a V. que mil veces me parece más fácil
hacer la independencia que el que haya un solo americano que haga una botella» (Ibid.,
t. IV, p.293, carta del 24 de mayo de 1816).
Cuanto al problema de Inglaterra, por cuya amistad se hacían
enormes sacrificios políticos y económicos, San Martín decía en la misma carta
a Godoy Cruz citada en último término: «Nada hay que esperar de ella».
Si pese a la falta de ayuda exterior su ánimo no desmayaba, es porque conocía
los recursos de su patria natal y porque, de ser bien manejados, los sabía
suficientes para la empresa que aconsejaba. A las objeciones de los timoratos,
basados en la escasez, respondía con el leguaje espartano traducido al criollo: «Si
no tenemos que ponernos, andaremos en pelota, como nuestros antepasados los
indios»; «si no tenemos sillas, nos sentaremos en cabezas de vaca».
Nunca la voluntad esclarecida brilló mejor en la Argentina que en el caso de
San Martín, justamente llamado padre de la patria. Su formación militar (hecha
en los libros de la mejor escuela estratégica de todos los tiempos, según
Liddell Hart, la francesa del siglo XVIII), su carácter moral templado en el
ambiente de la España eterna, su previsión a largo plazo, le permitieron llevar
a cabo una epopeya sin paralelo en los anales de la humanidad: la de una
colonia que se emancipó sin la ayuda de nadie.
Mucho más afortunada que la obra civil fue la hazaña militar
de los emancipadores, no sólo por la elevación de su objetivo, que era de
libertar y no de oprimir a hermanos, sino porque la perfección teórica del plan
estuvo de acuerdo con la maestría de la ejecución. El oficio gubernativo que
decidió la campaña de los Andes en el ánimo del Director supremo, es un papel
de Estado digno de la cancillería de una gran potencia. Tal habría llegado a
ser la Argentina, de haber los estadistas mostrado un acierto parecido al de
los capitanes que consumaron la independencia.
Para ponderar el mérito de la colectividad compararemos las condiciones
en que nos independizamos los hispanoamericanos, con las de los criollos
anglosajones. En mi libro sobre Tomás de Anchorena (que es una interpretación
de la independencia) expuse lo que ahora no puedo sino sintetizar en breves
líneas. A grandes rasgos, digamos que ellos fueron ayudados y nosotros no.
Francia reconoció la independencia de los Estados Unidos en cuanto fue
declarada, mientras la Argentina esperó más de un lustro para que reconociera
la suya Portugal, país ya entonces decadente. Desde aquel primer momento Luis
XVI empezó a prestar a los yanquis grandes sumas de dinero, con generosidad sin
ejemplo, mientras nosotros recibíamos a los quince años del 25 de Mayo, en
condiciones usurarias, un supuesto préstamo (Baring Brothers), contratado so
pretexto de la escasez del metálico, que los prestamistas no enviaron sino en
ínfimo tanto por ciento, dándonos la mayor parte en papeles que representaban
las ganancias de los comerciantes británicos establecidos en el país.
Empréstito funesto, firmado por ideólogos que propagaban la utilidad de
endeudarse (como sus epígonos de hoy) y que no sirvió sino para
confundir al espíritu argentino sobre el resultado de la experiencia hecha por
el país en la guerra de la emancipación: a saber, que se había emancipado sin
ayuda ajena. Las flotas francesas, pronto secundadas por las de Holanda y
España, en imponente coalición marítima, equilibraron el inmenso poderío naval
inglés en la costa occidental del Atlántico; mientras la flota de Inglaterra,
aliada de nuestra metrópoli cuando nosotros llevábamos adelante nuestra
empresa, dejaba pasar después de 1815 todas las escuadras españolas que
Fernando VII logró cargar con los miles de veteranos que habían cooperado al
derrocamiento de Bonaparte. Por último, en Yorktown, la batalla decisiva de la
emancipación norteamericana, equivalente en el norte a la de Ayacucho,
Washington mandaba «un ejército de 7.000 soldados, de los que 5.000
eran franceses y sólo 2.000 norteamericanos. Llegó de pronto la noticia de que
el almirante francés De Grasse se hallaría a la entrada de Chesapeake... con
una escuadra y 3.000 franceses más». (Truslow Adams, Historia de
los Estados Unidos, I, p. 153) Poco después el generalísimo británico
Lord Cornwallis, se rendía a Washington y Rochambeau. Los hispanoamericanos, en
cambio no recibirían ayuda sino de algunos voluntarios ingleses y franceses;
jamás lo auxilios estatales de una gran potencia mundial.
Capitulo 1 de "Balance de siglo y medio"

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